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¿Qué es el poder y cómo funciona?

¿Qué es el poder y cómo funciona?

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Qué es el poder

 

 

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No hay nada mejor que el aprendizaje por la experiencia; ella enseña a través de la asimilación de los fenómenos percibidos, también de los contrastes con las representaciones improvisadas, donde las hipótesis, por más provisorias que fueran, que suponían una verdad, se derrumban. El error sobresale y al corregirlo se mejora la comprensión mediante el aprendizaje. Llamemos este proceso el de la fenomenología del aprendizaje. Empero, cuando nos negamos a reconocer el error, cuando nos cegamos ante las contrastaciones, y preferimos mantenernos en la representación institucionalizada, asumida como verdad, entonces no aprendemos. Nos estancamos, nos quedamos anclados en el puerto clausurado, donde ya no llegan ni salen embarcaciones; un puerto que rumia sus nostalgias, peor aún, que persiste en verdades derrumbadas por las contrastaciones. Esto, dicho de manera sencilla, es el papel de la ideología.

Podemos partir de la siguiente premisa: el poder está íntimamente asociado a la ideología. Pues la ideología le permite auto-contemplarse; el poder es hedonista, está enamorado de sí mismo. La ideología es el espejo donde se ve; la ideología le dice que es la consagración de la historia. Empero, ahora, no nos ocupamos de esto, que fue tema de anteriores ensayos. Lo que nos interesa es el aprendizaje de lo que es el poder a través de la experiencia y las contrastaciones. Por ejemplo, el poder, que recurre a la ideología para legitimarse, se representa de una determinada manera, a través de las narrativas estatales; sin embargo, en la experiencia nos muestra su desencarnado desenvolvimiento y se pueden observar las diferencias entre el discurso y las prácticas, entre la auto-representación del poder y las huellas que deja, las mallas institucionales que construye y consolida, los efectos masivos y sociales que ocasiona. Vemos, en pocas palabras, el funcionamiento del poder.

El Estado de Derecho supone que la Justicia, es decir, la administración de justicia, funciona según la ley, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, la experiencia destaca ampliamente los contrastes. La Constitución ni la ley son los referentes normativos de la práctica de justicia; esta práctica responde a los requerimientos de la dominación, que es la finalidad misma del funcionamiento del poder. Que se haya creído que la Justicia funciona como manda la ley y la Constitución o que, por lo menos, debería hacerlo, forma parte de la ideología. La ideología es como la retórica, busca convencer; la diferencia radica en que la retórica es el arte del convencimiento en el auditórium, donde hace gala de su elocuencia y su destreza; en cambio, la ideología pretende convencer por que se declara la narrativa de la verdad. No hay arte, sino una grosera pretensión de “ciencia”, sin contar con las condiciones de posibilidad para serlo.

Si hay administración de justicia en el Estado moderno es para cumplir con un requisito de legitimación de la república, que la res-publica garantiza el cumplimiento de los derechos constitucionales. Lo que le interesa al Estado, aunque no sea sujeto, hablemos metafóricamente, es la legitimación; por eso lo hace, por cumplir con la formalidad del caso. El problema es que el pueblo llega a creer que es así, que así debería funcionar la Justicia; por eso, demanda e interpela cuando no ocurre esto. Esta en su derecho, pues la Constitución expone esta composición ideal del Estado, por lo menos como ideal jurídico-político.

A pesar de la justeza de la demanda y de la interpelación popular, de su movilización contra las prácticas que vulneran los derechos constitucionalizados, el problema estriba en no comprender cómo funciona el poder. Para decirlo crudamente, a pesar de la exageración, pero lo diremos por motivos ilustrativos, el poder no funciona a través de los dispositivos jurídico-políticos, constituidos e instituidos por la Constitución, aunque la tengan como referente del discurso político; el poder funciona a través de los engranajes, desplazamientos, de fuerzas, que conforman máquinas de poder.

Para decirlo de una vez, esta incongruencia entre el funcionamiento del poder y el deber ser de la Constitución pasa en todas partes, en el mundo de la modernidad tardía. Es cierto, que acaece de distintas maneras, con distintos grados de diferencias y aproximaciones, de manera más sutil y solapada o, en contraste, de manera descarnada y desvergonzada. Sin embargo, cuando se quiere comprender el funcionamiento del poder es menester atender a sus prácticas, a sus maneras de ejercer las dominaciones, a las máquinas involucradas en su facticidad fatal. Ahora bien, si se quiere denunciar la incongruencia, ciertamente es importante no desentenderse del deber ser. Hay que dejar en claro lo que se quiere hacer. Como queremos entender los funcionamientos del poder, tendremos al deber ser como referente de lo que no se acata ni se cumple.

Ahora bien, el ejercicio de las dominaciones puede efectuarse de variadas maneras, desde el ejercerlo a través de procedimientos más próximos a la Constitución, administrando ilegalidades de manera sutil, hasta ejercerlo de manera descarnada y grotesca, evidenciando palmariamente la vulneración de los derechos consagrados en la Constitución, aunque se diga, por inercia o, mejor dicho, por cinismo, que lo que se está haciendo es precisamente cumplir con la Constitución. Lo que importa es entender que las tecnologías del poder de las máquinas del poder hacen funcionar a las máquinas por la preformación misma de estas tecnologías; no por los ideales expresados en la formación discursiva y enunciativa jurídico-política.

¿A dónde apuntamos, fuera de hacer puntualizaciones metodológicas y epistemológicas para abordar la comprensión y el entendimiento del funcionamiento del poder? Apuntamos también a que no es suficiente señalar las incongruencias del ejercicio político respecto a la Constitución y las leyes, para cambiar el estado de cosas, las situaciones problemáticas que aprisionan al pueblo, sino que es indispensable salir de la crítica jurídico-política, elaborada y pronunciada desde el deber ser, y apuntar al despliegue de las fuerzas sociales alterativas a deconstruir la ideología, a desmantelar y destruir las máquinas de poder, a diseminar la civilización de la muerte, que es la civilización moderna.

En la historia política inmediata de Bolivia asistimos a lo que podemos llamar el descalabro del ejercicio del poder, del ejercicio de la política, del ejercicio de la ideología. Para decirlo de una manera esquemática, aunque ilustrativa, el ejercicio de poder requiere de cierta congruencia entre los planos de intensidad donde se desplaza, entre los campos sociales donde se mueve – político, económico, cultural -, entre las estructuras componentes del Estado, entre las interacciones entre Estado y sociedad. Cuando esta congruencia se pierde, aunque sea la mínima requerida, teniendo en cuenta los puntos críticos de lo apropiado, tanto para jugar a disfuncionamientos tolerables, así como a exigir moldes demasiado apretados, entonces se ingresa a una suerte de desmembramiento del Estado, por lo menos, en su estructura y malla institucional. Cuando pasa esto en los contextos del funcionamiento del poder se afecta a los engranajes mismos de las máquinas de poder; se averían y pueden colapsar.

Ya no se trata de la crisis múltiple del Estado-nación, de la que hablamos teóricamente, sino de la crisis técnica del funcionamiento mismo de las máquinas de poder, de las tecnologías de poder. Ciertamente, depende desde qué perspectiva se observa esta crisis técnica del poder; si se trata de una perspectiva crítica del poder e interpeladora de las dominaciones, puede hasta llegarse a tomar como una corroboración, en la práctica, de la crisis múltiple del Estado; si se trata de una perspectiva de la ciencia política, entonces la crisis técnica del Estado se interpreta como crisis institucional, como colapso del Estado de Derecho, es más, como derrumbe de la democracia, por cierto formal. Sin embargo, sin desentenderse de ambas perspectivas, que incluso pueden debatir, lo que importa, en el caso que nos compete, es el aprendizaje del funcionamiento del poder en coyunturas de crisis, es más, en la situación de crisis técnica del Estado.

¿Por qué se llega a una situación de crisis técnica del Estado? Dejamos claro que estamos lejos de la búsqueda de culpabilidades, como si la crisis múltiple del Estado-nación se debiera solo o preponderantemente al manejo personal de la casta política en el gobierno.  No es el perfil personal de los gobernantes lo que explica el colapso estatal, aunque contribuya al deterioro de los funcionamientos de la maquinaria estatal. Estos perfiles personales son parte de la crisis, quizás, exagerando un poco, son la parte anecdótica de la crisis política; empero, no explican la crisis estructural del Estado. ¿Qué hace, en qué incide, la forma de gubernamentalidad clientelar, en el desenvolvimiento de la crisis del Estado? Para decirlo directamente, la forma de gubernamentalidad clientelar exacerba los usos patrimoniales del Estado, sobre todo exacerba el uso del Estado para cumplir fines ideológicos, todavía manteniéndonos en las características menos perversas del uso estatal. Ingresando a los usos no institucionales del Estado, la forma de gubernamentalidad clientelar hace uso del Estado como dador de prebendas. Entonces, ocurre como forzamiento extremo a la maquinaria estatal, ocasionando, para decirlo metafóricamente, calentamientos en el aparato maquínico

Cualquier máquina si es forzada a ir más allá de sus capacidades, será empujada a un recalentamiento, con lo que se pone en peligro la propia maquinaria, pues el calentamiento anuncia el colapso de la máquina. Aunque se diga lo que se dice de manera metafórica, las analogías son válidas y útiles en la comparación que empleamos entre máquina estrictamente técnica y máquina social, política y económica. Puede que la máquina social tenga más chance, tenga un margen de maniobra más amplio, por sus características sociales; sin embargo, tampoco escapa a los efectos del calentamiento maquínico.

La ideología populista, para hablar de una manera general, claro que inadecuada, pues se salta las diferenciales y variedades, cree, por eso se siente segura, que la convocatoria popular basta para lograr las condiciones adecuadas de la continuidad del poder. Esto es un error de apreciación, de entrada, pues el poder no funciona por la convocatoria; la convocatoria sirve en el proceso de legitimación, no en el ejercicio del poder. La maquinaria de poder requiere de energía, requiere de fuerzas, que dinamicen el funcionamiento maquínico del poder. No se trata, entonces, de convocatoria, en el caso del despliegue de las fuerzas, sino de disponibilidad de fuerzas. La disponibilidad de fuerzas se da no solo por captura de fuerzas, como acontece con toda máquina de poder, sobre todo con las máquinas de guerra, sino por la subsunción de la energía de las fuerzas a los fines de la máquina estatal. Esto ocurre cuando se captura energía y se la conduce al movimiento mismo de la maquinaria. Se puede hablar, provisionalmente, de una ingeniería de la disponibilidad de las fuerzas sociales y del manejo de la energía social. La convocatoria, en el caso populista, la convocatoria del mito no dispone de fuerzas ni captura la energía para dinamizar la maquinaria estatal, sino que se estanca en el círculo vicioso de la ideología, que solo puede legitimar, pero no hace funcionar la maquinaria estatal.

Los ideólogos populistas, neopopulistas, del llamado “socialismo del siglo XXI”, no entienden la diferencia de legitimación y funcionamiento de la maquina del poder; es más confunden legitimación con ejercicio del poder. Por un lado, creen que basta la retórica ideológica para mantener la convocatoria; por otro lado, creen que el uso forzado de los aparatos de Estado ayuda a la legitimación, cuando, mas bien, se ocasiona lo contrario. La manera de ejercer el poder por la forma de gubernamentalidad clientelar es ineficiente, pues no lo ejerce, sino empuja la maquinaria al calentamiento. Al abocarse a la compulsión ideológica, que deriva en una exacerbación de la propaganda y publicidad, se estanca en la interacción retórica con la sociedad, dejando pendientes el mantenimiento adecuado de la maquinaria estatal.

Por esta razón, apresuran la crisis del Estado-nación por la vía de la exacerbación ideológica. Apresuran la crisis técnica del Estado por el uso forzado que conduce al calentamiento maquínico. Las formas de la crisis del Estado-nación por las prácticas de la forma de gubernamentalidad neoliberal son otras; aunque no es tema del ensayo, y remitiéndonos a ensayos anteriores, podemos adelantar que se trata de una obsesión “técnica” por el modelo del equilibrio económico lo que los arrastra a la crisis del Estado. Esta vez es la ortodoxia de un economicismo simplón, reducido al equilibrio de la oferta y la demanda, del equilibrio entre ingresos y egresos, de equilibrio entre las balanzas comerciales, del ideal del déficit cero, lo que lleva al colapso del Estado.

Lo que hemos expuesto es todavía abstracto, empero, puede ayudar a descifrar mejor lo anecdótico de la política, las manifestaciones singulares del barroco político populista. Ahora bien, fuera de buscar una mejor comprensión del funcionamiento del poder, para mejorar la crítica de las dominaciones, lo que en el fondo interesa, es encontrar salidas al círculo vicioso del poder. Buscar propuestas, entre muchas, a la deliberación colectiva de las sociedades alterativas en emergencia y en movilización. A estas alturas del partido, de la crisis ecológica, ya no se puede seguir perdiendo el tiempo en el juego dramático de las “vanguardias”, que ofrecen nuevas versiones de la promesa; tampoco a seguir jugando en la inocencia, dramática también, de los que creen que todo se arregla por el retorno a la institucionalidad y el cumplimiento del deber ser.  

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El ejercicio de la conspiración estatal

El ejercicio de la conspiración estatal

 

Raúl Prada Alcoreza

 

El ejercicio de la conspiración

 

 

Conspiracion

 

 

Entre las muchas paradojas de la política hay más de una que son sintomáticas; por ejemplo, que los que acusan de “conspiración” y ven “conspiradores” por todas partes, sobre todo cuando se encuentran en crisis, son los que más ejercitan la conspiración. Como varias veces hemos aclarado, no creemos en las teorías de la conspiración, que nos parecen simples y excesivamente esquemáticas, reduciendo los cursos del mundo al manejo de grupos secretos de conspiración. Estas teorías suponen que los grupos de conspiración dominan las variables y factores que mueven el mundo, entonces están en condiciones de incidir en sus desenvolvimientos de manera determinante. Esta premisa es evidentemente insostenible e ingenua; nadie puede controlar la complejidad dinámica de los procesos inherentes al acontecimiento; tampoco hay conocimiento que pueda dar cuenta de la complejidad misma, sinónimo de realidad. Dicho de manera sencilla, la acción política desata efectos masivos incontrolables; entonces, desencadena efectos inesperados. Sin embargo, también aclaramos, que esta apreciación sobre la complejidad del mundo efectivo no descarta que haya conspiradores y conspiraciones, que creen que pueden incidir determinantemente en los decursos de la realidad social efectiva. Las actividades de estos dispositivos conspirativos forman parte de la actividad política, son una variable más, entre muchas, del funcionamiento y ejercicio del poder. Que hay que tomarlos en cuenta, claro que sí, pero sin creer que son las hilanderas de la luna, que maneja los destinos de las sociedades humanas.     

Lo que llama la atención, como dijimos al principio, es que resulta que los que más acusan de “conspiración”, sobre todo a sus adversarios, son los que más ejercitan la práctica de la conspiración. Han convertido al Estado en una gran máquina de la conspiración. No solo conspiran contra sus adversarios, sino también en cómo preservarse en el poder. Para tal efecto, recurren a un antiguo procedimiento conspirativo, incluso mucho antes que la palabra conspiración se convierta en una definición política. Hablamos del procedimiento de la inquisición religiosa, que convirtió al diablo en el gran conspirador contra el orden celestial y el orden terrenal; en consecuencia, conspiraron contra los que consideraban endemoniados y endemoniadas, monstruos y aberraciones. En la modernidad estas prácticas conspirativas se han actualizado, beneficiándose de los recursos de legitimación, que presta la ideología, y de los recursos operativos del Estado. Dejando de lado, sin descartarlas, las conspiraciones de gobiernos conservadores y liberales, sorprende cómo los “revolucionarios” en el poder convirtieron al Estado y al partido en un fabuloso aparato de conspiración.

No solo las clases conservadoras, las clases económicas y políticas derrocadas, fueron objeto de la conspiración del Estado “revolucionario”, sino la sufrieron los propios camaradas, incluso la padeció la propia clase que era considerada la clase por excelencia revolucionaria, el proletariado. También la padeció masivamente el conglomerado estratificado de las clases campesinas. Por último, la padeció el propio pueblo socialista, a nombre de quién se hizo la revolución. Esta paradoja se ha repetido en todas las historias políticas modernas; en América Latina se ha repetido, a su manera, en sus singularidades, con los gobiernos populistas; en la actualidad se repite con los gobiernos neo-populistas.

