Archivo de la etiqueta: Crítica

Preguntas imprescindibles

Preguntas imprescindibles

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Preguntas imprescindibles

 

Vida 2

 

 

 

Dejemos por un rato el espectáculo político, situémonos donde estamos, en el mismo lugar de la experiencia propia y social, y preguntémonos sobre qué hacemos, qué hemos venido a hacer en el mundo que nos toca experimentar. Preguntas, por cierto, importantes, que nos colocan en la cuestión del sentido mismo del ser, usando este enunciado heideggeriano. No se trata de encontrar la respuesta metafísica, que resultaría no solamente abstracta sino una escapatoria al sentido mismo de la pregunta. Se trata de preguntas que apuntan al tiempo perdido y, por otra parte, a la búsqueda del tiempo perdido, por lo tanto, de la recuperación del tiempo perdido.

Lo que acabamos de decir asume que hemos perdido el tiempo; hemos perdido el tiempo en banalidades, en dedicaciones y prácticas ambiciosas, pero solo desde la perspectiva ideológica o si se quiere, más pragmáticamente, del interés. Al final, se hayan logrado o no los objetivo, el problema radica en la insatisfacción, si se quiere, para decirlo filosóficamente, en el vacío, en esta sensación de vacío o de inutilidad. ¿Para qué? ¿Para qué todo lo que se ha hecho? Si, al final, se descubre que lo perseguía no era más que una presentación ante los demás, al que hace de público o de espectador exigente, de acuerdo con los código, valores y prejuicios vigentes; se trata de actuaciones ante el exigente público. La vida vivida se resume a haber satisfecho la demanda del público, que quiere héroes, villanos, verdugos, victimas. Un público que quiere asistir al teatro de la crueldad.

La vida de uno o de una se habría convertido en una constante actuación para los demás, para el público exigente. Claro que no se puede hablar del público en general, como si fuera uniforme y homogéneo; el público es diferencial, conforma distintos estratos, ámbitos del espectáculo y del teatro social. En unos casos se exige tragedia, en otros casos se exige drama, en otros solo diversión, aunque ésta sea un jolgorio banal. Por ejemplo, para acercar las preguntas a lo concreto, ¿para qué enriquecerse de una manera desmesurada?, ¿qué se obtiene, llenar los vacíos existenciales?  ¿Para qué concentrar tanto poder descomunal en sus manos?, ¿Qué se logra, el reconocimiento absoluto de la supremacía individual, la sumisión absoluta de todos los mortales? ¿Y con este dominio absoluto, institucionalizado, se llega alcanzar la felicidad o mas bien la desdicha inconmensurable? La trivialidad de estos objetivos, tan cotizados por el sentido pragmático y hasta oportunista de la gente, ¿nos muestra la opción adormecerte del autoengaño y la autocontemplación? Se trata de comportamientos destructivos y autodestructivos; del desenvolvimiento de la voluntad de nada, del vaciamiento mismo de la experiencia social, convertida en historia, la narrativa moderna, que reduce la memoria social a los relatos del poder.

A todas luces, lo que ha faltado, en las historias sociales, políticas, económicas, culturales, de la modernidad, es humildad y asombro, la capacidad de aprender. La historia moderna, si la desciframos, mediante una evaluación detenida y reflexiva, nos presenta a un sujeto social hedonista, enamorado de sí mismo, autocomplaciente, que se considera el fin de la historia, es más, el fin de la evolución. En dos lugares extremos de la población, el de los más ricos y el de los más pobres, la sociedad moderna se presenta como un fracaso de la humanidad. Por un lado, tenemos los excesos de la pornográfica abundancia; por otro lado, tenemos la demoledora escases llevada al extremo de la inanición y la desnutrición. En ambos lados es elocuente la manifestación de la infelicidad, aun que se exprese de maneras opuestas y simétricas. No es que la felicidad se encuentre en el punto medio aristotélico, como algún pragmatismo o filosofía moral podría pretender; esto seria una solución salomónica, pero solo imaginaria o moral. La felicidad no se encuentra en la abstinencia o el control de las compulsiones, tampoco en el equilibrio de la satisfacción de las necesidades. La felicidad no corresponde a la persistencia y disciplina de una terapia. La felicidad tiene que ver con el regocijo existencial por lo tanto vital; con el logro de la satisfacción plena de la vida, por lo tanto, del vivir. Para hacerlo fácil, podemos decir que la felicidad parece corresponder a la plenitud de un estado de ánimo, que solo se puede lograr en la armonización integral no solamente con la sociedad, sino con el Oikos, el planeta, también el universo y, quizás, el multiverso en sus distintas escalas.

Si hay algo constatable en las historias proliferantes de la modernidad, de los ciclos largos, medianos y cortos, en cualquier contexto que quisiéramos comprobarlo, mundial, regional, nacional o local, es la confesión de insatisfacción, la premonición de fracaso a pesar de los logros tecnológicos y científicos, la sensación de vacío, incluso de nausea existencial. Puede encubrirse estas certezas con otras que, mas bien hablan, de la evolución, el progreso y el desarrollo a saltos de las sociedades humanas. Sin embargo, las segundas suenan a apología, en tanto que las primeras aparecen como huellas hendidas en el cuerpo, que no se encuentra ni tampoco encuentra las respuestas a sus preguntas en la historia, escrita por los vencedores.

Nosotros creemos, como hemos expresado y expuesto, a lo largo de nuestras exposiciones, que hemos perdido el tiempo, que las sociedades humanas han perdido el tiempo. Las sociedades humanas se han dejado atrapar, durante la modernidad, por la maquinaria fetichista ideológica, con todos sus matices y formas de enunciación. Han perseguido objetivos cuyo fin era la exaltación de la grandeza humana, por lo tanto, objetivos autocomplacientes, cantos de gloria; empero, muy lejos de la inserción de las sociedades humanas con las dinámicas de la complejidad, sinónimo de realidad.

Ahora, en el presente álgido, para resumirlo, de la crisis ecológica desbordada, por lo menos, los sectores más esclarecidos de la humanidad se dan cuenta que hemos destruido las condiciones de posibilidad de sobrevivencia de la humanidad. Entonces, constatan que las sociedades modernas han perdido el tiempo en tramas ideológicos, en usos restringidos de la revolución tecnológica y científica a su subsunción a la acumulación de capital, artificialidad aritmética del incremento estadístico dinerario. También han perdido el tiempo en buscar sustituir la banalidad de la acumulación abstracta por la acumulación del poder en la burocracia, que se declara heredera de las vanguardias revolucionarias, y solo llega al usufructúo del prestigio para el beneficio del enriquecimiento de la casta política socialista. Hay más, pero se puede sintetizar que se ha perdido el tiempo en toda clase de fundamentalismos.

En adelante, ante los alcances de la crisis ecológica, no se puede seguir perdiendo el tiempo; es una responsabilidad buscar y recuperar el tiempo perdido. ¿Cómo se hace? Esta es la pregunta crucial. Como hemos dicho antes, parece urgente detener la locomotora desbocada de la historia. Suspenderse en esta marcha desbocada que llamamos historia. Meditar profundamente, colectivamente, socialmente,  compartidamente, sobre la geología estratificada y sedimentada de las experiencias sociales, retomando dinámicamente sus memorias colectivas. En pocas palabras, es menester comprender lo que nos ha pasado. Por qué somos lo que somos en el momento presente. Quizás a partir de esta comprensión reírnos de nosotros mismos, de nuestras pretensiones. Recuperar el humor, que es como la risa, lo que nos hace humanos. Relativizar toda pretensión ideológica, por cierto, antes religiosa; volvernos a reír de esta caricatura de ser los hijos de Dios, a imagen y semejanza de él. El pueblo elegido, que en el cristianismo se convierte en la sociedad final, la humanidad, elegida para glorificar al divino. El liberalismo ha desacralizado esta enunciación y la ha convertido en la proposición de que el hombre está destinado a dominar la naturaleza; el socialismo ha desacralizado esta enunciación y la ha convertido en el fin de la historia, mucho antes que lo hizo Francis Fukuyama, al decir que con el socialismo se comenzaba una poshistoria.

No se trata de afirmar que el liberalismo y el socialismo fracasaron, dos proyectos que se pretenden opuestos y hasta contradictorios, que para nosotros son complementarios; afirmar esto sería una trivialidad. Se trata de comprender que la ideología no puede sustituir a las dinámicas de la complejidad, sinónimo de realidad efectiva. Sobre todo, se trata de comprender, que las sociedades humanas forman parte de la constelación de sociedades orgánicas, forman parte de las dinámicas ecológicas planetarias. Entonces, de sopesar irónicamente las pretensiones modernas, pero, sobre todo, de entender que no solo formamos parte de las dinámicas ecológicas, sino que, ante la crisis ecológica provocada, tenemos la responsabilidad de reinsertarnos a los ciclos vitales.

Para algunos puede sonar, lo que decimos, a romanticismo trasnochado; pero, si es el caso, esta acusación, desprendida desde una visión “realista” y “pragmática”, devela su profunda desolación. Primero, porque confiesa que no sueña, que no tiene utopías, que es como el sentido del porvenir. Segundo, porque devela que para esta concepción la “realidad” se reduce al estrecho margen del cálculo de costo y beneficio o, en el mejor de los casos, al pragmatismo del oportunismo, en el buen sentido de la palabra, aprovechar las circunstancias para lograr los fines propuestos. Tercero, puede que haya cierta herencia romántica, que es como la trama imaginaria de la voluntad fáustica y transformadora, pero, la importancia radica en la consciencia, usando un término racional, mejor dicho, la intuición, de que pertenecemos a la integralidad dinámica de la complejidad, así como somos parte de la sincronización integral de las dinámicas complejas planetarias y cósmicas.

Recordando anteriores ensayos, no nos podemos reconocer en el dualismo esquemático simplón político, del amigo y enemigo, menos en el substrato del esquematismo dualista del fiel e infiel. Todos somos víctimas de un sistema-mundo que se ha conformado por las genealogías de la economía política generalizada, que valoriza lo abstracto y desvaloriza lo concreto. Aunque no se crea y se considere bondadoso lo que decimos, lo que parece más próximo a la objetividad de los hechos, sucesos, eventos y desenlaces, es que tanto los que se consideran, de cuerdo a las valorizaciones ideológicas, como privilegiados, y aquellos que se consideran como condenados de la tierra, son víctimas de una heurística maquínica que inviste a unos como monstruos de la abundancia y a otros como monstruos de la escasez.

El deterioro profundo de la humanidad se vea por donde se vea, entendiendo el concepto de humanidad como la interpretación universal del ser humano, en pleno renacimiento, ha llegado a tocar las figuraciones más espantosas de la decadencia, que se pueden nombrar figuras de la inhumanidad. Obviamente, nadie puede estar, de ninguna manera, orgulloso de esto, de este vaciamiento del contenido humanista, como convocatoria cultural y subjetiva, de esta degradación abismal que cae en la expoliación del cuerpo humano, en varias formas del tráfico de sus capacidades, atributos y órganos. El asesinato masivo de humanos, sobre todo de mujeres, por parte de las formas de organización paralelas, no institucionales, del lado oscuro del poder, evidencia la decadencia humana la modernidad tardía. No se puede presentar esta elocuencia de la muerte como daño colateral del “desarrollo” y del “progreso”; al contrario, son indicadores de que el “desarrollo” y el “progreso” son los logros de la depravación humana.

Cuando se llega a estas situaciones demoledoras y perversas, es cuando, es indispensable y urgente un detente en el camino; parar la locomotora desbocada de la historia y recomenzar otras rutas, sobre todo aquellas que nos ayudan a reinsertarnos en los ciclos vitales ecológicos. Hay un atributo reconocido en la vida orgánica, por lo tanto, también en el ser humano, es el que la vida es memoria sensible. Suponemos, que, por esto, esta constatación de la biología molecular, los seres humanos somos memoria sensible; la inteligencia afectiva nos retrotrae a la efectiva realidad. Es mejor, entonces, apostar a la intuición afectiva, que forma parte del substrato corporal, que, al odio, que forma parte provisional de los efectos perversos de las inscripciones del poder en los cuerpos sociales.

Anuncios

La banalización de la izquierda

La banalización de la izquierda

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La banalización de la izquierda

 

izquierda-brasil-360383

 

 

 

El refrán que aprendí de mi padre es una verdad exagerada deja de ser verdadera; también se podría decir que una verdad exacerbada se convierte en una impostura. La paradójica historia de la izquierda parece corroborar ambos refranes. Sobre la base de la denuncia de la injusticia y su interpelación, la izquierda se presenta como alternativa de los condenados de la tierra, de los y las explotadas, de los y las discriminadas; es decir, sobre la base del reconocimiento y la descripción de la evidencia de la injusticia social, económica, política y cultural. Sin embargo, esta verdad histórica, social, económica y cultural ha sido inflamada de tal modo que la evidencia insoslayable se convierte en la premisa forzada de la proposición de que los condenados de la tierra y los y las explotadas requieren de voceros, intelectuales, ideólogos, vanguardias, que hablen por ellos y los representen, incluso que inoculen la consciencia de clase para sí. En otras palabras, se exige que los y las desposeídas y explotadas, las clases subalternas, elijan, como representantes del proletariado, en genérico, del pueblo, a los portavoces de la clase y del pueblo, que no necesariamente son proletarios o pobres, sino hombres esclarecidos en la lucha de clases. Esta sustitución política, que ya es una exageración, pues no se explica cómo intelectuales no proletarios pueden representar al proletariado; es el comienzo de la historia paradójica de la izquierda, es más, con el correr del tiempo, la historia de la banalización de la izquierda.

Hablamos de la historia política cuando la izquierda toma el poder, lo ejerce, los usa y termina siendo una maquinaria indispensable en la reproducción del poder. Hablamos de la historia cuando la izquierda llega a ser gobierno y ejerce, o trata de hacerlo, gubernamentalidad; por lo tanto, captura fuerzas y conduce fuerzas mediante los dispositivos institucionales. Entonces la izquierda ejerce el dominio sobre otros conjuntos de fuerzas; en otras palabras, domina, ejerce dominación. El problema se agrava cuando se ejerce la dominación contra el mismo proletariado, es más, contra el mismo pueblo, al que se dice liberar. Es cuando la verdad se exacerba convirtiéndose en una excusa para dominar a secas, para justificar la dominación ejercida, incluso, sin mucho miramiento, para justificar el nacimiento, enriquecimiento y consolidación de un nuevo estrato social privilegiado, la jerarquía burocrática, que ya no se distingue de la burguesía, salvo por los estilos y las premuras de un enriquecimiento exponencial.

