Archivo de la categoría: Análisis

La convocatoria del mito

La convocatoria del mito

Aproximaciones a la figura del caudillo y a la revolución bolivariana
Raúl Prada Alcoreza
Featured Image -- 10333
De acuerdo a la etimología, mito es el relato tradicional relativo a seres sobrenaturales, o a los antepasados o héroes de un pueblo. Mythos, del latín tardío, quiere decir cuento; y mýthos, del griego antiguo, significa fábula[1]. Como se puede ver, la raíz de la palabra mito nos lleva a la significación del relato imaginario sobre los orígenes del cosmos o sobre los orígenes de los pueblos, también relato de la epopeya de los héroes primordiales. Paul Ricoeur entiende que se trata de una trama, de una narración, que articula el principio, la mediación y el desenlace de un texto, en la configuración de una totalidad; es un modelo de concordancia. Emile Durkheim encuentra en el mito la estructura que sostiene valores y la cohesión social[2]. Para George Sorel el mito es como una intuición social que convoca a la acción[3]. Claude Levi-Strauss estudia los mitos como estructuras de racionalizaciones que diferencian y encuentran analogías, que clasifican plantas y animales, que construyen calendarios, usando la fuerte narrativa de imágenes y figuras arquetípicas, las que sufren metamorfosis y cambios[4]. Para una de las corrientes hermenéuticas, dedicadas al estudio e interpretación de los mitos, el mito es la matriz de la cultura, de la narrativa, del imaginario, que es como la totalidad de sentidos de la que nunca salimos[5]. Como se puede ver, estamos ante una gama de interpretaciones del mito; empero, en todas ellas, el mito cobra relevancia; ya sea como relato primordial; ya sea como estructura cultural subyacente; ya sea como imaginario total, que es como decir que nacemos en lo imaginario, que nacemos en el mito; ya sea como intuición convocativa a la acción. Nosotros usaremos la figura del mito en este último sentido, empero, sin descartar los otros usos e interpretaciones del mito.
¿Por qué es importante analizar los acontecimientos desde esta perspectiva? Se acostumbra a analizar la experiencia política desde una perspectiva que llamaremos objetiva, tomando en cuenta la descripción de los hechos, eventos, secuencias, contextos y coyunturas políticas; usando modelos analíticos y teorías explicativas, que orientan el análisis a dar cuenta de causalidades, de estructuras subyacentes, de contradicciones dialécticas, de enfrentamientos de bloques. No desechamos la utilidad de estos análisis; sin embargo, notamos que muchas veces se quedan sorprendidos y sobrepasados por el desborde de acontecimientos políticos inéditos. Sobre todo estos análisis se quedan un tanto atónitos ante la presencia de figuras políticas carismáticas, que subjetivan los enfrentamientos políticos, las luchas sociales, sintetizando densamente el acontecer político en el dramatismo de sus personalidades.
La política, en tanto campo de prácticas y de acciones, y lo político, en tanto campo de distribución de fuerzas, posiciones, dispositivos y agenciamientos, además de instituciones, no son acontecimientos políticos que solamente pueden describirse y explicarse desde una exterioridad académica. La política es una experiencia fuertemente subjetiva; se vive la política pasionalmente, se figura la experiencia política en los imaginarios sociales. Determinados acontecimientos políticos, como las rebeliones, las movilizaciones, las revoluciones, despiertan entusiasmo; otros acontecimientos políticos, como la crisis, el desgaste y el deterioro de los referentes de las expectativas, incluyendo la inercia misma en la que cae la rutina política, desencantan. Estas experiencias no se hacen inteligibles si es que no se consideran la constitución y des-constitución de subjetividades, si es que no se comprende el espesor de la experiencia política. Claro que es indispensable estudiar las políticas públicas, las prácticas, las relaciones y las estructuras en su manifestación objetiva; empero esto no basta. Nos quedaríamos en una descripción que trata a la política como una exterioridad o en una explicación abstracta, que no deja, en todo caso de ser pedante.
La figura del caudillo es indudablemente un acontecimiento político, es un lugar de condensación de la experiencia política, una subjetivación concentrada de de las tensiones y contradicciones políticas, a tal punto que todos sus actos, incluso los más insignificantes, no solamente se convierten en actos públicos, esto ya lo sabíamos, sino se convierten en signos políticos. Adquieren significación, connotación, irradian en el ámbito social, apropiándose del sentido y de los significados de los fenómenos políticos no personalizados. El carisma es seductor y atrayente, se convierte en un núcleo gravitatorio, que captura los entornos, haciéndolos circular alrededor. Lo que importa, en el análisis de estos acontecimientos políticos, centrados en la emergencia carismática, no es, obviamente, descartarlos o reducirlos, menospreciando el caudal emotivo y afectivo de las vivencias políticas, sino, al contrario, tomarlos en cuenta como fenómenos integrales, que logran develar el juego intenso de las fuerzas, sus composiciones y relaciones, sobre todo sus pliegues subjetivos. Los acontecimientos políticos, centrados en el carisma, deberían ser mas bien privilegiados en el análisis.
Ahora bien, el mito no es algo que está en nuestras cabezas, tampoco es una estructura abstracta; el mito es producido y reproducido en la dinámica de las relaciones lingüísticas, discursivas, imaginarias, afectivas, pasionales de la gente. Se figura, configura y refigura en la dinámica de estas relaciones. Son los sujetos sociales los que crean y recrean el mito, así también son los que terminan atrapados en sus redes. Creen que nacen en el mito, que se mueven en el interior de su esfera, y que lo que les ocurre se explica por la trama del mito. Entonces el mito tiene que ser entendido como una estructura imaginaria, construida y reconstruida en las dinámicas relacionales de los sujetos sociales. Hay pues como una “economía política” del mito, si nos excusan de hablar así; donde el mito pretende diferenciarse, separarse, autonomizarse, respecto a sus productores, a sus imaginadores, sobre quienes termina actuando como una “ideología”[6]. De lo que se trata es de efectuar una crítica de la “economía política” del mito, como de toda economía política, en el contexto de su generalización. Empero, esto no significa decir que el mito es un fantasma; al contrario, es una estructura y un ámbito de relaciones dinámicas, que actúan en el cuerpo, induciendo comportamientos y conductas. De lo que se trata es de comprender estas dinámicas relacionales que sintonizan subjetividades, la del caudillo y la del pueblo.
  

                     

El mito del caudillo

El mito es una trama y un entramado; una trama pues es un tejido, una narrativa, una textura de hilos sensibles e imaginarios, hilos que se encuentran en los filamentos más recónditos del cuerpo; un entramado pues en el mito también se entrelazan tramas. Quizás por eso, el mito se remonta al origen, explica el cosmos por este origen, pero también nuestra tragedia en el acontecer del mundo. El mito avizora entonces, descifrando en las convulsiones de esa matriz, el anuncio de nuestra emancipación. El mito es poderoso pues es la captura de la totalidad por medio del inmediato e intenso procedimiento de la intuición. Sólo la estética y el arte podrían acercarse a una experiencia parecida. El mito remueve nuestras fibras, conmueve nuestro cuerpo, lo empuja al abismo de la nada, otorgándole la plenitud del sentido en su propia caída, en la experiencia de la caída, vivida como una resurrección.
El mito cohesiona, sostiene la consistencia perdurable de la comunidad, al otorgarle una identidad descomunal, a la altura de los dioses o de las fuerzas creativas. El mito comunica en la iniciación al hombre, a la mujer, al guerrero, a la tejedora, con las fuerzas inmanentes del devenir, devenir animal, devenir planta, devenir agua, devenir fuego. El mito es un torbellino pasional sublime, es una hermenéutica sensible del acontecer. Si clasifica es porque todo se conecta, no se divide; no es pues una analítica, sino más bien una “síntesis”; empero una “síntesis” en tanto “experiencia” de la metamorfosis o la metamorfosis hecha “síntesis” mutante.
El mito es memoria, pero, se trata de una memoria simbólica, de una memoria alegórica, cuya narrativa figurativa concibe el tiempo, el transcurrir del tiempo, como una actualidad pura, un acontecimiento fabuloso que repite el eterno retorno del origen. Hay toda clase de mitos experimentados por los pueblos; mitos cósmicos, pero también mitos históricos; mitos del origen del fuego, de la caza, de la agricultura, de la civilización, pero también mitos mesiánicos. El padre y la madre, después de muertos, se convierten en mitos; los padres y madres vivos son vistos como mitos vivientes. Los guerreros se convierten en héroes, los héroes condensan la historia en su epopeya. Los conductores de la guerra anticolonial son nombrados como libertadores; sus nombres y sus perfiles se convierten en la razón de ser las naciones liberadas. Los libertadores se institucionalizan, sus fantasmas acompañan los actos cívicos y adornan las paredes de las oficinas públicas. De alguna manera sus fantasmas han sido domesticados. Sin embargo, pueden reaparecer cuando son convocados nuevamente en la actualización de antiguas luchas.
El mito que revive Hugo Chávez Frías es el del libertador Simón Bolívar. La tarea del libertador ha quedado inconclusa, no hay integración, la constitución de la Patria Grande no se ha realizado. Los pueblos liberados enfrentan ahora otra guerra anti-colonial o, si se quiere, la continuidad de la guerra de la independencia; se trata de la guerra contra la dominación imperialista y el control hegemónico del capital. El golpe del oficial Hugo Chávez es contra la oligarquía entreguista de los recursos naturales, la partidocracias y la corrupción de la clase política. Este gesto es un acto heroico, que convoca a la guerra a las clases populares, gesto que reclama su despertar ente la crisis y decadencia de la república. Años después, la victoria electoral de Hugo Chávez se explica tanto por la convocatoria del mito, así como por la crisis política de Venezuela. Las clases populares respondieron al gesto, a la irradiación del gesto, al golpe de cabeza, efectuada por oficiales intrépidos y grupos de izquierda radicales. La figura del libertador se convirtió en un proyecto: La República Bolivariana de Venezuela. Este proyecto se plasma en la Constitución, que da nacimiento a la quinta república, que ya no ansia una institucionalidad liberal, como en el caso del libertador, sino que busca una transformación socialista. La Constitución es integradora, es participativa, profundiza la democracia, la soberanía adquiere connotaciones omnipresente, recupera los recursos naturales para los venezolanos, se plantea la redistribución del ingreso y la inversión social, enfrentando de cara la estructura de las desigualdades, además de proponerse la integración Latinoamericana y del Caribe. Después de promulgada la Constitución, el gobierno, el partido, los intelectuales comprometidos, las organizaciones sociales, se dan la tarea de definir el nuevo proyecto socialista, nombrado como socialismo del siglo XXI. Las tareas de construcción socialista, las definiciones de este socialismo del siglo XXI aparecen en los planes de desarrollo. En la segunda victoria electoral de Chávez se define el carácter socialista de la revolución bolivariana.
El mito ha removido el suelo y la geología de la formación histórica, social, económica y política venezolana. Después de Chávez Venezuela ya no será la misma; es otra, bolivariana y socialista, tiene como tarea la integración y la igualdad social. Se ha dado una sintonía armoniosa y pasional entre el que encarna el mito y las multitudes, el pueblo, las clases populares. Esta sintonía ha sido acompañada por la organización de movimientos sociales de magnitud, las comunidades, las misiones, la formación masiva de líderes, la inversión social. El golpe militar reaccionario del 2002 se enfrentó a un pueblo organizado, empoderado, convocado, consciente de la certidumbre de los tiempos de cambio y de su responsabilidad histórica. La gigantesca movilización popular derrotó al golpe reaccionario de la oligarquía rentista. Esta victoria popular y el retorno al poder de Hugo Chávez le dio un impulso inmenso a los ritmos del proceso politico y social. El mito se convirtió en el entrañable sentido del proceso, en el intérprete de los acontecimientos, incluso en la significación  de la compleja búsqueda de un nuevo horizonte socialista.
No creo que la experiencia del proceso revolucionario bolivariano se pueda explicar por interpretaciones “racionalistas” que desprenden las tesis del partido de vanguardia, tampoco creo que cubra la complejidad del proceso explicaciones economicistas, del tipo contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, así mismo, son insuficientes tesis como las de la autonomía relativa de la superestructura. Del mismo modo, del otro lado, debemos descartar las tesis simplistas de los apologistas del culto de la personalidad, que convierten al caudillo en el protagonista absoluto de la historia. El caudillo, como veremos más adelante, es una relación entre el mito, la memoria intuitiva, y lo popular, relación afectiva y pasional; relación que emerge de una sintonía entre el flujo figurativo del caudillo, sus discursos, sus acciones, sus gestos, que conforman una narrativa carismática, y los imaginarios populares, las pasiones y expectativas populares, prácticas y habitus populares, que interpretan la narrativa carismática como una convocatoria y una anunciación. El secreto entonces se encuentra en la alteridad popular, que despierta ante el sonido y el simbolismo irradiante del mito.         
 

Los apologistas del caudillo

En este texto no está en cuestión el caudillo; él vive su vida, de una manera propia o impropia, auténtica o inauténtica, lo hace apasionadamente y hasta dramáticamente. Él es, queriéndolo o no, el caudillo; éste imaginario patriarcal cristalizado en los huesos de los humanos desde épocas antiguas. El problema son los apologistas, quienes apuestan con todas sus fuerzas y sus argumentos al caudillo; el caudillo se convierte en sentido de sus vidas, en anhelo encarnecido. Lo invocan y convocan. Para los apologistas el caudillo se convierte una figura explicativa histórica, una figura que hace inteligible el conflicto social y el conflicto político. El caudillo es la razón de ser de los apologistas. A sus ojos el caudillo se convierte en la síntesis suprema histórica, política, social, cultural, psicológica, de las masas, del pueblo. Le otorgan una materialidad vital omnipresente en los acontecimientos, de tal forma que lo convierten en el motor de todo, casi como Dios maquinizado, Deus machina. Para las tesis de los apologistas el caudillo es como el núcleo de un sistema de órbitas; somatizan, simbolizan, subjetivaban, al extremo la historia, que ésta se resume a las compulsiones, pulsiones, afectos del caudillo.
En las tesis de los apologistas del caudillo han desaparecido las dinámicas sociales, las dinámicas políticas, las dinámicas económicas, las dinámicas culturales, los ciclos del capitalismo, las contradicciones histórico-políticas. Todo se resume a una épica, a la epopeya colosal de un enfrentamiento entre el héroe supra-histórico, el caudillo, que es como el bien supremo, contra la monstruosidad de la maquina descomunal y despiadada de la opresión forastera. Los apologistas han construido un nuevo mito fabuloso, el mito de una guerra cósmica entre el caudillo y el fantasma del imperio; otra vez, el bien absoluto en guerra contra el mal absoluto. No vamos a criticar el maniqueísmo inscrito en esta suerte de teoremas mitológicos, sino vamos a anotar lo que hacen desaparecer.
Con estas tesis sobre el caudillo heliocéntrico desaparece la política. Ya no hay política sino “religión”, o un sustituto de la religión. Ha desaparecido la política como campo de fuerzas, como dinámicas moleculares de cohesión y descohesión, como “concentración”, si se puede usar esta palabra, de enfrentamientos económicos, sociales, culturales, territoriales; por lo tanto como diferencias, aunque también como contradicciones. Ha desaparecido la política como dinámica histórica especifica, en su contexto y singularidad. Ha sido convertida, como dijimos, en una epopeya, en una épica, en un mito. Si algo nos dejó el marxismo es precisamente el análisis de las relaciones; el capital como relación, el Estado como relación, la política como proceso de relaciones mutantes. Esta herencia es significativa, a pesar de que los marxistas partidarios hayan vuelto a convertir al marxismo en una “religión”, terminando de endiosar a los teóricos de esta formación enunciativa dialéctica, sobre todo a los conductores de las revoluciones. Tal parece que la mitificación y el maniqueísmo forman parte de los recursos imaginarios más a la mano, muy afines a la reproducción de las estructuras de poder interpeladas. Pues bien, se trata de desplegar este análisis relacional; se trata de analizar, de desmenuzar, los procesos políticos en la composición de sus dinámicas moleculares, en los ámbitos de relaciones en curso, en las coyunturas y contextos específicos, en las singularidades de sus contradicciones. 
Desde esta perspectiva, desde el análisis relacional, el caudillo aparece no como el núcleo, el centro, de un sistema de órbitas, sino también como una relación. Relación entre una conformación popular y el mito que anida en su memoria, mito patriarcal, milenarista, ancestral, mesiánico. Cuando se produce la sintonía entre esta memoria y la presencia carismática de un personaje público, cuyo accionar discursivo y práctico, deriva en interpelación, entonces el mito retorna, se encarna, adquiere nombre, perfil propio, se actualiza en una figura.  El caudillo es un invento del imaginario popular y el pueblo es el referente de caudillo, el interlocutor, el espacio de irradiación discursiva y afectiva. No se crea que el caudillo haya buscado estos efectos; los caudillos son como las casualidades creativas; aparecen como meteoritos que atraviesan el cielo e impactan en las aguas estancadas de la rutina política de las clases dominantes. Los caudillos no se crean por programa, como proyectos planificados, ni por el deseo de políticos, sino aparecen como lo que son, como acontecimientos políticos. Son vanos los esfuerzos por sustituirlos cuando desaparecen. No hay otros. No porque son sustanciales, únicos, sino porque su acontecer, que responde a la sintonía con las masas, a la relación de lo popular con su mito, como memoria, se da, ocurre, en determinadas circunstancias y bajo determinadas condiciones de crisis. No porque alguien es parecido al caudillo, comparte su ideal, deviene de su etnia, va poder sustituirlo, tiene la posibilidad de ser un caudillo. Este supuesto es la base de la pretensión de muchos; empero se equivocan. No han comprendido el ámbito relacional, la singularidad del momento del campo de fuerzas, que han dado lugar a ese acontecimiento político que llamamos caudillo.
Entonces de lo que se trata es de comprender las dinámicas, las relaciones, las contradicciones, la singularidad de la crisis, que ha hecho aparecer esa relación de lo popular con su memoria. Ahora bien, esta relación carismática, expresa, de una determinada manera, las otras relaciones de sus contextos; las relaciones de poder, las relaciones económicas, las relaciones sociales, las relaciones culturales. La explicación no se encuentra en el caudillo, convertido en una figura que hace inteligible la realidad, como hace el discurso de los apologistas, sino en estos ámbitos de relaciones, en el momento de sus contradicciones y diferencias, además de sus conexiones y entrelazamientos. El caudillo es una figura más, una relación más, en este ámbito de relaciones; es una figura que debe ser también explicada, no es la explicación misma.
El problema no es el caudillo, que vive su vida, como dijimos, sino los apologistas, quienes reinventan el mito sobre la base de la invención del imaginario popular. Lo reinventan “teóricamente” para sostener tesis épicas. Al contrario de lo que creen, esta narrativa no enaltece, no enriquece, la figura del caudillo, sino la simplifica, la convierte en una figura estereotipada, algo así como ocurre con las caricaturas de los dibujos animados respecto a lo que representan, características abstractas y aisladas de valores; bueno, malo, o de sentimientos, orgullo, odio, egoísmo, ambición. Le quitan lo humano que tiene, sus dilemas, sus contrastes y contradicciones, sus debilidades y sus fortalezas, sus experiencias dramáticas de cargar en su cuerpo una compulsa de fuerzas que lo excede. Un análisis de estas figuras carismáticas, más apegadas a la descripción que al mito, ayudaría a comprender mejor las contradicciones en las que se embarcan y avizorar potencialidades emancipadoras de las multitudes, de lo popular, de las clases “subalternas”, que no dependan de la vida dramática del caudillo.
 

Recorridos y desafíos de la revolución bolivariana

Vamos a intentar abordar una aproximación al proceso revolucionario bolivariano de Venezuela. No es fácil, pues, a pesar de la información con la que se cuenta, no solamente de fuentes primarias y secundarias, sino de encuentros de análisis, de debate y reflexión, falta una experiencia directa en el lugar de los acontecimientos[7]. Por eso considero que es un riesgo atreverme a desplegar una aproximación al proceso bolivariano; sin embargo, dadas las circunstancias y el avance de la polémica en Bolivia, me siento obligado a decir algo, sobre todo después del fallecimiento del líder y el símbolo de la revolución bolivariana, Hugo Chávez Frías. Para tal efecto, cuento con textos de análisis, además de la colaboración y las correcciones de mis amigos/amigas y compañeros/compañeras de lucha, Edgardo Lander, Víctor Álvarez y Alexandra Martínez; los tres venezolanos y ciudadanos de la Patria Grande.
 
Dibujo del contexto en la historia reciente
Víctor Álvarez escribe en La transición al socialismo de la revolución bolivariana[8]lo siguiente:
Hugo Chávez ganó las elecciones de 1998 con la promesa de convocar una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva Constitución, refundar la República y derrotar los flagelos de la pobreza, la desigualdad y la exclusión social. Aunque en las elecciones presidenciales de 1998 se escuchan algunos planteamientos en torno al “nuevo socialismo” y al “socialismo del siglo XXI”, el discurso electoral de Chávez se concentra en el “Poder Constituyente”. Las primeras ideas[9] de la Revolución Bolivariana se encuentran en los documentos la “Agenda Alternativa Bolivariana” y “Una Revolución Democrática. La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela”[10].
Los fundamentos de la revolución bolivariana serán desarrollados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada en 1999, así como en los lineamientos del Plan de Desarrollo Nacional 2001-2007. En ese momento, la convocatoria al pueblo radicaba en impulsar la “democracia participativa y protagónica”[11].
Siguiendo el diagnóstico Víctor Álvarez anota:
A partir de la crisis e inestabilidad políticas que comienzan con el Golpe de Estado de 2002, se recrudecen con el paro patronal y el sabotaje petrolero de 2003 y terminan con el Referéndum Revocatorio de 2004, el proceso se radicaliza y aparecen las primeras críticas directas al imperialismo y al capitalismo. Es en el Taller de Alto Nivel de Gobierno, realizado el 12 y 13 de noviembre de 2004 en Caracas, cuando se presenta el “Nuevo Mapa Estratégico”, en cuyo contenido se comienzan a perfilar cambios significativos en relación con la orientación de la Revolución Bolivariana (Chávez, 2004). En esa oportunidad Chávez esboza una primera idea del socialismo que en las próximas elecciones presentaría como opción: “(…) el tema del control social, es básico para la nueva sociedad que tenemos que construir, porque siempre el socialismo ha tenido el problema de que el Estado maneja recursos, pero nunca la población ha tenido el control de esos recursos” [12].
 
El balance de Víctor Álvarez continúa:
En la Conferencia de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, a finales de 2004, y en el acto de instalación de la IV Cumbre de la Deuda Social, el 25 de febrero del año 2005, Chávez hizo un llamado más explícito a inventar el socialismo del siglo XXI, sin que se llegará a avanzar más allá de estas referencias aisladas en el contenido de esos discursos. Lo cierto es que desde la aprobación de la Constitución de 1999, hasta la presentación del Primer Plan Socialista de la Nación en 2007, no se plantea formalmente la transformación del capitalismo rentístico en una nueva sociedad socialista. El énfasis se pone en la recuperación de los precios del petróleo y el control de la empresa estatal petrolera (PDVSA) en manos de la tecnocracia, con el fin de financiar la inversión social y reactivar la economía. En el primer período gubernamental de Chávez, la prioridad fue reducir los altos niveles de desempleo, pobreza y exclusión social[13].
La identificación del momento de definición es importante:
Pero es en las elecciones presidenciales de diciembre 2006 cuando surge el planteamiento de declarar el carácter socialista de la Revolución Bolivariana. Luego de siete años en el poder, Chávez planteó abiertamente la orientación socialista que en adelante le daría a su gobierno y, al calor de la campaña electoral como candidato a la reelección presidencial, el líder de la Revolución Bolivariana planteó claramente que “quien vote por Chávez estará votando por el socialismo”.
La demoledora consagración electoral puede ser  descifrada como un apabullante respaldo a la orientación socialista del gobierno. La declaración del carácter socialista de la revolución Bolivariana se formalizó en el segundo período presidencial, cuando la Asamblea Nacional aprobó con rango de Ley el “Primer Plan Socialista de la Nación 2007-2013”. Es en este documento donde se destacan los lineamientos generales que guían la construcción del Socialismo del Siglo XXI: nueva ética socialista; suprema felicidad social; democracia protagónica revolucionaria y modelo productivo socialista. También, en este documento se forjan los lineamientos generales de las políticas y estrategias que en adelante serán diseñadas y ejecutadas para avanzar en la construcción del socialismo venezolano[14].
Víctor Álvarez dice que:
La definición de socialismo se desarrolla posteriormente y se encuentra plasmada en el parágrafo 14 del artículo 4 de la Ley de Comunas:
Socialismo: Es un modo de relaciones sociales de producción centrado en la convivencia solidaria y la satisfacción de necesidades materiales e intangibles de toda la sociedad, que tiene como base fundamental la recuperación del valor del trabajo como productor de bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas y lograr la suprema felicidad social y el desarrollo humano integral. Para ello es necesario el desarrollo de la propiedad social sobre los factores y medios de producción básicos y estratégicos que permita que todas las familias y los ciudadanos y ciudadanas venezolanos/venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio o propiedad individual o familiar, y ejerzan el pleno goce de sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales. Con la creación del Sistema Económico Comunal se plantea avanzar en la transformación del capitalismo rentístico en un modelo productivo socialista, con base en nuevas formas de propiedad social en manos de los trabajadores directos y las comunidades organizadas”[15].
Hugo Chávez, para su tercer mandato, como resultado de las elecciones presidenciales de octubre de 2012, expuso su propuesta “Para la Gestión Bolivariana Socialista 2013-2019”. Propuesta en la que se proyecta una nueva etapa para la Revolución Bolivariana, caracterizada por el fin a las concesiones al sector capitalista, apoyándose en el nuevo marco legal y entorno institucional que se aprobó a los largo del segundo mandato para diseño y ejecutar medidas realmente revolucionarias que permitan la creación de nuevas formas de propiedad social que sean la base para la organización y empoderamiento de los productores directos y la comunidad organizada. En la exposición de su Programa de Gobierno 2013-2019, Chávez plantea claramente lo siguiente:
“No nos llamemos a engaño: la formación socioeconómica que todavía prevalece en Venezuela es de carácter capitalista y rentista. Ciertamente, el socialismo apenas ha comenzado a implantar su propio dinamismo entre nosotros. Este es un programa precisamente para afianzarlo y profundizarlo; direccionado hacia una radical supresión de la lógica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso, pero sin aminorar el ritmo de avance del socialismo”[16].
 
El problema de estas tareas es la transición, la forma como se lleva a cabo la transición, cómo se conduce la misma, de qué manera se identifican las áreas de transformación, sus ritmos y sus diferencias. A propósito, Víctor Álvarez anota lo siguiente:  
Ahora bien, en el período de transición de la economía capitalista a la economía socialista será  necesario delimitar los sectores económicos que el Estado se reserva por razones estratégicas, tales como petróleo, gas, industrias básicas, electricidad, telecomunicaciones, ferrocarriles, metros, puertos y aeropuertos, etc. Al mismo tiempo, será necesario dejar claro en cuáles sectores se permitirá y fomentará la inversión privada nacional y extranjera. Pero lo más importante es identificar los sectores, ramas y productos, comenzando por la producción de las materias primas, bienes intermedios y demás insumos que se requieren para fabricar los componentes de las canastas alimentaria y básica, cuya producción debe quedar bajo el control de los trabajadores directos, los consumidores y la comunidad. En palabras del propio Chávez: “Debemos crear un nuevo modelo productivo, un nuevo modelo de relaciones de propiedad social, directa o indirecta, colectiva y comunal, fundamentados en proyectos eminentemente socialistas”.[17]
 
La conclusión de esta parte inicial del balance plantea el problema de la transición:
Pero estas definiciones no son precisamente las que han guiado a la Revolución Bolivariana desde su origen. Los triunfos en las elecciones presidenciales de 1998, 2000 o 2006 no constituyen la toma del poder por un partido nítidamente proletario o campesino, con un programa de gobierno que responda a sus intereses de clase. Más bien, fueron el triunfo de  una coalición de fuerzas políticas, sociales y económicas en las que coexisten campesinos, obreros y empleados públicos; profesionales y técnicos de la clase media; pequeños, medianos y hasta grandes empresarios conformados por terratenientes, industriales, comerciantes y banqueros que, una vez ganadas las elecciones, comenzaron a pugnar por lograr mayores espacios de poder e instaurar o mantener su dominio a nivel nacional, estatal o municipal; pero que, en la medida que la Revolución se fue radicalizando comenzaron a desmarcarse hasta declararse abiertamente de oposición. En esa coalición de fuerzas políticas favorables al gobierno que ha logrado la mayoría en el parlamento venezolano, las organizaciones obreras, campesinas o sociales no han sido las fundamentales, ni las de mayor fuerza y autonomía como para imponer su programa o agenda por encima de la de otras organizaciones políticas, grupos económicos u organizaciones de base. Por el contrario, las organizaciones obreras y campesinas y los movimientos sociales han sido apenas un apoyo complementario, nada imprescindibles para asegurar la toma del poder político por la vía electoral. Esta realidad se expresa en el debate sobre los diferentes modelos para construir el socialismo venezolano. Se enfrentan las tesis que defienden el viejo dogma de la propiedad estatal sobre todos los medios de producción, hasta las que justifican el apoyo público al capital privado, pasado por las propuestas de priorizar una nueva economía social y popular en manos de los trabajadores directos y de la comunidad organizada[18].
 
