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La sonrisa de una bala marcada

La sonrisa de una bala marcada

 

Francis P. Prada

 

En memoria de mi abuelito Raúl y mi bisabuelito Gilberto “Yeye”

 

 

La sonrisa de una bala marcada

 

Oso Yeye

 

 

 

 

 

 

“Mi nieta trabajará en la Nasa” solía decir Gilberto Molina Valle o “El Yeye”, como sus cercanos solían decirle, a lo que el señor Prada con aquellos ojos que se habían robado más de un corazón sonreía. Ambos sentados en una de esas mesas ubicadas en la calle Jaen, tomaban su té de la tarde; el Señor Prada prefería un café de aquellos fuertes que golpeaban el rostro para ser despertado; Yeye en cambio se quedaba con la tradición de tomar un buen té con azúcar, llevaba su propia taza exigiendo que cualquier cosa que toquen sus labios sea servida ahí.

Como era rutinario ambos se pondrían a hablar del pasado; hay algo en el caminar del pasado que nos atrapa, nos abraza tan fuertemente que estamos toda la vida contando las mismas anécdotas, aquellas que no acaban y siguen susurrándose incluso cuando hace mucho tiempo su contador se calló. El señor Gilberto agarraba el periódico que Don Raúl dejaba sobre la mesa, Don Raúl antes de bajar los ojos ya sabía que su periódico había desaparecido, Don Raúl ya estaba acostumbrado a esto, incluso le pasaría su punta bola sabiendo que el empezaría a hacer sus diarias anotaciones; pensamientos y críticas eran marcadas en los periódicos. Durante su larga vida de 102 años la mayor parte la pasó en Cochabamba; en aquella casa ubicada en la calle Mariano Ricardo Terrazas, con el techo que calentaba el interior, haciendo que sus integrantes deban sacarse más de una prenda de ropa. El pasillo que seguía la puerta principal formaba un lindo camino de mármol, a la derecha encontrabas la sala de estar. La alfombra roja que la cubría había sido pisada por tantas personas que eran más personajes que normales; entre ellas se encontraba su hija Martha Molina Reque, producto del amor entre Yeye y su bella esposa Blanca o “abuelita Blanquita”, como sus nietos próximamente la llamaron. Martha era su única hija, explicación de su actitud siempre tan mimosa, querer ser el centro de atención venía con su naturaleza, pero creció para convertirse en una amable y amorosa mujer.

Si dabas unos pasos más en aquel camino de mármol, encontrabas la cocina con una mesa de madera, que a cualquier hora tenía comida encima de ella, existía un aroma dulce en aquel lugar, además de la deliciosa comida, uno era capaz de oler el amor que se había compartido en aquella cocina. Eran las historias y esas pequeñas discusiones que hacían a aquella mesa especial. Salías de la cocina y encontrabas las gradas más extrañas que tus ojos podían ver; la mayor parte de las visitas solía decir con afirmación que aquellas escaleras eran su parte favorita de la casa, que si se me es permitido será nombrada “la casa peculiar”, que no solo de mármol era hecho el piso, sino de una alfombra roja que  venía acompañada de aquellas extrañas escaleras, eran altas y de forma curveada las barandas eran de un color verde oscuro. Si mirabas a lo alto encontrabas en la punta de aquellas escaleras peculiares el rostro de un dinosaurio; el objetivo era entendido esa escalera debía simular el cuerpo de un dinosaurio. Imagínese que habrá sido para los infantes escalar aquella peculiaridad, con sus pechos hacia afuera afirmaban “He trepado un dinosaurio”.

“La casa peculiar” no solo tenía la extrañez en los objetos, tenía el viento de memoria, cada polvo y partícula flotante contaba un secreto que solo los que vivieron en la casa podrán comprender. Y en el tope de la escalera dinosaurio encontrabas a la izquierda el escritorio de Yeye; aquella vieja mesa fue su mejor amiga y los periódicos sus compañeros.

Como solía pasar, a la hora del té, Yeye sacaría sus antiguos periódicos, colocándolos sobre la mesa, Don Raúl echaba un vistazo, preguntándose el porqué de la vejez de sus periódicos, Yeye solo decía

– Eran mejor redactados antes.

Mientras Yeye escribía y releía sus “periódicos espaciales”, como serán nombrados, debido a su leve obsesión con planetas y cometas. Don Raúl cruzaba los brazos mirando su reloj, eran las 3:30, puntualmente prendía su vieja radio negra, para llenarse con las melodías clásicas que le habían acompañado toda la vida.

Don Raúl había sido el último de ocho hijos de Ernestina Méndez Rivas y Francisco Javier Gonzales de Prada; era Cochala, naciendo en su amada Cochabamba el 15 de octubre de 1931. Su infancia fue disfrutada en las orillas del rio Rocha, que en esa época su color era azulado, elegido para ser el lugar donde Don Raúl se bañaba y limpiaba sus ropas, además de jugar con sus hermanos. La nostalgia abofeteaba duramente su rostro cuando pensaba en su niñez; uno quiere amar y odiar al tiempo, que tanto quita pero que también tanto da.

Don Raúl pasaba sus vacaciones en una hermosa finca en las afueras de la ciudad, “Caluyo”. Unos largos pastizales con el sol quemando los hombros, era como recordaba el lugar. Cerca de su casa había una pequeña capilla, que con aspecto avejentado uno podía darse cuenta de cuánto tiempo estaba ahí; hasta el día de hoy aquella capilla sigue en pie; en cambio, la casa que Don Raúl pisó solo él, la recordará, cuyos restos de ella no quedan. Desecharon el lugar para convertir los terrenos en un hotel. Don Raúl se despido de su Cochabamba a los 14 años de edad, pero siempre la recordó con demasiado detalle; solía decir.

-Como buen cochala siempre disfruté de la papa.

Con aquellos pensamientos apagaba la radio para volver a observar a Yeye, que susurraba entre líneas al escribir, solía hablar sobre el cometa HaleBopp y el que había sido su anhelo de algún día observarlo; hablaba del peligro que la humanidad sufría porque allá en los 90’ s había leído que “Estudio pronostica choque de asteroide con la Tierra”; creía en sus periódicos y los secretos que le contaban, tanto que en Cochabamba había una noche ocultado todas las vajillas y platos de la vitrina, convencido de que habría un temblor; así se lo habían contado sus compañeros periódicos. Le tenía un amor muy grande a la vida porque había mirado a los ojos de la muerte. Nacido en Oruro 22 de mayo de 1912, hijo de Manuel María Molina y Juana Valle Porcel, fue educado en el que en esa época fue el mejor colegio de Bolivia: El Instituto Americano.

Yeye fue difícil de criar, un infante extrovertido que no esperaba para salir corriendo a aquel aire libre, que era la única distracción en esa época. En una oportunidad, mientras jugaba a ser un avión, extendió sus pequeños brazos y como uno de estos artefactos empezó a correr, sin prestar atención a una roca debajo suyo. El avión que Yeye condujo empezó a caer; fue ahí cuando sintió un agudo dolor en la nariz, temiendo lo que su madre, Doña Juana, le vaya a decir, bajó el rostro cuando volvió a casa; pero el ojo de buena madre que tenía Doña Juana no le permitió salirse con la suya. Había gritado al verle el rostro, no era la sangre chorreando del mentón, era la nariz que se encontraba totalmente chueca, pero con Yeye no venía a ser sorpresa que lo que haya traído ahora chueco sea su nariz. Doña Juana con el miedo de una madre al saber de su hijo herido preparó medicinas, pues en aquella época no se tenían farmacias. Doña Juana paró el dolor de su hijo, pero lo que no pudo fue poner recta su nariz; Yeye cargó una nariz chueca consigo toda su vida, pero imagínense el Don Juan que era, si, incluso con nariz chueca conquistaba.

Su adolescencia fue interrumpida, por esas situaciones que nos hacen reevaluar y cambiar la existencia. A los 19 años junto con su hermano Carlos fue mandado a la guerra del Chaco. Que peores traumas puede darnos la vida que aquellos causados por el ser humano. Las memorias de guerra fueron las memorias que más recordó en su vida; se clavaron como un virus en su cerebro, el dolor de haberse dirigido al campo de batalla con su hermano, el dolor de haber vuelto solo. No solo fueron las cicatrices emocionales las que quedaron sino las físicas, la guerra le dejó su marca: una línea blanca que caminaba por su hombro izquierdo, la bala que se dirigía al pecho cambió de inclinación a último momento, dejando marcada la leve interacción que tuvo con la piel de Yeye.

Volvió de la guerra y la vida no le dio tiempo de respiros, le pidió que supere sus demonios y ponga sus manos a trabajar. Yeye se convirtió en contador, pero no fue cualquier trabajador, como todo en su vida, se convirtió en el mejor, dejando su marca en la “Railway Company”, el ferrocarril cochabambino que ahora los contemporáneos solo conocen en fotografías. Su sueño no era ese, el soñaba, con ser ingeniero electrónico, pero a aquellos que tienen sueños cumplidos la vida les dio un beso más. Aun así, Yeyé intento aprender, no fue a una gran universidad ni tuvo sabios maestros, fue autodidacta y el en la soledad de su escritorio se convenció a mismo de reconstruir una radio, radio que sigue intocable, entre polvo y vejez, en una esquina oculta en “la casa peculiar” de Cochabamba.

Llegaba el momento del día en el cual una fotografía era sacada, Don Raúl revisaba sus bolsillos, debajo de sus envolturas de dulces, sacaba a su “Bebita”, el nombre de cariño de su esposa. Aquella foto ya con los bordes amarillentos mostraba a la Señora Beba jovenzuela, con el pelo que parecía sedoso; los dedos de Don Raúl se movían de un lado a otro recordando con su tacto su piel, sus ojos, sus largos labios sonrientes. Había sido y seguía siendo una mujer fuerte; lo atrapó desde el primer momento y nunca se dejó soltar. Yeye, que levantaba la mirada de sus periódicos espaciales, a  su vez sacaba su fotografía, recordando que era el momento del día para recordar; la suya se encontraba en su monedero, el cuero estaba arrugado y olía a aquella chamarra negra de odre holgado en las mangas. Yeye sostenía su fotografía, más pequeña, desde la esquina inferior izquierda, con el pulgar e índice; era su “Blanca”, su “Blanquita”, “la señora Blanca”. Su corazón aun latía cuando miraba a los ojos de la fotografía; nada cambió, siempre la amó, siempre la ama y siempre la seguirá amando. Don Raúl bajando la fotografía con una sonrisa sospechosa se preparaba para decir su frase diaria, con la que disfrutaba molestar a Yeye.

– Siempre será la mía, la mujer más bella.

Yeye, sin mirarlo a los ojos, fruncía el ceño y lentamente lo miraba a los ojos, haciendo a su vez una sonrisa sospechosa, una que relataba la pelea, la misma que diariamente comenzaba. Los dos contrincantes románticos empedernidos las amaban tanto que era difícil entender que algo más bello existía.

Don Raúl había conocido a María de los Remedios Alcoreza Melgarejo o, más fácilmente, “señora Bebita” en una fiesta de 15 años; el con 18 años, no imaginaba ser el que caiga. Era la fiesta de la señora Gladys Ballivián; se adentró con ese caminar lento y sereno, con una ceja levantada, un peinado con los cabellos acomodados perfectamente y esa sonrisa, su arma mortal hasta en los últimos días. No había cambiado ni una curva, no sorprendía que sea confundido por una estrella de cine, fácilmente lo imaginabas en la pantalla. Sus zapatos negros con el “tap,tap” acompañaban la música, se vieron inquietados en su melodía cuando captaron unas zapatillas, algo lo atrajo, sus pies moviéndose sin permiso pronto se encontraba frente a Bebita, su señora Bebita, solía decir al recordar la historia.

-Ingresé a una fiesta navideña con villancicos de pantalón corto, me atraparon y salí casado.

 Yeye tuvo su amor de colegio, que se convirtió en su amor de vida; Blanquita, como Yeye, estudió en el Instituto Americano. Era toda una dama, una dama muy fuerte, pero que también mostraba su delicadeza en sus actos; sus dedos blancos alargados, cuando caminaban se movían de un lado a otro. Solía seguirla con sus ojos; la había visto en las calles agarrada de sus amigas, la había visto en la clase siempre con dos ojos como canicas; no titubeaban de cansancio como los de Yeye solían hacer. La había visto en los pasillos; los ojos de Yeye incluso antes que él, ya sabían el amor oculto que había estado escondiendo. Fue su corazón quien le obligo a hablar, no fue su mente, que, mas bien, le colocaba barreras en su camino. Tan serio desde joven Yeye se mostraba vulnerable ante los ojos de Blanca, esperando a que sus oídos escuchen una palabra, de aquel joven extraño, quien se paró frente a ella. Blanca no era ilusa sabía lo que aquel joven tenía el propósito de hacer, aun así no se lo facilitó, pues quería probar su valentía y se quedó ahí frente a él, alzando las cejas y mirándolo aún más. Se sorprendió al mirar de cerca sus ojos; nunca había conocido el mar, pero en sus ojos podía verlo. Su mente se cuestionó ante la posibilidad de tan bello color, rayas negras coloreando los extremos de un ojo celeste; más que el mar, le empezaba a recordar al cielo, pero el cielo nunca la había hecho sentir tan exaltada. Los ojos de Yeye le hicieron dar una vuelta al mundo, esos ojitos sonrientes le mostraban espacios que nunca había visto; ella quien no se iba a resistir ante la rareza de ese joven, terminó también en el trance que Yeye había empezado. No se conoce quien rompió el trance, despertando a esos jóvenes y obligándolos a mirar a otro lado, pero también parece que nunca se dejaron de mirar de aquella manera.

Don Raúl, sacó un caramelo con envoltura amarilla; el sonido de aquel plástico, el tacto resbaladizo, el gusto y la lengua que agarraban al caramelo, moviéndolo de un lado a otro. Él cerraba los ojos, sus caramelos habían sido sus compañeros siempre, uno en el bolsillo, siempre de antaño, difíciles de saborear, pero para su gusto tenía todo lo necesario para ser aprobado. Cuando la luz cambiaba de lado, generalmente de 4 a 5 de la tarde, él sacaba su caja de fósforos, la agitaba cerca de su oído y, al convertir a la cabecilla en negra, olía su humo, olor relacionado a memorias; el aroma era fuerte y atravesaba el cuerpo cuando era respirado. Había trabajado en fábricas de fósforos, aquellos palillos, más que solo madera, por muchos años habían sido los responsables de poder meter la mano en el bolsillo y encontrar un billete.

Don Raúl con una fascinación por los números desde muy pequeño; estudió ingeniería industrial, como Yeye fue un buen trabajador. Se graduó de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), con honores. A los 21 años disfrutaba de una profesión, abrazaba al trabajo con un brazo y con el otro a su Bebita. La fábrica de fósforos, que tanto recordaba, tenía los ladrillos sin pintar; lo que le daba un aspecto de vejez, aun cuando no lo era. El olor de los fósforos le traía memorias de la vieja Alemania. Aun se puede oír a la Señora Bebita quejarse de su larga estadía en Alemania, “lo que eran tres meses se convirtieron en dos años”. Sin estar cerca de la familia y perdiéndose del crecimiento de su primogénito, aunque, sin embargo, por lo menos con trabajo. De suerte le mandaron acompañado de sus tres monigotes de compañía o como uno suele llamarlos amigos. Recurriendo a la música de antaño, de los 50s, trataba de evadir la nostalgia; sin darse cuenta de que al hacerlo la hacía asentarse aún más. Solía tararear las palabras que entonaba Virginia López, cantaba “tu promesa de amor”. Conocía a la Señora Bebita como la palma de su mano, sabía que no importa cuánto lo odie por su larga estadía, el amor seguiría por siempre y cantando en su cabeza solía decir “Tu….. tú no puedes dejar de amarme”.

Barragán su amigo, con una pierna mala, lo esperaba cada mañana para dirigirse a la fábrica; con el leve cojeo que tenía en la pierna izquierda aún se las arreglaba para caminar tan rápido como alguien sin problemas. Al llegar a la fábrica el equipo de los ingenieros bolivianos se encargaba del mantenimiento y cuidado de las maquinas. Se debe decir que sin ninguna de estas mentecitas ingenieras la fábrica de fósforos, que se construyó en el país, no hubiera sido posible. Con su elegante bigote y aquellos ojos verdes el mentón acolchonado, Don Raúl, con el sudor corriéndole la frente aun sabía cómo verse como el caballero que era. Recorriendo en la fábrica con las mentecitas ingenieras que lo acompañaban; en sus pasos tenía la confianza de alguien que era dueño del lugar.

Sus días fueron acompañados por las canciones que, con la buena memoria, recordaba; desde la sonata de luna, hasta sus boleros, Don Raúl no tenía dote para tocar los instrumentos musicales; sus dedos se encontraban duros como para posicionarse en el piano y la guitarra, su voz, cuando se le pedía cantar en un tono, cantaba en otro, sin embargo, no cambiaba el amor que le tenía a las melodías bien compuestas. Inteligencia suya fue jamás exponerse a las melodías contemporáneas, siempre se quedó con aquellas guitarras y trompetas, que lloraban desconsoladas, mientras el piano se pronunciaba de fondo. De vuelta a su departamento, solía reproducir en su mente “el bodeguero” de la orquesta Aragón, dando vueltas y pasos pequeños de baile, la punta de su pie golpeaba el cemento dos veces, la pierna derecha seguía los pasos de la izquierda, poniendo la mano izquierda en el pecho levantaba la derecha y la movía al ritmo de la música, meneando las caderas, que con buen ritmo lo hacía. Volviendo al talento musical, encontrábamos que el don musical de Don Raúl no eran los instrumentos, tampoco la voz; su talento armónico se expresaba en su facilidad de moverse al ritmo, así bailaba en su pequeño departamento, donde en la sala hacia una venia, imaginándose a una Señorita Beba de 15 años y el de 18, tomando su mano empezaban a dar piruetas en la sala, mientras la mente de Raúl reproducía un valtz. Siempre se sintió con su señora como un jovenzuelo en el que no había crecido ni una arruga.

