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La sonrisa de una bala marcada

La sonrisa de una bala marcada

 

Francis P. Prada

 

En memoria de mi abuelito Raúl y mi bisabuelito Gilberto “Yeye”

 

 

La sonrisa de una bala marcada

 

Oso Yeye

 

 

 

 

 

 

“Mi nieta trabajará en la Nasa” solía decir Gilberto Molina Valle o “El Yeye”, como sus cercanos solían decirle, a lo que el señor Prada con aquellos ojos que se habían robado más de un corazón sonreía. Ambos sentados en una de esas mesas ubicadas en la calle Jaen, tomaban su té de la tarde; el Señor Prada prefería un café de aquellos fuertes que golpeaban el rostro para ser despertado; Yeye en cambio se quedaba con la tradición de tomar un buen té con azúcar, llevaba su propia taza exigiendo que cualquier cosa que toquen sus labios sea servida ahí.

Como era rutinario ambos se pondrían a hablar del pasado; hay algo en el caminar del pasado que nos atrapa, nos abraza tan fuertemente que estamos toda la vida contando las mismas anécdotas, aquellas que no acaban y siguen susurrándose incluso cuando hace mucho tiempo su contador se calló. El señor Gilberto agarraba el periódico que Don Raúl dejaba sobre la mesa, Don Raúl antes de bajar los ojos ya sabía que su periódico había desaparecido, Don Raúl ya estaba acostumbrado a esto, incluso le pasaría su punta bola sabiendo que el empezaría a hacer sus diarias anotaciones; pensamientos y críticas eran marcadas en los periódicos. Durante su larga vida de 102 años la mayor parte la pasó en Cochabamba; en aquella casa ubicada en la calle Mariano Ricardo Terrazas, con el techo que calentaba el interior, haciendo que sus integrantes deban sacarse más de una prenda de ropa. El pasillo que seguía la puerta principal formaba un lindo camino de mármol, a la derecha encontrabas la sala de estar. La alfombra roja que la cubría había sido pisada por tantas personas que eran más personajes que normales; entre ellas se encontraba su hija Martha Molina Reque, producto del amor entre Yeye y su bella esposa Blanca o “abuelita Blanquita”, como sus nietos próximamente la llamaron. Martha era su única hija, explicación de su actitud siempre tan mimosa, querer ser el centro de atención venía con su naturaleza, pero creció para convertirse en una amable y amorosa mujer.

Si dabas unos pasos más en aquel camino de mármol, encontrabas la cocina con una mesa de madera, que a cualquier hora tenía comida encima de ella, existía un aroma dulce en aquel lugar, además de la deliciosa comida, uno era capaz de oler el amor que se había compartido en aquella cocina. Eran las historias y esas pequeñas discusiones que hacían a aquella mesa especial. Salías de la cocina y encontrabas las gradas más extrañas que tus ojos podían ver; la mayor parte de las visitas solía decir con afirmación que aquellas escaleras eran su parte favorita de la casa, que si se me es permitido será nombrada “la casa peculiar”, que no solo de mármol era hecho el piso, sino de una alfombra roja que  venía acompañada de aquellas extrañas escaleras, eran altas y de forma curveada las barandas eran de un color verde oscuro. Si mirabas a lo alto encontrabas en la punta de aquellas escaleras peculiares el rostro de un dinosaurio; el objetivo era entendido esa escalera debía simular el cuerpo de un dinosaurio. Imagínese que habrá sido para los infantes escalar aquella peculiaridad, con sus pechos hacia afuera afirmaban “He trepado un dinosaurio”.

“La casa peculiar” no solo tenía la extrañez en los objetos, tenía el viento de memoria, cada polvo y partícula flotante contaba un secreto que solo los que vivieron en la casa podrán comprender. Y en el tope de la escalera dinosaurio encontrabas a la izquierda el escritorio de Yeye; aquella vieja mesa fue su mejor amiga y los periódicos sus compañeros.

Como solía pasar, a la hora del té, Yeye sacaría sus antiguos periódicos, colocándolos sobre la mesa, Don Raúl echaba un vistazo, preguntándose el porqué de la vejez de sus periódicos, Yeye solo decía

– Eran mejor redactados antes.

Mientras Yeye escribía y releía sus “periódicos espaciales”, como serán nombrados, debido a su leve obsesión con planetas y cometas. Don Raúl cruzaba los brazos mirando su reloj, eran las 3:30, puntualmente prendía su vieja radio negra, para llenarse con las melodías clásicas que le habían acompañado toda la vida.

Don Raúl había sido el último de ocho hijos de Ernestina Méndez Rivas y Francisco Javier Gonzales de Prada; era Cochala, naciendo en su amada Cochabamba el 15 de octubre de 1931. Su infancia fue disfrutada en las orillas del rio Rocha, que en esa época su color era azulado, elegido para ser el lugar donde Don Raúl se bañaba y limpiaba sus ropas, además de jugar con sus hermanos. La nostalgia abofeteaba duramente su rostro cuando pensaba en su niñez; uno quiere amar y odiar al tiempo, que tanto quita pero que también tanto da.

