Jolgorio de los saltimbanquis

Jolgorio de los saltimbanquis

Oikologías

Jolgorio de los saltimbanquis

Sebastiano Mónada

El jolgorio de los saltinbanquis

Jolgorio Huaraz

Saltan sobre charcos de fango, estragos dejados

En una impetuosa metrópoli atormentada

Se ríen en la lluvia de dolores desbordados

Por la cenicienta población angustiada

Expulsan discursos como truenos radiales

Serpenteando en el aire acongojado

Se visten como si nada de patriarcas otoñales

En una decretada primavera

Se disfrazan engalanados de invierno

En un promulgado verano

Se asumen presuntuosos salvadores de la patria

Mientras la consumen al expropiarla de sus dones

Como si fueran sus padres creadores

Aman el objeto oscuro del deseo nuca satisfecho

Como se ama a la inmaculada concepción divinizada

Persiguen la gloria en sus aposentos de mármol

Donde la esperada felicidad se convierte en triste apostasía

O en sus casas atiborradas de abalorios electrónicos

Donde el ritual del consumo desborda por las habitaciones

Vacías de tanta ausencia marcada en las paredes

Y lloran amargamente cuando…

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Jolgorio de los saltimbanquis

Jolgorio de los saltimbanquis

 

Sebastiano Mónada

 

 

El jolgorio de los saltinbanquis

 

 

Jolgorio Huaraz

 

 

 

Saltan sobre charcos de fango, estragos dejados

En una impetuosa metrópoli atormentada

Se ríen en la lluvia de dolores desbordados

Por la cenicienta población angustiada

Expulsan discursos como truenos radiales

Serpenteando en el aire acongojado

Se visten como si nada de patriarcas otoñales

En una decretada primavera

Se disfrazan engalanados de invierno

En un promulgado verano

Se asumen presuntuosos salvadores de la patria

Mientras la consumen al expropiarla de sus dones

Como si fueran sus padres creadores

 

Aman el objeto oscuro del deseo nuca satisfecho

Como se ama a la inmaculada concepción divinizada

Persiguen la gloria en sus aposentos de mármol

Donde la esperada felicidad se convierte en triste apostasía

O en sus casas atiborradas de abalorios electrónicos

Donde el ritual del consumo desborda por las habitaciones

Vacías de tanta ausencia marcada en las paredes

Y lloran amargamente cuando el Caudillo los increpa

Látigo patriarcal que duele más que las calamidades

 

Solo les importa mantener la apariencia con alfileres de sastre

Indumentaria para espectáculos estridentes de pantallas anodinas

No dicen nada cuando hablan, también cuando no hablan

Salvo la letanía repetida de frases fosilizadas como estalactitas

Pero se pretenden los oradores del Ágora de la antigua Atenas

Alabados por comunicadores engominados como Gardel

Pero que no cantan ni de lejos tango como él

 

Acaban creyendo en el montaje bullicioso de la dominación

Como se cree en Dios en el ritual artificioso de los domingos

Se vuelven acuciosos arlequines de monarquías desaparecidas

Y melindrosas princesas en concurrencias electorales

No hay nadie como ellos para cazar votantes

Alumbran el porvenir con manojos de promesas

Se convierten en inofensivos querubines del arrepentimiento 

Y en portadores nocturnos de la inocencia impecable

 

Ponen caras de castos niños obligados por las circunstancias

Y presentan la cara de mármol de implacable frio

En sus cuarteles de invierno donde se refugian impávidos

Pero cuando arrecian las críticas como agujas de lluvia

Furia hídrica de venas acaloradas del pueblo

Se enfurecen tanto de inhóspito miedo

Haciendo el papel de verdugos llevando al patíbulo

A ingratos que no reconocen el sacrificio del Caudillo alado

 

Gobierna teatro de crueldad poniendo en escena

Dramas de los hombres del mando

Trama de destinos cuya fatalidad alcanza

Lo que buscan con ansiedad desbocada

Cuando tocan el oscuro objeto del deseo

Se desvanecen como velas de cera

Se convierten en arlequines de un fantasma

Que encantadamente los somete

Pierden todas sus facultades, hojas de árboles

Cayendo en otoño como lágrimas de cobre

Se convierten en marionetas melancólicas

Atrapados por hilos metálicos ignorados

Avanzando a desenlaces inscritos en el texto fatal

Del despotismo crepuscular herido mortalmente

 

  

 

 

 

 

 

 

Decadencia y círculo vicioso del poder

Decadencia y círculo vicioso del poder

Oikologías

Decadencia y círculo vicioso del poder

Raúl Prada Alcoreza

Decadencia y círculo vicioso del poder

Decadencia 2

No se encuentra en las ideas el secreto de la política, las ideas legitiman las acciones, aunque éstas no se correspondan con las ideas. No es que el secreto se encuentre en las acciones, o en el tipo de formato que siguen las acciones, sino, por así decirlo, en el consabido lenguaje estructuralista, en las estructuras subyacentes que rigen las acciones, aunque las acciones mismas puedan escapar intermitentemente a las estructuras estructurantes. Sin embargo, las ideas juegan un papel, fuera del relativo a la legitimación o de ungir discursivamente a la política; el papel de las ideas en la política es de hacer de dispositivo expresivo que acompaña a las acciones. Las acciones adquieren una tonalidad evocativa, cobrando la elocuencia de la gramática del lenguaje, habiendo sido parte de la gramática material de las…

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Decadencia y círculo vicioso del poder

Decadencia y círculo vicioso del poder

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Decadencia y círculo vicioso del poder

 

Decadencia 2

 

 

 

No se encuentra en las ideas el secreto de la política, las ideas legitiman las acciones, aunque éstas no se correspondan con las ideas. No es que el secreto se encuentre en las acciones, o en el tipo de formato que siguen las acciones, sino, por así decirlo, en el consabido lenguaje estructuralista, en las estructuras subyacentes que rigen las acciones, aunque las acciones mismas puedan escapar intermitentemente a las estructuras estructurantes. Sin embargo, las ideas juegan un papel, fuera del relativo a la legitimación o de ungir discursivamente a la política; el papel de las ideas en la política es de hacer de dispositivo expresivo que acompaña a las acciones. Las acciones adquieren una tonalidad evocativa, cobrando la elocuencia de la gramática del lenguaje, habiendo sido parte de la gramática material de las prácticas.

Lo que hemos venido denominando poder, con las distintas connotaciones y las denotaciones que le atribuye la teoría critica y la crítica genealógica, es, como dice Michel Foucault, un ejercicio; es más, se trata de un conglomerado de efectuaciones, por medio de las cuales se ejercen las dominaciones polimorfas. El poder no solo se corresponde con estructuras subyacentes de dominación, cristalizadas en las subjetividades y en las instituciones, sino que se expande como campo de fuerzas, campo que define sus distribuciones, sus cartografías, sus tendencias y sus conformaciones duraderas. Pero, el poder no solo queda definido en el campo o campos de fuerzas que configura, sino que se convierte en sociedad institucionalizada. Este es el nivel de institucionalización del poder, también el nivel de socialización del poder. Es así como el poder adquiere capacidad de reproducción; el poder se reproduce a través de las mallas institucionales, a través de las prácticas reiteradas en la sociedad institucionalizada, reconfigurándose a través del campo de fuerzas que lo sustentan.

El problema del poder es que no puede reproducirse indefinidamente, como ocurre con las reproducciones biológicas, no solo porque requiere de las condiciones de posibilidad institucionales y sociales, además de las composiciones subjetivas logradas, sino porque no funciona, como en biología, a través de los programas genéticos, que tienen su propia autonomía, por así decirlo, y capacidad creativa. El poder funciona comunicativamente; se presenta a la sociedad con el esplendor de la formación discursiva y de la formación ideológica; busca, en principio, convencer y adquirir legitimidad en la opinión pública. Empero, como el convencimiento exige, como en las antiguas reglas de la retórica, la empatía, la formación ideológica no perdura. La opinión pública es exigente, es más, requiere de su propia participación en la construcción del consenso. En consecuencia, al no poder aceptar este ejercicio democrático, el poder se traslada al ámbito de la propaganda, es decir, del montaje, de la simulación, del impacto, para lograr incidir en los comportamientos de la opinión pública, de la población que nace de sociedad. Cuando esto ocurre, se abandona propiamente el ejercicio democrático; es sustituido por el engatusamiento del impacto comunicativo, más tarde, por la economía política del chantaje.

El poder adquiere distintas formas histórico-políticas, conocidas en la experiencia social, descritas por la historia política y las ciencias sociales. El análisis político se ha perdido y dejado atrapar por estas formaciones políticas, olvidando que estas formaciones no son otra cosa que efluvios de las dinámicas inherentes de las máquinas de poder, que responden a estructuras subyacentes. En otras palabras, en la sencillez de los esquematismos, las formaciones políticas liberales y las formaciones políticas socialistas, aunque se distingan en sus discursos, en la ideología, incluso en los estilos de gubernamentalidad, no hacen otra cosa que reproducir las dominaciones polimorfas, que pueden adquirir recomposiciones, dependiendo de las correspondencias que se dan entre las formaciones sociales y las formaciones políticas. Lo mismo pasa con las formaciones populistas, en contraste con las formaciones neoliberales; son distintas versiones histórico-políticas-ideológicas del ejercicio del poder. Lo que hay que atender, para comprender el funcionamiento del poder, es precisamente a lo que hemos nombrado estructuras subyacentes, los campos de fuerzas, las mallas institucionales que hacen a la sociedad institucionalizada, los esquemas de comportamiento social y los esquemas prácticos.

Al parecer se han agotado los recursos de la reproducción del poder, primero, sus actos de convencimiento, después, su acción de comunicación propagandística, para concluir con el agotamiento de sus formas de convocatoria institucionales, las cuales se deformaron en formas clientelares, retornando a los perfiles descarnados del ejercicio del poder, la recurrencia a la violencia desnuda. Incluso se habría agotado este recurso intermitente de la violencia descarnada. Entonces, al parecer, el poder se encuentra en plena crisis estructural, ya no puede reproducirse, salvo virtualmente.

La historia de las formaciones políticas parece reiterativa; hay regularidades recurrentes sorprendentes, no atendidas por las ciencias sociales. Una de estas, mencionada varias veces por nosotros, es que el decurso romántico de la política en la modernidad, que tiene como epicentro a la revolución, repite una fatalidad, por así decirlo; las revoluciones cambian el mundo, pero, se hunden en sus contradicciones. Las revoluciones, después de los primeros cambios, restauran lo que derribaron, claro que en otras condiciones y situaciones[1]. Los revolucionarios están demás una vez que se toma el poder; se requiere de funcionarios. Por el otro lado, las formas liberales, que también tienen una revolución como antecedente, que intentan prolongar como república la institucionalidad de la democracia formal, logra conformar un Estado de Derecho, incluso una malla institucional estable, empero, en la medida que el ejercicio democrático exige consensos sociales y participación, la institucionalidad se va convirtiendo en un referente, que no se cumple plenamente, y el Estado de Derecho queda petrificado como ideal jurídico-político, sin poder realizarse, como corresponde. Los Estado liberales ingresan también a las contingencias de la crisis; sus mallas institucionales son atravesadas por las formas paralelas del poder, las instituciones se corroen y se termina haciendo política de una manera también demagógica.