Es ilustrativo el balance que hace Víctor Álvarez de parte del proceso de la revolución bolivariana. Tomando nota y registrando nuestras impresiones, diremos que:
1.       Al parecer la revolución bolivariana aparece como proceso constituyente, como desborde del poder constituyente, como interpelación al estado de cosas, a las estructuras de poder, a la desigualdad social, a la oligarquía parásita, a la economía extractivista y el Estado rentista.
2.       Se gesta entonces una nueva Constitución, ideando una nueva república, la quinta, cuya composición y contenido responda a la “ideología” bolivariana, basada en el pensamiento de Simón Bolívar, pensamiento actualizado al siglo XXI, transformando su horizonte liberal en un horizonte socialista.
3.       La oligarquía y la burguesía rentista venezolana reaccionan ante el avance político popular con un golpe de Estado y  boicot a la producción  del petróleo. Las tensiones y contradicciones sociales y políticas llegan a un punto máximo. El intento de restauración de la oligarquía y la burguesía es desbaratado por la movilización popular en defensa del presidente Hugo Chávez y por el contragolpe de las Fuerzas Armadas.
4.       A partir de esta victoria política y militar popular el proceso se radicaliza. Claramente se propone la transición al socialismo. Se piensa en un socialismo de nuevo cuño, llamado socialismo del siglo XXI. Lo sugerente de este socialismo no está tanto en nombrarse como del siglo XXI, donde una mayoría de comentaristas hacen hincapié, sino en las formulaciones concretas; en la propiedad social sobre los factores y medios de producción básicos y estratégicos que permita que todas las familias y los ciudadanos y ciudadanas venezolanos/venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio o propiedad individual o familiar, y ejerzan el pleno goce de sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales. También con la creación del Sistema Económico Comunal se plantea avanzar en la transformación del capitalismo rentístico en un modelo productivo socialista, con base en nuevas formas de propiedad social en manos de los trabajadores directos y las comunidades organizadas.
5.       En este transcurso y ante estas tareas aparecen las dificultades y obstáculos de la transición. Las alianzas políticas en el poder no son las más adecuadas para esta transición y la profundización del proceso. Los sectores que tienen mayor incidencia en el gobierno y en la institucionalidad estatal no son las clases sociales que pueden sostener la construcción del socialismo, el proletariado y los campesinos, tampoco los sectores más populares de las urbes. Se da entonces como una limitación de los alcances y una disminución de los ritmos del proceso, a pesar de los beneficios obtenidos por la inversión social.
6.       Hablando de los alcances cualitativos del proceso y de las transformaciones estructurales, se constata que no se ha salido de la economía extractivista y del Estado rentista, que todavía está pendiente la conformación del modelo productivo, orientado a la soberanía alimentaria, basado en gran parte en la propiedad social y la organización comunitaria. Esta constatación fue compartida por el mismo Hugo Chávez.  
 

Devenir revolucionario

A estas alturas del partido, como dice el refrán popular, aludiendo a la experiencia vivida, en este caso experiencia de la humanidad, si podemos hablar así, no es conveniente insistir en la repetición acrítica las formaciones enunciativas y discursivas que dieron lugar a las revoluciones del siglo XX. Mucho menos caer en la apología de estas revoluciones y las que se están dando a fines del siglo XX y principios del siglo XXI. De lo que se trata, indudablemente, es aprender de la experiencia. Replantearse los antiguos problemas heredados y avizorar la nueva problemática. De nada nos sirve el fundamentalismo racionalista[19], menos el fundamentalismo investido de místico; tampoco  nos sirve la apología y la defensa propagandística, inútil para abordar los problemas del presente. Estas composturas se convierten mas bien en obstáculos para encarar los problemas y encontrar salidas; se trata ciertamente, en el mejor de los casos, de obstáculos epistemológicos, en el peor de los casos, de obstáculos políticos, pues optan por el autoritarismo secante y formas verticales de centralización de la decisión política, pasando por obstáculos que llamaremos “ideológicos”, debido a las reiterada fetichización de los objetos de poder. Dejemos, entonces, todo esto a un lado. Encaremos los problemas y desafíos desde perspectivas móviles y dinámicas, perspectivas críticas, que se esfuercen por encontrar las estructuras de los problemas, las resistencias de las estructuras de poder subyacentes, los anacronismos insertos en los procesos críticos y de transformación.
De principio, no es ciertamente el fundamentalismo racionalista el que puede ayudarnos en este abordaje crítico e integral, pues el “pecado” de este fundamentalismo racionalista es que parte de un modelo ideal; todo lo que se separa de este modelo es objeto de “crítica”, es errado, es desviación, distorsión, incluso traición. El fundamentalismo racionalistaha reducido los ámbitos de “realidad” al plano racional, haciendo gala, de una manera vulgar, de la tesis hegeliana de que todo lo real es racional y de que todo lo racional es real. Los distintos ámbitos y planos, sedimentaciones, complejidades de la “realidad”, no pueden reducirse al plano racional, independiente de qué racionalidad estemos hablando, ni de qué paradigma y episteme se trate. La complejidad, que tomaremos como sinónimo de “realidad”, excede en mucho, desborda cuantitativa y cualitativamente, si podemos hablar así, a los esquemas de la racionalidad, por más ricos y dinámicos que sean.
Para los casos que nos ocupan, las revoluciones del siglo XX y principios del siglo XXI, ya no es posible juzgarlas a partir de modelos preformados. Las revoluciones son lo que fueron y son lo que son. Responden a acontecimientos compuestos por multiplicidad de singularidades, procesos singulares, dinámicas moleculares, campos, correlaciones, diagramas de fuerzas, que devienen composiciones históricas, políticas, sociales, económicas y culturales, también singulares. La pregunta, respecto a estos acontecimientos, no es ¿por qué se desviaron del modelo?, sino ¿cómo llegaron a ser lo que fueron y lo que son?, también ¿qué dinámicas, qué estructuras, qué campos de relaciones, qué correlación de fuerzas, derivaron en la resultante, en la formación revolucionaria, con todas las aberraciones que pueda contener? Se pueden extender estas preguntas a otras más específicas: ¿por qué se impusieron y no fracasaron, como en otros muchos casos? ¿Por qué perduraron en el tiempo que pudieron mantenerse? ¿Por qué otras siguen perdurando, a pesar de los grandes obstáculos y bloqueos? ¿Por qué las llamadas revoluciones del siglo XXI adquieren un perfil ambiguo, abigarrado y cómo de búsqueda?
En relación a la primera parte de estas preguntas mantendremos, en principio, una hipótesis de trabajo: Las revoluciones socialistas no podían ser sino lo que han sido, el “modelo” real, singular, en cada caso: no podían ser lo que deberían ser según el modelo ideal. La correlación de fuerzas, la composición de las dinámicas moleculares y molares experimentadas, los alcances de la crisis del capitalismo, del Estado, del imperialismo, del colonialismo, los alcances de las propias organizaciones revolucionarias involucradas, derivaron en lo que lograron sus fuerzas. La hipótesis de la conspiración no es aconsejable para explicar estos resultados, la hipótesis de la traición no ayuda a comprender la complejidad de las dinámicas y de los procesos insertos en estos acontecimientos revolucionarios. Aunque hubiera habido mejores conductores, una mejor dirección, lo más probable es que los resultados se hubieran aproximado a lo ocurrido, aunque posiblemente de una mejor manera, con una experiencia más auténtica. Lo mismo podemos decir de las revoluciones del siglo XXI, sobre todo de las que se proponen un horizonte plurinacional. Como por ejemplo, la revolución indígena – es esta la que se experimenta en Bolivia -, es lo que puede ser de acuerdo a la correlación y composición de fuerzas, a pesar del grotesco enfrentamiento paradójico con las naciones y pueblos indígenas en el conflicto del TIPNIS y en los conflictos en tierras altas, sobre todo con el tema de la minería. En lo que respecta a Venezuela, la revolución bolivariana, que se propone un socialismo del siglo XXI, que supere los límites del socialismo real del siglo XX, también se ha topado con contradicciones y dilemas, aunque se nota el alcance mayor, más extenso, del impacto social de la revolución, sobre todo por el empoderamiento, la participación popular y la formación masiva de líderes, en las comunidades y misiones. Al respecto, la pregunta es: ¿cómo estas revoluciones llegaron a ser lo que son? También: ¿Cuáles son las dinámicas moleculares y molares, los procesos singulares, las estructuras, los diagramas de poder, las limitaciones inherentes, que llevaron a las resultantes histórico-políticas que se experimentan?
Sabemos que esta hipótesis es cruda, no permite otras posibilidades, las deja en la virtualidad de la posibilidad, sólo toma como “real” lo que definitivamente se ha realizado. Sin embargo, como hipótesis de trabajo nos ayuda a enfocar el análisis de las formaciones revolucionarias concretas respecto a la composición de sus dinámicas y procesos singulares, no en contraste con los modelos ideales.
En relación al segundo grupos de preguntas, más específicas, dejaremos que el análisis de este ensayo pueda decir algo, tocando los problemas concretos con los que se enfrentan los procesos revolucionarios, además de hurgar en las descripciones más detalladas de algunos aspectos del proceso mismo.
Recogiendo, ahora, el balance que hace Víctor Álvarez de la revolución bolivariana, la primera hipótesis interpretativa que planteamos es: La formación de la consciencia política, de la voluntad política, social y popular, transferida a la Constitución, al desarrollo legislativo y a las transformaciones institucionales, aunque sean parciales, incluyendo la nacionalización del petróleo, el control de PDVSA, la redistribución del ingreso, encarando en gran escala la inversión social, se desenvolvió más rápidamente que las transformaciones estructurales del modelo extractivista y rentista de la economía, también de la política, por cuanto esto afecta al mismo perfil del Estado.
Una de las explicaciones, hipotéticas por cierto, es que las estructuras del modelo extractivista y rentista y del modelo de Estado, burocrático y subalterno, tienen una más larga duración; su ritmo de transformación es más lento y más difícil. Las estructuras del modelo extractivista y rentista resisten los cambios, también las estructuras del modelo de Estado burocrático y subalterno resisten a las reformas y transformaciones institucionales. Hay como hábitos cristalizados en las prácticas de los funcionarios, también, por esto mismo, habiutus internalizados en funcionarios y ciudadanos, subjetividades conservadoras reproducidas en el campo burocrático, en el campo político, pero, también, en el campo escolar. Así mismo se dice que, no es posible cambiar, de la noche a la mañana, la división del trabajo internacional, la división del mercado internacional, asignada por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Qué estos cambios sólo se pueden dar mundialmente. Esta tesis entra en contradicción con la tesis de soberanía, que al mismo tiempo se sostiene. ¿Cómo puede haber soberanía si se mantiene incólume la dependencia de las llamadas periferias a los centros del sistema-mundo capitalista? La soberanía no puede ser solamente política y jurídica, también requiere ser económica. Se descartan propuestas como las de conformar una economía endógena, aunque no lo hagan de manera directa, sino se diga que corresponde para una siguiente fase. Se dilata una efectiva transformación productiva y a gran escala, experimentando proyectos locales y dispersos, fragmentados, no realizados de manera integral. No se hacen los esfuerzos de impacto extensivo de lograr la soberanía alimentaria; estos proyectos también son locales y dispersos. El grueso de la estructura económica sigue en la inercia reproductiva de la economía extractivista y rentista. ¿Es qué es imposible, por de pronto, en el momento presente, lograr su modificación y transformación?
Víctor Álvarez nos describe una característica problemática en lo que respecta a las alianzas políticas y al peso político de las alianzas. No son los sectores populares, el proletariado y el campesinado, los que tienen una participación decisiva en el gobierno, sino los sectores empresariales que, en principio, se han acercado al gobierno e incorporado a sus políticas, aunque algunos de estos sectores hayan abandonado después el gobierno y se hayan pasado a la oposición, cuando el proceso se ha venido radicalizando. No es que sólo las estructuras extractivistas y rentistas, las estructuras del Estado burocrático, se resisten a cambiar, sino que el perfil de las alianzas políticas es todavía conservadora en relación a las tareas de transformación de estas estructuras. Esto nos traslada directamente a los problemas de la herencia burocrática, de los estilo de gubernamentalidad heredada, de gestión centralizada y administración pesada. Nos encontramos todavía lejos del ejercicio de una democracia participativa, de la gestión social y comunitaria. ¿Es que estos ejercicios y prácticas son difíciles de implementar? ¿Se requiere más tiempo? ¿Se requiere formación de la gente que se involucraría en la gestión participativa? Los conflictos puntuales entre comunidades y burocracia se han dado en relación a los proyectos, a la ejecución de proyectos, a la asignación de recursos, al mismo control de los proyectos.
Tal parece que estas alianzas perdurables con las reminiscencias de  las viejas élites, esta reincorporación de los especialistas y técnicos de las burocracias perecederas, terminan reforzando las resistencias, la inercia, la reproducción, la sedimentación geológica, de la estructuras del modelo extractivista y rentista, así como las estructuras fosilizadas el Estado burocrático. Estas formas de gobierno o, mas bien, estas composiciones inherentes a estas formas liberales heredadas, no condicen con la necesidad de trastrocar estas prácticas, estos habitus, estas relaciones burocráticas, esa pesada maquinaria administrativa; no condicen con la necesidad de inventar nuevas formas de gestión, formas dinámicas y participativas, formas donde la administración de las ejecuciones sea una experiencia colectiva y de control social. La gestión burocrática y liberal no condice con la autogestión, la cogestión, la gestión comunitaria y la gestión participativa. Por lo tanto, lo que ponen en mesa estas cuestiones de gestión, de dilemas de la gestión, que pueden ser resumidas al dilema de reproducir una gestión burocrática heredada, especializada en la administración de normas, o inventar una gestión dinámica movilizadora de colectivos y comunidades, las que se apoderen de la gestión, de la administración, de la ejecución, así como de la corrección y retroalimentación, de una manera social, como aprendizaje social, como dinámica social, que compromete al conjunto con la obra, sin delegar la responsabilidad y el control a los especialistas. No se trata de descartar a los especialistas y técnicos; la diferencia radica en que éstos no son los encargados de dirigir, de hacer, de ejecutar, de informar, sino son dispositivos requeridos bajo el control y la participación social.
Desde esta perspectiva, no es que las estructuras del modelo extractivista y rentista, del Estado burocrático, tengan más larga duración, en tanto que la formación de la consciencia interpeladora, la formación de la consciencia histórica, situada en el momento crítico y de emergencia popular, es más bien de corta  y de mediana duración, sino que las estructuras del modelo extractivista y rentista, del modelo de Estado burocrático, se reproducen precisamente por la concomitancia de estas alianzas conservadoras, de estas conservaciones del trajín del viejo aparato de Estado, de estas prácticas y habitus del campo burocrático. Por lo tanto, el conflicto ya no se sitúa sólo en el enfrentamiento de clase, en el enfrentamiento político con el bloque de la derecha, sino en los espacios de los engranajes del Estado. Este enfrentamiento es crucial, pues se trata de modificar el contenido, la composición y la ingeniería de los engranajes institucionales, en el caso que se requiera una intervención de desplazamiento más dilatada, o se trata de trastrocar los mismos mecanismos, la arquitectura, la estructura, la ingeniería misma del mapa institucional. El destino del proceso revolucionario se traslada a estos escenarios. Es inútil responder a estos desafíos con propaganda y apologías; esto sólo sirve para convencer a los convencidos y a los no completamente convencidos de los avances efectuados, empero no inciden en lo mínimo en los avances que hay que efectuar.
Los que desdeñan estas tareas urgentes, los que incluso consideran peligroso cualquier observación al respecto, cualquier crítica, develan que se han colocado en la posición conservadora de mantener la inercia del Estado, de contentarse con lo logrado, aunque éste sea sólo el principio de una agenda de transformaciones imprescindibles. No se puede confundir el análisis de una coyuntura del proceso con otro análisis de otra coyuntura, de una fase del proceso con otra; esto equivale a considerar que los problemas siguen siendo los mismos, que el cuadro no ha cambiado, que la lucha con el bloque de la derecha es la misma que antes. Esto equivale a situarse en la trama de una narrativa estereotipada donde se ungen como héroes incontestables, caballeros de triste figura, entrabados en una batalla interminable contra los monstruos del mal. No ven su propia quimera, no ven que las herencias conservadoras se encuentran en ellos mismos, que el combate entonces es también contra esta quimera, que acompaña los habitus y prácticas burocráticas.
Este es quizás el tema más importante de la experiencia de los procesos revolucionarios, aquí se encuentra la raíz de su propia crisis, cuando se topan con las resistencias estructurales de las formas institucionalizadas del Estado que se quiere demoler. En estas situaciones, aparece una tendencia “pragmática” de sentido común, que considera que hay que defender lo avanzado, defender la colina tomada, no arriesgarse en pasos audaces, no tomar todavía otras colinas, utilizar los instrumentos estatales para transformar, aunque estos instrumentos formen parte de la “caja de herramientas” del viejo Estado. No ven que estos instrumentos, cuando funcionan, reproducen el viejo Estado, no construyen el nuevo. La tendencia de seguir transformando, que se basa en la tesis que la mejor defensa es transformar, es más bien minoritaria, sujeta a sospecha, acusada de que termina favoreciendo a la conspiración de la derecha. La tendencia “pragmática” mayoritaria termina imprimiendo su sello al curso del proceso, termina reforzando una posición ambigua a mitad del camino, a mitad del puente. Las políticas públicas terminan siendo una mezcla entre lo nuevo y lo antiguo, los espacios institucionales son espacios de tensión entre la administración normada y las innovaciones incorporadas. Los esfuerzos ya no se los dedica a las transformaciones institucionales, sino a la propaganda, a la publicidad, a la lucha “ideológica”.
A mediano y largo plazo, estas ambigüedades deterioran, confunden, merman y carcomen las fuerzas de la transformación, que detenidas en una inmovilidad expectante o distraídas en campañas electorales, terminan relegando la oportunidad de transformaciones institucionales para otro momento, de un futuro incierto. No se puede pues soslayar, en el análisis de coyuntura, la caracterización de las contradicciones en el momento, el cuadro cambiante de las contradicciones de las fases del proceso. Los que se quedan con una fotografía anterior se quedaron con la imagen de un corte anterior, rumiando el recuerdo de ese presente anterior, sin lograr experimentar plenamente el presente efectivo que se vive.

 

La base social de la revolución bolivariana

 
Alexandra Martínez caracteriza la procedencia de los migrantes rurales  a las urbes de Venezuela, en Horizontes de transformación del movimiento urbano popular[20],de la siguiente manera:
 
Venezuela, como país dependiente de la renta petrolera, vivió en el siglo pasado un gran éxodo campesino que recompuso la distribución de su población, actualmente urbana en 90%. Los pobladores que llegaron a las ciudades, se ubicaron en asentamientos improvisados, no planificados, en los alrededores de la zona plana de la ciudad, en las montañas que la bordean (las periferias en las zonas geográficamente mas riesgosas, menos estables y menos accesibles). El éxodo masivo del campo a la ciudad ocurrió en el marco del auge, construcción y hegemonización del imaginario desarrollista, en el cual la renta petrolera y las promesas de la redistribución del ingreso construyeron un discurso de bonanza, riqueza y progreso; de definitiva entrada a la “modernidad”[21].
 
Le sigue un dibujo genealógico de la relación entre estos pobladores migrantes y la génesis de la ciudad misma:
 
En estos “márgenes” de las ciudades se conformaron las amplias zonas populares. Allí, los habitantes comenzaron a construir algo más que viviendas o ranchos; comenzaron a construir ciudad. Por un lado, levantaban la ciudad “moderna”, en calidad de mano de obra; esa ciudad de la riqueza proveniente de la renta petrolera. Pero, por otro lado, montaban la ciudad informal, la ciudad “otra”, la que hasta hace algunos años no aparecía en los mapas, la de los márgenes; la ciudad de la exclusión, pero también la ciudad cantera para posibles transformaciones[22].
 
Se conformaron las Asambleas Barriales de Caracas como organizaciones sociales de  defensa popular frente a las políticas neoliberales que se venían implementando. Estas formas de organización participativas, auto-gestionarías y deliberativas desplazaron las formas de ejercicio de la política, cambiando radicalmente el perfil de la intervención social. Alexandra Martínez nos dice que estos cambios se manifiestan en “el caracazo”:
 
El 27 de febrero de 1989, ocurre “el caracazo”; un levantamiento popular sin direccionamiento politico clásico de ninguna organización, que cuestiono profundamente los cimientos de lo que se suponía era el modelo de “democracia liberal” latinoamericano, en el que se promulgaba la coexistencia, complementariedad y cooperación entre las clases sociales, como mito pacificador y encubridor de las profundas desigualdades existentes. Fueron los pobladores y pobladoras urbanas quienes protagonizaron esta revuelta[23].
 
“El caracazo” es quizás el antecedente más importante de la historia reciente, de la historia de la revolución bolivariana. Aquí se gesta la base social de la revolución bolivariana, esta experiencia de la revuelta popular es constructiva de la nueva subjetividad popular. Una subjetividad que deja de ser subalterna y tiende a forjar su propia autonomía. Desde esta perspectiva, no se puede decir, como se acostumbra, que los movimientos sociales en Venezuela fueron formados desde arriba, desde el Estado, como si fueran promovidos estatalmente. Esto no es cierto; en esta tesis hay como un intento de sobrevalorar el papel del gobierno popular, el papel del presidente bolivariano. Los movimientos populares no pueden formarse desde arriba, nacen del propio enfrentamiento con las estructuras de dominación, con los aparatos burocráticos que subordinan y marginan a los estratos sociales populares. Nacen en la consecución de sus demandas por mejorar sus condiciones de vida, demandas de vivienda, de tierra, de servicios, de educación, de salud, de trabajo, de medio ambiente sano. Los movimientos populares nacen en la experiencia de las luchas concretas, de luchas por derechos específicos democráticos y humanos. Lo que ocurrió es que estos movimientos populares se encontraron en el camino con la interpelación carismática, con la convocatoria del mito, produciéndose la sintonía explosiva entre lo popular y la interpelación carismática. ¿Se puede decir que el movimiento bolivariano es como la síntesis de estos dos desplazamientos, la constitución del movimiento popular y la emergencia de la figura y el discurso carismático? Depende que queramos decir con síntesis; preferimos hablar de conexión, de sintonía, de articulación, de relación dinámica y complementaria.
 
Estos movimientos populares urbanos son territoriales, se forjan en los barrios. Alexandra Martínez da una descripción de estas territorialidades urbanas organizativas:
 
Los barrios se han conformado en el contexto de procesos de ocupación, cuya característica fundamental es la autoconstrucción progresiva a partir de ocupaciones de terreno que no pertenecen, de derecho, a sus pobladores. Estos asentamientos urbanos populares han sido la respuesta desde la gente; la solución habitacional, al margen del financiamiento de planes públicos y privados[24].
 
Los barrios se conforman tanto en la lucha por la inclusión social como en la lucha por la identidad, por el reconocimiento de una cultura urbana popular:
 
En gran medida, desde los barrios, las luchas por la democratización de la ciudad surgen con fuerza, en un doble movimiento. Por un lado, exigen el acceso a la ciudad: a la tenencia de la tierra, al acceso a la vivienda, a los servicios básicos (luz, agua, transporte). Son luchas por la inclusión (en algunos casos, en términos de acceso a la redistribución de la renta, para tener la posibilidad de tener un nivel de consumo que nunca han experimentado). Por otro lado, las luchas apuntan al reconocimiento y la identidad: el reconocimiento del barrio como espacio territorial, generado desde sus pobladores y pobladoras, con construcciones culturales, saberes, formas de organización, de resistencia y de vida. Es la pelea por la existencia de un modo de vida distinto al impuesto por el imaginario desarrollista, capitalista y neoliberal[25].
 
Una combinación de lucha contra las desigualdades, por lo tanto lucha por la igualdad social, lucha democrática por excelencia, y lucha por la identidad, la cultura propia, por lo tanto, lucha por un proyecto civilizatorio alternativo a la modernidad y al desarrollismo. La identificación, que hace Alexandra Martínez, de estas tendencias y composiciones en el movimiento popular urbano, nos ayuda a comprender mejor las dinámicas sociales que sostienen a la revolución bolivariana. Podríamos decir que sería prácticamente imposible un acontecimiento político como el de Hugo Chávez sin la experiencia y la emergencia de movimientos sociales que interpelan el orden institucional existente, particularmente estos movimientos urbanos que jugaron y juegan un papel primordial en la defensa y la continuidad del proceso. Se trata de movimientos que tienen un carácter más de base, tiene que ver con la organización territorial de los barrios. Por lo tanto también se trata de una gestión territorial, de una gestión comunitaria, de la generación de formas de participación y control social. De acuerdo a las formulaciones específicas del socialismo del siglo XXI, de índole más bien práctica que teórica, en esta experiencia de base territorial se encuentra el sostenimiento de un nuevo proyecto socialista, basado en la propiedad social y en la propiedad comunitaria. Las posibilidades de este socialismo del siglo XXI no están pues en la retórica oficial y de los apologistas, quienes, a pesar de sus esfuerzos, no terminan de explicar cuál es la diferencia entre el socialismo real del siglo XX y el socialismo del siglo XXI, sino en la construcción colectiva de la igualdad social y la identidad cultural, construcción que se hace efectiva cuando la participación, la formación, la propiedad social y comunitaria, el control social son los ejes cardinales de esta edificación.
               
 
Relación con el Estado: posibilidades y tensiones
 
 
El problema en esta transición es entonces la relación con el Estado. Alexandra Martínez nos dice a propósito:   
 
Teniendo como marco el proceso político venezolano, la relación con la institucionalidad forma parte del campo de tensiones en el que se desarrolla la organización urbana y la apuesta por la construcción de otra ciudad; pero, al mismo tiempo, constituye una disputa permanente a la gestión única estatal. Por una parte, es innegable que distintas políticas y propuestas organizativas promovidas desde el gobierno, han generado y permitido amplios espacios de movilización y participación, antes inexistentes. No obstante, estas mismas propuestas pueden llegar a institucionalizar y burocratizar la expresión popular. En la experiencia del movimiento de pobladores, el desafío ha sido pasar de la organización promovida desde el Estado a la construcción de movimiento social, con espacios de autonomía, de construcción y orientación colectiva y propia, donde la relación con el Estado sea desde el dialogo entre sujetos políticos. Por ello, para las organizaciones urbanas las ideas de autogestión, cogestión y cogobierno pasan a ser apuestas fundamentales para pensar cualquier transformación[26].
 
Este es el lugar problemático de las transformaciones en las transiciones, el lugar o la zona de los relacionamientos con la institucionalidad. Los movimientos sociales se enfrentan a estructuras normadas y administradas de acuerdo a las lógicas de gestión establecida. Estas estructuras no soportan otras formas de gestión, sobre todo aquellas que requieren una amplia democratización de las decisiones, la participación y deliberación colectiva, la agilización no burocrática de las asignaciones y los recursos. La centralización de las órdenes y la relación vertical del manejo administrativo choca con la descentralización y horizontalidad de voluntad colectiva, con la deliberación asambleísta, la gestión comunitaria y el control social. Hay pues una clara necesidad de transformaciones institucionales, de construir otro mapa institucional, adecuado a las dinámicas sociales moleculares autogestionarias. En esta zona de tensiones y contradicciones micro-políticas se encuentra el secreto de la transformación, de la continuidad y profundización del proceso. Si no se llega a cambiar la maquinaria institucional se detiene la iniciativa y creatividad popular, delegando la iniciativa a las burocracias. Es el momento, el punto de inflexión, donde se estataliza el proceso revolucionario, reproduciéndose un mapa institucional parecido al anterior, sólo que con más inclusión social.  Cuando de lo que se trataba es de las transformaciones institucionales, de la emancipación y liberación social, de la emergencia de la sociedad alternativa, integrando en sus dinámicas sociales formas políticas democráticas y participativas. Evitando la autonomización de lo político y la consecuente subordinación de la sociedad al Estado.
 
Alexandra Martínez identifica tres ejes del activismo y gestión de lo urbano-popular:      
 
Tres son las líneas claves para impulsar las políticas populares en materia urbana:
 
• Lucha contra el latifundio urbano y la especulación inmobiliaria. Democratización de la ciudad.
 
• Transformación de barrios y ciudad: poder popular, justicia territorial y reivindicación del hábitat popular.
 
• Producción popular del hábitat: producción socialista de la ciudad[27].
 
