Archivo de la categoría: Política

Anotaciones sobre la deriva política

Anotaciones sobre la deriva política

Diagnóstico rápido de la trayectoria neopopulista

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Justicia amordazada

 

La corrupción hecha política

Corrupción generalizada, corrosión demoledora de las instituciones. La decadencia en plenitud. Esto demuestra que, hace un tiempo, ha muerto la democracia, la política, la Constitución, la Justicia, la legalidad. Lo que prepondera es el despotismo proliferante, el ejercicio múltiple de la violencia, la imposición de los grupos de poder, el encubrimiento descarado de la delincuencia y el crimen, de los delincuentes y criminales, la Administración grosera de ilegalismos. Si el pueblo contempla esta panorama degradante de la decadencia, es cómplice de su propio muerte.

El Estado, dispositivo del terror

El terrorismo de Estado en acción. No les queda otra cosa que la espiral de violencia. Desmantelaron la Constitución, corroyeron las instituciones, cometieron democracidio, ecocidio y etnocidio. Desconocen los derechos consagrados por la Constitución. Despilfarraron por quince años los ingresos del Estado. Hacen de agentes encubiertos de las empresas trasnacionales extractivistas y agentes descarnados de los Cárteles. Han perdido toda legitimidad; son un gobierno de la administración de violencia. Por lo tanto, su función ha dejado de ser funcional. Son una amenaza para el pueblo y el país.

El Estado: dispositivo de los Cárteles

Un Estado tomando por los Cárteles, agente encubierto de las trasnacionales, dispositivo político de enriquecimiento de la burguesía rentista y la burguesía mafiosa, además de las burguesías tradicionales. Un gobierno demagógico, acompañado por la masa elocuente de llunk’us.

Los grupos de choque, parte del terrorismo de Estado. La decadencia en acción. Los esbirros al servicio del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente,  que efectúa el gobierno neopopulista retornado. La miseria humana en la expresión más descarnada.

La guardia pretoriana de la República del Chapare. Los dispositivos represivos de la coca excedentaria y de la industria de la cocaína. La policía descarnada en su tarea sucia.

La guerra declarada del gobierno contra los cultivadores de la coca tradicional, contra el pueblo, contra la democracia, contra la Constitución, contra la Madre Tierra. La evidencia de que se trata de una forma de gubernamentalidad no solo clientelar sino traficante.

Desplazamiento irregular para defender el mercado ilegal de la coca, acción punitiva contra la coca tradicional y la organización legítima de la coca yungueña. Un gobierno que descubre su cara, su perfil perverso  al servicio del lado oscuro del poder.

La invención política de la realidad

No importa ni la realidad ni la verdad, lo que importa es la imposición por la violencia, encubierta con un montaje mediático y la inercia de un discurso desgastado, que se inventa una realidad y adultera la pretensión de verdad. El ejercicio político gubernamental se ha convertido en una sistemática tramoya, en un espectacular montaje, donde todo es falso. Es esta falsedad la que se eleva a pretensión de verdad. En consecuencia, se gobierna en el fango atiborrado de niebla. La violencia política se multiplica y desaparece no solo la democracia sino también la política. Solo queda las ruinas de la destrucción.

Delirio extremo que solo aparece cuando la enajenación llega lejos, la ilusión del poder aleja desmesuradamente a los personajes histriónicos. El problema es que los medios de comunicación y toda la gama de la casta política coadyuva. Parte del pueblo es cómplice de la decadencia.

La desnacionalización

No hubo nacionalización, salvo un año, correspondiente a la aplicación de la ley «Héroes del Chaco». Después se desnacionalizó con los Contratos de Operaciones, entregando el control técnico a las trasnacionales. Disminuyendo de 82% al 50% más el 12% del impuesto especial.

El neopopulismo retornado continúa con el modelo colonial extractivista del capitalismo. Hace lo mismo que los gobiernos neoliberales, populistas, liberales y de dictadura militar. Son una versión demagógica y folklórica de eterno retorno de la colonización, de la dependencia y de la dominación del sistema mundo capitalista.

La desnacionalización de las hidrocarburos, el despilfarro de los recursos del Estado, la malversación de fondos, la creación de empresas fantasmas, la corrosión institucional, la corrupción galopante, la entrega onerosa del litio, el perder las controversias internacionales, recibiendo coimas, la tercera derrota de la guerra del Pacífico en La Haya, en fin una bochornosa secuencia de delitos políticos y constitucionales, además de traición a la patria, han sido ignorados por la Contraloría, los tribunales, el Congreso y la Administración de Justicia, convertidos en dispositivos de encubrimiento. Cómplices de crímenes políticos y constitucionales. Ahora  quieren seguir con lo mismo, el eterno retorno de la corrupción y la corrosión institucional.

Llunkirio

De llunk’us a traidores al país. De zalameros a indignos personajes que avalan inexcusables fechorías. ¿De dónde sacan el descaro de mostrarse tan descarnadamente crápulas? ¿De sentirse impunes? ¿De la falta total de escrúpulos? De la miseria humana, producto del poder.

No se inmutan, se hacen a los desentendidos. Son responsables de la pérdida de 42 millones de dólares ante una empresa fantasma del litio, ahora se debe 105 millones de dólares ante un banco español, que administra una AFP. No tienen vergüenza. Todavía se sienten capaces de acusar, perseguir y perpetrar crímenes políticos y constitucionales. Esta gente es la que gobierna.

El cinismo llevado al desborde del descaro. Después de haber cometido delitos contra el Estado, llevando a cabo actos de corrupción, en concomitancia con la CAMC, en complicidad con el gobierno, gozando de la protección de los órganos de poder, todavía tiene el tupé de acusar.

La degradación moral contamina a la sociedad, a las institucionales sociales. El derrumbe moral abarca a Estado y sociedad. El pueblo tiene la responsabilidad de salir del círculo vicioso de la decadencia, de combatir a los dispositivos de la corrosión institucional y la corrupción galopante, a los agenciamientos de la degradación, de luchar contra los cárteles. La complicidad es síntoma de putrefacción.

Machistas consumado, en plena decadencia, sin discurso ni horizonte. Un odio recóndito a la mujer les corroe las entrañas, los deja sin imaginación. Por eso balbucean. La dirigencia del partido gobernante tiene en estos personaje un ejemplo evidente de lo que son: hombres sin atributos, llenan su vacío con la violencia descarada, que expresa sus complejos profundos y atroces miedos.

Notas sobre los perfiles de la violencia

Notas sobre los perfiles

de la violencia

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Violencia encarnada

 

 

Continuidad del colonialismo

La continuidad del colonialismo es la del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. El neopopulismo es agente encubierto de las trasnacionales extractivistas y de los Cárteles. El gobierno folclórico, respecto a la Pachamama, ampara la destrucción de los ecosistemas amazónicos y chaqueño, la contaminación de las cuencas y el avasallamiento de territorios indígenas y parques nacionales. Los nuevos conquistadores y colonizadores son esta expresión delirante del populismo del siglo XXI, que, en efecto corresponde a la conquista y la colonización del siglo XXI, ampliando las huellas de la muerte del sistema mundo capitalista.

 

Neoliberalismo y neopopulismo

El neoliberalismo y el neopopulismo son simétricos, son dos caras de la misma medalla, el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, ahora, además, mafioso. El neoliberalismo esquilma al pueblo mediante privatizaciones, el neopopulismo lo hace a través del uso privado de las instituciones y recursos del Estado y del país. Ambos empobrecen a las mayorías, aunque el neoliberalismo es explícito al enervar el costo social y encumbrar a una élite burguesa; en cambio el neopopulismo hace demagogia, favorece a una corrupta dirigencia, queriendo mostrar que su enriquecimiento es general, respecto a las clases excluídas. Solo es esta minoría que hace de pantalla de propaganda, los demás siguen excluidos como siempre. Lo que comparte con su simetría es que también encumbra a una élite burguesa, la burguesía rentista y mafiosa.

 

Perfiles del terrorismo de Estado

Terrorismo de Estado y terrorismos paramilitar y de los cárteles están articulados. Forman la maquinaria descarnada de la violencia de las dominaciones perversas. El neopopulismo anterior y el retornado han conformado esta maquinaria de poder como prolongación inaudita de su decadencia. Cuando el proceso de cambio ha muerto en manos de los impostores, que se subieron a la cresta de la ola, lo que queda para «legitimar» su permanecía inmerecida es el recurso descarado de la violencia, sobretodo cuando la demagogia ha dejado de convencer y servir.

 

Dinámicas perversas de la genealogía del lado oscuro del poder

Hay que diferenciar las distintas estructuras conglomeradas en la macroestructura social o que hace al campo social, que, más bien, es espesor. Pues resulta que una sociedad no es homogénea, al contrario es heterogénea. Pero a donde apuntamos no es tanto a la descripción del mapa heterogéneo de la sociedad, sino a ubicar las estructuras perversas, por así decirlo, que emergen de las mismas dinámicas sociales e inciden en la descomposición de las tejidos sociales. Una de estas estructuras tiene que ver con las asociaciones clandestinas de las mafias, de los cárteles, de las formas paralelas del poder.

Lo que se ha visto, en la historia reciente, es que la genealogía del lado oscuro del poder se inicia con desplazamientos, en principio imperceptibles, de las relaciones sociales, sus prácticas y recorridos. Después se hacen perceptibles los desplazamientos ocupando espacios donde se desarrollan propiamente. Cuando estos desplazamientos se vuelven constantes conforman estructuras estables que afectan al conjunto del campo social.

Una característica de las estructuras mafiosas es que buscan el control territorial; en otras palabra, se arraigan y se afincan como poder, en principio local, después regional y, si prospera su proyección, su control puede adquirir la dimensión nacional.

Las estructuras mafiosas atraviesan varios planos de intensidad social, deformándolos, de acuerdo a la reproducción misma de las prácticas y las formas paralelas de poder. Atraviesan las instituciones y los circuitos comerciales. Atraviesan a las instituciones estatales, corroyéndolas y corrompiéndolas. Conforman sus destacamentos armados y paramilitares. Cuando esto ocurre ya se ha ingresado a la “lógica” de la guerra. Guerra contra la sociedad para imponer la voluntad de los cárteles.

En el norte de México los cárteles controlan ciudades y hasta estados, en la República Federal. En pocas palabras, gobiernan. El gobierno solo es una máscara usada por el lado oscuro del poder. En Colombia los paramilitares controlan territorios donde imponen su ley. Donde no lo controlan realizan acciones punitivas. Pregunta: ¿En esta genealogía del lado oscuro de poder hasta dónde se ha llegado en Bolivia?

Sabemos que los cárteles controlan una amplia zona del trópico de Cochabamba y parte de las zonas del norte de Santa Cruz, con sus correspondientes circuitos en todo el país y sus conexiones en países fronterizos y contactos con otros países del continente y de otros continentes. La economía política de la cocaína es sobretodo mundial, no es solamente nacional. Sin embargo, los entramados sociales son complejos y mucho más extensos que lo que sucede en estas sociedades secretas. Las pretensiones de las mafias encuentran obstáculos y resistencias en esta complejidad social. En la medida que los tejidos sociales son fuertes, los obstáculos y resistencias son mayores; en cambio, en la medida que los tejidos sociales son débiles, la sociedad es más vulnerable ante la irradiación perversa del lado oscuro del poder.

Lo que ha venido sucediendo recientemente llama atención por las repercusiones en el plano político. Las implicaciones en los gobiernos, los síntomas de la penetración en la policía, los alcances del control en la administración de justicia. Todo en un contexto comprometido, la economía institucional atravesada por la economía oscura y opaca de los tráficos. Empero, cuando hay baños de sangre, significa que la violencia inherente se ha desbordado. Los ajustes de cuentas son conocidos y lastimosamente se han convertido en parte intermitente de la cotidianidad. Sin embargo, cuando estas acciones alcanzan a la policía, perpetrando asesinatos de efectivos uniformados, la espiral de la violencia expresa el alcance del desborde del lado oscuro del poder. El mensaje es de amenaza.

El modelo colonial extractivista y mafioso

El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente se ha desplazado, ahora es el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente y mafioso. Los cárteles controlan territorialmente, atraviesan las instituciones de emergencia del Estado, entre ellas la policía y el ejército; atraviesan los órganos de poder del Estado, sobre todo el sistema de administración de justicia. Atraviesan el gobierno y a la máquina fabulosa del poder, el Estado. Estas instituciones son usadas para cumplir la funciones que les asigne el lado oscuro del poder, de encubrimiento, de protección, de concomitancia y complicidad. Es cuando todo el campo político ha cambiado, se ha convertido en el campo de despliegues de los tráficos.

Proliferación de ilegalismos

Ya es, de principio, ilegal el mercado paralelo de la coca. «Evaluar la legalidad» de un mercado ilegal es con contrasentido. El gobierno es cómplice del desenvolvimiento de ilegalidades proliferantes, es parte de de la corrosión institucional y la corrupción galopante. Es un dispositivo de la economía política de la cocaína, de la economía política del extractivismo, de la destrucción de bosques y cuencas. La elocuencia de la muerte contra la vida.

El absurdo

Cuando no se explica lo ocurrido, cuando falla la interpretación emitida, mostrando vacíos. Cuando no hay coherencia en la interpretación oficial de los hechos, cuando no hay causa evidentes ni móviles para una acción criminal perpetrada, cuando es palpable el absurdo, es cuando se cae toda la narrativa oficial, por su propio peso; no tiene sostenimiento. Es cuando se fuerza la interpretación y los hechos desbordan por todas partes. Se hace evidente la complicidad de los aparatos de Estado con el lado oscuro del poder.

Acorralados

Acorralados, sin recursos argumentativos, perseguidos por sus fantasmas y sus miserias humanas, recurren a su puesto de jerarquía funcionaria para emitir sandeces y amenazar. Evidencian su cobardía desbordada en sus actos y en sus balbuceos. Estos personajes sin atributos son los que fungen de ministros. Es la muestra patente del hundimiento y el derrumbe ético y moral.

Los guerreros digitales

El entorno palaciego del Caudillo déspota, caído en desgracia, se refugia en la “fortaleza” política, mediática y de propaganda de un canal oficialista. Desde este lugar operan el despliegue de su guerra sucia virtual. Semiclandestinos, lo “guerreros digitales”, aprovechando la penumbra de su escondite, lanzan improperios, acusaciones estravagantes y amenazas, encarnando a los inquisidores del siglo XXI. El entorno palaciego y los “guerreros digitales” han convertido el canal en un dispositivo del terrorismo de Estado, que consume, en su vorágine, presupuesto del Tesoro del Estado, de una manera inútil y sin perspectiva, sobretodo explayándose en la anticomunicación.

Crisis universitaria

La crisis universitaria ha tocado fondo y lo ha atravesado, está en el abismo. La complicidad entre autoridades universitarias y mafias dirigenciales estudiantiles es evidente, por lo menos desde hace un buen tiempo. Esta concomitancia perversa ha convertido a la universidad en un antro donde se explaya la mediocridad, se solasa la prepotencia y se destruye la formación académica. Los últimos eventos bochornosos y sangrientos muestran patentemente el alcance de la decadencia. Un Congreso apócrifo quiere encubrir la putrefacción del cadáver institucional y, a su vez, legitimar a las mafias estudiantiles y rectorales, a pesar de la demoledora crisis innegable.

Hipótesis

Hay que concebir las sociedades desde sus operaciones asociativas, desde sus prácticas, desde sus relaciones constantes, desde sus tejidos, sus nudos, sus desenvolvimientos específicos, para comprender sus estructuras, sus instituciones, sus sistemas. De este modo podemos entender que los sistemas, las instituciones y las estructuras son nada, sin estas asociaciones, prácticas, relaciones, tejidos y nudos. Por ejemplo, un Estado es nada, sin las dinámicas sociales, no existe efectivamente sino a traves de la reproducción constante de las prácticas y relaciones. También la cultura es posible por las reproducciones culturales que despliegan y desenvuelven los sujetos sociales. El lenguaje es un acontecimiento social, no existe de por sí, sino por que se lo habla, se lo practica, se lo escribe, se lo expresa. Son los grupos, comunidades, colectivos, los que reinventan el lenguaje. Claro está que es herencia de generaciones anteriores, pero cada generación ha tenido que hacer lo mismo, reinventar el lenguaje para mantenerlo. Un libro existe propiamente cuando se lo lee. Claro está que el libro ha tenido que escribirlo alguien, que ha tenido que editarlo alguien, que ha tenido que imprimirlo un taller gráfico. Pero, cada una de estas producciones ha tenido que ser una actividad asociada, vinculada, articulada al conglomerado de conjuntos de dinámicas sociales.

En lo que respecta a la problemática y temática en cuestión, la proliferación de las violencias polimorfas, parecen corresponder, mas bien, a disociaciones, adulteraciones de las prácticas, deformaciones de las relaciones, desestructuración de las estructuras, corrosión de las instituciones o anclaje anacrónico de las mismas. Se puede decir, que cuando ocurre esto asistimos a la perversión del campo social. Entonces, emerge la violencia proliferante, polimorfa, cromática, desde la violencia imperceptible hasta la violencia desbordante, contundente, demoledora, pasando por todos los perfiles intermedios de la violencia.

Por así decirlo, se forman mundo paralelos, sumergidos, opacos, difusos, contenidos en el mundo efectivo, correspondiente a la integración compleja de planos y espesores de intensidad sociales. Estos mundos paralelos van modificando el aspecto del mundo efectivo; pueden llegar a deformarlo hasta hacerlo irreconocible. Es cuando los mundos paralelos irradian e inciden a tal punto que ejercen como una preponderancia, para no decir hegemonia, término que no corresponde al caso.

El mundo de los tráficos es uno de esos mundos paralelos clandestinos, que afectan en el desenvolvimiento y el despliegue, también en las reproducciones, del mundo efectivo. Pueden deformarlo y pervertirlo a tal punto hasta ocacionar su propio colapso. Con disociaciones, con destrucciones del tejido social, con desestructuracones, con corrociones institucionales, el mundo efectivo se derrumba, ya no puede funcionar. Agoniza en su decadencia.

Bifurcación o encrucijada en la historia política

Apuntes para el análisis de coyuntura en Colombia

Bifurcación o encrucijada en la historia política

 

Raúl Prada Alcoreza

 

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En los espesores de la coyuntura podemos encontrar las claves para comprender la singularidad misma toda la coyuntura. En los espesores del presente podemos encontrar las claves para comprender la singularidad de la historia, usando este término de historia como concepto perentorio para expresar tanto la memoria social y la imposibilidad de representar la simultaneidad del tejido del espacio tiempo. Lo que queremos decir es que lo que aparece no agota lo que se oculta, para decirlo de ese modo. Obviamente no se trata de un encubrimiento, ni ocurre que el substrato histórico se oculta, sino que no es visible, no es evidente, ni perceptible a una mirada ligera. Tampoco se trata efectivamente de una mirada superficial, pues comprendemos la metáfora de que lo más profundo es la piel, sino que aludimos a una mirada circunscrita a los límites que le impone la ideología, la máquina de la fetichización, que también podemos nombrar como el substrato miserable de los prejuicios. Entonces cuando hablamos de espesores nos referimos a esta complejidad, a las dinámicas de la complejidad, a la simultaneidad dinámica, a las composiciones de las singularidades, en distintos planos de intensidad, en fin, a los perfiles singulares, que aparecen como síntesis toda la coyuntura.

En Colombia asistimos a una coyuntura, que mediáticamente se la nombra como electoral. Ciertamente, no podemos reducir las connotaciones de esta coyuntura a la circunscripción electoral, pues, como hemos dicho antes, en los espesores de la coyuntura y en los espesores del presente se esconde, para decirlo metafóricamente, la complejidad misma del contexto y de la historia. Otra interpretación podría abordarse circunstancialmente, diciendo que se trata de una coyuntura donde se disputa la posibilidad de la paz, en una formación social colombiana, que ha sido atravesada por lo que hemos llamado la guerra permanente. Esta apreciación es más adecuada y menos mediática, puesto que se sitúa en la historia del conflicto de la lucha armada y de la lucha de clases, que hacen de contextos variados y en constante desplazamiento en la formación social colombiana. Sin embargo, no agota, de ninguna manera, las otras posibilidades de interpretación de la coyuntura y del presente colombiano. Por así decirlo, se juegan más cosas, se juegan otras posibilidades, otras aperturas y otros desenlaces, en un momento que puede convertirse en un punto de inflexión histórica.

