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Flujos y máquinas :: Dinámicas moleculares

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Nomadismo y sedentarismo

Nomadismo y sedentarismo

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Habíamos dicho, saliendo del esquematismo dualista, en lo que respecta al campo político, también a lo que se ha venido en llamar la guerra, que más bien comprende varios campos entrecruzados, que la perspectiva de la complejidad está más allá del amigo y enemigo, así como está más allá del bien y el mal, que son dos esquematismos dualistas de la episteme moderna. Desde la misma perspectiva y retomando estas consideraciones epistemológicas, la pregunta conveniente, después de las exposiciones anteriores, es: ¿Se puede hablar de un enfrentamiento entre estrategias o rizomas nómadas y aparatos de poder? Si aceptáramos la hipótesis implícita en la pregunta, entonces, volveríamos a caer en un nuevo dualismo, otra vez atrapados en la episteme conformada por esquematismos dualistas.

 

Volviendo a las descripciones del pensamiento complejo, habíamos propuesto desplazamientos epistemológicos, que atraviesan los límites del dualismo. Por ejemplo, habíamos asumido que no se trata de contradicciones, como concibe el dualismo y con ello la dialéctica, sino se trata de comprender la paradoja como dinámica de la complejidad. La tesis que recogíamos de la biología molecular es la que configura un sugerente juego entre azar y necesidad, que plantea asombrosamente la complementariedad entre programa conservador y aleatoriedad mutante. La información conservada y activada es, por así decirlo, la base de los cambios.

 

Parece que el pensamiento paradójico logra des-duplicar, des-dualizar, la dualidad del pensamiento moderno; develando una integralidad compleja y paradójica. Integralidad paradójica que se desenvuelve en su propia ambivalencia dinámica. No hay separación entre lo que el esquematismo dualista definía como adentro respecto a un afuera. No hay tal separación, no hay tal frontera, un límite de la interioridad donde comienza la exterioridad. Sino que eso, que se llama exterioridad, se encuentra adentro como percepción; eso que se llama interioridad es la experiencia de ese “afuera”; por lo tanto, la interioridad es como el registro de huellas de la exterioridad. La mirada sucesiva y linealista del esquematismo dualista no puede ver otra cosa que opuestos, que contradicciones, que diferencias espaciales, que sucesiones; no puede comprender la simultaneidad dinámica de la complejidad, donde, usando el lenguaje dualista, el afuera es el adentro, la interioridad es la exterioridad, en el mismo momento. Separar esta paradoja, es acabar con la vida, que es la paradoja misma.

Dicho esto, podemos entrever que no hay enfrentamiento entre flujos de fuga nómadas y aparatos de fijación del Estado. Es el Estado el que se enfrenta a los desbordes de las sociedades alterativas; es el conjunto de sus aparatos sedentarios los que se enfrentan a los movimientos fluidos nómadas. Es el Estado el paranoico obsesionado por lo que considera muchedumbres esquizofrénicas. Hablar de esquizofrenia es hablar desde las clasificaciones estatales. Creemos que aquí se pierden Deleuze y Guattari, al pretender enfrentar el esquizo-análisis al psicoanálisis, convirtiendo al esquizo en un nómada y al sujeto normalizado en un paranoico. Lo que han hecho, al final de cuentas, es convertir al nómada en el demonio del sedentario, así como el esquizo es el demonio del paranoico. El nómada queda atrapado en la telaraña del paranoico; es decir, del sujeto del Estado, cuando se nombra así mismo con las clasificaciones de la anomalía, por parte del Estado. El nómada no es un esquizo, el nómada está más allá del esquizo y el paranoico. Usando las metáforas de Nietzsche, diríamos que el nómada es el creador de valores; siguiendo este enunciado, en forma de paráfrasis, diremos, el nómada es el creador de recorridos, que enlazan territorios. El nómada no se enfrenta al paranoico, como si fuese su enemigo, sino que lo ve desde lejos, en la medida que se acerca a sus ciudades, llega, lo mira, con cierta indiferencia e ironía sorprendida, para luego dejarlo clavado, adherido, afincado, en sus edificaciones arraigadas en el mismo lugar, que considera seguro, cuando es, mas bien, su cárcel, después su sepultura.  Alejándose de horizonte en horizonte, de paisaje en paisaje, huyendo del horror de las máquinas de captura. Por lo tanto, el nómada no enfrenta al sedentario, como si fuese su enemigo; lo envuelve y lo atraviesa, dejándolo solo en su soledad poblada.

