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Apuntes sobre la decadencia política

Apuntes sobre la decadencia política

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

 

 

Crisis en los espesores de la coyuntura 

 

El término crisis viene del latín, crisis, a su vez, deviene del giego κρίσις, que significa coyuntura de cambios, empero, en el uso pragmático usualmente se hace hincapié en el sentido de cambios desequilibrantes. Se trata de ruptura del equilibrio, incluso de descompensación y de desorden, apareciendo la crisis como amenaza.

La utopía civilizatoria

Las comunidades se convirtieron en sociedades cuando extendieron sus asociaciones en las expansiones y continuidades territoriales, convirtiendo las filiaciones consanguíneas en alianzas territoriales. En la medida que los nudos sociales, concentrados, en las ciudades emergentes, se convirtieron en paradigmas de las formaciones sociales, se derivó en lo que se puede nombrar la evolución de las ciudades en lo que se conoce como civilización. La conformación de las civilizaciones responde a la configuración de las formaciones sociales en base al referente gravitatorio de las ciudades. Por eso, es indispensable, preguntarse, en el contexto de la crisis ecológica y la crisis de la civilización moderna, sobre las otras posibilidades alternativas, inhibidas por el decurso hegemónico y dominante de la arquitectura preponderante de las ciudades. Puede ser que haya habido y haya otras salidas, más allá de la civilización, empero esto solo se puede tomar en cuenta en la medida que estas otras salidas se vislumbren ante la mirada acuciante de la microhistoria crítica. Para responder a esta cuestionante es indispensable es menester hurgar sobre las posibilidades nómadas, también ante las posibilidades campesinas, de la vía campesina. 

 

 

De los pasos perdidos al siglo de las luces

Las dos novelas de Alejo Carpentier, Los pasos perdidos y El siglo de las luces, tienen nueve años de diferencia. También las narrativas se mueven en dos coyunturas distintas, aunque se podría decir que el contexto es casi el mismo, con la diferencia de temporalidad. Mientras Los pasos perdidos se mueven una coyuntura contemporánea al mediados del siglo XX, en tanto que El siglo de las luces se mueve en la segunda mitad del siglo XIX; sin embargo, la anterior novela fue publicada en 1953 y la segunda novela fue publicada en 1962. ¿Por qué el escritor se remonta al llamado siglo de las luces, después de haberse adentrado en los laberintos de una modernidad que podríamos llamar relativa a la historia reciente? No nos olvidemos que la revolución cubana se convierte en victoriosa en 1959 y que Carpentier va a ser representante diplomático de la triunfante revolución en París. ¿Se trata de una reflexión sobre la matriz cultural e ideológica de las revoluciones modernas, el iluminismo? En todo caso, se trata de hurgar en sus contrastes, en sus contrastaciones, en sus contradicciones profundas y manifiestas.

La decadencia estatal

No es un Estado sino una estructura mafiosa, una composición de dispositivos paralelos de poder que tomaron las estructuras institucionales del Estado. Entonces se tiene un gobierno que ejerce la dominación de las mafias, distribuidas en esta ocupación institucional y también territorial del Estado y del país. La escasa democracia aparente que quedaba se ha evaporado, lo que se tiene es el despliegue descarnado de la violencia en variadas formas y tonalidades, sobre todo el despliegue descarado de la judicialización y la violencia burocrática de magistrados, fiscales y jueces mafiosos. En este desenvolvimiento del terrorismo de Estado mafioso, las «elecciones» han terminado siendo instrumento de «legitimación» imposible de la dominación mafiosa de la burguesía rentista que gobierna.

El caudillo déspota

El Caudillo déspota, prestidigitador de promesas que no se cumplen, elocuente demagogo de poses que no comprende, máscara que encubre su compulsión por el poder que no tiene y confunde con la proliferante adulación grosera de llunk’us sin imaginación.

Delirio político

El delirio es un síntoma manifiesto de la decadencia de la casta política. Absorbidos en el desenfreno de la alocución desgarbada, empero estridente, se ahogan en la tormenta de emisiones bulliciosas, sin contenido y sin sentido. Pero creen que dicen algo, que hacen algo, cuando solo chapotean en el mismo pantano de la sin-razón. La política ha muerto y la casta política se mantiene artificialmente, alimentada por la maquinaria institucional estatal desvencijada.

Usufructo político de los héroes

Usan la imagen de los héroes, de los que dieron su cuerpo en plena entrega y acto heroico. Creen investirse del halo que deja su hazaña y su martirio, pero no hacen otra cosa que evidenciar su impostura, al usufructuar y desplegar comportamientos pragmáticos y oportunistas.

Sobre la desaparición de Marcelo Quiroga Santa Cruz

No hubo esclasificación de los archivos militares. A Marcelo lo llevaron herido al Estado Mayor y ahí lo torturaron hasta matarlo, el gobierno de Evo Morales fue cómplice de encubrir a los asesinos y de pactar con el ejército. El gobierno títere de Luis Arce Catacora continúa la complicidad y el encubrimiento, además de seguir con el teatro grosero de que se desgarran las vestiduras.

Perdidos en sus laberintos

 

Perdidos en sus laberintos discursivos y apócrifos, aturdidos por la evidencia de los hechos y la realidad efectiva, manoteando, ahogados en el fango, insisten, delirantes en el cuento sin imaginación del «golpe de estado». Es la muestra patética de la colosal decadencia.

Funcionarios del gobierno

Malos actores de una tramoya, que no tiene ni pies ni cabeza. Sin embargo, siguen adelante sin inmutarse de la evidente ridiculez en la que caen. No les importa, pues actúan para el entorno palaciego y la mermada masa elocuente de llunk’us. Fantoches despintados del teatro político.

El cretinismo funcionario llega lejos. Primero, a nombre de la defensoría del pueblo se avala el despotismo neopopulista; después, premiado como viceministro de gobierno, ejerce como verdugo. Los perfiles de la casta política se desdibujan, adquiriendo la diseminación del vacío.

Exvocal del Tribunal Electoral

Pobre diablo. Sin argumentos, sin dignidad, a partir de un momento, servil y sumiso a la forma de gobierno clientelar y corrupta neopopulista. Después de cerrar los ojos ante el escandaloso fraude que se perpetraba, después de decir que no sabía de los servidores clandestinos, ahora repite la patraña insostenible de que no hubo fraude. Este personaje es un ejemplo del derrumbe ético y moral de un profesional que perdió el decoro y la compostura.

Clausura civilizatoria y apertura de horizontes

Clausura civilizatoria

y apertura de horizontes

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La muerte de las ideologías

Crepusculo astillero

 

 

La muerte de las ideologías

La era de las ideologías ha pasado, así como de las grandes narrativas. Campea el nihilismo, la voluntad de nada, peor aún, el jolgorio de la trivialidad, la proliferación de la simulación cultural, la elocuencia estridente de la banalidad.  Quizás hasta los discursos mismo hayan desaparecido, solo son memoria, recuerdo, de lo que alguna vez se dijo, en un pasado que no se quiere actualizar; pertenece a la búsqueda del tiempo perdido. Ahora ya no importa la pérdida, tampoco el tiempo, menos el espacio; los tejidos espacios temporales son teoría. Lo que importa es la virtualidad, la simulación, mejor aún, la impostura. No importa la realidad, sino hacer creer que ocurre algo, la desinformación, la invención de la noticia, el sensacionalismo de los medios de comunicación. En el mejor de los casos, el teatro político, el carnaval electoral, el deleite en la fama pomposa, espumosa y fugaz, inventada mediáticamente. Nuestra posición sobre toda esta decadencia es el de la deconstrucción, la hermenéutica crítica, y la diseminación, la demolición y el desmantelamiento de las instituciones anacrónicas, los agenciamientos concretos de poder. También el de la crítica de la civilización moderna, civilización de la muerte.  Sobre todo, hay que tomar en cuenta la crítica de la ideología, la máquina fabulosa de la fetichización. En todo caso, si aparece algo parecido a lo que fue la ideología durante los siglos XVIII, XIX y XX, se dan anacronismos; de todas maneras, se observa que hay gente que ni se ha enterado de lo que es la ideología, son personas que creen que el mundo se reduce al oportunismo descarado. A esta gente se la puede señalar como la que asume la política de manera deportiva, convierte la comedia en el espectáculo esmerado de lo grotesco. Por otra parte, cuando la mediocridad se hace del gobierno suele buscar encubrir sus vacíos con el recurso desmedido de la violencia.

A propósito de las esferas

Las esferas siempre estuvieron ahí delante de nosotros, de cada quien, de cada nacimiento. Para saberlo basta ver parte de ella en la contemplación de la bóveda celeste o, de manera completa, mirar al sol de día, aunque sea un rato, mejor de soslayo, y mirar a la luna de noche; a veces se puede mirar a ambos, suspendidos, más allá de la bóveda celeste.  No se requería, entonces que una escuela de matemáticos o de filósofos inventaran o construyeran una esfera artificial, admirada por quienes la contemplan y sienten que han descubierto el secreto centralizado del cosmos.

Esta relación inmediata con el acontecimiento de la existencia y de la vida fue y es la certeza primordial de los seres; son en esa relación fundamental y a través de esa relación son. La interpretación del acontecimiento a partir de esta relación se da como fenomenología del cuerpo. Es más, hasta se puede hablar de una interpretación arcaica inmanente al genoma; su capacidad programática y de reprogramación supone la información del universo, si se quiere, del multiverso. Georges Canguilhem hablaba del saber no evocativo, inherente a la biología. Este reconocimiento equivale a descentrar la egología metafísica de la subjetividad esférica constituida por las religiones del desierto.

 

Saber del devenir, devenir experiencia, devenir saber. Vida, es decir, vivir en el devenir. Pensar en devenir, devenir pensamiento, pensar es devenir. Estos enunciados nos trasladan a la multiplicidad, complejidad y, a la vez, a la singularidad del pensamiento. Se puede decir que se trata de liberar al pensamiento y al pensar de un estereotipo, por así decirlo, el que considera que el pensamiento solo es la relación consigo mismo; ciertamente que lo es, pero de una forma de pensamiento, no de la única, tampoco de la más importante. En todo caso, todas las formas de pensamiento son realizaciones de esta capacidad de pensar, que es parte de las fenomenologías corporales. En los mitos amazónicos se desenvuelve otra forma de pensamiento, el pensamiento del devenir, que se expresa en las proliferantes figuras de las metamorfosis vitales, conformando narrativas de alegorías simbólicas, que se explayan en clasificaciones metonímicas y metafóricas de los acontecimientos vitales. Si, por el momento, provisionalmente, calificamos al pensamiento que se basa en la reflexión y en la relación consigo mismo como pensamiento caracol, pensamiento que se pliega encaracolándose, entonces, podemos, en contraste, también provisional, calificar al pensamiento que se relaciona con la otredad, si se quiere, la exterioridad, como pensamiento mariposa, pensamiento, que asume la metamorfosis como proceso propio para alzar vuelo.   

 

Recurriendo a un esquema ilustrativo que nos ayude a configurar nuestros enunciados sobre el pensamiento, podemos comprender el cuerpo como conexión entre la interioridad y la exterioridad, no del cuerpo, pues el cuerpo se constituye en ambos ámbitos de realización y desenvolvimiento. Para decirlo resumidamente, el cuerpo es un nicho ecológico singular. Entonces, el cuerpo experimenta tanto los fenómenos de la “interioridad” así como los fenómenos de la “exterioridad”; en este sentido, puede desarrollar fenomenologías que partan de la experiencia de la “interioridad” así como puede desarrollar fenomenologías que partan de la experiencia de la “exterioridad”. Para decirlo de una manera figurativa, puede desarrollar formas de pensamiento que sean como el eterno retorno a uno mismo o formas de pensamiento que sean como el desarrollo al eterno retorno a lo distinto, a la diferencia. Exagerando el esquematismo podemos decir que las primeras formas responden a una inclinación egocéntrica, en tanto que la segunda forma responde a una inclinación exocéntrica, relativa de un constante descentramiento.

 

Estar inmediatamente en el acontecer del acontecimiento, en sus devenires, es situarse en la apertura del pensamiento de la alteridad, en otras palabras, pensar la alteridad en el flujo de sus alteraciones permanentes, que también implica pensar la armonización recurrente ante el avatar de sus desequilibrios insistentes. La composición, entonces, de estas narrativas míticas o desenvueltas en la congruencia del mito, inscrito en el origen de las metamorfosis, corresponde a la complementariedad de los seres y de sus ciclos vitales. Al respecto, tomando en consideración, ciertas consecuencias de las configuraciones de las formas de pensamiento, el “egocéntrico” y el “exocéntrico”, sobre todo tomando en cuentas sus inquietudes, ya el propio balance de la filosofía ha concluido que el pensamiento filosófico recae en la sensación deprimente de soledad; en cambio, un provisional balance del pensamiento del devenir y de la alteridad, del pensamiento de la metamorfosis, puede tener la certeza de que el pensamiento devenido de la experiencia de la “exterioridad” recae en la sensación de acompañamiento, de complementariedad, relativas a los entrelazamientos, conexiones y articulaciones de integraciones mayúsculas vitales. Exagerando nuevamente el esquematismo, podemos sugerir que el pensamiento “egocéntrico” ha llevado, no pocas veces, a la angustia, en cambio el pensamiento “exocéntrico” lleva a la alegría de vivir.

Al respecto, de lo que acabamos de escribir, sobre la diférance, usando metafóricamente el concepto de Jacques Derrida para comprender los desplazamientos imperceptibles, pero, que hacen a la diferencia misma, como acontecimiento de la repetición y en la repetición dar lugar al acontecimiento de la diferenciación, podemos establecer que entre el pensamiento egocéntrico y el pensamiento exocéntrico hay como un campo de diferencias y diferenciaciones, en unos casos imperceptibles, en otros casos perceptible. Por lo tanto, no es que se trata de pensamientos que se oponen, que entran en contradicción; tampoco que se da lugar  una dialéctica, donde se pasa de la tesis a la antítesis y de aquí a la síntesis, que supera las contradicciones; sino que hay que comprender las fenomenologías de estas formas y formaciones de pensamiento desde la perspectiva de la complejidad, vale decir, desde la complementariedad implícita de estas fenomenologías, complementariedad que aparece en las dinámicas mismas de la complejidad, por lo tanto en la fenomenología compleja corporal y de los entrelazamientos corporales. En consecuencia, no es que el pensamiento exocéntrico ignore o se desentienda completamente del pensamiento egocéntrico, pues, de alguna manera, lo contiene, se encuentra implícito, empero, articula esta posibilidad al desenvolvimiento espontáneo del pensamiento exocéntrico. En este caso el cuerpo, aunque es la bisagra, por decirlo figurativamente, entre la experiencia de la interioridad y la experiencia de la exterioridad, fluye y se desenvuelve como intérprete de la experiencia de la exterioridad, de los entrelazamientos corporales y ciclos vitales, que hacen de condición de posibilidad existencial del mismo cuerpo intérprete.

