Cartografías políticas

Cartografías políticas
Pongamos las cosas en su sitio
Raúl Prada Alcoreza
Pongamos las cosas en su sitio, este podría ser el título del artículo. Ocurre como si en la coyuntura el tiempo se hubiera desencajado de sus goznes, como se dice en Hamlet de William Shakespeare. Nada está en su sitio y el tiempo anda desquiciado. El gran dramaturgo y poeta inglés toca las claves del drama y de la trama en el tiempo. Jaques Derrida trabaja deconstructivamente estas vertientes y estas vetas en los Espectros de Marx de una manera acuciante y hermenéutica. Nosotros, los bolivianos, tenemos nuestros propios dramas y tramas, donde encontramos también estos desajustes temporales. La coyuntura actual, por ejemplo, nos muestra las desmesuras de las encrucijadas entre un horizonte temporal y otro, el que corresponde a la genealogía del Estado-nación y el abierto por el horizonte del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Obviamente no es fácil cruzar las encrucijadas, que también pueden ser laberínticas. Es difícil moverse en los límites y en las fronteras entre horizontes temporales. Pero, quizás lo más difícil es abandonar los viejos hábitos, pero sobre todo construir los nuevos escenarios. Sin embargo, esto no debe ser una disculpa sino la evaluación del desafío, sobre todo para convocar a las fuerzas que apuntan al porvenir. El problema es que se ha desmerecido todo esto, todas estas tareas, se ha menguado el alcance de las tareas, y en vez de esto, se ha optado por recurrir a lo mismo, a las mismas recetas, al apego a los procedimientos e instituciones del pasado. En otras palabras, no se asume el momento, las exigencias del momento, la convocatoria de las circunstancias. Lo que pasa entonces es que nos dejamos aplastar por el peso de estas circunstancias, mientras tanto el tiempo transcurre y los desenlaces escapan de nuestras manos y terminan resueltos por la espontaneidad de los acontecimientos.
 El tiempo está desajustado, es la impresión que nos deja la experiencia contradictoria del momento, en una coyuntura turbulenta, pero, la pregunta es qué hacer, cómo actuar, en momentos como estos, ¿para ajustar el tiempo?, ¿para poner las cosas en su sitio? No tanto como esto sino para transitar de una determinada manera este tiempo turbulento, este espacio de encrucijadas. De lo que se trata es de no perderse sino cruzar, quizás la mejor palabra, la más apropiada, sea articular, las distintas direcciones del laberinto, los distintos tiempos de una temporalidad heterogénea, que fluye como viento huracanado. Entonces diremos como hipótesis pongamos las cosas en su sitio, hagamos un mapa para poder cruzar. ¿Qué tenemos como escenarios? Empecemos a dibujarlos.
La transición al Estado plurinacional comunitario y autonómico está en una encrucijada, entre las distintas direcciones abiertas o cerradas, tenemos, en primer lugar, la que conduce a la reforma del Estado, dirección opuesta a la de la transformación del Estado. Pero, ciertamente, estas no son las únicas direcciones en juego, hay más; muy cerca de la posibilidad de la reforma del Estado se encuentra la restauración perversa del viejo Estado, con todas sus mañas, con todos sus circuitos de influencias, con todas sus corrosiones, corrupciones y deformaciones desmesuradas, por todas las formas de la economía del chantajes y sus paralelismo secretos. Por el otro lado, próxima a la posibilidad de la transformación del Estado, se encuentra lo que podríamos llamar la figura política del caos, figura que nos habla de una situación que de no lograr transformar el Estado, tampoco simplemente de su desaparición, puede darse lugar la realización descarnada de la violencia en ausencia de todo orden. En este caso, diríamos mandan directamente las fuerzas, sin mediaciones. No se trata de una sustitución del viejo Estado por un espacio de asociaciones autogestionarias, que es otra dirección posible, sino precisamente de la ausencia incluso de estas asociaciones. El escenario del ejercicio descarnado de la violencia puede ocurrir, por lo menos como hipótesis de trabajo. Para entender estas opciones, estos escenarios, desde la restauración cada vez más perversa de las formas corruptas del viejo Estado hasta el escenario del caos, pasando por la reforma del Estado, llegando a la transformación del Estado, incluyendo una compleja asociación complementaria autogestionaria, debemos evaluar lo que se supone que pasaría con el ámbito de las relaciones económicas, los circuitos, los flujos, las estructuras y engranajes económicos, vinculados a los mercados y a las formas del capitalismo periférico. En el caso de la forma perversa del Estado, podemos suponer que las formas del capitalismo periférico logran un dominio abierto y demoledor corrompiendo todas las relaciones sociales. En el caso de la reforma del Estado, las formas del capitalismo periférico son reconducidas en función de redistribuciones y participaciones estatales en el excedente, afectando las formas y buscando modificar los términos del intercambio. En el caso de la transformación del Estado, el aparato político busca incidir en la transformación misma de las formas apuntando a reproducir relaciones no capitalistas. En el caso de las asociaciones autogestionarias, ingresaríamos a un escenario que situaría el ámbito de las relaciones en formas no periféricas y no capitalista, abriendo posibilidades a mundos alternativos. Otro horizonte, otra temporalidad. En el caso del escenario del caos, se daría lugar a la aplicación directa de las fuerzas, la violencia sustituye  al intercambio.
Hemos dibujado un mapa hipotético del campo posibilidades políticas en intima interrelación con el campo de posibilidades económicas; sería importante también dibujar un campo de posibilidades institucionales, debido a que estas formas organizacionales y estructuras institucionales son los dispositivos concretos de los agenciamientos de poder. Habría que ver en este caso como en los otros los distintos escenarios. En primer lugar considerar qué pasaría en el caso de la restauración del viejo Estado; en este caso, la hipótesis concibe un panorama abrumador. Se da lugar un reforzamiento sedimentado y complejo de la vieja maquinaria, con sus distintos niveles, sus diferentes covachas, sus intersticios, pasadizos y puentes, que tratan de articular morbosamente los espacios separados de los aparatos estatales. Esta vieja maquinaria rechina al funcionar, cruje al accionar, se mueve ampulosamente en el mismo sitio aposentado, trabaja aparatosamente en pos de objetivos añejos, olvidados, sin poder reorientar su pesadez estructural a la posibilidad de nuevos objetivos de acuerdo a las exigencias de la coyuntura y el periodo. La lógica del poder, si se puede hablar así, está inscrita en su propia arquitectura, en el espesor de sus estructuras conservadas, en el esquema de comportamiento de sus funcionarios. Es como un si fuese una enorme máquina construida en la época de la energía de vapor, una gran locomotora o un gran trasatlántico, un Titanic encaminado a su destino, nada podrá hacer su capitán y su tripulación para eludirlo. No se pueden cambiar estas lógicas arquetípicas, no se las puede sustituir con discursos que alumbren otros rumbos, todo ya está decidido en las programaciones arcaicas, en las costumbres recurrentes. La única alternativa que se tendría a mano es el desmontaje de esta despiadada maquinaria.
El otro escenario en el mapa institucional es el de la reforma del Estado. En este caso la gubernamentalidad está obligada a modificaciones institucionales, a cambios estructurales; requiere de aparatos y engranajes adecuados a las reformas enfocadas. No se trata sólo de modernizaciones, tampoco de reingenierías, sino de algo más exigente: cómo adecuar la maquinaria estatal y utilizarla para los fines de la redistribución del excedente, el modelo productivo, la industrialización y la soberanía alimentaria, teniendo en cuenta las reformas políticas. En lo que respecta al escenario de la transformación estatal, ya no se trata de modificaciones sino de transformaciones estructurales institucionales. La gran tarea es inventar una nueva forma de Estado con un contenido altamente participativo, re-articulando la política a las formas sociales. Esta inmensa tarea recoge el ímpetu trastrocador de por lo menos tres revoluciones, la revolución política, la revolución social y la revolución cultural. Esto implica la realización integral de transformaciones institucionales que articulen todos estos campos y niveles. En términos de transformación política esto significa reintegrar el Estado a la sociedad, acabando con la separación moderna entre Estado y sociedad civil. En términos de revolución social esto significa no solo legitimidad social y hegemonía sino también convertir a la sociedad en la matriz de los poderes. En términos de revolución cultural esto significa no sólo la incorporación de la interculturalidad en el diseño institucional sino la emergencia y la construcción del Estado desde lo comunitario. Esta transformación institucional conlleva de suyo la transformación completa de la gestión pública liberal, gestión pública que ahora, de acuerdo a la Constitución, tiene que ser una gestión pública plurinacional comunitaria e intercultural, cuyos instrumentos de gestión vivan una transformación participativa.
Ahora bien, hay otros escenarios posibles que debemos describir; uno tiene que ver con las formas autogestionarias asociadas, que sustituyen al Estado. Esta perspectiva ha estado latente en las propuestas de los movimientos sociales del 2000 al 2005, sobre todo cuando se desataron las dos guerras del agua, en Cochabamba (2000) y en El Alto (2004), y cuando se desató la guerra del gas, en El Alto (2003). En tanto que los proyectos concurrentes de los movimientos sociales se sobre-determinaron en las movilizaciones sociales de mayo y junio del 2005. El desenlace no se dio por este lado, aunque los proyectos autogestionarios siguen latentes. En este caso, desaparecen las instituciones estatales para ser sustituidas por formas plurales de organización social. El último escenario, de acuerdo al dibujo hipotético que hemos hecho, es el relativo al caos, queriendo decir con esto que ningún proyecto se impone, ningún escenario se culmina, y todo queda a la concurrencia directa de las fuerzas y de la violencia. En este caso no se puede hablar de institucionalidad, tampoco de expansión organizacional de las asociaciones de productores, sino del enfrentamiento directo de las fuerzas.
Teniendo en cuenta este panorama con distintos escenarios posibles, los mismos que nos dibujan el laberinto de la encrucijada que debemos atravesar, vemos que la exigencia del momento es muy grande. ¿Se trata de optar? ¿Se trata de voluntad política? ¿Se trata de las condiciones de posibilidad históricas? ¿O se trata de los límites económicos, como la interpretación economicista predice? ¿De qué depende el desenlace efectivo, lo que vaya a ocurrir? Estas son las preguntas que hay que responder de una manera abierta, sin sesgos, ni buscando culpables. Hay que hacer un análisis crítico de la coyuntura y del proceso que comprenda la complejidad histórico-política de la encrucijada que hay que sortear. Un análisis crítico de las fuerzas, pero también de las organizaciones e instituciones involucradas, un análisis crítico de los sujetos, de los diferentes posicionamientos de los sujetos, pero también de los discursos y los imaginarios involucrados. En este sentido una análisis crítico de las conductas y comportamientos, pero también de las prácticas perdurables. Todos estos análisis también exigen un análisis crítico de las percepciones económicas en juego, sobre todo las dominantes al momento de la toma de decisiones.
Antes de entrar al análisis múltiple de las fuerzas y los sujetos, de las condiciones y los dispositivos, vamos a remarcar la relación de algunos escenarios con las formas políticas de resolución. Para el caso del escenario de la restauración perversa del Estado, no se requiere transformaciones institucionales, tampoco profundización de la democracia, menos participación. La restauración es la inercia de lo mismo, empero el retorno, la permanencia en el tiempo, convierten a la maquinaria heredada en cada vez más pesada, cada vez más atroz, cada vez más perversa, intentando revitalizarse o mas bien desviarse por rutas informales, marginales, secretas, como son las relativas a las relaciones clientelares, prebendales, corrosivas, corruptas, de la economía política del chantaje. Para restaurar sólo se requiere de la manipulación discursiva y publicitaria, de la demagogia, que buscará crear la imagen del cambio, cuando efectivamente nos encaminamos por los laberintos de la restauración. Solo se requiere completar la intersección del teatro, la escenificación, y la política, subsumiendo a la población en el imaginario del teatro político. Todo esto conduce a la reducida legitimidad cuantitativa de la verificación electoral. Se trata de repetir cíclicamente la restauración mediante la reiteración del voto. Para eso es menester mantener convencida a la población de los grandes cambios, que no son otra cosa que grandes cambios publicitarios.
En lo que respecta al escenario de la reforma estatal, se requieren reformas institucionales, se requiere adecuar el aparato de Estado a los fines propuestos por programas orientados a la redistribución de los ingresos, a mejorar los sistemas de trabajo, de salud y de educación, sobre la base de una reforma económica encaminada a abastecer el mercado interno mediante la sustitución de importaciones, por lo tanto teniendo en cuenta una planificación de la industrialización. Este Estado regulador e interventor se ocupa de la economía buscando controlar las perturbaciones contingentes del mercado y los condicionamientos de los monopolios de las empresas trasnacionales en el mercado internacional. Las reformas estatales no solo están enfocadas desde la perspectiva de la modernización sino también orientadas a la inversión social y a cumplir con las demandas sociales. En este caso los discursos tienen que venir acompañados por políticas efectivas, por medidas de impacto social, por lo tanto, para el cumplimiento de estos objetivos, la maquinaria estatal debe modificarse adecuándose a las tareas de las reformas política, económica y social.
El escenario más exigente es el de las transformaciones del Estado. En este caso se requiere inventar un nuevo Estado, construir una nueva forma, un nuevo contenido y una nueva expresión del Estado. Esto quiere decir construir una nueva maquinaria con tecnologías que integren lo cultural, lo social, lo económico y lo político; hablamos de un Estado que responde al sistema político de la democracia participativa, al ejercicio plural de la democracia, entendida como directa, representativa y comunitaria. Por lo tanto no se trata de un Estado construido a partir de la diferencia entre Estado y sociedad civil, como ocurre con el Estado liberal, sino mas bien de un Estado entendido como instrumento de la sociedad, un Estado que responde a las iniciativas de la sociedad, un Estado atravesado y transformado por la participación social. Este es pues el desafío de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Este Estado tiene tres ejes fuertes de transformación, la condición plurinacional, la condición comunitaria y la condición autonómica. Estos tres ejes configuran las transformaciones institucionales de acuerdo a las condiciones mencionadas. Entonces se puede decir que se produce una apropiación plurinacional del Estado, así como una apropiación comunitaria y una apropiación autonómica del Estado. Esta nueva complejidad del Estado lo conecta a la profusa hermenéutica práctica de la interculturalidad, convirtiendo a esta forma política en un espacio apropiado para las interpretaciones, conexiones, transformaciones valóricas, simbólicas e imaginarias. En otras palabras, las naciones tienen que estar plenamente presentes en la forma de Estado. La nueva complejidad también conecta al Estado a la actualización, emergencia e invención de lo comunitario. Las estructuras comunitarias, como el ayllu, las tentas y las capitanías, así como otras formas emergentes e inventadas como alternativas al capitalismo forman parte del Estado, e irradian las normas, reglas y procedimientos a la praxis política. Así mismo la nueva complejidad conecta al Estado a los enfoques territoriales, regionales y eco-sistémicos. Se produce entonces un descentramiento, una descentralización administrativa y política, que plantean una nueva articulación e integración mas bien congruente con la diversidad y la pluralidad. La reinvención del Estado en el escenario de la transformación del Estado amplia la complejidad heurística del Estado pero a su vez crea amplios y profundos niveles de cohesión e integración articulando la diversidad en su diferencia. Esta transformación del Estado implica una profundización de la democracia y del ejercicio democrático en el contexto de los detalles y la participación social.
Deberíamos concentrarnos en estos tres escenarios, el correspondiente a la restauración del Estado, el relativo a las reformas estatales y el referido a la transformación estatal, dejando pendientes el escenario de las asociaciones autogestionarias y productivas, por un lado, y el escenario problemático del caos políticos, debido a las grandes dificultades que se tiene dibujar estos escenarios, no sólo por la falta de información sino también de tratar las condiciones de posibilidad histórica y los niveles problemáticos del último escenario. Sin embargo, podemos decir algunas cosas sobre el escenario de las asociaciones autogestionarias, escenario que no es descartable de ninguna manera, que además se puede combinar con el escenario de la transformación estatal. La hipótesis de interpretación propuesta en este caso es que se puede dar una transición larga hacia este escenario, que requiere resolver problemas de dominación y hegemonía a nivel mundial, así como problemas relativos a la constitución de sujetos libres. La utopía de las asociaciones autogestionarias libres es posible en la medida que se generen profusos y proliferantes niveles de coordinación y armonización complementarias en los múltiples niveles de relacionamiento social, político, económico, cultural e internacional.
  