 

Ahora bien, en este movimiento nómada, ¿dónde está la paradoja? No está, por cierto, en algo parecido a que el sedentarismo es como la base del nomadismo. Esto es un juego de palabras, frase o enunciado que manifiesta que no se ha comprendido la paradoja. El sedentarismo no puede ser la base o el substrato, si se quiere, del nomadismo, algo así como la memoria genética es la base de la evolución o de las transformaciones. Porque el sedentarismo no es esa clase de conservadurismo creativo, sino es un conservadurismo destructivo. No hay paradoja entre sedentarismo y nomadismo, tampoco contradicción, pues no se encuentran en el mismo plano de intensidad. El sedentarismo busca domesticar los espesores territoriales y convertirlos en geografía plana. El sedentarismo es una consecuencia del poder, de las primeras formas que el poder frecuenta. No como cree la antropología y la sociología, también la historia, que el sedentarismo ha generado al Estado y, en contexto, al poder. Nuestra hipótesis interpretativa es radicalmente distinta; se da lugar el sedentarismo, en sus plurales formas sociales, económicas, políticas y culturales, como nos muestran las historias singulares de los pueblos, como consecuencia de las relaciones de dominación, que comienzan a construir sus estructuras de poder. El afincarse, el establecer un centro, es la consecuencia realizada de las dominaciones polimorfas, que requieren detener los recorridos, los circuitos, los ciclos, para marcar los cuerpos, para inscribir en ellos las inducciones del poder; para apoderarse de parte de su energía, de parte de sus fuerzas.

 

¿Cómo se ha dado este nacimiento, mas bien, estos nacimientos, de las estructuras de poder iniciales? Esta pregunta es para investigaciones multidisciplinarias, desde la perspectiva de la complejidad. No podemos conjeturar arbitrariamente al respecto, como si se tratara de deducir de las hipótesis interpretativas de las que partimos. Lo que haya ocurrido, de distintas maneras singulares, en los distintos pueblos, en las distintas regiones culturales, no depende de deducciones, sino de lo que efectivamente ha ocurrido. Este es uno de los límites de nuestra interpretación hipotética. Lo que importa es entender, que el pensamiento complejo, no da la vuelta, no invierte, la proposición dualista de la historiografía, también de la antropología y la sociología, de que la escritura, el Estado, incluso el lenguaje y las instituciones de dominación, emergen del sedentarismo; también la revolución verde, la agricultura. De ninguna manera, no se trata de una inversión del enunciado; esto no es otra cosa, que mantenerse en el dualismo, solo que de manera opuesta. Cuando se dice que el sedentarismo, es, mas bien, la realización, si se quiere, la cristalización, de las relaciones de dominación estructuradas, se plantea un continuo entre poder y sedentarismo, también una combinación que materializa el poder en el sedentarismo. Recordando a Foucault, el Estado no es el poder, sino una especie de síntesis del poder en sus formas variadas de dominación. El poder se ejerce y el Estado es una institución centralizadora, sostenida por macro-poderes menores y micro-poderes distribuidos por todo el tejido social. Las formaciones sedentarias, ya sean las genealogías del Estado, las ciudades, las religiones monoteístas, los monopolios de la tierra, la inscripción del monarca en las monedas,  el ejército militar opuesto a los guerreros nómadas, las mallas institucionales, realizan las dominaciones en las formas consolidadas, pétreas, como metáfora, de las instituciones fetichizadas, de los imaginarios alegóricos, que cantan al poder; realizan las dominaciones en las formas del capital, que captura excedentes en forma de contabilidad monetaria. No podría haberse fundado, por así decirlo, el sedentarismo, sino hubiera sido construido, producido, efectuado por las relaciones de dominación y las estructuras de poder nacientes.