 

En lo que respecta al pensamiento egocéntrico, a la fenomenología basada en el relacionamiento consigo mismo, al encaracolamiento subjetivo, ocurre que tampoco ignora la posibilidad del pensamiento exocéntrico, empero, lo exorciza o, en su caso, dependiendo, lo inhibe hasta enmudecerlo. Aunque aparecen deformaciones, podríamos decirlo, notoriamente restringidas de lo que podría haber sido el pensamiento exocéntrico, por ejemplo, con el desarrollo del empirismo. El empirismo no deja de ser pensamiento egocéntrico, no deja el relacionamiento consigo mismo, lo que pasa es que considera la experiencia de la exterioridad a partir de la racionalidad instrumental, como campo de experimentación, donde hay que contrastar las hipótesis del pensamiento ensimismado. De lo que decimos no se puede concluir, de ninguna manera, que hay que desentenderse del pensamiento que se basa en el relacionamiento consigo mismo, sino que se trata de comprender la complementariedad de los ámbitos de la experiencia, la complementariedad de las formas de pensamiento; comprender que el pensamiento corresponde al conjunto de operaciones de interpretación del cuerpo respecto a sus entornos, “íntimos” y “externos”.  Por eso, podemos decir que un pensamiento egocéntrico es un pensamiento restringido, en tanto que un pensamiento exocéntrico, si no desarrolla formas de relacionamiento consigo mismo, no termina en lograr completarse, no llega a ser pensamiento completo, integrado y articulado en el despliegue se sus dinámicas complejas.

 

 

El derrotero de los fundamentalismos

 

Todo fundamentalismo lleva al crimen. La compulsión fatalista por defender los “fundamentos», la conjetura insostenible de una premisa primera, originaria, inicial, como si fuese certeza indiscutible, justifica el asesinato, pues se supone que la idea de finalidad justifica los medios usados, incluso los del crimen, el homicidio, el genocidio, el etnocidio y el ecocidio. Este comportamiento muestra patentemente que los fundamentalismos son, prioritariamente, la inclinación argumentativa al crimen. Se trata de una apología elaborada, religiosa, de la violencia, sobre todo de la violencia descomunal, la más destructiva. El fundamentalismo es la expresión discursiva y práctica de la consciencia desdichada, del sujeto desgarrado en sus contradicciones, del espíritu de venganza, en el fondo, de la consciencia culpable. Con el fundamentalista ocurre como con el religioso en éxtasis enajenado, que se cree culpable debido al pecado original; el fundamentalista se considera culpable por haber nacido, entonces la violencia extrema por defender su proyecto queda corta ante la extrema exigencia de entregar todo por la causa, que en el fondo es la causa de su propia salvación o de su propia justificación ideológica ante los avatares de su dramática vivencia.

 

Hay pues una diferente radical entre la rebelión y el fundamentalismo; la rebelión es espontánea y alegre; se trata del impulso vital por dejar fluir la potencia de la vida; en cambio el fundamentalismo es la puesta en escena de los sacerdotes de la “verdad”, los inquisidores recurrentes y repetidos intermitentemente. El fundamentalismo nace con la incrustación de su desenlace fatal o trágico, la destrucción de su entorno y, después, su propio suicidio.

 

También se dan expresiones destructivas menores al fundamentalismo, los discursos barrocos y las mezcolanzas diletantes ideológicas. En este caso hay, más bien, una inclinación al pragmatismo y al oportunismo. Los sujetos de este barroco ideológico no son tan fanáticos como los fundamentalistas, aunque hagan más teatro desgarrándose las vestiduras, pero llegado el momento no se las juegan, prefieren huir o, en su caso, negociar. El problema de este barroco ideológico y pragmatismo político es que en el espectáculo estridente de los medios de comunicación se presentan despavoridamente radicaloides; sus inocentes interlocutores convocados se dejan engatusar por esta comedia y sostienen la algarabía política de los comediantes.

 

Tanto el fundamentalismo trágico como el barroco ideológico y diletante suplantan y usurpan, inhibiendo la potencia creadora de la rebelión. Confunden al pueblo y castran su capacidad lucha. Por estas circunstancias desmoralizantes del teatro político y del barroco ideológico es indispensable la crítica deconstructiva y la diseminación de los dispositivos de los fundamentalismos, los oportunismo y diletantismos.

 

 

La desaparición de la política

 

Varias veces dijimos que la política había desaparecido en las condiciones de la decadencia de la modernidad tardía del sistema mundo capitalista, en la fase, de su ciclo largo, de dominancia del capitalismo financiero, especulativo y salvajemente extractivista. Ahora volvemos a reiterar esta apreciación de lo que ocurre en ese ámbito de la realización de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Aunque, a lo largo de la modernidad, en los límites de la democracia restringida de la democracia formal, representativa y delegativa, no se logre el gobierno del pueblo, vale decir, el autogobierno del pueblo, de todas maneras, el ejercicio de la democracia avanzó por las conquistas sociales de los derechos sociales, colectivos, de género, humanos, ampliando notoriamente el campo del ejercicio de la política. Sin embargo, a partir de un momento o punto de inflexión, si se quiere, momentos y puntos de inflexión, que, como una serie en plena caída y comienzo de la decadencia, la política se suspende, levita, para terminar de desaparecer. Como anota Jacques Rancière la política es inmediatamente el equivalente de democracia y la democracia es la realización misma de la política. Entonces, si desaparece la política también desaparece la democracia.

 

También hemos dicho que se ha sustituido la democracia por la impostura de las prácticas paralelas del poder, que tienen que ver con la economía política del chantaje, la expansión intensiva de las relaciones clientelares y prebéndales, la corrosión institucional y la corrupción galopante.  Por consiguiente, asistimos en plena decadencia del sistema mundo capitalista, que contiene como subsistemas al sistema mundo cultural y al sistema mundo político, al desenvolvimiento de las formas de la decadencia, donde la política es sustituida por el teatro grotesco de la comedia politiquera, difundidas por los medios de comunicación. En esta perspectiva, también anotamos que el lado oscuro del poder no solamente ha atravesado al lado luminoso o institucional del poder, sino que lo controla; del mismo modo, el lado oscuro de la economía no solamente se encuentra en las periferias de la economía institucional, sino que, además de atravesarlo, lo controla y lo domina. Por lo tanto, en las farándulas electorales no se asiste, de ninguna manera, al despliegue de práctica políticas, sino al despliegue de prácticas clientelares, prebéndales, corrosivas y de corrupción, donde la política brilla por su ausencia y la democracia es un cadáver donde saltan los saltimbanquis, las agrupaciones, cofradías y partidos políticos, que nos son más que dispositivos de poder de las dominaciones polimorfas, en plena decadencia de la civilización moderna y de las sociedades institucionalizadas barrocas, demolidas por su propio derrumbe ideológico, cultural, ético y moral.

 

Como dice el refrán popular, sobre lo llovido mojado. A la decadencia política se suma la tragedia y el drama proliferante de la pandemia; la cual pone en evidencia la vulnerabilidad patente del sistema mundo de salud, además del mismísimo sistema mundo capitalista, que se vio parado, detenido, por la intervención insoslayable del virus. Los síntomas de la decadencia de estos sistemas mundos se hace notorio cuando los Estados, las empresas, en vez de asociarse y responder mancomunadamente ante una catástrofe apocalíptica, lo hacen como acostumbran, extendiendo su irracionalidad, compitiendo entre empresas y estados por la vacuna contra el Covid 19. Ya, antes, las burguesías nacionales, evidenciaron su comportamiento irracional frente a la crisis de sobreproducción, donde, en vez de limitar sus producciones nacionales y acordar cuotas de producción se lanzas a una mayor productividad y producción desatando el ahondamiento de la crisis de producción, administrada por intermitentes crisis financieras. Lo mismo ocurre en la exploración espacial del Cosmos, donde sus mezquindades, miserias humanas y competencias egoístas preponderan, en vez de convertir la aventura espacial en una proyección de la humanidad y en un aprendizaje transformador por parte de la misma. En consecuencia, la modernidad tardía ha ingresado plenamente a lo que hemos llamado la etapa de la periclitación del sistema mundo capitalista, en varias formas y estilos; por ejemplo, se ha entrado de lleno a lo que hemos llamado el ejercicio de la antipolítica, también de la antiproducción, así como se ha ingresado al nihilismo más extremo del vaciamiento cultural, entrando ampliamente y desbordantemente al sistema mundo de la banalidad cultural. Así mismo se ha caído en el vaciamiento ideológico, es decir a la ausencia absoluta de ideas, también de imaginación, donde en vez de ideología se pronuncia el gesto sin sentido de la inercia balbuceante del ruido, que no dice nada, pero hace eco en los medios de comunicación.

 

Neopopulismos y neoliberalismos se manifiestan elocuentemente en las formas de la decadencia política e ideológica de la contemporaneidad sin horizontes. Se trata de las nuevas formas del derrumbe ético, moral, político y cultural del circulo vicioso del poder; antes, asombrosamente, las formas, aparentemente opuestas, del liberalismo y el socialismo, evidenciaron su participación en un mismo esquema dual del mismo modo de producción, el capitalista. Ahora, se trata de formaciones discursivas barrocas, una con pretensiones de justicia social, otra con pretensiones institucionales, empero, dadas vacuamente en momentos donde la convocatoria social es una excusa para legitimar a las mafias del poder, y cuando la institucionalidad ha sido completamente corroída y prácticamente desmantelada. Entonces, ambas formas discursivas no son más que dos versiones de una pronunciación demagógica al servicio de la burguesía rentista y de las burguesías tradicionales en decadencia.  Ambas poses políticas no son más que dispositivos discursivos que encubren sus sumisiones y servicios al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

 

 

 

La marcha fúnebre del despotismo decrépito

 

Las miserias humanas se hacen patentes en los comportamientos crápulas. La falencia absoluta de valores, la vacuidad abismal de hombres sin cualidades ni atributos, es decir la mediocridad preponderante de perfiles amorfos, arrastra a gente sin horizontes al oportunismo político y al pragmatismo perverso. Esta gente se desenmascara o hace patente su decadencia cuando se encuentra en función de gobierno.

 

El poder, el objeto oscuro del deseo, incumplible, por cierto, es el sueño delirante de gente sin imaginación, salvo la compulsión exacerbada por dominar y vengarse. Consciencias desdichadas, desgarradas por atroces contradicciones, buscan desesperadamente consuelo a sus acumuladas frustraciones y terribles complejos en el uso de la violencia del terrorismo de Estado. La mediocridad, agazapada en el poder, solo tiene como salida a sus tormentos y paranoias en el crimen.

 

Sin ideología, pues ésta ha muerto, sustituyendo el hueco del sin sentido con balbuceos y mezcolanzas discursivas improvisadas. Creen que pueden justificar sus actos inconstitucionales con propaganda desgastada y publicidad estridente. Estos son, en el fondo gritos de miedo, que delata su abrumadora cobardía.

 

Estos déspotas tardíos y decrépitos se disfrazan, queriendo imitar sin talento perfiles políticos pasados, convirtiendo la política en un carnaval crepuscular y en un teatro burlesco. La decadencia ha llegado lejos, destruye lo poco que queda; es una marcha fúnebre que lleva en hombros el cadáver del Estado.

 

 

Lo grotesco político y el desenlace de la decadencia

 

La comedia política tiene su historia, data desde cuando la política comienza a convertirse en espectáculo, en teatro para distracción de los espectadores. Incluso tiene su antecedente en el Coliseo romano, donde el espectáculo sangriento de batallas a muerte entre gladiadores no solo hacia delirar al público asistente, sino expresaba el mensaje del poder del Imperio: La vida es postergación de la muerte, sobrevive el más fuerte. Tal como interpreta Peter Sloterdijk en Esferas II. Entonces, el teatro político, sobre todo la comedia política lanza un mensaje al pueblo espectador: La vida no vale nada, lo que vale todo es acceder al gobierno y conservarlo.

 

En la medida que la comedia política se deteriora, en plena fase decadente de la casta política y de sus mismos papeles y funciones anacrónicas, que sobran, que están demás, en la medida que se pasa al grotesco político, la comedia es cada vez más abrumadoramente insulsa y descaradamente forzada y falaz. Se judicializa la política, se criminaliza la protesta, se descalifica las posiciones y opiniones adversas. Solo se acepta una “verdad», la oficial, la montada por jueces y funcionarios corruptos, con el apoyo de medios de comunicación sensacionalistas.

 

La paranoia del poder no se queda ahí, ejerce el terrorismo de Estado. No solamente se satisface con el control del monopolio institucional de la violencia, sino que requiere desatar la violencia demoledora del Estado contra todo lo que considera enemigos, incluso llegando al extremo estrafalario de perseguir a sus propias sombras, que contiene sus propios miedos y terrores como efluvios de sus propios complejos insuperables.

 

Es cuando la muerte de la política se ha prolongado en el ritual anacrónico del sacrificio, es decir del crimen. Los jerarcas del poder senil y estéril no pueden irse sin arrasar con todo, sin destruir lo que queda, sin incinerar los bosques, sin contaminar las cuencas, sin depredar los suelos, sin martirizar al pueblo.

 

Ante esta destrucción de la comedia política grotesca el pueblo tiene la responsabilidad de acabar con el círculo vicioso del poder, retirar del escenario a los comediantes políticos, desmontar las máquinas de poder, clausurar la impostura política. Si no lo hace será arrastrado al abismo por la casta política decadente, en su crepúsculo ensangrentado.

 

 

Lecciones no aprendidas y suicidio político

El neopopulismo reforzado, en su reciente gestión de gobierno, ya se encuentra abruptamente en crisis. No se dio cuenta que la victoria electoral no le correspondía a su partido sino al repudio al “gobierno de transición”, también a la resistencia de los ninguneados por el entorno palaciego y la jerarquía corrupta de su partido, así como a la disposición de las organizaciones sociales que postularon como candidato a la presidencia a David Choquehuanca. Tampoco se dieron cuenta que en la rearticulación de fuerzas se encontraban sectores sociales populares francamente antimasistas y antievistas. Simplemente, sin haber aprendido las lecciones de su derrota ante una intermitente movilización social, desde la crisis del “gasolinazo”, de su implosión anunciada desde el conflicto del TIPNIS, creyeron que recuperaban el poder que se les escapó de las manos, cuando fueron arrinconados por movilizaciones nacionales y una insurrección que emergía desde abajo, en todos los niveles institucionales de emergencia y no institucionales ciudadanos. Bajo una premisa política equivocada, que más se parece a la desesperación compulsiva por el poder, se aposentaron a empellones en el gobierno los del entorno palaciego, arrinconando nuevamente a la gente de la resistencia y movilización contra el “gobierno de transición”, a quienes les deben el haber vuelto sin merecerlo, además de deberles la victoria electoral.

Sin más las fraternidades de machos, anacrónicos y oportunistas, atacaron a los referentes de la resistencia al “gobierno de transición” – que hay que diferenciar de la resistencia al gobierno de la implosión política, del desmantelamiento de la constitución y del fraude electoral, que es anterior -, y de la compensación de fuerzas en equilibrio de los órganos de poder del Estado.  Atacaron a la líder de la ciudad de El Alto y de la resistencia aymara, apoyada por el combativo guerrero aymara Felipe Quispe, que falleció hace poco. Sobre todo, la atacaron por celos y por ser mujer. Estos machos angurrientos creyeron que, como antes, bastaba la proximidad aduladora al caudillo caído, para conseguir el beneficio de la farándula electoral. Se equivocaron; la ciudad de El Alto votó por la mujer referente de la resistencia aymara, en contra de las groseras manipulaciones y maniobras de los machos enardecidos, oportunistas y clientela desorbitada del caudillo déspota, caído en desgracia.

Ahora, sin haber aprendido las lecciones de su derrota, de su implosión y caída, se lanzan a una aventura conspirativa estatal, usando los dispositivos judiciales y policiales bajo su control. Apuestan a que la jugada y el montaje político, policial y judicial les vuelva a salir bien, consiguiendo los efectos esperados, como antes, cuando sorprendieron a la opinión pública con montajes de servicios secretos del descomunal, autoritario y terrorista de Estado de otro “gobierno progresista”. Se equivocan, la historia no se repite, tampoco la conspiración es la clave para los desenlaces. Lo que pasa es que se da, en algunos momentos de predisposición de fuerzas, como una coincidencia con la resultante de la correlación de fuerzas puestas en concurrencia. Este no es el caso ahora; la correlación de fuerzas no pone en ventaja al gobierno, menos al entorno de conspiradores incrustados. Una vez aposentados en el gobierno las marionetas del entorno palaciego, las fuerzas articuladas en la resistencia y las movilizaciones, organizadas para afrontar las elecciones, se dispersaron, desencantadas ante la evidencia del eterno retorno de lo mismo, la putrefacta decadencia política y la inercia endémica del círculo vicioso del poder.

