Archivo de la etiqueta: Historia

Paradoja constituyente-desconstituyente

Paradoja constituyente-desconstituyente

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Paradoja constituyente-desconstituyente

 

pintura-Mamani_LRZIMA20121214_0097_11

 

 

 

 

Una mirada retrospectiva al proceso constituyente

 

 

Rebelion

 

 

¿Se trata de hacer una evaluación del proceso constituyente, incluyendo a la Asamblea Constituyente y los posteriores desenlaces? ¿O, mas bien, se trata de comprender el sentido y significado histórico-político-cultural del mismo proceso constituyente? Aunque ambas opciones pueden complementarse, incluso contenerse mutuamente, sin embargo, cuando abordamos la problemática del sentido histórico político del proceso constituyente convertimos al proceso constituyente en una composición de códigos, de signos, que requieren ser decodificados e interpretados. En un escrito anterior, a propósito del tema, escribimos:

 

Pensar el proceso siempre ha sido un desafío, no tanto por el pensamiento mismo, que también parece ser un proceso, sino por las formas de fijación del pensamiento. Una de esas formas de fijación es la conceptualización. Aunque no es la única, pues cuando se recurre al arsenal del lenguaje, fijamos figuras, metáforas, relaciones, hipótesis, tramas, cuadros, modelos. Estas maneras de fijar el pensamiento terminan obstaculizando la mimesis del proceso, que no puede hacerse sino a través de otro proceso. Un proceso de pensamiento que imita otro proceso efectivo. Proceso efectivo que afecta al cuerpo viviente, proceso que es vivido como experiencia, experiencia memorizada y efectivamente vivida como pensamiento. Se trata de pensar el acontecimiento mediante el acontecimiento del pensamiento. Por eso es menester descentrarse, desprenderse y desligarse de las formas de fijación del pensamiento, para abrir los cauces del pensamiento mismo a los cauces de los procesos.

 

Ahora nos compete pensar uno de los procesos políticos que afectan la historia reciente de las luchas sociales en Bolivia. Este proceso es el proceso constituyente. Llamemos proceso constituyente al proceso mediante el cual el poder constituyente de las multitudes se hace carne. El poder constituyente se hace acción y cuerpo, se hace movilización, el poder constituyente recorre la geografía política y modifica los mapas. El poder constituyente busca cambiar el mapa institucional. El poder constituyente persigue trastrocar el ámbito de las relaciones, las estructuras, las instituciones, modificar el paradigma de relaciones entre el campo social y el campo político. El poder constituyente busca constituirse en la nueva forma política. Se puede decir que este proceso pasa por más de tres etapas, la etapa preconstituyente, la etapa constituyente misma y la etapa postconstituyente. La etapa preconstituyente tiene que ver con la apropiación colectiva y orgánica de los instrumentos constituyentes. La etapa constituyente, es la etapa propiamente deliberativa, propositiva y de consensos. Y la etapa postconstituyente es la relativa a la aplicación de los cambios. Dijimos que se trataba de más de tres etapas. Si, pues en el preludio de todo esto, como matriz de los desenlaces, se encuentra el desarrollo y el despliegue de las luchas sociales, que recogen de las entrañas de la sociedad las contradicciones sustantivas y las arrojan como piedras a los emblemas del orden. En el epílogo de este proceso podemos situar la constitución de los nuevos sujetos y los nuevos ámbitos de relaciones, desprendidos de la materialización institucional de los cambios. Es entonces, como se ve, todo un proceso, este del proceso constituyente, proceso de creación multitudinaria y afectiva, pasional y deseante. Por eso política, en el pleno sentido de la palabra[1].

Ahora, en el presente, vemos el recorrido del proceso constituyente, incluyendo sus desenlaces. El proceso constituyente desembocó en la promulgación de la Constitución el 2009; después, derivó en su suspensión, es decir, en su incumplimiento por parte del “gobierno progresista” y los órganos de poder del “Estado Plurinacional de Bolivia”. La pregunta que parece necesaria es: ¿Por qué ocurrió esto? ¿Por qué la Constitución no fue acatada nada más ni nada menos por el gobierno expresamente encargado a cumplirla, autoproclamado como “gobierno de los movimientos sociales”, más pretensiosamente como “gobierno indígena”? Al respecto, nos remitimos a los ensayos publicados[2], con este propósito, el de responder a la pregunta. Para resumir las hipótesis interpretativas recogeremos la tesis que parece abarcar a las demás; esta considera que en la medida que se está dentro del círculo vicioso del poder, los entramados políticos, sociales, económicos y culturales se encuentran como condicionados y empujados a los desenlaces implícitos en las formas de reproducción del poder, es decir, de las dominaciones.

Esta tesis descarta, de antemano, las hipótesis de la conspiración, como aquélla, la más simple, de la “traición” al proceso de cambio. Sin despejar la responsabilidad de los gobernantes, lideres y conductores del llamado “proceso de cambio”, que la tienen, obviamente, lo importante es no atribuir lo ocurrido a la mera incidencia subjetiva o caprichosa de los conductores. En pocas palabras, los caudillos no se tragan, de ninguna manera, todo el acontecimiento político; al contrario, forman parte del acontecimiento político; es más, para decirlo exageradamente, empero ilustrativamente, son como marionetas de entramados que no controlan. Hay que, mas bien, explicar, la participación dramática de los caudillos como acciones provisorias o, mejor dicho, singulares en la composición de la trama ya tejida.

Volviendo al proceso constituyente, la pregunta es: ¿por qué el pueblo movilizado apostó a una salida jurídico-política, la de la Asamblea Constituyente, y no, mas bien, a una radical salida histórica-política, la de la revolución, en el sentido clásico del término.  Qué se haya llamado “revolución democrática y cultural” al proceso de cambio, dado en Bolivia, es más bien parte de la retórica de legitimación del mismo proceso, pero, sobre todo, de los gobernantes y las estructuras de poder que se instalan en el palacio quemado y en los alrededores de la plaza de armas. Puede incluso aceptarse las connotaciones semánticas de la “revolución democrática y cultural”, pero ¿qué revolución no es, a la vez, democrática y cultural? Las revoluciones son esencialmente democráticas, para decirlo de ese modo. Es el pueblo el que se subleva y con la subversión de la praxis abre otros decursos históricos.

El problema radica en que el proceso de cambio no fue, en sentido clásico una revolución. Emergió de la movilización prolongada (2000-2005), empero, no destruyó el Estado; es decir, no destruyó las estructuras estructurantes del anterior régimen, que podemos decir, se derrocó. Incluso, en el caso, que la movilización prolongada hubiera desembocado en una revolución, tampoco necesariamente, de manera inmediata y directa, se hubiera salido del círculo vicioso del poder. Por ejemplo, las revoluciones socialistas, que destruyeron el Estado burgués y restauraron el Estado, en las condiciones burocráticas exacerbadas, no escaparon del círculo vicioso del poder; es más, se hundieron dramáticamente en el mismo. Por lo tanto, al no desembocar en una revolución, el proceso de cambio estaba amarrado doblemente a los condicionamientos del círculo vicioso del poder; por un lado, al mantenerse en las estructuras institucionales del Estado nación; por otro lado, al no cuestionar, interpelar, deconstruir y diseminar las estructuras, diagramas, cartografías de poder que sostienen al Estado y a la sociedad institucionalizada.

Si el pueblo, concretamente, en el caso boliviano y ecuatoriano, optó, como desemboque de sus movilizaciones antineoliberales, por la salida jurídico-política, específicamente por la Asamblea Constituyente, es por que creyó sinceramente en esta posibilidad, en la posibilidad de transformar el Estado con la elaboración de una nueva Constitución. En resumen, creyó en la ideología jurídico-política[3]. No vamos a discutir aquí si fue o no un error popular; hasta resultaría inocuo poner en la mesa de discusión esta situación comprometedora. Lo que importa es develar la predisposición subjetiva de las multitudes movilizadas. La mayoría de los movimientos sociales anti-sistémicos prefirieron el camino de la Asamblea Constituyente ante la alternativa de una guerra civil.

La historia de la Asamblea Constituyente fue, a la vez, altamente convocativa y turbulenta. Las amplias mayorías sublevadas se encontraban en la Asamblea, compartiendo el escenario con las representaciones tradicionales de los partidos políticos tipificados como neoliberales. El decurso de la Asamblea Constituyente se decidió en el campo de la correlación de fuerzas, fuerzas que pugnaban en los escenarios nacionales y regionales. Internamente, la correlación de fuerzas estaba de lado de las mayorías representadas.  Sin embargo, se les dio a los constituyentes poca autonomía, casi nada, para decidir el ejercicio del proceso constituyente en la Asamblea. El control de la Asamblea se encontraba en manos del “gobierno progresista”, que no llegaba a comprender el acontecimiento constitutivo de la Asamblea; prefirió confiar en la conducción centralizada de los gobernantes.

Es así como, bajo estas circunstancias, se puede explicar la debilidad orgánica de la Asamblea Constituyente, donde el partido de gobierno contaba con la amplia mayoría. En la dirección de la Asamblea el partido contaba con amplia mayoría; sin embargo, se conformó una dirección sin voluntad; ésta estaba encomendada a la voluntad del ejecutivo. La falta de autonomía de la Asamblea Constituyente incidió gravemente en un comportamiento sinuoso, que llevó a cometer varios errores. Dos ejemplos son altamente ilustrativos, el conflicto de los 2/3 y el conflicto de la “capitalía”. A pesar de contar el partido de gobierno con la amplia mayoría, prefirió imponer a discutir con la “oposición”. Quiso imponer la determinación por mayoría absoluta, a pesar de que en la ley de convocatoria congresal a la Asamblea Constituyente se estableció decidir por 2/3; es más, cuando la “oposición” propuso definir por mayoría absoluta, como quería el partido de gobierno, excepto en el texto final, revisión del reglamento y desafuero, la dirección de la Asamblea decidió imponer la mayoría absoluta en una sesión dramática y caótica, que casi derivó en una tragedia. La consecuencia fue la primera crisis de la Asamblea Constituyente, que no pudo sesionar por un lapso imprescindible.

La segunda crisis de la Asamblea Constituyente estalló con el conflicto de la “capitalía”, es decir, de la sede de gobierno. Después de la guerra federal (fines del siglo XIX), la sede de gobierno se trasladó de Sucre, la capital, a La Paz; lo mismo ocurrió con el poder legislativo. Lo que se mantuvo en Sucre fue el poder judicial. La demanda de las “instituciones chuquisaqueñas”, del departamento de Chuquisaca, concretamente del Comité Interinstitucional, fue de que la sede de gobierno retorne a Sucre; después se convirtió en exigencia de la “oposición movilizada”, definida como “media luna”. El partido de gobierno contaba con la amplia mayoría; sin embargo, amparado por una concentración de dos millones, en defensa de la sede de gobierno en La Paz, que prohibió tratar el tema en la Asamblea Constituyente, decidió acatar este mandato popular paceño. Esta decisión ocasionó el más peligroso conflicto de la Asamblea Constituyente, que casi le valió su propia abrupta desaparición.

Estos dos ejemplos son aleccionadores, pues nos brindan la oportunidad de visualizar las profundas debilidades de una Asamblea Constituyente, que, sin embargo, era, por su convocatoria popular, fuerte. ¿A dónde vamos? En una Asamblea se debate, se delibera, se busca consensos o, por lo menos, consistentes mayorías, legitimadas en el debate. El partido más grande de la Asamblea no quiso debatir, prefirió imponer. La imposición es muestra, más bien, de debilidad, sobre todo de inseguridad. Se desperdició un gran momento constitutivo, de disponibilidad concentrada de fuerzas; todas las localidades, los territorios, las regiones, los estratos del pueblo, mujeres y hombres, estaban presentes en la Asamblea Constituyente. Se miraban, se escuchaban, se olían, se percibías; ya no eran estampas ni fotografías. La Asamblea Constituyente podría haber culminado en un acto fundacional, en el pleno sentido de la palabra. Para hacerlo fácil, en un contrato social y político, es decir, en un consenso constitutivo. Empero, el partido gobernante, perdido es una soberbia inexplicable, prefirió imponer decisiones no consensuadas. Si bien, por la participación de minorías de la “oposición”, de todas maneras, se llegaron a acuerdos, de esta manera, a la construcción incompleta del pacto social, el hecho de que no se haya agotado el debate, sobre todo, que no se haya dado cabida a la reflexión colectiva, merma preponderantemente las posibilidades de realización de la propia Constitución.

En conclusión, el decurso dramático de la Asamblea Constituyente concluyó en una Constitución aprobada por la mayoría absoluta y las pragmáticas minorías de la “oposición”. Sin embargo, la pretensión fundacional requería del consenso completo y la participación de todos, por lo menos, de casi todos, después de una apropiada deliberación. 

Lo que viene después es menos dramático, empero, es más desconstitutivo de la propia Constitución.  Si bien, en la etapa postconstituyente hubo avances constitucionales, como los relativos al régimen autonómico, avanzando sobremanera en el entramado de las competencias autonómicas, además, entendiendo que se trata del pluralismo autonómico, que incluye significativamente a las autonomías indígenas, tampoco se aprovechó este avance para corregir las falacias que conllevaba una Constitución aprobada en una sesión dramática en Oruro. El entramado de competencias autonómicas resulta en un régimen autonómico altamente avanzado, en el marco todavía del Estado, supuestamente, tipificado, en transición. Empero, una vez promulgada la Constitución, el ejecutivo maniobró por mantener un anacrónico régimen centralista, en concordancia con la antigua Constitución. El ejemplo categórico de esto es la Ley Marco de Autonomías.

Un resumen apropiado de lo que ocurrió después, en la etapa de implementación de la Constitución, puede ilustrarse de la manera siguiente: el desarrollo legislativo del “gobierno progresista” y de la “Asamblea Legislativa Plurinacional”, el Congreso, es inconstitucional; no deriva de la Constitución Plurinacional Comunitaria y Autonómica, sino del espíritu anacrónico de la antigua Constitución.

Lo más avanzado en la Constitución boliviana es lo que podemos denominar el régimen de las naciones y pueblos indígenas-originarios-campesinos, que es como se denominan en la Constitución. Se consideran previos a la Colonia; en consecuencia, con derechos colectivos, culturales y territoriales propios, validados por la anterioridad mencionada. Entre los derechos sobresalientes se encuentran el relativo al autogobierno, al territorio, a las normas y procedimientos propios, a sus instituciones, lenguas y cultura. Entre los derechos, podríamos decir de transición, se encuentra el destacado derecho a la consulta previa, con consentimiento, libre e informada. Articulando estos derechos con el sistema de gobierno, establecido en la Constitución, de la democracia participativa, definida como democracia directa, comunitaria y representativa, además de conectarlos con el apartado constitucional de la participación y control social, que establece la construcción colectiva de la decisión política y de la ley, los autogobiernos indígenas adquieren una condición de autodeterminación. Sin embargo, son estos derechos, sus irradiaciones y proyecciones descolonizadoras lo que conculca el “gobierno progresista” de Bolivia.

Ya se puede ver por donde va el decurso postconstituyente; el “gobierno progresista” y los órganos de poder del Estado se encargan de desmontar las obligaciones que exige la Constitución. No se trata de hacer una evaluación exhaustiva de lo ocurre, en su aplicación, con toda la estructura del texto constitucional. Nos remitimos a los análisis que hicimos anteriormente[4]. De lo que se trata es de comprender este decurso desmantelador de la Constitución, que efectúa el “gobierno progresista”.  Otra hipótesis interpretativa que usamos para explicar este decurso postconstituyente es que se trata de un Estado rentista y de una economía extractivista. A pesar de una Constitución anticolonial, el “gobierno progresista” no dejó de ser un dispositivo del modelo colonial extractivista del capitalismo pendiente. Su ubicación y articulación en la geopolítica del sistema-mundo no es otro que el de la reproducción de la condición de transferencia de los recursos naturales, desde la periferia a los centros cambiantes del sistema-mundo. En este sentido, se entiende, que a pesar del régimen “indígena” de la Constitución, el gobierno despliegue políticas anti-indígenas, beneficiando a las estructuras de poder mundial y a las estructuras dominantes de la economía-mundo. Esta contradicción profunda del “gobierno progresista” se hace patente en el conflicto del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS).

