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La metamorfosis de Daniel Ortega

La metamorfosis de Daniel Ortega

Raúl Prada Alcoreza

 

La metamorfosis de Daniel Ortega

 

 

Daniel Ortega

 

Dedicado a las víctimas del terrorismo de Estado, a las y los movilizados en defensa de la vida, de la democracia y del legado sandinista.

 

 

 

 

Hay que escudriñar, se decía antes, en el alma humana, como si hubiese una sola alma en los humanos; sin poner en cuestión eso del alma, es decir del espíritu, que forma parte de la economía política religiosa, que separa espíritu de cuerpo, valorando el espíritu, desvalorizando el cuerpo, cuando el espíritu es efluvio del cuerpo. Dejando de lado estas observaciones a la epistemología religiosa y a la epistemología filosófica, queda lo de escudriñar, pero en las estructuras del sujeto, en las estructuras constitutivas de la subjetividad, para decirlo de una manera moderna. Al respecto, para enunciarlo de una manera directa, una de las preguntas es: ¿por qué los sujetos sociales buscan ideales para justificar sus crímenes? Dicho en otras palabras, ¿por qué tienen que elevarse al cielo para justificar los asesinatos en la tierra? ¿Por qué quieren encontrar motivos sagrados o trágicos para legitimar los actos pedestres y entre ellos el más pedestre, el crimen de sangre?  ¿Qué hay en estos contrastes fuertes en el comportamiento humano? ¿Por qué se buscan motivos divinos o ideológicos para justifica los crímenes de lesa humanidad?

Esta conducta aparentemente es indescifrable, nos traslada a contradicciones inexplicables e inherentes en el sujeto constituido. Pero, un crimen es un crimen, un acto en extremo violento, que quita la vida; esta acción supone una desvalorización pavorosa de la vida, así como un desprecio espantoso por la vida, a tal punto que sobre la vida se colocan mitos, imaginarios, ideales, razones mayúsculas, entre ellas la razón de Estado. Esta desvalorización solo es posible cuando se da un desconocimiento descomunal de la vida, cuando se supone que la vida no vale nada o su valor es ínfimo cuando se la compara con ideales. Los ideales son eso ideales, ideas, productos de la razón abstracta; la misma que no podría desenvolverse si no hay vida. Hay pues una distorsión perversa en esta apreciación, que solo puede darse bajo la hegemonía de la ideología, la máquina abstracta de la fetichización. Es decir, solo puede darse en el círculo vicioso de la ideología. La ideología se considera no solo como la verdad, sino que se cree la esencia de la existencia misma, como si la existencia y la vida no fueran posibles sin esta esencia, que vendría a ser el sumun mismo de todo.

El fantasma gobierna el mundo y la fantasía dice la verdad del mundo. Entonces, se le otorga al fantasma la potestad de decidir sobre la vida y la muerte. Se convierte al fantasma en el monarca, que tiene estos atributos drásticos. La fantasía, es decir, el imaginario fantástico, que tiene como protagonista de esta narrativa trágica al fantasma, se emite en la formación discursiva ultimatista, ¡o todo o nada! Reclama la entrega absoluta, exige obediencia, además de complicidad en los crímenes. El fin justifica los medios, sobre todo los relativos a la violencia. Esta formación enunciativa, la que reclama sacrificios, también la que efectúa sacrificios, la que sacrifica, como cuando se sacrificaba a seres vivos para calmar a los dioses, es la que legitima los crímenes como costos dramáticos para alcanzar los fines perseguidos. En este laberinto imaginario delirante, que se ilusiona con la guerra mitológica entre dioses o entre demonios y ángeles anteriores a la creación, entre personajes cósmicos que representan la lucha del bien contra el mal, se develan los sueños de grandeza, cuando precisamente se cometen los actos más deleznables, los crímenes. Este laberinto imaginario se sostiene en el laberinto fáctico y grotesco, el laberinto de la muerte.

Nada más elocuente e ilustrativo para descifrar estas profundas contradicciones inherentes a las estructuras del sujeto que contrastarlas con los eventos dramáticos donde concurre la matanza política. Los personajes involucrados en los hechos sobresalen por sus espeluznantes actuaciones, atiborradas de despliegues de lo grotesco. En sus bocas la palabra revolución se pervierte, se banaliza a tal punto que se vacía completamente de toda significación romántica, llegando a convertirse en el significado sórdido del terror, del terrorismo de Estado. Lo insólito es que haya “intelectuales progresistas” que emplean la palabra revolución para explicar la emergencia a la que se vio obligado un “gobierno revolucionario”. Se entiende que gobiernos parecidos o afines se coliguen para justificarse mutuamente; lo que no se entiende es que los pueblos del mundo queden asombrados e inhibidos ante semejante despliegue de la violencia estatal. Atinan a la denuncia, mejorando, al apoyo a las movilizaciones indignadas, pero se queda ahí y la vida cotidiana continua como si la vida misma no fuese amenazada por gobiernos absolutistas. Asombra que los intelectuales críticos, también indignados, se atengan a hacer declaraciones denunciativas e interpelativas; pero, todo se queda ahí, las monstruosidades han sido señaladas y los monstruos culpabilizados. La consciencia crítica puede quedar tranquila.

Después de cometidos los crímenes de lesa humanidad nadie puede quedar tranquilo, pues los crímenes se cometen contra la misma humanidad, contra toda la humanidad; es como decirle a la humanidad que no vale nada, que lo que importa es la razón de Estado. Que se pueden pisotear y asesinar a los cuerpos humanos impunemente; todo por la razón de Estado, por la verdad del poder. Por más esfuerzos que haga la propaganda política, lo que se hace, cuando se despliegue la violencia, no es más que la manifestación de la grotesca banalidad a la que ha sido reducida la sociedad. Lo evidente es que estos gobernantes y sus huestes, sus máquinas de poder, no son lo que emulan, lo que dicen ser, para investir sus actos atroces con la comedia de la política, no son sino asesinos.

Otra pregunta es: ¿Quiénes son estos personajes que se invisten de héroes para cometer crímenes? ¿Quién es aquél que reclama haberse convertido en la mano de Dios para castigar a los infieles? ¿Quién es aquél que reclama encarnar el espíritu de la “revolución” para castigar a los “contra-revolucionarios”, a los conspiradores y saboteadores de la “revolución”? De la figura de la mano severa de Dios a la figura de la mano de hierro de la revolución se devela el camino sinuoso de la pretensión de serlo. Es esta pretensión la que quiere justificar los crímenes. Los crímenes se justifican ideológicamente, empero, realmente ningún crimen puede justificarse; pues la vida es lo único real que hay, incluso desprende imaginarios como efluvios de las dinámicas vitales.

Nicaragua nicaragüita

La crisis política le ha llegado a Nicaragua, le ha llegado en la forma que se presenta en la gestión última del gobierno de Daniel Ortega. Crisis política que se contextúan en la crisis generalizada y múltiple del Estado-nación, ahora en la versión de los llamados “gobiernos progresistas”. Los niveles de la crisis en Nicaragua han llegado a altos grados de intensidad y de degradación ética y moral; sobre todo a la desmesura de la violencia descarnada del terrorismo de Estado; el acumulo de la muerte ya sobrepasa a las trecientos muertes; asesinatos del gobernante ex-sandinista, que por ironía de la historia cada vez tiene más analogía con la dictadura cruenta de Anastasio Somoza. ¿Por qué se da esta ironía? No debería sorprendernos a la luz de la experiencia habida en las historias políticas de la modernidad; cuando hemos asistido a la marcha paradójica del círculo vicioso del poder. Las revoluciones han cambiado el mundo, pero se han hundido en sus contradicciones; liberales, socialistas, populistas, a pesar de los ideales o, mas bien contando con ellos, han perpetrado crímenes encubriéndose con la ideología, en las versiones que asumieron. Unos a nombre de la defensa del orden establecido, otros a nombre de la defensa de la “revolución”, los terceros a nombre de la nación mancillada; a pesar de las diferencias discursivas e ideológicas, así como de los estilos del ejercicio político, todos comparten una sorprendente analogía en los comportamientos: creen que los ideales que propugnan legitima sus acciones. No entienden que el imaginario político es apenas un recurso para interpretar el mundo, que no sustituye a la realidad efectiva; no entienden que son las prácticas políticas las que cuentan, que estas prácticas definen los decursos de las gestiones de gobierno que se efectúan. Si al principio parecían ir más o menos de la mano el discurso y la acción, no tardan en divorciarse en el ejercicio de la política, en el despliegue del poder que se ejerce. Entonces el discurso se convierte en una inercia evocativa, que busca seguir acompañando al galope triunfal de los berrendos, empero, ya no lo hace como jinete gallardo sino como jinete del apocalipsis.  

Algunos medios de comunicación hablan del pragmatismo y del realismo político de Daniel Ortega, que lo distingue de el resto de “gobiernos progresistas” de América Latina; sin embargo, si se trata de pragmatismo, mas parecido al oportunismo, todos los “gobiernos progresistas” hicieron gala de este realismo político.  El tema de fondo es ¿por qué derivaron en un decurso sinuoso y, después, en un tiempo de las cosas pequeñas, retrocediendo gradualmente, terminando del otro lado de la vereda enfrentando a su pueblo? ¿Se trata de “traición”, como se dice por ahí? ¿Se trata de angurria de poder como se dice por allá? ¿Se trata del autoritarismo congénito al socialismo, como conjetura de la ideología conservadora, incluso la ideología liberal? Estos son supuestos ideológicos, que como tales deberían ser contrastados con los hechos; empero, como se trata de ideología y no de hipótesis de investigación, no se contrastan sino se las asume como verdades indiscutibles. En lo que hay que pararse a reflexionar es en la analogía compartida por todas las formaciones ideológicas y las formaciones políticas; considerar que se mueven en la realidad, reducida al tamaño de sus prejuicios, cuando tan solo se encuentran atrapados en el mundo de las representaciones. Cuando accionan, al reducir el mundo efectivo al mundo de las representaciones, los efectos que ocasionan son incontrolables, desatan efectos masivos que no controlan. En consecuencia, se envuelven en las propias telarañas que tejen y en las constelaciones de hechos que no controlan. Un tanto sorprendidos por decursos desenvueltos recurren a forzar la realidad efectiva para que se parezca a la realidad representada. Como esto no ocurre, se consideran incomprendidos, señalan al pueblo como ingrato, que no reconoce sus sacrificios y entregas, terminando de descargar sus furias en contra del pueblo ingrato. Si bien no es de la noche a la mañana que se convierten en lo que ayudaron a derrocar, en dictadores, asesinos y hasta genocidas, si bien la mutación se efectúa, al principio, imperceptiblemente, adquiriendo después cierta notoria presencia, para derivar en la vertiginosidad del desencadenamiento de la represión sanguinaria, lo que parece constatable es que la metamorfosis se encontraba acrisolada en el círculo vicioso del poder.

Una revolución que se institucionaliza se convierte en momia y como tal, con su peso mortuorio, aplasta a la energía social que la llevó a cabo. Es más, la potencia social le resulta un estorbo y hasta peligrosa; por eso prohíbe las manifestaciones espontáneas de empoderamientos populares. Se opta por oficializar lo que es “revolucionario” y lo que no lo es, sino lo contrario, contra-revolucionario, reaccionario y conspirativo. Al hacerlo, desaparece la figura del revolucionario apasionado, incluso romántico, del gasto heroico, para sustituirlo por la figura gris burocrática, sin pasiones, sin imaginación, pero obediente y sumiso a la voz del jefe.

Cuando se logran nuevas victorias electorales, conseguidas por la usurpación del prestigio que todavía conlleva la revolución, usando este prestigio en beneficio propio, cuando ya en nada se parece lo que se hace, el gobierno que se ejerce, el pragmatismo estéril, con lo que fue el acto heroico multitudinario, el alejamiento de los propósitos inaugurales se hace más patente. La figura política aparece como lo grotesco político; sobre todo cuando se hace todo lo contrario de los ideales iniciales, pareciéndose más bien al pragmatismo neoliberal, así como reproduciendo las prácticas paralelas y corrosivas de la corrupción, que acompaña al ejercicio del poder. Cuando los gobernantes, sobre todo los pretendidos “revolucionarios”, llegan a desplegar estas banalidades, estamos ante la cara sin mascaras del poder.

Un ejemplo de esta trama dramática, de estos desenlaces grotescos, es Daniel Ortega. Ciertamente no es el único, hay otros gobernantes y exgobernantes que lo acompañan en la reiteración de esta trama. Perdido en su laberinto, el gobernante nicaragüense opta por lo que se inclina toda forma de gubernamentalidad en momentos de emergencia y crisis, opta por la violencia del Estado. Cuando la perpetra no hace otra cosa que evidenciar su derrota, su caída anticipada, el derrumbe de un régimen que no puede gobernar sino sobre cementerios. No solamente recurre a los aparatos represivos del Estado, el ejército y la policía, sino a los dispositivos paralelos del ejercicio de la violencia y el terror, a paramilitares. Es cuando estos gobiernos de “izquierda” terminan pareciéndose, en esto, al narcoterrorismo y al terrorismo fascista. No solo la historia es irónica, sino también la realidad política; las formas y figuras políticas, por más distintas que sean, terminan mezclándose como en una baraúnda festiva carnavalesca. El disfraz combina a una pretendida mascara “revolucionaria” con facciones marcadas de los rasgos del dictador aborrecido y derrocado. El patético gobernante se hunde en el laberinto de su soledad, la del poder, apenas encubierta por el desplazamiento atroz y asesino de sus huestes mercenarias. El espectáculo político, la estridencia discursiva, ya no pueden adormecer al público, sino que aparecen como sarcasmo inhumano ante el desplazamiento macabro de la muerte.

   

 

Descripciones del drama político

La BBC-Mundo describe la coyuntura critica de Nicaragua de la siguiente manera:

En medio de una de las crisis políticas más fuertes de su historia reciente, Nicaragua conmemora este jueves 39 años desde que la revolución sandinista puso a fin al régimen de los Somoza. Así es que las celebraciones están marcadas por las denuncias de excesos en la represión ordenada por el presidente Daniel Ortega. Miles de manifestantes en todo el país están exigiendo su renuncia y la de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo. También están pidiendo elecciones anticipadas. Desde mayo, más de 300 manifestantes antigubernamentales han sido reportados muertos en las calles de Nicaragua y miles más han resultado heridos. El Ortega de ahora, a sus 72 años, está lejos de aquel idolatrado luchador por la libertad que llegó a ser. En vez de esto se le está comparando con los Somoza, la dinastía de brutales gobernantes que ayudó a derrocar a fines de los 1970, cuando era guerrillero sandinista.

Se pregunta el reportaje ¿cómo empezó la crisis en Nicaragua? Se responde:

La situación actual tuvo su detonante en abril con la introducción por parte del gobierno de reformas a la seguridad social. La iniciativa incrementaba las contribuciones y reducía las pensiones. Eso hizo estallar una ola de protestas espontáneas en todo el país. Los estudiantes tomaron las calles, los movimientos indígenas se unieron a ellos igual que los desempleados. Tras varios intentos de iniciar un diálogo nacional, llegó la contundente respuesta de Ortega: desplegó a las “turbas”, policías y grupos de partidarios del gobierno fuertemente armados. Dispararon a los manifestantes en las calles y cuando los estudiantes establecieron tres campamentos de protesta en las universidades, fueron asediados.

 

Las semanas de protestas y derramamiento de sangre conmocionaron a muchos nicaragüenses, pero no se ha dado todavía una cifra oficial de muertos. Aunque los paramilitares niegan que haya un número grande de víctimas cuando hablan con la prensa, los testigos y grupos de derechos humanos que han estado monitoreando los eventos dicen que más de 300 personas han muerto en incidentes separados. Agregan que algunos de los muertos eran niños y adolescentes. Los manifestantes argumentan que ese es el resultado del empleo de fuerza excesiva por las fuerzas de seguridad, que usan balas contra personas desarmadas. Amnistía Internacional dice que “la represión estatal ha alcanzado niveles deplorables”.  Uno de los peores incidentes recientes ocurrió en el campus de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) en Managua, donde estudiantes y periodistas quedaron atrapados dentro de una iglesia y enfrentaron un ataque de toda la noche de las autoridades. “¡Esta masacre debe terminar!”, tuiteó el obispo auxiliar de Managua, Silvio José Baez. Mientras tanto, los estudiantes transmitieron en vivo por internet desgarradores mensajes de despedida[1].

En relación a la mutación de Daniel Ortega, el reportaje hace el siguiente comentario:

No es un dictador de la noche a la mañana. Ortega aseguró que había recuperado el control de las calles a tiempo para el 19 de julio, cuando el país conmemora el 39 aniversario de la revolución sandinista. Pero muchos nicaragüenses ahora piensan que el excomandante sandinista comienza a parecerse al antiguo tirano que ayudó a derrocar. Las críticas para Ortega han surgido tanto dentro como fuera del país. “Este es un gobierno brutal, asesino… que mata a una población desarmada”, dijo la nicaragüense Bianca Jagger, que ahora es activista de derechos humanos. Pero “Daniel Ortega no se hizo dictador de la noche a la mañana”. De hecho, la transición de Ortega – de dirigir un levantamiento popular a sofocar una revuelta contra sí mismo – ha sido un largo proceso.

El joven sandinista. Ortega creció con los relatos de su padre un combatiente rebelde que luchó con César Augusto Sandino contra los Marines estadounidenses que se involucraron en los asuntos de Nicaragua antes de la Segunda Guerra Mundial. Para la década de 1950, cuando era estudiante, participó en las manifestaciones para derrocar a la dinastía de los Somoza, un régimen hereditario que, con apoyo de Estados Unidos, gobernó Nicaragua durante cuatro décadas en el siglo XX. Las actividades rebeldes de Ortega lo llevaron a ser acusado de terrorismo y encarcelado durante siete años por Anastasio Somoza Debayle. Después de su liberación en 1974, se unió a la revolución con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y para 1979 el último Somoza ya había sido derrocado.

Nicaragua sandinista. Ortega se convirtió en el rostro del nuevo gobierno sandinista y en el coordinador de su Junta de Reconstrucción Nacional de Nicaragua. Fue un comienzo prometedor para la nueva Nicaragua: contaba con el apoyo del gobierno de James Carter en Estados Unidos y se embarcó en ambiciosos programas de alfabetización, reforma social y redistribución de tierras. Para cuando Ronald Reagan llegó al poder en Estados Unidos en 1981, el equilibrio político en Centroamérica comenzó a replantearse. El FSLN fue acusado de estar demasiado cerca de la Cuba prosoviética de Castro y de armar a guerrillas de izquierda en El Salvador. Los eventos condujeron a que la administración de Reagan fundara la “Contra”, grupos rebeldes de derecha que se embarcaron en una larga guerra de guerrillas. En las elecciones de 1984, Ortega se convirtió en presidente de Nicaragua por primera vez, con casi 70% de los votos. Pero para 1990, la falta de crecimiento económico y la desilusión política habían comenzado a manchar sus credenciales y Ortega perdió la presidencia ante una antigua camarada revolucionaria: Violeta Barrios de Chamorro.

El regreso. La derrota fue divisiva para el FSLN, pero Ortega usó su tiempo en la oposición para reinventar su estilo de política como “pragmática”. Seguía promoviendo los ideales inspirados en la izquierda y las consignas antiimperialistas, pero al mismo tiempo hizo nuevos contactos con el sector privado, el poder judicial, el ejército e incluso se acercó a la Iglesia católica, tomando una posición antiaborto. Aun así, perdió tres elecciones sucesivas: 1990, 1996 y 2001. Siguieron los ajustes políticos hasta que volvió a ganar la presidencia en 2006, con 38% de los votos. Tras casi 12 años en el poder, Ortega les dijo a los manifestantes que no está dispuesto a dimitir ni a organizar elecciones anticipadas. De hecho, los críticos lo acusan de atrincherarse en la presidencia, de inspirarse en las despiadadas tácticas de Somoza en los 70 contra sus enemigos políticos: someter a sus opositores a la destrucción de sus reputaciones por medio de manipulación en los medios y reprimir brutalmente cualquier disensión en las calles. Igual que Somoza, Ortega ha distribuido parte de la riqueza de la nación e influencias a su familia, el más controversial fue hacer vicepresidenta a su esposa, Rosario Murillo. Para analistas, una de las razones por las que Ortega se ha escapado del tipo de críticas reservadas para Venezuela y Cuba es que, al menos hasta ahora, Nicaragua había sido una historia relativamente exitosa en términos económicos y sociales. El pragmatismo de Ortega alejó al país de las políticas y alianzas regionales que podrían haber disgustado a Estados Unidos y otros. Pero la muerte de cientos de disidentes, acompañada de crecientes niveles de pobreza, podrían llevar ahora a que la comunidad internacional comience a ejercer presión[2].

Es la decadencia, la diseminación de las mallas institucionales, la apoteosis del poder, que, para reproducirse, requiere, en momentos de emergencia, del sacrificio humano, requiere masacrar al pueblo para que quede claro quién gobierna, quién es el que manda. Tarde o temprano los gobernantes, sobre todo los megalómanos, enamorados de sí mismo y compulsivos amantes del objeto oscuro del deseo, el poder, recurren al crimen de lesa humanidad, como acto supremo de la marcha desbocada del nihilismo, que es la historia de la civilización moderna. La metamorfosis de Daniel Ortega ratifica esta trama inherente al círculo vicioso del poder. Lo hace de una manera grotesca, como despliegue apoteósico de las miserias humanas, las más mezquinas y triviales. Los conservadores, que no entienden nada de las vertiginosidades de la modernidad, creen que estas caídas de los “gobiernos progresistas”, más aún de los “gobiernos socialistas”, se llevan consigo las utopías, los sueños y las esperanzas de los pueblos ilusos. No entienden que cuando estos gobiernos cometen crímenes y se derrumban en su orgia sanguinaria se parecen, mas bien, a lo que fueron los gobiernos conservadores. Recurren a lo mismo que emplearon estos gobiernos, al Estado de excepción.

[1] Leer Quién es Daniel Ortega, el revolucionario que liberó Nicaragua y ahora acusan de convertirse en el tirano que ayudó a derrocar.

http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2018/07/quien-es-daniel-ortega-el.html.

[2] Ibidem.

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¿Derrumbe del poder institucionalizado?

¿Derrumbe del poder institucionalizado?

Raúl Prada Alcoreza

Derrumbe del poder institucionalizado

 

Manuel Lopez Obrador

No solamente a lo acontecido en las elecciones en México, sino en la historia reciente de la república mexicana, habría que hacerse algunas preguntas histórico-políticas; una de ellas es: ¿Se trata de la clausura del ciclo de la “revolución institucional”, que encarnó el PRI? Si tomamos en cuenta que el partido-Estado, que se convirtió en el Estado-partido durante más de medio siglo, casi llegando a los tres cuartos de siglo de “hegemonía política”, se derrumba como efecto de la asonada y el levantamiento indígena maya zapatista de la Selva Lacandona, podremos preguntar, de manera más precisa: ¿Si el derrumbe ya aconteció como efecto de la rebelión zapatista,  corroborándose en su derrota ante el PAN, partido conservador, que terminó en una alianza cómplice con el PRI, se trata, ahora, con los resultados de los comicios, de la clausura del poder institucionalizado en México, poder del príncipe mestizo, a decir de Rina Roux, poder materializado en el Estado corporativo, después del derrumbe de la “revolución institucional”, cuya agonía se dilato en alianza con el PAN? Estas preguntas vamos a tratar de responderlas, sobre todo a la segunda, en este ensayo.

Con el propósito anunciado, comenzaremos recordando lo que escribimos en México: Intensidades sociales y territoriales. En ese texto apuntamos nuestra perspectiva crítica en relación a la historia; siguiendo el enfoque de Emmanuel Wallerstein, quien dice que no hay una historia nacional del capitalismo sino una historia mundial, ampliamos el enunciado sacando otras consecuencias teóricas, esta vez respecto a la historia del Estado-nación. Hablando de la historia de México, dijimos:

 

La historia de México no puede ser sino historia mundial. La pregunta es ¿qué es lo que acontece en el mundo para que emerja un acontecimiento México, para que este acontecimiento despliegue recorridos, incursiones, expansiones, mermas, para que este acontecimiento contenga multiplicidades de singularidades y de singulares procesos entrelazados, que contenga dramas, tragedias, realizaciones, frustraciones, consagraciones, de multitudes? Para decirlo de una forma, los y las mexicanas nunca estuvieron solos en el mundo, estuvieron en el mundo; al estarlo co-accionaron con otros y otras identidades colectivas – usando este término discutible de identidades -, fueron afectados por otras fuerzas, afectaron a otras fuerzas. Para responder a la pregunta ¿cómo hemos llegado a ser lo que somos en el momento presente?, es indispensable una mirada retrospectiva que tenga en cuenta esta configuración de dinámicas sociales singulares, de recorridos singulares, en constante asociación, composición, en constante artesanía de tejidos, tejiendo redes. Esto es precisamente lo que intentaremos hacer[1].

No hay una historia del Estado-nación, sino una historia mundial del sistema-mundo político. De lo que se puede hablar es de las formas singulares de la historia del orden mundial, formas singulares regionales, formas singulares nacionales, formas singulares locales. Para comprender lo que se viene en llamar historia nacional, es menester contextuarla en el ciclo largo correspondiente del sistema-mundo capitalista; para comprender lo que acontece con un Estado-nación particular es necesario contextuarlo en la historia del sistema-mundo político. Con esto no se dice que las historias singulares no son incidentes en el acontecer histórico-político; lo son, pues, en realidad, para decirlo de ese modo, no hay exactamente historia, que es una narrativa, sino trayectorias, recocidos, ciclos, singulares. Las singularidades se dan como asociaciones de mónadas y en constelaciones de contextos singulares de asociaciones. Las singularidades se dan en una sincronización integral.

En el ensayo mencionado, a propósito, se expone lo siguiente:

 

Son pues singularidades las que se ponen en marcha, las que entran en dinámicas sociales, culturales, de caza y recolección, agrícolas, las que conforman composiciones sociales más complejas, las que construyen instituciones, que no solo suponen la estructura y la organización, sino también los imaginarios. La historia efectiva, a diferencia de la historia oficial, que es una narrativa teleológica, es más bien una tejedora de varios hilos, de varios diseños, que se conectan, que se entrelazan, que se desanudan, componiendo coloridos textiles, donde se inscriben narrativas colectivas simbólicas. La historia efectiva no es teleológica, es aleatoria.

 

Lo emocionante es atender a la creatividad, a las capacidades inventivas, de las múltiples singularidades, que componen tejidos sociales complejos, que no son interpretados por los historiadores, salvo haciendo recortes, para poder armar secuencias. Lo impresionante es la potencia social creadora de mundos, aunque estos contengan dramas y tragedias humanas como la conquista y la colonización. Se puede decir, siguiendo a Serge Gruzinki, que los mexicanos inventaron el mundo moderno. No lo dice Gruzinski, sino que es una conclusión nuestra.  La primera conquista colonial moderna de gran escala fue la conquista de México, es cuando conquistadores y conquistados se transforman, se convierten en humanos modernos. El hombre moderno, usando el nombre de género dominante de la humanidad, por lo menos durante gran parte de la modernidad, son el conquistador y el conquistado transformados, no solo por el acto de la conquista y la acción de la colonización, sino por el mismo mundo que se está constituyendo, como mundo moderno.

 

Que primero los conquistadores se apropiaron del mérito de este acontecimiento que cambiaba el mundo, acontecimiento no comprendido en absoluto por quienes creían que se trataba de una extensión de Europa, después por quienes que consideraban que era un logro de la revolución industrial y el libre mercado, posteriormente por quienes consideraron que se trataba de evolución civilizatoria, concebida como desarrollo. Todas estas narrativas lo que hicieron es relatar desde la perspectiva de los vencedores; se construyeron una historia universal a imagen y semejanza. Narrativa, por cierto, pobre, en comparación con los tejidos sociales y culturales que compusieron las poblaciones, pueblos, sociedades, comunidades del mundo.  Estos tejidos espacio-temporales no han sido leídos. 

 

Ciertamente hay que re-escribir, no la historia, porque no la hay, salvo en el imaginario institucional, sino las expresiones de las memorias sociales, que contienen las huellas de las experiencias sociales. No se trata, de ninguna manera, de escribir la historia desde el Sud, como dicen los de-coloniales, pues esto es escribir lo mismo o de la misma manera, solo que desde otro ángulo de la misma geopolítica del sistema-mundo capitalista, con otros nombres, otros escenarios, otros discursos y otros colores.  Se trata de escribir, re-escribir, des-cribir, leyendo estas composiciones de los textiles sociales[2].

 

Cuando hablamos de México hablamos de intensidades sociales y territoriales. Hablamos de las Confederaciones de naciones y pueblos de Mesoamérica, de culturas y civilizaciones agrícolas de extensión geográfica considerable, además de impacto continental y conectadas con el resto de naciones y pueblos del continente. La huella humana se remonta a 14 000 años. Después de miles de años de hominización y humanización, surgieron en el territorio mexicano las culturas mesoamericanas, aridoamericanas y oasis-americanas. En la geografía política del actual México emergieron civilizaciones y culturas agrícolas, que domesticaron el genoma de las plantas e inventaron técnicas y tecnologías agrarias que incrementaron notablemente la productividad.

México, denominado también los Estados Unidos Mexicanos, es un país ubicado en la parte meridional de América del Norte. Se define como república democrática, representativa y federal; compuesta por 32 entidades federativas, 31 estados y la capital federal. El territorio mexicano tiene una superficie de 1 964 375 km², por lo que es el decimocuarto país más extenso del mundo y el tercero más grande de América Latina. Limita al norte con la república de los Estados Unidos de Norte América; la frontera se extiende a lo largo de 3155 km. Al sur tiene una frontera de 958 km con Guatemala y 276 km con Belice. Las costas tienen al oeste al océano Pacífico y al este al golfo de México y el mar Caribe; agregándose 9330 km; es, entonces, el tercer país americano con mayor longitud en sus costas. México es el undécimo país más poblado del mundo, con una población estimada en más de 124 millones de habitantes, de acuerdo a cálculos demográficos dados hasta el 2017. La mayoría de la población habla la lengua castellana, llamada también español, junto a 67 lenguas indígenas. En el país se hablan alrededor de 287 idiomas. Tomando en cuenta ciertas características de la población, es el país hispanohablante más poblado, así como el séptimo país con mayor diversidad lingüística en el mundo.

Después de tres siglos de dominación española, se dieron lugar las luchas por la independencia, en 1810. Durante cerca de un siglo el país se vio envuelto en una serie de guerras internas e invasiones extranjeras, que tuvieron repercusiones en la formación histórica-social.

Esta descripción es la de costumbre, la conocida; pero de lo que se trata no es de repetir generalidades, sino encontrar las singularidades, los nudos singulares que hacen al acontecimiento México. Volviendo al escrito citado, se configura este enunciado de esta manera:

Acontecimiento México por atender al acontecer y no a la narrativa retrospectiva, al acontecer de un presente extendido, que actualiza sus planos y espesores de intensidad sedimentados en la geología de la formación social-territorial, inscritos en los cuerpos como huella de la experiencia, guardados en la memoria social. Acontecimiento por abrir un horizonte histórico y cultural en un momento y lugar donde se perdió el viejo mundo, naufragó, y se abrió paso el nuevo mundo, transformando subjetividades, relaciones, estructuras, instituciones, imaginarios. Acontecimiento por acontecer en el ahora, con nuevas composiciones de tejidos sociales complejos, que tampoco son interpretados por las academias, por las vanguardias intelectuales, mucho menos por las interpretaciones oficiales, institucionales y burocráticas. Acontecimiento que bulle en las múltiples resistencias, en distintos planos de intensidad, que aparece actualizando dinámicamente sus sedimentaciones, sus memorias, sus experiencias, en un presente, que nunca es el mismo, sino la singularidad de la coyuntura que combina la complejidad de una determinada manera, propia para el momento. Acontecimiento porque es vida, ciclos vitales, memoria sensible, creatividad permanente. Acontecimiento también porque convoca, solicita a los cuerpos liberarse de las inscripciones del poder, de los fetichismos institucionales, liberar la potencia, actuar, volver a inventar otro mundo, pues el que vivimos ya se ha clausurado[3]

 

Por eso queremos leer el presente, mejor dicho, la coyuntura, a partir de una mirada retrospectiva; es decir, de una manera genealógica. Interpretar la definición electoral, su composición estadística, incluyendo las consecuencias políticas e institucionales, como las relativas al control del Congreso y control de los gobiernos de los estados, es decir, la victoria contundente y arrasadora, como se ha dicho, en los comicios de Manuel López Obrador, se hace posible, desde la perspectiva de una comprensión histórica-política de lo acontecido, a partir de la mirada retrospectiva, que entiende al presente a partir de los espesores y densidades de la coyuntura.

