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Radicalismos anticoloniales y marxismos

Radicalismos anticoloniales y marxismos

 

Raúl Prada Alcoreza

Radicalismos anticoloniales y marxismos

Contestatario Afro

Cedric J. Robinson en Black Marxism[1] analiza las relaciones entre el radicalismo afro y el marxismo. Se trata de relaciones tanto de empatía como también conflictivas. El marxismo no ha dejado de ser eurocéntrico, no puede desentenderse de la herencia centrada en la experiencia europea; a pesar del aprendizaje dramático de los comunistas orientales, que se desplazan a las tesis orientales del desarrollo desigual y combinado, del imperialismo como la última fase del capitalismo, de la revolución ininterrumpida o permanente, de la guerra prolongada, de que la revolución mundial estalla en la cadena más débil de la dominación imperial. Los marxistas no han podido salir de figuras ancladas como las del proletariado europeo, tan distinto a los millones de trabajadores esclavos, que constituyeron el sistema-mundo capitalista con el sacrificio de sus cuerpos, tan distintos a los trabajadores indígenas, obligados a prestar servicios como pago de conquista y de colonización. Los marxistas, incluso los críticos, han seguido planteando que el proletariado, y tenían en su cabeza a la figura del obrero, es la vanguardia de la revolución y la consciencia histórica. Estos apegos a tesis convertidas en verdades universales, han terminado limitando la visión y la lucidez de la crítica de la economía política. Con el tiempo se convirtió el marxismo en una iglesia más en el contexto de las disputas por la verdad. Una nueva corriente metafísica.

Son los radicalismos de los y las colonizadas, sus resistencias y rebeliones, lo que abrió nuevos horizontes de visibilidad y decibilidad, nuevos horizontes epistemológicos. Aunque no siempre hayan derivado en teorías, salvo excepciones ejemplares, el saber anticapitalista efectivo se encontraba en estas subversiones anticoloniales. El problema se planteó en las relaciones complicadas entre marxismo y los radicalismo anticoloniales; los partidos marxistas, poseedores de las tablas de los mandamientos revolucionarios, terminaron inhibiendo las capacidades subversivas anticoloniales, pues las circunscribieron a los conductos y lógicas de la dialéctica, donde los colonizados tenían un papel secundario en comparación con el proletariado, que no dejaba de ser europeo o parecido al europeo. Los partidos marxistas no entendían que el proletariado real, en el sentido de la acumulación de capital, acumulación tanto originaria como ampliada, eran estos trabajadores disminuidos, descalificados, discriminados, embridados. Si usamos los mismos términos del discurso marxista, tendríamos que decir, consecuentes con la historia efectiva, que la vanguardia revolucionaria y la consciencia histórica eran los esclavos y los indígenas. Empero, no podían llegar a esta conclusión por su apego a una perspectiva eurocéntrica.

Cedric J. Robinson dice que el Marxism, the dominant form that the critique of capitalism has assumed in Western thought incorporated theoretical and ideological weaknesses that stemmed from the same social forces that provided the bases of capitalist formation[2]. En otras palabras, el pensamiento crítico del capitalismo dominante de la época, incorpora debilidades teóricas e ideológicas, paradójicamente, de las mismas fuerzas constitutivas de las condiciones de posibilidad histórica de la formación capitalista.

La formación del sistema-mundo capitalista no puede explicarse, como se lo ha hecho, por lo menos desde las corrientes preponderantes del marxismo, como historia europea, como si el capitalismo hubiera emergido de la contradicción con el sistema feudal, para no hablar de modo de producción feudal. Esta tesis evade definitivamente el mundo, el sistema-mundo vigente antes de esa emergencia que se denomina como capitalismo, circunscribiendo este significado a Europa. El mundo no deja de ser mundo, a pesar del etnocentrismo; el sistema-mundo anterior, por así decirlo, se encontraba bajo la hegemonía asiática, concretamente China. Andre Gunder Frank habla de ciclos de capitalismo más largos que los de Fernand Braudel, refiriéndose al sistema-mundo capitalista bajo la hegemonía China, antes de que Europa inicie la el ciclo del capitalismo donde comienzan a rotar sus distintas hegemonías nacionales. Hegemonía adquirida con la conquista y la colonización de Abya Yala, acompañada por el despojamiento, desposesión y vaciamiento de África, que después también será conquistada y colonizada, de la misma manera. Como dice Immanuel Wallerstein la historia del capitalismo es una historia mundial, no puede ser regional, menos nacional.

La pregunta es: ¿Qué acontecía en el sistema-mundo para que se dé la emergencia de otro sistema-mundo bajo la hegemonía europea? ¿Es la toma de Constantinopla, el bloqueo de las rutas al oriente, por parte de los musulmanes lo que empuja a Europa a buscar otras rutas al Oriente, lo que definitivamente llevan a España y Portugal a toparse con el quinto continente? En todo caso, para poder hacerlo se requería de las condiciones de posibilidad técnica; entonces, hay una historia relacionada al desarrollo de las condiciones técnicas de navegación, comprendiendo toda una ingeniería e industria de armado de las carabelas. Seguramente, alrededor de esta tecnología de la navegación, tener en cuenta otros desarrollos técnicos, así como de conocimientos cartográficos y de orientación cardinales. En este caso si hay una historia europea, que, sin embargo, no está desarticulada de lo que ocurría al respecto en Asia y el norte de África.

Sólo tomando en cuenta determinados sucesos seleccionados, ciertamente arbitrarios, podríamos darnos explicación de la complejidad del acontecimiento mundial. Sucesos que retoman anales de batallas y guerras, lo que siempre atrae la atención de la memoria, sobre todo de la historia, que no deja de ser oficial, es decir, institucional. Aunque estos anales no explican, de ninguna manera, salvo por lejana aproximación, los cambios dados en las sociedades, sobre todo en los ámbitos de sus relaciones.  Sin embargo, puede ser un primer momento de aproximación, en un mapa panorámico, a los eventos que desplazan y modifican las relaciones, las estructuras y las prácticas sociales.

El año 1402 Tamerlán derrota al ejército otomano en la batalla de Ankara. Al siguiente año el emperador chino Yongle traslada la capital de Nankín a Pekín. A los dos años siguientes Castilla se hace con el control de las Islas Canarias, iniciando así el Imperio Español. En 1410 los reinos polacos y lituanos vencen a los caballeros Teutónicos en la batalla de Grünwald. Cinco años después se da lugar la batalla de Agincourt, donde el ejército inglés vence al ejército francés. En 1429 Juana de Arco libera Orleans, en el contexto de la Guerra de los Cien Años. El año 1431 Juana de Arco es condenada por brujería y herejía, es quemada en la hoguera en Ruan.  En 1438 Pachacútec funda el Tahuantinsuyo. En el periodo de 1440-1469, bajo Moctezuma I, el dominio azteca se hace predominante en México. En 1444 el Imperio Otomano derrota a húngaros, polacos y valacos en la Batalla de Varna. Al año siguiente el Kanato de Kazán vence al Principado de Moscú en la batalla de Súzdal. En 1453 Constantinopla cae en manos del Imperio Otomano, clausurando el ciclo del milenario Imperio Bizantino. Diez años más tarde se da lugar la Batalla de Castillón, que se puede decir que es la última batalla de la Guerra de los Cien Años. En esta batalla se usa la artillería, convertida en un artefacto de guerra decisivo. En el periodo 1455-1485 estalla la guerra civil en Inglaterra por el trono; esta guerra es conocida como la Guerra de las Dos Rosas. En 1456 Los húngaros resisten el asedio otomano en el sitio de Belgrado. En 1462 Mehmet II, conquistador de Constantinopla, es derrotado por Vlad III. En 1467 comienza el período Sengoku en Japón; iniciándose un periodo dramático caracterizado por las guerras intestinas feudales. El año 1469, la unión dinástica de la Corona de Aragón y el Reino de Castilla, entre Fernando II de Aragón y Isabel I de Castilla, da lugar a la unificación de España, convertida en monarquía absoluta. El año 1469 Matías Corvino, rey de Hungría, conquista Bohemia. En el periodo 1474-1477 estalla la Guerra de Borgoña, entre el Ducado de Borgoña y Francia, aliada con Suiza. El año 1478 el Principado de Moscú conquista Nóvgorod. El año 1481 comienza la Inquisición Española con el Auto de fe. El año 1485 Enrique VII derrota a Ricardo III, en la batalla de Bosworthy; de esta manera se hace con el trono de Gran Bretaña. El 1485 se da lugar la Batalla del Maule, durante la tercera expansión del dominio incaico. El año 1492 el rey nazarí Boabdil se rinde ante los Reyes Católicos, entregando Granada, dando conclusión a la Guerra de reconquista. El año 1492 comienza la conquista del quinto continente, de Abya Yala; el mismo año se promulga el edicto de expulsión de los judíos de España, salvo de los que optaron por convertirse al cristianismo. El año 1494 España y Portugal acuerdan el Tratado de Tordesillas, repartiéndose los dominios del Nuevo Mundo. El año 1499 la flota otomana derrota a la veneciana en la batalla de Zochio.

Esta revisión provisional peca por no contar con otro mapa, con otros anales, que den cuenta de los cambios, aunque sean imperceptibles. Hay muchos, por cierto, sobre todo líneas y tendencias de secuencias, de acuerdo a los tópicos; sólo tomaremos un ejemplo, también retomado en forma de nombres colocados en el mapa, con la punta del alfiler, por así decirlo.

Se ha clasificado a la época anterior a la llamada modernidad como medioevo; esta época está dividida en tres, medioevo inaugural, medioevo intermedio y medioevo tardío, usando nombres discutibles. El medioevo europeo comienza con las llamadas invasiones bárbaras, invasiones que provocan la caída del Imperio Romano; primero en Occidente, después en Oriente. La caída del Imperio Romano de Oriente acontece en 1453. Las innumerables guerras, epidemias, y preocupaciones por la supervivencia, son parte del escenario de paralización tecnológica de Europa. Así, a nivel técnico, y al margen de la arquitectura, como la construcción de templos, monasterios y castillos, se trata de una etapa poco provechosa, a diferencia de lo que acontece con las civilizaciones árabes y de china. Los monjes de los monasterios desempeñaron un papel imprescindible en lo que respecta a la conservación de los saberes, los conocimientos acumulados, también de ciertas técnicas romanas. Las tecnologías en uso corresponden al perfeccionamiento de técnicas heredadas de la llamada época clásica, correspondientes a la Grecia antigua y a Roma; también corresponden a transferencias desde el Islam, así como del Oriente.

En la navegación, a finales de la Edad Media, se introduce el instrumento de la brújula en la navegación, instrumento inventado en la China. El instrumento se basa en las propiedades magnéticas del imán natural, propiedades conocidas por los griegos. La brújula permitió la navegación fuera de la vista de las costas. Los portugueses introdujeron mejoras como la carabela de casco estrecho y alargado, las velas latinas y redondas, que facilitaban las maniobras. La civilización árabe investiga algunos procesos químicos; por ejemplo, la obtención de ácido sulfúrico, así como del ácido nítrico, también de perfumes y colorantes. Otras tecnologías incorporadas son la rotación de cultivos para mejorar las cosechas, el reloj mecánico de pesas, herraduras para los caballos. También se puede nombras al compás; con más pertinencia al papel moneda, que se convierte en el equivalente general. La pólvora es producida en China, apropiada y aprovechada después por los europeos. También los molinos de viento son transferidos desde la civilización China.

No pretendemos hacer una revisión exhaustiva, ni mucho menos, no solo provisional y panorámica, colocando puntos en los mapas cronológicos, sino buscamos contrastar el avance tecnológico medioeval con los primeros pasos de la revolución industrial. Preguntarnos: ¿Cómo acontece esta revolución industrial? ¿Cuáles son sus condiciones de posibilidad histórica?

La época de la modernidad corresponde a lo que llamaremos revolución geográfica, pues se trata de la conformación de las primeras cartografías planetarias, bajo la perspectiva de la condición esferoidal del planeta. Ciertamente esta perspectiva geográfica tiene mucho que ver con el desarrollo de la industria naval y de las nuevas técnicas de orientación. Los estados territoriales de España y Portugal se sitúan a la vanguardia de estas empresas de navegación. Por otra parte, durante el mismo comienzo de la modernidad, en el denominado Renacimiento y después con la etapa de la Ilustración, se establecen las condiciones epistemológicas del pensamiento moderno. El comienzo de la modernidad se hace posible con las conquistas ultramarinas y las colonizaciones territoriales de continentes. La modernidad es una época paradójica, de contrastes y contradicciones; la Revolución Francesa muestra el rostro subversivo de la modernidad, manifestando que la sociedad es producto de las voluntades sociales.

Con la invención de la máquina de vapor concurre la transformación de energía calorífica en energía cinética, es decir, mecánica, pudiéndose emplear la energía transformada para propulsar barcos, trenes, artefactos de diferentes máquinas. La primera máquina de vapor, obra de Thomas Newcomen, data del año 1712. Entre 1765 y 1784, el ingeniero escocés James Watt perfeccionó dicha máquina, concretamente para disminuir el agua de las minas de carbón. Richard Trevithick utilizó en 1804 una máquina de vapor para desplazar una locomotora de tren. En 1829, George Stephenson, diseñó la locomotora Rocket, que transportaba cargamento y pasajeros. Dirigió la construcción de la primera vía férrea pública del mundo, desde Stockton a Darlington; la construcción se efectuó en el lapso de 1821-1825. La eficacia de la máquina de vapor fue de tal magnitud que condujo, primero a Gran Bretaña, luego al resto de Europa a la primera Revolución Industrial. Su aplicación en todo tipo de máquinas industriales se trocó en grandes adelantos; por primera vez se podía prescindir de la energía de las personas o animales para realizar tareas[3].

Cedric J. Robinson dice que la concepción dialéctica hegeliana de Aufhebung, la dialéctica de Marx de la lucha de clases y las contradicciones entre el modo y las relaciones de producción, la evolución de Darwin de la especie y la supervivencia del más apto de Spencer, estas concepciones se labran desde los mismos supuestos metafísicos. Los declives de las burguesías rotativas europeas de los siglos XIV y XV no eran, en su mayor parte, los antecedentes lineales de las aparecidas en el siglo XVI. La universalidad del capitalismo es menos una realidad histórica que una construcción de este “lenguaje de error”. Estas “distantes y separadas clases capitalistas” eran menos los representantes del orden inmanente, racional y comercial, mucho más las extensiones de la dinámica histórica particular y cultural. No eran el “germen” de un nuevo orden dialécticamente postulado. Se trata de una teoría que clasifica y adecúa estratos sociales, intencionalmente adaptables a las nuevas condiciones y posibilidades, presentadas en los tiempos del post-feudalismo. No sólo diferentes burguesías europeas occidentales aparecieron en el siglo XVI; sino también que estos nuevos burgueses estaban implicados en las estructuras, en establecimientos y organizaciones, que eran sustancialmente rezagadas en la edad media[4].

El autor de Marxismo negro pone el dedo en la llaga; no se puede confundir las representaciones que se dan en las teorías, por más pretensiones científicas que tengan, con lo que ha acontecido y con lo que acontece. Las teorías sólo representan e interpretan, no pueden, de ninguna manera, sustituir la realidad, entendida como complejidad. La disputa no es por la verdad histórica, menos con pretensiones universales. Podría aceptarse que se trata de la concurrencia de las interpretaciones; empero, la problemática va más lejos. Se trata de incidencias, transformaciones, en los planos de intensidad, en los espesores de intensidad, del acontecimiento. Las teorías sólo son instrumentos provisionales para alcanzar estos logros; de lo que se trata es de transformaciones en las prácticas y relaciones.  Con el fracaso del marxismo para transformar el mundo, es indispensable la crítica de la crítica de la economía política; sobre todo para desbloquear las capacidades de acción, las posibilidades subversivas, la potencia social, inhibidas por las sagradas escrituras de las teorías.

Indudablemente el Estado juega un papel preponderante en la conformación del sistema-mundo capitalista. El campo burocrático estatal se convirtió en el aparato fundamental de los conductos de expansión capitalista; determinar la dirección de inversión, establecer seguridad política para determinadas inversiones, fomentar ciertas redes comerciales y sus relaciones concomitantes, al mismo tiempo desalentar otras[5]. La historia del capitalismo, que no deja de ser la historia de los vencedores, historia que supone la determinación económica, oculta en esta dialéctica económica, el papel constitutivo de la violencia colonial en la conformación del capitalismo.

Las fuerzas desencadenadas, sobre todo cuando se encuentran como disponibilidad mayúscula de fuerzas, ocasionando la demoledora violencia de la conquista y la colonización, no van solas, pues vienen acompañadas por formaciones discursivas y formaciones enunciativas que justifican, explican y legitiman esta violencia. En estas condiciones se entiende que es indispensable marcar la diferencia con los otros, a los que se conquista y se coloniza; esta diferencia es racial; diferencia que en el fondo establece la descalificación y la desvalorización de los otros. Cuando la violencia viene de un continente, primero unificado por el Imperio Romano, después reunificado por la religión cristiana, Imperio celestial que sustituye al Imperio terrenal, la justificación también se efectúa por la diferencia entre creyentes y paganos. Se justifica entonces la dominación con la excusa de la evangelización, de la salvación de las almas, de los impíos. Por último, cuando la diferencia racial, la diferencia entre creyentes y paganos, no son recursos “ideológicos” suficientes, se recurre a la diferencia civilizatoria. La perspectiva es el paradigma evolutivo; la superioridad de la civilización moderna tiene la responsabilidad de civilizar o desarrollar a sociedades que no alcanzaron el nivel evolutivo, que no alcanzaron el nivel de desarrollo. Estos prejuicios han sido constantes en las narrativas occidentales, incluyendo a las narrativas marxistas.

El autor citado dice que el concepto de nación no es una unidad de análisis adecuada para la historia social de Europa. El Estado es una estructura burocrática, en tanto que la nación es el imaginario construido por el Estado, de acuerdo a la “ideología” estatal. El concepto de Estado es más conveniente que la entidad histórica, racial, cultural y lingüística, lo que el concepto de nación implica. En todo caso, el protagonista auténtico en la historia efectiva europea se sitúa debajo de la fenomenología del espíritu de la nación y el Estado. En relación a la construcción del capitalismo moderno, no hay que olvidar que son las identidades particulares, los movimientos sociales particulares y las estructuras sociales, las que han persistido o han influido profundamente en la vida europea[6]. En otras palabras, el protagonista auténtico de la historia efectiva no es el campo burocrático, la malla institucional, tampoco el ideal de nación, sino la sociedad misma, las dinámicas moleculares que constituyen a la sociedad. La multiplicidad social, compuesta por migrantes, movilidades espaciales y culturales. La historia oficial ha ocultado la potencia social, la ha puesto en la sombra de sus narrativas, ha inventado personajes abstractos, que sustituyen a los protagonistas concretos, los humanos de carne y hueso, con sus lenguas, sus culturas, sus dramas. Los ha encajonado en las mallas institucionales, los ha clasificado, reuniendo a una parte de esta multiplicidad poblacional abigarrada en la identidad abstracta de nación, cuando se trataba, en realidad, de pluralidades.

El capitalismo, paradójicamente, niega lo que ha ocasionado, un mundo integrado. El capitalismo, no sólo como modo de producción, sino primordialmente como Estado-nación, se comporta conservadoramente respecto a los efectos generados por su incursión en el mundo. No puede, de ninguna manera, reconocer y responsabilizarse de tamaña destrucción que genera; al contrario, encubre este costo transferido a la naturaleza, transferido a los cuerpos humanos, sin contabilizar jamás su daño. Sólo contabiliza lo que llama los costos empresariales y los beneficios; ignorando completamente los costos ecológicos y sociales. Para la mentalidad capitalista estos costos no cuentan, de la misma manera que no cuenta la naturaleza ni los cuerpos humanos, pues son descartables o, como ahora se diría, son daños colaterales. El problema es que los daños colaterales son mayores a los supuestos beneficios que trae el desarrollo. No se entiende por qué al cálculo económico se le llama científico, cuando precisamente ignora estos costos de transferencia a la naturaleza y a los cuerpos humanos. Como se puede ver, este cálculo económico no tiene nada de científico, salvo la pretensión, pues soslaya lo más importante, la destrucción de la naturaleza y de la vida. Se trata de una aritmética que alimenta la “ideología”.

Esta crítica no solamente se encamina a replantear la perspectiva y la interpretación histórica, no solamente a trastrocar la epistemología heredada, sino a apoyar los proyectos civilizatorios alterativos y alternativos, inherentes a los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos.  En este sentido, proponemos un conjunto de hipótesis prospectivas.

 

 

Hipótesis prospectivas

  1. Si dejamos de concebir a la sociedad y el Estado como una dualidad y, más bien pensamos que forman parte de un proceso, por así decirlo, volviendo a este concepto productivo, podemos observar inherente la paradoja de este proceso histórico-político. La sociedad aparece como la bullente actividad dinámica, en tanto que el Estado aparece como una de sus realizaciones, como una de sus composiciones, que se presenta como fin, como finalidad, como lo que enuncia la propia metáfora del Estado, innata al concepto; es decir, alude a una estática. La paradoja se presenta de varias maneras; la sociedad es plural y el Estado unidad; la sociedad es multiplicidad y el Estado uno; la sociedad es heterogénea y el Estado homogéneo; la sociedad es diferencial y el Estado tautología. Sin embargo, hay que recordar que, en esta paradoja o en este proceso paradójico, la sociedad es realidad efectiva, en tanto que el Estado es imaginario.
  1. El Estado busca repetirse en la sociedad, por eso inicia procesos de homogeneización, si no son, primero, procesos de clasificación, que no se contradicen con la homogeneización. El Estado moderno es el más característico para apreciar esta estrategia de proyección de espejos; es el Estado moderno el que genera diagramas disciplinarios, que son técnicas y tecnologías de poder primordiales, en lo que respecta a la incidencia sobre los cuerpos para su modulación y homogeneización.
  1. Sin embargo, el Estado no puede homogeneizar a toda la sociedad; en todo caso, si lo lograra, sería su muerte, pues precisamente la heterogeneidad y pluralidad de la sociedad es el substrato dinámico de las composiciones y asociaciones múltiples, que caracterizan a la sociedad, que también terminan conformando y reproduciendo el Estado.
  1. Volviendo al concepto de proceso, el proceso sociedad-Estado capitalista es el que manifiesta de manera exacerbada la paradoja, pues en este proceso la sociedad aparece empujada, intensa y extensamente, a extremos de las mezclas, pluralidades y heterogeneidades. Sin embargo, también el Estado-nación aparece con las pretensiones absolutas de homogeneidad y de identidad; la narrativa sobre la nación expresa claramente esta pretensión.
  1. Si usamos la categoría de diferenciación, que tiene como uno de sus matices el concepto de contradicción, vemos que se da la diferenciación entre Estado y sociedad, en el proceso de realización del Estado. Se da también la diferenciación entre humanidad, como potencia social, respecto del poder, como monopolio de las fuerzas capturadas de la potencia; la diferenciación de la humanidad como capacidad creativa, respecto del capital, como expropiación, despojamiento y desposesión de la capacidad creativa capturada.
  1. Si se usara el concepto de contradicción, a pesar de que la diferenciación no se reduce a la contradicción, se tendría que decir que la contradicción no es entre el proletariado, que es una clasificación institucional, por lo tanto, una captura institucional, respecto del capital, sino entre humanidad, como capacidad creativa, respecto del capital, como aparato de expropiación de esa capacidad. También se tendría que decir que la contradicción es entre humanidad, como potencia social, respecto del Estado, como maquinaria de captura de las fuerzas de esa potencia.
  1. Una de las consecuencias, por lo menos teóricas, de las hipótesis, es que la liberación de la humanidad, de la potencia social, de la capacidad creativa, implica la disolución del Estado, la diseminación del capital, así como disolución de las naciones y fronteras, llevando este proceso de liberación hasta la integración plural y heterogénea de la humanidad.

[1] Cedric J. Robinson en Black Marxism. The making of radical tradition. The University of North Carolina Press 2000.  

[2] Ibídem: Pág. 38.

[3] Revisar de Pedro Landrin Historia de la tecnología. http://www.pelandintecno.blogspot.com.

[4] Cedric J. Robinson: Ob. Cit.; Pág. 60.

[5] Ibídem. Pág. 60.

[6] Ibídem. Pág. 65.

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El Estado, institución corrosiva de la sociedad

El Estado,

institución corrosiva de la sociedad

Segunda incursión sobre la historia reciente

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Gineta

Índice:

Apego a los paradigmas                          

Pinceladas de la historia reciente           

Genealogía del Estado-nación de los pactos corporativos                       

Crítica a la razón dialéctica                    

Hipótesis ácratas                                    

Más allá de las instituciones                    

Estado y corrosión                                   

Hipótesis interpretativas del presente del sistema-mundo                                     Zapatista

Dedicado a Rhina Roux, por sus intensas exposiciones iluminadoras, por su pasión teórica y su decidida conceptualización, amasada de sentimientos.

Vamos a realizar una segunda incursión reflexiva sobre la llamada corriente de la Historia reciente. Esta vez la excusa es el libro Temas y procesos de la historia reciente de América Latina, una compilación de investigaciones y ensayos a cargo de Margarita López, Carlos Figueroa y Beatriz Rajland, que hacen de editores, también de autores del mencionado libro[1]. El libro comprende dos partes; la primera, dedicada a las Contribuciones al debate sobre el concepto de Historia Reciente; la segunda, dedicada al análisis de las Resistencias, movimientos y luchas en la Historia Reciente de América Latina. Entonces, se podría decir que, la primera parte es una reflexión epistemológica sobre esta corriente de la historia reciente, en tanto que la segunda parte es una reflexión sobre las materias de esta historia, los movimientos y las luchas sociales contemporáneas en América Latina. En adelante nos ocuparemos de ambas preocupaciones de la corriente de la historia reciente. Comenzaremos con las investigaciones sobre México contemporáneos. Interesa detenerse en los rasgos sobresalientes de lo que llamaremos la corrosión institucional de la sociedad; fenómeno que comparten todos los Estado-nación. También interesa la contrastación social frente a este fenómeno de deterioro, desgaste y corrupción; sus luchas y resistencias. Lo sugerente de las investigaciones mencionadas es que muestran el fenómeno de la perversión institucional en sus formas pronunciadas. En el abordaje del tema no sólo tomaremos en cuenta los ensayos del libro compilado, sino también de dos investigadoras mexicana, que abordan la problemática de la genealogía del Estado a partir del espesor de las resistencias y luchas sociales, comunitarias y autogestionarias. Hablamos de Rhina Roux y Raquel Gutiérrez.

 

 

Apego a los paradigmas

 

Lo que se nota, desde un principio, es todavía el apego, de la corriente de la historia reciente, a pensar desde los paradigmas heredados. La reflexión sobre los desafíos del momento se efectúa desde los temas, tesis, conceptos, planteados por los paradigmas de la modernidad. Nuestra crítica no apunta tanto a los problemas que plantea esta herencia, sino a que la reflexión epistemológica de la corriente de la historia reciente se dedique a hacerlo sobre teorías, conceptos, sobre si son o no válidos en el momento, en vez de reflexionar sobre la complejidad planteada por los acontecimientos tratados. Para desde el desafío de la complejidad abordar la problemática de los límites epistemológicos. En otras palabras, no importan tanto los conceptos y las teorías como las figuras, sensaciones, pensamientos, que configuran las experiencias sociales de estos acontecimientos. Tampoco se trata de desechar la teoría, sino de sumergirse en la experiencia social de estos acontecimientos, en la actualización de la memoria social, percibir su complejidad, construir una interpretación que se conjugue con la complejidad misma. No se trata de saber si la clase obrera hoy es o no central, si el concepto de lucha de clases es pertinente ahora, ni se puede seguir pensando desde el reconocimiento de la ubicación estratégica del Estado; todo esto, puede ser o no ser. De lo que se trata es de pensar desde el acontecimiento mismo. Dicho de otra manera, de lo que se trata es partir de la experiencia social, no tanto así de las teorías heredadas, para efectuar deducciones interpretativas.

Si partimos que hay crisis epistemológica, que la historia reciente es una propuesta novedosa para atender el presente, en toda su complejidad acumulada, entonces, los paradigmas teóricos quedan en segundo lugar. Lo primero es atender a las percepciones del momento, buscar integrar racionalidad, investigación, teorización, a esta rica experiencia social de la coyuntura. Esto equivale, aunque suene trillado, a pensar de otra manera. Los temas de las investigaciones, expuestas en el libro compilado, son, por lo demás, sugerentes. Del desafuero al gobierno legítimo: episodios de la resistencia civil en la confrontación neoliberal en México de Carlos Figueroa Ibarra y Raquel Sosa Elízaga; Institucionalidad y antinstitucionalidad en las resistencias, el caso de México de Pilar Calveiro; Protestas, movimientos sociales y democracia en Colombia (1975-2007) de Mauricio Archila Neira; Nuevos sujetos étnicos en Colombia, las comunidades negras y la lucha por sus territorios y su visibilidad en las estadísticas de Luís Carlos Castillo; Movimientos urbanos dominicanos y sus oportunidades políticas en la transición democrática reciente (1978-1991) de Emelio Betances; Acciones colectivas beligerantes y cívicas y su aporte al proceso democrático venezolano actual de Margarita López Maya y Luis Eduardo Lander; Uruguay, cambio político y movimientos sociales a comienzos del siglo XXI de Carlos Moreira; Tierra, territorio y autonomía, la lucha política del movimiento social mapuche en la sociedad neoliberal chilena de Juan Carlos Gómez Leyton; Algumas razões da permanência do clientelismo político no Brasil contemporáneo de Elsio Lenardão; El movimiento orgánico de la estructura de la sociedad argentina (1975-2007) de Nicolás Iñigo Carrera; El proceso de reconstitución del partido del orden en Latinoamérica actual, el caso argentino (2002-2004) de María Celia Cotarelo; Experiencias de autogestión de los trabajadores en Argentina, la recuperación de fábricas y empresas en la última década de Orietta Favaro y Graciela Luorno. Como se podrá ver, estamos ante una gama amplia de recortes de “realidad” del presente. De todos ellos nos concentraremos en algunos seleccionados, que tengan que ver, de manera más directa, con los tópicos de nuestras preocupaciones; genealogía del Estado, resistencias y luchas de movimientos sociales.

Una pregunta es pertinente: ¿Qué es hacer historia reciente? ¿Es convertir al presente en parte de la historia? ¿O, mas bien, es cuestionar la historia desde el presente; algo así como hacer una contra-historia? ¿Oponerse al relato del poder con los relatos de los oprimidos? ¿No sería mejor decir: oponer al relato del poder el relato de los sublevados? Pues son ellos los que interpelan la narrativa del poder a partir de otra interpretación. Pero, ¿cuál es la interpretación de los sublevados? Este es el punto. ¿Es la denuncia, como se acostumbra hacer? ¿No es esta la labor política? ¿Cuál, en este caso, la labor del historiador o del contra-historiador del presente? Al respecto, nuestra sugerencia es la siguiente: El historiador reciente no puede quedarse en la denuncia, tampoco solamente en la descripción, poniendo en la mesa las fotografías del momento; siguiendo este curso, el historiador reciente no puede contentarse con explicar estos hechos con teorías heredadas; está urgido a comprender cómo funciona el poder. ¿Cómo funciona en la pluralidad de fuerzas concurrentes, en la pluralidad de sus formas, en las composiciones institucionalizadas, en las relaciones variadas, diferenciales y complejas, que se dan entre instituciones y dinámicas sociales? No basta constatar, por enésima vez, que el Estado sirve a las clases dominantes, las cuales hacen un uso del Estado de una manera corrompida, adulterada, usando toda forma de violencia a su alcance; violencia abierta o encubierta. Lo que importa es saber cómo funciona el conjunto de dispositivos que ponen a su alcance las clases dominantes. ¿Cómo se da el ejercicio del poder? No se trata de descalificarlo como malo, reduciendo el análisis a un juicio moral; con esto se resuelve un tema de consciencia; empero, no se explica el acaecimiento de los hechos.

La ventaja del historiador reciente es que no está sólo ante fuentes escritas, los documentos, que pertenecen a periodos y épocas pasadas, sino ante fuentes vivas; convive con sus fuentes, cuando éstas no son documentos de archivo, sino documentos usados como dispositivos de poder; no siendo documentos de archivo, está ante acciones y prácticas sociales, efectuadas en el momento. Sus hipótesis interpretativas están constantemente contrastadas por los sucesos. Esta ventaja no solamente lo coloca en una situación de saber, sino, sobre todo, en la condición de potencia. No condición de poder, sino condición de potencia; es decir, en condición creativa. Está ante campos de posibilidades abiertos, ante el juego de fuerzas y posibilidades en el momento. Entonces su saber no puede devenir de la ciencia y teoría institucional, pues esto sería repetir lo ya dicho; su saber, como saber del presente, sólo puede provenir de su participación social en el presente. Ahora bien, de las participaciones experimentadas, es el activismo el qué más ilumina. El buscar incidir en los desenlaces lleva al activismo a compenetrarse con el mapa y el juego de fuerzas; con este conocimiento actual.  No se trata de que la o el historiador reciente se convierta obligatoriamente en activista; esto, como se dice, es una decisión personal. Lo que pasa es que el o la historiadora reciente se encuentra ante esta forma de saber, así como con los saberes activos, participantes, en la cotidianidad, saberes operativos, que intervienen en la modelación del mundo. Estos saberes no son documentos archivados, no son fuentes históricas, cuya operatividad y funcionalidad se dio lugar y uso en el pasado, no son algo que la o el historiador reciente se tiene que preguntar cómo eran interpretados y manejados en el pasado, cómo ayudarse con ellos para decodificar y configurar el mundo perdido del pasado. Ese mundo, esa interpretación, esos manejos, los conoce el o la historiadora, pues vive ese mundo, interpreta casi de la misma manera y maneja los instrumentos como sus contemporáneos. 

Para la o el historiador reciente no aparece el problema que se plantea el historiador del pasado, cómo reconfigurar el mundo perdido del pasado; ese mundo está presente ante él o ella. De aquí no se puede colegir que de lo que se trata es de hacer lo contrario, convertir esas prácticas, esas acciones, esos operadores, esos saberes vivos, en fuentes históricas, como si el mundo no estuviese presente, como si la o el historiador reciente no participaran en ese mundo. No puede perder la ventaja que tiene respecto al historiador del pasado. Se enfrenta a lo que todos nos enfrentamos, todos los humanos, inmersos en sus sociedades, vivos y orgánicos, en un momento que llaman y reconocen como presente; la pregunta es, cuando se experimenta el presente, cómo se hace que para que lo que sé del mundo, sea poco o mucho, sirva para lograr lo que quiero. Para el caso del o la historiadora, se trataría de lograr un mejor conocimiento del presente. Ahora bien, este conocimiento no tiene las mismas características que el conocimiento histórico del historiador clásico.  No es un conocimiento distante, conformado a la distancia, es, por así decirlo, un conocimiento inmediato, demasiado próximo, un conocimiento interviniente en las acciones, prácticas, habitus del presente. Un conocimiento que es a su vez práctica, que forma parte del mundo que comparte. Entonces su conocimiento no puede pretender “neutralidad”, por así decirlo, usando un criterio, por cierto inadecuado, propuesto por el sociólogo Max Weber, no puede reclamar “validez” científica, siguiendo con la misma tonalidad weberiana. De ninguna manera se entienda esto como una desventaja; al contrario, deja claro, de manera patente e ineludible, que no hay conocimiento “neutral”, que no hay conocimiento verdadero, “válido”, brillando como sol sobre los conocimientos falsos, expulsados a las sombras. La importancia de lo que hace el o la historiadora reciente es que queda claro que el conocimiento no tiene sentido, a no ser especulativo, si es logrado por el conocimiento mismo; conocer para conocer. Algo tan absurdo como producir para producir más; tesis inaudita, orgullo de la economía política. El conocimiento es útil porqué sirve para la sobrevivencia. En este sentido, el conocimiento que puede aportar el o la historiadora reciente es útil para la sobrevivencia humana. Por eso mismo, volvemos a plantear que estamos ante formas de saberes participativos, operativos, prácticos, activistas.

 

En adelante nos detendremos en algunas de las investigaciones mencionadas del libro citado.

 

 

 

Pinceladas de la historia reciente

 

Carlos Figueroa Ibarra y Raquel Sosa Elízaga, en Del desafuero al gobierno legítimo: episodios de la resistencia civil en la confrontación neoliberal en México, hacen una descripción de las condiciones del presente, de ese entonces (2010), cuando escriben su exposición, del Estado-nación mexicano:

En el momento en que nos acercamos al fin de la primera década del siglo XXI, el balance de la aplicación del neoliberalismo en México no es alentador. Grados crecientes de polarización económica, social, política y cultural han sido la principal secuela de la política económica impuesta desde los años ochenta. Los saldos evidentes son una economía que dejó de crecer durante dos décadas, la mayor parte de las empresas públicas desmanteladas, privatizadas o reducidas a su mínima expresión, una deuda privada convertida en pública que asciende hoy a 160 mil millones de pesos ($16 mil millones), el saqueo y el ahogamiento fiscal de la industria petrolera, principal industria del país, y una población que rebasa al 45% de personas sumidas en la pobreza, de las cuales más del 15% son indigentes, con un desempleo del 10% de la PEA (Zepeda Patterson, 2007; Rodríguez y González, 2008; Auditoría Superior de la Federación, 2003, 2004, 2005, 2006; Di Constanzo, 2008). He aquí el balance de casi treinta años de medidas que han lesionado a la que fuera la economía y el Estado más sólido de América Latina[2].

 

 

El presente del que hablan Figueroa y Sosa es el de un mundo afectado por la dominación del capitalismo financiero, cuyo mecanismo político es el proyecto neo-liberal, mundo que parece seguir siendo el nuestro, el presente desde donde escribo este ensayo (2014). Quizás la diferencia entre un periodo y otro, fines del siglo XX, hasta la primera década del siglo siguiente, comienzos del siglo XXI, el primer quinquenio de la segunda década de este siglo, radique, en América Latina y el Caribe, en la irrupción de los gobiernos progresistas de Sud América, incluyendo al gobierno centroamericano de Nicaragua. Gobiernos que se reclaman de anti-neoliberales. Empero, en su generalidad, incluso la extensión traumática del proyecto neoliberal, el mundo de hoy es el mundo de fines del siglo XX. Las luchas anti-neoliberales se han extendido a Europa y los Estados Unidos de Norte América. Los autores nos muestran el decurso de la implantación de este proyecto de despojamiento y desposesión, que muchos de nosotros conocemos, sobre todo nuestros pueblos. Después del desmantelamiento de las empresas públicas, su privatización y la privatización de los recursos naturales, las consecuencias sociales son alarmantes; el costo social perfila una estructura donde se incrementa la “pobreza”, la desocupación, disfrazada como informalidad, la deuda pública se hace insostenible, ni hablar de la deuda externa. Con la incursión del neoliberalismo hemos pasado de la condición de países dependientes a la condición de estados fracasados, usando la jerga del discurso político neo-conservador norteamericano.

 

Esta pincelada es elocuente, sirve de contexto; la exposición apunta a descifrar la corrosión del Estado y los mecanismos de poder de las clases dominantes, que han convertido al Estado en su patrimonio. El relato se centra en la guerra sucia de estas clases dominantes contra el candidato encumbrado por las clases populares, Andrés Manuel López Obrador. Se describe minuciosamente toda la maquinaria puesta en marcha por las clases dominantes, sus partidos políticos, las empresas e instituciones que controlan, sobre todo la intervención estatal, que se encuentra en sus manos, incluyendo a la institución encargada de garantizar las elecciones. El cuadro es decadente, el recurso a toda clase de violencias, encubiertas y abiertas, a todos los medios, mecanismos, estrategias y tácticas, abarcando la desplegada guerra sucia contra el candidato popular. La violencia descomedida, el despreciado a la democracia, la falta de rubor ante el empleo de estos recursos delictivos y el racismo, clasismo, sexismo, descomunales desatados por los dueños del Estado y patronos de México. Este cuadro es ilustrativo e iluminativo de lo que podemos llamar la efectuación descarnada del poder, sobre todo la realización grotesca de las violencias múltiples, contra la sociedad y el pueblo mexicano.

 

Ahora bien, es indispensable auscultar el cuadro de la decadencia del poder, es menester pasar de la denuncia, de la descripción exhaustiva, a la comprensión de la complejidad. ¿Cómo se estructura, cómo se compone, cómo funciona y se articula, esta cartografía del poder singular que se plasma en el Estado-nación de México? ¿Cuáles son los diagramas de poder engranados que se inscriben en el cuerpo social, induciendo comportamientos y conductas, inoculando habitus, haciendo uso de imaginarios, con el objetivo dramático de la reproducción del poder? Un poder, por cierto, como dijimos singular, no abstracto, históricamente derivado de la genealogía de violencias pretéritas. Proponiendo una hipótesis interpretativa, diríamos que:

 

Se trata de una estructura de poder singular, patriarcal y patrimonial, que coloca como principio primordial, en el substrato de donde emerge y que lo sustenta, al pre-juicio del patrón, quién supone que tiene derecho y acceso a todo, pues todo le pertenece. Este prejuicio supremo expresa la psicología de los amos del Estado; pero, también ilustra acerca de las bases materiales específicas sobre las que se sostiene la reproducción estatal. Se trata de una malla institucional, que, en la forma, se parece a las instituciones universales de la democracia formal, liberal y de la modernidad; sin embargo, en lo que respecta al contenido histórico concreto, se trata de una institucionalidad constituida, desde sus cimientos, por el cemento mezclado de la proliferación de violencias manifiestas y encubiertas. Se trata de la institucionalidad adulterada en sus comienzos; por lo tanto de una génesis institucional corrompida, corroída por dentro; aunque también se podría decir que la corrosión es congénita, es la argamasa con la que se plasman las instituciones. La lógica del poder es la del aprovechamiento, la del oportunismo, la del usufructúo, usando polifacéticamente los instrumentos del Estado, desde las normas hasta sus dispositivos represivos, pasando por la apabullante irradiación de los medios de comunicación.

 

No se crea que esta mezcla adulterada en la materialidad institucional del Estado, se da sólo en México. Lo que pasa es que la desbordante y descomunal violencia con la que ocurre en México ilumina sobre lo que ocurre en todos los estados, se consideren o no modernos, respetuosos de la institucionalidad, desarrollados, civilizados o todo lo contrario. El desborde de la violencia múltiple, cubierta y abierta, en el despliegue de la reproducción estatal, que en el fondo, es el despliegue de las dominaciones polimorfas de las clases dominantes, sus partidos, sus empresas, sus instituciones, acaecida en México, es el mismo que en los distintos y variados Estado-nación del mundo. La diferencia se encuentra en las composiciones, las tonalidades, los ritmos, el atempera-miento, el manejo adecuado o más teatral de la división de poderes de la república. Todos los Estado-nación tienen su nacimiento en ese código de suspensión que es el Estado de excepción.