La genealogía de esta izquierda en el poder la ha convertido, lo que era la convocatoria y el imaginario romántico de la rebelión, en una formación discursiva cuyos significantes se desligan de los significados que guarda la memoria de las luchas, cuyas significaciones ya son otras, mas bien, pragmáticas. La formación discursiva se vuelve fofa, es notoriamente recurrente y, por esa reiteración repetitiva se desgasta y cae en la letanía del aburrimiento. El discurso de izquierda ya no convoca, sino que sirve para mantener un sonido, el de la inercia. Se llega al extremo o al colmo que hombres que se reclaman de “izquierda” terminan haciendo lo mismo que los hombres tildados de “derecha”, incluso peor, lo mismo incrementado. En efecto, en estas condiciones ya no se puede distinguir qué es “izquierda” y qué es “derecha”. Salvo la procedencia de la acusación.

Cuando se han padecido estos gobiernos de “izquierda”, se puede sacar una conclusión práctica: la mejor propaganda para la “derecha” es esta “izquierda” en el gobierno. Esta “izquierda” gubernamental demuele la utopía romántica y el proyecto revolucionario. El vaciamiento de los contenidos es tan profundo que de la utopía no queda nada, salvo el borroso recuerdo de una ilusión adolescente; de la revolución y de lo revolucionario no queda nada, salvo fotografías del momento de entusiasmo de la rebelión social. Esto es como quedarse con las imágenes de las cenizas después del incendio social.

Los resultados electorales en Brasil dan un panorama extremadamente grave de la decadencia política; la decadencia política de la “izquierda”, que ha degrado al máximo el sentido de la revolución, independientemente que sea ésta una verdad histórica o no. Vació de todo contenido a la utopía emergida como proyecto de la sociedad alterativa. La gravedad de la situación radica, que el pueblo, no solamente desencantado del PT y de su líder sindical, sino avergonzado de haber tenido como representantes a una burguesía sindical financiera, embarcada en la extensiva red clientelar y prebendal en el país mais grande do mundo, empantanado en la galopante corrupción del Estado federativo y las empresas públicas. Esta experiencia política catastrófica llevo incluso a parte del pueblo a votar por un candidato que reúne todos los rasgos y características del conservadurismo más recalcitrante de la oligarquía café con leche y de la dictadura militar. El espectro anacrónico colonial que el mismo pueblo odia. Esto quiere decir que la atroz experiencia del PT en el gobierno ha demolido las capacidades de lucha, de autodeterminación y de movilización del pueblo. La derecha más ultramontana debe agradecer a Luiz Inácio Lula da Silva y a Dilma Rousseff, así como a sus gobiernos, por haber empujado al pueblo al desaliento y a la desolación política, como para que terminen, en plena crisis existencial, a votar por un candidato del fascismo criollo latinoamericano.

Si la experiencia de los “gobiernos progresistas” empuja al pueblo, en el momento de desolación, desesperanza y desencanto, a votar por un candidato recalcitrantemente conservador, la antípoda de lo nacional popular, quiere decir que el mejor camino a gobiernos de “derecha” son estos atajos de gobiernos de “izquierda”. Seguramente, como los ideólogos liberales se adelantaron, se llegue a afirmar que los gobiernos de “izquierda” demuestran la inviabilidad del “socialismo”. Añadiéndole, además, que no pueden instaurarse y gobernar sino como “dictadura”. Lo que no dicen estos ideólogos liberales, a quienes no les faltan argumentos descriptivos, aunque develen la ausencia de una explicación completa, es que la inviabilidad también se demuestra respecto a ideal liberal. El pragmatismo de los gobiernos liberales ha sacrificado el ideal liberal; en esto se parecen a los “gobiernos socialistas”, también pragmáticos, que han sacrificado el ideal socialista por transiciones dramáticas, que se asemejan a despotismos anacrónicos y a monarquías barrocas “socialistas”.

Si algo nos muestra el mundo de las mallas institucionales estatales es que lo ideal, producto de la razón, no cabe en este mundo pragmático, se trate de un “Estado liberal” o de un “Estado socialista”. Cuando aparecen estos termidorianos, que más se parecen a las versiones de cine del exterminador, ideólogos liberales e ideólogos socialistas se quedan asombrados, sin poder responder ni explicarse este fenómeno político del fascismo criollo, que irrumpe anacrónicamente en el escenario moderno. Esto parece que pasa en situaciones de profunda crisis institucional, ideológica, política y cultural. Cuando la promesa liberal del “desarrollo” no tiene asidero, tampoco la promesa de justicia social de la izquierda, cuando el pueblo, agobiado por la cruel realidad del ejercicio de poder, ya no quiere escuchar promesas y opta por la ausencia de las mismas, desesperado se lanza al apocalipsis, que considera como una catarsis del castigo cosmológico, quiere limpieza total.

Descripción de la primera vuelta electoral en Brasil

 _103766614_mapabrasil

La BBC mundo hace un balance somero de los resultados de la votación de la primera vuelta electoral en Brasil. Vamos a acudir a este balance para partir de esta descripción y buscar interpretaciones de lo acontecido.

Una gran mancha verde con un reducto rojo y una anomalía amarilla.

Es una de las formas en las que se pueden analizar los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de este domingo en Brasil, en las que el candidato de ultraderecha Jair Bolsonaro se hizo con más del 46% de los votos. El verde muestra los estados en los que ganó Bolsonaro y su partido, el PSL (Partido Social Liberal): un total de 17. Bolsonaro fue primero en 4 de las 5 regiones en las que se divide Brasil y se hubiera declarado ya presidente de Brasil si no fuera porque Fernando Haddad, candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores, venció en 8 de los 9 estados de la región Nordeste del país y en Pará, en el norte.

 

Así, Nordeste se convirtió en el “último reducto de la izquierda”, tal y como destaca este lunes el diario brasileño O Globo. Gracias a ese apoyo, con el 29% de los votos Haddad disputará la segunda vuelta. Pero no lo tendrá fácil: solo aglutinando una gran coalición anti-Bolsonaro lograría vencer en esa segunda ronda, que se celebrará el 28 de octubre.

 

 Bolsonaro y Haddad

Derechos de autor de la imagenREUTERSImage captionJair Bolsonaro (izquierda) y Fernando Haddad se enfrentarán en una segunda vuelta.

 

Brecha existente

A pesar del terremoto político que supone la victoria de un candidato calificado de racista, misógino y homófobo, y defensor de la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985, la brecha territorial que muestran los resultados no es nueva, aunque se ha agudizado. Hasta 2002, la mayoría de los estados brasileños votaban de forma más homogénea. Pero a partir de 2006, cuando el entonces presidente Lula da Silva se presentaba a la reelección, las distintas regiones pasaron a votar con patrones diferentes. Ese año, el PT lideró en todo el Nordeste, parte de la región Norte, Minas Gerais y Río de Janeiro, entre otros. Por otro lado, el PSDB (El Partido de la Social Democracia Brasileña que en estos comicios obtuvo los peores resultados de la historia con el 4,7% de los votos) estaba entonces al frente de Sao Paulo, en el Centro-Oeste, y de parte de las regiones Sur y Norte. En líneas generales, ese patrón se mantuvo hasta el 2014. La principal diferencia con estos comicios fue la sustitución del PSDB por el PSL, al cual Jair Bolsonaro se afilió en el mes de marzo. Y el segundo cambio más importante fue la reducción del área de influencia del PT. En las elecciones de 2014, el partido de Lula da Silva, afectado por numerosos casos de corrupción, ganó en 15 estados. En 2010, fueron 18. En esta ocasión fueron solo 9.

 

Transferencia de votos

 Enfrentamientos

Derechos de autor de la imagenAFPImage captionEn la campaña de Brasil se han registrado enfrentamientos entre votantes de Bolsonaro y Haddad.

 

De esta forma, la gran mayoría de los votos a Bolsonaro fueron en las regiones del Sur y el Sudeste, donde viven el 58% de los electores. Pero sus resultados en la región Nordeste no fueron buenos. Allí, el exmilitar conquistó solo el 15% de los votos. Haddad, al contrario, se hizo con el 46% de sus votos en el Nordeste, más de lo que obtuvo en el Sur y en el Sudeste juntos, beneficiándose claramente de una transferencia de votos de Lula da Silva, primero, y Dilma Rousseff, después. “Durante el gobierno de Lula creció la economía, en parte por el boom de las materias primas en el mundo. Su gobierno creó algunos programas sociales centrados en los pobres, por ejemplo, para lidiar con el hambre, y creando más oportunidades para que pudieran llegar a la universidad”, asegura Adriano Brito, editor de BBC Brasil. “Algunas de las ciudades más pobres del país están en el Nordeste, así que algunos votantes se mantienen leales a Lula, a pesar de las acusaciones de corrupción”. Algunos medios brasileños señalan que, tras conocerse los resultados, grupos de Whatsapp y Facebook se llenaron de mensajes contra los habitantes del Nordeste, acusándolos de ser receptores de ayudas sociales y de trasladarse a otros estados para buscar trabajo. La anomalía amarilla refleja la victoria del candidato del centroizquierda Ciro Gomes en Ceará, su estado, donde ha sido gobernador él y también su hermano Cid Gomes[1].

El 46% de la votación para Jair Messias Bolsonaro habla de que la mayoría votó por este candidato, tipificado como de ultraderecha; que Fernando Haddad haya logrado el segundo lugar con el 29% es una derrota para el PT, que estuvo ganando las elecciones nacionales de una manera consecutiva. Si es cierto que la victoria de Bolsonaro no le alcanza para llegar al gobierno en la primera vuelta, que esta obligado a la concurrencia de una segunda vuelta, no se puede ocultar el sorprendente asenso de la votación del conservadurismo recalcitrante, asenso que implica, por lo menos, momentáneamente, ser la primera fuerza electoral. También es una derrota, esta vez catastrófica para el Partido de la Social Democracia Brasileña, que en estos comicios obtuvo los peores resultados de la historia con el 4,7% de los votos. Es decir, que no es tan objetivo decir que hay como una “polarización” de las tendencias políticas en el Brasil; lo que se observa, mas bien, es un dramático asenso de la “derecha” más conservadora brasilera y un retroceso notorio de la convocatoria del PT, incluso una abismal caída de lo que se puede calificar como centro político. Se evidencia una marcada derechización de la votación. Sin dar más vueltas, de una manera descriptiva se debería decir que se trata de una contundente victoria de la “derecha”, incluso de la “derecha” más recalcitrantemente conservadora. Aunque haya una segunda vuelta estos resultados no se borran, cualesquiera sean los resultados de la segunda vuelta.

Los análisis de izquierda, de los intelectuales de izquierda, de los progresistas, incluso las aseveraciones de parte de los medios de comunicación, que hacen patente su asombro, dejan mucho que desear. Ha ganado la “derecha” y ha sido derrotada la “izquierda”, aunque ésta sea una impostura política, como ya hicimos notar en anteriores ensayos. También ha sido derrotado el centro pragmático y oportunista, de “izquierda” y de “derecha”.  En estas votaciones, prácticamente ha desaparecido el centro; lo que tenemos en el mapa político transversal es un desplazamiento del campo político hacia la “derecha” y un vaciamiento estadístico de la “izquierda”, que lucha por sobrevivir en el mapa político. Esta es la descripción de la que debemos partir para intentar un análisis de la situación y de la crisis política.

Bolsonaro fue primero en 4 de las 5 regiones en las que se divide Brasil, ganó en 17 estados; el Partido de los Trabajadores venció en 8 de los 9 estados de la región Nordeste del país y en Pará, en el norte. Geográficamente, la “derecha” domina la representación del espacio político del Estado Federal de Brasil.  La “izquierda” se ha reducido al nordeste. Este es el dato de la geografía política del momento. No se puede eludir la derrota de la llamada “izquierda” ni por los resultados demográficos, ni por los resultados geográficos. Los analistas de izquierda creen que, con la relativización de los datos, por ejemplo, cuando se habla de “polarización”, se salvan de la flagrante derrota política. Antes dijimos que no hay peor defensa que evitar la crítica; podríamos añadir que no hay peor defensa que relativizar la derrota. Esta “izquierda” se expone, se hace más vulnerable, se prepara a construir nuevas derrotas.

Para la segunda vuelta el PT convoca a una alianza anti-fascista, quizás no solo de “izquierda”, sino también de centro, para ganar a Bolsonaro, dicen, para defender la “democracia”. El problema es que el PT es parte de la banalización de la izquierda, de la degradación del mito y el simbolismo cultural de la figura romántica de revolución. ¿Cómo pueden ser convincentes cuando hablan de “defender la democracia”? Si las prácticas de la burguesía sindical se han encargado de corroer la institucionalidad democrática formal. El llamado del PT es desesperado. ¿Cómo puede reclamarle al pueblo defender las conquistas del “proceso de cambio” cuando lo que han manifestado es la galopante corrupción, que ha carcomido la fortaleza del partido de masa de los trabajadores, es más, del Movimiento sin Tierra, el movimiento campesino más grande del mundo, una sociedad alternativa dentro de la sociedad brasilera? Parte del pueblo considera, lo ha dicho, que ha dado un voto castigo al PT, precisamente porque dice que no quiere votar por la corrupción.  Logren o no esa alianza anti-fascista para enfrentar a Bolsonaro en la segunda vuelta, lo ineludible es que el PT, en las gestiones del “gobierno progresista”, ha castrado las capacidades de lucha del pueblo, ha debilitado las fuerzas de la multitud, que apostaron, a través de la movilización y la convocatoria social, a la alternativa democrática de justicia social.

Si bien puede ser cierto que la victoria de la ultra-derecha es momentánea, que se debe a la crisis política y del Estado-nación, a la que arrastró la burguesía sindical y sus prácticas prebéndales, además del desenvolvimiento de la formación de un nuevo estrato, sindical, de la burguesía brasilera, coaligada con el capital financiero y con el capitalismo extractivista, a pesar de las tres revoluciones económicas, la industrial, la tecnológica-científica, la cibernética, lo que no se puede eludir es que esta práctica de gobierno, este ejercicio del poder, por parte del PT, ha demolido a las fuerzas populares, por lo menos en las coyunturas del presente. Rearmar al bloque social no implica, ni mucho menos, conformar una alianza anti-fascista electoral, lo que de por sí es una caricatura política para enfrentar la derrota de la forma de gubernamentalidad populista, progresista y clientelar, al avance convocativo de la “derecha” puritana, sobre todo a la reorganización política de la ultra-derecha, no solo en el Brasil, sino en el mundo.

Ciertamente sería inútil intentar convencer a la “izquierda”, embarcada en esta simulación revolucionaria de los “gobiernos progresistas”, sobre la necesidad de una autocrítica y una evaluación crítica de lo acontecido; sería una perdida de tiempo, pues esta “izquierda” se encuentra atrapada en la perspectiva ideológica, convencida de su verdad. Cuando se trata de explicar sus derrotas acude a las teorías de la conspiración, elementales esquematismos basados en la simpleza dualista del amigo y enemigo, esquematismo que se convierte en el dualismo grosero del bueno y el malo. No es pues con esta “izquierda” con la que hay que comunicarse, que forma parte de los dispositivos del círculo vicioso del poder, aunque sean una versión del discurso de la justicia social, que pretende contrastarse con el discurso “técnico” neoliberal del mismo círculo vicioso del poder. La urgente comunicación es con las multitudes que conforman el pueblo, en sus complejas dinámicas sociales. De lo que se trata es de activar la potencia social, la potencia creativa de la vida.

