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EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

THE ETHICAL AND POLITICAL LEGACY OF THE REVOLUTIONARY THINKER SERGIO ALMARAZ

O LEGADO ÉTICO E POLÍTICO DO PENSADOR REVOLUCIONÁRIO SERGIO ALMARAZ

 

José Luis Saavedra 

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

 

“Ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres”.

Sergio Almaraz Paz.

 

Resumen

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual de-curso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

Palabras claves:

Sergio Almaraz, pensamiento político, recursos naturales y procesos revolucionarios

Summary

In the present essay we try to highlight and demonstrate the primordial matrices of Sergio Almaraz’s thought and we do so both in relation to the time he had to live and the projections of his thought in the current course of the Bolivian political process. Thus, we are not only interested in making a more or less reflective remembrance of what Almaraz’s thought has been and is, but also in relieving its repercussions and meanings in the face of the challenges of the present time.

Keywords: Sergio Almaraz, political thought, natural resources and revolutionary processes

 

Resumo

No presente ensaio, tentamos destacar e demonstrar as matrizes primordiais do pensamento de Sergio Almaraz e o fazemos tanto em relação ao tempo que ele teve que viver quanto às projeções de seu pensamento no curso atual do processo político boliviano. Assim, não estamos apenas interessados em fazer uma lembrança mais ou menos reflexiva do que foi e é o pensamento de Almaraz, mas também em aliviar suas repercussões e significados diante dos desafios da atualidade.

Palavras chaves: Sergio Almaraz, pensamento político, recursos naturais e processos revolucionários

 

Introducción

¿Por qué escribir en torna a Sergio Almaraz? Básicamente porque es uno de los más importantes pensadores bolivianos contemporáneos, junto con Marcelo Quiroga y René Zavaleta, aunque también es el menos conocido.

La obra teórica y política de Almaraz, a 50 años de su muerte y 90 años de su nacimiento, constituye actualmente una de las más significativas interpelaciones al sistema de dominación y explotación aún hoy imperante en Bolivia y, al mismo tiempo, entraña una serie de proposiciones de emancipación y liberación en y con la perspectiva radical de la dignidad y soberanía nacionales.

En términos metodológicos optamos por un procedimiento relativamente sencillo, que consiste en conversar con Alejandro Almaraz, hijo del pensador revolucionario Sergio Almaraz, acerca de la obra y el pensamiento de su padre y –reiteramos- sus reverberaciones e irradiaciones éticas y políticas en el presente sociopolítico boliviano.

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Sergio Almaraz

 

 

Presentando al pensador revolucionario

Sergio Almaraz tuvo una vida relativamente corta, murió cuando recién había cumplido los 39 años. Nació en la ciudad de Cochabamba el 1 de diciembre de 1928 y falleció en La Paz el 11 de mayo de 1968. La vida de Almaraz ha sido, sin duda alguna, la de un activista y pensador revolucionario de su tiempo. Veamos por qué.

Muchas actitudes, si no todas, de Sergio Almaraz y sobre todo sus posiciones teóricas y políticas en su vida y pensamiento se las comprende mejor -como siempre debe hacerse- considerando las circunstancias en las que se asumieron, vivieron o escribieron. Y es precisamente este posicionamiento –a modo de locus enunciationis– que Luis H. Antezana lo reflexiona lúcidamente en el artículo “Sergio Almaraz Paz y la historia”, incluido en el libro Para abrir el diálogo (cf. Antezana, Luis H., en S. Almaraz, 1979).

Hay que entender, en principio, que los tiempos de Almaraz son los del estalinismo. Aun cuando ya se había producido la ‘desestalinización’, inicialmente en la Unión Soviética, luego en el movimiento comunista internacional, antes de que Sergio Almaraz escribiera su primer libro El petróleo en Bolivia (1958). Esta obra ha sido escrita en 1957, posteriormente, diez años más tarde, se le agregó -en calidad de apéndice- una conferencia dictada por el autor en el Foro Nacional sobre Petróleo y Gas.

Hoy podemos añadir, a las reflexiones pertinentes de Luis H. Antezana, que ha sido una desestalinización en gran medida de ‘dientes para afuera’, es decir insustancial y superficial, aunque su mayor eficacia haya sido alterar el aparato de poder establecido por Iósif Stalin en la Unión Soviética; pero, no precisamente para que el nuevo sistema (de poder) fuera radicalmente distinto (diremos democrático). El pensamiento autoritario, brutalmente autoritario, que suponía Stalin y su régimen, no se rompió, ni se superó (ni siquiera después de su muerte). El despotismo continuó en la misma Unión Soviética, que siguió siendo un Estado despótico, quizá algo menos, pero continuaba siendo opresivo y represivo, además de ser un régimen de pensamiento único, de monopolio total del partido comunista en la economía, en la política, en la cultura, en la ideología, en fin en todo.

Y si bien ya no había el Comintern (la Internacional Comunista, también conocida como la III Internacional, así como por su abreviatura en ruso Komintern o Comintern, abreviatura del inglés: Communist International), seguía habiendo el movimiento comunista internacional, como un sistema que irradiaba un temperamento profundamente autoritario, totalitario, no solamente en relación con los partidos comunistas, desde ya con tales partidos, sino también con gran parte de la izquierda, que, casi en su totalidad, ha sido pues intolerante y avasalladora, incluyendo a las parcialidades trotskistas.

Y esos son los tiempos en los que Sergio Almaraz empieza a militar desde adolescente, alrededor de los 15 años, en el PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria)[1], y luego en el PC (Partido Comunista)[2]. Y, él no solía hablar, no mucho, de una posible ruptura. Esto es al menos lo que podemos inferir, a partir de una serie de percepciones que han podido transmitir las personas más próximas a Sergio Almaraz, como su madre (María Jesús Paz), su esposa (Elena Ossio), su hijo mayor (Pablo), que lo ha conocido más que el hijo menor, Alejandro, y por una recolección de documentación que el propio Alejandro Almaraz hizo para poder escribir la reseña biográfica de su padre, “Retrato biográfico”, inserta en la obra completa de la editorial Plural (cfr. Almaraz, Alejandro, en: Almaraz, Sergio, 2009).

Efectivamente ha habido un tiempo de ruptura entre la misma fundación del Partido Comunista o muy poco después de fundarse (el 17 de enero de 1950) hasta la renuncia de Sergio Almaraz (hacia 1958), que parece haber sido precipitada. Hay varios indicios de ello, por nada menos que su conocimiento directo del Estado obrero, de la realidad efectiva del socialismo realmente existente, en un viaje que hizo en 1956, que -por lo que comentan sus camaradas de ese momento- lo desilusionó y contrarió bastante; básicamente, porque no eran los trabajadores quienes dirigían el Estado soviético, sino una serie de burócratas que suplantaba a la clase obrera; tampoco los trabajadores participaban en las decisiones referidas al campo económico, político y cultural y principalmente porque no había igualdad socioeconómica, es decir que se mantenían las antiguas diferencias y distinciones, lo único que había cambiado es la antigua elite zarista por la nomenklatura: los miembros del Comité Central del Partido Comunista. Como bien dice Alejandro Almaraz (2009: 710):

“El viaje que Sergio (Almaraz) hizo a la Unión Soviética en 1956 le reveló, amargamente, el carácter burocrático y represivo de aquel Estado socialista que los comunistas bolivianos de entonces creían revolucionario y liberador. La constatación de lo que ya percibía en la actitud estrecha y dogmática de la dirigencia del movimiento comunista internacional, que supuso su contacto directo con el socialismo real, probablemente lo decidió a apartarse del partido”.

Es pues este viaje el que le dio a Sergio Almaraz la imagen de un Estado autoritario, despótico, burocratizado, y con una serie de cuestiones socioculturales sumamente opresivas y represivas, que le impactaron de modo muy especial. Según esos mismos testimonios, está el hecho que los dirigentes sindicales de la URSS no eran obreros, nunca habían sido trabajadores, jamás habían producido en el centro de trabajo al que representaban, sino que eran profesionales, burócratas, especializados en esta especie de rubro administrativo, que era la dirigencia sindical.

Y al propio Alejandro Almaraz, después de un par de décadas, le tocó ver esta misma impostura en la juventud comunista. Él era dirigente de la juventud comunista (de Bolivia), cuando tenía 21 años, era Secretario General, pero sus pares del Komsomol leninista (el Komsomol era la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética) eran tipos de 40 o 50 años, eran pues exactamente eso, burócratas profesionalizados en y con esa ‘especialidad’ de la dirigencia ‘juvenil’.

Consideramos así que existió una suerte de ruptura silenciosa en Sergio Almaraz, quizás no absolutamente, pero podemos encontrar ciertos testimonios -relativamente consistentes- de esa disidencia o incluso disyunción en los temas más bien de carácter sociocultural, que Almaraz abordó en artículos como el “Buscando el De Profundis de una generación” (en: Almaraz, 1979a), en el que él es muy crítico con el realismo socialista, de-mostrando además el execrable temperamento autoritario y totalitario del pensamiento único, monopolista y monopolizador. Al respecto, Alejandro Almaraz (2009: 710) refiere que:

“La relación de Sergio (Almaraz) con el Partido Comunista empezó a experimentar los malestares y tensiones que serían irremediables. El dogmatismo del partido, cada vez más subordinado a la Unión Soviética, lo coartaba y asfixiaba intelectualmente. Se sentía sofocado por la falta de imaginación y creatividad para la acción política, por la incapacidad de interpretar la realidad nacional y actuar en función a ella, y por el rechazo a todo pensamiento o expresión que no se encuadrara estrictamente en el realismo socialista”.

Aquí hay que decir que las opciones teóricas, culturales y literarias de Almaraz eran extraordinariamente amplias. Él leía no solamente los ensayos políticos, la doctrina política e ideológica, sino también le gustaba la literatura, tanto que –al menos en ciernes- hay en él una faceta de crítico literario, que ya está bien expresada precisamente en el “Buscando el De Profundis de una generación” (óp. cit.).

A propósito, hace poco se ha vuelto a difundir una crítica literaria de Almaraz al escritor y poeta paceño Jaime Sáenz (cfr. Almaraz, 2018 y también Almaraz, 1979c), a quien admiraba y le apreciaba mucho y por eso publicó sobre este poeta. Almaraz tenía pues una inclinación muy marcada hacia el arte, la narrativa, el cuento, ensayo, historia, incluso hacia el cine, el teatro, la pintura, y es por ello que escribía también sobre crítica literaria.

Almaraz era pues muy amplio, diremos heterodoxo en el campo político e intelectual y esta característica ha sido la fuente de una de las mayores tensiones y malestares con el Partido Comunista (PC). Es así que de lo que más Alejandro Almaraz le escuchaba protestar a su madre (doña Elena) era precisamente sobre este ámbito, es decir sobre las estrecheces y miserias estéticas y artísticas de y en los comunistas, principalmente por no ser capaces o no tener la perspicacia de apreciar el arte y, casi por un formulismo figurativo o por una especie de consigna o instrucción, considerar como único arte valioso y válido el realismo socialista.

En este sentido, Almaraz es un pensador revolucionario y por ello mismo cambió a lo largo de su vida, como todas las personas que se renuevan, como la propia realidad que también fluye y está en constante devenir. Y el sentido del cambio de Almaraz ha sido el de la aproximación a una realidad nacional que estaba muy lejana en la óptica del marxismo ortodoxo (por decir lo menos), tanto que bien podríamos hablar de un marxismo no marxista, de un marxismo simulado, de un marxismo colonial y eurocéntrico, como bien diría Edgardo Lander (2006), que ha sido el marxismo de la mayoría de los partidos políticos de la izquierda latinoamericana, incluyendo el del partido comunista (de Bolivia) y las propias ideas que –al menos en un primer momento juvenil- asumiera el mismo Sergio Almaraz.

Si algo podría rescatarse de esta primera etapa, serían las ideas que, en algún momento, tuvo José Antonio Arze[3], escritor, sociólogo y político boliviano, que era el intelectual al que Sergio Almaraz admiraba[4], y cuya influencia en el PIR fue reemplazada no solamente por un marxismo de la Academia de Ciencias de la UR.S.S., de cuño konstantinov (de Fedor Vasilievich Konstantinov), sino también por otro de carácter oportunista, ya que terminó en el barrientismo (del dictador militar René Barrientos), después de colgar al presidente Gualberto Villarroel (el 21 de julio de 1946).

La aproximación de Sergio Almaraz a la realidad nacional ha sido también un acercamiento a la revolución nacional de 1952. De acuerdo con Alejandro Almaraz (2009: 711), “el pensamiento nacional de Sergio Almaraz tiene una referencia central en su valoración del proceso revolucionario de 1952”. Sin embargo, Almaraz no ha sido militante del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), pero bien podríamos decir –es al menos admisible y/o plausible- que ha sido militante de la revolución nacional.

“Por eso –continúa Alejandro Almaraz (ibíd.)- asumió la defensa de la Revolución desde dentro, precisamente desde donde era más atacada y vulnerada. Esta posición (sin embargo) no significó, en momento alguno, asumir la militancia del MNR, pues no obstante su adhesión a la Revolución nacional, su distancia ideológica respecto al MNR fue siempre importante y se expresa también, muy nítidamente, respecto a la conducción de la Revolución”.

Almaraz ha sido por tanto militante de las transformaciones sociales, económicas y políticas que supusieron la nacionalización de las minas y el voto universal. No estamos seguros de la misma valoración positiva de la reforma agraria. De hecho, no deja de ser sintomático -esto es algo que no conocíamos y recién hemos sabido gracias a la obra reunida (cfr. Almaraz Sergio Paz, 2009)- un comentario que él hace sobre el famoso libro, muy mencionado y poco leído curiosamente, que se llama Feudalismo en América latina del padre teórico de la reforma agraria boliviana, que es Arturo Urquidi (cfr. Urquidi, 1966), pirista (del PIR), de la línea de José Antonio Arze, y que tenía una antigua amistad, por razones de militancia política, con Sergio Almaraz. Y quien parece haberle pedido un artículo/reseña sobre su libro, y tan elocuente como el libro es el artículo sobre el mismo, porque el comentario (de Almaraz) es no-comentario, es no decir nada, son unas apostillas evasivas, ambiguas e imprecisas, que nos hacen suponer que no quería decir lo que en verdad le parecía, seguramente por consideración a este señor ya muy mayor (nació el 6 de mayo de 1905), y que además había sido un buen amigo (cfr. Almaraz, 1979b).

Sergio Almaraz no toma pues una posición clara sobre la reforma agraria, básicamente porque no es el tema que él estudió. Y, en todo caso, la interpretación de la versión oficial, que hace Arturo Urquidi, que es el autor de la ley de reforma agraria, no es la de Almaraz. No es el tema en el que nos tendríamos que extender, pero -en síntesis- la reforma que pretendió hacer el MNR es una no-reforma agraria, básicamente porque no quiso redistribuir la tierra del latifundio entre los colonos, no era ese su proyecto, el plan era el de conservar a los latifundistas con lo básico de su patrimonio (denominado propiedad mediana) y –diríamos- con lo principal de sus privilegios coloniales u oligárquicos (cfr. “La Reforma Agraria continúa pendiente 50 años después”, en: La Razón, 30 de julio de 2003).

Sergio Almaraz valoraba, en cambio, la nacionalización de las minas, que entre paréntesis parece -hay también indicios en el propio Almaraz- que fue tan forzada por la movilización popular, como la propia reforma agraria que se dio en los hechos, más allá de la firma de la ley. Pero, aún en su adhesión, mantiene no solamente una distancia crítica con su conducción, sino que también asume una clara actitud de confrontación con el manejo del MNR en muchos temas, como cuando nos habla, por ejemplo de “el tiempo de las cosas pequeñas” (cfr. Almaraz, 1969b), muestra las múltiples claudicaciones y sometimientos del gobierno del MNR, pese a que él fue funcionario de ese gobierno, primero en el Ministerio de Trabajo (ocupó la Subsecretaría de Previsión Social) y luego en el de Minas (ocupó la Subsecretaría de Minas), con la mediación del ala izquierda del MNR, conformado por gente como Franco-Guachalla y Zavaleta. Pero, pese a eso no inhibió sus denuncias fuertes y radicales contra el MNR.

En el último periodo de su vida Almaraz sufrió, con profunda angustia, la opresora y opresiva penetración norteamericana en la economía y el poder político del país. Y por ello mismo denunció energéticamente la ocupación imperialista y neo-colonialista del país (cfr. Almaraz, 1979).

En resumen, diríamos que Almaraz es (no sólo era) un pensador revolucionario que madura y desarrolla, pese a que no pasó de los 39 años, como ya lo decíamos. No obstante, tiene tiempo de y para una interesante gestación ética, teórica y política que consolida sus convicciones revolucionarias acercándolas –de una manera cada vez más consciente y comprometida- a las problemáticas fundamentales –sociales, económicas y políticas- de la realidad nacional popular boliviana.

 

La decadencia de la revolución nacional y la intromisión imperialista      

Aquí la pregunta medular es: qué nos dice hoy la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz. Para empezar, el contexto es muy parecido, tanto que en la tarea de interpretar y reflexionar acerca de lo que actualmente está ocurriendo en Bolivia, de la problemática social hoy presente[5], que esencialmente es la de la derrota y capitulación de -por lo menos- la potencialidad transformadora de la movilización social contemporánea: la del 2000 al 2005, la analogía con la decadencia del proceso revolucionario del 52 (vivido y sufrido por Almaraz) es insoslayable e ineludible.

Para la reflexión de esta analogía transitoria, rescatamos dos formulaciones claves para la historia contemporánea de Bolivia, en particular para estos dos procesos de declinación y decadencia revolucionarias, una de René Zavaleta y otra del propio Sergio Almaraz. La noción de Zavaleta es la de la paradoja señorial, que en el fondo es el mismo de la burguesía incompleta, que está en el libro Lo nacional-popular en Bolivia (cfr. Zavaleta, 1986), que nos muestra la capacidad singular de las clases dominantes bolivianas de apropiarse de lo adverso, incluso de lo revolucionario y/o subversivo, que por ser tal lo cuestiona, y de echar mano -sobre todo en términos simbólicos y discursivos- e incluso de desarrollarlos ampliamente en las formalidades retóricas y discursivas de carácter y perspectivas e irradiaciones político-estatales.

Si repasamos la historia de Bolivia, veremos cómo las clases dominantes, tradicionalmente opresivas y represivas, de manera particular en la contemporaneidad económica, política y cultural, han sido y son todo lo que pudieron o tuvieron que hacer, al menos discursivamente, para preservarse del asedio nacional popular. En este sentido, sin pudor alguno, han sido liberales, nacionalistas, socialistas (de distintas vertientes: marxistas y no marxistas o social demócratas), y ahora incluso están siendo indigenistas, muy a despecho de su racismo y segregacionismo atávicos.

Hay así una clave profunda aportada por Zavaleta y relacionada con ella, muy directamente concernida, en Almaraz está la tesis de que la revolución nacional fue derrotada desde adentro, no desde afuera, es decir que ha sido minada interiormente. Ha habido pues una revolución que efectivamente logró transformaciones con una profundidad y radicalidad que hoy no tiene –en modo alguno- el llamado ‘proceso de cambio’ (boliviano). El MNR hizo la revolución contra las clases dominantes u oligárquicas y la hizo en gran medida contra el interés y el parecer de los factores de poder interno (oligárquico) y externo (imperialista).

En el contexto de la revolución nacional del ’52, los actores revolucionarios se consolidaron en el poder, la sedición contrarrevolucionaria fue derrotada una y varias veces, así como los levantamientos de los falangistas (de derecha) y los diversos intentos de golpes de Estado. Pero, es desde esos mismos actores insurrectos que se consumieron la derrota y la consiguiente capitulación de la revolución. Esto lo explica con mucho detenimiento Almaraz y en verdad así fue. Y tal vez así ha sido desde el comienzo, quizá había una plataforma o ‘cabecera de playa’ para ese devenir contrarrevolucionario, aun antes del 9 de abril (de 1952), en el propio presidente Víctor Paz, y en esta cúpula de ‘parientes pobres de la oligarquía’, como decía Zavaleta.

 

La defensa intransigente de los recursos naturales

Aquí conviene discurrir en torno a la segunda e importante problemática trabajada por Sergio Almaraz y preguntar-nos por qué la recuperación de los recursos naturales es el tema medular de su obra escrita. No lo sabemos con precisión, tampoco lo ha escrito así o -por lo menos- no manifiestamente; pero, según lo conversado con la gente próxima a él, Almaraz pensaba y quería darle contenidos más ideológicos, filosóficos e interpretativos a sus próximas obras. Pareciera que él partía de una base empírica, que exponía -con solidez argumental- los aspectos fundamentales: históricos y –mejor dicho- materiales de la realidad nacional, para -desde ellos- construir propuestas de transformación en y con la perspectiva –decíamos- de una obra más ideológica y quién sabe filosófica y por tanto hermenéutica.

Y lo que Almaraz muestra, en esta revelación materialista de la realidad nacional, que comprende gran parte de su obra, es que los recursos naturales constituían y constituyen (ahora mismo) el campo y, más aún, la disposición orgánica de la dominación y explotación capitalista e imperialista en el país. A Bolivia, a la compleja sociedad boliviana, se la ha dominado primero desde la apropiación: usurpación y despojo impune de los minerales (oro y plata), luego del petróleo y el gas, y después de los recursos naturales renovables y bienes comunes (como la biodiversidad).

Es pues este ámbito material u orgánico de la dominación y explotación colonialista, capitalista e imperialista, la base tangible de la condición de posibilidad de construir otra nueva sociedad en condiciones cualitativamente distintas, radicalmente dignas y soberanas, es decir bio-céntricas. Dicho de otra manera, no es pues posible pensar en fundar una nueva sociedad bajo la dominación del capitalismo e imperialismo, con sus nexos subsidiarios, fuertemente arraigados en la oligarquía y –más grave aún- en la lumpen burguesía (ligada al narcotráfico), hablamos pues del Chapare.

A ello podríamos agregar –a modo de síntesis- que lo que Almaraz nos plantea es rescatar y reconquistar la dignidad y soberanía nacionales sobre los recursos naturales, pero desde la maduración de la propia conciencia nacional popular (como también diría Zavaleta, 1986). Y asimismo en lo que hoy podríamos interpretar como un sentido de sociedad democrática, plural, integral e integrada. Esto es lo que él ya no ha llegado a desarrollar, es lo que le quedó en el tintero, recuperar nuestra dignidad y soberanía nacional desde una profunda conciencia popular radicalmente democrática y por tanto potencialmente revolucionaria. Y es también desde esa conciencia rebelde, subversiva e insurgente que se podría (y se tendría que) re-construir una nueva sociedad o una nación (en los términos que eran más empleados en ese tiempo) intercultural y/o plurinacional.

 

Imperialismo colonial, dependencia transnacional y extractivismo depredador

En relación con la comprensión de estos complejos campos, Almaraz es plenamente leninista. Podríamos pues inclinarnos a pensar que lo más rescatable en la teoría aportada por Lenin al marxismo es la explicación del imperialismo como internacionalización del capital, como una particular forma de internacionalización del capital (cfr. Lenin, 2012)[6]. Y, claro, la sustancia material del imperialismo está nuclearmente constituida por las empresas transnacionales, incluyendo en ellas -con una importancia especial- a los bancos, que -como nos explica Lenin- son las instancias de fusión del capital industrial con el capital mercantil y financiero.

Y si bien el gobierno boliviano hoy habla de imperialismo, no solamente de imperio, sino también de imperialismo, incurre en una de sus más agresivas imposturas, porque mientras emite cotidianamente toda clase de epítetos de los más altisonantes contra el imperio e imperialismo, al mismo tiempo regala a las empresas transnacionales la plata de este país pobre, los ahorros, que en el fondo son las reservas internacionales netas. El gobierno boliviano, siguiendo un dictado típicamente neoliberal, ha optado pues por mantenerlos en la oxigenación de este núcleo material, que es el imperialismo, es decir los bancos transnacionales (cfr., por ejemplo, “La banca en Bolivia logró una utilidad histórica en 2019”, La Razón, 29 de enero de 2020). Ahí están nuestras reservas internacionales devengando intereses miserables del 0.25% al año.

Así, dada la formación teórica y política que tenía Sergio Almaraz, entendemos que esta interpretación del imperialismo estaba muy clara. Y es precisamente esta lectura la que queda de manifiesto en su obra, con el agregado que -ésta es una explicación muy importante- hay un vínculo más complejo, no es una dominación directa al estilo formal y violentamente colonial, sino que mantiene una intermediación activa de parte de la oligarquía randa, que no es tampoco un actor pasivo, un mediador indiferente, sino que ayuda su iniciativa, inclusive problematizando los esquemas concebidos por los agentes globales del imperialismo, como en su momento (al menos en las décadas pasadas) ha sido el gobierno estadounidense.