 

Entonces, las estrategias nómadas no se enfrentan a las formaciones sedentarias, tampoco exactamente se enfrentan al poder, sino que de-construyen, diseminan, destruyen y desmantelan, estas formaciones ateridas a la tierra, como monopolios paranoicos. La guerra nómada desmonta las maquinarias de poder.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/nomadismo-y-sedentarismo/

Nomadismo y sedentarismo

Nomadismo y sedentarismo

 

Raúl Prada Alcoreza

 

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estrategia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Habíamos dicho, saliendo del esquematismo dualista, en lo que respecta al campo político, también a lo que se ha venido en llamar la guerra, que más bien comprende varios campos entrecruzados, que la perspectiva de la complejidad está más allá del amigo y enemigo, así como está más allá del bien y el mal, que son dos esquematismos dualistas de la episteme moderna. Desde la misma perspectiva y retomando estas consideraciones epistemológicas, la pregunta conveniente, después de las exposiciones anteriores, es: ¿Se puede hablar de un enfrentamiento entre estrategias o rizomas nómadas y aparatos de poder? Si aceptáramos la hipótesis implícita en la pregunta, entonces, volveríamos a caer en un nuevo dualismo, otra vez atrapados en la episteme conformada por esquematismos dualistas.

 

Volviendo a las descripciones del pensamiento complejo, habíamos propuesto desplazamientos epistemológicos, que atraviesan los límites del dualismo. Por ejemplo, habíamos asumido que no se trata de contradicciones, como concibe el dualismo y con ello la dialéctica, sino se trata de comprender la paradoja como dinámica de la complejidad. La tesis que recogíamos de la biología molecular es la que configura un sugerente juego entre azar y necesidad, que plantea asombrosamente la complementariedad entre programa conservador y aleatoriedad mutante. La información conservada y activada es, por así decirlo, la base de los cambios.

 

Parece que el pensamiento paradójico logra des-duplicar, des-dualizar, la dualidad del pensamiento moderno; develando una integralidad compleja y paradójica. Integralidad paradójica que se desenvuelve en su propia ambivalencia dinámica. No hay separación entre lo que el esquematismo dualista definía como adentro respecto a un afuera. No hay tal separación, no hay tal frontera, un límite de la interioridad donde comienza la exterioridad. Sino que eso, que se llama exterioridad, se encuentra adentro como percepción; eso que se llama interioridad es la experiencia de ese “afuera”; por lo tanto, la interioridad es como el registro de huellas de la exterioridad. La mirada sucesiva y linealista del esquematismo dualista no puede ver otra cosa que opuestos, que contradicciones, que diferencias espaciales, que sucesiones; no puede comprender la simultaneidad dinámica de la complejidad, donde, usando el lenguaje dualista, el afuera es el adentro, la interioridad es la exterioridad, en el mismo momento. Separar esta paradoja, es acabar con la vida, que es la paradoja misma.

Dicho esto, podemos entrever que no hay enfrentamiento entre flujos de fuga nómadas y aparatos de fijación del Estado. Es el Estado el que se enfrenta a los desbordes de las sociedades alterativas; es el conjunto de sus aparatos sedentarios los que se enfrentan a los movimientos fluidos nómadas. Es el Estado el paranoico obsesionado por lo que considera muchedumbres esquizofrénicas. Hablar de esquizofrenia es hablar desde las clasificaciones estatales. Creemos que aquí se pierden Deleuze y Guattari, al pretender enfrentar el esquizo-análisis al psicoanálisis, convirtiendo al esquizo en un nómada y al sujeto normalizado en un paranoico. Lo que han hecho, al final de cuentas, es convertir al nómada en el demonio del sedentario, así como el esquizo es el demonio del paranoico. El nómada queda atrapado en la telaraña del paranoico; es decir, del sujeto del Estado, cuando se nombra así mismo con las clasificaciones de la anomalía, por parte del Estado. El nómada no es un esquizo, el nómada está más allá del esquizo y el paranoico. Usando las metáforas de Nietzsche, diríamos que el nómada es el creador de valores; siguiendo este enunciado, en forma de paráfrasis, diremos, el nómada es el creador de recorridos, que enlazan territorios. El nómada no se enfrenta al paranoico, como si fuese su enemigo, sino que lo ve desde lejos, en la medida que se acerca a sus ciudades, llega, lo mira, con cierta indiferencia e ironía sorprendida, para luego dejarlo clavado, adherido, afincado, en sus edificaciones arraigadas en el mismo lugar, que considera seguro, cuando es, mas bien, su cárcel, después su sepultura. Alejándose de horizonte en horizonte, de paisaje en paisaje, huyendo del horror de las máquinas de captura. Por lo tanto, el nómada no enfrenta al sedentario, como si fuese su enemigo; lo envuelve y lo atraviesa, dejándolo solo en su soledad poblada.