Hay que remontarse a los momentos constitutivos de las formaciones sociales abigarradas, como lo decía René Zavaleta Mercado. Uno de esos momentos en la historia de los ciclos largos, medianos y cortos, es el momento constitutivo de la república barroca, después de las guerras de independencia. Visto en perspectiva, se trata del Virreinato de Nueva Granada, administración colonial que se derrumbó ante los levantamientos anticoloniales, que se dieron desde el levantamiento panandino y la sublemación indígena y mestiza en Nueva Granada. Desde entonces se anuncia la crónica de una muerte anunciada de la Corona española, en el continente conquistado por su armada y su ejército de conquistadores, acompañado por su ejército de evangelizadores y por el conglomerado de comerciantes, de empresas y empresarios, de ese capitalismo barroco, que se inaugura precisamente con la conquista del continente de Abya Ayala, conquista seguida por las olas de colonización que devienen después. Usando una adecuada configuración conceptual histórica, dada por Marie-Danielle Demélas, diremos que la invención política de las repúplicas criollas fue la forma de continuar la inauguración de la modernidad barroca. También, de manera temprana, las formaciones sociales continentales se vieron atravesadas por las contradicciones de la modernidad y del sistema mundo capitalista naciente. La herencia colonial institucional y el barroco de la formación social entraron en concurrencia de contrastes y contradicciones. El peso institucional de la flamante república fue absorbida por el campo gravitatorio del mapa institucional colonial. En principio, las flamantes repúblicas se circunscribían a la Constitución; en consecuencia, se limitaba a la ilusión jurídico-política, sostenida apenas por la premura en construcción de la institucionalidad republicana, todavía en ciernes. En esta provisionalidad republicana, en un campo gravitatorio institucional colonial, emergieron rápidamente las contradicciones inaugurales, que van a atravesar la historia de las formaciones sociales continentales. Contradicciones que no se han resuelto hasta ahora, este presente, dilatado en más de dos décadas en pleno siglo XXI.

Para resumir, pues ahora, en este ensayo, no pretendemos un análisis histórico exhaustivo, sino tan sólo presentar configuraciones y perfiles históricos, que nos ayuden a vislumbrar la composición de las singularidades de las formaciones sociales, en los espesores del presente, diremos que no solamente la arquitectura de las flamantes instituciones republicanas, improvisadas en el momento y mantenidas en la duración temporal, cayeron en las deformaciones que impone el campo gravitatorio de la institucionalidad colonial, preservadas en las prácticas, ligadas al barroco sistema mundo capitalista, naciente en el sur del planeta. Se impusieron como prácticas económicas, hegemónicas y dominantes, en los circuitos de los recursos comerciales y en los modos productivos de las formaciones sociales republicanas del continente. Sin embargo, a pesar del campo gravitatorio de la institucionalidad colonial, no desaparecieron las multiplicidades de resistencias anticoloniales, de las resistencias culturales, de las resistencias comunitarias, de las resistencias sociales, que desordenaron los mapas institucionales, heredados de la colonia y preservados en la colonialidad republicana. Por otra parte, en las primeras etapas de la mundialización se hicieron presente las formas convocantes y críticas del iluminismo. En este sentido, asistimos al nacimiento de las utopías políticas, también a la emergencia de imaginarios de esa modernidad temprana, donde todos los sólido se desvanece en el aire. La ciencia se convirtió en el referente prestigioso de la objetividad, del conocimiento y del saber. Este iluminismo se enfrentó a los oscurantismos variados, ateridos y anclados, heredados de la colonia, de la contrarreforma católica. Los contrastes y las luchas ideológicas no se dan de manera pura, clara y desenvuelta, sino, debido a la correlación de fuerzas, a los obstáculos ideológicos y epistemológicos, derivan en perfiles singulares barrocos. Estos perfiles son las expresiones conservadoras de la guerra entre liberales y conservadores, en las iniciales etapas republicanas de la formación social colombiana.

Las guerras intestinas, la guerra civil entre los regionalismos, aparecieron proliferantes y persistentes a lo largo de la historia. Más tarde, el acuerdo entre liberales y conservadores, para gobernar de manera rotativa, fue la búsqueda de una paz, requerida por el propio desenvolvimiento económico del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente inaugural. Quizás podamos hablar del primer acuerdo de paz en una ya intermitente historia de acuerdos de paz, que no logran realizar su objetivo primordial, que es precisamente la paz. En aquel entonces tampoco se logró la paz perpetua, menos permanente, ni tampoco la paz incipiente, puesto que la paz convivió  con el tejido de la guerra y, al revés, simultáneamente, también, es certero decir, la guerra fue latente en la filigrana de la paz. La guerra volvió descarnadamente en toda su desnudez, la guerra reapareció en la forma dilatada de la guerrilla. Después de un periodo de convulsiones bélicas se volvió a buscar la paz en otro acuerdo de paz. Los guerrilleros depusieron las armas, pero no se tardó mucho tiempo para encontrarlos abatidos por las balas. No se cumplió el acuerdo de paz, se rompió ante la intensidad desbordante de la lucha de clases, en el desenfreno de las pretensiones de dominación y control perpetuos y absoluto de la burguesía gamonal. La Constitución Política de 1991 fue el resultado jurídico-político del acuerdo de paz. A pesar de contar con una Constitución avanzada, al estilo de lo que se viene en llamar el constitucionalismo latinoamericano, altamente participativo y consensuado, abriendo el reconocimiento de los derechos de las naciones y pueblos indígenas, esta Constitución no se realizó, ni se respetó. La Constitución no se cumplió, salvo en esporádicas excepciones que confirman la regla.

Ante el avance violento de la frontera hacendada contra los territorios de las economías campesinas, se desató una guerrilla campesina, la autodefensa, que se fue convirtiendo en la guerrilla más larga de la historia de Colombia. Quizás en la historia compleja del ciclo reciente de la formación social, que fue el espacio de la administración del Virreinato de Nueva Granada, después la geografía política de la Gran Colombia, para terminar dividiéndose en lo que se puede nombrar como “republiquetas”. Hay que también tener en cuenta los mapas territoriales donde se dio lugar la de formación misma de la guerrilla campesina. La burguesía gamonal, empujada por las estrategias del lado oscuro del poder, optó por el paramilitarismo, parte de ella por el narcotráfico, en contra de la guerrilla. Como por contagio, la misma guerrilla terminó absorbida por las lógicas perversas del lado oscuro del poder. Casi medio siglo de guerrilla campesina, comandados por el Partido Comunista de Colombia o por lo que se transformó el Partido Comunista, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), derivó en un desenlace inconcluso, que obligó a una resolución de el conflicto bélico. Perdiendo poco a poco terreno la guerrilla, ganando poco a poco el terreno el ejército. A pesar de qué la misma perduración por más de cuatro décadas de la guerrilla ya es, en sí misma, una victoria militar, aunque no, de ninguna manera, una victoria política. La opción para las FARC y también para el Estado colombiano, aparecía como un nuevo acuerdo de paz. En este contexto se ingresó a lo que se viene en conocer como la los diálogos de paz. Los diálogos de paz derivaron en el Acuerdo de Paz, Acuerdo garantizado por otros estados, que se involucraron en la búsqueda de la paz, así como la intervención de la ONU. Sin embargo, cuando se votó el Acuerdo de Paz en el referéndum ganó, por un margen estrecho, la negativa al Acuerdo de Paz. Esto debido a varios factores. Si nos detenemos en el análisis de la distribución geográfica de la votación donde ganó el Acuerdo de Paz, fue en las zonas de guerra, donde la gente estaba cansada y era víctima de la guerra; en cambio, donde ganó la negativa al Acuerdo de Paz corresponde a las zonas que no eran propiamente las que padecieron la guerra. Parte de estas zonas son controladas y dominadas por el paramilitarismo. El paramilitarismo, usando su control territorial, impuso un terrorismo desenvuelto, para obligar a una votación negativa. Esta explicación parcial nos muestra, de todas maneras, las grandes dificultades, los obstáculos, impuestos por la violencia paramilitar y política, contra el Acuerdo de Paz. Obstáculos impuestos por los dispositivos de poder, sobretodo de la burguesía gamonal, así como de la burguesía mafiosa y de los servicios secretos norteamericanos, que en su momento incentivaron la proliferación del paramilitarismo y el narcotráfico para combatir a la guerrilla campesina.

Ante estos resultados tan alarmantes y deprimentes salen los jóvenes colombianos a defender el Acuerdo de Paz, a defender la posibilidad institucional la paz, a exigir que se cumpla el Acuerdo de Paz, tal como han firmado las partes involucradas, los estados garantes y el propio Estado colombiano, durante el gobierno de Juan Manuel Santos Calderón. Desde el Acuerdo de Paz se tienen cerca de 1400 muertos, dirigentes sociales, dirigentes indígenas, defensores ambientales y defensores de los derechos de las naciones y pueblos indígenas, asesinados. No hay que ser muy ducho para darse cuenta que detrás de todas estas matanzas está el paramilitarismo uribista, está la burguesía mafiosa, que está en contra el Acuerdo de Paz, Acuerdo de Paz que atentaría al perfil de sus dominaciones perversas. Este es el contexto complejo de la coyuntura, herencia de otros contextos en la historia reciente, en la historia larga, mediana y corta. Esta es la configuración de los perfiles políticos en la coyuntura del momento presente, la herencia de otras coyunturas, acumuladas en los espesores del presente colombiano, cuando se da la coyuntura electoral.

Descripciones coyunturales.

¿Qué se juega en las elecciones del 19 de junio en Colombia?

El que ganó la primera vuelta de las elecciones, Gustavo Francisco Petro Urrego, viene de una tradición de izquierda, como se acostumbra decir, tanto desde la perspectiva mediática como desde el sentido común político. Ha sido alcalde y ha tenido una buena administración en la alcaldía de Bogotá. Al parecer, buscando boicotear su gestión, afectados precisamente por su empatía con la urbe bogotana, los dispositivos de judicialización del poder han terminado obstaculizando su administración y la proyección de su gestión; cómo se dice vulgarmente, se desencadenó la guerra sucia por parte del conservadurismo gamonal.

Algunos perfiles de los candidatos en las elecciones de 2022

Gustavo Petro, del Pacto Histórico, nació en Bogotá. Es economista, formado en la Universidad Externado de Colombia. Fue militante de la guerrilla del M-19. Ejerce el cargo de senador desde 2018;  fue alcalde de Bogotá desde 2012 hasta 2015. Así mismo, fue concejal de la ciudad de Zipaquirá. Cofundó el partido político Alianza Democrática M-19, cuando se desmovilizó la guerrilla del M-19. También fue asesor de la Gobernación de Cundinamarca, formó parte en varias ocasiones de la Cámara de Representantes.

En las presentes elecciones, es su tercer intento por acceder a la Casa de Nariño. Petro encabeza una coalición progresista de izquierda, que persigue, de acuerdo a su programa, hacer «girar la economía alrededor de la vida» y «profundizar la democracia». Plantea la creación de un Ministerio de Igualdad, lograr el cincuenta por ciento de representación femenina en las instituciones públicas. Busca una transición energética, que pase de una «economía extractivista a una economía productiva», sustituyendo la la energía fósiles y  optando por la descarbonización.

Francia Elena Márquez Mina nació en la vereda Yolombó, corregimiento del municipio de Suárez del departamento del Cauca. Es, según su propia descripción, la primera mujer «negra, afrodescendiente, oriunda de las regiones más empobrecidas» de Colombia. La candidata a vicepresidenta, Francia Márquez, es conocida  como  activista medioambiental y  feminista, reconocida internacionalmente. Ella denunció la explotación minera indiscriminada cuando era representante legal del Consejo Comunitario del corregimiento de La Toma de Suárez, en el Cauca. Francia es técnica agropecuaria del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA),  estudió Derecho en la Universidad Santiago de Cali.

Rodolfo Hernández Suárez, de la Liga de Gobernantes Anticorrupción, es catalogado como populista de derecha. De profesión ingeniero civil. Nació en el departamento de Santander. Estudió en la Universidad Nacional. Es empresario y dirige la empresa HG Constructora. En su trayectoria política fue concejal de Piedecuesta, en Santander. En 2016 fue elegido alcalde de Bucaramanga. El perfil de Rodolfo Hernández no corresponde a la pasarela política. Considerando sus propuesta de gobierno, es clasificado como un populista de derecha, el «Trump colombiano», un outsider millonario. Está investigado por presunta corrupción en un contrato millonario de tecnificación de basuras, que habría sido adjudicado a la empresa Vitalogic a cambio de una coima de 100 millones de dólares. Entre sus propuestas destaca el diseño de un plan de ahorro e inversión en vivienda, incentivos a la habilitación del suelo; así como inversiones en ciencia y tecnología, para mejorar la competitividad de la industria de medicamentos. «Cero impunidad» en el combate a la corrupción, a través de un fondo de recompensa. Propone una «Colombia como Estado social de derecho», «a la altura del siglo XXI». Tambien propone que el cincuenta por ciento de los cargos públicos sean asignados a mujeres; busca reforzar la educación de mujeres de zonas rurales. Su candidata a la vicepresidencia es Marelen Castillo, especialista en liderazgo y gestión administrativa.

Federico Andrés Gutiérrez Zuluaga, apodado «Fico», de la Coalición Equipo por Colombia, es candidato de derecha. Fue alcalde de Medellín (2016-2019). Profesionalmente es ingeniero civil de la Universidad de Medellín; también obtuvo una especializada en Ciencias Políticas, en la Universidad Pontificia Bolivariana. Ha sido consultor en seguridad urbana en México y Argentina. Fue concejal de Medellín durante siete años y medio, así como presidente del Concejo de Medellín (2008). A pesar de ser un candidato de derecha, no quiere que se lo caracterice como tal. En su programa de gobierno propone «cárcel, muerte política y pérdida de investidura» para los funcionarios culpables de corrupción. Aspira a crear leyes antimafia y una «Unidad Nacional Contra Atracos».

En la lucha contra el narcotráfico, propone sustituir cultivos ilícitos apuntando al desarrollo agrario, promover el concepto de la adicción como un problema de salud pública. Planea apoyar a los guerrilleros desmovilizados, empero dice que, de todas maneras, combatirá a las disidencias. Busca para Colombia un crecimiento económico del 5 por ciento del PBI hasta 2026, en un «entorno fiscal y monetario responsable», con austeridad en el gasto público y lucha contra la evasión fiscal. También apuesta a la estrategia «Colombia sin hambre», garantizando tres comidas diarias a los más pobres. Entre sus metas de género está la lucha contra la violencia hacia la mujer, la mejora en la atención a las víctimas, así como de la comunicación para prevenir el acoso y la explotación sexual. Su compañero de fórmula, para la vicepresidencia, es el médico Rodrigo Lara, especialista en Gobierno y Gestión Pública, además de ser exalcalde de Neiva, la capital del sureño departamento del Huila. Hizo campaña en el pasado con los  excandidatos presidenciales Sergio Fajardo y Antanas Mockus.

Resultados de la primera vuelta

En la primera vuelta electoral a pesar de qué Gustavo Petro fue el primero de la votación con más del 40%, sin embargo, no llegó al 50% más uno, tal como establece la ley para acceder a la presidencia. Lo que equivale a pugnar en una segunda vuelta, en el balotaje. La compulsa electoral se dará entonces entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, quien sacó un 28% de la votación. Según declaraciones del tercero,  Federico Gutiérrez, quien obtuvo el 23% de la votación, apoyaría a Rodolfo Hernández. Evaluando las tendencias de la intención de votos, hay que tener en cuenta que en la segunda vuelta no se puede estimar, mecánicamente, una suma de votos, en este caso de los del segundo y del tercero, puesto que, considerando la estructura de la votación, el cuadro estadístico electoral no es aritméticamente el resultado de los que apoyan a un candidato, sumando los votos de otro candidato que apoya al segundo, sino que depende del comportamiento de los que votaron por los candidatos.

La campaña de Rodolfo Hernández hizo hincapié en la lucha contra la corrupción, atacando a la casta política y, entre la casta política, atacó al uribismo, a los que gobernaron el país. En consecuencia, el apoyo de Federico Gutiérrez es, por lo menos, complicado, para los que votaron por Rodolfo Hernández, atendiendo sobretodo a su liga contra la corrupción. Por eso, en este caso, puede tratarse de una suma que reste. Esta parecer ser la explicación que podemos dar en relación al comportamiento de las estadísticas de las encuestas electorales, que miden las tendencias de la intención de voto. En principio se hizo hincapié, a través de los medios de comunicación, que hay un empate técnico entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. Pero, en la medida que ha ido pasando el tiempo, ha disminuido la intención de voto por Rodolfo Hernández, en tanto que ha ido subiendo, paulatinamente, la intención de voto por Gustavo Petro. Esto quiere decir que parte de los votantes de Rodolfo Hernández no van a votar por su propio candidato, puesto que recibe un apoyo que ha sido criticado por el propio Rodolfo Hernández. Este es un comportamiento que hay que tener en cuenta en la estimación, especulativo o no, de los resultados electorales en Colombia para el 19 de junio.

Mediáticamente, se dice que estas elecciones se dan en el contexto caracterizado por una marcada polarización, por el descontento social, derivado de la inequidad y la pobreza, además de demandas para reducir la inseguridad en las ciudades y la violencia en las zonas rurales, donde operan grupos armados ilegales dedicados al narcotráfico.

¿Qué son las elecciones?

¿Qué son las elecciones? ¿Una compulsa de votos entre candidatos y partidos adversarios? ¿Expresan las elecciones las contradicciones profundas, que anidan en las misma formación social? Ciertamente no se puede homogenizar todos los casos electorales, ni en la coyuntura, ni el historia, ni en el continente, ni el  orbe mundial. Sin embargo, no se puede afirmar que las elecciones expresan, de manera directa, la lucha de clases, la lucha de los pueblos por su emancipación, menos la lucha de las naciones y pueblos indígenas contra la colonialidad persistente. Los partidos no encarnan a las clases y a los pueblos de manera directa; en todo caso, lo hacen de manera indirecta. No solamente hay mediaciones entre las referencias evocativas de los discursos políticos y los dispositivos políticos, sus prácticas, sus formas de gobierno, sino también se trata de otros planos de intensidad, de otros campos. Hay que distinguir el espesor de las fuerzas concurrentes y los campos sociales, donde adquieren connotaciones institucionales y discursivas, del campo propiamente político, sobretodo cuando se trata de la concurrencia electoral. Obviamente no hay que desatender la compulsa electoral, pues forma parte del juego político, de aquel juego que legitima a los gobiernos de turno, más aún, termina legitimando al Estado, a la máquina institucional abstracta del poder. Empero, no hay que creer que las elecciones, los resultados electorales, los desenlaces electorales, resuelven los grandes problemas heredados por un país, a pesar de las promesas que puedan dar los candidatos, incluso si tienen buenas intenciones.

En el campo político, los resultados electorales pueden marcar diferencias en la historia política, iniciar otra etapa política, pero esto no significa que hay trastocamientos históricos, sobretodo relacionados a las estructuras de poder, que atraviesan a la formación social. Si entendemos que una formación social responde a dinámicas sociales, en un complejo articulado de planos de intensidad, entonces, lo que ocurre en el campo político, en el plano de intensidad político, sobre todo en la concurrencia electoral, en el mapa estadístico, que miden de manera muy indirecta las fuerzas concurrentes, no deja de incidir en el conjunto articulado de los planos intensidad de la formación social. En el mejor de los casos, puede producir desplazamientos, cambios de ritmos, modificaciones de perfiles, no solamente políticos sino también sociales. Sin embargo, está lejos de ser lo que se consideró en la modernidad una revolución. 

Hay que acordarse que incluso las revoluciones en la modernidad, si bien cambiaron el mundo terminaron hundiendose en sus contradicciones y, paradójicamente, restauraron lo derribado, repusieron el Estado después de haberlo destruido,  se encaminaron a una regresión y después a una decadencia. Visto desde el ciclo largo, se puede decir que las revoluciones formaron parte de los círculos viciosos del poder. Este es el problema, el círculo vicioso del poder, el círculo vicioso de las dominaciones, que tienen que ver con el Estado, que tienen que ver con las estructuras de poder y las estructuras sociales, que consolidan las desigualdades, las discriminaciones y las violencias inherentes, que tienen que ver con los diagramas de poder y las cartografías políticas. No se sale de ese círculo vicioso del poder mediante las elecciones.

Crítica de la modernidad

Hay que tener en cuenta que para salir del ciclo vicioso del poder, que se manifiesta circularmente, círculo que se encuentra en el campo social, en el campo político, como figura manifiesta, se requiere destruir los cimientos de las estructuras de poder, estructuras profundas que sostienen esta viscosidad del poder. Esto implica  derrumbar, desmantelar y diseminar todos los nudos de todos planos de intensidad, articulados e integrados, que hacen al mundo efectivo donde se da lugar el círculo vicioso del poder. No es suficiente una postura,  intencionadamente crítica y denunciativa electoral. Tampoco ha sido suficiente, como hemos observado y experimentado en la historia política de la modernidad, el acontecimiento de las revoluciones, que han resultado paradójicas, puesto que la revoluciones, si bien se han desenvuelto en distintos planos de intensidad, por ejemplo, en los  planos de intensidad sociales, en el plano de intensidad político, en el plano de intensidad cultural, no han transformado el sistema mundo capitalista.  En la medida que han dado lugar a la  interpelación y a la demolición, la revoluciones modernas, han alumbrado una utorpía. La interpelación del iluminismo, desde la crítica que ha  adquirido cierta connotación, labrada filosóficamente,  como crítica de la economía política, después critica de la modernidad, se han removido los espesores de intensidad del mundo efectivo, empero, el sistema mundo moderno no se ha transformado, aunque se haya desplazado. Si bien se han trastocado distintos planos de intensidad, entre ellos el plano de intensidad político y el plano de intensidad ideológico, no se han trastocado todos los planos de intensidad articulados, toda la integralidad de lo que podemos llamar el mundo efectivo; es decir, han quedado pendientes el resto de los planos de intensidad, articulados en la integración del mundo efectivo. Se mantiene incolumne aquello que llamamos modernidad. Modernidad que es posible por los substratos de la civilización moderna, que hacen de condición de posibilidad históricas y culturales. La modernidad es paradójica. Se tiene, por un lado, una modernidad iluminista, crítica, pero, por otro lado, se tiene una modernidad oscurantista, por así decirlo, que se da en la modernidad tardía. Aunque también tenemos modernidades light, por así nombrarlas. Esto ocurre en la medida que se restringe su configuración a la mera interpretación económica,  por ejemplo, del desarrollo. Modernidad light moviéndose solo en algunos planos de intensidad. Esta interpretación circunscrita se refugia en este recorte de realidad arbitrario, pretendiendo circunscribir la realidad a algunos planos de intensidad. Olvidándose de qué la realidad efectiva tiene que ver con integralidad de los planos y espesores de intensidad. Integralidad no solamente mundana, sino planetaria.