Fue una mañana, cuando entraba a la fábrica, Barragán, su apreciado amigo, de pronto, cambió la postura tratando de fingir seguridad, dando una sonrisa falsa, que no fue desapercibida Don Raúl, quien había notado el cambio de conducta. Lo observo acercarse a él, Barragán, en sus temblorosas manos, agarraba una carta; había recibido un sinfín de ellas desde Bolivia, pero había algo en ésta que la hacía especial, talvez una fragancia o simplemente las primeras palabras, que sin querer había llegado a leer. Don Raúl podía sentir el peso de la misma, no estaba seguro de si agarrar la carta o no, podría simplemente darse la vuelta e irse, así nunca tendría que sufrir por su contenido, pero sabía que su amigo Barragán no pararía hasta que Raúl la lea, quien extendió la mano y alzo las cejas, con una mueca explico su error y su “idiota curiosidad”. Había leído algo que sus ojos no debían leer, disculpándose agarro la mano de Raúl y le entregó la carta, porque parecía que él no iba a agarrarla por sí solo. La letra era de la Señora Bebita, podría reconocerla en cualquier escrito, al leerla Don Raúl de repente esbozo una sonrisa, nadie había fallecido, “nada tan malo como una muerte sucedió”, decía.  Sin embargo, esa sonrisa se esfumó y la característica que hacía a Don Raúl un personaje sereno se perdió. Al reflexionar, Don Raúl comprobó que se había mucho tiempo lejos de su amada; tiempo de crecimiento de su hijo. Ya no podía más. Pensamientos evasivos golpearon su mente, ¿qué más iba a perder?, no había agarrado la mano de Bebita en tanto tiempo, no había abrazado a su primogénito; su oído captó un fuerte sonido rápidamente, Don Raúl se dio la vuelta, era el “tic toc” del reloj; esta carta a diferencia de tantas, lo había marcado. Calmándose llevó la carta a su pecho, tarareando las cuatro estaciones de Vivaldi, guardó su carta, le dio una palmada al hombro a su amigo Barragán, le sonrió con los ojos y le dijo es tiempo de volver.

Recuerda, en aquella mesa en la calle Jaen, el sonido que hizo su zapato negro brilloso al llegar a Bolivia, rápidamente, tratando de saborear con la nariz el aire, notó la falta de aire de La Paz, sintió el peso en su pecho y como empezaban sus rodillas a ceder; se sonrió: “definitivamente un mate de coca no me hará mal”. Pudo notar la figura de la señora Bebita, que agarraba de la mano a una pequeña figura a su lado, era su primer hijo. Si algo puede llamarse sobrecogedor en este mundo, sería el sentimiento que Don Raúl percibió al ver a su hijo; era increíble observarlo, increíble poder tocarlo. Aquel niño, que tan fuerte se veía, había nacido prematuro a los seis meses; lo había visto por primera vez cuando lo agarró con una mano. Sentía incertidumbre, su hijo estaba a su lado, cuanto tiempo no había estado cerca. Los días en Bolivia, después de Alemania, fueron igual que empezar nuevamente, las calles las personas el aroma y el olfato eran distintos. Lo que más gustaba a Don Raúl es que el tacto se sentía distinto, porque después de dos años sus manos eran capaces de tocar rostros, rostros suaves que sus dedos amaban; después de dos años fue como aprender a amar de nuevo. Siempre amó a su familia, pero es diferente el amor de cerca que el de a distancia.

Raúl Prada su hijo, que después se apodaría “el chato”, por la estatura pequeña con la que se quedó toda la vida, multiplicaría las travesuras y las convertiría en una pesadilla viviente para sus padres; aun así, el amor hacia a él era innegable; pues tenía algo especial, era su cerebro que lo hacía único.

Tuvieron tres hijos más. Como si las travesuras de “el chato” no hubieran sido suficientes, vinieron dos varones más o dos “jamaculis”, como decía en quechwa, a ser parte de la sinfonía de diabluras y anécdotas, que su familia tendría. Alejandro, que próximamente seria apodado “Alex”, tenía una muñeca de artista, sus cuadros serían decorados en cada pared. Seguidamente vino Francisco, quien sería el popular de la familia; en la familia cuentan recurrentemente la anécdota de que cobraba a sus invitados, que iban a sus fiestas de cumpleaños; eso es lo que siempre fue, popular, también un pícaro para los negocios. Siguiendo los pasos de su padre, como herencia genética, por así decirlo, desde pequeño se convertiría en ingeniero premonitorio. De tres diablillos vino la calma; después de los “jamaculis”, la familia Prada recibía a una niña, quien contendría toda la amabilidad y amor que puede contener y trascender un ser; eran los ojos quizá de Tatiana los que mostraban inmediatamente el alma noble que ella contenía, eran los ojos de su padre.

Llegaba el crepúsculo del día, Don Raúl sabía lo que pasaría, por otra parte, con tantos pensamientos estaba la cabeza de Yeye, que llegaba la hora en la que se empezarían a manifestar oralmente; eso sí, no era para nada aburrido escucharlo. Desde que se habían encontrado ni una sola vez había repetido la manifestación oral de uno de sus pensamientos, eran todos tan variados, abarcaban todas las ciencias y artes; Yeye había sido un gran lector, al igual que Don Raúl. Ambos se entendían; este día en particular Yeye se paró de su silla y empezó a observar a la calle Jaen, observo las piedras que tenía la calle, se acuclilló para tocarlas; con el rozamiento de sus dedos en el concreto supo que las piedras eran de su época, así él lo creía, sonrió al darse cuenta. No existían ya cosas que reinventaba el recuerdo, todo debía guardarlo en la mente; se paró esta vez para tocar las paredes, arqueo las cejas, esas paredes no eran de su época, podía reconocer la “pintura nueva”, caminó de arriba abajo. No podía negar el encanto de aquel lugar, parecía que uno se había adentrado en una fotografía y había empezado a vivir en ella ; el sol posándose en su ojos, la calle se hacía más hermosa, qué secretos e historias escondía aquel lugar, qué hacía a esta calle tan hermosa y especial. Tomó un gran respiro y supo que era, era el aire lo especial, cada partícula y polvo representaba una historia, algún recuerdo de alguien que había caminado en ella. Yeye retorno a su asiento y solo dijo.

-Le juro que no entiendo que estoy haciendo en La Paz.

Y así era, solía preguntarse, de cómo terminó ahí con ese señor llamado Raúl, que tan linda sonrisa tenía, quizá eran las partículas de sus memorias a las que se debía culpar, quizá habían migrado desde Cochabamba y se habían asentado en la calle Jaen.

Don Raúl en cambio, siempre le había tenido un cierto cariño a aquella calle; La Paz se había convertido en suya, era su musa, era aquella ciudad dueña de muchas memorias, que, incluso las investigaciones más grandes de durante las vidas jamás descubrirán. Disfrutaba del sol de la mañana y la tarde, disfrutaba de todos los tés que tenía con Yeye, disfrutaba de la fluidez de sus pensamientos; la nostalgia lo atacaba y la soledad también, pero tenía a su lado a un compañero, que, aunque no lo admita sabía, se sentía igual.

Ambos se pararon y despidiéndose prometieron encontrarse mañana, en el mismo lugar, a la misma hora; cada tarde están en aquella esquina de la calle Jaen. Nadie los ve al pasar, porque simplemente son inexistentes para los que aún existen. Pero están ahí como partículas de aire, son las memorias y las anécdotas que se quedaron en la tierra y aún siguen susurrándose a sí mismas, son las narraciones de los sobrevivientes, incapaces de separarse de sus presencias, sobrevivientes que no permiten dejar perderse a sus amados en el olvido; son aquellos amigos entrañables. Las anécdotas fantasmales de Raúl y Yeyé quienes se adueñaron de la calle Jaen.

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Amazonia agonizante

Amazonia agonizante

 

Sebastiano Mónada

 

Los jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras

 

Incendio en la Amazonia 2

 

 

 

 

Amazonia proliferante de polifónicos cantos,

matriz de inteligencias sensibles,

memoria ecológica y sabidurías vitales,

anaconda alimentada por muchedumbres de serpientes,

continente de secretos biológicos y narrativas vegetales,

entramados corporales de animales de mirada melancólica.

Territorio donde germina la ayahuasca, memoria celular,

hermenéutica de entramados indescifrables.

 

Río Amazonas surcado por conquistadores náufragos,

buscadores de ciudades de oro y del país de la canela,

emboscados por pueblos de mujeres guerreras,

que los atormentan de día y de noche,

los vencen despiertos y en sus sueños.

 

Las sociedades cultivadoras de bosques,

arquitectas de lagunas artificiales y de canales hídricos,

desaparecieron dejando marcas distribuidas en la selva,

para recordar los caminos de regreso

cuando corresponda volver a la sinfonía tropical.

 

Los jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras,

donde exuberante y desnuda la Amazonia se quema.

Sabios árboles gimen agitando sus ramas de carbón,

murciélagos alados naciendo abrumados de cenizas,

que tiznan turbulentos aires contaminados.

 

Amazonia colgada en intangible cruz

en bóveda acongojada.

Su ceniza se esparce atormentada,

enjambre de mariposas noctámbulas,

profundas entrañas del orbe agitado,

apagando luz circundante de vida,

debatiéndose mortalmente herida,

encendiendo sanguinaria concavidad nocturna.

 

Jinetes del apocalipsis, montados en pelagios mecánicos,

máquinas sedientas bebedoras de energía fósil,

perdieron sus alas al descender a selvas condenadas.  

De implacable acero afilado

abren surcos en la jungla,

cortan troncos centenarios.

Océano de afectos exhalando aires sanos,

donde la meditación verde lanza

dulces pensamientos acuáticos.

 

Amazonia carbonizada entierra a sus hijos quemados.

múltiples plantas y muchedumbres de animales incinerados,

en aras del progreso, inscribiendo heridas profundas,

heridas abiertas sin cicatrizar en la carne,

en espesores exuberantes del cuerpo terroso.

 

Presidentes de estados encaracolados

en laberinto abismal de sus miedos

y abominables terrores fantasmales,

miran con desdén cementerios de cadáveres.

Lo que en vida fueron proliferantes tejidos

de entrelazadas tramas vitales.  

 

Cadáveres dispersos en campo de batalla

de vertiginosa modernidad crepuscular,

alucinante como ejército de antorchas festivas,

carnaval del desarrollo sepulcral.

Continentales venas abiertas derraman cantos,

inconsolables plegarias de largos duelos,  

recorridos de muerte desembocando en el mar,

atormentado por pérdida irreparable de los hijos,

sin poder siquiera levantar vuelo,

pájaro herido esperando al silencio.

Las alas fueron cortadas por miedo afilado

de jerarquías administrativas del dinero.

 

Revolucionarios de pacotilla y fascistas criollos,

engreídos bufones de cortes clientelares

o comedidos machistas dispuestos al feminicidio,

vulgares asesinos de pueblos nativos,

jinetes del apocalipsis, montados en máquinas de muerte,

se unen martirizando a la Madre Tierra llevada al patíbulo,

donde descuartizada y desnuda la naturaleza agoniza,

ante públicos atónitos observando espectaculares

catástrofes desbocadas por el fuego,

prodigio de fabulosas masivas torturas.

 

Héroes anónimos de irradiantes devociones,

jóvenes voluntarios de entregadas vocaciones,

actos heroicos, derroches sin reclamo,

circulación del don y del dar,

corren armados de amor,

fusiles acallados por las flores,

desesperadamente

a salvar a manadas de animales en estampida

a plurales familias de árboles que perecen,

aferrándose a sus patas y sus raíces

que huyen y se hunden en la nada.

Profundidades del planeta amenazado,

para llegar al corazón terrícola

que apresuradamente palpita angustiado.

 

Jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras

cuando terminan su lóbrega tarea,

fastuosa piromanía embelesada,

comienza el espectáculo en estridente pantalla ,

donde megalómanos patrones de gobierno,

títeres del lado oscuro de la luna,

se muestran esforzadamente preocupados

ante cámaras y periodistas embobados,

cabalgando sobre cuerpos martirizados

de la naturaleza decapitada.

 

Desde el fondo de complexiones vitales,

memoria ancestral anterior al tiempo,

emerge frenética voluntad de potencia creativa,

serpiente alada, metamorfosis de Tunupa,

para poblar de nuevo la Tierra soñada,

desterrando a los jinetes del apocalipsis

para siempre y para nuca más

repetir la pesadilla abstracta de la valorización

estéril y sin horizontes.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Felipe Delgado en el laberinto de su soledad

 

 

Jaime Saenz 6

 

 

En Antofagasta Felipe Delgado aparece perdido en el laberinto de su soledad. Una soledad extrema, abismal; el desencuentro consigo mismo no puede ser mayor. Solo el inmenso mar es un sosiego para su angustiosa soledad. Al encontrarse con el mar se encuentra con la infinitud acuosa y salada de lo que parece interminable, lo que llama el ser del mar; un ser sin tiempo, eterno, desmesuradamente abrumador por su cuantiosa totalidad inabarcable a la mirada, pero, a la vez, inmenso espacio donde se encuentra la paz en la expansión sublime del océano. Es allí donde Felipe Delgado desenvuelve sus más abstractas reflexiones. En esa inmensidad, que hace de metáfora de lo eterno, encuentra las respuestas a sus preguntas. A diferencia de las reflexiones nihilistas, donde la nada es el referente de la culminación, el ser del mar aparece como totalidad lograda. El mar borra el tiempo, es un acontecimiento acuoso sin tiempo, comienzo y fin de la vida; es más, la vida en su fluir y refluir eternos.

Después de este aprendizaje, Delgado sabe que tiene que volver, no solo debido a la nostalgia, sino para cumplir con su propio destino, que no es más que el recorrido de una ola que se estrella contra las rocas, que no es más que una vibración en un océano incontable de vibraciones. Ante el ser del mar la muerte es una nada, es parte del flujo y reflujo de la vida. Aunque parezca paradójico esto de ir a cumplir su destino, que no es otra cosa que despojarse del cuerpo, cuando se descubre el ser del mar, que es la vida misma, en su versión acuosa y fluida, Delgado sabe que lo que importa no es su recorrido individual y su clausura, sino esta eternidad fluyente donde se sumergen las particularidades, convirtiéndose en la totalidad bullente. Se puede decir, que no cambia su destino, sino que es interpretado de otra manera, desde otra perspectiva, ya no dese la mirada de la nada, sino, mas bien, desde la mirada del todo.

Pero, es cuando más solo se siente Felipe Delgado. Solo en la lejanía de su patria, de su terruño, de su ciudad, de sus amigos, de la bodega. Mucho más solo cuando ya no cuenta con los tiernos brazos de Ramona Escalera. A pesar de que lo acompañan Estefanic y Ramón Peña y Lillo, él se encuentra irremediablemente solo, en un entorno que hace patente su soledad incontestable. Por eso, se dedica, otra vez, a perderse en el alcohol. Esta dedicación lo va a llevar al extremo del delirio y el paroxismo de la locura; su amigo Estefanic, desesperado, recurre llevarlo a un sanatorio, donde va a tener experiencias extrañas. Fuera de experimentar y sufrir la terapia lapidaria del sanatorio, Felipe asiste al descubrimiento de la música del silencio o del silencio como matriz de la música. Una joven que recibe la visita de su madre, quien le regala un vestido nuevo, el que se pone inmediatamente, desnudándose en público sin pudor alguno, se pone a bailar en el salón como si fuese una pista de danza. Es cuando se arrima a la ventana y escucha el silencio.  El silencio es el secreto de la música, el silencio es la melodía suprema; suena en su propio mutismo, por así decirlo. Esta es la revelación de todo. Venimos del silencio y vamos al silencio; el motor de la música, la melodía, los sonidos, es el silencio.

Felipe Delgado decide llevarse en una botella agua de mar para depositarla en la tumba de Ramona Escalera, una ofrenda de lo que ha encontrado, parte del secreto del ser del mar; también lleva otra botella de licor de uva para compartir con los amigos de la bodega. Quiere festejar con los amigos el encuentro con el mar, pero también su regreso. A su retorno, ya en el Altiplano, al contemplarlo, considera que en esta inmensa puna arde el mar. Como si el Altiplano se hubiera tragado el mar y se hubiera convertido en fuego. Su sequedad no sería otra cosa que el mar convertido en fuego. Algo que equivale a decir, más o menos, que la tierra se licua en el mar, cambia de estado físico, como decir que la tierra se apacigua en el mar, a pesar de que el mar puede llegar a ser tormentoso. Esta dialéctica, al estilo de Felipe Delgado, que encuentra la conexión íntima entre el mar y la tierra, entre el océano y el continente terroso, nos muestra la inseparabilidad del acontecimiento paisajístico. En el paisaje se despliega el devenir del agua en tierra y de la tierra en agua, de lo húmedo en lo seco, de lo frío en fuego. Estas metáforas, en movimiento dialéctico, develan la inquietud incontrolable de Felipe Delgado, su angustia y su convulsión pasional. Va a ir a cumplir con el desenlace de su destino, pero de una manera agitada; no se trata de resistencia, tampoco de rebeldía, de oponerse, menos de un acto heroico, sino de una entrega apasionada a su propia diseminación.

Felipe Delgado, cuando regresa a la Paz y va al cementerio a la tumba de Ramona Escalera, confunde las botellas y deja la botella de agua ardiente de uva en el nicho de la amada difunta y se lleva para beber el agua de mar. Esto le parece una señal de mal augurio a su amigo Peña y Lillo que lo acompaña; sin embargo, se ve obligado por Felipe a beber el vaso lleno de agua de mar, pues Felipe apuesta plenamente al cumplimiento de este cambio, de esta equivocación, que es señal de lo que hay que beber es el mar y lo que hay que dejar en el cementerio es la bebida de agua ardiente.   Esta equivocación de Felipe Delgado de las botellas le parece al protagonista la señal de lo que debe ser, en relación con el ser del mar. Aunque no le parezca a Peña y Lillo decide que sea así, le sigue el guion a su amigo, que se exhibe ya enloquecido. A estas alturas lo que vale a ojos de Delgado es el juego de las cartas descubiertas del destino.

