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Raúl Prada Alcoreza Escritor crítico y activista ácrata, docente-investigador, coordinador de PLURIVERSIDAD OIKOLOGIAS. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Ex-asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Libros publicados en amazon: Amazon: "libros de raúl prada alcoreza" www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_i_1_29?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Daps&field-keywords=libros+de+ra%C3%BAl+prada+alcoreza&sprefix=Libros+de+Ra%C3%BAl+Prada+Alcoreza%2Caps%2C356&crid=23BVCVRZBIZAO.

La crisis del proceso

La crisis del proceso

Raúl Prada Alcoreza
Realismo 2
Antes una anotación sobre el concepto de proceso, prosessus, en latín, que significa ir adelante, hacia un fin, comprendiendo el transcurso del tiempo, fases sucesivas; hay en la idea de proceso un presupuesto acumulativo, también evolutivo, incluso de transformación. Está claro que el concepto contiene el sentido teleológico, de encaminarse a un fin, y de alguna manera que todos los componentes del proceso están articulados, no necesariamente como una unidad, empero sí afectando simultáneamente una dirección, una orientación. También puede entenderse el proceso como una producción, usando la metáfora del proceso productivo, donde se controla la transformación de las materias primas en el proceso productivo mediante la intervención de los medios de producción, la tecnología, y la fuerza de trabajo, la administración de la composición del capital, llegando a la realización del producto y la valorización del valor. Ciertamente hay que comprender que se trata de una metáfora cuando se usa el concepto de proceso para referirse a los acontecimientos políticos, a la lucha de clases, a la lucha descolonizadora, pues en este caso no se controlan las condicionantes, los factores intervinientes, las múltiples singularidades intervinientes. Lo que da la sensación de un cierto control, de una afectación, es la fuerza de las movilizaciones, la fuerza de la multitud, la fuerza de la masa, la participación de las organizaciones, el flujo interpretativo de los discursos interpeladores. Para que haya proceso, en el sentido riguroso del término, es menester que se dé una constante afectación, cambio y transformación de las condiciones, factores, estructuras, instituciones, relaciones, singularidades intervinientes. De alguna manera una especie de control de la composición del acontecimiento. En la medida que la transformación de las condiciones no se da no es tan fácil sostener hablar de proceso para referirse a la coyuntura y a las coyunturas del periodo crítico. En este sentido lo que vamos a hacer es poner a prueba el concepto de proceso en relación al periodo de crisis y de emergencia que se vive en Bolivia desde el 2000 al 2011. 
Es imprescindible hacer una reflexión teórica sobre el proceso que vivimos, llamado proceso de cambio; reflexión teórica pues requerimos evaluar la complejidad del curso de los acontecimientos inherentes, sus articulaciones, complementariedades y vecindades, la fuerza de sus tendencias, la correlación de fuerzas, los ritmos, las resistencias y obstáculos al cambio. Sobre todo responder a la pregunta: ¿Por qué está en crisis el proceso? Decimos que hay crisis por las evidencias que se presentan en la coyuntura del proceso: 1) el proceso se ha estancado, no puede realizarse, seguir ascendiendo, continuar con los cambios, con las transformaciones; 2) no se aplica la Constitución aprobada por la mayoría del pueblo boliviano, al contrario, en vez de lograr las transformaciones institucionales, las transformaciones estructurales económicas, políticas, sociales y culturales, se mantiene la vieja maquinaria estatal, se restaura el Estado-nación, se mantienen las normas y prácticas liberales; 3) se producen enfrentamientos entre el gobierno indígena y popular con el pueblo, con las organizaciones indígenas originarias, con sindicatos campesinos y organizaciones e instituciones regionales, ciertamente también con los sindicatos obreros y de los sectores urbanos de maestros y trabajadores de salud; 4) se devela con la medida de nivelación de precios, llamada popularmente gasolinazo, las profundas contradicciones y estancamiento del proceso. Se trata de una medida antipopular, pensada desde la más cristalizada mentalidad monetarista, medida de shock, que termina mostrándonos el estancamiento del proceso de nacionalización, el dominio de las empresas trasnacionales, la efectiva vigencia de los procedimientos neoclásicos en el gabinete económico, la bondadosa política con las transnacionales mineras, la derechización de la conducción del gobierno, perdido en un imaginario industrialista, que no es otra cosa que la supeditación a las necesidades de energía de una potencia emergente vecina. Por lo tanto es esta crisis política la que debe ser analizada.
A propósito, no es suficiente decir que todo proceso vive esta curva de ascenso y descenso, que llega a un momento cuando las contradicciones logran estancar el proceso, detenerlo, que es menester en esa coyuntura precisa, resolver las contradicciones acumuladas, de tal manera que se afecte a las correlaciones de fuerzas en el campo político, en el campo social, en el campo económico y en el campo cultural, empujando las transformaciones institucionales postuladas por los movimientos sociales. Tampoco es suficiente que las razones de este estancamiento se encuentran en el realismo político y pragmatismo optado, en el diferimiento de las tareas de cambio; así como no es suficiente decir que un bloque dominante nacionalista se ha hecho cargo de la conducción del gobierno y del proceso; por lo tanto empuja el desenlace del proceso a una dirección y orientación estatalista, centralista, nacionalista, industrialista y desarrollista, desestimando la realización de las trasformaciones estructurales y la fundación del Estado plurinacional comunitario. De lo que se trata es de comprender como se ha llegado a una situación donde las formas del contra-proceso apuntan a no sólo detener el proceso mismo sino también a desarticularlo. Nos acercaremos a este análisis a través de la evaluación de la dinámica molecular de las fuerzas concurrentes del proceso.
Hipótesis
1.       La crisis múltiple del Estado emergida desde las entrañas mismas del mapa inscrito de los dispositivos de poder, de los diagramas de poder, que atraviesan los cuerpos, crisis manifestada como crisis política, en la contundencia de las movilizaciones explosivas que atravesaron los espesores subjetivos y los mapas sociales, sus geografías políticas y cartografías, durante seis años de luchas insurreccionales sostenidas, muestra la vulnerabilidad de las instituciones, de la clase política y de la maquinara estatal, empero también oculta los sedimentos acumulados de las costumbres, de los sentidos comunes, le las propias organizaciones y dirigencias involucradas en la movilización. En otras palabras, la rebelión social y de los pueblos indígenas originarios, los levantamientos populares múltiples, expresan la fuerza de la interpelación de los sujetos colectivos, empero terminan ocultando el carácter conservador de los sujetos individuales, de las subjetividades labradas en las instituciones y organizaciones. La movilización social abre el horizonte descolonizador, plurinacional, comunitario y autonómico del proceso, empero esconde la fortaleza, por así decirlo de las estructuras consolidadas de una sociedad heredera de las patrimonios y transmisiones coloniales.
2.       Las fuerzas capaces de convocatoria a la movilización, capaces de desplegar formas organizativas autogestionarias y de autoconvocatoria, con fuerte configuración organizacional horizontal, no estaban preparadas para inventar nuevas formas de administración autogestionarias. Esto se puede observar cuando la Coordinadora del Agua y Defensa de la Vida debe hacerse cargo de la administración del agua en Cochabamba, se opta a volver a la administración municipal, donde se termina ahogando el proyecto de administración autogestionaria. Casi lo mismo ocurre o algo parecido cuando las dirigencias se hacen cargo de las administraciones municipales, donde terminan ahogados por las normas, procedimientos y formas administrativas del viejo Estado. Terminan tragadas y lo que es lo peor se convierten en los mejores defensores de estas administraciones liberales y nacionales. Lo más patético ocurre cuando el MAS llega al gobierno, el poder termina tomando al MAS y no el MAS al poder. El MAS se convierte, a través de los celosos ministros invitados, en el mejor dispositivo de mantención, conservación del Estado-nación, como forma moderna del Estado liberal y como forma oculta, opaca, del Estado colonial. El gobierno llamado indígena-popular se agarra de las redes, los amarres, de los engranajes e instrumentos operativos y técnicos del Estado, buscando refugio en el aprendizaje dramático de la administración pública. Los altos funcionarios y los mandos medios, incluso la poca dirigencia que ingresa al aparato ejecutivo, terminan convirtiéndose en los mejores defensores del sistema administrativo, de sus normas y sus prácticas. Se gana de esta forma un nuevo funcionario, perdiéndose un dirigente. ¿Qué nos muestra esta experiencia? ¿Qué los postulados, las agendas y los objetivos que se proponen los movimientos sociales son sólo utopías, que no pueden trastrocar las estructuras fosilizadas de una sociedad de clases y de un Estado colonial? ¿O mas bien, qué no hay voluntad política, que no hay las condiciones para la realización de esta voluntad, que no se dan las condiciones subjetivas, para usar términos de una vieja discusión? El problema es que no es tan fácil responder a esta pregunta, pues tenemos, de todas maneras, a pesar de la construcción dramática del pacto social y político, aprobada una Constitución, la escritura de los planteamientos caros de las movilizaciones: Estado plurinacional, comunitario, autonómico, modelo pluri-institucional del Estado, democracia participativa, modelo de pluralismo autonómico, modelo de economía social y comunitaria, manteniendo la condición comunitaria del Estado y apuntando a la perspectiva de un paradigma alternativo al capitalismo, la modernidad y el desarrollo, el vivir bien. Esta decisión es mayoritaria, está constitucionalizada, ese es el programa político, ese es el querer de la mayoría de los bolivianos. ¿Cómo es que no se convierte este querer en voluntad o cómo la voluntad no se plasma en materialidad política y en un nuevo mapa institucional? Considero que para poder responder esta pregunta es menester considerar un grave problema político, que puede ser llamado como de disyunción, desencajamiento, desacoplamiento, incluso de hasta contradicción política; problema político que tiene que ser comprendido, hecho inteligible, mediante una cruda interpretación: en el fondo, a pesar de los discursos, el gobierno, los ministros, los funcionarios, tampoco el MAS, y, lastimosamente, la dirigencia ejecutiva de las organizaciones, no creen en la Constitución. Consideran que es un discurso político bueno para lanzarlo en las campañas electorales, contra la derecha, y en los escenarios donde se recicla la ritualidad y ceremonialdad del poder, está bien para el teatro político, pero no para aplicarla, no para tomarla en serio, menos para usarla como instrumento de transformación. Esa posición nos muestra fehacientemente que se ha llegado al poder para estar en el mismo, aposentarse,  gozar de sus beneficios y privilegios, pero no para transformarlo, se ha llegado al Estado para mantenerse en el mismo, habitarlo, pero no para destruirlo y construir otra forma política que ayude a efectuar las emancipaciones múltiples.               
3.       El llamado modelo económico extractivista tiene varado a todo el campo económico en las formas de reproducción de la dependencia, de la supeditación y subsunción a las formas de acumulación del capital a escala mundial. En este sentido se entiende que todos los dispositivos administrativos, normativos e institucionales estatales estén condicionados por las formas de la economía extractiva y estén para mantener este sistema, conservarlo e incluso mejorarlo, ampliando la expansión extractiva. Por eso mismo se puede entender que la administración estatal de la economía sea uno de los espacios más conservadores y resistentes al cambio. No es tan fácil cambiar las políticas económicas cuando estas se han consolidado en las formas de funcionamiento de las oficinas del gabinete económico. Menos aun cuando se trata enfoques y métodos incorporados desde los programas de apoyo de la cooperación internacional. Hay como una concomitancia entre los programas internacionales y las reformas nacionales en la perspectiva de reforzar los engranajes del orden internacional, de la dominación mundial del centro sobre la periferia del sistema-mundo capitalista. No es casual entonces que en este espacio de acción institucional se haya gestado el gasolinazo, tampoco que se oriente la política económica desde la cautelosa lectura del supuesto del equilibrio macroeconómico. Usando términos relativos a la metáfora arquitectónica del Prefacio de El capital, podríamos decir que entre estructura económica y superestructura jurídica, política, ideológica y cultural, se produce un condicionamiento perverso induciendo una estrategia económica dependiente. Estos condicionamientos materiales impiden la aplicación de la Constitución en lo que respecta a la transformaciones económicas, al cambio de modelo económico, salir del modelo extractivista e ingresar a un modelo productivo-producente, orientado a la economía social y comunitaria, articulando y complementando la economía plural de una manera integral, en la perspectiva de la democracia económica, la armonía ecológica y la soberanía alimentaria, en el horizonte del vivir bien.
4.       No se ha construido el sistema de gobierno de la democracia participativa, no se ejerce la democracia plural, ejerciendo la democracia directa, representativa y comunitaria. No se han abierto las puertas a la participación y el control social. Al contrario, se mantienen las formas de gestión liberal, que separa Estado de sociedad civil, gobernantes y gobernados, especialistas de neófitos, los que saben respecto de los que no saben, es decir, recreando la división del trabajo entre la clase política respecto de las y los ciudadanos, las y los trabajadores, las comunidades. Por lo tanto se trae, como consecuencia de todo esto, el moverse en un círculo vicioso, los que creen saber terminan repitiendo lo mismo que hicieron la burocracia y los funcionarios de anteriores gobiernos, reforzar la auto-referencia de un sistema institucional parasitario, que sirve para mantener las dominaciones múltiples, bajo la ilusión de que se hace política, cuando lo que se hace es legitimar las estructuras de poder.
5.       No se han abierto los espacios de crítica y autocrítica, al contrario se han cerrado, optando mas bien por descalificar estas opciones, de reforzar las formas de reproducción de la alabanza generalizada, del contingente de aduladores, los llamados popularmente lluncus, recreando los escenarios patéticos de supeditación servil a los jefes, ocasionando grotescas sobreestimaciones de sus egos. Empujando con todas estas prácticas sumisas a la desconexión institucional de la realidad, generando microclimas organizacionales aislados de los contextos concretos, de las contradicciones y de los conflictos. De esta forma se puede explicar la formación de una consciencia paranoica en los altos funcionarios, que los empuja a la permanente defensa y a identificar enemigos por todas partes.
6.       No se ha podido extirpar la corrupción, mas bien se ha generalizado, invadiendo expansivamente zonas que antes estaban como exentas de estas prácticas, pues estaban al margen de ellas. Se retoma la idea del botín en expresiones como que ahora nos toca, reutilizando viejas prácticas prebéndales y clientelares, de circuitos de influencias, de corrosiones exacerbadas, demoliendo con esta imposición de relaciones morbosas las posibilidades de prácticas transformadoras y comprometidas con el cambio. Lo grave de esta proliferación corrosiva es que se articulan redes de alianzas complicadas entre las viejas castas dominantes y ciertos estratos de decisión política.
Conclusiones
Hay que acercarse a la dinámica molecular del proceso para comprender sus cursos, sus rutas y recorridos, sus contradicciones, su campo de posibilidades, sus tendencias y sus correlaciones de fuerzas. Sobre todo tratar de explicarse la crisis del proceso. Teniendo en cuenta las hipótesis planteadas y la experiencia del proceso, lo que llama la atención es la separación casi inmediata entre ejecutivo, incluso gobierno, y movimientos sociales en lo que respecta a la construcción de la decisión política, de las políticas públicas y de las medidas que deberían estar destinadas al cambio. En otras palabras, los que lucharon y abrieron el camino del proceso no gobiernan, gobiernan los funcionarios. Quizás esta separación forma parte importante de la matriz de la crisis, empero para tratar la matriz de la crisis debemos tener una mirada integral. Tampoco debemos circunscribirnos sólo a las condicionantes internas de la crisis del proceso sino también debemos abrirnos a sus condicionantes externos; no podemos olvidar que nos encontramos insertos en un sistema-mundo y en una economía-mundo capitalista, que, por lo tanto estamos también afectados por la crisis global. En este sentido, al conjunto de hipótesis relativas a las condicionantes de la crisis del proceso, debemos añadir una lectura de la crisis estructural del capitalismo.  
¿A qué llamamos crisis estructural del capitalismo?  Hablamos de una crisis múltiple, crisis de reproducción, de sobreproducción, crisis de hegemonía, crisis financiera. Esta crisis es estructural porque afecta al sistema-mundo ya la economía-mundo capitalista, pero lo hace bajo las condiciones históricas concretas, las que corresponden al ciclo del capitalismo vigente, nos referimos al ciclo que contuvo la hegemonía norteamericana y ahora contiene el dominio a secas de los Estados Unidos de América. Este ciclo ha ingresado a su fase de crisis financiera, que es como el lugar especulativo del sistema económico del capital, cuando se transfiere la crisis de sobreproducción a los mecanismos especulativos financieros. Los Estados Unidos hegemonizan el despliegue del ciclo de acumulación capitalista vigente desde el fin de la segunda guerra mundial, imponen su sello, transformando el sistema de libre comercio, conformado por la hegemonía británica, en un sistema de libre empresa, produciendo transformaciones estructurales en la forma del capitalismo, introduciendo nuevas formas de administración industrial y de administración económica, como el taylorismo y el fordismo, expandiendo estas formas por el mundo, amparados por su dominio y mediante la inversión directa de capital y la instalación de sus corporaciones trasnacionales. Esta hegemonía se clausura con la derrota en la guerra de Vietnam, dándose lugar desde entonces a una crisis política, a un replanteo de sus estrategias y a un dominio a secas sobre el mundo, sin hegemonía y sin legitimidad. Hablamos de un mundo capitalista estructurado y jerarquizado geopolíticamente y geográficamente; en la cúspide contamos con el dominio tecnológico, militar, económico y comunicacional de los Estados Unidos de América; después están los países centrales, que comparten la dominación y se comportan ambiguamente, a veces como satélites, otras veces resistiendo o abriendo la posibilidad de bloques alternativos como la Unión Europea, también emergiendo como posibilidades de un nuevo ciclo, como es el caso del desplazamiento capitalista de China en la red regional asiática; después vienen los países semi-periféricos; por último se encuentra el gigantesco espacio multi-diverso de la periferia, lugar indomable, de plurales resistencias, aunque también de complicadas sumisiones. En este contexto del sistema-mundo nos interesa las formas de inserción e irradiación de la crisis estructural del capitalismo en la periferia, sobre todo interesa comprender los efectos de esta crisis en el desenvolvimiento de las crisis políticas y las crisis económicas en la periferia. En lo que respecta a Bolivia interesa entender cómo la crisis política desatada el 2000 y la crisis del Estado-nación que se extiende hasta nuestros días (2011) son afectadas, se articulan y forman parte de la crisis estructural del capitalismo. De cómo ambos escenarios de las crisis, la mundial y la periférica, desatan procesos de emancipación y de descolonización. Esto sobre todo para evaluar las posibilidades y los alcances de los procesos desatados.
 Volviendo a la anotación del comienzo, podemos concluir lo siguiente:
a)      Los movimientos sociales desatados el 2000 y que continúan hasta el 2005 logran desarticular la legitimidad y la dominación de la clase política, representantes de la burguesía intermediaria y de la casta blancoide-mestiza privilegiada por la perduración de las estructuras coloniales, logran poner en evidencia la crisis múltiple del Estado-nación y logran expulsar a los gobiernos neoliberales, abriendo un nuevo curso descolonizador con el gobierno de Evo Morales, el proceso constituyente y el inicio de un proceso de nacionalización. Empero, una vez en el gobierno, los movimientos sociales no logran transformar las condiciones, las estructuras y las instituciones sobre las que se conforma y reproduce el Estado-nación. Los aparatos, la maquinaria estatal, las estructuras de gobierno, siguen siendo prácticamente las mismas. Las prácticas de gestión siguen siendo recurrentemente liberales, las normas de la gestión siguen las mismas lógicas liberales. También en la sociedad perduran las estructuras desiguales, las estratificaciones históricas, las relaciones y prácticas de reproducción de clases y de castas. Lo que se ha dado es una irrupción indígena, un empoderamiento de espacios, un trastrocamiento simbólico de los imaginarios coloniales. En este sentido, lo que podemos decir es que desde el 2006 se experimentan intentos de construir un proceso de transformación, empero de una manera diferida, pragmática, contradictoria, que incluso puede tomarse como regresiva. Este intento de cambio se efectúo desde el gobierno a través de políticas, que en principio fueron de irrupción, como el inicio del proceso de nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente, pero, en la medida que pasaba el tiempo, las otras políticas fueron excesivamente tímidas, en la medida que se dejó intacto el aparato estatal, la estructura ejecutiva y la forma de gobierno y la forma de gestión. El intento de trasformación también se hizo sentir, de alguna manera, desde las actividades desesperadas de las organizaciones sociales, intentando desordenadamente incidir en las decisiones políticas del gobierno. Así mismo desde el accionar crítico de las organizaciones indígenas originarias, intentando redefinir voluntariamente un proyecto coherente con la descolonización. Ciertamente el mayor intento de transformación se efectúo desde la Asamblea Constituyente, escribiendo una Constitución descolonizadora que apunta al Estado plurinacional comunitario y autonómico. También se puede decir que el intento de transformación se efectúo de una manera dispersa y distribuida, a partir de un conjunto puntos y líneas de enfrentamiento que intentan lograr transformaciones concretas y específicas. Sin embargo, estos intentos no han logrado articularse y conformar una fuerza hegemónica de conducción del proceso; han prevalecido las fuerzas resistentes al cambio, consolidadas en estructuras, en instituciones y en la arquitectura estatal, han prevalecido las prácticas y relaciones consolidadas en la costumbre social. Entonces se puede decir que la articulación de un proceso de transformación está pendiente.
b)       En relación a la puesta en prueba del concepto de proceso para referirnos a la segunda etapa del periodo en cuestión, pues la primera corresponde más claramente a un proceso de movilización social que replantea la correlación de fuerzas en el campo político, descompagina las estructuras de poder, cuestiona las formas de dominación y legitimación liberal del Estado-nación, barre con el modelo neoliberal. El proceso de transformación del que hablamos, etapa cuya delimitación arranca el 2006, no está articulado, en otras palabras, no está conformado, se encuentra en curso de una difícil construcción; se encuentra como emergiendo, empero enfrentando grandes resistencias y obstáculos de las estructuras de la vieja maquinaria estatal, de las costumbres liberales, de la ideología nacionalista cristalizada en los huesos de los funcionarios y dirigentes. La exigencia del momento, la emergencia de la coyuntura, es desatar una revolución cultural descolonizadora y una movilización generalizada que reconduzca el proceso a sus cauces iniciales, establecidos en la Constitución.                                       
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Las formas del contra-proceso