 

[1] Leer Brasil: el mapa que muestra la división política del país en dos (y el único estado donde no ganaron ni Bolsonaro ni Haddad). https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-45787273.

 

Los límites del poder y la dominación

 

Los límites del poder y la dominación

Apuntes para una evaluación autocrítica

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Evaluación crítica

 

 

jon-jaylo

 

 

A estas alturas de los procesos políticos recientes, sobre todo de los relativos a los llamados “gobiernos progresistas”, es menester volver a hacer una evaluación de lo escrito y analizado, teniendo en cuenta, si bien no los desenlaces, pero por lo menos, las tendencias que se encaminan a los mismos. En este sentido nos haremos algunas preguntas que cuestionan nuestras exposiciones. La primera pregunta: ¿Por qué perduran gobiernos que, supuestamente se encuentran en crisis terminal? A propósito, podrían darse algunas hipótesis interpretativas alternativas; entre ellas quizás la más simple es la que conjetura que hay un error de apreciación, pues los gobiernos en cuestión no se encuentran en crisis terminal. Fuera de responder y a la vez preguntar ¿por qué se dice que no estarían en crisis terminal?, lo que importa es auscultar con otras hipótesis alternativas; una segunda hipótesis interpretativa es la que propone que, así como el capitalismo es un sistema que se desarrolla precisamente a través de sus crisis cíclicas, ocurre algo parecido con el sistema-mundo político, que se desenvuelve precisamente a través de sus crisis

¿Qué clase de crisis cíclicas se experimentaría en el sistema-mundo político?  ¿Así como en el sistema-mundo capitalista la crisis estructural y orgánica arranca como crisis de sobreproducción, en el sistema-mundo político hay algo parecido? Obviamente, en este caso, no se trata de sobreproducción sino de un fenómeno que caracteriza al mundo político. En sistema-mundo político moderno, que se reclama de la democracia institucionalizada, por lo menos de una manera hegemónica, lo que parece “producir” es legitimidad; es decir, la dominación legitimada por la institucionalidad democrática, la república, el Estado moderno, sobre todo, la ideología. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en la economía-mundo, no se trata de una “sobreproducción”, de un exceso, sino, mas bien, al contrario, de una escasez. A medida que la historia moderna experimenta sus recorridos, sus diferentes formas de gobernabilidad, lo que parece ocurrir es que, se pierde, mas bien, legitimidad. Hay pues una crisis de legitimidad, como ya, tempranamente lo vislumbró Jürgen Habermas.

Viendo el panorama del sistema-político, todavía concentrándonos en los planos de intensidad de la economía-mundo y en la política-mundo, podemos sugerir una correlación intuitiva: mientras en la economía-mundo la crisis deviene de la sobreproducción, en la política-mundo deviene por la deslegitimación en ascenso. No se trata solo de atribuir la crisis política a una sola forma de gubernamentalidad; por ejemplo, a la liberal, como lo hacían los marxistas; tampoco a la socialista, como lo hicieron los liberales; así como tampoco a la populista, como la hacen los neoliberales. Todas las formas de gubernamentalidad modernas ingresan a los ciclos cortos, medianos y largos de la crisis política.

Volviendo al tema de ¿por qué persisten los “gobiernos progresistas” en crisis? Podemos basarnos en esta segunda hipótesis interpretativa para corregir las aseveraciones hechas en anteriores ensayos. Así como la crisis estructural del capitalismo, que en el fondo es crisis de sobreproducción, se difiere en intermitentes crisis financieras, es de esperar que la crisis política pueda diferirse en intermitentes crisis de gobierno, de carácter circunstancial, y para no llamarlas crisis especulativas, las llamaremos, provisionalmente, crisis demagógicas. Es decir, la crisis estructural política se encubre por la administración de la crisis por medio de procedimientos demagógicos, sobre todo manejados mediáticamente. Aunque no solo, pues en la medida que la crisis política se hace manifiesta, el gobierno recurre a un incremento de la violencia estatal. Esto ocurre tanto en los gobiernos populistas como en los gobiernos neoliberales; solo que se hace más patente en los “gobiernos progresistas”.

Una combinación entre demagogia y uso de la fuerza logra, no en todos los casos, diferir la crisis política; es decir, prologar la existencia del gobierno, perdido en el centro de la crisis. Ahora bien, ¿por qué unos gobiernos pueden hacerlo y otros no? Podemos observar que en el caso del “gobierno progresista” de Brasil, esto no ocurrió; el gobierno de la burguesía sindical periclitó. En cambio, en los “gobiernos progresistas” de Bolivia y Venezuela la combinación singular, en cada caso diferente, de demagogia y uso de la fuerza, permite todavía sus subsistencias. ¿Qué es lo que no tuvo Brasil y si Bolivia y Venezuela?

Las gestiones de gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva y, después, de Dilma Rousseff, fueron, en realidad, de cogobierno con otros partidos, en alianza. En cambio, en el caso de las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma y de Hugo Chávez, después, de Nicolás Maduro, corresponden a la administración pública de un solo partido. Sin embargo, algo parecido ocurrió con las gestiones de gobierno de Rafael Correa y después de Lenin Moreno; aunque se dio la ruptura entre el correísmo y el morenísimo, en la gestión de gobierno del reciente presidente de Ecuador. En todo caso, la crisis política en Ecuador se difirió en la forma de desplazamiento de una tendencia a otra en el mismo partido de gobierno. ¿Se tratará entonces de la correlación de fuerzas entre las fuerzas del gobierno y las fuerzas de la “oposición”? ¿En el caso de Brasil, la correlación de fuerzas no fue favorable al gobierno, cuya presidencia estaba en el PT; empero, ¿todavía parece favorecer a las fuerzas que controlan los gobiernos de Bolivia y Venezuela?

No se trata de responder a las preguntas, que solo se lo puede hacer mediante investigaciones en profundidad, sino de sugerir hipótesis interpretativas plausibles, que mejoren las interpretaciones anteriores. Supongamos, por el momento, como conjetura, que fuese así; pero ¿qué pasa con la constelación de fuerzas decisivas, que corresponden a las multitudes del pueblo? Fueron capaces de tumbar a las versiones neoliberales de gobiernos que llevaron adelante el ajuste estructural, ocasionando la aguda crisis económica y social, que desató las movilizaciones sociales; empero, no parecen capaces de seguir adelante, de garantizar la marcha consecuente de los “procesos de cambio”; no son capaces de continuar la lucha, sobrepasando a los “gobiernos progresistas”, que no solamente se estancaron, sino que produjeron una regresión y una restauración barroca.

Salvo las resistencias sociales, localizadas, que se han hecho sentir, cuando los “gobiernos progresistas” cruzaban los límites, enfrentándose al pueblo, el pueblo, como bloque histórico parece ausente cuando se tiene que definir el curso del acontecimiento político. Entonces, la hipótesis de interpretación que parece plausible es que estos gobiernos en crisis persisten porque el pueblo esta ausente como bloque histórico. Esto no solo podemos decirlo respecto a los “gobiernos progresistas” que sobreviven a la crisis política, sino también respecto a los “gobiernos progresistas” que periclitaron; la ausencia del pueblo como bloque histórico permitió que la caída del “gobierno progresista” derive en un retorno a gobiernos neoliberales, aunque, mas bien grises, en comparación de lo que fueron sus antecesores. La hipótesis interpretativa parece ser esta: el pueblo no ha logrado convertirse en bloque histórico en la coyuntura de crisis política de la política-mundo.

Un caso de diferimiento singular de la crisis política

El “gobierno progresista” de Bolivia ha experimentado derrotas fuertes por parte de las movilizaciones sociales en resistencia; primero, con la movilización contra el “gasolinazo” se logró hacer retroceder al gobierno en su medida de suspender la supuesta subvención a los carburantes; segundo, la VIII marcha indígena y el apoyo social desencadenado, lograron detener la construcción de la carretera, por lo menos hasta ahora, aunque el gobierno tramposamente siguió construyendo puentes para la carretera que cruza el bosque del TIPNIS; tercero, la movilización ciudadana logró hacer retroceder al gobierno en la promulgación de la ley inquisidora, el Código Penal. Por otra parte, el gobierno perdió tres elecciones consecutivas, una, referida al referéndum sobre la reforma constitucional; las otras dos, relativas a las elecciones de magistrados. Este balance sucinto podría dar la impresión de que la correlación de fuerzas ya no le favorece al gobierno clientelar. Sin embargo, hay que tener en cuenta que las correlaciones de fuerzas no se definen en un solo plano, sino en varios; por lo tanto, los resultados pueden ser distintos en diferentes planos.

En los planos de intensidad de la movilización contra el “gasolinazo” y en la defensa del TIPNIS la resistencia social dobló el brazo gubernamental; lo mismo ocurrió con la movilización ciudadana contra el Código Penal, que también adquirió alta intensidad. Los enfrentamientos de baja intensidad, correspondientes a las elecciones mencionadas, aunque ganaron, no lograron torcer el brazo gubernamental. Por otra parte, hay planos de las correlaciones de fuerzas en los campos definidos institucionalmente, como el Congreso, donde el partido oficialista controla la mayoría absoluta. En consecuencia, aunque este plano sea, mas bien, restringido, acotado al campo de las representaciones, en comparación con los otros planos de intensidad, donde se decidió el desenlace de la crisis del “gasolinazo” y de la crisis del TIPNIS, se trata de un plano institucional que hace a la composición del Estado. Mientras las movilizaciones en resistencia no logren dislocar al Estado de su sitio central, por más imaginario que sea, aunque apoyado por máquinas de poder, la correlación de fuerzas favorable a la movilización social anti-sistémica no podrá irradiar su victoria a otros planos de las correlaciones de fuerzas.

En tanto el gobierno controla otros planos de las correlaciones de fuerzas puede maniobrar en el conjunto de los planos donde concurren las correlaciones de fuerzas. Esta parece ser una interpretación más adecuada que las anteriores, donde se proyectaba el diagnóstico de una implosión política; aunque distinguíamos entre el tiempo político y el tiempo cronológico, y decíamos que, si bien en el tiempo político se anunciaba una implosión, en el tiempo cronológico puede ocurrir de manera diferida. Otro aspecto sugerente de esta interpretación es su observación en múltiples planos de las correlaciones de fuerza y no centrarse solo en un plano – el jurídico-político o el histórico-político -, convertido en único por la ciencia política, sobre todo por el llamado análisis político. Por lo tanto, podemos concluir que no hay solo un plano donde se define la correlación de fuerzas, sino múltiples planos, donde se juegan, por así decirlo, distintos escenarios, en distintos niveles, las resultantes de las concurrencias de fuerzas.

Se dan ciertas consecuencias de esta hipótesis interpretativa; una de ellas tiene que ver con que también el poder, concepto todavía universal, tiene que visualizarse y configurarse de manera múltiple, ejerciéndose en plurales planos y espesores de intensidad de la complejidad dinámica social. Hay que recordar que dijimos que el poder hay que definirlo como ejercicio de dominación, que hablamos de polimorfas formas de dominación; entonces, las dominaciones y, en contraste, las resistencias, de dan en distintos planos y espesores de intensidad. Entonces, lo que todavía llamamos poder, de esa manera general e inadecuada, se reproduce en los distintos planos y espesores o se obstaculiza, se detiene, incluso pierde en algunos. La dominación como idea absoluta, por lo tanto, el poder como acontecimiento con pretensiones globales, no son posibles. La dominación, empleando este término general, no se da en todo los planos y espesores de intensidad sociales; tampoco se reproduce el poder de esa manera. Hay pues una incompletud, un inacabamiento, una inconclusión, en lo que respecta a la realización de la dominación y a la reproducción del poder. Solo se podría sugerir una situación teórica cuando y donde pueda ocurrir esta dominación completa y poder absoluto; es la muerte, la muerte de la sociedad misma.

Aquí podemos encontrar los límites infranqueables del poder y la dominación; en términos absolutos son imposibles. La dominación siempre ha de darse de manera incompleta, el poder siempre ha de lograrse de manera inacabada e inconclusa. Solo en el imaginario delirante del sujeto pretendidamente absoluto, el paranoico extremo, puede concebirse la idea de la dominación completa y del poder absoluto. Que son imposibles, empero, el proyecto totalitario implícito, a pesar de todo, intentará de imponerse, dejando la huella de la muerte por donde pase y secuelas de cementerios sociales. Empero, el poder, bajo cualquier versión, no puede contra la vida, la potencia creativa de la vida, contra la potencia social.

La metamorfosis institucional perversa

La metamorfosis institucional perversa

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Sistema de la culpabilización generalizada

 

 

metamorfosis

Dedicado a Jhiery Fernández, víctima del sistema de administración de justicia de la extorsión y la culpabilización generalizada. 

 

 

No todo lo que pasa se conoce, no todo lo que se conoce se nombra; cuando se lee lo que se nombra se termina creyendo que lo que se nombra es el mundo efectivo; solo es parte del mundo de las representaciones. Lo más reductivo resultan ser los nombramientos políticos, así como los nombramientos ideológicos, pues se trata de nombres demasiado circunscritos, muy cercanos de los prejuicios y de los esquematismos. Peor aún, cuando se trata de nombres jurídicos, es decir, de nombres que juzgan; mucho peor de nombres que condenan. Entonces, estamos ante un mundo de las representaciones demasiado fijos, anclados en el nombramiento de la pena y del castigo. El problema es que son estos nombres los que se usan para decidir sobre la vida o la muerte, sobre la libertad o la condena. Otro problema, es el que los que emiten el discurso de la condena sean jueces que creen que el acto de juzgar es meramente un acto de poder, de ejercer poder. La justicia queda como vaho discursivo inalcanzable; lo que se aplica es el pragmatismo más cínico, el oportunismo más desenvuelvo, el descomedido interés en preservar la estructura de poder consolidada.

Eso, lo que acabamos de expresar, es como el marco teórico de las interpretaciones del ejercicio del poder y de la administración de justicia. Empero, cuando nos adentramos a los sucesos tal como acontecen, relativos a estos asuntos, entonces nos adentramos en profundidades dramáticas, donde las manifestaciones develan la elocuencia de lo inconcebible. El caso del bebé Alexander nos muestra el alcance del fenómeno nombrativo y normativo, del uso del lenguaje especializado y de su aplicación en la administración de justicia. Los nombres de la administración de justicia son lapidarios; “culpable” es un denominativo categórico, que define y decide el destino del o de la juzgada.  El contenido del discurso jurídico no solo es el “delincuente” sino el “culpable”. El diagrama de poder de la disciplina, que contiene al discurso jurídico, particularmente aquél dedicado al veredicto de la condena, produce “culpables”.

