Archivo de la categoría: Política

Política y narración

Política y narración

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Política y narración

 

423-GR-santeria

 

 

En resumidas cuentas, se puede decir que la política se circunscribe a los ámbitos de la acción, en tanto que la narración se puede circunscribir a la interpretación; interpretación elaborada como mythos, es decir como trama, la construcción del sentido desde la configuración paradigmática y sintagmática. La política en tanto prácticas y acciones, puede también tomarse como pre-narrativa, cohesionada como estructura semántica de la acción, por mediación simbólica. Sin embargo, si bien parece esta condición pre-narrativa y esta condición narrativa mostrasen cierta analogía, ésta no es más que reminiscencia a parecidos en las formas de expresión del lenguaje. Para decirlo de una manera clara, las expresiones pre-narrativas se diferencian cualitativamente de los campos semánticos de la narrativa. Partiendo de esta diferencia radical no dejan, sin embargo, de darse analogías estructurales entre las estructuras semánticas de la acción y las estructuras semánticas de la narrativa.

En primer lugar, al hablar de estructuras semánticas señalamos la construcción del sentido desde la manifestación de las acciones mismas hasta el desenvolvimiento de la misma interpretación narrativa. Se trata de la lectura, por así decirlo, por parte de los agentes involucrados en las acciones, tanto como actores, así como espectadores, para decirlo de ese modo. En otras palabras, las acciones son leídas o percibidas como símbolos que se enlazan en algo así como una pre-narrativa.

Ahora bien, tomando en cuenta lo que acabamos de decir, vamos a pasar a analizar la relación entre política y narración. Volviendo, retomando a la política no solo como campo, en plural como campos, sino como ámbitos de espesores de acciones, las prácticas políticas o, si se quiere, las prácticas de la clase política son consideradas por la gente como acciones ya vistas, incluso repetidas. Estas prácticas políticas conllevan, de suyo, estructuras semánticas inherentes a la memoria social.  Es más, son tomadas como composiciones simbólicas reiteradas y repetidas. El tema es el siguiente: Cuando los políticos explican sus acciones mediante discursos, la gente encuentra disonancias entre lo que dicen y lo que hacen. Pero, las acciones como tales mantienen su independencia, por así decirlo, respecto de los despliegues de la narrativa. Partamos del siguiente criterio: Cada práctica, cada acción, supone su propia singularidad. Por lo tanto, el conjunto de prácticas, que se dan en un momento determinado y en un contexto dado, tiene que ser interpretado y, sobre todo, auscultado en su singularidad. Ahora bien, ¿qué es una singularidad? Obviamente es única, irrepetible, empero, una composición de singularidades puede parecerse a otra composición de singularidades fácticas. ¿A qué concreta composición de singularidades nos referimos o la tenemos como referente? Bueno, el referente ineludible son los hechos políticos, si podemos hablar así. En todo caso, valga la aclaración, los “hechos políticos” no son, obviamente, puramente hechos, pues están enmarañados con los discursos, que tienen pretensiones de verdad, es decir, están enmarañados con fragmentos ideológicos. Sin embargo, ahora acentuamos su configuración en la parte de su composición fáctica. Partamos de lo siguiente, los hechos no se dan solos, un hecho no aparece ni se realiza solo, sino que viene acompañado por otros hechos, es decir, forman una composición fáctica.

Una pregunta: ¿Una composición gubernamental puede considerarse una composición fáctica política? Es decir, una composición de hechos políticos. Bueno, en este caso, podemos decir que se trata de un conjunto de composiciones de hechos, que se articulan y conforman una situación política, expresada en el perfil del gobierno. Concretamente, respecto al perfil del “gobierno de transición”, qué nos muestra, qué expresa, qué configura. Para responder a estas preguntas debemos aclarar también que estamos lejos de interpretar un perfil de gobierno solo desde la clasificación de sus integrantes, sobre todo tratándose del gabinete. Un perfil de un gobierno se remite a la forma de gubernamentalidad inherente o que, por lo menos, sugiere. ¿A qué forma de gubernamentalidad se remite el “gobierno de transición”?

Volviendo a la estructura subyacente en el perfil gubernamental, no así, como dijimos, al perfil de las personas que componen el gabinete, nos encontramos tanto con la herencia política dejada por las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma, así como – lo diremos metafóricamente – con la nostalgia de los gobiernos de la coalición neoliberal. Entonces, ocurre como si se estuviera en el cruce de dos formas de gubernamentalidad inherentes, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal, sin lograr definir claramente la predominancia de una forma de gubernamentalidad. Al respecto, debemos discernir la diferencia entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. Por cierto, no hablamos de la diferencia de las formas ideológicas, sino de la diferencia de las formas de gobernar.

En otros ensayos habíamos dicho que la forma de gubernamentalidad clientelar hace hincapié en el factor emocional, en el chantaje emocional, también en la convocatoria simbólica, en la convocatoria del mito. En cambio, dijimos que la forma de gubernamentalidad neoliberal hace hincapié en la demagogia “técnica”, exaltando la pretensión de verdad “científica” de la “ciencia económica”. También se recurre, en este caso, a la tesis conocida y trillada de la mano invisible del mercado, así como a la tesis del libre mercado, del mismo modo, a la tesis de la competencia. No solo se opta políticamente por el ajuste estructural neoliberal, es decir a la opción por la privatización generalizada, sino que, incluso, privatizan al propio gobierno, convirtiéndolo en un conglomerado empresarial. Empero, esto acontece en plena dominancia del capitalismo financiero y especulativo; dominancia que, efectivamente, termina predominando en el quehacer gubernamental neoliberal; es, entonces, el capitalismo financiero y especulativo el que se ejecuta, sostenido una maquinaria depredadora extractivista.

Hasta aquí hay notorias diferencias entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. En ensayos anteriores señalamos que, en el fondo, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal son complementarias. Dijimos que son complementarias en la administración del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. También hicimos notar que, si bien se puede hablar de forma de gubernamentalidad, destacando el estilo de gobierno, sus métodos, sus técnicas y procedimientos particulares, no hay que olvidar que las formas de gubernamentalidad pueden entrecruzarse y hasta volverse mixtas. Por ejemplo, si bien en la forma de gubernamentalidad clientelar se resalta el chantaje emocional y la convocatoria del mito, esto no quiere decir que se deja del todo los referentes neoliberales, incluso sus políticas. Lo mismo o algo parecido podemos decir de la forma de gubernamentalidad neoliberal; si bien en esta forma de gobierno se resalta la pretensión “técnica”, no quiere decir que no se desplieguen prácticas clientelares, aunque en una intensidad menor. Por lo tanto, cuando se configura la forma de gubernamentalidad como perfil diferencial la configuración funciona más como tipo ideal que de composición efectivamente realizada.

 

 

Sobre la narrativa política

Hablemos sobre la formación discursiva política, obviamente en las condiciones actuales y en el contexto boliviano. En esta formación discursiva política aparecen las tonalidades, modalidades, colores, tendencias y matices. Lo que sobresale en este conglomerado entrecruzado es el perfil de victimización del locus de los que emiten el discurso, sean de “izquierda” o se señalen como “derecha”, sean neopopulistas o sean neoliberales, incluso sean “ancestrales” o “conservadores”. El discurso parte de la siguiente premisa: “Yo soy la víctima, he sido agredido, humillado, discriminado, perseguido, asesinado”. En contraste, posición opuesta, se coloca al agresor, al humillador, al discriminador, al perseguidor, al asesino. Entonces, se puede decir que el substrato de esta formación discursiva política es la antigua narrativa religiosa de los “pobres de la tierra”, cuyo esquematismo narra la lucha del bien contra el mal.

Por ahora, no se trata de hacer una arqueología de la formación discursiva política, sino de comprender su funcionamiento y su desplazamiento, sobre todo, su despliegue en el campo político boliviano, en la actualidad y en la coyuntura presente. En primer lugar, se trata de legitimar al emisor del discurso, que casi siempre tiende a colocarse como denunciante. Supuesto: La víctima tiene la verdad, en consecuencia, el agresor es la pura mentira. Una aclaración, la víctima no solamente es el sujeto inherente al discurso de “izquierda”, sino también lo es inherente al discurso de “derecha”. Ambos discursos invierten el lugar y la condición de víctima, además del lugar del agresor. En este caso, en la singularidad de esta semántica, el enemigo no solamente es el infiel, el monstruo moral, el hereje, como en el discurso religioso, sino en el el discurso político es el agresor, el sujeto del oprobio, el asesino. Ahora, yendo a los discursos singulares, se ponen en evidencia estos esquematismos dualistas. Por ejemplo, el esquematismo dualista reiterativo implícito en el discurso de los actuales y “transitorios” oficialistas. Se colocan en el pasado inmediato como víctimas del autoritarismo del “gobierno progresista”, considerado como tirano.

Viendo desde una perspectiva integral, observamos que los enemigos comparten más de los que creen que los diferencia; incluso comparten arquetipos subyacentes de la narrativa política. Antes dijimos que los enemigos se necesitan mutuamente, pues no serían nada el uno sin el otro; se necesitan para legitimar su lugar en el enfrentamiento, en la guerra interminable entre enemigos irreconciliables. Pero sobre todo se necesitan para legitimar su lugar en la estructura de poder.

    

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Wassily Kadinsky

 

 

Consideraciones conceptuales y descriptivas generales

El teatro político es un espectáculo para seducir al público, para hacerle creer que esa es la “realidad”, la de la narrativa política. Haciéndole olvidar la realidad efectiva, que es la sociedad la que coloca los andamios del espectáculo, cada vez es más decadente.

La casta política es el estrato de la sociedad que usurpa la voluntad general, conglomerado dinámico de las voluntades singulares, por medio del mecanismo institucional de la representación y delegación. Se convierte en “clase” dominante en el campo político.

La madurez del pueblo se expresa en el uso crítico de la razón, su facultad iluminadora y orientadora. Cuando inhibe esta facultad y busca un amo, un patriarca, un Caudillo, un representante, es inmaduro, un sujeto dependiente, un subordinado sin voluntad propia.

La democracia plena es el autogobierno del pueblo, la democracia restringida y formalizada, es la democracia representativa y delegativa. Los estados modernos, es decir, las repúblicas, aunque se denominen Estado Plurinacional, son democracia institucionalizada. La democracia institucionalizada tiene como referente la Constitución y tiene como arquitectura la malla institucional y las prácticas del ejercicio democrático. Como substrato para su funcionamiento se suponen las prácticas emergidas de la ética, el sentido de valores. Precisamente lo que falta en las prácticas de la casta política es este substrato ético, también las prácticas consecuentes con la estructura institucional, así como con la constitución. Por lo tanto, la casta política, con sus prácticas, demuele la democracia. Recuperar el ejercicio de la democracia es ejercer el control social sobre el quehacer de la casta política. En Bolivia mucho más, es ejercer la participación y el control social, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

El concepto de transición, que viene del latín transitĭo, corresponde a la acción y efecto de pasar de un estado a otro distinto. El concepto implica un cambio en un modo de ser o estar. Por lo general se entiende como un proceso con una cierta extensión en el tiempo. La transición supone una especie de etapa no permanente entre dos estados. Por ejemplo, se habla de transición política para hacer referencia a las etapas sucesivas que se viven en un país durante el cambio de un sistema por otro. Se ha hablado de la transición a la democracia haciendo referencia a cuando un régimen militar llega a su fin y comienza a desarrollarse el ejercicio de la democracia. En este tipo de transiciones, se ha dado lugar a que convivan, en los primeros momentos, elementos de ambos regímenes. Por ejemplo, pueden darse elecciones libres, por una parte y por otra conservarse los jueces designados por la dictadura.[1]

En Bolivia se habla recientemente de transición política al referirse al gobierno de transición, por medio de sustitución constitucional, después del derrocamiento del régimen clientelar de Evo Morales Ayma, por parte de la movilización social de resistencia democrática.  En todo caso habría que preguntarse: ¿Transición a dónde? ¿De la forma de gubernamentalidad clientelar a qué forma de gubernamentalidad? ¿Otra vez neoliberal? ¿Otra vez neopopulista? Empero, no hay que olvidar que esta transición se da en el marco de la Constitución vigente, Constitución del Estado Plurinacional Comunitaria, por lo tanto, en el marco de lo que debería ser dicho Estado; realización no cumplida por el régimen clientelar de Evo Morales Ayma, pues lo que ha hecho es restaurar el Estado-nación, cambiarle de nombre, asumiendo como máscaras los símbolos oficiales, en forma de barniz, del Estado Plurinacional. Entonces, mientras tengamos como marco y referencia jurídico-política a la Constitución, el gobierno que salga de las elecciones también está obligado a cumplir con la Constitución. Sabemos que puede ocurrir, como en el gobierno neopopulista, mantener una conducta de simulación mientras se desacata a la Constitución. Sin embargo, mientras la Constitución sea el referente, lo que se devela es la inconstitucionalidad de los gobiernos, si esto vuelve a acaecer.

Entonces, ¿de qué clase de transición estamos hablando? ¿Una transición incierta? Por lo tanto, más que transición parece ser todavía, mientras no haya un cambio de situación, de condición, del estar y del ser, un puente cuyo final no vemos pues está atravesado por una niebla densa. Una transición incierta o una repetición de lo mismo en el circuito interminable del círculo vicioso del poder. En La revolución truncada dijimos que se culminó el ciclo de la forma de gubernamentalidad clientelar, concretamente el ciclo de las gestiones de gobierno de Evo Morales, que este ciclo viene marcado por simetrías opuestas; una de ellas es que el gobierno de Evo Morlales, producto de la victoria electoral, asciende montado en la movilización prolongada (2000-2005), y que su caída también viene marcado por otra movilización, la revolución pacífica boliviana, acompañada por la reacción violenta y desesperada de las masas afines, que todavía creen en el proceso de cambio, truncado, en pleno contexto subjetivo de desconcierto.  El episodio trágico de Senkata, donde se encuentra la planta de de YPFB, aparece tanto cuando cae el gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Losada, así como cuando cae el gobierno de Evo Morales, pero inmediatamente después, no antes, como en el caso anterior; esta vez para defender al caudillo derrocado y, después, para pedir la renuncia de la presidenta de la sustitución constitucional, derivando esta movilización en el acuerdo de pacificación entre las organizaciones sociales y el gobierno de transición. Hay otras simetrías opuestas, en la coyuntura álgida del derrocamiento del caudillo; empero, también interesa mostrar así mismo analogías repetitivas en la coyuntura de transición, sobre todo después de la postulación a la presidencia de Janine Añez. Tanto Evo Morales como Janine Añez no cumplen con su palabra, a pesar de decir que no se postularan, lo hacen. Los partidarios de ambos los empujan a una continuidad insalubre, a pesar de las promesas, que no se cumplen. Lo que se repiten son ciertas prácticas de poder, aquellas que tienen que ver con el reproducir disposiciones de poder a la sombra del caudillo, en un caso, a la sombra del nuevo referente presidenciable.