La recurrencia a estas prácticas y procedimientos conspirativos suele aparecer notoriamente en las coyunturas y periodos de crisis política. Los errores políticos y de gobierno, los fracasos de la gestión se endilgan a los factores de la “conspiración” conservadora y reaccionaría, es más, de la “conspiración” de potencias extranjeras. Puede o no que estas “conspiraciones” señaladas se den; empero, esto no quiere decir, que explican el fracaso de la gestión y de gobierno. Tampoco, como hemos dicho, la conspiración es el factor preponderante para explicar lo que acaece social, económica y políticamente. Es un factor más. Empero, lo que interesa analizar ahora es el funcionamiento de la maquinaria conspirativa del Estado “revolucionario”. No solo para responder a preguntas comunes como por qué se lo hace, sino a comprender como funciona el poder, las máquinas y los aparatos del Estado. Leer esta secuencia como síntoma de ejercicio mismo del poder. ¿Qué nos dice este síntoma del funcionamiento mismo del Estado?

Antes dijimos que los gobernantes no escapan al síndrome de la paranoia, que es como una enfermedad de la casta política en el poder. Entonces, al sentirse acechados y perseguidos, se reacciona, defendiéndose de las sombras que acechan y de los fantasmas que “conspiran”. Incluso, sin darse cuenta, el pueblo mismo puede convertirse en el enemigo. Pero, también hay otras razones de este ejercicio de la conspiración estatal. La otra hipótesis interpretativa que expusimos es la que es el poder el que se defiende del desborde social, sobre todo cuando la sociedad alterativa desordena los espacios estriados del poder, los mapas institucionalizados del Estado.  El Estado es, mas bien, el que resiste al desborde social, pues ve a la sociedad misma como una amenaza constante. Toda la arquitectura estatal puede considerarse una fabulosa construcción de una fortaleza acechada y sitiada, incluso atravesada por la sociedad misma. Estas dos hipótesis interpretativas y otras más nos han ayudado a proponer nuestras tesis críticas del poder y de las dominaciones. Ahora, requerimos seguir avanzando en las interpretaciones críticas del poder, concentrándonos en este síntoma del ejercicio conspirativo estatal.

Los gobernantes, en coyunturas de crisis, requieren asegurarse el control no solo de sus mallas institucionales, tampoco solo de sus partidarios y seguidores, de las organizaciones que componen la población afín de la convocatoria, sino es menester asegurarse el control de la sociedad misma. Es cuando se busca justificar los procedimientos de emergencia, la actuación excepcional del Estado, señalando la amenaza de una escalada de la “conspiración reaccionaria”. La era aciaga del estalinismo ha sido prolífica en la invención demoledora de aparatos de control estatal de la sociedad hasta llegar a ahogarla. Se ha llegado a criminalizar toda forma de raciocinio, para no hablar de crítica, toda actividad social independiente, incluso de construcción socialista. Lo que no venía del partido era inmediatamente sospechoso de “conspiración”. Cayeron en la inquisición socialista intelectuales revolucionarios, vanguardias de la revolución, incluso los propios camaradas. Los juicios llevados a cabo contra los enemigos de la patria socialista y aliados al imperialismo son un ejemplo alarmante desde y hasta a dónde puede llegar lo grotesco político.

Los “gobiernos progresistas” han heredado estos procedimientos de la era calamitosa para el socialismo, el estalinismo; obviamente en el barroco político, que conforma la forma de gubernamentalidad clientelar, no es la única herencia que tienen en el ejercicio estatal de la conspiración. Sorprendentemente, cuando, como se dice popularmente, las papas queman, sobre todo cuando parte de lo nacional-popular o cuando los pueblos indígenas interpelan y se movilizan, los “gobiernos progresistas” retoman los procedimientos empleados en las dictaduras militares, como inventarse guerrillas, la incursión de grupos armados, atentados, además de alianzas con la “derecha”, en este caso.

Lo complicado de todo esto es que no solo el Estado conspira para desarmar a los contrincantes, incluso, en mayor escala, a la movilización social, proveniente del descontento y el desencanto, sino que deriva en una conspiración a gran escala contra la misma sociedad, buscando subsumirla completamente a la compulsión de poder de los gobernantes. Esta conspiración a gran escala corresponde a la conformación de una demoledora maquinaria de represión. Lo que se prepara es un ataque frontal a todos los espacios de funcionamiento social, incluyendo a los funcionamientos civiles, ciudadanos, comunicativos, de formación de opinión y de circulación de la información. Este ataque tiene como eje la incursión militar y policial en los ámbitos de prácticas sociales, propias de las iniciativas sociales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una figura singular de la conspiración estatal

Un gobierno que recurre a la violencia, a las formas de violencia, la solapada, la simbólica, la relativa al chantaje y la coerción, la de la amenaza, la descarnada, la del terrorismo de Estado, es un gobierno acorralado. Recurre a la violencia porque se siente sitiado y acechado por la sociedad. El “gobierno progresista” de Bolivia ha venido desencadenando las formas de violencia desde un principio. Esto fue evidente por su descarada y desmedida compulsión por controlar la Asamblea Constituyente, incluso sabiendo que no necesitaba hacerlo, pues casi las dos terceras partes de la Asamblea la conformaban los representantes de organizaciones sociales de la movilización prolongada (2000-2005); empero, lo hizo pues temía a la autonomía y al comportamiento propio de la movilización social. Impuso una directiva, de la parte mayoritaria que le correspondía, obstruyendo el libre desempeño de los constituyentes, correspondientes a la movilización social anti-sistémica. Prefirió imponer a gente obediente al ejecutivo y al partido de gobierno, evitando el ejercicio democrático de la bancada de constituyentes de la mayoría. En ese entonces, usó el prestigio que tenía por ser el gobierno que emergía de la movilización prolongada. Era difícil darse cuenta de que comenzaban las contradicciones entre el “gobierno progresista” y la irradiación misma de la movilización social del sexenio de luchas abiertas e insurreccionales.

Dejó que obreros mineros de la empresa estatal se enfrasquen en un enfrentamiento sangriento con los cooperativistas mineros. Este hecho lamentable, al inicio mismo de la primera gestión de gobierno, ya mostraba o develaba las contradicciones inherentes al “proceso de cambio”. Lo que vino después fue como una espiral desenvuelta de las contradicciones inherentes al proceso político desatado, una vez que el caudillo fue elegido presidente por una mayoría absoluta. Las pugnas partidarias comenzaron a hacerse patentes, al principio como amagues, después como rupturas. Para no hacer un seguimiento minucioso de las secuencias manifiestas de las contradicciones, podemos anotar las más sobresalientes. Recurriendo al control del Congreso, que contaba con dos tercios de los representantes parlamentarios, legalizó los Contratos de Operaciones, que entregaban el control técnico de los recursos hidrocarburíferos a las empresas trasnacionales extractivistas. Algo que no había ocurrido en los gobiernos de la coalición neoliberal, porque no se atrevieron a hacerlo. Empero, el hito que señala el cruce del límite, cuando, a partir del mismo, una vez cruzado, se está del otro lado de la vereda, enfrentando al pueblo, aconteció con el llamado “gasolinazo”. El “gobierno revolucionario” cedió a las presiones de las empresas trasnacionales, que amenazaban no invertir en exploración si no se modificaba los artículos de la Constitución que exigen abastecer al mercado interno, en los términos de los precios nacionales; una vez garantizado este abastecimiento, las empresas podían exportar a precios internacionales. La versión del gobierno fue de que se tenía que suspender las subvenciones a los carburantes. Lo que no contó es que se “subvencionaba” con papeles fiscales, no con el dinero del Tesoro del Estado. El pueblo se levantó, se rebeló ante esta maniobra y sumisión del “gobierno progresista” al chantaje de las empresas trasnacionales; la ciudad de El Alto se movilizó, bajó a la hoyada de la ciudad de La Paz, en una marcha multitudinaria, donde se quemaron las fotografías del presidente y del vicepresidente. La interpretación popular fue clara: el gobierno nos engañó, no nacionalizó y ahora obedece a los mandos de las empresas trasnacionales.

La segunda vez que se cruzó el límite fue más patético; ocurrió en el conflicto del TIPNIS. El “gobierno progresista” que se autonombra como “gobierno de los movimientos sociales”, es más, como “gobierno indígena”, se desenmascara y muestra su rostro político antiindígena. Este gobierno, que ya para entonces, hace evidente su forma de gubernamentalidad clientelar, ante la perdida paulatina de su convocatoria; al hacerlo hace patente que se trata de un gobierno que hace de dispositivo del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Se enfrenta a las naciones y pueblos indígenas, desacatando abiertamente la Constitución, vulnerando los derechos colectivos consagrados constitucionalmente, violando los derechos de los seres la Madre Tierra.

También se efectúa violencia estatal contra los contrincantes, descalificados como “derecha reaccionaria”. Se puede decir que el procedimiento que emplea corresponde al que podemos tipificar como ostensible ejercicio de la conspiración. Al mejor estilo estalinista, contrata unos mercenarios internacionales, conocidos en el mercado de guerra, mientras infiltra agentes en los grupos de “conspiración” de la “derecha”, denominada “separatista”. El desenlace no solamente es fatal sino truculento; los mercenarios, que esperaban tranquilamente en un hotel las instrucciones de los   contratantes son abatidos en una intervención policial “antiterrorista”. La versión del gobierno hace gala de los procedimientos más pavorosos de la conspiración estatal; acusa a la “oposición” oriental de estar inmiscuida en una “conspiración” contra la patria, al promover el separatismo por la vía armada. Con este recurso de la conspiración estatal, el gobierno logra desmantelar a la “oposición”, que se encontraba en plena actividad movilizada contra las instituciones del Estado.  El caso de lo ocurrido en el Porvenir no es distinto a esta recurrencia estatal a la conspiración maquinada. Se movilizan campesinos desde el Beni hacia Pando, concretamente hacia Cobija, la capital, contra el prefecto Leopoldo Fernández y su estructura de poder departamental conformada, desde los tiempos de las dictaduras militares. El enfrentamiento se desata en las proximidades del Porvenir; primero se asesina a dos ingenieros de la prefectura, que se encontraban en plena tarea de cavado de zanjas, para evitar la llegada de los campesinos. Después, con más contingentes, que llegan de Cobija, se desata la balacera. La versión del gobierno es que los campesinos fueron masacrados. Con esto se inculpa de Leopoldo Fernández como responsable de la masacre, se lo apresa y hasta ahora no termina el juicio que se le hace. Cesar Brie, fundador del Teatro de Los Andes, de quien no se puede sospechar ninguna inclinación por la “derecha”, mas bien, siendo simpatizante del “proceso de cambio”, viaja a hacer un reportaje audiovisual de la “masacre del Porvenir”. Se encuentra que prácticamente nada coincide con los hechos; la versión gubernamental no se sostiene.

Como se puede ver, haciendo una anotación sobre esta breve descripción de parte de la historia reciente, vemos que el “gobierno progresista” conspira tanto contra la “izquierda” – aunque hay un analista que llegó a decir que no hay “izquierda” más allá de Evo – como contra la “derecha”. Las preguntas inocentes se pronuncian: ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no se alía con la “izquierda” más “radical”, que la “izquierda” del gobierno, contra la “derecha”? Estas preguntas son inocentes pues parten del esquematismo ideológico y no toman en cuenta el funcionamiento del poder. El poder no funciona como cree la ideología que funciona, circunscribiendo el funcionamiento del poder al esquematismo simple y estático de “izquierda” y “derecha”. Para el poder es irrelevante este esquematismo dualista; el poder se reproduce tanto por medio de las expresiones discursivas de “izquierda”, así como por las expresiones discursivas de “derecha”. El poder se reproduce en la reproducción continua de las dominaciones. Tanto “izquierda” y “derecha” forman parte del círculo vicioso del poder.

La conspiración estatal sigue su curso expansivo; requiere conspirar contra la sociedad misma. Pues ésta no puede tener vida propia; el colmo del poder es que la sociedad sea como la imagen y semejanza del deseo del poder. Hay conspiraciones que le salen mal al gobierno; por ejemplo, cuando se embarca en el referéndum sobre la reforma constitucional, confiado en lograr la victoria electoral en el plebiscito. El 21 de febrero de 2016 el gobierno pierde el referéndum; el pueblo le prohíbe hacer la reforma constitucional y habilitar al presidente y vicepresidente a una nueva reelección; es más, a la reelección indefinida. Después de esta derrota no escatima esfuerzos en desprender de la conspiración estatal nuevas figuras. Propone una interpretación estrambótica del Convenio de San José y dice que nadie ni nada puede atentar contra los “derechos humanos” del presidente a ser reelegido. Con este argumento el Tribunal Constitucional Plurinacional decide modificar artículos de la Constitución, argumentando, lo que no es cierto, que la Constitución no se encuentra sobre los Convenios Internacionales. Lo estrambótico de la determinación del TCP es que, primero, es chuto, pues ha sido impuesto, después de las derrotas consecutivas en las elecciones de magistrados, donde ganó el voto nulo; segundo, la interpretación del Convenio de San José es absurda, no hay “derechos humanos” de un presidente, menos a ser reelegido; tercero, el Convenio no puede estar sobre la Constitución.

Como se puede ver la conspiración estatal puede dar lugar a maniobras estrambóticas, de por sí insostenibles, empero, que, a pesar de la falta de decoro, se las impone, no por guardar las apariencias, pues no las guardan, sino como inercia discursiva, para acompañar la violencia descarnada del Estado. No contento el gobierno clientelar con este grotesco político, empuja a uno de sus órganos de poder tomados, el Tribunal Supremo Electoral, ha elaborar una ley amañada y torcida, a pesar de los esfuerzos de presentarla como un logro del tecnicismo jurídico; hablamos de la Ley de las Organizaciones Políticas. Esta ley, sin importarle su inconstitucionalidad, pues hace caso omiso a la Constitución, a pesar de que enuncia algunas definiciones y principios, pero solo para avalar la maniobra prorroguista; reduce a las organizaciones indígenas y a las agrupaciones ciudadanas al molde de los partidos políticos. El TSE propone elecciones primarias de las organizaciones políticas, lo que requiere tiempo y cumplimiento de las condiciones para hacerlo, y termina adelantando las elecciones primarias para el 2019, contraviniendo su misma ley. Esta conspiración estatal sube de escala, ya se trata de una conspiración contra la sociedad y el pueblo.

Como era de esperar, el panorama coyuntural se ha puesto candente. Sin embargo, el gobierno clientelar no para en su conspiración estatal. Ante lo que concibe como beligerancia ciudadana, también beligerancia de organizaciones sociales, desmarcadas del “proceso de cambio”, la conspiración estatal tiene en manos una escalada extensiva e intensiva de la represión a nivel nacional. Los enfrentamientos con la movilización de la rebelión de Achacachi contra el sistema de la corrupción, los enfrentamientos con las organizaciones sindicales y gremiales de los Yungas atizan el fuego; empujan al gobierno a optar por la recurrencia a la conspiración estatal de alta intensidad. El inventarse guerrillas, incursión de grupos armados, ya los señalé como paramilitares de los Cárteles o los señalé como levantamiento armado de la “izquierda radical”, es ya síntoma de que está en curso una represión demoledora contra la sociedad. No encuentra otra salida que la de gobernar en base al terrorismo de Estado.

Habría que comparar lo que está en ciernes en el “gobierno progresista” de Bolivia con lo que ya está desenvuelto y desplegado en Venezuela y Nicaragua, países de otros “gobiernos progresistas” entrampados en la crisis múltiple del Estado-nación y en la decadencia de los “procesos de cambio”. El gobierno bolivariano de Venezuela subsiste empleando el ejercicio de un sistema de violencia montado y conformado, ejerciendo la conspiración estatal de una manera absoluta; lo mismo ocurre con el gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua. Lo que tiene en proyección el gobierno boliviano es precisamente el uso sistemático de las máquinas de la conspiración estatal.

La “alternativa” extractivista del biocombustible

La “alternativa” extractivista del biocombustible

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Biocombustibles

 

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El “gobierno progresista” acaba de aprobar un proyecto de producción de biocombustibles, vinculado al etanol. Lo presenta de la manera como lo presentaron las grandes empresas trasnacionales extractivistas, que se desplazan desde el campo de la energía fósil al campo de los biocombustibles, sin dejar el campo de la energía fósil. Hasta el momento sus incursiones en uno como y en otro campo son complementarias, combinando sus inversiones de acuerdo con la obtención de rentabilidades acompasadas. Lo llamativo es que el gobierno clientelar, que apuesta por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, nos presenta como novedad lo que es un viejo argumento de las empresas trasnacionales y de los gobiernos europeos y norteamericanos, relativos a los biocombustibles de primera generación. Estos argumentos usados, hace décadas, son, ahora, presentadas por el “gobierno progresista” como “ambientalistas”. No hay nada más anacrónico que esto ni más retorcido. 