 

Ahora bien, en este movimiento nómada, ¿dónde está la paradoja? No está, por cierto, en algo parecido a que el sedentarismo es como la base del nomadismo. Esto es un juego de palabras, frase o enunciado que manifiesta que no se ha comprendido la paradoja. El sedentarismo no puede ser la base o el substrato, si se quiere, del nomadismo, algo así como la memoria genética es la base de la evolución o de las transformaciones. Porque el sedentarismo no es esa clase de conservadurismo creativo, sino es un conservadurismo destructivo. No hay paradoja entre sedentarismo y nomadismo, tampoco contradicción, pues no se encuentran en el mismo plano de intensidad. El sedentarismo busca domesticar los espesores territoriales y convertirlos en geografía plana. El sedentarismo es una consecuencia del poder, de las primeras formas que el poder frecuenta. No como cree la antropología y la sociología, también la historia, que el sedentarismo ha generado al Estado y, en contexto, al poder. Nuestra hipótesis interpretativa es radicalmente distinta; se da lugar el sedentarismo, en sus plurales formas sociales, económicas, políticas y culturales, como nos muestran las historias singulares de los pueblos, como consecuencia de las relaciones de dominación, que comienzan a construir sus estructuras de poder. El afincarse, el establecer un centro, es la consecuencia realizada de las dominaciones polimorfas, que requieren detener los recorridos, los circuitos, los ciclos, para marcar los cuerpos, para inscribir en ellos las inducciones del poder; para apoderarse de parte de su energía, de parte de sus fuerzas.

 

¿Cómo se ha dado este nacimiento, mas bien, estos nacimientos, de las estructuras de poder iniciales? Esta pregunta es para investigaciones multidisciplinarias, desde la perspectiva de la complejidad. No podemos conjeturar arbitrariamente al respecto, como si se tratara de deducir de las hipótesis interpretativas de las que partimos. Lo que haya ocurrido, de distintas maneras singulares, en los distintos pueblos, en las distintas regiones culturales, no depende de deducciones, sino de lo que efectivamente ha ocurrido. Este es uno de los límites de nuestra interpretación hipotética. Lo que importa es entender, que el pensamiento complejo, no da la vuelta, no invierte, la proposición dualista de la historiografía, también de la antropología y la sociología, de que la escritura, el Estado, incluso el lenguaje y las instituciones de dominación, emergen del sedentarismo; también la revolución verde, la agricultura. De ninguna manera, no se trata de una inversión del enunciado; esto no es otra cosa, que mantenerse en el dualismo, solo que de manera opuesta. Cuando se dice que el sedentarismo, es, mas bien, la realización, si se quiere, la cristalización, de las relaciones de dominación estructuradas, se plantea un continuo entre poder y sedentarismo, también una combinación que materializa el poder en el sedentarismo. Recordando a Foucault, el Estado no es el poder, sino una especie de síntesis del poder en sus formas variadas de dominación. El poder se ejerce y el Estado es una institución centralizadora, sostenida por macro-poderes menores y micro-poderes distribuidos por todo el tejido social. Las formaciones sedentarias, ya sean las genealogías del Estado, las ciudades, las religiones monoteístas, los monopolios de la tierra, la inscripción del monarca en las monedas, el ejército militar opuesto a los guerreros nómadas, las mallas institucionales, realizan las dominaciones en las formas consolidadas, pétreas, como metáfora, de las instituciones fetichizadas, de los imaginarios alegóricos, que cantan al poder; realizan las dominaciones en las formas del capital, que captura excedentes en forma de contabilidad monetaria. No podría haberse fundado, por así decirlo, el sedentarismo, sino hubiera sido construido, producido, efectuado por las relaciones de dominación y las estructuras de poder nacientes.

 

Entonces, las estrategias nómadas no se enfrentan a las formaciones sedentarias, tampoco exactamente se enfrentan al poder, sino que de-construyen, diseminan, destruyen y desmantelan, estas formaciones ateridas a la tierra, como monopolios paranoicos. La guerra nómada desmonta las maquinarias de poder.

