La masacre de Senkata: consideraciones sobre la legitimación estatal de la represión

LA MASACRE DE SENKATA

Guido Alejo

El 19 de noviembre de 2019 se produjo el hecho más trágico en la historia alteña reciente: la “masacre de Senkata” en la cual murieron 9 ciudadanos bolivianos. La masacre se enmarcó en los conflictos postelectorales que derivaron en la asunción de Jeanine Áñez como presidente y las movilizaciones que pidieron su renuncia, muchas de las cuales fueron dirigidas por dirigentes residuales del MAS, pero la población movilizada no necesariamente se adscribió a esos intereses.

Paralelamente se vino realizando una lucha simbólica, la construcción de un discurso y relato que hegemonice el imaginario y se imponga sobre los fragmentos de otro relato subalterno, es en este sentido que toma fuerza el sentido de inferiorización hacia en contendiente, la trivialización de su reacción, la simplificación de su ser, su deshumanización… solo de esta forma el resto de la población aceptará una imposición opresiva incluso a costa de sus propias libertades, así…

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Nuevos horizontes

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Oikologías

Nuevos horizontes

Raúl Prada Alcoreza

Nuevos horizontes

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Se trata de volver a los despliegues y repliegues en lo que respecta a la reflexión y a la exposición de la reflexión, por eso mismo, en lo que respecta a la escritura, es decir, la narración, la construcción de la narrativa, que también podemos nombrar la construcción del sentido. Pues bien, se trata de volver a la evaluación de lo hecho, así como también de avanzar, desplazarse hacia nuevos horizontes, dejando los anteriores logrados. Ya hicimos antes durante las respectivas evaluaciones, incluso críticas y autocríticas, que conllevaron sus propios desplazamientos y rupturas. Nos remitimos a los ensayos donde se exponen las mismas[1]. Ahora lo que importa es intentar nuevos desplazamientos y quizás hasta rupturas epistemológicas, aunque no solo. Para comenzar sería bueno abrir senderos hacia nuevos horizontes. En esta perspectiva vamos a proponer por lo menos cuatro hipotéticos…

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Nuevos horizontes

Nuevos horizontes

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Nuevos horizontes

 

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Se trata de volver a los despliegues y repliegues en lo que respecta a la reflexión y a la exposición de la reflexión, por eso mismo, en lo que respecta a la escritura, es decir, la narración, la construcción de la narrativa, que también podemos nombrar la construcción del sentido. Pues bien, se trata de volver a la evaluación de lo hecho, así como también de avanzar, desplazarse hacia nuevos horizontes, dejando los anteriores logrados. Ya hicimos antes durante las respectivas evaluaciones, incluso críticas y autocríticas, que conllevaron sus propios desplazamientos y rupturas. Nos remitimos a los ensayos donde se exponen las mismas[1]. Ahora lo que importa es intentar nuevos desplazamientos y quizás hasta rupturas epistemológicas, aunque no solo. Para comenzar sería bueno abrir senderos hacia nuevos horizontes. En esta perspectiva vamos a proponer por lo menos cuatro hipotéticos senderos, que recogen lo aprendido y buscan abrirse a otros agenciamientos y experiencias, que llamamos nuevos horizontes.

 

 

 

 

 

 

Senderos

  1. Nadie puede cambiar el mundo, el mundo se cambia por si solo.

  1. Lo más importante y sublime del ser humano es el acto heroico por cambiar el mundo e inventar mundos nuevos.

  1. El ser humano está íntimamente ligado a los seres orgánicos del planeta, su porvenir depende del porvenir del conjunto de los seres orgánicos. Las sociedades humanas están íntimamente ligadas a las sociedades orgánicas del planeta, el porvenir de las sociedades humanas depende del porvenir del conjunto de las sociedades orgánicas. También el ser humano depende de los ciclos vitales integrados del planeta y de las complejas composiciones materiales y energéticas que hacen al planeta.

  1. Por si solo el ser humano no puede salvar al planeta de la crisis ecológica, requiere de la participación del conjunto de los seres orgánicos, del conjunto de las sociedades orgánicas, del conjunto de los ciclos vitales y de las dinámicas materiales y energéticas planetarias.

 

 

 

 

 

Exposición

El primer sendero que abrimos supone la tesis de que nadie controla la complejidad, sinónimo de realidad, que comprende dinámicas complejas; por eso, las acciones que se realizan desatan efectos de masa que no se controla. En otras palabras, las intencionalidades, los proyectos inherentes, la voluntad en juego, no se realizan como se esperaba, pues en el mundo efectivo se conectan con múltiples fuerzas y dinámicas que se articulan, integran y se sincronizan, dando como resultado lo inesperado, o más bien, la resultante de la participación de todas las fuerzas y dinámicas de la complejidad, sinónimo de fuerzas y dinámicas de la realidad.

En lo que respecta al segundo sendero, el aporte primordial del ser humano es el acto heroico, la entrega romántica, el derroche, por medio del cual pretende cambiar el mundo. Esta es su incidencia y participación en las dinámicas de la complejidad; su aporte, en el complejo juego de las fuerzas y dinámicas planetarias. Pero, de aquí no se puede pretender que cambie el mundo tal como se quiere, tal como su proyecto lo sugiere. Lo que el ser humano quiere es la realización de su voluntad puesta en escena, su proyecto es el ideal que persigue, pero el mundo efectivo no se reduce a la representación que tiene el ideal; por lo tanto, es tan solo una herramienta manejada para lograr los objetivos que se propone. Los objetivos que se propone también son orientaciones en los tejidos espaciotemporales de la complejidad. El acto heroico es la entrega del ser humano a lo que desconoce, si se quiere, metafóricamente, su sacrificio.