El o la “culpable” es no solamente el contenido de la forma del juzgar sino es el sujeto indispensable para la reproducción del diagrama de poder que juzga, pena y castiga. Sin “culpables” no hay posibilidades de encarcelar, de cargar la condena en el o la “culpable”; el sistema de la administración de justicia no podría reproducirse.  El discurso ligado a la invención de la arquitectura carcelaria se justifica diciendo que se trata no solamente de suspender los derechos y privar de libertad al “delincuente”, sino de rehabilitarlo para su reincorporación social. Este supuesto objetivo del proyecto y después construcción de la cárcel han fracasado; las cárceles no han servido para rehabilitar, menos para reincorporar a los y las encarceladas, pues no solamente quedan marcadas de por vida, sino que, usando los mismos términos del discurso penal, no se rehabilitan ni se incorporan a la sociedad. Se conforma una sociedad subterránea de los y las gentes marcadas por la condena. Sin embargo, a pesar de haber fracasado el proyecto carcelario persiste. ¿Por qué?

Se ha montado toda una arquitectura institucional, un conjunto de mallas institucionales, dispositivos y disposiciones en la geografía social, toda una burocracia de funcionarios especializados que atienden la administración de justicia, acompañada por encargados de velar el orden y el cumplimiento de la ley, la policía, que resulta inconveniente desmantelar esta arquitectura, estas mallas, estos dispositivos y disposiciones,   esta burocracia de funcionarios y profesionales especializados, esta policía, pues se dejaría seseantes a toda este contingentes de personas, encargadas de hacer funcionar el sistema. En estas condiciones y circunstancias la prioridad se convierte el de preservar y reproducir el sistema de administración de justicia. ¿Dónde queda la justicia misma, es decir, aquella que juzga y dirime sobre la inocencia o la culpabilidad? Para decirlo en términos del sentido verídico pretendido por el discurso jurídico: ¿Dónde queda la verdad?

Si tuviéramos que sopesar sobre la importancia de los personajes de la narrativa jurídica, siendo uno de ellos él o la “inocente”, siendo otro de ellos, entre otros más, el o la “culpable”, tomando en consideración todavía sólo estos dos personajes nombrados, podemos decir que el personaje que tiene más peso es la o el “culpable”. Dado el caso extremo, por cierto, hipotético, de que todos fueran inocentes, no habría razón para la existencia de una administración de justicia y de una policía. El o la “culpable” es una necesidad para la reproducción del sistema judicial y del sistema policial. Entonces, es un requerimiento el “descubrirlo”, señalarlo o, en caso necesario, inventarlo. Podemos decir que estos procedimientos son inherentes al sistema, son parte de su funcionamiento y reproducción. Siendo ya esto una calamidad, pues un sistema de estas características no debería formar parte del sistema social, la problemática se ahonda cuando la invención de la o el “culpable” se convierte en la práctica recurrente de la administración de justicia; más aún, cuando se lo hace de manera grotesca. Por ejemplo, cuando se impide la debida defensa, cuando se desechan los informes de investigaciones y pericias, cuando no se escucha a testimonios, cuando se declara en reserva el proceso judicial en marcha, ocultando al público lo que se hace y la marcha misma del proceso. Cuando se inculpa a alguien que ni siquiera estuvo en el lugar de los hechos que se juzgan. Cuando no se guardan ni siquiera las apariencias de un proceso judicial se emprende la práctica de lo grotesco a beneplácito de jueces y fiscales comprometidos. La pregunta es: ¿si es así, de este modo se garantiza la reproducción de la administración de justicia?

Todo sistema requiere de su propio funcionamiento interactivo entre subsistemas, requiere de retroalimentación, requiere mantener el equilibrio del sistema mismo, para que no entre en crisis. Cuando no ocurre esto, el sistema entra en desequilibrio, en crisis. Ahora bien, ¿qué pasa cuándo un sistema funciona de otra manera, por ejemplo, exacerbando la invención del “culpable”? Cuando no importa el cumplimiento de los procedimientos reglamentados, cuando lo que importa es forzar un veredicto antelado: “culpable”. Si un sistema funciona de esta manera y no colapsa como se espera, es que no se esta en el sistema nombrado sino en otro sistema. No es ya un sistema de justicia sino un sistema de culpabilización generalizada. Un sistema que convierte a todos en “culpables”, anteladamente, mientras no demuestren lo contrario. Parece una antípoda del sistema de justicia liberal, por lo menos expuesto teóricamente. Como dijimos en ensayos anteriores, se trata de un sistema de extorsión.

 

 

 

 

 

La dramática muerte de un bebé en manos de un sistema de extorsión

El drama de gran parte de los bebés que nacen en Bolivia quizás se resuma, obviamente de manera trágica y breve, en el corto lapso de vida que tuvo el bebé Alexander, y la larga muerte que le sucede, pues el aparato administrativo de justicia se apoderó de la muerte para hacer escarnio en el cuerpo de un inocente, un médico que ni siquiera tuvo contacto con el bebé, que fue llevado en condiciones lamentables al Servicio Departamental de Gestión Social (SEDEGES) de La Paz, cuatro meses antes de morir. Según la crónica que reproduce Rascacielos, suplemento de Página Siete, “presentaba varios problemas de salud, relacionados al maltrato y al abandono: desnutrición, baja talla, problemas gástricos y dérmicos, además de intolerancia a la lactosa”[1]. El sistema de administración de justicia requería de un “culpable” para cerrar el caso.

“La mañana del 13 de noviembre de 2014, Alexander, de ocho meses, fue evacuado del Hogar Virgen de Fátima, dependiente de la gobernación de La Paz, sin signos vitales. Lo trasladaron desde obrajes, en la zona Sur, hasta el Hospital del Niño, en Miraflores, donde le practicaron la primera reanimación tras un paro cardiaco. Por falta de espacio de Terapia Intensiva, el pequeño fue derivado al Hospital Juan XXIII de Munaypata, donde los médicos alertaron sobre signos evidentes de maltrato, sangrado y lesiones en la región anal. Luego de sufrir tres paros y luego de una falla multiorgánica, Alexander falleció a las 18:30 de ese mismo día”[2]. Este es el desenlace fatal en un país que no tiene capacidad de asistir a los bebés en condiciones parecidas.

Lo que viene después es el diferimiento perverso de su muerte, diferimiento administrativo, de parte de un sistema de justicia carcomido por la corrosión institucional y la corrupción galopante, siendo ya parte atravesada y cooptada por el lado oscuro del poder. “El primer informe, realizado en el Juan XXIII, estableció que la hemorragia fue consecuencia de una posible “penetración antinatural”: una violación. Teoría que fue puesta en duda por los peritos que realizaron la necropsia”[3]. Aquí empieza la vía crusis de Jhiery Fernández, el médico acusado e imputado y después condenado por la fiscalía. “Después de cuatro años, varias dudas se mantienen. Según el abogado Cristian Alanes, defensor de Fernández, el proceso se inició con la pericia de la doctora Ángela Mora, quien fue enviada al hospital Juan XXIII (donde falleció el bebé) para tomar un hisopado, que, en cadena de custodia, debía ser remitido al IDIF. En lugar de eso, sin ninguna orden, hace una valoración forense y llega a determinar que ‘no se descarta’ una agresión sexual. El jurista sostiene que la sentencia al médico se sustenta en dos indicios que, en su opinión, no pueden ser considerados como pruebas. El primero es que, según el Tribunal de Sentencia, el único varón presente el 13 de noviembre de 2014 en el Hogar Virgen de Fátima era Fernández. El segundo, que el hisopado en el recto del bebé evidenció la presencia del Antígeno Prostático Específico (PSA, por sus siglas en inglés). El PSA es una proteína sin núcleo que no puede usarse para determinar ADN. Si bien solo es producido por un hombre adulto, únicamente las evidencias genéticas pueden establecer si hubo agresión sexual o contacto con la víctima”[4].

Lo que sigue confirma la invención del “culpable”. No solamente el sistema judicial, sino también la forma de gubernamentalidad clientelar requerían señalar un “culpable”. Ante la evidencia de la vulnerabilidad de los bebés, las grandes debilidades del sistema de salud, las airadas interpelaciones públicas, que buscaban justicia, el descontento acumulado por parte del pueblo ante su propio desencantamiento de un “proceso de cambio” que no existe, se busca una solución rápida, cueste lo que cueste. Se opta por un montaje atroz para castigar y condenar al sospechoso. “El presidente del Colegio de Médicos de La Paz, Luis Larrea, asegura que una revisión genética de todas las muestras recolectadas del bebé (en los pañales y una manta) demuestra que no hay presencia de ADN Fernández. Esto fue incluido en el cuaderno de investigaciones, pero no fue valorado. No son las únicas pruebas que se descartaron. La asambleísta Vilma Magne dice que hubo ‘varios detalles que podían haber servido para la investigación”, pero que la Fiscalía ‘nos ha amedrentado con el argumento de que estábamos estorbando las pericias’, lamenta. Uno de los detalles que llamó la atención fue que, en una indagación en el hogar, los asambleístas se enteraron de que el día previo a su muerte, Alexander tenía consulta médica programada a la que no fue llevado. ‘Nunca supimos la causa, no hubo explicación. Si la lesión era de días, ahí podría haberse encontrado’, y añade que ‘cuando se hizo requerimiento de la necropsia no pudimos acceder a los resultados porque se declaró reserva de 10 días que se han extendido por más de tres años’. Días después de la finalización del juicio oral, la presidenta del Tribunal Décimo de Sentencia de La Paz, Patricia Pacajes, admitió que Fernández fue declarado culpable sin pruebas científicas que evidencian su autoría”[5].

Se puede decir que éste es el estado de situación no solo del sistema de administración de justicia, sino también de los otros sistemas que conforman los aparatos administrativos del Estado; tanto el Fiscal General como el Fiscal de La Paz son militantes del partido de gobierno; son las autoridades involucradas en la invención del “culpable” en el caso del bebé Alexander. Por otra parte, los jueces involucrados del Tribunal de la Sala de Sentencia son tanto resultado de lo que ha venido aconteciendo desde las magistraturas impuestas, pese a la derrota electoral de magistrados, cuando ganó el nulo por dos veces consecutivas, como también de la herencia de gestiones de gobiernos anteriores. Se sumaron dos tendencias, una pasada y otra reciente, en la marcha descalabrada de la corrosión institucional. Entonces, también se trata, no solamente de juristas, sino de hombres de gobierno.  Es un estado de situación del Estado-nación, que se autonombra como “Estado Plurinacional”.

Antes identificamos este derrumbe como decadencia, pero no basta esta definición general en una etapa en el círculo vicioso de poder; tampoco mencionar los alcances de la degradación ética y moral. Sino de cómo funciona este disfuncionamiento estatal. Lo que funciona es el sistema judicial de la extorsión generalizada y de la culpabilización generalizada. Lo que funciona es el lado oscuro del poder, que ha subsumido el lado luminoso del poder, el lado institucional. En consecuencia, las normas y las reglas de las formas institucionales no son las que rigen efectivamente, salvo como apariencia, las prácticas efectuadas en las mallas institucionales del Estado, sino las “normas” y “reglas”, si podemos hablar así, del lado oscuro del poder. Entonces, cuando las formas paralelas del poder del lado no institucional no solamente atraviesan a las mallas institucionales del lado luminoso del poder, sino cuando lo han subsumido, el funcionamiento de las instituciones estatales se ha transformado, ha sufrido sus mutaciones y metamorfosis, convirtiéndose en máquinas no ya del Estado-nación como tal, sino del super-Estado del lado oscuro del poder.

Llamemos a este fenómeno el de la metamorfosis perversa del Estado y de las instituciones. Para acercarnos a la comprensión de este fenómeno démonos un ejemplo, por cierto, figurativo; ocurre como se inoculará un virus al interior de las máquinas institucionales; desde adentro, el virus avanza, empieza a contaminar a toda la estructura institucional, va tomando sus partes, hasta que termina de controlar. Como se puede ver, no es un fenómeno meramente endógeno, pues el patógeno parece provenir de afuera, de la exterioridad y los entornos institucionales; pero, cuando una vez se afinca adentro, el proceso de deterioro de corrosión institucional aparece como un proceso interno. El problema es que, a pesar, de haberse transformado la máquina institucional sigue guardando la apariencia de que nada pasó, se presenta como si no hubiera sufrido las mutaciones y las metamorfosis de las que hablamos. Por eso, los usuarios de las instituciones no se dan cuenta lo que ha pasado, incluso, se puede decir, que tampoco los funcionarios, pues les termina pareciendo que este funcionamiento “anómalo”, por así decirlo, es “normal”. Entonces, tanto usuarios como funcionarios son arrastrados a los efectos incontrolables del nuevo funcionamiento de las instituciones. Se acostumbran a que sea así; y como cumplen con las rutinas, terminan reproduciendo las nuevas características de las máquinas del poder, las de la dominancia del lado oscuro.

El sistema de administración de justicia ha experimentado, hace tiempo, esta metamorfosis perversa institucional. El problema es que tanto usuarios como funcionarios se acostumbraron al monstruo que emerge de a crisálida institucional; lo reproducen en las prácticas, tanto de los funcionarios como de los usuarios. Aceptan las reglas del “sistema”, aunque no estén explícitamente institucionalizadas; las hacen funcionar de esa manera paralela, opaca y hasta oculta. Hay pues como una complicidad dada, aunque no plenamente aceptada, entre funcionarios y usuarios. Además, las otras instituciones colaterales y correlativas también funcionan de esa manera, coadyuvando en el disfuncionamiento del sistema judicial, visto desde la perspectiva institucional, o en el funcionamiento perverso del sistema, visto desde la perspectiva pragmática. Por ejemplo, la policía es la fuerza que hace cumplir la “ley” como administración de ilegalidades, es decir, el cumplimiento de la interpretación perversa de la ley. Así ocurre con las otras instituciones; otro ejemplo, el Congreso llega avalar esta metamorfosis perversa institucional. Por otra parte, también los medios de comunicación terminan “legitimando” este funcionamiento perverso, pues se atienen, en su mayoría, a emitir información sensacionalista, sin llegar a construir una información veraz. Incluso, la crítica cae en una especie de concomitancia, sin quererlo; pues busca también “culpables”, aunque se lo haga de otra manera. Con esto no se niegan las responsabilidades, personalizadas, sino que es indispensable entender que no se trata de sustituir a unos “malos” funcionarios por otros “buenos”. En el caso hipotético de que los haya, estos “buenos” funcionarios están condenados a actuar en una maquinaria institucional tomada por el lado oscuro del poder.

La salida al círculo vicioso del poder, en su etapa decadente y de mayor degradación, no se encuentra en la sustitución de personas, “buenas” en vez de “malas”, se trate del ejecutivo o de los otros órganos de poder del Estado, sino de desmantelar la máquina institucional tomada por el virus perverso inoculado por el lado oscuro del poder.

[1] Leer Alexander, el ángel y los infiernos. Suplemento Rascacielos 35/18. Página siete.