El “gobierno progresista” ha resultado el mejor dispositivo eficaz en la reproducción del sistema-mundo capitalista, en la etapa tardía de la dominación del capitalismo financiero y especulativo. Pues no solo presenta proyectos propios del capitalismo, en plena compulsión por la acumulación ampliada de capital, como referidos al “desarrollo nacional”, sino que desarma al pueblo de toda capacidad de defensa y resistencia, al presentarse como “gobierno revolucionario”. El proyecto de producción de etanol no solo es parte de las estrategias de reproducción de la economía-mundo capitalista, en pleno desborde de su crisis orgánica, que se manifiesta como crisis de sobreproducción, encubierta como intermitentes crisis financieras, sino que implica la ampliación extensiva de la huella ecológica, es decir, de la hendidura en los territorios de la destrucción planetaria. Hablamos entonces de un gobierno que es plenamente ecocida, de vocación.

Un gobierno que ha extendido intensivamente el modelo extractivista del capitalismo financiero y especulativo, que ha problematizado más aún las relaciones de dependencia, reforzando las relaciones de dominación de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, ahora incursiona en lo que otros países ya han desechado, en la producción de biocombustibles de primera generación. Lo que muestra patentemente la articulación de los “gobiernos progresistas” con las dominaciones vigentes del imperio, del orden mundial del sistema-mundo. En este trajín se mueve toda la maquinaria del chantaje de la forma de gubernamentalidad clientelar. El gobierno clientelar recurre a sus aparatos ideológicos, a los órganos de poder del Estado-nación subalterno, mal llamado “Estado Plurinacional”, moviliza a la masa elocuente de llunk’us. Todos ellos cómplices, ya no solo de lo que se señalaba antes como saqueo de los recursos naturales, sino de la destrucción de los ecosistemas, que forman parte de la geografía política nacional. Al respecto, no tiene sentido acudir analizar estos procesos destructivos del capitalismo tardío remitiéndose a la diatriba ideológica entre “izquierda” y “derecha”, entre “progresistas” e “imperialistas”. Esto es caer en la misma ilusión ideológica. En todo caso, si mantuviéramos esquematismos tan trasnochados como éstos, “izquierda” y “derecha”, en el sentido efectivo, tomando en cuenta sus prácticas, no podrían definirse por lo que pretenden sus discursos ideológicos, sino, solo podrían definirse adecuadamente teniendo en cuenta sus prácticas y sus efectos en la realidad efectiva. Desde esta perspectiva, los “gobiernos progresistas” resultan ser la “derecha” más efectiva y útil para la continuidad de las dominaciones del imperio.

Volviendo al asunto, a lo que el gobierno y los empresarios privados de Santa Cruz sellaron pacto para producir el “combustible verde”, estamos ante la marcha irremediable de la reproducción ampliada de capital, articulada a la reproducción reiterativa de la acumulación originaria, por despojo y desposesión, mediante los mecanismos políticos más enmascarados. A la burguesía nacional y al “gobierno progresista” les importa un comino eso que eufemísticamente se llama “cambio climático”; para ellos es una invención de activistas ambientalistas que quieren “convertirnos en jardineros”. En resumidas cuentas, estamos ante perfiles locales de los jinetes del apocalipsis. Este gobierno no solamente es una de las formas concretas de manifestarse de la crisis múltiple del Estado-nación, sino que es uno, de entre muchos, dispositivos necesarios en la reproducción del sistema-mundo capitalista en crisis. Tanto mejor, si se presenta como “progresista”, incluso como “socialista”, pues así involucra a los condenados de la tierra en la concomitancia de avalar la destrucción planetaria, con la finalidad abstracta de la valorización del valor.

En un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco sobre los biocombustibles, se escribe:

Las ventajas de los biocombustibles de primera generación (1G)

En la actualidad a nivel mundial, empresas y gobiernos están haciendo una intensa campaña para presentar los biocombustibles y transgénicos como alternativas ambientalmente amigables, que ayudarían a combatir el cambio climático al sustituir una parte del consumo del petróleo dedicado a combustibles para transporte, originando una menor contaminación ambiental. En el caso de los biocombustibles, no tiene impacto neto en la cantidad de dióxido de carbono que hay en la atmósfera. Algunos la consideran energía renovable en la medida en que el ciclo de plantación y cosecha se podría repetir indefinidamente, teniendo en cuenta que no se agoten los suelos ni se contaminen los campos de cultivo. Un ejemplo en que los biocombustibles son benéficos para el medio ambiente es el uso del etanol en automóviles de Brasil. De acuerdo con la Unión Industrial de Caña de Azúcar (UNICA), en su estudio muestra que hasta fines de julio de 2008 deberían de sembrarse más de 120 millones de árboles para neutralizar la contaminación por veinte años; con el uso de etanol, la contaminación a partir de 2003 se habría reducido en 90%. El uso de biocombustibles se adapta con mayor flexibilidad a la tecnología ya existente; en cambio, si se toma otra fuente alternativa como es el hidrógeno, se requiere una tecnología diferente y llevaría a la necesidad de reemplazar toda la tecnología existente desarrollada por el uso de hidrocarburos. Las mezclas de etanol con gasolina permiten que los motores funcionen mejor (como es el caso de E85), no obstante que la distancia recorrida por litro sea menor.

Al empleo de biocombustibles de primera generación (1G) se le puede dar una aplicación que genere mayores beneficios a los productores del campo, particularmente a los productores campesinos pobres. Hay algunos organismos internacionales que sostienen que la producción de biocombustibles de primera generación (1G) no riñen con la seguridad alimentaria. La pasada administración del gobierno norteamericano insistió en esta situación, sin embargo, el tema ha resultado muy polémico y el impacto sí ha sido adverso en términos del encarecimiento de los alimentos a escala mundial. Por otra parte, la producción de biocombustibles requiere del empleo de tecnología para cultivarlos a gran escala, situación que está fuera del alcance de los pequeños productores y campesinos, y quienes pudieran hacerlo tendrían que emplear tierras adicionales para seguir produciendo sus propios alimentos.

 

 

Desventajas de los biocombustibles de primera generación (IG)

 

Ambiental

 

Crisis alimentaria

Podemos señalar que una desventaja observada sobre los biocombustibles de primera generación ha sido la llamada “crisis alimentaria”. El economista Don Mitchell, del Banco Mundial, estimó que el impacto del uso alternativo de alimentos por biocombustibles implicó un incremento de precios de los alimentos en 70%. La administración Bush insistió en emplear el maíz para generar biocombustibles y desestimó su impacto en el precio del cereal calculado en 5%; sin embargo, en otras estimaciones se habla de que el alza del precio del maíz ha sido de 54%. Para llenar el tanque de una camioneta con etanol se requiere el consumo de cereales de una persona al año. El gran incremento de la producción de biocombustibles en Estados Unidos y la Unión Europea fue apoyado por subsidios, mandatos y tarifas preferenciales de importaciones, razón por la cual hay un acelerado incremento de precios en los alimentos a partir de 2002. Sin estas políticas, la producción de biocombustibles sería menor y los costos de productos de alimentos serían más pequeños. Dado que los biocombustibles se producen a base de alimentos o bien compiten por la tierra que puede ser utilizada para producir alimentos, esta situación impacta el precio de los alimentos al alza de manera directa al restringir la oferta de cereales para la alimentación, o de manera indirecta si los alimentos son insumos de ganado; lo que se impacta es el precio de la carne y de los lácteos.

 

 

Agua

La producción de biocombustibles de primera generación (1G) implica un consumo elevado de agua dulce. El crecimiento de la producción de etanol está relacionado directamente con el aumento de la demanda de agua dulce para regar los campos. En el mundo, por cada kilogramo de cereal que se produce, se consume 1m³ de agua. Se ha estimado que el etanol empleado en un automóvil en un recorrido de 20 000 km. implica un consumo de agua equivalente al de 100 personas en Europa o 500 personas en África; al mismo tiempo el maíz empleado para obtener la cantidad de etanol para el recorrido mencionado le puede dar de comer a 7 personas durante todo un año.

 

Agroquímicos

La producción de biocombustibles es a la vez contaminante en la medida en que en su cultivo se emplean insumos provenientes de hidrocarburos, tanto en la fertilización como en la fumigación y en el uso de la maquinaria agrícola. Esto es tomado en cuenta porque se mira al etanol como un bien acabado, pero no analiza el impacto de su proceso. Las únicas fuentes de energía que pueden etiquetarse como totalmente ecológicas son la eólica y la solar.

 

Altos precios

Si no se hubiera dado el aumento en la producción de biocombustibles, las existencias globales de trigo y maíz no habrían declinado; los precios de las semillas de aceites no se habrían triplicado, y las alzas en los costos debido a otros factores como las sequías y tormentas no tendrían las consecuencias negativas en los países pobres en cuanto a la accesibilidad alimentaria.

 

Deforestación

El cultivo de biocombustibles ha generado un proceso de deforestación. Se estima que ha provocado 18% de la emisión de gases de efecto invernadero. La FAO responsabiliza a la ganadería de ser el principal responsable de la deforestación en toda Sudamérica. La extensión de superficies destinadas a biocombustibles emplea las mismas áreas de pastizales que bosques. El empleo de la palma para biocombustibles ha depredado en Malasia 20 millones de hectáreas (has.), y sigue su avance en África y Sudamérica. Para satisfacer su consumo energético, Brasil requeriría de 30% de su superficie agrícola, Estados Unidos andaría también por este rango, y Europa requeriría emplear 72% de su superficie agrícola. En México no hay tierras agrícolas disponibles para este uso en forma suficiente, además de la escasez de agua.

 

Costos sociales

Los costos sociales también son fuertes. Las áreas son bosques templados y húmedos, praderas y pastizales; buena parte de estas superficies han sido el hábitat de pueblos nativos ligados a su agricultura campesina. No sólo hay un proceso de depredación ecosistémica, sino también el desplazamiento de los aborígenes y su paso del atraso a la indigencia. Por un lado, dejan de producir sus bienes de autoconsumo, por otro pierden el uso de las reservas por la explotación empresarial a gran escala, reciben jornales magros y son expuestos a posibles hambrunas ante el encarecimiento o el desabasto de alimentos.

 

Costos elevados de producción

La producción de biocombustibles aún cuesta considerablemente más que la de combustibles fósiles, incluso teniendo en cuenta el fuerte incremento en los precios del petróleo. Para la producción, almacenamiento y transporte de biocombustibles se requieren grandes cantidades de insumos (además de la tierra y el agua) cuya producción y transporte también demanda cantidades de energía. Se necesita energía para sembrar, producir fertilizantes o pesticidas, cosechar, transportar y procesar los granos o plantas hasta su forma final de biocombustible. Por ejemplo, la producción de petróleo actualmente cuesta un promedio de 30 centavos por litro. Para producir un litro de etanol con el mismo poder energético se necesitan 37 centavos en Brasil, 45 de Estados Unidos, y 75 en Europa[1].

Las conclusiones del estudio son claras, incluso incorporando los biocombustibles de segunda generación, que no competirían ni afectarían a la producción de alimentos, de acuerdo con las consideraciones de la investigación mencionada.

Conclusión

Los biocombustibles de 1G presentan mayores desventajas en relación con los biocombustibles de 2G; sin embargo, para los países en vías de desarrollo los biocombustibles de 2G representan un mayor reto, que es generar las tecnologías adecuadas para explotarlos racionalmente. Por lo pronto son los países desarrollados los que están impulsando en forma más consistente la producción de biocombustibles 2G. Para los países en vías de desarrollo resultaría más rentable producir biocombustibles de 1G, pero en la medida en que no tienen resuelto ni el problema alimentario ni el nivel de empleo suficiente, y con la globalización, la desintegración de la comunidad campesina y la migración, han hecho perder la autosuficiencia alimentaria. Es riesgoso socialmente sustituir alimentos por biocombustibles.

 

 

Hay que tener en cuenta que el etanol forma parte de los biocombustibles de primera generación. La pregunta es: ¿Por qué el “gobierno progresista” se apunta a un proyecto desechado en otras partes, como es la producción de biocombustible de primera generación? Las hipótesis interpretativas podrían ser:

  1. El “progresismo” del gobierno clientelar se circunscribe en la ideología del “desarrollo”, que supone la conjetura insostenible del darwinismo social de la evolución histórica.

  1. En la crisis orgánica y estructural del sistema-mundo capitalista, que comparten tanto los “gobiernos progresistas”, así como los gobiernos neoliberales, también los gobiernos centrales del imperio, las respuestas desesperadas, en el largo ciclo del capitalismo vigente, de los dispositivos de poder y las máquinas económicas y las máquinas de poder del sistema-mundo, implementan estrategias desesperadas para preservar la combinación perversa entre acumulación ampliada y originaria de capital.

  1. El “gobierno progresista” no es otra cosa que un dispositivo indispensable en los decursos de las dominaciones polimorfas del sistema-mundo capitalista. La forma de gubernamentalidad clientelar es complementaria de la forma de gubernamentalidad neoliberal, aunque se presenten, ambas formas, como antagónicas.

  1. Las crisis políticas de los “gobiernos progresistas”, que, además, se expresan en las crisis económicas nacionales, los empujan a tomar medidas económicas desesperadas, que extienden la irradiación de la crisis ecológica. Ya no importan los costos de producción, que son altos – seria mucho hablar de los costos ecológicos -, lo que importa es seguir presentando “alternativas” insostenibles al público, a la población votante, para dar continuidad a las dominaciones, aunque éstas ya no sean rentables.

  1. La tecnología de la producción de biocombustibles la controlan, es monopolio, de las empresas trasnacionales extractivistas. En consecuencia, los “gobiernos progresistas”, que avalan e incursionan en esta “alternativa” del biocombustible, son socios de las empresas trasnacionales.

  1. El gobierno de Bolivia, que se encuentra ante la reducción drástica de sus reservas hidrocarburíferas – una prueba es su misma confesión de que se tiene 10,7 TCFs -, ante la caída general de las materias primas, sobre todo minerales, a pesar de la relativa recuperación de los precios de los recursos hidrocarburíferos, requiere incorporarse a las estrategias de reproducción del capital en la etapa tardía de la civilización moderna.

  1. La forma de presentar un proyecto obsoleto en el mundo como innovador habla de la crisis de legitimidad del gobierno clientelar.

  1. Estamos asistiendo tanto ante la evidencia del fracaso del “gobierno progresista” respecto a la promesa incumplida, desde la segunda gestión de gobierno (2009), como a la evidencia de que la historia política efectiva juega a las paradojas. Las revoluciones cambian el mundo, pero se hunden en sus contradicciones; terminan restaurando las dominaciones y el ejercicio del poder por la vía de la promesa del cambio, apoyándose en la energía desatada por las esperanzas multitudinarias del pueblo.

[1] Leer de Edmar Salinas Callejas y Victor Gazca Quezada Los biocombustibles. El Cotidiano. Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco; México.

http://www.redalyc.org/pdf/325/32512739009.pdf.

 

Crítica de los mitos

Crítica de los mitos

Lectura de las huellas dejadas por los caminantes migrantes de Venezuela

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Crítica de los mitos

 

 

Migrantes 4

 

 

Dedicado a los caminantes migrantes venezolanos

 

 

Los fantasmas del pasado nos atosigan, los mitos no nos dejan vivir, porque sencillamente nos encontramos atrapados en los mitos; los mitos dan sentido, pero al darlo, al narrar las interpretaciones del origen, del comienzo civilizatorio, del regalo del fuego, de la invención de los instrumentos de caza, del nacimiento de la agricultura – hablando de los mitos arquetípicos -, nos hacen creer que ya todo está dado, resuelto y explicado. Lo mismo ocurre, pero de una manera más pedestre, menos mágica y poética, con los mitos modernos; éstos proponen el fin de la historia, el desarrollo, el dominio del hombre sobre la naturaleza, la hegemonía de la ciencia. El hombre moderno, como el hombre antiguo, se encuentra atrapado en los mitos, cree en la verdad que transmiten los mitos; entonces, no se cuestiona, sobre las finalidades inherentes a los mitos mismos. Es más, aunque parezca paradójico, donde más han proliferado los mitos es en la modernidad, que se cree libre de los mitos; aparece como ideología. Hay mitos de identidad, mitos relativos a la nación, incluso, a pesar de la contrastación histórica, que suponen que la nación es anterior al Estado. En la llamada América Latina y el Caribe se han constituidos mitos sobre la formación de la consciencia nacional, así como el mito de la Patria Grande. Si bien estos mitos han sido substratos de las interpretaciones histórico-políticas, es decir, los discursos que se oponen a las dominaciones que se enfrentan, como el colonialismo, la colonialidad, el imperialismo, los estados oligárquicos; si bien han servido para expresar las luchas de los pueblos, a partir de un momento, los mitos de identidad se han convertido en obstáculos para construir interpretaciones renovadas, actualizadas, que ayuden a replantear las luchas sociales y de los pueblos. De manera paradójica, terminaron sirviendo como creencias que sostienen a las nuevas dominaciones, las oligárquicas, las liberales, las nacionalistas, las neoliberales, las populistas.

