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Realismo político de la oligarquía

Realismo político de la oligarquía

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Realismo político de la oligarquía

 

Decadencia 14 

 

 

A lo largo de las historias políticas de la modernidad en el mundo, se han patentizado los comportamientos, sobre todo, de aquéllos que tienen incumbencia con el poder. En los primeros tiempos que el humano frecuenta – como recita Federico García Lorca -, el recurso a la violencia fue, por decirlo así, el método aplicado de domesticación, con látigo.   Ejércitos de mercenarios servían para tal efecto; después, ejércitos institucionalizados, usando la figura del servicio obligatorio.  Este método político, el de la violencia, no se ha perdido ni difuminado; ha quedado; se vuelve al mismo recurrentemente, cuando la emergencia lo requiere. Sin embargo, han aparecido otros métodos y procedimientos políticos, como el relacionado al logro de los pactos sociales; por ejemplo, lo que llama Jean Jacques Rousseau, el Contrato social. En otras palabras, se edifica el Estado moderno sobre la base del Contrato Social. Se puede decir que, con el tiempo, el Contrato Social se convierte en la Constitución. Empero, esto es teoría, presupone corroboradas las interpretaciones rousseaunianas y las interpretaciones del constitucionalismo. Puede ser que así se piense y se quiera; pero, la realidad, abre otras rutas y recorridos. En primer lugar, los pactos políticos no son entre personas de carne y hueso, sino entre clases sociales, por así decirlo, de manera fácil y entendible. Mucho mejor dicho, entre expresiones sociales de conglomerados de fuerzas, cohesionadas, aparentemente, por una “ideología” compartida; por lo tanto, cuando se da el pacto puede darse entre más o menos afines o, de lo contrario, entre opuestos. El Contrato Social da lugar a la construcción del Estado de derecho, a la arquitectura jurídico-política de la división de poderes, estableciendo contrapesos, por lo tanto, el equilibrio político. Estado de delegaciones y representaciones; por lo tanto, Estado mediatizado por estas transferencias de las voluntades y de la voz.

 

Este conjunto de normas, procedimientos y métodos políticos, además de la geometría estructural del Estado-nación, hacen a lo que se conoce como República, también como democracia institucional. ¿Cuál de los dos métodos políticos es más apropiado, si se quiere, más útil, para las dominaciones? ¿El recurso a la violencia o el democrático formal? Ciertamente, no se puede responder a esta pregunta, sin considerar los contextos donde se toman las decisiones. Todo depende de la coyuntura, de la correlación de fuerza, de los niveles de legitimidad, de los contextos nacionales, regionales y mundiales. Sabemos que la violencia es la descarnada manifestación del poder; el poder está ahí, sacándose la máscara, mostrando su desnudo rostro implacable.

 

En relación a la edificación burocrática y mediadora de la democracia institucional, Vladimir Ilich Lenin la definía como “cretinismo parlamentario”. Este fue el argumento trasmitido, asumido y usado por los alzamientos en armas contra el régimen burgués. Sin embargo, otras interpretaciones marxistas, incluyendo la interpretación de Engels, veían con buenos ojos, la oportunidad democrática de presentarse a las elecciones, como partido del proletariado. No estamos en el debate o el dilema que define muy bien Rosa Luxemburgo, ¿reforma o revolución?, sino evaluando cuál de los métodos le ha sido más útil a la estructura de poder, a la genealogía de las dominaciones. Hemos dicho, que depende del contexto.

 

 

Decir, lo que acabamos de decir, no resuelve nada; tan solo define la relatividad del concepto de utilidad. Lo que importa, ahora, es evaluar los efectos de ambos métodos políticos; cuál tiene más repercusiones, si se quiere, más efectos multiplicadores, también más duración. La impresión que dejan las historias políticas es la siguiente: La violencia puede domesticar; pero, no constituye sujetos, en pleno sentido de la palabra; conforma subjetividades aterradas; doblega por el miedo, por terror. La violencia tiene efectos coyunturales; no se desplaza a largo plazo, a no ser que se repita constantemente. En cambio, las mediaciones democráticas, formales e institucionalizadas, los métodos y procedimientos de esta democracia limitada a la idea de república, constituye sujetos, tiene efectos duraderos, además de generar campos institucionales, que configuran la geografía social y la efectuación constante de la reproducción masiva de sujetos sociales.

 

Con lo que acabamos de apuntar, no queremos decir, de ninguna manera, que es preferible enfrentar la violencia que enfrentar a la y en la democracia formal. Estos son tópicos, que no se pueden resolver en un ensayo teórico; solo pueden ser atendidos en un contexto y coyuntura concretos, teniendo en cuenta la correlación de fuerzas y, sobre todo, la predisposición de las fuerzas sociales. De todas maneras, no se puede hacer apología de la violencia, venga de donde venga, como cuando se dice: “la violencia es la partera de la historia”. Enalteciendo, como si fuera la providencia, la “violencia revolucionaria”. Siguiendo este lenguaje y apuntando a la crítica, los revolucionarios no podrían ser los apologistas de la violencia, pues se trata de convocar a la humanidad, en la versión internacionalista, si se quiere, de la lucha de clases; no de identificar enemigos para destruirlos. La violencia no es, de ninguna manera, una comunicación, si se quiere, tampoco ninguna clase de lenguaje, no es racional; la violencia es más parecida a la marca que deja en el cuerpo el implacable látigo del poder, para que nadie se olvide quien manda.

 

No se dice, de ninguna manera, que hay que renunciar a la defensa y a la lucha armada. La responsabilidad mayor, revolucionaria, es defender la revolución, la marcha a la revolución; defender a los y las compañeras de lucha, a los pueblos, clases, mujeres, diversidades, por las que se pelea. Si el contexto y la coyuntura ameritan, alzarse en armas. Empero, esto no se puede confundir con el uso de la violencia para causar terror, para “convencer” por miedo, para incorporar por espanto. Tampoco se puede confundir con esa inclinación religiosa de señalar a los infieles; es decir, a los enemigos. Los discursos revolucionarios de la modernidad, se han caracterizado, mas bien, por la convocatoria al proletariado mundial, por la invitación a los pueblos, otros pueblos y otras sociedades, a integrarse como fuerzas humanas, en un proyecto humanista de largo aliento.

 

Después de las copiosas historias políticas experimentadas y memorizadas socialmente, aunque no necesariamente reflexionadas y analizadas a fondo, parece que tenemos que aprender a reconocer los síntomas de la exaltación, de la dramaturgia, de la victimización y del estruendoso radicalismo. No hablamos del radicalismo espontáneo, del radicalismo que llega a las raíces del problema y busca soluciones radicales, sino nos referimos al radicalismo teatral. Todos estos síntomas exaltados parecen, mas bien, paradójicamente, mostrar lo contrario de lo que aparentemente expresan. El fundamentalismo, cualquiera sea éste, en realidad, no toca el fondo, no llega al fundamento, no toca la raíz; sino que convierte en fundamento un prejuicio mezquino y elemental, que lo embadurna de demagogia delirante. Se puede dar muchos ejemplos al respecto; daremos solo algunos, de manera general, usando analogías.

 

Comencemos con los fundamentalismos religiosos; particularmente, monoteístas; hablamos de las tres grandes religiones monoteístas. Por cierto, no nos referimos a toda la gama de interpretaciones y prácticas de estas iglesias, sino, de manera específica, a sus manifestaciones fundamentalistas. Tampoco está en discusión su creencia en Dios; lo que nos interesa es analizar, las expresiones fundamentalistas y su connotación política. Estos fundamentalismos asumen la síntesis de sus prejuicios, para decirlo metafóricamente, como Dios o representación de Dios. Con esto reducen la imagen, símbolos, representación, de Dios no solamente a imagen y semejanza del hombre, sino al tamaño de prejuicios miserables, como son los relativos a la dominación masculina, a la indiscutible preponderancia estructural patriarcal, a la centralidad racial de “mi gente”, de “mi pueblo”; que obviamente, no es ni su pueblo ni su gente, sino el imaginario que coloca en lugar de ellos. Con esta actitud, le hacen un flaco favor a su religión, pues vulgarizan tanto a Dios, que el mundo se divide en la caricatura fiel/infiel y se reduce a la caricaturesca guerra de fieles contra infieles.

 

En el fondo, estos fundamentalismos están convulsionados por el espíritu de venganza, están constituidos por la consciencia culpable, están estructurados por el resentimiento. Se trata de sujetos desdichados, en sentido hegeliano; es decir, desgarrados, llevando al extremo del exterminio este desgarramiento.   La exorbitante muestra de violencia manifiesta que se busca desesperadamente catarsis; en otras palabras, desahogo. Reclaman, a voz en cuello, reconocimiento, pues se sienten profundamente frustrados. Dicho, de manera simple, buscan llamar la atención. De esa forma, pretenden convertirse en el centro de atención; en el centro de la violencia.

 

Seguimos con los fundamentalismos “ideológicos”. El formato es parecido, incluso el perfil, a lo que ocurre con los fundamentalismos religiosos. La diferencia radica en la pretensión racional, moderna, convocativa, además de presentarse como salvadores de los explotados y marginados de la Tierra, prometiendo el paraíso terrenal, no en el cielo, como el fundamentalismo religioso, sino en la Tierra. Pero, de manera equivalente, el enemigo, en este caso, figura moderna, que ha sustituido al infiel, es tratado y considerado igualmente como un poseído, un endemoniado, un monstruo; al cual está de antemano justificado asesinar. En las historias singulares, tenemos demasiados ejemplos de crímenes cometidos a nombre de la revolución.

 

Continuamos con los fundamentalismos científicos. Las ciencias, por cierto, se basan en la experimentación, la investigación, los datos, las fuentes y los registros; corroborando las hipótesis. Esto les otorga una ventaja grande en la construcción del saber, respecto a la narrativa religiosa y la narrativa “ideológica”. Empero, cuando ciertos intérpretes de la ciencia convierten los conocimientos logrados, las revelaciones de las ciencias, en verdades universales, peor aún, en leyes, emerge un fundamentalismo científico, como el que aconteció con el positivismo metodológico. No hablamos de todas las corrientes positivistas; la mayoría de ellas aportaron impulsando investigaciones causalistas. La expresión filosófica de este positivismo evidentemente fue la primera formulación epistemológica, propiamente dicha. Hablamos de la exaltación de la ciencia, como si ya se hubiera llegado al fin del conocimiento y tengamos verdades universales, en un pluriverso que nos falta todavía comprender.

 

Estos tres ejemplos, en tres planos de intensidad, nos ayudan a contar con analogías, a pesar de las diferencias, y cierta regularidad de la trama de actos y prácticas exaltadas. Los fundamentalismos son en extremo recalcitrantemente conservadores, aunque no lo crean, por ejemplo, los fundamentalistas “ideológicos”. Cuando éstos se invisten con el traje de “revolucionarios”, imitando a héroes del pasado, pero no sus actos y acciones, sino en la emulación discursiva, lo que muestran, paradójicamente, es el conservadurismo más aterido, más entumecido y agobiante. Generalmente, estas composiciones subjetivas singulares, combinan el machismo y su horizonte dominante, el patriarcalismo, con otros prejuicios arraigados.

 

Lo sobresaliente o llamativo es que los entornos de los fundamentalistas, creen en lo que dicen y hacen éstos; los consideran radicales. Entonces, los fundamentalistas logran su cometido; no solo llamar la atención, sino convencer de lo que no son.

 

¿Por qué tocamos este tema? Porque es imprescindible poner los puntos sobre las ies. Cuando estos fundamentalismos salen a la palestra, efectivamente, no está en debate y en juego su radicalismo, sino, mas bien, su anacrónico conservadurismo. La violencia o la desmesurada violencia no pueden remplazar esta falencia. Se cree comúnmente que por ser más violentos son más radicales. Los asesinatos no hacen a radicales sino a temerosos conservadores, que se colocan la careta más aterradora, para infundir miedo. El desgarrarse las vestiduras, el discurso exaltado, llevando al extremo las consecuencias de la “ideología”, hasta parecerse a un ultimatismo, o todo o nada, o el poder o el apocalipsis, muestra, mas bien, el reclamo más chillón por preservar lo mismo; la misma estructura de poder, solo cambiándole de nombres. Pues, solo en este orden conocido, puede tener valor su radicalismo simulado.

 

Las ciencias, los saberes y conocimientos logrados por estos logos y technes, que son las ciencias, seguirán el devenir experiencia, devenir memoria, devenir interpretación, devenir explicación, devenir técnica y tecnología. Cuando se hace un corte transversal en estas trayectorias inventivas, creativas y descubridoras, convirtiendo un momento de las ciencias en lo absoluto, no se juega el destino de las ciencias, frente al oscurantismo, como pregonan, sino estrategias de poder de profesores, académicos y difusores de las ciencias.

 

Como se puede ver los fundamentalismos, están íntimamente ligados al poder. ¿De qué manera? La demanda de reconocimiento, el colocarse como patriarcas, en el centro imaginario de círculos concéntricos, el esmerarse en la estridencia exaltadora, sobre todo, con ademanes de violencia descarnada o simbólica, pueden interpretarse como estrategias de poder.

