Genealogía de las sensaciones

Genealogía de las sensaciones

Comentario a seis poemas de Poemas humanos. Continuamos respondiendo, desde Cesar Vallejo, a la pregunta de ¿qué es la poesía? Tercera búsqueda.

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Con esta tesis, de genealogía de las sensaciones, queremos proponer una interpretación genealógica del devenir de las sensaciones, del devenir palabra de la poesía. Como lo hicimos notar, desde el primer escrito, ¿Qué es la poesía?, lo hacemos desde el acontecimiento poético llamado Cesar Vallejo[1]. La poesía intensa de Vallejo se presta a eso, a una interpretación desde el devenir y la metamorfosis de las sensaciones, de una manera más clara y notoria que otras poesías de otros poetas.

 

En este escrito, en esta interpretación de la poesía de Vallejo, vamos a concentrarnos en seis poemas del poeta andino: Fue domingo en las claras orejas de mi burro, Telúrica y magnética, Gleba, Pero antes que se acabe, Piensan los viejos asnos y Hoy me gusta la vida mucho menos. En estos seis poemas, hay una subida de tono y de intensidad, hasta llegar a Hoy me gusta la vida mucho menos, poema donde el devenir y metamorfosis de las sensaciones se sitúan en una composición que logra uno de los desenlaces posibles de la conjunción de sensaciones; tristeza, nostalgia, pesadumbre, depresión, combinándose en una reflexión constante sobre lo que acontecen en el interior. No deja de presentarse una tenue y tibia alegría que viene por el amor a la condición humana.

 

En el primero de los poemas citados, es evidente la nostalgia por el Perú, por el Perú de la sierra, donde los burros se esparcen por los cerros. Describe el poeta su tierra, define a sus cerros retrasados. Figura sorprendente que pita el mudo interior del continente conquistado, mundo campesino, rico en burros, rico en cerros inmensos, padres hoy de vista, que tornan ya pintados de creencias, cerros horizontales de mis penas. Son sensaciones pringadas de reflexión; como dice Merleau-Ponty, la percepción es una integración articulada de sensaciones y de pensamientos; la reflexión retorna al momento perdido, inicial de las sensaciones, para calificarlas[2]. No hay pues posibilidad de mantener la condición primitiva de las sensaciones, estas son inmediatas, recogidas como huella. El pensamiento se combina con ellas interpretándolas; pero, también, prestando su racionalidad para que las sensaciones adquieran tonalidades comparativas. Cuando se toma la palabra, la experiencia emotiva ya ha transcurrido, a la palabra llega la memoria. Cuando se toma la palabra ya es otro tiempo, no hay coincidencia entre la palabra como repensar y el contenido de la experiencia, el estallido inicial de las sensaciones. La palabra inventa un recorrido de retorno, busca estar ahí, en el tiempo perdido; no puede, es imposible la coincidencia; empero, puede instaurar el acontecimiento perdido como acontecimiento poético.

 

El acontecimiento poético es otra experiencia, la experiencia del retorno a la experiencia inicial, primitiva de las sensaciones, por medio de los recorridos de la memoria. Este trabajo de la memoria no es abstracto, como ocurre con la filosofía, es un trabajo concreto en el espesor de las sensaciones; se trata de una memoria emotiva, pasional.

 

El poeta convaleciente medita la distancia de su presente y su pasado, su presente parisino y su pasado serrano. Dibuja la estatua de Voltaire, que mira el zócalo, e ilustra sobre la pobreza en la que se encuentra; el sol penetra y ahuyente de sus dientes un número creciente de cuerpos inorgánicos. Y entonces sueño en una piedra verduzca, diecisiete, peñasco numeral que he olvidado, sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo, lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo! Los recuerdos se entrelazan con el copioso lluvioso presente, se confunden en el estado de su enfermedad. La piedra recordada, el numeral atribuido, es una clave para el poeta, que llega como sonido persistente en la murmuración de astilla de su brazo. ¿Dolor?  El poeta escribe a continuación: ¡Cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales! y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano, quiero decir mi trémulo, patriótico peinado. Es dolor. Duele el pelo al vislumbrar la densidad del tiempo, vivido como ciclo biológico, también como vibración, recogiendo esta meditación en el peculiar peinado, comparado como patriótico.