 
 
 
Conclusiones
Hugo Chávez forma parte de América Latina y el Caribe, del espacio-tiempo del quinto continente, del espesor histórico-político del continente de los mestizajes barrocos y de la ancestral identidad indígena. Nuestra historia abigarrada, exuberante y heterogénea, historia que se condensa en el dramático recorrido de nuestros héroes y heroínas, mayormente incomprendidos, empero intrépidos y temidos, incluso en su tiempo, que es otro, diferente al nuestro, desde donde los rememoramos. El caudillo que nos ha abandonado y, a la vez, se ha cobijado en la interioridad misma de nuestra memoria y nuestro reconocimiento, es parte de esta historia intempestiva, donde se mezcla la aventura y la resistencia indomable indígena. Es también la migración obligada africana, la otra manifestación morena, que denuncia los orígenes violentos del capitalismo, el comercio sin precedentes de esclavos, y la reiteración de estos orígenes, de esta desposesión y despojamiento, en el despliegue compulsivo de la acumulación de capital. Hugo Chávez es la memoria actualizada de las gestas audaces por emancipaciones y liberaciones soñadas. En este sentido, América Latina y el Caribe es la utopía, el territorio de la utopía. No en vano, el quinto continente, Abya Yala para los pueblos indígenas, América para los modernos, se convierte en el referente de la utopía; este es el lugar del no-lugar, del ninguna parte. Aquí ocurre lo imposible. Por eso Macondo de los Cien años de soledad[28], por eso también la escritura pasional y ética de un Ché Guevara, escritura como gramática de la guerrilla permanente. Hugo Chávez, este oficial latinoamericano se rebela, como otros oficiales nacionalistas y anti-imperialistas, como es el caso de Lázaro Cárdenas, y buscan expresar abiertamente su descontento, la rebelión recóndita que les viene de la tierra, de la experiencia de sus pueblos, donde nacieron. Todos los latinoamericanos y caribeños somos, de alguna manera, así, aunque algunos, la minorías privilegiadas no quieran reconocerlo, pues pretenden imitar lo que no son, la imagen consumista de la burguesía euro-céntrica y norteamericana hegemónica.  Las mayorías lo son, quizás de una manera espontanea y hasta “inconsciente”, viven esta mezcla de una manera apasionada, sin entender completamente lo que pasa. Empero lo primordial es que se trata de una experiencia histórica turbulenta, de una aventura interminable, de una búsqueda insaciable de utopías, de proyectos libertarios, de sueños despiertos, de fábulas de ciudades perdidas, de leyendas de riqueza como la del dorado. Sobre todo, en esta historia de múltiples recorridos, en esta multiplicidad temporal, que a veces se presenta como simultaneidad, en vez de sucesiva, lo que late, si se puede hablar así, como duración, como desplazamiento de la memoria, como intuición del tiempo vivido, es lo que llama Georges Bataille el gasto heroico[29]. La entrega pasional sin retorno. Esta es la razón por la que quizás fue a buscar el Che Guevara la muerte en le Higuera. En el caso de Chávez la muerte lo encontró a él en los momentos cruciales de la revolución bolivariana. No deja de ser una tragedia a pesar de que se diga que Chávez vive en nosotros, pues se trata de la continuidad de la convocatoria del mito, de la relación entre memoria y presente popular, de la decodificación multitudinaria de los signos carismáticos. ¿Quién va a seguir con esta comunidad simbólica? ¿O se trata mas bien de continuar sin el mito, continuar por caminos más “racionales”, cuya convocatoria no sea carismática, sino organizacional? Sin embargo, no podemos olvidar que no solamente hay el mito del caudillo o el caudillo como reverberación del mito, sino otros mitos; Sorel consideraba, en sus tiempos, el mito de la huelga general como una gran convocatoria proletaria en lucha contra la burguesía y el capital. Para este autor polémico el mito es voluntad social, convocatoria ética a la movilización general.  ¿Cuál es el mito que va a continuar como convocatoria popular? ¿El mito del caudillo sin el cuerpo del caudillo, el caudillo mas bien diseminado en todos, internalizado por los cuerpos de las multitudes? ¿El mito como mandato, en el mejor de los casos, como Constitución, como tarea, la construcción socialista?
Lo que está pendiente no es simple. Fuera de ganar la elecciones, la principal tarea es transformar el modelo económico extractivista y cambiar el modelo de Estado rentista. La consecuencia de esta tarea primordial es la transformación estructural e institucional, conformar un nuevo mapa institucional, donde la institucionalidad sea más bien dinámica, promueva la participación, la gestión y el control social. La otra tarea imprescindible es la transformación de las ciudades, la construcción de urbes del vivir bien, que tienen que ver con las líneas que anotamos anteriormente: Lucha contra el latifundio urbano y la especulación inmobiliaria; democratización de la ciudad; transformación de barrios y ciudad, poder popular, justicia territorial y reivindicación del hábitat popular; producción popular del hábitat: producción socialista de la ciudad. Por otra parte se tienen las tareas de la integración. Materializar el proyecto del sucre, la contra-monea, y el Banco del Sur, la alternativa financiera al sistema financiero mundial. Ambos proyectos no han sido asumidos en su plenitud, ni de acuerdo a cómo fueron concebidos. Su manejo burocrático ha repetido las formas del sistema financiero tradicional y siguen subordinándose al sistema financiero internacional. El ALBA todavía sigue circunscrita a un área de intercambios, de complementariedades, de actividades menores, que no sustituyen al extensivo espacio del mercado mundial. La economía sigue regida por los circuitos monetarios y de circulación, condicionados por la división mundial del trabajo, el comercio mundial y el sistema financiero internacional. UNASUR no debe repetir la historia de las instituciones de integración burocratizadas, donde la integración termina en las oficinas de integración. La integración no es nada sino es integración de los pueblos, no de los estados, menos de sus organismos burocráticos. Lo mismo podemos decir del CELAC[30]. Al respecto, no cabe duda; América Latina y el Caribe deben integrarse, formar un bloque, que no sea sólo un bloque económico alternativo, tampoco sólo un bloque politico alternativo; debe convertirse en un bloque civilizatorio alternativo, convocando a la integración de los pueblos del sur del mundo, apuntando a conformar una organización de naciones unidas del sur, como había pensado Hugo Chávez, empero convocando a los pueblos del norte, que también se encuentran sometidos por el imperialismo financiero, para conformar un modelo civilizatorio alternativo al capitalista.    


[1] Guido Gómez de Silva: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México; México. 
[2] Ver de Emile Durkheim: Las reglas del método sociológico. Fondo de Cultura Económica 2001; México.
[3] George Sorel: Reflexiones sobre la violencia. Alianza Editorial 1976; Madrid.
[4] Claude Levi-Strauss: Mitológicas, cuatro tomos. Siglo XXI; 1976; México.
[5] Ver de Gilbert Durand De la mitocrítica al mitoanalisis. Anthropos 1993; Barcelona.
[6] Ver de Raúl Prada Alcoreza La colonialidad como malla del sistema-mundo capitalista. Horizontes nómadas, Bolpress, 2012; La Paz.
[7] Conocedor de esta queja, mi amigo y compañero de lucha por la emancipación de los pueblos de Abya Ayala – el quinto continente, que comprende tanto a llamada Norteamérica como a la llamada Latino América y el Caribe, toponimia que se refiere en realidad a la geografía de parte de Norteamérica, México, Centro América, Sud América y las islas del Caribe -, Edgardo Lander, me invitó a visitar Venezuela, hacer una escala en Caracas y visitar experiencias populares como las de las Comunidades, conocer algunas de las Misiones, además de asistir a foros y seminarios. Esto hubiera suplido, en parte, la falencia mencionada arriba, falencia por la que no me atrevía a opinar sobre la experiencia de la revolución bolivariana. No puede asistir a tan gentil invitación, indispensable por cierto, pues se me cruzó el apoyo a elaborar colectivamente con las organizaciones indígenas de la región andina, agrupadas en la CAOI, un Proyecto de Ley de la Madre Tierra para seis países. Este proyecto de ley todavía está inconcluso; es ciertamente indispensable culminarlo. Me arrepiento entonces no haber aprovechado esa valiosa oportunidad. Ahora hubiera contado con esta aproximación empírica.
[8] Víctor Álvarez R.: La transición al socialismo de la revolución bolivariana. Texto digital, en circulación en la Fundación Rosa Luxemburgo.
[9]Véase al respecto: Movimiento Revolucionario 200. “Agenda Alternativa Bolivariana. Una propuesta patriótica para salir del laberinto. Julio 1996. Analitica.com. “Una Revolución Democrática. La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela” 1998. En: http://www.analitica.com/bitblio/hchavez/programa.asp.
[10] Ibídem. Pág. 3.
[11] Ibídem. Pág. 3.
[12] (Nuevo Mapa estratégico, 2004, 62). Ibídem. Pág. 3.
[13] Ibídem: Págs. 3-4.
[14] Ibídem. Pág. 4.
[15] Ibídem. Págs. 4-5.
[16] Ibídem. Pág. 5. (Chávez, 2012: 2).
[17] Hugo Rafael Chávez Frías. Acto de Firma de Compromiso Socialista de los candidatos del PSUV [en línea] www.abn.info.ve/noticias.php?articulo.
[18] Ibídem. Pág. 6.
[19] Está en preparación un ensayo sobre los fundamentalismo racionalistas, dedicados en gran parte a las corrientes y fracciones marxistas.
[20] Alexandra Martínez: Horizontes de transformación del movimiento urbano popular. En Alternativas al capitalismo, colonialismo, del siglo XXI. Fundación Rosa Luxemburgo, Abya Yala, 2013; Quito.
[21] Ibídem: Págs. 259-260.
[22] Ibídem: Pág. 260.
[23] Ibídem: Págs. 260-261.
[24] Ibídem: Pág. 262.
[25] Ibídem: Pág. 263.
[26] Ibídem: Pág. 268.
[27] Aportes al Programa de la Patria, 2012. Ibídem: Pág. 270.
[28] Novela de Gabriel García Marques.
[29] Ver de Georges Bataille La Parte Maldita. La cuarentena 2007; Buenos Aires.
[30] La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es un organismo intergubernamental regional, derivado del Grupo de Río y la CALC, la Cumbre de América Latina y del Caribe, grupo que promociona la integración y desarrollo   de los países latinoamericanos. Bajo estos antecedentes, la CELAC fue creada el martes 23 de febrero de 2010,  en sesión de la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe; esta sesión se llevó a cabo en la ciudad de Playa del Carmen, Quintana Roo, México.  La primera Cumbre de la CELAC,  con el objeto de su constitución definitiva, optando por la integración como salida a la crisis económica,  tuvo lugar en Caracas, Venezuela, los días 2 y 3 de diciembre de 2011. La segunda Cumbre de la CELAC  se celebró en Chile en enero de 2013.

Anuncios

El espíritu constituyente

El espíritu constituyente

Raúl Prada Alcoreza
chamola1
En el Capítulo Sexto, Tribunal Constitucional Plurinacional, del título III de la parte correspondiente al Órgano Funcional del Estado, el artículo 196 dice:
I.El Tribunal Constitucional Plurinacional vela por la supremacía de la Constitución, ejerce el control de constitucionalidad, y precautela el respeto y la vigencia de los derechos y las garantías constitucionales.
II. En su función interpretativa, el Tribunal Constitucional Plurinacional aplicará como criterio de interpretación, con preferencia, la voluntad del constituyente, de acuerdo con sus documentos,  actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto.
La voluntad constituyente se refiere a lo que también se nombra como espíritu constituyente. ¿Qué es el espíritu constituyente? Ciertamente se trata de una metáfora cuando se habla del espíritu; la metáfora se remite no sólo a la voluntad, sino al sentido de lo escrito. También se refiere al contenido subjetivo del texto constitucional. Ahora bien, el espíritu no se desajusta, no se desentiende del cuerpo escrito, no entra en contraposición con la escritura. Precisamente es el significado del significante, si recurrimos a Ferdinand de Sausurre. Lo curioso del uso oficial de este artículo es que se pretende remitir el espíritu constituyente al texto constitucional aprobado en Oruro. Se puede decir que el espíritu constituyente de ese texto era precisamente que el conteo de la secuencia permitida por la Constitución comenzaba desde la promulgación de la nueva Constitución. El texto se cambió en el Congreso convertido en constitucional, que revisó el texto aprobado en Oruro; el texto dice:
Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.
¿Cuál es entonces el espíritu del constituyente? ¿De cuál de los textos? Si volvemos al texto de Oruro, entonces, la consecuencia necesaria es que se debería volver a todo el texto aprobado en la ciudad del Pagador. La consulta al Tribunal Constitucional tendría que ser sobre hacer válida la Constitución aprobada en Oruro e invalidar la Constitución aprobada en el Congreso. Si no se hace esto, entonces hay una comprobada incoherencia y manipulación al sólo quererse remitirse a un artículo de los 411 aprobados y promulgados. Querámoslo o no el texto constitucional aprobado por el 64% del pueblo boliviano es el que contiene el artículo 196 citado. Entonces el sentido buscado debe ser el del escrito de la Constitución promulgada. No hay donde perderse. ¿Este sentido es o no la voluntad del Constituyente? No, pues la Constitución aprobada en Oruro tenía otro contenido. El 30% de la Constitución aprobada en la ciudad del Pagador fue cambiado. Entonces lo que dice este artículo no es lo que expresaba la voluntad del Constituyente. Se cambio por los acuerdos políticos en el Congreso. El sentido dado a este artículo y otros cambiados es otro, distinto al espíritu constituyente. ¿Qué se hace en este caso para interpretar la Constitución promulgada? El parágrafo II  dice que la interpretación debe darse con preferencia, de acuerdo a la voluntad del constituyente, contando entoncescon sus documentos,  actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto. Esto se entiende como que el uso de los documentos, las actas y resoluciones no debe desfasarse del tenor literal del texto. ¿De cuál texto? Obviamente del texto promulgado, no del aprobado en Oruro, aunque este texto haya perdido en la parte interpretada el espíritu del constituyente, sustituido por el sentido del acuerdo político, expresado en el artículo 196.
¿Se puede desconocer lo escrito en el texto promulgado? No, sin un referéndum que plantee el retorno a la Constitución aprobada en Oruro. En este caso se volvería a la voluntad del Constituyente expresada en el texto de Oruro. Así tendría que ocurrir con los otros artículos cambiados por el Congreso constitucional. ¿Qué clase de voluntad se encuentra en el artículo 196 de la Constitución promulgada? La voluntad de los congresistas. Al final se transfirió la voluntad de los constituyentes a la voluntad de los congresistas; después, el texto aprobado en el Congreso, fue ratificado por el referéndum constituyente. Este fue el resultado del decurso de la construcción dramática del pacto social, querámoslo o no.
Desde todo punto de vista no es aconsejable ni comprensible lo que hacen los voceros del gobierno y de la mayoría de Asamblea Legislativa, embrollar la interpretación de la Constitución promulgada. Es meterse en una encrucijada al desconocer el texto promulgado. Por este camino, ponen en peligro la misma Constitución. Esto lo hacen con fines electorales. No les importó interpretar a su manera, sin respetar el espíritu constituyente, cuando aprobaron y promulgaron leyes que resultaron inconstitucionales. Como dijimos en otro artículo[1], llama la atención que al oficialismo le importe el debate constitucional y haga alusión al espíritu constituyente en el tema de la reelección, cuando esto no aconteció para nada cuando se trataron las leyes que deberían ser fundacionales.
Si a un constituyente de mayoría le preguntaran ¿con qué Constitución se queda, con la aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente o con la aprobada en La Paz por el Congreso Constitucional? Con seguridad respondería con la aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente. ¿Quiénes descartaron el espíritu constituyente? Los del Congreso Constitucional. Esta fue la estrategia del gobierno. Nunca se preguntó a los constituyentes qué es lo que se debería hacer antes del referéndum constituyente. Con una falta total de consideración a la Asamblea Constituyente, al poder constituyente, el poder constituido, el ejecutivo y el Congreso, decidieron revisar la Constitución aprobada por los constituyentes y efectuar los cambios que les parecieron convenientes, en el marco de acuerdos políticos. Ahora, estos mismos que decidieron descartar el espíritu constituyente piden volver a esta voluntad para interpretar el artículo 196 de la Constitución promulgada. ¿Quién entiende este comportamiento?
El argumento de interpretar desde el espíritu constituyente no está bien fundamentado, tampoco es  honesto. No miden las consecuencias, sobre todo la de poner en peligro la validez de la misma Constitución promulgada. Tampoco les interesó el espíritu constituyente a la hora de elaborar, aprobar y promulgar leyes, que resultaron inconstitucionales. Sólo les interesa la reelección. El peso de la decisión política gravita en este tema. Esta inclinación devela su compulsión electoral; se encuentran muy lejos de una preocupación por las transformaciones estructurales e institucionales, muy lejos de la interpretación integral de la Constitución y de su aplicación. No se dan cuenta que no está en cuestión la posibilidad de reelección del presidente; lo que se discute es el modo como se habilite la misma; forzando una interpretación estrambótica o acatando la Constitución. Esta conducta no parece ser un apoyo efectivo al presidente para su reelección, sino todo lo contrario. Lo empujan a una situación inconstitucional, des-cualificando su postulación, debilitándola desde la circunstancia de des-legitimación. La excesiva muestra de llunkirio termina mermando la fuerza de una reelección. ¿Por qué inclinarse hacer las cosas torcidas? ¿No es mucho mejor que el pueblo termine decidiendo en un referéndum la reforma parcial a la Constitución? ¿No es acaso este comportamiento que espera el pueblo de un presidente que responde a la Constitución, sobre todo al sistema de gobierno constitucional que es el de la democracia participativa? ¿Por qué generar conflictos desgastantes?
Este problema no es generado por la reelección del presidente, sino por la reelección del vicepresidente. El Congreso del MAS sólo eligió a Evo Morales Ayma como candidato a la presidencia; la candidatura a la vicepresidencia estaba pendiente. La astucia de la mayoría de la Asamblea Legislativa es mandar una consulta al Tribunal constitucional donde se incluye al vicepresidente. Con esto zanjan el tema del vicepresidente saltando el Congreso del MAS.
No sabemos qué va a responder el Tribunal Constitucional. Su dilema es grave; o resuelve confesar la subordinación al ejecutivo y validar un proyecto de ley interpretativo estrambótico e inconstitucional, o resuelve interpretar la Constitución como corresponde, asumiendo las condicionantes establecidas en la Constitución promulgada. Aunque el Tribunal Constitucional nos tiene ya acostumbrados a resoluciones ambiguas, ésta resolución pendiente no parece fácil de zafarse. Está en juego la existencia misma del Tribunal Constitucional, de una manera o de otra. Si resuelve lo primero, habrá evidenciado su condición inconstitucional al subordinarse al capricho del ejecutivo; si resuelve los segundo, es probable que el ejecutivo decida liquidarlo o, en todo caso, arrinconarlo, poniéndolo como en suspenso.
El senador por Cochabamba Adolfo Mendoza saca una “tesis” semántica insólita, dice que si bien la letra del artículo 196 establece que los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones; el espíritu de este escrito quiere decir que los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución no serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de función. Es decir, todo lo contrario[2]. En otras palabras el senador sugiere que el espíritu del cuerpo escrito es precisamente lo contrario de lo expresado en la inscripción literal. A esto se reduce el espíritu del constituyente. Este malabarismo y prestidigitación es digna de un mago; no importa lo que está escrito, lo que importa es la interpretación de acuerdo al “espíritu constituyente”, aunque se diga que tiene que estar de acuerdo al tenor literal del texto.
Ahora bien, este malabarismo semántico es síntoma de algo, es síntoma de la forma cómo se ejerce mayoría en el Congreso, en las políticas públicas, en la práctica política oficialista. Se cree que la mayoría absoluta otorga impunidad, otorga potestad como para cambiar las reglas lógicas y lingüísticas, que se puede acudir al espíritu constituyente cuando conviene y cuando no conviene no, que se puede hacer de todo pues el poder produce verdades. Se puede volver al texto constitucional aprobado en Oruro en un artículo sobre la reelección y no en los otros artículos de la Constitución. En otras palabras, se puede hacer lo que se quiere, de acuerdo al interés político del momento. Esta forma de hacer política es decadente; expresa la degradación de una práctica de gobierno, de la práctica política oficial, que desprecia además el sentido común de la gente, no sólo desprecia a la opinión pública. Se puede demostrar lo contrario de lo que está escrito en la Constitución promulgada. Estas demostraciones espantosas tienen que ser escuchadas por el público, con la pretensión, además, de que sean aceptadas. Lo que llama la atención de todo esto, no es sólo que se efectúe este malabarismo semántico, sino que después de decirlo se sientan satisfechos, como después de haber cumplido una labor. ¿Qué clase de labor es esta? El objetivo principal es conservar el poder; en esto no hay sorpresa, lo hacen todos los gobiernos, de derecha o de izquierda. Lo que sorprende es que se busque conservar el poder, cosa que es comprensible, con los argumentos más insólitos. Hay un exceso de actuación ante el jefe, una búsqueda estridente de llamar su atención, de decirle yo estoy contigo en todo, en tus aciertos y en tus errores, que para mí no son errores, sino una muestra de tu grandeza. Puedo hacer lo que sea por ti, adulterar una interpretación, manipular el significado de lo escrito, de tal manera que diga lo contrario. Este llunkirio que de por sí es desagradable e indigno, es la muestra de que se ha perdido todo principio de realidad, toda coherencia discursiva; se ha caído ya no en la retórica política sino en una adulación sin límites y en una desbordante manipulación sin ningún decoro y aprecio por la lógica. No es necesario caer en esta degradación para lograr la reelección del presidente.
¿Cuál es el interés de los llunk’u que medran a la sombra del caudillo? Mantener la proyección de su sombra que los cubre. Se constata el interés de la clase política oficial de mantenerse, de conservarse en sus puestos, de seguir ejerciendo en los espacios de dominio ganados. Poco importa lo que pase con el proceso de cambio mismo; se soslayan sus contradicciones y se opta por la propaganda, de la que parecen convencidos. Se puede llegar a comprender que este “pragmatismo” vulgar, este realismo político, que cada vez más se parece al oportunismo, haya reducido el proceso de cambio a la mera conservación del poder y la eterna campaña electoral. Lo que no se comprende es que no avizoren, estos voceros oficiales, que lo que hacen al final, de la forma grotesca como lo hacen,  vulnera y debilita su objetivo, conservación del poder. Esta práctica no sólo que no es legal, no es constitucional, sino que deslegitima, resta credibilidad, descalifica la misma función de gobierno y el ejercicio de la mayoría del Congreso. Este exceso está demás para cumplir con el objetivo, conservación del poder, concretamente lograr la reelección.
Dejemos estos contrasentidos ahí, en su propia desesperación. Volvamos a la reflexión sobre el espíritu constituyente, que es lo que ciertamente se debe rescatar en la interpretación y aplicación de la Constitución.
Interpretación desde el espíritu constituyente                             
Para Henri Bergson el espíritu tiene que ver con la duración y la memoria, con la cualidad y la subjetividad; en términos más amplios con la intuición, que para Bergson es el método de precisión de la metafísica[3]. En el caso que nos toca, el espíritu constituyente, el espíritu se acerca a la voluntad; lo que quiso decir el constituyente, el sentido que quiso darle al texto constitucional. Este espíritu se encuentra expresado en el prólogo, en los 11 primeros artículos y en la estructura integral de la Constitución. En el preámbulo se escribe:
Dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal. Asumimos el reto histórico de construir colectivamente el Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, que integra y articula los propósitos de avanzar hacia una Bolivia democrática, productiva, portadora e inspiradora de la paz, comprometida con el desarrollo integral y con la libre determinación de los pueblos.
Los dos primeros artículos de la Constitución son fundacionales:
Artículo 1°.- Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país.
Artículo 2°.- Dada la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos y su dominio ancestral sobre sus territorios, se garantiza su libre determinación en el marco de la unidad del Estado, que consiste en su derecho a la autonomía, al autogobierno, a su cultura, al reconocimiento de sus instituciones y a la consolidación de sus entidades territoriales, conforme a esta Constitución y la ley.
El espíritu constituyente se encuentra en la constitucionalización de los derechos fundamentales y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, además de contener, implícitamente en el postulado del vivir bien, los derechos de los seres de la madre tierra. El espíritu constituyente responde a cuatro modelos fundacionales; el modelo político de Estado plurinacional comunitario y autonómico; el modelo territorial que se configura en el pluralismo autonómico, teniendo como su característica fundamental las autonomías indígenas; el modelo económico, que se abre al horizonte de la economía social y comunitaria, comprendiendo las condicionantes ecológicas, prohibiendo la exportación de materias primas, definiendo a los recursos naturales como no mercantilizables, destinados al vivir bien; el macro modelo civilizatorio del vivir bien, que articula los modelos anteriores y se definió, en la Conferencia de los Pueblos contra el Cambio Climático de Tiquipaya-Cochabamba, como modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. El espíritu constituyente se encuentra en el entramado de competencias autonómicas, exclusivas, privativas, concurrentes y compartidas. El espíritu constituyente se encuentra en el pluralismo jurídico, que comprende tres jurisdicciones, la ordinaria, la indígena originaria campesina y la agroambiental. El espíritu constituyente se expresa en la definición del sistema de gobierno como de la democracia participativa, el ejercicio plural de la democracia, directa, representativa y comunitaria; así mismo, como consecuencia, en la participación y control social; en la construcción colectiva de la ley, de la decisión política de la gestión pública. El espíritu constituyente se encuentra en la exigencia de la equidad de género y la alternancia. También podemos decir que el espíritu constituyente se encuentra en la transversal de interculturalidad.
Como se puede ver, este es el espíritu constituyente explicitado en el texto constitucional, este es el espíritu constituyente que ignoran el gobierno, la Asamblea Legislativa, los voceros oficialistas. Sólo se refieren al espíritu constituyente cuando quieren imponer una forma de reelección que no se encuentra en la Constitución promulgada. Hay otra forma de reelección posible, incluso si se busca realizarla por tercera vez. Pero esto es lo que no se quiere. ¿Qué clase de espíritu es este? Obviamente no es el espíritu constituyente convocado; se trata del espíritu de resentimiento de la “consciencia desdichada”[4]. Los voceros oficiales sustituyen el espíritu constituyente por el espíritu de resentimiento de la “consciencia desdichada”. El malabarismo semántico e interpretativo de los voceros deriva en esta suplantación “espiritual”. Nada más canallesco para exorcizar el espíritu constituyente.
Retomando nuevamente el tema sugerente del espíritu constituyente, que el acontecimiento subjetivo del acontecimiento político que es la Constitución, es la constitución de la duración, de la memoria, de la cualidad histórica de la percepción política de las multitudes, del proletariado nómada, de las naciones y pueblos indígenas originarios, del pueblo boliviano. Se da como un plegamiento subjetivo e imaginario; pliegue, despliegue y repliegue de la constitución subjetiva descolonizada, emancipada y liberada.  Es este espíritu el que tiene que animar a la interpretación de la Constitución, en la aplicación  de la Constitución, que transmite el mandato de la abolición  del Estado-nación y la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Esto es precisamente lo que no hace el gobierno, la Asamblea Legislativa, los órganos del Estado; han optado por restaurar, consolidad y defender el Estado-nación, dispositivo colonial del sistema-mundo capitalista y del orden mundial de la dominación imperial. ¿Con qué moral pueden hablarnos del espíritu constituyente?    


[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Reelección del presidente: ¿Discusión leguleya o constitucional? Bolpress 2013; La Paz.
[2] Esta “tesis” la sacó a relucir dicho senador en un debate en la Red A, en el programa del comunicador Jhonn Arandia. El programa fue televisado la noche de 27 de febrero de 2013; La Paz.
[3] Ver de Henri Bergson: Essai sur les données inmédiates de la conscience/ Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (1889); Le Rire/ La risa (1899); Matière et mémoire/ Materia y memoria (1896); L’évolution créatrice / La evolución creadora (1907); L’Énergie spirituelle / La energía espiritual (1919), Les deux sources de la morale et de la religion / Las dos fuentes de la moral y de la religión (1932).
[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Consciencia desdichada y dialéctica colonial; Bolpress 2013; La Paz. 

