EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

THE ETHICAL AND POLITICAL LEGACY OF THE REVOLUTIONARY THINKER SERGIO ALMARAZ

O LEGADO ÉTICO E POLÍTICO DO PENSADOR REVOLUCIONÁRIO SERGIO ALMARAZ

 

José Luis Saavedra 

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

 

“Ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres”.

Sergio Almaraz Paz.

 

Resumen

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual de-curso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

Palabras claves:

Sergio Almaraz, pensamiento político, recursos naturales y procesos revolucionarios

Summary

In the present essay we try to highlight and demonstrate the primordial matrices of Sergio Almaraz’s thought and we do so both in relation to the time he had to live and the projections of his thought in the current course of the Bolivian political process. Thus, we are not only interested in making a more or less reflective remembrance of what Almaraz’s thought has been and is, but also in relieving its repercussions and meanings in the face of the challenges of the present time.

Keywords: Sergio Almaraz, political thought, natural resources and revolutionary processes

 

Resumo

No presente ensaio, tentamos destacar e demonstrar as matrizes primordiais do pensamento de Sergio Almaraz e o fazemos tanto em relação ao tempo que ele teve que viver quanto às projeções de seu pensamento no curso atual do processo político boliviano. Assim, não estamos apenas interessados em fazer uma lembrança mais ou menos reflexiva do que foi e é o pensamento de Almaraz, mas também em aliviar suas repercussões e significados diante dos desafios da atualidade.

Palavras chaves: Sergio Almaraz, pensamento político, recursos naturais e processos revolucionários

 

Introducción

¿Por qué escribir en torna a Sergio Almaraz? Básicamente porque es uno de los más importantes pensadores bolivianos contemporáneos, junto con Marcelo Quiroga y René Zavaleta, aunque también es el menos conocido.

La obra teórica y política de Almaraz, a 50 años de su muerte y 90 años de su nacimiento, constituye actualmente una de las más significativas interpelaciones al sistema de dominación y explotación aún hoy imperante en Bolivia y, al mismo tiempo, entraña una serie de proposiciones de emancipación y liberación en y con la perspectiva radical de la dignidad y soberanía nacionales.

En términos metodológicos optamos por un procedimiento relativamente sencillo, que consiste en conversar con Alejandro Almaraz, hijo del pensador revolucionario Sergio Almaraz, acerca de la obra y el pensamiento de su padre y –reiteramos- sus reverberaciones e irradiaciones éticas y políticas en el presente sociopolítico boliviano.

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Sergio Almaraz

 

 

Presentando al pensador revolucionario

Sergio Almaraz tuvo una vida relativamente corta, murió cuando recién había cumplido los 39 años. Nació en la ciudad de Cochabamba el 1 de diciembre de 1928 y falleció en La Paz el 11 de mayo de 1968. La vida de Almaraz ha sido, sin duda alguna, la de un activista y pensador revolucionario de su tiempo. Veamos por qué.

Muchas actitudes, si no todas, de Sergio Almaraz y sobre todo sus posiciones teóricas y políticas en su vida y pensamiento se las comprende mejor -como siempre debe hacerse- considerando las circunstancias en las que se asumieron, vivieron o escribieron. Y es precisamente este posicionamiento –a modo de locus enunciationis– que Luis H. Antezana lo reflexiona lúcidamente en el artículo “Sergio Almaraz Paz y la historia”, incluido en el libro Para abrir el diálogo (cf. Antezana, Luis H., en S. Almaraz, 1979).

Hay que entender, en principio, que los tiempos de Almaraz son los del estalinismo. Aun cuando ya se había producido la ‘desestalinización’, inicialmente en la Unión Soviética, luego en el movimiento comunista internacional, antes de que Sergio Almaraz escribiera su primer libro El petróleo en Bolivia (1958). Esta obra ha sido escrita en 1957, posteriormente, diez años más tarde, se le agregó -en calidad de apéndice- una conferencia dictada por el autor en el Foro Nacional sobre Petróleo y Gas.

Hoy podemos añadir, a las reflexiones pertinentes de Luis H. Antezana, que ha sido una desestalinización en gran medida de ‘dientes para afuera’, es decir insustancial y superficial, aunque su mayor eficacia haya sido alterar el aparato de poder establecido por Iósif Stalin en la Unión Soviética; pero, no precisamente para que el nuevo sistema (de poder) fuera radicalmente distinto (diremos democrático). El pensamiento autoritario, brutalmente autoritario, que suponía Stalin y su régimen, no se rompió, ni se superó (ni siquiera después de su muerte). El despotismo continuó en la misma Unión Soviética, que siguió siendo un Estado despótico, quizá algo menos, pero continuaba siendo opresivo y represivo, además de ser un régimen de pensamiento único, de monopolio total del partido comunista en la economía, en la política, en la cultura, en la ideología, en fin en todo.

Y si bien ya no había el Comintern (la Internacional Comunista, también conocida como la III Internacional, así como por su abreviatura en ruso Komintern o Comintern, abreviatura del inglés: Communist International), seguía habiendo el movimiento comunista internacional, como un sistema que irradiaba un temperamento profundamente autoritario, totalitario, no solamente en relación con los partidos comunistas, desde ya con tales partidos, sino también con gran parte de la izquierda, que, casi en su totalidad, ha sido pues intolerante y avasalladora, incluyendo a las parcialidades trotskistas.

Y esos son los tiempos en los que Sergio Almaraz empieza a militar desde adolescente, alrededor de los 15 años, en el PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria)[1], y luego en el PC (Partido Comunista)[2]. Y, él no solía hablar, no mucho, de una posible ruptura. Esto es al menos lo que podemos inferir, a partir de una serie de percepciones que han podido transmitir las personas más próximas a Sergio Almaraz, como su madre (María Jesús Paz), su esposa (Elena Ossio), su hijo mayor (Pablo), que lo ha conocido más que el hijo menor, Alejandro, y por una recolección de documentación que el propio Alejandro Almaraz hizo para poder escribir la reseña biográfica de su padre, “Retrato biográfico”, inserta en la obra completa de la editorial Plural (cfr. Almaraz, Alejandro, en: Almaraz, Sergio, 2009).

Efectivamente ha habido un tiempo de ruptura entre la misma fundación del Partido Comunista o muy poco después de fundarse (el 17 de enero de 1950) hasta la renuncia de Sergio Almaraz (hacia 1958), que parece haber sido precipitada. Hay varios indicios de ello, por nada menos que su conocimiento directo del Estado obrero, de la realidad efectiva del socialismo realmente existente, en un viaje que hizo en 1956, que -por lo que comentan sus camaradas de ese momento- lo desilusionó y contrarió bastante; básicamente, porque no eran los trabajadores quienes dirigían el Estado soviético, sino una serie de burócratas que suplantaba a la clase obrera; tampoco los trabajadores participaban en las decisiones referidas al campo económico, político y cultural y principalmente porque no había igualdad socioeconómica, es decir que se mantenían las antiguas diferencias y distinciones, lo único que había cambiado es la antigua elite zarista por la nomenklatura: los miembros del Comité Central del Partido Comunista. Como bien dice Alejandro Almaraz (2009: 710):

“El viaje que Sergio (Almaraz) hizo a la Unión Soviética en 1956 le reveló, amargamente, el carácter burocrático y represivo de aquel Estado socialista que los comunistas bolivianos de entonces creían revolucionario y liberador. La constatación de lo que ya percibía en la actitud estrecha y dogmática de la dirigencia del movimiento comunista internacional, que supuso su contacto directo con el socialismo real, probablemente lo decidió a apartarse del partido”.

Es pues este viaje el que le dio a Sergio Almaraz la imagen de un Estado autoritario, despótico, burocratizado, y con una serie de cuestiones socioculturales sumamente opresivas y represivas, que le impactaron de modo muy especial. Según esos mismos testimonios, está el hecho que los dirigentes sindicales de la URSS no eran obreros, nunca habían sido trabajadores, jamás habían producido en el centro de trabajo al que representaban, sino que eran profesionales, burócratas, especializados en esta especie de rubro administrativo, que era la dirigencia sindical.

Y al propio Alejandro Almaraz, después de un par de décadas, le tocó ver esta misma impostura en la juventud comunista. Él era dirigente de la juventud comunista (de Bolivia), cuando tenía 21 años, era Secretario General, pero sus pares del Komsomol leninista (el Komsomol era la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética) eran tipos de 40 o 50 años, eran pues exactamente eso, burócratas profesionalizados en y con esa ‘especialidad’ de la dirigencia ‘juvenil’.

Consideramos así que existió una suerte de ruptura silenciosa en Sergio Almaraz, quizás no absolutamente, pero podemos encontrar ciertos testimonios -relativamente consistentes- de esa disidencia o incluso disyunción en los temas más bien de carácter sociocultural, que Almaraz abordó en artículos como el “Buscando el De Profundis de una generación” (en: Almaraz, 1979a), en el que él es muy crítico con el realismo socialista, de-mostrando además el execrable temperamento autoritario y totalitario del pensamiento único, monopolista y monopolizador. Al respecto, Alejandro Almaraz (2009: 710) refiere que:

“La relación de Sergio (Almaraz) con el Partido Comunista empezó a experimentar los malestares y tensiones que serían irremediables. El dogmatismo del partido, cada vez más subordinado a la Unión Soviética, lo coartaba y asfixiaba intelectualmente. Se sentía sofocado por la falta de imaginación y creatividad para la acción política, por la incapacidad de interpretar la realidad nacional y actuar en función a ella, y por el rechazo a todo pensamiento o expresión que no se encuadrara estrictamente en el realismo socialista”.

Aquí hay que decir que las opciones teóricas, culturales y literarias de Almaraz eran extraordinariamente amplias. Él leía no solamente los ensayos políticos, la doctrina política e ideológica, sino también le gustaba la literatura, tanto que –al menos en ciernes- hay en él una faceta de crítico literario, que ya está bien expresada precisamente en el “Buscando el De Profundis de una generación” (óp. cit.).

A propósito, hace poco se ha vuelto a difundir una crítica literaria de Almaraz al escritor y poeta paceño Jaime Sáenz (cfr. Almaraz, 2018 y también Almaraz, 1979c), a quien admiraba y le apreciaba mucho y por eso publicó sobre este poeta. Almaraz tenía pues una inclinación muy marcada hacia el arte, la narrativa, el cuento, ensayo, historia, incluso hacia el cine, el teatro, la pintura, y es por ello que escribía también sobre crítica literaria.

Almaraz era pues muy amplio, diremos heterodoxo en el campo político e intelectual y esta característica ha sido la fuente de una de las mayores tensiones y malestares con el Partido Comunista (PC). Es así que de lo que más Alejandro Almaraz le escuchaba protestar a su madre (doña Elena) era precisamente sobre este ámbito, es decir sobre las estrecheces y miserias estéticas y artísticas de y en los comunistas, principalmente por no ser capaces o no tener la perspicacia de apreciar el arte y, casi por un formulismo figurativo o por una especie de consigna o instrucción, considerar como único arte valioso y válido el realismo socialista.

En este sentido, Almaraz es un pensador revolucionario y por ello mismo cambió a lo largo de su vida, como todas las personas que se renuevan, como la propia realidad que también fluye y está en constante devenir. Y el sentido del cambio de Almaraz ha sido el de la aproximación a una realidad nacional que estaba muy lejana en la óptica del marxismo ortodoxo (por decir lo menos), tanto que bien podríamos hablar de un marxismo no marxista, de un marxismo simulado, de un marxismo colonial y eurocéntrico, como bien diría Edgardo Lander (2006), que ha sido el marxismo de la mayoría de los partidos políticos de la izquierda latinoamericana, incluyendo el del partido comunista (de Bolivia) y las propias ideas que –al menos en un primer momento juvenil- asumiera el mismo Sergio Almaraz.

