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Paradoja constituyente-desconstituyente

Paradoja constituyente-desconstituyente

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Paradoja constituyente-desconstituyente

 

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Una mirada retrospectiva al proceso constituyente

 

 

Rebelion

 

 

¿Se trata de hacer una evaluación del proceso constituyente, incluyendo a la Asamblea Constituyente y los posteriores desenlaces? ¿O, mas bien, se trata de comprender el sentido y significado histórico-político-cultural del mismo proceso constituyente? Aunque ambas opciones pueden complementarse, incluso contenerse mutuamente, sin embargo, cuando abordamos la problemática del sentido histórico político del proceso constituyente convertimos al proceso constituyente en una composición de códigos, de signos, que requieren ser decodificados e interpretados. En un escrito anterior, a propósito del tema, escribimos:

 

Pensar el proceso siempre ha sido un desafío, no tanto por el pensamiento mismo, que también parece ser un proceso, sino por las formas de fijación del pensamiento. Una de esas formas de fijación es la conceptualización. Aunque no es la única, pues cuando se recurre al arsenal del lenguaje, fijamos figuras, metáforas, relaciones, hipótesis, tramas, cuadros, modelos. Estas maneras de fijar el pensamiento terminan obstaculizando la mimesis del proceso, que no puede hacerse sino a través de otro proceso. Un proceso de pensamiento que imita otro proceso efectivo. Proceso efectivo que afecta al cuerpo viviente, proceso que es vivido como experiencia, experiencia memorizada y efectivamente vivida como pensamiento. Se trata de pensar el acontecimiento mediante el acontecimiento del pensamiento. Por eso es menester descentrarse, desprenderse y desligarse de las formas de fijación del pensamiento, para abrir los cauces del pensamiento mismo a los cauces de los procesos.

 

Ahora nos compete pensar uno de los procesos políticos que afectan la historia reciente de las luchas sociales en Bolivia. Este proceso es el proceso constituyente. Llamemos proceso constituyente al proceso mediante el cual el poder constituyente de las multitudes se hace carne. El poder constituyente se hace acción y cuerpo, se hace movilización, el poder constituyente recorre la geografía política y modifica los mapas. El poder constituyente busca cambiar el mapa institucional. El poder constituyente persigue trastrocar el ámbito de las relaciones, las estructuras, las instituciones, modificar el paradigma de relaciones entre el campo social y el campo político. El poder constituyente busca constituirse en la nueva forma política. Se puede decir que este proceso pasa por más de tres etapas, la etapa preconstituyente, la etapa constituyente misma y la etapa postconstituyente. La etapa preconstituyente tiene que ver con la apropiación colectiva y orgánica de los instrumentos constituyentes. La etapa constituyente, es la etapa propiamente deliberativa, propositiva y de consensos. Y la etapa postconstituyente es la relativa a la aplicación de los cambios. Dijimos que se trataba de más de tres etapas. Si, pues en el preludio de todo esto, como matriz de los desenlaces, se encuentra el desarrollo y el despliegue de las luchas sociales, que recogen de las entrañas de la sociedad las contradicciones sustantivas y las arrojan como piedras a los emblemas del orden. En el epílogo de este proceso podemos situar la constitución de los nuevos sujetos y los nuevos ámbitos de relaciones, desprendidos de la materialización institucional de los cambios. Es entonces, como se ve, todo un proceso, este del proceso constituyente, proceso de creación multitudinaria y afectiva, pasional y deseante. Por eso política, en el pleno sentido de la palabra[1].

Ahora, en el presente, vemos el recorrido del proceso constituyente, incluyendo sus desenlaces. El proceso constituyente desembocó en la promulgación de la Constitución el 2009; después, derivó en su suspensión, es decir, en su incumplimiento por parte del “gobierno progresista” y los órganos de poder del “Estado Plurinacional de Bolivia”. La pregunta que parece necesaria es: ¿Por qué ocurrió esto? ¿Por qué la Constitución no fue acatada nada más ni nada menos por el gobierno expresamente encargado a cumplirla, autoproclamado como “gobierno de los movimientos sociales”, más pretensiosamente como “gobierno indígena”? Al respecto, nos remitimos a los ensayos publicados[2], con este propósito, el de responder a la pregunta. Para resumir las hipótesis interpretativas recogeremos la tesis que parece abarcar a las demás; esta considera que en la medida que se está dentro del círculo vicioso del poder, los entramados políticos, sociales, económicos y culturales se encuentran como condicionados y empujados a los desenlaces implícitos en las formas de reproducción del poder, es decir, de las dominaciones.

Esta tesis descarta, de antemano, las hipótesis de la conspiración, como aquélla, la más simple, de la “traición” al proceso de cambio. Sin despejar la responsabilidad de los gobernantes, lideres y conductores del llamado “proceso de cambio”, que la tienen, obviamente, lo importante es no atribuir lo ocurrido a la mera incidencia subjetiva o caprichosa de los conductores. En pocas palabras, los caudillos no se tragan, de ninguna manera, todo el acontecimiento político; al contrario, forman parte del acontecimiento político; es más, para decirlo exageradamente, empero ilustrativamente, son como marionetas de entramados que no controlan. Hay que, mas bien, explicar, la participación dramática de los caudillos como acciones provisorias o, mejor dicho, singulares en la composición de la trama ya tejida.

Volviendo al proceso constituyente, la pregunta es: ¿por qué el pueblo movilizado apostó a una salida jurídico-política, la de la Asamblea Constituyente, y no, mas bien, a una radical salida histórica-política, la de la revolución, en el sentido clásico del término.  Qué se haya llamado “revolución democrática y cultural” al proceso de cambio, dado en Bolivia, es más bien parte de la retórica de legitimación del mismo proceso, pero, sobre todo, de los gobernantes y las estructuras de poder que se instalan en el palacio quemado y en los alrededores de la plaza de armas. Puede incluso aceptarse las connotaciones semánticas de la “revolución democrática y cultural”, pero ¿qué revolución no es, a la vez, democrática y cultural? Las revoluciones son esencialmente democráticas, para decirlo de ese modo. Es el pueblo el que se subleva y con la subversión de la praxis abre otros decursos históricos.

El problema radica en que el proceso de cambio no fue, en sentido clásico una revolución. Emergió de la movilización prolongada (2000-2005), empero, no destruyó el Estado; es decir, no destruyó las estructuras estructurantes del anterior régimen, que podemos decir, se derrocó. Incluso, en el caso, que la movilización prolongada hubiera desembocado en una revolución, tampoco necesariamente, de manera inmediata y directa, se hubiera salido del círculo vicioso del poder. Por ejemplo, las revoluciones socialistas, que destruyeron el Estado burgués y restauraron el Estado, en las condiciones burocráticas exacerbadas, no escaparon del círculo vicioso del poder; es más, se hundieron dramáticamente en el mismo. Por lo tanto, al no desembocar en una revolución, el proceso de cambio estaba amarrado doblemente a los condicionamientos del círculo vicioso del poder; por un lado, al mantenerse en las estructuras institucionales del Estado nación; por otro lado, al no cuestionar, interpelar, deconstruir y diseminar las estructuras, diagramas, cartografías de poder que sostienen al Estado y a la sociedad institucionalizada.

Si el pueblo, concretamente, en el caso boliviano y ecuatoriano, optó, como desemboque de sus movilizaciones antineoliberales, por la salida jurídico-política, específicamente por la Asamblea Constituyente, es por que creyó sinceramente en esta posibilidad, en la posibilidad de transformar el Estado con la elaboración de una nueva Constitución. En resumen, creyó en la ideología jurídico-política[3]. No vamos a discutir aquí si fue o no un error popular; hasta resultaría inocuo poner en la mesa de discusión esta situación comprometedora. Lo que importa es develar la predisposición subjetiva de las multitudes movilizadas. La mayoría de los movimientos sociales anti-sistémicos prefirieron el camino de la Asamblea Constituyente ante la alternativa de una guerra civil.

La historia de la Asamblea Constituyente fue, a la vez, altamente convocativa y turbulenta. Las amplias mayorías sublevadas se encontraban en la Asamblea, compartiendo el escenario con las representaciones tradicionales de los partidos políticos tipificados como neoliberales. El decurso de la Asamblea Constituyente se decidió en el campo de la correlación de fuerzas, fuerzas que pugnaban en los escenarios nacionales y regionales. Internamente, la correlación de fuerzas estaba de lado de las mayorías representadas.  Sin embargo, se les dio a los constituyentes poca autonomía, casi nada, para decidir el ejercicio del proceso constituyente en la Asamblea. El control de la Asamblea se encontraba en manos del “gobierno progresista”, que no llegaba a comprender el acontecimiento constitutivo de la Asamblea; prefirió confiar en la conducción centralizada de los gobernantes.

Es así como, bajo estas circunstancias, se puede explicar la debilidad orgánica de la Asamblea Constituyente, donde el partido de gobierno contaba con la amplia mayoría. En la dirección de la Asamblea el partido contaba con amplia mayoría; sin embargo, se conformó una dirección sin voluntad; ésta estaba encomendada a la voluntad del ejecutivo. La falta de autonomía de la Asamblea Constituyente incidió gravemente en un comportamiento sinuoso, que llevó a cometer varios errores. Dos ejemplos son altamente ilustrativos, el conflicto de los 2/3 y el conflicto de la “capitalía”. A pesar de contar el partido de gobierno con la amplia mayoría, prefirió imponer a discutir con la “oposición”. Quiso imponer la determinación por mayoría absoluta, a pesar de que en la ley de convocatoria congresal a la Asamblea Constituyente se estableció decidir por 2/3; es más, cuando la “oposición” propuso definir por mayoría absoluta, como quería el partido de gobierno, excepto en el texto final, revisión del reglamento y desafuero, la dirección de la Asamblea decidió imponer la mayoría absoluta en una sesión dramática y caótica, que casi derivó en una tragedia. La consecuencia fue la primera crisis de la Asamblea Constituyente, que no pudo sesionar por un lapso imprescindible.

La segunda crisis de la Asamblea Constituyente estalló con el conflicto de la “capitalía”, es decir, de la sede de gobierno. Después de la guerra federal (fines del siglo XIX), la sede de gobierno se trasladó de Sucre, la capital, a La Paz; lo mismo ocurrió con el poder legislativo. Lo que se mantuvo en Sucre fue el poder judicial. La demanda de las “instituciones chuquisaqueñas”, del departamento de Chuquisaca, concretamente del Comité Interinstitucional, fue de que la sede de gobierno retorne a Sucre; después se convirtió en exigencia de la “oposición movilizada”, definida como “media luna”. El partido de gobierno contaba con la amplia mayoría; sin embargo, amparado por una concentración de dos millones, en defensa de la sede de gobierno en La Paz, que prohibió tratar el tema en la Asamblea Constituyente, decidió acatar este mandato popular paceño. Esta decisión ocasionó el más peligroso conflicto de la Asamblea Constituyente, que casi le valió su propia abrupta desaparición.

Estos dos ejemplos son aleccionadores, pues nos brindan la oportunidad de visualizar las profundas debilidades de una Asamblea Constituyente, que, sin embargo, era, por su convocatoria popular, fuerte. ¿A dónde vamos? En una Asamblea se debate, se delibera, se busca consensos o, por lo menos, consistentes mayorías, legitimadas en el debate. El partido más grande de la Asamblea no quiso debatir, prefirió imponer. La imposición es muestra, más bien, de debilidad, sobre todo de inseguridad. Se desperdició un gran momento constitutivo, de disponibilidad concentrada de fuerzas; todas las localidades, los territorios, las regiones, los estratos del pueblo, mujeres y hombres, estaban presentes en la Asamblea Constituyente. Se miraban, se escuchaban, se olían, se percibías; ya no eran estampas ni fotografías. La Asamblea Constituyente podría haber culminado en un acto fundacional, en el pleno sentido de la palabra. Para hacerlo fácil, en un contrato social y político, es decir, en un consenso constitutivo. Empero, el partido gobernante, perdido es una soberbia inexplicable, prefirió imponer decisiones no consensuadas. Si bien, por la participación de minorías de la “oposición”, de todas maneras, se llegaron a acuerdos, de esta manera, a la construcción incompleta del pacto social, el hecho de que no se haya agotado el debate, sobre todo, que no se haya dado cabida a la reflexión colectiva, merma preponderantemente las posibilidades de realización de la propia Constitución.

En conclusión, el decurso dramático de la Asamblea Constituyente concluyó en una Constitución aprobada por la mayoría absoluta y las pragmáticas minorías de la “oposición”. Sin embargo, la pretensión fundacional requería del consenso completo y la participación de todos, por lo menos, de casi todos, después de una apropiada deliberación. 

Lo que viene después es menos dramático, empero, es más desconstitutivo de la propia Constitución.  Si bien, en la etapa postconstituyente hubo avances constitucionales, como los relativos al régimen autonómico, avanzando sobremanera en el entramado de las competencias autonómicas, además, entendiendo que se trata del pluralismo autonómico, que incluye significativamente a las autonomías indígenas, tampoco se aprovechó este avance para corregir las falacias que conllevaba una Constitución aprobada en una sesión dramática en Oruro. El entramado de competencias autonómicas resulta en un régimen autonómico altamente avanzado, en el marco todavía del Estado, supuestamente, tipificado, en transición. Empero, una vez promulgada la Constitución, el ejecutivo maniobró por mantener un anacrónico régimen centralista, en concordancia con la antigua Constitución. El ejemplo categórico de esto es la Ley Marco de Autonomías.

Un resumen apropiado de lo que ocurrió después, en la etapa de implementación de la Constitución, puede ilustrarse de la manera siguiente: el desarrollo legislativo del “gobierno progresista” y de la “Asamblea Legislativa Plurinacional”, el Congreso, es inconstitucional; no deriva de la Constitución Plurinacional Comunitaria y Autonómica, sino del espíritu anacrónico de la antigua Constitución.

Lo más avanzado en la Constitución boliviana es lo que podemos denominar el régimen de las naciones y pueblos indígenas-originarios-campesinos, que es como se denominan en la Constitución. Se consideran previos a la Colonia; en consecuencia, con derechos colectivos, culturales y territoriales propios, validados por la anterioridad mencionada. Entre los derechos sobresalientes se encuentran el relativo al autogobierno, al territorio, a las normas y procedimientos propios, a sus instituciones, lenguas y cultura. Entre los derechos, podríamos decir de transición, se encuentra el destacado derecho a la consulta previa, con consentimiento, libre e informada. Articulando estos derechos con el sistema de gobierno, establecido en la Constitución, de la democracia participativa, definida como democracia directa, comunitaria y representativa, además de conectarlos con el apartado constitucional de la participación y control social, que establece la construcción colectiva de la decisión política y de la ley, los autogobiernos indígenas adquieren una condición de autodeterminación. Sin embargo, son estos derechos, sus irradiaciones y proyecciones descolonizadoras lo que conculca el “gobierno progresista” de Bolivia.

Ya se puede ver por donde va el decurso postconstituyente; el “gobierno progresista” y los órganos de poder del Estado se encargan de desmontar las obligaciones que exige la Constitución. No se trata de hacer una evaluación exhaustiva de lo ocurre, en su aplicación, con toda la estructura del texto constitucional. Nos remitimos a los análisis que hicimos anteriormente[4]. De lo que se trata es de comprender este decurso desmantelador de la Constitución, que efectúa el “gobierno progresista”.  Otra hipótesis interpretativa que usamos para explicar este decurso postconstituyente es que se trata de un Estado rentista y de una economía extractivista. A pesar de una Constitución anticolonial, el “gobierno progresista” no dejó de ser un dispositivo del modelo colonial extractivista del capitalismo pendiente. Su ubicación y articulación en la geopolítica del sistema-mundo no es otro que el de la reproducción de la condición de transferencia de los recursos naturales, desde la periferia a los centros cambiantes del sistema-mundo. En este sentido, se entiende, que a pesar del régimen “indígena” de la Constitución, el gobierno despliegue políticas anti-indígenas, beneficiando a las estructuras de poder mundial y a las estructuras dominantes de la economía-mundo. Esta contradicción profunda del “gobierno progresista” se hace patente en el conflicto del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS).

Entonces, para lo que nos lleva y ocupa este ensayo, vemos que el proceso constituyente desemboca en un proceso desconstitutivo. La hipótesis que explica este desemboque es la que diferencia entre el ejercicio jurídico-político y el ejercicio-histórico político. Los límites de la ideología jurídico-política se encuentran en que ésta se mueve en el mundo abstracto del deber ser; empero, no tiene asidero en el mundo efectivo del hacer, de la efectuación práctica, de las dinámicas de la realidad efectiva. Lo destacable y sugerente es el hecho de que las multitudes lograron abrir un proceso constituyente mediante la movilización social anti-sistémica prolongada; sin embargo, acotaron el alcance de esta movilización anti-sistémica a los límites del imaginario jurídico-político. Creyeron que bastaba con una Constitución transformadora para transformar el mundo efectivo.  

Recurriendo a los ensayos publicados, recordaremos que los desenvolvimientos histórico-políticos se expresan, en su ancestralidad, como guerra de razas, en la contemporaneidad, como lucha de clases. La interpelación histórica-política es contra las dominaciones; cuestiona la legitimidad del régimen impuesto; lo señala como erigido sobre la base de una guerra inicial de conquista. En consecuencia, o, una de sus consecuencias, es que no acepta la legitimidad del soberano, del rey, del emperador, del régimen, del Estado. El desemboque exigido por el discurso histórico-político es el de la destrucción del anterior régimen, además de no aceptar la estrategia de legitimación, pues reconoce que la política es inicialmente guerra. En la medida que el “gobierno progresista” opta por la estrategia de legitimación, en decir, por la ideología, y no por la transformación estructural e institucional, entonces retrocede del acontecimiento político de la sublevación de las multitudes al espectáculo del teatro político, que busca convencer de que la “revolución” se dio porque la nueva élite está en el poder.

Desde la perspectiva de la decodificación e interpretación del proceso constituyente, podemos ver que las multitudes sublevadas se hallan atrapadas, a pesar de su rebelión, en la ideología jurídico-política. En pocas palabras, se hallan atrapadas en el imaginario del Estado; en el mito del contrato social, en el mito de la voluntad general, en el mito del aparato o el instrumento que se puede situar sobre o suspendido de la lucha de clases. Los actos heroicos de las multitudes que sitiaron al Estado-nación durante seis años (2000-2005), terminaron circunscribiendo el alcance desbordante de sus acciones a los acotados límites de la ilusión jurídica-política.

Lo anterior tiene que ver con la responsabilidad del pueblo movilizado en el decurso del acontecimiento político. Si bien, esta responsabilidad es crucial, por cuanto se trata de múltiples y proliferantes voluntades singulares asociadas como pueblo, la responsabilidad de los actores gubernamentales tiene que ver con su incidencia en los márgenes de maniobra, definidos por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. A diferencia del socialismo real del siglo XX, el “socialismo del siglo XXI” y el “socialismo comunitario”, éstos redujeron sus impactos histórico-políticos, acatando los mandatos del orden mundial, de las estructuras de poder hegemónicas y, sobre todo, de las estructuras del lado oscuro del poder. Prefirieron el efecto mediático de la propaganda y la publicidad a efectuar cambios efectivos, aunque sean reformistas. Prefirieron el impacto del espectáculo a actuar consecuentemente, por lo menos con ciertas reformas de transcendencia institucional.

Si consideramos estas configuraciones de la interpretación crítica, no debería sorprendernos los desenlaces dramáticos y de clausura de los “gobiernos progresistas” en Sud América. Empero, no deja de sorprendernos por la degradación y decadencia alcanzadas. Lo que pasa es que esperábamos más, un mejor comportamiento de los “gobernantes progresistas”. Esta es una muestra de debilidad en las disposiciones críticas del análisis crítico. No podía haber “gobiernos progresistas”, salvo en el nombre, en plena crisis ecológica planetaria, en plena crisis de la civilización moderna. De ninguna manera se trata de descalificarlos; fueron el resultado histórico-político de la correlación de fuerzas en un orden mundial en decadencia; menos disminuirlos ante la otra expresión de la modernidad decadente, el neoliberalismo. Sino de comprender y decodificar sus signos, sobre todo interpretar sus síntomas. Se puede decir que los “gobiernos progresistas” expresan patentemente la crisis múltiple del Estado nación, en la versión de la promesa incumplible en la modernidad tardía.

Los procesos constituyentes de lo que se denomina la experiencia del constitucionalismo latinoamericano, comenzando por el proceso constituyente brasilero y acabando con el proceso constituyente boliviano, abarcando el proceso constituyente colombiano, después el venezolano y el ecuatoriano, corresponden a procesos políticos, desatados en plena crisis del Estado-nación, circunscritos a la ideología jurídica-política, empero emergidos del substrato convulso histórico-político-cultural de la rebelión intermitente de las multitudes. Hay que entenderlos como tales, explosivos en su substrato social, dubitativos en el campo político, empero, desarmados cuando sus apuestas gubernamentales repiten la decadencia de los gobiernos a los cuales combatieron.

Viendo retrospectivamente, desde el momento presente, los procesos constituyentes de Sud América son como síntomas dinámicos de la crisis múltiple del Estado-nación, en la versión de búsquedas sociales de cambios y salidas, empero, en las condiciones acotadas por la ideología jurídico-política, es decir, estatalista.  La experiencia social y la memoria social nos enseñan que no se puede caer en los mitos del vanguardismo y de la apología populista. Lo que se llama pueblo no es un sujeto único, sino, más bien, multitudes de sujetos, empero, todavía condicionados por la violencia cristalizada en sus huesos, por las dominaciones coaguladas en sus cuerpos. Los pueblos tienen la responsabilidad de liberarse no solo de las dominaciones inscritas en sus cuerpos, sino de sus propias representaciones ideológicas, que son autocomplacientes.

Volviendo al tema, el proceso constituyente boliviano, se puede concluir que logró expresar, escribir, promulgar una Constitución anticolonial, defensora de los derechos de los seres de la naturaleza, anti-extractivista, anti- capitalista y anti-moderna.  Sin embargo, desentendiéndonos de sus contradicciones, debidas a la intervención del ejecutivo, patentes en el régimen minero, sobre todo, en el régimen relativo al género, donde sigue siendo una Constitución de la dominación masculina, a pesar de estos avances jurídicos, la Constitución no pudo realizarse; quedó en promesa incumplida.

Proceso desconstituyente

Asamblea Constituyente

Lo que hay que explicar es por qué la Constitución no se cumple, nada más ni nada menos por el “gobierno de los movimientos sociales”. Se puede decir que este comportamiento desconstitutivo de parte del “gobierno progresista” ya estaba contenido en el comportamiento del gobierno durante la Asamblea Constituyente. El gobierno de Evo Morales Ayma, incluso durante su primera gestión, cuando se convoca a la Asamblea Constituyente, no estaba a la altura de este acontecimiento fundacional. Se trata de un gobierno electo por amplia mayoría en las elecciones de 2005; elecciones que son como el desenlace de la movilización prolongada (2000-2005). No era el único desenlace posible, había otros, como comentamos. Tampoco el partido que llegó al gobierno era el más representativo de las movilizaciones desatadas en el quinquenio mencionado; se podría decir incluso que era el que menos expresaba las voluntades singulares de los movimientos sociales anti-sistémicos, que caracterizaron al periodo de la movilización prolongada. Sin embargo, en la medida que la tendencia práctica al desenlace fue electoral, el Movimiento al Socialismo (MAS) se ubicó en situación privilegiada para cumplir con la competencia electoral. 

Como describimos en otros textos[5], sobre todo los relativos a la experiencia de la movilización prolongada, los ejes primordiales de la movilización emergieron de la guerra del agua, de la movilización indígena-campesina, de la guerra del gas, con el desemboque en la toma de Sucre por parte de los movimientos sociales. En estos acontecimientos sociales y políticos de la movilización, el MAS no jugó un papel protagónico, mas bien, fue como colateral o anexo su desenvolvimiento, circunscrito más a la defensa de la hoja de coca en la región del Chapare. Las nueve marchas de la Federación del Trópico de Cochabamba atravesaron la geografía política y llegaron a la sede de gobierno; empero, este desplazamiento, innegablemente valeroso, no las convierte en un eje primordial de la movilización prolongada. Si bien es cierto que el MAS apoyó a la Coordinadora en Defensa del Agua y de la Vida, lo hace colocándose como actor secundario de la movilización, siendo la Coordinadora el actor principal. Lo mismo sucede con los eventos cardinales de la movilización prolongada. Esto explica que cuando llega al gobierno no estaba equipado de la experiencia social y la memoria social de la movilización. El partido gobernante va a actuar de acuerdo con su propio paradigma heredado, paradigma barroco, conformado por los resabios del nacionalismo-revolucionario, así como también por los resabios de la izquierda tradicional, marcadamente acrítica.

El MAS en el gobierno hace lo que hace la organización política, que llega al poder empujada por la movilización social, aunque no haya sido la organización que expresa fidedignamente las voluntades singulares de los movimientos sociales anti-sistémicos. Un ejemplo para ilustrar; mientras los movimientos sociales incursionan abiertamente en el proyecto autogestionario, el MAS tenía una imagen paternalista del Estado. El gobierno lo que hace es repetir lo que se encontraba en el almacén de la historia: la convocatoria nacional-popular. Ciertamente esta convocatoria esta apoyada en el entusiasmo de las multitudes, de la gente, del pueblo, que considera que la victoria electoral es una victoria política. No cabía en sus mentes, en ese momento de disponibilidad de fuerzas inicial, que la victoria electoral del MAS podía convertirse en la derrota política de los movimientos sociales anti-sistémicos.

En lo que respecta a la Asamblea Constituyente, el MAS hace lo que sabe hacer, a partir de la herencia política que señalamos, busca controlar el desenvolvimiento de la Asamblea. No le entra en la cabeza que lo mejor era que los movimientos sociales, representados en la Constituyente, se desarrollen, organicen y funcionen libremente. Un celo estatal, sobre todo, patriarcal, la del caudillo, imprime la incidencia de un control que buscaba ser totalitario. Las decisiones que se tomen deberían corresponder a los mandatos de la cúpula política; no cabía en la mentalidad gubernamental la idea de la construcción colectiva de las decisiones políticas. Empero, como en toda relación, no solamente una parte de la misma relación es la responsable de lo que ocurre; la otra parte, es decir, los constituyentes devenidos de los movimientos sociales, tampoco opuso gran resistencia a este celo estatalista, gubernamental y patriarcal, salvo en lo que respecta a las organizaciones indígenas, de tierras altas y de tierras bajas, que intentaron incidir en las decisiones que se tomaban en la Asamblea Constituyente. Sin embargo, la representación indígena era minoritaria en la Asamblea; la representación mayoritaria era campesina y de otras organizaciones sociales, básicamente de trabajadores, preponderantemente cooperativistas mineros.  El MAS tenía sus representantes directos, del partido, principalmente en los constituyentes de Chapare y también en los constituyentes de las ciudades. En estas circunstancias, la mayoría de los constituyentes estaban más propensos a la obediencia que a la decisión y actuación propias.