Apuntes sobre el Estado plurinacional comunitario autonómico y pluralismo jurídico

Apuntes sobre el Estado plurinacional comunitario autonómico y pluralismo jurídico[1]

Raúl Prada Alcoreza
guzman3
Podemos decir que el Estado plurinacional supone una nueva concepción de la transición pos-capitalista, la anterior tesis de transición estaba íntimamente ligada a la transición de la dictadura del proletariado. La gran diferencia de ambas tesis consiste en que la dictadura del proletariado pensada como transición socialista al comunismo no salía de los horizontes de la modernidad, en cambio la transición pluralista atraviesa los límites de la modernidad, cruza el umbral de la misma, y entra a otros agenciamientos civilizatorios. Además se trata de transiciones pensadas pluralmente en distintos planos y niveles. Por lo tanto la configuración del Estado plurinacional supone otra teoría crítica del capitalismo, ya no se trata sólo de visualizar un desarrollo desigual y combinado, ni tan sólo quedarse en la tesis del imperialismo como fase superior del capitalismo. Ya es un avance visualizar los ciclos del capitalismo, los ciclos de las crisis del capitalismo, las transformaciones estructurales de los ciclos y las transformaciones estructurales de las crisis. Pero esto no es suficiente; en lo que respecta a la compresión del Estado plurinacional se requiere entender los ciclos del colonialismo, sus transformaciones, la estructura de sus crisis, además de sus estrechos vínculos con el capitalismo y la modernidad. Es indispensable comprender la crisis civilizatoria y los alcances de la crisis ecológica. Por otra parte es urgente situar el pensamiento pluralista en el contexto de las cosmovisiones indígenas, en su profundo animismo e inmanencia. La concepción del Estado plurinacional se construye desde la perspectiva de las cosmovisiones indígenas en interpelación de la modernidad y el capitalismo; cosmovisiones que hay que entenderlas como sistemas interpretativos dinámicos, rememorándose y actualizándose, interpretando críticamente las conformaciones institucionales y estructurales de la modernidad, entre ellas del Estado, sobre todo en su condición de Estado-nación.
Entonces estamos ante la concepción de la transición política elaborada desde las cosmovisiones indígenas en interpelación de los paradigmas y las formas institucionales de la modernidad. Esta tesis implica el desmantelamiento del Estado-nación en forma de transformaciones institucionales, transformaciones que se abren al pluralismo institucional, al pluralismo normativo, al pluralismo administrativo y al pluralismo de gestiones. Estas transformaciones institucionales se asientan en procesos de transformaciones estructurales. El cambio civilizatorio supone la transformación múltiple de los ámbitos y campos de relaciones donde se recrea la vida social. También significa la incorporación plena de las relaciones con los otros seres y ciclos vitales que circundan, conforman y componen el mundo y el cosmos. Estas aperturas terminan transformando los cimientos y las matrices civilizatorias de la modernidad. Ya no hay posibilidades de una reducción de las temporalidades a la linealidad del desarrollo y del progreso, ya no hay posibilidades de sostener esta linealidad en la marcha de la producción y en el espejo de la producción. Desde la perspectiva de las cosmovisiones indígenas es imprescindible garantizar la reproducción de los ciclos vitales, por lo tanto poder armonizar dinámicamente los ciclos de la reproducción humana, los ciclos de la reproducción social, los ciclos de la reproducción comunitaria, con los ciclos de los seres y ciclos vitales integrados.
El Estado plurinacional se constituye en el desmantelamiento múltiple del Estado-nación, es el estado, en el sentido de situación, de la transición plural, de la descolonización abierta en los distintos planos y factores componentes de los múltiples engranajes de dominación, es la condición móvil de los flujos des-constitutivos de la vieja maquinaria estatal y constitutivos de los agenciamientos y dispositivos de las formas de la participación social y política de los colectivos y comunidades.  El Estado plurinacional supone la transformación pluralista, comunitaria, intercultural y participativa de los instrumentos de la gestión pública. El Estado plurinacional es la condición política y la estructura de las transformaciones, de las transiciones transformadoras, de las metamorfosis de las prácticas políticas, democráticas y culturales. Hay que observar al Estado plurinacional en su movimiento, en su dilatación, en su flexibilidad y adecuación, en la expansión y proliferación de articulaciones, en sus movimientos inclusivos, en sus dinámicas moleculares de apertura, de democratización, de igualación, también en sus entrelazamientos interculturales.
Genealogía del Estado plurinacional
En adelante se describe la gestación de la idea de un Estado plurinacional a partir de la acción de diversos sectores sociales —especialmente indígenas—, la forma en que ello se plasmó en la Constitución y los equívocos que aparecieron en el camino, los cuales han derivado en la negación del proyecto plurinacional y del modelo del vivir bien. El conflicto por el Territorio y Parque Isiboro-Sécure (TIPNIS) exhibe esos retrocesos y una reconfiguración de alianzas entre el gobierno y distintos actores unidos alrededor del desarrollismo extractivista.
Umbrales y horizontes del Estado plurinacional
Hay que tratar el tema del Estado plurinacional siempre a partir de las condiciones en que se encuentra el debate. Y las condiciones de hoy no son las mismas que cuando empezábamos el proceso constituyente o cuando se daban las discusiones en el Pacto de Unidad, formado por las organizaciones indígenas y campesinas[2]. No hay que olvidar que el Pacto de Unidad fue fundamental porque elaboró un documento sobre el Estado plurinacional, social y comunitario, que fue entregado como mandato a los constituyentes y que sirvió en las mesas de las 21 comisiones de la Asamblea Constituyente.
Ahora hay otro contexto, un contexto que se ha ido complicando. Una vez que se aprueba la Constitución Política del Estado por el 64 por ciento de los bolivianos, supuestamente debíamos esperar su cumplimiento. Esto significa, por lo menos dos cosas: la muerte del Estado-nación, que es la expresión colonial del Estado liberal y de la República, y la construcción del Estado plurinacional, comunitario y autónomo. Sin embargo, hasta la fecha, se ha hecho todo menos eso. Se ha restaurado al Estado-nación y su mapa institucional con sus normas y estructuras liberales. Así, en vez de descolonizarnos, nos estamos recolonizando.
Las condiciones del debate, además, ahora deben ser pensadas desde el conflicto por el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), el cual nos muestra, en toda su desmesura, lo que está ocurriendo.
Finalmente, el poder termina tomando al Movimiento al Socialismo (MAS)  de la misma manera que acabó tomando al Partido de los Trabajadores del Brasil (PT), al gobierno de Rafael Correa en Ecuador, así mismo al gobierno de Hugo Chávez de Venezuela. Haciendo un balance estos gobiernos no tomaron el poder, sino que éste los tomó a ellos. Los supuestos transformadores se transforman en el poder y terminan ejecutando las lógicas inherentes del poder.
Las lógicas del poder no son abstractas, son concretas, aunque se desarrollan en ámbitos de relaciones tremendamente complejas. Hablamos de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, en el que hay un centro de acumulación ampliada de capital y una periferia que le transfiere sus recursos naturales. En ese marco fijado por las estructuras y diagramas del poder nos movemos como sojuzgados.
En ese ámbito del poder hay operadores. Los grandes operadores son, por una parte, las empresas transnacionales inscritas en el ciclo del capitalismo norteamericano, cuya estructura está dominada por el capital financiero. Y, por otra parte, por el mapa geográfico de los Estados-nación.
¿Cuáles son los umbrales y horizontes del Estado plurinacional? Podemos decir que los umbrales se encuentran en la clausura del Estado-nación y los horizontes se visualizan en la lontananza de la dilución del Estado en la matriz auto-determinativa de las sociedades. En esta transcurso se esperan las transformaciones pluralistas, comunitarias, autonómicas, interculturales y participativas del Estado. Son indispensables para tal efecto las transformaciones estructurales e institucionales, los nuevos mapas políticos e institucionales, así como normativos y de los recorridos y de las prácticas sociales. En este viaje se espera la constitución proliferante y plural de sujetos y de subjetividades, liberando capacidades y potencialidades corporales, emancipando las creatividades múltiples. En este despliegue aparece la urgencia del consenso y del convencimiento colectivos, la interculturalidad, la revolución cultural, como herramientas de las transformaciones en la transición.
El surgimiento y papel de los Estados-nación
Los Estados-nación se constituyeron en un momento en el que se produjeron dos fenómenos fundamentales:
Por primera vez el Estado forma parte de la lógica del capital y funciona como su instrumento. Ya no son Estados territoriales todavía no integrados al capital, aunque si articulados, pues el ciclo del capitalismo genovés los uso en la búsqueda de nuevas rutas, como era el caso de los Estados portugués y español.
El segundo fenómeno, que se produce en el ciclo del capitalismo inglés, es la Revolución Industrial. Ésta transforma estructuralmente al capitalismo al trastocar profundamente las condiciones de reproducción del capital. En esa situación surge la disputa con España y Portugal por el monopolio que poseían esos imperios sobre sus colonias. Por eso no es extraño que los ingleses hubieran armado a los ejércitos independentistas.
¿Y para qué sirven los Estados-nación en la periferia? Son Estados-nación subalternos y supeditados a la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Son operadores de la transferencia de nuestros recursos naturales. Y si no sirven para eso, se los ataca, se los descarta, se saca a sus gobiernos resistentes o se los invade; se puede hacer con ellos cualquier cosa. Esa es la lógica imperial.
En esa situación surgen las primeras crisis del siglo XVIII, con la plata y las reformas borbónicas. Hay levantamientos indígenas que se oponen a esas reformas porque eso supone la ruptura de un pacto colonial entre la administración española y la autonomía indígena, entre las formas de gobierno indígenas y las formas de gobierno españolas, relaciones [AM1] que estaban mediadas por los caciques.
Las relaciones de poder son relaciones de fuerza, fuerzas actúan contra fuerzas afectándolas; se puede considerar fuerzas activas inscribiendo su incidencia en fuerzas pasivas, reactivas o resistentes. Las fuerzas activas actúan sobre los cuerpos e inscriben en ellos, en la superficie de los cuerpos, historias políticas, adentrándose hacia el espesor profundo de los cuerpos, constituyendo sujetos y subjetividades, internalizando relaciones y estructuras de poder, imaginarios, representaciones, induciendo comportamientos y conductas. Las relaciones y estructuras coloniales, las instituciones coloniales, se inscriben de esta manera en los cuerpos y en el espesor de los mismos. Se cristalizan en los huesos como violencia materializada. Es esa violencia guardada la que explica las conductas de sumisión y supeditación, pero también, paradójicamente, también los comportamientos que devuelven la violencia cristalizada a los dominadores. No es suficiente devolver la violencia a los dominadores, pues puede resultar sólo una catarsis, sólo una descarga coyuntural; de los que se trata es de deshacerse de toda la herencia colonial, para eso es menester desmantelar, de-construir, desandar el laberinto colonial, sus formas externas e internas. Es indispensable el recorrido intenso de las emancipaciones múltiples. El Estado-nación es a la vez la realización política del mapa institucional de la república, así como la imagen y el concepto de una unidad requerida como identidad y como monopolio de la representación y la acción pública. El Estado-nación es el instrumento político por excelencia de la administración del capital, ya sea para su acumulación, como para el despojamiento de recursos naturales y territorios. Hay Estado-nación dominantes y Estado-nación subalternos, la distribución de ambos en la geografía mundial expresa las estructuras móviles de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. No es fácil desmantelar estos fabulosos aparatos, pues se requiere resolver problemas pendientes con los ciclos del capitalismo y los ciclos del colonialismo. Sobre todo es indispensable desarmar el arsenal aparatoso y estratificado de las herramientas y artefactos de los recursos de la estatalidad, de sus monopolios de las violencias y de las representaciones, de las coerciones y de las cooptaciones. Para lograr desmantelar esta maquinaria pesada, oxidada, pero aún en funcionamiento, aunque también fantasmagórica, es menester descentrar las prácticas, desplazar los ámbitos de relaciones donde se ha edificado esta instrumentalidad, desestructurar las instituciones donde se afinca el Estado. Para eso se requiere no solo una voluntad decidida sino constancia y consecuencia en la tarea de desmantelamiento.
La urgencia de analizar descarnadamente lo que está pasando
Estamos en una etapa en la que necesitamos discutir a fondo estos temas y hacerlo con investigaciones histórico-políticas. Ya no estamos en la etapa de la lucha ideológica cuando necesitábamos grandes discursos y narrativas para interpelar al neoliberalismo y al colonialismo y para encaminarnos en una propuesta descolonizadora. Ahora debemos entender lo que está pasando y verlo de una manera descarnada, transparente y sin mitos. Si nos quedamos con éstos sólo oscureceremos la discusión, lo que impedirá actuar en el presente para lograr las transformaciones que nos hemos propuesto. El tema es ese.
Con ese propósito es menester reflexionar sobre los últimos conflictos, el conflicto del TIPNIS y el anterior, el conflicto del gasolinazo. ¿Qué se muestra con lo del TIPNIS? ¿Qué nos muestra el conflicto del gasolinazo? Hipótesis de interpretación: El gobierno ha cruzado la línea, se encuentra al otro lado de la vereda enfrentando al pueblo, enfrentando a las naciones y pueblos indígenas originarios. También vemos que el gobierno no se encaminó, de ninguna manera, por la ruta de la construcción del Estado plurinacional. Si revisamos sus leyes, todas son inconstitucionales; son leyes que restauran el viejo Estado, no son fundacionales ni están edificando el Estado plurinacional. Las políticas públicas son como una continuidad de las formas administrativas liberales y nacionalistas, repitiendo la obsesión por la ilusión del desarrollo, como en el siglo pasado. El modelo económico se ancló en el extractivismo, modelo colonial del capitalismo dependiente. Estos son las disposiciones políticas que llevaron al enfrentamiento con las comunidades indígenas del TIPNIS y con las organizaciones indígenas del CIDOB y del CONAMAQ.
Estos conflictos nos muestran la desmesura de las contradicciones del proceso; también la enorme distancia de la ruta restauradora del gobierno en relación a la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. El Estado plurinacional exige transformaciones estructurales e institucionales profundas, exige construir un nuevo mapa institucional sobre la base de pluralismo institucional, administrativo y normativo. Significa poner en práctica lo que los indígenas de Ecuador y Bolivia, lo que los indígenas zapatistas y los de Guatemala, a diferencia del pensamiento y planteamiento marxista, habían pensado: una transición distinta y posterior al capitalismo. Se trata de una transición civilizatoria.
Precursores del Estado plurinacional
Lo que el marxismo propuso fue la transición a la dictadura del proletariado —no discutiremos sobre eso ahora—, mientras que los indígenas propusieron una transición del capitalismo y la modernidad hacia lo plurinacional y descolonizador. Es otra propuesta teórica y política. Es, a diferencia del marxismo, una alternativa civilizatoria diferente a la modernidad capitalista y al desarrollo.
Esa propuesta formó parte de la matriz de las discusiones del Pacto de Unidad y de la Constituyente. Esa idea latía en los movimientos sociales que habían abierto el horizonte hacia el Estado plurinacional. Fueron los movimientos sociales anti-sistémicos, como los de la coordinadora del agua, los bloqueos indígenas y campesinos en septiembre de 2000; las articulaciones entre El Alto y los sindicatos campesinos en octubre de 2003; y la marcha indígena de tierras altas y bajas en 2002 que no pedía elecciones, sino Asamblea Constituyente.
Eso era lo más lógico, porque la vía electoral sólo restauraría las lógicas de poder, las lógicas liberales. El planteamiento del Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasusyu (CONAMAQ) y de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) era coherente. Pero la decisión política se encaminaría por las elecciones y con eso se producirían grandes confusiones.
Las confusiones y el MAS
Una de las grandes confusiones derivó en equivocar el protagonismo electoral con la conducción de los movimientos sociales, en creer que el MAS era el representante de los movimientos sociales, cuando nunca lo había sido. Los movimientos tenían su propia capacidad de convocatoria, su orgullo y su propia capacidad de autogestión; eran movimientos autogestionarios que tenían como objetivo la Asamblea Constituyente y de ninguna manera las elecciones.
El MAS era visto, más bien, como un movimiento cocalero, importante, empero en comparación con los movimientos autogestionarios, aparecía como uno de los más conservadores. Después de la crisis de la izquierda, los restos de una fragmentación migraron, por así decirlo, a los territorios donde se experimentaría la conformación de un instrumento político de las organizaciones sociales, cosa que no se pudo realizar, limitándose el proyecto a la conformación de un instrumento electoral.  En el MAS se refugió parte de la vieja izquierda. Una de las ventajas de esta experiencia fue que contaba con la herencia de la estructura organizativa minera, que transmitieron los relocalizados migrantes al Chapare,  además de contar con la memoria de lucha y también la intuición de dirigentes de izquierda de esa época, como es el caso de Filemón Escobar. Estos dirigentes encontraron la oportunidad de convertir la defensa de la coca en una lucha anti-imperialista. En ese contexto se revivieron proyectos pendientes; algunos grupos plantearon proyectos guerrilleros, otros grupos proyectos insurreccionales y otros francamente se limitaron a postular proyectos electorales. Hay que considerar que estos proyectos, de todas maneras, los límites de estos proyectos, correspondían a los límites de la vieja izquierda. En comparación los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos habían atravesado esos límites, estaban más allá: cuestionaban los límites desarrollistas y modernizadores de la misma izquierda.
En la atmósfera convulsionada de las luchas, en el avance de las victorias políticas populares e indígenas, cuando los desenlaces de la crisis se orientaba a las salidas electorales, el MAS llegó a ser la segunda fuerza en 2002. Este resultado electoral muestra cambios en la predisposición de la votación, cambios que no pueden explicarse sin las victorias políticas. Desde esta perspectiva podemos decir que las elecciones ratificaban estadísticamente las victorias políticas. Empero estas victorias no pueden atribuirse al MAS sino a los movimientos sociales anti-sistémicos, autogestionarios y autodeterminantes. Lo que pasa es que los movimientos sociales tenían capacidad de convocatoria a la movilización, empero no tenían experiencia electoral, que si el MAS había acumulado desde su incursión en elecciones municipales y elecciones nacionales. Después comenzaron a plasmarse claramente las diferencias, sobre todo en el debate sobre la nacionalización. La propuesta del MAS era de 50%-50%, respecto de la distribución de ingresos por el gas para el Estado y las empresas trasnacionales, mientras que la propuesta de El Alto y de los movimientos sociales era la nacionalización de los hidrocarburos. Se puede ver en el diagrama de las posiciones que había muchas diferencias que se acumularon en la memoria del debate, diferencias que no se terminaron de discutir ni de abordarse plenamente.
Llegó el 2005 y el gran conflicto de mayo y junio. A los movimientos sociales rurales y urbanos se incorporaron los mineros y con eso creció el perfil complejo de los movimientos. La movilización social tomó La Paz, Oruro, Potosí y Sucre, y se obligó al Congreso a un salto mortal de sustituciones constitucionales y renuncias para que Eduardo Rodríguez Velzé, presidente de la Corte Suprema, asuma la presidencia de país y responda a un nuevo mandato popular: la convocatoria a elecciones.
El mandato a este último presidente de la sustitución constitucional ya no era la convocatoria a Asamblea Constituyente ni tampoco la nacionalización de los hidrocarburos encomendados a Carlos Mesa. ¿Por qué? Porque se interpretó lo acaecido, la falta de cumplimiento de la Agenda de Octubre,  como que Mesa no había cumplido porque no era de nuestraclase ni tampoco era nuestrogobierno, por lo tanto teníamos que nombrar a un gobierno propio para que cumpla con la Agenda de Octubre.
Sabemos lo que vino después, con las elecciones del 2005. El desenlace político catapultó a un presidente indígena; con este resultado todo el mundo se sintió regocijado por eso y hubo una gran fiesta política. Era el comienzo de la descolonización y de la ruptura de todas las estructuras coloniales: simbólicas, psicológicas, políticas, etcétera.
En estas condiciones de entusiasmo, nadie quería arruinar la fiesta ni discutir y poner sobre la mesa el temario que estaba pendiente. Y así se produce la segunda confusión; la interpretación oficial rápida, apresurada y triunfante, decía que el MAS es el gobierno de los movimientos sociales; cuando nunca lo fue, ni lo podía ser. No hay un gobierno de los movimientos sociales, este enunciado es un contrasentido.
Lo que representa el TIPNIS
Se debe tomar en cuenta estas mescolanzas de tendencias y posicionamientos en un proceso rico en movilizaciones, que empero derivaba en salidas electorales a la crisis política. Estas complicaciones se deben tomar en cuenta para entender qué es lo que está pasando ahora; qué es lo que pasa en el TIPNIS.
Lo que se devela en el TIPNIS es la distancia del gobierno respecto al sujeto de la rebelión, el sujeto indígena. Desde la década de los setenta, del siglo pasado, con la masacre del valle (1974) y el despliegue del discurso katarista, pasando a 1990 con la marcha indígena de tierras bajas, y a 2002, con la marcha de tierras bajas y de tierras altas, se da lugar a la constitución del sujeto político indígena, que sustituye al sujeto proletario, que había orientado la historia política desde 1945 hasta la Asamblea Popular (1971), incluso hasta la caída de la UDP (1984) y la marcha minera por la vida (1986). En todo este lapso se produce la construcción política de un sujeto político, en pleno sentido, comprendiendo sus significaciones históricas, políticas y teóricas: el sujeto indígena, que sustituye al sujeto obrero en la interpelación al sistema-mundo capitalista.
Se trata de una revolución indígena descolonizadora —si podemos utilizar la palabra revolución— que significa no solamente la incorporación de las cosmovisiones indígenas, o de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios en la Constitución, o del criterio de una transición descolonizadora a cargo del Estado plurinacional comunitario y autonómico, sino también significa un modelo alternativo: el sumak kawsay o el suma qamaña, el ñande reko, el ivimarey, traducidos en Bolivia como el vivir bien. Eso significa un modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo.
Eso es lo que se puso en la escena internacional y también se expresó en los discursos del Presidente: que lucharemos por la defensa de los derechos de la Madre Tierra. En Tiquipaya declaramos la guerra al capitalismo y a la modernidad en defensa de la Madre Tierra. Hacemos una conferencia que es una contra-cumbre y decimos que las causas estructurales del cambio climático tienen que ver con el modelo civilizatorio capitalista, moderno y desarrollista. Estas son resoluciones fuertes, firmadas por todos los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y vinculantes para el país.
A partir de entonces, el Pacto de Unidad retoma la tarea y formula una ley de la Madre Tierra que recoge las resoluciones de Tiquipaya y plantea una tesis fundamental: no se puede hablar de recursos naturales, pues esto denota la explotación capitalista, la dominación moderna de la naturaleza, convirtiendo en objetos a los seres, que son sujetos múltiples, además de bondades, componentes, ciclos vitales integrados y seres que tienen derechos desde la concepción de la Ley de la Madre Tierra. Ese proyecto de ley está en la Asamblea Legislativa, que hasta ahora no se la ha discutido y promulgado. ¿Por qué? Por una razón que deja en claro el conflicto del TIPNIS. El gobierno se encaminó por el modelo extractivista del capitalismo dependiente, en tanto que la constitución plantea un modelo ideal, el vivir bien, que debe realizarse en la transición transformadora.
El TIPNIS pone en evidencia que en este proceso hay dos proyectos que no se pueden juntar y que ya se están enfrentando. Uno plantea la continuidad del modelo extractivista, capitalista, dependiente y desarrollista; es la continuidad de todo lo que se ha hecho durante los periodos republicanos hasta ahora. El modelo extractivista es un modelo colonial;  el carácter colonial de la geopolítica del sistema-mundo capitalista es reducirnos a exportadores de materias primas. El otro modelo es el postulado por los movimientos indígenas y los movimientos anti-sistémicos contemporáneos, el modelo del vivir bien.
Ambos modelos civilizatorios se enfrentaron en el conflicto del TIPNIS y ha quedado en evidencia que el gobierno escogió por dónde ir: por la ruta del extractivismo.
El modelo que escogió el gobierno, el poder externo y las nuevas alianzas
Hay un código minero como borrador de anteproyecto, que todavía no lo presentó el gbierno a la Asamblea Legislativa, pues no saben cómo van a justificarlo. Se trata de un anteproyecto extractivista que entra en contradicción con la Ley de la Madre Tierra, proyecto que se encuentra en la agenda de la Asamblea Legislativa; así también entra en contradicción con el discurso previo sobre la Madre Tierra, ventilado por el gobierno. Se trata de un código minero que vuelve a la ilusión de la inversión de capitales internacionales, asignando también responsabilidades en la expansión extractivista a la inversión pública,  compartidas con la inversión esperada de las grandes empresas transnacionales.
En el marco de este modelo extractivista, en su estructura efectiva, debemos tener en cuenta las consecuencias de una supuesta nacionalización. El proceso de nacionalización queda inconcluso; esto se constata en el efecto desnacionalizador de los contratos de operación; estos contratos entregaron prácticamente el control técnico a las empresas transnacionales. De este modo, estamos en manos de ellas. Podemos decir que las transnacionales mineras e hidrocarburíferas gobiernan.
La pregunta de ¿quién gobierna? es importante. ¿Quién gobierna cuando estalla el conflicto del TIPNIS? Gobierna la empresa trasnacional brasilera OAS, la empresa con la que se ha acordado la construcción de la carretera depredadora que atraviesa el territorio indígena. Las empresas de ese país están construyendo nuestros caminos y van a construir el ingenio azucarero de San Buenaventura, donde, al parecer, no se plantará caña, sino palma para agrocombustibles. ¿Quién gobierna? Vamos a hacer macro-hidroeléctricas para darle energía a la potencia emergente de Brasil. En el contexto mundial, podemos decir que hay un reacomodo de la estructura del poder mundial con la aparición de las potencias emergentes: México, Brasil, India y, fundamentalmente, la China.
El conflicto por el TIPNIS ha destapado todo esto. En él se enfrenta el proyecto por el que se ha peleado entre 2000 y 2005, que se expresa en la Constitución y proyecto que están defendiendo las naciones y pueblos  indígenas originarios, organizados en el CONAMAQ y la CIDOB.
¿Quiénes están al otro lado del conflicto? Obviamente, el gobierno y todo su aparato, pero además las transnacionales y el gobierno del Brasil. Estamos supeditados a la política de ese país; la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA) es el proyecto hegemónico de ese país, y el TIPNIS está incluido en él.
¿Quiénes más? En pleno conflicto del TIPNIS, Lula viene desesperado a hablar con Evo, luego hay una reunión en Santa Cruz, ¿quién la financia?, ¿quiénes más están ahí? La CAINCO y las “trillizas”: la CSUTCB, las Bartolinas y los Interculturales[3], quienes deberían seguir llamándose colonizadores, pues demostraron no respetar la condición intercultural, sobre todo en el bloqueo de Yucumo[4]. Esa es la nueva alianza, la recomposición de la burguesía, la antigua con los nuevos ricos, vinculados al proyecto hegemónico de la burguesía internacionalizada brasilera.
Hay nuevas alianzas entre quienes apuestan por los proyectos extractivista y desarrollista, por el proyecto cocalero y, lastimosamente, también por el proyecto que podemos llamar de la economía política de la cocaina. Hay alianzas con los agroindustriales de Santa Cruz, que también apuestan por el desarrollismo con la ampliación de la frontera agrícola, y con las transnacionales.
Ese es el frente que se ha abierto. ¿Quién va a ganar? No lo sabemos. ¿Quiénes tienen posibilidades de ganar? Lo sabemos. Pero si se pierde el TIPNIS habrá muerto el proceso. Si no cruza esa carretera por el TIPNIS todavía habrá una posibilidad de reconducir este proceso.

