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Jolgorio de los saltimbanquis

Jolgorio de los saltimbanquis

 

Sebastiano Mónada

 

 

El jolgorio de los saltinbanquis

 

 

Jolgorio Huaraz

 

 

 

Saltan sobre charcos de fango, estragos dejados

En una impetuosa metrópoli atormentada

Se ríen en la lluvia de dolores desbordados

Por la cenicienta población angustiada

Expulsan discursos como truenos radiales

Serpenteando en el aire acongojado

Se visten como si nada de patriarcas otoñales

En una decretada primavera

Se disfrazan engalanados de invierno

En un promulgado verano

Se asumen presuntuosos salvadores de la patria

Mientras la consumen al expropiarla de sus dones

Como si fueran sus padres creadores

 

Aman el objeto oscuro del deseo nuca satisfecho

Como se ama a la inmaculada concepción divinizada

Persiguen la gloria en sus aposentos de mármol

Donde la esperada felicidad se convierte en triste apostasía

O en sus casas atiborradas de abalorios electrónicos

Donde el ritual del consumo desborda por las habitaciones

Vacías de tanta ausencia marcada en las paredes

Y lloran amargamente cuando el Caudillo los increpa

Látigo patriarcal que duele más que las calamidades

 

Solo les importa mantener la apariencia con alfileres de sastre

Indumentaria para espectáculos estridentes de pantallas anodinas

No dicen nada cuando hablan, también cuando no hablan

Salvo la letanía repetida de frases fosilizadas como estalactitas

Pero se pretenden los oradores del Ágora de la antigua Atenas

Alabados por comunicadores engominados como Gardel

Pero que no cantan ni de lejos tango como él

 

Acaban creyendo en el montaje bullicioso de la dominación

Como se cree en Dios en el ritual artificioso de los domingos

Se vuelven acuciosos arlequines de monarquías desaparecidas

Y melindrosas princesas en concurrencias electorales

No hay nadie como ellos para cazar votantes

Alumbran el porvenir con manojos de promesas

Se convierten en inofensivos querubines del arrepentimiento 

Y en portadores nocturnos de la inocencia impecable

 

Ponen caras de castos niños obligados por las circunstancias

Y presentan la cara de mármol de implacable frio

En sus cuarteles de invierno donde se refugian impávidos

Pero cuando arrecian las críticas como agujas de lluvia

Furia hídrica de venas acaloradas del pueblo

Se enfurecen tanto de inhóspito miedo

Haciendo el papel de verdugos llevando al patíbulo

A ingratos que no reconocen el sacrificio del Caudillo alado

 

Gobierna teatro de crueldad poniendo en escena

Dramas de los hombres del mando

Trama de destinos cuya fatalidad alcanza

Lo que buscan con ansiedad desbocada

Cuando tocan el oscuro objeto del deseo

Se desvanecen como velas de cera

Se convierten en arlequines de un fantasma

Que encantadamente los somete

Pierden todas sus facultades, hojas de árboles

Cayendo en otoño como lágrimas de cobre

Se convierten en marionetas melancólicas

Atrapados por hilos metálicos ignorados

Avanzando a desenlaces inscritos en el texto fatal

Del despotismo crepuscular herido mortalmente

 

  

 

 

 

 

 

 

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Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Felipe Delgado en el laberinto de su soledad

 

 

Jaime Saenz 6

 

 

En Antofagasta Felipe Delgado aparece perdido en el laberinto de su soledad. Una soledad extrema, abismal; el desencuentro consigo mismo no puede ser mayor. Solo el inmenso mar es un sosiego para su angustiosa soledad. Al encontrarse con el mar se encuentra con la infinitud acuosa y salada de lo que parece interminable, lo que llama el ser del mar; un ser sin tiempo, eterno, desmesuradamente abrumador por su cuantiosa totalidad inabarcable a la mirada, pero, a la vez, inmenso espacio donde se encuentra la paz en la expansión sublime del océano. Es allí donde Felipe Delgado desenvuelve sus más abstractas reflexiones. En esa inmensidad, que hace de metáfora de lo eterno, encuentra las respuestas a sus preguntas. A diferencia de las reflexiones nihilistas, donde la nada es el referente de la culminación, el ser del mar aparece como totalidad lograda. El mar borra el tiempo, es un acontecimiento acuoso sin tiempo, comienzo y fin de la vida; es más, la vida en su fluir y refluir eternos.

Después de este aprendizaje, Delgado sabe que tiene que volver, no solo debido a la nostalgia, sino para cumplir con su propio destino, que no es más que el recorrido de una ola que se estrella contra las rocas, que no es más que una vibración en un océano incontable de vibraciones. Ante el ser del mar la muerte es una nada, es parte del flujo y reflujo de la vida. Aunque parezca paradójico esto de ir a cumplir su destino, que no es otra cosa que despojarse del cuerpo, cuando se descubre el ser del mar, que es la vida misma, en su versión acuosa y fluida, Delgado sabe que lo que importa no es su recorrido individual y su clausura, sino esta eternidad fluyente donde se sumergen las particularidades, convirtiéndose en la totalidad bullente. Se puede decir, que no cambia su destino, sino que es interpretado de otra manera, desde otra perspectiva, ya no dese la mirada de la nada, sino, mas bien, desde la mirada del todo.

Pero, es cuando más solo se siente Felipe Delgado. Solo en la lejanía de su patria, de su terruño, de su ciudad, de sus amigos, de la bodega. Mucho más solo cuando ya no cuenta con los tiernos brazos de Ramona Escalera. A pesar de que lo acompañan Estefanic y Ramón Peña y Lillo, él se encuentra irremediablemente solo, en un entorno que hace patente su soledad incontestable. Por eso, se dedica, otra vez, a perderse en el alcohol. Esta dedicación lo va a llevar al extremo del delirio y el paroxismo de la locura; su amigo Estefanic, desesperado, recurre llevarlo a un sanatorio, donde va a tener experiencias extrañas. Fuera de experimentar y sufrir la terapia lapidaria del sanatorio, Felipe asiste al descubrimiento de la música del silencio o del silencio como matriz de la música. Una joven que recibe la visita de su madre, quien le regala un vestido nuevo, el que se pone inmediatamente, desnudándose en público sin pudor alguno, se pone a bailar en el salón como si fuese una pista de danza. Es cuando se arrima a la ventana y escucha el silencio.  El silencio es el secreto de la música, el silencio es la melodía suprema; suena en su propio mutismo, por así decirlo. Esta es la revelación de todo. Venimos del silencio y vamos al silencio; el motor de la música, la melodía, los sonidos, es el silencio.

Felipe Delgado decide llevarse en una botella agua de mar para depositarla en la tumba de Ramona Escalera, una ofrenda de lo que ha encontrado, parte del secreto del ser del mar; también lleva otra botella de licor de uva para compartir con los amigos de la bodega. Quiere festejar con los amigos el encuentro con el mar, pero también su regreso. A su retorno, ya en el Altiplano, al contemplarlo, considera que en esta inmensa puna arde el mar. Como si el Altiplano se hubiera tragado el mar y se hubiera convertido en fuego. Su sequedad no sería otra cosa que el mar convertido en fuego. Algo que equivale a decir, más o menos, que la tierra se licua en el mar, cambia de estado físico, como decir que la tierra se apacigua en el mar, a pesar de que el mar puede llegar a ser tormentoso. Esta dialéctica, al estilo de Felipe Delgado, que encuentra la conexión íntima entre el mar y la tierra, entre el océano y el continente terroso, nos muestra la inseparabilidad del acontecimiento paisajístico. En el paisaje se despliega el devenir del agua en tierra y de la tierra en agua, de lo húmedo en lo seco, de lo frío en fuego. Estas metáforas, en movimiento dialéctico, develan la inquietud incontrolable de Felipe Delgado, su angustia y su convulsión pasional. Va a ir a cumplir con el desenlace de su destino, pero de una manera agitada; no se trata de resistencia, tampoco de rebeldía, de oponerse, menos de un acto heroico, sino de una entrega apasionada a su propia diseminación.

Felipe Delgado, cuando regresa a la Paz y va al cementerio a la tumba de Ramona Escalera, confunde las botellas y deja la botella de agua ardiente de uva en el nicho de la amada difunta y se lleva para beber el agua de mar. Esto le parece una señal de mal augurio a su amigo Peña y Lillo que lo acompaña; sin embargo, se ve obligado por Felipe a beber el vaso lleno de agua de mar, pues Felipe apuesta plenamente al cumplimiento de este cambio, de esta equivocación, que es señal de lo que hay que beber es el mar y lo que hay que dejar en el cementerio es la bebida de agua ardiente.   Esta equivocación de Felipe Delgado de las botellas le parece al protagonista la señal de lo que debe ser, en relación con el ser del mar. Aunque no le parezca a Peña y Lillo decide que sea así, le sigue el guion a su amigo, que se exhibe ya enloquecido. A estas alturas lo que vale a ojos de Delgado es el juego de las cartas descubiertas del destino.

¿Cuál es la narrativa que se teje? ¿La del escritor de la novela o la de la compulsión del protagonista? Entonces, ¿cuál es la relación entre autor y el protagonista de la novela? ¿Se trata de una autobiografía o de una narración de la interpretación de la autobiografía deformada del autor? ¿De lo que pudo haber sido y no fue o de lo que fue sin haber sido? Quizás la novela se encuentra en el momento de no solo tomar decisiones sobre el decurso de la trama, sino sobre el carácter de la mima interpretación, que, por cierto, no solo se trata de la historia de vida del autor, sino de la vida misma que le toca afrontar al escritor, como ser concreto y singular de la multiplicidad de historias de vida, es más, sobre el sentido de la vida humana. Quizás terminar la trama de una novela implica decidir el desenlace de ésta, hablamos de la singularidad misma del descenlace. ¿Hacia donde conduce el itinerario del recorrido dramático de Felipe Delgado? Sobre todo, después de la pérdida irremediable de Ramona Escalera. En los mensajes que lanza Felipe se habla del encuentro con Ramona, en la suspensión de la vida y la muerte. Ramona no ha muerto, sino que se encuentra suspendida, en una anhelante espera del despojamiento del cuerpo de Felipe. 

Ya sabemos cual es el desenlace de la novela; el autor decide dejarse llevar por la compulsión nihilista del protagonista. ¿Pero, cuál es la relación del protagonista con el escritor? ¿Son el mismo sujeto o, mas bien, distintos sujetos que expresan distintas alternativas? Felipe delgado es y no es Jaime Sáenz; lo es en tanto posibilidad; no lo es en tanto el autor conserva o contiene otras posibilidades efectivas. ¿Por qué el autor acepta el desiderátum del protagonista, Felipe Delgado? ¿Por qué hubiera querido terminar de esa manera, desapareciendo repentina como el protagonista de la novela? No pasa lo mismo con el autor; el escritor muere más tarde en el transcurso del diferimiento de la muerte. Obviamente, un autor, en este caso un escritor, no se reduce a la trama de su novela; empero, su novela dice mucho de él, de sus campos de posibilidad, de sus decursos posibles, de lo que quiso y no quiso ser. Pero, también, la interpretación de su obra no parece posible sin considerar el campo de posibilidades que contiene el autor. Ciertamente, la historia del escritor puede caber en gran parte en su biografía; sin embargo, su biografía lograda, impresa y difundida, no agota lo que contiene como campo de posibilidad un autor. Así como la biografía de un escritor puede ser reinterpretada desde las huellas y los entramados tejidos en su obra. El desenlace de la novela no es el desenlace de la vida del escritor Jaime Saénz, pero este desenlace devela una de las significaciones perseguidas por el autor; que no es exactamente, ni la muerte, ni la nada, tampoco el sin-sentido, sino la desaparición, quizás la suspensión sobre los avatares mismos de la vida cotidiana.

En la medida que avanza la trama de la novela, cobra importancia lo que hemos denominado el plano de intensidad filosófico, el plano de la búsqueda insaciable del sentido inmanente. Aunque, podemos decir que el encuentro o el develamiento de este sentido inmanente no aparece en la novela, pues no se lo logra descifrar, lo que cobra relevancia en la novela, en los últimos capítulos, es que lo que importa es la revelación de lo aprendido en la experiencia del protagonista, que no puede expresarse sino reflexivamente. Las reflexiones teóricas adquieren extensidad y buscan decodificar las claves del destino. A estas alturas del despliegue del plano de intensidad filosófico, que se vuelve preponderante en la narrativa, ya no se trata de aseverar la tesis nihilista del ser para la muerte, que esta contrapuesta a la tesis opuesta del ser para la vida; sino de comprender la significación de esta última tesis, ¿Qué implica ser para la vida? En la tercera parte de la novela se plantea esta problemática; aunque no se la resuelva, queda expuesta en varias alternativas.

Sin embargo, a pesar de esta apertura, de contar con varias alternativas, anotadas en las reflexiones de Felipe Delgado, el autor decide el desenlace que venía anunciado desde un principio, la salida nihilista. ¿Acaso se puede leer una novela teniendo en cuenta otros posibles desenlaces? Serían otras novelas; la que tenemos es la que está escrita y publicada; y esta tiene el desenlace conocido. Entonces, de lo que se trata es de explicarse porqué, esta vez el protagonista, Felipe Delgado, decide hacer lo que hace, encaminarse a su desaparición. A lo largo de los comentarios sueltos, que hemos venido acumulando, lo que se ha hecho notorio y en lo que se ha hecho hincapié es en esta tendencia suicida del protagonista, que el mismo, además, la ha venido reafirmando. Empero, contrastan con esta tendencia sus reflexiones de la parte tercera de la novela, donde el valor de la vida sobresale sobre el valor de la muerte; es más, la muerte no es más que un momento en el devenir mismo de la vida. Podemos decir, entonces, que en la tercera parte de la novela se pone en cuestión lo que se venía gestando en la primera y segunda parte. Es como el momento de la duda; mucho más, el momento de la lucidez, cuando se cobra consciencia de la complejidad misma de la vida y de la muerte; no solo de su interrelación y dialéctica, sino, sobre todo de la desmesura de la vida. La tercera parte es como una reconciliación del protagonista con la vida.

El contradictorio comportamiento de Felipe Delgado radica en que, a pesar de esta lucidez sobre la vida y el momento de la muerte en el devenir de la vida, se inclina por el derrumbe que se ha venido gestando desde un principio. Acepta este derrumbe como fatalidad, que, en otros términos, también implica el destino del que no se puede escapar. Entonces, esta falta de libertad ante el destino escrito es como una afirmación misma de la fatalidad y del destino inscrito. Felipe Delgado no se rebela ante el destino, como lo haría un griego clásico en la tragedia, sino que acepta pasivamente su destino. De esta manera reafirma también su inclinación nihilista, su voluntad de nada, por lo tanto, su falta de voluntad de potencia. La novela narra la trama del fracaso del sujeto ante los dilemas que se plantea, ante los problemas que enfrenta; también renuncia a la lucidez lograda. La expresa como contraste al pesimismo filosófico, largamente labrado; demuestra la equivocación de la perspectiva nihilista y el asombro ante la eternidad de la vida. Sin embargo, a pesar de este horizonte creativo, Felipe Delgado opta por la diseminación, el despojarse del cuerpo, que es, a su vez, el despojarse de la vida o del substrato que hace la vida presente, y realización espiritual de la vida, es decir, realización abstracta y especulativa de la vida, que no es otra cosa que una afirmación de la muerte.

Si seguimos a Ernesto Sábato, la novela trata de los grandes problemas y temas de la humanidad, que son los relativos al sentido de la vida y de la muerte; entonces, Jaime Sáenz, en la novela prefiere encontrar el sentido de la vida en el núcleo vacío de la muerte. No hace al revés, como en la tercera parte de la novela, interpretar la muerte como momento de la vida. La textura y la urdimbre de la narrativa configura intensamente esta pugna de los instintos fundamentales, por así decirlo, el vital, el creativo, relativo a la potencia de la vida, y el tanático, el destructivo, el del vaciamiento de la vida, la muerte. Por eso, quizás la tercera parte de la novela sea el lugar donde la narrativa adquiere una intensidad reflexiva. Si bien, el desenlace toma el camino fácil del derrumbe, este desmoronamiento es antecedido por una reflexión lúcida que cuestiona al mismo desenlace. En la novela se patentizan las tendencias encontradas del escritor.

Sin embargo, si bien las reflexiones lo transportan a la experiencia del pensamiento que ilumina el mundo, retirando sus nieblas, la ciudad no deja de ejercer su campo gravitacional, mostrando no solo sus rutinarios ajetreas, sino también los anecdóticos hechos que concentran o sintetizan los secretos y claves de la urbe. Una de esas anécdotas es la del muerto que aparece y desaparece, que tiene en vilo a la ciudad. Al final encuentran un muerto; hay un revuelo, la población curiosa va al mercado de flores a verlo, donde lo encontraron, observando desde una grieta que se abría hacia uno de los ríos que cruza la ciudad, un barranco. Cuando lo suben, por intermedio de un rescatista, el muerto se encuentra en mal estado. Los curiosos se dividen en dos bandos: los que no aceptan que sea el muerto, por falta de dignidad, debido a la putrefacción, sobre todo debido a haber aparecido como muerto, y los que aceptaban la verdad pedestre. El encanto del muerto, que aparecía y desaparecía, era precisamente que comparecía como un fantasma o un espectro, incluso un cuerpo mágico, que aparece y desaparece. Mientras habitaba en el imaginario de la gente, el muerto era un misterio; pero, cuando al final aparece su cadáver, el referente de la representación, el cadáver hace desvanecer el misterio de la representación.

Al volver a la casa de Oblitas, donde estaba alojado Felipe Delgado, después de observar el espectáculo del mercado de las flores, donde se arremolinó la muchedumbre de curiosos, donde también hubo amagues de peleas, acompañadas de discusiones, y a donde llegó la guardia municipal, llevándose a los responsables de la aparición del muerto, Felipe tuvo una larga conversación con su anfitrión. La conversación giro sobre la existencia y no existencia, tanto en sus connotaciones abstractas, así como en sus denotaciones concretas, la existencia y no existencia del muerto, la existencia y no existencia de la bodega. Para Oblitas la existencia no puede separarse de su no existencia, que lo que existe a la vez no existe; en cambio, para Felipe el problema radicaba en el misterio de la existencia misma, por ejemplo, en el misterio que encerraba la bodega. El misterio de la existencia se encuentra en su propio desaparecer. Ambos, Delgado y Oblitas tocan analizando el cuadro de la locura; la entienden como una razón última o, si se quiere, como el hilo mismo de la razón. Los locos serían los únicos que comprenden el sinsentido de los devaneos mundanos. Pero, Oblitas, en relación con la seducción de Felipe Delgado por la bodega, considera que su amigo esta definitivamente maldecido. La única manera de salir de esa fatalidad es llevar a extremo su propia perdición. Sin embargo, también considera que los brujos son los otros que van más allá al usar su magia y atentar contra las mismas leyes de la naturaleza, que la ciencia pretende corroborar.