 

Esta concomitancia entre violencias y Estado-nación no excluye, de ninguna manera, que se busque la especificidad en la genealogía del Estado mexicano. Es a esta tarea a la que debe responder también la corriente de la historia reciente.

 

 

 

Genealogía del Estado-nación de los pactos corporativos

 

 

En un ensayo titulado México: despojo universal, desintegración de la república y nuevas rebeldías[3], la investigadora Rhina Roux[4] continúa, para el análisis del caso mexicano, ideas y reflexiones expuestas en Marx y la cuestión del despojo. Claves teóricas para iluminar un cambio de época[5], y en Capitales, tecnologías y mundos de la vida. El despojo de los cuatro elementos[6]. La investigadora también cuenta con el libro El príncipe mexicano. Subalternidad, historia y Estado[7]. Rhina comienza su ensayo apoteósicamente, escribe:

 

Un violento proceso de expansión universal de la relación de capital, de restructuración de las relaciones entre los múltiples capitales y, sobre todo, de las formas y contenidos de la dominación, la resistencia y la rebelión, está en curso.

Junto con formas más toscas o sofisticadas de explotación del trabajo en la relación salarial, un nuevo ciclo de acumulación por despojo acompaña este movimiento. Éste reedita en escala ampliada, en extensión geográfica y en profundidad social, el cercamiento de tierras comunales (enclosure of commons) operado en los albores de la modernidad capitalista y continuado en los siglos de expansión colonial.

 

Este proceso disuelve barreras protectoras del mundo humano; rompe formas políticas de la dominación ancladas todavía en lazos de dependencia concebidos como naturales y sagrados; destruye vínculos y equilibrios milenarios de la especie humana con la naturaleza; e incorpora trabajo, territorios, naturaleza, bienes comunes, conocimientos y destrezas en los circuitos de valorización de valor.

En el territorio mexicano esta gran transformación está disolviendo los fundamentos materiales y sociales de una relación estatal: el derecho de las comunidades agrarias al usufructo de tierras, bosques y aguas y el resguardo de los bienes comunes, materiales e inmateriales, como patrimonio público. Desamparo, inseguridad, éxodos migratorios, la fragmentación del país en múltiples señoríos territoriales, ausencia de ley y una violencia cotidiana vuelta pandemia son parte de este proceso[8].

En el ensayo Roux se propone analizar el cambio histórico en la sociedad mexicana y el ciclo de violencia que le acompaña. En El príncipe mexicano Rhina deja claro que el nacimiento del Estado-nación mexicano se asienta en las alianzas y los pactos, replanteados una y otra vez, sobre todo por la emergencia radical de la revolución mexicana. Se trata de un Estado corporativo. En esta malla institucional, en este imaginario de la sociedad mestiza e india, deja su huella la revolución, la lucha campesina por la tierra, institucionalizando el ejido como territorio comunal. No se puede romper el equilibrio sin quebrar las bases y el hormigón armado del Estado mismo. La burguesía patrimonial, la burguesía intermediaria, la burguesía agraria, así como la burguesía comercial y financiera, íntimamente articulada al sistema financiero internacional, el perfil dominante del sistema-mundo capitalista, también deja su huella, aunque en mayor proporción que la dejada por las clases populares. Sin embargo, tanto en los contenidos, en las formas, como en las expresiones, el pacto se dio lugar, formando equilibrios corporativos, incluso concomitancias y complicidades, la mayor de las veces silenciosas y aceptadas. Este equilibrio, si se quiere inestable en su duración, permeable en sus crisis coyunturales, se ha roto desde la despiadada decisión de las clases dominantes por el despojamiento y desposesión a gran escala, haciendo eco del despojamiento y desposesión a escala planetaria, efectuada por un sistema-mundo capitalista paradójico. Por una parte, bajo el dominio del capital financiero, apunta a la acumulación especulativa, es decir, ficticia; por otro lado, al no poder sostener esta acumulación en forma especulativa, pues esta fantasmagoría es insostenible, se apoya en la más descarnada explotación del cuerpo del trabajo y de los cuerpos de la vida, la naturaleza, opta por el despojamiento y desposesión en las formas más expansivas e intensivas nunca antes experimentadas. Rhina Roux interpreta este acaecimiento como el de la clausura de una época, ¿la muerte del Estado-nación?

Retomando lo que dijimos más arriba, cuando decíamos que el substrato del Estado-nación es espurio; se da, desde un principio, la adulteración institucional, pareciera que exponemos una contradicción, cuando apoyamos la tesis de Rhina Roux de que el nacimiento del Estado-nación es corporativo, basado en alianzas y pactos. Ambas génesis, ambos nacimientos, se dan en esta genealogía del Estado-nación. 

Para comenzar tenemos que aclarar que el modelo institucional universal no es primero históricamente; paradójicamente, primero se dan las copias adulteradas, para luego construir un modelo. La historia efectiva de los estados es anterior al modelo de Estado moderno; los estados “reales”, por así decirlo, son anteriores a su ideal perseguido. Mas bien, se amoldan al ideal. Es explicable entonces que las violencias iniciales busquen ser amortiguadas con la adecuación al modelo republicano; adecuación nunca total, pues el acercamiento y aproximación parecen condenadas a una historia interminable de problemas, obstáculos, resistencias, incomunicaciones.

En esta adecuación al Estado ideal, las clases dominantes han de imponer sus pertinaces resistencias, evitando perder terreno, influencia, dominios, monopolios, incluyendo el monopolio de la tierra, el monopolio del capital, el monopolio institucional. En este transcurso adulteran la mezcla de la materialidad institucional.

Por otra parte, dada la guerra anti-colonial, la revolución social, que estalla junto a la guerra anti-colonial, que se extiende y repite en la revolución campesina y en la revolución nacional, esta sublevación intermitente quiebra los controles casi absolutos del poder, ejercido por parte de las clases dominantes, en distintas épocas, periodos y coyunturas. Aunque no se pueda resolver claramente el desenlace en una victoria clara y contundente, las clases populares logran afectar a la composición misma del Estado. Como aceptando la imposibilidad de definir la victoria y la derrota contundentes, las clases dominantes y las clases populares como que se inclinan a institucionalizar este equilibrio de fuerzas. Nace el Estado de los pactos, el Estado corporativo. Extendiéndose dramáticamente por siglos, conllevando sus enfermedades, sus crisis y sus achaques.

El tema es que este Estado corporativo parece haber llegado a su fin; ya no es posible el pacto y las alianzas, con una burguesía nacional, entregada de lleno a la vorágine del capital financiero y de la destrucción efectuada, a escala planetaria, por parte de los grandes consorcios oligopolios extractivistas.

 

Haciendo un recuento histórico reciente Roux detecta el punto de inflexión de esta inversión del Estado pactado; escribe:

La nueva expansión de la relación de capital, anunciada en México en los años ochenta con el derrumbe salarial y el inicio de una larga ofensiva contra los trabajadores y sus sindicatos, comenzó a desplegarse en el territorio nacional con la llamada “reconversión industrial”, la desregulación de los circuitos mercantiles y financieros y la privatización de empresas públicas. Este proceso, continuado a fondo en los años noventa con la reforma del artículo 27 constitucional y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), terminó desmantelando la estructura productiva estatal levantada en los años de industrialización de la segunda posguerra: complejos siderúrgicos (Sicartsa, Altos Hornos de México, Fundidora Monterrey), minas, industria metalúrgica, industria cementera, ingenios azucareros, fertilizantes, industria tabacalera, petroquímica, telefonía, aerolíneas, banca y servicios financieros y red federal de microondas. Entre 1982 y 1994 la estructura productiva estatal se redujo de 1155 a 216 empresas públicas, mientas se desmontaban contratos colectivos de trabajo y se introducían innovaciones tecnológicas en industrias estratégicas (telefonía, petróleos, electricidad, siderurgia e industria automotriz).[9]

Sin embargo, el punto de quiebre en este proceso no se encuentra en la privatización de empresas públicas, la confiscación de derechos laborales o la desregulación de los circuitos financieros. El punto de quiebre material y simbólico, que marcó el ingreso sin retorno del territorio nacional en un gran cambio de época fue la reforma del artículo 27 constitucional: la desaparición jurídica de las tierras ejidales y comunales[10].

El punto de inflexión es este, la desaparición jurídica de las tierras ejidales y comunales. ¿Qué significa este hecho, cuál el significado histórico? Lo diremos categóricamente, la muerte de la revolución mexicana, perdurable, en su ciclo largo hasta el gobierno de Lázaro Cárdenas, con las medidas nacionales, democráticas y sociales tomadas, así como asumiendo estatalmente la nacionalización del petróleo. A pesar de haber concluido ahí, en su ciclo largo, es, sin embargo, perdurable como referente, como parte del imaginario social, reminiscencia en el campo escolar, así como remembranza, que todavía sostenía un decrépito Estado corporativo.  De todas maneras, estaba ahí, en el artículo 27.  Cuando se revisa este artículo, se le quita la pequeña tablita que todavía sostenía la ilusión de Estado-nación. No solamente se termina de desmoronar todo pacto olvidado, sino que el imaginario nacional se queda sin sus fantasmas acompañantes, queda vacío.

La osadía de la burguesía nacional, de la híper-burguesía mundial, es apostar por la ficción estatal sin legitimación, creyendo que basta la virtualidad invasora del complejo comunicativo contemporáneo. Nada más equivocado. Toda “ideología” requiere su sostén material; todo fetichismo requiere de cierta efectiva afectación, toda ficción estatal, incluso la neo-liberal, requiere de aparatos “reales” que produzcan esa ficción y de escenarios adecuados. Con la desaparición de los derechos colectivos, los derechos comunitarios, los derechos a los bienes comunes, se termina desolando a la geografía rural, a las poblaciones, pueblos y comunidades rurales. Ya no queda nada, nada que pueda ser reconocido como vinculo vital con la tierra, el territorio, la naturaleza. El despojo y la desposesión han llegado a extremos. Para decirlo filosóficamente, como metáfora, se termina de desestructurar el ser mexicano.

 

Al respecto de este dramático desenlace, Rhina Roux concluye:

La reforma del artículo 27, aprobada junto con cambios en la legislación nacional sobre la propiedad y usufructo de bosques y aguas, decretó el fin del reparto agrario, abrió la posibilidad jurídica de conversión de las tierras ejidales y comunales en propiedad privada y de los campesinos en propietarios (con “dominio pleno” sobre sus parcelas) y levantó la prohibición de formar asociaciones mercantiles en el campo. Esa reforma constitucional significó un quiebre profundo en el modo de ordenación política de la sociedad mexicana: sancionó jurídicamente la disolución de la comunidad agraria, autorizó el ingreso formal de la tierra en los circuitos del mercado y abrió las compuertas del despojo universal de bienes comunes, materiales e inmateriales[11].

¿Qué es lo que afecta esta reforma constitucional?  ¿A quiénes afecta? ¿Quiénes se benefician? Roux responde, comenzando con una descripción de la situación, al momento de la reforma constitucional:

En el momento de la reforma constitucional 15 millones de campesinos mexicanos y sus familias (cerca del 20 por ciento de la población nacional) eran ejidatarios. La tierra ejidal abarcaba entonces 103 millones de hectáreas: 52% del territorio nacional, 55% de las tierras agrícolas y 70% de los bosques, en posesión de casi 30 mil ejidos y comunidades.La desintegración de las tierras ejidales y comunales es una tendencia persistente desde entonces. No por la conversión formal de los ejidos en propiedad privada (que según cifras oficiales hasta 2011 sólo había operado en el 2.6% de las tierras ejidales) sino por vías indirectas, como el franco abandono de las parcelas o la renta de las tierras ejidales a proyectos de inversión privada inmobiliarios y turísticos. La proletarización campesina y un éxodo migratorio de más de seis millones de campesinos mexicanos en la última década son parte de esta tendencia.[12]

 

Liberada de los diques levantados por la revolución mexicana, una nueva marea de despojo comenzó a crecer restableciendo no sólo el dominio del capital sobre la tierra, sino sobre todos los bienes naturales, los bienes y servicios de propiedad pública (carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles, canales de transmisión satelital, espacio radioeléctrico, red de fibra óptica), patrimonios culturales (monumentos históricos, zonas arqueológicas) e incluso los fondos de pensión y de retiro de los trabajadores. En ese proceso, acompañado del debilitamiento del sistema de educación pública en todos sus niveles y de la erosión del sistema nacional de investigación, generación y transmisión del conocimiento, se fueron también desmoronando los fundamentos materiales y sociales de la república.

 

En esta gran operación de despojo, conducida estatalmente y utilizando viejos y nuevos métodos de fraude y rapiña (manipulación del mercado bursátil, crisis financieras, “rescates” estatales, uso patrimonial de recursos públicos, fusión de capitales), se fue conformando una nueva fracción autónoma de la burguesía nacional asociada con capitales externos (el capital financiero), de la que las grandes corporaciones financieras mexicanas con inversiones en otras latitudes son ejemplos ilustrativos (Grupo Cemex, Gruma, Grupo Carso, Grupo Alfa, Grupo Vitro, Grupo México, Industrias Peñoles).[13] Esa nueva oligarquía financiera mexicana, que empujó las negociaciones del tratado de libre comercio con Estados Unidos, en el umbral del siglo XXI concentraba ya casi la mitad de la producción nacional y más del 50% de las exportaciones manufactureras, 90% de las cuales se dirigieron a Estados Unidos.[14] La personificación de ese proceso es el empresario Carlos Slim quien, desplazando a William Gates (fundador de Microsoft), fue ubicado en 2012 en la lista Forbes como el hombre más rico del mundo[15].

 

La pregunta pertinente es: ¿A qué clase de transformaciones asistimos del sistema-mundo capitalista? Transformaciones dadas tanto en los campos económicos así como en los campos políticos, tanto en la estructura y composición del capital así como en la estructura y composición del poder. Transformaciones que afectan a los campos sociales, los cuales también sufren sacudidas.   Así mismo también podemos hablar de transformaciones culturales. Esta es pues la pregunta a la que hay que responder.

Vamos a abordar la pregunta sugiriendo un conjunto de hipótesis interpretativas; pero, antes, pondremos en la mesa las interpretaciones realizadas por Rhina Roux y Raquel Gutiérrez Aguilar, para el caso mexicano. La primera investigadora escribe:

El TLCAN no sólo formalizó el libre tránsito de mercancías, dinero y capitales a través de las fronteras nacionales (excluyendo la libre movilidad de la fuerza de trabajo). También estableció la obligatoriedad de otorgar un “trato nacional y preferente” a las inversiones de Canadá y Estados Unidos en México, prohibiendo la expropiación o nacionalización de empresas extranjeras salvo por causa de utilidad pública y mediante una indemnización “justa, pronta y líquida”. En su capítulo XI, que reglamentó las inversiones, el TLCAN sustrajo a las empresas extranjeras de las leyes y tribunales mexicanos amparándolas, en caso de litigio, en el derecho mercantil internacional. En los hechos, como apunto Gutiérrez Haces, con el TLCAN “el territorio [mexicano] pasó a ser regulado exclusivamente por el mercado”·[16]

Amparadas en una legislación supranacional, en adecuaciones a leyes nacionales secundarias (y, en muchos casos, sirviéndose de nuevas redes clandestinas de robo y pillaje), una nueva oleada de despojo del patrimonio de bienes naturales comenzó a operar. A esta tendencia corresponden el aumento en la última década de los títulos de concesión de costas y playas otorgados a hoteles y empresas turísticas, así como la privatización de los llamados “terrenos ganados al mar”; la apertura a la inversión privada en la generación de electricidad; la privatización del sistema de distribución de gas natural; la apropiación privada de ríos para la construcción de presas y centrales hidroeléctricas, la expansión de las explotaciones mineras a cielo abierto y la privatización del sistema de distribución de agua potable en las ciudades.[17] El crecimiento vertiginoso de las concesiones de explotación minera a capitales externos en la última década (75% de las cuales han sido otorgadas a empresas canadienses) es un ejemplo ilustrativo de esta tendencia: en los últimos doce años un cuarto de la superficie del territorio nacional (casi 52 millones de hectáreas) ha sido concesionada hasta por 50 años (con posibilidad de renovación) a empresas mineras.[18] Estudios oficiales calculan que en la última década se ha extraído más oro del suelo mexicano que en los tres siglos de colonización española.[19]

En este proceso, que destruye mundos de la vida, patrimonios culturales y equilibrios ecológicos, un nuevo ciclo de rebeliones comunitarias contra el despojo se está abriendo. La rebelión de los pueblos de Atenco, en el estado de México, contra la venta de sus tierras para la construcción de un aeropuerto (2001); la prolongada protesta de ejidos y comunidades en Guerrero, iniciada en 2003, frente al proyecto hidroeléctrico de construcción de la presa La Parota en sus territorios; la insubordinación de los pueblos yaquis (2010-2011) en defensa del agua de la presa El Novillo y de sus territorios sagrados frente al proyecto de construir un acueducto en el Valle del Yaqui, en Sonora, han sido algunas de las múltiples protestas diseminadas por todo el territorio nacional contra el despojo organizado de bienes naturales[20].

 

Rhina Roux encuentra en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el documento firmado por los Estados-nación de América del Norte, la legalización de un proceso de transformación estructural del sistema-mundo capitalista, transformación estructural que abole las soberanías nacionales, engulle a los Estado-nación, convirtiéndolos en mecanismos y dispositivos engranados a un nuevo orden mundial. Orden mundial que destruye las bases mismas de la vida social, de las comunidades, de los vínculos con los territorios y los ciclos de la vida.  Si el capitalismo atentó, desde un principio, contra los equilibrios eco-sistémicos, al desplegar una estrategia instrumental de dominio sobre la naturaleza, no había llegado al extremo de afectar las matrices mismas de los ciclos vitales. Este despojamiento, como reiteración de la acumulación originaria, aparece, ahora, alcanzando dimensiones antes no vistas. Las burguesías nativas han renunciado a la soberanía; prefieren participar en las ganancias especulativas mundiales, creyendo que con esto forman parte de la globalización, siendo sus agentes decididos. Lo cierto es que forman parte de la destrucción de la historia, entendiendo que la historia es la memoria social de los pueblos. Son los agentes de la destrucción de la memoria. En el caso mexicano son los destructores de la revolución, constitutiva del Estado y de la sociedad. Sobre todo son los destructores del ejido, de la expresión territorial de la revolución campesina, entidad e institución que legitima la vigencia de las comunidades, del uso de los bienes comunes, que valoriza la cohesión social y reconoce el valor primordial de la vida. Esto acontece, a pesar que el ejido, es lo que queda de la revolución campesina, a pesar de su anacronismo en sistemas legales republicanos, que amparan el régimen del mercado.

Se puede decir que Emiliano Zapata es asesinado dos veces – quizás muchas más -; repitiendo el ignominioso comportamiento político de las clases dominantes, cuando fue asesinado a la entrada del cuartel, donde fue invitado; y ahora, cuando se le quita a la revolución campesina, de entonces, el último rincón donde fue restringida. En este sentido, se puede decir que la burguesía mexicana, en su despliegue, perfil y opciones contemporáneas, es la composición social de traición a la patria.

Alguien puede decir que nuestra posición es contradictoria; por una parte, interpelamos al Estado, proponemos su destrucción; por otra parte, defendemos la patria contra la incursión devastadora del capital financiero y extractivista de despojamiento y desposesión.  Podría ser cierta esta acusación si es que reducimos a la patria, mejor si decimos matria, al Estado-nación; sin embargo, esto no es así. Esta representación del territorio de los ancestros, territorio que nos comprende e incorpora en su matriz exuberante, expresa, aunque sea de manera abstracta y mediada, en el fondo, lo común, nos recuerda que compartimos lo común, que somos por lo común que nos constituye.  Sin embargo, independientemente, de esta interpretación filosófica, retomando interpretaciones acostumbradas, de las mejores, las nacional-populares, la traición a la patria es notoria.

 

Estableciendo la perspectiva teórica, de la que parte, y la ubicación política, desde donde emite su análisis, respecto de lo que llamamos historia reciente de México, Raquel Gutiérrez Aguilar, escribe:

Algunos militantes, ubicados en diversos nichos de reflexión crítica, mantuvimos una ardua batalla contra estas ideas promoviendo que se restableciera la atención y pertinenciade la lucha como clave fundamental para la comprensión del sentido de la historia; es decir, nos empeñamos en desplazar  la centralidad de la pregunta por el sujeto de la acción, en términos de su identificación precisa, moviendo la atención hacia la cuestión de la comprensión de la lucha misma, de sus potencialidades y desafíos; buscando dar cuenta de las distintas dinámicas de conformación de nuevas subjetividades críticas en pugna, en medio del torbellino liberal. En tal sentido, para distinguir con mayor claridad no sólo entre las distintas posturas teóricas, sino entre las variadas y a veces contrapuestas maneras de resistir el avance del capitalismo neoliberal e impugnar el brutal orden de exclusión impuesto, una noción útil es la de tradición de lucha, esto es, el conjunto articulado y más o menos coherente i) de supuestos y creencias que están en la base de diversas acciones de movilización e impugnación del orden existente; ii) de prácticas y modos de hacer y decidir que sostienen tales acciones y, iii) de perspectivas y propuestas que se generan, explicitan y discuten durante los momentos más álgidos de la movilización. Mi trabajo, junto al de much@s otr@s, desde hace muchos años, se inscribe en esta perspectiva de búsqueda de clarificación. Voy a exponer, entonces, algunas consideraciones generales acerca de lo que he aprendido, a fin de intentar esbozar un marco de intelección que nos permita ordenar algunas ideas para tendencialmente comprender el momento que vivimos en México[21].

 

Más abajo, después de desplegar una reflexión crítica sobre el estado de arte del debate, sobre sus umbrales, límites y horizontes posibles, descartando las ortodoxias, dogmatismos y fundamentalismos, abriendo recorridos a la interpretación de la complejidad, Raquel Gutiérrez propone una perspectiva dinámica del México contemporáneo.  La investigadora escribe:

 

Con todos estos elementos tratemos, ahora sí, de rastrear lo que está ocurriendo en México. Comencemos elaborando algún tipo de periodización que nos resulte relevante. Hemos de partir, a brochazos muy gruesos, desde 1921; fecha en la que formalmente cesaron las confrontaciones más álgidas que ocurrieron durante los años de la Revolución Mexicana[22].

 

 

La pregunta es: ¿Qué pasa en México ahora? ¿Cómo responder a esta pregunta? ¿En la perspectiva de la historia, que no deja de ser lineal? ¿O, mas bien, en la perspectiva del acontecimiento, que es el de la simultaneidad dinámica? Como expusimos en Geología de la simultaneidad, la perspectiva nuestra es el de la simultaneidad dinámica; es decir, es la concepción y configuración del tejido del espacio-tiempo-vital-social. Recogiendo las descripciones, análisis e interpretaciones de las de Roux y Gutiérrez, podemos decir, desde nuestro enfoque, que lo que pasa en México ahora es una convergencia de sus historias, de los espesores de sus historias, de las multiplicidades históricas; convergencia que pone en la escena presente los problemas y desafíos pendientes, las guerras y luchas inconclusas actualizadas, así como la reiteración actualizada de las dominaciones inscritas. Para decirlo rápidamente: La revolución quedó inconclusa. No se puede seguir adelante si no se resuelve esta asignatura pendiente; es menester llevar a término la reforma agraria; ahora bien, en las condiciones exigidas por la contemporaneidad, que tiene en cuenta no solamente el derecho a la tierra para quien la trabaja, sino los espesores territoriales, los espesores ecológicos, en la perspectiva de lo común.

 

Quizás haya que añadirle a lo anterior que, lo que se da hoy, se da de manera inusual, por así decirlo, de manera desproporcionada. Las dominaciones adquieren proporciones exageradas, en lo que tiene que ver con las violencias desenvueltas, tanto abiertas como encubiertas. La corroboración de esta desproporción se muestra en la feudalización – usando el término metafóricamente del territorio bajo el control de los carteles; manifestación perversa y desenfrenada del ejercicio del poder. La concomitancia de los carteles y el Estado, el gobierno, incluso el mismo Departamento de Estado norteamericano y sus agencias secretas no se puede ocultar. Asistimos entonces no solo a la violencia descarnada del poder en sus múltiples formas, sino de la exuberancia del poder y del placer del poder.

 

En contraste asistimos también a la manifestación creativa de la capacidad de resistencia y de lucha de los pueblos, de las comunidades, de los colectivos. A pesar de que el bloque de los medios de comunicación, articulados al Estado, a la manipulación gubernamental y de las clases dominantes, tratan de ocultar, exilar a las sombras a estas manifestaciones, movilizaciones, expresiones colectivas, de las movilizaciones y luchas sociales, no las pueden hacer desaparecer. Las movilizaciones y resistencias se actualizan, también de una manera exuberante, aunque se efectúen de forma local y micro-regional.  Lo que ocurre ahora es lo que ha ocurrido, por así decirlo, de manera figurativa, siempre, sólo que repetido en su forma diferencial, acumulativa y hasta exagerada. Es como si la historia, que no es un sujeto, convocara desesperadamente al pueblo a resolver los problemas acumulados, las tareas pendientes, pues, de lo contrario no se puede seguir adelante, salvo como repetición de lo mismo, en su diferenciación.

 

México, que es el sumo de lo que es América Latina y el Caribe, Abya Ayala condensada en su territorialidad, vive el drama de la dominación imperial, colonial y capitalista, en las formas intensas como se dan en el país asumido por la intensidad de los cuerpos, que vive su existencia apasionadamente. Vivir en México y a lo mexicano es vivir intensamente lo que somos, los latinoamericanos y del Caribe, los habitantes de Abya Yala. La diferencia no radica en lo que se cree; mientras en México persiste la dominación en la forma más grotesca del proyecto neo-liberal, en tanto que en Sud América se ha dado un giro hacia la “izquierda” con los gobiernos progresistas. Sino, en las tonalidades más perversas y exuberantes de la corrosión institucional, de la adulteración histórica del Estado. Todos los Estado-nación de América Latina y el Caribe, para no hablar de los Estado-nación del mundo, repiten diferencialmente la mezcla problemática de las composiciones institucionales; composiciones institucionalizadas y cristalizadas, como instrumento de la perduración, por todos los medios al alcance de las dominaciones constituidas. Por esto, es indispensable vernos en el espejo mexicano.

 

Siguiendo con el análisis, Raquel Gutiérrez escribe:

 

Así, los 90 años que se extienden de 1920 a la fecha pueden dividirse en cinco grandes bloques:

 

  1. 1920-1934. Consolidación del aparato de gobierno y del predominio de la burguesía industrial y agro-industrial, al lado de los caudillos militares, como fracción central de clase dominante.

 

  1. 1934-1940. Consolidación de la peculiar forma de la relación mando-obediencia que regirá en la República alquedar colocado el presidente como árbitro general de losconflictos que puedan ocurrir en el “cuerpo de la nación”,y también como figura por encima de la ley. Comenzaráen este período la replicación fractal “hacia abajo” de estaforma política.

 

 

  1. 1940-1968. Crecimiento económico, modernización autoritaria y ampliación del espacio público. Las decisiones principales se concentran y no se discuten. Exigencia social variada de democratización de la vida pública que termina en la masacre del 2 de octubre.

 

  1. 1968-1985. Estancamiento económico paulatino. Reducción de los salarios a través, entre otras, de medidas monetarias. Exigencia múltiple y polifónica de democratización de la vida pública. Auto-organización acelerada de la sociedad por fuera de las instituciones corporativas, antes y sobre todo después del terremoto del 85.

 

 

  1. 1985-2010. Ofensiva liberal en lo económico y en lo político. Desmantelamiento de la propiedad y del espacio público, así como re-privatización de la riqueza. Desconocimiento paulatino de derechos ya consagrados en la relación política estado-sociedad. Tendencia generalizada al despojo de los bienes comunes. Bloqueo de la tendencia hacia la ampliación democrática de la vida pública, y captura de dicha aspiración social al imponerse los mecanismos de la “reforma política” y el democratismo formal-procedimental, como formas principales de la actividad política. Fraudes electorales no impugnados contundentemente por las cabezas políticas agraviadas (Cárdenas, López Obrador).

 

La investigadora nos ofrece el siguiente cuadro secuencial:

 

1950-1960

Huelga ferrocarrilera, huelga de los médicos del IMSS eI SSTE. Insurrección jaramillista.

 

1968

Movimiento estudiantil del 68. Plataforma integral de democratización social. Libertad a los presos políticos y derogación de la tipificación del delito de “disolución social”, como cuestiones centrales. Tendencialmente esta lucha se fue volviendo nacional al sumarse los estudiantes de otros estados. Propuesta de democratización de la vida pública desde los distintos sectores. Fisura de la vieja forma de política

 

1974-1975

Masiva lucha de los trabajadores del sector eléctrico por democracia y derechos sociales. Democratización sindical impulsada por la Tendencia Democrática en el SUTERM. Luchas campesinas generalizadas, centradas en demanda de apoyo estatal. Ola de huelgas obreras en las fábricas que circundan la ciudad de México (Spicer, Pascual, etc.). Lucha de alcance nacional en la que se movilizaron contingentes obreros de varios estados. Masiva lucha centrada en la demanda de derechos y democracia al Estado.

 

1975-1985-1987

Generalización del movimiento urbano-popular en diversas ciudades del país. Construcción de la CONAMUP. Despliegue intenso de la lucha armada en el país bajo dos formas contrastantes: la auto-defensa y rebelión de las comunidades rurales en Guerrero bajo la conducción de Lucio Cabañas y la conformación de organizaciones político-militares más rígidas y cerradas. Época de la represión generalizada y la guerra sucia. Huelga de la UNAM-CEU. No a las cuotas y democratización de la vida universitaria. Los dirigentes terminaron pactando con la izquierda política. Si bien la lucha buscaba tener alcance nacional, lo más importante ocurría de manera local.

 

Se comienza a erosionar la tradición de lucha centrada en “demandar” soluciones al Estado, para abrir otros caminos: tendencial construcción autónoma de espacios políticos (una parte de la CONAMUP) o desafío armado al estado para forzar su reconstrucción (organizaciones guerrilleras).

 

Primera gran movilización contra las medidas neoliberales, aplicadas desde el 82-83. Se exige democratización y se impugna la capacidad del Estado de decidir sobre la vida interna en la UNAM.

 

1988

Fractura del PRI, es decir, del segmento netamente político de la clase dominante. Confrontación entre una postura “modernizante” nacionalista desarrollista expresada por Cárdenas y la “modernización neoliberal” de Salinas de Gortari. Discusión generalizada de la conveniencia o no de las formas de lucha política electoral entre amplios contingentes obreros y urbano-populares. Fraude electoral y lucha generalizada y fallida contra éste. Represión amplia contra las bases organizadas del PRD de aquella época sobre todo en Guerrero y Michoacán.

 

Disputa electoral por la ocupación del vértice del mando político entre fracciones de la clase dominante. Lucha de alcance nacional que paulatinamente, tras la derrota de una de las fracciones, se fue localizando en algunos estados como Guerrero y Michoacán.

 

 

1994

Alzamiento zapatista, movilización urbana en torno a las demandas planteadas por las comunidades indígenas de Chiapas en estado de rebelión. Lucha generalizada contra la represión y por los derechos de los pueblos indígenas. Lucha local que, sin embargo, logró una amplia resonancia a nivel nacional e internacional. Con ella se fisuró más explícitamente la antigua tradición de lucha guiada por establecer demandas al Estado o por disputar su ocupación. A partir de sus esfuerzos se han ido abriendo nuevas perspectivas políticas.

 

1999

Huelga de la UNAM-CGH. No a las cuotas y reapropiación temporal del espacio público por la comunidad estudiantil. Exhibió que no había confianza alguna en la negociación. Ejercicio masivo de impugnación a la prerrogativa de decidir e imponer por parte del Estado. Articulación amplia en torno al rechazo a los planes de la Rectoría y desconcierto sobre las vías para continuar.

 

2001-2003

Levantamiento del pueblo de Atenco contra el despojo de sus territorios. En estos años se generalizaron diversas luchas locales contra variadas acciones de despojo. Unas exitosas, otras no tanto. Sin duda, la más conocida e importante es la de Atenco. Fundación de los Caracoles Zapatistas. Lucha eminentemente local que, sin embargo, bloqueó la alianza Fox-Montiel, que daba sustento económico a la transición electoral. Esta lucha se inscribe en la nueva tradición que desconoce la prerrogativa de mando político a los gobernantes.

 

Notable ejercicio de construcción de autonomía y autogobierno, completamente por fuera de la anterior tradición de lucha anclada en el demandacionismo y la exigencia al Estado.

 

2006

VI Declaración de la Selva Lacandona y comienzo de La otra campaña. Tendencial apertura de espacios de conocimiento mutuo y deliberación entre diversos movimientos y colectivos locales. Represión brutal a militantes de La otra campaña en Atenco en mayo de 2006, después de que ésta llegó al D.F. Trastrocamiento del anterior límite moral para el ejercicio de la represión: ocupación militar del pueblo de Atenco. Esta ha sido la mayor iniciativa de visibilizar y expandir la nueva tradición de lucha, autónoma y no demandante al Estado, que ha ido naciendo en la multiplicidad de luchas particulares contra los variados agravios de corporaciones y gobernantes en el marco de la ofensiva privatizadora y excluyente emprendida por los gobiernos federal y estatales.

 

2006

Levantamiento de los pueblos de Oaxaca para frenar los abusos y prepotencia del gobierno de Ulises Ruíz. Búsqueda de democratización popular desde abajo de la vida pública bajo la perspectiva del desconocimiento del mandato de un mal gobernante. También puede leerse la más amplia consigna articuladora del movimiento, como la aspiración a democratizar la vida política mediante la participación directa de la sociedad en la toma de las decisiones más importantes sobre los asuntos públicos, afianzando el derecho a revocar del mando político a los malos funcionarios. Lucha popular contra el fraude electoral, que fue conducida a la derrota por los dirigentes políticos del movimiento. Se inscribió en las viejas tradiciones de lucha, negociadoras y demandantes de solución a las instituciones formales de la república. Lucha regional con importante resonancia en otros lugares de la República. Quizá el miedo a la lucha de Oaxaca fue uno de los más potentes elementos para que las élites económicas y políticas se articularan en la alianza que organizó el golpe de estado de 2006. Movilización localizada en la ciudad de México, aunque con capacidad de conmover al conjunto de la nación.

 

2007-2008-2009

Fundación del municipio autónomo de San Juan Copala, como esfuerzo común de autodefensa y autogobierno local. Este esfuerzo autónomo –al menos la primera fase- parece haber concluido en 2010 tras una violentísima represión y ocupación militar del municipio. Tímidas luchas contra la privatización del petróleo y contra el desmantelamiento de la empresa LyFC. Lucha local con amplia resonancia nacional, que se enlaza en la perspectiva de la nueva tradición de lucha. Los ciudadanos se asumen como mandantes, aún si en ocasiones dialogan con funcionarios públicos. Luchas nacionales y/o regionales amplias aunque circunscritas al regateo sobre los peores efectos de las decisiones gubernamentales sobre asuntos públicos de gran relevancia económica y política. Demandacionismo, antidemocracia y negociación secreta como rasgos principales, y, lo peor de la herencia de la antigua tradición de lucha.

 

En conclusión, el balance de la época, tomando en cuenta las tradiciones políticas mexicanas, es el siguiente:

 

Comencemos con la tradición movilización-democratización negociación y pacto político, surgida de la Revolución y consolidada tras el período presidencial cardenista, cuandose construyó el complejo artefacto de inclusión subordinada,de soborno colectivo y de autonomía tutelada que constituyóel Estado mexicano -sí, el que se escribía con mayúscula durantelos más de 30 años que van de 1934 a 1968. En estatradición la relación mando-obediencia se establece entre el“pueblo mexicano” o los diferentes sectores que lo componeny los gobernantes. El “pueblo” acata y obedece; y si bien tienederecho a reclamar dentro de ciertos límites, de todos modosla prerrogativa de la decisión política sobre los asuntos másrelevantes que a todos incumben está claramente monopolizadapor los gobernantes. Estos se adjudican igualmente, la facultadde ejercer violencia -de apariencia más o menos legal- contraquienes reclamen, impugnen o rechacen sus decisiones.

 

En contraste con esta tradición, está la mucho más reciente ytodavía no muy explícita cadena: movilización-impugnación de la prerrogativa de mando de los funcionarios estatales autonomía- tendencial reconfiguración política. El quiebrepolítico más importante entre una tradición y otra está en quemuchos de los cuerpos colectivos, que en los últimos años semovilizan e impugnan lo que se decide e impone, se piensantendencialmente a sí mismos como “mandantes” -en contrastecon “de-mandantes”, que era la anterior figura ordenadorade todo el sistema de obediencias y lealtades vertical yascendentemente articuladas.Al hacer tal cosa, poco a poco se va fisurando la persistentefigura del obediente “miembro” o “parte” de un cuerpopolítico que establece, ya sea institucional o extra-legalmente,un reclamo, inconformidad o demanda ante los designadosy consagrados para ejercer el mando político, exigiendoser atendido. Se erosiona tal imaginario para dar paso a larecuperación contemporánea de otra antigua figura políticamexicana: la del cuerpo social rebelde, movilizado y levantado, que establece leyes y ejecuta autónomamente sus decisiones.

 

Hasta el presente, los ensayos de este tránsito desde las antiguas tradiciones de lucha hacia otras nuevas y nacientes, han sido sofocadas violentamente en la actual vorágine de creciente represión militar[23].

 

Después de establecer los principales criterios morales, formales y procedimentales, que se anudan en cada una de las tradiciones políticas, la investigadora propone la siguiente interpretación de la época política:

 

Los rasgos de la tradición política mexicana de mediados del siglo XX provienen de la herencia de la Revolución Mexicana y, sobre todo, del sexenio cardenista y del gobierno PRI-ista. Esta tradición se levanta sobre la noción básica de posibilidad de pactos desiguales, entre la autoridad política legítima y cada conglomerado local bajo su mando, organizado por lo general, según la actividad que cada cual desarrolla aunque también, en algunos lugares y en fechas más recientes, de acuerdo a la zona o región que habita. Esta noción de pacto colectivo a través de un representante propio, con el vértice de la pirámide del mando político y con sus sucesivos funcionarios hacia abajo, aún resuena en el imaginario colectivo, configurando en el curso de diversas luchas; sobre todo las de los todavía existentes segmentos de trabajadores formales, estatales o no; y también en las luchas rurales protagonizadas por algunos pueblos indígenas y asociaciones campesinas.

 

A partir de tal dinámica, antaño se configuraba una especie de cadena ascendente de “autonomías tuteladas”, donde se negociaban algunas ventajas sectoriales a cambio de obediencia y lealtad. Además, en concordancia con la lógica interna de dicha tradición, entre los trabajadores y pueblo de México se reproducían y operaban de manera casi directa una serie de mecanismos organizativos verticales y escalafonarios, que son enemigos acérrimos de la autonomía política de los así asociados. Esta tradición política no termina de morir pese a sus reiterados fracasos durante los últimos 20 años: nada más por mencionar algunos sucesos recientes, cabe constatar la casi total ausencia de potencia política tanto de los trabajadores petroleros como de los electricistas, durante los más duros golpes que han sufrido sus respectivos sectores (la semi-reforma petrolera y la extinción de LyFC) en el actual sexenio.

 

Ahora bien, los rasgos básicos de la todavía no sepultada tradición política mexicana de lucha estadocéntrica del siglo XX, aunque ya totalmente erosionados y claramente impotentes, desafortunadamente siguen mostrando cierto grado de permanencia y efectividad práctica operando como lastres para la generalización de la acción colectiva, estableciendo opresivos límites a las posibilidades de lucha e impugnación y movilización de los numerosos contingentes populares y laborales sistemáticamente agraviados. Por ejemplo, dinámicas concordantes con lo que venimos describiendo han operado durante el último año cuando la mayor parte de los trabajadores del SME, despedidos y sin demasiadas opciones ni de trabajo ni de vida, han preferido colocarse -aun si incómodamente- detrás de sus dirigentes, en vez de decidirse a actuar de otra manera, corriendo el riesgo de perder su parte en la hipotética “solución” al problema de la desaparición de LyFC a ser negociada por los dirigentes con las más importantes autoridades políticas del país.

 

Las claves morales de este imaginario colectivo en decadencia, heredadas de la esclerotización de la Revolución Mexicana y elaboradas en el discurso, los símbolos y ritos del nacionalismo revolucionario, son la pertenencia gremial a un cuerpo nacional organizado y la creencia en que, si bien el entorno presidencial puede fallar en muchas ocasiones, el presidente ha de querer -o al menos puede ser forzado a admitir- “el bien de la nación” y, en ocasiones límite será capaz de “escucharnos, protegernos o cumplirnos”. Tal creencia se ha ido fisurando y vaciando paulatinamente de contenido durante los 42 años después de la Noche de Tlatelolco, e incluso aparenta estar totalmente rota en el discurso explícito popular. Sin embargo, todavía opera con cierta efectividad en los momentos en que se bosquejan las estrategias prácticas de lucha; por ejemplo, la recurrente tendencia hasta cierto punto incomprensible a seguir a algún líder -así sea seguirlo hacia el fracaso-, criticándolo en privado y aprobándolo en público (pensar en López Obrador en 2006, o en Esparza en meses más recientes). Quizá funciona en la cabeza de cada uno de los agraviados cuando es convocado a una movilización, algún tipo de cálculo de posibilidades que lo empuja a posicionarse como “seguidor” y “apoyo” acrítico de alguien, a fin de dotar a tal personaje de cierta fuerza para “negociar” y pactar con el vértice del mando político; pese a que quienes ocupan los puestos políticos más altos del Estado mexicano no tienen ya la menor intención de establecer pacto alguno con nadie fuera de su círculo, tal como han demostrado una y otra vez; y más bien imponen crecientemente sus decisiones mediante el uso discrecional y sistemático de su fuerza policial y militar en medio de gigantescos operativos de propaganda mediática.