Don Raúl pasaba sus vacaciones en una hermosa finca en las afueras de la ciudad, “Caluyo”. Unos largos pastizales con el sol quemando los hombros, era como recordaba el lugar. Cerca de su casa había una pequeña capilla, que con aspecto avejentado uno podía darse cuenta de cuánto tiempo estaba ahí; hasta el día de hoy aquella capilla sigue en pie; en cambio, la casa que Don Raúl pisó solo él, la recordará, cuyos restos de ella no quedan. Desecharon el lugar para convertir los terrenos en un hotel. Don Raúl se despido de su Cochabamba a los 14 años de edad, pero siempre la recordó con demasiado detalle; solía decir.

-Como buen cochala siempre disfruté de la papa.

Con aquellos pensamientos apagaba la radio para volver a observar a Yeye, que susurraba entre líneas al escribir, solía hablar sobre el cometa HaleBopp y el que había sido su anhelo de algún día observarlo; hablaba del peligro que la humanidad sufría porque allá en los 90’ s había leído que “Estudio pronostica choque de asteroide con la Tierra”; creía en sus periódicos y los secretos que le contaban, tanto que en Cochabamba había una noche ocultado todas las vajillas y platos de la vitrina, convencido de que habría un temblor; así se lo habían contado sus compañeros periódicos. Le tenía un amor muy grande a la vida porque había mirado a los ojos de la muerte. Nacido en Oruro 22 de mayo de 1912, hijo de Manuel María Molina y Juana Valle Porcel, fue educado en el que en esa época fue el mejor colegio de Bolivia: El Instituto Americano.

Yeye fue difícil de criar, un infante extrovertido que no esperaba para salir corriendo a aquel aire libre, que era la única distracción en esa época. En una oportunidad, mientras jugaba a ser un avión, extendió sus pequeños brazos y como uno de estos artefactos empezó a correr, sin prestar atención a una roca debajo suyo. El avión que Yeye condujo empezó a caer; fue ahí cuando sintió un agudo dolor en la nariz, temiendo lo que su madre, Doña Juana, le vaya a decir, bajó el rostro cuando volvió a casa; pero el ojo de buena madre que tenía Doña Juana no le permitió salirse con la suya. Había gritado al verle el rostro, no era la sangre chorreando del mentón, era la nariz que se encontraba totalmente chueca, pero con Yeye no venía a ser sorpresa que lo que haya traído ahora chueco sea su nariz. Doña Juana con el miedo de una madre al saber de su hijo herido preparó medicinas, pues en aquella época no se tenían farmacias. Doña Juana paró el dolor de su hijo, pero lo que no pudo fue poner recta su nariz; Yeye cargó una nariz chueca consigo toda su vida, pero imagínense el Don Juan que era, si, incluso con nariz chueca conquistaba.

Su adolescencia fue interrumpida, por esas situaciones que nos hacen reevaluar y cambiar la existencia. A los 19 años junto con su hermano Carlos fue mandado a la guerra del Chaco. Que peores traumas puede darnos la vida que aquellos causados por el ser humano. Las memorias de guerra fueron las memorias que más recordó en su vida; se clavaron como un virus en su cerebro, el dolor de haberse dirigido al campo de batalla con su hermano, el dolor de haber vuelto solo. No solo fueron las cicatrices emocionales las que quedaron sino las físicas, la guerra le dejó su marca: una línea blanca que caminaba por su hombro izquierdo, la bala que se dirigía al pecho cambió de inclinación a último momento, dejando marcada la leve interacción que tuvo con la piel de Yeye.

Volvió de la guerra y la vida no le dio tiempo de respiros, le pidió que supere sus demonios y ponga sus manos a trabajar. Yeye se convirtió en contador, pero no fue cualquier trabajador, como todo en su vida, se convirtió en el mejor, dejando su marca en la “Railway Company”, el ferrocarril cochabambino que ahora los contemporáneos solo conocen en fotografías. Su sueño no era ese, el soñaba, con ser ingeniero electrónico, pero a aquellos que tienen sueños cumplidos la vida les dio un beso más. Aun así, Yeyé intento aprender, no fue a una gran universidad ni tuvo sabios maestros, fue autodidacta y el en la soledad de su escritorio se convenció a mismo de reconstruir una radio, radio que sigue intocable, entre polvo y vejez, en una esquina oculta en “la casa peculiar” de Cochabamba.

Llegaba el momento del día en el cual una fotografía era sacada, Don Raúl revisaba sus bolsillos, debajo de sus envolturas de dulces, sacaba a su “Bebita”, el nombre de cariño de su esposa. Aquella foto ya con los bordes amarillentos mostraba a la Señora Beba jovenzuela, con el pelo que parecía sedoso; los dedos de Don Raúl se movían de un lado a otro recordando con su tacto su piel, sus ojos, sus largos labios sonrientes. Había sido y seguía siendo una mujer fuerte; lo atrapó desde el primer momento y nunca se dejó soltar. Yeye, que levantaba la mirada de sus periódicos espaciales, a  su vez sacaba su fotografía, recordando que era el momento del día para recordar; la suya se encontraba en su monedero, el cuero estaba arrugado y olía a aquella chamarra negra de odre holgado en las mangas. Yeye sostenía su fotografía, más pequeña, desde la esquina inferior izquierda, con el pulgar e índice; era su “Blanca”, su “Blanquita”, “la señora Blanca”. Su corazón aun latía cuando miraba a los ojos de la fotografía; nada cambió, siempre la amó, siempre la ama y siempre la seguirá amando. Don Raúl bajando la fotografía con una sonrisa sospechosa se preparaba para decir su frase diaria, con la que disfrutaba molestar a Yeye.