Análisis múltiple de las fuerzas, las instituciones, las organizaciones y los sujetos
¿Qué fuerzas están involucradas? ¿Cómo visualizar estas fuerzas? La fuerza es un concepto abstracto, sin embargo no muy diferente a otros conceptos usuales en las llamadas ciencias sociales, la sociología, la antropología, la ciencia política e incluso la economía, si la consideramos ciencia social. Empero, el concepto de fuerza viene de la física; varias veces las ciencias sociales han estado tentadas de desarrollar una metodología física en las ramas sociales. Ya Auguste Comte nos hablaba de una fisiología social; aunque esta no era otra cosa que la perspectiva positiva, que consideraba atender a lo real, enfrentada a la perspectiva que consideraba que atendía lo negativo y lo abstracto de Voltaire y Rousseau. La metodología y epistemología positivista tuvieron una fuerte influencia en las corrientes empiristas de las ciencias sociales; sin embargo, a pesar de la pretensión, desarrollar ciencias empíricas, positivas, que traten de los fenómenos reales, no terminaron de trabajar adecuadamente el concepto de fuerza. Paradójicamente, la re-conceptualización de las fuerzas se dará desde el lado filosófico, desde una perspectiva mas bien vitalista, vinculada a las interpretaciones de los escritos intempestivos de Friedrich Nietzsche, que trabaja el concepto de cuerpo, recogiendo una tradición espinosista. Después de un largo estudio de la obra de Nietzsche, Michel Foucault re-trabaja el concepto de fuerza para describir las relaciones de poder, definidas precisamente como relaciones de fuerza. Desplaza de este modo la discusión política, sociológica, antropológica y psicológica a otros terrenos, el de los diagramas de poder, de los agenciamientos de poder, de los campos de fuerzas. Se produce un replanteo completo del modo de ver la política, la sociedad, la cultura y al sujeto. Podríamos decir que esta es una ruptura epistemológica, obviamente no bien aceptada por los científicos sociales, que terminan descolocados ante este desplazamiento. Tampoco los filósofos miraran con buenos ojos esta irrupción arqueológica, genealógica y hermenéutica; mucho menos los marxistas, salvo Antonio Negri, quien es capaz de articular las críticas del poder, del saber y del sujeto a la crítica renovada del capitalismo. También los culturalistas terminan desechando los aportes de la crítica de la epistemología, de la crítica del poder, de la crítica de la modernidad, sencillamente porque proviene de occidente. Esta postura fundamentalista cree que se puede construir un pensamiento propio desmarcándose de occidente, incluso de las propias críticas de la cultura occidental, la modernidad, y las críticas del capitalismo. Estas posiciones olvidan que la construcción de un pensamiento propio no es posible sino en la hermenéutica entre los distintos horizontes culturales, ciertamente centrándose en la perspectiva de los valores y símbolos ancestrales propios. Esta demarcación fundamentalista nos lleva al encaracolamiento enquistado del localismo sin posibilidades de irradiar ni de proyectar hegemonía. Este encaracolamiento también ha sido dramático en las corrientes marxistas que no siguieron la costumbre de sus fundadores de discutir con las concepciones avanzadas de la época. Los fundamentalismo demarcan violentamente su distinción empero terminan proponiendo proyectos reformistas, en el fondo repiten de alguna manera disidencias teóricas modernas usadas para pensar su propias diferencias. No han podido avanzar en la interpretación radical de las cosmovisiones indígenas, que necesariamente tiene que hacerse en el ámbito de la contrastación de sistemas simbólicos, culturales y epistemológicos. En gran parte son posturas para defender privilegios académicos o de territorios privados, supuestos monopolios de saberes secretos. Otras versiones rayan en el retorno al teologismo, acompañando al pesimismo postmodernos en la búsqueda insaciable de un más allá. Hay que distinguir estas preocupaciones de la necesidad de entender e interpretar las formas, los contenidos, las expresiones de las espiritualidades ancestrales, de la perplejidad ante lo sagrado. De la misma manera hay que situarse críticamente ante rescates apresurados de los “usos” y “costumbres” que muchas veces resultan mas bien costumbres renacentistas de los primeros periodos coloniales, hibridaciones medioevales y nativas[1]. La perspectiva descolonizadora requiere de una comprensión crítica y profunda de la historia, así como de la historia crítica. Al respecto quisiera citar algunos trabajos inéditos de Jiovanny Samanamud, joven crítico e investigador, quien apertura nuevas vetas de la discusión sobre descolonización desde un cuestionamiento a las epistemes de la modernidad, en este mismo camino se abre a nuevas perspectivas de las interpretaciones de las espiritualidades ancestrales. Entre los artículos que podemos citar se encuentran: 25 de enero, el cambio de la flecha de la historia, Hacia una arquitectónica del proceso Constituyente, Revolución y transformación: ensayo sobre la experiencia humana de la liberación desde una fuente “no moderna”.En este sentido, nuestra ubicación puede entenderse como el de la construcción de un pensamiento crítico y propio en el contexto de la hermenéutica de horizontes histórico-culturales y de horizontes epistemológicos. 
Lo que interesa es situarnos en esta ruptura epistemológica y usar a partir de ella el concepto de fuerza para visualizar el campo de fuerzas en Bolivia en la coyuntura de transición. Partamos de la siguiente proposición: El poder es una relación de fuerzas. Fuerzas que afecten y fuerzas afectadas. Fuerzas que hacen de función de poder y fuerzas que hacen de materia de poder.  ¿De qué fuerzas hablamos? Hablamos de fuerzas que se mueven en el campo político, en el campo social, en el campo económico, en el campo cultural, fuerzas que presionan, tensionan, inducen, chocan, inciden, fuerzas que en definitiva configuran los campos y recorren los territorios, definen espacios y atraviesan los cuerpos. Fuerzas agrupadas, conglomeradas, que forman bloques o flujos de ataque. Fuerzas compactas, ordenadas y organizadas en instituciones, fuerzas dispersas y bullentes en las calles, fuerzas distribuidas en los territorios. Fuerzas movilizadas y fuerzas de contención. Fuerzas de dominio y fuerzas de resistencia. ¿Cómo actúan las fuerzas, unas respecto de otras? Obviamente la relación no es directa, salvo en las guerras; incluso se da el caso que en las guerras contemporáneas, los combatientes no se ven. Todo se produce, pero no se ven. Los que ven son los espectadores de los noticiosos televisados. Todo se produce en contextos largamente preparados, medianamente preparados o inmediatos e improvisados. Todo depende de las circunstancias y las condicionantes. Las fuerzas requieren de disposiciones, dispositivos y agenciamientos, requieren de espacios estriados o lisos, de territorios, con sus espesores y configuraciones, de estructuras, que les permitan circular y ejercer su potencia. Las fuerzas se relacionan con otras fuerzas a través de tecnologías, discursos y prácticas. Por eso tenemos que hablar de mapas, de formaciones y conductas, también de cartografías, saberes y posicionamientos del sujeto. Las fuerzas no se dan por sí solas sino por condiciones de posibilidad, por campos de posibilidad y espacios de efectuación. Hay que comprender todo este contexto, toda su composición, que podemos llamarlo diagrama de fuerzas. A partir de estas premisas podemos abordar el análisis de las fuerzas en la coyuntura.                 
Los campos de fuerza en la coyuntura
¿Cómo dibujar estos campos de fuerzas y en cada uno su propia configuración? La tarea no es fácil si tomamos en cuenta lo que hemos dicho más arriba; tenemos que relacionar las fuerzas con sus contextos, sus mapas institucionales, sus agenciamientos, sus disposiciones y dispositivos, además de sus prácticas. Parece que conviene comenzar por el Estado como campo de fuerzas, para luego seguir con un conjunto de campos de fuerzas territoriales, mas bien regionalizados y localizados. Obviamente no podemos dejar de comprender que estos campos de fuerzas forman parte también de campos de fuerzas más macros, campos de fuerzas regionales, campos de fuerza geopolíticos, campos de fuerzas mundiales.
El campo de fuerzas del Estado se compone a su vez por varios niveles. No necesariamente un primer nivel, sino el más extenso, es el relativo a los aparatos de Estado, que comprende al aparato propiamente político, que se corresponde con la maquinaria gubernamental. Obviamente no es el único aparato de Estado, hay varios, están el aparato educativo, cultural y comunicacional; también el sedimentado aparato jurídico, transversal a las prácticas de los otros aparatos; los aparatos de emergencia del Estado, que son las Fuerzas Armadas y la Policía, así mismo están los sistemas descentralizados y autónomos, el sistema municipal y el sistema de gobernaciones, en este terreno también deberíamos empezar a contar con el sistema de las autonomías indígenas. Además del aparato político se puede describir el aparato económico, que si bien se intersecta en parte con el aparato gubernamental y el aparato jurídico, por la normativa, las regulaciones y los procedimientos, tiene su propio espacio de realización, utilizando la infraestructura y la estructura logística que le permite circular y fluir. Un núcleo de importancia para el funcionamiento económico es el sistema financiero, que viabiliza las actividades económicas a través de múltiples transacciones y operaciones, además claro está de sostener la capacidad de ahorro y crédito. Este sistema financiero ciertamente se halla vinculado o amparado por la normativa específica vigente, pero también se encuentra vinculada a los circuitos de capital internacional y los circuitos de capital en el interior del país. En lo que respecta a la normativa, su relación con el Banco Central es importante. Ahí es donde podemos ver el carácter liberal o regulador del Estado con el sistema financiero. Por otra parte también es imprescindible comprender las relaciones del sistema financiero del país con el sistema financiero internacional, tanto con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, como otros organismos internacionales de cooperación, así también considerar la relación con la banca privada internacional. También es importante comprender la relación del sistema financiero con el complejo productivo, así mismo con el complejo comercial y de los mercados. Del mismo modo y en esa extensión, comprender la relación del sistema financiero con los ahorristas ciudadanos, con las cajas de ahorros, de seguros y las AFPs. De lo que se trata es de averiguar sobre la autonomía relativa de los complejos productivos, comerciales, de ahorro, o de su relativa dependencia respecto al sistema financiero. Lo importante en este caso es definir dominios. En lo que respecta al campo económico es importante identificar los recorridos específicos de los mercados concretos, sus circulaciones, sus obstáculos, sus ritmos y sus problemas.
Entre el campo político y el campo económico hay intersecciones, más bien entrelazamientos, diremos articulaciones complejas. Circuitos y políticas se entrecruzan, producciones y formas administrativas se articulan, mercados e instituciones se superponen; lo que demuestra que la realidad se da de una manera integrada, compuesta, no analítica. Esta complejidad es un desafío para la teoría que necesita separar para analizar. Lo que evidencia que lo que se analiza es lo separado, por lo tanto ya lo abstracto, las representaciones, no la dinámica misma de lo que acontece. Son estas articulaciones específicas y complejas las que deben ser pensadas para entender los problemas que plantean las coyunturas y los periodos, donde se puede configurar el despliegue de los procesos. Con esta mirada de las articulaciones y composiciones complejas se puede visualizar las dificultades y los obstáculos que impiden a un proceso desprenderse de las resistencias al cambio. Por ejemplo, nos haríamos al respecto una pregunta: ¿Cómo puede esperarse el cambio hacia el modelo productivo si no se transforman las políticas, las formas administrativas y las instituciones? La realización del modelo productivo no es llevar a efecto un discurso, ni siquiera un plan, sólo es posible mediante la transformación de las condiciones de posibilidad, el contexto donde se tiene que desprender el modelo productivo, por lo tanto requiere de la transformación institucional, administrativa, de normas, políticas, conductas, comportamientos y práctica. Así mismo el modelo productivo requiere de una predisposición, de una disposición y de posicionamientos del sujeto adecuados, por lo tanto de la constitución de sujetos producentes. El modelo productivo requiere de una transformación integral de las condiciones, de los instrumentos y de las prácticas. Este enfoque apunta a una revolución cultural, de las conductas, de los comportamientos y de las prácticas. Al respecto, cuando hablamos de modelo productivo no estamos hablando de un modelo de explotación sino de un modelo que articula las capacidades, las potencialidades, la creatividad de las fuerzas y sujetos involucrados en la transformación armónica. Este modelo productivo es distinto a los modelos desprendidos por el capitalismo, pues no se basa en la explotación de la fuerza de trabajo y en la explotación de los recursos naturales, sino en la conjunción armónica de las fuerzas y los ecosistemas. Lo que no quiere decir negar la industrialización sino subsumirla a las lógicas de la vida, a los ciclos vitales, a las interrelaciones involucradas en procesos de complementariedad y de transformación. Lo que queremos decir es que en la medida que tengamos los esquemas capitalistas y los modelos derivados del paradigma de la revolución industrial no se va hacer otra cosa que repetir las formas perversas de producción, de acumulación de capital, que terminan consolidado las formas de dependencia y reproduciendo el modelo extractivista de distintas maneras y combinaciones, contando incluso, si se logran levantar sectores industriales, con formas industriales subordinadas a la acumulación ampliada de capital en escala mundial. La perspectiva emancipadora y creativa es que otro modo de producción es posible.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 
Antes de entrar a la complejidad de los otros aparatos de Estado sería bueno detenernos en las articulaciones entre el campo político y el campo económico. Para eso va a ser indispensable una breve descripción de la económica y del mapa político de Bolivia. Podemos decir que el peso de la economía y la base económica radican en la explotación extractivista, primero minera y después hidrocarburífera, ahora en combinación, sosteniendo todo el funcionamiento económico del país. Ciertamente a esto hay que agregarle una leve tendencia a la diversificación de la producción y las exportaciones con el crecimiento, todavía incipiente, de la producción agrícola y pecuaria, en la perspectiva cada vez más insistente de la exportación que a satisfacer las demandas del mercado interno. Históricamente primero la plata y después el estaño han sido los rubros de conexión más fuertes con el mercado internacional. Se dice que en un tiempo se consideró que Bolivia contenía las reservas más grandes oro y plata, también fue el principal productor del estaño a principios del siglo XX. A fines del siglo XX y principio del siglo XXI sus principales exportaciones se concentran en los hidrocarburos, principalmente gas, al Brasil y la Argentina, también se exporta plata, zinc y se sigue exportando estaño, aprovechando el incremento de los precios de los minerales. En lo que respecta a la agricultura, el principal producto de exportación es la soya. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar a la ganadería, a la producción de azúcar y de arroz, destinados en gran parte al mercado interno, empero con tendencia a participar también en el mercado externo. El aporte de la economía campesina y comunitaria no está cuantificado en el cálculo de los indicadores macroeconómicos, lo que habla mal de la debilidad y adecuación de estos indicadores, empero parte de la alimentación de los bolivianos se debe a la producción campesina y comunitaria, principalmente de la papa y de verduras.
Ahora bien, cuál es el mapa empresarial en la minería, los hidrocarburos y los sectores agropecuarios. En la minería, desde la implantación del proyecto neoliberal (1985), la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) dejo de ser el complejo empresarial estatal que conformaba el monopolio de la explotación minera, aunque compartía la explotación minera con la llamada minería mediana y la minería chica, además de la cooperativa. La explotación minera fue entregada a la empresa privada, principalmente trasnacional. Estas empresas trasnacionales se llevaron del país más de 4 000 millones de dólares entre 1996 y 2005, dejando apenas menos de 100 millones de dólares al Estado por distintos conceptos. Del 2005 al 2010 esta situación no ha cambiado, con la diferencia que se ha ido acrecentando el monopolio de las empresas trasnacionales. Llama la atención el caso de la mina San Cristóbal, que llega a exportar minerales con un valor aproximado a 1000 millones de dólares, dejando al Estado pírricos tributos y regalías. Se dice que por cada 100 dólares que genera la minería 98 se llevan las trasnacionales, las empresas privadas nacionales y las cooperativas. Un balance coyuntural para el año 1997 arrojaba el siguiente balance:
Las empresas mineras exportaron $us 520 millones y sólo aportaron al país con $us 11 millones. Hasta 1997, las regalías del sector eran del 35%, luego con algunas modificaciones se llegó a rebajar hasta 1,5%[2].
Este es el impacto del proyecto neoliberal, bajar las regalías hasta casi hacerlas desaparecer, dejando de percibir de esta manera el 93% de las regalías que recibía el Estado. Ese 1,5% expresa claramente el sentido de soberanía y de Estado que tenía el proyecto neoliberal. El balance sigue:

El nuevo Código de Minería, aprobado en la primera gestión de gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, revela que en el 2004 las transnacionales mineras exportaron por un valor total de $us 520 millones, de los cuales pagaron a Bolivia apenas $us 11 millones.
Como se puede ver la participación del Estado en el beneficio de esas exportaciones es de apenas el 2%. La razón de la bajísima tributación de las empresas al Estado es que se optó por una política de incentivos en un periodo de bajos precios de los minerales, sin embargo la misma situación se siguió manteniendo cuando los precios de los minerales subieron. ¿Cuál la razón? ¿Incentivo a las empresas privadas? ¿Acaso no es suficiente su supe-ganancias? ¿Por qué se castiga al Estado y al pueblo boliviano, que es propietario de los recursos naturales? En el balance se dice que:
Estas condiciones, extremadamente favorables para las empresas mineras, fueron aprobadas en 1996, con el argumento de atraer inversiones para este sector. En esos años, la cotización de los minerales había bajado y esa fue otra de las razones para que se permita a las empresas que exportan minerales pagar sólo el Impuesto a las Utilidades de las Empresas (IUE), del 25% y el Impuesto Complementario  a la Minería (ICM) que oscila entre el 3 y el 5%. Las empresas que venden minerales en Bolivia pagan además el Impuesto al Valor Agregado (IVA), del 13% y el Impuesto a las Transacciones (IT), del 5%.
Como se puede ver, las regalías son sumamente bajas para la minería. Los impuestos no compensan esta situación. Recogiendo el balance del periodo vemos que sólo el 13% del valor de las exportaciones corresponde a regalías y el 7% al impuesto a las utilidades mineras. Es indispensable por lo bajo, como mínimo, subir las regalías. Se ha dicho que por lo menos la regalías debían subir hasta el 40%. Sin embargo, el problema no termina de resolverse ahí, pues de lo que se trata es de recuperar el control del proceso productivo minero por parte del pueblo boliviano y su instrumento administrativo que es el Estado, desde la exploración hasta la comercialización, pasando por explotación, los procedimientos de recuperación en los ingenios, exigiendo la llegada a la fundición, en el mejor caso a las aleaciones. Esto pasa por convertir a COMIBOL en el gran complejo minero de Bolivia, sacándola de su letargo meramente administrativo y burocrático. ¿Qué significa esto? Una nueva nacionalización de la minería en Bolivia.
Un ejemplo claro es lo que pasa con la mina San Cristóbal. Se trata de los más grandes yacimientos mineralógicos existentes en suelo; se clasifica a San Cristobal como la mina de plata a cielo abierto más grande del mundo, en proceso de extracción. Se ha instalado uno de los sistemas de extracción más sofisticados y de tecnología avanzada en la región de Nor Lípez del departamento de Potosí. Un informe de la misma empresa Minera San Cristóbal describe el tamaño de sus actividades:
Cada año, y en promedio durante los primeros cinco años, la mina producirá aproximadamente 1.300 toneladas métricas/día de concentrados de zinc-plata y 300 toneladas métricas/día de concentrados de plomo-plata, llegando a un volumen aproximado de 600.000 toneladas anuales de concentrados. Para ello, se movilizarán 150.000 toneladas diarias de material con un promedio de leyes de cabeza de 1,60% de zinc; 0,59% de plomo y 63 gr. /tonelada de plata. De este volumen, la planta procesará 40.000 toneladas diarias a través de un circuito de molinos SAG (semi-autógeno) y dos molinos de bolas con dos etapas de flotación, filtrado y secado. 
 Las dimensiones de la explotación son gigantescas. Pero, ¿a quién beneficia? El mismo informe dice que:
Minera San Cristóbal S.A. (MSC) es una empresa minera boliviana. Sus accionistas son Apex Silver Mines Limited (Apex) y, desde septiembre de 2006, Sumitomo Corporation de Japón.
En un informe del CEDLA se hace un balance exhaustivo de la relación entre las empresas que explotan San Cristóbal y el Estado boliviano.  La conclusión que saca es categórica:
Aunque el presidente Evo Morales dijo poner fin “al saqueo de los recursos naturales” y “al modelo económico subastador” de anteriores gobiernos, el Gobierno actual promueve una política de exportación masiva como medio para incrementar los ingresos fiscales, relegando la posibilidad de  industrializar la producción minera, lo que es corroborado por el megaproyecto San Cristóbal.
El informe continua:
En  el  2007,  por  concepto  de  ICM,  el  PSC  generaría alrededor de 10 millones de dólares, correspondiente a tres meses, y en el 2008,  aproximadamente 40 millones de dólares por exportaciones con un valor mayor a 800 millones de dólares. Comparando estos resultados con los 45 millones de dólares de ICM obtenidos en el 2006 por la exportación de  minerales con un valor de 1.000 milllones de dólares, el PSC prácticamente duplicaría los ingresos fiscales provenientes de la minería. Asimismo, con la puesta en operación del PSC, el ICM del departamento de Potosí alcanzaría a 63 millones de dólares en el 2008, cuando el proyecto minero opere a plena capacidad, lo que representará casi el triple de su equivalente en el 2006. Sin embargo, se debe considerar que este incremento absoluto de ingresos fiscales, oculta el hecho de que en ningún caso  los mismos superarán el 5% del valor de la producción.  Además, los ingresos de 45 millones de dólares del 2006 corresponden a los impuestos pagados por la explotación de minerales de menor precio. En realidad, la porción que dejará la empresa para el Estado boliviano está constituida por el pago del Impuesto Complementario Minero (ICM), bajo la figura de regalía al departamento de Potosí. Este impuesto alcanzará el tope máximo de 5% del valor de las exportaciones, situación que no cambia, en lo  fundamental, lo sucedido durante toda la etapa neoliberal.  
La persistencia del régimen tributario permite a las empresas obtener ganancias extraordinarias. Aunque los precios de la plata se incrementen en el mercado internacional, la tasa máxima del ICM para este proyecto será de 5%, que corresponde al impuesto de los concentrados de zinc-plata y depende de la cotización del zinc, un mineral mucho más barato que la plata. De este modo, la diferencia entre los costos y los precios favorecerá directa y únicamente a la empresa exportadora y no al Estado.
Esta es la dramática situación. El Estado no llega obtener sino un valor del 5% por concepto de Impuesto Complementario Minero sobre el valor de las exportaciones. ¿Por qué se insiste entontes en garantizar la inversión de capital extranjero? ¿Qué se busca? ¿Solamente ingresos, que son pírricos si comparamos con el movimiento de capitales de inversión, de exportación y las ganancias de las empresas? ¿Industrialización? La fundición de los minerales no se va a dar en Bolivia, sino en las fundiciones instaladas en otros países:
No habrá ningún proceso de industrialización, la fundición y refinación se realizará fuera del país. Para ello, la empresa ha suscrito acuerdos de venta de largo plazo para aproximadamente el 80% de su producción planeada, de los concentrados de zinc-plata y plomo-plata, con fundiciones de Europa, Asia y Australia.     
¿Cuál es objeto de depredar el medio ambiente, cuyos costos no se han cuantificado, dejando tremendas excavaciones, que no benefician sino al proceso de acumulación de capital del sistema-mundo capitalista? ¿Por qué no se cambió el concepto, la estructura, la normativa minera, de tal manera que se sienten las condiciones iniciales de articular un verdadero modelo productivo, que tenga efectos acumulativos propios, relacionándolo a la soberanía alimentaria y al equilibrio, la complementariedad y la integración armónica con los ecosistemas? ¿Cuánto ha cambiado la realidad de la región de Potosí desde la llegada de las empresas que explotan San Cristóbal? ¿Ha mejorado? ¿Se cumple con lo establecido con la Constitución? ¿Se ha exigido la migración de contratos? ¿Se ha preguntado al propietario de los recursos naturales, el pueblo boliviano, qué se debería hacer con estos ingentes recursos naturales, de plata, de zinc, de plomo?  Estas son las preguntas que deberían permitirnos entender esta compleja articulación entre el campo político y el campo económico, lo que pasa con las fuerzas y sus contextos.
Hipótesis del diagrama de la subsunción
Ciertamente hay distintos niveles de la realidad y todavía no hemos llegado a comprender la complejidad de lo que llamamos universo, también cosmos, que quizás sea mejor nombrarlos como pluriverso, tampoco conocemos del todo lo que ocurre en los niveles subatómicos, y se está comenzando a estudiar la antimateria. Quizás cambien nuestras percepciones desde que vivimos la incidencia de la física cuántica en otros campos de interpretación; las primeras repercusiones se han hecho sentir en las llamadas teorías de la complejidad. Sin embargo, debemos dar cuenta de ese nivel inmediato de la realidad que nos afecta, que repercute en nuestras vidas cotidianas, debemos dar cuenta por ejemplo de los condicionamientos del sistema-mundo capitalista en los contextos de sus periferias, responder a las preguntas que tienen que ver con las siguientes cuestionantes: ¿Por qué no se sale de los círculos viciosos de la dependencia? ¿Por qué las utopías no se realizan, entendiendo utopías también como proyectos latentes? ¿Por qué es tan difícil la descolonización? ¿Qué pasa con las otras instituciones y formas civilizatorias contenidas en el contexto hegemónico capitalista, como las relativas a las formas de complementariedad y reciprocidad inscritas en la forma Ayllu? Obviamente no se trata de disputar contra la modernidad y el capitalismo desde el escritorio, no es una competencia de ideas, tampoco una concurrencia de discursos, como creía Jürgen Habermas, sino una correlación de fuerzas en campos de realidad efectivos. A este campo de lucha la modernidad le ha dado el nombre de política. Tratemos de entender cómo se resuelven o pueden realizar los proyectos en estos terrenos, no solamente en el espacio del convencimiento, la filosofía o la retórica. Ahora bien, es posible que en un mundo interconectado todo esté integrado e interrelacionado, pero no de una manera directa, pues interpretar de esta manera sería un reduccionismo, pasaríamos del reduccionismo geográfico al reduccionismo atómico, llamémoslo reduccionismo cuántico, pasando por el reduccionismo economicista. Para decirlo en términos sencillos y no del todo adecuados, las “mediaciones” son evidentes, hay que tomarlas en cuenta, forman parte de los niveles de realidad. Es indispensable distinguir esas diferencias, pues de lo contrario pecaríamos de caer en un nuevo determinismo. En el caso que nos compete es imprescindible entender las formas, los medios, los acondicionamientos, del capitalismo en las periferias dominadas por el centro del sistema-mundo capitalista. Y en este contexto, el papel y la función que cumple el Estado.
La hipótesis sobre la que trabajamos el análisis establece que:
El Estado-nación subalterno de las periferias del centro del sistema-mundo capitalista forma parte del fabuloso complejo de sistemas y redes de aparatos, dispositivos y agenciamientos de la acumulación ampliada de capital, combinada perversamente con la persistencia y repetición anacrónica de la acumulación originaria de capital. Los Estado-nación subalternos están para administrar de la mejor manera posible la transferencia de riqueza y de valores desde las periferias a los centros de acumulación ampliada de capital. Mientras estas maquinarias estatales estén subordinadas al arden mundial, a la hegemonía mundial, en tiempos de crisis, a la dominación a secas mundial, es prácticamente imposible pensar en salidas emancipatorias y de liberación. Esta fue la ilusión del proyecto de sustitución de importaciones que trató por la vía del Estado interventor y regulador escapar de la dependencia y el llamado “subdesarrollo”, pero no pudieron hacerlo. En el mejor de los casos lograron convertirse en potencias emergentes, como el caso de Brasil, o en incompletos sistemas industriales que trataron de cubrir las demandas del mercado interno, como en el caso de Argentina y México. Pero, en realidad terminaron abriendo nuevos mecanismos dependencia en lo que respecta a la transferencia tecnológica y al capital financiero. En un mundo globalizado e interdependiente, cuya lógica sigue siendo la de la acumulación de capital, la incidencia de las potencias emergentes y de los países que logran cubrir parcialmente la demanda de su mercado interno, no es de lograr la independencia sino de reforzar las formas de articulación y dependencia respecto a las transformaciones estructurales dadas en el ciclo del capitalismo vigente.
Esta enseñanza histórica nos muestra que para poder incursionar efectivamente en los horizontes alternativos a la dependencia se debe demoler estas maquinarias herederas y reformadas del colonialismo, los Estado-nación subalternos. Se debe construir formas políticas alternativas. Ahora bien, ¿cuáles son estas formas políticas alternativas?
En Bolivia y Ecuador los procesos constituyentes abiertos por las luchas sociales y de las naciones y pueblos indígenas originarios, han dado lugar a constituciones que postulan el Estado plurinacional, que desde la perspectiva de las organizaciones indígenas es el camino efectivo de la descolonización. Ciertamente se trata de una transición, que debe ser transformadora, llevando a cabo transformaciones estructurales, transformaciones institucionales y cambando las condiciones de posibilidad histórica, en la perspectiva de la descolonización y de la construcción de modelos alternativos al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. Esta es la posición viabilizada por las luchas sociales. Empero frente a esta alternativa se han fijado y planteado resistencias; quizás la más importante es la que tiene que ver con la mantención del Estado-nación, sólo incorporando cambios retóricos, discursivos, simbólicos, adornos y barnices. Esta posición, que es pragmática, es la más peligrosa, pues suplanta la voluntad colectiva hacia el cambio y la descolonización por el realismo político que va repetir, en el mejor de los casos, la historia del proyecto de sustitución de importaciones, y en el peor de los casos, a continuar por otros caminos el proyecto neoliberal. Las otras resistencias son menos peligrosas, pues no cuentan con la correlación de fuerzas y se encuentran debilitadas, pero de cualquier manera se manifiestan. Entre estas resistencias se encuentran las posiciones institucionalistas que reclaman el funcionamiento del Estado de Derecho, supuestamente el mejor invento de la racionalidad moderna, olvidando lo que ocurre en todas partes del mundo y podemos identificar con la degeneración de la política y su conversión manipulada en publicistica. En esta secuencia, también aparecen las resistencias de las oligarquías regionales que defienden sus privilegios de clase, de casta, de monopolio de la tierra y dominio comercial, incursionando en el mercado externo. Estas oligarquías generalmente tienden a reproducir su apego al proyecto neoliberal. Ampliando este contexto, también han aparecido voces aparentemente fundamentalistas que critican al Estado plurinacional por su inherente contradicción y confusión pluralista. Como alternativa plantean un proyecto que llamaremos culturalista, como el relativo a la forma Ayllu. Planteamiento que compartimos, sin embargo,  de lo que se trata es de hacerlo viable. ¿Cómo? ¿Con un tinku? ¿Un encuentro dual entre modernidad y no-modernidad, entre intercambio y reciprocidad? Para comenzar hay que distinguir que el tinku se da entre similares, entre los de la parcialidad de “arriba” y los de la parcialidad de “abajo”, los de aran y los de urin; no se da entre cualitativamente distintos, menos entre civilizaciones diferentes. Lo que se ha dado cuando ha habido este encuentro es una dominación a secas del modelo del intercambio sobre el modelo de reciprocidades, supeditándolo, situación que el mismo Dominique Temple reconoce[3]. ¿Vamos a proponer este encuentro como el que se ha dado con la Conquista y los primeros periodos de la Colonia? ¿Qué nos garantiza que no vuelva a ocurrir lo mismo? ¿O es que creemos ingenuamente que puede darse un equilibrio o una dominación del proyecto alternativo basado en las reciprocidades, invirtiendo la situación, esta vez con la supeditación del modelo del intercambio al modelo de reciprocidades? El problema de estas posiciones, que subestiman el predominio, la hegemonía y la dominación capitalista, que no vinculan, como debería hacérselo, el colonialismo con el capitalismo, como procedimiento violento de expansión capitalista, vinculado a la acumulación originaria de capital, es que terminan siendo proyectos reformistas, que terminan defendiendo el Estado liberal, el Estado-nación, por lo tanto las formas del Estado colonial. Estas posiciones se sienten más cómodas planteando proyectos abstractos sin vinculación política, despreciando el espacio práctico de realización que es la política, por lo tanto se sienten más cómodos acepando en efectivamente el estado actual de cosas, la configuración de las formas de dominación polimorfas presentes, dadas en las condiciones del Estado-nación, incluso defendiendo el Estado de derecho y la división de poderes liberal. Prefieren mantener el Estado, en su condición de Estado-nación, que asumir los desafíos de la transición. La crítica intelectual al Estado plurinacional en realidad es la manifestación de una gran confusión intelectual. Se confunde planos de la discusión, la dimensión de la interpretación teológica, con la dimensión de la interpretación pagana, por así decirlo, la dimensión efectiva. Se confunde lo leído en las investigaciones antropológicas, que corresponde a la interpretación de Marcel Mauss sobre la polinesia, sobre el potlatch y el kula, sobre el circuito del don, con otras múltiples formas de relacionamiento particulares, singulares, regionales y culturales. No se observa la pluralidad de formas de relacionamiento, por lo tanto la riqueza misma de lo cultural y lo social al manifestar proliferantemente su diferencia. Se cree que hay dos bloques, el bloque occidental y el bloque no-occidental. La pluralidad de lo no-occidental, su heterogeneidad, plantea una diferencia con la homogeneización universal de occidente, aunque esta situación haya variado con la incorporación misma de la diversidad el multiculturalismo liberal. Esta diferencia radica precisamente en la pluralidad y heterogeneidad de formas. No solamente es el Ayllu, sino distintas formas de lo comunitario. Otra confusión tiene que ver con lo que llamaremos el reduccionismo cuántico, salimos de reduccionismo geográfico, después del reduccionismo economicista, para caer en el reduccionismo cuántico. El secreto se encontraría en las estructuras subatómicas. Allí está la determinación fundamental. Sabemos que un universo hecho posible fue el que se formó a partir de la formación de los átomos y las estrella, pero también eran alternativos y posibles otros universos. Por otra parte entre los átomos, las partículas, las moléculas, las macromoléculas y la complejidad y diversidad biológica hay pues lo que llamaremos por el momento “mediaciones”. No se da el condicionamiento de manera directa. Más aún cuando hablamos de las dimensiones y múltiples procesos históricos y diferenciadas formaciones sociales, los condicionamientos “atómicos” no se dan de manera directa. Los científicos, físicos cuánticos, protestaron contra estos reduccionismos y utilizaciones arbitrarias[4].
Un campo de realización social es precisamente el campo político. En este campo las organizaciones sociales y movimiento sociales han trazado un proyecto, bajo el contexto de la correlación de fuerzas dibujado por sus luchas, este proyecto es el del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Esta es la construcción colectiva, primero del Pacto de Unidad, después de la Asamblea Constituyente. Frente a este hecho político no se puede oponer una elucubración individual o grupal. Tendría que en todo caso convertirse en voluntad política multitudinaria. Sin embargo, este no es el camino al que se tiende, en contraposición se tiende a un renovado reformismo, que pretende mantener el Estado-nación combinado supuestamente con el proyecto de la forma Ayllu. Al respecto, hay que considerar la lucha clara y orgánica del Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (CONAMAQ) por la reconstitución de los suyus y por lo tanto de los ayllus y de las markas. Sin embargo, al CONAMAQ no se le pasa por la cabeza que este es el único proyecto posible, menos un monolítico proyecto alternativo mundial. El CONAMAQ junto al Pacto de Unidad pelean por el Estado plurinacional comunitario y autonómico, en este horizonte político de transición por la reconstitución de los suyus, las markas, los ayllus y la reterritorialización de las comunidades. Esto es lo que políticamente se ha dado. Los enfrentamientos abstractos y de escritorio sólo sirven para reafirmar la defensa institucional del Estado-nación, su condición de Estado de derecho, la división liberal de poderes.
Consideraciones epistemológicas
Lo primero que habría que preguntarse si hay un afuera del capitalismo y de la modernidad. Parece que no, que ni los yaminawa están desconectados, sus territorios son visitados por turistas que quieren experimentar la ayahuasca, sin poder llegar a ser chamanes. Puede ocurrir que todavía en la Amazonia haya algunos grupos desconectados, se supone que los hay. Sin embargo, lo que parece evidente es que el proceso de globalización, que también es de expansión capitalista por medio de distintos medios, sobre todo el originario de colonización, contando con el despliegue de la continuidad colonial y de colonialidad en las sociedades postcoloniales, nos ha integrado a todos en los procesos integrales y de subsunción a los ciclos del capitalismo.
Dipesh Chakrabarty se hace una pregunta sugerente en Al margen de Europa[5]: ¿Estamos ante el final del predominio europeo? ¿Qué es lo que encuentra? Que muchos de los planteamientos que nos hacemos sobre todos los vinculados a los nacionalismos vienen de problemáticas modernas, muchas veces asociadas al mundo imaginario de las castas terratenientes, en el caso de la India. La escuela hindú que estudia la subalternidad como condición poscolonial ha encontrado mas bien modernidades heterogéneas en tanto alternativas a las formas homogeneizantes y universales modernas que han pretendido imponerse a través de los estados y mapas institucionales. En el quinto continente, Avi Ayala, al que le van a dar el nombre de América, las investigaciones antropológicas, etnográficas y etnohistóricas, con sus escuelas y corrientes, van a visualizar desde la mirada de las ciencias sociales a las sociedades ancestrales, autóctonas y a las formas pervivientes comunitarias, sus formas de relacionamiento, valorización, simbolización y espiritualización. Se da lugar otra lectura de las sociedades nativas, replanteando la propia interpretación de la historia y las perspectivas económicas. Claro está que también se bebe de las propias tradiciones orales y no orales culturales para reivindicar el pasado en un presente en crisis, empero estas tradiciones no están exentas de las propias hibridaciones renacentistas de los primeros periodos coloniales. Esto no quiere decir que se ha perdido la tradición propiamente autóctona, sino que la pervivencia de lo pre-colonial se da en el tiempo histórico, por lo tanto se da en el proceso mismo de las interpretaciones interculturales. Sin embargo, hay que atender de manera diferente lo que pasa con las instituciones territoriales, bajo sus formas integrales de lo que llamaríamos lo político, lo económico, social y cultural, pues estas estructuras institucionales pueden conservar mejor lo propio a pesar de incursionar en espacios y circuitos que corresponden al mercado y al capital. Por ejemplo, la institucionalidad del Ayllu mantiene sus lógicas y formas estructurales complementarias, sus manejos territoriales, sus articulaciones ecológicas y sus redes en forma de archipiélagos.          
           