 

En este sentido, la tradición política heredada del siglo XX en la actualidad está operando, insistimos, más como carga, como herencia maldita, como peso muerto y lastre que anula la posibilidad de desplegar nuevas y más contundentes luchas. Los gerentes empresariales y corporativos, así como los pactos de sumisión y lealtad popular a cambio de algunas ventajas materiales con organizaciones verticales de contención, tal como se hacía antes. Ellos han ido poco a poco desplegando e imponiendo un sofisticado proyecto de individualización delcontrol político y social, que se lleva a cabo tanto a través de los diversos programas sociales y formas anómalas de remuneración -apoyo a la tercera edad, PROCAMPO, remuneración por estímulos en la universidad, bonos individuales para completar el salario, etc.-; como de los reiterados y sistemáticos procesos de jerarquización y exclusión impuestos desde arriba, que sirven para establecer estrictas delimitaciones de quienes han de tener derecho a gozar y ejercer algún derecho y quienes definitivamente quedan excluidos de él -como por ejemplo el derecho a la educación superior, o al trabajo formal.

 

En abierto contraste con lo anterior, la tradición de lucha más reciente -y a la vez más antigua- cuya dinámica se afianza en amplias acciones de deliberación y movilización, en la enérgica impugnación colectiva a decisiones gubernamentales y empresariales consideradas como inadmisibles, en la tendencial consolidación de autonomía política y material de los que luchan; para desde ahí proponerse la reconfiguración de modos otros de regulación económica, social y política…

 

Esta tradición de lucha antigua y contemporánea al mismo tiempo, todavía no establece con claridad maneras prácticas para lograr generalizarse, para trascender el aislamiento en el que suele quedar arrinconada y, a la larga y por lo mismo, para superar la impotencia. Este es, de acuerdo a las consideraciones presentadas, el principal problema político que tenemos encima y el tópico que consideramos urgente colocar a debate como asunto central. Valgan los argumentos presentados como esquemática contribución a dicha discusión[24].

 

 

En conclusión, el perfil de la tradición autónoma, auto-determinante, auto-convocativa de la interpelación social y de las luchas colectivas y comunitarias, no logra plasmarse en un estilo de vida que contenga un estilo político emancipatorio y libertario de incidencia transformativa en la sociedad. De todas maneras, a estas alturas, es indispensable reflexionar sobre los presupuestos conceptuales puestos en marcha para interpretar este panorama histórico, llamado época, que puede ser entendida como época política. Vamos a intentar una reflexión crítica sobre los ejes del análisis, que todavía mantenemos, los activistas, cuando nos vemos obligados al balance de una época, un periodo o una coyuntura.

 

 

Crítica a la razón dialéctica

 

Toda una época, si podemos hablar así, al calificar todo un periodo largo de influencia “ideológica”, influencia que puede efectuarse teóricamente, en la formación teórica, hemos considerado a la dialéctica como pensamiento crítico, incluso, en las versiones marxistas, como pensamiento revolucionario. Se ha asumido, sin mayor discusión, las interpretaciones, mas bien, las sistematizaciones partidarias, de las corrientes marxistas conformadas en la segunda, tercera y cuarta internacional, compuestas o compiladas como materialismo histórico y materialismo dialéctico, como pensamiento crítico y pensamiento revolucionario. ¿Es así? ¿No hay un problema inherente al pensamiento dialéctico, vinculado a los decursos que tomaron las revoluciones socialistas, la conformación de un Estado policial con plenas prerrogativas centralistas y autoritarias, ungidas por medios impositivos justificados por el fin mismo de a revolución?  Para responder esta pregunta no vamos a optar por el camino fácil; tomar como ejemplo la filosofía del Estado de Hegel, sino vamos a adentrarnos en las lógicas y la estructura conceptual de este pensamiento.

 

Hay rasgos característicos de este pensamiento que son como los ejes estructurales de su lógica inmanente. Uno de esos tiene que ver con el presupuesto o el prejuicio de la astucia de la razón; enunciado por Hegel; empero, retomado por las corrientes marxistas como astucia de la razón histórica. Se convierte a la razón y a la historia en sujeto, capaz de actuar, con vida propia. Esto no es más que una transferencia antropomórfica a esos fantasmas conceptuales que llamamos razón e historia. Ambos son conceptos. Uno referido a la capacidad abstracta de intuición intelectiva, el otro referido al pasado; pasado imposible de reducirse a la representación, relato, interpretación y explicación que se nombra como historia. Sin embargo, a estos conceptos se les atribuye la astucia para intervenir y llevar a buen término, en un caso la reflexión, en otro caso la teleología inmanente en la evolución temporal. A partir de estos paradigmas optimistas se deduce que los problemas están resueltos, los problemas de la explicación e interpretación, en un caso, los problemas de la perspectiva histórica, en el otro caso, aunque se la tome como posibilidad y no de una manera determinista, que sería lo más grosero.

 

El pensamiento dialéctico es conservador. No es crítico, reduce la crítica a una caricatura, la caricatura de la interpelación, en el mejor de los casos, la caricatura de la síntesis de las contradicciones, en su versión sofisticada; empero, que no deja de ser elemental. Es un pensamiento conservador pues inhibe las capacidades creativas de la vida, inhibe la potencia social, atrapándola en la camisa de fuerza de la lógica dialéctica, que al final de cuentas, es la reiteración del silogismo griego; premisa, mediación y conclusión, sólo que la mediación aparece como la negación de la premisa, para que ésta sea afirmada sintéticamente en la conclusión. Por otra parte, la dialéctica nunca salió del mundo de las representaciones, mundo que reduce al mundo de la experiencia y de la percepción a la representación. La dialéctica hace la crítica en el escenario de la representación, la dialéctica hace la revolución en el ámbito especulativo, reforzando en la práctica la reproducción del poder; es decir, la reproducción de la persistencia de las múltiples formas de dominación.

 

Para hablar en el elocuente lenguaje popular, claro y diáfano, el fracaso de las revoluciones socialistas deberían habernos llevado a la crítica de su fundamento teórico, la dialéctica. En cambio hicimos otra cosa, buscamos hipótesis ad hoc para enterrar el socialismo real; empero, salvar la dialéctica, llámese o no materialismo histórico y materialismo dialéctico.

 

En contraste, debemos detenernos en las tradiciones anarquistas. No porque no hayan contenido el bagaje teórico marxista o algo parecido no tienen valor. Esto es valorar un conjunto de percepciones y de intuiciones subversivas irradiantes a través del formato institucionalizado académico. Las tradiciones anarquistas contienen algo que, lastimosamente, perdieron las corrientes marxistas, a partir de un determinado momento de su institucionalización; la intuición subversiva, el saber social de la acción rebelde e insubordinada. Se trataba de comprender este contenido expresivo, inherente a las explosiones sociales; no atender tanto a los que dicen o no los discursos. Este “teoricismo”, que llamo fundamentalismo racionalista, ha perdido a los marxistas. Entiéndase bien, el problema no radica en que son teóricos, sino en una teoría reducida a la simplicidad de la secuencia, de la linealidad del tiempo, de la salomónica solución de la síntesis de las contradicciones. Contradicciones, además manejadas dualmente, ni siquiera en su pluralidad proliferante. Quizás las tradiciones anarquistas, han descuidado la composición teórica, por un exagerada y enaltecida irreverencia. Esto es importante anotarlo, pues esta tradición tenía y tiene horizontes de visibilidad, horizontes de decibilidad, muchísimos más amplios que las teorías formales dialécticas.

 

Para decirlo de un modo directo, la tradición que debemos retomar de la experiencia social y la memoria social mexicana es el anarquismo. ¿Quién más cercano a Emiliano Zapata que Ricardo Flores Magón? Las autonomías zapatistas están más cerca de estas expresiones libertarias, que se dieron en la revolución mexicana, que persistieron, atravesando periodos; asistiendo a la guerra civil española, valoradas, desde distintas interpretaciones, más contemporáneas en la rebelión estudiantil, que confluye en Tlatelolco,  apreciadas por la rebelión indígena maya en la selva lacandona.

 

El anarquismo tiene lo que no se anima ningún marxismo, por más radical que pretenda ser, el cuestionamiento radical, destructivo y deconstructivo del Estado. De esta institución imaginaria de la sociedad. Esta perspectiva y posición lo lleva mucho más lejos de lo que puedan haber llegado las tesis más radicales marxistas. Pues uno de los nudos de la persistencia de las dominaciones radica precisamente en este ámbito de relaciones en este campo burocrático e institucional que es el Estado.

 

Por otra parte, este anarquismo mexicano, fue y es una de las expresiones, polifacéticas, de la subjetividad transgresora mexicana. Afectividad y pasión que no han podido domesticar, disciplinar y controlar los monumentales proyectos estatales, sobre todo en su versión nacionalista, incluyendo al nacionalismo revolucionario. Menos podrán proyectos más artificiales como los neoliberales. El problema no va por ahí; va por otro lado. La pregunta es: ¿Cómo un pueblo, en realidad pueblos, tan rebeldes en la vida cotidiana, en las manifestaciones corporales y culturales diarias, ha dejado que lo más grotesco de la representación de las dominaciones, las corporaciones y coaliciones mafiosas, pues no son otra cosa, en una u otra forma, en uno u otro caso, en el usufructúo de un fetiche o de otro, se aposente en el Estado-nación, terminando imponer decursos subordinados y sumisos a los centros del sistema-mundo capitalista? Esta es la pregunta a la que debemos responder.

 

A estas alturas del planteamiento, déjenme poner en la mesa hipótesis interpretativas, anteriores a las hipótesis que intentan caracterizar la dominación contemporánea del sistema-mundo capitalista, hipótesis que las lanzamos después.

 

 

Hipótesis ácratas

 

  1. Creer que una expresión vale por su forma discursiva, mejor si es avalada por la institución académica, o el prejuicio de la formalidad, no es más que manifestar el apego conservador a los buenos modales.

 

  1. Una expresión cualquiera vale por lo que contiene, lo que contiene de experiencia condensada, lo que contiene como memoria condensada, vale por su capacidad de alterar el orden, que no es otra cosa que el orden del poder.

 

 

  1. Las manifestaciones y recorridos ácratas han abierto y abren horizontes más allá del bien y el mal, más allá de la moralidad, que no es más que un prejuicio conservador, incluso persistente en los “revolucionarios”, más allá del fetiche institucional, del fetiche del poder. Estos horizontes no necesariamente tienen que ser dichos, señalados, como las orientaciones en una carretera o autopista. Pueden serlo o no serlo, lo importante es que son abiertos, desplazados, vislumbrados, por las vivencias colectivas y sociales de las rebeliones.

 

  1. Si hay algo que nos ha seducido y seduce a los hombres y mujeres, a todas las subjetividades diversas, de Abya y Yala, quizás del mundo, es el perfil transgresor del estilo cultural mexicano. Del comportamiento cultural, emitido en los efluvios de la piel. Es la intensidad como se vive. Lo que nos atrae es esa apuesta ultimatista – usemos esta palabra para ilustrar lo que queremos decir – de o todo o nada, expresada en los actos, mejor si los vislumbramos en su detalle, es su ubicación local, fugaz, en temas que son propios de la cotidianidad y de la subjetividad; entonces lo que seduce es esa entrega intensa al instante.

 

 

  1. La mexicana, el mexicano, en su comunión cotidiana, nunca ha dejado de rebelarse. Sólo que ha dejado que esas esferas distantes del escenario y el teatro político queden a cargo de sujetos paranoicos, enamorados de sí mismos, atrapados en el placer barato del dinero y de los reconocimientos forzados, plasmados en tarjetas y publicidades. No olvidemos que Emiliano Zapata y Pancho Villa, después de tomar el DF se retiraron. No había ahí algo por lo que valga la pena quedarse. Esta es la misma actitud de las comunidades zapatistas. Como dice John Hollowey, no se trata de tomar el poder, sino de cambiar el mundo. Ya debemos aprender que tomando el poder no se cambia el mundo sino se lo reproduce en sus peores pesadillas.

 

  1. Lo mejor de esta generación de luchas, que arrancan en 1994 con la insurrección armada indígena de la selva lacandona, llegando a la movilización prolongada de Bolivia, 2000-2005, es indudablemente el gesto, la elocuencia, la autonomía y auto-determinación de las comunidades zapatistas.   Estas comunidades escaparon de la seducción del poder. Incursionan el camino de la autodeterminación, autogobierno y autonomía comunitaria, patentizando, que lo efectivo es la creatividad de las dinámicas sociales, lo político, es decir, lo democrático; que lo efectivo es el consenso colectivo, dejando a un lado las delegaciones y representaciones, aunque se las tenga que usar provisionalmente. Lastimosamente otras experiencias de luchas, que se dieron en este contexto temporal, terminaron seducidas y atrapadas en el drama corrosivo del poder.

 

 

  1. Que los zapatistas no hayan tomado el poder no es un criterio para devaluar, de una u otra manera, su propuesta política. Al contrario, es un claro ejemplo de que por ahí no hay que ir. Lo único que tenemos, entre otras experiencias, los y las que participamos en esta generación de luchas, es esta persistencia comunitaria y autonómica de la Selva Lacandona. La siguiente generación de luchas, que ya se ha manifestado, en la explosión joven por la educación pública, por el pasaje libre, contra la expropiación de la alegría del deporte, por la recuperación de lo común contra lo público y lo privado, tiene en el ejemplo zapatista el referente de lo posible. Se disponen con las poses transgresoras e irreverente como atentados a lo prohibido, impuesto por el realismo político.

 

  1.  No hay pues asidero para un balance pesimista. Las estructuras dominantes en el país y en el mundo no han vencido, como dice Silvia Rivera Cusicanqui en su libro Dominados pero no vencidos, sino que se esfuerzan continuamente por convencer que están ahí dominando porque les corresponde. Este esfuerzo es la muestra de su debilidad, de su insostenibilidad. Requieren de la violencia sistemática, abierta o encubierta, para mantenerse. El pueblo, para hablar en la tradición rousseauniana, no necesita hacer esfuerzos, es espontaneo y sencillo; aunque ha terminado de creer en la narrativa del poder. Lo que no se dan cuenta los dominantes y dominados es que los dominantes siempre fueron vencidos por los avatares de la historia, en los ciclos de sus estructuras de larga duración, pues no pueden persistir naturalmente, sino mediante el uso descomunal de la violencia.

 

 

  1. De qué se trata. Es cuestión de que los pueblos del mundo decidan no jugar el juego dominante, no seguir sus reglas; retirarse de un juego aburrido, dejando caer el castillo de naipes, optando por el juego lúdico de la creatividad, de alegría, de la espontaneidad de las asociaciones dúctiles, plásticas, dinámicas, que ayudan a complementarse.

 

  1. Otro problema radica entonces en cómo se lee la historia. Siendo la historia un relato del poder, hay vencedores y vencidos. La narrativa se concentra en las tragedias y dramas del poder, olvidando, dejando en la sombra, a las innumerables multitudes que realizan su potencia social cotidianamente. Olvidemos lo que hacen los hombres, pues eso lo son, estas fraternidades masculinas, abocadas a reconocerse entre ellas; concentrémonos en las alteridades, por más singulares y fugaces que sean, de las multitudes, de las comunidades, de las colectividades, de las individualidades asociadas y relacionadas, efectuadas por ellas. Esta es la enseñanza de las comunidades zapatistas.

 

 

  1. Que sea una mayoría de gente que todavía cree en la narrativa del poder no debe desalentarnos. Si en algo ha vencido el poder, sus instituciones, su campo burocrático, su campo institucional, su campo político, su campo escolar, es en lograr convencer a la mayoría que la narrativa del poder es la “realidad”.  Su dominio, entonces es imaginario; lo que no quiere decir que no es efectivo.

 

  1. La tarea es liberar a la mayoría de esta ilusión; hablando en la tradición marxista, liberar de la “ideología”, liberar de los múltiples fetichismos; de la mercancía, del poder, de las instituciones, de los patriarcados.

 

 

  1.  La tarea es difundir las experiencias y las memorias sociales, sus narrativas inhibidas por la dominación del monopolio escolar. Recuperar el espesor de sus percepciones y de sus racionalidades integradas a las sensaciones.

 

  1. En conclusión, para decirlo de una manera exagerada, sin embargo, ilustrativa, ignoremos a esta narrativa aburrida del poder, ignoremos a estos paranoicos, enamorados del poder, dejemos que se hunda su ficción institucionalizadas, hagamos lo que han hecho las comunidades zapatistas. Asumamos nuestras autonomías múltiples efectivamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más allá de las instituciones

 

Dejamos pendiente el análisis de Pilar Calveiro; ahora, que hemos tomado en cuenta las interpretaciones sobre los contextos histórico-políticos y el Estado-nación de México, podemos pasar a discutir el contraste entre las posiciones “institucionalistas” respecto a las posiciones “anti-institucionalistas”, en el periodo de fines de siglo XX y comienzos del siglo XXI (1994-2010), entre las posiciones de la izquierda democrática del Frente Amplio, y las posiciones zapatistas.   

 

La investigadora Pilar Calveiro[25], participe del libro de la CLACSO citado, compara dos posicionesteórico-políticas, dadas en México, también en América Latina y el Caribe, así como en el mundo mismo de la experiencia política; esto es, contrasta reforma y autonomismo. Como ella misma expresa:

 

En este trabajo trataré de abordar las discrepancias entre el discurso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador, en el caso de México, como aproximación para analizar una contradicción más general, que se presenta también en otras latitudes. Me refiero al conflicto que existe, por una parte, entre la vía partidaria electoral que busca reformas del sistema político, en el contexto de democracias capitalistas y, por otra, a los movimientos autonomistas que cuestionan la utilidad de los partidos políticos para una lucha antisistémica y anticapitalista[26].

 

No estamos exactamente ante la reiteración de la crítica y contrastación que aborda Rosa Luxemburgo, en el segundo cuarto del siglo XX, considerando el dilema entre reforma o revolución; las condiciones son otras en la primera década del siglo XXI, además de darse el enfoque o la focalización en uno de los países de las llamadas periferias del sistema-mundo capitalista, aunque ahora, caracterizado como una de las potencias emergentes, por esas ponderaciones efectuadas por el análisis económico formal, neoclásico y ecléctico, tan en boga en los habitus de Naciones Unidas. Ponderaciones, por cierto que carecen de sustento teórico, aunque abundan en estadísticas, indicadores y descripciones impresionistas. Sería grave perderse en la discusión abstracta y general de reforma o revolución, como si se tratara del debate en torno a dos principios. Estos son los hábitos de la izquierda tradicional, apegada a la ortodoxia, muy lejos de la crítica, mucho más lejos de la autocrítica.  El debate y el dilema, el dilema del debate, el debate en su dilema, debe ser apreciado, analizado e interpretado en su contexto concreto, en la geografía social y política de sus propias especificidades. Además, es importante, volver a recordar que no es un problema de principios, sino de fuerzas, de campo de fuerzas, de correlaciones en el campo de fuerzas.

 

Beatriz Calveiro comienza su descripción con un seguimiento de las intervenciones del sub-comandante Marcos. Muestra, de entrada, los contrastes con el candidato popular Andrés Manuel López Obrador. Sobre todo hace hincapié en estos contrastes para sustentar su hipótesis de interpretación, que explica esta conducta beligerante, la interpelación zapatista al Frente Amplio, por el “miedo” del sub-comandante Marcos y de los zapatistas a afrontar el desafío político, a un enemigo de “izquierda”, más peligroso que un enemigo de “derecha”. En esta perspectiva, la investigadora llega a concluir que, en los hechos, el zapatismo coadyuvó a la “derecha”, mermando las fuerzas, por lo menos de consenso, del movimiento social de resistencia popular, liderado por López Obrador. La investigación, el contraste en el dilema de reformismo o autonomismo, termina en una acusación.

 

Dejando constancia de su inclinación política, la investigadora escribe:

 

Durante el proceso electoral de 2006 fuimos testigos del ataque que sustentó el subcomandante Marcos (El Sup) –como “vocero” del zapatismo–, contra el movimiento electoral en su conjunto, pero especialmente contra uno de los candidatos, Andrés Manuel López Obrador (El Peje). Ambos, identificados por sus nombres de pila y sus respectivos apodos de “luchadores”, en este caso sociales y políticos, podían ostentar una cercanía incluso afectiva con la gente, poco frecuente en la política de estos tiempos. No se trató propiamente de una confrontación verbal sino de un ataque unilateral de El Sup que quedó “dando golpes al aire”, sin encontrar a su oponente. El Peje siguió su ruta electoral, como si no escuchara, aunque reiterando una y otra vez la inclusión del cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés y algunas otras reivindicaciones clásicas del EZLN, como parte de su programa[27].

 

Llama la atención la caricatura que se hace del sub-comandante Marcos; aparece como un radical exacerbado, que se deja llevar por impulsos “vanguardistas”, algo parecido a los que se observaba a la “izquierda” radical, durante los gobiernos de unidades populares. La observación  sugiere la siguiente consecuencia de este “radicalismo”: el zapatismo termina aislándose, quedando el movimiento autonomista reducido a un rincón de la Selva Lacandona, sin mayor influencia en la sociedad mexicana, sin poder mantener el entusiasmo social emergido después de la intervención armada en 1994. Mientras el candidato del Frente Amplio, Andrés Manuel López Obrador, aparece con una amplia convocatoria nacional, liderando un movimiento de masas, con capacidad de influencia en la vida política y social del país.  Por otra parte, López Obrador tendría un itinerario distinto, inverso, al efectuado por el sub-comandante Marcos y el zapatismo. Comenzó defendiendo la institucionalidad, criticando el uso corrosivo, adulterado, de las instituciones, por parte de aprovechadores, oportunistas, corruptos, “piratas” de la política. En la medida que quedaba claro el fraude electoral institucionalizado y ejecutado por los grupos de poder, detentores del aparato de Estado, el discurso de López Obrador se habría radicalizado, hasta llegar a la posición de que hay que formar una nueva república y una nueva democracia, descartando la que hay, corroída y al servicio de los intereses oscuros de las clases dominantes. Salvo, como anota Pilar Calveiro, el ejército, que debe mantenerse para resguardar las fronteras de la nación. En contraste, según la investigadora, el sub-comandante Marcos y el zapatismo, pasan de la lucha armada a una especie de institucionalización, del tamaño de los municipios autónomos.

 

La interpretación del periodo electoral, acompañado del efecto simbólico del zapatismo, aunque contrastando la salida institucional, es que se habría perdido una oportunidad sin igual, la de la convocatoria masiva, la de la congregación de múltiples resistencias al poder, la de la movilización contra el fraude y la violencia estatal. Esta pérdida de oportunidad se debe tanto a los límites del populismo y ventiladas inconsecuencias, repitiendo centralidades, jerarquías, representaciones, monopolios políticos, enfermedades congénitas a los partidos, así como al radicalismo aislacionista del zapatismo.

 

La caracterización que hace del zapatismo Calveiro es la siguiente:

 

El discurso zapatista se inscribe en los llamados nuevos movimientos sociales que, a su vez, retoman la antigua tradición de la izquierda autonomista. En términos muy generales se podría decir que, desde su perspectiva, el capitalismo, el Estado y sus instituciones son inseparables; el sistema de partidos y los sindicatos tradicionales son parte de dicha institucionalidad. Cierto. Se organizan, entonces, a imagen y semejanza del Estado, esto es, de manera centralizada, nacional, jerárquica, descendente. Cierto también. De allí se continuarían ciertos rasgos específicos de los partidos: su alto grado de institucionalización que los hace fuertemente burocráticos y la tendencia a estar más preocupados por su propia reproducción y el mantenimiento de su poder que por la defensa de los intereses socioeconómicos que dicen representar[28].

 

Compartiendo con la crítica a la institucionalidad estatal y al sistema de partidos, Calveiro anota:

 

Estos rasgos los hacen poco democráticos en sus dinámicas internas porque en lugar de propiciar el diálogo y la diversidad, tratan de lograr unidad y homogeneidad interna y externamente para alcanzar posiciones hegemónicas, es decir, que buscan un poder con legitimidad y también con capacidad coercitiva. Son pues un embrión del artefacto estatal que pretenden controlar: vanguardistas y, a la vez, disciplinarios (Gun, 2004). Desde este planteo inicial ya aparecen dos grandes asuntos: el poder y la toma del poder del Estado, que están presentes en la lucha política moderna, y que el autonomismo rechaza. Por oposición al poder como dominio, proponen la idea del poder como creación –“poder hacer”, potencia según John Holloway– que puede y debe desarrollarse al margen del Estado y sus instituciones, para construir una nueva socialidad[29].

 

En su exposición, la investigadora deja claro que no está en contra de la interpretación crítica zapatista sobre la institucionalidad del Estado; esto es lo que comparte. La observación demarcadora de la investigadora, su crítica al zapatismo, radica en la crítica a su “táctica” aislacionista, por así decirlo, endurecida en el ataque, que le parece injustificada, al candidato popular y al Frente Amplio, dejando, sin embargo, pendiente la crítica a los partidos de las clases dominantes. También observa o pone en duda algunas pretensiones democráticas, participativas, horizontales de los zapatistas.  Escribe:

 

Por su parte, el antiestatismo se presentó inicialmente como oposición al “sistema de partido de Estado”, asimilando lo estatal con lo partidario. La crítica al sistema de partidos se centraba en el PRI, aunque ya se esbozaba un rechazo más general. Desde los primeros textos zapatistas se percibe una contraposición entre la forma de organización partidaria, siempre sospechosa de “claudicación” (Tercera Declaración), y los movimientos y organizaciones de la sociedad civil. Tal contraposición alcanzó su máxima expresión en La Sexta (Declaración de la Selva Lacandona).Allí, los partidos se presentan como organizaciones que tratan de “hacer acuerdos arriba para imponer abajo” y “levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quienes los hacen”, con actos “de templete donde unos pocos hablan y todos los demás escuchan”. ¡Cierto! En contraposición, en el mismo documento, el movimiento zapatista se presenta a sí mismo como un movimiento social que pretende luchar “por los pueblos indios de México, pero ya no solo por ellos, sino que por todos los explotados y desposeídos… sin intermediarios ni mediaciones… (con) un programa claramente de izquierda o sea anticapitalista o sea antineoliberal… (para) reconstruir otra forma de hacer política, una que otra vuelta tenga el espíritu de servir a los demás… con honestidad, que cumpla la palabra”. Esta nueva forma de la política se caracterizaría por el “respeto recíproco a la autonomía e independencia de organizaciones, a sus formas de lucha, a su modo de organizarse, a sus procesos internos de toma de decisiones, a sus representaciones legítimas, a sus aspiraciones y demandas.” (LaSexta, 2005) ¿Cierto?

 

Pilar Calveiro encuentra desplazamientos ondulantes, sino contradictorios, en los discursos, declaraciones y posiciones zapatistas. Dice:

 

Ya el 15 de mayo de 1994, en la recta final del proceso electoral de ese año, el EZLN emitió un comunicado verdaderamente ofensivo para el Partido de la Revolución Democrática (PRD), en el que afirmaba que “el PRD tiende a repetir en su seno aquellos vicios que envenenaron desde su nacimiento al partido en el poder” preguntándose: “¿Cuál es ladiferencia entre el PRD, el PAN y el PRI? ¿No ofrecen el mismo proyecto económico? ¿No practican la misma democracia interna?” (EZLN, 1994:237-238). En este mismo tenor, en enero de 1995, después de la derrota electoral del cardenismo, los zapatistas denunciaban sí “un fraude gigantesco”, pero sin dejar de golpear al PRD al señalar una supuesta “claudicación”. Ya entonces, su conclusión era que “las elecciones no son, en las condiciones actuales, el camino del cambio democrático”, por lo que llamaban a un Movimiento de Liberación Nacional para la “instauración de un gobierno de transición, un nuevo constituyente, una nueva carta magna y la destrucción del sistema de partido de Estado” (Tercera Declaración).

 

Asimismo, la Quinta Declaración, de julio de 1998, mencionaba la existencia de “gentes y personas buenas que, en los partidos políticos, levantaron la voz y fuerza organizada en contra de la mentira”. No obstante, en la Convocatoria final para una Consulta Nacional sobre la ley indígena se apelaba, por una parte, “a las organizaciones políticas y sociales independientes” (lo que excluía de hecho a los partidos) y, por otra, “a los diputados y senadores de la República de todos los partidos políticos con registro y a los congresistas independientes”, colocándolos a todos en una misma categoría. Esta asimilación de la diversidad partidaria en un mismo grupo llegó a su más clara expresión en La Sexta, emitida en la coyuntura electoral de 2006, donde se afirmaba que: “El neoliberalismo cambió a la clase política de México, o sea a los políticos, porque los hizo como que son empleados de una tienda, que tienen que hacer todo posible (sic) por vender todo y bien barato… los políticos mexicanos lo (sic) quieren vender PEMEX o sea el petróleo que es de los mexicanos, y la única diferencia es que unos dicen que se vende todo y otros dicen que se vende una parte… Y los partidos políticos electorales nada más no defienden, sino que primero que nadie son los que se ponen al servicio de los extranjeros… se encargan de engañarnos… Todos los partidos políticos electorales que hay ahorita, no nomás uno… puras robaderas y transas… Y todavía quieren que otra vuelta votamos (sic) por ellos… no tienen Patria, solo cuentas bancarias”. ¿Cierto? Como corolario, La Sexta convoca “a las organizaciones políticas y sociales de izquierda que no tengan registro, y a las personas que se reivindiquen de izquierda que no pertenezcan a los partidos políticos con registro” a sumarse a su campaña y mantenerse al margen del proceso electoral.

 

En este caso, la crítica al eje capitalismo/Estado/instituciones/ partidos deriva en un franco antipartidismo y antielectoralismo, que produce desconfianza. En primer lugar, por el tono mismo del discurso. El zapatismo transita de un lenguaje político sencillo y contundente (Primera y Segunda Declaraciones) a un estilo poético-indígena de alto impacto en la clase media que, dicho sea de paso, no tiene grandes competencias para juzgar su autenticidad (Tercera, Cuarta y Quinta Declaraciones), para concluir en La Sexta, con una impostación de “sencillez ingenuidad indígena” por completo increíble y basada principalmente en la mala construcción gramatical del español y en una suerte de traducción de lo que un ladino entiende que entendería un indígena sobre sus lecciones de materialismo histórico, aplicadas a la coyuntura política. Por ejemplo, cuando se lee “el capitalismo quiere decir que hay unos pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio, o que encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente, sino que esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos… que quiere decir que como que (sic) exprimen a los trabajadores y les sacan todo lo que pueden de ganancias… al mundo, o sea al planeta Tierra, también se le dice que es el ‘globo terráqueo’ y por eso se dice ‘globalización’ o sea todo el mundo”, resulta de una afectación no solo increíble sino incluso ofensiva. ¿Qué está diciendo esta voz “indígena” trucada? ¿Qué identidad se desea esgrimir y por qué? ¿No se pretende, también aquí, la representación de un sujeto ausente que legitimaría el discurso enunciado, tal como se le imputa a los partidos políticos?[30]

  

Hay que volver a hacer la pregunta, en su doble tonalidad, la abstracta y general, la concreta y contextual: ¿La discusión es reforma o revolución, reforma o autonomía? Incluso, se puede llegar a aceptar que esa es la discusión, que, en todo caso, la forma de la discusión se vuelve a dar de la misma manera; sin embargo, no se puede colegir de aquí que ese es necesariamente el problema. ¿Qué es lo que está en el fondo? La misma investigadora lo ha puesto: Institucionalidad o anti- institucionalidad en las resistencias. Dicho en otras palabras: ¿El curso emancipador se da a través de las instituciones o contra ellas? Este es el problema y también el tema de fondo.

 

La interpelación zapatista se dirige a las instituciones, que son el Estado, que son las estructuras y diagramas del poder, que son, por lo tanto, los dispositivos de las dominaciones. ¿Cómo se puede emancipar usando los mismos dispositivos de la dominación? Este es el punto, si se quiere, que confronta a zapatistas y reformistas, usando la definición de Calveiro. En la quinta generación de las luchas sociales, teniendo como panorama la historia de los movimientos anti-sistémicos y las revoluciones en la modernidad, ya se sabe por dónde se han perdido las revoluciones, en la dramática y vertiginosa época de la modernidad, comprendiendo sus periodos, su clave heterogénea. Las revoluciones se perdieron en el uso de este instrumento de dominación, el Estado, en la maraña de las intuiciones que usaron para efectuar las transformaciones. Los “revolucionarios” terminaron transformados por el Estado y por las instituciones, se volvieron parte del Estado y engranajes de la maquinaria de mallas y redes institucionales. Lo que las comunidades mayas de la Selva Lacandona han puesto en la mesa es este problema histórico-político. ¿Cómo descolonizar usando los mismos instrumentos de la colonialidad?

 

¿Se trata de repetir la estrategia para ver si ahora puede dar efecto, variando quizás en las tácticas, los discursos, las prácticas y las acciones, en el mejor de los casos, combinando con las formas y acciones activadas por las comunidades autónomas? Esta es la discusión. Es difícil encontrar esta discusión en un cuadro donde se contrastan discursos opuestos, que apuntan a distintas estrategias. No se trata de saber si el sub-comandante Marcos y los zapatistas son radicales, repiten o no, los radicalismos “izquierdistas”; hacer esto es tomar el estereotipo del ultimísimo del siglo XX. ¿Por qué se los tiene que tomar como o parecidos a los “radicales” izquierdistas del siglo XX? ¿Por qué no interpretarlos de otra manera? No parece sostenible aproximarlos a este estereotipo de la “izquierda” – vaya a saber si “realmente” se dio de la manera como se dibuja este “extremo” -, si partimos del hecho de que la lucha armada no ha sido planteada para tomar el poder, sino como un medio para obligar al diálogo al Estado-nación sobre los derechos de los pueblos indígenas.

 

Es otra generación de luchas a las que pertenece el zapatismo, sin necesidad de desvincularlo de la memoria que reclama, la insurrección campesina encabezada por Emiliano Zapata. No se consideran vanguardia, como se conciben las “izquierdas”, sobre todo las “izquierdas radicales”. No es el partido el representante del proletariado, tampoco de los pueblos, ni de las masas desposeídas, ni de los condenados de la tierra. La representación se encuentra cuestionada. La interpelación al capitalismo no se la hace desde la mirada proletaria, en el horizonte de la modernidad, sino desde la mirada indígena, interpelando, además del capitalismo, a la misma modernidad y sus símbolos, el desarrollo y el progreso. Estos desplazamientos de la rebelión nos muestran otros escenarios, usando esta metáfora comprometedora. Lo primero que hay que hacer es preguntarse por la emergencia zapatista; quiénes son los que se alzan en armas y qué quieren. La diferencia con los perfiles de la “izquierda” radica precisamente en esto, en este quiénes y en este querer. Si bien, no se pude plantear la lectura desde la discontinuidad absoluta, tampoco se puede sostener que se trata de una continuidad de lo mismo.

 

Para decirlo rápidamente, a pesar de la abusiva totalización metafórica, empero, útil para ilustrar, se trata de la interpelación civilizatoria indígena al sistema-mundo capitalista, es decir, a la civilización moderna, cuya columna vertebral es el modo de producción capitalista, reteniendo este concepto marxista. Lo primero es reconocer esta diferencia, antes de aventurarse a hacer analogías de rasgos demasiado generales.

 

Que el proyecto zapatista, para darle un nombre, el de proyecto, que ya lleva dos décadas, se haya circunscrito a las comunidades controladas por los zapatistas en la Selva Lacandona, que no se haya expandido nacionalmente, no es un parámetro para decir que han fracasado. El hecho de que persistan, que coexistan y cohabiten, desprendiendo prácticas comunitarias y autónomas, interpelando con su presencia al mundo capitalista, es, de por sí, una victoria, usando esta palabra que suena también ultimatista. Dicho, sin tanta pompa, es un ejemplo.

 

 Volviendo al tema; lo que enseña la experiencia zapatista es que se puede hacer caminos al andar, se puede inventar otros caminos alternativos, alterando precisamente las practicas institucionalizadas. Desmantelando las instituciones del poder, efectuando otras prácticas, otras instituciones; esta vez al servicio de las sociedades. No instituciones-amos, instituciones-patrones, dominantes. Que esta experiencia pueda difundirse, adecuándose a los suelos diferenciales, depende no de si se opta por la revolución o la reforma, sino de los aprendizajes colectivos respecto a los diagramas y cartografías institucionales. No se trata de negar el camino de la reforma, decir, por ejemplo, que no se puede reformar; la reforma es posible, además se realiza y se ha realizado. El problema es que las reformas terminan legitimando el mismo régimen de dominaciones contra el que se lucha, aunque haya mejorado en parte la condición de los “pobres”. Se convierte en el mejor mecanismo para la prolongación de las dominaciones, articuladas en el orden mundial, en el sistema-mundo. Este es el costo histórico que se quiere evitar, salir del círculo vicioso de la reproducción del poder, cuando se critica el reformismo, el populismo, la ilusión popular en caudillos nobles, en el sentido, no de aristócratas, sino de éticos. El mejor ejemplo, contemporáneo, de lo que decimos, son los gobiernos progresistas de Sud América.

 

 

Estado y corrosión

 

De entrada habría que recoger la pregunta que se repite en el imaginario popular: ¿Por qué el Estado o, si se quiere el gobierno, en la jerga difundida, el poder, se encuentra asociado y vinculado a la corrosión, a la corrupción, a las violencias abiertas y encubiertas, a los abusos, solapados o descarados? Hay que tomar en serio esta pregunta, pues se basa en la experiencia social. No tomarla como prejuicio del sentido común, como ha acostumbrado a hacerlo la ciencia política, suponiendo que estas perversiones son contingencias, daños colaterales, para usar esta expresión de moda, errores humanos; empero, de ninguna manera, atributos innatos al Estado mismo. En contraste con este supuesto o conjetura académica, partiremos de la hipótesis de interpretación opuesta: El Estado es el lugar privilegiado de la corrosión, de la corrupción, de los paralelismos institucionales, de las violencias abiertas y encubiertas, además de ser el instrumento de la separación de Estado y sociedad, el aparato multiuso de las dominaciones.

 

Monopolio quiere decir control único, incluso puede connotar control centralizado, concentrado y condensado, además de acaparamiento y especulación. Conocemos la tesis de la economía clásica y neo-clásica, liberal y neo-liberal, de que el monopolio deforma el mercado, lo altera, si no lo suspende. Sólo que olvidan que precisamente es el capitalismo el que abole el mercado, pues se genera a partir del monopolio, como lo ha demostrado Fernand Braudel en sus investigaciones históricas. Extendamos la tesis enunciada; digamos que el monopolio legítimo de la violencia que es el Estado, deforma la sociedad, la altera, si no la suspende. En este caso no nos olvidaremos que es el monopolio legítimo de la violencia, el que abole la potencia social, la inhibe, usando su energía con el objeto de la reproducción del poder. Jugando con analogías, diremos que, así como el monopolio económico genera distorsiones, como los precios de inflación y las estrategias especulativas de ganancia, así también el monopolio político genera distorsiones, como los beneficios agregados y las estrategias suplementarias de ganancia.

 

Jugando con las analogías, en relación a la tesis anti-monopólica enunciada, diremos que, así como se supone, en realidad, se conjetura, que la ausencia de competencia afecta a la productividad, entendida no sólo como el logro de bajos costos, sino, sobre todo, mejores servicios y utilidad, se puede decir que, la ausencia de autonomías múltiples, es decir, la ausencia de autodeterminaciones, de autogobiernos, de autogestiones, ocasiona sumisiones, subordinaciones, sujeciones, obediencias, múltiples, inhibiendo las capacidades creativas y compositivas de las sociedades. En este estado de cosas, la jerarquía abismal, por cierto imaginaria, definida institucionalmente, entonces impuesta, genera impunidad o, por lo menos, certeza de impunidad, creencias en los “derechos” privilegiados de los gobernantes, por lo tanto, genera prácticas encaminadas a realizar estos privilegios. En vano buscan los moralistas el problema de la corrupción en la ausencia ética y moral de los gobernantes, que pueden contener este vacío, por cierto; sin embargo, el problema no está ahí; no es un albedrío personal, una predisposición, aunque termine pareciendo así. Es un fenómeno inherente a al ejercicio mismo del poder. Cambiando a los gobernantes, estableciendo leyes sancionatorias, llamando a la consciencia de los funcionarios, no se resuelve el problema; ni siquiera se trata de paliativos. La corrosión institucional se repite, una y otra vez, como condena, pues forma parte del funcionamiento mismo de esta fabulosa maquinaria que llamamos Estado.

 

No es llevando a la cárcel a los corruptos que se resuelve este problema, congénito a la maquinaria estatal. Unos sustituirán a los otros, aunque cambien los perfiles, aunque maticen estas prácticas. Respecto a esta problemática hay que encarar la matriz del problema. Si se acepta el monopolio de la violencia legítima, se está aceptando implícitamente todo lo que conlleva este acaparamiento de las fuerzas, del uso de las fuerzas, de la disponibilidad de las fuerzas, concentradas, organizadas, al a servicio del Estado. La solución radical, es decir, que resuelva de raíz, la génesis del problema, se encuentra en acabar con y evitar el monopolio de la violencia legítima; es decir, acabar con esta institución imaginaria de la sociedad, que es el Estado. ¿Se podrá? ¿Se puede? ¿No es que estamos obligados a las instituciones, sobre todo aquellas que “representan” a todos?

 

¿Cómo responder a estas preguntas? Con un no rotundo, con un sí rotundo. Ni las preguntas, ni las respuestas, pueden ser ultimatistas. No lo sabemos. Falta comprender esta relación de las sociedades humanas con sus criaturas institucionales. Sin embargo, se puede estar seguros de algo; las instituciones no pueden convertirse, como lo han hecho, en el principio y fin de las sociedades humanas, en los patrones de sus actividades y subjetividades. La las instituciones, en todo caso, tienen que ser plásticas, flexivas, instrumentos al servicio de la potencia social.

 

¿Podemos imaginar sociedades sin Estado? No solamente imaginar, encontrarlas en el ahora, en la contemporaneidad, como lo ha hecho Pierre Clastres en la Amazonia venezolana. Pero, ¿esto es posible en el conjunto de las sociedades afectadas, atravesadas por la modernidad, en clave hegemónica? ¿Por qué no? El Estado no es el único imaginario, no es la única institución imaginaria, que puede garantizar la cohesión social, sobre todo considerando los costos sociales y subjetivos que ocasiona. En realidad, no es el imaginario estatal lo que garantiza la cohesión social, sino las mallas, las redes, institucionales, sostenidas por prácticas concentradoras y de captura, las que mantienen la cohesión social. ¿Acaso no es posible otra clase de mallas y redes, acaso no es adecuado, aprovechar los tejidos sociales en función de complementariedades, solidaridades, reciprocidades sociales, evitando que los tejidos terminen usados por esta promoción a la competencia, que, paradójicamente, es también promoción al monopolio. ¿Qué es lo que hace creer a los humanos de las sociedades contemporáneas que el Estado es lo único que tienen a mano? ¿El fetichismo del poder? ¿La “ideología”? ¿Las dominaciones múltiples? ¿Todo esto? ¿Pero, cómo es que se da todo esto? ¿Hay algo inherente a la “naturaleza” humana que sea así, que esto ocurra, que se de esta inclinación a la obediencia y la representación? Las respuestas que se den a estas preguntas aparecerán como esencialistas, es decir metafísicas.