En esta perspectiva podemos señalar otras continuidades en el gobierno de transición; por ejemplo, lo más importante, la continuidad en el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, modelo que también compartieron los gobiernos neoliberales, incluso los gobiernos anteriores, solo que con distintos discursos y estilos a los efectuados por el gobierno neopopulistas. Sumando a esta continuidad depredadora, podemos señalar la continuidad de las políticas ecocidas; el gobierno de Janine Añez no abroga el decreto ecocida del gobierno de Evo Morales, que avala la expansión demoledora de la frontera agrícola, incinerando bosques y arrasando ecosistemas. Así mismo, se ha notado, aunque en menor grado, nepotismos reiterados.

Volvemos a la pregunta de cómo funciona el poder, cómo funcionan las máquinas de poder.

¿Qué es el poder?

En ¿Qué es el poder y cómo funciona? escribimos:

Podemos partir de la siguiente premisa: el poder está íntimamente asociado a la ideología. Pues la ideología le permite auto-contemplarse; el poder es hedonista, está enamorado de sí mismo. La ideología es el espejo donde se ve; la ideología le dice que es la consagración de la historia. Empero, ahora, no nos ocupamos de esto, que fue tema de anteriores ensayos. Lo que nos interesa es el aprendizaje de lo que es el poder a través de la experiencia y las contrastaciones. Por ejemplo, el poder, que recurre a la ideología para legitimarse, se representa de una determinada manera, a través de las narrativas estatales; sin embargo, en la experiencia nos muestra su desencarnado desenvolvimiento y se pueden observar las diferencias entre el discurso y las prácticas, entre la auto-representación del poder y las huellas que deja, las mallas institucionales que construye y consolida, los efectos masivos y sociales que ocasiona. Vemos, en pocas palabras, el funcionamiento del poder.

 

El Estado de Derecho supone que la Justicia, es decir, la administración de justicia funciona según la ley, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, la experiencia destaca ampliamente los contrastes. La Constitución ni la ley son los referentes normativos de la práctica de justicia; esta práctica responde a los requerimientos de la dominación, que es la finalidad misma del funcionamiento del poder. Que se haya creído que la Justicia funciona como manda la ley y la Constitución o que, por lo menos, debería hacerlo, forma parte de la ideología. La ideología es como la retórica, busca convencer; la diferencia radica en que la retórica es el arte del convencimiento en el auditórium, donde hace gala de su elocuencia y su destreza; en cambio, la ideología pretende convencer por que se declara la narrativa de la verdad. No hay arte, sino una grosera pretensión de “ciencia”, sin contar con las condiciones de posibilidad para serlo.

 

Si hay administración de justicia en el Estado moderno es para cumplir con un requisito de legitimación de la república, que la res-publica garantiza el cumplimiento de los derechos constitucionales. Lo que le interesa al Estado, aunque no sea sujeto, hablemos metafóricamente, es la legitimación; por eso lo hace, por cumplir con la formalidad del caso. El problema es que el pueblo llega a creer que es así, que así debería funcionar la Justicia; por eso, demanda e interpela cuando no ocurre esto. Esta en su derecho, pues la Constitución expone esta composición ideal del Estado, por lo menos como ideal jurídico-político.

 

A pesar de la justeza de la demanda y de la interpelación popular, de su movilización contra las prácticas que vulneran los derechos constitucionalizados, el problema estriba en no comprender cómo funciona el poder. Para decirlo crudamente, a pesar de la exageración, pero lo diremos por motivos ilustrativos, el poder no funciona a través de los dispositivos jurídico-políticos, constituidos e instituidos por la Constitución, aunque la tengan como referente del discurso político; el poder funciona a través de los engranajes, desplazamientos, de fuerzas, que conforman máquinas de poder.

 

Para decirlo de una vez, esta incongruencia entre el funcionamiento del poder y el deber ser de la Constitución pasa en todas partes, en el mundo de la modernidad tardía. Es cierto, que acaece de distintas maneras, con distintos grados de diferencias y aproximaciones, de manera más sutil y solapada o, en contraste, de manera descarnada y desvergonzada. Sin embargo, cuando se quiere comprender el funcionamiento del poder es menester atender a sus prácticas, a sus maneras de ejercer las dominaciones, a las máquinas involucradas en su facticidad fatal. Ahora bien, si se quiere denunciar la incongruencia, ciertamente es importante no desentenderse del deber ser. Hay que dejar en claro lo que se quiere hacer. Como queremos entender los funcionamientos del poder, tendremos al deber ser como referente de lo que no se acata ni se cumple.

 

Ahora bien, el ejercicio de las dominaciones puede efectuarse de variadas maneras, desde el ejercerlo a través de procedimientos más próximos a la Constitución, administrando ilegalidades de manera sutil, hasta ejercerlo de manera descarnada y grotesca, evidenciando palmariamente la vulneración de los derechos consagrados en la Constitución, aunque se diga, por inercia o, mejor dicho, por cinismo, que lo que se está haciendo es precisamente cumplir con la Constitución. Lo que importa es entender que las tecnologías del poder de las máquinas del poder hacen funcionar a las máquinas por la preformación misma de estas tecnologías; no por los ideales expresados en la formación discursiva y enunciativa jurídico-política.

 

¿A dónde apuntamos, fuera de hacer puntualizaciones metodológicas y epistemológicas para abordar la comprensión y el entendimiento del funcionamiento del poder? Apuntamos también a que no es suficiente señalar las incongruencias del ejercicio político respecto a la Constitución y las leyes, para cambiar el estado de cosas, las situaciones problemáticas que aprisionan al pueblo, sino que es indispensable salir de la crítica jurídico-política, elaborada y pronunciada desde el deber ser, y apuntar al despliegue de las fuerzas sociales alterativas a deconstruir la ideología, a desmantelar y destruir las máquinas de poder, a diseminar la civilización de la muerte, que es la civilización moderna.

 

En la historia política inmediata de Bolivia asistimos a lo que podemos llamar el descalabro del ejercicio del poder, del ejercicio de la política, del ejercicio de la ideología. Para decirlo de una manera esquemática, aunque ilustrativa, el ejercicio de poder requiere de cierta congruencia entre los planos de intensidad donde se desplaza, entre los campos sociales donde se mueve – político, económico, cultural -, entre las estructuras componentes del Estado, entre las interacciones entre Estado y sociedad. Cuando esta congruencia se pierde, aunque sea la mínima requerida, teniendo en cuenta los puntos críticos de lo apropiado, tanto para jugar a disfuncionamientos tolerables, así como a exigir moldes demasiado apretados, entonces se ingresa a una suerte de desmembramiento del Estado, por lo menos, en su estructura y malla institucional. Cuando pasa esto en los contextos del funcionamiento del poder se afecta a los engranajes mismos de las máquinas de poder; se averían y pueden colapsar.

 

Ya no se trata de la crisis múltiple del Estado-nación, de la que hablamos teóricamente, sino de la crisis técnica del funcionamiento mismo de las máquinas de poder, de las tecnologías de poder. Ciertamente, depende desde qué perspectiva se observa esta crisis técnica del poder; si se trata de una perspectiva crítica del poder e interpeladora de las dominaciones, puede hasta llegarse a tomar como una corroboración, en la práctica, de la crisis múltiple del Estado; si se trata de una perspectiva de la ciencia política, entonces la crisis técnica del Estado se interpreta como crisis institucional, como colapso del Estado de Derecho, es más, como derrumbe de la democracia, por cierto formal. Sin embargo, sin desentenderse de ambas perspectivas, que incluso pueden debatir, lo que importa, en el caso que nos compete, es el aprendizaje del funcionamiento del poder en coyunturas de crisis, es más, en la situación de crisis técnica del Estado.

 

¿Por qué se llega a una situación de crisis técnica del Estado? Dejamos claro que estamos lejos de la búsqueda de culpabilidades, como si la crisis múltiple del Estado-nación se debiera solo o preponderantemente al manejo personal de la casta política en el gobierno.  No es el perfil personal de los gobernantes lo que explica el colapso estatal, aunque contribuya al deterioro de los funcionamientos de la maquinaria estatal. Estos perfiles personales son parte de la crisis, quizás, exagerando un poco, son la parte anecdótica de la crisis política; empero, no explican la crisis estructural del Estado. ¿Qué hace, en qué incide, la forma de gubernamentalidad clientelar, en el desenvolvimiento de la crisis del Estado? Para decirlo directamente, la forma de gubernamentalidad clientelar exacerba los usos patrimoniales del Estado, sobre todo exacerba el uso del Estado para cumplir fines ideológicos, todavía manteniéndonos en las características menos perversas del uso estatal. Ingresando a los usos no institucionales del Estado, la forma de gubernamentalidad clientelar hace uso del Estado como dador de prebendas. Entonces, ocurre como forzamiento extremo a la maquinaria estatal, ocasionando, para decirlo metafóricamente, calentamientos en el aparato maquínico

 

Cualquier máquina si es forzada a ir más allá de sus capacidades, será empujada a un recalentamiento, con lo que se pone en peligro la propia maquinaria, pues el calentamiento anuncia el colapso de la máquina. Aunque se diga lo que se dice de manera metafórica, las analogías son válidas y útiles en la comparación que empleamos entre máquina estrictamente técnica y máquina social, política y económica. Puede que la máquina social tenga más chance, tenga un margen de maniobra más amplio, por sus características sociales; sin embargo, tampoco escapa a los efectos del calentamiento maquínico.

 

La ideología populista, para hablar de una manera general, claro que inadecuada, pues se salta las diferenciales y variedades, cree, por eso se siente segura, que la convocatoria popular basta para lograr las condiciones adecuadas de la continuidad del poder. Esto es un error de apreciación, de entrada, pues el poder no funciona por la convocatoria; la convocatoria sirve en el proceso de legitimación, no en el ejercicio del poder. La maquinaria de poder requiere de energía, requiere de fuerzas, que dinamicen el funcionamiento maquínico del poder. No se trata, entonces, de convocatoria, en el caso del despliegue de las fuerzas, sino de disponibilidad de fuerzas. La disponibilidad de fuerzas se da no solo por captura de fuerzas, como acontece con toda máquina de poder, sobre todo con las máquinas de guerra, sino por la subsunción de la energía de las fuerzas a los fines de la máquina estatal. Esto ocurre cuando se captura energía y se la conduce al movimiento mismo de la maquinaria. Se puede hablar, provisionalmente, de una ingeniería de la disponibilidad de las fuerzas sociales y del manejo de la energía social. La convocatoria, en el caso populista, la convocatoria del mito no dispone de fuerzas ni captura la energía para dinamizar la maquinaria estatal, sino que se estanca en el círculo vicioso de la ideología, que solo puede legitimar, pero no hace funcionar la maquinaria estatal.

 

Los ideólogos populistas, neopopulistas, del llamado “socialismo del siglo XXI”, no entienden la diferencia de legitimación y funcionamiento de la máquina del poder; es más confunden legitimación con ejercicio del poder. Por un lado, creen que basta la retórica ideológica para mantener la convocatoria; por otro lado, creen que el uso forzado de los aparatos de Estado ayuda a la legitimación, cuando, mas bien, se ocasiona lo contrario. La manera de ejercer el poder por la forma de gubernamentalidad clientelar es ineficiente, pues no lo ejerce, sino empuja la maquinaria al calentamiento. Al abocarse a la compulsión ideológica, que deriva en una exacerbación de la propaganda y publicidad, se estanca en la interacción retórica con la sociedad, dejando pendientes el mantenimiento adecuado de la maquinaria estatal.

 

Por esta razón, apresuran la crisis del Estado-nación por la vía de la exacerbación ideológica. Apresuran la crisis técnica del Estado por el uso forzado que conduce al calentamiento maquínico. Las formas de la crisis del Estado-nación por las prácticas de la forma de gubernamentalidad neoliberal son otras; aunque no es tema del ensayo, y remitiéndonos a ensayos anteriores, podemos adelantar que se trata de una obsesión “técnica” por el modelo del equilibrio económico lo que los arrastra a la crisis del Estado. Esta vez es la ortodoxia de un economicismo simplón, reducido al equilibrio de la oferta y la demanda, del equilibrio entre ingresos y egresos, de equilibrio entre las balanzas comerciales, del ideal del déficit cero, lo que lleva al colapso del Estado[2].  

 

 

Transición incierta y el círculo vicioso del poder

La coyuntura de la transición electoral muestra una continuidad de la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral, de la coyuntura anterior. La continuidad consiste en la persistencia de la crisis política, signada, sobre todo, en la crisis estructural de los partidos políticos. Los operadores políticos están muy lejos de siquiera aproximarse a los desenvolvimientos de la potencia social, desplegada durante el conflicto de la revolución pacífica boliviana y la reacción social, que se sucedió en pleno desconcierto, de los sectores sociales afines al Movimiento al Socialismo (MAS).

El gobierno de Janine Añez ha dejado de ser “gobierno de transición” para convertirse en un gobierno de la continuidad inconstitucional. Cómo el anterior gobierno, pisotea la Constitución. El pueblo, el soberano, tiene la responsabilidad de defender la Constitución. La presidenta de “transición” se ha dejado manejar por una fraternidad de machos. La fraternidad masculina conservadora, beneficiada por el gobierno del Caudillo déspota. El círculo vicioso del poder continúa la reproducción de la casta política, domina al pueblo por la simulación. El delito constitucional múltiple es no cumplir con la Constitución del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, con el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Autonómica. Postularse en una coyuntura álgida de transición. Se repiten no solo continuidades perversas del poder, a pesar de las diferencias ideológicas; lo sorprendente, hasta las mismas frases y hasta los mismos horarios, ritmos de la demagogia. Podemos hablar de la eterna “traición” al pueblo por la casta política. El “gobierno de transición” ha destruido la legitimidad de la convocatoria a elecciones, ha vuelto a la perversa manía de la demagogia y la extorsión discursiva al pueblo. Queda anulada la legitimidad de la convocatoria. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la convocatoria. En consecuencia, todo el “gobierno de transición” debe renunciar por delito inconstitucional y por haber faltado la palabra al pueblo. Deja de ser de transición para convertirse en un dispositivo del círculo vicioso del poder. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la realización electoral. ‪‪Así mismo, la constitución exige la nacionalización de los hidrocarburos, después de la desnacionalización efectuada por Evo Morales con los Contratos de Operaciones. Si no se hace esto el “gobierno de transición” también es inconstitucional. Teóricamente el pueblo tiene derecho a la subversión.

‪‪Abundan los ejemplos de las sintonías entre el “gobierno de transición” y el anterior gobierno clientelar; por ejemplo, la campaña contra la línea de aviación estatal, BOA, en beneficio de la línea de aviación privada, Amazonas. Se ha ido el gobierno clientelar y corrupto, pero ha vuelto una burguesía intermediaria, que medra a costa del Estado, con el mal gobierno llamado equivocadamente de “transición”, que es de continuidad inconstitucional. Otra continuidad entre el “gobierno de transición” y el gobierno clientelar anterior es el dominio de la burguesía agroindustrial, otro jinete del Apocalipsis, además del dominio de las trasnacionales extractivistas, conocidas como jinetes de la muerte planetaria.