– Siempre será la mía, la mujer más bella.

Yeye, sin mirarlo a los ojos, fruncía el ceño y lentamente lo miraba a los ojos, haciendo a su vez una sonrisa sospechosa, una que relataba la pelea, la misma que diariamente comenzaba. Los dos contrincantes románticos empedernidos las amaban tanto que era difícil entender que algo más bello existía.

Don Raúl había conocido a María de los Remedios Alcoreza Melgarejo o, más fácilmente, “señora Bebita” en una fiesta de 15 años; el con 18 años, no imaginaba ser el que caiga. Era la fiesta de la señora Gladys Ballivián; se adentró con ese caminar lento y sereno, con una ceja levantada, un peinado con los cabellos acomodados perfectamente y esa sonrisa, su arma mortal hasta en los últimos días. No había cambiado ni una curva, no sorprendía que sea confundido por una estrella de cine, fácilmente lo imaginabas en la pantalla. Sus zapatos negros con el “tap,tap” acompañaban la música, se vieron inquietados en su melodía cuando captaron unas zapatillas, algo lo atrajo, sus pies moviéndose sin permiso pronto se encontraba frente a Bebita, su señora Bebita, solía decir al recordar la historia.

-Ingresé a una fiesta navideña con villancicos de pantalón corto, me atraparon y salí casado.

 Yeye tuvo su amor de colegio, que se convirtió en su amor de vida; Blanquita, como Yeye, estudió en el Instituto Americano. Era toda una dama, una dama muy fuerte, pero que también mostraba su delicadeza en sus actos; sus dedos blancos alargados, cuando caminaban se movían de un lado a otro. Solía seguirla con sus ojos; la había visto en las calles agarrada de sus amigas, la había visto en la clase siempre con dos ojos como canicas; no titubeaban de cansancio como los de Yeye solían hacer. La había visto en los pasillos; los ojos de Yeye incluso antes que él, ya sabían el amor oculto que había estado escondiendo. Fue su corazón quien le obligo a hablar, no fue su mente, que, mas bien, le colocaba barreras en su camino. Tan serio desde joven Yeye se mostraba vulnerable ante los ojos de Blanca, esperando a que sus oídos escuchen una palabra, de aquel joven extraño, quien se paró frente a ella. Blanca no era ilusa sabía lo que aquel joven tenía el propósito de hacer, aun así no se lo facilitó, pues quería probar su valentía y se quedó ahí frente a él, alzando las cejas y mirándolo aún más. Se sorprendió al mirar de cerca sus ojos; nunca había conocido el mar, pero en sus ojos podía verlo. Su mente se cuestionó ante la posibilidad de tan bello color, rayas negras coloreando los extremos de un ojo celeste; más que el mar, le empezaba a recordar al cielo, pero el cielo nunca la había hecho sentir tan exaltada. Los ojos de Yeye le hicieron dar una vuelta al mundo, esos ojitos sonrientes le mostraban espacios que nunca había visto; ella quien no se iba a resistir ante la rareza de ese joven, terminó también en el trance que Yeye había empezado. No se conoce quien rompió el trance, despertando a esos jóvenes y obligándolos a mirar a otro lado, pero también parece que nunca se dejaron de mirar de aquella manera.

Don Raúl, sacó un caramelo con envoltura amarilla; el sonido de aquel plástico, el tacto resbaladizo, el gusto y la lengua que agarraban al caramelo, moviéndolo de un lado a otro. Él cerraba los ojos, sus caramelos habían sido sus compañeros siempre, uno en el bolsillo, siempre de antaño, difíciles de saborear, pero para su gusto tenía todo lo necesario para ser aprobado. Cuando la luz cambiaba de lado, generalmente de 4 a 5 de la tarde, él sacaba su caja de fósforos, la agitaba cerca de su oído y, al convertir a la cabecilla en negra, olía su humo, olor relacionado a memorias; el aroma era fuerte y atravesaba el cuerpo cuando era respirado. Había trabajado en fábricas de fósforos, aquellos palillos, más que solo madera, por muchos años habían sido los responsables de poder meter la mano en el bolsillo y encontrar un billete.