Es menester una crítica de los mitos. No, por cierto, como lo hacía la epistemología empirista y positivista, suponiendo que la ciencia moderna nacía para librar a las sociedades humanas de los mitos; pues la ciencia, en el sentido propuesto por el positivismo es también un mito. Sino como crítica de lo que expresan como narrativa válida, avalada institucionalmente y por las tradiciones. Por ejemplo, el mito de la Patria Grande, de la unidad latinoamericana, se quiebra ante la evidencia de lo que devela la migración venezolana por el continente. La xenofobia despertada nos muestra, mas bien, otra realidad, distinta a la que supone el mito. Las poblaciones ven como amenaza a la población caminante que migra, escapando del infierno de la República Bolivariana de Venezuela. Las poblaciones latinoamericanas de los otros países no reciben a los migrantes, que, en este caso, son refugiados políticos o lo demandan ser con el solo hecho de pisar las tierras de los otros países “hermanos”. ¿Síntoma de qué son estos comportamientos xenófobos?

No es justificativo decir que lo mismo pasa en otras partes del mundo, donde los estados colindantes se enfrentan a la llegada multitudinaria de refugiados; se repite el fenómeno en otros estados más distantes, sobre todo en aquellos que se suponen desarrollados y con una larga tradición institucional democrática. Si el mismo comportamiento xenófobo se da mundialmente, esto parece mostrarnos un fenómeno contemporáneo, un fenómeno social y subjetivo contemporáneo. La xenofobia se sostiene en el miedo, en la creencia de la amenaza; de esta manera, se toma la llegada de los extranjeros que huyen como una invasión. Entonces, el miedo ya estaba instalado en las cavernas de la subjetividad, la amenaza estaba ya contenida en las interpretaciones en boga. La oportunidad para que este miedo salga rabiosamente y que esta amenaza sea señalada es la llegada de los extranjeros fugitivos.

Algo ha pasado con las sociedades humanas en la contemporaneidad; han perdido seguridad, incluso confianza en sí mismas. Se trata de sociedades que se sienten amenazadas; entonces están afectadas profundamente; los mitos modernos que les daban seguridad no son suficientes para calmarlas. Presienten que algo anda mal en estas interpretaciones, pero no lo dicen, ni se dan el tiempo para reflexionar; prefieren cómodamente mantener los mitos y encontrar culpables, hallar la culpa en los enemigos. Con esto habrían perdido la oportunidad de encarar sus propios mitos, su propia ideología; en otras palabras, encarar el problema que se presenta como desafío insoslayable. Prefieren la catarsis, exteriorizar sus miedos y castigar a los que señala como amenaza. Prefieren comportarse de la manera mezquina como se comporta el humano rendido a sus prejuicios.

Los resientes sucesos nos presentan un panorama desolador; las poblaciones se dejan llevar por sus prejuicios y miedos, se dejan arrastrar por sus fantasmas, que los jalan al pasado no resuelto. Recurren, por así decirlo, a toda su incapacidad para resolver problemas. En consecuencias no los solucionan, se alejan de cualquier solución, salvo ésta sea imaginaría. Este es el caldo de cultivo de los conservadurismos recalcitrantes, de lo que comúnmente se llama “derecha” conservadora o reaccionaria, de lo que de manera panfletaria se llama fascismo; así como es el caldo de cultivo de los fundamentalismos atroces.

En contraste, los llamados populismo tienen otro caldo de cultivo; esta es la memoria mitológica del pueblo, un substrato imaginario barroco, que tiene como estratificación sedimentaria a las narrativas milenarista. Después,   en los estratos posteriores o menos profundos o más superficiales, aparecen las ideologías modernas, todas combinadas de manera abigarrada; la ideología liberal, de las primeras épocas, aquellas ligadas a la lucha contra las expresiones conservadoras oligárquicas; la ideología socialista, sobre todo aquella que estuvo motivada por las inclinaciones románticas; la ideología nacional-popular, sobre todo aquella que corresponde al discurso histórico-político que convoca a la nación oprimida. El eterno retorno del populismo, teniendo en cuenta sus expresiones singulares, dependiendo del contexto y la coyuntura, tiene este caldo de cultivo, que, en resumidas cuentas, podemos llamar el de la convocatoria del mito, en distintas tonalidades y formas. En este trance o tránsito, el socialismo tiene otro caldo de cultivo; en este caso, resumiendo también, el caldo de cultivo es la promesa; que en su arqueología se tiene como substrato a la promesa religiosa y en el estrato de la modernidad se encuentra la promesa política socialista de la justicia.

Estos dos últimos caldos de cultivo, como los nombramos metafóricamente, el relativo al populismo y el referido al socialismo, son usados por expresiones políticas progresistas, en sus inicios por expresiones románticas, aunque también fueron usadas por el liberalismo de los primeros tiempos. Las expresiones de las manifestaciones y movilizaciones radicales también tuvieron como substrato a estos caldos de cultivo histórico-culturales. El contraste con el primer caldo de cultivo mencionado tiene que ver no solo con la predisposición a la paranoia, por lo tanto, al miedo y al señalamiento de la amenaza, del substrato cultural de la sensación de inseguridad y de vulnerabilidad, sino en que dio lugar a formas discursivas y formas de acción claramente recalcitrantemente conservadoras y fundamentalistas ultramontanas. En cambio, los otros substratos histórico-culturales dieron lugar a manifestaciones políticas esperanzadoras, abriendo expectativas sociales y dibujando el porvenir con optimismo.

Sin embargo, la historia efectiva jugó con paradojas histórico-políticas a las manifestaciones socialistas y a las manifestaciones populistas. El periodo de oro, por así decirlo, de la revolución, se despliega en un primer periodo, quizás solo al inicio mismo de la revolución; empero, después, en la medida que la revolución se institucionaliza, los mismos caldos de cultivo son usados por expresiones políticas pragmáticas o del realismo político, que obstruyen la continuidad de la fiesta revolucionaria, que anulan o borran toda huella o halo romántico, que, en definitiva, se comportan como el termidor mismo de la revolución. Entonces, la forma de Estado, sobre todo el ejercicio del poder, de las formas de gubernamentalidad socialista y de las formas de gubernamentalidad populista, se comienzan a parecer, a las formas de gubernamentalidad conservadoras recalcitrantes, reaccionarias, fascistas y fundamentalistas ultramontanas.

Volviendo al tema, los caminantes migrantes venezolanos, que escapan del infierno del “socialismo del siglo XXI”, se enfrentan a dos panoramas adversos; primero, el incumplimiento de la promesa, en su propio país; promesa convertida en una mueca grotesca, que se ríe descaradamente de la inocencia de un pueblo, que creyó en la convocatoria del mito. El segundo, se enfrenta a la xenofobia destilada en las poblaciones “hermanas” de Latinoamérica.  Y los latinoamericanos, para nombrarnos de esa manera, nos enfrentamos a la cruda realidad, mejor dicho, nos enfrentamos, a través de ella, a nuestros mitos, que develan su propia insostenibilidad narrativa.

Para decirlo fácilmente, no somos lo que creíamos ser, por lo menos en esta actualidad conflictiva y perturbadora. No somos poblaciones con vocación de la Patria Grande; somos tan mezquinos como las oligarquías iniciales de las repúblicas inauguradas del siglo XIX. Estas oligarquías construyeron Estados del tamaño de sus propios prejuicios y sus propias miserias humanas; hoy, leyendo los comportamientos xenófobos de las poblaciones, podemos ver que nos aferramos a un localismo conservador del tamaño de los prejuicios ateridos socialmente, prejuicios que son compartidos, paradójicamente, con la oligarquía ultramontana. Con esto demostramos que no somos capaces de asumir el presente, con toda su complejidad dinámica, con todos sus espesores histórico-territoriales-culturales-sociales. Que preferimos aferrarnos a un pasado que imaginamos, no como utopía, que sería, mas bien, expectativa esperanzadora, sino como apuesta pragmática y oportunista a una seguridad supuesta que perdimos.

Como quien dice, es momento de enfrentarnos a nosotros mismos, a lo que somos nosotros en el momento presente, a cómo llegamos a ser lo que somos; que es también, enfrentarse a los mitos que sostienen nuestras justificaciones de lo que hacemos. Tomando posición al respecto, decimos que hay que deconstruir nuestros mitos constitutivos; esto equivale a autocriticas colectivas y sociales de los pueblos de Abya Yala. Esto implica pasar de la deconstrucción a la diseminación de las mallas institucionales constituidas, instituidas y consolidados, que ahora, se han convertido en nuestras prisiones agobiantes, así como en embarcaciones al naufragio. La autocrítica es deconstrucción, por lo tanto, destrucción, también es diseminación, por sus consecuencias materiales, de las mallas institucionales, que, en vez de ser instrumentos de sobrevivencia, cambiables, modificables desechables, se han convertido en los principios y fines abstractos de la dialéctica nihilistas.

Pretensión de legitimación y poder, la ecuación imposible

Pretensión de legitimación y poder, la ecuación imposible

Psicología del comportamiento crápula

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Pretensión de legitimación y poder, la ecuación imposible

 

Barlaham Montoya

 

 

 

Quizás haya que tratar al concepto de dominación de una manera más amplia y determinante que el concepto de explotación; en la modernidad, incluso que el concepto de capital o capitalismo, en su sentido económico y sociológico. No solo, como ya lo hicimos antes, por salir del determinismo económico, sobre todo marxista, que supone la determinación de la base económica sobre las superestructuras jurídicas, políticas e ideológicas. Sino porque ayuda a explicar mejor, incluso mejor que las tesis del materialismo histórico, los acontecimientos sociales, particularmente la historia de las sociedades y sus estructuras y formaciones económicas y políticas. Ya lo había explicitado Michel Foucault en las exposiciones de las genealogías del poder. Quizás antes que él hubo intuiciones a propósito, que fueron descartadas por las teorías hegemónicas en el momento, más próximas de la ideología dominante de la modernidad, la economía. Sin embargo, no se trata de salir del determinismo económico y caer en algo así como el determinismo político; de ninguna manera. Sino de comprender que la misma explotación capitalista solo puede entenderse como proceso inherente a la dominación misma, a la forma de la dominación, que adquiere perfiles definibles durante la modernidad.

La dominación, que puede resumirse, en principio, como dominio sobre cuerpos y territorios, sobre recursos y flujos, incluso como control de circuitos y producciones, parece incidir en las formaciones sociales de una manera preponderante, que llega a modelarlas. En la modernidad la dominación asume perfiles nuevos; tiene que pasar por el matiz de la representación, así como por el proceso de legitimación. Aparentemente las formas más crudas de la dominación desaparecen o se ocultan, dando lugar a formas de dominación matizadas, mediatizadas, edulcoradas y hasta aceptadas voluntariamente. Empero, la dominación como ejercicio del poder, como despliegue y uso de diagramas de poder, como institucionalidad que unge y separa dominantes y dominados, continúan los cursos que inventan sus mutaciones y metamorfosis.

En las etapas de consolidación de la modernidad, la dominación adquiere un rostro liberal; sobre el supuesto ideológico de la igualdad de derechos civiles y políticos, sobre la conjetura fundamental de que los hombres son libres, la dominación se inviste de este discurso y difunde la ideología, fortaleciendo los mecanismos de dominación heredados y nuevos. Solo que se consulta a los electores sobre quienes ejercerán las dominaciones que pesan sobre ellos; claro está, que no se dice que son dominaciones sino deberes de los ciudadanos para con sus instituciones. Si se quiere, las dominaciones son más llevaderas, empero, tienen un alcance mayor y son más efectivas que las anteriores formas de dominación. Para comenzar, los ciudadanos no controlan las decisiones políticas que se toman, pues éstas están delegadas a sus “representantes”. No controlan el manejo de las instituciones, menos del Estado. Mucho menos, dadas las características del modo de producción capitalista, no controlan la administración de las empresas económicas. Pueden ilusionarse que deciden cuando eligen a sus “representantes”, pero no tienen acceso al manejo mismo de las maquinarias del poder, de las maquinarias de guerra, de las maquinarias económicas.

La modernidad no solamente se ha presentado con rostro liberal, también lo ha hecho en las expresiones de otras caras políticas. Como opuesta al rostro liberal aparece la expresión socialista, como portavoz de los miserables de la tierra, los explotados, particularmente el proletariado.  En este caso, la dominación desarma a los dominados de sus capacidades de resistencia, pues se presenta como la forma política genuina de los explotados en el poder. Como que la dominación adquiere mayor legitimidad. El socialismo no deja de encubrir ideológicamente las formas de dominación modernas pues su malla institucional, vale decir, la estructura estatal, no deja de separar dominantes de dominados, gobernantes de gobernados, haciendo padecer a los dominados y gobernados, en carne propia, el ejercicio pragmático del socialismo. La dominación socialista no ha hecho otra cosa que cambiar de élites. El poder sigue en manos de una casta o clase política, aunque, en este caso, sea la burocracia.

También se han dado otras formas de legitimación, como las dadas en la formación discursiva nacionalista. Aunque en este caso, sea más barroca la composición ideológica, de todas maneras, funcionan como dispositivos de legitimación de las dominaciones en curso. Las formas de dominación pueden ser contextuadas, de acuerdo a las particularidades regionales, nacionales o locales. La ecuación de legitimación y poder, cuya relación es, mas bien, inestable, funciona buscando legitimar el ejercicio del poder con la pretendida legitimación reclamada, que puede ser la convocatoria de la nación.

Lo mismo vamos a encontrar en la formación discursiva neoliberal, cuya legitimación se pretende con un lenguaje tecnicista del equilibrio y del ajuste estructural. Así como en la formación discursiva opuesta, la ideología neo-populista. En este caso, la legitimación no se reclama por la vía de un pretendido tecnicismo, sino en la convocatoria del mito, la convocatoria del caudillo, el mesías político, que viene a cumplir la promesa de salvación a los condenados de la tierra. En otras palabras, se arman procesos de legitimación de las dominaciones vigentes, que pueden adquirir distinta pronunciación ideológica, hasta encontrada y contrarias, que funcionan para encubrir la continuidad de las dominaciones y la pervivencia o cambio de élites.

De estos tópicos en los confines políticos ya hablamos antes, aunque tocando otros temas, que, sin embargo, suponen también el substrato de las dominaciones. Lo que nos interesa ahora es señalar algo que parece una regularidad histórica-política; la que tiene que ver con los perfiles políticos, incluso los perfiles de los políticos, distinguiendo un antes y un después de la asunción del poder. En una etapa o etapas anteriores al ejercicio de gobierno, los perfiles políticos se presentan con la animosidad de la entrega a los ideales; en cambio, después, durante el ejercicio de gobierno, estas veleidades, que pueden aparecer hasta en tonalidades románticas, están demás, estorban. Este perfil exaltado, vinculado a la promesa, se sustituye por un perfil pragmático, de funcionario obediente, esmerado por cumplir con su rol. Estos contrastes se hacen más evidentes en las formas de legitimación socialista, así como en las formas de legitimación populista. El contraste se hace patente cuando el perfil romántico del revolucionario o, en su caso, el perfil de intelectual científico de la revolución, se sustituyen por el perfil del funcionario sumiso y cómplice; es más, cuando estos funcionarios sin ideología, aunque pretendan tenerla, despliegan comportamientos crápulas. A nombre de la “revolución” o a nombre del “proceso de cambio” justifican las más deleznables prácticas políticas, los más perversos usos del monopolio de la violencia institucionalizada, los más recalcitrantes conservadurismos; lo peor, la recurrencia a las más descaradas transferencias de los recursos naturales al centro cambiante del sistema-mundo capitalista.

Este tipo de gente, al servicio del Estado, en manos del “gobierno progresista”, se desgarra las vestiduras por “principios”, que nadie sabe cuáles son, salvo si se confunden con exaltados discursos fofos, sin consecuencia, “antiimperialistas”. Acusan a los y las que no están de acuerdo con lo que ocurre, con las gestiones de gobierno, con las políticas que se efectúan, de “traidores”, “vende patrias”, agentes de la “conspiración”, sino los acusan directamente de “derechistas” y de vendidos al “imperialismo”. Llama la atención que el perfil de estos funcionarios del poder aparezca, con distintos matices, colores y tonalidades, en distintas formas de gubernamentalidad. Son los más celosos, son como los inquisidores que persiguen a los infieles, embrujados, encantadas, endemoniadas, en otras palabras, a lo que son para ellos las monstruosidades políticas. Son capaces de todo, con tal de servir fielmente. De inventarse interpretaciones antojadizas de la Constitución o de Convenios Internacionales, de dictar sentencias sin sustento constitucional, de inventarse leyes que desechan lo establecido por la Constitución, de criminalizar la protesta, de meter a la cárcel a los dirigentes sociales que contravengan, de justificar asesinatos de personas que protestan o se movilizan, en fin, de aprobar o avalar la entrega de los recursos naturales a las empresas trasnacionales extractivistas. Todo a nombre del “proceso de cambio”. Se invisten de jueces supremos, absolutos, más allá de la Constitución, más allá de la voluntad del pueblo.

