Paradojas del poder y la política

Paradojas del poder y la política

Raúl Prada Alcoreza

Poder 3

Índice:

Desplazamiento “pragmático” del Grupo 77           

El discurso de la dependencia                                 

La cuestión estatal y el realismo político                

 

 

 

 

Dedicado a María Galindo por su permanente lucha contra las dominaciones patriarcales

 

 

Desplazamiento “pragmático” del Grupo 77

 

El antecedente del grupo 77, que en realidad cuenta con 130 miembros, es el bloque de países no alineados, donde se encontraban la República China Popular de Mao Zedung y la Yugoeslavia de Tito. Los no alineados buscaron una posición independiente de los dos grandes bloques hegemónicos de entonces; el bloque declaradamente capitalista, de los autonombrados estados “democráticos”, y el bloque socialista, de los estados del socialismo real, coaligados en el Pacto de Varsovia. La posición política de los no alineados venía configurada por la crítica maoísta del social-imperialismo, que caracterizaba, desde esta perspectiva, a la Unión soviética, por la autogestión y el socialismo humanista de Yugoeslavia, por el horizonte de liberación nacional de los llamados países del tercer mundo. En conjunto el discurso político conjugaba las formas del antiimperialismo del siglo XX. ¿Después de la caída de los estados socialistas de la Europa oriental, después de la unipolaridad impuesta por la hiper-potencia tecnológica, económica, militar de los Estados Unidos de Norteamérica, cuando los países congregados en el bloque de los no alineados ya no puede llamarse eso, no alineados, en un mundo unipolar, cuál es la posición del llamado grupo 77, sucesivo al bloque de los no alineados?

Si nos atenemos al discurso del Presidente Constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales Ayma, en ocasión del traspaso de la presidencia del G77 a Bolivia para el Año 2014 (Nueva York, 8 de enero de 2014), tenemos diez tareas fundamentales: 1. Del desarrollo sustentable al desarrollo integral en equilibrio con la madre tierra.  2. Refundar la democracia: de la democracia representativa a la democracia participativa y comunitaria que democratiza la riqueza.  3. Los servicios básicos como derecho humano universal. 4.- Descolonizar la economía; descolonizar la cultura; descolonizar los saberes; descolonizar el mundo.  5.- Erradicar el hambre en los países del sur consolidando nuestra soberanía con seguridad alimentaria y acceso a los alimentos sanos y saludables para una salud digna de los pueblos. 6. Ciencia y tecnología al servicio de los pueblos y de la humanidad para vivir bien. 7.- Frente a la crisis del capitalismo, nueva arquitectura económica financiera mundial. 8.-Soberanía sobre los recursos naturales.  9.- Instituciones internacionales para el pueblo.  10.- Integración complementaria, paz y relaciones internacionales.

Estas tareas fundamentales, que corresponden a la propuesta boliviana, no apuntan al telos del socialismo real, como ocurrió durante el siglo XX, en la perspectiva del bloque de los no alineados, aunque pensando una transición de desarrollo nacional, vinculado a la independencia económica. Desde la perspectiva de la Constitución boliviana significaría una transición distinta, una transición al Estado plurinacional comunitario y autonómico, en la consecución del vivir bien, entendido como alternativa al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo, de acuerdo a las resoluciones de Tiquipaya, en la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático y Defensa de la Madre Tierra (CMPCC). De acuerdo a la interpretación del gobierno, significaría avanzar en una transición al socialismo comunitario. Introduciendo la perspectiva de Ecuador y Venezuela, dos estados de gobiernos progresistas, significaría avanzar en una transición al socialismo del siglo XXI. ¿Qué piensa el resto de los estados componentes del Grupo 77?

 

Una primera impresión es que los del Grupo 77 no comparten un horizonte común como el compartido por el bloque de los no alineados. No se vislumbra un horizonte socialista, en el sentido de la expropiación de los medios de producción y la sociedad sin clases, tampoco hay una clara posición anti-imperialista, salvo la exacerbación discursiva de algunos caudillos de los llamados gobiernos progresistas. Si bien la posición de los gobiernos progresistas de Latino América se puede identificar como la relativa al socialismo del siglo XXI, los demás miembros, la gran mayoría, no comparten esta posición.

 

La agenda establecida desde 1995 por el Grupo 77 acordó una serie de reuniones sectoriales en los siguientes campos:

·         Reunión Sectorial de revisión del Grupo de los 77 sobre Energía, Yakarta, Indonesia, 5 a 7 septiembre 1995;

·         Encuentro Sectorial del Grupo de los 77 sobre la Agricultura, y la Alimentación, Georgetown, Guyana, 15 a 19 enero, 1996;

·         Conferencia Sur- Sur de Comercio, Inversiones y Finanzas, San José, 13 hasta 15 en 1997;

·         Conferencia de Alto Nivel sobre Cooperación subregional y regional entre países en desarrollo, en Bali, Indonesia, 2 a 5 diciembre 1998;

·         Conferencia de Alto Nivel sobre Ciencia y Tecnología Sur-Sur del Grupo de los 77, Dubai, Emiratos Árabes Unidos, 27 a 30 octubre 2002;

·         Conferencia de Alto Nivel sobre la Cooperación Sur-Sur, Marrakech, Marruecos, 16 a 19 diciembre 2003;

·         Foro de Alto Nivel sobre Comercio e Inversiones, Doha, Qatar, 5 – 6 diciembre 2004;

·         Composición Abierta Intergubernamental de Estudio Taller sobre el Banco de Comercio y Desarrollo, Nueva York, 2 – 3 mayo de 2005;

·         Reunión Grupo de Expertos sobre la plataforma de desarrollo para el Sur, Kingston, Jamaica, 29 a 30 agosto, 2005;

·         Reunión de los Ministros de Ciencia y Tecnología de los Estados miembros del Grupo de los 77, Angra dos Reis, en Río de Janeiro, Brasil, 3 de septiembre de 2006;

·         Cuadro de Expertos Eminentes Grupo de los 77 sobre una plataforma de desarrollo para el Sur, Nueva York, octubre 18 a 19, 2007;

·         Cuadro de Expertos Eminentes Grupo de los 77 sobre una plataforma de desarrollo para el Sur, St. John, Antigua y Barbuda, 29 al 30 04 2008;

·         Foro Ministerial sobre el Agua, Muscat, Sultanato de Omán, 23 – 25 febrero de 2009;

·         Reunión de los Ministros de Ciencia y Tecnología de los Estados miembros del Grupo de los 77 celebrada en Budapest, Hungría, el 4 de noviembre de 2009, sobre la ocasión del Foro Mundial de la Ciencia organizada por la UNESCO.

Como se puede observar, la agenda no es política; si se quiere, es técnica. Se trata de problemas técnicos, de competencia administrativa de los gobiernos, problemas relativos a la energía, a la agricultura, a la alimentación, al comercio, a la inversión, a las finanzas, a la cooperación regional, al desarrollo, a la ciencia y tecnología. Casi los mismos temas que tratan los países del norte. Se trata de agendas internacionales de los estados del orden mundial. Desde esta perspectiva, se puede hablar de una despolitización del Grupo 77 respecto del bloque de los no alineados. Solo los gobiernos progresistas de Bolivia, Ecuador y Venezuela quieren darle un tono aparentemente político. Empero, esto no es más que un tono. Las agendas siguen siendo las mismas. El “pragmatismo” prepondera en el Grupo 77.

