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Crisis inmanente y crisis trascendente de la República

Crisis inmanente y crisis trascendente de la República

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Crisis inmanente y crisis trascendente de la República

 

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¿Cómo explicar el descalabro de un régimen? Se ha hablado de crisis política, de manera más precisa de crisis de legitimidad; las otras versiones hacen hincapié en la crisis económica. Hay también otras de carácter moral que apuntan al desmoronamiento ético y moral; concretamente, la explicación más conocida es la que señala la expansión de la corrosión institucional y de la corrupción. Puede la explicación adquirir una denotación y connotación más compleja; entrelazar los distintos procesos que llevan a la crisis estructural de un régimen y abordar la interrelación entre los factores de la crisis. De esta manera, se tiene una mirada más integral del problema de la crisis de legitimidad de un régimen. Claro que hay que referirse a un régimen específico, escapando a las generalizaciones; cada descalabro político, al final, tiene su propia trayectoria y recorrido. Sin embargo, a pesar de esta condición ineludible en el acontecimiento político, no deja de ser aleccionador analizar las analogías y paralelismos de las crisis políticas. Eso intentaremos hacer en adelante.

Sería muy fácil recurrir a la figura de ciclo, incluso del ciclo largo, que supone un proceso de nacimiento o de apertura y se curva sobre sí mismo, volviendo a encontrar su punto de partida, pero como muerte o clausura. A pesar de que todo lo que acontece se comporta cíclicamente, lo que importa es encontrar las estructuras y dinámicas del funcionamiento político. Si atendemos a los tipos de regímenes, tipificados por la ciencia política, vemos que, a pesar de sus diferencias, ninguno escapa a su deterioro y desgaste; tampoco a su derrumbe. Unos pueden parecer perdurar más, pero, no dejan de sufrir la corrosión interna y el debilitamiento institucional; algo que anuncia su decrepitud. En cambios otros no llegan a alcanzar a darse como ciclo largo, sino se acercan a acortarse en el ciclo mediano. Parte de la filosofía política ha atribuido a este fenómeno de alcance limitado a la característica de estos regímenes, que llama “totalitarios”. O sea, según esta interpretación, los regímenes liberales alcanzan ciclos largos porque logran funcionar como equilibrio de compensaciones, al respetar el Estado de Derecho. Se puede decir que el régimen liberal de más prolongada duración es el de Estados Unidos de Norte América, que lleva ya más de dos siglos, desde la constitución de la República. La historia de esta república no ha estado exenta de crisis; la guerra de secesión (1861-1865) fue una crisis de envergadura, que desafió la pervivencia de la República, donde los estados de la Unión se enfrentaron a la Confederación de los estados del Sur; en otras palabras, el régimen liberal se enfrentó al régimen esclavista. Desde entonces no parece la República haber experimentado una crisis política tan profunda, salvo las crisis económicas, que forman parte del ciclo del capitalismo vigente; nombrable la crisis de la gran depresión de 1929, así como la crisis de sobreproducción que se destaca en la década de 1970, teniendo, después, como administración de la crisis de sobreproducción, las crisis financieras intermitentes. Quizás la guerra del Vietnam cuestionó la consciencia republicana, así como lo hizo el asesinato de John Fitzgerald Kennedy; ahora, la llegada de Donald Trump a la presidencia también lo hace, solo que de manera inversa; en cuanto a Kennedy porque lo asesinaron; en cuanto a Trump por que eligieron a alguien que no tiene vocación liberal, menos democrática; se lo caracteriza de populista.

Hannah Arendt hace una reflexión sobre la crisis de la República en un libro que lleva el mismo título[1]. En el contexto de la guerra del Vietnam, la República ingresa a una crisis de consciencia, pero, también crisis de operatividad del sistema legal, sobre todo constitucional. La reflexión se centra en la desobediencia civil que ocasiona no solo la guerra del Vietnam, sino también la asumen “minorías” asociadas, que hacen fuerza en oposición a las leyes que consideran no constitucionales de algunos Estados, que disienten de la Ley Federal, así como también disiente la minoría-mayoría afroamericana, que no se considera integrada, menos en condiciones de igualdad, como establece la Constitución. La filosofa encuentra el problema en que la Constitución se basa en la asociación de ciudadanos – primero, claro está, de las llamadas trece provincias -, por lo tanto, en la libertad de asociación, cuya promesa implica cumplimiento. En la situación del contexto y el periodo cuando escribe Arendt, saltan problemas del cumplimiento, precisamente por los problemas que plantea la desobediencia civil. Los jueces tienden a considerar tratable los temas y las demandas por consciencia, no así con lo que respecta a la desobediencia civil, que tienden a transferirla, a requerimiento político por parte del Estado, a la denominada doctrina de la cuestión política.

Entonces, estamos ante una crisis de otro tipo, una crisis inmanente al sistema, en este caso a la República, no una crisis trascendente. Crisis que se puede resumir de la siguiente manera: Primero, no todos los que son, los que componen, la sociedad, están reconocidos en la Constitución. No están los indígenas, tampoco los afros y otros migrantes de color. Segundo, la Ley no contempla ciertas asociaciones movilizadas, que hacen fuerza con sus demandas, no contempla la incorporación de la desobediencia civil en el funcionamiento de su hermenéutica y aplicación. Tercero, paradójicamente, el equilibrio logrado, duradero y prolongado, casi permanente, ha desgastado la vitalidad de las instituciones; hay como un vacío o inercia que se ha extendido en la maquinaria del Estado, convirtiéndolo en anacrónico por su permanente y constante recurrencia a hacer lo mismo.

En contraste, la crisis que llamaremos trascendente, la que manifiesta su fenomenología abiertamente, mostrando patentemente no solo el deterioro de la máquina del poder, sino el comienzo de su diseminación, muestra, desde un principio sus rupturas dramáticas institucionales. Las repúblicas del Sur, a pesar de proclamarse regímenes liberales, de proclamar e instituir la Constitución, por lo tanto, la base jurídica del Estado de Derecho, después del primer periodo institucional, ingresan a periodos desgarradores de golpes de Estado; es decir, expresando lo más descarnado de la crisis, la evidencia indiscutible de la crisis de las repúblicas que no terminan de constituirse. Han de pasar periodos agitados y convulsionados, incluso revoluciones campesinas, revoluciones nacionales, que, después de la independencia, vuelven a refundar la República, bajo condiciones no solo jurídicas, sino jurídico-políticas de mayor alcance, con la incorporación de derechos democráticos y sociales; incluso se transforman las condiciones histórico-políticas sobre las que se instaura la República Popular. En algunos casos o trayectorias histórico-políticas se intentan, después del periodo dramático de los primeros caudillos, regímenes liberales, sin ampliar los derechos democráticos; en este caso esta intentona jurídico-política se da en corto plazo, mostrando sus deficiencias, sus falencias y limitaciones. Sin embargo, a pesar de ser constitutivos y transformadores estos regímenes de las repúblicas populares, además de gozar de apoyo popular, no alcanzan a desplegarse en dos décadas; son interrumpidas por golpes militares, que no tienen las características de los motines del primer periodo de crisis política, sino que responden a estrategias en el contexto de la guerra fría mundial.

Las dictaduras militares que interrumpen los procesos barrocos políticos de las repúblicas populares son la manifestación evidente de la crisis estructural del Estado-nación. Se trata de Estado-nación subalternos y dependientes, Estado-nación subalternizados a la hegemonía imperialista, dominante en ese entonces.  A pesar de que las repúblicas populares no llegaron a entrar en conflicto directo con el imperialismo, sin desaparecer el conflicto latente y, a veces, explícito, con la hegemonía y dominio mundial del imperialismo, estas repúblicas no dejaban de ser un obstáculo para la geopolítica imperialista, que requería materias primas baratas, descartando los sueños de los gobernantes populistas.

La crisis trascendente, a diferencia de la crisis inmanente, manifiesta, casi desde un principio, la crisis estructural del Estado; en cambio la crisis inmanente parece resolverse en el prolongado equilibrio de la República; sin embargo, los factores inmanentes de la crisis están latentes, escondidos en las entrañas mismas de la maquinaria estatal. Pueden estos factores dejar de ser inmanentes y trascender, mostrándose a la luz, como ocurrió durante la guerra de Secesión. La pregunta es si volverá a darse nuevamente esta situación en la República del Norte. En el mismo libro de Arendt se cita a Alexis de Tocqueville donde el menciona que el peligro para el Estado liberal conformado viene de la población de color, que no ha sido incorporada a la Constitución. Ciertamente la guerra de Secesión de dio entre la Unión, que pregonaba la abolición de la esclavitud, y la Confederación, que quería mantenerla; empero, con la victoria del Norte no culminó la herencia colonial racista, así como la consecuencia de una prolongada discriminación y segregación racial, incluso hasta nuestros días, a pesar de las reformas democráticas impuestas por el Estado Federal. Retomando a Tocqueville, Arendt parece referirse a esta situación. Seguramente escribe en la coyuntura cuando se organizan las Panteras Negras como autodefensa contra la brutalidad policial contra los afroamericanos.      

La reflexión de Hannah Arendt devela problemas no solo en lo que respecta a la República, sino también en la misma reflexión. Arendt parte como si la Constitución de la República de los Estados Unidos de Norte América fuese casi perfecta o, por lo menos, como un paradigma que contiene sus propias soluciones, para enfrentar problemas, tanto de interpretación como de aplicación. Sin embargo, reconoce que no están incluidos ni los indígenas, ni los afroamericanos. Este reconocimiento es el que tira por la borda la legitimidad de la República. ¿Cómo puede darse una República sin los pueblos indígenas y sin los afroamericanos? Salvo si se los excluye imaginariamente del mundo efectivo, sustituyéndolo por el mundo de las representaciones, que recorta la ideología jurídica-política liberal. En el fondo o trasfondo, lo que se lee en el mensaje subyacente, es que no se los reconoce como humanos, por lo tanto, como portadores de derechos. No se puede hablar de democracia en estas condiciones, salvo si se lo hace ideológicamente; sobre todo, cuando se los incluye, incorporándolos, empero con el sello de la diferencia discriminadora. Esto no es otra cosa que no desembarazarse de una mirada colonial, manteniendo los prejuicios y habitus coloniales, encubiertos por el discurso liberal; llama la atención, sobre todo por las connotaciones raciales en alguien que ha sufrido, en carne propia, el racismo nacional-socialista.

Dijimos que íbamos a anotar analogías de los procesos y ciclos de las repúblicas, de los Estado-nación del continente; una analogía es esta: la República se construye sobre cimientos no democráticos, sobre cimientos coloniales. Ya desde su nacimiento conlleva entonces la impronta de la ilegitimidad, por no reconocer los derechos de los pueblos indígenas y de los afroamericanos. Que se mantenga el nombre de República solo es posible ideológicamente; problema caro para la filósofa que critica precisamente las ideologías.

¿Por qué la República norteamericana experimenta una crisis inmanente, en tanto que las repúblicas del Sur experimentan crisis trascendentes? En otras palabras: ¿Por qué la República del Norte logra el equilibrio permanente, en cambio las repúblicas del Sur sufren una suerte de desequilibrio intermitente? Fuera de que en el Norte se conformó una gran nación, en tanto que en el Sur se renunció a la Patria Grande, optando por republiquetas, impuestas por las oligarquías regionales, hay buscar los factores que incidieron en el Norte en la constitución de un pacto duradero, en cambio en el Sur hay que buscar los factores que incidieron en la disgregación.

Sugerimos, en principio, hipótesis interpretativas sobre la diferencia de factores de incidencia en el Norte y en el Sur, en lo que respecta a la conformación de la República.

Hipótesis interpretativas teóricas

  1. En el Norte la constitución de la República impone la proyección nacional sobre los condicionamientos regionales; en cambio en el Sur la constitución de la República se imponen los condicionamientos regionales sobre el proyecto nacional.

  1. En el siglo XVIII la guerra anticolonial combinaba la revolución política y la revolución social; en cambio en el siglo XIX las guerras de la independencia se acotaron en la revolución política, descartando la revolución social, desatada en la guerra anticolonial del siglo anterior. Aunque la revolución social no se haya explicitado en la guerra de la independencia norteamericana, quedando latente en la utopía harringtoniana, de todas maneras, el carácter más plebeyo de su burguesía conllevaba algunos efluvios de la revolución social. En cambio, al Sur, la presencia y manifestación de la revolución social se hizo explicita en la guerra anticolonial del siglo XVIII, tanto en el levantamiento Panandino indígena, en la insurrección indígena y mestiza de Nueva Granada y en la guerra anticolonial haitiana. Sin embargo, esta guerra anticolonial fue contenida por los ejércitos coloniales, salvo en Haití. Durante el siglo XIX los criollos y mestizos condujeron las guerras de la independencia, pero, con un contenido acotado en la revolución política.

  1. Al finalizar de las guerras de la independencia en el Sur, las oligarquías regionales se impusieron a los ejércitos independentistas, prácticamente los desarmaron, persiguiendo incluso a sus oficiales, en algunos casos hasta asesinarlos, acotando aún más la revolución política, convirtiéndola en una revolución política cercenada, que instauró regímenes liberales simulados, restringidos a las minoritarias poblaciones criollas y mestizas.

  1. En el Norte, al finalizar la guerra de la independencia y al proclamarse la República, que geográficamente se situaba en las trece provincias de la costa del Este, se proyectó expansivamente en la guerra contra las naciones indígenas y sus territorios, que se encontraban al centro del subcontinente de Norte América. Más tarde lo hizo extendiéndose más al Oeste, incorporando a parte de los territorios de la República de México, territorios que eran herencia del Virreinato de Nueva España.  

  1. El expansionismo en el que derivó la República del Norte la convirtió en un imperialismo americano, que concurría y entraba en competencia con los imperialismos europeos de entonces.

  1. El repliegue de las repúblicas del Sur a los límites espaciales de sus oligarquías regionales incidió condicionalmente en la conversión de los Estado-nación en subalternos y dependientes.

  1. El pacto social o contrato social en la República del Norte se consolidó, transformando las condiciones de este pacto; de pacto republicano pasó a ser pacto imperialista, cuya dominación requería una mayor expansión, ya de alcance mundial.

  1. Los pactos sociales o contratos sociales en las repúblicas del Sur, distribuidos y acotados a regiones, no lograron consolidarse, sino, al contrario, sufrieron permanentemente crisis políticas por la vulnerabilidad inherente; quizás, sobre todo, debido a la restringida proyección de los pactos mismos.

  1. Las historias políticas en el Norte y en el Sur trazan una diferencia histórica reconocible; en el Norte se experimenta como un equilibrio político prolongado, que estabiliza institucionalmente a la República; en cambio, en el Sur, se experimentan, de manera intermitente, desequilibrios políticos constantes, implícitos en las mismas estructuras estatales. Las mallas institucionales son vulnerables, lo que va conllevar periodos de hundimiento republicano, ocupados por gobiernos de facto, seguidos por periodos de retorno republicano, con refundaciones de la República.

  

  1. En la actualidad, en la coyuntura presente, las crisis trascendentes de las repúblicas en el Sur adquieren como dos formas peculiares. Con los “gobiernos progresistas”, las crisis trascendentes políticas se muestran en toda su desmesura en los problemas de convocatoria, en los peligros de las formas de gubernamentalidad clientelar y en las mutaciones institucionales corrosivas de galopantes corrupciones. Con los gobiernos neoliberales, las crisis trascendentes políticas se muestran en toda su desmesura como paroxismos de austeridad, redundando en costos sociales y restricción de derechos sociales, además de retornar a las políticas de privatización, que descalabran las economías nacionales. Las corrosiones institucionales y las galopantes corrupciones no dejan de estar presentes tampoco en estos casos, aunque adquieran otros perfiles. No se efectúan, como en el caso de los “gobiernos progresistas”, a nombre del pueblo y del “proceso de cambio”, sino a nombre de la “estabilidad”.

  1. La crisis inmanente política en el Norte, que ha emergido como crisis trascendente política una vez y que se ha manifestado tibiamente, de esa manera, escazas veces, vuelve a dar señales de una posible crisis trascendente de mayor escala. Los factores inmanentes de la crisis, su perduración y acumulación, adquieren la condición de volcán emergente.

  1. Las combinaciones de las crisis inmanentes y las crisis trascendentes políticas en distintas composiciones, según las coyunturas y los contextos, configuran las genealogías del poder en sus singularidades, así como también las genealogías de las crisis de los Estado-nación, la forma característica de organización política e institucional en el orden mundial.

 

 

[1] Leer de Hannah Arendt Crisis de la Republica. Editorial Trotta; 2015.

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Arqueología y genealogía de la civilización

Arqueología y genealogía de la civilización

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La estatua de lalibertad

 

 

 

La lectura de la realidad, sinónimo de complejidad, se hace engañosa si se la hace desde rejillas, ya sean teóricas o correspondientes a arquetipos culturales. Aunque a un principio ayuden a interpretarla, de acuerdo a la experiencia coagulada en memoria social, después, memoria cristalizada en narrativas, las rejillas no dejan de ser tales; por lo tanto, no dejan de convertirse en enfoques, incluso, perspectivas recortadas, que acotan la posibilidad de otros enfoques y de otras perspectivas; mejor dicho, acotan la movilidad de los enfoques y los desplazamientos de las perspectivas. Decimos esto porque es menester salir de los paradigmas ideológicos para comprender lo que llama Robert Kurz el colapso de la modernización[1], nosotros acotaríamos que también se trata del colapso de la civilización moderna.  Este colapso se manifiesta en sus distintas versiones, formas, tonalidades y perfiles; en el mismo centro del sistema-mundo capitalista, el colapso aparece como crisis de sobreproducción, ocultada apenas por la estridencia de los espectáculos del mercado y la afluencia expansiva del crédito. En la inmensa periferia de la geografía política de la economía-mundo, el colapso aparece con la elocuencia desoladora de la deuda infinita[2], impagable, que arrasa las economías nacionales; no solo las hace dependientes, sino que ya son economías montadas para pagar la deuda externa, economías externalizadas, ajenas a las necesidades de su población, incluso de la lógica de lo que un día fue la economía nacional. En el espacio cardinal de lo que se denominó Este, donde se erigieron los Estados del socialismo real, que se derrumbaron estrepitosamente, lanzándose anhelantemente a las promesas de la economía de mercado, de libre mercado y de libre empresa, en vez de experimentar los obsequios de la promesa capitalista, de estilo liberal, experimentan el ingreso tardío a los nuevos escenarios del “tercer mundo”. El colapso de la modernización y de la modernidad se manifiesta en distintos escenarios, de manera, si se quiere diferencial; empero, no deja de ser el mismo colapso del sistema-mundo moderno.

¿Cómo podemos explicarnos este colapso? Ya dijimos que este colapso no se explica a partir de la tesis marxista de la crisis orgánica del capitalismo; no solo porque el mismo socialismo real formó parte del sistema-mundo capitalista, sino de que se trata de la crisis misma de la modernidad. Tesis que adelantaron Max Horkheimer y Teodoro Adorno. Sin embargo, se trata de comprender los alcances de la crisis de la civilización moderna, civilización que abraza a todo el orbe terrestre. Una de las características principales de la civilización moderna es lo que podemos llamar revolución productiva o de la producción, que después toma el nombre de revolución industrial, para adquirir, su connotación vertiginosa en una revolución ininterrumpida, los nombres de revolución tecnológica-científica, revolución cibernética, incluso recientemente revolución de la nanotecnología, así como también de la biotecnología. Si se quiere, esto es lo concreto, lo material, el acontecimiento de la civilización moderna; sin tocar los mitos construidos en la modernidad, como la historia, el desarrollo, incluso la evolución.

Esta revolución productiva es desatada por la combinación de varios procesos o factores, que hacen a la composición explosiva de la producción moderna. No solamente nos referimos a la incorporación de la ciencia y la tecnología a las estructuras inherentes de la producción, no solamente nos referimos a la transformación de la organización productiva, que no se resume a la implementación de la división del trabajo, que connota especialización, tampoco nos referimos a la separación clave, que menciona la crítica de la economía política, entre propietarios no productores y productores no propietarios, que caracterizan a las relaciones de producción capitalistas, sino a la separación imaginaria entre valorización y producción. Ciertamente, tesis principal de la crítica de la economía política; empero, abordada solo en lo que considera el núcleo de la contradicción del modo de producción capitalista, la separación entre valor de uso y valor de cambio. La producción no puede solo circunscribirse a la producción de valores de uso; ampliando la perspectiva, recogiendo los mejores aportes del marxianismo, no solo se circunscribe a la producción de necesidades de consumo y de las mismas relaciones de producción, en condiciones de reproducción, sino la producción y reproducción misma de la civilización moderna; es más, la producción del mito de civilización.