 

 

Ahora bien, ¿qué tienen que ver estos fundamentalismos con los oportunistas y pragmáticos de la clase política? Aparentemente nada; son perfiles tan distintos, que no parece posible aproximarlos. Sin embargo, lo que comparten, en el fondo, es el prejuicio conservador; conciben como realidad el imaginario aterido en sus subjetivadas; imaginario que corresponde a la hermenéutica del resentimiento, de la consciencia culpable, del espíritu de venganza. Claro que unos lo expresan de manera violenta y otros lo expresan de manera comediante, trampeando, corroyendo y corrompiendo.

 

En otras palabras, estamos ante perfiles subjetivos consumados por el poder, averiados por el poder, desmoronados por el poder; por eso mismo, el poder se vuelve una obsesión. El poder, para ellos, es vida. Conciben el poder de una manera sesgada, si podemos hablar así; más que dominio, lo que se persigue es el reconocimiento, en un caso, y riqueza, en el otro caso. En el primer caso, convirtiéndose en ángeles vengadores; en segundo caso, haciéndose ricos.

 

Volviendo a nuestro tema en cuestión, el de la clase política. Los componentes de esta clase política, de este estrato de representantes y delegados, a diferencia de los fundamentalistas, son pragmáticos, realistas, por así decirlo. Sin embargo, hay que detenerse en escuchar sus argumentaciones. Cuando el pragmatismo se identifica como realismo, incluso como racional, cuando se dice, por ejemplo, que las “condiciones no están dadas”, aunque no tengan los ademanes violentos de los fundamentalismos, pretenden exaltar este equilibrado comportamiento, metódico, pragmático y realista. Para éstos, el pragmatismo, lo que se llama realismo político, se convierte en una verdad proclamada; aunque no logren elaborar una teoría que los justifique, sino, mas bien, su formación discursiva, aparece distribuida eclécticamente.

 

En este caso, no hay diagonales, que es la figura que propusimos en las nuevas consideraciones sobre el poder[1], sino vasos comunicantes, usando metafóricamente otra figura. Comencemos por lo más fácil, además por la enunciación ya planteada en otros ensayos[2]. Dijimos que los enemigos se requieren, se necesitan, pues el opuesto justifica su presencia, su discurso, su accionar, su estrategia. Dijimos amigo y enemigo son cómplices.  Los fundamentalistas aparecen como opuestos, distintos, antagónicos, a los pragmáticos; los pragmáticos – en el orbe mundial, en la burocracia de las organizaciones internacionales, así como en las potencias centrales y los Estado-nación – les declaran la guerra interminable contra el terrorismo; lo hacen categóricamente las potencias centrales, sobre todo la hiper-potencia militar-tecnológica-comunicacional, gendarme del mundo. Esta guerra contra el terrorismo reposiciona al orden mundial y a la hiper-potencia. Los fundamentalistas necesitan al monstruo, al demonio, del otro lado, para legitimar, religiosamente, su presencia, sus actos, sus gritos desesperados de reconocimiento. Ambos son cómplices en estas paradojas del amigo/enemigo y del fiel/infiel.

 

Claro, que no se puede de dejar de considerar las diferencias; peculiarmente la diferencia de lo que se pone en juego; lo que es notoriamente diferente entre fundamentalistas y pragmáticos. Los fundamentalistas ponen le pellejo; los pragmáticos no lo hacen, están muy lejos de hacer esto, ni de pensarlo. Lo que ponen en juego es su prestigio, por cierto artificial; además del peligro de ir a la cárcel por corrupción. Incluso estos desenlaces se pueden sortear, con más corrupción, comprometiendo a jueces y fiscales, incluso al mismísimo gobierno y al mismísimo Congreso. Del prestigio, les importa menos; eso, quizás es lo que puedan extrañar alguna vez.

 

Los fundamentalistas, con todas las diferencias del caso, entre los distintos fundamentalismos, son arronjados; en cambio, los pragmáticos tienden a ser cobardes. Hay excepciones, por cierto. No dan la cara, se excusan, mienten, trampean, lanzan cortinas de humo; pero, no dan la cara, no se enfrentan a la responsabilidad asumida de palabra.

 

Suponiendo estos bocetos de perfiles subjetivos, podemos decir que, considerando este cuadro analógico y comparativo de perfiles de comportamientos políticos, se puede sugerir interpretaciones hipotéticas de lo sucedido en Brasil. Se explica que el Congreso brasilero haya terminado destituyendo a la presidenta con un juicio a los usos presupuestarios, por los préstamos para llenar huecos del presupuesto. Después de haber hecho esto, haber decidido, sin contar con una clara argumentación jurídica, ni se inmuten; no se les pone roja la cara de vergüenza, sino al sentirse impunes, hasta se vuelven descarados y arrogantes.  Solo así se puede explicar que un gobierno interino, se arrogue las atribuciones que no le competen, como el de formular políticas económicas. Un gobierno interino tiene a lo máximo la tarea perentoria de convocar a elecciones, no de reformular las políticas, menos las políticas económicas. Sin embargo, como el mayor desparpajo el gobierno interino esto es lo que precisamente hace, mostrando abiertamente el mayor desprecio a la soberanía popular.  Hablamos, entonces, de la herencia de la oligarquía “café con leche” y de sus sucesores. Entre lo heredado, se halla este desprecio al pueblo; se siguen considerando por encima de todos; por lo tanto, con la facultad de despreciar y hacer caso omiso a las reglas del juego y a la voluntad popular.

 

[1] Ver Diagonales del poder. Corporeidades intensas; La Paz 2016.

[2] Ver El mundo como espectáculo. Dinámicas moleculares; La Paz 2016.

Decadencia y gubernamentalidad liberal

Decadencia y gubernamentalidad liberal

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Decadencia y gubernamentalidad liberal

Decadencia 16

 

 

 

 

Los grados más altos de la decadencia aparecen cuando se manifiestan los síntomas del mayor desajuste, de la mayor disyunción, de la mayor disociación, con lo que consideramos comúnmente la realidad, que para nosotros es sinónimo de complejidad. El Nuevo gobierno de Michel Temer, el reciente presidente interino del Brasil, evalúa la posibilidad de vender acciones de empresas públicas, incluyendo la compañía de correos, así como propiedades estatales de compañías de transporte, energía y seguros.  Esta proyección privatizadora, como ya se conoce, desde la perspectiva neoliberal de transferir al sector privado estas acciones y estas compañías estatales. Lo que se conoce como el ajuste estructural privatizador, globalizado por el mundo, con el apoyo de los organismos internacionales del orden mundial; contando con connivencia del impulso concomitante del sistema financiero internacional; es decir, en el contexto de las centralidad y acumulación de la hiper-burguesía mundial, que domina el mundo.

 

El gobierno interino de Michel Temer está elaborando una lista de empresas y compañías estatales, con objeto de privatizarlas. De esta manera, volver a lo mismo de antes de los “gobiernos progresistas” del PT; entregar la economía nacional no solo a manos privadas sino a empresas trasnacionales. La imaginación de los herederos de la “oligarquía café con leche” no llega a más.  Solo pueden concebir un Brasil subalterno, incluso como potencia emergente en la geopolítica del sistema-mundo capitalista; por lo tanto, en la geografía política de los centros hegemónicos del poder y de la economía-mundo. La mentalidad de estos herederos de los esclavistas y hacendados cafetaleros es sumisa al orden mundial, impuesto por los oligopolios trasnacionales. Para ellos, el Brasil se encuentra circunscrito al modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente. Incluso, en el caso, que parte de ellos, la burguesía industrial, que estaba, mas bien, más cerca del PT, apunta a consolidar la característica de potencia industrial. Como lo dijo Francisco de Oliveira, no se trata de que se pase por la revolución industrial y la revolución cibernética, sino de la composición misma de la economía. Para Oliveira, Brasil no dejó de ser una formación económico-social ornitorrinco; es decir, una mezcla alucinante de mamífero y ovíparo. Pues, a pesar de las revoluciones industriales, tecnológicas, científicas y cibernéticas, el peso de la economía, de la estructura económica, gravita en el extractivismo[1].

 

Los representantes de la burguesía, predominantemente financiera, comercial, especuladora, ligada al latifundio, exceptuando a la burguesía industrial, muestran características mucho más restringidas que los anteriores representantes de la clase económicamente dominante, anteriores a los gobiernos del PT. Parecen unos patéticos comediantes, que intentan articular un discurso, para justificar su presencia fraudulenta en el gobierno, después de iniciado el juicio de impedimento a Dilma Rousseff. ¿Por qué lo hicieron?  Lo que dicen los voceros de los “gobiernos progresistas” de América Latina y de la “izquierda” reformista, que se trata de un golpe congresal; que más parce una típica astucia criolla. Astucia perpetrada usando tecnicismos jurídicos, a la usanza más leguleya. Que en todo caso, por las desproporciones de la medida tomada por el Congreso, patentiza un despropósito político.

Lo que llama la atención es que, siendo el motivo efectivo el escándalo estruendoso y de magnitud de la corrosión empresarial y la corrupción en torno a PETROBRAS, donde no solo estaba involucrado el gobierno, sino también la llamada “oposición”; sobre todo, entre ambos, los actuales flamantes gobernantes interinos, se derive en un juicio menor, marginal, que no debía haber tenido las consecuencias que ha tenido. No se justifica la destitución, tomando la acusación efectuada. Rousseff fue suspendida como presidenta, después de que el Senado aprobó someterla a un juicio político por cargos de violar leyes presupuestarias. La mandataria fue relevada de su cargo por su vicepresidente, Michel Temer[2].

 

Carla Guimarães, columnista de El País, escribe:

 

Los grandes medios de comunicación de Brasil, que pertenecen a un pequeño grupo de familias, crearon lo que se podría llamar la dramaturgia del “impeachment”: existe un Gobierno corrupto, el pueblo pide su dimisión en las calles, el Congreso derriba a la presidente y Brasil vuelve a ser el país del futuro. Para esos medios, el PT no solo era el culpable de la corrupción, sino la causa de todos los males de Brasil. Patricia (se refiere a su prima con la que nunca estuvo de acuerdo) no podía estar más de acuerdo con ese guion. Ella y otros miles de brasileños salieron a las calles vestidos con los colores de la bandera para luchar contra la corrupción y exigir la salida del PT. Cada vez que Dilma hablaba en la tele, Patricia cogía una cacerola y se ponía a protestar desde su ventana. La historia narrada por los medios y defendida en las calles era casi perfecta, si no fuera por un pequeño detalle: Dilma no está acusada en ningún caso de corrupción. Sin embargo, muchos de los responsables por llevar adelante su proceso de “impeachment” sí lo están. Es el caso del expresidente del Congreso, Eduardo Cunha, del presidente del Senado, Renan Calheiros, y del propio vicepresidente, Michel Temer. Este último fue condenado por el Tribunal Regional Electoral de São Paulo por hacer donaciones de campaña por encima del límite legal y no podrá postularse a ningún cargo público en un periodo de 8 años. Temer acaba de ser nombrado presidente interino de la República de Brasil[3].

 

 

¿Lo hicieron para salvar sus pellejos? ¿Por qué encontraron la oportunidad en plena crisis? ¿Por qué los herederos de la “oligarquía café con leche” decidieron empujar, desde hace un buen tiempo, el cambio de ruta del gobierno? ¿Por qué los socialistas reformistas del PT construyeron su derrota? No se puede responder, a ciencia cierta, como se dice, estas preguntas. Quizás todas estas tendencias, inherentes al proceso de crisis múltiple, política, institucional y económica, hayan incidido en conjunto; cada tendencia aportando con su cuota. Dejaremos que las respuestas las den investigaciones descriptivas y analíticas, correspondientes. Lo que queda claro, es que asistimos a los síntomas evidentes de la degradación extrema de la clase política.

 

La autora del artículo citado dice:

Quizás uno de los mayores errores del partido de Dilma y Lula fue haberse dejado absorber por la política tradicional brasileña. Después de tantos años en el poder, el PT ya no era tan cercano a los movimientos sociales que le apoyaron y estaba dedicado de lleno al juego político. Dilma ganó las últimas elecciones con el apoyo del PMDB de Temer, Eduardo Cunha y Renan Calheiros. Un partido de derechas que siempre estuvo cerca del poder y que ahora ha encontrado la manera de tomarlo[4].

 

Lo que parece insólito, pero, no lo es, es que el partido aliado del gobierno, además, nada más ni nada menos, que el vicepresidente, fueron los que conspiraron contra Dilma. Esto es parte del anecdotario de las historias políticas de América Latina. Lo que no deja de sorprender es que el pueblo, a pesar de haber salido a las calles a defender a la presidenta, frente a la tramoya gris de la tradicional clase política, angurrienta de poder, a cualquier costo y usando cualquier medio, se haya dejado, al final de cuentas, escamotear por estas astucias criollas. Sobre todo, después de haber ganado consecutivamente las elecciones, llevando al poder al PT; posteriormente, manteniéndolo en el poder, durante un largo periodo de gestiones de un gobierno catalogado de “progresista”.