En la tercera parte de la novela se da como una curva cóncava; se comienza con reflexiones filosóficas anotadas por Felipe Delgado, se hunde en los estragos anecdóticos de una cotidianidad en crisis, para volver a ascender, por así decirlo, a conversaciones especulativas, empero, emergidas de temas concretos, como las del muerto que aparece y desaparece, así como sobre el significado de la bodega. De todas maneras, a pesar de estas hondonadas y estas cumbres reflexivas, en esta parte de la novela es cuando se constata patentemente la decadencia y la degradación de la condición humana de Felipe Delgado. A la llegada de Estefanic a La Paz desde Antofagasta, quien descubre la miseria a la que fue arrastrado el hijo de su amigo, aquél decide intervenir para sacar a Felipe de este hundimiento. Busca al Doctor Sanabria, viejo amigo de él y de Virgilio Delgado, papá de Felipe Delgado, para encontrar una solución. Se puede observar que, en esta parte de la narrativa y de la trama, la novela se prepara a clausurar el desenvolvimiento de las condiciones de la trama misma, del despliegue de los dramas, de la configuración del perfil de los personajes, de la expansión de lo que hemos llamado planos de intensidad de la novela. Todo esto, el cierre de las condiciones, de los desenvolvimientos y de los despliegues de las condiciones de la trama, para iniciar, en la cuarta parte, la última, el recorrido culminante del desenlace de la novela.

No es pues casual que en la tercera parte de la novela las reflexiones adquieran una tonalidad mayor, así como una elaboración y composición solemne. Se trata de clausurar el plano de intensidad filosófico, habiendo desmenuzado antes los tópicos inherentes a las preocupaciones teóricas, habiendo puesto en mesa las premisas y el tratamiento de los temas y problemas, motivos de la reflexión, la búsqueda del sentido mismo de las trayectorias de vida. Antes del desenlace, el plano de intensidad filosófico hace de trasfondo de los eventos que van a acontecer en la cuarta parte de la novela. En contraste, tampoco es casual que Felipe Delgado haya llegado al colmo de la degradación y de la miseria, que el mismo reconoce que es así, asombrado. Al tocar fondo, por así decirlo, el personaje se prepara para iniciar su depuración, limpieza y espiritualización, que viene en forma de desaparición.

¿Cómo caracterizar la novela a estas alturas de la narrativa?  Por cierto, no se puede calificarla, como fácilmente se puede caer, como una novela que hace apología de la bohemia paceña; por este camino, tampoco como una novela nihilista, que ya sería como un primer acercamiento. Si bien brotan secuencias de escenas que podemos describir como derrumbe o decadencia, como marcha incontenible de la voluntad de nada, así como surgen reflexiones que enaltecen la muerte y la nada, sin embargo, también se muestran reflexiones que meditan sobre la vida, la existencia, ponderando su vitalidad y su creatividad; así como aparecen escenas de júbilo y regocijo como las del amor. Se puede decir que, mas bien, estamos ante una narrativa que se mueve en constante tensionamiento entre la nada y el todo, la muerte y la vida, el derrumbe y el amor, la destrucción y la creación. El protagonista experimenta el tensionamiento entre sus expectativas y sus frustraciones, entre sus júbilos y depresiones. Felipe Delgado, a pesar de que hace gala de su propia perdición, se encuentra en la encrucijada donde pugna entre sus propias inclinaciones encontradas. Lo que acabamos de decir ya es un segundo acercamiento a una mejor caracterización de la novela. De aquí podemos animarnos a más elaboradas caracterizaciones de la novela.

La novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz coloca a su protagonista en medio de una sociedad desencontrada consigo mismo. Una sociedad que ha heredado dos mundos enfrentados y, a la vez, mezclados, el mundo indígena y el mundo colonial; en la modernidad, que es como su actualidad vertiginosa, ingresa a un mundo diseñado por el comercio, de las haciendas y de la extracción minera, además de un Estado que se pretende república, pero que queda en los marcos de la enunciación jurídica. Una sociedad golpeada por las derrotas bélicas del país, concretamente por la guerra del Pacífico y por la guerra del Acre; una sociedad que se encuentra al borde de una nueva guerra, la del Chaco. Cuando Felipe Delgado pierde al padre pierde al referente de la familia, pero, también al referente de un cierto orden familiar y social. El protagonista ya había perdido a su madre al nacer, experiencia dilatada en el tiempo, que parece no haber superado; al contrario, retorna a la memoria para hacer hincapié en la falta, en la ausencia irremediable. Quizás por esto Felipe demanda permanentemente afecto, algo que podría haberle dado la madre. Este afecto lo encuentra en Ramona Escalera, su amante amada; empero, también la pierde, lo que refuerza el insondable hueco de la ausencia. Por eso, cae en una profunda depresión que lo arrastra a la miseria humana. Las reflexiones sobre la vida las hace precisamente cuando más perdido se encuentra; en cambio, las reflexiones sobre la nada y la muerte, valorando la diseminación, se dan como a un principio, cuando todavía incursiona bien parado el desenvolvimiento de su drama.

La novela pone en escena las contradicciones en las que se debate el protagonista. Es cierto que Felipe Delgado se presenta, después de cada prueba, derrotado. Es vencido una y otra vez por los avatares del destino. En consecuencia, el desplazamiento de la narrativa es una marcha a la perdición del personaje; en el desenlace hacia su desaparición. Aunque en la conversación que tiene con el Doctor Sanabria, amigo de su padre, que quiere rescatarlo de semejante caída a la miseria y al suicidio alcohólico, le dice que él busca voluntariamente su perdición, que lo dejen ser tal como ha llegado a ser, que eso es precisamente lo que quiere, en la novela Felipe intenta más de una vez remontar el camino de otra manera, con júbilo y regocijo, como cuando se enamora; en la finca de Uyupampa incluso deja de beber. No es que, apuesta a su rehabilitación, a lo que se opone con contundencia, sino que, en derrotero paralelo, alternativo, encuentra oportunidades a la expectativa y al sentido. Entonces, estamos ante una novela que pone en escena a una sociedad desencontrada consigo misma, a pesar de las ínfulas de seguridad que se dé en sus ceremonias y en sus instituciones, además de sus valores fosilizados. El protagonista se encuentra en medio de este desencuentro social y cultural. Vive el drama social subjetivamente; en los espesores del sujeto se asiste a los dilemas del hombre paceño tensionado por un mundo mestizo, que anhela la modernidad, pero tiene nostalgia de lo indígena. Los perfiles del mestizaje sobresalen en casi todos los personajes de la novela; hay mestizos que se consideran indios como Oblitas, hay mestizos que hablan muy bien el aymara como Beltrán. Si bien Estefanic es un eslavo adoptado por Bolivia y adaptado a la tierra, es quien sabe acullicar y lo hace asiduamente, cosa que observan positivamente los aparapitas de la bodega. Felipe Delgado no sabe aymara, empero es seducido por el aparapita, el cargador aymara de la ciudad barroca de La Paz. En la experiencia subjetiva el mestizaje se vive en las tensiones simbólicas de una cultura urbana mezclada. Felipe Delgado es una novela de los desencuentros y las encrucijadas, de las tensiones culturales de una sociedad urbana barroca. También es una novela de la rebeldía negativa, autodestructiva, que no quiere llegar a ninguna parte, salvo al despojamiento del cuerpo; empero, lo que no hay que olvidar, se trata de una rebeldía contra la institucionalidad carcomida de una sociedad perdida en sus propios laberintos.

Felipe Delgado presiente su pronta desaparición del mundo, al salir de la casa del Doctor Sanabria, después de una larga conversación, a propósito de su vida descarriada, deambulando por las calles, se topa con una banda militar, que pasa marchando y tocando sus tonadas marciales; cuando se aleja la banda dejando una estela sonora que se va apagando emerge una mirada, que podríamos llamar el de la intuición de la lucidez repentina, que sintetiza el recorrido de su vida y lo que le queda de porvenir. Cuando da un paseo por el Valle de las Ánimas con su amigo Ramón Peña y Lillo interpreta a la conformación petrificada como almas petrificadas, encontrando que presiente su propia petrificación. Recuerda que cuando niño, en una situación de que se queda solo en la casa, al observar el vuelo de una mosca, al deleitarse con esta soledad repentina, descubre una mirada en el techo, una mirada de niño, que podía ser ángel o un demonio. Estos tres episodios son como los anuncios de lo que va a venir, el protagonista logra el júbilo de la mirada de la intuición, aunque también es consciente de que hay que sentir esto, mas bien, con temor y temblor. En el tercer episodio mencionado, estamos, más bien en el recuerdo, siendo ya adulto, ante la interpretación de una premonición. Entonces, en la tercera parte de la novela no solo se clausuran las condiciones de la trama y los desenvolvimientos de los planos de intensidad de la narrativa, sino que también se menciona la lucidez lograda en pleno crepúsculo de Felipe Delgado.   

 

  

Conclusiones

La tercera parte de la novela, recogida en este comentario, hace patente el laberinto de la soledad de Felipe Delgado. Pero, no solo se trata del laberinto de soledad del protagonista, sino que este laberinto subjetivo expresa singularmente el laberinto de la sociedad urbana barroca de La Paz. En esta parte de la narrativa se clausuran los desenvolvimientos de las condiciones de la novela, así como se cierran los planos de intensidad, que hacen a la composición de la novela. Como dijimos se prepara el camino al desenlace, que se despliega en la cuarta parte de la novela. Sobresalen las reflexiones largas sobre la vida y la existencia, que suponen las reflexiones sobre la muerte y la nada; empero, en este caso, la muerte aparece como parte de la vida, ya no exactamente, como en las anteriores reflexiones, como realización misma de la vida. Estas reflexiones son compensadas por la narración anecdótica de eventos que conmueven a la ciudad. La estructura imaginaria se devela en estos eventos anecdóticos; el sentido común prefiere la representación alucinante, descarta la presencia pedestre del cuerpo martirizado. También se patentiza la degradación y la miseria alcanzada por el protagonista, quien, desarrapado, deshilachado y mugriento, prácticamente aparece como una piltrafa humana, incluso un pordiosero. Una vez alcanzado este hundimiento, los viejos amigos del padre de Felipe Delgado deciden rescatarlo, recurriendo al brujo Oblitas en una conspiración de amigos. La tercera parte de la novela, esta parte de la trama, ya tiene preparado el desenlace en un nuevo escenario, en la finca de Uyupampa, donde, después de asistir a su rehabilitación, distanciamiento, meditación y limpieza, Felipe Delgado culmina con su apoteósica desaparición.

       

El amor en tiempos de Felipe Delgado

El amor en tiempos de Felipe Delgado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

El amor en tiempos de Delipe Delgado

 

Dos+momentos+en+la+vida+de+Jaime+Sáenz_+su+adhesión+al+nazismo+y+su+matrimonio+con+una+alemana,+Erika. (2)

 

 

Felipe Delgado se enamora de Ramona Escalera. Seducido por su naturalidad, su comportamiento espontáneo, y su belleza solitaria, cada vez más atraído, así como apesadumbrado, por su cautiverio en manos de José Luis Prudencio y su hermana Luisa. Ramona es entregada a Prudencio debido a problemas familiares, al parecer económicos, los padres adoptivos que se hacen cargo de Ramona la obligan a casarse con el potentado y hombre rico, metido en negocios turbios. Cuando conoce a Felipe Delgado, se entrega a él por amor. Felipe la lleva a la bodega la noche de San Juan, el día también del cumpleaños de Ramona, quizás también la fecha de la ejecución de una supuesta conspiración en la que estaba involucrado Prudencio. Ramona va a ser recibida por la confraternidad beoda de la bodega un tanto recelosamente y un tanto sorprendidos, los miembros del colectivo alcohólico de la taberna, por tan grata visita de una mujer bella. Esa noche, tan esperada, cuando le regala Felipe Delgado una cabeza de jibaro que se parece a él, tienen el primer desencuentro de su relación amorosa. Ramona, antes de que Felipe entre a la taberna, le pide que mire hacia ella, que esperaba en la esquina, y vea si lo que se queda es su sombra o ella misma, así como ella va a observar si lo que entra y sale de la taberna es Felipe o su sombra. Le dice, tú sabrás si yo o tú morirá antes. Al salir de la bodega efectivamente Felipe sabe, al mirar hacia Ramona, que era ella la que iba a morir, sin embargo, a pesar de que promete decir la verdad, Felipe no se anima a decirle lo que ha visto y descubre. Ramona sabe que miente; esa mentira de Felipe es lo que inicia la primera pelea de la pareja.

Del primer encuentro en las puertas de la iglesia con Ramona, casual, imprevisto y hasta espontáneo, al segundo encuentro en el hospital, donde se encontraba Felipe Delgado convaleciente, después del atropello sufrido, Felipe está cada vez más seguro de los sentimientos de Ramona hacia él, lo que le causa un gran regocijo. Después de la noche de San Juan, Ramona visita a Felipe en su departamento de la calle Catacora. Allí prospera el romance secreto de ambos; Ramona encuentra un refugio afectivo y amoroso, un oasis en el desierto de su soledad. Sin embargo, la pareja no va a dejar de tener desavenencias; Felipe provoca enojos en Ramona, cuando no la deja dormir, sugiriéndole repita una frase mágica que la va a tener despierta; Ramona se comporta irónicamente ante los pedidos extravagantes de Felipe.   

José Luis Prudencio era descendiente de Juan Huallpa Rimachi, es decir, de la nobleza incaica. Vivía en la calle Recreo entre las calles Cochabamba y Sagárnaga. Alrededor de él se conformó un mito sórdido; se decía que coleccionaba muñecas, entre ellas confundía a su mujer Ramona Escalera con una muñeca. Esta imagen enigmática, misteriosa y oscura de Prudencio obligó a Felipe Delgado a montar todo un sistema de espionaje en la zona céntrica donde vivía. Lo que más llamaba la atención es la guardia pretoriana de Prudencio que custodiaba su mansión, que también adquiría la figura tenebrosa de ángeles de las tinieblas, que vigilaban la entrada al infierno; eran aymaras de sus haciendas del altiplano, disfrazados de afros. El disfraz era extremadamente simple, se embadurnaban de alquitrán para parecer descendientes del continente africano, de la región subsahariana. Felipe se atrevió entrar sorprendiendo a los de esta guardia africana-nativa, la misma que no se inmutaba de la presencia intrusa. Pero, Felipe solo llegó hasta un enrejado, que era la entrada de un patio, por lo visto descuidado; entonces se vio obligado a retornar sobre sus pasos. Es cuando la guardia pretoriana de Prudencio, que parecían estatuas petrificadas, le pareció amenazante, que lo miraban con furia y podían atacarlo el rato menos pensado. Delgado llegó a montar una cadena de espionaje eficaz, que le permitió buena información y comenzar a descifrar lo que ocurría en esa casa solariega. A la llegada de un circo alemán, creyó encontrar la oportunidad de aproximarse a los habitantes de la casa, sobre todo al núcleo hogareño que se encontraba dentro de la fachada tenebrosa. Pues le pareció que José Luis Prudencio y su esposa Ramona Escalera no podían perderse semejante espectáculo que llegaba a la ciudad de la Paz. Efectivamente fue así; en pleno espectáculo del circo se aproximó tanto que tuvo casi contacto con Ramona, mujer que lo impresionó por su altura y su belleza. Cuando pasó por su lado Ramona, lo dejó desarmado, incluso asustado, por la presencia que le dejaba su halo estético. Es cuando se desencantó del misterioso personaje, que era el esposo viejo de esta señora joven, y comenzó a interesarse e inquietarse por Ramona.

A estas alturas Felipe Delgado comenzó a escribir una crónica sobre los eventos a los que asistía. En la crónica expresó su sorpresa por la atracción que ejercía semejante mujer, se preguntó si no era arrastrado por los efluvios del amor. Felipe definió al amor como el camino de la esperanza; empero, en lo que respecta a él, no tenía esperanza, por lo tanto, no era el indicado para comenzar un romance. Pero, a pesar de estas anotaciones, Felipe terminó involucrado en un romance intenso e intempestivo con Ramona. Con Ramona Escalera llevó adelante un romance en la apertura de nuevos horizontes, los que le abrieron el sinuoso decurso a la desaparición de la amada e incluso del amor no logrado. Las desavenencias con la amada y el amor pleno no logrado terminan señalando lo imposible de la relación. Un amor de entrega absoluta, sin embargo, imposible de realizarse cuando se encuentran los amantes en zonas de imposible encuentro, en las encrucijadas de las historias de vida.

Prudencio resulta ser un aduanero de tabacos, que trabajaba en la Recaudación Nacional de estancos; es diputado suplente de la provincia Muñecas, en tiempos de los gobiernos de Saavedra. Su padre es Juan Prudencio, antiguo veterinario del ejercito; le dejó a su hijo José Luis tres fincas del altiplano, casas en La Paz y joyas. José Luis nació en Camata; la madre de Prudencio era indígena. Pero Prudencio llevó al extremo sus contradicciones; siendo lo que es, de donde viene, se dejó llevar por el mezquino juego de los intereses económicos y los juegos lúdicos y artificiosos con muñecas. Su mezquindad llegó tan lejos que prefirió quedar cojo a gastar en la atención médica.  Atormentado por sus contradicciones inherentes y empujado por extravagantes comportamientos, además de delirantes imaginarios, en el peor de sus momentos tormentosos fue llevado al panóptico de Sucre. Posiblemente cuando volvió a la casa, la hermana controló los avatares del hermano.  ¿Quién sabe?  En 1928 se casó con Ramona Escalera. ¿Qué significaba para él, Prudencio, este matrimonio? Este es un problema en la interpretación de la novela. No se puede olvidar que Ramona es huérfana como lo fue Titina Castellanos; esta situación nos lleva al hecho del abandono y la soledad. Sin embargo, Titina y Ramona son distinta, porque una no es amada y la otra si lo es. Entonces las dos mujeres se oponen, en lo que respecta al afecto que despiertan en Felipe Delgado. Sin embargo, ambas son huérfanas. Este es un dato que hay que tener en cuenta en la interpretación de la novela.