 

 

Fue domingo en las claras orejas de mi burro…

 

Fue domingo en las claras orejas de mi burro,

de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)

Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,

experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,

de una sola burrada, clavada en pleno pecho,

de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.

Tal de mi tierra veo los cerros retrasados,

ricos en burros, hijos de burros, padres hoy de vista,

que tornan ya pintados de creencias,

cerros horizontales de mis penas.

En su estatua, de espada,

Voltaire cruza su capa y mira el zócalo,

pero el sol me penetra y espanta de mis dientes incisivos

un número crecido de cuerpos inorgánicos.

Y entonces sueño en una piedra

verduzca, diecisiete,

peñasco numeral que he olvidado,

sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo,

lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo!

¡cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales!

y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano,

quiero decir mi trémulo, patriótico peinado.

 

 

El estado de convalecencia embarga al poeta a la melancolía y nostalgia, acompañadas de tristeza y dolor; empero, no se puede decir que el poeta cae en depresión. Afronta la situación con profundas reflexiones; las sensaciones depresivas se compensan con el desplegado amor del poeta por la condición humana. Sus meditaciones auscultan los detalles donde se edifican los semblantes humanos, en sus sencillos simbolismos, en sus cotidianas maneras de ser, en sus entrelazamientos biológicos.

 

La remembranza es otra defensa. El retorno al Perú amado, al Perú andino, su terruño. El título del poema es ilustrativo, Telúrica y magnética; así es su tierra de valles, de puna y de montañas. Viene a la memoria la imagen del cerro colorado. Las descripciones del terruño son filosóficas: suelo teórico y práctico, surcos inteligentes; da un ejemplo: el monolito y su cortejo. La descripción continúa con los productos del campo. Cultivos asociados a un conjunto de aparejos, a un sistema de útiles. Lugar donde el viento se confunde con los mugidos, lugar de aguas ancestrales. Habla de los cuaternarios maíces, de los cuales conoce los opuestos natalicios. El poeta conoce los ciclos agrarios, los momentos de la siembra en el cronograma rural. Se refiere metafóricamente a los campos humanos; los oigo por los pies cómo se alejan, los huelo retornar cuando la tierra tropieza con la técnica del cielo. Hay una constante yuxtaposición de planos, los relativos a los paisajes, los agrícolas, los humanos; en su entrelazamiento se muestran los nudos que articulan e integran las existencias. La manera como configura la lluvia es física, a la vez acogedoramente apacible: ¡Molécula exabrupto! ¡Átomo terso! La sierra está descrita como ausencia del mar; sin embargo, con sentimiento oceánico de todo. Es un canto a la tierra distante; las figuras son nudos de tejidos entrelazados; los climas se encuentran en el oro, la cordillera es leída en sus pensamientos, entornada por la religión y habitada esporádicamente por patitos. En la remembranza entran los mamíferos, las vicuñas, los asnos, los roedores; los dibuja en prosa, en versos, comparándolos con perfiles institucionales, con analogías de jueces, con sentimiento patriótico. La extrañeza es profunda y desgarradora.

 

El poeta asume su destino: ¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra, que es vida con el punto y, con la línea, polvo y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta! Lo hace en medio de la descripción, como si nada. Vallejo no es dramático; es humano, profundamente humano. Lo que importa es valorar el terruño distante, la patria de los enormes cerros, de los cultivos contrastados, de los animales serranos, también de las otras geografías del país; lo que importa es interpretar ese otro mundo, allende del mar. Lo que importa es ver, en la distancia, del tiempo y del espacio, con ojos humanos, de la humanidad andina y de la humanidad del poeta convaleciente. Lo que está en juego en todas partes es la condición humana; no se puede renunciar a rescatarla de sus atolladeros, de sus vertiginosas perdidas. La poesía es la subversión contra la enajenación y el olvido; es la rebelión que recupera del abandono las sensaciones que hacen al cuerpo. La poesía de Vallejo es una “revolución” por la emancipación humana, por la liberación emotiva de su ser – déjenme utilizar esta palabra discutible -, por hacer que el afecto sea el substrato de las relaciones sociales.