Seguir apostando al extractivismo es apostar por una ilusión

La estructura del Estado de transición tiene una condición plurinacional, una condición comunitaria, una condición autonómica y, obviamente, esto implica una condición intercultural. ¿A dónde apunta todo esto? A una transición transformadora hacia el macro-modelo del vivir bien. Éste es el modelo civilizatorio alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. Ese es el sentido de la Constitución.
El planteamiento de lo plurinacional ha traído problemas desde un principio. Las críticas han ido en el sentido de que el Estado plurinacional nos desunirá, que cada nación pedirá su autodeterminación y, por lo tanto, nos dividiremos. Eso responde a un miedo o sentimiento que no evalúa claramente el significado de plurinacional.
En relación a la evaluación de la Constitución, sobre todo de su carácter plurinacional, tomaré palabras de Eugenio Raúl Zaffaroni[AM3] , una autoridad constitucional, así también palabras de Bartolomé Clavero, como de Rubén Martínez Dalmau, constitucionalista que apoyó a la Constituyente; todos ellos coinciden en que estamos hablando de un nuevo constitucionalismo. El nuevo constitucionalismo latinoamericano – que está siendo estudiado en algunas universidades europeas – comienza con la Constitución colombiana de 1991 y continúa con la brasileña, luego la venezolana, la anterior ecuatoriana, la boliviana y la última Constitución ecuatoriana.
Estas constituciones se diferencian de las europeas y norteamericanas en que, primero, son participativas; segundo, no las hacen los doctorcitos y son ampliamente discutidas; y tercero, son ampulosas: no se reducen a unos cuantos artículos constitucionales, sino a cientos; la Constitución brasileña tiene como 245 artículos. Se trata de una nueva forma de pensar la configuración y la conformación de las constituciones, un pensamiento que considera a la Constitución no sólo como una norma de normas, sino como un instrumento que debe permitir transformaciones y resolver los grandes problemas sociales, económicos y políticos heredados. En ese marco también se habla del constitucionalismo andino, fundamentalmente de los casos de Ecuador y Bolivia, sobre todo por la perspectiva civilizatoria del vivir bien.
No se pueden interpretar las constituciones de estos países a partir del derecho y del constitucionalismo, sino que se exigen un pensamiento pluralista y un movimiento deconstructivo de los paradigmas. Por eso se pierden los abogados constitucionalistas tradicionales y terminan interpretando artículos como si tuviéramos que encontrar los artículos claves, cuando se trata de una interpretación integral, desde el espíritu constituyente, es decir, desde el preámbulo.
Por otra parte, la Constitución, en su primer artículo, plantea un “pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico”. Si no somos capaces de pensar pluralmente estamos perdidos. No se podrán interpretar estas constituciones desde visiones universales; hay que pensar pluralmente; esta forma de pensamiento se encuentra en las cosmovisiones indígenas, son animistas e inmanentistas. También podemos encontrar analogías en las teorías de la complejidad. Estas analogías son sorprendentes y plantean un dialogo intercultural de saberes, ancestrales y contemporáneos.
Recogiendo estas características constitucionales y del pensamiento pluralista, podemos decir que, en el proceso en cuestión, estamos planteando una transición post estatal que se mueve en distintos planos: sociales, económicos, políticos, culturales, jurídicos. Esta transición supone el cumplimiento de transformaciones institucionales y estructurales; transformaciones que tienen que venir acompañadas con prácticas políticas participativas. Esto lo establece claramente la Constitución: la definición de un sistema político participativo, en el que se efectúa un ejercicio plural de la democracia; democracia directa, democracia comunitaria y democracia representativa.
El sentido de la democracia participativa se encuentra en la Constitución en el título VI se la Segunda parte, Estructura y organización funcional del Estado, que trata de la participación y el control social. Éste título plantea la construcción colectiva de la decisión política, de la ley y de la gestión pública. Esta práctica política es el eje de realización del Estado plurinacional: una profunda democratización dentro de los códigos de la interculturalidad emancipadora. Eso es, por lo menos, lo que se ha tratado en la Constitución. Podemos ver, haciendo una evaluación somera, que estos objetivos no han sido alcanzados.
Sabemos que hay una concepción de interculturalidad que viene del pluralismo liberal, que arrojó instrumentos importantes como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Se trata de pluralismo liberal que no hay que descartar, aunque en la constituyente y en la Constitución se trató de ir hacia un pluralismo emancipador y descolonizador.
Entonces, a quienes se preguntan sobre si el Estado plurinacional nos divide o no, les plantearía la siguiente interrogante: ¿No es al revés? ¿Acaso lo que aparentemente nos ha unido, más bien no nos dividió? Esa aparente  unidad del Estado-nación consistió en un proyecto mestizo colonial que invisibilizó nuestra propia pluralidad y diversidad.
Eso no sólo ocurrió en Bolivia o en el sur, en la periferia del sistema-mundo capitalista; también pasó en Europa. Los Estados europeos terminan de constituirse después de sus grandes expansiones coloniales y de la tarea emprendida por sus grandes administraciones extraterritoriales, en el combate a sangre y fuego por el dominio, la conquista y la colonización. Estos estados modernos también luchan por hacer desaparecer las múltiples lenguas practicadas en sus territorios, por imponer la lengua nacional. La colonialidad es una herencia dramática y demoledora, que nos ha afectado a unos y a otros[AM4] ; ha sido un instrumento al servicio de la acumulación de capital. La interpretación histórica adecuada de la conformación de la nación, de la comunidad imaginada, es que es posterior a la conformación del Estado moderno. La interpretación  ideológica es la que supone que el Estado se conforma a partir de la nación, como una continuidad institucional de su existencia. Al respecto las investigaciones de Immanuel Wallerstein son esclarecedoras; a partir del seguimiento de las estructuras de larga duración y de sus ciclos se constata empíricamente que la nación es una construcción estatal. Primero se construye el Estado, y su legitimación ideológica es la invención de la nación; ésta es una comunidad imaginaria.
Las rebeliones del siglo XVIII en Perú, Bolivia y Ecuador se enfrentaron a las formas de dominación colonial. Este es como una matriz de arranque, la configuración inicial de la estructura larga de la rebelión, aunque se hayan dado antes rebeliones mas bien locales, como una especie de anuncio. La historia larga de las rebeliones, esta lucha anticolonial a lo largo de la historia se dio en diferentes contextos; es imprescindible reflexionar sobre ellos y sus diferencias. Por ejemplo, es distinta la situación histórica y política durante la Guerra Federal (1898-1899). En esa ocasión, el guerrero aymara Zárate Willka llegó a un acuerdo con el General liberal Pando en términos de construir un sistema federal; ahí se piensa en un federalismo aymara a partir de un posible nacionalismo aymara. Sin embargo, por miedo al ejército aymara, norteños y sureños, liberales y conservadores o federales y unitarios apresuran un acuerdo que termina con una solución estrambótica: ya no hay federalismo, sino se mantiene el unitarismo; empero, como compensación de consuelo, se da lugar al traslado de la sede de gobierno de la ciudad de Sucre a la ciudad de La Paz. Esos son los límites de la clase política.
Un debate similar se tuvo en la Comisión de Visión de País de la Asamblea Constituyente. ¿Cuál debería ser la configuración del Estado plurinacional? Una de las hipótesis puestas en mesa planteó directamente que  Estado plurinacional no puede ser unitario, tiene que tener la forma de una confederación de naciones. Eso está en los anales de la Asamblea Constituyente y en el informe de minoría de la Comisión, que fue más bien un informe de izquierda y no de derecha como ocurrió en las demás comisiones.
En la Asamblea Constituyente se llegaron a dar este tipo de debates, pero no se los pudo recoger por los mismos miedos de quienes ven con un gran recelo la conformación del Estado plurinacional. También se manifestaron posiciones conservadoras en nuestros compañeros, indígenas y campesinos. Había una especie de terror a que se discuta sobre una confederación de naciones porque el mito de la unidad, del Estado unitario, estaba muy impregnado en ellos.
De esta manera, por inclinación mayoritaria, se llegó a la solución del Estado unitario, social, de derecho plurinacional, comunitario y con autonomías. En relación a esta solución, sin embargo, los problemas de la construcción del Estado plurinacional seguían pendientes; se requería para plasmarlo un nuevo ordenamiento territorial. Al respecto se planteó una acción concreta:
Hagamos un nuevo ordenamiento territorial, ¿cómo vamos a construir el Estado plurinacional si no hay un nuevo ordenamiento territorial? La expresión espacial del Estado-nación es la geografía política de los departamentos. No podemos mantener eso y también tenemos que cambiarla si es un Estado autonómico.
Pero nadie se atrevía a asumir esta tarea, sobre todo por razones de apego localista;   nadie quería que le toquen su cantón o su provincia. Como se ve, las posiciones conservadoras también estaban entre nosotros. Además, las alianzas que se dieron en la Constituyente fueron complicadas; inclusive, algunas compañeras se aliaban a las asambleístas de la derecha en temas como el aborto y las opciones sexuales.
En relación a este prejuicio sobre la unidad, podemos decir que lo plurinacional mas bien nos une más porque expresa de manera coherente, no solamente nuestra diversidad, sino los proyectos civilizatorios latentes[AM5] . Además expresa una percepción ecológica: hay que pensar lo plurinacional no sólo desde la perspectiva de lo plural cultural o plural civilizatorio, sino también desde la perspectiva territorial: los ecosistemas. La cohesión se construye sobre la base del reconocimiento de las diferencias y la pluralidad, no en abstracto, suponiendo una identidad nacional y una unidad forzada.
Lo plurinacional es una dimensión que plantea otro tipo de cambios en plena crisis del capitalismo, en plena crisis civilizatoria de la modernidad y de estos Estados
En Abya Ayala, la propuesta indígena, que comienza con el levantamiento zapatista y termina con los levantamientos bolivianos, es un planteamiento inquietante que va más allá de las propias propuestas políticas concebidas dentro de los límites de la modernidad.
El planteamiento es trastrocador, tiene consecuencias políticas, no se tata del despliegue enunciativo de unos intelectuales radicales, sino que es un producto participativo del saber colectivo. Estas propuestas han sido construidas colectivamente en congresos y reuniones
Lo interesante de estos planteamientos de transición es que en su formulación y expresión ya desapareció la figura del intelectual de vanguardia, en todo caso sólo es de retaguardia, y también desapareció la figura del partido revolucionario, externo a los movimientos sociales; son sujetos colectivos los que están emergiendo. Si queremos entender el Estado plurinacional, por lo menos deberíamos acercarnos al “pensamiento del sur” propuesto por Boaventura de Sousa Santos, a la sociología de las ausencias, a la sociologías de las emergencias, a la ecología de los saberes y a la ecología de las temporalidades.
Entonces hay que empezar a pensar pluralmente. Ese es el gran desafío y, además, salir del mito de la modernidad, el mito del progreso, del desarrollo. No es posible concebir una evolución al estilo del darwinismo de Spencer, basado todavía en esas insostenibles figuras evolutivas que distinguen lo salvaje, lo bárbaro y lo civilizado.
Ese es un cuento positivista de legitimización de la modernidad, tremendamente cuestionado, no sólo por racista, sino porque no tiene ningún sentido. ¿Por qué? Porque se ha develado que no hay una modernidad, sino muchas. La corriente de la subalternidad hindú lo ha planteado: estamos moviéndonos en una heterogeneidad de modernidades.
El historiador francés Serge Gruzinski, radicado en México, plantea que había otras modernidades posibles. Esa otra modernidad la que construían España y Portugal, de alguna manera en connivencia con las noblezas indígenas, aztecas, incas y de otras regiones de Abya Ayala. Era una modernidad que articulaba a la China y a la India, amarradas por circuitos navegantes y por  entrelazamientos interculturales, también por misiones religiosas, como la de los jesuitas. Desde el punto de vista cultural y religioso, era una modernidad que articulaba a La Nueva España, es decir el actual México, a los circuitos de un mundo y una modernidad barroca. Esta otra modernidad se clausuro abruptamente  ante la emergencia de otra modernidad que va disputar la hegemonía mundial, una modernidad vertiginosa que se configura a partir de la revolución industrial inglesa.
Esas modernidades heterogéneas se expresan en los diarios náhuatl[AM6] de nobles indígenas que empiezan a escribir desde una perspectiva de mundo, difundiendo una nueva versión del renacimiento, ahora indígena, con una comprensión diferente de la modernidad y del mundo.
El debate sobre la modernidad es amplio y complejo. De todas maneras, es aconsejable  dejar de creer que estamos moviéndonos sólo en nuestras localidades, en nuestro sitio circunscrito; no hay eso desde la Colonia. Desde esa época estamos atravesados por procesos absorbentes problemáticos: nos hemos reconstituido de una manera barroca, y lo indígena ha adquirido un carácter de resistencia, pero esta reinvención de lo indígena se hace en este espacio de la modernidad.
Inicialmente, hay una invención del indio desde la perspectiva de los conquistadores. Éstos tienen que llamar indígena al nacido en el lugar, a toda esa multiplicidad de pueblos y culturas, de civilizaciones y territorialidades, que habitaba el continente, el Abya Yala. Lo curioso es que en realidad los indígenas en Europa eran los nobles por herencia. Aquí, ese concepto se invierte de acuerdo a los términos impuestos de la dominación colonial. Una vez homogeneizados como indígenas las múltiples y diversas sociedades, pueblos y poblaciones del continente, una vez vivida la experiencia de la descalificación y la discriminación, lo indio, lo indígena, es recuperado políticamente, reivindicado y valorizado en la guerra anticolonial y descolonizadora.  Es como dice Franz Fanon en Los condenados de la tierra: La violencia cristalizada en mis huesos se revierte contra el dominador[AM7] .
Hay una reinvención para actualizar utopías no realizadas, pero sobre todo para inventar un mundo emancipado. La propuesta indígena en el continente, en los Andes, no puede resolverse sólo en la región, menos en un solo país; estamos obligados a que sea una propuesta con características mundiales. Es esto precisamente lo que ha ocurrido en Tiquipaya; e esto lo que se ha planteado en la conferencia de los pueblos. Allá se ha convocado a una internacional de los pueblos en defensa de la Madre Tierra, contra el capitalismo y la modernidad.
La discusión sobre los modelos de desarrollo, sobre los modelos alternativos, se da en el ámbito latinoamericano de las ciencias de vanguardia, más que en las ciencias académicas.
Las preguntas sobre el desarrollo, sobre desarrollo alternativo y alternativas al desarrollo no se pueden responder desde el supuesto positivo del desarrollismo. Los marxistas latinoamericanos de los años 60 ya habían dicho que el desarrollo produce subdesarrollo y éste produce una dependencia de la que hay que salir. Entonces, seguir creyendo en el desarrollo extractivista es seguir cavando en lo mismo, seguir constituyéndonos en esa dependencia y reproduciendo constantemente el subdesarrollo. Ese es un absurdo.
La respuesta está en nuestra Constitución y es muy clara: la complementariedad articulada e integrada de la economía plural que avanza en la perspectiva de la economía social y comunitaria. Ésta tiene que avanzar, fundamentalmente, a partir de una articulación complementaria entre las distintas formas de organización económica: la comunitaria, la privada y la estatal. Pero integradas hacia un fin y ese fin tiene que ser la economía social y comunitaria con la perspectiva del vivir bien. Eso plantea una transición. Obviamente, de la noche a la mañana no saldremos del extractivismo, pero hay que empezar a salir porque si no estaremos perdidos en el círculo vicioso de la dependencia y el sometimiento.
Así, cuando nos preguntan de dónde vamos a sacar la plata para la salud y la educación, es absurda la respuesta de que tenemos que seguir apostando por el extractivismo. ¿No se dan cuenta de que no somos nosotros quienes verdaderamente ganamos?
Como dice Sergio Almaraz Paz: Aquí, en las periferias del sistema-mundo capitalista quedan los cementerios mineros, aquí quedan los huecos que dejan las explotaciones extractivistas. Aquí no queda la ganancia; unos pocos ganarán: grupos de la burguesía intermediaria, los que están en el gobierno y se han hecho cargo del Estado. Quizás parte del derrame de todo esto vaya al Tesoro General de la Nación y a las burguesías intermediarias. Quienes se llevan el gran pedazo de la torta, quienes ganan realmente son los que controlan los monopolios financieros, los que controlan la acumulación de capital.
Seguir apostando al modelo extractivista es una locura, es apostar a la ilusión. No tiene sentido. ¿Cómo salir de eso? Hay que salir del modelo extractivista, apostar por otro modelo energético alternativo, por la soberanía alimentaria, que tiene que ver con la reproducción de la vida humana. Y eso significa, fundamentalmente, resolver los gigantescos problemas que se manifiestan en el mundo.
Es indispensable la armonía con los seres y los ciclos vitales integrales de la Madre Tierra. Si no, estamos perdidos. Hay que recordar que estos temas se plantearon en la escuela marxista de Frankfurt; esta corriente crítica quiso superar los límites del horizonte de experiencia de Marx. Adorno y Horkheimer encontraron que Marx se había limitado a un horizonte, el de la revolución industrial inglesa; esta limitación lo llevó a creer que era suficiente una crítica a la economía política. En realidad es indispensable una crítica a la matriz de la economía política capitalista, es indispensable una crítica a la modernidad. La modernidad produjo mitos como el progreso y que se puede dominar a la naturaleza.
A propósito de la separación entre sociedad y naturaleza, que se produce en la modernidad, el concepto de naturaleza es un invento moderno que supone precisamente  una separación dominante, la separación entre sociedad y naturaleza. Desde una perspectiva ecológica, no hay tal separación, nosotros formamos parte del gran oikos, del gran hogar,  y si destruimos nuestro hogar nos estamos destruyendo a nosotros mismos. En comparación, la propuesta más civilizatoria es la del vivir bien en contraposición con un proyecto destructivo, desforestador y depredador que es el capitalismo.


[1]Esta es una parte de Contradicciones y transformaciones en el proceso. Hay que tener en cuenta que corresponde a una exposición oral. Ha tenido que pasar por varias revisiones en su transformación a la escritura. También se hace una corrección de un dato que se da en la premura de la exposición, que empero se corrige; se trata del tamaño de la Constitución del Brasil.
[2] El Pacto de Unidad está conformado por la CNMCIOB-BS, la Cidob, el Conamaq, la CSUTCB y la CSCIB (ex Confederación de Colonizadores).
[3]Las organizaciones a las que alude el expositor son: la cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz (Cainco), la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia “Bartolina Sisa” (CNMCIOB-BS) y la Confederación Sindical de Comunidades Interculturales de Bolivia (CSCIB).
[4]En septiembre de 2011, cerca de esa población, afiliados a la CSCIB impidieron el paso de la octava marcha indígena.


 [AM1]Sugiero revisar el término “república”. No corresponde a la época. Si se trata de alguna convención teórica, sugiero explicar en una nota a pie el motivo del uso del término.

 [AM2]En esta parte no se aprecia con claridad la relación entre las rebeliones indígenas del siglo XVIII y la dificultad de “zafarnos del Estado-nación”. Sugiero plantear brevemente una idea que conecte de manera más clara ambos elementos.

 [AM3]Por favor indique el nombre de la persona.
(¿Es Eugenio Raúl Zaffaroni, juez de de la Corte Suprema argentina?)
Algo parecido en el caso de Rubén Martínez. Dado que ese nombre tiene muchos homónimos, se podría añadir su segundo apellido.
(¿Se trata de Rubén Martínez Dalmau, ex asesor de la Asamblea Constituyente de Venezuela?)

 [AM4]Por favor, confirme si es correcta mi interpretación de este párrafo transcrito textual que presenta problemas de claridad:
“Los Estados europeos terminan de constituirse después de sus grandes avances y de las grandes administraciones coloniales extraterritoriales. Y allá también han combatido a sangre y fuego para hacer desaparecer sus múltiples lenguas. Es un problema complicado el tema de la colonialidad; nos ha afectado a unos y otros…”

 [AM5]Sugiero poner entre paréntesis a “que proyectos latentes” se refiere.

 [AM6]Por favor, confirme si es nahual o náhuatl, dado que la primera palabra, parece designar un concepto metafísico, mientras que la segunda se refiere a una nacionalidad y una lengua.

 [AM7]Por favor, confirme si se trata de una frase textual o si está parafraseando para ver si se mantienen o se quitan las comillas. 

Critica a la razón jacobina I

 

Critica a la razón jacobina I

Tensiones y contradicciones de la ficción política

 