 

El gobierno interino de Temer es inconstitucional, por más encubierto que esté este hecho, por el barniz del tecnicismo jurídico, que sacó a Dilma Rousseff. En la Constitución no está contemplada una medida como ésta para el caso tratado, por cargos de violar leyes presupuestarias. A todas luces, su destitución adolece no solo de legitimidad sino también de legalidad, incluso de institucionalidad. La situación de este gobierno interino es como la de un gobierno de facto; decimos esto, a pesar de no compartir la interpretación de la “izquierda” reformista, de que se trata de un “golpe congresal”. Es un gobierno irregular, para decirlo suavemente. Sensatamente, lo que queda, incluso para salvar las apariencias formales de la democracia institucionalizada, es pedir la renuncia de este gobierno irregular. ¿Llamar inmediatamente a elecciones? ¿Restituir a Rousseff, hasta que culmine su mandato?  ¿Medidas radicales por parte del pueblo, que opta por profundizar la democracia, en sentido participativo, incluso apuntando a los autogobiernos?  Estos temas son los que tiene que resolver el pueblo mismo. Lo importante es que lo que se haga sea parte de consensos democráticos, participativos, reflexivos multitudinariamente y autocríticos. Transparentar lo que ocurrió con PRETROBRAS, buscando, su re-nacionalización. Pues es uno de los pivotes del “desarrollo” y el “crecimiento” económico de la potencia emergente.

 

En otras palabras, nuestra perspectiva política es la siguiente: los pueblos no tienen por qué seguir tolerando estas conductas de la clase política; la del tecnicismo grotesco de destitución,  la de la corrupción generalizada en toda la clase política, progresistas y neoliberales, incluyendo a conservadores; las demagogias de unos y de otros. Así como las comedias estridentes, de unos y de otros. El pueblo debe tomar en sus manos, como corresponde, el ejercicio de la democracia; pues eso quiere decir democracia, gobierno del pueblo; es decir, autogobierno del pueblo.

 

Como dijimos en otro texto[5], lo que llama la atención es que la atmósfera donde ocurrió la destitución de Dilma Rousseff es enardecida por el caso de corrupción de PETROBRAS, donde están metidos todos, “derechas” e “izquierdas”; sin embargo, no es esto lo que se juzgó, se investigó e indujo a tomar medidas. No convenía, pues, como todos están involucrados, sobre todo, los acusadores de Dilma Rousseff, entonces, el juicio quedó anclado en un fragmento del problema. Por cierto, no el más importante, sino el menos significativo, ya que todos los gobiernos anteriores hacían lo mismo; prestarse dinero para cubrir huecos presupuestarios.

 

Carla Guimarães escribe:

 

A pesar de la decepción con el PT, en los últimos meses, miles de personas salieron a las calles para denunciar el golpe. Algo que no estaba en el guion redactado por los grandes medios. Movimientos sociales, sindicatos, líderes indígenas, personalidades del mundo de la cultura y ciudadanos de distintos orígenes sociales se manifestaron en contra del “impeachment”, en diversos actos a lo largo del país. El color predominante en esas protestas era el rojo, a diferencia del verde y amarillo que dominaban las marchas anti-Dilma. Yo participé en una manifestación en Madrid. Éramos cuatro gatos protestando en Sol, pero teníamos la sensación de formar parte de algo mayor. Nos sentíamos parte del enorme movimiento de lucha por la democracia que está tomando Brasil. Más que las siglas, nos unía la indignación de ver a tantos políticos involucrados en casos de corrupción votando a favor del “impeachment” de la presidente en nombre, paradójicamente, de la lucha contra la corrupción. También nos unía la sensación de que el Gobierno de Dilma no estaba siendo juzgado por sus errores, sino por sus aciertos.

 

Durante los 12 años de gobierno del PT cerca de 40 millones de personas salieron de la pobreza y la población históricamente excluida ganó espacio dentro de la sociedad. El partido cambió una historia de más de 500 años de desigualdad. Quizás por ello, ganó cuatro elecciones seguidas. En las últimas, la derecha se dio cuenta de que le costaría mucho recuperar el poder en las urnas y decidió tomarlo a través de un proceso aparentemente legal, pero tremendamente injusto. Los que asumen ahora el Gobierno representan los intereses de los grandes latifundios, la industria de las armas, las iglesias evangélicas y quizás de muchos políticos y grandes empresarios a los que le vendría bien que las investigaciones de los casos de corrupción, como el de PETROBRAS, fuesen finalizadas sin mucho revuelo y sin grandes repercusiones[6].

 

Carla Guimarães lo dice, el error es haberse dejado absorber por la política tradicional brasileña; también expresa: el PT ya no era tan cercano a los movimientos sociales que le apoyaron y estaba dedicado de lleno al juego político.  Extendiendo la pregunta, respecto a todos los “gobiernos progresistas”, ¿por qué se dejan absorber por las prácticas de la política tradicional? Como se puede leer en los ensayos difundidos, para nosotros esto pasa porque no se sale del círculo vicioso del poder. No se da el problema porque “traicionan” los encumbrados líderes populares y sociales, como cree la “izquierda” tradicional radical. Esto es como caer en una de las versiones de la teoría de la conspiración, que nos resulta muy esquemática, simplista y hasta dramática, convirtiendo la realidad política en juego de dispositivos de conspiración. Para que pueda suceder esto, la realidad tendría que reducirse a la dimensión plana, sin espesores, donde solo cabe tramas, por así decirlo, de dibujos animados. Nadie, ni grupos, ni agencias de inteligencia, ni gobiernos, por más poderosos que puedan ser, puede controlar todas las variables – por así decirlo, usando un término conocido – de la complejidad, sinónimo de realidad. Por otra parte, la complejidad dinámica de la realidad, no puede ser reducida, ni siquiera representada, a dos dimensiones, como para hacer caber una versión tan simplista como la teoría de la conspiración.

 

La tragedia de los “gobiernos progresistas” es que son marionetas, aunque no lo quieran, tampoco lo crean, de las fabulosas máquinas de poder, de la economía-mundo y de la guerra; es decir, de estructuras de poder estructurantes de la política oficial, institucionalizada; practicada por los Estado-nación, en el contexto de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Solo pueden moverse dentro de determinados márgenes, definidos por el orden mundial. El cruzarlos es tomado como una transgresión a este orden mundial. Los líderes se ilusionan con que controlan el poder, el Estado, el gobierno. Esto no ocurre, tampoco puede ocurrir, menos en estos “gobiernos progresistas”, que solo han atinado a tibias reformas, dejando intacta la estructura de poder heredada. En gobiernos que cruzaron los límites de los márgenes trazados, por ejemplo, los gobiernos del socialismo real, también ocurrió algo parecido, aunque más trágico, por la apuesta que se puso en juego; la trasformación social, económica, política y cultural. Recurriendo a un Estado de transición, la dictadura del proletariado, hacia la sociedad sin clases. En este caso, más complejo y profundo, por lo tanto, más comprometedor y demoledor, no se salió del círculo vicioso de poder porque, se bien se cambió el Estado y las reglas económicas nacionales, no se pudo salir del horizonte del sistema-mundo capitalista; reproduciendo, paradójicamente, en el socialismo real, el modo de producción capitalista.

 

Hemos aprendido de las historias políticas de la modernidad, que es el horizonte cultural del sistema-mundo capitalista, por lo tanto, sistema globalizado, integrado, que las transformaciones tienen que alcanzar la esfera sin horizontes del mismo mundo.  Esto no quiere decir que no se comiencen cambios en cualquier lugar donde se pueda. De ninguna manera. Lo que no se puede hacer es confundir estas modificaciones locales como si fuesen el fin de la historia, que es el sentido “ideológico” transmitido por los discursos, antes, socialistas, después populistas, y, ahora, por los progresistas. Lo grave, para decirlo más severamente, es creer que se puede transformar con la misma maquinaria del poder, el Estado, como si solo se tratara de usar de otro modo esta herramienta de dominaciones. Lo patético es ver a los líderes populares y progresistas imitar los comportamientos de la clase política derrocada; desde sus vestimentas, aunque adquieran un toque folclórico, hasta sus modales, sus estilos, incluso sus prácticas.  Estos ya son síntomas del alejamiento de estos “gobiernos progresistas” respecto de los movimientos sociales antisistémicos, que son la potencia social, que llevó al poder a estos gobiernos.

 

Hay como una intuición enunciada, en discursos convocativos, por los revolucionarios del siglo pasado, los heroicos, no los imitadores; esta intuición es que una revolución no puede detenerse, como la política, en sentido pleno; como la democracia, en sentido absoluto, no se detiene, desborda. Cuando ocurre este acontecimiento político, el de la revolución, la transformación en explosión, en devenir, no puede detenerse, pues tiene que desmantelar no solo la fabulosa maquinaria del Estado, maquinaria milenaria, sino milenios de dominaciones ateridas; trayectorias de genealogías institucionales, que inscribieron en los cuerpos estas dominaciones. El reducir las tareas revolucionarias a medidas, promulgadas por el gobierno, es una de las más turbadoras inocencias de estos pregoneros del socialismo por decreto, de la descolonización por decreto, de la independencia por decreto. Esta inocencia es, nuevamente, reducir las tareas de transformación estructural, institucional y subjetiva, al plano, donde solo caben dibujos animados.

 

La pregunta que parece pertinente es esta: ¿Los “revolucionarios” tomaron en serio las tareas que se tenía delante? Obviamente, no solamente como partido, pretendida vanguardia, sino como sociedad, por lo menos, parte de la sociedad explotada, que es la mayoría. ¿O se dejaron seducir por los cantos de sirena del poder? La tragedia de los bolcheviques, después del acto heroico de enfrentar a la realidad y la historia, inventando otras condiciones de posibilidad, es que al toparse con las grandes dificultades de la transformación social, política, económica y cultural, no encontraron otra salida que el recurrir a la violencia, para forzar los procesos inherentes a la realidad, como complejidad. Con esto, no solo imitaron a los amos, patrones, terratenientes, burgueses, derrocados, sino que cayeron en un anacronismo conservador de envergadura, el Estado policial.

 

Sin pretender justificar esta actitud dictatorial de los bolcheviques, que, ciertamente, tuvieron que defenderse de la invasión imperialista, por todos los lados, por todas las fronteras, esta experiencia social política formó parte de las duras lecciones. Lo extraño es que en vez de aprender, corregir los errores, los partidos “revolucionarios”, pretendidas vanguardias, se apegaron a la “ideología”, defendieron a los gobiernos bolcheviques, defendieron al Estado policial, a pesar que precisamente los errores cometidos fueron la causa de la caída de los Estados del socialismo real de la Europa oriental. En otras palabras, se prefirió no aprender y seguir adelante, repitiendo el libreto.

 

El perfil de los “gobiernos progresistas” es más bajo; no llegan a tanto. No transforman el Estado, usan el Estado-nación, burgués, colonial, subalterno, para, disque, transformar la sociedad y liberar a los pueblos. Lo terrible, que vuelva a ocurrir por enésima vez lo que ya ocurrió antes, es que el pueblo, que se ha rebelado, y cambiado la correlación de fuerza, llevando al poder a estas expresiones políticas populistas y progresistas, también cree en esta ilusión, de que se puede usar el Estado para transformar. Entonces hay como una retroalimentación de la misma ilusión, compartida por los gobernantes y gran parte del pueblo. Solo cuando ya no se puede ocultar lo mal que van las cosas, parte del pueblo se sorprende; en principio atina a corregir el curso político; después, puede, al sentirse desencantado, asumir una indiferencia preocupante o comenzar a resistir al nuevo gobierno, que se parece en mucho a los gobiernos pasados. Esta reacción popular puede derivar, como hemos visto, en el voto castigo a los progresistas.

 

¿Se trata de castigar a los progresistas? Ni de castigarlos, ni de defenderlos. La pregunta es: ¿Por qué el pueblo, con toda la pluralidad, con toda la multiplicidad, de sus singularidades, con todas las diferencias que caben, no toma en sus manos la responsabilidad de la democracia? Dicho de otra manera: ¿Por qué delega sus voluntades singulares, para no hablar de la voluntad general; por qué opta por la representación, que nunca, obviamente lo va a representar? Siguiendo con la redundancia de la pregunta: ¿Por qué transfiere parte de su fuerza política, otorgando poder a los representantes, al gobierno, al Estado? ¿No hay de otra? ¿Esas son las únicas reglas del juego democrático que se puede seguir, la delegación y la representación? ¿El mundo político es tan reductivo?

 

Recurriremos a la crítica de Emmanuel Kant, aquella que tiene que ver con la razón, podríamos decir, práctica o política, cuando dice que la única autoridad es la razón, que se debe asumir el uso crítico de la razón. Por cierto, no compartimos el elogio de Kant del iluminismo y de la razón abstracta; nuestra posición es, más bien, reincorporar la razón al cuerpo, a la fenomenología de la percepción; hacerla, por lo tanto, potente y con incidencia; además, integrada a la experiencia y a la memoria. Pero, no olvidemos de cuando escribió Kant sus críticas, como vislumbrando todo el horizonte de la modernidad. Por otra parte, este enunciado es valioso, por sus implicaciones con la libertad, con el uso de la razón, también con la democracia. Si, al mismo tiempo, le añadimos eso de la razón integrada al cuerpo y a la percepción, entonces, el alcance es mayor.