Esta cuestión espinosa la podemos ver claramente en la problemática agraria de Bolivia, desde el Plan Bohan[7] (1942), los Estados Unidos consideran recomendable una reforma agraria, que ciertamente supere la concentración latifundista de la tierra o en condiciones de producción serviles, pero la oligarquía boliviana, por muy pro-yanqui que pueda ser, como en verdad lo ha sido y aún lo es, se resistía a esa reforma agraria, hasta el último momento, la seguía combatiendo incluso en la misma ley de reforma agraria. Y esa reforma agraria en la región andina (no en la Amazonia) sólo es posible por la lucha y la movilización campesinas y que superan con creces a la propia ley e incluso a la administración gubernamental (cfr. Almaraz, 2019).

En los términos actuales, homologando los planteamientos de Almaraz a las expresiones más usadas en el debate social y/o político de hoy, diríamos que lo que él mostraba era esencialmente el modelo primario exportador, propio de un país históricamente aprisionado desde la tradicional detentación extranjera y foránea de sus recursos naturales, que –aún ahora- lo condenan a mantenerse bajo esos mismos patrones productivos de carácter radicalmente extractivista y depredador, bajo similares rubros productivos (minerales e hidrocarburos) y que le impiden por tanto desarrollar sus propias potencialidades, tales como diversificar la producción, transformar la matriz productiva y/o avanzar hacia la transición energética del país.

Hay, por tanto, de una manera efectiva, un componente fuerte del extractivismo en la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz, precisamente el vinculado a la cuestión del modelo primario exportador. Y probablemente por ello resulta escaso el componente ambiental, porque –claro- en esos tiempos no teníamos la crisis climática, ni los actuales trances ambientales del planeta. Si bien podríamos decir que ya había algunos hechos que mostraban que íbamos camino a la escasez y agotamiento de los recursos naturales, también podríamos decir que es un componente del extractivismo, al que lo podríamos rastrear –con cierto detenimiento- en la obra de Almaraz, pero no así el factor ambiental o muy escasamente.

 

Entre la rosca[8] oligárquica y el agro-empresariado racista y fascista

En el campo de la vieja y nueva rosca (Almaraz, 1969a) hay una cierta continuidad lógica, pero también hay innovación. La continuidad es evidente, la podemos constatar con nombres y apellidos. Esta nueva rosca, que se sitúa especialmente en la región occidental del país -Sergio Almaraz no estudió la zona oriental, que tiene sus propias especificidades-, se ubica en la minería grande y mediana y también en la banca.

Y uno de los tropos que más interesa de Almaraz está precisamente en esa comparación que él hace de la nueva rosca con la vieja, con la de Patiño, con la de los barones del estaño, que dice ante las imposibilidades, muy frecuentemente alegadas por los nuevos rosqueros, de hacer una y otra cosa por el país o por ellos mismos, considerándola muy grande o muy difícil. Almaraz dice que Patiño se habría sonreído porque sabía que sus dimensiones (esmirriadas) eran también las del país. Es así que la oligarquía criolla se consideraba del tamaño del país y con eso le daba o pretendía darle un fundamento subjetivo a su condición de clase –en realidad casta- dominante.

Los nueva-rosqueros eran las mismas familias, los mismos apellidos articulados hoy –principalmente por la vía de la banca- a la oligarquía agraria del oriente, que, a diferencia de la occidental, tiene una continuidad de mucha más larga data porque para ellos la revolución y la reforma agraria fueron de signo contrario que para el latifundio andino o altiplánico. En general, la oligarquía (de ayer y de hoy) y la lumpen (cuando no narco) burguesía se han constituido en un muy eficiente dispositivo institucional, financiero, y de expansión del régimen MASista, pero no de hegemonía (sino sólo de dominación) (cfr. Guha, 2019).

Y hay muchos ejemplos de miembros activos de una oligarquía oriental que, teniendo un pasado mucho más largo que el de la nueva rosca occidental, se consolidó con la revolución nacional, además de asociarse con los otros componentes de la nueva clase dominante (esencialmente cocaleros y colonizadores, mal llamados interculturales). Y no ha dejado de ejercer el poder, salvo muy breves y/o fugaces paréntesis de tiempo, digamos cuando la Unidad Democrática y Popular (UDP) o tal vez en el primer tiempo del presidente Evo, cuando precisamente Alejandro Almaraz fungía como Viceministro de Tierras (y por ello mismo lo atacaron acerba y cobardemente).

La oligarquía criolla no ha dejado pues de mandar u ordenar en la política agraria del país y lo ha hecho bajo dos modalidades cardinales, que son precisamente las que Sergio Almaraz da cuenta. Una: que las clases dominantes gestionaban sus intereses en el gobierno, ya sea directamente, como con los Arce y los Pacheco, los patriarcas de la plata, de la minería de la plata, o ya sea por interpósita persona, la rosca propiamente dicha, que son los abogados y los políticos que rodeaban y servían a los barones del estaño (Patiño, Hochschild y Aramayo), de la gran minería.

La oligarquía agraria del oriente también ha utilizado las dos estrategias, según su necesidad y/o conveniencia, porque es obviamente pragmática, no se anda con enredos doctrinales, ni nada parecido (cfr., por ejemplo, “En Santa Cruz dicen que Evo les favoreció más que Banzer”, Urgente.bo, 25 de junio de 2016). Y en su momento, por ejemplo en el tiempo neoliberal, eran sus hombres, directamente, los que estaban de ministros, de viceministros, de directores del INRA, de magistrados agrarios, eran los terratenientes Guiteras, Monasterios, etc., y en el Comité Cívico también mandaban.

Y cuando las cosas se complicaron o cambiaron, han sabido –sin mayores dificultades- reponer sus intereses, utilizando las tradicionales intermediaciones clientelares, a las que ingeniosa y/o ladinamente han podido acceder. Y esas mediaciones son muy significativas en la continuidad de la paradoja señorial, porque han supuesto no solamente instrumentar y/o domesticar a los jóvenes rebeldes, salidos de la misma clase dominante, como ocurrió antes con el MNR, o de repente más antes con los izquierdistas (del MIR), y ahora con los líderes surgidos no solamente del movimiento campesino e indígena, sino también de posiciones victoriosas en el enfrentamiento con los intereses transnacionales de la oligarquía q’ara (blanco-mestiza) dominante.

Hay por tanto continuidad en esta nueva rosca, que supo o pudo derrotar el levantamiento popular, además de ‘embolsillarse’ a la revolución nacional, es decir convertirla en su instrumento y -al hacerlo- la estuvo sometiendo/minando desde adentro, como bien dice Almaraz. La oligarquía también ha sabido capear y derrotar las otras amenazas que ha tenido, en diferentes momentos, tales como los nacionalismos militares (de los presidentes Torres y Ovando) o civiles (de la UDP y del MAS). Y aquí podemos decir, observando con más cuidado su propia historia, que a cuenta de lanzarse a la sedición violenta, como lo hicieron el 2007 y 2008, llevándonos al borde de la guerra civil, debieron ser más cautos y esperar no más para logros mayores, como es el de darle línea programática al gobierno del presidente Evo, al gobierno del llamado ‘proceso de cambio’ (cfr. “Pablo Solón: Destrozamos bosques por ganancias temporales de una oligarquía”, Página Siete, 01 de septiembre de 2019).

Ante esta constatación empírica hemos tenido, en algunos debates, la explicación de los voceros MASistas, también lo ha hecho y dicho el propio vicepresidente García, que “consumada la victoria revolucionaria, lo que queda es asimilar al enemigo derrotado” (cfr. Página Siete, 20 diciembre 2017). Nosotros podemos decir ¡qué maravillosa asimilación para el derrotado que el ejercer la condición de vencedor dando y/o determinando la línea programática del gobierno!, nada menos que en un asunto tan fundamental -para este proceso- como es el agrario y, más propiamente, agroalimentario, porque a partir de la Cumbre agropecuaria (del 2015), que se relata en el libro El MAS abraza el modelo capitalista (cfr. Saavedra, 2015), ellos (los empresarios) dan pues la línea política y económica de y al gobierno.

Ahora, lo nuevo o novedoso en este proceso llamado de cambio es que no hay -como algunos sugieren-, hablando de revolución política, un desplazamiento de las clases dominantes, es decir de las que actuaron como tales durante los regímenes del neoliberalismo, antes del llamado ‘proceso de cambio’, continúan -hoy mismo- ejerciendo el dominio del poder; ergo, no ha habido arrinconamiento alguno de las clases opresoras u opresivas. Lo que hoy vemos es más bien que la asimilación se da al revés, estamos pues en la típica situación que Guha (1919) denomina “dominación sin hegemonía”.

Para fundar y/o fundamentar esta afirmación podemos con-centrarnos en el campo de la cuestión agraria, donde vemos que desde el 2010 todos los actos del gobierno son los que interesan (exclusiva y por tanto excluyentemente) a la oligarquía agraria (la de los agro-negocios), tanto que la política financiera frente a la banca privada es la misma o quizás peor que la del ex presidente neoliberal Sánchez de Lozada (Goni) (cfr. “De la economía boliviana ganan los empresarios y crecen las desigualdades en el pueblo”, en: Semanario Aquí, 21 diciembre 2013). “Los banqueros, en este tiempo de Evo Morales, ganan pues de manera sostenida y mucho más que durante el neoliberalismo”, tanto que la banca ha ganado y gana mucho más que nunca en estos últimos diez años (cfr. BARRIOS, Rafael, “Ministerio de Economía: La banca incrementa su ganancia en un 600 % en 12 años”, periódico digital de Radio Fides, 15 febrero 2018).

Las empresas transnacionales, ya lo hemos dicho y lo reafirmamos, están mejor que cuando el régimen neoliberal de Goni. Si bien tienen que tributar un poco más, están exentas de la nacionalización por el hecho de que la actual política de hidrocarburos se llama paradójicamente ‘nacionalización’ (cfr. Barrios, 2018). He aquí una forma concreta de la paradoja señorial: proteger los mecanismos ilegítimos de dominación con su impugnación retórica, se trata pues de resguardar a las empresas transnacionales precisamente con la nacionalización, es decir con el recurso simbólico, demagógico y discursivo de la nacionalización (cfr. “Saqueo, devastación ambiental y recolonización de territorios indígenas: la frustrada nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia”, Cuadernos de Coyuntura, enero de 2019, Nº 22 y “García Linera descarta estatización de la minera San Cristóbal y garantiza sus operaciones”, La Razón, 27 julio 2015).

Entonces, la banca, las empresas transnacionales y particularmente las empresas mineras, no creemos que hubieran recibido mayor beneficio de Sánchez de Lozada, que el que les ha otorgado el gobierno del presidente Evo, sobre todo con la Ley de minería y metalurgia (Ley N° 535, del 28 de mayo de 2014). Y están muy eficazmente preservadas de lo que tendría que ser el compromiso prioritario del gobierno, que es el de la consulta previa, del derecho a la consulta previa, libre e informada; aunque -a nombre de la consulta- otra vez aparece la instrumentación simbólica y la prebenda clientelar para el fin real, que es absolutamente contrario a los intereses de los pueblos y territorialidades indígenas u originarias.

Así, las clases dominantes que han oprimido y explotado en -por lo menos- el último medio siglo, en Bolivia, hoy mismo siguen sometiendo y más aún ellas -mediante una vinculación más o menos subterránea y/o promiscua con el llamado ‘proceso de cambio’ y especialmente con su núcleo blanco mestizo de poder- han asimilado a ciertos sectores emergentes, como los cocaleros (del Chapare), que van ganando con la coca destinada al narcotráfico (hay informes de las Naciones Unidas que sostienen que el 94% de la producción de la hoja va destinada al narcotráfico [ver por ejemplo El Día del 23 abril 2016 ]), y se han vuelto comerciantes, contrabandistas e incluso ‘loteadores’ de tierras suburbanas.

También cuentan las elites burguesas relativamente encubiertas en y por el cooperativismo minero y obviamente las señoras –como Gabriela Zapata o Lorgia Fuentes- amigas de las empresas chinas (por ejemplo CAMC, Sinohydro y Sinosteel), una nueva clientela en cuya existencia también se reproduce la decadencia de la revolución nacional. Esta es otra analogía muy reveladora, además de singular, respecto a la historia anterior, en la que la revolución nacional, con el MNR en el poder, ampliara los mecanismos clientelares del Estado y más aún los masificara y los corrompiera.

Actualmente estamos viviendo un nuevo momento de exacerbación de estas relaciones clientelares y creemos que -producto de ella- hay una burguesía chola emergente, una burguesía azul, tomando los términos de Amalia Pando, pero que no ha desplazado, insistimos en esto, no ha desalojado a la oligarquía criolla ya establecida, sino más bien se ha acoplado, se ha sumado en una condición además secundaria y/o subsidiaria. Al fin y al cabo, es sólo un par más de cubiertos que se añaden a la mesa del banquete de los privilegios y privilegiados.

 

El mensaje profético de Sergio Almaraz  

Un tema que suele señalarse como un vacío, en la obra de Almaraz, es el de la problemática colonial, del colonialismo interno, más específicamente de la opresión moderna colonial sobre los pueblos indígenas u originarios. Ciertamente, es un tema que él no aborda, no con una especificidad definida, pero tampoco lo ignora, menos en una realidad tan desigual y heterogénea como es la boliviana.

Aunque en el otro polo de la contradicción uno puede ver la psicología de la vieja rosca y ahí están descritas las estructuras mentales e ideológicas del colonialismo interno (cfr. Almaraz, 1969a), de aquellos –dice- que desprecian al país del que viven y en el que se han hecho ricos; dicho de manera más precisa, los oligarcas “Se sentían dueños del país, pero al mismo tiempo lo despreciaban”, relegando, desterrando y proscribiendo –lo dice específicamente- al indio, pese a que secularmente han vivido y (hoy como ayer) viven de su trabajo.

Esta problemática Almaraz no la conocía por haberla estudiado sino por haberla vivido (durante sus primeros años en el valle alto de Cochabamba), porque él era de una familia terrateniente, de Cochabamba, de la provincia Esteban Arce, aunque su madre ya había perdido las tierras, era pues de una familia de terratenientes en crisis, originalmente por los trances de la guerra del Chaco.

Almaraz conoció la realidad de la hacienda y no le era indiferente la constatación de esta realidad, en la que los que se arreglaban para trabajar, en absolutamente todo, no solamente en poner sus manos, sino también en organizar el proceso de producción, suministrar la semilla, trasladar la producción, ir a vender (en el pueblo) la producción a cuenta del patrón, poner sirvientes (pongos) en la casa de los patrones, eran pues los indios. Y los patrones lo único que hacían era recibir las rentas, como bien dicen Zavaleta (1986) y Platt (1982), eran estrictamente recaudadores de las múltiples formas coercitivas del tributo indígena.

Estas atingentes situaciones son las que Almaraz las vivió en su infancia y las rebulló con dolor, porque en esas mismas familias de terratenientes, había pues ‘ovejas negras’, y había quienes percibían que eso estaba mal, por injusto e indigno, y que no podía continuar así. Él lo denunció acremente, dentro de esta república moderno colonial u oligárquica, y lo describe pormenorizadamente en El poder y la caída (cfr. Almaraz, 1967), es decir de manera firme y contundente.

Almaraz ya no ha vivido algo que de repente le hubiera parecido insólito, inesperado, que es que esos pueblos sometidos u oprimidos se sobrepongan al aplastamiento, al desprecio racista, a la densa explotación económica y opresión política, así como a la violencia etno/genocida de las masacres y represiones sangrientas, y a pesar de todo ello: del dolor y la herida coloniales (Mignolo, 2007), sean capaces de abrir procesos y senderos de lucha, de emancipación y liberación.

Si bien sabemos que el llamado ‘proceso de cambio’ se ha congelado, en realidad ha colapsado –por un natural proceso de entropía- y ha sido traicionado por el régimen MASista, y hoy está siendo instrumentado por el enemigo imperialista. También estamos al tanto de que han sido los pueblos indígenas los que lo abrieron con sus luchas, principal y originalmente por el agua, el territorio y la vida. Cuánto nos hubiera gustado hablar con Sergio Almaraz acerca de estas emergencias e insurgencias, escuchar qué hubiera dicho él viendo estas bullentes resistencias, rebeldías e insubordinaciones…

Al menos en tierras altas es en verdad sorprendente que Arturo Urquidi (1966), en los años 60, decía que las últimas comunidades andinas estaban agonizando, que vivían sus últimos hálitos de vida. No obstante, Urquidi murió en los ‘80, ha tenido que -por lo menos- enterarse de la Ley Agraria Fundamental (cfr. CSUTCB, 1984), en la que el grueso del campesinado andino, ya emancipado de la tutela blanco-mestiza, dice “no a la propiedad privada, queremos tierras comunales, queremos economía comunitaria, queremos valores colectivos en una nueva sociedad, en un nuevo Estado” plurinacional.

 

Conclusiones para seguir reflexionando 

Aquí reivindicamos de Sergio Almaraz (1969) dos afirmaciones radicales: la primera, que “la revolución es el camino necesario”, no es literal, pero es ciertamente la idea primordial, “revolución –dice- es dignidad”, “es soberanía”, “es liberación”, y por lo tanto es el camino luminoso de los pueblos. La segunda, muy a propósito de eso, dice (retomando una frase lúcida de Albert Camus) que: “Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta”.

Se trata, entonces, de entender que lo que están haciendo los burócratas del gobierno actual, del régimen MASista, no es revolución, sino más bien es continuar ese sino trágico de nuestra historia, que es el de tras-poner la rebelión en manos de sus enemigos. Es por tanto la paradoja señorial, que hoy deviene como la derrota de la revolución minándola y socavándola desde a-dentro. No obstante, eso no quita ni la necesidad, ni la obligación ética, política e intelectual que tenemos por y para ese futuro cualitativamente distinto y mejor, que es la revolución, al menos los que queremos vivir de manera distinta a la actualidad, es decir con justicia, democracia y libertad.

Aun cuando se nos pueda decir “pero, a ver, cuál es la alternativa al capitalismo”, tenemos la esperanza (en el sentido de El principio esperanza de Ernst Bloch) que la vamos a ir fundando en la misma medida en que la vayamos construyendo con nuestras propias manos. En la construcción de este horizonte de emancipación/liberación retomamos al maestro Aníbal Quijano (2015), quien nos dice que estos nuevos tiempos son de una necesaria desconcentración epistémica y más específicamente de un “modo de subversión epistémica del poder”.

Se trata por tanto de ser fieles al legado de Almaraz y de no reiterar la concentración epistémica, es decir una fórmula de solución que pueda inclusive, como lo hacían los soviéticos, reducirse a una mera receta, en el sentido que el socialismo es A, B, C, no, sino más bien comprender que estamos en una realidad diversa, compleja y dinámica. Y que es desde estos distintos y complejos frentes teóricos, políticos y epistémicos, que se hostigará y se derrotará al colonialismo, al capitalismo y al patriarcado (cfr. Santos, 2017).

Y es también desde y a partir de estos mismos frentes que hoy devienen las luchas anti-post-decoloniales, en el caso nuestro contra el colonialismo interno, que sigue acaeciendo aun con el presidente Evo, gobernante indígena. Hoy el colonialismo interno está más robusto, pero –a la par- también está la lucha de las mujeres contra la dominación y la violencia patriarcales y por supuesto está el combate de los pueblos indígenas u originarios contra el extractivismo moderno colonial y las revueltas ciudadanas para que nuestra Pachamama siga habiendo y viviendo para nosotros y para nuestros hijos y nietos.

¡Jallalla!

 

Bibliografía

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ZAVALETA, Rene. (1986). Lo nacional-popular en Bolivia. México: Siglo XXI.

[1] En la década del 40, del siglo pasado, en Bolivia, el marxismo fue representado por el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), que nació el 26 de julio de 1940 en un congreso realizado en Oruro, y cuyos principales líderes eran José Antonio Arze y Ricardo Anaya. El PIR llegó a ser el partido más prestigioso de la década del 40, y fue el primero que (en Bolivia) aceptó el marxismo como fundamento de su ideología.  Propugnó la revolución democrática burguesa como una instancia previa a la instauración del socialismo, la reforma agraria y, sin mucha claridad, el control del Estado sobre los ingresos mineros.

[2] Según Alejandro Almaraz (2009: 708), la rebelión de la Juventud del PIR contra sus mandos partidarios derivó en la ruptura y en la fundación del Partido Comunista de Bolivia en enero de 1950. Sergio Almaraz fue uno de los principales líderes y dirigentes del naciente partido.

[3] José Antonio Arze y Arze es considerado uno de los principales sociólogos y teóricos del marxismo en Bolivia. Fundó el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) y fue uno de los líderes del movimiento promotor de la autonomía universitaria en Bolivia.

[4] Sergio Almaraz sentía admiración por José Antonio Arze, el fundador y principal dirigente del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), y por ello mismo le siguió precisamente en el PIR.

[5] Actualmente –en Bolivia- está pasando casi lo mismo que con el agotamiento de la revolución nacional, mutatis mutandis (“cambiando lo que haya que cambiar”), es decir salvando las correspondientes distancias y diferencias histórico-temporales entre la revolución nacional y el llamado “proceso de cambio”.

[6] Lenin elaboró este texto marxista, enormemente influyente, para explicar en detalle los defectos inevitables y el poder destructivo del capitalismo, que conduciría ineludiblemente al imperialismo, a los monopolios y al colonialismo. Profetizó que los países del Tercer Mundo usados meramente como mano de obra capitalista no tendrían más opción que unirse a la revolución comunista en Rusia.

[7] Este plan fue realizado por una misión económica de Estados Unidos a Bolivia. Llamado así por el nombre del jefe de la misión, Merwin L. Bohan. Fue un trabajo de ayuda del gobierno norteamericano a la recuperación y al desarrollo económico y social boliviano.

[8] Rosca, bolivianismo, alude a la colusión de intereses minero feudales y la constitución de las élites locales dominantes.

La actualidad de Sergio Almaraz Paz  

La actualidad

de Sergio Almaraz Paz

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La actualidad de Sergio Almaraz Paz

 

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Resumen

El escrito que se presenta trata sobre el pensamiento activista y la actividad militante en defensa de los recursos naturales de Sergio Almaraz Paz. Busca interpretar la conformación de la narrativa del nacionalismo revolucionario y de la izquierda nacional en Bolivia, a partir del acto heroico del proletariado minero y de la construcción del pensamiento propio en la formación territorial social y cultural boliviana.

Palabras claves:

Pensamiento crítico, recursos naturales, soberanía, hombre rebelde.

Breve biografía

Escritor crítico, activista ácrata, militante ecologista en defensa de la vida, artesano de la poiesis.

Una arqueología del pensamiento propio

José Luis Saavedra escribe el ensayo El legado ético y político del pensador revolucionario Sergio Almaraz. El ensayo se basa en el testimonio del hijo de Sergio; entonces, comienza con la entrevista a Alejando Almaraz. En el resumen, el autor de la remembranza y el análisis de la trayectoria y proyección del intelectual crítico expresa lo siguiente:

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual decurso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

En el cometario a este ensayo sobre el legado ético y político de Sergio Almaraz vamos a retomar las preguntas que se hace José Luis Saavedra, sobre todo una, particularmente la relación afectiva y pasional, además de intelectual, de Sergio Almaraz Paz con los recursos naturales. Lo que viene es una reflexión analítica de uno de los decursos de la obra de Sergio Almaraz, tomando como referente el ensayo comentado.

 

Actualidad

¿Se puede decir que ser actual es ser en el tiempo? ¿Es como actuar en el tiempo en el momento presente, en todos los presentes? ¿Es estar presente en el tiempo? Aunque ya no creemos, por así decirlo, en el tiempo absoluto, tampoco en el espacio absoluto, pues consideramos, mas bien, el tejido del espacio-tiempo como condición de posibilidad de las dinámicas del universo y el multiverso, usamos el término y el concepto de tiempo como figura ilustrativa.

Cuando la presencia intelectual de un autor permanece en el tiempo, se prolonga, se hace presente, lo que ha dicho y escrito tiene validez para abordar los problemas del presente. Esta es la actualidad de Sergio Almaraz Paz. El pensamiento de Sergio Almaraz es actual ante la persistencia dilatada del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Andrés Soliz Rada decía que Almaraz era como el detective no pagado de la defensa de la nación. Sergio Almaraz Paz es conocido como el defensor de los recursos naturales; consideraba que los recursos naturales son el substrato material de la nación. Substrato material asociado al substrato social y colectivo del pueblo. La consigna fue recuperar los recursos naturales para el país, recursos que se encontraban en manos de las empresas transnacionales extractivistas. El destino de la nación está vinculado a la posibilidad de esta recuperación. Los recursos naturales son como la materialidad vital de la formación económico-social e histórica, formación social expuesta al dramatismo de la historia de la vorágine capitalista. La dependencia es pues la tragedia del país.