El Grupo 77, a diferencia del bloque de los países no alineados, se conforma como un mecanismo de concertación de los países en desarrollo, con el objeto de vincular sus posiciones en las negociaciones económicas, sociales y presupuestarias, en lo que respecta a la institucionalidad y representación de las Naciones Unidas. Es un grupo de coordinación. El Grupo 77 elabora declaraciones, programas de acción y acuerdos conjuntos sobre temas estipulados. Acuerda declaraciones, patrocina, negocia y consensua resoluciones, así como decisiones sobre tópicos concernientes a la cooperación económica internacional, también al desarrollo. Todo esto se efectúa en conferencias mundiales, así como en otras reuniones oficiadas en el marco de las Naciones Unidas.

Hay pues una gran diferencia entre la reunión en Bolivia del grupo 77 y la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático y Defensa de la Madre Tierra (CMPCC). La Conferencia declara la guerra al capitalismo en defensa de la madre tierra, en tanto que el Grupo 77 es un grupo coordinador de las gestiones internacionales que promueven el capitalismo. En lo que va del quinquenio, entre la Conferencia y la Cumbre del Grupo 77, el gobierno popular ha cambiado de horizonte, pasó de la defensa de la madre tierra, de identificar al capitalismo como el modo de producción que ocasiona la destrucción del planeta, a la posición de uno más de los promotores del capitalismo, en los desplazamientos de la crisis orgánica del capital, manifestada en la apariencia de crisis financiera. Esto ocurre de manera fehaciente, sin que cambie este curso, la retórica desgastada de un “anti-imperialismo” pregonado, cuando, en la práctica, se participa de las gestiones internacionales de este capitalismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El discurso de la dependencia

 

La cumbre del G77 en Santa Cruz alumbra, es decir, ilumina, al mostrar un suceso político desapasionado, tan diferente a las pasiones que despertaba el Bloque de los no Alineados; además de manifestar elocuentemente un discurso que explicita la dependencia. Los estados, representados en los gobiernos, presentes con sus delegaciones, acordaron, consensuaron y aprobaron una Declaración, que notoriamente es el ejemplo de una formación discursiva de la dependencia. Una frase insistente en el documento mencionado es instamos a los países desarrollados a que ayuden a los países en desarrollo. Esta es una frase que patentiza la condición psicológica de dependencia de nuestros gobernantes, del grupo de coordinación de países más numeroso de Naciones Unidas. El discurso antiimperialista del Bloque de no Alineados prácticamente ha desaparecido en el G77, aunque se lo mencione insistentemente en los discurso de los caudillos de los gobiernos progresistas de Sud América. Se patentiza la demanda de apoyo a los países desarrollados. En esto, en el discurso oficial del G77, la significación política discursiva es previa a la interpelación discursiva, politizada, del Bloque de no Alineados; se parece a una aceptación implícita de los Estado-nación subalternos a la dominación de los Estado-nación potencias imperantes. Ha desaparecido la denuncia, la pose de confrontación, que tuvieron los del Bloque de no Alineados, cuando se distanciaron de la lectura de la bipolaridad mundial, entre el bloque soviético y el bloque de las llamadas potencias occidentales.

 

 

La Declaración de Santa Cruz, Cumbre de Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno del Grupo de los 77, Por un Nuevo Orden Mundial para Vivir Bien, llevada a cabo en Santa Cruz de la Sierra, departamento del Estado Plurinacional de Bolivia, los días 14 y 15 de junio de 2014, tiene la siguiente estructura de exposición declarativa: Parte I, Contexto general;

Parte II, Desarrollo en el contexto nacional; Parte III, Cooperación Sur-Sur; Parte IV, Desafíos mundiales. En el análisis de la Declaración, vamos a concentrarnos primero en el Contexto general, donde se expresa el espíritu mismo de la Declaración.  Después nos ocuparemos de las siguientes partes de la Declaración, dónde se proyectan los enunciado conceptuales hacia los contextos nacionales, las relaciones interestatales sur-sur, atendiendo, además a los desafíos mundiales[1].

 

 

El espíritu de la Declaración

 

Se habla de espíritu de un texto metafóricamente, refiriéndose a la intencionalidad de significación del escrito o de la pronunciación. Hemos escuchado esta figura de espíritu cuando se habla de la Constitución; pero, también se puede decir lo mismo de las normas, de las leyes; así mismo podemos usar la metáfora para referirnos a una Declaración. ¿Cuál es el espíritu de la Declaración? ¿Cuál es su intencionalidad de significación?

 

Desde fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI los gobiernos progresistas, reformistas o populistas, como quiera llamárseles – en Sudamérica se identifican como los gobiernos del socialismo del siglo XXI, en Bolivia como gobierno del socialismo comunitario -, estos dispositivos estatales administrativos, de representación y de ejercicio de  gubernamentalidad, se han esforzado por crear una excedencia imaginaria, una excedencia de sentido, incluso simbólica, en los discurso. Han incursionado en la exacerbación discursiva, poniendo símbolos presuntuosos, pretendiendo impactos simbólicos y de significación, a las definiciones que otorgan a sus actos e instituciones. El desfase se corrobora cuando se hace notoria la diferencia entre la petulancia discursiva, lo rimbombante de los nombres, y la ordinaria y elemental “realidad”, la que se encarga de mostrar su inercia, su apego a la reproducción de lo mismo. Llamar el evento en cuestión “Nuevo Orden Mundial para el Vivir Bien” es pues una desmesura discursiva. ¿Por qué nuevo orden si lo que enaltece la Declaración es el mismo orden criticado, solo que con algunos ajustes, que no cambian ni modifican su estructura de poder? Peor aún, ¿por qué llamar, a este supuesto nuevo orden, del Vivir Bien, que para bolivianos y ecuatorianos – las dos naciones y pueblos que han constitucionalizado esta perspectiva – quiere decir vida plena, complementariedad y reciprocidad entre los seres de la madre tierra[2]? Concepción completamente opuesta no solo al capitalismo, sino a la modernidad y al desarrollo. ¿Por qué los gobernantes bolivianos se obsesionan por barnizar sus actos, sus encuentros, sus cumbres, con la apelación a esta cosmovisión de los pueblos indígenas, cuando precisamente lo que hacen se opone a la complementariedad de los seres de la madre tierra, de los ecosistemas, al reiterar intensa y expansivamente el modelo colonial del capitalismo dependiente extractivista? ¿Consciencia culpable? ¿Consciencia desdichada; es decir, desgarrada? ¿O, mas bien, inconsistencia, consciente demagogia?

 

Todos somos conscientes de la necesidad estrategia de un Sur unido; esto no está en discusión. En consecuencia, también de la necesaria integración, complementariedad, composición y desenvolvimiento de los estados, los pueblos, las territorialidades del Sur. El problema es que esta estrategia, que antes se llamaba claramente antiimperialista y en la perspectiva socialista – durante el Bloque de los no Alineados -, no se realiza ni efectúa discursivamente, menos en declaraciones que expresan un imaginario de dependencia y subalternidad. Los gobernantes de los países del Sur se han acostumbrado a pomposas reuniones, encuentros, foros, cumbres, donde se expresa, como ritualidad, el fin de la integración, la complementariedad, la independencia, sin salir del imaginario desarrollista, sin dar pasos fundamentales en la consecución de los objetivos caros para nuestros pueblos.  Este teatro político sirve para conmemorar fechas, como las del nacimiento del mismo grupo de países que ahora los reúne en Santa Cruz. Sirve para recordar los primeros actos fundacionales, que en el caso del G77, corresponden al Bloque de no Alineados, actos fundacionales que fueron de significación política autónoma. Empero, esta remembranza termina legitimando un presente otoñal, gris, mediocre, sin mayores expectativas que demandar a los países desarrollados a apoyar a los países en desarrollo a lograr el “desarrollo” alcanzado por los primeros. Obviando que este “desarrollo” tiene que ver con la geopolítica del sistema mundo capitalista, con la diferenciación geográfica, la división del trabajo y del mercado a escala planetaria, separando centros de periferias, en lo que respecta a la acumulación y concentración del capital.  Los Estado-nación del sur terminaron formando parte de la reproducción del orden mundial que critican, por lo menos algunas voces críticas que quedan. Estamos ante ceremonialidades internacionales del poder, que legitiman la estructura de poder mundial; precisamente lo hacen mencionando sus demandas, haciendo inventario de las desgracias de los países del Sur; ahora, por la moda, impuesta por Bolivia y Ecuador, mencionando la necesidad de armonizar con la naturaleza, llamada también madre tierra.