En consecuencia, no parece adecuado tomar en serio las delimitaciones ideológicas, como si las formaciones políticas fuesen irreconciliablemente antagónicas, mas bien, desde la perspectiva compleja, se las puede considerar complementarias, en un largo plazo, inclusive mediano, dependiendo de las circunstancias. Se trata entonces de formaciones políticas complementarias en lo que respecta a la reproducción del poder. Por lo tanto, los referentes del análisis político no parecen adecuados; por ejemplo, en los más conocidos y usados trilladamente, como el relativo al esquematismo dualista de “izquierda” y “derecha”. Como dijimos antes, el liberalismo hace hincapié ideológicamente en el ideal de la libertad, en tanto que el socialismo lo hace en el ideal de justicia; empero, no hay que olvidar que el acto inicial ideológico y político, más bien, expresaba ambos ideales de manera conjunta e integrada; esto se dice en el conocido slogan de la revolución francesa de libertad, igualdad, fraternidad, también de solidaridad. Se puede interpretar que lo que pasa después corresponde a una escisión arbitraria de tales ideales. En otras palabras, tanto el socialismo como el liberalismo tienen la misma raigambre en el nacimiento de la política en la modernidad. En una arqueología de la ideología podemos encontrar que la oposición y hasta el antagonismo político entre socialismo y liberalismo se debe a la diferenciación entre los ideales de libertad y justicia, como si fueran disociables. Desde este punto de vista, la formación discursiva liberal y la formación discursiva socialista se conforman sobre la base de la desintegración de la utopía política moderna inicial. Asombrosamente ocurre como lo que ocurre con las religiones monoteístas, que tienen como nacimiento enunciativo y simbólico la abstracción de lo Uno o la Unidad arcaica, que proviene de la filosofía antigua, aunque también de la narrativa religiosa zoroástrica. La religión de jehová, la religión judía, se escinde en la religión cristiana y más tarde en la religión musulmana. Aunque ciertamente, la escritura sagrada va a transformarse y llegar a plasmarse de manera distinta, estableciendo diferentes convocatorias religiosas, pasando de la convocatoria al pueblo escogido por Dios a la convocatoria a todos los pueblos del mundo, universalizando la salvación y el privilegio de ser hijos de Dios. Lo que se repite entonces, tanto en la historia de la religión como en la historia de la política, es la diferenciación de los desplazamientos narrativos y simbólicos, también imaginarios, respecto de su substrato religioso cultural, en un caso, político cultural, en el otro caso. Visto el asunto de esta manera, podemos también conjeturar que el substrato de la ideología se encuentra en el imaginario religioso, por lo tanto, el substrato de la política se encuentra en la religión.

Habría que tener una mirada circular y no lineal para acercarnos a la comprensión de lo que decimos o, si se quiere, mejor una mirada en espiral. Las formaciones políticas son recurrentes, se enrollan sobre sí mismas, como repitiéndose, aunque en cada argolla aparezcan distintas. Es más, reproducen los ejes vernáculares del poder envolviéndolos con las formas nuevas que adquieren los ejercicios del poder en la modernidad. La forma descarnada del poder como despliegue desnudo de la violencia reaparece en los momentos de crisis de la institucionalidad del poder o del poder institucionalizado. Desde esta perspectiva no es sorprendente que en la etapa tardía de la modernidad los Estados recurran de manera acuciosa, en momentos de emergencia, a la violencia descarnada, a la represión desnuda, incluso, de manera secreta, a la proliferación de la tortura. En esto comparten las distintas formaciones políticas, tanto liberales, socialistas, neoliberales, progresistas. No se distinguen en el recurso de la violencia desnuda en momentos de emergencia y de crisis.

En la perspectiva histórica, que no deja de ser lineal, aparecen secuencias que muestran una sustitución de distintas formas de gobierno, que, a la larga, la narrativa de la historia las presenta de una manera “evolutiva” o progresiva. Sin embargo, recientemente, en la historia reciente, no parece corroborarse la hipótesis evolutiva, pues asistimos a la decadencia política, en todas sus formas de gubernamentalidad desplegadas. La historia política narra las contingencias y los conflictos políticos como oposiciones y antagonismos ideológicos; la versión marxista, como lucha de clases. Sin embargo, cuando los enemigos comienzan a parecerse en sus acciones, incluso en sus comportamientos respecto del poder, se hacen notorias sus aproximaciones, relativizándose sus diferencias. Uno de los temas presentes compartidos es el relativo a la perdurabilidad. Las estrategias de poder apuntan a prolongar la perdurabilidad de la forma de gobierno. Para lograr este objetivo recurren a los más antiguos métodos del chantaje, de la coerción, del engaño, de la simulación. Su propia ideología es desvalorizada o convertida en mero recurso retórico; ya no interesa que se cumpla el ideal, sino que lo primordial se vuelve el permanecer en el poder o preservar la forma de dominación estatal. Es cuando el Estado se propone controlar a la sociedad por medio de la saturación comunicativa; ya no es la ideología, que era el instrumento de convocatoria y convencimiento político, el mecanismo primordial de la movilización, de la convocatoria y de la legitimización, sino son los medios de comunicación, informáticos y cibernéticos, los mecanismos fundamentales del espectáculo político.

Se puede decir que asistimos a la generalización de la decadencia en todos los campos de los espesores sociales. Particularmente, ahora, en este ensayo, queremos hacer hincapié en la decadencia política. La competencia política en la actualidad se caracteriza por el despliegue espectacular de los montajes mediáticos; el debate ideológico prácticamente ha desaparecido. Lo que importa ya no es convencer, ya no exactamente convocar, sino hacer creer, impactar, inhibiendo la capacidad de respuesta de la gente, sobre todo inhibiendo su facultad de raciocinio. Los gobiernos no se llegan a distinguir por los programas diferenciados, pues no hay tal diferencia, pues en el fondo responden a la continuidad variada del modo de producción capitalista y de la geopolítica del sistema-mundo moderno. En todo caso se diferencian por las siglas que componen al gobierno de turno. Más parece una competencia de grupos de poder, de clanes, que de proyectos de poder.

La decadencia política se hace patente en la recurrente repetición de lo mismo, de las mismas prácticas, aunque vengan acompañadas por distintos discursos y diferentes personajes. La imaginación política brilla por su ausencia.  Es más, recientemente, han aparecido y proliferado personajes inclinados a la apoteosis de la extravagancia exaltada de la provocación verbal. El teatro político se ha convertido en comedia banal, pero que usa grandes escenarios y difunde su trivialidad mundialmente a través de los medios de comunicación masivos. Estos personajes pueden emitir un discurso conservador o, en contraste, un discurso progresista; lo que menos importa es esto, lo que destaca es el estilo grandilocuente y la encarnación carismática de la política. Cuando los partidos políticos, cuando las ideologías, ya nada tienen que decir, pues están vacíos, el sistema político recurre a estrafalarios personajes, por lo menos para llamar la atención o para sacar de quicio al adormecido trámite político. El sistema político se ha topado con sus propios límites, entonces retrocede hasta la comedia e incorpora comediantes para mantener en vilo a los votantes.

El círculo vicioso del poder es la figura que expresa ilustrativamente esta reproducción recurrente de las dominaciones, que se realizan a través de las distintas formaciones políticas, adquiriendo, cada una de éstas, un perfil diferente del mismo substrato histórico-social-político-cultural. La configuración del círculo vicioso dibuja el fenómeno de la reiteración y el dilatado desgaste del ejercicio poder; también otorga imagen a la rotación de formas de gubernamentalidad que, a pesar de sus contrastes, repiten las regularidades de las dominaciones. Sobre todo, reproducen la economía política del poder, que separa poder de potencia, valorizando la expropiación abstracta de las fuerzas por parte del poder, respecto de la dinámica concreta de las fuerzas sociales, inventivas y creativas, valorizando lo abstracto, desvalorizando lo concreto, como en toda economía política. Reproduce la economía política del Estado, que separa Estado de sociedad, valorizando la síntesis política abstracta de la pluralidad social, desvalorizando las dinámicas moleculares sociales. Que reproduce la economía política de la representación, separando representación del referente concreto de lo representado, valorizando la delegación y representación, desvalorizando la praxis democrática. El círculo vicioso del poder funciona a través de estas economías políticas, que enajenan las formas de la potencia social, capturando parte de sus fuerzas, para reutilizarlas institucionalmente contra la potencia creativa de la vida.

Enfocando cartografías nacionales, se encuentran recorridos singulares de los círculos viciosos del poder particulares. En Bolivia el círculo vicioso del poder arranca con las oleadas de conquistas y las oleadas de colonización en los territorios del Collasuyo, parte constitutiva del Tawantinsuyo. El substrato del círculo vicioso de poder es colonial, como en el resto del continente.  El poder que se instaura es colonial, es decir, que se basa en el derecho de conquista, derivado de la guerra de conquista; por lo tanto, en la diferenciación de conquistadores y conquistados; en los términos del lenguaje institucional del virreinato, en la diferenciación entre españoles e indios. El poder colonial adquiere institucionalidad en las administraciones que se implantan; la legalidad del poder colonial se basa en la delegación soberana del rey al virrey y, después, en la delegación de éste a sus subalternos. En un momento de crisis, sobre todo por la desbordante disminución de la población nativa, por presión de parte de la iglesia, se promulgan los “derechos de los indígenas”, considerados vasallos de la corona. Estos derechos se hallan inmersos en las Leyes de Indias o Derecho Indiano. Se trata de un derecho esencialmente evangelizador, un derecho asistemático, un derecho casuístico, un derecho en que tiende a predominar el derecho público por sobre el derecho privado, una tendencia asimiladora y uniformista, un derecho que tendía a la protección del aborigen, un derecho fundamentado en el Principio de Personalidad del Derecho, un derecho íntimamente ligado a la moral cristiana y al Derecho natural.  Sin embargo, a pesar de las Leyes de Indias, lo que preponderó fue la facticidad de las prácticas de los conquistadores, de la burocracia colonial, de los propietarios de minas y de haciendas. En pocas palabras, el derecho indiano no se cumplió a cabalidad, distorsionado por el ejercicio efectivo de las dominaciones concretas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nacimiento político con carencias estructurales

El nacimiento de la república patentiza las carencias estructurales de su conformación. Se derrumba, más temprano que tarde, el proyecto, primero de Tupac Amaru, después de Simón Bolívar; en un caso, de la gran patria que se extiende desde el Pacífico hasta el Paititi, pasando por la región andina; en otro caso, el proyecto de la Gran Colombia. Conspiran contra este proyecto de lo que se conoce como la Patria Grande las oligarquías regionales, las cuales se circunscriben a los límites de sus haciendas y sus minas, renunciando, de entrada, a las condiciones de posibilidad históricas de la organización, estructuración e institucionalidad política de largo aliento. Estas limitaciones y mezquindades de casta van a repercutir en las historias singulares de los Estado-nación conformados, calificadas como “republiquetas”.  Los primeros periodos de la república van a manifestar los dramas políticos de una gran inestabilidad.