Si algo podría rescatarse de esta primera etapa, serían las ideas que, en algún momento, tuvo José Antonio Arze[3], escritor, sociólogo y político boliviano, que era el intelectual al que Sergio Almaraz admiraba[4], y cuya influencia en el PIR fue reemplazada no solamente por un marxismo de la Academia de Ciencias de la UR.S.S., de cuño konstantinov (de Fedor Vasilievich Konstantinov), sino también por otro de carácter oportunista, ya que terminó en el barrientismo (del dictador militar René Barrientos), después de colgar al presidente Gualberto Villarroel (el 21 de julio de 1946).

La aproximación de Sergio Almaraz a la realidad nacional ha sido también un acercamiento a la revolución nacional de 1952. De acuerdo con Alejandro Almaraz (2009: 711), “el pensamiento nacional de Sergio Almaraz tiene una referencia central en su valoración del proceso revolucionario de 1952”. Sin embargo, Almaraz no ha sido militante del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), pero bien podríamos decir –es al menos admisible y/o plausible- que ha sido militante de la revolución nacional.

“Por eso –continúa Alejandro Almaraz (ibíd.)- asumió la defensa de la Revolución desde dentro, precisamente desde donde era más atacada y vulnerada. Esta posición (sin embargo) no significó, en momento alguno, asumir la militancia del MNR, pues no obstante su adhesión a la Revolución nacional, su distancia ideológica respecto al MNR fue siempre importante y se expresa también, muy nítidamente, respecto a la conducción de la Revolución”.

Almaraz ha sido por tanto militante de las transformaciones sociales, económicas y políticas que supusieron la nacionalización de las minas y el voto universal. No estamos seguros de la misma valoración positiva de la reforma agraria. De hecho, no deja de ser sintomático -esto es algo que no conocíamos y recién hemos sabido gracias a la obra reunida (cfr. Almaraz Sergio Paz, 2009)- un comentario que él hace sobre el famoso libro, muy mencionado y poco leído curiosamente, que se llama Feudalismo en América latina del padre teórico de la reforma agraria boliviana, que es Arturo Urquidi (cfr. Urquidi, 1966), pirista (del PIR), de la línea de José Antonio Arze, y que tenía una antigua amistad, por razones de militancia política, con Sergio Almaraz. Y quien parece haberle pedido un artículo/reseña sobre su libro, y tan elocuente como el libro es el artículo sobre el mismo, porque el comentario (de Almaraz) es no-comentario, es no decir nada, son unas apostillas evasivas, ambiguas e imprecisas, que nos hacen suponer que no quería decir lo que en verdad le parecía, seguramente por consideración a este señor ya muy mayor (nació el 6 de mayo de 1905), y que además había sido un buen amigo (cfr. Almaraz, 1979b).

Sergio Almaraz no toma pues una posición clara sobre la reforma agraria, básicamente porque no es el tema que él estudió. Y, en todo caso, la interpretación de la versión oficial, que hace Arturo Urquidi, que es el autor de la ley de reforma agraria, no es la de Almaraz. No es el tema en el que nos tendríamos que extender, pero -en síntesis- la reforma que pretendió hacer el MNR es una no-reforma agraria, básicamente porque no quiso redistribuir la tierra del latifundio entre los colonos, no era ese su proyecto, el plan era el de conservar a los latifundistas con lo básico de su patrimonio (denominado propiedad mediana) y –diríamos- con lo principal de sus privilegios coloniales u oligárquicos (cfr. “La Reforma Agraria continúa pendiente 50 años después”, en: La Razón, 30 de julio de 2003).

Sergio Almaraz valoraba, en cambio, la nacionalización de las minas, que entre paréntesis parece -hay también indicios en el propio Almaraz- que fue tan forzada por la movilización popular, como la propia reforma agraria que se dio en los hechos, más allá de la firma de la ley. Pero, aún en su adhesión, mantiene no solamente una distancia crítica con su conducción, sino que también asume una clara actitud de confrontación con el manejo del MNR en muchos temas, como cuando nos habla, por ejemplo de “el tiempo de las cosas pequeñas” (cfr. Almaraz, 1969b), muestra las múltiples claudicaciones y sometimientos del gobierno del MNR, pese a que él fue funcionario de ese gobierno, primero en el Ministerio de Trabajo (ocupó la Subsecretaría de Previsión Social) y luego en el de Minas (ocupó la Subsecretaría de Minas), con la mediación del ala izquierda del MNR, conformado por gente como Franco-Guachalla y Zavaleta. Pero, pese a eso no inhibió sus denuncias fuertes y radicales contra el MNR.

En el último periodo de su vida Almaraz sufrió, con profunda angustia, la opresora y opresiva penetración norteamericana en la economía y el poder político del país. Y por ello mismo denunció energéticamente la ocupación imperialista y neo-colonialista del país (cfr. Almaraz, 1979).

En resumen, diríamos que Almaraz es (no sólo era) un pensador revolucionario que madura y desarrolla, pese a que no pasó de los 39 años, como ya lo decíamos. No obstante, tiene tiempo de y para una interesante gestación ética, teórica y política que consolida sus convicciones revolucionarias acercándolas –de una manera cada vez más consciente y comprometida- a las problemáticas fundamentales –sociales, económicas y políticas- de la realidad nacional popular boliviana.

 

La decadencia de la revolución nacional y la intromisión imperialista      

Aquí la pregunta medular es: qué nos dice hoy la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz. Para empezar, el contexto es muy parecido, tanto que en la tarea de interpretar y reflexionar acerca de lo que actualmente está ocurriendo en Bolivia, de la problemática social hoy presente[5], que esencialmente es la de la derrota y capitulación de -por lo menos- la potencialidad transformadora de la movilización social contemporánea: la del 2000 al 2005, la analogía con la decadencia del proceso revolucionario del 52 (vivido y sufrido por Almaraz) es insoslayable e ineludible.

Para la reflexión de esta analogía transitoria, rescatamos dos formulaciones claves para la historia contemporánea de Bolivia, en particular para estos dos procesos de declinación y decadencia revolucionarias, una de René Zavaleta y otra del propio Sergio Almaraz. La noción de Zavaleta es la de la paradoja señorial, que en el fondo es el mismo de la burguesía incompleta, que está en el libro Lo nacional-popular en Bolivia (cfr. Zavaleta, 1986), que nos muestra la capacidad singular de las clases dominantes bolivianas de apropiarse de lo adverso, incluso de lo revolucionario y/o subversivo, que por ser tal lo cuestiona, y de echar mano -sobre todo en términos simbólicos y discursivos- e incluso de desarrollarlos ampliamente en las formalidades retóricas y discursivas de carácter y perspectivas e irradiaciones político-estatales.

Si repasamos la historia de Bolivia, veremos cómo las clases dominantes, tradicionalmente opresivas y represivas, de manera particular en la contemporaneidad económica, política y cultural, han sido y son todo lo que pudieron o tuvieron que hacer, al menos discursivamente, para preservarse del asedio nacional popular. En este sentido, sin pudor alguno, han sido liberales, nacionalistas, socialistas (de distintas vertientes: marxistas y no marxistas o social demócratas), y ahora incluso están siendo indigenistas, muy a despecho de su racismo y segregacionismo atávicos.

Hay así una clave profunda aportada por Zavaleta y relacionada con ella, muy directamente concernida, en Almaraz está la tesis de que la revolución nacional fue derrotada desde adentro, no desde afuera, es decir que ha sido minada interiormente. Ha habido pues una revolución que efectivamente logró transformaciones con una profundidad y radicalidad que hoy no tiene –en modo alguno- el llamado ‘proceso de cambio’ (boliviano). El MNR hizo la revolución contra las clases dominantes u oligárquicas y la hizo en gran medida contra el interés y el parecer de los factores de poder interno (oligárquico) y externo (imperialista).

En el contexto de la revolución nacional del ’52, los actores revolucionarios se consolidaron en el poder, la sedición contrarrevolucionaria fue derrotada una y varias veces, así como los levantamientos de los falangistas (de derecha) y los diversos intentos de golpes de Estado. Pero, es desde esos mismos actores insurrectos que se consumieron la derrota y la consiguiente capitulación de la revolución. Esto lo explica con mucho detenimiento Almaraz y en verdad así fue. Y tal vez así ha sido desde el comienzo, quizá había una plataforma o ‘cabecera de playa’ para ese devenir contrarrevolucionario, aun antes del 9 de abril (de 1952), en el propio presidente Víctor Paz, y en esta cúpula de ‘parientes pobres de la oligarquía’, como decía Zavaleta.

 

La defensa intransigente de los recursos naturales

Aquí conviene discurrir en torno a la segunda e importante problemática trabajada por Sergio Almaraz y preguntar-nos por qué la recuperación de los recursos naturales es el tema medular de su obra escrita. No lo sabemos con precisión, tampoco lo ha escrito así o -por lo menos- no manifiestamente; pero, según lo conversado con la gente próxima a él, Almaraz pensaba y quería darle contenidos más ideológicos, filosóficos e interpretativos a sus próximas obras. Pareciera que él partía de una base empírica, que exponía -con solidez argumental- los aspectos fundamentales: históricos y –mejor dicho- materiales de la realidad nacional, para -desde ellos- construir propuestas de transformación en y con la perspectiva –decíamos- de una obra más ideológica y quién sabe filosófica y por tanto hermenéutica.

Y lo que Almaraz muestra, en esta revelación materialista de la realidad nacional, que comprende gran parte de su obra, es que los recursos naturales constituían y constituyen (ahora mismo) el campo y, más aún, la disposición orgánica de la dominación y explotación capitalista e imperialista en el país. A Bolivia, a la compleja sociedad boliviana, se la ha dominado primero desde la apropiación: usurpación y despojo impune de los minerales (oro y plata), luego del petróleo y el gas, y después de los recursos naturales renovables y bienes comunes (como la biodiversidad).

Es pues este ámbito material u orgánico de la dominación y explotación colonialista, capitalista e imperialista, la base tangible de la condición de posibilidad de construir otra nueva sociedad en condiciones cualitativamente distintas, radicalmente dignas y soberanas, es decir bio-céntricas. Dicho de otra manera, no es pues posible pensar en fundar una nueva sociedad bajo la dominación del capitalismo e imperialismo, con sus nexos subsidiarios, fuertemente arraigados en la oligarquía y –más grave aún- en la lumpen burguesía (ligada al narcotráfico), hablamos pues del Chapare.

A ello podríamos agregar –a modo de síntesis- que lo que Almaraz nos plantea es rescatar y reconquistar la dignidad y soberanía nacionales sobre los recursos naturales, pero desde la maduración de la propia conciencia nacional popular (como también diría Zavaleta, 1986). Y asimismo en lo que hoy podríamos interpretar como un sentido de sociedad democrática, plural, integral e integrada. Esto es lo que él ya no ha llegado a desarrollar, es lo que le quedó en el tintero, recuperar nuestra dignidad y soberanía nacional desde una profunda conciencia popular radicalmente democrática y por tanto potencialmente revolucionaria. Y es también desde esa conciencia rebelde, subversiva e insurgente que se podría (y se tendría que) re-construir una nueva sociedad o una nación (en los términos que eran más empleados en ese tiempo) intercultural y/o plurinacional.

 

Imperialismo colonial, dependencia transnacional y extractivismo depredador

En relación con la comprensión de estos complejos campos, Almaraz es plenamente leninista. Podríamos pues inclinarnos a pensar que lo más rescatable en la teoría aportada por Lenin al marxismo es la explicación del imperialismo como internacionalización del capital, como una particular forma de internacionalización del capital (cfr. Lenin, 2012)[6]. Y, claro, la sustancia material del imperialismo está nuclearmente constituida por las empresas transnacionales, incluyendo en ellas -con una importancia especial- a los bancos, que -como nos explica Lenin- son las instancias de fusión del capital industrial con el capital mercantil y financiero.