Entonces, para lo que nos lleva y ocupa este ensayo, vemos que el proceso constituyente desemboca en un proceso desconstitutivo. La hipótesis que explica este desemboque es la que diferencia entre el ejercicio jurídico-político y el ejercicio-histórico político. Los límites de la ideología jurídico-política se encuentran en que ésta se mueve en el mundo abstracto del deber ser; empero, no tiene asidero en el mundo efectivo del hacer, de la efectuación práctica, de las dinámicas de la realidad efectiva. Lo destacable y sugerente es el hecho de que las multitudes lograron abrir un proceso constituyente mediante la movilización social anti-sistémica prolongada; sin embargo, acotaron el alcance de esta movilización anti-sistémica a los límites del imaginario jurídico-político. Creyeron que bastaba con una Constitución transformadora para transformar el mundo efectivo.  

Recurriendo a los ensayos publicados, recordaremos que los desenvolvimientos histórico-políticos se expresan, en su ancestralidad, como guerra de razas, en la contemporaneidad, como lucha de clases. La interpelación histórica-política es contra las dominaciones; cuestiona la legitimidad del régimen impuesto; lo señala como erigido sobre la base de una guerra inicial de conquista. En consecuencia, o, una de sus consecuencias, es que no acepta la legitimidad del soberano, del rey, del emperador, del régimen, del Estado. El desemboque exigido por el discurso histórico-político es el de la destrucción del anterior régimen, además de no aceptar la estrategia de legitimación, pues reconoce que la política es inicialmente guerra. En la medida que el “gobierno progresista” opta por la estrategia de legitimación, en decir, por la ideología, y no por la transformación estructural e institucional, entonces retrocede del acontecimiento político de la sublevación de las multitudes al espectáculo del teatro político, que busca convencer de que la “revolución” se dio porque la nueva élite está en el poder.

Desde la perspectiva de la decodificación e interpretación del proceso constituyente, podemos ver que las multitudes sublevadas se hallan atrapadas, a pesar de su rebelión, en la ideología jurídico-política. En pocas palabras, se hallan atrapadas en el imaginario del Estado; en el mito del contrato social, en el mito de la voluntad general, en el mito del aparato o el instrumento que se puede situar sobre o suspendido de la lucha de clases. Los actos heroicos de las multitudes que sitiaron al Estado-nación durante seis años (2000-2005), terminaron circunscribiendo el alcance desbordante de sus acciones a los acotados límites de la ilusión jurídica-política.

Lo anterior tiene que ver con la responsabilidad del pueblo movilizado en el decurso del acontecimiento político. Si bien, esta responsabilidad es crucial, por cuanto se trata de múltiples y proliferantes voluntades singulares asociadas como pueblo, la responsabilidad de los actores gubernamentales tiene que ver con su incidencia en los márgenes de maniobra, definidos por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. A diferencia del socialismo real del siglo XX, el “socialismo del siglo XXI” y el “socialismo comunitario”, éstos redujeron sus impactos histórico-políticos, acatando los mandatos del orden mundial, de las estructuras de poder hegemónicas y, sobre todo, de las estructuras del lado oscuro del poder. Prefirieron el efecto mediático de la propaganda y la publicidad a efectuar cambios efectivos, aunque sean reformistas. Prefirieron el impacto del espectáculo a actuar consecuentemente, por lo menos con ciertas reformas de transcendencia institucional.

Si consideramos estas configuraciones de la interpretación crítica, no debería sorprendernos los desenlaces dramáticos y de clausura de los “gobiernos progresistas” en Sud América. Empero, no deja de sorprendernos por la degradación y decadencia alcanzadas. Lo que pasa es que esperábamos más, un mejor comportamiento de los “gobernantes progresistas”. Esta es una muestra de debilidad en las disposiciones críticas del análisis crítico. No podía haber “gobiernos progresistas”, salvo en el nombre, en plena crisis ecológica planetaria, en plena crisis de la civilización moderna. De ninguna manera se trata de descalificarlos; fueron el resultado histórico-político de la correlación de fuerzas en un orden mundial en decadencia; menos disminuirlos ante la otra expresión de la modernidad decadente, el neoliberalismo. Sino de comprender y decodificar sus signos, sobre todo interpretar sus síntomas. Se puede decir que los “gobiernos progresistas” expresan patentemente la crisis múltiple del Estado nación, en la versión de la promesa incumplible en la modernidad tardía.

Los procesos constituyentes de lo que se denomina la experiencia del constitucionalismo latinoamericano, comenzando por el proceso constituyente brasilero y acabando con el proceso constituyente boliviano, abarcando el proceso constituyente colombiano, después el venezolano y el ecuatoriano, corresponden a procesos políticos, desatados en plena crisis del Estado-nación, circunscritos a la ideología jurídica-política, empero emergidos del substrato convulso histórico-político-cultural de la rebelión intermitente de las multitudes. Hay que entenderlos como tales, explosivos en su substrato social, dubitativos en el campo político, empero, desarmados cuando sus apuestas gubernamentales repiten la decadencia de los gobiernos a los cuales combatieron.

Viendo retrospectivamente, desde el momento presente, los procesos constituyentes de Sud América son como síntomas dinámicos de la crisis múltiple del Estado-nación, en la versión de búsquedas sociales de cambios y salidas, empero, en las condiciones acotadas por la ideología jurídico-política, es decir, estatalista.  La experiencia social y la memoria social nos enseñan que no se puede caer en los mitos del vanguardismo y de la apología populista. Lo que se llama pueblo no es un sujeto único, sino, más bien, multitudes de sujetos, empero, todavía condicionados por la violencia cristalizada en sus huesos, por las dominaciones coaguladas en sus cuerpos. Los pueblos tienen la responsabilidad de liberarse no solo de las dominaciones inscritas en sus cuerpos, sino de sus propias representaciones ideológicas, que son autocomplacientes.

Volviendo al tema, el proceso constituyente boliviano, se puede concluir que logró expresar, escribir, promulgar una Constitución anticolonial, defensora de los derechos de los seres de la naturaleza, anti-extractivista, anti- capitalista y anti-moderna.  Sin embargo, desentendiéndonos de sus contradicciones, debidas a la intervención del ejecutivo, patentes en el régimen minero, sobre todo, en el régimen relativo al género, donde sigue siendo una Constitución de la dominación masculina, a pesar de estos avances jurídicos, la Constitución no pudo realizarse; quedó en promesa incumplida.

Proceso desconstituyente

Asamblea Constituyente

Lo que hay que explicar es por qué la Constitución no se cumple, nada más ni nada menos por el “gobierno de los movimientos sociales”. Se puede decir que este comportamiento desconstitutivo de parte del “gobierno progresista” ya estaba contenido en el comportamiento del gobierno durante la Asamblea Constituyente. El gobierno de Evo Morales Ayma, incluso durante su primera gestión, cuando se convoca a la Asamblea Constituyente, no estaba a la altura de este acontecimiento fundacional. Se trata de un gobierno electo por amplia mayoría en las elecciones de 2005; elecciones que son como el desenlace de la movilización prolongada (2000-2005). No era el único desenlace posible, había otros, como comentamos. Tampoco el partido que llegó al gobierno era el más representativo de las movilizaciones desatadas en el quinquenio mencionado; se podría decir incluso que era el que menos expresaba las voluntades singulares de los movimientos sociales anti-sistémicos, que caracterizaron al periodo de la movilización prolongada. Sin embargo, en la medida que la tendencia práctica al desenlace fue electoral, el Movimiento al Socialismo (MAS) se ubicó en situación privilegiada para cumplir con la competencia electoral. 

Como describimos en otros textos[5], sobre todo los relativos a la experiencia de la movilización prolongada, los ejes primordiales de la movilización emergieron de la guerra del agua, de la movilización indígena-campesina, de la guerra del gas, con el desemboque en la toma de Sucre por parte de los movimientos sociales. En estos acontecimientos sociales y políticos de la movilización, el MAS no jugó un papel protagónico, mas bien, fue como colateral o anexo su desenvolvimiento, circunscrito más a la defensa de la hoja de coca en la región del Chapare. Las nueve marchas de la Federación del Trópico de Cochabamba atravesaron la geografía política y llegaron a la sede de gobierno; empero, este desplazamiento, innegablemente valeroso, no las convierte en un eje primordial de la movilización prolongada. Si bien es cierto que el MAS apoyó a la Coordinadora en Defensa del Agua y de la Vida, lo hace colocándose como actor secundario de la movilización, siendo la Coordinadora el actor principal. Lo mismo sucede con los eventos cardinales de la movilización prolongada. Esto explica que cuando llega al gobierno no estaba equipado de la experiencia social y la memoria social de la movilización. El partido gobernante va a actuar de acuerdo con su propio paradigma heredado, paradigma barroco, conformado por los resabios del nacionalismo-revolucionario, así como también por los resabios de la izquierda tradicional, marcadamente acrítica.

El MAS en el gobierno hace lo que hace la organización política, que llega al poder empujada por la movilización social, aunque no haya sido la organización que expresa fidedignamente las voluntades singulares de los movimientos sociales anti-sistémicos. Un ejemplo para ilustrar; mientras los movimientos sociales incursionan abiertamente en el proyecto autogestionario, el MAS tenía una imagen paternalista del Estado. El gobierno lo que hace es repetir lo que se encontraba en el almacén de la historia: la convocatoria nacional-popular. Ciertamente esta convocatoria esta apoyada en el entusiasmo de las multitudes, de la gente, del pueblo, que considera que la victoria electoral es una victoria política. No cabía en sus mentes, en ese momento de disponibilidad de fuerzas inicial, que la victoria electoral del MAS podía convertirse en la derrota política de los movimientos sociales anti-sistémicos.

En lo que respecta a la Asamblea Constituyente, el MAS hace lo que sabe hacer, a partir de la herencia política que señalamos, busca controlar el desenvolvimiento de la Asamblea. No le entra en la cabeza que lo mejor era que los movimientos sociales, representados en la Constituyente, se desarrollen, organicen y funcionen libremente. Un celo estatal, sobre todo, patriarcal, la del caudillo, imprime la incidencia de un control que buscaba ser totalitario. Las decisiones que se tomen deberían corresponder a los mandatos de la cúpula política; no cabía en la mentalidad gubernamental la idea de la construcción colectiva de las decisiones políticas. Empero, como en toda relación, no solamente una parte de la misma relación es la responsable de lo que ocurre; la otra parte, es decir, los constituyentes devenidos de los movimientos sociales, tampoco opuso gran resistencia a este celo estatalista, gubernamental y patriarcal, salvo en lo que respecta a las organizaciones indígenas, de tierras altas y de tierras bajas, que intentaron incidir en las decisiones que se tomaban en la Asamblea Constituyente. Sin embargo, la representación indígena era minoritaria en la Asamblea; la representación mayoritaria era campesina y de otras organizaciones sociales, básicamente de trabajadores, preponderantemente cooperativistas mineros.  El MAS tenía sus representantes directos, del partido, principalmente en los constituyentes de Chapare y también en los constituyentes de las ciudades. En estas circunstancias, la mayoría de los constituyentes estaban más propensos a la obediencia que a la decisión y actuación propias.

Entonces, tal parece, ocurrió como que los dados estuvieran echados; con un gobierno paternalista, un partido de gobierno patriarcal y caudillista, además con una mayoría de constituyentes más propensos a la obediencia, la iniciativa en la toma de las decisiones quedaba a cargo de la estructura palaciega del “gobierno progresista”. Por otra parte, no hay que olvidar que en ese entonces el gobierno gozaba de gran prestigio ante las masas. El pragmatismo de la mayoría de los constituyentes del campo popular les hacía pensar que, en todo caso, lo que haga el gobierno no estaría mal, y si había errores, eran “nuestros errores” y se podían enmendar. Este pragmatismo fue una trampa en el funcionamiento de la Asamblea Constituyente. Gobernantes y constituyentes de la mayoría cayeron en la trampa de este pragmatismo. La suma de los errores fue socavando la fuerza misma de la Asamblea; peor aún, la falta de organización propia, en lo que respecta a las estructuras organizativas de la Asamblea, derivó en una dependencia agobiante, a tal punto que los constituyentes de mayoría no atinaban hacer nada solos sin contar con no solo con el visto bueno del gobierno, sino, sobre todo, sin contar con la decisión misma gubernamental.

Este es el contexto en el que se desenvuelve el proceso desconstitutivo. Una vez promulgada la Constitución, el gobierno y los órganos de poder tenían la tarea de realizar y materializar, jurídica, política e institucionalmente la Constitución. ¿Cómo lo hacen? De la única manera que sabían hacerlo, de acuerdo con la herencia nacional-popular y de la izquierda tradicional; optando por un desarrollo legislativo vertical. La comprensión de la Constitución fue desechada; se prefirió la interpretación rápida, improvisada, aunque con amplia difusión y propaganda, además de la compulsiva publicidad. En estas condiciones, donde la iniciativa colectiva es inhibida, los ministerios cobran peso operativo y encaminan los primeros pasos del desarrollo legislativo. Aquí, el saber de los ministerios, que es un saber burocrático, vinculado a la herencia de los aparatos del Estado, va no solamente empobrecer los alcances del desarrollo legislativo, sino que incluso va a impedir un desarrollo legislativo de acuerdo con el paradigma plurinacional, comunitario y autonómico de la Constitución. En consecuencia, se va a tener un desarrollo legislativo que deriva del espíritu anacrónico de la antigua Constitución.

Entonces, el proceso des-constituyente se desata de este contexto histórico-político, de esta correlación de fuerzas, de esta composición política y social. Todos los engranajes de la maquinaria estatal estaban armados para des-constituir la Constitución, que es la expresión del pacto social logrado dramáticamente, conllevando la configuración de los deseos, esperanzas, pasiones y proyectos de las multitudes.

 

 

 Crítica a la “razón” constituyente

Usamos “razón” en sentido metafórico, haciendo paráfrasis políticas a las críticas kantianas. Como dijimos en Crítica de la ideología jurídico-política[6], se trata de una ideología, no así exactamente de una razón. Por lo tanto, no se hace mención de ninguna sin-razón, sino a un uso de la razón instrumental, que ayuda a construir una de las formas de la legitimación, concretamente, la estatal. La Constitución, tal como fue concebida en el periodo inicial liberal, corresponde a la construcción del Estado-nación, mejor dicho, la república. En las comisiones de la Asamblea Constituyente no se planteó este problema, que era fundamental: ¿El Estado Plurinacional requiere de una Constitución?  La Comisión Visión de País presentó un documento, de “minoría de izquierda”, conformada por lo que se consideró inapropiadamente una astucia de la mayoría de la comisión, evitando un documento de minoría de “derecha” – no era otra cosa que una maniobra burda -. En el documento de “minoría de izquierda” se cuestionó el carácter unitario del Estado Plurinacional; proponiendo, mas bien, que el Estado Plurinacional corresponde a una Confederación de naciones. A pesar de la burda maniobra de la mayoría, el documento de “minoría de izquierda” es altamente sugerente y apropiado. Quizás fue el único documento reflexivo y pertinente de la Asamblea. Sin embargo, lo que faltó reflexionar fue si un Estado Plurinacional, es más, Comunitario y Autonómico, requería de una Constitución.

En los términos del discurso liberal, sobre todo jurídico-político, la Constitución es la Carta Magna, la matriz de las leyes del Estado. Al hablar del Estado-nación, el Estado moderno, liberal por excelencia, la Constitución supone el mito del Estado, la genealogía de la nación. Cuando se trata de varias naciones, reconocidas no solo constitucionalmente, sino desde distintas perspectivas, enfoques y acepciones histórico-culturales, no parece adecuado poner como cimiento jurídico-político una Constitución, sino, en todo caso, podría decirse, varias; es decir, por lo menos, una pluralidad de constituciones. Este parece ser un problema crucial histórico-político-social-cultural. Si consideramos que la movilización prolongada fue característicamente de inclinación autogestionaria, entonces, se puede concluir que los imaginarios radicales, en el sentido de Cornelius Castoriadis, de los movimientos sociales anti-sistémicos fueron traicionados por la ideología jurídico-política estatalista subyacente.

La “razón” constituyente corresponde, en su despliegue, a la razón de Estado. En otras palabras, para decirlo figurativamente, recordando a una película, el huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman, se encontraba ya en la misma Asamblea Constituyente. Exagerando, atendiendo a la explicación del proceso des-constituyente, podemos interpretar de que la Asamblea Constituyente, cuya tarea era la de establecer las bases jurídicas-políticas del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, nace des-constituida.

Volviendo a las reflexiones anteriores, no solo se trata de la repetición reiterativa del círculo vicioso del poder, que es la tesis principal de nuestra crítica del poder y de las dominaciones, tampoco solo de la responsabilidad gubernamental en la conducción del proceso de cambio, compartida con la responsabilidad de las organizaciones sociales, sino también de que el acto mismo constituyente está ya preñado del proceso des-constituyente, cuando se trata de ir más allá del Estado-nación.