Teniendo en cuenta este panorama reciente de la coyuntura de la transición electoral, podemos decir que el peso de las secuencias de hechos, de los decursos, contiene más de la repetición de las prácticas de poder que la incorporación de nuevas prácticas o, por lo menos, de otros estilos matizados. Desde esta perspectiva, la “transición” aparece más como continuidad soterrada de lo que acontecía bajo el régimen clientelar. Otro ejemplo de los parecidos o, si se quiere, entre el “gobierno de transición” y el “gobierno progresista” es la repetición de los escándalos. En el periódico Página Siete aparece la noticia del escándalo   de venta de cargos en el Ministerio de Minería, que enloda al ministro Carlos Huallpa, a pesar de que en la Dirección de Asesoría Jurídica negaron que la autoridad de esa cartera esté involucrada en los negociados de su exasesor. En el ministerio aseguraron que la autoridad es quien interpuso la querella en contra de su exasesor Juan de Dios F., quien en la actualidad tiene detención domiciliaria, después de ser aprehendido por los delitos de uso indebido de influencias. El director de Asesoría Jurídica de Minería, Wilson Beltrán dijo que: “Sobre las denuncias, entre comillas, de funcionarios del ministerio, no tenemos conocimiento de ninguna de manera oficial y a la unidad jurídica menos llegaron éstas de manera verbal o escrita. Sobre el tema de que el ministro (Huallpa) estaría involucrado, por el contrario, él es el denunciante, por lo que se descarta que sea así”. Destacó que el ministro, como jefe de cartera, dentro de la imputación figura como denunciante y en la práctica él es quien firmó el memorándum de destitución del exfuncionario Juan de Dios F.   y fue quien presentó la denuncia de los negociados. El exfuncionario trabajó desde diciembre en el Ministerio de Minería, pero en la página web de la Contraloría se verificó que el sospechoso presentó su declaración jurada el 20 de noviembre del año pasado[3].

Siguiendo con las analogías, el gobierno de Jeanine Añez Chávez también obedece a las trasnacionales extractivistas. La destitución de Zuleta fue impuesta a pedido de una empresa alemana que se beneficia de un contrato oneroso, del gobierno de Evo, que le regala el litio por cuarto de siglo. Se luchó y derrocó al Caudillo déspota por ser agente de las trasnacionales extractivistas y pirómano del Chaco y la Amazonia, ecocida y democracida. El gobierno de Jeanine Añez continúa por el mismo camino, el círculo vicioso del poder.

¿Qué es la política?

 

¿Qué es la política? Esta pregunta, ya no hecha desde la teoría, tampoco desde la filosofía política, sino desde la descripción empírica de los hechos, desde la descripción de lo que hacen los políticos. ¿Qué hace la casta política? Dejemos a un lado los escándalos, en los que cae, una y otra vez, la casta política, también dejemos, por un momento, sus incongruencias y sus inconsistencias. Partamos de la siguiente pregunta: ¿Por qué es tan incongruente la clase política? Lo incongruente es lo que no conjuga, lo que no es, por así decirlo, lógico. Hasta podemos decir, lo incompatible. Entonces, ¿por qué la casta política actúa de esa manera, de una manera incongruente?

En primer lugar, podemos sugerir, porque no lo interesa la congruencia; esta no entra en sus planes, no es su objetivo cumplirla, aunque, en todo caso, busque, algunas veces, guardar las apariencias. ¿Cuál es el objetivo de la clase política? También, antes, dijimos que se trata de la reproducción del poder, así como de la reproducción misma de la casta política; en pocas palabras, de satisfacer el oscuro objeto del deseo, el poder. Pero, fuera de estas finalidades inherentes de parte de la casta política, ¿por qué la incongruencia no obstaculiza su reproducción política y la reproducción del poder? ¿Acaso por qué el poder mismo no es congruente? Otra vez, ¿por qué el poder mismo no sería congruente?

Volviendo atrás, cuando comenzamos a lanzar las tesis genealógicas del poder. El poder es relación de fuerzas, si se quiere, se puede configurar campos de correlaciones de fuerzas, donde se supone la siguiente dinámica: fuerzas que afectan respecto a fuerzas afectadas, fuerzas activas respecto a fuerzas pasivas. Más allá de este enunciado nietzscheano y foucaultiano o, mas bien, retomando sus consecuencias, otro enunciado derivado: se trata del despliegue de fuerzas separadas de lo que pueden, fuerzas separadas de su potencia. Entonces, visto de esta manera, el poder es des-potenciamiento, por más paradójico que parezca decirlo. En otras palabras, la paradoja sería la siguiente: Cuando se consigue, supuestamente, el poder, es cuando, precisamente se pierde la potencia. La potencia social, creativa e inventiva, se pierde cuando el poder se realiza y manifiesta, en su espectacular esplendor. El poder vendría a ser el vaciamiento de la potencia social.  

 

 Notas

 

[1] Ver Definición de Transición: https://definicion.de/transicion/.

 

[2] Ver ¿Qué es el poder y cómo funciona?

https://pradaraul.wordpress.com/2018/09/19/que-es-el-poder-y-como-funciona/.

[3] Leer Escándalo de venta de cargos enloda al Ministerio de Minería. https://www.paginasiete.bo/economia/2020/1/29/escandalo-de-venta-de-cargos-enloda-al-ministerio-de-mineria-244884.html.

 

Los creyentes ideológicos

Los creyentes ideológicos

Raúl Prada Alcoreza

Se dice que los creyentes son hombres de fe, que creen en la palabra de Dios, claramente en las escrituras sagradas. Se trata de un concepto religioso; se remite a una comunidad dedicada o que toma en cuenta la relación con Dios, el religar, como primordial. Los creyentes cobran importancia como movimiento religioso cristiano en plena decadencia del imperio romano. Después se convierte el cristianismo en la religión del imperio romano de los últimos días. El cristianismo adquiere la dimensión de la institucionalidad absoluta, pues gobierna cuerpos y almas, además de edificar toda una estructura vertical del monopolio de la mediación con Dios. Los sacerdotes son los mediadores, la iglesia la institución absoluta, dueña de la interpretación única y de la verdad divina. Se edifica toda una pirámide de jerarquías que establece y define el campo de dominio estratificado de la iglesia sobre los feligreses. Esta situación de dominio absoluto de la religión sobre su comunidad espiritual y también carnal parecía pertenecer a una época premoderna, del medioevo y la antigüedad, sin embargo, en la modernidad se vuelve a redituar con la ideología. La ideología, que hemos denominado la fabulosa máquina de la fetichización, también ha congregado a comunidades de creyentes, quienes creen en escrituras, que parecen sagradas, por la devoción con la que se dirigen a tales textos. Las ideologías también se transmiten por intelectuales, ungidos como depositarios de las escrituras verdaderas de los maestros, los fundadores; éstos se comportan como sacerdotes respecto a las escrituras de los maestros. Es más, son los dueños de la verdad revelada por la ciencia económica, la ciencia política y la ciencia social. De una manera análoga, en este caso, se edifican estructuras verticales, que definen la jerarquía del dominio ideológico.

 

Una primera apreciación de estas analogías entre ideología y religión parece mostrarnos que ciertas estructuras culturales reaparecen tanto en la modernidad como en el medioevo y en la antigüedad; estas estructuras tienen que ver con participación de los creyentes en el funcionamiento cultural de las sociedades. Para ilustrar esquemáticamente, podemos habar del dominio estructurante de los mitos en la antigüedad, del dominio estructurante de la religión en el medioevo y del dominio estructurante de la ideología en la modernidad. Al respecto se puede sugerir una hipótesis interpretativa de alcance general; se puede decir que las religiones actualizan los mitos en las narrativas religiosas; algo parecido pasa con la ideología, que actualiza los mitos, pasando por la herencia religiosa; construye una narrativa moderna donde los mitos y los esquematismos religiosos se actualizan en la versión narrativa de la utopía política.

Hasta aquí con las apreciaciones generales. Ahora hay que situarse en los perfiles específicos de los creyentes ideológicos. El cuadro no es homogéneo, en los estratos más altos están los intelectuales, sobre todo académicos; en los estratos más bajos está la masa a la que se dirige la ideología con pretensiones de convencimiento; es su auditorio, el público que escucha, que pueden ser estudiantes, también los creyentes populares, que creen el mito de la revolución, en el buen sentido de la palabra, es decir, como narrativa del cambio, de la transformación radical y de la promesa política. En el medio hay distintos estratos de creyentes, están los discípulos de los intelectuales académicos, que son como referentes de la difusión ideológica; están los que siguen a los discípulos, agrupaciones más numerosas que las anteriores, que pueden estar asociados a organizaciones sociales. Cuando se trata del partido de raigambre de izquierda, que hasta puede reclamarse de marxista, las comunidades de creyentes ideológicos conforman como una “iglesia laica”, que como toda iglesia está conformada por una estructura piramidal, que practica sus propios rituales y ceremonias, que, incluso, tiene como sus santos empotrados en las paredes, los mártires y héroes de la revolución, además de los maestros fundadores.

Los creyentes son eso, creyentes, creen en la narrativa ideológica; no se preocupan de contrastar con la realidad efectiva las interpretaciones derivadas de la ideología. Lo que vale es la verdad transmitida por la ideología, lo otro, los contrastes inocultables de la realidad forman parte de la “conspiración”, de la “desinformación” de la “derecha” y del “imperialismo”, por más que provenga de la experiencia empírica y de descripciones sucintas de los hechos. Lo que importa es lo que se encuentra en la trama de la narrativa ideológica, no lo que se presenta en la secuencia de hechos, tampoco en los procesos desencadenados en el acontecimiento político. Por eso, acuden al manual, es decir, al esquematismo dualista de la narrativa ideológica, cuando tienen que explicarse los eventos que contrastan con la narrativa en boga. Por ejemplo, para los creyentes intelectuales, lo ocurrido en Bolivia no deja de ser un “golpe de Estado”, aunque no pueda sostenerse esta hipótesis provisoria ante la elocuencia de los hechos, sucesos de hechos y eventos desencadenados. No les interesa averiguar lo que pasó en una sucesión de coyunturas de la crisis política que derivó en la renuncia de Evo Morales Ayma, solo les interesa usar sesgadamente la información que proviene de los días posteriores a la renuncia, concentrarse en dos sucesos lamentables que ocurrieron en Huayllani, Cochabamba, y en Senkata, en El Alto, sucesos que la narrativa de los creyentes califica de masacre premeditada. Sin relativizar lo ocurrido en ambos lugares de enfrentamientos, ni justificar la represión, hay que anotar que esta versión de los creyentes ignora taxativa, los otros muertos, por así decirlo, del otro bando, antes y después de la renuncia, también ignora los desmanes cometidos, como incendios de casas, por parte de la muchedumbre desbordada, supuestamente en defensa del expresidente que renunció; ciertamente, también se quemaron dos casas de oficialistas del anterior régimen en Potosí. Este olvido manifiesto, este sesgo indisimulado, esta invención de lo que aconteció, hablan de por sí del papel que cumple la narrativa de los creyentes; sustituir la realidad efectiva por la trama imaginaria de la narrativa ideológica; imponer una verdad, la de la narrativa provisoria de los intelectuales creyentes; legitimar al régimen clientelar derrocado, deslegitimar al gobierno de transición, que convoca a elecciones; descalificar a otros intelectuales, activistas e intérpretes, que  criticaron, desde hace un buen tiempo al ejercicio del poder del los “gobiernos progresistas”; ignorar las movilizaciones indígenas, ecologistas y sociales contra las políticas extractivistas de los gobiernos neopopulistas. Es decir, seguir construyendo fetiches con la máquina fabulosa de la fetichización, que es la ideología.

Otra apreciación sobre los creyentes es la que interpreta su papel, en plena crisis política y múltiple del Estado-nación, como conservadora, pues refuerza las estructuras de dominación y los engranajes de las máquinas del círculo vicioso del poder.  Sobre todo, los creyentes intelectuales juegan el papel de operadores de la legitimación de la decadencia política. Se entiende que lo hagan pues defienden sus privilegios académicos, además del prestigio ganado al presentarse como “izquierdistas” y defensores de las revoluciones pasadas y de las “revoluciones” que supuestamente se dan en el presente. Esto es parte de los juegos de poder en los mundos restringidos de la academia y de los Congresos, Foros y Seminarios, donde se exponen los diagnósticos, los posicionamientos, los análisis de los problemas que atingen al mundo contemporáneo. Los creyentes no son revolucionarios, en el sentido romántico del término, aunque lo pretendan; no son ni activistas, tampoco críticos, ni militantes de las transformaciones radicales, sino intelectuales orgánicos del círculo vicioso del poder. Cuando estas transformaciones radicales aparecen en las nuevas generaciones de luchas, las desconocen, no pueden decodificarlas, solo atinan a descalificarlas como “posmodernas” o como convenientes a la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo”.

Los creyentes no se dan cuenta que el sistema-mundo moderno se ha transformado, que sus estructuras del poder han cambiado, por lo tanto, que los referentes de las luchas son otros, actuales y emergentes. En plena crisis ecológica, amenazante para la sobrevivencia humana; en plena crisis del sistema-mundo capitalista, que clausura su último ciclo largo con la dominancia del capitalismo financiero, especulativo, extractivista traficante; en plena crisis del sistema-mundo político, que ha agotado su forma de Estado moderno, en la composición del orden mundial; en plena crisis del sistema-mundo cultural de la banalización; las luchas consecuentemente radicales, anticapitalistas, son, en primer lugar, ecológicas; en segundo lugar,  contra la geopolítica del sistema-mundo capitalista y extractivista; en tercer lugar, contra el imperio, el orden mundial de las dominaciones; en cuarto lugar, contra la trivialidad cultural de la globalización.