 

En pocas palabras, podemos decir, llevando al extremo la pregunta: ¿Por qué el pueblo no quiere ser libre? ¿Por qué no quiere asumirse? ¿Por qué delega esta responsabilidad del ejercicio pleno de la democracia, que no puede ser otro que el de la auto-conducción? Éste parece ser el nudo gordiano de la problemática política, circunscrita en los límites institucionales de la democracia formal, por lo tanto, de la democracia simulada.

 

No con la pretensión de responder estas preguntas, que solo se pueden responder con investigaciones en profundidad, en el contexto de la complejidad, también auscultando a fondo la experiencia social, contando con todas sus singularidades, vamos a sugerir algunas hipótesis, con el ánimo de abrir senderos reflexivos, induciendo a efectuar las investigaciones de las que hablamos.

Hipótesis sobre las subordinaciones ateridas

 

  1. Parece que estamos ante un conjunto de restricciones impuestas. En primer lugar, ciertos condicionamientos culturales, políticos, económicos y sociales. No hablamos de condiciones de posibilidad, sino de condicionamientos. En este sentido, los condicionamientos son, mas bien, inducidos; elaborados previamente, construidos en la artificialidad yuxtapuesta de los espaciamientos humanos. En segundo lugar, los diagramas de poder, que se inscriben en la superficie del cuerpo como historia política, que se adhieren al cuerpo, haciendo emerger la constitución de sujetos. En tercer lugar, las dominaciones se plasman en esquemas de conductas de subordinación, de sumisión, de renuncia. En cuarto lugar, la sociedad institucionalizada conforma una geografía social donde se plasma espacialmente el ejercicio y las consecuencias de estas dominaciones. El poder se hace geografí En quinto lugar, todo esto se interpreta, socialmente, como que “son así las cosas”, “esa es la cruda realidad”; por lo tanto, la “ideología” funciona como intérprete del mundo, de la realidad.

 

  1. En consecuencia, estamos ante ciclos de retroalimentación, regeneración y reproducción del poder, en distintos niveles, planos y espesores de intensidad

 

 

  1. Cuando el pueblo, una parte del pueblo, la mayor parte del pueblo, se rebela, es cuando pone en evidencia la fragilidad de este sistema complejo del poder. Por otra parte, puede que sus funcionamientos, los del sistema, entren en crisis, y es cuando se hace evidente la cosificación, la fetichización, del sistema.

 

  1. Sin embargo, el sistema de poder – por así decirlo, provisionalmente, mientras tanto – puede regenerarse, reconstituirse, mutarse. Puede reconstruir el poder alterado, mediante nuevos pactos, conformando otras instituciones acopladas, incluso mejorando las anteriores, en el marco de la reproducción del poder.

 

 

  1. Se entiende que en los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, se haya interpretado las crisis del sistema como agonías del sistema, estimando su acabose defectivo. Sin embargo, ya avanzado el siglo XX, no eran sostenibles estas interpretaciones; mucho menos en el siglo XXI. Entonces, ¿Por qué se persiste en este pronóstico? Tal parece que no se quiere salir de la inclinación por la cosificación, por el fetichismo, por la “ideología”. ¿Por qué es más fácil auto-engañarse que mirar cara a cara la realidad, para decirlo de manera figurada? ¿Por qué ya somos sujetos constituidos por el poder, por lo tanto, no es, de ninguna manera, fácil escapar de sus telarañas, de sus redes? No vamos a responder estas preguntas difíciles; pero, vamos a sugerir la siguiente impresión: el pueblo, parte, la mayoría, es corresponsable de que se siga, como sociedad institucionalizada, en el círculo vicioso del poder.

 

  1. Ciertamente el pueblo no es un sujeto, sino multitudes. No se puede hablar de responsabilidad de todos; estos son los usos metafóricos del lenguaje, transfiriendo el acontecimiento individual a acontecimientos masivos. En todo caso, la responsabilidad, efectivamente dada, es individual, por así decirlo. Sin embargo, los efectos masivos, molares, en la sociedad, ocasionan consecuencias inesperadas, no controladas. La responsabilidad, en sentido figurativo, aunque extendida a la población, es, de todas maneras, ineludible.

 

 

  1. Tampoco, en este caso, el de la población, parte o la mayoría, hay culpabilidad. No hay culpables, salvo para la consciencia del resentimiento de las religiones monoteístas, inoculada en los pueblos. El pueblo, para seguir con este concepto, correspondiente al concepto de voluntad general de Rousseau, es la constelación corporal viviente, atravesada por técnicas y tecnologías de poder, inscritas en el cuerpo. Aunque, como dijimos, al hablar de la sociedad alterativa, parte del pueblo escapa, como líneas de fuga, del control y la vigilancia del Estado. El pueblo, como referente político, es materia y objeto de poder de la política, en sentido restringido, tomándola como cartografías y ejercicios pragmáticos del poder. El pueblo es convertido en voluntad general; es decir, en una voluntad única, homogénea; supuestamente aval de la democracia formal, paradójicamente, hecha del vaciado del contenido concreto, efectivo, de las voluntades singulares del Esta es la pretensión del poder, el lograr este objetivo. Empero, no es tan fácil, pues la corporeidad multitudinaria del pueblo, sus espesores singulares, sus ámbitos diversos de relaciones, sus ecologías sociales, psicológicas, de saberes, compartiendo con las ecologías vitales de la biodiversidad, no es abarcable por las herramientas específicas del poder. Aunque pueda parecer que lo hace, por lo menos, “ideológicamente”, ésta es una ilusión, que dura lo que dura un periodo o, en el mejor de los casos, una era; pero, ¿qué son estos lapsos ante las estructuras de larga duración de las formas de vida? ¿Qué es esta interpretación, esta narrativa, apologética del poder, ante las gramatologías, inscripciones, señales, marcas, de la complejidad ecológica del planeta? Poca cosa, por cierto.

 

  1. No es que el poder no afecta a la corporalidad del pueblo; lo hace. Las consecuencias son lo que ya describimos y comentamos. El poder requiere rehacerse constantemente, depende de la absorción de vidas; en cambio, la vida está programada, por así decirlo, es espontánea. La combinación entre filogénesis y ontogénesis hacen a la vida creativa y paradójica. La vida siempre encuentra una salida para seguir creando. En cambio, el poder, solo puede repetir recurrentemente lo mismo, cada vez más queda más anacrónico respecto de la complejidad.

 

 

  1. La subordinación como relación de dominación, es una larga construcción institucional. No se trata de un solo diagrama de poder, que se incrusta en los cuerpos, sino varios. El cuerpo es invadido por diagramas religiosos, morales, patriarcales, de castigo, de vigilancia, de disciplinamiento, de control, colonial y otros. La subordinación es como el resultado del conjunto de estas modulaciones y ortopedias de los diagramas de poder.

 

  1. El pueblo, que no es pueblo, como el concepto indica, unidad homogénea, voluntad general, sino multitudes en movimiento, conglomerados sociales dinámicos, conjunciones cambiantes, composiciones en constantes desplazamientos, se encuentra entre el devenir vida y las reducciones institucionales, que lo convierten en materia manipulable del poder.

 

 

 

 

 

 

[1] Francisco de Oliveira: El neo-atraso brasilero. Siglo XXI-CLACSO.

 

[2] Ver el artículo de redacción Brasil evalúa vender activos públicos. El País. 16 de mayo, 2016.

 

[3] Carla Guimarães: Érase una vez un país llamado Brasil. El País; 16 de mayo, 2016.

 

 

[4] Ibídem.

[5] Ver Apuntes sobre la crisis política de Brasil. https://pradaraul.wordpress.com/2016/03/19/apuntes-sobre-la-crisis-politica-de-brasil/.

 

[6] Ibídem.

Brasil evalúa vender activos públicos

El País

Brasil evalúa vender activos públicos

Carente de recursos, el nuevo gobierno estudia comercializar participaciones de empresas.

El nuevo gobierno busca relanzar la economía en recesión. Foto: Reuters

El Gobierno de Brasil está considerando vender participaciones en empresas controladas por el Estado incluyendo la compañía de correos así como tenencias en firmas de transporte, energía y seguros, en un intento por levantar capital y reducir el sector público, reportó ayer un periódico local.

El gobierno del presidente interino de Brasil, Michel Temer, está trabajando con una lista de empresas y sectores que serían los primeros objetivos si se concreta la idea de desmantelar las tenencias del Estado, dijo el diario O Globo de Rio de Janeiro, citando —sin identificar— a miembros del equipo económico de Temer.

Esa maniobra fue utilizada ampliamente durante la década de 1990 e inicios de los 2000, pero los gobiernos de izquierda del Partido de los Trabajadores la revirtieron posteriormente durante sus 13 años en el poder bajo el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva y sucesora Dilma Rousseff.

Rousseff fue suspendida como presidenta la semana pasada después de que el Senado aprobó someterla a un juicio político por cargos de violar leyes presupuestarias. La mandataria fue reemplazada entonces de manera inmediata por Temer, un político de centro, miembro del partido más grande de Brasil.

Brasil enfrenta una profunda recesión económica marcada por un creciente desempleo, una inflación de casi dos dígitos y una debilitada confianza de los consumidores y empresarios. El Gobierno tiene además un fuerte déficit.

En este contexto, O Globo dijo que el Gobierno está considerando la venta parcial de su participación en Correios, la empresa de correos de Brasil, y en la Casa de Moneda.

 
También podría revivir esfuerzos por vender participaciones en la unidad de seguros de Caixa Económica Federal, un gran prestamista público, y varios operadores de puertos a lo largo de Brasil en los que el Gobierno Federal tiene intereses, dijo el periódico.

Otras privatizaciones que están siendo consideradas, de acuerdo al reporte, incluyen la venta parcial del operador de aeropuertos Infraero, tenencias en más de 200 pequeñas empresas eléctricas controladas por la estatal Eletrobras y varios activos controlados a través de BNDESPar, el brazo de inversión del banco de desarrollo BNDES.

Una portavoz del Ministerio de Hacienda de Brasil declinó realizar comentarios sobre el reporte, diciendo que el nuevo ministro Henrique Meirelles entregaría más detalles sobre los planes económicos del Gobierno en los próximos días.

El diario no dio referencias de fechas para eventuales privatizaciones que el nuevo gobierno pudiera llevar a cabo, pero dijo que las ventas dependerían de las condiciones operacionales y financieras de cada participación, además de las condiciones regulatorias y del mercado.

Se defienden.

El nuevo canciller brasileño, José Serra, afirmó que “subirá el tono” si fuera necesario para responder a las “falsedades” de quienes han criticado el proceso que suspendió a la presidenta Rousseff y llevó al poder a Temer.

“Nuestra preocupación es esclarecer las mentiras que se han dicho sobre el proceso brasileño”, pues “todo lo que ocurre” en Brasil “está previsto en la Constitución y la legalidad democrática”, señaló el canciller Serra en declaraciones difundidas ayer por el canal de televisión Globo.

Piden renuncia de ministros.

La Orden (colegio) de Abogados de Brasil sostuvo ayer que los ministros nombrados por el presidente interino que están bajo sospecha de corrupción deben dejar sus cargos, pues su nombramiento “contraría los anhelos de la sociedad”. “Amenaza la posibilidad de que Brasil transite por mejores rumbos”, dijo su presidente Claudio Lamachia.

Continúa el juicio a Rousseff.

El Senado de Brasil definirá en los próximos días el calendario del proceso contra la presidenta Dilma Rousseff, suspendida por 180 días y sustituida por Michel Temer, contra quien ayer hubo pequeños focos de resistencia en las calles.

Pese a que en Brasil se temía que la decisión de abrir un juicio que puede acabar definitivamente con el mandato de Rousseff fuera seguida de una gran agitación popular, hasta ahora los grupos que han protestado contra el juicio han sido minúsculos.

Ayer, una manifestación convocada en favor de Rousseff no reunió en Brasilia más que unas 200 ó 300 personas, que protestaron en forma pacífica frente a las puertas del Palacio presidencial de Planalto, ocupado desde el pasado jueves por Temer.

El presidente interino fue tildado de “golpista” y “traidor” por los manifestantes, que se dispersaron sin ningún tipo de incidentes.

La protesta también pasó frente a la sede del Parlamento, donde en los próximos días el Senado le pondrá fechas a las fases que faltan del proceso. Por ahora Dilma prepara su defensa en la residencia presidencial.

Érase una vez un país llamado Brasil

El País

Érase una vez un país llamado Brasil

La investigación en Petrobras logró algo impensable: llevar al banquillo y a la cárcel a las élites políticas y económicas del país. El escándalo manchó al Partido de los Trabjadores y creó la oportunidad perfecta para justificar el ‘impeachment’.

CARLA GUIMARÃES

Érase una vez un país llamado Brasil
EULOGIA MERLE

Patricia y yo somos primas, pero nos sentíamos como hermanas. Crecimos en el mismo barrio, en Salvador de Bahía, y vivíamos en edificios vecinos. Ella estaba siempre en mi casa y, cuando no, yo estaba en la suya. Nacimos en una dictadura y asistimos el paso a la democracia. Su padre llamaba revolución a la llegada de los militares al poder. El mío decía que fue un golpe. Su padre temía que un sindicalista barbudo llamado Lula ganara las primeras elecciones directas. A menudo repetía que Lula era un analfabeto. Mi padre creía que, en un país tan clasista como Brasil, un obrero jamás llegaría a la presidencia. Yo ya vivía en Madrid cuando Lula fue investido presidente en 2003, contradiciendo a mi padre, aterrando a mi tío. 13 años después de aquello, Patricia y yo estamos irremediablemente peleadas. Ella defiende la salida de la presidente Dilma. Dice, como su padre, que forma parte de una revolución. Yo, como el mío, digo que lo que está ocurriendo en Brasil es un golpe.