Iniciando el análisis del presente a partir de una mirada retrospectiva, comenzaremos con las descripciones efectuadas, a partir del asombro mediático. Después intentaremos más que remontar, que es un término que supone el paradigma del tiempo, incursionar prospectivamente en los espesores del presente, donde, para decirlo acudiendo al lenguaje acostumbrado, el pasado se actualiza y se proyecta el porvenir.     

 

 

Descripciones mediáticas

 

Las descripciones mediáticas nos muestran el impacto de los eventos, sucesos, hechos, filtrados como noticias, en el registro de los medios de comunicación; registro esquematizado de acuerdo a la clasificación asumida por la comunicación mediática. Si se trata de una valoración sensacional, asombrosa, o, en contraste, intrascendente, ordinaria; si se trata de un hecho abominable, detestable, o, en contraste, apreciable, ejemplar. Por ejemplo, los resultados electorales en México resultan asombrosos, sobre todo porque sobresalen notoriamente, comparándolos con la historia electoral del país. Pero los acontecimientos no son ni asombrosos, ni apreciables, tampoco abominables o cualquier otro adjetivo; los acontecimientos corresponden a las dinámicas complejas e integrales del acontecer, corresponden a multiplicidades de singularidades asociadas en composición descomposición y re-composición, en permanente combinación. El acontecimiento es el devenir.

Las conductas y comportamiento de los pueblos, que están compuestos de multitudes abigarradas; para decirlo esquemáticamente, responden o habitus o a innovaciones. No solamente a mutaciones de conductas, sino también a transformaciones de conductas y comportamientos, que supone rupturas con los habitus. ¿Cuándo acontece esto? Para seguir con la misma exposición ilustrativa, usando figurativamente el esquematismo, cuando la estructura de esquema de comportamientos habituales entra en crisis. Si comparamos los comportamientos de la población votante en las anteriores elecciones, se va a notar que en los recientes comicios el parámetro o el patrón de conducta ha cambiado, incluso se puede decir que ha roto con lo habitual. A pesar de que Manuel López Obrador ya tuvo impactos cuantitativos en las estadísticas electorales, incluso se dice que ganó las anteriores elecciones, empero, esta victoria fue conculcado por un fraude sistemático, además acostumbrado en México, por parte de la clase política. En cualquiera de las alternativas, de todas maneras, en términos de la correlación de fuerzas, la victoria reciente de Juntos Haremos Historia y de Morena es incontestable, contundente, a tal punto que los perdedores se adelantaron a reconocer el triunfo de Manuel López Obrador.

Este cambio de actitud masiva puede explicarse en contextos desafiantes que afronta el pueblo; el genocidio por parte del Estado y de los Cárteles, que han optado por el recurso del terror para imponerse, para implantar, consolidar y extender sus dominaciones perversas. La implosión diferida del Estado-nación, carcomido por extendidas corrosiones institucionales, también inscritas en los hábitos políticos; acompañada por galopantes corrupciones, que forman parte de la economía política del chantaje, extendida e intensificada de manera demoledora en la historia política reciente. La aplicación depravada de políticas neoliberales, que desmontaron las conquistas de la revolución mexicana; primero, de una manera lenta, para ir apresurando sus pasos, luego avanzar de manera descarnada y grotesca. La sumisión desvergonzada de la clase política al imperio del norte, en un país donde su Estado corporativo mantuvo una orgullosa política diplomática internacional. La pauperización de la población a ritmos devastadores, a pesar de lo que muestra la metafísica de las estadísticas sociodemográficas generales, que manejan los organismos internacionales. Hablamos de contextos no solo amenazantes, sino destructivos de la vida humana, incluso en las condiciones circunscritas y estrechas a la que la mantiene el capitalismo dependiente y periférico; hablamos donde la violencia se ensaña con los cuerpos, erigiendo en vez de ciudades vivas, urbes mortuorias, cementerios clandestinos cavados en la premura de la violencia descarnada y el amparo cómplice del Estado, del ejercito y la policía. El descaro de la clase política, su descrédito mayúsculo, el desparpajo grosero del lado oscuro del poder, apañado por el lado luminoso del poder, que se ensaña espantosamente en los feminicidios incrementados, que responden al goce macabro del machismo desmesurado, que tiene no solo miedo a la mujer, sino hasta siente terror ante su presencia vital, fértil y fecunda, que recuerdan a la potencia creativa de la vida. Toda esta decadencia llevada al extremo ha puesto en crisis la estructura de hábitos de la población.  Se trata de una rebelión popular.

Los medios de comunicación, como dijimos, asumen lo que acontece como noticia, información filtrada por la inclinación al sensacionalismo; aunque haya excepciones que confirman la regla, la inclinación generalizada es esta, la de participar en lo que acontece reduciéndolo a interpretaciones mediáticas. Ocurre como si los medios de comunicación actuaran amortiguando los impactos de los sucesos o exaltando sus aspectos más sobresalientes, desde la perspectiva de la noticia. Hay medios de comunicación que ocultan los hechos o los deforman a tal punto de convertirse en contra-información; hay medios que comunican información, pero, la misma, se pierde en un plano sin perspectivas, donde los hechos de toda clase participan en la pantalla y en el audio de la misma manera, como si correspondieran al mismo peso de incidencia. Hay escasos medios de comunicación que se esperan por ser objetivos, dar información imparcial y descriptiva, cuando opinan hacerlo con propiedad; sin embargo, todo queda como un buen registro útil. Si bien no se puede decir que los medios de comunicación están fuera de la realidad, que nada tienen que ver con ella, pues forman parte de la misma, a su manera, lo que se puede decir es que los medios de comunicación ocultan la complejidad, sinónimo de realidad.

Haremos un repaso de algunos manejos mediáticos de los resultados de los comicios en México, no tanto para remarcar puntualmente lo que dijimos, sino para usar las descripciones mediáticas como parte del acontecimiento, la parte reductiva y filtrada del acontecimiento. Los ejemplos que tomamos son de los que podríamos calificar con pretensiones de objetividad y de información, los que ayudan a dibujar descripciones mediáticas de la coyuntura.    

La BBC Mundo se pregunta: ¿Por qué es histórico el triunfo de López Obrador en México? La respuesta es:

Termina con un modelo de gobierno de varias décadas. Proviene de la lucha social; ante todo, es la primera vez que gana las elecciones mexicanas un candidato que se reconoce de izquierda.

Después dice:

AMLO      GETTY IMAGES Andrés Manuel López Obrador es el presidente electo de México.

 

Las largas filas, a veces con cientos de personas en los centros de votación, fueron una primera señal de lo que venía. Pocas veces en México hay comicios tan concurridos. Durante uno de esos momentos, en 2000, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió el poder tras 70 años de gobierno. Fue un momento inédito. Ahora ocurre otro. El candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ganó la elección de 2018.

Anota respecto al comportamiento de los contrincantes lo siguiente:

Con el conteo rápido dándole como ganador y con sus rivales Ricardo Anaya y José Antonio Meade reconociendo su victoria, AMLO llamó a la reconciliación y al combate de la corrupción. “El nuevo proyecto de nación buscará una auténtica democracia y no una dictadura abierta ni encubierta. Los cambios serán profundos, pero con apego al orden legal”. Es la primera vez que en México gana las elecciones un candidato de izquierda. Pero el momento histórico que vive el país no es sólo por eso.

 

Triunfo

El triunfo de AMLO se considera histórico.

 

Cinco minutos después que cerraron los centros de votación, el oficialista Meade reconoció que no había ganado y le deseó éxitos a López Obrador. Casi enseguida hizo lo mismo el otro contendiente, Anaya. Ambos tuvieron un gesto que nunca se había visto en México: no sólo reconocieron su derrota en poco tiempo, sino que además mencionaron el nombre del ganador y le desearon suerte. La única vez que algo parecido ocurrió fue en 2000, cuando el PRI perdió el gobierno por primera vez. En ese momento, casi a la medianoche, el entonces presidente Ernesto Zedillo reconoció la victoria de Vicente Fox. Eso obligó al candidato de su partido, Francisco Labastida, a hacer lo mismo, pero en su discurso dijo que esperaría los resultados finales… Que se conocieron días después.

 

Campaña

AMLO podría ser el presidente con más votos en la historia del país.

 

Hoy el escenario es distinto. El reconocimiento claro de la derrota “no lo había hecho nadie, y nadie es nadie”, dijo el escritor Héctor Aguilar Camín en una mesa de análisis de Televisa. Las formas políticas marcan una historia distinta en el país. Pero no es todo.

Como una de las conclusiones se anota:

Otro elemento son los números. AMLO sería el presidente que cosecha más votos en la historia del país. En la década de los 60 y 70, cuando el PRI ganaba todas las elecciones, sus candidatos presidenciales tenían altos porcentajes de votación. Pero la cantidad de sufragios no era tan grande, en parte porque no existía una cultura de voto. La asistencia a las urnas era escasa. Y también porque ahora la población del país es mayor. Se nota en el número de votantes registrados, más de 89 millones según el Instituto Nacional Electoral (INE).

 

Victoria

La victoria de AMLO pone fin a un modelo de gobierno que prevalecía por lo menos desde 1988.

 

El conteo rápido hecho público por el Instituto Nacional Electoral le daba más de 53% de los votos. Al inicio de la jornada de este domingo se esperaban 53 millones de votos. Fueron varios millones más. Con una participación de alrededor de 63%, votaron unos 56 millones, aunque los datos finales se conocerán a lo largo de la semana.

Otra conclusión es:

La victoria del candidato pone fin a un modelo de gobierno que prevalecía por lo menos desde 1988. A partir de ese año se forjó una especie de alianza de facto entre el PRI y el conservador Partido Acción Nacional (PAN). Muchas de las reformas económicas que se aplican desde entonces surgieron de ese acuerdo. Incluso el PAN gobernó el país entre 2000 y 2012. El cambio de partido no alteró el rumbo de México. Hasta ahora, dice Roy Campos, director de la empresa de opinión pública Consulta Mitofsky. “López Obrador es un personaje que no se explica en el siglo XXI”. “Su campaña fue anti-sistémica, representa el cambio radical, no el cambio de siglas, es algo radical”.

 

Lopez ObradorPara los analistas AMLO representa una nueva forma de hacer política en el país.

 

Representa una nueva forma de hacer política en el país. AMLO es ante todo un luchador social que empezó su carrera en comunidades indígenas en el sureste. Ningún presidente mexicano ha tenido ese perfil. El más cercano fue Lázaro Cárdenas (1934-1940), quien decretó una reforma agraria para repartir tierras a los campesinos. Pero su formación era militar, pues fue general durante la Revolución mexicana. Por eso la victoria de López Obrador es histórica, subraya Roy Campos. “Sí es un gran cambio en México, tal vez el más importante en cien años”.

 

Sobre el perfil del candidato ganador se expone lo siguiente: 

Además de luchador social, López Obrador será el primer presidente elegido habiendo sido postulado por un movimiento de izquierda y que gobernará con esa plataforma[1].

 

Presidente

AMLO será el primer presidente postulado por un movimiento de izquierda.

 

Como descripción de lo acontecido en los recientes comicios de México, Martí Quintana, de eldiario.es, escribe:

 

Andrés Manuel López Obrador logró este domingo una holgada victoria en las elecciones a la Presidencia de México. Dio un histórico giro a la izquierda con más del 50% de los votos -según los primeros datos del órgano electoral -, lo que llevó a sus oponentes a admitir su derrota incluso antes de los resultados oficiales.

“Llamo a todos los mexicanos a la reconciliación y a poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés superior”, apuntó López Obrador en un mensaje tras declararse ganador de la contienda.

De acuerdo con una muestra de unas 7.700 actas de votación del Instituto Nacional Electoral (INE), López Obrador obtuvo entre el 53% y el 53,8% de los votos. Según esos datos, el aspirante del conservador Partido Acción Nacional (PAN), Ricardo Anaya, obtuvo entre el 22,1% y el 22,8% de los sufragios; el candidato del oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, cosechó entre el 15,7% y el 16,3% de los votos; y el independiente Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, entre el 5,3% y el 5,5% de los sufragios[1].

Alonso Urrutia y Ana Langner escriben:

La irrupción de Andrés Manuel López Obrador en las preferencias electorales en el norte y del Bajío, las zonas más conservadoras del país, que en 2006 le cerraron las puertas a la Presidencia, fue un factor clave en la conformación de la arrolladora victoria del domingo. Baja California con 63 por ciento y Sinaloa con 64, son las entidades donde el movimiento lopezobradorista generó mayor atracción.

Un movimiento que no solamente propició victorias holgadas en el Senado y la Cámara de Diputados, sino que arrastró a la coalición Juntos Haremos Historia y a Morena a romper el bipartidismo de estas regiones. La oleada electoral no sólo produjo el triunfo de Morena – con tan sólo cuatro años de creación – en cinco gubernaturas, sino que también le permitirá controlar la mitad de los congresos locales, modificando radicalmente la correlación en este plano estratégico para posibilitar reformas constitucionales[2].

 

La descripción continua con la aseveración sobre el derrumbe de la decadente revolución institucional:

El desastre electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI) podría alcanzar dimensiones bíblicas por la cantidad de derrotas acumuladas – mucho mayores a las de 2000 – del otrora instituto hegemónico: a la pérdida de la Presidencia se suma que su bancada en San Lázaro pasará de 203 a 45 escaños, es decir, 158 menos, y en el Senado se reducirán de 52 a 13, o sea, 39 curules menos. Eso sólo en el plano federal.

En términos porcentuales, su candidato presidencial, José Antonio Meade, alcanzó, según el Programa de Resultados Electorales Preliminares, 7.4 millones de votos. Esto significa que perdió 11.8 millones de sufragios en sólo seis años, equivalente a 63 por ciento de lo alcanzado en 2012 (19.2 millones), cuando el partido regresó al poder.

La derrota alcanza dimensiones de catástrofe en el ámbito estatal: al perder Yucatán, el tricolor ya sólo gobernará 13 entidades. Cuando el PRI cedió por primera vez la Presidencia, en 2000, preservaba 20 gubernaturas, que le permitió contrapesos necesarios con Vicente Fox mediante la creación de la Conferencia Nacional de Gobernadores.

Sin embargo, incluso en las entidades donde mantiene el Poder Ejecutivo, el PRI resentirá la derrota, porque en una importante cantidad perderá el control del Congreso, comenzando por la joya de la corona que aún mantiene: el estado de México. De 25 distritos obtenidos en 2015 (en la entidad natal de Enrique peña Nieto) ahora sólo ganó uno: Valle de Bravo. Es el escenario que enfrentará el gobernador Alfredo del Mazo.

No sólo en el otrora bastión tricolor el gobernador tendrá que lidiar con la mayoría opositora, pues además perdió el control del Congreso en Oaxaca, donde sólo ganó un distrito –frente a 16 que tenía –, para complicación de Alejandro Murat. En Hidalgo, Omar Fayad pasó de tener un legislativo con 10 curules priístas, a un escenario de un solo distrito, y Colima se quedó con sólo dos distritos y conferirá el control a Morena.

En Guerrero el legislativo también estará dominado sustancialmente por la oposición; en Sinaloa sólo ganó tres distritos, escaso respaldo para el gobernador Quirino Ordaz. En Sonora Claudia Pavlovich gobernará con un solo distrito en el Congreso. Menos adverso, pero sin evitar la minoría, en Zacatecas el PRI cederá el control a la oposición.

Del saldo rojo del PRI apenas lograron salvarse algunas entidades, como Campeche, donde el tricolor tendrá presencia importante, pero lidiará con una oposición en conjunto mayoritaria. En suma: de 13 gubernaturas, en ninguna el PRI mantendrá el control absoluto.

La correlación de fuerzas en el ámbito municipal completa el escenario dantesco del PRI: de 24 capitales que estuvieron en juego, el PRI sólo ganó cuatro: Campeche, Oaxaca, Chetumal y Saltillo. Este retroceso en el poder municipal del PRI tiene otra vez en el estado de México una de sus expresiones más agudas, pues Valle de Bravo será ahora uno de los municipios más importantes bajo su gobierno, tras la derrota en Toluca y casi en toda la zona conurbada de la entidad.

La derrota en el plano federal, estatal y municipal constituyen la más grande en la historia del PRI, cuya recuperación será aún más complicada que en 2000 por la pérdida de espacios en los poderes ejecutivos. Un saldo que sólo confirma el consistente declive tricolor desde 2016, poco después de que se conocieron los escándalos de corrupción de la Casablanca y en los gobiernos de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo, principalmente[3].

Sobre lo que podríamos llamar la transición política de gobierno a gobierno, del anterior al nuevo, Alma E. Muñoz y Enrique Méndez escriben:

Andrés Manuel López Obrador dividió anoche su eventual gabinete en cuatro equipos de trabajo para cumplir sus compromisos de campaña, con temas prioritarios como la pacificación del país y el combate a la corrupción.

En una reunión de cuatro horas con casi 50 de sus principales colaboradores, el ganador de la elección presidencial presentó una lista de 35 prioridades, a partir de su proyecto de nación 2018-2024.

López Obrador explicó cuáles son los cuatro grupos, que funcionarán en un esquema similar al que aplicó en Ciudad de México: gobierno, relaciones exteriores y seguridad; hacienda y desarrollo económico; desarrollo social, y comunicaciones, obras públicas y energía.

Quedan conformados por quienes ya ha propuesto para su eventual gabinete – que ratificó íntegro –, así como especialistas y técnicos. Por ejemplo, pidió a Alejandro Solalinde que proponga a quien puede hacerse cargo de la secretaría de derechos humanos, ante la imposibilidad constitucional del sacerdote de asumir esa responsabilidad.

López Obrador informó que este grupo de trabajo, del que no sólo surgirá el gabinete legal, sino también el ampliado, volverá a reunirse este viernes y sábado, y posteriormente sólo cada 15 días.

El equipo diseñará los programas, iniciativas y propuestas de reforma para cumplir lo que se ofreció durante la campaña: acabar con la corrupción, hacer un gobierno austero, sobrio, sin lujos, sin privilegios, liberar los fondos para el desarrollo, rescatar al campo, impulsar actividades productivas, generar empleo, bienestar de la gente, apoyar a las comunidades indígenas, apoyar a los pobres y garantizar la paz y la tranquilidad.

También, explicó uno de los asistentes, reactivar las industrias petrolera y eléctrica, así como echar abajo la reforma educativa[4].

La editorial de La Jornada, del miércoles 4 de julio del año en curso, hace un balance localizado de las elecciones; el titular es En Puebla, una mancha a los comicios; se dice que:

 

El ambiente general de civilidad y paz que se vivió en las elecciones del domingo anterior en la mayor parte del territorio nacional, y la fluidez con la que las autoridades en funciones y las fórmulas perdedoras aceptaron los resultados tiene en Puebla una preocupante excepción.

La jornada comicial se caracterizó en esa entidad por los robos y la quema de urnas, balaceras en varios centros de votación, compra de votos descubierta y evidenciadas y una violencia que dejó cinco muertos el día de la elección.

A diferencia de lo ocurrido en otras entidades, el Instituto Estatal Electoral ha asumido desde entonces una actitud omisa, por decir lo menos, y con un telón de fondo de irregularidades de toda clase documentadas, presentó un Programa de Resultados Electorales Preliminares que contradice frontalmente las encuestas previas a la votación: paradójicamente los resultados oficiales otorgan cuatro puntos de ventaja a la candidata oficialista a la gubernatura, Érika Alonso Hidalgo, esposa del ex gobernador Rafael Moreno Valle, sobre su más cercano competidor, Miguel Barbosa Huerta, postulado por la coalición Juntos Haremos Historia, que reclama el triunfo con la totalidad de las actas.

Llama la atención, por otra parte, la cifra anormalmente alta de sufragios anulados (más de cien mil), que supera el margen de ventaja reclamado por la aspirante de la coalición Por Puebla al Frente sobre su rival más cercano (unos 80 mil sufragios).

Por añadidura, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) reveló ayer que el programa informático utilizado para computar el resultado oficial pudo haber sido cambiado antes de la elección a fin de evadir la validación por instituciones nacionales como la propia UAM.

En estas circunstancias, y con el telón de fondo de movilizaciones de protesta de la oposición, ayer fueron descubiertos en un hotel de la capital poblana cajas y sobres de papelería electoral utilizada durante los comicios – particularmente, actas de casilla – que habrían debido estar bajo resguardo del IEE, lo que generó confrontación, arrestos y, a la postre, la intervención de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales, instancia que asumió el esclarecimiento de los hechos[5].

La redacción de la BBC News Mundo hace un balance de lo acontecido en un artículo que titula

AMLO gana las elecciones: cuánto cambió el mapa electoral de México entre 2012 y 2018; escribe:

 

La salida

 

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Ha sido una transformación drástica. Entre las elecciones presidenciales de 2012 y las de 2018, el mapa político de México cambió en más de un 60%.

El balance es el siguiente:

En 22 de los 32 estados del país, la mayoría de los electores favorecieron a una fuerza política diferente a la que habían apoyado en los comicios anteriores. El cambio más radical tiene que ver con los resultados obtenidos por el hasta ahora oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI) que pasó de haberse impuesto en 2012 en 20 estados a no ganar en ninguno en 2018. El revés ha sido tan grande, que algunos expertos avizoran que este partido, que entre 1929 y el año 2000 fue la fuerza hegemónica en la política mexicana, podría encontrarse en el futuro cercano en vías de extinción. Su candidato presidencial, José Antonio Meade, fue el menos votado en toda la historia del partido. Cosechó un apoyo que apenas llegó al 16%.

Estadistica

 

El PRI no pudo ganar una sola de las nueve gubernaturas que se disputaron el domingo pasado y solo obtuvo el voto de uno de cada cinco electores. Se prevé que en la Cámara de Diputados pasará de ser la primera fuerza a convertirse en la quinta.

Último bastión

Una suerte parecida a la de PRI le tocó al Partido Acción Nacional (PAN), de cuyas filas han salido los dos únicos presidentes no priistas de México (Vicente Fox y Felipe Calderón). Su candidato presidencial, Ricardo Anaya, llegó en segundo lugar en las elecciones del domingo pasado, pero solo consiguió un apoyo de 22,44%, según los resultados preliminares. Menos de la mitad del respaldo logrado por AMLO.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionEl candidato del PAN, Ricardo Anaya, quedó en segundo lugar pero obtuvo menos de la mitad de los votos de López Obrador.

 

En 2012, el PAN fue el partido más votado en cuatro de los 32 estados del país. En 2018, sin embargo, solo obtuvo mayoría en Guanajuato, un estado conservador en el que fue gobernador Vicente Fox y que ha sido considerado como el semillero de votos del PAN desde más de dos décadas. Ahora también es su último bastión.

Ascenso

Pero si unos bajan, otros suben. El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), encabezado por el futuro presidente del país, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien como candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD) pasó de haber triunfado en ocho estados en los comicios de hace seis años a imponerse en 31 de las 32 entidades federales del país.

Meade

Derechos de autor de la imagenREUTERSImage captionJosé Antonio Meade fue el candidato menos votado en la historia del PRI.

 

AMLO ganó las presidenciales con más de 52% de los votos, de acuerdo con los resultados preliminares del Instituto Nacional Electoral. Superó a sus competidores con una muy amplia ventaja en, al menos, 13 estados en los que recabó más de 60% de los apoyos totales. De acuerdo con estimaciones de la encuestadora Consulta Mitofsky Morena y sus aliados también podrán disponer de una mayoría tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Por lo que no solamente tendrían en sus filas al nuevo Jefe de Estado sino también una fuerza parlamentaria con fuerza para apoyar su agenda política[1].

Lo que destaca en la información transmitida es la arrasadora victoria de Manuel López Obrador, que es definida como victoria de la izquierda, hasta de una izquierda inédita. En términos de descripción de lo acontecido, teniendo en cuenta los alcances de la victoria electoral, sobresale la aplastante victoria en los estados, controlando los gobiernos de los estados, además del control del Congreso. Lo que coloca a Juntos Haremos Historia en una posición de definir políticas en tanto mayoría. Una particularidad que llama la atención es la alianza entre Morena y un sector conservador, que buscan hacer juntos historia. Todo esto convierte a lo ocurrido en un evento sobresaliente, que irrumpe en los escenarios políticos, que eran monopolizados por la rutina del bipartidismo del PRI y del PAN. 

Sin embargo, el mundo efectivo no se reduce al mundo mediático; el acontecer del mundo efectivo no se circunscribe al acontecer mediático, noticiero, al mundo de la información, incluso por más objetiva que pueda ser, considerando las excepciones en la regla. El mundo efectivo se mueve por dinamicas de fuerzas, por corporeidades y territorialidades atravesadas por fuerzas concurrentes; los entramados de fuerzas, que se mueven en distintos espesores y planos de intensidad, conforman recortes de realidad locales, nacionales, regionales y mundiales. Usando la metáfora de las narrativas, los desenlaces se definen por correlaciones de fuerzas. La victoria de Juntos Haremos Historia es una victoria electoral; la formación histórica-cultural-social mexicana no ha cambiado por esta victoria, menos las estructuras y los diagramas de poder. La victoria electoral de Manuel López Obrador manifiesta un cambio en el comportamiento y conductas populares. ¿Es este el comienzo de un cambio mayor o de secuencias de cambios mayares? Esta es la pregunta. A la luz de las historias políticas modernas, sobre todo de las llamadas revoluciones, vemos que todavía no se puede hablar de revolución; pero, incluso, los desenlaces de las revoluciones nos dejan la enseñanza paradójica que las revoluciones cambian el mundo y después se hunden en sus contradicciones, restauran el poder en otras versiones. Es más, la historia reciente política de los llamados “gobiernos progresistas” en Sud América nos muestra la repentina regresión, incluso la abrupta decadencia. Con esto no se dice que va a ocurrir lo mismo con Juntos Haremos Historia; no se puede generalizar y hacer compartir a la novedad política de izquierda mexicana el mismo patrón de proceso político y sus desenlaces. Empero, otra pregunta, a propósito, es pertinente: ¿de qué depende que no ocurra lo mismo? Ciertamente, estas preguntas, no pueden desechar lo ocurrido, ni desvalorizarlo. El cambio de actitud masivo en los comicios es ya una ruptura con el habitus. Pero no es revolución, en el sentido de transformación; mucho menos equivale a salir del círculo vicioso del poder. Se está todavía dentro de este círculo; Para salir del mismo hace falta deconstruir la ideología, desmantelar las máquinas de poder, diseminar las mallas institucionales.

 

 

 

 

 

 

 

Mirada retrospectiva

En México: intensidades sociales y territoriales, escribimos:

Desde el arribo de las carabelas a la isla La Española hasta la toma de Tenochtitlán pasa un poco más de cuarto de siglo. El aparato militar, jurídico, administrativo y religioso de la Corona tiene tiempo para preparar el largo proceso de conquista del continente de Abya Yala. De entrar en contacto con los señoríos, de conformar alianzas con algunos, enfrentándose con otros.  La entrada a Tenochtitlán no la efectúan solos los españoles, lo hacen acompañados con sus aliados nativos. Los españoles hacen política, en sentido reducido, formal, institucional, conspirativo, a la manera como describe la actividad política de su tiempo Nicolás Maquiavelo; empleando astucias y destrezas negociadoras, formando alianzas, para contrarrestar las alianzas de la Triple Alianza. ¿Cómo explicar que después de la derrota española en la Noche Triste, vuelvan con más bríos y terminen venciendo? ¿La explicación se encuentra en la diferencia técnica militar? ¿La explicación se encuentra en el derrumbe de la Triple Alianza, por lo tanto, en que los españoles cuentan con aliados nativos?

Nuestra hipótesis interpretativa se inclina por la segunda alternativa. Una conquista, una victoria, la dominación consecuente, no se da sólo con las fortalezas de un lado, el lado que va resultar vencedor, sino con las debilidades, las fisuras, los quiebres, al final, el derrumbe del otro lado, los derrotados. ¿A los señoríos de la Triple Alianza les ha faltado lo que les sobraba a los españoles, el uso de la política, al estilo que describe Maquiavelo?  No estamos de acuerdo con la tesis de Tzvetan Todorov[2], por cierto, metafórica e ilustrativa, de que mientras los nativos veían, en los españoles, a dioses, los españoles veían a los nativos como subhumanos. La interpretación que se acerca de Tzvetan Todorov a la hipótesis que manejamos es cuando dice que los españoles, después de Cristóbal Colón, usaban el lenguaje para mentir, es decir, para desplegar astucias y conspiraciones, en tanto que los nativos usaban el lenguaje mágicamente. Sin embargo, no es del todo convincente esta figura, esta interpretación, que no deja de ser metafórica, pues no se enfrentan inocentes a villanos, aunque los españoles más se acerquen a este perfil; no se enfrentan el buen salvaje, tal como lo concibe Rousseau, y hombres perversos de la civilización “occidental”, aunque estos contrastes arrojen ciertas analogías con la historia efectiva. La hipótesis interpretativa, que parece más plausible, sin descartar la combinación con otras hipótesis, parece ser que la diferencia se marca por este uso de la política, en el sentido que describe Maquiavelo, que es lo mismo que decir, que no se hace política, sino una anti-política, ahora entendiendo la política en el sentido de Rancière; es decir como democracia, como suspensión de los mecanismos de dominación[3].

La victoria la logran los españoles por el uso de la política, al estilo descrito por Maquiavelo, combinando fuerza y fortuna, violencia y consenso, si es que se puede hablar de consenso, en este caso, y no, más bien de alianzas, que parece más conveniente. El no haber mantenido la unidad de los señoríos nativos, es más, la unidad de los pueblos nativos, es lo que da la victoria a los españoles y lleva a la derrota a los nativos. La responsabilidad de la conquista recae en los aliados nativos de los españoles, en los que llamaremos los colaboracionistas. No hay victoria de un lado sin cómplices del otro lado.

Esta parece ser una de las explicaciones no sólo de la conquista de México sino también de la conquista del Perú; quizás también de la conquista de todo el continente de Abya Yala por parte de los europeos. Por otra parte, este parece ser el drama de los países de América Latina y el Caribe, que después de la conquista y la colonización, se rinden a los imperialismos capitalistas sucesivos, contando, claro está, también en estos casos, con colaboradores[4].   

 

Así como se habla de momentos constitutivos se puede hablar, en contraste, de momentos des-constitutivos. En este sentido podemos decir que la historia de la llamada América Latina y el Caribe esta iniciada y rene-iniciada por momentos des-constitutivos. Los momentos des-constitutivos se dan precisamente en las complicidades y concomitancias con los conquistadores. Cuando se rompe la unidad y la cohesión de las confederaciones de naciones y pueblos de Abya Yala, cuando se conforman alianzas con los invasores, cuando se invade y se conquista las metrópolis nativas con huestes de poblaciones indígenas. Cuando se da lugar, usando la metáfora de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, el mal de la Malinche. Primero ocurrió con las oleadas de conquistadores, después aconteció con las oleadas de colonización; para continuar con las irradiaciones de la revolución industrial; se desamarró el tejido social, usando los hilos para formar otras texturas con otros diseños, que no son propios ni se los controla. El control de estas otras texturas cae en manos foráneas; las mismas que son incomprensibles para propios y extraños; sin embargo, son útiles para la externalización de las riquezas.