 

Es difícil recurrir a los esencialismos, a la metafísica, a estas alturas de las historias múltiples de las diversas sociedades humanas. Es preferible asumir esta conducta contradictoria como parte de las paradojas existenciales, concretamente, en las sociedades humanas, como parte de las paradojas de las sociedades y de la política. Es preferible decir, es decir, interpretar hipotéticamente, que los humanos se enredan en sus propias tramas, en sus propios tejidos, a tal punto que no saben salir del embrollo. De lo que se trata, entonces, es de desenredar el nudo, desenredar el ovillo. Esto no se puede hacer con una espada, como en la leyenda griega, sino con calma, descifrando el mismo nudo, desanudando de acuerdo a las observaciones adecuadas. ¿Cuánto tiempo tardaremos en desanudarlo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que para conquistar nuestra libertad efectiva, nuestras emancipaciones y liberaciones buscadas, tenemos que hacerlo, desanudar el nudo gordiano; pero, no como lo hizo, según la leyenda, Alejandro Magno para “conquistar” Asia.

 

Lo grave, mantener la condena, es hacer lo que se acostumbra a hacer, decir, que el nudo gordiano no se desanuda; por lo tanto no hay conquista de nada, debemos convivir con el Estado, por lo tanto con las dominaciones polimorfas, como parte de la vida. Esto es convertir a la derrota en un principio, esto es hacer del principio de la derrota en el eje constitutivo de las conductas, por lo tanto de una ética nihilista, de la voluntad de nada, se usen o no los discursos más esforzados y ampulosos para justificarlas, edulcorando las dominaciones. La esperanza se encuentra en todos los que aceptan el desafío de desanudar el nudo gordiano del poder. Estas son las rebeliones renacientes, las sublevaciones emergentes, los movimientos sociales alterativos.  

 

Volviendo al tema, a la fenomenología de la corrosión institucional, retomando nuestra perspectiva de interpretación, perspectiva que comprende que la existencia es paradójica; por lo tanto, la vida misma es paradójica, así como las sociedades lo son, incluyendo a las sociedades humanas; particularmente el ser humano es un ser paradójico. Como no podría ser de otra manera, la política no podría dejar de ser paradójica. Sin embargo, a pesar de esta constatación ineludible, las sociedades humanas han intentado ocultar su condición paradójica; sobre todo en la modernidad es notoria esta actitud de esconder, hasta de extirpar, las condición paradójica de las sociedades humanas. La constitución e institución de todas las formas de poder, habidas y por haber, plasma esta estrategia de ocultamiento de la condición paradójica de la existencia. El poder no sólo como relación de fuerzas, sino, sobre todo, como relación de dominaciones, se erige, en el fondo, contra su matriz primordial, la potencia social. El poder se erige contra la vida, busca controlarla, proponiendose extirpar de ella su propia dinámica, la neguentropía, la reversión de la entropía; es decir, la administración, si podemos hablar así, de la entropía misma. La vida, en el fondo, es esta relación entre neguentropía y entropía, relación constitutiva de la vida. La vida es este cálculo, esta cognición, esta inteligencia, que actúa negando la entropía, que ya existe, más que como anterioridad, como complementariedad.

 

La oscuridad y la luz forman el universo, en su compleja relación entrelazada; la materia oscura y la energía oscura en relación con la materia condensada y luminosa constituyen el tejido complejo del espacio-tiempo. La vida, en sentido biológico, en sentido restringido, no en su sentido amplio, en su sentido cósmico, combina memoria y olvido en todos los organismos. Éstos aprenden por experiencia, heredando lo aprendido por el genoma; sólo que este aprendizaje heredado no lo racionalizan, sino que está inscrito en sus cuerpos. Las sociedades humanas combinan imaginación y prácticas instrumentalizadas en el despliegue de su participación ecológica. Las sociedades humanas son parte de las dinámicas paradójicas de la existencia.

 

El problema existencial de las sociedades humanas aparece cuando la participación en los ciclos de la vida, en las ecologías concurrentes, se convierte en estrategias de dominación. Cuando la imaginación, que es parte de la potencia social, que es creativa, es detenida en la repetición de la imagen en suspensión, imagen de centralidad, imagen de separación, y, en consecuencia, de imagen posesión y dominio del resto, que no es considerado humano. Esta hipertrofia de la imagen congelada, más que de la imaginación, que es dinámica y creativa, esta hipertrofia del símbolo, que ya es sustitución, más que dejar fluir la dinámica de las interpretaciones, por lo tanto de las comunicaciones con el mundo, con los mundos, con el universo, con los universos, es conservada y realizada materialmente e imaginariamente en las instituciones. Las instituciones son los dispositivos no sólo de captura de fuerzas, sino también de congelación de la imaginación, de canalización de la energía creativa, la potencia social, orientando su recurso a posibilidades restringidas por las estrategias de poder.

 

Llamemos a esta constitución e fundación de las instituciones la corrosión inicial. Sus estructuras, formas de organización, funcionamientos institucionales son dispositivos que generan corrosión. Al emerger como dispositivos anti-paradójicos, que buscan reducir o hacer desaparecer la condición paradójica de la existencia, adulteran, en los ciclos de la vida, sus propios ciclos de vida, su propia reproducción, buscando convertirla en el enseñoramiento humano sobre la naturaleza. Esta alteración inicial en el ciclo de la vida, es el punto de partida, por así decirlo, de la genealogía de las alteraciones, adulteraciones, perversiones, conocidas como dominaciones y violencias, dadas en las historias de las sociedades.

 

Anteriormente dijimos que, de lo que se trata, es que las instituciones sirvan a las sociedades humanas como instrumentos de sobrevivencia, de convivencia y de coexistencia, no que las sociedades humanas se conviertan en cuerpos esclavos de las instituciones. Ahora podemos mejorar el lenguaje, para clarificar la idea. Las instituciones forman parte de las innumerables composiciones humanas; son una composición más. De ninguna manera, se trata de renunciar a la capacidad compositiva humana, sino de evitar esta forma de composición institucional, que se enquista, se parapeta, impidiendo, obstaculizando, otras composiciones posibles.

 

 

Hipótesis interpretativas del presente del sistema-mundo

 

  1. No vamos a decir que el sistema-mundo capitalista se encuentra en su fase terminal, como un pronóstico revolucionario. Esto no dependen de la inercia de los eventos en el tiempo, menos de una ley inscrita en la historia; sino de la voluntad de los pueblos del mundo.

 

  1. No es la ley la que hace la historia, por más dialéctica que se reclame. La ley la hacen los humanos, la historia la hacen los humanos, no bajo las condiciones determinadas, sino bajo las condiciones de posibilidad que ellos mismos determinan.

 

 

  1. El sistema-mundo es un concepto propuesto por la teoría de la dependencia, recogido por la escuela de los anales; es un concepto que corrige los límites del concepto de modo de producción y de formación económico social. Empero, sigue siendo un concepto; no es una materialidad; la materialidad es el referente del concepto; pero, esta materialidad no se reduce ni se adecúa al concepto; sino, más bien, es el concepto que debería adecuarse a la complejidad. No es exactamente un sistema, sino una constelación de conglomerados de formaciones sociales, que se integran y articulan, conectan y confrontan, en múltiples escenarios simultáneos.

 

  1. Si se usó el concepto de sistema-mundo era para lograr una explicación integral de la complejidad. No se puede confundir este concepto con su referente. La diferencia entre el concepto y su referente no solamente radica en que el primero es virtual y el segundo “real”, sino en que el concepto no cambia o lo hace lentamente, en tanto que el referente es la constante transformación.

 

 

  1. El referente del concepto también es el referente de nuestra experiencia; referente que no puede tomarse como condena, fatalidad o determinismo, sino como producto nuestro.  El problema no está en el referente sino en nosotros que lo producimos. El problema es: ¿por qué no podemos producir otro referente?

 

  1. No es que el referente sea una mera invención; sino que su existencia depende de lo que hacemos respecto a las condiciones de posibilidad de las que somos parte, así como de los propios movimientos y dinámicas de estas condiciones. Si el sistema-mundo se desboca en una dramática destrucción de los ecosistemas no es tanto porque estas son las consecuencias del capitalismo, sino porque dejamos que esto acontezca. 

 

 

  1. Entonces el problema radica en por qué dejamos que esto acontezca.

 

  1. Esto acontece no porque sea una fatalidad incontrolable, sino porque la fatalidad radica en nuestra complicidad.

 

 

  1. Nos hemos dejado convencer de que lo que ocurre depende de leyes, depende de causalidades, determinismos o, de lo contrario, el azar, olvidando que la determinación se encuentra, en gran parte, en nuestras manos.

 

  1. Lo importante no es tanto comprender las leyes de la historia, que no existen, pues la historia no es el orden y la obediencia que demanda la ley, sino en lograr emanciparnos de nuestros fetichismos.

 

 

  1. El capitalismo existe no porque sea una “realidad” ineludible, sino porque hemos dejado que exista, como si nos hubiera antecedido, cuando es construcción nuestra.

 

  1. Entonces el problema es el ser humano. ¿Por qué se deja llevar por la parte maldita de las paradojas existenciales, haciendo una paráfrasis a Georges Bataille?

 

 

  1. Según Bataille, porque hay un excedente que hay que destruir, gastar o acumular. Sin embargo, esto es como transferir al excedente una culpa. No hay culpa, tampoco está en el excedente el problema, sino en los y las que producen el excedente. Está en el exceso de energía que generamos.
  2. Por lo tanto está en la potencia que somos. Esta energía, esta dinámica, es dirigida o a la destrucción o a la acumulación. La pregunta es: ¿Por qué no a la creación?

 

  1. No es que haya un instinto de destrucción o, en contraste, un instinto de acumulación, sino que por alguna razón se ha caído en la renuncia a la creación.

 

 

  1. ¿Se ha renunciado a la creación por razones de sobrevivencia? No parece ser el caso; se ha renunciado a la creación por la transferencia de la potencia social al poder, la transferencia de la potencia social a las propias criaturas del ser humano.

 

  1. ¿Por qué se hace esto? ¿El ser humano no cree en sí mismo, en su capacidad, en su potencia; tiene que transferirla a los dioses que se inventa, para asumirla como si le fuese donada?

 

 

  1. ¿El ser humano es un organismo que se ha extraviado en sus representaciones?  ¿Es un ser que se ama tanto que prefiere sus representaciones que los referentes de sus representaciones?

 

  1. De aquí podríamos colegir que el ser humano ha nacido para destruirse. Esto no es cierto, pues también se inclina a lo contrario; interpela sus representaciones, las destruye, liberando el espacio a otras representaciones.

 

 

  1. El ser humano es un ser paradójico. Se puede decir que hasta ahora no logra armonizar sus paradojas. Ha optado inclinarse a un lado de la paradoja, tratando de hacer desaparecer la otra; destruyendo con esto la vida, por lo menos la vida de sus entornos.

 

  1. ¿En qué momento el ser humano ha optado, mayoritariamente, por inclinarse a uno de los lados de la paradoja, buscando hacer desaparecer la otra parte?

 

 

  1. ¿En los momentos constitutivos del Estado? Creyendo que uno de los lados de la paradoja es la pureza buscada.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Margarita López, Carlos Figueroa y Beatriz Rajland: Temas y procesos de la historia reciente de América Latina. CLACSO                ; Santiago 2010.

[2] Margarita López, Carlos Figueroa y Beatriz Rajland; Ob. Cit.; pág. 70.

[3] Ensayo publicado en Dinámicas Moleculares; La Paz 2013.

[4] Doctora en Ciencia Política. Profesora-investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana (Xochimilco), México.

[5] Adolfo Gilly y Rhina Roux; publicado en Herramienta núm.38, Buenos Aires, junio 2008.

[6] Texto incluido por Enrique Arceo y Eduardo Basualdo (comps.), en Los condicionantes de la crisis en América Latina. Inserción internacional y modalidades de acumulación. CLACSO, Buenos Aires, 2009.

[7] Era 2005; México.

 

[8] Rhina Roux: Ob. Ct.

[9]Los estudios sobre la llamada “modernización” del capitalismo mexicano fueron abundantes en los años noventa. Véanse, entre otros, Adolfo Gilly, Nuestra caída en la modernidad, Joan Boldó i Climent, México, 1988; Arturo Anguiano (coord.), La modernización de México, UAM Xochimilco, México, 1990; Elvira Concheiro, El gran acuerdo. Gobierno y empresarios en la modernización salinista, Era/UNAM, México, 1996; Eugenia Correa, Crisis y desregulación financiera, Siglo XXI/UNAM, México, 1998.

[10] Rhin Roux: Ob. Cit.

[11] Rhin Roux: Ob. Cit.

[12] Pedro Olinto, et.al., Land Market Liberalization and the Access to Land by the Rural Poor: Panel Data Evidence of the Impact of the Mexican Ejido Reform, Basis Working Paper, World Bank, 2002; 2008 World Development Report: Agriculture for Development, World Bank, 2008. Véase también Laura Randall (ed.), Reformando la reforma agraria mexicana, UAM-Xochimilco, México, 1999.

[13] Para una reconstrucción analítica de la conformación de esta nueva oligarquía financiera véase Jorge Basave Kundhardt, Los grupos de capital financiero en México, 1974-1995, El Caballito/UNAM, México, 1996; Carlos Morera, El capital financiero en México y la globalización. Límites y contradicciones, Era/UNAM, México, 1998.

[14] Centro de Estudios de las Finanzas Públicas, Evolución del sector manufacturero en México, 1980-2003, Cámara de Diputados, México, 2004, p.43.

[15] Rhin Roux: Ob. Cit.

[16]Teresa Gutiérrez Haces, “La inversión extranjera directa en el TLCAN” en Economía UNAM no.3, UNAM, México, 2004, p.52.

[17] Véase, entre otros, Andrés Barreda, Voces del agua. Privatización o gestión colectiva: respuestas a la crisis capitalista del agua, Itaca, México, 2006; César Nava Escudero, “La privatización de las zonas costeras en México” en Estudios ambientales, UNAM, México, 2009, ps.165-206; Francisco López Bárcenas y Mayra Montserrat Eslava Galicia, El mineral o la vida. La legislación minera en México, Centro de Orientación y Asesoría a Pueblos Indígenas/Red IINPIM, A.C., México, 2011.

[18] Proyectos mineros operados por compañías de capital extranjero 2010, Secretaría de Economía, México, 2011.

[19] Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública, Minería en México, Cámara de Diputados, México, 2011.

[20] Rhin Roux: Ob. Cit.

[21] Raquel Gutiérrez Agular: Épocas históricas y tradiciones de lucha en México. Consideraciones generales para dotarnos de un esquema que nos alumbre y vuelva inteligibles los flujos del antagonismo social. CEAM-Casa de Ondas; México. Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial CompartirIgual 2.5 México. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-nc sa/2.5/mx/ o envía una carta a Creative Commons, 444 Castro Street, Suite 900, Mountain View, California, 94041, USA.

[22] Ibídem.

[23] Raquel Gutiérrez: Ob. Cit.

[24] Ibídem.

[25] Politóloga de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en México.

[26] Beatriz Calveiro: Institucionalidad y antiinstitucionalidad en las resistencias. El caso de México. En Temas y procesos de la historia reciente de América Latina. CLACSO; Santiago 2010.

[27] Ibídem.

[28] Ibídem.

[29] Ibídem.

[30] Ibídem.

Trama política y potencia social

Trama política y potencia social

Balance y perspectivas del gobierno “progresista”

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Índice:

 

Mecánica de las tendencias del proceso político                

Mapa de la potencia social                                                      

Potencia social en Bolivia                                                         

El asenso                                                                                     

Límites del Estado y transición                                               

Las gestiones de gobierno                                                                 

Segunda gestión                                                                         

El camino sinuoso de las reformas                                         

Conclusiones                                                                              

                                              

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Se puede abordar el tema distinguiendo clasificatoriamente lo positivo y negativo? ¿Así como se aborda la metodología conocida del FODA, diferenciando fortalezas, debilidades y potencialidades? El balance político no es necesariamente de planificación institucional; aunque ésta tenga que ver, de alguna manera, en algún lugar, con el balance político. Tampoco, mucho menos, con la disquisición de lo positivo y negativo de un gobierno. El proceso político no puede comprenderse como un cuadro en un plano, sin perspectiva ni profundidad; la del tiempo político. El proceso político requiere ser analizado en sus temporalidades mezcladas, en la diferenciación de sus ritmos, en sus espacios fragmentados, en movimiento y combinación, en los espesores de sus territorios; en las composiciones complejas que se forman y transcurren. De lo que se trata es de comprender el juego de las tendencias inherentes del proceso, la resultante, si se puede hablar así, de esta concurrencia de tendencias. Comprender cómo se da lugar el funcionamiento de esta mecánica de las tendencias, cómo se da lugar la resultante, la conformación de la tendencia dominante, quizás no buscada por ninguna de las tendencias concurrentes. Las consecuencias de las acciones no son controladas por los actores. En definitiva, de lo que se trata es de entender la mecánica del despliegue del proceso político. Desde esta perspectiva, vamos a tratar de dibujar el boceto de la mecánica de las tendencias del proceso político.

 

Mecánica de las tendencias del proceso político

  1. Tendencia es la inclinación de los sucesos, su encadenamiento, la dirección que toman. La tendencia, en el análisis político, se diferencia grandemente, conceptualmente, de la noción de tendencia en economía, que viene definida, mas bien, por el comportamiento zigzagueante de los precios. En el análisis económico se define de esta manera el concepto de tendencia:

 

En un sentido general, es un patrón de comportamiento de los elementos de un entorno particular durante un período. En términos del análisis técnico, la tendencia es simplemente la dirección o rumbo del mercado[1].

 

En el análisis politico, la tendencia no puede venir definida de esa manera, obviamente. Incluso por aquello de “patrón de comportamiento de los elementos de un entorno”, que parece ser una definición general aceptable. Pues, en el acontecer político, es difícil hablar de patrón de comportamiento, menos aún cuando se trata de identificar los “elementos de un entorno”. Es mejor comprender la tendencia política como una resultante de fuerzas concurrentes. Ahora bien,  hay tendencias dadas en micro-espacios, en lugares, concretos; así como hay tendencias en macro-espacios, en regiones, naciones, mundo. No es que las tendencias del micro-espacio sostienen las tendencias de los macro-espacios. No necesariamente ocurre de esta manera; las tendencias del macro-espacio requieren definirse a partir de la concurrencia de fuerza en los macro-espacios correspondientes. No es que las tendencias, resultantes de fuerzas, del micro-espacio, sostienen, como en una construcción, las tendencias del micro-espacio. Esto también puede darse, dependiendo de los contextos, de los problemas tratados, así como del análisis político.

 

Lo importante de la propuesta es la idea de mecánica de las tendencias, sobre la definición de la tendencia como resultante de fuerzas concurrentes, así  como también de despliegue de sucesos.

 

Ahora estamos en condiciones de proponer una hipótesis teórica sobre la mecánica de las tendencias, en política.

 

  1. Ciertamente, hablamos de mecánica, en el análisis político metafóricamente, haciendo alusión a la mecánica en física, que comprende la mecánica clásica, la mecánica relativista, la mecánica cuántica y la teoría cuántica de los campos. La mecánica en política debería atender al movimiento de los “cuerpos”, su desplazamiento en el tiempo, bajo la acción de las “fuerzas”.  Esta es una definición análoga a la dada en física, solo que habla de otros “cuerpos” y otras “fuerzas”, además de referirse a otro “tiempo”, entendiendo que se trata del tiempo histórico. De todas maneras, esta definición análoga o prestada no es conveniente ni suficiente en el análisis político. Intentaremos una definición más prolija, más propia, que parta de las problemáticas y contingencias del acontecer político.

 

  1. ¿Cómo explicar un periodo político? Lo acaecido, sus desenlace, las clausuras de ciertas posibilidades, sus contradicciones, contingencias, incluyendo a los discursos emitidos, las medidas y acciones tomadas. ¿Es válido hacer una mirada retrospectiva, contando con los desenlaces, explicar, a partir de ellos, la “lógica” inherente al proceso? Es ciertamente esta una ventaja; empero, ¿se pueden obviar las posibilidades clausuradas, las tendencias opacadas? ¿No es al final suponer el decurso de una tendencia dominante, que finalmente se realiza en el desenlace? ¿Es así o sólo se trata de una interpretación privilegiada, el discurso de los vencedores? ¿Cuál fue la mecánica del conjunto de las singularidades, inherentes al acontecimiento? ¿Se puede hablar, en este caso, en la configuración del acontecimiento, de mecánica, aunque sea metafóricamente?

 

Estos son los problemas referenciales, anticipados, a la definición conceptual de una comprensión integral del acontecimiento político. Cuando hablamos de mecánica, en el análisis político, suponemos que las dinámicas singulares se afectan, que sus composiciones afectan a otras composiciones, que tanto singularidades como sus composiciones pueden ser pensadas como fuerzas, que estas fuerzas afectan “cuerpos” y subjetividades, que afectan instituciones y estructuras sociales. Esta conjetura permite hablar de mecánica de fuerzas, a través de estas aproximaciones. Analizar, desde esta perspectiva, nos ayuda a construir una explicación mecánica,  del acontecer político. Lo que, a su vez, implica, una explicación del conjunto del movimiento de fuerzas, así como una interpretación integral del acontecer político. Lo que de por sí es bueno, pues deja de lado el análisis contable de la política; el balance de lo bueno y lo malo, de lo positivo y negativo. El balance, que utiliza la balanza que pesa, si se ha dado más de bueno que de malo, más positivo que negativo. Esta contabilidad de cajero es muy infortunada para responder a la problemática política.

 

La mecánica de las tendencias, que comprende, a su vez, la mecánica de las fuerzas, corresponde al funcionamiento de las propensiones, a su concurrencia, sus efectos múltiples; aditivos, en unos casos, destructivos, en otros casos. Ciertamente, como dijimos, las tendencias son abstractas, son resultantes, son efectos de los campos de fuerzas. Por eso, hay que considerar, en el juego de las fuerzas un tipo de “gravitación”, por así decirlo, una “gravitación” política. ¿Cómo definir esta “gravitación” política? ¿Las fuerzas se atraen o se repelen? Ambas cosas pueden ocurrir, dependiendo de las fuerzas, de los contextos, de las coyunturas. Pero, también las fuerzas se acumulan, se refuerzan, por así decirlo; así como se debilitan mutuamente, se vacían, por así decirlo. Las fuerzas, en política, son energía social, son potencia social. Es la dinámica de estas fuerzas las que crea la “gravitación” política. Este espacio-tiempo social de campos de fuerzas conforma elipses, por así decirlo, de dos polos; uno “real”, el otro ficticio. El polo “real” es  el que tiene que ver con la asociación de composiciones de la potencia social, su facultad cooperativa, colectiva, comunitaria; el polo ficticio tiene que ver con el efecto institucional y simbólico del polo “real”, con su efecto de espejo.  Aparece, como institución imaginaria, el polo ficticio, como poder; es decir, como formas institucionales de poder. Las elipses “orbitan” atraídas por estos dos polos, el polo “real”, el polo ficticio. Orbitan por la “gravitación” del polo de la potencia social y la atracción simbólica del polo del poder.

 

Ocurre como si en estas órbitas elípticas se ganara energía en el polo “real” de la potencia social para perderlo en el polo simbólico del poder. ¿Qué es lo que “orbita” estas elipses alrededor de los dos polos? La energía social. Energía social convertida en prácticas, en relaciones, en actividades, en acciones. Energía social capturada por instituciones, convertida en ciclos de reproducción institucional. Energía social que escapa a las capturas de la maquinaria estatal, creando líneas de fuga. Energía social que hace de la sociedad una sociedad alterativa, dinámica, cambiante, vital, creativa. Energía social entonces que emerge pujante en el polo de la potencia social, que pierde parte de su energía en el polo del poder, para volver a alimentarse de vigor en el polo de la potencia social.

 

Este croquis nos puede servir para aproximarnos a la contradictoria y contrastante relación entre potencia social y poder, entre sociedad y Estado. Sobre todo, puede ayudarnos a usarla como herramienta gráfica de un balance del llamado “proceso de cambio”. A propósito, las preguntas son las siguientes: ¿En el “proceso de cambio” cuál es la relación entre potencia social y poder, entre sociedad y Estado? ¿En la pérdida de energía social, al pasar del polo de la potencia social al polo del poder, en su retorno a la órbita de la potencia social, por qué la energía social no ha podido vigorizarse orientando su energía a la autogestión, a la autodeterminación, a la participación, dejando que, más bien el poder adquiera proporciones inhibidoras de la potencia social?

 

 

Mapa de la potencia social

La potencia social no es la organización, tampoco el movimiento; es lo que se expresa en el movimiento, en la movilización, en las composiciones de sus dinámicas. La organización es una creación de la potencia social, en el movimiento y la movilización se manifiesta la potencia como fluido gigantesco de la energía social. Los saberes puestos en juego al momento de la movilización son composiciones cognitivas e interpretativas del colectivo social. Los objetivos que se plantea, en el momento del movimiento, el conjunto o el conglomerado social involucrado, es consensuado por las singularidades y composiciones de la potencia social. La potencia es la capacidad inventiva social, es la capacidad asociación, de articulación, de participación social.

 

La potencia social es capacidad de asociación, así como la fuerza y la acumulación de la fuerza social, fuerza inmediatamente vinculada con la capacidad intelectiva de crear.  La potencia social es posibilidad, también condición de posibilidad histórica; deviene fuerza social, fuerza histórica, cuando las asociaciones múltiples acumulan una disponibilidad de fuerzas capaces de afectar en el curso de los acontecimientos.

 

La potencia social efectiva se da cuando las múltiples asociaciones, las múltiples composiciones, se orientan a cruzar los umbrales del mapa institucional dado. Esto equivale no sólo a una integración de fuerzas, sino también de voluntades, así como de apreciaciones e interpretaciones compartidas, de saberes activistas, que inciden,  a través de las acciones, en las coyunturas de procesos.

 

 

Potencia social en Bolivia

 

La potencia social efectiva en Bolivia tiene que visualizarse teniendo en cuenta distintos periodos, distintos contextos, escenarios y coyunturas. Podríamos hablar de la genealogía de la potencia social; empero, esta tesis supone un nacimiento, una emergencia, un momento constitutivo, además de su desplazamiento en el tiempo histórico. ¿Es así? ¿Hay continuidad? ¿No es más bien discreto? Distintos nacimientos, distintas emergencias, distintos momentos constitutivos, manteniendo todavía este concepto zavaleteano[2].

 

Los hombres y mujeres que hicieron la revolución de 1952 no son los hombres y mujeres que se movilizaron de 2000 al 2005, durante la movilización prolongada. Hay una memoria social, es cierto; pero la memoria social tampoco es continua, no se da en un sujeto, llamado pueblo, como si fuese el mismo,  además de suponer un sujeto. El supuesto de sujeto es una pretensión insostenible, aunque lo nombremos como sujeto social. No hay tal persona, salvo en el imaginario político. Se trata de multitudes, conformadas por singularidades subjetivas y corporales. La memoria social se reconstruye colectivamente, mediante la recuperación de lo acontecido, recurriendo a remembranzas, orales o escritas, incluso ahora, audiovisuales. La memoria social se reconstruye en el debate, en la interpelación, retomando el pasado como referente. Se trata de un pasado representado, de la representación del pasado. Es imposible sostener que se habla del pasado, como una entidad ontológica perdurable. Ese acontecimiento, que tuvo su presente, ya no está. Lo que se trae a escena es su representación, cuyo valor es servir no sólo como argumento, no sólo como ejemplo y referente, sino como artefacto representativo en las luchas del presente.

 

Si esto pasa con dos acontecimientos modernos, la revolución de 1952 y la movilización prolongada de 2000 a 2005, lo mismo pasa, con mayor relevancia, cuando nos remontamos a un pasado más lejano; por ejemplo, la guerra federal, así como los levantamientos indígenas del siglo XVIII. No son, con toda certeza, ni los mismos hombres ni las mismas mujeres. La memoria social de estos acontecimientos se reconstruye en otras luchas, acudiendo a las representaciones forjadas de estos pasados, para comprender mejor las luchas del presente en cuestión. Hay pues una invención del pasado; invención en pleno sentido, como recreación representativa, como constitución de una memoria social, selectiva y creativa. Esto significa que lo que tienen a mano, por así decirlo, los y las combatientes, es el presente. Lo que hacen es dilatar este presente el espesor rescatado por la memoria social.

 

No hay pues, precisamente, una genealogía de la potencia social. Lo que hay es una constante reproducción de la potencia social, la que recurre a la invención y recreación del tiempo histórico, del pasado. Lo que hace la memoria social es construir un pasado constitutivo para lograr dilatar un presente, haciendo de este momento el lugar y la perspectiva desde donde se abre un nuevo horizonte.

 

 

El asenso

 

El análisis de la movilización prolongada de 2000 al 2005 debe efectuarse a partir de su propio estallido, su campo de singularidades, de sus propios mecanismos y engranajes conformados. En relación a la historia, lo que interesa es comprender cómo los movilizados se reinventan el pasado, como espesor representado de su propio presente, como imaginario social y como recurso en la formación discursiva de la movilización.

 

Los insurrectos son los que defienden el bien común del agua, los que defienden la tierra, los que defienden los recursos naturales, los que defienden los hidrocarburos, los que se levantan en defensa de los derechos de los pueblos indígenas, los que se levantan contra el proyecto y el modelo neoliberal, cuyo costo social destruyó parte de la cohesión social y parte del aparato productivo. Este conglomerado social, de organizaciones, de multitudes, de masas, de pueblos, articuló un bloque popular e indígena capaz de lograr la secuencia de victorias políticas durante los seis años de luchas[3].

 

La potencia social derrotó al modelo neoliberal, si se quiere, al Estado neoliberal, expresado en la mega-coalición conservadora; derrotó la forma de dependencia extrema ocasionada por el neoliberalismo. Abriendo el camino a un “proceso” politico, llamado “proceso de cambio”. ¿Qué viene después? La potencia social es capturada por el Estado-nación. ¿Cómo ocurre esto? Para responder esta pregunta requerimos de una digresión sobre el Estado[4].

 

 

Límites del Estado y transición

 

El Estado-nación es el Estado moderno. Bolivia es este Estado-nación, desde la independencia. Hablar de Estado aparente, para distinguir la condición de más Estado de la condición de menos Estado, no es otra cosa que diferenciar, si se quiere, grados y formas del mismo Estado. En todo caso, lo aparente, la condición de aparente, es el mismo Estado. El Estado como tal, como sujeto, como unidad, como entidad trascendente, no existe; lo que existe es el campo institucional, el campo burocrático, el campo político, el campo social, el campo escolar, que reinventan la institución imaginaria del Estado.

 

Una tesis sugerente es la que define el Estado como campo de luchas. Como si distintas formas de Estado se disputaran la hegemonía, la definición del perfil. Esta tesis es ilustrativa; empero, de ahí a creer que una de las formas de Estado es la que va a liberar al pueblo, a la sociedad, a los pueblos indígenas, no es más que “ideología”. Pueden, algunas formas de Estado, mejorar las condiciones sociales, mejorar las condiciones de las relaciones de intercambio del país con el sistema-mundo capitalista; empero, de ninguna manera puede quebrar los límites del Estado, la estructura nuclear del Estado; no puede modificar la función estatal. El Estado, como campo institucional, como campo burocrático, como campo político, no puede sino reproducir su mapa institucional, que no es otra cosa que la reproducción de los diagramas de fuerzas, de las relaciones de dominación y de las estructuras de poder, inscritas en el programa de esta fabulosa maquinaria. El problema en las sociedades periféricas, en los Estado-nación subalternos, es que están, en el marco del orden mundial, en el contexto del sistema-mundo capitalista, para administrar la transferencia de recursos naturales a los centros y potencias emergentes del sistema-mundo. Aún cuando sean más progresistas los gobiernos de los Estado-nación, no pueden romper los límites impuestos por la dependencia. Para hacerlo, están obligados a trastrocar no sólo los perfiles de los términos de intercambio, sino las mismas estructuras y la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Este trastrocamiento no puede efectuarse en las condiciones de Estado-nación. Se requiere de una transición política que vaya más allá del Estado-nación.

 

La potencia social, desplegada en la movilización prolongada, no pudo atravesar los umbrales del Estado-nación. El gobierno progresista preservó el Estado-nación como defensa; usó el Estado para efectuar reformas, logró mejorar los términos de las relaciones de intercambio, al nacionalizar los hidrocarburos, a su modo. Empero, al ser una forma “progresista” del Estado-nación, no podía cumplir con la Constitución, que establece tres condiciones de transición: las condiciones de plurinacional, comunitaria y autonómica. En términos de transformaciones institucionales, esto equivale a la destrucción del Estado-nación y a la construcción del Estado plurinacional. El gobierno progresista hizo lo que estaba en su “instinto” político, preservar el Estado-nación, optando por el camino de las reformas.

 

 

Esta es la contradicción del gobierno progresista con la Constitución. Para los movimientos sociales, la Constitución es un ideal plasmado, que debe realizarse. Para el gobierno la Constitución es un texto de propaganda. Esta es la contradicción del gobierno con los movimientos sociales, por lo menos con los movimientos sociales efectivos, que se dieron desde el 2000 hasta el 2005. Estas dos contradicciones son como generadoras, por así decirlo, del resto de contradicciones, que se dan proliferantemente en las dos gestiones de gobierno.

 

La potencia social, mejor dicho, la composición lograda por la potencia social, tal como se plasmó, de acuerdo al alcance de su irradiación, al no atravesar los umbrales del Estado-nación, fue capturada por este mismo Estado. Sus fuerzas sirvieron para reproducir la nueva forma de Estado-nación. Una forma populista investida con simbología indígena. Se puede decir, con cierta aproximación, que la composición histórico-política plasmada de la potencia social,  las fuerzas de los movimientos sociales, fueron capturadas por su propio “producto”. Fueron capturadas por el Estado-nación, por mediación, de un gobierno progresista, que también fue un “producto” de los movimientos sociales, aunque también lo haya sido del mayoritario voto electoral.

 

Ciertamente, la potencia social no desaparece, aunque parte de sus fuerzas sean capturadas y sirvan para la reproducción del poder. La potencia social sigue generando su energía vital, sólo que ahora se encuentra en otra parte, generando resistencias a la política económica del gobierno, que optó por el modelo extractivista. Generando alteratividades minuciosas, detalladas, en la filigrana del campo politico y del campo social. Desplegando nuevas fuerzas, todavía no articuladas, en la consecución de alternativas. Resistiendo desde lo comunitario, lo común, a la expropiación privada y pública. ¿Cuándo se dará lugar una nueva articulación, un nuevo bloque popular, aprendiendo de esta experiencia dramática, que repite la trama política? No lo sabemos. Lo que se sabe, no se puede perder de vista, es que las tareas del momento corresponden a articular las nuevas resistencias, buscando una nueva composición de la potencia social, capaz de atravesar los umbrales del Estado-nación.

 

 

Las gestiones de gobierno

En el polo del poder, el gobierno es la acción política del Estado. El gobierno es la ejecución, es el ejercicio de poder como institucionalidad concentrada. El gobierno es la administración y la conducción de la nave del Estado. Es el lugar donde se definen las políticas públicas. Se toman las decisiones sobre la coyuntura y el periodo; se enfrentan los problemas, los conflictos, de una u otra manera. Aunque la política económica se encuentra condicionada por el sistema financiero internacional, de todas maneras, el gobierno, puede definir márgenes de maniobra o entregarse de brazos llenos a las determinaciones del sistema financiero mundial. Hablamos no del gobierno de sí mismo, no del gobierno del hogar, tampoco del gobierno de la ciudad, sino del gobierno del país, del gobierno del Estado.

 

La primera gestión de Evo Morales Ayma se hizo cargo de un Estado en crisis. Seis años de luchas sociales desnudaron la crisis múltiple del Estado-nación. El gobierno, resultado de una victoria electoral contundente, al asumir el lugar vacío del ejercicio institucional del poder, se vio ante el dilema inicial. ¿Qué hacer? ¿Qué clase de gestión efectuar? ¿Administrar el Estado? ¿Efectuar cambios radicales, desde el inicio? Seguramente la decisión ha sido difícil, incluso si no había mucha “conciencia” respecto a la implicación de las opciones. De todas maneras, la cúpula adivinaba lo que se jugaba, desde las primeras decisiones de gobierno. Sabemos que la opción se inclino por el realismo político. Se entiende que había más argumentos a favor de esta alternativa; se corría menos riesgos y se ganaba tiempo.

 

Esa primera decisión ya muestra la psicología de los gobernantes. Hombres cautos, excluyendo de antemano toda audacia. La audacia quedó para el discurso, no para la acción. En un ambiente de alta legitimidad social, con movimientos sociales que salían victoriosos de una lucha de seis años, contando con una movilización que ya había ventilado la autogestión, que había mostrado vigorosos movimientos, capaces de sitiar y tomar ciudades, la cautela de los gobernantes, es un síntoma de debilidad, no de firmeza.  Seguramente el temor de gobernar sin tener experiencia en la administración pública influyó también en la decisión.

 

Digan lo que digan al respecto los voceros, sobre todo el ideólogo del gobierno, no se puede ocultar esta primera ambigüedad. Todo lo que se pueda decir a favor del realismo político, se lo hace argumentando a favor de esta tesis; pero, no explica, de ninguna manera, el por qué se optó por continuar con un forma de administración liberal, continuando la gestión institucional del Estado, en un momento favorable de correlación de fuerzas.  Este primer paso, direcciona los siguientes.

 

Ciertamente no se puede explicar la primera gestión de gobierno sólo a partir de las estructuras de poder heredadas, haciendo abstracción de los individuos que conforman el gobierno. Como tampoco se puede explicar de manera inversa, sólo atendiendo a los perfiles individuales de los gobernantes. Ambas perspectivas pecan de sesgo; la primera, porque convierte en al gobierno en la ejecución antelada de lo establecido en las estructuras de poder; la segunda, porque convierte al gobierno en una comedia de conspiraciones banales. Aunque la primera perspectiva tenga, sin lugar a dudas, más peso, sea más consistente analíticamente, no se puede obviar la incidencia de las personas influyentes. En este sentido, vamos a intentar interpretar la secuencia de la primera gestión a partir del  la visualización del periodo desde ambas perspectivas.

 

Evo Morales Ayma es el caudillo, el mito, la convocatoria del mito. El constructo del imaginario colectivo. El símbolo carnal del gobierno, convertido por la propaganda gubernamental en el símbolo del “proceso de cambio”. De máximo dirigente de la Federación del Trópico de Cochabamba pasó a ser el primer presidente indígena de la Republica de Bolivia, después del Estado plurinacional de Bolivia, que de plurinacional sólo tiene el nombre. Las decisiones políticas las toma el presidente, en primera o en última instancia. Su carácter imperativo, su carisma, influyen mucho en el comportamiento de su gabinete, incluyendo al mismo vicepresidente. Es difícil hablar de él como un estratega, más es la espontaneidad, muchas veces improvisada, y la intuición, algunas veces equivocada, acaecida erróneamente cada vez más seguido en el segundo periodo de su gestión. Como en todo caudillo, su imagen atrayente no es perdurable, se desgasta; es mantenida con desesperación con publicidad y propaganda, como si estos medios restituyeran el ánimo de la gente.

 

La persona de más influencia en el gobierno, después del propio presidente, es Álvaro García Linera. Por su formación política y académica, por venir de la experiencia de una organización que se propuso la guerrilla como medio para resolver la cuestión del poder[5], por venir de un colectivo de interpelación radical, de investigación y activista[6], tenía plena “consciencia” de lo que estaba en juego en la decisión inicial del gobierno. El vicepresidente se convirtió de radical en el ideólogo del realismo político. Es muy probable que haya sido él quien más haya influenciado en la inclinación por la decisión inicial, fuera de ser el responsable de la argumentación y justificación de la opción tomada. Vamos a dejar las conjeturas sobre por qué lo hizo, por qué se convirtió en un “pragmático”, pues esto nos llevaría a la especulación. A partir de este momento, el vicepresidente asume el rol de ideólogo del gobierno, pretendiendo también ser el teórico del “proceso”, que es otra cuestión. Sus discursos, sus libros, publicados por la Vicepresidencia, sus intervenciones, son la más clara expresión de una ideología “pragmática”, que persigue sostener la justificación del decurso de un gobierno, que optó, desde un principio por el reformismo y no por la transformación.

 

Los ministros fueron un resultado de la composición de las fuerzas, aunque el presidente sea el que tome la primera y la última palabra al respecto. No se puede decir que había una pugna de tendencias, como el apresuramiento de los medios de comunicación hicieron entender, recurriendo a esquemas acostumbrados.  En un ambiente confuso, donde había primero que orientarse, es difícil hablar de pugna de tendencias. Menos decir que había una tendencia “alvarista” y otra tendencia “evista”. Estas hipótesis hablan de la carencia del periodismo y de los medios de comunicación. El consenso sobre el realismo político fue compartido por todos.

 

Los celos individuales y mezquinos que pudiera haber habido no pueden tomarse en cuenta para explicar el decurso de este gobierno popular. Eso queda en los pasillos y nada más. La autoridad del presidente era indiscutible; se acataba por consenso compartido o por decisión del presidente. La relación de los hombres más influyentes con el presidente ciertamente no es la misma, hay variedad y jerarquías. Empero, todos, sin excepción, anteponían, en primer lugar, su voluntad para satisfacer las demandas del presidente. No había, entonces tendencias, lo que había es una adecuación de todos en el escenario institucional. Además de la necesidad de aprendizaje y ganar experiencia.

 

En relación a la medida más importante de las dos gestiones de gobierno, que es la nacionalización de los hidrocarburos, se puede decir que el hombre de influencia en la formulación del Decreto “Héroes del Chaco” fue Andrés Solíz Rada. Sobre todo por su formación en la izquierda nacional, viniendo de un grupo político de características marxistas nacionalistas, que tenía como estrategia y convicción política la defensa de los recursos naturales, la recuperación soberana de los mismos a través de las nacionalizaciones[7]. El ministro de la nacionalización salió del gabinete, cuando se tuvo que tomar nuevas decisiones “pragmáticas”, en relación a PETROBAS. En una coyuntura cuando se comenzó a ceder ante esta empresa trasnacional del país vecino, el ministro nacionalizador estaba demás.