 

Ningún gobierno que se precie pertenecer al Sur puede dejar de mencionar, hacer referencia, a estos temas, ya trillados, de unidad, de integración, de defensa de derechos, de soberanía, de control sobre los recursos naturales; incluso lo hacen, ahora, hasta los gobiernos conservadores. Pueden haber discursos pretendidamente más radicales, como el emitido por el gobierno boliviano; empero, cumplen el mismo papel, la legitimación del orden mundial y la dominación del capital. ¿Esperan que se crea que con estos pasos no solo timoratos, sino, en gran parte, reproductores de la dependencia, se va a fundar un nuevo orden mundial, nada más, ni nada menos que del vivir bien?

 

Se trata de juegos políticos; toda esta parafernalia sirve para  reforzar las estructuras de poder imperantes en cada país. Estructuras de poder que sostienen a burguesías intermediarias, a lumpen-burguesías, como las llamaba Gunder Frank, burguesías que forman parte de la estratificación variada de la burguesía internacional del modo de producción de capital mundial. Los gobiernos reformistas pueden mejorar las condiciones de los condenados de la tierra, como define Franz Fanon a los y las explotadas, discriminadas, expoliadas, subalternizadas y dominadas del mundo; empero, lo hacen impactando coyunturalmente a estas condiciones; en el mejor de los casos, logrando impactos a mediano plazo; sin embargo, al no transformar radicalmente las estructuras sociales e institucionales, estas modificaciones terminan siendo paliativos edulcorantes. El efecto de esta distracción momentánea o periódica es que el orden mundial del capital termina legitimado. Este drama de la dependencia no se resuelve discursivamente, tampoco con declaraciones.

 

En uno de los enunciados iniciales de la Declaración, se dice:

 

Destacamos que los desequilibrios de la economía mundial y la desigualdad de las estructuras y los resultados de los sistemas comercial, financiero, monetario y tecnológico dieron lugar a la creación de nuestro Grupo[3].

 

¿Desequilibrios? ¿Desigualdades? Para los mejores portavoces del Bloque de no alineados, para los intelectuales críticos, para los centros de investigación, incluyendo a la conocida CEPAL, que incubó o cobijó a los de la teoría de la dependencia, quedaba claro que el desarrollo genera subdesarrollo, que el sistema funciona separando centros de periferias, que no había alternativas de salir del círculo de la dependencia si no se transforma el sistema. Ahora, los portavoces del G77 se expresan apolíticamente, como asustados de decir algo de más, que moleste a los amos del mundo. Si las autoridades de los gobiernos progresistas se esmeran en mostrarse elocuentes y radicales, respecto a sus otros colegas, no modifica el panorama. Al final, todos, los unos y los otros, los radicales, un pequeño grupo, y los conformistas, terminan aprobando declaraciones intrascendentes.

 

Una pregunta necesaria: ¿Por qué los Estado-nación de las tres cuartas partes del planeta, que comprende a la aplastante mayoría poblacional de la tierra, no pueden generar una ruptura con el sistema que los convierte en periferias, por qué no pueden desplazarse, unidos, integrados, hacia la composición de otro mundo? ¿Por qué, si es cierto lo que declaran, de que quieren otro orden mundial, incluso si se identifican como antiimperialistas, no hacen otra cosa que reproducir la subalternidad? ¿Por qué estos gobernantes en vez de hacer tanta declaración, si dicen tener la voluntad, no conforman una integración política del sur que los convierta en una hipér-potencia, la que pueda incidir en los acaecimientos, transformando el espacio-tiempo-vital-social, que comparten[4]? ¿Qué es lo difícil, cuando se tiene convicción, voluntad, capacidad de lucha? Este es el problema, los gobernantes actuales del Sur no la tienen, están tan lejos de los antiimperialistas que los precedieron, en la mitad del siglo XX. Prefieren la teatralidad de los escenarios, donde se auto-convencen de que hacen algo, cuando lo único que pasa es el tiempo, dejando que la iniciativa la tomen las potencias centrales del orden mundial del capital. La guerra mundial por la autonomía de los pueblos no se la afronta de esta manera tan pusilánime, dan edulcorante, tan auto-satisfactoria; estas escenas refuerzan la estructura de poder dominante, al debilitar a los pueblos y hacerles creer que pasa algo, que hacen algo efectivo, cuando lo que ejercen, en los hechos es una suerte de concomitancia indirecta con las potencias dominantes.

 

La verdad es que los gobernantes ya pertenecen a los engranajes del orden de poder mundial del capital, los mismos Estado-nación se constituyeron, a fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, como composición política del orden mundial, que se establece después de la revolución industrial, administrando la transferencia de recursos naturales de las periferias a los centros del sistema-mundo capitalista. Solo los medios de comunicación se toman en serio este teatro político, organizan debates y “análisis políticos” con el propósito de “informar” sobre estos eventos. Seguramente los militantes oficialistas también hacen alarde de la seriedad del evento, donde con estridencia quieren hacer reconocer a todos que en el evento se juega el destino de la humanidad. Nada más desproporcionado y desatinado.

 

En el numeral 14 de la Declaración se dice:

 

Afirmamos que el siglo XXI es el momento para que los Países y los Pueblos del Sur desarrollen sus economías y sociedades a fin de cumplir las necesidades humanas de manera sostenible, en armonía con la naturaleza y respetando a la Madre Tierra y sus ecosistemas.

 

El objetivo es el desarrollo; no hay ninguna crítica a este paradigma. Llama la atención que esto se diga después de décadas de la teoría de la dependencia. Es pues notorio el retroceso respecto a la crítica, retroceso intelectual y de claridad política. El discurso desarrollista es acompañado por otro de tono asistencial, lo de cumplir con las necesidades humanas, no es más que eso, reclamo en el borde del asistencialismo; aunque mencionen la palabra sostenible no cambia la figura. En  la hegemonía del capital, en el periodo del capitalismo tardío, en el otoño de las narrativas ultimatistas del siglo XX, narrativas desgastadas, que sin brillo repiten los reformistas del siglo XXI, a falta de consistencia argumentativa se termina haciendo un popurrí; se mezclan conceptos, se los reúne en una ensalada enunciativa. Al tono desarrollista y a la inclinación asistencial se acopla los mal aprendidos términos de armonía con la naturaleza, respeto a la madre tierra y sus ecosistemas.