El esquematismo dualista, al que se apega la narrativa de los creyentes, repite pobremente el esquematismo dualista del amigo y enemigo, que preponderó en las ideologías del siglo XX. Cuando cayeron los Estados del socialismo real, en la Europa Oriental, la gendarmería del imperio no sabía como identificar al enemigo, puesto que, según su interpretación simplona, el “comunismo” había caído. Entonces, la gendarmería del imperio se inventó una guerra de baja intensidad contra un enemigo nebuloso, difícil de identificar, que tenía múltiples cabezas, ya sea como terrorismo, como narcoterrorismo, como fundamentalismo o como reminiscencias de antiguas guerrillas. De la misma manera, del otro lado, de forma simétrica, ante las transformaciones de las estructuras y diagramas de poder del imperio, la “izquierda” tradicional, que hemos identificado como “izquierda” colonial, no sabe como identificar al enemigo; en parte, lo sigue llamando “imperialismo”, como si fuese el mismo de antes de la guerra del Vietnam; por otra parte, también identifican al enemigo con la burguesía nacional y la oligarquía, sin considerar las metamorfosis de esta burguesía y esta oligarquía, sobre todo con el ingreso de los nuevos ricos, por ejemplo, la burguesía rentista y la burguesía del lado oscuro de la economía. Están muy lejos de entrever que los “gobiernos progresistas” conformaron y consolidaron una poderosa burguesía rentista, que además incursiona en la especulación financiera, en los beneficios del extractivismo, del capitalismo salvaje, fuera de sus incursiones clandestinas en la economía política de la cocaína. Recientemente, identifica al enemigo, en Bolivia, como fascista y racista, además de golpista. No se detiene a analizar sobre la correlación de fuerzas y los procesos inherentes que llevaron al desenlace de la caída de un régimen clientelar y corrupto, además de pirómano, extractivista y depredador. No se trata, ni mucho menos, de defender a la composición política del gobierno de transición, sino de comprender qué pasó con la llamada “izquierda” que no pudo dar una alternativa ante la decadencia política del gobierno clientelar, tampoco pudo hacerlo para imprimir un sello claro en el desenlace político, aunque intervino en los eventos y sucesos del acontecimiento político.

Estamos entonces, ante un discurso ideológico anacrónico, que no se correlaciona ni con la coyuntura, ni con el periodo, tampoco con el contexto de la crisis política, no se corresponde con la realidad efectiva, sino tan solo con la recurrencia reiterativa de la trama desgastada de una narrativa ideológica trasnochada. Esta “izquierda” colonial es parte de las dominaciones locales, nacionales, regionales y mundiales, es complementaria de la “derecha”. “Derechas” e “izquierdas” se alternan para prorrogar el orden mundial de las dominaciones, las estructuras de poder mundiales y nacionales, la geopolítica de un sistema-mundo y de una economía-mundo que se reproduce con la extensión destructiva del extractivismo polimorfo, salvaje y también con uso de tecnología avanzada. Para decirlo de otra manera, aunque esquemática y dualista, que no compartimos, pero, tan solo para ilustrar, usando los mismos códigos de esta “izquierda”, se podría decir que se trata de una “derecha” camuflada como “izquierda”.

La izquierda colonial

La izquierda colonial

Raúl Prada Alcoreza

La intelectualidad de “izquierda” servil a gobiernos impostores, expresiones mayúsculas de la decadencia política, del derrumbe moral y ético, además de la depravación práctica del ejercicio del poder, aplauden y hacen apología de las formas de gubernamentalidad clientelar y del desborde de la demagogia del populismo del siglo XXI. Para esta intelectualidad, que ha perdido no solo la capacidad crítica, que es como el atributo del marxismo inicial, sino también la facultad del raciocinio, pues se niega a hacer un mínimo análisis de lo ocurrido en la historia reciente de los llamados “gobiernos progresistas”, incuestionablemente ha habido un “golpe de Estado en Bolivia”. No constatan lo que dicen con los hechos, no acuden a fuentes, no se toman el trabajo de averiguar lo que pasó, mucho menos atender al debate y a la discusión generada en los lapsos políticos del “progresismo”; solo atinan a repetir como voceros ensimismados lo que la propaganda política y la publicidad compulsiva gubernamental han difundido a través de los medios de comunicación. Se parecen a militantes enceguecidos y fanáticos, en realidad burócratas, de la aciaga época estalinista, que convirtió a la revolución socialista en la institucionalización de una monarquía “socialista”; un barroco histórico-político-jurídico tenebroso.

Contra viento y marea, contra la abrumadora evidencia y contrastación de la secuencia de hechos políticos, que muestran, mas bien, un levantamiento social contra la impostura, contra el desmantelamiento de la Constitución, contra la implementación de un modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, contra un gobierno anti-indígena, que ocupa sus territorios y los entrega a la vorágine de la explotación extractivista de los recursos naturales. Por último, recientemente, en Bolivia, las movilizaciones sociales se desenvuelven contra el propio golpe jurídico-político anticonstitucional, perpetrado por el gobierno de Evo Morales Ayma, al desconocer el referéndum del 21 de febrero de 2016, donde el pueblo votó contra la reforma constitucional que pretendía habilitar a Evo Morales a la reelección indefinida.  La resistencia democrática contra el golpe jurídico-político del gobierno clientelar y corrupto tuvo su expansión intensa en la movilización social contra el fraude electoral, perpetrado por el gobierno neopopulista y el apócrifo Tribunal Electora, impuesto contra la Constitución, norma, ley y reglamentos institucionales. Es esta movilización nacional, que comprometió a todas las ciudades capitales del país, excepto Cobija, la que empujó al gobierno fraudulento a la renuncia, por lo tanto, lo derrocó por medio de la movilización popular.

Empero, la intelectualidad de la “izquierda” colonial, para la que el rostro indígena de un presidente que pretende serlo basta para afirmar que se trata de un “gobierno indígena”. Esta intelectualidad apoltronada en sus laureles, cómoda en sus púlpitos, investida del prestigio de revoluciones pasadas, peor aún, del simbolismo vacío de los “gobiernos progresistas”, avala, efectivamente, las políticas de la colonialidad, continuada por los gobiernos neopopulistas, para los que es imprescindible el “desarrollo”, por cierto, capitalista, incluso sobre los derechos de las naciones y pueblos indígenas, destruyendo sus territorios y los ecosistemas. En realidad, los gobiernos neopopulistas y neoliberales son complementarios del mismo modelo extractivista, definido por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Lo que pasa es que los “gobiernos progresistas” evocan la expresión demagógica y clientelar del mismo modelo económico financiero, especulativo, extractivista y traficante, que perpetra la dependencia en las periferias del sistema-mundo moderno.

¿Qué clase de intelectuales son éstos de la “izquierda” colonial? Se puede decir, en primer lugar, que son intelectuales orgánicos de las formas de la colonialidad persistentes, renovadas y disfrazadas con discursos del “socialismo del siglo XXI” o, como en Bolivia, por el discurso enrevesado y extravagante de un pretendido “socialismo comunitario”, que de “socialismo” solo tiene la imagen desabrida de los bonos neoliberales, investidos de reformas políticas, que de “comunitarismo” solo tiene la confusión entre sindicalismo prebendal y corporativismo cooptado por el Estado rentista. En segundo lugar, se trata de intelectuales orgánicos de la dependencia; hacen apología, sin pasarse el trabajo de analizar, de políticas económicas entreguistas y de saqueo de los recursos naturales. En Bolivia, se han desnacionalizado los hidrocarburos a través de los Contratos de Operaciones, avalados por el Congreso de mayoría masista – de representantes del partido del MAS -, entregando el control técnico de la explotación de los hidrocarburos al monopolio de las trasnacionales extractivistas.  Evo Morales ha aprobado una Ley Minera más entreguista y destructiva que la propia Ley Minera neoliberal. El gobierno “progresista” ha entregado onerosamente las reservas del litio del Salar de Uyuni a una trasnacional alemana, para su explotación durante setenta años, dejando pírricas regalías al Estado y a la región saqueada.  Sin embargo, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace gala de políticas “antiimperialistas”, que solo existen en el imaginario atribulado y delirante de esta intelectualidad.

Esta intelectualidad de la “izquierda colonial” está más perdida, en la contemporaneidad del capitalismo tardío y de la modernidad crepuscular, que la intelectualidad socialista que se calló ante las atrocidades del régimen estalinista, que aplastó sistemáticamente la potencia social de la primera revolución proletaria y derivó en el aplastamiento sistemático de las revoluciones proletarias en otros países, sobre todo en Europa. Es una intelectualidad nihilista, cuya voluntad de nada despliega conductas de consciencias desdichadas, impregnadas del espíritu de venganza, de la inclinación subjetiva del resentimiento. Esta intelectualidad, desgarrada en sus contradicciones inherentes, profundas e incorregibles, no produce saber, sino repetición proliferante de lo mismo, de lo ya dicho, citando hasta el cansancio recortes enunciativos de los “maestros”, los fundadores. En algunos casos, pretendiendo aportar en la ciencia política con obras taxonómicas, de clasificaciones fijadas como en glosarios; lo que hacen es mostrar sobresalientemente su ego incorregible que descuella por la elocuencia de interpretaciones esquemáticas, vacías conceptualmente, pues no crean conceptos sino usan desgastantemente los aprendidos en las academias.

En tercer lugar, se trata de una intelectualidad que perpetúa la dominación de los “intelectuales” sobre la plebe, la que está en la oscuridad del público, obligada a escucharlos y supuestamente admirarlos. Dominación de los que “saben” sobre los que “no saben”, otra de las economías políticas de la economía política generalizada de la civilización moderna. Esta es la intelectualidad que se inviste de “revolucionaria”, cuando el mismo concepto de revolución se ha, por lo menos, transformado, desplazado epistemológicamente, dadas las metamorfosis del sistema-mundo moderno, de sus estructuras y diagramas de poder. Lo peor es cuando tiene como referente de la “revolución” contemporánea a la decadencia política desplegada desbordantemente por los “gobiernos progresistas”, que de progresistas solo tienen el nombre, pues hacen patentes sus ateridos conservadurismos recalcitrantes, sus herencias atosigadas patriarcales, sus fraternidades de machos, que hacen de coaliciones inquisidoras contra las alteridades femeninas, heterogéneas, del proliferante devenir humano.

En resumidas cuentas, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace patente su desubicación histórica y política, en plena crisis del sistema-mundo capitalista y de la civilización moderna, en plena crisis ecológica, que amenaza a las sociedades humanas y a las formas de vida en el planeta. Se trata de un estrato social que hace gala de sus privilegios académicos, usándolos como garantes de lo que dicen, de lo que hacen, de lo que publican, cuando todo esto no es más que la muestra grandilocuente de la banalidad de una intelectualidad que no produce conocimiento, al no comprender la emergencia de la crisis civilizatoria y del sistema-mundo moderno, de la economía-mundo y del sistema-mundo político.

Respecto al su hipótesis endémica e insostenible de “golpe de Estado”, se han aplazado en el manejo conceptual del golpe de Estado, en la arqueología del saber de este concepto, en sus denotaciones y connotaciones, dependiendo del contexto y de la perspectiva teórica, además del momento político. Este aplazamiento llama la atención, pues tampoco son cuidadosos con el uso y la argumentación; se explica esta reprobación por su apresuramiento desesperado en querer defender como sea la decadencia insoslayable del gobierno clientelar y corrupto de Evo Morales Ayma, agente encubierto de las trasnacionales extractivistas, aliado de la burguesía agroindustrial y depredadora, dispositivo operativo de la economía política de la cocaína.

La crisis múltiple que asola al sistema-mundo moderno

La crisis múltiple que asola al sistema-mundo moderno

Raúl Prada Alcoreza

La crisis de la civilización moderna, agravada en la crisis ecológica, que amenaza a la sobrevivencia humana en el planeta, adquiere connotaciones singulares con la crisis del sistema-mundo político, que forma parte del sistema-mundo capitalista. En el continente de Abya Yala, llamada América, la crisis múltiple del Estado-nación ha adquirido intensidades y expansiones asombrosas[1]; se puede decir que ningún país escapa a esta crisis política, que ya tiene claros síntomas de crisis institucional, es decir de las mallas institucionales del Estado y la sociedad. De lo que se trata es de saber qué pasa, sobre todo, cómo funcionan las máquinas de poder en plena crisis orgánica y estructural del círculo vicioso del poder.

 

Para comenzar, habría que decir que la crisis múltiple del Estado-nación atraviesa las mallas institucionales del orden mundial, el orden de las dominaciones, denominado, provisionalmente por Antonio Negri y Michael Hardt, como imperio. Entonces, no se trata solamente de la crisis de las formas de gubernamentalidad singulares, sino de la crisis estructural y orgánica del Estado-nación, en el contexto mundial. Ahora bien, ¿en qué consiste la composición y estructura de esta crisis?  La hipótesis interpretativa que usamos es que la forma de Estado moderno, la forma del Estado-nación, ya no puede sostener la institucionalidad de una legitimidad jurídico-política. Se trata pues de la crisis múltiple del Estado-nación, ya se presente en las formas de gubernamentalidad neopopulista o neoliberales. Las formas de gubernamentalidad “socialista” y liberales ya tocaron sus propios límites durante los desenvolvimientos histórico-políticos del siglo XX. En otras palabras, las formas de gobierno ingresan en lo que Jürgen Habermas denominó la crisis de legitimidad en el capitalismo tardío, es decir, se trata de una crisis ideológica, ahora decimos, también institucional.  Pero, en el fondo, en el substrato de las genealogías del poder, se trata de la crisis de la civilización moderna.

La crisis política boliviana, que se expresa de manera inmediata como crisis constitucional e institucional y del fraude electoral, que supone, en el substrato histórico, una crisis múltiple del Estado-nación, ha desplegado dos etapas de un proceso contradictorio, el de la defensa de la democracia y el voto, y el de la reacción de los sectores afines al MAS en pleno desconcierto ideológico y político. En el medio se encuentra la renuncia de Evo Morales Ayma y su subsiguiente salida del país, el exilio y el refugio político en México. Como desenlace, por así decirlo, por lo menos en la coyuntura, se manifiesta la convocatoria a elecciones sin el binomio Evo Morales y Álvaro García. Tanto en la movilización ciudadana y cívica de la defensa de la democracia y del voto, así como en la movilización que pedía la renuncia de la presidenta de sustitución constitucional, se observan movilizaciones sociales contra estatales y contra gubernamentales[2].

Ampliando la mirada al panorama suramericano, vemos que la crisis social y política, desplegada en Chile, se expresa como una confrontación entre sociedad y Estado, así como entre pueblo y gobierno. A diferencia del caso boliviano, no se trata de la interpelación social a un “gobierno progresista”, sino de la interpelación social a un gobierno conservador, que forma parte de los procedimientos y alianzas de la coalición[3]. Los escenarios de la confrontación fueron las calles, ocupadas por multitudes, sobre todo de jóvenes. Con su propia singularidad histórico-política, algo parecido pasa en Colombia, cuando la convocatoria a una movilización general y a una huelga nacional paraliza el país. En este caso, también se tiene enfrente a un gobierno conservador, que no respeta el Acuerdo de Paz y deja que se asesiné a dirigentes indígenas y a activistas sociales. A pesar de las diferencias del referente gubernamental, sea de pretendida “izquierda” o de señalada “derecha”, las sociedades y los pueblos se manifiestan contra sus gobiernos. La crisis política que se desató en Ecuador la suspensión de la subvención a los carburantes, sobre todo a la gasolina, ocasionando movilizaciones sociales y de las organizaciones indígenas, obligó al gobierno de Lenin Moreno a retroceder en la medida. Aquí también tenemos otro ejemplo de lo que llamamos la crisis orgánica y estructural del Estado-nación. 