El amor en Felipe Delgado es contradictorio, se ama y no se ama. Cuando se ama, se entrega todo, pero uno se embarca en un viaje exigente de entrega o, en contraste, de inconsecuencia. Felipe reconoce, al final, que es inconsecuente, que se deja llevar por la premura de los sentimientos orgullosos. Esta inclinación soterrada se le convierte en una revelación cuando Ramona se despide definitivamente, abrumada por el avance inconmensurable del cáncer que ha tomado su cuerpo. El amor entonces no es una esperanza sino una despedida.

La narrativa de la novela opone el mito contra la realidad efectiva. No es el mito misterioso de Prudencio sino su cruda realidad pedestre, no es el misterioso personaje de la sorda conspiración, sino la realidad efectiva de la presencia ineludible de Ramona. Sin embargo, Felipe Delgado no podrá sobrellevar el desafío, se aplaza. Ramona se va, como se van las personas bellas, como se van los muertos de la tierra, los muertos que se olvidan, como un montón de perros apagados, siguiendo al poema de Federico García Lorca. La vida de Felipe Delgado resulta un desaprensivo comportamiento que no logra aprovechar las oportunidades que se le brindan. La narrativa hace hincapié en la pérdida o la renuncia a la felicidad; ocurre como si el personaje conspirara conta su propia felicidad.  El plano de intensidad del amor deja de ser una esperanza, como el mismo Felipe la definió, sino un campo de batalla. La muerte de Ramona Escalera es una corroboración de la ilusoria esperanza del amor.

El amor en tiempos de Felipe Delgado es imposible. No se puede realizar. Solo se puede dar como entrega, sin compensación requerida. Felipe no puede gozar plenamente de la entrega de Ramona y Ramona no puede gozar plenamente de Felipe porque es inmaduro. No está preparado para la entrega inconmensurable de Ramona. Lo que hace Felipe Delgado es deshacerse en lamentaciones póstumas, que no son otra cosa que el reconocimiento de su incomprensión y su fracaso. Se puede interpretar la novela Felipe Delgado como una narrativa de la imposibilidad de la realización de lo que se persigue. El fracaso de las utopías de la subjetividad. Teniendo en cuenta la definición de Felipe Delgado sobre el amor, resulta que no es la esperanza sino el intento heroico de oponerse a los designios del destino. El amor es una ilusión imposible, mientras dura, los ritmos del tiempo se modifican, al calor de los sentimientos que se debocan. Pero, esto es un acto heroico ante los designios irreversibles del destino. Por eso, Felipe Delgado, después de la muerte de Ramona, se expone extremadamente vulnerable ante los avatares indiscutibles de la vida. Quizás como resistencia imaginaria aparece la interpretación de los sueños. Ramona y Felipe coinciden en la interpretación de los símbolos expresivos de los sueños. Lo que sobresalta a Felipe. Por eso le confiesa el encuentro en el espejo con la luna y la calavera. Para Ramona el espejo es una puerta a lo desconocido, para Felipe es un abismo que lo lleva a su propia diseminación.

Ramona Escalera muere de cáncer, afronta sola su enfermedad, incomprendida por un Felipe Delgado que no llega ha entender la magnitud del drama. Sin embargo, es sobrecogido por la irradiación de los símbolos expresivos de la muerte. Después de la muerte de Ramona, quien dijo, anticipadamente, que también se despoja de su cuerpo, además de exigir como interpretación desiderativa, que quiere como epitafio lo que dijo Oblitas, en una de las charlas con Felipe, que, en todo caso, se trata del cuerpo que muere, insinuando algo así como que el espíritu se libera. Felipe queda atrapado en una desbocada y demoledora soledad insoslayable, pues su amor verdadero, Ramona, ha muerto, llevándose con ella la última oportunidad que tenía de entablar una relación armónica con la vida. Después de la muerte de Ramona, Felipe Delgado va a experimentar el sinsentido de lo que viene cuando ya no hay amor.

Se puede decir que el romance con Ramona Escalera es el recorrido de la esperanza, sin embargo, como se conspirara contra esta posibilidad, se opta por el menosprecio y la competencia. No se acepta el desafío de la mujer, la exigencia de ir más allá del bien y el mal. La novela expresa patentemente la innegable inmadurez de Felipe Delgado; en contraste la fortaleza y la madurez ante la muerte de Ramona Escalera. Ante la muerte singular y concreta de Ramona, la filosofía sobre el ser encaminado a la muerte pierde fuerza, no tiene mucho sentido. Lo que importa, en este caso, lo que llama la atención, es la manera de asumir el destino, la muerte, por parte de Ramona. No se trata de un ser destinado a la muerte sino de ser que enfrenta la muerte, la muerte concreta, la suya. La filosofía no puede ante esta experiencia, que, en este caso, da como testimonio, la novela. La muerte para Ramona es no solo una fatalidad, sino, sobre todo, una enseñanza de que las ponderaciones sociales, que no dejan de ser banales, son relativas. Felipe intuye esta enseñanza, pero, la deja ahí, como una certeza pasajera y reveladora. Por eso, quizás se embarca en su propia diseminación. Ramona, le dice, que ella también se despoja del cuerpo, que esta experiencia la traslada al instante eterno de los momentos amados, a la contemplación de los atardeceres.

Aunque, en la novela, el autor llega a decir que José Luis Prudencio es el ejemplo del ser contradictorio del boliviano, no es la única forma en la que se manifiesta este ser. Sin embargo, en este caso, no se trata de un ser diletante, especulativo, por eso amante de la ilusión mitológica, que intermitentemente se manifiesta como acto heroico, sino de un ser moderno, con todas las contradicciones que contrae la modernidad. Entre ellas, la contradicción entre el pasado y el presente vertiginoso. La crónica de Felipe Delgado alude a la combinación exaltada de lo indio y lo mestizo, pero, no olvida, expresado de otra manera, en la narrativa, que se trata de un ser que tiene que resolver el dilema histórico-cultural de la colonialidad, ser o no ser ante la herencia colonial. En la novela se plantea este problema, pero no se lo resuelve. Se opta por las configuraciones místicas y las interpretaciones herméticas. Sin embargo, en la narrativa se encuentra el dilema, que obviamente, no solo se trata del ser boliviano sino del ser histórico-cultural del continente de Abya Ayala.

¿Cómo se puede considerar la novela desde esta perspectiva? Cuando Felipe Delgado define el amor como esperanza, sobre todo cuando la narrativa se embarca en el relato del romance entre Felipe Delgado y Ramona Escalera, nos muestra una rebelión afectiva, que logra disponer de la perspectiva amorosa, la que valora los hechos desde el sentido atribuido por la memoria sensible del amor. Felipe comprende esta revelación, pero se niega a asumir las consecuencias. Prefiere repetir el drama de las relaciones amorosas, sus fusiones corporales y sus desencuentros sociales. Se entraba en lamentables disputas triviales de pareja. La novela revela la derrota del amor ante el recurrente drama de lo cotidiano.

Se puede decir que lo que constata la narración es el fracaso del amor. Una vez pasados los momentos de asombro, de emoción inédita, de compartir efusivamente las sensaciones del romance como distinción y diferencia, como mundo aparte, de dos que se embarcan en el viaje de la entrega y del descubrimiento del otro, se ingresa al desafío de la permanencia y la continuidad. El mundo romántico y del romance no se encuentra definitivamente aislado del mundo efectivo, tampoco, y esto es lo más concreto en cuanto a la afectación, de las demandas cotidianas, sobre todo cuando se trata de no quedar atrapados en las concurrencias de los egos. Es cuando la inmadurez acumulada emerge cruelmente y empuja a los amantes a los pequeños juegos de poder. Felipe Delgado compite con extravagancias y exigencias absurdas, sospecha de la ironía suelta de Ramona Escalera, sobre todo se disgusta ante un notorio distanciamiento, después de algunas peleas. La proximidad del viaje de Ramona a Europa le parece una desvalorización de su persona; se siente como descentrado. No comprende la importancia de este viaje en lo que respecta a la enfermedad que aqueja a Ramona, de la que no se entera sino hasta el final del desenlace de esta penuria. Es cuando le reclama a Ramona no haberle anoticiado antes, pero no lo hace tanto por el sufrimiento de Ramona, sino más porque se siente relegado. Cuando Ramona retorna de Europa, de la terapia a la que es sometida, ya sabe que no le queda mucho de vida; busca a Felipe sobre todo para despedirse y confesarle de la pena que siente al dejar solo a Felipe. Ante semejante trance, Felipe no logra colocarse a la altura del acontecimiento; se queda como sobrepasado y con mucho pesar. Pero, acepta los pedidos de su amada y los cumple al pie de la letra; compromete a Juan de la Cruz Oblitas y a Ramón Peña y Lillo a que no se aparten durante su velorio, vigilando a que su esposo no la entierre con la muñeca que se le parece. Le entrega, a través de un sirviente de su esposo, que la estimaba, un paquete de sus objetos de valor, para que los tire al río. Felipe no puede asistir al velorio y espera la llegada de Oblitas y Peña y Lillo para informarse de los pormenores de lo acontecido. De esta manera se clausura el plano de intensidad amoroso; en adelante, en lo que viene, lo del hombre sin esperanzas, como él mismo se definió, se hace dramáticamente patente.

El amor es un fracaso; se trata del amor romántico, el amor de pareja, que dura lo que dura el lapso del romanticismo; después, se interna en los recovecos de la competencia entre parejas, en los egocentrismos bullentes, que reaparecen intermitentemente en la propagación de la incomunicación en expansión. Felipe Delgado la pierde antes de su muerte a Ramona Escalera, porque no sabe cultivar la relación amorosa, no sabe construir la perdurabilidad del romance. En su comportamiento caprichoso Felipe Delgado hace patente la inmadurez consuetudinaria del hombre. En la narrativa como que se opone la figura del hombre inmaduro a la figura de la mujer madura, en concreto, entre el perfil subjetivo de Felipe Delgado y el perfil subjetivo de Ramona Escalera. La mujer como que se encuentra más allá de los avatares de la concurrencia amorosa, más allá de las pequeñas trifulcas y de los celos masculinos. Se trata de una sabiduría que ha mirado la muerte, la finitud humana; también de una sabiduría que emerge de los sufrimientos, del dolor, sobre todo de la discriminación y la marginación de la mujer, de la experiencia cosificante que la convierte en objeto. Aprende desde la experiencia de esta cosificación de la sociedad patriarcal y de las dominaciones de las fraternidades masculinas a descubrir la profunda latencia de la vida, la capacidad creativa, por lo menos de la intuición de esta creación; entonces, relativiza los avatares y logra amar, sin miramientos. Lo que no sucede con Felipe Delgado, quien, a pesar de haberse enamorado, de valorar la extraña espontaneidad de Ramona, su seductora belleza, notoriamente destacable, queda atrapado en el campo gravitatorio de la competencia egocéntrica. Felipe Delgado no aprende de la exigente experiencia amorosa; la goza, se acerca al placer del sentir y el compartir, pero, prefiere boicotear a la persistencia del amor, prefiere volver al recurso fácil de la victimización, prefiere retomar su camino insondable a la nada. Cuando muere Ramona, la valora como un mito; es decir, construye un mito, la mujer inalcanzable. Pero, también construye una narrativa de la perdición, de la derrota, de la frustración, que se convierten en argumentos de la diseminación, del suicidio, del despojamiento del cuerpo.    

Lo que acontece en el cementerio, en el entierro de Ramona, es anecdótico. Una ceremonia cuidada celosamente por la guardia pretoriana de Prudencio, los sirvientes aymaras disfrazados de afros. Unas lloronas expulsadas del rito de la muerte, un cortejo silencioso, adormecido en la despedida, un esposo, ahora viudo, más silencioso y enmudecido, acompañado por el halo de misterio, del que no se separa; observado por los amigos de Felipe Delgado, Oblitas y Peña y Lillo, quienes creen descifrar en sus gestos imperceptibles los signos de la culpabilidad de la muerte de Ramona. La ventisca del atardecer paceño termina empujando el polvo y las reminiscencias de la basura en los rincones del primer piso de la columna de nichos del cementerio.

Felipe Delgado se encuentra refugiado en la bodega, asistiendo a su duelo en un dilatado sufrimiento alcohólico, asistido por la fraternidad de beodos, quienes se conduelen del amigo martirizado por la pérdida. Duerme y bebe, bebe y duerme. Al despertar se descubre otra vez solo, toma consciencia de su marcado anacronismo con el lugar, con el momento, con su situación. Decide ir a hablar con el brujo Oblitas, quien le da el relato pormenorizado sobre lo ocurrido en el velorio y en el cementerio, le hace conocer sus sospechas y sus interpretaciones, lo que significa Ramona y su muerte. Termina aconsejando al Felipe un viaje a las costas marítimas, algo que coincide con la intención de Felipe de ir a visitar a Estefanic a Antofagasta. La segunda parte de la novela concluye con esta escena; Felipe se despide de esta etapa clausurada, se despoja de sus cosas, de su departamento, de sus utensilios, de todo lo que le recuerda al espacio y a la fragancia que dejó el paso de Ramona.

La segunda parte de la novela Felipe Delgado tiene como eje conductor el amor, los dilemas del amor, su itinerario, por así decirlo, que comienza con el entusiasmo romántico, escala hasta el afecto mayúsculo y la entrega absoluta, para luego, después de un punto de inflexión, decaiga en los campos rutinarios de las microfísicas del poder triviales y cotidianos, hasta llegar al abismo de la despedida, que deriva en un acto heroico o en una diseminación completa, también es posible dejar absorberse por lo anodino e insípido. La tercera parte de la novela transcurre en Antofagasta, donde viaja Felipe Delgado a encontrarse con el ser del mar, un ser eterno, sin tiempo e infinito. Allí reflexiona sobre la distancia, aunque también sobre la pérdida del mar y lo que significa para hombres de la montaña y del Altiplano como él. Así mismo relata el retorno de Felipe a la ciudad de La Paz, donde vuelve a encontrar a los amigos y a la misma ciudad de siempre. Sin embargo, asiste a la desaparición accidentada de la bodega, a la enfermedad de Corsino Ordóñez, el bodeguero, y a su despedida, antes de morir. Se compromete dar el discurso final de despedida, durante el entierro, sin embargo, no logra articular algo coherente, amedrentado por la presencia del carpintero de la “Nave del Diluvio Final”, que era el nombre de la carpintería instalada en sustitución de la taberna. Sin perder de vista al carpintero que se encontraba en la muchedumbre asistente al entierro, que fue alejándose paulatinamente, hasta ser solo visible su sombrero de paja, siendo del tamaño de un insecto, Felipe, en vez de discurso dio un grito, agarrándose el pecho, y se fue de bruces desmayado. La cuarta parte de la novela, que corresponde al desenlace, transcurre en la hacienda de Sanabria llamada Uyupampa. Allí, el intrigado Doctor Sanabria, amigo del papá de Felipe Delgado, que ha decidido rescatar a Felipe del alcoholismo, da la orden a su administrador Menelao Vera a encontrar y hurtar el cuaderno de anotaciones de Felipe Delgado; Sanabria creía poder encontrar claves para entender el comportamiento extravagante de Felipe. Más tarde, en la noche de San juan, después de que aparece el cuaderno, Felipe, ante el asombro de todos quema su cuaderno de anotaciones. En la hacienda muere Estefanic, el otro amigo de su padre, que lo acompaña hasta el final, y es enterrado debajo de un Sauce, árbol que amaba el difunto. Estos son sucesos que anteceden a la desaparición de Felipe Delgado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones

Se ha dicho que la novela es la narrativa del anti-héroe, contraste con la épica y la narrativa del héroe; se ha dicho o insinuado también que se abandona la grandilocuencia de la tragedia para entrar de lleno a los avatares del drama. También se puede decir que se trata de viajes hermenéuticos a las cavernas y recovecos laberínticos del sujeto, de las dinámicas de la subjetividad. En Felipe Delgado el protagonista se enfrenta a sus múltiples contradicciones; no solo se trata de las contradicciones culturales en al abigarrado entramado mestizo, que se debate entre la nostalgia de lo indígena y la expectativa moderna criolla, sino también de contradicciones sociales, entre la sociedad institucionalizada y la sociedad arrinconada, marginada, ocultada en las sombras. Así mismo aparecen las contradicciones relativas al deseo insatisfecho, insatisfacción que se oculta en juegos artificiales y fetichistas. Por otra parte, se nota el contraste entre las fraternidades de hombres y el aislamiento obligado de las mujeres, aunque se las presente como hechiceras o símbolos de la belleza y entrega espontáneas. No se dejan de dibujar los anuncios histórico-políticos, en este caso, de los primeros actos bélicos de la guerra del Chaco. Es decir, que el sujeto de la novela se halla, por una parte, en pleno ojo de la tormenta, aparentemente apacible, aunque sitiado por torbellinos; por otra parte, ante encrucijadas que le exigen bifurcar el camino, decidir el curso venidero, aunque arriesgue perderse en el laberinto.

Felipe Delgado es un personaje perdido en el laberinto social, cultural, imaginario, subjetivo, de una sociedad que no logra encontrarse, que se siente arrastrada en torbellinos que no controla, aunque, como Estado, como sociedad institucionalizada, intenta mostrar seguridad, determinación, institucionalidad. Felipe Delgado se encamina, desde un principio, el comienzo de la novela, a su propia diseminación, a lo que llama el “sacarse el cuerpo”, es decir, despojarse del cuerpo. Marcha a este desenlace como una embarcación al naufragio, a pesar del sinuoso decurso de los eventos y escenarios donde hace como escalas. En estas escalas, como las del amor, la isla del amor, en pleno mar tempestuoso, se asiste al desenvolvimiento de oportunidades, empero deterioradas y desechadas en el despliegue de sus tejidos autónomos. Son como síntomas de esperanza, pero también acompañados por síntomas del fracaso anticipado, de la diseminación y el despojamiento del cuerpo.      

Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía

Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía

Comentarios sueltos sobre Felipe Delgado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Felipe Delgado ya no está

 

Jaime_Sáenz

 

 

La dualidad barroca entre lo grotesco y lo sublime, entre lo trivial y lo místico, entre lo profano y lo sagrado, aparece en la novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz. La narrativa se mueve en un devenir escritura de búsqueda del tiempo perdido en el vaho nocturno de una urbe dual. La realización de la escritura, la emergencia de la prosa y la poesía, la fenomenología de la percepción convertida en fenomenología de la narración y de la metaforización, es un acontecimiento literario. Jaime Sáenz lo fue en la mundanidad nocturna de la urbe paceña.