 

 

Estrategias y aparatos

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Raúl Prada Alcoreza

 

 

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En vez de estrategias hay aparatos. La estrategia, dicho de manera resumida, es el arte de preparar la disposición de las fuerzas, de distribuir y desplegar su movilización, así como de la logística de abastecimiento. En tanto que los aparatos, como máquinas de poder, son tecnologías de dominación articuladas a mallas institucionales. Si bien, la estrategia, en su sentido primicial, el de la guerra, se propone una finalidad, ganar la guerra, los aparatos de poder no tienen necesariamente una finalidad, salvo que se entienda por ésta la conservación misma del poder. Las estrategias son operativas, se exponen, preferiblemente, de una manera clara, de tal modo que se entiendan transparentemente las órdenes o los comandos. En cambio, los aparatos de poder no necesariamente se expresan de una manera clara; es más, suelen expresarse, mas bien, de una manera confusa, ambivalente, abigarrada, de tal manera que los mensajes puedan connotar varias interpretaciones, incluso contradictorias. Las estrategias deben ser eficaces, incluso audaces, deben adquirir la destreza de movimientos veloces, envolventes y hasta sorprendentes. En cambio, los aparatos de poder hallan su efecto esperado o buscado en la densidad de su funcionamiento maquínico; logran su objetivo por el peso gravitante de la maquinaria. Puede no buscarse la velocidad de los movimientos aparatosos, pues en la dilatación, en el ajetreo burocrático, en el estruendo monstruoso de sus engranajes, consigue vencer, por la inercia de la recurrencia repetitiva de lo mismo.

 

El secreto, entonces, de los imperios, del Estado-nación potencia imperialista, del Estado-nación mismo, ya sea dominante o subalterno, se encuentra en el peso de sus maquinarias, de sus aparatos de poder.  No en sus “estrategias”, que corresponden, mas bien, a los discursos “ideológicos”.  De manera diferente, los movimientos sociales anti-sistémicos, más si se convierten en contra-poderes, requieren, en sus luchas, no solo de convocatoria social, no solo de una comprensión colectiva crítica de parte de los movilizados, una comprensión social de la coyuntura, de las características estructurales del momento, de su crisis, sino de estrategias efectivas, de estrategias encarnadas en las formas, contenidos, expresiones y organizaciones de los movimientos sociales. Estrategias que pueden ser expresadas de manera teórica-política, con mayor o menor conceptualización de la complejidad, sin embargo, la clave del funcionamiento estratégico no se encuentra en el discurso, en el alcance teórico, sino en la logística misma de la estrategia, en su capacidad de abastecimiento motivacional, convocativo, si se quiere, incluso “ideológico”, tratándose de una “ideología” crítica de la “ideología, que puede nombrarse como utopía; la clave se encuentra en el avituallamiento material de las fuerzas movilizadas.

 

Se denomina aparato al compuesto de partes ordenadas, ajustadas y dispuestas sistemáticamente, como distribución engranada de distintos dispositivos, que pueden combinar elementos mecánicos, automáticos, energéticos o de otra índole; los cuales, articulados, realizan funciones definidas. Habitualmente se acostumbra emplear el término aparato para referirse a una máquina, a una organización; en la morfología y fisiología, el aparato es una conexión de órganos, que desempeñan la misma función. Se puede considerar al aparato como una máquina, que supone una estructura más desarrollada y compleja que un sistema.

 

Cuando hablamos de aparatos en vez de estrategias, distinguimos no dos sistemas, sino una máquina sistemática y un flujo de fuerzas coordinadas; en otras palabras, distinguimos entre una estructura sistémica y una estructura fluida, en constante desplazamiento. Siguiendo con las comparaciones, podemos decir que los aparatos corresponden a estructuras sólidas; su arquitectura y construcción responden, mas bien, a ser consistentes, a resistir, no en el sentido de resistencia como Foucault decodifica, sino en el sentido de resistencia que hemos concebido en Pliegues y despliegues de los movimientos sociales[1]; es decir, cuando decimos que es el Estado, el poder, el que resiste, frente al desborde contante de la sociedad alterativa. Entonces, los aparatos están construidos para resistir el embate permanente de la sociedad alterativa. La valorización de los mismos se efectúa por su capacidad de resistencia, así como se evalúa y calcula la resistencia de los materiales y del conjunto de materiales de una construcción arquitectónica. En cambio, las estrategias, en el sentido asumido por nuestra interpretación, están concebidas, mas bien, para demoler, para destruir resistencias, para envolver y avasallar, ocupando territorios, generando espacios nuevos.

 

Volviendo a nuestros conceptos nómadas[2], podemos decir que la estrategia es un instrumento de guerra, en el sentido de las sociedades nómadas, y el aparato, es una máquina sedentaria, construida para detener el movimiento fluido o, en su caso, para capturar estos movimientos fluidos e integrarlos al funcionamiento de la máquina estatal.