Y si bien el gobierno boliviano hoy habla de imperialismo, no solamente de imperio, sino también de imperialismo, incurre en una de sus más agresivas imposturas, porque mientras emite cotidianamente toda clase de epítetos de los más altisonantes contra el imperio e imperialismo, al mismo tiempo regala a las empresas transnacionales la plata de este país pobre, los ahorros, que en el fondo son las reservas internacionales netas. El gobierno boliviano, siguiendo un dictado típicamente neoliberal, ha optado pues por mantenerlos en la oxigenación de este núcleo material, que es el imperialismo, es decir los bancos transnacionales (cfr., por ejemplo, “La banca en Bolivia logró una utilidad histórica en 2019”, La Razón, 29 de enero de 2020). Ahí están nuestras reservas internacionales devengando intereses miserables del 0.25% al año.

Así, dada la formación teórica y política que tenía Sergio Almaraz, entendemos que esta interpretación del imperialismo estaba muy clara. Y es precisamente esta lectura la que queda de manifiesto en su obra, con el agregado que -ésta es una explicación muy importante- hay un vínculo más complejo, no es una dominación directa al estilo formal y violentamente colonial, sino que mantiene una intermediación activa de parte de la oligarquía randa, que no es tampoco un actor pasivo, un mediador indiferente, sino que ayuda su iniciativa, inclusive problematizando los esquemas concebidos por los agentes globales del imperialismo, como en su momento (al menos en las décadas pasadas) ha sido el gobierno estadounidense.

Esta cuestión espinosa la podemos ver claramente en la problemática agraria de Bolivia, desde el Plan Bohan[7] (1942), los Estados Unidos consideran recomendable una reforma agraria, que ciertamente supere la concentración latifundista de la tierra o en condiciones de producción serviles, pero la oligarquía boliviana, por muy pro-yanqui que pueda ser, como en verdad lo ha sido y aún lo es, se resistía a esa reforma agraria, hasta el último momento, la seguía combatiendo incluso en la misma ley de reforma agraria. Y esa reforma agraria en la región andina (no en la Amazonia) sólo es posible por la lucha y la movilización campesinas y que superan con creces a la propia ley e incluso a la administración gubernamental (cfr. Almaraz, 2019).

En los términos actuales, homologando los planteamientos de Almaraz a las expresiones más usadas en el debate social y/o político de hoy, diríamos que lo que él mostraba era esencialmente el modelo primario exportador, propio de un país históricamente aprisionado desde la tradicional detentación extranjera y foránea de sus recursos naturales, que –aún ahora- lo condenan a mantenerse bajo esos mismos patrones productivos de carácter radicalmente extractivista y depredador, bajo similares rubros productivos (minerales e hidrocarburos) y que le impiden por tanto desarrollar sus propias potencialidades, tales como diversificar la producción, transformar la matriz productiva y/o avanzar hacia la transición energética del país.

Hay, por tanto, de una manera efectiva, un componente fuerte del extractivismo en la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz, precisamente el vinculado a la cuestión del modelo primario exportador. Y probablemente por ello resulta escaso el componente ambiental, porque –claro- en esos tiempos no teníamos la crisis climática, ni los actuales trances ambientales del planeta. Si bien podríamos decir que ya había algunos hechos que mostraban que íbamos camino a la escasez y agotamiento de los recursos naturales, también podríamos decir que es un componente del extractivismo, al que lo podríamos rastrear –con cierto detenimiento- en la obra de Almaraz, pero no así el factor ambiental o muy escasamente.

 

Entre la rosca[8] oligárquica y el agro-empresariado racista y fascista

En el campo de la vieja y nueva rosca (Almaraz, 1969a) hay una cierta continuidad lógica, pero también hay innovación. La continuidad es evidente, la podemos constatar con nombres y apellidos. Esta nueva rosca, que se sitúa especialmente en la región occidental del país -Sergio Almaraz no estudió la zona oriental, que tiene sus propias especificidades-, se ubica en la minería grande y mediana y también en la banca.

Y uno de los tropos que más interesa de Almaraz está precisamente en esa comparación que él hace de la nueva rosca con la vieja, con la de Patiño, con la de los barones del estaño, que dice ante las imposibilidades, muy frecuentemente alegadas por los nuevos rosqueros, de hacer una y otra cosa por el país o por ellos mismos, considerándola muy grande o muy difícil. Almaraz dice que Patiño se habría sonreído porque sabía que sus dimensiones (esmirriadas) eran también las del país. Es así que la oligarquía criolla se consideraba del tamaño del país y con eso le daba o pretendía darle un fundamento subjetivo a su condición de clase –en realidad casta- dominante.

Los nueva-rosqueros eran las mismas familias, los mismos apellidos articulados hoy –principalmente por la vía de la banca- a la oligarquía agraria del oriente, que, a diferencia de la occidental, tiene una continuidad de mucha más larga data porque para ellos la revolución y la reforma agraria fueron de signo contrario que para el latifundio andino o altiplánico. En general, la oligarquía (de ayer y de hoy) y la lumpen (cuando no narco) burguesía se han constituido en un muy eficiente dispositivo institucional, financiero, y de expansión del régimen MASista, pero no de hegemonía (sino sólo de dominación) (cfr. Guha, 2019).

Y hay muchos ejemplos de miembros activos de una oligarquía oriental que, teniendo un pasado mucho más largo que el de la nueva rosca occidental, se consolidó con la revolución nacional, además de asociarse con los otros componentes de la nueva clase dominante (esencialmente cocaleros y colonizadores, mal llamados interculturales). Y no ha dejado de ejercer el poder, salvo muy breves y/o fugaces paréntesis de tiempo, digamos cuando la Unidad Democrática y Popular (UDP) o tal vez en el primer tiempo del presidente Evo, cuando precisamente Alejandro Almaraz fungía como Viceministro de Tierras (y por ello mismo lo atacaron acerba y cobardemente).

La oligarquía criolla no ha dejado pues de mandar u ordenar en la política agraria del país y lo ha hecho bajo dos modalidades cardinales, que son precisamente las que Sergio Almaraz da cuenta. Una: que las clases dominantes gestionaban sus intereses en el gobierno, ya sea directamente, como con los Arce y los Pacheco, los patriarcas de la plata, de la minería de la plata, o ya sea por interpósita persona, la rosca propiamente dicha, que son los abogados y los políticos que rodeaban y servían a los barones del estaño (Patiño, Hochschild y Aramayo), de la gran minería.

La oligarquía agraria del oriente también ha utilizado las dos estrategias, según su necesidad y/o conveniencia, porque es obviamente pragmática, no se anda con enredos doctrinales, ni nada parecido (cfr., por ejemplo, “En Santa Cruz dicen que Evo les favoreció más que Banzer”, Urgente.bo, 25 de junio de 2016). Y en su momento, por ejemplo en el tiempo neoliberal, eran sus hombres, directamente, los que estaban de ministros, de viceministros, de directores del INRA, de magistrados agrarios, eran los terratenientes Guiteras, Monasterios, etc., y en el Comité Cívico también mandaban.

Y cuando las cosas se complicaron o cambiaron, han sabido –sin mayores dificultades- reponer sus intereses, utilizando las tradicionales intermediaciones clientelares, a las que ingeniosa y/o ladinamente han podido acceder. Y esas mediaciones son muy significativas en la continuidad de la paradoja señorial, porque han supuesto no solamente instrumentar y/o domesticar a los jóvenes rebeldes, salidos de la misma clase dominante, como ocurrió antes con el MNR, o de repente más antes con los izquierdistas (del MIR), y ahora con los líderes surgidos no solamente del movimiento campesino e indígena, sino también de posiciones victoriosas en el enfrentamiento con los intereses transnacionales de la oligarquía q’ara (blanco-mestiza) dominante.

Hay por tanto continuidad en esta nueva rosca, que supo o pudo derrotar el levantamiento popular, además de ‘embolsillarse’ a la revolución nacional, es decir convertirla en su instrumento y -al hacerlo- la estuvo sometiendo/minando desde adentro, como bien dice Almaraz. La oligarquía también ha sabido capear y derrotar las otras amenazas que ha tenido, en diferentes momentos, tales como los nacionalismos militares (de los presidentes Torres y Ovando) o civiles (de la UDP y del MAS). Y aquí podemos decir, observando con más cuidado su propia historia, que a cuenta de lanzarse a la sedición violenta, como lo hicieron el 2007 y 2008, llevándonos al borde de la guerra civil, debieron ser más cautos y esperar no más para logros mayores, como es el de darle línea programática al gobierno del presidente Evo, al gobierno del llamado ‘proceso de cambio’ (cfr. “Pablo Solón: Destrozamos bosques por ganancias temporales de una oligarquía”, Página Siete, 01 de septiembre de 2019).

Ante esta constatación empírica hemos tenido, en algunos debates, la explicación de los voceros MASistas, también lo ha hecho y dicho el propio vicepresidente García, que “consumada la victoria revolucionaria, lo que queda es asimilar al enemigo derrotado” (cfr. Página Siete, 20 diciembre 2017). Nosotros podemos decir ¡qué maravillosa asimilación para el derrotado que el ejercer la condición de vencedor dando y/o determinando la línea programática del gobierno!, nada menos que en un asunto tan fundamental -para este proceso- como es el agrario y, más propiamente, agroalimentario, porque a partir de la Cumbre agropecuaria (del 2015), que se relata en el libro El MAS abraza el modelo capitalista (cfr. Saavedra, 2015), ellos (los empresarios) dan pues la línea política y económica de y al gobierno.

Ahora, lo nuevo o novedoso en este proceso llamado de cambio es que no hay -como algunos sugieren-, hablando de revolución política, un desplazamiento de las clases dominantes, es decir de las que actuaron como tales durante los regímenes del neoliberalismo, antes del llamado ‘proceso de cambio’, continúan -hoy mismo- ejerciendo el dominio del poder; ergo, no ha habido arrinconamiento alguno de las clases opresoras u opresivas. Lo que hoy vemos es más bien que la asimilación se da al revés, estamos pues en la típica situación que Guha (1919) denomina “dominación sin hegemonía”.

Para fundar y/o fundamentar esta afirmación podemos con-centrarnos en el campo de la cuestión agraria, donde vemos que desde el 2010 todos los actos del gobierno son los que interesan (exclusiva y por tanto excluyentemente) a la oligarquía agraria (la de los agro-negocios), tanto que la política financiera frente a la banca privada es la misma o quizás peor que la del ex presidente neoliberal Sánchez de Lozada (Goni) (cfr. “De la economía boliviana ganan los empresarios y crecen las desigualdades en el pueblo”, en: Semanario Aquí, 21 diciembre 2013). “Los banqueros, en este tiempo de Evo Morales, ganan pues de manera sostenida y mucho más que durante el neoliberalismo”, tanto que la banca ha ganado y gana mucho más que nunca en estos últimos diez años (cfr. BARRIOS, Rafael, “Ministerio de Economía: La banca incrementa su ganancia en un 600 % en 12 años”, periódico digital de Radio Fides, 15 febrero 2018).

Las empresas transnacionales, ya lo hemos dicho y lo reafirmamos, están mejor que cuando el régimen neoliberal de Goni. Si bien tienen que tributar un poco más, están exentas de la nacionalización por el hecho de que la actual política de hidrocarburos se llama paradójicamente ‘nacionalización’ (cfr. Barrios, 2018). He aquí una forma concreta de la paradoja señorial: proteger los mecanismos ilegítimos de dominación con su impugnación retórica, se trata pues de resguardar a las empresas transnacionales precisamente con la nacionalización, es decir con el recurso simbólico, demagógico y discursivo de la nacionalización (cfr. “Saqueo, devastación ambiental y recolonización de territorios indígenas: la frustrada nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia”, Cuadernos de Coyuntura, enero de 2019, Nº 22 y “García Linera descarta estatización de la minera San Cristóbal y garantiza sus operaciones”, La Razón, 27 julio 2015).