El mito de la civilización habla no del origen de la humanidad, como lo hacen los mitos ancestrales, sino del origen da la humanidad civilizada, que debería querer decir, etimológicamente, de la humanidad que vive en ciudades; sin embargo, la utilización del concepto se ha transformado en las narrativas modernas. Por lo menos, en las narrativas influenciadas por las teorías evolucionistas, se distinguen etapas de la evolución social; en las más toscas interpretaciones darwinistas, se diferencian salvajes, bárbaros y civilizados. Atribuyendo la condición y la cualidad histórica-cultural a la civilización moderna, quedando las civilizaciones antiguas como bárbaras. Recojamos la conceptualización más amplia, que atribuye la condición de civilización, por lo menos, de posibilidad de civilización, a las sociedades humanas. Entonces, la civilización se refiere a la sociedad humana; es una condición de posibilidad histórica-cultural de la sociedad humana. En consecuencia, el concepto mismo de civilización, desde la antigüedad, se refiere a la característica primordial de la sociedad humana; esto es, construir, constituir, instituir, la civilización.

Recurriendo al lenguaje de la teoría de sistemas autopoiética, podemos decir que la civilización es como una operación de clausura de la sociedad humana no solamente respecto a sus entornos, sino respecto al resto del planeta, quizás también del universo. Por así decirlo, la humanidad, en devenir, se constituiría como tal, a través de una sociedad organizada, estructurada, conformada por las centralidades de ciudades, ceremoniales, de administración y de intercambios o convergencias de flujos y fuga de flujos. Retomando el concepto griego de polis, la civilización contendría como posibilidad y atributo de gestión, de inicio, la política, en el sentido de gobierno de la ciudad, gobierno de la familia, gobierno de sí mismo. En consecuencia, el concepto de civilización, desde inicios de su propia arqueología de saber, es arquetípicamente un concepto político, es decir, de gobierno.

Por lo tanto, la civilización, cualquiera sea de la que se hable, conlleva inherentemente un proyecto, el proyecto mismo civilizatorio; así como la distinción, como se evidencia en la lengua griega antigua, la distinción entre bárbaros y civilizados. Parce que algo parecido sucede, con distintas connotaciones, con otras sociedades antiguas, acepciones parecidas contienen las lenguas de otras civilizaciones tradicionales. La civilización se encontraría en la autoreferencia, en cambio, lo bárbaro, lo “no civilizado”, lo que no habla la lengua civilizada, se halla en la heterorreferencia, sobre todo, en la referencia a los otros, a las otras sociedades, por lo menos, del entorno. La civilización distingue a la sociedad que gobierna, a la sociedad de referencia de la comparación cultural.

La civilización también es un concepto de diferenciación de lo humano con lo que no es humano; en todo caso, todas las sociedades humanas tienen la capacidad o posibilidad de civilización, en cambio, lo no humano no lo tiene. No se trata de una condición incivilizada, que, en todo caso, se atribuye a las sociedades bárbaras o, en la modernidad, a las sociedades salvajes, sino de lo que no puede contener ni siquiera la posibilidad de civilización. El concepto, en toda su polisemia, de animal o de animalidad, expresa claramente esta ausencia, que no es otra cosa que ausencia de humanidad. No se trata solamente de decodificar esto como que los animales no son humanos, que, en todo caso, quedaría como una clasificación taxonómica zoológica, sino que al no serlo, son “seres inferiores”, incluso “seres sin consciencia”; en la más agresiva versión moderna se planteó esto como que los animales están al servicio y libre disposición del hombre.

Con la anterior cosmovisión civilizada queda claro que las plantas están mucho más lejos que los animales en cuanto distancia respecto a la civilización. Es cierto, que la antropología estructural encontró en las sociedades humanas ancestrales relaciones concomitantes entre humanos y, por así decirlo, empleando el término de exposición usada, animales y plantas. Las investigaciones, descripciones e interpretaciones de la antropología estructural expresan estos entrelazamientos entre humanos, animales y plantas. Sin embargo, hay que recordar, que precisamente estas sociedades ancestrales, por ejemplo, las sociedades amazónicas, no se conciben como civilización, sino, mas bien, como nichos, por así decirlo, usando un concepto reciente, ecológicos.

Entonces estas sociedades ancestrales no entrarían a esta operación de clausura civilizada, que caracteriza, generalizando, a las sociedades antiguas y, sobre todo, a las sociedades modernas. Interpretando políticamente, podríamos decir que las sociedades que se conciben como civilización son las que se colocan imaginariamente en una escala “superior” a los animales y plantas.  La separación imaginaria, institucional y política de la sociedad humana respecto a los animales, a las plantas, a los espesores territoriales, a los flujos acuáticos y corrientes de aire, al planeta mismo, es lo que podríamos llamar economía política de la civilización. Por lo tanto, se valoriza la sociedad humana y se desvaloriza el resto del planeta, lo que el lenguaje moderno, desde un principio, llamó naturaleza.

Las sociedades civilizadas, sean las que sean, incluyendo, claro está primordialmente a las sociedades modernas, se atribuyen un derecho consuetudinario, de principio, fundamental, indiscutible, el de dominar al resto no-humano. Las narrativas construidas, a propósito, ya sea en su forma mitológica, simbólica y alegórica, ya sea en su forma religiosa y filosófica, legitimando esta dominancia humana, sobre todo, sobresalen las narrativas ideológicas de la modernidad, se consideran como herederas de la divinidad inherente a su humanidad o, en el caso de las narrativas modernas, el fin de la evolución, no solamente de la historia. Llama la atención esta hermenéutica civilizada, pues en el cimiento mismo tienen como su talón de Aquiles: ¿si las sociedades humanas forman parte del devenir proliferante de la vida, como puede explicarse su “superioridad” respecto a la vida misma?

Este talón de Aquiles de lo que podríamos llamar la arqueología y genealogía de la civilización es donde el nudo gordiano se desata. En lenguaje moderno diríamos que la civilización corresponde a la ideología de la modernidad, pero, también corresponde a la arqueología mitológica de las sociedades humanas. Ha sido un constructo cultural, en distintas narrativas, en distintos leguajes, en distintos contextos históricos, sobre todo, de manera desmesurada en la modernidad, que legitima la dominación del planeta por parte del hombre, ni que decir, de la dominación del hombre por el hombre, más claramente, de la mujer por parte del hombre.

El concepto de civilización, abarcando toda su arqueología de saber, desde el saber de las formaciones más mitológicas hasta las más ideológicas, desde las más esquemáticas hasta las más elaboradas, es un concepto apologético de la “superioridad humana”; no es pues un concepto ecológico, en pleno sentido de la palabra, refiriéndonos a la ecología compleja[3]. El concepto de civilización no se sostiene ante la crítica de la economía generalizada, tampoco ante la crítica ecológica; no se sostiene ante las dinámicas complejas e integradas de la potencia de la vida.

Ahora, en la intensidad coyuntural álgida de los espesores del presente, en pleno desbocamiento de la crisis ecológica, cuando las sociedades humanas están amenazadas en su sobrevivencia misma, es menester la deconstrucción del concepto de civilización y de sus narrativas.  Sobre todo, para encarar la crisis ecológica en toda su complejidad, teniendo en cuenta, si se quiere, sus historias y genealogías; buscando los momentos constitutivos de las civilizaciones que marcaron el camino de la separación, imaginaria e institucional, de las sociedades humanas de su Oikos, de donde pertenecen, del hogar planetario de donde forman parte, de los entrelazamientos ineludibles con los ciclos vitales planetarios.

 

[1] Ver de Robert Kurz El colapso de la modernización. Editorial Marat; Buenos Aires 2016.

[2] Ver La inscripción de la deuda. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/la_inscripci__n_de_la_deuda_2.

[3] Ver Ecología compleja. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/ecolog__a_compleja_2.

Teleología de la valorización

Teleología de la valorización

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Teleología de la valorización

 

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Producir lo abstracto con medios de producción concretos, hacer que la lógica de lo abstracto prepondere y dirija a las lógicas de lo concreto; acumular abstractamente, ocasionando una gran desposesión y despojamiento concretos. Estas parecen ser las características más notables del sistema-mundo moderno. Hay otras características, algunas de ellas dadas a conocer por la crítica de la economía política; es más, por la crítica de la economía política generalizada[1]. Sin embargo, bastan estas características mencionadas para preguntarnos sobre el desajuste entre el imaginario institucionalizado y las dinámicas singulares productoras y producentes. ¿Por qué se da? Esta pregunta cobra más importancia cuando ya conocemos las consecuencias incontrolables de este desajuste entre lo abstracto y lo concreto. ¿Qué hace que las sociedades modernas orienten sus acciones, prácticas, conocimientos, ciencias, saberes, instrumentos, tecnologías, a producir lo abstracto, en vez de enriquecer lo concreto? ¿Hay algo en las sociedades humanas, que, a partir de un momento, se encaminan por este desajuste o disyunción? Más grave aún sería preguntarse ¿si hay algo en el humano que lo lleva por este camino de la separación de lo abstracto y lo concreto, valorizando lo abstracto y desvalorizando lo concreto?

No se trata, de entrada, de descartar lo abstracto o la labor imaginativa que lleva a la abstracción; de ninguna manera, la imaginación es una de las capacidades primordiales del ser humano. El problema es que, a partir de un determinado momento o, si se quiere, de momentos diferidos, se ha disociado la imaginación del conjunto integrado de las capacidades corporales humanas. Dando lugar a que sea la imaginación la encargada de configurar y definir el mundo, vale decir, representarlo; dejando al resto de las facultades o capacidades humanas como sirvientes de las demandas de la imaginación. Por este camino, las sociedades modernas han generado un producto supremo de la imaginación; este es la razón; hablamos de la razón abstracta, no de la razón efectiva ligada a las dinámicas de la fenomenología de la percepción[2]. La razón abstracta o la razón fantasma, como la nombramos, es, por así decirlo, la facultad suprema. Reconocida institucionalmente por la filosofía y la ciencia de la modernidad. Ya Emmanuel Kant criticó esta suposición racionalista, al convertir a la razón en una de las facultades del ánimo o del sujeto; al presentarla articulándose a otras facultades para generar el entendimiento. Sin embargo, la Crítica de la razón pura quedó como libro de formación o, en el mejor de los casos, como referente indispensable en el despliegue de las corrientes kantianas. Para que se nos entienda lo que queremos decir, la crítica filosófica de Kant tiene consecuencias prácticas.

Entre las consecuencias prácticas, hay que tomar en cuenta las composiciones y combinaciones de las facultades del sujeto, que dan lugar al entendimiento y al conocimiento; así como a la aplicación práctica de los mismos.  Sin embargo, efectivamente, las sociedades modernas se encaminaron por los caminos abiertos por la razón abstracta, como si fuera la facultad suprema y conductora. Las consecuencias catastróficas de ir por estos caminos las analizaron Max Horkheimer y Teodoro Adorno; criticando el racionalismo instrumental de la modernidad. Este racionalismo instrumental ha ido muy lejos, atraviesa los tejidos sociales, las instituciones, la vida cotidiana, las ciudades y las todas conformaciones sociales humanas. Es la razón abstracta la responsable de las producciones continuas de lo abstracto; la que ha definido los fines de manera abstracta, como fines abstractos. Es así que se explica que las dinámicas económicas estén orientadas a producir la acumulación abstracta, que se llama capital, o, en el caso del socialismo real, la acumulación abstracta del valor, que, si bien no se lo clasifica como capital, sino como trabajo abstracto, no deja de ser lo mismo. El capital está leído en términos monetarios, en tanto que el valor “socialista” esta leído en términos de valor abstracto, que contiene trabajo abstracto. En otras palabras, los socialistas interpretan lo mismo de manera más filosófica, por así decirlo, en tanto que los economistas burgueses interpretan de una manera práctica y operable. Como dice Robert Kurz, en su iluminador libro El colapso de la modernización[3], el socialismo real se encargó de la valorización abstracta replegándose a los pliegues más profundos del capital, esto es, a los pliegues del valor y del trabajo. Llámese acumulación de capital o acumulación socialista, como fue nombrada esta acumulación en el periodo de la Nueva Política Económica, no importa; lo que importa es que se trata de la acumulación de lo que se considera la sustancia de la producción y la valorización, el trabajo. Socialistas y liberales nuca salieron de la teoría del valor, de sus marcos y de sus contextos paradigmáticos.

Antes dijimos que los humanos no controlan los efectos de masa de sus acciones y sus prácticas; también debemos decir que una vez desencadenados estos efectos masivos, se convierten como en condicionantes del quehacer humano. Se convierten en condiciones de posibilidad históricas instrumentales, para seguir con el concepto y sus consecuencias de la racionalidad instrumental. Son estas condiciones de posibilidad artificiales, es decir, construidas por los humanos, las que se toman como realidad. No podemos dejar escapar la ocasión de señalar la paradójica situación; al ser conformadas por las sociedades humanas, no podrían llamarse, tampoco serían, condiciones, menos de posibilidad; empero, funcionan como tales en los imaginarios institucionalizados modernos. Entonces, se puede concluir que, una vez, desatados los efectos masivos, éstos, como al cristalizarse, se convierten en rutas, en andamios, en conductos, incluso en escaleras de la edificación. Las sociedades institucionalizadas, enfrascadas en estas orientaciones establecidas, las siguen ciegamente, olvidando que pueden desandar el camino y recomenzar de otra manera, con otros recorridos, en mejores condiciones y con mejores perspectivas y proyecciones, mas bien, armónicas que desajustadas y desequilibrantes.

 

 

 

 

¿Qué es el valor?

Hablamos de lo que dice del valor la teoría económica. Resumiendo, es tiempo de trabajo cristalizado; Karl Marx lo define como el tiempo socialmente necesario del trabajo. Si es así, el valor tiene que ver con la producción y con la productividad. La producción hace que se genere valor, la productividad define la longitud del tiempo socialmente necesario. El logro de la productividad implica modificaciones en la longitud del tiempo socialmente necesario, a mayor productividad el tiempo socialmente necesario se acorta. En consecuencia, los productores de mayor productividad definen o determinan la longitud del tiempo socialmente necesario; los productores de menor productividad sufren el efecto de esta determinación; como su longitud de tiempo de trabajo es mayor al tiempo socialmente necesario determinado, la parte sobrante de la longitud es lo que no se valoriza, por así decirlo, lo que pierden. Entonces, requieren más tiempo para producir lo mismo como producto. Se trata de tiempo que no se valoriza; se podría decir, tiempo sin valor. Se habría trabajado en vano, desde la perspectiva de la valorización. Es un tiempo de trabajo consumado en vano.

Es el tiempo socialmente necesario el que se impone sobre el trabajo; este tiempo califica al trabajo; no es cualquier trabajo el que valoriza, sino el tiempo de trabajo socialmente necesario, vale decir el trabajo productivo. Entonces, no se trata pues de trabajo; no es el trabajo, en general, lo que valoriza, sino el trabajo productivo. De lo que se trata, por lo tanto, en la valorización, para valorizar, es ser trabajo productivo, no cualquier trabajo, menos un trabajo no productivo. Como los ritmos de productividad cambian, se aceleran, la productividad es compulsiva, se acelera, la productividad se encuentra en competencia. En esto, tiene también razón Robert Kurz, en el sistema moderno, en la teleología de la valorización, no puede descartarse la competitividad, se conciba este sistema en la forma liberal o en la forma socialista.

Sabemos que el socialismo real es precisamente lo que ha hecho, descartar y desentenderse de la competencia; la consecuencia es que se volvió cada vez menos productivo. Un almatroste fabuloso que no valorizaba. En última instancia, la caída y el derrumbe del socialismo real se debe a esto, a la ausencia de competitividad; en otras palabras, a la incompetencia.

Robert Kurz parte de que ambas formas del sistema-mundo moderno, el liberal y el socialista, se mueven en el marco de la teoría del valor; es decir, en el paradigma de la valorización. En otras palabras, comparten el supuesto instrumental del trabajo creador de valor. La diferencia es de que la forma liberal mide el tiempo de trabajo socialmente necesario monetariamente, en tanto que la forma socialista lo calcula como valor. La forma liberal y la forma socialista del sistema-mundo moderno son formas del modo de producción capitalista a escala mundial.

El valor no solamente es la cristalización del tiempo de trabajo socialmente necesario, sino que se convierte en finalidad; el fin de ambas formas es la valorización del valor, la acumulación de valor. Una de las consecuencias de esta teleología abstracta es que a este fin se supedita la producción de valores de uso; además los medios de producción están también supeditados a cumplir esta finalidad abstracta. El uso de los recursos naturales, convertidos en materias primas, está supeditado a realizar esta finalidad; es más, el proletariado está destinado a cumplir con esta finalidad, lo mismo pasa con el burgués. Que el burgués se apropie de la plusvalía, que el obrero reciba el salario, que el terrateniente reciba la renta, que otros perfiles sociales, involucrados en la economía, conformada en los procesos de producción, distribución y consumo, reciban su parte no modifica esta múltiple supeditación a la finalidad abstracta de la acumulación numeraria. En conclusión, el ser humano se encuentra subsumido y supeditado a la finalidad de la acumulación abstracta, así mismo, los recursos naturales también están supeditados a cumplir con esta realización abstracta de la acumulación de valor. En definitiva, el planeta, la vida está supeditada a la realización de la valorización.

Es esta supeditación de la vida a la valorización abstracta lo que lo que muestra con claridad el sentido de la modernidad. La vida está sometida a la realización de la valorización abstracta; es decir, está sometida a la no-vida. Este es el sin-sentido de la modernidad, concretamente del sistema-mundo moderno, sistema productor de valor abstracto. Por eso, dijimos, en anteriores ensayos, que el desarrollo, llámese desarrollo económico en la ideología de la forma liberal o llámese desarrollo de las fuerzas productivas en la forma socialista, expresa patentemente la compulsión tanática de este sistema-mundo moderno. Esto es, el desajuste inscrito inherentemente en los engranajes del funcionamiento de este modo de producción compartido por las formas de organización mencionadas.

Siguiendo a Kurz, estamos ante la crisis inmanente del sistema-mundo moderno; crisis que se manifiesta como sobreproducción en la forma liberal y como subproducción en la forma socialista, crisis de sobreabundancia in-consumible en la primera forma, crisis de escasez en la segunda forma. Serán perfiles diferentes de la crisis orgánica, genética y estructural del sistema-mundo capitalista, sin embargo, se trata de la misma crisis compartida. Las ideologías de ambas formas propagan la promesa de acuerdo a la versión una de ellas, la de autorreferencia, se presenten como se presenten, siendo una de sus máscaras, en una de las formas, la libertad, siendo otra de sus máscaras, en la otra forma, la de la justicia; sin embargo, la promesa, en ambos casos es incumplible.  La finalidad del sistema-mundo moderno no es la felicidad humana, menos la armonización planetaria, sino la realización abstracta de la valorización aritmética.

 

[1] Ver crítica de la economía política generalizada. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_econom__a_pol__tica_.

[2] Ver Devenir fenomenología y devenir complejidad.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/devenir_fenomenolog__a_y_devenir_co.

[3] Leer de Robert Kurz El colapso de la modernización. Editorial Marat, Buenos Aires 2016.

Significados de lo insólito

Significados de lo insólito

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Significados de lo insólito

 

El quicio de la mancebia

 

 

 

 

 

¿Qué señales nos mandan los hechos insólitos? Los hechos, que al parecer no tienen lógica; acaecen como desafiando toda lógica, toda vinculación o conexión coherente. Ocurren como rayos en cielo despejado. Lo extraño, lo absurdo, lo sorprendente, inviste al hecho insólito. Le otorgan un sentido o sin-sentido como evento irracional. Por ahí iría una explicación del hecho insólito; su sentido estaría en el sinsentido. Pero esta explicación es abstracta, solo toca generalidades; lo que falta explicar es cómo se expresa y cómo ocurre lo absurdo. Sin necesidad de buscarle una lógica, una causalidad, un hecho como tal, cualquiera sea éste, se da porque se efectúa en un contexto dado y en determinadas condiciones que, si bien no lo sostienen, le permiten efectuarse. Hay que concentrarse en este contexto singular y en las condiciones de posibilidad.

Por ejemplo, los insólitos casos de matanzas perpetradas por francotiradores, que decidieron asesinar a sus congéneres, en algunas universidades o academias, incluso plazas o avenidas, así como también en eventos de espectáculos o de fiesta, en Estados Unidos de Norte América, ¿qué sentido o sin-sentido tienen? ¿Qué señales emiten estos hechos sangrientos? ¿Qué nos dicen de la sociedad, de las instituciones y del Estado? A no ser que se suponga que se trata solo de personas “anormales” y psicóticas, con lo que se deslindarían responsabilidades de la sociedad, de las instituciones y el Estado. No se trata ahora de pretender responder a estas preguntas, de por sí difíciles, aunque ya se cuente con hipótesis y tesis de distintas corrientes teóricas y de las ciencias sociales y humanas. Sino de mostrar que los hechos insólitos no son hechos aislado, que se dan como “anomalías” singulares desconectadas. En primer lugar, los hechos insólitos forman parte de los mismos tejidos sociales, de las mismas mallas institucionales, del mismo Estado. Los hechos absurdos forman parte de los mismos contextos donde se dan los hechos comprensibles racionalmente.