La interpretación restringida se circunscribe dentro de limitaciones acotadas, cayendo en notorias contradicciones.  Se hace evidente la paradoja de la revoluciones, que cambian el mundo pero se hunden en sus contradicciones. Se requiere de la crítica de la modernidad, tal como la han intuido y empezado a la elaborar Horkheimer y Adorno.  Iluminismo del iluminismo, crítica de la crítica. Deconstrucción crítica continuada por la crítica de la filosofía,  la crítica del epistemología, correspondiente a las teorías nómadas. ¿Dónde apunta todo esto? Apunta precisamente a deconstruir todo lo que cabe en la cultura moderna, comprendiendo, en toda su complejidad,  la civilización moderna. Cuando se hace la crítica de la modernidad lo que se está desplegando no es solamente un iluminismo del iluminismo, sino que se está tocando fondo, se está trastocando el fondo, los substratos de la civilización moderna. Se requiere tener conciencia de que el problema radica en la civilización moderna. Civilización donde todo lo sólido se desvanece en el aire; esta vertiginosidad de las transformaciones tecnológicas y económicas. Esta modernidad que, sin embargo, a pesar de mostrar  transformaciones, lo que ha evidenciado es el desenvolvimiento de la violencia descomunal, que implica el costo del desarrollo capitalista y de la acumulación ampliada de capital. Violencia desmesurada del colonialismo. Oleadas de colonialismo que desata la conquista del continente de Abya Yala y el vaciamiento del África subsahariana. Substrato de la colonización que despliega demoledoramente la esclavización generalizada,  la conversión del humano no solamente en mercancía sino en nada.  No se trata solamente del fenómeno de la cosificación, sino de la inhumanización. La conformación del proletariado se inaugura con en esta deshumanización generalizada, la esclavización generalizada. El proletariado va a vivir su propia metamorfosis.

La crítica de este nacimiento de la modernidad revela que la civilización moderna tiene que ver con el colonialismo, tiene que ver con esa violencia descomunal, desenvuelta mundialmente, tiene que ver con la  ilusión del desarrollo.  Ilusión de la modernidad, ilusión de la economía, que es, efectivamente una ideología. Ideología del desarrollo. Fetichismo de la mercancía, fetichismo dinerario, fetichismo del capital. Esta ideología de la economía oculta de que, en realidad, no hay con exactitud desarrollo, propiamente dicho, sino destrucción planetaria; no hay exactamente ganancia, lo que arroja la contabilidad capitalista, sino, más bien, pérdida, costos que se transfieren a la naturaleza y que no se reponen. Lo que hay es una acumulación ampliada de capital, cuantificada estadísticamente, valorización dineraria, contabilizada aritméticamente.

La crítica de la modernidad implica la deconstrucción integral de la cultura y de la civilización modernas. También implica la diseminación integral del mapa institucional del sistema mundo capitalista, de sus dispositivos y máquinas de poder y de funcionamiento. La crítica de la modernidad es la condición de posibilidad intelectual de la diseminación de la civilización moderna. Solo así se puede salir del círculo vicioso del poder.

Sin embargo, como hemos dicho antes, no se puede obviar lo que ocurre en el campo político, lo que ocurre, por ejemplo, en una elección particular, singularizada por su presencia en un contexto “polarizado”. Cierto, hay elecciones y elecciones, unas son más importantes que otras, unas pueden tener más consecuencias que otras. En el contexto de las limitaciones que tienen estas elecciones, limitaciones de las que hemos hablado, no podemos desentendernos de lo que ocurre. Si bien se tiene una posición antielectoral, como la que tiene los y las libertarias, una posición ácrata, un gesto transgresor anarquista, esto no quiere decir que se tenga que desentenderte del análisis, así como de la valorización del evento electoral, de la evaluación que se puede hacer de las elecciones. No se puede cerrar los ojos a lo que está ocurriendo en Colombia.       

Las elecciones del 19 de junio en Colombia pueden convertirse en un punto de inflexión en el campo político. Desde la perspectiva de la historia política, en una formación social atravesada por la guerra permanente,  en un país donde la burguesía gamonal se ha impuesto a sangre y fuego, donde el pacto entre liberales y conservadores ha sellado la dominación de la burguesía gamonal y, recientemente, de la burguesía mafiosa, institucionalizando la dominación en la arquitectura estatal, establecida como república barroca, la situación electoral, donde se disputa la presidencia de la nación, entre la figura de un connotado político de izquierda y una construcción mediática y forzada por la casta política gobernante y la burguesía gamonal, sobre todo teniendo en cuenta los distintos rostros del uribismo, la victoria de Gustavo Petro puede implicar un punto de inflexión, un punto de bifurcación en la historia política.

Esta evaluación de la coyuntura política no puede dejar de tener en cuenta, en la historia reciente, el discurso sinuoso de los “gobiernos progresistas”, gobiernos de características neopopulistas, que se reclaman del socialismo del siglo XXI, incluso del socialismo comunitario. Éstos “gobiernos progresistas” han desplegado manifiestamente el recurso sinuoso del círculo vicioso del poder de manera rápida y asombrosa. Varias veces hemos repetido esa apreciación de Marx sobre la repetición histórica, cuando dice que la historia no se repitió dos veces, si ocurriera, acontece una como tragedia y otra como farsa. Nosotros, recurriendo a esta referencia, dijimos que incluso la historia puede repetirse tres veces, aunque una como tragedia, otra como farsa y otra como comedia. Hemos ido más lejos en estas apreciaciones, cuando vimos que incluso se puede repetir más veces, con la repetición en forma de comedia grotesca; eso es lo que ha pasado con los «gobiernos progresistas».

Una primera anotación al respecto tiene que ver con que estos “gobiernos progesistas” han hecho hincapié, remarcado, insistido y continuado, con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Una segunda anotación tiene que ver con el teatro político, incluso con el teatro grotesco político, cuando, a diferencia de los populismos de mediados del siglo XX, los gobiernos neopopulistas optaron por un espectáculo mediático, dejando de lado los desplazamientos y las transformaciones políticas. Lo único que han hecho es cambiar de nombres al mismo Estado nación, a la misma decadencia, en plena crisis múltiple del Estado nación, llevándola, de manera desmesurada, a una mayor decadencia. A una demoledora y desmesurad crisis descomunal. La corrupción institucional y la corrupción galopante, han sido dos las prácticas ordinarias de la actualidad de estos gobiernos. Un balance de los “gobiernos progresistas” no solamente nos ha llevado a la paradoja de el conservadurismo y progresismo, sino a la constatación de qué los contrastes políticos no solamente son simétricos, sino complementarios, que los aparente enemigos y antagónicos políticos son, en realidad, cómplices del círculo vicioso del poder.

Ahora bien, después de este balance, atendiendo a los desenlaces, las movilizaciones en Sudamérica han continuado haciendo temblar y removiendo las estructuras de los Estado nación, sus estructuras de poder y sus dispositivos de dominación. En Chile y en Colombia se han dado movilizaciones de magnitud interpeladora, qué incluso han ocasionado desplazamientos políticos significativos. En el caso de Chile abriendo un proceso constituyente, dando lugar a un nuevo gobierno progresista; en Colombia incidiendo en un nuevo panorama político electoral. No se puede equiparar estos últimos eventos políticos, incluso el gobierno progresista de Gabriel Boric, en el contexto del proceso constituyente y la elaboración de la Constitución, por parte de la Convención, así como la victoria política aunque insuficiente de Gustavo Petro, en la primera vuelta electoral, con lo que ha ocurrido antes, en el desenvolvimiento dramático de los “gobiernos progresistas” anteriores. Ciertamente, puede repetirse la historia, con sus propias singularidades, esta es una probabilidad y también una posibilidad, pero no hay que desatender las diferencias, en lo que podemos llamar el aprendizaje de los pueblos movilizados. Ya es una experiencia para los pueblos movilizados el desenlace de los “gobiernos progresistas” anteriores. Al respecto se nota cierta cautela de los nuevos actores políticos a no repetir esta historia. Desde la perspectiva de este ensayo, perspectiva crítica, no caemos en el ilusionismo electoralista y en la ideología política de la promesa; tenemos en cuenta los grandes desafíos en el momento y en los espesores del presente, en la complejidad misma de la coyuntura, dejando claro que para salir del círculo vicioso del poder hay que clausurar la civilización moderna. Hay que cerrar no solamente el ciclo largo vigente de la hegemonía actual del capitalismo, sino clausurar toda la genealogía de los ciclos largos del capitalismo, e ingresar radicalmente a otros horizontes histórico-político-culturales, que comprenden la complementariedad ecológica e integración corpórea al mundo efectivo, la realidad efectiva de los ciclos vitales planetarios. Esto equivale al reinsertarse en estos ciclos vitales, dando lugar a la apertura y a la liberación de la potencia social creativa.

Semiología de la violencia

Semiología de la violencia

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Violencia 

 

 

Hacer una semiología de la violencia puede resultar una tarea compleja, desde ya hay que diferenciar lenguaje y referente de lenguaje, es decir, de aquello que apunta o señala como realidad; sin embargo, no hay que olvidar que la realidad también abarca al lenguaje. En sentido más estricto, tendríamos que decir que se trata del referente de los hechos, de los sucesos, de los eventos, del acontecimiento; de aquello que se incorpora a la experiencia y, obviamente, es interpretado desde el lenguaje. Hablábamos de la complejidad, sinónimo de realidad. Violencia es un concepto, hay que distinguir el concepto, lo que el concepto de violencia interpreta del referente fáctico, del referente mismo al que alude el concepto; aquello que nombra como violencia, hechos de la violencia, en sentido fáctico, que no están todavía investidos por el lenguaje, interpretados por el concepto. Algo así como la violencia descarnada que no tiene nombre. Entonces tendríamos que hablar del padecimiento de los hechos singulares, de los eventos, de los sucesos, relativos al acontecimiento. En cambio, la violencia como concepto se refiere a la experiencia del padecimiento.

En otros escritos, en otros ensayos, en otras exposiciones, decíamos que la violencia ocurre cuando se afecta al sujeto, cuando determinadas fuerzas activas afectan al sujeto. El sujeto interpreta esa afectación como violencia. En este sentido, no se puede separar el padecimiento de la experiencia de esa afectación de fuerzas sobre el sujeto del concepto de violencia. Sin embargo, tenemos que distinguir el concepto de violencia de la facticidad correspondiente a los hechos de la violencia, puesto que hay como la inclinación y la tendencia, que se ha vuelto sentido común, de reflexionar más sobre el concepto de la violencia sin necesariamente tener en cuenta que se trata del concepto, del uso del concepto y sus consecuencias interpretativas. Ocurre como si fuese una ventana cristalina, que nos lleva directamente a los hechos, los sucesos, los eventos y acontecimientos de la violencia. En otras palabras, se discute sobre la violencia en los campos de lenguaje, en los campos de la teoría y, peor aún, en los campos de la ideología, sin tener necesariamente en cuenta lo que podemos llamar la estructura del referente singular de la violencia. Se trata, por lo tanto, de comprender las dinámicas propias de aquéllo que llamamos violencia, usando de la mejor manera el lenguaje y lo aprendido sobre lo que se conoce de la violencia desatada. Pero, esto generalmente no ocurre, puesto que nos perdemos en el lenguaje de la violencia, en las representaciones de la violencia, incluso, en el mejor de los casos, en la denuncia de la violencia, convirtiéndola en objeto de la denuncia, también en objeto de los discursos sobre el tema. Esto nos aleja comprender las dinámicas propias de la violencia, en cuanto a sus manifestaciones fácticas, las estructuras singulares de las violencias, para entenderlas y conocerlas a cabalidad.

Recapitulando, hacemos hincapié en la experiencia, en el padecimiento y el goce, que es el referente de las representaciones, que buscan interpretar la experiencia del padecimiento y el goce. Podemos decir que lo que llamamos violencia se remite a la experiencia dolorosa de sufrimiento, al padecimiento, que afecta negativamente al sujeto. Al respecto, adelantándonos un poco, podemos decir que la antinomia de la violencia tiene que ver con la libertad, también con la liberación, así como hemos dicho, en otros escritos y otros ensayos, con la activación de la potencia social. Moviéndonos en los planos de intensidad del lenguaje, donde tenemos el campo de las representaciones, podemos conjeturar que la violencia tiene que ver con desencadenamiento de la afectación al cuerpo, por parte de fuerzas intervinientes, tiene que ver con forzar, con imponer, con afectar destructivamente; en cambio, que liberar, activar la potencia, tiene que ver con no forzar, con no imponer, con no destruir; tiene que ver, mas bien, con potenciar.

Al respecto, antes dijimos que el poder inhibe. Nos referimos obviamente al poder en el sentido de la dominación. Remitiéndonos a la relación de fuerzas fuerzas, entre fuerzas que afectan y fuerzas afectadas, entre fuerzas activas y fuerzas pasivas. Dijimos también que el poder restringe la capacidad, inhibe la potencia, limitando lo que puede el cuerpo, hasta tal punto que lo puede anular. En este sentido, hacemos hincapié en el factor destructivo del poder, con respecto al cuerpo,  inhibiendo la potencia del cuerpo, reduciendo las capacidades del cuerpo,  obstaculizando la espontaneidad del cuerpo, incluso podemos decir ofuscando la inteligencia del cuerpo. Las estructuras de poder aprisionan el cuerpo y lo postran a una situación depresiva,  recurrentemente enferma, incidiendo negativamente en los comportamientos y conductas, haciendolas repetitivas y mecánicas, sin mayor innovación. En contraste, la liberación, la libertad, la activación de la potencia, dan lugar a la apertura de la capacidad, a la apertura de la potencia, a la innovación, a la invención, a la creatividad.

¿Cuál es la relación entre representación y referente de la representación, entre dinámicas de la representación y dinámicas del referente de la representación, si se quiere, entre dinámicas de la representación y dinámicas de la facticidad? Esta pregunta es distinta a preguntarse sobre la realidad, sobre qué es la realidad, que, mas bien, es una pregunta ontológica, relativa al ser, incluso podemos decir relativa la potencia. Empero, la realidad implica tanto representación como facticidad, no se puede separar de la realidad a la representación, aunque podamos distinguir el mundo de la representaciones respecto del mundo efectivo. La realidad comprende ambos mundos,  ambas dinámicas, que hacen al ser, al ente y a la potencia; la realidad tienen que ver con las dinámicas de ambos , el de las representaciones y el mundo fáctico. Entonces, la pregunta se hace no solamente pertinente sino altamente sugerente, pues las dinámicas de la representación intervienen en las dinámicas de la realidad, aunque tenga que ver con el campo de la representaciones y no con el campo de la facticidad, propiamente dicho. El problema radica en la confusión o, mas bien, en la circunscripción, de ambos mundos a uno solo; esto acaece cuando se supone la autonomización del campo de la representaciones, como si no dependieran de lo que ocurre en los otros campos, en los otros planos de intensidad, es decir, en los espesores de intensidad de la realidad. No hay representación posible sin el soporte, sin el sustrato, de la facticidad, incluso si apreciamos que, además de prácticas en el sentido de la facticidad, hay prácticas discursivas, tal como las había definido Michel Foucault en las Palabras y las cosas y en Arqueología del saber. ¿Por qué es importante esta distinción entre representación y facticidad, esta disquisición sobre representación y facticidad? Porque es importante salir de la ideología, que confunde la idea con la realidad, aunque la idea pertenezca a las dinámicas de la realidad. En consecuencia, se termina reflexionando sobre la realidad solo a partir del campo de las ideaciones. Esto implica una suspensión en el campo fantasmagórico de las ideas, entendidas en sentido de su independencia supuesta y de su autonomía supuesta, cuando esto no puede ocurrir de ninguna manera, puesto que las ideas emergen de las dinámicas de la complejidad, que es sinónimo de realidad.

Volviendo al tema de la violencia, tanto como concepto así como referente, que en tanto tal va a ser siempre singular y no de carácter universal, como irradia el concepto. Ciertamente hay que hacer una genealogía de la violencia, que tiene que ver también con la genealogía del poder y la genealogía de las dominaciones. Hay que tener en cuenta, en este caso, que estamos hablando de prácticas, prácticas vinculadas al desencadenamiento de la violencia, prácticas vinculadas al poder, a las dominaciones efectuadas. En ese sentido, se hace más hincapié en los desplazamientos y desenvolvimientos de las dinámicas dadas en los terrenos de la facticidad; desde esta perspectiva se exigen adecuaciones conceptuales respecto a lo que ocurre en la realidad efectiva. Al respecto, vemos no solamente una proliferación de las violencias en sus manifestaciones singulares, en su expansión, en sus variadas figuras, sino también asistimos a desplazamientos y a transformaciones de las técnicas usadas en las prácticas de poder y dominación, que tienen efectos de violencia. En este sentido, ante la expansión de las violencias singulares, su intensificación zonal y regional, así como también en lo que respecta a la localización geográfica y de estratificación social, se exige una deconstrucción de las teorías de la violencia, de las reflexiones sobre la violencia, puesto que se nota ya un rezago de las teorías respecto a lo que ocurre.

Hipótesis sobre la violencia

La violencia no es abstracta sino concreta, adquiere su desmesura en su manifestación singular. Por ejemplo, en el repetido feminicidio, así como en expansivo ecocidio. Solo tomando estos aspectos y perfiles concretos de la violencia podemos encontrar su descripción en los reportajes e información específica de estas formas de violencia. En otro contexto podemos evidenciar la violencia destructiva de las guerras, que reaparecen en distintos lugares y regiones con toda la elocuencia de los cuadros de la destrucción y el crimen localizado. Las formas de la violencia política reaparecen, en sus peculiaridades singulares, en las prácticas políticas de gobierno. Ni que decir con respecto a la violencia tortuosa de las cárceles, de su instucionalizada tortura, de su encubrimiento e increíble aceptación social. Siguiendo estos panoramas de las violencias singulares tenemos a las violencias impuestas y prácticadas por los Cárteles en los territorios controlados por las mafias. Podemos citar, en este listado inacabable, a las violencias correspondientes a la economía política del chantaje. En fin, la lista es interminable. Lo que parece mostrar que asistimos a un mundo hecho por las proliferantes violencias singulares.

Esto parece corroborar lo que dice Roberto Bolaños, a través de uno de sus personajes, en la novela 2666, cuando expresa que el secreto del mundo está en los feminicidios que se dan en el norte de México. ¿Cuál es este secreto, en qué consiste? Diremos que la violencia pone en evidencia las crisis estructurales de la sociedad. Las violencias singulares muestran patentemente la crisis inherente a la sociedad, crisis que termina exteriorizandose en su despliegue destructivo. La realización de la violencia es una muestra patente de los síntomas de que algo va mal, no funciona bien en la sociedad. Lo que sorprende es el comportamiento social,sobre todo, de las instituciones que, en vez de atender el síntoma y buscar resolver el problema,mas bien, lo mantienen normalizando por así decirlo la violencia, como si esta formara parte, de manera natural, del funcionamiento social, dicho de otra manera, de el ámbito de las relaciones sociales. Nada más equivocado. Ocurre como si a pesar de los síntomas de la enfermedad se lo aceptara como si formará parte del equilibrio corporal, cuando es todo lo contrario, manifiesta el desequilibrio. Desde esta perspectiva podemos decir que el mal inherente a la sociedad es asumido institucionalmente, perseverado institucionalmente y estatalmente,  peor aún, se aceptan sus consecuencias, que tienen que ver con el desenvolvimiento demoledor y persistente de las violencias recurrentes en el depliegue perverso de círculos viciosos del poder. Entonces, podemos inferir que la sociedad misma no funciona bien, no interpreta bien; la sociedad institucionalizada se niega a mirar lo que ve, se niega a aceptar lo que observa y, al hacerlo, evidencia no solamente su ceguera y su tozudez sino también su enajenación. Este mal persistente e institucionalizado y la enajenación social estructurada, en una sociedad que acepta sus malos funcionamientos, se complementan, se fortalecen mutuamente, trayendo a colación mayores consecuencias negativas y destructivas. La sociedad se coloca en una situación de aceptado y encantado embarrancamiento, cayendo al abismo del que no va a poder salir.

Al respecto, sin entrar a las descripciones específicas de las violencias singulares, sino tomándolas en cuenta, remitiéndonos a otros escritos donde las consideramos como referente de nuestras interpretaciones, podemos sugerir algunas hipótesis interpretativas.

Hipótesis

La violencia es antipotencia. La violencia destruye el cuerpo, lo enferma, lo contamina y lo intoxica. Ocurre como cuando la violencia depreda los territorios, contamina las cuencas, los suelos, los aires, es decir, cuando destruye el planeta. La violencia constituye sujetos restringidos, inhibidos, obedientes, domesticados y disciplinados. De esta manera los reincorpora a los ciclos perversos del círculo vicioso del poder, reprodiciéndo sus estructuras, sus diagramas de poder, sus cartografías politicas.