Entonces, tal parece, ocurrió como que los dados estuvieran echados; con un gobierno paternalista, un partido de gobierno patriarcal y caudillista, además con una mayoría de constituyentes más propensos a la obediencia, la iniciativa en la toma de las decisiones quedaba a cargo de la estructura palaciega del “gobierno progresista”. Por otra parte, no hay que olvidar que en ese entonces el gobierno gozaba de gran prestigio ante las masas. El pragmatismo de la mayoría de los constituyentes del campo popular les hacía pensar que, en todo caso, lo que haga el gobierno no estaría mal, y si había errores, eran “nuestros errores” y se podían enmendar. Este pragmatismo fue una trampa en el funcionamiento de la Asamblea Constituyente. Gobernantes y constituyentes de la mayoría cayeron en la trampa de este pragmatismo. La suma de los errores fue socavando la fuerza misma de la Asamblea; peor aún, la falta de organización propia, en lo que respecta a las estructuras organizativas de la Asamblea, derivó en una dependencia agobiante, a tal punto que los constituyentes de mayoría no atinaban hacer nada solos sin contar con no solo con el visto bueno del gobierno, sino, sobre todo, sin contar con la decisión misma gubernamental.

Este es el contexto en el que se desenvuelve el proceso desconstitutivo. Una vez promulgada la Constitución, el gobierno y los órganos de poder tenían la tarea de realizar y materializar, jurídica, política e institucionalmente la Constitución. ¿Cómo lo hacen? De la única manera que sabían hacerlo, de acuerdo con la herencia nacional-popular y de la izquierda tradicional; optando por un desarrollo legislativo vertical. La comprensión de la Constitución fue desechada; se prefirió la interpretación rápida, improvisada, aunque con amplia difusión y propaganda, además de la compulsiva publicidad. En estas condiciones, donde la iniciativa colectiva es inhibida, los ministerios cobran peso operativo y encaminan los primeros pasos del desarrollo legislativo. Aquí, el saber de los ministerios, que es un saber burocrático, vinculado a la herencia de los aparatos del Estado, va no solamente empobrecer los alcances del desarrollo legislativo, sino que incluso va a impedir un desarrollo legislativo de acuerdo con el paradigma plurinacional, comunitario y autonómico de la Constitución. En consecuencia, se va a tener un desarrollo legislativo que deriva del espíritu anacrónico de la antigua Constitución.

Entonces, el proceso des-constituyente se desata de este contexto histórico-político, de esta correlación de fuerzas, de esta composición política y social. Todos los engranajes de la maquinaria estatal estaban armados para des-constituir la Constitución, que es la expresión del pacto social logrado dramáticamente, conllevando la configuración de los deseos, esperanzas, pasiones y proyectos de las multitudes.

 

 

 Crítica a la “razón” constituyente

Usamos “razón” en sentido metafórico, haciendo paráfrasis políticas a las críticas kantianas. Como dijimos en Crítica de la ideología jurídico-política[6], se trata de una ideología, no así exactamente de una razón. Por lo tanto, no se hace mención de ninguna sin-razón, sino a un uso de la razón instrumental, que ayuda a construir una de las formas de la legitimación, concretamente, la estatal. La Constitución, tal como fue concebida en el periodo inicial liberal, corresponde a la construcción del Estado-nación, mejor dicho, la república. En las comisiones de la Asamblea Constituyente no se planteó este problema, que era fundamental: ¿El Estado Plurinacional requiere de una Constitución?  La Comisión Visión de País presentó un documento, de “minoría de izquierda”, conformada por lo que se consideró inapropiadamente una astucia de la mayoría de la comisión, evitando un documento de minoría de “derecha” – no era otra cosa que una maniobra burda -. En el documento de “minoría de izquierda” se cuestionó el carácter unitario del Estado Plurinacional; proponiendo, mas bien, que el Estado Plurinacional corresponde a una Confederación de naciones. A pesar de la burda maniobra de la mayoría, el documento de “minoría de izquierda” es altamente sugerente y apropiado. Quizás fue el único documento reflexivo y pertinente de la Asamblea. Sin embargo, lo que faltó reflexionar fue si un Estado Plurinacional, es más, Comunitario y Autonómico, requería de una Constitución.

En los términos del discurso liberal, sobre todo jurídico-político, la Constitución es la Carta Magna, la matriz de las leyes del Estado. Al hablar del Estado-nación, el Estado moderno, liberal por excelencia, la Constitución supone el mito del Estado, la genealogía de la nación. Cuando se trata de varias naciones, reconocidas no solo constitucionalmente, sino desde distintas perspectivas, enfoques y acepciones histórico-culturales, no parece adecuado poner como cimiento jurídico-político una Constitución, sino, en todo caso, podría decirse, varias; es decir, por lo menos, una pluralidad de constituciones. Este parece ser un problema crucial histórico-político-social-cultural. Si consideramos que la movilización prolongada fue característicamente de inclinación autogestionaria, entonces, se puede concluir que los imaginarios radicales, en el sentido de Cornelius Castoriadis, de los movimientos sociales anti-sistémicos fueron traicionados por la ideología jurídico-política estatalista subyacente.

La “razón” constituyente corresponde, en su despliegue, a la razón de Estado. En otras palabras, para decirlo figurativamente, recordando a una película, el huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman, se encontraba ya en la misma Asamblea Constituyente. Exagerando, atendiendo a la explicación del proceso des-constituyente, podemos interpretar de que la Asamblea Constituyente, cuya tarea era la de establecer las bases jurídicas-políticas del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, nace des-constituida.

Volviendo a las reflexiones anteriores, no solo se trata de la repetición reiterativa del círculo vicioso del poder, que es la tesis principal de nuestra crítica del poder y de las dominaciones, tampoco solo de la responsabilidad gubernamental en la conducción del proceso de cambio, compartida con la responsabilidad de las organizaciones sociales, sino también de que el acto mismo constituyente está ya preñado del proceso des-constituyente, cuando se trata de ir más allá del Estado-nación.

Como dijimos antes, no se trata, de ninguna manera, de que los gobernantes eludan su responsabilidad, tampoco de que lo hagan las organizaciones sociales, así como no puede hacerlo el pueblo, sino de comprender de cómo funciona el poder. En el crepúsculo de la modernidad, dadas las experiencias sociales acumuladas, así como las memorias sociales, es sumamente pertinente e indispensable preguntarse sobre este apego de las sociedades institucionalizadas al círculo vicioso del poder. Esta crítica, de ninguna manera propone el fracaso de la utopía, que es el principio esperanza de las sociedades humanas; mucho menos unge de valor a los escepticismos, pragmatismos y voluntades de nada conservadoras y liberales. Sino que busca comprender las condiciones de posibilidad, así como las condiciones de imposibilidad, históricas-política-culturales, de la realización de la utopía en la civilización moderna.

Sabemos que no es exactamente una razón, ésta la de la “razón” constituyente; se trata, más bien, de habitus, de prácticas, de esquemas de conductas y comportamientos. Sin embargo, estas prácticas y estos esquemas de conducta vienen acompañadas por formaciones discursivas, prácticas discursivas, imaginarios heredados, es decir, por la ideología. La razón abstracta es usada como instrumento operativo en la construcción ideología, en la pretensión de legitimación. La “razón” constituyente fue como la operación ideológica que le jugó una mala pasada a los movimientos sociales anti-sistémicos que llegaron a la Asamblea Constituyente.

 

 

 

 

 

[1] Raúl Prada Alcoreza: Proceso constituyente. Comuna; La Paz, diciembre de 2005.

[2] Ver Horizontes de la descolonización.  También Acontecimiento político; así como Laberinto generalizado.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/horizontes__de_la_descolonizacion.d.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/stacks/715dbb6b8faf4b70bef012832f796319-

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/laberinto_20generalizado_202.

[3] Ver Crítica de la ideología ii .  https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_ideolog__a_ii_de57ea240bb751.

[4] Ver Fuerza social y vacío político. https://issuu.com/raulprada/docs/fuerza_social_y_vac__o_pol__tico_2.

[5] Ver Cuadernos Activistas, Serie Acontecimiento político. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/stacks/715dbb6b8faf4b70bef012832f796319.

[6] Ver Crítica de la ideología ii. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_ideolog__a_ii_de57ea240bb751.

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La metamorfosis institucional perversa

La metamorfosis institucional perversa

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Sistema de la culpabilización generalizada

 

 

metamorfosis

Dedicado a Jhiery Fernández, víctima del sistema de administración de justicia de la extorsión y la culpabilización generalizada. 

 

 

No todo lo que pasa se conoce, no todo lo que se conoce se nombra; cuando se lee lo que se nombra se termina creyendo que lo que se nombra es el mundo efectivo; solo es parte del mundo de las representaciones. Lo más reductivo resultan ser los nombramientos políticos, así como los nombramientos ideológicos, pues se trata de nombres demasiado circunscritos, muy cercanos de los prejuicios y de los esquematismos. Peor aún, cuando se trata de nombres jurídicos, es decir, de nombres que juzgan; mucho peor de nombres que condenan. Entonces, estamos ante un mundo de las representaciones demasiado fijos, anclados en el nombramiento de la pena y del castigo. El problema es que son estos nombres los que se usan para decidir sobre la vida o la muerte, sobre la libertad o la condena. Otro problema, es el que los que emiten el discurso de la condena sean jueces que creen que el acto de juzgar es meramente un acto de poder, de ejercer poder. La justicia queda como vaho discursivo inalcanzable; lo que se aplica es el pragmatismo más cínico, el oportunismo más desenvuelvo, el descomedido interés en preservar la estructura de poder consolidada.

Eso, lo que acabamos de expresar, es como el marco teórico de las interpretaciones del ejercicio del poder y de la administración de justicia. Empero, cuando nos adentramos a los sucesos tal como acontecen, relativos a estos asuntos, entonces nos adentramos en profundidades dramáticas, donde las manifestaciones develan la elocuencia de lo inconcebible. El caso del bebé Alexander nos muestra el alcance del fenómeno nombrativo y normativo, del uso del lenguaje especializado y de su aplicación en la administración de justicia. Los nombres de la administración de justicia son lapidarios; “culpable” es un denominativo categórico, que define y decide el destino del o de la juzgada.  El contenido del discurso jurídico no solo es el “delincuente” sino el “culpable”. El diagrama de poder de la disciplina, que contiene al discurso jurídico, particularmente aquél dedicado al veredicto de la condena, produce “culpables”.

El o la “culpable” es no solamente el contenido de la forma del juzgar sino es el sujeto indispensable para la reproducción del diagrama de poder que juzga, pena y castiga. Sin “culpables” no hay posibilidades de encarcelar, de cargar la condena en el o la “culpable”; el sistema de la administración de justicia no podría reproducirse.  El discurso ligado a la invención de la arquitectura carcelaria se justifica diciendo que se trata no solamente de suspender los derechos y privar de libertad al “delincuente”, sino de rehabilitarlo para su reincorporación social. Este supuesto objetivo del proyecto y después construcción de la cárcel han fracasado; las cárceles no han servido para rehabilitar, menos para reincorporar a los y las encarceladas, pues no solamente quedan marcadas de por vida, sino que, usando los mismos términos del discurso penal, no se rehabilitan ni se incorporan a la sociedad. Se conforma una sociedad subterránea de los y las gentes marcadas por la condena. Sin embargo, a pesar de haber fracasado el proyecto carcelario persiste. ¿Por qué?

Se ha montado toda una arquitectura institucional, un conjunto de mallas institucionales, dispositivos y disposiciones en la geografía social, toda una burocracia de funcionarios especializados que atienden la administración de justicia, acompañada por encargados de velar el orden y el cumplimiento de la ley, la policía, que resulta inconveniente desmantelar esta arquitectura, estas mallas, estos dispositivos y disposiciones,   esta burocracia de funcionarios y profesionales especializados, esta policía, pues se dejaría seseantes a toda este contingentes de personas, encargadas de hacer funcionar el sistema. En estas condiciones y circunstancias la prioridad se convierte el de preservar y reproducir el sistema de administración de justicia. ¿Dónde queda la justicia misma, es decir, aquella que juzga y dirime sobre la inocencia o la culpabilidad? Para decirlo en términos del sentido verídico pretendido por el discurso jurídico: ¿Dónde queda la verdad?

Si tuviéramos que sopesar sobre la importancia de los personajes de la narrativa jurídica, siendo uno de ellos él o la “inocente”, siendo otro de ellos, entre otros más, el o la “culpable”, tomando en consideración todavía sólo estos dos personajes nombrados, podemos decir que el personaje que tiene más peso es la o el “culpable”. Dado el caso extremo, por cierto, hipotético, de que todos fueran inocentes, no habría razón para la existencia de una administración de justicia y de una policía. El o la “culpable” es una necesidad para la reproducción del sistema judicial y del sistema policial. Entonces, es un requerimiento el “descubrirlo”, señalarlo o, en caso necesario, inventarlo. Podemos decir que estos procedimientos son inherentes al sistema, son parte de su funcionamiento y reproducción. Siendo ya esto una calamidad, pues un sistema de estas características no debería formar parte del sistema social, la problemática se ahonda cuando la invención de la o el “culpable” se convierte en la práctica recurrente de la administración de justicia; más aún, cuando se lo hace de manera grotesca. Por ejemplo, cuando se impide la debida defensa, cuando se desechan los informes de investigaciones y pericias, cuando no se escucha a testimonios, cuando se declara en reserva el proceso judicial en marcha, ocultando al público lo que se hace y la marcha misma del proceso. Cuando se inculpa a alguien que ni siquiera estuvo en el lugar de los hechos que se juzgan. Cuando no se guardan ni siquiera las apariencias de un proceso judicial se emprende la práctica de lo grotesco a beneplácito de jueces y fiscales comprometidos. La pregunta es: ¿si es así, de este modo se garantiza la reproducción de la administración de justicia?

Todo sistema requiere de su propio funcionamiento interactivo entre subsistemas, requiere de retroalimentación, requiere mantener el equilibrio del sistema mismo, para que no entre en crisis. Cuando no ocurre esto, el sistema entra en desequilibrio, en crisis. Ahora bien, ¿qué pasa cuándo un sistema funciona de otra manera, por ejemplo, exacerbando la invención del “culpable”? Cuando no importa el cumplimiento de los procedimientos reglamentados, cuando lo que importa es forzar un veredicto antelado: “culpable”. Si un sistema funciona de esta manera y no colapsa como se espera, es que no se esta en el sistema nombrado sino en otro sistema. No es ya un sistema de justicia sino un sistema de culpabilización generalizada. Un sistema que convierte a todos en “culpables”, anteladamente, mientras no demuestren lo contrario. Parece una antípoda del sistema de justicia liberal, por lo menos expuesto teóricamente. Como dijimos en ensayos anteriores, se trata de un sistema de extorsión.

 

 

 

 

 

La dramática muerte de un bebé en manos de un sistema de extorsión

El drama de gran parte de los bebés que nacen en Bolivia quizás se resuma, obviamente de manera trágica y breve, en el corto lapso de vida que tuvo el bebé Alexander, y la larga muerte que le sucede, pues el aparato administrativo de justicia se apoderó de la muerte para hacer escarnio en el cuerpo de un inocente, un médico que ni siquiera tuvo contacto con el bebé, que fue llevado en condiciones lamentables al Servicio Departamental de Gestión Social (SEDEGES) de La Paz, cuatro meses antes de morir. Según la crónica que reproduce Rascacielos, suplemento de Página Siete, “presentaba varios problemas de salud, relacionados al maltrato y al abandono: desnutrición, baja talla, problemas gástricos y dérmicos, además de intolerancia a la lactosa”[1]. El sistema de administración de justicia requería de un “culpable” para cerrar el caso.

“La mañana del 13 de noviembre de 2014, Alexander, de ocho meses, fue evacuado del Hogar Virgen de Fátima, dependiente de la gobernación de La Paz, sin signos vitales. Lo trasladaron desde obrajes, en la zona Sur, hasta el Hospital del Niño, en Miraflores, donde le practicaron la primera reanimación tras un paro cardiaco. Por falta de espacio de Terapia Intensiva, el pequeño fue derivado al Hospital Juan XXIII de Munaypata, donde los médicos alertaron sobre signos evidentes de maltrato, sangrado y lesiones en la región anal. Luego de sufrir tres paros y luego de una falla multiorgánica, Alexander falleció a las 18:30 de ese mismo día”[2]. Este es el desenlace fatal en un país que no tiene capacidad de asistir a los bebés en condiciones parecidas.

Lo que viene después es el diferimiento perverso de su muerte, diferimiento administrativo, de parte de un sistema de justicia carcomido por la corrosión institucional y la corrupción galopante, siendo ya parte atravesada y cooptada por el lado oscuro del poder. “El primer informe, realizado en el Juan XXIII, estableció que la hemorragia fue consecuencia de una posible “penetración antinatural”: una violación. Teoría que fue puesta en duda por los peritos que realizaron la necropsia”[3]. Aquí empieza la vía crusis de Jhiery Fernández, el médico acusado e imputado y después condenado por la fiscalía. “Después de cuatro años, varias dudas se mantienen. Según el abogado Cristian Alanes, defensor de Fernández, el proceso se inició con la pericia de la doctora Ángela Mora, quien fue enviada al hospital Juan XXIII (donde falleció el bebé) para tomar un hisopado, que, en cadena de custodia, debía ser remitido al IDIF. En lugar de eso, sin ninguna orden, hace una valoración forense y llega a determinar que ‘no se descarta’ una agresión sexual. El jurista sostiene que la sentencia al médico se sustenta en dos indicios que, en su opinión, no pueden ser considerados como pruebas. El primero es que, según el Tribunal de Sentencia, el único varón presente el 13 de noviembre de 2014 en el Hogar Virgen de Fátima era Fernández. El segundo, que el hisopado en el recto del bebé evidenció la presencia del Antígeno Prostático Específico (PSA, por sus siglas en inglés). El PSA es una proteína sin núcleo que no puede usarse para determinar ADN. Si bien solo es producido por un hombre adulto, únicamente las evidencias genéticas pueden establecer si hubo agresión sexual o contacto con la víctima”[4].

Lo que sigue confirma la invención del “culpable”. No solamente el sistema judicial, sino también la forma de gubernamentalidad clientelar requerían señalar un “culpable”. Ante la evidencia de la vulnerabilidad de los bebés, las grandes debilidades del sistema de salud, las airadas interpelaciones públicas, que buscaban justicia, el descontento acumulado por parte del pueblo ante su propio desencantamiento de un “proceso de cambio” que no existe, se busca una solución rápida, cueste lo que cueste. Se opta por un montaje atroz para castigar y condenar al sospechoso. “El presidente del Colegio de Médicos de La Paz, Luis Larrea, asegura que una revisión genética de todas las muestras recolectadas del bebé (en los pañales y una manta) demuestra que no hay presencia de ADN Fernández. Esto fue incluido en el cuaderno de investigaciones, pero no fue valorado. No son las únicas pruebas que se descartaron. La asambleísta Vilma Magne dice que hubo ‘varios detalles que podían haber servido para la investigación”, pero que la Fiscalía ‘nos ha amedrentado con el argumento de que estábamos estorbando las pericias’, lamenta. Uno de los detalles que llamó la atención fue que, en una indagación en el hogar, los asambleístas se enteraron de que el día previo a su muerte, Alexander tenía consulta médica programada a la que no fue llevado. ‘Nunca supimos la causa, no hubo explicación. Si la lesión era de días, ahí podría haberse encontrado’, y añade que ‘cuando se hizo requerimiento de la necropsia no pudimos acceder a los resultados porque se declaró reserva de 10 días que se han extendido por más de tres años’. Días después de la finalización del juicio oral, la presidenta del Tribunal Décimo de Sentencia de La Paz, Patricia Pacajes, admitió que Fernández fue declarado culpable sin pruebas científicas que evidencian su autoría”[5].

Se puede decir que éste es el estado de situación no solo del sistema de administración de justicia, sino también de los otros sistemas que conforman los aparatos administrativos del Estado; tanto el Fiscal General como el Fiscal de La Paz son militantes del partido de gobierno; son las autoridades involucradas en la invención del “culpable” en el caso del bebé Alexander. Por otra parte, los jueces involucrados del Tribunal de la Sala de Sentencia son tanto resultado de lo que ha venido aconteciendo desde las magistraturas impuestas, pese a la derrota electoral de magistrados, cuando ganó el nulo por dos veces consecutivas, como también de la herencia de gestiones de gobiernos anteriores. Se sumaron dos tendencias, una pasada y otra reciente, en la marcha descalabrada de la corrosión institucional. Entonces, también se trata, no solamente de juristas, sino de hombres de gobierno.  Es un estado de situación del Estado-nación, que se autonombra como “Estado Plurinacional”.

Antes identificamos este derrumbe como decadencia, pero no basta esta definición general en una etapa en el círculo vicioso de poder; tampoco mencionar los alcances de la degradación ética y moral. Sino de cómo funciona este disfuncionamiento estatal. Lo que funciona es el sistema judicial de la extorsión generalizada y de la culpabilización generalizada. Lo que funciona es el lado oscuro del poder, que ha subsumido el lado luminoso del poder, el lado institucional. En consecuencia, las normas y las reglas de las formas institucionales no son las que rigen efectivamente, salvo como apariencia, las prácticas efectuadas en las mallas institucionales del Estado, sino las “normas” y “reglas”, si podemos hablar así, del lado oscuro del poder. Entonces, cuando las formas paralelas del poder del lado no institucional no solamente atraviesan a las mallas institucionales del lado luminoso del poder, sino cuando lo han subsumido, el funcionamiento de las instituciones estatales se ha transformado, ha sufrido sus mutaciones y metamorfosis, convirtiéndose en máquinas no ya del Estado-nación como tal, sino del super-Estado del lado oscuro del poder.

Llamemos a este fenómeno el de la metamorfosis perversa del Estado y de las instituciones. Para acercarnos a la comprensión de este fenómeno démonos un ejemplo, por cierto, figurativo; ocurre como se inoculará un virus al interior de las máquinas institucionales; desde adentro, el virus avanza, empieza a contaminar a toda la estructura institucional, va tomando sus partes, hasta que termina de controlar. Como se puede ver, no es un fenómeno meramente endógeno, pues el patógeno parece provenir de afuera, de la exterioridad y los entornos institucionales; pero, cuando una vez se afinca adentro, el proceso de deterioro de corrosión institucional aparece como un proceso interno. El problema es que, a pesar, de haberse transformado la máquina institucional sigue guardando la apariencia de que nada pasó, se presenta como si no hubiera sufrido las mutaciones y las metamorfosis de las que hablamos. Por eso, los usuarios de las instituciones no se dan cuenta lo que ha pasado, incluso, se puede decir, que tampoco los funcionarios, pues les termina pareciendo que este funcionamiento “anómalo”, por así decirlo, es “normal”. Entonces, tanto usuarios como funcionarios son arrastrados a los efectos incontrolables del nuevo funcionamiento de las instituciones. Se acostumbran a que sea así; y como cumplen con las rutinas, terminan reproduciendo las nuevas características de las máquinas del poder, las de la dominancia del lado oscuro.

El sistema de administración de justicia ha experimentado, hace tiempo, esta metamorfosis perversa institucional. El problema es que tanto usuarios como funcionarios se acostumbraron al monstruo que emerge de a crisálida institucional; lo reproducen en las prácticas, tanto de los funcionarios como de los usuarios. Aceptan las reglas del “sistema”, aunque no estén explícitamente institucionalizadas; las hacen funcionar de esa manera paralela, opaca y hasta oculta. Hay pues como una complicidad dada, aunque no plenamente aceptada, entre funcionarios y usuarios. Además, las otras instituciones colaterales y correlativas también funcionan de esa manera, coadyuvando en el disfuncionamiento del sistema judicial, visto desde la perspectiva institucional, o en el funcionamiento perverso del sistema, visto desde la perspectiva pragmática. Por ejemplo, la policía es la fuerza que hace cumplir la “ley” como administración de ilegalidades, es decir, el cumplimiento de la interpretación perversa de la ley. Así ocurre con las otras instituciones; otro ejemplo, el Congreso llega avalar esta metamorfosis perversa institucional. Por otra parte, también los medios de comunicación terminan “legitimando” este funcionamiento perverso, pues se atienen, en su mayoría, a emitir información sensacionalista, sin llegar a construir una información veraz. Incluso, la crítica cae en una especie de concomitancia, sin quererlo; pues busca también “culpables”, aunque se lo haga de otra manera. Con esto no se niegan las responsabilidades, personalizadas, sino que es indispensable entender que no se trata de sustituir a unos “malos” funcionarios por otros “buenos”. En el caso hipotético de que los haya, estos “buenos” funcionarios están condenados a actuar en una maquinaria institucional tomada por el lado oscuro del poder.

La salida al círculo vicioso del poder, en su etapa decadente y de mayor degradación, no se encuentra en la sustitución de personas, “buenas” en vez de “malas”, se trate del ejecutivo o de los otros órganos de poder del Estado, sino de desmantelar la máquina institucional tomada por el virus perverso inoculado por el lado oscuro del poder.

[1] Leer Alexander, el ángel y los infiernos. Suplemento Rascacielos 35/18. Página siete.

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

La pantomima del Gran Timonel

La pantomima del Gran Timonel

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

La pantomima del Gran Timonel

 

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Habría que hablar de la artificialidad, de esa cualidad de moverse en la superficialidad, de reducir el mundo a la zona de la apariencia; más allá de la cuál, incluso más acá de la cuál, la apariencia deja de brillar, deja de ostentar, se muestra opaca, escaza, incipiente, sin lograr expresar sentido o significación inteligible. El tema, al respecto, es que la clase política ha optado por la artificialidad como medio donde se despliegan sus discursos y se desenvuelven sus acciones. Es más fácil hacerlo; con esto se evitan complicaciones al momento de explicar. El mundo es simple, hay enemigos y, en contraposición, defensores del bien común, que se les antoja que corresponde a lo que pregonan como justicia o como libertad. Para dar un ejemplo ilustrativo, se puede encontrar este comportamiento artificial en el esfuerzo que hacen por posar para la foto. Lo importante es la pose y, después, la imagen lograda en la foto, que pretende transmitir la figura de un gran acontecimiento, aunque tal acontecimiento no se lo encuentre por ningún lado y solo se tenga el cuadro del montaje. Por eso, todo se reduce al espectáculo, pero a un espectáculo de mala calidad; donde la trama, si podemos sostener que haya algo así en este montaje, es harto inocente y harto elemental. Se supone, que lo que se ve en la fotografía es la imagen de un “gran hombre”, de un “gran líder”, de un “gran conductor”, aunque no se encuentre esa grandeza por ningún lado, salvo la estridencia del montaje, donde el personaje aparece estereotipado y como empolvado en maquillaje, que hace desaparecer su rostro real.