Ciertamente, hay hechos insólitos que dejan de ser inexplicables, porque son asumidos por los perpetradores, como es el caso del denominado “terrorismo” religioso o político. En este caso, a pesar de la desmesura descomunal de la violencia, parte de los significados que emiten estos hechos son transmitidos por los mismos grupos fundamentalistas. Otros significados pueden ser interpretados, en el contexto de lo que consideran “guerra santa”, por los que se atribuyen dicha acción. Otra parte de los significados emitidos pueden ser conseguidos en el análisis crítico del sistema-mundo capitalista. En este caso, lo insólito adquiere como una presencia en el mundo de lo habitual. En el caso del terrorismo de Estado, el Estado de excepción al que se llega como situación de emergencia, que, en todo caso, o resulta intermitentemente recurrente o se vuelve constante, el hecho de la violencia descomunal del Estado se interpreta por la razón de Estado.

Pero, ¿qué pasa, en algunos casos, cuando nadie se atribuye un atentado? Cuando se dan en contextos donde parecen no tener cabida y en circunstancias donde no encuadran. Lo insólito adquiere una connotación alarmante. Entonces lo insólito alumbra sobre lo que no se sabe, sobre lo oculto, lo no visible; lo que no toma en cuenta la mirada citadina, la mirada mediática, las miradas del sentido común, también las miradas del sentido “analítico”. El atentado no es un hecho aislado de entramados no visibles. El problema radica en llegar a estos entramados.

Algunas preguntas preliminares. ¿En qué clase de “guerra” están metidos los que perpetraron el atentado? Porque un atentado es un acto de guerra.  ¿Qué es lo que se ataca? ¿Quiénes son a los que se atacan? ¿Qué es lo que se defiende, a quienes se defiende? ¿Qué es lo que se persigue, cuáles son los objetivos o si se quiere el proyecto en cuestión? Si no lo dicen es que no les interesa decirlo; el móvil no parece radicar aquí. Entonces, no parece tratarse ni de móvil religioso, ni de móvil político, a no ser que sean estos móviles velados.  Donde no aparece, por lo menos explícitamente y al público, el interés por decir lo que se busca y por lo que se pelea, es en las “guerras” de control territorial, sobre todo, de las formas paralelas de poder, como de los llamados Cárteles. Por otra parte, las teorías de la conspiración, han aludido a procedimientos y maniobras de simulación y amedrentamiento, que encubren lo que se busca y lo que se persigue. Hemos dado a conocer nuestra opinión sobre estas teorías de la conspiración, a las que consideramos especulativas; sin embargo, dijimos, que independientemente de la validez de las teorías de la conspiración, puede que haya conspiradores, que crean que pueden manipular a la gente, a pueblos y a sociedades, como si manejaran todas las variables en juego de la realidad efectiva. En este caso, la conspiración es un dato más en el conjunto de datos que describen un contexto y una coyuntura. Una conspiración no prospera si no tiene a su favor las condiciones que definen el curso de los procesos; si la conspiración coincide, no es porque está en lo cierto, que el mundo se reduce a tramas conspirativas, sino porque la correlación de fuerzas y los entrelazamientos de los procesos deriva en desenlaces. Sin embargo, tomemos como dato, en esta lista de posibilidades, a la teoría de la conspiración.

No se trata solo de descifrar quiénes, de dar con los autores, de esclarecer el o los atentados, sino de interpretar el hecho insólito; de explicarlo, en lo posible, por los órdenes de relaciones que lo hacen emerger y darse, por las relaciones y juegos de poder que lo atraviesan. También por concomitancias o pertenencias con el lado oscuro del poder. De lo que se trata es de tomar al hecho insólito como síntoma de la crisis estructural de la sociedad institucionalizada y del Estado; evaluar el alcance, la irradiación y el grado de intensidad al que se ha llegado. Los hechos insólitos muestran que son tales, insólitos, para una mirada restringida a la racionalidad institucionalizada, a los esquemas acostumbrados en uso del sentido común, a los moldes en uso de los medios de comunicación, incluso en uso de los paradigmas teóricos fosilizados. Sin embargo, en tanto hechos, como tales, al formar parte de la realidad efectiva, son hechos que se dan porque las condiciones de posibilidad han cambiado o, si se quiere, se han deteriorado, como para que aparezcan estos hechos que parecen insólitos. Entonces, desde esta perspectiva, se trata no tanto de entender o descifrar los hechos insólitos, sino de desentrañar los cambios, mutaciones y transformaciones de las estructuras de la realidad efectiva, por lo menos, de la realidad efectiva social, a partir precisamente de los llamados hechos insólitos.

Lo primero que parecen señalar los hechos insólitos es que las composiciones de relaciones sociales han variado, cambiado, mutado; que la jerarquía o si se quiere, la dominancia entre los órdenes de relaciones ha cambiado. Que estamos ante una sociedad que no es la misma, a la que estábamos acostumbrados; que, aunque la sociedad institucionalizada no se haya dado cuenta, no sea consciente, de estas variaciones y mutaciones, se asiste a mutaciones o desplazamientos que la convierten en otra sociedad.  ¿Cuáles son los cambios que afectan al conjunto? ¿Cuáles son los órdenes de relación y las nuevas jerarquías que cambian la composición inherente a la sociedad? En lo que respecta a lo que hablamos, parecen tener que ver con las irrupciones del lado oscuro del poder en los espacios del lado luminoso del poder, con el atravesamiento de las formas paralelas de poder no institucionalizadas sobre las formas institucionalizadas del poder. El mundo conocido ya no es el mismo mundo, regido, por lo menos aparentemente o por lo menos institucionalmente, por las reglas de juego establecidas formalmente, sino que es otro mundo, regido, mas bien, por otras reglas de juego, las que impone el lado oscuro del poder. En el caso de las matanzas insólitas, las que impone las reglas del juego macabro de la violencia encriptada en sujetos desolados, sujetos constituidos en la misma sociedad donde se constituyen las muchedumbres de sujetos “normales”. Se trata de la emergencia de la desolación subjetiva más des-constituida, se trata del espíritu de venganza más atroz y sin perspectivas.

Frente a este cambio, que parece subterráneo, la pose institucional de pretender volver a la “normalidad” es vana o impotente, fuera de ser una muestra patética de inocencia. La emergencia de lo subterráneo, de los cambios, en principio imperceptibles, después perceptibles, empero, que aparecen como insólitos y circunstanciales, para seguidamente empezar preocupantemente a convertirse en intermitentes, anunciando como un futuro inmediato constante, es la emergencia de lo que contenía la misma sociedad institucionalizada, que ocultó e inhibió este mundo subterráneo, que lo desterró a las sombras. Si este mundo subterráneo, ahora, aparece en las superficies, quiere decir que la relación entre lo institucional y lo no institucional, entre lo “normal” y lo “patológico” ha cambiado. Se han borrado las fronteras entre lo institucional y lo no-institucional, así mismo ya no se distingue entre lo denominado formalmente “normal” y “patológico”. A esta situación confusa la hemos denominado decadencia. Frente a la decadencia no hay vuelta a lo “normal”. La situación es otra. El dilema no se encuentra entre lo “normal” y lo “patológico”, sino entre la decadencia o la alteridad, que abre senderos a mundos alternativos.

 

 

Poliedro de la coyuntura

Poliedro de la coyuntura

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Poliedro de la coyuntura

 

 

CH 04 - ICOSIDODECAEDRO (se hace en chicago)

 

 

En el plano comunicacional, el de los medios de comunicación de masa, y en el plano político institucional, la coyuntura se circunscribe al conflicto sobre la reelección del presidente, a la pugna en torno a las elecciones de magistrados, teniendo como horizonte inmediato a las elecciones nacionales de 2019. Además del escándalo del desfalco del Banco Unión y la incorporación al mercado de la gasolina del Ron 91, de octanaje menor a la gasolina Premium y mayor a la gasolina especial. Estos temas atiborran los periódicos, las pantallas de televisión y las frecuencias de las radios. Esta es la coyuntura desde la perspectiva estatal, también de los medios de comunicación y de la política institucionalizada. Sin embargo, se puede visualizar la coyuntura desde otras perspectivas; moviéndonos todavía en los planos hegemónicos, por así decirlo, el plano de intensidad económico pone en consideración la crisis económica, derivada de la baja de los precios de las materias primas y de la merma de las reservas. Aunque el gobierno no la reconozca, pues considera a la economía boliviana ajena a la crisis de la economía-mundo, por lo menos, ha reconocido una disminución en los ritmos de crecimiento; lo que ha llevado a suspender el doble aguinaldo. En el plano jurídico, la ley emitida por el Congreso que atiende los derechos de las diversidades subjetivas y sexuales ha retrocedido galopantemente respecto de la Constitución, ocasionando polémica y movilización de los colectivos de estas diversidades.

Hasta ahí con los planos hegemónicos, donde se asume una realidad circunscrita a las problemáticas que afligen al Estado, a los medios de comunicación, a la política institucionalizada, incluso a algunos otros planos de intensidad de la sociedad institucionalizada. Los planos y espesores de intensidad que no se toman en cuenta son los de la vida cotidiana, que son los que padece y goza la gente, que son los que interpreta, desde la variedad de sentidos comunes. En estos casos, la coyuntura puede adquirir intensidades locales, manifestadas en preocupaciones por la sequía, en unas zonas, o preocupaciones por inundaciones en otras zonas. El pronóstico de la llegada de las riadas preocupa a los cultivadores que le ganan al río terreno para la agricultura. Otras preocupaciones, vertidas notoriamente en las urbes, como las inquietudes de padres de familia por inscribir a sus hijos en la escuela; las mismas que se manifiestan en largas colas de espera para ganar el ingreso escolar, también prefiguran lecturas sociales de la coyuntura.

Como se puede ver, la coyuntura puede ser interpretada desde otras perspectivas y enfoques, no se crea que solo locales, incluso zonales, sino que pueden adquirir connotaciones micro-regionales y hasta regionales, así como nacionales. Por ejemplo, la demanda de trabajo en la población en edad de trabajo adquiere alcance nacional; así como la demanda de vivienda de amplios sectores de la población tiene la misma connotación.

Sin emerger de la vida cotidiana, se sitúan otras perspectivas, de configuración reciente, conformadas frente a la crisis ecológica. Se trata de miradas científicas, también de colectivos activistas ecologistas, así como visualizaciones territoriales de las naciones y pueblos indígenas. En este caso, la coyuntura adquiere profundidades geológicas, asume substratos de espesores vitales y, sobre todo, se configura una mirada integral y planetaria. La coyuntura es la de la crisis ecológica.

Como se puede ver la coyuntura puede ser visualizada e interpretada desde distintos ángulos, enfoques, perspectivas, dependiendo de los planos de intensidad desde donde se la percibe. Las interpretaciones mencionadas tienen distintos alcances, extensidades e intensidades, dependiendo del acopio asumido. En la medida que se logra abarcar más planos de intensidad se incorpora la complejidad, sinónimo de realidad, propia de las dinámicas efectivas. De lo que se trata es avanzar en la comprensión de las dinámicas de la complejidad para avanzar en el entendimiento de la realidad efectiva.

La coyuntura es un concepto que se refiere al acoplamiento, también a la articulación; como dijimos en otro ensayo[1], más que remitirse al tiempo, al momento, señala la composición de situaciones dadas o dándose. En tanto acoplamiento concibe complejidad; se trata de composiciones y combinaciones de hechos, usando un término discutible, que hacen a los eventos, así como en el contexto mayor, al acontecimiento. Por lo tanto, al enfocar la coyuntura, desde la coyuntura misma, exige desplazamientos hacia la perspectiva de la complejidad[2]. No se trata de usar el término en el discurso y en la enunciación como si fuese indicación del momento. Esta manera acostumbrada de usar los conceptos como palabras del discurso, sobre todo, político, se desentiende de la estructura categorial del concepto, para convertirlo en una figura plana sin estructura, en un plano sin profundidad. El análisis de coyuntura exige entonces adentrarse a los substratos de la coyuntura, a los espesores del presente. En otros textos hemos incursionado en este ejercicio o prospección en la simultaneidad dinámica del acontecimiento[3]. Ahora, en este escrito, volveremos a intentar otra incursión en los espesores de la coyuntura[4].

Perfiles de la coyuntura

Los voceros oficialistas se desgañitan por demostrar que la reelección del presidente es “derecho humano”, por certificar que la elección de magistrados es legítima. La “oposición” se esfuerza por corroborar que la reelección es inconstitucional y que la elección de magistrados es fraudulenta. El presidente ya se encuentra en campaña, diga lo que diga el Tribunal Constitucional, siguiendo el consejo de su vicepresidente, que dijo que es momento de comenzar la campaña, contra viento y marea. Lenin Moreno, presidente de Ecuador, criticó la reelección como una encubierta dictadura. La OEA, mediante su secretario general, se pronunció al aseverar que no puede darse ninguna reelección al margen de la Constitución y la voluntad del pueblo, que, en un referendo por la reforma constitucional, que buscaba habilitar al presidente a la reelección, dijo NO. Las organizaciones sociales, cooptadas por el MAS, salieron en marcha y se concentraron para apoyar la reelección indefinida del presidente. El Tribunal Electoral ya tiene listo todo para la realización de las elecciones de magistrados; la logística, además de los discursos justificativos que avalan la elección, conculcando el valor o las consecuencias del voto nulo. Lo que implica atentar y restringir el ejercicio democrático. Todo el aparataje estatal funciona como una máquina del chantaje[5].

Para decirlo en la forma anecdótica del relato, un poco al estilo de Gabriel García Márquez, en un país donde nada se aclara, donde los sucesos delictivos, sobre todo estatales, quedan en la opacidad, un nuevo escándalo, el del desfalco del Banco Unión, toma el mismo camino. Flujos de dinero que ingresaban sin control fueron interceptado por un empleado de cargo directivo, para desviar parte del mismo en propio beneficio. Los medios de comunicación, la policía, la justicia, se encargan de dar información e investigar al desfalcador, pero no dicen nada sobre el problema mayúsculo, los flujos dinerarios sin control. Una densa niebla de encubrimiento oculta a la vista lo sucedido y lo que sucede.

El gabinete económico lanza al mercado de carburantes el mentado Ron 91, de octanaje 85, a un precio más alto que la gasolina especial y menor que la gasolina premium. De acuerdo con el gerente general de la Cámara Automotor Boliviana en la medida que ingresen nuevos vehículos se demandará gasolina de mayor octanaje para cumplir con normas ambientales. A medida que el parque automotor ingrese en renovación, los nuevos vehículos que se importen al país sólo requerirán la nueva gasolina Ron 91; la premium es escasa. El parque automotor llega a 1,6 millones de automóviles; hasta 2015 y 2016, de ese parque automotor, el 70% tiene una antigüedad superior a los 10 años.  La tendencia habría cambiado; ahora se tendría un mayor número de coches con un año de antigüedad. Se debe llegar al 30% o 40%; se requiere gasolina con un mayor octanaje. Los nuevos coches van a requerir la Ron 91; aunque, pero aún hay un 60% de automóviles que aún utiliza un combustible corriente.  La gasolina Premiun tiene un octanaje superior, cumple incluso con la norma Euro IV, la que establece mayores exigencias respecto a la restricción de emisión de gases contaminantes. El Gobierno aprobó el Decreto Supremo 3244, el que establece que, a partir de 2018, sólo podrán ingresar al país vehículos modelo 2018 o 2019, que cumplan con la normativa. El   Ministerio de Obras Públicas, a través del Viceministerio de Transportes, otorgará autorizaciones previas por medio electrónico para la importación de vehículos automotores que acrediten el cumplimiento de las normas medioambientales. La “oposición” acusa de “gasolinazo”; el gobierno se defiende y dice, prácticamente, que se trata de ampliar la oferta del mercado, para el parque automotor, que modifica su perfil con los automóviles que lo requieren. Un analista económico conocido, de escritura que regala humor e ironía, dice que no se entiende que no se haya relanzado la gasolina premium, en vez de complicarse con un nuevo tipo de gasolina, que requiere, en todo caso un cuarto tanque en las gasolineras, las que solo tienen dos para gasolina y un tercero para el Diesel. A no ser que la gasolina especial esté destinada a desaparecer.

La premura económica ocasionada por la baja de los precios de las materias primas, entre ellos del gas, es respondida por el gobierno con un Foro Internacional del Gas, para organizar algo así como una OPEP del gas. No se entiende cómo puede este organismo internacional incidir en la subida de los precios del gas, salvo en situaciones de alta demanda internacional, donde los productores de gas se asignen cuotas, para no desbordar el mercado y hacer caer los precios.

Los empresarios privados se encuentran satisfechos con la suspensión del doble aguinaldo, aunque sea provisional, quién sabe. Coordinan con el gobierno, desde sus instancias representativas, la reactivación de la economía y el aparato productivo. La empresa privada que destaca es la empresa privada trasnacional, dedicada a la explotación extractivista, hidrocarburífera y minera; los empresarios nacionales parecen arrinconados en dimensiones cortas de la economía nacional, atrincherados en sus costumbres poco innovadoras, salvo contadas excepciones de notoria incursión en el mercado mundial.

La coyuntura para unas familias agricultoras del valle de Luribay tiene que ver con la pronosticada riada que se lleva los cultivos. Por eso están interesadas en construir defensas y desvíos del río para evitar la destrucción de los cultivos. En cambio, para las poblaciones de algunos departamentos, que sufren de sequía, es imprescindible la construcción de una represa, que capte aguas y pueda distribuirlas en los pueblos necesitados, como es el caso de las poblaciones de Potosí. Por lo menos una treintena de municipios en cinco departamentos se declararon en emergencia a causa de la sequía. Tres centenares de familias estarían afectadas por este problema de la sequía.  Los municipios aquejados pertenecen a los departamentos de Potosí, Tarija, Chuquisaca, Cochabamba, Santa Cruz y el Beni. Las huellas de las sequías han adquirido las características de situaciones dramáticas; desde 2015 siete de las principales ciudades del país han padecido un déficit crítico de agua: La Paz, El Alto, Cochabamba, Sucre, Oruro y Potosí. Los datos revelan que esta situación afecta a cerca de doscientas mil familias; lo que equivale a, por lo menos, ciento setenta y tres municipios implicados, los que se declararon en emergencia. Los cálculos estiman que la sequía zozobra a más de seiscientos mil hectáreas de cultivos y hasta seiscientos mil cabezas de ganado. Incluso en la Amazonia la sequía hace estragos. La producción de castaña ha caído en un 50% como secuela de la sequía, afectando a más de quince mil familias del noreste, las que se dedican a la recolección del fruto. El “cambio climático” repercute en la Amazonía, causando desbordes climáticos extremos; combinando fuertes lluvias promotoras de inundaciones y sequías prolongadas, ocasionando incendios forestales. El “cambio climático” redunda en precipitaciones intensas, variables y cada vez menos predecibles. Se dice que un 70% de la economía regional depende de la recolección de la castaña, de amplio uso en la alimentación y la medicina. Bolivia obtuvo 180 millones de dólares en exportaciones de la castaña.

El Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza determinó que, en cada uno de los siete casos denunciados se habían producido violaciones graves y sistemáticas de la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra (UDRME), a menudo acompañadas de violaciones de los derechos humanos, y en varios casos el daño era tan grave que constituía un ecocidio, con daños irreversibles a los ecosistemas. En todos los casos, el sistema jurídico no preveía recursos adecuados para prevenir ni reparar los daños permanentes. En la mayoría de los casos, el daño fue causado por actividades como la deforestación y la minería, que sólo podían llevarse a cabo porque habían sido autorizadas por la ley. Era evidente que los sistemas legales elevan los derechos de propiedad y los derechos de las corporaciones por encima de los derechos al agua, al aire y los ecosistemas para existir y contribuir a la salud ecológica del planeta, que están exacerbando el “cambio climático” al permitir actividades destructivas bajo un manto de legitimidad legal. El Tribunal observó que las compensaciones de carbono, biológicas y de conservación y los servicios ecosistémicos son procesos de financiación que permiten privatizar, mercantilizar y comercializar la naturaleza en los sistemas de los mercados financieros. El mercado del carbono es una solución falsa que no reduce las emisiones en origen. 

 

En lo que respecta a las amenazas a la Amazonía, el Tribunal decidió escuchar simultáneamente una serie de casos de diferentes partes de la Amazonía para considerar las amenazas al ecosistema amazónico de una manera holística. Este escuchó evidencia de violaciones generalizadas a los derechos indígenas y los derechos de la Madre Tierra a lo largo de la gran región amazónica. Esto incluyó testimonio sobre la enorme mina de oro denunciada por Guyana Francesa, y casos de Brasil, Bolivia y Ecuador. Está claro que este vital ecosistema, que es una reserva de vida – hogar de muchos pueblos y una parte esencial para mantener la estabilidad climática global, está siendo sometida a muchos ataques que violan su derecho para existir y mantener sus ciclos vitales. El modelo global extractivista inevitablemente genera violaciones de los derechos de la Amazonía en su conjunto y disminuye la calidad de vida de todos los organismos en la región. 

 

El Tribunal escuchó denuncias de violaciones de los derechos de la Madre Tierra derivadas de la propuesta de construcción de una carretera internacional de alta velocidad, a través del área protegida TIPNIS en Bolivia, declarada zona intangible. Esta intangibilidad fue anulada con el propósito de explotación petrolera y plantación de coca, amén de talar los árboles de madera preciosa. También se presentó al Tribunal evidencia acerca del hostigamiento e intimidación a aquellos que se oponen a la construcción de dicha carretera. El Tribunal tomó nota de esta evidencia con gran preocupación, particularmente porque la Declaración Universal de los Derechos de La Madre Tierra fue proclamada en Bolivia en 2010 y Bolivia ha defendido los derechos de la naturaleza internacionalmente. 