 

Sigue el poema con la cosecha en el período del dilatado molle, con el sintomático farol, con la imagen de las gallinas, que no son ángeles por descuido de la cresta, con los cuyes apetitosos, para comerlos fritos, acompañando el plato con el bravo rocoto, con los leños cristianos y la familia de líquenes, que el poeta respeta. En las reflexiones no faltan las medidas para salvar el roble, el cariño por los auquénidos llorosos. El cuadro es completo, están las estrellas matutinas, acompañadas del quemado de hojas de coca en el cráneo del poeta; también cenitales, si destapa sus diez templos de un solo sombrerazo.

 

La conversación con el pasado adquiere una tonalidad más intensa; pide al brazo de siembra bajar a pie, recuerda la lluvia hecha de mediodía, recuerda a la tórtola de trino triangular, debajo del techo donde muerde la infatigable altura. Rememora el ciclo de las tardes, interpretadas en su modernidad, en cambio, concibiendo las madrugadas en su antigüedad arqueológica. Nostalgia, amor y compromiso con el indio, precondición y condición del país. Intuición inmediata dada por las dos flautas, conocimiento adquirido por la quena. El poeta comprende la sabiduría nativa y a través de esta hermenéutica lo comprende todo.

 

 

Telúrica y magnética

 

¡Mecánica sincera y peruanísima

la del cerro colorado!

¡Suelo teórico y práctico!

¡Surcos inteligentes; ejemplo: el monolito y su cortejo!

¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena!

¡Cultivos que integra una asombrosa jerarquía de útiles

y que integran con viento los mugidos,

las aguas con su sorda antigüedad!

¡Cuaternarios maíces, de opuestos natalicios,

los oigo por los pies cómo se alejan,

los huelo retornar cuando la tierra

tropieza con la técnica del cielo!

¡Molécula exabrupto! ¡Átomo terso!

¡Oh campos humanos!

¡Solar y nutricia ausencia de la mar,

y sentimiento oceánico de todo!

¡Oh climas encontrados dentro del oro, listos!

¡Oh campo intelectual de cordillera,

con religión, con campo, con patitos!

¡Paquidermos en prosa cuando pasan

y en verso cuando páranse!

¡Roedores que miran con sentimiento judicial en torno!

¡Oh patrióticos asnos de mi vida!

¡Vicuña, descendiente

nacional y graciosa de mi mono!

¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra,

que es vida con el punto y, con la línea, polvo

y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta!

¡Siega en época del dilatado molle,

del farol que colgaron de la sien

y del que descolgaron de la barreta espléndida!

¡Ángeles de corral,

aves por un descuido de la cresta!

¡Cuya o cuy para comerlos fritos

con el bravo rocoto de los templos!

(¿Cóndores? ¡Me friegan los cóndores!)

¡Leños cristianos en gracia

al tronco feliz y al tallo competente!

¡Familia de los líquenes,

especies en formación basáltica que yo

respeto

desde este modestísimo papel!

¡Cuatro operaciones, os sustraigo

para salvar al roble y hundirlo en buena ley!

¡Cuestas in infraganti!

¡Auquénidos llorosos, almas mías!

¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,

y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!

¡Estrellas matutinas si os aromo

quemando hojas de coca en este cráneo,

y cenitales, si destapo,

de un solo sombrerazo, mis diez templos!

¡Brazo de siembra, bájate, y a pie!

¡Lluvia a base del mediodía,

bajo el techo de tejas donde muerde

la infatigable altura

y la tórtola corta en tres su trino!

¡Rotación de tardes modernas

y finas madrugadas arqueológicas!

¡Indio después del hombre y antes de él!

¡Lo entiendo todo en dos flautas

y me doy a entender en una quena!

