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Diseminación y extorsión

Diseminación y extorsión

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Diseminación y extorsión

 

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Estamos ante el acontecimiento de la diseminación, la diseminación institucional, la diseminación política, la diseminación económica, la diseminación cultural, la diseminación ética y moral. La diseminación es material, en cambio, la deconstrucción es hermenéutica. La deconstrucción desmantela los tejidos y las capas del discurso y la escritura; la diseminación diluye, desarma o destruye lo construido, lo edificado, las mallas institucionales. De manera esquemática, se puede decir que la deconstrucción es crítica y la diseminación es revolucionaria; sin embargo, hay que tener cuidado, hemos usado dos términos que connotan significaciones labradas socialmente y hundidas en los espesores imaginarios colectivos. Puede quedar mejor parada la crítica, por no haber perdido su aire exigente e interpelador; en cambio la revolución habría perdido su halo romántico, convertida en excusa para cambiar élites y restaurar dominaciones. La diseminación política y cultural habría llegado a deteriorar el término de revolución, desgastándola, hasta dejar de la revolución, su sentido e imagen, solo la impresión de la violencia y la sensación de impostura.

La diseminación institucional se efectúa por desmantelamiento o por deterioro; en el primer caso se trata del efecto de acciones revolucionarias, para decirlo de esa manera acostumbrada; en el segundo caso se trata de efectos corrosivos en la maquinaria estatal. Vamos a hablar de lo segundo, pues lo primero no acontece en el llamado eufemísticamente “proceso de cambio”. Aunque el deterioro venga de antes, desde periodos y gestiones de gobierno anteriores al “gobierno progresista”, lo que llama la atención, contra lo esperado, es que es durante el “proceso de cambio” cuando el deterioro alcanza niveles y grados de deterioro sin precedentes, quizás con la salvedad de las dictaduras militares. En todo caso, son las distintas formas de gubernamentalidad, que atraviesan la historia política de Bolivia, las que manifiestan distintos ritmos y tonalidades del deterioro político e institucional. Es como si fuese una marcha variada hacia la diseminación.

El deterioro no solamente comienza con el desgaste, sino también con el uso adulterado; por ejemplo, cuando las instituciones son usadas con otros objetivos, no contemplados ni en ley, ni en la norma, ni en los reglamentos institucionales. Entonces, lo no normado ni reglamentado institucionalmente se comienza a convertir en prácticas. Es cuando las formas paralelas toman la institución y la convierten en instrumento del lado oscuro del poder. La institución deja de ser lo que es, una institución, para convertirse en máscara de otras prácticas, de otros usos, y en medio de otros fines. Se puede decir que con el deterioro comienza la diseminación.

El desajuste institucional se da como consecuencia del deterioro mencionado. El aparato no responde para lo que fue construido; sus engranajes fallan y toda la maquinaria cruje, dando como resultado la disfuncionalidad del sistema. Cuando esto ocurre los discursos adquieren otros sentidos, dicen otra cosa de lo que emiten; las prácticas paralelas desbordan y modifican la orientación institucional. La conducción paralela de la institución, convertida en instrumento del lado oscuro del poder, obtiene otros resultados no mentados ni en el discurso político, ni en las prescripciones institucionales. En estas condiciones se produce el desbarajuste, desde la perspectiva institucional; empero corresponde a la adecuación de la institución tomada a los nuevos roles asignados de manera opaca, sinuosa y adulterada.

Estas mutaciones institucionales, en principio casi imperceptibles, son el substrato de otros comportamientos y conductas, que podemos llamar secretas o clandestinas. Se conforman otras cohesiones, basadas en complicidades y concomitancias de los grupos de poder consolidados, que se hacen cargo del funcionamiento efectivo institucional. Lo que antes aparecía como prohibido institucionalmente, comienza a aparecer como permitido o si se quiere, en principio, tolerado; para luego convertirse en “normal”, pues se trata de servir a las solapadas directrices de los “jefes”. La corrosión institucional se convierte en funcionamiento aceptado, en despliegue coordinado en las condiciones políticas impuestas. La corrupción se vuelve necesaria en el cumplimiento de las tareas asignadas por la conducción política.

Cuando esto pasa, el compás desenvuelto del deterioro, que forma parte del fenómeno arrasador de la diseminación, se conforma un mundo paralelo, mas bien, mundo sumergido, mundo clandestino, que se convierte en campo gravitante respecto al mundo institucionalizado. En los códigos del mundo paralelo se valoriza la fidelidad y lealtad a los “jefes”, por más que los actos cómplices vulneren la Constitución, la ley, las normas y reglamentos institucionales. Cuando los fines ya no son los institucionales, sino los impuestos por la forma de gubernamentalidad clientelar, como la obtención de beneficios extraordinarios, administrados por el “sistema” de funcionamiento oculto, se llega a extremos; por ejemplo, el pactar con una empresa extorsionadora con el fin de obtener lo que busca el circuito clientelar, beneficio extraordinario, a pesar de que este usufructo atente contra los intereses del Estado, del país y del pueblo.

Si bien se puede y se debe denunciar e interpelar estas prácticas paralelas, lo que hay que comprender es el contexto en el que se dan, los substratos de donde emergen. No basta la denuncia, tampoco basta la interpelación, incluso no basta con lograr sancionar a los comprometidos, que más de las veces son chivos expiatorios, pues mientras el contexto se mantenga y los substratos se preserven, las prácticas paralelas del poder serán reiterativas y recurrentes. Para salir del círculo vicioso del poder es menester efectuar la diseminación como desmantelamiento; es decir, desmantelar las máquinas de poder, las instituciones tomadas por el lado oscuro del poder. La diseminación como deterioro genera un fenómeno parecido al parasitismo; los parásitos se alimentan del cuerpo tomado, en el que se incrustan. Como se trata de toda una clase de parásitos, la clase política, la máquina de la economía política del chantaje prefiere mantener con vida el cuerpo tomado, para alimentarse permanentemente con su sangre.

En el primer folleto, Los mecanismos de la extorsión[1], que publicamos, exponemos algunas formas del deterioro institucional, que denominamos extorsión. Se trata entonces de formas de la extorsión. Hemos usado algunos ejemplos, de manera ilustrativa, buscando mostrar ciertos rasgos del funcionamiento de las máquinas de la extorsión. Con esta exposición continuamos la labor de la crítica del poder y de las dominaciones, sobre todo en lo que respecta al lado oscuro del poder. Tómese el folleto como la continuación de exposiciones, que abordamos en El lado oscuro del poder[2] y en El círculo vicioso del poder. También comprometerse como referente teórico lo escrito en Diseminaciones[3].

La diseminación, entonces, como que tiene dos caras, para decirlo metafóricamente; una, la cara del deterioro, que corresponde a la decadencia; la otra, la cara del desmantelamiento, que corresponde a la revolución. Por ambas caras se da lugar a la diseminación, con la salvedad que en la cara del deterioro la diseminación se mantiene en los límites del deterioro, contribuyendo a la degradación y la decadencia; en cambio, en la cara del desmantelamiento, se atraviesa los límites del círculo vicioso del poder, haciendo que la diseminación se radicalice y complete; por lo menos teóricamente.

El escabroso asunto de QUIBORAX, con la evidencia de la extorsión económica[4], así como haciéndose patente de la extorsión política[5], acompañada por la extorsión judicial[6], nos muestra algunas formas singulares del deterioro, por lo tanto, de la diseminación por degradación y decadencia. La historia política y económica de la forma de gubernamentalidad clientelar, que corresponde al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente y el Estado rentista, está plagada de formas singulares del deterioro; en consecuencia, de diseminación por decadencia. No vamos hacer un listado del acumulo de casos singulares de la degradación política – nos remitimos a los escritos dedicados al tema -; interesa mostrar este caso singular como parte de la marcha corrosiva de la diseminación por deterioro. Lo que diremos y remarcaremos es que la corrosión institucional no solo, por así decirlo, oxida el material, sino que logra no solo carcomerlo, sino, incluso, destruirlo.  Entonces, el material con el que esta construida la malla institucional se ahueca y pudre, de tal manera que ya no puede sostener la arquitectura del Estado-nación. Vine lo que se llama la implosión, el derrumbe por inconsistencia de la estructura que sostiene el almatroste del poder.

La figura que tocamos de las formas de diseminación por deterioro es la de la extorsión, que corresponde al chantaje, a la usurpación, a la expoliación, es decir, a la forma de violencia solapada que se agita como amenaza, látigo suspendido sobre los cuerpos, convertidos en objetos del poder y materia de la violencia. Se trata, usando metáforas ilustrativas, del monstruo amenazante de muchas cabezas; individuos, grupos, colectivos, pueblos, sociedades, son sometidos al chantaje constante de la extorsión, ya sea económica, política y judicial, que algunas veces viene acompañada por chantaje emocional.      

 

 

 

 

 

 

[1] Ver Los mecanismos de la extorsión. https://issuu.com/raulpradaa/docs/los_mecanismos_de_la_extorsi_n.  

[2] Ver El lado oscuro del poder. https://issuu.com/raulprada/docs/el_lado_oscuro_del_poder_3.

[3] Ver Diseminaciones. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/diseminaciones_2.

[4] Ver Extorsión económica. https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/25/extorsion-economica/.

[5] Ver Extorsión política. https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/21/de-la-extorsion-politica/.

[6] Ver Los dispositivos de la extorsión.

https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/18/los-dispositivos-de-la-extorsion/.

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De la extorsión política  

De la extorsión política

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

De la extorsión política

 

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La extorsión política es, quizás, en el sistema de extorsión generalizada, la práctica más usual y manifiesta. La política institucionalizada se ha convertido en el ejercicio mismo de la extorsión de la delegación y la representación, mucho más evidente cuando se es gobierno. El delegado, el representante del pueblo se cobra su representación, cobra un precio por encargarse de la representación, de hacer de “vocero del pueblo”. Esto se hace patente cuando el representante forma parte del gobierno o la representación se hace del gobierno. La extorsión comienza en la adulteración de la convocatoria; no solo se convoca al pueblo, sino que se le exige seguir al partido que los representa, mucho más cuando este partido se reclama de genuina representación del pueblo. Esta exigencia se hace más notoria y conminatoria cuando es el propio gobierno el que exige la “movilización popular” en defensa del gobierno auténtico del pueblo; en el caso de versiones políticas no populistas, se exige al pueblo defender la institucionalidad. El pueblo, entonces, está conminado a defender el “proceso” o la “democracia”, que sus representantes y sus gobernantes encarnan.

La extorsión política no reconoce, por así decirlo, mayoría de edad al pueblo, se lo considera como un niño, que debe ser educado y conducido. Las decisiones políticas quedan a cargo de la clase política. Cuando se acude al pueblo en relación a cuestiones debatidas y problemáticas, se lo hace no para preguntar su opinión o constelación de opiniones, sino para indicarle cuál debería ser su opinión, de acuerdo a la verdad política. Las opiniones que preponderan y que se difunden a través de los medios de comunicación son la de los políticos; cuando se entrevista a la gente común, como se dice, de la calle, se lo hace para edulcorar la opinión política ya dada, se lo hace como pronunciamientos colaterales o, en su caso, como tendencias cuantificables de la “opinión pública”. El pueblo es el objeto deseado de la convocatoria política, también es el sujeto de la extorsión política.

La extorsión política cuenta con un complejo aparataje de incidencia y de inducción de comportamientos. Lo que era la retórica política, como recurso discursivo de convencimiento, se ha convertido en una fabulosa maquinaria de publicidad y propaganda, que implanta opiniones mediáticas, esquemáticas, como consignas de mercadotecnia. En el lenguaje polarizador de la política se lanza un mensaje simple: si no estás con nosotros estás con los enemigos del “cambio”, de la “revolución”, o, en otra versión, estás con los enemigos de la “democracia” institucionalizada. La forma y el estilo de emitir el mensaje puede variar, incluso puede adquirir expresiones más elaboradas, sin embargo, el mensaje, en el fondo, es similar; se trata del chantaje político, que puede adquirir connotaciones de chantaje emocional o de chantaje ideológico, se lo haga a nombre de lo que se lo haga, la “revolución” o el Estado, el “proceso de cambio” o la institucionalidad.

La extorsión política persigue variados réditos; uno de ellos tiene que ver con el camuflaje de legitimidad; otro de ellos tiene que ver con el mantener como rehén al pueblo, rehén de la clase política o, en su caso específico, del gobierno. Entre los réditos se encuentra el lograr beneficios no solo políticos, si no también económicos. Lo que se denomina corrupción es, en realidad, el efecto de la extorsión política, en sentido de renta adulterada. Estos variados réditos se logran cuando el ejercicio de la política se presenta como la única manera de ejercerla, la institucionalizada, la reglamentada, la normada, que, en definitiva, otorga el monopolio de lo político a la clase política.  Los límites de la realidad institucionalizada están definidos por el Estado; cuando la realidad es ésta, producto del poder, se excluyen taxativamente otros ejercicios no estatalizados; se descartan las prácticas alterativas de los colectivos sociales; en efecto, aunque no se lo diga, se prohíben otras prácticas políticas, descartando la posibilidad del autogobierno.

La “democracia” institucionalizada, que se basa en la Constitución, en el sistema de leyes, que se legitima en el discurso jurídico-político, precisamente porque establece las reglas del juego “democrático”, encubre el ejercicio efectivo de la política, la extorsión política. Las formas de gubernamentalidad, que parecen exceder el encuadre de la “democracia” institucionalizada, como la forma de gubernamentalidad clientelar, no hacen otra cosa que patentizar lo que motoriza el ejercicio de la política, el chantaje político. Las formas de gubernamentalidad que parecen circunscribirse al encuadre de la “democracia” institucionalizada, como la forma de gubernamentalidad liberal, no hacen otra cosa que reforzar el encubrimiento institucional de la extorsión política. La forma de gubernamentalidad clientelar hace evidente, de manera descarnada, la extorsión política; en cambio, la forma de gubernamentalidad liberal la encubre, de manera institucional, apegada a la Ley, el ejercicio de la extorsión política.

Se puede definir la cuestión política de la siguiente manera: se nombra a la “democracia” en discursos que la exaltan y pretenden su profundización, así como en discursos que la conciben como lograda en el Estado liberal o el Estado de derecho; yendo más lejos como realización histórica en el socialismo; o, contrastando, como “decadencia occidental”, entonces susceptible de concretizarla en el pueblo elegido o el pueblo superior. A pesar de sus diferencias, todas estas variedades discursivas políticas, incluso diferencias ideológicas, sirven para preservar el ejercicio del poder, que, en términos de la política institucionalizada, fácticamente implican el desenvolvimiento de las formas de la extorsión política.

El problema de la política en la modernidad es que la política se realiza de una manera paradójica o perversamente complementaria: En el discurso se pretende no solamente la verdad, sino la realización de la libertad,  de la justicia, de la humanidad, o, en contraste, la realización de la nación, como si se persiguieran estas finalidades gratuitamente; sin embargo, estas finalidades terminan justificando el uso de los medios y los procedimientos que se reducen, en la práctica, a la extorsión política.

¿Cómo romper con la extorsión política? Aunque se lo diga sencillamente y hacerlo sea difícil, parece que, por lo menos, teóricamente, hay que empezar por aquí: no aceptar la extorsión, no dejarla efectuarse. Pueden haberse conformado los grupos de extorsión, distribuidos en el mapa institucional del Estado, pueden emerger de los diagramas de poder vigentes, empero si no se acata su amenaza, la extorsión no se da lugar. Como la extorsión se da lugar en toda la malla institucional, en la filigrana de sus recovecos, en distintos niveles y planos, entonces concurre constantemente y profusamente, cuando el conjunto social amenazado no acepta la extorsión, por lo menos la mayoría o, incluso, una parte significativa, la extorsión como sistema expoliación se derrumba. Por lo tanto, el segundo paso o actitud ante la extorsión es movilizarse contra esta práctica de coerción, chantaje y expoliación. Convocando a la sociedad liberarse del chantaje, de la economía política del chantaje, de asumirse como tal, como constelación de asociaciones, de dejar de ser rehén de los grupos de extorsión. El tercer paso o actitud ante la extorsión implica el desmantelamiento del sistema de extorsión generalizada. El cuarto paso o actitud consiste en dar rienda suelta a la potencia social, a la potencia creativa de la vida, desenvolviendo la proliferante invención de la sociedad alterativa.

El fenómeno generalizado de la extorsión alumbra sobre cómo funciona la sociedad institucionalizada. Las historias de las sociedades institucionalizadas, que han requerido construir la máquina abstracta del poder, que nace como máquina simbólica y mitológica, de donde emerge y se edifica el Estado, como instrumento jurídico-político-económico-cultural, que legitima las dominaciones polimorfas, nos muestran que el poder mismo, desde sus comienzos, como ámbito de realización de las dominaciones, se estructura como deuda infinita, como deuda al soberano, propietario y poseedor de la tierra y de todos los bienes; deuda impagable, que inocula la dependencia inicial y la subordinación inaugural. La deuda convierte al deudor y a la deudora en prisioneros de la relación de dependencia con el soberano, convertido en el déspota, símbolo absoluto del poder. Entonces, desde un principio, el ejercicio del poder funciona efectivamente como extorsión.

Las sociedades institucionalizadas, no solamente se cohesionan en base a los mitos, después, a la ideología, así como en base a las estructuras de relaciones sociales, convertidas en prácticas, en hábitos y habitus, sino que son inducidas a hacerlo reproduciendo las formas de la extorsión. Las sociedades institucionalizadas no solamente aceptan como verdad sus mitos, después, sus ideologías, sino que aceptan las estructuras opacas de la economía política del chantaje y las estructuras ocultas del lado oscuro del poder. Entonces, no solo se cohesionan reproduciendo las relaciones sociales y las estructuras sociales y culturales de cohesión social, sino reproduciendo las estructuras del chantaje y de la extorsión de las máquinas en funcionamiento del poder.

Se trata de sociedades que conviven con el sistema de extorsión generalizado; por lo tanto, de sociedades que reproducen su condición de rehenes. Es como si constantemente remacharan reforzando sus propias cadenas; no solo resalta aquí el deseo del amo, sino también una especie de masoquismo convertido en costumbre. Se trata de un padecimiento aceptado, incluso buscado. Aceptar recorrer el calvario, cargando el peso agobiante de la extorsión. Ahora bien, ¿por qué se lo hace? ¿Por costumbre, por hábito? ¿Por qué no hay de otra? Es difícil responder a estas preguntas, aunque se tenga a mano hipótesis más o menos adecuadas. Se tiene que comprender que el poder no solamente es una máquina abstracta sostenida por agenciamientos concretos de poder, sino que se encarna, por así decirlo, se inscribe en el cuerpo; políticamente en la superficie del cuerpo, en la piel, subjetivamente, en el espesor corporal, en los esquemas de comportamiento y conducta, que responden a las modulaciones efectuadas por los diagramas de poder desplegados. Por lo tanto, parece que el sujeto constituido por el poder no encuentra otros recursos para responder a las exigencias del poder que los incorporados por el poder mismo. En consecuencia, el poder como maquinaria abstracta se comunica con el poder como cuerpo afectado y modulado por el poder; el poder se comunica con el poder y logra las respuestas esperadas. La potencia del cuerpo está inhibida, contenida, sumergida, por el ejercicio efectivo del poder; la creatividad corporal, conectada a la creatividad de la potencia de la vida, se encuentra bloqueada. Las posibilidades alternativas de acción están contenidas, las posibilidades alterativas de acción están congeladas; las predisposiciones corporales a las fenomenologías perceptuales están restringidas, dejando que solo se realicen las que son funcionales a la reproducción del poder. En estas condiciones de imposibilidad histórica-cultural, las voluntades singulares se conculcan, delegando a la voluntad general, a nombre del bien común, las pasiones, los quereres, los deseos, de las multitudes. El engaño o autoengaño se da en este transcurso delegativo; la ilusión frustrante es que la voluntad singular se realiza en la voluntad general, que es la conjetura liberal para legitimar el poder del Estado.