El problema es que, por el concurso de los medios de comunicación de masa, este montaje ingenuo termina por irradiar en el público, quién acepta la pretensión del montaje, la narrativa épica de mal gusto y forzada. Entonces se asume, que la imagen acartonada es la de un “gran hombre”, un “gran líder”, un “gran conductor”. Este montaje sustituye a la historia efectiva; como la historia la escriben los vencedores, sobre una población de muertos, entonces esta triste narrativa, pobre y elemental, se convierte en el imaginario mediático, en “historia”. La historia es reducida a la apología exacerbada de un hombre sin atributos. La historia oficial, es más, la historia estatalizada, la historia política, está llena de esta clase de hombres, los cuales se han convertido en “grandes hombres”, mediante el montaje estereotipado de la propaganda y la publicidad.  Los aparatos ideológicos se han encargado de remachar en este asunto; han tomado en serio semejante desgarbada narrativa; es más, la han usado para imponer el poder a como de lugar, con grandes costos humanos; el poder de este desabrido proyecto que encandila a las masas.

Pero, el mundo efectivo está lejos de reducirse a las zonas de la artificialidad; la complejidad dinámica del mundo desborda exhaustivamente por todos lados; sin embargo, la propaganda y publicidad mediática logran ocultar estos desbordes, estos espesores de la realidad efectiva; logran enceguecer a las masas. Ahora bien, cuando se observa adecuadamente, cuando se mueven  los ojos y la mirada se desplaza, entonces se ve lo que sostiene el montaje; el armazón improvisado para presentar la imagen sin contenido; el paisaje triste y lóbrego que se esconde detrás del escenario; sobre todo, el costo humano, los crímenes de lesa humanidad. La realidad que se descubre es que estos “grandes hombres” son, en realidad, grandes asesinos.

Desde la crítica se dice que hay que reescribir la historia, incluso que los vencidos la escriban, pues así se puede obtener la verdad histórica. Pero, no se trata de la verdad, de escribir, de reescribir, tampoco de obtener la verdad; se trata de comprender lo que ha acontecido y lo que acontece. Ya el desplazamiento de la mirada fuera del escenario montado es un avance, pero no suficiente, pues cuando se busca interpretar lo que se ve más acá y más allá del escenario, se recurren a las herramientas a mano, a los paradigmas heredados, a los conceptos usuales. Todo esto está cargado de las impresiones que dejan las puestas en escena del poder, los conceptos transfieren las significaciones que ha hendido el poder; entonces, a pesar de haber visto otro panorama y otros paisajes, que no se encuentran en la fotografía montada, se termina interpretando lo que se descubre a partir de la narrativa del poder. Para interpretar adecuadamente lo que la mirada devela es menester salir de esta herencia epistemológica del poder. Es menester construir interpretaciones a partir de la experiencia del acontecimiento.

 

 

 

 

 

 

 

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Iósif Stalin y sus émulos de toda laya

Una pregunta pertinente: ¿Cuánto afecta la artificialidad a la realidad efectiva, sobre todo social, ciertamente, para el caso, humana? Revisando la historia política de la modernidad, sobre todo, la relativa a las llamadas revoluciones, vemos que cuando un enorme gasto heroico social, que produce las multitudes rebeladas, es usurpado por un grupo de representantes de la “revolución”, que pretenden encarnarla; cuando, entonces, comienza el desenvolvimiento de la artificialidad y la conversión de lo ocurrido en la banalidad de un presente sin gloria; el efecto es destructivo; se destruye el tejido social que compuso el gasto heroico multitudinario, que se rebeló contra la historia y contra la realidad. Las multitudes heroicas son sustituidas por fantoches, mitos de la convocatoria, reducida a la estridente propaganda y a la publicidad sin imaginación.  La “revolución” se institucionaliza y muere convertida en momia sin seducción; la cual se parece más a todos los cadáveres, solo que conservados artificialmente.

Habría que encontrar un ejemplo de la artificialidad política e ideológica llevada al extremo, ese ejemplo es Iósif Stalin. El PECUS ha presentado, durante toda la era de dominación estalinista, una estampa, una imagen estereotipada, una figura apologética del Gran Timonel; un rostro de fotografía publicitaria, sin rasgos vivos, al estilo del arte realista del socialismo real. Lo paradójico de este realismo es que presenta una cara irreal, sin arrugas, sin pecas, sin rastro de vida, un retrato inmaculado; el rostro del ángel exterminador. El ángel socialista exterminó a más de veinte millones de personas a nombre del paraíso terrenal, del porvenir socialista; acabó con todo el Comité Central del PCUS de la época de Vladimir Ilich Lenin, se deshizo de miles de colaboradores, que cumplieron fielmente sus ordenes liquidadoras; no era que dejaron de ser leales, sino que eran memoria viva de las ejecuciones ordenadas. Saboteó la revolución española, llevándola a la derrota, ensañándose con los anarquistas, quienes empezaron la revolución y la ganaban, tomando los territorios; se ensañó con trotskistas, socialistas y republicanos que no seguían la estrategia del Partido Comunista. Sacrificó la revolución española por la sobrevivencia de la Unión Soviética, que ya no parecía ser la Patria Socialista, sino una monarquía barroca, que se reclamaba “socialista” y tenía como conductores a un partido de funcionarios leales y sumisos, aterrorizados por la presencia de Stalin hasta en la sopa. Boicoteó también la revolución griega y la revolución italiana, donde los “comunistas” eran preponderantes en los ámbitos políticos de posguerra.

Estamos ante la elocuencia aplastante del poder, que se encarna en un hombre, llamado el Gran Timonel, el caudillo supremo, el Gran Patriarca, el padre de todos los tiempos del socialismo real. Pero, no es un hombre real, es un nombre construido por la propaganda compulsiva y la publicidad sistemática, por una ideología reducida a la narrativa ingenua y, a la vez, grotesca, de un “socialismo” sin espesores, incluso sin porvenir, pues era como la versión del castigo en un presente lleno de culpabilidades y de culpables. Un presente donde prepondera la consciencia desdichada.

El modelo de Stalin, como imagen suprema, absoluta, del poder personalizado, del culto a la personalidad, al extremo de su divinización, a pesar del ateísmo pregonado, es como el referente genealógico e imaginario de las formas de gubernamentalidad carismáticas, que vienen después en esa modernidad tardía y acongojada de la posguerra, incluso, después, de la paz imperialista, del nuevo orden mundial, y, recientemente, de la paz del imperio, del consenso logrado en la geopolítica cambiante del sistema-mundo capitalista. Si bien, se puede encontrar que los émulos que vienen después no reproducen los extremos de la compulsión del poder absoluto, que deshabita a la sociedad, dejándola desolada al extremo; émulos barrocos, que combinan rasgos estalinistas y rasgos de dictaduras locales y criollas, que mezclan discursos socialistas trasnochados y antiguos discursos de convocatorias nacional-populares, lo revelador es que se comportan como síntomas de una regularidad asombrosa; la de la compulsión del poder absoluto, por lo menos, como deseo

Lo que llama la atención en estas historias políticas, que, además, se reclaman no solo de “socialistas”, sino también de populares, por lo tanto, de justas, es que lo que se impone es el imaginario político delirante del más descarnado patriarcalismo; es decir, la versión más cruda de la dominación masculina; la dominación más genérica del poder. No solo llama la atención porque semejante ideología, recalcitrantemente conservadora, se autonombre como “revolucionaria” y “socialista”, sino que tantas máquinas de poder, partidos comunistas, organizaciones socialistas, incluso movimientos populistas, hayan trabajado para lograr la irradiación absoluta de un imaginario, la de la narrativa épica moderna, por cierto, anacrónica, por cierto, mítica, en un mundo moderno que se reclamaba de “científico” y “técnico”. Estos contrastes asombrosos forman parte del desenvolvimiento paradójico de las formas políticas modernas.

La pregunta es: ¿Por qué esta masiva entrega al apocalipsis político, no solamente a la de la guerra que se avecinaba, sino a la guerra interna, sin cuartel, del Estado contra todo lo que le sonaba de sospechoso? Hay que buscar en las paradojas, en el desenvolvimiento paradójico del mundo efectivo, alguna interpretación, más o menos coherente, de este comportamiento político e ideológico suicida. El Gran Timonel, el templado como el acero, que era la carta de presentación, además del mote, en realidad expresa, ocultándolo, el gran miedo. Para decirlo en términos del sentido común, el miedo de la mediocridad es a todo lo que parece sobresalir, lo que parece ser incontrolable, lo que no se entiende, precisamente por el despliegue de sus desmesuras. El comportamiento mediocre, el pensamiento mediocre, si se puede hablar así, por lo menos para ilustrar, tiene que reducir el mundo efectivo al mundo representado en su limitado entendimiento, al estereotipo esquemático dualista de buenos y malos, de fieles e infieles, de amigos y enemigos, de angelicales y endemoniados.

Otra cosa que llama la atención es que, semejantes aparatos ideológicos tomaron en serio las más ingenuas y grotescas tramas en las narrativas desapasionadas y odiosas de la propaganda del comunismo burocrático. ¿Nadie se dio cuenta de la elementalidad y simpleza extrema de las narrativas políticas que emitían? ¿O no importaba que fuese así, sino que se requería del acompañamiento de la inercia de un discurso que expresa cualquier cosa respecto de la justificación de las acciones más espantosas? Hay comunistas burocráticos, funcionarios comunistas, que todavía dicen, para justificar los crímenes de lesa humanidad, que era menester el pacto Hitler-Stalin, para ganar tiempo y preparar la defensa de la Patria Socialista; que a pesar de todas las contradicciones y limitaciones, el ejercito rojo le gano la guerra al ejercito alemán, al implacable y mecánico ejército de la wehrmacht. La guerra se gano a pesar de Stalin, incluso en contra de él; la ganó el pueblo ruso, su capacidad de resistencia, de defensa y de sacrificio. El pacto con Hitler fue la muestran de que se puede llegar al más descarado cinismo retórico para justificar la traición a la revolución mundial y al proletariado internacional. Otra cosa que llama la atención es que semejante descarnado cinismo se haya tomado en serio por los llamados “partidos comunistas”. Esta actitud basta para tener la certeza de lo que eran, la inquisición moderna desplegada en los países donde los pueblos apostaron por la rebelión anti-capitalista y la esperanza de un porvenir socialista.

La experiencia social política es el substrato del aprendizaje social; sin embargo, parece que los pueblos no aprenden; prefieren insistir en lo consabido, que es un elemental esquematismo, incapaz de comprender las dinámicas de la complejidad, sinónimo de realidad. Otra pregunta: ¿Por qué es insistente y perdurable el deseo del amo, el deseo de ser dominado? Esta es quizás la pregunta crucial, al momento de buscar entender los desenlaces en las historias políticas de la modernidad, sobre todo, de las llamadas “revoluciones” de toda clase y todo tipo. No es fácil responder a la pregunta, no solo porque requiere investigaciones en profundidad históricas, políticas, sociales y culturales, sino por qué no hemos descifrado lo que hicieron en nosotros las genealogías del poder, las inscripciones políticas en la piel, las hendiduras de los diagramas de poder en la carne. Los sujetos sociales constituidos por los juegos de poder y las resistencias son todavía in-codificables y no interpretables, a pesar de lo que se haya alcanzado en las corrientes psicológicas, antropológicas y culturales.

No se trata, como lo hace la ideología, sobre todo en sus versiones fundamentalistas, de encontrar culpables. No hay culpables, salvo en el imaginario religioso, que trasuntó al imaginario burocrático “comunista”; hay responsabilidad en lo que ha acontecido y acontece. Son responsables no solo los directos involucrados en semejante pantomima “socialista” o populista, sino también los que toman en serio semejantes narrativas de la más ingenua y grotesca versión ideológica del “socialismo”; son responsables los liberales, peor aún, los “anti-comunistas”, que entienden por “comunismo” el código elaborado por su miedo a sus propios fantasmas, que es el miedo a sus propias “culpas”. Son responsables los intelectuales que presentan explicaciones insuficientes e inconsistentes, salvo por el aval académico, que les otorga la credibilidad institucional. Incluso los intelectuales críticos, que llevan la crítica a una especie de condescendencia con un realismo político tolerante, circunscrito en una utopía disminuida y potable para el sistema de las proliferantes máquinas de poder.

   

 

 

 

 

 

 

 

La comedia de los émulos

Los émulos son comediantes en comparación con su referente trágico; empero, no dejan de ser dramáticos cuando se tienen que evaluar las consecuencias. Destruyen el tejido social de las organizaciones sociales de las resistencias y de las luchas de liberación. Son efectivos en esta destrucción, pues lo hacen a nombre de nada más y nada menos que de la justicia social. Desarman a las masas, que escuchan sus discursos convocativos, que, al principio, pueden resultar sino del todo convincentes, por lo menos, ponderables en los ámbitos de las proclamas y las interpelaciones. Las masas no ven, de manera inmediata y directa, los contenidos conservadores de las proclamas y convocatorias altisonantes, tanto “socialistas” como populistas. Los que lo hacen, los que emiten estos discursos, ya no son los que alzaron su voz en condiciones difíciles y hasta aparentemente imposibles, sino otros, que lo hacen, cuando se toma el poder, cuando es cómodo y nada arriesgado hablar de la “revolución” concluida. Entonces, la marcha de los hechos es indetenible; se cree que hay que apoyar todo lo que hace el “gobierno revolucionario”, a pesar de las contradicciones y contrastes, pues la marcha del proceso continua adelante. Olvidan lo que ocurrió con otras revoluciones, olvidan la experiencia social política; las tienen registradas, pero no meditadas colectivamente.  Olvidan que hay puntos de inflexión, donde el poder utiliza la revolución para restaurarse; olvidan que, a partir de esos puntos de inflexión, comienza la regresión; se hace difícil, incluso imposible, la continuidad de las transformaciones. Olvidan que el acto heroico de las multitudes puede ser una tormenta para llevar en la cresta de las olas a las nuevas oligarquías y élites.

Puede que estas nuevas versiones “socialistas” no sean tan cruentas como la inicial, puede que las nuevas versiones “socialistas” no logren desplegar del todo las consecuencias de la compulsión absoluta del poder, sin embargo, dejan sus consecuencias, de altos costos sociales, de altos costos políticos, desarmando a las multitudes. El problema radica en lograr reencausar la crítica, que es la mejor defensa del proceso revolucionario, iniciado y perdido al momento de tomar el poder. El problema se manifiesta desmesuradamente cuando las masas apuestan por la esperanza, a pesar del desencanto, cuando la esperanza no es posible sin la iniciativa creativa de las multitudes rebeldes. El problema se hace patente y pesado cuando, usando la disponibilidad de fuerzas del Estado, los “revolucionarios” de pacotilla hacen exigencias desmedidas e incongruentes, demandando la lealtad al “proceso de cambio”, acusando a cualquier duda como sembrada por la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo”. De esta manera dejan en shock a las multitudes agobiadas por las preguntas que emergen de circunstancias altamente contradictorias. 

¿Cuál es el quid de esta cuestión insoslayable? Ya lo dijimos antes, lo repetimos, la clave de la dominación, la clave de la vigencia del poder, no radica en la disponibilidad de fuerzas de los que asumen y monopolizan los dispositivos del poder, no radica en los votos que pueden ostentar, como si fueran ganados por el prestigio, que no lo tienen; el secreto del poder radica en el mismo pueblo que deja hacer a los gobernantes, representantes y delegados suyos, lo que les antoje a estos.

La crítica del poder, por lo tanto, de las dominaciones, no solamente estriba en el funcionamiento de las máquinas de poder, sino en la crítica a las estructuras de las subjetividades construidas por los diagramas de poder. Crítica del comportamiento nihilista de las masas, presas fáciles de la irradiación destructiva de la propaganda, de la publicidad y de los medios de comunicación.  

Dilemas de la coyuntura

Dilemas de la coyuntura

Derrumbe o restauración del poder institucionalizado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Dilemas de la coyuntura

 

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Dedicado a Daniel Montañez, compañero anarquista.

 

 

De acuerdo al paradigma del tiempo, es decir del supuesto de sucesión, inventado por la literatura, antes que ella por las narrativas anteriores, incluyendo la trama del mito, los hechos transitan, que es como decir ocurren en el tiempo; pero si el tiempo no existe, sino es como un parámetro para medir lo que pasa, hechos, sucesos, eventos, acontecimientos, entonces tampoco hay transición de una condición a otra, de una situación a otra; para decirlo más fácilmente y de una manera espacial, de un punto a otro. Entonces como interpretar aquéllo que se nombra como transición, cuando se desenvuelve un acontecimiento. Desde la perspectiva de la simultaneidad dinámica, lo que pasa es que el acontecimiento acontece, se mueve, muestra sus contenidos, sus facetas, sus composiciones, aunque no pueda hacerlo con todas. Todo acontece en la simultaneidad de la complejidad dinámica, sinónimo de realidad. Para decirlo de otra manera, esta vez metafórica, figurando un juego, ocurre como en un juego de dados, los dados ya están tirados, hay que esperar su síntesis numérica, cuando el azar se realiza en la necesidad y la necesidad efectúa el azar.

A pesar de los parámetros del análisis político, en verdad, no hay transición política, salvo en el imaginario teórico, que usa al tiempo como lógica inmanente. Lo que supuestamente va a pasar y no se conoce, porque lo que pase se encuentra en el futuro inmediato, en la perspectiva compleja, ya está pasando, para decirlo de una manera simple y entendible, ya es un hecho. Por ejemplo, un acontecimiento político que se da, que emerge de los espesores del presente, se da de manera completa, mostrando sus contenidos y sus facetas, sus caras, aunque no todas, pues no puede mostrarse lo que la filosofía denomina la totalidad. El reciente evento político mexicano, con la victoria arrasadora de Manuel López Obrador, no apunta a un gobierno de transición, como había nombrado en un anterior ensayo[1], sino que muestra ya todo su entramado y todos sus desenlaces, aunque parte de ellos se encuentren sumergidos, opacos y hasta ocultos.

Había dicho que más que una victoria de MORENA se trata de un cambio de actitud del pueblo mexicano, que rompe con los habitus e incursiona en nuevos comportamientos, que también son antiguos, pues recupera la conducta rebelde de lo más propio de la revolución mexicana, aunque sea todavía el inicio de la alteridad. Al respecto mi compañero anarquista Daniel Montañez me hace la siguiente observación:

 


– En relación con el punto anterior, no creo que el triunfo de Obrador sea en ningún caso una transición que tenga que ver con, en tus palabras, “búsquedas de salida a la crisis múltiple del Estado-nación y del orden mundial”, todo lo contrario, Obrador es la reconstrucción del Estado-nación y del orden mundial (no hay más que ver lo bien que se lleva con Trump). Pero leyendo tu artículo entero me queda más clara que tu posición no es exactamente esta. Lo que quieres decir es que la gente a votado por Obrador para salir del desastre en el que nos encontrábamos. Con esto estoy de acuerdo. Pero luego dejas caer que lo que pasa es que la gente como que ha “despertado” y, más allá del triunfo de Obrador, se comienzan a vislumbrar cambios profundos. Con esto no estoy de acuerdo, respondo por qué en el siguiente punto.

– Creo que la victoria de Obrador se debe a su triunfo en dos planos: el táctico y el estratégico. Tácticamente ha sabido maniobrar muy bien para ganar en el norte del país. Obrador siempre tuvo el sur, Chiapas y Oaxaca, y podríamos incluso añadir en cierta medida la capital (porque la ganó en su día y luego se la quitaron los de su propio antiguo partido el PRD, pero era cuestión de tiempo que la iba a recuperar). Por otro lado, las zonas de intensidad comercial del norte, el golfo (Veracruz) y Yucatán, siempre se le escaparon porque los grandes empresarios tenían miedo de su halo de izquierda nacionalizadora. Entonces Obrador se centró en el norte desde hace varios años con una táctica bien sencilla: se alió con el PES (Partido ultraconservador antiabortista y homófobo) para demostrar que aceptaba la cultura conservadora norteña y les prometió no sólo no nacionalizar nada sino mejorar sus condiciones comerciales mejorando las relaciones bilaterales con EEUU. Además, y lo más importante, les prometió que acabaría con la violencia mediante el diálogo con el narco y la legalización de las drogas. Los empresarios del norte terminaron cediendo porque los otros partidos no les ofrecían sino más de lo mismo: guerras al narco, malas relaciones con Trump, etc., todo lo que lleva años sin funcionar. Así ganó al norte Obrador. Luego, la victoria en Veracruz y Yucatán fue producto del arrastre, usó los mismos argumentos, pero trabajó menos en esas regiones, por eso ganó con un margen más corto, pero ganó, al fin y al cabo. Sólo perdió en Puebla, pero parece que fue un fraude, igual no le importa porque no pierde nada sustancial. Cambio de punto para explicar el plano estratégico[2].

Aunque esté de acuerdo con las observaciones de Daniel, es discutible de que todo el merito se deje a la táctica y a la estrategia de MORENA, pues las organizaciones políticas no están solas en un mundo político vacío; lo es están porque se sitúan en un mundo poblado de pasiones, sensaciones, percepciones, memorias y comportamientos populares. Si se ha extendido la convocatoria de Juntos Haremos Historia es porque así lo ha querido la población votante. Ha llegado a un punto de inflexión, donde decidió votar masivamente de otra manera, porque quiere decir basta, primero en la tonalidad pasiva de la estadística electoral. El análisis crítico no debe enfocarse tanto en la táctica y la estrategia de MORENA, sino en lo que llamo cambio de actitud, ruptura de comportamientos del pueblo mexicano.  Si bien se pueden encontrar características comunes en MORENA, también en su extensión abigarrada, Juntos Haremos Historia, incluso en Manuel López Obrador, con otras experiencias conocidas, perfiles dados en las historias políticas de la modernidad, sobre todo en la historia reciente, la clave del desciframiento del acontecimiento no se encuentra aquí, en lo mismo, sino, mas bien, en la diferencia, en el cambio de actitud, en la ruptura con los hábitos acostumbrados.   Puede que sea pertinente la hipótesis que la táctica política haya encontrado respuesta, que la estrategia haya sido atinada, dadas las circunstancias sociales, políticas, económicas y morales, empero, esto reduce la comprensión colectiva a una especie de reacción pavlovista, al esquematismo estimulo-respuesta, como si el colectivo social no pensara, no tuviera criterio propio, basado en sus experiencias y su memoria social. Las vanguardias políticas siempre se han movido en este supuesto esquemático, ninguneando al pueblo convocado.

¿Por qué antes tácticas y estrategias parecidas, quizás menos elaboradas, incluso parciales, no han prosperado? La coyuntura es otra, es decir, la composición en los espesores de la coyuntura es otra. De lo que se trata es de describir adecuadamente la coyuntura, de interpretar la articulación integral de sus dinámicas moleculares y molares, el entramado de sus procesos; en esta descripción exhaustiva de la coyuntura percibir la gramática de las multitudes o, en su caso, de las muchedumbres. Para decirlo de una manera amorfa, de las masas. Pues, desde la perspectiva nómada, que forma parte de la perspectiva compleja, no hay acontecimiento sin intervención social; cuando el poder ejerce campante sus huellas inscritas en la piel y hendidas en el cuerpo, la pasividad social hace de recepción condescendiente con los diagramas del poder y las cartografías políticas. En contraste, cuando el poder se ve cuestionado, incluso interpelado, es más, desbordado por la movilización social, la condición activa social, inventiva y hasta en ruptura, abre horizontes de posibilidad. Lo que hay que visualizar en el cambio de actitud en los comportamientos electorales, de la manera como lo han hecho, de una manera masiva y cohesionada, mas bien afín, compartiendo el impulso o la motivación de decidir otra alternativa, por más limitada que pueda ser, desde la mirada vanguardista, son las razones profundas por lo que se los ha desplegado con esta actitud.

Los horizontes abiertos por los cambios de actitud social no son necesariamente vistos por las vanguardias, mucho menos por el análisis político; estos horizontes hay que descubrirlos en la penumbra de los acontecimientos. Un cambio de actitud o gesto ya es el nacimiento de otro comportamiento, es más, incluso de otra manera de ver las cosas, sobre todo conteniendo la posibilidad de enunciarlos de una forma no acostumbrada. Que las vanguardias crean ver los horizontes que siempre han buscado en la ideología interpeladora, incluso crítica, es otra cosa, más bien, se trata de una manera de no ver, de mantenerse ciego a los horizontes efectivamente abiertos.

De lo que se trata es de no circunscribir los horizontes efectivamente abiertos por la potencia social a los presupuestos pre-formativos de la formación enunciativa vanguardista, mucho menos de la ideología, en todos sus matices, que son conservadores, a diferencia de la utopía. Se trata de lograr alumbrar estos horizontes de posibilidad, comprender lo que la potencia social desea, a pesar que no pueda nombrarla, por de pronto. Que la apertura efectiva se clausure debido a la correlación de fuerzas, sobre todo por no haber visualizado los horizontes de posibilidad, restringiéndose a las verdades consabidas, no quiere decir que lo que se ha abierto estaba condenado de antemano a los desenlaces presupuestos por la narrativa política, incluso la vanguardista.

¿Cuál es la comunicación que se debe efectuar? ¿Entre la convocatoria vanguardista y los oídos del pueblo o, mas bien, entre potencia social y el activismo radical, que aprende de la movilización social, de la experiencia y memorias colectivas, e intenta interpretar el acontecimiento? Lo primero es lo que casi siempre se ha hecho, se ha hablado a los oídos racionales y formateados del pueblo, dejando de lado que la comunicación radical es con los cuerpos, con las percepciones corporales, que son los substratos carnales donde emergen las constelaciones de voluntades singulares colectivas.  No parece adecuado condenar de antemano a la coyuntura política, por sus limitaciones expresivas, representativas y delegativas, hasta organizativas; se trata de buscar romper las limitaciones, plantar las condiciones de posibilidad de las autonomías y los autogobiernos. En lo que respecta a la coyuntura mexicana, se trata de dar los siguientes pasos potenciadores, que la iniciativa la tomen las multitudes, el pueblo, que ha cambiado de actitud, que el control pase a manos del pueblo.