 

Un paso dado condujo a otros. Del no cobro, como corresponde, a PETROBRAS, por el excedente calorífero del gas húmedo, se llegó a contratos de operaciones desnacionalizadores, entregando el control técnico de la producción de hidrocarburos a las empresas trasnacionales. La ventaja del gobierno, al nacionalizar fue mejorar los términos de las relaciones de intercambio, mejorar notoriamente los ingresos del Estado, por concepto de la explotación de los hidrocarburos. Este incremento repercutió en la disponibilidad del Tesoro y de las instituciones involucradas en el reparto. El problema es que esta mejora no puede ser el fin de una nacionalización, que debería continuar dando pasos urgentes hacia la industrialización. Sin embargo, el gobierno prácticamente se contentó con este logro. Las plantas separadoras no pueden considerarse como el inicio de la industrialización, son sencillamente plantas separadoras de la composición de los hidrocarburos.

 

La convocatoria a la Asamblea Constituyente fue la otra medida crucial de la primera gestión del gobierno. Esta convocatoria fue planteada, en primer lugar por las organizaciones indígenas, CIDOB y CONAMAQ, apoyadas por el Pacto de Unidad, que incluye a las tres organizaciones campesinas, CSUTCB, CNMCIOB “BS”, CSCIB. Aunque una versión de los dirigentes de las juntas de vecinos de El Alto dicen que la convocatoria a la Asamblea Constituyente no estaba incluida en la Agenda de Octubre, la verdad es que la Agenda de los movimientos sociales del país si la incluyeron. Por lo tanto, llegar a la Asamblea Constituyente recogía el anhelo de las mayorías por fundar o refundar el Estado.

 

No vamos a entrar al detalle de la dramática historia de la Asamblea Constituyente. Nos remitimos a los textos que han tratado el tema[8]. Lo que interesa, en este balance, es anotar que cuando por fin se promulga la Constitución Política del Estado (2009), la segunda gestión de gobierno no la cumple. No aplica la Constitución. Prefiere continuar por el camino optado en la primera gestión, el camino de las reformas, ocultando la distancia de sus políticas con la Constitución con una abrumadora propaganda. ¿Por qué ocurre esto?

 

 

Hipótesis

 

La Constitución es lo que constituye normativamente, legalmente, jurídicamente; es la composición jurídica y política de un Estado. Son los cimientos jurídicos y políticos, si se puede hablar así, del Estado. El que se haya elaborado una nueva Constitución, después de la de 1826, considerando todas sus reformas constitucionales, es la manifestación clara y la voluntad determinante de construir un Estado en transición sobre nuevas bases. La principal inquietud constituyente tiene que ver con la colonialidad, la herencia colonial, el haber dejado de lado a las naciones y pueblos nativos al momento de la primera Constitución. En la república no se incluyeron a las mayorías nativas. Ahora se trataba que las mayorías plasmen su voluntad en la Constitución y en la construcción del nuevo Estado.

 

El Estado que establece la Constitución de 2009 es un Estado plurinacional comunitario y autonómico, integrado por la interculturalidad, en la perspectiva del sumak Kausay/sumaj qamaña[9]. Para construir este Estado plurinacional se tiene que demoler lo que sostiene al Estado-nación y al Estado-nación mismo: la institucionalidad moderna, homogénea, única. Un Estado plurinacional se construye sobre el pluralismo institucional. Frente a este requerimiento, el gobierno progresista retrocedió, “consciente” o “inconscientemente”. Vaya a saber cuántos del gobierno entendían la significación histórica y política del Estado plurinacional, las implicaciones y consecuencias de asumirlo y construirlo. Lo cierto es que prefirieron desgañitarse en la publicidad y propaganda de que ya somos un Estado plurinacional, como arte de magia de la promulgación de la Constitución. Era muy cómodo cambiar el vestido a la misma persona, que cambiar de persona, que dejar nacer a otra persona. Como dijimos en otros escritos, el gobierno progresista cayó en el mal de la época: la inclinación desesperada por la simulación[10].

 

Para el gobierno, cuyo contenido “ideológico” es el nacionalismo, cuya composición redefine populistamente el perfil reformista, cuya retorica izquierdista repite el discurso de un anti-imperialismo del siglo pasado, es inaplicable la Constitución, pues su aplicación implica la destrucción del Estado-nación. En otras palabras, dejar de ser gobierno bajo los códigos liberales y la gestión pública institucionalizada. Ser otra clase de “gobierno”, como establece la Constitución, en el marco del sistema de gobierno de la democracia participativa y pluralista, era también la desaparición de los privilegios, de las jerarquías, de la burocracia. Después de conquistar el poder, lo menos que quería era perderlo. Al optar por conservar el poder, en vez de destruirlo, decidió por el camino de la reproducción del Estado-nación, optó por la misma trama de todas las “revoluciones”, que cambian el mundo; empero, se hunden en sus contradicciones.

 

 

Segunda gestión

La primera gestión de gobierno tuvo como referente la Agenda de Octubre, la segunda gestión de Gobierno tiene como referente la Constitución. En la primera gestión se cumple parcialmente la Agenda de Octubre; en la segunda gestión no se cumple con la Constitución. Este decurso nos muestra que el gobierno progresista se aleja cada vez más de los objetivos plasmados por los movimientos sociales, las naciones y pueblos indígenas. El gobierno llega a situarse en una posición contrastante en el decurso del “proceso de cambio”, se coloca como contra-proceso[11].

 

Dos son los conflictos que sitúan el lugar de alejamiento del gobierno, su distanciamiento respecto de la Constitución;  uno es el conflicto del llamado “gasolinazo”; el otro es el conflicto del TIPNIS. El conflicto del “gasolinazo” devela la relación concomitante del gobierno con las empresas trasnacionales de los hidrocarburos. El pedido conocido de estas empresas era de que no invertirían en exploración, tampoco lo hicieron en la producción de carburantes, si no se modifican los precios congelados del mercado interno; lo que equivale a revisar la Constitución.  El gobierno, con el argumento de la insostenible subvención a los carburantes llega a subir los precios en un incremento insostenible para el pueblo, alcanzando subidas hasta de un 80% y más. El levantamiento popular contra la medida del gobierno lo obligó a retroceder. En otro texto dijimos, parafraseando a Sergio Almaraz Paz, que el gobierno había cruzado la línea, sin darse cuenta, se encontraba del otro lado de la vereda enfrentando a su pueblo[12].

 

El conflicto del TIPNIS fue más grave. Retomando la misma figura, el gobierno cruzó una segunda línea, esta vez con plena “consciencia” nacionalista, ahora se encuentra del lado de la vereda del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, enfrentándose a las naciones y pueblos indígenas, enfrentándose a las comunidades indígenas. No vamos a narrar aquí el dramático conflicto del TIPNIS; nos remitimos a los textos que han tratado, de manera más pormenorizada el conflicto[13]. En este balance nos interesa apuntar este hito en la conmensuración del desplazamiento del gobierno, alejándose cada vez más de la Constitución y de los objetivos del “proceso de cambio”.

 

 

El camino sinuoso de las reformas

 

Tres bonos marcan la política social del gobierno; el Bono Juancito Pinto, La Renta Dignidad, El Bono Juan Azurduy. El primero, como un estipendio provisional para los estudiantes de primaria, con el objeto de evitar la deserción escolar; el segundo, como un bono a los adultos mayores; el tercero, como una atención a las madres embarazadas, con el objetivo de incidir en los altos niveles de mortalidad materno infantil. Tres bonos, cuyas características son de alcance coyuntural. Para lograr efectos estratégicos se requiere inversión logística, de largo plazo, que impacte estructuralmente en las condiciones y causas de los problemas que se quieren atender.

 

Tres logros económicos distinguen la política económica del gobierno; la acumulación de las reservas internacionales, la estabilidad económica y el mantenido crecimiento económico.

 

En el campo político ha mantenido su hegemonía y preponderancia desde las elecciones de 2005. Con las elecciones del 2008 ha logrado controlar los 2/3 del Congreso; con esta mayoría plena tenía las manos libres para cumplir con la Constitución.

 

En los demás terrenos son inciertos sus logros, hasta discutibles.

 

Una nueva reforma educativa definida por la Ley Avelino Siñani y Elizardo Pérez, con enunciados recogidos de la Constitución; empero, contrastando en la los artículos operativos. Una reforma educativa consensuada corporativamente con el gremio de los maestros; uno de los estamentos más conservadores de la sociedad, inclinados a la demanda economicista, aposentados en el privilegio de contar con trabajo y sueldo garantizados. Una reforma educativa, que como en el resto de la administración estatal, mantiene la misma institucionalidad escolar y educativa, teniendo como núcleo el aula, médula del diagrama disciplinario de la modernidad, no tiene perspectiva de impacto en la tarea de descolonización. Esto a pesar de la retórica del modelo social comunitario productivo.

 

La movilidad social se ha debido al impacto del incremento presupuestario en los gobiernos, del país, de los departamentos, de los municipios, incluyendo a las universidades. También se puede decir que se ha debido al impacto del crecimiento económico, sin entrar en detalles que representa este indicador estadístico. Nos remitimos a los textos que analizan el tema[14].

 

El proyecto de industrialización es un soberano fracaso. Las empresas públicas implementadas por el gobierno o no se ponen en marcha, o son deficitarias, o son un reverendo bluff. La Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos (EMAPA), se ha convertido en una agencia comercializadora; está muy lejos de haber dado un primer paso en la consecución de la soberanía alimentaria. Lo grave es que esta dedicación comercializadora, justificada para evitar la escalonada de precios de los bienes alimentarios, ha comenzado a afectar a la producción del país; por ejemplo, a los pequeños y medianos productores de arroz, quienes no pueden competir con los precios del arroz importado de Paquistán.  No hablamos aquí de las empresas estatales ya establecidas desde antes y después de la revolución de 1952; YPFB y COMIBOL.

 

El programa Evo Cumple ha desatado una escalada sin precedentes de corrupción. No se rinden cuentas, no aparecen las obras, cuando aparecen están muy mal construidas, mostrando papablemente que disminuyeron los costos reales, aunque se mantuvieron los costos ficticios en los presupuestos. Lo peor ocurrió en el programa de vivienda; empresas fantasmas que se llevaron la plata, dejando sin casas a los supuestos beneficiarios. Cuando se terminan de construir las viviendas, aunque sea en parte, suben los costos, y terminan acabados con materiales baratos. Si recientemente ha habido un esmero en corregir este desastre, de ninguna manera compensa el desfalco al erario del país. Sorprende que la Contraloría tenga los ojos vendados ante estos lamentables sucesos conocidos por todos, sobre todos los involucrados, de las zonas y regiones referenciales de los proyectos.

 

La decantada lucha contra la corrupción ha terminado siendo un instrumento de persecución de los opositores. Un ministerio, el Ministerio de Transparencia Institucional y Lucha contra la Corrupción, se encarga de investigar más sobre las corrupciones pasadas, de los anteriores gobiernos, que la expandida corrupción desatada en el presente, el habido en las gestiones del gobierno progresista. Este programa de lucha contra la corrupción y por la transparencia más parece una capa estridente que cubre la efectiva corrupción proliferante.

 

Lo que notablemente ha avanzado es la construcción de carreteras. Podríamos decir que la vertebración caminera del país ha sido de los proyectos mejor ejecutados, sin descontar los problemas relativos a los acabados de algunos tramos, sin tomar en cuenta la repetida inclinación a los sobreprecios.

 

En el plano internacional, el principal emblema del gobierno fue la defensa de la madre tierra. Este postulado cayo a los suelos por el doble discurso, como dice James Petras, discurso radical afuera y ortodoxo en la implementación de políticas monetaristas dentro; pero, sobre todo ortodoxo en el modelo extractivista. El último discurso creíble del presidente fue en Copenhague, Cumbre del Clima de Copenhague 2009 (COP15), cuando hablo ante cien mil activistas del mundo, declarando la guerra al capitalismo en defensa de la madre tierra. En Cancún, (COP 16),  la posición boliviana quedó solitaria, mientras los aliados del ALBA se apresuraban a aceptar la ilusión y la dependencia del capitalismo verde. El presidente ya no gozaba de credibilidad, sobre todo después del conflicto del TIPNIS.

 

Como dijimos en otros textos, las políticas, los programas, las alianzas de integración continental, son más una ocupación burocrática, de encuentros altisonantes de presidentes y cancilleres, con efectos comunicativos; empero, ocurre, paradójicamente, que esta pose integracionista contrasta con efectivas realizaciones hacia la integración de la Patria Grande. Es como calmar la consciencias con escenarios grandilocuentes, mientras nuestros pueblos padecen la separación[15].

 

Como podemos ver, el camino de las reformas, escogido por el gobierno, es sinuoso y contradictorio. No se puede decir, de ninguna manera, que no ha mejorado ciertas condiciones de vida de las mayorías, sobre todo de los sectores organizados y corporativizados. Sin embargo, no hace otra cosa que repetir, en menor escala, y de una manera inacabada, la experiencia del Estado de Bienestar. Sus políticas están muy lejos de lo que exige la perspectiva del sumak kausay/sumaj qamaña. Ya lo dijimos, no es el camino de la Constitución, sino se trata de un recorrido contrastante.

 

Una pregunta es pertinente: ¿Estaba en manos de los gobernantes hacer algo distinto? Se puede decir que dentro de determinados márgenes sí; pero, el problema son los márgenes de los que no podía salir. Su límite ineludible. Al optar por el camino de las reformas y no por las transformaciones estructurales e institucionales, se embarcó en la trama política ya tejida e inscrita en la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Los márgenes de lo posible en los ciclos del capitalismo excluyen transformaciones que puedan afectar las estructuras de poder y la reproducción ampliada de capital. Todo lo demás, al interior de estos márgenes, puede estar permitido, incluso si se logra en pugna con las políticas vigentes del orden mundial y del sistema financiero internacional. Lo que está permitido es la querella por los términos de relaciones de intercambio; de ninguna manera, el cuestionamiento a las estructuras de poder definidos.

 

En parte, se puede decir, que asistimos a la reiteración del drama de las “revoluciones”, particularmente de los gobiernos reformistas, ahora llamados progresistas. En principio pueden tener buenas intensiones, creer en la certeza de su realismo político, encaminarse en reformas de impacto; empero, en la medida que forma parte de una maquinaria chirriante, acoplada, del Estado, cuyas lógicas inherentes escapan a los ocupantes de turno; ellos terminan convertidos en engranajes de esta instrumentalidad estatal. Los márgenes de maniobra dejan de ser tales, se convierten en los márgenes de lo ilícito en el marco de lo lícito. Los individuos terminan  optando por salidas privadas. Quizás nunca lleguen a saber en qué momento dieron el primer traspié que los arrastró a la vorágine de la estafa. Enmascarados, llenos de escudos, tienden a usar retoricas con pretensiones de radicalismo, creyendo, en el fondo, que lo que hacen, puede estar permitido, mientras se siga sosteniendo la lealtad al “proceso”, compartiendo una figura desvencijada del “proceso”, como fatalidad o como finalidad.

 

 

Conclusiones

 

  1. No se sale de la trama política, inscrita como formato, si no se teje otra trama.

 

  1. Para que las composiciones de las dinámicas moleculares de la potencia social, para que las fuerzas constituidas por la potencia social, no sean capturadas por las redes institucionales del poder, es menester la desmesura y la proliferación abundante de las líneas de fuga.

 

 

  1. La organizaciones sociales no son, de por sí una garantía, para resistir a la atracción del poder, del polo ficticio del poder, que se alimenta de potencia social. Es menester que la movilización pueda atravesar los límites de las representaciones, que son otras prácticas, delegadas, de las formas polimorfas de poder.

 

  1. Para mantener la permanente creación de la potencia social, es menester mantener abierta, de manera permanente, la capacidad inventiva, la flexibilidad de las composiciones y organizaciones sociales, haciendo recaer el condicionamiento en la facultad dinámica y participativa, no en los efectos molares, estadísticos, orgánicos e institucionales.

 

  1. El polo ficticio del poder, las instituciones imaginarias, deben ser absorbidas por el polo “real”, la potencia social. Esto puede ocurrir en transiciones continuas emancipadoras y liberadoras.

 

  1. La caída de la potencia social, de las fuerzas y composiciones de la potencia social, de la movilización prolongada boliviana, en las redes institucionales del Estado-nación, se debió a que las anteriores condiciones de posibilidad no se cumplieron.

 

 

 

 


[1] Murphy, John (1999) Technical analysis of the Financial Markets. Revisar también Wikipedia, Enciclopedia libre.

[2] Nos referimos al concepto usado por René Zavaleta Mercado de momento constitutivo. Leer Lo nacional-popular en Bolivia; Plural, La Paz.

[3] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Horizontes de la descolonización. En publicación Abya Yala; Quito 2014. Horizontes Nómadas, Dinámicas moleculares, pradawordpress.com; La Paz 2012, 2013, 2014.

[4] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Genealogía del Estado. Dinámicas Moleculares; La Paz 2013.

[5] Hablamos del Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK).

[6] Hablamos del colectivo Comuna.

[7] Hablamos del Grupo Octubre.

[8] Revisar de Raúl Prada Alcoreza El espesor de la Asamblea Constituyente; Bolpress, La Paz, 2012. Dinámicas moleculares; La Paz 2013. También, del mismo autor, Descolonización y transición; Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[9] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Potencia, existencia y plenitud. Rebelión; Madrid 2013. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[10][10] Revisar de Raúl Prada Alcoreza El meandro de los gobiernos progresistas; Rebelión; Madrid 2013; Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[11] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Reflexiones sobre el “proceso” de cambio. Rebelión; Madrid 2013. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[12] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Monopolio y desposesión. Horizontes nómadas; La Paz 2012.

[13] Revisar de Raúl Prada Alcoreza La guerra de la madre tierra. Horizontes nómadas, Dinámicas moleculares; La Paz 2011, 2012, 2013. Rebelión; Madrid 2013. Autodeterminación; La Paz 2012. También revisar Madre tierra y vivir bien; Dinámicas moleculares; La paz 2013.

[14] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Extractivismo colonial y política monetarista. Rebelión; Madrid 2013. Bolpress; La Paz 2013; Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[15] Revisar de Raúl Prada Alcoreza La lucha por el porvenir. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

Reflexiones sobre el “proceso” de cambio

Reflexiones sobre el “proceso” de cambio[1]

Raúl Prada Alcoreza

moebiuscabezadesierto

Supongo que lo que interesa a la carrera de filosofía de la UMSA, que es la auspiciadora de este seminario, que precisamente pretende reflexionar sobre el proceso político. No tanto así como efectuar reflexiones políticas, sino teóricas, aunque, como dice Françoise Lyotard, la filosofía hace política. Intentaremos entonces una reflexión teórica sobre el llamado proceso de cambio. ¿Qué es entonces lo primero que tenemos que poner sobre la mesa de reflexión acerca del proceso? ¿La caracterización del proceso? ¿Las contradicciones del proceso? ¿Un análisis comparativo con otros procesos políticos? ¿Cómo caracterizar el proceso? ¿A partir de cómo la definen sus protagonistas? ¿A partir de la crisis de dónde emergió? Comenzaremos por definir la crisis de donde emergió el proceso; entonces comenzaremos por la caracterización de la crisis.

Como estamos en un seminario de filosofía, que se propone reflexionar sobre el proceso político, debemos priorizar, se supone, la reflexión teórica; entonces es conveniente definir dos conceptos iniciales de la reflexión, crisis y proceso. Etimológicamente crisis quiere decir momento decisivo, situación inestable; viene del latín crisis y del griego krísis, que significa punto decisivo, viene de krínein, que quiere decir separar, decidir[2]. Desde la perspectiva médica se ha hecho hincapié en el sentido de descompensación fisiológica; una ruptura del equilibrio fisiológico. De ahí al concepto de crisis en la teoría de sistemas no hay mucho trecho; la teoría de sistemas habla de crisis cuando el sistema, los subsistemas componentes, los intercambios entre ellos, la retroalimentación con el entorno, ya no puede darse; ya no hay posibilidades de reproducción del sistema. El sistema entra en crisis. Ciertamente es un concepto abstracto, tiene el sentido de crisis estructural y sistémica. Jürgen Habermas  la ha usado en este sentido, dándole también la tonalidad de problemas de legitimación. El marxismo se ha referido a la crisis haciendo referencia a la crisis estructural y orgánica del capitalismo, crisis descifrada a partir de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, interpretada a partir de las dificultades para mantener la tendencias ascendentes de las tasas de ganancia; crisis que también es entendida, en un marco general, como crisis de acumulación, crisis de sobre-producción, también crisis de la reproducción del modo de producción capitalista. De aquí, se pasa a las consecuencias políticas y a las crisis sociales; las crisis políticas son entendidas como crisis del Estado, las crisis sociales son interpretadas desde la intensidad de la lucha de clases. Los análisis políticos, casi en general, hablan de crisis refiriéndose a hechos diferentes; crisis de gobierno, crisis de representación, crisis del sistema de partidos políticos, crisis coyunturales específicas. Como se podrá ver, el término crisis se presta a un abanico polisémico amplio; empero, de todas maneras, no pierde su raíz; momento decisivo, situación inestable, incluso momento de ruptura, de separación.

En Bolivia se ha hablado de crisis de una manera connotativa más o menos amplia; se ha hecho alusión a una crisis múltiple del Estado, caracterizando al Estado como Estado colonial, aunque la referencia se la hacía al Estado-nación. En este contexto connotativo, la referencias más puntuales se dirigían a la crisis del modelo neoliberal, a la crisis de los gobiernos neoliberales, a la crisis de representación, a la crisis del sistema de partidos; aunque también las connotaciones alcanzaban a la crisis de la sociedad y el Estado boliviano. Interesa detenerse en estas lecturas de la crisis o, mas bien, en esta lectura del acontecer político desde la crisis.

Como se trata de reflexiones teóricas, que también llamaremos problemas filosóficos, relativas a la experiencia del proceso de cambio, vamos a tratar de identificar problemas teóricos en los análisis, las interpretaciones y los discursos referidos a la contingencia política, social, económica y cultural del proceso. En adelante haremos un repaso a lo que consideramos los principales problemas teóricos del análisis y de la crítica de la política.

Un primer problema aparece con el atributo mismo de las teorías; se trata de cuerpos hipotéticos y de tesis que arman explicaciones lógicas de los acontecimientos que observan, convertidos, si se quiere, en “objetos” de estudios. El problema no se encuentra en que los acontecimientos se conviertan en “objetos” de estudio, sino en la forma como lo hace y lo logra esta mirada, que es la teoría. La teoría forma parte del mundo como representación. Para que se entienda bien, no se desecha la teoría, el servicio de la teoría en la construcción de explicaciones y en la formación del conocimiento; el problema radica en el uso que se hace de la teoría. Los usos teóricos, al otorgarle una significación estructurada a los acontecimientos que estudian, terminan no sólo representando estos acontecimientos, en forma de recortes de realidad, sino que son concebidos como si funcionaran desde la lógica preformada por los cuerpos teóricos. Las analogías encontradas entre lógicas teóricas y las “secuencias” de los procesos inherentes a los acontecimientos ayudan a esta sustitución de los procesos por las lógicas. Indudablemente estas “reducciones” ayudan a explicar los hechos, los sucesos, los eventos y los acontecimientos, a través de la comprensión de relaciones, de estructuras, de sistemas, de composiciones más o menos complejas. Sin embargo, no hay que olvidar nunca que, el acontecimiento no es representación, no es “realidad”, que es otra representación, sino la diferencia absoluta irreductible. Por otra parte, la misma teoría experimenta su propia transformación; las teorías concurren mejorando, adecuando, desplazando, renovando e inventando nuevas explicaciones. Ciertas teorías quedan rezagadas en relación a la aparición de nuevas problemáticas, que son el resultado del desplazamiento de los horizontes de visibilidad y decibilidad de la experiencia. Otro problema radica entonces en las resistencias de las teorías a quedar descartadas; se empecinan por mantenerse, creando, como dice Karl Popper, hipótesis ad doc[3]. Al respecto de este empecinamiento, obviamente no se trata del empecinamiento de las teorías, pues éstas no son sujetos, como suelen convertirlas, por una especie de fetichismo teórico, sino del empecinamiento de los sujetos que usan las teorías. Cuando esto ocurre, se da lugar como a por lo menos tres desfases; primero, en relación a la que identificamos anteriormente, el desfase entre representación y acontecimiento; segundo, el desfase entre teoría y problemática; tercero, el desfase entre la problemática misma y otras problemáticas posibles, que se encuentran opacas o invisibles a la mirada teórica.

En relación a estos desfases, los mejores “instrumentos” para recorrer estas distancias y re-articular los desfases son: en primer lugar, la intensidad y la expansión de la experiencia social; en segundo lugar, la crítica. La virtud de la crítica es que hace visible las problemáticas, identifica los límites de las teorías y busca replanteamientos estructurales. La vitalidad de la experiencia social es que extiende, desplaza, los horizontes de visibilidad y decibilidad, por un lado, y profundiza los espesores de la subjetividad. Ambas, la crítica y la experiencia, nos permiten, posibilitan, no solamente desplazar los horizontes epistemológicos, sino también y sobre todo, replantear las relaciones y articulaciones entre teoría, experiencia, subjetividad y la experiencia de los acontecimientos.

Como dijimos a un principio, la discusión que nos trae es política; entonces también hablamos de la pasión política, de la pasión como substrato de la política. El discurso político es mucho menos cuidadoso que el discurso teórico; no se hace problema si se trata de representaciones, si estas representaciones son cuestionables y contraen problemas de configuración. Usa el discurso como si éste hablara directamente de “realidades”; no hay ni siquiera una pretensión de verdad, sino, mas bien, una pretensión de “realidad”. El discurso político está directamente vinculado con la fuerza que se emplea respecto a las materias y objetos de poder. El discurso político acompaña a la fuerza; no está para demostrar su verdad, sino está para legitimar la fuerza que se emplea. Entonces, cuando tratamos con el discurso político, no solamente respecto al horizonte de las representaciones, sus límites, en relación a la complejidad del acontecimiento, sino cuando estamos ante los límites mismos de una “ideología”, en pleno sentido de la palabra, como fetichismo del poder, estamos ante un discurso que se considera la expresión misma de la “realidad”, produce “realidades”.

El discurso político es un dispositivo para la acción, no se plantea problemas de verdad, no tiene exactamente pretensiones de verdad, sino que, le interesa directamente incidir en los hechos. Si el discurso político alude a teorías, no lo hace tanto para manifestar su pretensión de verdad, tampoco para reflexionar sobre su propia actuación, sino que usa los fragmentos teóricos como herramientas en su disposición para la acción. Ahora bien, el discurso político puede entrar a la acción con pretensiones emancipatorias o, en su caso, de manera opuesta, puede hacerlo con pretensiones institucionales, buscando el apoyo a las políticas públicas. En ambos casos, el discurso político forma parte de la acción; en un caso, contestataria, o, de lo contrario, reforzando la institucionalidad del Estado. Lo que hay que tener en cuenta es esta característica del discurso político; desde esta perspectiva parece vano entrar en debate teórico o, si se quiere, científico con el discurso político. Aunque se dé una especie de comunicación, incluso se den respuestas por parte del discurso político, esto no quiere decir que asistimos a un debate teórico o científico, sino a un intercambio discursivo donde no se modifica el funcionamiento de la política, que produce “realidades”, tampoco el funcionamiento y las lógicas teóricas, que produce verdades. Las prácticas políticas se fortalecen, por la manera cómo manejan las teorías; las fragmentan y las usan para apoyar los propios objetivos, que son mas bien posicionamientos. Las teorías terminan vulgarizadas y de alguna manera devaluadas por este uso político; rara vez ocurre que el uso de las teorías, en los escenarios políticos, derivan en una interpelación con efectos políticos demoledores, obligando a modificaciones en las prácticas políticas. Cuando esto ocurre es que las prácticas políticas, el estilo coyuntural y periódico, correspondiente a una época, se encuentran en crisis.

Por eso, cuando nos invitan hablar del proceso de cambio, es decir, del proceso politico que se vive en Bolivia desde inicios del siglo XXI, debemos contextualizar los ámbitos de la reflexión y la discusión. Preferimos, en principio, separar, metodológicamente, el ámbito teórico del ámbito político, para después enfocar sus zonas de yuxtaposición.

Una mirada teórica sobre el llamado proceso de cambio

De entrada tenemos un problema teórico; proceso es un concepto teleológico, supone una finalidad, a la que se llega precisamente mediante un proceso, que pasa por etapas de aproximación. El proceso procesa, por así decirlo, las condiciones de posibilidad histórica, los medios, las fuerzas involucradas, llevándolas hacia el fin propuesto. Se trata de  una producción histórica. A propósito, el concepto de proceso es concomitante con el concepto de producción. Si estas son las características del concepto proceso, se entiende que se tienda a evaluar el proceso de acuerdo a las finalidades propuestas. No es esta valorización de ninguna manera un contra-sentido, sino mas bien algo coherente con el concepto mismo de proceso. El problema no radica ahí, sino en llamar proceso al acontecimiento político experimentado. La ventaja del concepto de acontecimiento es que no es teleológico; no supone ningún propósito, ni de la providencia ni de la historia. El concepto de acontecimiento, como multiplicidad y pluralidad de singularidades, está abierto a distintas contingencias, a diferentes posibilidades, a la aleatoriedad misma de múltiples juegos de fuerzas.

Si queremos salir del acto de juzgar el proceso, juzgar en el sentido jurídico del término, como tarea de jueces, ya sea para bien o para mal, negativamente o positivamente, observando sus desviaciones o, en su caso, haciendo apología de su consecuencia, debemos, en primer lugar dejar de hablar de proceso. Debemos decir categóricamente que no hay proceso; lo que hay, es ciertamente un acontecimiento político, en el que estamos insertos, lo que hay es una lucha entre tendencias encontradas, además de una lucha de estas tendencias en relación a las condiciones de posibilidad histórica, que casi todas ellas llaman “realidad”. Condiciones de posibilidad que las tendencias tratan de controlar o inducir para lograr sus propósitos. Lo que ocurra no depende de sus voluntades sino del juego azaroso de las fuerzas, de las contingencias, y, ciertamente, de la dosis de consecuencia que se imprime en las acciones, dependiendo de una suerte de acumulación y disponibilidad de fuerzas.

Es preferible entonces tratar de comprender la complejidad del acontecimiento político, que se vive desde el 2000, que buscar juzgarlo, de una u otra manera. Con este propósito intentaremos proponer algunas hipótesis interpretativas del acontecimiento político.

Hipótesis

  1. Lo que se experimenta como acontecimiento político es una lucha no sólo de tendencias voluntarias y conscientes, inherentes a los partidos, las organizaciones, los movimientos sociales, las clases sociales, naciones y pueblos, sino la lucha de estas tendencias con las condiciones de posibilidad, los desplazamientos materiales y subjetivos, que no controlan. Entonces se da como una concurrencia de desplazamientos materiales y subjetivos no controlados y tampoco suficientemente visibilizados, desplazamientos que inciden en el decurso de la actualización concreta de la complejidad en las coyunturas sucesivas.
  1.  En la interpretación del acontecimiento político es imprescindible identificar las tendencias en juego y la disponibilidad de fuerzas con las que cuentan; además es indispensable identificar algunas de las condiciones de posibilidad histórica y de los desplazamientos materiales y subjetivos en curso, por lo menos los que parecen de mayor condicionalidad e incidencia.
  1. De las tendencias concurrentes, la que cuenta con mayor disponibilidad de fuerzas, por lo menos hasta ahora, es la tendencia oficial, la gubernamental y la estatal; tendencia dominante en el escenario. Sin embargo, esto no quiere decir que controle las condiciones de posibilidad y los desplazamientos materiales y subjetivos concurrentes. Tampoco que logre vencer y dominar a las otras tendencias en juego. Por eso la tendencia dominante está sujeta a contingencias, así como a sus propias pugnas internas. Muchas de sus acciones desatan consecuencias inesperadas para los propios actores oficiales.
  1. Por lo menos desde el 2009, desde la segunda gestión del gobierno popular, la otra tendencia, con disponibilidad de fuerza, si se puede hablar en singular y no en plural, como corresponde, no es, desde nuestro punto de vista, la llamada “derecha”, que comprende a los partidos conservadores, ligados a las oligarquías regionales, a la burguesía y a los terratenientes, aunque como clases sociales sigan contando con un dominio económico apreciable. La tendencia con disponibilidad de fuerza, por lo tanto, con capacidad de incidencia, corresponde a las organizaciones sociales que se ha colocado en posición crítica y demandante respecto al gobierno. De entre estas organizaciones hay que destacar a las organizaciones indígenas y la las organizaciones sindicales, aglutinadas en la COB. Fuera de estas organizaciones sociales, han tenido incidencia intermitente y coyuntural, otras organizaciones como los comités cívicos y gremialistas. Estas incidencias en los acontecimientos se comprueba en determinadas coyunturas intensas, como la que corresponde al levantamiento popular contra el “gasolinazo”, que obligó al gobierno a retirar la medida; también en el Conflicto del TIPNIS, sobre todo con la llegada de la VIII marcha indígena, que obligó al presidente a promulgar una ley en defensa del TIPNIS; así como la actual movilización y huelga indefinida de la COB, que obliga al gobierno a revisar y discutir su promulgada ley de pensiones.
  1. La otra tendencia con disponibilidad de fuerza y capacidad de incidencia son las clases económicamente dominantes, como la burguesía, los agro-industriales, los banqueros. La burguesía recompuesta, que no necesariamente se confronta con el gobierno, al contrario, ha optado por incidir en sus políticas públicas, sobre todo económicas; tiene una comprobada incidencia en el decurso de los acontecimientos.
  1. En el contexto internacional, del cual Bolivia forma parte ineludible, las empresas trasnacionales, el sistema financiero internacional y el contexto del orden mundial, conforman lo que podemos llamar las estructuras condicionantes en el mercado mundial y en el orden mundial y regional. Estas estructuras condicionantes llegan a convertirse en tendencias en  juego, en el contexto del país, a través de los agentes y agenciamientos operativos.
  1. En el mismo contexto internacional, mas bien regional, debemos citar a otras estructuras condicionantes, cuya presencia trata de compensar la influencia y la incidencia de las estructuras condicionantes internacionales, dominantes y hegemónicas. Estas estructuras de compensación son los gobiernos afines de la región, los organismos de integración, como el ALBA, el UNASUR y el CELAC, además del MERCOSUR y la Comunidad Andina.
  1. Ciertamente también se encuentran como tendencia de incidencia, en este contexto de tendencias en juego, la que comúnmente se ha identificado políticamente como “derecha”; hablamos de partidos políticos conservadores. Aunque debilitados desde el 2008, tienen representación en el Congreso, en menos de 1/3, además de controlar dos gobernaciones, fuera de la vocería que adquieren en los medios de comunicación.
  1. Otra tendencia, cuya disponibilidad de fuerza es mas bien local que “nacional”, con cierto impacto regional, es la relativa a un posicionamiento de centro, con variantes de centro-izquierda y variantes de centro-derecha, por las últimas alianzas electorales logradas.
  1. En lo que respecta a las condiciones de posibilidad histórica, podemos nombrar a la condición estructural de Bolivia en la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Como parte de las periferias y su condicionamiento histórico como país condenado al extractivismo, al modelo primario exportador, y al Estado rentista, la dependencia ha llegado formas extremas, limitantes, obstaculizadoras y generando un circulo vicioso gravitante.
  1. Otra condición de posibilidad histórica tiene que ver con lo que llamaremos la historia de las estructuras subjetivas de las sociedades, de las naciones y de los pueblos. Estas estructuras subjetivas son como las memorias de estas sociedades, de estas naciones y de estos pueblos; pero, también sus estados de ánimo. Como dijimos en otro texto[4], cuando hablamos de estructura lo hacemos metafóricamente, mucho más cuando nos referimos a estructuras subjetivas. No podrían darse tales estructuras, ni como una macro-estructura que comprenda la memoria y el estado de ánimo de un pueblo, ni como micro-estructuras que se hallaran inscritas en cada uno de los individuos. Sencillamente se trata de una manera de organizar la explicación y el análisis, corriendo el riesgo de convertir a la estructura en un sustituto del sujeto, sujeto de la filosofía o de la psicología, convirtiéndola en algo así como la combinatoria inherente al funcionamiento de una composición dada; en este caso de una multiplicidad de subjetividades. Recurrimos auxiliarmente y provisionalmente a este concepto de estructura para usarlo como nombre comodín, como nombre de algo, en este caso de experiencias, memorias y ánimos de pueblos. Lo que interesa es esto último, pues, suponemos, que las experiencias, las memorias y los ánimos, de las sociedades y de los pueblos, se sedimentan y estratifican en sus imaginarios, de tal suerte que se convierten como en condiciones de posibilidad subjetivas.
  1. Otra condición de posibilidad histórica tiene que ver con el mapa institucional, en otras palabras, la cobertura institucional en relación a la extensión de la misma sociedad. El mapa institucional puede abarcar más o menos la extensión misma de la sociedad, puede capturar torrentes constantes de las dinámicas moleculares sociales, en zonas más o menos extensas de la reproducción social; en este sentido incide preponderantemente en la orientación de la reproducción social, convirtiéndola en el substrato primordial del Estado. Cuando el mapa institucional tiene una cobertura tan grande como la extensión misma de la sociedad, el Estado habría integrado a la sociedad a la reproducción misma del Estado; hablaríamos de un Estado realizado y consolidado. Este es el objetivo de los que propugna la consolidación del Estado-nación. En todo caso, un mapa institucional extenso y articulado, un Estado-nación integrado, hacen de maquinarias abstractas de poder lo suficientemente gravitantes como para incidir en el decurso de los acontecimientos, sin necesidad de controlarlos.
  1. Otra condición de posibilidad histórica puede ser nombrada como mapa de las organizaciones sociales, que hacen como contraste del mapa institucional. El accionar de las organizaciones sociales, su convocatoria, sus demandas, sus movilizaciones y luchas, puede oponerse a los agenciamientos concretos de poder de las instituciones, por lo tanto, puede desordenar la consistencia del mapa institucional, o, en su caso, de manera distinta, en por lo menos, algunos casos, puede reforzar los efectos de poder del mapa institucional.

¿Cuál es el problema de este cuadro de hipótesis? En primer lugar que es un cuadro, por lo tanto una pintura y un punteo de tendencias y de condiciones de posibilidad histórica, a las que se ha llegado analíticamente, diferenciando, líneas, aspectos y tópicos, incluso temporalidades. Una vez hecho esto, son como fichas de un rompecabezas, a las que hay que volver a reunir encajando, para armar el cuadro. El problema es que se le atribuye “vida” propia a cada una de estas fichas separadas, como si estuvieran animadas y fuesen autónomas, cuando esto no ocurre en absoluto. En “realidad” estas fichas separadas ni tienen vida propia, ni son autónomas, ni funcionan separadas. No hay fichas separadas, todo ha funcionado efectivamente como conjunciones complejas y articuladas; no hay tal separación analítica. Esto es parte del fetichismo teórico, del que hablamos al principio. Por lo tanto, si asumimos el acontecimiento como configuración espacio-temporal, como matriz múltiple y compleja, en la cual nos encontramos insertos, no es posible pensar analíticamente, separando piezas, para estudiar sus relaciones y causalidades. Es menester pensar pluralmente el acontecimiento como multiplicidad de singularidades.

Con esta aclaración y esta advertencia, podemos aproximarnos a éstos propósitos del pensamiento pluralista, usando las hipótesis, en hipotéticos movimientos, flujos, torrentes singulares, en constante composición y re-composición.

Aproximaciones al acontecimiento político

Quiero retomar esta aproximación al acontecimiento político recordando una apreciación altamente, sugerente y esclarecedora, que pronuncio Vicky Ayllón en la presentación de un libro de Luis Tapia sobre los grupos roqueros de la ciudad de el Alto y la Ciudad de la Paz[5].  Vicky Ayllón dijo que el problema de dar nombres a los grupos, de nombrarlos, no sólo cómo se nombran a sí mismos, de acuerdo a la identificación de su banda, sino el nombre que les atribuye el autor, al calificarlos de underground, es hacerlos existir de esa manera, atribuirles un sentido, el valorado por el investigador; además el nombrar a unos y no nombrar a otros, es como hacerlos existir a unos y condenar a la in-existencia a otros, por lo menos a aquella existencia documentada por los libros[6]. Por lo demás, el libro de Luis Tapia es el resultado de una investigación vivencial, pues el investigador era amigo de los grupos roqueros y los visitaba donde tocaban. Además de mostrarnos otra de las facetas de este teórico e investigador, el libro tiene la virtud de alumbrar en la oscuridad refugiada del underground de los jóvenes rebeldes. Volviendo a Viky Ayllón, quiero tener en cuenta esta observación, pues cuando escribimos sobre el acontecimiento político, también nombramos y terminamos dando existencia escrita a lo que nombramos, atribuyéndole un sentido, el del analista, teórico, intérprete, escritor y activista. Se produce entonces una “captura” de las experiencias múltiples y singulares en el sentido teórico asignado. De alguna manera esta significación se convierte en código de intercambio, en sentido compartido, en la medida que los textos se difunden y  son apropiados. Puede ocurrir, a su vez, que los textos difundidos sean usados por otros portadores de discursos, entonces los sentidos que circulan vuelvan a ser “capturados” por otras composiciones discursivas. Pero, lo que interesa, en este caso, es que las singularidades del acontecimiento son “capturadas” por otras singularidades, conformando composiciones, de sentido, que llegan a ser políticas, debido al uso en el tráfago de las fuerzas. ¿A dónde apuntamos con esto? No es posible decir la verdad del acontecimiento político, pues tal verdad no existe; lo que se dan son distintas perspectivas, dependiendo de los referentes. Algunas perspectivas son más compartidas que otras, en la medida que su uso sea más difundido, además de lograr mayor “captura” que otras perspectivas.