En lo que respecta al tercer sendero, la perspectiva de la ecología compleja, los ciclos ecológicos del planeta suponen la articulación, integración y sincronización de las dinámicas de los ecosistemas. Los efectos de las sociedades modernas en los ecosistemas y en el planeta inducen a resincronizaciones planetarias[2]. Hay que leer el eufemismo del “cambio climático” como resincronización planetaria, debido a los efectos ocasionados por las sociedades humanas en lo que respecta a la contaminación, depredación y destrucción de los ecosistemas, no solo por lo que se ha venido en llamar, también eufemísticamente, “efecto invernadero”, relativo a la emisión de gases que ocasionan el calentamiento global, sino por la destrucción taxativa de los ecosistemas por el avance de la frontera agrícola, la frontera minera, la frontera hidrocarburífera. En consecuencia, el planeta Tierra, que es un ser vivo complejo, que contiene multiplicidades de formas de vida, que, a su vez, suponen multiplicidades de procesos singulares, composiciones y combinaciones singulares de singularidades asociadas, hasta en sus formas individualizadas de seres, se re-sincroniza, de acuerdo con las lógicas inherentes de las dinámicas complejas ecológicas.   

Lo que haga el ser humano al respecto, forma parte de una de las múltiples incidencias en las dinámicas ecológicas. En este sentido aporta y participa, pero no depende de lo que haga lo que ocurra. Lo que ocurra depende del conjunto de incidencias de las complejidades dinámicas en el perfil integral planetario. De todas maneras, el mejor aporte que puede hacer el ser humano, como lo dijimos, es el acto heroico, el entregarse, dar todo de sí, para resolver la problemática de la crisis ecológica. Que no lo haga, es renunciar a su participación, optar por la voluntad de nada, por el camino nihilista de la desaparición.

En relación con el cuarto sendero, el enunciado lanza un mensaje: para resolver las problemáticas en las que se encuentra el ser humano, como enfrentando varias encrucijadas a la vez, tiene que reinsertarse a los ciclos vitales, dejar de creer en la tesis ecocida de la modernidad de que el deber del hombre es dominar la naturaleza. Esto implica abandonar el horizonte de la civilización moderna, que ya se ha agotado, que ya se ha clausurado, e incursionar en horizontes nuevos, abiertos por el acto heroico humano ante las tragedias y los dramas que conlleva la crisis ecológica. En este sentido, debe incursionar en la comunicación con el resto de los seres y las sociedades orgánicas con las que cohabita en el planeta. El porvenir del ser humano se encuentra en el campo de posibilidades de la reinserción de las sociedades humanas con los ciclos vitales planetarios, en lograr conformar y construir sociedades ecológicas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Perspectiva

Hablando de la perspectiva que asumimos y desde la cual vislumbramos el porvenir, antes, tenemos que repasar las definiciones dadas de este término y concepto. Se dice que la perspectiva tiene que ver con el estilo de representar uno o varios objetos en una superficie plana, que da idea de la posición, volumen y situación que ocupan en el espacio con respecto al ojo del observador. También se dice que “la perspectiva supone la contemplación del mundo desde un solo punto de vista, desde un ojo único que abarca todo el panorama; el refulgente logra auténticos efectos de buena perspectiva en la representación de los pliegues y vestiduras de los personajes, además de una buena caracterización de los rostros. Se trata del arte de representar los objetos de esa manera, tal como aparecen a la vista. “Todos los tratadistas subrayan el hecho de que con la perspectiva se busca la producción de un espacio racional, infinito, constante y homogéneo; la perspectiva artificial responde a la búsqueda de una solución técnica para representar icónicamente los fenómenos de la tridimensionalidad del mundo natural”.

El término perspectiva que, en latín se dice perspicere, que significa para ver a través de, se utiliza en las artes gráficas para designar a una grafía, generalmente sobre una superficie plana, de un motivo tal como es percibido por la vista, de forma que se pueda vislumbrar su configuración tridimensional. Geométricamente, estas representaciones se obtienen a partir de la intersección de un plano con un conjunto de visuales, las líneas rectas que unen los puntos del objeto representado con el punto desde el que se observa, denominado el punto de vista. Se han dado dos tipos fundamentales de perspectivas, en función de la posición relativa entre el modelo representado y el punto de vista:

Perspectiva cónica, también denominada perspectiva central, sus características más distintivas son que los objetos figurados son más pequeños a medida que aumenta su distancia al observador; la convergencia en un punto de fuga de la grafía de las líneas paralelas del modelo. Las visuales forman un haz cónico, con su vértice en el punto de vista. Las fotografías producen este tipo de perspectivas, mediante un elemento fotosensible, que recoge la imagen proyectada desde el foco de una lente, al igual que los ojos de los animales superiores, en los que se forma una imagen sobre la superficie de la retina, proyectada desde el foco del cristalino.

Perspectiva axométrica, es un tipo de proyección en la que todas las visuales son paralelas entre sí, lo que equivale a que el punto de vista se sitúe en el infinito. En este tipo de perspectivas, las líneas paralelas en el modelo conservan su paralelismo en la imagen, por lo que los objetos no reducen su tamaño a medida que se alejan del observador, ni existe ningún punto de fuga en el que converjan las líneas del dibujo. Es un sistema de representación gráfico más ligado a la ciencia y a la técnica que al arte[3].

Teniendo en cuenta las anteriores definiciones heredadas, diremos que nosotros asumimos una perspectiva ecológica y compleja. Claro que, a diferencia de las definiciones anteriores, ligadas a la representación del arte, la técnica y la ciencia, hacemos hincapié en la perspectiva epistemológica de la complejidad. Nos remitimos, al respecto, a ensayos anteriores, pertinentes al tema de reflexión[4]. Cuando hablamos de perspectiva ecológica nos referimos a la configuración compleja de los espesores de los tejidos espaciotemporales-territoriales-sociales dados en el planeta. Cuando hablamos de perspectiva compleja nos referimos a las dinámicas de la simultaneidad dinámica, que, obviamente son complejas en el contexto del multiverso. Bueno, entonces, al asumir la perspectiva ecológica y la perspectiva de la complejidad lo que hacemos es trasladarnos a un universo de cuatro dimensiones desplegadas, largo, ancho, profundidad y tiempo, y siete dimensiones plegadas, conjeturadas por la teoría de las cuerdas.