 

El horizonte del G77 es desarrollista. No hay que perder de vista este umbral. Buscar que se puede combinar políticas desarrollistas con armonía con la madre tierra es pedirle peras al olmo. Esto es enredarse en proposiciones confusas y enrevesadas. Lo mejor, para poder situar un tópico concreto en la discusión, es aceptar que el paradigma de desarrollo es el modelo heredado por el G77. Situándonos aquí, la tarea es comprender las prácticas políticas, económicas y sociales de los gobiernos involucrados.  Haciendo una evaluación, son pocos los países del Sur que lograron ingresar a ese estatus de potencias emergentes; este hecho podría ser como la constatación histórica de que forman parte de la geografía fragmentaria del desarrollo. El resto de países se sigue debatiendo en ese umbral que los retiene en una economía acotada al extractivismo, lo que los economistas llaman el modelo primario exportador, administrada por un Estado rentista. Los perfiles sociales de estos países configuran una abrumadora extendida “pobreza”, en sus distintos niveles, cuantificados por las estadísticas de Naciones Unidas. Se trata de países que ostentan los indicadores de las mayores desigualdades cuantificadas. ¿Por qué seguir apostando al paradigma del desarrollo? ¿Se espera que funcione en el siglo XXI, suponiendo que no funcionó en el siglo XX por fallas técnicas?  No es, mas bien, de esperar, que se repita la historia, aunque con otras características y en otros contextos. ¿No se tiene otra perspectiva? ¿Se asume la “realidad” como condena? Es difícil entender este comportamiento de los gobernantes; la explicación que parece adecuada, es comprender que los gobernantes forman parte de la reproducción originaria y ampliada del capital, son como sus agentes en las periferias.  Un procedimiento de vender el cuento del desarrollo, como se dice popularmente, es montar escenarios gigantescos y apabullantes, para, por lo menos, disputar a la “realidad” con la ficción publicitaria y propagandística de los gobiernos. El teatro político frente al drama social y económico. Se apuesta a la actuación.

 

En el numeral 15, la Declaración dice:

 

Hacemos hincapié en que nuestras principales prioridades son promover un crecimiento económico sostenido, inclusivo y equitativo, crear mayores oportunidades para todos, reducir las desigualdades, mejorar los niveles de vida básicos; fomentar el desarrollo social equitativo y la inclusión; y promover una ordenación integrada y sostenible de los recursos naturales y los ecosistemas que preste apoyo, entre otras cosas, al desarrollo económico, social y humano, facilitando al mismo tiempo la conservación, la regeneración, el restablecimiento y la resiliencia del ecosistema frente a los desafíos nuevos y emergentes.

 

En la declaración llama la atención la preocupación por la crisis estructural del capitalismo. En el numeral 18 se escribe:

 

Nos preocupa la situación actual de la economía mundial y el estado de la gobernanza económica mundial y la necesidad de una enérgica recuperación. Creemos que el mundo se enfrenta a la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión, y nos alarman los efectos adversos que está teniendo esta crisis sobre todo en los países en desarrollo. Creemos que la crisis ha puesto de relieve puntos débiles y desequilibrios sistémicos de larga data de la economía mundial, y ha puesto más de manifiesto la insuficiencia y el carácter antidemocrático de la gobernanza económica mundial. Deben hacerse ahora nuevos intentos para establecer un sistema adecuado de gobernanza económica mundial, con la plena expresión, representación y participación de los países en desarrollo en los debates y la adopción de decisiones.

 

Algo que no se puede dejar de estar de acuerdo es en  establecer un sistema adecuado de gobernanza económica mundial, con la plena expresión, representación y participación de los países en desarrollo en los debates y la adopción de decisiones. De esto se trata, de la gobernanza mundial de los pueblos. Nosotros decimos no de los estados, sino de los pueblos. Esta discusión la planteamos en otro lugar[5]. Dejando de lado esto, rescatamos esta perspectiva enunciada en la Declaración. Sin embargo, no podemos avalar las premisas de las que parte para llegar a esta conclusión;  la preocupación por la situación crítica de la economía mundial, menos la apreciación por la necesidad de una enérgica recuperación. ¿Qué es lo que se quiere recuperar? ¿El sistema-mundo capitalista? Conocemos de sobra la manera de recuperación por parte del sistema financiero internacional, acoplado por los sistemas financieros regionales y nacionales; se pone la inyección en los bancos; se refinancia a los dispositivos que son la causa indudable de la crisis, por su dominio, su monopolio, su control financiero, sobre todo por su inclinación a la acumulación especulativa. ¿Puede darse una recuperación del sistema capitalista que contemple o se base en el desarrollo sostenible de las periferias? Esta debería ser la discusión en los terrenos de la economía política, de la crítica de la economía política, incluso en el paradigma de la economía neo-clásica. Este debate, acompañado por investigaciones integrales, podría ser aportador.

 

El quid pro quo está aquí; ¿Puede el sistema-mundo capitalista, que comprende estructuras de producción distribución y consumo, que se realiza como valorización dineraria, estructuras y calculo económico generadoras de desigualdades, que aprovechan las desigualdades para precisamente generar valor en el cálculo, ser igualitario, integrador, incorporar a las clases explotadas y a las periferias a la participación democrática del excedente generado colectivamente? La economía política del capital se basa precisamente en la bifurcación de valor de uso y valor abstracto, en la separación de productor y propietario, también podríamos decir en la separación dominante de sociedad respecto de la naturaleza. ¿Cómo, a partir de esta lógica se puede dar algo como la igualación de las condiciones económicas y sociales de todos los estados? Por lo menos teóricamente no parece ser posible.

 

En la Declaración nos encontramos con confesiones sorprendentes. Una cierta consideración por las empresas trasnacionales, a las que se las señala preocupadamente por su influencia en la economía mundial, por sus efectos negativos en el desarrollo social, económico y ambiental.  Lo que molesta es su monopolio absoluto, son obstáculo al ingreso de nuevas empresas en el mercado mundial. No se critica ni interpela sus existencias. Desde una perspectiva teórica liberal, no puede haber monopolio, desde el discurso teórico neo-liberal, no puede haber este control, pues impide la competencia[6]. La Declaración retrocede, incluso ante estas perspectivas liberales y neo-liberales consecuentes, pues admite teóricamente los monopolios, los acepta; lo que exige es que otros monopolios puedan ingresar al mercado. Tamaña inconsecuencia no podría ser aceptable ni desde el discurso nacional-popular, mucho menos desde la perspectiva de las luchas de liberación nacional, aunque tampoco desde las teorías liberal y neoliberal consecuentes. ¿Qué los lleva a los elaboradores de la declaración decir esto? Tienen en mente el apoyo a otros monopolios u oligopolios, que ingresen al mercado, desplazando a los antiguos monopolios y oligopolio. ¿Con esto creen que se ha resuelto el problema orgánico del sistema capitalista, problema que amenaza la vida? El cambio de amos no modifica el problema histórico que afronta la humanidad, la mayoría de la humanidad, las sociedades humanas, el enfrentarse a una de sus criaturas, el sistema y sus instituciones, que ha convertido al ser humano en un apéndice de la maquinaria, que busca someter la vida a la lógica abstracta de la acumulación de capital. La defensa de la vida pasa necesariamente por la destrucción del capitalismo.

 

Citamos el numeral 21 de la Declaración donde se hacen estas confesiones:

 

Tomamos nota con preocupación de la influencia de las grandes empresas, principalmente de los países desarrollados, en la economía mundial, y sus efectos negativos en el desarrollo social, económico y ambiental de algunos países en desarrollo, en particular en lo que respecta a los obstáculos que esa influencia pueda plantear al ingreso de nuevas empresas en el mercado mundial. En ese sentido, pedimos que la comunidad internacional adopte medidas concretas para hacer frente a esos efectos negativos y promover la competencia internacional y un mayor acceso a los mercados para los países en desarrollo, en particular políticas que promuevan el crecimiento de las pequeñas y medianas empresas en los países en desarrollo, la eliminación de las barreras comerciales que impiden la adición de valor en los países de origen, como las crestas arancelarias y la progresividad arancelaria, así como el fomento de la capacidad en materia de derecho de la competencia, la regulación de la política tributaria y la responsabilidad social de las empresas.