¡Y lo demás, me las pelan!…

 

 

En el poema Gleba habla del terruño, pero ya no en los andes, sino en Europa. Observa a los campesinos con alabadas barbas; hombres a golpes, que funcionan a tiro de niebla. La descripción poética es un cuadro, una pintura impresionista; empero, en movimiento, como los mismos cuadros impresionistas lo sugieren. Prácticos, sinceros, hablan en la espontaneidad de las palabras, intercambiando, bebiendo, conectados por el orden sacerdotal de la botella. Reflexionan cobijados por la sombra de un árbol; hablan de escrituras privadas, de la luna menguante, de los ríos públicos. Todo esto es inmensamente humano. Una consumación metafórica es que el cuadro observado es función de fuerza, sorda y de zarza ardiendo, paso de palo, gesto de palo, acápites de palo, la palabra colgando de otro palo. Podríamos decir, haciendo analogías en la intención, pero, no en el sentido, que se trata de la fuerza de las sensaciones, así como se habló alguna vez de fuerza y entendimiento[3]. No es dialéctica, por cierto, sino genealogía, genealogía de las sensaciones.

 

La tesis es la siguiente:

 

Hay nacimientos de sensaciones; este es el substrato. Son, en realidad, percepciones, es decir, articulaciones de sensaciones, visibilidades, táctiles, auditivas, olfativas, gustosas, entrelazadas con pensamientos, todos conjuncionado una dinámica composición a partir de la experiencia, corporeidad vital. Estos nacimientos instauran una memoria sensible, una memoria emotiva, una memoria pasional; se trata del espesor conformado por planos de intensidad, como sedimentos y estratos. No inmóviles, como en la geología –aunque tampoco ocurre esto en los ciclos largos -, sino dinámicos, genealógicos. La memoria actualiza su espesor, su sedimentación, en el plano de intensidad de un presente. En la poesía, ese plano de intensidad es el poema. Se dan lugar emergencias, actualización de antiguas configuraciones no resueltas, se retoma su acabamiento. La poesía es una artesanía integral, copiosa, sensual, en constante acabamiento, en permanente creación.

 

Antiguas sensaciones, configuración de sensaciones, percepciones que articulan estas sensaciones, en experiencias que se cristalizan en la memoria sensible, son retomadas en un presente; combinadas con las sensaciones, con las percepciones, en la experiencia del presente. La “reflexión” metafórica, si podemos hablar así, “trabaja”, usando esta palabra cargada de economía política, removiendo los planos de intensidad, buscando descifrar el caudal emotivo del momento. El poema es una interpretación posible de lo que acontece sensiblemente. El devenir metáfora, la metamorfosis de las metáforas, las metáforas de las metáforas, las figuras enigmáticas, sobre todo éstas, revela la gramática de las pasiones.

 

Cuando el poeta usa la figura de fuerza sorda y de zarza ardiendo, y se refiere después al paso de palo, gesto de palo, acápites de palo, la palabra colgando de otro palo, descifra la composición sensual, la composición emotiva, la conjunción sensible, recurriendo a figuras que no están en la descripción afectiva, sino en otra parte. La zarza ardiendo es como la evocación de lo que acontece, el resumen, si se quiere, la “síntesis”. Extraño; pero, esta hermenéutica figurativa tiene que ver con el “valor” simbólico de la imagen de la fogata. ¿Qué le recuerda al poeta? ¿Qué sensaciones causa en él? ¿Hogar, terruño, calor, cobijo, retorno, ceremonia y rito? La madera y el palo son figuras recurrentes en Vallejo; los troncos, el despojamiento de los arboles, el palo, el objeto y el uso acabado, los utensilios, fijados en las costumbres humanas. Los perfiles son de palo, la palabra se cuelga de otro palo como ropa puesta a secar.

 

Fuego, mojado y seco, están asociados. El fuego seca, lo mojado asemeja a la vida vivida, ha llegado el momento que tiene que secarse, colgarse para secarse. El fuego es la llama que convoca, abrasa, cobija; el deseo de retorno es una llama flameante. La vida vivida cuelga de un hilo que señala el camino del retorno. Los planos de intensidad sensibles, la genealogía de las sensaciones, emergen para resolver este dilema emocional.