La perspectiva ecológica y la perspectiva de la complejidad, ya no solo como representaciones complejas de la realidad efectiva, de la potencia de la vida y de la existencia, sino como convocatoria, pero, no convocatoria política, menos ideológica, sino convocatoria existencial, es decir, integral, demandante de la misma totalidad que nos constituye.  Estos puntos de vistas, puestos en juego, en acción y en escena, múltiples y simultaneaos, que intuyen y comprenden el devenir de la sincronización, desincronización y resincronización planetaria, se convierten no solo en los artífices de la configuración de la complejidad de la crisis ecológica, sino en las proclamas que interpelan al ser humano a actuar en consecuencia, a dar de sí, a arrojarse en el acto heroico para salvar a las sociedades humanas y reinsertarlas a los ciclos vitales.

La perspectiva ecológica y la perspectiva compleja nos muestran que, si no hay cambios radicales en la estructura estructurante misma de la institucionalidad de las sociedades humanas, no hay porvenir para el ser humano; la humanidad no podrá sobrevivir a la crisis ecológica. Las perspectivas mencionadas nos ayudan a una evaluación crítica de las genealogías del poder de las sociedades humanas, de las arqueologías de los saberes modernos y de las hermenéuticas clásicas y modernas del sujeto. En resumen, los proyectos desplegaros de las sociedades humanas, comprendiendo periodos, etapas, eras históricas, geografías culturales, geopolíticas imperiales, ideologías, economías del mercado o de la producción, han fracasado. No se puede insistir en estas formas, conformaciones histórico-políticas, jurídico-políticas, económico-sociales-culturales de la modernidad. Es menester clausurarlas e iniciar viajes a los nuevos horizontes.

 

 

 

 

 

[1] Ver Balance y autocrítica. También Balance del análisis crítico a los gobiernos progresistas.

https://voluntaddepotencia.wordpress.com/2017/07/01/balance-y-autocritica/.

https://pluriversidadoikologas.wordpress.com/2017/09/20/balance-del-analisis-critico-a-los-gobiernos-progresistas/.

 

[2] Ver Re-sincronizacion planetaria  

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/resincronizacion_planetaria.

 

[3] Bibliografía: Martin Kemp (2000). La ciencia del arte: la óptica en el arte occidental de Brunelleschi a Seurat. Ediciones AKAL. p. 382. Lecturas adicionales: Andersen, Kirsti (2007). The Geometry of an Art: The History of the Mathematical Theory of Perspective from Alberti to Monge. Springer.Damisch, Hubert (1994). The Origin of Perspective, Translated by John Goodman. Cambridge, Massachusetts: MIT Press. Hyman, Isabelle, comp (1974). Brunelleschi in Perspective. Englewood Cliffs, New Jersey: Prentice-Hall. Kemp, Martin (1992). The Science of Art: Optical Themes in Western Art from Brunelleschi to SeuratYale University Press.Pérez-Gómez, Alberto, and Pelletier, Louise (1997). Architectural Representation and the Perspective Hinge. Cambridge, Massachusetts: MIT Press. Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Perspectiva.

 

[4] Ver Ecología compleja. También Episteme compleja, así como Hacia una ciencia compleja del espacio.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/ecolog__a_compleja_2.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/episteme_compleja.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/hacia_una_ciencia_compleja_del_espa.

 

La sonrisa de una bala marcada

La sonrisa de una bala marcada

 

Francis P. Prada

 

En memoria de mi abuelito Raúl y mi bisabuelito Gilberto “Yeye”

 

 

La sonrisa de una bala marcada

 

Oso Yeye

 

 

 

 

 

 

“Mi nieta trabajará en la Nasa” solía decir Gilberto Molina Valle o “El Yeye”, como sus cercanos solían decirle, a lo que el señor Prada con aquellos ojos que se habían robado más de un corazón sonreía. Ambos sentados en una de esas mesas ubicadas en la calle Jaen, tomaban su té de la tarde; el Señor Prada prefería un café de aquellos fuertes que golpeaban el rostro para ser despertado; Yeye en cambio se quedaba con la tradición de tomar un buen té con azúcar, llevaba su propia taza exigiendo que cualquier cosa que toquen sus labios sea servida ahí.

Como era rutinario ambos se pondrían a hablar del pasado; hay algo en el caminar del pasado que nos atrapa, nos abraza tan fuertemente que estamos toda la vida contando las mismas anécdotas, aquellas que no acaban y siguen susurrándose incluso cuando hace mucho tiempo su contador se calló. El señor Gilberto agarraba el periódico que Don Raúl dejaba sobre la mesa, Don Raúl antes de bajar los ojos ya sabía que su periódico había desaparecido, Don Raúl ya estaba acostumbrado a esto, incluso le pasaría su punta bola sabiendo que el empezaría a hacer sus diarias anotaciones; pensamientos y críticas eran marcadas en los periódicos. Durante su larga vida de 102 años la mayor parte la pasó en Cochabamba; en aquella casa ubicada en la calle Mariano Ricardo Terrazas, con el techo que calentaba el interior, haciendo que sus integrantes deban sacarse más de una prenda de ropa. El pasillo que seguía la puerta principal formaba un lindo camino de mármol, a la derecha encontrabas la sala de estar. La alfombra roja que la cubría había sido pisada por tantas personas que eran más personajes que normales; entre ellas se encontraba su hija Martha Molina Reque, producto del amor entre Yeye y su bella esposa Blanca o “abuelita Blanquita”, como sus nietos próximamente la llamaron. Martha era su única hija, explicación de su actitud siempre tan mimosa, querer ser el centro de atención venía con su naturaleza, pero creció para convertirse en una amable y amorosa mujer.