 

De lo que exponemos, no se puede deducir que necesariamente los aparatos son máquinas sistemáticas conservadores, en tanto que las estrategias son estructuras dinámicas transformadoras, disposiciones de flujos de fuerza en movimiento. Todo depende del papel que juegan los aparatos en un contexto histórico-político determinado, y del rol que cumplen las estrategias en contextos, coyunturas y periodos determinados. Lo que importa, por el momento, es distinguir las características dinámicas y mecánicas de los aparatos y de las estrategias, características que los distinguen.

 

Puede ocurrir que los aparatos usen estrategias para destruir las fuerzas movilizadas de la sociedad alterativa, así como las fuerzas movilizadas contestatarias recurran a aparatos para defenderse de estas estrategias estatales. Sin embargo, hay que considerar ciertas modulaciones diferentes. Los aparatos del Estado atacan a las fuerzas movilizadas a lo que creen encontrar como gérmenes, organizaciones de un proto-Estado. ¿Ocurre algo parecido, aunque de manera inversa, con las fuerzas movilizadas; por ejemplo, creer encontrar en el Estado algo así como una forma de ataque envolvente y destructivo por parte de esta maquinaria fabulosa? Es este el lugar agitado donde se dan los equívocos, las interpretaciones erradas, tanto en el caso de los aparatos, como en el caso de las estrategias. En principio, la movilización anti-sistémica, es, con notoria evidencia, contra-poder; en este sentido, por lo menos, de una manera, inmanente, es contra-Estado. Si, después, en el desenvolvimiento del proceso político, la movilización tiende a organizarse como proto-Estado, es porque la finalidad de contrapoder se ha convertido en la finalidad de la toma del Estado, el asalto al palacio de invierno. Es cuando, ya la movilización tiende, a limitar sus alcances interpeladores y demoledores, respecto a las estructuras de poder, reduciendo sus alcances a la reforma, aunque ésta aparezca como más radical, teniendo en contraste otras manifestaciones menos radicales, pues renuncia a la destrucción del poder, conformándose con sustituir el poder de clase dominante por el poder popular. Que en tanto poder no es otra cosa que economía política del poder, que separa a la potencia social de lo que puede, de sus fuerzas desencadenadas, para convertir a las fuerzas capturadas en reproductoras del poder; es decir, de las dominaciones polimorfas, aunque se lo haga con otros discursos, con otros guiones, con otros personajes.

 

Cuando las estrategias de la movilización creen encontrar en los aparatos del Estado una especie de movilización permanente conservadora, que hace uso de estrategias destructivas, considera al Estado como la centralidad organizada de la permanente represión. Entonces, se termina explicando el Estado solo como monopolio de la violencia.  Cuando el Estado no se reduce solo al ejercicio constante de la violencia, sino que seduce, en los mejores momentos del Estado, incorpora, hace también reformas, amplia sus bases de apoyo y la extensión de su legitimación. Si puede darse lo que cada polaridad cree encontrar en el otro, como simetría de operaciones en la confrontación, no tienen, en todo caso, el mismo sentido matricial, que cuando interpretamos estas formas de sedentarización en contraste con las formas de nomadismo, en su situación inaugural.

 

Lo que pueda acercarse a la estrategia del Estado para destruir las fuerzas subversivas es como un desprendimiento del funcionamiento de los aparatos, que una estrategia encaminada a liberar territorios, cuerpos y colectividades, como ocurre con las estrategias de las movilizaciones anti-sistémicas. Lo que pueda acercarse a la forma de proto-Estado en las fuerzas movilizadas, por lo menos, en un principio, están más cerca de los fluidos magmáticos, que inventan nuevos espacios de relaciones, que equivaler a lo que son las máquinas de fijación del Estado. Sin embargo, este lugar incierto, donde las formas se cruzan, así como sus contenidos y funcionamientos, es como suelo móvil donde los enemigos pueden llegan a parecerse.

 

 


[1] Ver Pliegues y despliegues de los movimientos sociales. pradaraul.wordpress.com. https://pradaraul.wordpress.com/2015/11/26/pliegues-y-despliegues-de-los-movimientos-sociales/.