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

Diseminación y extorsión

Diseminación y extorsión

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Diseminación y extorsión

 

Diseminacion

 

 

 

 

Estamos ante el acontecimiento de la diseminación, la diseminación institucional, la diseminación política, la diseminación económica, la diseminación cultural, la diseminación ética y moral. La diseminación es material, en cambio, la deconstrucción es hermenéutica. La deconstrucción desmantela los tejidos y las capas del discurso y la escritura; la diseminación diluye, desarma o destruye lo construido, lo edificado, las mallas institucionales. De manera esquemática, se puede decir que la deconstrucción es crítica y la diseminación es revolucionaria; sin embargo, hay que tener cuidado, hemos usado dos términos que connotan significaciones labradas socialmente y hundidas en los espesores imaginarios colectivos. Puede quedar mejor parada la crítica, por no haber perdido su aire exigente e interpelador; en cambio la revolución habría perdido su halo romántico, convertida en excusa para cambiar élites y restaurar dominaciones. La diseminación política y cultural habría llegado a deteriorar el término de revolución, desgastándola, hasta dejar de la revolución, su sentido e imagen, solo la impresión de la violencia y la sensación de impostura.

La diseminación institucional se efectúa por desmantelamiento o por deterioro; en el primer caso se trata del efecto de acciones revolucionarias, para decirlo de esa manera acostumbrada; en el segundo caso se trata de efectos corrosivos en la maquinaria estatal. Vamos a hablar de lo segundo, pues lo primero no acontece en el llamado eufemísticamente “proceso de cambio”. Aunque el deterioro venga de antes, desde periodos y gestiones de gobierno anteriores al “gobierno progresista”, lo que llama la atención, contra lo esperado, es que es durante el “proceso de cambio” cuando el deterioro alcanza niveles y grados de deterioro sin precedentes, quizás con la salvedad de las dictaduras militares. En todo caso, son las distintas formas de gubernamentalidad, que atraviesan la historia política de Bolivia, las que manifiestan distintos ritmos y tonalidades del deterioro político e institucional. Es como si fuese una marcha variada hacia la diseminación.

El deterioro no solamente comienza con el desgaste, sino también con el uso adulterado; por ejemplo, cuando las instituciones son usadas con otros objetivos, no contemplados ni en ley, ni en la norma, ni en los reglamentos institucionales. Entonces, lo no normado ni reglamentado institucionalmente se comienza a convertir en prácticas. Es cuando las formas paralelas toman la institución y la convierten en instrumento del lado oscuro del poder. La institución deja de ser lo que es, una institución, para convertirse en máscara de otras prácticas, de otros usos, y en medio de otros fines. Se puede decir que con el deterioro comienza la diseminación.

El desajuste institucional se da como consecuencia del deterioro mencionado. El aparato no responde para lo que fue construido; sus engranajes fallan y toda la maquinaria cruje, dando como resultado la disfuncionalidad del sistema. Cuando esto ocurre los discursos adquieren otros sentidos, dicen otra cosa de lo que emiten; las prácticas paralelas desbordan y modifican la orientación institucional. La conducción paralela de la institución, convertida en instrumento del lado oscuro del poder, obtiene otros resultados no mentados ni en el discurso político, ni en las prescripciones institucionales. En estas condiciones se produce el desbarajuste, desde la perspectiva institucional; empero corresponde a la adecuación de la institución tomada a los nuevos roles asignados de manera opaca, sinuosa y adulterada.

Estas mutaciones institucionales, en principio casi imperceptibles, son el substrato de otros comportamientos y conductas, que podemos llamar secretas o clandestinas. Se conforman otras cohesiones, basadas en complicidades y concomitancias de los grupos de poder consolidados, que se hacen cargo del funcionamiento efectivo institucional. Lo que antes aparecía como prohibido institucionalmente, comienza a aparecer como permitido o si se quiere, en principio, tolerado; para luego convertirse en “normal”, pues se trata de servir a las solapadas directrices de los “jefes”. La corrosión institucional se convierte en funcionamiento aceptado, en despliegue coordinado en las condiciones políticas impuestas. La corrupción se vuelve necesaria en el cumplimiento de las tareas asignadas por la conducción política.

Cuando esto pasa, el compás desenvuelto del deterioro, que forma parte del fenómeno arrasador de la diseminación, se conforma un mundo paralelo, mas bien, mundo sumergido, mundo clandestino, que se convierte en campo gravitante respecto al mundo institucionalizado. En los códigos del mundo paralelo se valoriza la fidelidad y lealtad a los “jefes”, por más que los actos cómplices vulneren la Constitución, la ley, las normas y reglamentos institucionales. Cuando los fines ya no son los institucionales, sino los impuestos por la forma de gubernamentalidad clientelar, como la obtención de beneficios extraordinarios, administrados por el “sistema” de funcionamiento oculto, se llega a extremos; por ejemplo, el pactar con una empresa extorsionadora con el fin de obtener lo que busca el circuito clientelar, beneficio extraordinario, a pesar de que este usufructo atente contra los intereses del Estado, del país y del pueblo.

Si bien se puede y se debe denunciar e interpelar estas prácticas paralelas, lo que hay que comprender es el contexto en el que se dan, los substratos de donde emergen. No basta la denuncia, tampoco basta la interpelación, incluso no basta con lograr sancionar a los comprometidos, que más de las veces son chivos expiatorios, pues mientras el contexto se mantenga y los substratos se preserven, las prácticas paralelas del poder serán reiterativas y recurrentes. Para salir del círculo vicioso del poder es menester efectuar la diseminación como desmantelamiento; es decir, desmantelar las máquinas de poder, las instituciones tomadas por el lado oscuro del poder. La diseminación como deterioro genera un fenómeno parecido al parasitismo; los parásitos se alimentan del cuerpo tomado, en el que se incrustan. Como se trata de toda una clase de parásitos, la clase política, la máquina de la economía política del chantaje prefiere mantener con vida el cuerpo tomado, para alimentarse permanentemente con su sangre.

En el primer folleto, Los mecanismos de la extorsión[1], que publicamos, exponemos algunas formas del deterioro institucional, que denominamos extorsión. Se trata entonces de formas de la extorsión. Hemos usado algunos ejemplos, de manera ilustrativa, buscando mostrar ciertos rasgos del funcionamiento de las máquinas de la extorsión. Con esta exposición continuamos la labor de la crítica del poder y de las dominaciones, sobre todo en lo que respecta al lado oscuro del poder. Tómese el folleto como la continuación de exposiciones, que abordamos en El lado oscuro del poder[2] y en El círculo vicioso del poder. También comprometerse como referente teórico lo escrito en Diseminaciones[3].

La diseminación, entonces, como que tiene dos caras, para decirlo metafóricamente; una, la cara del deterioro, que corresponde a la decadencia; la otra, la cara del desmantelamiento, que corresponde a la revolución. Por ambas caras se da lugar a la diseminación, con la salvedad que en la cara del deterioro la diseminación se mantiene en los límites del deterioro, contribuyendo a la degradación y la decadencia; en cambio, en la cara del desmantelamiento, se atraviesa los límites del círculo vicioso del poder, haciendo que la diseminación se radicalice y complete; por lo menos teóricamente.

El escabroso asunto de QUIBORAX, con la evidencia de la extorsión económica[4], así como haciéndose patente de la extorsión política[5], acompañada por la extorsión judicial[6], nos muestra algunas formas singulares del deterioro, por lo tanto, de la diseminación por degradación y decadencia. La historia política y económica de la forma de gubernamentalidad clientelar, que corresponde al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente y el Estado rentista, está plagada de formas singulares del deterioro; en consecuencia, de diseminación por decadencia. No vamos hacer un listado del acumulo de casos singulares de la degradación política – nos remitimos a los escritos dedicados al tema -; interesa mostrar este caso singular como parte de la marcha corrosiva de la diseminación por deterioro. Lo que diremos y remarcaremos es que la corrosión institucional no solo, por así decirlo, oxida el material, sino que logra no solo carcomerlo, sino, incluso, destruirlo.  Entonces, el material con el que esta construida la malla institucional se ahueca y pudre, de tal manera que ya no puede sostener la arquitectura del Estado-nación. Vine lo que se llama la implosión, el derrumbe por inconsistencia de la estructura que sostiene el almatroste del poder.

La figura que tocamos de las formas de diseminación por deterioro es la de la extorsión, que corresponde al chantaje, a la usurpación, a la expoliación, es decir, a la forma de violencia solapada que se agita como amenaza, látigo suspendido sobre los cuerpos, convertidos en objetos del poder y materia de la violencia. Se trata, usando metáforas ilustrativas, del monstruo amenazante de muchas cabezas; individuos, grupos, colectivos, pueblos, sociedades, son sometidos al chantaje constante de la extorsión, ya sea económica, política y judicial, que algunas veces viene acompañada por chantaje emocional.      

 

 

 

 

 

 

[1] Ver Los mecanismos de la extorsión. https://issuu.com/raulpradaa/docs/los_mecanismos_de_la_extorsi_n.  

[2] Ver El lado oscuro del poder. https://issuu.com/raulprada/docs/el_lado_oscuro_del_poder_3.

[3] Ver Diseminaciones. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/diseminaciones_2.

[4] Ver Extorsión económica. https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/25/extorsion-economica/.

[5] Ver Extorsión política. https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/21/de-la-extorsion-politica/.

[6] Ver Los dispositivos de la extorsión.

https://pradaraul.wordpress.com/2018/06/18/los-dispositivos-de-la-extorsion/.

Correlatos de la crisis política y la crisis universitaria

Correlatos de la crisis política y la crisis universitaria

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Correlatos de la crisis política y la crisis universitaria

 

UPEA

 

Dedicado a los y las movilizadas en el conflicto de la UPEA.

 

 

 

 

Sorprende que se regatea desde el gobierno las reivindicaciones de la Universidad Pública de El Alto (UPEA), sobre todo en lo que respecta al presupuesto universitario. El asesor de la UPEA afirmó que el déficit de la universidad alcanza los 152 millones de bolivianos y que sólo modificando la ley 195 de coparticipación tributaria se podrá hablar de “una sostenibilidad financiera”. Sorprende porque la administración económica del gobierno a despilfarrado miles de millones de dólares en elefantes blancos, en empresas fantasmas, en inversiones que se evaporan, en convenios que no se cumplen; en definitiva, ha malgastado los recursos de propiedad del pueblo boliviano, de acuerdo a la Constitución, que administra el Estado. Se ha encargado el aparato publicitario y de propaganda del gobierno clientelar de descalificar las demandas de la UPEA, de desinformar sobre las movilizaciones universitarias, además de acusar a la Universidad Pública de El Alto de despilfarrar los recursos que se le entregan. La Cámara de Senadores sancionó la ley corta que otorga una subvención de 70 millones de bolivianos al presupuesto de la Universidad Pública de El Alto (UPEA); la misma que pasó al Ejecutivo para su respectiva sanción. Sin embargo, la norma es rechazada por la UPEA, que determinó iniciar una marcha desde Patacamaya hacia la sede de gobierno, demandando un mayor incremento a su presupuesto. Las movilizaciones continuaran en defensa de la universidad pública, por una educación y formación gratuita, además de exigir un presupuesto adecuado a los requerimientos de la academia. El asesor legal de la UPEA, Hugo Madeni, señaló que, el viernes 22 de junio, comienza la marcha desde Patacamaya. Se cuestiona la falta de consenso en la elaboración de la ley, que le otorga a la universidad 70 millones de bolivianos a su presupuesto. Se trata de “una ley no consensuada. Las leyes deben ser consensuadas, los 70 millones de bolivianos son insuficientes; este monto no permite tener un equilibrio financiero a la Universidad Pública de El Alto”.

Como se puede ver el conflicto universitario no ha concluido, a pesar de todas las maniobras del gobierno; desde las acciones represivas, que ya cuentan, en su haber, con un muerto, el estudiante Jonathan Quispe, hasta la norma sacada de la maga, que otorga a la UPEA 70 millones de bolivianos, pasando por la propaganda de descalificación de la movilización universitaria. En este contexto alborotado, es indispensable detenerse a reflexionar sobre este reciente conflicto, en el contexto y la coyuntura donde emergen, teniendo en cuenta la larga historia de conflictos sociales contra el “gobierno progresista”. Habría que partir de algunas descripciones someras de la situación, que ayuden a conmensurar el problema desatado; una de ellas tiene que ver con la crisis del sistema universitario; otra de ellas tiene que ver con la crisis múltiple del Estado-nación, concretamente de la forma de gubernamentalidad clientelar. Solo considerando, por el momento, estas dos crisis desplegadas, se puede entrever ciertas correspondencias entre ambas crisis.

Resumiendo, la crisis del sistema universitario tiene que ver con el rezago de las matrices curriculares academia respecto a las transformaciones de la civilización moderna, sobre todo a las llamadas revoluciones científicas y tecnológicas. Pero también tiene que ver con que el crecimiento de la población estudiantil no es atendido ni con la infraestructura adecuada, ni con el plantel docente requerido para atender la buena formación profesional. Esto tiene que ver con el presupuesto asignado, aunque también, ciertamente con la estructura de gastos en la académica, donde debería preponderar la inversión en investigación, en infraestructura y en logística académica requerida, además de garantizar la calidad de la docencia. Resumiendo, la crisis múltiple del Estado-nación y de la forma de gubernamentalidad clientelar tiene que ver con la obsolescencia y anacronismo de la forma de Estado, que se expresa, en la coyuntura, en los recorridos sinuosos de la forma de gubernamentalidad clientelar. A todas luces se observa que la crisis del sistema universitario no se resuelve con las asignaciones que le otorga el Estado en la estructura del presupuesto general; tampoco se resuelve la crisis de la UPEA con la asignación de 70 millones de bolivianos. Así mismo la crisis múltiple del Estado nación y de la forma de gubernamentalidad clientelar no se resuelve vadeando los problemas, como lo ha venido haciendo el “gobierno progresista”. Todas las acciones del gobierno, que se encaminan a vadear los problemas y no resolverlos, son manifestaciones de las mismas crisis; son síntomas de las crisis.

Las movilizaciones universitarias son manifestaciones de las crisis, hacen patente la crisis, que se encuentra no solamente latente, sino en el mismo funcionamiento de la estructura del sistema universitario; también en el mismo funcionamiento de un Estado anacrónico. De nada le sirve al gobierno descalificar las movilizaciones; pues una crisis no se resuelve buscando convencer a la opinión publica de la “verdad” gubernamental y de la “mentira” de los movilizados. Las movilizaciones son hechos desbordados, desencadenados; emiten el “lenguaje” corporal y la gramática de las multitudes. El gobierno no resuelve su propia crisis, que no la reconoce, ni ve, ocultándola con publicidades y propaganda, difundiendo interpretaciones insostenibles, cuando se contrastan con lo que ocurre. Solo calma, momentáneamente, su consciencia desdichada.  