¿Cuál es la narrativa que se teje? ¿La del escritor de la novela o la de la compulsión del protagonista? Entonces, ¿cuál es la relación entre autor y el protagonista de la novela? ¿Se trata de una autobiografía o de una narración de la interpretación de la autobiografía deformada del autor? ¿De lo que pudo haber sido y no fue o de lo que fue sin haber sido? Quizás la novela se encuentra en el momento de no solo tomar decisiones sobre el decurso de la trama, sino sobre el carácter de la mima interpretación, que, por cierto, no solo se trata de la historia de vida del autor, sino de la vida misma que le toca afrontar al escritor, como ser concreto y singular de la multiplicidad de historias de vida, es más, sobre el sentido de la vida humana. Quizás terminar la trama de una novela implica decidir el desenlace de ésta, hablamos de la singularidad misma del descenlace. ¿Hacia donde conduce el itinerario del recorrido dramático de Felipe Delgado? Sobre todo, después de la pérdida irremediable de Ramona Escalera. En los mensajes que lanza Felipe se habla del encuentro con Ramona, en la suspensión de la vida y la muerte. Ramona no ha muerto, sino que se encuentra suspendida, en una anhelante espera del despojamiento del cuerpo de Felipe. 

Ya sabemos cual es el desenlace de la novela; el autor decide dejarse llevar por la compulsión nihilista del protagonista. ¿Pero, cuál es la relación del protagonista con el escritor? ¿Son el mismo sujeto o, mas bien, distintos sujetos que expresan distintas alternativas? Felipe delgado es y no es Jaime Sáenz; lo es en tanto posibilidad; no lo es en tanto el autor conserva o contiene otras posibilidades efectivas. ¿Por qué el autor acepta el desiderátum del protagonista, Felipe Delgado? ¿Por qué hubiera querido terminar de esa manera, desapareciendo repentina como el protagonista de la novela? No pasa lo mismo con el autor; el escritor muere más tarde en el transcurso del diferimiento de la muerte. Obviamente, un autor, en este caso un escritor, no se reduce a la trama de su novela; empero, su novela dice mucho de él, de sus campos de posibilidad, de sus decursos posibles, de lo que quiso y no quiso ser. Pero, también, la interpretación de su obra no parece posible sin considerar el campo de posibilidades que contiene el autor. Ciertamente, la historia del escritor puede caber en gran parte en su biografía; sin embargo, su biografía lograda, impresa y difundida, no agota lo que contiene como campo de posibilidad un autor. Así como la biografía de un escritor puede ser reinterpretada desde las huellas y los entramados tejidos en su obra. El desenlace de la novela no es el desenlace de la vida del escritor Jaime Saénz, pero este desenlace devela una de las significaciones perseguidas por el autor; que no es exactamente, ni la muerte, ni la nada, tampoco el sin-sentido, sino la desaparición, quizás la suspensión sobre los avatares mismos de la vida cotidiana.

En la medida que avanza la trama de la novela, cobra importancia lo que hemos denominado el plano de intensidad filosófico, el plano de la búsqueda insaciable del sentido inmanente. Aunque, podemos decir que el encuentro o el develamiento de este sentido inmanente no aparece en la novela, pues no se lo logra descifrar, lo que cobra relevancia en la novela, en los últimos capítulos, es que lo que importa es la revelación de lo aprendido en la experiencia del protagonista, que no puede expresarse sino reflexivamente. Las reflexiones teóricas adquieren extensidad y buscan decodificar las claves del destino. A estas alturas del despliegue del plano de intensidad filosófico, que se vuelve preponderante en la narrativa, ya no se trata de aseverar la tesis nihilista del ser para la muerte, que esta contrapuesta a la tesis opuesta del ser para la vida; sino de comprender la significación de esta última tesis, ¿Qué implica ser para la vida? En la tercera parte de la novela se plantea esta problemática; aunque no se la resuelva, queda expuesta en varias alternativas.

Sin embargo, a pesar de esta apertura, de contar con varias alternativas, anotadas en las reflexiones de Felipe Delgado, el autor decide el desenlace que venía anunciado desde un principio, la salida nihilista. ¿Acaso se puede leer una novela teniendo en cuenta otros posibles desenlaces? Serían otras novelas; la que tenemos es la que está escrita y publicada; y esta tiene el desenlace conocido. Entonces, de lo que se trata es de explicarse porqué, esta vez el protagonista, Felipe Delgado, decide hacer lo que hace, encaminarse a su desaparición. A lo largo de los comentarios sueltos, que hemos venido acumulando, lo que se ha hecho notorio y en lo que se ha hecho hincapié es en esta tendencia suicida del protagonista, que el mismo, además, la ha venido reafirmando. Empero, contrastan con esta tendencia sus reflexiones de la parte tercera de la novela, donde el valor de la vida sobresale sobre el valor de la muerte; es más, la muerte no es más que un momento en el devenir mismo de la vida. Podemos decir, entonces, que en la tercera parte de la novela se pone en cuestión lo que se venía gestando en la primera y segunda parte. Es como el momento de la duda; mucho más, el momento de la lucidez, cuando se cobra consciencia de la complejidad misma de la vida y de la muerte; no solo de su interrelación y dialéctica, sino, sobre todo de la desmesura de la vida. La tercera parte es como una reconciliación del protagonista con la vida.

El contradictorio comportamiento de Felipe Delgado radica en que, a pesar de esta lucidez sobre la vida y el momento de la muerte en el devenir de la vida, se inclina por el derrumbe que se ha venido gestando desde un principio. Acepta este derrumbe como fatalidad, que, en otros términos, también implica el destino del que no se puede escapar. Entonces, esta falta de libertad ante el destino escrito es como una afirmación misma de la fatalidad y del destino inscrito. Felipe Delgado no se rebela ante el destino, como lo haría un griego clásico en la tragedia, sino que acepta pasivamente su destino. De esta manera reafirma también su inclinación nihilista, su voluntad de nada, por lo tanto, su falta de voluntad de potencia. La novela narra la trama del fracaso del sujeto ante los dilemas que se plantea, ante los problemas que enfrenta; también renuncia a la lucidez lograda. La expresa como contraste al pesimismo filosófico, largamente labrado; demuestra la equivocación de la perspectiva nihilista y el asombro ante la eternidad de la vida. Sin embargo, a pesar de este horizonte creativo, Felipe Delgado opta por la diseminación, el despojarse del cuerpo, que es, a su vez, el despojarse de la vida o del substrato que hace la vida presente, y realización espiritual de la vida, es decir, realización abstracta y especulativa de la vida, que no es otra cosa que una afirmación de la muerte.

Si seguimos a Ernesto Sábato, la novela trata de los grandes problemas y temas de la humanidad, que son los relativos al sentido de la vida y de la muerte; entonces, Jaime Sáenz, en la novela prefiere encontrar el sentido de la vida en el núcleo vacío de la muerte. No hace al revés, como en la tercera parte de la novela, interpretar la muerte como momento de la vida. La textura y la urdimbre de la narrativa configura intensamente esta pugna de los instintos fundamentales, por así decirlo, el vital, el creativo, relativo a la potencia de la vida, y el tanático, el destructivo, el del vaciamiento de la vida, la muerte. Por eso, quizás la tercera parte de la novela sea el lugar donde la narrativa adquiere una intensidad reflexiva. Si bien, el desenlace toma el camino fácil del derrumbe, este desmoronamiento es antecedido por una reflexión lúcida que cuestiona al mismo desenlace. En la novela se patentizan las tendencias encontradas del escritor.

Sin embargo, si bien las reflexiones lo transportan a la experiencia del pensamiento que ilumina el mundo, retirando sus nieblas, la ciudad no deja de ejercer su campo gravitacional, mostrando no solo sus rutinarios ajetreas, sino también los anecdóticos hechos que concentran o sintetizan los secretos y claves de la urbe. Una de esas anécdotas es la del muerto que aparece y desaparece, que tiene en vilo a la ciudad. Al final encuentran un muerto; hay un revuelo, la población curiosa va al mercado de flores a verlo, donde lo encontraron, observando desde una grieta que se abría hacia uno de los ríos que cruza la ciudad, un barranco. Cuando lo suben, por intermedio de un rescatista, el muerto se encuentra en mal estado. Los curiosos se dividen en dos bandos: los que no aceptan que sea el muerto, por falta de dignidad, debido a la putrefacción, sobre todo debido a haber aparecido como muerto, y los que aceptaban la verdad pedestre. El encanto del muerto, que aparecía y desaparecía, era precisamente que comparecía como un fantasma o un espectro, incluso un cuerpo mágico, que aparece y desaparece. Mientras habitaba en el imaginario de la gente, el muerto era un misterio; pero, cuando al final aparece su cadáver, el referente de la representación, el cadáver hace desvanecer el misterio de la representación.

Al volver a la casa de Oblitas, donde estaba alojado Felipe Delgado, después de observar el espectáculo del mercado de las flores, donde se arremolinó la muchedumbre de curiosos, donde también hubo amagues de peleas, acompañadas de discusiones, y a donde llegó la guardia municipal, llevándose a los responsables de la aparición del muerto, Felipe tuvo una larga conversación con su anfitrión. La conversación giro sobre la existencia y no existencia, tanto en sus connotaciones abstractas, así como en sus denotaciones concretas, la existencia y no existencia del muerto, la existencia y no existencia de la bodega. Para Oblitas la existencia no puede separarse de su no existencia, que lo que existe a la vez no existe; en cambio, para Felipe el problema radicaba en el misterio de la existencia misma, por ejemplo, en el misterio que encerraba la bodega. El misterio de la existencia se encuentra en su propio desaparecer. Ambos, Delgado y Oblitas tocan analizando el cuadro de la locura; la entienden como una razón última o, si se quiere, como el hilo mismo de la razón. Los locos serían los únicos que comprenden el sinsentido de los devaneos mundanos. Pero, Oblitas, en relación con la seducción de Felipe Delgado por la bodega, considera que su amigo esta definitivamente maldecido. La única manera de salir de esa fatalidad es llevar a extremo su propia perdición. Sin embargo, también considera que los brujos son los otros que van más allá al usar su magia y atentar contra las mismas leyes de la naturaleza, que la ciencia pretende corroborar.

En la tercera parte de la novela se da como una curva cóncava; se comienza con reflexiones filosóficas anotadas por Felipe Delgado, se hunde en los estragos anecdóticos de una cotidianidad en crisis, para volver a ascender, por así decirlo, a conversaciones especulativas, empero, emergidas de temas concretos, como las del muerto que aparece y desaparece, así como sobre el significado de la bodega. De todas maneras, a pesar de estas hondonadas y estas cumbres reflexivas, en esta parte de la novela es cuando se constata patentemente la decadencia y la degradación de la condición humana de Felipe Delgado. A la llegada de Estefanic a La Paz desde Antofagasta, quien descubre la miseria a la que fue arrastrado el hijo de su amigo, aquél decide intervenir para sacar a Felipe de este hundimiento. Busca al Doctor Sanabria, viejo amigo de él y de Virgilio Delgado, papá de Felipe Delgado, para encontrar una solución. Se puede observar que, en esta parte de la narrativa y de la trama, la novela se prepara a clausurar el desenvolvimiento de las condiciones de la trama misma, del despliegue de los dramas, de la configuración del perfil de los personajes, de la expansión de lo que hemos llamado planos de intensidad de la novela. Todo esto, el cierre de las condiciones, de los desenvolvimientos y de los despliegues de las condiciones de la trama, para iniciar, en la cuarta parte, la última, el recorrido culminante del desenlace de la novela.

No es pues casual que en la tercera parte de la novela las reflexiones adquieran una tonalidad mayor, así como una elaboración y composición solemne. Se trata de clausurar el plano de intensidad filosófico, habiendo desmenuzado antes los tópicos inherentes a las preocupaciones teóricas, habiendo puesto en mesa las premisas y el tratamiento de los temas y problemas, motivos de la reflexión, la búsqueda del sentido mismo de las trayectorias de vida. Antes del desenlace, el plano de intensidad filosófico hace de trasfondo de los eventos que van a acontecer en la cuarta parte de la novela. En contraste, tampoco es casual que Felipe Delgado haya llegado al colmo de la degradación y de la miseria, que el mismo reconoce que es así, asombrado. Al tocar fondo, por así decirlo, el personaje se prepara para iniciar su depuración, limpieza y espiritualización, que viene en forma de desaparición.

¿Cómo caracterizar la novela a estas alturas de la narrativa?  Por cierto, no se puede calificarla, como fácilmente se puede caer, como una novela que hace apología de la bohemia paceña; por este camino, tampoco como una novela nihilista, que ya sería como un primer acercamiento. Si bien brotan secuencias de escenas que podemos describir como derrumbe o decadencia, como marcha incontenible de la voluntad de nada, así como surgen reflexiones que enaltecen la muerte y la nada, sin embargo, también se muestran reflexiones que meditan sobre la vida, la existencia, ponderando su vitalidad y su creatividad; así como aparecen escenas de júbilo y regocijo como las del amor. Se puede decir que, mas bien, estamos ante una narrativa que se mueve en constante tensionamiento entre la nada y el todo, la muerte y la vida, el derrumbe y el amor, la destrucción y la creación. El protagonista experimenta el tensionamiento entre sus expectativas y sus frustraciones, entre sus júbilos y depresiones. Felipe Delgado, a pesar de que hace gala de su propia perdición, se encuentra en la encrucijada donde pugna entre sus propias inclinaciones encontradas. Lo que acabamos de decir ya es un segundo acercamiento a una mejor caracterización de la novela. De aquí podemos animarnos a más elaboradas caracterizaciones de la novela.

La novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz coloca a su protagonista en medio de una sociedad desencontrada consigo mismo. Una sociedad que ha heredado dos mundos enfrentados y, a la vez, mezclados, el mundo indígena y el mundo colonial; en la modernidad, que es como su actualidad vertiginosa, ingresa a un mundo diseñado por el comercio, de las haciendas y de la extracción minera, además de un Estado que se pretende república, pero que queda en los marcos de la enunciación jurídica. Una sociedad golpeada por las derrotas bélicas del país, concretamente por la guerra del Pacífico y por la guerra del Acre; una sociedad que se encuentra al borde de una nueva guerra, la del Chaco. Cuando Felipe Delgado pierde al padre pierde al referente de la familia, pero, también al referente de un cierto orden familiar y social. El protagonista ya había perdido a su madre al nacer, experiencia dilatada en el tiempo, que parece no haber superado; al contrario, retorna a la memoria para hacer hincapié en la falta, en la ausencia irremediable. Quizás por esto Felipe demanda permanentemente afecto, algo que podría haberle dado la madre. Este afecto lo encuentra en Ramona Escalera, su amante amada; empero, también la pierde, lo que refuerza el insondable hueco de la ausencia. Por eso, cae en una profunda depresión que lo arrastra a la miseria humana. Las reflexiones sobre la vida las hace precisamente cuando más perdido se encuentra; en cambio, las reflexiones sobre la nada y la muerte, valorando la diseminación, se dan como a un principio, cuando todavía incursiona bien parado el desenvolvimiento de su drama.

La novela pone en escena las contradicciones en las que se debate el protagonista. Es cierto que Felipe Delgado se presenta, después de cada prueba, derrotado. Es vencido una y otra vez por los avatares del destino. En consecuencia, el desplazamiento de la narrativa es una marcha a la perdición del personaje; en el desenlace hacia su desaparición. Aunque en la conversación que tiene con el Doctor Sanabria, amigo de su padre, que quiere rescatarlo de semejante caída a la miseria y al suicidio alcohólico, le dice que él busca voluntariamente su perdición, que lo dejen ser tal como ha llegado a ser, que eso es precisamente lo que quiere, en la novela Felipe intenta más de una vez remontar el camino de otra manera, con júbilo y regocijo, como cuando se enamora; en la finca de Uyupampa incluso deja de beber. No es que, apuesta a su rehabilitación, a lo que se opone con contundencia, sino que, en derrotero paralelo, alternativo, encuentra oportunidades a la expectativa y al sentido. Entonces, estamos ante una novela que pone en escena a una sociedad desencontrada consigo misma, a pesar de las ínfulas de seguridad que se dé en sus ceremonias y en sus instituciones, además de sus valores fosilizados. El protagonista se encuentra en medio de este desencuentro social y cultural. Vive el drama social subjetivamente; en los espesores del sujeto se asiste a los dilemas del hombre paceño tensionado por un mundo mestizo, que anhela la modernidad, pero tiene nostalgia de lo indígena. Los perfiles del mestizaje sobresalen en casi todos los personajes de la novela; hay mestizos que se consideran indios como Oblitas, hay mestizos que hablan muy bien el aymara como Beltrán. Si bien Estefanic es un eslavo adoptado por Bolivia y adaptado a la tierra, es quien sabe acullicar y lo hace asiduamente, cosa que observan positivamente los aparapitas de la bodega. Felipe Delgado no sabe aymara, empero es seducido por el aparapita, el cargador aymara de la ciudad barroca de La Paz. En la experiencia subjetiva el mestizaje se vive en las tensiones simbólicas de una cultura urbana mezclada. Felipe Delgado es una novela de los desencuentros y las encrucijadas, de las tensiones culturales de una sociedad urbana barroca. También es una novela de la rebeldía negativa, autodestructiva, que no quiere llegar a ninguna parte, salvo al despojamiento del cuerpo; empero, lo que no hay que olvidar, se trata de una rebeldía contra la institucionalidad carcomida de una sociedad perdida en sus propios laberintos.

Felipe Delgado presiente su pronta desaparición del mundo, al salir de la casa del Doctor Sanabria, después de una larga conversación, a propósito de su vida descarriada, deambulando por las calles, se topa con una banda militar, que pasa marchando y tocando sus tonadas marciales; cuando se aleja la banda dejando una estela sonora que se va apagando emerge una mirada, que podríamos llamar el de la intuición de la lucidez repentina, que sintetiza el recorrido de su vida y lo que le queda de porvenir. Cuando da un paseo por el Valle de las Ánimas con su amigo Ramón Peña y Lillo interpreta a la conformación petrificada como almas petrificadas, encontrando que presiente su propia petrificación. Recuerda que cuando niño, en una situación de que se queda solo en la casa, al observar el vuelo de una mosca, al deleitarse con esta soledad repentina, descubre una mirada en el techo, una mirada de niño, que podía ser ángel o un demonio. Estos tres episodios son como los anuncios de lo que va a venir, el protagonista logra el júbilo de la mirada de la intuición, aunque también es consciente de que hay que sentir esto, mas bien, con temor y temblor. En el tercer episodio mencionado, estamos, más bien en el recuerdo, siendo ya adulto, ante la interpretación de una premonición. Entonces, en la tercera parte de la novela no solo se clausuran las condiciones de la trama y los desenvolvimientos de los planos de intensidad de la narrativa, sino que también se menciona la lucidez lograda en pleno crepúsculo de Felipe Delgado.   