Como dijimos antes, no se trata, de ninguna manera, de que los gobernantes eludan su responsabilidad, tampoco de que lo hagan las organizaciones sociales, así como no puede hacerlo el pueblo, sino de comprender de cómo funciona el poder. En el crepúsculo de la modernidad, dadas las experiencias sociales acumuladas, así como las memorias sociales, es sumamente pertinente e indispensable preguntarse sobre este apego de las sociedades institucionalizadas al círculo vicioso del poder. Esta crítica, de ninguna manera propone el fracaso de la utopía, que es el principio esperanza de las sociedades humanas; mucho menos unge de valor a los escepticismos, pragmatismos y voluntades de nada conservadoras y liberales. Sino que busca comprender las condiciones de posibilidad, así como las condiciones de imposibilidad, históricas-política-culturales, de la realización de la utopía en la civilización moderna.

Sabemos que no es exactamente una razón, ésta la de la “razón” constituyente; se trata, más bien, de habitus, de prácticas, de esquemas de conductas y comportamientos. Sin embargo, estas prácticas y estos esquemas de conducta vienen acompañadas por formaciones discursivas, prácticas discursivas, imaginarios heredados, es decir, por la ideología. La razón abstracta es usada como instrumento operativo en la construcción ideología, en la pretensión de legitimación. La “razón” constituyente fue como la operación ideológica que le jugó una mala pasada a los movimientos sociales anti-sistémicos que llegaron a la Asamblea Constituyente.

 

 

 

 

 

[1] Raúl Prada Alcoreza: Proceso constituyente. Comuna; La Paz, diciembre de 2005.

[2] Ver Horizontes de la descolonización.  También Acontecimiento político; así como Laberinto generalizado.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/horizontes__de_la_descolonizacion.d.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/stacks/715dbb6b8faf4b70bef012832f796319-

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/laberinto_20generalizado_202.

[3] Ver Crítica de la ideología ii .  https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_ideolog__a_ii_de57ea240bb751.

[4] Ver Fuerza social y vacío político. https://issuu.com/raulprada/docs/fuerza_social_y_vac__o_pol__tico_2.

[5] Ver Cuadernos Activistas, Serie Acontecimiento político. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/stacks/715dbb6b8faf4b70bef012832f796319.

[6] Ver Crítica de la ideología ii. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_ideolog__a_ii_de57ea240bb751.

Anuncios

La tercera derrota de la guerra del Pacífico

La tercera derrota de la guerra del Pacífico

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La tercera derrota de la guerra del Pacífico

 

Fallo

 

 

La primera fue militar, entre 1879 y 1883; la segunda fue con la claudicación liberal, al firmar el tratado de 1904 y entregar Atacama a cambio de un ferrocarril; la tercera fue recientemente, cuando la Cote Internacional de la Haya dio a conocer el fallo, que dice que Chile “no tiene obligación de negociar” con Bolivia la salida al mar. La tercera es una derrota, a pesar de que la versión de gobierno dice que, de todas maneras, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) aconseja “dialogar” entre las partes en conflicto. El equipo de Bolivia había conseguido que la Corte Internacional de Justicia considere la demanda boliviana, bajo la petición de que Chile está obligada a negociar; en tanto que Chile negaba la competencia de la CIJ para tratar el asunto, pues, según la versión estatal trasandina, no había temas pendientes con Bolivia, una vez firmado el tratado de 1904. De acuerdo con la lectura del fallo, se hizo notar que el equipo boliviano no modificó sus argumentaciones, incluso después de los retruques de Chile. En pocas palabras, se durmió en sus laureles, confiado en la argumentación inicial, sin considerar la posibilidad de mejorarla, una vez conocida la contraargumentación chilena. El equipo chileno se encargó de cuestionar jurídicamente los argumentos del equipo boliviano, buscando demostrar que, a pesar de las conversaciones, de las intenciones, de las comunicaciones y compromisos de agenda, no pueden considerarse estos registros y documentaciones como instrumentos legales que obliguen al Estado de Chile a negociar. ¿Por qué el equipo boliviano no mejoró técnicamente la argumentación, demostrando la validez jurídica de estos registros y documentaciones y otras disposiciones como para hacer operar al derecho internacional, a sus mecanismos normativos?

Dejaremos pendiente esta pregunta, para que la responda el equipo jurídico boliviano. Retomaremos el hilo tejido en Geopolítica regional y El presente aterido al pasado[1], donde anotamos que la demanda boliviana presentada a la Corte de la Haya no salía del ámbito tradicional de la diplomacia boliviana, que no cuestiona el tratado de 1904; la diferencia radicaba, que esta vez había conseguido la atención y el tratamiento por parte de la Corte Internacional de Justicia; algo que no quería que ocurra el Estado de Chile. Por otra parte, que los alcances del pedido boliviano eran modestos, obligar a negociar al Estado de Chile el tema marítimo pendiente. En este sentido, en los dos ensayos se dejó en claro los límites de los estados para resolver el problema, arrastrado desde la guerra del Pacífico, pues los Estado-nación subalternos en conflicto estaban embarcados en una geopolítica regional por el control de los recursos naturales de la región, disputando la jerarquía de la subalternidad respecto a la potencia industrial hegemónica, en la centralidad de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. La guerra del Pacífico tuvo como antesala la guerra de la Confederación boliviana-peruana, donde disputaron dos proyectos, el endógeno, del interior del continente, en este caso, la sierra, contra el exógeno, emergido en los puertos, que ya apostaron por formar parte de la periferia extractivista de la geopolítica de la potencia industrial de entonces. Las guerras del interior contra los puertos se perdieron en el continente; ganaron los puertos y se impuso la geopolítica del sistema-mundo capitalista. La guerra del Pacífico no fue una guerra de este estilo, donde se enfrentaron dos proyectos geopolíticos distintos, el endógeno contra el exógeno, sino una guerra entre tres burguesías nacionales, que ya estaban incrustadas en los engranajes de la dominación geopolítica del sistema-mundo, aceptando su subalternidad. En esta guerra ganó la burguesía chilena y se sometieron prácticamente a su dominio geopolítico regional las burguesías boliviana y peruana, firmando los tratados de paz. La guerra del Pacífico se efectuó sin consultar con los pueblos, los que fueron arrastrados a la guerra, en el juego geopolítico regional de las tres burguesías mencionadas.

No son pues los Estado-nación subalternos los que pueden atender el problema y resolverlo, pues son engranajes de la economía-mundo y dispositivos políticos del sistema-mundo moderno, en su condición de subalternidad. Son los pueblos los que están convocados a tomar las riendas de los caballos desbocados de la historia política continental. Los pueblos fueron el referente del discurso liberal, después del discurso nacionalista, así como, posteriormente, del discurso neoliberal, para ser retomado en el discurso neo-populista. La referencia discursiva es ideológica, con el objeto de legitimación; empero, no para activar el ejercicio popular de la democracia. Los pueblos son la materia de la manipulación política. El manejo político y, sobre todo el monopolio de la decisión estratégica queda en manos de la casta política, supuesta “representación del pueblo”, sin embargo, herramienta operativa de la clase económica dominante o, mejor dicho, del entramado de clases dominantes, repartiendo y compartiendo sus dominios.

También anotamos en Geopolítica regional que, frente a la geopolítica imperialista y la geopolítica regional de las pretendidas potencias subalternas, los pueblos oponen la geografía libertaria, como Milton Santos concibió una alternativa alterativa a la dominación del espacio del poder y del capitalismo.

A lo que asistimos con el fallo de la CIJ es a un veredicto del orden mundial, del imperio. Esas son las reglas del juego de la dominación mundial, ahora vertida en el discurso jurídico, con pretensiones de “justicia internacional”.  A eso jugaron los gobernantes bolivianos, sobre todo los actuales, a pesar de su discurso “antiimperialista”, que es como la versión trasnochada del izquierdismo anterior a la definición de la guerra del Vietnam. Si hay alguien que cree que hay una “justicia internacional” que explique las tragedias y los dramas de pueblos y países después de la segunda guerra mundial, cuando las potencias vencedoras impusieron un orden mundial compartido. Esta ingenuidad era digna de los liberales; pero, a estos se los puede perdonar, pues comenzaba la experiencia de los organismos internacionales, con cierto halo del discurso jurídico-político de los derechos de las naciones, de los pueblos y de los derechos humanos. Además, el primer paso fue precisamente lo que se llamo la “descolonización” con la liberación de las colonias europeas en Asia y en África, convertidas en Estado-nación. Ahora esta ingenuidad es el sorprendente comportamiento nada más ni nada menos que de los “gobiernos progresistas”, por lo menos de uno.

Decir que “no hay obligación” por parte de un Estado agresor, que legaliza su ocupación territorial bélica mediante un tratado, es elevar a la “legitimidad” del orden mundial la usurpación mediante la victoria de una guerra. Lo que hace la CIJ es develar su rostro oculto detrás de la máscara de jueces notables.  Las argucias leguleyas jamás van a esconder la depravación de la violencia de una guerra de conquista. Los buenos modales, las poses, las pelucas, lo uniformes de nobleza, no logran encubrir el funcionamiento de estas máquinas jurídicas internacionales; sirven para legitimar las dominaciones desbordadas, consolidadas y ahora en crisis en el orbe mundial.

En la guerra del Pacífico no se trató de una guerra entre países, aunque era una guerra mediada por sus Estado-nación, mucho menos una guerra entre pueblos, hermanados por la historia, precolonial, colonial y poscolonial. Fue una guerra contra los pueblos, comenzó contra la nación mapuche, que había conseguido su reconocimiento por parte de la Corona española, cuando los vencieron en la guerra de defensa de sus territorios y pueblos. La guerra del Pacífico es como la continuidad de las guerras de conquista, empero en tiempos liberales, dada más ni nada menos en tiempos de las flamantes repúblicas latinoamericanas. Lo que, de alguna manera legitima la Corte de la Haya es esta continuidad colonial contra las naciones y pueblos indígenas. Por lo tanto, podemos concluir que la Corte de la Haya es un dispositivo de la dominación colonial, persistente en plena era poscolonial.

Los pueblos del continente se olvidaron contra quiénes se pelea, contra qué se pelea; se olvidaron de que la guerra anticolonial quedó inconclusa, quedó estancada en una simulación republicana, que legitimaba la edificación de sociedades y estados sobre cementerios indígenas. Las naciones y pueblos indígenas no encontraron su liberación, sino otro sometimiento con discurso liberal, después nacionalista, para continuar con el vacío discurso neoliberal, seguir con el discurso barroco del neopopulismo, pasando, entre medio, por el discurso socialista. Los pueblos mestizos tampoco encontraron la armonía, pues no pueden resolver sus contradicciones profundas, mientras no acepten que no se puede construir la democracia, la república o si, se quiere, la utopía, mientras no se resuelva el tema pendiente de la conquista y la colonización, el crimen cometido contra las naciones y pueblos indígenas.  No es en las mallas institucionales de la simulación donde se puede encontrar la armonía buscada, sino en el desandar el laberinto a la que nos arrastró la colonización, la colonialidad y la lastra contemporánea de Estado-nación subalternos, dependientes, al servicio de la geopolítica del sistema-mundo capitalista extractivista y especulativo.

No puede haber alegría ni tristeza de los pueblos por el fallo, aunque parte de las masas expresen estas actitudes; pues no es una derrota, tampoco una victoria de ningún pueblo, sino una derrota de un gobierno y una victoria de otro gobierno, si se quiere una derrota de un Estado y una victoria de otro Estado. Los pueblos siguen siendo la sombra sobre las que gobiernan las iluminaciones de abalorio de Estado-nación subalternos. Los pueblos todavía están ante la responsabilidad de resolver los problemas pendientes; hay una larga lista desde las oleadas de las guerras de conquista y las oleadas colonizadoras.

Que sea difícil encontrar el camino o los caminos para desandar el laberinto de la colonialidad está por descontado. Por eso no se los ha encontrado hasta ahora. El colonialismo y la colonialidad se ha cristalizado en los huesos, se ha convertido en imaginarios, ha constituido subjetividades sumisas. Los pueblos no pueden confiar sino en sí mismo; no en susodichos “representantes del pueblo”, pregonen el discurso que pregonen, liberal, nacionalista, neoliberal, populista o socialista. Están ante sí, ante su sedimentada experiencia social, ante su dinámica memoria social. Contienen la potencia social, que es la potencia creativa de la vida. Que lo logren no depende sino de la capacidad de acto heroico que desplieguen los pueblos.

 

 

[1] Ver Geopolítica regional y El presente aterido al pasado.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/geopol__tica_regional.  

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/el_presente_aterido_al_pasado_2_a80013d4608129.

Crítica de los mitos

Crítica de los mitos

Lectura de las huellas dejadas por los caminantes migrantes de Venezuela

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Crítica de los mitos

 

 

Migrantes 4

 

 

Dedicado a los caminantes migrantes venezolanos

 

 

Los fantasmas del pasado nos atosigan, los mitos no nos dejan vivir, porque sencillamente nos encontramos atrapados en los mitos; los mitos dan sentido, pero al darlo, al narrar las interpretaciones del origen, del comienzo civilizatorio, del regalo del fuego, de la invención de los instrumentos de caza, del nacimiento de la agricultura – hablando de los mitos arquetípicos -, nos hacen creer que ya todo está dado, resuelto y explicado. Lo mismo ocurre, pero de una manera más pedestre, menos mágica y poética, con los mitos modernos; éstos proponen el fin de la historia, el desarrollo, el dominio del hombre sobre la naturaleza, la hegemonía de la ciencia. El hombre moderno, como el hombre antiguo, se encuentra atrapado en los mitos, cree en la verdad que transmiten los mitos; entonces, no se cuestiona, sobre las finalidades inherentes a los mitos mismos. Es más, aunque parezca paradójico, donde más han proliferado los mitos es en la modernidad, que se cree libre de los mitos; aparece como ideología. Hay mitos de identidad, mitos relativos a la nación, incluso, a pesar de la contrastación histórica, que suponen que la nación es anterior al Estado. En la llamada América Latina y el Caribe se han constituidos mitos sobre la formación de la consciencia nacional, así como el mito de la Patria Grande. Si bien estos mitos han sido substratos de las interpretaciones histórico-políticas, es decir, los discursos que se oponen a las dominaciones que se enfrentan, como el colonialismo, la colonialidad, el imperialismo, los estados oligárquicos; si bien han servido para expresar las luchas de los pueblos, a partir de un momento, los mitos de identidad se han convertido en obstáculos para construir interpretaciones renovadas, actualizadas, que ayuden a replantear las luchas sociales y de los pueblos. De manera paradójica, terminaron sirviendo como creencias que sostienen a las nuevas dominaciones, las oligárquicas, las liberales, las nacionalistas, las neoliberales, las populistas.

Es menester una crítica de los mitos. No, por cierto, como lo hacía la epistemología empirista y positivista, suponiendo que la ciencia moderna nacía para librar a las sociedades humanas de los mitos; pues la ciencia, en el sentido propuesto por el positivismo es también un mito. Sino como crítica de lo que expresan como narrativa válida, avalada institucionalmente y por las tradiciones. Por ejemplo, el mito de la Patria Grande, de la unidad latinoamericana, se quiebra ante la evidencia de lo que devela la migración venezolana por el continente. La xenofobia despertada nos muestra, mas bien, otra realidad, distinta a la que supone el mito. Las poblaciones ven como amenaza a la población caminante que migra, escapando del infierno de la República Bolivariana de Venezuela. Las poblaciones latinoamericanas de los otros países no reciben a los migrantes, que, en este caso, son refugiados políticos o lo demandan ser con el solo hecho de pisar las tierras de los otros países “hermanos”. ¿Síntoma de qué son estos comportamientos xenófobos?

No es justificativo decir que lo mismo pasa en otras partes del mundo, donde los estados colindantes se enfrentan a la llegada multitudinaria de refugiados; se repite el fenómeno en otros estados más distantes, sobre todo en aquellos que se suponen desarrollados y con una larga tradición institucional democrática. Si el mismo comportamiento xenófobo se da mundialmente, esto parece mostrarnos un fenómeno contemporáneo, un fenómeno social y subjetivo contemporáneo. La xenofobia se sostiene en el miedo, en la creencia de la amenaza; de esta manera, se toma la llegada de los extranjeros que huyen como una invasión. Entonces, el miedo ya estaba instalado en las cavernas de la subjetividad, la amenaza estaba ya contenida en las interpretaciones en boga. La oportunidad para que este miedo salga rabiosamente y que esta amenaza sea señalada es la llegada de los extranjeros fugitivos.