Para Sergio Almaraz los recursos naturales están asociados a la independencia del Estado-nación y a la posibilidad de edificar un Estado-nación autónomo e independiente. La nacionalización de los recursos naturales y de las empresas trasnacionales extractivistas tiene inmediatamente efectos estatales, tienen que ver con la formación de la consciencia nacional, como decía René Zavaleta Mercado, además de la constitución de un Estado-nación propio. Por esta razón Sergio Almaraz Paz postulaba también la nacionalización del mismo Estado y del mismo gobierno, pues el Estado se encontraba en manos de la oligarquía entreguista, bajo el mando de un gobierno subordinado al imperialismo.

Interpretando, desde la actualidad, el momento presente de este escrito, Petróleo en Bolivia y El poder y la caída, dos libros de Sergio Almaraz Paz anteriores a Réquiem para una república[1], podemos decir que en Almaraz encontramos una concepción articulada del mundo entre los recursos geológicos y la formación económico-social. En esta concepción integradora de lo geológico y lo social el intelectual crítico y comprometido, militante de la liberación nacional, concibe la construcción del Estado-nación como soberanía nacional y autonomía social, frente al saqueo de Bolivia.

¿Cómo se subjetivan los recursos naturales convirtiéndose en el contenido de la narrativa nacional-popular? ¿De qué manera se vuelven concepto cardinal de la interpretación de la formación-económico social del capitalismo dependiente? A propósito, se puede sugerir la hipótesis dialéctica de que la consciencia nacional recupera la materia exteriorizada, extrañada y externalizada, que son, los recursos naturales. Al hacerlo, esta materia recuperada por la consciencia, en forma de concepto, comienza su devenir en voluntad del sujeto social.

Esta hipótesis dialéctica es ya parte de la narrativa teórica del discurso nacional-revolucionario. Pero ¿qué hay de la correspondencia entre hipótesis y realidad? ¿Qué hay entre la correspondencia entre discurso teórico y realidad efectiva de la formación económico-social? En la historia efectiva se puede decir que se trata de la crisis política en la periferia de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, donde se distribuyen las formas singulares del capitalismo dependiente. Crisis política, montada sobre la crisis económica generada por la dependencia, crisis que hace emerger la crisis social. Son pues las multitudes las que toman consciencia y se rebelan contra la dominación imperialista y el saqueo de Bolivia. Observando la cronología del acontecimiento político, se puede decir que la intelectualidad crítica denuncia y devela los engranajes del saqueo, crítica antecedida por la rebelión social. Es el proletariado minero él que da los primeros pasos en esta rebelión contra el saqueo de Bolivia; saqueo que viene asociado a la explotación del proletariado. Las masacres son las respuestas del gobierno de la oligarquía minera, los “Barones del estaño”; después las masacres van a continuar con las dictaduras militares. La intelectualidad crítica y el proletariado organizado sintonizan y se lanzan a la lucha por la liberación nacional.

Esta breve descripción, sucinta, del acontecimiento político, en cuestión, la relativa a la genealogía del poder en Bolivia, un tanto esquemática para ilustrar, ayuda a contrastar la hipótesis teórica del nacionalismo revolucionario. ¿A dónde vamos con esta contrastación? No se trata de verificar o, en su caso, falsar la hipótesis, como en una investigación empírica, se trata de comprender el devenir sujeto de los recursos naturales en la narrativa del discurso del nacionalismo revolucionario. Sabemos que este devenir sujeto acontece en la experiencia cognitiva, por así decirlo, del intelectual crítico. Es, entonces, en el transcurso de la construcción de la interpretación crítica donde acontece el devenir sujeto de los recursos naturales; acontece metafóricamente. Ocurre como si los recursos naturales experimentasen inmediatamente, como sujeto natural, sufrieran, la extracción y la explotación de su materialidad geológica. Es más, ocurre como si explotasen como dinamitas en la consciencia crítica del nacionalismo revolucionario.

En pocas palabras, se produce una metaforización de los recursos naturales, acompañada por una metamorfosis simbólica, aunque ésta sea imaginaria, es decir, ideológica, dándose lugar en la narrativa nacional-popular. En contraste, se puede decir, que lo que sí acontece en el plano de intensidad económico es la acumulación originaria de capital, por despojamiento y desposesión, y la acumulación ampliada de capital, por explotación técnica y económica de los recursos naturales, reducidos a materias primas, produciéndose su transformación en las cadenas productivas, acompañadas por la valorización del valor en la metafísica económica. La narrativa del nacionalismo revolucionario es pues una disposición abierta a la lucha por la recuperación de los recursos naturales para la nación, además de dispositivo de las prácticas discursivas y de acción en el combate contra la dominación imperialista y el saqueo de Bolivia. Ahora bien, siendo Sergio Almaraz Paz marxista, conecta y articula la formación de la consciencia nacional con la formación de la consciencia de clase; en otras palabras, el paso de la consciencia en sí de clase a la consciencia para sí de clase está vinculado al paso de la consciencia en sí nacional a la consciencia para sí nacional. La lucha de liberación nacional está asociada a la lucha de clases.

En la actualidad, en el momento presente, en la coyuntura de transición, después de la implosión del gobierno clientelar del neopopulismo del siglo XXI, la problemática tratada por Sergio Almaraz sigue vigente. El modelo colonial extractivista se encuentra en una expansión inusitada, primero por la implantación del ajuste estructural del periodo neoliberal; después, continuando el modelo extractivista, de manera paradójica, por el llamado “gobierno progresista”, que implementa lo que Eduardo Gudynas llama el neo-extractivismo progresista; seguidamente, por el gobierno de la “transición” interminable, que extiende de manera descarnada, manifestando un barroco neoliberal, una combinación saturada de neopopulismo y neoliberalismo. No solamente se hallan comprometidos los recursos naturales minerales, sino también los recursos naturales hidrocarburíferos, además, y esto es nuevo, otros recursos naturales, ahora explotados, por el desarrollo de la agroindustria y la técnica de la manipulación genética, es decir, los transgénicos. Como nunca los bosques de la Amazonia, del Chaco y también de los valles, están amenazados a desaparecer.  En la etapa tardía del ciclo del capitalismo vigente, que contiene al ciclo del capitalismo dependiente, en las periferias de la geografía política del sistema-mundo capitalista, el modelo extractivista ha adquirido una demoledora expansión e intensidad, empleando tecnología de punta y recurriendo a la técnica de la biología molecular, utilizada en la manipulación genética, con el objeto de la acumulación ampliada del capital, en plena fase de la dominancia del capitalismo financiero, especulativo y extractivista.

 

El hombre rebelde

No es desconocido que Sergio Almaraz Paz era camusiano. Lo expulsaron del Partido Comunista de Bolivia, además, después de acusarlo de nacionalista, por leer más Albert Camus y menos a Fedor Vasilévich Konstantinov[2]. Esta influencia se nota en Réquiem para una república, libro dedicado a la critica del periodo de la revolución nacional (1952-1964). En el capítulo El tiempo de las cosas pequeñas cita a Camus:

Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta… Para sacar de la decadencia de las revoluciones lecciones necesarias, es preciso sufrir con ellas, no alegrarse de esta decadencia.

 

En El hombre rebelde, Allbert Camus escribe:

En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel que el “cogito” en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.

En el capítulo citado de Réquiem para una república, Sergio Almaraz Paz escribe:

 

El gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario antes de su caída vivía el tiempo de las cosas pequeñas. Una chatura espiritual lo envolvía todo. Un semanario partidario, un año más tarde, se expresaría en una frase: “Laicacota, sepelio de tercera clase para una revolución arrodillada”. Un gobierno vencido de antemano por la desilusión y la fatiga no podía resistir. Estaba solo. En las cuarenta y ocho horas que precedieron a su caída tuvo que pagar agravios y errores. El pueblo quedó expectante, atrapado por una sombría duda. Abandonado por sus dirigentes, él también estaba solo. Nunca la historia de Bolivia tocó tan desmesuradamente los extremos de la lógica y el absurdo. En Laicacota se disparó sobre el cadáver de una revolución.

Ésta es la síntesis de la evaluación de la revolución nacional (1952-1964). En este párrafo se expresa la lucidez de Almaraz, el intelectual crítico, el hombre rebelde. En este caso, la rebelión es también contra lo absurdo. Como en Camus lo absurdo es la contradicción misma; pero esta contradicción, inherente a la decadencia de la revolución, tiene su explicación en el tiempo de las cosas pequeñas:

El impulso constructor de la revolución estaba muerto. La revolución fue achicándose hasta encontrar las medidas señaladas por los americanos, cuyas proporciones las descubrieron a su vez en la propia miseria del país. Se consideraba posible hacer la revolución sirviéndose de su dinero. “Alianza para el Progreso” armonizando con esta filosofía mostraba sus abalorios: una letrina, una posta sanitaria o motocicletas para la policía. Era el tiempo de la menor resistencia. El tiempo de las cosas chicas, “sensatas y realizables”, como se repetía a menudo.

La historia sería simple si los avances y retrocesos respondieran exclusivamente al juego alternativo de gobiernos revolucionarios y contrarrevolucionarios. La revolución desde el gobierno también puede capitular con retrocesos lentos, a veces imperceptibles. Una pulgada basta para separar un campo del otro. Se puede ceder en esto o aquello, pero un punto lo cambia todo; a partir de él la revolución estará perdida. Por esto suena falsa la proclamación de la irreversibilidad de la historia cuando se confunde la totalidad del proceso con una de sus áreas particulares. Bolivia no volverá, efectivamente, a 1952; en este sentido la totalidad de la historia es irreversible, pero no se debe abrigar la menor duda acerca de que la desnacionalización de las minas está en marcha; en este otro sentido, el retroceso ha sido fácil y posible. La revolución boliviana se empequeñeció, y con ella sus hombres, sus proyectos, sus esperanzas. La política se realiza a base de concesiones, y entre éstas y la derrota no hay más que diferencias sutiles. ¿Cuándo se tomó el desvío que condujo a la capitulación? Previamente debiera interrogarse: ¿los conductores estaban conscientes de que capitulaban, se dieron cuenta de que llegaron a aquel punto desde el que no hay retorno posible?

 

Esta reflexión puede aplicarse en el momento presente, teniendo en cuenta, claro está, el cambio de contexto, con referencia al llamado “proceso de cambio”, salvando las diferencias, pues en este caso no hubo una revolución, sino que ésta se suplantó por una comedia, como decía Karl Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte. A diferencia de la revolución nacional, el “proceso de cambio” arrancó, casi desde un principio, con el tiempo de las cosas pequeñas, con el retroceso sinuoso, cruzó cuatro veces el límite, pasado el cual, el “gobierno de los movimientos sociales” se enfrentaba al pueblo. Primero ocurrió con la crisis del “gasolinazo”, cuando se constataba la marcha regresiva del proceso de desnacionalización de los hidrocarburos con la aprobación de los Contratos de Operaciones; después, más grave aún, con el conflicto del TIPNIS, desenmascarando el carácter anti-indígena del “gobierno progresista”. El tercer cruce del límite ocurrió en la crisis del Código Penal, cuando el gobierno clientelar quiso imponer una ley inquisidora que criminalizaba la protesta y la movilización; por último, el cuarto cruce del límite aconteció de manera lenta y dilatada, con el sistemático desmantelamiento de la Constitución y la destrucción minuciosa de la democracia.

El hombre rebelde, el intelectual crítico, Sergio Almaraz Paz, elabora su crítica y activa su militancia en defensa de los recursos naturales, por el país, por el proletariado, por el pueblo, desde la dramática experiencia del saqueo y desde el acto heroico del proletariado y del pueblo contra la dominación de las genealogías de las oligarquías y la irrupción perdurable del imperialismo.

En El hombre rebelde, Albert Camus dice que la insurrección humana, en sus formas elevadas y trágicas no es ni puede ser sino una larga protesta contra la muerte; en otras palabras, el rebelde defiende la vida, incluso aunque lo haga de una manera paradójica, inmolándose, entregándose en el acto heroico, que dona su cuerpo por amor a la vida, a los humanos, al pueblo, al proletariado, a los ciclos vitales, integrados y armonizados, del Oikos, del planeta Tierra. Pero, la rebelión misma es paradójica:

El rebelde no quería, en principio, sino conquistar su ser propio y mantenerlo frente a Dios. Pero pierde la memoria de sus orígenes y, en virtud de la ley de un imperialismo espiritual, helo en marcha hacia el infinito. Ha arrojado a Dios de su cielo, pero el espíritu de rebelión metafísica se une entonces francamente al movimiento revolucionario; la reivindicación irracional de la libertad va a tomar paradójicamente como arma la razón, único poder de conquista que le parece puramente humano. Una vez muerto Dios quedan los hombres, es decir, la historia que hay que comprender y edificar. El nihilismo que en el seno de la religión sumerge entonces a la fuerza creadora sólo agrega que se la pueda construir por todos los medios. A los crímenes de lo irracional, el hombre, en una tierra que sabe en adelante solitaria, va a reunir los crímenes de la razón en marcha hacia el imperio de los hombres. Al “me rebelo luego existimos”, agrega, meditando prodigiosos designios y la muerte misma de la rebelión: “Y existimos solos”[3].

 

También la revolución es paradójica, sobre este acontecimiento político, altamente intenso, hay que anotar la diferencia entre rebelión y revolución, Albert Camus se expresa con claridad:

El espíritu revolucionario se encarga así de la defensa de esa parte del hombre que no quiere inclinarse. Sencillamente, trata de dar su reino en el tiempo. Al rechazar a Dios elige la historia, en virtud de una lógica aparentemente inevitable[4].

Y un poco después, Camus escribe:

El movimiento de rebelión, en su origen, se interrumpe de pronto. No es sino un testimonio sin coherencia. La revolución comienza, por el contrario, a contar de la idea. Precisamente, es la inserción de la idea en la experiencia histórica, en tanto que la rebelión es solamente el movimiento que lleva de la experiencia individual a la idea. Mientras que la historia, incluso la colectiva, de un movimiento de rebelión es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico. Por eso es por lo que la rebelión mata hombres en tanto que la revolución destruye a la vez hombres y principios. Pero, por las mismas razones, se puede decir que todavía no ha habido revolución en la historia. No puede haber en ella más que una, que sería la revolución definitiva. El movimiento que parece terminar el rizo inicia ya otro nuevo en el instante mismo en que el gobierno se constituye. Los anarquistas, con Varlet a la cabeza, han visto bien que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. “Implica contradicción – dice Proudhon – que el gobierno pueda ser alguna vez revolucionario, y ello por la sencilla razón de que es gobierno”. Hecha la prueba, añadamos a eso que el gobierno no puede ser revolucionario sino contra otros gobiernos. Los gobiernos revolucionarios se obligan la mayoría de las veces a ser gobiernos de guerra. Cuanto más se extienda la revolución tanto más considerable es lo que se arriesga en la guerra que ella supone. La sociedad salida de 1789 quiere luchar por Europa. La nacida de 1917 lucha por el dominio universal. La revolución total termina así reclamando, ya veremos por qué, el imperio del mundo[5].

Haciendo melodía con la tonalidad camusiana, Sergio Almaraz Paz, en el capítulo Cementerios mineros, escribe:

 

El locus económico de la minería es la transferencia unilateral de la riqueza, lo que en otras palabras significa que Bolivia queda inerme en el polo de la miseria. Esta condición debe entenderse como el empobrecimiento físico del país que un día no tendrá nada más que sacar de su subsuelo, como ya sucedió con la plata y en parte con el estaño, y en función de una aniquilante dinámica de la miseria y de la violencia que no llega a la destrucción total, pero produce la invalidez. Hay una diabólica fatalidad: el estaño a tiempo de darse destruye a los que lo toman. Y no es que mueran precisamente sepultados en un socavón, la muerte está organizada burocráticamente para admitir este desenlace imprevisto y violento. La acción depredadora no proviene de la naturaleza si no, mas bien, de los hombres, así residía que la silicosis y la tuberculosis son aliados de un sistema. La pérdida de la riqueza con ser inevitable engendra una especie de fatalismo. ¡Los bolivianos son tan increíblemente modestos en sus demandas! Y tienen que serlo, la historia no transcurre en vano, hay demasiadas minas agotadas, demasiados socavones silenciosos, demasiados muertos para alimentar futilidades sobre el futuro. En el norte chileno hay cementerios inexplicables. De pronto surgen en plena pampa sin rastros de poblaciones próximas. Es como si se hubieran dado cita para hacerse notar solamente ellos. Se los defiende contra has arenas del desierto lo que da cierta idea de consideración por ellos. En otro tiempo había calicheras y poblaciones de trabajadores, pero tuvieron que partir y se llevaron todo, hasta los techos y las paredes de los campamentos. Quedaron los que llegaron a la última jornada. En el Altiplano los muertos son inmemoriales como que ya los había tres siglos antes del primer caído en las calicheras. Siglos de trabajo yacen congelados en Potosí, las minas del sud y del sudoeste. Allí no hay construcciones que la posteridad conserve reverente; los grandes testimonios están bajo la tierra mientras que lo precario, el hombre y sus poblaciones, quedan arriba en forma de laberínticos muros semiderruidos y cementerios abandonados[6].

 

Continua después con una aseveración contundente, que puede considerarse trágica, atendiendo al género literario:

 

Ninguna política social cambiará este cuadro mientras no concluya el exilio minero. Ninguna reforma es posible porque los reformadores están atrapados en el mismo exilio, ninguna forma de “humanismo” ofenderá tanto como la miseria misma. Ya es tarde para buscar exculpaciones. Los hechos de la historia trágicamente rígidos hicieron surgir dos condiciones irreductibles: la de los condenados reducidos al exilio y la de los que subsisten en la medida en que mantienen la condición de aquellos. Esta situación excluye el reconocimiento de cualquier “derecho” sin la destrucción previa del sistema. Muchos bolivianos honestos hasta ahora se dejaron ganar por la ilusión… Ellos también están descubriendo su verdad. Los hombres en las minas mueren por hambre y abandono como en tiempos de la peste o la guerra, ¿quién, que sea extraño a ellos, podría hablar en estas condiciones de ponerlos en posesión de su propia dignidad? Hay una dignidad que no la han perdido, es cierto; más que de gestos dignos para los que no hay cabida cuando el hambre destruye criaturas, se trata de un sentimiento trágico, de la lúcida aceptación de una existencia irremediablemente perdida, el reconocimiento de un destino que es el exilio. Pero no hay que llamarse a error. No puede ser masa anulada la que es matriz sufriente de la revolución: los que pueden rescatarse a sí mismos no están perdidos. Nada tiene que ver aquí la justicia, sobre todo aquella que, lejos de la carne que sufre, es concebida en términos abstractos y con la cual las buenas gentes quieren erigirse en jueces. Se cree de buena fe que los mineros forman un sector proletario cuyas luchas pueden oscilar dentro de márgenes dados de reivindicaciones posibles. Es un error, porque en las minas la vida ha retrocedido a la última frontera; para rescatarla hay que destruir un sistema y no será precisamente el reformismo el inductor del cambio, aunque fuese inspirado por hombres honestos, lo que no sucede. Si se trata de reconocer derechos correspondería a los mineros pronunciarse en primer lugar: son las víctimas. De hecho, algún día lo harán y ese día será la muerte de la República con su actual carga de miserias, o su renacimiento[7].

El hombre rebelde, entre ellos, el intelectual crítico, la rebelión y la revolución, forman parte del acontecimiento existencial, inmanentemente paradójico, acontecimiento compuesto de multiplicidad de singularidades y procesos entrelazados singulares, en constante dinamismo, articulación, integración, desarticulación y desintegración, así como rearticulación y reintegración. Haciendo paráfrasis a Michel Foucault de Las palabras y las cosas tendríamos que decir que, si bien después de la muerde de Dios continua la muerte del hombre, entonces, después de la muerte del hombre continua la muerte de la historia. No el fin de la historia, como entendía un filosofo inventado por el establishment, sino la muerte de la historia, es decir, la muerte del desenvolvimiento y el despliegue del nihilismo como historia.  La muerte de la voluntad de nada, entonces, el renacimiento de la voluntad de potencia, de la potencia creativa de la vida.

Un devenir de la escritura

 

La escritura, la inscripción de la huella, la hendidura en la memoria, la narración del acontecimiento es la expresión gramática del devenir del ser y del ser en devenir. Escribir, en latín es scribere; el sentido implícito de escribir es grabar, raspar, esculpir. Esto debido a que antiguamente se esculpía, escribía, en piedra, en madera, luego en tablillas cubiertas de cera, en corteza, papiro, también en piel de animal. El escrito tenía que ver con anotaciones, cronogramas, clasificaciones, relatos primarios, pero también con composiciones escritas, es decir narrativas. Las composiciones narrativas son complejas, pues articulan, en distintos planos de intensidad, composiciones de imágenes, composiciones simbólicas, composiciones literarias, composiciones de interpretaciones; toda una variedad de composiciones de la narrativa, que la hermenéutica crítica, el arte de la deconstrucción puede develar.

En el caso que nos compete ahora, los escritos de Sergio Almaraz Paz, hablaremos de tres estilos de la escritura; de un estilo denunciativo y descriptivo de situación o condición económica y social, que se encuentra en Petróleo en Bolivia; de un estilo genealógico, relativo a la genealogía del poder de los “Barones del estaño”, que se expresa en El poder y la caída; de un estilo analítico e interpretación trágica existencial, que se halla en Réquiem para una república. Una interpretación aproximativa puede proponer que Petróleo en Bolivia corresponde a una escritura más apegada al marxismo postulado por Sergio Almaraz, en cambio, sin dejar el enfoque marxista, El poder y la caída despliega una genealogía del poder de los “Barones del estaño”. Pronunciando una tonalidad más literaria, con acento camusiano, Réquiem para una república cobra una narrativa crítica existencial. Sin embargo, ya desde el primer libro se nota, en el despliegue de la escritura, la inclinación literaria del autor; hay páginas que tienen como contexto la guerra del Chaco donde sobresale no solamente las anotaciones históricas sino el dramatismo bélico y el oprobio de las empresas trasnacionales en formas expresivas literarias intensas. Lo mismo, el segundo libro, las descripciones paisajistas y el dibujo de la personalidad de Simon I. Patiño sobresale en su dibujo literario. Ciertamente en el tercer libro el talento literario cobra vuelo, también muestra sus alas la inclinación filosófica del autor.

No sé si Sergio Almaraz Paz leyó la novela El talón de hierro de Jack London – es posible que lo haya hecho -, pues se puede hacer analogías entre la exposición de Ernesto Everhard, personaje de la novela, militante y candidato del Partido Socialista de Estados Unidos de Norte América, de la primera década del siglo XX, sobre la oligarquía capitalista norteamericana, el desarrollo de los trust, y la exposición de Sergio Almaraz sobre el dominio mundial de las trasnacionales del petróleo. Ernesto realiza exposiciones marxistas ante un auditorio atónito de sacerdotes y otro auditorio exaltado de filántropos de la oligarquía capitalista. Almaraz describe detalladamente el desarrollo y el dominio de los oligopolios trasnacionales, coaligados con la banca y los estados de las potencias industriales e imperialistas. ¿Por qué hacemos esta comparación? Precisamente por la inclinación literaria temprana del intelectual crítico en consideración.

En El poder y la caída destaca el manejo de la biografía del potentado y multimillonario del consorcio del estaño, acompañado por la génisis de la oligarquía minera y su relación con la estructura de poder, en tanto “Super-Estado” minero, que manejaba los engranajes no solamente del gobierno sino también de ese Estado-nación incipiente, anterior a la revolución nacional de 1952. Aunque se trata de una investigación y análisis crítico del poder de la oligarquía minera, sobresale la exquisita escritura sobre las historias de los personajes involucrados y de las empresas mineras que se desarrollan a costa la pobreza del proletariado y del país, que queda inerme ante esta explotación articulada al desarrollo del capitalismo industrial y de la transnacionalización de las economías nacionales y locales.

Como dijimos, el ojo psicológico y la sensibilidad intelectiva sobresalen en la obra literaria, donde el ensayo, la literatura y el análisis se combinan, conformando una composición lúcida de la interpretación de la formación económico-social-política-cultural de Bolivia y de las genealogías del poder inherentes, además de la dramática social. Los perfiles de la psicología de la vieja oligarquía y de la nueva oligarquía se muestran desnudamente, haciendo evidente la relación perversa que tienen con el país y su pueblo. El capítulo Una cena en la embajada parece de una novela de magnates bandoleros y de funcionarios instrumentales al sistema del saqueo de los recursos naturales; se trata de la pugna de las fundidoras del estaño, la competencia entre la Williams Harvey, que controlaba Patiño, pero con tres de sus seis hornos paralizados, entonces, y la fundidora, establecida en Estados Unidos de Norteamérica, en Texas City, de propiedad de Wa-Chang. La embajada norteamericana era un dispositivo de presión y disuasión sobre el gobierno de Víctor Paz Estenssoro; el embajador presionó para que se cumpla el contrato con Wa-Chang, conseguido a duras penas, en la disputa con la fundidora británica Williams Harvey, aunque no en las pretensiones que buscaban alcanzar los estadounidenses. Los asesores norteamericanos también boicotearon al Banco Minero, pretendían el control de esta institución y extorsionar a los mineros, exigiendo que les suban un cien por ciento los impuestos. Lograron sacar al gerente del Banco, pero no lograron lo que querían en cuanto al impuesto a los mineros. Solo fue cuestión de unos días, cuando después del golpe militar del general René Barrientos Ortuño, pupilo del general Fox, agente de la CIA, los norteamericanos consiguieron todo lo que buscaban.