 
 
OTROS ARTÍCULOS DE LA AUTORA

Nuestra disputa empezó el mismo día en que Dilma fue reelegida presidente, hace poco menos de 19 meses. Por aquel entonces Patricia tenía un odio visceral hacía el partido de Lula y Dilma, el Partido de los Trabajadores (PT), mientras que yo les había votado elección tras elección. Cuando Dilma empezó su segundo mandato, Brasil estaba inmerso en uno de los mayores escándalos de corrupción de su historia, el caso Petrobras. La investigación en la empresa de petroleo brasileña logró algo impensable: llevar al banquillo y a la cárcel a las élites políticas y económicas del país. El escándalo manchó indiscutiblemente al partido de Dilma y creó la oportunidad perfecta para justificar el golpe.

Los grandes medios de comunicación de Brasil, que pertenecen a un pequeño grupo de familias, crearon lo que se podría llamar la dramaturgia del impeachment: existe un Gobierno corrupto, el pueblo pide su dimisión en las calles, el Congreso derriba a la presidente y Brasil vuelve a ser el país del futuro. Para esos medios, el PT no solo era el culpable de la corrupción, sino la causa de todos los males de Brasil. Patricia no podía estar más de acuerdo con ese guion. Ella y otros miles de brasileños salieron a las calles vestidos con los colores de la bandera para luchar contra la corrupción y exigir la salida del PT. Cada vez que Dilma hablaba en la tele, Patricia cogía una cacerola y se ponía a protestar desde su ventana. La historia narrada por los medios y defendida en las calles era casi perfecta, si no fuera por un pequeño detalle: Dilma no está acusada en ningún caso de corrupción. Sin embargo, muchos de los responsables por llevar adelante su proceso de impeachment sí lo están. Es el caso del expresidente del Congreso, Eduardo Cunha, del presidente del Senado, Renan Calheiros, y del propio vicepresidente, Michel Temer. Este último fue condenado por el Tribunal Regional Electoral de São Paulo por hacer donaciones de campaña por encima del límite legal y no podrá postularse a ningún cargo público en un periodo de 8 años. Temer acaba de ser nombrado presidente interino de la República de Brasil.

Uno de los mayores errores de Dilma y Lula fue dejarse absorber por la política tradicional. Quizás uno de los mayores errores del partido de Dilma y Lula fue haberse dejado absorber por la política tradicional brasileña. Después de tantos años en el poder, el PT ya no era tan cercano a los movimientos sociales que le apoyaron y estaba dedicado de lleno al juego político. Dilma ganó las últimas elecciones con el apoyo del PMDB de Temer, Eduardo Cunha y Renan Calheiros. Un partido de derechas que siempre estuvo cerca del poder y que ahora ha encontrado la manera de tomarlo.

A pesar de la decepción con el PT, en los últimos meses, miles de personas salieron a las calles para denunciar el golpe. Algo que no estaba en el guion redactado por los grandes medios. Movimientos sociales, sindicatos, líderes indígenas, personalidades del mundo de la cultura y ciudadanos de distintas orígenes sociales se manifestaron en contra del impeachment en diversos actos a lo largo del país. El color predominante en esas protestas era el rojo, a diferencia del verde y amarillo que dominaban las marchas anti-Dilma. Yo participé en una manifestación en Madrid. Éramos cuatro gatos protestando en Sol, pero teníamos la sensación de formar parte de algo mayor. Nos sentíamos parte del enorme movimiento de lucha por la democracia que está tomando Brasil. Más que las siglas, nos unía la indignación de ver a tantos políticos involucrados en casos de corrupción votando a favor del impeachment de la presidente en nombre, paradójicamente, de la lucha contra la corrupción. También nos unía la sensación de que el Gobierno de Dilma no estaba siendo juzgado por sus errores, sino por sus aciertos.

Durante los 12 años de gobierno del PT cerca de 40 millones de personas salieron de la pobreza y la población históricamente excluida ganó espacio dentro de la sociedad. El partido cambió una historia de más de 500 años de desigualdad. Quizás por ello, ganó cuatro elecciones seguidas. En las últimas, la derecha se dio cuenta de que le costaría mucho recuperar el poder en las urnas y decidió tomarlo a través de un proceso aparentemente legal, pero tremendamente injusto. Los que asumen ahora el Gobierno representan los intereses de los grandes latifundios, la industria de las armas, las iglesias evangélicas y quizás de muchos políticos y grandes empresarios a los que le vendría bien que las investigaciones de los casos de corrupción, como el de Petrobras, fuesen finalizadas sin mucho revuelo y sin grandes repercusiones.

Durante los 12 años de gobierno del PT cerca de 40 millones de personas salieron de la pobreza días antes de la votación en el Senado, decidí llamar a Patricia. Era su cumpleaños y pensé que sería una buena oportunidad para retomar nuestra relación. Ella contestó sorprendida. Creo que pensó lo mismo que yo y decidió hacer un esfuerzo por hablarme. A pesar de nuestras buenas intenciones la llamada fue de lo más surrealista. En cuanto empezamos a hablar nos dimos cuenta de que si tocábamos el tema del impeachment esta sería nuestra última conversación. Así que hablamos del clima, del paso de los años, de nuestra niñez e incluso de una crema para el pelo. Hablamos de casi todo, menos del tema que copaba las portadas de los periódicos, las noticias de la tele y las conversaciones de los brasileños. Durante aquellos extraños minutos, Patricia y yo decidimos que habíamos nacido en Noruega.

El pasado 12 de mayo, cuando Dilma fue apartada de la presidencia, sentí una tristeza enorme. Tristeza e impotencia. Pensé en Brasil, en mi padre, en mi infancia y en Patricia… ¿Estará feliz? ¿Era eso lo que realmente quería? La imaginé devolviendo la cacerola a la estantería de la cocina y guardando su camiseta verde y amarilla en un cajón hasta el próximo Mundial. Para mí, sin embargo, es hora de sacar la camiseta roja del armario. Esta historia no puede acabar aquí.

Diagonales del poder

Diagonales del poder

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Diagonales del poder

 

Diagonal de poder 2

 

La episteme de la modernidad, sobre todo, en ciencias sociales y humanas, ha concebido no solo esquematismos duales, desde los cuales ha interpretado y explicado el mundo, sino también ha configurado como estratos completamente separados, espacios absolutamente distintos, hasta tal punto que casi no se tocan. La más sugerente teoría, la que más ha hecho inteligible a las formaciones sociales, es la teoría de la lucha de clases. Esta teoría, en sus mejores versiones, ha podido observar y reflexionar sobre las entremezclas entre las clases sociales; por lo menos, en sus bordes. Ha podido visualizar las dinámicas de la movilidad social. No así, como las versiones ortodoxas, que consideran que las clases sociales pertenecen a mundos totalmente distintos, que solamente se tocan en el conflicto social. Sin embargo, a pesar de estas dilucidaciones, de las mejores versiones de la teoría de la lucha de clases, la teoría ha seguido manteniéndose en una suerte de cuadro de las clases sociales, como si fueran conglomerados completamente diferentes y fijados en una pirámide estática. Ahora, podemos hablar, contando con la experiencia social, en sus innumerables realizaciones y formas singulares, contando con las investigaciones sociales, que la realidad social no es ésta, sino, mas bien, corresponde a espacios yuxtapuestos, imbricados, entrelazados, no solo por las dinámicas sociales y las movilidades sociales, sino porque distintas clases sociales pueden compartir “ideologías”, sentidos comunes, apegos a los imaginarios del poder. Por lo tanto, haciendo una transversal diagonal en la supuesta estructura social clasificada y fijada, encontraremos espesores intensos compartidos por distintas clases sociales. Por ejemplo, espesores “ideológicos”, culturales, de prejuicios, como los relativos al machismo o creencias ateridas como la de las religiones monoteístas. Si bien pueden diferenciarse en la potestad económica, no se puede dejar de ver que, a pesar de situarse como distintas clases sociales, hasta opuestas, pueden compartir prácticas económicas en el mercado, en los circuitos financieros, en el impulso a la acumulación de capital y en el exacerbado consumo inútil y banal.

 

Como puede verse, estamos, mas bien, ante cuadros, por así decirlo, como visibilidades, abigarrados. Quizás éste haya sido uno de los errores de la teoría de la lucha de clases; a pesar de su perspicacia histórico-política, al convertir la clase social en una esencia; por lo tanto, en un atributo metafísico, como si esto bastara para definir una práctica política, moral y ética. La experiencia social en las historias políticas, ha demostrado lo contrario. Distintas clases sociales pueden, mas bien, inclinarse a lo mismo, por la “conquista del poder”, según imaginarios  apologistas de la violencia y del oportunismo, por lograr  las dominaciones añoradas. Por ejemplo, dicho de manera más cruda, a solo dar la vuelta la tortilla, sin destruir las estructuras de poder, de dominación, coloniales y patriarcales. Lo que se llama conservadurismo, en sentido amplio, en sus distintas manifestaciones, es compartido por distintas clases. No hay clase revolucionaria de por sí; por el hecho de pertenecer a tal o cual clase, sobre todo, subalterna. No hay, tampoco, exactamente, clase reaccionaria de por sí, aunque las clases dominantes tiendan regularmente a serlo, defendiendo el statu quo. Lo que parece haber, más bien son alianzas implícitas, inconscientes, conservadoras, que comprometen a sectores de estratos de diferentes clases. Hay como una apuesta a mantener las reglas del juego, las estructuras y las instituciones, que consolidan, legitiman y garantizan la continuidad del poder; es decir, de las múltiples formas de las dominaciones. Ámbitos de poder, donde consideran se puede lograr la materialización de las propias expectativas, circunscritas al egoísmo trivial.

 

A pesar de sus buenas intenciones y la lucidez lograda por la teoría de la lucha de clases, no logró sus objetivos propuestos, destruir el Estado y sustituirlo por la asociación de productores. No pudo porque no logró visualizar la complejidad de las luchas emancipadoras y libertarias. Si bien se puede considerar la lucha de clases como una buena aproximación al acontecimiento social, quedó como instrumento ineficaz para demoler las estructuras de poder y las estructuras de clases de la sociedad moderna. Al no tener una comprensión más clara de la complejidad de las luchas sociales, políticas, culturales, decoloniales y anti-patriarcales; al no interpretar lo abigarrado de los frentes y enfrentamientos de las luchas, entonces, terminó por empoderar a personajes que tenían más parecido con los enemigos de clase que con los perfiles imaginados románticamente.

 

Hay quienes todavía creen que la teoría de la lucha de clases es la teoría por excelencia de las luchas sociales, de las emancipaciones y de las liberaciones múltiples, de clase, indígena, nacional, de mujeres y de diversidades subjetivas. Aunque lo hagan con la mejor intensión, que es el de continuar las luchas; esta teoría, que a ayudado mucho en el siglo XIX y XX en la organización de la rebelión social, se ha convertido, tal como está conformada, en un obstáculo para la continuidad de las luchas. Continuación multitudinaria de las luchas plurales, por los mejores caminos, que no pueden ser otros que los que conduzcan a la destrucción del poder, de la estructura de la desigualdad social, de la estructura de las jerarquías, del orden de las dominaciones, de la estructura y malla mundial del colonialismo heredado y de las estructuras institucionalizadas del patriarcalismo.

 

De ninguna manera se niega la evidencia de las luchas sociales; todo lo contrario. Lo que es imprescindible es tener un mapa completo de las luchas, actualizado, configurado en toda su complejidad. Se trata de ver más claramente, con enfoques más detallados, contra qué se lucha cuando se lucha contra el poder y el sistema-mundo capitalista, que también debe ser llamado el sistema-mundo colonial, pues no hemos salido del horizonte del colonialismo. Lo que ha pasado es que la geopolítica colonial ha mutado.

 

Si los mejores portavoces de la teoría de la lucha de clases, que son los activistas radicales, quieren honestamente destruir el poder y el sistema-mundo capitalista, que comprende el sistema-mundo-cultural, el sistema-mundo político, además del sistema-mundo colonial, que, mas bien, contiene a todos estos sistemas-mundos o los atraviesa, articulándolos, deben decidirse en el dilema en el que se encuentran. Salvar a una teoría, ya agoada, como sacerdotes, elaborando hipótesis auxiliares para justificarla, como hacen los monjes en toda religión, o dejarla como herencia, de un pasado heroico, y abordar la tarea de teorías complejas de las luchas sociales en un mundo efectivo, que desborda precisamente por su complejidad.  Esto, sobre todo, para mejorar la eficacia de las luchas sociales y de los movimientos sociales antisistémicos, así como de todos los pueblos del mundo en combate contra la dominación a secas de una hiper-burguesía mundial.