¿Cómo funciona la máquina del chantaje, de la amenaza, de la extorsión, del terror? Para decirlo a la usanza del ensayo político, ¿cuál es la psicología que acompaña al comportamiento crápula? Estos tópicos también los hemos tocado en otros ensayos. Ahora queremos hacer hincapié en lo que tradicionalmente se denominó psicología, en este caso, psicología del funcionario más servil y más celoso, el que es capaz de todo por el “jefe”, por el partido, por el gobierno, por un “proceso de cambio”, al que le han dado término, antes de tiempo, lo han abortado, aunque no se den cuenta.

 

Psicología del comportamiento crápula

¿Habría que pensar en la psicología como el campo de las estrategias intersubjetivas? Es decir, como el campo intersubjetivo donde los sujetos en concurrencia intervienen e intentan mostrar tal o cual imagen de sí mismos. Esto parece más apropiado, que seguir concibiéndola como lo hacía la psicología general, como ciencia del comportamiento, para no entrar en otras definiciones conceptuales, en la medida que la psicología ha venido conformándose por las distintas corrientes psicológicas que han intervenido en las investigaciones y en las interpretaciones del sujeto. Puede ser cierto que, si bien los sujetos intentan transmitir una imagen a los otros sujetos del entorno, puede que no puedan controlar lo que transmiten con sus comportamientos y en la comunicación con los demás, entonces, también transfieren otras imágenes que son captadas por los otros sujetos. Es más, puede que los sujetos con los que entraba contacto, si bien captan, además de la imagen pretendida por el sujeto en cuestión, otras imágenes que se le escapan y no controla, sea, mas bien, el psicólogo, en el analisis del sujeto, el que pueda captar un conjunto de imágenes, además de las que se transmiten, otras que no son transmitidas, logrando develarlas en el análisis mismo. Entonces pueda construir una interpretación más integral de la estructura del sujeto en cuestión. Sin embargo, el problema que nos trae al tema es intentar proponer una hipótesis interpretativa de los sujetos políticos, sobre todo de los que se encuentran en función de gobierno y de sus entornos palaciegos. En adelante, apoyándonos en ensayos anteriores que tocaron el problema, vamos a proponer una interpretación que ayude no solo a comprender los comportamientos políticos, sino que nos ayuden en el rearmado del funcionamiento de la máquina política. El otro campo problemático que hemos abordado en otros ensayos.

Nada mejor para ayudarnos que recurrir a las tesis filosóficas que también abordamos antes; una de ellas es la relativa a la consciencia desdichada, tesis hegeliana; la otra es la tesis de la consciencia culpable, interpretación nietzscheana. Partiendo de estas premisas dijimos que los sujetos se encuentran desgarrados en sus propias contradicciones, que no puede resolver, salvo imaginariamente. Por otra parte, dijimos que la consciencia culpable, asociada al espíritu de venganza, es la fuente, por así decirlo, de la voluntad de nada, es decir de la efectuación del nihilismo, que marca los decursos de la historia, sobre todo de la historia moderna. Hay pues como una frustración constitutiva, mejor dicho, des-constitutiva, como substrato de la constitución de los sujetos sociales en la modernidad. Esta hipótesis interpretativa va a ser la base de la interpretación que proponemos.

La pregunta es: ¿Qué frustración perturba la hermenéutica del sujeto político? De manera más específica: ¿Por qué quiere ser representante del pueblo? Es más, ¿por qué se siente representante del pueblo, incluso vocero, como predestinado? ¿Se trata de algo tan inocente como por estar atraído e imbuido por las historias de héroes que le contaron cuando niño, héroes a quienes admira y a quienes quiere imitar o seguir como ejemplo? ¿O se trata de algo más pedestre, se presenta a sí mismo como héroe, aunque no haya hecho todavía nada para hacerlo, pues se siente incomprendido y, a la vez, predestinado? Lo primero cae en las inclinaciones que podemos llamar románticas, lo segundo cae en lo que llamaremos demanda exacerbada de reconocimiento.

Entonces, a partir de estas consideraciones, podemos empezar a clasificar los perfiles políticos, aunque lo hagamos todavía de manera muy sencilla y esquemática; empero, lo hacemos por razones de exposición ilustrativa, pues el asunto que queremos exponer primordialmente es otro: ¿Cómo funciona el poder y como engranan en este funcionamiento los sujetos adecuados al ejercicio del poder? Habría, en principio dos modelos de perfiles del sujeto político; primero, los que se inclinan por las motivaciones románticas; segundo, los que se inclinan por la demanda de reconocimiento, que se sienten víctimas por el desconocimiento de la gente de la valía que portan. Una anotación de partida puede ser pertinente: estos perfiles del sujeto político parecen, mas bien, contradictorios, opuestos, contrastados. Los primeros, estarían dispuestos al acto heroico, es decir, gratuito, sin pedir nada a cambio; en tanto que los segundos, piden, hasta exigen, ese reconocimiento, pues son los héroes o los portadores heroicos no reconocidos, ignorados y hasta despreciados. No importa aquí sí han efectuado o no algún acto heroico, lo que importa es que ya lo son, pues son los sujetos predestinados, los elegidos.

Diremos que cabria esperar dos ejes narrativos de dos interpretaciones alternativas. Uno, que configura el siguiente drama: los primeros inician la revuelta, empero, cuando la revuelta triunfa, son los segundos los que los sustituyen. Otro, que configura, mas bien, algo más truculento: los segundos, al sentirse predestinados, pueden inclusive realizar actos heroicos, pues estarían cumpliendo con su destino. Entonces, se sienten reconocidos cuando llegan al poder. El ejercicio del poder es, para ellos, plenamente legítimo, pues el reconocimiento social les permite ejercer el beneficio de ese reconocimiento. Como se verá, entonces, los dos perfiles del sujeto político no son exactamente excluyentes ni contrapuestos, se pueden combinar, entrelazar, de las maneras más enrolladas.

No son estos los únicos perfiles que aparecen en el ejercicio político, hay otros, quizás menos sobresalientes, como, por ejemplo, aquellos que responden a la oportunidad dada. Sin inclinarse a la entrega romántica, tampoco sentirse predestinados, sino concebirse como hombres comunes, en el tráfago de la vida cotidiana, de repente se encuentran ante la oportunidad que les brinda la vida, entonces, consideran apropiado aprovechar esta oportunidad abierta, en la linealidad de sus aburridas vidas. Los más sobresalientes de este perfil se meten de lleno a la oportunidad abierta, se entregan con todo; si tienen que ser fieles a los que “representan”, en ese momento, la composición social, política y económica de la realidad, son los más leales y fieles, hasta llegar a grados indignos de sumisión.

En nuestra interpretación parece apropiado, contando con la experiencia política social, suponer aquí, contradicciones, hasta aversiones, entre este perfil y los que se inclinan al romanticismo, pues son incomprensibles para este tercer perfil del sujeto político. En cambio, los otros, los que se consideran predestinados, son más bien, comprensibles, pues están ratificados porque son los que manejan el sartén por el mango. Entonces, buscando una salida rápida, puede haber otras, más retorcidas, es comprensible una alianza entre el tercer perfil y el segundo, incluso en contra del primer perfil del sujeto político.

Ahora bien, volviendo al asunto, quiénes son los que se sienten con el “derecho” de recurrir a todos los medios habidos para cumplir con las finalidades del poder, quiénes se desgarran las vestiduras y se declaran los más consecuentes y señalan a quienes deben meter a la cárcel, por “vende patrias”, por “traidores”, por “conspiradores”, por monstruosos agentes del “imperialismo”. Quiénes, al final, son los verdugos de las “revoluciones” supuestas. Con el riesgo de equivocarnos, supondremos que en el primer perfil y el segundo no hay muchos, empero, en el tercer perfil abundan. Para ejecutar las tareas sucias se necesita de más gente. Entonces, de acuerdo a la estructura de nuestra interpretación, son estos, del tercer perfil, los que se desgarran las vestiduras, los que se declaran los más radicales “revolucionarios”, los que ejecutan las tareas más vergonzosas a nombre de la “revolución”.

Sin entrar en un cuarto perfil del sujeto político, o un quinto y, quizás, otros más, con estos tres perfiles podemos sugerir un modelo, aunque esquemático, del funcionamiento del poder. El ejercicio del poder es, para nosotros, la efectuación de las dominaciones polimorfas, heredadas y nuevas. Entonces, para ejercerlo se requiere de asociaciones, sobre todo de alianzas, complicidades y concomitancias. En nuestro esquema interpretativo la alianza se da entre el perfil de los predestinados y el perfil de los oportunistas o pragmáticos. Empero, esta alianza no es suficiente, por más fuerte que sea contra el perfil romántico, que sigue pretendiendo cumplir con la promesa y realizar la utopía. Se requiere de la participación, en un sentido u en otros, del pueblo, por lo menos de su mayoría.

Sabemos que el pueblo es un concepto y una figura abstracta, si se quiere, para simplificar, rousseauniana, que está compuesto por constelaciones de multitudes, en constante movimiento y dinámicas. Incluso, que el concepto de multitud no deja de pecar de abstracción, pues estamos ante bullentes singularidades que se asocian, se desasocian y se vuelven a re-asociar, componen y se combinan, de distintas maneras, en distintos planos de intensidad. Sin embargo, exponiendo de la manera acostumbrada, con todo el peso del lenguaje, el pueblo es la clave del ejercicio del poder. No son los que aparecen encumbrados y privilegiados por el ejercicio del poder, no son los que monopolizan, de una u otra manera los votos, tampoco los que disponen de las fuerzas congregadas del Estado, sino los que permiten que pase lo que ocurre. Cuando se rebela el pueblo, en un santiamén derriba los castillos de naipes del poder; empero, cuando, al final, acepta sus dominaciones, de una u otra manera, de un modo de justificación u otro, entonces, lo que se ha consolidado como dominación permanece.

La suspensión de los derechos y de la democracia

La suspensión de los derechos y de la democracia

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La suspensión de los derechos y de la democracia

 

 

Franklin 2

 

 

 

 

Cuando se pone en suspenso la institucionalidad, cuando se ponen en suspenso los derechos constitucionalizados, es decir, la generaciones de derechos plasmados, cuando los gobiernos hacen lo que les viene en gana, cuando las instituciones, desde los órganos de poder de la división constitucional establecida, la del equilibrio de poderes, están sometidas al capricho del ejecutivo, no hay pues ni república, en el sentido del Estado de Derecho, tampoco Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, en el sentido de la Constitución. No hay más que el ejercicio permanente del poder como violencia desenvuelta. Cuando a alguien, un dirigente, por ejemplo, se le imputa, sin demostrarle nada de la imputación, y los dispositivos de poder, como la policía y el órgano judicial, se encargan de llevar adelante la imputación insostenible, aunque solo llevadera porque se tiene, como se dice comúnmente, el sartén por el mango, entonces nadie, ningún órgano de poder, ninguna institución, ningún dispositivo, cumple sus funciones. Entonces, ni la policía y ni el órgano judicial son lo que dicen ser; son otra cosa, son los medios de fuerza de la violencia desencadenada del gobierno de turno.

A Franklin Gutiérrez, dirigente de la Asociación Departamental de Productores de Coca (ADEPCOCA) de La Paz, se lo acusa de ser el autor intelectual de la muerte del teniente de policía de UMOPAR, el teniente de la Unidad Móvil de Patrullaje Rural (UMOPAR) Daynor Sandoval Ortiz, sin comprobarle nada, solo ateniéndose a las conjeturas delirantes del gobierno y de sus altos funcionarios. El hecho de que se ejecute su aprensión es ya una violación de los derechos constitucionalizados, humanos, civiles, políticos, sociales, colectivos. Es, entonces, una acción ilegitima e ilegal; es un delito cometido por el gobierno y sus instituciones, que más que instituciones son dispositivos de la violencia estatal. Que esta efectuación desembozada se de ante la mirada asombrada de la opinión pública, que no hace nada para impedirlo, es una muestran patente de que se acepta, sin más, la violación de la Constitución y los derechos. Es como darle carta blanca a los brabucones del gobierno y los comandantes de la policía, además de a los jueces del órgano judicial. Podemos decir que la democracia ha muerto, que impera la tiranía o, peor aún, el despotismo efectuado por instituciones que no son lo que establece la Constitución, sino los brazos verdugos de la ejecución de los caprichos de los hombres paranoicos del poder.

Nada es lo que aparenta ser. La “policía” no es la policía, el “ejercito” no es el ejército, el “órgano judicial” no es el órgano de la justicia, el Congreso es cualquier cosa, menos un espacio de representación del pueblo y de deliberación. Hemos llegado a la muerte del mismo Estado-nación. No hay Estado, sino una disposición de instrumentos “institucionales” que cumplen funciones no institucionalizadas, las que manda el capricho de los hombres paranoicos del poder. Que los dispositivos de este poder descuajeringado, el de la forma de gubernamentalidad clientelar, ejecuten las acciones sin sustento legal ni constitucional quiere decir que usan la imagen de legitimación que no corresponde. Son nada más ni nada menos que organismos perversos al servicio de la forma de poder vigente. En estas condiciones no hay porque aceptar sus acciones inconstitucionales y no-institucionales.

La “policía” ejecuta sus acciones llevando el uniforme y pretendiendo avalarlas porque es “policía”; empero, cuando lo hace de esa manera, dolosa e inconstitucional, deja de serlo, deja de ser policía. Cuando el “gobierno” asume esas acciones como propias y las avala con un discurso insostenible, contrastado por los hechos y la propia Constitución, no es gobierno sino un desgobierno o como dicen los zapatistas, un mal gobierno. No hay porque entonces aceptar estas acciones gubernamentales.

Si a este hecho descrito por los mismos sucesos dramáticos, comentados tibiamente por los medios de comunicación y denunciados levemente por los colectivos interpreladores, sean organizaciones sociales o colectivos activistas, se suman otros hechos o secuencia de hechos donde el gobierno de turno hace gala de su desenvuelta voluntad de dominio descarnado, como desconocer los resultados de un referéndum,  desechar, como si nada, los derechos consagrados de las naciones y pueblos indígenas originarios, entonces estamos ante la marcha desbocada de una tiranía que no respeta la Constitución, por lo tanto, la democracia, peor aún, al pueblo.

Llama la atención que la opinión pública, incluso, que el pueblo, a pesar de su asombro, ante la desenvoltura de la violencia de lo grotesco político, solo atine a observar indignado, en el mejor de los casos, a denunciar, incluso a interpelar. No hay dominación sino es aceptada. Si se deja hacer a los gobernantes y a sus dispositivos de poder, que han dejado de funcionar como instituciones, quiere decir que hay complicidad con la dominación y la violencia desatada. Teóricamente, situación estimada por la interpretación, en este caso política, el pueblo, depositario y encargado, además de ejecutor, de la soberanía, no debe ni puede aceptar esta suspensión de la democracia, de la Constitución y de los derechos. Tiene pleno derecho a la subversión.

Es inocuo centrarse en el campo discursivo, incluso en el campo ideológico, más allá en las pretensiones de la ejecución política; el problema no se esclarece ni se vislumbra en los discursos, sus pretensiones de verdad, sus devaneos ideológicos. El problema se ventila concretamente en la constelación de los hechos. No estamos ante un gobierno democrático, ante un gobierno constitucional, sino ante un gobierno impuesto por la convocatoria del mito, primero; después, por las extensivas redes clientelares; para terminar, siendo la imposición de la violencia descarnada y sin tapujos. Llama la atención que la opinión pública, más concretamente, el pueblo, siga tomando en cuenta los discursos emitidos. Lo hacen también los pretendidos críticos del gobierno, ya sean de la llamada “oposición” o, peor aún, de la llamada “izquierda” consecuente. El debate no está en las pretensiones discutibles de una forma de gubernamentalidad clientelar, en decadencia. El debate debería centrarse y concentrarse en la gramatología de los hechos, es decir, en el acontecimiento político.

Lo que hace el gobierno clientelar es lo que hace cualquier forma de gobierno, sea de “derecha” o de “izquierda”, sea neoliberal o “progresista”, ejerce el poder en las condiciones de posibilidad jurídico-políticas e histórico-políticas que le tocan, en la formación social en su singularidad coyuntural. Lo que acaece, lo que sucede, es decir, los desenlaces cotidianos, coyunturales, corresponden a correlaciones de fuerza. Que el gobierno se imponga ante la multitudinaria sumatoria de fuerzas populares quiere decir que la voluntad del pueblo, es decir, la constelación de voluntades singulares populares, está inhibida. Esta inhibición se debe a que el pueblo, aunque no sea en su generalidad, todavía cree o está atrapado en el mundo de las representaciones. Cree en la ilusión impuesta por la máquina de la fetichización, es decir, la ideología.