Las formas del contra-proceso

Raúl Prada Alcoreza
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Hablamos de las formas que se oponen al proceso de transformaciones, llamado comúnmente proceso de cambio, que se refiere históricamente al proceso desatado por los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas originarios, al proceso que deriva en el proceso constituyente e inicia el despliegue de la voluntad política de descolonización. Este proceso está íntimamente ligado a la aprobación de la Constitución por parte del pueblo boliviano, Constitución que define un Estado plurinacional comunitario y autonómico. La aplicación de esta Constitución exige transformaciones institucionales radicales y transformaciones estructurales económicas, políticas, sociales y culturales; una nueva relación entre Estado y sociedad, convirtiendo al Estado en Instrumento de la sociedad, avanzando a su reincorporación en el contexto de una sociedad integral. Esta nueva relación se expresa políticamente en el sistema político de la democracia participativa, en la participación y el control social. Proceso que apunta a la transformación económica en la perspectiva de un modelo productivo que salga de la condición extractivista y se encamine a la soberanía alimentaria, articulando en esta perspectiva la industrialización para abastecer al mercado interno. Proceso que se orienta a un modelo ecológico y territorial en armonía con los ecosistemas y los seres vivos. Cómo se podrá ver a este decurso se le ha dado el nombre del vivir bien, entendido como modelo alternativo al desarrollo, a la modernidad y al capitalismo. Todo esto está atravesado por el desmontaje de la herencia colonial, institucional, social, cultural y subjetiva. Por eso, se entiende que es imprescindible la participación abierta en la descolonización de las naciones y pueblos indígenas originarios, además de los movimientos sociales anti-sistémicos urbanos y rurales. Esta construcción pluralista, comunitaria y autonómica define características distintas a las experiencias vividas durante el siglo XX, ligadas a proyectos emancipatorios proletarios anticapitalistas.
La revolución socialista fue entendida como transformación igualitaria de la sociedad, partiendo de la socialización de los medios de producción, la revolución de las fuerzas productivas y la transformación de las relaciones de producción capitalistas. La revolución socialista era entendida claramente como un acontecimiento moderno, formaba parte del desarrollo irresistible de las fuerzas productivas y de la apropiación social del excedente, destinado a mejorar constantemente las condiciones de vida de toda la sociedad. Este proyecto se entrampó en la experiencia dramática del socialismo en un solo país en la periferia del sistema-mundo capitalista; las contradicciones profundas de esta experiencia desgarraron la construcción socialista produciendo perversiones estatales, burocráticas y económicas. Los estados socialistas de la Europa oriental terminaron desmoronándose estrepitosamente sin poder haber extendido la revolución al resto del mundo. La pregunta pendiente que hay que responder es ¿por qué cayeron estos estados y se desmoronaron estas experiencias? No vamos a hacer aquí una evaluación de las hipótesis que se vertieron, generalmente débiles y circunscritas a la culpabilidad de los conductores, concretamente de los partidos comunistas. El problema es mucho más complejo que tratar de resolverlo con temas de estrategia y de táctica, en el mejor de los casos, o de corrupción, en el peor de los casos. El problema tiene que ver con los alcances de la comprensión del sistema-mundo capitalista, de sus ciclos, de sus expansiones, de sus formas de acumulación y cambios estructurales. Podríamos decir que aquí radica la gran debilidad de la izquierda tradicional, nunca se hizo las preguntas cruciales, por lo tanto tampoco respondió a las preguntas; el derrumbamiento de los Estados socialistas era tomado como eventos circunstanciales en el curso irresistible de las leyes de la historia, las que llevan de todas maneras a superar el capitalismo con el socialismo, asumiendo una evolución histórica inscrita en la naturaleza de la sociedad. La izquierda tradicional se quedó con estereotipos, esquemas restringidos del capitalismo, modelos metodológicos reducidos de su funcionamiento. Se negó a contrastar sus interpretaciones compendiadas con los contextos reales, efectivos, los procesos en cursos, las coyunturas, los periodos y las formas concretas del capitalismo; mucho menos se dio a la tarea de reflexionar sobre sus grandes derrotas políticas. Al respecto podemos constatar una separación calamitosa entre la conducta política de los partidos de izquierda y los estudios teóricos del capitalismo, así como un distanciamiento desconcertante con los estudiosos del marxismo. No solamente hablamos de lenguajes diferentes sino de concepciones distintas. El marxismo de los partidos se estancó en la episteme positivista del siglo XIX, dando lugar a una interpretación liberal del marxismo, por más paradójico que pueda parecer esto. Sólo así se explica el caer en un ingenuo determinismo económico y en una inocente figura de la historia, construida bajo el supuesto evolucionista darwiniano. En lo que respecta a su comprensión de la cuestión estatal, su comprensión del Estado, los alcances de las interpretaciones improvisadas corresponden a los límites mismos de la teoría burguesa del Estado, en el mejor caso al seguimiento acrítico de la ciencia política en lo que respecta al análisis de las instituciones políticas. En relación a este tema no se puede ver con claridad el desarrollo de una teoría marxista del Estado, mas bien lo que se observa es su ausencia. Los esfuerzos de la academia y los teóricos marxistas se encaminaron a retomar la cuestión estatal a partir de los problemas de hegemonía, de las historias específicas de las luchas de clases y de los estudios históricos de los estados, incluyendo una sociología de los estados contemporáneos. No se puede ver en estos estudios el trabajo intelectual de elucidación de la cuestión estatal, sino una apología del Estado y la legitimación obsesiva de esta maquinaria de dominación, devenida desde la filosofía política y heredada por la ciencia política. La filosofía política ha buscado desesperadamente desactivar la política, es decir la lucha de clases, en tanto que la ciencia política se ha propuesto la tarea de normalizar las relaciones, regularizando las instituciones, persiguiendo policialmente la conservación del orden. Trascender los límites desactivadores de la filosofía política y policiales de la ciencia política equivalía a romper con los marcos de las teorías jurídico políticas y encaminarse al horizonte abierto por las teorías histórico políticas; esto se hace a partir de la inteligibilidad de la problemática del poder y de las relaciones de dominación. Teniendo estas condicionantes empobrecedores del análisis, circunscritos en la apología del Estado y la legitimación del poder, se puede entender los anacronismos cristalizados de la izquierda colonial; por una parte los partidos de la izquierda “radical” se mantuvieron en la tesis general de la dictadura del proletariado, por otra parte los partidos de la izquierda reformista se adecuaron a plantear adaptaciones y usos del Estado en la perspectiva de transiciones diferidas.
En todo caso lo que asombra es la pervivencia en la actualidad de anacronismos cristalizados en comportamientos políticos, expresiones ideológicas y visiones de mundo extemporáneas, correspondientes a sedimentos epistemológicos de la ilustración, decimonónicos y del siglo XIX. Una concepción positivista de la ciencia, la misma que se toma desde un arquetipo religioso, hablamos de la representación de la ciencia como verdad incuestionable, como objetividad absoluta, que se habría dado a la tarea de descubrir las leyes de la naturaleza, de la historia y de la sociedad. Algo tienen que ver en la sedimentación de estos anacronismos la modorra de la enseñanza universitaria y su anquilosamiento académico. Muchos de los activistas de esta izquierda más se parecen a los evangelistas de los últimos tiempos, expresando patéticamente en su metáfora revolucionaria mas bien el cataclismo apocalíptico que la transformación emancipadora. Podemos decir que en el fondo los activistas de la izquierda colonial terminan manifestando su recóndita relación con el cristianismo. Están más cerca del sacrificio y la redención que de la transformación radical de las estructuras de poder y de las dependencias mentales. En un país como el nuestro, Bolivia, se encuentran tan distantes de comprender las profundas problemáticas matriciales del poder, de la dominación y del capitalismo efectivamente dado. Es muy difícil que se hagan una idea adecuada del acontecimiento colonial y de su continuidad en la colonialidad; sencillamente la problemática de la dominación racial no existe, o se reduce a una forma violenta de la lucha de clases o es un invento de los indianistas. En algunos casos hacen inventario de estudios clasificatorios de pueblos, de lenguas y culturas; empero están lejos de representarse el fenómeno de la dominación sobre los cuerpos, los territorios y las subjetividades. Llegan al extremo a reducir la compleja persistencia de sociedades, culturas, naciones y pueblos indígenas originarios, a su condición de campesinos. Bajo estos estereotipos reduccionistas pueden hacer depender la liberación campesina de la conducción de la vanguardia obrera, repitiendo mecánicamente las tesis de la alianza obrero campesina desarrollados en el contexto de la revolución rusa, durante las dos primeras décadas del siglo XX. Estos planteamientos se convierten en los ejes de su estrategia política para enfrentar la coyuntura conflictiva del proceso boliviano. En las cabezas de la izquierda tradicional no habría pasado nada desde la aprobación de la Tesis te Pulacayo (1946), toda la historia se habría detenido en ese acontecimiento reiterativo en la memoria militante. La experiencia de la Revolución de 1952 y sus dramáticos desenlaces no sirven sino para confirmar la justeza antelada del programa del partido. La interpretación escolástica se verifica: El nacionalismo no liberaría a los obreros y a la nación; sólo el proletariado minero podía hacerlo. Nunca se preguntan por qué no incidieron en el decurso de los acontecimientos, por qué no irrumpieron en la historia, por qué no hicieron al final la revolución. Se acude al cliché de la incomprensión de las masas. La caricatura adquiere una tonalidad jocosa cuando los mismos argumentos se vuelven a repetir en otros momentos, cuando es derrotada la Asamblea Popular, cuando cae anticipadamente la UDP, cuando se despliega el proyecto neoliberal, aprovechando el vacío político e ideológico dejado por las derrotas del movimiento obrero. Este comportamiento adquiere una tonalidad patética cuando vuelve a repetirse el discurso y el comportamiento desencajado de la realidad efectiva, reiterando la ejecución del libreto de una manera patológicamente memorística y aburridamente mecánica, cuando se enfrentan a los causes de un proceso en curso, desatado por movimientos sociales, naciones y pueblos indígenas originarios, donde no tuvieron ninguna incumbencia, mas bien fueron completamente ajenos. Ahora que el proceso se debate en sus propias contradicciones, peligrosas por cierto, se creen señalados a convertirse  en vanguardia de la revolución traicionada. Creen poder hacerlo recurriendo a esa imagen estereotipada de una lucha de clases reducida al enfrentamiento entre los fantasmas de los obreros abstractos y los espectros de una burguesía también abstracta, incapaces de pensar la manifestación especifica de las luchas articuladas de un proletariado nómada, enfrentando a los dispositivos monopólicos de las formas del capitalismo trasnacional, mediados por burguesías intermediarias e instituciones políticas dependientes. Bajo esta situación de delirio político, detenido en la extemporaneidad de una revolución inédita, no podríamos pedir a la izquierda tradicional que comprenda la íntima interrelación entre la dominación colonial y la explotación capitalista. Tampoco que los pueblos y naciones indígenas originarias no se reducen a ser campesinos, que la lucha por la tierra, la reforma agraria, está ligada a la lucha por el territorio. Que el enfrentamiento con el Estado, que para ellos se sintetiza en la dictadura de la burguesía, no se resuelve con mantenerlo como Estado-nación bajo la hegemonía del proletariado. Por eso se entiende su perplejidad e incomprensión ante la construcción descolonizadora del Estado plurinacional comunitario. No puede ser de otra manera pues esta izquierda es heredera de los prejuicios ideológicos del colonialismo y la modernidad.
Hablando con justeza, los anacronismos cristalizados de la izquierda tradicional no son las únicas formas del contra-proceso; hay otros quizás más peligrosos debido a su incidencia política, en todo caso, hoy por hoy, la izquierda colonial no tiene mayor incidencia en los desenlaces políticos, a no ser que se tomen en serio las desgarraduras de vestiduras y las alocuciones proféticas de los evangelizadores apocalípticos, difusores de manuales de la revolución incomprendida. Por orden de importancia podemos afirmar, sin peligro a equivocarnos, que de las formas del contra-procesos de mayor incidencia se encuentran las formas de la inercia estatal, el pragmatismo y el realismo político del gobierno apegado a las viejas normas y prácticas y a su esmerada administración regulativa, la concepción nacionalista acoplada a mantener el Estado nación y a repetir las aventuras del capitalismo del Estado y del imaginario de la revolución industrial, repitiendo imitativamente las estrategias de los populismos y nacionalismos latinoamericanos de la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Por este andar cauteloso y meticuloso terminaron perdidos en los engranajes de la fabulosa maquinaria estatal, que de todas maneras encausa la repetición del orden y el equilibrio impuestos por la geopolítica del ciclo del capitalismo dominante en el contexto de la crisis de hegemonía estadounidense, perdidos en las directrices de las condicionantes de los monopolios empresariales trasnacionales, financieros, tecnológicos y de mercados; esta manera de deambular el laberinto de la maquinaria estatal los llevó a mantener una concepción monetarista de la economía y a emitir un decreto perversamente neoliberal, hablamos del famoso gasolinazo. El bloque dominante nacionalista en el gobierno se ha convertido en el mayor obstáculo para el avance del proceso descolonizador y para la tarea de construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, se ha convertido en el mayor obstáculo para la emancipación de las naciones y pueblos indígenas originarios, para la liberación de las sociedades interculturales, así también para la emancipación del proletariado nómada, plural, diverso, articulado a las formas del capitalismo periférico, que combina la explotación salvaje con la explotación ultramoderna del capitalismo de las empresas trasnacionales. El bloque dominante nacionalista en el gobierno se ha metido en juegos que no controla, cuyas reglas están dadas e impuestas por las estructuras del ciclo del capitalismo vigente. Han creído que podían controlar con el supuesto de la clarividencia y el supuesto del prestigio, empero estos atributos personales no sirvieron de nada ante el movimiento condicionante de las lógicas del capital y de las geopolíticas en curso, entendiendo por esto no sólo la geopolítica de la economía-mundo capitalista sino también las geopolíticas regionales. Por ejemplo, la estrategia industrialista y de infraestructura caminera no es otra casa que la supeditación al desarrollo vertiginoso de la potencia emergente del Brasil. PETROBAS, empresas constructoras brasileras de caminos y de las futuras macro-hidroeléctricas, convenios, de acuerdos económicos y políticos, forman parte de las disposiciones, los dispositivos y los engranajes de una supeditación inocente a la demanda de energía y conexión con el pacífico de la potencia emergente. Los proyectos románticos de integración y la construcción de la patria grande quedaron en el museo de utopías, lo que se lleva adelante es el proyecto hegemónico regional de la burguesía brasilera, no solamente en contra de los proyectos descolonizadores y emancipatorios de los movimientos sociales bolivianos sino también de los movimientos sociales brasileros, conculcando su anhelada reforma agraria y el proyecto igualitario de las clases explotadas. El bloque nacionalista en el gobierno se ha convertido en un engranaje más de la maquinaria geopolítica del dominio del capitalismo financiero y de la geopolítica hegemónica regional. Seguramente todo esto se ha hecho y ha pasado sin mucha conciencia de lo que ocurría, confiados en la clarividencia y el prestigio, olvidando que estos temas estratégicos en un gobierno popular, en un gobierno que se llama de los movimientos sociales, deben tratarse transparentemente y abiertamente, discutiendo con el pueblo, los movimientos, las organizaciones y las instituciones. Las decisiones políticas en torno a estos temas estratégicos se las construye colectiva y participativamente como establece la Constitución. Los clarividentes y especialistas son incompetentes para responder a tareas que competen a todos, por lo menos en lo que respecta a un proceso emancipatorio, liberador y descolonizador. Al despreciar la democracia participativa el bloque nacionalista ha revivido las taras personales cristalizadas en los huesos, reproduciendo paranoias patológicas y alucinantes, sobre todo formas de gobierno enquistadas en las prácticas políticas, conllevando las corrosiones y perversidades despóticas. Por el andar de este laberinto se termina en la soledad insondable, sin poderse explicar qué pasó del proyecto del instrumento político. Dejando atrás, como posibilidad y como recuerdo el ejercicio directo, representativo y comunitario de la democracia.
Este descarrío del gobierno tiene que ser meditado y analizado, porque de lo que se trata es de reconducir el proceso y llevar adelante sus potencialidades y posibilidades, realizándose las mismas en acontecimientos multitudinarios y colectivos, en movilizaciones acompañantes de políticas fundacionales y transformaciones institucionales, trastrocamientos estructurales económicos, políticos, sociales y culturales. De ninguna manera se trata de buscar culpables como lo hacen los monjes decimonónicos de la revolución inconclusa, a la manera como lo hacían los inquisidores. De lo que se trata es de reconducir el proceso a partir de sus protagonistas, los movimientos sociales, las naciones y pueblos indígenas, el proletariado nómada. De lo que se trata es de comprender el campo de relaciones, las estructuras y los agenciamientos del poder, sus lógicas restauradoras, la forma como toma los cuerpos y las subjetividades, transformando a los portadores de responsabilidades. Por eso mismo, de lo que se trata es de resistir y de liberarse de las polimorfas formas de dominación, encausando formas de gobierno multitudinarias y participativas, inventando caminos por los espacios abiertos por las subjetividades emancipadoras, colectivas, comunitarias e individuales. Este proceso no está perdido, como algunos creen y predicen, si es que interviene el sujeto colectivo de las movilizaciones, si es que se da una clara irrupción de los movimientos, de los pueblos y el proletariado, si es que se comienza radicalmente a desmontar la fabulosa maquinaria de dominación y de administración de capital que es el Estado, si es que se construye la libre asociación de los productores y de las comunidades. Lo prioritario en este caso es la voluntad política colectiva de transformación, su intervención política gravitante. La retoma de la conducción política del proceso por parte de los movimientos sociales. En lo que respecta a la evaluación y análisis de la coyuntura crítica del proceso no hay que olvidar que todo proceso revolucionario y de transformación pasa por estas situaciones conflictivas y contradictorias, por estos puntos de flexión y de bifurcación, todo proceso de cambio se ha visto ante las mismas disyuntivas, avanzar radicalizando el propio proceso o estancarse, abriendo las compuertas a las formas de restauración del poder y del Estado. Cuando se enfrentan a estas coyunturas decisivas para el desenlace del proceso es indispensable corregir la disposición de las fuerzas, la orientación política y la conducción.
Se puede decir que los procesos y las revoluciones han sentido la llegada de este momento, pero también se puede decir que en la mayoría de los casos, si es que no es en la generalidad, las direcciones de los proceso y de la revoluciones se han perdido, sin poder cambiar el curso de los acontecimientos. El Partido Comunista de la Unión Soviética se entrabó en una lucha intestina con el resultado escalofriante de apostar por el peso gravitante de una burocracia absoluta, la industrialización militarizada y la dictadura de la nomenclatura del partido, conllevando las reminiscencias de formas despóticas del modo de producción asiático. El Partico Comunista de la China Popular intuyó la posibilidad del debacle de la revolución proletaria y campesina, entonces proyectó la convocatoria a una movilización general que buscaba transferir otra vez las decisiones a las masas, esta reorientación se llamó revolución cultural. Empero este intento heroico quedó detenido por las resistencias múltiples y detallistas de la burocracia del partido, la misma que llevó a la revolución a su desenlace capitalista, reinsertando el ciclo del capitalismo vigente y el dominio del capital financiero a las formas de administración de la burocracia del partido. Es una ironía que el Partico Comunista de la China Popular llamé a esta destrucción del proyecto revolucionario socialismo de mercado. La revolución nacional de 1952, encabezada por el proletariado minero, los fabriles, las clases medias empobrecidas y con la intervención indígena en la toma de tierras, se entraba rápidamente en procedimientos de restauración, al revivir el ejército y optar por formas liberales del nacionalismo, desentendiéndose poco a poco del factor decisivo de las organizaciones obreras, arrinconando a las milicias obreras y campesinas, e inclinándose rápidamente a las opciones que le ofrecía el Departamento de Estado norteamericano; cayendo en formulación de políticas monetaristas y en la administración de COMIBOL por parte de ingenieros norteamericanos. El MNR entregó a la Gulf Oil el petróleo y pretendió defender la minería para el Estado, sin embargo difirió permanentemente la instalación de fundiciones, condenando al país al modelo más resumido del estractivismo, la exportación de materias primas. Se abrió al oriente aplicando el Plan Bohan, empero orientando el proceso económico a la formación de una burguesía nacional. El MNR termina dividido en tres tendencias, una de derecha, otra de izquierda y una de centro. En este contexto de descomposición y de decadencia de la revolución nacional, el segundo gobierno de Paz Estensoro termina enfrentando a las milicias armadas de los mineros en Sora Sora y en noviembre de 1964 termina arrodillado ante el golpe de Estado armado por el Pentágono y la CIA, en complicidad participativa de las izquierdas, el PRIN, el PC y otras fuerzas políticas. No vamos a hablar aquí de la revolución cubana, pues se trata de un proceso que ha continuado a pesar de sus avatares, las contingencias, el bloqueo y saboteo sistemático por parte de los Estados Unidos. Quizás sea indispensable, en otro lugar, concentrarse en las tensiones y contradicciones inherentes al proceso revolucionario cubano, sobre todo en las formas y métodos de solución a los sucesivos problemas que han tenido que enfrentar los revolucionarios. Tampoco vamos a mencionar el caso de la revolución mexicana que se desata desde los inicios de la segunda década del siglo XX y quizás se extiende hasta 1940. Las complicaciones del proceso revolucionario, cuyo eje principal fue la lucha por la reforma agraria, desde la perspectiva del ejercito zapatista, sin negar la importancia de los otros ejes que tiene que ver con la reforma política, hacen que el análisis de las estructuras subyacentes de la revolución mexicana tengan que ser dilucidados en su propia especificidad y temporalidad. Sin embargo, se puede ver que las tendencias más avanzadas de la revolución se encontraban en los ejércitos comandos por Francisco Villa y Emiliano Zapata. Los otros caudillos y generales eran mas bien institucionalistas, incluso podríamos decir constitucionalistas. El proceso de la revolución mexicana es afectado por las intraversiones militares estadounidenses, una con la toma de Veracruz (1914) y la otra persiguiendo a Francisco Villa (1916). Como se puede ver, tal parece que la revolución mexicana no tiene un punto de inflexión sino toda una línea de inflexión. Por eso es indispensable estudiar estos problemas de las contradicciones inherentes a los procesos, sus tendencias, las correlaciones de fuerza y los momentos decisivos diferenciando y distinguiendo los procesos mismos. En esta breve revisión se puede ver dos casos extremos; uno el relacionado a la revolución mexicana que manifiesta la constancia de una crisis permanente, por lo tanto la pugna contante de las fuerzas en concurrencia;  otro el caso de la revolución cubana que exige la unificación de las fuerzas ante la agresión permanente del imperialismo, por lo tanto la decisión de continuar la revolución por los caminos de la defensa de la revolución. También vemos en los otros casos claramente los puntos de inflexión que conducen a la bifurcación, cuyo desenlace va desmoronar los procesos revolucionarios.
En esta descripción de las formas del contra-proceso ciertamente no podemos olvidarnos de los factores abiertamente contrarrevolucionarios como son las intervenciones de las oligarquías regionales, de la burguesía intermediaria, de sus medios de comunicación, de sus partidos políticos, así como tampoco podemos obviar las intervenciones del imperio, de las empresas trasnacionales y del capital financiero. Sin caer en la teoría de la conspiración podemos ver que estas estructuras de poder están dispuestas en el espacio geopolítico de tal manera que abren frentes efectivos contra el proceso. Se oponen, obstaculizan y persiguen destruir el proceso de transformaciones. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas formas del contra-proceso son anteriores al proceso mismo, forman parte de las estructuras, diagramas, institucionalidad y agenciamientos de poder establecidos históricamente en la sociedad postcolonial y en los periodos republicanos en la periferia del sistema-mundo capitalista de la llamada Audiencia de Charcas  y posteriormente Bolivia. Por lo tanto más que formas del contra-proceso se trata de estructuras políticas y económicas consolidados, contando además con las estructuras y las redes de la geopolítica de dominación imperial, con los circuitos, flujos y stockamientos de la acumulación ampliada de capital. El vencer estos obstáculos históricos que detienen el proceso de transformaciones o las trasformaciones del proceso implica estrategias y tácticas, métodos, diferentes a los que exige el luchar contra las formas del contra-proceso anteriormente identificados, que tienen un carácter temporal más corto, relativo al periodo del proceso y a las coyunturas sucesivas que ha tenido que vivir el proceso mismo en su devenir y transformación.
Uno está tentado a usar palabras, no sé si conceptos; por ejemplo, distinguir enemigo principal de contradicción principal, enemigo principal en la etapa histórica que toca, de contradicción principal, en el momento, en la coyuntura. Por ejemplo, entender que el enemigo principal se encuentra en ese espacio de emplazamientos definido por la geopolítica del imperio, la geografía del capital, los flujos y recorridos del capital, las redes del capital financiero, la organización de las empresas trasnacionales, la mediación de las burguesías intermediarias, la localización regional de las oligarquías regionales, los aparatos políticos de la burguesía intermediaria y de las oligarquías regionales, los medios de comunicación empresariales. Distinguir este enemigo principal, que conlleva una contradicción estructural, de los enemigos secundarios, que conllevan contradicciones no necesariamente estructurales, sino que pueden ser temporales y coyunturales. Sin embargo, estas contradicciones pueden llegar a ser la contradicción principal en el momento, pues sin poder dar curso a la resolución de esta contradicción tampoco se podría dar lugar a resolver la contradicción estructural con el enemigo principal. En el mapa cambiante de las contradicciones las mismas juegan un papel dinámico de articulaciones, de condicionamientos y de disposición; unas contradicciones hacen de intérpretes de otras contradicciones. El emplazamiento del mapa exige que se resuelvan unas contradicciones para poder resolver otras. Por ejemplo no se podría resolver el enfrentamiento con los emplazamientos del enemigo principal sino se resuelve la contradicción con el bloque nacionalista-liberal en el gobierno, sino se resuelve la contradicción con la maquinaria sedimentada del Estado-nación, sino se resuelve la contradicción con el sistema de dispositivos normativos, administrativos y prácticas del viejo Estado. En tanto el bloque nacionalista-liberal domine el escenario político, el Estado-nación se restaure, se mantengan las normas liberales, sus formas administrativas y sus prácticas, la resolución de las contradicciones con el enemigo principal, el enfrentamiento con el enemigo principal, no puede darse efectivamente, pues esta se encuentra disminuida, mediatizada, saboteada, por la demagogia de los nacionalistas. El ejercicio de la política se convierte en un teatro, en una puesta en escena, cuyo objetivo es meramente electora, la diatriba contra el capitalismo y el imperialismo y la burguesía no es más que una demagogia, pues en los hechos se pacta con estos emplazamientos del imperio y del capitalismo.
Una explicación como esta parece adecuada a lo que queremos decir, pertinente en relación a la lectura de la coyuntura y el proceso que hacemos, indispensable ante la convocatoria de las fuerzas a la reconducción del proceso, empero supone la utilización espontánea de términos como enemigo principal, contradicción principal o secundaria, términos que vienen de la definición de la política como guerra y de uno de los discursos de la dialéctica. Si se hace un uso de esta forma, las consecuencias teóricas de este uso pueden ser incontrolables. Por eso es menester detenerte en la tarea de nombrar con mayor rigurosidad el mapa de las formas del contra-proceso.
No se trata de desentendernos de la tesis que interpreta la política como la continuación de la guerra en la filigrana de la paz, tal como invierte Michel Foucault la tesis de Carl von Clausewitz, sino de entrever todas las implicaciones que tiene esta tesis, sobre todo el uso del término enemigo y el entendido que la política es la invención del enemigo. ¿Es posible seguir pensando así? ¿No ha cambiado el concepto mismo de la guerra? La guerra no es ahora el acontecimiento que comprende una gama de intensidades, una curva de intensidades; por ejemplo, ¿la estrategia de la guerra de baja intensidad, que se plantea la contención y el control de un enemigo indefinido, no plantea desplazamientos en el concepto de guerra y por lo tanto, en lo que respecta a nuestro tema, no plantea exigencias de desplazamiento en el concepto de política? La guerra como control de espacios, no solo de territorio, sino distinguiendo el espacio aéreo, del espacio fluvial, del espacio comunicacional, del espacio informático, del espacio comercial, del espacio de los recursos naturales. La guerra entendida ya no como guerra total sino como guerra irrestricta[1], conlleva de por sí una nueva concepción de las armas. Todo este desplazamiento del concepto de guerra por lo menos condiciona los desplazamientos del concepto de la política. Cuando el nuevo concepto de guerra disemina la figura del enemigo en la ambigua figura del enemigo indeterminado en el contexto de una guerra infinita, ¿podemos seguir hablando de enemigo en política? Alain Badiou dice que en lo que respecta a la lucha de clases entre proletariado y burguesía, no es que la burguesía sea el enemigo sino el mundo burgués, los emplazamientos del dominio de la burguesía[2]. Dice concretamente que:
El verdadero opuesto del proletariado no es la burguesía. Es el mundo burgués, es la sociedad imperialista, de la cual, advirtámoslo bien, el proletariado es un elemento notorio, en cuanto fuerza productiva principal, y en cuanto polo político antagónico. La famosa contradicción proletariado-burguesía, es un esquema limitado, estructural, que deja escapar la torsión del todo del cual el proletariado como sujeto traza la fuerza. Decir proletariado y burguesía, es atenerse al artificio hegeliano: algo y otro. ¿Y por qué? Porque el proyecto del proletariado, su ser interno, no es contradecir a la burguesía, o serrucharle las patas. Este proyecto es el comunismo, y nada más. Es decir, la abolición de todo lugar donde pueda disponerse algo (quelque chose) como un proletariado. El proyecto político del proletariado es la desaparición del espacio de emplazamiento de las clases. Es la perdida, para el algo (quelque chose) histórico, de todo índice de clase[3].
La oposición entonces es con el espacio de emplazamiento de clases, con el ámbito de relaciones sociales de producción que disocian la propiedad de los medios de producción y la fuerza de trabajo, expresando la contradicción estructural entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Desde nuestra perspectiva podríamos decir que la oposición es con el ámbito de relaciones, estructuras, diagramas, redes, instituciones y agenciamientos de poder que separan cuerpos de los instrumentos y tecnologías que lo afectan, convirtiéndolo en materia dúctil de poder, maleable y moldeable, de acuerdo a los requerimientos de demarcación, castigo, disciplinamiento, normalización y control. En ambos casos se trata de espacios, mapas, emplazamientos. Pero, ¿Quién se opone a este espacio de emplazamiento de clases? Para Badiou no es el proletariado, que es un elemento notorio de la sociedad imperialista como fuerza productiva y polo político antagónico. Lo que se opone a este espacio de emplazamientos de clases es el proyecto político, el comunismo. ¿Qué es lo que se opone al espacio de emplazamientos de relaciones, estructuras, diagramas, instituciones y agenciamientos de poder? No es ciertamente un proyecto político sino la fuerza inmanente, la energía desbordante de los cuerpos, los flujos deseantes, las líneas de fuga, en todo caso, un proyecto nómada. No se trata aquí, en este momento, de comparar o distinguir entre ambos postulados, el proyecto político del comunismo y el proyecto nómada, sino de comprender que la oposición, la contradicción, el enemigo, son entendidos espacialmente, como emplazamientos, y por lo tanto como necesidad de sus desplazamientos. Esta comprensión le da una tonalidad distinta a la política; la política entendida como confrontación con emplazamientos de clase, con emplazamientos de poder, la política entendida como confrontación con relaciones de producción y estructuras de dominación. La política como cuestionamiento radical del ámbito de relaciones sociales y estructuras de poder vigentes, consolidadas, legitimadas, hegemónicas, dominantes. La política que pone en suspenso esté ámbito de relaciones de dominación.
En lo que respecta a la dialéctica el problema es más complicado y la discusión es de orden teórico. No vamos a entrar a la discusión todavía entre el pensamiento pluralista y el pensamiento dialéctico, este debate es indudablemente indispensable; por el momento nos vamos a concentrar en los límites de la dialéctica y los problemas que plantea.
La dialéctica es una de las formas de pensamiento, además se han configurado distintas comprensiones de la dialéctica; entre las más conocidas podemos hablar de la dialéctica de Platón(428 a. C – 347 a. C.), mucho después, identificando los pliegues filosóficos modernos, podemos interpretar la dialéctica trascendental de Immanuel Kant(1724 1804), en respuesta crítica, como crítica de la crítica, encaminada a un saber absoluto, nos encontramos con el sistema dialéctico de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770  1831). Quizás este sea el referente más importante del pensamiento dialéctico. Empero Karl Heinrich Marx (1818  1883) hace una crítica a la dialéctica especulativa de Hegel y orienta el pensamiento dialéctico a sus condicionantes materialistas, la historia efectiva, la sociedad, la política, la economía; a esta reorientación de la dialéctica se le ha venido en llamar materialismo dialéctico, en lo que respecta al método, y materialismo histórico, en lo que respecta a la interpretación de la historia y a sociedad, sobre todo del modo de producción capitalista. ¿Cuán diferente es esta dialéctica de la de Hegel? En todo caso habría que tomar en cuenta lo que plantea Marx en la crítica de la dialéctica y de la filosofía de Hegel a lo largo de sus obras, tanto las de juventud como las de su periodo de madurez. Después vienen interpretaciones de las corrientes marxistas del materialismo dialéctico y del materialismo histórico de Marx, en unos casos se remarcan las diferencias con Hegel, quizás el caso más sintomático es la interpretación de Louis Althusser (1918 –1990), que plantea que Marx habría pasado a formular una dialéctica pluralista; también se dan aires de innovación, por ejemplo, cuando Adorno escribe Dialéctica negativa intenta romper la tradición, que según él terminaba siendo afirmativa; empero también se dan aproximaciones con Hegel, un caso extraño es la interpretación que realiza Alain Badiou (1978[4]). A nosotros nos interesa contar con un perfil de los desplazamientos de la dialéctica, remarcar sus avatares, sus problemas y sus límites, en el contexto del desplazamiento de otras formas de pensamiento, sobre todo las recientes y particularmente las que tienen que ver con las teorías de la complejidad y el pensamiento pluralista. Ciertamente estamos lejos de considerar a la dialéctica como la única forma de pensamiento o como el pensamiento verdadero, el que logra conectarse con la esencia de la realidad o, como les gusta hablar a los positivistas que se consideran marxistas, da cuenta de las leyes de la historia, la sociedad y la naturaleza. Esto no es más que un dogmatismo, en el peor de los casos un fanatismo, parecido al dado en el medioevo cuando se buscaba fanáticamente la piedra filosofal. Esta piedra filosofal no existe, tampoco la verdad verdadera, salvo en la cabeza delirante de los dogmáticos. No puede haber alguna forma de pensamiento que ya coincida con los secretos de la complejidad de la realidad; esta creencia se parece a la tesis del fin de la historia y del saber absoluto, donde la conciencia se realiza plenamente como conocimiento pleno y realizando absolutamente el concepto, como conciencia de su propio movimiento. Esta experiencia especulativa no es más que una teología, el retorno de Dios y a la religión en la filosofía y en las ciencias modernas. Lo maravilloso de la capacidad humana se encuentra en otra parte, no en el reduccionismo teórico, especulativo, sino en su matriz de posibilidades abiertas a crear distintas formas de pensamiento, de conocimiento, en la medida que se abre a los secretos de la complejidad de acuerdo al avance, acumulación y despliegue de sus experiencias. La dialéctica no es más que una de estas aproximaciones, por cierta limitada a los horizontes de su tiempo, siglo XIX y parte del siglo XX. El avance de las ciencias contemporáneas, desde la revolución de la física cuántica, de los conocimientos y de las experiencias, ha trascendido los límites y los problemas de la dialéctica. Nos encontramos ante el desarrollo de un pensamiento complejo sobre la multiplicidad, ante el despliegue creativo y vital de un pensamiento pluralista.
En resumidas cuentas, la dialéctica, del griego διαλεκτική (dialektiké), τέχνη (téchne), que significa técnica de la conversación; tiene un equivalente significado en latín, donde se define como arte, (ars) dialéctica, se ha transformado en la modernidad convirtiéndose en crítica trascendental, en fenomenología de la experiencia de la conciencia, en lógica, en filosofía, en crítica de la economía política, en herramienta teórica de interpretación de la historia y la sociedad, en arma de la crítica y critica de las armas en la lucha política del proletariado.
Ahora bien, ¿qué dice la dialéctica sobre las contradicciones? Tomaremos cuatro respuestas, indudablemente la de Hegel, después la de Marx, para seguir con la de Mao Zetung y terminar con la de Alain Badiou.
La dialéctica en Hegel
Analicemos en Hegel dos obras, una, la Fenomenología del espíritu, la otra, Ciencia de la lógica. En una trata de la ciencia de la experiencia de la conciencia, en la otra se podría decir que trata la ciencia del pensamiento, pero también del concepto, por eso mismo del movimiento, del devenir, del trabajo abstracto que pasa de lo indeterminado a la determinación, de la inmediatez a la mediación, y a través de esta conserva la unidad. Esta lógica ya es filosofía, dialéctica por cierto; ha dejado de ser retórica, también lenguaje, así mismo reglas del buen pensar. Es una lógica que trabaja lo formación del concepto a partir de su propio movimiento desenvuelto, de su propia inmanencia en contante contraposición con su trascendencia. Esta tensión es la dialéctica. Quizás lo más bello y a la vez lúcido de Hegel se encuentre en la concepción de este desgarramiento y a su vez de este esfuerzo de rearticulación, de unidad. Sobre todo en Fenomenología del espíritu uno parece encontrarse ante una poesía o ante una novela, la tragedia del sujeto que retorna siempre después de permanentes viajes agotadores, experiencias de extrañamientos, que son como el aviso de los siguientes ensimismamientos. La dialéctica especulativa trabaja el devenir de la conciencia en saber absoluto, el devenir de la indeterminación mediada, el comienzo, el ser vacío, en idea absoluta. Estos son los terrenos en los que se mueve esta dialéctica, mal podríamos aplicar y querer encontrar los mismos momentos de indeterminación-determinación, inmediatez-mediación, diferenciación-unidad, devenir y realización en los territorios, niveles y espacios de la realidad. ¿Será posible una síntesis dialéctica del concepto en composiciones diferentes, relacionadas y encontradas en los niveles de la realidad, históricos, sociales, económicos, políticos, culturales? ¿No es mas bien de esperar que aquí se den disyunciones y heterogeneidades? No era obviamente esta la pretensión de Hegel, sino es mas bien de quienes creen encontrar en la materia atribuciones parecidas al concepto y a la conciencia. Estos forcejeos no son responsabilidad de Hegel sino de quienes confunden problemas, problemáticas y campos, como poniendo todo en un mismo plano, como los pintores del medioevo, sin perspectiva. Definitivamente los problemas de la experiencia de la conciencia, de la experiencia del pensamiento, de la filosofía especulativa no pueden convertirse en los problemas histórico-políticos, histórico-sociales, histórico-económicos, histórico-culturales. No hay tal supuestas leyes de la dialéctica que se pueden trasladar mecánicamente y convertirse en leyes de la historia, de la sociedad y de la economía. Esta última veleidad es una mezcla de positivismo y lecturas mal hechas, si es que se las hizo, de Hegel y Marx.
La dialéctica en Marx
Karl Marx entendió muy bien de qué se trataba cuando había que hacer la crítica a la filosofía especulativa de Hegel, a la filosofía del Estado de Hegel. Había que salir del sistema especulativo dialéctico, de la reproducción de las esferas lógicas, preformadas, había que encontrar mas bien las formas de los movimientos reales, las formas de despliegue de la historia efectiva, las formas de las contradicciones sociales, económicas y políticas. Se trataba de develar los devenires concretos de estos niveles de realidad, sus desenlaces, sus formas de resolución, que no adquieren forma de síntesis. Decir que Marx habría puesto de pie o de cabeza a Hegel no es mas que expresar una figura inocente; no pueden encontrarse simétricamente los mismos problemas en el sistema filosófico hegeliano y en los campos interpretativos, de investigación y de estudio en los que se mueve Karl Marx. No hay tal simetría, estamos ante territorios distintos y problemáticas diferentes. Marx no es Hegel de píe, con los pies en el suelo, pisando firme; es otra cosa, sencillamente se desplaza a otro campo problemático. Esto es lo primero que hay que tomar en cuenta cuando nos detengamos en la dialéctica en Marx.
Lo primero que hace Marx es denunciar el carácter especulativo de la dialéctica hegeliana, su forma abstracta, conformada en un sistema que se mueve negativamente para afirmar lo negado en otra dimensión. El mismo esquema se repite en la filosofía, en la lógica, en la filosofía del derecho, en la filosofía de la historia, en la filosofía de la naturaleza, en todos los espacios del sistema filosófico. Para Marx esto no es más que teología, haciendo caso a la crítica de Ludwig Fuerbach a la religión en La esencia del cristianismo. Esta posición ya se enuncia en su temprana Crítica de la filosofía del derecho de Hegel cuando expresa que:
La crítica del cielo se cambia así en la crítica de la tierra, la crítica de la religión en la crítica del derecho, la crítica de la teología en la crítica de la política[5].
Este desplazamiento epistemológico de Marx sobre todo es notorio en dos grandes ámbitos de análisis y critica, el que corresponde a la crítica de la economía política y el que corresponde a sus escritos histórico-políticos. En el primer caso tenemos la evolución de una obra extensa, comprendiendo los análisis del Salario, precio y ganancia, los Manuscritos económico-filosóficos, los apuntes sobre la teoría de la plusvalía, los grundrisse, es decir Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, El capital. En el segundo caso tenemos también una prolífica producción, Miseria de la filosofía, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, El 18 de brumario de Luis Bonaparte, La dominación británica en la India, La España revolucionaria, La guerra civil en Francia, Revolución y contrarrevolución en Europa. En ambos casos se nota la preocupación por develar las lógicas inherentes a estos niveles y campos de realidad, no se nota la pretensión teológica en encontrar en todas partes las leyes de la dialéctica, sino de entender la lógica específica del objeto especifico, de ascender a lo concreto, entendido como síntesis de múltiples determinaciones. No una síntesis especulativa y abstracta, sino una síntesis histórica social, histórica económica, efectiva. Sobre todo llama la atención el tratamiento de los acontecimientos políticos, en los que no se ve ninguna obsesión por encontrar la determinación económica, la determinación de la llamada estructura económica sobre la estructura jurídico, política, ideológica y cultural, sino se evidencia el seguimiento de los procesos develando sus contradicciones temporales y coyunturales, mostrando las manifestaciones de la crisis política y del Estado. Esta apertura múltiple, esta búsqueda de la especificidad, pero también, esta crítica de la economía política que va sacar a luz las contradicciones del modo de producción del capital y de las formas de acumulación, parecen darle la razón a la interpretación que hace Althusser de la dialéctica en Marx.
La dialéctica en Mao Zedong
Mao Zedong al igual que Marx enfrenta problemas concretos, relativos a los niveles de realidad que tiene que experimentar; quizás los problemas que enfrenta son más acuciantes y más directos, pues dirige al Partido Comunista en el viraje de la larga marcha y la estrategia de la guerra prolongada, en momentos de gran discusión. Cuando escribe Sobre la contradicción enfrenta a una tendencia del partido que llama dogmática, influenciada por el ideólogo soviético Deborin. El escrito comienza citando a Lenin: La dialéctica, en sentido estricto, es el estudio de las contradicciones en la esencia misma de los objetos. Esta cita se encuentra en el resumen del libro Lecciones de historia de la filosofía de Hegel que hace Lenin; podríamos notar que se trata de sus notas de lectura en los estudios que realiza de la filosofía de Hegel. Mao Zedong dice al respecto que: Lenin solía calificar esta ley de esencia de la dialéctica y también de núcleo de la dialéctica[6]. Se refiere a dos notas de Lenin; la primera se encuentra En torno a la cuestión de la dialéctica, donde el teórico bolchevique escribe: El desdoblamiento de un todo y el conocimiento de sus partes contradictorias…es la esencia…de la dialéctica. La segunda se encuentra en el resumen de Lenin del libro Ciencia de la lógica de Hegel; en este resumen se escribe: En una palabra, la dialéctica puede ser definida como la doctrina acerca de la unidad de los contrarios. Esto aprehende el núcleo de la dialéctica, pero exige explicaciones y desarrollo. Se puede ver la secuencia de interpretación de la dialéctica: Hegel, Lenin y Mao Zedong. No es Marx, sino Hegel la referencia fundamental. Esto último es importante anotar, pues hay una diferencia grande entre Marx y los marxistas que vienen después; Marx crítica a la filosofía y a la dialéctica de Hegel, incluso rompe con los neohegelianos de izquierda, que eran como la corriente interpretativa que compartía; con esto, con esta crítica y estas rupturas, se abre a otro método, distinto al elaborado por Hegel, se abre a otras lógicas, inherentes a los niveles de realidad y a la comprensión y conocimiento de lo concreto histórico, social, económico, político y cultural. ¿Que se llama ese método? Marx se despreocupó de darle nombres metodológicos a sus críticas, a sus investigaciones y develamientos, iluminaciones e inteligibilidades, a sus construcciones conceptuales; eran eso, críticas, crítica de la filosofía, crítica de la dialéctica, critica de la filosofía del derecho de Hegel, critica de la filosofía de Pierre-Joseph Proudhon, crítica de la economía política, crítica histórico-política de los procesos y las coyunturas en crisis. Hablando de nombres metodológicos, me atrevería a llamar, por el momento, a estos procedimientos desprendidos por las investigaciones de Marx, método de las lógicas de los conocimientos de lo concreto.
 Para interpretar, comprender y aplicar la esencia misma de la dialéctica materialista Mao Zedong se propone un programa en atención a los problemas filosóficos planteados; estos son: las dos concepciones del mundo, la universalidad de la contradicción, la particularidad de la contradicción, la contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción, y el papel del antagonismo en la contradicción[7].
La primera parte del texto Sobre la contradicción, la que se refiere a Las dos concepciones del mundo,  es insostenible, no puede haber una interpretación más reductiva de la historia de la filosofía, una caricatura de la historia en blanco y negro, mejor, una historia entre ángeles y demonios, la dialéctica contra la metafísica, el materialismo dialéctico contra el idealismo, o, como lo pone Lenin, dos concepciones fundamentales del desarrollo, el desarrollo como disminución y aumento, como repetición, y el desarrollo como unidad de los contrarios[8]. Quedan al margen de esta interpretación los contextos, los periodos históricos, las características propias de las corrientes y escuelas filosóficas, sus horizontes epistemológicos, así como también sus conexiones e imbricaciones, también sus transformaciones y desplazamientos. Esto llama la atención, cuando precisamente se trata de rescates que se hacen de Hegel, de la lógica y la filosofía de Hegel, que podríamos decir, se trataría de una filosofía y lógica idealistas, al entender de estos esquematismos duales. Esta interpretación está lejos de los métodos, procedimientos y tratamientos empleados por Marx, avanzar a la lógica específica del objeto especifico que, en este caso, vendría a ser el seguimiento de las lógicas inherentes a las formaciones enunciativas y conceptuales de las corrientes y escuelas filosóficas, su vinculación con los contextos y periodizaciones históricas. Sobre todo tratar de entrever las formas de irrupción de las críticas rebeldes y aperturistas, las críticas que cuestionan las legitimidades de las verdades vigentes, que pueden darse de forma idealista y también materialista. Estamos lejos de la Tesis sobre Fuerbach, la misma que establece:
El defecto fundamental de todo el materialismo anterior —incluido el de Feuerbach— es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado  activo  fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como  una actividad  objetiva.  Por eso, en  La esencia del cristianismo  sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación “revolucionaria”, “práctico-crítica”[9].
Esta evaluación del materialismo es profunda, da en el núcleo del problema, como se dice; plantea el balance desde una perspectiva crítica tanto del materialismo como del idealismo, mostrando claramente que el lado activo fue desarrollado por el idealismo, aunque lo hizo de un modo abstracto. El materialismo fundado por Marx comprende la actuación revolucionaria, práctico-crítica. Ciertamente el Partico Comunista chino está involucrado en la actuación revolucionaria, esto lo hace partidario del materialismo fundado por Marx, empero la interpretación que tiene de la historia de la filosofía es calamitosamente reductiva, desarma más que armar en la formación de la militancia. Se entiende de este modo que sólo podríamos sostener estos argumentos por procedimientos dogmáticos, que es precisamente lo que quería combatir Mao Zedong.
En el apartado La universalidad de la contradicción Mao Zedong dice que esta universalidad se manifiesta en el proceso de desarrollo de toda cosa y también que el movimiento de los contrarios, se presenta en el proceso de desarrollo de cada cosa. Dice que: La contradicción es la base de las formas simples del movimiento (por ejemplo, el movimiento mecánico) y tanto más lo es de las formas complejas de movimiento[10]. Continúa remarcando: Queda claro que la contradicción existe universalmente, en todos los procesos, tanto en las formas simples del movimiento como en las complejas, tanto e los fenómenos objetivos como en los fenómenos del pensamiento[11]. Criticando a Deborin, quien ve la aparición sólo en una etapa determinada del proceso, no desde un principio, Mao Zedong es categórico: Esta escuela ignora que toda diferencia entraña ya una contradicción, y que la diferencia es en sí una contradicción[12]. Desde esta perspectiva podemos hablar del carácter absoluto de la contradicción. Es como decir que es inherente al ser, que es una propiedad ontológica. Todo esto es, como se puede ver, un retorno materialista a Hegel.
En el apartado La particularidad de la contradicción Mao Zedong incursiona lo que podríamos llamar la lógica específica del objeto específico; lo hace desde la perspectiva de las contradicciones, dejemos pendiente, por de pronto, la perspectiva de las articulaciones y la concepción relacional, desarrollada más tarde por Nicos Poulantzas. Dice: Toda forma de movimiento contiene su propia contradicción particular. Un poco más adelante ratifica este enunciado escribiendo: La esencia particular de cada forma de movimiento de la materia es determinada por la contradicción particular de dicha forma. Esto ocurre no sólo en la naturaleza, sino también en los fenómenos de la sociedad y del pensamiento. Todas las formas sociales y todas las formas de pensamiento tienen, cada una, su propia contradicción particular y su esencia particular[13]. Este enfoque es importante en lo que respecta a la conducción política, en la definición de las estrategias y tácticas en los periodos y coyunturas de la revolución china. En este sentido establece que: Comprender cada uno de los aspectos de una contradicción significa comprender qué posición específica ocupa cada uno de ellos, que formas concretas asumen sus relaciones de interdependencia y contradicción con su contrario, y qué medios concretos emplea en la lucha con su contrario tanto mientras ambos aspectos están en interdependencia y contradicción como después de la ruptura de la interdependencia[14].Añade que: A esto se refería Lenin al decir que la esencia misma del marxismo, el alma viva del marxismo, es el análisis concreto de la situación concreta[15].
Una anotación sobre la transformación de las contradicciones en la temporalidad histórica del proceso es altamente aleccionadora: La contradicción fundamental del proceso de desarrollo de una cosa y la esencia de este, determinada por dicha contradicción, no desaparece mientras el proceso no termina; sin embargo, en un proceso de desarrollo prolongado, la situación generalmente varía de etapa a etapa. La razón es que, si bien no cambia la naturaleza de la contradicción fundamental del proceso de desarrollo de la cosa ni de la esencia del proceso, la contradicción fundamental se va agudizando a medida que pasa de una etapa a otra en este proceso prolongado. Además, de las numerosas contradicciones, grandes y pequeñas, determinadas por la contradicción fundamental o sujetas a su influencia, unas se agudizan y otras son temporalmente o parcialmente resueltas o atenuadas, y surgen algunas nuevas; es por eso que hay etapas en el procesos. Si no se presta atención a las etapas del procesos de desarrollo de una cosa, no se puede tratar apropiadamente sus contradicciones[16].Este mapa de las contradicciones, esta lectura del cambio en el mapa de las contradicciones, es una lección política. No es lo mismo apreciar una coyuntura a diferencia de otra, una etapa distinta de otra, intervenir en un momento o en otro del proceso. Esta sensibilidad política exige una sensibilidad experimentada en lo que corresponde a la interpretación de la composición, de las estructuras y las trasformaciones del proceso. El conjunto de preguntas a las que nos lleva el texto Sobre la contradicción de Mao Zedong son sobre la universalidad de la contradicción, sobre la particularidad de la contradicción, sobre la relación entre la contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción, sobre la identidad y la lucha sobre los aspectos de la contradicción y sobre el papel del antagonismo en la contradicción.
La dialéctica según Alain Badiou
Alain Badiou fue discípulo de Louis Althusser y militó en agrupaciones marxistas de orientación maoísta. Entre 1972 y 1978 formó parte del Grupo para la Fundación de la Unión de los Comunistas de Francia Marxistas-Leninistas (UCFML). En este periodo comparte un curso en la Universidad de Vincennes de donde se desprenden eruditas reflexiones sobre la dialéctica y la teoría del sujeto. Son estas interpretaciones, que se reúnen en el libro Teoría del sujeto, las que vamos a discutir en adelante.
Comenzaremos por dos conceptos que va a usar a lo largo de Teoría del sujeto, estos son esplace y horlieu, combinaciones y composiciones que corresponden a la lengua francesa. Las primeras notas impresas por el editor en el apartado titulado Imagen los define de la siguiente manera:
El concepto de esplace o síntesis de espace (“espacio”) y place (término que normalmente puede traducirse como “sitio”, pero al que hemos decidido volcar al castellano, a fin de diferenciarlo expresamente de las nociones de “lugar” y de “sitio”, como “plaza”, manteniendo en la traducción, en la medida de lo posible, el campo semántico  que gira en torno al mismo en el original)[17].
La otra composición y combinación semántica es:
Horlieu es otro concepto creado por Badiou a partir de hors (“fuera”) y lieu (“lugar”)[18].   
La interpretación de la dialéctica que hace Badiou va jugar con estos dos conceptos, esplace y horlieu, que, por motivos de la traducción al castellano, respetando la composición y combinación buscada por el autor,  las comprenderemos como esplaza y fuera-de-lugar. Podríamos decir que la dialéctica se da entre un emplazamiento, una edificación, una exteriorización de la fuerza, y un desplazamiento, una deconstrucción, una interiorización de la fuerza. Usando el lenguaje de Gilles Deleuze y Félix Guattari, no muy extraño a las significaciones conocidas por Badiou, podríamos interpretar este sentido de la dialéctica como el juego de la fuerza de captura y la fuerza de la línea de fuga. La diferencia estribaría en que Badiou habla de fuerza como de una fuerza que se transforma, que vive ambas experiencias, la de la exteriorización, la del desgarramiento, del extrañamiento, y la de la interiorización, la del retorno, la del ensimismamiento, consecuente con la concepción hegeliana de la fenomenología y de la lógica. En cambio Deleuze y Guattari hablan de fuerzas, en plural, dicotómicas, cualitativamente distintas, consecuentes con su concepción pluralista y nómada. Ciertamente no se trata de aproximar la interpretación de Badiou a la teoría nómada y pluralista de Deleuze y Guattari, pues esto tampoco se podría. Eso está claro cuando acudimos a la crítica que realiza Badiou a las concepciones pluralistas; él considera que el pluralismo no es otra cosa que una apariencia, ya que la posición de lo múltiple viene a presuponer lo Uno como Sustancia, y a excluir el Dos[19]. ¡Vaya la interpretación de lo múltiple que tiene Badiou! Lo múltiple sólo podría pensarse a partir del Uno, y sólo puede pensarse lo plural excluyendo el Dos, es decir la dialéctica. La base de este pensamiento se encuentra en el Dos, que nos permite pensar el Uno, la unidad de los contrarios, de la diferencia; después se basa en la distinción de Uno y del Todo. Al respecto debemos anotar que el Uno y el Todo forman parte de las tradiciones de las religiones monoteístas, las mismas que supeditan la escritura al Estado. El proyecto es político y religioso, se expresa en las formas de dominación de cuerpos, almas y territorios. Quedan atrás o marginados los politeísmos, las relaciones inmanentes con las fuerzas, por lo tanto los pensamientos pluralistas. Lo que pasa es que los dialécticos no pueden pensar lo Uno sino a partir del dos, es decir, de la contradicción, tampoco pueden pensar más allá del Dos, la dialéctica y la contradicción inherente en Dos. Son incapaces de pensar la complejidad, la heterogeneidad, la múltiple diferencia de fuerzas cualitativamente distintas. Empero, volviendo a nuestro asunto, de lo que se trata es de alumbrar significaciones subyacentes de la interpretación de la dialéctica de Badiou. Es interesante ver utilizar estas imágenes encontradas de captura y de líneas de fuga; captura,  en el sentido del concepto de esplace, líneas de fuga, en el sentido del concepto horlieu. También es inquietante el manejo del concepto de fuerza, aunque el mismo esté circunscrito a la idea hegeliana de devenir. Podemos decir que bajo la interpretación de Badiou la fuerza es el sujeto. Sin embargo, sería bueno retornar a Hegel y leer lo que escribe en Fenomenología del espíritu sobre el concepto de fuerza:
Dicho de otro modo: las diferencias establecidas como independientes pasan de un modo inmediato a su unidad; ésta pasa a ser también de modo inmediato el despliegue, y el despliegue retorna, a su vez, a la reducción. Este movimiento es lo que se llama fuerza: uno de los momentos de ella, o sea la fuerza en cuanto expresión de las materias independientes en su ser, es su exteriorización; pero la fuerza como desaparecer de dichas materias es la fuerza que desde su exteriorización se ve repelida de nuevo hacia sí, o la fuerza propiamente dicha. Pero, en primer lugar, la fuerza replegada sobre sí misma necesita exteriorizarse; y, en segundo lugar, en la exteriorización, la fuerza es una fuerza que es en sí misma, del mismo modo que en este ser es en sí misma exteriorización. Al obtener así ambos momentos en su unidad inmediata, el entendimiento, al que pertenece el concepto de fuerza, es propiamente el concepto que lleva en sí los momentos diferentes, como diferentes, ya que deben ser distintos en la fuerza misma; la diferencia sólo es, por tanto, en el pensamiento[20].
Otra vez la claridad filosófica de Hegel; habla de lo que ocurre en el entendimiento, de lo que vive el pensamiento. Se trata de la experiencia de la consciencia. La dialéctica es esta tensión entre inmanencia y trascendencia, entre interiorización y exteriorización. Esta tensión es vivida por el sujeto. Me quedo con el título de la obra de Badiou, entendamos la dialéctica como una Teoría del sujeto. No se puede aplicar esta experiencia del sujeto a otros acontecimientos como si fueran estos acontecimientos el mismo sujeto que somos, quitándoles su propia cualidad de ser, su propia autonomía y diferencia radical con nuestras intimidades. Esto es un reduccionismo sujeto-céntrico y antropocéntrico, centrismos con los que el materialismo supuestamente ha roto. No pretendamos ser Dios, no pretendamos dominar el universo y el mundo, hacer que todas las cosas nos obedezcan, creer que podemos conocerlo todo, atravesarlo todo con nuestra mirada, nuestra experiencia, nuestro pensamiento, reducir su maravillosa pluralidad y diferencia a la experiencia hedonista de ese sujeto con pretensiones de dominador que es el hombre. Esta es la expresión más egoísta y ególatra de la modernidad. El materialismo, al contrario se abre al goce, al agasajo y a la perplejidad de la pluralidad y la diversidad múltiple. No renuncia a los saberes, ni a los conocimientos, tampoco a las comprensiones, sólo que no son pretensiosos, forman parte de los desbordes creativos y comunicativos de la vida, de la plétora de los flujos y devenires, cíclicos y concomitantes. Son como el golpe de dados que el mismo Badiou comenta, reflexionando sobre la poesía de Mallarme, Un golpe de dados no abole el azar.   
Badiou analiza tres formas de la dialéctica o tres interpretaciones de la dialéctica, incluso, si se quiere, tres dialécticas; la dialéctica de Hegel, la dialéctica estructural y la dialéctica poética de Mallarme. Esto no quiere decir que entre las tres formas, interpretaciones y expresiones no haya tradición, continuidad y concomitancia; al contrario, están íntimamente impregnadas por una forma de pensar, la dialéctica. En el capítulo La acción, morada del sujeto, el autor propone una síntesis estructural de la secuencia dialéctica; esta secuencia parte de la contradicción entre esplace y horlieu, entre el espacio de la plaza o el emplazamiento y el fuera de lugar, entre la edificación espacial y el sujeto. Continúa con la escisión; al respecto dice que la contradicción no tiene ningún otro modo de existencia que la escisión. Después viene la determinación, la determinación estricta, la limitación y el límite. La determinación tiene que ver con el condicionamiento del emplazamiento, la determinación de la relación por el escenario conformado. La determinación estricta tiene que ver con la recaída a la derecha, con lo que podemos llamar el fetichismo de la estatalización, con la absolutización del Estado. Aquí es cuando se produce la limitación y se llega al límite, donde se da mas bien una recaída de izquierda. La limitación se produce por una nueva crisis o mas bien un retorno reforzado del fuera de lugar; se produce una salida subjetiva, una subjetivación de la crisis. Hay que tener en cuenta que estas son figuras abstractas, que pueden corresponder a distintas escenificaciones y realizaciones; por ejemplo, Badiou da el ejemplo de la recaída de derecha haciendo referencia al objetivismo economicista de Liu Shao Shi, y el ejemplo de la recaída de izquierda haciendo referencia a lo que llama el fanatismo ideológico de Lin Piao.
Queda la impresión que la interpretación dialéctica se queda restringida a una de las posibilidades de los potenciales recorridos de la dialéctica especulativa hegeliana. Termina la interpretación volviéndose un esquema reducido y determinista. Las graves consecuencias de este “esquematismo” aparecen cuando se hacen “transferencias” al campo político, cuando buscamos la verificación de la dialéctica en los acontecimientos realizados y leídos como historia. El reduccionismo aparece como caricatura, los sujetos, actores y protagonistas como marionetas de invisibles leyes de la dialéctica. Este teoricismo termina limitando la “realidad” a ser la sombra de movimientos lógicos profundos, empero descorporeizados. Este teoricismo  termina poniendo anteojos que no dejan ver la dinámica compleja y plural de las fuerzas. Liu Shao Shi y Lin Piao no pueden entenderse como caricaturas de momentos de la dialéctica, forman parte en su contexto histórico y coyunturas del mapa de fuerzas entrabado, de las tensiones y tendencias inherentes en el que se encontraba el Partido Comunista chino como un barco que enfrentaba la tormenta. La revolución cultural fue el intento de transferir el dominio de la conducción de la revolución a las fuerzas reunidas en los consejos y manifestadas en los jóvenes, rescatándolo de manos de los burócratas institucionalizados en la estructura del partido. Esta lucha intestina termino siendo ganada por los burócratas que defenestran a los portadores de la revolución cultural a un desenlace sin resultados, en tanto y en cuanto los burócratas van a terminar conduciendo el proceso de la revolución china a un socialismo de mercado, que en términos claros es una de las formas del capitalismo descarnado en pleno ciclo decadente del dominio del capitalismo norteamericano.
Hay otro ejemplo más calamitoso de estos usos esquemáticos de la interpretación dialéctica; cuando Alain Badiou describe al desarrollo del partido como una constante depuración, haciendo una indisimulada apología de los procedimientos estalinistas de limpieza del partido. Procedimientos de depuración que terminan imponiendo una temible dictadura de la nomenclatura. Hay cierta inocencia en el teoricismo al reducir los complejos juegos de fuerza, correlaciones, tensiones y enfrentamientos, en entrabados campos políticos, a caricaturas alucinantes de la lógica dialéctica.
Volviendo al caso del proceso boliviano en cuestión, vemos que interpretar la contradicción en su sentido dialéctico, sobre todo sugerente a la manera como lo hace Mao Zedong, es ilustrativa y hasta descriptiva, empero no logra salir del circulo vicioso de la negatividad dialéctica que no hace otra cosa que perseguir nuevas formas de afirmación lógica. Lo que hay que entender de la coyuntura del proceso político es que las formas del contra-proceso no se limitan a ser una contradicción dialéctica, no pueden ser leídas como una demostración de la dialéctica, sino que son tendencias y cristalizaciones de fuerzas que resisten y se oponen a la descomunal potencia del campo de posibilidades abierto por las fuerzas transformadoras, llamémosla, para usar la figura de Badiou, las fuerza que ponen fuera de lugar a las instituciones emplazadas, que en el fondo es la figura de Deleuze de las fuerzas que corresponden a las líneas de fuga que desordenan y atraviesan el espacio estriado del Estado.
                    