 

 

Cuando las experiencias sociales políticas enseñan que los líderes pueden terminar formando parte de la misma estructura de poder odiada, el Estado, además de la geopolítica del sistema-mundo capitalista; cuando las propias organizaciones sociales, que defendieron los derechos económicos, usando los términos del marxismo político, así como los derechos sociales, jurídicamente conquistados; cuando los propios “partidos revolucionarios”, que lucharon con tesón, durante el periodo de las resistencias; terminan mutando hasta convertirse en los mejores dispositivos de las estructuras de poder ateridas, solo que en condiciones de gobierno de una nueva élite, pero, nueva élite de lo mismo; entonces, estos son los síntomas de las falencias de una teoría, que hurgó en la llaga de la herida social.

 

Para comenzar a lanzar hipótesis de interpretación, todavía generales, de partida, diremos que lo que parece enfrentarse son diagonales transversales político-sociales-culturales, que cruzan la estructura social. Algunas diagonales, que logran conformarse y constituirse, a partir de alteridades, prácticas transgresoras, tendencias sociales, económicas, políticas y culturales alterativas, se enfrentan a una numerosa colección de diagonales, también transversales, que se inclinan por conservar los órdenes de relaciones de poder de las dominaciones múltiples. En pocas palabras, ciertamente pecando de esquematismo, pero, útil en la ilustración, podemos decir que lo que se enfrenta es la sociedad alterativa a la sociedad institucionalizada. Dicho en términos más teóricos, incluso más metafóricos, podemos decir que lo que se enfrentan son mundos posibles y alternativos, al mundo real, en sentido institucional, afincado de manera anacrónica en un pasado fetichizado, que no olvida.

 

Muchos de nuestros compañeros y compañeras de lucha, en realidad, estaban en otras diagonales, las conservadoras, no las alterativas, transgresoras, emancipadoras y libertarias. Se creyó que por el hecho de compartir una formación discursiva, una “ideología”, la interpelación a un enemigo común o varios, bastaba para considerar que compartíamos todo, es decir, todo lo que se refiere a la alteridad absoluta. Cuando se dio la ocasión, el momento de las pruebas, se evidenció, a todas luces, que no es así. Los discursos, la “ideología”, el enemigo común, no eran más que algunos de los rasgos, que no podían, ciertamente, definir las características completas de estos militantes y estas militancias fragmentadas. Como dijimos en un ensayo anterior, no hay el revolucionario puro o absoluto; esto es un mito[1]. Lo que hay son decisiones cruciales en momentos cruciales. Entre estas decisiones, aprender y desprenderse de los conservadurismos, que todavía mantenemos. Además, aprender colectivamente, como pedagogía política de masas y multitudes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ver El mito del “revolucionario”. https://pradaraul.wordpress.com/2015/02/19/el-mito-del-revolucionario/.

La maquinaria del bio-poder

La maquinaria del bio-poder

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La maquinaria del biopoder

 

Biopoder 2

 

 

Cuando hablamos de poder no imaginamos unas estructuras de poder edificadas en un afuera, externas, como una maquinaria, separada de la sociedad, que actúa contra ella, desde esa exterioridad. Esta es la imagen que, de alguna manera, ha sido compartida por la ciencia política, la filosofía política, las “ideologías”; incluso críticas y pretendidamente “revolucionarias”. Si bien, como concebimos, el poder solo se puede entender como economía política del poder, en el contexto complejo de la economía política generalizada, por lo tanto, como bifurcación, separación, del Estado respecto de la sociedad, hay que tener en cuenta que esta separación es imaginaria, aunque también institucionalizada. En realidad, efectivamente, el Estado no se separa de la sociedad, sino, como también dijimos, captura parte de sus fuerzas para reproducirse. Cuando más se dice que se separa – por ejemplo desde la tesis de Louis Althusser y la interpretación de Alain Badiou – es cuando, efectivamente, está más enraizado a la sociedad, por lo menos, en la sociedad institucionalizada[1]. Pues requiere de energía vital, requiere de la vida, requiere capturar energía de vida, para lograr funcionar como maquinaria del poder. En este sentido, retomamos la tesis de Michel Foucault sobre la biopolítica y asumimos la interpretación de Antonio Negri, que propone una diferenciación entre biopoder y biopolítica. Siendo la primera, la que corresponde a las dominaciones; siendo la segunda, la que corresponde a la espontaneidad de la vida; por este camino, a la potencia creativa.

 

Por estas consideraciones, nuestra crítica giró hacia esa parte de la sociedad capturada, atrapada en la redes del poder, de las mallas institucionales del Estado. El poder, en todas sus formas, en todos sus engranajes y genealogías, emerge de los cuerpos capturados. Estos cuerpos, en su relación con el poder, han constituidos sujetos adecuados a la reproducción del poder, subjetividades afines a la reproducción del poder. Son como los cuerpos que ejecutan las acciones y prácticas que reproducen, constantemente, las relaciones de dominación polimorfas. Son los cuerpos que emiten los discursos de legitimación o que comparten esos discursos. Son también los que hacen circular y por donde circulan los imaginarios del poder, también las formas de pensamiento social, por así decirlo, que interpretan el poder como si fuese la realidad.

 

Entonces, hay que tener otra configuración del poder. No es externo a una sociedad interna. Es, por así decirlo, usando provisionalmente el viejo lenguaje, externo e interno, a la vez. El poder no solo puede ser descrito como genealogía, a partir de las genealogías de las dominaciones, sino como metamorfosis. Las instituciones, que van a convertirse en las mallas institucionales del Estado, son creadas por los mismos humanos, por la misma sociedad. Estas construcciones y edificaciones institucionales, como estructuras y como organizaciones funcionales, se convierten, poco a poco, de instrumentos útiles en dispositivos de poder; por lo tanto, de dominación. La sociedad institucionalizada elabora interpretaciones para legitimar esta mutación. Las instituciones se fetichizan, sobre todo, el conjunto de ellas, el Estado. Es cuando las interpretaciones conforman “ideologías”, que, aunque pretendan exposiciones racionales, configuran el mito del poder, el mito del Estado, el mito del gobierno. Las instituciones se convierten en el principio y el fin; son, definitivamente, la “realidad” producida por el poder.

 

No hay que considerar esta metamorfosis, como dada en el tiempo, en el ciclo largo de la historia, pues las instituciones ni el Estado tienen vida propia. Ocurre constantemente; el poder tiene que reproducirse permanentemente, tiene que ser rehecho todos los días. Para que esto suceda requiere que haya cuerpos que lo reproduzcan en sus prácticas e imaginarios. Los cuerpos son especializados; unos como funcionarios, otros como usuarios; unos como gobernantes y administradores de la cosa pública, otros como gobernados. Unos, como maestros, los que enseñan la “ideología” estatal, en todas sus versiones, temas, tópicos y rubros; otros, como los que aprenden, los que escuchan y son inducidos a creer en lo que comparten “ideológicamente”. Ciertamente, esta división del trabajo de la reproducción del poder no queda ahí; continúa, pues la dominación no es única, homogénea y general, sino hay múltiples formas de dominación, distribuidas en la sociedad. Esta multiplicidad de dominaciones connota múltiples relaciones de biopoder entre Estado y sociedad. Para dar una imagen ilustrativa, son como innumerables cordones que conectan los cuerpos a los dispositivos de poder. Estos funcionan absorbiendo vida, capturando vida, canalizando esta energía a la reproducción y expansión del poder.

 

Los sujetos sociales capturados por las mallas institucionales del poder no se ven como capturados, sino, mas bien, como beneficiados por instituciones del orden, del progreso, del desarrollo. Hay como una satisfacción de establecer esta relación de biopoder; se da como un placer de formar parte de esta marcha histórica y civilizatoria. No pueden imaginarse otra realidad posible, otro mundo alternativo. Este es el único mundo posible. Lo demás o son especulaciones delirantes, utopías imposibles o, en otras versiones, radicalismos soñadores, románticos, hasta irresponsables.

 

La configuración entonces se parece más a la de una conformación biotecnológica; entendiendo tecnología en el sentido amplio como lo sugiere Foucault. Hay también tecnologías sociales, formas de organización, de estructuras, de diagramas, que se aplican a los cuerpos, buscando inducir sus comportamientos. Ciertamente, estas tecnologías de poder no dejan de usar las técnicas, las tecnologías, en sentido restringido, como herramientas específicas. En consecuencia, por esta vinculación, este conjunto de conexiones, entre cuerpos y dispositivos de poder, se refuerza la imagen de que el Estado vive, de que las mallas institucionales viven; tienen vida propia. Pues, al chupar la sangre de los cuerpos vivos – diciéndolo en sentido metafórico -, sangre que circula por las venas artificiales de los aparatos del Estado, el gran vampiro, cobra vida, por así decirlo; más bien, la portentosa edificación fabulosa donde habitan los vampiros, que son fantasmas, es decir, imaginarios sociales, cobra vida.

 

En consecuencia, efectivamente, no hay separación entre Estado y sociedad; esto se da imaginariamente, como “ideología”; mito sostenido por la separación institucional, que no deja de ser imaginaria, empero, funciona materialmente. Para decirlo, de algún modo, la realidad efectiva del poder, que en la economía política generalizada funciona como bifurcación, disociando lo abstracto de lo concreto, valorizando lo abstracto, desvalorizando lo concreto, existe, funciona efectivamente, como articulación imprescindible.

 

Esta configuración del poder, nos ha llevado a la interpretación de que la clave de la reproducción del poder se encuentra en los que lo padecen, al aceptar esta relación de subordinación, de delegación y de representación. Hay como un deseo del amo, de que ocurra así, de que se perpetúe un orden, basado en las dominaciones. Éstas pueden cambiar, edulcorarse, adquirir mimesis democráticas; empero, las polimorfas formas de dominación se preservan. Pueden, incluso cambiar las élites; parte de los que eran gobernados, ahora, gobernar.   Empero, la estructura estructurante del poder se conserva, perdura, se reproduce, mutando y transfigurándose en sus mutaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Althusser y Badiou lo dicen, distanciándose de la tesis determinista de la concepción mecánica de la relación entre estructura económica y superestructura ideológica, política, jurídica y cultural, buscando explicar la función del Estado como instrumento de dominación. Esta interpretación de la autonomía relativa del Estado supone el contexto de la lucha de clases. En Acontecimiento político retomamos esta interpretación. Sin embargo, si bien ayuda a comprender la puesta en juego “ideológica”, institucional y política, no explica el funcionamiento mismo del poder, de las dominaciones, sus dinámicas moleculares. Revisar de Louis Althusser Maquiavelo entre nosotros. AKAL; Madrid. Así mismo, revisar de Alain Badiou Teoría del sujeto, también La revolución cultural. ¿La última revolución? Prometeo Libros; Buenos Aires 2009. Les conférences du Rouge-Gorge. Ver también Acontecimiento político. https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-i/. https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-ii/.

 

 

A la sombra de la Oligarquía “café con leche”

A la sombra de la Oligarquía “café con leche”

 

Raúl Prada Alcoreza

 

A la sombra de la Oligarquía

 

brasil2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hemos hecho conocer nuestra perspectiva, que hemos denominado compleja, recogiendo la tradición reciente de las teorías de la complejidad[1]; comprendiendo su arqueología del saber, desde la teoría de sistemas hasta las versiones más elaboradas y compuestas, como es la teoría de la complejidad de Edgar Morin. En este sentido y desde estos enfoques, móviles y articulados, también hemos lanzado algunos postulados – haciendo uso y manteniendo estos enunciados estructurantes de la formación discursiva heredada, que corresponde a la episteme de la modernidad -. Entre estos postulados propusimos que no hay verdades, en el sentido atribuido por la filosofía, antigua y moderna, que tienen como substrato la concepción de verdad religiosa, de las religiones monoteístas. Que la teoría y la ciencia, son solamente instrumentos orientadores para la sobrevivencia; en el mejor de los casos, instrumentos de potenciamiento creativos. En condición de instrumentos, son cambiables y desechables, cuando dejan de servir.

 

Considerando este postulado, en relación al desenlace coyuntural de la crisis política brasilera, para seguir con el análisis crítico, buscando la comprensión de la composición compleja singular de la formación social brasilera; podemos decir que nunca se deja de aprender. Por lo tanto, al no tener una verdad, sino solo descripciones, análisis, orientaciones e interpretaciones, desde la perspectiva de la complejidad, queda claro que las hipótesis, tesis, interpretaciones y explicaciones sobre las relaciones, estructuras, diagramas y cartografías del poder, no son, de ninguna manera, ni verdades, ni la última palabra. Sino aproximaciones a la complejidad singular del acontecimiento Brasil, así como de otro acontecimiento social-político-cultural singular.  Por eso, es menester volverse a preguntar sobre el poder, sus funcionamientos, sus dinámicas y mecánicas de fuerzas, buscando mejorar las apreciaciones a las que habíamos llegado.

 

En este sentido, vamos a tratar de proponer nuevas consideraciones sobre las composiciones y combinaciones singulares de los campos de fuerza, que conforman la mecánica y dinámica de las fuerzas de las estructuras de poder en Brasil, que pueden servir también, considerando ciertamente las condiciones, las composiciones y combinaciones singulares, en cada caso.