La extorsión es una de las formas de la violencia desplegada del lado oscuro de la economía y del lado oscuro del poder. La violencia, como efecto en el sujeto del impacto de las fuerzas capturadas por el poder y usadas para su reproducción, es el fenómeno del ejercicio del poder en los planos y espesores de intensidad social, controlados por las estructuras de las dominaciones. El poder no puede sino reproducirse por captura de fuerzas sociales, a las que separa de lo que pueden, y son usadas como disposición de fuerzas concentradas y dispositivos de fuerzas controladas para inducir comportamientos y conductas requeridas por los diagramas de poder y las cartografías políticas. El poder no puede sino reproducirse a través de los efectos de la violencia en los sujetos sociales. Tanto la amenaza, así como el desencadenamiento de las fuerzas controladas, que podemos llamar represión, inducen comportamientos y también consolidad esquemas de comportamientos, convirtiéndose en habitus. La reproducción del poder y por lo tanto su despliegue puede ser comprendido y entendido no solo como relación de fuerzas, diagramas de fuerzas, que funcionan como estrategias materiales e institucionalizadas, como consideraba Michel Foucault, sino que suponen genealogías y fenomenologías integrales, que incluyen los efectos en las estructuras del sujeto, efectos que vienen con cargas simbólicas e ideológicas, que son decodificadas en la inmediatez de los actos y las acciones. En consecuencia, la comprensión y el entendimiento de las dinámicas del poder no pueden desentenderse de las genealogías de la violencia y de sus imaginarios sociales.

La extorsión, como forma de la violencia desatada, en los términos de la expoliación, responde como a un culto de la violencia, profesado por los grupos y corporaciones de la extorsión, pero también aceptada pasivamente por la sociedad institucionalizada. Si bien no podemos hablar de “cultura de la violencia”, salvo metafóricamente, pues la cultura supone la articulación dinámica de sistemas simbólicos, sistemas de signos, narrativas, formaciones discursivas, además de prácticas culturales, se puede identificar ámbitos culturales donde se hace apología de la violencia. Por ejemplo, las ideologías que se reclaman como portadoras de la promesa, legitiman el uso de la violencia como medio para lograr los fines perseguidos. No solo entran en esta fetichización ideológica de la violencia las ideologías que reclaman la realización de justicia, sino también las ideologías que se reclaman como realización de la libertad. Unas justifican el uso de la violencia para alcanzar el paraíso prometido, otras justifican el uso de la violencia para defender el orden de libertad alcanzado. Las ideologías, a pesar de sus diferencias y contrastes discursivos, además de políticos, funcionan como legitimadoras de la violencia ejercida.

La extorsión política es, en sí misma, despliegue de la violencia; no busca claramente o declaradamente legitimarse, sino que se satisface en caer y circunscribirse en el pragmatismo descarnado: “así funcionan las cosas”. Las comunicaciones asociadas a la extorsión política suponen ya el “marco cultural” donde se mueven, “marco cultural” de la apología de la violencia. Se apoyan, de antemano, en la ideología política, que hace como de atmósfera de simbolizaciones y significaciones, que cobijan las comunicaciones de la extorsión. Por ejemplo, si se obliga a pagar tributos no normados ni institucionalizados, pero que funcionan como “sistema” oculto aceptado, se lo hace suponiendo la formación discursiva en boga. Si se exige a la población a votar por la opción representativa y auténtica del pueblo, se lo hace suponiendo la verdad dada en las pretensiones de la ideología. Algo parecido pasa cuando se reclama a la población a votar por la opción representativa de la institucionalidad y del Estado de derecho. Si se presentan elefantes blancos como logros del “proceso de cambio”, expoliando a la población, pues se trata del uso de recursos públicos, se lo hace suponiendo que los que lo hacen están ungidos de la aureola “revolucionaria”. Algo parecido, aunque de manera distinta, pasa cuando se presentan las privatizaciones, el despojo del ahorro social, la restricción de la inversión social, como procedimientos ineludibles del equilibrio económico. En ambos casos, la extorsión política se desenvuelve expoliando a los pueblos.

La extorsión política, así como las otras formas de extorsión, en el contexto de las formas de la economía política del chantaje, iluminan, hacen inteligible, los funcionamientos de las máquinas de poder, abarcando sus ámbitos entrelazados y complementarios; los correspondientes al lado luminoso del poder, el institucional, y los correspondientes al lado oscuro del poder, relativo a las prácticas paralelas. Si bien la extorsión funciona en el lado oscuro del poder, está articulada y complementada o encubierta por los funcionamientos en el lado luminoso del poder; las instituciones hacen como máscaras que encubren funcionamientos del sistema de la extorsión generalizada.  

 

La intermitente guerra del agua

La intermitente guerra del agua

Prólogo a ¿”La pachamama otra clase está”? de José Luis Saavedra

 

La intermitente guerra del agua

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Hay que tratar de entender cómo funciona el poder, esa máquina abstracta de las dominaciones polimorfas; cómo funciona en sus despliegues singulares; cómo combina de manera barroca distintas figuras el ejercicio de la política. Cómo, por ejemplo,   se combina un discurso de convocatoria popular, la práctica de una forma gubernamental clientelar, el ejercicio desfachatado de políticas, que continúan los mismos caminos que los gobiernos derrocados, sobre todo en lo que respecta al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; acompañado por una administración irresponsable de los recursos del Estado, además de venir asistido todo esto por la apropiación privada de riqueza, canalizando la misma mediante la participación personal en el “negocio”; es decir, la ejecución del proyecto público convertido en “negocio”, tanto por los jerarcas y funcionarios de alto rango, como por las empresas involucradas, que se benefician con concesiones y contratos displicentes.

Podemos también sugerir otro perfil de combinaciones barrocas; por ejemplo,  el discurso liberal o neoliberal, según el caso, el ejercicio de la malla institucional de acuerdo a las reglas del mercado, la política económica del libre mercado, la libre empresa y la competencia, la apertura al capital trasnacional en condiciones de altos incentivos y restricciones para la tributación estatal; acompañando estas práctica “pragmáticas” con beneficios privados, encubiertos por transacciones empresariales, aunque también, como en el otro caso, con transferencias a cuentas personales. Ambas composiciones discursivas, de prácticas discursivas y de prácticas de poder son barrocas; la diferencia radica en el formato, en el perfil y en el contenido de la composición. No solamente en la ideología particular de legitimación. Se trata de expresiones políticas, que, aunque de diferente composición y combinación, son similares en cuanto a pertenencia al círculo vicioso del poder.

Ahora, en este ensayo, volveremos a ocuparnos de la primera composición de poder; no solo porque se trata de la referencia connotada de la forma de gubernamentalidad clientelar del “gobierno progresista”, sino porque manifiesta de manera más elocuente el ejercicio mismo del poder, en las formas dramáticas más desbocadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un estilo del barroco político populista

En una composición barroca como la populista habría que preguntarse no solo cómo funciona una combinación tan heteróclita, sino qué es lo que prepondera en la composición, dependiendo de la coyuntura o quizás de lo que pone en práctica esta forma de gubernamentalidad clientelar. ¿El discurso de convocatoria en momentos de ofensiva, aunque también en momentos de premura, de crisis, de merma agobiante de la convocatoria? ¿El ejercicio de los circuitos prebéndales y clientelares cuando se requiere preservar bajo control a una masa crítica de adherentes? ¿Las formas paralelas de poder, que empujan al enriquecimiento privado a costa del Estado y a nombre del “proceso de cambio”? ¿Las ceremonialidades del poder orbitando alrededor del núcleo solar del mito, encarnado narrativamente en el caudillo? Quizás se haga hincapié en alguna de estas tendencias, dependiendo de las exigencias de la coyuntura, sin que las otras dejen de entrelazarse y reforzarse, reforzando, en su momento, a la tendencia de emergencia. Pero, a lo que apuntamos es a cómo funcionan los componentes en semejante combinación, aunque dependa el perfil configurado de la coyuntura. Por ejemplo, el discurso de la convocatoria no solo sirve para lograr mantenerla, sin para legitimar el mismo ejercicio del poder. Hasta aquí, lo consabido. Pero, ¿qué tiene que ver, por ejemplo, el discurso de convocatoria con las prácticas de apropiación privada de los recursos y riquezas del Estado, de la manera como se acostumbra, monetizando estas apropiaciones? Se podría acudir a la deducción inmediata de que se legitima o, mejor dicho, encubren los actos mismos de corrupción y corrosión institucional; sin embargo, si fuese así, queda pendiente qué sentido entonces adquiere el discurso en esta articulación perversa entre discurso y práctica paralela. El análisis político toma al discurso político por sus enunciados, por lo que dice; sin embargo, cuando se usa el discurso de esta manera, conectado con las prácticas paralelas, el enunciado mismo se evapora, el sentido pretendido del discurso se pierde; queda como un hueco abierto. ¿Con qué se llena este hueco? Lo que se dice transmite no exactamente lo que se dice, sino lo que se hace, aunque aparezca no en su evidencia, sino en su máscara discursiva. Lo que se dice parece decir, mas bien, puedo decir lo que quiera, lo que significa: puedo hacer lo que quiera. Entonces, al hacer lo que quiera, puedo decir lo que quiera; lo que importa es lo que hago cuando lo digo, diga lo que diga. Lo que hago aparece como lo digo; lo que digo es el hecho incontestable del poder, del ejercicio del poder.

El político en el poder actúa y habla; parece que no se puede separar su acción de su evocación. No en el sentido de que cuando habla es para encubrir o si se quiere, para decirlo de manera pedestre, para “mentir”, sino en el sentido que el habla, en este caso, transmite otro sentido, el del acto que habla y dice: puedo hacer lo que quiero diciendo lo que quiera. En este caso, el habla esta implicado y condicionado por el acto mismo, forma parte del acto, como una percusión del mismo. El que habla, en estas condiciones, transmite un mensaje, no propiamente político, tampoco ideológico, sino el mensaje del poder, del ejercicio del poder, si se quiere, la verdad descarnada del poder: el poder hace lo que quiere.

El discurso de convocatoria forma parte de la conducta misma del político. El significado del discurso político no se encuentra en el enunciado o la enunciación, sino en la acción que dice: lo hago y digo cualquier enunciación, lo que muestra que puedo hacer lo que quiero diga lo que diga. Al decirlo duplico el acto en el espacio de la enunciación.

Esta parece ser la clave para descifrar la función del discurso de convocatoria en las prácticas políticas clientelares. El concepto de corrupción, aplicado en el análisis político, supone una disyunción entre discurso y práctica política; es decir, en pocas palabras, se hace algo distinto a lo que se dice; no se cumple con la Ley, con el compromiso político, con la institucionalidad establecida. Sin embargo, en la compleja composición de la práctica política parece que no se separan discurso y práctica, que conforman un nudo de entrelazamientos insoslayable. Entonces el discurso adquiere no solo otra tonalidad en el campo político, sino incluso otras significaciones prácticas. En la práctica política no se separan discurso no solo de práctica discursiva sino de práctica política; no se separa, en el ejercicio de poder, la dominación de facto no se separa de la dominación ejercida a través de un uso singular del lenguaje. No se usa, en este caso el lenguaje, para, exactamente, “mentir”, sino, mas bien, para reforzar el acto en el discurso político.

Es por eso que cuando un vicepresidente “revolucionario” controla o se compra la empresa de barcazas que transportan la exportación de soya por el río Paraguay, no le parece contradictorio ni heteróclito ser el propietario efectivo o el accionista mayor  y a la vez decir que esta en marcha el “proceso de cambio” del “socialismo comunitario”. Es más, fustigar a la “clase media” por “conservadora” y “colonial”. Pues el discurso emitido no dice exactamente lo que expresa la enunciación, sino dice otra cosa, dice que yo hago lo que quiero y digo lo que quiero porque soy “revolucionario”. Ser “revolucionario”, entonces, adquiere otra significación, pierde el significado heredado de la narrativa romántica y de la narrativa insurgente; en el acto-discurso, en el discurso convertido en parte del acto, adquiere el significado de soy el cambio de élite, soy la nueva élite “revolucionaria”, pues he venido montado en el caballo de la revolución, de la insurrección popular. Entonces la insurrección popular, que antecede al “gobierno popular”, es motivo suficiente para ungirlo de “revolucionario” y ungir de “revolucionarios” a sus gobernantes. Ciertamente el sentido de cambio se estrecha a la connotación circunscrita de cambio de élite, pero esta reducida connotación basta para mantener la palabra, que ha perdido la fuerza de la metáfora romántica, que sirve no tanto para legitimar lo que se hace, sino para duplicar lo que se hace, el acto descarnado de poder.

Se puede comenzar a entender también por qué se deriva en una administración displicente y hasta bochornosamente irresponsable. En estas condiciones descritas, ¿qué se administra? Ciertamente los bienes y recursos del Estado; pero, ¿cuál es el sentido de pertenencia que se asume? La Constitución dice que es el pueblo boliviano el propietario de los recursos naturales, que el Estado es un mero administrador. Pero, como la nueva élite es ungida de “revolucionaria”, la posesión efectiva la tienen los administradores, quienes pueden tomar las acciones de emergencia que son necesarias en un periodo álgido como el del “comunismo de guerra”, cuando se le entrega todo el poder concentrado al “comité central”. Obviamente esta comparación es insostenible, pues el “comunismo de guerra” correspondió a la guerra civil que enfrentaron los bolcheviques, ante una invasión imperialista a la Patria Socialista, apoyando al ejército de los “rusos blancos”, resabios zaristas. Empero, en el imaginario de la nueva élite cualquier analogía, por más lejana y de atisbo tenga, basta para ungir a la concentración inconsulta de poder del gobierno popular y de su estructura palaciega de cierto halo histórico de la primera revolución proletaria triunfante. Sin embargo, lo que no hay que olvidar es que si bien se dice en la enunciación del lenguaje que hacemos lo mismo que hacen los bolcheviques en un momento de emergencia para defender la Patria Socialista y salvar la revolución, efectivamente se dice: estamos en el poder y hacemos lo que queremos, pues el poder sirve para eso. 

Lo que se administra son las posesiones de la nueva élite, posesiones estatales, que asumen como si fuesen propiedad privada de la casta gobernante. Esta administración es importante, no solo por lo que se refiere al enriquecimiento privado, sino por los recursos necesarios para reproducir las extensas redes clientelares. Lo que importa es esto, la reproducción de la masa clientelar, incluso, mejor, invertir en su expansión. Lo demás no importa tanto; las tareas encomendadas por el Estado, la administración pública, la administración de las empresas públicas, en el sentido recomendado, buscando la eficiencia y eficacia, el ahorro y los mejores beneficios y de calidad para el Estado. Estas tareas encomendadas por la Constitución son colaterales. Lo importante es hacer funcionar el aparataje clientelar; se pueden construir elefantes blancos, no importa; lo que se busca es la circulación monetaria de los flujos que financian la reproducción de la máquina clientelar. Como se dice popularmente, para muestra basta un botón. Sin recurrir a ejemplos conocidos de corrupción y corrosión institucional, los más connotados por los medios de comunicación, incluso sin recurrir a lo que estos medios no ven, la magnitud del control trasnacional a través de la incorporación de gobernantes y jerarcas de la administración pública a sus planillas, además de la incidencia del lado oscuro del poder, vamos a referirnos a un ejemplo, mas bien, anecdótico, que ilustra elocuentemente lo que ocurre. En una economía extractivista administrada por un Estado rentista las fichas ambientales son cruciales para habilitar precisamente la explotación de los recurso naturales. Que cuando la empresa contratada para hacer el diagnóstico de impacto ambiental pide la información técnica y los mapas por donde pasaran los senderos de exploración, después los caminos, las instalaciones de la maquinaria extractivista, se le entrega, en vez de una documentación técnica, basada en los propios estudios de la empresa estatal, en este caso YPFB, un informe hecho desde el Google Earths, estamos ante el hecho insólito; dato escabroso de a donde ha llegado la desidia y la negligencia.  Esto no quiere decir que probablemente no solo no cuentan con esos estudios, esa información técnica, sino sobre todo que no les importa lo que pase en cuanto a impacto ambiental; por eso, tampoco es importante entregar estudios geológicos y geográficos que se requieren. Se trata meramente de trámites administrativos, como cuando se llenan formularios; todo para cumplir. De lo que se trata es de hacer marchar el proyecto a como de lugar. Este ejemplo anecdótico muestra patentemente el carácter de esta administración pública.  No está precisamente para velar por los intereses ya no solo del Estado sino del mismo pueblo, que es el propietario de los recursos naturales, sino que está para hacer que la máquina clientelar funcione.

Estamos, entonces, ante una administración pública cuya tarea es hacer que funcione la máquina clientelar; su tarea es garantizar que esto ocurra. Mientras esto pasa, entonces, la administración de la maquina clientelar cumple; es eficiente en este sentido. Aunque nos sorprenda lo que pasa, no hay, en consecuencia, de qué sorprenderse; estamos ante discursos políticos que dicen otra cosa diferente a la enunciación, estamos ante un aparato administrativo público que no administra lo público sino las posesiones de la nueva élite política y económica.  Quizás sea esta la razón por la que la administración pública clientelar funcione como lo hace; desde la perspectiva normativa e institucional, de una manera catastrófica; pero, desde la perspectiva de la gubernamentalidad clientelar funciona como corresponde. Ahora, en lo que sigue, no vamos a dar otros ejemplos anecdóticos, ni mostrar otros botones; lo que haremos es concentrarnos en la problemática del agua, la crisis anticipada del agua. Recurriremos al libro de José Luis Saavedra ¿”La pachamama otra clase está”?, donde se describe la reciente crisis del agua, sus causales, sus impactos, sobre todo lo que hace evidente, la cuestionable administración estatal, además de sus complicidades innegables con las expresas trasnacionales extractivistas, que derrochan el agua y la contaminan, contaminando cuencas y territorios aledaños y lejanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Interrupción de los ciclos del agua

Los ciclos del agua forman parte de los ciclos vitales, cualquier interrupción redunda en los otros ciclos  entrelazados. Por eso los ciclos del agua como los otros ciclos son  vitales. Cuando se interrumpen por efectos sociales, como por ejemplo cundo se talan los bosques, es cuando se interrumpe el ciclo, es decir, cuando se corta el circuito de la evo-transpiración. Entones asistimos de pleno a la crisis del agua.  Esto es lo que se siente cuando el agua escasea en las ciudades, cuando se siente las sequia en zonas geográficas identificadas.  Empero, cuando esto se ahonda por el efecto de una administración lamentable, que no tienen en cuenta el ciclo mismo del agua, los efectos adquieren la dimensión de la escasez demoledora del agua. Las ciudades son las primeras en sentirlo. La crisis del agua en la ciudad de La Paz y en otras ciudades de Bolivia develan las grandes falencias del “gobierno progresista”.

El “gobierno progresista” no solo no previó lo que se venía, sino que se convirtió en un factor de del desenlace dramático de la escases del agua. La administración pública del agua contribuyó al desenlace de la crisis, no solo por la cuestionable administración, sino porque desató otros factores que repercutieron en la crisis.

  Crisis del agua

Tenemos que hablar de los ciclos del agua, pues nos encontramos ante procesos de reproducción del agua, a través de la evaporación y transpiración; el ciclo del agua forma parte de los ciclos vitales articulados e integrados ecológicos. Cuando se interrumpe el proceso del ciclo del agua se afecta a su reproducción, esta interrupción, por cierto es parcial, pues si sería una interrupción absoluta ya no habría tal reproducción ni el ciclo del agua. Las interrupciones parciales del ciclo del agua afectan notoriamente a su reproducción y como el ciclo del agua está entrelazado a los demás ciclos vitales, las interrupciones parciales en el ciclo del agua afectan a los demás ciclos ecológicos. Lo mismo ocurre con las interrupciones parciales en los demás ciclos, que derivan no solo en la incidencia particular de la reproducción del ciclo sino en la reproducción de los demás ciclos vitales. Por ejemplo, la tala de bosques incide preponderantemente no solamente en el ciclo biológico de los bosques, sino en el ciclo del agua, en el ciclo del aire, en el ciclo de los suelos. De esta manera, se afecta notoriamente al sistema de vida planetario.