Entonces, la banca, las empresas transnacionales y particularmente las empresas mineras, no creemos que hubieran recibido mayor beneficio de Sánchez de Lozada, que el que les ha otorgado el gobierno del presidente Evo, sobre todo con la Ley de minería y metalurgia (Ley N° 535, del 28 de mayo de 2014). Y están muy eficazmente preservadas de lo que tendría que ser el compromiso prioritario del gobierno, que es el de la consulta previa, del derecho a la consulta previa, libre e informada; aunque -a nombre de la consulta- otra vez aparece la instrumentación simbólica y la prebenda clientelar para el fin real, que es absolutamente contrario a los intereses de los pueblos y territorialidades indígenas u originarias.

Así, las clases dominantes que han oprimido y explotado en -por lo menos- el último medio siglo, en Bolivia, hoy mismo siguen sometiendo y más aún ellas -mediante una vinculación más o menos subterránea y/o promiscua con el llamado ‘proceso de cambio’ y especialmente con su núcleo blanco mestizo de poder- han asimilado a ciertos sectores emergentes, como los cocaleros (del Chapare), que van ganando con la coca destinada al narcotráfico (hay informes de las Naciones Unidas que sostienen que el 94% de la producción de la hoja va destinada al narcotráfico [ver por ejemplo El Día del 23 abril 2016 ]), y se han vuelto comerciantes, contrabandistas e incluso ‘loteadores’ de tierras suburbanas.

También cuentan las elites burguesas relativamente encubiertas en y por el cooperativismo minero y obviamente las señoras –como Gabriela Zapata o Lorgia Fuentes- amigas de las empresas chinas (por ejemplo CAMC, Sinohydro y Sinosteel), una nueva clientela en cuya existencia también se reproduce la decadencia de la revolución nacional. Esta es otra analogía muy reveladora, además de singular, respecto a la historia anterior, en la que la revolución nacional, con el MNR en el poder, ampliara los mecanismos clientelares del Estado y más aún los masificara y los corrompiera.

Actualmente estamos viviendo un nuevo momento de exacerbación de estas relaciones clientelares y creemos que -producto de ella- hay una burguesía chola emergente, una burguesía azul, tomando los términos de Amalia Pando, pero que no ha desplazado, insistimos en esto, no ha desalojado a la oligarquía criolla ya establecida, sino más bien se ha acoplado, se ha sumado en una condición además secundaria y/o subsidiaria. Al fin y al cabo, es sólo un par más de cubiertos que se añaden a la mesa del banquete de los privilegios y privilegiados.

 

El mensaje profético de Sergio Almaraz  

Un tema que suele señalarse como un vacío, en la obra de Almaraz, es el de la problemática colonial, del colonialismo interno, más específicamente de la opresión moderna colonial sobre los pueblos indígenas u originarios. Ciertamente, es un tema que él no aborda, no con una especificidad definida, pero tampoco lo ignora, menos en una realidad tan desigual y heterogénea como es la boliviana.

Aunque en el otro polo de la contradicción uno puede ver la psicología de la vieja rosca y ahí están descritas las estructuras mentales e ideológicas del colonialismo interno (cfr. Almaraz, 1969a), de aquellos –dice- que desprecian al país del que viven y en el que se han hecho ricos; dicho de manera más precisa, los oligarcas “Se sentían dueños del país, pero al mismo tiempo lo despreciaban”, relegando, desterrando y proscribiendo –lo dice específicamente- al indio, pese a que secularmente han vivido y (hoy como ayer) viven de su trabajo.

Esta problemática Almaraz no la conocía por haberla estudiado sino por haberla vivido (durante sus primeros años en el valle alto de Cochabamba), porque él era de una familia terrateniente, de Cochabamba, de la provincia Esteban Arce, aunque su madre ya había perdido las tierras, era pues de una familia de terratenientes en crisis, originalmente por los trances de la guerra del Chaco.

Almaraz conoció la realidad de la hacienda y no le era indiferente la constatación de esta realidad, en la que los que se arreglaban para trabajar, en absolutamente todo, no solamente en poner sus manos, sino también en organizar el proceso de producción, suministrar la semilla, trasladar la producción, ir a vender (en el pueblo) la producción a cuenta del patrón, poner sirvientes (pongos) en la casa de los patrones, eran pues los indios. Y los patrones lo único que hacían era recibir las rentas, como bien dicen Zavaleta (1986) y Platt (1982), eran estrictamente recaudadores de las múltiples formas coercitivas del tributo indígena.

Estas atingentes situaciones son las que Almaraz las vivió en su infancia y las rebulló con dolor, porque en esas mismas familias de terratenientes, había pues ‘ovejas negras’, y había quienes percibían que eso estaba mal, por injusto e indigno, y que no podía continuar así. Él lo denunció acremente, dentro de esta república moderno colonial u oligárquica, y lo describe pormenorizadamente en El poder y la caída (cfr. Almaraz, 1967), es decir de manera firme y contundente.

Almaraz ya no ha vivido algo que de repente le hubiera parecido insólito, inesperado, que es que esos pueblos sometidos u oprimidos se sobrepongan al aplastamiento, al desprecio racista, a la densa explotación económica y opresión política, así como a la violencia etno/genocida de las masacres y represiones sangrientas, y a pesar de todo ello: del dolor y la herida coloniales (Mignolo, 2007), sean capaces de abrir procesos y senderos de lucha, de emancipación y liberación.

Si bien sabemos que el llamado ‘proceso de cambio’ se ha congelado, en realidad ha colapsado –por un natural proceso de entropía- y ha sido traicionado por el régimen MASista, y hoy está siendo instrumentado por el enemigo imperialista. También estamos al tanto de que han sido los pueblos indígenas los que lo abrieron con sus luchas, principal y originalmente por el agua, el territorio y la vida. Cuánto nos hubiera gustado hablar con Sergio Almaraz acerca de estas emergencias e insurgencias, escuchar qué hubiera dicho él viendo estas bullentes resistencias, rebeldías e insubordinaciones…

Al menos en tierras altas es en verdad sorprendente que Arturo Urquidi (1966), en los años 60, decía que las últimas comunidades andinas estaban agonizando, que vivían sus últimos hálitos de vida. No obstante, Urquidi murió en los ‘80, ha tenido que -por lo menos- enterarse de la Ley Agraria Fundamental (cfr. CSUTCB, 1984), en la que el grueso del campesinado andino, ya emancipado de la tutela blanco-mestiza, dice “no a la propiedad privada, queremos tierras comunales, queremos economía comunitaria, queremos valores colectivos en una nueva sociedad, en un nuevo Estado” plurinacional.

 

Conclusiones para seguir reflexionando 

Aquí reivindicamos de Sergio Almaraz (1969) dos afirmaciones radicales: la primera, que “la revolución es el camino necesario”, no es literal, pero es ciertamente la idea primordial, “revolución –dice- es dignidad”, “es soberanía”, “es liberación”, y por lo tanto es el camino luminoso de los pueblos. La segunda, muy a propósito de eso, dice (retomando una frase lúcida de Albert Camus) que: “Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta”.

Se trata, entonces, de entender que lo que están haciendo los burócratas del gobierno actual, del régimen MASista, no es revolución, sino más bien es continuar ese sino trágico de nuestra historia, que es el de tras-poner la rebelión en manos de sus enemigos. Es por tanto la paradoja señorial, que hoy deviene como la derrota de la revolución minándola y socavándola desde a-dentro. No obstante, eso no quita ni la necesidad, ni la obligación ética, política e intelectual que tenemos por y para ese futuro cualitativamente distinto y mejor, que es la revolución, al menos los que queremos vivir de manera distinta a la actualidad, es decir con justicia, democracia y libertad.

Aun cuando se nos pueda decir “pero, a ver, cuál es la alternativa al capitalismo”, tenemos la esperanza (en el sentido de El principio esperanza de Ernst Bloch) que la vamos a ir fundando en la misma medida en que la vayamos construyendo con nuestras propias manos. En la construcción de este horizonte de emancipación/liberación retomamos al maestro Aníbal Quijano (2015), quien nos dice que estos nuevos tiempos son de una necesaria desconcentración epistémica y más específicamente de un “modo de subversión epistémica del poder”.

Se trata por tanto de ser fieles al legado de Almaraz y de no reiterar la concentración epistémica, es decir una fórmula de solución que pueda inclusive, como lo hacían los soviéticos, reducirse a una mera receta, en el sentido que el socialismo es A, B, C, no, sino más bien comprender que estamos en una realidad diversa, compleja y dinámica. Y que es desde estos distintos y complejos frentes teóricos, políticos y epistémicos, que se hostigará y se derrotará al colonialismo, al capitalismo y al patriarcado (cfr. Santos, 2017).

Y es también desde y a partir de estos mismos frentes que hoy devienen las luchas anti-post-decoloniales, en el caso nuestro contra el colonialismo interno, que sigue acaeciendo aun con el presidente Evo, gobernante indígena. Hoy el colonialismo interno está más robusto, pero –a la par- también está la lucha de las mujeres contra la dominación y la violencia patriarcales y por supuesto está el combate de los pueblos indígenas u originarios contra el extractivismo moderno colonial y las revueltas ciudadanas para que nuestra Pachamama siga habiendo y viviendo para nosotros y para nuestros hijos y nietos.

¡Jallalla!

 

Bibliografía

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ALMARAZ Ossio, Alejandro. (2019). Pervivencia comunitaria bajo la continuidad colonial del Estado. Los territorios indígenas en las políticas públicas y la legislación de Bolivia. Santa Cruz, Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social.

Almaraz, Alejandro, et al. (2011), La MAScarada del poder. Cochabamba: Textos Rebeldes.

ALMARAZ Paz, Sergio. (1958). El petróleo en Bolivia. 1ª ed. La Paz: La Juventud. 292 pp. 2ª ed. La Paz: Camarlinghi: s/f. [Obra escrita en 1957, posteriormente se le agregó en calidad de apéndice una conferencia dictada por el autor, en el Foro Nacional sobre Petróleo y Gas, diez años más tarde.].

ALMARAZ, Sergio. (1967). El poder y la caída. El estaño en la historia de Bolivia. La Paz: Los Amigos del Libro.

ALMARAZ, Sergio. (1969). Réquiem para una república. La Paz: Los Amigos del Libro.

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ALMARAZ, Sergio. (1979). Para abrir el diálogo. La Paz: Los Amigos del Libro.

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PLATT, Tristan. (1982). Estado boliviano y ayllu andino. Tierra y tributo en el Norte de Potosí. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

URQUIDI, Arturo. (1966). El feudalismo en América y la reforma agraria boliviana. La Paz: Los Amigos del Libro.

ZAVALETA, Rene. (1986). Lo nacional-popular en Bolivia. México: Siglo XXI.

[1] En la década del 40, del siglo pasado, en Bolivia, el marxismo fue representado por el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), que nació el 26 de julio de 1940 en un congreso realizado en Oruro, y cuyos principales líderes eran José Antonio Arze y Ricardo Anaya. El PIR llegó a ser el partido más prestigioso de la década del 40, y fue el primero que (en Bolivia) aceptó el marxismo como fundamento de su ideología.  Propugnó la revolución democrática burguesa como una instancia previa a la instauración del socialismo, la reforma agraria y, sin mucha claridad, el control del Estado sobre los ingresos mineros.

[2] Según Alejandro Almaraz (2009: 708), la rebelión de la Juventud del PIR contra sus mandos partidarios derivó en la ruptura y en la fundación del Partido Comunista de Bolivia en enero de 1950. Sergio Almaraz fue uno de los principales líderes y dirigentes del naciente partido.