[1]Revisar de Faundes: C. (2010). Desde la guerra total a la guerra irrestricta. La deconstrucción de un concepto. Tesis para optar al grado de Magíster en Seguridad y Defensa, mención Política de Defensa, Santiago de Chile: Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos. La guerra entendida como guerra irrestricta (超限, literalmente “guerra allende los límites”). Revisar los estudios de Liang y Xiangsui: Una nueva concepción de las armas; 1999.También aVan Creveld; M.(2004): The Transformation of War, New York; Free Press.
[2]Ver de Alain Badiou Teoría del Sujeto. Prometeo 2009, Buenos Aires.
[3]Alain Badiou: Libro citado; págs. 29-30. 
[4]Revisar de Badiou: Teoría del Sujeto. Prometeo 2009. Buenos Aires. También del mismo autor, El ser y el acontecimiento; Manantial 1999, Buenos Aires. Así mismo, Lógica de los mundos; Manantial 2008, Buenos Aires.
[5]Karl Marx: Introducción para la crítica de la Filosofía del derecho de Hegel. En Filosofía del derecho de Hegel. Juan Pablo 1998; México. Pág. 8.
[6]Mao Zedong: Sobre la contradicción. Obras escogidas; Tomo I. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín 1971. Pág. 333.
[7]Ibídem: Pág. 333.
[8]Lenin: En torno a la cuestión de la dialéctica.
[9]Karl Marx: Tesis sobre Fuerbach. Escrito por C. Marx en la primavera de 1845.  Publicado por primera vez por F. Engels en 1888 como apéndice a la edición aparte de su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. Se publica de acuerdo con el texto de la edición de 1888, cotejado con el manuscrito de C. Marx. Traducido del alemán. De las Obras Escogidas de C. Marx y F. Engels,  Editorial Progreso – Moscú 1981 – Tomo I, págs. 7-10
[10]Mao Zedong: Ob. Cit.; pág. 339.
[11]Ibídem: Pág. 340.
[12]Ibídem: Págs. 340-341.
[13]Ibídem: Pág. 342.
[14]Ibídem: Pág. 345.
[15]Ibídem: Pág. 345.
[16]Ibídem: Págs. 345-346.
[17] Alain Badiou: Teoría del sujeto. Ob. Cit.; pág. 13.
[18] Ibídem: Pág. 13.
[19] Ibídem: Pág. 46.
[20] G.W.F. Hegel: Fenomenología del espíritu. Fondo de cultura económica 1966; México. Pág. 84. 