La violencia incapacita al cuerpo, anula la capacidad creativa, reduciendo las facultades a la distorsionada obediencia, a la mecánica disciplina y a la credibilidad ingenua. Genera el deseo enfermo del amo, del patriarca, de la dominación. En todo caso elige ser esclavo, incluso cuando quiere sustituir al amo, pues el amo tiene consciencia esclava, cosificada, enajenada.

La violencia muestra los síntomas de la profunda crisis en la sociedad, en su mapa institucional, en su funcionamiento y en su maquinaria oxidada. El dolor masivo que causa es correspondiente al dolor del cuerpo, que llama la atención, que evidencia un mal, una enfermedad que hay que atender. Sin embargo, en el caso de la violencia las instituciones, el Estado, el gobierno, no atienden las dolencias sociales, el dolor causado, sino que se inventan hipótesis auxiliares insostenibles para justificar la violencia. Ingresando, de esta manera, en círculos viciosos de la enfermedad social, reproduciendo, intensificando, expandiendo, la crisis estructural.

Clausura civilizatoria y apertura de horizontes

Clausura civilizatoria

y apertura de horizontes

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La muerte de las ideologías

Crepusculo astillero

 

 

La muerte de las ideologías

La era de las ideologías ha pasado, así como de las grandes narrativas. Campea el nihilismo, la voluntad de nada, peor aún, el jolgorio de la trivialidad, la proliferación de la simulación cultural, la elocuencia estridente de la banalidad.  Quizás hasta los discursos mismo hayan desaparecido, solo son memoria, recuerdo, de lo que alguna vez se dijo, en un pasado que no se quiere actualizar; pertenece a la búsqueda del tiempo perdido. Ahora ya no importa la pérdida, tampoco el tiempo, menos el espacio; los tejidos espacios temporales son teoría. Lo que importa es la virtualidad, la simulación, mejor aún, la impostura. No importa la realidad, sino hacer creer que ocurre algo, la desinformación, la invención de la noticia, el sensacionalismo de los medios de comunicación. En el mejor de los casos, el teatro político, el carnaval electoral, el deleite en la fama pomposa, espumosa y fugaz, inventada mediáticamente. Nuestra posición sobre toda esta decadencia es el de la deconstrucción, la hermenéutica crítica, y la diseminación, la demolición y el desmantelamiento de las instituciones anacrónicas, los agenciamientos concretos de poder. También el de la crítica de la civilización moderna, civilización de la muerte.  Sobre todo, hay que tomar en cuenta la crítica de la ideología, la máquina fabulosa de la fetichización. En todo caso, si aparece algo parecido a lo que fue la ideología durante los siglos XVIII, XIX y XX, se dan anacronismos; de todas maneras, se observa que hay gente que ni se ha enterado de lo que es la ideología, son personas que creen que el mundo se reduce al oportunismo descarado. A esta gente se la puede señalar como la que asume la política de manera deportiva, convierte la comedia en el espectáculo esmerado de lo grotesco. Por otra parte, cuando la mediocridad se hace del gobierno suele buscar encubrir sus vacíos con el recurso desmedido de la violencia.

A propósito de las esferas

Las esferas siempre estuvieron ahí delante de nosotros, de cada quien, de cada nacimiento. Para saberlo basta ver parte de ella en la contemplación de la bóveda celeste o, de manera completa, mirar al sol de día, aunque sea un rato, mejor de soslayo, y mirar a la luna de noche; a veces se puede mirar a ambos, suspendidos, más allá de la bóveda celeste.  No se requería, entonces que una escuela de matemáticos o de filósofos inventaran o construyeran una esfera artificial, admirada por quienes la contemplan y sienten que han descubierto el secreto centralizado del cosmos.

Esta relación inmediata con el acontecimiento de la existencia y de la vida fue y es la certeza primordial de los seres; son en esa relación fundamental y a través de esa relación son. La interpretación del acontecimiento a partir de esta relación se da como fenomenología del cuerpo. Es más, hasta se puede hablar de una interpretación arcaica inmanente al genoma; su capacidad programática y de reprogramación supone la información del universo, si se quiere, del multiverso. Georges Canguilhem hablaba del saber no evocativo, inherente a la biología. Este reconocimiento equivale a descentrar la egología metafísica de la subjetividad esférica constituida por las religiones del desierto.

 

Saber del devenir, devenir experiencia, devenir saber. Vida, es decir, vivir en el devenir. Pensar en devenir, devenir pensamiento, pensar es devenir. Estos enunciados nos trasladan a la multiplicidad, complejidad y, a la vez, a la singularidad del pensamiento. Se puede decir que se trata de liberar al pensamiento y al pensar de un estereotipo, por así decirlo, el que considera que el pensamiento solo es la relación consigo mismo; ciertamente que lo es, pero de una forma de pensamiento, no de la única, tampoco de la más importante. En todo caso, todas las formas de pensamiento son realizaciones de esta capacidad de pensar, que es parte de las fenomenologías corporales. En los mitos amazónicos se desenvuelve otra forma de pensamiento, el pensamiento del devenir, que se expresa en las proliferantes figuras de las metamorfosis vitales, conformando narrativas de alegorías simbólicas, que se explayan en clasificaciones metonímicas y metafóricas de los acontecimientos vitales. Si, por el momento, provisionalmente, calificamos al pensamiento que se basa en la reflexión y en la relación consigo mismo como pensamiento caracol, pensamiento que se pliega encaracolándose, entonces, podemos, en contraste, también provisional, calificar al pensamiento que se relaciona con la otredad, si se quiere, la exterioridad, como pensamiento mariposa, pensamiento, que asume la metamorfosis como proceso propio para alzar vuelo.   

 

Recurriendo a un esquema ilustrativo que nos ayude a configurar nuestros enunciados sobre el pensamiento, podemos comprender el cuerpo como conexión entre la interioridad y la exterioridad, no del cuerpo, pues el cuerpo se constituye en ambos ámbitos de realización y desenvolvimiento. Para decirlo resumidamente, el cuerpo es un nicho ecológico singular. Entonces, el cuerpo experimenta tanto los fenómenos de la “interioridad” así como los fenómenos de la “exterioridad”; en este sentido, puede desarrollar fenomenologías que partan de la experiencia de la “interioridad” así como puede desarrollar fenomenologías que partan de la experiencia de la “exterioridad”. Para decirlo de una manera figurativa, puede desarrollar formas de pensamiento que sean como el eterno retorno a uno mismo o formas de pensamiento que sean como el desarrollo al eterno retorno a lo distinto, a la diferencia. Exagerando el esquematismo podemos decir que las primeras formas responden a una inclinación egocéntrica, en tanto que la segunda forma responde a una inclinación exocéntrica, relativa de un constante descentramiento.

 

Estar inmediatamente en el acontecer del acontecimiento, en sus devenires, es situarse en la apertura del pensamiento de la alteridad, en otras palabras, pensar la alteridad en el flujo de sus alteraciones permanentes, que también implica pensar la armonización recurrente ante el avatar de sus desequilibrios insistentes. La composición, entonces, de estas narrativas míticas o desenvueltas en la congruencia del mito, inscrito en el origen de las metamorfosis, corresponde a la complementariedad de los seres y de sus ciclos vitales. Al respecto, tomando en consideración, ciertas consecuencias de las configuraciones de las formas de pensamiento, el “egocéntrico” y el “exocéntrico”, sobre todo tomando en cuentas sus inquietudes, ya el propio balance de la filosofía ha concluido que el pensamiento filosófico recae en la sensación deprimente de soledad; en cambio, un provisional balance del pensamiento del devenir y de la alteridad, del pensamiento de la metamorfosis, puede tener la certeza de que el pensamiento devenido de la experiencia de la “exterioridad” recae en la sensación de acompañamiento, de complementariedad, relativas a los entrelazamientos, conexiones y articulaciones de integraciones mayúsculas vitales. Exagerando nuevamente el esquematismo, podemos sugerir que el pensamiento “egocéntrico” ha llevado, no pocas veces, a la angustia, en cambio el pensamiento “exocéntrico” lleva a la alegría de vivir.

Al respecto, de lo que acabamos de escribir, sobre la diférance, usando metafóricamente el concepto de Jacques Derrida para comprender los desplazamientos imperceptibles, pero, que hacen a la diferencia misma, como acontecimiento de la repetición y en la repetición dar lugar al acontecimiento de la diferenciación, podemos establecer que entre el pensamiento egocéntrico y el pensamiento exocéntrico hay como un campo de diferencias y diferenciaciones, en unos casos imperceptibles, en otros casos perceptible. Por lo tanto, no es que se trata de pensamientos que se oponen, que entran en contradicción; tampoco que se da lugar  una dialéctica, donde se pasa de la tesis a la antítesis y de aquí a la síntesis, que supera las contradicciones; sino que hay que comprender las fenomenologías de estas formas y formaciones de pensamiento desde la perspectiva de la complejidad, vale decir, desde la complementariedad implícita de estas fenomenologías, complementariedad que aparece en las dinámicas mismas de la complejidad, por lo tanto en la fenomenología compleja corporal y de los entrelazamientos corporales. En consecuencia, no es que el pensamiento exocéntrico ignore o se desentienda completamente del pensamiento egocéntrico, pues, de alguna manera, lo contiene, se encuentra implícito, empero, articula esta posibilidad al desenvolvimiento espontáneo del pensamiento exocéntrico. En este caso el cuerpo, aunque es la bisagra, por decirlo figurativamente, entre la experiencia de la interioridad y la experiencia de la exterioridad, fluye y se desenvuelve como intérprete de la experiencia de la exterioridad, de los entrelazamientos corporales y ciclos vitales, que hacen de condición de posibilidad existencial del mismo cuerpo intérprete.

 

En lo que respecta al pensamiento egocéntrico, a la fenomenología basada en el relacionamiento consigo mismo, al encaracolamiento subjetivo, ocurre que tampoco ignora la posibilidad del pensamiento exocéntrico, empero, lo exorciza o, en su caso, dependiendo, lo inhibe hasta enmudecerlo. Aunque aparecen deformaciones, podríamos decirlo, notoriamente restringidas de lo que podría haber sido el pensamiento exocéntrico, por ejemplo, con el desarrollo del empirismo. El empirismo no deja de ser pensamiento egocéntrico, no deja el relacionamiento consigo mismo, lo que pasa es que considera la experiencia de la exterioridad a partir de la racionalidad instrumental, como campo de experimentación, donde hay que contrastar las hipótesis del pensamiento ensimismado. De lo que decimos no se puede concluir, de ninguna manera, que hay que desentenderse del pensamiento que se basa en el relacionamiento consigo mismo, sino que se trata de comprender la complementariedad de los ámbitos de la experiencia, la complementariedad de las formas de pensamiento; comprender que el pensamiento corresponde al conjunto de operaciones de interpretación del cuerpo respecto a sus entornos, “íntimos” y “externos”.  Por eso, podemos decir que un pensamiento egocéntrico es un pensamiento restringido, en tanto que un pensamiento exocéntrico, si no desarrolla formas de relacionamiento consigo mismo, no termina en lograr completarse, no llega a ser pensamiento completo, integrado y articulado en el despliegue se sus dinámicas complejas.

 

 

El derrotero de los fundamentalismos

 

Todo fundamentalismo lleva al crimen. La compulsión fatalista por defender los “fundamentos», la conjetura insostenible de una premisa primera, originaria, inicial, como si fuese certeza indiscutible, justifica el asesinato, pues se supone que la idea de finalidad justifica los medios usados, incluso los del crimen, el homicidio, el genocidio, el etnocidio y el ecocidio. Este comportamiento muestra patentemente que los fundamentalismos son, prioritariamente, la inclinación argumentativa al crimen. Se trata de una apología elaborada, religiosa, de la violencia, sobre todo de la violencia descomunal, la más destructiva. El fundamentalismo es la expresión discursiva y práctica de la consciencia desdichada, del sujeto desgarrado en sus contradicciones, del espíritu de venganza, en el fondo, de la consciencia culpable. Con el fundamentalista ocurre como con el religioso en éxtasis enajenado, que se cree culpable debido al pecado original; el fundamentalista se considera culpable por haber nacido, entonces la violencia extrema por defender su proyecto queda corta ante la extrema exigencia de entregar todo por la causa, que en el fondo es la causa de su propia salvación o de su propia justificación ideológica ante los avatares de su dramática vivencia.

 

Hay pues una diferente radical entre la rebelión y el fundamentalismo; la rebelión es espontánea y alegre; se trata del impulso vital por dejar fluir la potencia de la vida; en cambio el fundamentalismo es la puesta en escena de los sacerdotes de la “verdad”, los inquisidores recurrentes y repetidos intermitentemente. El fundamentalismo nace con la incrustación de su desenlace fatal o trágico, la destrucción de su entorno y, después, su propio suicidio.

 

También se dan expresiones destructivas menores al fundamentalismo, los discursos barrocos y las mezcolanzas diletantes ideológicas. En este caso hay, más bien, una inclinación al pragmatismo y al oportunismo. Los sujetos de este barroco ideológico no son tan fanáticos como los fundamentalistas, aunque hagan más teatro desgarrándose las vestiduras, pero llegado el momento no se las juegan, prefieren huir o, en su caso, negociar. El problema de este barroco ideológico y pragmatismo político es que en el espectáculo estridente de los medios de comunicación se presentan despavoridamente radicaloides; sus inocentes interlocutores convocados se dejan engatusar por esta comedia y sostienen la algarabía política de los comediantes.

 

Tanto el fundamentalismo trágico como el barroco ideológico y diletante suplantan y usurpan, inhibiendo la potencia creadora de la rebelión. Confunden al pueblo y castran su capacidad lucha. Por estas circunstancias desmoralizantes del teatro político y del barroco ideológico es indispensable la crítica deconstructiva y la diseminación de los dispositivos de los fundamentalismos, los oportunismo y diletantismos.

 

 

La desaparición de la política

 

Varias veces dijimos que la política había desaparecido en las condiciones de la decadencia de la modernidad tardía del sistema mundo capitalista, en la fase, de su ciclo largo, de dominancia del capitalismo financiero, especulativo y salvajemente extractivista. Ahora volvemos a reiterar esta apreciación de lo que ocurre en ese ámbito de la realización de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Aunque, a lo largo de la modernidad, en los límites de la democracia restringida de la democracia formal, representativa y delegativa, no se logre el gobierno del pueblo, vale decir, el autogobierno del pueblo, de todas maneras, el ejercicio de la democracia avanzó por las conquistas sociales de los derechos sociales, colectivos, de género, humanos, ampliando notoriamente el campo del ejercicio de la política. Sin embargo, a partir de un momento o punto de inflexión, si se quiere, momentos y puntos de inflexión, que, como una serie en plena caída y comienzo de la decadencia, la política se suspende, levita, para terminar de desaparecer. Como anota Jacques Rancière la política es inmediatamente el equivalente de democracia y la democracia es la realización misma de la política. Entonces, si desaparece la política también desaparece la democracia.

 

También hemos dicho que se ha sustituido la democracia por la impostura de las prácticas paralelas del poder, que tienen que ver con la economía política del chantaje, la expansión intensiva de las relaciones clientelares y prebéndales, la corrosión institucional y la corrupción galopante.  Por consiguiente, asistimos en plena decadencia del sistema mundo capitalista, que contiene como subsistemas al sistema mundo cultural y al sistema mundo político, al desenvolvimiento de las formas de la decadencia, donde la política es sustituida por el teatro grotesco de la comedia politiquera, difundidas por los medios de comunicación. En esta perspectiva, también anotamos que el lado oscuro del poder no solamente ha atravesado al lado luminoso o institucional del poder, sino que lo controla; del mismo modo, el lado oscuro de la economía no solamente se encuentra en las periferias de la economía institucional, sino que, además de atravesarlo, lo controla y lo domina. Por lo tanto, en las farándulas electorales no se asiste, de ninguna manera, al despliegue de práctica políticas, sino al despliegue de prácticas clientelares, prebéndales, corrosivas y de corrupción, donde la política brilla por su ausencia y la democracia es un cadáver donde saltan los saltimbanquis, las agrupaciones, cofradías y partidos políticos, que nos son más que dispositivos de poder de las dominaciones polimorfas, en plena decadencia de la civilización moderna y de las sociedades institucionalizadas barrocas, demolidas por su propio derrumbe ideológico, cultural, ético y moral.

 

Como dice el refrán popular, sobre lo llovido mojado. A la decadencia política se suma la tragedia y el drama proliferante de la pandemia; la cual pone en evidencia la vulnerabilidad patente del sistema mundo de salud, además del mismísimo sistema mundo capitalista, que se vio parado, detenido, por la intervención insoslayable del virus. Los síntomas de la decadencia de estos sistemas mundos se hace notorio cuando los Estados, las empresas, en vez de asociarse y responder mancomunadamente ante una catástrofe apocalíptica, lo hacen como acostumbran, extendiendo su irracionalidad, compitiendo entre empresas y estados por la vacuna contra el Covid 19. Ya, antes, las burguesías nacionales, evidenciaron su comportamiento irracional frente a la crisis de sobreproducción, donde, en vez de limitar sus producciones nacionales y acordar cuotas de producción se lanzas a una mayor productividad y producción desatando el ahondamiento de la crisis de producción, administrada por intermitentes crisis financieras. Lo mismo ocurre en la exploración espacial del Cosmos, donde sus mezquindades, miserias humanas y competencias egoístas preponderan, en vez de convertir la aventura espacial en una proyección de la humanidad y en un aprendizaje transformador por parte de la misma. En consecuencia, la modernidad tardía ha ingresado plenamente a lo que hemos llamado la etapa de la periclitación del sistema mundo capitalista, en varias formas y estilos; por ejemplo, se ha entrado de lleno a lo que hemos llamado el ejercicio de la antipolítica, también de la antiproducción, así como se ha ingresado al nihilismo más extremo del vaciamiento cultural, entrando ampliamente y desbordantemente al sistema mundo de la banalidad cultural. Así mismo se ha caído en el vaciamiento ideológico, es decir a la ausencia absoluta de ideas, también de imaginación, donde en vez de ideología se pronuncia el gesto sin sentido de la inercia balbuceante del ruido, que no dice nada, pero hace eco en los medios de comunicación.

 

Neopopulismos y neoliberalismos se manifiestan elocuentemente en las formas de la decadencia política e ideológica de la contemporaneidad sin horizontes. Se trata de las nuevas formas del derrumbe ético, moral, político y cultural del circulo vicioso del poder; antes, asombrosamente, las formas, aparentemente opuestas, del liberalismo y el socialismo, evidenciaron su participación en un mismo esquema dual del mismo modo de producción, el capitalista. Ahora, se trata de formaciones discursivas barrocas, una con pretensiones de justicia social, otra con pretensiones institucionales, empero, dadas vacuamente en momentos donde la convocatoria social es una excusa para legitimar a las mafias del poder, y cuando la institucionalidad ha sido completamente corroída y prácticamente desmantelada. Entonces, ambas formas discursivas no son más que dos versiones de una pronunciación demagógica al servicio de la burguesía rentista y de las burguesías tradicionales en decadencia.  Ambas poses políticas no son más que dispositivos discursivos que encubren sus sumisiones y servicios al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

 

 

 

La marcha fúnebre del despotismo decrépito

 

Las miserias humanas se hacen patentes en los comportamientos crápulas. La falencia absoluta de valores, la vacuidad abismal de hombres sin cualidades ni atributos, es decir la mediocridad preponderante de perfiles amorfos, arrastra a gente sin horizontes al oportunismo político y al pragmatismo perverso. Esta gente se desenmascara o hace patente su decadencia cuando se encuentra en función de gobierno.

 

El poder, el objeto oscuro del deseo, incumplible, por cierto, es el sueño delirante de gente sin imaginación, salvo la compulsión exacerbada por dominar y vengarse. Consciencias desdichadas, desgarradas por atroces contradicciones, buscan desesperadamente consuelo a sus acumuladas frustraciones y terribles complejos en el uso de la violencia del terrorismo de Estado. La mediocridad, agazapada en el poder, solo tiene como salida a sus tormentos y paranoias en el crimen.

 

Sin ideología, pues ésta ha muerto, sustituyendo el hueco del sin sentido con balbuceos y mezcolanzas discursivas improvisadas. Creen que pueden justificar sus actos inconstitucionales con propaganda desgastada y publicidad estridente. Estos son, en el fondo gritos de miedo, que delata su abrumadora cobardía.

 

Estos déspotas tardíos y decrépitos se disfrazan, queriendo imitar sin talento perfiles políticos pasados, convirtiendo la política en un carnaval crepuscular y en un teatro burlesco. La decadencia ha llegado lejos, destruye lo poco que queda; es una marcha fúnebre que lleva en hombros el cadáver del Estado.

 

 

Lo grotesco político y el desenlace de la decadencia

 

La comedia política tiene su historia, data desde cuando la política comienza a convertirse en espectáculo, en teatro para distracción de los espectadores. Incluso tiene su antecedente en el Coliseo romano, donde el espectáculo sangriento de batallas a muerte entre gladiadores no solo hacia delirar al público asistente, sino expresaba el mensaje del poder del Imperio: La vida es postergación de la muerte, sobrevive el más fuerte. Tal como interpreta Peter Sloterdijk en Esferas II. Entonces, el teatro político, sobre todo la comedia política lanza un mensaje al pueblo espectador: La vida no vale nada, lo que vale todo es acceder al gobierno y conservarlo.