 

El Tribunal decidió que deseaba recabar más pruebas de todos los interesados, incluido el Estado de Bolivia y, de ser posible, enviar una delegación a una misión investigadora en Bolivia. También decidió solicitar al gobierno boliviano que imponga una moratoria a la propuesta de construcción de la carretera y puentes a través del TIPNIS y en la exploración de hidrocarburos en o cerca del TIPNIS, hasta que el Tribunal haya completado su trabajo. El Tribunal opinó que la imposición de tal moratoria sería una medida de precaución apropiada para evitar posibles violaciones de los derechos de la Madre Tierra mientras se busca una solución a este conflicto[6].

Los perfiles de la coyuntura configuran las formas cambiantes como de un poliedro, para usar metafóricamente este referente geométrico, en constante movimiento, cuya composición voluminosa, que anida procesos integrados, emergidos de substratos y espesores dinámicos, hacen de materia en devenir de la coyuntura. Un poliedro es un cuerpo geométrico cuyas caras son planas y encierran un volumen finito. Los poliedros se conciben como cuerpos tridimensionales, aunque hay semejantes topológicos del concepto en cualquier dimensión. Así, el punto o vértice es el semejante topológico del poliedro en cero dimensiones, una arista o segmento lo es en una dimensión, el polígono para dos dimensiones; y el polícoro el de cuatro dimensiones. Todas estas formas son conocidas como politopos, por lo que podemos definir un poliedro como un polítopo tridimensional.

Entonces, podemos decir que la coyuntura se presenta de forma poliédrica. Usando esta figura geométrica como metáfora ilustrativa; en este sentido, cada cara del poliedro es como un perfil de la coyuntura. Pero, ninguna cara define, por sí sola la coyuntura. La coyuntura como composición dinámica corresponde a las propiedades integradas del poliedro, a las correspondencias entre todas las caras y la voluminosidad en movimiento conformada. Supondremos, lo más aconsejable, dada la complejidad del referente, la coyuntura, que se trata, representativamente, como de un poliedro irregular. Se puede conjeturar y deducir que las propiedades, por así decirlo, continuando con la metáfora, poliédricas de la coyuntura tienen que ver con las correspondencias geométricas, en este caso, sociales y políticas, entre todas las caras; así también tienen que ver con la voluminosidad o la combinación de los espesores que contiene la coyuntura.

Yendo a lo concreto, por lo menos, tomando en cuenta, por el momento, a algunas caras o perfiles mencionados de la coyuntura nacional, se puede decir que el perfil de la pugna por la reelección no puede interpretarse sino en correspondencia con los otros perfiles de la coyuntura. Para no ir comenzando por lo fácil, por ejemplo, por la correspondencia entre este perfil y el perfil coyuntural de la elección de magistrados, donde asoma la conexión de manera más evidente, sino empezando con la correspondencia del perfil mencionado con la actualización del conflicto del TIPNIS, podemos sugerir la hipótesis de que la correspondencia entre los dos perfiles coyunturales se da por y en la continuidad del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente[7]. El conflicto del TIPNIS puede ser interpretado como el enfrentamiento entre el modelo extractivista y los derechos de las naciones y pueblos indígenas, consagrados en la Constitución. También como el enfrentamiento entre la valorización abstracta de la acumulación de capital, tanto ampliada como originaria, y el valor inconmensurable de la vida. Un tercer resumen interpretativo sugerido es que el conflicto expresa la confrontación entre la máquina del chantaje y el ejercicio efectivo de la democracia.

Ciertamente, el gobierno clientelar a vertido la versión de que se trata de la lucha por el “desarrollo”, que enfrenta a los obstáculos implantados por el “ambientalismo imperial”. Sin necesidad de entrar a sopesar esta versión, que parece jalada de los cabellos, este discurso forma parte de las peculiaridades del perfil coyuntural del conflicto del TIPNIS. No se trata de ninguna correspondencia en el poliedro de la coyuntura; a no ser que se considere al imperio como otra cara del poliedro coyuntural. Si fuese así, habría que considerar las formas, estructuras y manifestaciones efectivas del imperio, en el presente, no las figuras ideológicas, repetidas chabacanamente, de las tesis de principios de siglo XX, del marxismo austriaco. De este análisis está muy lejos el discurso de diatriba gubernamental[8].

Sin embargo, no se puede reducir la composición del poliedro coyuntural a la correspondencia entre los perfiles o caras mencionadas. Hay que encontrar las otras correspondencias. Buscando, en la exposición ilustrativa, otra correspondencia más difícil todavía; por ejemplo, siguiendo con la pugna por la reelección y su correspondencia con el perfil coyuntural de la sequía, se puede sugerir, para efectos de contrastación, mediante investigación, que la crisis ecológica, llamada eufemísticamente, “cambio climático”, hace como contexto problemático donde ocurren ambos eventos, que no están, obviamente, vinculados de manera ni causal, ni determinante, ni incidente. Si no, en este caso, la pugna por la reelección se encuentra tan distante y dicotómica de alguna incidencia en el “cambio climático”, en consecuencia, lejos de repercutir positivamente en resolver el problema de la sequía, que la correspondencia aparece como indiferencia.

No podemos, en este texto, hacer un cuadro de la combinatoria del poliedro coyuntural, entre todas las caras o perfiles que lo componen -lo que dejaremos para posteriores ensayos -; sin embargo, podemos ir anotando algunos desplazamientos interpretativos sobre la coyuntura, desprendidos de la perspectiva de la complejidad.

Hipótesis interpretativas para la investigación

  1. La singularidad de la coyuntura viene concretada por la combinatoria de correspondencias entre todos los perfiles del poliedro de la coyuntura.
  1. Desde el enfoque que nos brinda la figura del poliedro de la coyuntura no se trata tanto de sopesar la pugna por la reelección, algo que ya se lo ha hecho[9], sino de comprender el funcionamiento mismo de las dinámicas socio-territoriales en la coyuntura; es decir, de la composición y combinatoria de los espesores del presente.
  1. Lo que parece darse como inmanencia coyuntural es la encrucijada misma del poliedro coyuntural, no tanto como rutas de círculos viciosos, tampoco solo como rutas al abismo, sino como encrucijada del estancamiento. La coyuntura aparecería como acoplamiento o articulación de procesos que derivan en el atascamiento; en el laberinto no se encuentra la salida.
  1. Para encontrar la salida, hay que salir del acoplamiento singular de la coyuntura; hay que desacoplar. Hay que desarticular, si se quiere, destejer, desanudar; hacer otro tejido.
  1. Una consecuencia de lo dicho, por lo menos, consecuencia teórica, es que la salida no se encuentra en ninguno de los bandos enfrentados. Ambos son cómplices paradójicos, sobre todo, cuanto más se enfrentan con más encono.
  1. El contexto integral, inclusivo, es necesariamente el planeta, la sincronía planetaria, los ciclos vitales entrelazados[10]. En consecuencia, si no se toma en cuenta la reinserción de las sociedades humanas a los ciclos vitales del planeta, las pugnas y conflictos, en unos casos, las situaciones de depredación, en otros casos, no hay proyección solucionable ni de solución, tampoco de salidas.
  1. La coyuntura aparece como oportunidad para desanudar los nudos de la trama trágica y de la trama dramática de las sociedades modernas.

 

 

[1] Ver Espesores coyunturales. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/espesores_coyunturales_3.   

[2] Ver Episteme compleja. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/episteme_compleja.

[3] Ver Imaginación e imaginario radicales. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/imaginaci__n_e_imaginario_radicales.

[4] Ver El presente aterido al pasado. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/el_presente_aterido_al_pasado_2_a80013d4608129.

[5] Ver La máquina del chantaje.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-maquina-del-chantaje/.

[6] Revisar EL TRIBUNAL INTERNACIONAL DE LOS DERECHOS DE LA NATURALEZA ENCUENTRA QUE LOS SISTEMAS JURÍDICOS SON INCAPACES DE PREVENIR EL CAMBIO CLIMÁTICO Y PROTEGER LA NATURALEZA BONN.

http://movilizaciongeneral.blogspot.com/2017/11/el-tribunal-internacional-de-los.html.

 

[7] Ver Capitalismo contra vida. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/capitalismus_versus_vida_2.

[8] Ver Crepúsculo del sistema mundo y alteridad. También Defensa de la vida y lo común.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/crep__sculo_del_sistema_mundo_y_alt.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cuadernos_activistas_9.  

  

[9] Ver Nudos y tejidos socioterritoriales. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/nudos_y_tejidos_socioterritoriales_.

[10] Ver Resincronización planetaria. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/resincronizacion_planetaria.

Genealogía del autoritarismo

Genealogía del autoritarismo

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Genealogía del autoritarismo

 

 Autoritarismo

 

 

Este ensayo debía haber salido hace varios meses, en una publicación colectiva sobre el tema, en la que participaba La Universidad Friedrich Schiller de Jena, quizás entre lo que va más de medio año y hasta lo que se aproxima al año. Como no hemos sabido nada al respecto, ni hemos recibido ninguna comunicación, que debería haber llegado a los dos meses de la entrega, después de tanto tiempo, corre por nuestra parte publicarlo, retomando la polémica sobre la problemática en cuestión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Panorama del debate sobre autoritarismo

El debate sobre autoritarismo, en singular, o autoritarismos, en plural, en América Latina, tiene como dos referentes concretos. El primero, la dictaduras militares de la década de los setenta, incluso alargándose en la década de los ochenta, que pueden haber comenzado antes, en la década de los sesenta, como en el caso boliviano; el segundo, los “gobiernos progresistas”, particularmente centrada la discusión en las gestiones del gobierno de la revolución bolivariana de Venezuela. El primer referente tiene como horizonte, de la interpelación crítica y política en los análisis, la transición a la democracia; el segundo referente tiene como eje argumentativo del análisis o de la interpretación la defensa de la Constitución, aprobada en los “procesos de cambio”, que encumbraron a los “gobiernos progresistas”. En este caso, es notoria la diferencia de las procedencias discursivas; la distinción de la interpelación de procedencia conservadora o como comúnmente se señala, de procedencia de “derecha”, de la interpelación crítica de procedencia radical o de la “izquierda” crítica.

En la historia del debate sobre autoritarismo, considerando los dos referentes señalados, es decir, las dos etapas del debate sobre autoritarismo, ambos campos discursivos, a pesar de sus diferentes preocupaciones enunciadas, comparten el juicio teórico político sobre el autoritarismo. Consideran al autoritarismo como una entidad o fenómeno aislable, como una anomalía política, respecto de la norma y regularidad política moderna, respecto de la institucionalidad establecida.  Por otra parte, tienden a la denuncia moral del autoritarismo, dejando entrever más la descalificación moral del autoritarismo que su análisis, comprensión, entendimiento y conocimiento del fenómeno y su funcionamiento. Aunque hay que remarcar, sobre todo con respecto al primer referente y la primera etapa del debate, la minuciosa descripción del ejercicio de poder de la dictaduras militares. En la segunda etapa, la relativa al segundo referente, no se puede decir lo mismo; pues se nota, mas bien, una premura en interpelar, denunciar y acusar al “gobierno progresista” por sus incumplimientos, que un esmero por describir lo que ocurre.

Las diferencias, lo que no comparten los dos campos discursivos del debate, tienen que ver, primero, con la coyuntura y el período. Se trata de coyunturas y períodos distintos, que manifiestan problemáticas distintas. Las dictaduras militares conculcan la democracia institucional por medio de las armas; el golpe militar es el procedimiento para hacerlo; en cambio, los “gobiernos progresistas” emergen del ejercicio de la democracia, de la votación de mayoría absoluta. La crítica de “derecha” asume que se trata de “gobiernos socialistas” y que aplican el método “bolchevique”; argumento delirante, fuera de contexto y falto de conocimiento. La crítica de “izquierda”, mas bien, hace hincapié en la “traición” al “proceso de cambio”; remarca el retroceso y la degradación de la “revolución”, dada en las formas de transición democráticas. La conculcación de la democracia no solo aparece, en este caso, como incumplimiento de la Constitución, como desinstitucionalización del ejercicio político, sino por no ejercer la democracia participativa.

El autoritarismo en ambos casos, en los dos campos discursivos, cobra distinto sentido teórico y político. El autoritarismo de las dictaduras militares es concebido como “fascismo” criollo; en cambio, el autoritarismo de los “gobiernos progresistas” es concebido como monopolio de la cúpula de poder, en los marcos de la democracia formal, incluso como usurpación de la voluntad popular. En consecuencia, no se habla de lo mismo, no se habla de la misma manera de autoritarismo; se trata de autoritarismos diferentes. Entonces, por lo menos se debe tener en cuenta la polisemia del término autoritarismo.

Un balance rápido de ambos contextos del debate sobre autoritarismo, puede resumirse de la siguiente manera: El debate sobre autoritarismo en la segunda etapa, relativo al segundo referente, el de los “gobiernos progresistas”, aparece endémico, provisional, apresurado; mostrando más elocuencia en la denuncia que en el análisis y la comprensión del fenómeno; en cambio, el debate en la primera etapa, relativo al primer referente, el de las dictaduras militares, aparece más sólido, más consistente, más elaborado, sobre todo en lo que respecta a las detalladas y minuciosas descripciones, que ya hacen a la comprensión del fenómeno.

Los límites epistemológicos en ambos campos discursivos, relacionados a las dos etapas del debate, se encuentran cuando se considera al autoritarismo como anomalía y no ver que se trata de síntomas sobresalientes en el acontecer político y en el ejercicio de poder. Este aislar el autoritarismo de los procesos efectivos políticos y del poder, limita el alcance analítico y crítico de los mencionados debates. Otra limitante se encuentra en la premisa moral de los juicios, que tienden más a la denuncia que a la comprensión del fenómeno político desmesurado.

 

 

Jerarquía, autoridad y poder

Hay que tomar también al poder como efecto; es decir, como consecuencia de un monopolio o de una diferencia establecida institucionalmente; por ejemplo, la jerarquía; así también la autoridad. El sentido común ha llamado al abuso de autoridad autoritarismo. El autoritarismo vendría a ser entonces algo así como el exceso del uso de la autoridad, más allá de las atribuciones otorgadas institucionalmente. Solo que este abuso de autoridad es legalizado por interpretaciones arbitrarias de las mismas atribuciones otorgadas institucionalmente; por ejemplo, por la democracia formal. Del autoritarismo al totalitarismo hay un trecho que hay que recorrer. Esto ocurre cuando incluso se descartan las atribuciones institucionales otorgadas por la Ley; suspendiendo la institucionalidad establecida, con la excusa de que se está en emergencia; de que se requiere salvar el origen mismo de la institucionalidad; la nación, el Estado, la seguridad del Estado, el bien común de la nación.

Desde la perspectiva expuesta, se puede hacer varias historias del autoritarismo,  incluso encontrar peculiaridades lugareñas y de períodos, indicando diferencias y analogías. Se puede hacer una sociología del autoritarismo, también una psicología; incluso teorizar sobre este fenómeno generalizado. Sin embargo, a pesar de todas estas interpretaciones del autoritarismo, no parece no solamente agotado el tema, sino, sobre todo, no logrado explicar en sus genealogías. ¿Cómo nacen los autoritarismos? ¿Cuándo emergen y en qué condiciones? ¿Son estos abusos de atribuciones, otorgadas institucionalmente, autoritarismos o, mas bien, encuentran su explicación en otras significaciones y conceptualizaciones  más amplias? Vamos a tratar de abordar los problemas que plantean estas preguntas.

No parece encontrarse su origen, el origen del autoritarismo, sino en las mismas relaciones y estructuras sociales, que establecen las sociedades humanas. Es en estas relaciones sociales que debemos buscar el germen, por así decirlo, de lo que comúnmente se denomina autoritarismo. ¿Éste se encuentra en la delegación y reconocimiento de un mando? No estamos suponiendo, en la pregunta, que todo mando implica el devenir autoritario; sino que el mismo mando contiene esa posibilidad de emergencia del autoritarismo, que puede darse bajo ciertas condiciones de posibilidad históricas.

El mando es la conducción del grupo, del colectivo, del pueblo, de la sociedad. Esta conducción puede quedar circunscrita a la persona, que encarna el símbolo cultural del mando o, mas bien, puede estar regida por reglas compartidas. Pero, de todas maneras, el mando ya es una designación social, además de otorgarle atribuciones acordadas. El mando también es un lugar preciso en lo que puede considerarse el nacimiento de la jerarquía. El mando marca la diferencia entre el que manda y los y las mandadas.

No se puede, por lo tanto, zafar el fenómeno de autoritarismo del cuadro de las jerarquías sociales establecidas. La autoridad, sin ser todavía autoritarismo, es inmediatamente una jerarquía; marca la diferencia. Tampoco la jerarquía es, de ninguna manera, autoritarismo,  sino que aparece como una de las condiciones de posibilidad del autoritarismo. La jerarquía, que es la marca de la diferencia, puede, bajo determinadas condiciones de posibilidad, ser usada en función del autoritarismo. El uso excedentario del puesto de autoridad, el uso exagerado de la jerarquía, derivan en este fenómeno del ejercicio del poder en su forma de autoritarismo.

¿Cuáles son las otras condiciones de posibilidad del autoritarismo? Desde la perspectiva de la complejidad, el fenómeno del autoritarismo – manteniendo todavía este término – no responde a una causa o algunas causas, no es un fenómeno determinado por determinismos claros y evidentes; sino que integra o, si se quiere, sintetiza varios procesos concurrentes. La autoridad y la jerarquía están ungidas de simbolismos compartidos en la cultura asumida y heredada. Estos simbolismos, las alegorías simbólicas, las narrativas culturales, cargan de densidades imaginarias a la autoridad y a la jerarquía. En otras palabras, la autoridad y la jerarquía son asumidas a través de los mitos heredados, las narrativas transmitidas, las alegorías redituadas y los símbolos compartidos.

La autoridad y la jerarquía aparecen no como comúnmente se dice, con naturalidad, sino como realidad manifestada en sus diferencias y distinciones; en otras palabras, como cultura, considerando la diferencia entre cultura y naturaleza, que establece Claude Lévi-Strauss en sus investigaciones sobre la racionalidad inherente a las mitologías. Se hable de divinidad en el caso del soberano o monarca, se hable de mediación con la divinidad, o se le atribuya la descendencia de los héroes fundadores, se narra la ineludible presencia de la realidad imaginada, que aparece en los conglomerados de sus cuadros de diferencias y jerarquías sociales. La cultura es pues la condición de posibilidad del imaginario social, donde se refleja la realidad. Pero, también, bajo determinadas condiciones puede convertirse en condición de posibilidad del autoritarismo. Dicho de manera muy simple y esquemática, pasa como la cultura nos digiera: tu deber es obedecer; tu lugar es el de la obediencia. La cultura aparece pues como el substrato imaginario e institucional que sostiene las relaciones sociales establecidas, sus estructuras, sus mallas institucionales. También, puede convertirse en el substrato que sostiene el fenómeno del autoritarismo.

Hasta aquí, que todavía es poco, tomando en consideración lo expuesto, se puede anotar que las tesis que apuntan a explicar el autoritarismo como un fenómeno que se desvía de lo instituido quedan levitando; sobre todo, cuando caen en la inclinación moral por la culpa, por culpabilizar; el espíritu culpable. Como si los personajes referenciales del autoritarismo fuesen los culpables del autoritarismo que despliegan. El autoritarismo no responde al mal, que es el mismo demonio, oculto en este concepto religioso. El autoritarismo ha sido largamente labrado en los ámbitos de las relaciones sociales, en sus estructuras estructurantes, en las armaduras culturales.

Puede decirse, para escapar de esta generalización, que la democracia – tal como se ha formalizado e institucionalizado en la modernidad – precisamente sale de las tradiciones y de las formas de poder heredadas, anteriores a la modernidad. Sin embargo, esta escapatoria teórica no es sostenible. La misma democracia formal, al preservar la autoridad y la jerarquía como cimientos de la estructura de la república, contiene también la posibilidad que bajo determinadas condiciones se genere el autoritarismo. Aunque se puede aceptar que la democracia es la que obstaculiza la generación del autoritarismo.

¿A dónde vamos con todo esto? Adelantándonos, apuntamos a la crítica deconstructiva de la cultura, de las relaciones sociales, de la autoridad, de la jerarquía, incluso del mando.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hipótesis teóricas hacia una 

Crítica deconstructiva de las formaciones discursivas y las estructuras prácticas de los autoritarismos

  1. Las relaciones sociales no solo son prácticas, recurrentes o nuevas; tampoco solo asociaciones, composiciones y combinaciones de composiciones dadas por las asociaciones, como dijimos; mucho menos son lazos, como supone la sociología, de manera figurativa; sin embargo, esta metáfora dice mucho en lo que denota y connota. Las relaciones sociales están internalizadas, forman parte de esquemas de comportamiento y de conductas, inclusos de maneras de pensar. Las relaciones sociales hacen al mundo social.