Estamos pues ante despliegues y desplazamientos de estratos gramáticos de la escritura de Sergio Almaraz Paz. Las capas de narrativas que se articulan se vinculan, conformando composiciones en el desenvolvimiento del devenir de la expresión crítica y de la escritura comprometida de un intelectual activista, al servicio entregado al país, al pueblo y a la nación esquilmada por las estructuras de poder mundiales y nacionales, por los empresarios y funcionarios de las potencias industriales capitalistas y los funcionarios cipayos del Estado-nación subalterno.

[1] Estos libros se encuentran republicados en la Obra de Sergio Almaraz Paz; Plural Edtores; La Paz 2011.

[2] Esta es la interpretación que usaba el Grupo Octubre, almaracista por definición, por su adscripción a lo que se llamó la “izquierda nacional”. La interpretación se basaba en una carta del Comité Central del Partido Comunista a Sergio Almaraz paz. El tono y la redacción de esta carta llama la atención dado que Alber Camus perteneció al PCF hasta su distanciamiento debido al pacto germano-soviético, que consideraba una traición a los postulados de la revolución internacional y proletaria.

[3] Albert Camus: El hombre rebelde. Editorial Losada; Buenos Aires 1978. Pág. 99.

[4] Ibidem: Ob. Cit.; pág. 100.

[5] Ibidem: Ob. Cit.; pág. 101.

[6] Sergio Almaraz Paz: Réquiem para una república; Cementerios mineros. Ob. Cit.

[7] Ibidem: Ob. Cit.

Política y narración

Política y narración

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Política y narración

 

423-GR-santeria

 

 

En resumidas cuentas, se puede decir que la política se circunscribe a los ámbitos de la acción, en tanto que la narración se puede circunscribir a la interpretación; interpretación elaborada como mythos, es decir como trama, la construcción del sentido desde la configuración paradigmática y sintagmática. La política en tanto prácticas y acciones, puede también tomarse como pre-narrativa, cohesionada como estructura semántica de la acción, por mediación simbólica. Sin embargo, si bien parece esta condición pre-narrativa y esta condición narrativa mostrasen cierta analogía, ésta no es más que reminiscencia a parecidos en las formas de expresión del lenguaje. Para decirlo de una manera clara, las expresiones pre-narrativas se diferencian cualitativamente de los campos semánticos de la narrativa. Partiendo de esta diferencia radical no dejan, sin embargo, de darse analogías estructurales entre las estructuras semánticas de la acción y las estructuras semánticas de la narrativa.

En primer lugar, al hablar de estructuras semánticas señalamos la construcción del sentido desde la manifestación de las acciones mismas hasta el desenvolvimiento de la misma interpretación narrativa. Se trata de la lectura, por así decirlo, por parte de los agentes involucrados en las acciones, tanto como actores, así como espectadores, para decirlo de ese modo. En otras palabras, las acciones son leídas o percibidas como símbolos que se enlazan en algo así como una pre-narrativa.

Ahora bien, tomando en cuenta lo que acabamos de decir, vamos a pasar a analizar la relación entre política y narración. Volviendo, retomando a la política no solo como campo, en plural como campos, sino como ámbitos de espesores de acciones, las prácticas políticas o, si se quiere, las prácticas de la clase política son consideradas por la gente como acciones ya vistas, incluso repetidas. Estas prácticas políticas conllevan, de suyo, estructuras semánticas inherentes a la memoria social.  Es más, son tomadas como composiciones simbólicas reiteradas y repetidas. El tema es el siguiente: Cuando los políticos explican sus acciones mediante discursos, la gente encuentra disonancias entre lo que dicen y lo que hacen. Pero, las acciones como tales mantienen su independencia, por así decirlo, respecto de los despliegues de la narrativa. Partamos del siguiente criterio: Cada práctica, cada acción, supone su propia singularidad. Por lo tanto, el conjunto de prácticas, que se dan en un momento determinado y en un contexto dado, tiene que ser interpretado y, sobre todo, auscultado en su singularidad. Ahora bien, ¿qué es una singularidad? Obviamente es única, irrepetible, empero, una composición de singularidades puede parecerse a otra composición de singularidades fácticas. ¿A qué concreta composición de singularidades nos referimos o la tenemos como referente? Bueno, el referente ineludible son los hechos políticos, si podemos hablar así. En todo caso, valga la aclaración, los “hechos políticos” no son, obviamente, puramente hechos, pues están enmarañados con los discursos, que tienen pretensiones de verdad, es decir, están enmarañados con fragmentos ideológicos. Sin embargo, ahora acentuamos su configuración en la parte de su composición fáctica. Partamos de lo siguiente, los hechos no se dan solos, un hecho no aparece ni se realiza solo, sino que viene acompañado por otros hechos, es decir, forman una composición fáctica.

Una pregunta: ¿Una composición gubernamental puede considerarse una composición fáctica política? Es decir, una composición de hechos políticos. Bueno, en este caso, podemos decir que se trata de un conjunto de composiciones de hechos, que se articulan y conforman una situación política, expresada en el perfil del gobierno. Concretamente, respecto al perfil del “gobierno de transición”, qué nos muestra, qué expresa, qué configura. Para responder a estas preguntas debemos aclarar también que estamos lejos de interpretar un perfil de gobierno solo desde la clasificación de sus integrantes, sobre todo tratándose del gabinete. Un perfil de un gobierno se remite a la forma de gubernamentalidad inherente o que, por lo menos, sugiere. ¿A qué forma de gubernamentalidad se remite el “gobierno de transición”?

Volviendo a la estructura subyacente en el perfil gubernamental, no así, como dijimos, al perfil de las personas que componen el gabinete, nos encontramos tanto con la herencia política dejada por las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma, así como – lo diremos metafóricamente – con la nostalgia de los gobiernos de la coalición neoliberal. Entonces, ocurre como si se estuviera en el cruce de dos formas de gubernamentalidad inherentes, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal, sin lograr definir claramente la predominancia de una forma de gubernamentalidad. Al respecto, debemos discernir la diferencia entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. Por cierto, no hablamos de la diferencia de las formas ideológicas, sino de la diferencia de las formas de gobernar.

En otros ensayos habíamos dicho que la forma de gubernamentalidad clientelar hace hincapié en el factor emocional, en el chantaje emocional, también en la convocatoria simbólica, en la convocatoria del mito. En cambio, dijimos que la forma de gubernamentalidad neoliberal hace hincapié en la demagogia “técnica”, exaltando la pretensión de verdad “científica” de la “ciencia económica”. También se recurre, en este caso, a la tesis conocida y trillada de la mano invisible del mercado, así como a la tesis del libre mercado, del mismo modo, a la tesis de la competencia. No solo se opta políticamente por el ajuste estructural neoliberal, es decir a la opción por la privatización generalizada, sino que, incluso, privatizan al propio gobierno, convirtiéndolo en un conglomerado empresarial. Empero, esto acontece en plena dominancia del capitalismo financiero y especulativo; dominancia que, efectivamente, termina predominando en el quehacer gubernamental neoliberal; es, entonces, el capitalismo financiero y especulativo el que se ejecuta, sostenido una maquinaria depredadora extractivista.

Hasta aquí hay notorias diferencias entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. En ensayos anteriores señalamos que, en el fondo, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal son complementarias. Dijimos que son complementarias en la administración del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. También hicimos notar que, si bien se puede hablar de forma de gubernamentalidad, destacando el estilo de gobierno, sus métodos, sus técnicas y procedimientos particulares, no hay que olvidar que las formas de gubernamentalidad pueden entrecruzarse y hasta volverse mixtas. Por ejemplo, si bien en la forma de gubernamentalidad clientelar se resalta el chantaje emocional y la convocatoria del mito, esto no quiere decir que se deja del todo los referentes neoliberales, incluso sus políticas. Lo mismo o algo parecido podemos decir de la forma de gubernamentalidad neoliberal; si bien en esta forma de gobierno se resalta la pretensión “técnica”, no quiere decir que no se desplieguen prácticas clientelares, aunque en una intensidad menor. Por lo tanto, cuando se configura la forma de gubernamentalidad como perfil diferencial la configuración funciona más como tipo ideal que de composición efectivamente realizada.

 

 

Sobre la narrativa política

Hablemos sobre la formación discursiva política, obviamente en las condiciones actuales y en el contexto boliviano. En esta formación discursiva política aparecen las tonalidades, modalidades, colores, tendencias y matices. Lo que sobresale en este conglomerado entrecruzado es el perfil de victimización del locus de los que emiten el discurso, sean de “izquierda” o se señalen como “derecha”, sean neopopulistas o sean neoliberales, incluso sean “ancestrales” o “conservadores”. El discurso parte de la siguiente premisa: “Yo soy la víctima, he sido agredido, humillado, discriminado, perseguido, asesinado”. En contraste, posición opuesta, se coloca al agresor, al humillador, al discriminador, al perseguidor, al asesino. Entonces, se puede decir que el substrato de esta formación discursiva política es la antigua narrativa religiosa de los “pobres de la tierra”, cuyo esquematismo narra la lucha del bien contra el mal.

Por ahora, no se trata de hacer una arqueología de la formación discursiva política, sino de comprender su funcionamiento y su desplazamiento, sobre todo, su despliegue en el campo político boliviano, en la actualidad y en la coyuntura presente. En primer lugar, se trata de legitimar al emisor del discurso, que casi siempre tiende a colocarse como denunciante. Supuesto: La víctima tiene la verdad, en consecuencia, el agresor es la pura mentira. Una aclaración, la víctima no solamente es el sujeto inherente al discurso de “izquierda”, sino también lo es inherente al discurso de “derecha”. Ambos discursos invierten el lugar y la condición de víctima, además del lugar del agresor. En este caso, en la singularidad de esta semántica, el enemigo no solamente es el infiel, el monstruo moral, el hereje, como en el discurso religioso, sino en el el discurso político es el agresor, el sujeto del oprobio, el asesino. Ahora, yendo a los discursos singulares, se ponen en evidencia estos esquematismos dualistas. Por ejemplo, el esquematismo dualista reiterativo implícito en el discurso de los actuales y “transitorios” oficialistas. Se colocan en el pasado inmediato como víctimas del autoritarismo del “gobierno progresista”, considerado como tirano.

Viendo desde una perspectiva integral, observamos que los enemigos comparten más de los que creen que los diferencia; incluso comparten arquetipos subyacentes de la narrativa política. Antes dijimos que los enemigos se necesitan mutuamente, pues no serían nada el uno sin el otro; se necesitan para legitimar su lugar en el enfrentamiento, en la guerra interminable entre enemigos irreconciliables. Pero sobre todo se necesitan para legitimar su lugar en la estructura de poder.

    

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Wassily Kadinsky

 

 

Consideraciones conceptuales y descriptivas generales

El teatro político es un espectáculo para seducir al público, para hacerle creer que esa es la “realidad”, la de la narrativa política. Haciéndole olvidar la realidad efectiva, que es la sociedad la que coloca los andamios del espectáculo, cada vez es más decadente.

La casta política es el estrato de la sociedad que usurpa la voluntad general, conglomerado dinámico de las voluntades singulares, por medio del mecanismo institucional de la representación y delegación. Se convierte en “clase” dominante en el campo político.

La madurez del pueblo se expresa en el uso crítico de la razón, su facultad iluminadora y orientadora. Cuando inhibe esta facultad y busca un amo, un patriarca, un Caudillo, un representante, es inmaduro, un sujeto dependiente, un subordinado sin voluntad propia.

La democracia plena es el autogobierno del pueblo, la democracia restringida y formalizada, es la democracia representativa y delegativa. Los estados modernos, es decir, las repúblicas, aunque se denominen Estado Plurinacional, son democracia institucionalizada. La democracia institucionalizada tiene como referente la Constitución y tiene como arquitectura la malla institucional y las prácticas del ejercicio democrático. Como substrato para su funcionamiento se suponen las prácticas emergidas de la ética, el sentido de valores. Precisamente lo que falta en las prácticas de la casta política es este substrato ético, también las prácticas consecuentes con la estructura institucional, así como con la constitución. Por lo tanto, la casta política, con sus prácticas, demuele la democracia. Recuperar el ejercicio de la democracia es ejercer el control social sobre el quehacer de la casta política. En Bolivia mucho más, es ejercer la participación y el control social, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

El concepto de transición, que viene del latín transitĭo, corresponde a la acción y efecto de pasar de un estado a otro distinto. El concepto implica un cambio en un modo de ser o estar. Por lo general se entiende como un proceso con una cierta extensión en el tiempo. La transición supone una especie de etapa no permanente entre dos estados. Por ejemplo, se habla de transición política para hacer referencia a las etapas sucesivas que se viven en un país durante el cambio de un sistema por otro. Se ha hablado de la transición a la democracia haciendo referencia a cuando un régimen militar llega a su fin y comienza a desarrollarse el ejercicio de la democracia. En este tipo de transiciones, se ha dado lugar a que convivan, en los primeros momentos, elementos de ambos regímenes. Por ejemplo, pueden darse elecciones libres, por una parte y por otra conservarse los jueces designados por la dictadura.[1]

En Bolivia se habla recientemente de transición política al referirse al gobierno de transición, por medio de sustitución constitucional, después del derrocamiento del régimen clientelar de Evo Morales Ayma, por parte de la movilización social de resistencia democrática.  En todo caso habría que preguntarse: ¿Transición a dónde? ¿De la forma de gubernamentalidad clientelar a qué forma de gubernamentalidad? ¿Otra vez neoliberal? ¿Otra vez neopopulista? Empero, no hay que olvidar que esta transición se da en el marco de la Constitución vigente, Constitución del Estado Plurinacional Comunitaria, por lo tanto, en el marco de lo que debería ser dicho Estado; realización no cumplida por el régimen clientelar de Evo Morales Ayma, pues lo que ha hecho es restaurar el Estado-nación, cambiarle de nombre, asumiendo como máscaras los símbolos oficiales, en forma de barniz, del Estado Plurinacional. Entonces, mientras tengamos como marco y referencia jurídico-política a la Constitución, el gobierno que salga de las elecciones también está obligado a cumplir con la Constitución. Sabemos que puede ocurrir, como en el gobierno neopopulista, mantener una conducta de simulación mientras se desacata a la Constitución. Sin embargo, mientras la Constitución sea el referente, lo que se devela es la inconstitucionalidad de los gobiernos, si esto vuelve a acaecer.

Entonces, ¿de qué clase de transición estamos hablando? ¿Una transición incierta? Por lo tanto, más que transición parece ser todavía, mientras no haya un cambio de situación, de condición, del estar y del ser, un puente cuyo final no vemos pues está atravesado por una niebla densa. Una transición incierta o una repetición de lo mismo en el circuito interminable del círculo vicioso del poder. En La revolución truncada dijimos que se culminó el ciclo de la forma de gubernamentalidad clientelar, concretamente el ciclo de las gestiones de gobierno de Evo Morales, que este ciclo viene marcado por simetrías opuestas; una de ellas es que el gobierno de Evo Morlales, producto de la victoria electoral, asciende montado en la movilización prolongada (2000-2005), y que su caída también viene marcado por otra movilización, la revolución pacífica boliviana, acompañada por la reacción violenta y desesperada de las masas afines, que todavía creen en el proceso de cambio, truncado, en pleno contexto subjetivo de desconcierto.  El episodio trágico de Senkata, donde se encuentra la planta de de YPFB, aparece tanto cuando cae el gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Losada, así como cuando cae el gobierno de Evo Morales, pero inmediatamente después, no antes, como en el caso anterior; esta vez para defender al caudillo derrocado y, después, para pedir la renuncia de la presidenta de la sustitución constitucional, derivando esta movilización en el acuerdo de pacificación entre las organizaciones sociales y el gobierno de transición. Hay otras simetrías opuestas, en la coyuntura álgida del derrocamiento del caudillo; empero, también interesa mostrar así mismo analogías repetitivas en la coyuntura de transición, sobre todo después de la postulación a la presidencia de Janine Añez. Tanto Evo Morales como Janine Añez no cumplen con su palabra, a pesar de decir que no se postularan, lo hacen. Los partidarios de ambos los empujan a una continuidad insalubre, a pesar de las promesas, que no se cumplen. Lo que se repiten son ciertas prácticas de poder, aquellas que tienen que ver con el reproducir disposiciones de poder a la sombra del caudillo, en un caso, a la sombra del nuevo referente presidenciable.

En esta perspectiva podemos señalar otras continuidades en el gobierno de transición; por ejemplo, lo más importante, la continuidad en el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, modelo que también compartieron los gobiernos neoliberales, incluso los gobiernos anteriores, solo que con distintos discursos y estilos a los efectuados por el gobierno neopopulistas. Sumando a esta continuidad depredadora, podemos señalar la continuidad de las políticas ecocidas; el gobierno de Janine Añez no abroga el decreto ecocida del gobierno de Evo Morales, que avala la expansión demoledora de la frontera agrícola, incinerando bosques y arrasando ecosistemas. Así mismo, se ha notado, aunque en menor grado, nepotismos reiterados.

Volvemos a la pregunta de cómo funciona el poder, cómo funcionan las máquinas de poder.

¿Qué es el poder?

En ¿Qué es el poder y cómo funciona? escribimos:

Podemos partir de la siguiente premisa: el poder está íntimamente asociado a la ideología. Pues la ideología le permite auto-contemplarse; el poder es hedonista, está enamorado de sí mismo. La ideología es el espejo donde se ve; la ideología le dice que es la consagración de la historia. Empero, ahora, no nos ocupamos de esto, que fue tema de anteriores ensayos. Lo que nos interesa es el aprendizaje de lo que es el poder a través de la experiencia y las contrastaciones. Por ejemplo, el poder, que recurre a la ideología para legitimarse, se representa de una determinada manera, a través de las narrativas estatales; sin embargo, en la experiencia nos muestra su desencarnado desenvolvimiento y se pueden observar las diferencias entre el discurso y las prácticas, entre la auto-representación del poder y las huellas que deja, las mallas institucionales que construye y consolida, los efectos masivos y sociales que ocasiona. Vemos, en pocas palabras, el funcionamiento del poder.

 

El Estado de Derecho supone que la Justicia, es decir, la administración de justicia funciona según la ley, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, la experiencia destaca ampliamente los contrastes. La Constitución ni la ley son los referentes normativos de la práctica de justicia; esta práctica responde a los requerimientos de la dominación, que es la finalidad misma del funcionamiento del poder. Que se haya creído que la Justicia funciona como manda la ley y la Constitución o que, por lo menos, debería hacerlo, forma parte de la ideología. La ideología es como la retórica, busca convencer; la diferencia radica en que la retórica es el arte del convencimiento en el auditórium, donde hace gala de su elocuencia y su destreza; en cambio, la ideología pretende convencer por que se declara la narrativa de la verdad. No hay arte, sino una grosera pretensión de “ciencia”, sin contar con las condiciones de posibilidad para serlo.

 

Si hay administración de justicia en el Estado moderno es para cumplir con un requisito de legitimación de la república, que la res-publica garantiza el cumplimiento de los derechos constitucionales. Lo que le interesa al Estado, aunque no sea sujeto, hablemos metafóricamente, es la legitimación; por eso lo hace, por cumplir con la formalidad del caso. El problema es que el pueblo llega a creer que es así, que así debería funcionar la Justicia; por eso, demanda e interpela cuando no ocurre esto. Esta en su derecho, pues la Constitución expone esta composición ideal del Estado, por lo menos como ideal jurídico-político.

 

A pesar de la justeza de la demanda y de la interpelación popular, de su movilización contra las prácticas que vulneran los derechos constitucionalizados, el problema estriba en no comprender cómo funciona el poder. Para decirlo crudamente, a pesar de la exageración, pero lo diremos por motivos ilustrativos, el poder no funciona a través de los dispositivos jurídico-políticos, constituidos e instituidos por la Constitución, aunque la tengan como referente del discurso político; el poder funciona a través de los engranajes, desplazamientos, de fuerzas, que conforman máquinas de poder.

 

Para decirlo de una vez, esta incongruencia entre el funcionamiento del poder y el deber ser de la Constitución pasa en todas partes, en el mundo de la modernidad tardía. Es cierto, que acaece de distintas maneras, con distintos grados de diferencias y aproximaciones, de manera más sutil y solapada o, en contraste, de manera descarnada y desvergonzada. Sin embargo, cuando se quiere comprender el funcionamiento del poder es menester atender a sus prácticas, a sus maneras de ejercer las dominaciones, a las máquinas involucradas en su facticidad fatal. Ahora bien, si se quiere denunciar la incongruencia, ciertamente es importante no desentenderse del deber ser. Hay que dejar en claro lo que se quiere hacer. Como queremos entender los funcionamientos del poder, tendremos al deber ser como referente de lo que no se acata ni se cumple.

 

Ahora bien, el ejercicio de las dominaciones puede efectuarse de variadas maneras, desde el ejercerlo a través de procedimientos más próximos a la Constitución, administrando ilegalidades de manera sutil, hasta ejercerlo de manera descarnada y grotesca, evidenciando palmariamente la vulneración de los derechos consagrados en la Constitución, aunque se diga, por inercia o, mejor dicho, por cinismo, que lo que se está haciendo es precisamente cumplir con la Constitución. Lo que importa es entender que las tecnologías del poder de las máquinas del poder hacen funcionar a las máquinas por la preformación misma de estas tecnologías; no por los ideales expresados en la formación discursiva y enunciativa jurídico-política.

 

¿A dónde apuntamos, fuera de hacer puntualizaciones metodológicas y epistemológicas para abordar la comprensión y el entendimiento del funcionamiento del poder? Apuntamos también a que no es suficiente señalar las incongruencias del ejercicio político respecto a la Constitución y las leyes, para cambiar el estado de cosas, las situaciones problemáticas que aprisionan al pueblo, sino que es indispensable salir de la crítica jurídico-política, elaborada y pronunciada desde el deber ser, y apuntar al despliegue de las fuerzas sociales alterativas a deconstruir la ideología, a desmantelar y destruir las máquinas de poder, a diseminar la civilización de la muerte, que es la civilización moderna.

 

En la historia política inmediata de Bolivia asistimos a lo que podemos llamar el descalabro del ejercicio del poder, del ejercicio de la política, del ejercicio de la ideología. Para decirlo de una manera esquemática, aunque ilustrativa, el ejercicio de poder requiere de cierta congruencia entre los planos de intensidad donde se desplaza, entre los campos sociales donde se mueve – político, económico, cultural -, entre las estructuras componentes del Estado, entre las interacciones entre Estado y sociedad. Cuando esta congruencia se pierde, aunque sea la mínima requerida, teniendo en cuenta los puntos críticos de lo apropiado, tanto para jugar a disfuncionamientos tolerables, así como a exigir moldes demasiado apretados, entonces se ingresa a una suerte de desmembramiento del Estado, por lo menos, en su estructura y malla institucional. Cuando pasa esto en los contextos del funcionamiento del poder se afecta a los engranajes mismos de las máquinas de poder; se averían y pueden colapsar.

 

Ya no se trata de la crisis múltiple del Estado-nación, de la que hablamos teóricamente, sino de la crisis técnica del funcionamiento mismo de las máquinas de poder, de las tecnologías de poder. Ciertamente, depende desde qué perspectiva se observa esta crisis técnica del poder; si se trata de una perspectiva crítica del poder e interpeladora de las dominaciones, puede hasta llegarse a tomar como una corroboración, en la práctica, de la crisis múltiple del Estado; si se trata de una perspectiva de la ciencia política, entonces la crisis técnica del Estado se interpreta como crisis institucional, como colapso del Estado de Derecho, es más, como derrumbe de la democracia, por cierto formal. Sin embargo, sin desentenderse de ambas perspectivas, que incluso pueden debatir, lo que importa, en el caso que nos compete, es el aprendizaje del funcionamiento del poder en coyunturas de crisis, es más, en la situación de crisis técnica del Estado.