 

El poema retoma la descripción figurativa. Otra vez partes del cuerpo articulados a los instrumentos, como florecidos del cuerpo. Rodillas viajeras que llevan al cielo, ¿al juicio final? Mostrando sus faltas, sus defectos, su mansedumbre y sus vasos sanguíneos, tristes, de jueces colorados. Estos labradores tienen el cuerpo completo, los pantalones puestos, se visten elegantes para comer, se lavan la cara y se secan con toallas que parecen palomas. En resumen, en sus vidas afrontaron peligros, son alegres y espontáneos; comparten una geografía local y plebeya.

 

Gleba

 

Con efecto mundial de vela que se enciende,

el prepucio directo, hombres a golpes,

funcionan los labriegos a tiro de neblina,

con alabadas barbas,

pie práctico y reginas sinceras de los valles.

Hablan como les vienen las palabras,

cambian ideas bebiendo

orden sacerdotal de una botella;

cambian también ideas tras de un árbol, parlando

de escrituras privadas, de la luna menguante

y de los ríos públicos! (Inmenso! Inmenso! Inmenso!)

Función de fuerza

sorda y de zarza ardiendo,

paso de palo,

gesto de palo,

acápites de palo,

la palabra colgando de otro palo.

De sus hombros arranca, carne a carne, la herramienta florecida,

de sus rodillas bajan ellos mismos por etapas hasta el cielo,

y, agitando

y

agitando sus faltas en forma de antiguas calaveras,

levantan sus defectos capitales con cintas,

su mansedumbre y sus

vasos sanguíneos, tristes, de jueces colorados.

Tienen su cabeza, su tronco, sus extremidades,

tienen su pantalón, sus dedos metacarpos y un palito;

para comer vistiéronse de altura

y se lavan la cara acariciándose con sólidas palomas.

Por cierto, aquestos hombres

cumplen años en los peligros,

echan toda la frente en sus salutaciones;

carecen de reloj, no se jactan jamás de respirar

y, en fin, suelen decirse: Allá, las putas, Luis Taboada, los ingleses;

allá ellos, allá ellos, allá ellos!

 

 

En Pero antes que se acabe, Vallejo le dedica un poema paradójico a la dicha. Duda, pues tal vez esté acompañada por el infortunio; por eso es menester perderla atajándola, tomarle la medida, rebasarla si es que cabe en tu extensión. La dicha es única, sola, poseedora de una sabiduría solitaria. Conversa con el interlocutor, el hombre, le dice que encuentra un cartílago hermoso en su oreja, por eso el escribe y le medita, le aconseja: No olvides en tu sueño de pensar que eres feliz, que la dicha es un hecho profundo, cuando acaba, pero al llegar, asume un caótico aroma de asta muerta. Nunca se sabe que llegó la dicha, sino cuando acaba, por que cuando llega se presenta como aroma de asta muerta, lo hace caóticamente. ¿Por qué la dicha cuando aparece se asemeja a un cuerno muerto? ¿Por qué caótico? El asta muerta es prácticamente un fósil, inmóvil, quieto en su quietud eterna; en cambio, el caos es movimiento turbulento, desbordante. Es el aroma lo que está vivo, aunque venga de un asta muerta; el aroma es caótico. El aroma vivo se contrasta con el hueso muerto; el aroma vivo deviene de la muerte, tiene como matriz la muerte de un asta, que alguna vez estuvo viva. El aroma de la dicha es como un mensaje: vengo de la muerte, que viene de la vida, para ir a la muerte, aprovecha el instante, el aroma caótico de mi presencia.