  1. Las relaciones sociales son cultura, economía, política, en ejercicio. Contienen en su seno, por así decirlo, las posibilidades operatorias de las prácticas mismas sociales.

  1. Las relaciones de poder se realizan en las relaciones sociales, que las contienen. En parte el secreto del poder se halla en las estructuras estructurantes y en las composiciones fundamentales de las relaciones sociales. Se puede decir que el poder anida en las relaciones sociales.

  1. El fenómeno comúnmente llamado autoritarismo, también se halla incubado en las relaciones sociales.

  1. En el caso del autoritarismo, las culturas signadas por las tradiciones patriarcales son terrenos fértiles donde germina el autoritarismo.

  1. Las culturas propensas al autoritarismo conforman composiciones fundamentales simbólicas, alegóricas, míticas y narrativas, definiendo el centro del imaginario cultural en la figura inaugural del gran padre, el patriarca de todos los tiempos, el varón por excelencia, el masculino por antonomasia, la virilidad suprema. Las religiones monoteístas son las que mejor expresan esta narrativa patriarcal.

 

  1. Con la supuesta desacralización, tesis sociológica de la modernidad, las narrativas modernas no han salido de las tramas patriarcales. Al contrario, las han reestablecidos en las narrativas modernas; la novela, la filosofía moderna, las ciencias humanas y sociales. Las narrativas políticas son elocuentes en las nuevas figuras y tramas patriarcales

  1. La herencia y la continuidad patriarcal, en otras tramas y narrativas, las modernas, presenta de manera distribuida las figuras patriarcales, menos condensadas y densas que las figuras patriarcales de las religiones monoteístas; empero, más proliferantes.

  1. Esta proliferación patriarcal, en la variedad de sus tonalidades y formas, sostiene también la variedad proliferante de las figuras y formas del autoritarismo, en distintas escalas; desde micro-escalas hasta macro-escalas.

  1. La aparición de formas autoritarias políticas en las sociedades regidas por la democracia formal, las repúblicas, muestra claramente que la democracia institucionalizada no ha salido de las esferas y horizontes-culturales definidos por las estructuras estructurantes patriarcales. De manera más evidente se nota este anclaje en el patriarcalismo en otra ideología moderna, la socialista; ideología que condensa figuras fuertes patriarcales en los lideres y caudillos “revolucionarios”. Liberalismo y socialismo son las dos grandes narrativas del patriarcalismo moderno.

  1. De una manera barroca se presentan las figuras patriarcales en la ideología populista. En este caso, los patriarcas, símbolos enaltecidos y hasta endiosados, no son solo la apología del conductor de la “revolución”, algo que puede apreciarse en las exposiciones de la estética del realismo socialista, sino que los caudillos nacional-populares aparecen como si fuesen encarnaciones mesiánicas. En consecuencia, lo barroco de la expresión es esta combinación entre la memoria religiosa y la promesa populista, incluso, en algunos casos y recientemente, la promesa socialista.

 

  1. Se puede decir que lo anterior más se refiere a las condiciones de posibilidad culturales del autoritarismo. Las condiciones de posibilidad sociológicas del autoritarismo tienen que ver con las instituciones sociales constituidas e institucionalizadas por el Estado.

  1. Las condiciones de posibilidades culturales y sociológicas del autoritarismo como que articulan, en los nudos de sus tejidos, las condiciones de posibilidad políticas del autoritarismo.

  1. En gran parte del transcurso de la modernidad, la política era un asunto de hombres. Las luchas feministas por la igualdad, primero política, suponiendo la igualdad jurídica, politizaron el referente, hasta entonces pasivo, de la mujer. Politizando sus prácticas, sus quehaceres, sus formas corporales y sus formas expresivas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ésta es una política de emancipación o, si se quiere, política en pleno sentido de la palabra; no la política, en sentido restringido, como la democracia formal.

  1. La interpelación feminista ha logrado poner en evidencia el mito masculino, afincado en el paradigma patriarcal Ha logrado cuestionar las pretensiones machistas, en lo que respecta a la diferencia instituida de género. En esta perspectiva ha dado apertura al ejercicio de prácticas democrática de mayor alcance que el ejercicio de la democracia institucional. Sin embargo, el sistema-mundo político sigue estructurado en los cimientos patriarcales. En consecuencia, los autoritarismos siguen proliferando.

Genealogías modernas de los autoritarismos

Hemos dicho que la autoridad no es inmediatamente ni exactamente autoritarismo, ni lleva necesariamente al autoritarismo; el autoritarismo corresponde al uso excedentario de la autoridad. Este uso excedentario adquiere no solo características privadas, el uso de la autoridad para beneficio privado, no solo implica la imposición de una voluntad personal por sobe la voluntad general, sino que a este uso excedentario se lo unge de simbolismos que lo legitiman imaginariamente, por así decirlo. Los mitos, la ideología, el sentido común, juegan su papel en esta legitimación imaginaria del uso excedentario. Ocurre como que las prácticas asociadas a la reproducción de los mitos, de la ideología, del sentido común, conformen otras reglas fuera de las reglas constituidas institucionalmente. Por ejemplo, estas reglas  excedentarias tienen que ver con las atribuciones imaginarias que se le otorgan a la autoridad; la figura de una especie de mesías es de las atribuciones imaginarias repetidas por pueblos, que encuentran la encarnación de la promesa en un líder, en un caudillo. Otro ejemplo es cuando se figura al conductor o al ideólogo como la encarnación misma de la “revolución” en marcha. Algo parecido a la figura de mesías de los caudillos populistas, sin embargo, distinto por su modulación más moderna, más abstracta e instrumental. Entre los dos casos, el de la convocatoria del mito, la del caudillo, y el de la convocatoria ideológica, se puede citar un tercer ejemplo, el del jefe, que encarna el espíritu de la nación. En este caso, la figura es mixta, responde por analogías a la convocatoria del mito, al símbolo del caudillo, combinada por analogías con la convocatoria ideológica, con el significado iluminista del ingeniero social. En este caso funciona como legitimación imaginaria una ideología menos elaborada, más elemental, atiborrada por mitos.

En los tres casos mencionados, como ejemplos, el paradigma cultural del patriarca es elocuente. ¿Por qué el paradigma patriarcal sustenta la proliferación de autoritarismos, sobre todo de los autoritarismos en los de modos de gubernamentalidad totalitarias?  ¿Qué tiene el paradigma patriarcal para que esto ocurra? Hay que aclarar que cuando hablamos del paradigma patriarcal no nos referimos a la pluralidad de perfiles de padres concretos; en la realidad efectiva la pluralidad de perfiles de padres responde a multiplicidad de procesos culturales, sociales, económicos, articulados de manera singular en períodos y contextos determinados. Hablamos del imaginario simbólico aterido en las subjetividades sociales, colectivas, populares. Este imaginario concibe un padre simbólico no solo como autoridad familiar sino con derecho consuetudinario a ser autoritario. Este autoritarismo es valorado como indispensable y necesario, además de apreciado como bueno. Parece que este padre simbólico tiene como substrato el imaginario religioso del Dios monoteísta, más cerca de Jehová que del perfil del Dios cristiano, mucho más lejos del Dios más abstracto musulmán.  Jehová hasta llega a ser iracundo; en el viejo testamento Jehová aparece, en varios pasajes, despiadado en el castigo, exigente en las pruebas, que se vuelven supremas, aunque también aparece, en otros pasajes, como misericordioso.

El padre simbólico del paradigma patriarcal es como una mediación de Dios en la tierra; aparece como absoluta autoridad, además con plenos derechos al castigo y a las exigencias; su autoritarismo es prácticamente sacralizado, pues su potestad es de todo poderoso, aunque en una escala pequeña, comparándolo con la omnipresencia de Dios. ¿Por qué esta aproximación del imaginario patriarcal con el imaginario religioso? ¿Por qué se unge al padre imaginado con estos simbolismos absolutos? Los atributos del padre simbólico no se los busca en el derecho familiar, sino en los atributos divinos. Este acercamiento imaginario puede demandar lo mismo que la religión demanda; la fe, la entrega, la servidumbre, la obediencia. Como decían los críticos iluministas, lo repetimos para ilustrar, que en estas relaciones de dependencia absoluta no entra la razón sino la creencia.

Por otra parte, para seguir situándonos, no es exactamente en las familias donde se pone en juego este imaginario del padre absoluto, aunque se lo haga de manera matizada, sino, mas bien, en los ámbitos sociales, sobre todo donde se ponen en juego las relaciones del poder, en escala nacional. Donde se insiste, figurativamente, sobre los atributos absolutos del patriarca es en la política. Se exige al pueblo fe, creencia ciega, entrega, obediencia, sumisión, ante el caudillo, el líder o el jefe. Incluso cuando se trata del despliegue de la ideología, aunque las formaciones discursivas desenvueltas en la ideología pretendan cierta exposición “racional”, la demanda de obediencia y sumisión, abnegación y entrega, no emerge de esta argumentación, sino de la recóndita trama del mito.

La primera consecuencia que sacamos, de manera hipotética e interpretativa, de lo expuesto, es que lo que se denomina autoritarismo, como fenómeno político peculiar, no responde a factores individuales, psicológicos, carismáticos, como el análisis político se inclina a explicar; tampoco se explica por transgresiones a la institucionalidad y a la Ley; así como a suspender el Estado de Derecho; que son otras interpretaciones del análisis político. Sino que tiene raíces en el subsuelo mismo de la cultura.

En las historias políticas de la modernidad no es un fenómeno general el de la forma de gubernamentalidad autoritaria; tampoco son una excepción en la regla; sino que se dan en momentos de crisis múltiple del Estado-nación. Siendo, mas bien, la expresión misma de la crisis política, que se encubre con la máscara la autoridad autoritaria suprema, con la pretensión de salvar al Estado y la nación. Esto no quiere decir que en los demás casos no se da el autoritarismo; en los demás casos no se da en la forma desmesurada tal como se presenta en la forma de gubernamentalidad autoritaria. Sin embargo, aparece en formas matizadas en las repúblicas, que se presentan como ejemplo del respeto a la institucionalidad y a la Constitución. Se puede hablar, en estos casos, de una especie de autoritarismo burocrático; autoritarismo solapado, que se encubre en el manejo de la institucionalidad y de las leyes de una manera leguleya, esquemática e indiscutible; la interpretación correcta es la que da el gobierno y los poderes del Estado. Sin embargo, en estas situaciones se puede acudir a los tribunales competentes, apelando y pidiendo el cumplimiento adecuado de las leyes, la Constitución y los Convenios Internacionales. Quizás estos mecanismos de la república obstaculizan el surgimiento de la emergencia política ante la crisis de la forma de gubernamentalidad autoritaria; empero, las repúblicas no dejan de acudir, cuando pueden y es necesario al autoritarismo burocrático.

La segunda observación que hacemos es que el denominado fenómeno del autoritarismo no puede atribuirse solo a la forma de gubernamentalidad autoritaria, que incluso, en ciertos casos, deriva en la forma de gubernamentalidad totalitaria, sino que debe ser atendido y estudiado en toda su cobertura, abarcando a las formas de gubernamentalidad liberales y las formas de gubernamentalidad neoliberales, además, claro está, de las formas de gubernamentalidad conservadoras. De esta manera tendríamos un panorama completo, donde se desenvuelven y se despliegan las proliferantes formas del autoritarismo, en distintos grados y niveles.

Por otra parte, hay que atender a las situaciones donde incluso los tribunales competentes, nacionales e internacionales, responden a las denuncias, demandas y apelaciones de la misma manera que el autoritarismo burocrático; asumiendo los Derechos Humanos o los Derechos Internacionales establecidos, de una manera esquemática, acudiendo a una interpretación leguleya indiscutible. Esto lo hacen ante determinados problemas que se presentan; por ejemplo, los Derechos de los Pueblos Indígenas; a pesar que ya se cuenta con la Declaración sobre Pueblos Indígenas de Naciones Unidas. Las resoluciones al respecto son, en el mejor de los casos tibias; en otros casos, inútiles o declarativas; en el peor de los casos, mudas. Esto también lo hacen en lo que respecta a la crisis ecológica, llamada “Cambio Climático”; a pesar de que la vida humana en el planeta y la vida de los ecosistemas está en peligro, el comportamiento de los Tribunales Internacionales, de la ONU y la conducta de los organismos internacionales competentes es de una pasmosa apatía. Algo parecido pasa cuando se constatan atropellos contra pueblos y naciones agredidas. Hay más ejemplos, pero no se trata de hacer una lista larga, sino de anotar esta situación. Cuando estamos ante esta situación nos hallamos dentro del autoritarismo solapado globalizado.

La tercera observación anota que el fenómeno del autoritarismo no es un fenómeno circunscrito a la forma de gubernamentalidad autoritaria, tampoco a la forma del autoritarismo burocrático, sino que es un fenómeno globalizado, atendiendo a sus diferentes grados, niveles, intensidades de manifestación.

Ahora bien, ¿este fenómeno proliferante de formas excedentarias del uso de la autoridad es adecuado nombrarlo como autoritarismo? Considerando la interpretación expuesta, el fenómeno del autoritarismo corresponde a substratos histórico-culturales heredados, substratos que sostienen los planos de intensidad cambiantes de la modernidad. En este sentido nos retrotraen a los nacimientos genealógicos del autoritarismo, que forman parte de las genealogías del poder. El autoritarismo en sus formas más desmesuradas y descomunales nos muestra el origen de la institucionalidad, de la Ley, incluso de la república, que es el de la fuerza, de la guerra inicial, de la guerra de conquista. El autoritarismo devela el origen del Estado, el Estado de Sitio.  Se vuelve a las formas descarnadas del poder, desgarrando las formas institucionales, jurídicas, políticas, del poder constituido e instituido, incluyendo a la república.

Nuestra tesis es que el autoritarismo muestra el vórtice del círculo vicioso del poder. Que las formas institucionales del poder han legitimado las dominaciones polimorfas en las estructuras constituidas; que la república, a pesar de la democracia institucionalizada, tampoco escapa a la vorágine mutante del círculo vicioso del poder. Que las formas de Estado del llamado socialismo real son también otra muestra de la pertenencia a las mutaciones del círculo vicioso del poder. La diferencia radica en que la democracia institucionalizada, la república, recurre a los mismos instrumentos institucionales, a la Constitución, a la Ley, para preservar, sobre todo, para reproducir el poder; cuando la república se encuentra en peligro ante la rebelión social, el Estado moderno recurre legalmente a la declaración del Estado de Sitio, por razones de seguridad. En cambio los socialismos reales instauraron un Estado policial, para proteger, defender y garantizar el curso de la “revolución”. En otras palabras, se vive en un permanente Estado de Sitio, defendiendo el Estado socialista contra la sociedad alterativa. Las formas de gubernamentalidad clientelar, las relativas a los populismos, usan la república como escenario de la convocatoria del mito, usan la autoridad, la Constitución, las leyes, las instituciones, de la manera excedentaria de modo permanente.

Tampoco parece adecuado hablar de totalitarismo, como lo hace Hannah Arendt, en sus excelentes exposiciones y análisis sobre el tema, centrando su enfoque en las experiencias contrastantes del estalinismo, la forma de gubernamentalidad del socialismo real, y del nacional socialismo alemán, más conocido como partido nazi.  Se puede considerar al totalitarismo como el autoritarismo absoluto, cuya desmesura alcanza la totalidad de su manifestación, al abolir la libertad y toda posibilidad de disenso, suspendiendo las formas de la democracia institucionalizadas. Sin embargo, no hay que olvidar que tanto el autoritarismo como el totalitarismo se hallan como posibilidad inherente en las formas de gubernamentalidad establecidas en la historia política de la modernidad. El término totalitarismo es, mas bien, una metáfora teórica de la pretensión desmesurada y obsesiva de control absoluto, de vigilancia completa, de disciplina plena, de parte de del poder.  El concepto de totalitarismo no llega a explicar el fenómeno político desmesurado que alude; aunque pueda describirlo de manera exhaustiva y minuciosa.

Es menester insertar el fenómeno de los autoritarismos proliferantes, remarcando, si se quiere, los autoritarismos políticos desmesurados, insertar el fenómeno de los totalitarismos, que son la extensión e intensificación absoluta de los autoritarismos, como partes, composiciones y manifestaciones sintomáticas del círculo vicioso del poder, con todos sus múltiples procesos estructurantes, estructurados, institucionalizados y en decadencia. Comprender sus desenvolvimientos y despliegues como formas perversas del círculo vicioso del poder. No se pueden aislar estos fenómenos políticos desmesurados del conjunto variado de formas políticas, formas de Estado, sobre todo, tratándose de los Estado-nación y de la república. Genealógicamente no están disociados, ni separados, ni son algo distinto, sino que forman parte, con el conjunto de estas formas de poder institucionalizadas, de la reproducción misma del poder, del devenir del poder, que compone, combina, muta sus diagramas de poder y sus cartografías políticas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones

  1. El denominado autoritarismo y su extensión intensiva y demoledora del totalitarismo no son fenómenos aislados en el acontecer político ni tampoco aislables en el análisis; forman parte de las cartografías políticas y de las genealogías del poder. Se puede decir que son como la erupción misma de la crisis política y de la crisis múltiple del Estado-nación.

  1. El fenómeno político del autoritarismo afinca sus raíces en la cultura. La cultura es el substrato que legitima las estructuras de poder establecidas; lo hace a través de símbolos heredados, de mitos que hacen al mundo imaginario, de alegorías que son los hilos de la trama trágica y épica.

  1. El mando, la jerarquía y la autoridad corresponde a distinciones sociales en la organización y funcionamiento sociales; sin embargo, son también los lugares donde germina la genealogía del autoritarismo.

  1. Las relaciones sociales contienen la posibilidad del autoritarismo, sobre todo se realiza esta posibilidad en la proliferación de autoritarismos en distintos niveles y graduaciones en los mapas extendidos por la sociedad.

  1. Se puede hablar del paradigma patriarcal como modelo fundamental, modulador de las conductas y comportamientos sociales; paradigma que opera en los imaginarios sociales, en la cultura, también en la ideología. El paradigma patriarcal hace de estructura codificante y estructura de-codificante; funcionando como heurística y hermenéutica legitimadora de las dominaciones polimorfas.

  1. El paradigma patriarcal se transfiere a otras narrativas en la modernidad, donde aparece de manera matizada y hasta enmascarada; empero, la función legitimadora sigue siendo efectiva.

  1. La realización y manifestación más evidente del diagrama de poder patriarcal aparece en la convocatoria del mito de la forma de gubernamentalidad populista, también en la forma gubernamental del Estado policial, aunque en este último caso funciona más la ideología, con pretensiones “racionales”, que los mitos e imaginarios

  1. Las luchas emancipadoras, entre ellas las luchas feministas, han cuestionado la ideología dominante, así también el imaginario cultural del paradigma patriarcal, deconstruyéndolo en parte; sin embargo, el paradigma sigue vigente, inscrito en los esquemas de comportamiento y conductas

Bibliografía

 

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Acontecimiento político. Amazon; Seattle 2014. También en la serie Cuadernos activistas. Amazon;  Seattle 2017. Círculo vicioso del poder. Amazon; Seattle 2016. Crítica de la ideología. Amazon; Seattle 2015. El lado oscuro del poder. Amazon; Seattle 2016. La ilusión del poder. Amazon; Seattle 2016. La paradoja conservadurismo-progresismo. Amazon; Seattle 2015. Paradojas de la revolución. Amazon; Seattle 2015. Encrucijadas histórico-políticas. Amazon; Seattle 2015. Imaginación e imaginarios radicales. Amazon; Seattle 2015. Episteme compleja. Amazon; Seattle 2015.  

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América Latina, 200 años y nuevos horizontes. 200 años Bicentenario Argentino; Buenos Aires 2010.

 

Sarsfield, Rodolfo:

La democracia controvertida. Debates y acuerdos en la teoría democrática contemporánea. CLACSO; Buenos Aires 2006.

Democracia institucional y decadencia política

Democracia institucional y decadencia política

 

Raúl Prada Alcoreza

 

democracia-institucional-y-decadencia-politica

 

 

 

Las historias políticas de las sociedades modernas están llenas de paradojas. Instituyen la política como forma de legitimación del poder; también como forma, si se quiere, de gubernamentalidad. Basada en el ejercicio de la representación y la delegación, cuando la política, en sentido pleno de la palabra, ha dejado de ser política; reducida a la simulación o al teatro político. Como dijimos, la política, concepto que deriva de polis, integra ética y política[1]; cuando se separa política de ética, como ocurre en la modernidad, la política ya no es el cuidado de la ciudad, cuidado del cuerpo, cuidado de la sociedad, sino dominación a secas. Dominación claramente expresada en el enunciado fundamental de la política moderna: el fin justifica los medios. En este sentido, el de la paradoja y también en el sentido de la simulación, la democracia institucionalizada en la modernidad no es democracia, en sentido pleno de la pablara, sino simulación democrática. La democracia, que es autogobierno y dar la palabra al pueblo para que diga su verdad, se convierte en gobierno elegido, gubernamentalidad ejercida a través de la representación y la delegación; en el armazón de la república, es decir, la estructura de la división de poderes. La voluntad multitudinaria se convierte en la voluntad general, idea abstracta de querer y la decisión del pueblo; el decir la verdad se transfiere  a los representantes, que, como es de esperar,  dicen su verdad, no la del pueblo.