Si nos colocamos en una perspectiva mayor, por así decirlo, mundial, vemos que la crisis del sistema-mundo político, es decir, del orden mundial, atraviesa a todos los países, con excepciones que confirman la regla[4]. Las movilizaciones sociales en Europa, las movilizaciones populares en Asia, las movilizaciones en todo el mundo nos muestran los síntomas extendidos de la crisis múltiple del Estado-nación y de la civilización moderna. En Gran Bretaña, en España, en Francia, incluso en Alemania, así como en el Medio Oriente y en el extremo Oriente, como en Hong Kong, las movilizaciones sociales y las interpelaciones populares nos muestran, por lo menos, el desacuerdo social con el sistema político. En Gran Bretaña, la crisis política tiene que ver con la incertidumbre que genera el BREXIT, en España tiene que ver con la independencia de Cataluña, en Alemania con la defensa del medio ambiente, en Hong Kong contra la ley de extradición promulgada por el gobierno de la República Popular de China, en el Medio Oriente con la guerra interminable desatada por los llamados fundamentalismos religiosos, sostenidos por la OTAN, además de con las políticas de austeridad promovidas, como en el caso de Irán. En toda esta variedad de singularidades locales, naciónales y regionales, lo que es común, en todas estas manifestaciones y desplazamientos de la crisis política, es la confrontación de las sociedades y pueblos con los gobiernos y Estados.

Una primera consecuencia interpretativa de lo que exponemos, de esta descripción panorámica de la crisis política mundial, parece ser que asistimos a los despliegues diferenciados, pero, entrelazados, de la crisis del sistema-mundo político, acompañado por la crisis del sistema-mundo cultural de la banalización, contenidos en la crisis orgánica y estructural del sistema-mundo capitalista

Una segunda consecuencia interpretativa parece ser que la singularidad de las manifestaciones y desenvolvimientos de la crisis política se deben al perfil propio de las contradicciones inherentes, en cada caso, acumuladas en cada país. La importancia de la singularidad, en cada caso, radica en la peculiar genealogía del poder, en cada Estado, así como se hacen presentes en la coyuntura mundial las síntesis de las formaciones sociales-económicas-culturales-políticas.

Una tercera consecuencia interpretativa parece radicar en la muerte de las ideologías, las formaciones discursivas, las narrativas políticas de la modernidad, que ya no convencen, tampoco convocan. Por lo tanto, no se puede explicar la crisis política mundial y las crisis singulares de los Estados particulares a partir de sus referentes ideológicos y sus modelos políticos, pues todos los referentes y modelos participan de la crisis, sino tomando en cuenta la decadencia de la propia materialidad institucional del Estado moderno y de la sociedad moderna. No se encuentra pues, ni mucho menos, la clave de la interpretación adecuada en el debate insulso ideológico y político entre versiones de “derecha” y versiones de “izquierda”, entre versiones neoliberales y versiones neopopulistas, pues este debate es solo carta de presentación de una crisis más profunda, sino que la clave se encuentra en las mismas condiciones de posibilidad históricas y políticas que comparten las distintas formas de gubernamentalidad, las formas desplegadas del poder de la modernidad tardía.

Una cuarta consecuencia interpretativa parece situarse en la crisis ecológica, que amenaza a la sobrevivencia humana en el planeta. La civilización moderna, es decir, el desenvolvimiento y despliegues de lo que podemos considerar el nacimiento, la conformación, consolidación y decadencia de la modernidad, ha evidenciado su materialidad ineludible, el mapa escabroso de las huellas ecológicas, huellas de muerte de la vida en el planeta. El desarrollo y el crecimiento económicos suponen un costo demasiado grande, de las formas de vida y sistemas de vida en el planeta. Esto implica, ineludiblemente, que la civilización moderna es, de manera patente, la civilización de la muerte.

Una quinta consecuencia interpretativa, teniendo en cuenta las anteriores, tiene que ver con la convocatoria a los pueblos y sociedades a un cambio radical de comportamientos y conductas sociales.  No se puede seguir por los caminos recorridos dramáticamente durante la modernidad. Hay que detener esta marcha macabra de la muerte. Desandar los caminos recorridos y abrir otros senderos y orientaciones, que inventen mundos alternativos, incluso alterativos.

La crisis política boliviana

Como hemos venido exponiendo, por lo menos desde los escritos de 2010, tendríamos que comprender la crisis política boliviana tanto desde la perspectiva de las genealogías del poder, así como, en contraste, desde lo que hemos denominado las contra-genealogías del contra-poder[5]. Se trata de varias sedimentaciones acumuladas y entrecruzadas de la llamada crisis política. El término de crisis política connota tanto el sentido de crisis de la política, así como del sistema político, pero también de crisis del Estado, al implicar la crisis institucional y la crisis de legitimidad. En anteriores ensayos definimos un substrato de la crisis política relativo a la crisis múltiple del Estado-nación, crisis estructural y orgánica del Estado moderno. Sobre este substrato histórico-político señalamos la crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar, que es la forma de gobierno que caracteriza al “gobierno progresista” de Evo Morales Ayma. Esta crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar está asociada al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; forma de la económica de la formación económica y social boliviana. Dijimos que la forma de gubernamentalidad clientelar adquirió su perfil más dramático en el desborde galopante de la corrosión institucional y la corrupción galopante, después en la opción, cada vez más recurrente, de la violencia descarnada del Estado, incluso de la violencia descarnada del uso de los grupos paralelos de choque, es más, incluso, en el momento más desesperado, de los grupos paramilitares. La crisis política adquirió el perfil patente de la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral, en la coyuntura inmediatamente anterior. El desenlace de esta crisis derivó en la renuncia de Evo Morales Ayma y de Álvaro García Linera, presidente y vicepresidente del gobierno anterior, y en la huida de ambos a México, Estado que les otorgó refugio político. El remanente de la crisis adquirió barruntos de violencia desatada por parte de las “organizaciones sociales” que rechazaron, en principio, la renuncia de Evo Morales, después se concentraron en el pedido de renuncia de la presidenta de sustitución constitucional, Jeanine Añez, para luego pactar la pacificación con el gobierno en transición.

¿Cómo interpretar lo acaecido en la historia política reciente hasta el momento? Hemos dicho, desde el análisis efectuado, que el gobierno clientelar ya había ingresado a su proceso de implosión; a lo que se asistía es a un derrumbamiento diferido de un ejercicio de poder que ya había tocado sus propios límites. Esta interpretación fue ilustrada con los cruces de límites en el mapa político por parte del “gobierno progresista”; estos cruces límites, que situaban al gobierno neopopulista en condiciones de enfrentamiento con el pueblo, se ejemplificaron con la crisis del “gasolinazo”, el conflicto del TIPNIS, el conflicto del Código Penal y, por último, el conflicto del referéndum del 21 de febrero del 2016, que se extendió hasta la caída de Evo Morales Ayma, contrayéndose en las movilizaciones de resistencia democrática y de defensa del voto. En relación con lo ocurrido, en la coyuntura inmediatamente anterior, la caída de Evo Morales Ayma fue empujada por una movilización social de resistencia democrática; empero, esta caída tiene que leerse genealógicamente, el derrumbe del régimen neopopulista fue labrándose, por lo menos, desde la promulgación de la Constitución. Paradójicamente, el “gobierno progresista” promulga la Constitución para no cumplirla, mas bien, para desmantelarla sistemáticamente.  

No se trata de explicar la caída de un régimen a partir de la lectura del ciclo mismo del régimen, que nace, se desenvuelve, se consolida, se desgasta y deteriora, por último, por su vaciamiento interno y corrosión, termina derrumbándose. Esto sería una generalidad donde solo se afirma como función el desenvolvimiento destructivo del tiempo, en este caso del tiempo político. Esto, como se puede ver, no es una explicación de lo acaecido en una historia política concreta. Para avanzar en la explicación requerimos identificar las causas particulares del deterioro y la corrosión institucional, los procesos de vaciamiento político que llevaron a la crisis de legitimación y pérdida de convocatoria; es más, se requiere comprender el funcionamiento específico de la máquina de poder edificada por el régimen en cuestión, por lo tanto, entender el deterioro de sus engranajes y el desemboque en su propia disfuncionalidad. Lo que se ha observado en el ciclo del régimen neopopulista de Evo Morales Ayma es la marcada diferencia entre el discurso o la propaganda políticos con lo que efectivamente acontecía. Esta marcada diferencia se afincaba el contraste notorio entre Constitución y práctica política en las gestiones de gobierno. En otras palabras, casi desde un principio, el gobierno neopopulista apostó más a la publicidad y la propaganda, que adquirieron niveles compulsivos, más que por las reformas políticas, ni siquiera, que era mucho pedir, por las transformaciones estructurales e institucionales del Estado.

¿Cuánto puede durar el efecto adormecedor de la propaganda política? Lo que duro, en el gobierno de Evo Morales, es aproximadamente una década, quizás menos, haciéndose evidentes y patentes los contrastes y las contradicciones de un gobierno que se reclamaba serlo de los “movimientos sociales”, incluso de “gobierno indígena”, también de “antiimperialista”, además de “revolucionario”. La insistencia publicitaria y propagandista, por más desmesurada que sea, no puede sustituir a la realidad efectiva; puede adormecer a las masas por un tiempo, pero no puede cambiar la realidad. La realidad efectiva política ineludible fue que el régimen neopopulista no salió del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, continuando con el mismo, por los caminos demagógicos del populismo del siglo XXI. La realidad efectiva política mostraba patentemente que lo que se erigió no fue un Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, sino se restauró el Estado-nación, invistiéndolo de nombres y símbolos rimbombantes. Se hizo patente el carácter anti-indígena del gobierno de Evo Morales desde el conflicto del TIPNIS, así como lo que se llama comúnmente como “derechización” del gobierno al conformar alianzas con la burguesía boliviana. Lo que se evidenció, sin poder ocultarlo, es la expansión de la corrosión institucional y la galopante corrupción, en todos los niveles del Estado, incluyendo a las cooptadas organizaciones sociales. Más grave aún, las formas paralelas de poder, del lado oscuro del poder, no solo atravesaron al lado institucional del poder, sino lo comenzaron a controlar, hasta lograrlo. Esto acontecía en la medida que la economía política de la cocaína fue irrumpiendo expansivamente, mucho más que antes, cobrando territorialidad y organicidad, hasta el punto de convertirse en super-Estado.

Entonces, se puede decir que el régimen clientelar conformó una estructura de poder perversa, que solo podría subsistir, más allá de la década, por el recurso escalonado y cada vez más descarnado de la violencia; es decir, solo podría permanecer por el recurso al terrorismo de Estado. Esto es precisamente lo que intentó hacer el gobierno de Evo Morales, pero, aunque si desplegó el terrorismo de Estado, en baja y hasta mediana intensidad, no pudo mantener constante este recurso extremadamente violento. Para que ocurra esto era menester haber inhibido absolutamente a la sociedad, a sus dinámicas sociales, además de contar ya con una máquina de guerra del terror, instrumentalizada y conformada. Estas condiciones para un régimen del terror no se cumplieron; la sociedad alterativa se desbordó, no solamente resistió, sino incluso ingresó a una ofensiva pacífica. Por otra parte, el desencadenamiento de los niveles más calientes de la crisis política adelantó la implosión y el derrumbe del régimen; el desenlace político pescó en calzoncillos, por así decirlo, a un gobierno en plena decadencia, que solo atinaba a defenderse desesperadamente.    

Los voceros del derrocado gobierno, los “gobiernos progresistas”, que quedan, la “izquierda” internacional, apoltronada en sus laureles, la intelectualidad nihilista, de poses académicos y progresistas, acudió, como en inercia, mecánicamente y sin raciocinio, por lo tanto, sin reflexión, mucho menos pedirle crítica, a la hipótesis endémica de “golpe de Estado”[6]. Esta actitud autocomplaciente, es más, cómplice con la decadencia de gobiernos impostores, manifiesta abiertamente el carácter conservador y la condición enajenada de esta “izquierda”; en consecuencia, su concomitancia con la geopolítica del sistema-mundo capitalista y el sistema-mundo político, el orden de las dominaciones mundiales.  El discurso de esta “izquierda” ha perdido no solo toda facultad argumentativa, sino incluso la capacidad de retórica, en el sentido del arte del convencimiento. La letanía repetitiva de clichés “antiimperialistas”, desgastados de por sí, pues habla de un imperialismo desaparecido, cuando ahora se asiste a una transformación de las estructuras de poder del imperio; la aburrida repetición del esquematismo simplón de un enemigo endemoniado; la paranoia de una eterna conspiración, mimetizada en todas partes; el señalamiento de una “derecha reaccionaria, racista y fascista” a toda movilización que cuestiona el régimen, recientemente al gobierno de transición, que aunque se lo pueda identificar con cierta derecha tradicional, aparece con perfiles mezclados y barrocos, que hacen recuerdo, mas bien, a ciertos perfiles del pretendido “Estado Plurinacional de Bolivia; en fin, las defensas políticas del gobierno derrocado expresan elocuentemente las grandes debilidades de un régimen que optó por la simulación y el espectáculo político.

En la actual coyuntura, la de la convocatoria a elecciones, a pesar del perfil de esta situación, la electoral y de la transición, todas las vocerías de la “izquierda” mentada insisten en la insostenible hipótesis del “golpe de Estado”. En apoyo de esta insistencia acuden a la denuncia de las masacres en Huayllani, Cochabamba, y en Senkata, El Alto, acusando al gobierno de transición de asesino. La tragedia de la muerte no es aceptable, compromete e interpela, coloca a la sociedad ante lo irremediable e inaudito. Ciertamente las muertes ocurridas tienen que ser investigadas exhaustivamente, mejor por organismos internacionales imparciales, sobre todo de Naciones Unidas; tampoco hay que olvidar, sin ninguna intensión de relativizar, que hubo muertes por ambos lados, para decirlo de ese modo. Estos trágicos hechos nos hablan de los escabrosos niveles de violencia a las que se llegó en la confrontación, también de las corresponsabilidades de lo acontecido; empero, no sirven para reforzar la endémica hipótesis de un “golpe de Estado”.  La indisimulada manipulación sensacionalista de una susodicha delegación investigadora de derechos humanos, venida de la Argentina, no ayuda ni a esclarecer los hechos, tampoco a santificar a un régimen que se acostumbró a confundir la política con el chantaje, la coerción, el clientelismo, el prebendalismo, la corrupción y la demagogia desgarbada. Lo que hace es mostrar los niveles de vaciamiento y decadencia intelectual a la que ha caído cierta “izquierda” internacional, que nunca ha dejado de ser colonial.

Las experiencias sociales y políticas recientes, no solo en Bolivia, sino en el continente y en el mundo, exigen a los pueblos y las sociedades una evaluación crítica de las herencia políticas, ideológicas, económicas, sociales y culturales. El desafío, en plena crisis ecológica y de la civilización moderna, por lo tanto, de las mallas institucionales de la modernidad, así como de su forma de Estado-nación y de su conglomerado asociado como orden mundial, es romper con los círculos viciosos del poder y los círculos viciosos de una economía-mundo, basada en la valorización abstracta, que implica la expansión apocalíptica de las huellas ecológicas. Tener la capacidad de abrir nuevos horizontes civilizatorios, desde la potencia social creadora[7].      