Algo ha pasado con las sociedades humanas en la contemporaneidad; han perdido seguridad, incluso confianza en sí mismas. Se trata de sociedades que se sienten amenazadas; entonces están afectadas profundamente; los mitos modernos que les daban seguridad no son suficientes para calmarlas. Presienten que algo anda mal en estas interpretaciones, pero no lo dicen, ni se dan el tiempo para reflexionar; prefieren cómodamente mantener los mitos y encontrar culpables, hallar la culpa en los enemigos. Con esto habrían perdido la oportunidad de encarar sus propios mitos, su propia ideología; en otras palabras, encarar el problema que se presenta como desafío insoslayable. Prefieren la catarsis, exteriorizar sus miedos y castigar a los que señala como amenaza. Prefieren comportarse de la manera mezquina como se comporta el humano rendido a sus prejuicios.

Los resientes sucesos nos presentan un panorama desolador; las poblaciones se dejan llevar por sus prejuicios y miedos, se dejan arrastrar por sus fantasmas, que los jalan al pasado no resuelto. Recurren, por así decirlo, a toda su incapacidad para resolver problemas. En consecuencias no los solucionan, se alejan de cualquier solución, salvo ésta sea imaginaría. Este es el caldo de cultivo de los conservadurismos recalcitrantes, de lo que comúnmente se llama “derecha” conservadora o reaccionaria, de lo que de manera panfletaria se llama fascismo; así como es el caldo de cultivo de los fundamentalismos atroces.

En contraste, los llamados populismo tienen otro caldo de cultivo; esta es la memoria mitológica del pueblo, un substrato imaginario barroco, que tiene como estratificación sedimentaria a las narrativas milenarista. Después,   en los estratos posteriores o menos profundos o más superficiales, aparecen las ideologías modernas, todas combinadas de manera abigarrada; la ideología liberal, de las primeras épocas, aquellas ligadas a la lucha contra las expresiones conservadoras oligárquicas; la ideología socialista, sobre todo aquella que estuvo motivada por las inclinaciones románticas; la ideología nacional-popular, sobre todo aquella que corresponde al discurso histórico-político que convoca a la nación oprimida. El eterno retorno del populismo, teniendo en cuenta sus expresiones singulares, dependiendo del contexto y la coyuntura, tiene este caldo de cultivo, que, en resumidas cuentas, podemos llamar el de la convocatoria del mito, en distintas tonalidades y formas. En este trance o tránsito, el socialismo tiene otro caldo de cultivo; en este caso, resumiendo también, el caldo de cultivo es la promesa; que en su arqueología se tiene como substrato a la promesa religiosa y en el estrato de la modernidad se encuentra la promesa política socialista de la justicia.

Estos dos últimos caldos de cultivo, como los nombramos metafóricamente, el relativo al populismo y el referido al socialismo, son usados por expresiones políticas progresistas, en sus inicios por expresiones románticas, aunque también fueron usadas por el liberalismo de los primeros tiempos. Las expresiones de las manifestaciones y movilizaciones radicales también tuvieron como substrato a estos caldos de cultivo histórico-culturales. El contraste con el primer caldo de cultivo mencionado tiene que ver no solo con la predisposición a la paranoia, por lo tanto, al miedo y al señalamiento de la amenaza, del substrato cultural de la sensación de inseguridad y de vulnerabilidad, sino en que dio lugar a formas discursivas y formas de acción claramente recalcitrantemente conservadoras y fundamentalistas ultramontanas. En cambio, los otros substratos histórico-culturales dieron lugar a manifestaciones políticas esperanzadoras, abriendo expectativas sociales y dibujando el porvenir con optimismo.

Sin embargo, la historia efectiva jugó con paradojas histórico-políticas a las manifestaciones socialistas y a las manifestaciones populistas. El periodo de oro, por así decirlo, de la revolución, se despliega en un primer periodo, quizás solo al inicio mismo de la revolución; empero, después, en la medida que la revolución se institucionaliza, los mismos caldos de cultivo son usados por expresiones políticas pragmáticas o del realismo político, que obstruyen la continuidad de la fiesta revolucionaria, que anulan o borran toda huella o halo romántico, que, en definitiva, se comportan como el termidor mismo de la revolución. Entonces, la forma de Estado, sobre todo el ejercicio del poder, de las formas de gubernamentalidad socialista y de las formas de gubernamentalidad populista, se comienzan a parecer, a las formas de gubernamentalidad conservadoras recalcitrantes, reaccionarias, fascistas y fundamentalistas ultramontanas.

Volviendo al tema, los caminantes migrantes venezolanos, que escapan del infierno del “socialismo del siglo XXI”, se enfrentan a dos panoramas adversos; primero, el incumplimiento de la promesa, en su propio país; promesa convertida en una mueca grotesca, que se ríe descaradamente de la inocencia de un pueblo, que creyó en la convocatoria del mito. El segundo, se enfrenta a la xenofobia destilada en las poblaciones “hermanas” de Latinoamérica.  Y los latinoamericanos, para nombrarnos de esa manera, nos enfrentamos a la cruda realidad, mejor dicho, nos enfrentamos, a través de ella, a nuestros mitos, que develan su propia insostenibilidad narrativa.

Para decirlo fácilmente, no somos lo que creíamos ser, por lo menos en esta actualidad conflictiva y perturbadora. No somos poblaciones con vocación de la Patria Grande; somos tan mezquinos como las oligarquías iniciales de las repúblicas inauguradas del siglo XIX. Estas oligarquías construyeron Estados del tamaño de sus propios prejuicios y sus propias miserias humanas; hoy, leyendo los comportamientos xenófobos de las poblaciones, podemos ver que nos aferramos a un localismo conservador del tamaño de los prejuicios ateridos socialmente, prejuicios que son compartidos, paradójicamente, con la oligarquía ultramontana. Con esto demostramos que no somos capaces de asumir el presente, con toda su complejidad dinámica, con todos sus espesores histórico-territoriales-culturales-sociales. Que preferimos aferrarnos a un pasado que imaginamos, no como utopía, que sería, mas bien, expectativa esperanzadora, sino como apuesta pragmática y oportunista a una seguridad supuesta que perdimos.

Como quien dice, es momento de enfrentarnos a nosotros mismos, a lo que somos nosotros en el momento presente, a cómo llegamos a ser lo que somos; que es también, enfrentarse a los mitos que sostienen nuestras justificaciones de lo que hacemos. Tomando posición al respecto, decimos que hay que deconstruir nuestros mitos constitutivos; esto equivale a autocriticas colectivas y sociales de los pueblos de Abya Yala. Esto implica pasar de la deconstrucción a la diseminación de las mallas institucionales constituidas, instituidas y consolidados, que ahora, se han convertido en nuestras prisiones agobiantes, así como en embarcaciones al naufragio. La autocrítica es deconstrucción, por lo tanto, destrucción, también es diseminación, por sus consecuencias materiales, de las mallas institucionales, que, en vez de ser instrumentos de sobrevivencia, cambiables, modificables desechables, se han convertido en los principios y fines abstractos de la dialéctica nihilistas.

Kurdistán

Kurdistán

Kurdistán

Kurdistán

 Guerreras kurdas

Combatientes kurdos

Kurdistán (en idioma kurdo: كوردستان, Kūrdstān) es una región sin acceso al mar situada en Asia Menor, al norte de Oriente Medio y al sur de la Transcaucasia. Históricamente reclamado por el pueblo kurdo, la etnia sin Estado que lo habita, su territorio se encuentra actualmente repartido entre cuatro Estados: Turquía, Irak, Irán y Siria, a los cuales hay que añadir un pequeño enclave en Armenia.

Los kurdos son un pueblo de origen indoeuropeo que se asentaron en el sur de Anatolia en torno al siglo X a. C. Se considera que sus orígenes se remontan a los medos que se enfrentaron primero a los asirios y luego a los aqueménidas, por los que fueron derrotados en el año 550 a. C. El Imperio medo, que duró 128 años, sería conquistado por Ciro el Grande, fundador del Imperio aqueménida y que a su vez fue conquistado, en el 332 a. C, por Alejandro Magno. Durante la Edad Media los kurdos tuvieron una relativa libertad bajo el dominio islámico. Sin embargo, con el auge del Imperio otomano, el país fue fragmentado en dos Estados: el otomano y el persa. En la parte otomana, los feudos kurdos mantuvieron una amplia autonomía hasta el siglo XIX. Durante este siglo la injerencia otomana en los feudos kurdos provocó fuertes tensiones con las autoridades, que desembocaron en diversas rebeliones de carácter independentista entre 1806 y 1880. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, con el Imperio otomano en proceso de desintegración, el fallido proyecto del Tratado de Sèvres, que nunca fue ratificado ni entró en vigor, reconocía el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades de los antiguos imperios, y preveía la creación de un Estado kurdo. El Tratado y en concreto el artículo 62 definió las fronteras y la hipotética composición del futuro Kurdistán. El Kurdistán concebido por el tratado habría sido un país con dos terceras partes de su territorio eliminadas, incluyendo sus áreas fértiles y sus tradicionales tierras de pastoreo. En 1925 una insurrección kurda fue derrotada por las tropas turcas. Tras el Tratado de Lausana (1923) el Kurdistán sería dividido entre Turquía, Siria, Irán, Irak y la URSS. Tras la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la descolonización se trazaron las fronteras actuales de los estados en los que se halla dividido el Kurdistán. En 1945 se proclamó la República de Mahabad, de inspiración comunista, en el Kurdistán iraní por parte del recién creado Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDK), la cual se mantuvo independiente durante un año hasta la ocupación de la ciudad de Mahabad por las autoridades iraníes en diciembre del mismo año. Durante la Guerra Fría hubo una constante agitación independentista por parte de los kurdos. En 1961 Mustafá Barzani, miembro histórico del PDK, inicia una guerra de guerrillas en Irak hasta ser derrotado en 1975. En 1979 se producirá una nueva rebelión en Irán contra el régimen teocrático instaurado tras la Revolución. La respuesta iraní fue la declaración de la Guerra Santa contra los kurdos. En 1984 el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) iniciará un nuevo levantamiento guerrillero.

Desde finales de los años 80 la tensión en el Kurdistán aumentó, registrándose una mayor actividad armada del PKK y un aumento de la represión hacia los kurdos por parte de las autoridades iraquíes y turcas, principalmente. Tras la Guerra del Golfo se produce, en 1991, un nuevo levantamiento contra el régimen de Saddam Hussein en Irak, que fue aplastado ante la pasividad de las tropas occidentales. En 1992 se produce en Turquía el Newruz sangriento (21 de marzo), en el que se estima que el Ejército turco asesinó a 200 manifestantes kurdos. Un año antes Leyla Zana, diputada kurda en Ankara, fue detenida bajo la acusación de separatismo. En estos momentos comienzan a hacerse patentes las fuertes divisiones entre las distintas fuerzas políticas kurdas que se materializan en la guerra civil en el Kurdistán iraquí desde 1994 hasta 1997, en el que se enfrentaron las milicias del Partido Democrático del Kurdistán Iraquí y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), escisión izquierdista del PDK en los años 70. Al mismo tiempo, el Ejército turco amplía su represión contra los kurdos destruyendo más de 3.000 aldeas de población kurda. En 1999 Abdulá Ocalan, el líder del PKK, es detenido en Kenia, lo que ocasiona importantes revueltas kurdas, especialmente en Irán. El inicio de la Guerra de Irak en 2003 provocó que la mayor parte de los grupos políticos kurdos apoyasen a los Estados Unidos con el objetivo de conseguir una mayor autonomía tras el derrocamiento de Saddam Husein, lo que dio lugar posteriormente a la creación de la entidad federal autónoma del Kurdistán iraquí. Unos años más tarde, durante la Guerra Civil Siria, se produjo la revuelta armada kurda de 2012, en el territorio kurdo dentro de Siria. En el 2014, una red terrorista llamada Estado Islámico conquistó una porción de la Mesopotamia sirio-irakí y fundó un califato de manera criminal al mando del califa Ibrahim; esto demostró a la vez una amenaza para los kurdos, que rápidamente fueron torturados por el ejército del califato y ahora mismo se están defendiendo Mapa del conflicto Siria-Irak 2014-15. Junto a una súper-coalición no terrestre conformada por las potencias occidentales y otros Estados islámicos libres. 2 Geografía Según la Enciclopedia Británica, [cita requerida] el Kurdistán abarca 190.000 km² de Turquía, 125.000 km² de Irán, 65.000 km² de Irak y 12.000 km² de Siria, con un área total de casi 392.000 km²; en dicho territorio se encuentran la mayoría de las reservas petrolíferas de Irak e Irán y la totalidad del petróleo sirio. La geografía kurda está dominada por las montañas de Anatolia y los Montes Zagros. Por tanto, el clima es típico de interior y montañoso, alternando temperaturas extremas. Sus principales ríos son el Tigris y el Éufrates, que nacen en su territorio. 3 Demografía 4 Cultura 4.1 Idioma El kurdo es la lengua propia del Kurdistán. Sólo tiene estatus oficial, junto al árabe, en la Región Autónoma Kurda de Irak. Tiene cierto reconocimiento en las áreas kurdas de Irán y Armenia, donde las lenguas oficiales son, respectivamente, el persa y el armenio y ningún reconocimiento en Turquía y Siria, donde las lenguas oficiales son, respectivamente, el turco y el árabe. 4.2 Religión La mayoría de los kurdos profesan el Islam. Sin embargo, existen diferentes minorías cristianas. Mención especial merece el yazidismo, una antiquísima religión minoritaria que es una mezcla sincrética de las creencias zoroastrianas, judías, maniqueas, nestorianas e islámicas[1].

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/products/kurdistan/
Crea tu propia web gratis: http://www.webnode.es