 

Para rematar lo que se escribe en el numeral 21, el numeral 22 dice:

 

Ponemos de relieve que las empresas transnacionales tienen la responsabilidad de respetar todos los derechos humanos y deberían abstenerse de causar desastres medioambientales y afectar al bienestar de los pueblos.

 

No solamente se acepta la existencia de estas monstruosas empresas monopólicas, que se oponen al mercado, sino que se hace una apología de ellas. Se tiene una concepción idílica de las empresas trasnacionales, se dice que tienen la responsabilidad de respetar los derechos humanos y deben abstenerse a causar desastres medioambientales y al bienestar de los pueblos.

 

 

Otra confesión es la del fracaso. En el numeral 25, se evalúa la etapa anterior de los países del Sur como frustración:

 

Somos profundamente conscientes de que decenios después de haber alcanzado la independencia política, algunos países en desarrollo siguen en las garras de la dependencia económica de las estructuras y los caprichos de la economía mundial y de los países desarrollados y sus entidades económicas. Esa dependencia, especialmente por parte de los países pobres y vulnerables, limita el alcance de nuestra verdadera independencia política también.

 

Al respecto, la pregunta entonces es: ¿Por qué insistir en la misma ruta del desarrollo después de decenios de fracaso? Dejemos de lado algo que no es cierto; no se puede decir que solamente algunos países en desarrollo siguen en las “garras de la dependencia”, cuando se trata de la mayoría de los países. También dejemos de lado que se trata de la “dependencia económica de las estructuras y los caprichos de la economía mundial”. ¿Caprichos? Estructuras mencionadas de forma tan general que se pierde el enfoque crítico de las dominación del capital. Estas provisionalidades discursivas nos muestran a un emisor diletante, poco formado tanto en las tradiciones teóricas del marxismo, como el rigor conceptual. Sorprende tratándose de funcionarios pretendidamente comprometidos con las nuevas versiones “anti-imperialistas”. Concentrémonos en la insistencia contradictoria en el modelo de desarrollo. ¿No hay otro modelo alternativo? ¿Por qué desarrollo y no armonía, sobre todo armonía dinámica? Armonía dinámica que implica no renunciar a la tecnología y a las ciencias, sino liberarlas, mas bien, de las ataduras que les impone la lógica del capital[7]. La lógica del capital convierte a la tecnología y a las ciencias en instrumentos de la acumulación abstracta, quitándoles, por lo tanto, toda su potencia, todas sus posibilidades. Armonía, sobre todo por la matriz ecológica múltiple de complementariedades, entre sociedades humanas, entre sociedades orgánicas, entre ecologías y nichos. Liberar a las sociedades de las mallas institucionales estatales y de las instituciones imaginarias de la sociedad, que representan a la sociedad humana como una línea evolutiva aislada, al margen o sobre lo demás, que es precisamente su matriz de vida. Con este reduccionismo organizativo, con una sociedad atrapada en los proyectos de la racionalidad instrumental, las sociedades humanas pierden la comunicación con los demás seres de la madre tierra y el cosmos. Se imaginan estar sobre la “naturaleza”, como si hubiesen estado destinados a gobernarla. Olvidan que los seres humanos son precisamente “naturaleza”, que forman parte de la proliferante y plural inteligencia de la vida. Este delirio institucionalizado estatalmente llevó a las sociedades humanas a un callejón sin salida; su desarrollo se consigue destruyendo la “naturaleza”, a tal punto que no quede naturaleza que sobreviva, dejando al hombre suspendido en la nada.

 

¿Cuán lejos está el G77, no sólo, como dijimos, del Bloque de no Alineados, sino de las concepciones, cosmovisiones, saberes subversivos de las luchas sociales contemporáneas? El G77 es un dispositivo anacrónico en los contextos de luchas sociales y de los pueblos contra las formas actuales de la dominación del capital. Es una imitación tardía y debilitada, endémica, sin “ideología”, apolítica, de lo que fue el Bloque de no Alineados. Le cuesta comprender, menos asumir, el carácter múltiple de las luchas sociales contemporáneas contra las dominaciones polimorfas del poder y del capital. El G77 balbucea algunos términos como armonía, madre tierra y vivir bien, sin digerirlos ni decodificarlos. Esto explica que pueda emitir un prejuicio desolador sobre los pueblos indígenas, pretendiendo ser magnánimo, sin embargo traicionándose, pues enuncia una representación colonial. En el numeral 28, la Declaración dice:

 

Reafirmamos que los pueblos indígenas tienen derecho a conservar y reforzar sus propias instituciones políticas, jurídicas, económicas, sociales y culturales, manteniendo a la vez su derecho a participar plenamente, si lo desean, en la vida política, económica, social y cultural del Estado. A este respecto, ponemos de relieve la necesidad de respetar y salvaguardar las identidades culturales, los conocimientos y las tradiciones indígenas de nuestros países.

 

Desde la concepción del Estado plurinacional, los pueblos indígenas, los territorios indígenas, sus derechos consuetudinarios, sus autonomías, autogobiernos y libres determinaciones, conforman y generan esta transición de-colonial, intercultural, comunitaria y pluralista. El enunciado de la Declaración repite la subordinación de los pueblos indígenas al Estado-nación; se acerca a los saberes ancestrales, conocimientos y tradiciones de una manera paternal. Ni siquiera llega a un manejo más sutil, como lo hace el multiculturalismo liberal. De esta manera, teniendo en cuenta esta “ideología” nacionalista, podemos explicarnos por qué los gobiernos progresistas sacrifican a las naciones y pueblos indígenas en aras del desarrollo, como lo hacían las élites gobernantes republicanas, liberales, nacionalistas y neoliberales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cuestión estatal y el realismo político

 

Como nunca, ahora, la cuestión estatal está íntimamente vinculada al realismo político. Ocurre, en los supuestos del realismo político, como si el Estado fuese el núcleo de la “realidad”. La hipótesis es la misma: Hay que usar el Estado para transformar. No podemos hacer nada sin el Estado. Los países del Sur requieren del Estado para defenderse del imperio. El imperio, mas bien, quiere que no tengan Estado los países dominados, para que no puedan defenderse de sus avasallamientos. ¿Es así? Vamos a tratar de responder a esta pregunta, que parece simple; pero, no lo es. No vamos a repetir lo que dijimos en Genealogía del Estado ni en Acontecimiento político[8], vamos a intentar otros recorridos. ¿De dónde viene ese apego al Estado, eso de tomarlo como núcleo de la “realidad”, incluso como la “realidad” misma?

El Estado, en toda su variedad, dada en las historias sociales y políticas, dada en los distintos contextos histórico-sociales-territoriales, no deja de ser una criatura de las sociedades humanas. ¿Por qué tomarlo como el núcleo de la “realidad”? ¿Cómo algo natural, por así decirlo, forzando un poco las cosas, como algo que se da y se tiene que dar en la historia? ¿De dónde viene esta inversión, desde cuando se toma como origen del desenlace de las fuerzas sociales concurrentes? Hipótesis: Desde que la criatura humana, esta institución, llamada Estado, captura fuerzas, cuerpos, mentes, desde que las convierte en su propia expresión centralizada. A esto hemos llamado el fetichismo institucional.