¿Cómo acontece esta larga historia de des-constituciones? ¿Es la derrota la que las provoca? Siguiendo la dirección de la pregunta: ¿Es la frustración? Adquiriendo un tono filosófico: ¿Es la consciencia desdichada? ¿Ocurre cuando se deja de tener confianza en las propias fuerzas? Tomando un tono cultural: ¿Acontece cuando se interpreta lo que ocurre como una condena, como una fatalidad, como un destino asignado, incluso como castigo, por haber olvidado a los dioses? ¿O, mas bien, la des-constitución acontece cuando la constitución social y subjetiva se encuentra en crisis, cuando se ha deshilvanado el tejido social, cuando las mallas institucionales no logran sostenerse ante el embate demoledor? Las oleadas de conquistas y las oleadas de colonización aparecen demoledoramente, destruyendo civilizaciones, culturas, mallas institucionales, armaduras simbólicas, estructuras sociales y subjetivas. ¿Estos acontecimientos, la conquista y la colonización, han sido tan demoledores que ante su desplazamiento destructivo no se pudo oponer bloques histórico-políticos-culturales? ¿Después de esta desconstitución inicial, la actitud des-constitutiva se convirtió en práctica, en costumbre, en hábito, de tal manera que se desenvolvieron las siguientes des-constituciones como recomienzos de la misma trama, la de la subalternización, y sus desenlaces, que prepara los desenlaces dramáticos de la sumisión?  Estas son preguntas que requieren ser respondidas, por lo menos inquiridas; buscar sus respuestas; no ocultar las cuestionantes. Al evadirlas, encubrimos los decursos del nihilismo en el continente.

Haremos una incursión retrospectiva, situándonos en uno de los nacimientos de la política en el continente. Esta incursión prospectiva en los espesores del presente acude al libro de Rina Roux, El príncipe mestizo, donde se expone la interpretación donde se interpreta el nacimiento barroco de la república en el continente. En México, intensidades sociales y territoriales, escribimos: 

Comencemos con un primer planteamiento, un primer desplazamiento en relación a las teorías generales del Estado. Lo que mueve a hombres y mujeres involucrados en las acciones sociales y políticas no son grandes ideales, ni tampoco teorías. Estas sirven a veces a los historiadores y narradores para explicar los hechos, como si los eventos hubieran sido el resultado de gigantescas deliberaciones. Quizás se pueda decir que mueven a los ideólogos, pero no se pude decir lo mismo o que concurra de la misma manera con las masas y las multitudes, aunque estas terminen apoderándose de las ideas y de las teorías. Lo que mueve a las masas, a las multitudes, a los múltiples sujetos involucrados en las acciones sociales y políticas son sus propias subjetividades, las percepciones del momento, el manejo del imaginario en la coyuntura de la crisis, los símbolos a su alcance, las demandas, las reivindicaciones, las esperanzas y las expectativas guardadas con cierta añoranza en algún lugar afectivo del cuerpo, en algún lugar del cuerpo donde guarece y funciona la intuición colectiva, también en otro lugar donde se genera la síntesis intelectiva de la emociones, sensaciones e intuiciones colectivas. Estas subjetividades, estos habitus o, en su caso, estos desplazamientos de los habitus, que pueden dar lugar a la invención de nuevos habitus, tienen que ver con ámbitos de relaciones, estructuras constituidas y, en el caso que nos ocupa, tiene que ver con estructuras en crisis. También tiene que ver con el referente de instituciones de los entornos familiares, del trabajo y de la vida cotidiana. Ahora bien, estos ámbitos de relaciones y prácticas tienen su propio devenir, corresponden a sus propias historias y memorias, lo que tiene que ver con estructuras de larga duración. Hay que buscar en la historia heterogénea la manifestación de estas estructuras de larga duración.

 

Revisando la historia de México, Rhina Roux encuentra que estas estructuras de larga duración se constituyen durante la colonia, en lo que podríamos llamar la modernidad barroca que se conforma con la colonización y la colonialidad española. Los pueblos indígenas no desaparecieron, al contrario, se replantearon, usando las leyes y las instituciones coloniales, conformando espacios desde donde se gestó la resistencia. Los pueblos indígenas se re-territorializaron en el marco de la Ley de Indias y del contractualismo español, que data del contractualismo medioeval, basado en teorías aristotélicas y tomistas. La particularidad de este contractualismo es que su legitimidad se basa en el reconocimiento de la comunidad de bienes y en el pacto del monarca con las comunidades, un pacto mando-obediencia basado en la garantía de justicia. No un pacto de individuos abstractos que delegan el poder y la representación, como el caso del contractualismo liberal, sino un pacto corporativo. En este contexto las comunidades indígenas han podido exigir el cumplimiento del pacto y enfrentarse con las autoridades locales que no cumplían con el mandato.

 

Después de la independencia se vivió un periodo turbulento y convulsionado, los liberales querían construir un Estado moderno al estilo de las repúblicas liberales, para lograr esto tenían que hacer desaparecer a los pueblos, afincados en tradiciones agrarias comunitarias. Ante estos intentos liberales de constituir una comunidad de dinero, descartando la comunidad de bienes, ante el proyecto de construir un Estado sobre la base de relaciones de individuos abstractos, desechando las relaciones complementarias de comunidades concretas, relaciones corporativas, estalló el conflicto en un espacio fragmentado por poderes locales; los caudillos configuraron un periodo de rebeliones múltiples, que atravesaron el país amenazadoramente. Los caudillos mediaban las demandas agrarias de los pueblos con el gobierno central.

 

Los liberales trataron de imponer una marcha ilusoria hacia la comunidad de dinero, que es la comunidad imaginada que sostiene la república liberal, basada en las relaciones contractuales de individuos abstractos, basadas en relaciones de cambio que suponen el reconocimiento jurídico de la condición de hombres libres y el respeto inalienable de la propiedad privada. Esta ilusión no era otra cosa que la imagen legitimadora de un país dominado por empresarios; para la consecución de este objetivo se debía privatizar la tierra. No pudieron los liberales, en sus distintas versiones, lograr este objetivo. El país agrario resistió y se lanzó a la revolución, recuperó la comunidad de bienes, de los valores colectivos, la concepción de inalienabilidad de la tierra como bien colectivo y de la nación, no sujeta a la mercantilización, por lo menos en lo que respecta al ejido y a la propiedad del subsuelo, propiedad primordial que fue recuperada por Lázaro Cárdenas de la vorágine de las empresas petroleras trasnacionales[5]

 

Uno de los nacimientos de la política tiene que ver con su forma barroca de nacer; de los derechos que se supone no son exactamente los derechos civiles y políticos, los derechos individuales, sino los derechos colectivos, aunque estén en su concepción corporativa. Ocurre como si el discurso jurídico-político no pudiera hacer desaparecer una tradición lograda por la correlación de fuerzas, que, en vez de resultar en una victoria definitiva de la modernidad liberal, se logre más bien una coexistencia con lo institucionalizado en la modernidad barroca, anterior a la revolución industrial. Esto también implica que los “vencedores” no habrían vencido completamente, sino que, mas bien, se han visto obligados a pactar. Por eso, se puede decir que los Estado-nación responden efectivamente a los pactos entre fuerzas concurrentes, aunque se muestren puros y abstractos en el discurso jurídico-político. Tampoco los “vencidos” habrían sido “vencidos” claramente, sino que preservan derechos en los pactos alcanzados y en la conformación corporativa del Estado liberal.

La exposición en el libro citado continúa:

Los liberales querían una república de empresarios, los conservadores conservar las tradiciones, que para ellos quería decir conservar sus privilegios, sus latifundios y el monopolio del poder. Ambos se enfrentaron a la revolución agraria campesina del sur y de pequeños rancheros del norte, no pudieron imponer sus sueños de poder, la revolución agraria develó una verdad profunda, México no se podía construir sin los pueblos agrarios, tampoco sin los trabajadores. Lo que aconteció después es precisamente esto, la restitución del pacto corporativo actualizado y adecuado a las nuevas condiciones de la correlación de fuerzas que impuso la revolución. Ya el periodo del porfiriato tuvo que realizarse a través de acuerdos y concesiones con las comunidades agrarias, lo que Rhina Roux llama “la existencia de un entramado de fidelidades y derechos corporativos”[6].   

    

Durante el proceso de la revolución mexicana se recurre a este contractualismo corporativo, actualizándolo para resolver las diferencias y contradicciones inherentes al proceso revolucionario. Se pacta entre los distintos actores de la revolución, se pacta entre el programa agrarista y comunitario de Emiliano Zapata, el Plan de Ayala, y la perspectiva de los pequeños rancheros del norte, que proponían una reforma agraria de reparto de tierras de forma individual, también se termina pactando con la concepción de Carranza que defendía a las grandes propiedades. El pacto se resuelve en la constitucionalización del ejido. Siendo la tierra patrimonio de la comunidad nacional, se concede la tierra por parte del Estado, empero esta no es susceptible de mercantilización, como hubieran querido los liberales consumados[7].

 

  

 

La revolución agraria también culmina con pactos. El Estado-nación, que se había circunscrito en los límites del discurso jurídico-político, que se convierte efectivamente en Estado-nación institucionalizado, que adquiere las dimensiones histórico-políticas, se realiza como príncipe mestizo, como Estado-nación mestizo, se puede decir como Estado corporativo popular. La revolución agraria se institucionaliza, así también lo nacional-popular, al mismo tiempo se institucionalizan los privilegios preservados de terratenientes, aunque acotados, y de los empresarios. La naciones y pueblos indígenas son invisibilizados, aunque retomados y mediatizados por las políticas indigenistas el Estado. Este es el substrato histórico-político del Estado-nación mexicano del largo siglo XX.

En el devenir de la historia larga es el ciclo revolucionario y post-revolucionario, que comprende al gobierno de Lázaro Cárdenas, el que adquiere un carácter constitutivo el Estado mexicano. Es en este ciclo donde la potencia social de clases subalternas tiene efecto estatal, arrinconando a las clases económicamente dominantes. En los ciclos políticos posteriores se va a notar un cambio, las clases subalternas pierden peso en tanto efecto estatal. El nuevo campo económico, la recomposición de las clases económicamente dominantes, contando con los nuevos ricos y las nuevas élites, van adecuarse al Estado corporativo y a sus instituciones, aprendiendo a usarlas en beneficio de sus propios intereses. El Estado corporativo se institucionaliza, cristalizando sus estructuras y formas de organización, también se avanza en el monopolio de la representación; de la pugna de los caudillos en el ejército se pasa a la solución de las tensiones de las tendencias en el seno del partido. El partido sufre cambio de nombres, que expresan modificaciones en sus composiciones; del Partido de la Revolución Nacional (PRN) se pasa al Partido de la Revolución Mexicana (PRM), que es el partido que funda Lázaro Cárdenas, y así se llega al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que va perdurar por décadas en el gobierno, dando lugar a la figura Estado-partido, donde la organización del partido coincide con el Estado mismo.

El pacto corporativo sostiene una especie de paz prolongada mientras no se cuestionen los fundamentos del mismo pacto. Esto, el cuestionamiento de los fundamentos del Estado, el cuestionamiento del pacto corporativo, vuelve a ocurrir cuando el propio PRI se vuelve un instrumento de la aplicación del proyecto neoliberal, en el contexto mundial de la llamada globalización privatizadora. Un nuevo intento de modernización a escala de las grandes empresas trasnacionales, un nuevo intento privatizador en el contexto de la crisis estructural del capitalismo, manifestada como crisis financiera. El PRI particularmente materializa este proyecto en sus últimos gobiernos, antes de que el PAN gane las elecciones el 2 de julio del 2000, con Vicente Fox a la presidencia; sobre todo efectúa el proyecto privatizador después de la crisis estatal y política provocada por la guerrilla zapatista el 1 de enero de 1994, cuando un contingente de indígenas mayas armados ocuparon varias cabeceras municipales el mismo día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte; esto acontecía durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, desestabilizando el sistema político mexicano[8].

La forma de gubernamentalidad corporativa institucionaliza la revolución agraria, otorgando forma, contenido y expresión al Estado-nación. La forma del Estado mestizo adquiere una forma republicana en una configuración jurídico-política federal; el contenido, como dijimos es corporativo, cuyo sustento son los pactos logrados; la expresión es nacional-popular, teniendo como telon de fondo al indigenismo institucionalizado como política de Estado. Se puede decir que la revolución institucionalizada, la revolución cristalizada en las mallas institucionales, es el ejercicio mismo del poder pactado, logrando la hegemonía política corporativa por más de medio siglo. El Partido Revolucionario Institucional encarna esta hegemonía convirtiendo al partido en el Estado; la identificación del partido con el Estado es tan fuerte que es impensable el ejercicio de la política institucional al margen del PRI. Esta expansión del partido alcanza también a la sociedad, por lo menos a la sociedad organizada en sindicatos.  La central sindical y nacional de los trabajadores forma parte de la composición misma del partido y del Estado. Como órgano de poder estatal se encuentra la organización sindical; obviamente no como poder dual sino como parte misma indisoluble del poder.

La forma de gubernamentalidad corporativa entra en crisis. Se puede decir que la crisis tiene varios desencadenantes; uno de ellos, no el principal, sino, si se quiere, esperado, tiene que ver con el desgaste del ciclo del Estado corporativo. Pero esto ocurre con toda forma de gubernamentalidad, la misma que es sometida a la curvatura de su ciclo. Otro factor desencadenante tiene que ver con los límites mismos del Estado corporativo; el Estado de los pactos, la gobernabilidad lograda por los pactos alcanzados, metafóricamente, el príncipe mestizo, no abarca la complejidad de la sociedad alterativa, sustrato de la sociedad institucionalizada. Puede lograr el control de espacios estratégicos, convertido en centro gravitatorio de la sociedad misma; empero este control no es completo, tampoco duradero; en consecuencia, las dinámicas sociales tienden a desbordarlo. Por más corporativos que hayan sido los pactos, por más extensión que hayan alcanzado, logrando comprometer a las “clases sociales” en la reproducción corporativa del Estado, no son dispositivos para garantizar el cumplimiento de la promesa, sino, mas bien, son dispositivos para garantizar la reproducción del poder, en las condiciones pactadas. Tarde o temprano se hace patente la diferencia entre la ideología estatal y la desigualdad social, se hace evidente el monopolio de la política, que acompaña a la restauración de los monopolios de la tierra y la concentración de la riqueza. Lo que es más abrumador, a partir de un determinado momento, el lado oscuro del poder invade el lado luminoso del poder, lo atraviesa y lo termina controlando. El funcionamiento estatal sobresale por la desbordante corrosión institucional y la galopante corrupción.  

Ocurre como si el Estado corporativo, atrapado en sus propios límites, imposibilitado de mutar y transformarse debido a su propia estructura, arquitectura, composición jurídica, política e institucional, se inflamara, adquiriendo dimensiones hipertróficas y dolorosas. La inflamación es dolorosa y pestilente; no solo la corrosión institucional y la corrupción alteran el funcionamiento estatal, sino que la economía política del chantaje se convierte en la lógica del funcionamiento del poder. No solo el lado oscuro del poder invade al lado luminoso del poder, sino que también el lado oscuro de la economía invade, atraviesa y termina controlando al lado luminoso de la economía. A partir de un momento las economías políticas del narcotráfico se convierten en los ejes dominantes del funcionamiento económico, de la economía nacional. Es cuando el Estado corporativo se ha convertido en máscara del funcionamiento de las formas paralelas del poder y de las formas sumergidas de la economía. La sociedad, entonces, termina siendo rehén del terrorismo de Estado, pero de un Estado que efectivamente ya no es corporativo sino es el Estado usado como instrumento de los carteles.

El tercer factor desencadenante es el desborde social. Cuando la crisis estalla, es decir, cuando la sociedad desborda al Estado, que supone el desborde de la sociedad alterativa, substrato de la sociedad institucionalizada,  cuando las mallas institucionales se encuentran rebasadas, se desatan las movilizaciones sociales, que pueden comenzar con demandas, para convertirlas en reivindicaciones, en pliegos petitorios y agendas sociales y políticas, que pueden evolucionar hasta levantamientos, rebeliones, incluso revoluciones sociales, el desborde social pone en cuestión no solo la legitimidad del Estado sino incluso su existencia. En la historia reciente, se puede comenzar a datar la nueva generación de movimientos sociales con el levantamiento zapatista de 1994. Vamos a hacer un seguimiento a la movilización social que concurre desde 1994; lo haremos en forma de cronograma y de una manera sucinta. Se trata de mostrar los síntomas de la crisis múltiple del Estado-nación que se expresan en los términos de la movilización social. Recurriremos para esto a parte del cronograma que presenta Raquel Gutiérrez Aguilar en su análisis de la historia reciente y las coyunturas álgidas que se suceden.

Cronograma de la movilización social en la historia reciente

1994

 

Alzamiento zapatista, movilización urbana en torno a las demandas planteadas por las comunidades indígenas de Chiapas en estado de rebelión. Lucha generalizada contra la represión y por los derechos de los pueblos indígenas. Lucha local que, sin embargo, logró una amplia resonancia a nivel nacional e internacional. Con ella se fisuró más explícitamente la antigua tradición de lucha guiada por establecer demandas al Estado o por disputar su ocupación. A partir de sus esfuerzos se han ido abriendo nuevas perspectivas políticas.

 

1999

 

Huelga de la UNAM-CGH. No a las cuotas y reapropiación temporal del espacio público por la comunidad estudiantil. Se exhibió que no había confianza alguna en la negociación. Ejercicio masivo de impugnación a la prerrogativa de decidir e imponer por parte del Estado. Articulación amplia en torno al rechazo a los planes de la Rectoría y desconcierto sobre las vías para continuar.

 

2001-2003

 

Levantamiento del pueblo de Atenco contra el despojo de sus territorios. En estos años se generalizaron diversas luchas locales contra variadas acciones de despojo. Unas exitosas, otras no tanto. Sin duda, la más conocida e importante es la de Atenco. Fundación de los Caracoles Zapatistas. Lucha eminentemente local que, sin embargo, bloqueó la alianza Fox-Montiel, que daba sustento económico a la transición electoral. Esta lucha se inscribe en la nueva tradición que desconoce la prerrogativa de mando político a los gobernantes. Notable ejercicio de construcción de autonomía y autogobierno, completamente por fuera de la anterior tradición de lucha anclada en el demandacionismo y la exigencia al Estado.

 

 

2006

 

VI Declaración de la Selva Lacandona y comienzo de La otra campaña. Tendencial apertura de espacios de conocimiento mutuo y deliberación entre diversos movimientos y colectivos locales. Represión brutal a militantes de La otra campaña en Atenco en mayo de 2006, después de que ésta llegó al D.F. Trastrocamiento del anterior límite moral para el ejercicio de la represión: ocupación militar del pueblo de Atenco. Esta ha sido la mayor iniciativa de visibilizar y expandir la nueva tradición de lucha, autónoma y no demandante al Estado, que ha ido naciendo en la multiplicidad de luchas particulares contra los variados agravios de corporaciones y gobernantes en el marco de la ofensiva privatizadora y excluyente emprendida por los gobiernos federal y estatales.

 

 

 

2006

 

Levantamiento de los pueblos de Oaxaca para frenar los abusos y prepotencia del gobierno de Ulises Ruíz. Búsqueda de democratización popular desde abajo de la vida pública bajo la perspectiva del desconocimiento del mandato de un mal gobernante. También puede leerse la más amplia consigna articuladora del movimiento, como la aspiración a democratizar la vida política mediante la participación directa de la sociedad en la toma de las decisiones más importantes sobre los asuntos públicos, afianzando el derecho a revocar del mando político a los malos funcionarios. Lucha popular contra el fraude electoral, que fue conducida a la derrota por los dirigentes políticos del movimiento. Se inscribió en las viejas tradiciones de lucha, negociadoras y demandantes de solución a las instituciones formales de la república. Lucha regional con importante resonancia en otros lugares de la República. Quizá el miedo a la lucha de Oaxaca fue uno de los más potentes elementos para que las élites económicas y políticas se articularan en la alianza que organizó el golpe de estado de 2006. Movilización localizada en la ciudad de México, aunque con capacidad de conmover al conjunto de la nación.

 

 

2007-2008-2009

 

Fundación del municipio autónomo de San Juan Copala, como esfuerzo común de autodefensa y autogobierno local. Este esfuerzo autónomo – al menos la primera fase – parece haber concluido en 2010 tras una violentísima represión y ocupación militar del municipio. Tímidas luchas contra la privatización del petróleo y contra el desmantelamiento de la empresa LyFC. Lucha local con amplia resonancia nacional, que se enlaza en la perspectiva de la nueva tradición de lucha. Los ciudadanos se asumen como mandantes, aún si en ocasiones dialogan con funcionarios públicos. Luchas nacionales y/o regionales amplias, aunque circunscritas al regateo sobre los peores efectos de las decisiones gubernamentales sobre asuntos públicos de gran relevancia económica y política. Demandacionismo, antidemocracia y negociación secreta como rasgos principales, y, lo peor de la herencia de la antigua tradición de lucha[9].

Se puede decir que el horizonte histórico-político-cultural abierto por el levantamiento indígena maya y zapatista, que es descolonizador, autonomista, auto-determinante, auto-convocativo y autogestionario, no es recogido o retomado completamente por las otras movilizaciones sociales, que todavía se debaten entre los límites de la demanda o, en su caso, sin lograr salir de los dilemas y contradicciones de las tradiciones corporativas, representativas y delegativas de la vieja izquierda. Por eso, en México, intensidades sociales y territoriales, planteamos en una de las conclusiones que:

 

En conclusión, el perfil de la tradición autónoma, auto-determinante, auto-convocativa de la interpelación social y de las luchas colectivas y comunitarias, no logra plasmarse en un estilo de vida que contenga un estilo político emancipatorio y libertario de incidencia transformativa en la sociedad[10].

 

 

La interpretación de lo acontecido, de los dilemas y contradicciones manifiestas en la acción social, la expusimos en forma de hipótesis ácratas:

 

  1. Creer que una expresión vale por su forma discursiva, mejor si es avalada por la institución académica, o el prejuicio de la formalidad, no es más que manifestar el apego conservador a los buenos modales.

 

  1. Una expresión cualquiera vale por lo que contiene, lo que contiene de experiencia condensada, lo que contiene como memoria condensada, vale por su capacidad de alterar el orden, que no es otra cosa que el orden del poder.

 

 

  1. Las manifestaciones y recorridos ácratas han abierto y abren horizontes más allá del bien y el mal, más allá de la moralidad, que no es más que un prejuicio conservador, incluso persistente en los “revolucionarios”, más allá del fetiche institucional, del fetiche del poder. Estos horizontes no necesariamente tienen que ser dichos, señalados, como las orientaciones en una carretera o autopista. Pueden serlo o no serlo, lo importante es que son abiertos, desplazados, vislumbrados, por las vivencias colectivas y sociales de las rebeliones.

 

  1. Si hay algo que nos ha seducido y seduce a los hombres y mujeres, a todas las subjetividades diversas, de Abya y Yala, quizás del mundo, es el perfil transgresor del estilo cultural mexicano. Del comportamiento cultural, emitido en los efluvios de la piel. Es la intensidad como se vive. Lo que nos atrae es esa apuesta ultimatista – usemos esta palabra para ilustrar lo que queremos decir – de o todo o nada, expresada en los actos, mejor si los vislumbramos en su detalle, es su ubicación local, fugaz, en temas que son propios de la cotidianidad y de la subjetividad; entonces lo que seduce es esa entrega intensa al instante.

 

 

  1. La mexicana, el mexicano, en su comunión cotidiana, nunca ha dejado de rebelarse. Sólo que ha dejado que esas esferas distantes del escenario y el teatro político queden a cargo de sujetos paranoicos, enamorados de sí mismos, atrapados en el placer barato del dinero y de los reconocimientos forzados, plasmados en tarjetas y publicidades. No olvidemos que Emiliano Zapata y Pancho Villa, después de tomar el DF se retiraron. No había ahí algo por lo que valga la pena quedarse. Esta es la misma actitud de las comunidades zapatistas. Como dice John Hollowey, no se trata de tomar el poder, sino de cambiar el mundo. Ya debemos aprender que tomando el poder no se cambia el mundo sino se lo reproduce en sus peores pesadillas.

 

  1. Lo mejor de esta generación de luchas, que arrancan en 1994 con la insurrección armada indígena de la selva lacandona, llegando a la movilización prolongada de Bolivia, 2000-2005, es indudablemente el gesto, la elocuencia, la autonomía y auto-determinación de las comunidades zapatistas. Estas comunidades escaparon de la seducción del poder. Incursionan el camino de la autodeterminación, autogobierno y autonomía comunitaria, patentizando, que lo efectivo es la creatividad de las dinámicas sociales, lo político, es decir, lo democrático; que lo efectivo es el consenso colectivo, dejando a un lado las delegaciones y representaciones, aunque se las tenga que usar provisionalmente. Lastimosamente otras experiencias de luchas, que se dieron en este contexto temporal, terminaron seducidas y atrapadas en el drama corrosivo del poder.

 

 

  1. Que los zapatistas no hayan tomado el poder no es un criterio para devaluar, de una u otra manera, su propuesta política. Al contrario, es un claro ejemplo de que por ahí no hay que ir. Lo único que tenemos, entre otras experiencias, los y las que participamos en esta generación de luchas, es esta persistencia comunitaria y autonómica de la Selva Lacandona. La siguiente generación de luchas, que ya se ha manifestado, en la explosión joven por la educación pública, por el pasaje libre, contra la expropiación de la alegría del deporte, por la recuperación de lo común contra lo público y lo privado, tiene en el ejemplo zapatista el referente de lo posible. Se disponen con las poses transgresoras e irreverente como atentados a lo prohibido, impuesto por el realismo político.

 

  1. No hay pues asidero para un balance pesimista. Las estructuras dominantes en el país y en el mundo no han vencido, como dice Silvia Rivera Cusicanqui en su libro Dominados, pero no vencidos, sino que se esfuerzan continuamente por convencer que están ahí dominando porque les corresponde. Este esfuerzo es la muestra de su debilidad, de su insostenibilidad. Requieren de la violencia sistemática, abierta o encubierta, para mantenerse. El pueblo, para hablar en la tradición rousseauniana, no necesita hacer esfuerzos, es espontaneo y sencillo; aunque ha terminado de creer en la narrativa del poder. Lo que no se dan cuenta los dominantes y dominados es que los dominantes siempre fueron vencidos por los avatares de la historia, en los ciclos de sus estructuras de larga duración, pues no pueden persistir naturalmente, sino mediante el uso descomunal de la violencia.

 

 

  1. De qué se trata. Es cuestión de que los pueblos del mundo decidan no jugar el juego dominante, no seguir sus reglas; retirarse de un juego aburrido, dejando caer el castillo de naipes, optando por el juego lúdico de la creatividad, de alegría, de la espontaneidad de las asociaciones dúctiles, plásticas, dinámicas, que ayudan a complementarse.

 

  1. Otro problema radica entonces en cómo se lee la historia. Siendo la historia un relato del poder, hay vencedores y vencidos. La narrativa se concentra en las tragedias y dramas del poder, olvidando, dejando en la sombra, a las innumerables multitudes que realizan su potencia social cotidianamente. Olvidemos lo que hacen los hombres, pues eso lo son, estas fraternidades masculinas, abocadas a reconocerse entre ellas; concentrémonos en las alteridades, por más singulares y fugaces que sean, de las multitudes, de las comunidades, de las colectividades, de las individualidades asociadas y relacionadas, efectuadas por ellas. Esta es la enseñanza de las comunidades zapatistas.

 

 

  1. Que sea una mayoría de gente que todavía cree en la narrativa del poder no debe desalentarnos. Si en algo ha vencido el poder, sus instituciones, su campo burocrático, su campo institucional, su campo político, su campo escolar, es en lograr convencer a la mayoría que la narrativa del poder es la “realidad”. Su dominio, entonces es imaginario; lo que no quiere decir que no es efectivo.

 

  1. La tarea es liberar a la mayoría de esta ilusión; hablando en la tradición marxista, liberar de la “ideología”, liberar de los múltiples fetichismos; de la mercancía, del poder, de las instituciones, de los patriarcados.

 

 

  1. La tarea es difundir las experiencias y las memorias sociales, sus narrativas inhibidas por la dominación del monopolio escolar. Recuperar el espesor de sus percepciones y de sus racionalidades integradas a las sensaciones.

 

  1. En conclusión, para decirlo de una manera exagerada, sin embargo, ilustrativa, ignoremos a esta narrativa aburrida del poder, ignoremos a estos paranoicos, enamorados del poder, dejemos que se hunda su ficción institucionalizada, hagamos lo que han hecho las comunidades zapatistas. Asumamos nuestras autonomías múltiples efectivamente[11].

 

El poder parece persistir en su elocuencia descomunal de violencia; las muertes acumuladas en más de una década ya sobrepasan las 170 mil. La huella del poder convierte al país en un gran cementerio clandestino de fosas comunes; ocurre como si el poder solo pudiera gobernar sobre una población de muertos. Los vivos se han vuelto enemigos declarados por el poder. Ante esta evidencia la población, el pueblo, se ha movilizado contra la muerte, contra el poder asesino. La gota que hizo rebalsar el vaso fueron los estudiantes asesinados de Ayotzinapa. En el libro citado nos preguntamos ¿Por qué se puede hablar de un Estado asesino? La respuesta que encontramos, siguiendo la hermenéutica crítica desplegada, es:

 Se trata que la crisis múltiple del Estado ha llegado lejos; esta vez permeada extensamente, atravesando todas sus instituciones, por las redes paralelas de poder del narcotráfico, organizado en Carteles; Carteles que han tomado literalmente todos los estados y todas las ciudades de México, a excepción del Distrito Federal (DF), que paradójicamente se ha vuelto la ciudad más segura de México, cuando antes era lo contrario, debido a la militarización de la metrópoli. Es sintomático tener descrita la figura donde los policías entregan a los grupos paramilitares del narco a los jóvenes raptados de la normal. ¿Qué significa esto? La autoridad en ejercicio no son las autoridades institucionales, sino las autoridades que ejercen el poder, estos son los Carteles. Esa figura muestra claramente lo que sucede en México, los Carteles son el poder real; el gobierno y las instituciones del Estado se han convertido en los instrumentos del diagrama de poder de la economía política del narcotráfico. Todo esto se hace en connivencia con las agencias de inteligencia de los Estados Unidos de Norte América. 

 

Si la violencia inicial, la conquista, es la que instituye al Estado, es la continuidad de la conquista por otros medios lo que consolida y preserva al Estado. Es, como dice Michel Foucault, la guerra en la filigrana de la paz, la política restringida a la formalidad institucional, la que reproduce legalmente al Estado. Cuando el Estado se corroe, deja que la economía política de chantaje invada el mayor espacio de su campo político, de su campo burocrático, cuando la crisis de legitimidad hace del Estado una impostura grotesca, la sociedad se le presenta como peligrosa, a pesar que es ella la que da vida al Estado. Entonces el Estado recurre a la violencia abierta, aunque investida por una forzada legalidad, ocultando las prácticas despóticas, autoritarias, criminales. La relación del Estado con la sociedad se ha convertido en una relación homicida; el Estado no encuentra otro recurso que asesinar a sus ciudadanos, sobre todo los más sospechosos, jóvenes, indígenas y mujeres. La escritora Elena Poniatowska se ha preguntado dramáticamente en el Zócalo del DF ¿qué clase de Estado es el que asesina a los jóvenes? Es un Estado asesino.

 

El caso mexicano no es un caso aislado, es un caso entre muchos, incluso es la tendencia contemporánea de los Estado-nación, con todas sus variantes, diferencias, contextos, particularidades. No es desconocida la práctica de lavado de los gobiernos, tanto en los llamados estados desarrollados, como de los estados subalternos. Todos apoyados subrepticiamente por el sistema financiero internacional, colaborado por los sistemas financieros nacionales. Todo esto acaece con la concomitancia de las llamadas burguesías, compuestas, ahora también, con los nuevos ricos, quienes han acumulado dinero ilícito. Burguesías donde las composiciones de las oligarquías se refuerzan y se complementan; la burguesía tradicional es reforzada por la reciente burguesía narco.

 

La prepotencia y los niveles desmesurados de violencia han llegado muy lejos en México. La intensidad y expansión de la violencia hablan de por sí no solo de la abismal decadencia del Estado-nación, decadencia que se quiere compensar precisamente con la espiral de violencia, sino también del alcance de la crisis estatal. El Estado, la institución imaginaria de la sociedad de clases, subyugada por clases dominantes angurrientas, corrompidas, que incluso son capaces de acabar con la columna vertebral del Estado mexicano. Columna vertebral que son sus recursos hidrocarburíferos y la empresa pública del petróleo, recursos entregados al dominio de las empresas trasnacionales extractivistas; acabando de este modo con la misma institucionalidad de la revolución, que ha perdurado, por lo menos, en las representaciones y en lo que quedaba de la nacionalización realizada por Lázaro Cárdenas. Esta privatización de la empresa pública del petróleo no solamente significa la muerte de la revolución institucionalizada, sino también la muerte del Estado mexicano. Lo que se mantiene es el cadáver de la revolución, que algún día fue, y el cadáver de un Estado-nación, ahora carcomida por los gusanos, las clases dominantes, la burocracia, los Carteles, las agencias de inteligencia del Imperio.