Si dabas unos pasos más en aquel camino de mármol, encontrabas la cocina con una mesa de madera, que a cualquier hora tenía comida encima de ella, existía un aroma dulce en aquel lugar, además de la deliciosa comida, uno era capaz de oler el amor que se había compartido en aquella cocina. Eran las historias y esas pequeñas discusiones que hacían a aquella mesa especial. Salías de la cocina y encontrabas las gradas más extrañas que tus ojos podían ver; la mayor parte de las visitas solía decir con afirmación que aquellas escaleras eran su parte favorita de la casa, que si se me es permitido será nombrada “la casa peculiar”, que no solo de mármol era hecho el piso, sino de una alfombra roja que  venía acompañada de aquellas extrañas escaleras, eran altas y de forma curveada las barandas eran de un color verde oscuro. Si mirabas a lo alto encontrabas en la punta de aquellas escaleras peculiares el rostro de un dinosaurio; el objetivo era entendido esa escalera debía simular el cuerpo de un dinosaurio. Imagínese que habrá sido para los infantes escalar aquella peculiaridad, con sus pechos hacia afuera afirmaban “He trepado un dinosaurio”.

“La casa peculiar” no solo tenía la extrañez en los objetos, tenía el viento de memoria, cada polvo y partícula flotante contaba un secreto que solo los que vivieron en la casa podrán comprender. Y en el tope de la escalera dinosaurio encontrabas a la izquierda el escritorio de Yeye; aquella vieja mesa fue su mejor amiga y los periódicos sus compañeros.

Como solía pasar, a la hora del té, Yeye sacaría sus antiguos periódicos, colocándolos sobre la mesa, Don Raúl echaba un vistazo, preguntándose el porqué de la vejez de sus periódicos, Yeye solo decía

– Eran mejor redactados antes.

Mientras Yeye escribía y releía sus “periódicos espaciales”, como serán nombrados, debido a su leve obsesión con planetas y cometas. Don Raúl cruzaba los brazos mirando su reloj, eran las 3:30, puntualmente prendía su vieja radio negra, para llenarse con las melodías clásicas que le habían acompañado toda la vida.

Don Raúl había sido el último de ocho hijos de Ernestina Méndez Rivas y Francisco Javier Gonzales de Prada; era Cochala, naciendo en su amada Cochabamba el 15 de octubre de 1931. Su infancia fue disfrutada en las orillas del rio Rocha, que en esa época su color era azulado, elegido para ser el lugar donde Don Raúl se bañaba y limpiaba sus ropas, además de jugar con sus hermanos. La nostalgia abofeteaba duramente su rostro cuando pensaba en su niñez; uno quiere amar y odiar al tiempo, que tanto quita pero que también tanto da.

Don Raúl pasaba sus vacaciones en una hermosa finca en las afueras de la ciudad, “Caluyo”. Unos largos pastizales con el sol quemando los hombros, era como recordaba el lugar. Cerca de su casa había una pequeña capilla, que con aspecto avejentado uno podía darse cuenta de cuánto tiempo estaba ahí; hasta el día de hoy aquella capilla sigue en pie; en cambio, la casa que Don Raúl pisó solo él, la recordará, cuyos restos de ella no quedan. Desecharon el lugar para convertir los terrenos en un hotel. Don Raúl se despido de su Cochabamba a los 14 años de edad, pero siempre la recordó con demasiado detalle; solía decir.

-Como buen cochala siempre disfruté de la papa.

Con aquellos pensamientos apagaba la radio para volver a observar a Yeye, que susurraba entre líneas al escribir, solía hablar sobre el cometa HaleBopp y el que había sido su anhelo de algún día observarlo; hablaba del peligro que la humanidad sufría porque allá en los 90’ s había leído que “Estudio pronostica choque de asteroide con la Tierra”; creía en sus periódicos y los secretos que le contaban, tanto que en Cochabamba había una noche ocultado todas las vajillas y platos de la vitrina, convencido de que habría un temblor; así se lo habían contado sus compañeros periódicos. Le tenía un amor muy grande a la vida porque había mirado a los ojos de la muerte. Nacido en Oruro 22 de mayo de 1912, hijo de Manuel María Molina y Juana Valle Porcel, fue educado en el que en esa época fue el mejor colegio de Bolivia: El Instituto Americano.

Yeye fue difícil de criar, un infante extrovertido que no esperaba para salir corriendo a aquel aire libre, que era la única distracción en esa época. En una oportunidad, mientras jugaba a ser un avión, extendió sus pequeños brazos y como uno de estos artefactos empezó a correr, sin prestar atención a una roca debajo suyo. El avión que Yeye condujo empezó a caer; fue ahí cuando sintió un agudo dolor en la nariz, temiendo lo que su madre, Doña Juana, le vaya a decir, bajó el rostro cuando volvió a casa; pero el ojo de buena madre que tenía Doña Juana no le permitió salirse con la suya. Había gritado al verle el rostro, no era la sangre chorreando del mentón, era la nariz que se encontraba totalmente chueca, pero con Yeye no venía a ser sorpresa que lo que haya traído ahora chueco sea su nariz. Doña Juana con el miedo de una madre al saber de su hijo herido preparó medicinas, pues en aquella época no se tenían farmacias. Doña Juana paró el dolor de su hijo, pero lo que no pudo fue poner recta su nariz; Yeye cargó una nariz chueca consigo toda su vida, pero imagínense el Don Juan que era, si, incluso con nariz chueca conquistaba.

Su adolescencia fue interrumpida, por esas situaciones que nos hacen reevaluar y cambiar la existencia. A los 19 años junto con su hermano Carlos fue mandado a la guerra del Chaco. Que peores traumas puede darnos la vida que aquellos causados por el ser humano. Las memorias de guerra fueron las memorias que más recordó en su vida; se clavaron como un virus en su cerebro, el dolor de haberse dirigido al campo de batalla con su hermano, el dolor de haber vuelto solo. No solo fueron las cicatrices emocionales las que quedaron sino las físicas, la guerra le dejó su marca: una línea blanca que caminaba por su hombro izquierdo, la bala que se dirigía al pecho cambió de inclinación a último momento, dejando marcada la leve interacción que tuvo con la piel de Yeye.