[2] Ver Desde la sinfonía musical del universo hasta la sinfonía social. pradaraul.wordpress.com. https://pradaraul.wordpress.com/2015/10/20/alteridad-y-nomadismo/.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/estrategias-y-aparatos/

Estrategias banales

Estrategias banales

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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La historia ha ensalzado a formaciones de dominaciones centralizadas, ya sea como imperios o estados expansivos. Incluso ha considerado las geopolíticas, puestas en juego; ya se interprete retrospectiva los sucesos expansivos de dominación centralizada, antes que la geopolítica como estrategia geográfica de dominación y como teoría se haya dado; ya sea que se parta propiamente de concepciones de dominación del espacio, tanto como espacio vital o como espacio mundial, una vez que la geopolítica se ha convertido en paradigma político. En otras palabras, la historia ha tomado en serio los imaginarios imperiales, que sitúan su centro simbólico en la centralización absoluta del poder, en un centro vacío. El cuerpo del monarca, que no existe como la alegoría del poder lo quiere, ya sea como hijo de Dios o como el que está por encima de la ley y las necesidades. Esta narrativa del poder es un mito.

 

La modernidad, el Estado moderno, ha heredado este mito del poder y lo ha transferido a sus formaciones discursivas, que hablan del Estado-nación, que legitiman su edificación republicana en la soberanía del pueblo. El centro vacío ya no es el monarca, sino el pueblo ausente, pues el pueblo no está en el poder, no ejerce gobierno; está ausente efectivamente en la estructura estatal. Solo está su fantasma, la representación política e “ideológica”, que deja el vacío requerido por el centro, precisamente para llenar ese hueco con narrativas convenientes, según los periodos, según los estratos sociales, que ocupan la maquina fabulosa burocrático-administrativa del Estado.

 

Que el pueblo no esté efectivamente en el centro del poder, ayuda a ejercer las dominaciones desplegadas a nombre del pueblo. Del otro lado, el pueblo concreto, con toda su complejidad y pluralidad cargada, no ejerce gobierno, sino que se convierte en objeto y materia del poder. Del otro lado, no hay vació, sino espesores sociales y culturales, conglomerados de fuerzas, que realizan prácticas y conforman relaciones y estructuras de reproducción social.  El vacío del centro del poder no reaparece, pues no hay un centro en la sociedad rizomática, plural y múltiple, diversa y dinámica. Lo que hay, en vez de este vació central, es la distribución dispersa de “ideologías”, imaginarios institucionales, ateridos a sus cuerpos, inscritos por diagramas y cartografías de poder.

 

Las “ideologías” compartidas por las multitudes, que hacen al pueblo, son, en parte, resonancias de los mitos, que hace circular el Estado; en parte, herencias de memorias sociales guardadas, transmitidas oralmente o a través de costumbres; son memorias no actualizadas, no asumidas críticamente, sino como verdades heredadas. En parte, también, son incorporaciones novedosas, derivadas de la experiencia de las luchas sociales, así como de formaciones discursivas modernas, en las que se encuentran las interpelaciones y criticas de corrientes, por así decirlo, de vanguardia. Cuando, en esta constelación “ideológica” preponderan los mitos del Estado, la legitimidad estatal se aproxima a lo logrado. Cuando las tradiciones preponderan, de manera no actualizada ni critica, el pasado, que es una referencia imaginaria, pesa tanto, que detiene la movilización y las luchas, adormeciendo las capacidades populares transformadoras. Cuando, en cambio, prepondera la memoria de la experiencia de las luchas, el pueblo es capaz de asumir el presente como transformación del pasado y del futuro.

 

No negamos, que la anterior exposición es esquemática; empero, ayuda a ilustrar, de una manera simple, el juego, no solamente de fuerzas, sino de proyectos sociales y políticos, no necesariamente dichos o, si se quiere, racionalizados, sino inherentes a las propias practicas sociales. Entonces, podemos replantear, a partir de estas consideraciones, la paradoja conservadurismo-progresismo.

 