 

¿Por qué se llega a una situación de crisis técnica del Estado? Dejamos claro que estamos lejos de la búsqueda de culpabilidades, como si la crisis múltiple del Estado-nación se debiera solo o preponderantemente al manejo personal de la casta política en el gobierno.  No es el perfil personal de los gobernantes lo que explica el colapso estatal, aunque contribuya al deterioro de los funcionamientos de la maquinaria estatal. Estos perfiles personales son parte de la crisis, quizás, exagerando un poco, son la parte anecdótica de la crisis política; empero, no explican la crisis estructural del Estado. ¿Qué hace, en qué incide, la forma de gubernamentalidad clientelar, en el desenvolvimiento de la crisis del Estado? Para decirlo directamente, la forma de gubernamentalidad clientelar exacerba los usos patrimoniales del Estado, sobre todo exacerba el uso del Estado para cumplir fines ideológicos, todavía manteniéndonos en las características menos perversas del uso estatal. Ingresando a los usos no institucionales del Estado, la forma de gubernamentalidad clientelar hace uso del Estado como dador de prebendas. Entonces, ocurre como forzamiento extremo a la maquinaria estatal, ocasionando, para decirlo metafóricamente, calentamientos en el aparato maquínico

 

Cualquier máquina si es forzada a ir más allá de sus capacidades, será empujada a un recalentamiento, con lo que se pone en peligro la propia maquinaria, pues el calentamiento anuncia el colapso de la máquina. Aunque se diga lo que se dice de manera metafórica, las analogías son válidas y útiles en la comparación que empleamos entre máquina estrictamente técnica y máquina social, política y económica. Puede que la máquina social tenga más chance, tenga un margen de maniobra más amplio, por sus características sociales; sin embargo, tampoco escapa a los efectos del calentamiento maquínico.

 

La ideología populista, para hablar de una manera general, claro que inadecuada, pues se salta las diferenciales y variedades, cree, por eso se siente segura, que la convocatoria popular basta para lograr las condiciones adecuadas de la continuidad del poder. Esto es un error de apreciación, de entrada, pues el poder no funciona por la convocatoria; la convocatoria sirve en el proceso de legitimación, no en el ejercicio del poder. La maquinaria de poder requiere de energía, requiere de fuerzas, que dinamicen el funcionamiento maquínico del poder. No se trata, entonces, de convocatoria, en el caso del despliegue de las fuerzas, sino de disponibilidad de fuerzas. La disponibilidad de fuerzas se da no solo por captura de fuerzas, como acontece con toda máquina de poder, sobre todo con las máquinas de guerra, sino por la subsunción de la energía de las fuerzas a los fines de la máquina estatal. Esto ocurre cuando se captura energía y se la conduce al movimiento mismo de la maquinaria. Se puede hablar, provisionalmente, de una ingeniería de la disponibilidad de las fuerzas sociales y del manejo de la energía social. La convocatoria, en el caso populista, la convocatoria del mito no dispone de fuerzas ni captura la energía para dinamizar la maquinaria estatal, sino que se estanca en el círculo vicioso de la ideología, que solo puede legitimar, pero no hace funcionar la maquinaria estatal.

 

Los ideólogos populistas, neopopulistas, del llamado “socialismo del siglo XXI”, no entienden la diferencia de legitimación y funcionamiento de la máquina del poder; es más confunden legitimación con ejercicio del poder. Por un lado, creen que basta la retórica ideológica para mantener la convocatoria; por otro lado, creen que el uso forzado de los aparatos de Estado ayuda a la legitimación, cuando, mas bien, se ocasiona lo contrario. La manera de ejercer el poder por la forma de gubernamentalidad clientelar es ineficiente, pues no lo ejerce, sino empuja la maquinaria al calentamiento. Al abocarse a la compulsión ideológica, que deriva en una exacerbación de la propaganda y publicidad, se estanca en la interacción retórica con la sociedad, dejando pendientes el mantenimiento adecuado de la maquinaria estatal.

 

Por esta razón, apresuran la crisis del Estado-nación por la vía de la exacerbación ideológica. Apresuran la crisis técnica del Estado por el uso forzado que conduce al calentamiento maquínico. Las formas de la crisis del Estado-nación por las prácticas de la forma de gubernamentalidad neoliberal son otras; aunque no es tema del ensayo, y remitiéndonos a ensayos anteriores, podemos adelantar que se trata de una obsesión “técnica” por el modelo del equilibrio económico lo que los arrastra a la crisis del Estado. Esta vez es la ortodoxia de un economicismo simplón, reducido al equilibrio de la oferta y la demanda, del equilibrio entre ingresos y egresos, de equilibrio entre las balanzas comerciales, del ideal del déficit cero, lo que lleva al colapso del Estado[2].  

 

 

Transición incierta y el círculo vicioso del poder

La coyuntura de la transición electoral muestra una continuidad de la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral, de la coyuntura anterior. La continuidad consiste en la persistencia de la crisis política, signada, sobre todo, en la crisis estructural de los partidos políticos. Los operadores políticos están muy lejos de siquiera aproximarse a los desenvolvimientos de la potencia social, desplegada durante el conflicto de la revolución pacífica boliviana y la reacción social, que se sucedió en pleno desconcierto, de los sectores sociales afines al Movimiento al Socialismo (MAS).

El gobierno de Janine Añez ha dejado de ser “gobierno de transición” para convertirse en un gobierno de la continuidad inconstitucional. Cómo el anterior gobierno, pisotea la Constitución. El pueblo, el soberano, tiene la responsabilidad de defender la Constitución. La presidenta de “transición” se ha dejado manejar por una fraternidad de machos. La fraternidad masculina conservadora, beneficiada por el gobierno del Caudillo déspota. El círculo vicioso del poder continúa la reproducción de la casta política, domina al pueblo por la simulación. El delito constitucional múltiple es no cumplir con la Constitución del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, con el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Autonómica. Postularse en una coyuntura álgida de transición. Se repiten no solo continuidades perversas del poder, a pesar de las diferencias ideológicas; lo sorprendente, hasta las mismas frases y hasta los mismos horarios, ritmos de la demagogia. Podemos hablar de la eterna “traición” al pueblo por la casta política. El “gobierno de transición” ha destruido la legitimidad de la convocatoria a elecciones, ha vuelto a la perversa manía de la demagogia y la extorsión discursiva al pueblo. Queda anulada la legitimidad de la convocatoria. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la convocatoria. En consecuencia, todo el “gobierno de transición” debe renunciar por delito inconstitucional y por haber faltado la palabra al pueblo. Deja de ser de transición para convertirse en un dispositivo del círculo vicioso del poder. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la realización electoral. ‪‪Así mismo, la constitución exige la nacionalización de los hidrocarburos, después de la desnacionalización efectuada por Evo Morales con los Contratos de Operaciones. Si no se hace esto el “gobierno de transición” también es inconstitucional. Teóricamente el pueblo tiene derecho a la subversión.

‪‪Abundan los ejemplos de las sintonías entre el “gobierno de transición” y el anterior gobierno clientelar; por ejemplo, la campaña contra la línea de aviación estatal, BOA, en beneficio de la línea de aviación privada, Amazonas. Se ha ido el gobierno clientelar y corrupto, pero ha vuelto una burguesía intermediaria, que medra a costa del Estado, con el mal gobierno llamado equivocadamente de “transición”, que es de continuidad inconstitucional. Otra continuidad entre el “gobierno de transición” y el gobierno clientelar anterior es el dominio de la burguesía agroindustrial, otro jinete del Apocalipsis, además del dominio de las trasnacionales extractivistas, conocidas como jinetes de la muerte planetaria.

Teniendo en cuenta este panorama reciente de la coyuntura de la transición electoral, podemos decir que el peso de las secuencias de hechos, de los decursos, contiene más de la repetición de las prácticas de poder que la incorporación de nuevas prácticas o, por lo menos, de otros estilos matizados. Desde esta perspectiva, la “transición” aparece más como continuidad soterrada de lo que acontecía bajo el régimen clientelar. Otro ejemplo de los parecidos o, si se quiere, entre el “gobierno de transición” y el “gobierno progresista” es la repetición de los escándalos. En el periódico Página Siete aparece la noticia del escándalo   de venta de cargos en el Ministerio de Minería, que enloda al ministro Carlos Huallpa, a pesar de que en la Dirección de Asesoría Jurídica negaron que la autoridad de esa cartera esté involucrada en los negociados de su exasesor. En el ministerio aseguraron que la autoridad es quien interpuso la querella en contra de su exasesor Juan de Dios F., quien en la actualidad tiene detención domiciliaria, después de ser aprehendido por los delitos de uso indebido de influencias. El director de Asesoría Jurídica de Minería, Wilson Beltrán dijo que: “Sobre las denuncias, entre comillas, de funcionarios del ministerio, no tenemos conocimiento de ninguna de manera oficial y a la unidad jurídica menos llegaron éstas de manera verbal o escrita. Sobre el tema de que el ministro (Huallpa) estaría involucrado, por el contrario, él es el denunciante, por lo que se descarta que sea así”. Destacó que el ministro, como jefe de cartera, dentro de la imputación figura como denunciante y en la práctica él es quien firmó el memorándum de destitución del exfuncionario Juan de Dios F.   y fue quien presentó la denuncia de los negociados. El exfuncionario trabajó desde diciembre en el Ministerio de Minería, pero en la página web de la Contraloría se verificó que el sospechoso presentó su declaración jurada el 20 de noviembre del año pasado[3].

Siguiendo con las analogías, el gobierno de Jeanine Añez Chávez también obedece a las trasnacionales extractivistas. La destitución de Zuleta fue impuesta a pedido de una empresa alemana que se beneficia de un contrato oneroso, del gobierno de Evo, que le regala el litio por cuarto de siglo. Se luchó y derrocó al Caudillo déspota por ser agente de las trasnacionales extractivistas y pirómano del Chaco y la Amazonia, ecocida y democracida. El gobierno de Jeanine Añez continúa por el mismo camino, el círculo vicioso del poder.

¿Qué es la política?

 

¿Qué es la política? Esta pregunta, ya no hecha desde la teoría, tampoco desde la filosofía política, sino desde la descripción empírica de los hechos, desde la descripción de lo que hacen los políticos. ¿Qué hace la casta política? Dejemos a un lado los escándalos, en los que cae, una y otra vez, la casta política, también dejemos, por un momento, sus incongruencias y sus inconsistencias. Partamos de la siguiente pregunta: ¿Por qué es tan incongruente la clase política? Lo incongruente es lo que no conjuga, lo que no es, por así decirlo, lógico. Hasta podemos decir, lo incompatible. Entonces, ¿por qué la casta política actúa de esa manera, de una manera incongruente?

En primer lugar, podemos sugerir, porque no lo interesa la congruencia; esta no entra en sus planes, no es su objetivo cumplirla, aunque, en todo caso, busque, algunas veces, guardar las apariencias. ¿Cuál es el objetivo de la clase política? También, antes, dijimos que se trata de la reproducción del poder, así como de la reproducción misma de la casta política; en pocas palabras, de satisfacer el oscuro objeto del deseo, el poder. Pero, fuera de estas finalidades inherentes de parte de la casta política, ¿por qué la incongruencia no obstaculiza su reproducción política y la reproducción del poder? ¿Acaso por qué el poder mismo no es congruente? Otra vez, ¿por qué el poder mismo no sería congruente?

Volviendo atrás, cuando comenzamos a lanzar las tesis genealógicas del poder. El poder es relación de fuerzas, si se quiere, se puede configurar campos de correlaciones de fuerzas, donde se supone la siguiente dinámica: fuerzas que afectan respecto a fuerzas afectadas, fuerzas activas respecto a fuerzas pasivas. Más allá de este enunciado nietzscheano y foucaultiano o, mas bien, retomando sus consecuencias, otro enunciado derivado: se trata del despliegue de fuerzas separadas de lo que pueden, fuerzas separadas de su potencia. Entonces, visto de esta manera, el poder es des-potenciamiento, por más paradójico que parezca decirlo. En otras palabras, la paradoja sería la siguiente: Cuando se consigue, supuestamente, el poder, es cuando, precisamente se pierde la potencia. La potencia social, creativa e inventiva, se pierde cuando el poder se realiza y manifiesta, en su espectacular esplendor. El poder vendría a ser el vaciamiento de la potencia social.  

 

 Notas

 

[1] Ver Definición de Transición: https://definicion.de/transicion/.

 

[2] Ver ¿Qué es el poder y cómo funciona?

https://pradaraul.wordpress.com/2018/09/19/que-es-el-poder-y-como-funciona/.

[3] Leer Escándalo de venta de cargos enloda al Ministerio de Minería. https://www.paginasiete.bo/economia/2020/1/29/escandalo-de-venta-de-cargos-enloda-al-ministerio-de-mineria-244884.html.

 

La revolución truncada

La revolución truncada

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La revolución truncada

 

Orlando Arias

 

 

 

Como dijimos en otros ensayos, asistimos a una revolución pacífica[1], que derivó en la renuncia del caudillo déspota y la huida de su entorno palaciego. Después vino la reacción de las muchedumbres y masas afines al MAS, en pleno desconcierto, sin oriente, ni occidente, sin norte, ni sur. Esta segunda etapa del conflicto político, institucional, constitucional y relativo al fraude electoral, derivó en el acuerdo por la pacificación y en la convocatoria a elecciones sin los susodichos candidatos cuestionados por el referéndum de 2016. Esta decisión fue tomada en el Congreso, de mayoría masista, por 2/3, y por el ejecutivo.  La revolución pacífica, que también fue un a revolución afectiva, de las sensaciones y los sentimientos, sobre todo de las composiciones intersubjetivas, nacidas del substrato intercultural y multicultural boliviano, iba, se orientaba, hacia otros desenlaces, más propios al contenido mismo de la revolución, empero, como ocurre en los desenlaces políticos, la resultante se limitó al los alcances de los límites institucionales mismos, también de los límites impuestos por el bagaje de prejuicios, así como de los límites delimitados por la ideología, la que legitima las dominaciones vigentes. En concreto, la salida a la crisis política y constitucional, además del fraude electoral, fue la sustitución constitucional, conformándose un gobierno de transición, encargado de convocar a elecciones y garantizar la realización de éstas. Entonces, se puede decir que la revolución se truncó, no desplegó todas sus posibilidades, toda su potencia social; al contrario, se estancó en la institucionalización de una salida constitucional, relativa a la sustitución presidencial, olvidando que había otras salidas, también constitucionales, contempladas en la misma Constitución, como, por ejemplo, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

Ocurrió, simétricamente, lo que pasó el 2005. La movilización prolongada (2000-2005) se orientaba a una salida autogestionaria y de autodeterminación popular, buscando transformaciones estructurales e institucionales, descolonizadoras y liberadoras, sin embargo, la correlación de fuerzas, combinada con la herencia institucional, derivó en elecciones que llevaron a la presidencia a un caudillo neopopulista. El proceso constituyente, particularmente la Asamblea Constituyente, se movió en sus propias contradicciones, entre ser poder constituyente o poder constituido, ser Asamblea originaria o ser Asamblea derivada. Estas contradicciones, irresueltas, se cristalizaron en obstáculos políticos, que obstruyeron la realización de la Constitución, una vez promulgada. El gobierno en ejercicio optó por el camino del pragmatismo y el realismo político, disminuyendo, en su accionar, los alcances de la Constitución. En consecuencia, se conformó una forma de gubernamentalidad clientelar, que prefirió la compulsiva propaganda y publicidad, pretendiendo sustituir con esta compulsión mediática la realidad efectiva. En este caso, la revolución de aquel entonces, la movilización prolongada, se truncó, congelándose en la simulación y espejismo político.

Lo que ha ocurrido suena a ironía histórica-política[2]; dos revoluciones, por cierto, distintas, en sus contenidos, en sus formas, en el contexto y en sus coyunturas, terminan truncadas por la usurpación de parte de la casta política de los despliegues de la potencia social, creativa, inventiva y alterativa. La ironía radica en lo que le ocurrió a Gonzales Sánchez de Lozada, presidente de la coalición neoliberal, hasta el 2003, le ocurre también a Evo Morales Ayma; son derrocados por movilizaciones sociales. Sabemos que la historia no se repite, sino que, a pesar de las analogías, las diferencias se hacen notorias. El gobierno derrocado el 2003 era neoliberal, el gobierno derrocado el 2019 era “progresista”; ambas formas de gubernamentalidad entraron con anterioridad en decadencia. Algunos escenarios parecen repetirse, sin embargo, el contexto y la composición de los eventos los hace diferentes; por ejemplo, lo que ocurre en Senkata, en la planta de YPFB de la ciudad de El Alto.  El 2003 se produce una masacre con el ingreso violento del ejército y la policía a la planta de YPFB, que se llevó 81 vidas; algo parecido parece suceder el 2019, que se cobró la vida de  por lo menos 9 muertos, empero, lo que pasa es después de la caída de Evo Morales y después de la sustitución constitucional del gobierno de transición. El bloqueo de Senkata no se daba por la nacionalización de los hidrocarburos, como en el caso de 2003, sino en principio, en defensa de la Caudillo derrocado, después pidiendo la renuncia de la presidenta Janine Añez. El desenlace sangriento no derivó en la caída de la flamante presidenta, sino en un acuerdo de paz. ¿Qué nos dicen estas diferencias?

Primero, no hay que olvidar, en el análisis comparativo, que el gobierno clientelar había implosionado o sufría de una implosión, más o menos lenta, desde que se constata sus regresiones, retrocesos y, lo peor, sus restauraciones. Cuando estalla la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral era ya un gobierno insalvable, haga lo que haga, incluyendo a su desesperado recurso del fraude electoral. En todo caso, el bloqueo de Senkata defendía algo que ya había muerto. Ya no se podía alterar el decurso del acontecimiento político. Y parece que tampoco se puede alterar lo que viene, la realización de las elecciones sin los candidatos cuestionados y en exilio.

Segundo, los 14 años de gestiones de gobierno, sobre todo lo que corresponde a la última década, desde el 2009, evidenciaron el carácter no solamente inconstitucional, al no plasmar la Constitución en transformaciones estructurales e institucionales, sino también el carácter re-colonizador, debido a sus enfrentamientos con las naciones y pueblos indígenas; así como debido a su opción por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente el gobierno neopopulistas se convirtió en un agente de las empresas trasnacionales extractivistas. Estas regresiones lo arrastraron a enfrentamientos con el pueblo. Bajo estas consideraciones, se puede decir que ya no era un gobierno defendible, menos un proyecto defendible, pues el proceso de cambio había muerto.

Tercero, la forma de gubernamentalidad clientelar se dejó atravesar y hasta controlar por las formas paralelas del lado oscuro del poder. Al convertirse en un operador del lado oscuro del poder sus políticas, por lo menos parte de ellas, eran tomadas en función de la reproducción del lado oscuro del poder.  Esta situación atrapó al gobierno en redes incontrolables, por lo menos desde el gobierno mismo, cuyas lógicas perversas lo arrastraron no solamente a reforzar la dependencia geopolítica del sistema-mundo capitalista, sino del lado oscuro de la encomia-mundo. En estas condiciones el “gobierno progresista” se encontraba no solo corroído por dentro, sino mermado demoledoramente en las propias fuerzas que lo habían fundado.

Cuarto, el goberno neopopulista al querer mantener su convocatoria por la vía clientelar, se inclinó por destruir el tejido social de las organizaciones sociales, buscando controlarlas desde arriba. Con el resultado dramático que, después de un tiempo, ya no contaba con organizaciones sociales sólidas, cohesionadas, consistentes en su tejido organizacional, sino con fantoches, que llamaba “movimientos sociales”, cuando éstos habían desaparecido. Por esta razón no pudo movilizar a “movimientos sociales”, que solo existían en la cabeza del caudillo y del ideólogo del desastre. Por esta razón optó por comprar a gente para que se movilice en defensa de un caudillo que huyó sin dar la cara, abandonando a su propia gente.

El gobierno de transición, en la coyuntura de convocatoria y realización de las elecciones, se mueve en una coyuntura frágil, no solamente por el corto tiempo, sino concretamente porque hay un plazo dado por la Constitución, que culmina antes del mismo calendario electoral; situación que complica la legitimidad misma del gobierno de transición más allá del plazo establecido. El gobierno de transición y el mismo Congreso han consultado oficial y formalmente al Tribunal Constitucional sobre la posibilidad de una ampliación de sus mandatos, después de la misma clausura constitucional. Entonces, la legalidad de la ampliación de dichos mandatos, del ejecutivo y del legislativo, dependen de la interpretación del Tribunal Constitucional. El argumento que se maneja es que no puede darse un vacío político, después de la culminación del plazo previsto constitucionalmente. El expresidente en exilio ha mencionado un exabrupto, que no corresponde ni a la Constitución, ni a la institucionalidad, tampoco a la realidad política, dice que “sigue siendo presidente” mientras el Congreso no trate su renuncia. La renuncia ha sido pública, además con la huida y el exilio ha dejado sus funciones, en consecuencia, por abandono ha dejado de ser presidente. Otra inconsistencia del expresidente corresponde a cuando pretende que la sustitución constitucional, después del 22 de enero, puede recaer en el Órgano Judicial. Esta figura ya no existe en la Constitución promulgada y vigente, aunque haya estado presente en la anterior Constitución. Por lo tanto, la coyuntura contiene una incertidumbre constitucional: ¿Qué se hace si se cayera en un vacío político, si es que el Tribunal Constitucional no da una respuesta positiva antes del plazo previsto?

La Constitución establece el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Representativa, lo que equivale a que es el pueblo, en ejercicio pleno de la democracia participativa, el que puede o tiene la potestad para resolver el problema del vacío político. El pueblo puede autoconvocarse en Asamblea Popular de emergencia y dar solución al problema; la sociedad cuenta con un tejido social dinámico, además de contar con sus propias organizaciones cívicas y sindicales, añadiendo las organizaciones representativas de las naciones y pueblos indígenas. Entonces si se llegara a esa situación no hay porque desgarrarse las vestiduras; hay que aplicar la Constitución. En todo caso, puede adelantarse la decisión del Tribunal Constitucional, lo que ahorraría la auto-convocatoria del pueblo a una Asamblea Popular de Emergencia.

Las Federaciones del trópico de Cochabamba han amenazado con una movilización no-pacífica para después del 22 de enero, aprovechando el supuesto vacío político que vendría. Esta Federación solo representa a una parte pequeña de la población boliviana y a una circunscrita geografía política; no puede arrogarse la voz de todo el pueblo. En consecuencia, no tiene la potestad ni los atributos para resolver por si sola el problema supuesto del vacío político. Usando las palabras de la diatriba política, abusada como acusación al gobierno de transacción, es más, a la revolución pacífica boliviana, se puede decir que esta actitud corresponde a un “golpe de Estado” contra la democracia y la voluntad general del pueblo boliviano. Mucho más dramática e ilegitima si se recurre a la violencia, como recurso de terror.

Si hubiera pretensiones, insostenibles, de una sustitución constitucional en la presidenta del Senado, éstas caen por su propio peso; el mandato del Congreso también concluye; en consecuencia, no podría haber una sustitución constitucional. Más aún, si, en el caso que el Tribunal Constitucional diera su visto bueno para una ampliación de la vida política del ejecutivo y del legislativo; en este caso, tanto el ejecutivo como el legislativo tienen que cumplir con su labor de realizar las elecciones. No hay cabida institucional para conspiraciones políticas. Como se puede ver, la coyuntura es frágil, aunque también es una oportunidad para salir de la crisis política.

Por otra parte, la coyuntura electoral muestra otras debilidades, relativas a las opciones electorales, incluso si se formara un frente amplio para enfrentar al MAS, este frente, como tal parece, no será otra cosa que una coalición acumulada de debilidades políticas; de la misma manera, el mismo MAS, que viene de una descomposición y corrosión interna, no es pues el partido fuerte que se presentó en elecciones pasadas, sobre todo las primeras. Incluso, pasaría algo parecido si estuviese presente el caudillo derrocado – cosa que no puede darse en elecciones democráticas por prohibición constitucional y del referéndum -; en resumidas cuentas, las opciones electorales son débiles ante la magnitud y profundidad de la crisis política. Lo que se tiene en el contexto, marco y horizonte político es la Constitución, incumplida por el “gobierno progresista”, que debe cumplirse como mandato en los gobiernos que vengan.

Por otra parte, tampoco, durante sus gestiones de gobierno, el MAS estuvo a la altura de lo que se definió como finalidades de la movilización prolongada (2000-2005), mucho menos a la altura de lo que estableció la Constitución; en pocas palabras, el MAS en el gobierno no estuvo a la altura de sus responsabilidades. Menos se puede esperar que ahora esté en condiciones de cumplir políticamente, cuando la crisis política arrastró al MAS al abismo de su caída. En pocas palabras, el panorama político no es halagador en lo que respecta a las facultades y capacidades para resolver la crisis múltiple del Estado-nación.

En lo que respecta a la democracia, término tan usado en el debate político, si es que se puede darle ese nombre a lo que se parece más al despliegue enceguecido y ensordecedor de la diatriba, la casta política tiene una acepción desvalida de la democracia; esto ocurre tanto en las locuciones de “derecha” así como en las locuciones de “izquierda”. Para comenzar por un presupuesto general, la casta política de “derecha” cree que la democracia es un fin, en sí mismo. Como si, una vez alcanzada la democracia, que para esta expresión discursiva se reduce a los alcances de la democracia formal, que llaman Estado de Derecho, se resolvieran todos los problemas sociales, económicos y políticos. Olvidan que la democracia no es un fin; al contrario, en todo caso, se parecería más a un medio para alcanzar otros fines, por ejemplo, el de resolver los problemas que se afronta en una coyuntura, en un contexto, en un periodo, en una época, en un país, en una región, en el mundo. La democracia, como ejercicio del gobierno del pueblo, es una atmósfera sociopolítica-cultural que hace de condición de posibilidad histórica-social-sobre todo de lacultural-política-institucional de la resolución de problemas sociales, económicos, políticos, en función del bien común, mejor dicho, en la acepción actualizada, de los bienes comunes.