 

La sociedad mexicana, vital y apasionada, romántica y práctica, a la vez, pretende ser sacrificada para que los gusanos tengan que comer. Esta sociedad, su acontecimiento revolucionario, que ha inspirado a las siguientes revoluciones sociales y políticas en América Latina y el Caribe, así como en el mundo, tiene la potencia social para levantarse como lo ha hecho en los momentos de crisis, de emergencia y convocatoria. Todas las sociedades de América Latina y el Caribe, así como del mundo, debemos levantarnos para defender a la sociedad mexicana de la constante, perseverante, descarnada violencia que se ha desencadenado contra ella. Violencia desencadenada por los dispositivos del poder más atroces y despiadados. Tenemos que defender a la sociedad mexicana, a sus pueblos, a sus jóvenes, a sus mujeres, a sus indígenas, defendiendo, a la vez, a nuestras sociedades, que no son distintas a la mexicana. También enfrentamos problemas parecidos, con todas las diferencias, contextos, coyuntura, perfiles políticos, que puedan darse. Lo que ocurre en México es la tendencia inherente a los Estado-nación en la contemporaneidad, sólo que, en México, ahora, se expresa de la manera desmesurada como acaece.

 

El capitalismo contemporáneo, el ciclo del capitalismo vigente, el momento o el periodo de este ciclo, que puede ser denominado como tardío, se caracteriza por la dominación del capitalismo financiero respecto a las otras formas del capitalismo, la comercial y la industrial. La articulación del capitalismo financiero con el capitalismo extractivista muestra la complementación entre especulación y destrucción, entre acumulación especulativa y acumulación por desposesión y despojamiento. Que estas formas perversas del capitalismo vengan acompañadas y apoyadas por las formas de la economía política del chantaje más rentables, como el tráfico de armas, el narcotráfico, el tráfico de cuerpos, no es más que una consecuencia de las formas corrosivas del capitalismo tardío. Este capitalismo especulativo, extractivista, traficante, no puede funcionar legítimamente, como funcionaba el capitalismo clásico, imbuido por la “ideología” liberal, pues la crisis de legitimidad ha escarbado todas las estructuras “ideológicas”, políticas y jurídicas. La ausencia de legitimidad requiere de violencia desmesurada, de terror demoledor desplegado contra la sociedad constantemente; la que tiene que sentirse aterrada y amenazada, por lo tanto, inhibida en sus capacidades, y disminuida en dignidad.

 

Entonces estamos ante una problemática de poder a escala mundial. El poder mundial, conformado por los poderes regionales y locales, está en crisis; por eso, descarga guerras policiales, inventa guerras interminables contra el “terrorismo”, descarga recortes neoliberales en los presupuestos estatales, sacrifica a los pueblos, inventa “terroristas” que hacen guerras en las geografías políticas de Estado-nación molestosos. Se ha llegado a un punto donde el dilema es: el poder o la potencia social, el Estado o la sociedad. Las sociedades no pueden esperar a la convocatoria de las víctimas. En memoria de las víctimas las humanidades tienen que levantarse y clausurar la historia del poder, que vive a costa de captura de fuerzas de la potencia social[12].

 

Las movilizaciones por los 43 desaparecidos de Ayotzinapa fueron abrumadoras y desbordantes en casi todas las ciudades de México, también tuvieron su correlato e irradiación en el mundo. Su extensión e intensidad hacían pensar que anunciaban una revolución; así como la revolución mexicana antecedió a la revolución rusa de 1917, los acontecimientos de las movilizaciones en defensa de la vida y por el esclarecimiento de las desapariciones, que se denominó Los queremos vivos, parecían anunciar una revolución de magnitud en el siglo XXI. Sin embargo, semejantes movilizaciones sociales y ciudadana se fueron apagando, aparentemente sin consecuencias en la reproducción cínica del poder. Es en este contexto histórico-político-cultural que debemos evaluar el cambio de comportamiento masivo de la población electoral de México, dando lugar a una victoria aplastante de Manuel López Obrador. Hay una rebelión en el comportamiento social, un cambio masivo de actitud, una ruptura con los hábitos y el habitus sociales. El poder esta cuestionado, no tan solo en lo que respecta a los resultados de la votación, sino, sobre todo, en lo que respecta a la conducta social; ha dejado de repetir la actitud acostumbrada de aceptación de lo que ocurre, como si fuese “natural” o la única realidad, cuando es consecuencia de la reproducción del poder, del deseo y la aceptación del amo, de las dominaciones inscritas en los cuerpos. La potencia social se ha manifestado, la responsabilidad es asumir las consecuencias de semejante cambio de actitud. No se trata, de ninguna manera, de dejar la iniciativa a la clase política, esta vez a la parte de la clase política progresista, por más buenas intensiones y honestidad que pueda transmitir; se trata de saber si el pueblo se hace cargo de sí mismo, asume la madurez, deja de ser dependiente, de delegar a los representantes la constelación de voluntades singulares que dijeron basta. Si el pueblo hace uso crítico de la razón, hace uso creativo de la constelación integrada de voluntades singulares, decide autogestionarse y autogobernarse.

 

 

 

 

 

 

Notas:

[1] Leer AMLO gana las elecciones: cuánto cambió el mapa electoral de México entre 2012 y 2018. http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-44706035#.

[2] Ver de Tzvetan  Todorov La conquista de América. Siglo XXI; México 2007.

[3] Ver de Jacques Rancière El desacuerdo. Política y filosofía. Nueva Visión 1996. Buenos Aires.

[4] Ver México: Intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[5] Ver México: intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[6] Ibídem: pág. 206.

[7] Ibídem. Págs. 103-105.

[8] Ibidem: págs. 109-112.

[9] Raquel Gutiérrez Agular: Épocas históricas y tradiciones de lucha en México. Consideraciones generales para dotarnos de un esquema que nos alumbre y vuelva inteligibles los flujos del antagonismo social. CEAM-Casa de Ondas; México. Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial CompartirIgual 2.5 México. Para ver una copia de esta licencia, visita creativecommons.org/licenses o envía una carta a Creative Commons, 444 Castro Street, Suite 900, Mountain View, California, 94041, USA.

[10] Ver México, intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem.

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza México: Intensidades sociales y territoriales. Leer también Paradigma mexicano y acontecimiento Brasil.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/estadonacion_3.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradigma_mexicano_y_acontecimiento.  

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Leer ¿Por qué es histórico el triunfo de López Obrador en México? http://www.el-nacional.com/noticias/bbc-mundo/por-que-historico-triunfo-lopez-obrador-mexico_242295.

[5] Leer La victoria de López Obrador lleva a la izquierda a la presidencia de México. https://www.eldiario.es/internacional/Lopez-Obrador-izquierda-presidencia-Mexico_0_788471191.html.

[6] Leer Irrupción de AMLO en el norte y el Bajío, clave en la victoria del domingo.http://www.jornada.com.mx/2018/07/04/politica/014n3pol.

[7] Leer Sin precedente, debacle electoral en el PRI.http://www.jornada.com.mx/2018/07/04/politica/014n1pol.

[8] Leer AMLO forma cuatro equipos para diseñar programas de trabajo.http://www.jornada.com.mx/2018/07/04/politica/007n1pol.

[9] Leer En Puebla, una mancha a los comicios. http://www.jornada.com.mx/2018/07/04/edito.

[10] Leer AMLO gana las elecciones: cuánto cambió el mapa electoral de México entre 2012 y 2018. http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-44706035#.

[11] Ver de Tzvetan  Todorov La conquista de América. Siglo XXI; México 2007.

[12] Ver de Jacques Rancière El desacuerdoPolítica y filosofía. Nueva Visión 1996. Buenos Aires.

[13] Ver México: Intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[14] Ver México: intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[15] Ibídem: pág. 206.

[16] Ibídem. Págs. 103-105.

[17] Ibidem: págs. 109-112.

[18] Raquel Gutiérrez Agular: Épocas históricas y tradiciones de lucha en México. Consideraciones generales para dotarnos de un esquema que nos alumbre y vuelva inteligibles los flujos del antagonismo social. CEAM-Casa de Ondas; México. Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial CompartirIgual 2.5 México. Para ver una copia de esta licencia, visita creativecommons.org/licenses o envía una carta a Creative Commons, 444 Castro Street, Suite 900, Mountain View, California, 94041, USA.

[19] Ver México, intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[20] Ibidem.

[21] Ibidem.

Crítica de las genealogías de la guerra y de la violencia

Crítica de las genealogías de la guerra y de la violencia

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Crítica de las genealogías de la guerra y de la violencia

 

Santa fe

 

 

 

Revisando las historias de las sociedades humanas, parecen corroboran una sospecha filosófica, que navegan aventureras en océanos del sin-sentido, imponiendo en sus cáscaras de nuez, donde se encuentran a expensas de las tormentas; cáscaras de nuez que llaman el sentido. El sentido impuesto nace de las reglas del juego, que acuerdan o fuerzan en las vulnerables barcazas, donde habitan, mientras viajan a lo desconocido.  En el aburrimiento del viaje, en los barcos expugnables, se inventan instituciones para salir del tedio o del asombro, buscando escapar a la sensación de desolación, también al miedo ante la inmensidad que se abre a sus ojos. Haciendo más inquietante los juegos en los que se embarcan, llevan el fragor lúdico a los extremos; uno de esos extremos es la guerra. La guerra es como encontrar el núcleo del sin-sentido en el sentido logrado, armado con reglas y estructuras institucionales.

La guerra intensifica la violencia hasta la desmesura, cuando la violencia misma se vuelve una apoteosis de la muerte. Los sobrevivientes quedan para contar los muertos y para narrar lo acontecido, convirtiendo a la guerra en un mito; mito fundacional de las sociedades y de sus Estados. La guerra ha obsesionado a las sociedades humanas hasta convertirlas en hechas para la guerra; encontraron su destino en la guerra. Entonces se trata de un destino bélico, un destino que construye en la destrucción misma; destruye para construir. Paradójico imaginario inicial de las sociedades humanas; nacen de la muerte y van hacia la muerte, para encontrar la vida que destruyen.

En las tierras de Abya Yala, el quinto continente, las oleadas de conquista dieron lugar a nacimientos barrocos, después de haber destruido sociedades, pueblos, culturas y civilizaciones. Estos nacimientos arrastraron a poblaciones enteras a la muerte, para que de las cenizas y las tumbas nazcan otras sociedades, mezclando lenguas y pieles, removiendo imaginarios y memorias, que hacen de substratos de subjetividades desgarradas. En las sociedades barrocas, la guerra, que es constitutiva de las mismas, se convierte en compulsión en las conductas y comportamientos. Las guerras contra las sociedades nativas a de continuar en las versiones republicanas y liberales. Las guerras mestizas han de desgarrar a las flamantes repúblicas, haciendo enemigos a los Estado-nación púberes, escindiendo al propio Estado en guerras civiles. Los caudillos bárbaros continuaran la guerra civil entre Pizarros y Almagros, confundiéndose en la guerra civil entre Atahuallpas y Huascares.

Diseminadas las confederaciones de pueblos de Abya Yala, lo que quedó de ellas, los fragmentos, se combinaron con las formaciones encomenderas, también con las formaciones misioneras, dando lugar a formaciones abigarradas, que muestran sus apariencias, pero ocultan sus contenidos turbulentos. Alguna vez se ha dicho que se trata de formaciones sociales inconclusas, así como se ha sugerido, para interpretarlas, la tesis del desarrollo desigual y combinado; sin embargo, parece no tratarse ni de lo uno ni de lo otro, sino de formaciones sociales en permanente reconquista o, en contraste, en permanente liberación. Se trata de sociedades detenidas en la meditación de sus nacimientos violentos; sociedades que recuerdan las guerras de sus partos, deteniéndose en el fragor de la guerra o en la guerra latente en la filigrana de la paz.

Ciertamente lo que pasa en el continente de Abya Yala no es muy distinto de lo que pasa en el resto de los continentes, teniendo en cuenta dos salvedades; la primera, que desde las oleadas de conquistas y oleadas colonizadoras los recorridos y ciclos de las civilizaciones nativas son interrumpidos abruptamente por la extensión de otras genealogías, las relativas a las historias sociales y horizontes culturales de Euro-Asia, así como por la forzada transferencia de masivos cuerpos traídos del África.  La segunda, desde la conquista de Tenochtitlán, los sistema-mundos regionales o, incluso, continentales, serán absorbidos por el sistema-mundo planetario, que emerge de las conquistas del quinto continente. Sin embargo, lo que hay que atender son las formas singulares que se dan en las genealogías de la guerra. En el sistema-mundo planetario, el sistema-mundo moderno, la guerra adquiere el carácter y la extensidad planetaria; ocurre como si la guerra se mundializara. La corroboración de esta hipótesis interpretativa puede encontrarse en la primera y segunda guerra mundiales. Por otra parte, todo lo que acontece en cualquier lugar del planeta tiene repercusiones mundiales. Por ejemplo, las guerras de la independencia, dadas en el siglo XIX, en el continente, forman parte de la reconfiguración del sistema-mundo moderno, que pasa del Sur al Norte, dejando se ser el sistema-mundo moderno barroco, que se instaura con las oleadas de conquistas, sobre todo españolas y portuguesas, para mutar en el sistema-mundo moderno de la revolución industrial.

Pero, de lo que hablamos, no es tanto de las guerras mundiales, si no del efecto de las genealogías de la guerra en las formaciones sociales. La recurrencia a la guerra se convierte en una práctica necesaria de las sociedades en coyunturas de crisis, se convierte en una extensión emergente de las prácticas políticas. La guerra es asumida como procedimiento indispensable de la revolución; la revolución es concebida, en el imaginario revolucionario, como la última guerra, antes de la paz absoluta. En contraste, en el imaginario liberal, el fin de la historia se alcanza con la consolidación del Estado liberal; la historia habría culminado dejando atrás, en los meandros de la historia, la guerra como barbarie. Ambos imaginarios conciben el fin de la historia, desde dos perspectivas ideológicas encontradas. Se trata de del uso del paradigma del tiempo desde la interpretación teleológica, que concibe la marcha del tiempo como empujada hacia finalidades prescritas, inherentes al desenvolvimiento de la razón histórica, ya sea entienda ésta como dialéctica o ya se entienda ésta como desarrollo.

La recurrencia a la guerra es como la atavismo heredado del mal necesario, último recurso para acabar con la violencia misma, usando la violencia como sepulturera de la violencia o de la historia de la violencia. Esta paradoja de la paz, como finalidad, es la que legitima el uso de la violencia, sobre todo en su forma extrema, la guerra. Para alcanzar la paz se hace la guerra. Entonces, la guerra se cristaliza en los huesos, se inscribe en la carne, impregna la piel, dando lugar a comportamientos y conductas que no dejan de ser violentos. Una vez que se realiza la última guerra, la revolución, o se llega al fin de la historia con la consolidación del Estado liberal, el despliegue de la violencia no parece terminar. Se sigue manifestando como “defensa de la revolución” o como “defensa del orden”. La paz absoluta queda como utopía inalcanzable, la que sigue sirviendo como excusa para seguir extendiendo el camino de la violencia y la ruta sinuosa de la guerra.

Las estructuras estatales están impregnadas de violencias solidificadas, quedan como parte del hormigón armado de las estructuras de la arquitectura del poder. Las mallas institucionales han sido instituidas mediante moldeamientos corporales, disciplinamientos constantes, enseñanzas permanentes y graduales. La violencia no necesariamente aparece de manera descarnada; al contrario, es solapada o, mas bien simbólica, incluso diferida o desplegada a dosis. Es más, las relaciones sociales son afectadas por prácticas que inducen comportamientos; la coerción aparece de manera ambigua, el chantaje de modo ambivalente. La política se ejercita como exigencia a tomar partido; incluso, en momentos de crisis o de emergencia, la política exige actitudes comprometidas, que se demuestren en acciones, que en esas coyunturas no dejan de recurrir a formas de violencia. Los desenvolvimientos de formas de violencia, desde las matizadas hasta las descarnadas, hacen de contenidos simbólicos de las significaciones, tanto de los discursos como de los comportamientos.

Estamos ante sociedades humanas que no pueden salir de los circuitos, incluso de las espirales, de la violencia. Han aprendido que el uso de la fuerza para capturar fuerzas, para inducir comportamientos, es la práctica inaugural y recurrente de las instituciones; por más que las pedagogías hayan cambiado, que sean más discursivas, incluso ilustrativas, las prácticas del uso de la fuerza no dejan de irradiar a los discursos y a las pedagogías ilustrativas. Por eso, por más que recurran al dialogo, no dejan de usar la fuerza como instrumento indispensable.  La violencia se encuentra mimetizada en la paz del imperio, la violencia se devela en las relaciones sociales y en las prácticas; la violencia se halla inherente en los plegamientos de las sociedades institucionalizadas, la violencia se vislumbra en los horizontes históricos-culturales de la civilización moderna.

Esto ocurre, esta recurrencia reiterativa a las formas de violencia, no solo porque se halla adherida a los cuerpos socializados y estatalizados, sino porque las condiciones de posibilidad históricas-políticas de la violencia se preservan, a pesar de las reformas humanistas, liberales y socialistas. Para salir del círculo vicioso de la violencia es indispensable abolir las condiciones de posibilidad históricas-políticas de la violencia, que también son condiciones de posibilidad históricas-culturales. Se requiere crear otras condiciones de posibilidad, esta vez, condiciones de posibilidad ecológicas; más allá de la historia, más allá del bien y el mal, incluso más acá y más allá de la mirada humana.

En las coyunturas mundial, regional, nacional y local, las formas de la violencia amenazan la cohesión social, desatan los tejidos sociales, obstaculizan la posibilidad de los diálogos, de las deliberaciones y de los consensos. Las sociedades y los pueblos se encuentran amenazados por los fantasmas, espectros y hasta desencadenamientos atroces de las formas de violencia. Los cursos y recursos de la violencia diseminan las estructuras sociales, llevando a las sociedades al colmo de la incertidumbre y de la vulnerabilidad; los pueblos se encuentran totalmente expuestos. Hay que decirlo, ya no se trata del fin de la historia, tampoco de la última guerra y la paz absoluta, que llegaría como realización de la promesa; sino se trata del fin de la sociedad humana por el desborde inconcebible y descomunal de la violencia. La tecnología de la guerra ha ido tan lejos, ha llegado a convertirse en la posibilidad del apocalipsis, que humanamente ya no es posible la guerra, si la humanidad quisiera sobrevivir. La guerra se ha hecho imposible; solo posible en el desborde de la irracionalidad desatada e incontenible; las violencias puntuales, que aparentemente son individuales, que son atribuidos al “terrorismo fundamentalista”, son signos del sin-sentido; las violencias planificadas de asociaciones y grupos fundamentalistas, que también son atribuidos al “terrorismo”, son actos de desesperación, que reclaman a gritos reconocimiento. Se trata de acciones que buscan ocupar espacios mediáticos, por medio de la exaltación de la violencia; esto ocurre cuando la comunicación mediática no comunica ni informa, sino que se ha convertido en promotora de espectáculos sensacionalistas. Las violencias estatales son etnocidas y genocidas, aunque las justifiquen con discursos de convocatoria popular o de convocatoria al Estado de Derecho. Las violencias grupales o colectivas, como los ajusticiamientos, que llaman equivocadamente “justicia comunitaria”, se convierten en catarsis sociales, cuando los pueblos no encuentran mecanismos institucionales de justicia, puesto que la justicia, la institucionalidad de la justicia, se encuentra altamente corroída.   

Pareciera que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas, que no habría salida, que las sociedades humanas estuviesen condenadas a que la violencia las hunda, las empuje al abismo inconmensurable, donde no hay retorno. Si fuese así, todo estaría perdido, el apocalipsis anunciado, la muerte de las sociedades humanas prevista. Sin embargo, siguiendo con la metáfora, se trataría de derribar las paredes, la estructura misma de la arquitectura del Estado, desmantelar las máquinas del poder. Ya no son posible reformas, tampoco revoluciones, que no solo quedan a medias, inconclusas, revertidas, convertidas en excusas para nuevas restauraciones y cambios de élites. Hay que desandar el laberinto de la soledad, el laberinto sin salida de las genealogías de la violencia.

Como se puede ver, no es esta una crítica desde la moral, un llamado a la paz desde la moral; la moral es una pose hipócrita, que termina legitimando los cursos y recursos de la violencia, a las que trata de contener y mantenerlos encapsulados o encerrados en las cárceles. Es una crítica de las genealogías de la violencia y de las genealogías de la guerra. Es una crítica del poder y de las dominaciones polimorfas, además de crítica de las ideologías, que no dejan de ser apologías de la violencia.

 

Extorsión económica

Extorsión económica

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Extorsión económica 2

 

 

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Las concesiones en el Salar de Uyuni, es más, la historia de las concesiones en dicho salar, muestran los altos grados de dependencia y subalternización del Estado al monopolio de las empresas trasnacionales. En ensayos anteriores[1] describimos y analizamos las situaciones en las que se repite la increíble y triste historia de la economía basada en el extractivismo, condición exacerbada de la colonialidad heredada y continuada.   El caso QUIBORAX alumbra por los niveles de extorsión económica a la que se ha llegado, no solo en lo que respecta a la empresa comprometida en el asunto, sino con participación de dispositivos internacionales jurídicos que defienden las inversiones. Que la empresa haya invertido solo menos de un millón de U$ o alrededor de este monto, que reclame, en principio, 3 millones de U$, y que después del pleito y el veredicto jurídico internacional tenga que pagar el Estado boliviano un poco más de 42 millones de U$, se hace patente que se trata descarnadamente de una extorsión económica. Sin embargo, el “gobierno progresista” declara que esto se debe a un error técnico jurídico del expresidente Carlos Mesa Gisbert; acatando el fallo, que basa su revisión en un documento fraudulento. Esta respuesta, que acepta un fallo incongruente, que solo se sostiene en argumentos leguleyos, de parte de un gobierno que se declara “antiimperialista”, es patética; muestra la enorme degradación a la que se ha llegado. A todas luces resalta la complicidad de un gobierno que debería defender los recursos naturales del pueblo boliviano y que administra el Estado con la empresa expoliadora, que ha incumplido con el convenio y el contrato asignado.

En adelante incursionaremos en esta problemática, la de la colonialidad económica y la dependencia, y en el fenómeno de la extorsión económica, tomando como referente el escabroso caso de QUIBORAX. Comenzaremos haciendo una revisión de lo que resalta en los medios de comunicación, es decir, lo que llega a la opinión pública, a través de los filtros mediáticos y políticos, o lo que se hace visible debido al manejo inmediato de la información, sin auscultar mediante periodismo de investigación, que es la falencia del sistema de comunicación en Bolivia.

Perfiles mediáticos del pleito

El conflicto jurídico sobre el caso QUIBORAX, que tiene atareado al “gobierno progresista” y convulsionada a la opinión pública, impacta de distintas maneras en los diferentes planos de los espesores sociales; uno de los impactos, que se hace más notorio por su masiva difusión, es el que se da a través de los medios de comunicación, también en las reacciones políticas al veredicto del CIADI. A propósito de este impacto comunicacional y político, nos detendremos en el mismo, sobre todo atendiendo al trazo que se configura, que llamamos perfil mediático.

El analista Carlos Böhrt Iraola, en un artículo de prensa, se pregunta ¿Quién es responsable del caso Quiborax? Escribe:

En diciembre de 2003, Carlos Mesa promulgó la Ley 2564 declarando al Salar de Uyuni reserva fiscal y autorizando la realización de auditorías completas sobre las concesiones existentes en el salar, y, en función de los resultados, declarar la nulidad de los derechos concesionarios mineros de las personas que estén incumpliendo las leyes.

En ejecución de esa ley, en junio de 2004, Carlos Mesa emitió el Decreto 27589, disponiendo “la revocatoria de la resolución constitutiva y pérdida de las concesiones mineras” de la empresa Q-NMM. Decreto este con dos delicados errores jurídicos: el Código de Minería vigente por entonces (Ley 1777) no preveía la revocación como modalidad de finalización de la relación jurídica entre el Estado y los titulares de las concesiones, y no le correspondía al Presidente adoptar semejante decisión. No obstante, en el curso de las siguientes semanas la empresa fue desalojada de sus concesiones.

En octubre de ese año, el Superintendente de Minas, autoridad competente para decidir en la materia, declaró la anulación de las pertenencias mineras de Q-NMM, conforme a los artículos 156 y 158 del Código Minero. Finalmente, en diciembre de 2005, Eduardo Rodríguez Veltzé, al finalizar su mandato, abrogó la errada norma legal de Carlos Mesa mediante el Decreto 28527. La decisión del Estado boliviano se había reencausado legalmente. 

Para enervar la acusación en su contra y basado en la documentación publicada por un matutino cruceño, el expresidente denunció la comisión de graves irregularidades por parte de los citados altos funcionarios masistas en este conflicto: 

  1. a) En marzo de 2008, Q-NMM ofertó retirar el proceso arbitral ante el CIADI a cambio de tres millones de dólares, transacción rechazada por Héctor Arce Zaconeta, ministro de Defensa Legal del Estado, por la existencia de una deuda impositiva de 9,1 millones de bolivianos, que bien pudieron ser descontados del pago, después de firmar el contrato transaccional,
  2. b) Meses más adelante, en el marco de la acción penal abierta por el Ministerio Público, gracias a la confesión del abogado boliviano David Moscoso, se descubrió que personeros de Q-NMM falsificaron documentos para así cumplir las formalidades exigidas por el CIADI en el inicio de los procesos arbitrales. A pesar de esa confesión, la entonces ministra de Defensa Legal del Estado, Elizabeth Arismendi, no fue capaz de proteger los derechos de Bolivia. 
  3. c) En agosto de 2016, siendo Procurador General, Héctor Arce, sospechosamente se sostuvo una reunión entre representantes de Q-NMM y la subprocuradora General del Estado, Carmiña Llorenti, en las oficinas de ésta, en la que se acordó cerrar el juicio penal contra los personeros de la empresa y se redactó un proyecto de sentencia de sobreseimiento, confirmando de ese modo la absoluta sumisión de los órganos de justicia al poder político. Por todo ello, sostiene Carlos Mesa, los responsables del pago de 42,6 millones de dólares a Q-NMM son los mencionados miembros del gobierno de Evo Morales.

Conocidos los antecedentes de este delicado caso, todo hace ver que sólo se necesita esclarecer tres hechos: 

  1. Que Elizabeth Arismendi, en efecto, no defendió adecuadamente los intereses del Estado;
  2. ¿Cuándo y a solicitud de quién se cerró el proceso penal contra los personeros de Q-NMM?
  3. ¿A cambio de qué finiquitaron ese juicio? Conclusión final: ¡El Fiscal General está obligado a abrir la investigación criminal contra Héctor Arce, Elizabeth Arismendi, César Navarro y Pablo Menacho![2]

 

 

La pregunta de ¿Quién es responsable del caso Quiborax? apunta al aspecto jurídico del problema, incluso, ampliando, se irradia al aspecto político del problema; sin embargo, el problema no se circunscribe a estos dos aspectos, pues la cuestión prioritaria a la que hay que responder es ¿qué clase de relaciones económicas y políticas sostienen la concesión mentada? Como dijimos antes, se otorgan estas concesiones en el marco de la concepción extractivista de que los recursos naturales son objetos, objetos que se reducen a la condición de materias primas, incorporándose a las cadenas productivas. Por otra parte, desconociendo la experiencia de la planta de investigación y experimental de la UMSA, que vino trabajando en el Salar de Uyuni durante décadas. Solo tomando el caso de QUIBORAX, remitiéndonos a los ensayos anteriores para otros incidentes, que consideran un conjunto de casos parecidos o del rubro, en el contexto de la reiterativa política económica extractivista y dependiente, sobresale la dadivosidad del gobierno, de entonces, al hacer la concesión a la empresa cuestionada, que viene acompañada por otras concesiones a la empresa QUIBORAX. Esta concesión se efectúa en pleno periodo neoliberal, cuyas políticas económicas precisamente se caracterizaban por privatizar e incentivar el capital internacional. La corrección que se busca posteriormente a estas dádivas políticas y económicas, declara la ampliación de las reservas fiscales en el Salar de Uyuni, restringiendo el control del espacio concedido a la empresa, después, interviniendo y suspendiendo la concesión, sobre todo por incumplimiento.  Desde el punto de vista económico y de los intereses del Estado, el tema principal no es si hubo errores procedimentales, sino si se actúo correctamente en defensa de los recursos naturales, en ese entonces, del Estado. Aquí tampoco hay donde perderse, la responsabilidad del gobierno nacional era recuperar los recursos naturales del Salar de Uyuni, concedidos dadivosamente a las empresas involucradas. Al respecto, sorprende, entonces, la actitud del “gobierno progresista” y “antiimperialista”, cuando se resguarda señalando un “error procedimental”, olvidando la cuestión principal, la soberanía sobre los recursos naturales.   ¿Cómo interpretar la incongruente y contradictoria postura gubernamental?

Comencemos por lo que se hace evidente; el “gobierno progresista” no defendió adecuadamente los intereses del Estado boliviano ni los recursos naturales, que son propiedad del pueblo boliviano, tal como establece la Constitución. El veredicto internacional, por más que se sostenga en la jurisprudencia y en argumentos aparentemente legales, es insostenible, pues la diferencia entre la supuesta inversión y el pago a la empresa es de 39 millones de U$, lo que significa que la empresa obtiene 13 veces el monto supuestamente invertido. ¡Una super-ganancia fabulosa! ¿Cómo puede haber ocurrido esto? ¿En que condiciones se obtiene este fabulosa super-ganancia? Estamos en un orden mundial que lo que menos garantiza es la justicia; que funciona, mas bien, como el macro operador de legalización de ilegalidades, el gran garante de la expoliación de naciones y pueblos, el gran legitimador del extractivismo depredador y destructor de los ecosistemas.

Sorprende no solo la actitud del gobierno clientelar, embarcado en su propia decadencia, sino la actitud de los medios de comunicación y “analistas” que obvian, de entrada, los temas de fondo, y se pierden en una discusión leguleya. Teniendo en cuenta esta consideración, ya no es sorprendente la actitud de una “oposición”, que hace de complemento de la vocación de poder del gobierno clientelar; la “oposición” también se pierde en el debate leguleyo. Todos son cómplices de la expoliación económica del orden mundial y de la economía-mundo capitalista, concretamente, en este caso, de la extorsión económica de una empresa sin escrúpulos y de un gobierno secuaz. También sorprende la actitud pusilánime del pueblo, que no atina a responder ante semejante vulneración de su soberanía y atentado extorsionador en contra de sus posesiones y propiedades, las del pueblo boliviano. La pusilanimidad también es una actitud cómplice. Entiéndase, esta cuestión, la del destino de los recursos naturales del Salar de Uyuni, así como la cuestión del pleito jurídico contra el Estado boliviano, abierto por la empresa, no es un tema que compete al debate entre “oficialismo” y “oposición”, aunque sean los actores del espectáculo mediático y político; son cuestiones que atañen al pueblo boliviano, son cuestiones que exigen su responsabilidad.

Volviendo al tema que ocupa a medios de comunicación y a la clase política, en el diario El Deber, se hace una puntualización del asunto:

El enredo jurídico-político tiene como efecto una oleada de versiones que confunden y pueden obstruir la identificación clara de los responsables del pago de 42,6 millones de dólares del Estado boliviano como indemnización a una empresa chilena que se adjudicó hace años concesiones en el salar de Uyuni.

 

Son tres los asuntos que generan abundantes sospechas y dudas. El primero interpela a quienes avalaron el contrato con QUIBORAX, que luego fue anulado por el Gobierno de Mesa. Este tema no se aborda, pese a ser medular. El segundo ocupa la centralidad de la confrontación política- jurídica y apunta a responsabilizar al vocero de la demanda marítima boliviana por el millonario daño económico que causó la expulsión de la compañía chilena durante su mandato presidencial. La tercera, igual de central, es la cuestionada actuación de la defensa boliviana durante el Gobierno de Evo Morales en el laudo ante el CIADI, que finalmente perdió Bolivia[3].