[3] José Antonio Arze y Arze es considerado uno de los principales sociólogos y teóricos del marxismo en Bolivia. Fundó el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) y fue uno de los líderes del movimiento promotor de la autonomía universitaria en Bolivia.

[4] Sergio Almaraz sentía admiración por José Antonio Arze, el fundador y principal dirigente del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), y por ello mismo le siguió precisamente en el PIR.

[5] Actualmente –en Bolivia- está pasando casi lo mismo que con el agotamiento de la revolución nacional, mutatis mutandis (“cambiando lo que haya que cambiar”), es decir salvando las correspondientes distancias y diferencias histórico-temporales entre la revolución nacional y el llamado “proceso de cambio”.

[6] Lenin elaboró este texto marxista, enormemente influyente, para explicar en detalle los defectos inevitables y el poder destructivo del capitalismo, que conduciría ineludiblemente al imperialismo, a los monopolios y al colonialismo. Profetizó que los países del Tercer Mundo usados meramente como mano de obra capitalista no tendrían más opción que unirse a la revolución comunista en Rusia.

[7] Este plan fue realizado por una misión económica de Estados Unidos a Bolivia. Llamado así por el nombre del jefe de la misión, Merwin L. Bohan. Fue un trabajo de ayuda del gobierno norteamericano a la recuperación y al desarrollo económico y social boliviano.

[8] Rosca, bolivianismo, alude a la colusión de intereses minero feudales y la constitución de las élites locales dominantes.

La actualidad de Sergio Almaraz Paz  

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Oikologías

La actualidad

de Sergio Almaraz Paz

 

Raúl Prada Alcoreza

La actualidad de Sergio Almaraz Paz

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Resumen

El escrito que se presenta trata sobre el pensamiento activista y la actividad militante en defensa de los recursos naturales de Sergio Almaraz Paz. Busca interpretar la conformación de la narrativa del nacionalismo revolucionario y de la izquierda nacional en Bolivia, a partir del acto heroico del proletariado minero y de la construcción del pensamiento propio en la formación territorial social y cultural boliviana.

Palabras claves:

Pensamiento crítico, recursos naturales, soberanía, hombre rebelde.

Breve biografía

Escritor crítico, activista ácrata, militante ecologista en defensa de la vida, artesano de la poiesis.

Una arqueología del pensamiento propio

José Luis Saavedra escribe el ensayo El legado ético y político del pensador revolucionario Sergio Almaraz. El ensayo se basa en el testimonio del hijo de Sergio; entonces, comienza con la entrevista a Alejando Almaraz. En…

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La actualidad de Sergio Almaraz Paz  

La actualidad

de Sergio Almaraz Paz

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La actualidad de Sergio Almaraz Paz

 

almaraz-2

 

 

 

Resumen

El escrito que se presenta trata sobre el pensamiento activista y la actividad militante en defensa de los recursos naturales de Sergio Almaraz Paz. Busca interpretar la conformación de la narrativa del nacionalismo revolucionario y de la izquierda nacional en Bolivia, a partir del acto heroico del proletariado minero y de la construcción del pensamiento propio en la formación territorial social y cultural boliviana.

Palabras claves:

Pensamiento crítico, recursos naturales, soberanía, hombre rebelde.

Breve biografía

Escritor crítico, activista ácrata, militante ecologista en defensa de la vida, artesano de la poiesis.

Una arqueología del pensamiento propio

José Luis Saavedra escribe el ensayo El legado ético y político del pensador revolucionario Sergio Almaraz. El ensayo se basa en el testimonio del hijo de Sergio; entonces, comienza con la entrevista a Alejando Almaraz. En el resumen, el autor de la remembranza y el análisis de la trayectoria y proyección del intelectual crítico expresa lo siguiente:

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual decurso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

En el cometario a este ensayo sobre el legado ético y político de Sergio Almaraz vamos a retomar las preguntas que se hace José Luis Saavedra, sobre todo una, particularmente la relación afectiva y pasional, además de intelectual, de Sergio Almaraz Paz con los recursos naturales. Lo que viene es una reflexión analítica de uno de los decursos de la obra de Sergio Almaraz, tomando como referente el ensayo comentado.

 

Actualidad

¿Se puede decir que ser actual es ser en el tiempo? ¿Es como actuar en el tiempo en el momento presente, en todos los presentes? ¿Es estar presente en el tiempo? Aunque ya no creemos, por así decirlo, en el tiempo absoluto, tampoco en el espacio absoluto, pues consideramos, mas bien, el tejido del espacio-tiempo como condición de posibilidad de las dinámicas del universo y el multiverso, usamos el término y el concepto de tiempo como figura ilustrativa.

Cuando la presencia intelectual de un autor permanece en el tiempo, se prolonga, se hace presente, lo que ha dicho y escrito tiene validez para abordar los problemas del presente. Esta es la actualidad de Sergio Almaraz Paz. El pensamiento de Sergio Almaraz es actual ante la persistencia dilatada del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Andrés Soliz Rada decía que Almaraz era como el detective no pagado de la defensa de la nación. Sergio Almaraz Paz es conocido como el defensor de los recursos naturales; consideraba que los recursos naturales son el substrato material de la nación. Substrato material asociado al substrato social y colectivo del pueblo. La consigna fue recuperar los recursos naturales para el país, recursos que se encontraban en manos de las empresas transnacionales extractivistas. El destino de la nación está vinculado a la posibilidad de esta recuperación. Los recursos naturales son como la materialidad vital de la formación económico-social e histórica, formación social expuesta al dramatismo de la historia de la vorágine capitalista. La dependencia es pues la tragedia del país.

Para Sergio Almaraz los recursos naturales están asociados a la independencia del Estado-nación y a la posibilidad de edificar un Estado-nación autónomo e independiente. La nacionalización de los recursos naturales y de las empresas trasnacionales extractivistas tiene inmediatamente efectos estatales, tienen que ver con la formación de la consciencia nacional, como decía René Zavaleta Mercado, además de la constitución de un Estado-nación propio. Por esta razón Sergio Almaraz Paz postulaba también la nacionalización del mismo Estado y del mismo gobierno, pues el Estado se encontraba en manos de la oligarquía entreguista, bajo el mando de un gobierno subordinado al imperialismo.

Interpretando, desde la actualidad, el momento presente de este escrito, Petróleo en Bolivia y El poder y la caída, dos libros de Sergio Almaraz Paz anteriores a Réquiem para una república[1], podemos decir que en Almaraz encontramos una concepción articulada del mundo entre los recursos geológicos y la formación económico-social. En esta concepción integradora de lo geológico y lo social el intelectual crítico y comprometido, militante de la liberación nacional, concibe la construcción del Estado-nación como soberanía nacional y autonomía social, frente al saqueo de Bolivia.

¿Cómo se subjetivan los recursos naturales convirtiéndose en el contenido de la narrativa nacional-popular? ¿De qué manera se vuelven concepto cardinal de la interpretación de la formación-económico social del capitalismo dependiente? A propósito, se puede sugerir la hipótesis dialéctica de que la consciencia nacional recupera la materia exteriorizada, extrañada y externalizada, que son, los recursos naturales. Al hacerlo, esta materia recuperada por la consciencia, en forma de concepto, comienza su devenir en voluntad del sujeto social.

Esta hipótesis dialéctica es ya parte de la narrativa teórica del discurso nacional-revolucionario. Pero ¿qué hay de la correspondencia entre hipótesis y realidad? ¿Qué hay entre la correspondencia entre discurso teórico y realidad efectiva de la formación económico-social? En la historia efectiva se puede decir que se trata de la crisis política en la periferia de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, donde se distribuyen las formas singulares del capitalismo dependiente. Crisis política, montada sobre la crisis económica generada por la dependencia, crisis que hace emerger la crisis social. Son pues las multitudes las que toman consciencia y se rebelan contra la dominación imperialista y el saqueo de Bolivia. Observando la cronología del acontecimiento político, se puede decir que la intelectualidad crítica denuncia y devela los engranajes del saqueo, crítica antecedida por la rebelión social. Es el proletariado minero él que da los primeros pasos en esta rebelión contra el saqueo de Bolivia; saqueo que viene asociado a la explotación del proletariado. Las masacres son las respuestas del gobierno de la oligarquía minera, los “Barones del estaño”; después las masacres van a continuar con las dictaduras militares. La intelectualidad crítica y el proletariado organizado sintonizan y se lanzan a la lucha por la liberación nacional.

Esta breve descripción, sucinta, del acontecimiento político, en cuestión, la relativa a la genealogía del poder en Bolivia, un tanto esquemática para ilustrar, ayuda a contrastar la hipótesis teórica del nacionalismo revolucionario. ¿A dónde vamos con esta contrastación? No se trata de verificar o, en su caso, falsar la hipótesis, como en una investigación empírica, se trata de comprender el devenir sujeto de los recursos naturales en la narrativa del discurso del nacionalismo revolucionario. Sabemos que este devenir sujeto acontece en la experiencia cognitiva, por así decirlo, del intelectual crítico. Es, entonces, en el transcurso de la construcción de la interpretación crítica donde acontece el devenir sujeto de los recursos naturales; acontece metafóricamente. Ocurre como si los recursos naturales experimentasen inmediatamente, como sujeto natural, sufrieran, la extracción y la explotación de su materialidad geológica. Es más, ocurre como si explotasen como dinamitas en la consciencia crítica del nacionalismo revolucionario.

En pocas palabras, se produce una metaforización de los recursos naturales, acompañada por una metamorfosis simbólica, aunque ésta sea imaginaria, es decir, ideológica, dándose lugar en la narrativa nacional-popular. En contraste, se puede decir, que lo que sí acontece en el plano de intensidad económico es la acumulación originaria de capital, por despojamiento y desposesión, y la acumulación ampliada de capital, por explotación técnica y económica de los recursos naturales, reducidos a materias primas, produciéndose su transformación en las cadenas productivas, acompañadas por la valorización del valor en la metafísica económica. La narrativa del nacionalismo revolucionario es pues una disposición abierta a la lucha por la recuperación de los recursos naturales para la nación, además de dispositivo de las prácticas discursivas y de acción en el combate contra la dominación imperialista y el saqueo de Bolivia. Ahora bien, siendo Sergio Almaraz Paz marxista, conecta y articula la formación de la consciencia nacional con la formación de la consciencia de clase; en otras palabras, el paso de la consciencia en sí de clase a la consciencia para sí de clase está vinculado al paso de la consciencia en sí nacional a la consciencia para sí nacional. La lucha de liberación nacional está asociada a la lucha de clases.

En la actualidad, en el momento presente, en la coyuntura de transición, después de la implosión del gobierno clientelar del neopopulismo del siglo XXI, la problemática tratada por Sergio Almaraz sigue vigente. El modelo colonial extractivista se encuentra en una expansión inusitada, primero por la implantación del ajuste estructural del periodo neoliberal; después, continuando el modelo extractivista, de manera paradójica, por el llamado “gobierno progresista”, que implementa lo que Eduardo Gudynas llama el neo-extractivismo progresista; seguidamente, por el gobierno de la “transición” interminable, que extiende de manera descarnada, manifestando un barroco neoliberal, una combinación saturada de neopopulismo y neoliberalismo. No solamente se hallan comprometidos los recursos naturales minerales, sino también los recursos naturales hidrocarburíferos, además, y esto es nuevo, otros recursos naturales, ahora explotados, por el desarrollo de la agroindustria y la técnica de la manipulación genética, es decir, los transgénicos. Como nunca los bosques de la Amazonia, del Chaco y también de los valles, están amenazados a desaparecer.  En la etapa tardía del ciclo del capitalismo vigente, que contiene al ciclo del capitalismo dependiente, en las periferias de la geografía política del sistema-mundo capitalista, el modelo extractivista ha adquirido una demoledora expansión e intensidad, empleando tecnología de punta y recurriendo a la técnica de la biología molecular, utilizada en la manipulación genética, con el objeto de la acumulación ampliada del capital, en plena fase de la dominancia del capitalismo financiero, especulativo y extractivista.