 

El poeta le habla al interlocutor, al humano, al hombre, le dice que silba a su muerte; lo ve con su sombrero a la pedrada. Lo observa ladearse para ganar su batalla de escaleras. Lo describe en su multiplicidad de sujetos; soldado de tallo, filósofo de grano, mecánico del sueño. Le pregunta si lo escucha, si lo percibe; al final somos eso, animales que se peinan. Le vuelve a preguntar si se deja, el poeta, comparar como tamaño, es decir, si se deja medir, conmensurar. El interlocutor no responde, calla, lo mira, a través de la edad de la palabra. El hombre prefiere ladear su dicha, dicha tan desgraciada de dudar. Antes que te des cuenta, se acabará violentamente; es cuando podrás comprobar que medito, tocaras tu sombra, que es la mía desnuda; entonces olerás cuanto he sufrido.

 

El poema es una reflexión profunda sobre el goce, también un mensaje, una enseñanza pedagógica, acompañada de una queja. El hombre no se da cuenta que se sufre. En Poemas humanos el goce y el sufrimiento luchan, la alegría y la tristeza batallan, la plenitud y el dolor pugnan; una espera a la otra la posta, se turnan. Nada se da de manera pura, hay una mezcla paradójica en toda dicha.  

Pero antes que se acabe…

 

Pero antes que se acabe

toda esta dicha, piérdela atajándola,

tómale la medida, por si rebasa tu ademán; rebásala,

ve si cabe tendida en tu extensión.

Bien la sé por su llave,

aunque no sepa, a veces, si esta dicha

anda sola, apoyada en tu infortunio

o tañida, por sólo darte gusto, en tus falanjas.

Bien la sé única, sola,

de una sabiduría solitaria.

En tu oreja el cartílago está hermoso

y te escribo por eso, te medito:

No olvides en tu sueño de pensar que eres feliz,

que la dicha es un hecho profundo, cuando acaba,

pero al llegar, asume

un caótico aroma de asta muerta.

Silbando a tu muerte,

sombrero a la pedrada,

blanco, ladeas a ganar tu batalla de escaleras,

soldado del tallo, filósofo del grano, mecánico del sueño.

(¿Me percibes, animal?

¿me dejo comparar como tamaño?

No respondes y callado me miras

a través de la edad de tu palabra).

Ladeando así tu dicha, volverá

a clamarla tu lengua, a despedirla,

dicha tan desgraciada de durar.

Antes, se acabará violentamente,

dentada, pedernalina estampa,

y entonces oirás cómo medito

y entonces tocarás cómo tu sombra es ésta mía desvestida

y entonces olerás cómo he sufrido.

 

 

Una meditación de sabios asnos sobre la condición humana es el poema Piensan los viejos asnos. Uno de los asnos dice que se vestiría de músico para verle al hombre, para chocarse con su alma, para sobarle el destino con la mano, para, por fin dejarlo tranquilo, pues se trata de un alma a pausas. Lo dejará muerto sobre su cuerpo muerto. El sabio asno dice, meditando, al ver al hombre, podría dilatarse en el frío, podría hasta toser, pues lo vi bostezar, duplicando en mi oído su aciago movimiento muscular. Aclarando, dice que se refiere al hombre; después da una lujosa descripción de quién es ese hombre, refiriéndose a su empuñadura, a su bastón de mando, a la lujosa infusión que toma, a los niños familiares, que dice que son sus fúnebres cuñados. Conmueve este hombre; por eso, me vestiría de músico para llegar a él; chocaría con su alma ensimismada en mi materia. Sin embargo, lo sé, ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana. El poema culmina con que jamás ocurrirá esto, jamás de los jamases.

 

 

 

Piensan los viejos asnos

 

Ahora vestiríame

de músico por verle,

chocaría con su alma, sobándole el destino con mi mano,

le dejaría tranquilo, ya que es un alma a pausas,

en fin, le dejaría

posiblemente muerto sobre su cuerpo muerto.

Podría hoy dilatarse en este frío,

podría toser; le vi bostezar, duplicándose en mi oído

su aciago movimiento muscular.

Tal me refiero a un hombre, a su placa positiva

y, ¿por qué nó? a su boldo ejecutante,

aquel horrible filamento lujoso;

a su bastón con puño de plata con perrito,

y a los niños

que él dijo eran sus fúnebres cuñados.

Por eso vestiríame hoy de músico,

chocaría con su alma que quedóse mirando a mi materia…

¡Mas ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana;

ya nunca, ya jamás, ya para qué!