El sistema-mundo capitalista, en la medida que se ha venido expandiendo, consolidando y desarrollando, ha incidido notoriamente en la acumulación de interrupciones parciales de los ciclos vitales; en lo que respecta al ciclo del agua, ha venido afectando notoriamente los procesos de reproducción. No hablamos solamente del incremento del consumo del agua, sino de los efectos de la contaminación y depredación en la reproducción del ciclo del agua. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente ha afectado preponderantemente en los modos de la reproducción del ciclo del agua, en la evaporación y transpiración. Se estima que las sociedades humanas ya enfrentan lo que se denomina la escasez del agua dulce; se estima que esta situación se ha de venir agravado a tal punto que los estados van a enfrentar la guerra del agua.

¿”La pachamama otra clase está”? comienza con la crisis del agua en la ciudad de La Paz. El gobierno atribuye la disminución dramática del agua de la represa de Hampaturi al “cambio climático” y oculta, al decirlo, su desastrosa administración; tanto de la empresa encargada como de los ministerios que tienen que ver con la administración del bien liquido. El libro se propone demostrar las causales  económicas, sociopolíticas y ambientales de la crisis del agua, además de las falencias y errores administrativos, sobre todo cuando la escasez del líquido elemento se muestra en su más grave ausencia. Al final se propone plantear algunas soluciones perentorias. Entre las causales económicas se encuentra el modelo extractivista como núcleo de una estrategia depredadora y destructiva; entre las causales sociopolíticas se encuentra en el centro de la devastación el Estado rentista; entre las causales ambientales se hallan los efectos de la crisis ecológica, efectos alarmantes como el deshielo de las cumbres de la cordillera, así como la extensión intermitente de la sequía, acompañada paradójicamente por inundaciones paulatinas, convirtiendo a unas zonas en anunciados desiertos y a otras en zonas de inundación. Nos detendremos a analizar el factor del modelo extractivista de la economía dependiente y el carácter rentista del Estado-nación subalterno.

 

Modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente

La conquista y la colonia del quinto continente, lo que se llama por los propios, los nativos y mestizos asumidos por las territorialidades del continente, que asumen la defensa de la vida, Abya Yala, ha instaurado un modelo económico, por así decirlo, que es el substrato de la economía-mundo capitalista y, por lo tanto, del sistema-mundo capitalista; este es el  modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Sabemos que al hablar de modelo lo hacemos metafóricamente, pues, en efecto, no ha sido, si se quiere, de manera deductiva lo que ha ocurrido, sino, mas bien, de manera inductiva. Las oleadas de conquista y de colonización, que datan desde el siglo XVI, han venido conformando este denominado modelo, en principio, en forma de enclaves, sobre todo en las playas, haciendo como cabeceras de playa; después, en la medida que se adentraban al interior del continente, los puertos de desembarque se conectaban con la expansión de la colonización. Se puede decir que es con la conquista de Tenochtitlán cuando se conquista propiamente toda una región, incluida la metrópoli administrativa, además del sistema de comunicaciones y redes y circuitos socio-demográficos-culturales  de la civilización de Mesoamérica. La conquista efectuada se consolida con el primer virreinato ibérico, el Virreinato de Nueva España.

Los siguientes virreinatos y capitanías casi repiten los mismos procedimientos de conquista; terminan implantando en el continente un modelo administrativo colonial, que corresponde a algo parecido a estados absolutistas extraterritoriales, desde la perspectiva del la Corona española. Son estas administraciones políticas y militares las que se convierten, incluso para Europa, en los referentes de la arquitectura estatal. La colonización, una vez consolidada la colonia, continúa en la propia y Europa; se instauran administraciones estatales de lo que va a venir a ser el Estado moderno; se implanta a sangre y fuego la lengua nacional; se institucionaliza el mito de la nación. Nacen los Estado-nación, quizás primero, como afirma Benedic Anderson, en el continente conquistado, concretamente en Norte América, con la independencia de las trece provincias sublevadas y ganadoras de la guerra anticolonial con el imperio británico. La revolución francesa va a ser otro hito en la construcción del Estado-nación, del Estado moderno. Así como Tzvetan Todorov dice que el mundo es mundo desde la conquista de América, se puede decir que el sistema-mundo moderno emerge desde la conquista de Tenochtitlán. Después de la independencia de los estados de la unión, de la conformación de la primera república moderna, y después de la revolución francesa, los Estado-nación emergen, ya sea de guerras de independencia, como en América, o como efectos irradiantes de la revolución; más tarde, en el siglo XX, como consecuencia de las guerras de liberación nacional. Entonces, el modelo de Estado moderno se generaliza, incluso se mundializa. Este modelo político mundializado se complementa con el modelo económico, también mundializado; se trata de la economía-mundo capitalista, cuyo substrato es el modelo extractivista, pues se basa en la explotación expansiva de los recursos naturales. El sistema-mundo capitalista se desarrolla sobre la base de la expansiva e intensiva explotación de los recursos naturales, convertidos en materias primas para la industria. El susodicho desarrollo lo hace, es decir, se desenvuelve, crece y se transforma, sobre la base de esta explotación de los recursos naturales, que también adquieren la envergadura mundial, en forma de una división del trabajo mundial. El sistema-mundo capitalista crece y se consolida poniendo en operación la geopolítica del sistema-mundo, que separa centros de periferias, centros de acumulación y concentración de capital de periferias de des-acumulación y transferencia de recursos naturales. En consecuencia, tenemos un sistema-mundo compuesto por un modelo económico y un modelo político; la economía-mundo tiene como substrato al modelo extractivista y la política-mundo tiene como referente al Estado-nación. Tendríamos que hablar, entonces, de un sistema-mundo moderno económico y político; la composición económica y política y sus combinaciones inherentes se complementan y se refuerzan. Por eso, es insulso sugerir, peor hacerlo, operar desde el Estado para liberar a la sociedad del capitalismo; el Estado es la otra cara de la medalla del sistema-mundo, la otra cara es el capital.

El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente corresponde a la inmensa periferia del sistema-mundo capitalista; en tanto que el modelo industrial, que no deja de ser colonial, puesto que la colonialidad es mundial, corresponde a los centros del sistema-mundo. Centros y periferias interactúan, se complementan, hasta pueden variar, no solo en lo que respecta a la potencias emergentes, sino porque la geopolítica del sistema-mundo capitalista es móvil. Sin embargo, lo que hay que tener en cuenta es que sin la expansión e intensificación, incluso, ahora, la tecnificación, extractivista, la economía-mundo y la política-mundo no funcionarían. La crítica de la economía política de Marx, por cierto, como dijimos en otros ensayos, restringida, circunscrita al campo económico, supone como núcleo del modo de producción capitalista la esfera productiva, es decir, el espacio de la industrialización; en esta apreciación hay una sobrevaloración de la producción, olvidando que no hay producción sin la incorporación de materias primas; en consecuencia, no es sostenible colocar el núcleo del modo de producción en los procesos de producción; no habría procesos de producción sin procesos extractivistas. No queremos decir que el núcleo del modo de producción capitalista se encuentra en el modelo extractivista; no se trata de esto, sino de comprender la articulación imprescindible de los procesos extractivistas y los procesos de producción. Ambos conforman, si se quiere, un núcleo complejo, un núcleo extractivista-productivo. La denominada valorización abstracta,  tesis marxista-ricardiana, no se da en el proceso de producción, en la absorción de tiempos socialmente necesarios no pagados, sino comienza en la extracción de recursos naturales, prácticamente de manera gratuita, salvo la renta a los Estado-nación-subalternos, sin retribuir a la naturaleza lo que se le quita; es decir, destruyéndola; transfiriendo costos ecológicos irreparables, que no tiene en cuenta la contabilidad capitalista. En esto, quizás tenían razón los fisiócratas, cuando señalaban que el plus-producto y el plus-valor, de donde viene la ganancia, deriva de la naturaleza.

Sin periferias no hay centros, sin modelo extractivista no hay modelo industrial, sin modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente no hay modelo colonial industrial. Entonces, la valorización abstracta acaece desde el saqueo de la naturaleza hasta la explotación de la fuerza de trabajo, además de la expoliación de los consumidores, a través del mercado, por precios de inflación y la expansión de la deuda impagable, a través del sistema financiero. La valorización abstracta es el evento constante en el sistema-mundo moderno de este núcleo y motor compuesto extractivista-productivo-financiero.

La paradoja de la economía-mundo, sistema de la valorización abstracta y de la contabilidad capitalista, no valoriza los recursos naturales, no valoriza la destrucción que deja a su paso. Para la contabilidad capitalista los recursos naturales no valen, salvo cuando se convierten en materias primas y conllevan un costo, el costo de la renta y de la inversión en la explotación. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, substrato de la economía mundo, no valoriza los recursos naturales que transfiere a los centros del sistema-mundo capitalista, salvo en lo que respecta a las estadísticas de la renta que recibe. Por lo tanto estamos ante un sistema-mundo que no valoriza la vida, sino la muerte.

Se comprende pues que este sistema-mundo de la civilización moderna haya desencadenado la crisis ecológica; se entiende que al orden mundial, el imperio, no le inquiete la crisis ecológica desatada, salvo en lo que respecta a las tibias propuestas de bajar los niveles de contaminación y amortiguamiento de las extensas huellas ecológicas; se entiende que a los Estado-nación subalternos no les importe la destrucción ecológica desatada en sus países, salvo en lo que respecta a la pronunciación demagógica. En este sentido, también se entiende el funcionamiento de sus instituciones que amparan esta destrucción, ya sea con uno u otro discurso, uno u otro procedimiento político y económico. La clave para entender la negligencia del “gobierno progresista” de Bolivia respecto a la crisis del agua se encuentra en este substrato de la dependencia, de la colonialidad y de la subalternidad.

La guerra del agua

La guerra del agua parece intermitente, recomienza después de un lapso, como descansando. En la llamada guerra del agua en Cochabamba, desatada en los primeros meses de 2000, que comenzó, un  año antes en Tiquipaya, se rebelaron, primero, las organizaciones recolectoras del agua, encargadas de distribuir el agua según “usos y costumbres”. El intento gubernamental de privatización del agua comenzó ya en 1999. Los recolectores del agua y los agricultores se unieron en defensa de los “usos y costumbres” del bien común del agua, frente a los primeros pasos que se daban estatalmente para su privatización. La guerra del agua de Cochabamba convulsionó a todo el departamento, principalmente a la ciudad capital; las Ongs denunciaron los intentos de privatizar el agua, comenzando con las fuentes del Tunari. Desde este momento de denuncia la información se extendió y se difundió; se coaligaron organizaciones sociales y colegios de profesionales, así como otras asociaciones de la urbe valluna. La población comenzó a reunirse y debatir el tema, después a movilizarse. Conocido el proyecto de ley entregado por el gobierno de entonces al Congreso, que proyectaba conceder el agua, en sus variadas formas, a una subsidiaria de la empresa trasnacional Bechtel, denominada Aguas del Tunari, la movilización y su extensión fueron indetenibles. La Coordinadora de la Defensa del Agua y de la Vida, que aglutinó a un conglomerado de organizaciones sociales, juntas de vecinos, asociaciones profesionales, Ongs, bajo la convocatoria de la Federación Sindical de Fabriles, se convirtió en el referente de la movilización y en la organización coordinada de la misma. Ante el proyecto neoliberal de privatizar el agua, la Coordinadora de la Defensa del Agua y de la Vida propuso un proyecto autogestionario del bien común.

Cuatro años más tarde estalló otra guerra del agua, esta vez en la ciudad de El Alto. La escasez del líquido elemento y su deficiente y limitado suministro ocasionó la protesta y la movilización popular. La Junta de Vecinos de la Ciudad de El Alto buscaba no solamente subsanar estas falencias y deficiencias, sino también evitar cualquier forma de privatización.

El problema de la crisis del agua se ha venido manifestando en distintas situaciones; variadas y contrastantes, sequías en unas zonas e inundaciones en otras. Se puede decir que las sequías aparecen en una amplia geografía que abarca tanto el Altiplano como el Chaco, sin dejar escapar, en ocasiones, a uno que otro valle. Las inundaciones aparecen intermitentemente en la región amazónica, sin descartar, en ocasiones, inundaciones en otros lugares. Esto no quiere decir que en unos lugares sobra el agua y en otros escasea; el agua dulce es un bien común, que ante el avasallante consumo compulsivo, ya es escaso. Esto no quiere decir que es escaso en términos absolutos, pues el agua forma parte de la reproducción del ciclo del agua; pero es escaso, en términos relativos, teniendo en cuenta las condiciones de posibilidad ecológicas del ciclo del agua. Cuando el consumo compulsivo se incrementa, cuando la explotación extractivista lo derrocha, cuando se contamina el agua, además de contaminar los suelos y el aire, depredándolos, se interrumpe parcialmente el ciclo de la reproducción del agua.

El año 2017 estalló nuevamente la guerra del agua, esta vez en el epicentro de la geografía política, en la sede de gobierno, en la ciudad de La Paz, con irradiaciones a la ciudad del Alto y otras ciudades, como Potosí, incluso Sucre, la capital; también a otras zonas de pronunciada sequía. Se hizo patente la descuidada y negligente, además de ineficiente, administración estatal del agua. La principal represa que alimenta de agua a la ciudad de La Paz bajó sus niveles de manera dramática. Los personeros de la empresa estatal del agua y los ministerios encargados con su administración atribuyeron esta calamitosa disminución de los niveles de reserva de agua de la represa al “cambio climático”. En contraste, varias organizaciones sociales, desde campesinas hasta juntas de vecinos señalaron al gobierno como el responsable de la catastrófica disminución de la reserva de agua de la represa; no solo por no haber sabido prever, sino por haber entregado el agua, mediante desvíos de ríos, a empresas trasnacionales mineras. Varios especialistas en el tema, al hacer el diagnóstico del problema, describen las falencias de una administración estatal del agua improvisada. El dramatismo de la escasez del agua se hizo sentir en la penuria de los barrios por conseguir el líquido elemento. El dramatismo alcanzó niveles de tragedia, con la desaparición del lago Uru-Uru y con la amenaza de desaparición del lago Popó, con todos los efectos sociales y ecológicos que estas desapariciones conllevan. Por otra parte, organizaciones ambientalistas informaron, apoyadas en investigaciones, que la descomunal tala de bosques, la ampliación de la frontera agrícola y de la frontera extractivista, provocan modificaciones críticas en los patrones de los ciclos ecológicos, trayendo a colación perturbaciones en el ciclo del agua. Estas organizaciones se oponen a la construcción de las mega-represas del Bala y del Chapete, que proyecta el “gobierno progresista”. Se estima que estas mega-represas van a causar inundaciones irreparables, conllevando la desaparición de de parte de la biodiversidad zonal, afectando dramáticamente a pueblos indígenas, los que se van a ver obligados a migrar, con las consecuencias irreparables de su desaparición. El efecto catastrófico de la represa del Bala tendrá como consecuencia la desaparición del Parque y Área Protegida Madidi, además de la desaparición de las comunidades indígenas que lo habitan.

Como se puede ver, la problemática de la crisis del agua es compleja e integral, además de ser un tema crucial para la sobrevivencia de las sociedades humanas y de las sociedades orgánicas. La actitud del “gobierno progresista” ante semejante cuestión muestra su patético desconocimiento y su irremediable irresponsabilidad. Minimiza la cuestión crucial convirtiendo la problemática en un enunciado abstracto, “cambio climático”, que al parecer no afecta gravemente, sino que se lo señala como exterior y mundial, salvo ahora, cuando se tiene que encubrir la pésima administración pública. Se aminora la problemática a la caricatura que tiene del “cambio climático”, reducido de antemano por los organismos internacionales al llamado “calentamiento global”, deduciendo de aquí que de lo que se trata es de disminuir la emisión de gases de efecto invernadero. La demagogia discursiva hace shows en los foros internacionales y en las Cumbres de Naciones Unidas, en tanto que, efectivamente, persiste en la intensificación y extensión del modelo extractivista. Insiste en llevar adelante la construcción de las mega-represas, deja ampliar constantemente la frontera agrícola y la frontera extractivista, además de avalar la tala de bosques, que proporcionalmente ha alcanzado en Bolivia a dimensiones apocalípticas.

En lo que respecta a la crisis del agua en la ciudad de La Paz se llegó al extremo brutal de seleccionar barrios que merecían un reparto de agua más voluminoso y más continuo que otros; queriendo encubrir esta brutalidad con balbuceos ideológicos: ni una gota de agua para los q’aras.  Este balbuceo ideológico, que es, mas bien, una grosera incomprensión de la cuestión política, de la lucha social y anticolonial, no puede encubrir el patético desconocimiento del problema y la pésima administración del líquido elemento; además de mostrar que estos personajes ocupan cargos administrativos sin merecerlo ni tener una peregrina idea de lo que se trata sobre el asunto que administran.

La ciudad de La Paz es una ciudad abigarrada, además de entrelazada, como lo fue desde sus nacimientos; ciudad india y ciudad mestiza. En todas sus zonas se nota esta composición abigarrada, claro que con variadas tonalidades; por ejemplo, la zona sur se conforma por una composición colateral y atravesada de barrios residenciales y barrios populares, que cohabitan, además de estar recorridos por los circuitos que realizan noventa y cinco comunidades campesinas de sus alrededores. Al decidir hacer pagar caro a la zona sur se afectó a todo este conglomerado socio-demográfico y socio-territorial abigarrado. Por otra parte, tampoco los barrios escogidos como merecedores de una mejor atención se salvaron de la dramática situación. Además, la dramática escasez del agua se hizo sentir gravemente en la ciudad de El Alto. El gerente de la empresa estatal del agua de esta ciudad fue el primero en caer. Las movilizaciones sociales no se dejaron esperar; estallaron, primero, puntualmente, después se expandieron a los barrios y a las zonas, llegando a cubrir a la ciudad misma. El gobierno se vio en figurillas, sin poder recurrir a la letanía de sus argumentos machacados. Desbordado por la movilización social demandante y por el problema desbocado, incapaz de atenderlo, cedió; pero, lo hizo de la forma como acostumbra, buscó chivos expiatorios. Cayeron ministros y sus entornos de los ministerios y oficinas encargados de la administración del agua; cayó la administración de la empresa estatal del agua de La Paz. Cayó el padrino de los ministros en desgracia, el hasta entonces permanente Canciller, David Choquehuanca. Se incorporaron a la dirección administrativa de la empresa estatal del agua a conocidos técnicos, que supieron, por lo menos, mejorar las condiciones de la distribución del líquido elemento y mejorar el acopio del agua. La llegada de las lluvias los salvó. Sin embargo, se entiende, que la crisis del agua está lejos de haberse resuelto; tampoco la guerra intermitente del agua ha concluido; se ha dado un descanso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la administración del agua

Se puede decir que hay diferentes formas y tipos de administración del agua; la más conocida es la que experimentamos en las sociedades modernas, la que cobra por los servicios, convirtiendo al agua potable, es decir, a la tratada, después de acumularla en represas y distribuirla por cañerías, en mercancía. Esta administración se circunscribe a la captación del agua y su manejo administrativo en la distribución. Para esta forma de administración, el agua es, en el mejor de los casos, un recurso natural, convertido en un servicio básico, sobre todo en lo que respecta a las urbes. Claro que también entra el servicio a la industria, así como a la minería. En lo que respecta a la agricultura, la mayor parte de la misma se mueve a los ritmos de los ciclos de las lluvias y de los flujos de los ríos, esperando sus llegadas o atendiendo al volumen de sus flujos; también, en algunos casos se usan pozos. Solo una parte de la agricultura usa canalizaciones más sofisticadas y regadíos más técnicos; pero, este uso no es de agua potable. De todas maneras, se trata de agua dulce, requerida por las dinámicas de los ciclos vitales ecológicos.