La convocatoria del mito

La convocatoria del mito

Aproximaciones a la figura del caudillo y a la revolución bolivariana
Raúl Prada Alcoreza
Featured Image -- 10333
De acuerdo a la etimología, mito es el relato tradicional relativo a seres sobrenaturales, o a los antepasados o héroes de un pueblo. Mythos, del latín tardío, quiere decir cuento; y mýthos, del griego antiguo, significa fábula[1]. Como se puede ver, la raíz de la palabra mito nos lleva a la significación del relato imaginario sobre los orígenes del cosmos o sobre los orígenes de los pueblos, también relato de la epopeya de los héroes primordiales. Paul Ricoeur entiende que se trata de una trama, de una narración, que articula el principio, la mediación y el desenlace de un texto, en la configuración de una totalidad; es un modelo de concordancia. Emile Durkheim encuentra en el mito la estructura que sostiene valores y la cohesión social[2]. Para George Sorel el mito es como una intuición social que convoca a la acción[3]. Claude Levi-Strauss estudia los mitos como estructuras de racionalizaciones que diferencian y encuentran analogías, que clasifican plantas y animales, que construyen calendarios, usando la fuerte narrativa de imágenes y figuras arquetípicas, las que sufren metamorfosis y cambios[4]. Para una de las corrientes hermenéuticas, dedicadas al estudio e interpretación de los mitos, el mito es la matriz de la cultura, de la narrativa, del imaginario, que es como la totalidad de sentidos de la que nunca salimos[5]. Como se puede ver, estamos ante una gama de interpretaciones del mito; empero, en todas ellas, el mito cobra relevancia; ya sea como relato primordial; ya sea como estructura cultural subyacente; ya sea como imaginario total, que es como decir que nacemos en lo imaginario, que nacemos en el mito; ya sea como intuición convocativa a la acción. Nosotros usaremos la figura del mito en este último sentido, empero, sin descartar los otros usos e interpretaciones del mito.
¿Por qué es importante analizar los acontecimientos desde esta perspectiva? Se acostumbra a analizar la experiencia política desde una perspectiva que llamaremos objetiva, tomando en cuenta la descripción de los hechos, eventos, secuencias, contextos y coyunturas políticas; usando modelos analíticos y teorías explicativas, que orientan el análisis a dar cuenta de causalidades, de estructuras subyacentes, de contradicciones dialécticas, de enfrentamientos de bloques. No desechamos la utilidad de estos análisis; sin embargo, notamos que muchas veces se quedan sorprendidos y sobrepasados por el desborde de acontecimientos políticos inéditos. Sobre todo estos análisis se quedan un tanto atónitos ante la presencia de figuras políticas carismáticas, que subjetivan los enfrentamientos políticos, las luchas sociales, sintetizando densamente el acontecer político en el dramatismo de sus personalidades.
La política, en tanto campo de prácticas y de acciones, y lo político, en tanto campo de distribución de fuerzas, posiciones, dispositivos y agenciamientos, además de instituciones, no son acontecimientos políticos que solamente pueden describirse y explicarse desde una exterioridad académica. La política es una experiencia fuertemente subjetiva; se vive la política pasionalmente, se figura la experiencia política en los imaginarios sociales. Determinados acontecimientos políticos, como las rebeliones, las movilizaciones, las revoluciones, despiertan entusiasmo; otros acontecimientos políticos, como la crisis, el desgaste y el deterioro de los referentes de las expectativas, incluyendo la inercia misma en la que cae la rutina política, desencantan. Estas experiencias no se hacen inteligibles si es que no se consideran la constitución y des-constitución de subjetividades, si es que no se comprende el espesor de la experiencia política. Claro que es indispensable estudiar las políticas públicas, las prácticas, las relaciones y las estructuras en su manifestación objetiva; empero esto no basta. Nos quedaríamos en una descripción que trata a la política como una exterioridad o en una explicación abstracta, que no deja, en todo caso de ser pedante.
La figura del caudillo es indudablemente un acontecimiento político, es un lugar de condensación de la experiencia política, una subjetivación concentrada de de las tensiones y contradicciones políticas, a tal punto que todos sus actos, incluso los más insignificantes, no solamente se convierten en actos públicos, esto ya lo sabíamos, sino se convierten en signos políticos. Adquieren significación, connotación, irradian en el ámbito social, apropiándose del sentido y de los significados de los fenómenos políticos no personalizados. El carisma es seductor y atrayente, se convierte en un núcleo gravitatorio, que captura los entornos, haciéndolos circular alrededor. Lo que importa, en el análisis de estos acontecimientos políticos, centrados en la emergencia carismática, no es, obviamente, descartarlos o reducirlos, menospreciando el caudal emotivo y afectivo de las vivencias políticas, sino, al contrario, tomarlos en cuenta como fenómenos integrales, que logran develar el juego intenso de las fuerzas, sus composiciones y relaciones, sobre todo sus pliegues subjetivos. Los acontecimientos políticos, centrados en el carisma, deberían ser mas bien privilegiados en el análisis.
Ahora bien, el mito no es algo que está en nuestras cabezas, tampoco es una estructura abstracta; el mito es producido y reproducido en la dinámica de las relaciones lingüísticas, discursivas, imaginarias, afectivas, pasionales de la gente. Se figura, configura y refigura en la dinámica de estas relaciones. Son los sujetos sociales los que crean y recrean el mito, así también son los que terminan atrapados en sus redes. Creen que nacen en el mito, que se mueven en el interior de su esfera, y que lo que les ocurre se explica por la trama del mito. Entonces el mito tiene que ser entendido como una estructura imaginaria, construida y reconstruida en las dinámicas relacionales de los sujetos sociales. Hay pues como una “economía política” del mito, si nos excusan de hablar así; donde el mito pretende diferenciarse, separarse, autonomizarse, respecto a sus productores, a sus imaginadores, sobre quienes termina actuando como una “ideología”[6]. De lo que se trata es de efectuar una crítica de la “economía política” del mito, como de toda economía política, en el contexto de su generalización. Empero, esto no significa decir que el mito es un fantasma; al contrario, es una estructura y un ámbito de relaciones dinámicas, que actúan en el cuerpo, induciendo comportamientos y conductas. De lo que se trata es de comprender estas dinámicas relacionales que sintonizan subjetividades, la del caudillo y la del pueblo.
  

                     

El mito del caudillo

El mito es una trama y un entramado; una trama pues es un tejido, una narrativa, una textura de hilos sensibles e imaginarios, hilos que se encuentran en los filamentos más recónditos del cuerpo; un entramado pues en el mito también se entrelazan tramas. Quizás por eso, el mito se remonta al origen, explica el cosmos por este origen, pero también nuestra tragedia en el acontecer del mundo. El mito avizora entonces, descifrando en las convulsiones de esa matriz, el anuncio de nuestra emancipación. El mito es poderoso pues es la captura de la totalidad por medio del inmediato e intenso procedimiento de la intuición. Sólo la estética y el arte podrían acercarse a una experiencia parecida. El mito remueve nuestras fibras, conmueve nuestro cuerpo, lo empuja al abismo de la nada, otorgándole la plenitud del sentido en su propia caída, en la experiencia de la caída, vivida como una resurrección.
El mito cohesiona, sostiene la consistencia perdurable de la comunidad, al otorgarle una identidad descomunal, a la altura de los dioses o de las fuerzas creativas. El mito comunica en la iniciación al hombre, a la mujer, al guerrero, a la tejedora, con las fuerzas inmanentes del devenir, devenir animal, devenir planta, devenir agua, devenir fuego. El mito es un torbellino pasional sublime, es una hermenéutica sensible del acontecer. Si clasifica es porque todo se conecta, no se divide; no es pues una analítica, sino más bien una “síntesis”; empero una “síntesis” en tanto “experiencia” de la metamorfosis o la metamorfosis hecha “síntesis” mutante.
El mito es memoria, pero, se trata de una memoria simbólica, de una memoria alegórica, cuya narrativa figurativa concibe el tiempo, el transcurrir del tiempo, como una actualidad pura, un acontecimiento fabuloso que repite el eterno retorno del origen. Hay toda clase de mitos experimentados por los pueblos; mitos cósmicos, pero también mitos históricos; mitos del origen del fuego, de la caza, de la agricultura, de la civilización, pero también mitos mesiánicos. El padre y la madre, después de muertos, se convierten en mitos; los padres y madres vivos son vistos como mitos vivientes. Los guerreros se convierten en héroes, los héroes condensan la historia en su epopeya. Los conductores de la guerra anticolonial son nombrados como libertadores; sus nombres y sus perfiles se convierten en la razón de ser las naciones liberadas. Los libertadores se institucionalizan, sus fantasmas acompañan los actos cívicos y adornan las paredes de las oficinas públicas. De alguna manera sus fantasmas han sido domesticados. Sin embargo, pueden reaparecer cuando son convocados nuevamente en la actualización de antiguas luchas.
El mito que revive Hugo Chávez Frías es el del libertador Simón Bolívar. La tarea del libertador ha quedado inconclusa, no hay integración, la constitución de la Patria Grande no se ha realizado. Los pueblos liberados enfrentan ahora otra guerra anti-colonial o, si se quiere, la continuidad de la guerra de la independencia; se trata de la guerra contra la dominación imperialista y el control hegemónico del capital. El golpe del oficial Hugo Chávez es contra la oligarquía entreguista de los recursos naturales, la partidocracias y la corrupción de la clase política. Este gesto es un acto heroico, que convoca a la guerra a las clases populares, gesto que reclama su despertar ente la crisis y decadencia de la república. Años después, la victoria electoral de Hugo Chávez se explica tanto por la convocatoria del mito, así como por la crisis política de Venezuela. Las clases populares respondieron al gesto, a la irradiación del gesto, al golpe de cabeza, efectuada por oficiales intrépidos y grupos de izquierda radicales. La figura del libertador se convirtió en un proyecto: La República Bolivariana de Venezuela. Este proyecto se plasma en la Constitución, que da nacimiento a la quinta república, que ya no ansia una institucionalidad liberal, como en el caso del libertador, sino que busca una transformación socialista. La Constitución es integradora, es participativa, profundiza la democracia, la soberanía adquiere connotaciones omnipresente, recupera los recursos naturales para los venezolanos, se plantea la redistribución del ingreso y la inversión social, enfrentando de cara la estructura de las desigualdades, además de proponerse la integración Latinoamericana y del Caribe. Después de promulgada la Constitución, el gobierno, el partido, los intelectuales comprometidos, las organizaciones sociales, se dan la tarea de definir el nuevo proyecto socialista, nombrado como socialismo del siglo XXI. Las tareas de construcción socialista, las definiciones de este socialismo del siglo XXI aparecen en los planes de desarrollo. En la segunda victoria electoral de Chávez se define el carácter socialista de la revolución bolivariana.
El mito ha removido el suelo y la geología de la formación histórica, social, económica y política venezolana. Después de Chávez Venezuela ya no será la misma; es otra, bolivariana y socialista, tiene como tarea la integración y la igualdad social. Se ha dado una sintonía armoniosa y pasional entre el que encarna el mito y las multitudes, el pueblo, las clases populares. Esta sintonía ha sido acompañada por la organización de movimientos sociales de magnitud, las comunidades, las misiones, la formación masiva de líderes, la inversión social. El golpe militar reaccionario del 2002 se enfrentó a un pueblo organizado, empoderado, convocado, consciente de la certidumbre de los tiempos de cambio y de su responsabilidad histórica. La gigantesca movilización popular derrotó al golpe reaccionario de la oligarquía rentista. Esta victoria popular y el retorno al poder de Hugo Chávez le dio un impulso inmenso a los ritmos del proceso politico y social. El mito se convirtió en el entrañable sentido del proceso, en el intérprete de los acontecimientos, incluso en la significación  de la compleja búsqueda de un nuevo horizonte socialista.
No creo que la experiencia del proceso revolucionario bolivariano se pueda explicar por interpretaciones “racionalistas” que desprenden las tesis del partido de vanguardia, tampoco creo que cubra la complejidad del proceso explicaciones economicistas, del tipo contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, así mismo, son insuficientes tesis como las de la autonomía relativa de la superestructura. Del mismo modo, del otro lado, debemos descartar las tesis simplistas de los apologistas del culto de la personalidad, que convierten al caudillo en el protagonista absoluto de la historia. El caudillo, como veremos más adelante, es una relación entre el mito, la memoria intuitiva, y lo popular, relación afectiva y pasional; relación que emerge de una sintonía entre el flujo figurativo del caudillo, sus discursos, sus acciones, sus gestos, que conforman una narrativa carismática, y los imaginarios populares, las pasiones y expectativas populares, prácticas y habitus populares, que interpretan la narrativa carismática como una convocatoria y una anunciación. El secreto entonces se encuentra en la alteridad popular, que despierta ante el sonido y el simbolismo irradiante del mito.         
 

Los apologistas del caudillo

En este texto no está en cuestión el caudillo; él vive su vida, de una manera propia o impropia, auténtica o inauténtica, lo hace apasionadamente y hasta dramáticamente. Él es, queriéndolo o no, el caudillo; éste imaginario patriarcal cristalizado en los huesos de los humanos desde épocas antiguas. El problema son los apologistas, quienes apuestan con todas sus fuerzas y sus argumentos al caudillo; el caudillo se convierte en sentido de sus vidas, en anhelo encarnecido. Lo invocan y convocan. Para los apologistas el caudillo se convierte una figura explicativa histórica, una figura que hace inteligible el conflicto social y el conflicto político. El caudillo es la razón de ser de los apologistas. A sus ojos el caudillo se convierte en la síntesis suprema histórica, política, social, cultural, psicológica, de las masas, del pueblo. Le otorgan una materialidad vital omnipresente en los acontecimientos, de tal forma que lo convierten en el motor de todo, casi como Dios maquinizado, Deus machina. Para las tesis de los apologistas el caudillo es como el núcleo de un sistema de órbitas; somatizan, simbolizan, subjetivaban, al extremo la historia, que ésta se resume a las compulsiones, pulsiones, afectos del caudillo.
En las tesis de los apologistas del caudillo han desaparecido las dinámicas sociales, las dinámicas políticas, las dinámicas económicas, las dinámicas culturales, los ciclos del capitalismo, las contradicciones histórico-políticas. Todo se resume a una épica, a la epopeya colosal de un enfrentamiento entre el héroe supra-histórico, el caudillo, que es como el bien supremo, contra la monstruosidad de la maquina descomunal y despiadada de la opresión forastera. Los apologistas han construido un nuevo mito fabuloso, el mito de una guerra cósmica entre el caudillo y el fantasma del imperio; otra vez, el bien absoluto en guerra contra el mal absoluto. No vamos a criticar el maniqueísmo inscrito en esta suerte de teoremas mitológicos, sino vamos a anotar lo que hacen desaparecer.
Con estas tesis sobre el caudillo heliocéntrico desaparece la política. Ya no hay política sino “religión”, o un sustituto de la religión. Ha desaparecido la política como campo de fuerzas, como dinámicas moleculares de cohesión y descohesión, como “concentración”, si se puede usar esta palabra, de enfrentamientos económicos, sociales, culturales, territoriales; por lo tanto como diferencias, aunque también como contradicciones. Ha desaparecido la política como dinámica histórica especifica, en su contexto y singularidad. Ha sido convertida, como dijimos, en una epopeya, en una épica, en un mito. Si algo nos dejó el marxismo es precisamente el análisis de las relaciones; el capital como relación, el Estado como relación, la política como proceso de relaciones mutantes. Esta herencia es significativa, a pesar de que los marxistas partidarios hayan vuelto a convertir al marxismo en una “religión”, terminando de endiosar a los teóricos de esta formación enunciativa dialéctica, sobre todo a los conductores de las revoluciones. Tal parece que la mitificación y el maniqueísmo forman parte de los recursos imaginarios más a la mano, muy afines a la reproducción de las estructuras de poder interpeladas. Pues bien, se trata de desplegar este análisis relacional; se trata de analizar, de desmenuzar, los procesos políticos en la composición de sus dinámicas moleculares, en los ámbitos de relaciones en curso, en las coyunturas y contextos específicos, en las singularidades de sus contradicciones. 
Desde esta perspectiva, desde el análisis relacional, el caudillo aparece no como el núcleo, el centro, de un sistema de órbitas, sino también como una relación. Relación entre una conformación popular y el mito que anida en su memoria, mito patriarcal, milenarista, ancestral, mesiánico. Cuando se produce la sintonía entre esta memoria y la presencia carismática de un personaje público, cuyo accionar discursivo y práctico, deriva en interpelación, entonces el mito retorna, se encarna, adquiere nombre, perfil propio, se actualiza en una figura.  El caudillo es un invento del imaginario popular y el pueblo es el referente de caudillo, el interlocutor, el espacio de irradiación discursiva y afectiva. No se crea que el caudillo haya buscado estos efectos; los caudillos son como las casualidades creativas; aparecen como meteoritos que atraviesan el cielo e impactan en las aguas estancadas de la rutina política de las clases dominantes. Los caudillos no se crean por programa, como proyectos planificados, ni por el deseo de políticos, sino aparecen como lo que son, como acontecimientos políticos. Son vanos los esfuerzos por sustituirlos cuando desaparecen. No hay otros. No porque son sustanciales, únicos, sino porque su acontecer, que responde a la sintonía con las masas, a la relación de lo popular con su mito, como memoria, se da, ocurre, en determinadas circunstancias y bajo determinadas condiciones de crisis. No porque alguien es parecido al caudillo, comparte su ideal, deviene de su etnia, va poder sustituirlo, tiene la posibilidad de ser un caudillo. Este supuesto es la base de la pretensión de muchos; empero se equivocan. No han comprendido el ámbito relacional, la singularidad del momento del campo de fuerzas, que han dado lugar a ese acontecimiento político que llamamos caudillo.
Entonces de lo que se trata es de comprender las dinámicas, las relaciones, las contradicciones, la singularidad de la crisis, que ha hecho aparecer esa relación de lo popular con su memoria. Ahora bien, esta relación carismática, expresa, de una determinada manera, las otras relaciones de sus contextos; las relaciones de poder, las relaciones económicas, las relaciones sociales, las relaciones culturales. La explicación no se encuentra en el caudillo, convertido en una figura que hace inteligible la realidad, como hace el discurso de los apologistas, sino en estos ámbitos de relaciones, en el momento de sus contradicciones y diferencias, además de sus conexiones y entrelazamientos. El caudillo es una figura más, una relación más, en este ámbito de relaciones; es una figura que debe ser también explicada, no es la explicación misma.
El problema no es el caudillo, que vive su vida, como dijimos, sino los apologistas, quienes reinventan el mito sobre la base de la invención del imaginario popular. Lo reinventan “teóricamente” para sostener tesis épicas. Al contrario de lo que creen, esta narrativa no enaltece, no enriquece, la figura del caudillo, sino la simplifica, la convierte en una figura estereotipada, algo así como ocurre con las caricaturas de los dibujos animados respecto a lo que representan, características abstractas y aisladas de valores; bueno, malo, o de sentimientos, orgullo, odio, egoísmo, ambición. Le quitan lo humano que tiene, sus dilemas, sus contrastes y contradicciones, sus debilidades y sus fortalezas, sus experiencias dramáticas de cargar en su cuerpo una compulsa de fuerzas que lo excede. Un análisis de estas figuras carismáticas, más apegadas a la descripción que al mito, ayudaría a comprender mejor las contradicciones en las que se embarcan y avizorar potencialidades emancipadoras de las multitudes, de lo popular, de las clases “subalternas”, que no dependan de la vida dramática del caudillo.
 