En lo que respecta a la estrategia empleada por Manuel López Obrador, Daniel Montañez hace la siguiente observación:

  – En el plano estratégico Obrador fue un genio. Primero se deslindó del PRD. Con ellos nunca hubiera ganado. Era un partido plagado de corrupción que venía de una antigua escisión del PRI, demasiado vinculado al PRI. entonces hizo un movimiento desde cero, MORENA, apelando a espíritus históricos guadalupanos profundos de la población, diciendo ser el heredero de Hidalgo, Juárez y Cárdenas, es decir, el heredero del espíritu histórico del Estado-nación mexicano que siempre que había estado presente las cosas habían ido bien. Frente a esta arrolladora estrategia el resto de partidos estaba sin armas. El PRI estaba quemado, pues había dejado de ser el auténtico PRI desde 1968 por lo menos, radicalizando su desapego con el espíritu nacional desde Salinas de Gortari. El PAN, la derecha tecnócrata, sólo gana si no tiene un buen adversario enfrente, la gente lo vota como el mal menor, pero no apela a ningún espíritu histórico de ningún tipo, son criollos educados en Harvard que no representan al pueblo. El PRD, bueno, es el antiguo partido de Obrador y ya estaba tocado de muerte desde que se fue su líder mesiánico. 

 

– En definitiva. Creo que Obrador ha ganado gracias a una buena táctica, pero sobre todo a una buena estrategia: presentarse como el garante del espíritu histórico nacional en un momento de muchas turbulencias. Es el mesías que México necesitaba como agua de mayo en esta coyuntura. Pero, a diferencia de lo que planteas, considero que esto no tiene nada que ver con un “despertar” de la gente de ningún tipo. Más bien ha sido un cambio conservador: regresar al espíritu histórico corporativo. En este sentido, Obrador representa mejor al PRI que el propio PRI en este momento[3].

El pueblo o las multitudes que lo componen también interpretan; lo hacen a través de los mitos actualizados, así como a través del imaginario milenarista, buscan al mesías político o la tierra prometida a la que se llega por la peregrinación o el arca del Estado. Estas sedimentaciones imaginarias, más profundas en la geología de la memoria social, se combinan otras sedimentaciones, menos ancestrales, quizás antiguas, como, por ejemplo, el mito de la nación; incluso se combinan con sedimentaciones modernas, como las relativas a las convocatorias de clase. La memoria de la revolución institucionalizada que constituye el Estado-nación es un mito moderno, que ayuda a interpretar el presente, sobre todo cuando aqueja en el desierto del olvido del sistema-mundo cultural de la banalidad. No se trata de convencer al pueblo de que está atrapado en la ilusión del fetichismo estatal, como lo hacen las vanguardias cuando quieren ganar militantes. La comunicación con el pueblo no puede compararse y equipararse con la comunicación directa de militante a adepto; no se trata de una comunicación argumentativa de la retórica de maestro a discípulo, sino de una comunicación integral, que compromete cuerpos, percepciones, afectos, racionalidades concretas, no abstractas. El encuentro de hermenéuticas se da en el juego de sistemas de códigos diversos y distintos. No se trata de culpar al pueblo por su apego al mito del Estado-nación, su apego al discurso nacional-popular, sino de la habilidad de deconstruir las narrativas autocomplacientes. El activismo libertario no es vanguardista, sino una pedagogía política donde aprenden activistas y pueblo afectado, sobre todo cuando se encuentran en las movilizaciones.

Si una estrategia política parece haber funcionado, no es tanto por la lucidez de la estrategia, sino porque la estrategia ha coincidido con la predisposición popular. Si no hubiera habido tal predisposición, seguramente la estrategia, por más brillante que haya sido diseñada, no hubiera tenido efectos. Otra vez, la clave para entender la coyuntura política no se encuentra en la clase política, sino en las mutaciones imperceptibles, en principio, para hacerse notorias, después, de los esquemas de comportamiento de las multitudes.

No está en discusión lo que de limitaciones y contradicciones tiene Juntos Haremos Historia, también MORENA, así como el líder que se encuentra como referente electoral y de gobierno. Estas restricciones y ambivalencias llenas de contrastes están como corroboradas en la larga historia política de la modernidad, sobre todo de las llamadas revoluciones y las subsiguientes formas de gobierno que reclaman su continuidad heredada. Lo que está en discusión es cómo se atraviesan los límites, como se entra a otro espacio-tiempo de agenciamientos sociales y políticos. Ciertamente, ya lo sabemos los y las ácratas, que no es siguiendo distintos decursos del circulo vicioso del poder; no es con la pretensión de verdad, que se enseña como maestro a pupilos, no es con el “programa radical”, como lo hicieron los bolcheviques, sino con el despliegue y desenvolvimiento de relaciones complementarias, de aprendizajes compartidos, donde los activistas aprenden de las movilizaciones y el pueblo movilizado aprende en la deliberación intensa, en el intelecto general y en el saber colectivo.

La tercera observación que hace Daniel Montañez se refiere al porvenir autogestionario y de autogobierno:

– Por último, y el punto más importante. Los movimientos que comentas en tu artículo (la huelga de la unam, el 68, los electricistas del SME, los maestros, el EZLN, Ayotzinapa..) son interesantes, aparecen en un momento de ruptura del pacto corporativo desde 1968 y lo que están es peleando por regresar a ese pacto. En este sentido son movimientos conservadores, luchan por no perder lo que tenían (electricidad y educación pública de calidad, derechos comunales sobre las tierras, vida cotidiana sin violencia, etc.). Pero en esa lucha, y esto es lo más interesante, avanzaron hacia lugares desconocidos de autonomía y autogestión y profundizaron un latente horizonte comunitario-popular distinto a los caminos enmarcados dentro de modernidad fundada en el Estado y el mercado. Pero este camino es lento, como dicen los zapatistas: “vamos lento porque vamos lejos”, y en la esfera macro siguen pasando cosas. Es en este momento donde entonces aparece Obrador como garante de reconstruir el pacto y estos movimientos se ponen muy contentos y regresan a las prácticas pasadas diluyéndose de nuevo en el horizonte nacional-popular y abandonando los avances que habían logrado en el horizonte comunitario-popular (por cierto, he de decir que una de las cosas que más me fascina de la producción intelectual del grupo Comuna es vuestra distinción entre el horizonte nacional-popular y el comunitario-popular). Esto es lo que te estaba tratando de plantear en el fondo en el anterior correo que te envié. Estos movimientos tienen un gran peligro de desaparecer, de diluirse de nuevo en ese gran pacto corporativo del horizonte nacional-popular, perdiendo así todo lo que se ha avanzado en la construcción de otro mundo fundado en la autogestión. Yo sé que en Bolivia habéis vivido una situación similar con el MAS, entonces por eso te decía que aprender de vuestra experiencia le puede venir bien en este momento a México y sus movimientos porque se van a enfrentar a retos semejantes[4]

Creo que en lo que respecta al porvenir tenemos que aprender de la experiencia zapatista, de la manera de actualizar las memorias de las naciones y pueblos indígenas, hacerla presente y usarla en la lucha descolonizadora, resistiendo, por así decirlo, a las tentaciones representativas, delegativas y vanguardistas. Manteniendo en pie las prácticas pedagógicas políticas del autogobierno, de la autonomía, formando consensos. La experiencia política en la historia reciente del continente nos enseña que no es fácil mantenerse en pie, que es más fácil caer en la tentación de ser gobierno y contar con gobernados, buscando transiciones pragmáticas o, si se quiere, viables; este ruta es la que ha conducido a los “gobiernos progresistas” a reproducir el círculo vicioso del poder; es más, incluso, al repetir la historia dos veces o más, teniendo como referente a los gobiernos nacional-populares de mediados del siglo XX, no solo pasaron de la tragedia a la comedia, incluso a la farsa, sino la grosería de la impostura.

[1] Ver ¿Derrumbe del poder institucionalizado? http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2018/07/derrumbe-del-poder-institucionalizado.html.

[2] Correspondencia virtual Raúl Prada Alcoreza-Daniel Montañez.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

Máquinas y tecnologías del complot  

Máquinas y tecnologías del complot

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Máquinas y tecnologías del complot

 

 Conspiracion

 

 

 

 

Hay un gran apego a la actuación, que quizás ha llevado a desarrollar el teatro; esta capacidad humana de actuar, de imitar, de simular, de montar escenarios y espectáculos; que puede también concebirse como esa facultad de usar su cuerpo para tejer tramas, es un arte. ¿Por qué el ser humano lo hace? ¿Para impresionar, para llamar la atención, para causar un efecto disuasivo, defendiéndose anticipadamente? ¿O lo hace para interpretar el mundo que descubre y, a la vez, construye? Otra alternativa seria que lo hace para comunicarse; pues requiere entrar en contacto y que el contacto reciba y transmita mensajes. Ahora bien, tal parece que no solamente el ser humano tiene estas aptitudes, sino que las mismas ya se encuentran en los otros seres orgánicos. Los otros seres orgánicos también han desarrollado estas aptitudes; solo que lo han hecho de manera inmediata, plasmando esta puesta en escena en el propio cuerpo. Al adaptarse a los medios, entornos, territorios, han adecuado sus cuerpos a las condicionantes territoriales y a las exigencias de las concurrencias. Los requerimientos de atracción se manifiestan en el esplendor de los cuerpos, que busca seducir, logrando el acoplamiento; las necesidades de defensa o de ataque se realizan en la armadura corporal. También se actúa para disuadir, se amenaza como anunciando un ataque o haciendo gala de demostraciones. En fin, la predisposición a la actuación se encuentra difundida en las formas proliferantes de la vida orgánica.

Si este es el contexto mayor de la inventiva biológica y social, en las sociedades humanas, sobre todo modernas, se han desprendido tecnologías de poder que usan la capacidad de actuación y de simulación para incidir en los comportamientos sociales, con el objeto de la dominación. Si no estuviese viciado el término de conspiración por las teorías esquemáticas y simplonas de la conspiración podríamos nombrarlas como máquinas de la conspiración. Para aclararnos, es más o menos eso lo que ocurre; se conspira para lograr los fines perseguidos, que tienen que ver, sobre todo, con la dominación. Cuando ocurre esto lo que se hace ya no es arte, creación, actividad inventiva de la proliferante vida, sino la práctica de una técnica estrecha, circunscrita a inscribir en los cuerpos las huellas del poder. Para diferenciarnos de los usos acostumbrados del término de conspiración, hablaremos de complot, buscando otras connotaciones y significados en las descripciones e interpretaciones que abordamos.

En las historias políticas modernas hemos asistido al despliegue de estas tecnologías de poder y, entre ellas, las que llamaremos, provisionalmente, tecnologías del complot. Se complota para anular al enemigo, tratando de quitarle todos sus recursos de defensa; comenzando por descalificarlo, convertirlo en deleznable, desechando su buena imagen para sustituirla por la imagen de la monstruosidad. Estos métodos bélicos, si se puede hablar de métodos, tienen larga data, han sido empleados desde los comienzos mismo de la modernidad; por ejemplo, operaron en las oleadas de conquista. La formación enunciativa desplegada entonces fue la religión, mediante la cual se descalificó a los conquistados, nombrados como paganos, hasta impíos, incluso endemoniados. En las versiones matizadas de esta descalificación se los señaló como necesitados del camino de salvación, que no era otro que la cristianización. Los conquistadores se invistieron como portadores de la civilización sobre pueblos salvajes y sociedades bárbaras.

Más tarde, después de la independencia, la formación discursiva liberal desplegó la ideología moderna, en la versión cosificada de la revolución industrial, que añoraban, descalificando al grueso de sus sociedades y pueblos como pre-modernos.  Siendo este discurso liberal criollo elemental, despojado del sustento filosófico liberal, los liberales del continente no convencieron, aunque si se impusieron por la fuerza, cometiendo etnocidios y genocidios contra las naciones y pueblos indígenas. Ante las debilidades y limitaciones evidenciadas en el discurso liberal criollo, el nacionalismo elaboró una ideología que se presentó como inclusiva; los discriminados y marginados fueron incorporados al imaginario de la comunidad nacional. El pueblo, como totalidad, pertenece a la nación oprimida, debe ser liberada de la opresión y la dependencia. Los pueblos indígenas son reconocidos y recompensados con la reforma agraria, convertidos en propietarios de la tierra. La descalificación se efectuó en dos frentes; una, la que señala a la oligarquía como anti-nación; otra, la que identifica a las resistencias indígenas como resabios del atraso.

Se puede decir que las tecnologías del complot se fueron sofisticando en la medida que las promesas de las convocatorias se fueron ampliando. Cuando no se trata de la nación sino del mundo, cuando no se trata de la población, como en el caso liberal, sino de la humanidad, invocando la integración de la humanidad en la sociedad de la igualdad, las tecnologías del complot alcanzan niveles de sofisticación mayor. Se unge al Estado socialista como el fin de la historia, antes que tardíamente y anacrónicamente se haya ungido al Estado liberal como el fin de la historia; en consecuencia, los que se oponen al socialismo real son calificados como obstáculos a la marcha dialéctica de la historia, más aún como reaccionarios monstruosos, opuestos al arribo al paraíso terrenal del socialismo.

La formación discursiva imperial moderna, del mismo modo, se convierte en un instrumento de las tecnologías del complot; quizás una de las más elaboradas máquinas del complot. Los imperialismos modernos, que entran en conflagración en la primera y segunda guerras mundiales, después, cuando emergen las hiper-potencias encontradas, una del lado “occidental”, la otra del lado “oriental”, se presentan como el referente exclusivo de la civilización moderna, descalificando a lo que se le opone como barbarismo o atraso, anacronismo que atenta al proceso civilizatorio. Es curioso que tanto la hiper-potencia “occidental” como la hiper-potencia “oriental” se presenten como el fin de la historia y la realización suprema de la civilización, aunque una lo haga en la versión ideológica liberal y la otra lo haga en la versión ideológica socialista. Solo que el liberalismo y el socialismo, en tanto paradigmas han sido reducidos a los requerimientos instrumentales de los super-imperialismos, el super-imperialismo estadounidense y el super-imperialismo soviético, que Mao Zedong denominaba social-imperialismo.  En la actualidad, desde la derrota del super-imperialismo estadounidense en la guerra del Vietnam, cuando se clausura la forma de dominación mundial imperialista y emerge la forma consensuada y compartida del nuevo orden, en la figura global de imperio, la formación discursiva imperial global se inviste de cómo garante de la paz del nuevo orden mundial, de la paz del imperio. Todo lo que se opone a esta paz acordada y pactada es descalificada de “terrorismo”.

Lo que construyen las dos hiper-potencias mundiales son fabulosas máquinas del complot. Las máquinas del complot se van convirtiendo en uno de los ejes fundamentales del sistema de máquinas de poder; otro de los ejes es el relativo a las máquinas de guerra. La diferencia con las anteriores máquinas del complot radica en que se trata de máquinas cuyo ámbito de funcionamiento es mundial; en lo que respecta al propio país, se convierten en máquinas inquisidoras absolutas, convirtiendo a la sociedad misma en sospechosa y hasta en culpable, de manera anticipada. Pues es susceptible de caer en la desorientación si no es conducida por la claridad meridiana de los gobernantes y sus aparatos ideológicos. Las máquinas del complot cuentan con poderosos servicios de inteligencia, que tienen carta blanca para todo lo que requieran hacer, justificada por razones de Estado y de seguridad, sobre todo por la razón ultimatista de la “guerra de civilizaciones”, la “occidental” versus la “oriental” y viceversa. En un caso, el enemigo absoluto es el “comunismo”, en el otro caso, el enemigo absoluto es el “capitalismo”. El plan de las máquinas del complot es la exterminación del enemigo, tanto externo como interno.

En ambos casos, los procesos de juzgamiento al enemigo interno se han dado de la manera más abominable. Juicios grotescamente montados, con el único objeto de simular el veredicto anticipado de culpabilidad y de condena a muerte. Aunque en el caso de las máquinas del complot del socialismo real se destaque la minuciosidad del montaje, la exacerbación en el montaje, rayando en los argumentos y acusaciones estrambóticas, además de la compulsión constante por hacer juicios y castigar a los interminables “conspiradores” contra la revolución, lo cierto es que las dos hiper-potencias se esmeraron en desarrollar atroces tecnologías del complot. Esta analogía debería ya llamar la atención; ¿qué implica esta inclinación compulsiva por desarrollar tecnologías globales del complot? Además, lo curioso, es que se manejan hipótesis de “conspiración”, encontrando el despliegue de la misma en todas partes, en una variedad de manifestaciones políticas y sociales, incluso en los que antes eran no solo considerados de amigos, sino incluso partidarios. Se puede decir que esta actitud, esta inherente sospecha en las máquinas del complot, es síntoma de la paranoia desbocada en los ámbitos de dominio de ambas super-potencias. En consecuencia, las máquinas del complot son máquinas paranoicas. 

La interpretación que vertimos no tiene que ver con otra teoría de la “conspiración”, sino que las propias teorías de la “conspiración” se convierten, por así decirlo, en objeto de estudio y de análisis, en objeto de la crítica del poder; así también, se convierten en objeto de estudio y de análisis, en objeto de la crítica del poder, las máquinas del complot. Como dijimos antes, no proponemos que no hay conspiradores, que no hay conspiraciones; los hay, empero, no se supone que estos conspiradores y estas conspiraciones controlan el mundo, manejan los hilos del desenvolvimiento del mundo, como lo hacen las teorías de la “conspiración”. Los conspiradores y las conspiraciones no controlan todas las variables y factores del desenvolvimiento del mundo; por lo tanto, tampoco controlan los efectos masivos que se desatan por sus intervenciones, basadas en esquematismos simplones y maniqueos. Simplemente las tecnologías del complot forman parte de la gama de instrumentos y dispositivos de poder, puestos en juego y en concurrencia. Las teorías de la “conspiración” no explican nada de las estructuras y dinámicas de poder, salvo la apariencia de decir algo sobre un recorte forzado de la realidad. Al contrario, hay que explicar las teorías de la “conspiración” como parte de los síntomas de la crisis generalizada, estructural y orgánica del poder.

El tema es que en el sistema-mundo moderno el ejercicio del poder, el ejercicio de gobierno, el ejercicio político institucionalizado, no se efectúan sin recurrir a las tecnologías del complot. No solamente la política es concebida a partir de la definición del enemigo, sino que para enfrentarlo se recurre al complot; se difunden imágenes de la monstruosidad supuesta del enemigo, buscando no solo descalificarlo, sino denostarlo y denigrarlo, justificando la necesidad de su asesinato.  Se infiltra en el campo enemigo, se opera en su contra utilizando todos los medios al alcance, incluyente los más tortuosos; cuando se atrapa al enemigo, se lo tortura hasta hacerlo confesar lo que incluso no cometió.  Se trata de una guerra sin cuartel y despiadada. No importa si es justo o moral lo que se hace, el fin justifica los medios. La historia del complot estatal e imperial es asombrosa por los métodos perversos empleados, la extensión, alcance e intensidad destructiva con que se los emplearon.

El análisis político, incluso el denunciativo, han tomado en serio los discursos justificativos de toda esta inquisición moderna generalizada. Olvidan que la clave de lo que ha ocurrido no se encuentra en los discursos emitidos, no solo porque pertenecen a la ideología desplegada, sino porque estos discursos no se descifran por lo que dicen sino por lo que hacen, por su articulación a las prácticas atroces del complot. Por ejemplo, el descomunal ejercicio del poder en la era estalinista en la ex Unión Soviética no puede decodificarse por el discurso ideológico del socialismo real, que ya corresponde a la restricción más maniquea y esquemática de la emisión ideológica; es extremadamente inocente considerar que estaba en juego el destino del socialismo. En estricto sentido no se puede hablar seriamente de que el régimen implantado tenía que ver con el “socialismo”, ni siquiera en términos de transición. Se trató del retroceso a la forma de Estado policial, desde lo que ya era el Estado liberal, restringiendo al máximo las posibilidades de legitimación, incluso mínimas. En la medida que el caudillo se convierte en la encarnación del símbolo del poder “socialista”, este evento político tiene analogías fuertes con la encarnación del símbolo de sangre del poder del rey. Lo que ocurrió más parece una realización anacrónica de una monarquía barroca, que se invistió de “socialismo”, el disfraz necesario para mantener la convocatoria.

Llama la atención que incluso los críticos del socialismo burocrático consideran algo así como una deformación perversa de la dictadura del proletariado, de la transición al socialismo y al comunismo. El régimen estalinista no puede comprenderse por lo que expresa la ideología desplegada, tampoco desde el paradigma ideológico del socialismo como promesa, pues estos son los imaginarios con los que se invistieron las prácticas políticas y económicas de la vía estatal del desarrollo capitalista. El régimen estalinista tiene que descifrarse por lo que efectivamente ha sido, ha construido, ha restaurado, incluso ha innovado en términos barrocos.  No nos interesa tanto volver a definir lo que fueron los regímenes del socialismo real, nos remitimos a ensayos anteriores; lo que nos interesa es hacer hincapié en esta característica compartida de los regímenes políticos de la modernidad tardía, la de convertir en eje de su ejercicio de poder al recurso de las tecnologías del complot.

Las máquinas de poder del imperio encuentran que por todas partes se desenvuelve la “conspiración” contra el nuevo orden mundial, por eso también complotan. Consideran que el fantasma del “terrorismo” deambula campante por el mundo, por eso le declaran la guerra interminable al mal que aterra a las sociedades en la actualidad. Los “gobiernos progresistas” se sienten sitiados por constantes “conspiraciones” contra el Estado de la “revolución”, entonces se ven obligados a complotar contra estos clandestinos enemigos. Los gobiernos neoliberales se sienten amenazados por “conspiraciones” de sindicatos que se lanzan a defender las conquistas sociales. La acusación de “conspiración” se difunde por el mundo como epidemia, por eso se conforman máquinas del complot desde los estados. El ejercicio de la política ocupa parte de su tiempo en señalar “conspiraciones”, así como a ejercer la política como un permanente complot. El complot se ha convertido en una práctica sistemática en la clase política y en los gobernantes. Las organizaciones que dicen luchar contra el sistema-mundo capitalista convierten en gran parte su lucha en un permanente complot. El ejercicio del poder en la actualidad pasa por efectuar complots, con lo que se sostienen las dominaciones logradas y heredadas por la reiteración continua de los complots.  

Las máquinas y tecnologías del complot, su despliegue obsesivo y compulsivo, son los claros síntomas de la crisis del poder, de un poder paranoico que se siente asediado, obligado a defenderse, inclinado a sospechar hasta de sus sombras. Estas prácticas del complot muestran a un poder inseguro, por eso dispuesto a desatar demoledoras violencias en su defensa. Ante esta facticidad paranoica no tiene mucho sentido calificar a las formas de gubernamentalidad, de un lado y de otro, como de “izquierda”, “derecha”, “progresistas”, “conservadoras”, estos investimentos ideológicos solo sirven para montar el espectáculo, para darle colorido a la narrativa auto-justificativa y auto-contemplativa; no nos ayudan a explicar esta inquietud ni la persistencia en las analogías de las formas practicadas de poder. En cambio, si atendemos a la paranoia inherente al poder y al ejercicio del complot, tan difundido, estamos en mejores condiciones para explicar las dinámicas moleculares y molares del poder.

   

    

Diseminación y extorsión

Diseminación y extorsión

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Diseminación y extorsión

 

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Estamos ante el acontecimiento de la diseminación, la diseminación institucional, la diseminación política, la diseminación económica, la diseminación cultural, la diseminación ética y moral. La diseminación es material, en cambio, la deconstrucción es hermenéutica. La deconstrucción desmantela los tejidos y las capas del discurso y la escritura; la diseminación diluye, desarma o destruye lo construido, lo edificado, las mallas institucionales. De manera esquemática, se puede decir que la deconstrucción es crítica y la diseminación es revolucionaria; sin embargo, hay que tener cuidado, hemos usado dos términos que connotan significaciones labradas socialmente y hundidas en los espesores imaginarios colectivos. Puede quedar mejor parada la crítica, por no haber perdido su aire exigente e interpelador; en cambio la revolución habría perdido su halo romántico, convertida en excusa para cambiar élites y restaurar dominaciones. La diseminación política y cultural habría llegado a deteriorar el término de revolución, desgastándola, hasta dejar de la revolución, su sentido e imagen, solo la impresión de la violencia y la sensación de impostura.

La diseminación institucional se efectúa por desmantelamiento o por deterioro; en el primer caso se trata del efecto de acciones revolucionarias, para decirlo de esa manera acostumbrada; en el segundo caso se trata de efectos corrosivos en la maquinaria estatal. Vamos a hablar de lo segundo, pues lo primero no acontece en el llamado eufemísticamente “proceso de cambio”. Aunque el deterioro venga de antes, desde periodos y gestiones de gobierno anteriores al “gobierno progresista”, lo que llama la atención, contra lo esperado, es que es durante el “proceso de cambio” cuando el deterioro alcanza niveles y grados de deterioro sin precedentes, quizás con la salvedad de las dictaduras militares. En todo caso, son las distintas formas de gubernamentalidad, que atraviesan la historia política de Bolivia, las que manifiestan distintos ritmos y tonalidades del deterioro político e institucional. Es como si fuese una marcha variada hacia la diseminación.

El deterioro no solamente comienza con el desgaste, sino también con el uso adulterado; por ejemplo, cuando las instituciones son usadas con otros objetivos, no contemplados ni en ley, ni en la norma, ni en los reglamentos institucionales. Entonces, lo no normado ni reglamentado institucionalmente se comienza a convertir en prácticas. Es cuando las formas paralelas toman la institución y la convierten en instrumento del lado oscuro del poder. La institución deja de ser lo que es, una institución, para convertirse en máscara de otras prácticas, de otros usos, y en medio de otros fines. Se puede decir que con el deterioro comienza la diseminación.

El desajuste institucional se da como consecuencia del deterioro mencionado. El aparato no responde para lo que fue construido; sus engranajes fallan y toda la maquinaria cruje, dando como resultado la disfuncionalidad del sistema. Cuando esto ocurre los discursos adquieren otros sentidos, dicen otra cosa de lo que emiten; las prácticas paralelas desbordan y modifican la orientación institucional. La conducción paralela de la institución, convertida en instrumento del lado oscuro del poder, obtiene otros resultados no mentados ni en el discurso político, ni en las prescripciones institucionales. En estas condiciones se produce el desbarajuste, desde la perspectiva institucional; empero corresponde a la adecuación de la institución tomada a los nuevos roles asignados de manera opaca, sinuosa y adulterada.