Pensar de esta manera es pensar fetichistamente, es decir; pensar “ideológicamente”.  Tener el Estado inscrito en el cuerpo, cristalizado en los huesos, incorporado en la mente. Por más que se pretenda una posición revolucionaria o descolonizadora, respecto a un conjunto de tópicos, de temas, de problemáticas, cuando se parte de esta premisa, se comienza con la colonización interna[9], la inoculación primordial del poder, el fetichismo institucional. En vano recurrir a la historia de las sociedades antiguas, que desde esta perspectiva institucional, habrían inventado el Estado, antes que la modernidad lo haya retomado, convirtiéndolo en un instrumento fundamental del capitalismo[10]. Pues esto no habla bien de esas sociedades antiguas, que supuestamente habrían conformado el Estado antiguo. Qué la modernidad haya retomado esta maquinaria para lograr la centralidad, la síntesis de la sociedad, la homogeneización, la colonización generalizada y el sistema-mundo capitalista, muestra que esta maquinaria antigua es no solamente efectiva para consolidar las dominaciones contemporáneas, sino que muy probablemente también lo fue para consolidar las dominaciones antiguas. El problema, tanto para las sociedades antiguas como para las sociedades modernas, no deja de ser el Estado, con todas las diferencias históricas que podamos encontrarle.

El tema es: ¿Cómo salir de la genealogía de las dominaciones? A estas alturas, de las luchas sociales contra el imperio, contra la hegemonía del capitalismo financiero, articulador especulativo de las distintas formas y estratos del capitalismo; a estas alturas de las luchas políticas contra el capitalismo, en su etapa tardía, donde acude desmesuradamente a la acumulación especulativa, apoyada por el descomunal desbocamiento de formas extractivistas, altamente destructivas, logrando la acumulación real por despojamiento y desposesión, no se puede retomar la tesis del realismo político de que el Estado es el instrumento que tenemos a mano para transformar. Pues ya sabemos que ha sido al revés, que el Estado ha transformado a los “revolucionarios”, convirtiéndoles en sus engranajes de poder.

No se discute que tengan que haber transiciones. Es posible, dependiendo de las correlaciones de fuerzas, de los distintos campos de fuerzas; sin embargo, hay que distinguir lo que se nombra como transiciones transformadoras de lo que son las transiciones restauradoras. Si no se tiene claro que hay que desmantelar, desmontar, des-construir y destruir el Estado, en transiciones cortas, medianas o largas, entonces el Estado se convierte en el fin de la historia, en la finalidad de la “revolución”, convirtiéndose esta actitud conservadora, en el termidor.

Si este fuese el caso, las ineludibles transiciones, lo que hay que discutir es esto, ¿cómo asumir, intervenir, incidir, empujar, transiciones transformadoras? Empero, es esta discusión la que se elude. Se prefiere optar por la apología de la “revolución” estatal, la revolución institucional, lo que, por sí mismo, es un contrasentido. Se lo haga de una manera torpe o de un modo más sutil no importa, pues el resultado es el mismo, la legitimación del poder, en su forma concentrada, centralizada, y separada de la sociedad. Es esta una posición reaccionaria, no solo conservadora, pues re-acciona contra la potencia social, contra las fuerzas creativas de la sociedad, que serían emancipadas si fuesen autónomas.

A la pregunta ¿de si las sociedades pueden funcionar sin instituciones?, respondemos, que esta pregunta no es adecuada, pues, volviendo al principio, de lo que se trata es de que las criaturas humanas, las instituciones, no se conviertan en los amos de sus creadores, sino que sean tan solo instrumentos dúctiles y cambiables al servicio de sus creadores. Esto es salir del fetichismo institucional.

Considerar como fatalidad, inscrita en la realidad, que tengamos obligatoriamente que recurrir a las instituciones, es entregarse de lleno al fetichismo del poder. De lo que se trata es de evitar que los humanos sean seducidos por su propio imaginario, que no pierdan la perspectiva vital de su capacidad creadora. El debate entonces se encuentra en torno a esta fenomenología del fetichismo del poder.  Ciertamente, podemos coincidir, que esta es una crítica a la “ideología”, como lo hicieron Marx y Engels, en su tiempo; empero, se trata de una crítica integral a la “ideología” generalizada. No solo se trata del fetichismo de la mercancía, sino del fetichismo institucional, del fetichismo del poder, del fetichismo de los signos, del fetichismo colonial, en el sentido de su economía política racial. Al respecto, hay que dejar en claro que esta crítica “ideológica”, esta lucha “ideológica”, no es solamente “ideológica”, sino también política, cultural y epistemológica. Destruir el fetichismo implica también destruir las instituciones que lo sustentan. Colocar en su sitio lo que debería ser la plasticidad de las instituciones como instrumentos, al servicio de la vida; no someter la vida al servicio de estos fantasmas – aunque sustentados por materialidades espectrales -, las instituciones.

 

Se habla del Estado como si fuera un sujeto; nunca lo fue, ni siquiera cuando el cuerpo del rey simbolizaba al Estado. El cuerpo del rey como símbolo no era más que eso, la materialidad física que hacía de sostén del símbolo; el cuerpo, por así decirlo, del Estado no se encuentra en el cuerpo del rey, sino en el campo burocrático, en el campo institucional. Sin embargo, como hemos dicho, esta maquinaria no es sujeto. No tiene vida propia. Son múltiples de vidas, de vidas humanas, que hacen funcionar esta maquinaria. Son sus relaciones, sus prácticas, sus formas de organización, sus técnicas, en tanto saberes, habilidades, destrezas, composiciones, las que mueven este aparato. No es pues el Estado el que actúa como sujeto, el que pondera, evalúa y decide, son estos conjuntos humanos, organizados de determinadas maneras, los que ponderan, evalúan y deciden, los que actúan. La realización, la efectividad, se encuentra en los movimientos, desplazamientos y composiciones singulares, de los humanos involucrados. Que los humanos interpreten estos movimientos, estos desplazamientos, estas acciones y estas prácticas, como si fuesen actuaciones y decisiones del Estado, es parte de las narrativas que construyen, dando lugar a la representación; es decir, a la significación trágica, en un caso; dramática, en otro, mítica, en otra versión; científica o descriptiva, en las versiones modernas, aunque también pueden ser noveladas. Por cierto, también puede asumir formas discursivas, mas bien, dispersas, fragmentarias, sin lograr una composición ni una trama, como es el caso de lo que se llama “ideología”; empero “ideología” difusa, usada por partes, por los usuarios del sentido común.

El Estado es una idea, es imaginario, es la interpretación dada, sobre todo en la modernidad, al efecto masivo que producen las acciones, movimientos, desplazamientos y prácticas sociales, en lo que respecta a las composiciones políticas. Lo que existe es la malla institucional, como materialidad social, es decir, como dinámica de relaciones y composiciones sociales. Por lo tanto, lo que importa es comprender las formas de organización, de relación, de variación organizativa y de variación en los flujos y ritmos de las prácticas y relaciones. No se trata de conocer el Estado; esto equivale a decir que de lo que se trata es de conocer un concepto. No se puede conocer un concepto, se lo puede construir, aprender, usar; lo que se conoce es el referente o los referentes del concepto, las dinámicas sociales que son señaladas por la estructura conceptual. Por eso mismo, lo que importa es comprender las formas de uso de esta maquinaria, llamada Estado, no conocer el Estado.