Después de la guerra de la independencia, el derecho colonial fue sustituido por el derecho liberal, que fue armándose de a poco, a partir de la promulgación de la Constitución. Sin embargo, el régimen liberal se conformó de manera restringida, manteniéndose fuera los derechos de las naciones y pueblos indígenas. En pocas palabras, en un principio, más o menos prolongado, los pueblos indígenas se mantuvieron fuera de la república, como si no existieran. El régimen liberal solo se conformó en las poblaciones criollas y mestizas. En comparación, las Leyes de Indias fueron más inclusivas que las leyes liberales criollas. Pero, compartieron la diferenciación colonial inicial, entre “blancos” y “mestizos”, por un lado, e “indios”, por otro lado. Lo que muestra la evidente herencia colonial del liberalismo criollo. Este liberalismo, sin sostén institucional, deriva rápidamente en la crisis temprana de la república.

Como contrastando la propia declaración de la independencia, la república flamante se sume en una crisis política crónica; el motín se convierte en la expresión facciosa de la crisis. Los primeros cincuenta años de la República se caracterizaron por la inestabilidad política, por constantes amenazas externas, que ponían en riesgo su independencia, soberanía e integridad territorial. Simón Bolívar abandona la presidencia en 1826, cumpliendo como tal un lapso corto en ejercicio. Nombra al Mariscal Antonio José de Sucre presidente de la República. El Estado-nación de Bolivia estuvo sometida a amenazas desde un principio; en 1825, el Imperio del Brasil invadió el oriente del país, ocupando la provincia de Chiquitos. En respuesta, el Mariscal Sucre envió una carta al Emperador del Brasil pidiendo que dejen la ocupación; el ejército invasor vuelve a su país. Antonio José de Sucre gobernó hasta 1828, año aciago, cuando una secuencia de revueltas y conspiraciones le hicieron renunciar al mando presidencial. Como condena, perfilando el destino del Estado-nación de Bolivia, declarada “hija del libertador”, las invasiones continuaron su decurso anexionista; se produce la invasión de tropas peruanas de 1828, lideradas por Agustín Gamarra, cuyo objetivo principal era forzar la salida de las tropas de la Gran Colombia. El conflicto bélico terminó con el Tratado de Piquiza; dándose lugar a la retirada peruana de territorio boliviano, empujando a la renuncia del presidente Sucre; buscando la instauración de un gobierno opaco, alejado de la irradiación del libertador.

Ante este panorama turbulento, amenazante, dibujado por facciones en pugna, se busca una solución, salir de la dramática crisis inicial de la república; en 1829 fue nombrado presidente el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana por la Asamblea Nacional. Andrés de Santa Cruz se destaca por lograr una relativa estabilidad política, además de demostrar su destreza como estadista, convirtiéndose en un constructor de aquella institucionalidad en ciernes. En la historiografía, se lo califica como forjador, también como artífice de la inicial organización del Estado-nación; entre sus gestiones se puede señalar la reforma y reorganización del ejército, incorporando una concepción militar napoleónica. El país vecino, el Perú, también sufre las contingencias y avatares del nacimiento vulnerable de la república; el presidente Luis José de Orbegoso y Moncada Galindo solicita ayuda al Mariscal Santa Cruz, buscando restablecer el orden en su país. El ejército boliviano ingresa a territorio peruano, derrota a las tropas del sublevado Felipe Salaverry. En estas condiciones histórico-políticas críticas se conforma la Confederación Perú-boliviana, que inicia su breve vida en 1837, nombrando al Mariscal Santa Cruz como su Protector. La Confederación Perú-boliviana se constituyó con los estados Nor peruano, Sur peruano y Bolivia. Como se sabe, la Confederación Perú-boliviana no logra consolidarse, pues tiene que enfrentar el desacuerdo de otros Estado-nación en concurrencia. El Estado de Chile y la Confederación Argentina, además de peruanos contrarios a la Confederación Perú-boliviana, se levantan en contra. Entre 1837 y 1839, se da lugar la guerra contra la Confederación Perú-boliviana. A pesar de que se comienza con victorias del ejército confederado peruano y boliviano, frente a la invasión argentina y chilena, ocasionando la retirada de estas fuerzas, ratificando su derrota con la firma del Tratado de Paucarpata, las consecuencias de la victoria no duran mucho. La guerra vuelve a darse, el Ejército Unido Restaurador, compuesto por chilenos y peruanos contrarios a la Confederación Perú-boliviana, reinicia la conflagración; en la Batalla de Yungay el ejército confederado es derrotado, con lo que se deriva en la disolución de la Confederación Perú-boliviana, disolución acaecida en 1839, conllevando, además, el derrocamiento del Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana.

Haciendo el recuento de esta guerra contra la Confederación Perú-boliviana, las tropas del gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas también intervinieron contra la Confederación; la consideraba refugio de sus enemigos políticos, los unitarios, así como de los caudillos de la guerra gaucha contra la oligarquía del puerto de Buenos Aires. El general boliviano, de origen alemán, Otto Philipp Braun concentró tropas en Tupiza; a fines de agosto de 1837 ingresó en la Provincia de Jujuy. El ejército confederado logra varias victorias, llegando a ocupar sectores fronterizos de las provincias de Jujuy y Salta; mediante contraataques argentinos, estos invaden territorio de la Confederación. El ejército argentino fue derrotado en la Batalla de Montenegro. El 22 de agosto de 1838, las tropas argentinas se retiran, después de los eventos dados en Yungay; con esta victoria se pone fin a la guerra[2].

Con la desaparición de la Confederación Perú-boliviana, el Estado-nación de Bolivia ingresa al derrotero de una continua crisis política, particularmente expuesta a enfrentamientos políticos entre partidarios y contrarios de la unión con el Perú. El presidente peruano Agustín Gamarra, partidario de la anexión de Bolivia al Perú, promueve la invasión de territorio boliviano, llegando a ocupar varias zonas del Departamento de La Paz. Ante esta emergencia, se convoca a la unidad para enfrentar la guerra; se otorgan los poderes del Estado a José Ballivián y Segurola. El 18 de noviembre de 1841 se dio lugar la Batalla de Ingavi, en la pampa altiplánica, en las proximidades de la población de Viacha, el ejército boliviano derrota a las tropas peruanas de Gamarra, que muere en plena batalla. Una vez terminada la batalla de Ingavi, tropas de la Segunda División boliviana, al mando del general José Ballivián, ocupan el Perú, desde Monquegua hasta Tarapacá. Estallan diversos frentes de lucha en el sur peruano. En ese contexto, el Ejército boliviano, no concontaba con tropas suficientes para mantener la ocupación. En la batalla de Tarapacá, montoneros peruanos formados por el mayor Juan Buendía, derrotaron el 7 de enero de 1842 al destacamento dirigido por el coronel José María García, que muere en el enfrentamiento. Las tropas bolivianas desocupan Tacna, Arica y Tarapacá en febrero de 1842, replegándose hacia Monquegua y Puno. Los combates de Motoni y Orurillo expulsan a las tropas bolivianas, que inician posteriormente la retirada, dejando la amenaza de una invasión. Como consecuencia de estos eventos se firma el Tratado de Puno[3].

Luego de la disolución de la Confederación, el general José Ballivián reunió a todos los contingentes rebeldes, logrando hacerse proclamar presidente de la República. En 1841 había tres Gobiernos; uno legítimo, en la ciudad Sucre, presidido por José Mariano Serrado, que suplía al Mayor General José Miguel de Velasco (1839-1840), oriundo de Santa Cruz de la Sierra, quién estuvo varios años exiliado en Argentina. Los otros dos gobiernos resultaban ilegitimos, el de la Regeneración en Cochabamba, y el del general José Ballivián en La Paz. Ante el peligro de la invasión de Agustín Gamarra, el pueblo boliviano se unifica, reuniéndose alrededor del general José Ballivián; los bolivianos se alistaron en el ejército, situándose la tropa en las llanuras de la altiplanicie de Ingavi. Antes de la batalla, en comparación, era más numerosa la tropa peruana, empero, la inferioridad numérica de la infantería boliviana fue compensada por un nuevo tipo de fusil, adquirido recientemente de Europa, conocido popularmente como “hannoveriano“; este fusil poseía un proyectil ajustadamente calibrado, pudiendo disparar al mismo tiempo pequeñas balas esféricas. Las tropas de José Ballivián se encontraban en el frente, en condiciones de inferioridad numérica, además de adolecer de poca experiencia militar, enfrentándose a las tropas veteranas de guerra al mando de Agustín Gamarra; en ese momento ingresó un ejército numeroso, comandadas por el veterano de guerra Mayor General José Miguel de Velasco, quién, sin embargo, había concurrido a La Paz para efectuar un golpe de Estado, buscando retomar de esta manera la presidencia. En las circunstancias del eminente conflicto bélico, depuso sus pretensiones políticas, en cambio, condujo a los veteranos de guerra al campo de batalla; con lo que el ejército boliviano se vio fortalecido[4]. El 18 de noviembre de 1841, en los campos de Ingavi, cerca de la población de Viacha, en el Departamento de La Paz, se inició la batalla en un día totalmente nublado, en un paisaje colorido por un arco iris, en un campo completamente lleno de lodo, abrumado por charcos de barro. Cuando estalló la batalla fracasó el envolvimiento efectuado por las tropas peruanas, el general José Ballivián lanzó su ataque, haciendo sentir los efectos de los nuevos fusiles. En la refriega muere Agustín Gamarra; la noticia se esparce, cunde la confusión, el desconcierto y la desmoralización en las tropas peruanas; la batalla concluye con la victoria boliviana[5].

En el decurso de la sinuosa historia política boliviana de aquél entonces, José Miguel de Velasco Franco asumió por cuarta vez el gobierno; le sucedieron una secuencia de gobiernos militares. El más connotado es el gobierno populista de Manuel Isidoro Belzu, que gobierna entre 1848 y 1855. En septiembre de 1857 una revolución otorga el mando presidencial a un civil, José María Linares Lizarazu; en cuyo gobierno se redujo el poder del ejército para que no urdiesen nuevas revueltas. Linares introdujo reformas en la organización judicial y administrativa del Estado; por ejemplo, gracias a gestiones gubernamentales se publicó el primer mapa de Bolivia el año 1859, diseñado por Lucio Camacho, con base en datos aportados por los generales Mariano Mejia y Juan Ondarza. En 1861 fue derrocado Linares por un golpe de Estado; le sucedió José María Achá, uno de los miembros del triunvirato que encabezó el golpe de cabeza. Este presidente dictó la Ley de Imprenta, implantó el servicio de correos con el uso de estampillas; en el ámbito administrativo de la geografía política fundó la población de Rurrenabaque. En el año 1864 un nuevo golpe militar interrumpió el inestable campo político; tomó el poder el controvertido e impulsivo Mariano Melgarejo. Su gobierno, si es que se puede decir que lo hubo, ocasionó grandes pérdidas territoriales para el Bolivia. Disposiciones arbitrarias e irrazonables derivaron en inconvenientes acuerdos con el Estado de Brasil y Estado de Chile, perdiendo Bolivia grandes extensiones de territoriales[6].