Si hoy se trata de las penurias, por así decirlo, que ocasiona un denominado “gobierno progresista”, no quiere decir que otras formas de gobierno no causen penurias. Todas las formas de gubernamentalidad modernas de la historia política han causado penurias. Se pondere como se pondere, unas con más peso, otras con menos peso, no es la cuestión. El problema de la cuestión política es que el pueblo ha delegado su constelación de voluntades singulares a los llamados “representantes del pueblo”.  En consecuencia, ha otorgado poder a estos “representantes”. No se trata entonces, ingenuamente, de escapar a una forma de representación y convocatoria política para caer en otra, sino de asumirse en la madurez política, en el uso critico de la razón, en la capacidad de autogobierno del pueblo, lo que quiere decir democracia.

Se puede criticar a los gobernantes de turno, teniendo en cuenta los hechos, los sucesos y los eventos políticos acaecidos; empero, lo que no hay que olvidar, que lo mismo, en menor o mayor intensidad, en menor o mayor extensidad, ha ocurrido y puede acaecer con otras formas de gubernamentalidad modernas. No se sale de la desdicha con cambiar unos amos por otros – ya esto ha sido una experiencia demostrada con los “gobiernos progresistas” -, sino saliendo efectivamente del círculo vicioso del poder.

Si no tuviéramos, en lo que se denomina comúnmente pasado, la experiencia política padecida, hasta se podría suponer, interpretativamente, la necesidad de la experiencia, para aprender; sin embargo, a estas alturas, como se dice, del partido, de las historias políticas de la modernidad, no se puede sostener ni hacer esto. El pueblo, concepto rousseauniano, es responsable de lo que acaece políticamente, del gobierno que tiene, de la estructuras y diagramas de poder. Si sigue aceptando las argumentaciones estrambóticas de los gobernantes, si sigue suponiendo, en una especie de figura parecida al movimiento del péndulo, que se trata de cambiar de forma de gobierno, sea la que sea la pretensión ideológica, incluso el reclamo ingenuo de institucionalidad, entonces es cómplice de sus propias dominaciones, acepta el reforzamiento de las cadenas que lo atan a las sombras de la caverna.

Lo que pasa en los Yungas, como lo que ha pasado antes en el TIPNIS, así como en otros lugares, incluso antes de los periodos del “gobierno progresista”, es también responsabilidad de un pueblo que acepta, diga lo que diga, haga lo que haga, en los límites impuestos por el poder, en los márgenes que el poder acepta y establece como tolerante o como incluso cuestionable.   A lo que hemos dicho hay que añadirle lo siguiente, sin ninguna intención de exagerar, que lo que está en cuestión no es solamente el provenir político ni el porvenir social, sino la propia sobrevivencia de la humanidad. La crisis ecológica ha llegado a extremos, cuando el llamado eufemísticamente “cambio climático” amenaza la sobrevivencia de las sociedades humanas. Hay que ser demasiado insensible o desubicado, mejor dicho, enajenado, en los términos de la filosofía hegeliana, como para no darse cuenta de lo que acontece.

La guerra gubernamental contra los Yungas

La guerra gubernamental contra los Yungas

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La guerra gubernamental contra los Yungas

 

Franklin

 

 

 

 

 

El gobierno clientelar y corrupto, cabeza política de la República del Chapare, ha desatado la guerra contra los cultivadores de la hoja de coca de los Yungas, tradicional y “amarilla”. Es impensable esperar que el “gobierno progresista” erradique las zonas del cultivo de la hoja de coca excedentaria, es más, zonas de la “industrialización” ilícita de la coca, zonas que se encuentran en el Chapare y en el Polígono Siete. El mismo gobierno, que emitió versiones contradictorias del asesinato de Jonathan Quispe, el estudiante de la UPEA, que obstruyó las investigaciones, boicoteando cualquier avance en el esclarecimiento de esta muerte, es el mismo que se adelanta, sin investigación alguna, de emitir una interpretación antojadiza de la muerte del oficial policial, el teniente de la Unidad Móvil de Patrullaje Rural (UMOPAR) Daynor Sandoval Ortiz, en un enfrentamiento con cultivadores y comunidades campesinas de la Asunta. Su versión deja mucho que desear desde la perspectiva de un mínimo de objetividad; estamos nuevamente ante las narrativas estrambóticas del gobierno. Lo que hace el gobierno clientelar es adelantar versiones, sin sustento, para justificar su ataque descomunal contra las zonas del cultivo de la hoja de coca tradicional, defendiendo las zonas excedentarias del cultivo y de la “industrialización” ilícita de la coca.

La guerra esta declarada contra los cultivadores de la hoja de coca de los Yungas. El ministro del gobierno ha tenido el tupe de decir que no enfrentan a organizaciones sociales sino a grupos armados, que responden al narcotráfico y que están defendidos por “colombianos”. Parece que el ministro es ciego a todo lo que ha acontecido y acontece en el Chapare y en el Polígono Siete. Otra vez las extravagancias perversas de la política gubernamental; un secreto a voces que aparenta ignorar el gobierno; todo el mundo lo sabe menos los altos personeros del gobierno. En esta recurrencia contradictoria del gobierno a la represión contra organizaciones sociales, que lo interpelan y denuncian, se convierte a las víctimas de la represión en los enemigos endemoniados, investidos, por la versión de gobierno, con las graves estigmatizaciones a su alcance. No es la primera vez que lo hace, tampoco es el único gobierno que lo hace. Es el estilo del poder, sea de “izquierda” o de “derecha”.

¿Por qué la guerra contra los Yungas? No solo por lo que podemos considerar una competencia entre las zonas del cultivo de la hoja de coca; esta podría ser una hipótesis general teórica.  Otra hipótesis, menos general, tiene que ver con el entendimiento que, ante los límites establecidos al cultivo de la hoja de coca, no pueden tolerarse o privilegiarse a las zonas de cultivo en competencia. Tiene que escogerse a las zonas que pueden privilegiarse por parte de la tutoría estatal; en cambio, convertir a otras zonas como las prohibidas, por lo tanto, convertidas en objeto y materia de poder, sobre todo objeto y materia de la represión estatal.  Sin embargo, esta segunda hipótesis, aunque no sea tan general como la anterior, sigue pecando de cierta versatilidad, pues falta visualizar las dinámicas moleculares y molares sociales y políticas. No parece posible llegar a comprender la problemática del cultivo de la hoja de coca en Bolivia sin tomar en cuenta los alcances de la ilícita “industrialización” de la coca, es decir, sin tomar en cuenta los alcances de la economía política de la cocaína.

La hipótesis interpretativa que proponemos considera esta incidencia, la de la economía política de la cocaína y la economía política del chantaje, que la contiene. No se trata solamente de la defensa gubernamental de las zonas del cultivo de la hoja de coca excedentaria, el Chapare y el Poligono Siete, contra las zonas del cultivo tradicionales y otras declaradas “amarillas”, de los Yungas, sino de la defensa del lado oscuro de la economía por parte del gobierno clientelar, al servicio del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Se trata de la malla institucional del lado luminoso del poder, es decir, institucionalizada, atravesada por las redes y circuitos del lado oscuro del poder. El gobierno clientelar no solamente esta al servicio de lo que hemos llamado el super-Estado de la República del Chapare, sino al servicio del lado oscuro del poder.

Desde la perspectiva de esta tercera hipótesis, hay necesidad de sugerir una explicación a propósito del discurso de gobierno que dice que lucha contra el narcotráfico, que erradica cultivos de coca y que se enfrenta a grupos armados en los Yungas. Tampoco debería ser una sorpresa, salvo a los que lo ocultan, que los gobiernos del mundo, salvo excepciones que confirman la regla, blanquean los flujos dinerarios de uno de los negocios, por cierto, ilícitos, más grandes. El gobierno clientelar lo hace, no porque sea un atributo de su endilgado carácter “progresista” ni de su supuesta inclinación de “izquierda”, como algunas versiones de la rabiosa “derecha” lo dice, sino porque también los gobiernos neoliberales lo hacen. O los gobiernos, bajo cualquier perfil o forma de gubernamentalidad, se inclinan a este blanqueo por pragmatismo, o lo hacen porque ya están tragados por las formas paralelas del poder, no institucionalizadas, del expansivo lado oscuro. Por informes de organismos internacionales, de la ONU, especializados en el tema, se sabe que la mayor parte de la producción de hoja de la coca del Chapare está destinada al narcotráfico; se habla de un 92%. También se sabe que una gran parte de la producción del cultivo de coca de los Yungas está destinada al acullico y otros usos tradicionales, incluso medicinales y de exportación lícita; sin embargo, parte de la producción también parece desviarse al narcotráfico. Ahora bien, la pregunta pertinente es: ¿por qué el “gobierno progresista” solo ataca a las zonas “amarillas” de los Yungas y no lo hace con las zonas excedentarias del Chapare y del Polígono Siete?   

Si se partiera, momentáneamente y provisionalmente, de la premisa gubernamental, de que lucha contra el narcotráfico y sus fuentes de cultivo excedentarias, no es congruente lo que hace, en efecto; ataca a unos y no a otros, erradica en unas zonas y no en otras; lo más grave, ataca a las zonas menos problemáticas respecto a las fuentes del narcotráfico, en cambio, no toca para nada a las zonas más problemáticas, vinculadas a los circuitos y la producción “industrial” ilícita de la coca. En consecuencia, se puede derivar otra hipótesis interpretativa: el gobierno no solo defiende a la región leal y afín al oficialismo del cultivo de la hoja de coca, no solo ataca a la región que lo interpela y denuncia, sino que usa el ataque a los Yungas para encubrir sus concomitancias, complicidades y articulaciones con el lado oscuro de la economía.

 

 

Descripción del itinerario de la represión a los Yungas

De acuerdo a los noticiosos de los medios de comunicación, se puede observar un desencadenamiento de la guerra del “gobierno progresista” contra los Yungas.  El comandante general de la Policía, Faustino Alfonso Mendoza, corroboró que un contingente de 505 efectivos permanecerá en La Asunta, para garantizar la erradicación de coca excedentaria e ilegal. “El contingente policial se quedará en esa región de Yungas para brindar seguridad a la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC), que tiene la misión de erradicar la coca excedentaria e ilegal que hay en esa zona“. Mendoza detalló que el contingente está integrado por 100 agentes de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico, 15 de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen, 10 de la Dirección Nacional de Inteligencia, 230 del Comando de Policía de La Paz, 50 de Oruro y 100 de Cochabamba. Aseveró que la Policía coadyuvará en el cumplimiento de la planificación y los objetivos trazados por el Gobierno, a través del Comando Estratégico Operacional, para erradicar la coca ilegal en La Asunta. “Este contingente policial no porta armas letales, sino equipos antimotines”. “La Policía en cumplimiento de las normas ejecutará las operaciones policiales de apoyo a la erradicación de hoja de coca excedentaria e interdicción al narcotráfico, orden y seguridad, prevención y auxilio”, remarcó el jefe policial[1].

En otro reporte informativo se dice que el Gobierno, a través del ministro de Defensa, Javier Zavaleta, descartó “por el momento la militarización” de La Asunta (Sud Yungas), después del enfrentamiento entre policías y cocaleros, cuando murió un teniente de la Unidad Móvil de Patrullaje Rural (UMOPAR). “Descartamos la entrada o cualquier presencia militar en el lugar (La Asunta), más allá de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC), que tenemos, que están exclusivamente dedicadas a la erradicación de coca. No hay ninguna instrucción, por el momento, de involucrar a los Fuerzas Armadas en este tema. Zavaleta dijo que los responsables de la muerte del oficial de UMOPAR están vinculadas al narcotráfico. Aseveró que los mismo ya fueron identificados; prevé que las próximas horas sean capturados para ser entregados a la justicia, aunque evitó dar nombres de dirigentes cocaleros que estarían siendo buscados. “Está claro de que hay presencia de narcotráfico en el lugar. Creemos que esta reacción tan fuerte de parte de los tiradores, que han ocasionado estas bajas, a la policía es gente vinculada al narcotráfico”. Adelantó que enviarán grupos especializados de apoyo a la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) como los “Diablos Negros” y los “Diablos Rojos”.

En contraposición, el dirigente cocalero de La Asunta, Freddy Quispe Mamani, informó a ERBOL que dirigentes de los productores de coca se declararon en la clandestinidad”, después de la represión policial. Señaló que, en el Cabildo de las tres provincias, que se lleva adelante, las bases determinarán las medidas a asumir frente al Gobierno. “Estamos viviendo una situación muy difícil. Ni siquiera en tiempos de dictadura habíamos vivido una situación así. La verdad, hay gente que nos está siguiendo, por eso hoy hay dirigentes que se han declarado en la clandestinidad”. El dirigente cocalero dijo que “desconoce el paradero del presidente la Asociación Departamental de Productores de Coca (ADEPCOCA) de La Paz, Franklin Gutiérrez”. Dijo que “todos los líderes cocaleros se sienten perseguidos por el Gobierno”. Un enfrentamiento entre policías y cocaleros de La Asunta dejó un saldo de un oficial muerto, varios heridos y desaparecidos. El Gobierno informó de la existencia de “grupos irregulares”, que atacaron a los policías, quienes tienen obligación de erradicar los cultivos ilegales; en tanto que los productores de coca denunciaron atropellos. Por otro lado, el dirigente cocalero Freddy Quispe denunció que el Gobierno; los efectivos policiales gasificaron una asamblea que se realizaba en La Asunta, incluso saquearon los domicilios de los comunarios de la zona. Informó que existen varios cocaleros heridos y desaparecidos producto de la represión policial[2].

Otro noticioso informativo dice que el Comandante General de la Policía Boliviana, el general Faustino Mendoza, presentó unos videos para constatar que los efectivos de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) fueron “emboscados” por cocaleros en el municipio paceño de La Asunta; incidente que dejó un policía muerto y siete heridos. Mendoza dio a conocer el listado de uniformados heridos. Estos son: El teniente Miguen Ángel Silva, que sufrió lesiones en la pierna izquierda; el teniente Esteban Molina Dávila, con herida expuesta en la pierna derecha; el sargento primero Martín Mamani Nina, con herida en el glúteo cerca a la cadera y otra en el tobillo derecho; el sargento primero Rubén Trujillo Mamani con herida contusa en la parte superior del rostro por la sien y ceja; Wilfredo Layme Flores, con herida en la pierna izquierda; el sargento segundo Rodrigo López Chumacero, con herida en el hombro izquierdo y tobillo derecho; el policía Willy Huanca Quispe, con herida en la ingle y fractura del fémur derecho. Todas las lesiones fueron causadas con disparos de armas de fuego. El Comandante General enfatizó que los uniformados no estaban con algún armamento letal. “(Ellos sólo portaban) cascos, chalecos antibalas, antifragmentarios, escudo balístico, rifle lanza gases y escopeta con temblor”[3].

Otro noticioso informa que a las 16:05 de hoy, el dirigente de la Asociación Departamental de Productores de Coca (ADEPCOCA) de La Paz, Franklin Gutiérrez, se entregó a la Policía. Llegó hasta la sede de esa organización, en la zona de Villa Fátima de la ciudad de La Paz, luego de ser sindicado como el autor intelectual de la violencia en el municipio yungueño de La Asunta. Gutiérrez convocó a una conferencia de prensa en ADEPCOCA, ocasión en la que negó ser el autor intelectual del enfrentamiento entre policías y cocaleros en La Asunta. La Policía llegó hasta el lugar y Gutiérrez, que se encontraba con los periodistas fuera de la ADEPCOCA, decidió ingresar y atrincherarse por unos minutos, mientras la Policía cercaba esa instalación. Pasaron menos de 30 minutos hasta que Gutiérrez decidió entregarse a la Policía – eran alrededor de un centenar de efectivos -; inmediatamente fue conducido por los efectivos, a empujones y gritos de por medio, a una camioneta policial. Los socios de ADEPCOCA salieron en defensa de Gutiérrez, pero poco pudieron hacer para evitar que la Policía se lo lleve. “De parte del Gobierno han hecho hacerme ver como si fuera una persona que ha causado ese conflicto en La Asunta. No es así”, explicó el dirigente en entrevista con FM Bolivia, luego de ser acusado por el Gobierno como el autor intelectual de lo que la Policía considera “una emboscada” a los miembros de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC). Para Gutiérrez, no se trata de una emboscada, como pretende hacer ver el Gobierno, sino de un enfrentamiento que se suscitó debido a que los efectivos de la FTC gasificaron y dispararon en contra de los comunarios, quienes defendían sus cultivos de coca del operativo de interdicción. “Han entrado con todo (los efectivos de la FTC). Han gasificado, han disparado, ha habido un enfrentamiento; debido a esa intervención de la Fuerza de Tarea Conjunta ha habido heridos, un hermano teniente llega a fallecer”, explicó el dirigente en rueda de prensa en inmediaciones de la ADEPCOCA. Para la Policía, fueron los cocaleros quienes con armas de fuego emboscaron a los policías en La Asunta. El comandante de la Policía, general Faustino Mendoza, presentó unos videos que muestran los disparos que tuvieron que afrontar los efectivos policiales. El ministro Romero confirmó hoy que se presentó una querella criminal contra Gutiérrez por la muerte del teniente[4].