En las interpretaciones críticas de la crisis, se las concibe tanto como estallidos de movimientos tectónicos de estructuras anacrónicas, que se edificaron en otro tiempo, así como oportunidades para resolver los problemas inherentes a los anacronismos estructurales y sus obsolescencias. Lo que llama la atención en los comportamientos políticos son dos actitudes notorias; la primara, la que tiende a desconocer la crisis, por lo menos sus alcances, minimizándola como si fuera una contingencia momentánea. La segunda, que no se aprovecha la oportunidad para resolver los problemas inherentes. La crisis ilumina los espesores no visibles del presente, abre los horizontes plegados de las composiciones densas que hacen al presente. Al darse esta abertura, no solo es una oportunidad de comprender, entender y conocer mejor las dinámicas eco-sociales, sino también la oportunidad de transformar los esquemas de comportamientos y conductas sociales, construyendo instituciones adecuadas a las dinámicas eco-sociales, que no dejan de re-sincronizarse planetariamente.

La crisis de la UPEA y del sistema universitario es, entonces, una oportunidad; pero, ¿para quién? El gobierno no ve la crisis múltiple del Estado y de la forma de gubernamentalidad clientelar, por lo tanto, no ve la crisis de la UPEA como parte de la crisis del Estado y de la crisis  gubernamental; en consecuencia, está lejos de acceder a la oportunidad. Otra pregunta, ¿los voceros de la movilización universitaria alcanzan a visualizar las dimensiones de la crisis o solo la reducen a un tema de incremento del presupuesto universitario? Tal parece que es la sociedad misma la que está convocada a abrir los ojos, a mirar en los horizontes plegados en los espesores del presente, abiertos por la crisis. ¿Qué se requiere para que la sociedad lo haga? Que asuma la problemática como suya, entender que las crisis forman parte de sus propias composiciones, estructuras e instituciones edificadas. Que no es una observadora neutral; o es cómplice de la decadencia o es actora en la resolución de los problemas. Por lo tanto, se trata de que asuma su responsabilidad.

Las movilizaciones universitarias, que tienen como epicentro la movilización de la UPEA, son las manifestaciones de las crisis desenvueltas de las mallas institucionales estatales y académicas. Que la crisis del sistema universitario adquiera en el discurso la forma de demanda de mayor presupuesto, no quiere decir que la crisis se restringe a este tema; la demanda es como el iceberg del problema; la problemática es más compleja, tiene que ver con el funcionamiento y el deterioro de las dinámicas académicas. Que la crisis del Estado-nación  adquiera, en los discursos en concurrencia, la interpretación reiterada gubernamental, que niega la crisis y la sustituye por la “lucha antiimperialista” y por la conjetura machacona de la “conspiración de la derecha”, así como adquiera, en el otro discurso opuesto, la interpretación de la “conspiración comunista” y de la “lucha contra la corrupción”, también la “lucha contra la dictadura”, no quiere decir que  la crisis se reduzca a estos supuestos políticos; la problemática de la crisis estructural y orgánica del Estado-nación y del orden mundial tiene que ver con la decadencia del sistema-mundo capitalista y el derrumbe ético moral de la civilización moderna. Estas problemáticas no son o no se realizan como lo expresan los enunciados críticos interpretativos; no son generalidades, las generalidades responden a proyecciones inductivas o a marcos teóricos deductivos. Las inducciones o las deducciones son procedimientos del análisis, útiles para construir interpretaciones; las interpretaciones son recursos del entendimiento y de la razón para representar en narrativas explicativas las capturas cognitivas de la realidad. No se pueden confundir estas interpretaciones, por más valiosas y útiles que sean, con la realidad efectiva, como lastimosamente se acostumbra. La realidad efectiva corresponde a la integralidad de las dinámicas complejas sociales y territoriales; las interpretaciones teóricas, por más elaboradas que sean, están lejos de abarcar las dinámicas de la realidad efectiva.     

En consecuencia, la realidad efectiva, sinónimo de complejidad dinámica, se realiza en el devenir de múltiples y plurales singularidades, en constante mutación y metamorfosis, en permanente asociación, des-asociación y re-asociación. Por lo tanto, las crisis de las que hablamos tienen que ser comprendidas en sus singularidades; no como si fuesen generalidades. La crisis del sistema universitario boliviano es comprensible teniendo en cuenta las descripciones del acontecer específico de sus descomposiciones y des-equilibraciones. Como, ahora, no se trata de exponer detalladamente los recorridos de la crisis, sino, mas bien, de aproximaciones analíticas de las movilizaciones universitarias, en los espesores de la coyuntura, vamos a mencionar solamente algunos rasgos y características de la crisis, desenvuelta en su peculiaridad propia.

Una característica notoria de la crisis es el desborde de la población universitaria sobre una infraestructura detenida en el tiempo, que responde a las proyecciones cortas de cuando fue construida. A pesar de los añadidos colaterales, la infraestructura se mantuvo en una cobertura de servicios que queda corta ante la demanda.  Si tomamos en cuenta la logística académica, ésta también es restringida y se encuentra rebasada por la demanda de servicios y por los problemas que tiene que resolver. Considerando al plantel docente, éste no solamente ha quedado rebasado, sino que aparece como improvisado para atender las necesidades de formación profesional, además de no garantizar la calidad académica. Si bien hay excepciones, que confirman la regla, de puntales docencias, de algunas carreras y escasas facultades, el peso preponderante corrobora las características mencionadas. Hasta aquí, lo que describimos someramente, como ejemplos, parece mostrarnos, mas bien, generalidades compartidas por los sistemas universitarios en la región. Empero, la singularidad boliviana se encuentra en la extensidad del rebasamiento y en la intensidad de las dificultades no resueltas. Ocurre como que la improvisación generalizada adquiriera dimensiones demoledoras, a tal punto que la profesionalización se convierte en un bluf, encubierto apenas con la entrega de titulaciones.

Esta improvisación generalizada forja ambientes propicios a la corrosión institucional y académica, donde el co-gobierno, en vez de lograr lo que postularon las conquistas de la autonomía universitaria, refuerce, ahora, sobre estas condiciones de imposibilidad, la irradiación de redes y grupos de poder, que monopolizan la representación universitaria y la autoridad institucional. Un mundo al revés, en escala localizada. Sin pretender verificar esta hipótesis interpretativa, se pueden mencionar datos que conmueven y muestran, por lo menos uno de los desequilibrios de la administración universitaria; el peso de los gastos corresponde a los gastos corrientes, a los gastos en sueldos y salarios de docentes y administrativo; quedando proporciones reducidas de inversión destinadas a la investigación, a las bibliotecas, al instrumental requerido por los centros de investigación, de datos y de información. Esto es mucho más notorio, cuando se trata de invertir en infraestructura, que cubra la demanda de la población universitaria. Otro aspecto sobresaliente de la crisis es el que tiene que ver con el plantel docente; no solo que resulta escaso y se encuentra rebasado por la demanda, sino que se encuentra afectado por el deterioro irradiante de la improvisación; solo una proporción minoritaria corresponde a la docencia titular, la proporción aplastante de docentes corresponde a los profesores interinos. El deterioro también tiene que ver con la formación docente, que debe garantizar la cualidad, la calidad y la pertinencia de la formación profesional. El perfil docente es débil en lo que respecta a la actualización de la formación, a la investigación y a las publicaciones.  Otro dato citable es el que muestra la condición de las tesis de graduación; solo un escaso número de ellas es aporte y responde a la investigación, además de a la elaboración escrupulosa.

Esta situación se agudiza cuando nos encontramos en un supuesto “proceso de cambio”, que se propone la “revolución industrial”, además de mencionar la revolución cibernética y las nuevas olas de las revoluciones científicas y tecnológicas; fuera de exigir la vinculación del conocimiento con las transformaciones estructurales e institucionales del Estado y la sociedad. Si fuese así, la atención a la formación universitaria debería ser mucho mayor que la que se requiere, sin considerar las condicionalidades del “proceso de cambio”; por lo tanto, muchísimo mayor a la mezquina atención del Estado al sistema universitario. Los argumentos del gobierno caen por su propio peso, peso de la levedad de una retórica política insostenible.

Ahora bien, la singularidad de la crisis múltiple del Estado en Bolivia y de su remate en la crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar, radica en la peculiaridad de un “proceso de cambio” que pretende la “descolonización” y el “socialismo comunitario”. Ambas finalidades planteadas en la Constitución, empero conculcadas por el ejercicio del poder del gobierno clientelar. La descolonización se ha convertido en un enunciado retórico, que ampara la re-colonización por el camino de las simulaciones y las usurpaciones, haciendo efectiva la continuidad colonial con rostro indígena. La finalidad social y comunitaria, como se expresa la Constitución, diferenciando el objetivo de la igualación social y el objetivo de la restauración y renovación comunitaria, se ha convertido no solo en un  enunciado retórico, sino en una afrenta al pueblo combativo y a las comunidades, pues se banaliza los sentidos de socialismo y de comunitarismo, a tal punto que aparecen como estadísticas sociales del PNUD, que cuantifica el incremento proporcional de la “clase media”, y como presencia de rostros cobrizos en el congreso. Todo esto encubriendo las renovadas diferenciaciones sociales y los cambios de élite, ocultando la vulneración de los derechos colectivos de las naciones y pueblos indígenas, consagrados en la Constitución.   

 

Teleología de la valorización

Teleología de la valorización

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Teleología de la valorización

 

pintura-abstracta-imagenes_01

 

 

 

Producir lo abstracto con medios de producción concretos, hacer que la lógica de lo abstracto prepondere y dirija a las lógicas de lo concreto; acumular abstractamente, ocasionando una gran desposesión y despojamiento concretos. Estas parecen ser las características más notables del sistema-mundo moderno. Hay otras características, algunas de ellas dadas a conocer por la crítica de la economía política; es más, por la crítica de la economía política generalizada[1]. Sin embargo, bastan estas características mencionadas para preguntarnos sobre el desajuste entre el imaginario institucionalizado y las dinámicas singulares productoras y producentes. ¿Por qué se da? Esta pregunta cobra más importancia cuando ya conocemos las consecuencias incontrolables de este desajuste entre lo abstracto y lo concreto. ¿Qué hace que las sociedades modernas orienten sus acciones, prácticas, conocimientos, ciencias, saberes, instrumentos, tecnologías, a producir lo abstracto, en vez de enriquecer lo concreto? ¿Hay algo en las sociedades humanas, que, a partir de un momento, se encaminan por este desajuste o disyunción? Más grave aún sería preguntarse ¿si hay algo en el humano que lo lleva por este camino de la separación de lo abstracto y lo concreto, valorizando lo abstracto y desvalorizando lo concreto?

No se trata, de entrada, de descartar lo abstracto o la labor imaginativa que lleva a la abstracción; de ninguna manera, la imaginación es una de las capacidades primordiales del ser humano. El problema es que, a partir de un determinado momento o, si se quiere, de momentos diferidos, se ha disociado la imaginación del conjunto integrado de las capacidades corporales humanas. Dando lugar a que sea la imaginación la encargada de configurar y definir el mundo, vale decir, representarlo; dejando al resto de las facultades o capacidades humanas como sirvientes de las demandas de la imaginación. Por este camino, las sociedades modernas han generado un producto supremo de la imaginación; este es la razón; hablamos de la razón abstracta, no de la razón efectiva ligada a las dinámicas de la fenomenología de la percepción[2]. La razón abstracta o la razón fantasma, como la nombramos, es, por así decirlo, la facultad suprema. Reconocida institucionalmente por la filosofía y la ciencia de la modernidad. Ya Emmanuel Kant criticó esta suposición racionalista, al convertir a la razón en una de las facultades del ánimo o del sujeto; al presentarla articulándose a otras facultades para generar el entendimiento. Sin embargo, la Crítica de la razón pura quedó como libro de formación o, en el mejor de los casos, como referente indispensable en el despliegue de las corrientes kantianas. Para que se nos entienda lo que queremos decir, la crítica filosófica de Kant tiene consecuencias prácticas.

Entre las consecuencias prácticas, hay que tomar en cuenta las composiciones y combinaciones de las facultades del sujeto, que dan lugar al entendimiento y al conocimiento; así como a la aplicación práctica de los mismos.  Sin embargo, efectivamente, las sociedades modernas se encaminaron por los caminos abiertos por la razón abstracta, como si fuera la facultad suprema y conductora. Las consecuencias catastróficas de ir por estos caminos las analizaron Max Horkheimer y Teodoro Adorno; criticando el racionalismo instrumental de la modernidad. Este racionalismo instrumental ha ido muy lejos, atraviesa los tejidos sociales, las instituciones, la vida cotidiana, las ciudades y las todas conformaciones sociales humanas. Es la razón abstracta la responsable de las producciones continuas de lo abstracto; la que ha definido los fines de manera abstracta, como fines abstractos. Es así que se explica que las dinámicas económicas estén orientadas a producir la acumulación abstracta, que se llama capital, o, en el caso del socialismo real, la acumulación abstracta del valor, que, si bien no se lo clasifica como capital, sino como trabajo abstracto, no deja de ser lo mismo. El capital está leído en términos monetarios, en tanto que el valor “socialista” esta leído en términos de valor abstracto, que contiene trabajo abstracto. En otras palabras, los socialistas interpretan lo mismo de manera más filosófica, por así decirlo, en tanto que los economistas burgueses interpretan de una manera práctica y operable. Como dice Robert Kurz, en su iluminador libro El colapso de la modernización[3], el socialismo real se encargó de la valorización abstracta replegándose a los pliegues más profundos del capital, esto es, a los pliegues del valor y del trabajo. Llámese acumulación de capital o acumulación socialista, como fue nombrada esta acumulación en el periodo de la Nueva Política Económica, no importa; lo que importa es que se trata de la acumulación de lo que se considera la sustancia de la producción y la valorización, el trabajo. Socialistas y liberales nuca salieron de la teoría del valor, de sus marcos y de sus contextos paradigmáticos.

Antes dijimos que los humanos no controlan los efectos de masa de sus acciones y sus prácticas; también debemos decir que una vez desencadenados estos efectos masivos, se convierten como en condicionantes del quehacer humano. Se convierten en condiciones de posibilidad históricas instrumentales, para seguir con el concepto y sus consecuencias de la racionalidad instrumental. Son estas condiciones de posibilidad artificiales, es decir, construidas por los humanos, las que se toman como realidad. No podemos dejar escapar la ocasión de señalar la paradójica situación; al ser conformadas por las sociedades humanas, no podrían llamarse, tampoco serían, condiciones, menos de posibilidad; empero, funcionan como tales en los imaginarios institucionalizados modernos. Entonces, se puede concluir que, una vez, desatados los efectos masivos, éstos, como al cristalizarse, se convierten en rutas, en andamios, en conductos, incluso en escaleras de la edificación. Las sociedades institucionalizadas, enfrascadas en estas orientaciones establecidas, las siguen ciegamente, olvidando que pueden desandar el camino y recomenzar de otra manera, con otros recorridos, en mejores condiciones y con mejores perspectivas y proyecciones, mas bien, armónicas que desajustadas y desequilibrantes.

 

 

 

 

¿Qué es el valor?