¿Qué se entiende por colonialismo?

¿Qué se entiende por colonialismo, descolonización y colonialidad?

Raúl Prada Alcoreza

 

Qué se entiende por colonialismo

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Debemos acercarnos a los problemas a través de las estructuras de pensamiento; de alguna manera podemos decir que los problemas dependen de las estructuras de pensamiento. Éstas los inventan o los construyen; por lo menos están asociadas estructuras de pensamiento y problemas. No podemos separar las formaciones enunciativas de las reglas que definen los juegos de verdad. El colonialismo a pesar de ser una realidad cruda y expansiva desde el siglo XVI, asociada a la expansión capitalista, al ciclo del capitalismo del mediterráneo, no es tratado como materia del discurso teórico hasta mucho después. Si bien se puede decir que se desplegaron discursos anticoloniales constatables desde el siglo XVIII, conformándose de un modo moderno durante el siglo XIX, es a mediados del siglo XX, sobre todo después de la segunda guerra mundial y las consecuencias irradiantes de las revoluciones orientales, la rusa (1917) y la china (1949), cuando se construye un discurso descolonizador articulado al discurso antiimperialista. Uno de los artífices de esta construcción es indudablemente el intelectual crítico martinico Franz Fanon (1925-1961). Diremos que la teoría sobre el colonialismo está íntimamente ligada al discurso descolonizador; podríamos decir que es la voluntad descolonizadora la que ilumina sobre la problemática del colonialismo y la colonialidad. Lo que permite hacer ver de manera más estructurada las formas de dominación colonial, su subsistencia y perdurabilidad, dando lugar a la colonialidad en las sociedades llamadas poscoloniales, es decir, a la herencia colonial en los países independizados. Sin embargo, a pesar de esta constatación, de que el discurso descolonizador se da con bastante posterioridad al hecho colonial, no podemos de ninguna manera desentendernos de expresiones y discursos anticoloniales que aparecieron con anterioridad; primero durante el siglo XVIII y después durante el siglo XIX en el continente americano, atravesado por las guerras anticoloniales y por las guerras de independencia.  Durante estos dos siglos se extiende la crisis de los dominios coloniales extraterritoriales británico, español y portugués. Se trata de discursos anticoloniales heterogéneos y diferenciados. Durante el siglo XVIII en los Andes se desata una guerra anticolonial indígena que cuestiona las mediaciones coloniales de los caciques y el dominio de las autoridades coloniales, configurándose un proyecto político cultural de reconstitución que adquiere distintas tonalidades en los distintos periodos y contexto del conflicto. Durante el siglo XIX se conforma un nacionalismo criollo articulado al discurso liberal, vinculando los conflictos locales y regionales a un ideario republicano o patriótico. Se puede decir que el ámbito de esta formación discursiva política tiene dos umbrales, uno que corresponde a la guerra anticolonial norteamericana (1775-1783) y el otro que corresponde a la revolución independentista de los esclavos africanos en la isla La Española (1795), inspirada en la revolución francesa, revolución que emite la declaración de los derechos del hombre. Pero también se puede decir que el ámbito de esta formación discursiva política anticolonial se abre a horizontes que no terminan de desplazarse.
En toda esta historia de la problemática colonial no pueden confundirse las distintas formaciones discursivas y estructuras de pensamiento, no son las mismas interpretaciones. Las expresiones comunitarias nativas, ligadas a las estructuras del ayllu, son distintas a las invenciones políticas de los criollos andinos, usando un título de Marie Danielle Démelas[1]. En un caso hablamos de una combinación compleja y en transcurso de representaciones mesiánicas en combinación con cosmovisiones cíclicas del pachakuti, articuladas también con problemas de legitimidad de los caciques y mediadores entre el Estado colonial y las comunidades reconocidas. En el otro caso hablamos de la incorporación del discurso liberal a los conflictos de poder y representatividad entre criollos, mestizos y españoles, colocando como transformado a la comunidades indígenas. La incorporación liberal fue bastante complicada pues no era simple asimilarla en una coyuntura histórica atiborrada, definida por la invasión napoleónica al centro del imperio español, la abdicación del rey Carlos IV, la transferencia de la monarquía a Felipe VII, preso también del ejército francés, contando así mismo con pretensiones de la infanta Carlota Joaquina, en medio de los conflicto de las juntas que reaccionan a la ocupación, la de Sevilla y la Central. Una confusión que lleva a los primeros levantamientos a hablar a nombre del rey, acudiendo a la legitimidad del monarca, incluso en contra de las autoridades coloniales, los virreyes y las autoridades de la Audiencia de Charcas[2]. Este discurso adquiere ribetes cada vez más liberales en la etapa de la elaboración de las constituciones, después de la guerra de independencia.
Durante el siglo XX emergen otras estructuras de pensamiento y formaciones discursivas que ponen en cuestión las herencias coloniales, podemos identificar entre éstas a las alocuciones indigenistas en el despliegue de estos discursos. Habría que remontarse a la experiencia de las escuelas indígnales ambulantes que se inician en 1905, recorriendo ayllus y comunidades para enseñar el alfabeto. En esta secuencia, cinco años después, debemos tomar en cuenta la publicación de la Creación de la pedagogía nacional de Franz Tamayo, que con una visión vitalista define al indio como fuente de la energía nacional. Después de la guerra del Chaco los gobiernos nacionalistas van a retomar la perspectiva indigenista de una manera más integral vinculándola a las políticas públicas y a las estrategias nacionales. Primero será el gobierno militar de Gualberto Villarroel el que se comprometerá en abrir espacios para las reivindicaciones indígenas en el Estado, después será la misma revolución nacional de 1952 la que conforme institucionalmente una política indigenista en el marco del nacionalismo revolucionario. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los nacionalismos articulan el indigenismo en la perspectiva del mestizaje. Comparando nacionalismo y liberalismo, si el liberalismo quería civilizar a las poblaciones nativas, el nacionalismo buscaba su mestización. Ambos proyectos buscan la incorporación modernizadora al Estado de los pueblos nativos, desconociendo la historia, la cultura, la civilización propia de las naciones y pueblos indígenas, aunque recogen preocupaciones por la condición y destino de las poblaciones nativas. También podemos decir con cierta certeza que ambos proyectos no cobran conciencia de que no dejan de ser prolongaciones de las políticas coloniales, aunque se den por otros medios y caminos, con otras metodologías, utilizando un discurso indigenista.
Habría que preguntarse si de esta colonialidad del saber escapa el marxismo boliviano de aquellos tiempos. Por razones de espacio no podemos hacer una evaluación descriptiva de los autores considerados marxistas, empero podemos seleccionar algunos, que por su incidencia en el tema son importantes. Uno de ellos es indudablemente Gustavo Navarro, que es más conocido por su seudónimo, Tristán Marof. A diferencia de una interpretación mas bien culturalista del indigenismo Tristán Marof va tocar claves materiales de la emancipación indígena. En la Tragedia del Altiplano comprende que lo que interesa al indio no es su instrucción inmediata sino su libertad inmediata. Vale decir, su independencia económica, la ruptura de su sumisión con el patrón, la reivindicación de sus condiciones de hombre[3]. El discurso marxista introduce en la interpelación a la explotación la perspectiva de la emancipación del trabajo, la toma de tierras y la nacionalización de las minas. Es conocida la consigna de Tristán Marof de tierras al indio y minas al Estado. Reivindicaciones con las que cumplen la revolución nacional de 1952 con la reforma agraria y la nacionalización de las minas. Ante la elocuencia de este discurso y ante las medidas de la revolución, habría que hacerse una pregunta: ¿Se agota en este discurso y con estas medidas la problemática colonial? Retomando lo que dijimos, podemos afirmar que no se resuelve de ninguna manera la problemática colonial con la incorporación del indio a la llamada civilización, que no es otra cosa que la imitación de modernidad, tampoco con su incorporación al Estado, así mismo no se resuelve el problema con la reforma agraria y la emancipación económica. Estas soluciones políticas suponen una perspectiva colonial, considerar que la civilización es la occidental, consolidada después como cultura moderna, y que de lo que se trata es de civilizar, modernizar y liberar económicamente al pongo. Lo que ha hecho precisamente la dominación colonial es destruir las civilizaciones, las culturas, las instituciones nativas, atravesando los cuerpos, inscribiendo su dominio como historia política en la superficie de los mismos, induciendo a comportamientos y conductas de sumisión. La dominación colonial es polimorfa, afecta el ámbito de las subjetividades, se efectúa en la desconstitución de sujetos colectivos y trabaja la constitución de sujetos sumisos, domesticados, después, con el establecimiento de las instituciones modernas, trabaja la constitución de sujetos disciplinados. Por eso, si bien podemos aceptar que de alguna manera, los discursos liberales, nacionalistas y también de la izquierda tradicional se enmarcan en el horizonte del  derrumbamiento de las potencias coloniales, no llegan a ser discursos descolonizadores, no responden a la problemática de la dominación civilizatoria, tampoco de la crisis de la modernidad y su universalización.
Las anotaciones de Karl Marx en los Cuadernos Kovalevsky nos muestran un interés por aprender sobre las comunidades campesinas, sus orígenes, su pervivencia y su posibilidad alternativa a superar el capitalismo, sin esperar el desarrollo del capitalismo en la periferia del sistema-mundo. Esta lectura abre la posibilidad de pensar la condición multilineal de la historia, escapando a esa visión reduccionista y evolucionista de la linealidad de los modos de producción. Planteando también otras posibilidades de transición del capitalismo al comunismo[4]. En esta perspectiva se encuentra también las tesis de Marx sobre el modo de producción asiático, mostrando la necesidad de una interpretación histórica diferente de las formaciones económicas sociales y modos de producción de las civilizaciones asiáticas. Aunque Gayatri Chakravorty Spivak critica esta forma de manejar una excepción histórica, la del modo de producción asiático, inventándose otra homogeneidad asiática sin poder ver la pluralidad de formaciones y multinilealidad de historias,  queda claro que no se puede asumir la historia europea como historia universal[5]. Así mismo queda planteada la necesidad de discutir el concepto de modo de producción.  Estos desplazamientos de Karl Marx, incluyendo las cartas a Vera Zasulich, muestran búsquedas alternativas comprendiendo la evidencia deferencial de los procesos históricos[6]. Estos análisis, tomando en cuenta también a los Grundrisse, estuvieron ausentes en las lecturas y reflexiones de la izquierda tradicional, en gran parte porque las publicaciones y traducciones vinieron con posterioridad. Sobre todo no fueron atendidas sus consecuencias cuando se trataba de definir estrategias y tácticas políticas en las luchas sociales de cada país. Fueron los estudiosos de la obra de Karl Marx los que terminaron introduciendo estos tópicos, frecuentemente en la formación académica, teórica e investigativa. Ahora bien, retomando la crítica de Gaya Chakravorty Spivak, podemos decir que, de todas maneras, Marx no dejó de ser un hombre de su tiempo y no dejó de pertenecer a la episteme naciente de la modernidad. Se notan condicionamientos epistemológicos de la economía política inglesa, por lo tanto también de concepciones liberales sobre el capitalismo, también es notoria la perspectiva en un horizonte eurocéntrico en expansión[7].  No se puede esperar que en aquel tiempo se desarrolle una tesis descolonizadora sobre el capitalismo. Estas tesis vendrán después; los portadores serán intelectuales que emergen de la experiencia dramática del colonialismo.
El colonialismo moderno, del siglo XVI adelante, corresponde a la expansión violenta del capitalismo como acciones sucesivas de conquista, ocupación de territorios, sometimiento de poblaciones, extracción desmesurada de los recursos naturales, explotación, sometimiento y esclavización de las poblaciones nativas y africanas. Por esto mismo el colonialismo está asociado con la expansión universalizadora de la modernidad, aunque ésta al implantarse en territorios periféricos del sistema-mundo sufra adecuaciones heterogéneas. Lo que significa que el colonialismo no es solamente la dominación de las potencias europeas, tampoco solamente la dominación del capitalismo a escala mundial, sino la dominación de la civilización occidental de acuerdo a los códigos de la modernidad. Por lo tanto la lucha contra el colonialismo implica esta comprensión múltiple y compleja, también integral, del fenómeno colonial, lo que implica el combate en múltiples niveles a las formas y engranajes de dominación colonial, particularmente interesa la lucha contra la dominación civilizatoria, eurocéntrica y moderna. Lucha múltiple que implica abrirse a los diferentes proyectos civilizatorios inhibidos con las conquistas y los ciclos coloniales. En el continente de Abya Ayala, llamado América, implica la interpretación del presente y su futuro alternativo a partir de su pasado contenido, bajo la interpretación de las cosmovisiones indígenas. Esta lucha anticolonial, descolonizadora, es también una lucha antiimperialista y contra el capitalismo.
La descolonización significa revertir la cristalización en los huesos de la violencia colonial contra las estructuras, instituciones y formas de la dominación colonial[8]. Significa alternativamente la deconstrucción, el desmontaje, desandando el camino, de los engranajes, las maquinarias y las prácticas de la colonialidad. Lo que también implica la desconstitución de subjetividades sumisas, domesticadas y sometidas, así como la constitución de subjetividades de resistencia, de emancipación, abiertas a distintos posicionamientos del sujeto liberado, en sus condiciones individuales, grupales, colectivas, comunitarias y multitudinarias. La descolonización significa también transiciones múltiples, institucionales, políticas, económicas, sociales y culturales. En Bolivia el camino optado de la transición descolonizadora tiene el nombre de Estado plurinacional comunitario y autonómico. Lo que comprende un nuevo mapa institucional, la transformación estructural del Estado de acuerdo a su condición plurinacional y comunitaria, también de acuerdo al sistema político de la democracia participativa, en el sentido de un ejercicio pluralista de la democracia, directa, representativa y comunitaria. Así mismo comprende un nuevo modelo territorial de acuerdo al pluralismo autonómico establecido por la Constitución. Entendiendo los mandatos de la constitución, también comprende la transformación del modelo económico, abriendo caminos hacia la economía social y comunitaria. Estos tres modelos constitucionales, el de Estado, el territorial y el económico, se encuentran articulados por el modelo civilizatorio alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo del vivir bien.
             
       


[1] Marie Danielle Démelas: La invención política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX. IFEA-IEP.
[2] Revisar de María Luisa Soux El complejo proceso hacia la independencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía, conflictos locales y participación en Oruro. Plural 2010; La Paz.
[3] Tristán Marof: La tragedia del altiplano. Claridad 1935; Claridad.
[4] Revisar de Álvaro García Linera, Introducción al Cuaderno Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
[5] Gayatri Chakravorty Spivak: Crítica de la razón poscolonial. Hacia una historia del presente evanescente. Akal 2010; Madrid.
[6] Carta de Carlos Marx a Vera Zasulich. Material de formación política de la «Cátedra Che Guevara– Colectivo AMAUTA».
[7] Revisar de Pierre Rosanvallon El capitalismo utópico. Nueva visión 2006. Buenos Aires.
[8] Revisar de Franz Fanon Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica. México. 

Cartografías políticas

Cartografías políticas
Pongamos las cosas en su sitio
Raúl Prada Alcoreza
Pongamos las cosas en su sitio, este podría ser el título del artículo. Ocurre como si en la coyuntura el tiempo se hubiera desencajado de sus goznes, como se dice en Hamlet de William Shakespeare. Nada está en su sitio y el tiempo anda desquiciado. El gran dramaturgo y poeta inglés toca las claves del drama y de la trama en el tiempo. Jaques Derrida trabaja deconstructivamente estas vertientes y estas vetas en los Espectros de Marx de una manera acuciante y hermenéutica. Nosotros, los bolivianos, tenemos nuestros propios dramas y tramas, donde encontramos también estos desajustes temporales. La coyuntura actual, por ejemplo, nos muestra las desmesuras de las encrucijadas entre un horizonte temporal y otro, el que corresponde a la genealogía del Estado-nación y el abierto por el horizonte del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Obviamente no es fácil cruzar las encrucijadas, que también pueden ser laberínticas. Es difícil moverse en los límites y en las fronteras entre horizontes temporales. Pero, quizás lo más difícil es abandonar los viejos hábitos, pero sobre todo construir los nuevos escenarios. Sin embargo, esto no debe ser una disculpa sino la evaluación del desafío, sobre todo para convocar a las fuerzas que apuntan al porvenir. El problema es que se ha desmerecido todo esto, todas estas tareas, se ha menguado el alcance de las tareas, y en vez de esto, se ha optado por recurrir a lo mismo, a las mismas recetas, al apego a los procedimientos e instituciones del pasado. En otras palabras, no se asume el momento, las exigencias del momento, la convocatoria de las circunstancias. Lo que pasa entonces es que nos dejamos aplastar por el peso de estas circunstancias, mientras tanto el tiempo transcurre y los desenlaces escapan de nuestras manos y terminan resueltos por la espontaneidad de los acontecimientos.
 El tiempo está desajustado, es la impresión que nos deja la experiencia contradictoria del momento, en una coyuntura turbulenta, pero, la pregunta es qué hacer, cómo actuar, en momentos como estos, ¿para ajustar el tiempo?, ¿para poner las cosas en su sitio? No tanto como esto sino para transitar de una determinada manera este tiempo turbulento, este espacio de encrucijadas. De lo que se trata es de no perderse sino cruzar, quizás la mejor palabra, la más apropiada, sea articular, las distintas direcciones del laberinto, los distintos tiempos de una temporalidad heterogénea, que fluye como viento huracanado. Entonces diremos como hipótesis pongamos las cosas en su sitio, hagamos un mapa para poder cruzar. ¿Qué tenemos como escenarios? Empecemos a dibujarlos.
La transición al Estado plurinacional comunitario y autonómico está en una encrucijada, entre las distintas direcciones abiertas o cerradas, tenemos, en primer lugar, la que conduce a la reforma del Estado, dirección opuesta a la de la transformación del Estado. Pero, ciertamente, estas no son las únicas direcciones en juego, hay más; muy cerca de la posibilidad de la reforma del Estado se encuentra la restauración perversa del viejo Estado, con todas sus mañas, con todos sus circuitos de influencias, con todas sus corrosiones, corrupciones y deformaciones desmesuradas, por todas las formas de la economía del chantajes y sus paralelismo secretos. Por el otro lado, próxima a la posibilidad de la transformación del Estado, se encuentra lo que podríamos llamar la figura política del caos, figura que nos habla de una situación que de no lograr transformar el Estado, tampoco simplemente de su desaparición, puede darse lugar la realización descarnada de la violencia en ausencia de todo orden. En este caso, diríamos mandan directamente las fuerzas, sin mediaciones. No se trata de una sustitución del viejo Estado por un espacio de asociaciones autogestionarias, que es otra dirección posible, sino precisamente de la ausencia incluso de estas asociaciones. El escenario del ejercicio descarnado de la violencia puede ocurrir, por lo menos como hipótesis de trabajo. Para entender estas opciones, estos escenarios, desde la restauración cada vez más perversa de las formas corruptas del viejo Estado hasta el escenario del caos, pasando por la reforma del Estado, llegando a la transformación del Estado, incluyendo una compleja asociación complementaria autogestionaria, debemos evaluar lo que se supone que pasaría con el ámbito de las relaciones económicas, los circuitos, los flujos, las estructuras y engranajes económicos, vinculados a los mercados y a las formas del capitalismo periférico. En el caso de la forma perversa del Estado, podemos suponer que las formas del capitalismo periférico logran un dominio abierto y demoledor corrompiendo todas las relaciones sociales. En el caso de la reforma del Estado, las formas del capitalismo periférico son reconducidas en función de redistribuciones y participaciones estatales en el excedente, afectando las formas y buscando modificar los términos del intercambio. En el caso de la transformación del Estado, el aparato político busca incidir en la transformación misma de las formas apuntando a reproducir relaciones no capitalistas. En el caso de las asociaciones autogestionarias, ingresaríamos a un escenario que situaría el ámbito de las relaciones en formas no periféricas y no capitalista, abriendo posibilidades a mundos alternativos. Otro horizonte, otra temporalidad. En el caso del escenario del caos, se daría lugar a la aplicación directa de las fuerzas, la violencia sustituye  al intercambio.
Hemos dibujado un mapa hipotético del campo posibilidades políticas en intima interrelación con el campo de posibilidades económicas; sería importante también dibujar un campo de posibilidades institucionales, debido a que estas formas organizacionales y estructuras institucionales son los dispositivos concretos de los agenciamientos de poder. Habría que ver en este caso como en los otros los distintos escenarios. En primer lugar considerar qué pasaría en el caso de la restauración del viejo Estado; en este caso, la hipótesis concibe un panorama abrumador. Se da lugar un reforzamiento sedimentado y complejo de la vieja maquinaria, con sus distintos niveles, sus diferentes covachas, sus intersticios, pasadizos y puentes, que tratan de articular morbosamente los espacios separados de los aparatos estatales. Esta vieja maquinaria rechina al funcionar, cruje al accionar, se mueve ampulosamente en el mismo sitio aposentado, trabaja aparatosamente en pos de objetivos añejos, olvidados, sin poder reorientar su pesadez estructural a la posibilidad de nuevos objetivos de acuerdo a las exigencias de la coyuntura y el periodo. La lógica del poder, si se puede hablar así, está inscrita en su propia arquitectura, en el espesor de sus estructuras conservadas, en el esquema de comportamiento de sus funcionarios. Es como un si fuese una enorme máquina construida en la época de la energía de vapor, una gran locomotora o un gran trasatlántico, un Titanic encaminado a su destino, nada podrá hacer su capitán y su tripulación para eludirlo. No se pueden cambiar estas lógicas arquetípicas, no se las puede sustituir con discursos que alumbren otros rumbos, todo ya está decidido en las programaciones arcaicas, en las costumbres recurrentes. La única alternativa que se tendría a mano es el desmontaje de esta despiadada maquinaria.
El otro escenario en el mapa institucional es el de la reforma del Estado. En este caso la gubernamentalidad está obligada a modificaciones institucionales, a cambios estructurales; requiere de aparatos y engranajes adecuados a las reformas enfocadas. No se trata sólo de modernizaciones, tampoco de reingenierías, sino de algo más exigente: cómo adecuar la maquinaria estatal y utilizarla para los fines de la redistribución del excedente, el modelo productivo, la industrialización y la soberanía alimentaria, teniendo en cuenta las reformas políticas. En lo que respecta al escenario de la transformación estatal, ya no se trata de modificaciones sino de transformaciones estructurales institucionales. La gran tarea es inventar una nueva forma de Estado con un contenido altamente participativo, re-articulando la política a las formas sociales. Esta inmensa tarea recoge el ímpetu trastrocador de por lo menos tres revoluciones, la revolución política, la revolución social y la revolución cultural. Esto implica la realización integral de transformaciones institucionales que articulen todos estos campos y niveles. En términos de transformación política esto significa reintegrar el Estado a la sociedad, acabando con la separación moderna entre Estado y sociedad civil. En términos de revolución social esto significa no solo legitimidad social y hegemonía sino también convertir a la sociedad en la matriz de los poderes. En términos de revolución cultural esto significa no sólo la incorporación de la interculturalidad en el diseño institucional sino la emergencia y la construcción del Estado desde lo comunitario. Esta transformación institucional conlleva de suyo la transformación completa de la gestión pública liberal, gestión pública que ahora, de acuerdo a la Constitución, tiene que ser una gestión pública plurinacional comunitaria e intercultural, cuyos instrumentos de gestión vivan una transformación participativa.
Ahora bien, hay otros escenarios posibles que debemos describir; uno tiene que ver con las formas autogestionarias asociadas, que sustituyen al Estado. Esta perspectiva ha estado latente en las propuestas de los movimientos sociales del 2000 al 2005, sobre todo cuando se desataron las dos guerras del agua, en Cochabamba (2000) y en El Alto (2004), y cuando se desató la guerra del gas, en El Alto (2003). En tanto que los proyectos concurrentes de los movimientos sociales se sobre-determinaron en las movilizaciones sociales de mayo y junio del 2005. El desenlace no se dio por este lado, aunque los proyectos autogestionarios siguen latentes. En este caso, desaparecen las instituciones estatales para ser sustituidas por formas plurales de organización social. El último escenario, de acuerdo al dibujo hipotético que hemos hecho, es el relativo al caos, queriendo decir con esto que ningún proyecto se impone, ningún escenario se culmina, y todo queda a la concurrencia directa de las fuerzas y de la violencia. En este caso no se puede hablar de institucionalidad, tampoco de expansión organizacional de las asociaciones de productores, sino del enfrentamiento directo de las fuerzas.
Teniendo en cuenta este panorama con distintos escenarios posibles, los mismos que nos dibujan el laberinto de la encrucijada que debemos atravesar, vemos que la exigencia del momento es muy grande. ¿Se trata de optar? ¿Se trata de voluntad política? ¿Se trata de las condiciones de posibilidad históricas? ¿O se trata de los límites económicos, como la interpretación economicista predice? ¿De qué depende el desenlace efectivo, lo que vaya a ocurrir? Estas son las preguntas que hay que responder de una manera abierta, sin sesgos, ni buscando culpables. Hay que hacer un análisis crítico de la coyuntura y del proceso que comprenda la complejidad histórico-política de la encrucijada que hay que sortear. Un análisis crítico de las fuerzas, pero también de las organizaciones e instituciones involucradas, un análisis crítico de los sujetos, de los diferentes posicionamientos de los sujetos, pero también de los discursos y los imaginarios involucrados. En este sentido una análisis crítico de las conductas y comportamientos, pero también de las prácticas perdurables. Todos estos análisis también exigen un análisis crítico de las percepciones económicas en juego, sobre todo las dominantes al momento de la toma de decisiones.
Antes de entrar al análisis múltiple de las fuerzas y los sujetos, de las condiciones y los dispositivos, vamos a remarcar la relación de algunos escenarios con las formas políticas de resolución. Para el caso del escenario de la restauración perversa del Estado, no se requiere transformaciones institucionales, tampoco profundización de la democracia, menos participación. La restauración es la inercia de lo mismo, empero el retorno, la permanencia en el tiempo, convierten a la maquinaria heredada en cada vez más pesada, cada vez más atroz, cada vez más perversa, intentando revitalizarse o mas bien desviarse por rutas informales, marginales, secretas, como son las relativas a las relaciones clientelares, prebendales, corrosivas, corruptas, de la economía política del chantaje. Para restaurar sólo se requiere de la manipulación discursiva y publicitaria, de la demagogia, que buscará crear la imagen del cambio, cuando efectivamente nos encaminamos por los laberintos de la restauración. Solo se requiere completar la intersección del teatro, la escenificación, y la política, subsumiendo a la población en el imaginario del teatro político. Todo esto conduce a la reducida legitimidad cuantitativa de la verificación electoral. Se trata de repetir cíclicamente la restauración mediante la reiteración del voto. Para eso es menester mantener convencida a la población de los grandes cambios, que no son otra cosa que grandes cambios publicitarios.
En lo que respecta al escenario de la reforma estatal, se requieren reformas institucionales, se requiere adecuar el aparato de Estado a los fines propuestos por programas orientados a la redistribución de los ingresos, a mejorar los sistemas de trabajo, de salud y de educación, sobre la base de una reforma económica encaminada a abastecer el mercado interno mediante la sustitución de importaciones, por lo tanto teniendo en cuenta una planificación de la industrialización. Este Estado regulador e interventor se ocupa de la economía buscando controlar las perturbaciones contingentes del mercado y los condicionamientos de los monopolios de las empresas trasnacionales en el mercado internacional. Las reformas estatales no solo están enfocadas desde la perspectiva de la modernización sino también orientadas a la inversión social y a cumplir con las demandas sociales. En este caso los discursos tienen que venir acompañados por políticas efectivas, por medidas de impacto social, por lo tanto, para el cumplimiento de estos objetivos, la maquinaria estatal debe modificarse adecuándose a las tareas de las reformas política, económica y social.
El escenario más exigente es el de las transformaciones del Estado. En este caso se requiere inventar un nuevo Estado, construir una nueva forma, un nuevo contenido y una nueva expresión del Estado. Esto quiere decir construir una nueva maquinaria con tecnologías que integren lo cultural, lo social, lo económico y lo político; hablamos de un Estado que responde al sistema político de la democracia participativa, al ejercicio plural de la democracia, entendida como directa, representativa y comunitaria. Por lo tanto no se trata de un Estado construido a partir de la diferencia entre Estado y sociedad civil, como ocurre con el Estado liberal, sino mas bien de un Estado entendido como instrumento de la sociedad, un Estado que responde a las iniciativas de la sociedad, un Estado atravesado y transformado por la participación social. Este es pues el desafío de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Este Estado tiene tres ejes fuertes de transformación, la condición plurinacional, la condición comunitaria y la condición autonómica. Estos tres ejes configuran las transformaciones institucionales de acuerdo a las condiciones mencionadas. Entonces se puede decir que se produce una apropiación plurinacional del Estado, así como una apropiación comunitaria y una apropiación autonómica del Estado. Esta nueva complejidad del Estado lo conecta a la profusa hermenéutica práctica de la interculturalidad, convirtiendo a esta forma política en un espacio apropiado para las interpretaciones, conexiones, transformaciones valóricas, simbólicas e imaginarias. En otras palabras, las naciones tienen que estar plenamente presentes en la forma de Estado. La nueva complejidad también conecta al Estado a la actualización, emergencia e invención de lo comunitario. Las estructuras comunitarias, como el ayllu, las tentas y las capitanías, así como otras formas emergentes e inventadas como alternativas al capitalismo forman parte del Estado, e irradian las normas, reglas y procedimientos a la praxis política. Así mismo la nueva complejidad conecta al Estado a los enfoques territoriales, regionales y eco-sistémicos. Se produce entonces un descentramiento, una descentralización administrativa y política, que plantean una nueva articulación e integración mas bien congruente con la diversidad y la pluralidad. La reinvención del Estado en el escenario de la transformación del Estado amplia la complejidad heurística del Estado pero a su vez crea amplios y profundos niveles de cohesión e integración articulando la diversidad en su diferencia. Esta transformación del Estado implica una profundización de la democracia y del ejercicio democrático en el contexto de los detalles y la participación social.
Deberíamos concentrarnos en estos tres escenarios, el correspondiente a la restauración del Estado, el relativo a las reformas estatales y el referido a la transformación estatal, dejando pendientes el escenario de las asociaciones autogestionarias y productivas, por un lado, y el escenario problemático del caos políticos, debido a las grandes dificultades que se tiene dibujar estos escenarios, no sólo por la falta de información sino también de tratar las condiciones de posibilidad histórica y los niveles problemáticos del último escenario. Sin embargo, podemos decir algunas cosas sobre el escenario de las asociaciones autogestionarias, escenario que no es descartable de ninguna manera, que además se puede combinar con el escenario de la transformación estatal. La hipótesis de interpretación propuesta en este caso es que se puede dar una transición larga hacia este escenario, que requiere resolver problemas de dominación y hegemonía a nivel mundial, así como problemas relativos a la constitución de sujetos libres. La utopía de las asociaciones autogestionarias libres es posible en la medida que se generen profusos y proliferantes niveles de coordinación y armonización complementarias en los múltiples niveles de relacionamiento social, político, económico, cultural e internacional.
  