Para entender este menjunje debemos retroceder, como se dice, a los inicios de la historia; comenzaremos con breves descripciones de los factores y actores intervinientes en este entramado truculento económico, político y jurídico.

QUIBORAX es una empresa minera chilena, fundada en 1986, cuyas actividades y operaciones se dan en el Salar de Surire, en la I Región. QUIBORAX produce una gama de productos de boro, incluyendo ácido bórico; gránulos de boro – conocidos como granulex -; y fertilizantes e insecticidas, los cuales combinan boro o ácido bórico con sulfato de calcio, boratos de sodio y otras sales. En junio del 2004 el Ministerio de Minería e Hidrocarburos (MMH) de Bolivia tomó la decisión de revertir las concesiones de QUIBORAX para explotar ulexita en el Salar de Uyuni, – ubicado en el departamento boliviano de Potosí – argumentando el incumplimiento de normas ambientales e irregularidades en la entrega de las áreas. QUIBORAX es el controlador chileno de la empresa boliviana Non Metallic Minerals, a través de la cual explotaba ulexita y otros recursos evaporíticos en el Salar de Uyuni[4].

Entonces, QUIBORAX es una empresa chilena que se fundó en 1986 y comenzó su producción recién en 1988. Se encarga de producir ácido bórico y productos agroquímicos. Exporta a través de los puertos de Arica a todo el mundo. La empresa, representada por el estudio Bofill Mir & Álvarez Jana, comenzó a operar en Bolivia hace más de 16 años con exploración del mineral no metálico de ulexita en el Salar de Uyuni, en Potosí, a través de una sociedad con Non-Metallin Minerales SA. Sin embargo, en 2004, tras la emisión del Decreto Supremo 27589 durante el Gobierno de Carlos Mesa, se determinó revertir las concesiones mineras que tenía QUIBORAX en esa región potosina.

 

En el periódico Los Tiempos se publica un articulo que hace un recuento, titulado Claves para entender el caso QUIBORAX; un juicio en el que Bolivia pierde $us 42,6 millones, donde se describe la situación:

 

En 2006, al no lograrse acuerdos de compensación con el Gobierno, la empresa chilena demandó ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) a Bolivia por 66 millones de dólares.

En septiembre de 2015, CIADI falló a favor de QUIBORAX, estableciendo en 48,6 millones de dólares el monto de indemnización. Bolivia apeló de inmediato; sin embargo, el 18 de mayo de 2018, CIADI desahució el laudo nacional y a través de un fallo confirmó los montos establecidos en 2015.

En el fallo, un documento de 73 páginas, fechado el pasado 18 de mayo para darse a conocer a las partes, el CIADI informó su decisión, tomada el 30 de abril pasado, de “desestimar en su totalidad la solicitud de anulación” que Bolivia presentó en 2015.

El pasado jueves, el Gobierno boliviano cumplió con el fallo que dictó CIADI y pagó 42,6 millones de dólares a la empresa chilena, tras un acuerdo con la misma.

El contrato de transacción fue suscrito ese mismo jueves. La pretensión de la empresa demandante era de 150 millones de dólares, pero el acuerdo reduce en 72 por ciento el monto reclamado, quedando en los 42,6 millones de dólares señalados[5].

 

El expresidente Carlos Mesa Gispert va más lejos, acusa al gobierno de haberse comprometido con la empresa cuestionada. ERBOL publica un artículo titulado Mesa: Procurador pactó caso Quiborax con asesor de Chile, donde se dice que:

El expresidente Carlos Mesa reveló este martes que la Procuraduría General del Estado, a la cabeza de Pablo Menacho, hizo un acuerdo transaccional por el caso QUIBORAX, con el abogado Andrés Jana, quien es asesor de Chile en el juicio por demanda marítima que se desarrolla en La Haya[6].

Hasta aquí el perfil mediático del pleito, que, de todas maneras, nos muestra las consecuencias jurídicas y económicas del arbitraje internacional, además de mostrarnos el manejo político del tema, tanto por el “oficialismo” y la “oposición”, así como por los medios de comunicación. Todo esto es ilustrativo de la hegemonía jurídica-política-económica de las empresas trasnacionales en la economía-mundo capitalista y en el orden mundial. Ahora, en lo que sigue, intentaremos adentrarnos a otros perfiles del asunto; el que tomaremos en cuenta en este texto es el relativo a la extorsión económica. Comenzaremos con una descripción somera del drama de la soberanía de los recursos naturales, drama donde la soberanía tiene que abrirse camino en una maraña de obstáculos, alambres de púas, casamatas, artilugios, que usan las empresas trasnacionales para defenderse, evitando la realización de la soberanía, que queda como atrapada en la telaraña jurídica-política-económica de la economía mundo; llevándose como botín los recursos naturales expoliados a los países, pueblos y Estado-nación subalternos de la periferia del sistema-mundo capitalista.   

Perfil económico-político del pleito

Otro plano de intensidad, en el que impactó el conflicto jurídico mentado, es el que podemos definir como el de la crítica, que es sensible ante los síntomas de los eventos y sucesos sociales, políticos, económicos y culturales. La perspectiva crítica busca, mas bien, interpretar los síntomas, efectuar una sintomatología, buscando auscultar lo que pasa en los substratos de las dinámicas sociales. Como aproximación a estos substratos se puede configurar un perfil económico-político. En este escrito haremos anotaciones que ayuden a dibujar este perfil, que aparece como actitud analítica del problema en cuestión.

En Lucha por el territorio de Nor-Lipez de Manuel Gysler se dice que después del conflicto con la LITHCO, las comunidades instalaron una planta de sal yodada, así como que tenían proyectada la instalación de una planta piloto de litio en el salar. Se tardó hasta la promulgación del Decreto supremo 29496, del 1 de abril de 2008, cuando se estableció la creación de una entidad que se encargaría de la instalación de una planta piloto de carbonato de litio. En mayo de 2008 el presidente colocó la piedra fundamental de la planta, contando con una inversión de 5,7 millones de U$, cuya conclusión debería efectuarse en el transcurso de 18 meses. Fuera de este proyecto connotado, existían 68 concesiones en el Salar de Uyuni; del total de estas empresas 46 se tramitaron en la gestión de gobierno de Hugo Banzer Suarez (1997-2001). Después de una evaluación 41 concesiones fueron consideradas como inactivas, 4 habrían finalizado sus trabajos de exploración y solo una concesión habría quedado activa. Se dice en el libro que “bajo estas consideraciones el gobierno de Evo Morales Ayma anuló las concesiones de la empresa boliviana Non Metallic Minerals SA.”, aunque fue el gobierno de Carlos Mesa el que lo hizo. Se puede entender, para lo que compete en la descripción, que el gobierno de Evo morales consolida dicha anulación. Las concesiones a esta empresa fueron otorgadas en 1998 por la Superintendencia de Minas de Tupiza de una forma ilegal. Fue la misma autoridad la que en el 2004 anuló los trámites por errores procedimentales, mediante Resolución Administrativa. Posteriormente, el 2006, la empresa QUIBORAX presentó una demanda contra el Estado boliviano ante el Centro internacional de Arreglo de Diferencias relativas a las Inversiones (CIADI), argumentando que siendo accionista de la empresa Non Metallic sus inversiones en el Salar de Uyuni quedaban afectadas debido a la anulación de las concesiones. Ante este reclamo el gobierno se comprometió entregar a la empresa demandante 350.000 toneladas de ulexita con el objeto de cubrir el supuesto daño que se causó. De acuerdo al presidente de CIRESU, Daniel Howard, no existía sociedad alguna entre Non Metallic y QUIBORAX, en consecuencia, la empresa demandante no tenia nada que reclamar ni tenia derecho a ninguna indemnización. Por otra parte, los dirigentes del Comité Cívico Potosino (COMCIPO) afirmaron que las inversiones de QUIBORAX no eran de 3 millones de dólares, como había declarado la empresa, sino mucho menos, incluso la cifra pírrica de 500 U$. Comprando las cargas de la empresa boliviana Non Metallic, QUIBORAX no habría sido dueña de la concesión otorgada. El ex presidente del Comité propuso que se debería procesar a la empresa por el saqueo de los recursos naturales[7].

Como se puede ver esta historia económica parece corresponder a uno de los estilos típicos de las relaciones entre empresas trasnacionales y los Estado-nación subalternos, en lo que respecta al tratamiento, por ambos, de los recursos naturales. Empresas trasnacionales y Estado-nación subalternos consideran a los recursos naturales como objetos de extracción, objetos que son catalogados en las cadenas productivas como materias primas. Los monopolios, que conforman estas empresas trasnacionales, controlan las reservas de materias primas; controlan las concentraciones industriales, que pueden también disgregarse, para poder ser congregadas en el armado industrial; controlan los recorridos del transporte y los mercados; de alguna manera, aunque con contingencias, controlan, por lo menos durante ciertos periodos, la determinación de los precios. Dando lugar a relaciones de términos de intercambio en detrimento de los Estado-nación subalternos. En lo que respecta a la explotación y a las inversiones, se dividen o conforman subsidiarias; en su caso, llegan a acuerdos con otras empresas nacionales, con el objeto de controlar mejor las cadenas productivas; en la base de estos procesos, lograr mejores concesiones en los países donde operan sus capitales y sus máquinas económicas. En otras palabras, logran camuflar los controles monopólicos, presentándose de manera separada a las licitaciones, concesiones y contratos.

Cuando hablamos del bórax, de la ulexita, del manganeso y del litio, estamos hablando de minerales que se consideran metálicos y no metálicos, dependiendo. Son usados en los procesos industriales de reciente generación; por ejemplo, en la producción de semiconductores; así como también en la agroindustria. La exportación de ulexita se realiza principalmente para agroindustrias que aprovechan el bórax refinado, del que se obtiene potasio y magnesio como fertilizantes. El manganeso tiene variados usos, para el aumento del octanaje, en las baterías desechables estándar, para producir acero y hierro, en aleación con el aluminio, para oxidar el alcohol bencílico, para verdear el vidrio, en la fabricación de pinturas, en la cerámica. El litio también tiene usos múltiples, dependiendo de las composiciones donde participa; son excelentes secantes y se emplean en bombas de calor, para el tratamiento de la manía; como lubricante, en naves espaciales y submarinos; en la construcción aeronáutica; también en la fabricación de lentes y telescopios; así como tiene aplicaciones nucleares. Entonces, no estamos hablando, por así decirlo, del clásico extractivismo, sino de un extractivismo más sofisticado, que requiere para su extracción de tecnologías avanzadas; también su incorporación a las cadenas productivas se efectúa en industrias de alta tecnología. El mercado de estos minerales metálicos y no metálicos es también especializado. Sus reservas se hallan concentradas en el llamado “triángulo del litio”, que se encuentra entre Argentina, Bolivia y Chile, donde las mayores reservas se ubican en Bolivia.

Se puede decir que la historia de las concesiones, así como la defensa de los recursos naturales, en Bolivia, incumbe a una guerra por el control de las reservas. Lo primero que habrían hecho las empresas trasnacionales es lograr el control de las reservas; por eso sus convenios y compromisos resultan tan ambivalentes. En lo que respecta a la soberanía, al parecer, las empresas trasnacionales han boicoteado esta posibilidad, pues, al controlar el mercado, buscan disminuir sus costos en la cadena productiva y obtener super-ganancias; por eso intervienen suspendiendo la soberanía, desconociéndola en la práctica, aunque lo hagan de dientes para afuera, en el discurso. En tercer lugar, en el contexto y la fase de la dominancia del capitalismo financiero y especulativo, las empresas trasnacionales especulan con las concesiones que obtienen, buscando obtener super-ganancias a través de procedimientos especulativos; incluso llegar a extorsionar a los Estado-nación subalternos involucrados.

En este contexto histórico-económico-político no es inverosímil lo que ha pasado en el asunto de QUIBORAX; se puede interpretar el entramado sinuoso de su decurso y sus desenlaces como parte del funcionamiento de las máquinas económicas del sistema-mundo capitalista en la fase del capitalismo financiero y especulativo. Se trata, en este caso, de máquinas económicas más sofisticadas, que logran manipular mediante el monopolio del control de las tecnologías requeridas para explotación y combinar este monopolio con estrategias especulativas y de extorsión.

Cuando preguntábamos sobre las condiciones de posibilidad en las que se da la super-ganancia de la empresa en cuestión, a través de un veredicto jurídico internacional, nos abrimos a la gama de factores articulados que acabamos de mencionar; sin pretender abarcarlos todos, vale la pena mencionar uno más, el relativo a la corrosión institucional y a la corrupción. Lo que ha ocurrido, la derrota gubernamental en el conflicto jurídico desatado por la empresa contra el Estado boliviano, la obtención de una super-ganancia, insostenible económicamente, ganada de manera leguleya por la empresa, solo puede haberse dado en concomitancia con el gobierno clientelar. Se han tenido que hacer partícipes de esta extorsión a altos personeros del gobierno clientelar.

Estamos ante un perfil de la extorsión económica. La extorsión económica es el mecanismo mediante el cual se obtienen super-ganancias, que ya no tienen que ver con el desenvolvimiento corriente de la economía y el mercado, sino con despliegues del lado opaco y el lado oscuro de la economía, así como tienen que ver con el lado oscuro del poder. La ganancia obtenida no es resultado del cálculo costo y beneficio, sino de la extorsión, que funciona en la sinuosa maquinaria de la economía política del chantaje. Por más que se encubra jurídicamente esta extorsión, no resulta del funcionamiento económico propiamente dicho, sino del funcionamiento de las formas paralelas del ejercicio del poder.  Se trata de ganancia extraordinaria, lograda por el empleo de la coerción y el chantaje, por el uso de la violencia solapada, encubierta con lenguaje jurídico.

La extorsión económica es un indicativo de a dónde ha llegado la dominación ejercida por las máquinas del poder; también es indicativo de a dónde ha llegado la subalternización, que adquiere la característica de sumisión descarnada; así mismo es indicativo de los elevados niveles de corrosión institucional y de corrupción.  

    

 

 

 

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Periplos del desarrollismo; también Colonialismo extractivista y dependencia con el litio.

https://pradaraul.wordpress.com/2018/04/06/periplos-del-desarrollismo/.

https://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/colonialismo-extractivista-y-dependencia-con-el-litio/.

[2] Leer ¿Quién es responsable del caso Quiborax? http://www.paginasiete.bo/opinion/2018/6/21/quien-es-responsable-del-caso-quiborax-184289.html.

 

[3] Leer La politización del caso Quiborax. https://www.eldeber.com.bo/opinion/La-politizacion-del-caso-Quiborax-20180621-9463.html.

El artículo sigue el relato: Aunque la expulsión de QUIBORAX es aprobada prácticamente por unanimidad, la forma en la que se lo hizo habría provocado la millonaria indemnización, según el Gobierno, y es lo que tiene acorralado a Mesa. El exmandatario ha reconocido fallas en los procedimientos de anulación de concesiones, pero asegura que fueron corregidas incluso por su sucesor Eduardo Rodríguez Veltzé. Este es el punto que Mesa debe todavía esclarecer de forma más convincente para quedar libre de sospecha y, sobre todo, de culpa.

 

Si la verdadera intención del proceso es dar con los responsables del millonario daño, se tiene que considerar con la misma preponderancia las denuncias que alcanzan a funcionarios de Evo Morales que manejaron la defensa del caso QUIBORAX. En la última semana se ha sabido de que los chilenos usaron un acta falsa en el laudo, lo que debió ayudar a frenarlo. Es llamativa también la revelación de que el Gobierno recibió la oferta de cerrar el proceso con el pago de 3 millones de dólares en vez de lo que al final resultó 42,6 millones de dólares. También es delicada la revelación de que se filtró documentación confidencial boliviana a los chilenos durante una negociación.


En consecuencia, la investigación debería transcurrir con igual celeridad para aclarar la actuación de Mesa como la de los ministros y el procurador acusados. De lo contrario, parecerá ser solo el eje de un sistemático plan de eliminación de un potencial rival electoral del oficialismo.

[4] Quiborax S.A. https://www.bnamericas.com/company-profile/es/quiborax-sa-quiborax.

[5] Leer Claves para entender el caso Quiborax; un juicio en el que Bolivia pierde $us 42,6 millones. http://www.lostiempos.com/actualidad/economia/20180613/claves-entender-caso-quiborax-juicio-que-bolivia-pierde-us-426-millones.

El artículo continúa con el recuento de las posiciones encontradas:

Gobierno del MAS acusa a Mesa

El pasado 22 de mayo, la Procuraduría General del Estado presentó una denuncia ante el Ministerio Público en contra del expresidente Mesa y tres de sus exministros, tras la pérdida del juicio internacional con QUIBORAX.

La Procuraduría dijo que en el Gobierno de Mesa se incumplieron leyes y que incluso el Decreto Supremo 27589 es ilegal.

La denuncia contra Carlos Mesa fue presentada por los delitos de resoluciones contrarias a la Constitución y leyes, incumplimiento de deberes y conducta antieconómica.

Sin embargo, el expresidente y actual vocero de la demanda marítima contra Chile, aseguró que los responsables de la derrota boliviana en el juicio ante QUIBORAX son el actual procurador, Pablo Menacho, y sus antecesores, por “la desastrosa negociación” realizada con el consorcio minero entre 2006 y 2018.

Mesa dijo también que el Gobierno incurrió en una contradicción al señalar la ilegalidad del Decreto Supremo 27589 ya que la propia Procuraduría, en el laudo de apelación presentado ante CIADI en 2015, defendió la legalidad de esa norma.

Se señala el nombre de Rodríguez Veltzé

El expresidente dijo que si la Fiscalía lo investiga a él también debería ser incluido el exmandatario, Eduardo Rodríguez Veltzé.

Sin embargo, Rodríguez Veltzé afirmó que no debatirá “insinuaciones de orden político” respecto a las declaraciones realizadas por Mesa.

“Asumo la responsabilidad del (Decreto Supremo 27589) emitido por mi Gobierno y que contó con la aprobación previa del Consejo Nacional de Política Económica (CONAPE); no debatiré insinuaciones de orden político”, recalcó.

En medio de todo esto, la presidenta de la Comisión que investiga el caso Lava Jato, la diputada Susana Rivero, anunció que se rastrearán las cuentas de Mesa.

Mesa acusa a QUIBORAX de falsificar acta para demandar a Bolivia

El expresidente de Bolivia aseguró ayer que la empresa chilena falsificó un acta para demandar a Bolivia y conseguir una indemnización económica por la reversión de sus concesiones mineras en el Salar de Uyuni.

Mesa dijo que el arbitraje demandado por esa empresa fue producto de la falsificación de un acta de composición de propiedad, por lo que presentó ante la Fiscalía las pruebas de estas afirmaciones.

“El Arbitraje en el caso QUIBORAX en contra del Estado de Bolivia es la consecuencia fraudulenta y maliciosa de un delito de falsificación y uso de documento falsificado, confesado en un proceso penal que concluyó con sentencia condenatoria ejecutoriada y con la declaración jurada del propio proceso arbitral, delito cometido por uno de los personeros y representante de la empresa que promovió este proceso arbitral”, expresó en un artículo publicado en su página web.

Ante esta situación, Mesa pidió el rechazo a la acusación presentada por la Procuraduría General del Estado en su contra dentro de este caso.

Gastos y honorarios del Comité; un pago extra

CIADI determinó además que el Estado boliviano tendrá que correr con los gastos y honorarios del Comité y los derechos por la utilización del CIADI en el marco del procedimiento de anulación que comenzó en 2015.

La entidad internacional determinó que QUIBORAX pague los costos en los que incurrió su defensa (462 mil dólares) y lo mismo tendrá que hacer Bolivia por su lado (1.384.801 dólares).

 

[6] Leer Mesa: Procurador pactó caso Quiborax con asesor de Chile. http://www.erbol.com.bo/noticia/politica/12062018/mesa_procurador_pacto_caso_quiborax_con_asesor_de_chile.

El articulo continua el relato de la siguiente manera:

Jana apareció la semana pasada en una conferencia de prensa junto al procurador Pablo Menacho y el ministro de Minería, César Navarro, para anunciar que se había llegado a un acuerdo para pagar a QUIBORAX más de 42 millones de dólares, debido a la indemnización surgida por la expulsión de la empresa chilena de la explotación de ulexita en el Salar de Uyuni.         

“El señor Andrés Jana es parte del equipo jurídico privado que apoya a Chile en la demanda que Bolivia tiene en La Haya, o sea llegamos al caso increíble de que el Procurador General del Estado está dándole la mano y firmando una entrega de 42 millones, 50 veces el valor de lo invertido por Quibórax nada menos que al representante de QUIBORAX, que a su vez es parte del equipo jurídico privado que está apoyando a Chile”, dijo Mesa en Sucre.

Reportes de medios chilenos confirman a Jana como asesor de su país ante el proceso en La Haya. En marzo reciente, el jurista afirmó que la demanda boliviana es débil en su sustento jurídico, según La Tercera.

La Procuraduría culpa a Mesa por la indemnización a QUIBORAX y le inició un proceso, bajo el argumento de que un decreto suyo con errores legales fue el causante de que la empresa chilena acuda a la CIADI y logre un pago millonario.

Mesa se presentó este martes ante la Fiscalía General del Estado en Sucre para solicitar de nuevo el rechazo de esa denuncia de la Procuraduría. Esta vez, el expresidente planteó el argumento de que la empresa chilena usó un documento falsificado para llevar adelante el arbitraje ante CIADI.

Explicó que la empresa chilena usó un acta falsificada de poderes para forzar el arbitraje contra el Estado boliviano. Dijo que el fraude en ese documento se confirmó porque en 2009 el accionista de QUIBORAX David Moscoso fue condenado a dos años de cárcel por ese delito.

Dijo entonces que el motivo del arbitraje no es el decreto que él emitió, sino ese documento falsificado. Crítico que la CIADI haya aceptado una falsificación en este proceso que calificó de ilegal.

“Lo que más llama la atención es que la defensa del Estado de Bolivia en el arbitraje, en lugar de reaccionar institucional y procesalmente de manera categórica y contundente, contra ésta abierta parcialización del Tribunal Arbitral, deja pasar esta írrita decisión como si se tratara de una incidencia procesal normal y ordinaria dentro del Arbitraje”, dice el memorial presentado por Mesa.

 

[7] Leer de Manuel Gysler La lucha por el territorio de Nor- Lipez. Editorial Plural y AGRUCO. La Paz 2011; págs. 77-79.

Correlatos de la crisis política y la crisis universitaria

Correlatos de la crisis política y la crisis universitaria

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Correlatos de la crisis política y la crisis universitaria

 

UPEA

 

Dedicado a los y las movilizadas en el conflicto de la UPEA.

 

 

 

 

Sorprende que se regatea desde el gobierno las reivindicaciones de la Universidad Pública de El Alto (UPEA), sobre todo en lo que respecta al presupuesto universitario. El asesor de la UPEA afirmó que el déficit de la universidad alcanza los 152 millones de bolivianos y que sólo modificando la ley 195 de coparticipación tributaria se podrá hablar de “una sostenibilidad financiera”. Sorprende porque la administración económica del gobierno a despilfarrado miles de millones de dólares en elefantes blancos, en empresas fantasmas, en inversiones que se evaporan, en convenios que no se cumplen; en definitiva, ha malgastado los recursos de propiedad del pueblo boliviano, de acuerdo a la Constitución, que administra el Estado. Se ha encargado el aparato publicitario y de propaganda del gobierno clientelar de descalificar las demandas de la UPEA, de desinformar sobre las movilizaciones universitarias, además de acusar a la Universidad Pública de El Alto de despilfarrar los recursos que se le entregan. La Cámara de Senadores sancionó la ley corta que otorga una subvención de 70 millones de bolivianos al presupuesto de la Universidad Pública de El Alto (UPEA); la misma que pasó al Ejecutivo para su respectiva sanción. Sin embargo, la norma es rechazada por la UPEA, que determinó iniciar una marcha desde Patacamaya hacia la sede de gobierno, demandando un mayor incremento a su presupuesto. Las movilizaciones continuaran en defensa de la universidad pública, por una educación y formación gratuita, además de exigir un presupuesto adecuado a los requerimientos de la academia. El asesor legal de la UPEA, Hugo Madeni, señaló que, el viernes 22 de junio, comienza la marcha desde Patacamaya. Se cuestiona la falta de consenso en la elaboración de la ley, que le otorga a la universidad 70 millones de bolivianos a su presupuesto. Se trata de “una ley no consensuada. Las leyes deben ser consensuadas, los 70 millones de bolivianos son insuficientes; este monto no permite tener un equilibrio financiero a la Universidad Pública de El Alto”.

Como se puede ver el conflicto universitario no ha concluido, a pesar de todas las maniobras del gobierno; desde las acciones represivas, que ya cuentan, en su haber, con un muerto, el estudiante Jonathan Quispe, hasta la norma sacada de la maga, que otorga a la UPEA 70 millones de bolivianos, pasando por la propaganda de descalificación de la movilización universitaria. En este contexto alborotado, es indispensable detenerse a reflexionar sobre este reciente conflicto, en el contexto y la coyuntura donde emergen, teniendo en cuenta la larga historia de conflictos sociales contra el “gobierno progresista”. Habría que partir de algunas descripciones someras de la situación, que ayuden a conmensurar el problema desatado; una de ellas tiene que ver con la crisis del sistema universitario; otra de ellas tiene que ver con la crisis múltiple del Estado-nación, concretamente de la forma de gubernamentalidad clientelar. Solo considerando, por el momento, estas dos crisis desplegadas, se puede entrever ciertas correspondencias entre ambas crisis.

Resumiendo, la crisis del sistema universitario tiene que ver con el rezago de las matrices curriculares academia respecto a las transformaciones de la civilización moderna, sobre todo a las llamadas revoluciones científicas y tecnológicas. Pero también tiene que ver con que el crecimiento de la población estudiantil no es atendido ni con la infraestructura adecuada, ni con el plantel docente requerido para atender la buena formación profesional. Esto tiene que ver con el presupuesto asignado, aunque también, ciertamente con la estructura de gastos en la académica, donde debería preponderar la inversión en investigación, en infraestructura y en logística académica requerida, además de garantizar la calidad de la docencia. Resumiendo, la crisis múltiple del Estado-nación y de la forma de gubernamentalidad clientelar tiene que ver con la obsolescencia y anacronismo de la forma de Estado, que se expresa, en la coyuntura, en los recorridos sinuosos de la forma de gubernamentalidad clientelar. A todas luces se observa que la crisis del sistema universitario no se resuelve con las asignaciones que le otorga el Estado en la estructura del presupuesto general; tampoco se resuelve la crisis de la UPEA con la asignación de 70 millones de bolivianos. Así mismo la crisis múltiple del Estado nación y de la forma de gubernamentalidad clientelar no se resuelve vadeando los problemas, como lo ha venido haciendo el “gobierno progresista”. Todas las acciones del gobierno, que se encaminan a vadear los problemas y no resolverlos, son manifestaciones de las mismas crisis; son síntomas de las crisis.

Las movilizaciones universitarias son manifestaciones de las crisis, hacen patente la crisis, que se encuentra no solamente latente, sino en el mismo funcionamiento de la estructura del sistema universitario; también en el mismo funcionamiento de un Estado anacrónico. De nada le sirve al gobierno descalificar las movilizaciones; pues una crisis no se resuelve buscando convencer a la opinión publica de la “verdad” gubernamental y de la “mentira” de los movilizados. Las movilizaciones son hechos desbordados, desencadenados; emiten el “lenguaje” corporal y la gramática de las multitudes. El gobierno no resuelve su propia crisis, que no la reconoce, ni ve, ocultándola con publicidades y propaganda, difundiendo interpretaciones insostenibles, cuando se contrastan con lo que ocurre. Solo calma, momentáneamente, su consciencia desdichada.  

En las interpretaciones críticas de la crisis, se las concibe tanto como estallidos de movimientos tectónicos de estructuras anacrónicas, que se edificaron en otro tiempo, así como oportunidades para resolver los problemas inherentes a los anacronismos estructurales y sus obsolescencias. Lo que llama la atención en los comportamientos políticos son dos actitudes notorias; la primara, la que tiende a desconocer la crisis, por lo menos sus alcances, minimizándola como si fuera una contingencia momentánea. La segunda, que no se aprovecha la oportunidad para resolver los problemas inherentes. La crisis ilumina los espesores no visibles del presente, abre los horizontes plegados de las composiciones densas que hacen al presente. Al darse esta abertura, no solo es una oportunidad de comprender, entender y conocer mejor las dinámicas eco-sociales, sino también la oportunidad de transformar los esquemas de comportamientos y conductas sociales, construyendo instituciones adecuadas a las dinámicas eco-sociales, que no dejan de re-sincronizarse planetariamente.

La crisis de la UPEA y del sistema universitario es, entonces, una oportunidad; pero, ¿para quién? El gobierno no ve la crisis múltiple del Estado y de la forma de gubernamentalidad clientelar, por lo tanto, no ve la crisis de la UPEA como parte de la crisis del Estado y de la crisis  gubernamental; en consecuencia, está lejos de acceder a la oportunidad. Otra pregunta, ¿los voceros de la movilización universitaria alcanzan a visualizar las dimensiones de la crisis o solo la reducen a un tema de incremento del presupuesto universitario? Tal parece que es la sociedad misma la que está convocada a abrir los ojos, a mirar en los horizontes plegados en los espesores del presente, abiertos por la crisis. ¿Qué se requiere para que la sociedad lo haga? Que asuma la problemática como suya, entender que las crisis forman parte de sus propias composiciones, estructuras e instituciones edificadas. Que no es una observadora neutral; o es cómplice de la decadencia o es actora en la resolución de los problemas. Por lo tanto, se trata de que asuma su responsabilidad.

Las movilizaciones universitarias, que tienen como epicentro la movilización de la UPEA, son las manifestaciones de las crisis desenvueltas de las mallas institucionales estatales y académicas. Que la crisis del sistema universitario adquiera en el discurso la forma de demanda de mayor presupuesto, no quiere decir que la crisis se restringe a este tema; la demanda es como el iceberg del problema; la problemática es más compleja, tiene que ver con el funcionamiento y el deterioro de las dinámicas académicas. Que la crisis del Estado-nación  adquiera, en los discursos en concurrencia, la interpretación reiterada gubernamental, que niega la crisis y la sustituye por la “lucha antiimperialista” y por la conjetura machacona de la “conspiración de la derecha”, así como adquiera, en el otro discurso opuesto, la interpretación de la “conspiración comunista” y de la “lucha contra la corrupción”, también la “lucha contra la dictadura”, no quiere decir que  la crisis se reduzca a estos supuestos políticos; la problemática de la crisis estructural y orgánica del Estado-nación y del orden mundial tiene que ver con la decadencia del sistema-mundo capitalista y el derrumbe ético moral de la civilización moderna. Estas problemáticas no son o no se realizan como lo expresan los enunciados críticos interpretativos; no son generalidades, las generalidades responden a proyecciones inductivas o a marcos teóricos deductivos. Las inducciones o las deducciones son procedimientos del análisis, útiles para construir interpretaciones; las interpretaciones son recursos del entendimiento y de la razón para representar en narrativas explicativas las capturas cognitivas de la realidad. No se pueden confundir estas interpretaciones, por más valiosas y útiles que sean, con la realidad efectiva, como lastimosamente se acostumbra. La realidad efectiva corresponde a la integralidad de las dinámicas complejas sociales y territoriales; las interpretaciones teóricas, por más elaboradas que sean, están lejos de abarcar las dinámicas de la realidad efectiva.     

En consecuencia, la realidad efectiva, sinónimo de complejidad dinámica, se realiza en el devenir de múltiples y plurales singularidades, en constante mutación y metamorfosis, en permanente asociación, des-asociación y re-asociación. Por lo tanto, las crisis de las que hablamos tienen que ser comprendidas en sus singularidades; no como si fuesen generalidades. La crisis del sistema universitario boliviano es comprensible teniendo en cuenta las descripciones del acontecer específico de sus descomposiciones y des-equilibraciones. Como, ahora, no se trata de exponer detalladamente los recorridos de la crisis, sino, mas bien, de aproximaciones analíticas de las movilizaciones universitarias, en los espesores de la coyuntura, vamos a mencionar solamente algunos rasgos y características de la crisis, desenvuelta en su peculiaridad propia.