 

En la medida que la comedia política se deteriora, en plena fase decadente de la casta política y de sus mismos papeles y funciones anacrónicas, que sobran, que están demás, en la medida que se pasa al grotesco político, la comedia es cada vez más abrumadoramente insulsa y descaradamente forzada y falaz. Se judicializa la política, se criminaliza la protesta, se descalifica las posiciones y opiniones adversas. Solo se acepta una “verdad», la oficial, la montada por jueces y funcionarios corruptos, con el apoyo de medios de comunicación sensacionalistas.

 

La paranoia del poder no se queda ahí, ejerce el terrorismo de Estado. No solamente se satisface con el control del monopolio institucional de la violencia, sino que requiere desatar la violencia demoledora del Estado contra todo lo que considera enemigos, incluso llegando al extremo estrafalario de perseguir a sus propias sombras, que contiene sus propios miedos y terrores como efluvios de sus propios complejos insuperables.

 

Es cuando la muerte de la política se ha prolongado en el ritual anacrónico del sacrificio, es decir del crimen. Los jerarcas del poder senil y estéril no pueden irse sin arrasar con todo, sin destruir lo que queda, sin incinerar los bosques, sin contaminar las cuencas, sin depredar los suelos, sin martirizar al pueblo.

 

Ante esta destrucción de la comedia política grotesca el pueblo tiene la responsabilidad de acabar con el círculo vicioso del poder, retirar del escenario a los comediantes políticos, desmontar las máquinas de poder, clausurar la impostura política. Si no lo hace será arrastrado al abismo por la casta política decadente, en su crepúsculo ensangrentado.

 

 

Lecciones no aprendidas y suicidio político

El neopopulismo reforzado, en su reciente gestión de gobierno, ya se encuentra abruptamente en crisis. No se dio cuenta que la victoria electoral no le correspondía a su partido sino al repudio al “gobierno de transición”, también a la resistencia de los ninguneados por el entorno palaciego y la jerarquía corrupta de su partido, así como a la disposición de las organizaciones sociales que postularon como candidato a la presidencia a David Choquehuanca. Tampoco se dieron cuenta que en la rearticulación de fuerzas se encontraban sectores sociales populares francamente antimasistas y antievistas. Simplemente, sin haber aprendido las lecciones de su derrota ante una intermitente movilización social, desde la crisis del “gasolinazo”, de su implosión anunciada desde el conflicto del TIPNIS, creyeron que recuperaban el poder que se les escapó de las manos, cuando fueron arrinconados por movilizaciones nacionales y una insurrección que emergía desde abajo, en todos los niveles institucionales de emergencia y no institucionales ciudadanos. Bajo una premisa política equivocada, que más se parece a la desesperación compulsiva por el poder, se aposentaron a empellones en el gobierno los del entorno palaciego, arrinconando nuevamente a la gente de la resistencia y movilización contra el “gobierno de transición”, a quienes les deben el haber vuelto sin merecerlo, además de deberles la victoria electoral.

Sin más las fraternidades de machos, anacrónicos y oportunistas, atacaron a los referentes de la resistencia al “gobierno de transición” – que hay que diferenciar de la resistencia al gobierno de la implosión política, del desmantelamiento de la constitución y del fraude electoral, que es anterior -, y de la compensación de fuerzas en equilibrio de los órganos de poder del Estado.  Atacaron a la líder de la ciudad de El Alto y de la resistencia aymara, apoyada por el combativo guerrero aymara Felipe Quispe, que falleció hace poco. Sobre todo, la atacaron por celos y por ser mujer. Estos machos angurrientos creyeron que, como antes, bastaba la proximidad aduladora al caudillo caído, para conseguir el beneficio de la farándula electoral. Se equivocaron; la ciudad de El Alto votó por la mujer referente de la resistencia aymara, en contra de las groseras manipulaciones y maniobras de los machos enardecidos, oportunistas y clientela desorbitada del caudillo déspota, caído en desgracia.

Ahora, sin haber aprendido las lecciones de su derrota, de su implosión y caída, se lanzan a una aventura conspirativa estatal, usando los dispositivos judiciales y policiales bajo su control. Apuestan a que la jugada y el montaje político, policial y judicial les vuelva a salir bien, consiguiendo los efectos esperados, como antes, cuando sorprendieron a la opinión pública con montajes de servicios secretos del descomunal, autoritario y terrorista de Estado de otro “gobierno progresista”. Se equivocan, la historia no se repite, tampoco la conspiración es la clave para los desenlaces. Lo que pasa es que se da, en algunos momentos de predisposición de fuerzas, como una coincidencia con la resultante de la correlación de fuerzas puestas en concurrencia. Este no es el caso ahora; la correlación de fuerzas no pone en ventaja al gobierno, menos al entorno de conspiradores incrustados. Una vez aposentados en el gobierno las marionetas del entorno palaciego, las fuerzas articuladas en la resistencia y las movilizaciones, organizadas para afrontar las elecciones, se dispersaron, desencantadas ante la evidencia del eterno retorno de lo mismo, la putrefacta decadencia política y la inercia endémica del círculo vicioso del poder.

 

 

 

¿Cómo funciona el poder?

En realidad, el poder no funciona, es disfuncional, se opone a la sociedad, que es esencialmente alternativa. Por eso tiene que imponerse, dominar, controlar, vigilar, castigar, disciplinar, marcar y reprimir. Tiene que aparentar que funciona, por eso se institucionaliza de manera pretenciosa y desmesurada, presentándose como eterno, casi como sustituto de Dios. Por eso, se expresa en ley, para legalizar su propia ilegitimidad. Pero el poder no solamente es una máquina abstracta, sino es, sobre todo, una heurística instrumental de agenciamientos concretos de poder, además de ejercerse y efectuarse singularmente. Hay formas de poder y distintos planos de intensidad donde se realiza; por eso se dice que el poder es polimorfo. Se ha situado en el Estado a la forma de poder nacional, aunque no se puede decir que es la forma de poder por excelencia, pues todas las formas de poder son complementarias, actúan articuladamente reforzándose; por ejemplo, las estructuras patriarcales de dominación se refuerzan y adquieren irradiación en las estructuras familiares, es más, en el campo escolar. Yendo más lejos, en el Estado adquieren las estructuras patriarcales proyección espacial y temporal, afectando a los cuerpos, incidiendo en las conductas y comportamientos de tal manera que constituye sujetos dominados, controlados y moldeados de acuerdo a las finalidades que se traza el poder. La forma de gubernamentalidad clientelar reproduce, de manera perversa, las estructuras de dominación patriarcal, llevando al extremo la dominación masculina con la imposición delirante del mito del caudillo, el pretendido mesías político. No solamente se repite abusivamente la dominación de las fraternidades de machos contra la mujer, sino que se “feminiza” a los hombres, convirtiéndolos en sumisos soldados obedientes sin pensamiento y voluntad propia, así como se ha pretendido reducir a las mujeres a sujetos sumisos, obedientes y respetuosas, además de domésticas, de los hombres, que son sus dueños. Las otras formas de gubernamentalidad, por ejemplo, la liberal y neoliberal, también son patriarcales; al respecto de la dominación masculina, tienen mucho en común con la forma de gubernamentalidad clientelar populista y neopopulista. Empero, tienen sus propias singularidades, por ejemplo, la pretensión de legitimar la dominación masculina en la expresión jurídica y política del Estado de Derecho, donde, a pesar del reconocimiento, reciente, de los derechos de la mujer, se mantiene su subalternidad y subsunción a las estructuras de dominación de las fraternidades de machos. La forma de gubernamentalidad del socialismo real también se refuerza con las estructuras patriarcales tradicionales, en la lamentable recurrencia a la figura, también mesiánica, del “gran timonel”. Esto a pesar de que al comienzo las mujeres adquieren cierto protagonismo en las acciones, movilizaciones y ejercicios prácticos en el trabajo y la política. De la misma manera las estructuras de dominación colonial se refuerzan con la recurrencia a las estructuras patriarcales. La economía política colonial desvaloriza al hombre y la mujer de “color”, inventándose un “hombre blanco” como símbolo imaginario de la civilización, cuando todos los humanos son de “color”, tienen un color de toda la gama epidérmica. Ocurre como en toda economía política, se desvaloriza lo concreto y se valoriza lo abstracto. Lo peculiar del caso es que en las llamadas sociedades poscoloniales se prolonga la dominación colonial en las versiones de la colonialidad. Es más, en las formas de “gobiernos progresistas” se prolonga la colonialidad de manera paradójica; a nombre de la “descolonización” se sigue colonizado a las naciones y pueblos indígenas, reducidas a mera mención propagandista, mientras se desconoce sus derechos territoriales, institucionales, políticos y culturales, consagrados por la Constitución Plurinacional Comunitaria y Autonómica. Cuando las formas de gubernamentalidad entran en crisis también entran en crisis las formas de poder complementarias y articuladas. Es cuando se hace evidente que son fachadas impuestas contra las sociedades, esencialmente alternativas. Empero, el poder se reúsa a dejar sus máscaras, sus disfraces, sus armaduras y sus mitos. Se aferra desesperadamente a sus artefactos anacrónicos, quiere restaurar el prestigio de las instituciones, en vez de transformarlas, se aferra al mito del caudillo, patriarca otoñal y estéril, se agazapada en el juego político, reviviendo la forma de partidos, que ya han patentizado su inutilidad para representar y responder a las demandas del pueblo. En estas circunstancias, en la medida que son inútiles los esfuerzos por volver a una supuesta época dorada del poder, la maquinaria abstracta y los agenciamientos concretos de las dominaciones recurren a sus medidas de emergencia, que evidencian en núcleo oculto de Estado de excepción en toda forma de Estado. Entonces se habría vuelto al principio constitutivo del Estado, la guerra.

 

 

     

 

 

 

   

Política y narración

Política y narración

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Política y narración

 

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En resumidas cuentas, se puede decir que la política se circunscribe a los ámbitos de la acción, en tanto que la narración se puede circunscribir a la interpretación; interpretación elaborada como mythos, es decir como trama, la construcción del sentido desde la configuración paradigmática y sintagmática. La política en tanto prácticas y acciones, puede también tomarse como pre-narrativa, cohesionada como estructura semántica de la acción, por mediación simbólica. Sin embargo, si bien parece esta condición pre-narrativa y esta condición narrativa mostrasen cierta analogía, ésta no es más que reminiscencia a parecidos en las formas de expresión del lenguaje. Para decirlo de una manera clara, las expresiones pre-narrativas se diferencian cualitativamente de los campos semánticos de la narrativa. Partiendo de esta diferencia radical no dejan, sin embargo, de darse analogías estructurales entre las estructuras semánticas de la acción y las estructuras semánticas de la narrativa.

En primer lugar, al hablar de estructuras semánticas señalamos la construcción del sentido desde la manifestación de las acciones mismas hasta el desenvolvimiento de la misma interpretación narrativa. Se trata de la lectura, por así decirlo, por parte de los agentes involucrados en las acciones, tanto como actores, así como espectadores, para decirlo de ese modo. En otras palabras, las acciones son leídas o percibidas como símbolos que se enlazan en algo así como una pre-narrativa.

Ahora bien, tomando en cuenta lo que acabamos de decir, vamos a pasar a analizar la relación entre política y narración. Volviendo, retomando a la política no solo como campo, en plural como campos, sino como ámbitos de espesores de acciones, las prácticas políticas o, si se quiere, las prácticas de la clase política son consideradas por la gente como acciones ya vistas, incluso repetidas. Estas prácticas políticas conllevan, de suyo, estructuras semánticas inherentes a la memoria social.  Es más, son tomadas como composiciones simbólicas reiteradas y repetidas. El tema es el siguiente: Cuando los políticos explican sus acciones mediante discursos, la gente encuentra disonancias entre lo que dicen y lo que hacen. Pero, las acciones como tales mantienen su independencia, por así decirlo, respecto de los despliegues de la narrativa. Partamos del siguiente criterio: Cada práctica, cada acción, supone su propia singularidad. Por lo tanto, el conjunto de prácticas, que se dan en un momento determinado y en un contexto dado, tiene que ser interpretado y, sobre todo, auscultado en su singularidad. Ahora bien, ¿qué es una singularidad? Obviamente es única, irrepetible, empero, una composición de singularidades puede parecerse a otra composición de singularidades fácticas. ¿A qué concreta composición de singularidades nos referimos o la tenemos como referente? Bueno, el referente ineludible son los hechos políticos, si podemos hablar así. En todo caso, valga la aclaración, los “hechos políticos” no son, obviamente, puramente hechos, pues están enmarañados con los discursos, que tienen pretensiones de verdad, es decir, están enmarañados con fragmentos ideológicos. Sin embargo, ahora acentuamos su configuración en la parte de su composición fáctica. Partamos de lo siguiente, los hechos no se dan solos, un hecho no aparece ni se realiza solo, sino que viene acompañado por otros hechos, es decir, forman una composición fáctica.

Una pregunta: ¿Una composición gubernamental puede considerarse una composición fáctica política? Es decir, una composición de hechos políticos. Bueno, en este caso, podemos decir que se trata de un conjunto de composiciones de hechos, que se articulan y conforman una situación política, expresada en el perfil del gobierno. Concretamente, respecto al perfil del “gobierno de transición”, qué nos muestra, qué expresa, qué configura. Para responder a estas preguntas debemos aclarar también que estamos lejos de interpretar un perfil de gobierno solo desde la clasificación de sus integrantes, sobre todo tratándose del gabinete. Un perfil de un gobierno se remite a la forma de gubernamentalidad inherente o que, por lo menos, sugiere. ¿A qué forma de gubernamentalidad se remite el “gobierno de transición”?

Volviendo a la estructura subyacente en el perfil gubernamental, no así, como dijimos, al perfil de las personas que componen el gabinete, nos encontramos tanto con la herencia política dejada por las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma, así como – lo diremos metafóricamente – con la nostalgia de los gobiernos de la coalición neoliberal. Entonces, ocurre como si se estuviera en el cruce de dos formas de gubernamentalidad inherentes, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal, sin lograr definir claramente la predominancia de una forma de gubernamentalidad. Al respecto, debemos discernir la diferencia entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. Por cierto, no hablamos de la diferencia de las formas ideológicas, sino de la diferencia de las formas de gobernar.

En otros ensayos habíamos dicho que la forma de gubernamentalidad clientelar hace hincapié en el factor emocional, en el chantaje emocional, también en la convocatoria simbólica, en la convocatoria del mito. En cambio, dijimos que la forma de gubernamentalidad neoliberal hace hincapié en la demagogia “técnica”, exaltando la pretensión de verdad “científica” de la “ciencia económica”. También se recurre, en este caso, a la tesis conocida y trillada de la mano invisible del mercado, así como a la tesis del libre mercado, del mismo modo, a la tesis de la competencia. No solo se opta políticamente por el ajuste estructural neoliberal, es decir a la opción por la privatización generalizada, sino que, incluso, privatizan al propio gobierno, convirtiéndolo en un conglomerado empresarial. Empero, esto acontece en plena dominancia del capitalismo financiero y especulativo; dominancia que, efectivamente, termina predominando en el quehacer gubernamental neoliberal; es, entonces, el capitalismo financiero y especulativo el que se ejecuta, sostenido una maquinaria depredadora extractivista.

Hasta aquí hay notorias diferencias entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. En ensayos anteriores señalamos que, en el fondo, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal son complementarias. Dijimos que son complementarias en la administración del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. También hicimos notar que, si bien se puede hablar de forma de gubernamentalidad, destacando el estilo de gobierno, sus métodos, sus técnicas y procedimientos particulares, no hay que olvidar que las formas de gubernamentalidad pueden entrecruzarse y hasta volverse mixtas. Por ejemplo, si bien en la forma de gubernamentalidad clientelar se resalta el chantaje emocional y la convocatoria del mito, esto no quiere decir que se deja del todo los referentes neoliberales, incluso sus políticas. Lo mismo o algo parecido podemos decir de la forma de gubernamentalidad neoliberal; si bien en esta forma de gobierno se resalta la pretensión “técnica”, no quiere decir que no se desplieguen prácticas clientelares, aunque en una intensidad menor. Por lo tanto, cuando se configura la forma de gubernamentalidad como perfil diferencial la configuración funciona más como tipo ideal que de composición efectivamente realizada.

 

 

Sobre la narrativa política

Hablemos sobre la formación discursiva política, obviamente en las condiciones actuales y en el contexto boliviano. En esta formación discursiva política aparecen las tonalidades, modalidades, colores, tendencias y matices. Lo que sobresale en este conglomerado entrecruzado es el perfil de victimización del locus de los que emiten el discurso, sean de “izquierda” o se señalen como “derecha”, sean neopopulistas o sean neoliberales, incluso sean “ancestrales” o “conservadores”. El discurso parte de la siguiente premisa: “Yo soy la víctima, he sido agredido, humillado, discriminado, perseguido, asesinado”. En contraste, posición opuesta, se coloca al agresor, al humillador, al discriminador, al perseguidor, al asesino. Entonces, se puede decir que el substrato de esta formación discursiva política es la antigua narrativa religiosa de los “pobres de la tierra”, cuyo esquematismo narra la lucha del bien contra el mal.

Por ahora, no se trata de hacer una arqueología de la formación discursiva política, sino de comprender su funcionamiento y su desplazamiento, sobre todo, su despliegue en el campo político boliviano, en la actualidad y en la coyuntura presente. En primer lugar, se trata de legitimar al emisor del discurso, que casi siempre tiende a colocarse como denunciante. Supuesto: La víctima tiene la verdad, en consecuencia, el agresor es la pura mentira. Una aclaración, la víctima no solamente es el sujeto inherente al discurso de “izquierda”, sino también lo es inherente al discurso de “derecha”. Ambos discursos invierten el lugar y la condición de víctima, además del lugar del agresor. En este caso, en la singularidad de esta semántica, el enemigo no solamente es el infiel, el monstruo moral, el hereje, como en el discurso religioso, sino en el el discurso político es el agresor, el sujeto del oprobio, el asesino. Ahora, yendo a los discursos singulares, se ponen en evidencia estos esquematismos dualistas. Por ejemplo, el esquematismo dualista reiterativo implícito en el discurso de los actuales y “transitorios” oficialistas. Se colocan en el pasado inmediato como víctimas del autoritarismo del “gobierno progresista”, considerado como tirano.

Viendo desde una perspectiva integral, observamos que los enemigos comparten más de los que creen que los diferencia; incluso comparten arquetipos subyacentes de la narrativa política. Antes dijimos que los enemigos se necesitan mutuamente, pues no serían nada el uno sin el otro; se necesitan para legitimar su lugar en el enfrentamiento, en la guerra interminable entre enemigos irreconciliables. Pero sobre todo se necesitan para legitimar su lugar en la estructura de poder.

    

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Wassily Kadinsky

 

 

Consideraciones conceptuales y descriptivas generales

El teatro político es un espectáculo para seducir al público, para hacerle creer que esa es la “realidad”, la de la narrativa política. Haciéndole olvidar la realidad efectiva, que es la sociedad la que coloca los andamios del espectáculo, cada vez es más decadente.

La casta política es el estrato de la sociedad que usurpa la voluntad general, conglomerado dinámico de las voluntades singulares, por medio del mecanismo institucional de la representación y delegación. Se convierte en “clase” dominante en el campo político.

La madurez del pueblo se expresa en el uso crítico de la razón, su facultad iluminadora y orientadora. Cuando inhibe esta facultad y busca un amo, un patriarca, un Caudillo, un representante, es inmaduro, un sujeto dependiente, un subordinado sin voluntad propia.

La democracia plena es el autogobierno del pueblo, la democracia restringida y formalizada, es la democracia representativa y delegativa. Los estados modernos, es decir, las repúblicas, aunque se denominen Estado Plurinacional, son democracia institucionalizada. La democracia institucionalizada tiene como referente la Constitución y tiene como arquitectura la malla institucional y las prácticas del ejercicio democrático. Como substrato para su funcionamiento se suponen las prácticas emergidas de la ética, el sentido de valores. Precisamente lo que falta en las prácticas de la casta política es este substrato ético, también las prácticas consecuentes con la estructura institucional, así como con la constitución. Por lo tanto, la casta política, con sus prácticas, demuele la democracia. Recuperar el ejercicio de la democracia es ejercer el control social sobre el quehacer de la casta política. En Bolivia mucho más, es ejercer la participación y el control social, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

El concepto de transición, que viene del latín transitĭo, corresponde a la acción y efecto de pasar de un estado a otro distinto. El concepto implica un cambio en un modo de ser o estar. Por lo general se entiende como un proceso con una cierta extensión en el tiempo. La transición supone una especie de etapa no permanente entre dos estados. Por ejemplo, se habla de transición política para hacer referencia a las etapas sucesivas que se viven en un país durante el cambio de un sistema por otro. Se ha hablado de la transición a la democracia haciendo referencia a cuando un régimen militar llega a su fin y comienza a desarrollarse el ejercicio de la democracia. En este tipo de transiciones, se ha dado lugar a que convivan, en los primeros momentos, elementos de ambos regímenes. Por ejemplo, pueden darse elecciones libres, por una parte y por otra conservarse los jueces designados por la dictadura.[1]

En Bolivia se habla recientemente de transición política al referirse al gobierno de transición, por medio de sustitución constitucional, después del derrocamiento del régimen clientelar de Evo Morales Ayma, por parte de la movilización social de resistencia democrática.  En todo caso habría que preguntarse: ¿Transición a dónde? ¿De la forma de gubernamentalidad clientelar a qué forma de gubernamentalidad? ¿Otra vez neoliberal? ¿Otra vez neopopulista? Empero, no hay que olvidar que esta transición se da en el marco de la Constitución vigente, Constitución del Estado Plurinacional Comunitaria, por lo tanto, en el marco de lo que debería ser dicho Estado; realización no cumplida por el régimen clientelar de Evo Morales Ayma, pues lo que ha hecho es restaurar el Estado-nación, cambiarle de nombre, asumiendo como máscaras los símbolos oficiales, en forma de barniz, del Estado Plurinacional. Entonces, mientras tengamos como marco y referencia jurídico-política a la Constitución, el gobierno que salga de las elecciones también está obligado a cumplir con la Constitución. Sabemos que puede ocurrir, como en el gobierno neopopulista, mantener una conducta de simulación mientras se desacata a la Constitución. Sin embargo, mientras la Constitución sea el referente, lo que se devela es la inconstitucionalidad de los gobiernos, si esto vuelve a acaecer.