Análisis múltiple de las fuerzas, las instituciones, las organizaciones y los sujetos
¿Qué fuerzas están involucradas? ¿Cómo visualizar estas fuerzas? La fuerza es un concepto abstracto, sin embargo no muy diferente a otros conceptos usuales en las llamadas ciencias sociales, la sociología, la antropología, la ciencia política e incluso la economía, si la consideramos ciencia social. Empero, el concepto de fuerza viene de la física; varias veces las ciencias sociales han estado tentadas de desarrollar una metodología física en las ramas sociales. Ya Auguste Comte nos hablaba de una fisiología social; aunque esta no era otra cosa que la perspectiva positiva, que consideraba atender a lo real, enfrentada a la perspectiva que consideraba que atendía lo negativo y lo abstracto de Voltaire y Rousseau. La metodología y epistemología positivista tuvieron una fuerte influencia en las corrientes empiristas de las ciencias sociales; sin embargo, a pesar de la pretensión, desarrollar ciencias empíricas, positivas, que traten de los fenómenos reales, no terminaron de trabajar adecuadamente el concepto de fuerza. Paradójicamente, la re-conceptualización de las fuerzas se dará desde el lado filosófico, desde una perspectiva mas bien vitalista, vinculada a las interpretaciones de los escritos intempestivos de Friedrich Nietzsche, que trabaja el concepto de cuerpo, recogiendo una tradición espinosista. Después de un largo estudio de la obra de Nietzsche, Michel Foucault re-trabaja el concepto de fuerza para describir las relaciones de poder, definidas precisamente como relaciones de fuerza. Desplaza de este modo la discusión política, sociológica, antropológica y psicológica a otros terrenos, el de los diagramas de poder, de los agenciamientos de poder, de los campos de fuerzas. Se produce un replanteo completo del modo de ver la política, la sociedad, la cultura y al sujeto. Podríamos decir que esta es una ruptura epistemológica, obviamente no bien aceptada por los científicos sociales, que terminan descolocados ante este desplazamiento. Tampoco los filósofos miraran con buenos ojos esta irrupción arqueológica, genealógica y hermenéutica; mucho menos los marxistas, salvo Antonio Negri, quien es capaz de articular las críticas del poder, del saber y del sujeto a la crítica renovada del capitalismo. También los culturalistas terminan desechando los aportes de la crítica de la epistemología, de la crítica del poder, de la crítica de la modernidad, sencillamente porque proviene de occidente. Esta postura fundamentalista cree que se puede construir un pensamiento propio desmarcándose de occidente, incluso de las propias críticas de la cultura occidental, la modernidad, y las críticas del capitalismo. Estas posiciones olvidan que la construcción de un pensamiento propio no es posible sino en la hermenéutica entre los distintos horizontes culturales, ciertamente centrándose en la perspectiva de los valores y símbolos ancestrales propios. Esta demarcación fundamentalista nos lleva al encaracolamiento enquistado del localismo sin posibilidades de irradiar ni de proyectar hegemonía. Este encaracolamiento también ha sido dramático en las corrientes marxistas que no siguieron la costumbre de sus fundadores de discutir con las concepciones avanzadas de la época. Los fundamentalismo demarcan violentamente su distinción empero terminan proponiendo proyectos reformistas, en el fondo repiten de alguna manera disidencias teóricas modernas usadas para pensar su propias diferencias. No han podido avanzar en la interpretación radical de las cosmovisiones indígenas, que necesariamente tiene que hacerse en el ámbito de la contrastación de sistemas simbólicos, culturales y epistemológicos. En gran parte son posturas para defender privilegios académicos o de territorios privados, supuestos monopolios de saberes secretos. Otras versiones rayan en el retorno al teologismo, acompañando al pesimismo postmodernos en la búsqueda insaciable de un más allá. Hay que distinguir estas preocupaciones de la necesidad de entender e interpretar las formas, los contenidos, las expresiones de las espiritualidades ancestrales, de la perplejidad ante lo sagrado. De la misma manera hay que situarse críticamente ante rescates apresurados de los “usos” y “costumbres” que muchas veces resultan mas bien costumbres renacentistas de los primeros periodos coloniales, hibridaciones medioevales y nativas[1]. La perspectiva descolonizadora requiere de una comprensión crítica y profunda de la historia, así como de la historia crítica. Al respecto quisiera citar algunos trabajos inéditos de Jiovanny Samanamud, joven crítico e investigador, quien apertura nuevas vetas de la discusión sobre descolonización desde un cuestionamiento a las epistemes de la modernidad, en este mismo camino se abre a nuevas perspectivas de las interpretaciones de las espiritualidades ancestrales. Entre los artículos que podemos citar se encuentran: 25 de enero, el cambio de la flecha de la historia, Hacia una arquitectónica del proceso Constituyente, Revolución y transformación: ensayo sobre la experiencia humana de la liberación desde una fuente “no moderna”.En este sentido, nuestra ubicación puede entenderse como el de la construcción de un pensamiento crítico y propio en el contexto de la hermenéutica de horizontes histórico-culturales y de horizontes epistemológicos. 
Lo que interesa es situarnos en esta ruptura epistemológica y usar a partir de ella el concepto de fuerza para visualizar el campo de fuerzas en Bolivia en la coyuntura de transición. Partamos de la siguiente proposición: El poder es una relación de fuerzas. Fuerzas que afecten y fuerzas afectadas. Fuerzas que hacen de función de poder y fuerzas que hacen de materia de poder.  ¿De qué fuerzas hablamos? Hablamos de fuerzas que se mueven en el campo político, en el campo social, en el campo económico, en el campo cultural, fuerzas que presionan, tensionan, inducen, chocan, inciden, fuerzas que en definitiva configuran los campos y recorren los territorios, definen espacios y atraviesan los cuerpos. Fuerzas agrupadas, conglomeradas, que forman bloques o flujos de ataque. Fuerzas compactas, ordenadas y organizadas en instituciones, fuerzas dispersas y bullentes en las calles, fuerzas distribuidas en los territorios. Fuerzas movilizadas y fuerzas de contención. Fuerzas de dominio y fuerzas de resistencia. ¿Cómo actúan las fuerzas, unas respecto de otras? Obviamente la relación no es directa, salvo en las guerras; incluso se da el caso que en las guerras contemporáneas, los combatientes no se ven. Todo se produce, pero no se ven. Los que ven son los espectadores de los noticiosos televisados. Todo se produce en contextos largamente preparados, medianamente preparados o inmediatos e improvisados. Todo depende de las circunstancias y las condicionantes. Las fuerzas requieren de disposiciones, dispositivos y agenciamientos, requieren de espacios estriados o lisos, de territorios, con sus espesores y configuraciones, de estructuras, que les permitan circular y ejercer su potencia. Las fuerzas se relacionan con otras fuerzas a través de tecnologías, discursos y prácticas. Por eso tenemos que hablar de mapas, de formaciones y conductas, también de cartografías, saberes y posicionamientos del sujeto. Las fuerzas no se dan por sí solas sino por condiciones de posibilidad, por campos de posibilidad y espacios de efectuación. Hay que comprender todo este contexto, toda su composición, que podemos llamarlo diagrama de fuerzas. A partir de estas premisas podemos abordar el análisis de las fuerzas en la coyuntura.                 
Los campos de fuerza en la coyuntura
¿Cómo dibujar estos campos de fuerzas y en cada uno su propia configuración? La tarea no es fácil si tomamos en cuenta lo que hemos dicho más arriba; tenemos que relacionar las fuerzas con sus contextos, sus mapas institucionales, sus agenciamientos, sus disposiciones y dispositivos, además de sus prácticas. Parece que conviene comenzar por el Estado como campo de fuerzas, para luego seguir con un conjunto de campos de fuerzas territoriales, mas bien regionalizados y localizados. Obviamente no podemos dejar de comprender que estos campos de fuerzas forman parte también de campos de fuerzas más macros, campos de fuerzas regionales, campos de fuerza geopolíticos, campos de fuerzas mundiales.
El campo de fuerzas del Estado se compone a su vez por varios niveles. No necesariamente un primer nivel, sino el más extenso, es el relativo a los aparatos de Estado, que comprende al aparato propiamente político, que se corresponde con la maquinaria gubernamental. Obviamente no es el único aparato de Estado, hay varios, están el aparato educativo, cultural y comunicacional; también el sedimentado aparato jurídico, transversal a las prácticas de los otros aparatos; los aparatos de emergencia del Estado, que son las Fuerzas Armadas y la Policía, así mismo están los sistemas descentralizados y autónomos, el sistema municipal y el sistema de gobernaciones, en este terreno también deberíamos empezar a contar con el sistema de las autonomías indígenas. Además del aparato político se puede describir el aparato económico, que si bien se intersecta en parte con el aparato gubernamental y el aparato jurídico, por la normativa, las regulaciones y los procedimientos, tiene su propio espacio de realización, utilizando la infraestructura y la estructura logística que le permite circular y fluir. Un núcleo de importancia para el funcionamiento económico es el sistema financiero, que viabiliza las actividades económicas a través de múltiples transacciones y operaciones, además claro está de sostener la capacidad de ahorro y crédito. Este sistema financiero ciertamente se halla vinculado o amparado por la normativa específica vigente, pero también se encuentra vinculada a los circuitos de capital internacional y los circuitos de capital en el interior del país. En lo que respecta a la normativa, su relación con el Banco Central es importante. Ahí es donde podemos ver el carácter liberal o regulador del Estado con el sistema financiero. Por otra parte también es imprescindible comprender las relaciones del sistema financiero del país con el sistema financiero internacional, tanto con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, como otros organismos internacionales de cooperación, así también considerar la relación con la banca privada internacional. También es importante comprender la relación del sistema financiero con el complejo productivo, así mismo con el complejo comercial y de los mercados. Del mismo modo y en esa extensión, comprender la relación del sistema financiero con los ahorristas ciudadanos, con las cajas de ahorros, de seguros y las AFPs. De lo que se trata es de averiguar sobre la autonomía relativa de los complejos productivos, comerciales, de ahorro, o de su relativa dependencia respecto al sistema financiero. Lo importante en este caso es definir dominios. En lo que respecta al campo económico es importante identificar los recorridos específicos de los mercados concretos, sus circulaciones, sus obstáculos, sus ritmos y sus problemas.
Entre el campo político y el campo económico hay intersecciones, más bien entrelazamientos, diremos articulaciones complejas. Circuitos y políticas se entrecruzan, producciones y formas administrativas se articulan, mercados e instituciones se superponen; lo que demuestra que la realidad se da de una manera integrada, compuesta, no analítica. Esta complejidad es un desafío para la teoría que necesita separar para analizar. Lo que evidencia que lo que se analiza es lo separado, por lo tanto ya lo abstracto, las representaciones, no la dinámica misma de lo que acontece. Son estas articulaciones específicas y complejas las que deben ser pensadas para entender los problemas que plantean las coyunturas y los periodos, donde se puede configurar el despliegue de los procesos. Con esta mirada de las articulaciones y composiciones complejas se puede visualizar las dificultades y los obstáculos que impiden a un proceso desprenderse de las resistencias al cambio. Por ejemplo, nos haríamos al respecto una pregunta: ¿Cómo puede esperarse el cambio hacia el modelo productivo si no se transforman las políticas, las formas administrativas y las instituciones? La realización del modelo productivo no es llevar a efecto un discurso, ni siquiera un plan, sólo es posible mediante la transformación de las condiciones de posibilidad, el contexto donde se tiene que desprender el modelo productivo, por lo tanto requiere de la transformación institucional, administrativa, de normas, políticas, conductas, comportamientos y práctica. Así mismo el modelo productivo requiere de una predisposición, de una disposición y de posicionamientos del sujeto adecuados, por lo tanto de la constitución de sujetos producentes. El modelo productivo requiere de una transformación integral de las condiciones, de los instrumentos y de las prácticas. Este enfoque apunta a una revolución cultural, de las conductas, de los comportamientos y de las prácticas. Al respecto, cuando hablamos de modelo productivo no estamos hablando de un modelo de explotación sino de un modelo que articula las capacidades, las potencialidades, la creatividad de las fuerzas y sujetos involucrados en la transformación armónica. Este modelo productivo es distinto a los modelos desprendidos por el capitalismo, pues no se basa en la explotación de la fuerza de trabajo y en la explotación de los recursos naturales, sino en la conjunción armónica de las fuerzas y los ecosistemas. Lo que no quiere decir negar la industrialización sino subsumirla a las lógicas de la vida, a los ciclos vitales, a las interrelaciones involucradas en procesos de complementariedad y de transformación. Lo que queremos decir es que en la medida que tengamos los esquemas capitalistas y los modelos derivados del paradigma de la revolución industrial no se va hacer otra cosa que repetir las formas perversas de producción, de acumulación de capital, que terminan consolidado las formas de dependencia y reproduciendo el modelo extractivista de distintas maneras y combinaciones, contando incluso, si se logran levantar sectores industriales, con formas industriales subordinadas a la acumulación ampliada de capital en escala mundial. La perspectiva emancipadora y creativa es que otro modo de producción es posible.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 
Antes de entrar a la complejidad de los otros aparatos de Estado sería bueno detenernos en las articulaciones entre el campo político y el campo económico. Para eso va a ser indispensable una breve descripción de la económica y del mapa político de Bolivia. Podemos decir que el peso de la economía y la base económica radican en la explotación extractivista, primero minera y después hidrocarburífera, ahora en combinación, sosteniendo todo el funcionamiento económico del país. Ciertamente a esto hay que agregarle una leve tendencia a la diversificación de la producción y las exportaciones con el crecimiento, todavía incipiente, de la producción agrícola y pecuaria, en la perspectiva cada vez más insistente de la exportación que a satisfacer las demandas del mercado interno. Históricamente primero la plata y después el estaño han sido los rubros de conexión más fuertes con el mercado internacional. Se dice que en un tiempo se consideró que Bolivia contenía las reservas más grandes oro y plata, también fue el principal productor del estaño a principios del siglo XX. A fines del siglo XX y principio del siglo XXI sus principales exportaciones se concentran en los hidrocarburos, principalmente gas, al Brasil y la Argentina, también se exporta plata, zinc y se sigue exportando estaño, aprovechando el incremento de los precios de los minerales. En lo que respecta a la agricultura, el principal producto de exportación es la soya. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar a la ganadería, a la producción de azúcar y de arroz, destinados en gran parte al mercado interno, empero con tendencia a participar también en el mercado externo. El aporte de la economía campesina y comunitaria no está cuantificado en el cálculo de los indicadores macroeconómicos, lo que habla mal de la debilidad y adecuación de estos indicadores, empero parte de la alimentación de los bolivianos se debe a la producción campesina y comunitaria, principalmente de la papa y de verduras.
Ahora bien, cuál es el mapa empresarial en la minería, los hidrocarburos y los sectores agropecuarios. En la minería, desde la implantación del proyecto neoliberal (1985), la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) dejo de ser el complejo empresarial estatal que conformaba el monopolio de la explotación minera, aunque compartía la explotación minera con la llamada minería mediana y la minería chica, además de la cooperativa. La explotación minera fue entregada a la empresa privada, principalmente trasnacional. Estas empresas trasnacionales se llevaron del país más de 4 000 millones de dólares entre 1996 y 2005, dejando apenas menos de 100 millones de dólares al Estado por distintos conceptos. Del 2005 al 2010 esta situación no ha cambiado, con la diferencia que se ha ido acrecentando el monopolio de las empresas trasnacionales. Llama la atención el caso de la mina San Cristóbal, que llega a exportar minerales con un valor aproximado a 1000 millones de dólares, dejando al Estado pírricos tributos y regalías. Se dice que por cada 100 dólares que genera la minería 98 se llevan las trasnacionales, las empresas privadas nacionales y las cooperativas. Un balance coyuntural para el año 1997 arrojaba el siguiente balance:
Las empresas mineras exportaron $us 520 millones y sólo aportaron al país con $us 11 millones. Hasta 1997, las regalías del sector eran del 35%, luego con algunas modificaciones se llegó a rebajar hasta 1,5%[2].
Este es el impacto del proyecto neoliberal, bajar las regalías hasta casi hacerlas desaparecer, dejando de percibir de esta manera el 93% de las regalías que recibía el Estado. Ese 1,5% expresa claramente el sentido de soberanía y de Estado que tenía el proyecto neoliberal. El balance sigue:

El nuevo Código de Minería, aprobado en la primera gestión de gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, revela que en el 2004 las transnacionales mineras exportaron por un valor total de $us 520 millones, de los cuales pagaron a Bolivia apenas $us 11 millones.
Como se puede ver la participación del Estado en el beneficio de esas exportaciones es de apenas el 2%. La razón de la bajísima tributación de las empresas al Estado es que se optó por una política de incentivos en un periodo de bajos precios de los minerales, sin embargo la misma situación se siguió manteniendo cuando los precios de los minerales subieron. ¿Cuál la razón? ¿Incentivo a las empresas privadas? ¿Acaso no es suficiente su supe-ganancias? ¿Por qué se castiga al Estado y al pueblo boliviano, que es propietario de los recursos naturales? En el balance se dice que:
Estas condiciones, extremadamente favorables para las empresas mineras, fueron aprobadas en 1996, con el argumento de atraer inversiones para este sector. En esos años, la cotización de los minerales había bajado y esa fue otra de las razones para que se permita a las empresas que exportan minerales pagar sólo el Impuesto a las Utilidades de las Empresas (IUE), del 25% y el Impuesto Complementario  a la Minería (ICM) que oscila entre el 3 y el 5%. Las empresas que venden minerales en Bolivia pagan además el Impuesto al Valor Agregado (IVA), del 13% y el Impuesto a las Transacciones (IT), del 5%.
Como se puede ver, las regalías son sumamente bajas para la minería. Los impuestos no compensan esta situación. Recogiendo el balance del periodo vemos que sólo el 13% del valor de las exportaciones corresponde a regalías y el 7% al impuesto a las utilidades mineras. Es indispensable por lo bajo, como mínimo, subir las regalías. Se ha dicho que por lo menos la regalías debían subir hasta el 40%. Sin embargo, el problema no termina de resolverse ahí, pues de lo que se trata es de recuperar el control del proceso productivo minero por parte del pueblo boliviano y su instrumento administrativo que es el Estado, desde la exploración hasta la comercialización, pasando por explotación, los procedimientos de recuperación en los ingenios, exigiendo la llegada a la fundición, en el mejor caso a las aleaciones. Esto pasa por convertir a COMIBOL en el gran complejo minero de Bolivia, sacándola de su letargo meramente administrativo y burocrático. ¿Qué significa esto? Una nueva nacionalización de la minería en Bolivia.
Un ejemplo claro es lo que pasa con la mina San Cristóbal. Se trata de los más grandes yacimientos mineralógicos existentes en suelo; se clasifica a San Cristobal como la mina de plata a cielo abierto más grande del mundo, en proceso de extracción. Se ha instalado uno de los sistemas de extracción más sofisticados y de tecnología avanzada en la región de Nor Lípez del departamento de Potosí. Un informe de la misma empresa Minera San Cristóbal describe el tamaño de sus actividades:
Cada año, y en promedio durante los primeros cinco años, la mina producirá aproximadamente 1.300 toneladas métricas/día de concentrados de zinc-plata y 300 toneladas métricas/día de concentrados de plomo-plata, llegando a un volumen aproximado de 600.000 toneladas anuales de concentrados. Para ello, se movilizarán 150.000 toneladas diarias de material con un promedio de leyes de cabeza de 1,60% de zinc; 0,59% de plomo y 63 gr. /tonelada de plata. De este volumen, la planta procesará 40.000 toneladas diarias a través de un circuito de molinos SAG (semi-autógeno) y dos molinos de bolas con dos etapas de flotación, filtrado y secado. 
 Las dimensiones de la explotación son gigantescas. Pero, ¿a quién beneficia? El mismo informe dice que:
Minera San Cristóbal S.A. (MSC) es una empresa minera boliviana. Sus accionistas son Apex Silver Mines Limited (Apex) y, desde septiembre de 2006, Sumitomo Corporation de Japón.
En un informe del CEDLA se hace un balance exhaustivo de la relación entre las empresas que explotan San Cristóbal y el Estado boliviano.  La conclusión que saca es categórica:
Aunque el presidente Evo Morales dijo poner fin “al saqueo de los recursos naturales” y “al modelo económico subastador” de anteriores gobiernos, el Gobierno actual promueve una política de exportación masiva como medio para incrementar los ingresos fiscales, relegando la posibilidad de  industrializar la producción minera, lo que es corroborado por el megaproyecto San Cristóbal.
El informe continua:
En  el  2007,  por  concepto  de  ICM,  el  PSC  generaría alrededor de 10 millones de dólares, correspondiente a tres meses, y en el 2008,  aproximadamente 40 millones de dólares por exportaciones con un valor mayor a 800 millones de dólares. Comparando estos resultados con los 45 millones de dólares de ICM obtenidos en el 2006 por la exportación de  minerales con un valor de 1.000 milllones de dólares, el PSC prácticamente duplicaría los ingresos fiscales provenientes de la minería. Asimismo, con la puesta en operación del PSC, el ICM del departamento de Potosí alcanzaría a 63 millones de dólares en el 2008, cuando el proyecto minero opere a plena capacidad, lo que representará casi el triple de su equivalente en el 2006. Sin embargo, se debe considerar que este incremento absoluto de ingresos fiscales, oculta el hecho de que en ningún caso  los mismos superarán el 5% del valor de la producción.  Además, los ingresos de 45 millones de dólares del 2006 corresponden a los impuestos pagados por la explotación de minerales de menor precio. En realidad, la porción que dejará la empresa para el Estado boliviano está constituida por el pago del Impuesto Complementario Minero (ICM), bajo la figura de regalía al departamento de Potosí. Este impuesto alcanzará el tope máximo de 5% del valor de las exportaciones, situación que no cambia, en lo  fundamental, lo sucedido durante toda la etapa neoliberal.  
La persistencia del régimen tributario permite a las empresas obtener ganancias extraordinarias. Aunque los precios de la plata se incrementen en el mercado internacional, la tasa máxima del ICM para este proyecto será de 5%, que corresponde al impuesto de los concentrados de zinc-plata y depende de la cotización del zinc, un mineral mucho más barato que la plata. De este modo, la diferencia entre los costos y los precios favorecerá directa y únicamente a la empresa exportadora y no al Estado.
Esta es la dramática situación. El Estado no llega obtener sino un valor del 5% por concepto de Impuesto Complementario Minero sobre el valor de las exportaciones. ¿Por qué se insiste entontes en garantizar la inversión de capital extranjero? ¿Qué se busca? ¿Solamente ingresos, que son pírricos si comparamos con el movimiento de capitales de inversión, de exportación y las ganancias de las empresas? ¿Industrialización? La fundición de los minerales no se va a dar en Bolivia, sino en las fundiciones instaladas en otros países:
No habrá ningún proceso de industrialización, la fundición y refinación se realizará fuera del país. Para ello, la empresa ha suscrito acuerdos de venta de largo plazo para aproximadamente el 80% de su producción planeada, de los concentrados de zinc-plata y plomo-plata, con fundiciones de Europa, Asia y Australia.     
¿Cuál es objeto de depredar el medio ambiente, cuyos costos no se han cuantificado, dejando tremendas excavaciones, que no benefician sino al proceso de acumulación de capital del sistema-mundo capitalista? ¿Por qué no se cambió el concepto, la estructura, la normativa minera, de tal manera que se sienten las condiciones iniciales de articular un verdadero modelo productivo, que tenga efectos acumulativos propios, relacionándolo a la soberanía alimentaria y al equilibrio, la complementariedad y la integración armónica con los ecosistemas? ¿Cuánto ha cambiado la realidad de la región de Potosí desde la llegada de las empresas que explotan San Cristóbal? ¿Ha mejorado? ¿Se cumple con lo establecido con la Constitución? ¿Se ha exigido la migración de contratos? ¿Se ha preguntado al propietario de los recursos naturales, el pueblo boliviano, qué se debería hacer con estos ingentes recursos naturales, de plata, de zinc, de plomo?  Estas son las preguntas que deberían permitirnos entender esta compleja articulación entre el campo político y el campo económico, lo que pasa con las fuerzas y sus contextos.
Hipótesis del diagrama de la subsunción
Ciertamente hay distintos niveles de la realidad y todavía no hemos llegado a comprender la complejidad de lo que llamamos universo, también cosmos, que quizás sea mejor nombrarlos como pluriverso, tampoco conocemos del todo lo que ocurre en los niveles subatómicos, y se está comenzando a estudiar la antimateria. Quizás cambien nuestras percepciones desde que vivimos la incidencia de la física cuántica en otros campos de interpretación; las primeras repercusiones se han hecho sentir en las llamadas teorías de la complejidad. Sin embargo, debemos dar cuenta de ese nivel inmediato de la realidad que nos afecta, que repercute en nuestras vidas cotidianas, debemos dar cuenta por ejemplo de los condicionamientos del sistema-mundo capitalista en los contextos de sus periferias, responder a las preguntas que tienen que ver con las siguientes cuestionantes: ¿Por qué no se sale de los círculos viciosos de la dependencia? ¿Por qué las utopías no se realizan, entendiendo utopías también como proyectos latentes? ¿Por qué es tan difícil la descolonización? ¿Qué pasa con las otras instituciones y formas civilizatorias contenidas en el contexto hegemónico capitalista, como las relativas a las formas de complementariedad y reciprocidad inscritas en la forma Ayllu? Obviamente no se trata de disputar contra la modernidad y el capitalismo desde el escritorio, no es una competencia de ideas, tampoco una concurrencia de discursos, como creía Jürgen Habermas, sino una correlación de fuerzas en campos de realidad efectivos. A este campo de lucha la modernidad le ha dado el nombre de política. Tratemos de entender cómo se resuelven o pueden realizar los proyectos en estos terrenos, no solamente en el espacio del convencimiento, la filosofía o la retórica. Ahora bien, es posible que en un mundo interconectado todo esté integrado e interrelacionado, pero no de una manera directa, pues interpretar de esta manera sería un reduccionismo, pasaríamos del reduccionismo geográfico al reduccionismo atómico, llamémoslo reduccionismo cuántico, pasando por el reduccionismo economicista. Para decirlo en términos sencillos y no del todo adecuados, las “mediaciones” son evidentes, hay que tomarlas en cuenta, forman parte de los niveles de realidad. Es indispensable distinguir esas diferencias, pues de lo contrario pecaríamos de caer en un nuevo determinismo. En el caso que nos compete es imprescindible entender las formas, los medios, los acondicionamientos, del capitalismo en las periferias dominadas por el centro del sistema-mundo capitalista. Y en este contexto, el papel y la función que cumple el Estado.
La hipótesis sobre la que trabajamos el análisis establece que:
El Estado-nación subalterno de las periferias del centro del sistema-mundo capitalista forma parte del fabuloso complejo de sistemas y redes de aparatos, dispositivos y agenciamientos de la acumulación ampliada de capital, combinada perversamente con la persistencia y repetición anacrónica de la acumulación originaria de capital. Los Estado-nación subalternos están para administrar de la mejor manera posible la transferencia de riqueza y de valores desde las periferias a los centros de acumulación ampliada de capital. Mientras estas maquinarias estatales estén subordinadas al arden mundial, a la hegemonía mundial, en tiempos de crisis, a la dominación a secas mundial, es prácticamente imposible pensar en salidas emancipatorias y de liberación. Esta fue la ilusión del proyecto de sustitución de importaciones que trató por la vía del Estado interventor y regulador escapar de la dependencia y el llamado “subdesarrollo”, pero no pudieron hacerlo. En el mejor de los casos lograron convertirse en potencias emergentes, como el caso de Brasil, o en incompletos sistemas industriales que trataron de cubrir las demandas del mercado interno, como en el caso de Argentina y México. Pero, en realidad terminaron abriendo nuevos mecanismos dependencia en lo que respecta a la transferencia tecnológica y al capital financiero. En un mundo globalizado e interdependiente, cuya lógica sigue siendo la de la acumulación de capital, la incidencia de las potencias emergentes y de los países que logran cubrir parcialmente la demanda de su mercado interno, no es de lograr la independencia sino de reforzar las formas de articulación y dependencia respecto a las transformaciones estructurales dadas en el ciclo del capitalismo vigente.
Esta enseñanza histórica nos muestra que para poder incursionar efectivamente en los horizontes alternativos a la dependencia se debe demoler estas maquinarias herederas y reformadas del colonialismo, los Estado-nación subalternos. Se debe construir formas políticas alternativas. Ahora bien, ¿cuáles son estas formas políticas alternativas?
En Bolivia y Ecuador los procesos constituyentes abiertos por las luchas sociales y de las naciones y pueblos indígenas originarios, han dado lugar a constituciones que postulan el Estado plurinacional, que desde la perspectiva de las organizaciones indígenas es el camino efectivo de la descolonización. Ciertamente se trata de una transición, que debe ser transformadora, llevando a cabo transformaciones estructurales, transformaciones institucionales y cambando las condiciones de posibilidad histórica, en la perspectiva de la descolonización y de la construcción de modelos alternativos al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. Esta es la posición viabilizada por las luchas sociales. Empero frente a esta alternativa se han fijado y planteado resistencias; quizás la más importante es la que tiene que ver con la mantención del Estado-nación, sólo incorporando cambios retóricos, discursivos, simbólicos, adornos y barnices. Esta posición, que es pragmática, es la más peligrosa, pues suplanta la voluntad colectiva hacia el cambio y la descolonización por el realismo político que va repetir, en el mejor de los casos, la historia del proyecto de sustitución de importaciones, y en el peor de los casos, a continuar por otros caminos el proyecto neoliberal. Las otras resistencias son menos peligrosas, pues no cuentan con la correlación de fuerzas y se encuentran debilitadas, pero de cualquier manera se manifiestan. Entre estas resistencias se encuentran las posiciones institucionalistas que reclaman el funcionamiento del Estado de Derecho, supuestamente el mejor invento de la racionalidad moderna, olvidando lo que ocurre en todas partes del mundo y podemos identificar con la degeneración de la política y su conversión manipulada en publicistica. En esta secuencia, también aparecen las resistencias de las oligarquías regionales que defienden sus privilegios de clase, de casta, de monopolio de la tierra y dominio comercial, incursionando en el mercado externo. Estas oligarquías generalmente tienden a reproducir su apego al proyecto neoliberal. Ampliando este contexto, también han aparecido voces aparentemente fundamentalistas que critican al Estado plurinacional por su inherente contradicción y confusión pluralista. Como alternativa plantean un proyecto que llamaremos culturalista, como el relativo a la forma Ayllu. Planteamiento que compartimos, sin embargo,  de lo que se trata es de hacerlo viable. ¿Cómo? ¿Con un tinku? ¿Un encuentro dual entre modernidad y no-modernidad, entre intercambio y reciprocidad? Para comenzar hay que distinguir que el tinku se da entre similares, entre los de la parcialidad de “arriba” y los de la parcialidad de “abajo”, los de aran y los de urin; no se da entre cualitativamente distintos, menos entre civilizaciones diferentes. Lo que se ha dado cuando ha habido este encuentro es una dominación a secas del modelo del intercambio sobre el modelo de reciprocidades, supeditándolo, situación que el mismo Dominique Temple reconoce[3]. ¿Vamos a proponer este encuentro como el que se ha dado con la Conquista y los primeros periodos de la Colonia? ¿Qué nos garantiza que no vuelva a ocurrir lo mismo? ¿O es que creemos ingenuamente que puede darse un equilibrio o una dominación del proyecto alternativo basado en las reciprocidades, invirtiendo la situación, esta vez con la supeditación del modelo del intercambio al modelo de reciprocidades? El problema de estas posiciones, que subestiman el predominio, la hegemonía y la dominación capitalista, que no vinculan, como debería hacérselo, el colonialismo con el capitalismo, como procedimiento violento de expansión capitalista, vinculado a la acumulación originaria de capital, es que terminan siendo proyectos reformistas, que terminan defendiendo el Estado liberal, el Estado-nación, por lo tanto las formas del Estado colonial. Estas posiciones se sienten más cómodas planteando proyectos abstractos sin vinculación política, despreciando el espacio práctico de realización que es la política, por lo tanto se sienten más cómodos acepando en efectivamente el estado actual de cosas, la configuración de las formas de dominación polimorfas presentes, dadas en las condiciones del Estado-nación, incluso defendiendo el Estado de derecho y la división de poderes liberal. Prefieren mantener el Estado, en su condición de Estado-nación, que asumir los desafíos de la transición. La crítica intelectual al Estado plurinacional en realidad es la manifestación de una gran confusión intelectual. Se confunde planos de la discusión, la dimensión de la interpretación teológica, con la dimensión de la interpretación pagana, por así decirlo, la dimensión efectiva. Se confunde lo leído en las investigaciones antropológicas, que corresponde a la interpretación de Marcel Mauss sobre la polinesia, sobre el potlatch y el kula, sobre el circuito del don, con otras múltiples formas de relacionamiento particulares, singulares, regionales y culturales. No se observa la pluralidad de formas de relacionamiento, por lo tanto la riqueza misma de lo cultural y lo social al manifestar proliferantemente su diferencia. Se cree que hay dos bloques, el bloque occidental y el bloque no-occidental. La pluralidad de lo no-occidental, su heterogeneidad, plantea una diferencia con la homogeneización universal de occidente, aunque esta situación haya variado con la incorporación misma de la diversidad el multiculturalismo liberal. Esta diferencia radica precisamente en la pluralidad y heterogeneidad de formas. No solamente es el Ayllu, sino distintas formas de lo comunitario. Otra confusión tiene que ver con lo que llamaremos el reduccionismo cuántico, salimos de reduccionismo geográfico, después del reduccionismo economicista, para caer en el reduccionismo cuántico. El secreto se encontraría en las estructuras subatómicas. Allí está la determinación fundamental. Sabemos que un universo hecho posible fue el que se formó a partir de la formación de los átomos y las estrella, pero también eran alternativos y posibles otros universos. Por otra parte entre los átomos, las partículas, las moléculas, las macromoléculas y la complejidad y diversidad biológica hay pues lo que llamaremos por el momento “mediaciones”. No se da el condicionamiento de manera directa. Más aún cuando hablamos de las dimensiones y múltiples procesos históricos y diferenciadas formaciones sociales, los condicionamientos “atómicos” no se dan de manera directa. Los científicos, físicos cuánticos, protestaron contra estos reduccionismos y utilizaciones arbitrarias[4].
Un campo de realización social es precisamente el campo político. En este campo las organizaciones sociales y movimiento sociales han trazado un proyecto, bajo el contexto de la correlación de fuerzas dibujado por sus luchas, este proyecto es el del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Esta es la construcción colectiva, primero del Pacto de Unidad, después de la Asamblea Constituyente. Frente a este hecho político no se puede oponer una elucubración individual o grupal. Tendría que en todo caso convertirse en voluntad política multitudinaria. Sin embargo, este no es el camino al que se tiende, en contraposición se tiende a un renovado reformismo, que pretende mantener el Estado-nación combinado supuestamente con el proyecto de la forma Ayllu. Al respecto, hay que considerar la lucha clara y orgánica del Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (CONAMAQ) por la reconstitución de los suyus y por lo tanto de los ayllus y de las markas. Sin embargo, al CONAMAQ no se le pasa por la cabeza que este es el único proyecto posible, menos un monolítico proyecto alternativo mundial. El CONAMAQ junto al Pacto de Unidad pelean por el Estado plurinacional comunitario y autonómico, en este horizonte político de transición por la reconstitución de los suyus, las markas, los ayllus y la reterritorialización de las comunidades. Esto es lo que políticamente se ha dado. Los enfrentamientos abstractos y de escritorio sólo sirven para reafirmar la defensa institucional del Estado-nación, su condición de Estado de derecho, la división liberal de poderes.
Consideraciones epistemológicas
Lo primero que habría que preguntarse si hay un afuera del capitalismo y de la modernidad. Parece que no, que ni los yaminawa están desconectados, sus territorios son visitados por turistas que quieren experimentar la ayahuasca, sin poder llegar a ser chamanes. Puede ocurrir que todavía en la Amazonia haya algunos grupos desconectados, se supone que los hay. Sin embargo, lo que parece evidente es que el proceso de globalización, que también es de expansión capitalista por medio de distintos medios, sobre todo el originario de colonización, contando con el despliegue de la continuidad colonial y de colonialidad en las sociedades postcoloniales, nos ha integrado a todos en los procesos integrales y de subsunción a los ciclos del capitalismo.
Dipesh Chakrabarty se hace una pregunta sugerente en Al margen de Europa[5]: ¿Estamos ante el final del predominio europeo? ¿Qué es lo que encuentra? Que muchos de los planteamientos que nos hacemos sobre todos los vinculados a los nacionalismos vienen de problemáticas modernas, muchas veces asociadas al mundo imaginario de las castas terratenientes, en el caso de la India. La escuela hindú que estudia la subalternidad como condición poscolonial ha encontrado mas bien modernidades heterogéneas en tanto alternativas a las formas homogeneizantes y universales modernas que han pretendido imponerse a través de los estados y mapas institucionales. En el quinto continente, Avi Ayala, al que le van a dar el nombre de América, las investigaciones antropológicas, etnográficas y etnohistóricas, con sus escuelas y corrientes, van a visualizar desde la mirada de las ciencias sociales a las sociedades ancestrales, autóctonas y a las formas pervivientes comunitarias, sus formas de relacionamiento, valorización, simbolización y espiritualización. Se da lugar otra lectura de las sociedades nativas, replanteando la propia interpretación de la historia y las perspectivas económicas. Claro está que también se bebe de las propias tradiciones orales y no orales culturales para reivindicar el pasado en un presente en crisis, empero estas tradiciones no están exentas de las propias hibridaciones renacentistas de los primeros periodos coloniales. Esto no quiere decir que se ha perdido la tradición propiamente autóctona, sino que la pervivencia de lo pre-colonial se da en el tiempo histórico, por lo tanto se da en el proceso mismo de las interpretaciones interculturales. Sin embargo, hay que atender de manera diferente lo que pasa con las instituciones territoriales, bajo sus formas integrales de lo que llamaríamos lo político, lo económico, social y cultural, pues estas estructuras institucionales pueden conservar mejor lo propio a pesar de incursionar en espacios y circuitos que corresponden al mercado y al capital. Por ejemplo, la institucionalidad del Ayllu mantiene sus lógicas y formas estructurales complementarias, sus manejos territoriales, sus articulaciones ecológicas y sus redes en forma de archipiélagos.          
           


[1] Revisar de Serge Gruzinsky El pensamiento mestizo. Paidós 2000. Barcelona.
[2] Empresas mineras aportan al fisco con míseros impuestos. Santa Cruz – El Nuevo Día.
[3] Ver de Dominique Temple Teoría de la reciprocidad. Tres tomos. Padep, GTZ, 2003. La Paz.
[4] Imposturas Intelectuales. Impostures intellectuelles (publicado originalmente en francés por Éditions Odile Jacob, Octubre 1997 y en inglés por Profile Books, Londres, en julio de 1998, con el título Intellectual Impostures. En USA, en cambio, se publicó con el título Fashionable Nonsense en noviembre de 1998.) Alan Sokal y Jean Bricmont. Fue publicado en castellano por Editorial Paidós, Barcelona, 1999 y en catalán por Empúries.
[5] Dipesh Chakabarty: Al margen de Europa. Tusquets 2008. Barcelona. 

El último jacobino

El último jacobino

Raúl Prada Alcoreza
Alvaro Garcíua Linera
Hay un libro difundido, incluso convertido en película por el director Michael Mann, que intitula El último Mohicano; es la obra más conocida y leída de James Fenimore Cooper. Situada en la época de las luchas entre Gran Bretaña y Francia por el control de América del Norte. De lo que vamos a escribir ahora no es de este tema, sencillamente hacemos una paráfrasis para hablar del último jacobino, no para hablar de guerras entre potencias y de su incorporación en la misma de los pueblos nativos de América. Vamos a hablar de un disfraz, de aquello que habla Hegel y es mencionado por Karl Marx en el 18 de brumario de Luis Bonaparte, el sobrino de Napoleón Bonaparte, cónsul y emperador en el crepúsculo de la Revolución Francesa. En el texto citado se dice que:
Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío.
El último jacobino es entonces una figura literaria para mostrar una comedia política. Hay quien se inviste del ropaje de los jacobinos, la izquierda de la Asamblea Legislativa francesa de 1791, para emular sus acciones, vinculadas a la democracia que patrocinaban, que era de alguna manera parecido al paradigma de democracia concebido por Jean Jacques Rousseau, resaltando su forma corporativa así como en lo corresponde a la figura de ciudadano. De El contrato social, se comparte la tesis según la cual la soberanía reside en el pueblo. También se comparte el concepto de voluntad general, que no puede entenderse como la agregación de las voluntades particulares sino que emana del interés común. Este supuesto es algo que habría que discutir sobre todo cuando se trata de pensar lo plural, lo plurinacional y el ejercicio plural de la democracia participativa. En todo caso, estos temas corresponden a la historia de la revolución francesa. Es difícil traerlos al presente de la revolución boliviana, al llamado proceso descolonizador, a no ser que se confunda al proceso que conduce a la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico con la Revolución Francesa. Esta extemporaneidad, esta descontextualización de la Revolución Francesa y traslado metafórico a Bolivia de principios del siglo XXI, denota una desubicación total y una pretensión de adquirir los mismos significados, ribetes y simbolismo, cuando de lo que se trata es entender los significados del proceso boliviano, íntimamente vinculados a la descolonización, a la democracia participativa, al ejercicio directo, representativo y comunitario de la democracia, cuando de lo que se trata es de la muerte del Estado-nación. Este anacronismo figurativo que sólo puede adquirir existencia en la cabeza del último jacobino, no es otra cosa que una pose colonial. Pero, esto no sería tan grave si no tuviera consecuencias prácticas. El último jacobino está enamorado de la etapa más dramática de la Revolución Francesa, el periodo del Terror. En 1793, después de la redacción de la nueva Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, además de una nueva Constitución de tipo democrático que reconocía el sufragio universal, el llamado Comité de Salvación Pública cayó bajo el mando de Maximilien Robespierre.  Es el momento cuando se desata lo que se denominó el Reinado del Terror (17931794). Por lo menos de 10.000 personas fueron guillotinadas ante acusaciones de actividades contrarrevolucionarias. Ante la menor sospecha de dichas actividades se podía hacer incurrir sobre cualquier individuo imputaciones que casualmente lo condenarían a la guillotina.
El último jacobino se inviste de Robespierre, pero del Robespierre de la época del terror. Acusa de derechistas a quienes se oponen a sus proyectos delirantes de industrialización, a sus formas elitarías y cupulares de tomar decisiones, al procedimiento grupal de redactar leyes y decretos, sin consulta popular, mandando a obedecer a asambleístas que tienen la obligación de levantar las manos y aprobar. La lista de derechistas tiene ya una gama grande de componentes, dejando de lado a la derecha recalcitrante de las oligarquías regionales, derrotada en el Porvenir-Pando, ingresan a esta categoría dirigentes indígenas del CIDOB, dirigentes campesinos de Caranavi, dirigentes cívicos de Potosí, dirigentes indígenas del CONAMAQ, dirigentes sindicales que se atreven a disentir y criticar, intelectuales e investigadores críticos. La lista sigue, pero no se trata de describirla exhaustivamente, sino de interpretar el mapa paranoico del último jacobino, el mapa de los supuestos enemigos del proceso de cambio. Estas acusaciones delirantes sólo se pueden explicar por una paranoia del poder, pero también por la distancia enorme que separa al contenido, a las tendencias inherentes del proceso, vinculadas al horizonte descolonizador y del Estado plurinacional comunitario y autonómico, del proyecto político del último jacobino. Se trata de un proyecto político que apunta veladamente al Capitalismo de Estado, a la restauración nacionalista del Estado-nación, a una anacrónica revolución industrial, a un Estado fuerte reducido a la dictadura de un pequeño grupo de clarividentes, abogados y especialistas.  Nada del sistema de gobierno establecido por la Constitución, que es el de la democracia participativa.
El último jacobino se enoja cuando se critica el estancamiento del proceso de nacionalización, cuando se dice que lo que ha destapado el gasolinazo, lo que se ha revelado, es que no hay nacionalización. El único argumento que saca de la manga es la furibunda calificación de mentira. No hay discusión de ninguna clase, no se toma en serio el debate, ni se abre la posibilidad de una evaluación del proceso de nacionalización. Se dice que hay que acudir a fuentes de información, pero precisamente es el último jacobino el que da cifras e indicadores fuera de toda fuente. ¿Por qué se insiste que hay control técnico de YPFB del proceso productivo y de la cadena económica de los hidrocarburos, cuando esto no ocurre para nada, cuando esta entidad estatal no opera, sólo administra? ¿Por qué se oculta que no se han cumplido los 44 contratos de operaciones por parte de las empresas trasnacionales firmantes, no han invertido en exploración y en explotación, menos en industrialización, tal como establecen los contratos? Como dice María Lohman, estas empresas sólo invierten en la producción (saqueo) del gas, para cubrir los cupos comprometidos con Brasil y Argentina, a precios que les otorgan amplios márgenes de ganancia, más atractivos que el reducido mercado interno de producción de gasolina y diesel. ¿Por qué se ocultan las super-ganancias que se llevan las empresas mineras, como la de San Cristóbal, que oscilan en un monto de alrededor de los 1000 millones de dólares, dejando pírricos aportes al Estado boliviano? ¿Por qué se esconde los fracasos del modelo extractivista, los fracasos de la empresa Jindal Steel and Power que va a explotar el hierro del Mutún, subsidiaria de una trasnacional inglesa; la Jindal es conocida por escamotear y especular en el sistema mundial de las finanzas; tampoco no se hacen transparentes las aventuras del Litio? Nada es transparente. Pero, esto es lo que menos le importa al último jacobino, pues esta investido por el fantasma de Robespierre. El último jacobino está enamorado de sí mismo y del poder, lo que no le deja ver el bosque, quizás esto sea lo más peligroso para el proceso, pues nos conduce a la construcción del fracaso.