Como se puede ver, en esta brevísima descripción de un acontecer político a la deriva, asistimos a la dramática historia política, que nace prematura, con una república expuesta y vulnerable, que no logra asentarse ni erigirse como tal. Faltan las condiciones de posibilidad histórico-políticas para su edificación. En estas circunstancias estamos ante ejercicios de poder contingentes e improvisados; en el mejor de los casos, apropiados y estratégicos, pero que son interrumpidos por la sedición de caudillos locales y “bárbaros”. Se puede decir que lo que se patentiza es un vacío político, que trata de ser llenado por incursiones punitivas de motines y facciones. Si bien este vacío político se prolonga hasta la Guerra Federal (1899), pareciendo resolverse con el régimen liberal que se implanta, mediante elecciones circunscritas, lo que se trasluce después, en toda la periodización liberal, hasta la revolución nacional de 1952, es que el vacío político subsiste, de manera latente, manifestándose en las turbulencias de las crisis políticas intermitentes del régimen liberal.

Desde esta descripción sucinta de la eventualidad política en una formación social-política singular podemos sugerir un modelo esquemático de lo que podemos llamar la carencia política, entendiendo carencia en el sentido de ausencia de legitimidad, aunque también falta de institucionalidad estructurada y materializada. Como acabamos de decir la carencia política se patentiza por la ausencia de legitimidad, así como por la falta de institucionalidad estructurada y por la inhibición de su realización material. La ausencia de legitimidad se evidencia en la disminuida convocatoria, también en la escasez absoluta de consensos. En otras palabras, en la oquedad ideológica; no hay ningún esfuerzo por el convencimiento masivo, salvo los prejuicios de casta, que cohesionan a los grupos y clanes en disputa de la oligarquía regional. La falta de institucionalidad se manifiesta en la desmesura de la pretensión jurídica, la Constitución, respecto a la escaza edificación institucional, la que, mas bien, brilla por su ausencia o es endémica. En estas condiciones de imposibilidad histórica-políticas la crisis inicial del Estado-nación en gestación se manifiesta en la constante turbulencia política en la cúspide de la pirámide social, en los estratos de la oligarquía regional, conformada por perfiles particulares de las oligarquías locales.

Como dijimos, esta carencia política se va a mantener a lo largo de los distintos periodos y de las diferentes fases y épocas de las formaciones políticas nacionales, incluso cuando se logra construir legitimidad e ideología de cohesión, acompañada de la materialización institucional, como ocurre a partir de la revolución nacional de 1952. En este caso, la carencia política se sumerge y se eclipsa, manteniéndose de forma latente, por lo menos durante los doce años de la revolución. Después, desde el golpe militar de 1964, la carencia política vuelve a emerger durante el periodo de las dictaduras militares, a pesar de algunos vaivenes en busca de legitimidad, como cuando se dan los gobiernos del general Alfredo Ovando Candia y del general Juan José Torrez Gonzáles. Durante el periodo democrático, que dura hasta ahora (1982-2019), la carencia política concurre y convive con la acumulación política, que adquiere legitimidad, mediante el voto, a pesar de las contingencias propias de disputa política-ideológica-económica. Durante el llamado lapso de los gobiernos neoliberales (1984-2005), de la coalición neoliberal, esta predisposición política se circunscribe a una provisional legitimidad, a un fraccionado consenso, además de a una institucionalidad en construcción. Durante el periodo de las gestiones de gobierno neopopulista (2006-2019) la legitimidad alcanza niveles de aceptación, comparables a la revolución nacional de 1952, incluso se puede decir que la legitimidad es mayor, por lo menos en la primera gestión del gobierno de Evo Morales Ayma (2006-2009). Empero, el problema sigue radicando en la vulnerable materialidad institucional.  En otras palabras, la carencia política vuelve a sumergirse en una primera etapa del periodo neopopulista, para volver a emerger lentamente en las subsiguientes gestiones de gobierno. Se puede decir que la crisis política del neopopulismo, manifestada en las últimas gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma, muestra la reemergencia nuevamente de la carencia política.

 

 

 

 

 

 

Abundancia política

Ahora vamos a esquematizar un modelo opuesto, por así decirlo, al de la carencia política; llamaremos a este modelo el de la abundancia política. A diferencia del anterior modelo, el de la carencia política, el modelo de la abundancia política se caracteriza por una alta legitimidad, por lo menos en los comienzos de sus periodizaciones y temporalidades propias. Como referente concreto tomaremos el de la revolución socialista, efectivamente dada en el antiguo imperio zarista. Como en el caso, anterior, cuyo referente es el del improvisado nacimiento de la República de Bolivia, en contra del proyecto de Bolívar de la Patria grande, y los turbulentos periodos que le siguieron, de escaza legitimidad, de estrechísimo consenso de casta, de carente institucionalidad, podemos encontrar otros referentes concretos. En el caso del modelo de la carencia política, tomamos como referente la dramática historia de Bolivia; lo hicimos por la proximidad de la experiencia propia. En el caso del modelo de la abundancia política, tomamos como referente concreto a la Revolución Rusa, lo hacemos pues se convirtió en el ejemplo de las revoluciones socialistas que le siguieron, que se efectuaron a nombre del proletariado.

La crisis múltiple del imperio zarista, estancado en los frentes de la primera guerra mundial, agregando derrotas flagrantes, que derrumbaron al gigantesco ejército que llevó a la guerra, derivó en la desmoralización generalizada, pero también en la interpelación popular al régimen de la aristocracia centenaria. Se puede decir que la revolución socialista rusa se gestó un siglo antes, con el despliegue de las luchas encaradas por el populismo ruso, que arraigaron en una concepción campesinista anticapitalista. La socialdemocracia rusa, imbuida por la concepción marxista de la historia y por la crítica de la economía política, se opuso ideológicamente al populismo ruso. La primera gran asonada proletaria y popular contra el régimen zarista se dio lugar en la revolución de 1905. Aunque esta revolución fue derrotada, dejó una profunda huella en la experiencia y en la memoria social, incidiendo en la configuración de la revolución que se va a dar doce años después. Las tradiciones de lucha del pueblo ruso se distribuyen entre el populismo ruso, cuyas vertientes radicales evolucionan al anarquismo, también al socialismo revolucionario; las formaciones partidarias marxistas, principalmente la socialdemocracia, cuya ala radical va a evolucionar en la conformación del Partido Comunista, cuya matriz fue la tendencia bolchevique de la socialdemocracia, en competencia con la llamada tendencia menchevique. Anarquistas y socialistas revolucionarios también van a estar influenciados por otra lectura marxista, distinta a la de los bolcheviques, así como los mencheviques elaboraron también una interpretación marxista diferente, aunque más cercana a la de los bolcheviques y más distante a la de los anarquistas y socialistas revolucionarios.

No vamos a hacer una descripción exhaustiva, tampoco larga y pormenorizada de la revolución rusa, nos remitimos a los escritos publicados, donde se maneja un poco más detenidamente esta temática y problemática[7].  Lo que nos interesa es señalar el referente de lo que llamamos el modelo de la abundancia política para dibujar su configuración esquemática. Nombramos modelo de la abundancia o la acumulación política, primero, como dijimos, por su entusiasmo revolucionario, entonces por la alta legitimidad popular del que goza la revolución, en un principio. Acudiendo a lo que escribimos en Paradojas de la revolución, podemos volver anotar que la revolución proletaria y campesina, además de soldados, ya se dio en febrero de 1917; lo que ocurrió en octubre del mismo año se parece más a un golpe de Estado contra la Asamblea Constituyente, por parte de los bolcheviques, la tendencia más organizada como partido de profesionales militantes. Esta alta legitimidad mantiene su magnitud en los primeros años de la revolución, incluso en lo que dura la guerra civil contra los “rusos blancos” (1917-1923), respaldados por la intervención de los imperialismos de entonces, europeos, norteamericano y japonés, además de Turquía. Empero, cuando termina la guerra civil con la victoria del Ejército Rojo, los soviets de obreros, soldados y campesinos piden el retorno de la democracia obrera y sindical, es decir, el retorno del poder a los soviets; el Partido Comunista, ya conformado, se niega a hacerlo. En respuesta a la demanda de los soviets el Partido Comunista opta por la represión; el caso más dramático ocurre cuando el Ejército Rojo reprime y masacra a la vanguardia de la revolución, los marineros de Kronstadt (1921). Esta represión y masacre marca un hito y un punto de inflexión en la revolución; ésta comienza su lenta regresión, institucionalizando la revolución en el Estado Socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que de soviéticas no tienen paradójicamente nada, pues el poder no retorna a los soviets. Los soviets, al comienzo de la guerra civil contra los “rusos blancos y la intervención de los imperialismos, deciden delegar y concentrar el poder en el comité central del Partido Comunista, congregando el mando, con el objeto de unificar la dirección y efectivizar las decisiones militares, organizando la logística y la movilización de la guerra. Esta delegación era provisional, hasta que culmine la guerra civil; sin embargo, después de la victoria del ejército rojo no se devuelve el poder a los soviets.  

Un segundo momento de regresión de la revolución acontece con la represión y masacre de los kulaks, los campesinos ricos, aunque también del resto de los estratos campesinos. Se renuncia a la Nueva Política Económica (NEP), de transición y convivencia con los campesinos, implantándose la colectivización forzada en el campo. La nombrada revolución obrera y campesina, simbolizada en el logo de la hoz y el martillo, deja de ser campesina, también, antes, obrera, para convertirse en una revolución burocrática. El tercer hito y punto de regresión lo marcan los apócrifos juicios de la década de los treinta, llevando al banquillo de los acusados a los propios miembros y jerarcas “sospechosos” del Partido Comunista. Con antelada anticipación, el “hombre de acero”, Josef Stalin, acaba con todo el comité central del Partido Comunista histórico, quedando sin competencia; el último que quedaba, Lev Davídovich Bronstein, conocido con el seudónimo de León Trotsky, será asesinado en México en 1940.  En lo que sigue se asiste a dilatada regresión, cayendo en la decadencia misma de la revolución, hasta el derrumbe de la URSS en 1991. En el transcurso se suceden represiones de la nomenclatura a levantamientos y movilizaciones obreras, que resisten a la burocracia del régimen del socialismo real, buscando recuperar el sentido utópico de la revolución socialista. Esto suceden en la República Democrática Alemana (1953) y en la República Popular de Hungría (1956), durante la década de los cincuenta; en 1977 se repitió el drama en la República Socialista de Checoslovaquia.

Desde la perspectiva del esquemático modelo de la abundancia política, podemos anotar que la acumulación política de la revolución socialista es mermada por la casta burocrática del Partido Comunista, que se apropia institucionalmente de la revolución, convirtiéndola en un Estado absoluto en tiempos del capitalismo tardío. Nosotros, incluso, anotamos, que se trata de una forma de gubernamentalidad barroca que más se parece a un raro perfil de monarquía socialista[8].

El modelo de la abundancia política implosiona, se hunde su propia estructura, se derrumba la institucionalidad construida, sobre la base de la mitificación y estatalización de la revolución. El Estado adquiere dimensiones monstruosamente hipertrofiadas; ocurre como si el Estado se tragara a la sociedad misma, su substrato de constitución, inhibiéndola a tal punto, que el Estado ya no encuentra fuerzas sociales para reproducirse, pues están capturadas y congeladas. La legitimidad espontanea, de un principio, se reduce a la compulsiva propaganda ideológica, difundida por un Estado donde la imaginación brilla por su ausencia. Propaganda acompañada por una sistemática represión y control de la sociedad, cada vez más extensa. Si bien, en el transcurso, se dan como aperturas, dentro de la misma nomenclatura, salió a la luz lo que llamaron un día, en la difusión de la revista Socialismo o Barbarie, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, pugna entre clanes del partido, estas aperturas no detienen la dilatada caída del socialismo real.