Aunque parte de la “izquierda”, la “izquierda”, por así decirlo reformista, también cree que la democracia es un fin, solo que le atribuye un matiz más social, de bienestar, la “izquierda radical”, que podríamos decir encarna los proyectos revolucionarios de la modernidad, sobre todo de los que se dan entre el siglo XIX y siglo XX, diferencia entre “democracia burguesa” y “democracia proletaria”, concibiendo que la profundización de la democracia equivale a la construcción del socialismo. Sin embargo, el socialismo, en pleno sentido de la palabra, es un ideal histórico-político, una construcción racional, si se quiere una finalidad política y social, también económica; por lo tanto, no hay que confundir esta finalidad o ideal con la realidad efectiva. La historia política moderna nos ha mostrado que este error, de confundir el ideal con la realidad efectiva, lleva a catástrofes políticas y dramas sociales y económicos descomunales. El socialismo no se logra por decreto, como lo pretendió Josef Stalin, tampoco es el resultado inmediato de la estatalización o socialización de los medios de producción, como postula el marxismo-leninismo, que correspondería a una tesis programática. El socialismo como construcción racional, como ideal de justicia social, es una orientación, una finalidad perseguida, a la que hay que llegar interviniendo en el mundo social efectivo, conformado por dinámicas complejas; estas intervenciones, por así decirlo, se embarran en los espesores de la complejidad social. Los resultados, entonces, corresponden a lo hecho con las materias y sujetos sociales del mundo efectivo. Lo conformado, en la historia política, a nombre del socialismo, como, por ejemplo, los estados del “socialismo real”, no pueden llamarse, con propiedad teórica, realizaciones del ideal socialista; mas bien, se parecen a conformaciones barrocas políticas, económicas y sociales mezcladas y contradictorias. Volviendo al tema, si bien, la “democracia proletaria”, que llaman paradójicamente “dictadura del proletariado”, aparece como medio para alcanzar el fin socialista, esta “izquierda radical” concibe a la democracia como un fin intermedio. Por lo tanto, también se equivoca al no comprender que la democracia es como el punto de partida, la base, la condición de posibilidad histórica-política-cultural para hacer política, en pleno sentido de la palabra.

En Bolivia la concepción de la democracia aparece en la historia política circunscrita al prejuicio liberal, por lo tanto, a un sentido de democracia reducido a la Ley y al Estado de Derecho, es más, en América Latina, reducido a los prejuicios de una burguesía intermediaria, sucesora de la oligarquía gamonal. Se excluye del ejercicio liberal de la “democracia” formal a las grandes mayorías indígenas y a las mujeres. Después, la concepción de democracia se amplía, adquiriendo tonalidades populares, con los “nacionalismos revolucionarios” de mediados del siglo XX. Durante la resistencia a las dictaduras militares, la democracia se convierte en una finalidad, como si fuese un régimen opuesto a la dictadura. La democracia no es exactamente un régimen, tampoco, más teóricamente, un sistema; esto sería reducirla a la estructura institucional del Estado de Derecho o a una estructura subyacente de la democracia representativa. La democracia, como hemos dicho, es la condición de posibilidad histórica-cultural-social-política de la realización de la condición humana en condiciones de igualdad. En otras palabras, sobre el substrato de la experiencia del conocimiento, el reconocimiento y el autoconocimiento la democracia constituye el ámbito o el mundo de realización de las relaciones sociales que suponen la igualdad.

Entonces, bajo estas consideraciones, estamos distantes de haber “conquistado la democracia” o haberla “logrado”. Lo que ha ocurrido es que un régimen clientelar se ha derrumbado en plena convulsión de sus propias contradicciones; se han desatado resistencias movilizadas contra este régimen, desde muy temprano, las mismas que han venido acumulándose, convirtiéndose de resistencias en ofensivas contra el régimen autoritario y despótico, hasta derivar en una revolución pacífica, que vino acompañada por una convulsión dramática y violenta. Lo que se observa en la coyuntura es la convocatoria a elecciones democráticas, con la transparencia y la idoneidad requerida. La realización de las elecciones no implica, de por sí y de una manera inmediata, el logro de la democracia. Estas condiciones de posibilidad históricas-culturales-sociales-políticas tienen que ser construidas por los conglomerados de las voluntades singulares implicadas. La mejor manera de hacerlo es consensuando, efectuando transiciones consensuadas.

¿Dónde radica la importancia de la coyuntura, su singularidad, el contenido de sus posibilidades? Anteriormente configuramos el concepto de espesores de la coyuntura[3], desde la perspectiva de la complejidad, teniendo en cuenta la simultaneidad dinámica, más acá y más allá de los a priori de espacio y tiempo, mas bien ligada a la concepción de tejido del espacio-tiempo de la física relativista y la física cuántica; ahora, poniendo en juego esta concepción de la complejidad, podemos evaluar e interpretar la coyuntura en cuestión comprendiendo la actualización y síntesis disyuntiva de la dinámica de los espesores. Al respecto, lo primero que hay que hay que anotar es la experiencia social y política en la historia reciente, sobre todo en la recientísima historia, concentrada en la coyuntura. Lo que se ha observado es el entramado social subyacente a las movilizaciones en torno al conflicto político; hablamos de un entramado de una formación social pluricultural, mestiza e indígena, que, siendo el substrato del ámbito de relaciones y estructuras sociales subyacentes, ha sido reconocida como tal en escasos momentos de emergencia histórica-política. Recientemente, durante la movilización prolongada (2000-2005), cuando los hilos de los tejidos nacional-populares y los hilos de los tejidos indígenas se encuentran, entrecruzan y experimentan metamorfosis y hasta simbiosis. Un poco después, podríamos decir después de catorce años, vuelve a suceder este reconocimiento y autoconocimiento colectivos. Vuelve a suceder en la revolución pacífica y su contraste como reacción partidaria, apegada al gobierno derrocado, en pleno desconcierto. Se trata de un pueblo que recurre a los estratos de su memoria cultural y política para asumirse en un presente en crisis. Las tradiciones de lucha mineras se asocian a las recientes movilizaciones ciudadanas, la resistencia persistente de los ayllus se conecta con la defensa de la Amazonia y el Chaco por colectivos de voluntarios que luchan contra el incendio extractivista y de ampliación de la frontera agrícola y ganadera. Los cultivadores de la hoja de coca tradicional se vinculan con las redes de jóvenes de la resistencia democrática. Sindicatos campesinos se reconcilian con algunas ciudades, como sucedió en Potosí. Demandas de defensa de los recursos naturales, como las relativas al litio, se articulan con demandas regionales, como las de Santa Cruz. Estas son algunas de las conexiones dadas en las movilizaciones recientes de defensa de la democracia, defensa del voto y contra el fraude electoral.

Por otro lado, como buscando contrarrestar lo que pasaba, la reacción política del bloque social que fue oficialista, altamente debilitado, puso en escena el núcleo duro del MAS, las Federaciones del Trópico de Cochabamba y sus entornos y territorios irradiados. Así también, a los siete distritos de la ciudad de El Alto que controlaba el MAS, exceptuando a los otros siete distritos que apoyan a la alcaldesa de la oposición, Soledad Chapetón. El resto de los movilizados, en la reacción desesperada por cambiar el curso de los acontecimientos, mas bien, es emplazado de manera improvisada, solicitados por la contratación y la circulación dineraria, exceptuando otros sectores afines al MAS de concentración puntual en algunas ciudades y algunas zonas rurales. El enfrentamiento se dio entre un entramado social emergente, que buscaba responder a la crisis política, leída como “destrucción de la democracia”, y un entramado emergido con anterioridad, casi dos décadas precedentes, que se aposentó como bloque político de apoyo del “gobierno progresista”.  Esto en lo que respecta a los bloques sociales enfrentados. Sin embargo, en el conjunto de los distintos planos de intensidad puestos en juego, no solo cuentan los bloques sociales, sino también los operadores políticos, para decirlo de esa forma, de manera particular, los partidos políticos, la casta política, también enfrentada. Hay que tener en cuenta que este enfrentamiento en el campo político se da bajo otros códigos, los relativos a la ideología y a la formación discursiva política del campo político especifico, el boliviano. Los señalamientos de la diatriba puesta en los medios se pueden resumir en ciertos epítetos en uso; la oposición acusaba al oficialismo de “corrupto”, “autoritario”, hasta “dictador”, incluso denunciado como comprometido con el “narcotráfico”; el oficialismo anterior acusaba a la oposición de “racista”, “fascista”, “oligárquica” y “proimperialista”, incluso de “golpista”. Estos conjuntos de códigos contrastados sitúan y ubican al enemigo, atribuyéndole las deleznables características que lo convierten en indeseable y susceptible de destrucción.

Cuando los partidos políticos operan, buscando conducir a los bloques sociales enfrentados, les atribuyen los códigos políticos e ideológicos en boga, usados por los aparatos políticos, sin tomar en cuenta los conglomerados de códigos usados por los mismos bloques sociales. Los partidos políticos no se ocupan ni preocupan por comprender qué pasa en los bloques sociales, sino que los tienen como referentes provisorios en sus narrativas usuales, vaciándolos de los contenidos propios de la experiencia y la memoria social. Entonces, la interpretación que se impone mediáticamente es la que corresponde a las narrativas usuales políticas e ideológicas, sin aportar un ápice al conocimiento de lo que ocurre. Por eso, respecto a lo que ha acaecido en Bolivia, las interpretaciones en boga hacen gala de su pobreza; una narrativa, la de la “izquierda”, reduce lo ocurrido a la interpretación de “golpe de Estado”; la otra narrativa, la de la “derecha”, reduce lo ocurrido al derrocamiento de un “narcoestado”. Por cierto, esta pobreza interpretativa no solamente no aporta nada a la comprensión, entendimiento y conocimiento de lo ocurrido, sino que arroja a las sombras a la experiencia y memoria sociales políticas. No se pueden tomar en serio estas narrativas reiterativas de la casta política, salvo como anécdotas, en el mejor caso, como datos que dan cuenta de la decadencia política y de la degradación intelectual de sus voceros.

Frente a este mutismo estridente y enceguecimiento luminoso, debido al espectáculo mediático, los bloques sociales tienen la imperiosa tarea de la pedagogía política, del aprendizaje, del autoconocimiento colectivo, de la dignificación y valorización de sus experiencias, en aras del ejercicio pleno de la democracia y de la política.  Lo que ha sucedido en la historia reciente es el truncamiento de la potencia social, mediante la usurpación de sus logros, desplazamientos, desenvolvimientos y rupturas, por parte de operadores y dispositivos de poder de la casta política. Respecto a la movilización prolongada, el MAS y su caudillo patriarcal usurparon la victoria del pueblo frente al proyecto político-económico neoliberal; respecto a la revolución pacífica de la resistencia democrática, la “derecha” usurpó la victoria del pueblo y el derrocamiento del gobierno clientelar y corrupto, reduciendo esta victoria y este derrocamiento a un mero trámite electoral. Cuando la potencia social alumbró el horizonte de la construcción del país sobre la base de la revolución de afectos y solidaridades, reconocimientos y autoconocimientos.

[1] Ver La revolución pacífica boliviana en el contexto de la crisis múltiple del Estado-nación.

https://www.bolpress.com/2019/11/15/la-revolucion-pacifica-boliviana-en-el-contexto-de-la-crisis-multiple-del-estado-nacion/.

 

[2] Ver Ironías de la historia política.

https://www.bolpress.com/2019/11/23/ironias-de-la-historia-politica/.

 

[3] Ver Poliedro de la coyuntura. También ver Espesores coyunturales. 

https://issuu.com/raulprada/docs/poliedro_de_la_coyuntura_2.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/espesores_coyunturales_3.

Apuntes para una Arqueología del concepto de golpe de Estado

Apuntes para una Arqueología del concepto de golpe de Estado

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

Los conceptos son síntesis de estructuras categoriales, composiciones teóricas que configuran e interpretan fenomenologías de la percepción, que son, en el fondo, fenomenologías corporales; capturan impresiones, sensaciones, también visibilidades, convirtiéndolas en síntesis intelectiva. En la formación discursiva de la ciencia política, antes en la filosofía política, se han desarrollado conceptos que buscan interpretar las problemáticas que manifiesta el devenir del poderdevenir de la voluntad, en relación contradictoria con la libertad y en relación barroca con la justicia. En este campo de la narrativa política hay dos conceptos que nos interesan, paradójicamente, tanto por su proximidad, así como por su alejamiento; estos son el concepto de golpe de Estado y el concepto de Estado de excepción, más antiguo. Vamos a intentar evaluar teóricamente sus circuitos colaterales, correlativos y complementarios, es decir, lo que hacen al enunciado o, mejor dicho, al acontecimiento del enunciado, el haz de relaciones, desde la perspectiva que le otorga Michel Foucault a la configuración del enunciado en la Arqueología del saber.  Comenzaremos con una breve descripción del concepto moderno de golpe de Estado, dejando para después el tratamiento del concepto de Estado de Excepción, de raigambre antigua, empero, actualizado en la modernidad.

Se dice que golpe de Estado corresponde a la toma del gobierno, es decir, de la forma de Estado singularizada en una forma de gubernamentalidad particular. Se toma el poder de un modo súbito, destacadamente por un grupo de conspiradores, quebrantando la Constitución, las leyes, las normas y las reglas institucionales. El concepto de golpe de Estado se diferencia de otros conceptos que aluden a las formas concretas de la crisis política, por ejemplo, como los conceptos de revueltamotínrebeliónputschrevolución, incluso guerra civil.

El subcontinente referente de ejemplos de golpes de Estado ha sido América Latina. Al subcontinente le ha tocado sufrir, desde los inicios mismos de las repúblicas, después de las guerras de independencia, motines militares, que pueden asimilarse a la genealogía de los golpes de Estado. Después de periodos de relativa estabilidad política, pretendidamente liberal, le tocó sufrir golpes de Estado militares, en pleno contexto de la guerra fría.

En lo que podemos denominar arqueología del concepto de golpe de Estado, se puede decir que el concepto de golpe de Estado surgió siendo utilizado en Francia durante el siglo XVII. Se lo usó para relatar sobre las contingencias de hechos y procedimientos violentos, medidas imprevistas tomadas por el rey, quien dejaba de respetar la legislación, así como las normas; lo hacía ordinariamente para deshacerse de sus enemigos; esto ocurría cuando el rey contemplaba que era necesario hacerlo por razón de Estado. En su sentido inicial, el concepto de golpe de Estado era muy análogo a lo que ahora se nombra autogolpe; en otras palabras, el deslizamiento del mismo gobierno, desplazando a una parte de este, es decir, un desplazamiento en el mismo Estado.

El concepto de golpe de Estado experimentó desplazamientos durante el siglo XIX; los desplazamientos corresponden a la significación de las operaciones violentas del Estado, de parte del Estado o respecto al Estado, particularmente referidas a las fuerzas armadas o acciones militares con el objeto de tomar el gobierno. El concepto de golpe de Estado se diferenció del concepto de revolución, que definía, más bien, a la acción colectiva de la sociedad civil para derrocar un régimen político.

Durante el siglo XX, siglo ultimatista, a decir de Alain Badiou, a diferencia del siglo romántico del siglo XIX, el concepto de golpe de Estado se desplazó hasta sus significaciones, por así decirlo, técnicas. En 1930, Curzio Malaparte publicó Técnica del colpo di Stato, Técnica del golpe de Estado; este libro imprimiría el uso más difundido hasta nuestros días de la acepción del concepto de golpe Estado que lo define como irrupción repentina, violenta y armada para la toma del poder.  Se podría decir que ésta es la acepción moderna más usual y generalizada, convertida, incluso, en sentido común. Teniendo cono referente a las acciones, procedimientos, convocatorias y movilizaciones del fascismo italiano y del nazismo alemán, Malaparte concibe el concepto del golpe de Estado no sólo como operación ejercida por partes componentes del Estado, como el ejército, sino que incluye también a formas de organización civil, de carácter conspirativo. Se trata de operaciones destinadas a la desestabilización del gobierno, mediante el despliegue de acciones encaminadas a generar caos social, buscando provocar la caída del gobierno, conquistando el poder. De acuerdo con la interpretación de Malaparte, lo que distingue al concepto de golpe de Estado respecto de los conceptos de guerra civil y revolución, se debe a su característica súbita y provisoria de irrupción violenta, así como de sorpresa, en un lapso corto, en el despliegue abrupto de operaciones, circunscribiendo y restringiendo la magnitud del tamaño, la extensión y la intensidad de la confrontación armada.

En el libro citado Malaparte escribe:

Si bien me propongo mostrar cómo se conquista un Estado moderno y cómo se defiende, no puede decirse que este libro quiera ser una imitación de El Príncipe de Maquiavelo, ni siquiera una imitación moderna, es decir, poco maquiavélica. El momento al que se refieren los temas, los ejemplos, los juicios y la moral de El Príncipe eran de una decadencia tal de la libertad pública y privada, de la dignidad del ciudadano y del respeto humano, que sería ofender al lector, un hombre libre, tomar como modelo la famosa obra de Maquiavelo para tratar algunos de los problemas más importantes que nos plantea la Europa moderna.

 

La historia política de estos diez últimos años no es la de la aplicación del Tratado de Versalles, ni la de las consecuencias económicas de la guerra, ni la del esfuerzo de los gobiernos para asegurar la paz europea, sino que es la historia de la lucha entablada entre los defensores del principio de la libertad y de la democracia, es decir, los defensores del Estado parlamentario, y sus adversarios. Las actitudes de los partidos no son otra cosa que los aspectos políticos de esa lucha y como tales deben ser considerados si se quiere comprender el significado de muchos acontecimientos de los últimos años y prever el desarrollo de la actual situación interna de algunos Estados europeos. En casi todos los países, al lado de los partidos que se declaran defensores del Estado parlamentario y partidarios de una política de equilibrio interior, es decir, liberal y democrática (los conservadores de todo tipo, desde los liberales de derechas hasta los socialistas de izquierda), hay partidos que plantean el problema del Estado en el terreno revolucionario: son los partidos de extrema derecha y de extrema izquierda, los «catilinarios», es decir, los fascistas y los comunistas. Los catilinarios[1] de derechas temen el peligro del desorden: acusan al gobierno de debilidad, de incapacidad y de irresponsabilidad; defienden la necesidad de una férrea organización estatal y de un control severo de toda la vida política, social, económica. Son los idólatras del Estado, los partidarios del absolutismo estatal. En un Estado centralizador, autoritario, antiliberal y antidemocrático es donde ven la única garantía de orden y de libertad, la única defensa contra el peligro comunista. “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, afirma Mussolini. Los catilinarios de izquierdas pretenden la conquista del Estado para instaurar la dictadura del proletariado. “Allí donde hay libertad, no hay Estado”, afirma Lenin[2].

 

En la cita del libro connotado se puede remarcar que Malaparte hace hincapié en el contexto político, sobre todo en la época política de referencia. No se trata, en ese ahora, el presente de Nicolas Maquiavelo, sino de lo que acaecía en el presente de Curzio Malaparte, no se trata de una decadencia tal de la libertad pública y privada, sino se trata de las soluciones “extremas” a la crisis política, por el lado de la “derecha” conservadora o, en contraste, por el lado de la “izquierda radical”.  Malaparte busca describir e interpretar los desplazamientos en las operaciones, procedimientos y técnicas de la toma del poder, teniendo en cuenta la experiencia política de su tiempo. Desde esta perspectiva hace una comparación de sucesos y eventos políticos que clasifica como golpes de Estado; compara el golpe de Estado Bolchevique y la táctica de Trotsky, en octubre de 1917, donde se aborda la toma del poder en Rusia por parte de los bolcheviques, comandados por León Trotski en la llamada revolución rusa, desenvuelta entre febrero y octubre de 1917; también tiene que ver con la historia de un golpe de Estado fallido, donde se trata sobre la defensa de Iósif Stalin frente al intento de Trotski de tomar el poder en 1927. Se analiza la experiencia polaca; la cuestión del orden versus el caos que tiene en vilo a Varsoviase trata sobre las luchas internas por el poder en la Polonia de Józef Pilsudski. Se evalúa el caso Kapp, que se figura como Marte contra Marx; donde se trabaja sobre el golpe de Estado de Kapp, golpe militar fracasado, que se tuvo lugar en la Alemania de 1920, dirigido por Wolfgang Kapp. También se analiza el referente político de Bonaparte, considerado el primer golpe de estado moderno; donde se analiza el golpe de Estado del 18 de Brumario, en comparación con el golpe de Estado dado por Napoleón el 9 de noviembre de 1799. Después se compara el golpe de Primo de Rivera con el dado por Pilsudski; un cortesano y un general socialista; aquí compara las actuaciones de Primo de Rivera y Pilsudski con las de Napoleón, golpes que se refugiaron en la legalidad del Estado vigente en lugar de rechazarla. En la contemporaneidad de Malaparte se tiene como otro referente al caso de Mussolini y el golpe de Estado fascista, donde se analiza la marcha sobre Roma y la toma del poder del Partido Nacional Fascista, de la que el propio Malaparte tomó parte. En este contexto, se ocupa del primer intento fallido de toma del poder por parte de Adolfo Hitler, el denominado Putsch de Múnich; al que lo nombra como un dictador fracasado; en este capítulo trata de las acciones fracasadas de Hitler con el objeto de la toma del poder. Al respecto no hay que olvidar que Técnicas del Golpe de Estado se publica en 1931, antes de que Adolf Hitler tome el poder en Alemania.

Continuando con las técnicas del golpe de Estado de Curzio Malaparte, el autor escribe:

El ejemplo de Mussolini y de Lenin influye considerablemente en el desarrollo de la lucha entre los catilinarios de derecha y de izquierda, y los defensores del Estado liberal y democrático. Existen, sin duda, una táctica fascista y una táctica comunista. Sin embargo, conviene hacer notar que, hasta ahora, ni los catilinarios ni los defensores del Estado parecen saber en qué consisten la una y la otra, si existen analogías entre ellas o cuáles son sus características propias. La táctica de Bela Kun no tiene nada en común con la táctica bolchevique. El intento revolucionario de Kapp no es más que una sedición militar. Los golpes de Primo de Rivera y de Pilsudski parecen haber sido concebidos y ejecutados de acuerdo con las reglas de una táctica tradicional que no se parece en nada a la táctica fascista. Bela Kun puede parecer un táctico más moderno, más técnico y, por eso, más peligroso que los otros tres; pero incluso él, al plantearse el problema de la conquista del Estado, demuestra desconocer la existencia, no sólo de una táctica insurreccional moderna, sino también de una técnica moderna del golpe de Estado. Bela Kun cree imitar a Trotsky y no se da cuenta de que se ha limitado a seguir las reglas establecidas por Marx según el ejemplo de la Comuna de París de 1871. Kapp cree poder repetir el golpe del 18 de Brumario contra la Asamblea de Weimar. Primo de Rivera y Pilsudski creen que para apoderarse de un Estado moderno basta con derrocar con las armas un gobierno constitucional.

Es evidente que ni los gobiernos ni los catilinarios se han planteado aún la cuestión de saber si hay una técnica moderna de golpe de Estado y cuáles pueden ser sus reglas fundamentales. A la táctica revolucionaria de los catilinarios, los gobiernos siguen oponiendo una táctica defensiva que revela una ignorancia absoluta de los principios elementales del arte de conquistar y de defender el Estado moderno. Sólo Bauer, canciller del Reich en marzo de 1920, ha dado muestras de haber entendido que para poder defender el Estado hace falta conocer el arte de apoderarse de él[3].

 

Malaparte busca describir y definir lo que llama las técnicas modernas del golpe de Estado. ¿En qué consisten éstas? No se trata tan solo de la toma del poder con el recurso de las armas, se trata de comprender el contexto moderno donde se disputan las fuerzas el control del Estado. En este sentido, Curzio Malaparte parece entender que las técnicas modernas del golpe de Estado se desarrollan de manera más operativa y, si se quiere, sofisticada, con la intervención combinada de fuerzas, procedimientos, operaciones y convocatorias, que despliegan los bolcheviques. Sin embargo, no se puede decir que Malaparte atribuya solo a los bolcheviques el desarrollo de las técnicas de golpe de Estado, además de las técnicas insurreccionales, por así llamarlas, continuando con las analogías, sino que otros perfiles políticos también lo hacen desde la intervención “bonapartista” del sobrino de Napoleón Bonaparte. Es loable la búsqueda descriptiva del golpe de Estado moderno por parte de Malaparte, empero, podemos sugerir la siguiente impresión de su lectura: no solamente no asiste, cuando publica su connotado libro sobre técnicas del golpe de Estado, a la asunción al gobierno y al poder del tercer Reich por parte de Adolf Hitler y del nacional socialismo, sino que tampoco va a tener la oportunidad, pues es otro tiempo, más actual, la experiencia política de los golpes de Estado militares durante la guerra fría.