Deslindes histórico-políticos

Deslindes históricos y políticos
Diferencias con la izquierda tradicional

Raúl Prada Alcoreza                                  

Podemos hablar de una izquierda colonial en tanto que se ha dado en la historia política de Bolivia una izquierda que no se ocupó para nada de los diagramas de dominación del colonialismo, de la colonialidad, del colonialismo interno, y soslayo de lleno la problemática indígena. A pesar que la guerra anticolonial comienza temprano, durante el siglo XVIII. Incluso se rastrean en las investigaciones históricas levantamientos anteriores. La izquierda aparece de dos maneras, como organizaciones y sindicatos, pero también como difusión discursiva. Esto ocurre sobre todo después de la guerra del Chaco, aunque hubo organizaciones sociales de defensa de los trabajadores y formaciones discursivas interpeladoras del capitalismo antes de la guerra del Chaco; se puede seguir esta historia interpeladora de los trabajadores y del pensamiento radical liberal desde los comienzos mismos del siglo XX. Bajo este contexto y teniendo en cuenta estas consideraciones, se puede decir que las primeras organizaciones tuvieron una influencia anarquista; fue después, cuando se formaron los sindicatos obreros, prioritariamente mineros, que se cuenta con influencia marxista. Dos son las corrientes que van a tener una influencia condicionante en los sindicatos mineros y en las organizaciones matrices de los trabajadores; una es la corriente estalinista y la otra es la corriente troskysta, ambas terminan formando los conocidos partidos marxistas bolivianos.
No vamos a comenzar cronológicamente sino por la vinculación oficial con la tercera y la cuarte internacional; vamos a comenzar entonces con el Partido Comunista (PC), fundado en 1950 con la participación de Sergio Almaráz Paz; el PC tiene el antecedente orgánico en el Partido de Izquierda Revolucionario (PIR), fundado en 1940, donde militaba precisamente Sergio Almaraz como participante de la juventud y dirigente de la célula Lenin[1]. Entre 1964 y 1966 se produce una tensa discusión al interior del PC, que termina dividiéndose entre una tendencia “pro-Moscú” y otra “pro-Pekín”; esta segunda tendencia asume el nombre de Partido Comunista Marxista-Leninista, para diferenciarse del Partido Comunista de Bolivia (PCB). El PC-ML se funda en 1965 en un Congreso extraordinario realizado en el centro minero de Siglo XX; la fundación y el tiempo previo de la fundación va estar impregnado de un debate significativo sobre la caracterización de la revolución de 1952, del proceso en curso y del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR); también sobre las opuestas interpretaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que inicia una conducción aparentemente distinta a la de  Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, mas conocido como Stalin, desmarcándose de su métodos y de su concepción política, procesando incluso al stalinismo. El PC-ML inicia su vida criticando el revisionismo del periodo de Jruschov y el seguidismo de la dirección del PC respecto al gobierno del MNR.  La participación del PC en la guerrilla del Che fue altamente cuestionada; se incorpora en la misma la juventud del partido[2], empero el partido mismo termina distanciándose de la guerrilla por diferencias políticas, particularmente las que tienen que ver con la conducción y dirección de la guerrilla en Bolivia. Se dice que una vez que es rechazada la petición del Secretario General del PC, Mario Monje, de ser nombrado comandante del guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, el partido le quita el apoyo logístico a la guerrilla, sin embargo, el partido cumple un papel importante para la salida hacia Chile de los sobrevivientes de la guerrilla, concretamente del grupo de Harry Villegas Tamayo, alias Pombo[3].   
Continuamos con el vínculo orgánico a la cuarta internacional, hablamos del Partido Obrero Revolucionario (POR) se funda cinco años antes que el PIR, en 1935. El POR va tener incidencia en la ideología del proletariado minero y también va irradiar con sus tesis de transición al resto de los trabajadores aglutinados en la COB. Se trata, desde mi punto de vista, de la construcción de un marxismo de guardatojo, un marxismo del proletariado minero, formación discursiva en la cual se siente el olor y la lucidez oscura de los socavones. Guillermo Lora en un escrito titulado La verdadera fecha de fundación dice que:
Delegados, o mejor dirigentes, de la Izquierda Boliviana y del Grupo Tupac Amaru se reunieron en el llamado Congreso de Córdoba (Argentina) y que dio nacimiento al Partido Obrero Revolucionario. El acontecimiento tuvo lugar en junio de 1935[4].
Un poco más abajo menciona quienes asistieron al Congreso constituyente del partido:
Al Congreso Constituyente asistieron José Aguirre, Marof, Valencia, Esteban Rey. Adalberto Valdivia Rolón proporciona el dato curioso de que estuvo en dicha reunión el paraguayo Oscar Creydt, que cobró fama como intransigente stalinista. Valdivia Rolón, a nombre de los Exiliados del Perú, se apresuró a sumarse al nuevo Partido, como se desprende de su carta remitida a los dirigentes de la Unión de Exiliados de Buenos Aires, que sufría la poderosa presión del stalinismo.
La historia de estas corrientes y estos partidos se entrelaza profundamente con la historia de las luchas del proletariado boliviano.  La Tesis de Pulacayo expresa fehacientemente las formas de este entrelazamiento; la tesis fue aprobada en el Congreso de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), reunido en Noviembre de 1946 en la localidad de Pulacayo;  la tesis fue propuesta por la delegación de Llallagua. Se puede decir que La Tesis está basada en el Programa de Transición con el que fue fundada la Cuarta Internacional en 1938, adoptando también la teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky, la misma que establece que en los países atrasados le corresponde al proletariado, a la cabeza de la nación oprimida, encabezar la lucha por la liberación nacional, realizar las tareas democráticas e iniciar la revolución socialista. Después esta tesis se convierte prácticamente en la tesis de la Central Obrera Boliviana; el IV Congreso de la COB ratifica las tesis en mayo de 1970, como preludio a lo que va a ser la Asamblea Popular, conformada en 1971. Quizás la Asamblea Popular fue la experiencia más significativa del proyecto político obrerista, del proyecto del proletariado, aglutinado y organizado en la COB. Podemos configurar un proceso acumulativo desde 1946, cuando se conforma la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) hasta la experiencia política de la Asamblea Popular de 1971. Después de la derrota del proyecto y de la caída del gobierno del General Juan José Torrez por el golpe de Estado cruento encabezado por el General Hugo Banzer Suarez, el proyecto político obrerista va a sufrir una crisis ocasionándose una fragmentación y dispersión orgánica, sobre todo en la corriente trotskista, constituida en el POR. La mayoría de izquierda, entre la que se encontraba el PC, va a buscar otras estrategias, mas bien de carácter electoral, conformando un frente amplio como el de la Unidad Democrática y Popular (UDP), dejando a los grupos radicales al margen de la iniciativa política dominante. Estos grupos radicales quedan circunscritos dentro el espacio de la COB, una COB que ya muestra los primeros síntomas del debilitamiento de su convocatoria y de lo que se puede considerar hipotéticamente y con cierta relatividad del poder dual, que había sido una característica del ejercicio de su fuerza y su influencia política.
Con la caída de la UDP se terminan de cerrar las dos puertas intentadas por la izquierda tradicional, la insurreccional y la democrática. Aunque también hay que mencionar otras puertas, una de ellas tiene que ver con el proyecto gerrillero; al respecto hay que anotar que todos los intentos guerrilleros no terminan de prosperar, comenzando con la guerrilla del ELN, dirigida por el Che Guevara, continuando con la guerrilla de Teoponte, incluyendo incluso los incipientes brotes conculcados casi en el nacimiento mismo, como son el brote de guerrilla urbana del grupo Zarate Willka, también del ELN-CNPZ, además de contar con el proyecto de guerrilla indígena del Ejército Gerrillero Tupac Katari. Aunque estos tres últimos brotes ya no tengan que ver con la izquierda tradicional, sin mas bien con los perfiles de una nueva izquierda, los mencionamos por que respecta al decurso del proyecto guerrillero en Bolivia.
Sin embargo es indispensable mencionar lo que ocurre con los partidos socialistas, particularmente el Partido Socialista Uno (PS1), liderado por Marcelo Quiroga Santa Cruz, insigne intelectual crítico defensor de los recursos naturales convertido en militante socialista. Este partido aparece interpelando a las dictaduras militares, sobre todo en el juicio de responsabilidades al General Hugo Banzer, juzgando también a la burguesía intermediaria, interpela también a la UDP por no contar con un programa de nacionalizaciones, que es con lo que cuenta el PS1, buscando constituirse en una nueva opción en el escenario político dibujado por la izquierda boliviana. Interesa retomar este breve experiencia del partido socialista sobre todo para dejar pendiente la pregunta de si el Movimiento al Socialismo (MAS) retoma algo de la huella dejada por el socialismo de entonces. Está claro que el MAS forma parte de la nueva izquierda, mas bien ligada a los movimientos sociales que a la forma de organización de partido, sin embargo es menester evaluar la posibilidad de que también sea una bisagra entre dos horizontes temporales políticos.  
Lo que viene en adelante es una gran crisis de la izquierda, dejando un vacío político por parte del sujeto de esta gesta revolucionaria, por un lado, y reformista, por otro; hablamos del sujeto obrero. El proyecto socialista se queda sin sujeto y el país se queda sin proyecto socialista. Sobre todo esto se hace patente con el fracaso de la marcha por la vida de los trabajadores mineros y de la COB (1986), que intentan detener la relocalización, el cierre de centros mineros y la marcha desbocada hacia la privatización. Esto se da en un contexto también adverso para la izquierda internacional, la crisis y el derrumbe de los Estados socialistas de la Europa oriental, la crisis ideológica, el vacío político generalizado y la ofensiva del proyecto neoliberal a escala mundial. Después del retiro descomunal de la centralidad minera, el proyecto hegemónico proletario se derrumba, las clases desposeídas quedan inermes ante la avalancha neoliberal. Sin embargo, este vacío político va a ser llenado por otro sujeto, el sujeto indígena, que retoma la bandera anticolonial y el proyecto descolonizador, proyectando sus reivindicaciones territoriales y culturales en sentido anticapitalista. Articula la reconstitución a la lucha anticapitalista, reivindica el territorio indígena y se enfrenta a la expansión ganadera y agrícola, de las haciendas, se enfrenta a las concesiones madereras, al monopolio de la tierra y a los grandes latifundios, también se enfrenta a un Estado y a una sociedad discriminadoras. Reivindica sus lenguas, sus culturas, sus territorios, sus instituciones, sus normas y procedimientos, sus autogobiernos y libre determinación. La lucha indígena termina involucrándose en la lucha contra el proyecto neoliberal, las privatizaciones, las desposesiones, los despojamientos, las suspensiones de derechos, contra el imperio del discurso del mercado absoluto. De este modo las organizaciones indígenas terminan aliándose a las luchas por la tierra de los campesinos, a la lucha de los trabajadores en contra la suspensión de sus derechos, a la lucha de las clases populares en contra las privatizaciones y capitalizaciones, reivindicando también el derecho a las nacionalizaciones, en el contexto de un proyecto plural, multitudinario, de alianzas dinámicas, de formas de organización móviles y de base, iniciando un proyecto constituyente de los movimientos sociales y de las naciones y pueblos indígenas originarios. Esta proyección del sujeto indígena tiene su acumulación de fuerzas, su proceso ascendente, sus grandes victorias políticas durante el ciclo de movimientos sociales de 2000 al 2005, derrotando al modelo neoliberal, poniendo en evidencia la crisis múltiple del Estado, acabando con el monopolio político de la clase política, abriendo la gran oportunidad para un proceso constituyente descolonizador. Todo el proyecto se expresa dramáticamente en la Asamblea Constituyente, se plasma en texto escrito colectivamente, aprobado en varias instancias, en la Asamblea Constituyente, en el Congreso, declarado Constitucional y, lo mas importante, por el pueblo en el referéndum constituyente. Se puede decir que es la primera vez que un proyecto político, con características indígenas y populares, llega al poder, accede al gobierno, e intenta transformaciones estructurales. Esto no había ocurrido con el proyecto obrerista; éste no logró ser hegemónico, tampoco logró resolver el problema del poder en el campo de las fuerzas concurrentes. Ahora bien, son varios aspectos que diferencian a este nuevo proyecto anticapitalista y anticolonial del proyecto de la izquierda tradicional, incluyendo el triunfo político y la hegemonía lograda por los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas originarios. Estas diferencias deben interpretarse a partir de la comprensión de la constitución diferencial de sujetos; el sujeto obrero si bien logra centralidad, la centralidad minera, y ejercer el poder dual, en determinadas circunstancias, no logra ser un sujeto irradiante en toda la sociedad ni logra, como dijimos, construir una hegemonía. El sujeto indígena en realidad atraviesa toda la sociedad por la composición de la población, mayoritariamente indígena; en esta condición logra interpretar mejor la complejidad de una formación social abigarrada, replanteando la lucha anticapitalista desde la perspectiva de la guerra anticolonial. Abriéndose a formas altamente participativas en las maneras de convocatoria y en los modos organizacionales, horizontalizando los mandos y las decisiones, desplegando proyecciones autogestionarias y de autogobiernos. La irrupción desde abajo, de los de abajo, de la plebe, se hace incontenible, interpeladora y trastrocadora. Se abre un nuevo horizonte histórico político, el del Estado plurinacional comunitario y autonómico, pero también se enfrentan viejos y nuevos desafíos. ¿Cómo fundar el Estado plurinacional? ¿Cómo efectuar las transformaciones institucionales, económicas, sociales y culturales, en la perspectiva de un modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo? Pero también, ¿cómo escapar de las sedimentadas lógicas y prácticas de poder? ¿Cómo evitar que el poder te tome en vez de que tomes el poder? ¿Cómo salir efectivamente de las órbitas del Estado-nación, de la forma liberal del Estado colonial? Estos desafíos y estos problemas no terminan de resolverse ni de asumirse. El proyecto descolonizador y anticapitalista se encuentra en disyunciones y encrucijadas. El poder sortear las mismas va a depender nuevamente de la capacidad de convocatoria y de movilización en la reconducción del proceso.
Las preguntas directas que debemos hacernos recogiendo lo escrito son múltiples: ¿El MÁS es una bisagra entre el horizonte socialista abierto por el movimiento obrero y el horizonte plurinacional abierto por los movimientos indígenas? ¿En cuál horizonte está más alineado? ¿Ha podido recoger los problemas de organización, de conducción, de hegemonía, planeados por la experiencia obrerista? ¿Es un partido o es un movimiento? ¿Es más un instrumento electoral que un instrumento político? ¿Ha incorporado la concepción y las consecuencias estructurales de las significaciones trastrocadoras del Estado plurinacional comunitario y autonómico, por lo tanto de la comprensión de la descolonización? ¿Por qué no termina de salir de las redes del Estado liberal en su forma moderna de Estado-nación, por lo tanto Estado colonial? Tal parece que no se han resuelto viejos y nuevos problemas, problemas que creo no pueden resolverse sin la organización articulada de las multitudes y de las masas, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, de los trabajadores y de los explotados, con la dirección colectiva y la conducción participativa, sin la formación de todos en la perspectiva y la fuerza del intelecto general y de la circulación irradiante de los saberes. No se pueden resolver estos problemas sin una transformación estructural descolonizadora, efectiva ciertamente, no retorica ni meramente discursiva, sin la construcción de las rutas prácticas y alternativas concretas al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo, abriéndonos a otros mundos alternativos, a otros proyectos civilizatorios, emancipando a las naciones de la dominación imperialista, a los trabajadores y los pueblos de la explotación capitalista, a la madre tierra de la depredación compulsiva y desenfrenada de la civilización de la valorización abstracta del valor y de la obsesiva ganancia. Estas tareas no se cumplen sin la práctica de la crítica, de la reflexión y el análisis desembozado. Si se repiten los viejos errores de las nomenclaturas, de las burocracias y de los contornos, estas tareas no se podrían cumplir, quedarían rezagadas, sustituidas por desorbitante ceremonialdad y ritual del poder estructurado jerárquicamente, bajo el gobierno de pocos, que terminan siendo los más odiados en la medida que el tiempo corroe el barniz de los discursos y los abalorios.

Caracterizaciones de la izquierda tradicional
Todos sabemos que el término de izquierda viene de la Revolución Francesa, se podría hablar de una casualidad, cuando en el parlamento de los Estados Generales de 1789 los diputados de la nobleza se sentaban a la derecha de la presidencia, los diputados de las bancas a la izquierda. Esta forma de distribución ya estaba dada en la Cámara de los Comunes británica; también hay que tener en cuenta que al darse este distribución de manera curva en la configuración arqueada de la fila de los curules, también se podía ubicar un centro, que se encuentra frente a la presidencia, así mismo también se puede distinguir a los que se encuentran en la parte baja de las bancadas, llamados de la llanura, que coincidía con los moderados, de los que se encuentran en la parte alta de las bancadas, llamados montañeses, que coincidían con los radicales.  Empero volviendo al esquema simple, derecha e izquierda, los primeros defendían los fueros especiales, la tradición y la monarquía, en tanto que los segundos exigían la desaparición de los monopolios del gobierno sobre áreas de la economía, la finalización de los fueros, una educación científica, laica y la realización del régimen democrático. Ahora bien, saliendo de esta referencia inaugural y del escenario parlamentario, se puede decir en general, transfiriendo esta figura al campo político, que la izquierda es la que quiere los cambios y la derecha la que quiere conservar las instituciones, las estructuras y los valores tradicionales. No vamos a discutir aquí sí se puede seguir sosteniendo este esquema en la actualidad, turbulenta, cambiante y flexible, sobre todo cuando tenemos que revisar la historia política contemporánea, tan agitada y mediática de los partidos y de los gobiernos, tanto de “izquierda” como de “derecha”. Ciertamente tenemos que apartar de estas historia parlamentaria y republicana de las representaciones a lo que aconteció con las revoluciones proletarias del siglo XX, hablamos de la Revolución Bolchevique (1917) y la Revolución China (1949), pues estas revoluciones intentan destruir el Estado y terminan construyendo un Estado Absoluto, salen del esquema del parlamentarismo, por lo tanto del espacio deliberativo entre izquierda y derecha, pero terminan construyendo una burocracia aplastante y transversal. Mediante lo que se llamó la dictadura del proletariado buscaron abolir la estructura de las clases sociales y abrir la transición al socialismo y después al comunismo, aboliendo las relaciones de producción capitalista, pero en la medida que el mundo seguía siendo capitalista, funcionando como una economía-mundo capitalista, terminaron absorbidos por la lógica del sistema-mundo, introduciendo crisis profundas al interior de sus estados y procesos. La caída de la Unión Soviética restauró el capitalismo en su forma salvaje y mafiosa, la apertura de China al mercado y a los flujos de capital, terminaron transformando la revolución socialista oriental en el continente de una nueva versión del capitalismo, en la clausura o el inicio de un ciclo del capitalismo. China ahora es la potencia emergente más pujante del sistema-mundo capitalista, recreando las estructuras de clases y las estructuras diferenciales, el mapa de las desigualdades, de una manera calamitosa y violenta. Estos desenlaces históricos son los que tienen que ser meditados por lo que queda de la izquierda tradicional, por sus fragmentos dispersos. La pregunta que se debe abordar es: ¿Por qué estas grandiosas revoluciones terminaron en esos colapsos, antecedidos por descomposiciones corrosivas? Pero, esto es precisamente lo que no se hace, no se medita sobre estas caídas descomunales, tampoco se responde a la pregunta, al contrario, se retoma los viejos discursos, esencialistas y demarcadores, cómo si no hubiera pasado nada. Se hacen convocatorias desde una supuesta vanguardia intransigente a un proletariado imaginado, pues se olvidan del proletariado real, de sus condiciones actuales, de sus articulaciones sociales, económicas y culturales, también se obvia las condiciones y las características del ciclo del capitalismo vigente y de las formas desplegadas de la crisis estructural del capitalismo, bajo la dominación casi absoluta del capital financiero. Esta izquierda perdurable no toma en cuenta para nada toda la discusión de las corrientes marxistas sobre los temas cruciales que hacen a la interpretación y a la transformación del modo de producción capitalista, de las formaciones económico-sociales, de la forma de Estado, de las historias concretas de las luchas de clases y formas transformadas y desplegadas de las luchas de clases, de las temporalidades políticas y de las problemáticas planteadas por la necesidad de construir hegemonías. Menos se puede esperar que duden y sospechen del liberal concepto de determinismo económico.
Para empezar esta caracterización habría que recordar lo que escribía Karl Marx en El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte:
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal[5].
Pero, en el caso que nos compete, habría que decir que, la izquierda tradicional se invistió de la gloria y de los símbolos de las grandes revoluciones del siglo XX que les precedieron, creyendo que esta gloria y estos símbolos se transferían automáticamente a sus militantes, sin que necesariamente ellos se vean obligados a aportar prácticamente a las revoluciones de sus propios países. La verdad de sus discursos supuestamente devenía del pasado evocado sin molestarse en la adecuación de sus hipótesis a la realidad concreta que vivían, por eso tampoco se molestaron en aportar nuevas interpretaciones y construcciones teóricas acerca de las formaciones sociales y las luchas de clases específicas vividas en sus países, salvo honradas excepciones. Tampoco se molestaron en seguir las discusiones y los desarrollos teóricos de las corrientes marxistas, pues desde su perspectiva no era necesario, ya estaba todo dicho y escrito en los libros sagrados de las fuentes, las mismas que eran también desconocidas y poco estudiadas, pues era preferible la llegada a ellas a través de manuales. Esta ilusión y simbolismos prestados han llevado al descalabro a los proyectos y organizaciones políticas de izquierda en momentos que pueden considerarse de oportunidad histórica. Al respecto, lo importante es recordar nuevamente a Marx cuando escribe:
La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase[6].
De lo que se trata es de construir el sentido de las cosas de acuerdo a lo que se hace, construir la interpretación del mundo de acuerdo a la transformación del mundo. Aquí radica uno de los nudos del problema. La simulación ha sido desbordante, cuando de lo que se trataba era de que la interpelación, la crítica, tanto de las armas de la crítica como de la crítica de las armas, sea exuberante. Esto exige hacer un análisis específico de la realidad específica, lo que casi siempre ha faltado, salvo honrosas excepciones, pues se prefería usar marcos de otros contextos utilizados de manera descontextuada para interpretar la realidad social propia. Conducta que llevaba a forzar demasiadas analogías con la revolución bolchevique o la revolución China, algo parecido ocurrió más tarde con la revolución cubana. Sin atender a las particularidades, las especificidades, las articulaciones concretas de la formación histórica y social, de la formación económica y social en cuestión. Las analogías universales han hecho perder la cabeza a la izquierda tradicional sin que pueda encontrar las diferencias sobre las que se debería actuar políticamente. Lo sugerente de las tesis orientales de Vladimir Lenin y Mao Zedong fue precisamente encontrar las diferencias de las composiciones sociales, de los procesos de las luchas de clases y la lucha contra el capitalismo, en formaciones sociales diferenciadas cualitativamente de las formaciones europeas. Había consciencia de la condición periférica en a que se encontraban sus países así como sus procesos revolucionarios y de que se trataba en este caso de la ruptura crítica en los eslabones más débiles del sistema-mundo capitalista, así como había conciencia de la condición imperialista del capitalismo y de lo estratégico de la lucha antiimperialista y por lo tanto de las alianzas, sobre todo de las alianzas de clase entre obreros y campesinos, incluso en el caso Chino con la burguesía nacional, aliada en la guerra antiimperialista. De esta condición nacen las tesis de la revolución interrumpida y la guerra prolongada, que forman parte de las tesis orientales como aportes estratégicos en la perspectiva de la revolución mundial.
El caso boliviano y en dimensiones más amplias el caso andino-amazonico ofrecía diferencias altamente significativas por la situación colonial en la que se encontraba la población indígena, las naciones y pueblos indígenas, población mayoritaria en Bolivia y significativa demográficamente en el Perú y Ecuador. En el caso boliviano y andino, como también en el resto del continente, debido a las características de la historia colonial, la lucha no solamente era contra el imperialismo y, por lo tanto, contra el capitalismo, sino también contra el colonialismo, la herencia colonial, la colonialidad, el colonialismo interno. Esta complejidad no fue atendida por la izquierda tradicional, salvo honradas excepciones como es el caso de José Carlos Mariátegui, intelectual y militante que propuso consideraciones y tesis que no fueron retomadas por la izquierda y convertidas en política y en estrategias. Del autor y militante marxista peruano interesa mencionar los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Incluso René Zavaleta Mercado, marxista boliviano de reciente data, incursiona en el tema tardíamente, en su escrito póstumo Lo nacional-popular en Bolivia (1986)[7], influenciado por la estudiosa e investigadora Silvia Rivera Cusicanqui. ¿Por qué se soslayó el tema colonial por el marxismo latinoamericano cuando era tan evidente? ¿Por qué se eludió incorporarlo en la política, en la estrategia de lucha y en las tareas organizacionales? Podemos encontrar menciones y referencias sobre todo cuando se hace investigación histórica, como en el caso de la Historia del movimiento obrero y la Revolución boliviana de Guillermo Lora, pero el problema colonial y la cuestión indígena no se convierten en análisis vinculados a las estrategias políticas, las mismas que no trasuntan las tesis orientales, la revolución ininterrumpida, la revolución permanente y la guerra prolongada. No se desarrollan tesis contra el colonialismo, la colonialidad, el colonialismo interno. Esta será la tarea retomada por los movimientos indígenas emancipatorios y los intelectuales indígenas, pero ya no desde una perspectiva marxista. Durante la década de los setenta Fausto Reinaga hace un diseño filosófico y político, retomando el pensamiento amautico y desplegando tesis indianistas de la revolución en los andes[8]. Más tarde, fines del siglo XX y principios del siglo XXI, intelectuales aymaras se basaran en los estudios etnohistóricos y en la experiencia de los movimientos indígenas originarios para desprender interpretaciones contemporáneas de la emancipación descolonizadora[9]. Sobresalen las investigaciones y los escritos de Pablo Mamani sobre las formas de autogobierno local de las multitudes[10]. En el transcurso de este lapso de tiempo, desde la década de los setenta del siglo XX y los comienzos del siglo XXI, nos encontramos con el trazado interpelador de la investigadora Silvia Rivera Cusicanqui, quien incursiona en la memoria larga indígena a partir de los levantamientos indígenas y la defensa legal de los apoderados. Descuella su estudio del movimiento político cultural katarista en Oprimidos pero no vencidos[11]. También podemos encontrar análisis elocuentes sobre la cuestión estatal en los Andes, además de minuciosos e intuitivos análisis sociológicos de las composiciones étnicas en Bolivia, a partir de los imaginarios, las conductas y los vestuarios[12]. Son de indudable valor las descripciones pictóricas, sociológicas y antropológicas de los distintos tópicos de la “Chola”[13]. También están las investigaciones históricas de Roberto Choque y las investigaciones sociológicas de Estaban Ticona. Por otra parte, los movimientos indígena originarios, las organizaciones involucradas, CONAMAQ, CIDOB, CESUTCB, CNMCIOB “BS”, CSCIB, aglutinados en el Pacto de Unidad,  nos dejaron un legado ejemplar de su perspectiva en los documentos del Pacto de Unidad para la asamblea Constituyente. Con la experiencia y la irradiación de saberes de los movimientos sociales y con la experiencia del proceso constituyente tenemos las matrices de las tesis descolonizadoras. Hablamos de las cosmovisiones indígenas, de las perspectivas pluralistas que implican paradigma de la multiplicidad, de procesos civilizatorios alternativos, de transformaciones y emergencias institucionales que incorporan la forma ayllu y la forma comunidad a las formas políticas plurinacionales, hablamos de la rotatividad, también de las reterritorializaciones y reconstituciones. Así mismo debemos incorporar las perspectivas transversales de la interculturalidad emancipatorias. Todos estos esquemas políticos y culturales, sociológicos y culturales, en el horizonte abierto por la Constitución, deben servir para desarrollar las tesis descolonizadoras, anticapitalistas y antiimperialistas.
Obviamente hay que tener en cuenta la historicidad de la problemática colonial, no es la misma en el siglo XVIII que en el siglo XIX, menos aún que en el siglo XX, sobre todo después de la Revolución Nacional de 1952, particularmente después de la reforma agraria, el voto universal y la reforma educativa, y está claro que es otro contexto el de principios del siglo XXI. Empero estas transformaciones no hacen desaparecer la problemática colonial, por más complejización que se haya dado en las la redefinición y resignificación de las identidades, sobre todo por el crecimiento urbano, debido a las migraciones y del incremento las poblaciones indígenas en las ciudades, obviamente tampoco desaparece el problema por la aparición de otras percepciones religiosas, evangelistas y pentecostales. Lo que pasa es que la problemática colonial se transforma y se complejiza, pero sigue siendo vigente y sobre todo la matriz desde donde debemos leer las articulaciones políticas y sociales de las formaciones sociales abigarradas[14].


   
                
        



[1] Entre sus fundadores se encontraban entre otros: Sergio Almaraz Paz, José Pereyra, Víctor Hugo Líbera, Mario Monje Molina, Luis Ballón Sanjinés, Jorge Ballón Sanjinés, Jorge Ovando Sanz, Néstor Taboada.
[2] En sus inicios el Partido Comunista de Bolivia envió militantes a entrenarse a Cuba y ellos participaron activamente en las columnas guerrilleras:Inti Peredo, “Loro” Vázquez Viana, Rodolfo Saldaña, “Ñato” Méndez Korné y Coco Peredo, todos militantes de la Juventud Comunista de Bolivia.
[3] Ver el Diario del Che.
[4] Guillermo Lora: La verdadera fecha de fundación.

[5] Karl Marx: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Archivo Marx/Engels. Capítulo I.


[6] Ibídem: Capítulo I.
[7] René Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Siglo XXI; México.
[8] Fausto Reinaga: La revolución india. PIB 1969; La Paz.
[9] Podemos citar al historiador Roberto Choque Canqui, al sociólogo Esteban Ticona, al investigador Carlos Mamani Condori, al investigador Pablo Mamani Ramírez, al sociólogo Inka Waskar Choquehuanca, a la socióloga María Eugenia Choque, al sociólogo Félix Patzi, al abogado Idón chivi, a la trabajadora social Lucíia Choque, entre un conjunto de intelectuales aymaras destacados.
[10] Pablo Mamani Ramírez: El rugir de las multitudes. La fuerza de los levantamientos indígenas en Bolivia/Qullasuyu. Yachaywasi 2004; La Paz.
[11] Silvia Rivera Cusicanqui: Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aymara y quichwa, 1990-1980. La Paz, Hisbol-CSUTCB; 1984.
[12] Silvia Rivera Cusicanqui: Memoria colectiva y movimiento popular: notas para un debate. Bases 1, México; 1981. También ver El movimiento campesino en la coyuntura democrática. Compilación, 1995. Así mismo La raíz: colonizadores y colonizados. En Violencias encubiertas en Bolivia. Vol 1, La Paz, CIPCA-Aruwiyiri; 1993.   
[13] Silvia Rivera Cusicanqui: Bircholas. Segunda edición. Mama Huaco 2001; La Paz.
[14] Tal parece que Pablo Stefanoni en su libro “Qué hacer con los indios…” pretende relativizar o hacer esfumar esta problemática colonial. Su descubrimiento a través de investigaciones académicas de diferenciales y tópicos distintos del entramado de las identidades en mundos heterogéneos y de heterogéneas modernidades le lleva a suponer que el tema indígena es utópico, romántico, ancestral y esencialista. Como si fuese un invento de fundamentalistas. Olvida que las estructuras coloniales no desaparecen por gracia de la filigrana de los detalles, de la elocuencia de las diferencias y las riquezas de las vidas culturales. Al contrario, es como las estructuras coloniales se restauran al modernizarse y complejizarse. Lo que hace Stefanoni es revalorar una especie de reinvención del nacionalismo, en oposición a los proyectos descolonizadores e interculturales.  