Estas mutaciones institucionales, en principio casi imperceptibles, son el substrato de otros comportamientos y conductas, que podemos llamar secretas o clandestinas. Se conforman otras cohesiones, basadas en complicidades y concomitancias de los grupos de poder consolidados, que se hacen cargo del funcionamiento efectivo institucional. Lo que antes aparecía como prohibido institucionalmente, comienza a aparecer como permitido o si se quiere, en principio, tolerado; para luego convertirse en “normal”, pues se trata de servir a las solapadas directrices de los “jefes”. La corrosión institucional se convierte en funcionamiento aceptado, en despliegue coordinado en las condiciones políticas impuestas. La corrupción se vuelve necesaria en el cumplimiento de las tareas asignadas por la conducción política.

Cuando esto pasa, el compás desenvuelto del deterioro, que forma parte del fenómeno arrasador de la diseminación, se conforma un mundo paralelo, mas bien, mundo sumergido, mundo clandestino, que se convierte en campo gravitante respecto al mundo institucionalizado. En los códigos del mundo paralelo se valoriza la fidelidad y lealtad a los “jefes”, por más que los actos cómplices vulneren la Constitución, la ley, las normas y reglamentos institucionales. Cuando los fines ya no son los institucionales, sino los impuestos por la forma de gubernamentalidad clientelar, como la obtención de beneficios extraordinarios, administrados por el “sistema” de funcionamiento oculto, se llega a extremos; por ejemplo, el pactar con una empresa extorsionadora con el fin de obtener lo que busca el circuito clientelar, beneficio extraordinario, a pesar de que este usufructo atente contra los intereses del Estado, del país y del pueblo.

Si bien se puede y se debe denunciar e interpelar estas prácticas paralelas, lo que hay que comprender es el contexto en el que se dan, los substratos de donde emergen. No basta la denuncia, tampoco basta la interpelación, incluso no basta con lograr sancionar a los comprometidos, que más de las veces son chivos expiatorios, pues mientras el contexto se mantenga y los substratos se preserven, las prácticas paralelas del poder serán reiterativas y recurrentes. Para salir del círculo vicioso del poder es menester efectuar la diseminación como desmantelamiento; es decir, desmantelar las máquinas de poder, las instituciones tomadas por el lado oscuro del poder. La diseminación como deterioro genera un fenómeno parecido al parasitismo; los parásitos se alimentan del cuerpo tomado, en el que se incrustan. Como se trata de toda una clase de parásitos, la clase política, la máquina de la economía política del chantaje prefiere mantener con vida el cuerpo tomado, para alimentarse permanentemente con su sangre.

En el primer folleto, Los mecanismos de la extorsión[1], que publicamos, exponemos algunas formas del deterioro institucional, que denominamos extorsión. Se trata entonces de formas de la extorsión. Hemos usado algunos ejemplos, de manera ilustrativa, buscando mostrar ciertos rasgos del funcionamiento de las máquinas de la extorsión. Con esta exposición continuamos la labor de la crítica del poder y de las dominaciones, sobre todo en lo que respecta al lado oscuro del poder. Tómese el folleto como la continuación de exposiciones, que abordamos en El lado oscuro del poder[2] y en El círculo vicioso del poder. También comprometerse como referente teórico lo escrito en Diseminaciones[3].

La diseminación, entonces, como que tiene dos caras, para decirlo metafóricamente; una, la cara del deterioro, que corresponde a la decadencia; la otra, la cara del desmantelamiento, que corresponde a la revolución. Por ambas caras se da lugar a la diseminación, con la salvedad que en la cara del deterioro la diseminación se mantiene en los límites del deterioro, contribuyendo a la degradación y la decadencia; en cambio, en la cara del desmantelamiento, se atraviesa los límites del círculo vicioso del poder, haciendo que la diseminación se radicalice y complete; por lo menos teóricamente.

El escabroso asunto de QUIBORAX, con la evidencia de la extorsión económica[4], así como haciéndose patente de la extorsión política[5], acompañada por la extorsión judicial[6], nos muestra algunas formas singulares del deterioro, por lo tanto, de la diseminación por degradación y decadencia. La historia política y económica de la forma de gubernamentalidad clientelar, que corresponde al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente y el Estado rentista, está plagada de formas singulares del deterioro; en consecuencia, de diseminación por decadencia. No vamos hacer un listado del acumulo de casos singulares de la degradación política – nos remitimos a los escritos dedicados al tema -; interesa mostrar este caso singular como parte de la marcha corrosiva de la diseminación por deterioro. Lo que diremos y remarcaremos es que la corrosión institucional no solo, por así decirlo, oxida el material, sino que logra no solo carcomerlo, sino, incluso, destruirlo.  Entonces, el material con el que esta construida la malla institucional se ahueca y pudre, de tal manera que ya no puede sostener la arquitectura del Estado-nación. Vine lo que se llama la implosión, el derrumbe por inconsistencia de la estructura que sostiene el almatroste del poder.

La figura que tocamos de las formas de diseminación por deterioro es la de la extorsión, que corresponde al chantaje, a la usurpación, a la expoliación, es decir, a la forma de violencia solapada que se agita como amenaza, látigo suspendido sobre los cuerpos, convertidos en objetos del poder y materia de la violencia. Se trata, usando metáforas ilustrativas, del monstruo amenazante de muchas cabezas; individuos, grupos, colectivos, pueblos, sociedades, son sometidos al chantaje constante de la extorsión, ya sea económica, política y judicial, que algunas veces viene acompañada por chantaje emocional.      

 

 

 

 

 

 

[1] Ver Los mecanismos de la extorsión. https://issuu.com/raulpradaa/docs/los_mecanismos_de_la_extorsi_n.  

[2] Ver El lado oscuro del poder. https://issuu.com/raulprada/docs/el_lado_oscuro_del_poder_3.

[3] Ver Diseminaciones. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/diseminaciones_2.

[4] Ver Extorsión económica. https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/25/extorsion-economica/.

[5] Ver Extorsión política. https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/21/de-la-extorsion-politica/.

[6] Ver Los dispositivos de la extorsión.

https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/18/los-dispositivos-de-la-extorsion/.

De la extorsión política  

De la extorsión política

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

De la extorsión política

 

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La extorsión política es, quizás, en el sistema de extorsión generalizada, la práctica más usual y manifiesta. La política institucionalizada se ha convertido en el ejercicio mismo de la extorsión de la delegación y la representación, mucho más evidente cuando se es gobierno. El delegado, el representante del pueblo se cobra su representación, cobra un precio por encargarse de la representación, de hacer de “vocero del pueblo”. Esto se hace patente cuando el representante forma parte del gobierno o la representación se hace del gobierno. La extorsión comienza en la adulteración de la convocatoria; no solo se convoca al pueblo, sino que se le exige seguir al partido que los representa, mucho más cuando este partido se reclama de genuina representación del pueblo. Esta exigencia se hace más notoria y conminatoria cuando es el propio gobierno el que exige la “movilización popular” en defensa del gobierno auténtico del pueblo; en el caso de versiones políticas no populistas, se exige al pueblo defender la institucionalidad. El pueblo, entonces, está conminado a defender el “proceso” o la “democracia”, que sus representantes y sus gobernantes encarnan.

La extorsión política no reconoce, por así decirlo, mayoría de edad al pueblo, se lo considera como un niño, que debe ser educado y conducido. Las decisiones políticas quedan a cargo de la clase política. Cuando se acude al pueblo en relación a cuestiones debatidas y problemáticas, se lo hace no para preguntar su opinión o constelación de opiniones, sino para indicarle cuál debería ser su opinión, de acuerdo a la verdad política. Las opiniones que preponderan y que se difunden a través de los medios de comunicación son la de los políticos; cuando se entrevista a la gente común, como se dice, de la calle, se lo hace para edulcorar la opinión política ya dada, se lo hace como pronunciamientos colaterales o, en su caso, como tendencias cuantificables de la “opinión pública”. El pueblo es el objeto deseado de la convocatoria política, también es el sujeto de la extorsión política.

La extorsión política cuenta con un complejo aparataje de incidencia y de inducción de comportamientos. Lo que era la retórica política, como recurso discursivo de convencimiento, se ha convertido en una fabulosa maquinaria de publicidad y propaganda, que implanta opiniones mediáticas, esquemáticas, como consignas de mercadotecnia. En el lenguaje polarizador de la política se lanza un mensaje simple: si no estás con nosotros estás con los enemigos del “cambio”, de la “revolución”, o, en otra versión, estás con los enemigos de la “democracia” institucionalizada. La forma y el estilo de emitir el mensaje puede variar, incluso puede adquirir expresiones más elaboradas, sin embargo, el mensaje, en el fondo, es similar; se trata del chantaje político, que puede adquirir connotaciones de chantaje emocional o de chantaje ideológico, se lo haga a nombre de lo que se lo haga, la “revolución” o el Estado, el “proceso de cambio” o la institucionalidad.

La extorsión política persigue variados réditos; uno de ellos tiene que ver con el camuflaje de legitimidad; otro de ellos tiene que ver con el mantener como rehén al pueblo, rehén de la clase política o, en su caso específico, del gobierno. Entre los réditos se encuentra el lograr beneficios no solo políticos, si no también económicos. Lo que se denomina corrupción es, en realidad, el efecto de la extorsión política, en sentido de renta adulterada. Estos variados réditos se logran cuando el ejercicio de la política se presenta como la única manera de ejercerla, la institucionalizada, la reglamentada, la normada, que, en definitiva, otorga el monopolio de lo político a la clase política.  Los límites de la realidad institucionalizada están definidos por el Estado; cuando la realidad es ésta, producto del poder, se excluyen taxativamente otros ejercicios no estatalizados; se descartan las prácticas alterativas de los colectivos sociales; en efecto, aunque no se lo diga, se prohíben otras prácticas políticas, descartando la posibilidad del autogobierno.

La “democracia” institucionalizada, que se basa en la Constitución, en el sistema de leyes, que se legitima en el discurso jurídico-político, precisamente porque establece las reglas del juego “democrático”, encubre el ejercicio efectivo de la política, la extorsión política. Las formas de gubernamentalidad, que parecen exceder el encuadre de la “democracia” institucionalizada, como la forma de gubernamentalidad clientelar, no hacen otra cosa que patentizar lo que motoriza el ejercicio de la política, el chantaje político. Las formas de gubernamentalidad que parecen circunscribirse al encuadre de la “democracia” institucionalizada, como la forma de gubernamentalidad liberal, no hacen otra cosa que reforzar el encubrimiento institucional de la extorsión política. La forma de gubernamentalidad clientelar hace evidente, de manera descarnada, la extorsión política; en cambio, la forma de gubernamentalidad liberal la encubre, de manera institucional, apegada a la Ley, el ejercicio de la extorsión política.

Se puede definir la cuestión política de la siguiente manera: se nombra a la “democracia” en discursos que la exaltan y pretenden su profundización, así como en discursos que la conciben como lograda en el Estado liberal o el Estado de derecho; yendo más lejos como realización histórica en el socialismo; o, contrastando, como “decadencia occidental”, entonces susceptible de concretizarla en el pueblo elegido o el pueblo superior. A pesar de sus diferencias, todas estas variedades discursivas políticas, incluso diferencias ideológicas, sirven para preservar el ejercicio del poder, que, en términos de la política institucionalizada, fácticamente implican el desenvolvimiento de las formas de la extorsión política.

El problema de la política en la modernidad es que la política se realiza de una manera paradójica o perversamente complementaria: En el discurso se pretende no solamente la verdad, sino la realización de la libertad,  de la justicia, de la humanidad, o, en contraste, la realización de la nación, como si se persiguieran estas finalidades gratuitamente; sin embargo, estas finalidades terminan justificando el uso de los medios y los procedimientos que se reducen, en la práctica, a la extorsión política.

¿Cómo romper con la extorsión política? Aunque se lo diga sencillamente y hacerlo sea difícil, parece que, por lo menos, teóricamente, hay que empezar por aquí: no aceptar la extorsión, no dejarla efectuarse. Pueden haberse conformado los grupos de extorsión, distribuidos en el mapa institucional del Estado, pueden emerger de los diagramas de poder vigentes, empero si no se acata su amenaza, la extorsión no se da lugar. Como la extorsión se da lugar en toda la malla institucional, en la filigrana de sus recovecos, en distintos niveles y planos, entonces concurre constantemente y profusamente, cuando el conjunto social amenazado no acepta la extorsión, por lo menos la mayoría o, incluso, una parte significativa, la extorsión como sistema expoliación se derrumba. Por lo tanto, el segundo paso o actitud ante la extorsión es movilizarse contra esta práctica de coerción, chantaje y expoliación. Convocando a la sociedad liberarse del chantaje, de la economía política del chantaje, de asumirse como tal, como constelación de asociaciones, de dejar de ser rehén de los grupos de extorsión. El tercer paso o actitud ante la extorsión implica el desmantelamiento del sistema de extorsión generalizada. El cuarto paso o actitud consiste en dar rienda suelta a la potencia social, a la potencia creativa de la vida, desenvolviendo la proliferante invención de la sociedad alterativa.

El fenómeno generalizado de la extorsión alumbra sobre cómo funciona la sociedad institucionalizada. Las historias de las sociedades institucionalizadas, que han requerido construir la máquina abstracta del poder, que nace como máquina simbólica y mitológica, de donde emerge y se edifica el Estado, como instrumento jurídico-político-económico-cultural, que legitima las dominaciones polimorfas, nos muestran que el poder mismo, desde sus comienzos, como ámbito de realización de las dominaciones, se estructura como deuda infinita, como deuda al soberano, propietario y poseedor de la tierra y de todos los bienes; deuda impagable, que inocula la dependencia inicial y la subordinación inaugural. La deuda convierte al deudor y a la deudora en prisioneros de la relación de dependencia con el soberano, convertido en el déspota, símbolo absoluto del poder. Entonces, desde un principio, el ejercicio del poder funciona efectivamente como extorsión.

Las sociedades institucionalizadas, no solamente se cohesionan en base a los mitos, después, a la ideología, así como en base a las estructuras de relaciones sociales, convertidas en prácticas, en hábitos y habitus, sino que son inducidas a hacerlo reproduciendo las formas de la extorsión. Las sociedades institucionalizadas no solamente aceptan como verdad sus mitos, después, sus ideologías, sino que aceptan las estructuras opacas de la economía política del chantaje y las estructuras ocultas del lado oscuro del poder. Entonces, no solo se cohesionan reproduciendo las relaciones sociales y las estructuras sociales y culturales de cohesión social, sino reproduciendo las estructuras del chantaje y de la extorsión de las máquinas en funcionamiento del poder.

Se trata de sociedades que conviven con el sistema de extorsión generalizado; por lo tanto, de sociedades que reproducen su condición de rehenes. Es como si constantemente remacharan reforzando sus propias cadenas; no solo resalta aquí el deseo del amo, sino también una especie de masoquismo convertido en costumbre. Se trata de un padecimiento aceptado, incluso buscado. Aceptar recorrer el calvario, cargando el peso agobiante de la extorsión. Ahora bien, ¿por qué se lo hace? ¿Por costumbre, por hábito? ¿Por qué no hay de otra? Es difícil responder a estas preguntas, aunque se tenga a mano hipótesis más o menos adecuadas. Se tiene que comprender que el poder no solamente es una máquina abstracta sostenida por agenciamientos concretos de poder, sino que se encarna, por así decirlo, se inscribe en el cuerpo; políticamente en la superficie del cuerpo, en la piel, subjetivamente, en el espesor corporal, en los esquemas de comportamiento y conducta, que responden a las modulaciones efectuadas por los diagramas de poder desplegados. Por lo tanto, parece que el sujeto constituido por el poder no encuentra otros recursos para responder a las exigencias del poder que los incorporados por el poder mismo. En consecuencia, el poder como maquinaria abstracta se comunica con el poder como cuerpo afectado y modulado por el poder; el poder se comunica con el poder y logra las respuestas esperadas. La potencia del cuerpo está inhibida, contenida, sumergida, por el ejercicio efectivo del poder; la creatividad corporal, conectada a la creatividad de la potencia de la vida, se encuentra bloqueada. Las posibilidades alternativas de acción están contenidas, las posibilidades alterativas de acción están congeladas; las predisposiciones corporales a las fenomenologías perceptuales están restringidas, dejando que solo se realicen las que son funcionales a la reproducción del poder. En estas condiciones de imposibilidad histórica-cultural, las voluntades singulares se conculcan, delegando a la voluntad general, a nombre del bien común, las pasiones, los quereres, los deseos, de las multitudes. El engaño o autoengaño se da en este transcurso delegativo; la ilusión frustrante es que la voluntad singular se realiza en la voluntad general, que es la conjetura liberal para legitimar el poder del Estado.

La extorsión es una de las formas de la violencia desplegada del lado oscuro de la economía y del lado oscuro del poder. La violencia, como efecto en el sujeto del impacto de las fuerzas capturadas por el poder y usadas para su reproducción, es el fenómeno del ejercicio del poder en los planos y espesores de intensidad social, controlados por las estructuras de las dominaciones. El poder no puede sino reproducirse por captura de fuerzas sociales, a las que separa de lo que pueden, y son usadas como disposición de fuerzas concentradas y dispositivos de fuerzas controladas para inducir comportamientos y conductas requeridas por los diagramas de poder y las cartografías políticas. El poder no puede sino reproducirse a través de los efectos de la violencia en los sujetos sociales. Tanto la amenaza, así como el desencadenamiento de las fuerzas controladas, que podemos llamar represión, inducen comportamientos y también consolidad esquemas de comportamientos, convirtiéndose en habitus. La reproducción del poder y por lo tanto su despliegue puede ser comprendido y entendido no solo como relación de fuerzas, diagramas de fuerzas, que funcionan como estrategias materiales e institucionalizadas, como consideraba Michel Foucault, sino que suponen genealogías y fenomenologías integrales, que incluyen los efectos en las estructuras del sujeto, efectos que vienen con cargas simbólicas e ideológicas, que son decodificadas en la inmediatez de los actos y las acciones. En consecuencia, la comprensión y el entendimiento de las dinámicas del poder no pueden desentenderse de las genealogías de la violencia y de sus imaginarios sociales.

La extorsión, como forma de la violencia desatada, en los términos de la expoliación, responde como a un culto de la violencia, profesado por los grupos y corporaciones de la extorsión, pero también aceptada pasivamente por la sociedad institucionalizada. Si bien no podemos hablar de “cultura de la violencia”, salvo metafóricamente, pues la cultura supone la articulación dinámica de sistemas simbólicos, sistemas de signos, narrativas, formaciones discursivas, además de prácticas culturales, se puede identificar ámbitos culturales donde se hace apología de la violencia. Por ejemplo, las ideologías que se reclaman como portadoras de la promesa, legitiman el uso de la violencia como medio para lograr los fines perseguidos. No solo entran en esta fetichización ideológica de la violencia las ideologías que reclaman la realización de justicia, sino también las ideologías que se reclaman como realización de la libertad. Unas justifican el uso de la violencia para alcanzar el paraíso prometido, otras justifican el uso de la violencia para defender el orden de libertad alcanzado. Las ideologías, a pesar de sus diferencias y contrastes discursivos, además de políticos, funcionan como legitimadoras de la violencia ejercida.

La extorsión política es, en sí misma, despliegue de la violencia; no busca claramente o declaradamente legitimarse, sino que se satisface en caer y circunscribirse en el pragmatismo descarnado: “así funcionan las cosas”. Las comunicaciones asociadas a la extorsión política suponen ya el “marco cultural” donde se mueven, “marco cultural” de la apología de la violencia. Se apoyan, de antemano, en la ideología política, que hace como de atmósfera de simbolizaciones y significaciones, que cobijan las comunicaciones de la extorsión. Por ejemplo, si se obliga a pagar tributos no normados ni institucionalizados, pero que funcionan como “sistema” oculto aceptado, se lo hace suponiendo la formación discursiva en boga. Si se exige a la población a votar por la opción representativa y auténtica del pueblo, se lo hace suponiendo la verdad dada en las pretensiones de la ideología. Algo parecido pasa cuando se reclama a la población a votar por la opción representativa de la institucionalidad y del Estado de derecho. Si se presentan elefantes blancos como logros del “proceso de cambio”, expoliando a la población, pues se trata del uso de recursos públicos, se lo hace suponiendo que los que lo hacen están ungidos de la aureola “revolucionaria”. Algo parecido, aunque de manera distinta, pasa cuando se presentan las privatizaciones, el despojo del ahorro social, la restricción de la inversión social, como procedimientos ineludibles del equilibrio económico. En ambos casos, la extorsión política se desenvuelve expoliando a los pueblos.

La extorsión política, así como las otras formas de extorsión, en el contexto de las formas de la economía política del chantaje, iluminan, hacen inteligible, los funcionamientos de las máquinas de poder, abarcando sus ámbitos entrelazados y complementarios; los correspondientes al lado luminoso del poder, el institucional, y los correspondientes al lado oscuro del poder, relativo a las prácticas paralelas. Si bien la extorsión funciona en el lado oscuro del poder, está articulada y complementada o encubierta por los funcionamientos en el lado luminoso del poder; las instituciones hacen como máscaras que encubren funcionamientos del sistema de la extorsión generalizada.  

 

La intermitente guerra del agua

La intermitente guerra del agua

Prólogo a ¿”La pachamama otra clase está”? de José Luis Saavedra

 

La intermitente guerra del agua

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Hay que tratar de entender cómo funciona el poder, esa máquina abstracta de las dominaciones polimorfas; cómo funciona en sus despliegues singulares; cómo combina de manera barroca distintas figuras el ejercicio de la política. Cómo, por ejemplo,   se combina un discurso de convocatoria popular, la práctica de una forma gubernamental clientelar, el ejercicio desfachatado de políticas, que continúan los mismos caminos que los gobiernos derrocados, sobre todo en lo que respecta al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; acompañado por una administración irresponsable de los recursos del Estado, además de venir asistido todo esto por la apropiación privada de riqueza, canalizando la misma mediante la participación personal en el “negocio”; es decir, la ejecución del proyecto público convertido en “negocio”, tanto por los jerarcas y funcionarios de alto rango, como por las empresas involucradas, que se benefician con concesiones y contratos displicentes.

Podemos también sugerir otro perfil de combinaciones barrocas; por ejemplo,  el discurso liberal o neoliberal, según el caso, el ejercicio de la malla institucional de acuerdo a las reglas del mercado, la política económica del libre mercado, la libre empresa y la competencia, la apertura al capital trasnacional en condiciones de altos incentivos y restricciones para la tributación estatal; acompañando estas práctica “pragmáticas” con beneficios privados, encubiertos por transacciones empresariales, aunque también, como en el otro caso, con transferencias a cuentas personales. Ambas composiciones discursivas, de prácticas discursivas y de prácticas de poder son barrocas; la diferencia radica en el formato, en el perfil y en el contenido de la composición. No solamente en la ideología particular de legitimación. Se trata de expresiones políticas, que, aunque de diferente composición y combinación, son similares en cuanto a pertenencia al círculo vicioso del poder.

Ahora, en este ensayo, volveremos a ocuparnos de la primera composición de poder; no solo porque se trata de la referencia connotada de la forma de gubernamentalidad clientelar del “gobierno progresista”, sino porque manifiesta de manera más elocuente el ejercicio mismo del poder, en las formas dramáticas más desbocadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un estilo del barroco político populista

En una composición barroca como la populista habría que preguntarse no solo cómo funciona una combinación tan heteróclita, sino qué es lo que prepondera en la composición, dependiendo de la coyuntura o quizás de lo que pone en práctica esta forma de gubernamentalidad clientelar. ¿El discurso de convocatoria en momentos de ofensiva, aunque también en momentos de premura, de crisis, de merma agobiante de la convocatoria? ¿El ejercicio de los circuitos prebéndales y clientelares cuando se requiere preservar bajo control a una masa crítica de adherentes? ¿Las formas paralelas de poder, que empujan al enriquecimiento privado a costa del Estado y a nombre del “proceso de cambio”? ¿Las ceremonialidades del poder orbitando alrededor del núcleo solar del mito, encarnado narrativamente en el caudillo? Quizás se haga hincapié en alguna de estas tendencias, dependiendo de las exigencias de la coyuntura, sin que las otras dejen de entrelazarse y reforzarse, reforzando, en su momento, a la tendencia de emergencia. Pero, a lo que apuntamos es a cómo funcionan los componentes en semejante combinación, aunque dependa el perfil configurado de la coyuntura. Por ejemplo, el discurso de la convocatoria no solo sirve para lograr mantenerla, sin para legitimar el mismo ejercicio del poder. Hasta aquí, lo consabido. Pero, ¿qué tiene que ver, por ejemplo, el discurso de convocatoria con las prácticas de apropiación privada de los recursos y riquezas del Estado, de la manera como se acostumbra, monetizando estas apropiaciones? Se podría acudir a la deducción inmediata de que se legitima o, mejor dicho, encubren los actos mismos de corrupción y corrosión institucional; sin embargo, si fuese así, queda pendiente qué sentido entonces adquiere el discurso en esta articulación perversa entre discurso y práctica paralela. El análisis político toma al discurso político por sus enunciados, por lo que dice; sin embargo, cuando se usa el discurso de esta manera, conectado con las prácticas paralelas, el enunciado mismo se evapora, el sentido pretendido del discurso se pierde; queda como un hueco abierto. ¿Con qué se llena este hueco? Lo que se dice transmite no exactamente lo que se dice, sino lo que se hace, aunque aparezca no en su evidencia, sino en su máscara discursiva. Lo que se dice parece decir, mas bien, puedo decir lo que quiera, lo que significa: puedo hacer lo que quiera. Entonces, al hacer lo que quiera, puedo decir lo que quiera; lo que importa es lo que hago cuando lo digo, diga lo que diga. Lo que hago aparece como lo digo; lo que digo es el hecho incontestable del poder, del ejercicio del poder.

El político en el poder actúa y habla; parece que no se puede separar su acción de su evocación. No en el sentido de que cuando habla es para encubrir o si se quiere, para decirlo de manera pedestre, para “mentir”, sino en el sentido que el habla, en este caso, transmite otro sentido, el del acto que habla y dice: puedo hacer lo que quiero diciendo lo que quiera. En este caso, el habla esta implicado y condicionado por el acto mismo, forma parte del acto, como una percusión del mismo. El que habla, en estas condiciones, transmite un mensaje, no propiamente político, tampoco ideológico, sino el mensaje del poder, del ejercicio del poder, si se quiere, la verdad descarnada del poder: el poder hace lo que quiere.

El discurso de convocatoria forma parte de la conducta misma del político. El significado del discurso político no se encuentra en el enunciado o la enunciación, sino en la acción que dice: lo hago y digo cualquier enunciación, lo que muestra que puedo hacer lo que quiero diga lo que diga. Al decirlo duplico el acto en el espacio de la enunciación.