Una característica notoria de la crisis es el desborde de la población universitaria sobre una infraestructura detenida en el tiempo, que responde a las proyecciones cortas de cuando fue construida. A pesar de los añadidos colaterales, la infraestructura se mantuvo en una cobertura de servicios que queda corta ante la demanda.  Si tomamos en cuenta la logística académica, ésta también es restringida y se encuentra rebasada por la demanda de servicios y por los problemas que tiene que resolver. Considerando al plantel docente, éste no solamente ha quedado rebasado, sino que aparece como improvisado para atender las necesidades de formación profesional, además de no garantizar la calidad académica. Si bien hay excepciones, que confirman la regla, de puntales docencias, de algunas carreras y escasas facultades, el peso preponderante corrobora las características mencionadas. Hasta aquí, lo que describimos someramente, como ejemplos, parece mostrarnos, mas bien, generalidades compartidas por los sistemas universitarios en la región. Empero, la singularidad boliviana se encuentra en la extensidad del rebasamiento y en la intensidad de las dificultades no resueltas. Ocurre como que la improvisación generalizada adquiriera dimensiones demoledoras, a tal punto que la profesionalización se convierte en un bluf, encubierto apenas con la entrega de titulaciones.

Esta improvisación generalizada forja ambientes propicios a la corrosión institucional y académica, donde el co-gobierno, en vez de lograr lo que postularon las conquistas de la autonomía universitaria, refuerce, ahora, sobre estas condiciones de imposibilidad, la irradiación de redes y grupos de poder, que monopolizan la representación universitaria y la autoridad institucional. Un mundo al revés, en escala localizada. Sin pretender verificar esta hipótesis interpretativa, se pueden mencionar datos que conmueven y muestran, por lo menos uno de los desequilibrios de la administración universitaria; el peso de los gastos corresponde a los gastos corrientes, a los gastos en sueldos y salarios de docentes y administrativo; quedando proporciones reducidas de inversión destinadas a la investigación, a las bibliotecas, al instrumental requerido por los centros de investigación, de datos y de información. Esto es mucho más notorio, cuando se trata de invertir en infraestructura, que cubra la demanda de la población universitaria. Otro aspecto sobresaliente de la crisis es el que tiene que ver con el plantel docente; no solo que resulta escaso y se encuentra rebasado por la demanda, sino que se encuentra afectado por el deterioro irradiante de la improvisación; solo una proporción minoritaria corresponde a la docencia titular, la proporción aplastante de docentes corresponde a los profesores interinos. El deterioro también tiene que ver con la formación docente, que debe garantizar la cualidad, la calidad y la pertinencia de la formación profesional. El perfil docente es débil en lo que respecta a la actualización de la formación, a la investigación y a las publicaciones.  Otro dato citable es el que muestra la condición de las tesis de graduación; solo un escaso número de ellas es aporte y responde a la investigación, además de a la elaboración escrupulosa.

Esta situación se agudiza cuando nos encontramos en un supuesto “proceso de cambio”, que se propone la “revolución industrial”, además de mencionar la revolución cibernética y las nuevas olas de las revoluciones científicas y tecnológicas; fuera de exigir la vinculación del conocimiento con las transformaciones estructurales e institucionales del Estado y la sociedad. Si fuese así, la atención a la formación universitaria debería ser mucho mayor que la que se requiere, sin considerar las condicionalidades del “proceso de cambio”; por lo tanto, muchísimo mayor a la mezquina atención del Estado al sistema universitario. Los argumentos del gobierno caen por su propio peso, peso de la levedad de una retórica política insostenible.

Ahora bien, la singularidad de la crisis múltiple del Estado en Bolivia y de su remate en la crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar, radica en la peculiaridad de un “proceso de cambio” que pretende la “descolonización” y el “socialismo comunitario”. Ambas finalidades planteadas en la Constitución, empero conculcadas por el ejercicio del poder del gobierno clientelar. La descolonización se ha convertido en un enunciado retórico, que ampara la re-colonización por el camino de las simulaciones y las usurpaciones, haciendo efectiva la continuidad colonial con rostro indígena. La finalidad social y comunitaria, como se expresa la Constitución, diferenciando el objetivo de la igualación social y el objetivo de la restauración y renovación comunitaria, se ha convertido no solo en un  enunciado retórico, sino en una afrenta al pueblo combativo y a las comunidades, pues se banaliza los sentidos de socialismo y de comunitarismo, a tal punto que aparecen como estadísticas sociales del PNUD, que cuantifica el incremento proporcional de la “clase media”, y como presencia de rostros cobrizos en el congreso. Todo esto encubriendo las renovadas diferenciaciones sociales y los cambios de élite, ocultando la vulneración de los derechos colectivos de las naciones y pueblos indígenas, consagrados en la Constitución.   

 

De la extorsión política  

De la extorsión política

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

De la extorsión política

 

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La extorsión política es, quizás, en el sistema de extorsión generalizada, la práctica más usual y manifiesta. La política institucionalizada se ha convertido en el ejercicio mismo de la extorsión de la delegación y la representación, mucho más evidente cuando se es gobierno. El delegado, el representante del pueblo se cobra su representación, cobra un precio por encargarse de la representación, de hacer de “vocero del pueblo”. Esto se hace patente cuando el representante forma parte del gobierno o la representación se hace del gobierno. La extorsión comienza en la adulteración de la convocatoria; no solo se convoca al pueblo, sino que se le exige seguir al partido que los representa, mucho más cuando este partido se reclama de genuina representación del pueblo. Esta exigencia se hace más notoria y conminatoria cuando es el propio gobierno el que exige la “movilización popular” en defensa del gobierno auténtico del pueblo; en el caso de versiones políticas no populistas, se exige al pueblo defender la institucionalidad. El pueblo, entonces, está conminado a defender el “proceso” o la “democracia”, que sus representantes y sus gobernantes encarnan.

La extorsión política no reconoce, por así decirlo, mayoría de edad al pueblo, se lo considera como un niño, que debe ser educado y conducido. Las decisiones políticas quedan a cargo de la clase política. Cuando se acude al pueblo en relación a cuestiones debatidas y problemáticas, se lo hace no para preguntar su opinión o constelación de opiniones, sino para indicarle cuál debería ser su opinión, de acuerdo a la verdad política. Las opiniones que preponderan y que se difunden a través de los medios de comunicación son la de los políticos; cuando se entrevista a la gente común, como se dice, de la calle, se lo hace para edulcorar la opinión política ya dada, se lo hace como pronunciamientos colaterales o, en su caso, como tendencias cuantificables de la “opinión pública”. El pueblo es el objeto deseado de la convocatoria política, también es el sujeto de la extorsión política.

La extorsión política cuenta con un complejo aparataje de incidencia y de inducción de comportamientos. Lo que era la retórica política, como recurso discursivo de convencimiento, se ha convertido en una fabulosa maquinaria de publicidad y propaganda, que implanta opiniones mediáticas, esquemáticas, como consignas de mercadotecnia. En el lenguaje polarizador de la política se lanza un mensaje simple: si no estás con nosotros estás con los enemigos del “cambio”, de la “revolución”, o, en otra versión, estás con los enemigos de la “democracia” institucionalizada. La forma y el estilo de emitir el mensaje puede variar, incluso puede adquirir expresiones más elaboradas, sin embargo, el mensaje, en el fondo, es similar; se trata del chantaje político, que puede adquirir connotaciones de chantaje emocional o de chantaje ideológico, se lo haga a nombre de lo que se lo haga, la “revolución” o el Estado, el “proceso de cambio” o la institucionalidad.

La extorsión política persigue variados réditos; uno de ellos tiene que ver con el camuflaje de legitimidad; otro de ellos tiene que ver con el mantener como rehén al pueblo, rehén de la clase política o, en su caso específico, del gobierno. Entre los réditos se encuentra el lograr beneficios no solo políticos, si no también económicos. Lo que se denomina corrupción es, en realidad, el efecto de la extorsión política, en sentido de renta adulterada. Estos variados réditos se logran cuando el ejercicio de la política se presenta como la única manera de ejercerla, la institucionalizada, la reglamentada, la normada, que, en definitiva, otorga el monopolio de lo político a la clase política.  Los límites de la realidad institucionalizada están definidos por el Estado; cuando la realidad es ésta, producto del poder, se excluyen taxativamente otros ejercicios no estatalizados; se descartan las prácticas alterativas de los colectivos sociales; en efecto, aunque no se lo diga, se prohíben otras prácticas políticas, descartando la posibilidad del autogobierno.

La “democracia” institucionalizada, que se basa en la Constitución, en el sistema de leyes, que se legitima en el discurso jurídico-político, precisamente porque establece las reglas del juego “democrático”, encubre el ejercicio efectivo de la política, la extorsión política. Las formas de gubernamentalidad, que parecen exceder el encuadre de la “democracia” institucionalizada, como la forma de gubernamentalidad clientelar, no hacen otra cosa que patentizar lo que motoriza el ejercicio de la política, el chantaje político. Las formas de gubernamentalidad que parecen circunscribirse al encuadre de la “democracia” institucionalizada, como la forma de gubernamentalidad liberal, no hacen otra cosa que reforzar el encubrimiento institucional de la extorsión política. La forma de gubernamentalidad clientelar hace evidente, de manera descarnada, la extorsión política; en cambio, la forma de gubernamentalidad liberal la encubre, de manera institucional, apegada a la Ley, el ejercicio de la extorsión política.

Se puede definir la cuestión política de la siguiente manera: se nombra a la “democracia” en discursos que la exaltan y pretenden su profundización, así como en discursos que la conciben como lograda en el Estado liberal o el Estado de derecho; yendo más lejos como realización histórica en el socialismo; o, contrastando, como “decadencia occidental”, entonces susceptible de concretizarla en el pueblo elegido o el pueblo superior. A pesar de sus diferencias, todas estas variedades discursivas políticas, incluso diferencias ideológicas, sirven para preservar el ejercicio del poder, que, en términos de la política institucionalizada, fácticamente implican el desenvolvimiento de las formas de la extorsión política.

El problema de la política en la modernidad es que la política se realiza de una manera paradójica o perversamente complementaria: En el discurso se pretende no solamente la verdad, sino la realización de la libertad,  de la justicia, de la humanidad, o, en contraste, la realización de la nación, como si se persiguieran estas finalidades gratuitamente; sin embargo, estas finalidades terminan justificando el uso de los medios y los procedimientos que se reducen, en la práctica, a la extorsión política.

¿Cómo romper con la extorsión política? Aunque se lo diga sencillamente y hacerlo sea difícil, parece que, por lo menos, teóricamente, hay que empezar por aquí: no aceptar la extorsión, no dejarla efectuarse. Pueden haberse conformado los grupos de extorsión, distribuidos en el mapa institucional del Estado, pueden emerger de los diagramas de poder vigentes, empero si no se acata su amenaza, la extorsión no se da lugar. Como la extorsión se da lugar en toda la malla institucional, en la filigrana de sus recovecos, en distintos niveles y planos, entonces concurre constantemente y profusamente, cuando el conjunto social amenazado no acepta la extorsión, por lo menos la mayoría o, incluso, una parte significativa, la extorsión como sistema expoliación se derrumba. Por lo tanto, el segundo paso o actitud ante la extorsión es movilizarse contra esta práctica de coerción, chantaje y expoliación. Convocando a la sociedad liberarse del chantaje, de la economía política del chantaje, de asumirse como tal, como constelación de asociaciones, de dejar de ser rehén de los grupos de extorsión. El tercer paso o actitud ante la extorsión implica el desmantelamiento del sistema de extorsión generalizada. El cuarto paso o actitud consiste en dar rienda suelta a la potencia social, a la potencia creativa de la vida, desenvolviendo la proliferante invención de la sociedad alterativa.

El fenómeno generalizado de la extorsión alumbra sobre cómo funciona la sociedad institucionalizada. Las historias de las sociedades institucionalizadas, que han requerido construir la máquina abstracta del poder, que nace como máquina simbólica y mitológica, de donde emerge y se edifica el Estado, como instrumento jurídico-político-económico-cultural, que legitima las dominaciones polimorfas, nos muestran que el poder mismo, desde sus comienzos, como ámbito de realización de las dominaciones, se estructura como deuda infinita, como deuda al soberano, propietario y poseedor de la tierra y de todos los bienes; deuda impagable, que inocula la dependencia inicial y la subordinación inaugural. La deuda convierte al deudor y a la deudora en prisioneros de la relación de dependencia con el soberano, convertido en el déspota, símbolo absoluto del poder. Entonces, desde un principio, el ejercicio del poder funciona efectivamente como extorsión.

Las sociedades institucionalizadas, no solamente se cohesionan en base a los mitos, después, a la ideología, así como en base a las estructuras de relaciones sociales, convertidas en prácticas, en hábitos y habitus, sino que son inducidas a hacerlo reproduciendo las formas de la extorsión. Las sociedades institucionalizadas no solamente aceptan como verdad sus mitos, después, sus ideologías, sino que aceptan las estructuras opacas de la economía política del chantaje y las estructuras ocultas del lado oscuro del poder. Entonces, no solo se cohesionan reproduciendo las relaciones sociales y las estructuras sociales y culturales de cohesión social, sino reproduciendo las estructuras del chantaje y de la extorsión de las máquinas en funcionamiento del poder.

Se trata de sociedades que conviven con el sistema de extorsión generalizado; por lo tanto, de sociedades que reproducen su condición de rehenes. Es como si constantemente remacharan reforzando sus propias cadenas; no solo resalta aquí el deseo del amo, sino también una especie de masoquismo convertido en costumbre. Se trata de un padecimiento aceptado, incluso buscado. Aceptar recorrer el calvario, cargando el peso agobiante de la extorsión. Ahora bien, ¿por qué se lo hace? ¿Por costumbre, por hábito? ¿Por qué no hay de otra? Es difícil responder a estas preguntas, aunque se tenga a mano hipótesis más o menos adecuadas. Se tiene que comprender que el poder no solamente es una máquina abstracta sostenida por agenciamientos concretos de poder, sino que se encarna, por así decirlo, se inscribe en el cuerpo; políticamente en la superficie del cuerpo, en la piel, subjetivamente, en el espesor corporal, en los esquemas de comportamiento y conducta, que responden a las modulaciones efectuadas por los diagramas de poder desplegados. Por lo tanto, parece que el sujeto constituido por el poder no encuentra otros recursos para responder a las exigencias del poder que los incorporados por el poder mismo. En consecuencia, el poder como maquinaria abstracta se comunica con el poder como cuerpo afectado y modulado por el poder; el poder se comunica con el poder y logra las respuestas esperadas. La potencia del cuerpo está inhibida, contenida, sumergida, por el ejercicio efectivo del poder; la creatividad corporal, conectada a la creatividad de la potencia de la vida, se encuentra bloqueada. Las posibilidades alternativas de acción están contenidas, las posibilidades alterativas de acción están congeladas; las predisposiciones corporales a las fenomenologías perceptuales están restringidas, dejando que solo se realicen las que son funcionales a la reproducción del poder. En estas condiciones de imposibilidad histórica-cultural, las voluntades singulares se conculcan, delegando a la voluntad general, a nombre del bien común, las pasiones, los quereres, los deseos, de las multitudes. El engaño o autoengaño se da en este transcurso delegativo; la ilusión frustrante es que la voluntad singular se realiza en la voluntad general, que es la conjetura liberal para legitimar el poder del Estado.

La extorsión es una de las formas de la violencia desplegada del lado oscuro de la economía y del lado oscuro del poder. La violencia, como efecto en el sujeto del impacto de las fuerzas capturadas por el poder y usadas para su reproducción, es el fenómeno del ejercicio del poder en los planos y espesores de intensidad social, controlados por las estructuras de las dominaciones. El poder no puede sino reproducirse por captura de fuerzas sociales, a las que separa de lo que pueden, y son usadas como disposición de fuerzas concentradas y dispositivos de fuerzas controladas para inducir comportamientos y conductas requeridas por los diagramas de poder y las cartografías políticas. El poder no puede sino reproducirse a través de los efectos de la violencia en los sujetos sociales. Tanto la amenaza, así como el desencadenamiento de las fuerzas controladas, que podemos llamar represión, inducen comportamientos y también consolidad esquemas de comportamientos, convirtiéndose en habitus. La reproducción del poder y por lo tanto su despliegue puede ser comprendido y entendido no solo como relación de fuerzas, diagramas de fuerzas, que funcionan como estrategias materiales e institucionalizadas, como consideraba Michel Foucault, sino que suponen genealogías y fenomenologías integrales, que incluyen los efectos en las estructuras del sujeto, efectos que vienen con cargas simbólicas e ideológicas, que son decodificadas en la inmediatez de los actos y las acciones. En consecuencia, la comprensión y el entendimiento de las dinámicas del poder no pueden desentenderse de las genealogías de la violencia y de sus imaginarios sociales.

La extorsión, como forma de la violencia desatada, en los términos de la expoliación, responde como a un culto de la violencia, profesado por los grupos y corporaciones de la extorsión, pero también aceptada pasivamente por la sociedad institucionalizada. Si bien no podemos hablar de “cultura de la violencia”, salvo metafóricamente, pues la cultura supone la articulación dinámica de sistemas simbólicos, sistemas de signos, narrativas, formaciones discursivas, además de prácticas culturales, se puede identificar ámbitos culturales donde se hace apología de la violencia. Por ejemplo, las ideologías que se reclaman como portadoras de la promesa, legitiman el uso de la violencia como medio para lograr los fines perseguidos. No solo entran en esta fetichización ideológica de la violencia las ideologías que reclaman la realización de justicia, sino también las ideologías que se reclaman como realización de la libertad. Unas justifican el uso de la violencia para alcanzar el paraíso prometido, otras justifican el uso de la violencia para defender el orden de libertad alcanzado. Las ideologías, a pesar de sus diferencias y contrastes discursivos, además de políticos, funcionan como legitimadoras de la violencia ejercida.

La extorsión política es, en sí misma, despliegue de la violencia; no busca claramente o declaradamente legitimarse, sino que se satisface en caer y circunscribirse en el pragmatismo descarnado: “así funcionan las cosas”. Las comunicaciones asociadas a la extorsión política suponen ya el “marco cultural” donde se mueven, “marco cultural” de la apología de la violencia. Se apoyan, de antemano, en la ideología política, que hace como de atmósfera de simbolizaciones y significaciones, que cobijan las comunicaciones de la extorsión. Por ejemplo, si se obliga a pagar tributos no normados ni institucionalizados, pero que funcionan como “sistema” oculto aceptado, se lo hace suponiendo la formación discursiva en boga. Si se exige a la población a votar por la opción representativa y auténtica del pueblo, se lo hace suponiendo la verdad dada en las pretensiones de la ideología. Algo parecido pasa cuando se reclama a la población a votar por la opción representativa de la institucionalidad y del Estado de derecho. Si se presentan elefantes blancos como logros del “proceso de cambio”, expoliando a la población, pues se trata del uso de recursos públicos, se lo hace suponiendo que los que lo hacen están ungidos de la aureola “revolucionaria”. Algo parecido, aunque de manera distinta, pasa cuando se presentan las privatizaciones, el despojo del ahorro social, la restricción de la inversión social, como procedimientos ineludibles del equilibrio económico. En ambos casos, la extorsión política se desenvuelve expoliando a los pueblos.

La extorsión política, así como las otras formas de extorsión, en el contexto de las formas de la economía política del chantaje, iluminan, hacen inteligible, los funcionamientos de las máquinas de poder, abarcando sus ámbitos entrelazados y complementarios; los correspondientes al lado luminoso del poder, el institucional, y los correspondientes al lado oscuro del poder, relativo a las prácticas paralelas. Si bien la extorsión funciona en el lado oscuro del poder, está articulada y complementada o encubierta por los funcionamientos en el lado luminoso del poder; las instituciones hacen como máscaras que encubren funcionamientos del sistema de la extorsión generalizada.  

 

Los dispositivos de la extorsión

Los dispositivos de la extorsión

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Los dispositivos de la extorsión

 

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Dedicado a Francisco, víctima de la extorsión judicial.

 

 

 

Se dice que la extorsión es un delito que consiste en obligar a una persona, a través de la utilización de violencia o intimidación, a realizar u omitir un acto jurídico o negocio jurídico con ánimo de lucro y con la intención de producir un perjuicio de carácter patrimonial o bien del sujeto pasivo. Bueno, la extorsión se ha convertido en el modus operandi del sistema-mundo; por lo tanto, de los Estado-nación contenidos en este sistema global; pero, lo más grave, es que se ha convertido en un hábito perverso en las prácticas sociales. En ensayos anteriores expusimos análisis sobre la decadencia, hablamos del derrumbe moral y ético, de la diseminación de las instituciones, de su atravesamiento por las estructuras del lado oscuro del poder. Cuando se lo hizo no se pretendió que se lo hacía de manera abarcadora; hay tópicos que no fueron tocados en lo que podemos llamar la composición de la decadencia; uno de ellos es el relativo a la extorsión.

La extorsión se ha convertido en un hábito institucional o dentro del funcionamiento de las instituciones. Como usufructúo para el funcionamiento de las mismas se conforman grupos de extorsión; estos grupos se colocan en todo el mapa institucional; desde los ingresos a las mismas instituciones hasta sus salidas, pasando por toda la maquinaria burocrática, en plena ejecución. Los extorsionados son los usuarios del sistema institucional, ya entren como víctimas o como imputadas. La extorsionada es la sociedad misma, que se ve obligada a recurrir al sistema institucional, pues se encuentra atrapada en sus redes. El funcionamiento institucional se ha convertido en “normal”, pues “así funcionan las cosas”. No importa si se violan derechos humanos, civiles, políticos, sociales, colectivos, constitucionalizados. Lo que importa es que la máquina institucional funcione como funciona, mediante el ejercicio distribuido y proliferante de las extorsiones.

Es pues “normal” que se extorsione a las víctimas, también a los imputados. Tanto víctimas como imputados tienen que pagar; se trata del pago a la institución por haber ingresado a su “sistema”, donde debe seguir los pasos establecidos por los grupos de extorsión.  Los grupos de extorsión están conformados por varios funcionarios implicados, que, aunque cumplen tareas distintas, de acuerdo a sus asignaciones, se coaligan cuando tienen que ejercer la extorsión. Por ejemplo, en el sistema judicial, cuando una víctima o, en su caso, un imputado, ingresa a la máquina de justicia, el fiscal acusador, el defensor, el juez, a pesar de, por prescripción normativa y de funciones, tienen que concurrir y competir desde las tareas que les competen, contrastantes, todos ya están coaligados y comprometidos en hacer funcionar la extorsión. No se trata de defender a la víctima o al imputado; tampoco se trata de hacer una imputación coherente y objetiva, que responda no solo a una investigación, sino también a una consideración de los hechos y las circunstancias; así como no se trata de dirimir como juez entre la argumentación acusadora y la argumentación defensora; sino se trata de que el ejercicio de la extorción funcione, opere, obtenga los resultados buscados, que están lejos de corresponder a la realización de la justicia, sino que corresponden a mantener y reproducir el funcionamiento de la maquinaria de la extorsión.

La justicia es lo que menos importa; lo que importa es que se la tema; es decir, que se tema al aparato que se inviste simbólicamente de “justicia”, que se unge de dispositivos y engranajes que se reclaman de ejercer justicia, cuando lo que hacen es descargar la violencia institucionalizada del sistema judicial en los cuerpos magullados de las víctimas, donde también ingresan los imputados.

No es justicia, es violencia la que se realiza. Se legitima la violencia de la institucionalidad corroída con el uso arbitrario de las leyes, con la administración abusiva de las leyes, mediante interpretaciones provisionales, apresuradas, grotescas e incongruentes. De lo que se trata es de usar las leyes como látigos para castigar; por eso es indispensable señalar claramente al culpable, al “enemigo de la sociedad”, al “enemigo público”, al peligro. La conclusión judicial: hay que encerrarlo, tiene que esperar encarcelado su juicio, y cuando termine, tiene que cumplir con la pena asignada. La premisa fundamental de la justicia moderna, la de que nadie es culpable en tanto no se lo demuestra, es descartada de inicio. Se retrocede, entonces, de una concepción liberal de la justicia a una concepción monárquica de la justicia, a la del castigo.

Lo que sorprende no solo es este anacronismo perverso de un sistema de justicia que ejerce extorsión, sino que a todos les parece “normal”, pues “así funcionan las cosas”.  No solo a funcionarios de justicia, a abogados imputadores, a abogados defensores, a jueces, a policías, que custodian, sino también a las mismas víctimas e imputados, a las familias de éstos, a la sociedad misma involucrada y afectada por esta forma violenta de ejercer la justicia, que desconoce derechos humanos, derechos civiles, derechos políticos, derechos sociales, derechos colectivos, constitucionalizados.

Siguiendo con el ejemplo, relacionado a la institucionalidad judicial, el ejercicio de la extorsión se hace elocuente en lo que respecta a la famosa ley 1008, impuesta por el imperio; ley suspendida por la Constitución; por lo tanto, ilegitima e ilegal, descartada por la Constitución. A pesar de esta situación jurídica, de la condición ilegal e inconstitucional de dicha ley, se la sigue aplicando, como si nada. No importa si es así, lo que importa es que el “sistema” de castigos y penas, el “sistema” de extorsión, siga funcionando. A nadie le conmueve que se lo haga, a pesar de cometer, teóricamente, delitos constitucionales. Este comportamiento de sometimiento al anacronismo institucional, que persiste, a pesar de la nueva Constitución, muestra fehacientemente que no ha importado nunca la Constitución ni su cumplimiento; lo que importa es que los diagramas de poder funcionen tal como la han ven ido haciendo hasta ahora.  Puede cambiar la Constitución, pero lo que no puede cambiar es el régimen del poder. La Constitución está bien como discurso, empero, la Constitución no puede sustituir a las máquinas de poder, que ejercen las dominaciones polimorfas.

Sabemos que la demagogia política es la que campea; se habla de “transformar la justicia”, es decir, su ejercicio, plagado de corrupción; sin embargo, este es un enunciado fofo, que no tiene consecuencias prácticas, salvo el de seguir manteniendo lo mismo, la corrupción, aunque cambie de formas, perfiles, estilos.

El debate entre “oficialismo” y “oposición” se ha circunscrito al tema de la elección de los magistrados, que, por cierto, es donde ha perdido el “oficialismo”, aunque no haya ganado la “oposición”, sino el rechazo social a la farsa. El sistema judicial no solo está compuesto de magistrados, tribunales, jueces, sino, sobre todo, de subsistemas y estructuras, además de relaciones, que lo hacen funcionar. El “debate” entre “oficialismo” y “oposición” se ha perdido en el modo de elegir las jerarquías; está muy lejos de haber tocado el problema, menos el núcleo del problema. Ese debate, que tiene la pretensión de “defender la democracia”, solo ha tocado el problema en alguna superficie visible de sus manifestaciones; solo interesa denunciar las maniobras del gobierno o, en su caso, de lograr el control de los aparatos de justicia. Para nada se ventila la preocupación por la justicia misma, en las condiciones de posibilidad históricas-políticas-económicas-institucionales de un Estado-nación construido en genealogías de la violencia.

El gobierno ha impuesto dos veces sus magistrados afines, a pesar de haber perdido las elecciones consecutivas de magistrados – lo que anulaba taxativamente la elección misma -; la población votante le ha ganado al gobierno dos veces, en el intento de legitimar su maniobra; pero la problemática de un sistema de justicia extorsionador no ha sido abordado.

Ahora bien, el ejercicio de la extorsión no se sitúa solamente en la institucionalidad judicial, sino se extiende por toda la red institucional del Estado, incluso de la sociedad. Por ejemplo, se extorsiona en el sistema de salud; los pacientes se convierten en rehenes en manos de estructuras administrativas de la salud, que funcionan con flujos dinerarios. Lo que interesa no es la salud, ni curar la enfermedad, menos atender las emergencias para lograr la estabilización corporal, quitar el dolor e intervenir organizadamente para resolver el problema agudo contraído. Aunque estas sean las tareas asignadas, son como la excusa para extorsionar al paciente y a la familia del paciente. Lo peor no es esto, a pesar que ya es espantoso, sino la negligencia médica. Las equivocaciones de diagnóstico se suman, acarreando las muertes por negligencia. Por otra parte, las instalaciones hospitalarias y clínicas resultan inadecuadas o sobrepasadas por la magnitud de la demanda. La tecnología médica ya es anacrónica, salvo en la implementación escasa de alguna clínica privada, que cobra el ojo de la cara por su uso. Aunque se implemente con gran propaganda algún instrumental médico reciente en el sistema de salud publica, éste, en primer lugar, es insuficiente para la atención; en segundo lugar, la incorporación tecnológica requiere de insumos constantes, operarios especializados, además de la manutención y  su uso por equipos coordinados y preparados. En consecuencia, la tecnología médica implementada resulta una muestra actualizada en un océano anacrónico de obsolescencias.

El reciente conflicto médico destapó la crisis del sistema de salud público y privado. En primer lugar, el sistema de salud no cubre a la población demandante y necesitada; solo una proporción privilegiada es atendida. Los y las aseguradas, los y las que tienen suficientes recursos para ser atendidos. En segundo lugar, el nombrado sistema de salud no funciona como sistema, sino de una manera bastante descuajeringada; lo que sí funciona es la administración económica de los recursos públicos y privados. Si no llegan los recursos del Estado, entonces se para el sistema de salud pública, solo con el cobro alto de la atención medica funciona el sistema de salud privada. El motor de este funcionamiento es netamente económico; la ciencia médica queda relegada, mucho más si se trata de investigación, así como actualización y formación permanente. La ética médica ha sido olvidada como si fuese un romanticismo de los viejos médicos de vocación. En pocas palabras, el sistema de salud es también un sistema de extorsión.        

Otro ejemplo, el sistema educativo. Se sabe que la escuela es dispositivo fundamental del diagrama de poder del disciplinamiento escolar; emerge en los comienzos de la modernidad, junto al dispositivo del cuartel y al dispositivo de la cárcel. Ha sido el gran modulador de los esquemas de comportamientos modernos e individuales, así como constitutivo de las subjetividades modernas; también, indispensable, en la instauración de la ideología moderna. Sin embargo, formando a los ciudadanos en el paradigma humanista, después, acompañando con la formación técnica y científica, las especializaciones y en los requerimientos de la investigación. Empero, en la contemporaneidad, los paradigmas educativos se encuentran en crisis; tanto sobrepasados por la vertiginosa transformación de la civilización moderna, así como porque estos paradigmas han dejado de ser los referentes. Ahora el referente es el paradigma económico. La educación se ha convertido en un negocio; se enseña como parte de un costo de inversión para obtener beneficios y ganancias. La formación se ha banalizado a tal punto que de lo que se trata es de lograr el manejo de cierta información seleccionada en los estudiantes, encomendarles la lectura de manuales de disciplinas, reunidas por áreas, el manejo de determinados instrumentos de acceso a la información y de medida, inclinándolos al pragmatismo del cumplimiento de tareas a través de notas de evaluación y examinaciones periódicas.  Con estos procedimientos educativos, el incentivo a la creatividad desaparece, así como la curiosidad es relegada a las predisposiciones individuales, que vienen a ser como una singularidad propia de los genios o de los excéntricos. Por lo tanto, no forman parte del sistema educativo mismo.     

La extorsión en el sistema educativo es constante, desde que se ingresa al sistema hasta que se sale. En el subsistema público, a pesar de que constitucionalmente es gratuito, las familias tienen que cubrir los costos de los útiles, los libros y otros servicios, la alimentación y el transporte.  Cuando los estudiantes reprueban o están por reprobar, las familias tienen que contratar a un profesor para recuperarse. Por otra parte, hay otros gastos, en ferias, en festividades, en festejos o actos culturales. Pero, lo más grave no es esto, sino la constante extorsión a las familias y a los estudiantes, en quienes pende la espada de Damocles sobre sus cabezas. Para salir bachiller hay que al final doblegarse a las prácticas establecidas y acostumbradas. O, como ocurre con la reforma educativa, se facilita el paso de los alumnos por los grados primarios y secundarios, de tal manera que, en la composición de las notas, resulta muy difícil aplazarse, a pesar de la dejadez. En este caso la extorsión se reduce a la complicidad entre estudiantes, familias, profesores, en el sistema educativo, para mantener un sistema de bajísima formación y bajísima exigencia, pero, que reproduce el funcionamiento de un sistema de extorsión de baja intensidad, empero que deja réditos.