Neonacionalismo y neocolonialidad

Neonacionalismo y neocolonialidad

Raúl Prada Alcoreza
Dali
El título del libro de Pablo Stefanoni “Qué hacer con los indios…” es un título provocativo, puesto a propósito, pero también recogiendo la preocupación de los gobernantes desde los inicios mismos de la república, saltando la etapa de los caudillos letrados, pasando por los periodos liberales y republicanos, recogiendo las imágenes dramáticas o ilusorias dejadas por los escritores, ingresando a las políticas y procedimientos nacionalistas de homogeneización. Hasta ahí la pregunta, ese es el momento donde se pierde pues se considera que el “indio” ha sido incorporado como campesino al Estado boliviano desde la reforma agraria. Se puede decir que es la pregunta que se hacían las oligarquías criollas y mestizas, los gobernantes, que eran como sus representantes. El problema desde la reforma agraria va a ser planteado de otra manera tanto por los nacionalistas como por los izquierdistas, así también por los neoliberales. El problema va ser planteado desde la perspectiva desarrollista, pero también clientelar, teniendo en cuenta el caudal masivo de votación que significaban las poblaciones nativas. El nacionalismo lo incorpora en un fallido proyecto desarrollista vía “farmer”, incipiente y sin recurso, con mucho show publicitario en inauguraciones pomposas de inauditas instalaciones pírricas, evaluando el tamaño de los desafíos de la reforma agraria y el desarrollo agrario. La izquierda va incorporar al campesino en una proyectada alianza de clases obrero-campesina en la perspectiva de la revolución socialista. Los neoliberales más tarde despliegan políticas de descentralización administrativa contando con recursos de la coparticipación, además de intentar una reforma educativa intercultural en los códigos del multiculturalismo liberal. Como se puede ver la pregunta oligárquica y racial desaparece en otro contexto de sometimiento y dominación, el de la modernidad periférica desplegada en sus distintas versiones, la nacionalista, la izquierdista y la neoliberal. Lo que viene desde el los levantamientos semiinsurrecionales y los movimientos sociales del 2000 al 2005 es otra cosa, son otras preguntas, que tienen que ver más bien con qué hacemos con el Estado, cómo iniciamos la descolonización, las preguntas ahora no se hacen las oligarquías criollas sino las propias mayorías nativas, prioritariamente indígenas, en sus distintas formas de manifestación cultural, articulaciones e identidades colectivas. Entonces el título del libro es también desactualizado, corresponde a otra época, anterior a la reforma agraria de 1953. Esta es una de las razones por las que el autor no logra entender ni ubicarse en el presente intenso abierto por los movimientos sociales. No logra interpretar las problemáticas inherentes a los desafíos y a las contradicciones de un proceso en curso. Esta es también una de las razones por las que el autor cae en la defensa de un nacionalismo trasnochado y sin perspectivas en la coyuntura y en la transición, en los dilemas y vicisitudes de un proceso descolonizador que se plantea como tarea la fundación de un Estado plurinacional comunitario y autonómico.
Tal parece que Pablo Stefanoni en su libro “Qué hacer con los indios…” pretende relativizar o hacer esfumar esta problemática colonial. Su descubrimiento a través de investigaciones académicas de diferenciales y tópicos distintos del entramado de las identidades en mundos heterogéneos y de heterogéneas modernidades le lleva a suponer que el tema indígena es utópico, romántico, ancestral y esencialista. Como si fuese un invento de fundamentalistas. Olvida que las estructuras coloniales no desaparecen por gracia de la filigrana de los detalles, de la elocuencia de las diferencias y las riquezas de las vidas culturales. Al contrario, es como las estructuras coloniales se restauran al modernizarse y complejizarse. Lo que hace Stefanoni es revalorar una especie de reinvención del nacionalismo, en oposición a los proyectos descolonizadores e interculturales emancipadores.
El libro “Qué hacer con los indios…” es un libro bien escrito, bien informado, es un resumen de la historia de los discursos sobre el indio, las imágenes del indio de los escritores e intelectuales, liberales, indigenistas, nacionalistas, izquierdistas. El libro es como un estado del arte, da cuenta de los sedimentos acumulados en una formación discursiva criolla y mestiza. Creo que hasta ahí es un buen aporte. Lo que preocupan son las conclusiones que saca de este balance; considero que se trata de conclusiones que terminan formando parte de estas sedimentación de la formación discursiva acumulada, se acopla ellas como otros prejuicios más. No logra entrever los proyectos emancipatorios de los movimientos indígenas presentes y reales, no imaginarios, no logra ubicarse en el presente del proceso constituyente y del proceso descolonizador, tampoco en el horizontes del desafío del Estado plurinacional comunitario y autonómico.  En este sentido, en la capsula de las significaciones de las conclusiones, es un libro anacrónico, desactualizado.
 Empero retomemos en el anacronismo, en la extemporaneidad, analogías y reminiscencias, conexiones y permanencias, pervivencias que pueden estar presentes en el presente, en el momento de transición descolonizadora iniciada por los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Sobre todo interesan estas pervivencias para interpretar las contradicciones inherentes al proceso en curso. Algo que es indispensable, comparar lo que llamaremos la irrupción de la plebe, con toda su composición heterogénea, trabajadores, gremiales artesanos, en vinculación con los intelectuales y oficiales de los estratos urbanos medios, en franco conflicto con la descomposición del llamado Estado oligárquico. Después de la Guerra del Chaco (1932-1935) los oficiales retornan con el proyecto del socialismo militar, marco en el cuál se dan varios acontecimientos sucesivos, la Convención Constituyente que escribe la Constitución del trabajo de 1938, la nacionalización de la Standard Oíl de 1939, el Congreso Indigenal de 1945 y la Revolución Nacional de 1952. Lo que es importante retener de todo esta periodización emergente del nacionalismo revolucionario es el conjunto de articulaciones de la construcción de su hegemonía, que perdura hasta la caída de las gestiones dramáticamente contradictorias de la Revolución Nacional en 1964. Estas articulaciones plebeyas e institucionales, que incluyen a los sindicatos campesinos y en una primera etapa a los sindicatos obreros, parecen reaparecer en el proceso abierto por los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Esto hace pensar a Pablo Stefanoni que nuevamente se trata de un proyecto nacionalista retomado y reforzado con el ingrediente indianista; se trataría de la indianización del nacionalismo. Empero no nos dejemos llevar por estas analogías pues no son suficientes para calificar y definir el proceso que vivimos. Las diferencia son importantes y fundamentales, no hay partido ni vanguardia, no es ninguna oficialidad del ejército, no se da el enfrentamiento contra el Estado oligárquico, forma al fin o nombre popular del Estado liberal criollo, sino contra el Estado mismo boliviano, el Estado-nación, llamado Estado colonial. Se trata de movimientos, de multitudes movilizadas y autoconvocadas, se trata de proyectos autogestinarios y anticoloniales, aunque también de fabulosos movimientos urbanos que exigen la autogestión del agua así como la nacionalización de los hidrocarburos. Se trata de un proceso constituyente que apunta a la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Estas diferencias muestran un horizonte distinto al vivido desde la postguerra del Chaco hasta el golpe militar de 1964. Las diferencias valen más que las propias analogías para entender la magnitud de la crisis múltiple del Estado y el proceso en curso. Ahora bien, las analogías hay que tomarlas como parte de las contradicciones inherentes al proceso, la herencia de la memoria del nacionalismo revolucionario todavía diseminado en las formas de articulación entre el Estado-nación y las demandas de la composición abigarrada de la plebe, en la reiteración del clientelismo político y la prebenda política. Sin embargo, este es el peso que te ancla al pasado, lo que ha aparecido como nuevo apunta a un porvenir distinto, la construcción de la interpelación política desde la movilización social y la construcción de la interpelación descolonizadora desde las estructuras de las organizaciones indígenas, que no es como cree Pablo Stefanoni, la imagen mítica del indio. Hablamos de organizaciones reales, de demandas concretas de reconstitución y reterritorialización.
Claro que las mayorías indígenas se encuentran en las ciudades, esto da lugar a identidades colectivas diferenciales, complejas y en permanente transformación. Pero esta situación no descarta el proyecto descolonizador de los movimientos sociales, al contrario, lo revive en sus múltiples formas y niveles. En octubre del 2003 se evidencio la manifestación pública de una consciencia aymara, una identidad aymara, que dio lugar a gigantescas marchas de campesinos, vecinos, gremialistas, sastres, carniceros, que salieron a defender a los hermanos masacrados. La frase elocuente fue: nos están masacrando, nos están matando, unos decían como ovejas, otros decían como perros. Esta identidad propia construida a partir de la multiplicidad de diferencias muestra la fuerza política del proyecto descolonizador. Esto es lo que excede a las distinciones, lo que excede a las especificidades y localismo, es el sentido histórico y político construido, es lo que marca la gran diferencia con el nacionalismo revolucionario. La identidad quischwa es más complicada en su construcción, pues se halla distribuida en distintos sujetos y lugares de enunciación, los ayllus del sur, las minas de Oruro y Potosí, los sindicatos campesinos quischwas, las federaciones cocaleras del chapare, los migrantes, interculturales y asentamientos urbanos. Los unifica, además de la lengua, cierta cohesión flexible de esquemas de comportamiento e imaginarios mixtos. La enunciación descolonizadora también atraviesa los distintos niveles, territorios, localidades, identidades colectivas, diferenciadas. La construcción de las identidades indígenas en tierra bajas es más exigente por la condición de minorías étnicas, sin embargo, una voluntad férrea ha logrado no solamente conformar y consolidar una organización única, la CIDOB, sino plasmar sus reivindicaciones en la Constitución. Está claro que los sujetos indígenas no son ya los sujetos convocados, como en el caso del nacionalismo revolucionario y los discursos de izquierda obrerista, sino que se trata ahora del sujeto articulador de lo plural en un proyecto abiertamente plurinacional y comunitario. Ciertamente las dificultades y contradicciones de la transición se han transferido al aparato estatal y al gobierno; esto se expresa como crisis de disyunción. Pero estas dificultades no quieren decir que no haya un proceso de descolonización ni haya un horizonte plurinacional; no se puede sostener que estas dificultades muestran el eterno retorno del nacionalismo. Esta es una conclusión fácil, empero extemporánea. La dificultades y contradicciones contemporáneas sólo se pueden interpretar a partir del horizonte abierto, descolonizador, plurinacional y comunitario.
 Se puede decir que el balance que va hasta 1964 es adecuado y basado en buena fuentes y literatura, empero el balance que prosigue de 1964 adelante adolece de falencias y debilidades, quizás porque las fuentes no son las adecuadas o porque no se tiene buena información, tampoco se cuenta con la experiencia vivida, además que, en la medida que se toma posiciones estas soslayan un análisis y una discusión adecuada. Por ejemplo, la caracterización de general populista a René Barrientos Ortuño obvia temas importantes, como el contexto de la guerra fría y la política norteamericana de imponer dictaduras militares en América Latina. Por otra parte, es problemático e insostenible que lo que deviene de 1964 adelante se muestre por el autor más como una continuidad del proceso de la Revolución Nacional de 1952 a 1964 que como cuna ruptura. La conspiración e intervención norteamericana es evidente sobre todo de la CIA, no sólo de la embajada, en el derrocamiento del último gobierno del periodo de la Revolución Nacional. La política de desnacionalización y de desmantelamiento de COMIBOL también es evidente cuando el gobierno de René Barrientos Ortuño levanta las reservas fiscales de COMIBOL favoreciendo el crecimiento de la empresa minera mediana, de donde va emerger precisamente Gonzalo Sánchez de Lozada. El General Patiño, alto funcionario de gobierno, presidiendo COMIBOL y las políticas mineras, va desplegar una política puntillosa de desnacionalización, atentando contra la gran corporación estatal. Estas ausencias en la descripción, estas imprecisiones flagrantes del autor, son en realidad grandes errores históricos de percepción. Otro tema importante es el que tiene que ver con la historia de los sindicatos campesinos, su crisis, cuando se da la masacre del valle (1974), y la reemergencia organizativa sindical acompañada de una fluyente influencia de las corrientes kataristas e indianistas, que habían venido viviendo un proceso acumulando desde la década de los sesenta. En este contexto, vinculado a la historia del sindicalismo, el despliegue del proyecto de reconstitución de los ayllus. Al respecto, de la percepción del autor, se desprende que es muy rápida la pasada sobre esta discusión, arrojando apresuradamente afirmaciones que pretende apoyar la estrategia organizativa de los sindicatos y criticando el supuesto utopismo del proyecto de reconstitución de los ayllus. La cosa no es tan sencilla como se la presenta, la conformación de los sindicatos en las ex-haciendas no se da de una manera tan simple, sobre todo por el sustrato de las relaciones comunitarias y la relación con la tierra y las aynocas. Por otra parte la relación de los sindicatos con los ayllus es realmente compleja por las sedimentaciones en la memoria de los comportamientos y los mandos. El retorno al proyecto de los ayllus y de reconstitución de los suyus está conectado con estructuras de larga duración, no sólo con la memoria larga, que Pablo Stefanoni las pone en entredicho o sencillamente las desconoce olímpicamente. Esta facilidad como se resuelven problema históricos, de organización e institucionales-culturales sorprende. Se nota que el autor desconoce toda la discusión y todas las investigaciones etnohistóricas, etnológicas y etnográficas que se han hecho al respecto. La forma con la que se acude a una lectura rápida de las investigaciones de Xavier Albó para describir el faccionalismo indígena nos traslada a una descripción puntillosa de las divisiones y defecciones del katarismo y del indianismo, empero no logra hacer el balance interpretativo del recorrido del discurso katarista y de su proyecto histórico político y cultural. Se entiende que estos apresuramientos tienen que ver con las conclusiones osadas a las que quiere llegar el autor.
Habría habido aciertos en el texto sobre los apuntes que se toman del periodo neoliberal si es que se hubiera considerado el contexto internacional de aplicación del proyecto neoliberal, si es que se hubiera profundizado en las razones propias del proyecto neoliberal, pero no se ha hecho esto y el neoliberalismo queda como anécdota boliviana de alianzas del MNR y el katarismo de Víctor Hugo Cárdenas. Se obvia lo importante; ante la crisis de sobreproducción del capitalismo, arrastrada desde los años de la década de los setenta, extendida en la década de los ochenta y con consecuencias en los noventa del siglo XX, el proyecto neoliberal responde con una estrategia de financiarización de la crisis, mediante la conformación de burbujas financieras y procedimientos especulativos, acompañados por lo que se llama el retorno al procedimiento de desposesión violento de recursos naturales, empresas públicas y ahorro de los trabajadores, es decir, la retoma de la acumulación originaria de capital ante la crisis de la acumulación ampliada de capital[1]. El sentido destructivo del proyecto neoliberal se encuentra en esta estrategia imperial, soslayada por Pablo Stefanoni, que la toma como una combinación sugerente de muerte del capitalismo de Estado, achicamiento estatal, incentivos al capital internacional con medidas apropiadas al multiculturalismo liberal. Esto es digno de un reportaje anecdótico que no toma en cuenta las condicionantes y determinantes primordiales. No de otra forma podríamos explicar el alcance destructivo de la economía y el espacio productivo nacional de la implementación dogmática del neoliberalismo. Tampoco podríamos explicar el alcance del costo social y la reacción resuelta de los movimientos sociales. Se deja como en otros casos muchos cabos sueltos.
Lo mismo pasa cuando se describe la experiencia política de CONDEPA; se muestra el itinerario alucinante de Carlos Palenque y la comadre Mónica Medina desde la Tribuna del Pueblo en RTP hasta su gravitante participación política en la región andina, básicamente del departamento de La Paz. Se hace esto no tanto para poner en escena un fenómeno político contemporáneo de las nuevas formas del populismo como para tratar de demostrar otras estrategias mestizas de empoderamiento, irrupción política y modernización. Descartando sueltamente la atmósfera ideológica y de imaginarios culturales configurada por el discurso político y cultural katarista, por formas actualizadas de memorias que remontan su larga duración. Se critica con una desfachatez conmovedora la hipótesis interpretativa de Silvia Rivera Cusicanqui de la manipulación de símbolos culturales andinos. Se lo hace sin discutir a fondo estos problemas, sólo para rebatir someramente lo que el autor considera que es una construcción romántica de las resistencias ancladas en la recuperación de las instituciones ancestrales. Esta es una discusión imaginada por el autor, como su esquematismo simplón del debate entre los “pachamamicos” y “modernicos”. No hay tal cosa, tampoco una construcción romántica de retorno a los ancestros. Los que se ha interpelado en las investigaciones de Silvia Rivera Cusicanqui son las estructuras y relaciones de dominación pervivientes en la colonialidad y en el colonialismo interno en las formaciones sociales configuradas por la herencia colonial. Lo que se interpela es la violencia simbólica, además de las violencias descarnadas, las subjetividades subordinadas y los imaginarios y representaciones sociales que los acompañan. La descolonización implica quebrar estas relaciones de dominación y sustituirlas por relaciones emancipatorias que irrumpan en los múltiples escenarios sociales, políticos, económicos y culturales inventando modernidades heterogéneas y alternativas. Pablo Stefanoni no ha entendido la discusión desplegada por lo menos dos décadas atrás; el autor está peleando contra sus propios fantasmas, utopistas, románticos fundamentalistas; no ingresa en el debate sobre la descolonización. Por eso cree decir algo ingenioso cuando recupera las identidades cholas y mestizas. Estas identidades fueron estudiadas en sus manifestaciones diferenciales, conductas y vestimentas, como parte de la proliferación de resistencias e invenciones de las identidades colectivas emergentes. No está en discusión si hay o no cholos o mestizos, cholas y mestizas; lo que está en discusión es la genealogía e historicidad de su propia matriz histórica, las resistencias, rebeliones, levantamientos, estrategias y tácticas de los y las colonizadas. La pregunta con la que hay que empezar es: ¿Hay un proyecto descolonizador? La revisión histórica nos muestra que sí, que este proyecto ha atravesado distintos escenarios, distintos contextos, distintas coyunturas, diferentes periodos, por lo tanto ha plasmado formas y estrategias cambiantes retomando una lucha múltiple contra las dominaciones polimorfas.
Uno esperaría que la parte más fuerte de Pabla Stefanoni sea la que está dedicada en su libro al MAS; sin embargo, además de encontrarse uno con cosas ya dichas en su investigación sobre el MAS-IPSP, sorprende el estancamiento en interpretaciones consabidas, se trata de una nueva versión del nacionalismo, lo que pasa que ahora el nacionalismo se ha indianizado. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué los nacionalistas ahora llevan poncho y que tienen la piel cobriza, a diferencia de los nacionalistas blanco-mestizos? ¿Qué cambios se supone que hay en todo esto? Si se habría tomado en serio la hipótesis de las estrategias del nacionalismo popular, se hubiera estudiado detenidamente la obra de René Zavaleta Mercado, aunque sea demorándose en el libro póstumo Lo nacional popular en Bolivia[2]; se hubiera tomado también en serio el gran ensayo de Luis H. Antezana sobre el discurso del nacionalismo revolucionario[3], donde lanza la hipótesis de la figura de la herradura del cincuenta y dos, que muestra la gama y las variantes múltiples del nacionalismo revolucionario, que articulan en una dilatada alianza y conflicto de clases desde a la clase obrera hasta las clases medias altas, pasando por las clases campesinas. El análisis semiológico de Luis H. Antezana nos muestra una formación enunciativa convocativa e interpeladora, flexible y articuladora de distintos imaginarios, que sufren transformaciones por isomorfismos, capaz de articular al discurso radical minero con los discursos propios del Estado-nación, que hacen referencia a la formación de la consciencia nacional en las trincheras del Chaco. Por este camino y contando con una mirada más teórica y epistemológica del tema, se hubiera abordado el análisis de Luis Tapia Mealla desarrollado en su libro La producción del conocimiento local[4] donde trabaja la obra de René Zavaleta Mercado. En este trabajo teórico se abordan temas como los momentos del nacionalismo, que toca tópicos que trabaja lo que llamaría la arqueología del nacionalismo revolucionario, la constitución del ser nacional, la concomitancia entre la cuestión nacional y la cuestión estatal, la estructura explicativa de lo nacional-popular en Bolivia. El manejo de estos trabajos conceptuales hubieran servido de mucho para elucidar los problemas que describe Stefanoni pero no los llega asumir consecuentemente, pues los deja como notas anecdóticas y frases provocativas. Al final no se sabe qué entiende por nacionalismo el autor de Qué hacer con los indios… Lo que queda es una figura ambigua parecida a las descripciones folclóricas parecidas al Typical Country. Es posible una discusión profunda sobre una genealogía y arqueología del ideologüema del nacionalismo revolucionario y sobre la figura hegemónica de lo nacional-popular. Pero esta no se da en el libro en cuestión. En todo caso quedaría una pregunta: ¿Cómo se puede dar una actualización y emergencia de lo nacional-popular en pleno proceso descolonizador y en el horizonte del Estado plurinacional comunitario? Luis Tapia avanza en estos problemas y plantea la necesidad de pensar la articulación de lo plural en tanto lo común de lo plural y la diferencia. Esta discusión hubiera sido interesante, empero está ausente. Se nota que lo que interesa en el texto es la diatriba contra unos fantasmas que llama el autor “pachamamicos”, descartando sus supuestas teorías e interpretaciones. Estos “pachamamicos” no existen salvo en la cabeza de Stefanoni, tampoco esas teorías e interpretaciones fundamentalistas.
Lo que hay es lo que llamaría la otra formación discursiva descentrada del discurso del nacionalismo revolucionario. Cuando Silvia Rivera Cusicanqui se desplaza a las estructuras de larga duración y a la memoria larga indígena se sale de la órbita del discurso del nacionalismo revolucionario, plantea otro problema, sobre todo a partir de otro orden simbólico e imaginario. El problema ya no es resolver las reivindicaciones, las demandas históricas, a través de una respuesta patriarcal del Estado-nación, sino el de la pervivencia, emergencia y actualización de instituciones culturales de larga data, que si bien terminan adaptándose a los contextos históricos de los tiempos, alteran las relaciones con el Estado y las sociedad, irrumpiendo con otras formas de cohesión, de convocatoria y legitimidades. Esto no se resume a la geografía de lo rural y lo urbano, mas bien atraviesa estos territorios, territorializa, desterritorializa y reterritorializa otros espesores culturales y espaciales. Esto no tiene que ver con una lectura utópica de lo ancestral sino con las redes y estrategias colectivas y sociales que articulan otras hermenéuticas y complementariedades. Las mismas que no pueden reducirse a las supuestas nuevas estrategias de posicionamiento nacional-populares, compuestas de ocupaciones, reinvenciones, negociaciones entre lo público y lo privado, entre lo familiar y lo individual, entre lo propio y lo ajeno, entre la identidad recuperada y la modernidad. Esto sería un reduccionismo, que se da en el libro, al pensar que estas estrategias no son otra cosa que formas abiertas y desembozadas del proliferante clientelismo. Lo sugerente de la tesis de la descolonización es que se abre a otros horizontes de visibilidad, a otros horizontes de decibilidad, a otros mundos de sentido alternativos, aunque se encuentren encubiertos por la hegemonía de la modernidad universalista y el sistema-mundo capitalista. Al respecto hay que aclarar, que cuando se critica la modernidad se critica su forma dominante homogeneizante y universalista, pero no se descartan las invenciones colectivas de modernidades heterogéneas, hibridas y complejas. La discusión a la que quiere llevar Stefanoni se encuentra encerrada en una esquematismo simplón,  “pachamamicos” o “modernicos”, indianistas fundamentalistas o desarrollismo flexibles. Esta no es la discusión, el debate tiene que ver con las posibilidades de romper el diagrama de las dominaciones polimorfas de la colonialidad, del capitalismo dependiente y de los monopolios instituidos por el imperio y sus engranajes, instituciones y burguesías intermediarias. Esta posibilidad no tiene nada que ver con el capitalismo de Estado ni el nacionalismo, figuras históricas e ideológicas que se mantienen en el campo geopolítico configurado por el sistema-mundo capitalista. En esta perspectiva, extraña la apología que hace Stefanoni de la tesis débil del capitalismo andino-amazónico. No se trata de identificar los lugares, los localismos y las regiones donde funciona la economía-mundo capitalista; si se tratara de esto podríamos también hablar de un capitalismo de la pampa, de un capitalismo costero, de un capitalismo caribeño, ad ifinitum. El capitalismo que funciona es el relativo al ciclo del capitalismo norteamericano, hegemónico, dominante, empero en crisis; este es el capitalismo que enfrentamos. Al que no podemos oponer un capitalismo andino-amazónico, pues este es uno de los lugares o regiones de realización del ciclo financiero y de acumulación de capital. Al capitalismo se le opone la lucha contra el despojamiento y la desposesión de los recursos naturales y de la explotación del trabajo, la lucha contra la valorización abstracta y cuantitativa del valor, al capitalismo se le opone la asociación de los productores, la internacional de pueblos, la internacional de los trabajadores, que apuntan a la destrucción de las relaciones y estructuras capitalistas, a la destrucción de las instituciones de dominación, entre ellas primordialmente el Estado. Ahora bien esta lucha es un proceso y una transición, empero transformadora; el pueblo boliviano ha definido una forma de transición transformadora, esta es la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, que Stefanoni campantemente desestima y descarta de su elucubraciones. No lo considera. Según el susodicho autor parecería que habríamos perdido el tiempo en el proceso constituyente y en la pelea por el Estado plurinacional desde los movimientos sociales desatados en el 2000. Hay pues una pedantería juvenil en todo esto. Lo peligroso esta cuando el turismo académico se quiere convertir en una lección, quiere enseñarnos las grandes verdades desconocidas por nosotros, aprendidas en entrevistas y reportajes, y en revisiones bibliográficas aleatoriamente seleccionadas.
Claro que el MAS-IPSP es un desafío al análisis político, por su historia, por su composición, por su crecimiento desorbitado, por los problemas que plantea en su relación con el poder, el Estado, los gobiernos y las instituciones. Pero la explicación de este fenómeno político no puede reducirse a la descripción historiográfica y sociológica de su formación, tampoco a la denuncia e identificación del carácter prebendal de las preocupaciones de muchos de sus militantes. Estos problemas al final de cuenta se dan en todas partes y es la historia cotidiana de todos los países, con distintas tonalidades y ambivalencias. Tampoco se puede reducir su utilización a la necesidad del ascenso y movilidad social.  Con esto no decimos nada nuevo, sino más bien son lugares trillados en todas partes. Las preguntas que hay que responder son otras: ¿Cuáles son las condicionantes históricas en las que el sujeto indígena, en todas sus formas, tonalidades e identidades colectivas, sustituye al sujeto obrero, fundamentalmente a la centralidad minera? ¿Qué tiene que ver con esto una sobredeterminación compleja de distintos acontecimientos y singularidades concurrentes, como ser la relocalización minera, la migración al trópico, la reiteración de discursos izquierdistas y antiimperialistas adaptados a la defensa de la hoja coca? ¿Cómo afecta la experiencia vivida de una guerra de baja intensidad impuesta por la DEA y la CIA en el Chapare? ¿En qué momento se da el salto al contexto nacional? ¿Es cuando las federaciones cocaleras y el instrumento político apoyan a la Coordinadora del Agua y de la Vida en defensa del agua, extendiéndose después a una defensa de los recursos naturales? ¿Es sólo un fenómeno electoral? ¿No es más bien un acontecimiento político que después se expresa en las urnas? ¿Cómo explicar la actual crisis del MAS-IPSP? ¿Qué ha develado la crisis del gasolinazo? ¿Acaso podemos seguir hablando cómodamente de la hegemonía de lo nacional-popular, de la vigencia del proyectado capitalismo de Estado, de la combinación pacífica de lo multicultural con la irrupción indígena en los escenarios de las modernidades? No, no se puede, la crisis del gasolinazo ha puesto en evidencia la descomunal fragilidad de estos proyectos restauradores, de estas interpretaciones nacionalistas, de estas propuestas realistas y pragmáticas de combinar capitalismo con reivindicaciones culturales. Lo que se ha demostrado es que por este camino terminamos en el bolsillo de las empresas trasnacionales de los hidrocarburos, que terminan imponiéndose a través de sus monopolios de capital, financiero, tecnológico, comercial y de mercado, orientando nuestras políticas hidrocarburíferas y obligando al gobierno a decretar la descongelación de precios para obtener superbeneficios. En este contexto y coyuntura, Stefanoni se ha convertido en un apologista del camino al fracaso. Este no es el camino de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. El objetivo ahora es reconducir el proceso por el cauce abierto en las luchas sociales del 2000 al 2005 y por el proceso constituyente. Construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico, más allá de horizonte colonial de una modernidad y capitalismo dominantes, más allá del Estado-nación.
Una vez más, el horizonte de la pregunta no es qué hacemos con los indios…, pregunta que supuestamente se hacía la casta criolla gamonal dominante, sentido de la pregunta que se mantiene hasta la Revolución Nacional de 1952 y la reforma agraria; después de este acontecimiento político, las preguntas y los sentidos de las preguntas son otros, por ejemplo, cómo salir de la dependencia, cómo lograr el desarrollo, cómo consolidar las nacionalizaciones; ahora que las naciones y pueblos indígenas, los indígenas originarios campesinos, como define la constitución, en todas sus tonalidades, identidades colectivas, posicionamientos, se han empoderado del campo político, el sentido de la pregunta tiene que ver con la siguiente cuestión: ¿Qué hacemos con el Estado? Los bolivianos hemos decidido la respuesta, construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico como proceso descolonizador. Dejemos a Stefanoni con sus devaneos nacionalistas, otro tiempo es el nuestro.                            


[1] Ver de David Harvey: Breve historia del neoliberalismo. Akal 2006. También del mismo autor El nuevo imperialismo. Akal 2007. Madrid. 
[2] René Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Siglo XXI. México.
[3] Luis H. Antezana: Sistemas y procesos ideológicos en Bolivia (1935-1979). En Bolivia hoy. Siglo XXI 1983. México.
[4] Luis Tapia Mealla: Producción del conocimiento local. Muela del diablo 2002, La Paz.