Entonces estamos ante usos que convierten al agua en objeto o de servicios o de insumos para la explotación extractiva y la industria, para la explotación minera, para el consumo industrial y para la agricultura. Para que el agua se convierta en objeto es menester separarla, por lo menos institucionalmente, incluso técnicamente; esto es, efectuar la economía política de los recursos naturales, que separa el agua, en condiciones de servicio, del agua como flujo ecológico; valorizando el agua como servicio y desvalorizando el agua como flujo ecológico. El agua convertida en objeto es adecuada para su conversión en mercancía; no solo en cuanto servicio, sino en sus formas transformadas en la industria de refrescos, gaseosas y bebidas. Entonces, el agua como mercancía es decodificada como valor abstracto, como precio que no solo circula en el mercado, en el comercio, sino también aparece numéricamente en las estadísticas económicas, en tanto servicios, así como en sus usos industriales. También puede aparecer cifrada en las estadísticas referidas al consumo de la población. Sin embargo, a pesar de esta circunscripción, esta economía política del agua, que supone la separación institucional y técnica del agua. El agua no es objeto, por más que se haya institucionalizado como tal y se la maneje de esta manera, por más que así lo conciba el imaginario moderno. El agua, efectivamente, forma parte de los ciclos vitales ecológicos.

Otra concepción y forma de administración del agua es la que la considera como un bien, que la concibe como flujo, desde sus fuentes hasta sus desembocaduras; esto ocurría en las sociedades antiguas, que la conciben en los ciclos y flujos de redes hídricas y estaciones de lluvia. Estas sociedades conformaron lo que Karl August Wittfogel denominó modos de producción hidráulicos. La concepción del agua en estas sociedades no solo es más amplia que la dada en las  sociedades modernas, sino que concibe al agua como flujo y no como stock; esta última es la figura asumida en el imaginario de las sociedades modernas. En consecuencia, la administración del agua en cuanto flujos hídricos y canalizados de modo hidráulico, tiene una perspectiva de largo plazo, a diferencia de los cortos y medianos plazos de las administraciones del líquido elemento en las sociedades modernas; además de ser más eficientes en el uso del agua. Hablamos de sociedades que ocasionaron la llamada revolución verde, con el nacimiento de la agricultura, su consolidación y extensión. Hablamos de sociedades humanas que domesticaron el genoma de las plantas y animales, produjeron prácticamente casi todo lo que nos alimentamos hoy. Las sociedades modernas han tecnificado estos logros, los han industrializado y extendido peligrosamente, ampliando desbordantemente la frontera agrícola.

Vamos a configurar una tercera forma de administración y concepción del agua; la llamaremos ecológica. Esta forma de administración del agua concibe el ciclo del agua como parte interrelacionada, imbricada y entrelazada de los ciclos vitales del planeta. En este caso, el agua no se separa de las otras composiciones vitales de los ciclos ecológicos. El agua no solo forma parte de los flujos, es concebido como flujo, sino como fenómeno vital de procesos complejos y dinámicos, en mutación y en metamorfosis, en el entramado de los ciclos vitales, que funcionan como tejidos materiales en constante movimiento. En este caso, propiamente hablando, no hay pues exactamente una administración del agua, sino, mas bien, una participación en las dinámicas integradas de los ciclos vitales ecológicos. Mejor dicho, se trata de reinserciones de las sociedades humanas a los ciclos vitales del Oikos. Esta participación en la dinámica de los ciclos vitales sugiere una administración integral de los usos de los bienes; es la propuesta ecológica ante la crisis ecológica desatada por el sistema-mundo capitalista. Se trata de un proyecto ecológico en defensa de la vida, de la armonización en la sincronización de los ciclos vitales y los seres. Esto equivale considerar a las sociedades humanas, particularmente a sus asentamientos, como parte de los nichos ecológicos.

De la composición y la argumentación del libro

El libro ¿”la pachamama otra clase está”? comienza con una crítica de las justificaciones del gobierno respecto a la crisis del agua; empieza desmontando el argumento gubernamental de que la crisis del agua, la disminución dramática de la reserva de la represa, se deba al “cambio climático”. Se hace una descripción detallada del comportamiento negligente y descuidado de las empresas encargadas de la administración del agua y de los ministerios que tienen a su cargo esa responsabilidad. Por otra parte se reúne información de diagnósticos y análisis de especialistas sobre el tema, quienes advierten de la vulnerable situación, aludiendo a las causales y condicionantes de la crisis del agua y de la crisis ambiental. No quepa duda que se trata, en primer lugar del modelo económico extractivista y depredador.

Una de las fuentes primarias del autor es la referida a la hemeroteca, sobre todo de noticias, entrevistas y reportajes que se dieron en el lapso que antecede a la crisis y en el lapso mismo del desenvolvimiento de la crisis. Otra fuente de información corresponde a las publicaciones especializadas sobre el tema, sobre todo las que se refieren a los contextos de la crisis particular del agua en Bolivia. En lo que respecta a la situación crítica del país, las investigaciones, desde hace dos décadas, han venido señalando los niveles alarmantes de la misma; por ejemplo, en lo que respecta al deshiele de los glaciales, que son las fuentes de los ríos de la cuenca andina y de la cuenca amazónica. Por otra parte se han señalado pertinentemente lo que ocasiona la desforestación como impacto desequilibrante el equilibrio climático. Se suman a estas causales las contaminaciones y depredaciones provocadas por la explotación minera, afectando notoriamente a las cuencas y a los territorios. Al respecto, el autor hace puntualizaciones insoslayables:

El crecimiento económico experimentado por Bolivia, bajo el Gobierno del presidente Evo, ha tenido una compleja serie de efectos realmente perversos sobre los recursos hídricos de y en el país. Además del duro impacto en el medio ambiente por la creciente expansión de los proyectos mineros y energéticos, aumentó el consumo interno en los núcleos urbanos y no hubo, ni hay políticas de concienciación ciudadana sobre el ahorro o al menos el uso razonado y razonable del agua.

 

El sector de la minería usa (abusa) mucha, muchísima agua, requiere alrededor de 70.000 metros cúbicos de agua fresca por día para la explotación de los minerales, de esa cantidad las cooperativas mineras consumen 40.000 metros cúbicos, lo que significa el 57% del total. Entre las empresas privadas que usan gran cantidad del líquido elemento se encuentran San Cristóbal, San Vicente, Bolívar, Porco y Manquiri. Ojo que sólo la compañía minera San Cristóbal consume más de 47.652 metros cúbicos día (mcd) de agua. En cambio, las cooperativas auríferas trabajan en el borde de los ríos con dragas. Esto ocasiona que aparte de usar ingentes cantidades de agua, también contaminan crudamente los afluentes por el uso irracional del mercurio[1]. Recordemos que, en el país, operan alrededor de 1.700 cooperativas, de las cuales 1.200 se dedican a la extracción del oro, principalmente en el norte de La Paz.

 

La actividad minera, según los estudios realizados por el Centro de Ecología y Pueblos Andinos (CEPA), consume similar o mayor cantidad de agua que el conjunto de los habitantes de la ciudad de Oruro[2] en un día, cifra que llega aproximadamente a 30 millones de litros del líquido elemento. Aquí hay que reiterar como el mayor ejemplo a la Empresa Minera San Cristóbal[3] (de capitales japoneses, como Sumitomo) en Potosí que, en un día, utiliza una cantidad superior de agua a lo que en la ciudad de Oruro se consume (también) en un día; sin duda alguna, una cifra alarmante. A ello hay que sumar la actividad minera de varias empresas como Huanuni y otras en menor magnitud, además de las diversas cooperativas mineras asentadas en la región.

 

Haciendo una contrastación de estos datos y referencias, las operaciones de San Cristóbal superan el consumo de agua de toda una ciudad en un solo día, o en el caso de Huanuni y Kori Kollo en el departamento de Oruro, que añadidos suman el empleo de algo más de 50 millones de litros de agua por día, mucho más que la ciudad capital, afectando directa y negativamente al abastecimiento y consumo de la población y disminuyendo notablemente los niveles de los ríos y cursos de agua naturales. Según Limberth Sánchez, coordinador general del CEPA, “Las empresas mineras San Cristóbal, Huanuni y otras utilizan millones de litros de agua, y estos no recirculan el agua, no tratan el agua. Por tanto, es un factor que hace que -cada año- el agua sea (más) escasa, por eso es que debemos emprender políticas de recuperación y tratamiento del agua” (La Patria, 25 noviembre 2016).

San Cristóbal, subsidiaria de la Sumitomo Corporation de Japón, utiliza una cantidad de agua superior a los 43 millones de litros por día, teniendo como fuente principal, el Campo de Pozos de la Cuenca Jaukihua. La Empresa Minera Huanuni (EMH) utiliza algo más de 28 millones de litros por día, sus fuentes son el río de Venta y Media, Pata Huanuni e interior mina. Con respecto a la operación Kori Kollo son 22 millones de litros utilizados por día y sus fuentes principales son aguas subterráneas y el río Desaguadero. Estos son los mayores ejemplos de empresas que diariamente emplean ingentes cantidades del recurso hídrico potable. A ello se suman otras empresas en menor escala, pero que también dependen del agua para sus operaciones.

La actividad minera y más todavía en las áreas protegidas puede tener pues consecuencias trágicamente irreparables. En especial, es preocupante la explotación de los ríos en busca de oro. Como también advierte Patricia Molina, “Una buena parte de la producción del oro en el país proviene de la explotación aluvial y en las vetas cercanas a los ríos en la Amazonia. Precisamente las cabeceras de las grandes cuencas amazónicas son zonas de explotación aurífera que arrojan mercurio en los ríos adyacentes”[4] (Página Siete, 12 diciembre 2016). La investigadora sostiene que al trabajar con mercurio en la cuenca amazónica se contamina no sólo el suelo y el agua[5], sino también los peces de cuya pesca viven muchos pueblos y comunidades indígenas adyacentes de y en la zona[6].

 

En relación con los severos impactos de la minería, también hay que tener en cuenta que la actividad minera en las áreas protegidas genera gran deforestación, ya sea por el talado salvaje de los árboles, la quema de extensas parcelas de bosque o la contaminación de los suelos por el derrame de los combustibles o las aguas ácidas resultantes de los procesos mineros[7], cuando no de las pozas de maceración. No olvidemos además que la recuperación del bosque, luego de que (al menos eventualmente) las operaciones mineras se puedan retirar, es mucho más lenta que la relacionada con otras actividades. Actualmente, en Bolivia existen 22 áreas protegidas[8], de las cuales 20 se encuentran en serio riesgo[9] por la explotación petrolera, minera y la construcción de las hidroeléctricas y termoeléctricas.

 

Asimismo hay que hacer énfasis en la grave irresponsabilidad de los desechos mineralógicos, que llegan a ser depositados en los lugares que tienen conexión directa con los ríos y lagos, convirtiéndose en otro problema y afectando directamente a las comunidades donde la mayoría dedica su actividad a la producción de alimentos y crianza de ganado. De acuerdo con el coordinador del CEPA, “Algunas empresas tienen su planta de tratamiento; pero, Huanuni, Poopó, las cooperativas mineras no lo (las) tienen; por ende, el agua baja con todos sus contaminantes hacia los ríos y quiénes son los afectados, los municipios y las comunidades” (La Patria, 25 noviembre 2016).  

La escasez de agua, causada por la peor sequía de Bolivia en los últimos 25 años[10], se ha visto asimismo exacerbada por el crecimiento desmandado de la población en las ciudades, la deficiente y defectuosa infraestructura y el impacto profundo de las grandes plantaciones agrícolas: monocultivos y los proyectos mineros. Los proyectos agrícolas a gran escala, como la soya y las plantaciones de caña de azúcar, que comenzaron a fines de los años noventa, han reducido drástica y dramáticamente los bosques de Bolivia y han consumido y consumen mucha agua. La sequía ha expuesto igualmente el brutal impacto de los proyectos mineros al desviar el suministro de agua y contaminar crudamente los lagos y varias otras fuentes de agua dulce. El caso más catastrófico es el de una compañía minera china operando en el pleno glaciar del Illimani[11] achachila. De aquí que el Comité de Defensa del Illimani denunciara que varias empresas chinas se encuentran realizando diversas tareas de exploración en las faldas del nevado sagrado.

 

En relación con la presencia de las empresas mineras chinas en las cercanías del nevado Illimani[12], hay que decir que efectivamente existen no una sino varias entidades mineras chinas en esta región[13], que están perjudicando arduamente los cursos de agua dulce hacia la ciudad de La Paz. El pasado 25 de septiembre, alrededor de 86 comunidades, colindantes con las faldas del Illimani, se declararon en emergencia al denunciar la presencia de las empresas chinas[14], que estarían en busca de la explotación de minerales en faldas del nevado. Los pobladores de más de 60 comunidades de Palca también denunciaron que varios trabajos mineros en el Illimani y el Mururata ponían en riesgo los glaciares. Aseguraron que las aguas y la tierra estaban siendo gravemente contaminadas y que los nevados desaparecían no sólo por el cambio climático sino también por la bestial explotación minera.

 

Así, una de las más importantes preocupaciones sociales y que ha causado mucha susceptibilidad en la población paceña es pues la explotación minera en el Illimani y el Mururata. De acuerdo con la autoridad del sector, la inspección realizada en el nevado del Illimani dio cuenta que actualmente existen más de 40 titulares de áreas mineras en el lugar[15]. Según Navarro, en un radio de siete kilómetros aledaño al nevado del Illimani se hizo la valoración y se estableció que hay al menos 40 titulares de derechos mineros. Peor todavía, el Centro de Documentación e Información (CEDIB) denunció que Comabol es acreedora de al menos cinco concesiones en el Illimani y tiene más de 92 cuadrículas.

 

La conclusión del autor es clara:

Podemos  ver así que la crisis hídrica no se debe, no de manera fundamental, a los efectos naturales del cambio climático, que corresponden a los ciclos (originarios) de vida de la Madre Tierra, sino y esencialmente a la propia acción humana de carácter extractivista y depredador, tal y como es la actividad minera. Hay pues una procedencia radicalmente atropo-génica, que es la que ha provocado la pavorosa crisis hídrica. A partir de este contexto veamos ahora las causalidades específicas de la crisis del agua en la ciudad de La Paz[16].   

Estamos ante una exposición crítica cuya argumentación pone en evidencia las causales de la crisis del agua. No hay donde perderse, es el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Desde esta base referencial indiscutible se pasa al análisis de las manifestaciones sociales del la crisis del agua, sin antes dejar de abordar la descripción de las dramáticas disminuciones de las reservas de agua en las represas. Lo que se devela es la ineptitud e incompetencia gerencial y administrativa del agua. Se entrega por cuoteo la dirección de las empresas a la dirigencia llunk’u. No hay competencia sino zalamería.  La consecuencia es desastrosa; no se administra sino se despilfarra, al contrario de administrar, se afecta desordenadamente a los usos del los flujos del agua. Con lo que se puede decir que esta administración improvisada es también causal inductora de la crisis del agua.

El análisis de la situación catastrófica de la escasez del agua pasa, después de la descripción y la identificación de la estructura del problema, la crisis del agua, a la evaluación del entramado de la guerra del agua, en la singularidad como se desata en 2016. Si bien se pueden señalar varias causas, que se articulan y se refuerzan, repercutiendo en los niveles de la crisis, lo cierto es que la causa de la mala administración del agua es el hilo que teje la trama del drama social, ciudadano y de los pueblos, en lo que respecta a la dramática escasez del agua; llegando a dar lugar a los desenlaces; la movilización social y ciudadana; la caída del gabinete de la administración de los recursos naturales y del agua; el desvelamiento de la ignominiosa ignorancia gubernamental sobre el tema, la constatación de su complicidad y concomitancia con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones

  1. La crisis del agua desata la guerra intermitente del agua. La crisis del agua forma parte de la crisis ecológica; crisis, que si bien puede ser interpretada, en la perspectiva de los ciclos largos ecológicos, como recurrente, aunque singular, de acuerdo al contexto ecológico donde se manifiesta y desenvuelve, la particularidad de la crisis del agua contemporánea es apresurada por el modelo colonial extractivista del sistema-mundo capitalista.

  1. La crisis del agua en Bolivia adquiere un perfil propio debido a la incidencia del “gobierno progresista”, que se ocupa más por la continua campaña electoral que por la propia administración pública.

  1. La recurrencia de la guerra intermitente del agua demuestra que la problemática del agua, lejos de avanzar en hacia sus soluciones, se aleja, agudizándose cada vez más el problema. La guerra intermitente del agua evidencia que tanto los gobiernos neoliberales como las gestiones del “gobierno progresista” comparten el paradigma desarrollista y el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; ambos perfiles políticos conciben a los recursos naturales como objetos, es más, como mercancías. Con esta actitud compartida, a pesar de la diferencia discursiva e ideológica, atentan contra la vida de los ecosistemas y las sociedades.

  1. La crisis del agua, que forma parte de la crisis ecológica, exige responsabilidad, no solo en la administración publica y las formas de gubernamentalidad, que están lejos de tenerla, sino, sobre todo en los pueblos y sociedades, quienes se encuentran exigidos y convocados a la defensa de la vida, por lo tanto, a la defensa del agua. Esta defensa integral y ecológica de la vida exige como condición de posibilidad histórica-social-cultural la madurez social, es decir, el uso crítico de la razón; lo que significa asumir la democracia en pleno sentido de la palabra, esto es, autogobernarse, generar autogestiones, construir consensos de transición.

 

 

 

 

 

[1] Cfr. “Experto alerta sobre el uso de mercurio en la minería aurífera” (Página Siete, 30 septiembre 2014) y, sobre todo, “Un lago y 16 ríos son envenenados por la minería en siete departamentos” (La Razón, 8 septiembre 2014).

[2]Los habitantes de la ciudad de Oruro consumen alrededor de 30 millones de litros de agua por día, considerando que el total es distribuido en todos los distritos y llegando a una población de 264.943 ciudadanos según datos del reciente censo.

[3] San Cristóbal es uno de los yacimientos con reservas de  zinc, plomo y plata más grandes del mundo y opera con 1.461 trabajadores.

[4] Cfr. “La contaminación con mercurio en la Amazonía” (Fobomade, 10 abril 2013) y “La bonanza del oro y la contaminación de los ríos amazónicos” (Fobomade, 4 octubre 2012).  

[5] El metal líquido del mercurio es altamente tóxico y deletéreo y no se degrada, permanece en los lechos de los ríos, en los peces, en los árboles, o se evapora y viaja grandes distancias hasta asentarse en otro lado, multiplicando los daños. Cfr. “Bolivia: Más de 130 toneladas de mercurio son emitidas por año (Mongabay, 12 diciembre 2016)

[6] Cfr. “Indígenas de Amazonia sufren contaminación por mercurio” (Página Siete, 14 junio 2016).

[7] Deforestación y cambio climático son señaladas como las principales razones para que se dé esta situación en el país. Cfr. “Factores que agravan la falta de agua en Bolivia” (El Día, 13 noviembre 2016).

[8] Bolivia tiene 22 áreas protegidas como parques naturales, territorios indígenas, áreas de manejo integrado, reservas de biosfera y  reservas naturales. Estos  son Madidi, Manuripi, Apolobamba, Pilón Lajas, Noel Kempff, Cotapata, Isiboro Sécure, Tunari, Carrasco, Amboró, San Matías, Toro Toro, El Palmar, Iñao, Aguarague, EBB, Kaa Iya, Otuquis, Sama, Tariquia, Eduardo Abaroa y  el parque Sajama.

[9] Cfr. “Los riesgos de la contaminación petrolera en las áreas protegidas” (Fobomade, 14 junio 2013);  “Parque Nacional Tariquía en riesgo por explotación petrolera” (Los Tiempos, 14 junio 1015); “Alertan que 20 de las 22 áreas protegidas de Bolivia están en riesgo” (El Potosí, 14 octubre 2015) y “En el Madidi y el área Pilón Lajas existen 41 operaciones mineras” (Página Siete, 12 diciembre 2016).