Cuando se dice el Estado es la soberanía, defiende la soberanía, no se hace otra cosa que convertir al Estado en un sujeto y creer que este sujeto es la soberanía y defiende la soberanía, cuando son los humanos, cumpliendo los papeles que se otorgan, los que ejercen el poder, los que llaman a este ejercicio soberanía, los que la defienden con estrategias, tácticas, dispositivos, incluso normas y leyes. No es pues el Estado el que defiende la soberanía de los pueblos, que deberíamos entenderla como autonomía y autogobierno, sino son los mismos pueblos los que la defienden, organizándose de una determinada manera. Entonces se trata de lograr las mejores formas de organización, las más eficaces y apropiadas; no de estructurar el mejor Estado, el que más se parezca a su concepto o a su norma. Cuando los pueblos se embarcan en defender al Estado o a un Estado en singular, se embarcan no solamente en defender una idea, sino quizás una forma de organización pretérita, inadecuada en el momento, en la actualidad, para responder a los desafíos y problemáticas del presente. Lo más dramático, es que defienden, en última instancia, la legitimidad de las dominaciones.

La discusión entre la posición política o filosófica que dice Estado y la posición que dice no-Estado es abstracta; es como si peleara por un concepto que afirma esta idea, en un caso, en el opuesto, por otro concepto que la niega. No es esta la discusión concreta; la discusión concreta tiene que ver con liberar o no las capacidades creativas de la potencia social, sus facultades de composición, sus posibilidades, pasando de una forma de organización a otra, dependiendo de las circunstancias. Que se le llame o no Estado a estas acciones, organizaciones y composiciones sociales, sería indiferente si es que la idea de Estado, incluso la malla institucional, que es su materialidad política, materialidad jurídica, no fuese una idea conservadora y un campo inmovilizador e inhibidor de la potencia social. Sin embargo, este es el caso. La idea de Estado y su campo burocrático, su campo institucional, su campo político, se convierten en obstáculos para el flujo de fuerzas, de potencia y capacidades sociales. Lo que importa no es decir sí o no al Estado, sino seleccionar, inventar, construir las formas de organización más adecuadas, dependiendo de las problemáticas. Esto equivale a pensar formas institucionales plásticas, flexibles dúctiles, cambiables y combinables.

 

Sorprenden las formas de representación política a las que llegaron las sociedades humanas. No solo que las representaciones se convierten en el lugar privilegiado de la racionalidad instrumental, como si este campo imaginario fuese el lugar substancial de la “realidad”, sino que los significantes de esta representación, los cuerpos de la significación política, se convierten no sólo en el cuerpo del símbolo del poder, sino que se los presenta y asume como si así lo fueran; es decir, ocurre que se atribuye a estos cuerpos la cualidad y el atributo de contener esa sustancia “mágica”; seductora, al mismo tiempo, aterradora, del poder. Con esto se habría llegado a una de las desmesuras perversas del fetichismo del poder. Por ejemplo, se cree que los caudillos encarnan a la nación, al pueblo, a los oprimidos, por lo tanto, contienen, en su cuerpo, como una sustancia histórica, que les hace actuar y hablar de una determinada manera. Podríamos llamar a esta interpretación, tan peculiar de la ciencia, del análisis, del comentario político, así como también del sentido común, metafísica política.

Este fenómeno, de la transferencia de atributos sustanciales o esenciales a los cuerpos de la representación, pasa no sólo con los cuerpos de los caudillos, algo parecido a lo que pasaba con el cuerpo del rey, sino con toda arquitectura institucional, en el sentido de su materialidad estructural, propiamente arquitectónica. Se les atribuye también poderes “mágicos”, lo mismo que pasa con los fetiches. Este animismo político, por llamarle algo, forma parte de la antropología política moderna. En otras palabras, la política moderna, política no en el sentido pleno, sino restringido, prejuicio de poder, se constituye e instituye sobre la corporeidad fantasmagórica de los mitos. La política, en este sentido, es creencia. Los que se toman en serio el Estado, la máxima expresión de esta metafísica política, no hacen otra cosa que manifestar elocuentemente esta antropología política, que tiene como contenido los mitos modernos del poder.

En el fondo, este es el armazón del discurso nacional-popular o de lo que en Bolivia se llamó nacionalismo revolucionario. Este armazón, esta estructura “dura”, reside, como gesto dramático, en el mito del caudillo. En este mito se manifiesta, como condensación patética, el imaginario de la dominación patriarcal; base “ideológica” y cultural del conjunto de dominaciones. Si podemos hablar de colonialismo, llegando hasta la raíz, vamos a encontrarnos con las estructuras patriarcales de poder. El cuerpo del caudillo, como símbolo del poder, es el lugar somático donde reluce plenamente este patriarcalismo heredado, por consiguiente, el colonialismo inscrito en los cuerpos. Llama la atención, por eso que los nacionalistas, populistas y estatalistas, de toda laña, sean los más esforzados en encontrar en estas marcas históricas del poder, dibujadas en el caudillo, señales de “emancipación” o de “liberación”. ¿No hay algo más grotesco, en el significado del contrasentido?

Las paradojas de la existencia, esta vez las paradojas de las sociedades humanas, manifiestas en las paradojas políticas, aparecen evidenciadas en las contradicciones inherentes a las “revoluciones”, a los proyectos socialistas, que efectivamente se dieron, cuando estas “revoluciones” y estos socialismos reales recurren al mito, al cuerpo del rey, al cuerpo del caudillo, como núcleo esencial del Estado policial, para, sorprendentemente “emancipar” y “liberar”. Hay que tomar atención en estas paradojas políticas, las mismas que nos muestran los nudos mismos problemáticos del poder y la política efectiva.

Utilizando una palabra comprometedora, empero, por su uso común, puede ayudarnos a ilustrar, podemos decir que el secreto del poder se encuentra en estas paradojas políticas. El poder, es decir, el dominio, se ejerce; el objetivo del poder es primordialmente ejercer la dominación, inscribirse en los comportamientos y conductas de los cuerpos de la población. Por lo tanto, cuando se discursa sobre la “emancipación” o la “liberación”, desde la pronunciación ronca del poder, se lo hace convirtiendo a la emancipación y la liberación en una excusa para conservar y prolongar el poder, para efectuar la reproducción del poder. La “emancipación” y la “liberación” son aditamentos edulcorantes para que se cumpla el ejercicio supremo del poder. En sentido pleno, las emancipaciones y las liberaciones no pueden convivir con esta estrategia de poder, pues son su opuesto. Las emancipaciones y liberaciones efectivas interpelan al fetichismo del poder, a los mitos políticos; plantean colmadamente no solo la igualdad, la libertad, la justicia, sino también la autonomía, el uso crítico de la razón integral[11], que implica, la condición lograda del pre-juicio de igualdad y la consciencia de libertad.

No se puede seguir entonces, reproduciendo las mismas paradojas políticas de la modernidad, que sostienen esta metafísica política, no se puede seguir apostando a proyectos “emancipadores” o de “liberación” sobre el substrato de mitos patriarcales, sobre el fetichismo estatal, sobre la elocuencia de las representaciones. Las emancipaciones y liberaciones o son liberación de la potencia social, en contra de toda forma de poder; es decir, son realización efectiva de las autonomías múltiples, cohesiones colectivas y comunitarias, basadas en construcción de consensos, o, en contraste, no son efectivamente emancipaciones y liberaciones. En este último caso, serían la reiteración perversa de las dominaciones efectuadas a nombre de las víctimas. Esta es pues la ironía sarcástica del poder.

Ciertamente, estas contradicciones no sólo se dan en el campo socialista, por así decirlo, sino también en el campo liberal. En realidad, forman parte de las paradojas inherentes al poder y a las políticas modernas, paradojas que atraviesan el sistema-mundo moderno, envolviendo a todas sus composiciones, estructuras y disposiciones políticas, además de los comportamientos y conductas sociales. Si nos concentramos en las paradojas políticas de las expresiones que se reclaman de “vanguardia”, de “revolucionarias” o, con menores pretensiones, de reformistas o progresistas, es porque, precisamente, en estas expresiones, que prometen “emancipaciones” y “liberaciones”, se dan de manera notoriamente explícita las paradojas del poder; los gobiernos “revolucionarios” efectúan las supuestas “emancipaciones” y “liberaciones” recurriendo al Estado policial.