Volvió de la guerra y la vida no le dio tiempo de respiros, le pidió que supere sus demonios y ponga sus manos a trabajar. Yeye se convirtió en contador, pero no fue cualquier trabajador, como todo en su vida, se convirtió en el mejor, dejando su marca en la “Railway Company”, el ferrocarril cochabambino que ahora los contemporáneos solo conocen en fotografías. Su sueño no era ese, el soñaba, con ser ingeniero electrónico, pero a aquellos que tienen sueños cumplidos la vida les dio un beso más. Aun así, Yeyé intento aprender, no fue a una gran universidad ni tuvo sabios maestros, fue autodidacta y el en la soledad de su escritorio se convenció a mismo de reconstruir una radio, radio que sigue intocable, entre polvo y vejez, en una esquina oculta en “la casa peculiar” de Cochabamba.

Llegaba el momento del día en el cual una fotografía era sacada, Don Raúl revisaba sus bolsillos, debajo de sus envolturas de dulces, sacaba a su “Bebita”, el nombre de cariño de su esposa. Aquella foto ya con los bordes amarillentos mostraba a la Señora Beba jovenzuela, con el pelo que parecía sedoso; los dedos de Don Raúl se movían de un lado a otro recordando con su tacto su piel, sus ojos, sus largos labios sonrientes. Había sido y seguía siendo una mujer fuerte; lo atrapó desde el primer momento y nunca se dejó soltar. Yeye, que levantaba la mirada de sus periódicos espaciales, a  su vez sacaba su fotografía, recordando que era el momento del día para recordar; la suya se encontraba en su monedero, el cuero estaba arrugado y olía a aquella chamarra negra de odre holgado en las mangas. Yeye sostenía su fotografía, más pequeña, desde la esquina inferior izquierda, con el pulgar e índice; era su “Blanca”, su “Blanquita”, “la señora Blanca”. Su corazón aun latía cuando miraba a los ojos de la fotografía; nada cambió, siempre la amó, siempre la ama y siempre la seguirá amando. Don Raúl bajando la fotografía con una sonrisa sospechosa se preparaba para decir su frase diaria, con la que disfrutaba molestar a Yeye.

– Siempre será la mía, la mujer más bella.

Yeye, sin mirarlo a los ojos, fruncía el ceño y lentamente lo miraba a los ojos, haciendo a su vez una sonrisa sospechosa, una que relataba la pelea, la misma que diariamente comenzaba. Los dos contrincantes románticos empedernidos las amaban tanto que era difícil entender que algo más bello existía.

Don Raúl había conocido a María de los Remedios Alcoreza Melgarejo o, más fácilmente, “señora Bebita” en una fiesta de 15 años; el con 18 años, no imaginaba ser el que caiga. Era la fiesta de la señora Gladys Ballivián; se adentró con ese caminar lento y sereno, con una ceja levantada, un peinado con los cabellos acomodados perfectamente y esa sonrisa, su arma mortal hasta en los últimos días. No había cambiado ni una curva, no sorprendía que sea confundido por una estrella de cine, fácilmente lo imaginabas en la pantalla. Sus zapatos negros con el “tap,tap” acompañaban la música, se vieron inquietados en su melodía cuando captaron unas zapatillas, algo lo atrajo, sus pies moviéndose sin permiso pronto se encontraba frente a Bebita, su señora Bebita, solía decir al recordar la historia.

-Ingresé a una fiesta navideña con villancicos de pantalón corto, me atraparon y salí casado.

 Yeye tuvo su amor de colegio, que se convirtió en su amor de vida; Blanquita, como Yeye, estudió en el Instituto Americano. Era toda una dama, una dama muy fuerte, pero que también mostraba su delicadeza en sus actos; sus dedos blancos alargados, cuando caminaban se movían de un lado a otro. Solía seguirla con sus ojos; la había visto en las calles agarrada de sus amigas, la había visto en la clase siempre con dos ojos como canicas; no titubeaban de cansancio como los de Yeye solían hacer. La había visto en los pasillos; los ojos de Yeye incluso antes que él, ya sabían el amor oculto que había estado escondiendo. Fue su corazón quien le obligo a hablar, no fue su mente, que, mas bien, le colocaba barreras en su camino. Tan serio desde joven Yeye se mostraba vulnerable ante los ojos de Blanca, esperando a que sus oídos escuchen una palabra, de aquel joven extraño, quien se paró frente a ella. Blanca no era ilusa sabía lo que aquel joven tenía el propósito de hacer, aun así no se lo facilitó, pues quería probar su valentía y se quedó ahí frente a él, alzando las cejas y mirándolo aún más. Se sorprendió al mirar de cerca sus ojos; nunca había conocido el mar, pero en sus ojos podía verlo. Su mente se cuestionó ante la posibilidad de tan bello color, rayas negras coloreando los extremos de un ojo celeste; más que el mar, le empezaba a recordar al cielo, pero el cielo nunca la había hecho sentir tan exaltada. Los ojos de Yeye le hicieron dar una vuelta al mundo, esos ojitos sonrientes le mostraban espacios que nunca había visto; ella quien no se iba a resistir ante la rareza de ese joven, terminó también en el trance que Yeye había empezado. No se conoce quien rompió el trance, despertando a esos jóvenes y obligándolos a mirar a otro lado, pero también parece que nunca se dejaron de mirar de aquella manera.

Don Raúl, sacó un caramelo con envoltura amarilla; el sonido de aquel plástico, el tacto resbaladizo, el gusto y la lengua que agarraban al caramelo, moviéndolo de un lado a otro. Él cerraba los ojos, sus caramelos habían sido sus compañeros siempre, uno en el bolsillo, siempre de antaño, difíciles de saborear, pero para su gusto tenía todo lo necesario para ser aprobado. Cuando la luz cambiaba de lado, generalmente de 4 a 5 de la tarde, él sacaba su caja de fósforos, la agitaba cerca de su oído y, al convertir a la cabecilla en negra, olía su humo, olor relacionado a memorias; el aroma era fuerte y atravesaba el cuerpo cuando era respirado. Había trabajado en fábricas de fósforos, aquellos palillos, más que solo madera, por muchos años habían sido los responsables de poder meter la mano en el bolsillo y encontrar un billete.