[10] Para Bolivia el 2016 fue el más seco en 25 años. El problema es que este año es sólo una muestra de lo que se nos viene. El 2018 está diagnosticada una sequía peor y no son contextos puntuales. Aunque hay quienes prevén que la crisis puede ser más mucho pronto. Cfr. “Vaticinan duro escenario de sequía en el país a partir de agosto de 2017” (Correo del Sur, 11 diciembre 2016).

[11] Cfr. “Informes técnicos indican que capitales chinos tienen concesiones sobre 3.200 hectáreas en el Illimani” (Página Siete, 26 noviembre 2016).

[12] Cfr. “Chinos explotan minería en nevados Illimani y Mururata” (El Diario, 18 noviembre 2016) y “Múltiples concesiones mineras a empresa china” (El Diario, 15 diciembre 2016).

[13] Cfr. “Empresarios chinos cuentan con autorización oficial para explotar” (El Diario, 15 diciembre 2016) y “Confirman que chinos tiene concesiones mineras en el Illimani” (Bolivia Prensa, 19 diciembre 2016).

[14] Cfr. “Comunarios en emergencia por explotación minera en el Illimani” (Correo del Sur, 17 noviembre 2016).

[15] Para un análisis un poco más amplio de la inversiones chinas y las consecuencias geopolíticas de las mismas en Bolivia es recomendable leer “China, el peligro sub-imperialista” (Página Siete, 26 noviembre 2016).

[16] Leer de José Luis Saavedra La pachamama otra clase está. Ob. Cit. 

Las pretensiones del neo-gamonalismo

Las pretensiones del

neo-gamonalismo

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Las pretensiones del neo-gamonalismo

 

Gamonalismo

 

 

Hemos dicho varias veces que uno de los grandes problemas de las sociedades humanas es que no aprenden de las lecciones históricas, políticas, económicas, que les tocó experimentar; aunque lo hagan más tarde, pierden un valioso tiempo, que muchas veces es largo. Concretamente, refiriéndonos a la llamada “izquierda” dijimos que, en vez de aprender, prefirió mantener su ideología, en distintas versiones, los mismos paradigmas, aunque contrastados por la propia realidad experimentada. Sin embargo, tenemos que decir lo mismo de la llamada “derecha”; tampoco aprende; es más, incluso es más tozuda que la “izquierda”.  Ante la crisis de la “izquierda”, ahora, en pleno ingreso al siglo XXI, y el derrumbe de las formas gubernamentales clientelares, cree que esta caída avala sus posiciones recalcitrantemente conservadoras. No entiende que, mas bien, primero sus caídas, la de los gobiernos conservadores, la de los gobiernos liberales, la de las dictaduras militares, la de los gobiernos neoliberales, se debe a la ilegitimidad de sus formas gubernamentales elitistas, ilegitimidad que se manifiesta y se hace patente, cuando el pueblo sale a las calles a enfrentarlas. La “izquierda” también llega a una crisis de legitimidad, aunque lo hace por otro rumbo; por la exacerbada demagogia, por un populismo estruendoso, pero inefectivo, por un derroche de imágenes y de ideología, sin sostén consistente en las composiciones de fuerzas y en las estructuras de poder. Entonces ambas formas de ilegitimidad tienen que ver con el manejo de poder por parte de élites, ya devengan estas de los tradicionales conservadurismos o de las burguesías intermediarias emergentes, ya devengan estas de los nuevos ricos que hablan a nombre del pueblo.

La “derecha”, que no ha aprendido las lecciones, quiere volver a gobernar, en algunos casos ya lo ha hecho, después de la crisis y caída de los “gobiernos progresistas”, de una manera no solo parecida a sus poses coloniales, raciales, pretendidamente “civilizadas”, ostentosamente jerárquicas y autoritarias, aunque al estilo propio, de las clases dominantes, que creen que han nacido para gobernar y enriquecerse a costa del pueblo; pueblo que debe agradecer por su existencia, la de la élite, la de la aristocracia criolla, la de la tecnocracia neoliberal.  No entienden que, como se dice popularmente, los tiempos han cambiado; el pueblo no es el mismo que esquilmaron y despreciaron. Están ante un pueblo que ha aprendido a empoderarse, que sabe que la legitimidad la atribuye el pueblo, que el soberano es el pueblo. Aunque se haya equivocado apoyando a demagogos y usurpadores de las luchas sociales, sabe bien claro, donde se encuentran los amos originales, los patrones originales, los déspotas originales, a diferencia de los nuevos amos, los nuevos patrones y los nuevos déspotas, que emergen de las versiones populistas del siglo XXI.

¿Qué buscan con sus amenazas? Como en los más descarnados tiempos de la dictadura militar, despiadada con su pueblo y con los y las rebeldes, empero sumisa con los amos del mundo, sus máquinas de guerra, sus máquinas extractivistas, sus máquinas económicas. De “patriotas” solo tienen ese apego delirante a los símbolos más generales, que se pierden en colores de la bandera o en la idea más engolosinada y abstracta de “patria” y de “nación”, cuando a la nación concreta y a la patria concreta, que radica en el pueblo y en las territorialidades, la dilapidan y destruyen, entregándola a la vorágine escandalosa de las empresas trasnacionales y del capitalismo financiero y especulativo. Militares y potentados de este estilo muestran los dientes, en pleno derrumbe de los “gobiernos progresistas”. No ven que lo que van a desatar es la movilización general, que puede derivar en la insurrección, que puede desatarse como levantamiento armado popular.

La hipocresía de las castas dominantes, históricas y herederas de la colonia, en la coyuntura presente, es que señalan como mal irradiante de la corrupción a las prácticas paralelas de los “gobiernos progresistas”, olvidando que todas sus formas gubernamentales, la de sus gobiernos, las practicaron con antelación. Además, que, en la composición de la estructura de poder de la corrupción, que encubrieron los “gobiernos progresistas”, ellos, estas castas, participaron abiertamente. Esta pose moral no se sostiene desde un principio, ni como comedia, pues no solo que se sabe quiénes estuvieron comprometidos en los dolosos comportamientos de sobornos, de prebendas, de desvíos de fondos, de traslados a cuentas privadas, sino que las mismas investigaciones lo han demostrado. Esta pose moral solo es válida para sus castas, pues el pueblo sabe de dónde viene y quienes son los actores.

 ¿Acaso la confianza de estas castas dominantes tradicionales, sobre todo de sus generales y estrategas, viene de cierta certeza de que el imperio los va apoyar? Incluso ante el espectro de un levantamiento popular, parecen apostar a este apoyo, como en los viejos tiempos. ¿Prefieren destrozar sus países, como ocurrió en los países árabes, donde intervino sinuosamente el imperio, en la forma de la cuarta generación de la guerra? Esta actitud no tiene que ver con el patriotismo, ni ninguna de sus versiones ideológicas, vengan de donde vengan, conservadoras, nacionalistas, socialistas; sencillamente, en términos fácticos y constitucionales es una traición a la patria. ¿No es más conveniente ponerse a dialogar, conformar diálogos de paz antes de la guerra?

La coyuntura es realmente incierta. Lo que no entienden las castas dominantes tradicionales es lo que significan las conquistas sociales, la ampliación y profundización de la democracia, aunque ésta sea formal; lo que significa ampliar los derechos sociales, generar los derechos colectivos y, mucho menos, los derechos de la naturaleza. Estas castas tienen restringida su humanidad a intervalos muy estrechos, donde conciben que humano lleva el nombre de hombre, además se lo imaginan blanco, como ellos de estirpe criolla; ampliando un poco de perfiles mestizos, empero de alcurnia. Los humanos de color no serían exactamente humanos, a no ser que sean sumisos y obedientes; la mujer es la costilla de Adán, entonces fiel esposa y respetuosa, por lo tanto, subordinada. Todo lo que entra en el denominativo de naturaleza es apenas campo de objetos o de cosas, recursos para beneficio y usufructúo del hombre; en la dimensión económica son materias primas. Esta gente concibe la “felicidad” en el beneplácito de los halagos y reconocimientos dados en sus entornos, dados en los sistemas de signos de las castas. Por lo tanto, en los cuadros que se imaginan siempre están en el centro, como patriarcas, llevando adelante las tradiciones, las buenas costumbres, los valores aprendidos, las usanzas recibidas. En este sentido, no entra en sus cabezas la felicidad de los otros, menos la felicidad de las otras. Los otros y las otras son “felices” porque los tienen como íconos de la cultura, de la política, del “saber”, aunque este huele a moho; porque están alrededor de los patriarcas que velan por ellos. Por eso les molesta epidérmicamente ver marchas sociales, ser afectados por expresiones populares; peor aún, si son demandas, más grave cuando son interpelaciones. Cuando lo popular se hace gobierno, con todas sus contradicciones y mezclas insondables, interpretan lo que acaece como señales del apocalipsis. Esto solo puede suceder en el fin del mundo, cuando no hay orden, no hay valores, no hay jerarquías, que se respeten.  Odian lo popular en todas sus formas y expresiones. Solo los más perspicaces juegan al gato pardo; se arriman al pueblo, incluso hacen gala de este acercamiento, viendo con buenos ojos estos roces, que confunden con “democracia”. Pero, estos gatos pardos son pocos, incluso pueden incursionar en política y participar de los cambios y transiciones. La mayoría de la casta es conservadoramente recalcitrante.

Sin embargo, la realidad efectiva, en la que se encuentran y en la que se despliegan y realizan como castas, es como un atado de contradicciones. Los señores de las castas tradicionales se involucran, secretamente, como en la noche, solapadamente, en lo mismo que se inmiscuyen, embarrándose, los políticos populistas; se implican en el lado oscuro de la economía y en el lado oscuro del poder. Cuando lo hacen, desprenden una especie de esquizofrenia; consideran que viven en mundos paralelos; lo que hacen lo hacen por aventura; sería como el principio de un comportamiento que busca dejar de aburrirse. Los involucrados en este juego paralelo, de manera aventurera, son también pocos; la mayoría lo hace por necesidad; la crisis de las castas, en la modernidad vertiginosa los empuja al pragmatismo más descarnado.

Habría que preguntarse: ¿qué diferencia hay entre unos y otros, entre los corruptos de las castas dominantes tradicionales y los corruptos populistas? La respuesta no está en que hacen lo mismo, pues hacen lo mismo de diferentes maneras. Los de las castas lo hacen para mantener las apariencias; requieren sostener sus altos y renombrados estilos de vida; en cambio, los populistas lo hacen porque desean lo que son las castas dominantes, quieren ser lo mismo. Creen que para ser lo mismo basta el dinero, sumas grandes de dinero.

Ahora bien, entre estos extremos del intervalo social de la corrupción, hay puntos o trazos medios; se trata de los que provienen de la mal llamada “clase media”. Los militares devienen de ahí. En las dictaduras militares las jerarquías castrenses se involucran también en prácticas paralelas de enriquecimiento privado. Era como el cobro a su acción decidida y lapidaria por salvar a la sociedad del “comunismo”. Es más, creen que lo que hacen es más “legitimo” pues son la institución tutelar de la “patria”; concentran en la institución armada del Estado el valor simbólico de la “patria” y son la defensa indiscutible de la “nación”. El problema de esta concepción, que no llega a estructurarse como ideología, sino tan solo como conjunto de pretensiones, entra en contradicción con su quehacer, con sus prácticas y desenvolvimientos. Las dictaduras militares han servido a la geopolítica del imperialismo en plena guerra fría, entregando el país a las incursiones económicas de la hiper-potencia vencedora de la segunda guerra mundial. Esto no es “hacer patria”, como les gusta decir, sino externalizar los recursos y la soberanía a la geopolítica imperialista.

También devenidos de las “clases medias” se encuentran los políticos liberales y neoliberales. Empecemos con los segundos; bajo el manto del ajuste estructural, de requerimiento del equilibrio económico, los gobernantes neoliberales, se aprovecharon de las privatizaciones para hacerse ricos. Los liberales, que son anteriores, incursionaron en estas prácticas paralelas, tan viejas como la misma historia del poder, empero, en escalas mucho menores que los exaltados neoliberales, más jóvenes y audaces.

Estamos entonces ante una variopinta estratificación social de la corrupción, donde se incluyen los populistas y los “izquierdistas”. Ante esta gama no es sostenible ningún discurso de pretensiones moralistas, que pueda mostrarse como ejemplar. Todos están implicados. Entonces, no se trata de señalar solo a parte de esta gama variopinta de la corrupción, sino de desmontar y desmantelar toda la economía política del chantaje. Llamemos a las cosas por su nombre; no es sostenible la inculpación de la corrupción a los populistas, suponiendo que el populismo incentiva la corrupción. La corrupción es tan vieja como el poder, sus genealogías son tan largas y mutantes como las genealogías del poder. Los corruptos no solamente son populistas, tampoco solo “izquierdistas”, son también neoliberales, liberales, militares, conservadores. Entonces no juzguemos la corrupción porque es populista, desde la otra perspectiva ideológica, porque es neoliberal, u otra cosa, sino que la corrupción es eso, corrupción y que los corruptos son corruptos. No busquemos la culpa en lo que dicen que son, en su ideología, sino en las dinámicas y funcionamientos mismos de las estructuras y formas de poder; sobre todo de ejercer el poder.

El debate de fondo no está en qué por qué Lula y no Temer, por qué Dilma y no otros implicados de la oposición congresal, sino en hasta cuándo los pueblos van a sostener las formas de reproducción del poder, sean de “derecha” o de “izquierda”, para simplificar. El acontecimiento político no puede comprenderse si se lo reduce a la figura esquemática y simplona del movimiento del péndulo; pasa de “derecha” a “izquierda”, después de “izquierda” a “derecha”. Esto es un reduccionismo harto inocente. El tema es que tanto unos como otros participan de la reproducción del circulo vicioso del poder. Entonces se trata de discutir cómo salimos del circulo vicioso del poder.

 

La imagen angelical del imperio

La imagen angelical del imperio

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La imagen angelical del imperio

 

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La ideología es, como dijimos, la máquina imaginaria de producción fetichista; en las ideologías concretas hay peculiaridades. Algunas, las más antiguas, retrotrayendo el concepto moderno de ideología a los imaginarios religiosos, lo que no corresponde, pero, a fines de comparación sirve, se consideran escrituras sagradas; por lo tanto, la enunciación de la palabra de Dios. En consecuencia, la indiscutible verdad. Esta pretensión de verdad divina la heredaron las ideologías de la modernidad, sobre todo, las que se despliegan durante el siglo XX, a decir, de Alan Badiou, ultimatista. Si bien, la verdad moderna no se reclama de divina, se pretende la verdad histórica; por lo tanto, de la razón histórica. Pero, también hay ideologías que pretenden la verdad pragmática, ya venga ésta reclamada por medio de la investigación empírica, controlada en laboratorio o, en su caso, como verdad empírica, del sentido común, correspondiente a la experiencia individual, de familia o de grupo. El liberalismo es la otra ideología desenvuelta en la modernidad de alcance mundial, con pretensiones de verdad, aunque esta no se reclame de histórica, sino como verdad jurídica-política, como realización del Estado de derecho y de la Constitución, como verdad equivalente a la libertad; sin embargo, libertad restringida a la libertad individual, acotada en los derechos civiles y políticos. Libertad de mercado y libertad de empresa, que van asociadas al derecho inalienable de la propiedad privada y a las garantías constitucionales y estatales a la propiedad privada. Desde esta perspectiva ideológica, la libertad no es pensada como potencia, como potencia corporal y como potencia social.

Entonces el liberalismo se ha situado como verdad institucionalizada, como verdad jurídica en el Estado de derecho, que coloca a la Ley por encima del pueblo, el soberano de la república.  También como verdad política, en los marcos de la democracia institucionalizada, formal y restringida, aceptada en el juego de las representaciones y delegaciones. Lo sugerente de todo esto es que determinada república, la primera república moderna, se considera como el paradigma a seguir por el resto de las democracias formales. Particularmente se les exige seguir su camino a las repúblicas flamantes del siglo XIX y a otras repúblicas que nacieron en el siglo XX. Lo llamativo es que la versión oficial o estatal de esta ideología liberal tenga una imagen angelical de sí misma. Sobresale esta narrativa fantasiosa en las difusiones de la hiper-potencia y complejo militar-economico-cientifico-tecnologico-cibernetico-comunicacional, el gendarme del imperio, del orden mundial.

Se trata de una narrativa cinematográfica, al estilo de Hollywood, que resume el guion a la confrontación entre buenos y malos; el gendarme del imperio es el bueno, en tanto que los “Estados totalitarios” son los malos; peor aún, los “Estados canallas”. Como se podrá ver esta es otra versión del darwinismo social e histórico, que clasificó a las sociedades entre salvajes, bárbaras y civilizadas. En este caso, la civilización no solo se asume como civilización moderna, sino, de manera más restringida, como el “estilo de vida americano”. La diplomacia de esta hiper-potencia ha tenido que tratar con diplomáticos de todos los países, entre ellos, de los países que llaman del “tercer mundo” o “en desarrollo”. La imagen que tienen de estos diplomáticos de los Estado-nación subalternos, considerados vasallos del imperialismo vigente, es que son unos barbaros metidos en asuntos de la élite dominante mundial, la diplomacia de carrera. Si bien es ese un discurso solapado, que sobresale en las conductas y los comportamientos, desmintiendo lo que se dice diplomáticamente, el discurso contrasta con los actos intervencionistas del imperialismo, a lo largo de las historias políticas de la modernidad.  Estas actuaciones tendrían que ser calificadas de bárbaras, desde la perspectiva del Estado de derecho y desde los derechos de las naciones y Estados en el contexto internacional. Sin embargo, se cierra los ojos ante la evidencia descomunal de la violencia imperial; se prefiere tener como referente la imagen angelical que tiene de sí mismo el imperio

El discurso dominante en la diplomacia de la hiper-potencia tiene sus acompañantes, que repiten la misma narrativa en versiones nacionales, en los países de la inmensa periferia del sistema-mundo capitalista. Los medios de comunicación han sido los mecanismos de difusión de esta narrativa cinematográfica y siguen siendolo; hay también periodistas y comunicadores que se encargan de hacerlo, aunque lo hagan de manera más sutil. Al difundir la información del testimonio de diplomáticos norteamericanos sobre su experiencia en países donde cumplieron funciones, lo hacen como si se tratara de una “fuente objetiva” y no de una fuente viciada por prejuicios ideológicos. Esta condescendencia se hace más notoria cuando el mismo testimonio confiesa, en otras palabras, no de manera directa, la intervención militar de su país en un Estado-nación soberano. Una intervención militar es eso, una intervención que viola la soberanía del Estado agredido, que vulnera el derecho internacional, que corrompe a militares del país afectado y ejecuta su intervención al estilo de comandos especializados. Un caso paradigmático es lo que ocurrió en Bolivia, a fines del primer quinquenio del siglo XXI. Este delito, el de intervención militar a un Estado-nación por parte de la hiper-potencia, si bien ha sido denunciado, no se la inculpado y procesado en los Tribunales internacionales competentes, ni se ha denunciado como corresponde en Naciones Unidas. Lo que se ha hecho es una persecución política a todo sospechoso o indilgado de sospecha de estar comprometido en el robo y desarme de misiles. En términos constitucionales, lo que han hecho los implicados nacionales es traición a la patria; lo que ha hecho la hiper-potencia es cometer un delito flagrante contra un Estado-soberano, interviniendo militarmente, aunque sea de manera secreta. Todo esto, además a nombre de “lucha contra el terrorismo”. Los misiles no estaban en manos de “terroristas” sino del ejército del Estado-nación; en todo el caso el terrorismo lo cometió el comando “Rambo” de la hiper-potencia.