El modelo de la abundancia política hace hincapié en la desmesura del plano de intensidad política en el espesor social, subsumiendo al resto de los planos de intensidad que hacen al espesor social. Recordemos la tesis de Louis Althusser que interpreta el materialismo histórico desde la lectura de la predominancia de uno de los planos de intensidad; se habría pasado de la predominancia del plano de intensidad religioso, en el medioevo, a la hegemonía del plano de intensidad económica, en la modernidad capitalista, y de aquí se iría a la preminencia del plano de intensidad político, en la modernidad socialista. Sin discutir, ya lo hicimos antes, esta tesis de Althusser, anotando la misma para ilustrar sobre el modelo que proponemos de la abundancia política, lo que nos interesa es señalar que la crisis del poder, crisis estructural, orgánica y genealógica, emerge tanto en la condición de la carencia política, así como en la condición de la abundancia política.    

Desde las perspectivas del modelo de la carencia política o de la acumulación política no se alcanza el equilibrio político, demandado por las fuerzas concurrentes de la política. Se experimenta la debacle institucional del ejercicio de la democracia. Tanto el modelo de la carencia política como el modelo de la abundancia política evidencian la crisis política del Estado-nación. La crisis política emerge tanto de la carencia o la abundancia política; la crisis tiene que ver con las pretensiones del plano de intensidad política. No es la política lo que ciega los ojos, sino el arte, la amistad o la esgrima, el amor, como recita el poema de Federico García Lorca, en Oda a Salvador Dalí. Desde esta perspectiva o lectura poética, la política es la entrega al derroche afectivo sin retorno, al derroche del al acto heroico. Sin embargo, tanto por la carencia o la abundancia políticas la efectuación política no se realiza sino a través de la perpetración de la crisis.  La crisis de legitimación por carencia o por abundancia, que deriva en la ausencia o la saturación de la convocatoria. En cambio, desde la perspectiva romántica, lo que importa es la irradiación de la interpelación estética de la rebelión social.

Ni la carencia ni la abundancia política pueden resolver la crisis congénita y estructural del poder, que adquiere la forma del círculo vicioso del poder, de la crisis múltiple del Estado. Ambos modelos son modelos de la crisis política. Tampoco se puede resolver esta crisis genealógica, como se ha visto en la historia política de la modernidad, en lo que podemos llamar el modelo del equilibrio político aparente del paradigma político liberal. El modelo del equilibrio aparente liberal recurre al la sumatoria del voto en el campo cuantitativo de la concurrencia masiva. Esto no es más que tratar exasperadamente recuperar en la distribución de los votos la legitimidad perdida. Lo que es evidente imposible, pues la legitimidad es cualitativa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El modelo del equilibrio aparente, el de legitimidad cuantitativa

En lo que respecta a la exposición de lo que llamaremos el modelo del equilibrio político aparente, no vamos a usar un  referente singular, como en los otros casos, el modelo de la carencia política y el modelo de la abundancia política, sino vamos a considerar la experiencia social de los pueblos, que han vivido en sus propios cuerpos, conformando memorias sociales políticas, durante la historia política de la modernidad, la manifestación proliferante del paradigma liberal, que se implantó en los países en sus formas singulares. Si bien no podemos hablar exactamente como modelo, como en los anteriores casos, sino en tanto y en cuanto nos permite dibujar un perfil ilustrativo y ciertos rasgos característicos del paradigma liberal, podemos referirnos al esquema de la legitimación por medio del voto. El liberalismo legitima su régimen político mediante la corroboración del voto, que es un sustituto empírico, sobre todo estadístico, de la verificación de consensos. Se puede entonces hablar de un modelo intermedio, entre el modelo de la carencia política y el modelo de la abundancia política. Se trata del modelo del equilibrio político aparente, que se corrobora mediante el voto. Un modelo cuantitativista, que pretende resolver los problemas cualitativos en términos numéricos. En este caso no hay ni carencia ni abundancia políticas, sino formas proliferantes de la especie de la inercia política. Los problemas de legitimidad se resuelven en términos de las formas numéricas; se trata de verificaciones estadísticas. La legitimidad entonces se evalúa aritméticamente.

Sin embargo, los problemas de legitimidad del capitalismo tardío no se resuelven estadísticamente. Se trata principalmente de una problemática ideológica; como dice Jürgen Habermas, la ideología no convence, no se realiza ni es aceptada como retórica y argumentación del convencimiento[9].  El modelo liberal pretende resolver los problemas fundamentales de la democracia en el sentido de la delegación y representación. Si bien logra verificaciones cuantitativas a través de la elección, no puede lograr el consenso, que solo puede ser el resultado de un debate colectivo y de la participación social. El modelo del equilibrio político aparente solo puede sustituir la necesidad de consensos colectivos por la sumatoria electoral. Esquemáticamente se puede decir que se trata de un modelo intermedio, entre el modelo de la carencia política y el de la abundancia política. Pero, por eso mismo, peca, por así decirlo, de la misma fatalidad que conllevan ambos modelos contrapuestos, la crisis de la legitimidad en el largo plazo. El modelo liberal logra resolver, por un tiempo, el problema de legitimidad, mediante la verificación estadística del voto, aritmética mediante la cual evalúa la magnitud cuantitativa de la inclinación electoral. Sin embargo, esta estadística no puede sustituir a la cualidad de la legitimidad otorgada por el entusiasmo popular.

Este modelo liberal logra diferir la vigencia institucional de lo que se llama el Estado de Derecho, también, la legitimidad aparente del régimen liberal, que se prolonga en sus distintas expresiones políticas. A diferencia del referente de la carencia política y del referente de la abundancia política, el modelo del equilibrio político aparente logra transferir en el imaginario social la imagen de una “legitimidad” cuantificada. Sin embargo, la legitimidad es un acontecimiento subjetivo y político, además de ideológico y cultural, emergidos del entusiasmo popular. Lo que logra el modelo liberal es la simulación mediática del consenso nunca dado; logra presentarse, en las primeras etapas, como corroboración cuantitativa de las fuerzas concurrentes. En el largo plazo, esta corroboración estadística se desgasta, pues devela su vulnerabilidad unidimensional. Se trata de una “legitimidad” cuantitativa y no cualitativa, por lo tanto, una simulación de la legitimación, entonces, debilitada en una representación aritmética. En este caso, el del modelo del equilibrio político aparente, la legitimidad prolongada tampoco es lograda, sino que es simulada institucionalmente[10].

En consecuencia, se trata, en este ensayo de interpretación esquemática, de un tercer modelo relativo a los problemas de legitimación en el capitalismo tardío; un modelo que fracasa porque se malogra el decurso del raciocinio, que se hace imposible ante la desmesura y la incidencia de los medios de comunicación de masa. Un modelo, que paradójicamente se remite a la opinión pública, pero la hace desaparecer, interviniendo en la invención del sentido común enlatado.  En el largo plazo, esta aparente legitimación se pronuncia en las crisis de la forma de gubernamentalidad liberal, que se expresa no solo en la distribución del voto fragmentado, sino sobre todo en los hechos manifiestos de la ingobernabilidad develada; en principio, imperceptiblemente, después, de manera notoria, así como también en la caída de la forma de gubernamentalidad liberal en  la corrosión institucional y la corruptibilidad de las prácticas políticas, de la misma manera como ocurre en las prácticas paralelas de la forma de gubernamentalidad clientelar, aunque lo haga de manera menos extensiva e intensiva.

En otras palabras, el modelo liberal del equilibrio político aparente logra diferir la crisis de legitimidad congénita en la estructura estructurante de la formación política, en la estructura subyacente de las formas de poder, sin embargo, no logra resolverla, pues la legitimidad prolongada requiere de participación social, en pleno sentido de la palabra, lo que no puede aceptar el formato de la democracia representativa y delegativa. En algún momento el diferimiento no puede prolongarse, el modelo liberar del equilibrio político aparente también ingresa enteramente a la crisis, mantenida en los umbrales. La crisis comienza a aparecer con mermadas asistencias a las elecciones, haciéndose patente la indiferencia relativa de gran parte de los ciudadanos. Otros síntomas de la crisis se muestran en la letanía aburrida de las convocatorias rutinarias a la concurrencia política, que parece ser siempre la misma, salvo alguna que otra turbulencia política que se da de vez en cuando.  Sin embargo, la crisis desenvuelta aparece después, mostrando los síntomas de la degradación del modelo del equilibrio político aparente, conllevando el desmoronamiento del sistema de partidos políticos, que puede darse en dos formas, la del bipartidismo rotativo o el de la diseminación fragmentada de partidos; es anecdótico cuando aparecen personajes carismáticos que cambian la rutina por la demagogia o la provocación, otorgándole cierta motivación a la concurrencia política liberal. Sin embargo, cuando ocurre esto no es precisamente el esquema y el procedimiento liberal, ni sus propias reglas, las que entran en juego, sino se introducen prácticas de otras formas de gubernamentalidad y de convocatoria política. Recientemente, en el juego electoral liberal han cobrado vigencia fuerzas políticas que no se las puede calificar de liberales, mas bien todo lo contrario; no hablamos de las fuerzas de izquierda, cuando éstas participan en el modelo del equilibrio político aparente, sino de fuerzas más bien ultraconservadoras, identificadas como de ultraderecha. Es cuando se constata la debacle del modelo del equilibrio político aparente, cuya ideología, institucionalidad, constitucionalidad, es liberal, es decir, que colocan como presupuesto las garantías de las libertades civiles, políticas, de las generaciones de los derechos logrados, que suponen la igualdad jurídica entre los individuos. Valores que desestima precisamente el ultra-conservadurismo, la ultraderecha.

Si bien se puede decir que algo parecido ocurre con los partidos socialistas, incluso los partidos comunistas, que participan en la concurrencia electoral, codificada en el modelo liberal, no es lo mismo, pues, en todo caso, estas participaciones en las prácticas liberales lo hacen a nombre de la justicia, también de la libertad, aunque la entiendan a su manera, suponiendo el presupuesto de la igualdad. Los partidos socialistas se moverían en los límites del paradigma liberal, si es que no fueron ya asimilados por el habitus liberal. Lo que no ocurre con la participación electoral de la ultraderecha. Así mismo, se puede decir también que ocurre algo parecido con las versiones populistas; sin embargo, también, en este caso, se presupone la igualdad y se persigue la justicia y la libertad, por más acotadas ideológicamente que se interpreten estos valores y principios. Lo sugerente en estos casos es que se participa en el modelo liberal, buscando llevarlo más allá de sus propios límites. En cambio, la participación de la ultraderecha lo hace para abolir las libertades, revisar los alcances de la justicia, desvalorizándola, desconociendo de entrada el presupuesto de igualdad. Por eso, reafirmamos que cuando la participación ultraconservadora alcanza niveles significativos de convocatoria electoral, se puede decir que el modelo liberal ha incubado a la serpiente – recordando la película El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman – que se comerá al régimen liberal, imponiendo un régimen declaradamente de las desigualdades cualitativas y raciales.   