Recorridos y desafíos de la revolución bolivariana

Vamos a intentar abordar una aproximación al proceso revolucionario bolivariano de Venezuela. No es fácil, pues, a pesar de la información con la que se cuenta, no solamente de fuentes primarias y secundarias, sino de encuentros de análisis, de debate y reflexión, falta una experiencia directa en el lugar de los acontecimientos[7]. Por eso considero que es un riesgo atreverme a desplegar una aproximación al proceso bolivariano; sin embargo, dadas las circunstancias y el avance de la polémica en Bolivia, me siento obligado a decir algo, sobre todo después del fallecimiento del líder y el símbolo de la revolución bolivariana, Hugo Chávez Frías. Para tal efecto, cuento con textos de análisis, además de la colaboración y las correcciones de mis amigos/amigas y compañeros/compañeras de lucha, Edgardo Lander, Víctor Álvarez y Alexandra Martínez; los tres venezolanos y ciudadanos de la Patria Grande.
 
Dibujo del contexto en la historia reciente
Víctor Álvarez escribe en La transición al socialismo de la revolución bolivariana[8]lo siguiente:
Hugo Chávez ganó las elecciones de 1998 con la promesa de convocar una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva Constitución, refundar la República y derrotar los flagelos de la pobreza, la desigualdad y la exclusión social. Aunque en las elecciones presidenciales de 1998 se escuchan algunos planteamientos en torno al “nuevo socialismo” y al “socialismo del siglo XXI”, el discurso electoral de Chávez se concentra en el “Poder Constituyente”. Las primeras ideas[9] de la Revolución Bolivariana se encuentran en los documentos la “Agenda Alternativa Bolivariana” y “Una Revolución Democrática. La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela”[10].
Los fundamentos de la revolución bolivariana serán desarrollados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada en 1999, así como en los lineamientos del Plan de Desarrollo Nacional 2001-2007. En ese momento, la convocatoria al pueblo radicaba en impulsar la “democracia participativa y protagónica”[11].
Siguiendo el diagnóstico Víctor Álvarez anota:
A partir de la crisis e inestabilidad políticas que comienzan con el Golpe de Estado de 2002, se recrudecen con el paro patronal y el sabotaje petrolero de 2003 y terminan con el Referéndum Revocatorio de 2004, el proceso se radicaliza y aparecen las primeras críticas directas al imperialismo y al capitalismo. Es en el Taller de Alto Nivel de Gobierno, realizado el 12 y 13 de noviembre de 2004 en Caracas, cuando se presenta el “Nuevo Mapa Estratégico”, en cuyo contenido se comienzan a perfilar cambios significativos en relación con la orientación de la Revolución Bolivariana (Chávez, 2004). En esa oportunidad Chávez esboza una primera idea del socialismo que en las próximas elecciones presentaría como opción: “(…) el tema del control social, es básico para la nueva sociedad que tenemos que construir, porque siempre el socialismo ha tenido el problema de que el Estado maneja recursos, pero nunca la población ha tenido el control de esos recursos” [12].
 
El balance de Víctor Álvarez continúa:
En la Conferencia de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, a finales de 2004, y en el acto de instalación de la IV Cumbre de la Deuda Social, el 25 de febrero del año 2005, Chávez hizo un llamado más explícito a inventar el socialismo del siglo XXI, sin que se llegará a avanzar más allá de estas referencias aisladas en el contenido de esos discursos. Lo cierto es que desde la aprobación de la Constitución de 1999, hasta la presentación del Primer Plan Socialista de la Nación en 2007, no se plantea formalmente la transformación del capitalismo rentístico en una nueva sociedad socialista. El énfasis se pone en la recuperación de los precios del petróleo y el control de la empresa estatal petrolera (PDVSA) en manos de la tecnocracia, con el fin de financiar la inversión social y reactivar la economía. En el primer período gubernamental de Chávez, la prioridad fue reducir los altos niveles de desempleo, pobreza y exclusión social[13].
La identificación del momento de definición es importante:
Pero es en las elecciones presidenciales de diciembre 2006 cuando surge el planteamiento de declarar el carácter socialista de la Revolución Bolivariana. Luego de siete años en el poder, Chávez planteó abiertamente la orientación socialista que en adelante le daría a su gobierno y, al calor de la campaña electoral como candidato a la reelección presidencial, el líder de la Revolución Bolivariana planteó claramente que “quien vote por Chávez estará votando por el socialismo”.
La demoledora consagración electoral puede ser  descifrada como un apabullante respaldo a la orientación socialista del gobierno. La declaración del carácter socialista de la revolución Bolivariana se formalizó en el segundo período presidencial, cuando la Asamblea Nacional aprobó con rango de Ley el “Primer Plan Socialista de la Nación 2007-2013”. Es en este documento donde se destacan los lineamientos generales que guían la construcción del Socialismo del Siglo XXI: nueva ética socialista; suprema felicidad social; democracia protagónica revolucionaria y modelo productivo socialista. También, en este documento se forjan los lineamientos generales de las políticas y estrategias que en adelante serán diseñadas y ejecutadas para avanzar en la construcción del socialismo venezolano[14].
Víctor Álvarez dice que:
La definición de socialismo se desarrolla posteriormente y se encuentra plasmada en el parágrafo 14 del artículo 4 de la Ley de Comunas:
Socialismo: Es un modo de relaciones sociales de producción centrado en la convivencia solidaria y la satisfacción de necesidades materiales e intangibles de toda la sociedad, que tiene como base fundamental la recuperación del valor del trabajo como productor de bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas y lograr la suprema felicidad social y el desarrollo humano integral. Para ello es necesario el desarrollo de la propiedad social sobre los factores y medios de producción básicos y estratégicos que permita que todas las familias y los ciudadanos y ciudadanas venezolanos/venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio o propiedad individual o familiar, y ejerzan el pleno goce de sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales. Con la creación del Sistema Económico Comunal se plantea avanzar en la transformación del capitalismo rentístico en un modelo productivo socialista, con base en nuevas formas de propiedad social en manos de los trabajadores directos y las comunidades organizadas”[15].
Hugo Chávez, para su tercer mandato, como resultado de las elecciones presidenciales de octubre de 2012, expuso su propuesta “Para la Gestión Bolivariana Socialista 2013-2019”. Propuesta en la que se proyecta una nueva etapa para la Revolución Bolivariana, caracterizada por el fin a las concesiones al sector capitalista, apoyándose en el nuevo marco legal y entorno institucional que se aprobó a los largo del segundo mandato para diseño y ejecutar medidas realmente revolucionarias que permitan la creación de nuevas formas de propiedad social que sean la base para la organización y empoderamiento de los productores directos y la comunidad organizada. En la exposición de su Programa de Gobierno 2013-2019, Chávez plantea claramente lo siguiente:
“No nos llamemos a engaño: la formación socioeconómica que todavía prevalece en Venezuela es de carácter capitalista y rentista. Ciertamente, el socialismo apenas ha comenzado a implantar su propio dinamismo entre nosotros. Este es un programa precisamente para afianzarlo y profundizarlo; direccionado hacia una radical supresión de la lógica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso, pero sin aminorar el ritmo de avance del socialismo”[16].
 
El problema de estas tareas es la transición, la forma como se lleva a cabo la transición, cómo se conduce la misma, de qué manera se identifican las áreas de transformación, sus ritmos y sus diferencias. A propósito, Víctor Álvarez anota lo siguiente:  
Ahora bien, en el período de transición de la economía capitalista a la economía socialista será  necesario delimitar los sectores económicos que el Estado se reserva por razones estratégicas, tales como petróleo, gas, industrias básicas, electricidad, telecomunicaciones, ferrocarriles, metros, puertos y aeropuertos, etc. Al mismo tiempo, será necesario dejar claro en cuáles sectores se permitirá y fomentará la inversión privada nacional y extranjera. Pero lo más importante es identificar los sectores, ramas y productos, comenzando por la producción de las materias primas, bienes intermedios y demás insumos que se requieren para fabricar los componentes de las canastas alimentaria y básica, cuya producción debe quedar bajo el control de los trabajadores directos, los consumidores y la comunidad. En palabras del propio Chávez: “Debemos crear un nuevo modelo productivo, un nuevo modelo de relaciones de propiedad social, directa o indirecta, colectiva y comunal, fundamentados en proyectos eminentemente socialistas”.[17]
 
La conclusión de esta parte inicial del balance plantea el problema de la transición:
Pero estas definiciones no son precisamente las que han guiado a la Revolución Bolivariana desde su origen. Los triunfos en las elecciones presidenciales de 1998, 2000 o 2006 no constituyen la toma del poder por un partido nítidamente proletario o campesino, con un programa de gobierno que responda a sus intereses de clase. Más bien, fueron el triunfo de  una coalición de fuerzas políticas, sociales y económicas en las que coexisten campesinos, obreros y empleados públicos; profesionales y técnicos de la clase media; pequeños, medianos y hasta grandes empresarios conformados por terratenientes, industriales, comerciantes y banqueros que, una vez ganadas las elecciones, comenzaron a pugnar por lograr mayores espacios de poder e instaurar o mantener su dominio a nivel nacional, estatal o municipal; pero que, en la medida que la Revolución se fue radicalizando comenzaron a desmarcarse hasta declararse abiertamente de oposición. En esa coalición de fuerzas políticas favorables al gobierno que ha logrado la mayoría en el parlamento venezolano, las organizaciones obreras, campesinas o sociales no han sido las fundamentales, ni las de mayor fuerza y autonomía como para imponer su programa o agenda por encima de la de otras organizaciones políticas, grupos económicos u organizaciones de base. Por el contrario, las organizaciones obreras y campesinas y los movimientos sociales han sido apenas un apoyo complementario, nada imprescindibles para asegurar la toma del poder político por la vía electoral. Esta realidad se expresa en el debate sobre los diferentes modelos para construir el socialismo venezolano. Se enfrentan las tesis que defienden el viejo dogma de la propiedad estatal sobre todos los medios de producción, hasta las que justifican el apoyo público al capital privado, pasado por las propuestas de priorizar una nueva economía social y popular en manos de los trabajadores directos y de la comunidad organizada[18].
 
Es ilustrativo el balance que hace Víctor Álvarez de parte del proceso de la revolución bolivariana. Tomando nota y registrando nuestras impresiones, diremos que:
1.       Al parecer la revolución bolivariana aparece como proceso constituyente, como desborde del poder constituyente, como interpelación al estado de cosas, a las estructuras de poder, a la desigualdad social, a la oligarquía parásita, a la economía extractivista y el Estado rentista.
2.       Se gesta entonces una nueva Constitución, ideando una nueva república, la quinta, cuya composición y contenido responda a la “ideología” bolivariana, basada en el pensamiento de Simón Bolívar, pensamiento actualizado al siglo XXI, transformando su horizonte liberal en un horizonte socialista.
3.       La oligarquía y la burguesía rentista venezolana reaccionan ante el avance político popular con un golpe de Estado y  boicot a la producción  del petróleo. Las tensiones y contradicciones sociales y políticas llegan a un punto máximo. El intento de restauración de la oligarquía y la burguesía es desbaratado por la movilización popular en defensa del presidente Hugo Chávez y por el contragolpe de las Fuerzas Armadas.
4.       A partir de esta victoria política y militar popular el proceso se radicaliza. Claramente se propone la transición al socialismo. Se piensa en un socialismo de nuevo cuño, llamado socialismo del siglo XXI. Lo sugerente de este socialismo no está tanto en nombrarse como del siglo XXI, donde una mayoría de comentaristas hacen hincapié, sino en las formulaciones concretas; en la propiedad social sobre los factores y medios de producción básicos y estratégicos que permita que todas las familias y los ciudadanos y ciudadanas venezolanos/venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio o propiedad individual o familiar, y ejerzan el pleno goce de sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales. También con la creación del Sistema Económico Comunal se plantea avanzar en la transformación del capitalismo rentístico en un modelo productivo socialista, con base en nuevas formas de propiedad social en manos de los trabajadores directos y las comunidades organizadas.
5.       En este transcurso y ante estas tareas aparecen las dificultades y obstáculos de la transición. Las alianzas políticas en el poder no son las más adecuadas para esta transición y la profundización del proceso. Los sectores que tienen mayor incidencia en el gobierno y en la institucionalidad estatal no son las clases sociales que pueden sostener la construcción del socialismo, el proletariado y los campesinos, tampoco los sectores más populares de las urbes. Se da entonces como una limitación de los alcances y una disminución de los ritmos del proceso, a pesar de los beneficios obtenidos por la inversión social.
6.       Hablando de los alcances cualitativos del proceso y de las transformaciones estructurales, se constata que no se ha salido de la economía extractivista y del Estado rentista, que todavía está pendiente la conformación del modelo productivo, orientado a la soberanía alimentaria, basado en gran parte en la propiedad social y la organización comunitaria. Esta constatación fue compartida por el mismo Hugo Chávez.  
 