Esta parece ser la clave para descifrar la función del discurso de convocatoria en las prácticas políticas clientelares. El concepto de corrupción, aplicado en el análisis político, supone una disyunción entre discurso y práctica política; es decir, en pocas palabras, se hace algo distinto a lo que se dice; no se cumple con la Ley, con el compromiso político, con la institucionalidad establecida. Sin embargo, en la compleja composición de la práctica política parece que no se separan discurso y práctica, que conforman un nudo de entrelazamientos insoslayable. Entonces el discurso adquiere no solo otra tonalidad en el campo político, sino incluso otras significaciones prácticas. En la práctica política no se separan discurso no solo de práctica discursiva sino de práctica política; no se separa, en el ejercicio de poder, la dominación de facto no se separa de la dominación ejercida a través de un uso singular del lenguaje. No se usa, en este caso el lenguaje, para, exactamente, “mentir”, sino, mas bien, para reforzar el acto en el discurso político.

Es por eso que cuando un vicepresidente “revolucionario” controla o se compra la empresa de barcazas que transportan la exportación de soya por el río Paraguay, no le parece contradictorio ni heteróclito ser el propietario efectivo o el accionista mayor  y a la vez decir que esta en marcha el “proceso de cambio” del “socialismo comunitario”. Es más, fustigar a la “clase media” por “conservadora” y “colonial”. Pues el discurso emitido no dice exactamente lo que expresa la enunciación, sino dice otra cosa, dice que yo hago lo que quiero y digo lo que quiero porque soy “revolucionario”. Ser “revolucionario”, entonces, adquiere otra significación, pierde el significado heredado de la narrativa romántica y de la narrativa insurgente; en el acto-discurso, en el discurso convertido en parte del acto, adquiere el significado de soy el cambio de élite, soy la nueva élite “revolucionaria”, pues he venido montado en el caballo de la revolución, de la insurrección popular. Entonces la insurrección popular, que antecede al “gobierno popular”, es motivo suficiente para ungirlo de “revolucionario” y ungir de “revolucionarios” a sus gobernantes. Ciertamente el sentido de cambio se estrecha a la connotación circunscrita de cambio de élite, pero esta reducida connotación basta para mantener la palabra, que ha perdido la fuerza de la metáfora romántica, que sirve no tanto para legitimar lo que se hace, sino para duplicar lo que se hace, el acto descarnado de poder.

Se puede comenzar a entender también por qué se deriva en una administración displicente y hasta bochornosamente irresponsable. En estas condiciones descritas, ¿qué se administra? Ciertamente los bienes y recursos del Estado; pero, ¿cuál es el sentido de pertenencia que se asume? La Constitución dice que es el pueblo boliviano el propietario de los recursos naturales, que el Estado es un mero administrador. Pero, como la nueva élite es ungida de “revolucionaria”, la posesión efectiva la tienen los administradores, quienes pueden tomar las acciones de emergencia que son necesarias en un periodo álgido como el del “comunismo de guerra”, cuando se le entrega todo el poder concentrado al “comité central”. Obviamente esta comparación es insostenible, pues el “comunismo de guerra” correspondió a la guerra civil que enfrentaron los bolcheviques, ante una invasión imperialista a la Patria Socialista, apoyando al ejército de los “rusos blancos”, resabios zaristas. Empero, en el imaginario de la nueva élite cualquier analogía, por más lejana y de atisbo tenga, basta para ungir a la concentración inconsulta de poder del gobierno popular y de su estructura palaciega de cierto halo histórico de la primera revolución proletaria triunfante. Sin embargo, lo que no hay que olvidar es que si bien se dice en la enunciación del lenguaje que hacemos lo mismo que hacen los bolcheviques en un momento de emergencia para defender la Patria Socialista y salvar la revolución, efectivamente se dice: estamos en el poder y hacemos lo que queremos, pues el poder sirve para eso. 

Lo que se administra son las posesiones de la nueva élite, posesiones estatales, que asumen como si fuesen propiedad privada de la casta gobernante. Esta administración es importante, no solo por lo que se refiere al enriquecimiento privado, sino por los recursos necesarios para reproducir las extensas redes clientelares. Lo que importa es esto, la reproducción de la masa clientelar, incluso, mejor, invertir en su expansión. Lo demás no importa tanto; las tareas encomendadas por el Estado, la administración pública, la administración de las empresas públicas, en el sentido recomendado, buscando la eficiencia y eficacia, el ahorro y los mejores beneficios y de calidad para el Estado. Estas tareas encomendadas por la Constitución son colaterales. Lo importante es hacer funcionar el aparataje clientelar; se pueden construir elefantes blancos, no importa; lo que se busca es la circulación monetaria de los flujos que financian la reproducción de la máquina clientelar. Como se dice popularmente, para muestra basta un botón. Sin recurrir a ejemplos conocidos de corrupción y corrosión institucional, los más connotados por los medios de comunicación, incluso sin recurrir a lo que estos medios no ven, la magnitud del control trasnacional a través de la incorporación de gobernantes y jerarcas de la administración pública a sus planillas, además de la incidencia del lado oscuro del poder, vamos a referirnos a un ejemplo, mas bien, anecdótico, que ilustra elocuentemente lo que ocurre. En una economía extractivista administrada por un Estado rentista las fichas ambientales son cruciales para habilitar precisamente la explotación de los recurso naturales. Que cuando la empresa contratada para hacer el diagnóstico de impacto ambiental pide la información técnica y los mapas por donde pasaran los senderos de exploración, después los caminos, las instalaciones de la maquinaria extractivista, se le entrega, en vez de una documentación técnica, basada en los propios estudios de la empresa estatal, en este caso YPFB, un informe hecho desde el Google Earths, estamos ante el hecho insólito; dato escabroso de a donde ha llegado la desidia y la negligencia.  Esto no quiere decir que probablemente no solo no cuentan con esos estudios, esa información técnica, sino sobre todo que no les importa lo que pase en cuanto a impacto ambiental; por eso, tampoco es importante entregar estudios geológicos y geográficos que se requieren. Se trata meramente de trámites administrativos, como cuando se llenan formularios; todo para cumplir. De lo que se trata es de hacer marchar el proyecto a como de lugar. Este ejemplo anecdótico muestra patentemente el carácter de esta administración pública.  No está precisamente para velar por los intereses ya no solo del Estado sino del mismo pueblo, que es el propietario de los recursos naturales, sino que está para hacer que la máquina clientelar funcione.

Estamos, entonces, ante una administración pública cuya tarea es hacer que funcione la máquina clientelar; su tarea es garantizar que esto ocurra. Mientras esto pasa, entonces, la administración de la maquina clientelar cumple; es eficiente en este sentido. Aunque nos sorprenda lo que pasa, no hay, en consecuencia, de qué sorprenderse; estamos ante discursos políticos que dicen otra cosa diferente a la enunciación, estamos ante un aparato administrativo público que no administra lo público sino las posesiones de la nueva élite política y económica.  Quizás sea esta la razón por la que la administración pública clientelar funcione como lo hace; desde la perspectiva normativa e institucional, de una manera catastrófica; pero, desde la perspectiva de la gubernamentalidad clientelar funciona como corresponde. Ahora, en lo que sigue, no vamos a dar otros ejemplos anecdóticos, ni mostrar otros botones; lo que haremos es concentrarnos en la problemática del agua, la crisis anticipada del agua. Recurriremos al libro de José Luis Saavedra ¿”La pachamama otra clase está”?, donde se describe la reciente crisis del agua, sus causales, sus impactos, sobre todo lo que hace evidente, la cuestionable administración estatal, además de sus complicidades innegables con las expresas trasnacionales extractivistas, que derrochan el agua y la contaminan, contaminando cuencas y territorios aledaños y lejanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Interrupción de los ciclos del agua

Los ciclos del agua forman parte de los ciclos vitales, cualquier interrupción redunda en los otros ciclos  entrelazados. Por eso los ciclos del agua como los otros ciclos son  vitales. Cuando se interrumpen por efectos sociales, como por ejemplo cundo se talan los bosques, es cuando se interrumpe el ciclo, es decir, cuando se corta el circuito de la evo-transpiración. Entones asistimos de pleno a la crisis del agua.  Esto es lo que se siente cuando el agua escasea en las ciudades, cuando se siente las sequia en zonas geográficas identificadas.  Empero, cuando esto se ahonda por el efecto de una administración lamentable, que no tienen en cuenta el ciclo mismo del agua, los efectos adquieren la dimensión de la escasez demoledora del agua. Las ciudades son las primeras en sentirlo. La crisis del agua en la ciudad de La Paz y en otras ciudades de Bolivia develan las grandes falencias del “gobierno progresista”.

El “gobierno progresista” no solo no previó lo que se venía, sino que se convirtió en un factor de del desenlace dramático de la escases del agua. La administración pública del agua contribuyó al desenlace de la crisis, no solo por la cuestionable administración, sino porque desató otros factores que repercutieron en la crisis.

  Crisis del agua

Tenemos que hablar de los ciclos del agua, pues nos encontramos ante procesos de reproducción del agua, a través de la evaporación y transpiración; el ciclo del agua forma parte de los ciclos vitales articulados e integrados ecológicos. Cuando se interrumpe el proceso del ciclo del agua se afecta a su reproducción, esta interrupción, por cierto es parcial, pues si sería una interrupción absoluta ya no habría tal reproducción ni el ciclo del agua. Las interrupciones parciales del ciclo del agua afectan notoriamente a su reproducción y como el ciclo del agua está entrelazado a los demás ciclos vitales, las interrupciones parciales en el ciclo del agua afectan a los demás ciclos ecológicos. Lo mismo ocurre con las interrupciones parciales en los demás ciclos, que derivan no solo en la incidencia particular de la reproducción del ciclo sino en la reproducción de los demás ciclos vitales. Por ejemplo, la tala de bosques incide preponderantemente no solamente en el ciclo biológico de los bosques, sino en el ciclo del agua, en el ciclo del aire, en el ciclo de los suelos. De esta manera, se afecta notoriamente al sistema de vida planetario.

El sistema-mundo capitalista, en la medida que se ha venido expandiendo, consolidando y desarrollando, ha incidido notoriamente en la acumulación de interrupciones parciales de los ciclos vitales; en lo que respecta al ciclo del agua, ha venido afectando notoriamente los procesos de reproducción. No hablamos solamente del incremento del consumo del agua, sino de los efectos de la contaminación y depredación en la reproducción del ciclo del agua. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente ha afectado preponderantemente en los modos de la reproducción del ciclo del agua, en la evaporación y transpiración. Se estima que las sociedades humanas ya enfrentan lo que se denomina la escasez del agua dulce; se estima que esta situación se ha de venir agravado a tal punto que los estados van a enfrentar la guerra del agua.

¿”La pachamama otra clase está”? comienza con la crisis del agua en la ciudad de La Paz. El gobierno atribuye la disminución dramática del agua de la represa de Hampaturi al “cambio climático” y oculta, al decirlo, su desastrosa administración; tanto de la empresa encargada como de los ministerios que tienen que ver con la administración del bien liquido. El libro se propone demostrar las causales  económicas, sociopolíticas y ambientales de la crisis del agua, además de las falencias y errores administrativos, sobre todo cuando la escasez del líquido elemento se muestra en su más grave ausencia. Al final se propone plantear algunas soluciones perentorias. Entre las causales económicas se encuentra el modelo extractivista como núcleo de una estrategia depredadora y destructiva; entre las causales sociopolíticas se encuentra en el centro de la devastación el Estado rentista; entre las causales ambientales se hallan los efectos de la crisis ecológica, efectos alarmantes como el deshielo de las cumbres de la cordillera, así como la extensión intermitente de la sequía, acompañada paradójicamente por inundaciones paulatinas, convirtiendo a unas zonas en anunciados desiertos y a otras en zonas de inundación. Nos detendremos a analizar el factor del modelo extractivista de la economía dependiente y el carácter rentista del Estado-nación subalterno.

 

Modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente

La conquista y la colonia del quinto continente, lo que se llama por los propios, los nativos y mestizos asumidos por las territorialidades del continente, que asumen la defensa de la vida, Abya Yala, ha instaurado un modelo económico, por así decirlo, que es el substrato de la economía-mundo capitalista y, por lo tanto, del sistema-mundo capitalista; este es el  modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Sabemos que al hablar de modelo lo hacemos metafóricamente, pues, en efecto, no ha sido, si se quiere, de manera deductiva lo que ha ocurrido, sino, mas bien, de manera inductiva. Las oleadas de conquista y de colonización, que datan desde el siglo XVI, han venido conformando este denominado modelo, en principio, en forma de enclaves, sobre todo en las playas, haciendo como cabeceras de playa; después, en la medida que se adentraban al interior del continente, los puertos de desembarque se conectaban con la expansión de la colonización. Se puede decir que es con la conquista de Tenochtitlán cuando se conquista propiamente toda una región, incluida la metrópoli administrativa, además del sistema de comunicaciones y redes y circuitos socio-demográficos-culturales  de la civilización de Mesoamérica. La conquista efectuada se consolida con el primer virreinato ibérico, el Virreinato de Nueva España.

Los siguientes virreinatos y capitanías casi repiten los mismos procedimientos de conquista; terminan implantando en el continente un modelo administrativo colonial, que corresponde a algo parecido a estados absolutistas extraterritoriales, desde la perspectiva del la Corona española. Son estas administraciones políticas y militares las que se convierten, incluso para Europa, en los referentes de la arquitectura estatal. La colonización, una vez consolidada la colonia, continúa en la propia y Europa; se instauran administraciones estatales de lo que va a venir a ser el Estado moderno; se implanta a sangre y fuego la lengua nacional; se institucionaliza el mito de la nación. Nacen los Estado-nación, quizás primero, como afirma Benedic Anderson, en el continente conquistado, concretamente en Norte América, con la independencia de las trece provincias sublevadas y ganadoras de la guerra anticolonial con el imperio británico. La revolución francesa va a ser otro hito en la construcción del Estado-nación, del Estado moderno. Así como Tzvetan Todorov dice que el mundo es mundo desde la conquista de América, se puede decir que el sistema-mundo moderno emerge desde la conquista de Tenochtitlán. Después de la independencia de los estados de la unión, de la conformación de la primera república moderna, y después de la revolución francesa, los Estado-nación emergen, ya sea de guerras de independencia, como en América, o como efectos irradiantes de la revolución; más tarde, en el siglo XX, como consecuencia de las guerras de liberación nacional. Entonces, el modelo de Estado moderno se generaliza, incluso se mundializa. Este modelo político mundializado se complementa con el modelo económico, también mundializado; se trata de la economía-mundo capitalista, cuyo substrato es el modelo extractivista, pues se basa en la explotación expansiva de los recursos naturales. El sistema-mundo capitalista se desarrolla sobre la base de la expansiva e intensiva explotación de los recursos naturales, convertidos en materias primas para la industria. El susodicho desarrollo lo hace, es decir, se desenvuelve, crece y se transforma, sobre la base de esta explotación de los recursos naturales, que también adquieren la envergadura mundial, en forma de una división del trabajo mundial. El sistema-mundo capitalista crece y se consolida poniendo en operación la geopolítica del sistema-mundo, que separa centros de periferias, centros de acumulación y concentración de capital de periferias de des-acumulación y transferencia de recursos naturales. En consecuencia, tenemos un sistema-mundo compuesto por un modelo económico y un modelo político; la economía-mundo tiene como substrato al modelo extractivista y la política-mundo tiene como referente al Estado-nación. Tendríamos que hablar, entonces, de un sistema-mundo moderno económico y político; la composición económica y política y sus combinaciones inherentes se complementan y se refuerzan. Por eso, es insulso sugerir, peor hacerlo, operar desde el Estado para liberar a la sociedad del capitalismo; el Estado es la otra cara de la medalla del sistema-mundo, la otra cara es el capital.

El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente corresponde a la inmensa periferia del sistema-mundo capitalista; en tanto que el modelo industrial, que no deja de ser colonial, puesto que la colonialidad es mundial, corresponde a los centros del sistema-mundo. Centros y periferias interactúan, se complementan, hasta pueden variar, no solo en lo que respecta a la potencias emergentes, sino porque la geopolítica del sistema-mundo capitalista es móvil. Sin embargo, lo que hay que tener en cuenta es que sin la expansión e intensificación, incluso, ahora, la tecnificación, extractivista, la economía-mundo y la política-mundo no funcionarían. La crítica de la economía política de Marx, por cierto, como dijimos en otros ensayos, restringida, circunscrita al campo económico, supone como núcleo del modo de producción capitalista la esfera productiva, es decir, el espacio de la industrialización; en esta apreciación hay una sobrevaloración de la producción, olvidando que no hay producción sin la incorporación de materias primas; en consecuencia, no es sostenible colocar el núcleo del modo de producción en los procesos de producción; no habría procesos de producción sin procesos extractivistas. No queremos decir que el núcleo del modo de producción capitalista se encuentra en el modelo extractivista; no se trata de esto, sino de comprender la articulación imprescindible de los procesos extractivistas y los procesos de producción. Ambos conforman, si se quiere, un núcleo complejo, un núcleo extractivista-productivo. La denominada valorización abstracta,  tesis marxista-ricardiana, no se da en el proceso de producción, en la absorción de tiempos socialmente necesarios no pagados, sino comienza en la extracción de recursos naturales, prácticamente de manera gratuita, salvo la renta a los Estado-nación-subalternos, sin retribuir a la naturaleza lo que se le quita; es decir, destruyéndola; transfiriendo costos ecológicos irreparables, que no tiene en cuenta la contabilidad capitalista. En esto, quizás tenían razón los fisiócratas, cuando señalaban que el plus-producto y el plus-valor, de donde viene la ganancia, deriva de la naturaleza.

Sin periferias no hay centros, sin modelo extractivista no hay modelo industrial, sin modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente no hay modelo colonial industrial. Entonces, la valorización abstracta acaece desde el saqueo de la naturaleza hasta la explotación de la fuerza de trabajo, además de la expoliación de los consumidores, a través del mercado, por precios de inflación y la expansión de la deuda impagable, a través del sistema financiero. La valorización abstracta es el evento constante en el sistema-mundo moderno de este núcleo y motor compuesto extractivista-productivo-financiero.

La paradoja de la economía-mundo, sistema de la valorización abstracta y de la contabilidad capitalista, no valoriza los recursos naturales, no valoriza la destrucción que deja a su paso. Para la contabilidad capitalista los recursos naturales no valen, salvo cuando se convierten en materias primas y conllevan un costo, el costo de la renta y de la inversión en la explotación. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, substrato de la economía mundo, no valoriza los recursos naturales que transfiere a los centros del sistema-mundo capitalista, salvo en lo que respecta a las estadísticas de la renta que recibe. Por lo tanto estamos ante un sistema-mundo que no valoriza la vida, sino la muerte.

Se comprende pues que este sistema-mundo de la civilización moderna haya desencadenado la crisis ecológica; se entiende que al orden mundial, el imperio, no le inquiete la crisis ecológica desatada, salvo en lo que respecta a las tibias propuestas de bajar los niveles de contaminación y amortiguamiento de las extensas huellas ecológicas; se entiende que a los Estado-nación subalternos no les importe la destrucción ecológica desatada en sus países, salvo en lo que respecta a la pronunciación demagógica. En este sentido, también se entiende el funcionamiento de sus instituciones que amparan esta destrucción, ya sea con uno u otro discurso, uno u otro procedimiento político y económico. La clave para entender la negligencia del “gobierno progresista” de Bolivia respecto a la crisis del agua se encuentra en este substrato de la dependencia, de la colonialidad y de la subalternidad.

La guerra del agua

La guerra del agua parece intermitente, recomienza después de un lapso, como descansando. En la llamada guerra del agua en Cochabamba, desatada en los primeros meses de 2000, que comenzó, un  año antes en Tiquipaya, se rebelaron, primero, las organizaciones recolectoras del agua, encargadas de distribuir el agua según “usos y costumbres”. El intento gubernamental de privatización del agua comenzó ya en 1999. Los recolectores del agua y los agricultores se unieron en defensa de los “usos y costumbres” del bien común del agua, frente a los primeros pasos que se daban estatalmente para su privatización. La guerra del agua de Cochabamba convulsionó a todo el departamento, principalmente a la ciudad capital; las Ongs denunciaron los intentos de privatizar el agua, comenzando con las fuentes del Tunari. Desde este momento de denuncia la información se extendió y se difundió; se coaligaron organizaciones sociales y colegios de profesionales, así como otras asociaciones de la urbe valluna. La población comenzó a reunirse y debatir el tema, después a movilizarse. Conocido el proyecto de ley entregado por el gobierno de entonces al Congreso, que proyectaba conceder el agua, en sus variadas formas, a una subsidiaria de la empresa trasnacional Bechtel, denominada Aguas del Tunari, la movilización y su extensión fueron indetenibles. La Coordinadora de la Defensa del Agua y de la Vida, que aglutinó a un conglomerado de organizaciones sociales, juntas de vecinos, asociaciones profesionales, Ongs, bajo la convocatoria de la Federación Sindical de Fabriles, se convirtió en el referente de la movilización y en la organización coordinada de la misma. Ante el proyecto neoliberal de privatizar el agua, la Coordinadora de la Defensa del Agua y de la Vida propuso un proyecto autogestionario del bien común.

Cuatro años más tarde estalló otra guerra del agua, esta vez en la ciudad de El Alto. La escasez del líquido elemento y su deficiente y limitado suministro ocasionó la protesta y la movilización popular. La Junta de Vecinos de la Ciudad de El Alto buscaba no solamente subsanar estas falencias y deficiencias, sino también evitar cualquier forma de privatización.

El problema de la crisis del agua se ha venido manifestando en distintas situaciones; variadas y contrastantes, sequías en unas zonas e inundaciones en otras. Se puede decir que las sequías aparecen en una amplia geografía que abarca tanto el Altiplano como el Chaco, sin dejar escapar, en ocasiones, a uno que otro valle. Las inundaciones aparecen intermitentemente en la región amazónica, sin descartar, en ocasiones, inundaciones en otros lugares. Esto no quiere decir que en unos lugares sobra el agua y en otros escasea; el agua dulce es un bien común, que ante el avasallante consumo compulsivo, ya es escaso. Esto no quiere decir que es escaso en términos absolutos, pues el agua forma parte de la reproducción del ciclo del agua; pero es escaso, en términos relativos, teniendo en cuenta las condiciones de posibilidad ecológicas del ciclo del agua. Cuando el consumo compulsivo se incrementa, cuando la explotación extractivista lo derrocha, cuando se contamina el agua, además de contaminar los suelos y el aire, depredándolos, se interrumpe parcialmente el ciclo de la reproducción del agua.

El año 2017 estalló nuevamente la guerra del agua, esta vez en el epicentro de la geografía política, en la sede de gobierno, en la ciudad de La Paz, con irradiaciones a la ciudad del Alto y otras ciudades, como Potosí, incluso Sucre, la capital; también a otras zonas de pronunciada sequía. Se hizo patente la descuidada y negligente, además de ineficiente, administración estatal del agua. La principal represa que alimenta de agua a la ciudad de La Paz bajó sus niveles de manera dramática. Los personeros de la empresa estatal del agua y los ministerios encargados con su administración atribuyeron esta calamitosa disminución de los niveles de reserva de agua de la represa al “cambio climático”. En contraste, varias organizaciones sociales, desde campesinas hasta juntas de vecinos señalaron al gobierno como el responsable de la catastrófica disminución de la reserva de agua de la represa; no solo por no haber sabido prever, sino por haber entregado el agua, mediante desvíos de ríos, a empresas trasnacionales mineras. Varios especialistas en el tema, al hacer el diagnóstico del problema, describen las falencias de una administración estatal del agua improvisada. El dramatismo de la escasez del agua se hizo sentir en la penuria de los barrios por conseguir el líquido elemento. El dramatismo alcanzó niveles de tragedia, con la desaparición del lago Uru-Uru y con la amenaza de desaparición del lago Popó, con todos los efectos sociales y ecológicos que estas desapariciones conllevan. Por otra parte, organizaciones ambientalistas informaron, apoyadas en investigaciones, que la descomunal tala de bosques, la ampliación de la frontera agrícola y de la frontera extractivista, provocan modificaciones críticas en los patrones de los ciclos ecológicos, trayendo a colación perturbaciones en el ciclo del agua. Estas organizaciones se oponen a la construcción de las mega-represas del Bala y del Chapete, que proyecta el “gobierno progresista”. Se estima que estas mega-represas van a causar inundaciones irreparables, conllevando la desaparición de de parte de la biodiversidad zonal, afectando dramáticamente a pueblos indígenas, los que se van a ver obligados a migrar, con las consecuencias irreparables de su desaparición. El efecto catastrófico de la represa del Bala tendrá como consecuencia la desaparición del Parque y Área Protegida Madidi, además de la desaparición de las comunidades indígenas que lo habitan.

Como se puede ver, la problemática de la crisis del agua es compleja e integral, además de ser un tema crucial para la sobrevivencia de las sociedades humanas y de las sociedades orgánicas. La actitud del “gobierno progresista” ante semejante cuestión muestra su patético desconocimiento y su irremediable irresponsabilidad. Minimiza la cuestión crucial convirtiendo la problemática en un enunciado abstracto, “cambio climático”, que al parecer no afecta gravemente, sino que se lo señala como exterior y mundial, salvo ahora, cuando se tiene que encubrir la pésima administración pública. Se aminora la problemática a la caricatura que tiene del “cambio climático”, reducido de antemano por los organismos internacionales al llamado “calentamiento global”, deduciendo de aquí que de lo que se trata es de disminuir la emisión de gases de efecto invernadero. La demagogia discursiva hace shows en los foros internacionales y en las Cumbres de Naciones Unidas, en tanto que, efectivamente, persiste en la intensificación y extensión del modelo extractivista. Insiste en llevar adelante la construcción de las mega-represas, deja ampliar constantemente la frontera agrícola y la frontera extractivista, además de avalar la tala de bosques, que proporcionalmente ha alcanzado en Bolivia a dimensiones apocalípticas.

En lo que respecta a la crisis del agua en la ciudad de La Paz se llegó al extremo brutal de seleccionar barrios que merecían un reparto de agua más voluminoso y más continuo que otros; queriendo encubrir esta brutalidad con balbuceos ideológicos: ni una gota de agua para los q’aras.  Este balbuceo ideológico, que es, mas bien, una grosera incomprensión de la cuestión política, de la lucha social y anticolonial, no puede encubrir el patético desconocimiento del problema y la pésima administración del líquido elemento; además de mostrar que estos personajes ocupan cargos administrativos sin merecerlo ni tener una peregrina idea de lo que se trata sobre el asunto que administran.