NOTAS

[1] Ver Breve genealogía de la crisis múltiple del Estado-nación-

https://www.bolpress.com/2019/10/24/breve-genealogia-de-la-crisis-multiple-del-estado-nacion/.

[2] Ver Ironías de la historia política.

https://www.bolpress.com/2019/11/23/ironias-de-la-historia-politica/.

[3] Ver Analogías perversas y virtuosas en las genealogías de los Estado-nación.

https://www.bolpress.com/2019/10/26/analogias-perversas-y-virtuosas-en-las-genealogias-de-los-estado-nacion/.

[4] Ver Paradojas del sistema mundo.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradojas_del_sistema-mundo.

[5] Ver Potencia social o poder.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/potencia_social_o_poder. 

[6] Leer de Fernando Mires ¿GOLPE DE ESTADO? (a propósito de la caída de Evo Morales).

https://polisfmires.blogspot.com/2019/11/fernando-mires-golpe-de-estado.html.

[7] Ver Capitalismus versus vida.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/capitalismus_versus_vida_2 

Los sacerdotes modernos y las nuevas generaciones de luchas

Los sacerdotes modernos y las nuevas generaciones de luchas

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Dedicado a mi hija Blanca Elena, guerrera de la resistencia y defensa de la democracia, a mi nieta Míaluna, que la acompañó, a mi otra hija, Matilde Amazonia, que siguió desde lejos apasionadamente los eventos y sucesos dramáticos, a mi hijo Francisco, que también sufrió desde su rincón lo que es el país en su desenvolvimiento interpelativo, a mi hermano guerrero, que expuso su cuerpo para proteger los cuarteles amotinados, a mis sobrinas y hermana, que participaron y se involucraron, a mi sobrino, que estuvo en los grupos de choque de defensa. Dedicado a los jóvenes y mujeres de coraje de Bolivia, que se enfrentaron a la estructura mafiosa del gobierno clientelar. Dedicado a los mineros, campesinos y ayllus, a los pueblos indígenas de tierras bajas que estuvieron en las movilizaciones de la revolución pacífica boliviana.

 

 

 

Los sacerdotes modernos, de la modernidad tardía y decadente, los que hablan en nombre de las víctimas, cuando son los nuevos amos, cuando son las nuevas castas que dominan. Esta “izquierda” tradicional, apoltronada en sus laureles, que medra de la gloria y el prestigio de revoluciones pasadas, cuando no hicieron ninguna. Viven en la reiteración inútil de los mitos modernos, los mitos del buen caudillo, de los “gobiernos progresistas”, del “socialismo del siglo XXI”, efectivamente, los mitos de la voluntad de nada, del nihilismo tardío. Estos mitos modernos sirven para legitimar, por lo menos en la apariencia estridente de los medios de comunicación, las dominaciones perversas del lado oscuro del poder.

La “izquierda internacional”, colonial y conservadora, que oculta estas características de su intervención en el sistema-mundo moderno en crisis, hace gala de su retórica desgarbada, sin capacidad de convencimiento, al presentarse como defensora de gobiernos déspotas, que se autonombran como “gobiernos progresistas”. Repite groseramente, la complicidad de la intelectualidad de “izquierda” ante las atrocidades de la monarquía “socialista”, este barroco histórico político encarnado en la burocracia despiadada de Josef Stalin; ahora lo hace, no ante la impostura, por lo menos institucionalizada, de un “socialismo” burocrático, sino ante gobiernos barrocos de la forma de gubernamentalidad clientelar, aterida en el Estado-nación en crisis múltiple.

¿Qué es lo que busca esta intelectualidad nihilista y pretensiosa? ¿Acaso tan solo permanecer en el reconocimiento artificial de las ceremonias y ritos de las academias de la inercia de los saberes repetidos y desgastados? ¿Acaso medrar del poder de los gobernantes de Estados que se declaran de “revolucionarios” y pretenden serlo por la insistencia de la propaganda y la publicidad compulsivas?  Lo que se observa es un grito desesperado de reconocimiento; se desgarran las vestiduras por defender los “gobiernos progresistas” de una decadencia evidente y de un derrumbe ético y moral sin precedentes.  Lo que buscan es preservar sus mitos modernos ante la irradiación interpoladora y develadora de la realidad efectiva.  En la práctica, cumplen la labor de los que legitiman el círculo vicioso del poder y la dilatación del ciclo largo del capitalismo vigente.   

Han degradado lo que era el substrato epistemológico del marxismo del siglo XIX y comienzos del siglo XX, pues lo han convertido en una estrafalaria narrativa de un esquematismo simplón, donde se enfrentan los buenos contra los malos, dejando en el olvido el desenvolvimiento de la crítica, de la crítica de la economía política, mucho más, de la critica de la economía política generalizada, incluso muchísimo más, de la crítica de la ideología, de la fabulosa máquina de la fetichización. Esta “izquierda” apoltronada en sus laureles, corresponde a un conservadurismo recalcitrante y emperifollado, encubierto en poses aparentemente consecuentes, incluso aparentemente “radicales”. Poses que sirven, sin embargo, para encubrir la reproducción de dominaciones del lado oscuro del poder.

La muletilla que usa esta “izquierda” nihilista es la del “golpe de Estado”. No se detienen a contrastar a esta hipótesis de propaganda con lo que ha ocurrido y con lo que acaece. No les interesa corroborar, ni mucho menos investigar en la fuente empírica de los hechos. Lo que les importa es mantener la creencia en los mitos modernos. No se da cuenta esta “izquierda” que es parte clave de la dominación mundial, no solamente de la reproducción del círculo vicioso del poder, sino de la reproducción y dilatación de la dominación del capitalismo financiero, especulativo, extractivista y traficante. Lo hacen de manera complementaria a los proyectos neoliberales, aplicados en los países de la periferia, del centro y de los umbrales, las “potencias emergentes”, de la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

El sistema-mundo capitalista es una totalidad histórico-política-económica-cultural. La composición de este sistema-mundo moderno contiene complementariamente las versiones aparentemente antagónicas de liberalismo y socialismo, de neoliberalismo y neopopulismo. Los enemigos son cómplices en la proliferación y reproducción de las variadas formas de dominación recurrentes. En este contexto convulsionado, esta “izquierda” apoltronada y esta intelectualidad nihilista defiende la ideología carcomida por sus propias contradicciones, defiende la grosera elocuencia patriarcal de los “gobiernos progresistas” y la fofa discursividad, que no convence, de la propaganda gubernamental de formas de gubernamentalidad clientelares. Lo peor y más grave, que defiende estructuras mafiosas del lado oscuro del poder, ateridas en las mallas institucionales de los Estado-nación en crisis.

En la actualidad, coyuntura, secuencias de coyunturas, periodos, de la historia reciente de la crisis política, se observa patentemente, no solo la crisis múltiple de los Estado-nación, sino la decadencia misma de la civilización moderna.  Por lo tanto, también de sus mitos, de sus ideologías, de sus pretensiones de verdad. Sobre todo, es ineludible la crisis ecológica de magnitud, amenazante para la sobrevivencia humana. En estas condiciones y circunstancia apocalípticas, las posiciones políticas e ideológicas se evalúan y sitúan en el mapa calamitoso de la crisis civilizatoria y de la crisis ecológica. La “izquierda” internacional juega el papel lamentable de la apología sin sentido de caudillos déspotas y de gobiernos clientelares al servicio del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

 

Lo que ha ocurrido en Bolivia es un levantamiento social contra la impostura, contra el fraude electoral, contra la decadencia institucional de un gobierno clientelar, corrupto, pirómano y traficante. En reacción al derrocamiento del caudillo déspota, las organizaciones sociales, afines al MAS, se movilizaron, desesperada y tardíamente, desconociendo, en principio, la renuncia del líder, después pidiendo la renuncia de la presidenta de sustitución constitucional, en pleno vacío político. El Congreso, de mayoría masista por dos tercios, aprobó una ley de convocatoria a elecciones, que desconoce las elecciones apócrifas, sin la presencia del cuestionado expresidente y su yunta. Acto que equivale a un desplazamiento político que pone en su sitio a las fuerzas en concurrencia en el mapa político. El único partido nacional que abarca las localidades, las zonas, las regiones y las ciudades del país, ha decidido, en la práctica, efectivamente, clausurar la era de la impostura. Ante este hecho ineludible, ¿Qué pude decir la “izquierda” internacional? ¿Seguir con la cantaleta del “golpe de estado”? Lo que pueda decir y lo que ha dicho antes cae en el vacío, pues no tiene sustento.

La importancia de lo ocurrido en Bolivia radica en la rebelión de lo más propio de la formación social abigarrada andina, amazónica y chaqueña. En su pluralidad, plurinacionalidad, pluriculturalidad, en sus entrelazamientos y tejidos multicolores, ha encontrado la energía explosiva de oponerse a las estructuras del poder, viciadas de impostura y simulación, pero, sobre todo, de clientelismo, corrupción y perversión. Hay que ver que no solo se trata de una rebelión contra una forma de gubernamentalidad clientelar, sino también contra otras formas de gubernamentalidad anteriores, es también una rebelión contra la casta política y sus prácticas de ejercicio del poder tradicionales. Es difícil adivinar lo que pueda a ocurrir; se pueden conjeturar escenarios, como repetitivos, como de transición incierta, en el mejor de los casos, como de apertura a mundos alternativos y hasta alterativos; empero lo que importa es saber, tener consciencia, que se tiene y se contiene la potencia social, que puede no solamente derrocar a un régimen impostor y despótico, sino conlleva la capacidad de inventar otras proyecciones sociales, políticas, económicas y culturales.

Ironías de la historia política

Ironías de la historia política

Raúl Prada Alcoreza

Hay enunciados que se vuelven famosos por varias causalidades; nos interesa uno, de Karl Marx, bastante recurrente en nuestros tiempos aciagos de crisis política, adecuadamente utilizado para evaluar las revoluciones; esta es la que se encuentra en el libro 18 de Brumario de Luis Bonaparte, el sobrino nada menos que de Napoleón Bonaparte. Se trata de un texto de análisis político, que forma parte de lo que considera los escritos histórico-políticos de Marx. La famosa frase dice así:

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa[1].  

El acierto de este enunciado supone una perspicacia lúcida sobre el acontecimiento político, sobre todo cuando aparece en la narrativa histórica. Nosotros hemos recurrido a este enunciado, sobre todo a su figura ilustrativa a propósito de las repeticiones y comparaciones históricas, haciendo hincapié en las analogías y diferencias elocuentes, que nos muestran que los hechos históricos son únicos y singulares, cuando se pretende repetirlos; es más, cuando se pretende investir a los hechos del presente con la gloria del pasado, la repetición aparece tal cual menciona Marx, como farsa. Se puede ampliar la connotación y decir aparece como comedia, incluso si se sigue repitiendo la escena aparece como comedia grotesca. Respecto a Bolivia, usamos la figura irónica al comparar la revolución nacional de 1952 con la “revolución democrática y cultural” del 2006 para adelante, que en su extensión y dilatación dramática dura hasta el 2019.

Los sucesos que se vinieron dando desde el 20 de octubre, el día de las elecciones apócrifas, y los recientes días de mediados de noviembre, nos muestran dos etapas de la crisis política, que llamamos crisis constitucional y del fraude electoral; la primera es la que corresponde a lo que hemos llamado la revolución pacífica boliviana[2], que se manifiesta con la resistencia de colectivos ciudadanos, sobre todo de jóvenes y mujeres, de todas las ciudades del país, salvo Cobija. En esta etapa, emergen los Cabildos Cívicos como una forma provisional de contra-poder, que en términos constitucionales pueden interpretarse como el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa, establecida en la Constitución como Sistema de Gobierno. El conflicto se extiende y adquiere virulencia cuando el gobierno de Evo Morales Ayma, desesperado, moviliza a la sede de gobierno lo que considera son sus “movimientos sociales”, que en la práctica, se trata de organizaciones afines al MAS, para defender la plaza de armas, los palacios, ejecutivo y legislativo, la casa Grande del Pueblo, desde donde gobierna el caudillo. Las movilizaciones y bloqueos en todos los barrios de la ciudad de La Paz pasan de las marchas pacíficas y bloqueos pacíficos a la defensa, ante las agresiones que sufren por las organizaciones oficialista y convocatorias promovidas oficialmente, además del gremio de choferes, adeptos al partido oficialista. En plena escalada de intensidad del conflicto, se produce el motín policial, que se extiende a todo el país, dejando sin resguardo al gobierno. Los grupos de bloqueo de la resistencia y defensa de la democracia toman las entradas a la Plaza Murillo. Es cuando el gobierno se retira a El Alto, a los cuarteles de la Fuerza Aérea. Desde ese momento comienza el desenlace, la renuncia del presidente y del vicepresidente, acompañada, antes y después, por otras renuncias, de ministros, de senadores y diputados. Por último, el expresidente acepta el asilo ofrecido por el gobierno de México y llega al Distrito Federal de la Ciudad de México en condición de refugiado político. Se da lugar, en el contexto inmediato del vacío político, la sustitución constitucional en la vicepresidenta del Senado que quedaba, Jeanine Añez. A partir de este momento comienza la segunda etapa de la crisis política, se da como reacción de las organizaciones sociales más leales y fieles al MAS, sobre todo al caudillo. Sobresale el apoyo campesino, particularmente en el Chapare, desde donde se declara la guerra a lo que denominan “golpe de Estado”. Comparativamente, si se puede distinguir el carácter más pacífico de las movilizaciones ciudadanas, cívicas, departamentales, incluso de organizaciones sindicales, como la de los cooperativistas mineros de potosí, algunas otras federaciones campesinas, además del ayllu de Qara Qara; en cambio, en el caso de la segunda etapa de la crisis política sobresale, mas bien, el carácter violento de las movilizaciones, que buscan, literalmente, arrasar con lo que encuentran. El desenlace de esta segunda etapa de la crisis constitucional e institucional todavía está en ciernes, si bien, se han logrado controlar la mayoría de los focos de bloqueo de la movilización en defensa del gobierno derrocado, después de pedido de renuncia de la presidenta de la sustitución constitucional, sobre todo los más extendidos en la geografía, hay zonas que todavía se mantienen caldeadas; en primer lugar, en la zona del Chapare, donde los bloqueadores no se han replegado, también en el punto de Senkata, la planta de depósito y de abastecimiento de carburantes de YPFB. De todas maneras, el escenario político parece avanzar en acuerdos y consensos sobre la inmediata convocatoria a elecciones y la conformación de un Tribunal Electoral idóneo. En estos acuerdos y consensos se han incorporado varias organizaciones sociales y gremiales, además de juntas de vecinos y la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB); por otra parte, precisamente es en el Congreso donde se ha avanzado, tratando por tiempo y materia las dos propuestas para la convocatoria a elecciones; una de las propuesta es la del gobierno de transición, la otra corresponde a la bancada del MAS. Todo parece indicar que las elecciones se van a dar como desenlace no solo de esta segunda etapa de la crisis política reciente, sino del conjunto integro de la crisis constitucional e institucional.   