Hablamos de lo que dice del valor la teoría económica. Resumiendo, es tiempo de trabajo cristalizado; Karl Marx lo define como el tiempo socialmente necesario del trabajo. Si es así, el valor tiene que ver con la producción y con la productividad. La producción hace que se genere valor, la productividad define la longitud del tiempo socialmente necesario. El logro de la productividad implica modificaciones en la longitud del tiempo socialmente necesario, a mayor productividad el tiempo socialmente necesario se acorta. En consecuencia, los productores de mayor productividad definen o determinan la longitud del tiempo socialmente necesario; los productores de menor productividad sufren el efecto de esta determinación; como su longitud de tiempo de trabajo es mayor al tiempo socialmente necesario determinado, la parte sobrante de la longitud es lo que no se valoriza, por así decirlo, lo que pierden. Entonces, requieren más tiempo para producir lo mismo como producto. Se trata de tiempo que no se valoriza; se podría decir, tiempo sin valor. Se habría trabajado en vano, desde la perspectiva de la valorización. Es un tiempo de trabajo consumado en vano.

Es el tiempo socialmente necesario el que se impone sobre el trabajo; este tiempo califica al trabajo; no es cualquier trabajo el que valoriza, sino el tiempo de trabajo socialmente necesario, vale decir el trabajo productivo. Entonces, no se trata pues de trabajo; no es el trabajo, en general, lo que valoriza, sino el trabajo productivo. De lo que se trata, por lo tanto, en la valorización, para valorizar, es ser trabajo productivo, no cualquier trabajo, menos un trabajo no productivo. Como los ritmos de productividad cambian, se aceleran, la productividad es compulsiva, se acelera, la productividad se encuentra en competencia. En esto, tiene también razón Robert Kurz, en el sistema moderno, en la teleología de la valorización, no puede descartarse la competitividad, se conciba este sistema en la forma liberal o en la forma socialista.

Sabemos que el socialismo real es precisamente lo que ha hecho, descartar y desentenderse de la competencia; la consecuencia es que se volvió cada vez menos productivo. Un almatroste fabuloso que no valorizaba. En última instancia, la caída y el derrumbe del socialismo real se debe a esto, a la ausencia de competitividad; en otras palabras, a la incompetencia.

Robert Kurz parte de que ambas formas del sistema-mundo moderno, el liberal y el socialista, se mueven en el marco de la teoría del valor; es decir, en el paradigma de la valorización. En otras palabras, comparten el supuesto instrumental del trabajo creador de valor. La diferencia es de que la forma liberal mide el tiempo de trabajo socialmente necesario monetariamente, en tanto que la forma socialista lo calcula como valor. La forma liberal y la forma socialista del sistema-mundo moderno son formas del modo de producción capitalista a escala mundial.

El valor no solamente es la cristalización del tiempo de trabajo socialmente necesario, sino que se convierte en finalidad; el fin de ambas formas es la valorización del valor, la acumulación de valor. Una de las consecuencias de esta teleología abstracta es que a este fin se supedita la producción de valores de uso; además los medios de producción están también supeditados a cumplir esta finalidad abstracta. El uso de los recursos naturales, convertidos en materias primas, está supeditado a realizar esta finalidad; es más, el proletariado está destinado a cumplir con esta finalidad, lo mismo pasa con el burgués. Que el burgués se apropie de la plusvalía, que el obrero reciba el salario, que el terrateniente reciba la renta, que otros perfiles sociales, involucrados en la economía, conformada en los procesos de producción, distribución y consumo, reciban su parte no modifica esta múltiple supeditación a la finalidad abstracta de la acumulación numeraria. En conclusión, el ser humano se encuentra subsumido y supeditado a la finalidad de la acumulación abstracta, así mismo, los recursos naturales también están supeditados a cumplir con esta realización abstracta de la acumulación de valor. En definitiva, el planeta, la vida está supeditada a la realización de la valorización.

Es esta supeditación de la vida a la valorización abstracta lo que lo que muestra con claridad el sentido de la modernidad. La vida está sometida a la realización de la valorización abstracta; es decir, está sometida a la no-vida. Este es el sin-sentido de la modernidad, concretamente del sistema-mundo moderno, sistema productor de valor abstracto. Por eso, dijimos, en anteriores ensayos, que el desarrollo, llámese desarrollo económico en la ideología de la forma liberal o llámese desarrollo de las fuerzas productivas en la forma socialista, expresa patentemente la compulsión tanática de este sistema-mundo moderno. Esto es, el desajuste inscrito inherentemente en los engranajes del funcionamiento de este modo de producción compartido por las formas de organización mencionadas.

Siguiendo a Kurz, estamos ante la crisis inmanente del sistema-mundo moderno; crisis que se manifiesta como sobreproducción en la forma liberal y como subproducción en la forma socialista, crisis de sobreabundancia in-consumible en la primera forma, crisis de escasez en la segunda forma. Serán perfiles diferentes de la crisis orgánica, genética y estructural del sistema-mundo capitalista, sin embargo, se trata de la misma crisis compartida. Las ideologías de ambas formas propagan la promesa de acuerdo a la versión una de ellas, la de autorreferencia, se presenten como se presenten, siendo una de sus máscaras, en una de las formas, la libertad, siendo otra de sus máscaras, en la otra forma, la de la justicia; sin embargo, la promesa, en ambos casos es incumplible.  La finalidad del sistema-mundo moderno no es la felicidad humana, menos la armonización planetaria, sino la realización abstracta de la valorización aritmética.

 

[1] Ver crítica de la economía política generalizada. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_econom__a_pol__tica_.

[2] Ver Devenir fenomenología y devenir complejidad.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/devenir_fenomenolog__a_y_devenir_co.

[3] Leer de Robert Kurz El colapso de la modernización. Editorial Marat, Buenos Aires 2016.

La elección anulada

La elección anulada

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La elección anulada

 

Diablada 2

 

 

 

Las elecciones judiciales quedaron efectivamente anuladas; cuando fueron los votos válidos ampliamente sobrepasados por los votos nulos y los votos blancos. El 66,2% corresponde a votos nulos y validos; el 33,8% corresponde a votos válidos. De la proporción de participación de votos nulos y blancos, el 53% corresponde a votos nulos; más de la mitad. Por lo tanto, se trata de mayoría absoluta. Lo que implica taxativamente la anulación de las elecciones judicial; ni más ni menos. Sin embargo, como en las anteriores elecciones, el ejecutivo, el órgano legislativo, el órgano electoral, los tribunales, el que debe garantizar el cumplimiento de la Constitución, y el electoral, se desentienden de los efectos jurídico-políticos de los resultados de la elección. Este desconocimiento ya es un atentado contra la democracia, contra la Constitución y contra la voluntad popular. Es colocarse por encima del pueblo, de la Constitución y de la Ley; es más, es ubicarse fuera del sentido lógico, también del sentido común y de la responsabilidad institucional que compete.

Otra de las veleidades del Tribunal Electoral es haber aceptado una “ley” que descarta, en el conteo de la votación, con implicaciones aritméticas y legales, a los votos nulos y blancos, haciéndoles valer solo como referencia numérica, no como parte de la totalidad votante, cuyos efectos son necesariamente vinculantes. Opta por un subtotal minoritario, el de los “votos válidos” – quién sabe qué entienden por “votos válidos”, como si el voto ciudadano, que vota nulo o blanco, no fuera válido democráticamente -; calcula proporciones o porcentajes, en relación con este subtotal y no respecto, como corresponde aritméticamente, al total de votantes, conculcando artificialmente las reglas de la aritmética y la estructura metodológica de la estadística. Con el objeto de servir de manera desvergonzada a un procedimiento manipulador de conculcación del ejercicio democrático. Uno de los cuadros que hemos venido difundiendo, en la medida que la Corte Electoral sacaba sus resultados del conteo, muestra claramente la diferencia entre el “porcentaje” de la Corte, insostenible, aritméticamente, así como democráticamente, salvo si nos movemos en los números políticos, que no corresponden a la matemática, sino al capricho del deseo de poder, muestra claramente la diferencia entre el “porcentaje” otorgado por la Corte Electoral a los candidatos a magistrados y los porcentajes objetivos, aritméticos y democráticos, que corresponden, moviéndonos en las probabilidades respecto a la totalidad – que eso son los porcentajes, probabilidades multiplicadas por cien -.

 

Cuadro: Resultados preliminares

CORTE ELECTORAL          
Resultados Preliminares          
    Votos Votos % %
Nombre Votos  validos emitidos  de la Corte real de aprobación
 

Juan José García Cruz
119808 1676786 4915967 7,14 2,44
Ángela Sanchez Panozo 123576 1676786 4915967 7,37 2,51
Greogorio Aro Rasguido 371913 1676786 4915967 22,18 7,56
María Teresa Garron Yucra 151581 1676786 4915967 9,04 3,08
Grover Torrez Aranibar 50599 1676786 4915967 3,017 1,03
Roberto Willy Villarroel 69599 1676786 4915967 4,15 1,41
Soraya Alicia Céspedes Moreira 98694 1676786 4915967 5,88 2,01
Hugo Alberto Miranda 95083 1676786 4915967 5,67 1,93
Cecilia Vega Oporto 43768 1676786 4915967 2,61 0,89
Rufo Nivardo Vázques 163300 1676786 4915967 9,74 3,32
Patricia Guadalupe Flores Marin 86025 1676786 4915967 5,13 1,75
Elva Terceros Cuellar 156090 1676786 4915967 9,31 3,17
Jenny Ibañez Sierra 49680 1676786 4915967 2,96 1,01
Soledad Mirta Quiroz Gonzales 98177 1676786 4915967 5,85 2,00

En el discurso, que aguanta todo, pues no se mueve por la lógica aritmética, sino, en gran parte, por la demagogia, una cosa es presentar al candidato más votado, de este subtotal minoritario, con el 22,2%, que corresponden a la votación obtenida en relación con el subtotal de votos válidos; y otra cosa es presentar al mismo candidato, como corresponde, manteniendo lo que es el cálculo de probabilidades, con el 7,6%. El 14,6% de diferencia se debe a la diferencia entre el subtotal de 33,8% y el total del 100%, relativos a los votos emitidos, es decir, al universo de la cuantificación. Lo que se hace, fuera de una violación constitucional, una vulneración de los derechos de los y las ciudadanas, de la violencia institucional contra el ejercicio democrático, es también un estupro grotesco a las reglas de la aritmética, sobre todo, en este caso, a la lógica probabilística. Sin embargo, el Tribunal Electoral se comporta como si nada pasara, como si cumpliera su papel, amparado por una ley inconstitucional, que habilita efectuar estas vulneraciones y violencias brutales.

No hay donde perderse, cuando los votos nulos superan a los denominados, manipuladamente, “votos válidos”; es más, cuando la suma de votos nulos y votos blancos, más del 66%, las susodichas elecciones judiciales recientes, que se montaron contra viento y marea, contra la Constitución, contra los resultados de la anterior elección de magistrados, cuando también ganó el nulo, quedan taxativamente efectivamente, prácticamente anuladas. No hay ninguna legitimidad, tampoco legalidad, en la elección de magistrados, cuyo candidato más votado apenas llega al 7,6% del porcentaje real, es decir, el probabilístico multiplicado por cien. Pretender ungir a estos candidatos como “magistrados” en unas elecciones perdidas notoriamente y de manera incontestable es ejercer la violencia descomunal contra la voluntad popular, la Constitución y el ejercicio de la democracia.

 

 

La trama del nudo de la dependencia

La trama del nudo de la dependencia

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La trama del nudo de la dependencia

 

pintura-centroamerica90ca

 

 

 

En la conformación del sistema-mundo capitalista los amarres de la dependencia comenzaron, por así decirlo, temprano; prácticamente en el nacimiento mismo del sistema-mundo; vale decir con la conquista reiterada y la colonización permanente. La división del trabajo internacional y la composición del mercado mundial se imponen. La esclavización a escala de las magnitudes asombrosas del modo de producción capitalista, las oleadas de conquistas, las expansiones demoledoras de la colonización, como corrientes de fundaciones europeas sobre lo ya fundado hace tiempo, los sometimientos de las poblaciones nativas, si no era su genocidio, la conversión de los conquistados en el proletariado inicial, dado en forma barroca, son los hilos de los entramados del sistema-mundo, que se conformaba anexando tierras conquistadas y bañándose con las sangres derramadas. El continente de Abya Yala se convirtió en el donador, por excelencia, de recursos naturales, además de donar contingentes de masas de fuerza de trabajo super-explotable.   

Lo que se nombra como economía, denominación mejorada con la definición de campo económico, es una abstracción, que se sostiene en tejidos de la trama y urdimbre compuestos por los hilos trágicos y dramáticos de estas relaciones violentas entre humanos, de estas prácticas también violentas de parte de los humanos con los espesores territoriales. De la misma manera, se puede señalar los hilados de relaciones entre humanos y sus máquinas; también, en términos de corrientes, con los océanos y los continentes. Las relaciones de las miradas humanas con el firmamento o los océanos de constelaciones, sobre todo, en la que se encuentran, la Vía Láctea. Del mismo modo, conforman hilados en la complejidad de tejidos materiales, energéticos y corporales. No se puede obviar las relaciones de los humanos con sus saberes, sus ciencias, sus artes y estéticas. Todos estos hilados, en distintos planos y espesores de intensidad, conformando composiciones singulares, hacen a la realidad efectiva. La abstracción de economía o campo económico no es más que una interpretación, un enfoque teórico, que recorta en la integral complejidad dinámica de la realidad efectiva configuraciones reducidas, para hacerlas operables en el análisis.

Lo que se denomina dependencia, que corresponde a los hilados de relaciones de dominación, relaciones basadas en prácticas de violencias iniciales, mutadas después a prácticas de hábitos y costumbres, que han dejado su inscripción violenta, aparentando naturalidad, es ese entramado material, energético, corporal y territorial; composición de notas violentas y ejecutada por instrumentos de guerra. Después, por toda la instumentalidad del mercado, que cubrió los mares y los continentes con sus mallas de redes comunicantes y traficantes. Emergiendo de estos substratos de la violencia y del comercio se edificaron estados modernos, con sus respectivos gobiernos y administraciones imitativas.   Es decir, las violencias iniciales se convirtieron en hábitos, sembraron mercados, se expandieron las minas, también en las plantaciones domesticadas y copiosas; aparecieron industrias, como para llenar los vacíos de las importaciones. La dependencia se teje en la composición de estas formas singulares de relaciones; no se trata solo de la transferencia de recursos naturales, en la condición de materias primas, sino del nudo de la dependencia.

El nudo de la dependencia, que es un amarre de hilados, se forja amarrando la composición hilvanada, que asiste a los entramados del sistema-mundo capitalista. Es el nudo que define la trama y la urdimbre conformando lazos de dependencia respecto a la economía-mundo capitalista. La economía-mundo responde a una fabulosa heurística maquínica diseñada para la acumulación ampliada de capital, suponiendo la reiterada y recurrente acumulación originaria de capital. Todas las piezas, los dispositivos, la instrumentalidad, los circuitos, la logística, las comunicaciones, las producciones, están articuladas, de tal manera, que generan acumulación de capital a escala mundial. La dependencia, en primer lugar, se da respecto al sistema-mundo capitalista; esta dependencia la comparten todos los Estado-nación, tanto los llamados “desarrollados”, así como los denominados “subdesarrollados”, de la misma manera como también, ahora, en la historia reciente, los señalados como “potencias emergentes”.