Don Raúl con una fascinación por los números desde muy pequeño; estudió ingeniería industrial, como Yeye fue un buen trabajador. Se graduó de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), con honores. A los 21 años disfrutaba de una profesión, abrazaba al trabajo con un brazo y con el otro a su Bebita. La fábrica de fósforos, que tanto recordaba, tenía los ladrillos sin pintar; lo que le daba un aspecto de vejez, aun cuando no lo era. El olor de los fósforos le traía memorias de la vieja Alemania. Aun se puede oír a la Señora Bebita quejarse de su larga estadía en Alemania, “lo que eran tres meses se convirtieron en dos años”. Sin estar cerca de la familia y perdiéndose del crecimiento de su primogénito, aunque, sin embargo, por lo menos con trabajo. De suerte le mandaron acompañado de sus tres monigotes de compañía o como uno suele llamarlos amigos. Recurriendo a la música de antaño, de los 50s, trataba de evadir la nostalgia; sin darse cuenta de que al hacerlo la hacía asentarse aún más. Solía tararear las palabras que entonaba Virginia López, cantaba “tu promesa de amor”. Conocía a la Señora Bebita como la palma de su mano, sabía que no importa cuánto lo odie por su larga estadía, el amor seguiría por siempre y cantando en su cabeza solía decir “Tu….. tú no puedes dejar de amarme”.

Barragán su amigo, con una pierna mala, lo esperaba cada mañana para dirigirse a la fábrica; con el leve cojeo que tenía en la pierna izquierda aún se las arreglaba para caminar tan rápido como alguien sin problemas. Al llegar a la fábrica el equipo de los ingenieros bolivianos se encargaba del mantenimiento y cuidado de las maquinas. Se debe decir que sin ninguna de estas mentecitas ingenieras la fábrica de fósforos, que se construyó en el país, no hubiera sido posible. Con su elegante bigote y aquellos ojos verdes el mentón acolchonado, Don Raúl, con el sudor corriéndole la frente aun sabía cómo verse como el caballero que era. Recorriendo en la fábrica con las mentecitas ingenieras que lo acompañaban; en sus pasos tenía la confianza de alguien que era dueño del lugar.

Sus días fueron acompañados por las canciones que, con la buena memoria, recordaba; desde la sonata de luna, hasta sus boleros, Don Raúl no tenía dote para tocar los instrumentos musicales; sus dedos se encontraban duros como para posicionarse en el piano y la guitarra, su voz, cuando se le pedía cantar en un tono, cantaba en otro, sin embargo, no cambiaba el amor que le tenía a las melodías bien compuestas. Inteligencia suya fue jamás exponerse a las melodías contemporáneas, siempre se quedó con aquellas guitarras y trompetas, que lloraban desconsoladas, mientras el piano se pronunciaba de fondo. De vuelta a su departamento, solía reproducir en su mente “el bodeguero” de la orquesta Aragón, dando vueltas y pasos pequeños de baile, la punta de su pie golpeaba el cemento dos veces, la pierna derecha seguía los pasos de la izquierda, poniendo la mano izquierda en el pecho levantaba la derecha y la movía al ritmo de la música, meneando las caderas, que con buen ritmo lo hacía. Volviendo al talento musical, encontrábamos que el don musical de Don Raúl no eran los instrumentos, tampoco la voz; su talento armónico se expresaba en su facilidad de moverse al ritmo, así bailaba en su pequeño departamento, donde en la sala hacia una venia, imaginándose a una Señorita Beba de 15 años y el de 18, tomando su mano empezaban a dar piruetas en la sala, mientras la mente de Raúl reproducía un valtz. Siempre se sintió con su señora como un jovenzuelo en el que no había crecido ni una arruga.

Fue una mañana, cuando entraba a la fábrica, Barragán, su apreciado amigo, de pronto, cambió la postura tratando de fingir seguridad, dando una sonrisa falsa, que no fue desapercibida Don Raúl, quien había notado el cambio de conducta. Lo observo acercarse a él, Barragán, en sus temblorosas manos, agarraba una carta; había recibido un sinfín de ellas desde Bolivia, pero había algo en ésta que la hacía especial, talvez una fragancia o simplemente las primeras palabras, que sin querer había llegado a leer. Don Raúl podía sentir el peso de la misma, no estaba seguro de si agarrar la carta o no, podría simplemente darse la vuelta e irse, así nunca tendría que sufrir por su contenido, pero sabía que su amigo Barragán no pararía hasta que Raúl la lea, quien extendió la mano y alzo las cejas, con una mueca explico su error y su “idiota curiosidad”. Había leído algo que sus ojos no debían leer, disculpándose agarro la mano de Raúl y le entregó la carta, porque parecía que él no iba a agarrarla por sí solo. La letra era de la Señora Bebita, podría reconocerla en cualquier escrito, al leerla Don Raúl de repente esbozo una sonrisa, nadie había fallecido, “nada tan malo como una muerte sucedió”, decía.  Sin embargo, esa sonrisa se esfumó y la característica que hacía a Don Raúl un personaje sereno se perdió. Al reflexionar, Don Raúl comprobó que se había mucho tiempo lejos de su amada; tiempo de crecimiento de su hijo. Ya no podía más. Pensamientos evasivos golpearon su mente, ¿qué más iba a perder?, no había agarrado la mano de Bebita en tanto tiempo, no había abrazado a su primogénito; su oído captó un fuerte sonido rápidamente, Don Raúl se dio la vuelta, era el “tic toc” del reloj; esta carta a diferencia de tantas, lo había marcado. Calmándose llevó la carta a su pecho, tarareando las cuatro estaciones de Vivaldi, guardó su carta, le dio una palmada al hombro a su amigo Barragán, le sonrió con los ojos y le dijo es tiempo de volver.