La trama de la novela Felipe Delgado comienza con la muerte del padre, cuando empieza el laberinto del protagonista. Siguen las mediaciones de urdimbres, hilos donde el personaje se pierde en los tejidos de su soledad. El desenlace corresponde a su desaparición repentina. Después de la muerte de su padre Felipe Delgado se embarca en el denso viaje vaporoso de los efluvios del alcohol. El vacío abierto trata de ser llenado por la búsqueda insondable del sentido perdido en la utopía y en la ucronía del sinsentido o del secreto misterioso inhallable.

El demonio-payaso, que Felipe Delgado descubre, cuando su abuela lo lleva a una casa misteriosa, quizás expresa una de las sorprendentes paradojas de la novela; la fama sublime y aterradora, en los hechos, visto de cerca por el niño, aparece en su esplendor ridículo, más penoso que risible. El demonio también se transmuta en un viejo pordiosero irreverente, que no tiene miramientos en depositar sus heces en las puertas del convento donde vivía Fray Guzmán. El demonio tendrá apariciones insólitas a lo largo de la novela de Felipe Delgado.

Calixto María Medrando, el profesor de música de Felipe Delgado y compositor de cuecas, entre ellas de “No le digas”, es un personaje fugaz en la novela, pero, que deja una profunda huella en la memoria y en el corazón del protagonista. Cuando Calixto María Medrano toca Brahms, el piano cruje; no solamente emite la melodía de la composición que tanto le gustaba a Felipe Delgado, sino hace crujir del fondo de la madera y los instrumentos sonidos desoladores, un dolor acompañado por el olor de la eternidad.

En la conversación de despedida con Nicolas Estefanic, amigo heredado de su padre, sobresale la nostalgia del tiempo perdido o del espacio nunca encontrado, pero también aparece el recurso de la ironía que se aplica a uno mismo, como burlándose de lo que se es y de lo que se ha sido, aunque en el presente se considere la oportunidad de emprender un proyecto que valga la pena. Estefanic quiere lograr una economía estable que le otorgue dignidad, en cambio Felipe Delgado quiere fundar un partido fanáticamente nacionalista, absolutamente consecuente con el renacimiento del país. Los dos amigos se despiden en actitud también de comenzar una nueva etapa, la de sus proyectos mencionados, empero sin tomarlos muy en serio. De lo que se trata es de escapar a la encrucijada en la que se encuentran. 

Juan de la Cruz Oblitas, un brujo entre otras cosas, sorprende a Felipe Delgado con su elocuente caracterización de su persona a partir de la lectura de expresiones de su rostro. El brujo especula graciosamente sobre el destino de su interlocutor, acogido por el vaho nocturno. El personaje Juan de la Cruz Oblitas sintetiza el abigarramiento subjetivo. Se trata de pliegues del mestizaje cultural, coagulado en una estructura subjetiva diletante. La presencia pintoresca de Oblitas atrae a Felipe Delgado y lo embarca en un viaje laberíntico sin retorno. En Felipe Delgado, pretensiones de brujería, magia, mística, sabiduría vernácula, se mezclan y se combinan con manifestaciones banales y charlatanerías demagógicas. Este barroco que se mueve entre lo grotesco y lo sublime resuelve su dilema en variados actos extravagantes y en distintos escenarios ambientales.

La carta de Felipe Delgado a su tía Lía es descabellada, declara haber nacido para la muerte, en tanto que su tía ha nacido para la vida; que lo perdone por eso. Quiere convencerla de que no venda la casa, herencia del padre de Felipe y hermano de Lía, para donar, lo que le corresponde a la tía, al convento de monjas. Empero, esta carta está lejos de convencer a la tía, que ha decidido con antelación empedernida hacerlo, pues considera que su sobrino es incorregible y debe afrontar la vida realistamente; por ejemplo, casarse y tener una familia. La carta devela el sentido heideggeriano del protagonista, el ser para la muerte. El considerar que ha nacido para la muerte alumbra sobre el substrato existencial de la subjetividad conmovida de Felipe Delgado; quizás, sobre todo por su inherente tendencia suicida. La carta también devela que Felipe Delgado no puede vivir solo, no puede hacerse cargo de sí mismo; confiesa que extraña a la tía Lía, quien ha cuidado de él desde pequeño, sobre todo, a partir de la muerte de su madre. Se presenta desvalido ante la contingencia abrupta de una secuencia de hechos que se desencadenan desde la muerte de su padre; la escandalosa reaparición de la amante de su tío Apolinar Borda, antes ocultada, ahora ostentándose semidesnuda por la casa, haciendo gala de su habilidad en el piano, tocando para Apolinar. La tía Lía considera esta presencia y su actuación una afrenta a la casa, sobre todo a ella, la mujer de la casa, la administradora de ésta y la hermana de plena confianza del padre de Felipe Delgado. Es cuando la tía decide tomar las medidas urgentes del caso; vender la casa y refugiarse en el convento de monjas, dejando a su suerte a su sobrino.

Se puede decir que hay un antes y un después en la vida de Felipe Delgado; el antes corresponde al tiempo anterior a la muerte de su padre, incluso, jalando un poco más, hacia su presente, como las reminiscencias de lo que quedó, antes de la salida de la casa del padre, vendida por la tía Lía, dejando la herencia en dinero al sobrino, de la parte que le corresponde, según testamento. El antes tiene referentes, el padre, la casa, la vida hogareña en la casa, incluyendo al tío Apolinar Borda y a su amante escondida, abarcando entrañablemente a la tía Lía, a la cocinera, a su hijo Uaca. Incluso las referencias tienen que adjuntar al propio desempeño que ejercía en las oficinas del padre y sus empresas, una especie de administración cualitativa, que velaba por los bienes, es decir, el trabajo que tenía y lo ocupaba parte de su tiempo. En el después se difuminan los referentes, el suelo que pisa se vuelve fluido; tiene ante sí su soledad y abierto un mundo ignoto de posibilidades. Es en este otro tiempo, desatado y hasta desbocado, cuando la tendencia tanática se desborda. Si bien consigue alquilar el segundo piso de una casa en la calle Catacora, en un recodo con la calle Junín, segundo piso maltrecho que refacciona a su gusto, colocando su dormitorio en la mejor habitación, contigua a un balcón que miraba a la ciudad, este refugio no logra estabilizarlo. Es apenas el cuartel de invierno o si se quiere casa de seguridad; en tanto que el centro de gravitación se convertirá la bodega, donde encontrará un nuevo hogar, insólito y refugio de los desterrados urbanos y los marginados sociales.

En su nueva etapa los personajes sobresalientes serán otros y de otro mundo; personajes iluminados por la bohemia mestiza de La Paz, en plena oscuridad de cobijo fraterno y cómplice de la noche. En la taberna se van a tejer otras relaciones, basadas en la condición marginal, incluso clandestina, a la que fueron empujados estos personajes habitantes de la luminosidad nocturna y del afecto compulsivo, alimentado por el alcohol compartido. Entonces, como que se oponen la experiencia diurna y la experiencia nocturna; se opone el recuerdo de la vida anterior y la innovación desbordante de la nueva vida que se inventa en el azar y la jugada absoluta de la perdición. También se oponen la vida y la muerte como dos acontecimientos contrapuestos, pero también entrelazados.

Un plano de intensidad de la novela se desenvuelve en la trama que parte de los antecedentes de Felipe Delgado, antecedentes que entran en crisis a la muerte del padre, aunque se hayan gestado antes de manera latente. A la muerte del padre o en el entorno de los escenarios que se conforman, provocados por su fallecimiento, aparecen los personajes del entorno del padre y de la casa, los amigos del padre y Fray Guzmán; aunque también hace su primera aparición el demonio en forma de pordiosero irreverente y craso, si no tomamos en cuenta al demonio ridículo, que aparece, mas bien, disfrazado, en la casa que visita con su abuela. Otro plano de intensidad es el que corresponde a lo que podríamos llamar el tejido filosófico, coloquial, de diálogo y retórico, donde se va configurando, poco a poco, a retazos, como un traje teórico de aparapita, la concepción de mundo y de vida, también se podría decir la ontología existencial de Felipe Delgado. Uno de los hilos y componentes de esta teoría del aparapita filósofo son las reflexiones sobre el olor; podríamos decir percepciones del olor que devienen enunciaciones sensitivas y conceptuales del olor, tomado como una esencia o sustancia reveladora de la condición social. Ya hablamos del olor de la eternidad al que se refería la narración al comienzo de la novela, también hablamos del crujir del piano cuando tocaba Brahms el profesor de música de Felipe Delgado. Son estas sensaciones, estos sentidos primordiales, también su manifestación material, olfativa y sonora, las que hacen de fuentes iniciales de una fenomenología enunciativa, nocional y hasta conceptual. La concepción de mundo, de vida y de muerte de Felipe Delgado.

El olor venía de la cocina y según el criterio de Felipe Delgado provenía de la inocencia de los alimentos. Después de sufrir en pensiones el tormento de la mala comida, fuera de experimentar la presencia diferenciada de los comensales, a quienes termina clasificando el protagonista, de acuerdo a sus singulares comportamientos con la comida y la mesa, Felipe toca la puerta del primer piso, de donde provenía el grato olor de la inocencia de los alimentos; le abre una anciana de baja estatura, Serafina Bustillos, a la que le explica su atracción hacia la fragancia culinaria de la casa y le pide que lo atienda como pensionado. La anciana le acepta sin mayores contemplaciones; queda estupefacta ante el adelanto por un año de la pensión por parte del insigne comensal.

La clasificación de los comensales era sucinta pero prodigiosa; comenzaba con los comensales silenciosos, imperturbables, que comían como por obligación. Después venían los comensales que compartían con sus animales, sus gatos, la comida; también se nombra el caso de un comensal ladrón de azúcar, que al menor descuido metía el azúcar del azucarero en su bolsillo. En cuarto lugar, aparecen los comensales susceptibles, que convierten en enemigos a los comensales que no responden al saludo de “buen provecho”. Sin embargo, en quinto lugar, están los comensales que, si aprecian la comida, consideran un privilegio almorzar, se reconocen formar parte de una clase especial de comensales, que aprecian como un ritual el acto de comer, incluso respetan ceremoniosos y callados el sonido que hacen al partir el pan, al hacer crujir los alimentos.

Hablamos de planetas o mundos de Felipe Delgado, uno es el relativo al entorno familiar; otro es el que se conforma con su tío Apolinar Borda y el brujo negociante Juan de la Cruz Oblitas; un tercer mundo , quizás el más querido, es el que se constituye en la bodega, donde encuentra un nuevo hogar y el sentido profundo de la amistad de los condenados de la tierra o, mas bien, de uno de los estratos de los condenados de la tierra, los marginados y desterrados, los exiliados en su propia ciudad, los considerados el lastre oscuro de la sociedad urbana. Hay otros mundos, que después comentaremos, como el mundo de sus amores y desamores; también el mundo que se conforma en la hacienda, en la campiña, mundo de despedida, antes de la desaparición de Felipe Delgado.

El tío Apolinar y Juan de la Cruz esquilman a Felipe Delgado; no le devuelven el préstamo concedido a condición de socios, él, el socio capitalista, los otros los socios industriales y comerciales. No es que Delgado no se da cuenta de lo que acontece; ante un informe truculento y embaucador de Oblitas, el acreedor decide donar la deuda a su tío, de manera altruista y dadivosa. Lo que lleva al festejo no solo de los socios embaucadores, sino del propio prestamista, pues se entusiasma con el júbilo que provoca su decisión. En el mundo de los amores y desamores, Felipe tiene un reencuentro con su amiga Titina Castellanos de una manera sintomática y por lo demás extraña. Se rompe su reloj colgado de la pared, debido al sobrepeso y a un clavo enclenque que se dobla; este hecho va a ser una señal, que va a ser descifrada después, cuando se propone llevar el reloj de pared destrozado al relojero. En ese trance se acuerda de su amiga Titina, con la que tuvo una relación esporádica, a quinen no veía hace un tiempo. Cuando llega a la casa de la amiga se lleva la sorpresa de la noticia equivocada de que acababa de morir; se queda atónito, pero mucho mayor es su sorpresa cuando ve salir jocosa a Titina, vivita y coleando. La noticia equivocada la da la nieta del relojero; el que murió fue precisamente su abuelo. La coincidencia se da entre el reloj de pared destrozado y la muerte del relojero.

En la borrachera con el tío Apolinar y Juan de la Cruz Felipe Delgado queda dormido, cuando despierta esta solo y encuentra la casa oscura, con las luces apagadas, lo que incrementa la sensación de soledad. La consciencia de su soledad abrumadora lo empuja a deambular por las calles, buscando calmar su angustia con la bebida. Ningún lugar conocido que encuentra le satisface, lo que le lleva a deambular por callejones, hasta que encuentra uno misterioso, de mal augurio, donde vuelve a encontrar al demonio en otra metamorfosis; esta vez bien vestido, empero, sin desprenderse del vaho hediondo que lo acompaña. A tientas se anima a subir el misterioso callejón, donde encuentra una entrada cuyas gradas ascienden a la famosa bodega, que, hasta entonces estaba escondida para sus andanzas. En la bodega se velaba a la nieta del tabernero; cuando ingresa Felipe Delgado, con temor y como descubriendo el interior denso y abismal de una caverna, localiza a su entrañable colectivo de amigos, que lo van a acompañar en el laberinto, esta vez multitudinario, de su soledad.

El colectivo de amigos de la bodega, cómplices de la búsqueda insaciable de los secretos inesperados de la noche, proliferan en la taberna, empero, conforman estratificaciones fluidas y cambiantes, aunque siempre generando un centro de referencia, conforman meandros que se curvan alargando el viaje al desemboque inesperado. Corsiño Ordóñez es el tabernero y el abuelo de la nieta muerta, Román Peña y Lillo es el jorobado, que se va a convertir en el amigo más cercano y leal a Felipe; Indalecio Beltrán, el decano de los borrachos de la bodega. Están los aparapitas, como coro sitiando el escenario beodo alumbrado, arremolinados en los umbrales; son nombrados los que llevan apodos, el Delicado, el Negro, el Mazorral, el Fú, el Fá; está Amézga, excombatiente de la guerra del pacífico, el asistente del tabernero. En fin, se trata del colectivo fluido de la bodega, que va a iluminar con el afecto etílico la concavidad conmovida de la noche paceña. Felipe Delgado va a derrochar en la bodega afecto y dinero, convirtiéndola en refugio de su soledad y en la entrada a otro mundo, según él, lleno de señales y secretos.

El amorío con Titina Castellanos no dura mucho tiempo, es un amor intempestivo y abrupto. A Titina le desagrada el apego de Felipe Delgado a la bodega, que considera un antro de perdición. Esta inclinación al trago de parte de Felipe lo convierte en sospechoso de inseguridad, inestabilidad e irresponsabilidad sin límites. A pesar de que Felipe le ofrece tener un hijo con ella para alagarla, pero sin necesariamente casarse, la distancia y las diferencias entre Felipe y Titina se ensanchan hasta la crisis y el conflicto. Titina increpa a Felipe y le enumera sus defectos, sobre todo descarga su furia e improperios contra el antro de la bodega; Felipe sale en defensa de sus hogar nocturno y misterioso, denso en búsquedas sin horizonte y en guarida ardiente de los desolados. Le dice que ella no entiende que se trata de un lugar de otro mundo, lugar donde se desenvuelven los secretos recónditos del universo. La relación amorosa con Titina se quiebra, aunque todavía Delgado va a ir a buscarla, un tanto por costumbre y demanda, otro tanto por querer remediar la ruptura. En la última discusión, que deja perplejo a Felipe Delgado, Titina le dice, antes de romper, que ella sabe que está sola, que se puede hacer cargo del hijo sola, que él no la quiere, tampoco ella, aunque no sabe cómo explicarle esta situación, sino que la necesita. Ella, una huérfana, que sale de un hospicio de monjas, está sola en el mundo, solo tiene a su madrina, que es la muñeca que la protege. Como para contrarrestar las historias esotéricas en las que se explaya su amante no amado, le cuenta a Felipe un secreto; una historia que la tiene afligida y embargada en la consciencia culpable, hasta el presente; le cuenta la historia guardada y enmudecida, pero no olvidada, para desahogarse. En el hospicio había dos huérfanas muy recatadas, Inocencia del Campo y Soledad del Invierno; sin embargo, a pesar de su conducta circunspecta, ellas guardaban un libro erótico con dibujos pornográficos; libro indecente que todas las huerfanitas del hospicio leían y observaban con ahínco, a ocultas de la vigilancia de las monjas. Un día aciago una confidente de sor Pía Armonía delató a las hermanas guardianas del libro secreto. Sor Pía Armonía tomó las medidas del caso, enjauló a las culpables, hizo formar una ronda en el patio a las huérfanas del hospicio, obligó a las culpables, que se encontraban enjauladas y rapadas, a quemar el libro del delito. Al día siguiente las culpables fueros incineradas en el horno de pan. Una vez terminado el relato, Titina confesó que ella fue la confidente que las delató. El asombro de Felipe es grande, se mueve entre el terror y el estupor, pero también en la incredulidad, sospechando que su amante no amada se hacía la burla; le dice a Titina que esto no era otra cosa que una monstruosidad inaceptable. Respecto a la muñeca madrina, le dice protestando nunca había asistido a semejante argumentación, culpando a un objeto inanimado de lo que acontece, atribuyéndole responsabilidad, cuando no la podía tener. Dice que lo inanimado está más allá de lo orgánico y que los humanos son los que degradan la vida y la muerte.

Esta concepción nihilista de la vida y de la muerte, una dialéctica existencial negativa, también esta concepción nociva de lo humano, forman parte de lo que hemos llamado el plano de intensidad filosófico de Felipe Delgado, como dijimos, plano de intensidad tejido a retazos como vestimenta teórica de aparapita. Plano de intensidad de una filosofía nihilista singular, cuya universalidad radica en la tesis heideggeriana del ser para la muerte, cuya particularidad radica en la elocuencia y la enunciación barroca. Una suerte de mezcla de filosofía negativa y misticismo, magia y brujería.  