¡Hay que ver! ¡Qué cosa cosa!

¡qué jamás de jamases su jamás!

 

 

Usando la tesis anterior de genealogía de las sensaciones, la hipótesis de interpretación es que en el poema Hoy me gusta la vida mucho menos, la actualización del espesor de la memoria emotiva en el plano de intensidad de este poema, teniendo en cuenta los planos de intensidad anteriores, de los poemas previos, si podemos hablar así, logra una claridad resuelta. Esto no ocurre sólo porque el poeta convaleciente sale del hospital, que queda al lado, sino porque las sensaciones agolpadas, mejor dicho las composiciones de sensaciones agolpadas, que precedieron, también buscaban resolverse como cuadro, lo diremos, exagerando, absoluto. Las “reflexiones” metafóricas se hacen cristalinas.

 

El poema comienza con Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir: ya lo decía. Continúa el poeta con casi toque la parte de mi todo y me contuve. ¿Qué quiere decir? ¿Creía que iba a morir, por eso la despedida, el deseo ardiente del retorno, la apología alegórica a su terruño andino? Como confirmando dice: con un tiro en la lengua detrás de mi palabra. Después de la convalecencia, después de sobrevivir, el poeta evalúa: Hoy me palpo el mentón en retirada y en estos momentáneos pantalones yo me digo: ¡Tánta vida y jamás! ¡Tántos años y siempre mis semanas! El mentón se encuentra completo y vivo, retrocedió al acaecimiento; desde la provisionalidad de los pantalones, el poeta sorprendido grita: ¡Tánta vida y jamás!  ¿Jamás qué? Jamás es una palabra fuerte en el argot del poeta. ¿Qué significa este nunca, este jamás de los jamases?

 

La evaluación emocional es concreta:

 

Mis padres enterrados con su piedra

y su triste estirón que no ha acabado;

de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,

y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

 

Los padres difuntos, los hermanos vivos, él, como ellos, parado y en chaleco. Así es la vida, de caprichosa, dice una canción conocida. La conclusión es: Me gusta la vida enormemente, pero, desde luego, con mi muerte querida y mi café y viendo los castaños frondosos de París. Amor a la vida, amor a la humanidad, tristeza y alegría por la condición humana, acompañándolas con mi muerte querida y mi café; es decir, con la muerte viva y tomando café, viendo desde ahí, desde el lugar donde me pongo, los castaños frondosos de la ciudad luz.

 

Es una respuesta a nuestra pregunta cuando el poeta escribe: ¡Tánta vida y jamás me falla la tonada! ¡Tántos años y siempre, siempre, siempre! Dije chaleco, dije todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar. En contraste al jamás, al jamás de los jamases, está el siempre, siempre, siempre. Nunca y siempre se oponen; pero, en este caso dicen lo mismo. El poeta reconoce que es verdad que sufrió en aquel hospital que queda al lado, que está bien y está mal de haber mirado de abajo para arriba su organismo. De todas maneras, le gustaría vivir siempre, aunque sea de barriga, pues, como lo iba diciendo: ¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años, y siempre, mucho siempre, siempre siempre!

 

En este poema no aparecen remembranzas de los Andes, tampoco profundas observaciones y cuadros sobre la condición humana; está el poeta sólo, consigo mismo. El interlocutor es el mismo; reflexiona consigo mismo. Hay una satisfacción por haber salido bien parado, un vaho de alegría emergiendo de su cuerpo.

 

 

 

 

Hoy me gusta la vida mucho menos…

 

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve

con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada

y en estos momentáneos pantalones yo me digo:

¡Tánta vida y jamás!

¡Tántos años y siempre mis semanas!…

Mis padres enterrados con su piedra

y su triste estirón que no ha acabado;

de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,

y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente

pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café

y viendo los castaños frondosos de París

y diciendo:

Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla… Y repitiendo:

¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!

¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije

todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.

Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado

y está bien y está mal haber mirado

de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,

porque, como iba diciendo y lo repito,

¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,

y siempre, mucho siempre, siempre siempre!