Entonces, ¿de qué clase de transición estamos hablando? ¿Una transición incierta? Por lo tanto, más que transición parece ser todavía, mientras no haya un cambio de situación, de condición, del estar y del ser, un puente cuyo final no vemos pues está atravesado por una niebla densa. Una transición incierta o una repetición de lo mismo en el circuito interminable del círculo vicioso del poder. En La revolución truncada dijimos que se culminó el ciclo de la forma de gubernamentalidad clientelar, concretamente el ciclo de las gestiones de gobierno de Evo Morales, que este ciclo viene marcado por simetrías opuestas; una de ellas es que el gobierno de Evo Morlales, producto de la victoria electoral, asciende montado en la movilización prolongada (2000-2005), y que su caída también viene marcado por otra movilización, la revolución pacífica boliviana, acompañada por la reacción violenta y desesperada de las masas afines, que todavía creen en el proceso de cambio, truncado, en pleno contexto subjetivo de desconcierto.  El episodio trágico de Senkata, donde se encuentra la planta de de YPFB, aparece tanto cuando cae el gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Losada, así como cuando cae el gobierno de Evo Morales, pero inmediatamente después, no antes, como en el caso anterior; esta vez para defender al caudillo derrocado y, después, para pedir la renuncia de la presidenta de la sustitución constitucional, derivando esta movilización en el acuerdo de pacificación entre las organizaciones sociales y el gobierno de transición. Hay otras simetrías opuestas, en la coyuntura álgida del derrocamiento del caudillo; empero, también interesa mostrar así mismo analogías repetitivas en la coyuntura de transición, sobre todo después de la postulación a la presidencia de Janine Añez. Tanto Evo Morales como Janine Añez no cumplen con su palabra, a pesar de decir que no se postularan, lo hacen. Los partidarios de ambos los empujan a una continuidad insalubre, a pesar de las promesas, que no se cumplen. Lo que se repiten son ciertas prácticas de poder, aquellas que tienen que ver con el reproducir disposiciones de poder a la sombra del caudillo, en un caso, a la sombra del nuevo referente presidenciable.

En esta perspectiva podemos señalar otras continuidades en el gobierno de transición; por ejemplo, lo más importante, la continuidad en el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, modelo que también compartieron los gobiernos neoliberales, incluso los gobiernos anteriores, solo que con distintos discursos y estilos a los efectuados por el gobierno neopopulistas. Sumando a esta continuidad depredadora, podemos señalar la continuidad de las políticas ecocidas; el gobierno de Janine Añez no abroga el decreto ecocida del gobierno de Evo Morales, que avala la expansión demoledora de la frontera agrícola, incinerando bosques y arrasando ecosistemas. Así mismo, se ha notado, aunque en menor grado, nepotismos reiterados.

Volvemos a la pregunta de cómo funciona el poder, cómo funcionan las máquinas de poder.

¿Qué es el poder?

En ¿Qué es el poder y cómo funciona? escribimos:

Podemos partir de la siguiente premisa: el poder está íntimamente asociado a la ideología. Pues la ideología le permite auto-contemplarse; el poder es hedonista, está enamorado de sí mismo. La ideología es el espejo donde se ve; la ideología le dice que es la consagración de la historia. Empero, ahora, no nos ocupamos de esto, que fue tema de anteriores ensayos. Lo que nos interesa es el aprendizaje de lo que es el poder a través de la experiencia y las contrastaciones. Por ejemplo, el poder, que recurre a la ideología para legitimarse, se representa de una determinada manera, a través de las narrativas estatales; sin embargo, en la experiencia nos muestra su desencarnado desenvolvimiento y se pueden observar las diferencias entre el discurso y las prácticas, entre la auto-representación del poder y las huellas que deja, las mallas institucionales que construye y consolida, los efectos masivos y sociales que ocasiona. Vemos, en pocas palabras, el funcionamiento del poder.

 

El Estado de Derecho supone que la Justicia, es decir, la administración de justicia funciona según la ley, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, la experiencia destaca ampliamente los contrastes. La Constitución ni la ley son los referentes normativos de la práctica de justicia; esta práctica responde a los requerimientos de la dominación, que es la finalidad misma del funcionamiento del poder. Que se haya creído que la Justicia funciona como manda la ley y la Constitución o que, por lo menos, debería hacerlo, forma parte de la ideología. La ideología es como la retórica, busca convencer; la diferencia radica en que la retórica es el arte del convencimiento en el auditórium, donde hace gala de su elocuencia y su destreza; en cambio, la ideología pretende convencer por que se declara la narrativa de la verdad. No hay arte, sino una grosera pretensión de “ciencia”, sin contar con las condiciones de posibilidad para serlo.

 

Si hay administración de justicia en el Estado moderno es para cumplir con un requisito de legitimación de la república, que la res-publica garantiza el cumplimiento de los derechos constitucionales. Lo que le interesa al Estado, aunque no sea sujeto, hablemos metafóricamente, es la legitimación; por eso lo hace, por cumplir con la formalidad del caso. El problema es que el pueblo llega a creer que es así, que así debería funcionar la Justicia; por eso, demanda e interpela cuando no ocurre esto. Esta en su derecho, pues la Constitución expone esta composición ideal del Estado, por lo menos como ideal jurídico-político.

 

A pesar de la justeza de la demanda y de la interpelación popular, de su movilización contra las prácticas que vulneran los derechos constitucionalizados, el problema estriba en no comprender cómo funciona el poder. Para decirlo crudamente, a pesar de la exageración, pero lo diremos por motivos ilustrativos, el poder no funciona a través de los dispositivos jurídico-políticos, constituidos e instituidos por la Constitución, aunque la tengan como referente del discurso político; el poder funciona a través de los engranajes, desplazamientos, de fuerzas, que conforman máquinas de poder.

 

Para decirlo de una vez, esta incongruencia entre el funcionamiento del poder y el deber ser de la Constitución pasa en todas partes, en el mundo de la modernidad tardía. Es cierto, que acaece de distintas maneras, con distintos grados de diferencias y aproximaciones, de manera más sutil y solapada o, en contraste, de manera descarnada y desvergonzada. Sin embargo, cuando se quiere comprender el funcionamiento del poder es menester atender a sus prácticas, a sus maneras de ejercer las dominaciones, a las máquinas involucradas en su facticidad fatal. Ahora bien, si se quiere denunciar la incongruencia, ciertamente es importante no desentenderse del deber ser. Hay que dejar en claro lo que se quiere hacer. Como queremos entender los funcionamientos del poder, tendremos al deber ser como referente de lo que no se acata ni se cumple.

 

Ahora bien, el ejercicio de las dominaciones puede efectuarse de variadas maneras, desde el ejercerlo a través de procedimientos más próximos a la Constitución, administrando ilegalidades de manera sutil, hasta ejercerlo de manera descarnada y grotesca, evidenciando palmariamente la vulneración de los derechos consagrados en la Constitución, aunque se diga, por inercia o, mejor dicho, por cinismo, que lo que se está haciendo es precisamente cumplir con la Constitución. Lo que importa es entender que las tecnologías del poder de las máquinas del poder hacen funcionar a las máquinas por la preformación misma de estas tecnologías; no por los ideales expresados en la formación discursiva y enunciativa jurídico-política.

 

¿A dónde apuntamos, fuera de hacer puntualizaciones metodológicas y epistemológicas para abordar la comprensión y el entendimiento del funcionamiento del poder? Apuntamos también a que no es suficiente señalar las incongruencias del ejercicio político respecto a la Constitución y las leyes, para cambiar el estado de cosas, las situaciones problemáticas que aprisionan al pueblo, sino que es indispensable salir de la crítica jurídico-política, elaborada y pronunciada desde el deber ser, y apuntar al despliegue de las fuerzas sociales alterativas a deconstruir la ideología, a desmantelar y destruir las máquinas de poder, a diseminar la civilización de la muerte, que es la civilización moderna.

 

En la historia política inmediata de Bolivia asistimos a lo que podemos llamar el descalabro del ejercicio del poder, del ejercicio de la política, del ejercicio de la ideología. Para decirlo de una manera esquemática, aunque ilustrativa, el ejercicio de poder requiere de cierta congruencia entre los planos de intensidad donde se desplaza, entre los campos sociales donde se mueve – político, económico, cultural -, entre las estructuras componentes del Estado, entre las interacciones entre Estado y sociedad. Cuando esta congruencia se pierde, aunque sea la mínima requerida, teniendo en cuenta los puntos críticos de lo apropiado, tanto para jugar a disfuncionamientos tolerables, así como a exigir moldes demasiado apretados, entonces se ingresa a una suerte de desmembramiento del Estado, por lo menos, en su estructura y malla institucional. Cuando pasa esto en los contextos del funcionamiento del poder se afecta a los engranajes mismos de las máquinas de poder; se averían y pueden colapsar.

 

Ya no se trata de la crisis múltiple del Estado-nación, de la que hablamos teóricamente, sino de la crisis técnica del funcionamiento mismo de las máquinas de poder, de las tecnologías de poder. Ciertamente, depende desde qué perspectiva se observa esta crisis técnica del poder; si se trata de una perspectiva crítica del poder e interpeladora de las dominaciones, puede hasta llegarse a tomar como una corroboración, en la práctica, de la crisis múltiple del Estado; si se trata de una perspectiva de la ciencia política, entonces la crisis técnica del Estado se interpreta como crisis institucional, como colapso del Estado de Derecho, es más, como derrumbe de la democracia, por cierto formal. Sin embargo, sin desentenderse de ambas perspectivas, que incluso pueden debatir, lo que importa, en el caso que nos compete, es el aprendizaje del funcionamiento del poder en coyunturas de crisis, es más, en la situación de crisis técnica del Estado.

 

¿Por qué se llega a una situación de crisis técnica del Estado? Dejamos claro que estamos lejos de la búsqueda de culpabilidades, como si la crisis múltiple del Estado-nación se debiera solo o preponderantemente al manejo personal de la casta política en el gobierno.  No es el perfil personal de los gobernantes lo que explica el colapso estatal, aunque contribuya al deterioro de los funcionamientos de la maquinaria estatal. Estos perfiles personales son parte de la crisis, quizás, exagerando un poco, son la parte anecdótica de la crisis política; empero, no explican la crisis estructural del Estado. ¿Qué hace, en qué incide, la forma de gubernamentalidad clientelar, en el desenvolvimiento de la crisis del Estado? Para decirlo directamente, la forma de gubernamentalidad clientelar exacerba los usos patrimoniales del Estado, sobre todo exacerba el uso del Estado para cumplir fines ideológicos, todavía manteniéndonos en las características menos perversas del uso estatal. Ingresando a los usos no institucionales del Estado, la forma de gubernamentalidad clientelar hace uso del Estado como dador de prebendas. Entonces, ocurre como forzamiento extremo a la maquinaria estatal, ocasionando, para decirlo metafóricamente, calentamientos en el aparato maquínico

 

Cualquier máquina si es forzada a ir más allá de sus capacidades, será empujada a un recalentamiento, con lo que se pone en peligro la propia maquinaria, pues el calentamiento anuncia el colapso de la máquina. Aunque se diga lo que se dice de manera metafórica, las analogías son válidas y útiles en la comparación que empleamos entre máquina estrictamente técnica y máquina social, política y económica. Puede que la máquina social tenga más chance, tenga un margen de maniobra más amplio, por sus características sociales; sin embargo, tampoco escapa a los efectos del calentamiento maquínico.

 

La ideología populista, para hablar de una manera general, claro que inadecuada, pues se salta las diferenciales y variedades, cree, por eso se siente segura, que la convocatoria popular basta para lograr las condiciones adecuadas de la continuidad del poder. Esto es un error de apreciación, de entrada, pues el poder no funciona por la convocatoria; la convocatoria sirve en el proceso de legitimación, no en el ejercicio del poder. La maquinaria de poder requiere de energía, requiere de fuerzas, que dinamicen el funcionamiento maquínico del poder. No se trata, entonces, de convocatoria, en el caso del despliegue de las fuerzas, sino de disponibilidad de fuerzas. La disponibilidad de fuerzas se da no solo por captura de fuerzas, como acontece con toda máquina de poder, sobre todo con las máquinas de guerra, sino por la subsunción de la energía de las fuerzas a los fines de la máquina estatal. Esto ocurre cuando se captura energía y se la conduce al movimiento mismo de la maquinaria. Se puede hablar, provisionalmente, de una ingeniería de la disponibilidad de las fuerzas sociales y del manejo de la energía social. La convocatoria, en el caso populista, la convocatoria del mito no dispone de fuerzas ni captura la energía para dinamizar la maquinaria estatal, sino que se estanca en el círculo vicioso de la ideología, que solo puede legitimar, pero no hace funcionar la maquinaria estatal.

 

Los ideólogos populistas, neopopulistas, del llamado “socialismo del siglo XXI”, no entienden la diferencia de legitimación y funcionamiento de la máquina del poder; es más confunden legitimación con ejercicio del poder. Por un lado, creen que basta la retórica ideológica para mantener la convocatoria; por otro lado, creen que el uso forzado de los aparatos de Estado ayuda a la legitimación, cuando, mas bien, se ocasiona lo contrario. La manera de ejercer el poder por la forma de gubernamentalidad clientelar es ineficiente, pues no lo ejerce, sino empuja la maquinaria al calentamiento. Al abocarse a la compulsión ideológica, que deriva en una exacerbación de la propaganda y publicidad, se estanca en la interacción retórica con la sociedad, dejando pendientes el mantenimiento adecuado de la maquinaria estatal.

 

Por esta razón, apresuran la crisis del Estado-nación por la vía de la exacerbación ideológica. Apresuran la crisis técnica del Estado por el uso forzado que conduce al calentamiento maquínico. Las formas de la crisis del Estado-nación por las prácticas de la forma de gubernamentalidad neoliberal son otras; aunque no es tema del ensayo, y remitiéndonos a ensayos anteriores, podemos adelantar que se trata de una obsesión “técnica” por el modelo del equilibrio económico lo que los arrastra a la crisis del Estado. Esta vez es la ortodoxia de un economicismo simplón, reducido al equilibrio de la oferta y la demanda, del equilibrio entre ingresos y egresos, de equilibrio entre las balanzas comerciales, del ideal del déficit cero, lo que lleva al colapso del Estado[2].  

 

 

Transición incierta y el círculo vicioso del poder

La coyuntura de la transición electoral muestra una continuidad de la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral, de la coyuntura anterior. La continuidad consiste en la persistencia de la crisis política, signada, sobre todo, en la crisis estructural de los partidos políticos. Los operadores políticos están muy lejos de siquiera aproximarse a los desenvolvimientos de la potencia social, desplegada durante el conflicto de la revolución pacífica boliviana y la reacción social, que se sucedió en pleno desconcierto, de los sectores sociales afines al Movimiento al Socialismo (MAS).

El gobierno de Janine Añez ha dejado de ser “gobierno de transición” para convertirse en un gobierno de la continuidad inconstitucional. Cómo el anterior gobierno, pisotea la Constitución. El pueblo, el soberano, tiene la responsabilidad de defender la Constitución. La presidenta de “transición” se ha dejado manejar por una fraternidad de machos. La fraternidad masculina conservadora, beneficiada por el gobierno del Caudillo déspota. El círculo vicioso del poder continúa la reproducción de la casta política, domina al pueblo por la simulación. El delito constitucional múltiple es no cumplir con la Constitución del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, con el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Autonómica. Postularse en una coyuntura álgida de transición. Se repiten no solo continuidades perversas del poder, a pesar de las diferencias ideológicas; lo sorprendente, hasta las mismas frases y hasta los mismos horarios, ritmos de la demagogia. Podemos hablar de la eterna “traición” al pueblo por la casta política. El “gobierno de transición” ha destruido la legitimidad de la convocatoria a elecciones, ha vuelto a la perversa manía de la demagogia y la extorsión discursiva al pueblo. Queda anulada la legitimidad de la convocatoria. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la convocatoria. En consecuencia, todo el “gobierno de transición” debe renunciar por delito inconstitucional y por haber faltado la palabra al pueblo. Deja de ser de transición para convertirse en un dispositivo del círculo vicioso del poder. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la realización electoral. ‪‪Así mismo, la constitución exige la nacionalización de los hidrocarburos, después de la desnacionalización efectuada por Evo Morales con los Contratos de Operaciones. Si no se hace esto el “gobierno de transición” también es inconstitucional. Teóricamente el pueblo tiene derecho a la subversión.

‪‪Abundan los ejemplos de las sintonías entre el “gobierno de transición” y el anterior gobierno clientelar; por ejemplo, la campaña contra la línea de aviación estatal, BOA, en beneficio de la línea de aviación privada, Amazonas. Se ha ido el gobierno clientelar y corrupto, pero ha vuelto una burguesía intermediaria, que medra a costa del Estado, con el mal gobierno llamado equivocadamente de “transición”, que es de continuidad inconstitucional. Otra continuidad entre el “gobierno de transición” y el gobierno clientelar anterior es el dominio de la burguesía agroindustrial, otro jinete del Apocalipsis, además del dominio de las trasnacionales extractivistas, conocidas como jinetes de la muerte planetaria.

Teniendo en cuenta este panorama reciente de la coyuntura de la transición electoral, podemos decir que el peso de las secuencias de hechos, de los decursos, contiene más de la repetición de las prácticas de poder que la incorporación de nuevas prácticas o, por lo menos, de otros estilos matizados. Desde esta perspectiva, la “transición” aparece más como continuidad soterrada de lo que acontecía bajo el régimen clientelar. Otro ejemplo de los parecidos o, si se quiere, entre el “gobierno de transición” y el “gobierno progresista” es la repetición de los escándalos. En el periódico Página Siete aparece la noticia del escándalo   de venta de cargos en el Ministerio de Minería, que enloda al ministro Carlos Huallpa, a pesar de que en la Dirección de Asesoría Jurídica negaron que la autoridad de esa cartera esté involucrada en los negociados de su exasesor. En el ministerio aseguraron que la autoridad es quien interpuso la querella en contra de su exasesor Juan de Dios F., quien en la actualidad tiene detención domiciliaria, después de ser aprehendido por los delitos de uso indebido de influencias. El director de Asesoría Jurídica de Minería, Wilson Beltrán dijo que: “Sobre las denuncias, entre comillas, de funcionarios del ministerio, no tenemos conocimiento de ninguna de manera oficial y a la unidad jurídica menos llegaron éstas de manera verbal o escrita. Sobre el tema de que el ministro (Huallpa) estaría involucrado, por el contrario, él es el denunciante, por lo que se descarta que sea así”. Destacó que el ministro, como jefe de cartera, dentro de la imputación figura como denunciante y en la práctica él es quien firmó el memorándum de destitución del exfuncionario Juan de Dios F.   y fue quien presentó la denuncia de los negociados. El exfuncionario trabajó desde diciembre en el Ministerio de Minería, pero en la página web de la Contraloría se verificó que el sospechoso presentó su declaración jurada el 20 de noviembre del año pasado[3].

Siguiendo con las analogías, el gobierno de Jeanine Añez Chávez también obedece a las trasnacionales extractivistas. La destitución de Zuleta fue impuesta a pedido de una empresa alemana que se beneficia de un contrato oneroso, del gobierno de Evo, que le regala el litio por cuarto de siglo. Se luchó y derrocó al Caudillo déspota por ser agente de las trasnacionales extractivistas y pirómano del Chaco y la Amazonia, ecocida y democracida. El gobierno de Jeanine Añez continúa por el mismo camino, el círculo vicioso del poder.

¿Qué es la política?

 

¿Qué es la política? Esta pregunta, ya no hecha desde la teoría, tampoco desde la filosofía política, sino desde la descripción empírica de los hechos, desde la descripción de lo que hacen los políticos. ¿Qué hace la casta política? Dejemos a un lado los escándalos, en los que cae, una y otra vez, la casta política, también dejemos, por un momento, sus incongruencias y sus inconsistencias. Partamos de la siguiente pregunta: ¿Por qué es tan incongruente la clase política? Lo incongruente es lo que no conjuga, lo que no es, por así decirlo, lógico. Hasta podemos decir, lo incompatible. Entonces, ¿por qué la casta política actúa de esa manera, de una manera incongruente?