Don Raúl con una fascinación por los números desde muy pequeño; estudió ingeniería industrial, como Yeye fue un buen trabajador. Se graduó de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), con honores. A los 21 años disfrutaba de una profesión, abrazaba al trabajo con un brazo y con el otro a su Bebita. La fábrica de fósforos, que tanto recordaba, tenía los ladrillos sin pintar; lo que le daba un aspecto de vejez, aun cuando no lo era. El olor de los fósforos le traía memorias de la vieja Alemania. Aun se puede oír a la Señora Bebita quejarse de su larga estadía en Alemania, “lo que eran tres meses se convirtieron en dos años”. Sin estar cerca de la familia y perdiéndose del crecimiento de su primogénito, aunque, sin embargo, por lo menos con trabajo. De suerte le mandaron acompañado de sus tres monigotes de compañía o como uno suele llamarlos amigos. Recurriendo a la música de antaño, de los 50s, trataba de evadir la nostalgia; sin darse cuenta de que al hacerlo la hacía asentarse aún más. Solía tararear las palabras que entonaba Virginia López, cantaba “tu promesa de amor”. Conocía a la Señora Bebita como la palma de su mano, sabía que no importa cuánto lo odie por su larga estadía, el amor seguiría por siempre y cantando en su cabeza solía decir “Tu….. tú no puedes dejar de amarme”.

Barragán su amigo, con una pierna mala, lo esperaba cada mañana para dirigirse a la fábrica; con el leve cojeo que tenía en la pierna izquierda aún se las arreglaba para caminar tan rápido como alguien sin problemas. Al llegar a la fábrica el equipo de los ingenieros bolivianos se encargaba del mantenimiento y cuidado de las maquinas. Se debe decir que sin ninguna de estas mentecitas ingenieras la fábrica de fósforos, que se construyó en el país, no hubiera sido posible. Con su elegante bigote y aquellos ojos verdes el mentón acolchonado, Don Raúl, con el sudor corriéndole la frente aun sabía cómo verse como el caballero que era. Recorriendo en la fábrica con las mentecitas ingenieras que lo acompañaban; en sus pasos tenía la confianza de alguien que era dueño del lugar.

Sus días fueron acompañados por las canciones que, con la buena memoria, recordaba; desde la sonata de luna, hasta sus boleros, Don Raúl no tenía dote para tocar los instrumentos musicales; sus dedos se encontraban duros como para posicionarse en el piano y la guitarra, su voz, cuando se le pedía cantar en un tono, cantaba en otro, sin embargo, no cambiaba el amor que le tenía a las melodías bien compuestas. Inteligencia suya fue jamás exponerse a las melodías contemporáneas, siempre se quedó con aquellas guitarras y trompetas, que lloraban desconsoladas, mientras el piano se pronunciaba de fondo. De vuelta a su departamento, solía reproducir en su mente “el bodeguero” de la orquesta Aragón, dando vueltas y pasos pequeños de baile, la punta de su pie golpeaba el cemento dos veces, la pierna derecha seguía los pasos de la izquierda, poniendo la mano izquierda en el pecho levantaba la derecha y la movía al ritmo de la música, meneando las caderas, que con buen ritmo lo hacía. Volviendo al talento musical, encontrábamos que el don musical de Don Raúl no eran los instrumentos, tampoco la voz; su talento armónico se expresaba en su facilidad de moverse al ritmo, así bailaba en su pequeño departamento, donde en la sala hacia una venia, imaginándose a una Señorita Beba de 15 años y el de 18, tomando su mano empezaban a dar piruetas en la sala, mientras la mente de Raúl reproducía un valtz. Siempre se sintió con su señora como un jovenzuelo en el que no había crecido ni una arruga.

Fue una mañana, cuando entraba a la fábrica, Barragán, su apreciado amigo, de pronto, cambió la postura tratando de fingir seguridad, dando una sonrisa falsa, que no fue desapercibida Don Raúl, quien había notado el cambio de conducta. Lo observo acercarse a él, Barragán, en sus temblorosas manos, agarraba una carta; había recibido un sinfín de ellas desde Bolivia, pero había algo en ésta que la hacía especial, talvez una fragancia o simplemente las primeras palabras, que sin querer había llegado a leer. Don Raúl podía sentir el peso de la misma, no estaba seguro de si agarrar la carta o no, podría simplemente darse la vuelta e irse, así nunca tendría que sufrir por su contenido, pero sabía que su amigo Barragán no pararía hasta que Raúl la lea, quien extendió la mano y alzo las cejas, con una mueca explico su error y su “idiota curiosidad”. Había leído algo que sus ojos no debían leer, disculpándose agarro la mano de Raúl y le entregó la carta, porque parecía que él no iba a agarrarla por sí solo. La letra era de la Señora Bebita, podría reconocerla en cualquier escrito, al leerla Don Raúl de repente esbozo una sonrisa, nadie había fallecido, “nada tan malo como una muerte sucedió”, decía.  Sin embargo, esa sonrisa se esfumó y la característica que hacía a Don Raúl un personaje sereno se perdió. Al reflexionar, Don Raúl comprobó que se había mucho tiempo lejos de su amada; tiempo de crecimiento de su hijo. Ya no podía más. Pensamientos evasivos golpearon su mente, ¿qué más iba a perder?, no había agarrado la mano de Bebita en tanto tiempo, no había abrazado a su primogénito; su oído captó un fuerte sonido rápidamente, Don Raúl se dio la vuelta, era el “tic toc” del reloj; esta carta a diferencia de tantas, lo había marcado. Calmándose llevó la carta a su pecho, tarareando las cuatro estaciones de Vivaldi, guardó su carta, le dio una palmada al hombro a su amigo Barragán, le sonrió con los ojos y le dijo es tiempo de volver.