Raúl Prada Alcoreza
Jacobinos
Puede inventarse historias, pueden formar parte de la ficción, también de lo imaginario, formar parte de la novela o del arte, pero también hay historias que pretenden decir la verdad. Son discursos de la verdad, que tienen la pretensión de expresar la verdad. En los discursos filosóficos uno se encuentra con estas pretensiones abiertamente declaradas, sobre todo son estas intenciones complicadas cuando se trata de la filosofía política, pero también de la filosofía de la historia. De lo que trata en esta última es sobre el sentido de la historia, Hegel ha querido atribuirle un sentido teleológico, el fin de la realización del espíritu, que es entendido como el camino de desarrollo de la idea. Algunos lectores e intérpretes críticos de la filosofía de la historia de Hegel han mostrado que el filósofo no hace otra cosa que una exégesis especulativa de la dominación de los imperialismos y colonialismos europeos. De esto habla esa figura de la realización del espíritu en Occidente, después de deambular por el Oriente, en la China y en la India, donde el espíritu se encuentra en su manifestación pre-filosófica, sin lograr la totalización y racionalización. Las corrientes marxistas no tienen una misma posición respecto a la historia y a la filosofía de la historia; no pueden dejar de tomar en cuenta el punto de partida, la crítica a la filosofía dialéctica especulativa de Hegel por parte de Marx, aunque hay corrientes que van a caer en la dialéctica iluminista, en una apología del progreso y la evolución, encontrando también la realización de la razón en la historia, aunque esta razón sea definida como la realización del reino de la libertad. Empero hay también corrientes que no le encuentran un sentido a la historia, es más, consecuentes con la idea de la especificidad de la lucha de clases en las formaciones económico-sociales concretas, en el contexto mundial del capitalismo, conciben mas bien distintas linealidades históricas. En la contemporaneidad los historiadores del capitalismo entienden mas bien la historia en su multiplicidad y heterogeneidad, imbricada de rupturas y de ciclos. Esta es la herencia de la influencia de la escuela de los anales. Ahora es difícil sostener una linealidad o curso de le historia, estas hipótesis resultan en todo caso construcciones imaginarias, cuya utilidad es atribuirle una dirección al tiempo político, evidentemente para legitimar las propias acciones del poder y del gobierno, si es que no es, en otros casos, la legitimación de una interpretación especulativa o ficticia.
En un libro de Álvaro García Linera, titulado Las tensiones creativas de la Revolución. La quinta fase del proceso, difundido gratuitamente a través del periódico Cambio, se expone sus tesis sobre el proceso, de una manera un poco más amplia, desarrollando lo que el vicepresidente argumentó en un discurso de balance del  proceso, que también se difundió, de una manera más reducida con cierta anterioridad, en el periódico La razón. El libro consta de dos partes, la primera, Hacia un nuevo horizonte de época, y la segunda, Las tensiones creativas de la quinta fase. La primera está compuesta de siete capítulos: Del republicanismo propietario al republicanismo comunitario, Las fases del proceso revolucionario, Primera fase: Develamiento de la crisis de Estado, Segunda fase: El empate catastrófico, Tercera fase: Capacidad de movilización convertida en presencia estatal gubernamental, Cuarta fase: El punto de bifurcación o momento jacobino de la revolución, y Quinta fase: La emergencia de las contradicciones creativas. La segunda parte está compuesta de cinco capítulos: Primera tensión: Relación entre Estado y movimientos sociales, Segunda tensión, Flexibilidad hegemónica frente a firmeza en el núcleo social, Tercera tensión: Intereses generales frente a intereses particulares y privados, Cuarta tensión: El socialismo comunitario del vivir bien, y Las tensiones secundarias creativas como fuerzas productivas del proceso de cambio. Se trata de un libro ordenado por fases, por las que supuestamente ha pasado y pasa el proceso. De entrada llama la atención el hablar de tensiones creativas en un discurso que se pretende dialéctico, un discurso que tiene como referencia además los dos textos conocidos de Mao Tsé-toung sobre las contradicciones. En el primer libro de Mao Tsé-toung Sobre las contradicciones, publicado en agosto de 1937, no hay nada parecido a tensiones creativas; en el libro del marxista chino se habla de Las dos concepciones del mundo, de La universalidad de la contradicción, de La particularidad de la contradicción, de La contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción y deEl papel del antagonismo en la contradicción. En el texto Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo, publicado el 27 de febrero de 1957, tampoco hay algo parecido a tensiones creativas. Lo que se escribe en el citado documento es ilustrativo:
Las contradicciones entre nosotros y el enemigo son antagónicas. En cuanto a las contradicciones en el seno del pueblo, las que existen dentro de las masas trabajadoras no son antagónicas, mientras que las existentes entre la clase explotada y la explotadora tienen, además del aspecto antagónico, otro no antagónico. Las contradicciones en el seno del pueblo no datan de hoy, pero tienen distinto contenido en los diferentes períodos de la revolución y el período de la construcción socialista. En las condiciones actuales de nuestro país, esas contradicciones comprenden: las contradicciones dentro de la clase obrera, dentro del campesinado y dentro de la intelectualidad; las contradicciones entre la clase obrera y el campesinado; las contradicciones entre los obreros y campesinos, por una parte, y los intelectuales, por la otra; las contradicciones entre la clase obrera y los demás trabajadores, de un lado, y la burguesía nacional, del otro; las contradicciones dentro de la burguesía nacional, etc. Nuestro gobierno popular es un gobierno que representa realmente los intereses del pueblo y que está al servicio de éste. Sin embargo, entre el gobierno y las masas populares también existen ciertas contradicciones. Estas incluyen las contradicciones entre los intereses del sector estatal, los intereses del sector colectivo y los intereses individuales, entre la democracia y el centralismo, entre dirigentes y dirigidos y entre las masas y ciertos trabajadores gubernamentales con estilo burocrático. Todas éstas también son contradicciones en el seno del pueblo. Hablando en términos generales, las contradicciones en el seno del pueblo son contradicciones que se dan sobre la base de la identidad fundamental de los intereses de éste. 
 Por lo tanto Mao Tsé-toung habla de contradicciones, lo que tiene sentido, en el discurso y las teorías dialécticas, sobre todo en el materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Pero, ¿Qué significación en la dialéctica puede tener lo de tensiones creativas? Remontándonos a la Fenomenología del espíritu de Hegel podemos decir que el pensamiento dialéctico especulativo supone una tensión intrínseca a toda la exposición de la experiencia de la consciencia, esta tensión se da entre inmanencia y trascendencia, entre las experiencias de extrañamiento y las experiencias de retorno a la intimidad de la consciencia. Algunos autores marxistas, como Ernst Bloch, plantearon esto como dialéctica sujeto-objeto. ¿Tensiones creativas como categoría distinta y anexa a las categorías de las contradicciones? ¿Por qué no llamarlas simplemente contradicciones en el seno del pueblo? Para distinguir este discurso del discurso de Mao Tsé-toung? ¿Con qué objeto? ¿Qué es lo que se quiere decir cuando se habla de tensiones creativas? ¿Qué también hay tensiones no creativas? ¿Qué las tensiones a diferencia de las contradicciones son creativas? En el pensamiento de la dialéctica especulativa  las contradicciones forman parte de un desenvolvimiento que tiende a la superación; en la exposición materialista de Mao Tsé-toung las contradicciones son tratadas para distinguir la universalidad de la contradicción, la particularidad de la contradicción, que ayuda a hacer el análisis especifico de la realidad concreta, para distinguir la contradicción principal del aspecto principal de la contradicción, además de la identidad y la lucha entre los aspectos de la contradicción, fuera de entender el papel del antagonismo en la contradicción. También se puede decir que se trata de diferenciar en la estrategia y la táctica política del partido las contradicciones antagónicas con los enemigos del pueblo de las contradicciones en el seno del pueblo. Se puede entender que así como hay contradicción principal y aspecto principal de la contradicción, también hay contradicciones secundarias, que forman parte del complejo de contradicciones de una realidad concreta. Empero, tratemos de entender qué quiere decir esto de tensiones creativas en el discurso del declarado pensamiento jacobino boliviano.
Al principio del libro Las tensiones creativas de la revolución, se hace una constatación, a la que se le llama primordial; esta es que:
Hoy, el pueblo boliviano ha consolidado su unidad histórica en torno a un único proyecto de Estado, economía y sociedad.
Es muy difícil verificar esta constatación después del “gasolinazo”, que, por cierto, el libro citado no dice nada. ¿Cuál Estado? ¿El Estado-nación, defendido por el bloque nacionalista en el gobierno, o el Estado plurinacional comunitario y autonómico, establecido en la Constitución Política del Estado? Si se trata del Estado-nación lo que se puede constatar que hay una unidad entre los nacionalistas del gobierno, los nacionalistas militares, los nacionalistas dispersos en la sociedad, incluso la ideología nacionalista cristalizada en los huesos de muchos dirigentes, además de la burguesía intermediaria, que si le interesa la mantención del Estado-nación; también podríamos hablar de la ideología nacionalista de la burocracia. Si se trata del Estado plurinacional comunitario y autonómico, está lejos de ser una voluntad política su construcción por parte del gobierno. Las organizaciones que tienen una claridad meridiana sobre el Estado plurinacional comunitario y autonómico son las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB, y con estas organizaciones las naciones y pueblos indígenas originarios. Lo que se tiene como apoyo al proyecto plurinacional descolonizador es la aprobación por parte del pueblo boliviano de la Constitución por una mayoría absoluta, el 64% de la población votante. El camino hacia la construcción de Estado plurinacional está por resolverse en una compleja transición, atiborrada de contradicciones, que pueden ser clasificadas algunas como principales, encontrando en ellas los aspectos principales de las contradicciones, además también de identificar las contradicciones en el seno del pueblo. De hecho hay una contradicción entre el Estado-nación y el Estado plurinacional. Sobre el rumbo económico también hay toda una discusión, debate que puede resumirse entre la opción del modelo extractivista, optado por el gobierno, y el diseño de economía social comunitaria definido por la Constitución. Sobre el proyecto de sociedad también nos encontramos ante otra contradicción, entre una nebulosa idea de sociedad que tiene el gobierno, donde convive la sociedad de la colonialidad heredada conjuntamente con emergencias de los pueblos indígenas que se empoderan de los espacios sociales y culturales haciéndose visibles, idea contradictoria a la concebida por la Constitución, que apertura una sociedad comunitaria, intercultural y autonómica. Son evidentes los aferramientos desesperados del gobierno a los recónditos centralismos y a velados mono-culturalismo y mono-nacionalismo pervivientes. La unidad de la que se habla sólo queda en el imaginario jacobino.
A propósito habría que preguntarse si se requiere una unidad o un núcleo común de articulación de la pluralidad; un núcleo dinámico, capaz de articular la pluralidad en sus distintos momentos y escenarios. Se trata de una cohesión móvil, de un tejido multicolor de textura cambiante, proponiendo nuevas articulaciones e interpretaciones. Esta es la discusión y la perspectiva que reclama la Constitución, que ya se abre a los horizontes de un pensamiento pluralista. No se trata de la unidad del Estado, sino de la articulación cohesiva de la pluralidad en el Estado plurinacional comunitario y autonómico. Este núcleo común es lo que se tiene que construir de una manera participativa y formando consensos. El imaginario de una unidad absoluta en torno al Estado corresponde al pasado, cuya arqueología puede remontarse a la república de los jacobinos. Este imaginario ha acompañado al proyecto institucional estructurado en la centralización más rigurosa y obsesiva. No todas las repúblicas y estados modernos optaron por este camino; de alguna manera fueron las exigencias de mando centralizado, de administración y organización centralizada de la burguesía francesa, en el contexto de la correlación de fuerzas del proceso de la revolución francesa.
El primer capítulo se titula Hacia un nuevo horizonte de época. Del republicanismo propietario al republicanismo comunitario. ¿Qué se quiere decir con horizonte de época? ¿Se trata de los horizontes abiertos por la Asamblea Constituyente, los horizontes del Estado plurinacional comunitario y autonómico? ¿Qué es eso de republicanismo propietario, también eso de republicanismo comunitario? Se puede decir que el republicanismo es una teoría liberal, basada en la concepción del Estado de derecho  y la vigencia de la ley.
Ciertamente el republicanismo forma parte de las corrientes  teóricas, concretamente el republicanismo  se figura la república como el paradigma de gobierno inmejorable para un Estado. La república se explica en tanto antítesis a las otras formas clásicas de gobierno: la monarquía y la aristocracia; así como a sus concernientes depravaciones: el despotismo y la oligarquía. También se concibe como un sistema político basado en el ejercicio de la libertad,  primordialmente se fundamenta en el derecho, en la ley como expresión de la voluntad soberana del pueblo, voluntad general a la que no puede escamotear nunca un gobierno legítimo. Hay que tener en cuenta, para evitar cualquier confusión, que el concepto de república en lo que respecta a la  forma de gobierno no es equivalente al concepto de democracia. El expresión republicanismo  correspondencia a una formación discursiva de la teórica política, teoría cuya arqueología emerge en algunas municipalidades italianas de la Edad Media, dispensando nuevas significaciones a ciertas tradiciones institucionales ciudadanas griegas y romanas. También se puede decir que la idea de república y la concepción del modelo republicano  formaron parte de los debates políticos de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII. En migración de Inglaterra al nuevo continente influyó sobre los ideólogos fundadores de la independencia estadounidense. Se puede decir también que esta formación discursiva, esta corriente teórica, también irradió en los criollos independentistas liberales latinoamericanos. El ideal de la república y la concepción política del republicanismo forman parte de la defensa jurídico-política del Estado liberal en los actuales tiempos de crisis múltiple del Estado.
¿Hay algo parecido a un republicanismo de propietarios? Teóricamente no, como corriente teórica, obviamente que no. Se puede entender esta expresión como que en nuestros territorios de heredad colonial los propietarios, vale decir los propietarios mineros y los terratenientes, se han apropiado del discurso republicano usándolo en defensa de sus intereses particulares. Así se puede entender siempre distinguiendo que se trata de usos prácticos del republicanismo. No de corrientes teóricas. Eso es importante anotar al momento de discutir estos temas. Más complicada se vuelve la interpretación de un  republicanismo comunitario. ¿Puede concebirse algo parecido a esta estrambótica expresión? En todo caso las corrientes políticas comunitaristas se basan en otras perspectivas teóricas, en otra concepción de la resolución política, mas vinculadas a las teorías libertarias o, también, a las concepciones de reconstitución de las tradiciones ancestrales. ¿O es que se está propugnando un liberalismo comunitario? ¿Cómo puede ser este? Habría que enunciar su diseño o su composición enunciativa. Mientras no se lo haga los términos que se usan quedan en la nebulosa o forman parte de un discurso ideológico, en el sentido de reproducción imaginaria de la legitimidad o de la construcción de legitimidad, con todo el despliegue retórico que incumbe, buscando el convencimiento de la audiencia.
A propósito de lo que acabamos de decir debemos preguntarnos cuál es el sentido de un discurso como este de Las tensiones creativas de la revolución. ¿La legitimación de la conducción del gobierno? ¿Un análisis de las fases del proceso? Estas preguntas son importantes cuando es indispensable contar con un mapa de la concurrencia discursiva en el proceso y en sus distintas coyunturas, sobre todo para entender el uso práctico que se le da a los discursos, que es donde se encuentra el significado pragmático, en el sentido del pragmatismo lingüístico. ¿Qué buscan los discursos en el proceso? ¿Profundizarlo? ¿Truncarlo? ¿Diferirlo? ¿Desviarlo? La respuesta a estas preguntas depende de los contextos, de los dispositivos y de los agenciamientos discursivos. Es notorio que en el discurso de Las tensiones creativas de la revolución la intensión que sobresale y el tono escuchado sea el de la justificación de los actos de gobierno. No así la discusión, el debate sobre los temas planteados por las sucesivas coyunturas del proceso, menos evaluar la cuestión principal de si está en crisis o no el proceso, que es lo que se ha puesto en el tapete. Se ignoran estos temas, se obvia sobresalientemente la evaluación y el análisis de la medida de nivelación de precios, llamada popularmente como el “gasolinazo”. Por lo tanto no estamos ante un discurso académico, no es un discurso teórico: se trata de un discurso político, empero no tanto de debate sino de justificación; muy ligada a la búsqueda convencimiento de la propaganda, de la publicidad y de la difusión ideológica de la línea de gobierno.
En el libro se escribe que el carácter de las contradicciones habría cambiado, ya no se trataría de las contradicciones desatadas antes de la primera gestión de gobierno (2006-2009) sino de nuevas contradicciones, no las que plantean la crisis múltiple del Estado sino las que persiguen profundizar el proceso de cambio. Hay por lo menos dos diferencias en el carácter de las contradicciones en el proceso:
La primera, que a dife­rencia de lo que sucedía años atrás, no propugnan un nuevo tipo de sociedad ni plantean un nuevo ho­rizonte de Estado o economía, sino la ralentización o la radicalización del proceso pero en el marco del horizonte de época de la plurinacionalidad[1].
La segunda diferencia consiste en:
La segunda, que como son contradicciones al in­terior de los tres principios ordenadores de la realidad y de las luchas por transformarla (plurinacionalidad, autonomía y economía plural), son también contradic­ciones al interior del amplio bloque popular que con­duce y sostiene el Proceso de Cambio. Incluso las fuer­zas conservadoras que intentan utilizarlas para revita­lizar su presencia, lo tienen que hacer con el lenguaje y el norte que delimita el horizonte de época dominante[2].
Habría que hacerse una primera pregunta: ¿Ya se ha construido el Estado plurinacional comunitario y autonómico? ¿Ya estamos en otro campo social, que habría superado la sociedad edificada sobre las herencias coloniales y las estructuras raciales? Esto por lo menos parecen suponer las diferencias características entre un complejo de contradicciones y otro, antes y después de la primera gestión de gobierno. Es difícil sostener lo que se  afirma, que las contradicciones no propugnan un nuevo tipo de sociedad ni plantean un nuevo ho­rizonte de Estado o economía.
En un análisis del comienzo de la gestión del gobierno de Evo Morales la politóloga Grace Ivana Dehezacomenzaba el mismo de la siguiente manera:
Bolivia, en el 2006, inició una etapa nueva en su historia. Por primera vez un líder de origen aymara, Evo Morales Ayma, asumía constitucionalmente la Presidencia del país. Durante este año el Presidente emitió políticas destinadas a reformar el Estado y a recuperar el control estatal de los recursos naturales. El proceso de cambio de la Constitución política del Estado se abrió con el llamado a la Asamblea Constituyente y con el referéndum autonómico, procesos paralelos que están hasta la fecha redefiniendo la nueva configuración político-administrativa del país[3].
Podríamos decir que este primer párrafo del análisis de Grace Ivana Deheza sobre Bolivia 2006: reforma estatal y construcción del poder, que sale en la Revista de ciencia política, en el volumen especial del 2007,  refleja un sentir promedio, quizás también el sentir académico, en relación al desenlace de la crisis múltiple del Estado, desenlace del mismo proceso de movilizaciones de 2000 al 2005, que culminó en la victoria electoral del Movimiento al Socialismo y la asunción al gobierno de Evo Morales Ayma.   Las políticas de reformas estatales, de nacionalización de los hidrocarburos, de convocatoria a la Asamblea Constituyente y de referéndum autonómico inician las transformaciones esperadas en la gestión del gobierno indígena popular, respondiendo al mandato de los movimientos sociales y de las naciones y pueblos indígenas originarios. El ambiente era de entusiasmo y de optimismo, se dejaron los temas pendientes de discusión, lo importante era apoyar al proceso y al flamante gobierno popular. No se discutían mucho los alcances de las medidas iniciales, de la reforma estatal, tampoco el contenido y los mecanismos efectivos de la nacionalización de hidrocarburos. Hubo un amague de debate sobre la convocatoria a la Asamblea Constituyente a través del Congreso. Se dio un posicionamiento de parte de las organizaciones sobre el referéndum autonómico oponiéndose a las autonomías. Esto en tanto se consideraba por parte de las organizaciones que la propuesta autonómica venía de las oligarquías regionales, como una estrategia para conservar el poder regionalmente, que lo habrían perdido nacionalmente. Una gran legitimidad sostenía al flamante gobierno y al presidente indígena. También se gozaba de una gran simpatía internacional. En la cancillería se comenzó a trabajar en la perspectiva de una diplomacia indígena, que descolonice nuestras relaciones con los países en el mundo diplomático, también se comenzó a trabajar en la diplomacia de los pueblos, una idea del presidente que abría la posibilidad de que los mismos pueblos intervengan efectivamente en las relaciones entre los países, dejando de tratarse de relaciones sólo entre estados. Aunque el 2006 comenzaron algunos conflictos que empañaron esta fiesta inaugural de la gestión de gobierno, todo parecía augurar un proceso continuo de cambio.  
Empero esto es lo que no ocurrió, aparecieron las interrupciones y discontinuidades, del 2006 al 2007 se vivió la dramática experiencia de la Asamblea Constituyente, la misma que tuvo que enfrentar el ambiente convulso ocasionado por las convocatorias en las capitales departamentales de la llamada “media luna”, Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, incluyendo en una última etapa a Chuquisaca con las demandas del Comité Interinstitucional con asiento en la ciudad de Sucre. Son por lo menos tres tipos de desafío que tuvo que afrontar la Asamblea Constituyente: La convulsión de las capitales departamentales de la “media luna”; la resistencia interna en la propia Asamblea Constituyente de parte de las brigadas de constituyentes de los partidos de derecha, vinculados a las oligarquías regionales de sus respectivos departamentos; la convulsión en la propia ciudad de Sucre, sede de la Asamblea Constituyente,  dirigida por el Comité Interinstitucional por la “capitalía”, es decir por el retorno de los poderes a la sede de la Capital de Bolivia, del poder legislativo y del poder ejecutivo, pues el asiento del poder judicial residía en Sucre; sede de los poderes que después de la Guerra Federal fue trasladada a La Paz. No anotaremos las dificultades internas de organización y de conducción de la Asamblea Constituyente, que también cuenta, pues estos problemas también fueron desafíos que se tuvo que afrontar en el proceso de desarrollo del texto constitucional.
Es alrededor de la Asamblea Constituyente que se juegan varias conflictos y enfrentamientos; la Asamblea resulta ser un denso escenario donde se ponen en juego distintas tendencias inherentes al proceso. Ya no hablamos sólo de los conflictos desplegados por las oligarquías regionales dentro y fuera de la Asamblea sino de las propias diferencias al interior mismo de la bancada mayoritaria. Una bancada compuesta por dirigentes, sobre todo campesinos e indígenas, también por representantes cooperativistas, mujeres populares, invitados, elegidos en las circunscripciones, resulta ser una expresión múltiple y dinámica, potente al momento de expresar las distintas miradas plurales del pueblo boliviano. Una bancada que contenía potencialidades organizativas, de deliberación, de reflexión y de comparación integrables, una bancada que empero se la anulo por el celo del ejecutivo por dirigir y  orientar la conducción de la Asamblea. Desde un principio no se dejó desplegar las propias capacidades organizativas de la Asamblea, se decidió desde afuera la dirección de la Asamblea, impidiendo que las formas organizativas propias puedan dar lugar a una dinámica política interpeladora y crítica. Si de todas maneras esto llegó a ocurrir fue por el propio desborde de las fuerzas, de la pasión contenida en las oradoras y oradores populares. Una de las imágenes más intensas de las primeras sesiones la dieron las asambleístas indígenas originarias campesinas, quienes fueron elocuentes al momento de actualizar la memoria de medio milenio de violencia colonial. Fueron las polimorfas formas de dominaciones coloniales las que se desenmascararon, se puso en el tribunal de la historia al Estado colonia, que es el mismo Estado liberal, en su versión de Estado-nación, desde la independencia. Este desborde de pasiones, de enunciaciones interpeladoras, de discursos vitales, sobre todo femeninos, mostraba los horizontes de posibilidad de la irrupción popular; sin embargo, fue trabado por el manejo burocrático y jerárquico de los mandos externos a la Asamblea. Debido a las contra órdenes del ejecutivo el desarrollo de la Asamblea se trabó varias veces, mostrando alarmantemente las desconexiones entre las experiencias vividas al interior de la asamblea y el imaginario burocrático y de mando jerárquico centralizado del ejecutivo, acompañado por asesores que hacían de profesores de los constituyentes.  No se entendió que la Asamblea Constituyente formaba parte del intenso proceso constituyente, que al mismo tiempo formaba parte del despliegue de las luchas y movilizaciones descolonizadoras, anticapitalistas y anti-neoliberales. Que lo que se expresaba como posibilidad en la Asamblea era la irradiación de las fuerzas de los movimientos sociales, de los sujetos del poder constituyente.  Se puede interpretar este periodo como el definido por la contradicción entre el poder constituyente y el poder constituido, donde el poder constituido trata de poner límites al desborde del poder constituyente. Primero, a pesar de que las victorias populares de abril del 2000, octubre del 2003 y mayo-junio del 2005 convocan directamente a la Asamblea Constituyente, el ejecutivo y el Congreso acuerdan una convocatoria formal, desde el legislativo, desde el poder constituido a la Asamblea Constituyente. Esta convocatoria formal impone un formato limitativo a la Asamblea Constituyente; es cuando se introduce la aritmética de la decisiones de los 2/3, también cuando se delimita la elección de los constituyentes a la representación partidaria, además de poner una camisa de fuerzas a la constituyente, buscando supeditar la Asamblea Constituyente al Congreso. Algo insólito, que va terminar ocurriendo cuando sea el propio Congreso el que termine revisando el texto constitucional aprobado en la Glorieta de Sucre y en Oruro, efectuando 144 revisiones y corrigiendo 122 artículos de la Constitución. Sin embargo, en esta pugna entre poder constituyente y poder constituido, la potencia del poder constituyente, la irradiación de los movimientos sociales, el mandato de las organizaciones del Pacto de Unidad, que entregaron dos textos constitucionales a la Asamblea, definiendo el carácter de Estado como plurinacional y social comunitario, terminó manteniendo la estructura esencial de la Constitución aprobada en Oruro. El Estado quedó definido como unitarios social de derecho, plurinacional comunitario y autonómico. Los once primeros artículos de la Constitución son prácticamente los artículos presentados por el documento articulado del Pacto de Unidad. Se puede interpretar entonces que la Constitución Política del Estado es la construcción dramática del pacto social.
 
Hay que estar atentos a la compleja dinámica de la Asamblea Constituyente y del proceso constituyente para aproximarnos a las dinámicas moleculares del proceso y a sus propias contradicciones. ¿Qué es lo que se ha jugado en este contexto? Viendo retrospectivamente, una de las batallas más importantes, si es que no es la más importante, del proceso se ha dado precisamente durante el año y cuatro meses que duró la Asamblea Constituyente.  Tres condicionantes son nuevas en la caracterización del nuevo estado, la condición plurinacional, la condición comunitaria y la condición autonómica. Estas tres condiciones definen una ruptura y un desplazamiento estructural, definen las transformaciones institucionales que implican la construcción del nuevo Estado. La primera condición rompe con el Estado-nación, la segunda condición incorpora la configuración y la actualización de lo ancestral a la forma de Estado, la tercera condición ocasiona una radical descentralización administrativa y política, abriéndose a un pluralismo autonómico, dando lugar a un enfoque territorial y su ampliación a perspectivas eco-sistémicas. La incorporación de estas tres condicionantes estructurales e institucionales a la definición del Estado no fue fácil. Las organizaciones indígenas como el CIDOB y el CONAMAQ tenían meridiana claridad sobre su necesidad, sobre todo teniendo en cuenta la perspectiva descolonizadora de la fundación del nuevo Estado. El Pacto de Unidad, donde se encontraban también la Confederación Única de Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Confederación Nacional de Mujeres  Campesinas Indígenas de Bolivia Bartolina Sisa (CNMCIOB “BS”) y la Confederación Sindical Campesina Intercultural Originaria de Bolivia (CSCIOB), asumió en los documentos entregados a la Asamblea Constituyente también las condicionantes de plurinacional y comunitaria del Estado. En cambio otros constituyentes del MAS no tenían clara esta perspectiva descolonizadora, todavía estaban apegados al imaginario nacionalista del Estado-nación. Las discusiones al interior de la bancada del MAS fueron indispensables para formar un consenso sobre la definición del Estado Plurinacional comunitario y autonómico. En su tesis doctoral  Salvador Schavelzon hace una apreciación sugerente al respecto:
No faltaron personas que en momentos difíciles de la Asamblea decían que una vez en el poder, los campesinos del MAS y sus aliados de clase media ya no necesitaban hacer una Asamblea Constituyente y que sería suficiente con acciones desde el Poder Ejecutivo, como lo había sido la nacionalización de los hidrocarburos, que había aumentado los ingresos estatales considerablemente y dado lugar a una política de bonos sociales para los niños en edad escolar, y más adelante para los ancianos. Se trataba más bien, según esta posición del debate en el ámbito del “proceso de cambio”, de impulsar un Estado fuerte interviniendo en la economía para redistribuir el excedente económico, desmontar el sistema neoliberal instaurado desde 1986 y, para algunos, apuntar al socialismo. Desde esta visión, de lo que se trataba era más bien de concentrarse en la gestión e impulsar la industrialización de los recursos naturales, lo que permitiría redistribuir el ingreso reduciendo los índices de pobreza y recuperando la soberanía nacional sobre los recursos, principal fuente económica del país. La nueva Constitución era para muchos tan solo un apéndice de las acciones del gobierno que pondría “candado” a las políticas estatales, y buscaría también introducir cambios en los tres poderes para consolidar el poder del nuevo gobierno, y habilitar la reelección.
Para otros, en los debates de esta época, la Asamblea era fundamental para refundar un Estado que desde el nacimiento de la república en 1825 había dejado de lado a los pueblos originarios y dado continuidad al gobierno colonial. El Estado debía ser transformado, y no sólo ocupado por los que habían sido excluidos. En el camino de la crítica al Estado boliviano actual, la Comisión de Visión País iniciaría un “Juicio al Estado Colonial Republicano y Neoliberal” que buscó conformar un tribunal que pusiera énfasis en la “descolonización”, pieza clave del proyecto político plurinacional, y presente en el discurso de Evo Morales. Entre los actores sociales de este proceso político, los que apostaban a la Asamblea Constituyente antes que a los cambios desde el Poder Ejecutivo, eran más que nada las organizaciones indígenas de tierras bajas, que como pueblos minoritarios veían a la Asamblea como urgente para la inclusión de derechos[4].
La controversia política e ideológica fuerte que se tuvo que llevar a cabo al interior de la bancada del MAS en la Asamblea Constituyente fue contra el imaginario nacionalista del Estado-nación, polémica que parece seguir ahora contra el mismo imaginario nacionalista en el gobierno y la Asamblea Legislativa Plurinacional. Esta situación no es tan sorprendente si es que se toma en cuenta a los representantes constituyentes de las otras organizaciones no pertenecientes al Pacto de Unidad, obreros, trabajadores, cooperativistas, representantes de las juntas de vecinos, los mismos representantes del MAS, pues en todas estas organizaciones no ha tenido lugar una larga discusión y reflexión sobre el Estado plurinacional y la descolonización, como ocurrió en el Pacto de Unidad. Sin embargo, no deja de sorprender pues estos temas formaron parte de la proliferación interpeladora del periodo de luchas y movimientos sociales de 2000 al 2005. En todo caso, la gran oportunidad para la discusión sobre estos temas se dio en la Asamblea Constituyente. En el debate se enfrentaron algunos reduccionismos en la interpretación del Estado plurinacional; un primer reduccionismo tiene que ver con que el Estado plurinacional es el mismo Estado-nación, sólo que con concesiones pluralistas a los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Otro reduccionismo tiene que ver  con la interpretación del multiculturalismo o el pluralismo liberal, que toma en cuenta la ampliación de los derechos, empero no comprende el necesario desmontaje, desmantelación y deconstrucción descolonizadora; no llega a pensar la interculturalidad emancipadora y las rutas de la  reconstitución. Sin embargo, el más peligroso y difundido reduccionismo databa de asimilaciones dispersas, fragmentarias y localistas, que anteponían primero las reivindicaciones del lugar y gremiales antes que avanzar sobre los grandes proyectos descolonizadores.  En relación a este mapa conceptual, la pregunta que debemos hacernos es ¿por qué el nacionalismo es perdurable a pesar de la crisis múltiple del Estado y el desborde descolonizador de los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas? ¿Por qué sigue perdurando en el imaginario de los gobernantes, ejecutivos, asambleístas, funcionarios e incluso en dirigentes campesinos?
Puede haber explicaciones estructurales, también culturales e ideológicas, pero lo que interesa analizar es la recurrencia gubernamental y de la Asamblea Legislativa Plurinacional a restaurar el Estado-nación eludiendo el mandato constitucional de construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico. Las razones estructurales tienen que ver con el papel de la escuela y las instituciones de formación en la constitución de sujetos nacionales; también tiene que ver el cuartel como instancia e institución de ciudadanización, así como de iniciación en las comunidades. Parece ser incluso un requisito para ser jaque, es decir alguien, adulto con pareja que comienza la formación de la familia. Ciertamente juega una función importante en la reproducción ideológica el sistema y la red de comunicación, que forman parte la construcción imaginaria de la nación, la cereminialidad, los símbolos y los ritos que la reproducen.  No dejan de jugar una función reproductora las memorias familiares, las anécdotas y el recuerdo de las guerras. Hay pues una atmósfera de recreación de la ideología nacionalista.  Todo esto se entiende, aunque esta atmosfera ha entrado en crisis afectada por la globalización, virtualización de la información, la crisis de la escuela y los institutos de enseñanza, las universidades, por la misma irradiación de los movimientos sociales y pueblos indígenas. Lo que es menester entender es la recurrencia al nacionalismo por parte de un gobierno supuestamente indígena y popular, un gobierno encomendado a cumplir con la Constitución y por lo tanto con la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, por lo tanto un gobierno que debe traspasar los límites del nacionalismo y orientarse en los códigos de la interculturalidad emancipadora, un gobierno que debe encargarse por sepultar el Estado-nación y construir con los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas originaros el Estado plurinacional comunitario y autonómico. La respuesta que se viene ante esta pregunta es que se trata, a pesar de lo esperado, de un gobierno nacionalista, que se mantiene en los límites de la ideología liberal, un gobierno interesado más bien en mantener el imaginario de la nación boliviana. Un gobierno restaurador del Estado-nación. ¿Cuál es la razón que tengamos un gobierno así y no otro, uno emancipador y libertario, uno encaminado a transitar transformadoramente hacia el modelo civilizatorio del vivir bien, abriendo rutas de transformación institucional hacia el Estado plurinacional comunitario y autonómico, encaminado a conformar la economía social y comunitaria? El problema es que el 2006 se ha conformado un gobierno de la misma manera que se conforman los gobiernos liberales, salidos de las elecciones, sobre el mismo mapa del ejecutivo, sobre el mismo perfil de los ministerios, de las instituciones descentralizadas y las empresas públicas. Optando por criterios de selección individuales y derivados del grupo de poder, aunque se tuvo al alcance listas de las organizaciones y listas del MAS. El problema no era este, resolver la selección y la conformación del gabinete, sino discutir la estrategia de transformación.
El 2006 era el momento de pasar de la movilización en las calles, en los caminos y en los territorios a una movilización política y cultural, ingresar masivamente a un debate multitudinario, configurando la perspectiva colectiva de la estrategia transformadora y de ruptura. Por lo tanto en el nacimiento del gobierno popular se incursionó por las mismas rutinas y procedimientos de los gobiernos liberales; el resultado no se dejó esperar, un nuevo gobierno liberal y nacionalista, acompañado por un discurso nacional popular, matizados por enunciaciones que hacían referencia a la descolonización y al horizonte abierto por las naciones y pueblos indígenas. La nación boliviana volvió a ser el referente principal de los discursos, la matriz de este imaginario nacionalista. Se usó esta imagen patriótica contra los intentos separatistas de las oligarquías regionales, sobre todo de la oligarquía cruceña. Se entiende en este caso la recurrencia dramática al patriotismo ante la conspiración de las oligarquías terratenientes y la burguesía intermediaria, sin embargo no deja de tener problemas, pues de lo que se trataba es defender el proyecto plurinacional, otra forma de integración y cohesión social. En el contexto del proceso constituyente, se trataba defender la integralidad y la articulación de lo plurinacional, de lo comunitario, de lo intercultural, del pluralismo autonómico. El debate con las oligarquías conservadoras y reaccionarias no era oponerles el Estado-nación sino algo que habían negado el Estado liberal, el Estado-nación, el Estado colonial; esta algo era precisamente la existencia de las naciones y pueblos indígenas originarios, la condición plurinacional, la condición comunitaria, la condición autonómica del proyecto constituyente. El debate quedó encerrado en los mismos límites de los anteriores debates, en los contornos del debate nacionalista, donde los sujetos de la pelea son la nación y la anti-patria. El debate propuesto por la constitución era emancipación de las naciones y pueblos versus colonialismo, colonialidad, herencias coloniales, dominaciones y violencias coloniales. En los límites y contornos de este debate quedó atrapada la lucha contra la burguesía intermediaria, la clase de los terratenientes, la casta colonial. No se pudo entonces continuar la lucha del 2000-2005 en los términos de la reforma agraria y la descolonización. Fue una pelea por la defensa institucional contra la conspiración de la derecha, que quería trucar el proceso constituyente. No fue una lucha “revolucionaria”, déjenme usar esta palabra, por la transformación de las relaciones y de las estructuras de poder. Por ese camino se llegó ciertamente a la derrota política y militar de la expresión política de las oligarquías regionales, pero no se llegó a la transformación de las condiciones de propiedad y de las relaciones económicas de explotación, tampoco se llegó a extender el proceso de movilizaciones en una revolución cultural. Las cosas quedaron como en una suspensión de las hostilidades, en condiciones de derrota política de la derecha, que empero mantiene el control sobre la tierra, las empresas económicas, el comercio, los mercados. Con el tiempo los derrotados terminaron imponiendo políticas y leyes.
Desde esta perspectiva, la que desarrollamos a partir de la dinámica molecular del proceso, también desde la revisión empírica del proceso, no es sostenible la hipótesis sobre   Las fases del proceso revolucionario, las cinco fases del proceso; la primera fase entendida como develamiento de la crisis de Estado, la segunda fase llamada como la del empate catastrófico, la tercera fase nombrada como la relativa a la capacidad de movilización convertida en presencia estatal gubernamental, la cuarta fase vista como el punto de bifurcación o momento jacobino de la revolución, y la quinta fase del proceso revolucionario entendido como el de la emergencia de las contradicciones creativas. La primera fase tiene la periodicidad del 2000 al 2003, se inicia con el estallido de la guerra del agua y concluye con la victoria de la guerra del gas en octubre; la segunda fase se inicia el 2003 y acaba el 2008; esta fase atraviesa la segunda parte del ciclo de movilizaciones del 2000 al 2005 y se extiende gran parte de la primera gestión de gobierno, culminando con la victoria política y militar en Pando, cuando el gobierno declara Estado de sitio regional, ocupando territorialmente el departamento del norte amazónico acabando con la conspiración y la espiral de violencia ascendente, optada por las oligarquías regionales. ¿Por qué se llama a esta fase la del empate catastrófico? Porque los “insurrectos” tenían el control político, el gobierno nacional, empero no controlaban el poder económico, éste estaba en manos de las oligarquías regionales. La caracterización de esta fase por parte del autor se parece a la de un poder dual:
Se trata de dos bloques de poder con dos proyec­tos de poder, con dos capacidades de presencia te­rritorial y con liderazgos antagónicos se disputaban el orden estatal paralizando hasta cierto punto la reproducción de la dominación[5].
Un poco más adelante vuelve a caracterizar esta situación de empate catastrófico en su forma de extensión del empate:
Nos referimos claramente a una coyuntura po­lítica de Estado, dividido entre gobierno controla­do por los insurrectos, y poder de Estado (lógica y mando institucional) controlado por las clases eco­nómicamente dominantes. En cierta forma es tam­bién una radicalización de la segunda fase del empa­te catastrófico, pero la novedad del desplazamiento territorial y clasista de este “empate” que se inscribe en la propia institucionalidad dinámica del Estado, hace necesario tratarla como una fase específica[6].
Llama la atención el uso subrepticio que se hace de a tesis del poder dual, llamándolo empate catastrófico; empero esta vez usado para interpretar una especie de resistencia tenaz y capacidad de boicot de las oligarquías regionales y la burguesía intermediaria. La tesis del poder dual fue usada para elucidar la potencia y la capacidad de poder de las clases subalternas y sus formas de organización y control territorial armado, como es el caso de los concejos, de los soviets, de las milicias obreras y campesinas. ¿Las clases dominantes económicamente tendrían la misma capacidad de hacerlo en una situación adversa, cuando habrían perdido el control del gobierno central? Por otra parte, ¿por qué empate? ¿Se puede interpretar como empate la victoria política de octubre de 2003, cuando el gobierno liberal y su presidente son expulsados del país? ¿No es mas bien una victoria, no es mas bien un desborde de las fuerzas populares, no comienza mas bien las sucesivas derrotas de la clase política, de los partidos políticos, del modelo neoliberal, por lo tanto la derrota política de las oligarquías regionales y la burguesía intermediaria? ¿Por qué hablar de empate cuando lo que estaba ocurriendo es una modificación plebeya de los escenarios? ¿La victoria electoral del 2005 se puede considerar un empate catastrófico? ¿El tener un gobierno popular del 2006 al 2008 es un empate catastrófico? Parece no sostenerse esta idea ni teóricamente, la inversión del uso conceptual de la tesis del poder dual, ni empíricamente, las victorias políticas y electorales, la conformación de un gobierno popular no pueden interpretarse como empate, menos catastrófico. ¿Para quién es catastrófico? Obviamente para las oligarquías regionales, para la burguesía intermediaria y también para el imperio. La hipótesis del empate catastrófico parece ser una proposición limitativa y conservadora, que resalta más la fuerza de las organizaciones y dispositivos de las oligarquías que la propia fuerza de los movimientos sociales. No es una lectura hecha desde los movimientos sociales sino desde el alma desconcertada de un académico que esperaba otra cosa. ¿Qué? ¿Una revolución radical? No se entiende, en todo caso los movimientos abrieron el camino para contar con un presidente indígena, para el cumplimiento de la agenda de octubre, para la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. ¿Por qué se enaltece la fuerza de las oligarquías llegando a decir que controlan el poder de Estado; es decir,lógica y mando institucional controlado por las clases eco­nómicamente dominantes? La pregunta y la sorpresa es instantánea: ¿Controlaron el Estado?  Contralaron las prefecturas y las alcaldías de la llamada “media luna”, pero decir la lógica y mando institucional es un exceso que no se sostiene empíricamente. El control del gobierno y a través del gobierno del Estado mismo lo tenía el MAS, por lo menos desde la perspectiva de la ocupación de espacios y manejos de instrumentos institucionales, incluyendo a la policía y el ejército. Se puede decir que parte del Estado, en su sentido geográfico, estaba controlado por las oligarquías regionales, en tanto controlaban parte del espacio político, empero esto no los convierte en los controladores del Estado. No es sostenible lo del empate catastrófico. Esta hipótesis se la ha usado conservadoramente para inhibir a las fuerzas de los movimientos sociales, para limitar los alcances del poder constituyente en el proceso constituyente. Esta hipótesis política ha terminado fortaleciendo a las fuerzas de la burguesía intermediaria, incluso a los estratos de la burguesía agroindustrial, pues son esta burguesía y estos estratos los que terminaron beneficiándose con las políticas económicas del gobierno, incluyendo al sistema financiero, a la banca.
En esta misma tónica el autor convierte en una interpretación positiva algo que merece una crítica, convierte en victoria un retroceso. Rescata positivamente la revisión del texto constitucional por parte del Congreso, convierte la violación del poder constituyente por parte del poder constituido como algo positivo.
La consensuada modificación congresal de la Constitución en octubre del 2008 continuaría política­mente esta victoria militar y tras el desbaratamiento del intento contrarrevolucionario del separatismo ar­mado organizado por el grupo La Torre y sus merce­narios contratados en Europa, el bloque nacional-po­pular quedaría consolidado en el poder con la victoria electoral del Presidente Evo en las elecciones del 2009[7].
La 144 revisiones del Congreso y la corrección de 122 artículos de la Constitución no solamente son acciones violatorias contra el poder constituyente, sino también son revisiones y corrosiones conservadoras, que terminan limitando los artículos de la Constitución aprobada en Oruro, introduciendo contradicciones y extirpando de la Constitución la reforma agraria. A este retroceso patético se lo considera consolidación de la victoria política y militar de Pando. La pregunta es: ¿Si hay victoria político y militar sobre la derecha? ¿Si se desbarata su conspiración? ¿Si la derecha es pulverizada, por qué se acoge una alianza con las expresiones parlamentarias de la derecha llegando a un acuerdo disminuyendo los alcances de la Constitución? Esta paradoja forma parte de un conjunto de paradojas y ambigüedades inentendibles de un gobierno que llama avances precisamente a los retrocesos. Las tensiones creativas de la revolución pretenden mostrarnos fases de avances sucesivos del proceso, empero el contraste empírico nos muestra fases de retrocesos continuos. ¿Por qué darle un significado distinto a esta reversión del proceso? Volvamos a lo que dijimos a un principio, al discurso del libro en cuestión hay que entenderlo desde su utilidad práctica; se requiere justificar la conducción del gobierno, las políticas contradictorias del gobierno, el proyecto elegido, la opción colonial del modelo extractivista y su perspectiva desarrollista. Se soslaya las contradicciones reales con el pueblo, en el proceso,  se obvian los enfrentamientos con sectores populares y los pueblos indígenas, se oculta el levantamiento popular de diciembre de 2010; en contraste se teje un relato imaginario que intenta sustituir, por medio de procedimientos retóricos, la efectiva historia reciente de las contradicciones. En un artículo titulado la Política del avestruz hablamos de esta manera de ocultar la cabeza y cerrar los ojos ante las evidencias. Bueno pues, esta retórica del avestruz trata de convencernos de lo bien que marchamos, de los avances políticos, de la acumulación de las fases de la revolución, cuando precisamente nos encontramos sacudidos por la crisis del proceso, crisis que hay que afrontar con los ojos bien abiertos y la cabeza bien despierta. 
Volviendo a las fases, la periodización de la tercera fase comenzaría el 2008 y culminaría con la victoria electoral del 2009. La última fase comienza entonces con esta victoria y se extiende hasta el 2011, sin haber concluido. Como se puede ver las fases sucesivas no tienen la misma periodización; la primera fase dura un poco más de tres años, la segunda fase dura un poco más de cinco años, la tercera fase apenas un año, la última ya cuenta con una extensión de dos años. ¿Cómo explicar estos desfases de las fases? Ciertamente los tiempos cronológicos no son los tiempos políticos, pero las periodizaciones deberían contar con constatación empírica, mostrando claramente los hitos o los umbrales cuando pasamos de una fase a la otra. Esto no se encuentra en el texto, estamos ante un cuadro hipotético no demostrado, ante la exposición de una lógica imaginaria del proceso, que no puede encontrarse en su desenvolvimiento práctico.  De lo que se trata es de poner las cosas en su sitio, de comprender al proceso a partir de sus dinámicas moleculares, de sus ritmos, de sus temporalidades, sobre todo de sus acontecimientos, sucesos, eventos y hechos. Se trata de encontrar figuras apropiadas que hagan inteligible el proceso. Ciertamente toda clasificación es arbitraria, empero de lo que se trata es de aproximaciones adecuadas, consistentes, que puedan sostenerse por medio de la contrastación y las evidencias empíricas.
Al respecto, en primer lugar hay que distinguir el ciclo de movimientos sociales de 2000 al 2005 de lo que viene después, con la asunción al gobierno del primer presidente indígena, la primera gestión de gobierno, la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente, como acontecimientos irradiantes. Se trata de dos grandes etapas, la de la movilización y la de la gestión de gobierno. Ahora bien, cuando se habla de la gestión de gobierno, ya podemos hablar de dos gestiones, la de 2006 al 2009 y, la segunda, de 2010 al 2014, aunque nos encontramos en el 2011. ¿Qué pasó en estas gestiones? Hay que encontrar señales en los hechos y acontecimientos que puedan mostrarnos la orientación de las dinámicas inherentes, así como de las tendencias en concurrencia. Es indudable que una temporalidad de la segunda etapa tiene que ver principalmente con el proceso constituyente, por el sello que le imprime la Asamblea Constituyente a esta coyuntura, aunque no podemos olvidar la irradiación que tiene la medida de nacionalización de los hidrocarburos tanto en el terreno político como económico, también en el terreno institucional. Para darle un nombre a esta coyuntura, coyuntura que no deja de estar obviamente articulada a la etapa anterior de las movilizaciones, llamemos al periodo coyuntural, el correspondiente al cumplimiento de la agenda de octubre, agenda que contenía principalmente como mandatos primordiales precisamente la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente[8]. Entonces se trata de una coyuntura compleja, signada por dos ejes articuladores, uno la nacionalización, el otro la Asamblea Constituyente. La recuperación del control del excedente, del control nominal de la cadena productiva, aunque no del control técnico de la producción, trae como consecuencia contratos de operaciones que mejoran notablemente los ingresos del Estado en todos sus niveles, Tesoro General de la Nación (TGN), prefecturas, municipalidades y universidades. El impacto económico se va a hacer sentir inmediatamente el los montos del manejo administrativo, contando con más recursos. En este contexto se van a desarrollar las actividades de la Asamblea Constituyente. Como dijimos a un principio el proceso dramático de la Asamblea Constituyente va a arrojar una Constitución descolonizadora, que sienta las bases para una transición hacia la forma de Estado plurinacional comunitario y autonómico. Históricamente este es el mayor logro no solamente del proceso, pues abre un horizonte distinto al Estado-nación subalterno, sino también de toda la historia política de Bolivia, así como de la historia de las dominaciones y resistencias desde la Colonia. El Estado plurinacional exige una nueva forma de pensar y de interpretar la política, la emancipación y las transformaciones del Estado. Hemos dicho también que a pesar de las intervenciones conservadoras y limitativas del Congreso, la estructura descolonizadora de la Constitución se mantiene. Entonces diremos que en esta coyuntura de la gestión de gobierno se inicia el periodo de las transformaciones institucionales y estructurales. La pregunta que adelantamos es: ¿Por qué se quedan ahí las transformaciones?
No tratemos de responder a esta pregunta con propaganda, como se hace en otro libro del mismo autor de Las transiciones creativas[9],  buscando la continuidad de las transformaciones en los bonos, el Bono Juancito Pinto, el Bono de la Renta Dignidad, el bono Juan Azurduy, tampoco tratemos de mostrar cambios en las desigualdades estructurales utilizando estadísticas que nos muestran la diminución de la pobreza apoyándonos en apreciaciones del Banco Mundial y del PNUD, aunque el informe de este último, usando el coeficiente de Gini nos muestra más bien que las desigualdades han aumentado a pesar del mejoramiento de los indicadores macroeconómicos. En todo caso, sin todavía entrar a discutir las estadísticas generales usadas, no se puede decir que estos son logros en las transformaciones estructurales. Los estrechos límites de estas medidas tienen que ver con los modestos alcances de una política socialdemócrata en un país periférico. Incluso así, es indispensable una comparación con los resultados en otros país, una análisis comparativo de las estadísticas relativizan los alcances de los desplazamientos cuantitativos. Nada de esto se ha hecho; sólo se ha usado indicadores discutibles para responder a un manifiesto político que quería poner en discusión problemas. Las preguntas son concretas: ¿Por qué no se construye el Estado plurinacional comunitario y autonómico? ¿Por qué no se realizan las transformaciones institucionales y las transformaciones estructurales? ¿Por qué no se sacan leyes consecuentes con la Constitución? Estas preguntas no se pueden eludir con descalificaciones y demostraciones represivas. Hay que abordarlas directamente para responder a las problemáticas que plantean. Al respecto contamos con algunas hipótesis de interpretación.
Un problema no resuelto, el de la transformación de la maquinaria estatal, con su consecuente reproducción instrumental, acompañada por la mantención  de formas de gestión liberales, manteniendo a los equipos técnicos neoliberales; problema combinado con una secuencia de enfrentamientos con las oligarquías regionales y sus brazos políticos y de choque, terminan de orientar la estructura de toma de decisiones de manera defensiva, reforzando el método de las ordenes sin discusión. Esta perspectiva defensiva termina anulando toda posibilidad de discusión, de reflexión y análisis, empujando al ejecutivo a la improvisación. Se responde a la agenda impuesta por la derecha a través de sus puestas en escena y convocatorias movilizadas, se descarta construir una estrategia de transición transformadora. Debido a esta combinación inhibidora entre un problema no resuelto y el de la ofensiva conspirativa de la derecha, se ocasiona un resultado paradójico: La oligarquía regional a pesar de ser derrotada políticamente termina desgastando el impulso del proceso y limitando los alcances de las políticas. Se puede decir que hoy la burguesía intermediaria es la mejor aliada del gobierno, sobre todo por la concomitancia con las políticas y leyes económicas.
Una vez aprobada la Constitución por el 64% del pueblo boliviano, ya había corrido mucha agua bajo el puente. Nos encontramos como a tres años de la gestión de gobierno, se dio lugar al proceso de nacionalización, se culminó con la etapa del proceso constituyente que tiene que ver con la Asamblea Constituyente, la conspiración de las oligarquías regionales y la espiral desatada por sus grupos de choque termina en una derrota contundente de la derecha, el referéndum revocatorio de mandato termina en una ratificación clara del presidente Evo Morales Ayma. Acontecimientos que vienen acompañados por otros sucesos acontecidos, como la superación, por lo menos momentánea, del conflicto entre trabajadores mineros y cooperativistas, también otros no superados como los conflictos internos del MAS por la representaciones departamentales, incluso la llamada representación “nacional”, la coordinación institucional del gobierno, además de los rendimientos del Congreso. Por otra parte, también debemos considerar las reformas que quedan en el camino, empero se comienzan con intentos de reorganización ministerial; hablamos de la reforma institucional. También se dan reordenamientos en algunas normas de gestión, como son las normas de contratación de bienes y servicios. Sin embargo ambas reformas no terminan rompiendo con las lógicas burocráticas, mas bien las reviven. Podemos seguir con una lista exhaustiva cada vez más detallada, pero lo que importa de todo esto es saber qué pasó con el proceso, también qué pasó con la conducción del gobierno. Podríamos esperar que después de estas pruebas el gobierno haya terminado fortalecido y el proceso encaminado hacia el cumplimiento de la Constitución, es decir, las transformaciones institucionales y estructurales fundacionales. Todo parecía promisorio sobre todo después de la promulgación de la Constitución Política del estado el 7 de febrero del 2009. ¿Qué pasó a partir de entonces?