En primer lugar, podemos sugerir, porque no lo interesa la congruencia; esta no entra en sus planes, no es su objetivo cumplirla, aunque, en todo caso, busque, algunas veces, guardar las apariencias. ¿Cuál es el objetivo de la clase política? También, antes, dijimos que se trata de la reproducción del poder, así como de la reproducción misma de la casta política; en pocas palabras, de satisfacer el oscuro objeto del deseo, el poder. Pero, fuera de estas finalidades inherentes de parte de la casta política, ¿por qué la incongruencia no obstaculiza su reproducción política y la reproducción del poder? ¿Acaso por qué el poder mismo no es congruente? Otra vez, ¿por qué el poder mismo no sería congruente?

Volviendo atrás, cuando comenzamos a lanzar las tesis genealógicas del poder. El poder es relación de fuerzas, si se quiere, se puede configurar campos de correlaciones de fuerzas, donde se supone la siguiente dinámica: fuerzas que afectan respecto a fuerzas afectadas, fuerzas activas respecto a fuerzas pasivas. Más allá de este enunciado nietzscheano y foucaultiano o, mas bien, retomando sus consecuencias, otro enunciado derivado: se trata del despliegue de fuerzas separadas de lo que pueden, fuerzas separadas de su potencia. Entonces, visto de esta manera, el poder es des-potenciamiento, por más paradójico que parezca decirlo. En otras palabras, la paradoja sería la siguiente: Cuando se consigue, supuestamente, el poder, es cuando, precisamente se pierde la potencia. La potencia social, creativa e inventiva, se pierde cuando el poder se realiza y manifiesta, en su espectacular esplendor. El poder vendría a ser el vaciamiento de la potencia social.  

 

 Notas

 

[1] Ver Definición de Transición: https://definicion.de/transicion/.

 

[2] Ver ¿Qué es el poder y cómo funciona?

https://pradaraul.wordpress.com/2018/09/19/que-es-el-poder-y-como-funciona/.

[3] Leer Escándalo de venta de cargos enloda al Ministerio de Minería. https://www.paginasiete.bo/economia/2020/1/29/escandalo-de-venta-de-cargos-enloda-al-ministerio-de-mineria-244884.html.

 

Los creyentes ideológicos

Los creyentes ideológicos

Raúl Prada Alcoreza

Se dice que los creyentes son hombres de fe, que creen en la palabra de Dios, claramente en las escrituras sagradas. Se trata de un concepto religioso; se remite a una comunidad dedicada o que toma en cuenta la relación con Dios, el religar, como primordial. Los creyentes cobran importancia como movimiento religioso cristiano en plena decadencia del imperio romano. Después se convierte el cristianismo en la religión del imperio romano de los últimos días. El cristianismo adquiere la dimensión de la institucionalidad absoluta, pues gobierna cuerpos y almas, además de edificar toda una estructura vertical del monopolio de la mediación con Dios. Los sacerdotes son los mediadores, la iglesia la institución absoluta, dueña de la interpretación única y de la verdad divina. Se edifica toda una pirámide de jerarquías que establece y define el campo de dominio estratificado de la iglesia sobre los feligreses. Esta situación de dominio absoluto de la religión sobre su comunidad espiritual y también carnal parecía pertenecer a una época premoderna, del medioevo y la antigüedad, sin embargo, en la modernidad se vuelve a redituar con la ideología. La ideología, que hemos denominado la fabulosa máquina de la fetichización, también ha congregado a comunidades de creyentes, quienes creen en escrituras, que parecen sagradas, por la devoción con la que se dirigen a tales textos. Las ideologías también se transmiten por intelectuales, ungidos como depositarios de las escrituras verdaderas de los maestros, los fundadores; éstos se comportan como sacerdotes respecto a las escrituras de los maestros. Es más, son los dueños de la verdad revelada por la ciencia económica, la ciencia política y la ciencia social. De una manera análoga, en este caso, se edifican estructuras verticales, que definen la jerarquía del dominio ideológico.

 

Una primera apreciación de estas analogías entre ideología y religión parece mostrarnos que ciertas estructuras culturales reaparecen tanto en la modernidad como en el medioevo y en la antigüedad; estas estructuras tienen que ver con participación de los creyentes en el funcionamiento cultural de las sociedades. Para ilustrar esquemáticamente, podemos habar del dominio estructurante de los mitos en la antigüedad, del dominio estructurante de la religión en el medioevo y del dominio estructurante de la ideología en la modernidad. Al respecto se puede sugerir una hipótesis interpretativa de alcance general; se puede decir que las religiones actualizan los mitos en las narrativas religiosas; algo parecido pasa con la ideología, que actualiza los mitos, pasando por la herencia religiosa; construye una narrativa moderna donde los mitos y los esquematismos religiosos se actualizan en la versión narrativa de la utopía política.

Hasta aquí con las apreciaciones generales. Ahora hay que situarse en los perfiles específicos de los creyentes ideológicos. El cuadro no es homogéneo, en los estratos más altos están los intelectuales, sobre todo académicos; en los estratos más bajos está la masa a la que se dirige la ideología con pretensiones de convencimiento; es su auditorio, el público que escucha, que pueden ser estudiantes, también los creyentes populares, que creen el mito de la revolución, en el buen sentido de la palabra, es decir, como narrativa del cambio, de la transformación radical y de la promesa política. En el medio hay distintos estratos de creyentes, están los discípulos de los intelectuales académicos, que son como referentes de la difusión ideológica; están los que siguen a los discípulos, agrupaciones más numerosas que las anteriores, que pueden estar asociados a organizaciones sociales. Cuando se trata del partido de raigambre de izquierda, que hasta puede reclamarse de marxista, las comunidades de creyentes ideológicos conforman como una “iglesia laica”, que como toda iglesia está conformada por una estructura piramidal, que practica sus propios rituales y ceremonias, que, incluso, tiene como sus santos empotrados en las paredes, los mártires y héroes de la revolución, además de los maestros fundadores.

Los creyentes son eso, creyentes, creen en la narrativa ideológica; no se preocupan de contrastar con la realidad efectiva las interpretaciones derivadas de la ideología. Lo que vale es la verdad transmitida por la ideología, lo otro, los contrastes inocultables de la realidad forman parte de la “conspiración”, de la “desinformación” de la “derecha” y del “imperialismo”, por más que provenga de la experiencia empírica y de descripciones sucintas de los hechos. Lo que importa es lo que se encuentra en la trama de la narrativa ideológica, no lo que se presenta en la secuencia de hechos, tampoco en los procesos desencadenados en el acontecimiento político. Por eso, acuden al manual, es decir, al esquematismo dualista de la narrativa ideológica, cuando tienen que explicarse los eventos que contrastan con la narrativa en boga. Por ejemplo, para los creyentes intelectuales, lo ocurrido en Bolivia no deja de ser un “golpe de Estado”, aunque no pueda sostenerse esta hipótesis provisoria ante la elocuencia de los hechos, sucesos de hechos y eventos desencadenados. No les interesa averiguar lo que pasó en una sucesión de coyunturas de la crisis política que derivó en la renuncia de Evo Morales Ayma, solo les interesa usar sesgadamente la información que proviene de los días posteriores a la renuncia, concentrarse en dos sucesos lamentables que ocurrieron en Huayllani, Cochabamba, y en Senkata, en El Alto, sucesos que la narrativa de los creyentes califica de masacre premeditada. Sin relativizar lo ocurrido en ambos lugares de enfrentamientos, ni justificar la represión, hay que anotar que esta versión de los creyentes ignora taxativa, los otros muertos, por así decirlo, del otro bando, antes y después de la renuncia, también ignora los desmanes cometidos, como incendios de casas, por parte de la muchedumbre desbordada, supuestamente en defensa del expresidente que renunció; ciertamente, también se quemaron dos casas de oficialistas del anterior régimen en Potosí. Este olvido manifiesto, este sesgo indisimulado, esta invención de lo que aconteció, hablan de por sí del papel que cumple la narrativa de los creyentes; sustituir la realidad efectiva por la trama imaginaria de la narrativa ideológica; imponer una verdad, la de la narrativa provisoria de los intelectuales creyentes; legitimar al régimen clientelar derrocado, deslegitimar al gobierno de transición, que convoca a elecciones; descalificar a otros intelectuales, activistas e intérpretes, que  criticaron, desde hace un buen tiempo al ejercicio del poder del los “gobiernos progresistas”; ignorar las movilizaciones indígenas, ecologistas y sociales contra las políticas extractivistas de los gobiernos neopopulistas. Es decir, seguir construyendo fetiches con la máquina fabulosa de la fetichización, que es la ideología.

Otra apreciación sobre los creyentes es la que interpreta su papel, en plena crisis política y múltiple del Estado-nación, como conservadora, pues refuerza las estructuras de dominación y los engranajes de las máquinas del círculo vicioso del poder.  Sobre todo, los creyentes intelectuales juegan el papel de operadores de la legitimación de la decadencia política. Se entiende que lo hagan pues defienden sus privilegios académicos, además del prestigio ganado al presentarse como “izquierdistas” y defensores de las revoluciones pasadas y de las “revoluciones” que supuestamente se dan en el presente. Esto es parte de los juegos de poder en los mundos restringidos de la academia y de los Congresos, Foros y Seminarios, donde se exponen los diagnósticos, los posicionamientos, los análisis de los problemas que atingen al mundo contemporáneo. Los creyentes no son revolucionarios, en el sentido romántico del término, aunque lo pretendan; no son ni activistas, tampoco críticos, ni militantes de las transformaciones radicales, sino intelectuales orgánicos del círculo vicioso del poder. Cuando estas transformaciones radicales aparecen en las nuevas generaciones de luchas, las desconocen, no pueden decodificarlas, solo atinan a descalificarlas como “posmodernas” o como convenientes a la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo”.

Los creyentes no se dan cuenta que el sistema-mundo moderno se ha transformado, que sus estructuras del poder han cambiado, por lo tanto, que los referentes de las luchas son otros, actuales y emergentes. En plena crisis ecológica, amenazante para la sobrevivencia humana; en plena crisis del sistema-mundo capitalista, que clausura su último ciclo largo con la dominancia del capitalismo financiero, especulativo, extractivista traficante; en plena crisis del sistema-mundo político, que ha agotado su forma de Estado moderno, en la composición del orden mundial; en plena crisis del sistema-mundo cultural de la banalización; las luchas consecuentemente radicales, anticapitalistas, son, en primer lugar, ecológicas; en segundo lugar,  contra la geopolítica del sistema-mundo capitalista y extractivista; en tercer lugar, contra el imperio, el orden mundial de las dominaciones; en cuarto lugar, contra la trivialidad cultural de la globalización.

El esquematismo dualista, al que se apega la narrativa de los creyentes, repite pobremente el esquematismo dualista del amigo y enemigo, que preponderó en las ideologías del siglo XX. Cuando cayeron los Estados del socialismo real, en la Europa Oriental, la gendarmería del imperio no sabía como identificar al enemigo, puesto que, según su interpretación simplona, el “comunismo” había caído. Entonces, la gendarmería del imperio se inventó una guerra de baja intensidad contra un enemigo nebuloso, difícil de identificar, que tenía múltiples cabezas, ya sea como terrorismo, como narcoterrorismo, como fundamentalismo o como reminiscencias de antiguas guerrillas. De la misma manera, del otro lado, de forma simétrica, ante las transformaciones de las estructuras y diagramas de poder del imperio, la “izquierda” tradicional, que hemos identificado como “izquierda” colonial, no sabe como identificar al enemigo; en parte, lo sigue llamando “imperialismo”, como si fuese el mismo de antes de la guerra del Vietnam; por otra parte, también identifican al enemigo con la burguesía nacional y la oligarquía, sin considerar las metamorfosis de esta burguesía y esta oligarquía, sobre todo con el ingreso de los nuevos ricos, por ejemplo, la burguesía rentista y la burguesía del lado oscuro de la economía. Están muy lejos de entrever que los “gobiernos progresistas” conformaron y consolidaron una poderosa burguesía rentista, que además incursiona en la especulación financiera, en los beneficios del extractivismo, del capitalismo salvaje, fuera de sus incursiones clandestinas en la economía política de la cocaína. Recientemente, identifica al enemigo, en Bolivia, como fascista y racista, además de golpista. No se detiene a analizar sobre la correlación de fuerzas y los procesos inherentes que llevaron al desenlace de la caída de un régimen clientelar y corrupto, además de pirómano, extractivista y depredador. No se trata, ni mucho menos, de defender a la composición política del gobierno de transición, sino de comprender qué pasó con la llamada “izquierda” que no pudo dar una alternativa ante la decadencia política del gobierno clientelar, tampoco pudo hacerlo para imprimir un sello claro en el desenlace político, aunque intervino en los eventos y sucesos del acontecimiento político.

Estamos entonces, ante un discurso ideológico anacrónico, que no se correlaciona ni con la coyuntura, ni con el periodo, tampoco con el contexto de la crisis política, no se corresponde con la realidad efectiva, sino tan solo con la recurrencia reiterativa de la trama desgastada de una narrativa ideológica trasnochada. Esta “izquierda” colonial es parte de las dominaciones locales, nacionales, regionales y mundiales, es complementaria de la “derecha”. “Derechas” e “izquierdas” se alternan para prorrogar el orden mundial de las dominaciones, las estructuras de poder mundiales y nacionales, la geopolítica de un sistema-mundo y de una economía-mundo que se reproduce con la extensión destructiva del extractivismo polimorfo, salvaje y también con uso de tecnología avanzada. Para decirlo de otra manera, aunque esquemática y dualista, que no compartimos, pero, tan solo para ilustrar, usando los mismos códigos de esta “izquierda”, se podría decir que se trata de una “derecha” camuflada como “izquierda”.

La izquierda colonial

La izquierda colonial

Raúl Prada Alcoreza

La intelectualidad de “izquierda” servil a gobiernos impostores, expresiones mayúsculas de la decadencia política, del derrumbe moral y ético, además de la depravación práctica del ejercicio del poder, aplauden y hacen apología de las formas de gubernamentalidad clientelar y del desborde de la demagogia del populismo del siglo XXI. Para esta intelectualidad, que ha perdido no solo la capacidad crítica, que es como el atributo del marxismo inicial, sino también la facultad del raciocinio, pues se niega a hacer un mínimo análisis de lo ocurrido en la historia reciente de los llamados “gobiernos progresistas”, incuestionablemente ha habido un “golpe de Estado en Bolivia”. No constatan lo que dicen con los hechos, no acuden a fuentes, no se toman el trabajo de averiguar lo que pasó, mucho menos atender al debate y a la discusión generada en los lapsos políticos del “progresismo”; solo atinan a repetir como voceros ensimismados lo que la propaganda política y la publicidad compulsiva gubernamental han difundido a través de los medios de comunicación. Se parecen a militantes enceguecidos y fanáticos, en realidad burócratas, de la aciaga época estalinista, que convirtió a la revolución socialista en la institucionalización de una monarquía “socialista”; un barroco histórico-político-jurídico tenebroso.

Contra viento y marea, contra la abrumadora evidencia y contrastación de la secuencia de hechos políticos, que muestran, mas bien, un levantamiento social contra la impostura, contra el desmantelamiento de la Constitución, contra la implementación de un modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, contra un gobierno anti-indígena, que ocupa sus territorios y los entrega a la vorágine de la explotación extractivista de los recursos naturales. Por último, recientemente, en Bolivia, las movilizaciones sociales se desenvuelven contra el propio golpe jurídico-político anticonstitucional, perpetrado por el gobierno de Evo Morales Ayma, al desconocer el referéndum del 21 de febrero de 2016, donde el pueblo votó contra la reforma constitucional que pretendía habilitar a Evo Morales a la reelección indefinida.  La resistencia democrática contra el golpe jurídico-político del gobierno clientelar y corrupto tuvo su expansión intensa en la movilización social contra el fraude electoral, perpetrado por el gobierno neopopulista y el apócrifo Tribunal Electora, impuesto contra la Constitución, norma, ley y reglamentos institucionales. Es esta movilización nacional, que comprometió a todas las ciudades capitales del país, excepto Cobija, la que empujó al gobierno fraudulento a la renuncia, por lo tanto, lo derrocó por medio de la movilización popular.

Empero, la intelectualidad de la “izquierda” colonial, para la que el rostro indígena de un presidente que pretende serlo basta para afirmar que se trata de un “gobierno indígena”. Esta intelectualidad apoltronada en sus laureles, cómoda en sus púlpitos, investida del prestigio de revoluciones pasadas, peor aún, del simbolismo vacío de los “gobiernos progresistas”, avala, efectivamente, las políticas de la colonialidad, continuada por los gobiernos neopopulistas, para los que es imprescindible el “desarrollo”, por cierto, capitalista, incluso sobre los derechos de las naciones y pueblos indígenas, destruyendo sus territorios y los ecosistemas. En realidad, los gobiernos neopopulistas y neoliberales son complementarios del mismo modelo extractivista, definido por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Lo que pasa es que los “gobiernos progresistas” evocan la expresión demagógica y clientelar del mismo modelo económico financiero, especulativo, extractivista y traficante, que perpetra la dependencia en las periferias del sistema-mundo moderno.

¿Qué clase de intelectuales son éstos de la “izquierda” colonial? Se puede decir, en primer lugar, que son intelectuales orgánicos de las formas de la colonialidad persistentes, renovadas y disfrazadas con discursos del “socialismo del siglo XXI” o, como en Bolivia, por el discurso enrevesado y extravagante de un pretendido “socialismo comunitario”, que de “socialismo” solo tiene la imagen desabrida de los bonos neoliberales, investidos de reformas políticas, que de “comunitarismo” solo tiene la confusión entre sindicalismo prebendal y corporativismo cooptado por el Estado rentista. En segundo lugar, se trata de intelectuales orgánicos de la dependencia; hacen apología, sin pasarse el trabajo de analizar, de políticas económicas entreguistas y de saqueo de los recursos naturales. En Bolivia, se han desnacionalizado los hidrocarburos a través de los Contratos de Operaciones, avalados por el Congreso de mayoría masista – de representantes del partido del MAS -, entregando el control técnico de la explotación de los hidrocarburos al monopolio de las trasnacionales extractivistas.  Evo Morales ha aprobado una Ley Minera más entreguista y destructiva que la propia Ley Minera neoliberal. El gobierno “progresista” ha entregado onerosamente las reservas del litio del Salar de Uyuni a una trasnacional alemana, para su explotación durante setenta años, dejando pírricas regalías al Estado y a la región saqueada.  Sin embargo, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace gala de políticas “antiimperialistas”, que solo existen en el imaginario atribulado y delirante de esta intelectualidad.

Esta intelectualidad de la “izquierda colonial” está más perdida, en la contemporaneidad del capitalismo tardío y de la modernidad crepuscular, que la intelectualidad socialista que se calló ante las atrocidades del régimen estalinista, que aplastó sistemáticamente la potencia social de la primera revolución proletaria y derivó en el aplastamiento sistemático de las revoluciones proletarias en otros países, sobre todo en Europa. Es una intelectualidad nihilista, cuya voluntad de nada despliega conductas de consciencias desdichadas, impregnadas del espíritu de venganza, de la inclinación subjetiva del resentimiento. Esta intelectualidad, desgarrada en sus contradicciones inherentes, profundas e incorregibles, no produce saber, sino repetición proliferante de lo mismo, de lo ya dicho, citando hasta el cansancio recortes enunciativos de los “maestros”, los fundadores. En algunos casos, pretendiendo aportar en la ciencia política con obras taxonómicas, de clasificaciones fijadas como en glosarios; lo que hacen es mostrar sobresalientemente su ego incorregible que descuella por la elocuencia de interpretaciones esquemáticas, vacías conceptualmente, pues no crean conceptos sino usan desgastantemente los aprendidos en las academias.

En tercer lugar, se trata de una intelectualidad que perpetúa la dominación de los “intelectuales” sobre la plebe, la que está en la oscuridad del público, obligada a escucharlos y supuestamente admirarlos. Dominación de los que “saben” sobre los que “no saben”, otra de las economías políticas de la economía política generalizada de la civilización moderna. Esta es la intelectualidad que se inviste de “revolucionaria”, cuando el mismo concepto de revolución se ha, por lo menos, transformado, desplazado epistemológicamente, dadas las metamorfosis del sistema-mundo moderno, de sus estructuras y diagramas de poder. Lo peor es cuando tiene como referente de la “revolución” contemporánea a la decadencia política desplegada desbordantemente por los “gobiernos progresistas”, que de progresistas solo tienen el nombre, pues hacen patentes sus ateridos conservadurismos recalcitrantes, sus herencias atosigadas patriarcales, sus fraternidades de machos, que hacen de coaliciones inquisidoras contra las alteridades femeninas, heterogéneas, del proliferante devenir humano.

En resumidas cuentas, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace patente su desubicación histórica y política, en plena crisis del sistema-mundo capitalista y de la civilización moderna, en plena crisis ecológica, que amenaza a las sociedades humanas y a las formas de vida en el planeta. Se trata de un estrato social que hace gala de sus privilegios académicos, usándolos como garantes de lo que dicen, de lo que hacen, de lo que publican, cuando todo esto no es más que la muestra grandilocuente de la banalidad de una intelectualidad que no produce conocimiento, al no comprender la emergencia de la crisis civilizatoria y del sistema-mundo moderno, de la economía-mundo y del sistema-mundo político.