 

Consideraciones sobre la crisis política

 

  1. Hay que visualizar el funcionamiento del poder, en su singularidad nacional; singularidad que articula distintas singularidades de las composiciones de poderes locales, micro-regionales y regionales. Las redes y circuitos de poder no acaban, obviamente, aquí. Esto es apenas un conjunto de enfoques, de recortes y selecciones, que nunca dejan de ser arbitrarias; aunque útiles en la configuración imaginaria, simbólica y conceptual de la interpretación de la realidad, sinónimo de Parece menester hacer otras selecciones, que puedan añadirse a las anteriores, avanzando en la configuración de la complejidad.

 

Así como propusimos que uno de los mapas de dispositivos del poder son las relaciones clientelares, vamos a proponer que otros mapas de dispositivos de poder parece que tienen que ver con redes y mallas, relaciones y circuitos, de esquemas de habitus y de comportamientos, estructurados e institucionalizados como verdades de grupos, de estratos, no solamente elitistas; por ejemplo, oligárquicos o burgueses. Estas otras redes de poder, funcionan diagonalmente, comprometiendo a distintos estratos y diferentes clases sociales, comprometiendo y articulando a sujetos ateridos a sus verdades, que no son otra cosa que prejuicios fosilizados. En otras palabras, es el poder, concretamente, el Estado, con todo su aparataje institucional, el que está incorporado, inscrito e internalizado en las estructuras subjetivas.

 

  1. Hablamos de prácticas sociales instrumentalizadas e institucionalizadas, en la acepción de sentido común realizado en acciones. Prácticas sociales orientadas por prejuicios arraigados. Por ejemplo, hábitos de fraternidades de machos, que tienen una concepción descalificadora de la mujer. Así también tiene una concepción estereotipada de la clase trabajadora, con toda la pluralidad diferencial que pueda conllevar. Pues como no han estudiado donde estudian los hijos de la oligarquía, no han cumplido con los requisitos jerárquicos del reconocimiento institucionalizado, como son los de una carrera académica, definida en el cronograma valorado; hasta los estudios de posgrado, mejor si se logra el doctorado, mucho más el posdoctorado. Entonces, los que nacieron para gobernar, conciben a los nuevos gobernantes, devenidos de sectores populares, como ignorantes e inaptos para gobernar. En otras palabras, solo los amos y patrones pueden gobernar. Olvidando que la garantía de lo que pretenden conocer, saber y tener la destreza, es solamente el título; que no es otra cosa que un aval administrativo y jurídico, que, en todo caso, solo puede garantizar que ha cumplido. No necesariamente que tiene un dominio sobre las materias, los tópicos y temas de sus estudios. Mucho menos que puede usarlos para auscultar la realidad o los recortes de realidad. Hay, obviamente excepciones, que confirma la regla; esto corresponde a cuando, fuera de cumplir administrativamente con el cronograma académico, se ha dedicado con esmero por comprender las problemáticas tratadas. Se ha convertido en un investigador. Sin embargo, esta no es la regla, sino la excepción. La mayoría de los profesionalizados considera que lo que ha aprendido y lo ratifica su título, es de por sí un reconocimiento de la jerarquía que ha logrado. Por lo tanto, es un personaje fuera de lo común, que merece respeto y En consecuencia, la sociedad debe agradecerle sus servicios cuando trabaja, mucho más si se sacrifica gobernando para el pueblo.

 

  1. Si quedara, todo esto, en el ámbito de la “ideología” – aclarando que tampoco la “ideología” funciona aisladamente, sino en conexión con prácticas e instituciones -, los alcances de los efectos masivos serían menores. Sin embargo, la “ideología” – en este caso, reaccionaria y conservadora al extremo, machista, patriarcal, racista y pretensiosa, sin tener sustento, pues los conocimientos que saca a relucir son elementales – se efectúa en acciones. Lo que hay es un sentimiento de sobrevaloración, alimentado por prejuicios socialmente ateridos e institucionalizados. En consecuencia, las redes, las mallas, los circuitos y las prácticas, correspondientes a habitus anacrónicos conservadores, no solo se preservan, sino que funcionan como obstáculos encarnados, obstruyendo posibilidades de cambio, incluso si este cambio se limita a las reformas.

 

 

  1. ¿Qué es lo que más molesta a esta gente de jerarquía? ¿Qué gobiernen dirigentes sindicales? ¿Qué gobierne una mujer? ¿Qué gobiernen personas que tuvieron un pasado de “izquierda”, en el sentido radical? Puede ser; empero, lo que se hace más patente es que les molesta más es que estos nuevos gobernantes, descalificados de antemano por ellos, se atrevan a hacer, de manera plebeya, por así decirlo, lo que ellos hacían de manera señorial. Hablamos de la corrupción.

 

  1. No está tanto en cuestión la “ideología” que postulan los dirigentes sindicales, los y las que tuvieron un pasado de “izquierda” radical; pues, de alguna manera, quizás por su pragmatismo, consideran, en el fondo, que estos son discursos, hasta poses, pues cuando hay que gobernar hay que gobernar. En este tema, creen que no hay otra salida que el pragmatismo. Lo que les afecta más entrañablemente es que los nuevos gobernantes aparezcan como señores, que se vistan como ellos, que gasten como ellos, incluso más que ellos; peor, aún que opten por prácticas paralelas, como ellos. Prácticas paralelas de poder, no institucionalizadas, que tiene que ver con la corrosión institucional y la corrupción. Esto no es aceptable. Estas prácticas son un privilegio de la clase económicamente dominante.

 

 

  1. Sin embargo, para hacerlo fácil, recurriremos a la ilustración esquemática, en aras de una exposición pedagógica. Se da como una división del trabajo. Unos son los que administran y gozan de los beneficios económicos de sus monopolios, ya sea la tierra, emporios empresariales, dominios financieros; otros son los que administran el Estado. En estructuras de poder del Estado-nación más consolidadas o de mayor tamaño institucional, esta parece ser la regla; por lo menos, como tendencia. Brasil sin contar con una larga tradición democrática, en su formalidad institucional, de alguna manera, ha matizado esta tendencia. Los representantes políticos de la burguesía y de la oligarquía, no necesariamente son de la clase económica dominante. Generalmente corresponden a lo que se denomina, inadecuadamente, clases medias. Se trata de sectores, grupos, personas, de las clases medias, que tienen la peculiaridad de ser arribistas. A pesar de que blanden esa concepción jerárquica de formación académica, no necesariamente los representantes políticos de la burguesía han cumplido con el cronograma académico; es un ideal. La pobreza de sus actos habla de esto, la miseria de sus conductas, corroboran esto. Peor aún, cuando hablan, sus discursos son deprimentes.

 

  1. ¿Se creen realmente salvadores? ¿Creen que salvan a Brasil de las garras del “bolchevismo” o, en otra acepción, creen que salvan a Brasil de la corrupción y la corrosión institucional? Cuando ellos o sus antecesores fueron los maestros de estos estilos políticos, que, lastimosamente, los nuevos gobernantes, devenidos de los sectores populares o de la lucha radical, han aprendido rápido. Alumnos que superaron a los maestros. Parece que fuera así, por sus pretensiones dichas. Sin embargo, no está claro. En todo caso, creen que es fácil gobernar, cuando son ellos los que gobiernan; basta aplicar las recetas, que se han convertido en hábito de políticos liberales y neoliberales; recetas distribuidas y difundidas por los organismos internacionales, por las empresas trasnacionales, por los aparatos “ideológicos” de orden mundial. No tardan en estrellarse con la realidad efectiva; empero, no van a revisar, por nada del mundo, sus representaciones de la realidad, su “ideología” conservadora. Prefieren, como los nuevos gobernantes, culpar a la conspiración. Solo que la conspiración ha cambiado de bando y de color.

 

  1. El funcionamiento de la crisis política no solamente abarca los ámbitos de la legitimación, de la institucionalidad, de las estructuras de poder del Estado-nación, sino también las estructuras éticas y morales, de los esquemas de conductas y de prácticas. Lo que hemos llamado los síntomas de la decadenci Esto ya lo dijimos en otros ensayos[2]. Lo que hay que añadir es que la decadencia es compartida por los gobernantes tradicionales, derrocados en las elecciones, y por los nuevos gobernantes, que ganaron las elecciones, por lo menos, las anteriores. Si bien también esto lo dijimos y lo que volvemos a remarcar es que la crisis alcanza al Estado; se trata de la crisis múltiple del Estado-nación. También de la sociedad institucionalizada, capturada por las maquinas del poder; no de la sociedad alterativa, la sociedad efectiva, la que sostiene los ciclos vitales sociales. A lo que apuntamos es a que al compartir ambas expresiones políticas, encontradas, las conservadoras y progresistas, de la decadencia generalizada, no es sostenible el argumento que unos, cualquiera, es mejor que los otros, el enemigo; incluso, en la versión matizada del mal menor[3].

 

  1. Dijimos que estas relaciones, redes, prácticas, de habitus, de conductas e imaginarios conservadores ateridos y anacrónicos anclados, son trasversales a la estructura social. Los sujetos sociales y subjetividades se encuentran distribuidos en toda la estructura social. Hay un contingente significativo, si se quiere, como la mitad de la población, que ha votado por estos diputados, representantes de la clase económicamente dominante. Obviamente, no todos son de la oligarquía, tampoco de la burguesía, así como de las clases medias altas; hay también muchos de las clases medias bajas, incluso hasta de la clase trabajadora y de los desocupados.

 

¿Por qué lo han hecho? Recogemos lo que aseveramos en otro ensayo, que los progresistas construyen su derrota[4]; primero, con sus conductas pragmáticas, su realismo político, reduciendo al límite las posibilidades transformadoras, incluso en el alcance reformista. Después, en la medida que se inclinan por prácticas de poder paralelas, pasando de la convocatoria social a la extensión abrumadora de las relaciones clientelares. En tercer lugar, cuando sustituyen, de una manera compulsiva, la realidad por la propaganda y la publicidad. Por último, cuando desatan obsesivamente la expansión de la practicas paralelas de la corrupción. Entonces, la gente se cansa, se desencanta, pierde sus expectativas; mucha gente opta por el voto castigo, no importando las consecuencias.

 

  1. La crisis llega a fondo cuando se retorna a los que gobernaron antes o se retorna a éstos en la versión de sus sucesores; se vuelve a aquéllos que desataron la expansión de la crisis social, la crisis económica, la crisis política, en los alcances desmesurados, que incitaron a los movimientos sociales-antisistémicos. Sin embargo, no es ninguna salida, mantener a los nuevos gobernantes, que a pesar de sus discursos distintos, de su “ideología” progresista, incluso a pesar de las medidas sociales, que beneficiaron a significativos contingentes de la población, además de las medidas que favorecieron a la recuperación de la soberanía de los recurso naturales y de la economía nacional, son la otra cara del poder, de la reproducción del poder; por lo tanto, de las dominaciones. Forman parte de distintas versiones del orden mundial de las dominaciones, de la estructura hegemónica del sistema-mundo capitalista.

 

 

[1] Ver Episteme compleja. https://pluriversidadoikologas.wordpress.com/2016/04/17/episteme-compleja/.

[2] Ver La decadencia. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-decadencia/.

[3] Ver Imaginación e imaginario radicales en devenir y dinámicas moleculares. https://pradaraul.wordpress.com/2016/04/17/imaginacion-e-imaginario-radicales-en-devenir-y-dinamicas-moleculares/.

 

[4] Ver La paradoja conservadurismo-progresismo. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-paradoja-conservadurismo-progresismo/.

 

Brasil, sin presidenta, sin mujeres ministras y con primera dama

Brasil, sin presidenta, sin mujeres ministras y con primera dama

IMPEACHMENT DE DILMA ROUSSEFF

Brasil, sin presidenta, sin mujeres ministras y con primera dama

El presidente interino, Michel Temer, elige solo a hombres blancos como ministros

Temer, en su primer discurso como presidente interino de Brasil.Temer, en su primer discurso como presidente interino de Brasil. Felipe Dana AP

São Paulo 
Era difícil distinguir a Michel Temer este miércoles, en su primer discurso como presidente interino de Brasil. Cercado de otros hombres blancos entre los 40 y los 75 años, como él, el nuevo jefe de Estado anunció públicamente a sus nuevos ministros, que también se le parecían: otros hombres blancos entre los 40 y los 70 años. Ni una sola mujer. Ni un solo negro.
El mismo día, la presidenta recién apartada del poder, Dilma Rousseff, estuvo arropada en su despedida pública por exministros y aliados, hombres y mujeres. Muchos rondaban su edad (68 años) y la mayoría eran blancos, como ella, pero eso no es una novedad tan chocante en Brasil, donde la mitad de los brasileños se declaran negros o mulatos, pero en las elecciones de 2014 solo el 3% de los cargos públicos elegidos lo eran.