Al respecto, no estoy seguro del alcance de la difusión de los análisis críticos del colectivo Comuna respecto al seguimiento de los movimientos sociales del 2000 al 2005, tampoco de la expansión de las “capturas” logradas de las singularidades de los acontecimientos; empero, de alguna manera, sus libros fueron referencia para la academia y la discusión política. En este sentido, es conveniente revisar los sentidos y significaciones teóricas y políticas asignadas por Comuna al acontecimiento político de las movilizaciones sociales de ese periodo. Algo que se compartió con otros colectivos y activistas, además de los voceros de las organizaciones sociales involucradas, además de organizaciones políticas, es haber nombrado esta experiencia multitudinaria como proceso. Entonces ya este concepto conducía la interpretación y el análisis en una dirección teleológica; el proceso semi-insurreccional, pues así se hablaba y se escribía, conduce los levantamientos, las rebeliones, las resistencias, las luchas, las movilizaciones, hacia finalidades inscritas en la memoria indígena y en la memoria popular. Estas finalidades no podían ser otra cosa que la descolonización y la nacionalización de los recursos naturales; de estas finalidades, compartidas por las organizaciones sociales, se encontraron otras finalidades más definidas y de efecto estatal. Hablamos de las figuras concebidas de la transformación estatal. Al principio estas figuras tenían que ver con las distintas perspectivas de lo que se entendía por descolonización, por una parte, y nacionalización, por otra parte. Por ejemplo, el CONAMAQ entendía por descolonización la reconstitución del Collasuyu y del Tawantinsuyu; el CIDOB ya había trabajado la idea del Estado plurinacional; las organizaciones campesinas hacían hincapié en la reforma agraria, aunque compartían distintas propuestas sobre la transformación del Estado, desde las propuestas por las organizaciones indígenas hasta las propuestas socialistas, pasando por la consolidación del Estado-nación. Las organizaciones sindicales de los trabajadores no abandonaron el horizonte definido por sus tesis legendarias, el socialismo, aunque también compartían fuertemente la idea de la consolidación del Estado-nación, recurriendo a su memoria nacional-popular.

La forma como se llega a definir la finalidad del Estado plurinacional social-comunitario, fue lograda en reuniones, seminarios, talleres, conferencias y “congresos” del Pacto de Unidad. A esta significación del proceso se llega por el camino de “capturas” de singularidades. Son las organizaciones sociales, las dirigencias de estas organizaciones, los asesores de las organizaciones, las ONGs de apoyo, los dispositivos de “captura”, que coadyuvan a componer una interpretación más o menos compartida. Es así como la finalidad del Estado plurinacional social-comunitario fue asumida orgánicamente. Es así también como el proceso fue interpretado como una producción política del Estado plurinacional social-comunitario. Empero, que la finalidad compartida orgánicamente por el Pacto de Unidad sea la del Estado-plurinacional social-comunitario no quiere decir que el Pacto de Unidad controlaba todas las variables en juego en el contexto de las fuerzas; era la voluntad del Pacto de Unidad, que de ninguna manera garantiza per se que el decurso de los acontecimientos desatados conduzca a tal finalidad. Este decurso no depende de la voluntad orgánica, incluso si llegara a comprometer y convencer a otras fuerzas, como ocurrió en la Asamblea Constituyente, sino del juego y del peso de las fuerzas puestas en juego, de las tendencias, su gravitación, y de las condiciones de posibilidad histórica, la condicionalidad e incidencia de las mismas. Por eso, podemos decir que lo que hacen el Pacto de Unidad y, después, la Asamblea Constituyente, en este recorrido, también Comuna, es estructurar una voluntad, interpretando el acontecimiento político como proceso. El MAS, como “partido” político, va terminar de asumir, en su generalidad, este discurso, “capturando” también sentidos y singularidades. No vamos a detenernos en cómo haya entendido el MAS la finalidad Estado plurinacional comunitario autonómico, que corresponde a los desplazamientos logrados en la Constitución respecto del Estado social comunitario del Pacto de Unidad. La interpretación oficial más se parece a la “captura” del símbolo caudillo de la gama de significaciones del proceso, que ya era una interpretación teleológica del acontecimiento político experimentado multitudinariamente. Lo que interesa, por el momento, es que se construye un sentido común sobre el acontecimiento experimentado colectivamente, se le llama proceso, al que se le asigna una finalidad, el Estado plurinacional comunitario y autonómico.

Los límites de este sentido común, de esta interpretación compartida, de esta lectura del acontecimiento como proceso, aparecen prontamente ante las dificultades evidentes de construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico. Lo sugerente, ante la constatación de los problemas de la interpretación, son las hipótesis ad hoc que se crean, para conservar a la interpretación construida. El gobierno dice que ya se ha logrado el Estado plurinacional comunitario y autonómico; la crítica, que llamaremos de “izquierda”, dice que no se ha alcanzado este objetivo, que más bien nos mantenemos en el Estado-nación, restaurado y consolidado. La derecha asume que eso que tiene ante los ojos es el Estado plurinacional, aprovechando sus resultados para criticarlo, buscando, mas bien, restaurar el Estado de derecho. En otras palabras, todos asumen la finalidad enunciada como referente suficiente para evaluar el proceso. De esta manera, todos terminan juzgando el proceso desde la perspectiva de su finalidad.

Como dijimos, el acontecimiento no se reduce al proceso; hay un campo de posibilidades abierto. Por donde vaya el decurso, depende de las contingencias, la disponibilidad de fuerzas de las tendencias y de la gravitación de las condiciones de posibilidad históricas. Esto no quiere decir que no se tengan objetivitos, que no se tengan finalidades, tampoco, mucho menos, que haya que renunciar a la voluntad. Lo que no se puede hacer es reducir la complejidad del acontecimiento a la idea de una secuencia preformada, la de proceso por ejemplo, y confiar, que como estamos en un proceso, la secuencia de los eventos seguirá la lógica de una producción planificada. Como no ocurre esto, cuando los hechos contrastan con la idea de proceso, sobre todo con sus finalidades no logradas, las tendencias en pugna generalmente recurren a explicaciones fáciles. La tendencia radical tiende a explicarse la no realización plena del proceso debido a inconsecuencias, incluso a traiciones; la tendencia conservadora, ya acomodada en el gobierno, tiende a explicar la incomprensión de la crítica debido a una conspiración interna, que termina apoyando a la derecha derrocada. Las pugnas internas al bloque “revolucionario” arrecian, a pesar de los esfuerzos por acallarla y ocultar la presencia de tendencias. Lo que comúnmente se llama “derecha”, se explica lo que ocurre como si hubiera esperado que pase; dice que no podía ser de otra manera, cuando el Estado se hace cargo de la economía, vuelve a comprobarse que es un mal administrador. A la “derecha” todo le parece el fracaso del socialismo; entonces cree volver a ratificar sus aseveraciones sedimentadas en su concepción de fin de la historia; el mundo no puede llegar a ser otra cosa de lo que es.

Se trata de distintos planos, por así decirlo. Un plano o plano-meno, plano de intensidad, es el del acontecimiento; otro plano, mas bien de representación, el que corresponde a la idea que se tiene del acontecimiento, que en este caso es la idea de proceso, donde se presenta la voluntad estructurada como programa, finalidad, constitución. Pretender mantener la idea que se tiene, en este caso, la de proceso, a pesar de las contrastaciones, es un suicidio. Lo aconsejable es conocer mejor la complejidad del acontecimiento, mejorar las representaciones que se tienen, adecuar la voluntad estructurada y la estructura de la voluntad a la complejidad puesta en juego, adecuar las finalidades, mejorando también las formas de intervención y los agenciamientos de transformación. Lo que importa es comprender mejor cómo funcionan las fuerzas puestas en juego, cómo funcionan las dinámicas moleculares, cómo funcionan las composiciones moleculares, también cómo funcionan las composiciones molares. En una coyuntura concreta, un periodo y contexto específicos, qué efectos institucionales se dan, qué efectos transformadores provocan las movilizaciones, cuáles son las consecuencias del forcejeo entre el mapa institucional y el mapa de las organizaciones.

Ahora bien, este saber del acontecimiento no es deducción teórica, sino efecto de la acumulación de la experiencia activista y de los movimientos sociales. Este saber colectivo puede convertirse en teoría; esto ayuda a tener una comprensión novedosa del acontecimiento y de la experiencia social de las recientes movilizaciones y luchas. Esta dinámica interpretativa forma parte del aprendizaje social y colectivo, del desplazamiento de los horizontes de visibilidad y decibilidad, de la acumulación de experiencia. Ante esta exigencia, esta vertiginosidad y volatilidad de la imaginación social, inducida por los desplazamientos de la experiencia, se oponen desesperadamente resistencias representativas, que se adhieren a lo que pretenden que son cuerpos fijos teóricos, verdades eternas. Es de estas posiciones conservadoras, de esta ilusión de verdad, de las que se alimentan los “aparatos ideológicos” del Estado, ahora tomados por los “revolucionarios”. Esta es una negativa al aprendizaje y una clara muestra de la convicción de que se trata de defender el poder tomado, por lo tanto una renuncia a las transformaciones.

Sin embargo, el mismo peligro la experimenta el ala radical del proceso; al mantenerse en esta representación teleológica del acontecimiento politico. Tampoco quiere aprender de la experiencia al explicar lo que acontece por las inconsecuencias y traiciones. Hay que abandonar definitivamente la teoría de la conspiración. No sirve, es pueril y simple, como para ayudar a comprender la complejidad, el juego de las fuerzas,  las dinámicas moleculares y molares, las relaciones y las estructuras de poder en juego.

En relación a lo que acabamos de escribir, es menester proponer un segundo grupo de hipótesis; ahora de carácter dinámico, ya no como cuadro.

Hipótesis dinámicas

  1. El acontecimiento politico que vivimos, cuya referencia inicial acordada es fines del siglo XX y principios del siglo XXI, acontecimiento múltiple en cuanto a la proliferación de hechos, eventos, sucesos y desplazamientos diversos, acontecimiento registrado en la experiencia plural de las multitudes, sociedades, pueblos, clases sociales, se mueve en un espacio-tiempo curvo, no-lineal, que no se reduce tampoco a un solo plano, sino mas bien comprende múltiples planos en un espesor magmático.
  1. Cuando estalló la guerra del agua, entre fines de 1999 y principios de 2000, había distintas posibilidades de secuencias contenidas; una de ellas, es la experimentada. La experiencia vivida se resume en la siguiente secuencia: La primera victoria del bloque popular, de la Coordinadora del Agua y por la Defensa de la Vida; la renuncia del gobierno de coalición a la Ley de Agua; la aceptación, a regañadientes, de la salida de la empresa trasnacional del agua, Aguas del Tunari, subsidiaria de la  Bechtel; la continuidad de la movilización general hasta la segunda guerra del gas, mayo y junio del 2005, pasando por la primera guerra del gas, en octubre del 2003, la caída del gobierno de Sánchez de Lozada, la primera sucesión constitucional, la renuncia de Carlos Mesa, la segunda sucesión constitucional; la victoria electoral del MAS, la asunción del gobierno por el primer presidente indígena. Como otros decursos posibles, se podría dibujar, por ejemplo, el siguiente: el gobierno de coalición podía no sólo aceptar lo que aceptó, sino podía revisar su política privatizadora, amortiguando sus impactos, buscando resolver el conflicto social. ¿Qué hubiera pasado si los gobiernos de coalición hubieran aprendido la lección de la derrota, en vez de insistir en el proyecto, de una forma represiva, acusando a los dirigentes de las movilizaciones como terroristas, incluso narcotraficantes? Por otra parte, ¿qué hubiera ocurrido si no se daban las movilizaciones, bloqueos y sitio de ciudades, indígenas y campesinos de septiembre de 2000? Decimos eso, pues en la CSUTCB se dio al respecto una discusión; no todos estaban de acuerdo con la movilización y el sitio. En la discusión se impuso la tendencia radical, que terminó conduciendo la movilización, los bloqueos y el sitio a las ciudades. La proximidad entre uno y otro evento, la guerra del agua y el sitio a las ciudades, terminó impregnando a los acontecimientos, a los movimientos sociales involucrados, un halo de corriente incontenible, de rebelión desbordante indetenible. Lo que vino después contó con este impulso de continuidad semi-insurreccional. Lo que queremos decir es que, si se dio lugar la secuencia de eventos que se sucedieron no fue porque había una lógica inscrita en un proceso desenvuelto en la historia reciente, sino porque en el contexto de las fuerzas en pugna, de las tendencias evidenciadas, de las condiciones de posibilidad histórica y las condiciones de posibilidad subjetivas constatadas, las fuerzas insubordinadas, rebeldes, movilizadas, lograron mantener la convocatoria abierta de la movilización, radicalizando sus objetivos. Ante este desafío popular, las fuerzas que defendían a los gobiernos de coalición recurrieron a la represión ascendente, llegando, de este modo, a la masacre en la ciudad de El Alto, en octubre de 2003. Este fue un momento no sólo de alta intensidad de las luchas, quizás el de más alto nivel, sino también una coyuntura de encrucijadas, además de punto neurálgico de decisiones. ¿Qué hubiera pasado si la toma de la ciudad de La Paz por medio millón de movilizados y movilizadas, que bajaron de la ciudad de El Alto, hubiera tomado el Palacio Quemado? Lo que querían algunos grupos radicalizados. ¿Qué hubiera pasado si el alto mando del ejército hubiera decidido defender al gobierno de Sánchez de Lozada, intervenir, generando una escalada de violencia ascendente de la represión? ¿En ambos casos, guerra civil? ¿Si esto ocurría, cuál hubiera sido el desenlace? En todo caso, es de prever que cualquier modificación en los hechos ocasionaba desplazamientos en los sucesos, aunque sean estos desplazamientos próximos a los hechos acaecidos. Lo que finalmente sucede no acaece por el decurso o la implicación de una lógica histórica implacable, sino por la combinatoria de singularidades, que al moverse, ocasionan distintos desenlaces.
  1. Con esto no se quiere decir que todo es azar y aleatoriedad, que estamos ante potencias ciegas e incontrolables; no, de ninguna manera. El acontecimiento conjuga, combina, contiene, múltiples singularidades en juego y en constante composición, desprendidas de sus dinámicas moleculares; esto es contingente. Empero, en el contexto de estas combinaciones, juegos de fuerza y composiciones, entre la voluntad organizada y estructurada de movimientos sociales, organizaciones y pueblos, las acciones múltiples de la movilización general intervienen afectando al conjunto de las combinaciones, empujando a su incidencia en un determinado sentido. En la medida que esta voluntad organizada tiene una amplia y profunda convocatoria, cuenta con una acumulada disponibilidad de fuerzas, entonces su participación e incidencia en el decurso de los acontecimientos es preponderante.
  1. El desenlace de los acontecimientos no es controlable; no es posible una ingeniería social que controle todas las variables intervinientes y pueda producir los hechos planificadamente. Lo que se puede es, de alguna manera, prever una banda de probables y posibles resultados, como una curva contingente de eventualidades efectivas.

Conclusiones

Ahora bien, dónde nos conducen los dos grupos de hipótesis que presentamos. En primer lugar,  que hay que renunciar a la teleología; dejar de proponerse finalidades, a partir de las cuales juzgamos y evaluamos el proceso, que es la metáfora teleológica, que sustituye al acontecimiento, reduciéndolo a la lógica histórica preformada. Este fue el error del socialismo, llamado científico, que no abandonó la concepción del socialismo utópico, que el mismo criticó. También puede ser el error del proyecto de construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, como otra alternativa, más completa y compleja, pos-capitalista, que la diseñada por la dictadura del proletariado. Hay que aprender de las revoluciones llamadas democráticas de los siglos XVIII y XIX; ante la complejidad del acontecimiento político, social, económico, cultural, ecológico, es preferible establecer el punto de partida, con las reglas del juego bien establecidas; lo que venga después, dependerá de el ejercicio democrático, del juego de fuerzas, de los consensos que se formen. Las reglas del juego democráticas fueron la igualdad política y jurídica, con la ampliación al voto universal, incluso el pluralismo liberal. Entre las reglas del juego de un proyecto descolonizador y pluralista, además de social y ecológico, deben plantearse la igualdad y equivalencia de las mismas condiciones de posibilidad para las culturas, las lenguas, las instituciones propias, las naciones y los pueblos; además de plantearse la igualdad económica y social para todos, como garantía de las mismas condiciones de posibilidad. Por otra parte, es indispensable reconocer y garantizar los derechos de los seres de la madre tierra, comprendiendo a los ciclos vitales. En cuanto respecta al mapa institucional, se debe conformar una cartografía de nuevas instituciones, de organizaciones sociales, de organizaciones populares y de pueblos, de organizaciones de las diversidades subjetivas, que garantice el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria, representativa de todos.


[1] Esta es la ponencia para el seminario sobre Reflexiones del proceso de cambio, organizado por la Carrera de Filosofía de la UMSA, el 16 de mes de Mayo de 2013, y realizado en el salón de la Vicepresidencia. Se puede considerar este documento como el segundo autocrítico; el primero es Epistemología, pluralismo y descolonización.

[2] Ver de Guido Gómez de Silva Breve diccionario etimológico de la lengua española. El Colegio de México.

[3] Ver de Karl Popper Lógica de la Investigación científica. Taurus; Madrid.

[4] Este texto es Hacia una teoría de la sociedad alterativa. Todavía no publicado, se encuentra en elaboración y revisión. Será difundido en Horizontes nómadas, también en Bolpress.

[5] El libro fue editado y publicado por Autodeterminación.

[6] He recurrido a mi memoria, tratando de rescatar, no literalmente lo que dijo Viky Ayllón, sino interpretando lo que dijo, el significado de sus comentarios y observaciones. Es difícil recordar los términos literales de su exposición.

Guerra periférica y geopolítica regional

Guerra periférica y geopolítica regional
En torno a la guerra del pacífico
Raúl Prada Alcoreza
Índice:
Pérdidas territoriales                                                                                                 
En torno a La querella del excedente                                                                   
El problema es el excedente                                                                                    
Balance de la guerra del Pacífico                                                                           
Cronología de los eventos                                                                                        
La guerra naval                                                                                                               
La guerra terrestre                                                                                                       
Análisis
Geopolítica regional                                                                                                     
Contra-geopolítica
Hacia una geografía emancipadora                                                                        
Dedicado a mi madre Remedios Alcoreza Melgarejo (Beba) y a mi abuela Celsa Melgarejo, a quienes debo la preocupación sobre la guerra del Pacífico y la comprensión de la recuperación y la defensa de las costas de Atacama.
El presente ensayo se propone una aproximación retrospectiva a la guerra del pacífico, desde el presente, algo así como una genealogía. Recogemos la veta abierta por René Zavaleta Mercado en La querella del excedente;  texto de análisis teórico y crítico de la guerra del Pacífico, alejado de las historiografías tradicionales y los discursos chauvinistas. Zavaleta nos dejó una reflexión profunda, a la vez apasionada, de esta contingencia que ha abierto heridas en los tres países. Algunos dirían más en unos que en otro, incluso otros dirían más en uno que en los otros. Pero, la verdad es que desde la guerra se han formado como sentidos comunes de enemistades labradas por los años, en lo que va de más de un siglo, que transcurre desde la culminación de la guerra, por lo menos en algunos sectores de las poblaciones. Por otra parte, Bolivia, no solamente como Estado, sino como país, ha quedado enclaustrada, perdiendo su acceso al Pacífico. ¿Es aceptable esta condición como consecuencia de una guerra? Sabemos que la guerra no  puede otorgar derechos de conquista, menos aún dejar a un país sin costa. Esta no es una buena condición como principio de integración. Los pueblos no son los que se inclinan por las guerras, sino sus estados y sus burguesías, tampoco pueden aceptar condenas territoriales como las del enclaustramiento. La opción alternativa por la complementariedad de los pueblos, la solidaridad y las composiciones cooperantes entre ellos, es la base democrática y participativa para la solución de problemas pendientes. Y esta opción alternativa es la base para la confederación de los pueblos, que es la tarea pendiente de los pueblos, para corregir las mezquindades inaugurales de las oligarquías, que prefirieron las repúblicas chicas, los Estado-nación subalternos, en vez de la Patria Grande.     
Pérdidas territoriales
¿Qué se puede decir de un país que ha perdido un poco más la mitad de su territorio con el que ha nacido a la vida independiente? El país nació a la vida republicana con una superficie pretendida de 2.363.769 km². A partir del año 1860  empezó a sufrir pérdidas territoriales. En la actualidad, la superficie de Bolivia es de 1.098.581 kilómetros cuadrados. En relación a su territorio actual, la diferencia es de 1.265.188 kilómetros cuadrados. Con Brasil pierde unos 490.430 kilómetros cuadrados, en sucesivos años que comprenden 1860, 1867, 1893 y 1958. El principal conflicto con el Brasil es la Guerra del Acre. Con el Perú se pierden 250.000 kilómetros cuadrados, principalmente por arreglos diplomáticos, en 1909. Con Paraguay se pierden 234.000 kilómetros cuadrados, debido a la conocida guerra del Chaco (1932-1935).  Con la Argentina se pierden 170.758 kilómetros cuadrados, por delimitaciones fronterizas, efectuadas por la vía diplomática, en 1897. Con Chile se pierden 120.000 kilómetros cuadrados, como resultado de la perdida de la guerra del Pacífico (1879-1883). Indudablemente la pérdida más sentida y conmovedora es la del litoral, pues, después de firmado el Tratado de 1904, Bolivia se queda sin salida al Mar, condenándose a ser un país mediterráneo.
¿Cómo se pueden explicar estas pérdidas territoriales? A los y las bolivarianas, cuando conocemos esta triste historia, nos viene un sentimiento de frustración temprano. En la escuela no nos explican por qué ocurrió esto. En recompensa se nos entregan programas cívicos atiborrados de denuncias y de inflamado chauvinismo. Los estudiantes que atendemos estas clases quedamos atónitos, sin ninguna respuesta clara por parte de los profesores. El sentimiento de frustración se convierte en una ambigua e indescifrable aceptación de un destino como condena. Obviamente que esto afecta en nuestra auto-estima. Sólo nos recomponemos, en parte, cuando hacemos el recuento de nuestra historia de rebeliones. La historia de las luchas sociales es gratificante, como que abre las compuertas de la esperanza. Empero, las luchas sociales no nos reponen de las pérdidas territoriales; son promesas de futuro. Es más, cuando culminan nuestras revoluciones, como que volvemos a la inercia que ha aceptado las pérdidas, hasta con cierta apatía. ¿Por qué no reaccionó el pueblo contra el Tratado de 1904? Un pueblo que había salido de la guerra Federal y que abría un ciclo liberal en un segundo periodo republicano. ¿Por qué se aceptó tanto de la República Federal de Brasil como de la República de Chile la compensación dineraria, como si los territorios perdidos fueran cuantificables? Se ha acusado a los gobiernos de ser responsables de semejante comportamiento y decidía; esto puede llegar a ser cierto; empero, no quita la corresponsabilidad de la sociedad que dejó que las cosas ocurrieran como acontecieron.
¿Dónde se encuentra la explicación? ¿En la fundación misma de la república, por haber renunciado a la construcción de la Patria Grande? Claro que esto también ocurrió con los otros países hispanohablantes; en contraste Brasil, portugués-hablante, supo conservar su unidad y continuidad territorial, bajo una administración estatal federal. ¿La explicación se encuentra en la estructura social, en la estructura política,  en la estructura económica? No eran tan distintos los otros países, herederos de la administración colonial, iniciando su vida independiente en el ciclo capitalismo de la revolución industrial. ¿Congresos dominados por abogados y gobiernos manejados por caudillos, explican, de alguna manera, esta desazón política y moral? Tampoco en esto nos diferenciamos de la historia política de nuestros vecinos. ¿Qué a “condenado” a Bolivia a ser tan débil y tan vulnerable? Cierta interpretación histórica descarga la culpa en la oligarquía gobernante, que prefirió conservar el flujo de sus intereses económicos a arriesgarse en la defensa del país y de sus recursos naturales. ¿Esto no es más bien un contra sentido, atendiendo a la estrategia a largo plazo de la composición de sus intereses? ¿Es qué estas oligarquías regionales cuentan tan solo con una mirada a corto plazo y quizás a mediano plazo, a mucho pedir? También se dice que estamos ante una oligarquía mas bien desarraigada, desapegada, sin apego al territorio dónde se enriquece. Puede ser cierto; sin embargo, esta psicología tampoco es tan distinta a lo que ocurría con otras oligarquías europeizantes latinoamericanas.
No se puede construir una explicación con medias verdades, medias certezas. Es indispensable encarar la historia de manera crítica, auscultar en sus temporalidades las claves de desenlaces tan desalentadores. René Zavaleta Mercado elabora un ensayo iluminador sobre el decurso de la guerra del Pacífico, sus condicionantes y hasta quizás el juego de varias determinantes. Lo hace combinando afectividad y análisis crítico. Trata de responder desde otra perspectiva, diferente de la acostumbrada, a las preguntas que nos hacemos los y las bolivianas. Empero, se trata de un ensayo solitario, un oasis teórico. No se ha continuado por esta veta. Se lo lee, se lo considera, se hace tesis y reflexiones sobre la obra de Zavaleta; sin embargo, se está lejos de sufrir como él las preguntas existenciales de todo y toda boliviana, de trabajar una perspectiva crítica que construya una explicación convincente. La querella del excedente es un ensayo solitario, una hoja perdida en el desierto. Es menester retomar esta veta teórica para responder a las preguntas, pero, también, para encontrar salidas existenciales y políticas.
Zavaleta escribe:
Pues bien, si hubiera que distinguir entre cómo se vive la Guerra del Pacífico y cómo la  Revolución Federal… habría que escribir que la primera debe ser considerada en rigor como un asunto de Estado o materia estatal, es decir, como algo que ganó o perdió la clase dominante, por cuanto entonces no estaba diferenciada del Estado como una responsabilidad suya ante sí misma… Decimos entonces que, en el modo ideológico inmediato que tuvo que ocurrir, la Guerra del Pacífico fue una guerra de incumbencia del Estado y de la clase del Estado, y no de la sociedad, al menos no de un modo inmediato. Vamos a ver luego por qué. La Revolución Federal, en cambio, sacó al claro lo más vivo de los conflictos clásicos de la sociedad civil[1].
La pregunta de Zavaleta abre la herida:
¿Cuál es la razón, por cierto, por la cual Bolivia se demoró tanto en darse cuenta (dar cuenta a uno mismo) de lo que había ocurrido? Los pueblos que no cobran consciencia de que han sido vencidos  son pueblos que están lejos de sí mismos. Lo que llama la atención, en efecto, es el desgano o perplejidad con que este país expecta un hecho tan decisivo no sólo para su ser inmediato, sino también para su futuro visible. Tratábase por cierto, en su cualidad, de la pérdida territorial más indiscutible como pérdida, la más grave de modo terminante para el destino de Bolivia[2].        
Un resumen sucinto de lo acontecido puede ser el siguiente:
Como antecedentes inmediatos de la guerra tenemos los tratados firmados en 1866 y 1874. Estos tratados supuestamente buscaban resolver la querella limítrofe con Chile, en lo que respecta a la soberanía sobre el desierto de Atacama. Desierto despreciado, en principio, empero después de las demandas provocadas por la revolución industrial, se convirtió en el desierto de la tierra prometida para los tres países de la contienda bélica; Bolivia, Chile y Perú. Atacama es rico en guano, también en yacimientos de salitre y de cobre. Los tratados definieron como línea demarcadora entre Bolivia y Chile el paralelo 24 de latitud sur. También por medio de los tratados se otorgaron diversos derechos arancelarios y concesiones mineras a empresarios chilenos en la Atacama boliviana. Más tarde, estas disposiciones desencadenaron la controversia entre los dos países. El Estado boliviano, en el gobierno de Hilarión Daza, incrementó el impuesto a la extracción de salitre de las compañías salitreras de capital chileno-británico; determinación que fue interpretada por La Moneda como que no se respetaron los tratados firmados. El 14 de febrero de 1879, Chile ocupó el puerto boliviano de Antofagasta, iniciándose la llamada guerra del Pacífico  en la que los ejércitos y las armadas aliados de Bolivia y Perú fueron vencidos por el ejército y la armada de Chile. Chile ocupó el litoral, el desierto de Atacama y una parte de la puna, antes de cruzar la cordillera de los Andes, también ocupó el desierto de Tarapacá, del Perú, invadió Lima y combatió en la sierra, donde se atrincheró parte del ejército peruano, que optó por una guerra de guerrillas. Este despojamiento dejó sin posesión litoral a Bolivia, que quedó, desde entonces, sin salida al mar. Con la pérdida del litoral se perdieron también cuatro puertos; además de Antofagasta, se contaba con los puertos mayores de Mejillones, Cobija y Tocopilla. Veintiún años después de concluida la guerra, con el Tratado de 1904, Bolivia reconoce a perpetuidad el dominio del territorio en litigio por parte de Chile.
Sin embargo, no podemos atender a la cuestión planteada, al requerimiento de una explicación histórica y estructural de lo acontecido en la guerra del Pacífico, si sólo nos situamos en la perspectiva corta de los antecedentes inmediatos, que en este caso parecen ser los tratados limítrofes, así como posteriormente, el cobro del impuesto de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado. Estos antecedentes no explican el desencadenamiento de la guerra, menos el desenlace y los resultados que tuvo. Puede terminar siendo la excusa de las acciones que tomó el gobierno de Chile interviniendo en Antofagasta; pero, de ninguna manera, pueden convertirse en la procedencia de la guerra. Ciertamente que la explicación estructural de los acotamientos históricos no es fácil de lograr, salvo si se cree que se puede reducir la historia a una a una linealidad causal. Un antecedente mediato de la guerra del Pacífico es la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, desencadenada por la determinación de La Moneda a que ésta no se consolidará. También se opuso la República Federal de Argentina a la Confederación andina; llevando a cabo una guerra contra Andrés de Santa Cruz en el norte argentino y en el sud boliviano. Analizar con cierta perspicacia esta guerra, quizás nos ayude a encontrar ciertas claves de lo que va a ocurrir después, en la guerra del Pacífico. 
La  Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana concurre desde el año  1836 hasta 1839. Se enfrenta la Confederación Perú-Boliviana  a la alianza formada por peruanos contrarios a la confederación y la República de Chile.
Cuando se dio lugar la Confederación Perú-Boliviana, la reacción de la oligarquía costeña fue contraria; se opusieron contra lo que consideraron era el dominio de la sierra peruana y boliviana.  Destacamentos peruanos al mando de Felipe Santiago se enfrentaron a las fuerzas confederadas. El desenlace del enfrentamiento bélico fue favorable a la Confederación, culminó con la derrota y fusilamiento de Salaverry. La flamante Confederación andina no sólo tuvo que enfrentar esta oposición peruana y chilena, sino también el desacuerdo argentino; la Confederación Perú-Boliviana  combatiría a la Confederación Argentina, dirigida por Juan Manuel de Rosas. En las batallas emprendidas  en este frente de guerra se pugnaron territorios del altiplano. En este caso, también el ejército confederado de Andrés de Santa Cruz  consiguió imponerse.
Empero, básicamente la guerra confederada se desenvuelve en el enfrentamiento de la Confederación Perú-Boliviana con la República de Chile, que apoyaba a peruanos contrarios a la confederación. Estos “restauradores” deseaban la reunificación del Perú y la expulsión de Santa Cruz del poder.
La segunda fase de la guerra culminaría con la victoria de las tropas del Ejército Unido Restaurador,  ocasionando la disolución de la Confederación Perú-Boliviana, dando con esto también culminación al protectorado de Andrés de Santa Cruz.
¿Por qué se opuso Diego Portales a la Confederación Perú-Boliviana? ¿Por qué también lo hizo la Confederación argentina? ¿Por qué los peruanos del norte se alzaron en armas contra la Confederación andina? Revisando los hechos,  tal paree que en tiempos de Andrés de Santa Cruz, Bolivia contaba no sólo con un estratega y estadista, sino también con un ejército capaz de hacer frente a dos guerras casi simultáneas. Este general de Simón Bolívar, oficial curtido en la guerra de la independencia, era como la presencia o la proyección de una época gloriosa, de la cual devienen todavía los aires de la Gran Colombia. En el caso del Mariscal de Calahumana, incluso podemos no sólo tener en cuenta la extensión geográfica del Virreinato del Perú, sino incluso del Tawantinsuyu. Se trataba de buscar corregir los errores locales del nacimiento de las republicas independientes. Ahora bien, ¿por qué no entró en este proyecto Chile? No eran estructuras sociales tan distintas, aunque había más analogía entre las estructuras sociales de Bolivia y Perú. Al final se trataba de repúblicas que habían sido liberadas por los ejércitos independentistas de Simón Bolívar y San Martin, quienes se pusieron de acuerdo en Guayaquil, sobre el curso a seguir. Cuando estos países se vieron amenazados por la flota española que incursionaba el Pacífico, confraternizaron para afrontar la amenaza. ¿Qué ocurrió en los 40 años posteriores a la finalización de la guerra de la Confederación para que la situación cambie, para que la correlación de fuerzas cambie tan drásticamente, que la ventaja cualitativa la tenga Chile contra Bolivia y el Perú?
La oposición de Portales a la Confederación fue enunciada claramente: Bolivia y Perú eran mucho más que Chile. De concretarse esta unión era como que el destino de Chile se circunscribiría a un papel modesto. ¿Por qué no pudo pensarse de otra manera? ¿Los intereses económicos que se conformaron al sud, en Santiago, y al norte, en Lima, visualizaron como amenazas la conformación de una Confederación que potenciaba la sierra y los Andes, el interior, contra la costa? ¿Se repetía la misma mezquina perspectiva de las oligarquías locales que se opusieron a la Patria Grande? Bolivia tenía como referente administrativo la Audiencia de Charcas, y como referente económico el entorno potosino, vale decir la economía de la plata, que comprometió a una geografía que venía desde Quito y llegaba a Córdoba. Esta economía, que podemos llamar endógena, con cierta cautela, se contrapone a la economía de la costa, altamente articulada al mercado internacional de la revolución industrial. ¿No se podía combinar ambas geopolíticas, ambas estrategias económicas? ¿Por qué tendrían que ser dicotómicas? Tal parece que en estas contradicciones se encuentra la explicación de las tensiones entre el interior, las provincias del interior, y las capitales, que tienen la mirada puesta en la costa, que los subordina al mercado internacional. La guerra gaucha, de las provincias del interior contra Buenos Aires, parece tener el mismo sentido. Así también la guerra de la triple alianza, Argentina, Brasil y Uruguay, contra Paraguay, país que conservó una perspectiva endógena.
El ciclo del capitalismo de la revolución industrial, bajo hegemonía británica, arrastró los centros económicos de los países periféricos a la costa, condicionando sus economías a circunscribirse a una división del trabajo internacional, a una geopolítica capitalista, que los condenaba a ser países extractivistas. No es pues inapropiado nombrar a la guerra del Pacífico como guerra del guano y del salitre, la querella del excedente. Estos países periféricos, involucrados en la guerra, disputaron el excedente para satisfacer la demanda británica y europea. La guerra que  se peleó fue para favorecer a sus oligarquías, que eran intermediarias del capital británico. Las oligarquías locales no podían tener otra perspectiva que la de sus intereses locales; era entonces imposible que de ellas se genere una perspectiva integral. Entre las incipientes burguesías nativas, boliviana, chilena y peruana, con sus propias contradicciones coloniales,  enfrentando a sus poblaciones indígenas, aunque lo hagan en distintos contextos y de distinta manera, la que parece haber resuelto, para entonces, problemas de constitución de clase, es la burguesía chilena, en tanto que las burguesías boliviana y peruana, todavía se debatían en la ambigüedad de proyectos contrastados. Entre persistir en la dominación gamonal, latitudinaria y colonial, o transformar su dominación, modernizando sus relaciones de poder, proletarizando a su población.
La burguesía chilena, intermediaria del capital hegemónico, no encontró otra cosa, como proyecto propio, que expandirse, controlar los recursos naturales que sus vecinos no sabían explotar ni administrar. Se trata de una guerra de conquista de mediana intensidad. Se puede decir que la estatalización en Chile se dio más rápidamente que en Bolivia y Perú, a quienes les costó más tiempo conformar un Estado-nación. Parece que es en el transcurso de esas décadas, que vienen desde los treinta y van hasta los setenta del siglo XIX, que la burguesía trasandina se inclina por una estrategia militar. Concretamente se prepara para la guerra; desde la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana hasta la Guerra del Pacífico, concurren reformas institucionales administrativas y militares, tendiendo a una modernización, equipamiento, disciplina y adecuación a las tácticas y estrategias de la guerra moderna, para ese entonces. En cambio, parece no concurrir esto ni en Bolivia ni en el Perú, que enfrentan la guerra con los resabios de la guerra de la independencia y la guerra confederada.
Zavaleta Mercado habla de disponibilidad y de óptimo. Dice que el Estado chileno logró esta disponibilidad de fuerzas y un óptimo para cuando estalló la guerra del Pacífico. Lo que no ocurrió con Bolivia y Perú, que contaban con excedente, pero no con disponibilidad de fuerzas y un óptimo. Zavaleta cree ver que la militarización del Estado chileno tiene que ver también con la contingencia de la constante amenaza de la guerra indígena; Chile se vio obligado a conformar un Estado fortaleza, encargado de cuidar y definir las fronteras permanentemente. Puede ser; empero, esta característica también la compartían Bolivia y Perú, aunque en otro contexto y de otra manera. Es preferible concentrarse en dos aspectos: 1) la mejor adecuación y adaptación de la burguesía trasandina a las demandas de materias primas de la revolución industrial, logrando pautas de reproducción social más afines al nuevo ciclo del capitalismo; y 2) la reorganización y modernización del Estado, incluyendo, claro está, de la armada y del ejército.
La hipótesis de interpretación es la siguiente:
La guerra confederada forma parte de las historias de las guerras entre el interior y la exterioridad misma de la formación económico-social, entre los proyectos endógenos y los proyectos exógenos. La historia de estas guerras más se parecen a la historia de guerras civiles entre las provincias del interior y la capital, núcleo primordial de la externalización. Este tipo de guerras civiles se han dado en todo el continente americano; también podemos considerar, como formando parte de esta tipología, guerras que se presentan como guerras entre estados, como es el caso de del guerra confederada, así también como la guerra de la triple alianza contra Paraguay. Este país era el ejemplo de un proyecto endógeno en marcha y consolidado; tuvo que enfrentarse a tres proyectos económicos, políticos y sociales exógenos. No parecía posible la convivencia entre ambos proyectos confrontados. El ciclo hegemónico de la revolución industrial exigía una clara división del trabajo internacional, una definida geopolítica que diferenciará los centros de las periferias del sistema-mundo capitalista. Así como convertir a las periferias en espacios de compra de los productos manufacturados, siendo economías primario exportadoras. La orientación económica, social y política paraguaya era, en el siglo XIX, un desafío a la geopolítica del sistema-mundo capitalista del ciclo de la revolución industrial.
La guerra confederada andina no dejó de connotar estas características de una suerte de guerra civil entre un interior y una exterioridad, aunque ésta forme parte de la propia formación social y económica. La contradicción entre los intereses de una oligarquía costeña y otra oligarquía serrana hablan de ello. En el espacio discursivo e “ideológico” se puede notar también este contraste, cuando los voceros y políticos costeños calificaban a Andrés de Santa Cruz como “serrano”, queriendo usar este término despectivamente; incluso se lo calificó de “guanaco de los Andes”.  Ahora bien, los actores involucrados no tienen que ser plenamente conscientes de estas contradicciones; empero, basta que sus acciones y perspectivas se involucren en una proyección distinta a la de subordinación al mercado externo, como para marcar la diferencia; así, como al contrario, adecuando, mas bien, la forma Estado a este requerimiento. Puede pensarse que el proyecto de la Confederación era una reminiscencia del proyecto independista integral de la Gran Colombia; se puede incluso concebirlo como una reminiscencia de  la convocatoria de Tupac Amaru de formar una gran nación desde el Pacífico hasta el Paititi. Como reminiscencia ya no tenía el alcance que contenían los proyectos de la Patria Grande; sin embargo, era, esta proyección disminuida, una actualización, en menor escala, de aquellos.
La derrota del ejército confederado era una derrota más del interior contra la costa, de la interiorización contra la externalización, de los proyectos endógenos contra los proyectos exógenos. Se puede decir también que la derrota de la Confederación anticipa la derrota de Bolivia y Perú en la guerra del Pacífico, aunque esta guerra es de otra índole.  Ya no se trataba de una guerra entre un interior y la externalización, entre unos proyectos endógenos y otros proyectos exógenos, pues claramente los tres países optaron por la externalización, por el proyecto exógeno, por el modelo extractivista de sus economías. La guerra del Pacífico fue una guerra de tres proyectos de externalización, fue una guerra por el excedente para externalizarlo. Cuando decimos que la derrota de la Confederación anticipa la derrota de la guerra del Pacífico, decimos también que, la burguesía chilena fue más eficaz con la conformación y consolidación de este modelo, procurando una modernización institucional, administrativa, educativa, militar, adecuada a los tiempos de la revolución industrial. Las oligarquías peruana y boliviana se adormecieron con la externalización de sus excedentes, que los tenían en más que en lo que respecta a Chile, se adormecieron con una suerte de sobrevaloración de sus capacidades, que, viendo los desenlaces, resultaron hartamente obsoletas, dadas las circunstancias y los cambios habidos durante el siglo XIX.
Zavaleta anota otro tópico en el análisis del desenlace de la querella por el excedente. Este es el de la vinculación con el espacio. Considera un vinculo con el espacio en las civilizaciones andinas, pre-coloniales, distinta al vinculo dado en las repúblicas. Mientras las civilizaciones andinas emergían del espacio, nacían del territorio, domesticando plantas, arrancando a la tierra una fertilidad difícil, mediante tecnologías agrícolas innovadoras y la organización colectiva. Las repúblicas producirán el espacio, por así decirlo, conformaban un espacio adecuado al mercado internacional; sin embargo, no todas lograron controlar su propio espacio.
Zavaleta escribe:
Los espíritus del Estado en Bolivia no veían los hechos del espacio sino como una dimensión gamonal. Lo característico era la forma gamonal del Estado[3].           
Refiriéndose al espacio andino dice:
La agricultura andina, que no en balde es el acontecimiento civilizatorio más importante que ha ocurrido en este lugar y en América Latina entera, y después Potosí o sea Charcas, se organizan y se identifican en torno a este discurso territorial… El Atacama, por lo demás, era de un modo arquetípico una tierra apropiada, incorporada al razonamiento ecológico de esta instancia de los andinos de tal manera que no es cualquier costa apta para el comercio moderno lo que podía ocasionar semejante sentimiento gregario de desagregación[4].
Este vínculo ancestral con el espacio se quebró o se redujo a su mínima expresión; ya no es el espacio articulado por las complementariedades, ya no es el archipiélago andino el que hace de matriz territorial reproductiva a la sociedad organizada en comunidades, ayllus, sino es otro espacio o espacialidad el que hace de referente de los flujos y desplazamientos, un espacio mercantil cuya gravitación radica en los núcleos de externalización de los recursos naturales. Es con relación a este otro referente espacial que hay que entender lo que pasó; por qué no reaccionó la sociedad boliviana ante semejante pérdida.
Zavaleta se pregunta:
Se necesita explicar sin duda por qué la otra Bolivia, la que sí debería ver estas cosas como una adversidad gravísima, tardó tanto en su evaluación. La perplejidad con que vive el cuerpo social una pérdida tan considerable se explica porque la lógica espacial previa, que era en realidad una combinación entre la agricultura andina clásica y el Estado despótico como su culminación natural… se había replegado a lo que será el aspecto de la cristalización u osificación de la historia del país[5].   
La respuesta que se da es:
Recluido en su coto cerrado de la agricultura y practicando una economía moral de resistencia, conservación e insistencia, el vasto cuerpo popular, aunque se demoraría en tomar consciencia del problema, lo haría después con una intensidad que sólo se explica por la interpelación que tiene el espacio sobre la ideología o interferencia en esta sociedad[6]
En torno a La querella del excedente
A propósito del guano, como una de las causas de La guerra del pacífico, Roberto Querejazu Calvo escribe:
Hacía más de un millón de años que tres aves marinas, el guanay, el piquero y el alcatraz, tenían convertidas las costas de esta parte de América del Sur en su inmenso hábitat. Desde él venían incursionando diariamente en el océano para alimentarse hasta la saciedad con la anchoveta y otros peces pequeños arrastrados en proporciones fabulosas por la corriente Humboldt. La defecación de las tres pescadoras en sus lugares de descanso fue cubriendo los promontorios, islas e islotes de ese borde continental con una capa de estiércol de varios metros de altura (hasta 30 en las islas Chincha) y con un peso de millones de toneladas[7].
Lo que viene después de la revolución industrial es una gran demanda de alimentación debido a la migración a las ciudades y el crecimiento demográfico. Esta situación exigió un incremento de la producción agrícola; para tal efecto era menester fertilizar los suelos. El guano era uno de los mejores fertilizantes conocidos. El valor comercial del guano, su demanda mundial, convirtió el despreciado desierto de Atacama en un territorio estratégico y codiciado. Bajo estos condicionamientos del ciclo del capitalismo, bajo hegemonía británica, devino la querella por el excedente entre tres países periféricos del sistema-mundo, Bolivia, Chile y Perú.
Querejazu dice que era indudable que Chile reconocía que el litoral de Atacama pertenecía a Bolivia, heredera del territorio de la Audiencia de Charcas. No hizo ninguna reclamación por los actos de soberanía que ejercieron en dicho territorio los gobiernos bolivianos: fundación y funcionamiento del puerto de Cobija, visita del presidente Andrés de Santa Cruz, establecimiento de autoridades políticas y aduaneras, otorgamiento de concesiones mineras y salitreras[8].
Sin embargo, el 31 de octubre de 1842, el Congreso chileno dictó una ley declarando que eran propiedad de la nación “la guaneras de Coquimbo, del desierto de Atacama y de las islas adyacentes. Coquimbo era suelo chileno, pero Atacama y sus islas pertenecían a Bolivia. Al año siguiente, otra disposición legislativa declaró chilena la “provincia de Atacama”[9].
Los incidentes siguen y se suman:
La barca Rumena, la goleta Janequeo y la fragata Chile cargaron guano de covaderas bolivianas. El 20 de agosto de 1857, una expedición militar de la corbeta Esmeralda ocupó la bahía y la península de Mejillones, ampliando la frontera chilena hasta el paralelo 23[10]. En 1863, el gobierno boliviano busca una alianza secreta con el Perú. En el Congreso Extraordinario reunido en Oruro se plantea la posibilidad de declarar la guerra a Chile si es que no obtenía la devolución de Mejillones[11]. Perú no asume, en ese entonces, la alianza con Bolivia; quedando la opción de la protesta por la incursión militar en su territorio. Bolivia rompe relaciones diplomáticas con Chile.
En 1864 se produce una confraternización americana en contra de España, debido a un incidente que ocurre en la hacienda peruana de Talambo. Un conflicto de agricultores vascos con sus patrones, con la sucesiva represión seguida, ocasionó que el gobierno de España ordenará a la división de marina, que se encontraba por aguas del Pacífico, tomase posesión de las islas Chincha, reivindicando suelo ibero, demandando a Lima indemnización para las familias vascongadas. En ciudades de Chile se dieron lugar manifestaciones contra esta ocupación de España de suelo americano; se ultrajó la bandera española. España exigió explicaciones y reparación moral y pública. Ante la negativa de Santiago de hacerlo, España declaró la guerra a Chile. En estas circunstancias los países andinos y del Pacífico de Sud América entraron nuevamente en guerra con España. Concretamente Perú y Ecuador apoyaron a Chile, el gobierno de Mariano Melgarejo confraternizó con La Moneda, llegando posteriormente a concesiones y acuerdos, altamente dadivosos, sobre el conflicto limítrofe con Chile.
El Tratado de Amistad y Límites lo firmó don Juan Ramón Muñoz Cabrera, Ministro Plenipotenciario de Bolivia en Chile, con el canciller  Álvaro Covarruvias, en Santiago, el 10 de agosto de 1866. Dispuso que el paralelo 24 fuera la línea de separación de las soberanías de Bolivia y Chile. Que no obstante ello, ambas naciones, se repartían por igual el producto de la venta del guano y las rentas fiscales de los minerales existentes entre el grado 23 y 25. Que serían libres de todo derecho de importación los productos naturales de Chile que se introdujesen por el puerto de Mejillones[12].
El problema es el excedente
Cuando decimos que el problema es el excedente decimos muchas cosas. ¿Cuándo los recursos naturales se convierten en el excedente? Cuando el capitalismo convierte en renta los recursos naturales, cuando son valorados  como mercancías en el modo de producción capitalista. Forman parte de las condiciones iniciales para el proceso productivo. El guano, el salitre, el cobre, la plata, los minerales, los hidrocarburos, se convirtieron en mercancías ante la demanda de materias primas de la revolución industrial. Esta contextura mundial condiciona la adecuación de los nacientes estados independientes. Tempranamente consideraron que su sobrevivencia y desarrollo estaba íntimamente vinculada a la perspectiva de esa demanda, a la que deben satisfacer. Estos estados se constituyeron sobre la base de la explotación de los recursos naturales mercantilizables, en su momento; son estados estructurados para disponer del excedente y transferirlo al mercado internacional. Entonces el control del excedente va a ser tarea prioritaria de sus administraciones, sobre todo del Estado más consciente de los cambios de época. De los tres estados involucrados en la guerra del Pacífico, era indudablemente Chile el Estado que mejor se adecuó a la demanda del ciclo del capitalismo de la revolución industrial; no Bolivia ni Perú, que todavía se batían en el umbral de las épocas, la que abandonaban y a la que ingresaban. Pero los tres países, de todas maneras, se encontraban condicionados por las exigencias del excedente, es decir, de la renta que genera el excedente; por lo tanto, se encontraban afectados por la “ideología” moderna del excedente. Los tres estados van a ser obligados a la pugna por el excedente, respondiendo a la demanda del modo de producción capitalista mundial. Los tres países entran en guerra por el control de las riquezas del desierto de Atacama y del desierto de Tarapacá, para satisfacer la demanda de la revolución industrial. Los tres países consideraron que peleaban por ellos; sin embargo, en términos efectivos, terminaron peleando por otros, por los centros del sistema-mundo capitalista que aprovecharían los recursos naturales exportados. Ciertamente, el vencedor de la guerra se va a beneficiar con sus conquistas;  empero, el mayor beneficiario es el capital británico, hegemónico en el ciclo del capitalismo de la revolución industrial.
Fueron el guano, el salitre y la plata de caracoles la cuestión de la querella del excedente. El guano y el salitre eran los fertilizantes que necesitaba la revolución agrícola empujada por la revolución industrial. La plata seguía siendo cotizada por la demanda de los circuitos monetarios.
El término guano  viene del quechua wanu; proviene de la acumulación masiva de excrementos de animales; en el caso del pacífico, se debe a la acumulación de las heces de aves marinas. Para su formación se requieren climas  áridos. Es utilizado como un fertilizante  efectivo debido a sus altos niveles de nitrógeno y fósforo. El guano se recolecta de varias islas  e islotes del océano Pacífico, también de parte de la costa, como la de Mejillones. Estas islas han sido el hogar de colonias de aves marinas por siglos; el guano acumulado tiene muchos metros de profundidad. Desde el año 1845 comenzó a explotarse, y por sus propiedades como fertilizante; era importado por países como Gran Bretaña y Estados Unidos. 
El salitre también es utilizado como fertilizante. El salitre se convierte en una mercancía apreciada a mediados del siglo XIX. Perdió importancia económica a partir del desarrollo y producción del salitre sintético. Había como un control nominal del Estado peruano y del Estado boliviano desde la década de 1830 hasta la finalización de la guerra del Pacífico. Después de la culminación de la guerra prácticamente Chile quedó con el control de la mayor parte del salitre; este control se dio desde 1884 hasta la caída del mercado del salitre (1920). La explotación del salitre, si bien en el caso de Bolivia y Perú quedaba bajo administración estatal, fueron empresas privadas las que efectivamente la explotaban, particularmente empresas chilenas, con apoyo de capital británico. El Estado peruano nacionalizó las empresas salitreras, quedando en manos del Estado peruano desde 1870. En lo que corresponde a la administración chilena de este recurso, la misma estuvo en manos de empresas privadas, conformadas por capitales ingleses, en su mayoría, y en menor proporción, alemanes y estadounidenses. En lo que respecta al salitre del antiguo litoral boliviano, la explotación de este recurso siempre estuvo en manos de capitales británico-chilenos.
El descubrimiento de yacimientos de plata en Caracoles el 25 de marzo de 1870 causó alboroto en Valparaíso y Santiago. Al poco tiempo se convirtió en un gran campamento, que fue creciendo con el trajín de su explotación. Roberto Querejazu Calvo escribe, en La guerra del Pacífico, a propósito lo siguiente:
La riqueza de Caracoles agravó las dificultades con las que estaba tropezando el cumplimiento del tratado de 1866. La “partición del pan” entre los supuestos hermanos no se venía realizando a gusto de los interesados. El manejo de la aduana de Mejillones era desordenado y Chile no recibía su parte en los impuestos a los minerales exportados. El gobierno se Santiago reclamó también una mitad del rendimiento fiscal de las minas de Caracoles alegando que se encontraban dentro del territorio sujeto a partición de frutos, es decir, al sur, del paralelo 23. En Bolivia se sostuvo que no era exacto, que su ubicación era el norte de esta línea geográfica y, por lo tanto, en suelo no comprendido en las estipulaciones del pacto del 66[13].
Se dice que este es el excedente por el que se desencadenó la guerra del Pacífico; el guano, el salitre y la plata fueron los recursos de la discordia y de la opción extrema de la guerra. Fue más tarde que se descubrieron los inmensos yacimientos de cobre de la mina de Chuquicamata; la principal materia de exportación de Chile por muchos años; sostén de la economía chilena y sostén también del constante rearme del ejército chileno. El 10% de esta riqueza mineral va destinada a la transformación tecnológica militar y equipamiento del ejército y la armada. No está demás decir que Chuquicamata se encuentra en lo que fue territorio boliviano. La mina está ubicada a 15 kilómetros al norte de Calama y a 245 kilómetros de Antofagasta.  En la mina de Chuquicamata se explota oro y cobre  a cielo abierto; es considerada la más grande del mundo en su tipo y es la mayor en producción de cobre de Chile. Bueno pues, se dice que este es el excedente que es causa y motivo de la guerra del Pacífico; pero, una guerra no se desata por la mera existencia de yacimientos de recursos naturales, sino por el decurso conflictivo que adquieren las estructuras de relaciones que se inscriben en torno a estos recursos.
Fueron las empresas privadas que explotaban el salitre las que entraron en conflicto con el Estado boliviano, fueron los accionistas de estas empresas, entre los que se encontraban altos personeros del gobierno de Chile, además de británicos, los que querían resolver el conflicto a favor de las empresas privadas, protegiéndolas. Por último, el inmoderado interés por controlar estos recursos naturales llevó a la convicción de que no había otra salida que apoderarse del desierto de Atacama. La preparación para la guerra comenzó cuatro décadas antes de que ésta se desencadenara. El Estado-nación de Chile, instrumento orgánico y político de la burguesía naciente, intermediaria entre el capital británico y el capital subalterno nacional, tenía varios frentes en sus distintas fronteras. La guerra contra los indígenas no había concluido, el conflicto de límites con Argentina se podía convertir de amenaza en una guerra, el conflicto de límites con Bolivia había sido aparente zanjado con los tratados, empero subsistía el problema del control sobre los recursos. Perú había optado por la nacionalización de las empresas, lo que clausuraba, por lo menos momentáneamente, la posibilidad del desarrollo empresarial, de los capitales británicos y chilenos. Una burguesía naciente y pujante, en estas condiciones de subalternidad, encerrada en las tensiones generadas por los conflictos fronterizos, tenía que encontrar una salida a su necesaria expansión. Optó por los frentes más débiles; prefirió no enfrentarse con Argentina, mas bien llegar a un arreglo con el gobierno bonaerense; entonces atacó a los indígenas y tomó los puertos bolivianos. Esta decisión desencadenó también la guerra con el Perú, no sólo por el tratado secreto de alianza de defensa entre Bolivia y Perú, sino porque ésta era la orientación de la estrategia expansionista de mediana intensidad. De lo que se trataba era dejar en claro el dominio de una de las tres burguesías; para lograr ser un dominio económico debería lograr ser también un dominio militar.
Zavaleta escribe a propósito:
Es posible escribir, en efecto, que Chile se preparó para vencer y, en cambio, es como si Perú y Bolivia se hubieran preparado para ser vencidos pero, como no se quiera encontrar en ello fórmulas de explicación genéticas o socialdarwinistas (porque nadie tiene en sí el anhelo de su perdición, al menos de una manera organizada), el hecho es que, sí Chile se preparó, es porque podía hacerlo. O sea que, si podía iniciar una acción diplomática coherente treinta o cuarenta años antes de que ocurriera su remate inevitable, por ejemplo, es porque tenía paz política. Si tenía paz política, empero, era porque la ecuación o el optimo social era superior a la de sus rivales que, en cambio, no podían formular una política estatal[14].
Sin embargo, no hay que olvidar que los tres estados comparten una analogía histórica constitutiva, no dejaron de ser coloniales. Zavaleta dice:
El empecinamiento común con que jugaron su vida entera al excedente y al colapso compartido en cuanto a la conversión del excedente en autodeterminación, aparte de algunos aspectos muy elocuentes como la importancia de la visión señorial, dejan ver que se trata de países con no pocas semejanzas, lo cual quizás se refiere a cierto carácter que podríamos llamar “peruano”  de su colonización[15].
Nadie puede decir que alguno de los tres estados era democrático, en el sentido de la autodeterminación, de la que habla Zavaleta; es decir, en el sentido de la participación social. No lo eran; eran mas bien un simulacro de república, en todo caso, estados que seguían guerreando, a su manera, contra los pueblos indígenas. Eran pues la continuidad colonial en forma de república. Los tres disputaron un excedente ya conquistado por los españoles. Ninguno se acordó, antes de ir a la guerra, de sus pueblos indígenas, salvo Chile, que decidió resolver el problema a sangre y fuego, antes de ir a la guerra. El coronel peruano Andrés Avelino Cáceres tuvo que recurrir a la resistencia indígena para desplegar su guerra de guerrillas. Esta hubiera sido la mejor estrategia para afrontar la guerra; ir a la guerra con los únicos que tenían consciencia territorial del archipiélago andino, de la complementariedad de los pisos ecológicos, donde tanto la puma y el desierto de Atacama jugaban un papel en esta articulación complementaria y transversal biótica. Empero, las oligarquías boliviana y peruana estaban muy lejos de hacerlo y de tener consciencia histórica de lo que se requería hacer. Los tres países asistieron a la guerra con lo que tenían como disponibilidad estatal. En esto Chile llevaba la mejor parte, pues su Estado tenía mayor capacidad de movilización, incluso de convocatoria a la guerra, a pesar de que el proletariado chileno manifestó su descontento cuando estalló la misma. Sin embargo, el tema no es tanto explicarse por qué gano Chile esta guerra y por qué la perdieron Bolivia y Perú, sino comprender el significado histórico y político de esta guerra, que incluso podemos llamarla fratricida.
Habíamos dicho que la guerra del Pacífico es antecedida por la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana; que en esta guerra se dio el enfrentamiento entre las oligarquías de la costa contra las oligarquías de la sierra, que era como las guerras de la capital portuaria contra las provincias del interior. Ahora bien, Chile es un país costeño, se extiende a lo largo de la costa del Pacífico, desde el Estrecho de Magallanes hasta el desierto de Atacama, primero, y hasta el desierto de Tarapacá, después. La mayoría de sus ciudades se encuentran cara al mar; se trata de un país esencialmente marítimo, aunque hay ciudades que pueden considerarse del interior, tierra adentro, hacia la cordillera de los Andes, además de contar con una población importante indígena, principalmente mapuche, antes de la guerra; también aymara y quechua, después de la guerra. Entonces, podemos usar una hipótesis interpretativa, que considera que la guerra se da entre un país básicamente costeño y dos países, que aunque contaban con costa, donde es gravitante su geografía política interior, con lo que implica la connotación de la geografía humana, la geografía cultural y la geografía social. Chile enfrentaba a dos países cuyos estados no habían resuelto la articulación armónica y dinámica entre el interior y la costa; dos países que no habían asumido su abigarramiento como disponibilidad, sino como dispersión y desconocimiento. En cambio Chile había ignorado taxativamente a los indígenas, había descartado una opción endógena. Toda su economía estaba enfocada al mercado externo. No ocurría algo distinto con los otros dos países; empero, contaban con otras “realidades”, otras economías; unas promovidas por el Estado, como la economía gamonal, así también las relaciones casi serviles de los trabajadores de las minas; otras, en cambio, desconocidas por el Estado, como la economía comunitaria, conservada y preservada por los pueblos indígenas en los Andes. Chile fue a la guerra con la determinación resuelta de ganar porque se sentía formar parte de la economía mundial y la ilusión de Estado moderno, en tanto que Bolivia y Perú habían perdido su última ilusión con la derrota de la Confederación, dejando atrás, muy atrás, la ilusión del Tawantinsuyu. Contaban con las nostalgias señoriales coloniales y la representación apoteósica del entorno potosino, aunque en términos efectivos la economía extractivista se encontraba enfocada al mercado internacional, reforzando las relaciones gamonales en la economía de las haciendas, así como las relaciones casi serviles con los trabajadores mineros.
           