Edwin Lieuwen, en Generals vs. Presidents: Neomilitarism in Latín America, hace una descripción sucinta de los golpes de Estado militares modernos, escribe:

En la madrugada, un destacamento de tropas, en ocasiones apoyadas por tanques, llega repentinamente a la residencia del poder ejecutivo y captura al presidente. Al mismo tiempo, otras tropas toman el control de los medios de comunicación (la central telefónica, las estaciones de radio y televisión, y la prensa favorable al gobierno). Mientras tanto, el poder de fuego se concentra en los puntos estratégicos para yugular cualquier posible resistencia civil. Al amanecer se produce el pronunciamiento, el anuncio de las fuerzas armadas al pueblo de que han asumido el control del gobierno, y que el presidente y el Congreso han sido destituidos[4].

 

Al respecto, Eduardo Gonzales Calleja, autor de En las tinieblas de Brumario: cuatro siglos de reflexión política sobre el golpe de Estado[5], dice:

Esta secuencia tópica del asalto al poder en un país latinoamericano puede servir de introducción a uno de los fenómenos más recurrentes y, quizás, peor conocidos de las crisis políticas: el golpe de Estado. Hasta la fecha, el golpismo ha tenido un tratamiento bastante confuso por parte de las ciencias sociales: se le ha achacado un carácter fundamentalmente conservador, se le ha definido como un modo paradigmático de intervención militar, se le ha confundido con un tipo particular de violencia política, o se ha restringido la explicación de sus condiciones de desarrollo, ejecución y consecuencias a determinadas áreas geográficas, afectadas por el colonialismo y por la dependencia económica. El recorrido que nos proponemos iniciar sobre la evolución de las teorías explicativas del golpe de Estado tiene como objeto desentrañar los logros y las limitaciones de los estudios que, a lo largo del tiempo, han tratado de analizar su origen, sus etapas, sus protagonistas y sus repercusiones en la comunidad política. Pero, antes de iniciar este periplo, parece pertinente abordar una caracterización previa de los rasgos fundamentales del golpe, que nos permita revisar alguno de los tópicos más arraigados en el examen de tan particular fenómeno[6].

De la misma manera que, en su tiempo, Curzio Malaparte intentó describir y definir el golpe de Estado moderno, Eduardo Gonzáles Calleja también busca describir el golpe de Estado de su contemporaneidad correspondiente del siglo XX, sobre todo teniendo como referente los golpes de Estado militares dados en el contexto de la llamada guerra fría. Para comenzar, podemos señalar que, de entrada, se trata de contextos histórico-políticos distintos, el vivido por Malaparte y el experimentado por Calleja. Sin embargo, vale la pena citar la descripción que hace este último autor mencionado. Calleja, en un intento preliminar de definición y caracterización del término “golpe de Estado”, escribe:

Acuñado en Francia durante el siglo XVII, ha quedado incorporado en la actualidad al vocabulario de casi todas las lenguas modernas. Las definiciones reseñadas en los diccionarios de uso corriente presentan muchos rasgos coincidentes, que nos pueden servir para ensayar una aproximación preliminar a la naturaleza de este fenómeno. En primer lugar, el secretismo en la preparación del complot y la necesaria rapidez de su ejecución dan al golpe una característica impronta de acto repentino, inesperado y, en ocasiones, impredecible. En su fase de preparación, los golpes son eventos conspirativos que precisan, al menos, de una cierta discreción entre sus promotores. La naturaleza secreta y azarosa del golpe se pone en evidencia cuando, por la mayor parte de los testimonios coetáneos, se constata que puede fracasar en muchas fases de su desarrollo, por la equivocada apreciación de las circunstancias objetivas, por las indiscreciones producidas durante su preparación o por los errores cometidos en el momento de su ejecución. Este amplio umbral de incertidumbre que se vincula a la decisión golpista implica una alta tasa de riesgo, que suele aumentar en proporción al tamaño del grupo conspirativo. Pero el peligro queda compensado con el bajo coste relativo que conlleva este tipo de acciones en comparación con los réditos políticos que los conjurados pretenden obtener. En todo caso, la experiencia histórica parece demostrar que el golpe es una operación arriesgada, cuyo éxito no está, ni mucho menos, garantizado: de 88 golpes de Estado censados en el mundo entre 1945 y 1967, 62 fueron calificados por Luttwak como “eficientes” (léase coronados por el éxito), y el resto como fracasados o frustrados.

 

Una segunda característica del golpe es su pretendido carácter violento, ya que, casi por definición, su ejecución implica una transferencia de poder donde está presente la fuerza o la amenaza de su uso. Podría ser considerado por ello como una forma de violencia política, caracterizada por el protagonismo de un actor colectivo minoritario y elitista, que dispone de amplios recursos coactivos para alcanzar una meta ambiciosa: la conquista total del Estado o la transformación profunda de las reglas del juego político e incluso de la organización social en su conjunto. Los estudios generales sobre la violencia han incluido al golpe de Estado como una forma de inestabilidad política que deriva en el uso de la fuerza, junto con los motines, las rebeliones, la guerra de guerrillas, el terrorismo o la guerra civil, con los que comparte su naturaleza de fenómenos políticos ilegales, que implican siempre un desorden extenso y un empleo intensivo de la coacción física. Pero resulta evidente que el golpe no cubre todo el campo semántico de las interrupciones brutales del poder político. A pesar de su más que habitual relación con otros tipos de violencia en contextos de crisis política aguda, las disparidades de partida resultan sustanciales. Los golpes de Estado se diferencian de otras clases de asalto al poder en que requieren un empleo de la violencia física muy reducido e incluso nulo, y no necesitan la implicación de las masas. El golpe es siempre un ataque fulminante y expeditivo a las instancias de gobierno que se ejecuta desde dentro del entramado del poder, y en eso se distingue fundamentalmente de las modalidades de violencia subversiva, como la guerra civil o la insurrección. La acción insurreccional es un hecho a menudo escasamente planificado, que es protagonizado por una coalición heterogénea de tipo popular y que tiene una duración prolongada, mientras que el golpe es el acto de usurpación política razonado y metódico por excelencia, impulsado por una institución bastante homogénea (partido, gobierno, parlamento, ejército) de forma rápida e imprevista.

 

El golpe de Estado es un modo más discriminado de violencia, y más selectivo en sus objetivos que otras formas violentas como el terrorismo. La esencia del golpe es el secreto, mientras que el terrorista busca el máximo de publicidad en sus acciones. A diferencia de la guerrilla y de la guerra revolucionaria, cuyo objetivo es debilitar y desarticular progresivamente los organismos de gobierno, el golpe de Estado lo suelen perpetrar los propios representantes del poder constituido, y casi siempre cobra la fisonomía de un asalto, repentino e inapelable, a las máximas instituciones del Estado, que incide en un terreno muy restringido (generalmente, determinados puntos neurálgicos de una capital) y que busca, pura y simplemente, la obtención del poder o la anulación de un adversario político. En consonancia con su equívoca relación con la violencia política, los golpes de Estado hacen más fluida o intrincada la circulación hacia otras modalidades violentas de gran alcance, del mismo modo que la tendencia hacia este y otros tipos de intervención militar aumenta con el incremento de la violencia colectiva. El golpe puede ser el prólogo o el epílogo de una crisis bélica interna o externa o de un proceso revolucionario, pero se diferencia de las revoluciones en que no suele implicar grandes costes en recursos movilizados, y arroja como resultado un relativamente pequeño desplazamiento de los miembros de la élite dirigente, o todo lo más un cambio en la titularidad del poder ejecutivo. Sin embargo, no todos los eventos que denominamos golpes de Estado dan lugar a cambios menores. Tal fue el caso del “golpe de Praga” de febrero de 1948. En esas condiciones, el golpismo aparece como una ruptura brutal, marcada por el derrocamiento del poder establecido, y, en ocasiones, por un cambio radical en la naturaleza del régimen político. Se podría convenir entonces en que el golpe de Estado describe un modo determinado de acción subversiva, y la revolución las consecuencias últimas de ese proceso.

 

Algunos estudiosos han advertido que la verdadera esencia política del golpe de Estado no está en su naturaleza intrínsecamente violenta. Brichet admitió que, en la mayor parte de los casos, los golpes acostumbran a ser actos de fuerza, pero que en otras circunstancias no han precisado del empleo de la coacción física, sino de dosis adecuadas de decisión política, tal como la entendía Carl Schmitt: como generación de nuevas normas jurídicas impuestas por la determinación soberana del gobernante, por encima del Derecho natural y positivo. En ese sentido, lo que caracterizaría al golpe de Estado no es su naturaleza violenta, sino su carácter ilegal, de transgresión del ordenamiento jurídico-político tanto en los medios utilizados como en los fines perseguidos, sean éstos el establecimiento de un régimen dictatorial o un cambio en el equilibrio constitucional de los poderes del Estado. Kelsen opinaba que un golpe de Estado era una acción radicalmente ilegal, ya que al romper la Constitución invalidaba todas las leyes existentes. Por la naturaleza de sus actores y por su desarrollo, el golpe se encuadra de forma más satisfactoria entre los procesos de transferencia anómala, ilegal y extrajurídica (por forzada y violenta) del poder de una élite a otra, ya sea un ‘clique’ militar o una minoría civil que inspira o apoya la subversión castrense. Pero es posible su inserción en la continuidad de la vida política, ya que, según algunos autores, los golpes no se diferencian necesariamente por su significación o por sus consecuencias, sino que son otra forma, no tan disfuncional como parece, de obtener el poder. Algunos especialistas llegan a aceptar el golpismo como una expresión peculiar del estado de la opinión pública, o incluso como un tipo particular de acto revolucionario. El argumento, harto polémico, de presentar el golpe como un modo más o menos “institucionalizado” de expresar una opinión o una aspiración colectivas se basa en el hecho innegable de que, en algunos países, como es el caso de varias repúblicas latinoamericanas, esta acción ilegal resulta un incidente habitual de la vida política, y como tal está ampliamente ritualizado y resulta incluso predecible.

 

Un golpe de Estado no implica siempre la conquista del poder establecido, sino que puede, simplemente, apuntar a una redistribución o reforzamiento de papeles en el seno de un gobierno dividido (caso de los conflictos entre la Jefatura del Estado, del Gabinete o del Ejército en muchos regímenes pretorianos del tercer mundo) o a reordenar las relaciones entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, como fue el caso de la “celada parlamentaria” de Bonaparte el 18 Brumario del año VIII (9-10 de noviembre de 1799). Como instrumento no pautado de resolución de una crisis política, el golpe acostumbra a surgir del interior de la misma estructura estatal, por ejemplo, como un medio de conservar un poder amenazado por los plazos electorales o por otras disposiciones institucionales, como fue el caso de Luis Napoleón en 1851. Pero el caso más espectacular (aunque, quizás, no el más frecuente) es el asalto al poder, en cuyo caso el golpe puede vincularse con fenómenos de más amplio alcance transformador como la revolución o la contrarrevolución.

 

La mayor parte de las definiciones otorgan el protagonismo de los golpes de Estado a una minoría que cuenta con un acceso privilegiado a los resortes de poder, especialmente los de naturaleza coactiva. La naturaleza conspirativa del golpe exige la implicación del menor número de personas posible. El golpismo es una estrategia propia de minorías caracterizadas por su acceso preferente a los resortes más sensibles del poder político. Según Huntington, el golpe sólo puede ser realizado “por un grupo que participa en el sistema político existente y que posee bases institucionales de poder dentro del sistema. En particular el grupo instigador necesita del apoyo de algunos elementos de las fuerzas armadas”. William Randall Thompson asigna al golpe de Estado una autoría exclusivamente militar, al definirlo como “la sustitución o intento de sustitución de jefe ejecutivo del Estado por las fuerzas armadas regulares a través del uso o la amenaza de la fuerza”. En este caso, el golpe de Estado como usurpación de funciones políticas por parte de los militares, y que no suele responder a una ideología de la subversión determinada, se ha convertido en la expresión fáctica más representativa de ese fenómeno social, político y cultural de carácter multidimensional que denominamos militarismo, o de la manifestación estratégica característica de la intromisión militar en la vida política que llamamos pretorianismo. Sin embargo, no hay que detenerse demasiado en la observación de los preparativos, ejecución y desenlace de los golpes de Estado para constatar que estas acciones no son el único modelo de intervención militar en la política, ni los uniformados son sus únicos protagonistas. Con harta frecuencia, cualquier rumor de complot, una dimisión política más o menos forzada, una revuelta, una revolución, un motín, una guerra civil o cualquier otra intromisión militar en la política han sido calificados de golpe de Estado. Este abigarramiento de intervenciones políticas ilegales demuestra que la acción pretoriana puede darse perfectamente sin recurrir al golpismo, y que es erróneo considerar el golpe como la forma por antonomasia de intervención militar. Existen mecanismos no menos eficaces de acción pretoriana que, a diferencia de los golpes, no implican el derrocamiento del poder establecido con el empleo directo de la violencia física, como las presiones militares encubiertas o los golpes “blandos”.

 

Esta revisión preliminar de las características básicas de los golpes nos permite avanzar una serie de definiciones acuñadas por los especialistas en la materia. Samuel P. Huntington aporta todos los elementos necesarios para el análisis del fenómeno, al describirlo como un esfuerzo de la coalición política disidente para desalojar ilegítimamente a los dirigentes gubernamentales por la violencia o la amenaza de su utilización, aunque la violencia empleada resulta escasa y está controlada, intervienen pocas personas y los participantes poseen ya bases de poder institucional en los marcos del sistema político vigente. En resumen, el golpe de Estado puede ser evaluado como un cambio de gobierno efectuado por algunos poseedores del poder gubernamental en desafío de la constitución legal del Estado. Es un acto inesperado, repentino, decisivo, potencialmente violento e ilegal, cuya impredecibilidad resulta tan peligrosa para los conjurados como para las eventuales víctimas, y que precisa de un gran cuidado en la ejecución. Su propósito deliberado es alterar la política estatal mediante una intervención por sorpresa y con el menor esfuerzo posible[7].  

 

Comparando lo escrito por Curzio Malaparte y lo escrito por Eduardo Gonzáles Calleja, entre el contexto político de la primera parte del siglo XX y el contexto político de la segunda parte del siglo XX, vemos el desarrollo de una mayor precisión en el concepto de golpe de Estado, a la luz de la propia complejización de la problemática política, también de la estructura del Estado; teniendo en cuenta, además, el avance tecnológico, no solamente militar sino de las comunicaciones, la informática y la cibernética. Por otra parte, no hay que olvidar que ya se cuenta con un bagaje de experiencia sobre golpes de Estado modernos, además de una historia en la discusión, el debate y los análisis descriptivos y teóricos sobre golpe de Estado. Sobresalen en la descripción de Calleja sobre el golpe de Estado lo siguiente: El golpe de Estado adquiere un carácter principalmente conspirativo, que llama “secretismo”; el golpe de Estado es un a irrupción violenta, solo que, en comparación con la revolución o la guerra civil, es violencia circunscrita y selectiva o, si se quiere, puntual; el golpe de Estado se puede caracterizar más que por su violencia por su carácter y condición de despliegue y desenvolvimiento ilegal. Por último, podemos recoger, tanto en lo que respecta a lo dicho por Malaparte y lo enunciado por Calleja, que el golpe de Estado es una técnica susceptible de ser empleada tanto por unos y por otros, por “derechas” y por “izquierdas”, por grupos particulares de poder o por grupos de control monopólico económico.

Samuel Finer, en 1962, intentó otra conceptualización del golpe de Estado; su libro conocido es The Man on Horseback: The Role of the Military in PoliticsLos militares en la política mundial[8]. El mentado autor, teniendo como referente a los militares, reconoce cuatro categorías de presión sobre el Estado, respecto de los cuales considera legítimo sólo al primero:

  1. Presión sobre el gobierno o los parlamentarios, para influir a favor de sus intereses;
  2. Reclamos al gobierno o el parlamento bajo advertencia de que, en caso de no ser aceptados, procederán a realizar acciones perjudiciales. Considera este nivel como extorsión ilegítima. Aun sin que el gobierno cambie, sostiene que esta situación podría dar lugar a un “golpe de Estado tácito”, en el que el gobernante toma las decisiones que le impone el grupo de presión.
  3. Uso de la violencia o amenaza de violencia para reemplazar al gobierno civil por otro gobierno civil.
  4. Uso de la violencia o amenaza de violencia para reemplazar al gobierno civil por un gobierno militar.

Durante la dramática historia política del siglo XX, el golpe de Estado adquirió la forma particular de un despliegue de las fuerzas armadas, desplazando, por intermedio de la violencia fáctica, al gobierno instituido. Empero, a pesar de este rasgo común, compartido por las asonadas violentas, considerando el periodo de las dictaduras latinoamericanas, en la décadas de 1970 y 1980, incluso antes, en la década anterior, los golpes de Estado han ido adoptando formas más complejas y menos evidentes, mediante técnicas de desestabilización económica, “golpes de mercado”, así como la incubación de climas de caos social, saqueos, huelgas, que pueden ser agravados por el uso proliferante de medios de comunicación de masas.

Como dijimos, el concepto de golpe de Estado está ligado con otros conceptos concernientes a perturbaciones del poder institucionalizado; por ejemplo, como los relativos a la revuelta, motín, revolución o guerra civil. Estas locuciones se esgrimen comúnmente de manera espontánea, generalmente con propósitos propagandísticos o, peor aún, de desinformación. La revolución, en la jerga de la ciencia política, denota el acontecimiento político relativo al cambio social, prioritariamente radical, que suele ser dramático; prácticamente involucra confrontaciones violentas, en términos marxistas, la lucha de clases. De todas maneras, los límites de los campos conceptuales se suelen cruzar en el decurso de las deliberaciones, debates y discusiones políticas e ideológicas; por ejemplo, una revolución puede mezclarse, antes o después, con el evento de golpe de Estado. Esto pasa cuando las autoridades instituidas, legalmente constituidas, son desplazadas por diligencias ilegales, sean estas fehacientes o, mas bien, preservando una apariencia de legalidad. La guerra civil corresponde al enfrentamiento armado de una sociedad civil desgarrada, contrapuesta y separada en dos bandos enemigos. Es clara la diferencia entre guerra civil y golpe de Estado, no solo por la extensión, la intensidad y la duración, además de abarcar y comprometer a toda la sociedad, sino por las propias dinámicas moleculares y molares que conforman distintos hechos políticos y bélicos. El motín es un fenómeno puntual, se podría decir una insubordinación dada en un cuerpo institucional bien definido, por ejemplo, como el ejército, las fuerzas armadas, la policía o si se quiere,  insubordinación dada en una nave o embarcación. Se trata del desacato y de la desobediencia grupal o colectiva de un cuerpo institucional bien definido. No tiene, exactamente, como fin derrocar al gobierno, tampoco trastrocar un régimen, ni mucho menos hacer transformaciones institucionales estructurales, aunque si puede, dependiendo los casos, buscar reformas menores. Las revueltas corresponden a rebeliones y levantamientos, generalmente espontáneos, donde las multitudes invaden, irrumpen y conquistan espacios públicos, afrontando a la autoridad y a la institucionalidad establecidas. Las revueltas generan situaciones alterativas, que pueden derivar en aperturas y la creación de alternativas a la institucionalidad establecida. Recientemente se ha venido usando términos disyuntivos, próximos o semejantes al de golpe de Estado; por ejemplo, golpe parlamentario. En las constituciones republicanas puede estar previsto que el Congreso haga juicio político al presidente o a las autoridades gobernantes, en consecuencia, destituya al presidente o a las autoridades, sobre todo en el caso de que se comprobara que se cometió delito durante la gestión de gobierno. El presidente o las autoridades equiparan dichos juicios con golpes de Estado; lo hacen a manera de defensa y de descalificación de los juicios que los interpelan.

Respecto a la defensa de la institucionalidad de la república, distintas constituciones tienen normas específicas para prevenir el golpe de Estado, de este modo señalar y penar a los responsables de la acción de golpe de Estado, así como se cuenta con un reglamento penal para sancionar los delitos contra la democracia. Estas normas están encaminadas fundamentalmente a operar en dos señaladas situaciones: Dejando sin efecto los actos efectuados por las autoridades que asumieron el poder en condición de un golpe de Estado, disponiendo que los mismos serán nulos de pleno derecho; estableciendo las penas para aplicar a los responsables de haber intentado o realizado un golpe de Estado[9].

El concepto de golpe de Estado en Samuel Finer adquiere mayor ductilidad y fluidez, dando lugar a distintos matices, donde la acción armada se relativiza y adquieren peso otras formas de intervención conspirativa. Métodos de presión, procedimientos de chantaje y coerción, diligencias legales o de judicialización, así como juicios e interpelaciones parlamentarias, adquieren la incidencia operativa como para influir en el cambio de gobierno o en los decursos políticos. Estamos entonces, ante desplazamientos conceptuales de la noción y el enunciado sobre golpe de Estado. Ahora bien, hay que tener en cuenta que estos desplazamientos teóricos no solo transcurren en el campo de la formación discursiva y enunciativa, sino que también se corresponden con modificaciones y transformaciones en la materialidad social del referente, en este caso, por así decirlo, en el plano de intensidad político, sobre todo de las dinámicas de las prácticas políticas. Esta correspondencia no es ciertamente conmutativa, sino que pueden darse, y esto es lo que ocurre, rezagos en la interpretación teórica, así como la interpretación teórica se desenvuelve más por su propia acumulación que por una correspondencia inmediata con los hechos, secuencias de hechos, procesos, dados en la realidad efectiva. Pero, de todas maneras, no hay que olvidar que la interpretación teórica no puede dejar de desenvolverse sin el referente empírico.

Breve genealogía del golpe de Estado en Bolivia

No se trata de encontrar, en este caso, el golpe de Estado inicial, pues el estado inicial, en sentido de situación o condición de posibilidad histórica política inicial, es la guerra de conquista, sino de dibujar una cronología en un mapa político en el tiempo o en la historia, que nos muestre periodos de aguda crisis o, de vacío político, que se expresaron sintomáticamente en el motín militar, como decía Carlos Montenegro; periodo señalados de los bárbaros ilustrados, después, intermitentemente, periodos de asonadas, así como también de irrupciones militares, distinguiendo estos lapsos dramáticos de la crisis política del periodo de las dictaduras militares, en el contexto de la guerra fría. En la perspectiva de la historia presente, nos interesa enfocarnos en estas últimas, en el perfil de lo que se vino a considerar como modelo de los golpes de Estado, llevado a cabo por militares, respondiendo a los embates mundiales de la guerra fría, así como en las contingencias nacionales de la concurrencia de fuerzas por el control del poder.

Podemos decir que el primer golpe de Estado de este periodo de dictaduras militares fue el perpetrado por el general René Barrientos Ortuño, en 1964, contra el último gobierno de la revolución nacional (1952-1964), cuyo presidente era Víctor Paz Estensoro. El 5 de noviembre de 1964 asumió el poder el general René Barrientos Ortuño como presidente de la Junta Militar, constituida luego del golpe de Estado, en tanto co-presidente, junto al General Alfredo Ovando Candia en el lapso de 1964-1965. Barrientos era el vicepresidente de Víctor Paz Estensoro, el golpe, entonces, fue perpetrado desde adentro. Era el tercer período de mandato presidencial de Paz Estenssoro; periodo que había comenzado el 6 de agosto de 1964, justo después de que hubieran tenido lugar numerosas huelgas de los trabajadores mineros, reprimidas duramente por las incursiones del ejército; sobresale el enfrentamiento en Sora Sora, contra las milicias mineras. Paz Estenssoro fue, por lo menos, tres veces, en ocasiones diferentes, presidente de la República de Bolivia, 1952-1956, 1960-1964 y, por último, desde 1985 hasta 1989.  El primer gobierno de Paz Estenssoro se inició en 1952, después de la revolución nacional; se implementaron las medidas de transformaciones estructurales como la nacionalización de las minas, el voto universal, la reforma agraria y la reforma educativa; se estableció el monopolio en la exportación del estaño. Después de la derrota militar sufrida por parte del ejército el 9 de abril, se reestructuró el ejército. A Paz Estenssoro le sucedió, después de las elecciones correspondientes, Hernán Siles Zuazo, que gobernó desde 1956 hasta 1960. Concluido su mandato en 1960, entregó el mando presidencial nuevamente a Víctor Paz Estensoro, quién volvió a ganar las elecciones. En vez de seguir con las sucesiones acordadas entre los líderes de la revolución nacional, Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Suazo, Juan Lechín Oquendo y Walter Guevara Arze, Paz Estenssoro se volvió a postular como candidato a la presidencia. En los comicios de 1964 salió triunfante de nuevo Paz Estenssoro, pero esta su reelección fue cuestionada por distintos sectores, tanto del mismo partido, el MNR, como por otros partidos, así como por parte de la opinión pública.