Recuerda, en aquella mesa en la calle Jaen, el sonido que hizo su zapato negro brilloso al llegar a Bolivia, rápidamente, tratando de saborear con la nariz el aire, notó la falta de aire de La Paz, sintió el peso en su pecho y como empezaban sus rodillas a ceder; se sonrió: “definitivamente un mate de coca no me hará mal”. Pudo notar la figura de la señora Bebita, que agarraba de la mano a una pequeña figura a su lado, era su primer hijo. Si algo puede llamarse sobrecogedor en este mundo, sería el sentimiento que Don Raúl percibió al ver a su hijo; era increíble observarlo, increíble poder tocarlo. Aquel niño, que tan fuerte se veía, había nacido prematuro a los seis meses; lo había visto por primera vez cuando lo agarró con una mano. Sentía incertidumbre, su hijo estaba a su lado, cuanto tiempo no había estado cerca. Los días en Bolivia, después de Alemania, fueron igual que empezar nuevamente, las calles las personas el aroma y el olfato eran distintos. Lo que más gustaba a Don Raúl es que el tacto se sentía distinto, porque después de dos años sus manos eran capaces de tocar rostros, rostros suaves que sus dedos amaban; después de dos años fue como aprender a amar de nuevo. Siempre amó a su familia, pero es diferente el amor de cerca que el de a distancia.

Raúl Prada su hijo, que después se apodaría “el chato”, por la estatura pequeña con la que se quedó toda la vida, multiplicaría las travesuras y las convertiría en una pesadilla viviente para sus padres; aun así, el amor hacia a él era innegable; pues tenía algo especial, era su cerebro que lo hacía único.

Tuvieron tres hijos más. Como si las travesuras de “el chato” no hubieran sido suficientes, vinieron dos varones más o dos “jamaculis”, como decía en quechwa, a ser parte de la sinfonía de diabluras y anécdotas, que su familia tendría. Alejandro, que próximamente seria apodado “Alex”, tenía una muñeca de artista, sus cuadros serían decorados en cada pared. Seguidamente vino Francisco, quien sería el popular de la familia; en la familia cuentan recurrentemente la anécdota de que cobraba a sus invitados, que iban a sus fiestas de cumpleaños; eso es lo que siempre fue, popular, también un pícaro para los negocios. Siguiendo los pasos de su padre, como herencia genética, por así decirlo, desde pequeño se convertiría en ingeniero premonitorio. De tres diablillos vino la calma; después de los “jamaculis”, la familia Prada recibía a una niña, quien contendría toda la amabilidad y amor que puede contener y trascender un ser; eran los ojos quizá de Tatiana los que mostraban inmediatamente el alma noble que ella contenía, eran los ojos de su padre.

Llegaba el crepúsculo del día, Don Raúl sabía lo que pasaría, por otra parte, con tantos pensamientos estaba la cabeza de Yeye, que llegaba la hora en la que se empezarían a manifestar oralmente; eso sí, no era para nada aburrido escucharlo. Desde que se habían encontrado ni una sola vez había repetido la manifestación oral de uno de sus pensamientos, eran todos tan variados, abarcaban todas las ciencias y artes; Yeye había sido un gran lector, al igual que Don Raúl. Ambos se entendían; este día en particular Yeye se paró de su silla y empezó a observar a la calle Jaen, observo las piedras que tenía la calle, se acuclilló para tocarlas; con el rozamiento de sus dedos en el concreto supo que las piedras eran de su época, así él lo creía, sonrió al darse cuenta. No existían ya cosas que reinventaba el recuerdo, todo debía guardarlo en la mente; se paró esta vez para tocar las paredes, arqueo las cejas, esas paredes no eran de su época, podía reconocer la “pintura nueva”, caminó de arriba abajo. No podía negar el encanto de aquel lugar, parecía que uno se había adentrado en una fotografía y había empezado a vivir en ella ; el sol posándose en su ojos, la calle se hacía más hermosa, qué secretos e historias escondía aquel lugar, qué hacía a esta calle tan hermosa y especial. Tomó un gran respiro y supo que era, era el aire lo especial, cada partícula y polvo representaba una historia, algún recuerdo de alguien que había caminado en ella. Yeye retorno a su asiento y solo dijo.

-Le juro que no entiendo que estoy haciendo en La Paz.

Y así era, solía preguntarse, de cómo terminó ahí con ese señor llamado Raúl, que tan linda sonrisa tenía, quizá eran las partículas de sus memorias a las que se debía culpar, quizá habían migrado desde Cochabamba y se habían asentado en la calle Jaen.

Don Raúl en cambio, siempre le había tenido un cierto cariño a aquella calle; La Paz se había convertido en suya, era su musa, era aquella ciudad dueña de muchas memorias, que, incluso las investigaciones más grandes de durante las vidas jamás descubrirán. Disfrutaba del sol de la mañana y la tarde, disfrutaba de todos los tés que tenía con Yeye, disfrutaba de la fluidez de sus pensamientos; la nostalgia lo atacaba y la soledad también, pero tenía a su lado a un compañero, que, aunque no lo admita sabía, se sentía igual.