Balance de la guerra del Pacífico
Para Bolivia, Chile y Perú, cuando se habla de la guerra del Pacifico, la referencia es la guerra que se desata a fines del siglo XIX, al noreste de Chile, al sur de Perú y al sudoeste de Bolivia. Guerra naval y del desierto de Atacama, guerra nombrada como la del guano y del salitre, también puede ser considerada como la guerra del cobre, aunque este yacimiento fuera descubierto después, por la importancia de la mina de cobre de Chuquicamata, que se encuentra en lo que fueron territorios bolivianos, antes de firmado el Tratado de 1904. René Zavaleta Mercado habla de La querella del excedente. Todos estos nombres nos hablan de los factores intervinientes como “causas” de la guerra mencionada. La expansión al norte, de lo que fue la Capitanía de Chile, parece tener que ver con la consolidación de un Estado-nación, después de la independencia, cuya geografía política cuenta con dos largas fronteras naturales, al oeste, el océano Pacífico, al este, la cordillera de los Andes. Un Estado-nación subalterno, cohesionado por una burguesía sólida, en el sentido de contar con una estrategia de acumulación originaria mediante la expansión, despojamiento y desposesión de mediana intensidad. Una burguesía nativa vinculada al capital británico, hegemónico en los tiempos del ciclo del capitalismo de ese entonces. Cómo dice René Zavaleta, Chile contaba con un Estado moderno, un ejército y armada modernos, en tanto que Bolivia y Perú no dejaban de resolver problemas de su incipiente modernización, combinada con ambiguas herencias gamonales y latifundistas, a la usanza colonial. La ocupación del sudoeste boliviano, que colinda con el Pacífico, fue primero económica y poblacional, después militar; esto aconteció en la medida que fue subiendo el tono del conflicto limítrofe y económico.
Según Zavaleta, los dados estaban echados cuando estalló el conflicto. Las ventajas las llevaba el ejército y la armada moderna de Chile. Bolivia se retiró pronto de la guerra, Perú continuo combatiendo sólo. El territorio del sudoeste boliviano fue ocupado militarmente, también territorios del sud de Perú. El ejército chileno desembarco en las playas cerca de Lima, ocupó la capital y desplazó su ejército hacia la sierra, donde se enfrentó a una guerra de guerrillas indígena y popular. Con estos desenlaces los estados de Bolivia y Perú entraron en crisis, sus gobiernos fueron cuestionados. Empero, dados los hechos, los gobiernos que sucedieron a los primeros síntomas de la crisis política firmaron tratados de paz.  En 1904 el gobierno liberal de Bolivia firmó el tratado que lleva el nombre de ese año, donde Bolivia  renunciaba a la soberanía de los territorios perdidos en la guerra, y, en compensación, se le entregaba un monto dinerario para la construcción del ferrocarril La Paz-Arica, contando en el puerto de Arica, además de otros puertos,  con libre tránsito, garantías y condiciones que favorecieran el traslado de bienes y el embarque de los mismos a los mercados internacionales.
Lo ocurrido en la antesala de la guerra, durante la guerra y después de la misma, no deja de ser insólito, sobre todo por las formas de sucesión de hechos que no dejan de ser dramáticos. La firma del tratado de límites por parte del presidente Mariano Melgarejo, la presencia de empresas chilenas de explotación del guano y del salitre, las amplísimas libertades y sin ningún control con que gozaban, la reacción tardía del gobierno boliviano al crear el impuesto de los diez centavos por quintal de salitre exportado,  la reacción beligerante y militar del gobierno de Chile, la ocupación de los puertos, principalmente de Antofagasta. Después vino la declaración de guerra del Estado de Bolivia, acompañada por la declaración de guerra del Perú. El desarrollo de los acontecimientos de la guerra muestra lo mal preparado que estaban los ejércitos boliviano y peruano, así como la armada de Perú, a pesar de los actos de heroísmo y las primeras victorias navales.
El balance de lo ocurrido, nos muestra un desarraigado comportamiento político de la casta gobernante liberal boliviana; no se puede considerar de otra manera, estamos ante una alarmante muestra de desapego respecto de los territorios perdidos. En contraste, tenemos de la misma casta gobernante, el apego compulsivo a garantizar la salida de los minerales al mercado internacional. La salida entonces fue “económica” y no “patriótica”. Se entregaron los territorios colindantes al Pacífico a cambio de garantizar la exportación de minerales. Diga lo que se diga, se busque justificar o no, matizando lo ocurrido por las condiciones de debilidad y vulnerabilidad de Bolivia, además de encontrarse sometida a la amenaza de una posible nueva invasión, lo cierto es que ese tratado fue una entrega de los territorios. Una más después de la pérdida del Acre. No deja de sorprender la actitud de la burguesía minera boliviana y de los latifundistas que la acompañaban, así como no se puede explicar el retorno de Hilarión Daza con el ejército, que iba en camino para reforzar las posiciones de las guarniciones confederadas que defendían en el Alto de la Alianza, renunciando a la batalla, abandonando a las tropas aliadas, bolivianas y peruanas, que enfrentaban al ejército de Chile. ¿Estos son síntomas alarmantes de una ausencia catastrófica de voluntad de defensa? ¿Síntomas de una desmoralización profunda antes de la derrota militar y la entrega indigna de los territorios? ¿Es qué no había otra salida? ¿Estaba Bolivia entre la espada y la pared, como pretende cierta interpretación de la diplomacia boliviana? ¿Hemos llegado al punto trágico desde donde se juzga que un país que no sabe defender lo suyo no merece existir?
Es terrible preguntarse de este modo, empero es importante llevar las cuestionantes al extremo para poder posesionar una perspectiva de análisis, que salga de la reiteración del mea culpa y de las muestras patéticas de chauvinismo. Al contrario de lo que aparenta mostrar una historiografía tradicional, así como una política demagógica, se trata de plantearse seriamente la defensa de lo que nos queda, además de buscar recuperar lo perdido. Después de las derrotas bélicas y las pérdidas territoriales, sobre todo de las guerras del Acre, del Pacífico y del Chaco, se debería haber aprendido las lecciones de tan crudísimas experiencias. La defensa territorial y de la soberanía no está exenta, de ninguna manera, de la necesidad de transformaciones profundas de las estructuras sociales y estatales. No se trata ya sólo de modernización, como se hablaba durante el siglo XX, sino de las posibilidades de una movilización general, del pueblo armado, que sólo se puede dar por autodeterminación, es decir democratización profunda, que no puede ser otra cosa que participativa. Se trata de un ejército popular capaz de disuasión, organizado y pertrechado para la defensa, de un pueblo que se autogobierna, auto-determina; es decir, de un pueblo emancipado. Ahora bien, esto sólo puede ocurrir si se libera la potencia social, si se acaba con la constante limitación y subsunción a las estructuras de poder, que no dejan de ser estructuras limitadas a intereses mezquinos, de casta, de clase, incluso prebéndales y clientelares. En varios ensayos pertinentes Zavaleta nos mostró elocuentemente la relación entre disponibilidad de fuerzas y revolución, entre esta relación emergente y la defensa, la capacidad bélica. El ejemplo que utilizó fue las experiencias de las revoluciones socialistas, la de la URSS, la de la República popular de China y, sobre todo, la de la revolución cubana[16].
Sobre la base de estructuras coloniales heredadas, sobre la base de estructuras de intermediación de un Estado-nación subalterno, carcomido por relaciones corrosivas y des-cohesionadoras, manejado por burguesías sin proyecto o por castas políticas cuyo propósito se contenta con la estridencia de la demagogia y la folklorización de supuestos cambios, no hay condiciones de posibilidad, no hay materia, para construir la defensa de los territorios y de la soberanía, sobre todo la soberanía sobre los recursos naturales. En contraste, acudiendo a otra forma de defensa, la dada en los Estado-nación consolidados, ciertamente la defensa puede ser convencional, puede organizarse sobre la base de la disciplina, de la institucionalidad, que requieren de una administración adecuada, de una normativa que se cumple, en el marco de de una modernización correlativa a lo que ocurre en el mundo bajo la hegemonía capitalista. Para que se dé esto no se requiere obviamente, sacrificio y gasto heroico, como ocurre con la prolongación de la revolución[17]. En este caso, parece que la condición de posibilidad para el control territorial, la defensa y la capacidad bélica del Estado, por lo menos en lo que respecta a los entornos fronterizos, con pretensiones de expansión de mediana intensidad, es la combinación de una cierta hegemonía local de la burguesía nativa, la construcción de instituciones que se parapetan en estructuras consolidadas, en prácticas que se apegan a estas estructuras, que no se disocian de las mismas, respondiendo más bien a otras estrategias no institucionales. Sobre todo cuando se trata del ejército, esta fuerza armada responde más a un proyecto fronterizo o transfronterizo, no así más a la represión interna, defendiendo latifundios, aunque esto no deje de ocurrir.
Un ejército moderno es como una máquina; todo sus dispositivos, todos sus engranajes, toda su composición, sus divisiones, están ligadas a la estrategia de guerra. El manejo de los cuerpos, de su dinámicas, de sus partes componentes, conforman una mecánica de guerra no sólo articulada y disciplinada, sino adecuada a la tecnología militar. Cuanto más avanzada es la tecnología militar más se requiere adecuar los cuerpos a los requerimientos de esta tecnología. Ahora bien, una maquina de guerra es destructiva, para lograr sus objetivos devastadores requiere de la coordinación de sus partes y de sus desplazamientos. Las improvisaciones suelen ser fatales. Para mantener el ritmo de los desplazamientos se requiere también de toda una logística de aprovisionamiento, de sostenimiento y de atención. Por otra parte, la comunicación se ha ido convirtiendo en las contiendas en un medio cada vez más indispensable y gravitante, sobre todo cuando se trata de la rapidez y claridad lograda. No siempre se alcanza cumplir con el modelo, empero se trata de acercarse a éste. Era más difícil lograrlo antes; empero, en la medida que ha ido avanzando la organización, la tecnología, las comunicaciones y la información, se hizo más fácil acercarse a los modelos de funcionamientos militares ideados.
No era de esperar que a finales del siglo XIX los ejércitos enfrentados en la guerra del Pacífico sean un modelo concluido; sin embargo, había diferencias notorias entre el ejército chileno y los ejércitos de Bolivia y Perú. En el primer caso, estamos ante un ejército que se preparó para la guerra; en el segundo caso, estamos ante ejércitos más enfocados a mantener el orden interno, la disuasión interna. La experiencia de las grandes campañas quedó en la memoria  de la guerra de la independencia, en la guerra de la Confederación Perú-Boliviana con Chile y otras batallas, como las de Ingavi, donde el ejército boliviano, dirigido por Ballivian, venció al ejército peruano. Las formas de la guerra moderna correspondientes a finales del siglo XIX no parecen formar parte del funcionamiento de estos ejércitos. Si bien se puede decir algo parecido del ejército chileno, apreciando matices y diferencias, el equipamiento más moderno, exigió modificaciones en su organización, estrategia y tácticas. Por otra parte, si hacemos caso al análisis de Zavaleta,  el Estado de Chile mantuvo una guerra fronteriza con los pueblos indígenas, que no solamente lo obligó a ser un estado fortaleza, como en los otros casos, sino que construyó un Estado como en constante guerra en sus fronteras.
Cuando estalló la guerra del Pacífico la misma encontró a dos ejércitos vulnerables y no preparos, sorprendiéndolos en todo el frente, en todo el campo de maniobras, por un lado,  y a un ejército que se había preparado para la guerra, que había desplazado el frente a su antojo, consolidándose en el terreno a medida que avanzaban los acontecimientos. El ejército boliviano se desmoronó rápidamente, el ejército peruano resintió, fue retrocediendo, hasta que se llevó la guerra a la misma Lima, donde el desenlace fue sorprendentemente desfavorable para el Perú. Empero, la guerra no concluyó aquí, siguió en la sierra,  con la estrategia de la guerra de guerrillas. En este cambio de escenario el ejército peruano tuvo victorias importantes. Hay que anotar, que esto se debió al cambio de estrategia, también al cambio de escenario y terreno, pero, sobre todo, a la vinculación con la población nativa, a la convocatoria indígena. Sin embargo, esta forma de guerra, que podía prosperar y desgastar al ejército chileno no contó con el apoyo de Lima, que prefirió firmar la paz con los vencedores.
          