 

  

Conclusiones

La tercera parte de la novela, recogida en este comentario, hace patente el laberinto de la soledad de Felipe Delgado. Pero, no solo se trata del laberinto de soledad del protagonista, sino que este laberinto subjetivo expresa singularmente el laberinto de la sociedad urbana barroca de La Paz. En esta parte de la narrativa se clausuran los desenvolvimientos de las condiciones de la novela, así como se cierran los planos de intensidad, que hacen a la composición de la novela. Como dijimos se prepara el camino al desenlace, que se despliega en la cuarta parte de la novela. Sobresalen las reflexiones largas sobre la vida y la existencia, que suponen las reflexiones sobre la muerte y la nada; empero, en este caso, la muerte aparece como parte de la vida, ya no exactamente, como en las anteriores reflexiones, como realización misma de la vida. Estas reflexiones son compensadas por la narración anecdótica de eventos que conmueven a la ciudad. La estructura imaginaria se devela en estos eventos anecdóticos; el sentido común prefiere la representación alucinante, descarta la presencia pedestre del cuerpo martirizado. También se patentiza la degradación y la miseria alcanzada por el protagonista, quien, desarrapado, deshilachado y mugriento, prácticamente aparece como una piltrafa humana, incluso un pordiosero. Una vez alcanzado este hundimiento, los viejos amigos del padre de Felipe Delgado deciden rescatarlo, recurriendo al brujo Oblitas en una conspiración de amigos. La tercera parte de la novela, esta parte de la trama, ya tiene preparado el desenlace en un nuevo escenario, en la finca de Uyupampa, donde, después de asistir a su rehabilitación, distanciamiento, meditación y limpieza, Felipe Delgado culmina con su apoteósica desaparición.

       

El amor en tiempos de Felipe Delgado

Dos+momentos+en+la+vida+de+Jaime+Sáenz_+su+adhesión+al+nazismo+y+su+matrimonio+con+una+alemana,+Erika. (2)
Entre 1938 y 1939 vivió en Alemania. Fue parte de las juventudes hitlerianas en Bolivia al final de su adolescencia. Viaja a Alemania con una brigada de 25 jóvenes en septiembre de Trabajó en proyectos de construcción hasta fines del 39. Se casa con una alemana, Erika, que lo abandona y deja Bolivia en 1948 llevándose a su hija Jourlaine.

a través de El amor en tiempos de Felipe Delgado

El amor en tiempos de Felipe Delgado

El amor en tiempos de Felipe Delgado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

El amor en tiempos de Delipe Delgado

 

Dos+momentos+en+la+vida+de+Jaime+Sáenz_+su+adhesión+al+nazismo+y+su+matrimonio+con+una+alemana,+Erika. (2)

 

 

Felipe Delgado se enamora de Ramona Escalera. Seducido por su naturalidad, su comportamiento espontáneo, y su belleza solitaria, cada vez más atraído, así como apesadumbrado, por su cautiverio en manos de José Luis Prudencio y su hermana Luisa. Ramona es entregada a Prudencio debido a problemas familiares, al parecer económicos, los padres adoptivos que se hacen cargo de Ramona la obligan a casarse con el potentado y hombre rico, metido en negocios turbios. Cuando conoce a Felipe Delgado, se entrega a él por amor. Felipe la lleva a la bodega la noche de San Juan, el día también del cumpleaños de Ramona, quizás también la fecha de la ejecución de una supuesta conspiración en la que estaba involucrado Prudencio. Ramona va a ser recibida por la confraternidad beoda de la bodega un tanto recelosamente y un tanto sorprendidos, los miembros del colectivo alcohólico de la taberna, por tan grata visita de una mujer bella. Esa noche, tan esperada, cuando le regala Felipe Delgado una cabeza de jibaro que se parece a él, tienen el primer desencuentro de su relación amorosa. Ramona, antes de que Felipe entre a la taberna, le pide que mire hacia ella, que esperaba en la esquina, y vea si lo que se queda es su sombra o ella misma, así como ella va a observar si lo que entra y sale de la taberna es Felipe o su sombra. Le dice, tú sabrás si yo o tú morirá antes. Al salir de la bodega efectivamente Felipe sabe, al mirar hacia Ramona, que era ella la que iba a morir, sin embargo, a pesar de que promete decir la verdad, Felipe no se anima a decirle lo que ha visto y descubre. Ramona sabe que miente; esa mentira de Felipe es lo que inicia la primera pelea de la pareja.

Del primer encuentro en las puertas de la iglesia con Ramona, casual, imprevisto y hasta espontáneo, al segundo encuentro en el hospital, donde se encontraba Felipe Delgado convaleciente, después del atropello sufrido, Felipe está cada vez más seguro de los sentimientos de Ramona hacia él, lo que le causa un gran regocijo. Después de la noche de San Juan, Ramona visita a Felipe en su departamento de la calle Catacora. Allí prospera el romance secreto de ambos; Ramona encuentra un refugio afectivo y amoroso, un oasis en el desierto de su soledad. Sin embargo, la pareja no va a dejar de tener desavenencias; Felipe provoca enojos en Ramona, cuando no la deja dormir, sugiriéndole repita una frase mágica que la va a tener despierta; Ramona se comporta irónicamente ante los pedidos extravagantes de Felipe.   

José Luis Prudencio era descendiente de Juan Huallpa Rimachi, es decir, de la nobleza incaica. Vivía en la calle Recreo entre las calles Cochabamba y Sagárnaga. Alrededor de él se conformó un mito sórdido; se decía que coleccionaba muñecas, entre ellas confundía a su mujer Ramona Escalera con una muñeca. Esta imagen enigmática, misteriosa y oscura de Prudencio obligó a Felipe Delgado a montar todo un sistema de espionaje en la zona céntrica donde vivía. Lo que más llamaba la atención es la guardia pretoriana de Prudencio que custodiaba su mansión, que también adquiría la figura tenebrosa de ángeles de las tinieblas, que vigilaban la entrada al infierno; eran aymaras de sus haciendas del altiplano, disfrazados de afros. El disfraz era extremadamente simple, se embadurnaban de alquitrán para parecer descendientes del continente africano, de la región subsahariana. Felipe se atrevió entrar sorprendiendo a los de esta guardia africana-nativa, la misma que no se inmutaba de la presencia intrusa. Pero, Felipe solo llegó hasta un enrejado, que era la entrada de un patio, por lo visto descuidado; entonces se vio obligado a retornar sobre sus pasos. Es cuando la guardia pretoriana de Prudencio, que parecían estatuas petrificadas, le pareció amenazante, que lo miraban con furia y podían atacarlo el rato menos pensado. Delgado llegó a montar una cadena de espionaje eficaz, que le permitió buena información y comenzar a descifrar lo que ocurría en esa casa solariega. A la llegada de un circo alemán, creyó encontrar la oportunidad de aproximarse a los habitantes de la casa, sobre todo al núcleo hogareño que se encontraba dentro de la fachada tenebrosa. Pues le pareció que José Luis Prudencio y su esposa Ramona Escalera no podían perderse semejante espectáculo que llegaba a la ciudad de la Paz. Efectivamente fue así; en pleno espectáculo del circo se aproximó tanto que tuvo casi contacto con Ramona, mujer que lo impresionó por su altura y su belleza. Cuando pasó por su lado Ramona, lo dejó desarmado, incluso asustado, por la presencia que le dejaba su halo estético. Es cuando se desencantó del misterioso personaje, que era el esposo viejo de esta señora joven, y comenzó a interesarse e inquietarse por Ramona.

A estas alturas Felipe Delgado comenzó a escribir una crónica sobre los eventos a los que asistía. En la crónica expresó su sorpresa por la atracción que ejercía semejante mujer, se preguntó si no era arrastrado por los efluvios del amor. Felipe definió al amor como el camino de la esperanza; empero, en lo que respecta a él, no tenía esperanza, por lo tanto, no era el indicado para comenzar un romance. Pero, a pesar de estas anotaciones, Felipe terminó involucrado en un romance intenso e intempestivo con Ramona. Con Ramona Escalera llevó adelante un romance en la apertura de nuevos horizontes, los que le abrieron el sinuoso decurso a la desaparición de la amada e incluso del amor no logrado. Las desavenencias con la amada y el amor pleno no logrado terminan señalando lo imposible de la relación. Un amor de entrega absoluta, sin embargo, imposible de realizarse cuando se encuentran los amantes en zonas de imposible encuentro, en las encrucijadas de las historias de vida.

Prudencio resulta ser un aduanero de tabacos, que trabajaba en la Recaudación Nacional de estancos; es diputado suplente de la provincia Muñecas, en tiempos de los gobiernos de Saavedra. Su padre es Juan Prudencio, antiguo veterinario del ejercito; le dejó a su hijo José Luis tres fincas del altiplano, casas en La Paz y joyas. José Luis nació en Camata; la madre de Prudencio era indígena. Pero Prudencio llevó al extremo sus contradicciones; siendo lo que es, de donde viene, se dejó llevar por el mezquino juego de los intereses económicos y los juegos lúdicos y artificiosos con muñecas. Su mezquindad llegó tan lejos que prefirió quedar cojo a gastar en la atención médica.  Atormentado por sus contradicciones inherentes y empujado por extravagantes comportamientos, además de delirantes imaginarios, en el peor de sus momentos tormentosos fue llevado al panóptico de Sucre. Posiblemente cuando volvió a la casa, la hermana controló los avatares del hermano.  ¿Quién sabe?  En 1928 se casó con Ramona Escalera. ¿Qué significaba para él, Prudencio, este matrimonio? Este es un problema en la interpretación de la novela. No se puede olvidar que Ramona es huérfana como lo fue Titina Castellanos; esta situación nos lleva al hecho del abandono y la soledad. Sin embargo, Titina y Ramona son distinta, porque una no es amada y la otra si lo es. Entonces las dos mujeres se oponen, en lo que respecta al afecto que despiertan en Felipe Delgado. Sin embargo, ambas son huérfanas. Este es un dato que hay que tener en cuenta en la interpretación de la novela.

El amor en Felipe Delgado es contradictorio, se ama y no se ama. Cuando se ama, se entrega todo, pero uno se embarca en un viaje exigente de entrega o, en contraste, de inconsecuencia. Felipe reconoce, al final, que es inconsecuente, que se deja llevar por la premura de los sentimientos orgullosos. Esta inclinación soterrada se le convierte en una revelación cuando Ramona se despide definitivamente, abrumada por el avance inconmensurable del cáncer que ha tomado su cuerpo. El amor entonces no es una esperanza sino una despedida.

La narrativa de la novela opone el mito contra la realidad efectiva. No es el mito misterioso de Prudencio sino su cruda realidad pedestre, no es el misterioso personaje de la sorda conspiración, sino la realidad efectiva de la presencia ineludible de Ramona. Sin embargo, Felipe Delgado no podrá sobrellevar el desafío, se aplaza. Ramona se va, como se van las personas bellas, como se van los muertos de la tierra, los muertos que se olvidan, como un montón de perros apagados, siguiendo al poema de Federico García Lorca. La vida de Felipe Delgado resulta un desaprensivo comportamiento que no logra aprovechar las oportunidades que se le brindan. La narrativa hace hincapié en la pérdida o la renuncia a la felicidad; ocurre como si el personaje conspirara conta su propia felicidad.  El plano de intensidad del amor deja de ser una esperanza, como el mismo Felipe la definió, sino un campo de batalla. La muerte de Ramona Escalera es una corroboración de la ilusoria esperanza del amor.

El amor en tiempos de Felipe Delgado es imposible. No se puede realizar. Solo se puede dar como entrega, sin compensación requerida. Felipe no puede gozar plenamente de la entrega de Ramona y Ramona no puede gozar plenamente de Felipe porque es inmaduro. No está preparado para la entrega inconmensurable de Ramona. Lo que hace Felipe Delgado es deshacerse en lamentaciones póstumas, que no son otra cosa que el reconocimiento de su incomprensión y su fracaso. Se puede interpretar la novela Felipe Delgado como una narrativa de la imposibilidad de la realización de lo que se persigue. El fracaso de las utopías de la subjetividad. Teniendo en cuenta la definición de Felipe Delgado sobre el amor, resulta que no es la esperanza sino el intento heroico de oponerse a los designios del destino. El amor es una ilusión imposible, mientras dura, los ritmos del tiempo se modifican, al calor de los sentimientos que se debocan. Pero, esto es un acto heroico ante los designios irreversibles del destino. Por eso, Felipe Delgado, después de la muerte de Ramona, se expone extremadamente vulnerable ante los avatares indiscutibles de la vida. Quizás como resistencia imaginaria aparece la interpretación de los sueños. Ramona y Felipe coinciden en la interpretación de los símbolos expresivos de los sueños. Lo que sobresalta a Felipe. Por eso le confiesa el encuentro en el espejo con la luna y la calavera. Para Ramona el espejo es una puerta a lo desconocido, para Felipe es un abismo que lo lleva a su propia diseminación.

Ramona Escalera muere de cáncer, afronta sola su enfermedad, incomprendida por un Felipe Delgado que no llega ha entender la magnitud del drama. Sin embargo, es sobrecogido por la irradiación de los símbolos expresivos de la muerte. Después de la muerte de Ramona, quien dijo, anticipadamente, que también se despoja de su cuerpo, además de exigir como interpretación desiderativa, que quiere como epitafio lo que dijo Oblitas, en una de las charlas con Felipe, que, en todo caso, se trata del cuerpo que muere, insinuando algo así como que el espíritu se libera. Felipe queda atrapado en una desbocada y demoledora soledad insoslayable, pues su amor verdadero, Ramona, ha muerto, llevándose con ella la última oportunidad que tenía de entablar una relación armónica con la vida. Después de la muerte de Ramona, Felipe Delgado va a experimentar el sinsentido de lo que viene cuando ya no hay amor.

Se puede decir que el romance con Ramona Escalera es el recorrido de la esperanza, sin embargo, como se conspirara contra esta posibilidad, se opta por el menosprecio y la competencia. No se acepta el desafío de la mujer, la exigencia de ir más allá del bien y el mal. La novela expresa patentemente la innegable inmadurez de Felipe Delgado; en contraste la fortaleza y la madurez ante la muerte de Ramona Escalera. Ante la muerte singular y concreta de Ramona, la filosofía sobre el ser encaminado a la muerte pierde fuerza, no tiene mucho sentido. Lo que importa, en este caso, lo que llama la atención, es la manera de asumir el destino, la muerte, por parte de Ramona. No se trata de un ser destinado a la muerte sino de ser que enfrenta la muerte, la muerte concreta, la suya. La filosofía no puede ante esta experiencia, que, en este caso, da como testimonio, la novela. La muerte para Ramona es no solo una fatalidad, sino, sobre todo, una enseñanza de que las ponderaciones sociales, que no dejan de ser banales, son relativas. Felipe intuye esta enseñanza, pero, la deja ahí, como una certeza pasajera y reveladora. Por eso, quizás se embarca en su propia diseminación. Ramona, le dice, que ella también se despoja del cuerpo, que esta experiencia la traslada al instante eterno de los momentos amados, a la contemplación de los atardeceres.

Aunque, en la novela, el autor llega a decir que José Luis Prudencio es el ejemplo del ser contradictorio del boliviano, no es la única forma en la que se manifiesta este ser. Sin embargo, en este caso, no se trata de un ser diletante, especulativo, por eso amante de la ilusión mitológica, que intermitentemente se manifiesta como acto heroico, sino de un ser moderno, con todas las contradicciones que contrae la modernidad. Entre ellas, la contradicción entre el pasado y el presente vertiginoso. La crónica de Felipe Delgado alude a la combinación exaltada de lo indio y lo mestizo, pero, no olvida, expresado de otra manera, en la narrativa, que se trata de un ser que tiene que resolver el dilema histórico-cultural de la colonialidad, ser o no ser ante la herencia colonial. En la novela se plantea este problema, pero no se lo resuelve. Se opta por las configuraciones místicas y las interpretaciones herméticas. Sin embargo, en la narrativa se encuentra el dilema, que obviamente, no solo se trata del ser boliviano sino del ser histórico-cultural del continente de Abya Ayala.

¿Cómo se puede considerar la novela desde esta perspectiva? Cuando Felipe Delgado define el amor como esperanza, sobre todo cuando la narrativa se embarca en el relato del romance entre Felipe Delgado y Ramona Escalera, nos muestra una rebelión afectiva, que logra disponer de la perspectiva amorosa, la que valora los hechos desde el sentido atribuido por la memoria sensible del amor. Felipe comprende esta revelación, pero se niega a asumir las consecuencias. Prefiere repetir el drama de las relaciones amorosas, sus fusiones corporales y sus desencuentros sociales. Se entraba en lamentables disputas triviales de pareja. La novela revela la derrota del amor ante el recurrente drama de lo cotidiano.