Rousseff, el día que fue apartada de la presidencia.Rousseff, el día que fue apartada de la presidencia. Igo Estrela Getty Images
La comparación de las dos fotos, Temer rodeado de hombres de traje oscuro, Rousseff de mujeres vestidas de rojo, dio que hablar. “Es un retrato de lo que piensa [el nuevo Gobierno], un retrato de su falta de respeto a la mujer y la falta de compromiso con la cuestión social”, dijo el exministro de la Secretaría de Gobierno, Ricardo Berzoini. “No hay ni una mujer porque el Gobierno golpista no piensa en el 52% de la población”, aseguró la exministra de Políticas para las Mujeres, Eleonora Menicucci, justo después de que Temer cortase 10 ministerios, entre ellos el suyo. “Este es un golpe machista, patriarcal, misógino, capitalista, contra un proyecto de Gobierno de inclusión social. No les gustan los pobres, las mujeres, los negros, los gays, las lesbianas, los indígenas”, añadió. “Aún somos el futuro de la política brasileña y vamos a mostrar nuestro poder en las calles, las urnas, la lucha”, advirtió el colectivo feminista Think Olga.

“Bella, recatada y hogareña”

Es la primera vez en la democracia de Brasil que no hay ni una sola mujer en primera fila del Gobierno, y, por primera vez en seis años, el país tampoco tiene presidenta, pero sí primera dama. Entre los perfiles de Marcela Temer que los medios brasileños publican estos días, el más polémico salió a mediados de abril en la revista Veja. A muchos no le gustó el título, “Bela, recatada e do lar” (Bella, recatada y hogareña), y tampoco el tono, que destacaba que a la exmodelo —quedó, a los 19 años, segunda en el concurso Miss São Paulo—, 43 años menor que el presidente, le gusta usar faldas a la altura de la rodilla y tiene un expeluquero que la compara con Grace Kelly.
Esta primera dama, que previsiblemente seguirá con su perfil discreto, lejos de los focos, sin meterse en política, no podría ser más opuesta a Rousseff. La líder del Partido de los Trabajadores empezó a militar en la extrema izquierda a los 20, aprendió a disparar y montar bombas, sobrevivió a las torturas de la dictadura militar y en su ficha de detenida la policía anotó: “No está arrepentida”. En los actos de apoyo a su Gobierno, los simpatizantes suelen gritarle: “Dilma, guerrera de la patria brasileña”. A mediados de abril, cuando el impeachment ya parecía inevitable, decenas de mujeres se reunieron alrededor del Palacio del Planalto, sede de la presidencia en Brasilia, con flores, para darle un “abrazo colectivo”.
El último día antes de ser apartada de la presidencia, en la Conferencia Nacional de Mujeres, en Brasilia, Rousseff afirmó: “La Historia dirá cuánto de violencia, de prejuicios contra la mujer, hay en este proceso golpista”. El día de su despedida, insistió: “Estoy orgullosa de ser la primera presidenta de Brasil. He honrado los votos que las mujeres me dieron. Nosotras tenemos algo en común: somos dignas”.

Michel y Marcela Temer, en la toma de posesión de Rousseff, el 1 de enero de 2015.Michel y Marcela Temer, en la toma de posesión de Rousseff, el 1 de enero de 2015. MARCELO SAYAO EFE

“Impeachment” a Dilma Rousseff: ¿hubo un “golpe de Estado” en Brasil?

“Impeachment” a Dilma Rousseff: ¿hubo un “golpe de Estado” en Brasil?

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Image caption“No es un ‘impeachment’, es un golpe”, dijo Dilma Rousseff.

“Cuando una presidenta electa es juzgada bajo la acusación de un crimen que no cometió, el nombre que se le da a eso en el mundo democrático no es ‘impeachment’, es golpe”.

Eso dijo Dilma Rousseff el jueves, recién suspendida por el Senado de su cargo de presidenta de Brasil.

Esta denuncia de que se trata de un golpe de Estado recuerda inevitablemente a las declaraciones que hicieron Manuel Zelaya en 2009 y Fernado Lugo en 2012, cuando fueron destituidos de sus respectivos cargos al frente de los gobiernos de Honduras y de Paraguay.

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Image captionLos correligionarios de Rousseff llevan semanas diciendo que el proceso es “una farsa”.

Y, al igual que ocurrió en los casos de Zelaya y Lugo, junto a la denuncias de golpe en esta ocasión también hay voces que insisten en que el proceso ha sido totalmente constitucional.

Entonces, ¿hasta qué punto se puede hablar de golpe de Estado?

BBC Mundo preguntó a varios expertos.

“Avalado”, pero “abuso”

“Es un proceso avalado por dos de los poderes de la República (Congreso y Senado) no puede nunca ser llamado un golpe”, asegura Clovis Rossi, columnista del diario brasileño Folha de Sao Paulo, a BBC Mundo.

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Image captionEl “impeachment” fue avalado por el Congreso y el Senado de Brasil, dicen quienes insisten en que no puede hablarse de golpe de Estado.

Aunque reconoce: “Lo que sí hubo, a mi juicio, es una desproporción entre el crimen y el castigo”.

La acusación central contra Rousseff en el Congreso es que violó normas fiscales, maquillando el déficit presupuestal.

De la misma manera, apegándose a la definición clásica de golpe de Estado, la experta en Brasil Amy Erica Smith, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Iowa, Estados Unidos, niega que el proceso contra Rousseff pueda ser catalogado como tal.

El proceso “no fue dirigido por un grupo de militares” —a favor del juicio político votaron 367 congresistas de 531 y 55 senadores de 77— y “no se utilizaron medios inconstitucionales o extralegales”, escribe en su artículo de opinión del medio estadounidense The Washington Post.

 

No fue dirigido por un grupo de militares y no se utilizaron medios inconstitucionales o extralegales”

Amy Erica Smith, profesora de ciencias políticas de la Universidad de Iowa, Estados Unidos
AFP

Aunque como Rossi, considera que las acusaciones que penden sobre Rousseff son “relativamente menores y en la mayoría de los casos no desembocarían en un impeachment.

Y por ello dice la forma en la que se ha llegado a la aprobación al inicio del juicio político “tampoco es exactamente democrático”.

“Es un abuso del proceso democrático”, concluye.

“Neogolpe”

No satisfecho con esa definición, Boaventura de Sousa Santos, uno de los académicos e investigadores más importantes en el área de la Sociología Jurídica a nivel mundial, prefiere hablar de “neogolpe”.

Y lo hace de la misma manera en la que otros hablan de “golpe de Estado constitucional” o “golpe institucional”.

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Image caption“Neogolpe”, lo han llamado algunos, como el sociólogo Boaventura de Sousa Santos.

“Es sin duda un neogolpe, un escenario en el que un gobernante electo queda impedido por una acción parlamentaria y sin ninguna causa en términos constitucionales“, explica a BBC Mundo.

De acuerdo a la Constitución de Brasil, el “impeachment” a un presidente “debería estar fundado en crímenes graves cometidos durante su mandato”, prosigue el experto.

“Pero en el caso de Dilma (Rousseff) no hay indicios de ello. Al contrario, hay consenso en que es una de las políticas más honestas de América Latina, y va a ser enjuiciada (en un juicio político) por políticos implicados en casos de corrupción”, destaca.

Según el sociólogo en los “neogolpes” y existen componentes del golpe de Estado tradicional.

 

Se crean estados de excepción, aunque sin suspensión de la constitucionalidad, (…) y hay una presencia no muy obvia de militares”

Boaventura de Sousa Santos, experto en Sociología Jurídica
AFP

Se crean estados de excepción, aunque sin suspensión de la constitucionalidad, existe en ellos una omisión de la Corte Suprema de Justicia para frenar el proceso y hay una presencia no muy obvia, discreta pero evidente, de militares“, añade.

Y asegura que, como ahora en Brasil, así ocurrió también en Honduras en 2009 y en Paraguay en 2012.

Los “antencentes” de Honduras y Paraguay

El 28 de junio de 2009, Manuel Zelaya, ya despojado de su cargo de mandatario de Honduras, fue detenido por militares que allanaron la casa presidencial, trasladado a la base de la fuerza aérea en el sur de Tegucigalpa, yexpulsado a Costa Rica.

Había asumido el cargo el 27 de enero de 2006, después de haber ganado las elecciones de 2005 de la mano del Partido Liberal.

El primer día de su presidencia aprobó la Ley de Participación Ciudadana, que permitiría consultar a los ciudadanos sobre las principales cuestiones nacionales.

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Image captionLa Corte Suprema de Honduras ordenó la captura de Manuel Zelaya el 26 de junio de 2006.

A partir de esa ley, en 2009 propuso hacer una consulta popular en junio sobre la posible elección de una Asamblea Constituyente que modificara la Constitución de 1981.

Y para refrendar la decisión ciudadana, colocaría una cuarta urna en los colegios electorales durante las elecciones de noviembre.

La oposición alegó que la intención última de Zelaya era modificar la Constitución para poder presentarse para un segundo mandato, algo prohibido.

Así con base en una ley que se había promulgado cinco días después de la consulta, la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior Electoral calificaron de ilegal el acto de Zelaya.

Concluyeron que era responsable de los delitos de “traición a la patria, abuso de autoridad y usurpación de funciones en perjuicio del Estado de Honduras”.

Y el 26 de junio la Corte Suprema emitió una orden de captura contra él, lo que ocurriría dos días después.

“Fue un golpe de Estado orquestado por Estados Unidos”, denunciaría el propio Zelaya al año, desde Costa Rica.

“El golpe de Estado se planificó en Miami con el apoyo de Washington y del Comando Sur mediante gente como Otto Reich —subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental durante el gobierno de George W. Bush—, en colusión con la oligarquía hondureña y algunos parlamentarios del país“.

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Image captionEn el caso de la destitución de Fernando Lugo en Paraguay también se habló de “golpe de Estado”.

Una afirmación similar saldría de boca de Fernando Lugo, el ya depuesto presidente de Paraguay, en 2012.

“Fue un golpe de Estado que permitió el reposicionamiento de la clase oligárquica privilegiada históricamente”.

Así definió Lugo el juicio político que en junio de 2012 lo quitaría de la presidencia, que fue preparado en menos de 24 horas y que paralizó al país.

“Elementos de la derecha”

“En todos estos casos hubo elementos de la derecha; fueron impulsados por personalidades muy conocidas” de ese arco político, señala el sociólogo Boaventura de Sousa Santos.

En el caso de Honduras, se refiere a políticos del entorno del conservador Partido Nacional, cuyo candidato, Porfirio Lobo, resultaría victorioso en las elecciones del 29 de noviembre de 2009.

En Paraguay, habla del Partido Colorado, que detentaba la presidencia ya desde los tiempos del gobierno de facto de Alfredo Stroessner.

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Image captionEl congresista Jair Bolsonaro (en la imagen, con la camiseta blanca) dedicara su voto a favor del “impeachment” al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, torturador del gobierno militar.

Que el congresista Jair Bolsonaro dedicara su voto a favor del “impeachment” al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, quien torturó a Rousseff durante el gobierno militar de 1964-1985, llevó a muchos a concluir que el proceso de Brasil también contaba con la existencia de esos elementos.

“En democracia la única manera de apartar a un mandatario del poder es por medio de unas elecciones”, señala De Sousa Santos. “Pero en Brasil la derecha tendría que haber esperado un año para las elecciones”.

Concuerda con esto el escritor y teólogo de la liberación brasileño Carlos Alberto Libânio Christo, más conocido como “Frei Betto”.

“Ellos saben que si hay elecciones hoy, Lula (el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva) va a ganar. Es un golpe parlamentario“, sentencia.

 

Ellos saben que si hay elecciones hoy, Lula va a ganar. Es un golpe parlamentario”

Carlos Alberto Libânio Christo, “Frai Betto”, teólogo de la liberación

“Patrón”

“Se ve en toda la región, cómo miembros de congresos, en connivencia con el poder judicial y los grandes grupos mediáticos actúan de forma que desestabilizan gobiernos populares que fueron electos por mayoría”, dice a BBC Mundo Ingrid Bleynat, experta en América Latina del Instituto Internacional de Desarrollo del King’s College de Londres.

Aunque Bleynat piensa que un patrón que se repite es que los dan las derechas, otros, como la de Daniel Duquenal, editor del blog “Venezuela News and Views”, se quejan de que los llamados “nuevos golpes de Estado” no son exclusividad de un lado del expectro político.

 

A estas alturas podemos hablar de la existencia de un patrón”

Ingrid Bleynat, del Instituto Internacional de Desarrollo del King’s College de Londres
AFP

“Lo que sí puedo notar es la doble moralidad que América Latina presenta en estos asuntos“, escribía en 2012, tras la destitución de Lugo en Paraguay.

“Cuando Hugo Chávez hizo un golpe contra la asamblea electa en septiembre de 2010 al hacer que la vieja asamblea votase una ley habilitante a pocos días de cesar sus funciones en diciembre, nadie dijo nada, ni en Unasur, ni en Mercosur, ni en la OEA”.

En el estudio Los golpes de Estado constitucionales en Latinoamérica: una amenaza emergente para el principio democrático, de los juristas Omar Huertas y Víctor Manuel Cáceres hablan de una “innovadora y cada vez más usada tipología de derrocamiento del poder político”.

Sea como sea, “las revocatorias recientes de poder (…) hay que analizarlas desdeun nuevo contexto donde ya no prevalecen los disparos y los contingentes militares que caracterizaron los escenarios golpistas del siglo XX”, concluyen Huertas y Cáceres.