 

El hombre rebelde

No es desconocido que Sergio Almaraz Paz era camusiano. Lo expulsaron del Partido Comunista de Bolivia, además, después de acusarlo de nacionalista, por leer más Albert Camus y menos a Fedor Vasilévich Konstantinov[2]. Esta influencia se nota en Réquiem para una república, libro dedicado a la critica del periodo de la revolución nacional (1952-1964). En el capítulo El tiempo de las cosas pequeñas cita a Camus:

Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta… Para sacar de la decadencia de las revoluciones lecciones necesarias, es preciso sufrir con ellas, no alegrarse de esta decadencia.

 

En El hombre rebelde, Allbert Camus escribe:

En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel que el “cogito” en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.

En el capítulo citado de Réquiem para una república, Sergio Almaraz Paz escribe:

 

El gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario antes de su caída vivía el tiempo de las cosas pequeñas. Una chatura espiritual lo envolvía todo. Un semanario partidario, un año más tarde, se expresaría en una frase: “Laicacota, sepelio de tercera clase para una revolución arrodillada”. Un gobierno vencido de antemano por la desilusión y la fatiga no podía resistir. Estaba solo. En las cuarenta y ocho horas que precedieron a su caída tuvo que pagar agravios y errores. El pueblo quedó expectante, atrapado por una sombría duda. Abandonado por sus dirigentes, él también estaba solo. Nunca la historia de Bolivia tocó tan desmesuradamente los extremos de la lógica y el absurdo. En Laicacota se disparó sobre el cadáver de una revolución.

Ésta es la síntesis de la evaluación de la revolución nacional (1952-1964). En este párrafo se expresa la lucidez de Almaraz, el intelectual crítico, el hombre rebelde. En este caso, la rebelión es también contra lo absurdo. Como en Camus lo absurdo es la contradicción misma; pero esta contradicción, inherente a la decadencia de la revolución, tiene su explicación en el tiempo de las cosas pequeñas:

El impulso constructor de la revolución estaba muerto. La revolución fue achicándose hasta encontrar las medidas señaladas por los americanos, cuyas proporciones las descubrieron a su vez en la propia miseria del país. Se consideraba posible hacer la revolución sirviéndose de su dinero. “Alianza para el Progreso” armonizando con esta filosofía mostraba sus abalorios: una letrina, una posta sanitaria o motocicletas para la policía. Era el tiempo de la menor resistencia. El tiempo de las cosas chicas, “sensatas y realizables”, como se repetía a menudo.

La historia sería simple si los avances y retrocesos respondieran exclusivamente al juego alternativo de gobiernos revolucionarios y contrarrevolucionarios. La revolución desde el gobierno también puede capitular con retrocesos lentos, a veces imperceptibles. Una pulgada basta para separar un campo del otro. Se puede ceder en esto o aquello, pero un punto lo cambia todo; a partir de él la revolución estará perdida. Por esto suena falsa la proclamación de la irreversibilidad de la historia cuando se confunde la totalidad del proceso con una de sus áreas particulares. Bolivia no volverá, efectivamente, a 1952; en este sentido la totalidad de la historia es irreversible, pero no se debe abrigar la menor duda acerca de que la desnacionalización de las minas está en marcha; en este otro sentido, el retroceso ha sido fácil y posible. La revolución boliviana se empequeñeció, y con ella sus hombres, sus proyectos, sus esperanzas. La política se realiza a base de concesiones, y entre éstas y la derrota no hay más que diferencias sutiles. ¿Cuándo se tomó el desvío que condujo a la capitulación? Previamente debiera interrogarse: ¿los conductores estaban conscientes de que capitulaban, se dieron cuenta de que llegaron a aquel punto desde el que no hay retorno posible?

 

Esta reflexión puede aplicarse en el momento presente, teniendo en cuenta, claro está, el cambio de contexto, con referencia al llamado “proceso de cambio”, salvando las diferencias, pues en este caso no hubo una revolución, sino que ésta se suplantó por una comedia, como decía Karl Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte. A diferencia de la revolución nacional, el “proceso de cambio” arrancó, casi desde un principio, con el tiempo de las cosas pequeñas, con el retroceso sinuoso, cruzó cuatro veces el límite, pasado el cual, el “gobierno de los movimientos sociales” se enfrentaba al pueblo. Primero ocurrió con la crisis del “gasolinazo”, cuando se constataba la marcha regresiva del proceso de desnacionalización de los hidrocarburos con la aprobación de los Contratos de Operaciones; después, más grave aún, con el conflicto del TIPNIS, desenmascarando el carácter anti-indígena del “gobierno progresista”. El tercer cruce del límite ocurrió en la crisis del Código Penal, cuando el gobierno clientelar quiso imponer una ley inquisidora que criminalizaba la protesta y la movilización; por último, el cuarto cruce del límite aconteció de manera lenta y dilatada, con el sistemático desmantelamiento de la Constitución y la destrucción minuciosa de la democracia.

El hombre rebelde, el intelectual crítico, Sergio Almaraz Paz, elabora su crítica y activa su militancia en defensa de los recursos naturales, por el país, por el proletariado, por el pueblo, desde la dramática experiencia del saqueo y desde el acto heroico del proletariado y del pueblo contra la dominación de las genealogías de las oligarquías y la irrupción perdurable del imperialismo.

En El hombre rebelde, Albert Camus dice que la insurrección humana, en sus formas elevadas y trágicas no es ni puede ser sino una larga protesta contra la muerte; en otras palabras, el rebelde defiende la vida, incluso aunque lo haga de una manera paradójica, inmolándose, entregándose en el acto heroico, que dona su cuerpo por amor a la vida, a los humanos, al pueblo, al proletariado, a los ciclos vitales, integrados y armonizados, del Oikos, del planeta Tierra. Pero, la rebelión misma es paradójica:

El rebelde no quería, en principio, sino conquistar su ser propio y mantenerlo frente a Dios. Pero pierde la memoria de sus orígenes y, en virtud de la ley de un imperialismo espiritual, helo en marcha hacia el infinito. Ha arrojado a Dios de su cielo, pero el espíritu de rebelión metafísica se une entonces francamente al movimiento revolucionario; la reivindicación irracional de la libertad va a tomar paradójicamente como arma la razón, único poder de conquista que le parece puramente humano. Una vez muerto Dios quedan los hombres, es decir, la historia que hay que comprender y edificar. El nihilismo que en el seno de la religión sumerge entonces a la fuerza creadora sólo agrega que se la pueda construir por todos los medios. A los crímenes de lo irracional, el hombre, en una tierra que sabe en adelante solitaria, va a reunir los crímenes de la razón en marcha hacia el imperio de los hombres. Al “me rebelo luego existimos”, agrega, meditando prodigiosos designios y la muerte misma de la rebelión: “Y existimos solos”[3].

 

También la revolución es paradójica, sobre este acontecimiento político, altamente intenso, hay que anotar la diferencia entre rebelión y revolución, Albert Camus se expresa con claridad:

El espíritu revolucionario se encarga así de la defensa de esa parte del hombre que no quiere inclinarse. Sencillamente, trata de dar su reino en el tiempo. Al rechazar a Dios elige la historia, en virtud de una lógica aparentemente inevitable[4].

Y un poco después, Camus escribe:

El movimiento de rebelión, en su origen, se interrumpe de pronto. No es sino un testimonio sin coherencia. La revolución comienza, por el contrario, a contar de la idea. Precisamente, es la inserción de la idea en la experiencia histórica, en tanto que la rebelión es solamente el movimiento que lleva de la experiencia individual a la idea. Mientras que la historia, incluso la colectiva, de un movimiento de rebelión es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico. Por eso es por lo que la rebelión mata hombres en tanto que la revolución destruye a la vez hombres y principios. Pero, por las mismas razones, se puede decir que todavía no ha habido revolución en la historia. No puede haber en ella más que una, que sería la revolución definitiva. El movimiento que parece terminar el rizo inicia ya otro nuevo en el instante mismo en que el gobierno se constituye. Los anarquistas, con Varlet a la cabeza, han visto bien que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. “Implica contradicción – dice Proudhon – que el gobierno pueda ser alguna vez revolucionario, y ello por la sencilla razón de que es gobierno”. Hecha la prueba, añadamos a eso que el gobierno no puede ser revolucionario sino contra otros gobiernos. Los gobiernos revolucionarios se obligan la mayoría de las veces a ser gobiernos de guerra. Cuanto más se extienda la revolución tanto más considerable es lo que se arriesga en la guerra que ella supone. La sociedad salida de 1789 quiere luchar por Europa. La nacida de 1917 lucha por el dominio universal. La revolución total termina así reclamando, ya veremos por qué, el imperio del mundo[5].

Haciendo melodía con la tonalidad camusiana, Sergio Almaraz Paz, en el capítulo Cementerios mineros, escribe:

 

El locus económico de la minería es la transferencia unilateral de la riqueza, lo que en otras palabras significa que Bolivia queda inerme en el polo de la miseria. Esta condición debe entenderse como el empobrecimiento físico del país que un día no tendrá nada más que sacar de su subsuelo, como ya sucedió con la plata y en parte con el estaño, y en función de una aniquilante dinámica de la miseria y de la violencia que no llega a la destrucción total, pero produce la invalidez. Hay una diabólica fatalidad: el estaño a tiempo de darse destruye a los que lo toman. Y no es que mueran precisamente sepultados en un socavón, la muerte está organizada burocráticamente para admitir este desenlace imprevisto y violento. La acción depredadora no proviene de la naturaleza si no, mas bien, de los hombres, así residía que la silicosis y la tuberculosis son aliados de un sistema. La pérdida de la riqueza con ser inevitable engendra una especie de fatalismo. ¡Los bolivianos son tan increíblemente modestos en sus demandas! Y tienen que serlo, la historia no transcurre en vano, hay demasiadas minas agotadas, demasiados socavones silenciosos, demasiados muertos para alimentar futilidades sobre el futuro. En el norte chileno hay cementerios inexplicables. De pronto surgen en plena pampa sin rastros de poblaciones próximas. Es como si se hubieran dado cita para hacerse notar solamente ellos. Se los defiende contra has arenas del desierto lo que da cierta idea de consideración por ellos. En otro tiempo había calicheras y poblaciones de trabajadores, pero tuvieron que partir y se llevaron todo, hasta los techos y las paredes de los campamentos. Quedaron los que llegaron a la última jornada. En el Altiplano los muertos son inmemoriales como que ya los había tres siglos antes del primer caído en las calicheras. Siglos de trabajo yacen congelados en Potosí, las minas del sud y del sudoeste. Allí no hay construcciones que la posteridad conserve reverente; los grandes testimonios están bajo la tierra mientras que lo precario, el hombre y sus poblaciones, quedan arriba en forma de laberínticos muros semiderruidos y cementerios abandonados[6].