Estos tres ejemplos del sistema de extorsión generalizado, no son, obviamente los únicos ni tampoco los principales y jerárquicamente referenciales; estamos ante la expansión desbordante del ejercicio de la extorción en distintos niveles y planos, en diferentes espacios de la institucionalidad, cobrando peculiaridades propias, dependiendo de donde se da lugar. Empero, se comparte en las distintas dependencias y dominios donde se da la característica destacada que hace a la extorsión; acto de expoliación que induce a las personas afectadas a acatar prácticas no institucionales ni normadas por la ley; sino que responden a lado oculto del poder, a las formas paralelas de las relaciones de donación, no visibles. La extorsión requiere de culpables, de imputados, de sancionados, de encarcelados; la extorsión requiere de enfermos, de pacientes, de dependientes y demandantes de atención; la extorsión requiere de pupilos, de alumnos, de demandantes de títulos académicos. En fin, la extorsión generalizada requiere de contenidos de las formas discursivas institucionalizadas; del señalado como víctima o como delincuente; del identificado como enfermo, contaminado o convaleciente; del objetivado o clasificado como aprendiz o en proceso de formación educativa. En fin, aunque parezca tautológico, el sistema de extorsión generalizado requiere del o la extorsionada.

Por eso, no puede sostenerse la tesis de que el sistema judicial, el sistema de salud, el sistema educativo o cualquier otro sistema de la malla institucional del Estado y de la malla de la sociedad institucionalizada están para resolver los problemas que ocasionaron su emergencia y su edificación. Paradójicamente, el sistema judicial está, más bien, para reproducirse como tal preservando la masa critica de las victimas y de los delincuentes; el sistema de salud está, mas bien, para reproducirse preservando la masa critica de enfermos y pacientes; el sistema educativo, está, mas bien, para reproducirse preservando la masa crítica de aprendices y pupilos, que requieren titularse. Y así sucesivamente, cualquier subsistema del sistema de extorsión generalizada está para reproducirse preservando la masa crítica de expuestos y vulnerables a la extorsión.

Lo que hay que anotar es que las composiciones del lado luminoso del poder, las institucionales, se complementan con las composiciones del lado oscuro del poder, no institucionales, pero que funcionan como “sistema”. El sistema judicial, que responde a la organización del Estado, que tiene como funciones las de ejercer justicia y garantizar el cumplimiento de los derechos, se complementa, sobre todo encubre, con el funcionamiento del ejercicio del poder del lado oscuro de las dominaciones.

 

Reforma, revolución o alteridad

Reforma, revolución o alteridad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Reforma, revolución o alteridad

 

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¿Cuál es el referente de un debate sobre el proceso y el desenlace de un acontecimiento político[1], como la revolución o la reforma? ¿Los discursos justificativos y los discursos críticos del “proceso de cambio” mentado? ¿No es, mas bien, la materialidad misma del propio proceso, es decir, su material acontecer? Se entiende que un discurso crítico se contrapone a un discurso legitimador; esto es parte de las tradiciones y la herencia retórica, en el sentido antiguo de la palabra. Pero, no se trata, como en la retórica, de convencer, mediante el arte de la argumentación, sino de contrastar los discursos mismos con la facticidad de los hechos, de los sucesos y eventos, que hacen, por lo menos, al perfil de los acontecimientos. Las preguntas que debemos hacernos pueden parecerse a las siguientes: ¿Es ésta, la que observamos, una revolución? ¿Bajo qué condiciones de posibilidad históricas-sociales-culturales podemos afirmar que se trata de una revolución? Además, ¿respecto a qué es una revolución?

Las formaciones discursivas, herederas de la revolución francesa, que la tienen como un paradigma inaugural de la revolución, consideran que la revolución política y social se efectúa contra un régimen, el llamado ancien régime, antiguo régimen[2]; en consecuencia el cambio de un régimen monárquico a un régimen republicano es considerado como revolución. El concepto de revolución se mantuvo y mutó conservando la metáfora del cambio de régimen. Cuando se habla de revolución socialista, se supone que se cambia de un régimen liberal a un régimen socialista o, en su caso, en el caso de las revoluciones en la periferia del sistema-mundo capitalista, en el cambio de un régimen conservador, cualquiera sea éste, a un régimen de transición socialista. Ahora bien, tomando en cuenta la revolución rusa de 1917, parece evidente que se da un cambio de régimen, pasando del régimen zarista, monárquico, imperial y de características nombradas, equivocadamente, como despotismo asiático, a un régimen de poder de los soviets.

Toda nuestra discusión anterior giró sobre ¿qué clase de régimen se implantó después de la revolución de febrero y el golpe de Estado de octubre de 1917? ¿Socialista? Nuestras conclusiones dicen que, si bien la pretensión discursiva y programática fue socialista, lo que se implantó no fue un régimen socialista; no solo porque no estaban dadas las “condiciones económico-sociales”, no solo porque no puede edificarse el socialismo en “un solo país”, sino porque el régimen estatalista avanzó, acortando tiempos, por la acumulación originaria y ampliada de capital, cumpliendo la modernización por la vía del cuartel[3]. Sin embargo, a pesar de esta constatación interpretativa, no deja de ser un cambio de régimen. Entonces, ¿sigue siendo una revolución, en el sentido histórico-político otorgado? No deja de ser una revolución por el cambio de régimen, aunque no se pueda aceptar que haya sido una revolución socialista; tampoco un régimen soviético, pues el partido comunista no devuelve el poder a los soviets después de culminada la guerra civil contra los “rusos blancos” y la intervención imperialista.

¿Lo que ha pasado con los “gobiernos progresistas” de Sud América puede considerarse como revolución? ¿Se ha pasado de un régimen a otro? No. Del régimen liberal se sigue en un régimen liberal, aunque este haya sido adulterado o vuelto barroco, con incorporaciones populistas. ¿Se trata entonces de reforma? Si, se puede decir que se incorporan reformas, sobre todo a través de la promulgación de las nuevas constituciones. El impacto social de las políticas populistas puede considerarse incluso como positivo, pero este impacto no sostiene que ha habido una revolución. En todo caso se puede llegar a decir que las reformas implementadas han tenido un impacto positivo en la sociedad, en las clases subalternas de la sociedad. Pero, para decirlo esquemáticamente, las reformas no transforman ni el Estado ni la sociedad, sino que lo usan para incidir en modificaciones en la estructura social, cuya composición estructural no cambia, sino varía.

En consecuencia, la discusión debe situarse en estos contextos, teniendo en cuenta los referentes históricos-políticos de los que se habla. En relación a los llamados “gobiernos progresistas” no está en cuestión la llamada revolución, ni sus desenlaces, tampoco su porvenir; sino están en cuestión los alcances de las reformas. Considerar una evaluación de estos gobiernos populistas a partir de la inflamación de los discursos pretensiosos, que se reclaman de que expresan la “revolución en marcha”, es equivocar el método y la perspectiva de la evaluación misma. Por así decirlo, se mide con la vara de la revolución a un acontecimiento reformista.

Ahora bien, en términos de reformas, ¿qué es lo que han cambiado estos “gobiernos progresistas” en sus países, sociedades y estados? Se habla mucho, incluso, mediante los datos del PNUD, que han pasado contingentes notorios de “pobres” a las llamadas “clases medias”, que ha disminuido notoriamente la “pobreza extrema” y también la “pobreza” en general. Entonces, las valoraciones respecto a estos cambios demográficos pueden considerarse de positivos. Ahora bien, la pregunta de contraste sería: ¿estos cambios se habrían dado de todas maneras bajo los gobiernos neoliberales, que precedieron a los “gobiernos progresistas”? Las “clases medias” no han dejado de crecer debido al crecimiento vegetativo y social de las ciudades. Sin embargo, el impacto de los ajustes estructurales de los gobiernos neoliberales ha sido y es, mas bien, negativo respecto a las clases sociales más vulnerables, incluso llevando a la pauperización a parte de las “clases medias”. Hoy se vuelve a observar esta situación con el retorno de gobiernos neoliberales, después de la caída de los “gobiernos progresistas”.  

Ahora no vamos a tocar la temática y la problemática de la crisis múltiple del Estado-nación; nos remitimos a anteriores ensayos[4]. Nos vamos a concentrar en la contrastación o, mejor dicho, comparación, entre los alcances de la revolución y los alcances de la reforma, evaluándolos desde distintos parámetros o varas. Si bien una evaluación requiere valorizar el conglomerado completo de los procesos intervinientes en el acontecimiento político, es conveniente, por el momento, concentrarnos solo en la diferencia entre revolución y reforma, para asumir evaluaciones adecuadas de estos acontecimientos políticos. Volviendo a los alcances de la reforma, la pregunta que debemos hacernos es: ¿se podía haberlo hecho mejor de lo que lo han hecho los “gobiernos progresistas”? Si consideramos las constituciones en las que se basan, por lo menos, como referente jurídico-político, el alcance constitucional va más lejos de lo que alcanzaron fácticamente los “gobiernos progresistas”. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué no cumplieron con sus constituciones? ¿Por qué se quedaron a mitad del camino, incluso menos? ¿Se trata de los límites que pone el círculo vicioso del poder? ¿El proyecto efectivo no es el enunciado por la Constitución sino otro, el implícito, dado en la herencia de las prácticas de las dominaciones? ¿Proyecto más restringido y mezquino, circunscrito a las ilusiones del deseo, deseo del deseo, traducido pedestremente como deseo del poder y de riqueza? Si fuese así, no distingue a los líderes “progresistas” de los líderes neoliberales; ambos juegan, por distintos caminos, a lo mismo, al control, a la permanencia, sea rotando o perdurando, a la continuidad de lo mismo. Se diferencian en los discursos, en la forma ideológica, quizás en los comportamientos y conductas, hasta en los estilos; empero, comparten los mismos mitos e ilusiones del poder.

Si fuese así, entonces, no se trata de cumplir con los alcances posibles de la misma reforma, sino de usar la reforma como herramienta de convocatoria, de publicidad y propaganda; incluso, alargando la elasticidad, de convertirla como si fuese una “revolución”. Dramatizar su situación, sus problemas y contradicciones, haciendo que lo que se juega, ya no con la reforma, sino como si fuese ésta una revolución, es el destino mismo del pueblo, del país, de la región, del continente y del mundo.  Desde este dramatismo político, desde el teatro dramático de la política puesta en escena, entonces se convoca dramáticamente al pueblo en “defensa de la revolución”. Esta revolución no existe, no es tal; por lo tanto, lo que se hace es una puesta en escena para mantener la convocatoria popular.

Al respecto, se hagan los “análisis” que se hagan, de justificación o de crítica, cuando se toma en cuenta esta pretensión exagerada y exacerbada como referente válido, se ingresa de lleno a un debate ideológico; muy lejos de la descripción de lo que efectivamente ocurre, muy lejos de los referentes y consideraciones adecuadas para una evaluación del acontecimiento político, en sus singularidades presentes. No interesa tanto lo que dijo y dice tal ideólogo, legitimador de los “gobiernos progresistas”, sino, importa más por qué lo dice, por qué dice lo que dice, en plena constatación de la decadencia del “proceso de cambio”. Esta es la cuestión. Comprender el funcionamiento de las máquinas de poder, en la manifestación de sus singularidades.

No es apropiado buscar refugio en las teorías de la conspiración, tampoco en las intenciones secretas de los gobernantes, así como no tiene mucho sentido considerar las argumentaciones retóricas, que pasan como si fuesen teóricas. Los referentes para un análisis y para una evaluación. Hay que preguntarse sobre la potencia social que hizo emerger la reforma, en el caso concreto de los “gobiernos progresistas”, y la revolución, en el caso de las revoluciones históricas dadas en la modernidad. Las reformas y mucho más las revoluciones emergen de eclosiones sociales. Los alcances de las potencias sociales desatadas no pueden confundirse ni restringirse a los alcances de la reforma y la revolución misma desatada. Van más lejos.

Las eclosiones sociales estallan en los contextos de las contradicciones y antagonismos, de problemáticas, desatadas por formaciones sociales históricas conformadas sobre las bases de relaciones de poder y mallas institucionales, que hacen de instrumentos de dominación. Las eclosiones sociales conllevan sus propios procesos y los procesos responden a sus propias gestaciones. Desde esta perspectiva no se puede hablar de desenlaces de la eclosión social, refiriéndose al resultado de una forma de gobierno conformada, después de la eclosión, pues la forma de gobierno o forma de gubernamentalidad responde a otros procesos, que tienen que ver con las genealogías del poder y las genealogías del Estado. Si se da un resultado en la forma de gobierno que sea, si es más próximo o más lejano de las expectativas y esperanzas de la eclosión social, tiene que ver con la yuxtaposición de la genealogía del poder y de la genealogía de Estado a las propias anti-genealogías de poder de la eclosión social, a las propias estrategias de contra-poder de la eclosión social. No se puede hablar entonces, como más o menos comúnmente se hace, de algo así como el desenlace de la eclosión social, refiriéndose a la forma de gobierno con la que culmina la rebelión, la insurrección popular. Se trata, por así decirlo, de dos ámbitos del acontecimiento que se cruzan, dando lugar a una articulación compleja entre desenvolvimiento y despliegue de las anti-genealogías de poder y de contra-poderes respecto a las genealogías del poder y genealogías del Estado.

Usando figuras ilustrativas, se podría decir que una vez desatada la eclosión social, cuando la misma repercute en no solo el tejido social, sino también en las estructuras institucionales del Estado, las estructuras de poder reaccionan ante la avalancha social; desde la perspectiva conservadora, usan al Estado para defenderse de la revuelta social; desde la perspectiva crítica y opuesta al régimen, se persiguen transformaciones estatales e institucionales. Hay también perspectivas pragmáticas, si se quiere hasta oportunistas, o parecidas a del “gato pardo”, que aprovechan la ocasión para hacerse cargo del gobierno, combinar el inicio de algunas reformas, empero, manteniendo no solo la estructura estatal, sino incluso la estructura del poder, usado por unos y otros. Por lo tanto, lo que ocurre es una remoción o una perturbación en la estabilidad edificada del sistema de poder; puede tener mayor o menor alcance, mayor o menor repercusión en la estructura y la arquitectura estatal la rebelión social, empero, la malla institucional, el sistema mismo de poder, reaccionan, buscando recuperar su estabilidad y su reproducción, su continuidad, adecuándose a los cambios.

Ahora bien, la pregunta que parece pertinente es: ¿la revolución responde a una eclosión de mayor alcance y la reforma a una eclosión de menor alcance? Podría hasta aceptarse como hipótesis plausible esta correlación enunciada desde la perspectiva de la unidimensionalidad epistemológica, donde se supone que la eclosión social se desenvuelve, una vez apagado el fuego, en forma política. Sin embargo, como acabamos de exponer, desde una perspectiva, mas bien, compleja, se trata de ámbitos diferentes, en los que se despliega la eclosión social, respecto a los donde se desenvuelve la genealogía del poder. Desde la perspectiva compleja, incluso una eclosión fuerte, de alcance e irradiación mayores, puede ser cruzada por una reacción estructural reformista. Esto no depende del impulso de la eclosión social, sino de la combinación que se da entre la reacción estructural del poder y la irradiación y consecuencias de la rebelión social. Cuando las genealogías del poder logran cierta acumulación de saberes de las dominaciones, respondiendo a la experiencia acumulada de las clases dominantes, pueden reaccionar mejor, por el bagaje de alternativas a mano; de tal manera, que, a pesar de una insurrección popular desmesurada, se logra imponer el camino de las reformas, evitando el camino de la revolución.

En la misma perspectiva del enfoque complejo, el camino de la revolución puede darse, no como inmediata consecuencia al alcance de la eclosión social, sino porque la estructura de poder, el sistema de poder, no cuenta con recursos suficientes para responder a las repercusiones de la movilización social. Bueno, como se verá, estas no son las únicas alternativas, sino que hay muchas y varias, dependiendo de las composiciones y combinaciones singulares entre los ámbitos de la eclosión social y los ámbitos de la genealogía del poder.

Volviendo a la temática abordada al principio,  las posibilidades abiertas por la eclosión social abren, por así decirlo, horizontes histórico-culturales en lo que se podría nombrar, manteniendo el nombre, discutido recientemente por nosotros[5], alternativas civilizatorias; estas posibilidades no pueden buscarse en los cuadros de la reforma o de la revolución, pues ambos acontecimientos políticos responden a la reacción, adaptación y adecuación de la estructuras, diagramas y cartografías del poder. Para hacerlo fácil, aunque esquemático, la clase política es la que administra la reforma o la revolución. Que se trate de perfiles políticos tradicionales o, mas bien, de perfiles políticos no tradicionales, nuevos e innovadores, va depender de lo que se ha gestado en los intersticios de esa separación conformada por la economía política del Estado, entre las fronteras entre el acontecimiento social y el acontecimiento   estatal. Que se crea que puede darse un perfil de “profesionales militantes” de la “política revolucionaria”, como creía Vladimir Ilich Lenin, es parte de la ideología. Las mediaciones entre sociedad y Estado no dejan de ser perversas, aunque durante un tiempo el romanticismo revolucionario pueda mantener la vocación destructiva del viejo régimen y la voluntad política de construir el nuevo régimen.

Como lo hemos dicho antes, en vano se busca explicar los derroteros dramáticos de la revolución en versiones de la teoría de la conspiración, ya sea que se diga que se ha “traicionado la revolución”, ya sea que se diga que los conductores del momento no estuvieron al alcance de la tarea, no la comprendieron, o ya sea que se aluda a la “inmadurez” de las “condiciones objetivas y subjetivas” para lograrlo. También desde otro ángulo, el justificativo, que se diga que el “imperialismo” ha conspirado e impedido el avance de la “revolución en marcha”. Todas estas explicaciones no son otra cosa que hipótesis ad hoc, que buscan salvar la ideología revolucionaria, la teoría revolucionaria, el partido revolucionario. Están muy lejos de comprender que la revolución política no es una continuidad de la eclosión social, sino, mas bien, una reacción de las estructuras del poder, en forma de círculo vicioso del poder.  La eclosión social emerge de malestares profundos, generados en los substratos mismos de lo social. Las sociedades alterativas[6], que son el substrato de las sociedades institucionales, se desatan, se despliegan, invadiendo los espacios de las sociedades institucionalizadas, buscando romper las restricciones institucionales que las sociedades institucionales, los estados, imponen a la potencia social. En el fondo, para decirlo sencillamente, la eclosión social es la expresión del malestar civilizatorio; dice: no se puede seguir como se ha seguido hasta ahora, no se puede seguir el recorrido de la civilización moderna, con todos los matices que pueda tener, de promesa o tradicional. Es menester desandar el camino equivocado, abrir otros rumbos que emenden los comienzos equivocados. No se puede construir una civilización de largo alcance contra la vida, contra el planeta, contra los seres y ciclos que forman parte de nuestro mismo hogar. 

 

 

[1] Ver la serie Acontecimiento político; en Cuadernos activistas. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/stacks/715dbb6b8faf4b70bef012832f796319.

[2] Fue el término que los revolucionarios franceses utilizaban para designar peyorativamente al sistema de gobierno anterior a la revolución francesa de 1789, la monarquía de Luis XVI; se aplicó también al resto de las monarquías europeas cuyo régimen era similar. El término opuesto a este fue el de nuevo régimen.

 

[3] Ver Teleología de la valorización. También La ilusión del desarrollo. Así como La valorización como hecho colonial.

http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2018/03/teleologia-de-la-valorizacion.html.

http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2018/03/la-ilusion-del-desarrollo.html.

http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2018/03/la-valorizacion-como-hecho-colonial.html.

 

[4] Ver Gubernamentalidad y crisis de dominación. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/gubernamentalidad_y_crisis_de_domin.   

[5] Ver Arqueología y genealogía de la civilización. http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2018/03/arqueologia-y-genealogia-de-la.html.

[6] Ver Imaginación e imaginario radicales. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/imaginaci__n_e_imaginario_radicales.

Caracterizaciones de la modernidad y del conocimiento moderno

Caracterizaciones

de la modernidad y del conocimiento moderno

Un resumen de la disertación sobre Conocimiento “fosilizado”, conocimiento moderno y “otro” conocimiento[1].

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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¿De qué vamos a hablar? ¿De conocimiento? ¿De las facultades del ser humano para comprender por medio de la razón la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas? ¿De hechos o información adquiridos por una persona a través de la experiencia o la educación, la comprensión teórica o práctica de un asunto referente a la realidad? ¿De lo que se adquiere como contenido intelectual relativo a un campo determinado o a la totalidad del universo? ¿De la consciencia o familiaridad adquirida por la experiencia de un hecho o situación? ¿De lo que representa toda certidumbre cognitiva mensurable según la respuesta a por qué, cómo, cuándo y dónde? ¿O de las corrientes teóricas, los paradigmas, los contextos epistemológicos, las epistemes? ¿Del conocimiento fosilizado, del conocimiento moderno, del “otro” conocimiento, como titula la conferencia?

Si hablamos de conocimiento hablamos de saber, por lo tanto, de formas de saber, incluyendo a las llamadas ciencias. La discusión retorna a la cuestión filosófica de la verdad; en el mejor de los casos, a la correspondencia de la hipótesis con la realidad, como enunciaba Alfred Tarski. ¿Se trata de esto, de evaluar el conocimiento en la historia de sus despliegues, de sus desplazamientos, de sus rupturas, de sus mutaciones y transformaciones? ¿O se trata de algo distinto, por ejemplo, de comprender las dinámicas formativas del conocimiento en los contextos y substratos de las formaciones sociales de dónde emergieron? Si partimos de lo primero, estamos en una reflexión y debate epistemológico; en cambio, si partimos de lo segundo, estamos en interpretaciones de las dinámicas mencionadas desde la perspectiva de la complejidad[2]. La diferencia radica en que, desde la perspectiva de la complejidad, el conocimiento no se considera como un atributo, una facultad, una propiedad o posesión autónoma; por lo tanto, tampoco se considera en los campos donde se gesta, se consolida y muta, como “autónomos”; por ejemplo, los campos teóricos o los campos de las disciplinas y las ciencias. Sino que estos supuestos campos son planos de intensidad que se encuentran, en primer lugar, entrelazados, entre ellos y con otros campos de intensidad; además de situarse en espesores de intensidad que conforman la llamada realidad, sinónimo de complejidad.

En segundo lugar, desde la perspectiva de la complejidad, sobre todo de la teoría de sistemas, las formas de conocimiento corresponden a interpretaciones de los sistemas, que buscan reducir la complejidad de la realidad, generando mayor complejidad interna, es decir, en este caso, hermenéutica. Es decir, las interpretaciones forman parte de la capacidad de los sistemas de recepcionar información, de retenerla, de constituir memorias, de procesarlas, de constituir interpretaciones, de usar las mismas, incidiendo en los entornos. Entonces, la evaluación de las formas de conocimiento, volviendo al término de inicio, no puede ser efectuada, desde la perspectiva de la complejidad, considerando, comparando, contraponiendo, las formas de conocimiento, se trate de paradigmas, de epistemologías, de disciplinas, incluso, en grados menores, de ideologías. Sino, que debe efectuarse la evaluación abarcando la interrelación de los sistemas con sus entornos, que también son otros sistemas.

Entonces se trata de analizar la incumbencia de las formas de conocimiento en la constelación de sistemas donde los sistemas sociales intervienen, sobre todo tomando en cuenta la autorreferencia y la heterorreferencia. Si nos circunscribimos a las problemáticas epistemológicas en la modernidad, entonces tendríamos que evaluar las formas de conocimiento elaboradas y sistematizadas en los contextos donde las sociedades modernas han intervenido y se han desarrollado. En este sentido, habría que considerar estructuras de las epistemes por las que habría pasado las historias del conocimiento, sus formas, paradigmas, corrientes, diferenciaciones entre saberes y ciencias, de la civilización moderna, en sus distintas etapas, en relación a espesores de la complejidad singular que hacen de substratos

No se trata pues de conocimiento, de formas de conocimiento, sino de formas integradas de las dinámicas complejas singulares, donde lo que se llama conocimiento es como efluvio de estas dinámicas. En consecuencia, para comenzar por lo más próximo, se trata de comprender lo que podríamos llamar, siguiendo a Michel Foucault y parafraseándolo, prácticas de conocimiento o prácticas cognitivas. Sin embargo, siguiendo también a Foucault, no se queda ahí, sino que se trata de fuerzas, es decir, de prácticas de poder y prácticas de resistencia. Siguiendo ya no la arqueología del saber, ya no la genealogía del poder y la contra-genealogía de las resistencias, sino las hermenéuticas del sujeto y las contra-hermenéuticas del sí mismo y de la alteridad de la otredad, entraríamos, manteniendo el leguaje foucaultiano, a las tecnologías de poder constitutivas del yo y a las contra-tecnologías alterativas de la otredad. Ya no se trata, por lo tanto, de conocimiento, sino de predisposiciones y disposiciones en distintos planos y espesores de intensidad. Se trata, para simplificar, de prácticas en distintos planos de intensidad, que dan lugar a complejidades singulares, desde las cuales debemos interpretar la situación particular del conocimiento.

Desde este enfoque ¿cómo evaluar el conocimiento moderno, en su composición, diferencia, mutación y transformación? ¿Qué prácticas sostienen este conocimiento? ¿Debemos sugerir una economía política del conocimiento, que supone la separación de sujeto y objeto, poniendo de parte del sujeto el conocimiento y de parte del objeto la materia manipulable, observable, experimentable? Pero, ¿qué prácticas permiten esta disociación, por más imaginaria que sea? La primera disociación, por así decirlo, de acuerdo a las narrativas de la ideología de la modernidad, es la separación entre hombre y naturaleza. Es quizás ésta, en el mito de la modernidad y de la historia moderna, de la civilización moderna, la bifurcación primordial. ¿Pero, efectivamente, de qué manera se da esta separación de la mitología moderna? Obviamente, de manera efectiva, no puede darse una separación de la representación hombre de la representación naturaleza, salvo ideológicamente. Lo que se da, efectivamente, es una intervención mayúscula, antes no vista, de la tecnología y las herramientas elaboradas socialmente en lo que se comienza a señalar como naturaleza. Empero, esta intervención en escala creciente no puede darse sin la transformación de las formas de organización sociales, por lo menos en lo que respecta a la producción. Entonces, la división se da primero en la sociedad, para después interpretarse imaginariamente como separación entre hombre y naturaleza[3].

Lo sugerente de todo esto es que la intervención efectiva se da en la sociedad; por lo tanto, en el cuerpo humano. Se distingue los cuerpos; cuerpos destinados al trabajo y cuerpos destinados a la administración de estos cuerpos de trabajo. Las separaciones que se dan corresponden a intervenciones institucionales en el cuerpo humano. La división importante es la que corresponde a la distribución de cuerpos que son destinados a la administración y cuerpos destinados al trabajo, ya se conforme institucionalmente una clase de propietarios de medios de producción y una clase destinada a la producción. A lo largo de las historias efectivas singulares sociales pueden tener estas divisiones o estratificaciones sociales distintas connotaciones, sin embargo, podemos generalmente distinguirlas como la clase que administra y la clase que trabaja o si se quiere, mejor dicho, produce; aunque para que se de efectivamente la producción como tal tienen que interrelacionarse ambas clases.

Lo que interesa es identificar a la modernidad como sociedades estructuradas, de tal manera, que disocian institucionalmente administradores y productores. Aunque esta diferenciación tenga antecedentes en las sociedades antiguas, en términos de castas, de dinastías, de noblezas, y las formas que adquiere las estratificaciones de la plebe, la sociedad moderna establece clasificaciones de clases como derivadas en relación al acontecimiento del trabajo, no a la herencia de sangre o divina. La modernidad elabora una ideología de las clases, no de castas; se trata de sociedades de clases, que corresponde a su situación en relación al trabajo y la producción, no a la narrativa hereditaria consanguínea. La mitología moderna es, por así decirlo, económica. Es en el campo económico donde se forman las clases, no en la estructura hereditaria y consanguínea, de las narrativas antiguas. Entonces el conocimiento moderno no corresponde al conocimiento revelado de las sociedades antiguas, sino al conocimiento derivado de la producción de objetos y cosas. Se trata de un conocimiento útil en relación a la producción y la organización del trabajo. Para decirlo rápidamente se trata de un conocimiento productivo, de un conocimiento que interviene en la producción.

En estas condiciones de posibilidad histórica, el conocimiento es un instrumento que interviene en la producción. La ciencia es eso, desde la ideología moderna; despierta las fuerzas inmanentes de la materia, es decir, de la realidad. En la narrativa moderna se dice que la ciencia conoce las leyes de la naturaleza; conoce estas leyes para intervenir de manera productiva en la llamada realidad. Se trata también de un conocimiento objetivo, además de corroborado, comprobado y experimentado por medio de la investigación. El valor de este conocimiento es el potenciamiento de la labor productiva social. Se trata de un conocimiento valorativo de la potencia productiva humana. Se puede decir, entonces, que conocer es producir.

Se puede decir que el conocimiento moderno es productivo; la capacidad de este conocimiento se valora por su alcance transformador. El conocimiento moderno transforma la realidad, la convierte en materia dúctil del conocimiento científico. Entonces, la realidad viene transformándose a lo largo de la modernidad. Si bien se puede decir que esto transcurre en el mundo de las representaciones modernas, esta transformación representativa se sostiene en la transformación tecnológica de la realidad. La modernidad es la transformación tecnológica de la realidad. Quizás la expresión filosófica más adecuada a la ideología moderna sea, por eso, la dialéctica. La realidad pensada como devenir.

En el centro de la narrativa dialéctica se encuentra el hombre como actor primordial de la dialéctica, tanto en lo que respecta al trabajo como producción fáctica, así como trabajo abstracto como producción intelectual. Si revisamos la historia de la filosofía, así como la historia epistemológica, en la modernidad, vamos a ver que se trata de una historia de transformaciones, de desplazamientos y rupturas filosóficas y epistemológicas. En estas condiciones, el valor simbólico de vanguardia y el valor simbólico de novedad son altamente apreciados. La modernidad es cambio, transformación, es novedad e innovación.

Por eso, desde la perspectiva de la modernidad, se puede establecer la diferencia histórica entre pasado y presente, también entre pasado, presente y futuro. También se puede definir el atraso, respecto al cambio, lo nuevo, que después adquiere la nominación de desarrollo. Se puede entender entonces, que es en estas condiciones de posibilidad histórico-culturales que emerge el concepto de evolución; que es la idea de transformación aplicada a la interpretación, si se quiere, al conocimiento de la vida; la biología.

La evolución biológica es el complexo de cambios en caracteres fenotípicos y genéticos de poblaciones biológicas a través de generaciones.  Estos transcursos han originado la diversidad de formas de vida que existen sobre la Tierra; se conjetura que se da a partir de un antepasado común. Los transcursos evolutivos han ocasionado la biodiversidad en todos los espesores de intensidad de la organización biológica, incluyendo los de especie, poblaciones, organismos individuales, así como en evolución molecular. ​ Se supone que la vida en el planeta deviene de un último antepasado común universal, el mismo que existió entre hace 3800 y 3500 millones de años. El término de evolución para describir los mencionados cambios fue usado teóricamente por primera vez en el siglo XVIII por un biólogo suizo, Charles Bonnet, en su obra Consideration sur les corps organisés. Sin embargo, hay que recordar que la concepción de una evolución a partir de un ancestro común es antigua; fue enunciada en distintas versiones en la filosofía antigua. La interpretación científica de que las especies se transforman continuamente fue postulada por numerosos científicos de los siglos XVIII y XIX; fueron el referente y la antecedencia de Charles Darwin; el conocido investigador los citó en el primer capítulo de su libro El origen de las especies. ​ De todas maneras, el mérito de Darwin radica en que en 1859 elaboro una teoría explicativa, basada en observaciones; sugirió un mecanismo de cambio, al que denominó selección natural.

Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, plantearon en 1858 que la selección natural es el mecanismo básico responsable del origen de nuevas variantes genotípicas; en última instancia, de nuevas especies. En la contemporaneidad, la teoría de la evolución combina las propuestas de Darwin y Wallace con las leyes de Mendel, también se suman otros aportes de la genética; se la nombra como síntesis moderna o teoría sintética. ​ De acuerdo a esta teoría, la evolución se configura como un cambio en la frecuencia de los alelos de una población a lo largo de las generaciones. Este cambio puede ser causado por diferentes mecanismos, tales como la selección natural, la deriva genética, la mutación y la migraciónflujo genético. La teoría sintética es apreciada en la actualidad y asumida de manera casi generalizada en la comunidad científica; acompañada por reiteradas críticas, innovadas por las investigaciones. La teoría de la evolución ha venido desarrollándose por el aporte de otras disciplinas colaterales, como la biología molecular, la genética del desarrollo o la paleontología. Recientemente se han elaborando hipótesis sobre los mecanismos del cambio evolutivo tomando en cuenta las investigaciones efectuadas en organismos vivos[4].

Como se puede ver el concepto de evolución adquiere denotaciones y connotaciones rigurosas a partir de investigaciones científicas; las interpretaciones teóricas se refuerzan y enriquecen en el intercambio interdisciplinario.  Empero, a pesar de esto, no deja de traer problemas. ¿Cómo ocurre? Si bien la conjetura más plausible que se arrojó fue la de la selección natural, que otros consideran adaptación, el concepto mismo introduce la idea de finalidad, la idea teleológica de propósito. Si bien se puede dejar en suspenso esta idea, ¿por qué tendría que nombrarse como evolución procesos de adaptación, de adecuación y de equilibración? Los cambios, las mutaciones, las transformaciones, sin la idea teleológica, podrían ser interpretados desde la perspectiva de las dinámicas de la complejidad, sin el supuesto de las finalidades. Quizás el concepto más adecuado tenga que ver con la sincronización integral de los ciclos vitales, donde se encuentran los organismos[5].

El pensamiento moderno se configura como la elocuencia de la razón abstracta; es decir, de la razón separada del cuerpo, de las fenomenologías corporales, de la fenomenología de la percepción. La reina del pensamiento moderno es la razón, pero, en sus condiciones abstractas; lo que llamamos la razón fantasma[6]. La racionalización se convierte el proceso fundamental de la modernización; por lo menos, en lo que respecta a la conformación del pensamiento moderno. Las otras formas de pensamiento, las heredadas, tienen que ser arrinconadas a la sombra o llevadas a la noche cuando los trovadores cantan y los poetas y las poetisas recitan, las “brujas” descifran naipes helados. Incluso toda forma de pensamiento moderna, que todavía conlleve las marcas y las huellas de los pensamientos heredados va a ser señalado y llevado al banquillo de los acusados. El debate en el pensamiento moderno es intenso; constante y vigilante. Las vanguardias se van a encargar de perseguir los resabios de las formas del pensamiento conservador, no moderno, aunque se disfracen del mismo. Aquí tenemos que distinguir, sin embargo, lo que pasa, usando una definición espacial acostumbrada, en el campo de las ciencias, sobre todo en las ciencias físico-matemáticas, así como en las ciencias llamadas “naturales”; algo distinto pasa con las llamadas ciencias humanas y sociales. Bueno, entonces hay que distinguir lo que pasa en los distintos campos de las ciencias, teniendo en cuenta sus diferencias, de lo que pasa en los campos, por así decirlo, de la ideología. En todo caso, no deja de ser problemático demarcar las fronteras entre ciencia e ideología, cuando ambas comparten el mundo de las representaciones.

 

Hablemos de ideología en sentido amplio, no solo como masa ideacional, como la definió Paul Ricoeur, no solo como máquina abstracta de la fetichización, como la definimos nosotros, sino como la subsunción de la imaginación a las ceremonialidades del poder. Entonces, la ideología convierte toda discusión en un debate de representaciones; de lo que se trata es de la concurrencia de los corpus representativos por el premio de la verdad, que a este paso resulta como una copa otorgada a la vanguardia del momento, al último grito de la correspondencia de las explicaciones teóricas con los recortes de realidad controlados. En este sentido, retomamos lo de Jean Baudrillard, la modernidad como espectáculo. La modernidad vendría a ser el gran espectáculo de las representaciones, también, por lo tanto, de los simulacros. Pero, lo que importa, más que esto del teatro de las representaciones y el espectáculo de las simulaciones, es que la civilización moderna se va a concebir a partir de su propia mitología, la de la astucia de la razón.

Si retomamos las figuras de la epopeya, de la narrativa antigua, anterior a la novela, podemos sugerir una interpretación ilustrativa; la heroína de la epopeya moderna es la razón. Se enfrenta contra las fuerzas oscuras, las que ocultan a la razón con disfraces barrocos, adornada con alegorías simbólicas, que todavía cuentan los decursos de la guerra cósmica entre los dioses de la oscuridad y los dioses de la luz; narrativa que después se va a convertir en la lucha titánica entre el bien y el mal. La narrativa moderna se separa de la mitología antigua, empero, construye su mitología moderna. No se trata de guerra cósmica entre personajes cósmicos, que encarnan las fuerzas del universo, entre la oscuridad y la luz, sino del nacimiento del iluminismo, que se abre el campo atiborrado de neblina con la antorcha de la crítica de la razón. El iluminismo es eso, la crítica desde la razón; el filósofo que vio con meridiana claridad este nacimiento fue Emmanuel Kant; plasma su acierto y reflexión en Crítica de la razón pura. Pero, al mismo tiempo el filósofo que visualiza el nacimiento de la modernidad también avizora los horizontes de su clausura; por eso, la Crítica de la razón pura es también una crítica de la razón y crítica a la razón. Plantea los límites de la razón; aunque no solo, sino los límites de las facultades de la experiencia y el conocimiento[7]

De Kant se toma la crítica de la razón, pero, la mayoría de sus seguidores y herederos descarta la crítica a la razón, implícita y explicita en las críticas conocidas del filósofo. La filosofía moderna lo domestica, lo subsume a su apología de la razón. No sigamos con la identificación de las reducciones efectuadas por la filosofía moderna de las críticas de Kant; nos remitimos a otros textos; sigamos con la caracterización de la modernidad como mitología de la razón y de la racionalidad.

La premisa principal de la mitología moderna es que la razón libera. Entre las consecuencias de la premisa se encuentra de que la liberación es liberación de la razón. Al liberarse la razón libera a la sociedad de sus cadenas. Por lo tanto, la libertadora es la razón.  Lo que viene después es la narrativa de las luchas de la razón contra las cadenas que esclavizan a los humanos. Las primeras narraciones, en versión positivista o, si se quiere, empirista, relata estas luchas. Después, en los comienzos mismos de la filosofía moderna, con la intuición desbordada por la experiencia de la modernidad, la interpretación toma el rumbo del análisis de la potencia. La potencia vendría a ser la fuerza creativa de la vida. Se puede observar que potencia no es razón; la potencia es inmanente, en cambio, la razón es trascendente. La potencia puede hacerse trascendente, es decir, realizarse; empero, ni así, en este caso, en el caso de su desenvolvimiento y despliegue, la potencia se reduce a la razón. Para decirlo sencillamente, la razón es la facultad ideacional del sujeto, de la estructura del sujeto, la facultad ideacional de la experiencia y el conocimiento humano. La razón se representa la potencia, puede convertirla en la idea, en sentido kantiano; por ejemplo, en la idea de naturaleza, en unas versiones, o en la idea de Dios, en otras versiones, tratándose ya de Dios como postulado en los límites de la razón. La razón, siguiendo, el primer recorrido, puede construir un corpus teórico científico llamado leyes de la naturaleza; más aún, leyes del universo. Por el otro recorrido, la razón puede convertir a la razón misma en una condición inmanente de la historia; en consecuencia, la historia se movería por las astucias de la razón. En este caso, la providencia se convierte en razón histórica.

Las ideas, según Kant, ordenan las consecuencias de la experiencia, sobre todo las de la legislación del entendimiento, usa la construcción conceptual para darle un sentido a la construcción conceptual y categorial, este sentido estructurado es la idea, como síntesis de ese conocimiento.  La idea es un constructo racional, es producto de la razón. El sentido que construye es sentido racional. Por eso mismo, también podemos concluir que la civilización moderna es la civilización de la producción de ideas, en sentido kantiano. Civilización del desenvolvimiento y despliegue de las ideas. Por esto, se puede decir que la filosofía que mejor expresa la modernidad es la filosofía dialéctica, que concibe la ciencia de la experiencia de la consciencia como fenomenología del espíritu; que concibe la historia como realización o devenir dialéctico da la razón inmanente.

Como se trata de la razón y de la racionalidad, la modernidad o, si se quiere, la consciencia moderna, no se considera a sí misma como mitología, sino como ciencia. Sin embargo, Teodoro Adorno y Max Horkheimer ya develaron que la modernidad, como materialización de la racionalidad instrumental, nunca salió ni del mito ni de la naturaleza.  La diferencia con las mitologías antiguas radica en que se trata de una mitología racional, basada en la epopeya de la razón; ya no en las divinidades simbolizadas ni en los héroes de las alegorías. El problema y el tema son que la misma civilización moderna no se circunscribe al desenvolvimiento de la razón; para decirlo, todavía de una manera kantiana, intervienen las otras facultades de la experiencia y el conocimiento. Entonces, la modernidad también habría abierto las compuertas para la realización de la imaginación, la facultad más insondable; así como abierto las compuertas para la realización se las sensaciones o, si se quiere, la intuición sensible. Por eso, en la modernidad también han proliferado las narrativas estéticas, que interpretan la modernidad como la rebelión de los sentidos y de las sensaciones. Otras narrativas, las menos, interpretan la modernidad como utopía o como desborde de la imaginación, que se pierde en su laberinto buscando la salida hacia la utopía

La tercera conclusión sobre la caracterización de la civilización moderna es que se trata de una civilización del desborde y de la vertiginosidad de las facultades humanas, donde intervienen la razón, como facultad ideacional, la imaginación, como facultad por excelencia figurativa, configurativa y re-figurativa, las facultades de la intuición sensible. Siguiendo con las metáforas kantianas, diríamos que la modernidad se convierte en el campo de batalla de las facultades humanas.

Sin embargo, a pesar de esta constatación, dada las experiencias y memorias sociales en la modernidad, el mito hegemónico es el racionalista. Hay que anotar que los demás mitos no se han dejado arrinconar; están presentes. Todos los mitos modernos alimentan las ideologías vanguardistas; va depender de las circunstancias y las condiciones de la coyuntura histórico-cultural, para que las vanguardias compongan hermenéuticas que combinen preponderancias racionales, imaginarias o estéticas. Lo que no hay que olvidar, considerando todas estas hermenéuticas modernas, a pesar de su compulsa y concurrencia, que se trata de una lucha entre corpus de representaciones.

Ya lo hemos dicho varias veces, el mundo efectivo no se reduce al mundo de las representaciones; es más, el mundo de las representaciones pertenece a las dinámicas del mundo efectivo. Empero, para salir del mundo de las representaciones, para no quedar atrapados en sus mallas representativas, es indispensable salir de la ideología, de lo que llamaremos la fabulosa máquina abstracta ideacional. Esta salida exige o es posible si se consideran los acontecimientos vitales, los acontecimientos corporales, los acontecimientos territoriales, los acontecimientos ecológicos planetarios, los acontecimientos del multiverso, en sus distintas escalas. No es que se desechan definitivamente las representaciones, sino que se comprende que las representaciones son productos de dinámicas moleculares, dinámicas molares, dinámicas corporales, dinámicas sociales, dinámicas psíquicas; en este sentido, son útiles como instrumentos para alumbrar, pero no son ninguna verdad, que develaría la sustancia o esencia metafísica clave.

Volver al cuerpo es volver a la potencia creativa. Volver al cuerpo es volver a las dinámicas complejas, articuladas e integradas, del multiverso. Volver al cuerpo es volver a la vida como acontecimiento existencial. Es situarse en sincronía con los tejidos espacio-temporales del multiverso, en sus distintas escalas; actuar en correspondencia de las dinámicas complejas integradas. Para decirlo de manera ilustrativa, es ir más allá del sueño desiderativo de las vanguardias; es colocarse más allá del revolucionario, es situarse en las condiciones de posibilidad existenciales de la creación. Ya no se trata de transformar el mundo, menos, obviamente, de interpretarlo, sino de participar en la proliferante creación de la potencia de la vida.

El substrato colonial

Pero, ¿cómo nace la modernidad o, en su formación económico-social-política, el sistema-mundo capitalista? Aunque la consciencia moderna sea posterior a la experiencia de la vertiginosidad cuando todo lo solido se desvanece en el aire, se puede decir figurativamente, para ilustrar, cuando el mundo es esférico; esto ocurre con la conquista del Quinto Continente. La conquista de Abya Yala no solamente corrobora la condición esférica de la Tierra, sino que da lugar a un mundo planetario; comienzo de lo que se conoce con el nombre de globalización. Se integran económicamente los mares y océanos con las rutas marítimas del comercio, pero también se mundializa mediante choques y transformaciones culturales, con todas las consecuencias que conllevan, aculturaciones, deculturaciones, mestizajes, etnocidios, emergencias culturales modernas. El procedimiento mayúsculo para que se dé lugar esta globalización es la colonización[8].

La colonización no solo como conquista de tierras y territorios continentales, violencia descomunal ejercida contra las sociedades, pueblos y naciones nativas del continente, su destrucción y genocidio, sino como el desenvolvimiento titánico de una economía política efectuada a escala planetaria, la economía política colonial. Antes nos referimos al diagrama de poder colonial como malla que articula las distintas economías políticas de la economía política generalizada[9]; ahora nos vamos a referir a la monstruosa máquina de la economía política generalizada, que ha reducido al planeta a la condición de reserva de recursos naturales; por lo tanto, susceptible de incorporarse como conglomerados de materias primas a la vorágine de la industrialización. Se entiende, en su antigua acepción etimológica, la colonización como ocupación de territorios para su utilización en beneficio de la colonia y de la metrópoli. Pero, se trata de una utilización continental y planetaria. Los cuerpos mismos han sido reducidos a la condición económica de recurso natural; los cuerpos humanos son recursos naturales. No solo cosas, como en la teoría de la cosificación; no solo fuerza de trabajo, como en la teoría marxista; sino recurso natural; es decir, condición primaria, antes de ser convertido en materia prima.

La economía política colonial, además de diferenciar hombre blanco de hombre de color, desvalorizando al hombre de color y valorizando al hombre blanco, imagen simbólica de la civilización, diferenciación cuyo substrato de bifurcación se halla en la economía política de género, que diferencia hombre de mujer, desvalorizando a la mujer, valorizando al hombre como ideal humano, como dijimos en otros ensayos, ha reducido a los espesores de la vida a la condición de recursos naturales, fruta que contiene la nuez o el núcleo de la condición de materias primas, con lo que la colonización, substrato de la civilización moderna, por lo tanto del sistema-mundo capitalista, coloniza los espesores de intensidad de la vida para uso y beneficio de las colonias y de las metrópolis. En este caso las colonias son las sociedades modernas institucionalizadas y las metrópolis los centros cambiantes de la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

El substrato constitutivo de la civilización moderna y del sistema-mundo capitalista es colonial, la colonización planetaria por parte de las sociedades institucionalizadas de la valorización abstracta. Ahora bien, se puede ver que para que se desate la mitología de la razón y la valorización del valor abstracto ha sido indispensable el despliegue más descarnado y descomunal de la violencia inicial de la acumulación originaria de capital; esta violencia inicial es la conquista y la colonización, las oleadas de conquista y la dilatada colonización ininterrumpida.

Este acontecimiento, el de la violencia inicial, la colonización planetaria, es como el acto de nacimiento indispensable de la civilización moderna; parto doloroso que recuerda que la civilización del espectáculo de las representaciones y del teatro de las simulaciones, la civilización del modo de producción capitalista, ha nacido corporalmente, vale decir destruyendo cuerpos. La civilización moderna, a pesar de su mitología racional y de la valorización abstracta, ha nacido de un acto, si se quiere “irracional”, para decirlo de ese modo, contrastando, para ilustrar; entonces, es tan corporal como lo que destruye, es tan territorial como los territorios que destruye. No puede zafarse de su naturaleza, salvo como mito y en el mito, es decir, en la ideología. Esta es la paradoja de la modernidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Disertación en la Cátedra libre, dada el 14 de abril de 1018, en el Salón Intercultural de la Facultad de derecho y Ciencias Políticas de la UMSA.

[2] Ver Episteme compleja. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/episteme_compleja.

[3] Ver Ecología compleja. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/ecolog__a_compleja_2.

[4] Leer Evolución biológica. Avise, J. C. (1994): Molecular markers, natural history and evolution. New York, Chapman and Hall. 511 págs. [Relato de los descubrimientos evolutivos realizados gracias a los estudios moleculares, con especial atención a los aspectos conservacionistas]. Ayala, F.J. (1994): La teoría de la evolución. De Darwin a los últimos avances de la genética. Ediciones Temas de Hoy, S.A. Colección Fin de Siglo / Serie Mayor60. 237 págs. Madrid. Ayala, F.J. y Valentine, J.W. (1983 [1979]): La evolución en acción. Teoría y procesos de la evolución orgánica. Editorial Alhambra, S.A. Alhambra Universidad. 412 págs. Madrid. Buskes, Chris (2008 [2009]): La herencia de Darwin. La evolución en nuestra visión del mundo. Herder Editorial. 541 págs. Barcelona. Cabello, M. y Lope, S. (1987): Evolución. Editorial Alhambra, S.A. Biblioteca de Recursos Didácticos Alhambra12. 114 págs. Madrid. Carter, G.S. (1958 [1959]). Cien años de evolución. Editorial Taurus, S.A. Ser y Tiempo5. 223 págs. Madrid. Castrodeza, C. (1988): Teoría Histórica de la Selección Natural. Editorial Alhambra, S.A. Exedra160. 284 págs. Madrid. Crusafont, M.Meléndez, B. y Aguirre, E. (Eds.) (1966): La evolución. La Editorial Católica, S.A. Biblioteca de Autores Cristianos [B.A.C.]. Sección VI (Filosofía), 258. 1014 págs. Madrid de la 4.ª ed., 1986). Richard DawkinsEl gen egoísta. Barcelona: Salvat Editores, S.A., 2.ª edición, 2000, 407 páginas. Devillers, C. y Chaline, J. (1989 [1993]): La teoría de la evolución. Estado de la cuestión a la luz de los conocimientos científicos actuales. Ediciones Akal, S.A. Ciencia Hoy5. 383 págs. Madrid. Dobzhansky, Th.Ayala, F. J., Stebbins, G. L. y Valentine, J. W. (1977 [1979]): Evolución. Barcelona: Omega. 558 págs. Gould, S.J. (2002 [2004]): La estructura de la teoría de la evolución. Barcelona: Tusquets (Metatemas), 82. 1426 págs. Limoges, C. (1970 [1976]): La selección natural. Ensayo sobre la primera constitución de un concepto (1837-1859). Siglo Veintiuno Editores, S.A. Ciencia y Técnica. 183 págs. México D.F. Maynard Smith, J. (1972 [1979]): Acerca de la Evolución. H. Blume Ediciones. 136 págs. Madrid. Milner, R. (1990 [1995]): Diccionario de la evolución. La humanidad a la búsqueda de sus orígenes. Barcelona: Biblograf (Vox). 684 págs. Moya, A. (1989): Sobre la estructura de la teoría de la evolución. Editorial Anthropos, S.A. – Servicio Editorial de la Univ. del País Vasco. Nueva ciencia5. 174 págs. Templado, J. (1974): Historia de las teorías evolucionistas. Editorial Alhambra, S.A. Exedra100. 170 págs. Madrid. VV.AA. (1978 [1979]): Evolución. Barcelona: Labor (Libros de Investigación y Ciencia). 173 págs.  VV.AA. (1982): Charles R. Darwin: La evolución y el origen del hombre. Revista de Occidente, Extraordinario IV, 18-19: 1-235.  Enciclopedia libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Evoluci%C3%B3n_biol%C3%B3gica.

[5] Ver Hacia una ciencia compleja del espacio. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/hacia_una_ciencia_compleja_del_espa.

[6] Ver Devenir fenomenología y devenir complejidad. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/devenir_fenomenolog__a_y_devenir_co_6bdc15a17c5512.

[7] Ver Pensar es devenir. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/pensar_es_devenir.

[8] Ver Potencia y acontecimiento. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/potencia_y_acontecimiento.

[9] Ver Crítica de la economía política generalizada. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_econom__a_pol__tica_.

Las pretensiones del neo-gamonalismo

Las pretensiones del

neo-gamonalismo

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Las pretensiones del neo-gamonalismo

 

Gamonalismo

 

 

Hemos dicho varias veces que uno de los grandes problemas de las sociedades humanas es que no aprenden de las lecciones históricas, políticas, económicas, que les tocó experimentar; aunque lo hagan más tarde, pierden un valioso tiempo, que muchas veces es largo. Concretamente, refiriéndonos a la llamada “izquierda” dijimos que, en vez de aprender, prefirió mantener su ideología, en distintas versiones, los mismos paradigmas, aunque contrastados por la propia realidad experimentada. Sin embargo, tenemos que decir lo mismo de la llamada “derecha”; tampoco aprende; es más, incluso es más tozuda que la “izquierda”.  Ante la crisis de la “izquierda”, ahora, en pleno ingreso al siglo XXI, y el derrumbe de las formas gubernamentales clientelares, cree que esta caída avala sus posiciones recalcitrantemente conservadoras. No entiende que, mas bien, primero sus caídas, la de los gobiernos conservadores, la de los gobiernos liberales, la de las dictaduras militares, la de los gobiernos neoliberales, se debe a la ilegitimidad de sus formas gubernamentales elitistas, ilegitimidad que se manifiesta y se hace patente, cuando el pueblo sale a las calles a enfrentarlas. La “izquierda” también llega a una crisis de legitimidad, aunque lo hace por otro rumbo; por la exacerbada demagogia, por un populismo estruendoso, pero inefectivo, por un derroche de imágenes y de ideología, sin sostén consistente en las composiciones de fuerzas y en las estructuras de poder. Entonces ambas formas de ilegitimidad tienen que ver con el manejo de poder por parte de élites, ya devengan estas de los tradicionales conservadurismos o de las burguesías intermediarias emergentes, ya devengan estas de los nuevos ricos que hablan a nombre del pueblo.

La “derecha”, que no ha aprendido las lecciones, quiere volver a gobernar, en algunos casos ya lo ha hecho, después de la crisis y caída de los “gobiernos progresistas”, de una manera no solo parecida a sus poses coloniales, raciales, pretendidamente “civilizadas”, ostentosamente jerárquicas y autoritarias, aunque al estilo propio, de las clases dominantes, que creen que han nacido para gobernar y enriquecerse a costa del pueblo; pueblo que debe agradecer por su existencia, la de la élite, la de la aristocracia criolla, la de la tecnocracia neoliberal.  No entienden que, como se dice popularmente, los tiempos han cambiado; el pueblo no es el mismo que esquilmaron y despreciaron. Están ante un pueblo que ha aprendido a empoderarse, que sabe que la legitimidad la atribuye el pueblo, que el soberano es el pueblo. Aunque se haya equivocado apoyando a demagogos y usurpadores de las luchas sociales, sabe bien claro, donde se encuentran los amos originales, los patrones originales, los déspotas originales, a diferencia de los nuevos amos, los nuevos patrones y los nuevos déspotas, que emergen de las versiones populistas del siglo XXI.

¿Qué buscan con sus amenazas? Como en los más descarnados tiempos de la dictadura militar, despiadada con su pueblo y con los y las rebeldes, empero sumisa con los amos del mundo, sus máquinas de guerra, sus máquinas extractivistas, sus máquinas económicas. De “patriotas” solo tienen ese apego delirante a los símbolos más generales, que se pierden en colores de la bandera o en la idea más engolosinada y abstracta de “patria” y de “nación”, cuando a la nación concreta y a la patria concreta, que radica en el pueblo y en las territorialidades, la dilapidan y destruyen, entregándola a la vorágine escandalosa de las empresas trasnacionales y del capitalismo financiero y especulativo. Militares y potentados de este estilo muestran los dientes, en pleno derrumbe de los “gobiernos progresistas”. No ven que lo que van a desatar es la movilización general, que puede derivar en la insurrección, que puede desatarse como levantamiento armado popular.

La hipocresía de las castas dominantes, históricas y herederas de la colonia, en la coyuntura presente, es que señalan como mal irradiante de la corrupción a las prácticas paralelas de los “gobiernos progresistas”, olvidando que todas sus formas gubernamentales, la de sus gobiernos, las practicaron con antelación. Además, que, en la composición de la estructura de poder de la corrupción, que encubrieron los “gobiernos progresistas”, ellos, estas castas, participaron abiertamente. Esta pose moral no se sostiene desde un principio, ni como comedia, pues no solo que se sabe quiénes estuvieron comprometidos en los dolosos comportamientos de sobornos, de prebendas, de desvíos de fondos, de traslados a cuentas privadas, sino que las mismas investigaciones lo han demostrado. Esta pose moral solo es válida para sus castas, pues el pueblo sabe de dónde viene y quienes son los actores.

 ¿Acaso la confianza de estas castas dominantes tradicionales, sobre todo de sus generales y estrategas, viene de cierta certeza de que el imperio los va apoyar? Incluso ante el espectro de un levantamiento popular, parecen apostar a este apoyo, como en los viejos tiempos. ¿Prefieren destrozar sus países, como ocurrió en los países árabes, donde intervino sinuosamente el imperio, en la forma de la cuarta generación de la guerra? Esta actitud no tiene que ver con el patriotismo, ni ninguna de sus versiones ideológicas, vengan de donde vengan, conservadoras, nacionalistas, socialistas; sencillamente, en términos fácticos y constitucionales es una traición a la patria. ¿No es más conveniente ponerse a dialogar, conformar diálogos de paz antes de la guerra?

La coyuntura es realmente incierta. Lo que no entienden las castas dominantes tradicionales es lo que significan las conquistas sociales, la ampliación y profundización de la democracia, aunque ésta sea formal; lo que significa ampliar los derechos sociales, generar los derechos colectivos y, mucho menos, los derechos de la naturaleza. Estas castas tienen restringida su humanidad a intervalos muy estrechos, donde conciben que humano lleva el nombre de hombre, además se lo imaginan blanco, como ellos de estirpe criolla; ampliando un poco de perfiles mestizos, empero de alcurnia. Los humanos de color no serían exactamente humanos, a no ser que sean sumisos y obedientes; la mujer es la costilla de Adán, entonces fiel esposa y respetuosa, por lo tanto, subordinada. Todo lo que entra en el denominativo de naturaleza es apenas campo de objetos o de cosas, recursos para beneficio y usufructúo del hombre; en la dimensión económica son materias primas. Esta gente concibe la “felicidad” en el beneplácito de los halagos y reconocimientos dados en sus entornos, dados en los sistemas de signos de las castas. Por lo tanto, en los cuadros que se imaginan siempre están en el centro, como patriarcas, llevando adelante las tradiciones, las buenas costumbres, los valores aprendidos, las usanzas recibidas. En este sentido, no entra en sus cabezas la felicidad de los otros, menos la felicidad de las otras. Los otros y las otras son “felices” porque los tienen como íconos de la cultura, de la política, del “saber”, aunque este huele a moho; porque están alrededor de los patriarcas que velan por ellos. Por eso les molesta epidérmicamente ver marchas sociales, ser afectados por expresiones populares; peor aún, si son demandas, más grave cuando son interpelaciones. Cuando lo popular se hace gobierno, con todas sus contradicciones y mezclas insondables, interpretan lo que acaece como señales del apocalipsis. Esto solo puede suceder en el fin del mundo, cuando no hay orden, no hay valores, no hay jerarquías, que se respeten.  Odian lo popular en todas sus formas y expresiones. Solo los más perspicaces juegan al gato pardo; se arriman al pueblo, incluso hacen gala de este acercamiento, viendo con buenos ojos estos roces, que confunden con “democracia”. Pero, estos gatos pardos son pocos, incluso pueden incursionar en política y participar de los cambios y transiciones. La mayoría de la casta es conservadoramente recalcitrante.

Sin embargo, la realidad efectiva, en la que se encuentran y en la que se despliegan y realizan como castas, es como un atado de contradicciones. Los señores de las castas tradicionales se involucran, secretamente, como en la noche, solapadamente, en lo mismo que se inmiscuyen, embarrándose, los políticos populistas; se implican en el lado oscuro de la economía y en el lado oscuro del poder. Cuando lo hacen, desprenden una especie de esquizofrenia; consideran que viven en mundos paralelos; lo que hacen lo hacen por aventura; sería como el principio de un comportamiento que busca dejar de aburrirse. Los involucrados en este juego paralelo, de manera aventurera, son también pocos; la mayoría lo hace por necesidad; la crisis de las castas, en la modernidad vertiginosa los empuja al pragmatismo más descarnado.

Habría que preguntarse: ¿qué diferencia hay entre unos y otros, entre los corruptos de las castas dominantes tradicionales y los corruptos populistas? La respuesta no está en que hacen lo mismo, pues hacen lo mismo de diferentes maneras. Los de las castas lo hacen para mantener las apariencias; requieren sostener sus altos y renombrados estilos de vida; en cambio, los populistas lo hacen porque desean lo que son las castas dominantes, quieren ser lo mismo. Creen que para ser lo mismo basta el dinero, sumas grandes de dinero.

Ahora bien, entre estos extremos del intervalo social de la corrupción, hay puntos o trazos medios; se trata de los que provienen de la mal llamada “clase media”. Los militares devienen de ahí. En las dictaduras militares las jerarquías castrenses se involucran también en prácticas paralelas de enriquecimiento privado. Era como el cobro a su acción decidida y lapidaria por salvar a la sociedad del “comunismo”. Es más, creen que lo que hacen es más “legitimo” pues son la institución tutelar de la “patria”; concentran en la institución armada del Estado el valor simbólico de la “patria” y son la defensa indiscutible de la “nación”. El problema de esta concepción, que no llega a estructurarse como ideología, sino tan solo como conjunto de pretensiones, entra en contradicción con su quehacer, con sus prácticas y desenvolvimientos. Las dictaduras militares han servido a la geopolítica del imperialismo en plena guerra fría, entregando el país a las incursiones económicas de la hiper-potencia vencedora de la segunda guerra mundial. Esto no es “hacer patria”, como les gusta decir, sino externalizar los recursos y la soberanía a la geopolítica imperialista.

También devenidos de las “clases medias” se encuentran los políticos liberales y neoliberales. Empecemos con los segundos; bajo el manto del ajuste estructural, de requerimiento del equilibrio económico, los gobernantes neoliberales, se aprovecharon de las privatizaciones para hacerse ricos. Los liberales, que son anteriores, incursionaron en estas prácticas paralelas, tan viejas como la misma historia del poder, empero, en escalas mucho menores que los exaltados neoliberales, más jóvenes y audaces.

Estamos entonces ante una variopinta estratificación social de la corrupción, donde se incluyen los populistas y los “izquierdistas”. Ante esta gama no es sostenible ningún discurso de pretensiones moralistas, que pueda mostrarse como ejemplar. Todos están implicados. Entonces, no se trata de señalar solo a parte de esta gama variopinta de la corrupción, sino de desmontar y desmantelar toda la economía política del chantaje. Llamemos a las cosas por su nombre; no es sostenible la inculpación de la corrupción a los populistas, suponiendo que el populismo incentiva la corrupción. La corrupción es tan vieja como el poder, sus genealogías son tan largas y mutantes como las genealogías del poder. Los corruptos no solamente son populistas, tampoco solo “izquierdistas”, son también neoliberales, liberales, militares, conservadores. Entonces no juzguemos la corrupción porque es populista, desde la otra perspectiva ideológica, porque es neoliberal, u otra cosa, sino que la corrupción es eso, corrupción y que los corruptos son corruptos. No busquemos la culpa en lo que dicen que son, en su ideología, sino en las dinámicas y funcionamientos mismos de las estructuras y formas de poder; sobre todo de ejercer el poder.

El debate de fondo no está en qué por qué Lula y no Temer, por qué Dilma y no otros implicados de la oposición congresal, sino en hasta cuándo los pueblos van a sostener las formas de reproducción del poder, sean de “derecha” o de “izquierda”, para simplificar. El acontecimiento político no puede comprenderse si se lo reduce a la figura esquemática y simplona del movimiento del péndulo; pasa de “derecha” a “izquierda”, después de “izquierda” a “derecha”. Esto es un reduccionismo harto inocente. El tema es que tanto unos como otros participan de la reproducción del circulo vicioso del poder. Entonces se trata de discutir cómo salimos del circulo vicioso del poder.