[1] Revisar de Serge Gruzinsky El pensamiento mestizo. Paidós 2000. Barcelona.
[2] Empresas mineras aportan al fisco con míseros impuestos. Santa Cruz – El Nuevo Día.
[3] Ver de Dominique Temple Teoría de la reciprocidad. Tres tomos. Padep, GTZ, 2003. La Paz.
[4] Imposturas Intelectuales. Impostures intellectuelles (publicado originalmente en francés por Éditions Odile Jacob, Octubre 1997 y en inglés por Profile Books, Londres, en julio de 1998, con el título Intellectual Impostures. En USA, en cambio, se publicó con el título Fashionable Nonsense en noviembre de 1998.) Alan Sokal y Jean Bricmont. Fue publicado en castellano por Editorial Paidós, Barcelona, 1999 y en catalán por Empúries.
[5] Dipesh Chakabarty: Al margen de Europa. Tusquets 2008. Barcelona. 
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El último jacobino

El último jacobino

Raúl Prada Alcoreza
Alvaro Garcíua Linera
Hay un libro difundido, incluso convertido en película por el director Michael Mann, que intitula El último Mohicano; es la obra más conocida y leída de James Fenimore Cooper. Situada en la época de las luchas entre Gran Bretaña y Francia por el control de América del Norte. De lo que vamos a escribir ahora no es de este tema, sencillamente hacemos una paráfrasis para hablar del último jacobino, no para hablar de guerras entre potencias y de su incorporación en la misma de los pueblos nativos de América. Vamos a hablar de un disfraz, de aquello que habla Hegel y es mencionado por Karl Marx en el 18 de brumario de Luis Bonaparte, el sobrino de Napoleón Bonaparte, cónsul y emperador en el crepúsculo de la Revolución Francesa. En el texto citado se dice que:
Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío.
El último jacobino es entonces una figura literaria para mostrar una comedia política. Hay quien se inviste del ropaje de los jacobinos, la izquierda de la Asamblea Legislativa francesa de 1791, para emular sus acciones, vinculadas a la democracia que patrocinaban, que era de alguna manera parecido al paradigma de democracia concebido por Jean Jacques Rousseau, resaltando su forma corporativa así como en lo corresponde a la figura de ciudadano. De El contrato social, se comparte la tesis según la cual la soberanía reside en el pueblo. También se comparte el concepto de voluntad general, que no puede entenderse como la agregación de las voluntades particulares sino que emana del interés común. Este supuesto es algo que habría que discutir sobre todo cuando se trata de pensar lo plural, lo plurinacional y el ejercicio plural de la democracia participativa. En todo caso, estos temas corresponden a la historia de la revolución francesa. Es difícil traerlos al presente de la revolución boliviana, al llamado proceso descolonizador, a no ser que se confunda al proceso que conduce a la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico con la Revolución Francesa. Esta extemporaneidad, esta descontextualización de la Revolución Francesa y traslado metafórico a Bolivia de principios del siglo XXI, denota una desubicación total y una pretensión de adquirir los mismos significados, ribetes y simbolismo, cuando de lo que se trata es entender los significados del proceso boliviano, íntimamente vinculados a la descolonización, a la democracia participativa, al ejercicio directo, representativo y comunitario de la democracia, cuando de lo que se trata es de la muerte del Estado-nación. Este anacronismo figurativo que sólo puede adquirir existencia en la cabeza del último jacobino, no es otra cosa que una pose colonial. Pero, esto no sería tan grave si no tuviera consecuencias prácticas. El último jacobino está enamorado de la etapa más dramática de la Revolución Francesa, el periodo del Terror. En 1793, después de la redacción de la nueva Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, además de una nueva Constitución de tipo democrático que reconocía el sufragio universal, el llamado Comité de Salvación Pública cayó bajo el mando de Maximilien Robespierre.  Es el momento cuando se desata lo que se denominó el Reinado del Terror (17931794). Por lo menos de 10.000 personas fueron guillotinadas ante acusaciones de actividades contrarrevolucionarias. Ante la menor sospecha de dichas actividades se podía hacer incurrir sobre cualquier individuo imputaciones que casualmente lo condenarían a la guillotina.
El último jacobino se inviste de Robespierre, pero del Robespierre de la época del terror. Acusa de derechistas a quienes se oponen a sus proyectos delirantes de industrialización, a sus formas elitarías y cupulares de tomar decisiones, al procedimiento grupal de redactar leyes y decretos, sin consulta popular, mandando a obedecer a asambleístas que tienen la obligación de levantar las manos y aprobar. La lista de derechistas tiene ya una gama grande de componentes, dejando de lado a la derecha recalcitrante de las oligarquías regionales, derrotada en el Porvenir-Pando, ingresan a esta categoría dirigentes indígenas del CIDOB, dirigentes campesinos de Caranavi, dirigentes cívicos de Potosí, dirigentes indígenas del CONAMAQ, dirigentes sindicales que se atreven a disentir y criticar, intelectuales e investigadores críticos. La lista sigue, pero no se trata de describirla exhaustivamente, sino de interpretar el mapa paranoico del último jacobino, el mapa de los supuestos enemigos del proceso de cambio. Estas acusaciones delirantes sólo se pueden explicar por una paranoia del poder, pero también por la distancia enorme que separa al contenido, a las tendencias inherentes del proceso, vinculadas al horizonte descolonizador y del Estado plurinacional comunitario y autonómico, del proyecto político del último jacobino. Se trata de un proyecto político que apunta veladamente al Capitalismo de Estado, a la restauración nacionalista del Estado-nación, a una anacrónica revolución industrial, a un Estado fuerte reducido a la dictadura de un pequeño grupo de clarividentes, abogados y especialistas.  Nada del sistema de gobierno establecido por la Constitución, que es el de la democracia participativa.
El último jacobino se enoja cuando se critica el estancamiento del proceso de nacionalización, cuando se dice que lo que ha destapado el gasolinazo, lo que se ha revelado, es que no hay nacionalización. El único argumento que saca de la manga es la furibunda calificación de mentira. No hay discusión de ninguna clase, no se toma en serio el debate, ni se abre la posibilidad de una evaluación del proceso de nacionalización. Se dice que hay que acudir a fuentes de información, pero precisamente es el último jacobino el que da cifras e indicadores fuera de toda fuente. ¿Por qué se insiste que hay control técnico de YPFB del proceso productivo y de la cadena económica de los hidrocarburos, cuando esto no ocurre para nada, cuando esta entidad estatal no opera, sólo administra? ¿Por qué se oculta que no se han cumplido los 44 contratos de operaciones por parte de las empresas trasnacionales firmantes, no han invertido en exploración y en explotación, menos en industrialización, tal como establecen los contratos? Como dice María Lohman, estas empresas sólo invierten en la producción (saqueo) del gas, para cubrir los cupos comprometidos con Brasil y Argentina, a precios que les otorgan amplios márgenes de ganancia, más atractivos que el reducido mercado interno de producción de gasolina y diesel. ¿Por qué se ocultan las super-ganancias que se llevan las empresas mineras, como la de San Cristóbal, que oscilan en un monto de alrededor de los 1000 millones de dólares, dejando pírricos aportes al Estado boliviano? ¿Por qué se esconde los fracasos del modelo extractivista, los fracasos de la empresa Jindal Steel and Power que va a explotar el hierro del Mutún, subsidiaria de una trasnacional inglesa; la Jindal es conocida por escamotear y especular en el sistema mundial de las finanzas; tampoco no se hacen transparentes las aventuras del Litio? Nada es transparente. Pero, esto es lo que menos le importa al último jacobino, pues esta investido por el fantasma de Robespierre. El último jacobino está enamorado de sí mismo y del poder, lo que no le deja ver el bosque, quizás esto sea lo más peligroso para el proceso, pues nos conduce a la construcción del fracaso.