 

En la bodega Indalecio Beltrán se explaya en una apología del aparapita, después de exponer su tesis sobre la inspiración. Se podría decir una tesis idealista, en tanto que la apología del aparapita es trágica y existencialista, marcadamente barroca. En la tesis idealista asume que los poetas miran con el alma lo invisible, lo que no está al alcance de la vista común; en tanto que en la apología del aparapita encuentra el substrato y la síntesis de la condición nacional en este insigne cargador de la urbe paceña. Se pondera su fuerza, su coraje, su valor, su laburo, aunque también su humildad y su sabiduría silenciosa. Beltrán declara a los miembros de la bodega como poetas prácticos, pues ven desde la experiencia dramática a la que son sometidos por su entrega sin límites al compromiso de la diseminación nocturna. En el ínterin, entre su tesis sobre el arte y la apología del aparapita hace una disertación intermedia, dedicada a la chola, a la madre chola. Abnegada madre cuya dedicación al cuidado afectivo de los hijos es admirable, sobre todo cuando son guaguas. El ejemplo que da es lo que observa detenidamente en la calle Illampu cuando una madre chola lavaba el culo de su guagua con un cariño asombroso, sin hacerle doler, además lo hacía a veces cantando un huaiño. Felipe delgado interviene, interrumpiendo a Beltrán, para decirle que estaba completamente de acuerdo con él, solo que otorgando a su apreciación un contenido del espíritu nacional.  Sin embargo, el interés de Felipe Delgado se dirigía al aparapita que no llevaba el manto y hace vistoso el traje de múltiple textura, compuesto por las propias manos del insigne cargador. Después de un sueño estrambótico con moscas, enredadas en un juego de palabras que riman, entre la fraternidad de la taberna, donde él mismo se convierte en una mosca perdida en el abismo, descubre, al despertar, enfrente, la composición abigarrada del traje del aparapita, que se le antoja de una cristalización mineral. Pide a Delicado que se lo presenten al aparapita, sujeto de su atención, y a su compañero, más viejo, con el que compartía la coca, los puchos y el trago. Se acercaron Fortunato Condori, el mayor, y Damian Tintaya, el más joven.

Si bien Beltrán comenzó la apología del aparapita, debido a una discusión acre con Delicado, que, en discordancia a su nombre tiene una consistencia corporal de fortachón, es Felipe Delgado quien extiende la apología, la prolonga y la concluye de una manera ejemplar. Según Delgado el aparapita es un anarquista nato. Sobresale en el legendario cargador la grandeza auténtica. Habita la ciudad efectiva y contrasta su figura contra la ciudad ilusoria y envilecida. Así como la bodega es una síntesis de la ciudad, el traje de la aparapita configura y expresa la realidad total. Delgado considera que en la composición del traje del aparapita se puede leer la escritura secreta de la realidad, contada en el juego del bricolaje del tejido heterogéneo del traje del aparapita. Con esto el aparapita supera la realidad y llega a la fantasía. Delgado confiesa que se encuentra seducido por esta elocuente presencia existencial. También confiesa que quisiera tener un traje de aparapita, pero, sabe que no se lo merece, que, aunque tuviera muchos trajes de estos ninguno le pertenecería, pues no los podría poseer. El traje del aparapita está íntimamente ligado al cuerpo y a la experiencia del aparapita; el aparapita se ha hecho el traje, poco a poco, retazo a retazo, cosido a cosido; por eso mismo, es una extensión de él, de su cuerpo, de su ser.

La interpretación que hacemos, los comentarios sueltos, de Felipe Delgado, supone varios planos de intensidad del entramado de la narrativa de Jaime Sáenz en la novela; algunos los hemos mencionado, el plano de intensidad familiar y sus entornos, el plano de intensidad de los amores y desamores, el plano de intensidad del colectivo de la bodega, quizás también el plano de intensidad de los amigos heredados del padre, que terminan jugando un papel fundamental en el desenlace de la novela. Mencionamos el plano de intensidad filosófico, que hace como substrato reflexivo a lo largo de la novela, sobre todo busca hacer emerger de la trama o, mejor dicho, del entramado de la narrativa, el sentido inmanente de sus tejidos. Bueno pues, si fuese así, importa comprender las conexiones y las articulaciones de los distintos planos de intensidad en la narrativa. Al respecto se pueden sugerir distintas hipótesis interpretativas, empero nos vamos a concentrar solo en algunas, comenzando con una relativa a un enfoque estructuralista, hipótesis que alude a distribuciones binarias subyacentes en la estructura del texto. En el plano de intensidad familiar aparece el contraste entre el tío Apolinar y la tía Lía, la oposición entre el señor y la señora, entre el irresponsable y la responsable, entre el inmoderado y la cuerda; en el plano de intensidad de los amores y desamores se evidencia el contraste entre Titina Castellanos y Ramona Escalera, entre la amante no amada y la amante amada, entre la sensualidad de la hechicera y la belleza de la mujer que se acerca a la artificialidad de muñeca. En el plano de intensidad del colectivo de la bodega no hay exactamente contrastes binarios, pues todos llegan a parecerse, empero se puede sugerir que, a pesar de que comparten el mismo espacio bohemio de la bodega, que sintomáticamente lo nombran como “el purgatorio”, se hacen notorias ciertas diferencias; por ejemplo, entre el decano de los borrachos, Indalecio Beltrán, y, en algunos casos, Delicado, en otros, Román Peña y Lillo. Pues Beltrán aparece como el magistral expositor de temas, en tanto que los otros, a excepción de Delgado, aparecen de manera pedestre, en su elocuencia, mas bien, crasa. En el plano de intensidad de los amigos heredados, se hace notorio la diferencia entre el perfil del Doctor Sanabria, amigo del finado Virgilio Delgado, el padre del protagonista, que reprende la conducta de Felipe, pero que termina cobijando al descarriado Felipe Delgado, y Nicolas Estefanic, otro amigo del padre, que, mas bien, lo secunda. En el plano de intensidad filosófico se hace hincapié en las paradojas que expresan las dinámicas mismas existenciales de la vida y de la muerte.

Sin embargo, fuera de estos contrastes notorios, que pueden dar claves de la estructura del texto, se pueden mencionar otros dualismos que expresan otras distribuciones subyacentes de la narrativa, que ya no tienen que ver con los planos de intensidad individualizados, sino, mas bien, con el conglomerado conectado y articulado de los mismos. Hablando de las pretensiones de brujería y hechicería, que es como una atmósfera difusa y transversal en la novela, se oponen la figura de Juan de la Cruz Oblitas y Titina Castellanos. El brujo Oblitas es el amigo que esquilma, en tanto que Castellanos es la amante no amada; por otra parte, la hechicera Titina está ligada a la muñeca-madrina, que aparece como protectora y hacendosa, en tanto que el brujo de Juan de la Cruz, pajpaku y tramposo, está ligado al demonio, que emerge en la novela en su metamorfosis fantasmal como una amenaza. Deteniéndonos en este dualismo estructurante de la novela, entre otros dualismos, vemos que la muñeca, como fetiche, se opone, al demonio como amenaza, sobre todo por sus connotaciones figurativas. La muñeca es de una belleza artificial, en tanto que el demonio no deja las irradiaciones de la fealdad concreta, como la fetidez que lo acompaña. No olvidemos que José Luis Prudencio, el esposo de Ramona Escalera, colecciona muñecas y retiene a Ramona como si fuese una muñeca; ese es su placer. En cambio, el demonio aparece presagiando mal augurio o está vinculado a un hecho funesto. Felipe Delgado se enamora de Ramona y teme a todo lo que anuncia el demonio.

Sin embargo, en toda esta profusión de planos de intensidad, de hilos, urdimbres de los tejidos de la narrativa, el aparapita es la figura no solo más enigmática de la novela, sino que guarda la clave de la interpretación de la novela, en cuanto al sentido inmanente. Cuando Felipe Delgado expone el sentido de despojarse del cuerpo, “sacarse el cuerpo”, según sus propias palabras, que conlleva el aparapita, comprende que se trata del destino del aparapita. El despojarse del cuerpo acontece cuando el aparapita decide morir, esto quiere decir, deshacerse del cuerpo, del cuerpo que ha cargado con todos los pesos que tuvo que sostener en la espalda, del cuerpo agotado cuyas últimas fuerzas son usadas para despojarse de su carne. La propuesta interpretativa de Felipe Delgado es que con este acto el aparapita se espiritualiza.

Volviendo a los dualismos, podemos decir que el aparapita se opone al mundo envilecido, como el mismo Delgado lo dijo en su exposición. Metafóricamente podemos decir que el aparapita carga con el mundo; una vez que considera que ha terminado su tarea, no del día, cuando va a la bodega, sino su tarea de todos los días que le tocó vivir, el aparapita decide deshacerse de su cuerpo para encontrar otro mundo, espiritual, con esta desaparición. Mientras vive y carga con el mundo, su traje configura el mundo en su multiplicidad, logrando expresar la armonía de la pluralidad. Cuando deja su cuerpo, cuando decide morir, deja su cuerpo para que se lo lleven a la morgue y escruten los estudiantes de medicina en su cuerpo los secretos de la biología humana. Los compañeros aparapitas se reparten su traje y sus cosas, como herencia legítima y adecuadamente prorrateada entre todos los compañeros. El aparapita se “saca el cuerpo” como desenlace de su destino; al final la novela tiene como desenlace la desaparición de Felipe Delgado, es decir, éste también termina sacándose el cuerpo.

Indalencio Beltrán invita a Felipe Delgado a contemplar desde la claraboya de su cuarto el majestuoso Illimani, a la hora conveniente del atardecer, cuando la pintura de la luz del verano o del invierno permite apreciar mejor los secretos que esconde la fabulosa montaña de varios picos. Beltrán le comenta los secretos de la claraboya, ligados a la biografía de su padre, pintor especializado en la pictórica y el paisaje del Illimani; por otra parte, le revela que además es topógrafo, lo que le permite tener entraditas que le hacen un poco más soportable la pobreza en la que se encuentra. La otra conversación en la que se embarcan los amigos es sobre Franz Tamayo, a quien considera Delgado el poeta absoluto y el pedagogo del pueblo boliviano. Beltrán hace observaciones sobre su condición de hacendado y sobre la explotación de sus pongos; empero, Delgado considera que Tamayo se preocupa por todo lo que atinge al pueblo, sobre todo se preocupa de los peligros que acechan. Que, si bien, explota a sus pongos y es consciente de esto, lo hace comprendiendo que su labor es educativa, para transmitir las enseñanzas, para que se adquiera la disciplina y, sobre todo, para el resurgir de la nación desde su cuna de Tiwanaku. La conversación gira anecdóticamente tanto en una apología grandilocuente del connotado escritor, pero, también, a ratos adquiere como un tono de ironía. El mensaje que trasluce es que el Illimani y Tamayo están íntimamente involucrados y conectados, tanto por su desmesura sublime como por su grandeza absoluta.

Lo que habíamos nombrado el plano de intensidad filosófico del entramado de la novela parece disentir con estas alocuciones, que adquieren un tono paisajista o de determinismo geográfico, también una tonalidad nacionalista, incluso indigenista. Ocurre como si la ontología existencialista heideggeriana del ser para la muerte se contrapondría y, a la vez, conjugara con estos tonos deterministas geográficos, nacionalistas e indigenistas. Llamemos a esta otra variante de la cosmovisión plano de intensidad ideológico. En este caso, se trata de la consciencia nacional o, dicho de manera ontológica, del ser nacional, del ser boliviano, que, a diferencia de la tesis heideggeriana no está destinado a la muerte, sino al renacimiento.

Habíamos dicho que la clave para interpretar la novela se encuentra en la tesis de Felipe Delgado sobre el aparapita, sobre su desenlace, el “sacarse el cuerpo”, que también se convierte en el desenlace de la novela, cuando el propio Felipe Delgado se saca el cuerpo, desaparece. Nombramos a esta clave hermenéutica el sentido inmanente de la narrativa de la novela; sin embargo, se pueden encontrar otros sentidos, no necesariamente inmanentes, que tienen que ver tanto con la tesis ontológica existencialista, así como con las tesis ideológicas nacionalistas e indigenistas. Para decirlo en términos interpretativos, podemos conjeturar que la formación social abigarrada boliviana adquiere configuraciones simbólicas en la conjugación de la tesis existencialista nihilista y las tesis ideológicas nacionalista e indigenista. El entramado de la novela, al desenvolverse y combinar los distintos planos de intensidad de la narrativa, busca los sentidos subyacentes, que se encuentran diseminados en los dramas desplegados por las acciones de los personajes. El plano de intensidad filosófico y el plano de intensidad ideológico son como los decursos de las reflexiones inherentes en la novela.

Hay otra conversación que sobresale entre los amigos, Beltrán y Delgado, que tiene que ver con la teoría de la conspiración, por así decirlo. Beltrán alude a un rumor que recorre la bodega; se habla de un personaje misterioso, que prepara una convocatoria a la nación, que arma un ejército para recuperar los territorios perdidos por el país en las sucesivas guerras, que cuenta con consejeros sabios y especialistas, entre los que se encontraría el mismísimo Tamayo. Delgado no estaba enterado de este rumor, lo que le sorprende, sobre todo al enterarse que el que lo ha difundido en la taberna es su amigo Román Peña y Lillo, lo que lo hace sospechoso de difundir rumores especulativos. Los dos amigos quedaron en encarar a Peña y Lillo, para que aclare sobre este rumor difundido. La conversación vespertina de Beltrán y Delgado culminó con música, Beltrán desempolvó su mandolina para tocar unas piezas de Adrián Patiño Carpio, terminando el repertorio con la interpretación de una cueca. Lo que entusiasma sobremanera a Felipe Delgado; los dos amigos llegan hasta las lágrimas. Esta parte de la narrativa nos muestra otro plano de intensidad de la composición de la novela; denominaremos a este plano de intensidad musical. La música, el ritmo de la música, la composición melódica, acompañada de la letra, escolta al entramado narrativo, desde la presentación de la letra de la cueca “No le digas”. La música es la melodía de fondo, que acompasa a las tramas de la narrativa; se podría decir que está más acá y más allá del sentido evocado en palabras. Se trata de un sentido anterior al sentido inmanente, por lo tanto, también a los otros sentidos subyacentes. Este más acá y más allá es la armonía que se le escapa a la comprensión intelectiva, tanto del plano de intensidad filosófico, así como del plano de intensidad ideológico. Se podría decir que la armonía musical emite los secretos que se buscan con el entendimiento, secretos que se le escapan, que no puede encontrarlos. La música emerge directamente, sin mediaciones, de las ondas y vibraciones energéticas.

La primera parte del libro, compuesta por doce capítulos, desenvuelven una composición combinada y entrelazada de los distintos planos de intensidad narrativos mencionados. Esta composición muestra cumbres y hondonadas, que hacen variar la textura de las tramas y urdimbres de la narrativa. Entre las cumbres se encuentran lo que simbolizan el Illimani y Tamayo para la utopía nacional; entre las hondonadas se encuentran los recovecos dramáticos y pasionales en los que se entrampan los distintos personajes involucrados. Las cumbres son como la simbolización de las utopías perseguidas, las hondonadas son como la simbolización de los laberintos y los abismos donde se cae irremediablemente. El sentido del ser, el ser para la muerte es como la expresión de esta caída a la nada; en cambio, el ser nacional es como su contrapeso, la expresión de la posibilidad del renacimiento o el resurgimiento.

En las tres siguientes partes de la novela, compuesta por cuatro partes, que en total hacen cincuenta y dos capítulos, la composición del entramado narrativo ha de combinarse de distinta manera, desenvolviendo distintos desplazamientos del centro gravitacional o de agujero negro del campo orbital de los escenarios de los dramas, que se conforman, dependiendo de la jerarquización de alguno de los planos de intensidad respecto de los otros.

En este contexto, en sentido hermenéutico, en este círculo interpretativo, podemos comenzar a interpretar el tejido de la trama narrativa. Dijimos que a los ojos de Felipe Delgado la bodega aparece como un lugar de resistencia, fuera de sitio entrañable de misterio; ahora también podemos considerar, en el contexto, como un espacio de la protesta existencial contra la sociedad institucionalizada. Ante la irrealización de las utopías, que se simbolizan en las cumbres alegóricas mencionadas o crasamente en la conspiración por el resurgir político, Delgado opta por la diseminación corporal. El alcoholismo resultaría una protesta suicida de los vencidos o, mejor dicho, de los que no encuentran el sendero de la realización de la utopía, pues ésta se encuentra clausurada por la misma sociedad institucionalizada, el mismo Estado, limitado en sus alcances y fronteras mezquinas. Aunque al final de la novela Felipe Delgado es rescatado por el Doctor Sanabria y llevado a su hacienda para su rehabilitación y limpieza; un tanto, haciendo remembranza al Quijote que recupera la razón y reconoce haberse extraviado en su locura; empero lo hace para despedirse, antes de morir. En este transcurrir, cuando Felipe reflexiona sobre lo acontecido y acumula sus notas, con la intención de armar una escritura reveladora de su experiencia, se produce un hecho sintomático, desaparece su cuaderno de notas y memorias.  Su testimonio de vida, sus reflexiones, profanas y sagradas, su escritura en ciernes, es hurtada. Sus secretos son conocidos por otro, el ladrón o los ladrones, el que perpetra el acto y el autor intelectual del hurto. Felipe va a buscar por todas partes su tesoro de inscripciones gramáticas. Está lejos de la bodega, a la que solo llega a verla, al revés, con un telescopio roto, que le brinda Sanabria. Este es el escenario de la desaparición de Felipe Delgado. Se trata de un escenario de distanciamiento y de vaciamiento, que recalca de otra manera su soledad, ya no como antes, dramáticamente, que comienza con la muerte de su padre, sino de una manera paisajística, donde se hace hincapié en el alejamiento.  