Recuerda, en aquella mesa en la calle Jaen, el sonido que hizo su zapato negro brilloso al llegar a Bolivia, rápidamente, tratando de saborear con la nariz el aire, notó la falta de aire de La Paz, sintió el peso en su pecho y como empezaban sus rodillas a ceder; se sonrió: “definitivamente un mate de coca no me hará mal”. Pudo notar la figura de la señora Bebita, que agarraba de la mano a una pequeña figura a su lado, era su primer hijo. Si algo puede llamarse sobrecogedor en este mundo, sería el sentimiento que Don Raúl percibió al ver a su hijo; era increíble observarlo, increíble poder tocarlo. Aquel niño, que tan fuerte se veía, había nacido prematuro a los seis meses; lo había visto por primera vez cuando lo agarró con una mano. Sentía incertidumbre, su hijo estaba a su lado, cuanto tiempo no había estado cerca. Los días en Bolivia, después de Alemania, fueron igual que empezar nuevamente, las calles las personas el aroma y el olfato eran distintos. Lo que más gustaba a Don Raúl es que el tacto se sentía distinto, porque después de dos años sus manos eran capaces de tocar rostros, rostros suaves que sus dedos amaban; después de dos años fue como aprender a amar de nuevo. Siempre amó a su familia, pero es diferente el amor de cerca que el de a distancia.

Raúl Prada su hijo, que después se apodaría “el chato”, por la estatura pequeña con la que se quedó toda la vida, multiplicaría las travesuras y las convertiría en una pesadilla viviente para sus padres; aun así, el amor hacia a él era innegable; pues tenía algo especial, era su cerebro que lo hacía único.

Tuvieron tres hijos más. Como si las travesuras de “el chato” no hubieran sido suficientes, vinieron dos varones más o dos “jamaculis”, como decía en quechwa, a ser parte de la sinfonía de diabluras y anécdotas, que su familia tendría. Alejandro, que próximamente seria apodado “Alex”, tenía una muñeca de artista, sus cuadros serían decorados en cada pared. Seguidamente vino Francisco, quien sería el popular de la familia; en la familia cuentan recurrentemente la anécdota de que cobraba a sus invitados, que iban a sus fiestas de cumpleaños; eso es lo que siempre fue, popular, también un pícaro para los negocios. Siguiendo los pasos de su padre, como herencia genética, por así decirlo, desde pequeño se convertiría en ingeniero premonitorio. De tres diablillos vino la calma; después de los “jamaculis”, la familia Prada recibía a una niña, quien contendría toda la amabilidad y amor que puede contener y trascender un ser; eran los ojos quizá de Tatiana los que mostraban inmediatamente el alma noble que ella contenía, eran los ojos de su padre.

Llegaba el crepúsculo del día, Don Raúl sabía lo que pasaría, por otra parte, con tantos pensamientos estaba la cabeza de Yeye, que llegaba la hora en la que se empezarían a manifestar oralmente; eso sí, no era para nada aburrido escucharlo. Desde que se habían encontrado ni una sola vez había repetido la manifestación oral de uno de sus pensamientos, eran todos tan variados, abarcaban todas las ciencias y artes; Yeye había sido un gran lector, al igual que Don Raúl. Ambos se entendían; este día en particular Yeye se paró de su silla y empezó a observar a la calle Jaen, observo las piedras que tenía la calle, se acuclilló para tocarlas; con el rozamiento de sus dedos en el concreto supo que las piedras eran de su época, así él lo creía, sonrió al darse cuenta. No existían ya cosas que reinventaba el recuerdo, todo debía guardarlo en la mente; se paró esta vez para tocar las paredes, arqueo las cejas, esas paredes no eran de su época, podía reconocer la “pintura nueva”, caminó de arriba abajo. No podía negar el encanto de aquel lugar, parecía que uno se había adentrado en una fotografía y había empezado a vivir en ella ; el sol posándose en su ojos, la calle se hacía más hermosa, qué secretos e historias escondía aquel lugar, qué hacía a esta calle tan hermosa y especial. Tomó un gran respiro y supo que era, era el aire lo especial, cada partícula y polvo representaba una historia, algún recuerdo de alguien que había caminado en ella. Yeye retorno a su asiento y solo dijo.

-Le juro que no entiendo que estoy haciendo en La Paz.

Y así era, solía preguntarse, de cómo terminó ahí con ese señor llamado Raúl, que tan linda sonrisa tenía, quizá eran las partículas de sus memorias a las que se debía culpar, quizá habían migrado desde Cochabamba y se habían asentado en la calle Jaen.

Don Raúl en cambio, siempre le había tenido un cierto cariño a aquella calle; La Paz se había convertido en suya, era su musa, era aquella ciudad dueña de muchas memorias, que, incluso las investigaciones más grandes de durante las vidas jamás descubrirán. Disfrutaba del sol de la mañana y la tarde, disfrutaba de todos los tés que tenía con Yeye, disfrutaba de la fluidez de sus pensamientos; la nostalgia lo atacaba y la soledad también, pero tenía a su lado a un compañero, que, aunque no lo admita sabía, se sentía igual.

Ambos se pararon y despidiéndose prometieron encontrarse mañana, en el mismo lugar, a la misma hora; cada tarde están en aquella esquina de la calle Jaen. Nadie los ve al pasar, porque simplemente son inexistentes para los que aún existen. Pero están ahí como partículas de aire, son las memorias y las anécdotas que se quedaron en la tierra y aún siguen susurrándose a sí mismas, son las narraciones de los sobrevivientes, incapaces de separarse de sus presencias, sobrevivientes que no permiten dejar perderse a sus amados en el olvido; son aquellos amigos entrañables. Las anécdotas fantasmales de Raúl y Yeyé quienes se adueñaron de la calle Jaen.