Ambos se pararon y despidiéndose prometieron encontrarse mañana, en el mismo lugar, a la misma hora; cada tarde están en aquella esquina de la calle Jaen. Nadie los ve al pasar, porque simplemente son inexistentes para los que aún existen. Pero están ahí como partículas de aire, son las memorias y las anécdotas que se quedaron en la tierra y aún siguen susurrándose a sí mismas, son las narraciones de los sobrevivientes, incapaces de separarse de sus presencias, sobrevivientes que no permiten dejar perderse a sus amados en el olvido; son aquellos amigos entrañables. Las anécdotas fantasmales de Raúl y Yeyé quienes se adueñaron de la calle Jaen.

La orden

Esta es una ficción, una narración que se acerca al cuento y a la crónica, en relación a su relato y secuencia de episodios toda coincidencia es meramente una casualidad escabrosa.

Cuento y Crónica ficcional

La orden

Sebastian Isiboro Sécure
La nave de los locos
Escenario 1
Perdida en la geografía del fin del mundo se transmite una llamada:
Señor Presidente lo tienen obligado a ir delante de la marcha al Canciller. Es nuestra gran oportunidad de intervenir la marcha, nos han dado la excusa.
La tumultuosa marcha avanza con mujeres enardecidas y el Canciller por delante, después los dirigentes alcanzan la cabecera; uno de ellos le presta un sombrero para que el Canciller se cubra la cabeza ante un sol y calor sofocante. El canciller asustado recibe agradecido este obsequio, dado de una manera espontánea, regalo necesario comprendiendo las circunstancias apremiantes. A ambos lados de la marcha que avanza desordenadamente, dos columnas de policías tratan de proteger al Canciller obligado a caminar por delante. Enfrente espera el bloqueo de los colonizadores, quienes habían amenazado con reventar a los que llegaran a apoyar a la marcha, dispuestos a acudir a todo, a toda clase de acciones violentas, confiscación de vituallas, alimentos, víveres y medicinas destinadas a los marchistas, con el objeto de impedir el avance de la marcha hacia la ciudad de La Concordia. El Canciller cada vez más nervioso vislumbra el peligro de un enfrentamiento de consecuencias dramáticas sin precedentes, entonces amenaza con tirarse al suelo y evitar desesperadamente lo que aparentemente se ve venir como fatalidad. Ya muy cerca del bloqueo de los colonizadores, ante la insistencia, el Canciller y los dirigentes de la marcha acuerdan que el Canciller vaya a dialogar con los colonizadores para pedirles que dejen pasar a la marcha, cuyo destino es la ciudad de La Concordia. Ciudad enclavada en las alturas, escondida en una gran cabecera de valle y rodeada por la monumental cordillera y el inmenso altiplano que la vigila silenciosamente como meditación sabia de un colectivo de amautas.
El Canciller es soltado para ir a dialogar con los colonizadores. Una vez allí se desconoce lo conversado con los dirigentes colonizadores; los dirigentes indígenas de la marcha esperan el retorno del Canciller para evaluar lo resuelto con los bloqueadores. El Canciller no retorna, deja a los marchistas indígenas del otro lado en una espera tormentosa.
Mientras tanto, los dos acompañantes del Canciller, que habían estado perdidos en el tumultuoso avance, hacen su aparición ante los medios de comunicación, denunciando el secuestro del Canciller. Una vez librados de la marcha, del otro lado del bloqueo de los colonizadores, pudieron decir lo que querían a los medios decomunicación, quizás como una forma de desprenderse de sus miedos anteriores.
  