 

A lo largo de la novela descubrimos que Felipe Delgado vive la experiencia de duplicación, es decir, se desdobla; se encuentra el mismo en otro. En la medida que se vuelve a encontrar con el demonio, éste se le va a ir pareciendo, hasta suponer que el demonio es el mismo, solo que de viejo o como vuelto de la muerte. Cuando muere el bodeguero, Corsino Ordóñez, se encuentra en el hospital con un médico que no solo se le parece, como su doble, sino que, además, lo insólito, lleva su mismo nombre y apellido: Felipe Delgado. Por otra parte, aparecen otras duplicaciones; su madre se llamaba Ramona, la mujer de la que se enamora, la esposa de José Luis Prudencio, se llama también Ramona. Su madre murió cuando precisamente nació Felipe; la muerte de su madre acompaña al nacimiento de Felipe, custodia a la vida de Felipe. La muerte es una sombra que le persigue, así mismo adquiere otra connotación, más bien, de liberación, por así decirlo, como cuando el sacarse el cuerpo implica la espiritualización, quizás el encuentro con uno mismo. Para decirlo resumidamente, hay como dos formas de muerte, contrastadas, aunque haya otras formas más, como las relativas al morir lenta o diferidamente. Como dice Blanca Wiethuchter, la experiencia de la duplicación, el encontrarse en el otro, supone la escisión[1]. Como en la poesía de Jaime Saénz la novela comienza con el asombro del protagonista, Felipe Delgado; le sigue el descubrimiento del otro, al que se llega después de una larga experiencia dramática, de diferenciación, de reconocimiento y de identidad. Sin embargo, no se identifica con el otro en todos los personajes con los que se topa, sino tan solo con algunos, pocos. Se puede decir que la duplicación es como retornar a sí mismo, después de su extrañamiento. Se encuentra consigo mismo cuando el demonio se le parece, se encuentra consigo mismo cuando se ve en el médico, más joven que el mismo. También Ramona, en sueños, termina pareciéndose a él. Por último, termina encontrándose consigo mismo en el desaparecer.

Sin embargo, en la experiencia de extrañamiento y, dialectalmente, de retorno, a la vez, el descubrimiento del otro no solo emerge en las analogías, sino también en las diferencias; diferencias que no solo muestran contrastes, hasta contradicciones, sino lo que el mismo niega o rechaza. Por ejemplo, aborrece de José Luis Prudencio. Descubre que el misterioso personaje del rumor que se propagó en la bodega es precisamente Prudencio, al que decide vigilar y espiar. Empero, la curiosidad enigmática que siente por Prudencio va desapareciendo hasta el desencanto, en la medida que se va aproximando y observando, descubriendo sus secretos. Además de cojo, aparece como un personaje cruel y hasta indiferente, incluso anodino y despreciable, salvo su apego por la colección de muñecas que tiene en casa, además de su mujer, Ramona escalera, que se parece mucho a una de sus muñecas apreciadas. Cuando ocurre esto, cuando crece el desprecio por Prudencio, deja de interesarle y se deja seducir por la belleza de Ramona.

Ramona se encuentra cautiva en casa de Prudencio, sometida a control y vigilancia por parte del enigmático esposo, también por parte de la hermana de este ignominioso personaje. Incluso sufre violencia por parte de esta hermana, a lo cual Prudencio es indiferente. El romance con Felipe Delgado es como una liberación; empero, tampoco dura, como hubiera querido Felipe. A Ramona le detectan un cáncer que la va a llevar a la muerte. Felipe vuelve a enfrentar la muerte como ruptura, evento que le quita a sus seres queridos. La muerte de su amada va a marcar la clausura de una etapa y el comienzo de otra, como en el caso de la muerte de su padre. Va a buscar consuelo de una manera más desmesurada en el alcohol, que lo va a llevar a la perdición, completa, casi al exterminio; pierde todo, su casa, sus amigos no aparecen, en la bodega bebe con extraños, que se comportan agresivamente, se convierte prácticamente en un pordiosero o no se diferencia en su aspecto de este desventurado. Se refugia en casa del brujo Oblitas, quien lo cobija. Cuando se encuentra completamente perdido, el Doctor Sanabria, Estefanic y Oblitas conspiran para rescatarlo, prácticamente secuestrarlo y llevárselo a la finca de Sanabria, para que allí se cure y se rehabilité. La situación y condición de Felipe Delgado llegaron tan lejos del desamparo y la desdicha, a su propia indigencia, que incluso la bodega, su refugio, desaparece del escenario. Antes, como anuncio de la clausura, Amézaga se convierte en el administrador de la taberna, el carpintero acreedor de Ordoñez, Noé Salvatierra, compadre del bodeguero, se instala en la bodega y perturba la armonía beoda del colectivo fraterno que se había formado. La bodega es sustituida por la Carpintería del Diluvio Universal de Noé Salvatierra.

En la finca del Doctor Sanabria Felipe Delgado prácticamente se vuelve un abstemio, no toma, salvo cuando lo visita Peña y Lillo, su amigo, que trae consigo botellas para brindar, o en alguna que otra ocasión, como en San Juan. En la hacienda de Sanabria tiene un altercado con el administrador de la finca, Menelao Vera, quien confiesa que odia a Delgado. En la noche de San Juan le ruega que vuelva a beber, para que vuelva a ser lo que siempre fue y, de esta forma se lleve la maldición que ha traído a la hacienda. Felipe vuelve a beber y culmina la conversación con Menelao rompiéndole una botella en la cabeza. Antes de su desaparición Felipe se perdía intermitentemente, obligando a Vera a buscarlo y encontrarlo en los lugares más recónditos e insólitos, como en un pozo profundo; al final una tarde se pierde definitivamente sin que nadie después pueda encontrarlo, a pesar de las incursiones organizadas tanto por Menelao Vera y Peña y Lillo.

En la noche de San Juan Felipe Delgado quema su cuaderno de anotaciones y memorias, que reaparecen después de una subrepticia pérdida, altamente sospechosa y sintomática. Esta quema de la escritura, que, por cierto, era valiosa, anuncia, como despedida, la propia desaparición. Felipe Delgado no solamente se saca el cuerpo, emulando al aparapita, sino que su cuerpo se esfuma, no aparece ni como cadáver, lo que obliga al brujo Oblitas a preparar una sesión de brujería en La Paz para desvelar lo que había acontecido o, en su caso, descubrir al culpable de su desaparición. Sospechaba que fue Menelao Vera el autor de su supresión. A esta sesión solo asistió Peña y Lillo. Oblitas encontró en la habitación el saco de aparapita que improvisó Delgado, cosiendo a duras penas; para el brujo esta aparición del saco era una prueba de que Felipe Delgado se encontraba y, al mismo tiempo, no se encontraba en la casa, la última morada del protagonista errante, convertido en un fantasma.

Conclusiones

Ahora bien, estamos ante una novela, Felipe Delgado, que es el nombre del protagonista de la narrativa, que se sitúa en una ciudad de La Paz anterior a la guerra del Chaco, si se quiere en una coyuntura en el umbral mismo de la guerra entre Bolivia y Paraguay, dos países empujados a la conflagración por dos empresas trasnacionales del petróleo, pero también por sus propias oligarquías criollas, en pleno contexto de la crisis de los Estado-nación. Una guerra donde se disputaba el control del Chaco Boreal y de las reservas hidrocarburíferas, en pleno contexto de la demanda energética de la revolución industrial, todavía bajo la hegemonía británica. A través de la novela se puede vislumbrar el perfil de la estructura social, de las estratificaciones de las clases sociales de la formación social boliviana, por lo menos de parte de este perfil, un poco sesgado en el enfoque literario de la dramática de lo que se ha venido en llamar las clases medias, preponderantemente mestizas. Ciertamente el personaje principal, Felipe Delgado, experimenta los dilemas, el diletantismo, el dramatismo y la angustia de la sedimentación social de la clase media, en las formas extremas de la bohemia barroca y marginal paceña.   Desde esta perspectiva, se puede decir, que las enunciaciones relativas a lo que hemos llamado el plano de intensidad filosófico y el plano de intensidad ideológico son los recursos discursivos del protagonista para interpretar esta experiencia abigarrada de los estratos medios y mestizos. Manteniéndonos en esta perspectiva y en este enfoque interpretativo – puede haber otros -, no se trata tanto de concentrarse en las tesis nihilistas o en las tesis nacionalistas e indigenistas, tampoco así, concentrarse tanto en el plano de intensidad pretendidamente místico o en la atmósfera especulativa de la brujería, sino entender que se trata de recursos provisorios para interpretar la experiencia singular de los estratos mencionados, solo que asumidos de manera existencialista barroca y vividos en el dramatismo de trayectorias de vida que se pierden en sus propios laberintos. La estética, entendida como substrato de las sensaciones y las sensibilidades, que captan la multiplicidad de los fenómenos percibidos, en este caso, estética de la novela, adquiere la composición del entramado narrativo, la trama del antihéroe mestizo de una urbe enclavada en plena cordillera de los Andes.

No pretendemos sugerir una sociología de la novela, sino contar con esta referencia al momento de apoyar una lectura arqueológica de la novela, por lo menos en los términos y límites improvisados de unos comentarios sueltos. Felipe Delgado, que puede corresponder a una biografía ficticia del propio autor, Jaime Sáenz – entre otras biografías posibles -, es un personaje descentrado de los ejes normativos y de los comportamientos aconsejables de la clase media. Un personaje errante, deambulante de mundos, que hacen como sus entornos, unos más valorizados afectivamente que otros; mundos habitados subrepticiamente por el protagonista errante; de los que obtiene lo que necesita para continuar su marcha sinuosa de una búsqueda nebulosa hacia lo desconocido. No es la sociología la que va a dar cuenta de esta escritura paradójica de Jaime Sáenz, pues la escritura literaria, la narrativa de la novela se teje con hilos sensibles, componiendo figuras imaginarias, otorgándoles contenidos simbólicos, que hablan más de las dinámicas subjetivas inmanentes que de las estructuras trascendentes sociales.

Estamos ante una subjetividad en crisis, que puede tomarse hipotética y provisionalmente, como crisis de identidad; que empero no agota la comprensión y la interpretación de lo que contiene como posibilidades expresivas el personaje central de la novela. La condición de antihéroe de Felipe Delgado ya es, de por sí, una crítica desde la literatura a la sociedad institucionalizada de entonces, a sus pretensiones, a sus mitos y juegos de poder. El protagonista, entrampado en su drama embrollado de vaciamiento continuo, busca refugiarse en oasis afectivos, en la amistad y en el amor. Pero, es la muerte la que, intermitentemente, arrebata a sus seres queridos, arrastrándolo, cada vez más, al abismo. Es la música la que acaricia su ser, conmoviéndolo, recordándole los sentidos fundantes y creativos, anteriores a todo sentido intelectivo. Y es el juego paradójico del discurso lúdico el que amortigua la distancia del desconocimiento de la alteridad inscrita en los cuerpos. Las paradojas, por lo menos muestran, el quiebre de las certezas, las fracturas en el estallido de las contradicciones, fracturas que se abren tanto al abismo, así como a la intuición de horizontes utópicos.  

La novela Felipe Delgado es un acontecimiento literario, como tal, nos permite la lectura, vale decir la reconfiguración, la apropiación por la lectura y la reinvención de la novela en la experiencia de su decodificación, de su destejido, para volver a hilvanar y tejer en la imaginación y la memoria hermenéuticas. Como dice Paul Ricoeur, la narración está íntimamente ligada con la invención del tiempo, así como la invención de la memoria de un pasado[2]; por eso mismo, una adecuación al presente fugaz y también dilatado, es decir, una disposición a la espera y a la expectativa. El contexto de Felipe Delgado no solamente es la formación social paceña de aquél entonces, sino, hermenéuticamente, el contexto mismo de la novela, no solamente boliviana, sino latinoamericana, además de la novela mundial, con todas las concomitancias que pueda haber entre los más cercano y lo más lejano, no en el sentido geográfico, sino de los apegos y las propias lecturas del autor. También tenemos que referirnos al contexto cultural de su época. ¿Cuánto de esto todavía sobrevive y es substrato de sedimentos culturales e imaginarios hoy? No cabe duda de que sí queda, la herencia se transmite cambiante, pues el pasado se actualiza y, obviamente se transforma. La urbe paceña no es lo que fue en la preguerra del Chaco, tampoco exactamente su estructura social, así como sus imaginarios sociales; sin embargo, en el desenvolvimiento, despliegue y transformación de sus estructuras sociales y culturales, en la ciudad de la hoyada, cobijada en los brazos de la cordillera de los Andes, los cambios se dan a través de la conservación de lo heredado, aunque en sus composiciones actualizadas se den combinaciones distintas. Para decirlo parafraseando a Vicent van Gogh, Felipe Delgado ya no está, pero la ciudad sigue todavía.

  

[1] Ver de Blanca Wiethuchter Estructuras de lo imaginario en la obra poética de Jaime Saenz. Obra poética. Biblioteca del Sesquicentenario de la República; La Paz, 1975.

[2] Leer de Paul Ricoeur Tiempo y narración I, II y III. Siglo XXI; México 1995.

El sentido inmanente de la guerra

 

El sentido inmanente

de la guerra

Interpretaciones de la guerra del Chaco III

 

Raúl Prada Alcoreza

 

El sentido inmanente de la guerra

 

Guerra del Chaco 2

 

 

Dedicado a Paul Tellería Antelo, escritor sensible, sutil e intuitivo.

 

 

 

Perdidos en el acontecimiento de la guerra, como hojas extraviadas en la tormenta, se baten sin llegar a comprender la integralidad de lo que acontece. Los combatientes han sido empujados por el vendaval de sucesos y eventos incontrolables, por lo menos, incontrolables por ellos, los que se encuentran enfrentados a la muerte, que los acecha. Tienen al enemigo por delante, que cada día que pasa, se parece, más bien, un amigo de penurias, que comparte el mismo drama al que fueron empujados por sus estados y gobiernos. Tienen, por detrás, por así decirlo, a sus recuerdos anhelados; los perfiles y rostros, así como cuerpos, detenidos en el tiempo, de los seres queridos. Los compañeros más cercanos sustituyen a la familia, los hombres de la escuadra se convierten en los hermanos de sangre, esta vez, no de la sangre heredada, sino de la sangre derramada. Sobresalen los nombres de los compañeros muertos, los que se libraron de las penurias, de la sed y también de la incertidumbre. En el combate, aunque sea confuso, por lo menos hay una certeza, es el momento ineludible cuando se decide si mueres o sobrevives.

Se los llevaron en camiones, arrancados de sus tierras, de sus comunidades, de sus familias, de sus paisajes, a un paisaje, que, al principio, parecía incomprensible; el esplendor de lo inhóspito. Empero, en la medida, que este paisaje chaqueño fue asimilándose, poco a poco, por la experiencia dura de estar ahí, dentro de sus tejidos y colores, que parecían indescifrables, se fue convirtiendo en el hogar dramático, compartido por los combatientes, cohabitado por los muertos, hendido por los heridos y alterado por sus gritos. Algunos murieron en el camino, no solamente antes del bautizo de fuego, sino, incluso antes de aprender a usar las armas. Otros murieron de sed, también por hambre y desnutridos. El tercer grupo de muertos corresponde a los que murieron en combate.

Los sobrevivientes no saben, a ciencia cierta, con plena certeza, si en verdad, sobrevivieron o, mas bien, están muertos o como muertos, y deambulan como fantasmas, en un mundo que ya no comprenden; el mismo mundo que antes creían entender. Se encuentran como anclados en el epicentro del acontecimiento de la guerra; atados y sueltos, relativamente libres, aprovechando el largo de la cadena que les permite moverse e ilusionarse con cierta soltura de movimiento; empero, presienten que nunca volverán a ser lo que fueron; lo más grave, que nunca llegaran a ser o a saber lo que han llegado a ser, después de la guerra.

En la guerra se pierde todo, el cuerpo y el alma; la alegría y también, incluso, la tristeza; solo quedan las preguntas sin respuesta; aunque también las narraciones, contadas entre amigos, contadas a familiares. En el mejor de los casos, convertidos en escritos, en memorias. La guerra no solamente es un acontecimiento extremo, sino, sobre todo, una experiencia extrema, radical; cuando la vida o la forma de vivirla, en esos momentos intensos y, a la vez, absurdos, te coloca ante la evidencia de la extrema vulnerabilidad humana. Cuando no solamente puedes morir, estás ante la muerte, sino cuando todo se derrumba, los valores, las creencias, las certezas, las teorías, los ideales. La patria, claro, idea afectiva, sentimental, enunciada apologéticamente, es lo que queda, de donde se puede agarrar uno, en pleno desmoronamiento de todas las seguridades, tenidas de antemano.

Las noches inmensas conectan las miradas con la belleza apabullante del firmamento; entonces ese obsequio de la concavidad inacabada resulta un consuelo, una caricia estética a los cuerpos sufrientes de los combatientes.  Lo mismo ocurre en los momentos de silencio, de descanso, cuando no hay batalla, tampoco movilización; es como sentarse a la sombra de un árbol frondoso, que te cobija con la ternura fresca de sus pensamientos vegetales. Es cuando se medita, de una manera tranquila, podríamos decir hasta lúcida, sobre la vida, el mundo y sus alrededores. El combatiente se convierte en un filósofo improvisado.

¿Qué es el ejército? ¿Una máquina o una administración imperturbable de cuerpos reunidos, incluso contra su voluntad? Para ser una máquina de guerra tendría que funcionar con todos los engranajes ajustados, en un diseño tecnológico coherente, orientando la ocupación espacial y sus desplazamientos; sin embargo, no parece ser esta clase de máquina la que se ha tenido cerca y como contexto, pues no funciona de esa manera. Mas bien, funciona de una manera improvisada, atosigada, azorada, de manera pesada, evidenciando incongruencias y desajustes, que solo apenas trata de ocultar con los gritos de mando de los oficiales. No, no es una máquina de guerra, es una máquina oxidada y averiada por y en la guerra; la guerra la ha vencido de antemano. Es una máquina constructora de la derrota.

Después de la derrota el ejercito vuelve a las ciudades, a los cuarteles; los combatientes sobrevivientes retornan a sus hogares. Son recibidos como héroes, son los héroes de la patria; proliferan los discursos, los ensalzamientos; en las noticias de los periódicos se habla bien, se trata de no manchar ni entristecer esta llegada de los hijos del pueblo, que partieron a defender la patria. Solo los combatientes saben lo que ha pasado. Intuyen el sentido inmanente del acontecimiento. Empero se lo guardan como un secreto. Solo comentan, cuentan, narran lo que se presenta entendible al sentido común y a los oídos del común. Los combatientes saben que lo que ha acontecido es distinto a todo los que se cuenta, a todo lo que pregonan los políticos, a todo lo que elocuentemente enuncian los ideólogos, a todo lo que ellos mismos narran, en exposiciones improvisadas. Se llevarán el secreto, del sentido inmanente, no decodificado, no interpretado, a la tumba. No les dejaran a los vivos la herencia de este secreto; quizás no se la merecen, pues siguen creyendo en las reglas del juego cimentadas por las instituciones sociales y estatales. Quizás sea hasta adecuado dejarlos con esa tranquilidad ilusoria, no atormentarlos.