Devenir revolucionario

A estas alturas del partido, como dice el refrán popular, aludiendo a la experiencia vivida, en este caso experiencia de la humanidad, si podemos hablar así, no es conveniente insistir en la repetición acrítica las formaciones enunciativas y discursivas que dieron lugar a las revoluciones del siglo XX. Mucho menos caer en la apología de estas revoluciones y las que se están dando a fines del siglo XX y principios del siglo XXI. De lo que se trata, indudablemente, es aprender de la experiencia. Replantearse los antiguos problemas heredados y avizorar la nueva problemática. De nada nos sirve el fundamentalismo racionalista[19], menos el fundamentalismo investido de místico; tampoco  nos sirve la apología y la defensa propagandística, inútil para abordar los problemas del presente. Estas composturas se convierten mas bien en obstáculos para encarar los problemas y encontrar salidas; se trata ciertamente, en el mejor de los casos, de obstáculos epistemológicos, en el peor de los casos, de obstáculos políticos, pues optan por el autoritarismo secante y formas verticales de centralización de la decisión política, pasando por obstáculos que llamaremos “ideológicos”, debido a las reiterada fetichización de los objetos de poder. Dejemos, entonces, todo esto a un lado. Encaremos los problemas y desafíos desde perspectivas móviles y dinámicas, perspectivas críticas, que se esfuercen por encontrar las estructuras de los problemas, las resistencias de las estructuras de poder subyacentes, los anacronismos insertos en los procesos críticos y de transformación.
De principio, no es ciertamente el fundamentalismo racionalista el que puede ayudarnos en este abordaje crítico e integral, pues el “pecado” de este fundamentalismo racionalista es que parte de un modelo ideal; todo lo que se separa de este modelo es objeto de “crítica”, es errado, es desviación, distorsión, incluso traición. El fundamentalismo racionalistaha reducido los ámbitos de “realidad” al plano racional, haciendo gala, de una manera vulgar, de la tesis hegeliana de que todo lo real es racional y de que todo lo racional es real. Los distintos ámbitos y planos, sedimentaciones, complejidades de la “realidad”, no pueden reducirse al plano racional, independiente de qué racionalidad estemos hablando, ni de qué paradigma y episteme se trate. La complejidad, que tomaremos como sinónimo de “realidad”, excede en mucho, desborda cuantitativa y cualitativamente, si podemos hablar así, a los esquemas de la racionalidad, por más ricos y dinámicos que sean.
Para los casos que nos ocupan, las revoluciones del siglo XX y principios del siglo XXI, ya no es posible juzgarlas a partir de modelos preformados. Las revoluciones son lo que fueron y son lo que son. Responden a acontecimientos compuestos por multiplicidad de singularidades, procesos singulares, dinámicas moleculares, campos, correlaciones, diagramas de fuerzas, que devienen composiciones históricas, políticas, sociales, económicas y culturales, también singulares. La pregunta, respecto a estos acontecimientos, no es ¿por qué se desviaron del modelo?, sino ¿cómo llegaron a ser lo que fueron y lo que son?, también ¿qué dinámicas, qué estructuras, qué campos de relaciones, qué correlación de fuerzas, derivaron en la resultante, en la formación revolucionaria, con todas las aberraciones que pueda contener? Se pueden extender estas preguntas a otras más específicas: ¿por qué se impusieron y no fracasaron, como en otros muchos casos? ¿Por qué perduraron en el tiempo que pudieron mantenerse? ¿Por qué otras siguen perdurando, a pesar de los grandes obstáculos y bloqueos? ¿Por qué las llamadas revoluciones del siglo XXI adquieren un perfil ambiguo, abigarrado y cómo de búsqueda?
En relación a la primera parte de estas preguntas mantendremos, en principio, una hipótesis de trabajo: Las revoluciones socialistas no podían ser sino lo que han sido, el “modelo” real, singular, en cada caso: no podían ser lo que deberían ser según el modelo ideal. La correlación de fuerzas, la composición de las dinámicas moleculares y molares experimentadas, los alcances de la crisis del capitalismo, del Estado, del imperialismo, del colonialismo, los alcances de las propias organizaciones revolucionarias involucradas, derivaron en lo que lograron sus fuerzas. La hipótesis de la conspiración no es aconsejable para explicar estos resultados, la hipótesis de la traición no ayuda a comprender la complejidad de las dinámicas y de los procesos insertos en estos acontecimientos revolucionarios. Aunque hubiera habido mejores conductores, una mejor dirección, lo más probable es que los resultados se hubieran aproximado a lo ocurrido, aunque posiblemente de una mejor manera, con una experiencia más auténtica. Lo mismo podemos decir de las revoluciones del siglo XXI, sobre todo de las que se proponen un horizonte plurinacional. Como por ejemplo, la revolución indígena – es esta la que se experimenta en Bolivia -, es lo que puede ser de acuerdo a la correlación y composición de fuerzas, a pesar del grotesco enfrentamiento paradójico con las naciones y pueblos indígenas en el conflicto del TIPNIS y en los conflictos en tierras altas, sobre todo con el tema de la minería. En lo que respecta a Venezuela, la revolución bolivariana, que se propone un socialismo del siglo XXI, que supere los límites del socialismo real del siglo XX, también se ha topado con contradicciones y dilemas, aunque se nota el alcance mayor, más extenso, del impacto social de la revolución, sobre todo por el empoderamiento, la participación popular y la formación masiva de líderes, en las comunidades y misiones. Al respecto, la pregunta es: ¿cómo estas revoluciones llegaron a ser lo que son? También: ¿Cuáles son las dinámicas moleculares y molares, los procesos singulares, las estructuras, los diagramas de poder, las limitaciones inherentes, que llevaron a las resultantes histórico-políticas que se experimentan?
Sabemos que esta hipótesis es cruda, no permite otras posibilidades, las deja en la virtualidad de la posibilidad, sólo toma como “real” lo que definitivamente se ha realizado. Sin embargo, como hipótesis de trabajo nos ayuda a enfocar el análisis de las formaciones revolucionarias concretas respecto a la composición de sus dinámicas y procesos singulares, no en contraste con los modelos ideales.
En relación al segundo grupos de preguntas, más específicas, dejaremos que el análisis de este ensayo pueda decir algo, tocando los problemas concretos con los que se enfrentan los procesos revolucionarios, además de hurgar en las descripciones más detalladas de algunos aspectos del proceso mismo.
Recogiendo, ahora, el balance que hace Víctor Álvarez de la revolución bolivariana, la primera hipótesis interpretativa que planteamos es: La formación de la consciencia política, de la voluntad política, social y popular, transferida a la Constitución, al desarrollo legislativo y a las transformaciones institucionales, aunque sean parciales, incluyendo la nacionalización del petróleo, el control de PDVSA, la redistribución del ingreso, encarando en gran escala la inversión social, se desenvolvió más rápidamente que las transformaciones estructurales del modelo extractivista y rentista de la economía, también de la política, por cuanto esto afecta al mismo perfil del Estado.
Una de las explicaciones, hipotéticas por cierto, es que las estructuras del modelo extractivista y rentista y del modelo de Estado, burocrático y subalterno, tienen una más larga duración; su ritmo de transformación es más lento y más difícil. Las estructuras del modelo extractivista y rentista resisten los cambios, también las estructuras del modelo de Estado burocrático y subalterno resisten a las reformas y transformaciones institucionales. Hay como hábitos cristalizados en las prácticas de los funcionarios, también, por esto mismo, habiutus internalizados en funcionarios y ciudadanos, subjetividades conservadoras reproducidas en el campo burocrático, en el campo político, pero, también, en el campo escolar. Así mismo se dice que, no es posible cambiar, de la noche a la mañana, la división del trabajo internacional, la división del mercado internacional, asignada por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Qué estos cambios sólo se pueden dar mundialmente. Esta tesis entra en contradicción con la tesis de soberanía, que al mismo tiempo se sostiene. ¿Cómo puede haber soberanía si se mantiene incólume la dependencia de las llamadas periferias a los centros del sistema-mundo capitalista? La soberanía no puede ser solamente política y jurídica, también requiere ser económica. Se descartan propuestas como las de conformar una economía endógena, aunque no lo hagan de manera directa, sino se diga que corresponde para una siguiente fase. Se dilata una efectiva transformación productiva y a gran escala, experimentando proyectos locales y dispersos, fragmentados, no realizados de manera integral. No se hacen los esfuerzos de impacto extensivo de lograr la soberanía alimentaria; estos proyectos también son locales y dispersos. El grueso de la estructura económica sigue en la inercia reproductiva de la economía extractivista y rentista. ¿Es qué es imposible, por de pronto, en el momento presente, lograr su modificación y transformación?
Víctor Álvarez nos describe una característica problemática en lo que respecta a las alianzas políticas y al peso político de las alianzas. No son los sectores populares, el proletariado y el campesinado, los que tienen una participación decisiva en el gobierno, sino los sectores empresariales que, en principio, se han acercado al gobierno e incorporado a sus políticas, aunque algunos de estos sectores hayan abandonado después el gobierno y se hayan pasado a la oposición, cuando el proceso se ha venido radicalizando. No es que sólo las estructuras extractivistas y rentistas, las estructuras del Estado burocrático, se resisten a cambiar, sino que el perfil de las alianzas políticas es todavía conservadora en relación a las tareas de transformación de estas estructuras. Esto nos traslada directamente a los problemas de la herencia burocrática, de los estilo de gubernamentalidad heredada, de gestión centralizada y administración pesada. Nos encontramos todavía lejos del ejercicio de una democracia participativa, de la gestión social y comunitaria. ¿Es que estos ejercicios y prácticas son difíciles de implementar? ¿Se requiere más tiempo? ¿Se requiere formación de la gente que se involucraría en la gestión participativa? Los conflictos puntuales entre comunidades y burocracia se han dado en relación a los proyectos, a la ejecución de proyectos, a la asignación de recursos, al mismo control de los proyectos.
Tal parece que estas alianzas perdurables con las reminiscencias de  las viejas élites, esta reincorporación de los especialistas y técnicos de las burocracias perecederas, terminan reforzando las resistencias, la inercia, la reproducción, la sedimentación geológica, de la estructuras del modelo extractivista y rentista, así como las estructuras fosilizadas el Estado burocrático. Estas formas de gobierno o, mas bien, estas composiciones inherentes a estas formas liberales heredadas, no condicen con la necesidad de trastrocar estas prácticas, estos habitus, estas relaciones burocráticas, esa pesada maquinaria administrativa; no condicen con la necesidad de inventar nuevas formas de gestión, formas dinámicas y participativas, formas donde la administración de las ejecuciones sea una experiencia colectiva y de control social. La gestión burocrática y liberal no condice con la autogestión, la cogestión, la gestión comunitaria y la gestión participativa. Por lo tanto, lo que ponen en mesa estas cuestiones de gestión, de dilemas de la gestión, que pueden ser resumidas al dilema de reproducir una gestión burocrática heredada, especializada en la administración de normas, o inventar una gestión dinámica movilizadora de colectivos y comunidades, las que se apoderen de la gestión, de la administración, de la ejecución, así como de la corrección y retroalimentación, de una manera social, como aprendizaje social, como dinámica social, que compromete al conjunto con la obra, sin delegar la responsabilidad y el control a los especialistas. No se trata de descartar a los especialistas y técnicos; la diferencia radica en que éstos no son los encargados de dirigir, de hacer, de ejecutar, de informar, sino son dispositivos requeridos bajo el control y la participación social.
Desde esta perspectiva, no es que las estructuras del modelo extractivista y rentista, del Estado burocrático, tengan más larga duración, en tanto que la formación de la consciencia interpeladora, la formación de la consciencia histórica, situada en el momento crítico y de emergencia popular, es más bien de corta  y de mediana duración, sino que las estructuras del modelo extractivista y rentista, del modelo de Estado burocrático, se reproducen precisamente por la concomitancia de estas alianzas conservadoras, de estas conservaciones del trajín del viejo aparato de Estado, de estas prácticas y habitus del campo burocrático. Por lo tanto, el conflicto ya no se sitúa sólo en el enfrentamiento de clase, en el enfrentamiento político con el bloque de la derecha, sino en los espacios de los engranajes del Estado. Este enfrentamiento es crucial, pues se trata de modificar el contenido, la composición y la ingeniería de los engranajes institucionales, en el caso que se requiera una intervención de desplazamiento más dilatada, o se trata de trastrocar los mismos mecanismos, la arquitectura, la estructura, la ingeniería misma del mapa institucional. El destino del proceso revolucionario se traslada a estos escenarios. Es inútil responder a estos desafíos con propaganda y apologías; esto sólo sirve para convencer a los convencidos y a los no completamente convencidos de los avances efectuados, empero no inciden en lo mínimo en los avances que hay que efectuar.
Los que desdeñan estas tareas urgentes, los que incluso consideran peligroso cualquier observación al respecto, cualquier crítica, develan que se han colocado en la posición conservadora de mantener la inercia del Estado, de contentarse con lo logrado, aunque éste sea sólo el principio de una agenda de transformaciones imprescindibles. No se puede confundir el análisis de una coyuntura del proceso con otro análisis de otra coyuntura, de una fase del proceso con otra; esto equivale a considerar que los problemas siguen siendo los mismos, que el cuadro no ha cambiado, que la lucha con el bloque de la derecha es la misma que antes. Esto equivale a situarse en la trama de una narrativa estereotipada donde se ungen como héroes incontestables, caballeros de triste figura, entrabados en una batalla interminable contra los monstruos del mal. No ven su propia quimera, no ven que las herencias conservadoras se encuentran en ellos mismos, que el combate entonces es también contra esta quimera, que acompaña los habitus y prácticas burocráticas.
Este es quizás el tema más importante de la experiencia de los procesos revolucionarios, aquí se encuentra la raíz de su propia crisis, cuando se topan con las resistencias estructurales de las formas institucionalizadas del Estado que se quiere demoler. En estas situaciones, aparece una tendencia “pragmática” de sentido común, que considera que hay que defender lo avanzado, defender la colina tomada, no arriesgarse en pasos audaces, no tomar todavía otras colinas, utilizar los instrumentos estatales para transformar, aunque estos instrumentos formen parte de la “caja de herramientas” del viejo Estado. No ven que estos instrumentos, cuando funcionan, reproducen el viejo Estado, no construyen el nuevo. La tendencia de seguir transformando, que se basa en la tesis que la mejor defensa es transformar, es más bien minoritaria, sujeta a sospecha, acusada de que termina favoreciendo a la conspiración de la derecha. La tendencia “pragmática” mayoritaria termina imprimiendo su sello al curso del proceso, termina reforzando una posición ambigua a mitad del camino, a mitad del puente. Las políticas públicas terminan siendo una mezcla entre lo nuevo y lo antiguo, los espacios institucionales son espacios de tensión entre la administración normada y las innovaciones incorporadas. Los esfuerzos ya no se los dedica a las transformaciones institucionales, sino a la propaganda, a la publicidad, a la lucha “ideológica”.
A mediano y largo plazo, estas ambigüedades deterioran, confunden, merman y carcomen las fuerzas de la transformación, que detenidas en una inmovilidad expectante o distraídas en campañas electorales, terminan relegando la oportunidad de transformaciones institucionales para otro momento, de un futuro incierto. No se puede pues soslayar, en el análisis de coyuntura, la caracterización de las contradicciones en el momento, el cuadro cambiante de las contradicciones de las fases del proceso. Los que se quedan con una fotografía anterior se quedaron con la imagen de un corte anterior, rumiando el recuerdo de ese presente anterior, sin lograr experimentar plenamente el presente efectivo que se vive.

 

La base social de la revolución bolivariana

 
Alexandra Martínez caracteriza la procedencia de los migrantes rurales  a las urbes de Venezuela, en Horizontes de transformación del movimiento urbano popular[20],de la siguiente manera:
 
Venezuela, como país dependiente de la renta petrolera, vivió en el siglo pasado un gran éxodo campesino que recompuso la distribución de su población, actualmente urbana en 90%. Los pobladores que llegaron a las ciudades, se ubicaron en asentamientos improvisados, no planificados, en los alrededores de la zona plana de la ciudad, en las montañas que la bordean (las periferias en las zonas geográficamente mas riesgosas, menos estables y menos accesibles). El éxodo masivo del campo a la ciudad ocurrió en el marco del auge, construcción y hegemonización del imaginario desarrollista, en el cual la renta petrolera y las promesas de la redistribución del ingreso construyeron un discurso de bonanza, riqueza y progreso; de definitiva entrada a la “modernidad”[21].
 
Le sigue un dibujo genealógico de la relación entre estos pobladores migrantes y la génesis de la ciudad misma:
 
En estos “márgenes” de las ciudades se conformaron las amplias zonas populares. Allí, los habitantes comenzaron a construir algo más que viviendas o ranchos; comenzaron a construir ciudad. Por un lado, levantaban la ciudad “moderna”, en calidad de mano de obra; esa ciudad de la riqueza proveniente de la renta petrolera. Pero, por otro lado, montaban la ciudad informal, la ciudad “otra”, la que hasta hace algunos años no aparecía en los mapas, la de los márgenes; la ciudad de la exclusión, pero también la ciudad cantera para posibles transformaciones[22].
 
Se conformaron las Asambleas Barriales de Caracas como organizaciones sociales de  defensa popular frente a las políticas neoliberales que se venían implementando. Estas formas de organización participativas, auto-gestionarías y deliberativas desplazaron las formas de ejercicio de la política, cambiando radicalmente el perfil de la intervención social. Alexandra Martínez nos dice que estos cambios se manifiestan en “el caracazo”:
 
El 27 de febrero de 1989, ocurre “el caracazo”; un levantamiento popular sin direccionamiento politico clásico de ninguna organización, que cuestiono profundamente los cimientos de lo que se suponía era el modelo de “democracia liberal” latinoamericano, en el que se promulgaba la coexistencia, complementariedad y cooperación entre las clases sociales, como mito pacificador y encubridor de las profundas desigualdades existentes. Fueron los pobladores y pobladoras urbanas quienes protagonizaron esta revuelta[23].
 
“El caracazo” es quizás el antecedente más importante de la historia reciente, de la historia de la revolución bolivariana. Aquí se gesta la base social de la revolución bolivariana, esta experiencia de la revuelta popular es constructiva de la nueva subjetividad popular. Una subjetividad que deja de ser subalterna y tiende a forjar su propia autonomía. Desde esta perspectiva, no se puede decir, como se acostumbra, que los movimientos sociales en Venezuela fueron formados desde arriba, desde el Estado, como si fueran promovidos estatalmente. Esto no es cierto; en esta tesis hay como un intento de sobrevalorar el papel del gobierno popular, el papel del presidente bolivariano. Los movimientos populares no pueden formarse desde arriba, nacen del propio enfrentamiento con las estructuras de dominación, con los aparatos burocráticos que subordinan y marginan a los estratos sociales populares. Nacen en la consecución de sus demandas por mejorar sus condiciones de vida, demandas de vivienda, de tierra, de servicios, de educación, de salud, de trabajo, de medio ambiente sano. Los movimientos populares nacen en la experiencia de las luchas concretas, de luchas por derechos específicos democráticos y humanos. Lo que ocurrió es que estos movimientos populares se encontraron en el camino con la interpelación carismática, con la convocatoria del mito, produciéndose la sintonía explosiva entre lo popular y la interpelación carismática. ¿Se puede decir que el movimiento bolivariano es como la síntesis de estos dos desplazamientos, la constitución del movimiento popular y la emergencia de la figura y el discurso carismático? Depende que queramos decir con síntesis; preferimos hablar de conexión, de sintonía, de articulación, de relación dinámica y complementaria.
 
Estos movimientos populares urbanos son territoriales, se forjan en los barrios. Alexandra Martínez da una descripción de estas territorialidades urbanas organizativas:
 
Los barrios se han conformado en el contexto de procesos de ocupación, cuya característica fundamental es la autoconstrucción progresiva a partir de ocupaciones de terreno que no pertenecen, de derecho, a sus pobladores. Estos asentamientos urbanos populares han sido la respuesta desde la gente; la solución habitacional, al margen del financiamiento de planes públicos y privados[24].
 