 

La primera república moderna, la república que fundan las trece provincias de la Unión, después de haber ganado la guerra anticolonial contra el Imperio británico – que es el antecedente de revolución política de la revolución francesa; que es revolución política y revolución social –, inicia su historia liberal expandiéndose hacia el Oeste. Atravesando y conquistando los territorios de las naciones y pueblos indígenas, para después hacerlo con los territorios de México. ¿Por qué, de entrada, la flamante primera república moderna, la primera democracia institucional moderna, que cuenta con una Constitución harringtoniana, que después va a ser disminuida  a la interpretación más conservadora jeffersoniana, desencadena la guerra contra las naciones y pueblos indígenas? No se trata de buscar en respuestas conocidas; tanto economicistas como evolucionistas, tampoco políticas e ideológicas; se trata de comprender, para decirlo de una vez, la compulsión por la expansión y la conquista; que es como el impulso de poder de los imperios, recordando a los imperios antiguos, sin hablar todavía de imperialismo.

Antonio Negri dice, en el Poder constituyente, que la Constitución norteamericana contiene ya la inquietud por la expansión, no solo continental sino también mundial[2]. Puede encontrarse en la lectura histórica esto, como corroboración de la interpretación; sin embargo, no deja de ser una lectura retrospectiva, desde el siglo XX, respecto a lo que pasó en el siglo XVIII y XIX. No es suficiente esta explicación, que se aposenta en lo que ha ocurrido, como diciendo que lo que pasó después, se encontraba en ciernes en la República y en la Constitución. Volviendo a la pregunta y haciéndola más clara, ¿por qué las repúblicas modernas, que se suponen, que además de ser modernas, son democráticas, y hablan a nombre de la igualdad, continúan el ejercicio del poder de la expansión y la conquista imperiales? La declaración del Ejército Continental, anterior a la Constitución dice: los hombres nacen iguales.   ¿Es que no se puede escapar de la historia, no se puede escapar al condicionamiento del pasado; en este caso, al despliegue expansivo de los imperios antiguos?

 

Tal parece que no, si no se sale del circulo vicioso del poder y de sus distintas órbitas históricas. Lo que no quiere decir que la democracia institucionalizada, la democracia liberal, no sea, si se quiere, para decirlo fácilmente, un avance notorio y trascendente; en comparación con las formas del ejercicio de poder antiguas; sobre todo, las que corresponden a las genealogías de los imperios. Lo que importa es comprender, cómo eso que llamamos pasado, sin todavía entrar en la perspectiva de la simultaneidad dinámica, ejerce no solo su influencia en el presente, en los presentes que corresponden a la historia, sino que se comporta como ineludible condicionamiento de posibilidades. Ocurre como se diera un eterno retorno al poder como dominación.

 

Respecto a la República de los Estado Unidos de Norte América, se pueden definir periodos o ciclos, como se quiera; ciertamente, como todo corte temporal o histórico, arbitrarios, aunque útiles en las orientaciones buscadas. Un corte largo, que no tiene en cuenta las turbulencias dadas en el lapso escogido, puede darse entre la finalización de la guerra de la independencia y la guerra de secesión. Otro corte largo, que tiene los mismos problemas que el anterior corte, puede demarcarse entre la culminación de la guerra de secesión y la primera guerra mundial; recordando que la etapa de la reconstrucción es difícil, problemática, además de contradictoria. Un tercer corte, que exactamente no es largo, sino más bien, corto; empero, indispensable, para evaluar las transformaciones estructurales del capitalismo norteamericano, es el lapso de entre-guerra, entre la primera y segunda guerra mundial. Proponemos un cuarto corte, que tampoco es largo, sino, mas bien, mediano; corresponde a la finalización de la segunda guerra mundial y se alarga hasta la guerra del Vietnam. El último corte propuesto, para situar a la República, como la nombra Hannah Arendt[3], es el demarcado entre la finalización de la guerra de Vietnam y la historia reciente de Estados Unidos de Norte América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Breve reseña histórica

 

Colonos y británicos entraron en conflicto durante dos décadas sucesivas, que  se dan entre 1760 y 1770; el conflicto desató la Guerra de la independencia; guerra que abarcó los años que se dan entre 1775 y 1781. El 14 de junio de 1775, el Congreso Continental, reunido en Filadelfia, estableció un Ejército Continental bajo el comando de George Washington. En el acto se proclamó que todos los hombres nacen iguales y dotados de derechos inalienables. El Congreso aprobó la Declaración de Independencia, cuyo antecedente filosófico es inspirado en The Commonwealth of Oceana de James Harrington[4]; redactada, en gran parte, por Thomas Jefferson, y presentada el 4 de julio de 1776. En 1777, los artículos de la Confederación configuraron  un gobierno confederado todavía frágil; forma de gobierno que se mantuvo hasta 1789. Una vez derrotado el ejército británico por el Ejército Continental, asistido por el apoyo militar francés y español, la corona de Gran Bretaña reconoció la independencia y soberanía de la República, cuya soberanía radicaba sobre el territorio al este del río Misisipi. Después de la independencia, se conformó una Convención Constitucional en 1787; con la Convención se buscaba edificar un Estado-nación sólido. La Constitución de los Estados Unidos fue ratificada en 1788; en este contexto jurídico-político, un año más tarde, George Washington se ungió como el primer presidente de la flamante República.

 

La Carta de Derechos fue asumida en 1791, donde se prohibía la restricción federal de los derechos humanos, además de garantizar su cumplimiento. Respecto a los problemas jurídicos, políticos, económicos y sociales heredados, la República se vio urgida a responder y buscar solucionarlos. Por ejemplo, el comportamiento liberal respecto a la esclavitud fue variante; en principio, inconsecuente con la ideología liberal.  Una cláusula en la Constitución protegió el comercio de esclavos hasta 1808. Geográficamente también se manifestaron las diferencias en las conductas políticas; los estados del Norte abolieron la esclavitud; lo hicieron dilatando el efecto jurídico entre 1780 y 1804; en cambio, los estados del Sur, esclavistas, fueron defensores de la “institución peculiar” del esclavismo; paradójicamente, en el seno de la misma República. Durante el llamado “Segundo Gran Despertar”, que se dio lugar al comienzo del siglo XIX, las iglesias evangélicas se convirtieron en promotoras de los movimientos reformistas de la época, incluyendo el abolicionismo.

 

Lo que viene después, a grandes rasgos, se puede denominar la expansión territorial de la República al Oeste. En 1803, se compra Luisiana a Francia; esto acontece durante la gestión gubernamental de Thomas Jefferson. Con esta adición geográfica, prácticamente se duplicó el espacio de control de la República.  España, en 1819, cedió territorios al Este, además de otros espacios geográficos de la costa del golfo. En esta expansión geográfica de la República, se pude decir que las más damnificadas, incluso llegando al extremo de su desaparición, fueron las naciones y pueblos indígenas. Se habla de “sendero de lágrimas”, correspondiente al sendero sinuoso, el calvario de las naciones nativas y pueblos indígenas – que, en su coyuntura de mayor intensidad destructiva, corresponde a la década de 1830 -, muestra patentemente la política de remoción india. Lo que se puede nombrar también como el gigantesco etnocidio y genocidio, que es el substrato histórico-cultural-político de la República.

 

La expansión de la República fue imparable; Estados Unidos se anexó la República de Texas en 1845. La guerra contra México, dos años más tarde, derivó en la anexión de California; así como el extenso espacio territorial del suroeste.  Otros factores intervinientes, sobre todo, económicos, contribuyeron a impulsar la expansión; la fiebre del oro desatada entre 1848 y 1849 espoleó la migración hacia el Oeste. Con la instalación y el despliegue de los ferrocarriles se dio lugar a la proliferación de los colonos. Todo este panorama agitado y vertiginoso incrementó descomunalmente los conflictos con las naciones y pueblos indígenas.

 

Se puede decir que este nacimiento del nuevo capitalismo, cuyas condiciones de posibilidad históricas y económicas son distintas a las de Europa, pues se trata, si nos dejan repetir lo que ya dijimos[5], de otro capitalismo, dio lugar no solamente a una expansión geográfica, que termina conectando económicamente los dos océanos, el Atlántico y el Pacifico, sino también a la apertura de la caja de pandora. Se multiplicaron los conflictos; entre ellos, también los que se puede considerar de orden interno a la República. Las contradicciones entre estados proesclavistas y los estados abolicionistas, sumándose a las discrepancias en lo que respecta a las relaciones entre los estados y el gobierno federal, avivaron contiendas suscitadas por la propagación de la esclavitud. En este contexto histórico dramático, aunque también vertiginoso e inaugural, Abraham Lincoln, candidato del partido republicano, conocido como declarado abolicionista, se convirtió en el presidente electo en 1860. Sin embargo, antes de asumir formalmente la presidencia, los siete estados esclavistas se declararon en secesión de la Unión; estableciendo los Estados Confederados de América. El gobierno federal determinó que la secesión es ilegal. La respuesta de los Estados Confederados fue la guerra; se dio lugar el ataque a Fort Sumter, por parte de los secesionistas, desbocándose la guerra civil.  La guerra la ganó el Norte contra el Sur, los estados abolicionistas contra los estados esclavistas, la Unión contra la Confederación. Contando con la victoria bélica, la Unión, en 1865, agregó tres enmiendas a la Constitución; con el objeto de garantizar la libertad de cuatro millones de afroamericanos, convirtiéndolos en ciudadanos de la República, otorgándoles el derecho de voto.

 

Abraham Lincoln no duró en la presidencia, su mandato fue cortado abruptamente por su asesinato. Lo que vino después, en el periodo inmediato a la posguerra civil, es lo que se conoce como la reconstrucción; cuando se encaminaron políticas dirigidas a la reintegración, así como a la reconstrucción de los estados sureños. Buscando garantizar los derechos de la población afroamericana. En esta coyuntura crítica, las elecciones presidenciales de 1876, de antemano interpeladas por los estados sureños, se zanjaron mediante el Compromiso de 1877; Compromiso a través del cual los demócratas sureños reconocieron como presidente a Rutherford B. Hayes, obteniendo a cambio que se retiraran las tropas de la Unión, que estaban acantonadas en Luisiana, Carolina del Sur y Florida.

 

Si bien la Unión ganó la guerra civil, no pudo administrar, como corresponde, todos los territorios que abarca su soberanía; en la práctica, los estados del Sur impusieron una política segregacionista. Las llamadas leyes de Jim Crow comienzan a aplicarse desde 1876; se trata de una política de apartheid; política que se mantuvo hasta 1965[6].

 

La República se transformó estructuralmente durante todo el siglo XIX; el Estado-nación se consolidó, definiendo de mejor manera su perfil federal. La cohesión entre Norte y Sur sobrevino con el tiempo; sobre todo, debido a la permanente revolución industrial, además de administrativa, económica y comercial. Se puede decir que ya antes de la primera guerra mundial, Estados Unidos de norte América era la principal potencia industrial y económica del sistema-mundo capitalista, a pesar de que Gran Bretaña seguía todavía a la batuta, hegemonizando el ciclo del capitalismo vigente.  La ventaja del capitalismo norteamericano es que es el nuevo capitalismo,  el capitalismo de la revolución industrial, tecnológica y científica, además de administrativa, permanente. Este capitalismo nace desnudo del pasado, que arrastraba Europa y también Asia; un pasado estamental y de castas, de aristocracias y simbologías sociales ateridas, que ralentizaban las iniciativas del capitalismo como modo de producción, basado en la desterritorialización constante, la decodificación perpetua y la axiomatización permanente.

 

Lo que se había dado lugar, desde la conquista de Tenochtitlan, es al nacimiento de la modernidad, entendida como mundialización y mezcla, hibridación e invención. El mundo nace en el abigarramiento cultural, en la intersección de economías, lenguas, sujetos sociales y subjetividades empujadas a la vertiginosidad. Esta es la modernidad barroca, que corresponde hemisféricamente a la hegemonía del Sur. Lo que acontece desde la revolución industrial británica, es el desplazamiento de la hegemonía del Sur a la hegemonía del Norte hemisférico. Sin embargo, no hay que olvidar que este sistema-mundo capitalista nace precisamente en el nuevo continente, aunque regionalmente haya nacido en Europa, incluso en Asia. El continente de Abya Yala, que se nombrara como América, es el suelo del acontecimiento mundial del capitalismo. No hay sistema-mundo capitalista sino en el mundo y el mundo es mundo desde la conquista de Abya Yala.

 

La República, siguiendo el nombre que le otorga Hannah Arendt a Estados Unidos de Norte América, se edifica precisamente en el continente del acontecimiento mundial del capitalismo y la modernidad.  No hay tal “destino manifiesto”, como reza el discurso masón, lo que muestra el apego místico de la ideología liberal, tan alejada de la comprensión de la complejidad histórica-política-económica-social y cultural de la República,  sino condiciones de posibilidad históricas,  que tienen que ver con el acontecimiento de la mundialización.

 

Se puede decir, interpretando, que hasta la primera guerra mundial, esta incumbencia mundial de la República se encontraba oculta a la vista de una mirada, si se quiere, eurocéntrica. Son la primera y segunda guerra mundial las que catapultan, por así decirlo, a Estados Unidos de Norte América a la condición, ya visible, no solo de potencia mundial sino de hiper-potencia mundial; al finalizar la segunda guerra mundial,  compartiendo esta condición con la Unión Soviética. Como dijimos en otros escritos, lo que hay que investigar no es la generalización, sino, mas bien, la excepcionalidad[7]. En el caso de Estados Unidos de Norte América, es una excepción, en lo que respecta a lo que pasa como generalidad con el resto de las colonias europeas. No solamente sobresale en relación a la potencias europeas, sino que las sobrepasa, transformando las estructuras mismas del sistema-mundo, aunque también experimentando estas mismas transformaciones, no necesariamente, si se quiere, consciente de lo que pasa.

 

Cuando, en 1914, se desencadena la primera guerra mundial, Estados Unidos de Norte América se declara neutral. Sin embargo, el desenvolvimiento de los acontecimientos,  obliga al gobierno y al Congreso intervenir en la conflagración mundial, en alianza con los británicos y franceses. En 1917 Estados Unidos se incorpora a la guerra; la balanza de la correlación de fuerzas se inclina a favor de los aliados.

 

Se da una bonanza económica en la década de los veinte; empero, que encuentra su otra cara en la crisis de fines de la década, llamada gran depresión. Lo que muestra que los ciclos del capitalismo tienen etapas de ascenso y etapas de descenso, como lo esquematiza Nikolái Kondrátiev, sino también y sobre todo,  crisis de sobreproducción, que vienen acompañadas por crisis depresivas.

 

La respuesta a esta crisis, la de 1929, va a ser la intervención estatal en la economía, al estilo de las propuestas de John Maynard Keynes. Franklin D. Roosevelt es electo presidente en 1932; su gestión postula el New Deal.  Se puede decir que este New Deal consiste en la promoción de la demanda, para dar lugar al incremento de la oferta; en pocas palabras, se promueve el pleno empleo.

 

En esta coyuntura de salida de la crisis, estalla la segunda guerra mundial. Como repitiendo la historia, también, al comienzo, de la segunda guerra mundial, Estados Unidos se declaró neutral; sin embargo, emprendió, de todas maneras, el suministro de provisiones a los aliados en marzo de 1941; recurriendo al programa de préstamo y arriendo. El 7 de diciembre de 1941, Estados Unidos se incorpora a los aliados, en declarado combate contra las potencias del Eje; esto aconteció después del ataque japonés a Pearl Harbor.

 

Con la victoria de los aliados sobre la Alemania nazi, en 1945, se convocó a una conferencia internacional, oficiada en San Francisco, donde se acordó la redacción de la Carta de las Naciones Unidas. Un poco más tarde, el 2 de septiembre, Japón se rindió, culminando con esto  la segunda guerra mundial. Lo que apresuró la rendición de Japón fue la utilización de la bomba nuclear en dos ciudades, Hiroshima y Nagasaki, en agosto de ese mismo año.

 

Lo que sobrevino después de la segunda guerra mundial es la paz americana o, dicho de mejor manera, de manera conocida, la guerra fría. La OTAN y el Pacto de Varsovia fueron los complejos tecnológicos-militares-económicos y comunicacionales que se enfrentaron, en esta guerra fría. Sin embargo, si bien no se dio una tercera guerra mundial o una guerra de bloques, a gran escala, de todas maneras, se sucedieron guerras convencionales, a escala menor. Entre 1950 y 1953, los bloques enfrentados se pulsaron en la guerra de Corea.  Aunque estuvieron, los bloques, a punto de enfrentarse en una guerra a escala mundial, en el conflicto de los misiles en Cuba, en una coyuntural crucial, la de 1962. De esas guerras a escala regional, la más importante fue la guerra del Vietnam.

 

Lo que viene después es como la fase del espectáculo, como asentada en las arenas movedizas de lo que ya viene a ser una crisis económica continua. En la década de los setenta no solamente se vuelve hacer evidente la crisis de sobreproducción, crisis que desata el modo de producción capitalista y también lo que podríamos llamar el modo de competencia; la guerra de todos contra todos, entre los competidores. Sino que estos modos de producción y de competencia llevan, de manera inherente, al capitalismo, el desborde de la producción desordenada, caracterizada por la incoordinación de los productores empresariales; el desborde de la compulsión tecnológica, absurdamente utilizada en la competencia desenfrenada. Lo que ocasiona la crisis de sobreproducción, es decir, dicho en términos ilustrativos, la acumulación de stocks que no se pueden vender. Por ejemplo, en este contexto económico mundial, la administración de Jimmy Carter estuvo afectada por la estanflación. También se puede hablar, como en paralelo, de una crisis política intermitente.

 

Llamemos, perentoriamente, periodo reciente, lo que viene marcándose, de una manera peculiar, desde la presidencia de George H. W. Bush. Estados Unidos de Norte América asumió un papel de gendarme de orden mundial; a decir de Antonio Negri y Michael Hardt, del imperio. Se involucró en las recientes guerras de Medio Oriente; comenzando con la primera guerra del Golfo.

 

Se puede hablar, entonces, del ciclo largo de la crisis de sobreproducción, que data de la década de los setenta, y se alarga hasta el presente. De todas maneras, en este ciclo largo de la crisis de sobreproducción, diferida administrativamente, mediante manipulaciones financieras, las mismas que se convierten en crisis financieras intermitentes, se da lo que se puede llamar ciclos cortos de relativa prosperidad. Por ejemplo, podemos señalar a la larga expansión económica, dada desde marzo de 1991 hasta marzo de 2001.

 

En el nuevo lapso de recesión económica, que se manifiesta después de 2001, aunque cada recesión tenga su peculiaridad, también su duración, vuelven a aparecer las figuras contrastadas, pero, también imbricadas,  de fases ascendentes y fases descendentes de los ciclos medios del capitalismo; así como, en el trasfondo y en el substrato de estos procesos, la crisis persistente de sobreproducción. Si recurriéramos a una tesis racional, diríamos que la única manera de salir de la crisis de sobreproducción, la madre de todas las crisis del capitalismo, por lo menos, en el ciclo del capitalismo de la hegemonía norteamericana, es la coordinación de las burguesías nacionales e internacionales; de tal manera, que puedan acordar cuotas de producción. Pero, esto, esta actitud racional o esta solución racional, parece que no la van adoptar nuca las burguesías, que parecen atrapadas en la compulsión de la competencia  desbocada y tanática.

 

Implosionados los Estados socialistas de la Europa Oriental, derrumbada la URSS, se esfuma la guerra fría, y con ella el dramático equilibrio bipolar de las super-potencias mundiales. El problema no es, como muchos analistas, entre ellos críticos, suponen; el haber ingresado a un mundo unipolar. No asistimos a la hegemonía absoluta de la hiper-potencia solitaria de los Estados Unidos de Norte América; tampoco a su dominación incontestable. No por lo que suponen estos analistas, por lo menos, los autodenominados críticos, que consideran que con la irrupción de las potencias emergentes, sobre todo, de la principal potencia económica del mundo, China, se abre, mas bien, un mundo multipolar; sino porque la hiper-potencia desmesurada de Estados Unidos de Norte América, perdida en su repentina soledad, no se encuentra a sí misma. Para lanzar una figura ilustrativa, podríamos decir que, lo que es ahora la hiper-potencia, tan acostumbrada a pelear con el circunstancial enemigo de turno, cada vez más grande, de pronto se encuentra sola en el mundo, armada hasta los dientes con armas sofisticadas de destrucción masiva y armas  convencionales tecnológicamente avanzadas, que no puede utilizar contra nadie a su altura. Se encuentra sola e hipertrofiada sin poder competir con nadie. Esta insólita situación ha empujado a sus máquinas de guerra a la situación surrealista de estar sin-sentido, en un mundo que no requiere semejante armamento. Esta situación ha empujado a su clase política, incorporando en ella a apéndices peligros, que juega a la conspiración, sus enigmáticos servicios de inteligencia, a un sentimiento de desolación devastador. Esta situación ha empujado a los pueblos, y esto es lo positivo, a reflexionar en un mundo sin enemigos, reales o inventados; en verdad, son sugeridos por la propia necesidad del enemigo[8].