La ciudad de La Paz es una ciudad abigarrada, además de entrelazada, como lo fue desde sus nacimientos; ciudad india y ciudad mestiza. En todas sus zonas se nota esta composición abigarrada, claro que con variadas tonalidades; por ejemplo, la zona sur se conforma por una composición colateral y atravesada de barrios residenciales y barrios populares, que cohabitan, además de estar recorridos por los circuitos que realizan noventa y cinco comunidades campesinas de sus alrededores. Al decidir hacer pagar caro a la zona sur se afectó a todo este conglomerado socio-demográfico y socio-territorial abigarrado. Por otra parte, tampoco los barrios escogidos como merecedores de una mejor atención se salvaron de la dramática situación. Además, la dramática escasez del agua se hizo sentir gravemente en la ciudad de El Alto. El gerente de la empresa estatal del agua de esta ciudad fue el primero en caer. Las movilizaciones sociales no se dejaron esperar; estallaron, primero, puntualmente, después se expandieron a los barrios y a las zonas, llegando a cubrir a la ciudad misma. El gobierno se vio en figurillas, sin poder recurrir a la letanía de sus argumentos machacados. Desbordado por la movilización social demandante y por el problema desbocado, incapaz de atenderlo, cedió; pero, lo hizo de la forma como acostumbra, buscó chivos expiatorios. Cayeron ministros y sus entornos de los ministerios y oficinas encargados de la administración del agua; cayó la administración de la empresa estatal del agua de La Paz. Cayó el padrino de los ministros en desgracia, el hasta entonces permanente Canciller, David Choquehuanca. Se incorporaron a la dirección administrativa de la empresa estatal del agua a conocidos técnicos, que supieron, por lo menos, mejorar las condiciones de la distribución del líquido elemento y mejorar el acopio del agua. La llegada de las lluvias los salvó. Sin embargo, se entiende, que la crisis del agua está lejos de haberse resuelto; tampoco la guerra intermitente del agua ha concluido; se ha dado un descanso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la administración del agua

Se puede decir que hay diferentes formas y tipos de administración del agua; la más conocida es la que experimentamos en las sociedades modernas, la que cobra por los servicios, convirtiendo al agua potable, es decir, a la tratada, después de acumularla en represas y distribuirla por cañerías, en mercancía. Esta administración se circunscribe a la captación del agua y su manejo administrativo en la distribución. Para esta forma de administración, el agua es, en el mejor de los casos, un recurso natural, convertido en un servicio básico, sobre todo en lo que respecta a las urbes. Claro que también entra el servicio a la industria, así como a la minería. En lo que respecta a la agricultura, la mayor parte de la misma se mueve a los ritmos de los ciclos de las lluvias y de los flujos de los ríos, esperando sus llegadas o atendiendo al volumen de sus flujos; también, en algunos casos se usan pozos. Solo una parte de la agricultura usa canalizaciones más sofisticadas y regadíos más técnicos; pero, este uso no es de agua potable. De todas maneras, se trata de agua dulce, requerida por las dinámicas de los ciclos vitales ecológicos.

Entonces estamos ante usos que convierten al agua en objeto o de servicios o de insumos para la explotación extractiva y la industria, para la explotación minera, para el consumo industrial y para la agricultura. Para que el agua se convierta en objeto es menester separarla, por lo menos institucionalmente, incluso técnicamente; esto es, efectuar la economía política de los recursos naturales, que separa el agua, en condiciones de servicio, del agua como flujo ecológico; valorizando el agua como servicio y desvalorizando el agua como flujo ecológico. El agua convertida en objeto es adecuada para su conversión en mercancía; no solo en cuanto servicio, sino en sus formas transformadas en la industria de refrescos, gaseosas y bebidas. Entonces, el agua como mercancía es decodificada como valor abstracto, como precio que no solo circula en el mercado, en el comercio, sino también aparece numéricamente en las estadísticas económicas, en tanto servicios, así como en sus usos industriales. También puede aparecer cifrada en las estadísticas referidas al consumo de la población. Sin embargo, a pesar de esta circunscripción, esta economía política del agua, que supone la separación institucional y técnica del agua. El agua no es objeto, por más que se haya institucionalizado como tal y se la maneje de esta manera, por más que así lo conciba el imaginario moderno. El agua, efectivamente, forma parte de los ciclos vitales ecológicos.

Otra concepción y forma de administración del agua es la que la considera como un bien, que la concibe como flujo, desde sus fuentes hasta sus desembocaduras; esto ocurría en las sociedades antiguas, que la conciben en los ciclos y flujos de redes hídricas y estaciones de lluvia. Estas sociedades conformaron lo que Karl August Wittfogel denominó modos de producción hidráulicos. La concepción del agua en estas sociedades no solo es más amplia que la dada en las  sociedades modernas, sino que concibe al agua como flujo y no como stock; esta última es la figura asumida en el imaginario de las sociedades modernas. En consecuencia, la administración del agua en cuanto flujos hídricos y canalizados de modo hidráulico, tiene una perspectiva de largo plazo, a diferencia de los cortos y medianos plazos de las administraciones del líquido elemento en las sociedades modernas; además de ser más eficientes en el uso del agua. Hablamos de sociedades que ocasionaron la llamada revolución verde, con el nacimiento de la agricultura, su consolidación y extensión. Hablamos de sociedades humanas que domesticaron el genoma de las plantas y animales, produjeron prácticamente casi todo lo que nos alimentamos hoy. Las sociedades modernas han tecnificado estos logros, los han industrializado y extendido peligrosamente, ampliando desbordantemente la frontera agrícola.

Vamos a configurar una tercera forma de administración y concepción del agua; la llamaremos ecológica. Esta forma de administración del agua concibe el ciclo del agua como parte interrelacionada, imbricada y entrelazada de los ciclos vitales del planeta. En este caso, el agua no se separa de las otras composiciones vitales de los ciclos ecológicos. El agua no solo forma parte de los flujos, es concebido como flujo, sino como fenómeno vital de procesos complejos y dinámicos, en mutación y en metamorfosis, en el entramado de los ciclos vitales, que funcionan como tejidos materiales en constante movimiento. En este caso, propiamente hablando, no hay pues exactamente una administración del agua, sino, mas bien, una participación en las dinámicas integradas de los ciclos vitales ecológicos. Mejor dicho, se trata de reinserciones de las sociedades humanas a los ciclos vitales del Oikos. Esta participación en la dinámica de los ciclos vitales sugiere una administración integral de los usos de los bienes; es la propuesta ecológica ante la crisis ecológica desatada por el sistema-mundo capitalista. Se trata de un proyecto ecológico en defensa de la vida, de la armonización en la sincronización de los ciclos vitales y los seres. Esto equivale considerar a las sociedades humanas, particularmente a sus asentamientos, como parte de los nichos ecológicos.

De la composición y la argumentación del libro

El libro ¿”la pachamama otra clase está”? comienza con una crítica de las justificaciones del gobierno respecto a la crisis del agua; empieza desmontando el argumento gubernamental de que la crisis del agua, la disminución dramática de la reserva de la represa, se deba al “cambio climático”. Se hace una descripción detallada del comportamiento negligente y descuidado de las empresas encargadas de la administración del agua y de los ministerios que tienen a su cargo esa responsabilidad. Por otra parte se reúne información de diagnósticos y análisis de especialistas sobre el tema, quienes advierten de la vulnerable situación, aludiendo a las causales y condicionantes de la crisis del agua y de la crisis ambiental. No quepa duda que se trata, en primer lugar del modelo económico extractivista y depredador.

Una de las fuentes primarias del autor es la referida a la hemeroteca, sobre todo de noticias, entrevistas y reportajes que se dieron en el lapso que antecede a la crisis y en el lapso mismo del desenvolvimiento de la crisis. Otra fuente de información corresponde a las publicaciones especializadas sobre el tema, sobre todo las que se refieren a los contextos de la crisis particular del agua en Bolivia. En lo que respecta a la situación crítica del país, las investigaciones, desde hace dos décadas, han venido señalando los niveles alarmantes de la misma; por ejemplo, en lo que respecta al deshiele de los glaciales, que son las fuentes de los ríos de la cuenca andina y de la cuenca amazónica. Por otra parte se han señalado pertinentemente lo que ocasiona la desforestación como impacto desequilibrante el equilibrio climático. Se suman a estas causales las contaminaciones y depredaciones provocadas por la explotación minera, afectando notoriamente a las cuencas y a los territorios. Al respecto, el autor hace puntualizaciones insoslayables:

El crecimiento económico experimentado por Bolivia, bajo el Gobierno del presidente Evo, ha tenido una compleja serie de efectos realmente perversos sobre los recursos hídricos de y en el país. Además del duro impacto en el medio ambiente por la creciente expansión de los proyectos mineros y energéticos, aumentó el consumo interno en los núcleos urbanos y no hubo, ni hay políticas de concienciación ciudadana sobre el ahorro o al menos el uso razonado y razonable del agua.

 

El sector de la minería usa (abusa) mucha, muchísima agua, requiere alrededor de 70.000 metros cúbicos de agua fresca por día para la explotación de los minerales, de esa cantidad las cooperativas mineras consumen 40.000 metros cúbicos, lo que significa el 57% del total. Entre las empresas privadas que usan gran cantidad del líquido elemento se encuentran San Cristóbal, San Vicente, Bolívar, Porco y Manquiri. Ojo que sólo la compañía minera San Cristóbal consume más de 47.652 metros cúbicos día (mcd) de agua. En cambio, las cooperativas auríferas trabajan en el borde de los ríos con dragas. Esto ocasiona que aparte de usar ingentes cantidades de agua, también contaminan crudamente los afluentes por el uso irracional del mercurio[1]. Recordemos que, en el país, operan alrededor de 1.700 cooperativas, de las cuales 1.200 se dedican a la extracción del oro, principalmente en el norte de La Paz.

 

La actividad minera, según los estudios realizados por el Centro de Ecología y Pueblos Andinos (CEPA), consume similar o mayor cantidad de agua que el conjunto de los habitantes de la ciudad de Oruro[2] en un día, cifra que llega aproximadamente a 30 millones de litros del líquido elemento. Aquí hay que reiterar como el mayor ejemplo a la Empresa Minera San Cristóbal[3] (de capitales japoneses, como Sumitomo) en Potosí que, en un día, utiliza una cantidad superior de agua a lo que en la ciudad de Oruro se consume (también) en un día; sin duda alguna, una cifra alarmante. A ello hay que sumar la actividad minera de varias empresas como Huanuni y otras en menor magnitud, además de las diversas cooperativas mineras asentadas en la región.

 

Haciendo una contrastación de estos datos y referencias, las operaciones de San Cristóbal superan el consumo de agua de toda una ciudad en un solo día, o en el caso de Huanuni y Kori Kollo en el departamento de Oruro, que añadidos suman el empleo de algo más de 50 millones de litros de agua por día, mucho más que la ciudad capital, afectando directa y negativamente al abastecimiento y consumo de la población y disminuyendo notablemente los niveles de los ríos y cursos de agua naturales. Según Limberth Sánchez, coordinador general del CEPA, “Las empresas mineras San Cristóbal, Huanuni y otras utilizan millones de litros de agua, y estos no recirculan el agua, no tratan el agua. Por tanto, es un factor que hace que -cada año- el agua sea (más) escasa, por eso es que debemos emprender políticas de recuperación y tratamiento del agua” (La Patria, 25 noviembre 2016).

San Cristóbal, subsidiaria de la Sumitomo Corporation de Japón, utiliza una cantidad de agua superior a los 43 millones de litros por día, teniendo como fuente principal, el Campo de Pozos de la Cuenca Jaukihua. La Empresa Minera Huanuni (EMH) utiliza algo más de 28 millones de litros por día, sus fuentes son el río de Venta y Media, Pata Huanuni e interior mina. Con respecto a la operación Kori Kollo son 22 millones de litros utilizados por día y sus fuentes principales son aguas subterráneas y el río Desaguadero. Estos son los mayores ejemplos de empresas que diariamente emplean ingentes cantidades del recurso hídrico potable. A ello se suman otras empresas en menor escala, pero que también dependen del agua para sus operaciones.

La actividad minera y más todavía en las áreas protegidas puede tener pues consecuencias trágicamente irreparables. En especial, es preocupante la explotación de los ríos en busca de oro. Como también advierte Patricia Molina, “Una buena parte de la producción del oro en el país proviene de la explotación aluvial y en las vetas cercanas a los ríos en la Amazonia. Precisamente las cabeceras de las grandes cuencas amazónicas son zonas de explotación aurífera que arrojan mercurio en los ríos adyacentes”[4] (Página Siete, 12 diciembre 2016). La investigadora sostiene que al trabajar con mercurio en la cuenca amazónica se contamina no sólo el suelo y el agua[5], sino también los peces de cuya pesca viven muchos pueblos y comunidades indígenas adyacentes de y en la zona[6].

 

En relación con los severos impactos de la minería, también hay que tener en cuenta que la actividad minera en las áreas protegidas genera gran deforestación, ya sea por el talado salvaje de los árboles, la quema de extensas parcelas de bosque o la contaminación de los suelos por el derrame de los combustibles o las aguas ácidas resultantes de los procesos mineros[7], cuando no de las pozas de maceración. No olvidemos además que la recuperación del bosque, luego de que (al menos eventualmente) las operaciones mineras se puedan retirar, es mucho más lenta que la relacionada con otras actividades. Actualmente, en Bolivia existen 22 áreas protegidas[8], de las cuales 20 se encuentran en serio riesgo[9] por la explotación petrolera, minera y la construcción de las hidroeléctricas y termoeléctricas.

 

Asimismo hay que hacer énfasis en la grave irresponsabilidad de los desechos mineralógicos, que llegan a ser depositados en los lugares que tienen conexión directa con los ríos y lagos, convirtiéndose en otro problema y afectando directamente a las comunidades donde la mayoría dedica su actividad a la producción de alimentos y crianza de ganado. De acuerdo con el coordinador del CEPA, “Algunas empresas tienen su planta de tratamiento; pero, Huanuni, Poopó, las cooperativas mineras no lo (las) tienen; por ende, el agua baja con todos sus contaminantes hacia los ríos y quiénes son los afectados, los municipios y las comunidades” (La Patria, 25 noviembre 2016).  

La escasez de agua, causada por la peor sequía de Bolivia en los últimos 25 años[10], se ha visto asimismo exacerbada por el crecimiento desmandado de la población en las ciudades, la deficiente y defectuosa infraestructura y el impacto profundo de las grandes plantaciones agrícolas: monocultivos y los proyectos mineros. Los proyectos agrícolas a gran escala, como la soya y las plantaciones de caña de azúcar, que comenzaron a fines de los años noventa, han reducido drástica y dramáticamente los bosques de Bolivia y han consumido y consumen mucha agua. La sequía ha expuesto igualmente el brutal impacto de los proyectos mineros al desviar el suministro de agua y contaminar crudamente los lagos y varias otras fuentes de agua dulce. El caso más catastrófico es el de una compañía minera china operando en el pleno glaciar del Illimani[11] achachila. De aquí que el Comité de Defensa del Illimani denunciara que varias empresas chinas se encuentran realizando diversas tareas de exploración en las faldas del nevado sagrado.

 

En relación con la presencia de las empresas mineras chinas en las cercanías del nevado Illimani[12], hay que decir que efectivamente existen no una sino varias entidades mineras chinas en esta región[13], que están perjudicando arduamente los cursos de agua dulce hacia la ciudad de La Paz. El pasado 25 de septiembre, alrededor de 86 comunidades, colindantes con las faldas del Illimani, se declararon en emergencia al denunciar la presencia de las empresas chinas[14], que estarían en busca de la explotación de minerales en faldas del nevado. Los pobladores de más de 60 comunidades de Palca también denunciaron que varios trabajos mineros en el Illimani y el Mururata ponían en riesgo los glaciares. Aseguraron que las aguas y la tierra estaban siendo gravemente contaminadas y que los nevados desaparecían no sólo por el cambio climático sino también por la bestial explotación minera.

 

Así, una de las más importantes preocupaciones sociales y que ha causado mucha susceptibilidad en la población paceña es pues la explotación minera en el Illimani y el Mururata. De acuerdo con la autoridad del sector, la inspección realizada en el nevado del Illimani dio cuenta que actualmente existen más de 40 titulares de áreas mineras en el lugar[15]. Según Navarro, en un radio de siete kilómetros aledaño al nevado del Illimani se hizo la valoración y se estableció que hay al menos 40 titulares de derechos mineros. Peor todavía, el Centro de Documentación e Información (CEDIB) denunció que Comabol es acreedora de al menos cinco concesiones en el Illimani y tiene más de 92 cuadrículas.

 

La conclusión del autor es clara:

Podemos  ver así que la crisis hídrica no se debe, no de manera fundamental, a los efectos naturales del cambio climático, que corresponden a los ciclos (originarios) de vida de la Madre Tierra, sino y esencialmente a la propia acción humana de carácter extractivista y depredador, tal y como es la actividad minera. Hay pues una procedencia radicalmente atropo-génica, que es la que ha provocado la pavorosa crisis hídrica. A partir de este contexto veamos ahora las causalidades específicas de la crisis del agua en la ciudad de La Paz[16].   

Estamos ante una exposición crítica cuya argumentación pone en evidencia las causales de la crisis del agua. No hay donde perderse, es el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Desde esta base referencial indiscutible se pasa al análisis de las manifestaciones sociales del la crisis del agua, sin antes dejar de abordar la descripción de las dramáticas disminuciones de las reservas de agua en las represas. Lo que se devela es la ineptitud e incompetencia gerencial y administrativa del agua. Se entrega por cuoteo la dirección de las empresas a la dirigencia llunk’u. No hay competencia sino zalamería.  La consecuencia es desastrosa; no se administra sino se despilfarra, al contrario de administrar, se afecta desordenadamente a los usos del los flujos del agua. Con lo que se puede decir que esta administración improvisada es también causal inductora de la crisis del agua.

El análisis de la situación catastrófica de la escasez del agua pasa, después de la descripción y la identificación de la estructura del problema, la crisis del agua, a la evaluación del entramado de la guerra del agua, en la singularidad como se desata en 2016. Si bien se pueden señalar varias causas, que se articulan y se refuerzan, repercutiendo en los niveles de la crisis, lo cierto es que la causa de la mala administración del agua es el hilo que teje la trama del drama social, ciudadano y de los pueblos, en lo que respecta a la dramática escasez del agua; llegando a dar lugar a los desenlaces; la movilización social y ciudadana; la caída del gabinete de la administración de los recursos naturales y del agua; el desvelamiento de la ignominiosa ignorancia gubernamental sobre el tema, la constatación de su complicidad y concomitancia con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones

  1. La crisis del agua desata la guerra intermitente del agua. La crisis del agua forma parte de la crisis ecológica; crisis, que si bien puede ser interpretada, en la perspectiva de los ciclos largos ecológicos, como recurrente, aunque singular, de acuerdo al contexto ecológico donde se manifiesta y desenvuelve, la particularidad de la crisis del agua contemporánea es apresurada por el modelo colonial extractivista del sistema-mundo capitalista.

  1. La crisis del agua en Bolivia adquiere un perfil propio debido a la incidencia del “gobierno progresista”, que se ocupa más por la continua campaña electoral que por la propia administración pública.

  1. La recurrencia de la guerra intermitente del agua demuestra que la problemática del agua, lejos de avanzar en hacia sus soluciones, se aleja, agudizándose cada vez más el problema. La guerra intermitente del agua evidencia que tanto los gobiernos neoliberales como las gestiones del “gobierno progresista” comparten el paradigma desarrollista y el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; ambos perfiles políticos conciben a los recursos naturales como objetos, es más, como mercancías. Con esta actitud compartida, a pesar de la diferencia discursiva e ideológica, atentan contra la vida de los ecosistemas y las sociedades.

  1. La crisis del agua, que forma parte de la crisis ecológica, exige responsabilidad, no solo en la administración publica y las formas de gubernamentalidad, que están lejos de tenerla, sino, sobre todo en los pueblos y sociedades, quienes se encuentran exigidos y convocados a la defensa de la vida, por lo tanto, a la defensa del agua. Esta defensa integral y ecológica de la vida exige como condición de posibilidad histórica-social-cultural la madurez social, es decir, el uso crítico de la razón; lo que significa asumir la democracia en pleno sentido de la palabra, esto es, autogobernarse, generar autogestiones, construir consensos de transición.

 

 

 

 

 

[1] Cfr. “Experto alerta sobre el uso de mercurio en la minería aurífera” (Página Siete, 30 septiembre 2014) y, sobre todo, “Un lago y 16 ríos son envenenados por la minería en siete departamentos” (La Razón, 8 septiembre 2014).

[2]Los habitantes de la ciudad de Oruro consumen alrededor de 30 millones de litros de agua por día, considerando que el total es distribuido en todos los distritos y llegando a una población de 264.943 ciudadanos según datos del reciente censo.

[3] San Cristóbal es uno de los yacimientos con reservas de  zinc, plomo y plata más grandes del mundo y opera con 1.461 trabajadores.

[4] Cfr. “La contaminación con mercurio en la Amazonía” (Fobomade, 10 abril 2013) y “La bonanza del oro y la contaminación de los ríos amazónicos” (Fobomade, 4 octubre 2012).  

[5] El metal líquido del mercurio es altamente tóxico y deletéreo y no se degrada, permanece en los lechos de los ríos, en los peces, en los árboles, o se evapora y viaja grandes distancias hasta asentarse en otro lado, multiplicando los daños. Cfr. “Bolivia: Más de 130 toneladas de mercurio son emitidas por año (Mongabay, 12 diciembre 2016)

[6] Cfr. “Indígenas de Amazonia sufren contaminación por mercurio” (Página Siete, 14 junio 2016).

[7] Deforestación y cambio climático son señaladas como las principales razones para que se dé esta situación en el país. Cfr. “Factores que agravan la falta de agua en Bolivia” (El Día, 13 noviembre 2016).

[8] Bolivia tiene 22 áreas protegidas como parques naturales, territorios indígenas, áreas de manejo integrado, reservas de biosfera y  reservas naturales. Estos  son Madidi, Manuripi, Apolobamba, Pilón Lajas, Noel Kempff, Cotapata, Isiboro Sécure, Tunari, Carrasco, Amboró, San Matías, Toro Toro, El Palmar, Iñao, Aguarague, EBB, Kaa Iya, Otuquis, Sama, Tariquia, Eduardo Abaroa y  el parque Sajama.

[9] Cfr. “Los riesgos de la contaminación petrolera en las áreas protegidas” (Fobomade, 14 junio 2013);  “Parque Nacional Tariquía en riesgo por explotación petrolera” (Los Tiempos, 14 junio 1015); “Alertan que 20 de las 22 áreas protegidas de Bolivia están en riesgo” (El Potosí, 14 octubre 2015) y “En el Madidi y el área Pilón Lajas existen 41 operaciones mineras” (Página Siete, 12 diciembre 2016).

[10] Para Bolivia el 2016 fue el más seco en 25 años. El problema es que este año es sólo una muestra de lo que se nos viene. El 2018 está diagnosticada una sequía peor y no son contextos puntuales. Aunque hay quienes prevén que la crisis puede ser más mucho pronto. Cfr. “Vaticinan duro escenario de sequía en el país a partir de agosto de 2017” (Correo del Sur, 11 diciembre 2016).

[11] Cfr. “Informes técnicos indican que capitales chinos tienen concesiones sobre 3.200 hectáreas en el Illimani” (Página Siete, 26 noviembre 2016).

[12] Cfr. “Chinos explotan minería en nevados Illimani y Mururata” (El Diario, 18 noviembre 2016) y “Múltiples concesiones mineras a empresa china” (El Diario, 15 diciembre 2016).

[13] Cfr. “Empresarios chinos cuentan con autorización oficial para explotar” (El Diario, 15 diciembre 2016) y “Confirman que chinos tiene concesiones mineras en el Illimani” (Bolivia Prensa, 19 diciembre 2016).

[14] Cfr. “Comunarios en emergencia por explotación minera en el Illimani” (Correo del Sur, 17 noviembre 2016).

[15] Para un análisis un poco más amplio de la inversiones chinas y las consecuencias geopolíticas de las mismas en Bolivia es recomendable leer “China, el peligro sub-imperialista” (Página Siete, 26 noviembre 2016).

[16] Leer de José Luis Saavedra La pachamama otra clase está. Ob. Cit. 

Las pretensiones del neo-gamonalismo

Las pretensiones del

neo-gamonalismo

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Las pretensiones del neo-gamonalismo

 

Gamonalismo

 

 

Hemos dicho varias veces que uno de los grandes problemas de las sociedades humanas es que no aprenden de las lecciones históricas, políticas, económicas, que les tocó experimentar; aunque lo hagan más tarde, pierden un valioso tiempo, que muchas veces es largo. Concretamente, refiriéndonos a la llamada “izquierda” dijimos que, en vez de aprender, prefirió mantener su ideología, en distintas versiones, los mismos paradigmas, aunque contrastados por la propia realidad experimentada. Sin embargo, tenemos que decir lo mismo de la llamada “derecha”; tampoco aprende; es más, incluso es más tozuda que la “izquierda”.  Ante la crisis de la “izquierda”, ahora, en pleno ingreso al siglo XXI, y el derrumbe de las formas gubernamentales clientelares, cree que esta caída avala sus posiciones recalcitrantemente conservadoras. No entiende que, mas bien, primero sus caídas, la de los gobiernos conservadores, la de los gobiernos liberales, la de las dictaduras militares, la de los gobiernos neoliberales, se debe a la ilegitimidad de sus formas gubernamentales elitistas, ilegitimidad que se manifiesta y se hace patente, cuando el pueblo sale a las calles a enfrentarlas. La “izquierda” también llega a una crisis de legitimidad, aunque lo hace por otro rumbo; por la exacerbada demagogia, por un populismo estruendoso, pero inefectivo, por un derroche de imágenes y de ideología, sin sostén consistente en las composiciones de fuerzas y en las estructuras de poder. Entonces ambas formas de ilegitimidad tienen que ver con el manejo de poder por parte de élites, ya devengan estas de los tradicionales conservadurismos o de las burguesías intermediarias emergentes, ya devengan estas de los nuevos ricos que hablan a nombre del pueblo.