Deslindes histórico-políticos

Deslindes históricos y políticos
Diferencias con la izquierda tradicional

Raúl Prada Alcoreza                                  

Podemos hablar de una izquierda colonial en tanto que se ha dado en la historia política de Bolivia una izquierda que no se ocupó para nada de los diagramas de dominación del colonialismo, de la colonialidad, del colonialismo interno, y soslayo de lleno la problemática indígena. A pesar que la guerra anticolonial comienza temprano, durante el siglo XVIII. Incluso se rastrean en las investigaciones históricas levantamientos anteriores. La izquierda aparece de dos maneras, como organizaciones y sindicatos, pero también como difusión discursiva. Esto ocurre sobre todo después de la guerra del Chaco, aunque hubo organizaciones sociales de defensa de los trabajadores y formaciones discursivas interpeladoras del capitalismo antes de la guerra del Chaco; se puede seguir esta historia interpeladora de los trabajadores y del pensamiento radical liberal desde los comienzos mismos del siglo XX. Bajo este contexto y teniendo en cuenta estas consideraciones, se puede decir que las primeras organizaciones tuvieron una influencia anarquista; fue después, cuando se formaron los sindicatos obreros, prioritariamente mineros, que se cuenta con influencia marxista. Dos son las corrientes que van a tener una influencia condicionante en los sindicatos mineros y en las organizaciones matrices de los trabajadores; una es la corriente estalinista y la otra es la corriente troskysta, ambas terminan formando los conocidos partidos marxistas bolivianos.
No vamos a comenzar cronológicamente sino por la vinculación oficial con la tercera y la cuarte internacional; vamos a comenzar entonces con el Partido Comunista (PC), fundado en 1950 con la participación de Sergio Almaráz Paz; el PC tiene el antecedente orgánico en el Partido de Izquierda Revolucionario (PIR), fundado en 1940, donde militaba precisamente Sergio Almaraz como participante de la juventud y dirigente de la célula Lenin[1]. Entre 1964 y 1966 se produce una tensa discusión al interior del PC, que termina dividiéndose entre una tendencia “pro-Moscú” y otra “pro-Pekín”; esta segunda tendencia asume el nombre de Partido Comunista Marxista-Leninista, para diferenciarse del Partido Comunista de Bolivia (PCB). El PC-ML se funda en 1965 en un Congreso extraordinario realizado en el centro minero de Siglo XX; la fundación y el tiempo previo de la fundación va estar impregnado de un debate significativo sobre la caracterización de la revolución de 1952, del proceso en curso y del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR); también sobre las opuestas interpretaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que inicia una conducción aparentemente distinta a la de  Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, mas conocido como Stalin, desmarcándose de su métodos y de su concepción política, procesando incluso al stalinismo. El PC-ML inicia su vida criticando el revisionismo del periodo de Jruschov y el seguidismo de la dirección del PC respecto al gobierno del MNR.  La participación del PC en la guerrilla del Che fue altamente cuestionada; se incorpora en la misma la juventud del partido[2], empero el partido mismo termina distanciándose de la guerrilla por diferencias políticas, particularmente las que tienen que ver con la conducción y dirección de la guerrilla en Bolivia. Se dice que una vez que es rechazada la petición del Secretario General del PC, Mario Monje, de ser nombrado comandante del guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, el partido le quita el apoyo logístico a la guerrilla, sin embargo, el partido cumple un papel importante para la salida hacia Chile de los sobrevivientes de la guerrilla, concretamente del grupo de Harry Villegas Tamayo, alias Pombo[3].   
Continuamos con el vínculo orgánico a la cuarta internacional, hablamos del Partido Obrero Revolucionario (POR) se funda cinco años antes que el PIR, en 1935. El POR va tener incidencia en la ideología del proletariado minero y también va irradiar con sus tesis de transición al resto de los trabajadores aglutinados en la COB. Se trata, desde mi punto de vista, de la construcción de un marxismo de guardatojo, un marxismo del proletariado minero, formación discursiva en la cual se siente el olor y la lucidez oscura de los socavones. Guillermo Lora en un escrito titulado La verdadera fecha de fundación dice que:
Delegados, o mejor dirigentes, de la Izquierda Boliviana y del Grupo Tupac Amaru se reunieron en el llamado Congreso de Córdoba (Argentina) y que dio nacimiento al Partido Obrero Revolucionario. El acontecimiento tuvo lugar en junio de 1935[4].
Un poco más abajo menciona quienes asistieron al Congreso constituyente del partido:
Al Congreso Constituyente asistieron José Aguirre, Marof, Valencia, Esteban Rey. Adalberto Valdivia Rolón proporciona el dato curioso de que estuvo en dicha reunión el paraguayo Oscar Creydt, que cobró fama como intransigente stalinista. Valdivia Rolón, a nombre de los Exiliados del Perú, se apresuró a sumarse al nuevo Partido, como se desprende de su carta remitida a los dirigentes de la Unión de Exiliados de Buenos Aires, que sufría la poderosa presión del stalinismo.
La historia de estas corrientes y estos partidos se entrelaza profundamente con la historia de las luchas del proletariado boliviano.  La Tesis de Pulacayo expresa fehacientemente las formas de este entrelazamiento; la tesis fue aprobada en el Congreso de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), reunido en Noviembre de 1946 en la localidad de Pulacayo;  la tesis fue propuesta por la delegación de Llallagua. Se puede decir que La Tesis está basada en el Programa de Transición con el que fue fundada la Cuarta Internacional en 1938, adoptando también la teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky, la misma que establece que en los países atrasados le corresponde al proletariado, a la cabeza de la nación oprimida, encabezar la lucha por la liberación nacional, realizar las tareas democráticas e iniciar la revolución socialista. Después esta tesis se convierte prácticamente en la tesis de la Central Obrera Boliviana; el IV Congreso de la COB ratifica las tesis en mayo de 1970, como preludio a lo que va a ser la Asamblea Popular, conformada en 1971. Quizás la Asamblea Popular fue la experiencia más significativa del proyecto político obrerista, del proyecto del proletariado, aglutinado y organizado en la COB. Podemos configurar un proceso acumulativo desde 1946, cuando se conforma la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) hasta la experiencia política de la Asamblea Popular de 1971. Después de la derrota del proyecto y de la caída del gobierno del General Juan José Torrez por el golpe de Estado cruento encabezado por el General Hugo Banzer Suarez, el proyecto político obrerista va a sufrir una crisis ocasionándose una fragmentación y dispersión orgánica, sobre todo en la corriente trotskista, constituida en el POR. La mayoría de izquierda, entre la que se encontraba el PC, va a buscar otras estrategias, mas bien de carácter electoral, conformando un frente amplio como el de la Unidad Democrática y Popular (UDP), dejando a los grupos radicales al margen de la iniciativa política dominante. Estos grupos radicales quedan circunscritos dentro el espacio de la COB, una COB que ya muestra los primeros síntomas del debilitamiento de su convocatoria y de lo que se puede considerar hipotéticamente y con cierta relatividad del poder dual, que había sido una característica del ejercicio de su fuerza y su influencia política.
Con la caída de la UDP se terminan de cerrar las dos puertas intentadas por la izquierda tradicional, la insurreccional y la democrática. Aunque también hay que mencionar otras puertas, una de ellas tiene que ver con el proyecto gerrillero; al respecto hay que anotar que todos los intentos guerrilleros no terminan de prosperar, comenzando con la guerrilla del ELN, dirigida por el Che Guevara, continuando con la guerrilla de Teoponte, incluyendo incluso los incipientes brotes conculcados casi en el nacimiento mismo, como son el brote de guerrilla urbana del grupo Zarate Willka, también del ELN-CNPZ, además de contar con el proyecto de guerrilla indígena del Ejército Gerrillero Tupac Katari. Aunque estos tres últimos brotes ya no tengan que ver con la izquierda tradicional, sin mas bien con los perfiles de una nueva izquierda, los mencionamos por que respecta al decurso del proyecto guerrillero en Bolivia.
Sin embargo es indispensable mencionar lo que ocurre con los partidos socialistas, particularmente el Partido Socialista Uno (PS1), liderado por Marcelo Quiroga Santa Cruz, insigne intelectual crítico defensor de los recursos naturales convertido en militante socialista. Este partido aparece interpelando a las dictaduras militares, sobre todo en el juicio de responsabilidades al General Hugo Banzer, juzgando también a la burguesía intermediaria, interpela también a la UDP por no contar con un programa de nacionalizaciones, que es con lo que cuenta el PS1, buscando constituirse en una nueva opción en el escenario político dibujado por la izquierda boliviana. Interesa retomar este breve experiencia del partido socialista sobre todo para dejar pendiente la pregunta de si el Movimiento al Socialismo (MAS) retoma algo de la huella dejada por el socialismo de entonces. Está claro que el MAS forma parte de la nueva izquierda, mas bien ligada a los movimientos sociales que a la forma de organización de partido, sin embargo es menester evaluar la posibilidad de que también sea una bisagra entre dos horizontes temporales políticos.  
Lo que viene en adelante es una gran crisis de la izquierda, dejando un vacío político por parte del sujeto de esta gesta revolucionaria, por un lado, y reformista, por otro; hablamos del sujeto obrero. El proyecto socialista se queda sin sujeto y el país se queda sin proyecto socialista. Sobre todo esto se hace patente con el fracaso de la marcha por la vida de los trabajadores mineros y de la COB (1986), que intentan detener la relocalización, el cierre de centros mineros y la marcha desbocada hacia la privatización. Esto se da en un contexto también adverso para la izquierda internacional, la crisis y el derrumbe de los Estados socialistas de la Europa oriental, la crisis ideológica, el vacío político generalizado y la ofensiva del proyecto neoliberal a escala mundial. Después del retiro descomunal de la centralidad minera, el proyecto hegemónico proletario se derrumba, las clases desposeídas quedan inermes ante la avalancha neoliberal. Sin embargo, este vacío político va a ser llenado por otro sujeto, el sujeto indígena, que retoma la bandera anticolonial y el proyecto descolonizador, proyectando sus reivindicaciones territoriales y culturales en sentido anticapitalista. Articula la reconstitución a la lucha anticapitalista, reivindica el territorio indígena y se enfrenta a la expansión ganadera y agrícola, de las haciendas, se enfrenta a las concesiones madereras, al monopolio de la tierra y a los grandes latifundios, también se enfrenta a un Estado y a una sociedad discriminadoras. Reivindica sus lenguas, sus culturas, sus territorios, sus instituciones, sus normas y procedimientos, sus autogobiernos y libre determinación. La lucha indígena termina involucrándose en la lucha contra el proyecto neoliberal, las privatizaciones, las desposesiones, los despojamientos, las suspensiones de derechos, contra el imperio del discurso del mercado absoluto. De este modo las organizaciones indígenas terminan aliándose a las luchas por la tierra de los campesinos, a la lucha de los trabajadores en contra la suspensión de sus derechos, a la lucha de las clases populares en contra las privatizaciones y capitalizaciones, reivindicando también el derecho a las nacionalizaciones, en el contexto de un proyecto plural, multitudinario, de alianzas dinámicas, de formas de organización móviles y de base, iniciando un proyecto constituyente de los movimientos sociales y de las naciones y pueblos indígenas originarios. Esta proyección del sujeto indígena tiene su acumulación de fuerzas, su proceso ascendente, sus grandes victorias políticas durante el ciclo de movimientos sociales de 2000 al 2005, derrotando al modelo neoliberal, poniendo en evidencia la crisis múltiple del Estado, acabando con el monopolio político de la clase política, abriendo la gran oportunidad para un proceso constituyente descolonizador. Todo el proyecto se expresa dramáticamente en la Asamblea Constituyente, se plasma en texto escrito colectivamente, aprobado en varias instancias, en la Asamblea Constituyente, en el Congreso, declarado Constitucional y, lo mas importante, por el pueblo en el referéndum constituyente. Se puede decir que es la primera vez que un proyecto político, con características indígenas y populares, llega al poder, accede al gobierno, e intenta transformaciones estructurales. Esto no había ocurrido con el proyecto obrerista; éste no logró ser hegemónico, tampoco logró resolver el problema del poder en el campo de las fuerzas concurrentes. Ahora bien, son varios aspectos que diferencian a este nuevo proyecto anticapitalista y anticolonial del proyecto de la izquierda tradicional, incluyendo el triunfo político y la hegemonía lograda por los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas originarios. Estas diferencias deben interpretarse a partir de la comprensión de la constitución diferencial de sujetos; el sujeto obrero si bien logra centralidad, la centralidad minera, y ejercer el poder dual, en determinadas circunstancias, no logra ser un sujeto irradiante en toda la sociedad ni logra, como dijimos, construir una hegemonía. El sujeto indígena en realidad atraviesa toda la sociedad por la composición de la población, mayoritariamente indígena; en esta condición logra interpretar mejor la complejidad de una formación social abigarrada, replanteando la lucha anticapitalista desde la perspectiva de la guerra anticolonial. Abriéndose a formas altamente participativas en las maneras de convocatoria y en los modos organizacionales, horizontalizando los mandos y las decisiones, desplegando proyecciones autogestionarias y de autogobiernos. La irrupción desde abajo, de los de abajo, de la plebe, se hace incontenible, interpeladora y trastrocadora. Se abre un nuevo horizonte histórico político, el del Estado plurinacional comunitario y autonómico, pero también se enfrentan viejos y nuevos desafíos. ¿Cómo fundar el Estado plurinacional? ¿Cómo efectuar las transformaciones institucionales, económicas, sociales y culturales, en la perspectiva de un modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo? Pero también, ¿cómo escapar de las sedimentadas lógicas y prácticas de poder? ¿Cómo evitar que el poder te tome en vez de que tomes el poder? ¿Cómo salir efectivamente de las órbitas del Estado-nación, de la forma liberal del Estado colonial? Estos desafíos y estos problemas no terminan de resolverse ni de asumirse. El proyecto descolonizador y anticapitalista se encuentra en disyunciones y encrucijadas. El poder sortear las mismas va a depender nuevamente de la capacidad de convocatoria y de movilización en la reconducción del proceso.
Las preguntas directas que debemos hacernos recogiendo lo escrito son múltiples: ¿El MÁS es una bisagra entre el horizonte socialista abierto por el movimiento obrero y el horizonte plurinacional abierto por los movimientos indígenas? ¿En cuál horizonte está más alineado? ¿Ha podido recoger los problemas de organización, de conducción, de hegemonía, planeados por la experiencia obrerista? ¿Es un partido o es un movimiento? ¿Es más un instrumento electoral que un instrumento político? ¿Ha incorporado la concepción y las consecuencias estructurales de las significaciones trastrocadoras del Estado plurinacional comunitario y autonómico, por lo tanto de la comprensión de la descolonización? ¿Por qué no termina de salir de las redes del Estado liberal en su forma moderna de Estado-nación, por lo tanto Estado colonial? Tal parece que no se han resuelto viejos y nuevos problemas, problemas que creo no pueden resolverse sin la organización articulada de las multitudes y de las masas, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, de los trabajadores y de los explotados, con la dirección colectiva y la conducción participativa, sin la formación de todos en la perspectiva y la fuerza del intelecto general y de la circulación irradiante de los saberes. No se pueden resolver estos problemas sin una transformación estructural descolonizadora, efectiva ciertamente, no retorica ni meramente discursiva, sin la construcción de las rutas prácticas y alternativas concretas al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo, abriéndonos a otros mundos alternativos, a otros proyectos civilizatorios, emancipando a las naciones de la dominación imperialista, a los trabajadores y los pueblos de la explotación capitalista, a la madre tierra de la depredación compulsiva y desenfrenada de la civilización de la valorización abstracta del valor y de la obsesiva ganancia. Estas tareas no se cumplen sin la práctica de la crítica, de la reflexión y el análisis desembozado. Si se repiten los viejos errores de las nomenclaturas, de las burocracias y de los contornos, estas tareas no se podrían cumplir, quedarían rezagadas, sustituidas por desorbitante ceremonialdad y ritual del poder estructurado jerárquicamente, bajo el gobierno de pocos, que terminan siendo los más odiados en la medida que el tiempo corroe el barniz de los discursos y los abalorios.