 

 

 

¿Cómo funciona el poder?

En realidad, el poder no funciona, es disfuncional, se opone a la sociedad, que es esencialmente alternativa. Por eso tiene que imponerse, dominar, controlar, vigilar, castigar, disciplinar, marcar y reprimir. Tiene que aparentar que funciona, por eso se institucionaliza de manera pretenciosa y desmesurada, presentándose como eterno, casi como sustituto de Dios. Por eso, se expresa en ley, para legalizar su propia ilegitimidad. Pero el poder no solamente es una máquina abstracta, sino es, sobre todo, una heurística instrumental de agenciamientos concretos de poder, además de ejercerse y efectuarse singularmente. Hay formas de poder y distintos planos de intensidad donde se realiza; por eso se dice que el poder es polimorfo. Se ha situado en el Estado a la forma de poder nacional, aunque no se puede decir que es la forma de poder por excelencia, pues todas las formas de poder son complementarias, actúan articuladamente reforzándose; por ejemplo, las estructuras patriarcales de dominación se refuerzan y adquieren irradiación en las estructuras familiares, es más, en el campo escolar. Yendo más lejos, en el Estado adquieren las estructuras patriarcales proyección espacial y temporal, afectando a los cuerpos, incidiendo en las conductas y comportamientos de tal manera que constituye sujetos dominados, controlados y moldeados de acuerdo a las finalidades que se traza el poder. La forma de gubernamentalidad clientelar reproduce, de manera perversa, las estructuras de dominación patriarcal, llevando al extremo la dominación masculina con la imposición delirante del mito del caudillo, el pretendido mesías político. No solamente se repite abusivamente la dominación de las fraternidades de machos contra la mujer, sino que se “feminiza” a los hombres, convirtiéndolos en sumisos soldados obedientes sin pensamiento y voluntad propia, así como se ha pretendido reducir a las mujeres a sujetos sumisos, obedientes y respetuosas, además de domésticas, de los hombres, que son sus dueños. Las otras formas de gubernamentalidad, por ejemplo, la liberal y neoliberal, también son patriarcales; al respecto de la dominación masculina, tienen mucho en común con la forma de gubernamentalidad clientelar populista y neopopulista. Empero, tienen sus propias singularidades, por ejemplo, la pretensión de legitimar la dominación masculina en la expresión jurídica y política del Estado de Derecho, donde, a pesar del reconocimiento, reciente, de los derechos de la mujer, se mantiene su subalternidad y subsunción a las estructuras de dominación de las fraternidades de machos. La forma de gubernamentalidad del socialismo real también se refuerza con las estructuras patriarcales tradicionales, en la lamentable recurrencia a la figura, también mesiánica, del “gran timonel”. Esto a pesar de que al comienzo las mujeres adquieren cierto protagonismo en las acciones, movilizaciones y ejercicios prácticos en el trabajo y la política. De la misma manera las estructuras de dominación colonial se refuerzan con la recurrencia a las estructuras patriarcales. La economía política colonial desvaloriza al hombre y la mujer de “color”, inventándose un “hombre blanco” como símbolo imaginario de la civilización, cuando todos los humanos son de “color”, tienen un color de toda la gama epidérmica. Ocurre como en toda economía política, se desvaloriza lo concreto y se valoriza lo abstracto. Lo peculiar del caso es que en las llamadas sociedades poscoloniales se prolonga la dominación colonial en las versiones de la colonialidad. Es más, en las formas de “gobiernos progresistas” se prolonga la colonialidad de manera paradójica; a nombre de la “descolonización” se sigue colonizado a las naciones y pueblos indígenas, reducidas a mera mención propagandista, mientras se desconoce sus derechos territoriales, institucionales, políticos y culturales, consagrados por la Constitución Plurinacional Comunitaria y Autonómica. Cuando las formas de gubernamentalidad entran en crisis también entran en crisis las formas de poder complementarias y articuladas. Es cuando se hace evidente que son fachadas impuestas contra las sociedades, esencialmente alternativas. Empero, el poder se reúsa a dejar sus máscaras, sus disfraces, sus armaduras y sus mitos. Se aferra desesperadamente a sus artefactos anacrónicos, quiere restaurar el prestigio de las instituciones, en vez de transformarlas, se aferra al mito del caudillo, patriarca otoñal y estéril, se agazapada en el juego político, reviviendo la forma de partidos, que ya han patentizado su inutilidad para representar y responder a las demandas del pueblo. En estas circunstancias, en la medida que son inútiles los esfuerzos por volver a una supuesta época dorada del poder, la maquinaria abstracta y los agenciamientos concretos de las dominaciones recurren a sus medidas de emergencia, que evidencian en núcleo oculto de Estado de excepción en toda forma de Estado. Entonces se habría vuelto al principio constitutivo del Estado, la guerra.

 

 

     

 

 

 

   

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

THE ETHICAL AND POLITICAL LEGACY OF THE REVOLUTIONARY THINKER SERGIO ALMARAZ

O LEGADO ÉTICO E POLÍTICO DO PENSADOR REVOLUCIONÁRIO SERGIO ALMARAZ

 

José Luis Saavedra 

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

 

“Ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres”.

Sergio Almaraz Paz.

 

Resumen

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual de-curso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

Palabras claves:

Sergio Almaraz, pensamiento político, recursos naturales y procesos revolucionarios

Summary

In the present essay we try to highlight and demonstrate the primordial matrices of Sergio Almaraz’s thought and we do so both in relation to the time he had to live and the projections of his thought in the current course of the Bolivian political process. Thus, we are not only interested in making a more or less reflective remembrance of what Almaraz’s thought has been and is, but also in relieving its repercussions and meanings in the face of the challenges of the present time.

Keywords: Sergio Almaraz, political thought, natural resources and revolutionary processes

 

Resumo

No presente ensaio, tentamos destacar e demonstrar as matrizes primordiais do pensamento de Sergio Almaraz e o fazemos tanto em relação ao tempo que ele teve que viver quanto às projeções de seu pensamento no curso atual do processo político boliviano. Assim, não estamos apenas interessados em fazer uma lembrança mais ou menos reflexiva do que foi e é o pensamento de Almaraz, mas também em aliviar suas repercussões e significados diante dos desafios da atualidade.

Palavras chaves: Sergio Almaraz, pensamento político, recursos naturais e processos revolucionários

 

Introducción

¿Por qué escribir en torna a Sergio Almaraz? Básicamente porque es uno de los más importantes pensadores bolivianos contemporáneos, junto con Marcelo Quiroga y René Zavaleta, aunque también es el menos conocido.

La obra teórica y política de Almaraz, a 50 años de su muerte y 90 años de su nacimiento, constituye actualmente una de las más significativas interpelaciones al sistema de dominación y explotación aún hoy imperante en Bolivia y, al mismo tiempo, entraña una serie de proposiciones de emancipación y liberación en y con la perspectiva radical de la dignidad y soberanía nacionales.

En términos metodológicos optamos por un procedimiento relativamente sencillo, que consiste en conversar con Alejandro Almaraz, hijo del pensador revolucionario Sergio Almaraz, acerca de la obra y el pensamiento de su padre y –reiteramos- sus reverberaciones e irradiaciones éticas y políticas en el presente sociopolítico boliviano.

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Sergio Almaraz

 

 

Presentando al pensador revolucionario

Sergio Almaraz tuvo una vida relativamente corta, murió cuando recién había cumplido los 39 años. Nació en la ciudad de Cochabamba el 1 de diciembre de 1928 y falleció en La Paz el 11 de mayo de 1968. La vida de Almaraz ha sido, sin duda alguna, la de un activista y pensador revolucionario de su tiempo. Veamos por qué.

Muchas actitudes, si no todas, de Sergio Almaraz y sobre todo sus posiciones teóricas y políticas en su vida y pensamiento se las comprende mejor -como siempre debe hacerse- considerando las circunstancias en las que se asumieron, vivieron o escribieron. Y es precisamente este posicionamiento –a modo de locus enunciationis– que Luis H. Antezana lo reflexiona lúcidamente en el artículo “Sergio Almaraz Paz y la historia”, incluido en el libro Para abrir el diálogo (cf. Antezana, Luis H., en S. Almaraz, 1979).

Hay que entender, en principio, que los tiempos de Almaraz son los del estalinismo. Aun cuando ya se había producido la ‘desestalinización’, inicialmente en la Unión Soviética, luego en el movimiento comunista internacional, antes de que Sergio Almaraz escribiera su primer libro El petróleo en Bolivia (1958). Esta obra ha sido escrita en 1957, posteriormente, diez años más tarde, se le agregó -en calidad de apéndice- una conferencia dictada por el autor en el Foro Nacional sobre Petróleo y Gas.

Hoy podemos añadir, a las reflexiones pertinentes de Luis H. Antezana, que ha sido una desestalinización en gran medida de ‘dientes para afuera’, es decir insustancial y superficial, aunque su mayor eficacia haya sido alterar el aparato de poder establecido por Iósif Stalin en la Unión Soviética; pero, no precisamente para que el nuevo sistema (de poder) fuera radicalmente distinto (diremos democrático). El pensamiento autoritario, brutalmente autoritario, que suponía Stalin y su régimen, no se rompió, ni se superó (ni siquiera después de su muerte). El despotismo continuó en la misma Unión Soviética, que siguió siendo un Estado despótico, quizá algo menos, pero continuaba siendo opresivo y represivo, además de ser un régimen de pensamiento único, de monopolio total del partido comunista en la economía, en la política, en la cultura, en la ideología, en fin en todo.

Y si bien ya no había el Comintern (la Internacional Comunista, también conocida como la III Internacional, así como por su abreviatura en ruso Komintern o Comintern, abreviatura del inglés: Communist International), seguía habiendo el movimiento comunista internacional, como un sistema que irradiaba un temperamento profundamente autoritario, totalitario, no solamente en relación con los partidos comunistas, desde ya con tales partidos, sino también con gran parte de la izquierda, que, casi en su totalidad, ha sido pues intolerante y avasalladora, incluyendo a las parcialidades trotskistas.

Y esos son los tiempos en los que Sergio Almaraz empieza a militar desde adolescente, alrededor de los 15 años, en el PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria)[1], y luego en el PC (Partido Comunista)[2]. Y, él no solía hablar, no mucho, de una posible ruptura. Esto es al menos lo que podemos inferir, a partir de una serie de percepciones que han podido transmitir las personas más próximas a Sergio Almaraz, como su madre (María Jesús Paz), su esposa (Elena Ossio), su hijo mayor (Pablo), que lo ha conocido más que el hijo menor, Alejandro, y por una recolección de documentación que el propio Alejandro Almaraz hizo para poder escribir la reseña biográfica de su padre, “Retrato biográfico”, inserta en la obra completa de la editorial Plural (cfr. Almaraz, Alejandro, en: Almaraz, Sergio, 2009).

Efectivamente ha habido un tiempo de ruptura entre la misma fundación del Partido Comunista o muy poco después de fundarse (el 17 de enero de 1950) hasta la renuncia de Sergio Almaraz (hacia 1958), que parece haber sido precipitada. Hay varios indicios de ello, por nada menos que su conocimiento directo del Estado obrero, de la realidad efectiva del socialismo realmente existente, en un viaje que hizo en 1956, que -por lo que comentan sus camaradas de ese momento- lo desilusionó y contrarió bastante; básicamente, porque no eran los trabajadores quienes dirigían el Estado soviético, sino una serie de burócratas que suplantaba a la clase obrera; tampoco los trabajadores participaban en las decisiones referidas al campo económico, político y cultural y principalmente porque no había igualdad socioeconómica, es decir que se mantenían las antiguas diferencias y distinciones, lo único que había cambiado es la antigua elite zarista por la nomenklatura: los miembros del Comité Central del Partido Comunista. Como bien dice Alejandro Almaraz (2009: 710):

“El viaje que Sergio (Almaraz) hizo a la Unión Soviética en 1956 le reveló, amargamente, el carácter burocrático y represivo de aquel Estado socialista que los comunistas bolivianos de entonces creían revolucionario y liberador. La constatación de lo que ya percibía en la actitud estrecha y dogmática de la dirigencia del movimiento comunista internacional, que supuso su contacto directo con el socialismo real, probablemente lo decidió a apartarse del partido”.

Es pues este viaje el que le dio a Sergio Almaraz la imagen de un Estado autoritario, despótico, burocratizado, y con una serie de cuestiones socioculturales sumamente opresivas y represivas, que le impactaron de modo muy especial. Según esos mismos testimonios, está el hecho que los dirigentes sindicales de la URSS no eran obreros, nunca habían sido trabajadores, jamás habían producido en el centro de trabajo al que representaban, sino que eran profesionales, burócratas, especializados en esta especie de rubro administrativo, que era la dirigencia sindical.

Y al propio Alejandro Almaraz, después de un par de décadas, le tocó ver esta misma impostura en la juventud comunista. Él era dirigente de la juventud comunista (de Bolivia), cuando tenía 21 años, era Secretario General, pero sus pares del Komsomol leninista (el Komsomol era la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética) eran tipos de 40 o 50 años, eran pues exactamente eso, burócratas profesionalizados en y con esa ‘especialidad’ de la dirigencia ‘juvenil’.

Consideramos así que existió una suerte de ruptura silenciosa en Sergio Almaraz, quizás no absolutamente, pero podemos encontrar ciertos testimonios -relativamente consistentes- de esa disidencia o incluso disyunción en los temas más bien de carácter sociocultural, que Almaraz abordó en artículos como el “Buscando el De Profundis de una generación” (en: Almaraz, 1979a), en el que él es muy crítico con el realismo socialista, de-mostrando además el execrable temperamento autoritario y totalitario del pensamiento único, monopolista y monopolizador. Al respecto, Alejandro Almaraz (2009: 710) refiere que:

“La relación de Sergio (Almaraz) con el Partido Comunista empezó a experimentar los malestares y tensiones que serían irremediables. El dogmatismo del partido, cada vez más subordinado a la Unión Soviética, lo coartaba y asfixiaba intelectualmente. Se sentía sofocado por la falta de imaginación y creatividad para la acción política, por la incapacidad de interpretar la realidad nacional y actuar en función a ella, y por el rechazo a todo pensamiento o expresión que no se encuadrara estrictamente en el realismo socialista”.

Aquí hay que decir que las opciones teóricas, culturales y literarias de Almaraz eran extraordinariamente amplias. Él leía no solamente los ensayos políticos, la doctrina política e ideológica, sino también le gustaba la literatura, tanto que –al menos en ciernes- hay en él una faceta de crítico literario, que ya está bien expresada precisamente en el “Buscando el De Profundis de una generación” (óp. cit.).

A propósito, hace poco se ha vuelto a difundir una crítica literaria de Almaraz al escritor y poeta paceño Jaime Sáenz (cfr. Almaraz, 2018 y también Almaraz, 1979c), a quien admiraba y le apreciaba mucho y por eso publicó sobre este poeta. Almaraz tenía pues una inclinación muy marcada hacia el arte, la narrativa, el cuento, ensayo, historia, incluso hacia el cine, el teatro, la pintura, y es por ello que escribía también sobre crítica literaria.