La “derecha”, que no ha aprendido las lecciones, quiere volver a gobernar, en algunos casos ya lo ha hecho, después de la crisis y caída de los “gobiernos progresistas”, de una manera no solo parecida a sus poses coloniales, raciales, pretendidamente “civilizadas”, ostentosamente jerárquicas y autoritarias, aunque al estilo propio, de las clases dominantes, que creen que han nacido para gobernar y enriquecerse a costa del pueblo; pueblo que debe agradecer por su existencia, la de la élite, la de la aristocracia criolla, la de la tecnocracia neoliberal.  No entienden que, como se dice popularmente, los tiempos han cambiado; el pueblo no es el mismo que esquilmaron y despreciaron. Están ante un pueblo que ha aprendido a empoderarse, que sabe que la legitimidad la atribuye el pueblo, que el soberano es el pueblo. Aunque se haya equivocado apoyando a demagogos y usurpadores de las luchas sociales, sabe bien claro, donde se encuentran los amos originales, los patrones originales, los déspotas originales, a diferencia de los nuevos amos, los nuevos patrones y los nuevos déspotas, que emergen de las versiones populistas del siglo XXI.

¿Qué buscan con sus amenazas? Como en los más descarnados tiempos de la dictadura militar, despiadada con su pueblo y con los y las rebeldes, empero sumisa con los amos del mundo, sus máquinas de guerra, sus máquinas extractivistas, sus máquinas económicas. De “patriotas” solo tienen ese apego delirante a los símbolos más generales, que se pierden en colores de la bandera o en la idea más engolosinada y abstracta de “patria” y de “nación”, cuando a la nación concreta y a la patria concreta, que radica en el pueblo y en las territorialidades, la dilapidan y destruyen, entregándola a la vorágine escandalosa de las empresas trasnacionales y del capitalismo financiero y especulativo. Militares y potentados de este estilo muestran los dientes, en pleno derrumbe de los “gobiernos progresistas”. No ven que lo que van a desatar es la movilización general, que puede derivar en la insurrección, que puede desatarse como levantamiento armado popular.

La hipocresía de las castas dominantes, históricas y herederas de la colonia, en la coyuntura presente, es que señalan como mal irradiante de la corrupción a las prácticas paralelas de los “gobiernos progresistas”, olvidando que todas sus formas gubernamentales, la de sus gobiernos, las practicaron con antelación. Además, que, en la composición de la estructura de poder de la corrupción, que encubrieron los “gobiernos progresistas”, ellos, estas castas, participaron abiertamente. Esta pose moral no se sostiene desde un principio, ni como comedia, pues no solo que se sabe quiénes estuvieron comprometidos en los dolosos comportamientos de sobornos, de prebendas, de desvíos de fondos, de traslados a cuentas privadas, sino que las mismas investigaciones lo han demostrado. Esta pose moral solo es válida para sus castas, pues el pueblo sabe de dónde viene y quienes son los actores.

 ¿Acaso la confianza de estas castas dominantes tradicionales, sobre todo de sus generales y estrategas, viene de cierta certeza de que el imperio los va apoyar? Incluso ante el espectro de un levantamiento popular, parecen apostar a este apoyo, como en los viejos tiempos. ¿Prefieren destrozar sus países, como ocurrió en los países árabes, donde intervino sinuosamente el imperio, en la forma de la cuarta generación de la guerra? Esta actitud no tiene que ver con el patriotismo, ni ninguna de sus versiones ideológicas, vengan de donde vengan, conservadoras, nacionalistas, socialistas; sencillamente, en términos fácticos y constitucionales es una traición a la patria. ¿No es más conveniente ponerse a dialogar, conformar diálogos de paz antes de la guerra?

La coyuntura es realmente incierta. Lo que no entienden las castas dominantes tradicionales es lo que significan las conquistas sociales, la ampliación y profundización de la democracia, aunque ésta sea formal; lo que significa ampliar los derechos sociales, generar los derechos colectivos y, mucho menos, los derechos de la naturaleza. Estas castas tienen restringida su humanidad a intervalos muy estrechos, donde conciben que humano lleva el nombre de hombre, además se lo imaginan blanco, como ellos de estirpe criolla; ampliando un poco de perfiles mestizos, empero de alcurnia. Los humanos de color no serían exactamente humanos, a no ser que sean sumisos y obedientes; la mujer es la costilla de Adán, entonces fiel esposa y respetuosa, por lo tanto, subordinada. Todo lo que entra en el denominativo de naturaleza es apenas campo de objetos o de cosas, recursos para beneficio y usufructúo del hombre; en la dimensión económica son materias primas. Esta gente concibe la “felicidad” en el beneplácito de los halagos y reconocimientos dados en sus entornos, dados en los sistemas de signos de las castas. Por lo tanto, en los cuadros que se imaginan siempre están en el centro, como patriarcas, llevando adelante las tradiciones, las buenas costumbres, los valores aprendidos, las usanzas recibidas. En este sentido, no entra en sus cabezas la felicidad de los otros, menos la felicidad de las otras. Los otros y las otras son “felices” porque los tienen como íconos de la cultura, de la política, del “saber”, aunque este huele a moho; porque están alrededor de los patriarcas que velan por ellos. Por eso les molesta epidérmicamente ver marchas sociales, ser afectados por expresiones populares; peor aún, si son demandas, más grave cuando son interpelaciones. Cuando lo popular se hace gobierno, con todas sus contradicciones y mezclas insondables, interpretan lo que acaece como señales del apocalipsis. Esto solo puede suceder en el fin del mundo, cuando no hay orden, no hay valores, no hay jerarquías, que se respeten.  Odian lo popular en todas sus formas y expresiones. Solo los más perspicaces juegan al gato pardo; se arriman al pueblo, incluso hacen gala de este acercamiento, viendo con buenos ojos estos roces, que confunden con “democracia”. Pero, estos gatos pardos son pocos, incluso pueden incursionar en política y participar de los cambios y transiciones. La mayoría de la casta es conservadoramente recalcitrante.

Sin embargo, la realidad efectiva, en la que se encuentran y en la que se despliegan y realizan como castas, es como un atado de contradicciones. Los señores de las castas tradicionales se involucran, secretamente, como en la noche, solapadamente, en lo mismo que se inmiscuyen, embarrándose, los políticos populistas; se implican en el lado oscuro de la economía y en el lado oscuro del poder. Cuando lo hacen, desprenden una especie de esquizofrenia; consideran que viven en mundos paralelos; lo que hacen lo hacen por aventura; sería como el principio de un comportamiento que busca dejar de aburrirse. Los involucrados en este juego paralelo, de manera aventurera, son también pocos; la mayoría lo hace por necesidad; la crisis de las castas, en la modernidad vertiginosa los empuja al pragmatismo más descarnado.

Habría que preguntarse: ¿qué diferencia hay entre unos y otros, entre los corruptos de las castas dominantes tradicionales y los corruptos populistas? La respuesta no está en que hacen lo mismo, pues hacen lo mismo de diferentes maneras. Los de las castas lo hacen para mantener las apariencias; requieren sostener sus altos y renombrados estilos de vida; en cambio, los populistas lo hacen porque desean lo que son las castas dominantes, quieren ser lo mismo. Creen que para ser lo mismo basta el dinero, sumas grandes de dinero.

Ahora bien, entre estos extremos del intervalo social de la corrupción, hay puntos o trazos medios; se trata de los que provienen de la mal llamada “clase media”. Los militares devienen de ahí. En las dictaduras militares las jerarquías castrenses se involucran también en prácticas paralelas de enriquecimiento privado. Era como el cobro a su acción decidida y lapidaria por salvar a la sociedad del “comunismo”. Es más, creen que lo que hacen es más “legitimo” pues son la institución tutelar de la “patria”; concentran en la institución armada del Estado el valor simbólico de la “patria” y son la defensa indiscutible de la “nación”. El problema de esta concepción, que no llega a estructurarse como ideología, sino tan solo como conjunto de pretensiones, entra en contradicción con su quehacer, con sus prácticas y desenvolvimientos. Las dictaduras militares han servido a la geopolítica del imperialismo en plena guerra fría, entregando el país a las incursiones económicas de la hiper-potencia vencedora de la segunda guerra mundial. Esto no es “hacer patria”, como les gusta decir, sino externalizar los recursos y la soberanía a la geopolítica imperialista.

También devenidos de las “clases medias” se encuentran los políticos liberales y neoliberales. Empecemos con los segundos; bajo el manto del ajuste estructural, de requerimiento del equilibrio económico, los gobernantes neoliberales, se aprovecharon de las privatizaciones para hacerse ricos. Los liberales, que son anteriores, incursionaron en estas prácticas paralelas, tan viejas como la misma historia del poder, empero, en escalas mucho menores que los exaltados neoliberales, más jóvenes y audaces.

Estamos entonces ante una variopinta estratificación social de la corrupción, donde se incluyen los populistas y los “izquierdistas”. Ante esta gama no es sostenible ningún discurso de pretensiones moralistas, que pueda mostrarse como ejemplar. Todos están implicados. Entonces, no se trata de señalar solo a parte de esta gama variopinta de la corrupción, sino de desmontar y desmantelar toda la economía política del chantaje. Llamemos a las cosas por su nombre; no es sostenible la inculpación de la corrupción a los populistas, suponiendo que el populismo incentiva la corrupción. La corrupción es tan vieja como el poder, sus genealogías son tan largas y mutantes como las genealogías del poder. Los corruptos no solamente son populistas, tampoco solo “izquierdistas”, son también neoliberales, liberales, militares, conservadores. Entonces no juzguemos la corrupción porque es populista, desde la otra perspectiva ideológica, porque es neoliberal, u otra cosa, sino que la corrupción es eso, corrupción y que los corruptos son corruptos. No busquemos la culpa en lo que dicen que son, en su ideología, sino en las dinámicas y funcionamientos mismos de las estructuras y formas de poder; sobre todo de ejercer el poder.

El debate de fondo no está en qué por qué Lula y no Temer, por qué Dilma y no otros implicados de la oposición congresal, sino en hasta cuándo los pueblos van a sostener las formas de reproducción del poder, sean de “derecha” o de “izquierda”, para simplificar. El acontecimiento político no puede comprenderse si se lo reduce a la figura esquemática y simplona del movimiento del péndulo; pasa de “derecha” a “izquierda”, después de “izquierda” a “derecha”. Esto es un reduccionismo harto inocente. El tema es que tanto unos como otros participan de la reproducción del circulo vicioso del poder. Entonces se trata de discutir cómo salimos del circulo vicioso del poder.

 

La imagen angelical del imperio

La imagen angelical del imperio

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La imagen angelical del imperio

 

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La ideología es, como dijimos, la máquina imaginaria de producción fetichista; en las ideologías concretas hay peculiaridades. Algunas, las más antiguas, retrotrayendo el concepto moderno de ideología a los imaginarios religiosos, lo que no corresponde, pero, a fines de comparación sirve, se consideran escrituras sagradas; por lo tanto, la enunciación de la palabra de Dios. En consecuencia, la indiscutible verdad. Esta pretensión de verdad divina la heredaron las ideologías de la modernidad, sobre todo, las que se despliegan durante el siglo XX, a decir, de Alan Badiou, ultimatista. Si bien, la verdad moderna no se reclama de divina, se pretende la verdad histórica; por lo tanto, de la razón histórica. Pero, también hay ideologías que pretenden la verdad pragmática, ya venga ésta reclamada por medio de la investigación empírica, controlada en laboratorio o, en su caso, como verdad empírica, del sentido común, correspondiente a la experiencia individual, de familia o de grupo. El liberalismo es la otra ideología desenvuelta en la modernidad de alcance mundial, con pretensiones de verdad, aunque esta no se reclame de histórica, sino como verdad jurídica-política, como realización del Estado de derecho y de la Constitución, como verdad equivalente a la libertad; sin embargo, libertad restringida a la libertad individual, acotada en los derechos civiles y políticos. Libertad de mercado y libertad de empresa, que van asociadas al derecho inalienable de la propiedad privada y a las garantías constitucionales y estatales a la propiedad privada. Desde esta perspectiva ideológica, la libertad no es pensada como potencia, como potencia corporal y como potencia social.

Entonces el liberalismo se ha situado como verdad institucionalizada, como verdad jurídica en el Estado de derecho, que coloca a la Ley por encima del pueblo, el soberano de la república.  También como verdad política, en los marcos de la democracia institucionalizada, formal y restringida, aceptada en el juego de las representaciones y delegaciones. Lo sugerente de todo esto es que determinada república, la primera república moderna, se considera como el paradigma a seguir por el resto de las democracias formales. Particularmente se les exige seguir su camino a las repúblicas flamantes del siglo XIX y a otras repúblicas que nacieron en el siglo XX. Lo llamativo es que la versión oficial o estatal de esta ideología liberal tenga una imagen angelical de sí misma. Sobresale esta narrativa fantasiosa en las difusiones de la hiper-potencia y complejo militar-economico-cientifico-tecnologico-cibernetico-comunicacional, el gendarme del imperio, del orden mundial.

Se trata de una narrativa cinematográfica, al estilo de Hollywood, que resume el guion a la confrontación entre buenos y malos; el gendarme del imperio es el bueno, en tanto que los “Estados totalitarios” son los malos; peor aún, los “Estados canallas”. Como se podrá ver esta es otra versión del darwinismo social e histórico, que clasificó a las sociedades entre salvajes, bárbaras y civilizadas. En este caso, la civilización no solo se asume como civilización moderna, sino, de manera más restringida, como el “estilo de vida americano”. La diplomacia de esta hiper-potencia ha tenido que tratar con diplomáticos de todos los países, entre ellos, de los países que llaman del “tercer mundo” o “en desarrollo”. La imagen que tienen de estos diplomáticos de los Estado-nación subalternos, considerados vasallos del imperialismo vigente, es que son unos barbaros metidos en asuntos de la élite dominante mundial, la diplomacia de carrera. Si bien es ese un discurso solapado, que sobresale en las conductas y los comportamientos, desmintiendo lo que se dice diplomáticamente, el discurso contrasta con los actos intervencionistas del imperialismo, a lo largo de las historias políticas de la modernidad.  Estas actuaciones tendrían que ser calificadas de bárbaras, desde la perspectiva del Estado de derecho y desde los derechos de las naciones y Estados en el contexto internacional. Sin embargo, se cierra los ojos ante la evidencia descomunal de la violencia imperial; se prefiere tener como referente la imagen angelical que tiene de sí mismo el imperio

El discurso dominante en la diplomacia de la hiper-potencia tiene sus acompañantes, que repiten la misma narrativa en versiones nacionales, en los países de la inmensa periferia del sistema-mundo capitalista. Los medios de comunicación han sido los mecanismos de difusión de esta narrativa cinematográfica y siguen siendolo; hay también periodistas y comunicadores que se encargan de hacerlo, aunque lo hagan de manera más sutil. Al difundir la información del testimonio de diplomáticos norteamericanos sobre su experiencia en países donde cumplieron funciones, lo hacen como si se tratara de una “fuente objetiva” y no de una fuente viciada por prejuicios ideológicos. Esta condescendencia se hace más notoria cuando el mismo testimonio confiesa, en otras palabras, no de manera directa, la intervención militar de su país en un Estado-nación soberano. Una intervención militar es eso, una intervención que viola la soberanía del Estado agredido, que vulnera el derecho internacional, que corrompe a militares del país afectado y ejecuta su intervención al estilo de comandos especializados. Un caso paradigmático es lo que ocurrió en Bolivia, a fines del primer quinquenio del siglo XXI. Este delito, el de intervención militar a un Estado-nación por parte de la hiper-potencia, si bien ha sido denunciado, no se la inculpado y procesado en los Tribunales internacionales competentes, ni se ha denunciado como corresponde en Naciones Unidas. Lo que se ha hecho es una persecución política a todo sospechoso o indilgado de sospecha de estar comprometido en el robo y desarme de misiles. En términos constitucionales, lo que han hecho los implicados nacionales es traición a la patria; lo que ha hecho la hiper-potencia es cometer un delito flagrante contra un Estado-soberano, interviniendo militarmente, aunque sea de manera secreta. Todo esto, además a nombre de “lucha contra el terrorismo”. Los misiles no estaban en manos de “terroristas” sino del ejército del Estado-nación; en todo el caso el terrorismo lo cometió el comando “Rambo” de la hiper-potencia.

La imagen angelical del imperio contrasta con su pragmatismo político, militar, económico. El contraste se hace notorio en la llamada “guerra contra el terrorismo”, también en la llamada “lucha contra el narcotráfico”. La “guerra contra el terrorismo”, declarada en el gobierno del presidente George W. Busch, ha sido una excusa para intervenir Irak, un país que no estaba involucrado en el atentado del 11 de septiembre de 2001; una excusa para establecer un “Estado de excepción” encubierto en el propio país. La “guerra contra el terrorismo” ha derivado en conformar organizaciones fundamentalistas, que desatan la “guerra santa” en el Medio Oriente y en otras latitudes, ocasionando la destrucción de otros países, cuyos Estados eran considerados “peligrosos”, pues no seguían la línea del establishment internacional. La “lucha contra el narcotráfico” ha servido y es útil para contener, controlar y desviar el segundo o primer negocio más grande del mundo. Entre otras cosas, además de blanquear en el propio país dominante el magnífico flujo dinerario, entre otras cosas, para armar a grupos insurgentes en contra de gobiernos “socialistas” en Centro América.

¿De qué se habla cuando se usa en el discurso la distinción entre “coca tradicional” y “coca ilegal” o “coca excedentaria”? ¿De que la “coca excedentaria” va directamente al narcotráfico, como se dice explícitamente en el discurso? ¿Este es el problema de fondo? La economía política del chantaje, donde se encuentra la economía política de la cocaína, es decir, el lado oscuro de la economía-mundo, es complementaria del lado luminoso e institucional de la economía-mundo. El ingreso a la dominancia del capitalismo financiero y especulativo, en el ciclo largo del capitalismo vigente, ha ocasionado no solo la expansión del lado oscuro de la economía, sino que ésta haya atravesado las mallas institucionales y empresariales del lado luminoso de la economía. Lo que hace este discurso, relativo a la imagen angelical del imperio, es mostrarse como el bueno de la película, ocultando las evidencias de las concomitancias del imperio no solo con el lado oscuro de la economía sino con el lado oscuro del poder.

En todo caso, el testimonio del diplomático norteamericano es revelador de a donde alcanza la intervención y la influencia de la hiper-potencia. No solo en lo que respecta a su capacidad para montar y efectivizar una intervención militar secreta, sino también en lo que respecta a la influencia e incidencia que tiene la misma embajada de la hiper-potencia en relación a personajes de la política boliviana.  Se pueden catalogar sus intervenciones como consultivas, en unos casos, que, al mismo tiempo, connotan consultas a la embajada norteamericana; en otros, incluso de disuasivas, adelantando la reacción del Departamento de Estado y de la Casa Blanca al Respecto. En otros casos, es patente la definición y delimitación política, además de su accionar respecto a determinados temas problemáticos; uno, es el que tiene que ver con el narcotráfico; otro, tiene que ver con la relación del Estado boliviano con los gobiernos de Hugo Chávez de Venezuela y Fidel Castro, primero, Raúl Castro, después, de Cuba. Como se puede ver la embajada establece el rayado de la cancha, como se dice y, a partir de este rayado, busca incidir, influir, llegar a acuerdos o, por último, dejar en claro la diferencia de posiciones.

Todo esto es ilustrativo, no solo en lo que respecta a la imagen angelical que tiene el imperio sobre sí mismo, sino, particularmente, al accionar de la extensa malla diplomática que la hiper-potencia despliega por el mundo.  De todas maneras, la interpretación del testimonio diplomático tiene que ser contextuado en el momento, en el presente, concretamente en la coyuntura o coyunturas mundial, regional y nacional. La república de Estados Unidos de Norte América experimenta una fase problemática, para decirlo suavemente, en la historia política de la democracia formal americana, implantada desde la independencia y promulgación de la Constitución. Haciendo un resumen de lo que expusimos en otros ensayos, a propósito, se hacen patentes los problemas de legitimidad de la república. La llegada a la presidencia de Donald Trump muestra la crisis inmanente de la república, crisis manifestada abiertamente, es decir, de manera trascendente, durante la guerra de Secesión; crisis sumergida después de esta guerra; crisis inmanente que se hace parcialmente o tibiamente patente durante la guerra del Vietnam; y, que ahora, reaparece con rasgos que marcan cierta trascendencia. Es como si hubiera dos Estados Unidos de Norte América; uno, que recuerda el acto constitutivo harringtoniano, de perfil utópico; el otro, que se remonta a la actitud colonial y racial de las oleadas conquistadoras de peregrinos. Durante la guerra de Secesión se enfrentan estos dos momentos constitutivos diferentes; la victoria del Norte equivale a la consolidación de la república, del Estado Federal, de la Constitución liberal y de la democracia institucionalizada. Sin embargo, al parecer, las heridas que dejó la guerra no se cerraron, tampoco se clausuraron las concepciones de mundo que se enfrentaron en la guerra. El racismo es como un hábito en parte de la población norteamericana; así como los hábitos liberales se manifiestan en la otra parte de la población. La crisis inmanente se ha venido manejando y controlando con la alternancia partidaria entre demócratas y republicanos; sin embargo, desde las presidencias de los Busch, padre e hijo, se ha venido desgastando y haciéndose patente su incrementada ineficacia, sobre todo, en lo que respecta a lograr legitimidad. Trump llega a la presidencia pugnando con la élite del partido republicano; convoca no solamente a sectores de base descontentos republicanos, sino incluso demócratas descontentos con el partido demócrata terminan votando por Trump. Parte de la clase trabajadora, amenazada por el fantasma del desempleo, vota por Trump, incluso quizás muchos desempleados. Sectores nacionalistas lo hicieron, así como los sectores más recalcitrantes conservadores y cierta “clase media” acomodada, que buscó un hombre fuerte, ante la visión de partidos debilitados y con convocatorias disminuidas y rutinarias. Por lo menos, la crisis institucional de los partidos le abrió el camino a la presidencia, sin hablar todavía de la crisis de legitimidad que se enuncia en el régimen liberal, en su etapa decadente.

Presentarse como el paradigma de la “democracia” ante el mundo es, por cierto, la pose de la gendarmería del imperio. Presentarse como la cara angelical del orden mundial es como presentar un cuento de hadas en una feria de novelas. Los cuentos de hadas no solamente están dirigidos a los niños, sino que buscan mediante una pedagogía inocente y esquemas morales, restringidos hasta la caricatura, educar sobre los valores morales. La novela, desde lo que define como la primera novela Michel Foucault, El Quijote de la Mancha, corresponde a las narrativas del anti-héroe y de las tramas que interpretan los dramas de la modernidad. Hay pues un desajuste grande y un anacronismo visible en esta pretensión de aparecer como ángel en una supuesta guerra cósmica entre ángeles y demonios, cuando se trata de guerras modernas fratricidas, empujadas por las geopolíticas de las potencias imperialistas, después, como guerras policiales para preservar el orden mundial. Los hombres no son ni ángeles ni demonios, son cuerpos donde se inscriben las historias políticas y dejan sus huellas los diagramas del poder. Forman parte de dramas singulares, tramas singulares, tejidos singulares entrelazando hilados, compositores de combinaciones contradictorias y hasta explosivas. Los hombres son mónadas en los vendavales de la dramática. Para comprender lo que pasa en las coyunturas y contextos, que trata de describir la historia política, que trata de explicar el análisis político, es menester situarse en los planos y espesores de intensidad de estas dramáticas. Lo más lejos de una comprensión es esta narrativa del ángel en lucha contra demonios.

No hablemos de la hiper-potencia, que dejó la figura del imperialismo, como serpiente que cambia de piel, al finalizar la guerra del Vietnam, al ser derrotada por un país guerrero de la periferia del sistema-mundo capitalista. Ahora es el gendarme del imperio, del orden mundial de las dominaciones de la civilización moderna, en su fase decadente. Hablemos de los hombres que supuestamente la dirigen o, por lo menos creen que lo hacen, sin darse cuenta que son simples fichas en la rechinante maquinaria de los diagramas de poder, las cartografías políticas, los mapas económicos, del sistema-mundo moderno. No controlan el mundo efectivo, diremos, aunque tenga más alcance que la connotación conceptual de mundo, la realidad, sinónimo de complejidad; lo que controlan o parecen controlar es el mundo de las representaciones, el mundo representado, es decir, el mundo imaginario de sus narrativas maniqueas. El mundo efectivo los desborda, desborda a sus máquinas de poder, a sus máquinas de guerra, a sus máquinas económicas. Por eso, lo que planean, sobre todo, con los juegos de poder de sus geopolíticas, de sus conspiraciones, de sus intervenciones ocultas de servicios secretos, que se autonombran eufemísticamente de “inteligencia”, no les sale, pues los efectos masivos que provocan son incontrolables.

Hay que entender, a estas alturas de las historias políticas de la modernidad, que las formaciones ideológicas, las formas de Estado, las formas de gubernamentalidad, ya sean liberales o socialistas, ya sea neoliberales o “progresistas”, son las formas mutantes de las administraciones públicas de la acumulación originaria y ampliada de capital. Resolvieron, a su modo, a su estilo, los problemas que enfrentó la economía-mundo y el sistema-mundo capitalista en sus distintas etapas de acumulación, en los distintos contextos y en las diferentes coyunturas. Que los liberales se reclamen de “demócratas” es otra de sus poses, pues su “democracia” es restringida, acotada, usurpada al pueblo, diferida y transferida a los representantes, delegados y gobernantes. Que los “socialistas” se reclamen de portadores de la justicia social es también una pose; no puede realizarse la justicia social sin su substrato y, a la vez, complementariedad, que es la libertad. Que los neoliberales se reclamen de eficientes y competentes, es una pose, por así decirlo, posmoderna; ni fueron ni lo uno ni lo otro, salvo si se entiende que fueron eficientes en desentenderse y privatizar, externalizándolas, de las reservas naturales, de las empresas públicas, del ahorro de los trabajadores, de la salud y de la educación. El procedimiento de vaciamiento es eficaz en su demoledora destrucción social. Que los “progresistas” se reclamen de algo tan barroco como el “socialismo del siglo XXI” no es exactamente una pose, sino una confesión de su desorientación en el laberintico presente, donde “izquierda” y “derecha” se confunden para hacer lo mismo, continuar con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

A estas alturas del partido, como dice el refrán popular, que unos u otros de la curiosa casta política del mundo, a pesar de sus diferencias, se reclamen como el ejemplo y el modelo a seguir, es cómico, hace reír. Los pueblos del mundo, tanto los pueblos de la inmensa periferia de la geografía política del sistema-mundo moderno, como los pueblos del centro cambiante del sistema-mundo, tienen experiencias sociales acumuladas y memorias sociales que han guardado los tejidos de huellas de las experiencias; los pueblos saben, por lo menos intuyen que sus gobernantes, sus representantes, sus defensores, sus empresarios, son los anacronismos institucionales ateridos, persistentes, incrustados como garrapatas, a los cuerpos vitales de los pueblos. ¿Cuándo los pueblos se liberarán de estos anacronismos y darán rienda suelta a sus potencias sociales, a la potencia creativa de la vida?