 Escenario 2
En el Palacio Incendiado, en la sala de reuniones de la presidencia, el último jacobino deambula expresando cierta crispación, su cara pálida refleja a la vez una inmovilidad congelada de sentimientos y, paradójicamente, extrañamente una profunda turbación controlada. En su interior piensa que es el momento para demostrar la irremediable existencia del Estado, de enrostrarles a los rebeldes que el Estado es la única realidad, lo demás son apariencias. Es el gran momento de la verificación de la hipótesis suprema del poder. Todos sus músculos, toda la concentración de la conducta, se encamina a hacer la demostración y la argumentación en ese sentido.
El Presidente escucha al último jacobino, se nota su respeto, presta atención al discurso, que parece contundente. Acepta que es el momento para dar una gran lección, el país va estar agradecido, aunque por ahora no comprenda el irremediable camino a la modernidad. Comprende también que son los sacrificios que hay que hacer por el desarrollo tan necesario para el país y sobre todo para las comunidades indígenas, tan pobres y desamparadas, sin medios de comunicación, sin carreteras. Entonces acepta la determinación.
El Ministro de Gobierno parece complacido ante el desencadenamiento de los acontecimientos; el ministro había azuzado desde un principio en contra los dirigentes indígenas y unas “oscuras” organizaciones no gubernamentales. Una vez que se supo lo ocurrido en el escenario del diálogo encabezado por el Canciller con los marchistas, cuando se percibió que lo obligaron a marchar por delante al Canciller,  y se introdujo subrepticiamente la versión de rapto y la condición de rehén del Canciller, el ministro se muestra ostensiblemente dispuesto a llevar adelante una ejemplar medida, con toda la desmesura del Estado. Entonces se da la orden sin antes consultar.
Escenario 3
Una vez desencadenados los acontecimientos, evidenciada la violencia descomunal de la policía contra mujeres, niños ancianos y hombres de la marcha, quienes acampaban, en espera del retorno del Canciller. Una atmósfera de batalla se levantaba furiosa por los aires, los policías descargaban todo su enojo, toda su rabia acumulada, pues a ellos no les habían dado viáticos, tampoco habían comido bien, ni bebido agua, estaban desposeídos. Descargaban su rencor sobre los cuerpos indemnes y vulnerables de sus víctimas. Los niños se encontraban aterrorizados como si estuvieran ante los jinetes del apocalipsis. Las mujeres fueron maniatadas y arrastradas con fuerza, los heridos arrastrados hasta camionetas donde se los tiraba y acumulaba como si fuesen cadáveres. La batalla de los policías contra todos sus fantasmas parecía interminable, una historia de nunca acabar, una pesadilla permanente. Sin embargo acabó, los policías se fueron con los detenidos en buses y camionetas. La noche parecía un inmenso océano de ternura y congoja, las estrellas parecían lágrimas titilantes que trataban de lavar las heridas de los que habían logrado huir al monte. Había niños desaparecidos sin madres, madres escondidas sin hijos, era un drama.
Escenario 4   
Las reacciones ante el galope desenfrenado de la violencia desbocada no se hizo esperar; los medios de comunicación, las organizaciones sociales, los derechos humanos, las organizaciones internacionales, la gente, el pueblo, los sindicatos, todos protestaron e hicieron escuchar su voz de repudio ante la sañuda represión. Salieron a las calles, marcharon, se abrieron nuevas vigilias, en una ciudad perdida en los inmensos llanos se abrió una huelga de hambre. Estas reacciones multitudinarias mostraban nuevamente la vitalidad de la que están constituidos los pueblos. Una profunda dignidad los empujaba a solidarizarse con las innumerables víctimas, las innombrables mártires, los inmolados de siempre, los desamparados, los condenados de la tierra, los excluidos,  los explotados y discriminados.
Escenario 5
Un gabinete de asustados ministros no sabe qué hacer ante un nuevo levantamiento popular. La gente, la opinión pública, las organizaciones sociales, los defensores y las organizaciones de derechos humanos, piden justicia, otros piden la renuncia de los ministros, los más radicales piden revocatoria de mandato del Presidente y del Vicepresidente. La situación parece complicarse aún más, parece interpelar desde adentro la complicidad del gabinete cuando se conoce la renuncia de una ministra, precisamente a cargo de la defensa del país, quien manifiesta abiertamente su desacuerdo con la intervención de la marcha indígena y le recuerda al presidente que eso no era lo acordado, que las cosas deberían hacerse de otra manera, dialogando. Nadie más quiere renunciar, empero se dan renuncias de subalternos, un viceministro de gobierno renuncia, pues no está conforme en ser el chivo expiatorio, no está de acuerdo en aparecer como que él dio la orden; también tiene su versión, dice, la orden se la tomó operativamente en el lugar de los hechos. El Ministro de Gobierno declara que la orden no vino del Presidente, tampoco de él, del ministro a cargo de la policía nacional, sino de un subalterno. Indica que se va individualizar a los ejecutores de la violencia, a los propios policías que son los directos responsables en desencadenar los excesos de violencia. Los policías reaccionan, retornan secretamente a la ciudad de La Concordia donde se reúnen evitando hacerse visibles. Nadie sabe para qué exactamente se reúnen, empero se conoce el malestar por ciertas declaraciones, en las cuales se confirma que la orden vino de arriba, que ellos tenían una orden clara de detener la marcha, de no afectar al bloqueo de los colonizadores y que, cuando ocurrieron los hechos vinculados al quiebre del bloqueo de policías con el Canciller por delante de la marcha, la orden fue de intervenir. Intervención que se preparó cuidadosamente. Se convocó a los periodistas a una reunión para garantizar que nadie grabara, filmara y fuera testigo de la intervención y represión al campamento de la marcha indígena. Se compraron citas adhesivas para tapar la boca a las mujeres y a los niños, que eran los que más gritaban. Sin embargo, a pesar de la preparación sigilosa, no todo salió bien, los periodistas sospechando que algo pasaba, se escaparon de la reunión, fueron corriendo al lugar de los hechos y pudieron grabar y filmar imágenes y ser testigos de la violación múltiple de derechos.