Almaraz era pues muy amplio, diremos heterodoxo en el campo político e intelectual y esta característica ha sido la fuente de una de las mayores tensiones y malestares con el Partido Comunista (PC). Es así que de lo que más Alejandro Almaraz le escuchaba protestar a su madre (doña Elena) era precisamente sobre este ámbito, es decir sobre las estrecheces y miserias estéticas y artísticas de y en los comunistas, principalmente por no ser capaces o no tener la perspicacia de apreciar el arte y, casi por un formulismo figurativo o por una especie de consigna o instrucción, considerar como único arte valioso y válido el realismo socialista.

En este sentido, Almaraz es un pensador revolucionario y por ello mismo cambió a lo largo de su vida, como todas las personas que se renuevan, como la propia realidad que también fluye y está en constante devenir. Y el sentido del cambio de Almaraz ha sido el de la aproximación a una realidad nacional que estaba muy lejana en la óptica del marxismo ortodoxo (por decir lo menos), tanto que bien podríamos hablar de un marxismo no marxista, de un marxismo simulado, de un marxismo colonial y eurocéntrico, como bien diría Edgardo Lander (2006), que ha sido el marxismo de la mayoría de los partidos políticos de la izquierda latinoamericana, incluyendo el del partido comunista (de Bolivia) y las propias ideas que –al menos en un primer momento juvenil- asumiera el mismo Sergio Almaraz.

Si algo podría rescatarse de esta primera etapa, serían las ideas que, en algún momento, tuvo José Antonio Arze[3], escritor, sociólogo y político boliviano, que era el intelectual al que Sergio Almaraz admiraba[4], y cuya influencia en el PIR fue reemplazada no solamente por un marxismo de la Academia de Ciencias de la UR.S.S., de cuño konstantinov (de Fedor Vasilievich Konstantinov), sino también por otro de carácter oportunista, ya que terminó en el barrientismo (del dictador militar René Barrientos), después de colgar al presidente Gualberto Villarroel (el 21 de julio de 1946).

La aproximación de Sergio Almaraz a la realidad nacional ha sido también un acercamiento a la revolución nacional de 1952. De acuerdo con Alejandro Almaraz (2009: 711), “el pensamiento nacional de Sergio Almaraz tiene una referencia central en su valoración del proceso revolucionario de 1952”. Sin embargo, Almaraz no ha sido militante del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), pero bien podríamos decir –es al menos admisible y/o plausible- que ha sido militante de la revolución nacional.

“Por eso –continúa Alejandro Almaraz (ibíd.)- asumió la defensa de la Revolución desde dentro, precisamente desde donde era más atacada y vulnerada. Esta posición (sin embargo) no significó, en momento alguno, asumir la militancia del MNR, pues no obstante su adhesión a la Revolución nacional, su distancia ideológica respecto al MNR fue siempre importante y se expresa también, muy nítidamente, respecto a la conducción de la Revolución”.

Almaraz ha sido por tanto militante de las transformaciones sociales, económicas y políticas que supusieron la nacionalización de las minas y el voto universal. No estamos seguros de la misma valoración positiva de la reforma agraria. De hecho, no deja de ser sintomático -esto es algo que no conocíamos y recién hemos sabido gracias a la obra reunida (cfr. Almaraz Sergio Paz, 2009)- un comentario que él hace sobre el famoso libro, muy mencionado y poco leído curiosamente, que se llama Feudalismo en América latina del padre teórico de la reforma agraria boliviana, que es Arturo Urquidi (cfr. Urquidi, 1966), pirista (del PIR), de la línea de José Antonio Arze, y que tenía una antigua amistad, por razones de militancia política, con Sergio Almaraz. Y quien parece haberle pedido un artículo/reseña sobre su libro, y tan elocuente como el libro es el artículo sobre el mismo, porque el comentario (de Almaraz) es no-comentario, es no decir nada, son unas apostillas evasivas, ambiguas e imprecisas, que nos hacen suponer que no quería decir lo que en verdad le parecía, seguramente por consideración a este señor ya muy mayor (nació el 6 de mayo de 1905), y que además había sido un buen amigo (cfr. Almaraz, 1979b).

Sergio Almaraz no toma pues una posición clara sobre la reforma agraria, básicamente porque no es el tema que él estudió. Y, en todo caso, la interpretación de la versión oficial, que hace Arturo Urquidi, que es el autor de la ley de reforma agraria, no es la de Almaraz. No es el tema en el que nos tendríamos que extender, pero -en síntesis- la reforma que pretendió hacer el MNR es una no-reforma agraria, básicamente porque no quiso redistribuir la tierra del latifundio entre los colonos, no era ese su proyecto, el plan era el de conservar a los latifundistas con lo básico de su patrimonio (denominado propiedad mediana) y –diríamos- con lo principal de sus privilegios coloniales u oligárquicos (cfr. “La Reforma Agraria continúa pendiente 50 años después”, en: La Razón, 30 de julio de 2003).

Sergio Almaraz valoraba, en cambio, la nacionalización de las minas, que entre paréntesis parece -hay también indicios en el propio Almaraz- que fue tan forzada por la movilización popular, como la propia reforma agraria que se dio en los hechos, más allá de la firma de la ley. Pero, aún en su adhesión, mantiene no solamente una distancia crítica con su conducción, sino que también asume una clara actitud de confrontación con el manejo del MNR en muchos temas, como cuando nos habla, por ejemplo de “el tiempo de las cosas pequeñas” (cfr. Almaraz, 1969b), muestra las múltiples claudicaciones y sometimientos del gobierno del MNR, pese a que él fue funcionario de ese gobierno, primero en el Ministerio de Trabajo (ocupó la Subsecretaría de Previsión Social) y luego en el de Minas (ocupó la Subsecretaría de Minas), con la mediación del ala izquierda del MNR, conformado por gente como Franco-Guachalla y Zavaleta. Pero, pese a eso no inhibió sus denuncias fuertes y radicales contra el MNR.

En el último periodo de su vida Almaraz sufrió, con profunda angustia, la opresora y opresiva penetración norteamericana en la economía y el poder político del país. Y por ello mismo denunció energéticamente la ocupación imperialista y neo-colonialista del país (cfr. Almaraz, 1979).

En resumen, diríamos que Almaraz es (no sólo era) un pensador revolucionario que madura y desarrolla, pese a que no pasó de los 39 años, como ya lo decíamos. No obstante, tiene tiempo de y para una interesante gestación ética, teórica y política que consolida sus convicciones revolucionarias acercándolas –de una manera cada vez más consciente y comprometida- a las problemáticas fundamentales –sociales, económicas y políticas- de la realidad nacional popular boliviana.

 

La decadencia de la revolución nacional y la intromisión imperialista      

Aquí la pregunta medular es: qué nos dice hoy la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz. Para empezar, el contexto es muy parecido, tanto que en la tarea de interpretar y reflexionar acerca de lo que actualmente está ocurriendo en Bolivia, de la problemática social hoy presente[5], que esencialmente es la de la derrota y capitulación de -por lo menos- la potencialidad transformadora de la movilización social contemporánea: la del 2000 al 2005, la analogía con la decadencia del proceso revolucionario del 52 (vivido y sufrido por Almaraz) es insoslayable e ineludible.

Para la reflexión de esta analogía transitoria, rescatamos dos formulaciones claves para la historia contemporánea de Bolivia, en particular para estos dos procesos de declinación y decadencia revolucionarias, una de René Zavaleta y otra del propio Sergio Almaraz. La noción de Zavaleta es la de la paradoja señorial, que en el fondo es el mismo de la burguesía incompleta, que está en el libro Lo nacional-popular en Bolivia (cfr. Zavaleta, 1986), que nos muestra la capacidad singular de las clases dominantes bolivianas de apropiarse de lo adverso, incluso de lo revolucionario y/o subversivo, que por ser tal lo cuestiona, y de echar mano -sobre todo en términos simbólicos y discursivos- e incluso de desarrollarlos ampliamente en las formalidades retóricas y discursivas de carácter y perspectivas e irradiaciones político-estatales.

Si repasamos la historia de Bolivia, veremos cómo las clases dominantes, tradicionalmente opresivas y represivas, de manera particular en la contemporaneidad económica, política y cultural, han sido y son todo lo que pudieron o tuvieron que hacer, al menos discursivamente, para preservarse del asedio nacional popular. En este sentido, sin pudor alguno, han sido liberales, nacionalistas, socialistas (de distintas vertientes: marxistas y no marxistas o social demócratas), y ahora incluso están siendo indigenistas, muy a despecho de su racismo y segregacionismo atávicos.

Hay así una clave profunda aportada por Zavaleta y relacionada con ella, muy directamente concernida, en Almaraz está la tesis de que la revolución nacional fue derrotada desde adentro, no desde afuera, es decir que ha sido minada interiormente. Ha habido pues una revolución que efectivamente logró transformaciones con una profundidad y radicalidad que hoy no tiene –en modo alguno- el llamado ‘proceso de cambio’ (boliviano). El MNR hizo la revolución contra las clases dominantes u oligárquicas y la hizo en gran medida contra el interés y el parecer de los factores de poder interno (oligárquico) y externo (imperialista).

En el contexto de la revolución nacional del ’52, los actores revolucionarios se consolidaron en el poder, la sedición contrarrevolucionaria fue derrotada una y varias veces, así como los levantamientos de los falangistas (de derecha) y los diversos intentos de golpes de Estado. Pero, es desde esos mismos actores insurrectos que se consumieron la derrota y la consiguiente capitulación de la revolución. Esto lo explica con mucho detenimiento Almaraz y en verdad así fue. Y tal vez así ha sido desde el comienzo, quizá había una plataforma o ‘cabecera de playa’ para ese devenir contrarrevolucionario, aun antes del 9 de abril (de 1952), en el propio presidente Víctor Paz, y en esta cúpula de ‘parientes pobres de la oligarquía’, como decía Zavaleta.

 

La defensa intransigente de los recursos naturales

Aquí conviene discurrir en torno a la segunda e importante problemática trabajada por Sergio Almaraz y preguntar-nos por qué la recuperación de los recursos naturales es el tema medular de su obra escrita. No lo sabemos con precisión, tampoco lo ha escrito así o -por lo menos- no manifiestamente; pero, según lo conversado con la gente próxima a él, Almaraz pensaba y quería darle contenidos más ideológicos, filosóficos e interpretativos a sus próximas obras. Pareciera que él partía de una base empírica, que exponía -con solidez argumental- los aspectos fundamentales: históricos y –mejor dicho- materiales de la realidad nacional, para -desde ellos- construir propuestas de transformación en y con la perspectiva –decíamos- de una obra más ideológica y quién sabe filosófica y por tanto hermenéutica.

Y lo que Almaraz muestra, en esta revelación materialista de la realidad nacional, que comprende gran parte de su obra, es que los recursos naturales constituían y constituyen (ahora mismo) el campo y, más aún, la disposición orgánica de la dominación y explotación capitalista e imperialista en el país. A Bolivia, a la compleja sociedad boliviana, se la ha dominado primero desde la apropiación: usurpación y despojo impune de los minerales (oro y plata), luego del petróleo y el gas, y después de los recursos naturales renovables y bienes comunes (como la biodiversidad).

Es pues este ámbito material u orgánico de la dominación y explotación colonialista, capitalista e imperialista, la base tangible de la condición de posibilidad de construir otra nueva sociedad en condiciones cualitativamente distintas, radicalmente dignas y soberanas, es decir bio-céntricas. Dicho de otra manera, no es pues posible pensar en fundar una nueva sociedad bajo la dominación del capitalismo e imperialismo, con sus nexos subsidiarios, fuertemente arraigados en la oligarquía y –más grave aún- en la lumpen burguesía (ligada al narcotráfico), hablamos pues del Chapare.

A ello podríamos agregar –a modo de síntesis- que lo que Almaraz nos plantea es rescatar y reconquistar la dignidad y soberanía nacionales sobre los recursos naturales, pero desde la maduración de la propia conciencia nacional popular (como también diría Zavaleta, 1986). Y asimismo en lo que hoy podríamos interpretar como un sentido de sociedad democrática, plural, integral e integrada. Esto es lo que él ya no ha llegado a desarrollar, es lo que le quedó en el tintero, recuperar nuestra dignidad y soberanía nacional desde una profunda conciencia popular radicalmente democrática y por tanto potencialmente revolucionaria. Y es también desde esa conciencia rebelde, subversiva e insurgente que se podría (y se tendría que) re-construir una nueva sociedad o una nación (en los términos que eran más empleados en ese tiempo) intercultural y/o plurinacional.

 

Imperialismo colonial, dependencia transnacional y extractivismo depredador

En relación con la comprensión de estos complejos campos, Almaraz es plenamente leninista. Podríamos pues inclinarnos a pensar que lo más rescatable en la teoría aportada por Lenin al marxismo es la explicación del imperialismo como internacionalización del capital, como una particular forma de internacionalización del capital (cfr. Lenin, 2012)[6]. Y, claro, la sustancia material del imperialismo está nuclearmente constituida por las empresas transnacionales, incluyendo en ellas -con una importancia especial- a los bancos, que -como nos explica Lenin- son las instancias de fusión del capital industrial con el capital mercantil y financiero.

Y si bien el gobierno boliviano hoy habla de imperialismo, no solamente de imperio, sino también de imperialismo, incurre en una de sus más agresivas imposturas, porque mientras emite cotidianamente toda clase de epítetos de los más altisonantes contra el imperio e imperialismo, al mismo tiempo regala a las empresas transnacionales la plata de este país pobre, los ahorros, que en el fondo son las reservas internacionales netas. El gobierno boliviano, siguiendo un dictado típicamente neoliberal, ha optado pues por mantenerlos en la oxigenación de este núcleo material, que es el imperialismo, es decir los bancos transnacionales (cfr., por ejemplo, “La banca en Bolivia logró una utilidad histórica en 2019”, La Razón, 29 de enero de 2020). Ahí están nuestras reservas internacionales devengando intereses miserables del 0.25% al año.

Así, dada la formación teórica y política que tenía Sergio Almaraz, entendemos que esta interpretación del imperialismo estaba muy clara. Y es precisamente esta lectura la que queda de manifiesto en su obra, con el agregado que -ésta es una explicación muy importante- hay un vínculo más complejo, no es una dominación directa al estilo formal y violentamente colonial, sino que mantiene una intermediación activa de parte de la oligarquía randa, que no es tampoco un actor pasivo, un mediador indiferente, sino que ayuda su iniciativa, inclusive problematizando los esquemas concebidos por los agentes globales del imperialismo, como en su momento (al menos en las décadas pasadas) ha sido el gobierno estadounidense.

Esta cuestión espinosa la podemos ver claramente en la problemática agraria de Bolivia, desde el Plan Bohan[7] (1942), los Estados Unidos consideran recomendable una reforma agraria, que ciertamente supere la concentración latifundista de la tierra o en condiciones de producción serviles, pero la oligarquía boliviana, por muy pro-yanqui que pueda ser, como en verdad lo ha sido y aún lo es, se resistía a esa reforma agraria, hasta el último momento, la seguía combatiendo incluso en la misma ley de reforma agraria. Y esa reforma agraria en la región andina (no en la Amazonia) sólo es posible por la lucha y la movilización campesinas y que superan con creces a la propia ley e incluso a la administración gubernamental (cfr. Almaraz, 2019).

En los términos actuales, homologando los planteamientos de Almaraz a las expresiones más usadas en el debate social y/o político de hoy, diríamos que lo que él mostraba era esencialmente el modelo primario exportador, propio de un país históricamente aprisionado desde la tradicional detentación extranjera y foránea de sus recursos naturales, que –aún ahora- lo condenan a mantenerse bajo esos mismos patrones productivos de carácter radicalmente extractivista y depredador, bajo similares rubros productivos (minerales e hidrocarburos) y que le impiden por tanto desarrollar sus propias potencialidades, tales como diversificar la producción, transformar la matriz productiva y/o avanzar hacia la transición energética del país.