La imagen angelical del imperio contrasta con su pragmatismo político, militar, económico. El contraste se hace notorio en la llamada “guerra contra el terrorismo”, también en la llamada “lucha contra el narcotráfico”. La “guerra contra el terrorismo”, declarada en el gobierno del presidente George W. Busch, ha sido una excusa para intervenir Irak, un país que no estaba involucrado en el atentado del 11 de septiembre de 2001; una excusa para establecer un “Estado de excepción” encubierto en el propio país. La “guerra contra el terrorismo” ha derivado en conformar organizaciones fundamentalistas, que desatan la “guerra santa” en el Medio Oriente y en otras latitudes, ocasionando la destrucción de otros países, cuyos Estados eran considerados “peligrosos”, pues no seguían la línea del establishment internacional. La “lucha contra el narcotráfico” ha servido y es útil para contener, controlar y desviar el segundo o primer negocio más grande del mundo. Entre otras cosas, además de blanquear en el propio país dominante el magnífico flujo dinerario, entre otras cosas, para armar a grupos insurgentes en contra de gobiernos “socialistas” en Centro América.

¿De qué se habla cuando se usa en el discurso la distinción entre “coca tradicional” y “coca ilegal” o “coca excedentaria”? ¿De que la “coca excedentaria” va directamente al narcotráfico, como se dice explícitamente en el discurso? ¿Este es el problema de fondo? La economía política del chantaje, donde se encuentra la economía política de la cocaína, es decir, el lado oscuro de la economía-mundo, es complementaria del lado luminoso e institucional de la economía-mundo. El ingreso a la dominancia del capitalismo financiero y especulativo, en el ciclo largo del capitalismo vigente, ha ocasionado no solo la expansión del lado oscuro de la economía, sino que ésta haya atravesado las mallas institucionales y empresariales del lado luminoso de la economía. Lo que hace este discurso, relativo a la imagen angelical del imperio, es mostrarse como el bueno de la película, ocultando las evidencias de las concomitancias del imperio no solo con el lado oscuro de la economía sino con el lado oscuro del poder.

En todo caso, el testimonio del diplomático norteamericano es revelador de a donde alcanza la intervención y la influencia de la hiper-potencia. No solo en lo que respecta a su capacidad para montar y efectivizar una intervención militar secreta, sino también en lo que respecta a la influencia e incidencia que tiene la misma embajada de la hiper-potencia en relación a personajes de la política boliviana.  Se pueden catalogar sus intervenciones como consultivas, en unos casos, que, al mismo tiempo, connotan consultas a la embajada norteamericana; en otros, incluso de disuasivas, adelantando la reacción del Departamento de Estado y de la Casa Blanca al Respecto. En otros casos, es patente la definición y delimitación política, además de su accionar respecto a determinados temas problemáticos; uno, es el que tiene que ver con el narcotráfico; otro, tiene que ver con la relación del Estado boliviano con los gobiernos de Hugo Chávez de Venezuela y Fidel Castro, primero, Raúl Castro, después, de Cuba. Como se puede ver la embajada establece el rayado de la cancha, como se dice y, a partir de este rayado, busca incidir, influir, llegar a acuerdos o, por último, dejar en claro la diferencia de posiciones.

Todo esto es ilustrativo, no solo en lo que respecta a la imagen angelical que tiene el imperio sobre sí mismo, sino, particularmente, al accionar de la extensa malla diplomática que la hiper-potencia despliega por el mundo.  De todas maneras, la interpretación del testimonio diplomático tiene que ser contextuado en el momento, en el presente, concretamente en la coyuntura o coyunturas mundial, regional y nacional. La república de Estados Unidos de Norte América experimenta una fase problemática, para decirlo suavemente, en la historia política de la democracia formal americana, implantada desde la independencia y promulgación de la Constitución. Haciendo un resumen de lo que expusimos en otros ensayos, a propósito, se hacen patentes los problemas de legitimidad de la república. La llegada a la presidencia de Donald Trump muestra la crisis inmanente de la república, crisis manifestada abiertamente, es decir, de manera trascendente, durante la guerra de Secesión; crisis sumergida después de esta guerra; crisis inmanente que se hace parcialmente o tibiamente patente durante la guerra del Vietnam; y, que ahora, reaparece con rasgos que marcan cierta trascendencia. Es como si hubiera dos Estados Unidos de Norte América; uno, que recuerda el acto constitutivo harringtoniano, de perfil utópico; el otro, que se remonta a la actitud colonial y racial de las oleadas conquistadoras de peregrinos. Durante la guerra de Secesión se enfrentan estos dos momentos constitutivos diferentes; la victoria del Norte equivale a la consolidación de la república, del Estado Federal, de la Constitución liberal y de la democracia institucionalizada. Sin embargo, al parecer, las heridas que dejó la guerra no se cerraron, tampoco se clausuraron las concepciones de mundo que se enfrentaron en la guerra. El racismo es como un hábito en parte de la población norteamericana; así como los hábitos liberales se manifiestan en la otra parte de la población. La crisis inmanente se ha venido manejando y controlando con la alternancia partidaria entre demócratas y republicanos; sin embargo, desde las presidencias de los Busch, padre e hijo, se ha venido desgastando y haciéndose patente su incrementada ineficacia, sobre todo, en lo que respecta a lograr legitimidad. Trump llega a la presidencia pugnando con la élite del partido republicano; convoca no solamente a sectores de base descontentos republicanos, sino incluso demócratas descontentos con el partido demócrata terminan votando por Trump. Parte de la clase trabajadora, amenazada por el fantasma del desempleo, vota por Trump, incluso quizás muchos desempleados. Sectores nacionalistas lo hicieron, así como los sectores más recalcitrantes conservadores y cierta “clase media” acomodada, que buscó un hombre fuerte, ante la visión de partidos debilitados y con convocatorias disminuidas y rutinarias. Por lo menos, la crisis institucional de los partidos le abrió el camino a la presidencia, sin hablar todavía de la crisis de legitimidad que se enuncia en el régimen liberal, en su etapa decadente.

Presentarse como el paradigma de la “democracia” ante el mundo es, por cierto, la pose de la gendarmería del imperio. Presentarse como la cara angelical del orden mundial es como presentar un cuento de hadas en una feria de novelas. Los cuentos de hadas no solamente están dirigidos a los niños, sino que buscan mediante una pedagogía inocente y esquemas morales, restringidos hasta la caricatura, educar sobre los valores morales. La novela, desde lo que define como la primera novela Michel Foucault, El Quijote de la Mancha, corresponde a las narrativas del anti-héroe y de las tramas que interpretan los dramas de la modernidad. Hay pues un desajuste grande y un anacronismo visible en esta pretensión de aparecer como ángel en una supuesta guerra cósmica entre ángeles y demonios, cuando se trata de guerras modernas fratricidas, empujadas por las geopolíticas de las potencias imperialistas, después, como guerras policiales para preservar el orden mundial. Los hombres no son ni ángeles ni demonios, son cuerpos donde se inscriben las historias políticas y dejan sus huellas los diagramas del poder. Forman parte de dramas singulares, tramas singulares, tejidos singulares entrelazando hilados, compositores de combinaciones contradictorias y hasta explosivas. Los hombres son mónadas en los vendavales de la dramática. Para comprender lo que pasa en las coyunturas y contextos, que trata de describir la historia política, que trata de explicar el análisis político, es menester situarse en los planos y espesores de intensidad de estas dramáticas. Lo más lejos de una comprensión es esta narrativa del ángel en lucha contra demonios.

No hablemos de la hiper-potencia, que dejó la figura del imperialismo, como serpiente que cambia de piel, al finalizar la guerra del Vietnam, al ser derrotada por un país guerrero de la periferia del sistema-mundo capitalista. Ahora es el gendarme del imperio, del orden mundial de las dominaciones de la civilización moderna, en su fase decadente. Hablemos de los hombres que supuestamente la dirigen o, por lo menos creen que lo hacen, sin darse cuenta que son simples fichas en la rechinante maquinaria de los diagramas de poder, las cartografías políticas, los mapas económicos, del sistema-mundo moderno. No controlan el mundo efectivo, diremos, aunque tenga más alcance que la connotación conceptual de mundo, la realidad, sinónimo de complejidad; lo que controlan o parecen controlar es el mundo de las representaciones, el mundo representado, es decir, el mundo imaginario de sus narrativas maniqueas. El mundo efectivo los desborda, desborda a sus máquinas de poder, a sus máquinas de guerra, a sus máquinas económicas. Por eso, lo que planean, sobre todo, con los juegos de poder de sus geopolíticas, de sus conspiraciones, de sus intervenciones ocultas de servicios secretos, que se autonombran eufemísticamente de “inteligencia”, no les sale, pues los efectos masivos que provocan son incontrolables.

Hay que entender, a estas alturas de las historias políticas de la modernidad, que las formaciones ideológicas, las formas de Estado, las formas de gubernamentalidad, ya sean liberales o socialistas, ya sea neoliberales o “progresistas”, son las formas mutantes de las administraciones públicas de la acumulación originaria y ampliada de capital. Resolvieron, a su modo, a su estilo, los problemas que enfrentó la economía-mundo y el sistema-mundo capitalista en sus distintas etapas de acumulación, en los distintos contextos y en las diferentes coyunturas. Que los liberales se reclamen de “demócratas” es otra de sus poses, pues su “democracia” es restringida, acotada, usurpada al pueblo, diferida y transferida a los representantes, delegados y gobernantes. Que los “socialistas” se reclamen de portadores de la justicia social es también una pose; no puede realizarse la justicia social sin su substrato y, a la vez, complementariedad, que es la libertad. Que los neoliberales se reclamen de eficientes y competentes, es una pose, por así decirlo, posmoderna; ni fueron ni lo uno ni lo otro, salvo si se entiende que fueron eficientes en desentenderse y privatizar, externalizándolas, de las reservas naturales, de las empresas públicas, del ahorro de los trabajadores, de la salud y de la educación. El procedimiento de vaciamiento es eficaz en su demoledora destrucción social. Que los “progresistas” se reclamen de algo tan barroco como el “socialismo del siglo XXI” no es exactamente una pose, sino una confesión de su desorientación en el laberintico presente, donde “izquierda” y “derecha” se confunden para hacer lo mismo, continuar con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

A estas alturas del partido, como dice el refrán popular, que unos u otros de la curiosa casta política del mundo, a pesar de sus diferencias, se reclamen como el ejemplo y el modelo a seguir, es cómico, hace reír. Los pueblos del mundo, tanto los pueblos de la inmensa periferia de la geografía política del sistema-mundo moderno, como los pueblos del centro cambiante del sistema-mundo, tienen experiencias sociales acumuladas y memorias sociales que han guardado los tejidos de huellas de las experiencias; los pueblos saben, por lo menos intuyen que sus gobernantes, sus representantes, sus defensores, sus empresarios, son los anacronismos institucionales ateridos, persistentes, incrustados como garrapatas, a los cuerpos vitales de los pueblos. ¿Cuándo los pueblos se liberarán de estos anacronismos y darán rienda suelta a sus potencias sociales, a la potencia creativa de la vida?

 

Polemos en la guerra y la política

Polemos en la guerra y la política

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

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En este ensayo, Polemos en la guerra y la política, vamos a intentar una reflexión crítica y ponderadora del Acuerdo de Paz, en lo que respecta al tercer tópico del documento acordado, entre las partes beligerantes. En este apartado, el tono de la prosa es, mas bien, técnico, instrumental y normativo; estableciendo las garantías del desarme, del fin del conflicto, y la incorporación a la vida política, de parte de las FARC-EP. Seguramente es un apartado necesario, para establecer y normar las operaciones de la finalización del conflicto, del desarme y de la incorporación a la vida política. Sin embargo, nos da la oportunidad para reflexionar sobre la paz, las condiciones de posibilidad de la paz.

 

 

 

El tercer tópico y campo temático del Acuerdo de Paz es Fin del Conflicto. Ambas partes, El Gobierno de la República de Colombia (Gobierno Nacional) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP); en desarrollo de los sub-puntos 1: Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y 2: Dejación de las armas, del punto 3, Fin del Conflicto, del Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, firmado en la ciudad de La Habana, Cuba, el 26 de agosto de 2012, acuerdan: El Gobierno Nacional, en cumplimiento y en los términos de lo acordado en el punto 2 “Participación política: Apertura democrática para construir la paz”, reafirma su compromiso con la implementación de medidas que conduzcan a una plena participación política y ciudadana de todos los sectores políticos y sociales, incluyendo medidas para garantizar la movilización y participación ciudadana en los asuntos de interés público, así como para facilitar la constitución de nuevos partidos y movimientos políticos con las debidas garantías de participación, en condiciones de seguridad[1].

 

 

El documento del Acuerdo de Paz dice, seguidamente:

 

 

Así mismo, el Gobierno Nacional reafirma su compromiso con lo acordado en los puntos 3.4. y 3.6. del punto 3 Fin del Conflicto, entre los que se encuentra la creación de un nuevo Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política, en los términos acordados en el punto 2 Participación Política, como parte de una concepción moderna, cualitativamente nueva de la seguridad que, en el marco del fin del conflicto, se funda en el respeto de la dignidad humana, en la promoción y respeto de los derechos humanos y en la defensa de los valores democráticos, en particular en la protección de los derechos y libertades de quienes ejercen la política, especialmente de quienes luego de la terminación de la confrontación armada se transformen en movimiento político y que por tanto deben ser reconocidos y tratados como tales[2].

 

 

Como corolario de esta primera consideración del Fin del conflicto, se escribe:

 

 

Adicionalmente, el Gobierno Nacional y las FARC-EP expresan su compromiso de contribuir al surgimiento de una nueva cultura que proscriba la utilización de las armas en el ejercicio de la política y de trabajar conjuntamente por lograr un consenso nacional en el que todos los sectores políticos, económicos y sociales, nos comprometamos con un ejercicio de la política en el que primen los valores de la democracia, el libre juego de las ideas y el debate civilizado; en el que no haya espacio para la intolerancia y la persecución por razones políticas. Dicho compromiso hace parte de las garantías de no repetición de los hechos que contribuyeron al enfrentamiento armado entre los colombianos por razones políticas.

 

 

Por último, el Gobierno Nacional y las FARC-EP se comprometen con el cumplimiento de lo aquí acordado en materia de Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo (CFHBD) y Dejación de Armas (DA), para lo cual elaborarán una hoja de ruta que contenga los compromisos mutuos para que a más tardar a los 180 días luego de la firma del Acuerdo Final haya terminado el proceso de dejación de armas[3].

 

 

Como se puede ver, el apartado del documento del Acuerdo de Paz, está dedicado a hacer viable y operable la finalización del conflicto. El carácter del contenido se encuentra en los límites de la democracia formal, aunque ampliada, en lo que respecta a menciones a la participación de la sociedad, a la ampliación de los marcos jurídicos y políticos,  insistiendo en la solución de los problemas sociales y políticos, que ocasionaron la guerra permanente en Colombia.

 

 

 

 

 

Reflexiones sobre la guerra y la política

 

 

¿Pasar de la guerra, como ámbito bélico, para resolver problemas socio-políticos, a la política, como ámbito polémico para resolver los problemas no resueltos en la guerra, en el campo político, es asumir la política como continuación pacífica de la guerra? ¿Antes, en la guerra permanente, la guerra era asumida como continuación bélica de la política?  ¿Cuál la relación entre la guerra y la política? Como escribimos en La guerra y la paz, ni la guerra es continuación de la política, ni la política es continuación de la guerra[4]. La relación paradójica de la guerra y la política, no se da en el esquematismo dualista, ni en el tiempo lineal, no se resuelve dialécticamente, que es una versión móvil y mutante del esquematismo dualista; se da en la complejidad dinámica de las composiciones singulares de la formación espacio-temporal-territorial-social, que articulan e integran dinámicamente múltiples planos y espesores de intensidad. La guerra es acontecimiento, que contiene múltiples singularidades, que se asocian, convergen o divergen, se articulan de una determinada manera, en una coyuntura, combinando formas de desenlaces, por así decirlo, momentáneos o definiendo lapsos. La política es otro acontecimiento, que como tal, es multiplicidad de singularidades, articuladas e integradas en composiciones y combinaciones sociales, que hacen a los desenvolvimientos de la política. Para comprender estos acontecimientos, además en su singularidad compleja, es menester comprender las simultaneidades dinámicas y singulares, que se dan en los acontecimientos.

 

 

Desde esta perspectiva, la política no aparece como el ámbito institucional y normativo, además de prácticas y relaciones estructuradas, que hacen a la paz. Sino que la paz aparece como un concepto que expresa una idea, en sentido kantiano; es decir, una finalidad construida por la razón, aunque también por la esperanza. Para conseguir la paz, idea esperada en el ámbito de la guerra, se finaliza el conflicto bélico; para conseguir la paz, idea esperada en el ámbito político, es menester resolver los problemas que ocasionaron la guerra.

 

 

El Acuerdo de Paz considera algunos de estos problemas, que supone cruciales, en la coyuntura presente; sin embargo, como no son todos los problemas heredados o por lo menos un núcleo significativo de la problemática social, económica, política y cultural, no es todavía la condición de posibilidad jurídica para lograr la paz, anhelada en el ámbito político; tampoco es la condición de posibilidad jurídico-política, es decir, institucional, para realizar la paz esperada. Así mismo, no es todavía la condición de posibilidad histórico-política para efectivizar la paz, ya entendida como ideal exhaustivo, es decir, como concordia y fraternidad. Para decirlo, de manera resumida, el Acuerdo de Paz es la condición de posibilidad jurídica de la finalización del conflicto bélico, para alcanzar la realización de la paz, anhelada en la conflagración bélica. Para conformar la condición de posibilidad jurídico-política de la paz, anhelada en el ámbito político, se requieren de transformaciones jurídicas, de las reglas del juego político, así como transformaciones institucionales, que operen los desplazamientos hacia la paz. Si se quiere; para decirlo de una manera simplona, por razones de exposición, se requiere de un proceso constituyente, que otorgue potestad al poder constituyente, es decir, el pueblo. Sin embargo, desde la perspectiva histórico-política, esto no es suficiente para alcanzar la paz, anhelada políticamente. Se requiere de transformaciones estructurales e institucionales, que profundicen la democracia formal, que la conviertan en democracia participativa; que se resuelvan, por lo menos, algunos problemas estructurales de la formación social. Uno, el relativo a la estructura de las desigualdades, que adquieren diferencias abismales. Dos, el relativo a la cuestión agraria, es decir, el materializar la reforma agraria integral; como menciona el mismo documento del Acuerdo de Paz. Tres, resolver el problema de la violencia descomunal y perversa, generada por las estructuras de poder paralelas del narcotráfico; lo que implica, desmantelar a los carteles y a las mafias; así mismo, denota el desarme total de los paramilitares. Cuatro, avanzar sustantivamente, por así decirlo, en la descolonización; en otras palabras, en la desracialización de las relaciones sociales; lo que conlleva el respeto efectivo, es decir, institucional y en la práctica, de los derechos de las naciones y pueblos indígenas, así como de las poblaciones afro-descendientes. En consecuencia, para lograr la paz, anhelada políticamente, desde esta perspectiva histórico-política, se requiere de la reivindicación plena, el ejercicio pleno de la ciudadanía integral de las y los oprimidos, excluidos, marginados, discriminados, subalternizado. Para decirlo, en la expresión del discurso histórico-político puesto en escena, tanto en el acontecimiento de la guerra como en el acontecimiento político, el discurso marxista, se requiere de la condición social-política-económica del socialismo. ¿Es este último logro, la paz anhelada por la perspectiva histórica-política, la paz como idea integral, como armonía? No. La paz como armonía es posible resolviendo la problemática en su complejidad integral, comprendiendo los múltiples planos y espesores de intensidad, que hacen a la realidad efectiva. Esto compromete resolver la crisis ecológica, la amenaza a la vida, que ocasionan las sociedades humanas institucionalizadas; las que, bajo el manto de la cultura-mundo, la civilización moderna, han convertido a la naturaleza, mejor dicho, a la integralidad de los ciclos vitales, al Oikos, al planeta, en objeto de dominación y materia de poder. Por lo tanto, cumplir con las condiciones de posibilidad para la paz como armonía, requiere de la armonización de las sociedades humanas con los ciclos ecológicos, los ciclos vitales del planeta; para decirlo, en términos jurídicos, de la última generación de derechos, garantizando los derechos de los seres, que cohabitan, coexisten, con las sociedades humanas.