[1]Álvaro García Linera: Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del proceso de cambio. Vicepresidencia del Estado plurinacional; La Paz 2011. Pág. 12.
[2] Ibídem: Pág. 12.

[3] Grace Ivana Deheza: Bolivia 2006: reforma estatal y construcción del poder. Revista de ciencia política. Número especial; Santiago  2007. Págs. 43-57.

[4] Salvador Schavelzon: Tesis de Doctorado LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE DE BOLIVIA: Etnografía del Nacimiento de un Estado Plurinacional. Defendida 25 de Octubre 2010, PPGAS-Museu Nacional-UFRJ, Orientador Marcio Goldman. Págs. 8-9 de la Introducción.
[5] Álvaro García Linera: Libro citado; pág. 15. 
[6] Ibídem.: Pág. 18.
[7] Ibídem.: Pags. 22-23.
[8]En esto sigo la interpretación de Oscar Vega, quien dice que la importancia de la primera gestión de gobierno radica en que retoma la agenda de octubre, incluso llega a decir que se gana las elecciones del 2005 porque el MAS se hace cargo de la agenda de octubre.
[9]Nos referimos al libro de Álvaro García Linera titulado El “Oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo (O cómo la “reconducción” del Proceso de Cambio es restauración neoliberal). Publicado por la Vicepresidencia. La Paz; 2011. Título que muestra desde el inicio el carácter panfletario del contenido del libro. La incoherente paráfrasis a un libro de Lenin titulado La enfermedad
infantil del “izquierdismo” en el comunismo
muestra mas bien una desesperación y una falta argumentativa. Se cometen de entrada errores conceptuales, se utiliza el título de un texto leninista que corresponde a otro contexto y a otro problema. Lenin no habría combatido a una desviación de derecha de esa manera, a la derecha se la combate de otra, no es un debate interno. Lenin discute las posiciones radicales de tendencias comunistas en Europa, en un momento que requería el PCUS en el poder la unidad de la izquierda. Esta manipulación sin estilo de utilizar un texto leninista para abordar un problema de otro tipo desenmascara al autor. Lo que hace no puede nombrarse ni como bolchevique, que es lo que se pretende, pues los bolcheviques tenían el problema de consolidar la revolución en Rusia buscando extenderla a Europa, enfrentando a las estrategias del imperialismo. La discusión con los que califica de estar afectados por la enfermedad infantil tiene que ver con la caracterización del momento, la necesidad de afrontar problemas de organización, estratégicos y tácticos. Esta vulgarización atroz de un libro de lectura y su uso panfletario muestra las carencias que ya sufre el discurso gubernamental, que no sabe cómo explicar su propia desviación restauradora del Estado-nación, su compromiso con el modelo extractivista y su supeditación a las políticas de una potencia emergente.    

Consecuencias vitales de la Constitución

 

Consecuencias vitales de la Constitución

Raúl Prada Alcoreza
cascaron
Prohibida la esclavización, prohibida la mercantilización de los seres humanos y de las relaciones humanas, de los seres y de los ciclos vitales de la madre tierra; todos los seres no son objetos, son sujetos, los ciclos vitales son sujetos. Por lo tanto prohibido reducir a los seres a objetos. El sistema-mundo capitalista, la economía-mundo capitalista, el modo de producción capitalista han reducido a los seres a objetos, los han convertido en objetos. Este es un crimen de lesa humanidad, así como también es un crimen contra la madre tierra.  Es indispensable someter a juicio al capitalismo, a los promotores del capitalismo, a los portavoces, a los ejecutores, a los que se hacen dueños de los seres humanos y de los seres de la madre tierra, a los gobernantes y funcionarios que promueven la continuidad de este sistema, de esta economía de este modo capitalista. Todos ellos son los agentes de este sistema, economía y modo capitalista, todos ellos son responsables de haber reducido la pluralidad de la vida, la diversidad proliferante de la vida, la creatividad y la reproducción de la vida a objeto, por lo tanto “materia” mercantilizable e incluso esclavizable, todos ellos han conspirado contra la vida, la creatividad de la vida, la reproducción de la vida, han atentado contra la vida y siguen haciéndolo. En nombre de todos estos sujetos, de todos estos seres, de todos los ciclos integrales de la vida, denunciamos a estos portavoces, a estos promotores, a estos ejecutores, a estos agentes del capitalismo, a estos que se hacen dueños de los seres y de los ciclos vitales, al reducirlos a objetos y apropiarse de ellos mercantilizándolos. En nombre de estos sujetos exigimos su inmediato juicio de responsabilidades, exigimos también la abolición inmediata des sistema-mundo capitalista, de la economía-mundo capitalista, del modo de producción capitalista.
  

De contradicciones y confusiones del proceso

De contradicciones y confusiones del proceso

Raúl Prada Alcoreza
moebiuscabezadesierto
En rigor hay profundas contradicciones en el proceso de transformaciones, lo que se nombraría antes, desde la perspectiva de las grandes narratividades, como proceso “revolucionario”; aunque la concepción de transformaciones y la de “revolucionario” tiene connotaciones distintas. El siglo XX se abre a proyectos ultimatistas, por lo tanto es concebible en ese terreno un imaginario revolucionario; en cambio el siglo XXI comienza a complejizar y relativizar esos proyectos políticos y sociales, concibe paradójicamente un más allá de la modernidad, que deberíamos entenderlo, usando la jerga, como más “revolucionario”, pues atraviesa los límites mismos de la civilización moderna, empero concibe esta trascendencia desde un pluralismo, también desde la complejidad, a su vez pensando transformaciones pluralistas. Bueno, en todo caso, distinguiendo estas diferencias imaginarias y discursivas, podemos comprender que tanto los procesos “revolucionarios” como los procesos de transformación anidan grandes contradicciones, que no se pueden eludir con discursos ni con ideologías, si todavía podemos hablar así como de una consciencia falsa o, mejor dicho, desde un discurso de legitimación del poder.
El proceso mismo conlleva una carga fuerte de herencias que no solo obstaculizan el cambio sino que definen otras proyecciones. Uno de los temas que es urgente abordar es el que tiene que ver con la diferencia entre dominación y emancipación. El problema es que grupos importantes de “revolucionarios”, también de los sectores que los acompañan, creen que la liberación tiene que ver con la dominación. Lo mismo sucede en los procesos de transformación; estratos, sectores importantes, que acompañan el proceso de cambio, creen que de lo que se trata es de sustituir una dominación por otra. Se perdió de la comprensión que las luchas sociales anticapitalistas tienen que ver fundamentalmente con proyectos emancipatorios, por lo tanto de liberación de las dominaciones y de las formas de explotación. Que la emancipación involucra, en primer lugar a los explotados y discriminados, pero también abarca a todos, que de lo que se trata es de liberarse de las formas de dominación y de las formas de explotación, poner en suspenso los engranajes de la dominación, ofrecer emancipaciones a todos los involucrados, irradiar el proceso de liberalización múltiple. Asistimos pues a una contradicción profunda en este sentido. Llamaremos a esta una confusión en los imaginarios, discursos y prácticas de estratos y sectores que mas bien manifiestan sus recónditas dominaciones cristalizadas, que ahora las quieren hacer funcionar dominando a otros, explotando a otros, que generalmente son otra vez los más débiles y vulnerables.
Vinculada a esta confusión sobre la interpretación del proyecto inherente al proceso, se encuentra otra. Algunos o muchos de los dirigentes involucrados con estos estratos y sectores que acompañan al proceso creen que de los que se trata ahora es hacerse ricos. Esta es la reducción más pedestre del proyecto; es la imagen del amo, del patrón, la que da curso a esta ilusión. Ser libre es ser rico, sustituir al amo en su papel. Este logro ciertamente es más reductivo, pues no todos pueden acceder a la riqueza, aunque esta se la obtenga por procedimientos rápidos y fáciles. Solo acceden unos cuantos, empero se forma una atmósfera que ilusiona a todos y todos caen ávidamente en la ilusión de la disponibilidad monetaria. Por este camino se reproducen redes, circuitos, compromisos, lealtades, muy parecidas a las que había antes y atravesaban informalmente las gestiones de gobierno y las gestiones económicas. Se puede comprender entonces que un proceso que comienza con mucha expectativa, entusiasmo, esperanza, ungido de plena legitimidad, termina entrampándose por las rutas prácticas que ocasionan estas herencias y estas confusiones.
 El conflicto del TIPNIS ha puesto en evidencia estas contradicciones y confusiones. Es probable que el gobierno haya creído que aprobar una Constitución, que define al Estado como plurinacional comunitario y autonómico, era nada más y nada menos que un discurso de legitimación del gobierno, no era otra cosa que un texto constitucional, que no iba a tener más consecuencias sino en la propaganda y en la publicidad, sobre todo internacional. Que no iba a comprometer al gobierno en transformaciones institucionales, en transformaciones estructurales, en la perspectiva de la fundación de otra forma de Estado, con otra composición y otra estructura, que, en espera que no pase nada, ni nada se comprometa, ni se esté obligado a nada, podía mantener el mismo Estado dándole un barniz discursivo plurinacional e intercultural. Pero, si es así, el gobierno se equivoca, pues una Constitución es un mandato, sobre todo cuando ésta es resultado de las luchas sociales, de los movimientos antisistémicos y de la guerra descolonizadora de las naciones y pueblos indígenas originarios. Se equivoca, pues en la medida que no realiza los actos fundacionales, no elabora las leyes fundacionales, no hace las transformaciones institucionales, como crear el pluralismo institucional, administrativo, normativo y de gestiones, entra en flagrantes contradicciones que ponen en evidencia su vocación no sólo reformista sino restauradora.

Esto mismo ocurre con el discurso del vivir bien y la madre tierra; el gobierno ha creído que hablar del vivir bien era como un discurso moral que había que plantearlo en el Plan Nacional de Desarrollo, pero que no tenía mayores consecuencia en las lógicas y estructuras de la planificación, cuando ésta ya debería ser integral y participativa. Por eso continuó siendo un plan economicista y desarrollista, aunque amarrado a objetivos democráticos y solidarios. Tampoco se inmutó ante la siguiente contradicción, que la continuidad del extractivismo minero e hidrocarburífera entraba en contradicción con la defensa de la madre tierra, discurso principalmente internacional, sobre todo cuando se da la presencia de Bolivia en las Cumbres de Naciones Unidad sobre el Cambio Climático. Se creyó que era un planteamiento político para enrostrarle la cara a los representantes del capitalismo en estos foros, pero no se creyó que también era indispensable ser consecuente en el país. El extremo se llevó a cabo en Tiquipaya, con la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, pues en esta Conferencia se llegaron a unas resoluciones que iban lejos, como definir el vivir bien como un modelo alternativo a la modernidad, al capitalismo y al desarrollo, como el prohibir la exploración y explotación en los bosques, como la defensa de la biodiversidad y los ecosistemas, en conjunto la defensa de la vida, es decir, de la madre tierra; además de llamar a formar una internacional de los pueblos en defensa de la madre tierra en contra del capitalismo. Estas resoluciones fueron firmadas por los países del ALBA y obviamente por Bolivia, y no les perturbó para nada a los gobiernos firmantes el hecho de que estas resoluciones ya eran vinculantes. Posiblemente ni se dieron cuenta o dejaron pasar las circunstancias de manera desapercibida. Incluso se dio un hecho anecdótico a propósito; el embajador de Uruguay leyó la carta del escritor Eduardo Galeano donde se disculpaba por su inasistencia al evento; en la carta se decía que no estaba de acuerdo con la inflamación de las palabras, haciendo una clara alusión crítica a los escenarios y teatros políticos, a los sobrevuelos discursivos. Empero, cuando se escuchaba la lectura de la carta, el comportamiento oficial y de los organizadores del evento era como si no entendieran lo que se leía.

 

Las contradicciones llegaron a dos extremos críticos, uno es la crisis del gasolinazo, donde se develó el contenido práctico de la política económica, basada en el supuesto del equilibrio macroeconómico y completamente monetarista. La medida de shock no hacía otra cosa que repetir los métodos de los gobiernos liberales, transfiriendo al pueblo los costos de estas políticas de equilibrio y monetaristas. También se develó que las políticas hidrocarburíferas, sobre todo el control técnico, seguía en manos de las empresas trasnacionales, sobre todo de REPSOL y de PETROBRAS, empresas que exigían la descongelación de precios en el mercado interno, para convertir atractiva la inversión en exploración, explotación, construcción de plantas separadoras, refinerías e incluso industrialización. El argumento del gobierno fue que se subvencionaba los carburantes, que éstos iba en gran parte al contrabando, que los que ganaban eran los países vecinos y los contrabandistas, además de los ricos que consumían gasolina barata. El gobierno uso cifras discutibles, como que se llegó a subvencionar en un monto de 380 millones de dólares, después se dijo que el último año llegó la subvención a una cifra entre 600 y 700 millones de dólares, y que el año en curso se iba a llegar a subvencionar por un monto de 1000 millones de dólares. Estos argumentos son sorprendentes, en la lógica y en los montos; la información que se tiene es que no se trata de erogación del Tesoro General de la Nación sino de papeles fiscales, por otra parte que el monto de la subvención no es 380 millones de dólares sino 175 millones de dólares. ¿A qué conduce todo esto? A que no hay transparencia y honestidad. ¿Hay crisis económica, financiera? ¿Déficit? ¿Ha subido la deuda interna? Esto es muy difícil de responder, sólo podría hacerlo el gobierno si se tomara la molestia de ser transparente y honesto con el pueblo.

 

El otro acontecimiento crítico de la coyuntura es el conflicto del TIPNIS, donde se evidencia que al gobierno no le interesa para nada las leyes que protegen las áreas protegidas, los parques, los territorios indígenas; tampoco se inmuta para nada si entra en contradicción con la Constitución que consagra los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, la libre determinación, el autogobierno, la gestión territorial, las normas y procedimientos propios de las naciones y pueblos indígenas, así como la consulta previa libre e informada. No le afecta para nada que la Constitución establece claramente la ruta plurinacional de las autonomías indígenas y mucho menos le afecta que vulnere los convenios internacionales, constitucionalizados, como el Convenio 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, así como la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Prefiere optar por la descalificación grotesca de los dirigentes indígenas, por la represión y la movilización sañuda de colonizadores y policías para bloquear la marcha, optando también por caricaturescos montajes y manipulaciones como la reunión del presidente en la Comunidad de Santo Domingo en el Sécure, sin tomar en cuenta la marcha y a los dirigentes orgánicos. Ahora insiste en montar una deslegitimada consulta extemporánea que incluya también a los avasalladores del parque, lo que contraviene completamente las condiciones de la consulta a los pueblos indígenas. Se ha llegado a anécdotas tan escabrosas como decir que no hay bloqueo sino vigilia cuando las cámaras ponían en evidencia el bloqueo beligerante de colonizadores y policías, que incluso se atrevieron a no dejar pasar vitualla, alimentos, medicinas y víveres para los marchistas, en una actitud descomunalmente inhumana violando los derechos fundamentales.

 

¿Qué nos muestran estas manifestaciones bochornosas del gobierno, colonizadores y policías? No sólo que se ha entrado ya a una etapa de represión en la gestión de gobierno, sino que el gobierno, la Asamblea Legislativa Plurinacional, el órgano ejecutivo, así como el órgano electoral se han convertido en dispositivos de poder, en agenciamientos de la dominación, una dominación de una nueva recomposición de la burguesía, donde a la anterior burguesía intermediaria se suman los nuevos ricos, los campesinos ricos, los cocaleros ricos, los colonizadores ricos, los comerciantes enriquecidos recientemente, los contrabandistas y demás traficantes. El gobierno es pues gobierno de esta burguesía y el Estado es la dictadura de esta burguesía.             