 

Parece que es, en este contexto problemático, desde donde podemos analizar, con alguna coherencia, las dinámicas inherentes a las elecciones de 2016 de lo que una vez fue la República. Que después fue señalada por los pueblos como imperialismo, así como por los proyectos socialistas; que  fue redefinida por lucidos teóricos críticos, como Negri y Hardt, como gendarme del imperio; pero, que ahora, en esta coyuntura incierta no sabe lo que es.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una anticipación a las conclusiones

 

Preguntas:

 

  1. ¿Se puede conjeturar que los problemas de nacimiento de la República no se han terminado de resolver? En la medida que persisten, inciden en el presente, de tal manera que obstaculizan las aperturas y salidas históricas y políticas. Por ejemplo, que los temas pendientes de la guerra civil no se han terminado de resolver, entre el proyecto democrático de los abolicionistas y el proyecto conservador de los esclavistas. Esto se manifestaría en distintas figuras y en distintos escenarios políticos, particularmente en las compulsas electorales.

 

  1. ¿Es vano atender a la diatriba entre candidatos, que pretenden ser, o se esfuerzan por serlo, diametralmente opuestos, cuando lo que importa es lo que se juega, no en el discurso de los candidatos, sino el espesor histórico de lo no-resuelto?

 

 

  1. ¿Un Estado-nación, constituido por migrantes del mundo, sobre cementerios indígenas, extendido en territorios nativos y geografías políticas mexicanas, cuando expresa, por uno de sus candidatos, apoyado por un contingente electoral importante, que va poner una muralla contra la migración desde el Sur, no entra en su mayor contradicción constitutiva? ¿No se deslegitima?

 

  1. ¿No es conveniente, mas bien, resolver todos los problemas pendientes, despojarse de las cargas del pasado, que no es lo mismo que decir despojarse del pasado? Para habilitarse libre y espontáneamente a participar en mundos alternativos, sugeridos por la potencia de la vida.

[1] Ver Ethos y politeia. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/ethos-y-politeia/.

 

[2] Revisar de Antonio Negri El Poder Constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad. Madrid 1994, Prodhufi. En el libro se analiza la diferencia entre la revolución política, de la independencia norteamericana, y la revolución social, relativa a la revolución francesa.

 

[3] Ver Crisis de la república. Taurus;  1998. También ¿Qué es la política? El libro armado sale a luz en 1993 bajo el título en alemán Was ist Politik? Revisar de Hannah Arebdt Qu’est-ce que la politique? Seuil; París 1995.

[4] Ver The Commonwealth of Oceana by James Harrington. file:///C:/Users/RAUL%20PRADA/Documents/EEUU/2016/the_commonwealth_of_oceana.pdf.

[5] Ver Subalternidad y máquinas del sistema-mundo. También Clausura del horizonte moderno.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/subalternidad-y-maquinas-del-sistema-mundo/.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/clausura-del-horizonte-moderno/.

 

[6] Bibliografía: Biddle, Julian (2001). What Was Hot!: Five Decades of Pop Culture in America (en inglés). Nueva York: Citadel. Blackburn, Robin (1998). The Making of New World Slavery: From the Baroque to the Modern, 1492–1800 (en inglés). Londres: Verso. Bloom, Harold (1999). Emily Dickinson (en inglés). Broomall, Pensilvania: Chelsea House Publishers.  Daniels, Les (1998). Superman: The Complete History (en inglés) (1ª edición). Titan Books. De Rosa, Marshall L (1997). The Politics of Dissolution: The Quest for a National Identity and the American Civil War (en inglés). Edison, Nueva Jersey: Transaction. Dicker, Susan J. (2003). Languages in America: A Pluralist View (en inglés). Clevedon: Multilingual Matters.  Dull, Jonathan R (2003). «A Companion to the American Revolution». En Jack P. Greene y J. R. Pole. Diplomacy of the Revolution, to 1783 (en inglés). Maiden, Massachusetts: Blackwell. Fiorina, Morris P.; Paul E. Peterson (2000). The New American Democracy (en inglés). Londres: Longman.  Foner, Eric; John A. Garraty (1991). The Reader’s Companion to American History (en inglés). Nueva York: Houghton Mifflin. Fried, Richard M. (1990). Nightmare in Red: The McCarthy Era in Perspective. Oxford University Press. Gutfield, Amon (2002). American Exceptionalism: The Effects of Plenty on the American Experience (en inglés). Brighton: Sussex Academic Press. Levenstein, Harvey (2003). Revolution at the Table: The Transformation of the American Diet (en inglés). Berkeley: University of California Press. Holloway, Joseph E (2005). Africanisms in American Culture (en inglés) (2ª edición). Bloomington, Indiana: Indiana University Press. Johnson, Fern L (1999). Speaking Culturally: Language Diversity in the United States (en inglés). Thousand Oaks, California: Sage. Kennedy, Paul (1989). The Rise and Fall of the Great Powers (en inglés). Nueva York: Vintage. McDuffie, Jerome; Gary Wayne Piggrem y Steven E. Woodworth (2005). U.S. History Super Review (en inglés). Piscataway, Nueva Jersey: Research & Education Association. Meyers, Jeffrey (1999). Hemingway: A Biography (en inglés). Nueva York: Da Capo. Morrison, Michael A (1999). Slavery and the American West: The Eclipse of Manifest Destiny and the Coming of the Civil War (en inglés). Chapel Hill: University of North Carolina Press. Raskin, James B (2003). Overruling Democracy: The Supreme Court Vs. the American People (en inglés). Londres: Routledge. Russell, David Lee (2005). The American Revolution in the Southern Colonies (en inglés). Jefferson, Carolina del Norte: McFarland. Scheb, John M; John M. Scheb II (2002). An Introduction to the American Legal System (en inglés). Florence, Kentucky: Delmar. Schlosser, Eric (2002). Fast Food Nation (en inglés). Nueva York: Perennial. Schrecker, Ellen (1998). Many Are the Crimes: McCarthyism in America. Little, Brown. Smith, Andrew F (2004). The Oxford Encyclopedia of Food and Drink in America (en inglés). Nueva York: Oxford University Press. Wright, Gavin; Jesse Czelusta (2007). «Resource-Based Growth Past and Present». En Daniel Lederman y William Maloney. Natural Resources: Neither Curse Nor Destiny (en inglés). World Bank Press. Ver Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Estados_Unidos.

[7] Ver Clausura del horizonte moderno. También La isla que contiene al continente.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/clausura-del-horizonte-moderno/.

https://pradaraul.wordpress.com/2016/01/01/la-isla-que-contiene-al-continente/.

 

[8] Ver Más allá del amigo y enemigo.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-alla-del-amigo-y-enemigo/.

El Estado no requiere de revolucionarios

El Estado no requiere de revolucionarios

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Para decirlo fácilmente, los revolucionarios combaten contra el Estado, aunque unos crean que combaten contra una forma de Estado; de acuerdo al lenguaje marxista militante,  combaten al Estado de la dictadura de la burguesía, para sustituirlo por la dictadura del proletariado, que corresponde al Estado en transición al socialismo. Sin embargo, la experiencia social política nos ha mostrado que no se puede luchar contra la explotación capitalista, menos desmontar su modo de producción, desde la otra cara del Capital, que es el Estado. Dejando esta aclaración, incluso retomando esa creencia de que se lucha contra una forma de Estado y no contra el Estado como estructura histórica de dominación, el revolucionario combate contra el Estado, en las condiciones singulares del periodo y del contexto donde se efectúa esta lucha. Cuando logra derribar al gobierno burgués y tomar el cielo por asalto, cuando llega al poder, el revolucionario está demás. Pues, en esas condiciones de posibilidad histórica, las que le otorga la toma del poder, lo que hay que hacer es defender el Estado socialista contra las amenazas imperialistas y de la “conspiración conservadora”, de la oligarquía y burguesía nacional, que se niegan a perder sus propiedades y dominios. Se necesita hacer marchar los aparatos de Estado, hacer que la máquina de poder funcione.

 

Los revolucionarios están demás porque no se necesita deconstruir nada, ni demoler nada, ni destruir el Estado. Se necesita de funcionarios leales, de una burocracia rutinaria y confiable; en lo que respecta a la defensa de la “revolución” en el poder, no se necesitan revolucionarios sino policías, que obedezcan ordenes, que repriman y vigilen a toda organización, colectivo, movimiento e individuos sospechosos. Esta es una de las razones por las que los revolucionarios desaparecen del Estado “revolucionario”; este almatroste se llena de antiguos funcionarios civiles y policiales, también militares. Al haber pertenecido a la maquinaria del Estado, saben hacerlo funcionar; al haber participado en la vigilancia y la mantención del orden, el haber incursionado en acciones punitivas contra movimientos sociales, les da el curriculum vitae para cumplir funciones en el nuevo Estado.

 

En lo que respecta a los movimientos sociales, a la sociedad insurgente, son, poco  a poco retirados, pues tampoco se requiere de ellos; ahora es su gobierno el que gobierna, ahora es su Estado el régimen político. Poco a poco la composición del sujeto social cambia; los insurrectos son aislados; en vez de ellos se incorporan gente que siempre, en todo gobierno, sea del color que sea, apoya al poder. Son los fieles creyentes del poder. No es extraño, que perfiles sociales que apoyaron a las dictaduras militares, después a los gobiernos neoliberales, aparezcan, de nuevo, apoyando al “gobierno revolucionario” y al nuevo Estado. De estos escenarios políticos conquistados han desaparecido los revolucionarios y la sociedad insurrecta.

 

Lo expuesto, ciertamente es una descripción muy sucinta y esquemática; sólo se quiere reunir los rasgos generales, reiterados, en distintos periodos y en distintos contextos. Lo que queremos decir es que este derrotero dramático se ha repetido una y otra vez, después de las llamadas revoluciones. Se trata pues de una regularidad histórico-política. No hay porque volverse a sorprender ahora, con el decurso seguido por los “gobiernos progresistas”, que vistos, desde la perspectiva histórico-política, no son revolucionarios como lo fueron los gobiernos emergidos de las revoluciones socialistas, sino reformistas. En todo caso, gobiernos socialistas y “gobiernos progresistas” sufren del mismo decurso de regresión política.

 

Si quedaron algunos “revolucionarios” en estos “gobiernos progresistas”, en el Estado tomado, es porque se asimilaron al común denominador de los funcionarios y de la burocracia. Son unos más de ellos; su pasado revolucionario ha quedado en las fotografías. Esta presencia simbólica de los ex-revolucionarios, para decirlo de esa forma, lo que hace es legitimar al gobierno y al Estado vigente, que se apresura a hacer funcionar la máquina del poder; además de confirmar el proceso irreversible de decadencia.

 

Dadas estas circunstancias, que pueden ser calificadas como las del eterno retorno del Estado y de las órbitas del círculo vicioso del poder, no debería sorprender que los voceros del “gobierno progresista” se desgañiten culpando a la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo” de los fracasos sociales, económicos y políticos del “gobierno revolucionario”. Tampoco debería sorprendernos que los gobernantes, que se consideran “revolucionarios”, por lo menos lo dicen a voz en cuello, empleen los mismos procedimientos políticos y policiales que los gobiernos que señalan como enemigos del pueblo y de la nación. De la misma manera, no debería sorprender que los voceros gubernamentales sean declarados defensores del progreso, del desarrollo y de la modernidad, como lo eran antes los gobiernos neoliberales; antes, los gobiernos nacionalistas y anteriormente los gobiernos liberales. Es esto lo que comparten todos estos gobiernos; comenzando por el “gobierno progresista”, siguiendo con los gobiernos neoliberales, continuando con los gobiernos nacionalistas y los gobiernos liberales. Comparten el mismo paradigma histórico, linealista y evolucionista, aunque se distingan sus menudas interpretaciones y en sus discursos.

 

El Estado no requiere de revolucionarios y el gobierno no los necesita. Si los medios de comunicación oficiales, incluso los no oficiales, a veces por razones distintas, se desgañitan por mostrar a los gobernantes, a los representantes oficialistas, a los congresistas de mayoría, a los jueces y magistrados, incluso a oficiales policías y militares, como “revolucionarios”, es porque es el único medio donde puede aparecer, por lo menos, la imagen estereotipada del “revolucionario” de dibujos animados.

 

No vamos a entrar a lo que los descalifica de entrada, a estos pretendidos “revolucionarios” en el poder, que tiene que ver con la compulsión por la vieja práctica compañera del poder, la corrupción; sugestivamente extendida e intensificada por gobiernos populares y de “izquierda”. Hemos tratado sobre estos tópicos en otros escritos[1]. Dejando de lado esta evidente práctica gubernamental, estatal e institucionalizada; solamente manteniéndonos en las descripciones generales del proceso de regresión de los gobiernos que emergieron en sublevaciones y movilizaciones sociales, podemos interpretar estas regularidades políticas, buscando configurar explicaciones integrales, aunque sea de manera hipotética.

 

 

 

 

 

 

Laberinto político

 

  1. Las dinámicas moleculares y molares del sistema-mundo moderno se encuentran en la economía política generalizada, que es una constelación de economías políticas, articuladas e integradas, que hacen a lo que se definió y configuró conceptualmente como sistema-mundo capitalista[2]. Estas dinámicas son efectivas relaciones de poder, efectivas prácticas de dominación; actúan directamente sobre los cuerpos, sobre los territorios, sobre la vida. No solamente inscribiendo historias políticas, no solamente hendiendo en sus espesores estructuras de dominación, que se adhieren a los cuerpos como subjetividades, sino ocasionando el efecto esperado de la economía política; separar de lo concreto lo abstracto, para valorizar lo abstracto y desvalorizar lo concreto.

 

  1. Es en el contexto extendido de estas separaciones donde emerge la dominación como genealogía del poder. Los cuerpos, los territorios, las formas de vida, son capturadas, aunque en parte, en las redes lanzadas por las mallas institucionales. Los cuerpos son inducidos a atender no sus cuerpos sino, mas bien, los fetichismos institucionalizados, ya sea culturalmente, ya sea económicamente, ya sea políticamente; en términos amplios, ya sea ideológicamente. La realidad definida y mostrada por el poder es esta realidad reducida a proliferación de fetichismos, que sustituyen a las dinámicas concretas de la vida. Entonces, la economía política generalizada corresponde al magnífico despliegue histórico y mundial realizado por dispositivos institucionales de la homogeneización axiomática. Dispositivos que pueden considerarse como máquinas de colonización de la biodiversidad, de sus ecosistemas, de sus sociedades orgánicas. Plataformas que se adelantan como organizaciones operativas, como cumpliendo el papel arquitectónico y de albañiles en la fabulosa edificación de la economía política generalizada.

 

  1. Aparecen primero formas aisladas de economía política, que solo muestran también su proyección Por ejemplo, la economía política religiosa, que separa espíritu del cuerpo, valorizando el espíritu y descalificando el cuerpo; mostrando su proyección salvadora de los espíritus, presos por cuerpos pecadores. Poco a poco va armándose la economía política patriarcal, que otorga el símbolo de la unidad familiar, comunal y social, al patriarca; separando este símbolo paternal de las concretas y efectivas dinámicas familiares, comunales y sociales; separando el símbolo patriarcal de la pluralidad familiar, comunal y social. La unidad abstracta se opone a la dispersión concreta. El símbolo, que corresponde a la simbolización del concepto filosófico de unidad, se convierte en símbolo sagrado, pues repite en la finitud mortal la unidad cósmica o de la creación, que es Dios, el concepto supremo teológico. Sin embargo, la economía política patriarcal va a tardar en conformarse; se requiere resolver otros problemas concomitantes. Es con la emergencia del capitalismo que la economía política patriarcal termina de conformarse y de consolidarse.

 

La misma emergencia del capitalismo, en tanto economía política restringida a la economía, se topa con los mismos problemas que la economía política patriarcal. En este decurso a la unidad absoluta, a la homogeneización, al mando central y a la administración nuclear, que es el Estado moderno, se requiere demarcar los roles de género. La economía política de género, que separa hombre de mujer, definiendo roles claramente demarcados para el hombre y la mujer, valoriza al hombre como ideal civilizatorio, desvalorizando a la mujer, más cerca del cuerpo y la reproducción de la vida. La conformación de esta economía política de género ha sido lograda violentamente, como consecuencia de la victoria del poder emergente en la guerra prolongada contra las mujeres; una guerra que, en principio, duro los tres siglos, el largo lapso de persecución a las brujas. Sintomáticamente tres economías políticas se benefician con la conformación de esta economía política de género; la economía política religiosa, la economía política patriarcal y la economía política restringida a la economía.

 

Solo citando estas cuatro economías políticas, que se dieron como acontecimientos históricos, se observa que no solo se benefician mutuamente, sino que se articulan y se integran, constituyéndose en el substrato histórico-social-cultural-económico-político de lo que va a ser el sistema-mundo capitalista.

 

  1. El sistema-mundo capitalista no puede constituirse, instituirse, edificarse, sino es mundo. La economía política que hace que esto ocurra es la economía política colonial. Economía política que separa hombre blanco de hombre de color; valorizando al hombre blanco como ideal de la civilización, descalificando al hombre de color como incivilizado, bárbaro, hasta salvaje. La economía política  colonial es el tejido que cohesiona, articula e integra a todas las economías políticas. Las hace funcionar como civilización mundial; en otras palabras, como sistema-mundo.

 

  1. La economía política colonial tiene una relación estrecha con la economía política de género y la economía política patriarcal. Al coaligarse estas economías políticas no solamente se descalifica al hombre de color sino también se lo feminiza, haciendo del hombre blanco el ideal masculino. El colonizador se presenta como el padre civilizador, el padre educador, que, en la figura concreta de la colonización española, es, primero, el encomendero.

 

 

  1. Se puede hablar de la economía política del Estado, que separa Estado de sociedad; valorizando el Estado como sociedad política, síntesis de la sociedad, a la que se la presenta como pluralidad Otra vez, lo abstracto es valorizado, desvalorizándose lo concreto, la sociedad, la que efectivamente construye el Estado, lo edifica y lo reproduce todos los días. El fetichismo estatal es parte de los fetichismos institucionales, que separan institución de las relaciones, prácticas, circulaciones, concretas y múltiples, que realizan los individuos, los grupos, los colectivos, dando vida a este vampiro, que, en verdad, no existe, el Estado, salvo en la ideología.

 

  1. El Estado como macro-institución ha sido sacralizado.  Siendo una institución más; es más, siendo una institucionalidad sostenida por las mallas institucionales tanto políticas como civiles, es presentado como la institución por excelencia; la que norma, garantiza el cumplimiento de la ley; la que ordena, mantiene el orden; la que distribuye la riqueza nacional, la que entrega tierras; incluso la que se encuentra por encima de la lucha de clases.  El Estado como símbolo y signo político del imaginario moderno es el lugar preciado y deseado donde se reúnen, mezclan, se articulan y sintetizan todos los fetichismos del poder.

 

 

  1. Antes dijimos que el Estado es la otra cara del Capital. Seguimos compartiendo esta tesis; sin embargo, es más complejo que eso. El Estado es la otra cara de todas formas de dominación, que adquieren, como el Capital, un nombre propio. En este sentido es iluso, como dijimos, pretender liberarse de la explotación del capital recurriendo a su otra cara, el Estado. De la misma manera, es iluso pretender emanciparse y liberarse de las otras formas de dominación recurriendo al Estado. La otra cara de todas las dominaciones no puede abolir las mismas, pues si lo hiciera, desaparecería el Estado.

 

  1. Las revoluciones socialistas fueron, por parte de las multitudes, del proletariado, los campesinos y lo nacional-popular, durante el siglo XX, las apuestas heroicas por transformar el mundo de las dominaciones polimorfas. Mundo concebido, en ese entonces, desde la restrictiva figura estructural del modo de producción capitalista. Empero, también fueron las apuestas políticas ilusorias de las llamadas vanguardias; que confiaron y creyeron con que al hacerse cargo del Estado, esta ocupación, incluso su destrucción parcial, acompañada por la reconstrucción de otro Estado, coadyuvaría a la transición al socialismo. Las revoluciones socialistas nacieron con su derrota casada, al recurrir al Estado; el querer o buscar adecuarlo como dictadura del proletariado, no arregla la situación. La dictadura del proletariado es un concepto teórico político, construido en el marco del esquematismo dualista; a la dictadura de la burguesía se le opone la dictadura del proletariado. Estos son ejercicios teóricos; que no tienen incidencia en la realidad, sinónimo de complejidad, pues el Estado no responde a la lógica sino al juego complejo de los múltiples planos y espesores de intensidad de la realidad integrados.