 

 

En consecuencia, no hay que perder de vista que la paz es una idea racional y afectiva; no algo o circunstancias que se efectivizan inmediatamente, después de un Acuerdo de Paz. Tampoco hay que perder de vista que la paz tiene distintas connotaciones conceptuales, de alcances diferentes, o, si se quiere, hay distintas ideas de paz; unas más simples, otras más complejas. En tercer lugar, no hay que perder de vista, que si se quiere alcanzar esta finalidad o esta idea de paz como armonía, se requiere reintegrar a las sociedades humanas a las ecologías de la pluralidad de sociedades orgánicas y de sus ciclos vitales; logrando armonizar a las sociedades humanas con los devenires creativos de la potencia de la vida.

 

 

 

Esta reflexión no tiene porque desalentar, tampoco desmoralizar, menos desvalorizar el logro del Acuerdo de Paz; sino, mas bien, se trata de ponderar el Acuerdo de Paz, como condición de posibilidad jurídico-política para alcanzar la paz, anhelada desde las entrañas devoradoras de la guerra. Se trata también de definir ámbitos de tareas, en distintos horizontes de la paz; ámbitos de tareas que responsabilizan o exigen la responsabilidad, en primer lugar, del pueblo; en segundo lugar, de los involucrados en el conflicto bélico; en tercer lugar, de los y las activistas libertarias, activismo múltiple e integral, no solo en la crítica, en la interpelación y en la convocatoria, sino como despliegue afectivo del amor a la vida.

 

 

 

 

 

[1] Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera: https://www.mesadeconversaciones.com.co/sites/default/files/24_08_2016acuerdofinalfinalfinal-1472094587.pdf.

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

[4] Ver La guerra y la paz. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-guerra-y-la-paz/.

Capitalismo especulativo, extractivismo y guerras de laboratorio

Capitalismo especulativo, extractivismo y guerras de laboratorio

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Dedicado a Víctor Ávila, maestro de generaciones de jóvenes críticos, rebeldes, heterodoxos e iconoclastas, intelectual comprometido con la guerra anticolonial de las naciones y pueblos indígenas, activista en las luchas liberadoras del presente.

 

 

¿Qué es lo que articula el capitalismo especulativo, el extractivismo y las guerras de laboratorio? ¿O, mas bien, esta articulación, qué mundo configuran? ¿Se trata de la era de la simulación llevada al extremo? ¿Se trata de la cultura-mundo[1] de la banalidad llevada a la decadencia absoluta? El capitalismo especulativo es el capitalismo de las burbujas especulativas, que corresponde a la dominancia del capitalismo financiero en el ciclo largo del capitalismo vigente[2]. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente corresponde a la geopolítica del sistema-mundo capitalista que distribuye centros de acumulación de capital y periferias de despojamiento y desposesión de recursos naturales[3]. Las guerras de laboratorio son los montajes bélicos locales y regionales, de alcance proyectado como irradiación mundial; guerras experimentales efectuadas por los servicios de inteligencia de las potencias y del imperio[4]. Parece que estos tres recortes de realidad, dados en la complejidad, sinónimo de realidad efectiva, se refuerzan mutuamente, en un sistema-mundo donde el capitalismo especulativo es posible porque se sostiene en la expansión intensiva del extractivismo. Ambos, capitalismo especulativo y extractivismo,  amparados por los montajes de las guerras de laboratorio; aparecen como constante amenaza contra los pueblos, las sociedades y el mundo.

 

Podemos decir que el capitalismo especulativo es la continuidad escabrosa de la inscripción de la deuda infinita como acto inaugural de la genealogía de las dominaciones.  Podemos también decir que el extractivismo es la base o, mejor dicho, el substrato, del modo de producción capitalista. Entonces, las guerras de laboratorio vienen a ser la manifestación clara y evidente de lo que son las guerras imperialistas; guerras desatadas por la competencia de las potencias imperialistas en concurrencia. Las guerras de laboratorio muestran, descarnadamente, la puesta en escena de las guerras nacionalistas, que exacerban los chauvinismos, para arrastrar a los pueblos y sociedades al absurdo de las guerras de exterminio masivo. Las guerras de laboratorio, como su mismo apelativo lo dice, son guerras de experimentación, simuladas en los teatros escenificados. Muestran estas guerras experimentales patentemente lo que son las guerras; invenciones de estados y de estructuras de poder; invenciones de geopolíticas pretensiosas, que se construyen desde formatos simples y esquemáticos.

 

Para decirlo de otra manera, el capitalismo especulativo es un capitalismo virtual; el extractivismo es el despliegue elocuente de la destrucción capitalista; y las guerras de laboratorio son las formas experimentales de las estrategias de conspiración de las máquinas de guerra y de las máquinas de poder del sistema-mundo capitalista. La virtualidad del capitalismo especulativo,  sostenida en la materialidad del despojamiento y desposesión efectuado por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Apoyados ambos, el modo de la condición especulativa y el desenvolvimiento de la condición extractivista del capitalismo, por los montajes de las guerras de laboratorio, diseñadas y efectuadas por organismos secretos de la “conspiración”, definen las características del orden mundial, del imperio, del sistema-mundo capitalista, en el presente.

 

En el caso de las guerras de laboratorio en el Oriente Medio, la “guerra santa” del ISSIS y la guerra contra el terrorismo, que son la misma guerra, como las dos caras de la misma medalla, vinculan manifiestamente la guerra con el petróleo, la energía fósil, el oro negro. Vinculan, entonces, la guerra desatada en el desierto, con el extractivismo, en sus formas desmesuradas y perversas. Vinculan la “guerra santa” y la guerra contra el terrorismo con un capitalismo financiero, que no encuentra otra salida para sus crisis intermitentes que la expansión morbosa y delirante de la economía política del chantaje. Economía que llega al extremo de la proliferación del mercado de armas, el tráfico de estupefacientes y el narcotráfico, el tráfico de cuerpos, al costo de la destrucción institucional de los Estado-nación subalternos, de los países, de los pueblos y las sociedades.

 

Desde la cuarta generación de las estrategias de guerra, de acuerdo a las tesis del ejército del imperio, nos encontramos ante el desenvolvimiento sigiloso de la “tercera guerra mundial”, dada en la forma de “guerra de baja intensidad”. Una guerra de control y contención, de amenaza constante a las poblaciones; de desgaste y de devastación de las sociedades. Una guerra también mediática,  donde los monopolios empresariales de los medios de comunicación, a escala mundial, nos presentan una realidad mediada por la información del poder del orden mundial. Información mediada que presenta un mundo amenazado por el “terrorismo”. Ocultando el terrorismo de Estado, el terrorismo de lo que vendría a ser, algo así, como el Estado de excepción del orden mundial.  Entonces una “guerra santa”, no de los yihadistas, sino del imperio contra los pueblos del mundo. El “terrorismo” es el “demonio” que ronda por el mundo, amenazando no solamente al orden mundial, sino a los pueblos y sociedades, a sus valores y sus costumbres; a sus formas y estilos de vida.

 

Esta manera de presentar las cosas, encubre u oculta a las máquinas de guerra y las máquinas de poder del sistema-mundo capitalista, que son los aparatos de dispositivos, las máquinas de conflagración, que requieren de la guerra permanente para reproducirse, para aparecer como necesidad y legitimarse. Además, la manera veleidosa de presentar las noticias acompaña la propaganda por el “desarrollo”, buscando la legitimidad del extractivismo; que es la parte maldita del modo de producción capitalista[5]. Esta manera de presentar los “hechos” encubre las maniobras perversas del capitalismo financiero, que convierte a los pueblos en deudores eternos[6].

 

La guerra es necesaria para la reproducción del capital y su acumulación ampliada; ahora, convertida en acumulación especulativa. La guerra destruye los stocks que no puede venderse, también destruye la infraestructura de los estados, por lo menos, parte; esta destrucción favorece las condiciones iniciales de un nuevo ciclo del capitalismo. Por esto mismo, la guerra adquiere distintos perfiles y formas, tanto en sentido manifiesto como en sentido latente; la forma de la guerra que nos ocupa es la de las guerras de laboratorio. En sentido amplio, con variadas connotaciones, es guerra contra la vida; esto ocurre cuando el despojamiento y la desposesión se expresan como contaminación, depredación, destrucción ecológica. En sentido político y cultural, cuando la guerra destruye a pueblos y a sociedades, atacando sus estructuras de cohesión, es guerra contra la humanidad.

 

Pero, es una guerra elaborada y efectuada desde las estructuras mundiales del poder. Lo que la hace distinta a la guerra proclamada y desplegada desde los discursos histórico-políticos.  Es guerra conformada, mas bien, desde los discursos jurídico-políticos, legitimadores del poder, del Estado, de la institucionalidad de las dominaciones institucionalizadas.  Desde ya, esta promoción de la guerra, por parte del paradigma de la formación discursiva histórico-política, es contradictoria; pues la formación discursiva jurídico-política es de legitimación, no de interpelación, no de convocatoria a la guerra. Esta paradoja o inversión de roles, del discurso jurídicopolítico, se da, sobre todo, en el presente del sistema-mundo. Las dos formaciones discursivas, la jurídico-política, de legitimación, y la histórico-política, de interpelación, se cruzan, de tal manera, que desde el discurso jurídico-político, esta vez, se sintetiza conservadoramente, por así decirlo, a diferencia de la síntesis burguesa, que lo hace, si se quiere, de manera progresista. Síntesis conservadora que define, no un fin de la historia, como la síntesis dialéctica labrada por el discurso histórico-político, sino la continuidad de la historia apocalíptica, reducida a la lucha entre el bien y el mal.

 

En consecuencia, no solo la burguesía de la etapa de la ilustración, es capaz de elaborar una síntesis entre ambas formaciones discursivas, sino también, la hiper-burguesía de la etapa de la dominación del capitalismo financiero, que correspondería, como analogía, a la oligarquía decadente de la etapa de la ilustración. Ahora bien, esta síntesis, también dialéctica, solo que conservadora, no “progresista”, como la síntesis de la burguesía iluminista, de manera contrastada, se opone a la tesis hegeliana del fin de la historia de la burguesía iluminista, postulando, mas bien, la tesis de la historia dramática desbocada, convertida en la tragedia apocalíptica de la batalla final entre bien y el mal, que va a definir como epopeya cósmica el desenlace global de la trama mundial.

 

Ni la burguesía del iluminismo era consciente de la síntesis dialéctica del fin de la historia, tampoco la hiper-burguesía del sistema-mundo, integrado y globalizado es consciente de la síntesis dialéctica del desenlace apocalíptico; no es pues consciente de su interpretación, de su “ideología”. Es a través de otros dispositivos que se expresa, dejando, por ejemplo, que la filosofía hegeliana hable por ella; o dejando que la banalidad discursiva, mediática y sensacionalista, hable también por ella, en el ahora decadente. No es pues la “conspiración”, aunque la haya y se dé, la que integra todos los factores y componentes de las estructuras del sistema; la que comprende su composición institucional y sus funcionamientos. La “conspiración” es apenas una forma de interpretar el mundo y una manera de actuar en él. Las interpretaciones se dan de manera dispersa, sin ser congruentes; empero, se conectan, casi aleatoriamente, por así decirlo, en la totalidad del momento. La cosmovisión apocalíptica se transmite en los medios de comunicación; también, con menor intensidad y expansión, en la academia y en los discursos “especialistas” y “analistas”. En tanto que el pragmatismo político se efectúa y realiza en las formas de gubernamentalidad de los Estado-nación.  La hiper-burguesía, aunque sea menos del 1% de la población mundial, se representa lo que ocurre de distintas maneras. Sin embargo, a pesar de esta dispersión, incluso de esta desarticulación, se puede armar el rompecabezas y encontrar las conexiones entre las prácticas y los discursos del poder.

 

La hipótesis interpretativa que nos animamos a proponer es la siguiente: Ni la burguesía se auto-representaba de manera directa, tampoco la hiper-burguesía lo hace; sino, mas bien, la ideología define, en la trama de la narrativa hegemónica, las imágenes alegóricas de la burguesía, en un caso; las imágenes alegóricas de la hiper-burguesía, en el otro caso. La burguesía y la hiper-burguesía son representadas por las narrativas de la ideología. Como hablamos de ideología de manera plural, las imágenes alegóricas de la burguesía van a darse de distintas formas, cumpliendo distintos papeles, en las tramas de las distintas narrativas hegemónicas. Pueden la burguesía y la hiper-burguesía compartir algunas de las tramas y narrativas de la ideología; empero, no se trata de su “ideología”, sino, mas bien, de la ideología hegemónica compartida, por parte de la sociedad o toda la sociedad institucionalizada. Sobre todo, cuando se ejerce la hegemonía. Sino ocurre esto, es posible que comparta solo fragmentos de algunas narrativas de una ideología desolada o, en su caso, desesperada. En condiciones donde domina sin hegemonía.

 

¿Dónde buscar entonces la ubicación de la burguesía y de la hiper-burguesía en las formaciones sociales y en la geopolítica del sistema-mundo? Podemos decir que en la complejidad integrada de planos y espesores de intensidad del sistema-mundo capitalista. La burguesía y la hiper-burguesía no solamente se forman en el plano de intensidad económico, sino en los múltiples planos y espesores de intensidad que integra el sistema-mundo capitalista. Para simplificar el cuadro, podemos aceptar, provisionalmente, que la burguesía aparece como propietaria de los medios de producción, en el plano de intensidad económico; empero, aparece como encubierta en el plano de intensidad cultural, de dos maneras, por lo menos. Una, como la figura del perfil de los afortunados, los recompensados por el esfuerzo, los vencedores, sin cuestionar sus métodos. Otra, como la figura del perfil  de los pragmáticos, en su grafía diáfana; que es también perfil de los oportunistas, en su grafía mórbida; así como figura del perfil de crápulas y despiadados, en su grafía dramática. Por ejemplo, en lo que respecta al arte de vanguardia, la interpelación estética dibuja y pinta a la burguesía en la ironía de la levedad del ser; en cambio, en contraste, la versión mediática los representa en la individualidad triunfante, en el goce de la fama y de los logros. Dependiendo, en el campo escolar, la burguesía se difumina y es presentada como empresarios notorios o como nombres ligados a la revolución industrial. También se han dado, en otros periodos, programas académicos, donde los perfiles de la burguesía adquieren una figura más colectiva o, si se quiere, más corporativa; asociándola a rubros o, en su caso, a actividades, o comerciales, o industriales, o financieras. Con estos dos ejemplos, ya podemos darnos cuenta que en el plano de intensidad cultural la burguesía no goza del mismo privilegio y jerarquía que la dada en su situación en el plano de intensidad económico.

 

Sin embargo, interesa la condición estructural de la burguesía en el espesor de intensidad cultural. Para hacerlo fácil, la pregunta simple es: ¿Cuál la formación cultural de la burguesía? Ciertamente hay de todo, desde los perfiles sin formación académica, empero, con una gran destreza en los negocios, hasta los perfiles con formación académica, no siempre vinculada al campo o al rubro donde se desempeñan. Si bien, esta información y su consecuente descripción nos puede dar perfiles más concretos de la burguesía, lo que hay que remarcar, por el momento, es que la formación cultural de la burguesía no viene determinada por la causalidad económica, sino que, a pesar de contar con disponibilidades económicas, que le brindan accesos a la formación académica de calidad, por así decirlo, su formación cultural responde a otras historias, como las familiares.

 

Al no darse un determinismo entre su condición económica y el perfil cultural, solo considerando estos dos planos de intensidad, el económico y el cultural, además de considerar el espesor cultural, vemos que la ubicación de la burguesía es disímil en los dos planos de intensidad, además de ser como la colocación heredada en el espesor de intensidad cultural. Entonces, solo considerando estos dos planos de intensidad y el espesor cultural, vemos que la situación de la burguesía es variada. Simplificando aún más la exposición, por razones ilustrativas; sobre todo, para apresurar una hipotética conclusión; diremos que  ocurre como que en un plano de intensidad, el económico, la burguesía aparezca en una situación privilegiada; en cambio, ocurre como que en el plano y el espesor de intensidad cultural, la burguesía aparezca como desolada. No puede comprender su insatisfacción e infelicidad, a pesar de contar con abundantes recursos.

 

La conclusión, todavía, simple, además de provisional, es: no hay armonía en la composición compleja de la burguesía en los planos de intensidad económica y cultural, así como en el espesor de intensidad cultural donde se constituye como sujeto social. Se trata, para lograr expresar una figura filosófica ilustrativa, aunque inadecuada, de un sujeto desgarrado y de una consciencia desdichada.

 

Cuando tomamos en cuenta la situación de la hiper-burguesía, en la etapa tardía del sistema-mundo capitalista, en la fase de la dominación del capitalismo financiero, en el ciclo largo del capitalismo vigente, conviene más bien, acercarse a definir el perfil de la hiper-burguesía de manera distinta y contrastante a la de la burguesía de la ilustración. Por ejemplo, como la que ha logrado una formación académica; goza de los privilegios del acceso a universidades elitistas, adquiriendo buena educación, ponderada institucionalmente. Sin embargo, este capital cultural, no resuelve la disyunción entre su situación en el plano económico y su situación en el plano y espesor cultural. En esta etapa tardía del capitalismo y de la modernidad, si bien, siguiendo a Gilles Lipovetsky, se puede suponer la culturización de la economía y la economización de la cultura, así como la estetización de la economía y la economización de la estética. Cuando no se puede distinguir las fronteras entre expresión estética, valorización económica y consumo del goce o a través del goce banal, la hiper-burguesía tampoco comprende su situación en la complejidad integrada del sistema-mundo capitalista. Se puede decir, proyectando la interpretación hipotética, que tampoco le interesa comprender su situación, como de alguna manera ocurría con la burguesía industrial, sino que opta por un pragmatismo cínico. Donde no interesa responder a las preguntas, si se quiere, existenciales, sino solamente actuar, decidir, gozar y simular; estando atrapada en el show de la fama y del consumo descomunal. También, en este caso, el de la situación de la hiper-burguesía, no hay armonía en su constitución subjetiva.  El desgarramiento de este sujeto dominante se mantiene, así como su consciencia desdichada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las consecuencias de esta hipotética interpretación son las siguientes:

 

  1. No puede conformarse o darse una armonía en la constitución de un sujeto social dominante, precisamente porque la dominación rompe la posibilidad de toda armonía.

 

  1. La armonía subjetiva, para decirlo de esa manera, con los términos heredados de la filosofía y la psicología, solo es posible si se logra armonizar con la complejidad integrada de las sociedades y la complejidad dinámica de las ecologías del planeta.

 

 

  1. Esto equivale a renunciar al aparente privilegio que otorga la dominación, renunciado a la dominación Obviamente, esto no se hace sin el querer hacerlo, sin la voluntad, por lo tanto, sin comprender. Esta actitud tampoco parece posible, debido a las estructuras de poder, materializadas en las mallas institucionales, cristalizadas en los habitus. De todas maneras, el boceto de esta posibilidad ayuda a configurar el contraste, si se quiere, binario, de la estructura de la dominación, enfocada desde la composición subjetiva.

 

  1. En contraste, del otro lado, las subjetividades dominadas, subalternadas, definen un perfil donde se comprende lo que pasa; se experimente la vulnerabilidad, la exposición ante la contingencia, la insatisfacción de las necesidades, la violencia de la explotación, la discriminación, la subordinación y la subsunción; además de la desvalorización de la dignidad humana. La experiencia social ayuda a comprender la condición social en la formación social. Sin embargo, a pesar de esta comprensión, de este saber en el plano de intensidad cultural y de su constitución afectada en el espesor de intensidad cultural, sin olvidar su desventaja en el plano de intensidad económico, la composición subjetiva es la del desgarramiento, siendo, también, otra versión de la consciencia desdichada. Tampoco hay, pues, armonía.