Escenario 6
Como dicen en el pueblo, ya una vez el burro fuera de la tranca, el gobierno se encontró arrinconado ante el desenlace de los hechos, convertido en un gobierno de verdugos. Los ministros parecían encontrarse perdidos en los inmensos salones del Palacio Incendiado, peor aun cuando se reunían en el salón de los espejos, pues los espejos los mostraban tal como eran; no aparecían como soberbios gavilanes, sino como asustados ratoncitos desamparados. Atónitos ante lo que ocurría fuera del palacio, en los bordes de la plaza de armas, rodeada, bordeada, presionada por las multitudes que se desbordaron para protestar. Sólo una convicción tenían todos, salvar al Presidente, para hacerlo había que transferir la culpabilidad. No había funcionado la tesis de que los policías mismos se habían dado la orden, entonces qué se hace. Habría que sacrificar un cordero. Sin embargo nadie se prestaría voluntariamente al sacrificio. La Asamblea Legislativa, que también se sentía cuestionada comenzó tibia, lentamente a reaccionar, sobre todo por la participación del grupo de diputados indígenas. En una sesión se pidió tratar el tema de lo acontecido, empero todavía la mayoría oficialista y fiel al gobierno decidió no cambiar la agenda, a pesar de los alarmantes acontecimientos. Sin embargo, a pesar de esta desatención, los asambleístas pedían la interpelación a los ministros responsables. El Presidente del Congreso desesperadamente trataba de impedir la interpelación al ministro de gobierno que, con seguridad, resultaría en una renuncia. No pudo convencer a los asambleístas, en contra de lo acostumbrado, de no hacer la interpelación. Desconsolado se retiró y fue a reunirse con el Ministro de Gobierno en un salón. Compungido el Ministro se retiró y después se conoció su renuncia. Era el cordero sacrificado.
Escenario 7
En las calles, en la ciudad de La Concordia, en las otras ciudades de esta geografía del fin del mundo se vivía un ambiente de agitación. Convocados nuevamente por las organizaciones indígenas los marchistas se reagrupaban poco a poco, curándose de la heridas y del recuerdo de la irrupción violenta de los policías, después de haber sido liberados por las poblaciones alzadas contra la violencia, impidiendo el paso de los buses y su embarcación en aviones con rumbo desconocido. La consigna se hizo clara, el Presidente tiene que renunciar a su caro proyecto de desarrollo, nadie está de acuerdo con destrozar uno de los territorios y parques más encantadores, más ricos en biodiversidad, de mayor precipitación, nadie quiere renunciar al paraíso del ciclo del agua y de los bosques por el espejo del desarrollo, habiendo sobre todo alternativas al trazo de la carretera. La gente de las calles culpa al último jacobino por quererle dar existencia descomunal al Estado, por haber querido demostrar su realidad utilizando los cuerpos de los y las indígenas movilizados, usados como inscripción de la historia política. La hipótesis del último jacobino fue contrastada por el apego y la inclinación de los pueblos por los seres de la Madre Tierra. Derrotado el último jacobino declara ante la opinión pública que ya el gobierno sabe quién fue el que dio la orden pero que por el momento no puede dar a conocer ese nombre. Es un secreto de Estado. El Presidente, visiblemente afligido, en un discurso en el salón de recepciones del Palacio Incendiado, estando presentes los medios de comunicación, dice que está en desacuerdo con la violencia desatada contra los marchistas, que tampoco él, el Capitán General de las Fueras Armadas y la Policía, dio la orden. Un periódico oficialista, camuflado de independiente, emite la noticia de que la Ministra de Justicia dio la orden. Esa misteriosa orden queda suspendida en la atmósfera de la geografía del fin del mundo. La orden apareció de repente, sin dueño, sin nacimiento, sin  creación, es una orden que se encontraba suspendida por los aíres, desde los tiempos inmemoriales, y cayó de repente como rayo en cielo despejado, movilizando a los pacíficos y nobles policías que evitaban que la marcha indígena se enfrente al bloqueo de los colonizadores.
Escenario 8
El cielo se entintó de rojo, las nubes parecían condensar el color como despedida, el sol agonizaba al fondo remarcando en el horizonte la diferencia abismal entre el cielo y la tierra. Un director de la empresa constructora OLAS miraba la ventana asombrado, volvió la cabeza y le dijo al director de la empresa pública DEF: es el crepúsculo. El director de la empresa estatal no parecía entenderlo, le respondió: ¿tú crees? El director de OLAS le dice: si, mira el cielo, está bañado de sangre. El director de la empresa estatal le pregunta: ¿eres poeta? El director de OLAS le contesta: no, soy ingeniero civil, aunque de adolescente me gustaba leer poesía. El director de la empresa pública reconoció su error, miró también a través de la ventana y dijo: si, tienes razón, es el crepúsculo.
Ambos habían llegado a un acuerdo técnico sobre los temas operativos de una carretera que pasaría por un bosque tropical, bordeado por dos inmensos ríos, un territorio declarado patrimonio y consolidado como propiedad colectiva de las comunidades indígenas que habitaban  el bosque, el patrimonio y el territorio indígena. Se notaba cierto malestar en el director de la empresa estatal, parecía no estar conforme consigo mismo, como si hiciera algo con lo que no estaba de acuerdo. Empero tranquilizó su conciencia acordándose de las palabras del Presidente, que dijo: todo esto tiene que ver con la integración del país y la integración del continente. Pensó que el desarrollo era costoso, demandaba sacrificios, que las comunidades indígenas algún día entenderían. Alzó sus ojos claros, miró nuevamente a la ventana, el cielo ya había oscurecido, las nubes ya estaban negras, condensando la noche inmensa en las figuras vaporosas que parecían querer retener en su memoria los últimos tenues rayos de sol como si fuesen los últimos hálitos de vida.