Hay, por tanto, de una manera efectiva, un componente fuerte del extractivismo en la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz, precisamente el vinculado a la cuestión del modelo primario exportador. Y probablemente por ello resulta escaso el componente ambiental, porque –claro- en esos tiempos no teníamos la crisis climática, ni los actuales trances ambientales del planeta. Si bien podríamos decir que ya había algunos hechos que mostraban que íbamos camino a la escasez y agotamiento de los recursos naturales, también podríamos decir que es un componente del extractivismo, al que lo podríamos rastrear –con cierto detenimiento- en la obra de Almaraz, pero no así el factor ambiental o muy escasamente.

 

Entre la rosca[8] oligárquica y el agro-empresariado racista y fascista

En el campo de la vieja y nueva rosca (Almaraz, 1969a) hay una cierta continuidad lógica, pero también hay innovación. La continuidad es evidente, la podemos constatar con nombres y apellidos. Esta nueva rosca, que se sitúa especialmente en la región occidental del país -Sergio Almaraz no estudió la zona oriental, que tiene sus propias especificidades-, se ubica en la minería grande y mediana y también en la banca.

Y uno de los tropos que más interesa de Almaraz está precisamente en esa comparación que él hace de la nueva rosca con la vieja, con la de Patiño, con la de los barones del estaño, que dice ante las imposibilidades, muy frecuentemente alegadas por los nuevos rosqueros, de hacer una y otra cosa por el país o por ellos mismos, considerándola muy grande o muy difícil. Almaraz dice que Patiño se habría sonreído porque sabía que sus dimensiones (esmirriadas) eran también las del país. Es así que la oligarquía criolla se consideraba del tamaño del país y con eso le daba o pretendía darle un fundamento subjetivo a su condición de clase –en realidad casta- dominante.

Los nueva-rosqueros eran las mismas familias, los mismos apellidos articulados hoy –principalmente por la vía de la banca- a la oligarquía agraria del oriente, que, a diferencia de la occidental, tiene una continuidad de mucha más larga data porque para ellos la revolución y la reforma agraria fueron de signo contrario que para el latifundio andino o altiplánico. En general, la oligarquía (de ayer y de hoy) y la lumpen (cuando no narco) burguesía se han constituido en un muy eficiente dispositivo institucional, financiero, y de expansión del régimen MASista, pero no de hegemonía (sino sólo de dominación) (cfr. Guha, 2019).

Y hay muchos ejemplos de miembros activos de una oligarquía oriental que, teniendo un pasado mucho más largo que el de la nueva rosca occidental, se consolidó con la revolución nacional, además de asociarse con los otros componentes de la nueva clase dominante (esencialmente cocaleros y colonizadores, mal llamados interculturales). Y no ha dejado de ejercer el poder, salvo muy breves y/o fugaces paréntesis de tiempo, digamos cuando la Unidad Democrática y Popular (UDP) o tal vez en el primer tiempo del presidente Evo, cuando precisamente Alejandro Almaraz fungía como Viceministro de Tierras (y por ello mismo lo atacaron acerba y cobardemente).

La oligarquía criolla no ha dejado pues de mandar u ordenar en la política agraria del país y lo ha hecho bajo dos modalidades cardinales, que son precisamente las que Sergio Almaraz da cuenta. Una: que las clases dominantes gestionaban sus intereses en el gobierno, ya sea directamente, como con los Arce y los Pacheco, los patriarcas de la plata, de la minería de la plata, o ya sea por interpósita persona, la rosca propiamente dicha, que son los abogados y los políticos que rodeaban y servían a los barones del estaño (Patiño, Hochschild y Aramayo), de la gran minería.

La oligarquía agraria del oriente también ha utilizado las dos estrategias, según su necesidad y/o conveniencia, porque es obviamente pragmática, no se anda con enredos doctrinales, ni nada parecido (cfr., por ejemplo, “En Santa Cruz dicen que Evo les favoreció más que Banzer”, Urgente.bo, 25 de junio de 2016). Y en su momento, por ejemplo en el tiempo neoliberal, eran sus hombres, directamente, los que estaban de ministros, de viceministros, de directores del INRA, de magistrados agrarios, eran los terratenientes Guiteras, Monasterios, etc., y en el Comité Cívico también mandaban.

Y cuando las cosas se complicaron o cambiaron, han sabido –sin mayores dificultades- reponer sus intereses, utilizando las tradicionales intermediaciones clientelares, a las que ingeniosa y/o ladinamente han podido acceder. Y esas mediaciones son muy significativas en la continuidad de la paradoja señorial, porque han supuesto no solamente instrumentar y/o domesticar a los jóvenes rebeldes, salidos de la misma clase dominante, como ocurrió antes con el MNR, o de repente más antes con los izquierdistas (del MIR), y ahora con los líderes surgidos no solamente del movimiento campesino e indígena, sino también de posiciones victoriosas en el enfrentamiento con los intereses transnacionales de la oligarquía q’ara (blanco-mestiza) dominante.

Hay por tanto continuidad en esta nueva rosca, que supo o pudo derrotar el levantamiento popular, además de ‘embolsillarse’ a la revolución nacional, es decir convertirla en su instrumento y -al hacerlo- la estuvo sometiendo/minando desde adentro, como bien dice Almaraz. La oligarquía también ha sabido capear y derrotar las otras amenazas que ha tenido, en diferentes momentos, tales como los nacionalismos militares (de los presidentes Torres y Ovando) o civiles (de la UDP y del MAS). Y aquí podemos decir, observando con más cuidado su propia historia, que a cuenta de lanzarse a la sedición violenta, como lo hicieron el 2007 y 2008, llevándonos al borde de la guerra civil, debieron ser más cautos y esperar no más para logros mayores, como es el de darle línea programática al gobierno del presidente Evo, al gobierno del llamado ‘proceso de cambio’ (cfr. “Pablo Solón: Destrozamos bosques por ganancias temporales de una oligarquía”, Página Siete, 01 de septiembre de 2019).

Ante esta constatación empírica hemos tenido, en algunos debates, la explicación de los voceros MASistas, también lo ha hecho y dicho el propio vicepresidente García, que “consumada la victoria revolucionaria, lo que queda es asimilar al enemigo derrotado” (cfr. Página Siete, 20 diciembre 2017). Nosotros podemos decir ¡qué maravillosa asimilación para el derrotado que el ejercer la condición de vencedor dando y/o determinando la línea programática del gobierno!, nada menos que en un asunto tan fundamental -para este proceso- como es el agrario y, más propiamente, agroalimentario, porque a partir de la Cumbre agropecuaria (del 2015), que se relata en el libro El MAS abraza el modelo capitalista (cfr. Saavedra, 2015), ellos (los empresarios) dan pues la línea política y económica de y al gobierno.

Ahora, lo nuevo o novedoso en este proceso llamado de cambio es que no hay -como algunos sugieren-, hablando de revolución política, un desplazamiento de las clases dominantes, es decir de las que actuaron como tales durante los regímenes del neoliberalismo, antes del llamado ‘proceso de cambio’, continúan -hoy mismo- ejerciendo el dominio del poder; ergo, no ha habido arrinconamiento alguno de las clases opresoras u opresivas. Lo que hoy vemos es más bien que la asimilación se da al revés, estamos pues en la típica situación que Guha (1919) denomina “dominación sin hegemonía”.

Para fundar y/o fundamentar esta afirmación podemos con-centrarnos en el campo de la cuestión agraria, donde vemos que desde el 2010 todos los actos del gobierno son los que interesan (exclusiva y por tanto excluyentemente) a la oligarquía agraria (la de los agro-negocios), tanto que la política financiera frente a la banca privada es la misma o quizás peor que la del ex presidente neoliberal Sánchez de Lozada (Goni) (cfr. “De la economía boliviana ganan los empresarios y crecen las desigualdades en el pueblo”, en: Semanario Aquí, 21 diciembre 2013). “Los banqueros, en este tiempo de Evo Morales, ganan pues de manera sostenida y mucho más que durante el neoliberalismo”, tanto que la banca ha ganado y gana mucho más que nunca en estos últimos diez años (cfr. BARRIOS, Rafael, “Ministerio de Economía: La banca incrementa su ganancia en un 600 % en 12 años”, periódico digital de Radio Fides, 15 febrero 2018).

Las empresas transnacionales, ya lo hemos dicho y lo reafirmamos, están mejor que cuando el régimen neoliberal de Goni. Si bien tienen que tributar un poco más, están exentas de la nacionalización por el hecho de que la actual política de hidrocarburos se llama paradójicamente ‘nacionalización’ (cfr. Barrios, 2018). He aquí una forma concreta de la paradoja señorial: proteger los mecanismos ilegítimos de dominación con su impugnación retórica, se trata pues de resguardar a las empresas transnacionales precisamente con la nacionalización, es decir con el recurso simbólico, demagógico y discursivo de la nacionalización (cfr. “Saqueo, devastación ambiental y recolonización de territorios indígenas: la frustrada nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia”, Cuadernos de Coyuntura, enero de 2019, Nº 22 y “García Linera descarta estatización de la minera San Cristóbal y garantiza sus operaciones”, La Razón, 27 julio 2015).

Entonces, la banca, las empresas transnacionales y particularmente las empresas mineras, no creemos que hubieran recibido mayor beneficio de Sánchez de Lozada, que el que les ha otorgado el gobierno del presidente Evo, sobre todo con la Ley de minería y metalurgia (Ley N° 535, del 28 de mayo de 2014). Y están muy eficazmente preservadas de lo que tendría que ser el compromiso prioritario del gobierno, que es el de la consulta previa, del derecho a la consulta previa, libre e informada; aunque -a nombre de la consulta- otra vez aparece la instrumentación simbólica y la prebenda clientelar para el fin real, que es absolutamente contrario a los intereses de los pueblos y territorialidades indígenas u originarias.

Así, las clases dominantes que han oprimido y explotado en -por lo menos- el último medio siglo, en Bolivia, hoy mismo siguen sometiendo y más aún ellas -mediante una vinculación más o menos subterránea y/o promiscua con el llamado ‘proceso de cambio’ y especialmente con su núcleo blanco mestizo de poder- han asimilado a ciertos sectores emergentes, como los cocaleros (del Chapare), que van ganando con la coca destinada al narcotráfico (hay informes de las Naciones Unidas que sostienen que el 94% de la producción de la hoja va destinada al narcotráfico [ver por ejemplo El Día del 23 abril 2016 ]), y se han vuelto comerciantes, contrabandistas e incluso ‘loteadores’ de tierras suburbanas.

También cuentan las elites burguesas relativamente encubiertas en y por el cooperativismo minero y obviamente las señoras –como Gabriela Zapata o Lorgia Fuentes- amigas de las empresas chinas (por ejemplo CAMC, Sinohydro y Sinosteel), una nueva clientela en cuya existencia también se reproduce la decadencia de la revolución nacional. Esta es otra analogía muy reveladora, además de singular, respecto a la historia anterior, en la que la revolución nacional, con el MNR en el poder, ampliara los mecanismos clientelares del Estado y más aún los masificara y los corrompiera.

Actualmente estamos viviendo un nuevo momento de exacerbación de estas relaciones clientelares y creemos que -producto de ella- hay una burguesía chola emergente, una burguesía azul, tomando los términos de Amalia Pando, pero que no ha desplazado, insistimos en esto, no ha desalojado a la oligarquía criolla ya establecida, sino más bien se ha acoplado, se ha sumado en una condición además secundaria y/o subsidiaria. Al fin y al cabo, es sólo un par más de cubiertos que se añaden a la mesa del banquete de los privilegios y privilegiados.

 

El mensaje profético de Sergio Almaraz  

Un tema que suele señalarse como un vacío, en la obra de Almaraz, es el de la problemática colonial, del colonialismo interno, más específicamente de la opresión moderna colonial sobre los pueblos indígenas u originarios. Ciertamente, es un tema que él no aborda, no con una especificidad definida, pero tampoco lo ignora, menos en una realidad tan desigual y heterogénea como es la boliviana.

Aunque en el otro polo de la contradicción uno puede ver la psicología de la vieja rosca y ahí están descritas las estructuras mentales e ideológicas del colonialismo interno (cfr. Almaraz, 1969a), de aquellos –dice- que desprecian al país del que viven y en el que se han hecho ricos; dicho de manera más precisa, los oligarcas “Se sentían dueños del país, pero al mismo tiempo lo despreciaban”, relegando, desterrando y proscribiendo –lo dice específicamente- al indio, pese a que secularmente han vivido y (hoy como ayer) viven de su trabajo.

Esta problemática Almaraz no la conocía por haberla estudiado sino por haberla vivido (durante sus primeros años en el valle alto de Cochabamba), porque él era de una familia terrateniente, de Cochabamba, de la provincia Esteban Arce, aunque su madre ya había perdido las tierras, era pues de una familia de terratenientes en crisis, originalmente por los trances de la guerra del Chaco.

Almaraz conoció la realidad de la hacienda y no le era indiferente la constatación de esta realidad, en la que los que se arreglaban para trabajar, en absolutamente todo, no solamente en poner sus manos, sino también en organizar el proceso de producción, suministrar la semilla, trasladar la producción, ir a vender (en el pueblo) la producción a cuenta del patrón, poner sirvientes (pongos) en la casa de los patrones, eran pues los indios. Y los patrones lo único que hacían era recibir las rentas, como bien dicen Zavaleta (1986) y Platt (1982), eran estrictamente recaudadores de las múltiples formas coercitivas del tributo indígena.

Estas atingentes situaciones son las que Almaraz las vivió en su infancia y las rebulló con dolor, porque en esas mismas familias de terratenientes, había pues ‘ovejas negras’, y había quienes percibían que eso estaba mal, por injusto e indigno, y que no podía continuar así. Él lo denunció acremente, dentro de esta república moderno colonial u oligárquica, y lo describe pormenorizadamente en El poder y la caída (cfr. Almaraz, 1967), es decir de manera firme y contundente.

Almaraz ya no ha vivido algo que de repente le hubiera parecido insólito, inesperado, que es que esos pueblos sometidos u oprimidos se sobrepongan al aplastamiento, al desprecio racista, a la densa explotación económica y opresión política, así como a la violencia etno/genocida de las masacres y represiones sangrientas, y a pesar de todo ello: del dolor y la herida coloniales (Mignolo, 2007), sean capaces de abrir procesos y senderos de lucha, de emancipación y liberación.

Si bien sabemos que el llamado ‘proceso de cambio’ se ha congelado, en realidad ha colapsado –por un natural proceso de entropía- y ha sido traicionado por el régimen MASista, y hoy está siendo instrumentado por el enemigo imperialista. También estamos al tanto de que han sido los pueblos indígenas los que lo abrieron con sus luchas, principal y originalmente por el agua, el territorio y la vida. Cuánto nos hubiera gustado hablar con Sergio Almaraz acerca de estas emergencias e insurgencias, escuchar qué hubiera dicho él viendo estas bullentes resistencias, rebeldías e insubordinaciones…

Al menos en tierras altas es en verdad sorprendente que Arturo Urquidi (1966), en los años 60, decía que las últimas comunidades andinas estaban agonizando, que vivían sus últimos hálitos de vida. No obstante, Urquidi murió en los ‘80, ha tenido que -por lo menos- enterarse de la Ley Agraria Fundamental (cfr. CSUTCB, 1984), en la que el grueso del campesinado andino, ya emancipado de la tutela blanco-mestiza, dice “no a la propiedad privada, queremos tierras comunales, queremos economía comunitaria, queremos valores colectivos en una nueva sociedad, en un nuevo Estado” plurinacional.