 

Continua después con una aseveración contundente, que puede considerarse trágica, atendiendo al género literario:

 

Ninguna política social cambiará este cuadro mientras no concluya el exilio minero. Ninguna reforma es posible porque los reformadores están atrapados en el mismo exilio, ninguna forma de “humanismo” ofenderá tanto como la miseria misma. Ya es tarde para buscar exculpaciones. Los hechos de la historia trágicamente rígidos hicieron surgir dos condiciones irreductibles: la de los condenados reducidos al exilio y la de los que subsisten en la medida en que mantienen la condición de aquellos. Esta situación excluye el reconocimiento de cualquier “derecho” sin la destrucción previa del sistema. Muchos bolivianos honestos hasta ahora se dejaron ganar por la ilusión… Ellos también están descubriendo su verdad. Los hombres en las minas mueren por hambre y abandono como en tiempos de la peste o la guerra, ¿quién, que sea extraño a ellos, podría hablar en estas condiciones de ponerlos en posesión de su propia dignidad? Hay una dignidad que no la han perdido, es cierto; más que de gestos dignos para los que no hay cabida cuando el hambre destruye criaturas, se trata de un sentimiento trágico, de la lúcida aceptación de una existencia irremediablemente perdida, el reconocimiento de un destino que es el exilio. Pero no hay que llamarse a error. No puede ser masa anulada la que es matriz sufriente de la revolución: los que pueden rescatarse a sí mismos no están perdidos. Nada tiene que ver aquí la justicia, sobre todo aquella que, lejos de la carne que sufre, es concebida en términos abstractos y con la cual las buenas gentes quieren erigirse en jueces. Se cree de buena fe que los mineros forman un sector proletario cuyas luchas pueden oscilar dentro de márgenes dados de reivindicaciones posibles. Es un error, porque en las minas la vida ha retrocedido a la última frontera; para rescatarla hay que destruir un sistema y no será precisamente el reformismo el inductor del cambio, aunque fuese inspirado por hombres honestos, lo que no sucede. Si se trata de reconocer derechos correspondería a los mineros pronunciarse en primer lugar: son las víctimas. De hecho, algún día lo harán y ese día será la muerte de la República con su actual carga de miserias, o su renacimiento[7].

El hombre rebelde, entre ellos, el intelectual crítico, la rebelión y la revolución, forman parte del acontecimiento existencial, inmanentemente paradójico, acontecimiento compuesto de multiplicidad de singularidades y procesos entrelazados singulares, en constante dinamismo, articulación, integración, desarticulación y desintegración, así como rearticulación y reintegración. Haciendo paráfrasis a Michel Foucault de Las palabras y las cosas tendríamos que decir que, si bien después de la muerde de Dios continua la muerte del hombre, entonces, después de la muerte del hombre continua la muerte de la historia. No el fin de la historia, como entendía un filosofo inventado por el establishment, sino la muerte de la historia, es decir, la muerte del desenvolvimiento y el despliegue del nihilismo como historia.  La muerte de la voluntad de nada, entonces, el renacimiento de la voluntad de potencia, de la potencia creativa de la vida.

Un devenir de la escritura

 

La escritura, la inscripción de la huella, la hendidura en la memoria, la narración del acontecimiento es la expresión gramática del devenir del ser y del ser en devenir. Escribir, en latín es scribere; el sentido implícito de escribir es grabar, raspar, esculpir. Esto debido a que antiguamente se esculpía, escribía, en piedra, en madera, luego en tablillas cubiertas de cera, en corteza, papiro, también en piel de animal. El escrito tenía que ver con anotaciones, cronogramas, clasificaciones, relatos primarios, pero también con composiciones escritas, es decir narrativas. Las composiciones narrativas son complejas, pues articulan, en distintos planos de intensidad, composiciones de imágenes, composiciones simbólicas, composiciones literarias, composiciones de interpretaciones; toda una variedad de composiciones de la narrativa, que la hermenéutica crítica, el arte de la deconstrucción puede develar.

En el caso que nos compete ahora, los escritos de Sergio Almaraz Paz, hablaremos de tres estilos de la escritura; de un estilo denunciativo y descriptivo de situación o condición económica y social, que se encuentra en Petróleo en Bolivia; de un estilo genealógico, relativo a la genealogía del poder de los “Barones del estaño”, que se expresa en El poder y la caída; de un estilo analítico e interpretación trágica existencial, que se halla en Réquiem para una república. Una interpretación aproximativa puede proponer que Petróleo en Bolivia corresponde a una escritura más apegada al marxismo postulado por Sergio Almaraz, en cambio, sin dejar el enfoque marxista, El poder y la caída despliega una genealogía del poder de los “Barones del estaño”. Pronunciando una tonalidad más literaria, con acento camusiano, Réquiem para una república cobra una narrativa crítica existencial. Sin embargo, ya desde el primer libro se nota, en el despliegue de la escritura, la inclinación literaria del autor; hay páginas que tienen como contexto la guerra del Chaco donde sobresale no solamente las anotaciones históricas sino el dramatismo bélico y el oprobio de las empresas trasnacionales en formas expresivas literarias intensas. Lo mismo, el segundo libro, las descripciones paisajistas y el dibujo de la personalidad de Simon I. Patiño sobresale en su dibujo literario. Ciertamente en el tercer libro el talento literario cobra vuelo, también muestra sus alas la inclinación filosófica del autor.

No sé si Sergio Almaraz Paz leyó la novela El talón de hierro de Jack London – es posible que lo haya hecho -, pues se puede hacer analogías entre la exposición de Ernesto Everhard, personaje de la novela, militante y candidato del Partido Socialista de Estados Unidos de Norte América, de la primera década del siglo XX, sobre la oligarquía capitalista norteamericana, el desarrollo de los trust, y la exposición de Sergio Almaraz sobre el dominio mundial de las trasnacionales del petróleo. Ernesto realiza exposiciones marxistas ante un auditorio atónito de sacerdotes y otro auditorio exaltado de filántropos de la oligarquía capitalista. Almaraz describe detalladamente el desarrollo y el dominio de los oligopolios trasnacionales, coaligados con la banca y los estados de las potencias industriales e imperialistas. ¿Por qué hacemos esta comparación? Precisamente por la inclinación literaria temprana del intelectual crítico en consideración.

En El poder y la caída destaca el manejo de la biografía del potentado y multimillonario del consorcio del estaño, acompañado por la génisis de la oligarquía minera y su relación con la estructura de poder, en tanto “Super-Estado” minero, que manejaba los engranajes no solamente del gobierno sino también de ese Estado-nación incipiente, anterior a la revolución nacional de 1952. Aunque se trata de una investigación y análisis crítico del poder de la oligarquía minera, sobresale la exquisita escritura sobre las historias de los personajes involucrados y de las empresas mineras que se desarrollan a costa la pobreza del proletariado y del país, que queda inerme ante esta explotación articulada al desarrollo del capitalismo industrial y de la transnacionalización de las economías nacionales y locales.

Como dijimos, el ojo psicológico y la sensibilidad intelectiva sobresalen en la obra literaria, donde el ensayo, la literatura y el análisis se combinan, conformando una composición lúcida de la interpretación de la formación económico-social-política-cultural de Bolivia y de las genealogías del poder inherentes, además de la dramática social. Los perfiles de la psicología de la vieja oligarquía y de la nueva oligarquía se muestran desnudamente, haciendo evidente la relación perversa que tienen con el país y su pueblo. El capítulo Una cena en la embajada parece de una novela de magnates bandoleros y de funcionarios instrumentales al sistema del saqueo de los recursos naturales; se trata de la pugna de las fundidoras del estaño, la competencia entre la Williams Harvey, que controlaba Patiño, pero con tres de sus seis hornos paralizados, entonces, y la fundidora, establecida en Estados Unidos de Norteamérica, en Texas City, de propiedad de Wa-Chang. La embajada norteamericana era un dispositivo de presión y disuasión sobre el gobierno de Víctor Paz Estenssoro; el embajador presionó para que se cumpla el contrato con Wa-Chang, conseguido a duras penas, en la disputa con la fundidora británica Williams Harvey, aunque no en las pretensiones que buscaban alcanzar los estadounidenses. Los asesores norteamericanos también boicotearon al Banco Minero, pretendían el control de esta institución y extorsionar a los mineros, exigiendo que les suban un cien por ciento los impuestos. Lograron sacar al gerente del Banco, pero no lograron lo que querían en cuanto al impuesto a los mineros. Solo fue cuestión de unos días, cuando después del golpe militar del general René Barrientos Ortuño, pupilo del general Fox, agente de la CIA, los norteamericanos consiguieron todo lo que buscaban.

Estamos pues ante despliegues y desplazamientos de estratos gramáticos de la escritura de Sergio Almaraz Paz. Las capas de narrativas que se articulan se vinculan, conformando composiciones en el desenvolvimiento del devenir de la expresión crítica y de la escritura comprometida de un intelectual activista, al servicio entregado al país, al pueblo y a la nación esquilmada por las estructuras de poder mundiales y nacionales, por los empresarios y funcionarios de las potencias industriales capitalistas y los funcionarios cipayos del Estado-nación subalterno.

[1] Estos libros se encuentran republicados en la Obra de Sergio Almaraz Paz; Plural Edtores; La Paz 2011.

[2] Esta es la interpretación que usaba el Grupo Octubre, almaracista por definición, por su adscripción a lo que se llamó la “izquierda nacional”. La interpretación se basaba en una carta del Comité Central del Partido Comunista a Sergio Almaraz paz. El tono y la redacción de esta carta llama la atención dado que Alber Camus perteneció al PCF hasta su distanciamiento debido al pacto germano-soviético, que consideraba una traición a los postulados de la revolución internacional y proletaria.

[3] Albert Camus: El hombre rebelde. Editorial Losada; Buenos Aires 1978. Pág. 99.

[4] Ibidem: Ob. Cit.; pág. 100.

[5] Ibidem: Ob. Cit.; pág. 101.

[6] Sergio Almaraz Paz: Réquiem para una república; Cementerios mineros. Ob. Cit.

[7] Ibidem: Ob. Cit.

Política y narración

Política y narración

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Política y narración

 

423-GR-santeria

 

 

En resumidas cuentas, se puede decir que la política se circunscribe a los ámbitos de la acción, en tanto que la narración se puede circunscribir a la interpretación; interpretación elaborada como mythos, es decir como trama, la construcción del sentido desde la configuración paradigmática y sintagmática. La política en tanto prácticas y acciones, puede también tomarse como pre-narrativa, cohesionada como estructura semántica de la acción, por mediación simbólica. Sin embargo, si bien parece esta condición pre-narrativa y esta condición narrativa mostrasen cierta analogía, ésta no es más que reminiscencia a parecidos en las formas de expresión del lenguaje. Para decirlo de una manera clara, las expresiones pre-narrativas se diferencian cualitativamente de los campos semánticos de la narrativa. Partiendo de esta diferencia radical no dejan, sin embargo, de darse analogías estructurales entre las estructuras semánticas de la acción y las estructuras semánticas de la narrativa.

En primer lugar, al hablar de estructuras semánticas señalamos la construcción del sentido desde la manifestación de las acciones mismas hasta el desenvolvimiento de la misma interpretación narrativa. Se trata de la lectura, por así decirlo, por parte de los agentes involucrados en las acciones, tanto como actores, así como espectadores, para decirlo de ese modo. En otras palabras, las acciones son leídas o percibidas como símbolos que se enlazan en algo así como una pre-narrativa.

Ahora bien, tomando en cuenta lo que acabamos de decir, vamos a pasar a analizar la relación entre política y narración. Volviendo, retomando a la política no solo como campo, en plural como campos, sino como ámbitos de espesores de acciones, las prácticas políticas o, si se quiere, las prácticas de la clase política son consideradas por la gente como acciones ya vistas, incluso repetidas. Estas prácticas políticas conllevan, de suyo, estructuras semánticas inherentes a la memoria social.  Es más, son tomadas como composiciones simbólicas reiteradas y repetidas. El tema es el siguiente: Cuando los políticos explican sus acciones mediante discursos, la gente encuentra disonancias entre lo que dicen y lo que hacen. Pero, las acciones como tales mantienen su independencia, por así decirlo, respecto de los despliegues de la narrativa. Partamos del siguiente criterio: Cada práctica, cada acción, supone su propia singularidad. Por lo tanto, el conjunto de prácticas, que se dan en un momento determinado y en un contexto dado, tiene que ser interpretado y, sobre todo, auscultado en su singularidad. Ahora bien, ¿qué es una singularidad? Obviamente es única, irrepetible, empero, una composición de singularidades puede parecerse a otra composición de singularidades fácticas. ¿A qué concreta composición de singularidades nos referimos o la tenemos como referente? Bueno, el referente ineludible son los hechos políticos, si podemos hablar así. En todo caso, valga la aclaración, los “hechos políticos” no son, obviamente, puramente hechos, pues están enmarañados con los discursos, que tienen pretensiones de verdad, es decir, están enmarañados con fragmentos ideológicos. Sin embargo, ahora acentuamos su configuración en la parte de su composición fáctica. Partamos de lo siguiente, los hechos no se dan solos, un hecho no aparece ni se realiza solo, sino que viene acompañado por otros hechos, es decir, forman una composición fáctica.