  

Notas

 

[1] Ver Paradojas de la revolución, también Fetichismo ideológico.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradojas_de_la_revoluci__n.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/fetichismo_ideol__gico.

 

[2] Otto Philipp Braun adquiere la nacionalidad boliviana, sirve al gobierno boliviano en varios proyectos. Braun fue prefecto de La Paz, también es nombrado ministro de Guerra y Marina de Bolivia. En 1835 recibe el cargo de comandante en jefe de las provincias del sur, encarggado de proteger el país de una posible invasión peruana. Braun dirige varias batallas contra los enemigos de la Confederación Perú-boliviana. En 1838 obtiene la victoria contra el ejército argentino invasor en la batalla de Montenegro; por lo que es nombrado Mariscal de Montenegro. En el mismo año es nombrado ministro de Guerra y Marina, así como ministro del interior de la Confederación. Ver Otto Philipp Braun; https://es.wikipedia.org/wiki/Otto_Philipp_Braun.

 

[3] Bibliografía: Arguedas, Alcides (1922). Historia General de Bolivia. De Mesa, José; Gisbert, Teresa; Mesa, Carlos (1998 [5ª Ed. 2003]). Historia de Bolivia. La Paz: Gisbert.

Referencias: Teresa Gisbert por encargo del Instituto Nacional de Estadística (2010). «Período Prehispánico Bolivia». Archivado desde el original el 5 de marzo de 2010. Consultado el 6 de abril de 2010. Arqueobolivia.com : Actualidad de la arqueología en Bolivia. [Tras las Huellas de los Chané, El Deber, 1 de junio de 2003 ]. «UNESCO World Heritage Centre – Official Site». Consultado el 2009. [Al Margen de Mis Lecturas, Marcelo Terceros B., septiembre de 1998]. Historia de España en sus documentos: siglo XIX, Volumen 5, pág. 80. Historia. Serie Mayo Series. Historia (Cátedra).: Serie mayor. Autor: Fernando Díaz-Plaja. Editor: Fernando Díaz-Plaja. Compilado por Fernando Díaz-Plaja. Editor: Cátedra, 1983.  Documentos para la historia argentina, Volúmenes 39-41, pág. 182. Autor: Universidad de Buenos Aires. Instituto de Investigaciones Históricas. Publicado en 1965. Valdivieso, Patricio (Junio de 2004). «Relaciones Internacionales. Relaciones Chile-Bolivia-Perú: La Guerra del Pacífico». Archivado desde el original el 28 de noviembre de 2006. Consultado el 31 Ene 2007. El Mercurio (8 de febrero de 2009). «Evo Morales promulga la nueva Constitución y proclama el “socialismo comunitario”». Consultado el 12 de febrero de 2009. (enlace roto disponible enInternet Archive; véase el historial y la última versión). BBC Mundo (7 de febrero de 2009). «Bolivia promulga nueva Constitución». Consultado el 12 de febrero de 2009. Corte Nacional Electoral«Referéndum Nacional Constituyente 2009». Archivado desde el original el 3 de febrero de 2009. Consultado el 9 de febrero de 2009. «Bolivia, entre los países con mayor desarrollo en 2015 – La Razón»http://www.la-razon.com. Consultado el 12 de marzo de 2017. Infobae. «Malas noticias para América Latina: el FMI anticipó un crecimiento de sólo 1% en 2015 | América Latina, Latinoamérica, FMI, crecimiento económico, Fondo Monetario Internacional, Argentina, Bolivia, Brasil – América». Consultado el 12 de marzo de 2017. «Pobreza en Bolivia disminuyó 20 por ciento en la última década»Prensa Latina – Agencia Latinoamericana de Noticias. Consultado el 7 de enero de 2017. Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Bolivia.

 

[4] El Mayor General José Miguel de Velasco 25 de julio de 1835 fue declarado héroe el por el Senado Nacional de Bolivia, declarándolo Eminente Republicano.

[5] Notas: Flores, Zoilo (1869). Efemérides americanas: precedidas de un bosquejo histórico sobre el descubrimiento, la conquista y la guerra de la independencia de la América Española. Tacna: Impr. de “El Progreso”, pp. 138. Urquidi, José Macedonio (1921). Nuevo compendio de la historia de Bolivia. La Paz: Arno Hermanos, pp. 143. Moscoso, Octavio (1896). Geografía política, descriptiva é histórica de Bolivia. Imrp. “La Glorieta”, pp. 46. Kieffer Guzmán, Fernando (1991). Ingavi: batalla triunfal por la soberanía boliviana. EDVIL, pp. 498. «Nombrarán patrimonio a los campos de Ingavi». fmbolivia.net. 31 de marzo de 2010. Archivado desde el original el 2 de diciembre de 2013. Consultado el 25 de noviembre de 2013. Ver Batalla de Ingavi: Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Ingavi.

 

[6] Ver Historia de Bolivia. Ob. Cit.

[7] Ver Paradojas de la revolución. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradojas_de_la_revoluci__n.

[8] Ver La pantomima del Gran Timonel. https://pradaraul.wordpress.com/2018/08/03/la-pantomima-del-gran-timonel/.

 

[9] Leer de Jürgen Habermas Problemas de legitimación en el capitalismo tardío.

http://www.bioeticanet.info/habermas/ProLegCaTa.pdf.

[10] Ver Decadencia y gubernamentalidad liberal. https://pradaraul.wordpress.com/2016/05/17/decadencia-y-gubernamentalidad-liberal/.

 

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

Oikologías

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

Raúl Prada Alcoreza

Felipe Delgado en el laberinto de su soledad

Jaime Saenz 6

En Antofagasta Felipe Delgado aparece perdido en el laberinto de su soledad. Una soledad extrema, abismal; el desencuentro consigo mismo no puede ser mayor. Solo el inmenso mar es un sosiego para su angustiosa soledad. Al encontrarse con el mar se encuentra con la infinitud acuosa y salada de lo que parece interminable, lo que llama el ser del mar; un ser sin tiempo, eterno, desmesuradamente abrumador por su cuantiosa totalidad inabarcable a la mirada, pero, a la vez, inmenso espacio donde se encuentra la paz en la expansión sublime del océano. Es allí donde Felipe Delgado desenvuelve sus más abstractas reflexiones. En esa inmensidad, que hace de metáfora de lo eterno, encuentra las respuestas a sus preguntas. A diferencia de las reflexiones nihilistas, donde la nada es el…

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Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

Felipe Delgado perdido en el laberinto de su soledad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Felipe Delgado en el laberinto de su soledad

 

 

Jaime Saenz 6

 

 

En Antofagasta Felipe Delgado aparece perdido en el laberinto de su soledad. Una soledad extrema, abismal; el desencuentro consigo mismo no puede ser mayor. Solo el inmenso mar es un sosiego para su angustiosa soledad. Al encontrarse con el mar se encuentra con la infinitud acuosa y salada de lo que parece interminable, lo que llama el ser del mar; un ser sin tiempo, eterno, desmesuradamente abrumador por su cuantiosa totalidad inabarcable a la mirada, pero, a la vez, inmenso espacio donde se encuentra la paz en la expansión sublime del océano. Es allí donde Felipe Delgado desenvuelve sus más abstractas reflexiones. En esa inmensidad, que hace de metáfora de lo eterno, encuentra las respuestas a sus preguntas. A diferencia de las reflexiones nihilistas, donde la nada es el referente de la culminación, el ser del mar aparece como totalidad lograda. El mar borra el tiempo, es un acontecimiento acuoso sin tiempo, comienzo y fin de la vida; es más, la vida en su fluir y refluir eternos.

Después de este aprendizaje, Delgado sabe que tiene que volver, no solo debido a la nostalgia, sino para cumplir con su propio destino, que no es más que el recorrido de una ola que se estrella contra las rocas, que no es más que una vibración en un océano incontable de vibraciones. Ante el ser del mar la muerte es una nada, es parte del flujo y reflujo de la vida. Aunque parezca paradójico esto de ir a cumplir su destino, que no es otra cosa que despojarse del cuerpo, cuando se descubre el ser del mar, que es la vida misma, en su versión acuosa y fluida, Delgado sabe que lo que importa no es su recorrido individual y su clausura, sino esta eternidad fluyente donde se sumergen las particularidades, convirtiéndose en la totalidad bullente. Se puede decir, que no cambia su destino, sino que es interpretado de otra manera, desde otra perspectiva, ya no dese la mirada de la nada, sino, mas bien, desde la mirada del todo.

Pero, es cuando más solo se siente Felipe Delgado. Solo en la lejanía de su patria, de su terruño, de su ciudad, de sus amigos, de la bodega. Mucho más solo cuando ya no cuenta con los tiernos brazos de Ramona Escalera. A pesar de que lo acompañan Estefanic y Ramón Peña y Lillo, él se encuentra irremediablemente solo, en un entorno que hace patente su soledad incontestable. Por eso, se dedica, otra vez, a perderse en el alcohol. Esta dedicación lo va a llevar al extremo del delirio y el paroxismo de la locura; su amigo Estefanic, desesperado, recurre llevarlo a un sanatorio, donde va a tener experiencias extrañas. Fuera de experimentar y sufrir la terapia lapidaria del sanatorio, Felipe asiste al descubrimiento de la música del silencio o del silencio como matriz de la música. Una joven que recibe la visita de su madre, quien le regala un vestido nuevo, el que se pone inmediatamente, desnudándose en público sin pudor alguno, se pone a bailar en el salón como si fuese una pista de danza. Es cuando se arrima a la ventana y escucha el silencio.  El silencio es el secreto de la música, el silencio es la melodía suprema; suena en su propio mutismo, por así decirlo. Esta es la revelación de todo. Venimos del silencio y vamos al silencio; el motor de la música, la melodía, los sonidos, es el silencio.

Felipe Delgado decide llevarse en una botella agua de mar para depositarla en la tumba de Ramona Escalera, una ofrenda de lo que ha encontrado, parte del secreto del ser del mar; también lleva otra botella de licor de uva para compartir con los amigos de la bodega. Quiere festejar con los amigos el encuentro con el mar, pero también su regreso. A su retorno, ya en el Altiplano, al contemplarlo, considera que en esta inmensa puna arde el mar. Como si el Altiplano se hubiera tragado el mar y se hubiera convertido en fuego. Su sequedad no sería otra cosa que el mar convertido en fuego. Algo que equivale a decir, más o menos, que la tierra se licua en el mar, cambia de estado físico, como decir que la tierra se apacigua en el mar, a pesar de que el mar puede llegar a ser tormentoso. Esta dialéctica, al estilo de Felipe Delgado, que encuentra la conexión íntima entre el mar y la tierra, entre el océano y el continente terroso, nos muestra la inseparabilidad del acontecimiento paisajístico. En el paisaje se despliega el devenir del agua en tierra y de la tierra en agua, de lo húmedo en lo seco, de lo frío en fuego. Estas metáforas, en movimiento dialéctico, develan la inquietud incontrolable de Felipe Delgado, su angustia y su convulsión pasional. Va a ir a cumplir con el desenlace de su destino, pero de una manera agitada; no se trata de resistencia, tampoco de rebeldía, de oponerse, menos de un acto heroico, sino de una entrega apasionada a su propia diseminación.