 

Conclusiones para seguir reflexionando 

Aquí reivindicamos de Sergio Almaraz (1969) dos afirmaciones radicales: la primera, que “la revolución es el camino necesario”, no es literal, pero es ciertamente la idea primordial, “revolución –dice- es dignidad”, “es soberanía”, “es liberación”, y por lo tanto es el camino luminoso de los pueblos. La segunda, muy a propósito de eso, dice (retomando una frase lúcida de Albert Camus) que: “Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta”.

Se trata, entonces, de entender que lo que están haciendo los burócratas del gobierno actual, del régimen MASista, no es revolución, sino más bien es continuar ese sino trágico de nuestra historia, que es el de tras-poner la rebelión en manos de sus enemigos. Es por tanto la paradoja señorial, que hoy deviene como la derrota de la revolución minándola y socavándola desde a-dentro. No obstante, eso no quita ni la necesidad, ni la obligación ética, política e intelectual que tenemos por y para ese futuro cualitativamente distinto y mejor, que es la revolución, al menos los que queremos vivir de manera distinta a la actualidad, es decir con justicia, democracia y libertad.

Aun cuando se nos pueda decir “pero, a ver, cuál es la alternativa al capitalismo”, tenemos la esperanza (en el sentido de El principio esperanza de Ernst Bloch) que la vamos a ir fundando en la misma medida en que la vayamos construyendo con nuestras propias manos. En la construcción de este horizonte de emancipación/liberación retomamos al maestro Aníbal Quijano (2015), quien nos dice que estos nuevos tiempos son de una necesaria desconcentración epistémica y más específicamente de un “modo de subversión epistémica del poder”.

Se trata por tanto de ser fieles al legado de Almaraz y de no reiterar la concentración epistémica, es decir una fórmula de solución que pueda inclusive, como lo hacían los soviéticos, reducirse a una mera receta, en el sentido que el socialismo es A, B, C, no, sino más bien comprender que estamos en una realidad diversa, compleja y dinámica. Y que es desde estos distintos y complejos frentes teóricos, políticos y epistémicos, que se hostigará y se derrotará al colonialismo, al capitalismo y al patriarcado (cfr. Santos, 2017).

Y es también desde y a partir de estos mismos frentes que hoy devienen las luchas anti-post-decoloniales, en el caso nuestro contra el colonialismo interno, que sigue acaeciendo aun con el presidente Evo, gobernante indígena. Hoy el colonialismo interno está más robusto, pero –a la par- también está la lucha de las mujeres contra la dominación y la violencia patriarcales y por supuesto está el combate de los pueblos indígenas u originarios contra el extractivismo moderno colonial y las revueltas ciudadanas para que nuestra Pachamama siga habiendo y viviendo para nosotros y para nuestros hijos y nietos.

¡Jallalla!

 

Bibliografía

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ZAVALETA, Rene. (1986). Lo nacional-popular en Bolivia. México: Siglo XXI.

[1] En la década del 40, del siglo pasado, en Bolivia, el marxismo fue representado por el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), que nació el 26 de julio de 1940 en un congreso realizado en Oruro, y cuyos principales líderes eran José Antonio Arze y Ricardo Anaya. El PIR llegó a ser el partido más prestigioso de la década del 40, y fue el primero que (en Bolivia) aceptó el marxismo como fundamento de su ideología.  Propugnó la revolución democrática burguesa como una instancia previa a la instauración del socialismo, la reforma agraria y, sin mucha claridad, el control del Estado sobre los ingresos mineros.

[2] Según Alejandro Almaraz (2009: 708), la rebelión de la Juventud del PIR contra sus mandos partidarios derivó en la ruptura y en la fundación del Partido Comunista de Bolivia en enero de 1950. Sergio Almaraz fue uno de los principales líderes y dirigentes del naciente partido.

[3] José Antonio Arze y Arze es considerado uno de los principales sociólogos y teóricos del marxismo en Bolivia. Fundó el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) y fue uno de los líderes del movimiento promotor de la autonomía universitaria en Bolivia.

[4] Sergio Almaraz sentía admiración por José Antonio Arze, el fundador y principal dirigente del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), y por ello mismo le siguió precisamente en el PIR.

[5] Actualmente –en Bolivia- está pasando casi lo mismo que con el agotamiento de la revolución nacional, mutatis mutandis («cambiando lo que haya que cambiar»), es decir salvando las correspondientes distancias y diferencias histórico-temporales entre la revolución nacional y el llamado “proceso de cambio”.

[6] Lenin elaboró este texto marxista, enormemente influyente, para explicar en detalle los defectos inevitables y el poder destructivo del capitalismo, que conduciría ineludiblemente al imperialismo, a los monopolios y al colonialismo. Profetizó que los países del Tercer Mundo usados meramente como mano de obra capitalista no tendrían más opción que unirse a la revolución comunista en Rusia.

[7] Este plan fue realizado por una misión económica de Estados Unidos a Bolivia. Llamado así por el nombre del jefe de la misión, Merwin L. Bohan. Fue un trabajo de ayuda del gobierno norteamericano a la recuperación y al desarrollo económico y social boliviano.

[8] Rosca, bolivianismo, alude a la colusión de intereses minero feudales y la constitución de las élites locales dominantes.

La actualidad de Sergio Almaraz Paz  

La actualidad

de Sergio Almaraz Paz

 

Raúl Prada Alcoreza

 

La actualidad de Sergio Almaraz Paz

 

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Resumen

El escrito que se presenta trata sobre el pensamiento activista y la actividad militante en defensa de los recursos naturales de Sergio Almaraz Paz. Busca interpretar la conformación de la narrativa del nacionalismo revolucionario y de la izquierda nacional en Bolivia, a partir del acto heroico del proletariado minero y de la construcción del pensamiento propio en la formación territorial social y cultural boliviana.

Palabras claves:

Pensamiento crítico, recursos naturales, soberanía, hombre rebelde.

Breve biografía

Escritor crítico, activista ácrata, militante ecologista en defensa de la vida, artesano de la poiesis.

Una arqueología del pensamiento propio

José Luis Saavedra escribe el ensayo El legado ético y político del pensador revolucionario Sergio Almaraz. El ensayo se basa en el testimonio del hijo de Sergio; entonces, comienza con la entrevista a Alejando Almaraz. En el resumen, el autor de la remembranza y el análisis de la trayectoria y proyección del intelectual crítico expresa lo siguiente:

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual decurso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

En el cometario a este ensayo sobre el legado ético y político de Sergio Almaraz vamos a retomar las preguntas que se hace José Luis Saavedra, sobre todo una, particularmente la relación afectiva y pasional, además de intelectual, de Sergio Almaraz Paz con los recursos naturales. Lo que viene es una reflexión analítica de uno de los decursos de la obra de Sergio Almaraz, tomando como referente el ensayo comentado.

 

Actualidad

¿Se puede decir que ser actual es ser en el tiempo? ¿Es como actuar en el tiempo en el momento presente, en todos los presentes? ¿Es estar presente en el tiempo? Aunque ya no creemos, por así decirlo, en el tiempo absoluto, tampoco en el espacio absoluto, pues consideramos, mas bien, el tejido del espacio-tiempo como condición de posibilidad de las dinámicas del universo y el multiverso, usamos el término y el concepto de tiempo como figura ilustrativa.

Cuando la presencia intelectual de un autor permanece en el tiempo, se prolonga, se hace presente, lo que ha dicho y escrito tiene validez para abordar los problemas del presente. Esta es la actualidad de Sergio Almaraz Paz. El pensamiento de Sergio Almaraz es actual ante la persistencia dilatada del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Andrés Soliz Rada decía que Almaraz era como el detective no pagado de la defensa de la nación. Sergio Almaraz Paz es conocido como el defensor de los recursos naturales; consideraba que los recursos naturales son el substrato material de la nación. Substrato material asociado al substrato social y colectivo del pueblo. La consigna fue recuperar los recursos naturales para el país, recursos que se encontraban en manos de las empresas transnacionales extractivistas. El destino de la nación está vinculado a la posibilidad de esta recuperación. Los recursos naturales son como la materialidad vital de la formación económico-social e histórica, formación social expuesta al dramatismo de la historia de la vorágine capitalista. La dependencia es pues la tragedia del país.

Para Sergio Almaraz los recursos naturales están asociados a la independencia del Estado-nación y a la posibilidad de edificar un Estado-nación autónomo e independiente. La nacionalización de los recursos naturales y de las empresas trasnacionales extractivistas tiene inmediatamente efectos estatales, tienen que ver con la formación de la consciencia nacional, como decía René Zavaleta Mercado, además de la constitución de un Estado-nación propio. Por esta razón Sergio Almaraz Paz postulaba también la nacionalización del mismo Estado y del mismo gobierno, pues el Estado se encontraba en manos de la oligarquía entreguista, bajo el mando de un gobierno subordinado al imperialismo.

Interpretando, desde la actualidad, el momento presente de este escrito, Petróleo en Bolivia y El poder y la caída, dos libros de Sergio Almaraz Paz anteriores a Réquiem para una república[1], podemos decir que en Almaraz encontramos una concepción articulada del mundo entre los recursos geológicos y la formación económico-social. En esta concepción integradora de lo geológico y lo social el intelectual crítico y comprometido, militante de la liberación nacional, concibe la construcción del Estado-nación como soberanía nacional y autonomía social, frente al saqueo de Bolivia.

¿Cómo se subjetivan los recursos naturales convirtiéndose en el contenido de la narrativa nacional-popular? ¿De qué manera se vuelven concepto cardinal de la interpretación de la formación-económico social del capitalismo dependiente? A propósito, se puede sugerir la hipótesis dialéctica de que la consciencia nacional recupera la materia exteriorizada, extrañada y externalizada, que son, los recursos naturales. Al hacerlo, esta materia recuperada por la consciencia, en forma de concepto, comienza su devenir en voluntad del sujeto social.

Esta hipótesis dialéctica es ya parte de la narrativa teórica del discurso nacional-revolucionario. Pero ¿qué hay de la correspondencia entre hipótesis y realidad? ¿Qué hay entre la correspondencia entre discurso teórico y realidad efectiva de la formación económico-social? En la historia efectiva se puede decir que se trata de la crisis política en la periferia de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, donde se distribuyen las formas singulares del capitalismo dependiente. Crisis política, montada sobre la crisis económica generada por la dependencia, crisis que hace emerger la crisis social. Son pues las multitudes las que toman consciencia y se rebelan contra la dominación imperialista y el saqueo de Bolivia. Observando la cronología del acontecimiento político, se puede decir que la intelectualidad crítica denuncia y devela los engranajes del saqueo, crítica antecedida por la rebelión social. Es el proletariado minero él que da los primeros pasos en esta rebelión contra el saqueo de Bolivia; saqueo que viene asociado a la explotación del proletariado. Las masacres son las respuestas del gobierno de la oligarquía minera, los “Barones del estaño”; después las masacres van a continuar con las dictaduras militares. La intelectualidad crítica y el proletariado organizado sintonizan y se lanzan a la lucha por la liberación nacional.

Esta breve descripción, sucinta, del acontecimiento político, en cuestión, la relativa a la genealogía del poder en Bolivia, un tanto esquemática para ilustrar, ayuda a contrastar la hipótesis teórica del nacionalismo revolucionario. ¿A dónde vamos con esta contrastación? No se trata de verificar o, en su caso, falsar la hipótesis, como en una investigación empírica, se trata de comprender el devenir sujeto de los recursos naturales en la narrativa del discurso del nacionalismo revolucionario. Sabemos que este devenir sujeto acontece en la experiencia cognitiva, por así decirlo, del intelectual crítico. Es, entonces, en el transcurso de la construcción de la interpretación crítica donde acontece el devenir sujeto de los recursos naturales; acontece metafóricamente. Ocurre como si los recursos naturales experimentasen inmediatamente, como sujeto natural, sufrieran, la extracción y la explotación de su materialidad geológica. Es más, ocurre como si explotasen como dinamitas en la consciencia crítica del nacionalismo revolucionario.

En pocas palabras, se produce una metaforización de los recursos naturales, acompañada por una metamorfosis simbólica, aunque ésta sea imaginaria, es decir, ideológica, dándose lugar en la narrativa nacional-popular. En contraste, se puede decir, que lo que sí acontece en el plano de intensidad económico es la acumulación originaria de capital, por despojamiento y desposesión, y la acumulación ampliada de capital, por explotación técnica y económica de los recursos naturales, reducidos a materias primas, produciéndose su transformación en las cadenas productivas, acompañadas por la valorización del valor en la metafísica económica. La narrativa del nacionalismo revolucionario es pues una disposición abierta a la lucha por la recuperación de los recursos naturales para la nación, además de dispositivo de las prácticas discursivas y de acción en el combate contra la dominación imperialista y el saqueo de Bolivia. Ahora bien, siendo Sergio Almaraz Paz marxista, conecta y articula la formación de la consciencia nacional con la formación de la consciencia de clase; en otras palabras, el paso de la consciencia en sí de clase a la consciencia para sí de clase está vinculado al paso de la consciencia en sí nacional a la consciencia para sí nacional. La lucha de liberación nacional está asociada a la lucha de clases.

En la actualidad, en el momento presente, en la coyuntura de transición, después de la implosión del gobierno clientelar del neopopulismo del siglo XXI, la problemática tratada por Sergio Almaraz sigue vigente. El modelo colonial extractivista se encuentra en una expansión inusitada, primero por la implantación del ajuste estructural del periodo neoliberal; después, continuando el modelo extractivista, de manera paradójica, por el llamado “gobierno progresista”, que implementa lo que Eduardo Gudynas llama el neo-extractivismo progresista; seguidamente, por el gobierno de la “transición” interminable, que extiende de manera descarnada, manifestando un barroco neoliberal, una combinación saturada de neopopulismo y neoliberalismo. No solamente se hallan comprometidos los recursos naturales minerales, sino también los recursos naturales hidrocarburíferos, además, y esto es nuevo, otros recursos naturales, ahora explotados, por el desarrollo de la agroindustria y la técnica de la manipulación genética, es decir, los transgénicos. Como nunca los bosques de la Amazonia, del Chaco y también de los valles, están amenazados a desaparecer.  En la etapa tardía del ciclo del capitalismo vigente, que contiene al ciclo del capitalismo dependiente, en las periferias de la geografía política del sistema-mundo capitalista, el modelo extractivista ha adquirido una demoledora expansión e intensidad, empleando tecnología de punta y recurriendo a la técnica de la biología molecular, utilizada en la manipulación genética, con el objeto de la acumulación ampliada del capital, en plena fase de la dominancia del capitalismo financiero, especulativo y extractivista.

 

El hombre rebelde

No es desconocido que Sergio Almaraz Paz era camusiano. Lo expulsaron del Partido Comunista de Bolivia, además, después de acusarlo de nacionalista, por leer más Albert Camus y menos a Fedor Vasilévich Konstantinov[2]. Esta influencia se nota en Réquiem para una república, libro dedicado a la critica del periodo de la revolución nacional (1952-1964). En el capítulo El tiempo de las cosas pequeñas cita a Camus:

Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta… Para sacar de la decadencia de las revoluciones lecciones necesarias, es preciso sufrir con ellas, no alegrarse de esta decadencia.

 

En El hombre rebelde, Allbert Camus escribe:

En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel que el «cogito» en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.

En el capítulo citado de Réquiem para una república, Sergio Almaraz Paz escribe:

 

El gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario antes de su caída vivía el tiempo de las cosas pequeñas. Una chatura espiritual lo envolvía todo. Un semanario partidario, un año más tarde, se expresaría en una frase: “Laicacota, sepelio de tercera clase para una revolución arrodillada”. Un gobierno vencido de antemano por la desilusión y la fatiga no podía resistir. Estaba solo. En las cuarenta y ocho horas que precedieron a su caída tuvo que pagar agravios y errores. El pueblo quedó expectante, atrapado por una sombría duda. Abandonado por sus dirigentes, él también estaba solo. Nunca la historia de Bolivia tocó tan desmesuradamente los extremos de la lógica y el absurdo. En Laicacota se disparó sobre el cadáver de una revolución.