Una pregunta: ¿Una composición gubernamental puede considerarse una composición fáctica política? Es decir, una composición de hechos políticos. Bueno, en este caso, podemos decir que se trata de un conjunto de composiciones de hechos, que se articulan y conforman una situación política, expresada en el perfil del gobierno. Concretamente, respecto al perfil del “gobierno de transición”, qué nos muestra, qué expresa, qué configura. Para responder a estas preguntas debemos aclarar también que estamos lejos de interpretar un perfil de gobierno solo desde la clasificación de sus integrantes, sobre todo tratándose del gabinete. Un perfil de un gobierno se remite a la forma de gubernamentalidad inherente o que, por lo menos, sugiere. ¿A qué forma de gubernamentalidad se remite el “gobierno de transición”?

Volviendo a la estructura subyacente en el perfil gubernamental, no así, como dijimos, al perfil de las personas que componen el gabinete, nos encontramos tanto con la herencia política dejada por las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma, así como – lo diremos metafóricamente – con la nostalgia de los gobiernos de la coalición neoliberal. Entonces, ocurre como si se estuviera en el cruce de dos formas de gubernamentalidad inherentes, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal, sin lograr definir claramente la predominancia de una forma de gubernamentalidad. Al respecto, debemos discernir la diferencia entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. Por cierto, no hablamos de la diferencia de las formas ideológicas, sino de la diferencia de las formas de gobernar.

En otros ensayos habíamos dicho que la forma de gubernamentalidad clientelar hace hincapié en el factor emocional, en el chantaje emocional, también en la convocatoria simbólica, en la convocatoria del mito. En cambio, dijimos que la forma de gubernamentalidad neoliberal hace hincapié en la demagogia “técnica”, exaltando la pretensión de verdad “científica” de la “ciencia económica”. También se recurre, en este caso, a la tesis conocida y trillada de la mano invisible del mercado, así como a la tesis del libre mercado, del mismo modo, a la tesis de la competencia. No solo se opta políticamente por el ajuste estructural neoliberal, es decir a la opción por la privatización generalizada, sino que, incluso, privatizan al propio gobierno, convirtiéndolo en un conglomerado empresarial. Empero, esto acontece en plena dominancia del capitalismo financiero y especulativo; dominancia que, efectivamente, termina predominando en el quehacer gubernamental neoliberal; es, entonces, el capitalismo financiero y especulativo el que se ejecuta, sostenido una maquinaria depredadora extractivista.

Hasta aquí hay notorias diferencias entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. En ensayos anteriores señalamos que, en el fondo, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal son complementarias. Dijimos que son complementarias en la administración del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. También hicimos notar que, si bien se puede hablar de forma de gubernamentalidad, destacando el estilo de gobierno, sus métodos, sus técnicas y procedimientos particulares, no hay que olvidar que las formas de gubernamentalidad pueden entrecruzarse y hasta volverse mixtas. Por ejemplo, si bien en la forma de gubernamentalidad clientelar se resalta el chantaje emocional y la convocatoria del mito, esto no quiere decir que se deja del todo los referentes neoliberales, incluso sus políticas. Lo mismo o algo parecido podemos decir de la forma de gubernamentalidad neoliberal; si bien en esta forma de gobierno se resalta la pretensión “técnica”, no quiere decir que no se desplieguen prácticas clientelares, aunque en una intensidad menor. Por lo tanto, cuando se configura la forma de gubernamentalidad como perfil diferencial la configuración funciona más como tipo ideal que de composición efectivamente realizada.

 

 

Sobre la narrativa política

Hablemos sobre la formación discursiva política, obviamente en las condiciones actuales y en el contexto boliviano. En esta formación discursiva política aparecen las tonalidades, modalidades, colores, tendencias y matices. Lo que sobresale en este conglomerado entrecruzado es el perfil de victimización del locus de los que emiten el discurso, sean de “izquierda” o se señalen como “derecha”, sean neopopulistas o sean neoliberales, incluso sean “ancestrales” o “conservadores”. El discurso parte de la siguiente premisa: “Yo soy la víctima, he sido agredido, humillado, discriminado, perseguido, asesinado”. En contraste, posición opuesta, se coloca al agresor, al humillador, al discriminador, al perseguidor, al asesino. Entonces, se puede decir que el substrato de esta formación discursiva política es la antigua narrativa religiosa de los “pobres de la tierra”, cuyo esquematismo narra la lucha del bien contra el mal.

Por ahora, no se trata de hacer una arqueología de la formación discursiva política, sino de comprender su funcionamiento y su desplazamiento, sobre todo, su despliegue en el campo político boliviano, en la actualidad y en la coyuntura presente. En primer lugar, se trata de legitimar al emisor del discurso, que casi siempre tiende a colocarse como denunciante. Supuesto: La víctima tiene la verdad, en consecuencia, el agresor es la pura mentira. Una aclaración, la víctima no solamente es el sujeto inherente al discurso de “izquierda”, sino también lo es inherente al discurso de “derecha”. Ambos discursos invierten el lugar y la condición de víctima, además del lugar del agresor. En este caso, en la singularidad de esta semántica, el enemigo no solamente es el infiel, el monstruo moral, el hereje, como en el discurso religioso, sino en el el discurso político es el agresor, el sujeto del oprobio, el asesino. Ahora, yendo a los discursos singulares, se ponen en evidencia estos esquematismos dualistas. Por ejemplo, el esquematismo dualista reiterativo implícito en el discurso de los actuales y “transitorios” oficialistas. Se colocan en el pasado inmediato como víctimas del autoritarismo del “gobierno progresista”, considerado como tirano.

Viendo desde una perspectiva integral, observamos que los enemigos comparten más de los que creen que los diferencia; incluso comparten arquetipos subyacentes de la narrativa política. Antes dijimos que los enemigos se necesitan mutuamente, pues no serían nada el uno sin el otro; se necesitan para legitimar su lugar en el enfrentamiento, en la guerra interminable entre enemigos irreconciliables. Pero sobre todo se necesitan para legitimar su lugar en la estructura de poder.

    

La distancia más corta es el laberinto

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Oikologías

La distancia más corta es el laberinto
Notas en torno a los preparativos de la IX marcha indígena y la movilización general popular
En defensa de la Constitución, de la madre tierra, de los derechos indígenas y por la reconducción del proceso
Raúl Prada Alcoreza
Apuntes para un manifiesto colectivo en defensa del TIPNIS
Este es un llamado desde lo más profundo de nuestra indignación ante la desenmascarada demostración de despotismo ilustrado de parte del presidente del Congreso, quien ha decidido conformar una comisión de alto nivel para abrogar la ley corta y aprobar otra ley sobre el TIPNIS, violando nuevamente la Constitución, los derechos de las naciones y pueblos indígenas y originarios, los derechos de la madre tierra, los derechos del pueblo boliviano que se ha manifestado contundentemente y masivamente con el apoyo a la VIII marcha indígena. Este despropósito ya ha llegado lejos con a aprobación de…

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Potencia constituyente

Potencia constituyente

Oikologías

 Potencia constituyente

Sebastiano Monada

 

Potencia constituyente 2

 carrajinete

 

Dedicado a los y las constituyentes

Cuando se existe

Manera señera

Posible de hacerlo

Plenamente

Al instante

Entregando el cuerpo

Concavidad dilatada

Eternamente

Las calles cenicientas se colmaron

De muchedumbres de viento

Marejadas de movimientos

Somáticos, humanos

De multitudes frenéticas

Dibujando itinerarios inquietos

Surcadores del espacio hueco

Del insomnio metropolitano

Desde de la ciudad en reciedumbre

Emerge hermenéutica inmanente

Populosa y erudita

Como vestida de fiesta

De las memorias de la piel

Canta su historia rebelde

Sedimentada en lo profundo

De la espesa tierra insurrecta

De su elogio concupiscente

Entrañas mismas del acaecimiento

Esta emanación se desplegó

Propagándose en el aura

Transmutando al aspirarla

Hasta el impenetrable recodo

Hasta los pigmentos mismos

De las moradas dormidas

De las edificaciones congregadas

En su turbación tejida

Por huellas de sitios indígenas

Hasta el discernimiento mismo

De las entidades iluminadas

Categóricas y…

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Extractivismo colonial y política monetarista

Extractivismo colonial y política monetarista

Oikologías

Extractivismo colonial y política monetarista
Raúl Prada Alcoreza
Índice:
La concepción desfachatada de la economía
Capitalismo andino amazónico e ilusión estadística
Síntesis incongruente
La concepción desfachatada de la economía
Se ha dado una variedad de teorías económicas, a partir de lo que podríamos llamar una consciencia de la experiencia económica capitalista. Estas teorías han sido conocidas y difundidas sobre todo durante el siglo XVIII y XIX; después, durante el siglo XX, se reflexiona sobre ellas, se trabaja sobre sus consecuencias, se contrastas las teorías con la realidad, se producen teorías o mas bien disciplinas operativas y matemáticas, directamente vinculadas con la administración pública y las políticas económicas de los gobiernos. En este último caso, de lo que se trataba no era tanto de explicar, como en el caso de las corrientes teóricas, sino de garantizar su aplicación. Sobresalen, en principio, las teorías neoclásicas, marginalistas y monetaristas. Después las llamadas teorías…

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Consciencia desdichada y dialéctica colonial

Consciencia desdichada y dialéctica colonial

Oikologías

Consciencia desdichada y dialéctica colonial
Raúl Prada Alcoreza
Consideraciones preliminares
Hay un problema inherente a las palabras, los conceptos, los discursos, las teorías, los lenguajes; terminan de apoderarse del “espíritu”, por así decirlo, de los referentes, que pueden ser comprendidos como relaciones, como ámbitos de relaciones, hasta como órdenes de relaciones. Desde que se construyen los significados, los sentidos, las representaciones, los conceptos de los referentes, ya no se habla de éstos desde la dinámica misma de los referentes, sino a partir de los sentidos y conceptos construidos. Una vez establecidos los leguajes, discursos, teorías, los lenguajes se refieren a los lenguajes, los discursos a los discursos, las teorías a las teorías. Se crean metalenguajes, meta-discursos y meta-teorías. Se producen entonces el distanciamiento respecto de la experiencia de las dinámicas moleculares, respecto del acontecimiento de las singularidades. Estas son absorbidas en representaciones generales y en universales. Empero, no se trata…

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Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Oikologías

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Wassily Kadinsky

Consideraciones conceptuales y descriptivas generales

El teatro político es un espectáculo para seducir al público, para hacerle creer que esa es la “realidad”, la de la narrativa política. Haciéndole olvidar la realidad efectiva, que es la sociedad la que coloca los andamios del espectáculo, cada vez es más decadente.

La casta política es el estrato de la sociedad que usurpa la voluntad general, conglomerado dinámico de las voluntades singulares, por medio del mecanismo institucional de la representación y delegación. Se convierte en “clase” dominante en el campo político.

La madurez del pueblo se expresa en el uso crítico de la razón, su facultad iluminadora y orientadora. Cuando inhibe esta facultad y busca un amo, un patriarca, un Caudillo, un representante, es inmaduro, un sujeto dependiente, un subordinado sin voluntad propia.

La democracia plena…

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Praxis y formación en ecologías