Caracterizaciones de la izquierda tradicional
Todos sabemos que el término de izquierda viene de la Revolución Francesa, se podría hablar de una casualidad, cuando en el parlamento de los Estados Generales de 1789 los diputados de la nobleza se sentaban a la derecha de la presidencia, los diputados de las bancas a la izquierda. Esta forma de distribución ya estaba dada en la Cámara de los Comunes británica; también hay que tener en cuenta que al darse este distribución de manera curva en la configuración arqueada de la fila de los curules, también se podía ubicar un centro, que se encuentra frente a la presidencia, así mismo también se puede distinguir a los que se encuentran en la parte baja de las bancadas, llamados de la llanura, que coincidía con los moderados, de los que se encuentran en la parte alta de las bancadas, llamados montañeses, que coincidían con los radicales.  Empero volviendo al esquema simple, derecha e izquierda, los primeros defendían los fueros especiales, la tradición y la monarquía, en tanto que los segundos exigían la desaparición de los monopolios del gobierno sobre áreas de la economía, la finalización de los fueros, una educación científica, laica y la realización del régimen democrático. Ahora bien, saliendo de esta referencia inaugural y del escenario parlamentario, se puede decir en general, transfiriendo esta figura al campo político, que la izquierda es la que quiere los cambios y la derecha la que quiere conservar las instituciones, las estructuras y los valores tradicionales. No vamos a discutir aquí sí se puede seguir sosteniendo este esquema en la actualidad, turbulenta, cambiante y flexible, sobre todo cuando tenemos que revisar la historia política contemporánea, tan agitada y mediática de los partidos y de los gobiernos, tanto de “izquierda” como de “derecha”. Ciertamente tenemos que apartar de estas historia parlamentaria y republicana de las representaciones a lo que aconteció con las revoluciones proletarias del siglo XX, hablamos de la Revolución Bolchevique (1917) y la Revolución China (1949), pues estas revoluciones intentan destruir el Estado y terminan construyendo un Estado Absoluto, salen del esquema del parlamentarismo, por lo tanto del espacio deliberativo entre izquierda y derecha, pero terminan construyendo una burocracia aplastante y transversal. Mediante lo que se llamó la dictadura del proletariado buscaron abolir la estructura de las clases sociales y abrir la transición al socialismo y después al comunismo, aboliendo las relaciones de producción capitalista, pero en la medida que el mundo seguía siendo capitalista, funcionando como una economía-mundo capitalista, terminaron absorbidos por la lógica del sistema-mundo, introduciendo crisis profundas al interior de sus estados y procesos. La caída de la Unión Soviética restauró el capitalismo en su forma salvaje y mafiosa, la apertura de China al mercado y a los flujos de capital, terminaron transformando la revolución socialista oriental en el continente de una nueva versión del capitalismo, en la clausura o el inicio de un ciclo del capitalismo. China ahora es la potencia emergente más pujante del sistema-mundo capitalista, recreando las estructuras de clases y las estructuras diferenciales, el mapa de las desigualdades, de una manera calamitosa y violenta. Estos desenlaces históricos son los que tienen que ser meditados por lo que queda de la izquierda tradicional, por sus fragmentos dispersos. La pregunta que se debe abordar es: ¿Por qué estas grandiosas revoluciones terminaron en esos colapsos, antecedidos por descomposiciones corrosivas? Pero, esto es precisamente lo que no se hace, no se medita sobre estas caídas descomunales, tampoco se responde a la pregunta, al contrario, se retoma los viejos discursos, esencialistas y demarcadores, cómo si no hubiera pasado nada. Se hacen convocatorias desde una supuesta vanguardia intransigente a un proletariado imaginado, pues se olvidan del proletariado real, de sus condiciones actuales, de sus articulaciones sociales, económicas y culturales, también se obvia las condiciones y las características del ciclo del capitalismo vigente y de las formas desplegadas de la crisis estructural del capitalismo, bajo la dominación casi absoluta del capital financiero. Esta izquierda perdurable no toma en cuenta para nada toda la discusión de las corrientes marxistas sobre los temas cruciales que hacen a la interpretación y a la transformación del modo de producción capitalista, de las formaciones económico-sociales, de la forma de Estado, de las historias concretas de las luchas de clases y formas transformadas y desplegadas de las luchas de clases, de las temporalidades políticas y de las problemáticas planteadas por la necesidad de construir hegemonías. Menos se puede esperar que duden y sospechen del liberal concepto de determinismo económico.
Para empezar esta caracterización habría que recordar lo que escribía Karl Marx en El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte:
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal[5].
Pero, en el caso que nos compete, habría que decir que, la izquierda tradicional se invistió de la gloria y de los símbolos de las grandes revoluciones del siglo XX que les precedieron, creyendo que esta gloria y estos símbolos se transferían automáticamente a sus militantes, sin que necesariamente ellos se vean obligados a aportar prácticamente a las revoluciones de sus propios países. La verdad de sus discursos supuestamente devenía del pasado evocado sin molestarse en la adecuación de sus hipótesis a la realidad concreta que vivían, por eso tampoco se molestaron en aportar nuevas interpretaciones y construcciones teóricas acerca de las formaciones sociales y las luchas de clases específicas vividas en sus países, salvo honradas excepciones. Tampoco se molestaron en seguir las discusiones y los desarrollos teóricos de las corrientes marxistas, pues desde su perspectiva no era necesario, ya estaba todo dicho y escrito en los libros sagrados de las fuentes, las mismas que eran también desconocidas y poco estudiadas, pues era preferible la llegada a ellas a través de manuales. Esta ilusión y simbolismos prestados han llevado al descalabro a los proyectos y organizaciones políticas de izquierda en momentos que pueden considerarse de oportunidad histórica. Al respecto, lo importante es recordar nuevamente a Marx cuando escribe:
La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase[6].
De lo que se trata es de construir el sentido de las cosas de acuerdo a lo que se hace, construir la interpretación del mundo de acuerdo a la transformación del mundo. Aquí radica uno de los nudos del problema. La simulación ha sido desbordante, cuando de lo que se trataba era de que la interpelación, la crítica, tanto de las armas de la crítica como de la crítica de las armas, sea exuberante. Esto exige hacer un análisis específico de la realidad específica, lo que casi siempre ha faltado, salvo honrosas excepciones, pues se prefería usar marcos de otros contextos utilizados de manera descontextuada para interpretar la realidad social propia. Conducta que llevaba a forzar demasiadas analogías con la revolución bolchevique o la revolución China, algo parecido ocurrió más tarde con la revolución cubana. Sin atender a las particularidades, las especificidades, las articulaciones concretas de la formación histórica y social, de la formación económica y social en cuestión. Las analogías universales han hecho perder la cabeza a la izquierda tradicional sin que pueda encontrar las diferencias sobre las que se debería actuar políticamente. Lo sugerente de las tesis orientales de Vladimir Lenin y Mao Zedong fue precisamente encontrar las diferencias de las composiciones sociales, de los procesos de las luchas de clases y la lucha contra el capitalismo, en formaciones sociales diferenciadas cualitativamente de las formaciones europeas. Había consciencia de la condición periférica en a que se encontraban sus países así como sus procesos revolucionarios y de que se trataba en este caso de la ruptura crítica en los eslabones más débiles del sistema-mundo capitalista, así como había conciencia de la condición imperialista del capitalismo y de lo estratégico de la lucha antiimperialista y por lo tanto de las alianzas, sobre todo de las alianzas de clase entre obreros y campesinos, incluso en el caso Chino con la burguesía nacional, aliada en la guerra antiimperialista. De esta condición nacen las tesis de la revolución interrumpida y la guerra prolongada, que forman parte de las tesis orientales como aportes estratégicos en la perspectiva de la revolución mundial.
El caso boliviano y en dimensiones más amplias el caso andino-amazonico ofrecía diferencias altamente significativas por la situación colonial en la que se encontraba la población indígena, las naciones y pueblos indígenas, población mayoritaria en Bolivia y significativa demográficamente en el Perú y Ecuador. En el caso boliviano y andino, como también en el resto del continente, debido a las características de la historia colonial, la lucha no solamente era contra el imperialismo y, por lo tanto, contra el capitalismo, sino también contra el colonialismo, la herencia colonial, la colonialidad, el colonialismo interno. Esta complejidad no fue atendida por la izquierda tradicional, salvo honradas excepciones como es el caso de José Carlos Mariátegui, intelectual y militante que propuso consideraciones y tesis que no fueron retomadas por la izquierda y convertidas en política y en estrategias. Del autor y militante marxista peruano interesa mencionar los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Incluso René Zavaleta Mercado, marxista boliviano de reciente data, incursiona en el tema tardíamente, en su escrito póstumo Lo nacional-popular en Bolivia (1986)[7], influenciado por la estudiosa e investigadora Silvia Rivera Cusicanqui. ¿Por qué se soslayó el tema colonial por el marxismo latinoamericano cuando era tan evidente? ¿Por qué se eludió incorporarlo en la política, en la estrategia de lucha y en las tareas organizacionales? Podemos encontrar menciones y referencias sobre todo cuando se hace investigación histórica, como en el caso de la Historia del movimiento obrero y la Revolución boliviana de Guillermo Lora, pero el problema colonial y la cuestión indígena no se convierten en análisis vinculados a las estrategias políticas, las mismas que no trasuntan las tesis orientales, la revolución ininterrumpida, la revolución permanente y la guerra prolongada. No se desarrollan tesis contra el colonialismo, la colonialidad, el colonialismo interno. Esta será la tarea retomada por los movimientos indígenas emancipatorios y los intelectuales indígenas, pero ya no desde una perspectiva marxista. Durante la década de los setenta Fausto Reinaga hace un diseño filosófico y político, retomando el pensamiento amautico y desplegando tesis indianistas de la revolución en los andes[8]. Más tarde, fines del siglo XX y principios del siglo XXI, intelectuales aymaras se basaran en los estudios etnohistóricos y en la experiencia de los movimientos indígenas originarios para desprender interpretaciones contemporáneas de la emancipación descolonizadora[9]. Sobresalen las investigaciones y los escritos de Pablo Mamani sobre las formas de autogobierno local de las multitudes[10]. En el transcurso de este lapso de tiempo, desde la década de los setenta del siglo XX y los comienzos del siglo XXI, nos encontramos con el trazado interpelador de la investigadora Silvia Rivera Cusicanqui, quien incursiona en la memoria larga indígena a partir de los levantamientos indígenas y la defensa legal de los apoderados. Descuella su estudio del movimiento político cultural katarista en Oprimidos pero no vencidos[11]. También podemos encontrar análisis elocuentes sobre la cuestión estatal en los Andes, además de minuciosos e intuitivos análisis sociológicos de las composiciones étnicas en Bolivia, a partir de los imaginarios, las conductas y los vestuarios[12]. Son de indudable valor las descripciones pictóricas, sociológicas y antropológicas de los distintos tópicos de la “Chola”[13]. También están las investigaciones históricas de Roberto Choque y las investigaciones sociológicas de Estaban Ticona. Por otra parte, los movimientos indígena originarios, las organizaciones involucradas, CONAMAQ, CIDOB, CESUTCB, CNMCIOB “BS”, CSCIB, aglutinados en el Pacto de Unidad,  nos dejaron un legado ejemplar de su perspectiva en los documentos del Pacto de Unidad para la asamblea Constituyente. Con la experiencia y la irradiación de saberes de los movimientos sociales y con la experiencia del proceso constituyente tenemos las matrices de las tesis descolonizadoras. Hablamos de las cosmovisiones indígenas, de las perspectivas pluralistas que implican paradigma de la multiplicidad, de procesos civilizatorios alternativos, de transformaciones y emergencias institucionales que incorporan la forma ayllu y la forma comunidad a las formas políticas plurinacionales, hablamos de la rotatividad, también de las reterritorializaciones y reconstituciones. Así mismo debemos incorporar las perspectivas transversales de la interculturalidad emancipatorias. Todos estos esquemas políticos y culturales, sociológicos y culturales, en el horizonte abierto por la Constitución, deben servir para desarrollar las tesis descolonizadoras, anticapitalistas y antiimperialistas.
Obviamente hay que tener en cuenta la historicidad de la problemática colonial, no es la misma en el siglo XVIII que en el siglo XIX, menos aún que en el siglo XX, sobre todo después de la Revolución Nacional de 1952, particularmente después de la reforma agraria, el voto universal y la reforma educativa, y está claro que es otro contexto el de principios del siglo XXI. Empero estas transformaciones no hacen desaparecer la problemática colonial, por más complejización que se haya dado en las la redefinición y resignificación de las identidades, sobre todo por el crecimiento urbano, debido a las migraciones y del incremento las poblaciones indígenas en las ciudades, obviamente tampoco desaparece el problema por la aparición de otras percepciones religiosas, evangelistas y pentecostales. Lo que pasa es que la problemática colonial se transforma y se complejiza, pero sigue siendo vigente y sobre todo la matriz desde donde debemos leer las articulaciones políticas y sociales de las formaciones sociales abigarradas[14].


   
                
        



[1] Entre sus fundadores se encontraban entre otros: Sergio Almaraz Paz, José Pereyra, Víctor Hugo Líbera, Mario Monje Molina, Luis Ballón Sanjinés, Jorge Ballón Sanjinés, Jorge Ovando Sanz, Néstor Taboada.
[2] En sus inicios el Partido Comunista de Bolivia envió militantes a entrenarse a Cuba y ellos participaron activamente en las columnas guerrilleras:Inti Peredo, “Loro” Vázquez Viana, Rodolfo Saldaña, “Ñato” Méndez Korné y Coco Peredo, todos militantes de la Juventud Comunista de Bolivia.
[3] Ver el Diario del Che.
[4] Guillermo Lora: La verdadera fecha de fundación.

[5] Karl Marx: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Archivo Marx/Engels. Capítulo I.


[6] Ibídem: Capítulo I.
[7] René Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Siglo XXI; México.
[8] Fausto Reinaga: La revolución india. PIB 1969; La Paz.
[9] Podemos citar al historiador Roberto Choque Canqui, al sociólogo Esteban Ticona, al investigador Carlos Mamani Condori, al investigador Pablo Mamani Ramírez, al sociólogo Inka Waskar Choquehuanca, a la socióloga María Eugenia Choque, al sociólogo Félix Patzi, al abogado Idón chivi, a la trabajadora social Lucíia Choque, entre un conjunto de intelectuales aymaras destacados.
[10] Pablo Mamani Ramírez: El rugir de las multitudes. La fuerza de los levantamientos indígenas en Bolivia/Qullasuyu. Yachaywasi 2004; La Paz.
[11] Silvia Rivera Cusicanqui: Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aymara y quichwa, 1990-1980. La Paz, Hisbol-CSUTCB; 1984.
[12] Silvia Rivera Cusicanqui: Memoria colectiva y movimiento popular: notas para un debate. Bases 1, México; 1981. También ver El movimiento campesino en la coyuntura democrática. Compilación, 1995. Así mismo La raíz: colonizadores y colonizados. En Violencias encubiertas en Bolivia. Vol 1, La Paz, CIPCA-Aruwiyiri; 1993.   
[13] Silvia Rivera Cusicanqui: Bircholas. Segunda edición. Mama Huaco 2001; La Paz.
[14] Tal parece que Pablo Stefanoni en su libro “Qué hacer con los indios…” pretende relativizar o hacer esfumar esta problemática colonial. Su descubrimiento a través de investigaciones académicas de diferenciales y tópicos distintos del entramado de las identidades en mundos heterogéneos y de heterogéneas modernidades le lleva a suponer que el tema indígena es utópico, romántico, ancestral y esencialista. Como si fuese un invento de fundamentalistas. Olvida que las estructuras coloniales no desaparecen por gracia de la filigrana de los detalles, de la elocuencia de las diferencias y las riquezas de las vidas culturales. Al contrario, es como las estructuras coloniales se restauran al modernizarse y complejizarse. Lo que hace Stefanoni es revalorar una especie de reinvención del nacionalismo, en oposición a los proyectos descolonizadores e interculturales.  