Se puede decir que lo que constata la narración es el fracaso del amor. Una vez pasados los momentos de asombro, de emoción inédita, de compartir efusivamente las sensaciones del romance como distinción y diferencia, como mundo aparte, de dos que se embarcan en el viaje de la entrega y del descubrimiento del otro, se ingresa al desafío de la permanencia y la continuidad. El mundo romántico y del romance no se encuentra definitivamente aislado del mundo efectivo, tampoco, y esto es lo más concreto en cuanto a la afectación, de las demandas cotidianas, sobre todo cuando se trata de no quedar atrapados en las concurrencias de los egos. Es cuando la inmadurez acumulada emerge cruelmente y empuja a los amantes a los pequeños juegos de poder. Felipe Delgado compite con extravagancias y exigencias absurdas, sospecha de la ironía suelta de Ramona Escalera, sobre todo se disgusta ante un notorio distanciamiento, después de algunas peleas. La proximidad del viaje de Ramona a Europa le parece una desvalorización de su persona; se siente como descentrado. No comprende la importancia de este viaje en lo que respecta a la enfermedad que aqueja a Ramona, de la que no se entera sino hasta el final del desenlace de esta penuria. Es cuando le reclama a Ramona no haberle anoticiado antes, pero no lo hace tanto por el sufrimiento de Ramona, sino más porque se siente relegado. Cuando Ramona retorna de Europa, de la terapia a la que es sometida, ya sabe que no le queda mucho de vida; busca a Felipe sobre todo para despedirse y confesarle de la pena que siente al dejar solo a Felipe. Ante semejante trance, Felipe no logra colocarse a la altura del acontecimiento; se queda como sobrepasado y con mucho pesar. Pero, acepta los pedidos de su amada y los cumple al pie de la letra; compromete a Juan de la Cruz Oblitas y a Ramón Peña y Lillo a que no se aparten durante su velorio, vigilando a que su esposo no la entierre con la muñeca que se le parece. Le entrega, a través de un sirviente de su esposo, que la estimaba, un paquete de sus objetos de valor, para que los tire al río. Felipe no puede asistir al velorio y espera la llegada de Oblitas y Peña y Lillo para informarse de los pormenores de lo acontecido. De esta manera se clausura el plano de intensidad amoroso; en adelante, en lo que viene, lo del hombre sin esperanzas, como él mismo se definió, se hace dramáticamente patente.

El amor es un fracaso; se trata del amor romántico, el amor de pareja, que dura lo que dura el lapso del romanticismo; después, se interna en los recovecos de la competencia entre parejas, en los egocentrismos bullentes, que reaparecen intermitentemente en la propagación de la incomunicación en expansión. Felipe Delgado la pierde antes de su muerte a Ramona Escalera, porque no sabe cultivar la relación amorosa, no sabe construir la perdurabilidad del romance. En su comportamiento caprichoso Felipe Delgado hace patente la inmadurez consuetudinaria del hombre. En la narrativa como que se opone la figura del hombre inmaduro a la figura de la mujer madura, en concreto, entre el perfil subjetivo de Felipe Delgado y el perfil subjetivo de Ramona Escalera. La mujer como que se encuentra más allá de los avatares de la concurrencia amorosa, más allá de las pequeñas trifulcas y de los celos masculinos. Se trata de una sabiduría que ha mirado la muerte, la finitud humana; también de una sabiduría que emerge de los sufrimientos, del dolor, sobre todo de la discriminación y la marginación de la mujer, de la experiencia cosificante que la convierte en objeto. Aprende desde la experiencia de esta cosificación de la sociedad patriarcal y de las dominaciones de las fraternidades masculinas a descubrir la profunda latencia de la vida, la capacidad creativa, por lo menos de la intuición de esta creación; entonces, relativiza los avatares y logra amar, sin miramientos. Lo que no sucede con Felipe Delgado, quien, a pesar de haberse enamorado, de valorar la extraña espontaneidad de Ramona, su seductora belleza, notoriamente destacable, queda atrapado en el campo gravitatorio de la competencia egocéntrica. Felipe Delgado no aprende de la exigente experiencia amorosa; la goza, se acerca al placer del sentir y el compartir, pero, prefiere boicotear a la persistencia del amor, prefiere volver al recurso fácil de la victimización, prefiere retomar su camino insondable a la nada. Cuando muere Ramona, la valora como un mito; es decir, construye un mito, la mujer inalcanzable. Pero, también construye una narrativa de la perdición, de la derrota, de la frustración, que se convierten en argumentos de la diseminación, del suicidio, del despojamiento del cuerpo.    

Lo que acontece en el cementerio, en el entierro de Ramona, es anecdótico. Una ceremonia cuidada celosamente por la guardia pretoriana de Prudencio, los sirvientes aymaras disfrazados de afros. Unas lloronas expulsadas del rito de la muerte, un cortejo silencioso, adormecido en la despedida, un esposo, ahora viudo, más silencioso y enmudecido, acompañado por el halo de misterio, del que no se separa; observado por los amigos de Felipe Delgado, Oblitas y Peña y Lillo, quienes creen descifrar en sus gestos imperceptibles los signos de la culpabilidad de la muerte de Ramona. La ventisca del atardecer paceño termina empujando el polvo y las reminiscencias de la basura en los rincones del primer piso de la columna de nichos del cementerio.

Felipe Delgado se encuentra refugiado en la bodega, asistiendo a su duelo en un dilatado sufrimiento alcohólico, asistido por la fraternidad de beodos, quienes se conduelen del amigo martirizado por la pérdida. Duerme y bebe, bebe y duerme. Al despertar se descubre otra vez solo, toma consciencia de su marcado anacronismo con el lugar, con el momento, con su situación. Decide ir a hablar con el brujo Oblitas, quien le da el relato pormenorizado sobre lo ocurrido en el velorio y en el cementerio, le hace conocer sus sospechas y sus interpretaciones, lo que significa Ramona y su muerte. Termina aconsejando al Felipe un viaje a las costas marítimas, algo que coincide con la intención de Felipe de ir a visitar a Estefanic a Antofagasta. La segunda parte de la novela concluye con esta escena; Felipe se despide de esta etapa clausurada, se despoja de sus cosas, de su departamento, de sus utensilios, de todo lo que le recuerda al espacio y a la fragancia que dejó el paso de Ramona.

La segunda parte de la novela Felipe Delgado tiene como eje conductor el amor, los dilemas del amor, su itinerario, por así decirlo, que comienza con el entusiasmo romántico, escala hasta el afecto mayúsculo y la entrega absoluta, para luego, después de un punto de inflexión, decaiga en los campos rutinarios de las microfísicas del poder triviales y cotidianos, hasta llegar al abismo de la despedida, que deriva en un acto heroico o en una diseminación completa, también es posible dejar absorberse por lo anodino e insípido. La tercera parte de la novela transcurre en Antofagasta, donde viaja Felipe Delgado a encontrarse con el ser del mar, un ser eterno, sin tiempo e infinito. Allí reflexiona sobre la distancia, aunque también sobre la pérdida del mar y lo que significa para hombres de la montaña y del Altiplano como él. Así mismo relata el retorno de Felipe a la ciudad de La Paz, donde vuelve a encontrar a los amigos y a la misma ciudad de siempre. Sin embargo, asiste a la desaparición accidentada de la bodega, a la enfermedad de Corsino Ordóñez, el bodeguero, y a su despedida, antes de morir. Se compromete dar el discurso final de despedida, durante el entierro, sin embargo, no logra articular algo coherente, amedrentado por la presencia del carpintero de la “Nave del Diluvio Final”, que era el nombre de la carpintería instalada en sustitución de la taberna. Sin perder de vista al carpintero que se encontraba en la muchedumbre asistente al entierro, que fue alejándose paulatinamente, hasta ser solo visible su sombrero de paja, siendo del tamaño de un insecto, Felipe, en vez de discurso dio un grito, agarrándose el pecho, y se fue de bruces desmayado. La cuarta parte de la novela, que corresponde al desenlace, transcurre en la hacienda de Sanabria llamada Uyupampa. Allí, el intrigado Doctor Sanabria, amigo del papá de Felipe Delgado, que ha decidido rescatar a Felipe del alcoholismo, da la orden a su administrador Menelao Vera a encontrar y hurtar el cuaderno de anotaciones de Felipe Delgado; Sanabria creía poder encontrar claves para entender el comportamiento extravagante de Felipe. Más tarde, en la noche de San juan, después de que aparece el cuaderno, Felipe, ante el asombro de todos quema su cuaderno de anotaciones. En la hacienda muere Estefanic, el otro amigo de su padre, que lo acompaña hasta el final, y es enterrado debajo de un Sauce, árbol que amaba el difunto. Estos son sucesos que anteceden a la desaparición de Felipe Delgado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones

Se ha dicho que la novela es la narrativa del anti-héroe, contraste con la épica y la narrativa del héroe; se ha dicho o insinuado también que se abandona la grandilocuencia de la tragedia para entrar de lleno a los avatares del drama. También se puede decir que se trata de viajes hermenéuticos a las cavernas y recovecos laberínticos del sujeto, de las dinámicas de la subjetividad. En Felipe Delgado el protagonista se enfrenta a sus múltiples contradicciones; no solo se trata de las contradicciones culturales en al abigarrado entramado mestizo, que se debate entre la nostalgia de lo indígena y la expectativa moderna criolla, sino también de contradicciones sociales, entre la sociedad institucionalizada y la sociedad arrinconada, marginada, ocultada en las sombras. Así mismo aparecen las contradicciones relativas al deseo insatisfecho, insatisfacción que se oculta en juegos artificiales y fetichistas. Por otra parte, se nota el contraste entre las fraternidades de hombres y el aislamiento obligado de las mujeres, aunque se las presente como hechiceras o símbolos de la belleza y entrega espontáneas. No se dejan de dibujar los anuncios histórico-políticos, en este caso, de los primeros actos bélicos de la guerra del Chaco. Es decir, que el sujeto de la novela se halla, por una parte, en pleno ojo de la tormenta, aparentemente apacible, aunque sitiado por torbellinos; por otra parte, ante encrucijadas que le exigen bifurcar el camino, decidir el curso venidero, aunque arriesgue perderse en el laberinto.

Felipe Delgado es un personaje perdido en el laberinto social, cultural, imaginario, subjetivo, de una sociedad que no logra encontrarse, que se siente arrastrada en torbellinos que no controla, aunque, como Estado, como sociedad institucionalizada, intenta mostrar seguridad, determinación, institucionalidad. Felipe Delgado se encamina, desde un principio, el comienzo de la novela, a su propia diseminación, a lo que llama el “sacarse el cuerpo”, es decir, despojarse del cuerpo. Marcha a este desenlace como una embarcación al naufragio, a pesar del sinuoso decurso de los eventos y escenarios donde hace como escalas. En estas escalas, como las del amor, la isla del amor, en pleno mar tempestuoso, se asiste al desenvolvimiento de oportunidades, empero deterioradas y desechadas en el despliegue de sus tejidos autónomos. Son como síntomas de esperanza, pero también acompañados por síntomas del fracaso anticipado, de la diseminación y el despojamiento del cuerpo.      

Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía

Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía

Comentarios sueltos sobre Felipe Delgado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Felipe Delgado ya no está

 

Jaime_Sáenz

 

 

La dualidad barroca entre lo grotesco y lo sublime, entre lo trivial y lo místico, entre lo profano y lo sagrado, aparece en la novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz. La narrativa se mueve en un devenir escritura de búsqueda del tiempo perdido en el vaho nocturno de una urbe dual. La realización de la escritura, la emergencia de la prosa y la poesía, la fenomenología de la percepción convertida en fenomenología de la narración y de la metaforización, es un acontecimiento literario. Jaime Sáenz lo fue en la mundanidad nocturna de la urbe paceña.

La trama de la novela Felipe Delgado comienza con la muerte del padre, cuando empieza el laberinto del protagonista. Siguen las mediaciones de urdimbres, hilos donde el personaje se pierde en los tejidos de su soledad. El desenlace corresponde a su desaparición repentina. Después de la muerte de su padre Felipe Delgado se embarca en el denso viaje vaporoso de los efluvios del alcohol. El vacío abierto trata de ser llenado por la búsqueda insondable del sentido perdido en la utopía y en la ucronía del sinsentido o del secreto misterioso inhallable.

El demonio-payaso, que Felipe Delgado descubre, cuando su abuela lo lleva a una casa misteriosa, quizás expresa una de las sorprendentes paradojas de la novela; la fama sublime y aterradora, en los hechos, visto de cerca por el niño, aparece en su esplendor ridículo, más penoso que risible. El demonio también se transmuta en un viejo pordiosero irreverente, que no tiene miramientos en depositar sus heces en las puertas del convento donde vivía Fray Guzmán. El demonio tendrá apariciones insólitas a lo largo de la novela de Felipe Delgado.

Calixto María Medrando, el profesor de música de Felipe Delgado y compositor de cuecas, entre ellas de “No le digas”, es un personaje fugaz en la novela, pero, que deja una profunda huella en la memoria y en el corazón del protagonista. Cuando Calixto María Medrano toca Brahms, el piano cruje; no solamente emite la melodía de la composición que tanto le gustaba a Felipe Delgado, sino hace crujir del fondo de la madera y los instrumentos sonidos desoladores, un dolor acompañado por el olor de la eternidad.

En la conversación de despedida con Nicolas Estefanic, amigo heredado de su padre, sobresale la nostalgia del tiempo perdido o del espacio nunca encontrado, pero también aparece el recurso de la ironía que se aplica a uno mismo, como burlándose de lo que se es y de lo que se ha sido, aunque en el presente se considere la oportunidad de emprender un proyecto que valga la pena. Estefanic quiere lograr una economía estable que le otorgue dignidad, en cambio Felipe Delgado quiere fundar un partido fanáticamente nacionalista, absolutamente consecuente con el renacimiento del país. Los dos amigos se despiden en actitud también de comenzar una nueva etapa, la de sus proyectos mencionados, empero sin tomarlos muy en serio. De lo que se trata es de escapar a la encrucijada en la que se encuentran. 

Juan de la Cruz Oblitas, un brujo entre otras cosas, sorprende a Felipe Delgado con su elocuente caracterización de su persona a partir de la lectura de expresiones de su rostro. El brujo especula graciosamente sobre el destino de su interlocutor, acogido por el vaho nocturno. El personaje Juan de la Cruz Oblitas sintetiza el abigarramiento subjetivo. Se trata de pliegues del mestizaje cultural, coagulado en una estructura subjetiva diletante. La presencia pintoresca de Oblitas atrae a Felipe Delgado y lo embarca en un viaje laberíntico sin retorno. En Felipe Delgado, pretensiones de brujería, magia, mística, sabiduría vernácula, se mezclan y se combinan con manifestaciones banales y charlatanerías demagógicas. Este barroco que se mueve entre lo grotesco y lo sublime resuelve su dilema en variados actos extravagantes y en distintos escenarios ambientales.

La carta de Felipe Delgado a su tía Lía es descabellada, declara haber nacido para la muerte, en tanto que su tía ha nacido para la vida; que lo perdone por eso. Quiere convencerla de que no venda la casa, herencia del padre de Felipe y hermano de Lía, para donar, lo que le corresponde a la tía, al convento de monjas. Empero, esta carta está lejos de convencer a la tía, que ha decidido con antelación empedernida hacerlo, pues considera que su sobrino es incorregible y debe afrontar la vida realistamente; por ejemplo, casarse y tener una familia. La carta devela el sentido heideggeriano del protagonista, el ser para la muerte. El considerar que ha nacido para la muerte alumbra sobre el substrato existencial de la subjetividad conmovida de Felipe Delgado; quizás, sobre todo por su inherente tendencia suicida. La carta también devela que Felipe Delgado no puede vivir solo, no puede hacerse cargo de sí mismo; confiesa que extraña a la tía Lía, quien ha cuidado de él desde pequeño, sobre todo, a partir de la muerte de su madre. Se presenta desvalido ante la contingencia abrupta de una secuencia de hechos que se desencadenan desde la muerte de su padre; la escandalosa reaparición de la amante de su tío Apolinar Borda, antes ocultada, ahora ostentándose semidesnuda por la casa, haciendo gala de su habilidad en el piano, tocando para Apolinar. La tía Lía considera esta presencia y su actuación una afrenta a la casa, sobre todo a ella, la mujer de la casa, la administradora de ésta y la hermana de plena confianza del padre de Felipe Delgado. Es cuando la tía decide tomar las medidas urgentes del caso; vender la casa y refugiarse en el convento de monjas, dejando a su suerte a su sobrino.

Se puede decir que hay un antes y un después en la vida de Felipe Delgado; el antes corresponde al tiempo anterior a la muerte de su padre, incluso, jalando un poco más, hacia su presente, como las reminiscencias de lo que quedó, antes de la salida de la casa del padre, vendida por la tía Lía, dejando la herencia en dinero al sobrino, de la parte que le corresponde, según testamento. El antes tiene referentes, el padre, la casa, la vida hogareña en la casa, incluyendo al tío Apolinar Borda y a su amante escondida, abarcando entrañablemente a la tía Lía, a la cocinera, a su hijo Uaca. Incluso las referencias tienen que adjuntar al propio desempeño que ejercía en las oficinas del padre y sus empresas, una especie de administración cualitativa, que velaba por los bienes, es decir, el trabajo que tenía y lo ocupaba parte de su tiempo. En el después se difuminan los referentes, el suelo que pisa se vuelve fluido; tiene ante sí su soledad y abierto un mundo ignoto de posibilidades. Es en este otro tiempo, desatado y hasta desbocado, cuando la tendencia tanática se desborda. Si bien consigue alquilar el segundo piso de una casa en la calle Catacora, en un recodo con la calle Junín, segundo piso maltrecho que refacciona a su gusto, colocando su dormitorio en la mejor habitación, contigua a un balcón que miraba a la ciudad, este refugio no logra estabilizarlo. Es apenas el cuartel de invierno o si se quiere casa de seguridad; en tanto que el centro de gravitación se convertirá la bodega, donde encontrará un nuevo hogar, insólito y refugio de los desterrados urbanos y los marginados sociales.

En su nueva etapa los personajes sobresalientes serán otros y de otro mundo; personajes iluminados por la bohemia mestiza de La Paz, en plena oscuridad de cobijo fraterno y cómplice de la noche. En la taberna se van a tejer otras relaciones, basadas en la condición marginal, incluso clandestina, a la que fueron empujados estos personajes habitantes de la luminosidad nocturna y del afecto compulsivo, alimentado por el alcohol compartido. Entonces, como que se oponen la experiencia diurna y la experiencia nocturna; se opone el recuerdo de la vida anterior y la innovación desbordante de la nueva vida que se inventa en el azar y la jugada absoluta de la perdición. También se oponen la vida y la muerte como dos acontecimientos contrapuestos, pero también entrelazados.