Felipe Delgado, cuando regresa a la Paz y va al cementerio a la tumba de Ramona Escalera, confunde las botellas y deja la botella de agua ardiente de uva en el nicho de la amada difunta y se lleva para beber el agua de mar. Esto le parece una señal de mal augurio a su amigo Peña y Lillo que lo acompaña; sin embargo, se ve obligado por Felipe a beber el vaso lleno de agua de mar, pues Felipe apuesta plenamente al cumplimiento de este cambio, de esta equivocación, que es señal de lo que hay que beber es el mar y lo que hay que dejar en el cementerio es la bebida de agua ardiente.   Esta equivocación de Felipe Delgado de las botellas le parece al protagonista la señal de lo que debe ser, en relación con el ser del mar. Aunque no le parezca a Peña y Lillo decide que sea así, le sigue el guion a su amigo, que se exhibe ya enloquecido. A estas alturas lo que vale a ojos de Delgado es el juego de las cartas descubiertas del destino.

¿Cuál es la narrativa que se teje? ¿La del escritor de la novela o la de la compulsión del protagonista? Entonces, ¿cuál es la relación entre autor y el protagonista de la novela? ¿Se trata de una autobiografía o de una narración de la interpretación de la autobiografía deformada del autor? ¿De lo que pudo haber sido y no fue o de lo que fue sin haber sido? Quizás la novela se encuentra en el momento de no solo tomar decisiones sobre el decurso de la trama, sino sobre el carácter de la mima interpretación, que, por cierto, no solo se trata de la historia de vida del autor, sino de la vida misma que le toca afrontar al escritor, como ser concreto y singular de la multiplicidad de historias de vida, es más, sobre el sentido de la vida humana. Quizás terminar la trama de una novela implica decidir el desenlace de ésta, hablamos de la singularidad misma del descenlace. ¿Hacia donde conduce el itinerario del recorrido dramático de Felipe Delgado? Sobre todo, después de la pérdida irremediable de Ramona Escalera. En los mensajes que lanza Felipe se habla del encuentro con Ramona, en la suspensión de la vida y la muerte. Ramona no ha muerto, sino que se encuentra suspendida, en una anhelante espera del despojamiento del cuerpo de Felipe. 

Ya sabemos cual es el desenlace de la novela; el autor decide dejarse llevar por la compulsión nihilista del protagonista. ¿Pero, cuál es la relación del protagonista con el escritor? ¿Son el mismo sujeto o, mas bien, distintos sujetos que expresan distintas alternativas? Felipe delgado es y no es Jaime Sáenz; lo es en tanto posibilidad; no lo es en tanto el autor conserva o contiene otras posibilidades efectivas. ¿Por qué el autor acepta el desiderátum del protagonista, Felipe Delgado? ¿Por qué hubiera querido terminar de esa manera, desapareciendo repentina como el protagonista de la novela? No pasa lo mismo con el autor; el escritor muere más tarde en el transcurso del diferimiento de la muerte. Obviamente, un autor, en este caso un escritor, no se reduce a la trama de su novela; empero, su novela dice mucho de él, de sus campos de posibilidad, de sus decursos posibles, de lo que quiso y no quiso ser. Pero, también, la interpretación de su obra no parece posible sin considerar el campo de posibilidades que contiene el autor. Ciertamente, la historia del escritor puede caber en gran parte en su biografía; sin embargo, su biografía lograda, impresa y difundida, no agota lo que contiene como campo de posibilidad un autor. Así como la biografía de un escritor puede ser reinterpretada desde las huellas y los entramados tejidos en su obra. El desenlace de la novela no es el desenlace de la vida del escritor Jaime Saénz, pero este desenlace devela una de las significaciones perseguidas por el autor; que no es exactamente, ni la muerte, ni la nada, tampoco el sin-sentido, sino la desaparición, quizás la suspensión sobre los avatares mismos de la vida cotidiana.

En la medida que avanza la trama de la novela, cobra importancia lo que hemos denominado el plano de intensidad filosófico, el plano de la búsqueda insaciable del sentido inmanente. Aunque, podemos decir que el encuentro o el develamiento de este sentido inmanente no aparece en la novela, pues no se lo logra descifrar, lo que cobra relevancia en la novela, en los últimos capítulos, es que lo que importa es la revelación de lo aprendido en la experiencia del protagonista, que no puede expresarse sino reflexivamente. Las reflexiones teóricas adquieren extensidad y buscan decodificar las claves del destino. A estas alturas del despliegue del plano de intensidad filosófico, que se vuelve preponderante en la narrativa, ya no se trata de aseverar la tesis nihilista del ser para la muerte, que esta contrapuesta a la tesis opuesta del ser para la vida; sino de comprender la significación de esta última tesis, ¿Qué implica ser para la vida? En la tercera parte de la novela se plantea esta problemática; aunque no se la resuelva, queda expuesta en varias alternativas.

Sin embargo, a pesar de esta apertura, de contar con varias alternativas, anotadas en las reflexiones de Felipe Delgado, el autor decide el desenlace que venía anunciado desde un principio, la salida nihilista. ¿Acaso se puede leer una novela teniendo en cuenta otros posibles desenlaces? Serían otras novelas; la que tenemos es la que está escrita y publicada; y esta tiene el desenlace conocido. Entonces, de lo que se trata es de explicarse porqué, esta vez el protagonista, Felipe Delgado, decide hacer lo que hace, encaminarse a su desaparición. A lo largo de los comentarios sueltos, que hemos venido acumulando, lo que se ha hecho notorio y en lo que se ha hecho hincapié es en esta tendencia suicida del protagonista, que el mismo, además, la ha venido reafirmando. Empero, contrastan con esta tendencia sus reflexiones de la parte tercera de la novela, donde el valor de la vida sobresale sobre el valor de la muerte; es más, la muerte no es más que un momento en el devenir mismo de la vida. Podemos decir, entonces, que en la tercera parte de la novela se pone en cuestión lo que se venía gestando en la primera y segunda parte. Es como el momento de la duda; mucho más, el momento de la lucidez, cuando se cobra consciencia de la complejidad misma de la vida y de la muerte; no solo de su interrelación y dialéctica, sino, sobre todo de la desmesura de la vida. La tercera parte es como una reconciliación del protagonista con la vida.

El contradictorio comportamiento de Felipe Delgado radica en que, a pesar de esta lucidez sobre la vida y el momento de la muerte en el devenir de la vida, se inclina por el derrumbe que se ha venido gestando desde un principio. Acepta este derrumbe como fatalidad, que, en otros términos, también implica el destino del que no se puede escapar. Entonces, esta falta de libertad ante el destino escrito es como una afirmación misma de la fatalidad y del destino inscrito. Felipe Delgado no se rebela ante el destino, como lo haría un griego clásico en la tragedia, sino que acepta pasivamente su destino. De esta manera reafirma también su inclinación nihilista, su voluntad de nada, por lo tanto, su falta de voluntad de potencia. La novela narra la trama del fracaso del sujeto ante los dilemas que se plantea, ante los problemas que enfrenta; también renuncia a la lucidez lograda. La expresa como contraste al pesimismo filosófico, largamente labrado; demuestra la equivocación de la perspectiva nihilista y el asombro ante la eternidad de la vida. Sin embargo, a pesar de este horizonte creativo, Felipe Delgado opta por la diseminación, el despojarse del cuerpo, que es, a su vez, el despojarse de la vida o del substrato que hace la vida presente, y realización espiritual de la vida, es decir, realización abstracta y especulativa de la vida, que no es otra cosa que una afirmación de la muerte.

Si seguimos a Ernesto Sábato, la novela trata de los grandes problemas y temas de la humanidad, que son los relativos al sentido de la vida y de la muerte; entonces, Jaime Sáenz, en la novela prefiere encontrar el sentido de la vida en el núcleo vacío de la muerte. No hace al revés, como en la tercera parte de la novela, interpretar la muerte como momento de la vida. La textura y la urdimbre de la narrativa configura intensamente esta pugna de los instintos fundamentales, por así decirlo, el vital, el creativo, relativo a la potencia de la vida, y el tanático, el destructivo, el del vaciamiento de la vida, la muerte. Por eso, quizás la tercera parte de la novela sea el lugar donde la narrativa adquiere una intensidad reflexiva. Si bien, el desenlace toma el camino fácil del derrumbe, este desmoronamiento es antecedido por una reflexión lúcida que cuestiona al mismo desenlace. En la novela se patentizan las tendencias encontradas del escritor.

Sin embargo, si bien las reflexiones lo transportan a la experiencia del pensamiento que ilumina el mundo, retirando sus nieblas, la ciudad no deja de ejercer su campo gravitacional, mostrando no solo sus rutinarios ajetreas, sino también los anecdóticos hechos que concentran o sintetizan los secretos y claves de la urbe. Una de esas anécdotas es la del muerto que aparece y desaparece, que tiene en vilo a la ciudad. Al final encuentran un muerto; hay un revuelo, la población curiosa va al mercado de flores a verlo, donde lo encontraron, observando desde una grieta que se abría hacia uno de los ríos que cruza la ciudad, un barranco. Cuando lo suben, por intermedio de un rescatista, el muerto se encuentra en mal estado. Los curiosos se dividen en dos bandos: los que no aceptan que sea el muerto, por falta de dignidad, debido a la putrefacción, sobre todo debido a haber aparecido como muerto, y los que aceptaban la verdad pedestre. El encanto del muerto, que aparecía y desaparecía, era precisamente que comparecía como un fantasma o un espectro, incluso un cuerpo mágico, que aparece y desaparece. Mientras habitaba en el imaginario de la gente, el muerto era un misterio; pero, cuando al final aparece su cadáver, el referente de la representación, el cadáver hace desvanecer el misterio de la representación.

Al volver a la casa de Oblitas, donde estaba alojado Felipe Delgado, después de observar el espectáculo del mercado de las flores, donde se arremolinó la muchedumbre de curiosos, donde también hubo amagues de peleas, acompañadas de discusiones, y a donde llegó la guardia municipal, llevándose a los responsables de la aparición del muerto, Felipe tuvo una larga conversación con su anfitrión. La conversación giro sobre la existencia y no existencia, tanto en sus connotaciones abstractas, así como en sus denotaciones concretas, la existencia y no existencia del muerto, la existencia y no existencia de la bodega. Para Oblitas la existencia no puede separarse de su no existencia, que lo que existe a la vez no existe; en cambio, para Felipe el problema radicaba en el misterio de la existencia misma, por ejemplo, en el misterio que encerraba la bodega. El misterio de la existencia se encuentra en su propio desaparecer. Ambos, Delgado y Oblitas tocan analizando el cuadro de la locura; la entienden como una razón última o, si se quiere, como el hilo mismo de la razón. Los locos serían los únicos que comprenden el sinsentido de los devaneos mundanos. Pero, Oblitas, en relación con la seducción de Felipe Delgado por la bodega, considera que su amigo esta definitivamente maldecido. La única manera de salir de esa fatalidad es llevar a extremo su propia perdición. Sin embargo, también considera que los brujos son los otros que van más allá al usar su magia y atentar contra las mismas leyes de la naturaleza, que la ciencia pretende corroborar.