Alguien escribió una narración sugerente: ¡Qué solos están los muertos! Habría que escribir otra narración sugerente: ¡Qué solo están los combatientes! Sobre todo, los excombatientes. Están solos ante la develación intensa de que todo lo que se tiene a mano; todas las instituciones construidas, todos los sistemas de valores, los sistemas simbólicos, los sistemas ideológicos, los sistemas teóricos, se derrumban como castillos de naipes, cuando sopla el viento de la evidencia descarnada de que todo, sino es una ilusión, es apenas una improvisada composición, en constante mutación y metamorfosis.

¿Alguien puede preguntar a los combatientes muertos sobre esta experiencia extrema, acudir a la memoria apremiada, sonsacar el testimonio del sentido inmanente del acontecimiento de la guerra? Nadie puede. Los muertos no hablan, no tienen memoria, su experiencia sedimentada se ha diseminado con ellos. Ni siquiera preguntando a sus huesos se podrá encontrar un ápice de esta experiencia, de este padecimiento, de esta vivencia. No esta en el ADN.

Los vivos, los que viven la vida cotidiana, los que llegan a la guerra a través de las noticias, en el mejor de los casos, a través de los libros, de los estudios e investigaciones, que auscultan minuciosamente sobre los registros históricos, están lejos del sentido inmanente del acontecimiento de la guerra. Desconocen este sentido intenso, inmanente y, a la vez, inmediatamente trascendente. ¿Solo queda esperar para aprender? ¿Esperar otra guerra, cuando se podrá experimentar lo atroz, lo desmesurado y lo demoledor de este acontecimiento? Los que sobrevivan, si es que en la próxima guerra hay sobrevivientes, quizás repitan la misma actitud de los combatientes que volvieron de la guerra. No decir nada o decir lo poco que se puede decir de manera entendible al sentido común. Es mejor no esperar ninguna guerra, no experimentarla, no llevar a los hijos del pueblo como carne de cañón, para contrastar en terreno las tesis geopolíticas de los ideólogos, de los estrategas, de aquéllos que suponen que los ideales son superiores a la vida. Por cierto, éstos no saben nada de la vida, tampoco de donde han emergido las ideas, por lo tanto, los ideales y las ideologías. Es mejor aprender este sentido inmanente de otra manera.

No podemos decir que aprendamos este sentido inmanente en la paz, pues la paz es la otra cara de la guerra, donde la guerra se abre paso o se oculta, latente, en la filigrana de la paz. Sino aprenderla más allá de la guerra y la paz, la paradoja perversa de las sociedades humanas. Este más allá es la vida, en sus formas esplendorosas, proliferantes, intensas, variadas de la potencia creativa; en el caso de las sociedades humanas, de la potencia social.

El combatiente no solamente ha mirado la muerte, para decirlo metafóricamente, el rostro inconmovible de la muerte, sino también, detrás de esta presencia acechante, como un sol eclipsado momentáneamente, ha visto la vida, en su plenitud, en su constante proliferante mutante devenir. Nada puede detener la capacidad infinita y creativa de la vida. Cuando mueren las formas singulares de la vida, la proliferante vida no se detiene, pues la vida no se circunscribe en estas singularidades. La vida es una proliferante creación de singularidades, cada una de éstas corresponden a asociaciones de singularidades; la vida como constante desenvolvimiento de asociaciones y composiciones de asociaciones de singularidades. La muerte de las vidas singulares, forman parte del magma incandescente y fluido de la reproducción inventiva de la vida.

Por eso, al saber o, mejor dicho, al intuir este sentido inmanente, que se lo guarda como secreto, el combatiente muere tranquilo o relativamente tranquilo, a no ser que lo inquieten, al momento de morir, el recuerdo de los seres queridos, que también quedan solos, ante este desconocimiento del sentido inmanente. Creyendo que todo ocurre como dice la narrativa estatal.   

Umbrales y límites de la experiencia

Umbrales y límites

de la experiencia

 

 

Sebastiano Monada

 

 

En los umbrales y límites de la experiencia

René Magritte

 

 

 

 

 

 

En los umbrales y límites de la experiencia, que, a su vez, impone acotaciones al conocimiento, nos encontramos, cuando asistimos a la invasión repentina de lo desconocido, que está más allá del conocimiento y, por lo tanto, más lejos del conocimiento. Esta invasión desbordante, descomunal y hasta sublime, nos coloca en situación de la exposición a la vulnerabilidad. Es cuando comprendemos o, por lo menos, intuimos, que somos chispas fugaces en la curvada oscuridad de la materia oculta y la energía escondida. Exaltadas y vanas son las pretensiones de grandeza, enunciadas como mitos o narrativas románticas; quizás lo hacemos por sentirnos más o menos seguros en la inmensidad inconmensurable del acontecimiento existencial; quizás nos convencemos de que es así como lo contamos, entonces, gozamos de este sueño de centralidad humana. Sin embargo, a pesar del adormecimiento mitológico, los sueños sufren de desgarramiento cuando irrumpe con evidencias el acontecimiento incognoscible de la existencia, de donde emana la vida.

Una de estas irrupciones de lo desconocido es la muerte. Desde remotos tiempos ha movido el suelo donde pisamos, nos ha hecho sentir la incontenible inestabilidad, la expuesta vulnerabilidad de nuestros singulares cuerpos, aunque olvidamos, que formamos parte de entrelazamientos corporales, conectados sincronizadamente con los ciclos vitales del planeta. Olvidamos que nuestros singulares cuerpos responden al programa inmerso en la más profunda intimidad secreta de la vida; por lo tanto, que somos vida participando en ese devenir vital de la potencia creativa de la vida. Este olvido nos hace sufrir, pues no encontramos sentido a la muerte, salvo el de la conclusión abrupta de una trayectoria individual. Desconsolados quedamos ante esta desmesura de la desaparición de los seres queridos. Si recuperáramos la memoria biológica, comprenderíamos que la muerte individual es parte de la reproducción proliferante de la vida, es decir, de la integral complejidad de la sincronización planetaria y universal.

Más allá de los límites y umbrales, cuando se los cruza, se ingresa a otros angenciamientos, es decir, a otros espaciotiempos. Entonces nos encontramos aprendiendo de lo que antes llamamos desconocido; empieza a dejar de serlo. Abrimos los poros de las sensaciones a las nuevas experiencias, nos bañamos en las aguas del mundo o los mundos abiertos, que antes estaban escondidos, pues clausuramos las aperturas sensuales y sensitivas a la experiencia de la alteridad, que, de todas maneras merodeaba nuestros pasos. El mundo que conocíamos resulta tan pobre ante las evidencias elocuentes y vitales del mundo y de los mundos que se descubre. La belleza desenvuelta de las novedades nos desborda y a la vez nos acoge, cobijándonos en sus embriagantes espesores, en sus acogedoras densidades, en sus acariciantes aires y en sus suelos húmedos. Aprendemos del néctar de cada detalle,  de las fragancias que nos envuelven, de los consumos orgánicos, de los ámbitos transformados de relaciones mutantes.

Nos reímos de todo lo que creíamos antes; nos causa gracia nuestra seguridad en las verdades aprendidas; nos asombramos de nuestro apego a las ideas que defendimos, como si fueran las cápsulas donde se guarda el sentido inmanente. Resulta gracioso este apego a teorías e interpretaciones que no dejan de ser provisionales. Nos declaramos defensores de estas expresiones y formaciones enunciativas como si fueran territorios sagrados. Esa separación entre lo profano y sagrado corresponde a una economía política; disecciona el espesor territorial, el Oikos, creyendo encontrar diferencias cualitativas, es más, diferencias entre lo material y lo espiritual. Separa estas diferencias, valoriza lo que considera divino, desvaloriza lo que considera mortal, corporal y material. Esta economía política no entiende que todo es integral, que está integrado; que se encuentra imbricado, atravesado e entrelazado. No hay separación real posible, salvo abstracta. Estamos ante la sincronización en devenir de simultaneidades dinámicas y complejas.

Defendimos fanáticamente lo sagrado y asesinamos fanáticamente lo profano. Creímos que al hacerlo cumplíamos con la tarea encomendada desde que nacimos. Nos investimos de ángeles vengadores, invistiendo a nuestros enemigos como demonios execrables, a los que había que dar muerte y hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. La economía política de lo sagrado y profano ha servido para esto, para justificar los crímenes de lesa humanidad y legitimar las abominables dominaciones que se han turnado.

Se puede decir que todas estas actitudes fueron fundamentalistas; tienen como fundamento la idea que impulsa las acciones, cuando solo era posible como fundamento el cuerpo y el territorio donde cohabitamos. Nos parecieron inadecuados para constituir un fundamento, preferimos la idea por su intangibilidad, aunque la idea solo es posible como efluvio del cuerpo. Entonces, la idea se convirtió en el más allá, incluso en el comienzo de todo, en el origen primordial.  Se desataron guerras por ideas; pueblos enteros se jugaron la vida por ideas; también se inmoló a sociedades por ideas. La idea se convirtió en el sentido supremo, en el sentido mismo de la existencia, cuando apenas era un vaho de la existencia dinámica y en constante devenir. Pueblos carnales se entregaron a la muerte por la inmaculada idea.

Las sociedades humanas vivieron para la idea, trabajaron para la idea, construyeron y edificaron para la idea, como si estuvieran hechas de ideas. Sus materialidades, corporales e institucionales, sus relaciones y prácticas consistentes, fueron entregadas al horno de las fundiciones para que la idea se reproduzca. Del horno salió humo, que se disemina en el aire, donde parece divagar la idea.

Las sociedades humanas no se volvieron ideas, sino que siguieron siendo lo que son, nichos ecológicos, conglomerados de movimientos corporales, que consumen las donaciones de los ciclos climáticos. Sin embargo, persisten en esa inclinación encantada por las ideas, pretendiendo que la esencia del universo sea también ideal. Por eso se pierden en un viaje a la nada, sin retorno, aunque crean que viajan al saber absoluto.

Las sociedades acotaron la realidad al espacio de laboratorio que controlan; se movieron en esta circunscripción espacial y medida por el tiempo. Lo demás, lo que se encuentra más allá de sus fronteras, fue calificado como imposible, como fuera de la realidad, fantasía o ficción; desde la perspectiva empirista, como sin sentido. En el mejor de los casos, invadidas por la duda, se denominó como lo desconocido.

Más allá de estos umbrales y límites lo que se llamó realidad queda como una cáscara de nuez perdida en la inmensidad del multiverso. La existencia se abre a sus maravillosos devenires y majestuosas creaciones y recreaciones, profusa en mutaciones y transformaciones, así como constante en regulaciones, que corresponden a la sincronización integral. Entonces comprendemos que la realidad es realización de la potencia creativa existencial y vital.

El multiverso no muere, existe, se realiza en su existencia. Existe en sus explosiones iniciales, así como en su inmersión destructiva en los agujeros negros. Existe en su expansión veloz, abismal, curvándose a la velocidad de la luz, incluso, quizás, con mayor velocidad. Existe en las configuraciones envolventes de sus millones de galaxias; existe en el choque descomunal de constelaciones y estrellas. Existe como materia visible y como materia invisible, así como existe en la energía luminosa y en la energía oscura. Existe en las partículas infinitesimales asociadas, conformando átomos; existe y no existe de manera intermitente en partículas más infinitesimales, que aparecen y desaparecen, contando con casi nada de energía. Existe en la entropía y en la negentropia. Existe en la diseminación y en la concentración, en la vida en sentido amplio, la existencia, en la vida en sentido restringido, vida biológica.

Las partículas no mueren, existen y dejan de existir. Lo mismo pasa con sus asociaciones; son composiciones y combinaciones de composiciones, que se consolidan y se descomponen, para volver a otras composiciones y combinaciones. Las células mueren, empero, se encuentran en compulsiones de reproducciones, que sustituyen a las muertas. Perdura la información genética. Los organismos biológicos mueren, pero, para dar lugar a otros organismos que los continúan. Los organismos singulares, los individuos, mueren, pero dejan su huella, además de haber sido únicos. Los humanos son mortales, pero, como los organismos, dejan lugar para que otros humanos continúen su camino. Las individualidades humanas, las personas, forman parte de memorias familiares y colectivas; cuando mueren como organismos, queda su huella que late, que se expresa, que es una escritura que hay que decodificar.

La muerte es un hecho cultural. Es la cultura que asume la desaparición de un ser como evento crucial, así como asume de la misma manera el nacimiento. La muerte es el símbolo de la finalización o la clausura, el nacimiento es el símbolo del comienzo y la apertura. Es en la cultura que el humano sufre la muerte. Su asombro se convierte en interpretación; sus preguntas son perseguidas y buscan respuestas en prolongadas narraciones. La interpretación de la muerte aparece en la trama del mito.

Al desaparecer un ser querido se sufre recurriendo a todos los recursos interpretativos de la cultura. El sufrimiento se convierte en duelo, en diferimiento del dolor, del pesar por haber perdido a un ser querido. El duelo es el ritual de la congoja que deja el drama del dolor fustigador. La cultura ha trabajado la experiencia de la pérdida como despedida y viaje a lo desconocido, también, en otras versiones, como resurrección, así como reencarnación. La cultura ha conectado la muerte con el nacimiento, convirtiendo a la muerte en un renacimiento. Aunque en las religiones monoteístas ha convertido la muerte en la puerta al paraíso celestial o al infierno tenebroso.

La cultura se encuentra en la circunscripción definida por los umbrales y límites, de los que hablamos;  es una náufraga agazapada en la cáscara de nuez. La cultura acompaña a los náufragos que se aferran a la cáscara de nuez. Ayuda en la desesperación, evita que se consideren perdidos en la inmensidad; pero no remedia la situación, sobre todo, cuando no se quiere aceptar que no es la cáscara de nuez donde estamos, sino en las dinámicas tejedoras de los tejidos móviles y mutantes del espaciotiempo.

Más acá y más allá de la cultura, conteniéndola, está la vida. La capacidad de retención de la energía, la condición de posibilidad de cálculo, la matriz del registro, la memoria sensible, la predisposición estructural de interpretación, la inclinación a la estimación y a la acción. La vida, en las sociedades humanas, tiene a la cultura como una de sus máquinas de interpretación, la evocativa, la que usa el lenguaje; pero no es la única máquina de interpretación.  Pues los sistemas autopoiéticos interpretan, primero, sensitivamente; después, de acuerdo a los códigos sociales de la especie; en tercer lugar, en las sociedades humanas, de acuerdo a los códigos culturales. Quizás, en cuarto lugar, suponiendo la sincronización integral, de acuerdo a complejas codificaciones y decodificaciones dadas en el multiverso.   

     

  

Encuentro en el lugar de siempre cambiante

Encuentro en el lugar de siempre cambiante

Sebastiano Monada

Encuentro en el lugar de siempre cambiante 

Flores para mi Madre 07

Escucho de Rachmaninoff el Concerto No. 2 para piano; cuando sus notas me embriagan y me invaden; recuerdo que me regalaste el disco de vinilo del concierto. El mejor obsequio para un adolescente inquieto. Supuse que fue compuesto o tocado, una vez que fue compuesto con dilatada antelación, en pleno bombardeo de Varsovia. El concierto, desde las primeras notas, asombra, por su pausado comienzo, puntual, como iniciando una convocatoria solitaria, que es respondida por otra soledad, cuya tecla desata la vibración enaltecida, que se expande en la tonalidad de onda grave y subida. Después de este juego dual de llamadas y respuestas, de la oscuridad, donde se ocultan, emana la composición angustiada de desbordantes notas, que acompasan tanto la llegada galopante de la nostalgia, acompañada de tristeza, pero compensadas por el recuerdo de alegrías hundidas en el espesor de la memoria.

 

 

Por eso, llegas con la melodía del concierto, compartiendo la narrativa musical que nos gusta. Entonces comprendo que no existe el tiempo, no hay pasado, presente ni futuro; que el tiempo es una construcción imaginaria mediante la instrumentalidad de la medida, que conmensura la distancia, que se recorre en el espacio, que tampoco existe, salvo como a priori. Lo que se mide es el acontecimiento, que escapa a toda representación; para medirlo se lo disocia, se lo fragmenta y separa, se define una dimensión como tiempo y otra como espacio. Entonces, como no hay tiempo ni espacio, sino tejido del espacio-tiempo, articulados e integrados, no te has ido; sino que resides en la constancia del cambio donde te quedas mutando.

 

 

El concierto es el lugar del encuentro, donde pertenecemos mientras dure la melodía. El concierto se convierte en el territorio provisional de la sinfonía, donde ingresamos como oídos y emociones, como sensaciones, que aletean y viajan al universo creado por notas asociadas, armonizadas en un juego de danzas acústicas. Es cuando sabemos que lo que llamamos realidad, la institucionalizada, incluso la del sentido común, es apenas una barcaza perdida en la tormenta. En la cual intentamos sostenernos, confiando en su madera trabajada, convertida en embarcación a la nada. Empero, la realidad efectiva es el acontecimiento, cuya complejidad conecta lo diverso, la variedad diferencial, los ritmos proliferantes de las vibraciones que viajan sin retorno, pero curvándose hasta volverse a encontrar.  Es en el acontecimiento donde nos encontramos, en uno de sus nudos del tejido mutante.

 

No conocemos el multiverso, en sus distintas escalas. Solo pretendemos conocerlo, mediante interpretaciones rigurosas, que reúnen eventos controlados y medidos por nuestros instrumentos provisionales. Se trata de aproximaciones, que no dejan de ser valiosas, en este viaje a lo desconocido. Si bien estas aproximaciones ayudan, es indispensable abrirse a la percepción de lo que no se controla, ni, por lo tanto, se lo ha medido; abrirse a lo que se desconoce. Esta exploración de lo desconocido es aventura; nos entregamos a ella con intrepidez. Es menester hacerlo, pues no es conveniente encaracolarse en esa ilusión que llamamos realidad, institucionalizada; esta actitud conservadora nos limita e inhibe, nos encierra en la habitación donde creemos que enseñoreamos. Sería un suicidio, encubierto con manuales de cautelas.

 

 

La paradoja es la siguiente: cuando estábamos comprobadamente juntos, cercanos, relacionados, compartiendo una charla o un almuerzo, gustábamos del momento; empero, no develamos la plenitud de la existencia singular. Solo cuando perdemos al ser que nos acompañó en esos momentos, descubrimos tardíamente otras dimensiones del momento. Parafraseando a Marcel Proust, recuperamos el tiempo perdido cuando lo hemos perdido, cuando lo vivido habita la memoria, en su esplendorosa forma mutante. A pesar que amamos a los seres que perdemos, solo logramos compenetrarnos de lo que se pierde cuando no están, cuando dejan un vacío inconmensurable.