Esta secuencia de hechos y dichos, que, obviamente, son seleccionados arbitrariamente, recogiendo de lo que nos ofrecen los medios de comunicación, de todas maneras, nos muestra ya el estar involucrados en una coyuntura de enfrentamientos. La atmósfera del enfrentamiento ya nos copa, estamos dentro de ella, padeciendo su clima tormentoso. En este tipo de enfrentamiento, cuando se usan armas, sobre todo de parte de las instituciones de emergencia del Estado, hay pues muertos y heridos. No es que se mata a propósito, sino que la tragedia emerge del drama mismo de las contingencias. No busquemos culpables, pero hay responsables; el principal responsable es el gobierno, pues atiza una guerra contra los cultivadores de la hoja de coca de los Yungas.

Criminalizar la protesta y las movilizaciones sociales es un procedimiento harto conocido en la historia política de los gobiernos y los estados. El “gobierno progresista” lo ha hecho o lo ha venido haciendo sistemáticamente desde la segunda gestión de gobierno de Evo Morales Ayma (2009). Inculpar de lo que acaece a los enemigos del gobierno no es más que la repetición maniqueísta del señalamiento al monstruo e infiel, que perturba la paz de los que gobiernan. Los gobernantes creen que, de esta manera, efectuando esta catarsis, aquilatan su angustia; de ninguna manera. Al contrario, la consciencia desdichada ensancha sus desgarramientos, sus contradicciones que la atormentan. Lo que hace es profundizar el drama y hacer emerger más tragedia.

Llama la atención que las formas de gobierno, en su crepúsculo – pues toda forma de gubernamentalidad lo tiene, padece su ciclo -, pierda el instinto de sobrevivencia y se encamine apresuradamente a su propio abismo. La manera como lo hace el gobierno clientelar es exaltando todo aquello que ha caracterizado a las formas de violencia desprendidas, sean simbólicas o físicas, sean matizadas o descarnadas. Ocurre como si quisiera llevarse todo en su caída inevitable.

 

 

 

[1] La Policía ratifica que 505 efectivos se quedarán en La Asunta. https://www.paginasiete.bo/seguridad/2018/8/27/la-policia-ratifica-que-505-efectivos-se-quedaran-en-la-asunta-191954.html.

 

[2] La Asunta: Dirigentes se declaran en la clandestinidad. https://erbol.com.bo/noticia/seguridad/26082018/tension_en_la_asunta_dirigentes_se_declaran_en_la_clandestinidad.

 

[3] Policía muestra videos de la “emboscada” de cocaleros en La Asunta. https://www.paginasiete.bo/seguridad/2018/8/27/policia-muestra-videos-de-la-emboscada-de-cocaleros-en-la-asunta-191945.html.

 

[4] Franklin Gutiérrez se entrega a la Policía; niega ser el autor de la violencia en La Asunta. https://www.paginasiete.bo/seguridad/2018/8/27/franklin-gutierrez-se-entrega-la-policia-niega-ser-el-autor-de-la-violencia-en-la-asunta-191950.html.

 

Los dispositivos políticos de la máquina capitalista

Los dispositivos políticos de la máquina capitalista

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Los dispositivos políticos de la máquina capitalista

 

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El sistema-mundo capitalista, que contiene a la economía-mundo capitalista y al sistema-mundo cultural de la banalidad, así como al sistema-mundo político, mediante el que gobierna y ejerce el poder en distintas tonalidades, variadas formas gubernamentales, usando distintas formas ideológicas y expresiones discursivas, funciona articulando un conjunto de máquinas de poder, máquinas económicas, máquinas extractivistas, así como máquinas de guerra; también en el lado oscuro del poder, máquinas de la economía política del chantaje. Entre sus dispositivos maquínicos se encuentran lo que antes se llamó aparatos ideológicos, que, ahora, en la coyuntura, aparecen en su instrumentalidad más descarnada en los medios de comunicación, que hacen gala de su elocuencia en las propagandas y publicidades espectaculares. Ya no son exactamente aparatos ideológicos, más bien se presentan con toda la indumentaria apabullante de los espectáculos; entonces, también se presentan no solo en la formación discursiva y enunciativa, por más chabacana que sea ésta, sino en la coreografía política, es decir, en el escenario político, pero también, si se quiere arquitectónico. Pues se requiere no solo de montar el escenario, contando con las técnicas del montaje y los armazones, incluso andamiajes, sino también con edificios que no solamente responden a la coreografía y al escenario, sino al desplazamiento espacial de lo que quiere ser la ciudad del poder.

Cuando se construyó Brasilia, proyectada como la sede de la República Federal de Brasil, el proyecto urbano correspondió a una ciudad capital plenamente planificada. La arquitectura moderna concibió y después materializó la urbe ultramoderna, en aquél entonces, que cobija a la ciudad-Estado o, mas bien, la ciudad del Estado, es decir, la urbe o metrópoli que hace de espacio arquitectónico de la fabulosa máquina administrativa y política del Estado. Bueno, con el correr del tiempo, la ciudad de la planificación absoluta fue desbordada por el ímpetu sociodemográfico de las dinámicas poblacionales; no solamente en los bordes y entorno de la ciudad ejemplo de la planificación, sino incluso en su interioridad; los tejidos sociales, desordenaron, para decirlo de esa manera, el diseño y la estructura de la planificación urbana. Este fenómeno de desborde enseña que la planificación urbana, por más monumental y, a la vez, minuciosa que sea, no controla la pluralidad de factores y variables intervinientes en las dinámicas sociales y políticas, así como en las dinámicas económicas y culturales.  

Se puede decir que, al ser construida Brasilia en los espesores articulados de la formación social brasilera, la ciudad planificada no podía mantenerse en la burbuja arquitectónica y urbana, erigida como centro de una proyección geopolítica. La ciudad planificada es notoria por sus grandes ejes de desplazamiento y de circulación, por el orden espacial, que distribuye funciones, por la presencia visible de las edificaciones destinadas a cobijar a la población de funcionarios de la extendida división administrativa política, orden espacial, que, a su vez, distribuye funciones espaciales a la población urbana que se asentaría en la ciudad planificada. Espacios comerciales, espacios residenciales, espacios educativos, además de lo que podríamos llamar las venas y arterias de los circuitos del transporte. Sin embargo, esta notoriedad de la planificación urbana ha sido invadida por redistribuciones espaciales ocasionadas por asentamientos demográficos y por la movilidad espacial impulsadas por las dinámicas mismas de la formación social. Brasilia es un gran ejemplo de planificación urbana y geopolítica, pero, también es un ejemplo de los límites de la planificación urbana ante el desborde de las dinámicas moleculares sociales, económicas, políticas y culturales de la formación social. 

 

Podemos tomar como parodia, en otra escala, mucho menor, la edificación de “La Casa del Pueblo”, que es el nuevo palacio construido, adyacente al “palacio quemado”, como arquitectura que cobija al núcleo de funcionarios de los aparatos administrativos del “Estado Plurinacional” de Bolivia. Después de su inauguración el presidente hace conocer su intensión de seguir construyendo, en los alrededores del casco viejo de la ciudad de La Paz, más edificios que hagan de asiento urbano a la población de funcionarios del Estado. Ciertamente esto no tiene que ver con la planificación urbana, ni responde a alguna geopolítica concurrente, sino, mas bien, responde al estilo de la forma de gubernamentalidad clientelar, la improvisación. Por otra parte, no podemos hablar de arquitectura moderna, como era el caso de la arquitectura desenvuelta en el diseño y la construcción planificada de Brasilia, pues esa modernidad es ya parte del pasado en el presente. Ni tampoco parece responder a una propuesta moderna, en el sentido arquitectónico, ni de antes, ni de ahora. El nuevo palacio de gobierno parece, mas bien, improvisar una edificación barroca, que mezcla lo común en los edificios, que se pretenden rascacielos, y la fachada de ostentación simbólica, muy lejos del muralismo, muy cerca del folclore. La arquitectura moderna, de la modernidad tardía, ha tomado otros rumbos; en principio, como irradiaciones de un superrealismo, que se ha venido en llamar arquitectura posmoderna; recientemente como desborde de la monumentalidad espectacular, rompiendo esquemas de tamaño, de composición, imponiendo una estética luminosa, rompiendo, incluso, con los esquemas de lo que fue la arquitectura moderna. Entonces el nuevo palacio, que no sabemos si va a volver a ser quemado, lo que se llama propagandísticamente “La Casa del Pueblo”, no corresponde exactamente a una arquitectura moderna, tampoco a una arquitectura posmoderna. Es, mas bien, algo que podemos llamar, por el momento, arquitectura del barroco populista.

Bueno pues, uno de los dispositivos politicos, entonces, tiene que ver con esta ocupación urbana, que emplea un modelo arquitectónico de inspiración; en el caso de Brasilia, la arquitectura moderna; en el caso de “La Casa del Pueblo”, la arquitectura barroca populista. En el caso que nos ocupa, el sentido político e ideológico de la edificación del nuevo palacio de gobierno, podemos decir que la arquitectura barroca populista es un dispositivo de poder del Estado rentista, en su etapa crepuscular, y del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. En el momento presente, que forma parte del periodo del capitalismo tardío, es decir, de la fase de clausura del sistema-mundo capitalista y quizás de la civilización moderna, de dominación del capitalismo financiero especulativo, la dominación de clase pasa por el dominio de la hiper-burguesía de la energía fósil y de las burguesías nacionales rentistas, que la circundan. Para comprender los fenómenos políticos singulares, en los espesores coyunturales del presente, es menester desembarazarse de los esquematismos ideológicos usuales, por ejemplo, los relativos a las “derechas” e “izquierdas”, incluso, “conservadurismos” y “progresismos”, así como también liberales y socialistas, neoliberales y populistas. Estos nombres referenciales forman parte de los discursos en boga; ahora bien, el discurso, como dijimos, no solamente cumple una función enunciativa, dice lo que trasmite en la emisión discursiva, sino también cumple otra función, dice lo que no transmite la función enunciativa, dice lo que se hace efectivamente. Mas o menos ocurre lo siguiente, que se expresa de la siguiente manera: puedo decir lo que sea, pero lo que vale es lo que hago; lo que digo forma parte de lo que hago y lo que hago no es la consecuencia del discurso, sino todo lo contrario.

Si se embauca a la gente con el discurso de convocatoria populista, teñido de convocatoria “izquierdista”, además, con ribetes “indigenistas”, se lo hace no para adelantar lo que se va a hacer, sino para hacer lo que se tiene que hacer, que tiene que ver muy poco con el discurso político. Lo que se tiene que hacer tiene que ver con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; tiene que continuar la expansión intensiva de lo que los economistas llaman modelo primario exportador. Tiene que continuar la efectuación de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, que separa centros de periferias, que, en las condiciones y circunstancias del periodo que nos toca, incluye a los puentes o transiciones de las llamadas potencias emergentes, BRICS. El “gobierno progresista” de Bolivia es un engranaje en la heurística de las máquinas de poder de la dominancia del capitalismo financiero, especulativo y extractivista.

Se entiende pues, desde esta perspectiva expuesta, entendiendo que se trata de la forma de gubernamentalidad clientelar, como dispositivo de la dominación mundial de la hiper-burguesía de la energía fósil, que es coherente lo que hace: las concesiones a empresas trasnacionales extractivistas en el TIPNIS; la proyección de demoledoras represas que alimentaran al crecimiento de la potencia emergente de Brasil, que, a su vez, forma parte de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, centros cambiantes, potencias emergentes, periferias; la apertura al capital internacional a través de concesiones dadivosas y de mecanismos jurídicos tan comprometedores como en el periodo neoliberal; la promulgación de la Ley Minera, que continua ostensivamente el entreguismo a las empresas trasnacionales saqueadoras y depredadoras; las disposiciones forestales que permiten la continuidad devastadora de la destrucción de bosques; la práctica de inversiones que se evaporan y construyen elefantes blancos o, en su caso, peor, elefantes fantasmas. Sin hablar de la corrosión institucional y la galopante corrupción que acompañan. Todo esto forma parte del ejercicio del poder del Estado rentista y del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

En contra de lo que se esperaba, las gestiones del “gobierno progresista” expandieron el carácter extractivista de la estructura económica. ¿A qué se debe esto? Según Henry Veltmeyer se debe al carácter del desarrollismo voluntarista y al carácter pragmático del extractivismo. Sin dejar de compartir lo que dice Henry Veltmeyer, para nosotros, tiene que ver con la aceptación de la geopolítica del sistema capitalista y la continuidad del círculo vicioso del poder. El “gobierno progresista” es un dispositivo jurídico-político-institucional de la dominación global de la hiper-burguesía de la energía fósil y de la dominancia del capitalismo especulativo-extractivista.

La dominación del capitalismo financiero, especulativo y extractivista se efectúa de manera pragmática. No importan mediante qué ideología o discurso se efectúa; lo que importa es que se efectúe; puede darse mediante el ejercicio del ajuste estructural neoliberal o mediante el ejercicio político barroco de la forma de gubernamentalidad clientelar. La realización de esta dominación imperial, del orden mundial, puede investirse de las pretensiones técnicas neoliberales o de las pretensiones de justicia social populistas; lo que importa no es tanto la manera de presentarse, sino el desenvolvimiento de la facticidad. El hecho es que el despliegue de la dominación mundial se da, en cualquiera de las formas que se presente, que la huella ecológica se extiende por el planeta y en la geografía de los países, encubierta en cualquiera de las formas ideológicas y de las formaciones discursivas políticas.

De acuerdo a los datos, que nos ofrece Henry Veltmeyer, en 2011, la minería participaba con el 6,2% del PIB, que corresponden la 37,3% de las exportaciones, en tanto que el rubro de los hidrocarburos participaba con el 6,9% del PIB, que corresponden al 45% de las exportaciones. En lo que corresponde a la participación de la empresa estatal minera, COMIBOL, ésta lo hizo en el 8,9% de las exportaciones; en cambio, las empresas trasnacionales mineras, las empresas privadas nacionales, grandes y medianas, participaron con el 60% de las exportaciones; por último, las empresas cooperativas mineras participaron con el 30,7% de las exportaciones. Al año siguiente esta estructura de la participación minera se modifica; COMIBOL participa con el 6,6% de las exportaciones; el variado sector privado reduce su participación relativa, llegando al 48,7% de las exportaciones; en cambio el sector cooperativista sube su participación, llegando al 44,6% de las exportaciones. El autor hace, al respecto una anotación sobresaliente, dice:

A pesar de la nacionalización de los recursos y de algunas de las empresas en los sectores mineros y de hidrocarburos – y de la evidente tendencia hacia un mayor papel del sector social de cooperativas pequeñas y medianas (cuyas operaciones podría decirse tienen implicaciones desarrollistas mayores que las del capital extractivo) -, el gobierno sigue dependiendo de la inversión extranjera y de las compañías trasnacionales tanto para la obtención de capital como de tecnología. La dependencia del gobierno de la Inversión Extranjera Directa se refleja en la política gubernamental de ampliar sus reservas de divisas – que es una señal clara hacia los inversionistas de que el país está abierto a los negocios y que es un puerto seguro para la inversión productiva -, así como en el número de concesiones mineras otorgadas desde el 2006 (258 hasta el año 2010). 

Como se puede ver, lejos de salir del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, el “gobierno progresista” lo ha ahondado, extendiéndolo intensivamente, haciendo al país más dependiente. No tiene pues mucho sentido perderse en las distinciones entre “gobiernos progresistas” y gobiernos neoliberales, entre “izquierdas” y “derechas”; estas distinciones son ideológicas, incluso pueden corresponder a diferentes estilos de gobierno; sin embargo, asistimos a distintas modalidades de lo mismo, del despliegue de la dominación de la hiper-burguesía de la energía fósil y de sus aliados, las burguesías rentistas, las burguesías nacionales, las formas cooperativas empresariales extractivistas, además de otras burguesías, como las que corresponden al lado oscuro de la economía.