En la tercera parte de la novela se da como una curva cóncava; se comienza con reflexiones filosóficas anotadas por Felipe Delgado, se hunde en los estragos anecdóticos de una cotidianidad en crisis, para volver a ascender, por así decirlo, a conversaciones especulativas, empero, emergidas de temas concretos, como las del muerto que aparece y desaparece, así como sobre el significado de la bodega. De todas maneras, a pesar de estas hondonadas y estas cumbres reflexivas, en esta parte de la novela es cuando se constata patentemente la decadencia y la degradación de la condición humana de Felipe Delgado. A la llegada de Estefanic a La Paz desde Antofagasta, quien descubre la miseria a la que fue arrastrado el hijo de su amigo, aquél decide intervenir para sacar a Felipe de este hundimiento. Busca al Doctor Sanabria, viejo amigo de él y de Virgilio Delgado, papá de Felipe Delgado, para encontrar una solución. Se puede observar que, en esta parte de la narrativa y de la trama, la novela se prepara a clausurar el desenvolvimiento de las condiciones de la trama misma, del despliegue de los dramas, de la configuración del perfil de los personajes, de la expansión de lo que hemos llamado planos de intensidad de la novela. Todo esto, el cierre de las condiciones, de los desenvolvimientos y de los despliegues de las condiciones de la trama, para iniciar, en la cuarta parte, la última, el recorrido culminante del desenlace de la novela.

No es pues casual que en la tercera parte de la novela las reflexiones adquieran una tonalidad mayor, así como una elaboración y composición solemne. Se trata de clausurar el plano de intensidad filosófico, habiendo desmenuzado antes los tópicos inherentes a las preocupaciones teóricas, habiendo puesto en mesa las premisas y el tratamiento de los temas y problemas, motivos de la reflexión, la búsqueda del sentido mismo de las trayectorias de vida. Antes del desenlace, el plano de intensidad filosófico hace de trasfondo de los eventos que van a acontecer en la cuarta parte de la novela. En contraste, tampoco es casual que Felipe Delgado haya llegado al colmo de la degradación y de la miseria, que el mismo reconoce que es así, asombrado. Al tocar fondo, por así decirlo, el personaje se prepara para iniciar su depuración, limpieza y espiritualización, que viene en forma de desaparición.

¿Cómo caracterizar la novela a estas alturas de la narrativa?  Por cierto, no se puede calificarla, como fácilmente se puede caer, como una novela que hace apología de la bohemia paceña; por este camino, tampoco como una novela nihilista, que ya sería como un primer acercamiento. Si bien brotan secuencias de escenas que podemos describir como derrumbe o decadencia, como marcha incontenible de la voluntad de nada, así como surgen reflexiones que enaltecen la muerte y la nada, sin embargo, también se muestran reflexiones que meditan sobre la vida, la existencia, ponderando su vitalidad y su creatividad; así como aparecen escenas de júbilo y regocijo como las del amor. Se puede decir que, mas bien, estamos ante una narrativa que se mueve en constante tensionamiento entre la nada y el todo, la muerte y la vida, el derrumbe y el amor, la destrucción y la creación. El protagonista experimenta el tensionamiento entre sus expectativas y sus frustraciones, entre sus júbilos y depresiones. Felipe Delgado, a pesar de que hace gala de su propia perdición, se encuentra en la encrucijada donde pugna entre sus propias inclinaciones encontradas. Lo que acabamos de decir ya es un segundo acercamiento a una mejor caracterización de la novela. De aquí podemos animarnos a más elaboradas caracterizaciones de la novela.

La novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz coloca a su protagonista en medio de una sociedad desencontrada consigo mismo. Una sociedad que ha heredado dos mundos enfrentados y, a la vez, mezclados, el mundo indígena y el mundo colonial; en la modernidad, que es como su actualidad vertiginosa, ingresa a un mundo diseñado por el comercio, de las haciendas y de la extracción minera, además de un Estado que se pretende república, pero que queda en los marcos de la enunciación jurídica. Una sociedad golpeada por las derrotas bélicas del país, concretamente por la guerra del Pacífico y por la guerra del Acre; una sociedad que se encuentra al borde de una nueva guerra, la del Chaco. Cuando Felipe Delgado pierde al padre pierde al referente de la familia, pero, también al referente de un cierto orden familiar y social. El protagonista ya había perdido a su madre al nacer, experiencia dilatada en el tiempo, que parece no haber superado; al contrario, retorna a la memoria para hacer hincapié en la falta, en la ausencia irremediable. Quizás por esto Felipe demanda permanentemente afecto, algo que podría haberle dado la madre. Este afecto lo encuentra en Ramona Escalera, su amante amada; empero, también la pierde, lo que refuerza el insondable hueco de la ausencia. Por eso, cae en una profunda depresión que lo arrastra a la miseria humana. Las reflexiones sobre la vida las hace precisamente cuando más perdido se encuentra; en cambio, las reflexiones sobre la nada y la muerte, valorando la diseminación, se dan como a un principio, cuando todavía incursiona bien parado el desenvolvimiento de su drama.

La novela pone en escena las contradicciones en las que se debate el protagonista. Es cierto que Felipe Delgado se presenta, después de cada prueba, derrotado. Es vencido una y otra vez por los avatares del destino. En consecuencia, el desplazamiento de la narrativa es una marcha a la perdición del personaje; en el desenlace hacia su desaparición. Aunque en la conversación que tiene con el Doctor Sanabria, amigo de su padre, que quiere rescatarlo de semejante caída a la miseria y al suicidio alcohólico, le dice que él busca voluntariamente su perdición, que lo dejen ser tal como ha llegado a ser, que eso es precisamente lo que quiere, en la novela Felipe intenta más de una vez remontar el camino de otra manera, con júbilo y regocijo, como cuando se enamora; en la finca de Uyupampa incluso deja de beber. No es que, apuesta a su rehabilitación, a lo que se opone con contundencia, sino que, en derrotero paralelo, alternativo, encuentra oportunidades a la expectativa y al sentido. Entonces, estamos ante una novela que pone en escena a una sociedad desencontrada consigo misma, a pesar de las ínfulas de seguridad que se dé en sus ceremonias y en sus instituciones, además de sus valores fosilizados. El protagonista se encuentra en medio de este desencuentro social y cultural. Vive el drama social subjetivamente; en los espesores del sujeto se asiste a los dilemas del hombre paceño tensionado por un mundo mestizo, que anhela la modernidad, pero tiene nostalgia de lo indígena. Los perfiles del mestizaje sobresalen en casi todos los personajes de la novela; hay mestizos que se consideran indios como Oblitas, hay mestizos que hablan muy bien el aymara como Beltrán. Si bien Estefanic es un eslavo adoptado por Bolivia y adaptado a la tierra, es quien sabe acullicar y lo hace asiduamente, cosa que observan positivamente los aparapitas de la bodega. Felipe Delgado no sabe aymara, empero es seducido por el aparapita, el cargador aymara de la ciudad barroca de La Paz. En la experiencia subjetiva el mestizaje se vive en las tensiones simbólicas de una cultura urbana mezclada. Felipe Delgado es una novela de los desencuentros y las encrucijadas, de las tensiones culturales de una sociedad urbana barroca. También es una novela de la rebeldía negativa, autodestructiva, que no quiere llegar a ninguna parte, salvo al despojamiento del cuerpo; empero, lo que no hay que olvidar, se trata de una rebeldía contra la institucionalidad carcomida de una sociedad perdida en sus propios laberintos.

Felipe Delgado presiente su pronta desaparición del mundo, al salir de la casa del Doctor Sanabria, después de una larga conversación, a propósito de su vida descarriada, deambulando por las calles, se topa con una banda militar, que pasa marchando y tocando sus tonadas marciales; cuando se aleja la banda dejando una estela sonora que se va apagando emerge una mirada, que podríamos llamar el de la intuición de la lucidez repentina, que sintetiza el recorrido de su vida y lo que le queda de porvenir. Cuando da un paseo por el Valle de las Ánimas con su amigo Ramón Peña y Lillo interpreta a la conformación petrificada como almas petrificadas, encontrando que presiente su propia petrificación. Recuerda que cuando niño, en una situación de que se queda solo en la casa, al observar el vuelo de una mosca, al deleitarse con esta soledad repentina, descubre una mirada en el techo, una mirada de niño, que podía ser ángel o un demonio. Estos tres episodios son como los anuncios de lo que va a venir, el protagonista logra el júbilo de la mirada de la intuición, aunque también es consciente de que hay que sentir esto, mas bien, con temor y temblor. En el tercer episodio mencionado, estamos, más bien en el recuerdo, siendo ya adulto, ante la interpretación de una premonición. Entonces, en la tercera parte de la novela no solo se clausuran las condiciones de la trama y los desenvolvimientos de los planos de intensidad de la narrativa, sino que también se menciona la lucidez lograda en pleno crepúsculo de Felipe Delgado.   

 

  

Conclusiones

La tercera parte de la novela, recogida en este comentario, hace patente el laberinto de la soledad de Felipe Delgado. Pero, no solo se trata del laberinto de soledad del protagonista, sino que este laberinto subjetivo expresa singularmente el laberinto de la sociedad urbana barroca de La Paz. En esta parte de la narrativa se clausuran los desenvolvimientos de las condiciones de la novela, así como se cierran los planos de intensidad, que hacen a la composición de la novela. Como dijimos se prepara el camino al desenlace, que se despliega en la cuarta parte de la novela. Sobresalen las reflexiones largas sobre la vida y la existencia, que suponen las reflexiones sobre la muerte y la nada; empero, en este caso, la muerte aparece como parte de la vida, ya no exactamente, como en las anteriores reflexiones, como realización misma de la vida. Estas reflexiones son compensadas por la narración anecdótica de eventos que conmueven a la ciudad. La estructura imaginaria se devela en estos eventos anecdóticos; el sentido común prefiere la representación alucinante, descarta la presencia pedestre del cuerpo martirizado. También se patentiza la degradación y la miseria alcanzada por el protagonista, quien, desarrapado, deshilachado y mugriento, prácticamente aparece como una piltrafa humana, incluso un pordiosero. Una vez alcanzado este hundimiento, los viejos amigos del padre de Felipe Delgado deciden rescatarlo, recurriendo al brujo Oblitas en una conspiración de amigos. La tercera parte de la novela, esta parte de la trama, ya tiene preparado el desenlace en un nuevo escenario, en la finca de Uyupampa, donde, después de asistir a su rehabilitación, distanciamiento, meditación y limpieza, Felipe Delgado culmina con su apoteósica desaparición.

       

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Felipe Delgado se enamora de Ramona Escalera. Seducido por su naturalidad, su comportamiento espontáneo, y su belleza solitaria, cada vez más atraído, así como apesadumbrado, por su cautiverio en manos de José Luis Prudencio y su hermana Luisa. Ramona es entregada a Prudencio debido a problemas familiares, al parecer económicos, los padres adoptivos que se hacen cargo de Ramona la obligan a casarse con el potentado y hombre rico, metido en negocios turbios. Cuando conoce a Felipe Delgado, se entrega a él por amor. Felipe la lleva a la bodega la noche de San Juan, el día también del cumpleaños de Ramona, quizás también la fecha de la ejecución de una supuesta conspiración en la que estaba involucrado Prudencio. Ramona va a ser recibida por la confraternidad beoda de la bodega un tanto…

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