Un plano de intensidad de la novela se desenvuelve en la trama que parte de los antecedentes de Felipe Delgado, antecedentes que entran en crisis a la muerte del padre, aunque se hayan gestado antes de manera latente. A la muerte del padre o en el entorno de los escenarios que se conforman, provocados por su fallecimiento, aparecen los personajes del entorno del padre y de la casa, los amigos del padre y Fray Guzmán; aunque también hace su primera aparición el demonio en forma de pordiosero irreverente y craso, si no tomamos en cuenta al demonio ridículo, que aparece, mas bien, disfrazado, en la casa que visita con su abuela. Otro plano de intensidad es el que corresponde a lo que podríamos llamar el tejido filosófico, coloquial, de diálogo y retórico, donde se va configurando, poco a poco, a retazos, como un traje teórico de aparapita, la concepción de mundo y de vida, también se podría decir la ontología existencial de Felipe Delgado. Uno de los hilos y componentes de esta teoría del aparapita filósofo son las reflexiones sobre el olor; podríamos decir percepciones del olor que devienen enunciaciones sensitivas y conceptuales del olor, tomado como una esencia o sustancia reveladora de la condición social. Ya hablamos del olor de la eternidad al que se refería la narración al comienzo de la novela, también hablamos del crujir del piano cuando tocaba Brahms el profesor de música de Felipe Delgado. Son estas sensaciones, estos sentidos primordiales, también su manifestación material, olfativa y sonora, las que hacen de fuentes iniciales de una fenomenología enunciativa, nocional y hasta conceptual. La concepción de mundo, de vida y de muerte de Felipe Delgado.

El olor venía de la cocina y según el criterio de Felipe Delgado provenía de la inocencia de los alimentos. Después de sufrir en pensiones el tormento de la mala comida, fuera de experimentar la presencia diferenciada de los comensales, a quienes termina clasificando el protagonista, de acuerdo a sus singulares comportamientos con la comida y la mesa, Felipe toca la puerta del primer piso, de donde provenía el grato olor de la inocencia de los alimentos; le abre una anciana de baja estatura, Serafina Bustillos, a la que le explica su atracción hacia la fragancia culinaria de la casa y le pide que lo atienda como pensionado. La anciana le acepta sin mayores contemplaciones; queda estupefacta ante el adelanto por un año de la pensión por parte del insigne comensal.

La clasificación de los comensales era sucinta pero prodigiosa; comenzaba con los comensales silenciosos, imperturbables, que comían como por obligación. Después venían los comensales que compartían con sus animales, sus gatos, la comida; también se nombra el caso de un comensal ladrón de azúcar, que al menor descuido metía el azúcar del azucarero en su bolsillo. En cuarto lugar, aparecen los comensales susceptibles, que convierten en enemigos a los comensales que no responden al saludo de “buen provecho”. Sin embargo, en quinto lugar, están los comensales que, si aprecian la comida, consideran un privilegio almorzar, se reconocen formar parte de una clase especial de comensales, que aprecian como un ritual el acto de comer, incluso respetan ceremoniosos y callados el sonido que hacen al partir el pan, al hacer crujir los alimentos.

Hablamos de planetas o mundos de Felipe Delgado, uno es el relativo al entorno familiar; otro es el que se conforma con su tío Apolinar Borda y el brujo negociante Juan de la Cruz Oblitas; un tercer mundo , quizás el más querido, es el que se constituye en la bodega, donde encuentra un nuevo hogar y el sentido profundo de la amistad de los condenados de la tierra o, mas bien, de uno de los estratos de los condenados de la tierra, los marginados y desterrados, los exiliados en su propia ciudad, los considerados el lastre oscuro de la sociedad urbana. Hay otros mundos, que después comentaremos, como el mundo de sus amores y desamores; también el mundo que se conforma en la hacienda, en la campiña, mundo de despedida, antes de la desaparición de Felipe Delgado.

El tío Apolinar y Juan de la Cruz esquilman a Felipe Delgado; no le devuelven el préstamo concedido a condición de socios, él, el socio capitalista, los otros los socios industriales y comerciales. No es que Delgado no se da cuenta de lo que acontece; ante un informe truculento y embaucador de Oblitas, el acreedor decide donar la deuda a su tío, de manera altruista y dadivosa. Lo que lleva al festejo no solo de los socios embaucadores, sino del propio prestamista, pues se entusiasma con el júbilo que provoca su decisión. En el mundo de los amores y desamores, Felipe tiene un reencuentro con su amiga Titina Castellanos de una manera sintomática y por lo demás extraña. Se rompe su reloj colgado de la pared, debido al sobrepeso y a un clavo enclenque que se dobla; este hecho va a ser una señal, que va a ser descifrada después, cuando se propone llevar el reloj de pared destrozado al relojero. En ese trance se acuerda de su amiga Titina, con la que tuvo una relación esporádica, a quinen no veía hace un tiempo. Cuando llega a la casa de la amiga se lleva la sorpresa de la noticia equivocada de que acababa de morir; se queda atónito, pero mucho mayor es su sorpresa cuando ve salir jocosa a Titina, vivita y coleando. La noticia equivocada la da la nieta del relojero; el que murió fue precisamente su abuelo. La coincidencia se da entre el reloj de pared destrozado y la muerte del relojero.

En la borrachera con el tío Apolinar y Juan de la Cruz Felipe Delgado queda dormido, cuando despierta esta solo y encuentra la casa oscura, con las luces apagadas, lo que incrementa la sensación de soledad. La consciencia de su soledad abrumadora lo empuja a deambular por las calles, buscando calmar su angustia con la bebida. Ningún lugar conocido que encuentra le satisface, lo que le lleva a deambular por callejones, hasta que encuentra uno misterioso, de mal augurio, donde vuelve a encontrar al demonio en otra metamorfosis; esta vez bien vestido, empero, sin desprenderse del vaho hediondo que lo acompaña. A tientas se anima a subir el misterioso callejón, donde encuentra una entrada cuyas gradas ascienden a la famosa bodega, que, hasta entonces estaba escondida para sus andanzas. En la bodega se velaba a la nieta del tabernero; cuando ingresa Felipe Delgado, con temor y como descubriendo el interior denso y abismal de una caverna, localiza a su entrañable colectivo de amigos, que lo van a acompañar en el laberinto, esta vez multitudinario, de su soledad.

El colectivo de amigos de la bodega, cómplices de la búsqueda insaciable de los secretos inesperados de la noche, proliferan en la taberna, empero, conforman estratificaciones fluidas y cambiantes, aunque siempre generando un centro de referencia, conforman meandros que se curvan alargando el viaje al desemboque inesperado. Corsiño Ordóñez es el tabernero y el abuelo de la nieta muerta, Román Peña y Lillo es el jorobado, que se va a convertir en el amigo más cercano y leal a Felipe; Indalecio Beltrán, el decano de los borrachos de la bodega. Están los aparapitas, como coro sitiando el escenario beodo alumbrado, arremolinados en los umbrales; son nombrados los que llevan apodos, el Delicado, el Negro, el Mazorral, el Fú, el Fá; está Amézga, excombatiente de la guerra del pacífico, el asistente del tabernero. En fin, se trata del colectivo fluido de la bodega, que va a iluminar con el afecto etílico la concavidad conmovida de la noche paceña. Felipe Delgado va a derrochar en la bodega afecto y dinero, convirtiéndola en refugio de su soledad y en la entrada a otro mundo, según él, lleno de señales y secretos.

El amorío con Titina Castellanos no dura mucho tiempo, es un amor intempestivo y abrupto. A Titina le desagrada el apego de Felipe Delgado a la bodega, que considera un antro de perdición. Esta inclinación al trago de parte de Felipe lo convierte en sospechoso de inseguridad, inestabilidad e irresponsabilidad sin límites. A pesar de que Felipe le ofrece tener un hijo con ella para alagarla, pero sin necesariamente casarse, la distancia y las diferencias entre Felipe y Titina se ensanchan hasta la crisis y el conflicto. Titina increpa a Felipe y le enumera sus defectos, sobre todo descarga su furia e improperios contra el antro de la bodega; Felipe sale en defensa de sus hogar nocturno y misterioso, denso en búsquedas sin horizonte y en guarida ardiente de los desolados. Le dice que ella no entiende que se trata de un lugar de otro mundo, lugar donde se desenvuelven los secretos recónditos del universo. La relación amorosa con Titina se quiebra, aunque todavía Delgado va a ir a buscarla, un tanto por costumbre y demanda, otro tanto por querer remediar la ruptura. En la última discusión, que deja perplejo a Felipe Delgado, Titina le dice, antes de romper, que ella sabe que está sola, que se puede hacer cargo del hijo sola, que él no la quiere, tampoco ella, aunque no sabe cómo explicarle esta situación, sino que la necesita. Ella, una huérfana, que sale de un hospicio de monjas, está sola en el mundo, solo tiene a su madrina, que es la muñeca que la protege. Como para contrarrestar las historias esotéricas en las que se explaya su amante no amado, le cuenta a Felipe un secreto; una historia que la tiene afligida y embargada en la consciencia culpable, hasta el presente; le cuenta la historia guardada y enmudecida, pero no olvidada, para desahogarse. En el hospicio había dos huérfanas muy recatadas, Inocencia del Campo y Soledad del Invierno; sin embargo, a pesar de su conducta circunspecta, ellas guardaban un libro erótico con dibujos pornográficos; libro indecente que todas las huerfanitas del hospicio leían y observaban con ahínco, a ocultas de la vigilancia de las monjas. Un día aciago una confidente de sor Pía Armonía delató a las hermanas guardianas del libro secreto. Sor Pía Armonía tomó las medidas del caso, enjauló a las culpables, hizo formar una ronda en el patio a las huérfanas del hospicio, obligó a las culpables, que se encontraban enjauladas y rapadas, a quemar el libro del delito. Al día siguiente las culpables fueros incineradas en el horno de pan. Una vez terminado el relato, Titina confesó que ella fue la confidente que las delató. El asombro de Felipe es grande, se mueve entre el terror y el estupor, pero también en la incredulidad, sospechando que su amante no amada se hacía la burla; le dice a Titina que esto no era otra cosa que una monstruosidad inaceptable. Respecto a la muñeca madrina, le dice protestando nunca había asistido a semejante argumentación, culpando a un objeto inanimado de lo que acontece, atribuyéndole responsabilidad, cuando no la podía tener. Dice que lo inanimado está más allá de lo orgánico y que los humanos son los que degradan la vida y la muerte.

Esta concepción nihilista de la vida y de la muerte, una dialéctica existencial negativa, también esta concepción nociva de lo humano, forman parte de lo que hemos llamado el plano de intensidad filosófico de Felipe Delgado, como dijimos, plano de intensidad tejido a retazos como vestimenta teórica de aparapita. Plano de intensidad de una filosofía nihilista singular, cuya universalidad radica en la tesis heideggeriana del ser para la muerte, cuya particularidad radica en la elocuencia y la enunciación barroca. Una suerte de mezcla de filosofía negativa y misticismo, magia y brujería.  

 

En la bodega Indalecio Beltrán se explaya en una apología del aparapita, después de exponer su tesis sobre la inspiración. Se podría decir una tesis idealista, en tanto que la apología del aparapita es trágica y existencialista, marcadamente barroca. En la tesis idealista asume que los poetas miran con el alma lo invisible, lo que no está al alcance de la vista común; en tanto que en la apología del aparapita encuentra el substrato y la síntesis de la condición nacional en este insigne cargador de la urbe paceña. Se pondera su fuerza, su coraje, su valor, su laburo, aunque también su humildad y su sabiduría silenciosa. Beltrán declara a los miembros de la bodega como poetas prácticos, pues ven desde la experiencia dramática a la que son sometidos por su entrega sin límites al compromiso de la diseminación nocturna. En el ínterin, entre su tesis sobre el arte y la apología del aparapita hace una disertación intermedia, dedicada a la chola, a la madre chola. Abnegada madre cuya dedicación al cuidado afectivo de los hijos es admirable, sobre todo cuando son guaguas. El ejemplo que da es lo que observa detenidamente en la calle Illampu cuando una madre chola lavaba el culo de su guagua con un cariño asombroso, sin hacerle doler, además lo hacía a veces cantando un huaiño. Felipe delgado interviene, interrumpiendo a Beltrán, para decirle que estaba completamente de acuerdo con él, solo que otorgando a su apreciación un contenido del espíritu nacional.  Sin embargo, el interés de Felipe Delgado se dirigía al aparapita que no llevaba el manto y hace vistoso el traje de múltiple textura, compuesto por las propias manos del insigne cargador. Después de un sueño estrambótico con moscas, enredadas en un juego de palabras que riman, entre la fraternidad de la taberna, donde él mismo se convierte en una mosca perdida en el abismo, descubre, al despertar, enfrente, la composición abigarrada del traje del aparapita, que se le antoja de una cristalización mineral. Pide a Delicado que se lo presenten al aparapita, sujeto de su atención, y a su compañero, más viejo, con el que compartía la coca, los puchos y el trago. Se acercaron Fortunato Condori, el mayor, y Damian Tintaya, el más joven.

Si bien Beltrán comenzó la apología del aparapita, debido a una discusión acre con Delicado, que, en discordancia a su nombre tiene una consistencia corporal de fortachón, es Felipe Delgado quien extiende la apología, la prolonga y la concluye de una manera ejemplar. Según Delgado el aparapita es un anarquista nato. Sobresale en el legendario cargador la grandeza auténtica. Habita la ciudad efectiva y contrasta su figura contra la ciudad ilusoria y envilecida. Así como la bodega es una síntesis de la ciudad, el traje de la aparapita configura y expresa la realidad total. Delgado considera que en la composición del traje del aparapita se puede leer la escritura secreta de la realidad, contada en el juego del bricolaje del tejido heterogéneo del traje del aparapita. Con esto el aparapita supera la realidad y llega a la fantasía. Delgado confiesa que se encuentra seducido por esta elocuente presencia existencial. También confiesa que quisiera tener un traje de aparapita, pero, sabe que no se lo merece, que, aunque tuviera muchos trajes de estos ninguno le pertenecería, pues no los podría poseer. El traje del aparapita está íntimamente ligado al cuerpo y a la experiencia del aparapita; el aparapita se ha hecho el traje, poco a poco, retazo a retazo, cosido a cosido; por eso mismo, es una extensión de él, de su cuerpo, de su ser.

La interpretación que hacemos, los comentarios sueltos, de Felipe Delgado, supone varios planos de intensidad del entramado de la narrativa de Jaime Sáenz en la novela; algunos los hemos mencionado, el plano de intensidad familiar y sus entornos, el plano de intensidad de los amores y desamores, el plano de intensidad del colectivo de la bodega, quizás también el plano de intensidad de los amigos heredados del padre, que terminan jugando un papel fundamental en el desenlace de la novela. Mencionamos el plano de intensidad filosófico, que hace como substrato reflexivo a lo largo de la novela, sobre todo busca hacer emerger de la trama o, mejor dicho, del entramado de la narrativa, el sentido inmanente de sus tejidos. Bueno pues, si fuese así, importa comprender las conexiones y las articulaciones de los distintos planos de intensidad en la narrativa. Al respecto se pueden sugerir distintas hipótesis interpretativas, empero nos vamos a concentrar solo en algunas, comenzando con una relativa a un enfoque estructuralista, hipótesis que alude a distribuciones binarias subyacentes en la estructura del texto. En el plano de intensidad familiar aparece el contraste entre el tío Apolinar y la tía Lía, la oposición entre el señor y la señora, entre el irresponsable y la responsable, entre el inmoderado y la cuerda; en el plano de intensidad de los amores y desamores se evidencia el contraste entre Titina Castellanos y Ramona Escalera, entre la amante no amada y la amante amada, entre la sensualidad de la hechicera y la belleza de la mujer que se acerca a la artificialidad de muñeca. En el plano de intensidad del colectivo de la bodega no hay exactamente contrastes binarios, pues todos llegan a parecerse, empero se puede sugerir que, a pesar de que comparten el mismo espacio bohemio de la bodega, que sintomáticamente lo nombran como “el purgatorio”, se hacen notorias ciertas diferencias; por ejemplo, entre el decano de los borrachos, Indalecio Beltrán, y, en algunos casos, Delicado, en otros, Román Peña y Lillo. Pues Beltrán aparece como el magistral expositor de temas, en tanto que los otros, a excepción de Delgado, aparecen de manera pedestre, en su elocuencia, mas bien, crasa. En el plano de intensidad de los amigos heredados, se hace notorio la diferencia entre el perfil del Doctor Sanabria, amigo del finado Virgilio Delgado, el padre del protagonista, que reprende la conducta de Felipe, pero que termina cobijando al descarriado Felipe Delgado, y Nicolas Estefanic, otro amigo del padre, que, mas bien, lo secunda. En el plano de intensidad filosófico se hace hincapié en las paradojas que expresan las dinámicas mismas existenciales de la vida y de la muerte.

Sin embargo, fuera de estos contrastes notorios, que pueden dar claves de la estructura del texto, se pueden mencionar otros dualismos que expresan otras distribuciones subyacentes de la narrativa, que ya no tienen que ver con los planos de intensidad individualizados, sino, mas bien, con el conglomerado conectado y articulado de los mismos. Hablando de las pretensiones de brujería y hechicería, que es como una atmósfera difusa y transversal en la novela, se oponen la figura de Juan de la Cruz Oblitas y Titina Castellanos. El brujo Oblitas es el amigo que esquilma, en tanto que Castellanos es la amante no amada; por otra parte, la hechicera Titina está ligada a la muñeca-madrina, que aparece como protectora y hacendosa, en tanto que el brujo de Juan de la Cruz, pajpaku y tramposo, está ligado al demonio, que emerge en la novela en su metamorfosis fantasmal como una amenaza. Deteniéndonos en este dualismo estructurante de la novela, entre otros dualismos, vemos que la muñeca, como fetiche, se opone, al demonio como amenaza, sobre todo por sus connotaciones figurativas. La muñeca es de una belleza artificial, en tanto que el demonio no deja las irradiaciones de la fealdad concreta, como la fetidez que lo acompaña. No olvidemos que José Luis Prudencio, el esposo de Ramona Escalera, colecciona muñecas y retiene a Ramona como si fuese una muñeca; ese es su placer. En cambio, el demonio aparece presagiando mal augurio o está vinculado a un hecho funesto. Felipe Delgado se enamora de Ramona y teme a todo lo que anuncia el demonio.