Después de los enfrentamientos de Sora Sora (1963), el MNR había cruzado la línea, en un largo y sinuoso recorrido de retrocesos, que Sergio Almaraz Paz llamó “el tiempo de las cosas pequeñas”; una vez cruzada la línea el partido de la revolución nacional, en el gobierno, enfrentaba al pueblo. No solamente el partido se dividió, quedando una ala con el presidente, otra con Juan Lechín Oquendo, líder de los trabajadores y cabeza de la COB, esta era el ala, por así decirlo de “izquierda”, el Partido Revolucionario de Izquierda (PRI), y otra ala, señalada como de “derecha”, era la que encabezaba Walter Guevara Arze, el Partido Revolucionario Auténtico (PRA), sino que el bloque nacional-popular se había roto, quedando los milicianos a merced de lo que pueda ocurrir. El mismo partido conspiró contra el gobierno de Paz Estenssoro, se involucraron en el golpe de Estado, que se venía gestando, hubo reuniones entre Juan Lechín Oqueno y Hernán Siles Suazo con el propio general René Barrientos Ortuño. Parte de la “izquierda” también lo hizo, sobre todo el PCB, salvo el POR que se posicionó al margen. El ideólogo del POR, Guillermo Lora, dijo que se trataba de un enfrentamiento entre fracciones burguesas, aunque uno de sus militantes minero, Filemón Escobar tuvo otra posición; exigió la participación en la defensa de la revolución contra el golpe militar, para retomar las banderas de abril, de la misma revolución nacional, para convertirlas en banderas rojas.

Ante el desbande de los milicianos, la ruptura del bloque nacional-popular, la conspiración golpista en el seno del mismo partido de la revolución nacional, los militares se impusieron, frente a una mermada, grupal, defensa desesperada de la revolución en el cerro Laykakota, “sepelio de una revolución arrodillada”. El golpe de Estado triunfó y se hizo cargo del gobierno, ingresando los militares al “Palacio quemado”. El perfil del golpe no fue distinto a los golpes militares que vinieron después; acuerdos, telefonazos, presiones, incorporaciones, entre generales al mando; movilización de tropas, toma de puntos estratégicos, control de las ciudades, toma o accede a las radioemisoras, desde donde se difundían los bandos golpistas y se comunicaba a la población sobre las convocatorias militares desplegadas; añadiendo la incursión de aviones y el ametrallamiento a las trincheras de los milicianos del cerro Laykakota.

Esta breve descripción del golpe de Estado militar de noviembre de 1964 nos muestra que un golpe de Estado no es solamente producto de una “conspiración”, sino que su brote y desarrollo dependen de las dinámicas políticas y la correlación de fuerzas en un contexto social y político determinado. Es decir, el golpe de Estado no se da en un vacío político y solo se mueve por las reglas y las “técnicas” del golpe de Estado, sino que depende primordialmente de lo que ocurre en la sociedad, de la crisis inherente social, además de la crisis política, también crisis económica. En otras palabras, las “técnicas” del golpe de Estado solo son útiles si están dadas las condiciones de posibilidad históricas y políticas para una intervención conspirativa; estas condiciones de posibilidad corresponden a las dinámicas mismas de la crisis política, también a la crisis institucional, concretamente de la república, específicamente, crisis del Estado-nación. Por lo tanto, hablar de golpe de Estado y de “técnicas de golpe de Estado” como si éstas fuesen independientes de lo que acaece en la sociedad, es caer en el craso supuesto de las teorías de la conspiración. Si no hay crisis política, el golpe de Estado, incluso con la mejor conspiración y conspiradores, con las mejores “técnicas de golpe de Estado”, no puede prosperar si no hay crisis política, mejor aún, yendo más lejos, si no hay crisis institucional, muchísimo mejor, si no hay crisis social y económica. Por lo tanto, si bien es ponderable el esfuerzo de descripción de lo que llama Curzio Malaparte “técnicas del golpe de Estado”, lo que ayuda a comprender parte del funcionamiento de la crisis política y de la política en plena crisis, sus tesis caen en el abismo abstracto y desconectado de las teorías de la conspiración.

En consecuencia, no puede haber una teoría del golpe de Estado, no solamente porque ésta se circunscribe a las “técnicas del golpe de Estado”, sino porque ningún golpe de Estado puede evadirse y levitar sobre las dinámicas de la realidad social efectiva, las dinámicas de la complejidad social. Para comprender, a cabalidad el golpe de Estado, algún golpe de Estado en particular es indispensable conocer y entender cómo funcionan las estructuras, los diagramas y las máquinas de poder en una situación concreta y en un país especifico, sobre todo en un periodo o coyuntura de crisis. Si no se tiene este conocimiento, se cae en lo que cae toda teoría de la conspiración, en una especulación abstracta, disociada, que se parece a una política-ficción.

El golpe de Estado de noviembre de 1964 fue como la matriz de los siguientes golpes militares que siguieron hasta 1982. Observando retrospectivamente la dramática historia reciente de los golpes de Estado, Alfredo Ovando Candia se erigió en pilar cardinal en la reorganización de las Fuerzas Armadas, después de la revolución nacional de 1952. Se puede decir que fue Ovando quien modernizó al ejército, tanto en la logística, así como en armamento. Durante su dirección, el ejército adoptó el uniforme al estilo que utilizaba el ejército alemán durante la segunda guerra mundial, de la década de los cuarenta. En 1964, Alfredo Ovando Candia fue nombrado comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Ese mismo año apadrinó el complot con el general René Barrientos Ortuño, en la conspiración golpista para derrocar al presidente de ese entonces Víctor Paz Estenssoro.  En 1969, el presidente Barrientos falleció, a causa de un supuesto accidente aéreo de helicóptero. Le sucedió su vicepresidente Luis Adolfo Siles Salinas.  Empero, Siles Salinas no estuvo mucho tiempo en el poder, siendo derrocado mediante un golpe de Estado perpetrado por el mismo Ovando Candia. Alfredo Ovando Candia subió a la presidencia el 26 de septiembre de 1969. En su vertiginoso gobierno nacionalizó del petróleo, el 17 de octubre de 1969, recurriendo a la expropiación de la Gulf Oil Company, el Estado se hizo propietario de sus recursos hidrocarburíferos;  también se efectuó la instalación de la primera fundidora de estaño en el país. Al mismo tiempo aplicó medidas sociales importantes como campañas de alfabetización.

El gobierno del general Alfredo Ovando Candia tuvo que enfrentar un golpe militar de “derecha”, que intentó hacerse cargo del poder, imponiendo un triunvirato militar. Empero, un contra-golpe militar evitó que la Junta Militar se consolide. El general Juan José Torres asumió el poder apoyado en un levantamiento popular, con participación de trabajadores, organizaciones campesinas, el movimiento universitario y un sector de los militares leales al general Juan José Torres. El presidente Torres bautizó a esta alianza como si fuesen los 4 pilares de la revolución provisoria, el 7 de octubre de 1970, logrando, de este modo, evitar la consolidación del golpe de Estado de “derecha” contra el gobierno del general Alfredo Ovando Candia; estableciendo un gobierno militar de izquierda nacional. Durante su breve gobierno se efectuó la nacionalización de la Mina Matilde, así como las Colas y Desmontes; también se decretó la expulsión de los Cuerpos de Paz, organismos de intervención social de los Estados Unidos de Norte América. Entre sus medidas dispuso un aumento presupuestario significativo a las universidades. Su política exterior se caracterizó por ser pluralista, postulando el respeto por la autodeterminación de las naciones. Se dieron lugar acercamientos con el gobierno de Chile del presidente socialista de Salvador Allende, dando avances importantes en las negociaciones para una salida al mar. Conformó la Corporación de Desarrollo, plataforma o incubadoras de las empresas públicas; creo el Banco del Estado, concebido como Banco de Desarrollo, además de determinar la reposición salarial a los mineros. En contraposición, la geopolítica norteamericana reacciono rápidamente, el gobierno de Estados Unidos de Norte América impuso un bloqueo económico.

El General Jan José Torres fue la cobertura política del intento del establecimiento de un modelo de fortalecimiento y profundización de la democracia en Bolivia, conformando la participación popular directa mediante el plebiscito, la formación del Consejo de Estado, por medio de una Asamblea Nacional, incorporando diversas modalidades de representación. Para ello durante su gobierno se elaboró la “Constitución Política del Estado – Gobierno Revolucionario – República de Bolivia – 1971”. El nacimiento de la Asamblea Popular, que quiso hacer co-gobierno, que era una propuesta, por así decirlo consejista o soviética, provocó una nueva asonada militar, dando lugar a un nuevo golpe de Estado, que llevó a la presidencia al general Hugo Banzer Suarez el 21 de agosto de 1971. El régimen de Hugo Banzer viró rápidamente hacia una escalada represiva; ilegalizó a los partidos políticos, prohibió la acción sindical, suspendió todos los derechos civiles, además de enviar tropas a los centros mineros, ocupándolos. Este presidente de facto de “derecha” fue apoyado explicitamente por el dictador Augusto Pinochet, así como también por la Casa Blanca y del Pentágono de los Estados Unidos de Norte América. Fue el dictador que duró más largamente hasta entonces, unos siete años. Su gobierno incrementó desmesuradamente el endeudamiento del país, aprovechando la subida de los precios de las exportaciones bolivianas de estaño, el petróleo y prestamos de la comunidad internacional. Hugo Banzer fue derrocado en 1978; una junta militar liderada por Juan Pereda Asbún se hizo con el poder.

En el lapso entre 1978 y 1982 se sucedieron ocho presidentes, lapso dado entre la provisional recuperación de la democracia y la llamada narcodictadura. Entre la caída de la dictadura de Hugo Banzer Suarez y la asunción del gobierno democrático de Hernán Siles Suazo , en 1982, el país se vio sometido a un forcejeo de concurrencias de fuerzas conspirativas, sufriendo una puja de sectores, incluso dentro de las Fuerzas Armadas, entre aquellos que intentaban volver a la democracia y aquellos que buscaban profundizar la dictadura, de acuerdo al modelo del Estado burocrático autoritario, adoptado entonces por todos los países circundantes. Argentina con el denominado “Proceso de Reorganización Nacional”, en Brasil, con el gobierno militar de João Baptista de Oliveira Figueiredo, en Chile, con la dictadura militar de Augusto Pinochet, en Paraguay, con la larga dictadura de Alfredo Stroessner, en Perú, con el general Francisco Morales Bermúdez. En resumen, durante estos cuatro años dramáticos gobernaron ocho presidentes, Pereda, Padilla, Guevara Arce, Natusch Busch, Gueiler, García Meza, Torrelio y Vildoso. Se puede decir que la circunstancia coyuntural convergió con la clausura del ciclo del estaño, sobre todo marcada por una caída estrepitosa del precio de la materia prima en el mercado internacional; la coyuntura álgida derivó en el escenario económico de la hiperinflación, ocasionando falta de divisas; así como se ensancharon los espacios perversos de la economía política de la cocaína.  El general David Padilla tomó el poder el 24 de noviembre de 1978; derrocó al general Juan Pereda Asbún, planteándose como objetivo establecer un gobierno “democrático”; convocó a elecciones en julio de 1979. En estas elecciones salió victorioso Hernán Siles Suazo del MNR-I. De todas maneras, a pesar del triunfo, al no alcanzar Siles Suazo el 50% de los votos, la Constitución contemplaba, en ese entonces, que el Congreso era el que debía definir la elección del presidente. En este contexto, abrumado por presiones, no se pudo obtener la mayoría requerida en el Congreso. Cómo solución provisional el Congreso designó al presidente del Senado, Walter Gurvara Arce, para hacerse cargo interinamente de la Presidencia de la República por un año, hasta las elecciones de 1980. El 1 de noviembre de 1979 el general Alberto Natusch Busch derrocó al gobierno interino perpetrando un sangriento golpe de Estado. En contraposición al golpe de Estado militar se dio lugar un levantamiento popular, conducida por la Central Obrera Boliviana (COB), repercutiendo en enfrentamientos, así como en sañudas represiones; se puede mencionar como terrible ilustración a la masacre de Todos Santos, donde murieron más de 100 personas, así como se contaron más de 30 desaparecidos. Dieciséis días después, la resistencia popular obligó a Natusch Busch a devolver el poder al Congreso que eligió a la presidenta de la Cámara de Diputados, Lidia Gueiler Tejada, otra vez como presidente interina de la República, hasta las elecciones del 29 de junio del año siguiente. Hasta ese entonces, Lidia Gueiler fue la única presidenta de Bolivia. El 17 de julio de 1980 un grupo de militares, ligados al narcotráfico, liderados por Luis García Meza y su lugarteniente Luis Arce Gómez, contando con apoyo operativo de la dictadura militar argentina, así como la participación cruenta de un comando paramilitar, denominado los “Novios de la Muerte”,  organizado por el acusado de criminal de guerra nazi Klaus Barbie y el mafioso italiano Marco Mariano Diodato, encubiertos por la CIA; esta coalición perversa ocasionó un sangriento golpe de Estado, derrocando al gobierno interino de Lidia Gueiler e impidiendo la asunción de Hernán Siles Suazo.

Habiendo aprendido la lección del fallido golpe del año anterior encabezado por Alberto Natusch Busch, debido a la resistencia popular organizada por la COB, el objetivo principal del grupo terrorista los “Novios de la Muerte fue atacar la central sindical donde se reunía el Comité Nacional de Defensa de la Democracia (CONADE). En el ataque asesinaron al connotado intelectual socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, al diputado Carlos Flores Bedregal y al dirigente minero Gualberto Vega Yapura. La dictadura de García Meza fue de los períodos más cruento de la historia reciente de la política boliviana. El balance es trágico, el saldo es del asesinato y desparecidos de por lo menos 500 opositores. Como contrastando grotescamente, en un recuento anecdótico, las exportaciones de cocaína sumaron 850 millones de dólares, el doble de las exportaciones legales. Sin embargo, la sañuda represión, así como la galopante corrupción, no lograron apaliar ni ocultar las luchas intestinas entre diferentes facciones militares. Estas luchas derivaron en la renuncia del narcodictador, ocasionando que el 4 de agosto de 1981 García Meza renunciara, llevando al gobierno al general Celso Torrelio Villa, quien, sin embargo, no manifestó ninguna inclinación por retornar al ejercicio de la democracia. En julio de 1982 el sector militar que respondía a García Meza volvió a intentar un golpe de estado fallido, que provocó la caída de Torrelio Vila, derivando en su reemplazo por el General Guido Vildoso Calderón, quien tenía el mandato de comenzar a organizar la transición hacia un régimen “democrático”. Los eventos políticos se aceleraron cuando el 17 de septiembre de 1982, una huelga general convocada por la COB puso al país al borde de la guerra civil. La dictadura militar colapsó, el poder le fue entregado a un Congreso Nacional, conformado según la composición de 1980, Congreso que decidió considerar válidas las elecciones de 1980, designando, en efecto, a Hernán Siles Suazo como presidente[10].

Conclusiones preliminares

  1. Entre el lapso dramático de 1964 y 1982 se dieron lugar lo que podríamos llamar los golpes de Estado militares “modernos”, que se convierten, en la ciencia política como en el modelo o referente de lo que son los golpes de Estado en la contemporaneidad.

  1. En Bolivia, después de 1982, no se dan propiamente golpes de Estado, desde la perspectiva de la definición lograda por la ciencia política, hasta el momento.

  1. Sobre todo, los llamados “gobiernos progresistas”, aunque no solo ellos, usan la muletilla del “golpe de Estado” para defenderse de la crisis política e institucional que asola a estas formas de gubernamentalidad clientelar. Entonces el término de “golpe de Estado” se convierte en un recurso en la diatriba, mejor aún en el debate mediático que involucra a medios de comunicación y partidos políticos “oficialistas” y de la “oposición”. Es un término comodín en la discusión y debate mediático.  

  1. Por lo tanto, ya no se trata de saber si hubo o no hubo un golpe de Estado, sino de posesionar en el imaginario de la opinión publica, atrapada en las redes mediáticas, el imaginario del golpe de Estado o de su ausencia.

  1. Lo que hay que atender, para comprender la crisis política, es precisamente el funcionamiento de los aparatos del poder en plena crisis, no tanto si hubo o no hubo un “golpe de estado”. Lo que es evidente es que asistimos a una crisis múltiple del Estado-nación y de la casta política, crisis ideológica y de legitimación.

Conclusiones generales

  1. Después de 1982, propiamente hablando, no hay un referente empírico de golpe de Estado. Lo que se observa es la crisis política e institucional de la forma de gubernamentalidad clientelar, que es la forma histórico-política de los “gobiernos progresistas”.

  1. El uso, en el discurso político del término de “golpe de Estado, corresponde al debate, por así ideológico, que intenta posesionar la imagen de un “golpe de Estado”, que amenaza, constantemente a los gobiernos progresistas”, o, en caso contrario, de un autogolpe de parte del “gobierno progresista” amenazado por la crisis política. No se trata pues de un término analítico, sino de un término ideológico, mejor aún, de un término usual en la diatriba política.

  1. Lo que importa no es no es perderse en esta diatriba entre “derechas” e “izquierdas”, entre neopopulistas y neoliberales, sino en comprender el alcance y las dinámicas de la crisis política, institucional y múltiple del Estado-nación.

  1. Por lo tanto, también comprender el locus desde donde se emiten los discursos a favor o en contra de la interpretación insostenible de golpe de Estado. ¿Por qué se dice lo que se dice? ¿Cómo funciona lo que se dice en los juegos de poder?

  1. La arqueología del concepto de golpe de Estado, en la historia reciente del debate ideológico, nos muestra que el concepto mismo responde a una interpretación segada, basada en el supuesto de las teorías de la conspiración, que no tienen en cuenta las dinámicas de la complejidad de la realidad efectiva social.

  1. Se trata entonces de un “concepto”, en realidad, de un seudo-concepto, comodín, que ayuda a unos y a otros, de los bandos de la concurrencia de fuerzas, a sustituir el análisis empírico y teórico por la especulación mediática.

  1. Lo indispensable es explicarse el funcionamiento de la crisis política del orden mundial de las dominaciones, el imperio, y de los Estado-nación que lo constituyen, no así de especular sobre golpes de Estado desde la perspectiva débil del supuesto insostenible de golpe de Estado.  

 

 

 

 

[1] Las Catilinarias son cuatro discursos de Cicerón. Fueron pronunciados entre noviembre y diciembre del año 63 a. C., después de ser descubierta y reprimida una conjura encabezada por Cantilina para dar un golpe de estado. Catilina, quien se había postulado para el cargo de cónsul, después de haber perdido la primera vez, intentó asegurarse la victoria mediante sobornos. Cicerón entonces impulsó una ley prohibiendo maquinaciones de este tipo. Catilina, a su vez, conspiró con sus partidarios para matar a Cicerón y a miembros clave del Senado en el día de la elección. Cicerón descubrió el complot y pospuso la fecha de las elecciones para dar tiempo al Senado para discutir el intento de golpe de estado. Un día después de la fecha original de las elecciones, Cicerón habló al Senado sobre ese tema y la respuesta de Catilina fue inmediata y violenta. En respuesta al comportamiento de Catilina, el Senado emitió un senatus consultum ultimum (medida similar al Estado de sitio moderno) por el cual quedó suspendida la ley regular y Cicerón, como cónsul, fue investido con poder absoluto.
Cuando finalmente se realizaron las elecciones, Catilina volvió a perder. Anticipando la derrota, los conspiradores ya habían juntado un ejército. El plan era iniciar una insurrección en toda Italia, incendiar Roma y matar a tantos miembros del Senado como fuera posible.
Pero nuevamente Cicerón estaba al tanto. El 8 de noviembre, convocó al Senado en el Templo de Jupiter Estator. Catilina asistió también a la reunión. Fue entonces que Cicerón pronunció la Primera Catilinaria, que comienza con la célebre frase ¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? (Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?). Ver Catilinarias. Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Catilinarias.

[2] Leer de Curzio Malaparte Técnicas del golpe de EstadoEditorial ArielEstructuras políticas: totalitarismo y dictadura. Traductor: Guevara, Vítora.

https://www.todostuslibros.com/libros/tecnicas-de-golpe-de-estado_978-84-344-2565-1.

 

 

[3] Ibídem.

[4] Edwin Lieuwen, Generals vs. Presidents: Neomilitarism in Latín America, Nueva York, Frederick A. Praeger, 1964, pág. 108.

[5] Leer Golpes de Estado. Golpes de Estado PDF. CEPC. Www.cepc.gob.es. EG Calleja; artículos relacionados.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] La edición original de Finner fue ampliada en 1975, en la editorial Peregrine Books, y en 1976 en la editorial Penguin Books; en 1988 se plasmó también una edición publicada por Westview Press.

[9] Referencias: B., Elie (24 de junio de 2009). «Los militares en la política latinoamericana desde 1930»Publications Docs-en-stock.com. Consultado el 18 de mayo de 2016. Saltar a:a b Arrivillaga, Edgardo. «24 de marzo de 1976: un genuino golpe cívico militar que nadie quiere escribir.» Archivado el 15 de julio de 2008 en la Wayback MachineInteligencia Estratégica, marzo de 2005. Finer, Samuel E. The Man on Horseback: the Role of Military in Politics, Londres, Pall Mall, 1962; Edición en español: Los militares en la política mundial, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1969. Finer, ob.cit. Safire, William (1991). «On Language; When Putsch Comes to Coup.» 22 de septiembre de 1991. The New York Times.

Bibliografía: Malaparte, Curzio (1930). Técnica del colpo di Stato (Técnica del Golpe de Estado). Finer, Samuel E. The Man on Horseback: the Role of Military in Politics, Londres, Pall Mall, 1962; Edición en español: Los militares en la política mundial, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1969. González Calleja, Eduardo En las tinieblas de Brumario: cuatro siglos de reflexión política sobre el Golpe de Estado En Historia y política: Ideas, procesos y movimientos sociales,  ISSN 1575-0361, Nº 5, 2001. págs. 89-122. Martínez, Rafael. Subtipos de golpes de Estado: transformaciones recientes de un concepto del siglo XVII En revista CIBOD d’afers internacionals. Dugarte Rangel, Ramón A. El golpe de Estado en América Latina. Un ejercicio de Historia conceptual En revista Procesos Históricos. Revista de Historia y Ciencias Sociales, 35, enero-junio, 2019, 147-164. Universidad de Los Andes, Mérida (Venezuela) ISSN 1690-4818. Ver Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado.

 

[10] Leer Gobiernos militares en Bolivia (1964-1982). Referencias: Klaus BarbieEnseñanzas de la Asamblea Popular de 1971, por J.F., LOR-C.I.  A 30 años del asesinato del General Juan José Torres, un general olvidado, por Carlos Castillos y Laura Barros (dpa), Sitio de la Comunidad Boliviana en la Argentina.  [Impunidad y sus Efectos en los Procesos Democráticos, Seminario Internacional, Santiago de Chile, Chile, 14 de diciembre de 1996, Nunca Más]. “The New York Times”: Elección de Bachelet es un avance de las mujeres en el mundo, EMOL, Jueves 19 de enero de 2006. Las siete mujeres presidentas de América hasta 2007 son: la argentina María Estela Martínez de Perón, la boliviana Lidia Gueiler, la nicaragüense Violeta Chamorro, la guayanesa Janet Rosemberg, la ecuatoriana Rosalía Arteaga, la panameña Mireya Moscoso, la haitiana Ertha Pascal-Trouillot y la chilena Michelle Bachelet. El atentado del 21 de junio de 1980 fue realizado contra una avioneta en la que viajaban varios líderes de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en campaña electoral. Todos los ocupantes murieron, a excepción de Jaime Paz Zamora quien sufrió graves quemaduras. La avioneta pertenecía a una compañía de taxis aéreos de propiedad de Luis Arce Gómez, quien habría de asumir el Ministerio del Interior en el golpe de estado realizado un mes después y se encontraba directamente a cargo de las actividades clandestinas de represión e inteligencia. «Para no olvidar el golpe del 17 de julio de 1980, por Wilson García Mérida, Bolpres, 2006». Archivado desde el original el 15 de noviembre de 2011. Consultado el 23 de abril de 2007. En los Novios de la Muerte actuaban también los terroristas italianos Stefano della ChiaiePierluigi Pagliani, quienes habían dinamitado un tren en Bolonia y entrado a Bolivia con Marco Diodato y cobertura de la CIA. Para no olvidar el golpe del 17 de julio de 1980, por Wilson García Mérida, Bolpres, 2006Archivado el 15 de noviembre de 2011 en la Wayback MachineTransition to Democracy, Global Security. Leer Encicloperid Libre: Wikipedia: Gobiernos militares en Bolivia (1964-1982).