La pantomima del Gran Timonel

La pantomima del Gran Timonel

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

La pantomima del Gran Timonel

 

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Habría que hablar de la artificialidad, de esa cualidad de moverse en la superficialidad, de reducir el mundo a la zona de la apariencia; más allá de la cuál, incluso más acá de la cuál, la apariencia deja de brillar, deja de ostentar, se muestra opaca, escaza, incipiente, sin lograr expresar sentido o significación inteligible. El tema, al respecto, es que la clase política ha optado por la artificialidad como medio donde se despliegan sus discursos y se desenvuelven sus acciones. Es más fácil hacerlo; con esto se evitan complicaciones al momento de explicar. El mundo es simple, hay enemigos y, en contraposición, defensores del bien común, que se les antoja que corresponde a lo que pregonan como justicia o como libertad. Para dar un ejemplo ilustrativo, se puede encontrar este comportamiento artificial en el esfuerzo que hacen por posar para la foto. Lo importante es la pose y, después, la imagen lograda en la foto, que pretende transmitir la figura de un gran acontecimiento, aunque tal acontecimiento no se lo encuentre por ningún lado y solo se tenga el cuadro del montaje. Por eso, todo se reduce al espectáculo, pero a un espectáculo de mala calidad; donde la trama, si podemos sostener que haya algo así en este montaje, es harto inocente y harto elemental. Se supone, que lo que se ve en la fotografía es la imagen de un “gran hombre”, de un “gran líder”, de un “gran conductor”, aunque no se encuentre esa grandeza por ningún lado, salvo la estridencia del montaje, donde el personaje aparece estereotipado y como empolvado en maquillaje, que hace desaparecer su rostro real.

El problema es que, por el concurso de los medios de comunicación de masa, este montaje ingenuo termina por irradiar en el público, quién acepta la pretensión del montaje, la narrativa épica de mal gusto y forzada. Entonces se asume, que la imagen acartonada es la de un “gran hombre”, un “gran líder”, un “gran conductor”. Este montaje sustituye a la historia efectiva; como la historia la escriben los vencedores, sobre una población de muertos, entonces esta triste narrativa, pobre y elemental, se convierte en el imaginario mediático, en “historia”. La historia es reducida a la apología exacerbada de un hombre sin atributos. La historia oficial, es más, la historia estatalizada, la historia política, está llena de esta clase de hombres, los cuales se han convertido en “grandes hombres”, mediante el montaje estereotipado de la propaganda y la publicidad.  Los aparatos ideológicos se han encargado de remachar en este asunto; han tomado en serio semejante desgarbada narrativa; es más, la han usado para imponer el poder a como de lugar, con grandes costos humanos; el poder de este desabrido proyecto que encandila a las masas.

Pero, el mundo efectivo está lejos de reducirse a las zonas de la artificialidad; la complejidad dinámica del mundo desborda exhaustivamente por todos lados; sin embargo, la propaganda y publicidad mediática logran ocultar estos desbordes, estos espesores de la realidad efectiva; logran enceguecer a las masas. Ahora bien, cuando se observa adecuadamente, cuando se mueven  los ojos y la mirada se desplaza, entonces se ve lo que sostiene el montaje; el armazón improvisado para presentar la imagen sin contenido; el paisaje triste y lóbrego que se esconde detrás del escenario; sobre todo, el costo humano, los crímenes de lesa humanidad. La realidad que se descubre es que estos “grandes hombres” son, en realidad, grandes asesinos.

Desde la crítica se dice que hay que reescribir la historia, incluso que los vencidos la escriban, pues así se puede obtener la verdad histórica. Pero, no se trata de la verdad, de escribir, de reescribir, tampoco de obtener la verdad; se trata de comprender lo que ha acontecido y lo que acontece. Ya el desplazamiento de la mirada fuera del escenario montado es un avance, pero no suficiente, pues cuando se busca interpretar lo que se ve más acá y más allá del escenario, se recurren a las herramientas a mano, a los paradigmas heredados, a los conceptos usuales. Todo esto está cargado de las impresiones que dejan las puestas en escena del poder, los conceptos transfieren las significaciones que ha hendido el poder; entonces, a pesar de haber visto otro panorama y otros paisajes, que no se encuentran en la fotografía montada, se termina interpretando lo que se descubre a partir de la narrativa del poder. Para interpretar adecuadamente lo que la mirada devela es menester salir de esta herencia epistemológica del poder. Es menester construir interpretaciones a partir de la experiencia del acontecimiento.

 

 

 

 

 

 

 

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Iósif Stalin y sus émulos de toda laya

Una pregunta pertinente: ¿Cuánto afecta la artificialidad a la realidad efectiva, sobre todo social, ciertamente, para el caso, humana? Revisando la historia política de la modernidad, sobre todo, la relativa a las llamadas revoluciones, vemos que cuando un enorme gasto heroico social, que produce las multitudes rebeladas, es usurpado por un grupo de representantes de la “revolución”, que pretenden encarnarla; cuando, entonces, comienza el desenvolvimiento de la artificialidad y la conversión de lo ocurrido en la banalidad de un presente sin gloria; el efecto es destructivo; se destruye el tejido social que compuso el gasto heroico multitudinario, que se rebeló contra la historia y contra la realidad. Las multitudes heroicas son sustituidas por fantoches, mitos de la convocatoria, reducida a la estridente propaganda y a la publicidad sin imaginación.  La “revolución” se institucionaliza y muere convertida en momia sin seducción; la cual se parece más a todos los cadáveres, solo que conservados artificialmente.

Habría que encontrar un ejemplo de la artificialidad política e ideológica llevada al extremo, ese ejemplo es Iósif Stalin. El PECUS ha presentado, durante toda la era de dominación estalinista, una estampa, una imagen estereotipada, una figura apologética del Gran Timonel; un rostro de fotografía publicitaria, sin rasgos vivos, al estilo del arte realista del socialismo real. Lo paradójico de este realismo es que presenta una cara irreal, sin arrugas, sin pecas, sin rastro de vida, un retrato inmaculado; el rostro del ángel exterminador. El ángel socialista exterminó a más de veinte millones de personas a nombre del paraíso terrenal, del porvenir socialista; acabó con todo el Comité Central del PCUS de la época de Vladimir Ilich Lenin, se deshizo de miles de colaboradores, que cumplieron fielmente sus ordenes liquidadoras; no era que dejaron de ser leales, sino que eran memoria viva de las ejecuciones ordenadas. Saboteó la revolución española, llevándola a la derrota, ensañándose con los anarquistas, quienes empezaron la revolución y la ganaban, tomando los territorios; se ensañó con trotskistas, socialistas y republicanos que no seguían la estrategia del Partido Comunista. Sacrificó la revolución española por la sobrevivencia de la Unión Soviética, que ya no parecía ser la Patria Socialista, sino una monarquía barroca, que se reclamaba “socialista” y tenía como conductores a un partido de funcionarios leales y sumisos, aterrorizados por la presencia de Stalin hasta en la sopa. Boicoteó también la revolución griega y la revolución italiana, donde los “comunistas” eran preponderantes en los ámbitos políticos de posguerra.

Estamos ante la elocuencia aplastante del poder, que se encarna en un hombre, llamado el Gran Timonel, el caudillo supremo, el Gran Patriarca, el padre de todos los tiempos del socialismo real. Pero, no es un hombre real, es un nombre construido por la propaganda compulsiva y la publicidad sistemática, por una ideología reducida a la narrativa ingenua y, a la vez, grotesca, de un “socialismo” sin espesores, incluso sin porvenir, pues era como la versión del castigo en un presente lleno de culpabilidades y de culpables. Un presente donde prepondera la consciencia desdichada.

El modelo de Stalin, como imagen suprema, absoluta, del poder personalizado, del culto a la personalidad, al extremo de su divinización, a pesar del ateísmo pregonado, es como el referente genealógico e imaginario de las formas de gubernamentalidad carismáticas, que vienen después en esa modernidad tardía y acongojada de la posguerra, incluso, después, de la paz imperialista, del nuevo orden mundial, y, recientemente, de la paz del imperio, del consenso logrado en la geopolítica cambiante del sistema-mundo capitalista. Si bien, se puede encontrar que los émulos que vienen después no reproducen los extremos de la compulsión del poder absoluto, que deshabita a la sociedad, dejándola desolada al extremo; émulos barrocos, que combinan rasgos estalinistas y rasgos de dictaduras locales y criollas, que mezclan discursos socialistas trasnochados y antiguos discursos de convocatorias nacional-populares, lo revelador es que se comportan como síntomas de una regularidad asombrosa; la de la compulsión del poder absoluto, por lo menos, como deseo

Lo que llama la atención en estas historias políticas, que, además, se reclaman no solo de “socialistas”, sino también de populares, por lo tanto, de justas, es que lo que se impone es el imaginario político delirante del más descarnado patriarcalismo; es decir, la versión más cruda de la dominación masculina; la dominación más genérica del poder. No solo llama la atención porque semejante ideología, recalcitrantemente conservadora, se autonombre como “revolucionaria” y “socialista”, sino que tantas máquinas de poder, partidos comunistas, organizaciones socialistas, incluso movimientos populistas, hayan trabajado para lograr la irradiación absoluta de un imaginario, la de la narrativa épica moderna, por cierto, anacrónica, por cierto, mítica, en un mundo moderno que se reclamaba de “científico” y “técnico”. Estos contrastes asombrosos forman parte del desenvolvimiento paradójico de las formas políticas modernas.

La pregunta es: ¿Por qué esta masiva entrega al apocalipsis político, no solamente a la de la guerra que se avecinaba, sino a la guerra interna, sin cuartel, del Estado contra todo lo que le sonaba de sospechoso? Hay que buscar en las paradojas, en el desenvolvimiento paradójico del mundo efectivo, alguna interpretación, más o menos coherente, de este comportamiento político e ideológico suicida. El Gran Timonel, el templado como el acero, que era la carta de presentación, además del mote, en realidad expresa, ocultándolo, el gran miedo. Para decirlo en términos del sentido común, el miedo de la mediocridad es a todo lo que parece sobresalir, lo que parece ser incontrolable, lo que no se entiende, precisamente por el despliegue de sus desmesuras. El comportamiento mediocre, el pensamiento mediocre, si se puede hablar así, por lo menos para ilustrar, tiene que reducir el mundo efectivo al mundo representado en su limitado entendimiento, al estereotipo esquemático dualista de buenos y malos, de fieles e infieles, de amigos y enemigos, de angelicales y endemoniados.

Otra cosa que llama la atención es que, semejantes aparatos ideológicos tomaron en serio las más ingenuas y grotescas tramas en las narrativas desapasionadas y odiosas de la propaganda del comunismo burocrático. ¿Nadie se dio cuenta de la elementalidad y simpleza extrema de las narrativas políticas que emitían? ¿O no importaba que fuese así, sino que se requería del acompañamiento de la inercia de un discurso que expresa cualquier cosa respecto de la justificación de las acciones más espantosas? Hay comunistas burocráticos, funcionarios comunistas, que todavía dicen, para justificar los crímenes de lesa humanidad, que era menester el pacto Hitler-Stalin, para ganar tiempo y preparar la defensa de la Patria Socialista; que a pesar de todas las contradicciones y limitaciones, el ejercito rojo le gano la guerra al ejercito alemán, al implacable y mecánico ejército de la wehrmacht. La guerra se gano a pesar de Stalin, incluso en contra de él; la ganó el pueblo ruso, su capacidad de resistencia, de defensa y de sacrificio. El pacto con Hitler fue la muestran de que se puede llegar al más descarado cinismo retórico para justificar la traición a la revolución mundial y al proletariado internacional. Otra cosa que llama la atención es que semejante descarnado cinismo se haya tomado en serio por los llamados “partidos comunistas”. Esta actitud basta para tener la certeza de lo que eran, la inquisición moderna desplegada en los países donde los pueblos apostaron por la rebelión anti-capitalista y la esperanza de un porvenir socialista.

La experiencia social política es el substrato del aprendizaje social; sin embargo, parece que los pueblos no aprenden; prefieren insistir en lo consabido, que es un elemental esquematismo, incapaz de comprender las dinámicas de la complejidad, sinónimo de realidad. Otra pregunta: ¿Por qué es insistente y perdurable el deseo del amo, el deseo de ser dominado? Esta es quizás la pregunta crucial, al momento de buscar entender los desenlaces en las historias políticas de la modernidad, sobre todo, de las llamadas “revoluciones” de toda clase y todo tipo. No es fácil responder a la pregunta, no solo porque requiere investigaciones en profundidad históricas, políticas, sociales y culturales, sino por qué no hemos descifrado lo que hicieron en nosotros las genealogías del poder, las inscripciones políticas en la piel, las hendiduras de los diagramas de poder en la carne. Los sujetos sociales constituidos por los juegos de poder y las resistencias son todavía in-codificables y no interpretables, a pesar de lo que se haya alcanzado en las corrientes psicológicas, antropológicas y culturales.

No se trata, como lo hace la ideología, sobre todo en sus versiones fundamentalistas, de encontrar culpables. No hay culpables, salvo en el imaginario religioso, que trasuntó al imaginario burocrático “comunista”; hay responsabilidad en lo que ha acontecido y acontece. Son responsables no solo los directos involucrados en semejante pantomima “socialista” o populista, sino también los que toman en serio semejantes narrativas de la más ingenua y grotesca versión ideológica del “socialismo”; son responsables los liberales, peor aún, los “anti-comunistas”, que entienden por “comunismo” el código elaborado por su miedo a sus propios fantasmas, que es el miedo a sus propias “culpas”. Son responsables los intelectuales que presentan explicaciones insuficientes e inconsistentes, salvo por el aval académico, que les otorga la credibilidad institucional. Incluso los intelectuales críticos, que llevan la crítica a una especie de condescendencia con un realismo político tolerante, circunscrito en una utopía disminuida y potable para el sistema de las proliferantes máquinas de poder.

   

 

 

 

 

 

 

 

La comedia de los émulos

Los émulos son comediantes en comparación con su referente trágico; empero, no dejan de ser dramáticos cuando se tienen que evaluar las consecuencias. Destruyen el tejido social de las organizaciones sociales de las resistencias y de las luchas de liberación. Son efectivos en esta destrucción, pues lo hacen a nombre de nada más y nada menos que de la justicia social. Desarman a las masas, que escuchan sus discursos convocativos, que, al principio, pueden resultar sino del todo convincentes, por lo menos, ponderables en los ámbitos de las proclamas y las interpelaciones. Las masas no ven, de manera inmediata y directa, los contenidos conservadores de las proclamas y convocatorias altisonantes, tanto “socialistas” como populistas. Los que lo hacen, los que emiten estos discursos, ya no son los que alzaron su voz en condiciones difíciles y hasta aparentemente imposibles, sino otros, que lo hacen, cuando se toma el poder, cuando es cómodo y nada arriesgado hablar de la “revolución” concluida. Entonces, la marcha de los hechos es indetenible; se cree que hay que apoyar todo lo que hace el “gobierno revolucionario”, a pesar de las contradicciones y contrastes, pues la marcha del proceso continua adelante. Olvidan lo que ocurrió con otras revoluciones, olvidan la experiencia social política; las tienen registradas, pero no meditadas colectivamente.  Olvidan que hay puntos de inflexión, donde el poder utiliza la revolución para restaurarse; olvidan que, a partir de esos puntos de inflexión, comienza la regresión; se hace difícil, incluso imposible, la continuidad de las transformaciones. Olvidan que el acto heroico de las multitudes puede ser una tormenta para llevar en la cresta de las olas a las nuevas oligarquías y élites.

Puede que estas nuevas versiones “socialistas” no sean tan cruentas como la inicial, puede que las nuevas versiones “socialistas” no logren desplegar del todo las consecuencias de la compulsión absoluta del poder, sin embargo, dejan sus consecuencias, de altos costos sociales, de altos costos políticos, desarmando a las multitudes. El problema radica en lograr reencausar la crítica, que es la mejor defensa del proceso revolucionario, iniciado y perdido al momento de tomar el poder. El problema se manifiesta desmesuradamente cuando las masas apuestan por la esperanza, a pesar del desencanto, cuando la esperanza no es posible sin la iniciativa creativa de las multitudes rebeldes. El problema se hace patente y pesado cuando, usando la disponibilidad de fuerzas del Estado, los “revolucionarios” de pacotilla hacen exigencias desmedidas e incongruentes, demandando la lealtad al “proceso de cambio”, acusando a cualquier duda como sembrada por la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo”. De esta manera dejan en shock a las multitudes agobiadas por las preguntas que emergen de circunstancias altamente contradictorias. 

¿Cuál es el quid de esta cuestión insoslayable? Ya lo dijimos antes, lo repetimos, la clave de la dominación, la clave de la vigencia del poder, no radica en la disponibilidad de fuerzas de los que asumen y monopolizan los dispositivos del poder, no radica en los votos que pueden ostentar, como si fueran ganados por el prestigio, que no lo tienen; el secreto del poder radica en el mismo pueblo que deja hacer a los gobernantes, representantes y delegados suyos, lo que les antoje a estos.

La crítica del poder, por lo tanto, de las dominaciones, no solamente estriba en el funcionamiento de las máquinas de poder, sino en la crítica a las estructuras de las subjetividades construidas por los diagramas de poder. Crítica del comportamiento nihilista de las masas, presas fáciles de la irradiación destructiva de la propaganda, de la publicidad y de los medios de comunicación.