 

 

 

 

 

¿Qué es la poesía? Es la memoria emotiva, memoria que pone en juego  el espesor de la experiencia, de la sedimentación y de los estratos de los planos de intensidad, que actualiza este espesor en nuevos planos de intensidad sensible, emotiva, pasional. La poesía es genealogía de las sensaciones, genealogía de las pasiones. Las sensaciones, las pasiones, no sólo emergen en el momento de la experiencia, en el momento del afecto, de la afectación, sino que emergen, también del “pasado”, es decir, de la memoria donde otros presentes, otras experiencias fueron guardadas. La vivencia de un presente es genealógica, es retrospectiva y actual, a la vez.

A estas alturas podemos hablar de una “inteligencia” sensible, aunque la inteligencia, como la percepción, es ya articulación compleja de cognición, saber, memoria, pensamiento, sensibilidad, percepción. La filosofía y las ciencias modernas han reducido la representación de la inteligencia al pensamiento, a la racionalidad abstracta; este es un reduccionismo metafísico e instrumental, a la vez. La intuición tiene que ver con esta “inteligencia” sensible, obviamente con la percepción, como acontecimiento de la in-coincidencia entre las primarias sensaciones y la reflexión. La percepción es el ensambla-miento de esta in-coincidencia. La poesía es el acontecimiento metafórico que edifica el mundo de la coincidencia de la in-coincidencia; es la rebelión contra el tiempo. Es el viaje de retorno, simultáneamente, el viaje a la utopía.

Las sensaciones tejen entramados, conforman tramas, narran con cargas emocionales y figuras desiderativas. El flujo de sensaciones busca desenlaces, realizaciones emotivas, no por la vía de la deducción lógica, como en filosofía, sino por el juego de analogías y diferencias figurantes, por analogía y diferencias emotivas, por composiciones de flujos de sensaciones. También por contrastes simbólicos, por acumulación y cargas simbólicas; así como por anacronismos e irrupciones intempestivas.

La genealogía de las sensaciones supone fuerzas emotivas, que convierten al cuerpo en un espesor turbulento, dinámico, caótico en busca de armonía, armónico en busca del caos. Las fuerzas emotivas se asocian, pugnan, componen complejos de sensaciones; se articulan, pugnan y componen con otras fuerzas; las fuerzas de la imaginación, las fuerzas del pensamiento. Entre todas estas fuerzas se crean composiciones integrales pasionales, imaginarias y conceptuales. Por eso mismo, la poesía es también una reflexión profunda. La diferencia con la filosofía es que ésta opta por una reflexión conceptual, vaciada de los espesores sensitivos, emocionales, los entrelazamientos abigarrados de la experiencia; incluso, se vacía de contenidos imaginarios, considerados desmesuras peligrosas. La poesía, en cambio, reflexiona, con todos los espesores emotivos, perceptuales, con los abigarramientos de la experiencia, con las desmesuras imaginativas. Por eso, la poesía está tan próxima de la vida y la filosofía tan alejada de ella, contentándose estar cerca de la nada.

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Ver de Raúl Prada ¿Qué es la poesía? También Devenir cuerpo, devenir poema. Rebelión, Madrid 2014. Bolpress, La Paz 2014. Dinámicas moleculares, https://pradaraul.wordpress.com/; La Paz 2014.

 

[2] Ver de Merleau-Ponty Le visible et l’invisible. Éditions Gallimard, París 1964. Del mismo autor, también Phenoménologie de la percepción. Éditions Gallimard, París 1945.

[3] La referencia es a Fenomenología del espíritu de Hegel. El concepto de fuerza también fue utilizado por Hegel; en la Fenomenología del Espíritu o Ciencia de la Experiencia de la Conciencia aparece vinculado al entendimiento, desplegado en los tres momentos correspondientes de la dialéctica:1.- La fuerza y el juego de las fuerzas, 2.- Lo interior. 3.- La infinidad. G.M. Hegel: Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica. 1807, Primera edición en alemán; México 1978, tercera edición en castellano.

 

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