Respecto al su hipótesis endémica e insostenible de “golpe de Estado”, se han aplazado en el manejo conceptual del golpe de Estado, en la arqueología del saber de este concepto, en sus denotaciones y connotaciones, dependiendo del contexto y de la perspectiva teórica, además del momento político. Este aplazamiento llama la atención, pues tampoco son cuidadosos con el uso y la argumentación; se explica esta reprobación por su apresuramiento desesperado en querer defender como sea la decadencia insoslayable del gobierno clientelar y corrupto de Evo Morales Ayma, agente encubierto de las trasnacionales extractivistas, aliado de la burguesía agroindustrial y depredadora, dispositivo operativo de la economía política de la cocaína.

La crisis múltiple que asola al sistema-mundo moderno

La crisis múltiple que asola al sistema-mundo moderno

Raúl Prada Alcoreza

La crisis de la civilización moderna, agravada en la crisis ecológica, que amenaza a la sobrevivencia humana en el planeta, adquiere connotaciones singulares con la crisis del sistema-mundo político, que forma parte del sistema-mundo capitalista. En el continente de Abya Yala, llamada América, la crisis múltiple del Estado-nación ha adquirido intensidades y expansiones asombrosas[1]; se puede decir que ningún país escapa a esta crisis política, que ya tiene claros síntomas de crisis institucional, es decir de las mallas institucionales del Estado y la sociedad. De lo que se trata es de saber qué pasa, sobre todo, cómo funcionan las máquinas de poder en plena crisis orgánica y estructural del círculo vicioso del poder.

 

Para comenzar, habría que decir que la crisis múltiple del Estado-nación atraviesa las mallas institucionales del orden mundial, el orden de las dominaciones, denominado, provisionalmente por Antonio Negri y Michael Hardt, como imperio. Entonces, no se trata solamente de la crisis de las formas de gubernamentalidad singulares, sino de la crisis estructural y orgánica del Estado-nación, en el contexto mundial. Ahora bien, ¿en qué consiste la composición y estructura de esta crisis?  La hipótesis interpretativa que usamos es que la forma de Estado moderno, la forma del Estado-nación, ya no puede sostener la institucionalidad de una legitimidad jurídico-política. Se trata pues de la crisis múltiple del Estado-nación, ya se presente en las formas de gubernamentalidad neopopulista o neoliberales. Las formas de gubernamentalidad “socialista” y liberales ya tocaron sus propios límites durante los desenvolvimientos histórico-políticos del siglo XX. En otras palabras, las formas de gobierno ingresan en lo que Jürgen Habermas denominó la crisis de legitimidad en el capitalismo tardío, es decir, se trata de una crisis ideológica, ahora decimos, también institucional.  Pero, en el fondo, en el substrato de las genealogías del poder, se trata de la crisis de la civilización moderna.

La crisis política boliviana, que se expresa de manera inmediata como crisis constitucional e institucional y del fraude electoral, que supone, en el substrato histórico, una crisis múltiple del Estado-nación, ha desplegado dos etapas de un proceso contradictorio, el de la defensa de la democracia y el voto, y el de la reacción de los sectores afines al MAS en pleno desconcierto ideológico y político. En el medio se encuentra la renuncia de Evo Morales Ayma y su subsiguiente salida del país, el exilio y el refugio político en México. Como desenlace, por así decirlo, por lo menos en la coyuntura, se manifiesta la convocatoria a elecciones sin el binomio Evo Morales y Álvaro García. Tanto en la movilización ciudadana y cívica de la defensa de la democracia y del voto, así como en la movilización que pedía la renuncia de la presidenta de sustitución constitucional, se observan movilizaciones sociales contra estatales y contra gubernamentales[2].

Ampliando la mirada al panorama suramericano, vemos que la crisis social y política, desplegada en Chile, se expresa como una confrontación entre sociedad y Estado, así como entre pueblo y gobierno. A diferencia del caso boliviano, no se trata de la interpelación social a un “gobierno progresista”, sino de la interpelación social a un gobierno conservador, que forma parte de los procedimientos y alianzas de la coalición[3]. Los escenarios de la confrontación fueron las calles, ocupadas por multitudes, sobre todo de jóvenes. Con su propia singularidad histórico-política, algo parecido pasa en Colombia, cuando la convocatoria a una movilización general y a una huelga nacional paraliza el país. En este caso, también se tiene enfrente a un gobierno conservador, que no respeta el Acuerdo de Paz y deja que se asesiné a dirigentes indígenas y a activistas sociales. A pesar de las diferencias del referente gubernamental, sea de pretendida “izquierda” o de señalada “derecha”, las sociedades y los pueblos se manifiestan contra sus gobiernos. La crisis política que se desató en Ecuador la suspensión de la subvención a los carburantes, sobre todo a la gasolina, ocasionando movilizaciones sociales y de las organizaciones indígenas, obligó al gobierno de Lenin Moreno a retroceder en la medida. Aquí también tenemos otro ejemplo de lo que llamamos la crisis orgánica y estructural del Estado-nación. 

Si nos colocamos en una perspectiva mayor, por así decirlo, mundial, vemos que la crisis del sistema-mundo político, es decir, del orden mundial, atraviesa a todos los países, con excepciones que confirman la regla[4]. Las movilizaciones sociales en Europa, las movilizaciones populares en Asia, las movilizaciones en todo el mundo nos muestran los síntomas extendidos de la crisis múltiple del Estado-nación y de la civilización moderna. En Gran Bretaña, en España, en Francia, incluso en Alemania, así como en el Medio Oriente y en el extremo Oriente, como en Hong Kong, las movilizaciones sociales y las interpelaciones populares nos muestran, por lo menos, el desacuerdo social con el sistema político. En Gran Bretaña, la crisis política tiene que ver con la incertidumbre que genera el BREXIT, en España tiene que ver con la independencia de Cataluña, en Alemania con la defensa del medio ambiente, en Hong Kong contra la ley de extradición promulgada por el gobierno de la República Popular de China, en el Medio Oriente con la guerra interminable desatada por los llamados fundamentalismos religiosos, sostenidos por la OTAN, además de con las políticas de austeridad promovidas, como en el caso de Irán. En toda esta variedad de singularidades locales, naciónales y regionales, lo que es común, en todas estas manifestaciones y desplazamientos de la crisis política, es la confrontación de las sociedades y pueblos con los gobiernos y Estados.

Una primera consecuencia interpretativa de lo que exponemos, de esta descripción panorámica de la crisis política mundial, parece ser que asistimos a los despliegues diferenciados, pero, entrelazados, de la crisis del sistema-mundo político, acompañado por la crisis del sistema-mundo cultural de la banalización, contenidos en la crisis orgánica y estructural del sistema-mundo capitalista

Una segunda consecuencia interpretativa parece ser que la singularidad de las manifestaciones y desenvolvimientos de la crisis política se deben al perfil propio de las contradicciones inherentes, en cada caso, acumuladas en cada país. La importancia de la singularidad, en cada caso, radica en la peculiar genealogía del poder, en cada Estado, así como se hacen presentes en la coyuntura mundial las síntesis de las formaciones sociales-económicas-culturales-políticas.

Una tercera consecuencia interpretativa parece radicar en la muerte de las ideologías, las formaciones discursivas, las narrativas políticas de la modernidad, que ya no convencen, tampoco convocan. Por lo tanto, no se puede explicar la crisis política mundial y las crisis singulares de los Estados particulares a partir de sus referentes ideológicos y sus modelos políticos, pues todos los referentes y modelos participan de la crisis, sino tomando en cuenta la decadencia de la propia materialidad institucional del Estado moderno y de la sociedad moderna. No se encuentra pues, ni mucho menos, la clave de la interpretación adecuada en el debate insulso ideológico y político entre versiones de “derecha” y versiones de “izquierda”, entre versiones neoliberales y versiones neopopulistas, pues este debate es solo carta de presentación de una crisis más profunda, sino que la clave se encuentra en las mismas condiciones de posibilidad históricas y políticas que comparten las distintas formas de gubernamentalidad, las formas desplegadas del poder de la modernidad tardía.

Una cuarta consecuencia interpretativa parece situarse en la crisis ecológica, que amenaza a la sobrevivencia humana en el planeta. La civilización moderna, es decir, el desenvolvimiento y despliegues de lo que podemos considerar el nacimiento, la conformación, consolidación y decadencia de la modernidad, ha evidenciado su materialidad ineludible, el mapa escabroso de las huellas ecológicas, huellas de muerte de la vida en el planeta. El desarrollo y el crecimiento económicos suponen un costo demasiado grande, de las formas de vida y sistemas de vida en el planeta. Esto implica, ineludiblemente, que la civilización moderna es, de manera patente, la civilización de la muerte.

Una quinta consecuencia interpretativa, teniendo en cuenta las anteriores, tiene que ver con la convocatoria a los pueblos y sociedades a un cambio radical de comportamientos y conductas sociales.  No se puede seguir por los caminos recorridos dramáticamente durante la modernidad. Hay que detener esta marcha macabra de la muerte. Desandar los caminos recorridos y abrir otros senderos y orientaciones, que inventen mundos alternativos, incluso alterativos.

La crisis política boliviana

Como hemos venido exponiendo, por lo menos desde los escritos de 2010, tendríamos que comprender la crisis política boliviana tanto desde la perspectiva de las genealogías del poder, así como, en contraste, desde lo que hemos denominado las contra-genealogías del contra-poder[5]. Se trata de varias sedimentaciones acumuladas y entrecruzadas de la llamada crisis política. El término de crisis política connota tanto el sentido de crisis de la política, así como del sistema político, pero también de crisis del Estado, al implicar la crisis institucional y la crisis de legitimidad. En anteriores ensayos definimos un substrato de la crisis política relativo a la crisis múltiple del Estado-nación, crisis estructural y orgánica del Estado moderno. Sobre este substrato histórico-político señalamos la crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar, que es la forma de gobierno que caracteriza al “gobierno progresista” de Evo Morales Ayma. Esta crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar está asociada al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; forma de la económica de la formación económica y social boliviana. Dijimos que la forma de gubernamentalidad clientelar adquirió su perfil más dramático en el desborde galopante de la corrosión institucional y la corrupción galopante, después en la opción, cada vez más recurrente, de la violencia descarnada del Estado, incluso de la violencia descarnada del uso de los grupos paralelos de choque, es más, incluso, en el momento más desesperado, de los grupos paramilitares. La crisis política adquirió el perfil patente de la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral, en la coyuntura inmediatamente anterior. El desenlace de esta crisis derivó en la renuncia de Evo Morales Ayma y de Álvaro García Linera, presidente y vicepresidente del gobierno anterior, y en la huida de ambos a México, Estado que les otorgó refugio político. El remanente de la crisis adquirió barruntos de violencia desatada por parte de las “organizaciones sociales” que rechazaron, en principio, la renuncia de Evo Morales, después se concentraron en el pedido de renuncia de la presidenta de sustitución constitucional, Jeanine Añez, para luego pactar la pacificación con el gobierno en transición.

¿Cómo interpretar lo acaecido en la historia política reciente hasta el momento? Hemos dicho, desde el análisis efectuado, que el gobierno clientelar ya había ingresado a su proceso de implosión; a lo que se asistía es a un derrumbamiento diferido de un ejercicio de poder que ya había tocado sus propios límites. Esta interpretación fue ilustrada con los cruces de límites en el mapa político por parte del “gobierno progresista”; estos cruces límites, que situaban al gobierno neopopulista en condiciones de enfrentamiento con el pueblo, se ejemplificaron con la crisis del “gasolinazo”, el conflicto del TIPNIS, el conflicto del Código Penal y, por último, el conflicto del referéndum del 21 de febrero del 2016, que se extendió hasta la caída de Evo Morales Ayma, contrayéndose en las movilizaciones de resistencia democrática y de defensa del voto. En relación con lo ocurrido, en la coyuntura inmediatamente anterior, la caída de Evo Morales Ayma fue empujada por una movilización social de resistencia democrática; empero, esta caída tiene que leerse genealógicamente, el derrumbe del régimen neopopulista fue labrándose, por lo menos, desde la promulgación de la Constitución. Paradójicamente, el “gobierno progresista” promulga la Constitución para no cumplirla, mas bien, para desmantelarla sistemáticamente.  

No se trata de explicar la caída de un régimen a partir de la lectura del ciclo mismo del régimen, que nace, se desenvuelve, se consolida, se desgasta y deteriora, por último, por su vaciamiento interno y corrosión, termina derrumbándose. Esto sería una generalidad donde solo se afirma como función el desenvolvimiento destructivo del tiempo, en este caso del tiempo político. Esto, como se puede ver, no es una explicación de lo acaecido en una historia política concreta. Para avanzar en la explicación requerimos identificar las causas particulares del deterioro y la corrosión institucional, los procesos de vaciamiento político que llevaron a la crisis de legitimación y pérdida de convocatoria; es más, se requiere comprender el funcionamiento específico de la máquina de poder edificada por el régimen en cuestión, por lo tanto, entender el deterioro de sus engranajes y el desemboque en su propia disfuncionalidad. Lo que se ha observado en el ciclo del régimen neopopulista de Evo Morales Ayma es la marcada diferencia entre el discurso o la propaganda políticos con lo que efectivamente acontecía. Esta marcada diferencia se afincaba el contraste notorio entre Constitución y práctica política en las gestiones de gobierno. En otras palabras, casi desde un principio, el gobierno neopopulista apostó más a la publicidad y la propaganda, que adquirieron niveles compulsivos, más que por las reformas políticas, ni siquiera, que era mucho pedir, por las transformaciones estructurales e institucionales del Estado.

¿Cuánto puede durar el efecto adormecedor de la propaganda política? Lo que duro, en el gobierno de Evo Morales, es aproximadamente una década, quizás menos, haciéndose evidentes y patentes los contrastes y las contradicciones de un gobierno que se reclamaba serlo de los “movimientos sociales”, incluso de “gobierno indígena”, también de “antiimperialista”, además de “revolucionario”. La insistencia publicitaria y propagandista, por más desmesurada que sea, no puede sustituir a la realidad efectiva; puede adormecer a las masas por un tiempo, pero no puede cambiar la realidad. La realidad efectiva política ineludible fue que el régimen neopopulista no salió del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, continuando con el mismo, por los caminos demagógicos del populismo del siglo XXI. La realidad efectiva política mostraba patentemente que lo que se erigió no fue un Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, sino se restauró el Estado-nación, invistiéndolo de nombres y símbolos rimbombantes. Se hizo patente el carácter anti-indígena del gobierno de Evo Morales desde el conflicto del TIPNIS, así como lo que se llama comúnmente como “derechización” del gobierno al conformar alianzas con la burguesía boliviana. Lo que se evidenció, sin poder ocultarlo, es la expansión de la corrosión institucional y la galopante corrupción, en todos los niveles del Estado, incluyendo a las cooptadas organizaciones sociales. Más grave aún, las formas paralelas de poder, del lado oscuro del poder, no solo atravesaron al lado institucional del poder, sino lo comenzaron a controlar, hasta lograrlo. Esto acontecía en la medida que la economía política de la cocaína fue irrumpiendo expansivamente, mucho más que antes, cobrando territorialidad y organicidad, hasta el punto de convertirse en super-Estado.

Entonces, se puede decir que el régimen clientelar conformó una estructura de poder perversa, que solo podría subsistir, más allá de la década, por el recurso escalonado y cada vez más descarnado de la violencia; es decir, solo podría permanecer por el recurso al terrorismo de Estado. Esto es precisamente lo que intentó hacer el gobierno de Evo Morales, pero, aunque si desplegó el terrorismo de Estado, en baja y hasta mediana intensidad, no pudo mantener constante este recurso extremadamente violento. Para que ocurra esto era menester haber inhibido absolutamente a la sociedad, a sus dinámicas sociales, además de contar ya con una máquina de guerra del terror, instrumentalizada y conformada. Estas condiciones para un régimen del terror no se cumplieron; la sociedad alterativa se desbordó, no solamente resistió, sino incluso ingresó a una ofensiva pacífica. Por otra parte, el desencadenamiento de los niveles más calientes de la crisis política adelantó la implosión y el derrumbe del régimen; el desenlace político pescó en calzoncillos, por así decirlo, a un gobierno en plena decadencia, que solo atinaba a defenderse desesperadamente.    

Los voceros del derrocado gobierno, los “gobiernos progresistas”, que quedan, la “izquierda” internacional, apoltronada en sus laureles, la intelectualidad nihilista, de poses académicos y progresistas, acudió, como en inercia, mecánicamente y sin raciocinio, por lo tanto, sin reflexión, mucho menos pedirle crítica, a la hipótesis endémica de “golpe de Estado”[6]. Esta actitud autocomplaciente, es más, cómplice con la decadencia de gobiernos impostores, manifiesta abiertamente el carácter conservador y la condición enajenada de esta “izquierda”; en consecuencia, su concomitancia con la geopolítica del sistema-mundo capitalista y el sistema-mundo político, el orden de las dominaciones mundiales.  El discurso de esta “izquierda” ha perdido no solo toda facultad argumentativa, sino incluso la capacidad de retórica, en el sentido del arte del convencimiento. La letanía repetitiva de clichés “antiimperialistas”, desgastados de por sí, pues habla de un imperialismo desaparecido, cuando ahora se asiste a una transformación de las estructuras de poder del imperio; la aburrida repetición del esquematismo simplón de un enemigo endemoniado; la paranoia de una eterna conspiración, mimetizada en todas partes; el señalamiento de una “derecha reaccionaria, racista y fascista” a toda movilización que cuestiona el régimen, recientemente al gobierno de transición, que aunque se lo pueda identificar con cierta derecha tradicional, aparece con perfiles mezclados y barrocos, que hacen recuerdo, mas bien, a ciertos perfiles del pretendido “Estado Plurinacional de Bolivia; en fin, las defensas políticas del gobierno derrocado expresan elocuentemente las grandes debilidades de un régimen que optó por la simulación y el espectáculo político.

En la actual coyuntura, la de la convocatoria a elecciones, a pesar del perfil de esta situación, la electoral y de la transición, todas las vocerías de la “izquierda” mentada insisten en la insostenible hipótesis del “golpe de Estado”. En apoyo de esta insistencia acuden a la denuncia de las masacres en Huayllani, Cochabamba, y en Senkata, El Alto, acusando al gobierno de transición de asesino. La tragedia de la muerte no es aceptable, compromete e interpela, coloca a la sociedad ante lo irremediable e inaudito. Ciertamente las muertes ocurridas tienen que ser investigadas exhaustivamente, mejor por organismos internacionales imparciales, sobre todo de Naciones Unidas; tampoco hay que olvidar, sin ninguna intensión de relativizar, que hubo muertes por ambos lados, para decirlo de ese modo. Estos trágicos hechos nos hablan de los escabrosos niveles de violencia a las que se llegó en la confrontación, también de las corresponsabilidades de lo acontecido; empero, no sirven para reforzar la endémica hipótesis de un “golpe de Estado”.  La indisimulada manipulación sensacionalista de una susodicha delegación investigadora de derechos humanos, venida de la Argentina, no ayuda ni a esclarecer los hechos, tampoco a santificar a un régimen que se acostumbró a confundir la política con el chantaje, la coerción, el clientelismo, el prebendalismo, la corrupción y la demagogia desgarbada. Lo que hace es mostrar los niveles de vaciamiento y decadencia intelectual a la que ha caído cierta “izquierda” internacional, que nunca ha dejado de ser colonial.

Las experiencias sociales y políticas recientes, no solo en Bolivia, sino en el continente y en el mundo, exigen a los pueblos y las sociedades una evaluación crítica de las herencia políticas, ideológicas, económicas, sociales y culturales. El desafío, en plena crisis ecológica y de la civilización moderna, por lo tanto, de las mallas institucionales de la modernidad, así como de su forma de Estado-nación y de su conglomerado asociado como orden mundial, es romper con los círculos viciosos del poder y los círculos viciosos de una economía-mundo, basada en la valorización abstracta, que implica la expansión apocalíptica de las huellas ecológicas. Tener la capacidad de abrir nuevos horizontes civilizatorios, desde la potencia social creadora[7].      

NOTAS

[1] Ver Breve genealogía de la crisis múltiple del Estado-nación-

https://www.bolpress.com/2019/10/24/breve-genealogia-de-la-crisis-multiple-del-estado-nacion/.

[2] Ver Ironías de la historia política.

https://www.bolpress.com/2019/11/23/ironias-de-la-historia-politica/.

[3] Ver Analogías perversas y virtuosas en las genealogías de los Estado-nación.

https://www.bolpress.com/2019/10/26/analogias-perversas-y-virtuosas-en-las-genealogias-de-los-estado-nacion/.

[4] Ver Paradojas del sistema mundo.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradojas_del_sistema-mundo.

[5] Ver Potencia social o poder.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/potencia_social_o_poder. 

[6] Leer de Fernando Mires ¿GOLPE DE ESTADO? (a propósito de la caída de Evo Morales).

https://polisfmires.blogspot.com/2019/11/fernando-mires-golpe-de-estado.html.

[7] Ver Capitalismus versus vida.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/capitalismus_versus_vida_2