Los barrios se conforman tanto en la lucha por la inclusión social como en la lucha por la identidad, por el reconocimiento de una cultura urbana popular:
 
En gran medida, desde los barrios, las luchas por la democratización de la ciudad surgen con fuerza, en un doble movimiento. Por un lado, exigen el acceso a la ciudad: a la tenencia de la tierra, al acceso a la vivienda, a los servicios básicos (luz, agua, transporte). Son luchas por la inclusión (en algunos casos, en términos de acceso a la redistribución de la renta, para tener la posibilidad de tener un nivel de consumo que nunca han experimentado). Por otro lado, las luchas apuntan al reconocimiento y la identidad: el reconocimiento del barrio como espacio territorial, generado desde sus pobladores y pobladoras, con construcciones culturales, saberes, formas de organización, de resistencia y de vida. Es la pelea por la existencia de un modo de vida distinto al impuesto por el imaginario desarrollista, capitalista y neoliberal[25].
 
Una combinación de lucha contra las desigualdades, por lo tanto lucha por la igualdad social, lucha democrática por excelencia, y lucha por la identidad, la cultura propia, por lo tanto, lucha por un proyecto civilizatorio alternativo a la modernidad y al desarrollismo. La identificación, que hace Alexandra Martínez, de estas tendencias y composiciones en el movimiento popular urbano, nos ayuda a comprender mejor las dinámicas sociales que sostienen a la revolución bolivariana. Podríamos decir que sería prácticamente imposible un acontecimiento político como el de Hugo Chávez sin la experiencia y la emergencia de movimientos sociales que interpelan el orden institucional existente, particularmente estos movimientos urbanos que jugaron y juegan un papel primordial en la defensa y la continuidad del proceso. Se trata de movimientos que tienen un carácter más de base, tiene que ver con la organización territorial de los barrios. Por lo tanto también se trata de una gestión territorial, de una gestión comunitaria, de la generación de formas de participación y control social. De acuerdo a las formulaciones específicas del socialismo del siglo XXI, de índole más bien práctica que teórica, en esta experiencia de base territorial se encuentra el sostenimiento de un nuevo proyecto socialista, basado en la propiedad social y en la propiedad comunitaria. Las posibilidades de este socialismo del siglo XXI no están pues en la retórica oficial y de los apologistas, quienes, a pesar de sus esfuerzos, no terminan de explicar cuál es la diferencia entre el socialismo real del siglo XX y el socialismo del siglo XXI, sino en la construcción colectiva de la igualdad social y la identidad cultural, construcción que se hace efectiva cuando la participación, la formación, la propiedad social y comunitaria, el control social son los ejes cardinales de esta edificación.
               
 
Relación con el Estado: posibilidades y tensiones
 
 
El problema en esta transición es entonces la relación con el Estado. Alexandra Martínez nos dice a propósito:   
 
Teniendo como marco el proceso político venezolano, la relación con la institucionalidad forma parte del campo de tensiones en el que se desarrolla la organización urbana y la apuesta por la construcción de otra ciudad; pero, al mismo tiempo, constituye una disputa permanente a la gestión única estatal. Por una parte, es innegable que distintas políticas y propuestas organizativas promovidas desde el gobierno, han generado y permitido amplios espacios de movilización y participación, antes inexistentes. No obstante, estas mismas propuestas pueden llegar a institucionalizar y burocratizar la expresión popular. En la experiencia del movimiento de pobladores, el desafío ha sido pasar de la organización promovida desde el Estado a la construcción de movimiento social, con espacios de autonomía, de construcción y orientación colectiva y propia, donde la relación con el Estado sea desde el dialogo entre sujetos políticos. Por ello, para las organizaciones urbanas las ideas de autogestión, cogestión y cogobierno pasan a ser apuestas fundamentales para pensar cualquier transformación[26].
 
Este es el lugar problemático de las transformaciones en las transiciones, el lugar o la zona de los relacionamientos con la institucionalidad. Los movimientos sociales se enfrentan a estructuras normadas y administradas de acuerdo a las lógicas de gestión establecida. Estas estructuras no soportan otras formas de gestión, sobre todo aquellas que requieren una amplia democratización de las decisiones, la participación y deliberación colectiva, la agilización no burocrática de las asignaciones y los recursos. La centralización de las órdenes y la relación vertical del manejo administrativo choca con la descentralización y horizontalidad de voluntad colectiva, con la deliberación asambleísta, la gestión comunitaria y el control social. Hay pues una clara necesidad de transformaciones institucionales, de construir otro mapa institucional, adecuado a las dinámicas sociales moleculares autogestionarias. En esta zona de tensiones y contradicciones micro-políticas se encuentra el secreto de la transformación, de la continuidad y profundización del proceso. Si no se llega a cambiar la maquinaria institucional se detiene la iniciativa y creatividad popular, delegando la iniciativa a las burocracias. Es el momento, el punto de inflexión, donde se estataliza el proceso revolucionario, reproduciéndose un mapa institucional parecido al anterior, sólo que con más inclusión social.  Cuando de lo que se trataba es de las transformaciones institucionales, de la emancipación y liberación social, de la emergencia de la sociedad alternativa, integrando en sus dinámicas sociales formas políticas democráticas y participativas. Evitando la autonomización de lo político y la consecuente subordinación de la sociedad al Estado.
 
Alexandra Martínez identifica tres ejes del activismo y gestión de lo urbano-popular:      
 
Tres son las líneas claves para impulsar las políticas populares en materia urbana:
 
• Lucha contra el latifundio urbano y la especulación inmobiliaria. Democratización de la ciudad.
 
• Transformación de barrios y ciudad: poder popular, justicia territorial y reivindicación del hábitat popular.
 
• Producción popular del hábitat: producción socialista de la ciudad[27].
 
 
 
 
Conclusiones
Hugo Chávez forma parte de América Latina y el Caribe, del espacio-tiempo del quinto continente, del espesor histórico-político del continente de los mestizajes barrocos y de la ancestral identidad indígena. Nuestra historia abigarrada, exuberante y heterogénea, historia que se condensa en el dramático recorrido de nuestros héroes y heroínas, mayormente incomprendidos, empero intrépidos y temidos, incluso en su tiempo, que es otro, diferente al nuestro, desde donde los rememoramos. El caudillo que nos ha abandonado y, a la vez, se ha cobijado en la interioridad misma de nuestra memoria y nuestro reconocimiento, es parte de esta historia intempestiva, donde se mezcla la aventura y la resistencia indomable indígena. Es también la migración obligada africana, la otra manifestación morena, que denuncia los orígenes violentos del capitalismo, el comercio sin precedentes de esclavos, y la reiteración de estos orígenes, de esta desposesión y despojamiento, en el despliegue compulsivo de la acumulación de capital. Hugo Chávez es la memoria actualizada de las gestas audaces por emancipaciones y liberaciones soñadas. En este sentido, América Latina y el Caribe es la utopía, el territorio de la utopía. No en vano, el quinto continente, Abya Yala para los pueblos indígenas, América para los modernos, se convierte en el referente de la utopía; este es el lugar del no-lugar, del ninguna parte. Aquí ocurre lo imposible. Por eso Macondo de los Cien años de soledad[28], por eso también la escritura pasional y ética de un Ché Guevara, escritura como gramática de la guerrilla permanente. Hugo Chávez, este oficial latinoamericano se rebela, como otros oficiales nacionalistas y anti-imperialistas, como es el caso de Lázaro Cárdenas, y buscan expresar abiertamente su descontento, la rebelión recóndita que les viene de la tierra, de la experiencia de sus pueblos, donde nacieron. Todos los latinoamericanos y caribeños somos, de alguna manera, así, aunque algunos, la minorías privilegiadas no quieran reconocerlo, pues pretenden imitar lo que no son, la imagen consumista de la burguesía euro-céntrica y norteamericana hegemónica.  Las mayorías lo son, quizás de una manera espontanea y hasta “inconsciente”, viven esta mezcla de una manera apasionada, sin entender completamente lo que pasa. Empero lo primordial es que se trata de una experiencia histórica turbulenta, de una aventura interminable, de una búsqueda insaciable de utopías, de proyectos libertarios, de sueños despiertos, de fábulas de ciudades perdidas, de leyendas de riqueza como la del dorado. Sobre todo, en esta historia de múltiples recorridos, en esta multiplicidad temporal, que a veces se presenta como simultaneidad, en vez de sucesiva, lo que late, si se puede hablar así, como duración, como desplazamiento de la memoria, como intuición del tiempo vivido, es lo que llama Georges Bataille el gasto heroico[29]. La entrega pasional sin retorno. Esta es la razón por la que quizás fue a buscar el Che Guevara la muerte en le Higuera. En el caso de Chávez la muerte lo encontró a él en los momentos cruciales de la revolución bolivariana. No deja de ser una tragedia a pesar de que se diga que Chávez vive en nosotros, pues se trata de la continuidad de la convocatoria del mito, de la relación entre memoria y presente popular, de la decodificación multitudinaria de los signos carismáticos. ¿Quién va a seguir con esta comunidad simbólica? ¿O se trata mas bien de continuar sin el mito, continuar por caminos más “racionales”, cuya convocatoria no sea carismática, sino organizacional? Sin embargo, no podemos olvidar que no solamente hay el mito del caudillo o el caudillo como reverberación del mito, sino otros mitos; Sorel consideraba, en sus tiempos, el mito de la huelga general como una gran convocatoria proletaria en lucha contra la burguesía y el capital. Para este autor polémico el mito es voluntad social, convocatoria ética a la movilización general.  ¿Cuál es el mito que va a continuar como convocatoria popular? ¿El mito del caudillo sin el cuerpo del caudillo, el caudillo mas bien diseminado en todos, internalizado por los cuerpos de las multitudes? ¿El mito como mandato, en el mejor de los casos, como Constitución, como tarea, la construcción socialista?
Lo que está pendiente no es simple. Fuera de ganar la elecciones, la principal tarea es transformar el modelo económico extractivista y cambiar el modelo de Estado rentista. La consecuencia de esta tarea primordial es la transformación estructural e institucional, conformar un nuevo mapa institucional, donde la institucionalidad sea más bien dinámica, promueva la participación, la gestión y el control social. La otra tarea imprescindible es la transformación de las ciudades, la construcción de urbes del vivir bien, que tienen que ver con las líneas que anotamos anteriormente: Lucha contra el latifundio urbano y la especulación inmobiliaria; democratización de la ciudad; transformación de barrios y ciudad, poder popular, justicia territorial y reivindicación del hábitat popular; producción popular del hábitat: producción socialista de la ciudad. Por otra parte se tienen las tareas de la integración. Materializar el proyecto del sucre, la contra-monea, y el Banco del Sur, la alternativa financiera al sistema financiero mundial. Ambos proyectos no han sido asumidos en su plenitud, ni de acuerdo a cómo fueron concebidos. Su manejo burocrático ha repetido las formas del sistema financiero tradicional y siguen subordinándose al sistema financiero internacional. El ALBA todavía sigue circunscrita a un área de intercambios, de complementariedades, de actividades menores, que no sustituyen al extensivo espacio del mercado mundial. La economía sigue regida por los circuitos monetarios y de circulación, condicionados por la división mundial del trabajo, el comercio mundial y el sistema financiero internacional. UNASUR no debe repetir la historia de las instituciones de integración burocratizadas, donde la integración termina en las oficinas de integración. La integración no es nada sino es integración de los pueblos, no de los estados, menos de sus organismos burocráticos. Lo mismo podemos decir del CELAC[30]. Al respecto, no cabe duda; América Latina y el Caribe deben integrarse, formar un bloque, que no sea sólo un bloque económico alternativo, tampoco sólo un bloque politico alternativo; debe convertirse en un bloque civilizatorio alternativo, convocando a la integración de los pueblos del sur del mundo, apuntando a conformar una organización de naciones unidas del sur, como había pensado Hugo Chávez, empero convocando a los pueblos del norte, que también se encuentran sometidos por el imperialismo financiero, para conformar un modelo civilizatorio alternativo al capitalista.    


[1] Guido Gómez de Silva: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México; México. 
[2] Ver de Emile Durkheim: Las reglas del método sociológico. Fondo de Cultura Económica 2001; México.
[3] George Sorel: Reflexiones sobre la violencia. Alianza Editorial 1976; Madrid.
[4] Claude Levi-Strauss: Mitológicas, cuatro tomos. Siglo XXI; 1976; México.
[5] Ver de Gilbert Durand De la mitocrítica al mitoanalisis. Anthropos 1993; Barcelona.
[6] Ver de Raúl Prada Alcoreza La colonialidad como malla del sistema-mundo capitalista. Horizontes nómadas, Bolpress, 2012; La Paz.
[7] Conocedor de esta queja, mi amigo y compañero de lucha por la emancipación de los pueblos de Abya Ayala – el quinto continente, que comprende tanto a llamada Norteamérica como a la llamada Latino América y el Caribe, toponimia que se refiere en realidad a la geografía de parte de Norteamérica, México, Centro América, Sud América y las islas del Caribe -, Edgardo Lander, me invitó a visitar Venezuela, hacer una escala en Caracas y visitar experiencias populares como las de las Comunidades, conocer algunas de las Misiones, además de asistir a foros y seminarios. Esto hubiera suplido, en parte, la falencia mencionada arriba, falencia por la que no me atrevía a opinar sobre la experiencia de la revolución bolivariana. No puede asistir a tan gentil invitación, indispensable por cierto, pues se me cruzó el apoyo a elaborar colectivamente con las organizaciones indígenas de la región andina, agrupadas en la CAOI, un Proyecto de Ley de la Madre Tierra para seis países. Este proyecto de ley todavía está inconcluso; es ciertamente indispensable culminarlo. Me arrepiento entonces no haber aprovechado esa valiosa oportunidad. Ahora hubiera contado con esta aproximación empírica.
[8] Víctor Álvarez R.: La transición al socialismo de la revolución bolivariana. Texto digital, en circulación en la Fundación Rosa Luxemburgo.
[9]Véase al respecto: Movimiento Revolucionario 200. “Agenda Alternativa Bolivariana. Una propuesta patriótica para salir del laberinto. Julio 1996. Analitica.com. “Una Revolución Democrática. La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela” 1998. En: http://www.analitica.com/bitblio/hchavez/programa.asp.
[10] Ibídem. Pág. 3.
[11] Ibídem. Pág. 3.
[12] (Nuevo Mapa estratégico, 2004, 62). Ibídem. Pág. 3.
[13] Ibídem: Págs. 3-4.
[14] Ibídem. Pág. 4.
[15] Ibídem. Págs. 4-5.
[16] Ibídem. Pág. 5. (Chávez, 2012: 2).
[17] Hugo Rafael Chávez Frías. Acto de Firma de Compromiso Socialista de los candidatos del PSUV [en línea] www.abn.info.ve/noticias.php?articulo.
[18] Ibídem. Pág. 6.
[19] Está en preparación un ensayo sobre los fundamentalismo racionalistas, dedicados en gran parte a las corrientes y fracciones marxistas.
[20] Alexandra Martínez: Horizontes de transformación del movimiento urbano popular. En Alternativas al capitalismo, colonialismo, del siglo XXI. Fundación Rosa Luxemburgo, Abya Yala, 2013; Quito.
[21] Ibídem: Págs. 259-260.
[22] Ibídem: Pág. 260.
[23] Ibídem: Págs. 260-261.
[24] Ibídem: Pág. 262.
[25] Ibídem: Pág. 263.
[26] Ibídem: Pág. 268.
[27] Aportes al Programa de la Patria, 2012. Ibídem: Pág. 270.
[28] Novela de Gabriel García Marques.
[29] Ver de Georges Bataille La Parte Maldita. La cuarentena 2007; Buenos Aires.
[30] La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es un organismo intergubernamental regional, derivado del Grupo de Río y la CALC, la Cumbre de América Latina y del Caribe, grupo que promociona la integración y desarrollo   de los países latinoamericanos. Bajo estos antecedentes, la CELAC fue creada el martes 23 de febrero de 2010,  en sesión de la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe; esta sesión se llevó a cabo en la ciudad de Playa del Carmen, Quintana Roo, México.  La primera Cumbre de la CELAC,  con el objeto de su constitución definitiva, optando por la integración como salida a la crisis económica,  tuvo lugar en Caracas, Venezuela, los días 2 y 3 de diciembre de 2011. La segunda Cumbre de la CELAC  se celebró en Chile en enero de 2013.