Cronología de los eventos[18]
La llamada guerra del Pacífico, conocida también como guerra del guano y salitre, se desencadenó entre 1879 y 1883. En esta guerra, anticipada por la guerra naval, que concurrió en el desierto de Atacama, se extendió al desierto de Tarapacá,  se propagó a Lima y se adentró al interior del territorio peruano, en la sierra, seenfrentaron tres países andinos y costeños; Chile contra las Bolivia y Perú. El Congreso de Bolivia, el año 1878, se dio a la tarea del análisis del acuerdo celebrado por el gobierno con Chile en 1873. La interpretación boliviana del contrato firmado con la Compañía de Salitres de Antofagasta no estaba vigente, pues los contratos sobre recursos naturales debían aprobarse por el Congreso. El 14 de febrero de 1878 esta interpretación fue ratificada por la Asamblea Nacional Constituyente  mediante una ley; la misma establecía el reconocimiento del acuerdo con la condición de que se pagara un impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado por dicha empresa.
De manera expresa la Ley de 14 de febrero de 1878 dispone que:
Se aprueba la transacción celebrada por el ejecutivo en 27 de noviembre de 1873 con el apoderado de la Compañía Anónima de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta a condición de hacer efectivo, como mínimo, un impuesto de diez centavos en quintal de salitre exportado.
 Otra era la interpretación de Santiago, para el gobierno de Chile el cobro del impuesto de 10 centavos sobre quintal exportado violaba el artículo IV del Tratado de límites de 1874. La Compañía Anónima de Salitre y Ferrocarriles de Antofagasta se opuso al cobro del impuesto, recurriendo al gobierno de Chile en su defensa. Se suscitó primero una contienda diplomática.
En los siguientes meses, se mantuvo en suspenso la aplicación de la ley en tanto se evaluaban las objeciones presentadas por La Moneda. La correspondencia entre las cancillerías se hizo intensa; el 8 de noviembre, el canciller chileno, Alejandro Fierro, envió una nota al canciller boliviano,  Martín Lanza, señalando que el Tratado de 1874 podría declararse nulo si se insistía en cobrar el impuesto, retomando Chile sus reclamos anteriores a 1866. En respuesta, el gobierno de Bolivia, el 17 de noviembre, ordenó al prefecto del departamento de Cobija que aplicara la ley del impuesto con el objeto de iniciar las obras de reconstrucción de Antofagasta, que había sufrido los percances de un terremoto. El Protocolo de 1875 contemplaba el arbitraje como medio de resolución del conflicto; si bien, las partes en controversia estaban de acuerdo con el mismo, el arbitraje no se llevó a cabo. La situación se hizo tensa; por un lado, el gobierno de Chile exigía que se suspendiera la aplicación de ley hasta conocer la decisión del arbitraje; por otro lado, el gobierno de Bolivia exigía que el blindado Blanco Encalada y los buques que le acompañaban se retiraran de la bahía de Antofagasta. A continuación, el gobierno de Bolivia rescindió el contrato con la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta el 6 de febrero. El prefecto de Cobija, Severino Zapata, ordenó rematar los bienes de la compañía para cobrar los impuestos generados desde febrero de 1878.
En Santiago se recibió un telegrama del norte, conteniendo textualmente un mensaje del ministro plenipotenciario de Bolivia: “Anulación de la ley de febrero, reivindicación de las salitreras de la compañía“. Este telegrama precipitó la decisión del presidente de Chile, Aníbal Pinto, de ordenar la ocupación de Antofagasta. Este desembarco y ocupación se efectuó el 14 de febrero de 1879, tomando las tropas chilenas territorio boliviano hasta el paralelo 23. El día del remate, el 14 de febrero, tres naves chilenas arribaron a Antofagasta, Mejillones, Cobija y Caracoles reivindicándose estos puertos y territorios colindantes. Tomando en cuenta la gravedad de estos sucesos, el 16 de febrero, llegó a Lima el ministro boliviano Serapio Reyes, planteando al gobierno de Lima el cumplimiento del tratado de alianza defensiva de 1873. Los dados estaban echados, los sucesos se precipitaban encaminándose al conflicto bélico;  el 27 de febrero, el presidente de Bolivia, Hilarión Daza decretó el estado de sitio  en Bolivia.
Recurriendo a las fuentes de los archivos de la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, se puede cotejar, hasta cierto punto, que, aparentemente, en Chile todavía había una cierta incertidumbre en comprometerse en la guerra nada menos que para salvar a la compañía en cuestión, a pesar de que muchos políticos y ministros importantes eran accionistas notorios de la compañía. Sin embargo, al parecer, la decisión sería otra en el caso de que se remataran efectivamente las empresas salitreras. Hecho que, de ocurrir, de acuerdo a la interpretación de La Moneda,  equivaldría una violación efectiva del tratado. Tomando en cuenta este marco, todo estos eventos, los datos y las fuentes, sobre todo las interpretaciones encontradas, parece amortiguarse un poco la determinación de ir a la conflagración; empero, teniendo en cuenta el contexto general y la preparación misma para la guerra durante las cuatro décadas anteriores, nos muestra la incertidumbre del momento, no la indeterminación. 
Los historiadores peruanos entienden que Perú, país que había suscrito el Tratado de Alianza Defensiva con Bolivia, tratado de carácter secreto, suscrito en 1873, al mismo que Argentina  no se terminó de adherir, a pesar de haberse comprometido, a un principio, trató de convencer al gobierno de Bolivia para comprometerse en un arbitraje con la misión Quiñones, para dirimir el conflicto. Desde el punto de vista legal, esto se hacía posible, atendiendo de que se trataba de un “problema tributario” y no territorial. Dadas las circunstancias riesgosas y al borde del conflicto bélico, el gobierno peruano, encargó a su ministro plenipotenciario José Antonio de Lavalle  la misión de interceder y mediar; el ministro viajó a Santiago, empero la misión encargada se frustró. La disyuntiva peruana era complicada; no era fácil aceptar la fatalidad de la guerra, tampoco la obligatoriedad del cumplimiento del tratado de defensa. Cuando estallaron las hostilidades, el Perú declaró la guerra a Chile.  
Ya en lo que se podría considerar la víspera misma de la guerra, el gobierno de Bolivia, el 1 de marzo, emite un decreto   por el que se corta tanto el comercio, así como la comunicación con Chile. Se ordena la desocupación de los residentes chilenos, el embargo de sus bienes, propiedades e inversiones, desconociendo toda transferencia de intereses chilenos hecha con posterioridad al 8 de noviembre, fecha en la que el gobierno chileno declaró nulo el tratado de 1874. Las tropas de ocupación ya se encontraban en territorio de Antofagasta; lo que quedaba era avanzar al norte; quince días después del mes fatídico, en Chile se da comienzo a los últimos arreglos para invadir los territorios que se encuentran al norte del paralelo 23. Se puede decir, que la primera batalla terrestre de la guerra todavía no declarada, aunque ya prácticamente efectuada, se da el 23 de marzo, cuando se invade la población boliviana de Calama.  Un abrumador contingente de fuerzas invasoras venció a un reducido grupo de civiles bolivianos, que se inmolaron en la defensa, entre los que se encontraba Eduardo Abaroa. Formalmente el 5 de abril de 1879 Chile declaró la guerra a Bolivia y Perú.
Roberto Querejazu Calvo comentando la batalla de Calama escribe:
El cruce de fuego comenzó a las 7 de la mañana. Los atacantes, divididos en dos columnas, avanzaron resueltos a cruzar el río por los puentes Topater y Carvajal, encabezados por unidades de caballería. Los puentes habían sido destruidos una semana antes por orden de Cabrera. Dice el cronista chileno Félix navarra: “Los chilenos que avanzaban muy confiados fueron recibidos por descarga de fusilería por los bolivianos parapetados en la orilla opuesta al Loa. Se encabritaron los caballos, hubo confusión entre los jinetes y se volvió bridas en precipitado repliegue. Los bolivianos, envalentonados con esta retirada, con un valor digno de ser reconocido, abandonaron sus parapetos y tendiendo con tablas un puente provisorio cruzaron el río y persiguieron a nuestros cazadores”. Los actores en esta acción eran el Mayor Juan Patiño, el señor Eduardo Abaroa, el oficial Burgos y 8 rifleros[19].
A pesar de las muestras de heroísmo y coraje, Calama Cayó. No podía sostenerse por más tiempo su defensa frente a todo un ejército bien pertrechado. La defensa de Calama quedó en la memoria; forma parte de la remembranza cívica de las escuelas. Lo que muestra la batalla de Calama es la determinación de un grupo de civiles, aunque contaban con oficiales; estaba ausente la disposición anticipada de un ejército nacional para la defensa.
La guerra naval
En esta guerra del Pacífico, en términos estratégicos, quedaba clara la necesidad evidente de contar con un dominio en el mar; vencer la guerra en el mar parecía una condición indispensable para ganar la guerra terrestre. De alguna manera, se puede decir, que la guerra naval es como la antesala de todos desplazamientos de la guerra terrestre. Sin ser grandes armadas, con lo que contaban para entonces, se enfrentaron las escuadras beligerantes. En la comparación, la ventaja en el arsenal marítimo la llevaba Chile. Sin embargo, las primeras victorias navales fueron para el Perú. La escuadra chilena consistía en las fragatas blindadas gemelas, Cochrane y Blanco Escalada. El resto de la escuadra estaba formada por naves de madera: las corbetas Chacabuco, O’Higgins y Esmeralda, la cañonera Magallanes y la goleta Covadonga. La escuadra peruana estaba conformada por la fragata blindada Independencia  y el monitor Huáscar. Completaban la escuadra peruana los monitores fluviales Atahualpa y Manco Cápac, la corbeta de madera Unión y la cañonera de madera Pilcomayo. En cambio Bolivia contaba con buques de guerra como el Guardacostas Bolívar,  el Guardacostas Mariscal Sucre y las embarcaciones Laura y Antofagasta.
Iquique, puerto peruano, se encontraba bloqueado por parte de la armada chilena. La escuadra zarpó al combate, a desbloquear el puerto. El combate naval de Iquique se dio lugar el 21 de mayo de 1879; en el combate, el monitor Huáscar, al mando del capitán de navío miguel Grau Seminario, hundió a la corbeta chilena Esmeralda, al mando del capitán de fragata Arturo Prat Chacón. El mismo día, la fragata Independencia se enfrentó con la goleta Covadonga, cuyo comandante capitán de corbeta, Carlos Condell de Haza, evadió el combate bordeando la costa; perseguido por la Independencia que, en su afán de espolonear a la Covadonga, hizo que el blindado peruano encallara en Punta Gruesa. Los combates navales de Iquique y Punta Gruesa  le dieron una victoria táctica al Perú: el bloqueo del puerto de Iquique fue levantado y las naves chilenas fueron hundidas o abandonaron el área.
A pesar de la inferioridad numérica, el comandante del Huáscar mantuvo ocupada a toda la escuadra chilena durante un semestre. Es sobresaliente la actuación del Huáscar en la guerra naval; entre su desempeño destacado se puede contar con el primer combate naval de Antofagasta, dado el 26 de mayo de 1879, y con  el segundo combate naval de Antofagasta, dado el 28 de agosto de 1879. Una de sus victorias tajantes fue la captura del vapor Rímac, ocurrida el 23 de julio de 1879. En la captura, Grau no sólo detuvo al buque, sino también al regimiento de caballería Carabineros de Yungay, regimiento que se encontraba a bordo. Esta captura provocó una crisis en el gobierno de Santiago, ocasionando la renuncia del almirante Juan Williams Rebollo. El nuevo nombramiento recayó en el comodoro Galvarino Riveros Cárdenas, encargado de dar caza al Huáscar.
En este teatro de operaciones navales, llegó el combate crucial de la campaña naval, la misma que tuvo lugar en Punta Angamos, el 8 de octubre de 1879. Finalmente el monitor Huáscar, junto con la Unión, que logró escapar, fue capturado por la armada chilena. En el enfrentamiento murió su comandante, Miguel Grau Seminario. El combate naval de Angamos marcó el fin de la campaña naval de la Guerra del Pacífico, quedando Chile con el dominio marítimo. 
La guerra terrestre
El teatro de operaciones terrestre fue también favorable al ejército chileno. Las tropas de ocupación comenzaron sus desplazamientos militares en las provincias de Tarapacá, Tacna y Arica. Teniendo como antecedente lo ocurrido con el desembarco en Antofagasta y la toma de Calama, quedando el dominio de Atacama en manos del ejército chileno, las victorias de Pisagua, Pampa Germania y Dolores, que se dieron a fines de 1879, aseguraron el control sobre el departamento de Tarapacá; después devino la ocupación y el control de Tacna y Arica en 1880. En contraste, la batalla de Tarapacá culminó con una victoria aliada; sin embargo, esta victoria no cambió el curso de la guerra a favor de los aliados. Sorpresivamente el ejército de apoyo que venía de Bolivia, al mando de Hilarión Daza, se retiró de la guerra después de la batalla del Alto de la Alianza.
Mientras se suscitaban estos acontecimientos bélicos, llama la atención el sopor con que se encontraba Lima. Parecía ubicada en otro mundo, alejada del fragor de la guerra, también desarticulada del resto del país. Una excesiva sobrevaloración de su heredad, como metrópoli virreinal, además de sentirse incomprensiblemente invulnerable, seguramente por la evaluación de la distancia de la guerra, minimizó desacertadamente la situación bélica. Para la sorpresa limeña, que abriría los ojos tardíamente, en enero de 1881, desembarcaron las tropas chilenas en una playa cerca a la ciudad; después de vencer al ejército improvisado para la defensa de la capital, en las batallas de San Juan y Miraflores, entraron en la apoteósica y orgullosa Lima. Con el ejército invasor en la misma urbe, la población civil salió desesperada a defenderla, aunque sin lograrlo. Los doce reductos armados rápidamente para la defensa de la ciudad fueron desbaratados por la acción militar del ejército chileno. De las batallas se pasó a los incendios y saqueos en los poblados de Chorrillos y Barranco.
Una vez terminadas las batallas de San Juan y de Miraflores y dejando como desenlace la victoria de Chile en la ocupación de Lima, el coronel peruano Andrés Avelino Cáceres y el capitán José Miguel Pérez, acompañados por otros oficiales tomaron la determinación de continuar la lucha contra el ejército invasor. Se propusieron alcanzar los Andes Centrales, llegar a la sierra,  donde se reorganizaría al ejército  con el objeto de ofrecer resistencia al ejército de ocupación. Cáceres se hizo cargo de la resistencia en la Sierra Central, en tanto que el coronel Gregorio Albarracín se encargó de la resistencia en la Sierra del Sur. Ambos oficiales optaron por la táctica de la guerra de guerrillas durante tres años, apoyados por la población, primordialmente indígena. En esto ayudó el dominio del quechua por parte de Cáceres. Estos oficiales guerrilleros establecieron su centro de operaciones en la breña de los Andes centrales, pues esta zona presentaba una topografía  adecuada para el desplazamiento de la guerra de guerrillas.
La guerra de guerrilla de las regiones sur y centro andinas logró varias victorias contra las fuerzas chilenas. Con este dominio de los territorios interiores, Cáceres se dirigió a Cajamarca, ubicada en la Sierra del Norte. Mediante esta incursión buscaba evitar el ascenso de Miguel Iglesias; autoridad peruana que ya había manifestado su intención, desde el año 1882, de firmar la paz con Chile, concediéndole territorio. Esta incursión de Cáceres no fue suficiente; la base del Tratado de Ancón ya estaba acordada, entre Patrico Lynch y Miguel Iglesias, el 3 de mayo de 1883. Iglesias firmó el convenio inicial en Cajamarca. Al ejército de ocupación le quedaba vencer la guerra de guerrillas y a los oficiales rebeldes de la resistencia; esto aconteció en la Batalla de Huamachuco, el 10 de julio de 1883. Estaba al mando de la resistencia peruana Andrés Avelino Cáceres, en tanto que al mando del ejército de ocupación se encontraba Alejandro Gorostiaga. En Huamachuco fue derrotada la guerra de guerrillas y la resistencia peruana. Insólitamente Miguel Iglesias envió una comisión con la tarea de felicitar a Gorostiaga por su victoria. En otro escenario, Montero, comandante de la resistencia en la sierra del sur, se vio obligado  salir de Arequipa para evitar la destrucción de la ciudad. Con estos desenlaces de la guerra en el interior, el 20 de octubre de 1883 en Ancón se dio la discusión de los términos del tratado de paz. Una vez firmado el Tratado de Ancón, el 11 de marzo de 1884, la Asamblea Constituyente aprobó el Tratado. Iglesias marchó hacia Lima para asumir el gobierno del Perú.
La guerra del Pacifico terminó, empero la guerra interna no concluyó. Las irreconciliables diferencias entre Cáceres e Iglesias, entre un Perú que aceptó la derrota y otro Perú que nunca la aceptó, desencadenaron una guerra civil. La guerra civil la ganó Cáceres.
Se puede decir que la guerra concluyó oficialmente el 20 de octubre de 1883; esta culminación quedaba ratificada  con la firma del Tratado de Ancón.  Con la aplicación del tratado el departamento de Tarapacá  pasó a manos chilenas permanentemente; a esto hay que añadir que las provincias de Arica y Tacna  quedaron bajo administración chilena por un lapso de 10 años; al cabo de la década un plebiscito decidiría si quedaban bajo soberanía de Chile, o si volvían al Perú.
Cuando se firmó el Tratado de Ancón, el departamento de Tacna  contaba con tres provincias: Tacna, Arica y Tarata. Dos años después del tratado, en 1885,  Chile ocupó la provincia de Tarata. Sin embargo, ésta fue devuelta al Perú el 1 de septiembre de 1925,  por resolución del árbitro Calvin Coolige, presidente de los Estados Unidos. El plebiscito previsto en el Tratado de Ancón nunca se llevó a cabo. Más tarde, 1929, cuando se firmó el Tratado de Lima, tratado que contó con la mediación de Estados Unidos, se estableció que gran parte de la provincia de Tacna fuese devuelta al Perú mientras que Arica y el resto quedara definitivamente en manos de Chile.
La paz entre Chile y Bolivia fue firmada en 1904. En este tratado Bolivia reconoce la permanente soberanía de Chile sobre los territorios conquistados. A lo largo de la historia diplomática entre ambos países, este tratado fue cuestionado, revisado e incumplido por parte de los distintos gobiernos y administraciones de Chile.
Análisis
Geopolítica regional
Hay dos conceptos que estamos usando para comprender la guerra del pacífico; uno es guerra periférica y el otro es geopolítica regional. Cuando hablamos de guerra periférica nos referimos a las guerras desatadas en las periferias del sistema-mundo capitalista. Cuando hablamos de geopolítica regional, nos referimos a la estrategia, en la perspectiva de la geografía política, de alcance medio. Las guerras periféricas se distinguen de las guerras centrales no sólo por el lugar dónde se dan, sino también por las pretensiones inherentes. Las guerras en los países centrales tienen que ver primordialmente con objetivos imperialistas, entonces, tienen que ver con las contradicciones imperialistas. En cambio, las guerras periféricas no tienen esas pretensiones, responden mas bien a una combinación de contradicciones donde se combinan los intereses locales con los intereses imperialistas. El alcance geopolítico de estas guerras es mas bien limitado si comparamos con los alcances geopolíticos de las guerras imperialistas. Como en toda geopolítica se trata del control territorial, del control geográfico, del control espacial, empero, se trata de un control de menor extensión que el pretendido por el imperialismo. Se trata de un control regional; vamos a entender este termino de lo regional en el sentido de una extensión de mediano alcance; ni local, ni nacional, pero, tampoco continental. Aunque el término regional connota ambigüedad y una variación de posibilidades, dependiendo de lo que se quiere abarcar con esta palabra, a nosotros nos interesa usarla en el sentido de un alcance mediano, de una extensión media, de un entorno de control, irradiación y afectación. Se trata de lo siguiente: de una geopolítica cuyo alcance consciente es de mediana extensión; no hay ninguna intensión de ir más lejos. Es una geopolítica acorde a las fuerzas que se tiene, una geopolítica mas bien limitada, sin embargo, de impacto efectivo. Se trata de una geopolítica de control territorial en relación al entorno fronterizo; ahora bien, el alcance de este entorno puede ser mas o menos amplio, dependiendo de lo que se quiere controlar. Más allá de las fronteras del país se quiere, por ejemplo, controlar los recursos naturales, más allá de las fronteras se quiere evitar el potenciamiento de los vecinos, más allá de las fronteras se busca conformar un entorno no hostil, de seguridad. Entonces la geopolítica es de mediana extensión. Esta geopolítica regional está asociada a potencias de segundo orden; no son grandes potencias, tampoco corresponden a un imperialismo, sino que buscan dominar su entorno, conformar una región de dominio en su entorno.
Las guerras periférica en parte corresponden a los juegos de esta geopolítica regional, aunque también, muchas de estas guerras, quizás la mayor parte, corresponden a guerras fratricidas entre países dependientes, empujados a la guerra por las contradicciones imperialistas. Ciertamente, parte de estas guerras tienen que ver con conflictos limítrofes, fronteras heredadas de las administraciones coloniales, así como también con conflictos “tribales”. Lo que nos interesa enfocar, por el momento, es la relación entre estas guerras periféricas y la geopolítica regional.
Armando una tesis sobre esta geopolítica regional, buscamos hacer una descripción de sus características principales. Habíamos dicho que la geopolítica regional tiene un alcance de expansión mediana, puede corresponder a conquistas de mediana intensidad. Esta geopolítica regional está lejos de parecerse, por lo menos en la cualidad y la conmensurabilidad de los alcances, a la geopolítica imperialista; tampoco repite del todo, por las mismas razones, la geopolítica de lo que se ha venido en llamar “sub-imperialismo”, que es como un imperio de segundo orden, subordinado al imperialismo dominante. Las potencias de segundo orden, de la que hablamos, no son “sub-imperialismo”; tiene una pretensión menor; la región que abarca como pretendida influencia y control, es también menor a la extensión de un sub-imperialismo, que más  bien puede ser continental o sub-continental. Las potencias de segundo orden tienen en la mira a sus vecinos, sea en el sentido de la defensa o en el sentido de la expansión.
A esta característica del alcance medio de la geopolítica regional se vincula un “geopolítica temporal”, si podemos hablar así, pues parece un contrasentido hablar de geografía, espacio, refiriéndonos al tiempo, aunque desde la física cuántica estemos obligados a pensar el espacio-tiempo de los acontecimientos. La “geopolítica temporal” de la que hablamos se refiere al manejo del tiempo en la consecución de la realización geopolítica. Se trata de pasos, también de fases, de etapas que se van graduando. Toda geopolítica debe considerar la temporalidad de su realización; no es que ocupe el tiempo, sino que ocupa territorios en tiempos sucesivos. La geopolítica regional hace lo mismo; la diferencia radica en que, de acuerdo al tamaño de su poder, el ritmo y la gradualidad de la expansión de alcance medio depende de potenciamientos por etapas. El avance de la realización geopolítica es más bien discreto, por fases discontinuas. Puede darse el caso de una emergencia crítica, como la proximidad ineludible de una guerra; en ese caso, la apuesta es indiscreta y claramente expansionista. Cuando ocurre esto, cuando se está ante esta eventualidad imperiosa, se pone en juego la totalidad de la disponibilidad, pues está en juego la propia existencia.
Ahora bien la geopolítica es un concepto geográfico de dominación o, si se quiere es un concepto de dominación geográfico. Las estrategias geopolíticas están íntimamente vinculadas a las clases dominantes. Ninguna dominación puede desentenderse del control territorial; ciertamente los antiguos imperios contaron con concepciones territoriales de dominación. En este sentido, es conveniente hacer un análisis comparativo de estas estrategias territoriales en la historia de las dominaciones. Sin embargo, por ahora debemos concentrarnos en la explicita formación discursiva que se concibe como geopolítica; esta corresponde a la modernidad y a las expresas estrategias de dominación de las burguesías. Esta geopolítica está íntimamente relacionada con las estructuras de los ciclos del capitalismo, con las formas de la acumulación de capital, con las cartografías económicas, con el juego de los monopolios y de los mercados. Por eso, cuando hablamos de geopolítica regional nos referimos a la estrategia estatal de la clase dominante; en este caso, de la burguesía singular correspondiente al país en cuestión, a la proyección de esta segunda potencia. No es posible una geopolítica de la sociedad, compuesta por clases sociales, embarcadas en sus propias luchas, proyectando entonces, mas bien, distintas estrategias políticas. De manera diferente, es posible encontrar que los sectores sociales explotados de un país prefieran la solidaridad con los otros sectores sociales similares del otro país, que un enfrentamiento entre países, propugnado por sus burguesías.
Volviendo a las definiciones polémicas de geopolítica, Ives Lacoste, geógrafo francés, concibe la geopolítica como la disciplina que estudia las rivalidades por los territorios, países y continentes[20]. ¿Tendríamos que decir que la geopolítica regional se ocupa de las rivalidades de territorios circundantes, de países vecinos, en una región que podemos llamarla subcontinental? Ahora bien, la geopolítica, en el sentido de estrategia territorial, tiene como uno de sus objetivos primordiales el control de los recursos naturales. Este eje de desplazamiento de la geopolítica imperialista ha sido evidenciado en la historia del capitalismo y de las potencias globales. Este eje de ocupación también es compartido por la geopolítica regional, aunque en una escala menor, de mediano alcance, como hemos dicho. Se trata del control de los recursos naturales en un entorno dado. Ahora bien, de lo que se trata es de saber dónde se direccionaliza la explotación de estos recursos; en tanto no se trata de una potencia global, sino de una potencia de segundo orden, articulada ya a la estructura conformada por la geopolítica del sistema-mundo capitalista, este flujo de materias primas se dirigen a los centros industriales del sistema-mundo. La geopolítica regional no es más que una parte, una composición, de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Es una mediación en el proceso de acumulación capitalista global y en el proceso de dominación mundial. Sin embargo, en la región en cuestión, la geopolítica regional tiene impacto, configura realidades en la región, afectando a la dinámica de los países.
Rudolf Kjellen dice que la Geopolítica concibe al Estado como un organismo geográfico o como un fenómeno en el espacio[21]. Ciertamente la biologización del Estado por parte de Kjellen, el convertirlo en un organismo viviente, salta las características políticas del Estado, así como las características relativas a las estructuras de poder, incluso si consideramos las estructuras de larga duración, si nos remontamos a las épocas no modernas de estas formaciones de poder. Se entiende que lo hace para estudiar al Estado como si fuese un organismo vivo, convirtiendo a este objeto de estudio en parte de las ciencias naturales. Se pueden comprender a primera vista las limitaciones de este enfoque; sin embargo, muchos estadistas, políticos, sobre todo conservadores, comparten este prejuicio.
Indudablemente fue Friedrich Ratzel el que le da un cuerpo teórico a la geopolítica[22]. Ratzel no está muy lejos de la “ideología” de Kjellen. Se trata de una “ideología” que no sólo fetichiza el Estado, le otorga vida propia, sino que convierte al Estado en un sujeto. Ahora sabemos que el Estado es una composición de las relaciones sociales; es la dinámica de las relaciones sociales, sobre todo cuando se convierten en relaciones de dominación, en relaciones y estructuras de poder, las que construyen y reproducen esta maquinaria de disponibilidad de fuerzas. Por eso mismo, el Estado también es un imaginario, ciertamente muy útil para la legitimación del poder de las clases dominantes. El capital es un ámbito de relaciones, el Estado también lo es; es el análisis crítico de estos ámbitos relacionales, de estas estructuras de relaciones sociales, la que nos va dar la clave para comprender las lógicas de sus funcionamientos. Cuando nos encontramos con teorías que convierten al capital en algo con vida propia, y al Estado como una entidad con vida propia, estamos ante formaciones enunciativas cosificantes, que transfieren la dinámica de las relaciones sociales a la cosa, otorgándole la magia de una vida propia. Se comprende  que estas “ideologías” sean funcionales a la reproducción del capital, a la reproducción del Estado, a la reproducción de la burguesía, a la reproducción del poder; es decir, a la reproducción de las relaciones y estructuras de dominación en todas sus formas. La geopolítica forma parte de esta “ideología”; es más, se la puede considerar como un saber de dominación de las estructuras de poder vigente. La geopolítica puede tener un alcance de dominación global, como en el caso de los imperialismos, o puede tener un alcance menor, como en el caso de los llamados sub-imperialismos, incluso menor, como en el caso de las potencias de segundo orden. En todos estos casos es la burguesía la interesada en promover la geopolítica. Esta promoción se efectúa en instituciones especializadas, universidades, fuerzas armadas, organismos especializados del Estado. Sobre todo se la vuelve práctica en políticas públicas o en estratégicas de conquista y ocupación como la guerra.
Podemos decir entonces, que el otro eje y vínculo de la geopolítica es el Estado. La geopolítica es dos cosas, tiene dos cabezas, es  saber estatal, así como también es disposición estatal; es decir, la disposición y la desenvoltura del Estado en lo que respecta a la ocupación territorial. Lo que lleva de por sí, la disponibilidad material y práctica de efectuarlo. Ahora bien, la geopolítica regional, también tiene dos cabezas, un saber y una estrategia, empero, como hemos dicho, los alcances de este saber y de esta estrategia se adecuan al alcance de las pretensiones, que en este caso tienen que ver con el entorno. No se trata, sin embargo, de un saber menor, sino diríamos, de un saber incluso más minucioso, un saber más detallado, un saber de la complejidad y diferencias del entorno, de sus accidentes y sus desiertos. Este saber de la geopolítica regional obliga a la estrategia a adecuarse a la peculiaridad de los terrenos, exige a las maniobras de desplazamiento, así como a las maniobras militares, a adaptarse a la morfología territorial, sus distancias y dificultades.
Desde la perspectiva meticulosa de la geopolítica regional hablamos de un Estado adaptado a su geografía ocupada y a la de su entorno. El celo del control territorial, en parte debido a la necesidad obligada de la defensa fronteriza, en parte las exigencias económicas de administrar la “escasez”, y en parte a las demandas del mercado internacional, produce la conformación de un Estado acondicionado a las exigencias del control escrupuloso del territorio. Llama la atención que en América latina y el Caribe, en la tendencia de adecuación, hayan sido los Estado-nación de extensión geográfica menor los que mejor hayan administrado su geografía, con todas las diferencias que pueda haber al respecto. El Estado que mejor ha efectivizado esta adecuación es el de Chile. Lo que decimos no quiere decir, de ninguna manera, que lo mejor que se podía hacer era optar por geografías chicas, sino, que dadas las circunstancias, de la renuncia a la Patria Grande, por parte de las oligarquías regionales, el decurso de la historia turbulenta de los países independizados llevó a esta situación.
Karl Haushofer (1869-1946) propone la teoría del espacio vital. Ésta se resume en el enunciado de que si el Estado no posee el espacio que necesita tiene el derecho de extender su influencia física, cultural y económica. Si un Estado más fuerte es pequeño tiene el derecho de ampliar su territorio. En otras palabras, los Estados vitalmente fuertes necesitan ampliar su espacio. La extensión territorial conlleva el incremento de poder; el supuesto teórico de esta teoría es que espacio es poder. Esta tesis de Haushofer puede ser considerada como uno de los principios de la geopolítica regional. Esta tesis se puede expresar de la siguiente manera: Cuando la potencia en crecimiento y las fuerzas acumuladas exceden el control territorial del Estado en cuestión, éste se encuentra obligado a su expansión. Traducida la tesis a un leguaje económico, acorde a la formación discursiva de la revolución industrial, podría pronunciarse de la siguiente manera: Si la demanda de materias primas por parte del mercado internacional crece, si además estos recursos no se encuentran en territorio propio, es casi un imperativo controlar estas reservaspor un medio o por otro, de una manera o de otra, por mediaciones o de forma directa, anexando territorios.
Como se puede ver el discurso geopolítico es un discurso de justificación de la violencia estatal; ya no se trata del monopolio de la violencia legítima respecto a la sociedad misma, sino del uso de la fuerza bélica en contra de estados vecinos. El discurso geopolítico es un discurso que hace apología de la violencia y de la guerra. La emisión de este discurso sólo se la puede entender por cuanto deriva de la concepción expansionista de la burguesía. Se trata de un discurso conservador y de élite; de ninguna manera de un discurso popular. ¿Cuándo, bajo qué condiciones, puede una burguesía belicosa comprometer al pueblo en una guerra? Se supone que la burguesía tiene que haber logrado una cierta hegemonía sobre la sociedad, empero, combinada con cierta dosis de autoritarismo. Al respecto, hay que considerar que la burguesía no es homogénea; se trata mas bien de una composición variada. Generalmente, cuando se empuja a la guerra a un país, es cuando los sectores más conservadores de la burguesía son los que han ganado el control del Estado. Por otra parte, claro está que intervienen otros factores, que dependen del contexto, del momento, de la coyuntura, de las características poblacionales, de la presencia de empresas del país en otro país.
Las teorías geopolíticas globales tienen como objetivo el control del mundo; esto se entiende en tanto que las potencias globales se encuentran en la disputa del control territorial en la geografía del sistema-mundo capitalista.  Por ejemplo, Nicolás John Spykman[23](1893-1943) propuso que el control de Euro-Asia implicaba el control del mundo. Se dice que al asumir esta tesis, la estrategia norteamericana fue de contrarrestar el avance del ejército rojo y de los estados socialistas en Europa del este, con el plan Marshall y con la OTAN en la Europa del oeste. ¿Qué connotación tiene una teoría como la de Spykman en la geopolítica regional? Como hemos dicho, en la geopolítica regional no se trata de una estrategia global, no se trata, ni mucho menos, del control del mundo, sino del control del entorno. Ahora bien, lo que entra en juego es el control de recursos naturales y reservas estratégicas; pero, no solo, pues también se trata del control de sus flujos y del mercado de estos flujos. Si se trata de un área terrestre, el control del espacio de transporte de estos flojos de materias primas; si se trata de un área marítima, el control del mar y del océano que corresponde al transporte mercante; si se trata del espacio aéreo, el control del cielo, tanto para el transporte comercial como para el dominio militar. Por ejemplo, desde la perspectiva geopolítica regional, lo que está en disputa entre los estados de Bolivia, Chile y Perú es el control de los recursos naturales estratégicos, de sus reservas, el control del espacio de transporte y de comunicaciones, el control del océano pacífico del sud, así como el control aéreo. Todo esto también está conectado, de una u otra manera, con el control financiero o la participación en este control financiero.
Contra-geopolítica
Hacia una geografía emancipadora
No podemos caer, de ninguna manera, en la impresión de que la geografía está dominada por la geopolítica. Esto no es cierto, desde ningún punto de vista; ni desde la historia de la geografía, tampoco desde la perspectiva epistemológica de la geografía. La geopolítica es un caso particular, podríamos decir no solamente conservador de las teorías geográficas, sino hasta reaccionario. Por otra parte, los paradigmas usados por la geopolítica y las teorías en boga de esta disciplina son mas bien débiles y poco sustentables, tanto filosófica, teoría y científicamente. Mientras la geografía, epistemológica, teórica y metodológicamente, ha dado saltos importantes, la geopolítica se ha rezagado en presupuestos prejuiciosos y hasta raciales. En la historia de la geografía un paso significativo fue el desplazamiento dado en los términos de la geografía cuantitativa. Desde esta perspectiva epistemológica, el espacio ya no es algo dado sino mas bien un producto social, de las relaciones sociales, de los flujos y movimientos sociales, de los asentamientos humanos, de las trasformaciones producidas por los desplazamientos humanos, acciones y prácticas. La geografía cuantitativa es una ciencia matemática, por cuanto el manejo de los indicadores se hace indispensable y la conmensuración de los desplazamientos y transformaciones espaciales. Empero, esto no quiere decir que no esté afectada por una fuerte crítica y reflexión teórica, además  de la incidencia multidisciplinaria e interdisciplinaria de otras ciencias, como la historia y las ciencias humanas, la sociología, la antropología, así como las ciencias económicas. A partir de esta ruptura y desplazamiento epistemológico la geografía se transforma; esta ciencia del espacio y de la tierra, se ocupa no solamente de un espacio como producto social, sino descubre múltiples espacios efectivos y posibles, que comprenden sus propias dinámicas de configuración. Así también como que la geografía se abre a distintas connotaciones espaciales, haciendo consideraciones sobre el lugar, el territorio, la región, los espaciamientos diferenciales. En este sentido se abre a considerar los espesores territoriales, que comprenden espesores culturales, afectivos, imaginarios, además de abrirse a los movimientos socio-territoriales, en tanto luchas transformadoras del hábitat y de los espacios. En esta perspectiva, no podemos dejar de considerar los espesores ecológicos.
Como se podrá ver, este desplazamiento epistemológico de la geografía deja atrás una perspectiva estática del espacio, sobre todo, deja en evidencia, hace visible, la limitaciones y estrechez de las teorías geopolíticas, sobre todo sus rudimentarios cuerpos teóricos. La geografía no solamente promueve investigaciones de las dinámicas espaciales, sociales y territoriales, en distintos tópicos y problemáticas, sino que se ha abierto a lecturas e interpretaciones emancipatorias. Así lo entendió Milton Santos, el geógrafo brasilero de la corriente crítica y de la complejidad espacial, así también comprendió David Harvey, el geógrafo y profesor marxista de la City University of New York. Ambos geógrafos encuentran en la geografía una poderosa herramienta crítica a las estructuras de poder, a las formas de dominación y al capitalismo, así como un saber emancipador que alumbra sobre las dinámicas y complejidades espaciales[24].
Milton Santos se propone identificar la naturaleza del espacio y encontrar las categorías de análisis que permitan estudiarlo[25]. El espacio como producto aparece en Milton Santos como interpenetración del sistema de objetos y el sistema de acciones. Pero, no ocurre, como en la teoría de sistemas autopoieticos, donde un sistema presta su propia complejidad al otro sistema para ser interpretado, sino que, en esta conjunción, aparecen categorías analíticas y sintéticas reveladoras de campos de relaciones y de espesores sociales y culturales. El paisaje, la territorialidad, la diferenciación territorial del trabajo, el espacio producido o productivo, las rugosidades y formas contenidas, son estas categorías. A partir de ellas se puede pasar a interpretar la región, el lugar, las redes, las escalas, el orden local y global. Esta perspectiva geográfica se abre a las dinámicas, que podríamos llamar, constitutivas del espacio; estos son los procesos: la técnica, la acción, los objetos, la norma y los acontecimientos, la universalidad y la temporalidad, la idealización y la objetivación, los símbolos y la ideología.
En Milton Santos la conformación de una geografía crítica pasa por cuatro momentos. El primer momento corresponde a una ontología del espacio, en la búsqueda de las nociones originarias. Se trata de la comprensión de múltiples relaciones geográficas que permita la interpretación de la forma cómo el territorio ha sido transformado con la presencia de la técnica. El segundo momento corresponde a la producción de las formas-contenido; aquí se retoma el espacio en tanto forma-contenido. Se trata de reconocer cómo el proceso de transformación de una totalidad va sufriendo modificaciones en su estructura a partir de las dinámicas sociales, de sus prácticas y acciones, de las propias configuraciones y reconfiguraciones materiales y territoriales del espacio, así como de las modificaciones de la división del trabajo. El tercer momento es el que corresponde a una geografía del presente.  Cada periodo es portador de una constelación de sentidos compartidos, de una combinación de imaginarios, a partir de los cuales se interpreta la coyuntura como realización histórica de las promesas técnicas. El cuarto momento corresponde a la emergencia de las racionalidades convergentes frente a la racionalidad dominante. Las racionalidades convergentes descubren las posibilidades inherentes al espacio, develan las facetas no conocidas del espacio; el espacio aparece como nuevo. Confluyen también dialécticamente las redes del lugar y las redes globales, modificando los sitios de acuerdo a sus combinaciones y composiciones.
En el capitulo El territorio: un agregado de espacios banales, Milton santos propone el territorio como categoría primordial de análisis del espacio; hace notar que se trata del territorio usado, no del territorio pensado abstractamente y reducido a su conmensuración. El espacio banal es un conglomerado de espacios entrelazados; con esta perspectiva rompe con las visiones geográficas que separan los espacios; el espacio político, el espacio social, el espacio económico, el espacio cultural; además de comprender el espacio como complejidad y multiplicidad. El territorio es pensado a partir de la dinámica de movimientos de trueques, intercambios complementariedades. El territorio es considerado como identidad donde nos reconocemos en un espacio que comprendemos que es nuestro. La crítica de Milton Santos es a una geografía euro-céntrica que ha asimilado el territorio al Estado, ha estatalizado el territorio. También dice que el Estado-nación, el Estado territorial, es una identidad establecida normativa y administrativamente a través del reconocimiento de la ciudadanía y la cartografía de la geografía política. Por otra parte plantea que lo que se llama territorio nacional, que corresponde a una identidad establecida, está sometida a un campo multilateral de fuerzas. El territorio nacional forma parte de una economía internacional y se encuentra sometido a procesos de desterritorialización y reterritorialización.
Otras categorías de análisis del territorio son la horizontalidad y la verticalidad como ejes de composición espacial. Santos opone el eje de composición horizontal, que corresponde a las vecindades, a las continuidades, a la prevalencia de las regiones antiguas, a la composición vertical, que corresponde a la globalización; también podríamos decir a la estatalización. Se puede entonces comprender el territorio como un escenario de tensiones y contradicciones donde pugnan estas dos tendencias. Se puede también hablar de una historia territorial; un primer momento, correspondiente a la conformación del lugar y del grupo; un segundo momento correspondiente al establecimiento territorial por parte de los Estado-nación; un tercer momento, donde pasamos al control territorial de las empresas supranacionales. En este recorrido histórico los espacios banales, como conglomerados de espacios múltiples que interactúan, se entrelazan y se combinan, han sido afectados, tendiendo a ser sustituidos por el espacio homogéneo de la globalización, codificado monetariamente y reducido a los signos de la publicidad y del consumo.
Santos concibe una geografía que efectúa análisis dialectos de procesos constitutivos del espacio; éstos se dan como movimientos contradictorios entre territorio y mundo, lugar y mundo, lugar y territorio, territorio y formación social, lugar y espacio. Entonces estamos ante una geografía de las dinámicas territoriales, de los flujos y movimientos constitutivos, de los lugares, de los sitios, de los territorios, de las regiones,  de los espacios.  Hay que entender el espacio de un país como una confederación de territorios, al territorio como una confederación de lugares. En esta complementariedad de lugares y de territorios, la tarea es liberar las potencialidades espaciales oponiendo las relaciones horizontales contra las relaciones verticales. Las confederaciones de lugares y las confederaciones de territorios pueden conformar mundos heterogéneos frente al “mundo” impuesto por el capitalismo y la modernidad.
Con esta revisión rápida de algunas de las nuevas perspectivas epistemológicas de la geografía, queremos pasar a proponer el diseño de una contra-geopolítica.
Tesis contra-geopolítica
1.       Los pueblos no tienen por qué estar en guerra, son los estados los que lo están, son sus clases dominantes las que lo están, en constante querella por el control territorial y del excedente.
2.       La obsesión por el control territorial, de los recursos, de la población, de los mercados, convierte a la geopolítica en un saber conservador del espacio, que es un instrumento de dominación imperial, entonces global, que cuenta con mediaciones regionales, las que promueven una geopolítica regional.
3.       Los pueblos no tienen por qué buscar el control territorial, sino, por el contrario, la complementariedad territorial, la confederación de territorios y de lugares complementarios y solidarios.
4.       La contra-geopolítica se propone llevar a cabo, radicalizar, las consecuencias espaciales de una geografía emancipadora, una geografía de la complejidad, de la multiplicidad del conglomerado de espacios, buscando liberar las potencialidades de los lugares, de los territorios, de los espacios, armonizando comunidades humanas y ecosistemas.
5.       La contra-geopolítica se opone a los monopolios, a los controles, a las dominaciones sobre los lugares, los territorios y los espacios; se opone al eje vertical del establecimiento de los espacios homogéneos. Opta por el eje horizontal de la composición espacial, por la proliferación de espacios múltiples de vecindades, de continuidades, de complementariedades, de tejidos territoriales solidarios.
6.       Los bienes de la naturaleza no tienen por qué ser considerados como recursos naturales, como reservas, explotables, en beneficio de la acumulación de capital, sino, mas bien, como seres, que pueden ser incorporados a los ciclos vitales de las sociedades humanas, respetando los ciclos vitales de estos seres, biodiversos, orgánicos e “inorgánicos”.
7.       La salida a la belicosidad de los estados, en su condición imperialista o de subalternos, es conformar una confederación de los pueblos del mundo, basada en profundos procesos de democratización, articulando complementariedades y conjugando composiciones espaciales, territoriales, de lugares, corporales y técnicas, que liberen la potencia social y la creatividad de las composiciones sociales en la heterogeneidad.
Conclusiones
La guerra del Pacífico fue una guerra periférica, desencadenada en el acomodo territorial de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Fue una guerra que corresponde a la geopolítica regional, mediadora de la geopolítica imperialista, en el ciclo del capitalismo de la revolución industrial. Sin embargo, hay que tener en cuenta otros procesos y estructuras desencadenantes del conflicto; la forma cómo se constituyen las repúblicas independientes, renunciando a la integración de la Patria Grande, las contradicciones que aparecen de proyectos de nación encontrados, entre el interior y la costa, entre un proyecto endógeno y un proyecto exógeno, las guerras civiles que se desatan, además de las guerras entre estados, que reproducen estas contradicciones, nos muestran otras condicionantes históricas y políticas de la guerra. Estamos ante formaciones sociales abigarradas, ante formaciones económico-sociales-culturales cuyos interiores geográficos, cuyas regiones íntimas, se resisten al moldeamiento del mercado internacional desde las costas. También se enfrentan proyectos inconclusos con el nuevo proyecto de adecuación a la geopolítica del sistema mundo capitalista en el ciclo de la revolución industrial. Esta es la razón por la que el proyecto de Diego Portales chocha con el proyecto de Andrés de Santa Cruz. La otra clave, entonces, de la guerra del Pacífico hay que encontrarla en la guerra confederada.
La geopolítica es un saber de la dominación imperialista; le corresponde como derivación, como mediación, en el juego geopolítico del sistema-mundo capitalista, la geopolítica regional, como mecanismo de “ordenamiento territorial” en la geografía de las periferias. Ahora bien, la geopolítica puede darse conscientemente, como proyecto estatal confeso, o de una manera rudimentaria, en elaboración, fragmentaria, emergiendo en la consciencia de la clase dominante a partir de la experiencia política, del incremento de poder y de las contingencias que se enfrenta. Se puede observar que la burguesía chilena no solamente contaba con una estrategia estatal sino también que fue configurando una geopolítica regional. Se puede notar en la historia del estado-nación de Chile, sobre todo a partir de la guerra del Pacífico, una adecuación eficiente entre Estado, control de recursos naturales, fuerzas armadas y economía. Podemos concluir que hay como una geopolítica regional elaborada.
En contraposición a la geopolítica, tanto global como regional, a los proyectos de dominación imperial y a los proyectos de control territorial de los entornos periféricos, de las burguesías, la alternativa de los pueblos es oponerles la contra-geopolítica, es decir, los saberes proliferantes, heterogéneos, horizontales, de la geografía emancipadora. Esto significa, que lejos de pensarse belicosamente sus relaciones, se valoran las capacidades de intercambio, de comunicación, de complementariedad, de composición solidaria entre los pueblos. Es posible pensar una confederación de los pueblos, en primer lugar a nivel continental, en segundo lugar y en proyección, a nivel mundial.    
       
     
                    
   
      


[1] René Zavaleta Mercado: La querella del excedente. En Lo nacional-popular en Bolivia. Plural 2008; La Paz; Pág. 20.
[2] Ibídem: Pág. 21.
[3] Ibídem: Pág. 23.
[4] Ibídem: Pág. 23.
[5] Ibídem: Pág. 27.
[6] Ibídem: Pág. 29.
[7] Roberto Querejazu Calvo: La guerra del Pacífico. Síntesis histórica de sus antecedentes, desarrollo y consecuencias. Librería Editorial G.U.M 2010; La Paz. Pág. 9.
[8] Ibídem: Pág. 10.
[9] Ibídem: Pág. 10.
[10] Ibídem: Pág. 11.
[11] Ibídem: Pág. 11.
[12] Ibídem: Pág. 15.
[13] Roberto Querejazu Calvo: La guerra del Pacífico. Síntesis histórica de sus antecedentes, desarrollo y consecuencias. Librería Editorial G.U.M 2010; La Paz. Pág. 18.
[14] René Zavaleta Mercado: La querella del excedente. En Lo nacional-popular en Bolivia. Plural 2008; La Paz; Pág. 43.
[15] Ibídem: Pág. 43.
[16] Ver de René Zavaleta Mercado: La revolución boliviana y la cuestión del poder;  La Paz; Dirección General de Informaciones 1961. Bolivia: crecimiento de la idea nacional; La Habana; Cuadernos de la revista Casa de las Américas 1967. El Che en Churo; en Marcha 1969; Montevideo, 8 de octubre. El poder dual; México; Siglo XXI 1974. La fuerza de la masa; Cuadernos de Marcha 1979; segunda época; número 3; México, septiembre-octubre. Cuatro conceptos de la democracia; en Dialéctica 1982, número 11; UAP. Determinación dependiente y forma primordial;  Investigación Económica 1983; número 163; México, enero-marzo. También Movimiento obrero y ciencia social, así como Algunos problemas acerca de la democracia.
[17] Ver de Raúl Prada Alcoreza La concepción mercantil de la política; Bolpress 2012; La Paz.
[18] Se puede consultar la siguiente bibliografía: Ahumada Moreno, Pascual (1892). Guerra del Pacífico: recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra, que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de importancia. Valparaíso: Imprenta del Progreso. 8 volúmenes. Arosemena Garland, Geraldo (1946). Gran Almirante Miguel Grau. Lima. Barros Arana, Diego (1890). Don José Francisco Vergara: discursos y escritos políticos y parlamentarios. Santiago de Chile: Imprenta Gutemberg. Basadre Grohmann, Jorge (2005). Historia de la República del Perú. Lima: Diario La República. Octava edición, (Obra completa). Bisama Cuevas, Antonio (1909). Álbum Gráfico Militar de Chile. Campaña del Pacífico: 1879-1884. Santiago de Chile: Imprenta Universo. Bulnes, Gonzalo (1911). Guera del Pacífico. Valparaíso: Sociedad Imprenta Litografía Universo. Casaretto Alvarado, Fernando (2003). Alma Mater: historia y evolución de la Escuela Naval del Perú. Lima: Imprenta de la Marina de Guerra del Perú. Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú (1983). La Guerra del Pacífico 1879-1883. Lima: Ministerio de Guerra. Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú (1983). La resistencia de la Breña. Lima: Ministerio de Guerra. Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú (1983). Huamachuco en el alma nacional (1882-1884). Lima: Ministerio de Guerra. Lecaros, Fernando (1979). La Guerra con Chile en sus documentos. Lima: Editorial Rikchay Perú. Tercera edición. Paz Soldán, Mariano (1904). Narración histórica de la Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia. Buenos Aires: Librería e Imprenta de Mayo. Ravest Mora, Manuel (1983). La compañía salitrera y la ocupación de Antofagasta 1878-1879. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello. VV.AA. (1979). Miguel Grau. Lima: Centro Naval del Perú. Varigny, Charles (1974). La guerra del Pacífico. Santiago de Chile: Editorial del Pacífico S.A. Vial Correa, Gonzalo (1995). Arturo Prat. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello. Vicuña Mackenna, Benjamín (1883). El álbum de la gloria de Chile. Santiago de Chile: Imprenta Cervantes. (2000). Chile y Perú, la historia que nos une y nos separa. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. También revisar de Wikipedia, la enciclopedia libre, Guerra del Pacífico. 
[19] Roberto Querejazu Calvo; Ob. Cit.; Págs. 46-47.
[20]Víctor Giudice Baca: Teorías geopolíticas.Gestión en el Tercer Milenio, Rev. de Investigación de la Fac. de Ciencias Administrativas, UNMSM (Vol. 8, Nº 15, Lima, Julio 2005). Victor Giudece Baca es profesor principal de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.Gestión en el Tercer Milenio, Rev. de Investigación de la Fac. de Ciencias Administrativas, UNMSM (Vol. 8, Nº 15, Lima, Julio 2005).
[21]Dr. Rudolf Kjellen, (1864-1922), nacido en Suecia. Fue politólogo e historiador, profesor de las universidades de Upsala y Gotemburgo. Se puede decir que es responsable del uso del término geopolítica. La hipótesis de trabajo de Kjellen es la que supone la identidad entre el Estado y los organismos vivientes. Estahipótesis fue desarrollada en El estado como forma de vida. Ver de Gustavo Rosales Ariza: Geopolítica y geoestratégica liderazgo y poder. Universidad Militar Nueva Granada 2005. Gustavo Rosales Ariza es Director del Instituto de Estudios Geoestratégicos (IEG).
[22]Friedrich Ratzel (1844-1904), profesor de geografía y antropología. Es conocido por sus investigaciones publicadas en Antropogeografia, también por su libro Geografía política. En este último trabajo se comprende al Estado como un organismo territorial. 
[23]Nicolás John Spykman es, de nacimiento, holandés, nacionalizado después estadounidense. Es especialista en Artes de la Universidad de California, obtuvo después su PHD. Como profesor universitario se inicia en Ciencias Políticas y  Sociología en la Universidad de California (1923-1925); después es profesor asistente en Relaciones Internacionales, en la Universidad de Yale (1925-1928). Más tarde es nombrado decano del departamento de Estudios Internacionales (1935-1940). Es miembro de la Academia Americana de Política y Ciencias Sociales, de la Sociedad Americana de Geografía, de la Asociación Americana de Ciencias Políticas y del Consejo de Relaciones Exteriores. Entre sus obras conocidas se puede citar la Teoría Social de Georges Simmel (1925), también Estados Unidos frente al Mundo (1942), además de Las dos Américas.
[24] Ver de Milton Santos La naturaleza del espacio. Particularmente el capítulo El territorio: un agregado de espacios banales. Revisar de David Harvey Justice, Nature and the Geography of Diference. También Spaces of Capital.
[25] Ver de Cecilia Hernández Diego Reseña de “La naturaleza del espacio” de Santos, Milton. Economía, sociedad y territorio. Julio-diciembre, Vol. III, número 10. El Colegio Mexiquense, A. C. Toluca-México; Págs. 379-385.