Ésta es la síntesis de la evaluación de la revolución nacional (1952-1964). En este párrafo se expresa la lucidez de Almaraz, el intelectual crítico, el hombre rebelde. En este caso, la rebelión es también contra lo absurdo. Como en Camus lo absurdo es la contradicción misma; pero esta contradicción, inherente a la decadencia de la revolución, tiene su explicación en el tiempo de las cosas pequeñas:

El impulso constructor de la revolución estaba muerto. La revolución fue achicándose hasta encontrar las medidas señaladas por los americanos, cuyas proporciones las descubrieron a su vez en la propia miseria del país. Se consideraba posible hacer la revolución sirviéndose de su dinero. “Alianza para el Progreso” armonizando con esta filosofía mostraba sus abalorios: una letrina, una posta sanitaria o motocicletas para la policía. Era el tiempo de la menor resistencia. El tiempo de las cosas chicas, “sensatas y realizables”, como se repetía a menudo.

La historia sería simple si los avances y retrocesos respondieran exclusivamente al juego alternativo de gobiernos revolucionarios y contrarrevolucionarios. La revolución desde el gobierno también puede capitular con retrocesos lentos, a veces imperceptibles. Una pulgada basta para separar un campo del otro. Se puede ceder en esto o aquello, pero un punto lo cambia todo; a partir de él la revolución estará perdida. Por esto suena falsa la proclamación de la irreversibilidad de la historia cuando se confunde la totalidad del proceso con una de sus áreas particulares. Bolivia no volverá, efectivamente, a 1952; en este sentido la totalidad de la historia es irreversible, pero no se debe abrigar la menor duda acerca de que la desnacionalización de las minas está en marcha; en este otro sentido, el retroceso ha sido fácil y posible. La revolución boliviana se empequeñeció, y con ella sus hombres, sus proyectos, sus esperanzas. La política se realiza a base de concesiones, y entre éstas y la derrota no hay más que diferencias sutiles. ¿Cuándo se tomó el desvío que condujo a la capitulación? Previamente debiera interrogarse: ¿los conductores estaban conscientes de que capitulaban, se dieron cuenta de que llegaron a aquel punto desde el que no hay retorno posible?

 

Esta reflexión puede aplicarse en el momento presente, teniendo en cuenta, claro está, el cambio de contexto, con referencia al llamado “proceso de cambio”, salvando las diferencias, pues en este caso no hubo una revolución, sino que ésta se suplantó por una comedia, como decía Karl Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte. A diferencia de la revolución nacional, el “proceso de cambio” arrancó, casi desde un principio, con el tiempo de las cosas pequeñas, con el retroceso sinuoso, cruzó cuatro veces el límite, pasado el cual, el “gobierno de los movimientos sociales” se enfrentaba al pueblo. Primero ocurrió con la crisis del “gasolinazo”, cuando se constataba la marcha regresiva del proceso de desnacionalización de los hidrocarburos con la aprobación de los Contratos de Operaciones; después, más grave aún, con el conflicto del TIPNIS, desenmascarando el carácter anti-indígena del “gobierno progresista”. El tercer cruce del límite ocurrió en la crisis del Código Penal, cuando el gobierno clientelar quiso imponer una ley inquisidora que criminalizaba la protesta y la movilización; por último, el cuarto cruce del límite aconteció de manera lenta y dilatada, con el sistemático desmantelamiento de la Constitución y la destrucción minuciosa de la democracia.

El hombre rebelde, el intelectual crítico, Sergio Almaraz Paz, elabora su crítica y activa su militancia en defensa de los recursos naturales, por el país, por el proletariado, por el pueblo, desde la dramática experiencia del saqueo y desde el acto heroico del proletariado y del pueblo contra la dominación de las genealogías de las oligarquías y la irrupción perdurable del imperialismo.

En El hombre rebelde, Albert Camus dice que la insurrección humana, en sus formas elevadas y trágicas no es ni puede ser sino una larga protesta contra la muerte; en otras palabras, el rebelde defiende la vida, incluso aunque lo haga de una manera paradójica, inmolándose, entregándose en el acto heroico, que dona su cuerpo por amor a la vida, a los humanos, al pueblo, al proletariado, a los ciclos vitales, integrados y armonizados, del Oikos, del planeta Tierra. Pero, la rebelión misma es paradójica:

El rebelde no quería, en principio, sino conquistar su ser propio y mantenerlo frente a Dios. Pero pierde la memoria de sus orígenes y, en virtud de la ley de un imperialismo espiritual, helo en marcha hacia el infinito. Ha arrojado a Dios de su cielo, pero el espíritu de rebelión metafísica se une entonces francamente al movimiento revolucionario; la reivindicación irracional de la libertad va a tomar paradójicamente como arma la razón, único poder de conquista que le parece puramente humano. Una vez muerto Dios quedan los hombres, es decir, la historia que hay que comprender y edificar. El nihilismo que en el seno de la religión sumerge entonces a la fuerza creadora sólo agrega que se la pueda construir por todos los medios. A los crímenes de lo irracional, el hombre, en una tierra que sabe en adelante solitaria, va a reunir los crímenes de la razón en marcha hacia el imperio de los hombres. Al «me rebelo luego existimos», agrega, meditando prodigiosos designios y la muerte misma de la rebelión: «Y existimos solos»[3].

 

También la revolución es paradójica, sobre este acontecimiento político, altamente intenso, hay que anotar la diferencia entre rebelión y revolución, Albert Camus se expresa con claridad:

El espíritu revolucionario se encarga así de la defensa de esa parte del hombre que no quiere inclinarse. Sencillamente, trata de dar su reino en el tiempo. Al rechazar a Dios elige la historia, en virtud de una lógica aparentemente inevitable[4].

Y un poco después, Camus escribe:

El movimiento de rebelión, en su origen, se interrumpe de pronto. No es sino un testimonio sin coherencia. La revolución comienza, por el contrario, a contar de la idea. Precisamente, es la inserción de la idea en la experiencia histórica, en tanto que la rebelión es solamente el movimiento que lleva de la experiencia individual a la idea. Mientras que la historia, incluso la colectiva, de un movimiento de rebelión es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico. Por eso es por lo que la rebelión mata hombres en tanto que la revolución destruye a la vez hombres y principios. Pero, por las mismas razones, se puede decir que todavía no ha habido revolución en la historia. No puede haber en ella más que una, que sería la revolución definitiva. El movimiento que parece terminar el rizo inicia ya otro nuevo en el instante mismo en que el gobierno se constituye. Los anarquistas, con Varlet a la cabeza, han visto bien que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. «Implica contradicción – dice Proudhon – que el gobierno pueda ser alguna vez revolucionario, y ello por la sencilla razón de que es gobierno». Hecha la prueba, añadamos a eso que el gobierno no puede ser revolucionario sino contra otros gobiernos. Los gobiernos revolucionarios se obligan la mayoría de las veces a ser gobiernos de guerra. Cuanto más se extienda la revolución tanto más considerable es lo que se arriesga en la guerra que ella supone. La sociedad salida de 1789 quiere luchar por Europa. La nacida de 1917 lucha por el dominio universal. La revolución total termina así reclamando, ya veremos por qué, el imperio del mundo[5].

Haciendo melodía con la tonalidad camusiana, Sergio Almaraz Paz, en el capítulo Cementerios mineros, escribe:

 

El locus económico de la minería es la transferencia unilateral de la riqueza, lo que en otras palabras significa que Bolivia queda inerme en el polo de la miseria. Esta condición debe entenderse como el empobrecimiento físico del país que un día no tendrá nada más que sacar de su subsuelo, como ya sucedió con la plata y en parte con el estaño, y en función de una aniquilante dinámica de la miseria y de la violencia que no llega a la destrucción total, pero produce la invalidez. Hay una diabólica fatalidad: el estaño a tiempo de darse destruye a los que lo toman. Y no es que mueran precisamente sepultados en un socavón, la muerte está organizada burocráticamente para admitir este desenlace imprevisto y violento. La acción depredadora no proviene de la naturaleza si no, mas bien, de los hombres, así residía que la silicosis y la tuberculosis son aliados de un sistema. La pérdida de la riqueza con ser inevitable engendra una especie de fatalismo. ¡Los bolivianos son tan increíblemente modestos en sus demandas! Y tienen que serlo, la historia no transcurre en vano, hay demasiadas minas agotadas, demasiados socavones silenciosos, demasiados muertos para alimentar futilidades sobre el futuro. En el norte chileno hay cementerios inexplicables. De pronto surgen en plena pampa sin rastros de poblaciones próximas. Es como si se hubieran dado cita para hacerse notar solamente ellos. Se los defiende contra has arenas del desierto lo que da cierta idea de consideración por ellos. En otro tiempo había calicheras y poblaciones de trabajadores, pero tuvieron que partir y se llevaron todo, hasta los techos y las paredes de los campamentos. Quedaron los que llegaron a la última jornada. En el Altiplano los muertos son inmemoriales como que ya los había tres siglos antes del primer caído en las calicheras. Siglos de trabajo yacen congelados en Potosí, las minas del sud y del sudoeste. Allí no hay construcciones que la posteridad conserve reverente; los grandes testimonios están bajo la tierra mientras que lo precario, el hombre y sus poblaciones, quedan arriba en forma de laberínticos muros semiderruidos y cementerios abandonados[6].

 

Continua después con una aseveración contundente, que puede considerarse trágica, atendiendo al género literario:

 

Ninguna política social cambiará este cuadro mientras no concluya el exilio minero. Ninguna reforma es posible porque los reformadores están atrapados en el mismo exilio, ninguna forma de “humanismo” ofenderá tanto como la miseria misma. Ya es tarde para buscar exculpaciones. Los hechos de la historia trágicamente rígidos hicieron surgir dos condiciones irreductibles: la de los condenados reducidos al exilio y la de los que subsisten en la medida en que mantienen la condición de aquellos. Esta situación excluye el reconocimiento de cualquier “derecho” sin la destrucción previa del sistema. Muchos bolivianos honestos hasta ahora se dejaron ganar por la ilusión… Ellos también están descubriendo su verdad. Los hombres en las minas mueren por hambre y abandono como en tiempos de la peste o la guerra, ¿quién, que sea extraño a ellos, podría hablar en estas condiciones de ponerlos en posesión de su propia dignidad? Hay una dignidad que no la han perdido, es cierto; más que de gestos dignos para los que no hay cabida cuando el hambre destruye criaturas, se trata de un sentimiento trágico, de la lúcida aceptación de una existencia irremediablemente perdida, el reconocimiento de un destino que es el exilio. Pero no hay que llamarse a error. No puede ser masa anulada la que es matriz sufriente de la revolución: los que pueden rescatarse a sí mismos no están perdidos. Nada tiene que ver aquí la justicia, sobre todo aquella que, lejos de la carne que sufre, es concebida en términos abstractos y con la cual las buenas gentes quieren erigirse en jueces. Se cree de buena fe que los mineros forman un sector proletario cuyas luchas pueden oscilar dentro de márgenes dados de reivindicaciones posibles. Es un error, porque en las minas la vida ha retrocedido a la última frontera; para rescatarla hay que destruir un sistema y no será precisamente el reformismo el inductor del cambio, aunque fuese inspirado por hombres honestos, lo que no sucede. Si se trata de reconocer derechos correspondería a los mineros pronunciarse en primer lugar: son las víctimas. De hecho, algún día lo harán y ese día será la muerte de la República con su actual carga de miserias, o su renacimiento[7].

El hombre rebelde, entre ellos, el intelectual crítico, la rebelión y la revolución, forman parte del acontecimiento existencial, inmanentemente paradójico, acontecimiento compuesto de multiplicidad de singularidades y procesos entrelazados singulares, en constante dinamismo, articulación, integración, desarticulación y desintegración, así como rearticulación y reintegración. Haciendo paráfrasis a Michel Foucault de Las palabras y las cosas tendríamos que decir que, si bien después de la muerde de Dios continua la muerte del hombre, entonces, después de la muerte del hombre continua la muerte de la historia. No el fin de la historia, como entendía un filosofo inventado por el establishment, sino la muerte de la historia, es decir, la muerte del desenvolvimiento y el despliegue del nihilismo como historia.  La muerte de la voluntad de nada, entonces, el renacimiento de la voluntad de potencia, de la potencia creativa de la vida.

Un devenir de la escritura

 

La escritura, la inscripción de la huella, la hendidura en la memoria, la narración del acontecimiento es la expresión gramática del devenir del ser y del ser en devenir. Escribir, en latín es scribere; el sentido implícito de escribir es grabar, raspar, esculpir. Esto debido a que antiguamente se esculpía, escribía, en piedra, en madera, luego en tablillas cubiertas de cera, en corteza, papiro, también en piel de animal. El escrito tenía que ver con anotaciones, cronogramas, clasificaciones, relatos primarios, pero también con composiciones escritas, es decir narrativas. Las composiciones narrativas son complejas, pues articulan, en distintos planos de intensidad, composiciones de imágenes, composiciones simbólicas, composiciones literarias, composiciones de interpretaciones; toda una variedad de composiciones de la narrativa, que la hermenéutica crítica, el arte de la deconstrucción puede develar.

En el caso que nos compete ahora, los escritos de Sergio Almaraz Paz, hablaremos de tres estilos de la escritura; de un estilo denunciativo y descriptivo de situación o condición económica y social, que se encuentra en Petróleo en Bolivia; de un estilo genealógico, relativo a la genealogía del poder de los “Barones del estaño”, que se expresa en El poder y la caída; de un estilo analítico e interpretación trágica existencial, que se halla en Réquiem para una república. Una interpretación aproximativa puede proponer que Petróleo en Bolivia corresponde a una escritura más apegada al marxismo postulado por Sergio Almaraz, en cambio, sin dejar el enfoque marxista, El poder y la caída despliega una genealogía del poder de los “Barones del estaño”. Pronunciando una tonalidad más literaria, con acento camusiano, Réquiem para una república cobra una narrativa crítica existencial. Sin embargo, ya desde el primer libro se nota, en el despliegue de la escritura, la inclinación literaria del autor; hay páginas que tienen como contexto la guerra del Chaco donde sobresale no solamente las anotaciones históricas sino el dramatismo bélico y el oprobio de las empresas trasnacionales en formas expresivas literarias intensas. Lo mismo, el segundo libro, las descripciones paisajistas y el dibujo de la personalidad de Simon I. Patiño sobresale en su dibujo literario. Ciertamente en el tercer libro el talento literario cobra vuelo, también muestra sus alas la inclinación filosófica del autor.

No sé si Sergio Almaraz Paz leyó la novela El talón de hierro de Jack London – es posible que lo haya hecho -, pues se puede hacer analogías entre la exposición de Ernesto Everhard, personaje de la novela, militante y candidato del Partido Socialista de Estados Unidos de Norte América, de la primera década del siglo XX, sobre la oligarquía capitalista norteamericana, el desarrollo de los trust, y la exposición de Sergio Almaraz sobre el dominio mundial de las trasnacionales del petróleo. Ernesto realiza exposiciones marxistas ante un auditorio atónito de sacerdotes y otro auditorio exaltado de filántropos de la oligarquía capitalista. Almaraz describe detalladamente el desarrollo y el dominio de los oligopolios trasnacionales, coaligados con la banca y los estados de las potencias industriales e imperialistas. ¿Por qué hacemos esta comparación? Precisamente por la inclinación literaria temprana del intelectual crítico en consideración.