Habíamos dicho que la paradoja conservadurismo-progresismo plantea no una contradicción sino una complejidad. Cierto conservadurismo inherente a la información, a la retención de la información, a la memoria operativa, a los programas, en el sentido técnico, es la base para las transformaciones. En cambio, otro conservadurismo, vinculado a los mitos del poder, a las “ideologías” institucionales, a los prejuicios ateridos, destruyen las condiciones de posibilidad de las transformaciones. Desde la exposición que hicimos, vemos que la relación social con la memoria es, por así, decirlo, determinante. Si la memoria, que es la interpretación perceptual, individual y social de la experiencia, es capturada por el Estado, por lo menos metafóricamente, la memoria se vuelve una caricatura de la memoria social; en otras palabras, un olvido impulsado por el Estado. Si la memoria social es atrapada por el acopio de recuerdos transmitidos, sin reflexión colectiva, simplemente como amontonamiento, que lleva a distintas mezcolanzas, las capacidades populares terminan atrapadas en “ideologías” barrocas, que pueden ser sugerentes, en lo que respecta a la descripción de los imaginarios; empero, atan las iniciativas populares, las mismas que, prontamente terminan reencauzadas por el Estado y por gobiernos demagógicos. En cambio, si la memoria social es interpretada desde la experiencia de las luchas, desde la memoria fresca y dinámica de las luchas, entonces, la memoria social puede liberarse de su caricatura estatal y recuperar el pasado en su complejidad simultánea y dinámica; en consecuencia, entonces el futuro aparece como campos de posibilidades abiertos.

 

Desde esta perspectiva, hablaremos de estrategias conservadoras y de estrategias transformadoras. Las estrategias conservadoras son no solamente las supuestas estrategias políticas, expuestas en discursos, en teorías geopolíticas, en planes de incidencia, sino son también las estrategias efectivas, inherentes a las prácticas sociales y a las mecánicas institucionales. Las estrategias transformadoras, que también son inherentes a las prácticas, por ejemplo, de movilizaciones anti-sistémicas, y a las formas de organización de contra-poderes, se generan en la dinámica misma de las luchas; no, como en el otro caso, en las estructuras fijas de las mallas institucionales del Estado o, en su caso, en los barroquismos acumulados como museos de recuerdos contemplativos.

 

Las estrategias conservadoras, tengan la característica que tengan, son banales, pues solo llevan de nombre eso de “estrategias”; no están destinadas, obviamente, a cambiar, sino, más bien, a la inercia del poder.  No son, por lo tanto, proyecciones para la acción, sino son simulaciones de estrategias, que cumplen, para contrastar, el papel de causar la inacción, el conformismo, la subordinación. Decimos que estas “estrategias” son banales porque están pronunciadas, invocadas, diseñadas, en vano o para la vana tarea de dibujar “horizontes” que no lo son, siendo más bien umbrales. Son también banales, pues su expresión discursiva reduce tanto la complejidad, sinónimo de realidad, que las caricaturas conformadas solo sirven para simular cierta seria formalidad, cuando, en el fondo, el poder y las dominaciones no tienen nada que ofrecer, pues no conciben el futuro, sino el fin de la historia. Si hablan de “futuro” es solamente nombre o palabra, sin concepto; se trata de un “futuro” vacío, que es llenado como proyección estéril del presente de las dominaciones. Si revisamos las guerras en las que se han involucrado las potencias imperiales, vemos que son banales, a un costo de tragedias aterradoras. ¿Qué es lo que han logrado? Exagerando, diremos nada. En el mejor de los casos, las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial, detuvieron la barbarie racional y moderna de la “raza aria”. Los otros, obtuvieron como resultado su propia destrucción, además de haber enseñado, negativamente, lo que el hombre es capaz de hacer, amenazando a la vida misma.

 

Si revisamos sus geopolíticas encontradas, en verdad, por decirlo metafóricamente para ilustrar, no había nada serio, salvo la pretensión discursiva y la ceremonialidad del poder. Tomar en serio la geopolítica, tal como fue diseñada, de dominación mundial de la “raza aria”, es como tomar en serio la elucubración figurada de un personaje de dibujos animados. Creer, que del otro lado, tanto de la democracia formal como del socialismo real había una “estrategia” seria, es también considerar los deseos y las buenas intenciones, expuestas de manera metodológica, como si fuesen proyectos completos históricos-políticos-culturales. Lo que si había, en el lado de la democracia formal, era la “ideología” liberal, que convocaba a la humanidad, en tanto humanismo conservador. Lo que si había del otro lado, del socialismo real, era una “ideología” estatalista, que pretendía enunciarse como discurso socialista o como humanismo “revolucionario”. El “socialismo” que nos presenta en la formación discursiva materialista no dejaba de ser una caricatura, sin fondo, sin espesores, sin estructuras claras, sin realidad concreta; el “socialismo” que nos ofrece efectivamente es la de un Estado policial absoluto. Por eso, decimos que se trata de “estrategias” banales, pues no suponen programas, en el sentido operativo de la palabra, como techné de incidencia en la realidad, sinónimo de complejidad. Sino, más bien, discursos “ideológicos”.

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