Neonacionalismo y neocolonialidad

Neonacionalismo y neocolonialidad

Raúl Prada Alcoreza
Dali
El título del libro de Pablo Stefanoni “Qué hacer con los indios…” es un título provocativo, puesto a propósito, pero también recogiendo la preocupación de los gobernantes desde los inicios mismos de la república, saltando la etapa de los caudillos letrados, pasando por los periodos liberales y republicanos, recogiendo las imágenes dramáticas o ilusorias dejadas por los escritores, ingresando a las políticas y procedimientos nacionalistas de homogeneización. Hasta ahí la pregunta, ese es el momento donde se pierde pues se considera que el “indio” ha sido incorporado como campesino al Estado boliviano desde la reforma agraria. Se puede decir que es la pregunta que se hacían las oligarquías criollas y mestizas, los gobernantes, que eran como sus representantes. El problema desde la reforma agraria va a ser planteado de otra manera tanto por los nacionalistas como por los izquierdistas, así también por los neoliberales. El problema va ser planteado desde la perspectiva desarrollista, pero también clientelar, teniendo en cuenta el caudal masivo de votación que significaban las poblaciones nativas. El nacionalismo lo incorpora en un fallido proyecto desarrollista vía “farmer”, incipiente y sin recurso, con mucho show publicitario en inauguraciones pomposas de inauditas instalaciones pírricas, evaluando el tamaño de los desafíos de la reforma agraria y el desarrollo agrario. La izquierda va incorporar al campesino en una proyectada alianza de clases obrero-campesina en la perspectiva de la revolución socialista. Los neoliberales más tarde despliegan políticas de descentralización administrativa contando con recursos de la coparticipación, además de intentar una reforma educativa intercultural en los códigos del multiculturalismo liberal. Como se puede ver la pregunta oligárquica y racial desaparece en otro contexto de sometimiento y dominación, el de la modernidad periférica desplegada en sus distintas versiones, la nacionalista, la izquierdista y la neoliberal. Lo que viene desde el los levantamientos semiinsurrecionales y los movimientos sociales del 2000 al 2005 es otra cosa, son otras preguntas, que tienen que ver más bien con qué hacemos con el Estado, cómo iniciamos la descolonización, las preguntas ahora no se hacen las oligarquías criollas sino las propias mayorías nativas, prioritariamente indígenas, en sus distintas formas de manifestación cultural, articulaciones e identidades colectivas. Entonces el título del libro es también desactualizado, corresponde a otra época, anterior a la reforma agraria de 1953. Esta es una de las razones por las que el autor no logra entender ni ubicarse en el presente intenso abierto por los movimientos sociales. No logra interpretar las problemáticas inherentes a los desafíos y a las contradicciones de un proceso en curso. Esta es también una de las razones por las que el autor cae en la defensa de un nacionalismo trasnochado y sin perspectivas en la coyuntura y en la transición, en los dilemas y vicisitudes de un proceso descolonizador que se plantea como tarea la fundación de un Estado plurinacional comunitario y autonómico.
Tal parece que Pablo Stefanoni en su libro “Qué hacer con los indios…” pretende relativizar o hacer esfumar esta problemática colonial. Su descubrimiento a través de investigaciones académicas de diferenciales y tópicos distintos del entramado de las identidades en mundos heterogéneos y de heterogéneas modernidades le lleva a suponer que el tema indígena es utópico, romántico, ancestral y esencialista. Como si fuese un invento de fundamentalistas. Olvida que las estructuras coloniales no desaparecen por gracia de la filigrana de los detalles, de la elocuencia de las diferencias y las riquezas de las vidas culturales. Al contrario, es como las estructuras coloniales se restauran al modernizarse y complejizarse. Lo que hace Stefanoni es revalorar una especie de reinvención del nacionalismo, en oposición a los proyectos descolonizadores e interculturales emancipadores.
El libro “Qué hacer con los indios…” es un libro bien escrito, bien informado, es un resumen de la historia de los discursos sobre el indio, las imágenes del indio de los escritores e intelectuales, liberales, indigenistas, nacionalistas, izquierdistas. El libro es como un estado del arte, da cuenta de los sedimentos acumulados en una formación discursiva criolla y mestiza. Creo que hasta ahí es un buen aporte. Lo que preocupan son las conclusiones que saca de este balance; considero que se trata de conclusiones que terminan formando parte de estas sedimentación de la formación discursiva acumulada, se acopla ellas como otros prejuicios más. No logra entrever los proyectos emancipatorios de los movimientos indígenas presentes y reales, no imaginarios, no logra ubicarse en el presente del proceso constituyente y del proceso descolonizador, tampoco en el horizontes del desafío del Estado plurinacional comunitario y autonómico.  En este sentido, en la capsula de las significaciones de las conclusiones, es un libro anacrónico, desactualizado.
 Empero retomemos en el anacronismo, en la extemporaneidad, analogías y reminiscencias, conexiones y permanencias, pervivencias que pueden estar presentes en el presente, en el momento de transición descolonizadora iniciada por los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Sobre todo interesan estas pervivencias para interpretar las contradicciones inherentes al proceso en curso. Algo que es indispensable, comparar lo que llamaremos la irrupción de la plebe, con toda su composición heterogénea, trabajadores, gremiales artesanos, en vinculación con los intelectuales y oficiales de los estratos urbanos medios, en franco conflicto con la descomposición del llamado Estado oligárquico. Después de la Guerra del Chaco (1932-1935) los oficiales retornan con el proyecto del socialismo militar, marco en el cuál se dan varios acontecimientos sucesivos, la Convención Constituyente que escribe la Constitución del trabajo de 1938, la nacionalización de la Standard Oíl de 1939, el Congreso Indigenal de 1945 y la Revolución Nacional de 1952. Lo que es importante retener de todo esta periodización emergente del nacionalismo revolucionario es el conjunto de articulaciones de la construcción de su hegemonía, que perdura hasta la caída de las gestiones dramáticamente contradictorias de la Revolución Nacional en 1964. Estas articulaciones plebeyas e institucionales, que incluyen a los sindicatos campesinos y en una primera etapa a los sindicatos obreros, parecen reaparecer en el proceso abierto por los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Esto hace pensar a Pablo Stefanoni que nuevamente se trata de un proyecto nacionalista retomado y reforzado con el ingrediente indianista; se trataría de la indianización del nacionalismo. Empero no nos dejemos llevar por estas analogías pues no son suficientes para calificar y definir el proceso que vivimos. Las diferencia son importantes y fundamentales, no hay partido ni vanguardia, no es ninguna oficialidad del ejército, no se da el enfrentamiento contra el Estado oligárquico, forma al fin o nombre popular del Estado liberal criollo, sino contra el Estado mismo boliviano, el Estado-nación, llamado Estado colonial. Se trata de movimientos, de multitudes movilizadas y autoconvocadas, se trata de proyectos autogestinarios y anticoloniales, aunque también de fabulosos movimientos urbanos que exigen la autogestión del agua así como la nacionalización de los hidrocarburos. Se trata de un proceso constituyente que apunta a la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Estas diferencias muestran un horizonte distinto al vivido desde la postguerra del Chaco hasta el golpe militar de 1964. Las diferencias valen más que las propias analogías para entender la magnitud de la crisis múltiple del Estado y el proceso en curso. Ahora bien, las analogías hay que tomarlas como parte de las contradicciones inherentes al proceso, la herencia de la memoria del nacionalismo revolucionario todavía diseminado en las formas de articulación entre el Estado-nación y las demandas de la composición abigarrada de la plebe, en la reiteración del clientelismo político y la prebenda política. Sin embargo, este es el peso que te ancla al pasado, lo que ha aparecido como nuevo apunta a un porvenir distinto, la construcción de la interpelación política desde la movilización social y la construcción de la interpelación descolonizadora desde las estructuras de las organizaciones indígenas, que no es como cree Pablo Stefanoni, la imagen mítica del indio. Hablamos de organizaciones reales, de demandas concretas de reconstitución y reterritorialización.
Claro que las mayorías indígenas se encuentran en las ciudades, esto da lugar a identidades colectivas diferenciales, complejas y en permanente transformación. Pero esta situación no descarta el proyecto descolonizador de los movimientos sociales, al contrario, lo revive en sus múltiples formas y niveles. En octubre del 2003 se evidencio la manifestación pública de una consciencia aymara, una identidad aymara, que dio lugar a gigantescas marchas de campesinos, vecinos, gremialistas, sastres, carniceros, que salieron a defender a los hermanos masacrados. La frase elocuente fue: nos están masacrando, nos están matando, unos decían como ovejas, otros decían como perros. Esta identidad propia construida a partir de la multiplicidad de diferencias muestra la fuerza política del proyecto descolonizador. Esto es lo que excede a las distinciones, lo que excede a las especificidades y localismo, es el sentido histórico y político construido, es lo que marca la gran diferencia con el nacionalismo revolucionario. La identidad quischwa es más complicada en su construcción, pues se halla distribuida en distintos sujetos y lugares de enunciación, los ayllus del sur, las minas de Oruro y Potosí, los sindicatos campesinos quischwas, las federaciones cocaleras del chapare, los migrantes, interculturales y asentamientos urbanos. Los unifica, además de la lengua, cierta cohesión flexible de esquemas de comportamiento e imaginarios mixtos. La enunciación descolonizadora también atraviesa los distintos niveles, territorios, localidades, identidades colectivas, diferenciadas. La construcción de las identidades indígenas en tierra bajas es más exigente por la condición de minorías étnicas, sin embargo, una voluntad férrea ha logrado no solamente conformar y consolidar una organización única, la CIDOB, sino plasmar sus reivindicaciones en la Constitución. Está claro que los sujetos indígenas no son ya los sujetos convocados, como en el caso del nacionalismo revolucionario y los discursos de izquierda obrerista, sino que se trata ahora del sujeto articulador de lo plural en un proyecto abiertamente plurinacional y comunitario. Ciertamente las dificultades y contradicciones de la transición se han transferido al aparato estatal y al gobierno; esto se expresa como crisis de disyunción. Pero estas dificultades no quieren decir que no haya un proceso de descolonización ni haya un horizonte plurinacional; no se puede sostener que estas dificultades muestran el eterno retorno del nacionalismo. Esta es una conclusión fácil, empero extemporánea. La dificultades y contradicciones contemporáneas sólo se pueden interpretar a partir del horizonte abierto, descolonizador, plurinacional y comunitario.
 Se puede decir que el balance que va hasta 1964 es adecuado y basado en buena fuentes y literatura, empero el balance que prosigue de 1964 adelante adolece de falencias y debilidades, quizás porque las fuentes no son las adecuadas o porque no se tiene buena información, tampoco se cuenta con la experiencia vivida, además que, en la medida que se toma posiciones estas soslayan un análisis y una discusión adecuada. Por ejemplo, la caracterización de general populista a René Barrientos Ortuño obvia temas importantes, como el contexto de la guerra fría y la política norteamericana de imponer dictaduras militares en América Latina. Por otra parte, es problemático e insostenible que lo que deviene de 1964 adelante se muestre por el autor más como una continuidad del proceso de la Revolución Nacional de 1952 a 1964 que como cuna ruptura. La conspiración e intervención norteamericana es evidente sobre todo de la CIA, no sólo de la embajada, en el derrocamiento del último gobierno del periodo de la Revolución Nacional. La política de desnacionalización y de desmantelamiento de COMIBOL también es evidente cuando el gobierno de René Barrientos Ortuño levanta las reservas fiscales de COMIBOL favoreciendo el crecimiento de la empresa minera mediana, de donde va emerger precisamente Gonzalo Sánchez de Lozada. El General Patiño, alto funcionario de gobierno, presidiendo COMIBOL y las políticas mineras, va desplegar una política puntillosa de desnacionalización, atentando contra la gran corporación estatal. Estas ausencias en la descripción, estas imprecisiones flagrantes del autor, son en realidad grandes errores históricos de percepción. Otro tema importante es el que tiene que ver con la historia de los sindicatos campesinos, su crisis, cuando se da la masacre del valle (1974), y la reemergencia organizativa sindical acompañada de una fluyente influencia de las corrientes kataristas e indianistas, que habían venido viviendo un proceso acumulando desde la década de los sesenta. En este contexto, vinculado a la historia del sindicalismo, el despliegue del proyecto de reconstitución de los ayllus. Al respecto, de la percepción del autor, se desprende que es muy rápida la pasada sobre esta discusión, arrojando apresuradamente afirmaciones que pretende apoyar la estrategia organizativa de los sindicatos y criticando el supuesto utopismo del proyecto de reconstitución de los ayllus. La cosa no es tan sencilla como se la presenta, la conformación de los sindicatos en las ex-haciendas no se da de una manera tan simple, sobre todo por el sustrato de las relaciones comunitarias y la relación con la tierra y las aynocas. Por otra parte la relación de los sindicatos con los ayllus es realmente compleja por las sedimentaciones en la memoria de los comportamientos y los mandos. El retorno al proyecto de los ayllus y de reconstitución de los suyus está conectado con estructuras de larga duración, no sólo con la memoria larga, que Pablo Stefanoni las pone en entredicho o sencillamente las desconoce olímpicamente. Esta facilidad como se resuelven problema históricos, de organización e institucionales-culturales sorprende. Se nota que el autor desconoce toda la discusión y todas las investigaciones etnohistóricas, etnológicas y etnográficas que se han hecho al respecto. La forma con la que se acude a una lectura rápida de las investigaciones de Xavier Albó para describir el faccionalismo indígena nos traslada a una descripción puntillosa de las divisiones y defecciones del katarismo y del indianismo, empero no logra hacer el balance interpretativo del recorrido del discurso katarista y de su proyecto histórico político y cultural. Se entiende que estos apresuramientos tienen que ver con las conclusiones osadas a las que quiere llegar el autor.
Habría habido aciertos en el texto sobre los apuntes que se toman del periodo neoliberal si es que se hubiera considerado el contexto internacional de aplicación del proyecto neoliberal, si es que se hubiera profundizado en las razones propias del proyecto neoliberal, pero no se ha hecho esto y el neoliberalismo queda como anécdota boliviana de alianzas del MNR y el katarismo de Víctor Hugo Cárdenas. Se obvia lo importante; ante la crisis de sobreproducción del capitalismo, arrastrada desde los años de la década de los setenta, extendida en la década de los ochenta y con consecuencias en los noventa del siglo XX, el proyecto neoliberal responde con una estrategia de financiarización de la crisis, mediante la conformación de burbujas financieras y procedimientos especulativos, acompañados por lo que se llama el retorno al procedimiento de desposesión violento de recursos naturales, empresas públicas y ahorro de los trabajadores, es decir, la retoma de la acumulación originaria de capital ante la crisis de la acumulación ampliada de capital[1]. El sentido destructivo del proyecto neoliberal se encuentra en esta estrategia imperial, soslayada por Pablo Stefanoni, que la toma como una combinación sugerente de muerte del capitalismo de Estado, achicamiento estatal, incentivos al capital internacional con medidas apropiadas al multiculturalismo liberal. Esto es digno de un reportaje anecdótico que no toma en cuenta las condicionantes y determinantes primordiales. No de otra forma podríamos explicar el alcance destructivo de la economía y el espacio productivo nacional de la implementación dogmática del neoliberalismo. Tampoco podríamos explicar el alcance del costo social y la reacción resuelta de los movimientos sociales. Se deja como en otros casos muchos cabos sueltos.