 

  1. Los “gobiernos progresistas” del siglo XXI son reformistas; están lejos de las pretensiones transformadoras de las revoluciones socialistas del siglo XX. Se reconoce en ellos no solamente el apoyo popular, que entrega sus expectativas a estos gobiernos, sino el haber emergido de movilizaciones populares. Este es el contenido histórico-político de partida; empero, la partida no define los procesos de cambio. El proceso político se encuentra dinamizado por distintos campos de fuerza, en los distintos planos de intensidad que abarca; las distintas correlaciones de fuerzas, en estos campos de fuerzas, dan direccionalidad al proceso, de acuerdo a las resultantes de las fuerzas concurrentes encontradas. Los gobiernos reformistas se encuentran más expuestos a las contingencias políticas, en los escenarios definidos por el Estado-nación heredado; ni siquiera transformado, como en el caso de las revoluciones socialistas. En estas circunstancias y condicionamientos de la arquitectura estatal, no debería sorprender la llegada, más temprano o más tarde, de la crisis múltiple del Estado-nación; mostrando los límites infranqueables, en el intervalo del margen de maniobra aceptable. Los populistas están condenados a administrar la crisis múltiple del Estado, así como también los neoliberales; solo que lo hacen de distinta manera, con distintos discurso, distintas ideologías y distintos procedimientos.  Empero, ambos, como dice Víctor Álvarez, administran la economía extractivista y el Estado rentista a su modo, en los Estado-nación subalternos donde se dieron lugar los “gobiernos progresistas”.

 

  1. Otra condición de imposibilidad histórica, que expone más a los “gobiernos progresistas” y los hace más vulnerables, es lo que denominamos el conservadurismo acumulado de los “gobiernos progresistas”. A diferencia de los gobiernos de los Estado socialistas, que, por lo menos, en el primer periodo, despejaron conservadurismo ideológicos y culturales, ateridos en los imaginarios sociales, mas bien, reúnen todos los conservadurismos ideológicos heredados; los mezclan, y pretenden convertir este coctel saturado en dispositivo barroco del cambio. Lo que a todas luces es una pretensión estrambótica. El simbolismo patriarcal es retomado en la figura crepuscular del caudillo; la proclama y convocatoria revolucionaria es convertida en una convocatoria mesiánica; el vanguardismo es reducido a la autoridad de un estamento de oficiales políticos, que tienen el mando de soldados, no de revolucionarios, que entre sus atributos se encuentra la crítica; la política económica soberana hacia la independencia es reducida a la expansión calamitosa del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente; lo que podía haber sido, por lo menos, una figura modesta de Estado en transición es circunscrita a una versión compulsiva del Estado rentista.

 

[1] Ver Diagrama de poder de la corrupción. También  Consideraciones sobre el diagrama de poder de la corrupción.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/diagrama-de-poder-de-la-corrupcion1/.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/consideraciones-sobre-el-diagrama-de-poder-de-la-corrupcion/.

[2] Ver Crítica de la economía política generalizada.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

 

La simetría de los opuestos

La simetría de los opuestos

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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La simetría, palabra y concepto derivada del término griego que combina σύν, que significa con, y μέτρον, que significa medida. La simetría es una característica intrínseca de las estructuras geométricas; también de sistemas, así como de ecuaciones. Se puede incluir a objetos y materias, que manifiestan esta característica de simetría; lo mismo podemos decir de ciertas formas abstractas. Se habla de simetría cuando se reconoce la conservación de la estructura, de la forma y de las propiedades intrínsecas, que se han mantenido a pesar de las transformaciones acaecidas, movimientos sucedidos. En términos teóricos, se puede decir que se considera que un objeto es simétrico si, después de una operación efectuada, el objeto es idéntico del original. Se dice que dos objetos son simétricos cuando ambos tienen correspondencias operativas[1].

 

En lo que respecta a las formas de la política, por ejemplo, a los dualismos institucionalizados, podemos suponer, hipotéticamente, a modo de instrumento de análisis, la simetría de los opuestos. ¿Cómo definir las propiedades y características de esta simetría política de los opuestos? Vamos a sugerir algunas hipótesis instrumentales para el análisis de estas simetrías políticas, que hemos denominado la paradoja de los enemigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Simetría política de la dualidad contrapuesta

 

1.   La simetría política de los opuestos se da en referencia al eje, donde giran; este eje es el poder.

 

2.   Cuando el giro se da como traslado de las ubicaciones y colocaciones, como si se diera un giro de 180 grados, y se preserva las propiedades y funciones intrínsecas, tanto de las formas política opuestas, así como de la dualidad en contraste misma, de tal manera que funciona complementariamente, se puede definir este comportamiento, esta preservación estructural como simetría política de los opuestos. Por ejemplo, cuando los que se encontraban como “oposición” o contrarios al gobierno o al régimen cuestionado, ocupan el lugar del gobierno e instauran otro régimen, conservan sus características intrínsecas propias, además de mantener la complementariedad disyuntiva en la dualidad opuesta, se puede tomar como prueba de simetría política de los opuestos.

 

 

3.   Se puede obtener el perfil teórico de cualquiera de las formas políticas opuestas, tomando la forma política de referencia opuesta, aplicando funciones adecuadas de inversión o de negación, de transformaciones discursivas o ideológicas. Se puede incluir también funciones de mutación o contraste de comportamientos.

 

4.   Las formas aparentes de la política se presentan como opuestas y contrarias; sin embargo, las propiedades intrínsecas estructurales, son las mismas. Estas propiedades corresponden a las relaciones de estas formas políticas opuestas con el eje crucial del poder.

 

 

5.   Las formas políticas opuestas orbitan en el campo gravitatorio del poder. Se constituyen en este campo de poder; edifican sus estructuras y composiciones en este campo gravitatorio de poder, aprovechando su fuerza de atracción.

 

6.   Las propiedades y estructuras intrínsecas de estas formas políticas opuestas tienen que ver con las funciones que generan respecto al campo gravitatorio de poder. Adquieren su singularidad política en el juego de fuerzas desplegado en el campo de fuerzas concurrente, constituyendo su perfil político singular; además de organizarse sobre la base de las estructuras intrínsecas constituidas como retenciones particulares de la fuerza de atracción del poder. Se puede decir que las formas políticas opuestas condensan fuerzas de atracción del poder, en las dosis que pueden, que alcanza su organización y su convocatoria. Al ser condensaciones institucionales singulares de poder, en el campo gravitatorio de poder, sus propiedades y estructuras intrínsecas son similares, pues son precisamente conformaciones de estas condensaciones políticas.

 

 

7.   Las simetrías forman parte de la vida, de la proliferación vital en la biodiversidad. Hay variadas, plurales y múltiples formas de simetría, que han sido estudiadas por la bilogía, la física, las matemáticas; en esta última por la geometría. Las ciencias sociales y la filosofía moderna han descuidado o ignorado estas formas de simetría como características intrínsecas.  La simetría política de los opuestos es una de las formas de simetría en política, mucho más si hablamos de las formas de simetrías sociales.

 

8.   En lo que respecta a la simetría política de los opuestos, tenerla en cuenta, además de usarla como instrumento de análisis, puede ayudar a interpretar y comprender los comportamientos paradójicos de las organizaciones políticas, estén en el gobierno o no.

 

 

9.   Ocurre como si el eje crucial del poder, alrededor del cual giran las formas políticas opuestas, como si el campo gravitatorio del poder, indujera a funcionar dualmente como opuestos, contrarios y hasta antagónicos.

 

10.       Entonces, volvemos a una pregunta que parece no respondida, una vez que se acaba de responderla, considerando las investigaciones y teorías logradas. La pregunta es: ¿Qué es el poder, considerando su campo gravitatorio, que genera dualismos opuestos y complementarios?

 

 

En relación a esta pregunta, que adquiere nuevamente importancia, exigiendo otro enfoque para la respuesta, vamos a sugerir hipótesis interpretativas.

 

 

El poder como simetría de opuestos

 

1.   El poder es como un campo gravitatorio de fuerzas, que responde a la curvatura del tejido espacio-tiempo; curvatura inducida por la presencia de masas molares, provocando hondonadas, que, a su vez, ocasionan que otras masas molares menores giren alrededor de la masa molar mayor. Tómese lo que se acaba de configurar como metáfora; lo que implica que no es lo mismo, sino una analogía con el fenómeno gravitatorio físico, que se manifiesta aparentemente como atracción, por así decirlo. Esta metáfora nos permite sugerir que el poder se realiza a partir de simetrías duales de opuestos. En otras palabras, funciona como dinámica de simetrías duales opuestas. Por ejemplo, las formas políticas de estas dualidades opuestas más conocidas se han expresado o denominado como dualidad de dominantes y dominados; otra forma de dualidad se ha nombrado como la de los gobernados y gobernantes. Quizás la dualidad nominada más elocuente de la política se ha definido como dualidad amigo/enemigo. Son algunas de las dualidades opuestas mencionadas en los discursos políticos y en las ideologías; no son las únicas. Hay una pluralidad de formas duales opuestas en el ejercicio del poder y en la efectuación de la política, en sentido restringido. Lo que importa remarcar es que el poder no puede funcionar sino a través de la complementariedad contradictoria de dualidades de opuestos.

 

2.   Ahora bien, esta dualidad de opuestos, que hacen a la simetría política, parece funcionar como dialéctica; se afirma la dualidad negándose los opuestos. En este sentido, podríamos decir que la filosofía que mejor expresa el deseo y la enunciación del poder es la dialéctica. Pero, vayamos despacio, Esto parece ocurrir; sin embargo, en realidad, la simetría es la que antelada y materialmente, si se quiere, mejor dicho, física y geométricamente,  ya integra como composición combinada a las denominadas formas políticas opuestas. Es decir, es en la simetría política donde se encuentra el secreto, por así decirlo, de la dinámica política del ejercicio del poder. La simetría no es dialéctica, sino, en todo caso, geométrica.

 

 

3.   En consecuencia, no hay afirmación ni negación, ni juego dialéctico entre negación y afirmación, sino simetría; equivalencia estructural y de las propiedades intrínsecas de las partes de la composición integral, que en este caso es el poder.

 

4.   Desde la perspectiva de la simetría, las formas políticas  opuestas no son opuestas, salvo aparentemente. No son formas opuestas, sino, más bien, simétricas.

 

 

5.   La misma forma de poder, de un lado, aparece como  otra forma de poder, del otro lado. Al ser de las mismas estructuras y de las mismas propiedades intrínsecas, al funcionar de la misma manera respecto al poder, al establecer una relación similar con el eje crucial del poder, sus estructuras y propiedades intrínsecas son parte de las estructuras estructurantes mismas del poder como campo gravitatorio.

 

6.   Ahora bien, el poder en tanto campo de gravitación de fuerzas sociales, como dinámica de simetrías políticas opuestas, es una construcción social e institucional. Es la construcción política efectuada por las sociedades institucionalizadas, las que constituyen e instituyen las formas singulares de poder en sus formaciones sociales. La simetría política de la que hablamos corresponde a las simetrías modeladas institucionalmente.

 

 

7.   ¿Qué relación hay entre estas simetrías sociales, construidas socialmente, y las simetrías vitales, las simetrías inherentes a la vida? Bueno, es un trascendental tema de investigación. Lo que se puede decir, por el momento, es que las simetrías constructos sociales no pueden sino recurrir a lo que hay materialmente y vitalmente como simetrías físicas y biológicas para elaborar, construir y edificar sus simetrías institucionales. La hipótesis que se puede sugerir, siguiendo las interpretaciones que ya expusimos en relación al biopoder[2], es que la simetría constructo social institucionalizada es ya una restricción de las simetrías vitales.

 

8.   Por lo tanto, se puede no solo explicar desde la perspectiva de la simetría política de los opuestos los paradójicos comportamientos políticos, sino también las crisis políticas, las crisis del poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Bibliografía: Robert M. Wald: General relativity, Chicago University Press. Sánchez Bautista F., Sánchez Hernández S. Laura Texto y Prácticas de diseño, 2011. Ver Wikipedia, Enciclopedia Libre: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Especial:Libro&bookcmd=download&collection_id=76fc967f7ac713f724fbfdd99ec17267adc5817c&writer=rdf2latex&return_to=Simetr%C3%ADa.

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El hábito de persecución del poder

El hábito de persecución del poder

Consciencia y psicología desdichada

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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En el odio en los tiempos de la política, pareciera que se respondiera a un guion preformado. Lo que hacen los actores políticos es seguir el libreto, hacer los papeles dispuestos en el guion. Es como si se siguiera una trama ya dada, respondiendo a la estructura narrativa. Cada actor se sumerge tanto en su personaje, que termina siéndolo; olvida que es una representación. Hace como si fuese lo representado, el referente, lo real. De alguna manera, saben lo que es el desenlace o lo adivinan; empero, hacen como si lo ignoraran, como si no lo supieran, e insisten en sus propios proyectos, como si pudieran alterar lo ya escrito.

 

Entonces estamos ante una doble tragedia o una tragedia duplicada. El desenlace ya está escrito como una fatalidad; esta trama fundida con su desenlace; mejor dicho, esa trama preparando el desenlace. Esta es la primera tragedia; es tragedia como fatalidad, como condena; si se quiere, como destino. La segunda tragedia o la segunda característica de la tragedia, donde redunda, se da en los dramáticos esfuerzos, inútiles, por cambiar el desenlace, cuando se sabe que esto es imposible, dadas las circunstancias, las condiciones repetidas, sobre todo los habitus acostumbrados.

 

Sabemos que el acontecimiento político no transcurre como trama, sino como constelación de multiplicidades singulares, articuladas en sus asociaciones, composiciones, combinaciones de composiciones, que se dan de manera azarosa, afirmando la necesidad[1]. Sin embargo, la anterior figuración de la dramática política puede ayudarnos a constatar las conductas y comportamientos políticos. ¿Cuál es la analogía que permite esta metáfora? De alguna manera, por aprendizaje de las experiencias políticas de la modernidad, se visualizan ciertas regularidades, develadas en la recurrencia de evidencias, que materializan, por así decirlo, a fenómenos políticos, que parecen contener el impulso de trayectorias inherentes.

 

A pesar de constar estas experiencias sociales, como substrato de estructuras de ciclos políticos reiterativos, a pesar de sus variaciones y diferencias. Hay como una estructura inherente, una estructura estructurante de la política, que ordena los sucesos, haciéndolos parecer a una trama. Aunque no sea así, la metáfora de la trama nos puede ayudar a ilustrar y a comprender la terquedad humana por representar sus papeles heredados, olvidando que éstos ya se dieron antes, que puede cambiarlos, incluso liberarse de sus papeles e inventar otros entramados, que conduzcan a otros desenlaces inesperados.

 

Las historias políticas de la modernidad han enseñado que las revoluciones cambian el mundo; pero, se hunden en sus contradicciones. Que los ciclos institucionales viven su auge y su decadencia; las revoluciones emergen en las crisis de esos ciclos institucionales. Es como si acompañaran al ciclo institucional, en su etapa decadente; como contraste opuesto a la decadencia, buscando un nuevo apogeo. Lo logran cuando se pasa a otro ciclo institucional; empero, entonces, la revolución o, mas bien, lo que queda de ella, no aparece como interpelación crítica al régimen, sino más bien como apología del régimen que se conformó.

 

En el nuevo ciclo iniciado con la revolución, que, a su vez, clausuró el anterior ciclo, los revolucionarios en el anterior ciclo no son los revolucionarios en el nuevo ciclo; tampoco son los conservadores del anterior ciclo. No es una inversión en la misma cancha, donde un equipo jugaba defendiendo un arco y el otro equipo el otro arco, sino se trata, por así decirlo, de otra cancha, incluso con otro formato y de otro juego, aunque se parezca al anterior. Los revolucionarios del anterior ciclo se convierten en los nuevos conservadores en el nuevo ciclo; los conservadores refuerzan, mas bien, sus ateridos conservadurismos en el nuevo ciclo. Para seguir empleando el mismo término  este de revolucionario,  que ya lo pusimos en suspenso, en otros escritos, pero, lo usamos por razones de ilustración y pedagógicas, los “revolucionarios” en el nuevo ciclo son otros y otras sujetos y subjetividades sociales, colectivas, culturales[2]. Estos y estas revolucionarias no se invisten con los trajes de los anteriores revolucionarios ni se disfrazan con el ropaje, los gestos y los discursos de los antiguos héroes. Como lo dijo Karl Marx en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte, los revolucionarios, en el nuevo ciclo, deben despojarse de todo disfraz, de toda mimesis, de toda investidura anterior; obviamente, también de todo discurso e ideología anterior. Para decirlo fácilmente, lo nuevo, el ciclo nuevo, tiene que ser atendido con creatividad e inventiva social, con imaginación transformadora, contestataria, transgresora y dando lugar a aperturas de horizontes civilizatorios.

 

En estas condiciones de posibilidad históricas-políticas-culturales cambiantes; a pesar de las mutaciones estructurales en las condiciones mismas sociales, políticas y culturales,  hay ateridas costumbres, incrustados hábitos, heredados habitus, que atrapan a los actores políticos en el esquematismo dual de amigo/enemigo; definición de la política, en sentido restringido. Esquematismo dual simple, como si solo se tratara de invertir la colocación en la estructura de poder; además, en el mismo juego. Aunque persistan emitiendo los mismos discursos, el hecho político de que ocupen la parte de la cancha que ocupaba el otro equipo y tengan que defender el arco que defendía el otro equipo, como si no hubiera cambiado la cancha y el juego  – por lo tanto, a pesar de que haya necesidad de otras reglas del juego , hace que ambos enemigos, se mantengan en un juego político ya sobrepasado por los acontecimientos, como si no hubiera pasado nada, salvo el que uno ocupe el lugar del otro.

 

A esta situación política, donde los enemigos irreconciliables siguen siendo enemigos, aunque sus colocaciones se hayan invertido, hemos denominado anacronismo político[3]. Ambos resultan atrapados en las estructuras de un juego político fosilizado, ambos resultan jugando un juego anacrónico; por lo tanto, ambos son conservadores recalcitrantes[4], a pesar de sus diferencias discursivas e ideológicas.

 

En estas condiciones anacrónicas, de persistencia en lo mismo, se entiende que los revolucionarios del anterior ciclo, hagan, en el nuevo ciclo, lo que los conservadores derrocados hicieron, en el anterior ciclo. Entonces, como el sujeto político es lo que hace; los “revolucionarios” en el poder son los nuevos amos, los nuevos patrones, la nueva élite, los nuevos ricos de la persistente oligarquía. Aunque se sigan creyendo “revolucionarios”. La auto-contemplación, la autosatisfacción, no hacen al revolucionario, sino que constituyen a pretensiosas egolatrías delirantes, que habría que estudiarlas desde la egología.

 

Un hábito en la clase política es la persecución a los “opositores”; acompañada por la descalificación del enemigo, hasta convertirlo en un monstruo, merecido de asesinarse. Esta costumbre vengativa conservadora se transfiere a los “revolucionarios” en el poder. No saben hacer otra cosa que lo que hicieron con ellos sus persecutores, que ahora se han vuelto “opositores”, en tanto que los “revolucionarios” en el gobierno son “oficialistas”. ¿Qué significa este hábito persecutor?

 

No significa, en principio, otra cosa, que los “revolucionarios” son poder, están en el poder; ahora, al serlo, al ejercen el poder, como se lo hace desde hace siglos, es mas, considerando las diferencias estructurales y civilizatorias históricas-culturales, como se lo hace desde hace milenios. Ejercer el poder es manifestar contundentemente, indiscutiblemente, la fuerza demoledora del poder, de sus máquinas de gobierno, de sus máquinas jurídicas, de sus máquinas de guerra, de sus máquinas burocráticas, de sus máquinas acusadoras, que ahora se coaligan con los medios de comunicación, que banalizan los hechos.

 

En segundo lugar, el hábito persecutorio delata el miedo a perder el trono; temor que se vuelve una pesadilla y convierte a los gobernantes en reyes paranoicos. Se persigue a quien se teme.

 

En tercer lugar, el hábito de la persecución es garantizar la continuidad de las dominaciones polimorfas heredadas, aunque en el nuevo ciclo se les otorgue otros nombres y se pretenda que al estar administradas por un “gobierno revolucionario”, la situación cambia. Mientras subsistan las dominaciones polimorfas el susodicho “gobierno revolucionario” no hace otra cosa que administrar el ejercicio del poder heredado de la máquina fabulosa de las dominaciones.

 

En cuarto lugar, el hábito de persecución es el síntoma más notorio de la consciencia desdichada, del sujeto desgarrado por sus contradicciones. Ocurre como si al perseguir se huyera de uno mismo.

 

En quinto lugar, el hábito de persecución es hábito de policía, es hábito represor. Este hábito forma parte  del panoptismo del vigilar y castigar, consolidado en el siglo XVIII y XIX, combinado con el diagrama del control y el diagrama de la guerra globalizada, en la extensión del siglo XX.

 

En sexto lugar, el hábito de persecución forma parte del circulo vicioso del poder, en este caso, concretamente,  del circulo vicioso de la persecución; ayer me perseguiste, ahora me toca a mí.

 

En séptimo lugar, el hábito de persecución no ha dejado de sufrir el desgaste de los tiempos, de los usos y los abusos. En la modernidad tardía, diciéndolo en tono popular, se persigue a la propia sombra.

 

 

 

 

 

 

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