Sin embargo, en toda esta profusión de planos de intensidad, de hilos, urdimbres de los tejidos de la narrativa, el aparapita es la figura no solo más enigmática de la novela, sino que guarda la clave de la interpretación de la novela, en cuanto al sentido inmanente. Cuando Felipe Delgado expone el sentido de despojarse del cuerpo, “sacarse el cuerpo”, según sus propias palabras, que conlleva el aparapita, comprende que se trata del destino del aparapita. El despojarse del cuerpo acontece cuando el aparapita decide morir, esto quiere decir, deshacerse del cuerpo, del cuerpo que ha cargado con todos los pesos que tuvo que sostener en la espalda, del cuerpo agotado cuyas últimas fuerzas son usadas para despojarse de su carne. La propuesta interpretativa de Felipe Delgado es que con este acto el aparapita se espiritualiza.

Volviendo a los dualismos, podemos decir que el aparapita se opone al mundo envilecido, como el mismo Delgado lo dijo en su exposición. Metafóricamente podemos decir que el aparapita carga con el mundo; una vez que considera que ha terminado su tarea, no del día, cuando va a la bodega, sino su tarea de todos los días que le tocó vivir, el aparapita decide deshacerse de su cuerpo para encontrar otro mundo, espiritual, con esta desaparición. Mientras vive y carga con el mundo, su traje configura el mundo en su multiplicidad, logrando expresar la armonía de la pluralidad. Cuando deja su cuerpo, cuando decide morir, deja su cuerpo para que se lo lleven a la morgue y escruten los estudiantes de medicina en su cuerpo los secretos de la biología humana. Los compañeros aparapitas se reparten su traje y sus cosas, como herencia legítima y adecuadamente prorrateada entre todos los compañeros. El aparapita se “saca el cuerpo” como desenlace de su destino; al final la novela tiene como desenlace la desaparición de Felipe Delgado, es decir, éste también termina sacándose el cuerpo.

Indalencio Beltrán invita a Felipe Delgado a contemplar desde la claraboya de su cuarto el majestuoso Illimani, a la hora conveniente del atardecer, cuando la pintura de la luz del verano o del invierno permite apreciar mejor los secretos que esconde la fabulosa montaña de varios picos. Beltrán le comenta los secretos de la claraboya, ligados a la biografía de su padre, pintor especializado en la pictórica y el paisaje del Illimani; por otra parte, le revela que además es topógrafo, lo que le permite tener entraditas que le hacen un poco más soportable la pobreza en la que se encuentra. La otra conversación en la que se embarcan los amigos es sobre Franz Tamayo, a quien considera Delgado el poeta absoluto y el pedagogo del pueblo boliviano. Beltrán hace observaciones sobre su condición de hacendado y sobre la explotación de sus pongos; empero, Delgado considera que Tamayo se preocupa por todo lo que atinge al pueblo, sobre todo se preocupa de los peligros que acechan. Que, si bien, explota a sus pongos y es consciente de esto, lo hace comprendiendo que su labor es educativa, para transmitir las enseñanzas, para que se adquiera la disciplina y, sobre todo, para el resurgir de la nación desde su cuna de Tiwanaku. La conversación gira anecdóticamente tanto en una apología grandilocuente del connotado escritor, pero, también, a ratos adquiere como un tono de ironía. El mensaje que trasluce es que el Illimani y Tamayo están íntimamente involucrados y conectados, tanto por su desmesura sublime como por su grandeza absoluta.

Lo que habíamos nombrado el plano de intensidad filosófico del entramado de la novela parece disentir con estas alocuciones, que adquieren un tono paisajista o de determinismo geográfico, también una tonalidad nacionalista, incluso indigenista. Ocurre como si la ontología existencialista heideggeriana del ser para la muerte se contrapondría y, a la vez, conjugara con estos tonos deterministas geográficos, nacionalistas e indigenistas. Llamemos a esta otra variante de la cosmovisión plano de intensidad ideológico. En este caso, se trata de la consciencia nacional o, dicho de manera ontológica, del ser nacional, del ser boliviano, que, a diferencia de la tesis heideggeriana no está destinado a la muerte, sino al renacimiento.

Habíamos dicho que la clave para interpretar la novela se encuentra en la tesis de Felipe Delgado sobre el aparapita, sobre su desenlace, el “sacarse el cuerpo”, que también se convierte en el desenlace de la novela, cuando el propio Felipe Delgado se saca el cuerpo, desaparece. Nombramos a esta clave hermenéutica el sentido inmanente de la narrativa de la novela; sin embargo, se pueden encontrar otros sentidos, no necesariamente inmanentes, que tienen que ver tanto con la tesis ontológica existencialista, así como con las tesis ideológicas nacionalistas e indigenistas. Para decirlo en términos interpretativos, podemos conjeturar que la formación social abigarrada boliviana adquiere configuraciones simbólicas en la conjugación de la tesis existencialista nihilista y las tesis ideológicas nacionalista e indigenista. El entramado de la novela, al desenvolverse y combinar los distintos planos de intensidad de la narrativa, busca los sentidos subyacentes, que se encuentran diseminados en los dramas desplegados por las acciones de los personajes. El plano de intensidad filosófico y el plano de intensidad ideológico son como los decursos de las reflexiones inherentes en la novela.

Hay otra conversación que sobresale entre los amigos, Beltrán y Delgado, que tiene que ver con la teoría de la conspiración, por así decirlo. Beltrán alude a un rumor que recorre la bodega; se habla de un personaje misterioso, que prepara una convocatoria a la nación, que arma un ejército para recuperar los territorios perdidos por el país en las sucesivas guerras, que cuenta con consejeros sabios y especialistas, entre los que se encontraría el mismísimo Tamayo. Delgado no estaba enterado de este rumor, lo que le sorprende, sobre todo al enterarse que el que lo ha difundido en la taberna es su amigo Román Peña y Lillo, lo que lo hace sospechoso de difundir rumores especulativos. Los dos amigos quedaron en encarar a Peña y Lillo, para que aclare sobre este rumor difundido. La conversación vespertina de Beltrán y Delgado culminó con música, Beltrán desempolvó su mandolina para tocar unas piezas de Adrián Patiño Carpio, terminando el repertorio con la interpretación de una cueca. Lo que entusiasma sobremanera a Felipe Delgado; los dos amigos llegan hasta las lágrimas. Esta parte de la narrativa nos muestra otro plano de intensidad de la composición de la novela; denominaremos a este plano de intensidad musical. La música, el ritmo de la música, la composición melódica, acompañada de la letra, escolta al entramado narrativo, desde la presentación de la letra de la cueca “No le digas”. La música es la melodía de fondo, que acompasa a las tramas de la narrativa; se podría decir que está más acá y más allá del sentido evocado en palabras. Se trata de un sentido anterior al sentido inmanente, por lo tanto, también a los otros sentidos subyacentes. Este más acá y más allá es la armonía que se le escapa a la comprensión intelectiva, tanto del plano de intensidad filosófico, así como del plano de intensidad ideológico. Se podría decir que la armonía musical emite los secretos que se buscan con el entendimiento, secretos que se le escapan, que no puede encontrarlos. La música emerge directamente, sin mediaciones, de las ondas y vibraciones energéticas.

La primera parte del libro, compuesta por doce capítulos, desenvuelven una composición combinada y entrelazada de los distintos planos de intensidad narrativos mencionados. Esta composición muestra cumbres y hondonadas, que hacen variar la textura de las tramas y urdimbres de la narrativa. Entre las cumbres se encuentran lo que simbolizan el Illimani y Tamayo para la utopía nacional; entre las hondonadas se encuentran los recovecos dramáticos y pasionales en los que se entrampan los distintos personajes involucrados. Las cumbres son como la simbolización de las utopías perseguidas, las hondonadas son como la simbolización de los laberintos y los abismos donde se cae irremediablemente. El sentido del ser, el ser para la muerte es como la expresión de esta caída a la nada; en cambio, el ser nacional es como su contrapeso, la expresión de la posibilidad del renacimiento o el resurgimiento.

En las tres siguientes partes de la novela, compuesta por cuatro partes, que en total hacen cincuenta y dos capítulos, la composición del entramado narrativo ha de combinarse de distinta manera, desenvolviendo distintos desplazamientos del centro gravitacional o de agujero negro del campo orbital de los escenarios de los dramas, que se conforman, dependiendo de la jerarquización de alguno de los planos de intensidad respecto de los otros.

En este contexto, en sentido hermenéutico, en este círculo interpretativo, podemos comenzar a interpretar el tejido de la trama narrativa. Dijimos que a los ojos de Felipe Delgado la bodega aparece como un lugar de resistencia, fuera de sitio entrañable de misterio; ahora también podemos considerar, en el contexto, como un espacio de la protesta existencial contra la sociedad institucionalizada. Ante la irrealización de las utopías, que se simbolizan en las cumbres alegóricas mencionadas o crasamente en la conspiración por el resurgir político, Delgado opta por la diseminación corporal. El alcoholismo resultaría una protesta suicida de los vencidos o, mejor dicho, de los que no encuentran el sendero de la realización de la utopía, pues ésta se encuentra clausurada por la misma sociedad institucionalizada, el mismo Estado, limitado en sus alcances y fronteras mezquinas. Aunque al final de la novela Felipe Delgado es rescatado por el Doctor Sanabria y llevado a su hacienda para su rehabilitación y limpieza; un tanto, haciendo remembranza al Quijote que recupera la razón y reconoce haberse extraviado en su locura; empero lo hace para despedirse, antes de morir. En este transcurrir, cuando Felipe reflexiona sobre lo acontecido y acumula sus notas, con la intención de armar una escritura reveladora de su experiencia, se produce un hecho sintomático, desaparece su cuaderno de notas y memorias.  Su testimonio de vida, sus reflexiones, profanas y sagradas, su escritura en ciernes, es hurtada. Sus secretos son conocidos por otro, el ladrón o los ladrones, el que perpetra el acto y el autor intelectual del hurto. Felipe va a buscar por todas partes su tesoro de inscripciones gramáticas. Está lejos de la bodega, a la que solo llega a verla, al revés, con un telescopio roto, que le brinda Sanabria. Este es el escenario de la desaparición de Felipe Delgado. Se trata de un escenario de distanciamiento y de vaciamiento, que recalca de otra manera su soledad, ya no como antes, dramáticamente, que comienza con la muerte de su padre, sino de una manera paisajística, donde se hace hincapié en el alejamiento.  

 

A lo largo de la novela descubrimos que Felipe Delgado vive la experiencia de duplicación, es decir, se desdobla; se encuentra el mismo en otro. En la medida que se vuelve a encontrar con el demonio, éste se le va a ir pareciendo, hasta suponer que el demonio es el mismo, solo que de viejo o como vuelto de la muerte. Cuando muere el bodeguero, Corsino Ordóñez, se encuentra en el hospital con un médico que no solo se le parece, como su doble, sino que, además, lo insólito, lleva su mismo nombre y apellido: Felipe Delgado. Por otra parte, aparecen otras duplicaciones; su madre se llamaba Ramona, la mujer de la que se enamora, la esposa de José Luis Prudencio, se llama también Ramona. Su madre murió cuando precisamente nació Felipe; la muerte de su madre acompaña al nacimiento de Felipe, custodia a la vida de Felipe. La muerte es una sombra que le persigue, así mismo adquiere otra connotación, más bien, de liberación, por así decirlo, como cuando el sacarse el cuerpo implica la espiritualización, quizás el encuentro con uno mismo. Para decirlo resumidamente, hay como dos formas de muerte, contrastadas, aunque haya otras formas más, como las relativas al morir lenta o diferidamente. Como dice Blanca Wiethuchter, la experiencia de la duplicación, el encontrarse en el otro, supone la escisión[1]. Como en la poesía de Jaime Saénz la novela comienza con el asombro del protagonista, Felipe Delgado; le sigue el descubrimiento del otro, al que se llega después de una larga experiencia dramática, de diferenciación, de reconocimiento y de identidad. Sin embargo, no se identifica con el otro en todos los personajes con los que se topa, sino tan solo con algunos, pocos. Se puede decir que la duplicación es como retornar a sí mismo, después de su extrañamiento. Se encuentra consigo mismo cuando el demonio se le parece, se encuentra consigo mismo cuando se ve en el médico, más joven que el mismo. También Ramona, en sueños, termina pareciéndose a él. Por último, termina encontrándose consigo mismo en el desaparecer.

Sin embargo, en la experiencia de extrañamiento y, dialectalmente, de retorno, a la vez, el descubrimiento del otro no solo emerge en las analogías, sino también en las diferencias; diferencias que no solo muestran contrastes, hasta contradicciones, sino lo que el mismo niega o rechaza. Por ejemplo, aborrece de José Luis Prudencio. Descubre que el misterioso personaje del rumor que se propagó en la bodega es precisamente Prudencio, al que decide vigilar y espiar. Empero, la curiosidad enigmática que siente por Prudencio va desapareciendo hasta el desencanto, en la medida que se va aproximando y observando, descubriendo sus secretos. Además de cojo, aparece como un personaje cruel y hasta indiferente, incluso anodino y despreciable, salvo su apego por la colección de muñecas que tiene en casa, además de su mujer, Ramona escalera, que se parece mucho a una de sus muñecas apreciadas. Cuando ocurre esto, cuando crece el desprecio por Prudencio, deja de interesarle y se deja seducir por la belleza de Ramona.

Ramona se encuentra cautiva en casa de Prudencio, sometida a control y vigilancia por parte del enigmático esposo, también por parte de la hermana de este ignominioso personaje. Incluso sufre violencia por parte de esta hermana, a lo cual Prudencio es indiferente. El romance con Felipe Delgado es como una liberación; empero, tampoco dura, como hubiera querido Felipe. A Ramona le detectan un cáncer que la va a llevar a la muerte. Felipe vuelve a enfrentar la muerte como ruptura, evento que le quita a sus seres queridos. La muerte de su amada va a marcar la clausura de una etapa y el comienzo de otra, como en el caso de la muerte de su padre. Va a buscar consuelo de una manera más desmesurada en el alcohol, que lo va a llevar a la perdición, completa, casi al exterminio; pierde todo, su casa, sus amigos no aparecen, en la bodega bebe con extraños, que se comportan agresivamente, se convierte prácticamente en un pordiosero o no se diferencia en su aspecto de este desventurado. Se refugia en casa del brujo Oblitas, quien lo cobija. Cuando se encuentra completamente perdido, el Doctor Sanabria, Estefanic y Oblitas conspiran para rescatarlo, prácticamente secuestrarlo y llevárselo a la finca de Sanabria, para que allí se cure y se rehabilité. La situación y condición de Felipe Delgado llegaron tan lejos del desamparo y la desdicha, a su propia indigencia, que incluso la bodega, su refugio, desaparece del escenario. Antes, como anuncio de la clausura, Amézaga se convierte en el administrador de la taberna, el carpintero acreedor de Ordoñez, Noé Salvatierra, compadre del bodeguero, se instala en la bodega y perturba la armonía beoda del colectivo fraterno que se había formado. La bodega es sustituida por la Carpintería del Diluvio Universal de Noé Salvatierra.

En la finca del Doctor Sanabria Felipe Delgado prácticamente se vuelve un abstemio, no toma, salvo cuando lo visita Peña y Lillo, su amigo, que trae consigo botellas para brindar, o en alguna que otra ocasión, como en San Juan. En la hacienda de Sanabria tiene un altercado con el administrador de la finca, Menelao Vera, quien confiesa que odia a Delgado. En la noche de San Juan le ruega que vuelva a beber, para que vuelva a ser lo que siempre fue y, de esta forma se lleve la maldición que ha traído a la hacienda. Felipe vuelve a beber y culmina la conversación con Menelao rompiéndole una botella en la cabeza. Antes de su desaparición Felipe se perdía intermitentemente, obligando a Vera a buscarlo y encontrarlo en los lugares más recónditos e insólitos, como en un pozo profundo; al final una tarde se pierde definitivamente sin que nadie después pueda encontrarlo, a pesar de las incursiones organizadas tanto por Menelao Vera y Peña y Lillo.

En la noche de San Juan Felipe Delgado quema su cuaderno de anotaciones y memorias, que reaparecen después de una subrepticia pérdida, altamente sospechosa y sintomática. Esta quema de la escritura, que, por cierto, era valiosa, anuncia, como despedida, la propia desaparición. Felipe Delgado no solamente se saca el cuerpo, emulando al aparapita, sino que su cuerpo se esfuma, no aparece ni como cadáver, lo que obliga al brujo Oblitas a preparar una sesión de brujería en La Paz para desvelar lo que había acontecido o, en su caso, descubrir al culpable de su desaparición. Sospechaba que fue Menelao Vera el autor de su supresión. A esta sesión solo asistió Peña y Lillo. Oblitas encontró en la habitación el saco de aparapita que improvisó Delgado, cosiendo a duras penas; para el brujo esta aparición del saco era una prueba de que Felipe Delgado se encontraba y, al mismo tiempo, no se encontraba en la casa, la última morada del protagonista errante, convertido en un fantasma.