 

 

No es aconsejable llenar este vacío con llantos, menos con arrepentimientos por lo que se pudo hacer, pues el vació no se llena con nada. Es, mas bien, la oportunidad de entender que no hay vacío, sino materia y energía oscura, que no es luminosa, por lo tanto que no se ve, a simple vista o con aparatos inadecuados para hacerlo. Que la materia y la energía oscuras son claves para comprender, entender y conocer las dinámicas complejas del multiverso. En consecuencia, que, exactamente, no hemos perdido un ser querido, sino que hemos ganado la oportunidad de adentrarnos a lo desconocido.

 

 

Volviendo a la melodía del concierto, es la oportunidad de volver a estar contigo, precisamente en algo que nos gusta, en esta composición maravillosa, que expresa musicalmente las preguntas que nos aquejan; ¿por qué?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?, buscando el sentido inmanente. La cuestión es que las respuestas están antes que las preguntas se propaguen; se hacen preguntas cuando no se ve lo que nos cobija y contiene, el Oikos, el multiverso, la existencia, la vida. La vida no se circunscribe a las trayectorias individuales, la vida contiene a todas las trayectorias individuales, las absorbe en el acontecimiento de la memoria sensible y del programa que aprende. Las individualidades forman parte la complejidad dinámica e integral de la sincronización del multiverso mutante, en sus distintas escalas. La vida de la que formamos parte nos contiene y nos continúa; participamos e incidimos en ella, dejamos huella y somos como inscripciones del registro complejo de la existencia. La vida no desaparece cuando un ser querido se nos va, sino que continúa, no como desaparición sino como huella hendida en la memoria corporal, en la memoria familiar, en la memoria colectiva, en la memoria social. El amor al ser querido, que se ha ausentado, exige asumirlo en su ausencia, percibirlo en su falta, compartir con él cuando no está. Esto equivale a vivir y experimentar la intensidad de las situaciones plenamente. Estar con el ser amado cuando no está con nosotros. 

 

 

Esta manera de estar nos sitúa en el profundis de la existencia, en la potencia de la vida. Recuperar al ser querido y perdido es extender sus gestos, sus enseñanzas, su pedagogía, su manera de ser. 

 

 

Tu expresión de luminosa afectividad

Tu expresión de luminosa afectividad

 

Sebastiano Monada

 

Tu expresión de luminosa afectividad

 

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Se dice que el rostro es el lugar de la expresión humana, donde la humanidad alcanzada se expresa en la composición de sus rasgos, en un semblante sensible, adecuado al juego de las emociones, que brotan musicales o como inscripciones mutables de pasiones y preocupaciones, así como de alegrías que danzan con los ciclos vitales. Humanidad anticipada en el rostro de Jesús o del crucificado – como lo enuncian Gilles Deleuze y Félix Guattari -, que transmite en el acto el mensaje enunciado en las frases pronunciadas sentenciosamente; también en el camino del calvario, así como en el mito de la resurrección. Humanidad de rostro narrativo, que compone las tramas imaginadas por las memorias hermenéuticas. Rostro descifrable por la mirada atenta y curiosa, que recorre la composición facial e iluminadora. La experiencia se abre camino por los laberintos orgánicos del cuerpo, llega a la cara para decir lo que se siente y se piensa.

El rostro es eso, es la escritura vivencial del cuerpo vital, palpitante y desnudo, perseguido por el estruendo galopante de las figuras abismales del tiempo. Rostro de la sonrisa donde la alborada se abre paso, empujando la brisa suave, que viene del mar y la cordillera. Sonrisa que combina con los ojos, que también sonríen, viajando lejos, cruzando horizontes, curvando el tiempo y la luz migrante, hasta llegar al comienzo. Es cuando se comprende que se ha vivido para retornar, buscando recomponer las piezas del rompecabezas, para hacerlo mejor. Es cuando se goza del momento crucial del presente, lo único que tenemos a mano; amando a los tuyos, incluso a los ajenos.

Hoy recordamos tu rostro, la biblioteca narrativa de tu rostro expresivo. Hoy volvemos al momento cuando fuiste pleno en la coyuntura auscultada por tu gesto. Nos enseñas a experimentar intensamente el eterno presente del instante fugaz. Meditamos al verte en la imagen fija de la fotografía, que seduce en el recuerdo como si no hubiera pasado nada, como si se hubiera detenido el tiempo en el instante atrapado por la captura de luces de la cámara. ¿Aprenderemos acaso que lo único que tenemos son las circunstancias conjugadas en la situación donde nos encontramos atrapados o de apertura?  No hay otras circunstancias, no hay otra situación; solo la que nos toca experimentarlas, solo la que tenemos al alcance de la mano. Entonces, se trata de gozar en la profusión de sensaciones desatadas en el instante; compartir el momento con el entorno, con quienes te acompañan en el momento.     

¿Acaso no solamente se exprese en el rostro la humanidad alcanzada, sino también la comprensión lograda a través de la experiencia acumulada, sobre todo de la experiencia asumida en la memoria auscultadora y cuestionadora? Comprensión somatizada en el rostro sonriente y en la mirada inteligente; mirada que brilla luminosa en vibraciones de afecto; musicalmente componiendo una sinfonía de amor y de alegría. Rostro, escritura biológica y cultural, donde los ancestros retornan combinando sus múltiples rasgos guardados, donde los hijos reconocen el referente familiar, el substrato inaugural, el comienzo cambiante de las historias y de las anécdotas compartidas. Por eso, primero los cuadros, después las fotografías, adquieren el valor simbólico de la consanguineidad y de la alianza en las narrativas familiares. El padre no es el patriarca sino el hogar que cobija, al calor de las leñas prendidas en los fuegos sentimentales de las constancias y del compartir juntos los territorios de la casa y las ceremonias rituales de los encuentros. Por eso nos alegramos de estar juntos en la espontaneidad de los momentos que nos congregan en un lugar o en un viaje corto, un paseo por la ciudad o el jardín.

El rostro es vitalidad emotiva, donde la sabia expresión deleita en el juego de colores que la luz configura, con pinceladas sutiles pintando enunciados faciales. Cuando recordamos aquella mañana o aquella tarde de charla, retornamos al acontecimiento de sensaciones, que brotan espontaneas, jugando a interpretaciones somáticas y semánticas, conjugadas en el acto. Pero, este retorno no es la vuelta a lo mismo sino a la diferencia, que esconde la mismidad; descubrimos lo que no habíamos visto conscientemente en el momento compartido, lo que se oculta en la fugacidad del instante. Por eso, la memoria es la tejedora que hila y deshila, que teje y desteje, mostrando distintas composiciones de lo mismo, haciendo de lo mismo el abanico de la diferencia, que airea con profusos recuerdos la recuperación del tiempo inscrito en el espacio, del espacio fluido y móvil que hace al tiempo huellas en el devenir.

Rostro de luminosa afectividad; afectividad que ilumina en la oscuridad, descubriendo la pluralidad escondida en el acontecimiento. Afectividad vital, que es la vida misma, el impulso ondulante de la vida proliferante; memoria sensible. Por lo tanto, acontecimiento que siente, que se relaciona con el mundo efectivo y el multiverso sensualmente, sensitivamente; inscribiendo esta relación en el espesor sensitivo del cuerpo, escribiendo en el entorno esta relación en las atmósferas, en los climas, en los territorios, que cobijan.  Entonces el substrato primordial de la vida es el acontecimiento afectivo. Es en los espesores de la memoria sensible de donde emerge la comprensión del mundo efectivo; la interpretación afectiva se transforma en interpretación cultural. Se narra, se conjetura tramas, dando sentido a la experiencia registrada.

Rostro en plenitud expresiva, donando brisas de afecto y cadencia humana, irradia atmósfera templada en el vaivén de los sauces y en el aroma dulce de los choclos. Lo dice todo cuando armoniza con el ambiente, conjugando en la composición del momento, en ese espacio-tiempo circunstancial, donde cabe un paisaje y viajan otras miradas. Es el acontecimiento de un instante fugaz, que se fija en la memoria y en la captura fotográfica. Queda entonces el testimonio de que ocurrió el encuentro entre el cuerpo vital y un lugar del mundo, que muta, se mueve y es recorrido. La impresión de la huella es esa hendidura en un ámbito visitado de una atmósfera y de una territorialidad, en ese recorte de realidad que configura la visita.

La luminosidad de la materia hace composiciones ondeantes, que combinan encuentros, casualidades, en tejidos de la necesidad que desconocemos. La maravilla de la existencia y la hermosura de la vida componen esos momentos intensamente afectivos, que se dan en su dúctil movilidad y en su constante devenir. Es cuando, al recordar y remembrar descubrimos que somos parte de la sincronía dinámica del multiverso, en sus distintas escalas. Ese momento ya no está, pero la vida fluye proliferante y creativa. El momento se hunde en el registro del tejido de esa composición coyuntural. Entonces el registro queda, aunque el tejido se haya destejido, para volver a tejer otros entramados.

El registro enraíza en distintos planos y espesores de intensidad; aparece como virtualidad en las memorias de otros; en el lugar queda el halo, aunque en el mismo ya habiten otras composiciones corporales. No es que sea invisible, sino que en la premura de los recorridos de los que pasan, no se dan cuenta, no se detienen a presentir el halo, no lo perciben, no decodifican el halo en la fenomenología de la percepción; fenomenología que queda detenida en el camino, en espera que alguien, con más tiempo, pueda hacerlo. Sin embargo, sin ser fantasma, el halo se impregna en las nuevas composiciones del tejido.  Participa en las nuevas composiciones, como un hilo más, aunque no se lo detecte.

Por eso habría que buscarte en los lugares donde estuviste presente; hacer de tu presencia señales de huellas en el tejido del espacio-tiempo, en el nudo singular de ese tejido, que se ha desanudo. Así podríamos percibir los halos, sumergirlos en el presentimiento del cuerpo, dejando que sus hermenéuticas carnales descifren otros códigos insondables. Es una manera de desandar los caminos que recorriste, buscándote a contracorriente, encontrándote en ese viaje al revés, dejando que la retrospección te devuelva a nosotros.

Hay que aprender entonces a moverse en la simultaneidad dinámica, comprendiendo que nada desaparece, nada se va, sino que forma parte de los espesores del presente. Hay que sumergirse entonces en esos espesores, como si fuesen las aguas del océano incognito,  hay que bucear en sus profundidades, descansar en sus corales, admirarse ante la polifonía de colores y ritmos que cobijan nuestro paso. Entonces, se puede interpretarte nuevamente y de distintas maneras, en diferentes narrativas posibles. Te hacemos volver al presente, de variadas formas, en distintas tonalidades, en una gama de perfiles. Te conviertes en clave para descifrar nuestras vidas, comprender, a su vez, nuestros viajes singulares en mapas de lugares, que las circunstancias nos ofrecieron dadivosas.  Hay que poner mucha atención en esta hermenéutica afectiva que hace inteligible la experiencia, que se aposenta por capas, como estratificaciones movedizas de una geología sentimental.

Tu luminosidad afectiva enseña la apertura a otras maneras de relacionarse, de asociarse, de construir complicidades afectivas, de lograr fijar momentos en la intimidad de los tejidos, mostrando que es posible efectuar el eterno retorno a lo mismo, en su sutil diferencia. Entonces, comprendemos que no te perdimos, sino que nos ganaste para la vida, que debe ser vivida plenamente. Una conclusión podría ser: entreguémonos intensamente a la eternidad del instante. Otra conclusión podría ser: no perdamos la oportunidad de vivir plenamente los momentos. Una tercera conclusión podría ser: No perdamos el tiempo en banalidades, en rencores, en resentimientos, en odios, pues estas pasiones triviales reducen la oportunidad de vivir al tamaño mezquino de los prejuicios. Con esta actitud ya no se vive, sino se muere lentamente en la letanía de los días y en la oquedad arrepentida de las noches. 

       

Mi padre

Mi padre

 

Sebastiano Monada

 

 

La imagen puede contener: 1 persona, sonriendo, sombrero y exterior

 

 

 

 

Solía mirar con sus ojos de valle en primavera,

sonreír como brisa de alborada

con el rostro placentero donde se dibujan

huellas sabias de antiguos tiempos

inscritos en rocas pulidas por vientos,

barcos viajeros en océanos impetuosos.

 

Solía hablar pausadamente domesticando al aire

divagante,

pronunciar la palabras como olas constantes,

decir frases claras como manantiales brotados

en las cumbres de la cordillera ondulante

al caer la tarde.

Despedida de pétalos de rosas

desprendidas como mariposas

meditando sus vuelos liberados.

 

Solía recordar a sus padres con afecto entrañable

recordando en su ausencia

la fragancia del paraíso perdido.

Volvía a la niñez,

a la inocencia de los comienzos

cuando se cuida a la madre

y al ausente padre.

 

Solía compartir con los amigos, afable

pues importaba el momento del encuentro

amistoso y entrañable

 

Solía decir sentencioso

nadie muere en la víspera.

Murió en la víspera

cuando todavía no le tocaba.

El destino le jugó una adelantada

sorprendiéndolo en una emboscada

improvisada por el azar

jugando en la mesa de la necesidad.

 

Solía querer más que nadie la charla

acompañando con café tinto

la conversación meditada,

tejedora de narrativas rememoradas,

cuadros de árboles frondosos del valle,

sabor a choclo jugoso y dulce

como el néctar que roban las abejas

de las flores seductoras.

 

Se fue sin decirnos nada,

ya lo había dicho antes

en toda su intensa historia afectiva

en toda su construcción arquitectónica de la familia

en todos sus pasos previsores y sabios.

Ya no tenía que hablar

sino sorprendernos con su abrupta desaparición

para enseñarnos lo vulnerables que somos,

lo expuestos que estamos

a los juegos aleatorios del drama

cotidiano

y de la tragedia del siglo crepuscular.

 

Ahora que no está

llenaremos el vacío sin fondo

con inscripciones de la memoria,

archivo y registro de experiencias inolvidables.

Por eso volverá

en nuestros recuerdos y nostalgias

en nuestra manera de quererlo

en las enseñanzas que nos dejó.

 

Sabremos entonces que nadie muere

sino que persiste en nosotros

cuando seguimos sus pasos

cuando escuchamos su voz

cuando intentamos repetir sus gestos

en nuestros actos.

 

Mi padre es ese canto a la alegría,

esa sinfonía de Ludwig Van Betoven,

mensaje de esperanza en la humanidad,

confianza en su razón y estética

a pesar de sus desaveniencias

e intermitentes violencias.

Confianza en el porvenir

Construido con ladrillos de afectos

Y emociones.

 

Todos hemos tenido un padre o lo tenemos;

no solamente es único

sino nuestro puente con el pasado,

nuestro vinculo denso con el presente,

nuestra posibilidad proyectada al futuro.

Fundamento en el caminar en el laberinto

de la soledad que oculta multitudes

solidarias y acompañantes.

 

Cuando perdemos un padre

perdemos el zócalo donde nos edificamos,

el padre ya no está pero el zócalo sigue todavía.

Es cuando descubrimos que el padre sembró el zócalo

para que cocechemos virtudes,

el padre vuelve con el viento

aunque el molino haya desaparecido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sorprendente muerte

La sorprendente muerte

 

Sebastiano Monada

 

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¿Por qué la muerte nos sorprende?

Nos deja desarmados ante su acontecimiento

repentino y desolado.

Cuando nos expone tan vulnerables y exhibidos

la muerte parece una improvisación de la nada,

atacando los grandes esfuerzos de dar sentido

a la existencia desolada

al estar navegando en la ausencia,

al no estar detenido en el consumado

momento fijado en la memoria.

 

Somos vulnerables,

hilos endebles de telaraña

atrapando pedazos de formas

diseminadas en el espacio-tiempo

mientras atraviesan los vientos de ondas

las aberturas que deja el tejido

sutilmente espaciado.

 

La muerte es una paradoja,

es parte de la vida

no la culminación de la potencia creativa

sino momento de ciclos incesantes

y repetidos

de la reproducción constante,

invenciones variadas y proliferantes.

 

La muerte aparece como clausura

de una historia de vida,

cuerpo singular e irradiante,

crepúsculo del día que tuvo su alborada

su mañana, su medio día y su tarde.

Fin de un nombre apreciado,

querido por los suyos

y entrañables amigos,

amado por la esposa y los hijos.

Es el comienzo de la memoria,

el camino de la recuperación del tiempo perdido.

 

La muerte deja un hueco irremediable

en el diario vivir,

acostumbrado a repetir

el constante cronograma de la rutina cotidiana

de los fines de semana

de los meses recorriendo la esférica morada

y de los años dando la vuelta la rueda

del carruaje que nos traslada al horizonte

de la interminable espera.

 

La ausencia no se compensa,

es la presencia de la falta,

herida abierta en el mundo

hermético vacío sin fondo,

abismo insondable de lo desconocido.

 

Quedan las huellas de los recorridos

hendidos en la piel,

figuras guardadas en los ojos navegantes

fijadas en las laminas virtuales de la memoria.

Son como las señales del retorno al pasado

en un presente abrumado de nostalgias.

 

No se sabe, no se entiende, la repentina desaparición

del ser amado,

no se acepta que no esté nuevamente con nosotros,

nos rebelamos al destino

como Ulises perdido en los laberintos del océano.

Interpelamos a los dioses, quienes juegan a los dados

en la mesa del azar

cuya madera es la necesidad.

Nos dicen: los humanos no son nada sin los dioses.

 

Buscamos recuperar el tiempo perdido,

retornar a la añorada Ítaca,

rememoramos las hazañas del desaparecido.

Recordamos su perfil y su gracia,

su amor aposentados en los entornos

construidos por sus pasos firmes y robustos,

sus frases aladas y la pronunciación musical de su voz

y aliento cariñoso.

 

Ya no está, se ha ido para siempre

dejándonos solos en el páramo,

el mensaje de la brisa que lo traslada

nos dice que sigamos adelante

continuando el sendero abierto por sus sueños,

que prolonguemos el viaje realizado

por su cuerpo experimentado

reanudando la ruta de sus esperanzas.

Volando como aves migratorias,

inventando los ciclos climáticos

en un planeta girando en danza,

seduciendo a las galaxias nómadas

para que retornen nuevamente

al comienzo de todo.