En segundo lugar, la dependencia es diferencial; se dan, por así decirlo, de una manera conocida, dependencias dominantes, en contraste con las dependencias dominadas. Las dependencias dominantes se aprovechan de los términos de referencia desiguales, que benefician grandemente a las economías nacionales dominantes, en tanto empobrecen o vacían a las economías nacionales dominadas. Las dependencias de los Estado-nación subalternos reproducen la condición impuesta por la geopolítica del sistema-mundo capitalista, condición que diferencia centros de periferias.

En tercer lugar, se trata de la dependencia inscrita en los engranajes mismos de la economía nacional; funciona como si fuese una fatalidad, una condena, de la que no se puede salir. Funciona también como una ecuación material: la economía extractivista genera y reproduce la condición dominada de la dependencia. Reproduce, además, la condición de subordinación política; el Estado-nación tiene como tarea primordial garantizar la transferencia de recursos naturales de las periferias a los centros de acumulación de capital. Aparece como si fuera un programa inscrito en la estructura de la economía-mundo. La estructura estructurante de la economía-mundo funciona generando la diferencia geopolítica, centros y periferias, aunque ahora aparecen las potencias emergentes como tercera característica de la geopolítica. La acumulación de capital no puede darse sino por expropiación; expropiación de plusvalía a la fuerza de trabajo; expropiación de recursos naturales, en las condiciones desiguales de los términos de referencia del intercambio; expropiación a los ecosistemas, sin reposición de la destrucción dejada como huella ecológica.

El nudo de la dependencia amarra a todos los Estado-nación, “desarrollados”, “subdesarrollados” o “potencias emergentes”, también a los dispositivos globales del sistema-mundo, en la espiral de la dependencia in crescendo. Lo hace funcionar de acuerdo a las tramas anudadas. Lo que no hay que olvidar es que estas tramas fácticas, que pueden considerarse como pre-narrativas, están compuestas por entramados corporales y territoriales. Lo que manifiesta patentemente el pathos y el ethos de experiencias sociales sedimentadas en las memorias sociales. Desde esta perspectiva, la de la experiencia y la memoria sociales, el nudo de la dependencia no es ni fatalidad ni condena, sino una composición deshilachable, des-anudable; dependiendo de la capacidad popular de descifrar y desanudar el nudo gordiano. No con la espada, como Alejandro Magno, sino con la astucia de la inteligencia humana.  Esto implica o exige la intervención de la potencia social, como inventiva y capacidad creativa de la vida.

Lo que llama la atención, al respecto, es la solución repetida y recurrente, al estilo de Alejandro Magno, cortando el nudo con la espada, de manera violenta. Lo que faltó contar, en términos de interpretación narrativa, para mantener el equilibrio estructural del mito y de la leyenda, es que, una vez cortado el nudo gordiano con la espada, el nudo se reproduce, a pesar del corte. Alejandro Magno se aplazó, como todos los líderes, de un lado y del otro, o de todos los perfiles que se dieron en la historia; como todas las vanguardias y retaguardias que se dieron en la historia. Desanudar el nudo gordiano equivale a descifrar la composición del tejido complejo del sistema-mundo, desanudarlo, hilo por hilo, y tejer con los hilos otros entramados de otras composiciones posibles.

Desanudar el nudo de la dependencia equivale a desanudar el entramado del sistema-mundo capitalista; volver a tejer con los hilos deshilachados otras composiciones, mas bien, armónicas y alegres, que las sufrientes tejidas por las sociedades institucionalizadas; las que optaron por el circulo vicioso del poder.  La fatalidad, la condena, el destino, incluso, la ley dialéctica, que supone, la providencia, no son más que formas narrativas del imaginario de la voluntad de nada, del nihilismo inherente y estructural en la historia. Formas de legitimación del círculo vicioso del poder. No hay, efectivamente, tal cosa, pues la realidad, como sinónimo de complejidad dinámica, no se circunscribe a la fatalidad, sino es el devenir constante de la creación de la vida.

La cuestión, al respecto, es ¿por qué, las sociedades institucionalizadas optan por el imaginario de la fatalidad como voluntad de sus prácticas y habitus, en vez de recurrir a la potencia social? ¿Por qué ese apego nihilista por la nada y el vacío, por la muerte? ¿Por qué prefieren ser dependientes de un supuesto destino asignado? ¿Por qué ese deseo de sacrificio en aras de la nada? Cuando la voluntad de nada es hegemónica, por así decirlo, cuando prepondera en el factum del desenvolvimiento humano, llamada historia, es que se ha renunciado a la creación, a la capacidad estética de la humanidad.

En conclusión, el nudo de la dependencia no se circunscribe solamente a lo que la Teoría de la dependencia describió y analizó lucidamente, ateniéndose a la economía-mundo, proyectando consecuencias en el complejo sistema-mundo, sino que, en sentido completo e integral, se refiere a la dependencia de las sociedades institucionalizadas respecto a la supuesta realidad institucional, que no es más que la narrativa de la fatalidad, de la muerte y de la voluntad de nada.

El límite de la Teoría de la dependencia es que supuso la dependencia respecto a un sistema-mundo capitalista, que producía, a la vez, “desarrollo” y “subdesarrollo”, sin lograr vislumbrar que se trataba, en la complejidad mayor, de lo que había intuido y en parte descifrado, de la dependencia respecto a un imaginario institucionalizado, la ideología de la civilización moderna, de la que comparten tanto liberales y socialistas, neoliberales y progresistas.

   

   

El nudo de la dependencia

El nudo de la dependencia

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

El nudo de la dependencia

 

Ejercito Rojo B

 

 

 

La dependencia es la condición subordinada, que se refiere o se remite a la condición incumplida de no haber logrado la autonomía, la independencia y la soberanía. Se ha trabajado, por así decirlo, la condición de la dependencia económica; la más lucida exposición al respecto es la Teoría de la Dependencia. Sin embargo, no se puede circunscribir el fenómeno de la dependencia solamente al campo económico, incluso tomando en cuenta sus connotaciones en el campo social, también en los campos político y cultural. La dependencia es una condición abarcadora y comprometedora; absorbe distintos planos de intensidad, que se conectan al definir la complejidad de la realidad efectiva; incluso en sus recortes sociales, económicos, políticos y culturales; sin tocar todavía la complejidad dinámica e integral ecológica, donde los campos mencionados se encuentran articulados. La dependencia compromete, por decirlo en lenguaje ontológico, al ser mismo. Se puede decir, entonces, de manera directa y resumida, que el ser no es, en su condición de dependencia.

Este no-ser de la condición histórica-política-económica-social de la dependencia, define de manera categórica e ineludible los alcances y los límites de una composición social, atrapada en el campo gravitatorio de la dependencia. Siguiendo a la Teoría de la dependencia, éste fenómeno de subordinación no se explica sino en la estructura de poder y en la geopolítica del sistema-mundo capitalista. No se trata, entonces, solo de la convocatoria a la decisión autonomista, independentista y soberana; sino de dejar de ser dependiente, en la integralidad de los distintos planos de intensidad, que componen la complejidad social y política. La consecuencia de la Teoría de la dependencia es que no se sale del campo gravitatorio definido por la geopolítica del sistema-mundo capitalista solo por desplazarse hacia otra forma de Estado; por ejemplo el Estado socialista; mucho menos por desplazarse a una forma de Estado de menor transgresión anti-sistémica, el Estado-nación correspondiente a la forma de gubernamentalidad populista. No basta efectuar nacionalizaciones, materialidades políticas constitutivas del Estado-nación, sino que se requiere romper con el mismo campo gravitatorio que genera la dependencia, es decir, con la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

Los denominados estados del socialismo real no rompieron con el sistema-mundo capitalista; continuaron en la geografía estructurada por la geopolítica de la dominación mundial del capital. De manera menos intensa y ambiciosa, con menor proyección, los Estados-nación del nacionalismo revolucionario tampoco atinaron a romper con las condicionantes impuestas por el orden mundial, a pesar de la incidencia en la economía mundo de las nacionalizaciones efectuadas. En el siglo XXI, los llamados “gobiernos progresistas”, están más lejos de la ruptura con el orden impuesto por el imperio mundial, que lo que estuvieron los gobiernos del nacionalismo-popular de mediados del siglo XX.

Se podría sugerir, comparativamente, solo de manera ilustrativa, de ninguna manera, explicativa,  un cuadro de  ubicación de donde se encontrarían las diferentes formas de Estado que se rebelaron al sistema-mundo. De la variable menor dependencia a la de mayor dependencia, podríamos situar, en primer lugar a los Estados del socialismo real; después vendrían, con una distancia determinante, los Estado-nación del nacionalismo revolucionario, en todas sus versiones; continuando, sin obviar la distancia que los separa de sus antecesores, con los denominados “gobiernos progresistas”. En esta secuencia, los “gobiernos progresistas” serían los más dependientes y subordinados de esta triada.  Su única ventaja, serían los gobiernos neoliberales, formas concretas de Estado, que se habrían entregado casi completamente a la condición subordinada de la dependencia.

No interesa, en este análisis, la jerarquía y, por lo tanto, ponderar a los menos dependientes, sino de señalar la gravitación determinante de la dependencia, en toda esta lista de formas de Estado. No fue suficiente la transformación del Estado, en el caso de las revoluciones socialistas, para salir de la condición dependiente respecto a la composición estructural del sistema-mundo; pues al no ser capaces de romper, salir, fugarse el campo gravitatorio de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, solamente lograron, por así decirlo, órbitas privilegiadas en el sistema orbital de sistema-mundo. Este hecho no puede ocultarse por el despliegue de la más esforzada difusión ideológica. No se trata de demostrar la verdad de la ideología socialista, sino de efectivamente construir, por lo menos, un mundo alternativo.  El fracaso del proyecto socialista conocido, partidario, consiste en esto, en no haber podido construir otro mundo alternativo. Solo se mantuvieron en el mismo sistema-mundo que combatieron, bordeando sus perímetros, sin cruzar sus límites y umbrales.   

No entraremos, en este ensayo, a la dramática historia de los estados socialistas, sus terribles contradicciones, sus crímenes, a pesar de los alcances de justicia social; pues no es este el referente del análisis. En todo caso, nos remitimos a anteriores ensayos y otros análisis e investigaciones. Lo que importa, en el contexto del ensayo, es señalar la condición de dependencia de la que no salieron los estados del socialismo real. Alguien puede cuestionar lo que decimos, refiriéndose a la República Popular de China; la primera economía del sistema-mundo-capitalista. Sin embargo, al señalar la evidencia del “desarrollo” abrumador de la República Popular China, del “socialismo de mercado”, no hacen otra cosa, que patentizar  que este logro de revolución tecnológica y  científica, sea la demostración de que solo se puede lograr “desarrollo”, crecimiento económico, convertirse en la primera potencia emergente económica, en la medida que se respeta la composición estructural del sistema-mundo capitalista. Para decirlo, en tono coloquial, el salto de la “China comunista” a primera potencia económica solo fue posible en las condiciones de posibilidad impuestas por la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

Los líderes del Partido Comunista Chino, el comité central, no parecen darse cuenta que su triunfo económico, incluso, tal vez, militar,  que supone las revoluciones industriales, tecnológica, científicas y cibernéticas, es una victoria a costa del proyecto comunista. La gran revolución socialista china, que fue como la continuidad expansiva y profunda de la revolución bolchevique, que se convirtió, en el mundo pedestre de la postguerra, en la posición radical de los no alineados; revolución que transformó al mundo más que la revolución rusa;  terminó en la deriva de el “socialismo de mercado” y la derrota de la revolución cultural de los guardias rojos, en una asombrosa revolución científica y tecnológica, restringida a la razón instrumental, dejando avergonzados a los países de la colonización interminable. China ha ganado la competencia capitalista, pero ha perdido, inutilizando el proyecto comunista y la utopía universal, por la que todos y todas las combatientes dieron su vida; desecho su condición revolucionaria. Ya no lo es; de esta pérdida irremediable, de esta muerte del espíritu comunista, no la puede salvar el impresionante e inmenso Partido Comunista de la China.

Si algo queda con los miembros de los partidos comunistas, los que podemos nombrar como tales, por haber sido máquinas de guerra, militares y políticas, que enfrentaron a las máquinas de guerra hegemónicas del capitalismo y las vencieron,  es la comunicación respecto al sentido de lo que se hace. Por más que se haya burocratizado el Partido Comunista Chino, por más que el realismo político y el pragmatismo lo haya llevado a una estrategia política, económica y militar, que  aparece como eficaz, frente a la desorientación estructural de la OTAN, a la compleja estructura máquina del vigente capitalismo, no hace otra cosa que revivir el sistema-mundo capitalista contra el que combatió.            

La pregunta al Partido Comunista Chino es: ¿Cuánto de comunista le queda? No se trata de juzgarlo, tampoco de interpelarlo;   el desafío ha sido inmenso, se han desplegado todas las herramientas que se creían pertinentes. A diferencia del Partido Comunista de la Unión Soviética,  el Partido Comunista Chino gobierna no solamente sobre la geografía china, sino sobre la geografía del mundo; sin embargo, esta forma de gobernar no es de los condenados de la tierra, no es de los campesinos y proletarios, que conformaron el ejército rojo, que ingresó triunfante a Pekín en 1949.

La responsabilidad del comunista – que entiende de manera inmediata el militante comunista, de lo que está lejos de vislumbrar el detractor del comunismo, que nunca se ha dedicado a entenderlo, incluso para criticarlo – es para con los y la explotadas de la tierra. El asombroso salto de la China Popular como primera potencia económica, es portentoso para los economistas; hasta puede ser para los condenados de la tierra, pero no es un logro del comunismo; la sociedad sin clases.

Dicho de manera traviesa, que no pierde la forma transgresora y provocadora, podría enunciarse de la manera siguiente: ¿comunistas chinos qué están haciendo?  ¿La guerra al capitalismo o la demostración de ser los primeros en la competencia capitalista? Si todavía son comunistas, tendrían, en el sueño inocente del militante, responder honestamente a las preguntas. Si el término comunista se ha convertido, reductivamente, en un logo, que sirve para vender la producción industrial china, entonces han ganado a la competencia, frente a las conformaciones sin ingenio de las burguesías europeas y norteamericanas. Ese no es un tema que preocupa a los condenados de la tierra. Lo que preocupa es si lo que hicieron en la larga marcha se convierte, ahora, en liberación y realización de las demandas humanas postergadas. Haciendo más simple y más maravillosamente infantil el discurso, la pregunta es: ¿camaradas chinos siguen siendo comunistas?