Conclusiones

Ahora bien, estamos ante una novela, Felipe Delgado, que es el nombre del protagonista de la narrativa, que se sitúa en una ciudad de La Paz anterior a la guerra del Chaco, si se quiere en una coyuntura en el umbral mismo de la guerra entre Bolivia y Paraguay, dos países empujados a la conflagración por dos empresas trasnacionales del petróleo, pero también por sus propias oligarquías criollas, en pleno contexto de la crisis de los Estado-nación. Una guerra donde se disputaba el control del Chaco Boreal y de las reservas hidrocarburíferas, en pleno contexto de la demanda energética de la revolución industrial, todavía bajo la hegemonía británica. A través de la novela se puede vislumbrar el perfil de la estructura social, de las estratificaciones de las clases sociales de la formación social boliviana, por lo menos de parte de este perfil, un poco sesgado en el enfoque literario de la dramática de lo que se ha venido en llamar las clases medias, preponderantemente mestizas. Ciertamente el personaje principal, Felipe Delgado, experimenta los dilemas, el diletantismo, el dramatismo y la angustia de la sedimentación social de la clase media, en las formas extremas de la bohemia barroca y marginal paceña.   Desde esta perspectiva, se puede decir, que las enunciaciones relativas a lo que hemos llamado el plano de intensidad filosófico y el plano de intensidad ideológico son los recursos discursivos del protagonista para interpretar esta experiencia abigarrada de los estratos medios y mestizos. Manteniéndonos en esta perspectiva y en este enfoque interpretativo – puede haber otros -, no se trata tanto de concentrarse en las tesis nihilistas o en las tesis nacionalistas e indigenistas, tampoco así, concentrarse tanto en el plano de intensidad pretendidamente místico o en la atmósfera especulativa de la brujería, sino entender que se trata de recursos provisorios para interpretar la experiencia singular de los estratos mencionados, solo que asumidos de manera existencialista barroca y vividos en el dramatismo de trayectorias de vida que se pierden en sus propios laberintos. La estética, entendida como substrato de las sensaciones y las sensibilidades, que captan la multiplicidad de los fenómenos percibidos, en este caso, estética de la novela, adquiere la composición del entramado narrativo, la trama del antihéroe mestizo de una urbe enclavada en plena cordillera de los Andes.

No pretendemos sugerir una sociología de la novela, sino contar con esta referencia al momento de apoyar una lectura arqueológica de la novela, por lo menos en los términos y límites improvisados de unos comentarios sueltos. Felipe Delgado, que puede corresponder a una biografía ficticia del propio autor, Jaime Sáenz – entre otras biografías posibles -, es un personaje descentrado de los ejes normativos y de los comportamientos aconsejables de la clase media. Un personaje errante, deambulante de mundos, que hacen como sus entornos, unos más valorizados afectivamente que otros; mundos habitados subrepticiamente por el protagonista errante; de los que obtiene lo que necesita para continuar su marcha sinuosa de una búsqueda nebulosa hacia lo desconocido. No es la sociología la que va a dar cuenta de esta escritura paradójica de Jaime Sáenz, pues la escritura literaria, la narrativa de la novela se teje con hilos sensibles, componiendo figuras imaginarias, otorgándoles contenidos simbólicos, que hablan más de las dinámicas subjetivas inmanentes que de las estructuras trascendentes sociales.

Estamos ante una subjetividad en crisis, que puede tomarse hipotética y provisionalmente, como crisis de identidad; que empero no agota la comprensión y la interpretación de lo que contiene como posibilidades expresivas el personaje central de la novela. La condición de antihéroe de Felipe Delgado ya es, de por sí, una crítica desde la literatura a la sociedad institucionalizada de entonces, a sus pretensiones, a sus mitos y juegos de poder. El protagonista, entrampado en su drama embrollado de vaciamiento continuo, busca refugiarse en oasis afectivos, en la amistad y en el amor. Pero, es la muerte la que, intermitentemente, arrebata a sus seres queridos, arrastrándolo, cada vez más, al abismo. Es la música la que acaricia su ser, conmoviéndolo, recordándole los sentidos fundantes y creativos, anteriores a todo sentido intelectivo. Y es el juego paradójico del discurso lúdico el que amortigua la distancia del desconocimiento de la alteridad inscrita en los cuerpos. Las paradojas, por lo menos muestran, el quiebre de las certezas, las fracturas en el estallido de las contradicciones, fracturas que se abren tanto al abismo, así como a la intuición de horizontes utópicos.  

La novela Felipe Delgado es un acontecimiento literario, como tal, nos permite la lectura, vale decir la reconfiguración, la apropiación por la lectura y la reinvención de la novela en la experiencia de su decodificación, de su destejido, para volver a hilvanar y tejer en la imaginación y la memoria hermenéuticas. Como dice Paul Ricoeur, la narración está íntimamente ligada con la invención del tiempo, así como la invención de la memoria de un pasado[2]; por eso mismo, una adecuación al presente fugaz y también dilatado, es decir, una disposición a la espera y a la expectativa. El contexto de Felipe Delgado no solamente es la formación social paceña de aquél entonces, sino, hermenéuticamente, el contexto mismo de la novela, no solamente boliviana, sino latinoamericana, además de la novela mundial, con todas las concomitancias que pueda haber entre los más cercano y lo más lejano, no en el sentido geográfico, sino de los apegos y las propias lecturas del autor. También tenemos que referirnos al contexto cultural de su época. ¿Cuánto de esto todavía sobrevive y es substrato de sedimentos culturales e imaginarios hoy? No cabe duda de que sí queda, la herencia se transmite cambiante, pues el pasado se actualiza y, obviamente se transforma. La urbe paceña no es lo que fue en la preguerra del Chaco, tampoco exactamente su estructura social, así como sus imaginarios sociales; sin embargo, en el desenvolvimiento, despliegue y transformación de sus estructuras sociales y culturales, en la ciudad de la hoyada, cobijada en los brazos de la cordillera de los Andes, los cambios se dan a través de la conservación de lo heredado, aunque en sus composiciones actualizadas se den combinaciones distintas. Para decirlo parafraseando a Vicent van Gogh, Felipe Delgado ya no está, pero la ciudad sigue todavía.

  

[1] Ver de Blanca Wiethuchter Estructuras de lo imaginario en la obra poética de Jaime Saenz. Obra poética. Biblioteca del Sesquicentenario de la República; La Paz, 1975.

[2] Leer de Paul Ricoeur Tiempo y narración I, II y III. Siglo XXI; México 1995.

PRESENTACION DE LA NOVELA “PRESENTE, AQUÍ TOPO.CAMBIO”

PRESENTACION DE LA NOVELA

“PRESENTE, AQUÍ TOPO.CAMBIO”

DE

ADRIANA LUNA SILLERICO

 

Por: Rosario Aquím

 

Adriana Luna Sillerico, comienza su novela con estas preguntas ontológicas:

 

¿Recuerdas aquellos días en que parecíamos más humanos?, ¿cuándo fuimos tragados por el hábito?, ¿cuándo los puentes de nuestra existencia comenzaron a quebrarse? ¿Recuerdas cuándo intentamos ser humanos?…

 

Y su respuesta, ha buscado plasmar, a lo largo de la trama, una visión de la realidad, física, psíquica o mítica de sí misma, a través de sus personajes. Un perfil simbólico, se configura detrás de cada uno de los posibles acercamientos que hace sobre lo humano en su devenir.

 

Su propuesta literaria, está impregnada de sensibilidad y exploración, desafía lo establecido y construye una identidad propia, exponiendo una creatividad variada en la valorización de su entorno, para bien o para mal, ya que las transformaciones en el arte, siempre están cargadas de un deseo, bien sea por destruir valoraciones o avivar y revivir viejos valores. En el caso de esta obra, hay una invención, sin prejuicios, porque se ha recurrido al procedimiento anticanónico que transita entre lo surrealista y lo grotesco.

 

Este tránsito, hace referencia a situaciones enrarecidas, desagradables, fuera de lo normal, de lo real, de lo lógico, para propiciar sentimientos repulsivos que han perdido la noción racional del entorno. Lo grotesco rebasa lo meramente estético para convertirse en un problema de carácter ontológico. Así, vemos al personaje principal Presente, revisar su pasado, a través de su relación zoofílica amorosa, con un topo sin ombligo, y lo vemos renacer, en su propio presente, desde el ombligo de sí mismo, que aparece en el cuerpo del topo al final de la novela.

 

Porque, “Lo fundamental en el grotesco es la creación de monstruos, de naturalezas mixtas, hibridas, logradas mediante mezclas extravagantes de cosas que en sí mismas no tienen relación alguna, de elementos que provienen de campos totalmente distintos. El mundo del grotesco es peculiar y se rige por normas estéticas peculiares, que nada tienen que ver con los cánones de la belleza, y que tienden a la degradación y a la parodia. En este mundo degradado y paródico, la figura animal se mezcla con la humana, lo vivo con lo inorgánico e inerte.”[1]

 

Y la paloma agonizante pasó fugazmente por la ciudad o aquel lugar

lleno de vacíos que se hacía llamar ciudad. Mientras sus alas se

agrietaban con cada aleteada, nuestros ojos la siguieron… Ella era sólo una excusa

para ver lo que realmente queríamos… Su muerte fue solo una excusa.

Eran las doce de la noche y la cordura había abandonado las calles,

los lugares donde el sueño había reposado tenían las luces apagadas,

y aquellos que habían abierto sus puertas a la locura,

brillaban, luces rojas, amarillas y azules y las sombras las atravesaban.(…)

 

Qué cuadro más divertido: mi pasado siguiéndome

en los bolsillos de un topo atrevido que sale de la tierra.

 

El papel fundamental de lo grotesco es realizar una revaloración del mundo y de realidad a partir de figuraciones amorfas, cuerpos hiperbólicos, extraños e insólitos como vacíos, hechos o actos repugnantes que no aportan una connotación apreciativa sino caprichosa, en todo caso antojadiza, lo absurdo banal, violación en la proporción exacta de los cuerpos de la realidad, un holocausto en intento destructor de la armonía.

 

-Hueles a muerte, a tripas, a sangre, a pasados y presentes.

-No es sólo la muerte de otros, hueles a tu muerte…

¿Cómo un muñeco de trapo? Cuidado que se te salgan las tripas.

-Jajajajaja. No te preocupes, es difícil que los hilos se rompan.

Si aguantaron hoy no podrán romperse nunca.

-Presente, a ver si volvemos a vernos, tal vez cuando el olor se haya comido todo tú

cuerpo  y los hilos se rompan.

¡Hey, Presente! Aquí Topo. No te mueras…

 

“Lo grotesco imaginativo y mágico se opone, ciertamente, a la actitud racionalista, al sentido común, a la experiencia cotidiana trivial.”[2]

 

todo este tiempo recostado entre su recuerdo, el color del cielo, el aroma que desprende

la ventana, me hacen consciente de que ya han pasado alrededor de cinco meses de

su muerte. Ya he muerto de cierta manera, pero la costumbre no.(…)

 

Es increíble cuán obediente soy ante el hábito que me ha

controlado por años. Silencio, silencio… Ya cállate de una vez (…) ¿Qué he hecho en este tiempo? Pasarme catorce días metido en la bañera (…). Dentro

del agua, continúo sintiéndome como el feto que jamás pudo separarse de su recuerdo.

No puede haber mejor sensación.

 

“Lo grotesco es anticlásico, antihumanístico. El lugar del hombre en el planeta, en la historia, en el cosmos, es puesto en entredicho; dentro de la atmósfera de lo grotesco no tenemos más remedio que dudar de la dignidad del hombre. Y es que el repertorio de temas grotescos contiene una larga lista de formas que pudiéramos llamar <inferiores>, inhumanas, infrahumanas, que a pesar de ello se mueven, actúan, capturan nuestra atención, y pueden decir, incluso, nuestro destino: sapos, culebras, murciélagos, monstruos, objetos inanimados que de pronto toman vida y nos persiguen. El mundo de lo grotesco es con frecuencia una pesadilla convertida en obra de arte.”[3]

Con un paño mojado trato de limpiar su torso ensangrentado y cuando llego

a la parte baja de su torso (Jajaja) busco ese pequeño agujero, busco aquella

señal de que lo que tengo frente a mí podría ser real. Pero no está. Un torso lizo,

sin ningún hueco, sin el recuerdo de alguna conexión… Un topo sin ombligo.

 

¿Vas a cruzar?

¿Quieres cruzar?

Dos preguntas que a la fuerza la lógica trata de meter en mi cabeza. Cómo pensar

en ello, si lo único que puedo sentir ahora es que soy llamado como un animal.

Mientras más siento su cuerpo y mientras el ambiente se humedece aún más,

sólo puedo pensar en que a lo único que le puedo temer es terminar amando a este

ser que puede ser alguien de carne recostado en el azulejo del baño o un vació al

que le he creado forma.

 

No podemos caer en la ingenuidad de pensar que lo grotesco es ajeno a lo humano, es decir, que no hace parte de él, que es antinatural, quizás corresponde más al ser que las concepciones de lo bello y ordenado, por cuanto no niega el más mínimo elemento de la vida; la naturaleza por ejemplo, en su despliegue creador, nos presenta formas para nada agradables al ojo y sentimiento humano, demostrando así la presencia de lo multiforme. ¿Por qué negar en el arte la distorsión de formas? Bajtin nos dice con respecto a lo grotesco: “Ilumina la osadía inventiva, permite asociar elementos heterogéneos, aproximar lo que está lejano, ayuda a librarse de ideas convencionales sobre el mundo, y de elementos banales y habituales; permite mirar con nuevos ojos el universo, comprender hasta qué punto lo existente es relativo, y, en consecuencia permite comprender la posibilidad de un orden distinto del mundo.”[4]

 

La ciudad…

En…Una palabra: es una mierda. En…Varias palabras: es un cronómetro, un reloj clavado en

las calles, un lugar lleno de carteles amarillos y fétidos marcados con: “hasta aquí llegó”,

“aquí es la meta”, es un juego de carreras, es un cementerio, es una celda llena

de espera, es una hoyada. Y como alguna vez uno de los topos lo dijo: “es un cerco

de penumbras”, es una ciudad partida en dos y digamos que este lado resulta no ser el más agradable.

-Es un hogar, es un lugar donde las casas en vez de irse para arriba se hunden más,(…)

 

un lugar donde nadie piensa salirse de los cerros que los marcan, es el refugio de los

truenos, de la lluvia y del sol, es la máscara que esconde lo que deseas, es una vida

minimizada a la repetición, es olvidar y cuestionar.

-El abajo, el lugar donde el dolor se ha vuelto parte de una cartelera de comedia,

donde la sangre y la mutilación sirven para sacar unas risas a este arriba. Se ven todo

el tiempo y aun así están tan separados.

 

Según Ramón Pérez de Ayala: las almas grotescas son “aquellas en que las formas superiores de la conciencia aparecen implicadas, apenas nacientes y absorbidas en las formas inferiores del instinto; almas oscuras que en vano se afanan hacia la claridad; pequeños monstruos inofensivos, porque ni el instinto ni la inteligencia están lo bastante deslindados para determinar acciones violentas. En estas almas hay un asomo de conciencia, que es lo que de ellas sale al exterior; pero la conciencia está reintegrada en el instinto, que es el móvil recóndito y confuso de los actos que ejecutan. La mayor parte de los hombres posee un alma grotesca.¨[5]

 

Al final no hay nada que me pueda decir un niño ciego,

sobreviviente en un mundo del que nunca ha tenido el mínimo interés. (…)

 

Ya, ya, Alfonsina. Y tu llanto cesó y el mío comenzó en silencio. ¿Qué agradecí

de esos días? Mientras siento el aire golpeando mi espalda, despierto para decirme

que lo único que agradecí de mi vida es que no me olvidaste a mí. No me

importaban los celos del viejo, eras mía. Mi locura, mi madre loca que me reía todos

los días y cuando lo perdimos, cuando me dije que te perdería, la locura entró

con los brazos abiertos, con su vestido de colores, por la puerta y nos hizo suyos.(…)

 

Al final, en este balanceo, ¿dónde caeremos, dónde quedaremos? La puerta se ha abierto, sigue

abierta, el juego sigue, escucho cómo Topo comienza a recoger mi cuerpo, mis brazos,

mis piernas, hasta algunos músculos que se encuentran desparramados por el piso. Una

vez que mi cuerpo ha sido colocado en la carretilla, comenzamos a avanzar por las calles.

La carreta avanza, la gente ignora al animal que lleva pedazos de un presente. Los

fuegos han cesado, las voces han caído y lo más probable es que mañana, al igual que

yo, la ciudad despierte luego de una larga cremación… Cenizas… Cenizas… Ya puedo

sentir el olor del polvo, de la piel chamuscada y de mi vida hecha negra en esta ciudad.(…)

 

Como si despertara el viejo animal que habita

en este intento de humano,(…)

 

Pedro Pablo Viñuales nos dice: “Otra cuestión sería considerar lo grotesco como un modo de explorar preocupaciones metafísicas o existenciales”.

 

¿Por qué no me cuestionas, por qué el silencio? El enorme silencio

es la muestra de que no existes. Siempre fue así, siempre que te ibas el

silencio era la muestra de que, aunque no estuvieras muerto, ya no existías.

 

La obra de Adriana Luna Sillerico, es una panacea de acontecimientos insólitos, ella ha creado todo un sin número de posibles texturas envueltas por el goce de la extrañeza, es decir, ha hecho de un objeto o circunstancia simple, algo complejo, misterioso.

 

En su narrativa muestra, la experiencia cambiante de lo cotidiano, lo risible del mundo, y si se quiere, la batalla contra la norma, se nos presenta como un elemento de suma trascendencia para comprender todo el conglomerado de fuerzas actualmente vigentes en las posibilidades socioculturales de una realidad como la nuestra.

 

Conocer la necesidad de su nacimiento y devenir como novelista, en este tránsito entre el surrealismo y el grotesco, es proyectar luz, nuevos colores, mezclas y diferencias, que de por sí, nos llevan a puntos de vital importancia para dar paso a la oleada de sentido, que nos permita desempolvar las letras de la literatura clásica.

 

 

aquella señal que he esperado está ahí: un ombligo

pequeño naciente en su torso lizo. Vuelvo a repetir, mientras comienzo a levantarme

de la tina, con aquel deseo que ha resurgido, el deseo de tocarlo otra vez.

¡Hemos cruzado y al parecer hemos sobrevivido!

 

[1] SABOR DE CORTÁZAR, Celina. Lo Cómico y lo Grotesco en el “Poema de Orlando” de Quevedo. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com.

[2] DURÁN, Manuel. Valle Inclán y el Sentido de lo Grotesco. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com

[3] Ibid

[4] BAJTIN, Mijaíl. La Cultura Popular en la Edad Media y el Renacimiento. Barcelona: Barral Editores. (1971)

[5] RAMOS, Vicente. Vida y Teatro de Carlos Arniches. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com