 

 

  1. Si entendemos a las ideologías como sistemas interpretativos operativos, podemos comprender que la ideología como tal no pertenece a una clase, por ejemplo, la burguesía, sino es como la atmósfera o el clima donde la burguesía ejerce hegemonía. En consecuencia, es en la ideología donde se participa en la significación del mundo.
  2. Entonces, la burguesía no se interpreta de manera inmediata y directa como tal, sino los que lo hacen son otros; filósofos, políticos, ideólogos, historiadores, sociólogos, politólogos. La burguesía puede compartir estas interpretaciones, de una manera completa o parcial; así como, mas bien, ecléctica. Lo que importa es que la ideología funcione en la sociedad, haciendo que ella, sus estratos sociales, colectivos, grupos, clases, se reconozcan o rechacen la narrativa ideológica.

 

  1. La ideología como sistema operativo acompaña las prácticas sociales, las acciones, las disposiciones y predisposiciones; en definitiva, acompaña la actividad social, la incidencia de las clases sociales, de los colectivos, de los pueblos, de los grupos. La ideología define sentidos en los contextos de las prácticas y relaciones sociales. Sobre todo, la ideología cobra importancia al momento de políticas de Estado, particularmente, cuando adquieren connotaciones de alcance.

 

 

  1. En lo que respecta a las estrategias, los despliegues, la extensidad e intensidad del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, la ideología juega papeles preponderantes. Anticipa una concepción de mundo, valoriza o presenta un cuadro de valores del mundo representado, jerarquiza la importancia de los valores y, en consecuencias de las conductas y comportamientos, por lo tanto, de las prácticas. El mundo representado por la ideología presenta una visión lineal, evolutiva y circunscrita al pragmatismo eficaz de la economía, que hace de base o zócalo del mundo, considerando su arquitectura histórico-política-social-cultural. En este mundo representado las formas del extractivismo, en sus distintos despliegues, dependiendo de los recursos que explota, son consideradas como los primeros pasos al “desarrollo”, en la versión nacionalista, o como inversiones pertinentes en cuanto al crecimiento económico, en la versión liberal. Dicho de un modo sencillo, se considera al extractivismo como actividad económica necesaria.

 

  1. Ahora bien, las ideologías como sistemas operativos funcionan de distinta manera cuando se trata del capitalismo especulativo y las guerras de laboratorio. En lo que respecta al capitalismo especulativo, es decir, a la dominancia del capitalismo financiero, en el ciclo largo del capitalismo vigente, la ideología en curso funciona con pretensiones técnicas y poses científicas; las mismas reducidas a la contabilidad y a un mundo económico esquemático, que se mueve por la oferta y demanda. En lo que respecta a las guerras de laboratorio, la ideología funciona casi como portavoz moderna de la religión. Señala la amenaza apocalíptica, que tiene cara del terror; califica como “terrorismo” lo que le parece que son acciones inducidas por el mal.

 

 

[1] Revisar de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy La Cultura-mundo. Anagrama; Barcelona 2010. También de Gilles Lipovetsky y Hervé Jupín El occidente globalizado. Anagrama; Barcelona 2011.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza Cartografías histórico-políticas. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cartografias-historico-politicas/.

[4] Ver Más allá del amigo y enemigo. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-alla-del-amigo-y-enemigo/.

 

[5] Ver Economía política de la parte maldita. https://pradaraul.wordpress.com/2014/09/13/economia-politica-de-la-parte-maldita/.

[6] Ver La inscripción de la deuda, su conversión infinita. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-inscripcion-de-la-deuda-su-conversion-infinita/.

La invención del terrorismo

La invención del terrorismo

 

Raúl Prada Alcoreza

La invención del terrorismo

 

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Dedicado a Gerasimos Tsakalos, Christos Tsakalos, Giorgios Polidoros, Olga Ekonomidou, Theofilos Mavropoulos, Panagiotis Argirou, Giorgos Nikolopoulos, Michalis Nikolopoulos, Damiano Bolano, Haris Hadjimihelakis, Angeliki Spyropoulo, Christos Rodopoulos, Christodoulos Xiros. Jóvenes rebeldes heterodoxos e iconoclastas anarquistas, destructores de imperios, reprimidos, apresados y condenados por el régimen impostor al servicio de la hiper-burguesía del capitalismo financiero especulativo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El terrorismo, la imagen que ocasiona la palabra, el nombre, el significado y la expresión, que entona este término: terrorismo. El terrorismo se ha convertido en la amenaza que señalan los estados, los gobiernos, el orden mundial y el imperio, fuera y dentro de sus propias fronteras. Con este término, que implica la idea de atentado contra el orden, contra el Estado, también contra la sociedad institucionalizada, se hostiga a la población a atemorizarse ante semejante amenaza casi apocalíptica; la del terror, de unos grupos y organizaciones desalmadas, que son capaces de las más atroces violencias, con tal de lograr sus fines, que no son otros que los relativos a la dominación total. Contra este aniquilador, este terrorismo sin escrúpulos, la sociedad institucionalizada tiene que defenderse, empleando no solamente todos los medios legales e institucionales al alcance, sino, incluso, cruzando la línea de lo legal y permitido, de lo institucional establecido, recurrir a los medios no-legales, no institucionalizados; empleando también, en contraposición, al terrorismo de Estado, la violencia más sanguinaria. Esto estaría justificado por la defensa de la sociedad, el orden y el Estado, la defensa de los valores de la civilización. Defendiéndose y luchando en contra de organizaciones fanáticas, encaminadas a desplegar el terror, sin medir consecuencias, tampoco sin distinguir contra quienes se perpetra la violencia del terror de Estado[1].

 

Como se puede ver, las dos acciones, la del supuesto terrorismo y las del orden, del Estado, del imperio, se acercan y se terminan pareciendo; sobre todo, por el carácter, si se quiere ilegal, no-institucional o extra-institucional; llegando a ser secreta y sigilosa, encubierta. También se parecen por que comparten el terror como ámbito, atmósfera, temática y medio para lograr fines. No se los distingue cuando ambos bandos utilizan la violencia y generan su escalada inconcebible. Se podría decir, que ambos se benefician, pues sus acciones se encuentran justificadas por los fines perseguidos; los unos, persiguiendo fines fundamentalistas; los otros, persiguiendo fines de defensa de la sociedad institucionalizada, el orden, el Estado, la civilización.  En medio de estos entretelones y cruzamientos perversos, yuxtaposiciones e intersecciones asombrosas, ambos hacen negocio; venden armas, unos, compran armas, otros; venden petróleo los otros, compran los unos, supuestos enemigos del terrorismo.

 

Por otra parte, los gobiernos, estados, orden mundial, imperio, se benefician más, cuando con la excusa de terrorismo criminalizan la protesta social, indilgan de terrorista a cualquiera, que se atreve a interpelar al poder. El terrorismo se ha convertido en el mejor recurso clasificatorio de la hiper-burguesía mundial, que domina el mundo, que ejerce el control global, que monopoliza los recursos naturales, las reservas, los yacimientos; ya sea directamente o indirectamente, por concesiones otorgadas o por compra de materias primas, en condiciones de términos de intercambio desiguales. Hiper-burguesía que se monta sobre los flujos de plusvalor del capitalismo especulativo del sistema financiero internacional, que ha convertido a todos los pueblos del mundo en deudores eternos[2].

 

En Grecia el gobierno de Syriza, de la Coalición de la Izquierda Radical, que es eso lo que quiere decir, en griego, el acrónimo Syriza, el gobierno de esta coalición de izquierda y el tribunal inquisidor de la TROIKA han condenado por 115 años de prisión a un grupo de jóvenes rebeldes, que participaron en las movilizaciones y protestas sociales contra las medidas de austeridad implacable, de recortes y de suspensión de derechos laborales, además de mercadear los recursos y puertos del país, en un contexto de hambre y de pobreza extendidos.  La denuncia de Ruptura Colectiva dice:

 

El pasado viernes 8 de julio el tribunal inquisidor de la Troika con la jueza Asimina Yfanti, en un juicio armado con acusaciones falsas y pruebas montadas, condenó a los jóvenes rebeldes Gerasimos Tsakalos, Christos Tsakalos, Giorgios Polidoros, Olga Ekonomidou, Theofilos Mavropoulos, Panagiotis Argirou, Giorgos Nikolopoulos, Michalis Nikolopoulos, Damiano Bolano, Haris Hadjimihelakis a 115 años de prisión. La compañera Angeliki Spyropoulo fue sentenciada con 28 años de prisión. Christos Rodopoulos, fue sentenciado con 75 años de prisión. Christodoulos Xiros fue sentenciado a 65 años en prisión. A los demás acusados y a los familiares de los presos les dieron sentencias que van desde los 6 años hasta los 28[3].

 

El gobierno de Syriza se ha convertido en el brazo político de “izquierda” de la TRIKA, contra sus propias promesas, además, contra los compromisos con el pueblo griego, que se levantó contra las exacciones neoliberales de los banqueros y del sistema financiero internacional; sistema que empujó a la crisis con la proliferación e inflación de créditos, con el cálculo ganancial de las amortizaciones e intereses, al Estado griego, por lo tanto, al pueblo griego. Es la especulación bancaria, la especulación financiera, la búsqueda compulsiva de los bancos por tasas rápidas de retorno y super-ganancias, es la administración intrépida de la burguesía europea, lo que ha desatado la crisis financiera, asentada en una larga e intermitente crisis de sobreproducción mundial. Sin embargo, esta hiper-burguesía y esta melindrosa burguesía europea, no pagarán la crisis; serán sus propias víctimas, los pueblos, los que son obligados a hacerlo.  Mientras los responsables, los banqueros, las corporaciones financieras-comerciales-industriales-mediaticas, que ya han gozado de salvamientos financieros jugosos, se encuentran protegidos por los aparatos “ideológicos” de la dominación mundial, por las máquinas de poder y las máquinas de guerra.

 

La “izquierda” es cómplice de este terrorismo de Estado, de este terrorismo desplegado por las máquinas de guerra y los servicios de inteligencia de las potencias hegemónicas y dominantes del orden mundial. El gobierno de “izquierda” de Grecia es, ahora, claramente, la mejor herramienta para defender la propiedad privada de la virtualidad financiera, para defender la paz del imperio, que no es más que la guerra no declarada abiertamente, aunque declarada en los hechos, a los pueblos del mundo, por parte de la hiper-burguesía mundial. Es la mejor herramienta política del capitalismo especulativo del sistema financiero internacional pues   ha desarmado al pueblo movilizado contra el proyecto neoliberal europeo, al desarmar la propia movilización, la propia estructura de la movilización. Haciéndose el compañero del pueblo, del proletariado, de las familias afectadas, ha convencido, aprovechándose de la confianza otorgada; engatusando a un pueblo valiente, que sostuvo una larga lucha contra las coerciones, exacciones y economía política del chantaje de la hiper-burguesía mundial. Una vez en el gobierno, por segunda vez, se ha entregado de lleno a las exigencias desmesuradas y compulsivas de la TROIKA, de la burguesía financiera europea, de la hiper-burguesía-especulativa mundial. Para sentar precedente, descarga toda su furia, que esconde su miedo, su sumisión descarada, contra un grupo de jóvenes anarquistas[4], empleando los dispositivos jurídicos anacrónicos, que violan los derechos humanos, convenidos internacionalmente. Lo que pasa en Grecia, es una muestra de lo que es capaz un gobierno sometido y la hiper-burguesía mundial en contra de los pueblos del mundo.

 

El terrorismo es una invención y un producto de los aparatos de inteligencia de las potencias dominantes del orden mundial. Ahora se ha convertido en una carta comodín, para ser usada contra todo lo que incomoda a los gobiernos, tanto de “derecha” como de “izquierda”. En esto coinciden estos gobiernos, que se consideran, además, enemigos irreconciliables. La modernidad tardía, en la era de la simulación, nos sorprende con estas complicidades sordas, coincidentes, no dichas ni asumidas; empero, efectuadas. El terrorismo es el mecanismo “maquiavélico” – en el sentido de su vulgarización interpretativa, que no corresponde a la exposición de Nicolás Maquiavelo – usado contra los pueblos, para manejarlos por el terror; es decir, por la violencia descomunal, ilegal, ilegitima y no-institucional; acompañada por el imaginario del terror, difundido por las corporaciones de los medios de comunicación y por los discursos de los “analistas” y “especialistas”.

 

Si los pueblos no reaccionan frente a esta artera maniobra globalizada, compartida por “derechas” e “izquierdas” – ambos forman parte del sistema-mundo político, contenido y sustentado por el sistema-mundo capitalista -, tendrán que soportar días aciagos, no solo de austeridad, obligados a pagar una deuda que ocasionaron los ricos, las burguesías especulativas, sino algo peor, el ingreso a un orden del panoptismo globalizado. Control total, vigilancia absoluta, disciplinamiento generalizado, acompañado por castigos desmedidos; en otras palabras, una nueva esclavitud, la correspondiente a la modernidad tardía del sistema-mundo capitalista.

 

En esta guerra, declarada efectivamente, aunque no dicha, pronunciada rumorosamente en su silencio o en el discurso hipócrita de la hiper-burguesía a los pueblos, los pueblos están obligados a defenderse, preservando la vida. Defender derechos conquistados, defender soberanías logradas, defender el derecho a la protesta y la movilización, defender a sus jóvenes rebeldes, defender la parrhesía, el decir la verdad, que significa dar la palabra al pueblo, el derecho a la democracia efectiva y plena, que es el autogobierno del pueblo.

 

[1] Ver Más allá del amigo y enemigo: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-alla-del-amigo-y-enemigo/.

 

[2] Ver La inscripción de la deuda y su conversión infinita: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-inscripcion-de-la-deuda-su-conversion-infinita/.

[3] Ver de Ruptura Colectiva http://rupturacolectiva.com/condenan-a-115-anos-de-prision-a-jovenes-anarquistas-en-grecia/.

[4] Ver Acontecimiento libertario: https://pradaraul.wordpress.com/anarquismo/acontecimiento-libertario/.

Consideraciones sobre el activismo libertario

Consideraciones sobre el activismo libertario

Interpretación y complejidad, proyecto e incidencia

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Interpretación y complejidad.pdf

 

 

 

 

 

 

Hay que distinguir entre el acontecimiento, complejidad dinámica, compuesto por múltiples singularidades en devenir. Con las interpretaciones que se tenga de esta experiencia social; que pueden ser simples, esquemáticas; por lo tanto, inadecuadas para comprender, por lo menos, parte del acontecimiento. Interpretaciones, incluso, que pueden ser, mas bien, complejas, en el sentido de haber escapado al simplismo, al esquematismo reducido; buscando elucidaciones a través de composiciones teóricas más exigentes, de estructuras conceptuales más elaboradas. No solamente decimos que la interpretación no es la realidad, sinónimo de complejidad, sino que no incide, en sentido práctico, en los decursos efectivos, aunque lo haga, de algún modo, indirectamente. La incidencia se efectúa por intervención de fuerzas concurrentes. Hay que distinguir, entonces, entre una orientación racional y perceptual, por ejemplo, una estrategia de incidencia, un proyecto político, de la dinámica y mecánica de las fuerzas, que inciden efectivamente en el decurso de procesos inherentes al acontecimiento.

 

Esto no solamente lo decimos por las formaciones discursivas, las “ideologías”, los proyectos políticos, los paradigmas, criticados por nosotros, sino también, lo decimos en lo que respecta a nuestra crítica desplegada y al activismo que encausamos, el libertario. Ciertamente, sería paradójico caer en lo mismo que criticamos; confundir representación con realidad, caer en un voluntarismo intelectual, creyendo que la complejidad misma, lograda en la interpretación crítica, achica la diferencia entre complejidad e interpretación, por más compleja que sea esta última; que el activismo comprometido, sostenido en esta interpretación crítica, resuelve el problema de la incidencia. De ninguna manera. El activismo, que busca liberar la potencia social, no resuelve de por sí el problema de la incidencia de las fuerzas.  La incidencia exige mucho más que una comprensión, adecuada de la complejidad, mucho más que un activismo crítico, interpelador, libertario. La claridad de lo buscado, demoler las estructuras de poder, desmantelar la institucionalidad del poder, liberar la potencia social, hacer emerger los autogobiernos, es como la apertura del horizonte civilizatorio, los mundos alterativos y alternativos; para trasmontarlo es menester no caer en la ilusión, que esta visión crítica y este activismo libertario han resuelto los problemas de incidencia. La complejidad, como sinónimo de realidad, exige desenvolvimientos y acciones más arduas, que solo el activismo libertario y la crítica de la “ideología”, la interpelación de las formas polimorfas de poder, incluso las convocatorias a las movilizaciones generales. Se trata de desatar la potencia social en subjetividades atrapadas en sujetos constituidos largamente por diagramas de poder.

 

Como los y las libertarias no somos vanguardistas, no nos creemos ni maestros, ni dirigentes de masas, multitudes, pueblos, sino más bien parte de ellos. Esta tarea, la de las emancipaciones y liberaciones múltiples, corresponde a todos, es, como se dice, una labor colectiva. La tarea, entonces, es activar la potencia social. ¿Cómo se hace?

 

No hay recetas, ni mucho menos pretendemos darlas. Los activamos libertarios responden a problemáticas históricas-políticas-culturales, en distintos contextos y periodos, momentos y coyunturas; diferentes composiciones de relaciones y estructuras de poder singulares, locales, nacionales, regionales, mundiales. Heredando tradiciones de luchas, de experiencias y memorias sociales, atravesadas por las dinámicas culturales, las difusiones lingüísticas, por la actualización de las prácticas, de los esquematismos de comportamientos, conductas y habitus, que son, a su vez interpelados, de-construidos y diseminados por el discurso critico activista. En consecuencia, los activismos se arman considerando la crítica ácrata y su combinación específica en estas composiciones singulares históricas-políticas-sociales-culturales-territoriales.

 

Sin embargo, sin que sean recetas, ni nada por el estilo, parece conveniente poner en mesa de discusión algunas consideraciones de índole configurativa. Por ejemplo, si no se trata de dirigir, de conducir, de enseñar, de liderar, de vanguardizar, pretensiones de las tradiciones jacobinas; se trata, de manera diferente, de activar la potencia, inherente en los cuerpos, potencia inhibida por las estructuras de poder inscritas en el cuerpo. Esto no solamente equivale a interpelar las redes institucionales, que atrapan a estos cuerpos, a parte de sus fuerzas, utilizadas en la reproducción del poder, sino también de-construir las subjetividades cristalizadas por los diagramas de poder; es decir, interpelar a los propios sujetos sociales, pues terminan siendo cómplices de sus propias dominaciones.

 

Par tal efecto, parece necesario compartir experiencias y memorias sociales. Comprender, en sentido hermenéutico, lo que supone la fenomenología de la percepción, las complejidades singulares de los contextos en los que se mueven los activismos específicos. Tomar atención a las singularidades locales, nacionales, regionales, en su composición y combinación mundial. Esto último tiene importancia, tanto por las adecuaciones del activismo a las singularidades, sino también porque las singularidades componen integraciones dinámicas mundiales. La consecuencia, es que todo activismo local y nacional es también un activismo mundial; activismo contra la dominación mundial, que se manifiesta y se singulariza en las dominaciones locales.

 

Los activismos libertarios también son contexturas dinámicas de planos y espesores de intensidad subversivos; se articulan planos de intensidad políticos con planos de intensidad estéticos, espesores de intensidad corporales con espesores de intensidad territoriales. Actos heroicos con actos creativos; política, en sentido amplio, en sentido de suspensión de los mecanismos de dominación, y poesía, en sentido de poiesis inventiva. Lo que caracteriza a los activismos libertarios, a diferencia de la tradición “izquierdista”, con todas sus variantes, matices y diferencias, es que los activismos libertarios son disposiciones y dispositivos de contra-poder, en el sentido pleno de la palabra; se colocan como destructores del poder, para liberar la potencia; nunca reproducir otra forma de poder, que es el circulo vicioso del poder, en el que cayó la “izquierda”.

 

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