No es que los gobiernos liberales no contemplen la posibilidad del Estado policial; al contrario, en momentos de emergencia o de crisis, recurren a este ancestro, pues este es, en realidad, el origen, llamado Estado de Excepción, de la genealogía estatal. Esto no podría extrañarnos, tratándose de Estados liberales, que explícitamente defienden, garantizan e impulsan la acumulación de capital. Lo que llama la atención es que los gobiernos “revolucionarios” sean los que explícitamente recurran al Estado policía, sacándolo de la sombra, ocultando, por el contrario, su vinculación opaca con la reproducción del capital.

En la historia de estas paradojas políticas, son elocuentes las defensas del Estado-nación de parte de los “revolucionarios”, de los “antiimperialistas”. Ellos suponen que la mejor defensa contra el “imperialismo” es el Estado-nación soberano. El argumento usado es que el “imperialismo” encuentra las resistencias nacionales en el Estado-nación soberano. También se dice que el “imperialismo” quisiera no encontrar resistencias en su camino, por lo tanto, no quisiera encontrarse con Estado-nación soberanos. Esta es una verdad a medias. Si bien las luchas de liberación nacional, los gobiernos populistas y nacionalistas del siglo XX, lograron constituir soberanías populares y nacionales, lograron recuperar el control de sus recursos naturales, por lo menos en lo que respecta al control en su condición de reservas, incluso de propiedad de materias primas, oponiéndose a la vorágine del despojamiento extractivista trasnacional, con el tiempo, este control nacional, esta soberanía sobre los recursos naturales, estos Estado-nación, se convirtieron en dispositivos  indispensables del orden mundial y de la acumulación ampliada de capital, en la geopolítica renovada y recompuesta del sistema-mundo capitalista. Este es el problema contemporáneo.

La constatación de esta situación no le quita ningún mérito a las luchas de liberación nacional de los pueblos, tampoco a los gobiernos nacional-populares, dados dramáticamente en los contextos del siglo XX. De ninguna manera. Empero, le quita todo mérito a los gobiernos neo-populistas, neo-nacionalistas, pretendidamente “antiimperialistas”,  investidos de las remembranzas de los héroes del pasado; sin embargo, gobiernos claramente entregados a políticas económicas extractivistas, en el mejor de los casos desarrollistas. Estos gobiernos “progresistas” son, en la práctica, los mejores dispositivos del orden mundial, en lo que respecta a la legitimación del sistema-mundo capitalista, en su etapa de dominio financiero. Estos gobiernos atacan el fantasma del “imperialismo” del pasado; empero, dejan indemne, la estructura del imperio, del orden mundial del capital actual. De manera comprometedora tienen lazos y relaciones concomitantes con los circuitos financieros, con los circuitos y recorridos de las materias primas, con el sistema financiero internacional y las trece empresas trasnacionales del extractivismo, consorcios oligopolios, controladores efectivos, no nominales, como lo que ocurre con los Estado-nación, de las reservas del planeta.

Para decirlo de una manera provocadora; los “antiimperialistas” de hoy son de pacotilla. No tienen la voluntad de lucha, la convicción, la capacidad de enfrentamiento y de confrontación, que tuvieron los antimperialismos del siglo XX. Los “antiimperialistas” de hoy forman parte del emblemático diagrama de poder de la simulación. ¿Cuál entonces la estrategia de estos “antiimperialistas”, de estos “revolucionarios” del siglo XXI? Es una estrategia de poder. El uso de las figuras revolucionarias, “antiimperialistas”, el investirse con los logros y gastos heroicos del pasado, los convierte, simbólicamente, en el teatro de las representaciones, en los que monopolizan la verdad, apoyándose en dispositivos disciplinarios, como los partidos, incluso de domesticación; por lo tanto de subalternización.  Usan el prestigio de las revoluciones y del antiimperialismo con fines privados.

Las luchas contemporáneas de los movimientos sociales anti-sistémicos se encargan de desmontar este teatro político, de interpelar a estas pretendidas “vanguardias”, que cobijan conservadurismos recalcitrantes, prejuicios patriarcales, prejuicios sexuales, prejuicios de género y prejuicios generacionales, incluso prejuicios raciales. Estos “vanguardistas” son esquemáticos; reducen la historia a códigos morales, como lo hacen las religiones monoteístas y trascendentales. Son los nuevos sacerdotes represores, en un siglo donde los patriarcas se aferran a sus bastones bajo los celajes del crepúsculo.

 

 

 

 

 

[1] Dejaremos esta tarea para otro texto.

[2] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Potencia, existencia y plenitud. Dinámicas moleculares; La Paz 2014.

[3] Ver Declaración de Santa Cruz.

[4] Revisar de Raúl Prada Alcoreza El eterno retorno de la vida. Rebelión; Madrid 2014. Bolpress; La Paz 2014. Dinámicas moleculares; La Paz 2014.

[5] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político. Editorial Rincón; La Paz 2014. Dinámicas moleculares; La Paz 2014.

[6] Ciertamente la experiencia del liberalismo y del neoliberalismo ha arrojado contradicciones, así como lo ha hecho la experiencia socialista, aunque sus contradicciones hayan sido diferentes. Es en el marco del liberalismo y en el contexto de la aplicación del proyecto neoliberal cuando se han dado lugar los grandes consorcios monopólicos y oligopólicos.

[7] Revisar de Raúl Prada Alcoreza La explosión de la vida. Editorial Rincón; La Paz 2014. Dinámicas moleculares; La Paz 2014.

[8] Revisar de Raúl Prada Acontecimiento político. Editorial Rincón; La Paz 2014. Dinámicas moleculares; La Paz 2014.

[9] El concepto de colonialismo interno tiene varios nacimientos. El que conocemos más y nos parece próximo, es el que se refiere a las sociedades poscoloniales; es decir a la continuidad colonial después de la independencia; pero, antes, el concepto de colonialismo interno se refería a lo que hace el Estado con los cuerpos, al inscribirse en ellos, en la superficie de los cuerpos como historia, en el espesor de los cuerpos como subjetividad.

[10] Este argumento es, en todo caso discutible. ¿Es adecuado utilizar un concepto, como la del Estado, que tiene una consolidación teórica fuerte en la modernidad, bajo los paradigmas usados por la ciencia política, para referirse a formas de organización compleja y marcadamente distinta de las sociedades antiguas? Lo que reclaman los que argumentan de esta forma, que el estado tiene sus orígenes en sociedades antiguas, en sociedades que se encuentran, en pleno esplendor, en tiempo pretéritos y en geografías no europeas. Esto puede ser ponderado como perspectiva no eurocéntrica; empero, en la medida que se quedan ahí, afirmando que el Estado nace antes y no en Europa, en Asía, solo mejoran la posición estatalista, la posesión del dominio estatal, reforzando, al mismo tiempo la perspectiva, de la excepción europea. Convierten al Estado-nación; es decir, al Estado moderno, Estado por excelencia colonizador, en parte de una historia más larga y no sólo europea, historia que abarca al mismo planeta. Esto es hacer una apología del Estado y de las dominaciones históricas.

[11] Emanuel Kant, en ¿Qué es la ilustración?, propone la madurez como uso crítico de la razón; sin embargo, habla de la razón abstracta, no de la razón integral, que forma parte del acontecimiento integral de la percepción.

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Un comentario en “Paradojas del poder y la política”

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