Nos detenemos ahí en el contexto de la coyuntura. Nos interesa comparar lo que ha acaecido en la ciudad de El Alto, que ha sido el escenario de movilizaciones, marchas, cabildos, bloqueos, que pedían la renuncia a la presidencia de Jeanine Añez. Se hizo patente la división de El Alto, los barrios y zonas se fueron poco a poco deslindando de los bloqueos, aunque continuaron en otras zonas y barrios, cuyo epicentro se encuentra en Senkata. Al momento, el conflicto ha disminuido para situarse en la planta mencionada de YPFB. La circunstancia álgida de los hechos recientes comienza cuando un destacamento de policías y militares logra persuadir, además de controlar, a un grupo disminuido de bloqueadores. Se logra sacar los carburantes y trasladarlos en cincuenta cisternas a la ciudad de La Paz. Es después, cuando se produce un enfrentamiento de magnitud, cuando una muchedumbre mayor intenta tomar la planta de Senkata, derribando el muro perimetral, supuestamente con dinamita, internándose en los predios, quemando carros; empero son repelidos por el destacamento militar que se quedó a custodiar los predios. Es cuando se producen las bajas, muertos y heridos de bala. Se cuentan nueve muertos y decenas de heridos. El ejército dice que estas bajas no se deben a los disparos de los militares, en tanto que los bloqueadores dicen lo contrario, acusando al ejercito de haber disparado sobre la gente. Al día siguiente de estos sucesos sangrientos una marcha de vecinos baja de El Alto al centro de la ciudad de La Paz, llevando tres ataúdes de los caídos. La marcha que se concentra en la plaza San Francisco, donde realiza un Cabildo, avanza hacia la Plaza Murillo intentando llegar a esta plaza principal. Es el momento donde la marcha es repelida por la policía. Después de estos sucesos luctuosos, se dan manifestaciones, marchas y concentraciones, en todo el país, incluso en El Alto, pidiendo la pacificación.

Nos parece pertinente comparar este sitio de El Alto a la ciudad de La Paz, de noviembre de 2019, con lo acontecido en septiembre del 2000, cuando se da el bloqueo indígena-campesino a cuatro ciudades, El Alto, La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, y con lo acontecido en octubre del 2003, cuando se produce un bloqueo parecido en toda la ciudad de El Alto, sobre todo un bloqueo clave en la planta de Senkata. Aquella vez el ingreso a la planta y el costo de la represión sumó sesenta y cuatro muertes y como quinientos heridos. Las consecuencias fueron una extensión mayor de las movilizaciones, una expansión de las huelgas de hambre en todo el país, además de marchas multitudinarias que tomaron la ciudad de La Paz. El desenlace fue la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada a la presidencia.  

Entre aquel evento de movilizaciones y bloqueos en la ciudad de El Alto y el reciente evento parecido, por lo menos teniendo en cuenta las analogías, sobresalen las diferencias. Anotaremos las sobresalientes. El 2003 las movilizaciones sociales se confrontaron contra un régimen neoliberal, en cambio, ahora, las movilizaciones de la primera etapa de la crisis política se confrontaron contra un gobierno que se consideraba “progresista”. Las movilizaciones de la segunda etapa salieron en defensa del gobierno derrocado, sobre todo del caudillo; en principio, no aceptando la renuncia de Evo Morales Ayma, después concentrándose en el pedido de renuncia de la presidenta en transición. Otra diferencia sobresaliente es que aquellas movilizaciones, las del 2003, tenían un proyecto político claro y evidente, conocido como la Agenda de Octubre, que se puede resumir en dos objetivos, la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente; en cambio, ahora, no hay un proyecto claro, mejor dicho, no hay proyecto político, salvo el de la renuncia del gobierno en transición. Se puede decir que la presente movilización, de la segunda etapa de la crisis constitucional e institucional, al no tener un proyecto político, devela las profundas debilidades de los movilizados y bloqueos recientes de esta fase. Se evidencia un retroceso en la memoria social y política de las movilizaciones de la segunda etapa, una pérdida de memoria popular en el ámbito de las “luchas sociales” recientes; esto se debe a la destrucción del tejido social de las organizaciones sociales, destrucción efectuada por las gestiones clientelares del gobierno del MAS.

Los llamados guerreros del gas fueron como la vanguardia de las movilizaciones de octubre del 2003, apoyados por las juntas de vecinos, aglutinadas en la Federación de Juntas de Vecinos de El Alto; ahora, en cambio, se observa una distribución heterogénea de los movilizados. Los más beligerantes de los grupos de choque se muestran como jóvenes rebeldes sin causa, para decirlo de ese modo, recordando una frase conocida del sentido común, que parecen, mas bien, contratados para efectuar determinados actos de destrucción; a diferencia de estos grupos, están las juntas de vecinos afines al MAS, las que si recurrieron a sus formas de organizaciones tradicionales para movilizarse, marchar, bloquear y concentrarse en los Cabildos. Por otra parte, se suman a las marchas otros contingentes, sobre todos campesinos, que vienen en apoyo de la movilización de El Alto. En contraposición están otras juntas de vecinos que no están de acuerdo con la movilización ni los bloqueos, sino, mas bien, hacen llamados a la pacificación. Esta heterogeneidad habla no solamente de una situación distinta, además de un contexto distinto y otras circunstancias políticas, sino de una movilización que patentiza otros factores y engranajes de la movilización. En ciertos momentos aparece más como montaje operativo que como espontaneidad social. Al respecto llama la atención la consigna utilizada por los grupos beligerantes, “¡ahora sí guerra civil!”, que fue la consigna de octubre de 2003, consigna emergida en Warisata, cuando se perpetró la masacre de siete personas del lugar, entre ellos de una niña que se encontraba viendo desde la ventana de su casa. Una señora de pollera, con su guagua en la espalda, atada por un awayo, y fusil máuser en la mano, gritó: ¡Ahora sí guerra civil! Se captó el momento transversal en una imagen difundida en una revista y también en algunos medios de comunicación. Esta consigna se hallaba prendida por un contenido sensible intenso, que daba lugar a un sentido de convocatoria a la actualización de la guerra anti-colonial. En contraste, la consigna repetida, mecánicamente, en las movilizaciones recientes de El Alto, aparece, en el mejor de los casos, como remembranza de un acto heroico pasado; en el peor de los casos, aparece puesta como etiqueta de un montaje operativo del partido político en retirada.

A esto íbamos, a anotar las diferencias entre octubre de 2003 y noviembre de 2019 en la ciudad de El Alto. Al respecto, podemos decir, parafraseando a Marx, que el primer acontecimiento político fue parte de la tragedia o del acto heroico social, en cambio, el segundo evento, más parece un montaje operativo político del partido en retirada, salvo, claro está, las marchas y movilizaciones de las juntas de vecinos, que expresaron su desacuerdo con la sustitución constitucional, después, manifestaron el dolor y el duelo por los muertos que carga la ciudad alteña. Se trata de movilizaciones propias, empero, en pleno desconcierto, como dice Oscar Vega Camacho[3].

La ironía histórica juega con esta figura dual y repetida de tragedia y farsa. Si fuese un sujeto la historia, como consideraba Hegel filosóficamente, pero no lo es, pues la historia es una narrativa o supone narrativas contrapuestas, por lo menos, una como narrativa del poder, la historia oficial, la otra como narrativa del contra-podernarrativa de la contra-historia, podríamos figurarnos que ocurre como si la historia se burlara, repitiendo los sucesos, unos como tragedia y otros como farsa. Lo que acontece es la singularidad de los hechos históricos, son únicos, no repetibles; cuando parecen repetirse, lo que ocurre la segunda vez, es otra singularidad, la de la emulación y simulación del poder, la puesta en escena de las dominaciones.  

NOTAS

[1] Leer El 18 de brumario de Luis Bonapartehttps://www.fundacionfedericoengels.net/images/PDF/El_18_Brumario_de_Luis_Bonaparte.pdf.

[2] Ver La revolución pacífica boliviana.

https://www.bolpress.com/2019/11/15/la-revolucion-pacifica-boliviana-en-el-contexto-de-la-crisis-multiple-del-estado-nacion/.

[3] Leer El desconcierto boliviano.

 https://movilizaciongeneral.blogspot.com/2019/11/el-desconcierto-boliviano.html.

Dispositivos del terror y aparatos ideológicos

Dispositivos del terror y aparatos ideológicos

Raúl Prada Alcoreza

En los tiempos de la era de la simulación, sobre todo en la etapa de la desmesura de las puestas en escena, en la época del teatro político, los antiguos mapas de fuerza ya no sirven para representar no solamente la distribución de fuerzas en el espacio, sino lo que persiguen estas fuerzas, sus objetivos y los intereses que conllevan. Por lo tanto, tampoco ayuda la referencia a la disputa ideológica para comprender las situaciones, condiciones y circunstancias de lo que concurre y por lo que se pugna. La ideología y la emisión de discursos no expresa lo que se hace, tampoco lo que se persigue, sino se trata de disfraces locutivos que encubren no solo lo que popularmente se nombraría las verdaderas intenciones, sino los proyectos inherentes, que, en este caso, son soterrados, pero efectivos. Lo que se persigue tiene que ver con los diagramas de poder emergentes en la modernidad tardía, en plena dominancia del capitalismo financiero, especulativo, extractivista y traficante. Entre los diagramas de poder que proliferan en la actualidad se puede mencionar el relativo al diagrama del poder de la corrupción[1], que se basa en la apropiación dolosa de recursos del Estado y en su transferencia indebida a manos privadas. Otros diagramas de poder son los relativos a el ámbito diverso de lo que hemos denominado economía política del chantaje[2], donde se incluyen prácticas de coerción, de amenaza y de presión constante, con el fin de amedrentar y lograr someter por el miedo; en un grado elevado, por el terror.

La exacerbación del desenvolvimiento de estos diagramas de poder se observa en los territorios controlados por el lado oscuro del poder. Cuando el lado oscuro de poder logra no solamente atravesar el lado institucional de poder, sino incluso controlarlo, usarlo como máscara, Los diagramas de poder de la corrupción, los relativos a la economía política del chantaje, adquieren preponderancia en la composición de los juegos de poder, subsumiendo incluso a diagramas de poder tradicionales de la modernidad. Se pueden observar estos procesos de subsunción de diagramas de poder tradicionales a los diagramas de poder del lado oscuro de las dominaciones en escenarios altamente saturados por las formas de la economía política del chantaje más perversas, por ejemplo, las relativas a las economías de los tráficos ilícitos. También en los escenarios territoriales controlados por las máquinas de guerra fundamentalistas religiosas.   En ambos casos los controles territoriales armados son los mecanismos indispensables de la dominación, del ejercicio del poder, que tiene por objeto al cuerpo social, buscando su total inhibición y sometimiento.

En ambos casos se observa el despliegue demoledor de los dispositivos del terror. Los efectos de este despliegue son pavorosos cuando busca no solo marcar los cuerpos, con una especie de tortura dilatada, que se expande en el ambiente, sino cuando incluso marca los cadáveres descuartizándolos. Se manda el mensaje de esa manera desmesurada de la destrucción misma de cuerpo. Los territorios tomados por los cárteles del narcotráfico y los territorios tomados por las máquinas de guerra del fundamentalismo religioso han sido los lugares y espacios donde estas formas del terror se manifiestan patente y elocuentemente.

Se puede decir que estas formas de los diagramas de poder del lado oscuro del poder tienen composiciones barrocas; primero, porque mezclan distintos discursos, incluso atiborradas ideologías, sino porque no pueden descifrarse a partir de esquemas dualistas tradicionales del comienzo de la modernidad, por ejemplo, no sirve emplear la oposición ideológica política del dualismo entre “izquierda” y “derecha”. Para los diagramas de poder mencionados esta oposición como tal ha desaparecido; en el ejercicio descarnado del poder de estos diagramas de la dominación contemporánea no interesa si se usan discursos, ideologías o estilos de “izquierda” o de “derecha”. Si la máscara ideológica es de “izquierda” o si es de “derecha” va a depender del contexto en el que se desenvuelve este ejercicio perverso del poder; en otras palabras, va a depender de las características propias de cada país y de la coyuntura y el periodo donde se plasman. La máscara ideológica de “izquierda” sirve cuando se requiere una convocatoria popular, la máscara ideológica de “derecha”, en la contemporaneidad, neoliberal, sirve cuando es menester encubrir el ejercicio de las dominaciones con poses técnicas, que ayuda a convencer a los estratos altos de las llamadas “clases medias”. Lo que está en juego no es lo que se propone la ideología, sino el cómo el lado oscuro de poder toma el lado institucional de poder y lo controla.

Cuando se trata de una máscara ideológica de “izquierda” la convocatoria cala en sectores populares, los mismos que creen en el discurso, mejor dicho, en la promesa política. Se convierten en masa y hasta en multitud leal al régimen que encarna simbólicamente la promesa política. En esta relación de empatía entre la forma carismática popular de gobierno y pueblo se cumplen distintas etapas; en principio, la del entusiasmo, después, la del desencanto, para derivar en la hostilidad entre pueblo y régimen, que ya le resulta al pueblo oprobioso. Sin embargo, en la relación política entre régimen y pueblo también el ejercicio de poder en el gobierno sufre su propia metamorfosis; al principio, en el escenario político sobresale la administración política del entusiasmo de la gente por medio de la convocatoria abierta a las masas; después, cuando se pierde el entusiasmo y se llega al desencanto, la forma de gobierno preponderante y en expansión es la clientelar; un tercer momento, cuando incluso la forma clientelar de gobierno se agota, se recurre al empleo de la violencia descarnada, cuya intensidad va aumentando.

En la etapa de la violencia descarnada no son todos los sectores populares los que siguen el régimen en decadencia, son los estratos más vinculados a los beneficios y a los ejercicios locales y concretos de las dominaciones. Estos estratos se convierten no solamente en las organizaciones “movilizadas” en defensa del régimen sino también en los dispositivos de disuasión, incluso hasta de terror, que amenazan y atentan contra la sociedad y el pueblo para someterlo por el miedo. Que se trate de estratos populares ayuda a presentar al régimen en decadencia como si éste preservara todavía su convocatoria, incluso que defiende un proyecto proclamado de “izquierda”. Esto es parte de la puesta en escena; se trata de un posicionamiento más mediático que ideológico. Sin embargo, no hay que perder de vista que se trata de un empleo “popular” del terror para preservar el poder.