Lo mismo pasa cuando se describe la experiencia política de CONDEPA; se muestra el itinerario alucinante de Carlos Palenque y la comadre Mónica Medina desde la Tribuna del Pueblo en RTP hasta su gravitante participación política en la región andina, básicamente del departamento de La Paz. Se hace esto no tanto para poner en escena un fenómeno político contemporáneo de las nuevas formas del populismo como para tratar de demostrar otras estrategias mestizas de empoderamiento, irrupción política y modernización. Descartando sueltamente la atmósfera ideológica y de imaginarios culturales configurada por el discurso político y cultural katarista, por formas actualizadas de memorias que remontan su larga duración. Se critica con una desfachatez conmovedora la hipótesis interpretativa de Silvia Rivera Cusicanqui de la manipulación de símbolos culturales andinos. Se lo hace sin discutir a fondo estos problemas, sólo para rebatir someramente lo que el autor considera que es una construcción romántica de las resistencias ancladas en la recuperación de las instituciones ancestrales. Esta es una discusión imaginada por el autor, como su esquematismo simplón del debate entre los “pachamamicos” y “modernicos”. No hay tal cosa, tampoco una construcción romántica de retorno a los ancestros. Los que se ha interpelado en las investigaciones de Silvia Rivera Cusicanqui son las estructuras y relaciones de dominación pervivientes en la colonialidad y en el colonialismo interno en las formaciones sociales configuradas por la herencia colonial. Lo que se interpela es la violencia simbólica, además de las violencias descarnadas, las subjetividades subordinadas y los imaginarios y representaciones sociales que los acompañan. La descolonización implica quebrar estas relaciones de dominación y sustituirlas por relaciones emancipatorias que irrumpan en los múltiples escenarios sociales, políticos, económicos y culturales inventando modernidades heterogéneas y alternativas. Pablo Stefanoni no ha entendido la discusión desplegada por lo menos dos décadas atrás; el autor está peleando contra sus propios fantasmas, utopistas, románticos fundamentalistas; no ingresa en el debate sobre la descolonización. Por eso cree decir algo ingenioso cuando recupera las identidades cholas y mestizas. Estas identidades fueron estudiadas en sus manifestaciones diferenciales, conductas y vestimentas, como parte de la proliferación de resistencias e invenciones de las identidades colectivas emergentes. No está en discusión si hay o no cholos o mestizos, cholas y mestizas; lo que está en discusión es la genealogía e historicidad de su propia matriz histórica, las resistencias, rebeliones, levantamientos, estrategias y tácticas de los y las colonizadas. La pregunta con la que hay que empezar es: ¿Hay un proyecto descolonizador? La revisión histórica nos muestra que sí, que este proyecto ha atravesado distintos escenarios, distintos contextos, distintas coyunturas, diferentes periodos, por lo tanto ha plasmado formas y estrategias cambiantes retomando una lucha múltiple contra las dominaciones polimorfas.
Uno esperaría que la parte más fuerte de Pabla Stefanoni sea la que está dedicada en su libro al MAS; sin embargo, además de encontrarse uno con cosas ya dichas en su investigación sobre el MAS-IPSP, sorprende el estancamiento en interpretaciones consabidas, se trata de una nueva versión del nacionalismo, lo que pasa que ahora el nacionalismo se ha indianizado. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué los nacionalistas ahora llevan poncho y que tienen la piel cobriza, a diferencia de los nacionalistas blanco-mestizos? ¿Qué cambios se supone que hay en todo esto? Si se habría tomado en serio la hipótesis de las estrategias del nacionalismo popular, se hubiera estudiado detenidamente la obra de René Zavaleta Mercado, aunque sea demorándose en el libro póstumo Lo nacional popular en Bolivia[2]; se hubiera tomado también en serio el gran ensayo de Luis H. Antezana sobre el discurso del nacionalismo revolucionario[3], donde lanza la hipótesis de la figura de la herradura del cincuenta y dos, que muestra la gama y las variantes múltiples del nacionalismo revolucionario, que articulan en una dilatada alianza y conflicto de clases desde a la clase obrera hasta las clases medias altas, pasando por las clases campesinas. El análisis semiológico de Luis H. Antezana nos muestra una formación enunciativa convocativa e interpeladora, flexible y articuladora de distintos imaginarios, que sufren transformaciones por isomorfismos, capaz de articular al discurso radical minero con los discursos propios del Estado-nación, que hacen referencia a la formación de la consciencia nacional en las trincheras del Chaco. Por este camino y contando con una mirada más teórica y epistemológica del tema, se hubiera abordado el análisis de Luis Tapia Mealla desarrollado en su libro La producción del conocimiento local[4] donde trabaja la obra de René Zavaleta Mercado. En este trabajo teórico se abordan temas como los momentos del nacionalismo, que toca tópicos que trabaja lo que llamaría la arqueología del nacionalismo revolucionario, la constitución del ser nacional, la concomitancia entre la cuestión nacional y la cuestión estatal, la estructura explicativa de lo nacional-popular en Bolivia. El manejo de estos trabajos conceptuales hubieran servido de mucho para elucidar los problemas que describe Stefanoni pero no los llega asumir consecuentemente, pues los deja como notas anecdóticas y frases provocativas. Al final no se sabe qué entiende por nacionalismo el autor de Qué hacer con los indios… Lo que queda es una figura ambigua parecida a las descripciones folclóricas parecidas al Typical Country. Es posible una discusión profunda sobre una genealogía y arqueología del ideologüema del nacionalismo revolucionario y sobre la figura hegemónica de lo nacional-popular. Pero esta no se da en el libro en cuestión. En todo caso quedaría una pregunta: ¿Cómo se puede dar una actualización y emergencia de lo nacional-popular en pleno proceso descolonizador y en el horizonte del Estado plurinacional comunitario? Luis Tapia avanza en estos problemas y plantea la necesidad de pensar la articulación de lo plural en tanto lo común de lo plural y la diferencia. Esta discusión hubiera sido interesante, empero está ausente. Se nota que lo que interesa en el texto es la diatriba contra unos fantasmas que llama el autor “pachamamicos”, descartando sus supuestas teorías e interpretaciones. Estos “pachamamicos” no existen salvo en la cabeza de Stefanoni, tampoco esas teorías e interpretaciones fundamentalistas.
Lo que hay es lo que llamaría la otra formación discursiva descentrada del discurso del nacionalismo revolucionario. Cuando Silvia Rivera Cusicanqui se desplaza a las estructuras de larga duración y a la memoria larga indígena se sale de la órbita del discurso del nacionalismo revolucionario, plantea otro problema, sobre todo a partir de otro orden simbólico e imaginario. El problema ya no es resolver las reivindicaciones, las demandas históricas, a través de una respuesta patriarcal del Estado-nación, sino el de la pervivencia, emergencia y actualización de instituciones culturales de larga data, que si bien terminan adaptándose a los contextos históricos de los tiempos, alteran las relaciones con el Estado y las sociedad, irrumpiendo con otras formas de cohesión, de convocatoria y legitimidades. Esto no se resume a la geografía de lo rural y lo urbano, mas bien atraviesa estos territorios, territorializa, desterritorializa y reterritorializa otros espesores culturales y espaciales. Esto no tiene que ver con una lectura utópica de lo ancestral sino con las redes y estrategias colectivas y sociales que articulan otras hermenéuticas y complementariedades. Las mismas que no pueden reducirse a las supuestas nuevas estrategias de posicionamiento nacional-populares, compuestas de ocupaciones, reinvenciones, negociaciones entre lo público y lo privado, entre lo familiar y lo individual, entre lo propio y lo ajeno, entre la identidad recuperada y la modernidad. Esto sería un reduccionismo, que se da en el libro, al pensar que estas estrategias no son otra cosa que formas abiertas y desembozadas del proliferante clientelismo. Lo sugerente de la tesis de la descolonización es que se abre a otros horizontes de visibilidad, a otros horizontes de decibilidad, a otros mundos de sentido alternativos, aunque se encuentren encubiertos por la hegemonía de la modernidad universalista y el sistema-mundo capitalista. Al respecto hay que aclarar, que cuando se critica la modernidad se critica su forma dominante homogeneizante y universalista, pero no se descartan las invenciones colectivas de modernidades heterogéneas, hibridas y complejas. La discusión a la que quiere llevar Stefanoni se encuentra encerrada en una esquematismo simplón,  “pachamamicos” o “modernicos”, indianistas fundamentalistas o desarrollismo flexibles. Esta no es la discusión, el debate tiene que ver con las posibilidades de romper el diagrama de las dominaciones polimorfas de la colonialidad, del capitalismo dependiente y de los monopolios instituidos por el imperio y sus engranajes, instituciones y burguesías intermediarias. Esta posibilidad no tiene nada que ver con el capitalismo de Estado ni el nacionalismo, figuras históricas e ideológicas que se mantienen en el campo geopolítico configurado por el sistema-mundo capitalista. En esta perspectiva, extraña la apología que hace Stefanoni de la tesis débil del capitalismo andino-amazónico. No se trata de identificar los lugares, los localismos y las regiones donde funciona la economía-mundo capitalista; si se tratara de esto podríamos también hablar de un capitalismo de la pampa, de un capitalismo costero, de un capitalismo caribeño, ad ifinitum. El capitalismo que funciona es el relativo al ciclo del capitalismo norteamericano, hegemónico, dominante, empero en crisis; este es el capitalismo que enfrentamos. Al que no podemos oponer un capitalismo andino-amazónico, pues este es uno de los lugares o regiones de realización del ciclo financiero y de acumulación de capital. Al capitalismo se le opone la lucha contra el despojamiento y la desposesión de los recursos naturales y de la explotación del trabajo, la lucha contra la valorización abstracta y cuantitativa del valor, al capitalismo se le opone la asociación de los productores, la internacional de pueblos, la internacional de los trabajadores, que apuntan a la destrucción de las relaciones y estructuras capitalistas, a la destrucción de las instituciones de dominación, entre ellas primordialmente el Estado. Ahora bien esta lucha es un proceso y una transición, empero transformadora; el pueblo boliviano ha definido una forma de transición transformadora, esta es la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, que Stefanoni campantemente desestima y descarta de su elucubraciones. No lo considera. Según el susodicho autor parecería que habríamos perdido el tiempo en el proceso constituyente y en la pelea por el Estado plurinacional desde los movimientos sociales desatados en el 2000. Hay pues una pedantería juvenil en todo esto. Lo peligroso esta cuando el turismo académico se quiere convertir en una lección, quiere enseñarnos las grandes verdades desconocidas por nosotros, aprendidas en entrevistas y reportajes, y en revisiones bibliográficas aleatoriamente seleccionadas.
Claro que el MAS-IPSP es un desafío al análisis político, por su historia, por su composición, por su crecimiento desorbitado, por los problemas que plantea en su relación con el poder, el Estado, los gobiernos y las instituciones. Pero la explicación de este fenómeno político no puede reducirse a la descripción historiográfica y sociológica de su formación, tampoco a la denuncia e identificación del carácter prebendal de las preocupaciones de muchos de sus militantes. Estos problemas al final de cuenta se dan en todas partes y es la historia cotidiana de todos los países, con distintas tonalidades y ambivalencias. Tampoco se puede reducir su utilización a la necesidad del ascenso y movilidad social.  Con esto no decimos nada nuevo, sino más bien son lugares trillados en todas partes. Las preguntas que hay que responder son otras: ¿Cuáles son las condicionantes históricas en las que el sujeto indígena, en todas sus formas, tonalidades e identidades colectivas, sustituye al sujeto obrero, fundamentalmente a la centralidad minera? ¿Qué tiene que ver con esto una sobredeterminación compleja de distintos acontecimientos y singularidades concurrentes, como ser la relocalización minera, la migración al trópico, la reiteración de discursos izquierdistas y antiimperialistas adaptados a la defensa de la hoja coca? ¿Cómo afecta la experiencia vivida de una guerra de baja intensidad impuesta por la DEA y la CIA en el Chapare? ¿En qué momento se da el salto al contexto nacional? ¿Es cuando las federaciones cocaleras y el instrumento político apoyan a la Coordinadora del Agua y de la Vida en defensa del agua, extendiéndose después a una defensa de los recursos naturales? ¿Es sólo un fenómeno electoral? ¿No es más bien un acontecimiento político que después se expresa en las urnas? ¿Cómo explicar la actual crisis del MAS-IPSP? ¿Qué ha develado la crisis del gasolinazo? ¿Acaso podemos seguir hablando cómodamente de la hegemonía de lo nacional-popular, de la vigencia del proyectado capitalismo de Estado, de la combinación pacífica de lo multicultural con la irrupción indígena en los escenarios de las modernidades? No, no se puede, la crisis del gasolinazo ha puesto en evidencia la descomunal fragilidad de estos proyectos restauradores, de estas interpretaciones nacionalistas, de estas propuestas realistas y pragmáticas de combinar capitalismo con reivindicaciones culturales. Lo que se ha demostrado es que por este camino terminamos en el bolsillo de las empresas trasnacionales de los hidrocarburos, que terminan imponiéndose a través de sus monopolios de capital, financiero, tecnológico, comercial y de mercado, orientando nuestras políticas hidrocarburíferas y obligando al gobierno a decretar la descongelación de precios para obtener superbeneficios. En este contexto y coyuntura, Stefanoni se ha convertido en un apologista del camino al fracaso. Este no es el camino de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. El objetivo ahora es reconducir el proceso por el cauce abierto en las luchas sociales del 2000 al 2005 y por el proceso constituyente. Construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico, más allá de horizonte colonial de una modernidad y capitalismo dominantes, más allá del Estado-nación.
Una vez más, el horizonte de la pregunta no es qué hacemos con los indios…, pregunta que supuestamente se hacía la casta criolla gamonal dominante, sentido de la pregunta que se mantiene hasta la Revolución Nacional de 1952 y la reforma agraria; después de este acontecimiento político, las preguntas y los sentidos de las preguntas son otros, por ejemplo, cómo salir de la dependencia, cómo lograr el desarrollo, cómo consolidar las nacionalizaciones; ahora que las naciones y pueblos indígenas, los indígenas originarios campesinos, como define la constitución, en todas sus tonalidades, identidades colectivas, posicionamientos, se han empoderado del campo político, el sentido de la pregunta tiene que ver con la siguiente cuestión: ¿Qué hacemos con el Estado? Los bolivianos hemos decidido la respuesta, construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico como proceso descolonizador. Dejemos a Stefanoni con sus devaneos nacionalistas, otro tiempo es el nuestro.                            


[1] Ver de David Harvey: Breve historia del neoliberalismo. Akal 2006. También del mismo autor El nuevo imperialismo. Akal 2007. Madrid. 
[2] René Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Siglo XXI. México.
[3] Luis H. Antezana: Sistemas y procesos ideológicos en Bolivia (1935-1979). En Bolivia hoy. Siglo XXI 1983. México.
[4] Luis Tapia Mealla: Producción del conocimiento local. Muela del diablo 2002, La Paz. 

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