Amazonia agonizante

Amazonia agonizante

Oikologías

Amazonia agonizante

Sebastiano Mónada

Los jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras

Incendio en la Amazonia 2

Amazonia proliferante de polifónicos cantos,

matriz de inteligencias sensibles,

memoria ecológica y sabidurías vitales,

anaconda alimentada por muchedumbres de serpientes,

continente de secretos bilógicos y narrativas vegetales,

entramados corporales de animales de mirada melancólica.

Territorio donde germina la ayahuasca, memoria celular,

hermenéutica de entramados indescifrables.

Rio Amazonas surcado por conquistadores náufragos,

buscadores de ciudades de oro y del país de la canela,

emboscados por pueblos de mujeres guerreras,

que los atormentan de día y de noche,

los vencen despiertos y en sus sueños.

Las sociedades cultivadoras de bosques,

arquitectas de lagunas artificiales y de canales hídricos,

desaparecieron dejando marcas distribuidas en la selva,

para recordar los caminos de regreso

cuando corresponda volver a la sinfonía tropical.

Los jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras,

donde exuberante y desnuda la Amazonia se quema.

Sabios árboles gimen agitando sus ramas de carbón,

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Amazonia agonizante

Amazonia agonizante

 

Sebastiano Mónada

 

Los jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras

 

Incendio en la Amazonia 2

 

 

 

 

Amazonia proliferante de polifónicos cantos,

matriz de inteligencias sensibles,

memoria ecológica y sabidurías vitales,

anaconda alimentada por muchedumbres de serpientes,

continente de secretos biológicos y narrativas vegetales,

entramados corporales de animales de mirada melancólica.

Territorio donde germina la ayahuasca, memoria celular,

hermenéutica de entramados indescifrables.

 

Río Amazonas surcado por conquistadores náufragos,

buscadores de ciudades de oro y del país de la canela,

emboscados por pueblos de mujeres guerreras,

que los atormentan de día y de noche,

los vencen despiertos y en sus sueños.

 

Las sociedades cultivadoras de bosques,

arquitectas de lagunas artificiales y de canales hídricos,

desaparecieron dejando marcas distribuidas en la selva,

para recordar los caminos de regreso

cuando corresponda volver a la sinfonía tropical.

 

Los jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras,

donde exuberante y desnuda la Amazonia se quema.

Sabios árboles gimen agitando sus ramas de carbón,

murciélagos alados naciendo abrumados de cenizas,

que tiznan turbulentos aires contaminados.

 

Amazonia colgada en intangible cruz

en bóveda acongojada.

Su ceniza se esparce atormentada,

enjambre de mariposas noctámbulas,

profundas entrañas del orbe agitado,

apagando luz circundante de vida,

debatiéndose mortalmente herida,

encendiendo sanguinaria concavidad nocturna.

 

Jinetes del apocalipsis, montados en pelagios mecánicos,

máquinas sedientas bebedoras de energía fósil,

perdieron sus alas al descender a selvas condenadas.  

De implacable acero afilado

abren surcos en la jungla,

cortan troncos centenarios.

Océano de afectos exhalando aires sanos,

donde la meditación verde lanza

dulces pensamientos acuáticos.

 

Amazonia carbonizada entierra a sus hijos quemados.

múltiples plantas y muchedumbres de animales incinerados,

en aras del progreso, inscribiendo heridas profundas,

heridas abiertas sin cicatrizar en la carne,

en espesores exuberantes del cuerpo terroso.

 

Presidentes de estados encaracolados

en laberinto abismal de sus miedos

y abominables terrores fantasmales,

miran con desdén cementerios de cadáveres.

Lo que en vida fueron proliferantes tejidos

de entrelazadas tramas vitales.  

 

Cadáveres dispersos en campo de batalla

de vertiginosa modernidad crepuscular,

alucinante como ejército de antorchas festivas,

carnaval del desarrollo sepulcral.

Continentales venas abiertas derraman cantos,

inconsolables plegarias de largos duelos,  

recorridos de muerte desembocando en el mar,

atormentado por pérdida irreparable de los hijos,

sin poder siquiera levantar vuelo,

pájaro herido esperando al silencio.

Las alas fueron cortadas por miedo afilado

de jerarquías administrativas del dinero.

 

Revolucionarios de pacotilla y fascistas criollos,

engreídos bufones de cortes clientelares

o comedidos machistas dispuestos al feminicidio,

vulgares asesinos de pueblos nativos,

jinetes del apocalipsis, montados en máquinas de muerte,

se unen martirizando a la Madre Tierra llevada al patíbulo,

donde descuartizada y desnuda la naturaleza agoniza,

ante públicos atónitos observando espectaculares

catástrofes desbocadas por el fuego,

prodigio de fabulosas masivas torturas.

 

Héroes anónimos de irradiantes devociones,

jóvenes voluntarios de entregadas vocaciones,

actos heroicos, derroches sin reclamo,

circulación del don y del dar,

corren armados de amor,

fusiles acallados por las flores,

desesperadamente

a salvar a manadas de animales en estampida

a plurales familias de árboles que perecen,

aferrándose a sus patas y sus raíces

que huyen y se hunden en la nada.

Profundidades del planeta amenazado,

para llegar al corazón terrícola

que apresuradamente palpita angustiado.

 

Jinetes del apocalipsis avanzan sembrando hogueras

cuando terminan su lóbrega tarea,

fastuosa piromanía embelesada,

comienza el espectáculo en estridente pantalla ,

donde megalómanos patrones de gobierno,

títeres del lado oscuro de la luna,

se muestran esforzadamente preocupados

ante cámaras y periodistas embobados,

cabalgando sobre cuerpos martirizados

de la naturaleza decapitada.

 

Desde el fondo de complexiones vitales,

memoria ancestral anterior al tiempo,

emerge frenética voluntad de potencia creativa,

serpiente alada, metamorfosis de Tunupa,

para poblar de nuevo la Tierra soñada,

desterrando a los jinetes del apocalipsis

para siempre y para nuca más

repetir la pesadilla abstracta de la valorización

estéril y sin horizontes.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Praxis y formación en ecologías