 

     

   

Neonacionalismo y neocolonialidad

Neonacionalismo y neocolonialidad

Raúl Prada Alcoreza
Dali
El título del libro de Pablo Stefanoni “Qué hacer con los indios…” es un título provocativo, puesto a propósito, pero también recogiendo la preocupación de los gobernantes desde los inicios mismos de la república, saltando la etapa de los caudillos letrados, pasando por los periodos liberales y republicanos, recogiendo las imágenes dramáticas o ilusorias dejadas por los escritores, ingresando a las políticas y procedimientos nacionalistas de homogeneización. Hasta ahí la pregunta, ese es el momento donde se pierde pues se considera que el “indio” ha sido incorporado como campesino al Estado boliviano desde la reforma agraria. Se puede decir que es la pregunta que se hacían las oligarquías criollas y mestizas, los gobernantes, que eran como sus representantes. El problema desde la reforma agraria va a ser planteado de otra manera tanto por los nacionalistas como por los izquierdistas, así también por los neoliberales. El problema va ser planteado desde la perspectiva desarrollista, pero también clientelar, teniendo en cuenta el caudal masivo de votación que significaban las poblaciones nativas. El nacionalismo lo incorpora en un fallido proyecto desarrollista vía “farmer”, incipiente y sin recurso, con mucho show publicitario en inauguraciones pomposas de inauditas instalaciones pírricas, evaluando el tamaño de los desafíos de la reforma agraria y el desarrollo agrario. La izquierda va incorporar al campesino en una proyectada alianza de clases obrero-campesina en la perspectiva de la revolución socialista. Los neoliberales más tarde despliegan políticas de descentralización administrativa contando con recursos de la coparticipación, además de intentar una reforma educativa intercultural en los códigos del multiculturalismo liberal. Como se puede ver la pregunta oligárquica y racial desaparece en otro contexto de sometimiento y dominación, el de la modernidad periférica desplegada en sus distintas versiones, la nacionalista, la izquierdista y la neoliberal. Lo que viene desde el los levantamientos semiinsurrecionales y los movimientos sociales del 2000 al 2005 es otra cosa, son otras preguntas, que tienen que ver más bien con qué hacemos con el Estado, cómo iniciamos la descolonización, las preguntas ahora no se hacen las oligarquías criollas sino las propias mayorías nativas, prioritariamente indígenas, en sus distintas formas de manifestación cultural, articulaciones e identidades colectivas. Entonces el título del libro es también desactualizado, corresponde a otra época, anterior a la reforma agraria de 1953. Esta es una de las razones por las que el autor no logra entender ni ubicarse en el presente intenso abierto por los movimientos sociales. No logra interpretar las problemáticas inherentes a los desafíos y a las contradicciones de un proceso en curso. Esta es también una de las razones por las que el autor cae en la defensa de un nacionalismo trasnochado y sin perspectivas en la coyuntura y en la transición, en los dilemas y vicisitudes de un proceso descolonizador que se plantea como tarea la fundación de un Estado plurinacional comunitario y autonómico.
Tal parece que Pablo Stefanoni en su libro “Qué hacer con los indios…” pretende relativizar o hacer esfumar esta problemática colonial. Su descubrimiento a través de investigaciones académicas de diferenciales y tópicos distintos del entramado de las identidades en mundos heterogéneos y de heterogéneas modernidades le lleva a suponer que el tema indígena es utópico, romántico, ancestral y esencialista. Como si fuese un invento de fundamentalistas. Olvida que las estructuras coloniales no desaparecen por gracia de la filigrana de los detalles, de la elocuencia de las diferencias y las riquezas de las vidas culturales. Al contrario, es como las estructuras coloniales se restauran al modernizarse y complejizarse. Lo que hace Stefanoni es revalorar una especie de reinvención del nacionalismo, en oposición a los proyectos descolonizadores e interculturales emancipadores.
El libro “Qué hacer con los indios…” es un libro bien escrito, bien informado, es un resumen de la historia de los discursos sobre el indio, las imágenes del indio de los escritores e intelectuales, liberales, indigenistas, nacionalistas, izquierdistas. El libro es como un estado del arte, da cuenta de los sedimentos acumulados en una formación discursiva criolla y mestiza. Creo que hasta ahí es un buen aporte. Lo que preocupan son las conclusiones que saca de este balance; considero que se trata de conclusiones que terminan formando parte de estas sedimentación de la formación discursiva acumulada, se acopla ellas como otros prejuicios más. No logra entrever los proyectos emancipatorios de los movimientos indígenas presentes y reales, no imaginarios, no logra ubicarse en el presente del proceso constituyente y del proceso descolonizador, tampoco en el horizontes del desafío del Estado plurinacional comunitario y autonómico.  En este sentido, en la capsula de las significaciones de las conclusiones, es un libro anacrónico, desactualizado.
 Empero retomemos en el anacronismo, en la extemporaneidad, analogías y reminiscencias, conexiones y permanencias, pervivencias que pueden estar presentes en el presente, en el momento de transición descolonizadora iniciada por los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Sobre todo interesan estas pervivencias para interpretar las contradicciones inherentes al proceso en curso. Algo que es indispensable, comparar lo que llamaremos la irrupción de la plebe, con toda su composición heterogénea, trabajadores, gremiales artesanos, en vinculación con los intelectuales y oficiales de los estratos urbanos medios, en franco conflicto con la descomposición del llamado Estado oligárquico. Después de la Guerra del Chaco (1932-1935) los oficiales retornan con el proyecto del socialismo militar, marco en el cuál se dan varios acontecimientos sucesivos, la Convención Constituyente que escribe la Constitución del trabajo de 1938, la nacionalización de la Standard Oíl de 1939, el Congreso Indigenal de 1945 y la Revolución Nacional de 1952. Lo que es importante retener de todo esta periodización emergente del nacionalismo revolucionario es el conjunto de articulaciones de la construcción de su hegemonía, que perdura hasta la caída de las gestiones dramáticamente contradictorias de la Revolución Nacional en 1964. Estas articulaciones plebeyas e institucionales, que incluyen a los sindicatos campesinos y en una primera etapa a los sindicatos obreros, parecen reaparecer en el proceso abierto por los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Esto hace pensar a Pablo Stefanoni que nuevamente se trata de un proyecto nacionalista retomado y reforzado con el ingrediente indianista; se trataría de la indianización del nacionalismo. Empero no nos dejemos llevar por estas analogías pues no son suficientes para calificar y definir el proceso que vivimos. Las diferencia son importantes y fundamentales, no hay partido ni vanguardia, no es ninguna oficialidad del ejército, no se da el enfrentamiento contra el Estado oligárquico, forma al fin o nombre popular del Estado liberal criollo, sino contra el Estado mismo boliviano, el Estado-nación, llamado Estado colonial. Se trata de movimientos, de multitudes movilizadas y autoconvocadas, se trata de proyectos autogestinarios y anticoloniales, aunque también de fabulosos movimientos urbanos que exigen la autogestión del agua así como la nacionalización de los hidrocarburos. Se trata de un proceso constituyente que apunta a la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Estas diferencias muestran un horizonte distinto al vivido desde la postguerra del Chaco hasta el golpe militar de 1964. Las diferencias valen más que las propias analogías para entender la magnitud de la crisis múltiple del Estado y el proceso en curso. Ahora bien, las analogías hay que tomarlas como parte de las contradicciones inherentes al proceso, la herencia de la memoria del nacionalismo revolucionario todavía diseminado en las formas de articulación entre el Estado-nación y las demandas de la composición abigarrada de la plebe, en la reiteración del clientelismo político y la prebenda política. Sin embargo, este es el peso que te ancla al pasado, lo que ha aparecido como nuevo apunta a un porvenir distinto, la construcción de la interpelación política desde la movilización social y la construcción de la interpelación descolonizadora desde las estructuras de las organizaciones indígenas, que no es como cree Pablo Stefanoni, la imagen mítica del indio. Hablamos de organizaciones reales, de demandas concretas de reconstitución y reterritorialización.
Claro que las mayorías indígenas se encuentran en las ciudades, esto da lugar a identidades colectivas diferenciales, complejas y en permanente transformación. Pero esta situación no descarta el proyecto descolonizador de los movimientos sociales, al contrario, lo revive en sus múltiples formas y niveles. En octubre del 2003 se evidencio la manifestación pública de una consciencia aymara, una identidad aymara, que dio lugar a gigantescas marchas de campesinos, vecinos, gremialistas, sastres, carniceros, que salieron a defender a los hermanos masacrados. La frase elocuente fue: nos están masacrando, nos están matando, unos decían como ovejas, otros decían como perros. Esta identidad propia construida a partir de la multiplicidad de diferencias muestra la fuerza política del proyecto descolonizador. Esto es lo que excede a las distinciones, lo que excede a las especificidades y localismo, es el sentido histórico y político construido, es lo que marca la gran diferencia con el nacionalismo revolucionario. La identidad quischwa es más complicada en su construcción, pues se halla distribuida en distintos sujetos y lugares de enunciación, los ayllus del sur, las minas de Oruro y Potosí, los sindicatos campesinos quischwas, las federaciones cocaleras del chapare, los migrantes, interculturales y asentamientos urbanos. Los unifica, además de la lengua, cierta cohesión flexible de esquemas de comportamiento e imaginarios mixtos. La enunciación descolonizadora también atraviesa los distintos niveles, territorios, localidades, identidades colectivas, diferenciadas. La construcción de las identidades indígenas en tierra bajas es más exigente por la condición de minorías étnicas, sin embargo, una voluntad férrea ha logrado no solamente conformar y consolidar una organización única, la CIDOB, sino plasmar sus reivindicaciones en la Constitución. Está claro que los sujetos indígenas no son ya los sujetos convocados, como en el caso del nacionalismo revolucionario y los discursos de izquierda obrerista, sino que se trata ahora del sujeto articulador de lo plural en un proyecto abiertamente plurinacional y comunitario. Ciertamente las dificultades y contradicciones de la transición se han transferido al aparato estatal y al gobierno; esto se expresa como crisis de disyunción. Pero estas dificultades no quieren decir que no haya un proceso de descolonización ni haya un horizonte plurinacional; no se puede sostener que estas dificultades muestran el eterno retorno del nacionalismo. Esta es una conclusión fácil, empero extemporánea. La dificultades y contradicciones contemporáneas sólo se pueden interpretar a partir del horizonte abierto, descolonizador, plurinacional y comunitario.
 Se puede decir que el balance que va hasta 1964 es adecuado y basado en buena fuentes y literatura, empero el balance que prosigue de 1964 adelante adolece de falencias y debilidades, quizás porque las fuentes no son las adecuadas o porque no se tiene buena información, tampoco se cuenta con la experiencia vivida, además que, en la medida que se toma posiciones estas soslayan un análisis y una discusión adecuada. Por ejemplo, la caracterización de general populista a René Barrientos Ortuño obvia temas importantes, como el contexto de la guerra fría y la política norteamericana de imponer dictaduras militares en América Latina. Por otra parte, es problemático e insostenible que lo que deviene de 1964 adelante se muestre por el autor más como una continuidad del proceso de la Revolución Nacional de 1952 a 1964 que como cuna ruptura. La conspiración e intervención norteamericana es evidente sobre todo de la CIA, no sólo de la embajada, en el derrocamiento del último gobierno del periodo de la Revolución Nacional. La política de desnacionalización y de desmantelamiento de COMIBOL también es evidente cuando el gobierno de René Barrientos Ortuño levanta las reservas fiscales de COMIBOL favoreciendo el crecimiento de la empresa minera mediana, de donde va emerger precisamente Gonzalo Sánchez de Lozada. El General Patiño, alto funcionario de gobierno, presidiendo COMIBOL y las políticas mineras, va desplegar una política puntillosa de desnacionalización, atentando contra la gran corporación estatal. Estas ausencias en la descripción, estas imprecisiones flagrantes del autor, son en realidad grandes errores históricos de percepción. Otro tema importante es el que tiene que ver con la historia de los sindicatos campesinos, su crisis, cuando se da la masacre del valle (1974), y la reemergencia organizativa sindical acompañada de una fluyente influencia de las corrientes kataristas e indianistas, que habían venido viviendo un proceso acumulando desde la década de los sesenta. En este contexto, vinculado a la historia del sindicalismo, el despliegue del proyecto de reconstitución de los ayllus. Al respecto, de la percepción del autor, se desprende que es muy rápida la pasada sobre esta discusión, arrojando apresuradamente afirmaciones que pretende apoyar la estrategia organizativa de los sindicatos y criticando el supuesto utopismo del proyecto de reconstitución de los ayllus. La cosa no es tan sencilla como se la presenta, la conformación de los sindicatos en las ex-haciendas no se da de una manera tan simple, sobre todo por el sustrato de las relaciones comunitarias y la relación con la tierra y las aynocas. Por otra parte la relación de los sindicatos con los ayllus es realmente compleja por las sedimentaciones en la memoria de los comportamientos y los mandos. El retorno al proyecto de los ayllus y de reconstitución de los suyus está conectado con estructuras de larga duración, no sólo con la memoria larga, que Pablo Stefanoni las pone en entredicho o sencillamente las desconoce olímpicamente. Esta facilidad como se resuelven problema históricos, de organización e institucionales-culturales sorprende. Se nota que el autor desconoce toda la discusión y todas las investigaciones etnohistóricas, etnológicas y etnográficas que se han hecho al respecto. La forma con la que se acude a una lectura rápida de las investigaciones de Xavier Albó para describir el faccionalismo indígena nos traslada a una descripción puntillosa de las divisiones y defecciones del katarismo y del indianismo, empero no logra hacer el balance interpretativo del recorrido del discurso katarista y de su proyecto histórico político y cultural. Se entiende que estos apresuramientos tienen que ver con las conclusiones osadas a las que quiere llegar el autor.
Habría habido aciertos en el texto sobre los apuntes que se toman del periodo neoliberal si es que se hubiera considerado el contexto internacional de aplicación del proyecto neoliberal, si es que se hubiera profundizado en las razones propias del proyecto neoliberal, pero no se ha hecho esto y el neoliberalismo queda como anécdota boliviana de alianzas del MNR y el katarismo de Víctor Hugo Cárdenas. Se obvia lo importante; ante la crisis de sobreproducción del capitalismo, arrastrada desde los años de la década de los setenta, extendida en la década de los ochenta y con consecuencias en los noventa del siglo XX, el proyecto neoliberal responde con una estrategia de financiarización de la crisis, mediante la conformación de burbujas financieras y procedimientos especulativos, acompañados por lo que se llama el retorno al procedimiento de desposesión violento de recursos naturales, empresas públicas y ahorro de los trabajadores, es decir, la retoma de la acumulación originaria de capital ante la crisis de la acumulación ampliada de capital[1]. El sentido destructivo del proyecto neoliberal se encuentra en esta estrategia imperial, soslayada por Pablo Stefanoni, que la toma como una combinación sugerente de muerte del capitalismo de Estado, achicamiento estatal, incentivos al capital internacional con medidas apropiadas al multiculturalismo liberal. Esto es digno de un reportaje anecdótico que no toma en cuenta las condicionantes y determinantes primordiales. No de otra forma podríamos explicar el alcance destructivo de la economía y el espacio productivo nacional de la implementación dogmática del neoliberalismo. Tampoco podríamos explicar el alcance del costo social y la reacción resuelta de los movimientos sociales. Se deja como en otros casos muchos cabos sueltos.
Lo mismo pasa cuando se describe la experiencia política de CONDEPA; se muestra el itinerario alucinante de Carlos Palenque y la comadre Mónica Medina desde la Tribuna del Pueblo en RTP hasta su gravitante participación política en la región andina, básicamente del departamento de La Paz. Se hace esto no tanto para poner en escena un fenómeno político contemporáneo de las nuevas formas del populismo como para tratar de demostrar otras estrategias mestizas de empoderamiento, irrupción política y modernización. Descartando sueltamente la atmósfera ideológica y de imaginarios culturales configurada por el discurso político y cultural katarista, por formas actualizadas de memorias que remontan su larga duración. Se critica con una desfachatez conmovedora la hipótesis interpretativa de Silvia Rivera Cusicanqui de la manipulación de símbolos culturales andinos. Se lo hace sin discutir a fondo estos problemas, sólo para rebatir someramente lo que el autor considera que es una construcción romántica de las resistencias ancladas en la recuperación de las instituciones ancestrales. Esta es una discusión imaginada por el autor, como su esquematismo simplón del debate entre los “pachamamicos” y “modernicos”. No hay tal cosa, tampoco una construcción romántica de retorno a los ancestros. Los que se ha interpelado en las investigaciones de Silvia Rivera Cusicanqui son las estructuras y relaciones de dominación pervivientes en la colonialidad y en el colonialismo interno en las formaciones sociales configuradas por la herencia colonial. Lo que se interpela es la violencia simbólica, además de las violencias descarnadas, las subjetividades subordinadas y los imaginarios y representaciones sociales que los acompañan. La descolonización implica quebrar estas relaciones de dominación y sustituirlas por relaciones emancipatorias que irrumpan en los múltiples escenarios sociales, políticos, económicos y culturales inventando modernidades heterogéneas y alternativas. Pablo Stefanoni no ha entendido la discusión desplegada por lo menos dos décadas atrás; el autor está peleando contra sus propios fantasmas, utopistas, románticos fundamentalistas; no ingresa en el debate sobre la descolonización. Por eso cree decir algo ingenioso cuando recupera las identidades cholas y mestizas. Estas identidades fueron estudiadas en sus manifestaciones diferenciales, conductas y vestimentas, como parte de la proliferación de resistencias e invenciones de las identidades colectivas emergentes. No está en discusión si hay o no cholos o mestizos, cholas y mestizas; lo que está en discusión es la genealogía e historicidad de su propia matriz histórica, las resistencias, rebeliones, levantamientos, estrategias y tácticas de los y las colonizadas. La pregunta con la que hay que empezar es: ¿Hay un proyecto descolonizador? La revisión histórica nos muestra que sí, que este proyecto ha atravesado distintos escenarios, distintos contextos, distintas coyunturas, diferentes periodos, por lo tanto ha plasmado formas y estrategias cambiantes retomando una lucha múltiple contra las dominaciones polimorfas.
Uno esperaría que la parte más fuerte de Pabla Stefanoni sea la que está dedicada en su libro al MAS; sin embargo, además de encontrarse uno con cosas ya dichas en su investigación sobre el MAS-IPSP, sorprende el estancamiento en interpretaciones consabidas, se trata de una nueva versión del nacionalismo, lo que pasa que ahora el nacionalismo se ha indianizado. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué los nacionalistas ahora llevan poncho y que tienen la piel cobriza, a diferencia de los nacionalistas blanco-mestizos? ¿Qué cambios se supone que hay en todo esto? Si se habría tomado en serio la hipótesis de las estrategias del nacionalismo popular, se hubiera estudiado detenidamente la obra de René Zavaleta Mercado, aunque sea demorándose en el libro póstumo Lo nacional popular en Bolivia[2]; se hubiera tomado también en serio el gran ensayo de Luis H. Antezana sobre el discurso del nacionalismo revolucionario[3], donde lanza la hipótesis de la figura de la herradura del cincuenta y dos, que muestra la gama y las variantes múltiples del nacionalismo revolucionario, que articulan en una dilatada alianza y conflicto de clases desde a la clase obrera hasta las clases medias altas, pasando por las clases campesinas. El análisis semiológico de Luis H. Antezana nos muestra una formación enunciativa convocativa e interpeladora, flexible y articuladora de distintos imaginarios, que sufren transformaciones por isomorfismos, capaz de articular al discurso radical minero con los discursos propios del Estado-nación, que hacen referencia a la formación de la consciencia nacional en las trincheras del Chaco. Por este camino y contando con una mirada más teórica y epistemológica del tema, se hubiera abordado el análisis de Luis Tapia Mealla desarrollado en su libro La producción del conocimiento local[4] donde trabaja la obra de René Zavaleta Mercado. En este trabajo teórico se abordan temas como los momentos del nacionalismo, que toca tópicos que trabaja lo que llamaría la arqueología del nacionalismo revolucionario, la constitución del ser nacional, la concomitancia entre la cuestión nacional y la cuestión estatal, la estructura explicativa de lo nacional-popular en Bolivia. El manejo de estos trabajos conceptuales hubieran servido de mucho para elucidar los problemas que describe Stefanoni pero no los llega asumir consecuentemente, pues los deja como notas anecdóticas y frases provocativas. Al final no se sabe qué entiende por nacionalismo el autor de Qué hacer con los indios… Lo que queda es una figura ambigua parecida a las descripciones folclóricas parecidas al Typical Country. Es posible una discusión profunda sobre una genealogía y arqueología del ideologüema del nacionalismo revolucionario y sobre la figura hegemónica de lo nacional-popular. Pero esta no se da en el libro en cuestión. En todo caso quedaría una pregunta: ¿Cómo se puede dar una actualización y emergencia de lo nacional-popular en pleno proceso descolonizador y en el horizonte del Estado plurinacional comunitario? Luis Tapia avanza en estos problemas y plantea la necesidad de pensar la articulación de lo plural en tanto lo común de lo plural y la diferencia. Esta discusión hubiera sido interesante, empero está ausente. Se nota que lo que interesa en el texto es la diatriba contra unos fantasmas que llama el autor “pachamamicos”, descartando sus supuestas teorías e interpretaciones. Estos “pachamamicos” no existen salvo en la cabeza de Stefanoni, tampoco esas teorías e interpretaciones fundamentalistas.
Lo que hay es lo que llamaría la otra formación discursiva descentrada del discurso del nacionalismo revolucionario. Cuando Silvia Rivera Cusicanqui se desplaza a las estructuras de larga duración y a la memoria larga indígena se sale de la órbita del discurso del nacionalismo revolucionario, plantea otro problema, sobre todo a partir de otro orden simbólico e imaginario. El problema ya no es resolver las reivindicaciones, las demandas históricas, a través de una respuesta patriarcal del Estado-nación, sino el de la pervivencia, emergencia y actualización de instituciones culturales de larga data, que si bien terminan adaptándose a los contextos históricos de los tiempos, alteran las relaciones con el Estado y las sociedad, irrumpiendo con otras formas de cohesión, de convocatoria y legitimidades. Esto no se resume a la geografía de lo rural y lo urbano, mas bien atraviesa estos territorios, territorializa, desterritorializa y reterritorializa otros espesores culturales y espaciales. Esto no tiene que ver con una lectura utópica de lo ancestral sino con las redes y estrategias colectivas y sociales que articulan otras hermenéuticas y complementariedades. Las mismas que no pueden reducirse a las supuestas nuevas estrategias de posicionamiento nacional-populares, compuestas de ocupaciones, reinvenciones, negociaciones entre lo público y lo privado, entre lo familiar y lo individual, entre lo propio y lo ajeno, entre la identidad recuperada y la modernidad. Esto sería un reduccionismo, que se da en el libro, al pensar que estas estrategias no son otra cosa que formas abiertas y desembozadas del proliferante clientelismo. Lo sugerente de la tesis de la descolonización es que se abre a otros horizontes de visibilidad, a otros horizontes de decibilidad, a otros mundos de sentido alternativos, aunque se encuentren encubiertos por la hegemonía de la modernidad universalista y el sistema-mundo capitalista. Al respecto hay que aclarar, que cuando se critica la modernidad se critica su forma dominante homogeneizante y universalista, pero no se descartan las invenciones colectivas de modernidades heterogéneas, hibridas y complejas. La discusión a la que quiere llevar Stefanoni se encuentra encerrada en una esquematismo simplón,  “pachamamicos” o “modernicos”, indianistas fundamentalistas o desarrollismo flexibles. Esta no es la discusión, el debate tiene que ver con las posibilidades de romper el diagrama de las dominaciones polimorfas de la colonialidad, del capitalismo dependiente y de los monopolios instituidos por el imperio y sus engranajes, instituciones y burguesías intermediarias. Esta posibilidad no tiene nada que ver con el capitalismo de Estado ni el nacionalismo, figuras históricas e ideológicas que se mantienen en el campo geopolítico configurado por el sistema-mundo capitalista. En esta perspectiva, extraña la apología que hace Stefanoni de la tesis débil del capitalismo andino-amazónico. No se trata de identificar los lugares, los localismos y las regiones donde funciona la economía-mundo capitalista; si se tratara de esto podríamos también hablar de un capitalismo de la pampa, de un capitalismo costero, de un capitalismo caribeño, ad ifinitum. El capitalismo que funciona es el relativo al ciclo del capitalismo norteamericano, hegemónico, dominante, empero en crisis; este es el capitalismo que enfrentamos. Al que no podemos oponer un capitalismo andino-amazónico, pues este es uno de los lugares o regiones de realización del ciclo financiero y de acumulación de capital. Al capitalismo se le opone la lucha contra el despojamiento y la desposesión de los recursos naturales y de la explotación del trabajo, la lucha contra la valorización abstracta y cuantitativa del valor, al capitalismo se le opone la asociación de los productores, la internacional de pueblos, la internacional de los trabajadores, que apuntan a la destrucción de las relaciones y estructuras capitalistas, a la destrucción de las instituciones de dominación, entre ellas primordialmente el Estado. Ahora bien esta lucha es un proceso y una transición, empero transformadora; el pueblo boliviano ha definido una forma de transición transformadora, esta es la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, que Stefanoni campantemente desestima y descarta de su elucubraciones. No lo considera. Según el susodicho autor parecería que habríamos perdido el tiempo en el proceso constituyente y en la pelea por el Estado plurinacional desde los movimientos sociales desatados en el 2000. Hay pues una pedantería juvenil en todo esto. Lo peligroso esta cuando el turismo académico se quiere convertir en una lección, quiere enseñarnos las grandes verdades desconocidas por nosotros, aprendidas en entrevistas y reportajes, y en revisiones bibliográficas aleatoriamente seleccionadas.
Claro que el MAS-IPSP es un desafío al análisis político, por su historia, por su composición, por su crecimiento desorbitado, por los problemas que plantea en su relación con el poder, el Estado, los gobiernos y las instituciones. Pero la explicación de este fenómeno político no puede reducirse a la descripción historiográfica y sociológica de su formación, tampoco a la denuncia e identificación del carácter prebendal de las preocupaciones de muchos de sus militantes. Estos problemas al final de cuenta se dan en todas partes y es la historia cotidiana de todos los países, con distintas tonalidades y ambivalencias. Tampoco se puede reducir su utilización a la necesidad del ascenso y movilidad social.  Con esto no decimos nada nuevo, sino más bien son lugares trillados en todas partes. Las preguntas que hay que responder son otras: ¿Cuáles son las condicionantes históricas en las que el sujeto indígena, en todas sus formas, tonalidades e identidades colectivas, sustituye al sujeto obrero, fundamentalmente a la centralidad minera? ¿Qué tiene que ver con esto una sobredeterminación compleja de distintos acontecimientos y singularidades concurrentes, como ser la relocalización minera, la migración al trópico, la reiteración de discursos izquierdistas y antiimperialistas adaptados a la defensa de la hoja coca? ¿Cómo afecta la experiencia vivida de una guerra de baja intensidad impuesta por la DEA y la CIA en el Chapare? ¿En qué momento se da el salto al contexto nacional? ¿Es cuando las federaciones cocaleras y el instrumento político apoyan a la Coordinadora del Agua y de la Vida en defensa del agua, extendiéndose después a una defensa de los recursos naturales? ¿Es sólo un fenómeno electoral? ¿No es más bien un acontecimiento político que después se expresa en las urnas? ¿Cómo explicar la actual crisis del MAS-IPSP? ¿Qué ha develado la crisis del gasolinazo? ¿Acaso podemos seguir hablando cómodamente de la hegemonía de lo nacional-popular, de la vigencia del proyectado capitalismo de Estado, de la combinación pacífica de lo multicultural con la irrupción indígena en los escenarios de las modernidades? No, no se puede, la crisis del gasolinazo ha puesto en evidencia la descomunal fragilidad de estos proyectos restauradores, de estas interpretaciones nacionalistas, de estas propuestas realistas y pragmáticas de combinar capitalismo con reivindicaciones culturales. Lo que se ha demostrado es que por este camino terminamos en el bolsillo de las empresas trasnacionales de los hidrocarburos, que terminan imponiéndose a través de sus monopolios de capital, financiero, tecnológico, comercial y de mercado, orientando nuestras políticas hidrocarburíferas y obligando al gobierno a decretar la descongelación de precios para obtener superbeneficios. En este contexto y coyuntura, Stefanoni se ha convertido en un apologista del camino al fracaso. Este no es el camino de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. El objetivo ahora es reconducir el proceso por el cauce abierto en las luchas sociales del 2000 al 2005 y por el proceso constituyente. Construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico, más allá de horizonte colonial de una modernidad y capitalismo dominantes, más allá del Estado-nación.
Una vez más, el horizonte de la pregunta no es qué hacemos con los indios…, pregunta que supuestamente se hacía la casta criolla gamonal dominante, sentido de la pregunta que se mantiene hasta la Revolución Nacional de 1952 y la reforma agraria; después de este acontecimiento político, las preguntas y los sentidos de las preguntas son otros, por ejemplo, cómo salir de la dependencia, cómo lograr el desarrollo, cómo consolidar las nacionalizaciones; ahora que las naciones y pueblos indígenas, los indígenas originarios campesinos, como define la constitución, en todas sus tonalidades, identidades colectivas, posicionamientos, se han empoderado del campo político, el sentido de la pregunta tiene que ver con la siguiente cuestión: ¿Qué hacemos con el Estado? Los bolivianos hemos decidido la respuesta, construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico como proceso descolonizador. Dejemos a Stefanoni con sus devaneos nacionalistas, otro tiempo es el nuestro.                            


[1] Ver de David Harvey: Breve historia del neoliberalismo. Akal 2006. También del mismo autor El nuevo imperialismo. Akal 2007. Madrid. 
[2] René Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Siglo XXI. México.
[3] Luis H. Antezana: Sistemas y procesos ideológicos en Bolivia (1935-1979). En Bolivia hoy. Siglo XXI 1983. México.
[4] Luis Tapia Mealla: Producción del conocimiento local. Muela del diablo 2002, La Paz.