En el caso de una máscara ideológica de “derecha”, por ejemplo, el discurso neoliberal puede servir para encubrir u ocultar una profunda crisis política e institucional, ayudando a interpretar la bonanza económica como resultado de la aplicación del proyecto neoliberal, independientemente de los avatares políticos. Incluso, en el caso de que no se trata de una máscara ideológica de “derecha”, sino que se trate de la emisión discursiva de una “derecha” tradicional, el discurso neoliberal ayuda a exaltar el modelo económico y esconder que el peso del desarrollo recae en las clases sociales subalternas. Aunque este último caso no sea un ejemplo claro de la dominancia de los diagramas de poder del lado oscuro del poder, se vislumbra, de alguna manera, que los diagramas de poder perversos están mimetizados. Lo evidente aparece en el anterior caso, cuando es indudable que se trata de una clase política deteriorada y en pleno derrumbe ético y moral, sin embargo, se mantiene que lo que se implementa como política económica vigente corresponde al modelo neoliberal.

Estos tres casos, plasmados en la historia política reciente de Sur América, nos muestran que las estructuras de poder han cambiado, que las formas de gubernamentalidad funcionan de otra manera, que los Estado-nación se encuentran en crisis. Lo que acabamos de decir, para circunscribirnos a una región continental, puede apreciarse en la crisis política e institucional, además de constitucional, de Bolivia, Perú y Chile. En la historia reciente, en Bolivia el desenlace ha sido el derrocamiento del caudillo y el régimen neopopulista; en Perú, sin desenlace, si no, más bien, en un dilatado proceso de diseminación institucional y de fragmentación de la casta política; en Chile, que se encuentra en una crisis constitucional e institucional, que tiene como substrato una crisis social escondida en las apariencias de la bonanza económica, más estadística que real.

Lo que llama la atención en estos desenvolvimientos singulares de la decadencia es el comportamiento anacrónico e ingenuo tanto de los bloques políticos e ideológicos internacionales, así como de los medios de comunicación internacionales. Para hacerlo más fácil y lastimosamente más esquemático podemos decir que se observa que el bloque político e ideológico internacional de “izquierda” interpreta lo que acaece en estos países a partir de los códigos anacrónicos del dualismo perdido de “izquierda” y “derecha”, entonces califica a unos como de “izquierda”, entonces los buenos, en la narrativa tardía de una epopeya desdibujada, y a los otros de “derecha”, los malos, en la misma narrativa. Los medios de comunicación parecen seguir este tenor, sin imaginación ni actualidad, y repiten más o menos lo mismo, solo que tomando posición por los unos o por los otros de manera noticiosa o en los comentarios.

No se dan cuenta, para decirlo de alguna manera, que el mundo ha cambiado, que es otro, que no corresponde al romanticismo iluminista del siglo XIX, tampoco al ultimantismo radical del siglo XX. El mundo del siglo XXI parece corresponder al pragmatismo trivial del goce hedonista o morboso, dependiendo, y a la proliferación de la violencia en la vida cotidiana. La política como tal y la ideología como tal, respondiendo a sus funciones conformadas en el pasado, han desaparecido; lo que las ha sustituido es la orgía del goce banal y estridente y la morbosidad de la tortura y la muerte. El dilema de las sociedades y pueblos es sobrevivir o morir, sobrevivir a la amenaza de los dispositivos de terror, que no son con exactitud políticos, ni exactamente ideológicos, sino del desplazamiento de la descarnada violencia, inherentes al núcleo de toda forma de poder. Ocurre como si la cáscara y la pulpa se hayan podrido y quedara solo el núcleo, la semilla de la fruta, que puede ser beneficiosa si se la planta de nuevo, en otras condiciones de posibilidad históricas-políticas-culturales, o si se la uso para la destrucción y la esterilización planetaria.

En consecuencia, las sociedades y pueblos se enfrentan a otros desafíos y problemáticas, que no eran del todo visibles o estaban del todo desarrolladas durante el siglo XIX y el siglo XX. En estos siglos no era una evidencia que las formas paralelas del poder, las formas no institucionales, las prácticas paralelas del poder, las relativas al lado oscuro del poder, atravesaran, controlaran, dominaran y subsumieran a las formas institucionales del poder. Para decirlo figurativamente, recurriendo a un tango conocido, si el siglo XX fue cambalache, problemático y febril, el siglo XXI aparece, por lo menos en sus comienzos, como bizarro y pervertido hasta la médula.

[1] Ver La máquina del chantaje.

https://movilizaciongeneral.blogspot.com/2017/11/la-maquina-del-chantaje-contextos-del.html.

[2] Ver El chantaje político.

https://movilizaciongeneral.blogspot.com/2019/01/el-chantaje-politico-raul-prada.html.

Territorio arrasado y muerte de los horizontes

Territorio arrasado y muerte de los horizontes

Raúl Prada Alcoreza

Los paisajes desoladores que deja la guerra en los territorios arrasados son expresivos de lo que deja la violencia descomunal de las máquinas de guerra modernas. No solo impresionan los cuadros de la destrucción, de muerte, de poblaciones de víctimas, sino también y sobre todo la muerte del horizonte; no hay perspectiva, ha muerto el porvenir. Estoy paisajes desoladores deberían habernos enseñado que empujar a la guerra no ofrece otra cosa que muerte, abatimiento, angustia extendida y masificada, dolor aterido en poblaciones sufrientes. Sin embargo, parece que estas lecciones no son aprendidas; una y otra vez los hombres, no las mujeres, pues son las fraternidades masculinas las que continúan la política por la vía de la guerra, repiten y recurren al eterno retorno de la guerra y de la muerte. Pareciera que algo como el instinto tanático, que es una conjetura psicoanalítica, empuja a los hombres, en determinadas condiciones y circunstancia a descargar las energías humanas en el despliegue apocalíptico de la destrucción.

La crisis constitucional y del fraude electoral en Bolivia, que se afinca en una crisis institucional y que tiene como substrato la crisis múltiple del Estado-nación, ha derivado en el desenlace de la dramática política, que se puede resumir en la renuncia y exilio de Evo Morales Ayma, en la sustitución constitucional en la vicepresidenta del Senado, Jeanine Añez, en la movilización de sectores afines al MAS, que, en principio pidieron el retorno del caudillo, empero, después se concentraron en el desconocimiento de la presidenta de la sucesión constitucional. La escalada del conflicto volvió a escalar en intensidad, la violencia descarnada se descargó en bienes municipales, buses, en casas privadas, la del rector de la UMSA y de la comunicadora del canal universitario,  en la casa de Nelson Condori, dirigente de la CSUTCB y de los “Ponchos Rojos”, que se abrazó con el presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, en un acto simbólico de reconciliación. La escalada fue avanzando por la ciudad de La Paz, sede de gobierno, amedrentando, amenazando y destruyendo algunos predios urbanos. En la ciudad de El Alto se propagaron movilizaciones, marchas, cabildos y bloqueos, primero acusando de “golpe de Estado”, después desconociendo al nuevo gobierno y en desagravio a la wiphala. Bajaron marchas pacíficas a La Paz para pedir la renuncia de Jeanine Añez y desagravio a la wiphala. En Cochabamba, las Federaciones del Trópico de Cochabamba intentaron varias veces ingresar a la ciudad; logrando concentrar en los últimos intentos a una gran multitud que nuevamente se propuso ingresar a la ciudad capital del valle, empero no pudo romper el cerco de la policía y el ejército. El enfrentamiento se situó en el puente de Huayllani, a la entrada de Sacaba; el forcejeó derivó rápidamente en una refriega, donde se confundieron el uso de granadas de gas y el disparo de armas de fuego, al parecer por ambos lados, aunque el ejercito afirma que no se dio la orden de usar armas letales. En la ciudad de Potosí cinco mil campesinos ingresaron a la urbe pacíficamente, donde fueron recibidos por los ciudadanos y familias con aplausos y tasas de leche caliente; aquí el largo conflicto terminó en una reconciliación. Sin embargo, trágicamente, el enfrentamiento en Huayllani arrojó el deceso de nueve cocaleros, más de un centenar de heridos y dos centenares de detenidos. Se encontraron armas de fuego en manos de los marchistas que iba a ingresar a la ciudad de Cochabamba. En la ciudad de El Alto, por lo menos tres zonas se oponen a continuar en el conflicto y emprenden el desbloqueo; en el camino a Copacabana los vecinos recibieron con aplausos al destacamento de las Fuerzas Armadas. Al momento, se han emprendido diálogos, con mediación de la Iglesia de la Unión Europea en busca de la pacificación. El Congreso, que preside nuevamente el MAS, tanto en la Cámara del Senado como en la Cámara de diputados, los presidentes de ambas cámaras han pedido diálogo y pacificación.  

La acumulación de muertos en el conflicto es no solamente lamentable, sino que exige, ante los patéticos cuadros de destrucción y el avance de la muerte, una reflexión profunda de todas las partes involucradas, y sobre todo detener la nueva escalada de violencia desatada después de los desenlaces de la crisis constitucional, en un contexto coyuntural donde el gobierno de transición se dispone a llamar a elecciones y conformar el Tribunal Electoral. Cuando se llega a las irreparables muertes se ha llegado al punto donde sorprende el desprecio a la vida. ¿Quiénes son los responsables de estos lamentables decesos y del gran dolor de las familias? Esta es una pregunta que hay que responderla sin apresurar la respuesta desde la predisposición del encono y la furia, o de la posición ya dispuesta en el mapa de las fuerzas encontradas.

El expresidente no deja su comportamiento sinuoso, por un lado, dice que el país se debe pacificar y aconseja el diálogo entre las partes en conflicto, pero, por otra parte, convoca a seguir la lucha, a no parar hasta “sacar al gobierno de la dictadura”, que es como califica al gobierno de sucesión constitucional y de transición, encargado a llamar a elecciones y conformar el Tribunal Electoral. Conducta que muestra claramente que la parte del conflicto, que renunció y se exiló, apuesta por el camino de la destrucción antes de ir a las elecciones con un Tribunal Electoral idóneo.

Esta estrategia, de la destrucción, no tiene horizontes, no ofrece nada, sino la guerra. Tierra arrasada. Sobre tierra arrasada no se puede gobernar. ¿Por qué se llega a esta estrategia tanática, sin perspectiva y sin horizontes? ¿Se trata de una lucha ideológica, de una lucha política o, como decía el marxismo, de la lucha de clases, o, como dice el último jacobino, de una “guerra racial”, sin entender que el concepto de guerra de razas, analizado por Michel Foucault, se refiere a las tradiciones antiguas de los discursos históricos-políticos, y no a una guerra de los Cárteles contra las sociedades y los pueblos?

Es sintomático que Evo Morales se encuentre en México como refugiado político o quizás como rehén de los Cárteles. No lo sabemos a ciencia cierta. Era de esperar la reacción desmesuradamente virulenta de las Federaciones del Trópico de Cochabamba, después de la renuncia de su líder y su salida al exilio, sobre todo después de los desenlaces políticos que derivaron en una sustitución constitucional, avalada por el propio Tribunal Constitucional. El Chapare no solamente es el núcleo, mejor dicho, el centro operativo más duro del MAS, sino que, en la estructura de poder que se conformó durante las gestiones del “gobierno progresista” es el super-Estado que domina. En la modernidad tardía, en plena dominancia del capitalismo financiero, especulativo, extractivista y traficante, las luchas ideológicas, como tales, han desaparecido, también las luchas políticas, como tales, se han difuminado. Lo que esta en juego es lo que pone en juego el lado oscuro del poder, la guerra soterrada por el control territorial de las formas de organización del lado oscuro del poder. Que en esta guerra se pongan máscaras de luchas sociales, peor aún, que se atribuya un bando de “izquierda”, señalando al otro bando como “derecha”, o a unos se los denomine “indios” y a los otros q’aras, siendo que la epidermis indígena está repartida en ambos bandos, también lo mestizo y, como dice Silvia Rivera Cusicanqui, que todos “llevamos un indio dentro”, no es más que la investidura o el disfraz de actores belicosos de otra guerra, la efectiva, la de por el control territorial del lado oscuro del poder.

Al respecto, de lo que dejaría esta guerra, tierra arrasada y muerte del horizonte, hay que mirar lo que ha ocurrido precisamente en México, donde los Cárteles controlan ciudades, territorios y hasta Estados. Incluso con la llegada al gobierno federal de Manuel López Obrador, el Cártel del hijo del Chapo, el Cártel de Sinaloa, ha demostrado el poder que tiene, obligando al gobierno a devolver libre al jefe del Cártel. Todos los involucrados en la continuación del conflicto político en Bolivia, de la crisis constitucional e institucional, tienen que preguntarse seriamente si quieren este inmediato futuro, de tierra arrasada, de muerte de horizontes, pues los Cárteles no ofrecen nada, no ofrecen porvenir, salvo el goce banal del dinero y el goce morboso de la muerte, que entierra a sus víctimas en fosas comunes, sobre todo de mujeres. Cuando respondan a esta pregunta, que lo hagan teniendo en cuenta todas sus consecuencias, que lo hagan de cara a la sociedad y al pueblo. Si dicen que no, la consecuencia directa es obviamente la pacificación inmediata y detener el avance a una guerra sin sentido, salvo para los Cárteles.

La tozudez ha llegado al máximo, cuando ante pleno desenlace político, de transición, encaminada a convocar y garantizar elecciones transparentes y democráticas, donde los intereses en conflicto, la pugna misma, se puede transferir a la concurrencia electoral. Allí las fuerzas en concurrencia tienen la oportunidad de ganar las elecciones y hacerse del gobierno y de las representaciones congresales que logren obtener. ¿Por qué no optar por esta salida, en vez de la salida de la destrucción y la desolación? Ya hay demasiados muertos, ¿se busca más, sobrepasar escalofriantes cifras de decesos de compatriotas? No discutamos aquí quién tiene razón, ya hemos expuesto sobre las pretensiones de verdad de las formaciones discursivas e ideológicas, sobre todo en el contexto de la crisis política boliviana, sino, mas bien, dónde, en que espacio, se puede definir estas disputas. ¿No es mejor en el espacio electoral?

Bueno, cuando decimos tozudez usamos una figura abrumadora, que dibuja un perfil psicológico; sin embargo, sabemos que, si bien con este uso se ilustra, no expresa exactamente lo que ocurre. Esa tozudez se explica porque se están jugando intereses soterrados, que no se enuncian, salvo entre las jerarquías de las organizaciones clandestinas del lado oscuro del poder. Mientras tanto, en el amplio escenario, se mueven abundantes sectores sociales organizados con fines propios, sectoriales, que pueden adquirir posiciones respecto al panorama político. Estos movimientos de fuerzas, estos desplazamientos sociales, son parte de la puesta en escena de los aparatos mediáticos que manejan las formas paralelas del poder. Claro está, que, en estos lugares de desplazamiento, sobre todo en los discursos, se mezclan perversamente las consignas políticas con los objetivos no dichos del lado oscuro del poder.

Hay pues una responsabilidad muy grande en todos los involucrados en esta guerra soterrada, oscura y perversa, en ciernes. Es cierto que no esta totalmente en sus manos lo que pueda acontecer, pues en parte se pueden tirar los dados y la suerte estará echada. Pero, la responsabilidad en la parte que les compete puede jugar un papel determinante al momento de tirar los dados.