En El poder y la caída destaca el manejo de la biografía del potentado y multimillonario del consorcio del estaño, acompañado por la génisis de la oligarquía minera y su relación con la estructura de poder, en tanto “Super-Estado” minero, que manejaba los engranajes no solamente del gobierno sino también de ese Estado-nación incipiente, anterior a la revolución nacional de 1952. Aunque se trata de una investigación y análisis crítico del poder de la oligarquía minera, sobresale la exquisita escritura sobre las historias de los personajes involucrados y de las empresas mineras que se desarrollan a costa la pobreza del proletariado y del país, que queda inerme ante esta explotación articulada al desarrollo del capitalismo industrial y de la transnacionalización de las economías nacionales y locales.

Como dijimos, el ojo psicológico y la sensibilidad intelectiva sobresalen en la obra literaria, donde el ensayo, la literatura y el análisis se combinan, conformando una composición lúcida de la interpretación de la formación económico-social-política-cultural de Bolivia y de las genealogías del poder inherentes, además de la dramática social. Los perfiles de la psicología de la vieja oligarquía y de la nueva oligarquía se muestran desnudamente, haciendo evidente la relación perversa que tienen con el país y su pueblo. El capítulo Una cena en la embajada parece de una novela de magnates bandoleros y de funcionarios instrumentales al sistema del saqueo de los recursos naturales; se trata de la pugna de las fundidoras del estaño, la competencia entre la Williams Harvey, que controlaba Patiño, pero con tres de sus seis hornos paralizados, entonces, y la fundidora, establecida en Estados Unidos de Norteamérica, en Texas City, de propiedad de Wa-Chang. La embajada norteamericana era un dispositivo de presión y disuasión sobre el gobierno de Víctor Paz Estenssoro; el embajador presionó para que se cumpla el contrato con Wa-Chang, conseguido a duras penas, en la disputa con la fundidora británica Williams Harvey, aunque no en las pretensiones que buscaban alcanzar los estadounidenses. Los asesores norteamericanos también boicotearon al Banco Minero, pretendían el control de esta institución y extorsionar a los mineros, exigiendo que les suban un cien por ciento los impuestos. Lograron sacar al gerente del Banco, pero no lograron lo que querían en cuanto al impuesto a los mineros. Solo fue cuestión de unos días, cuando después del golpe militar del general René Barrientos Ortuño, pupilo del general Fox, agente de la CIA, los norteamericanos consiguieron todo lo que buscaban.

Estamos pues ante despliegues y desplazamientos de estratos gramáticos de la escritura de Sergio Almaraz Paz. Las capas de narrativas que se articulan se vinculan, conformando composiciones en el desenvolvimiento del devenir de la expresión crítica y de la escritura comprometida de un intelectual activista, al servicio entregado al país, al pueblo y a la nación esquilmada por las estructuras de poder mundiales y nacionales, por los empresarios y funcionarios de las potencias industriales capitalistas y los funcionarios cipayos del Estado-nación subalterno.

[1] Estos libros se encuentran republicados en la Obra de Sergio Almaraz Paz; Plural Edtores; La Paz 2011.

[2] Esta es la interpretación que usaba el Grupo Octubre, almaracista por definición, por su adscripción a lo que se llamó la “izquierda nacional”. La interpretación se basaba en una carta del Comité Central del Partido Comunista a Sergio Almaraz paz. El tono y la redacción de esta carta llama la atención dado que Alber Camus perteneció al PCF hasta su distanciamiento debido al pacto germano-soviético, que consideraba una traición a los postulados de la revolución internacional y proletaria.

[3] Albert Camus: El hombre rebelde. Editorial Losada; Buenos Aires 1978. Pág. 99.

[4] Ibidem: Ob. Cit.; pág. 100.

[5] Ibidem: Ob. Cit.; pág. 101.

[6] Sergio Almaraz Paz: Réquiem para una república; Cementerios mineros. Ob. Cit.

[7] Ibidem: Ob. Cit.

Política y narración

Política y narración

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Política y narración

 

423-GR-santeria

 

 

En resumidas cuentas, se puede decir que la política se circunscribe a los ámbitos de la acción, en tanto que la narración se puede circunscribir a la interpretación; interpretación elaborada como mythos, es decir como trama, la construcción del sentido desde la configuración paradigmática y sintagmática. La política en tanto prácticas y acciones, puede también tomarse como pre-narrativa, cohesionada como estructura semántica de la acción, por mediación simbólica. Sin embargo, si bien parece esta condición pre-narrativa y esta condición narrativa mostrasen cierta analogía, ésta no es más que reminiscencia a parecidos en las formas de expresión del lenguaje. Para decirlo de una manera clara, las expresiones pre-narrativas se diferencian cualitativamente de los campos semánticos de la narrativa. Partiendo de esta diferencia radical no dejan, sin embargo, de darse analogías estructurales entre las estructuras semánticas de la acción y las estructuras semánticas de la narrativa.

En primer lugar, al hablar de estructuras semánticas señalamos la construcción del sentido desde la manifestación de las acciones mismas hasta el desenvolvimiento de la misma interpretación narrativa. Se trata de la lectura, por así decirlo, por parte de los agentes involucrados en las acciones, tanto como actores, así como espectadores, para decirlo de ese modo. En otras palabras, las acciones son leídas o percibidas como símbolos que se enlazan en algo así como una pre-narrativa.

Ahora bien, tomando en cuenta lo que acabamos de decir, vamos a pasar a analizar la relación entre política y narración. Volviendo, retomando a la política no solo como campo, en plural como campos, sino como ámbitos de espesores de acciones, las prácticas políticas o, si se quiere, las prácticas de la clase política son consideradas por la gente como acciones ya vistas, incluso repetidas. Estas prácticas políticas conllevan, de suyo, estructuras semánticas inherentes a la memoria social.  Es más, son tomadas como composiciones simbólicas reiteradas y repetidas. El tema es el siguiente: Cuando los políticos explican sus acciones mediante discursos, la gente encuentra disonancias entre lo que dicen y lo que hacen. Pero, las acciones como tales mantienen su independencia, por así decirlo, respecto de los despliegues de la narrativa. Partamos del siguiente criterio: Cada práctica, cada acción, supone su propia singularidad. Por lo tanto, el conjunto de prácticas, que se dan en un momento determinado y en un contexto dado, tiene que ser interpretado y, sobre todo, auscultado en su singularidad. Ahora bien, ¿qué es una singularidad? Obviamente es única, irrepetible, empero, una composición de singularidades puede parecerse a otra composición de singularidades fácticas. ¿A qué concreta composición de singularidades nos referimos o la tenemos como referente? Bueno, el referente ineludible son los hechos políticos, si podemos hablar así. En todo caso, valga la aclaración, los “hechos políticos” no son, obviamente, puramente hechos, pues están enmarañados con los discursos, que tienen pretensiones de verdad, es decir, están enmarañados con fragmentos ideológicos. Sin embargo, ahora acentuamos su configuración en la parte de su composición fáctica. Partamos de lo siguiente, los hechos no se dan solos, un hecho no aparece ni se realiza solo, sino que viene acompañado por otros hechos, es decir, forman una composición fáctica.

Una pregunta: ¿Una composición gubernamental puede considerarse una composición fáctica política? Es decir, una composición de hechos políticos. Bueno, en este caso, podemos decir que se trata de un conjunto de composiciones de hechos, que se articulan y conforman una situación política, expresada en el perfil del gobierno. Concretamente, respecto al perfil del “gobierno de transición”, qué nos muestra, qué expresa, qué configura. Para responder a estas preguntas debemos aclarar también que estamos lejos de interpretar un perfil de gobierno solo desde la clasificación de sus integrantes, sobre todo tratándose del gabinete. Un perfil de un gobierno se remite a la forma de gubernamentalidad inherente o que, por lo menos, sugiere. ¿A qué forma de gubernamentalidad se remite el “gobierno de transición”?

Volviendo a la estructura subyacente en el perfil gubernamental, no así, como dijimos, al perfil de las personas que componen el gabinete, nos encontramos tanto con la herencia política dejada por las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma, así como – lo diremos metafóricamente – con la nostalgia de los gobiernos de la coalición neoliberal. Entonces, ocurre como si se estuviera en el cruce de dos formas de gubernamentalidad inherentes, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal, sin lograr definir claramente la predominancia de una forma de gubernamentalidad. Al respecto, debemos discernir la diferencia entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. Por cierto, no hablamos de la diferencia de las formas ideológicas, sino de la diferencia de las formas de gobernar.

En otros ensayos habíamos dicho que la forma de gubernamentalidad clientelar hace hincapié en el factor emocional, en el chantaje emocional, también en la convocatoria simbólica, en la convocatoria del mito. En cambio, dijimos que la forma de gubernamentalidad neoliberal hace hincapié en la demagogia “técnica”, exaltando la pretensión de verdad “científica” de la “ciencia económica”. También se recurre, en este caso, a la tesis conocida y trillada de la mano invisible del mercado, así como a la tesis del libre mercado, del mismo modo, a la tesis de la competencia. No solo se opta políticamente por el ajuste estructural neoliberal, es decir a la opción por la privatización generalizada, sino que, incluso, privatizan al propio gobierno, convirtiéndolo en un conglomerado empresarial. Empero, esto acontece en plena dominancia del capitalismo financiero y especulativo; dominancia que, efectivamente, termina predominando en el quehacer gubernamental neoliberal; es, entonces, el capitalismo financiero y especulativo el que se ejecuta, sostenido una maquinaria depredadora extractivista.

Hasta aquí hay notorias diferencias entre la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal. En ensayos anteriores señalamos que, en el fondo, la forma de gubernamentalidad clientelar y la forma de gubernamentalidad neoliberal son complementarias. Dijimos que son complementarias en la administración del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. También hicimos notar que, si bien se puede hablar de forma de gubernamentalidad, destacando el estilo de gobierno, sus métodos, sus técnicas y procedimientos particulares, no hay que olvidar que las formas de gubernamentalidad pueden entrecruzarse y hasta volverse mixtas. Por ejemplo, si bien en la forma de gubernamentalidad clientelar se resalta el chantaje emocional y la convocatoria del mito, esto no quiere decir que se deja del todo los referentes neoliberales, incluso sus políticas. Lo mismo o algo parecido podemos decir de la forma de gubernamentalidad neoliberal; si bien en esta forma de gobierno se resalta la pretensión “técnica”, no quiere decir que no se desplieguen prácticas clientelares, aunque en una intensidad menor. Por lo tanto, cuando se configura la forma de gubernamentalidad como perfil diferencial la configuración funciona más como tipo ideal que de composición efectivamente realizada.

 

 

Sobre la narrativa política

Hablemos sobre la formación discursiva política, obviamente en las condiciones actuales y en el contexto boliviano. En esta formación discursiva política aparecen las tonalidades, modalidades, colores, tendencias y matices. Lo que sobresale en este conglomerado entrecruzado es el perfil de victimización del locus de los que emiten el discurso, sean de “izquierda” o se señalen como “derecha”, sean neopopulistas o sean neoliberales, incluso sean “ancestrales” o “conservadores”. El discurso parte de la siguiente premisa: “Yo soy la víctima, he sido agredido, humillado, discriminado, perseguido, asesinado”. En contraste, posición opuesta, se coloca al agresor, al humillador, al discriminador, al perseguidor, al asesino. Entonces, se puede decir que el substrato de esta formación discursiva política es la antigua narrativa religiosa de los “pobres de la tierra”, cuyo esquematismo narra la lucha del bien contra el mal.

Por ahora, no se trata de hacer una arqueología de la formación discursiva política, sino de comprender su funcionamiento y su desplazamiento, sobre todo, su despliegue en el campo político boliviano, en la actualidad y en la coyuntura presente. En primer lugar, se trata de legitimar al emisor del discurso, que casi siempre tiende a colocarse como denunciante. Supuesto: La víctima tiene la verdad, en consecuencia, el agresor es la pura mentira. Una aclaración, la víctima no solamente es el sujeto inherente al discurso de “izquierda”, sino también lo es inherente al discurso de “derecha”. Ambos discursos invierten el lugar y la condición de víctima, además del lugar del agresor. En este caso, en la singularidad de esta semántica, el enemigo no solamente es el infiel, el monstruo moral, el hereje, como en el discurso religioso, sino en el el discurso político es el agresor, el sujeto del oprobio, el asesino. Ahora, yendo a los discursos singulares, se ponen en evidencia estos esquematismos dualistas. Por ejemplo, el esquematismo dualista reiterativo implícito en el discurso de los actuales y “transitorios” oficialistas. Se colocan en el pasado inmediato como víctimas del autoritarismo del “gobierno progresista”, considerado como tirano.

Viendo desde una perspectiva integral, observamos que los enemigos comparten más de los que creen que los diferencia; incluso comparten arquetipos subyacentes de la narrativa política. Antes dijimos que los enemigos se necesitan mutuamente, pues no serían nada el uno sin el otro; se necesitan para legitimar su lugar en el enfrentamiento, en la guerra interminable entre enemigos irreconciliables. Pero sobre todo se necesitan para legitimar su lugar en la estructura de poder.

    

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Consideraciones sobre la coyuntura de transición

 

Wassily Kadinsky

 

 

Consideraciones conceptuales y descriptivas generales

El teatro político es un espectáculo para seducir al público, para hacerle creer que esa es la “realidad”, la de la narrativa política. Haciéndole olvidar la realidad efectiva, que es la sociedad la que coloca los andamios del espectáculo, cada vez es más decadente.

La casta política es el estrato de la sociedad que usurpa la voluntad general, conglomerado dinámico de las voluntades singulares, por medio del mecanismo institucional de la representación y delegación. Se convierte en “clase” dominante en el campo político.

La madurez del pueblo se expresa en el uso crítico de la razón, su facultad iluminadora y orientadora. Cuando inhibe esta facultad y busca un amo, un patriarca, un Caudillo, un representante, es inmaduro, un sujeto dependiente, un subordinado sin voluntad propia.

La democracia plena es el autogobierno del pueblo, la democracia restringida y formalizada, es la democracia representativa y delegativa. Los estados modernos, es decir, las repúblicas, aunque se denominen Estado Plurinacional, son democracia institucionalizada. La democracia institucionalizada tiene como referente la Constitución y tiene como arquitectura la malla institucional y las prácticas del ejercicio democrático. Como substrato para su funcionamiento se suponen las prácticas emergidas de la ética, el sentido de valores. Precisamente lo que falta en las prácticas de la casta política es este substrato ético, también las prácticas consecuentes con la estructura institucional, así como con la constitución. Por lo tanto, la casta política, con sus prácticas, demuele la democracia. Recuperar el ejercicio de la democracia es ejercer el control social sobre el quehacer de la casta política. En Bolivia mucho más, es ejercer la participación y el control social, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

El concepto de transición, que viene del latín transitĭo, corresponde a la acción y efecto de pasar de un estado a otro distinto. El concepto implica un cambio en un modo de ser o estar. Por lo general se entiende como un proceso con una cierta extensión en el tiempo. La transición supone una especie de etapa no permanente entre dos estados. Por ejemplo, se habla de transición política para hacer referencia a las etapas sucesivas que se viven en un país durante el cambio de un sistema por otro. Se ha hablado de la transición a la democracia haciendo referencia a cuando un régimen militar llega a su fin y comienza a desarrollarse el ejercicio de la democracia. En este tipo de transiciones, se ha dado lugar a que convivan, en los primeros momentos, elementos de ambos regímenes. Por ejemplo, pueden darse elecciones libres, por una parte y por otra conservarse los jueces designados por la dictadura.[1]

En Bolivia se habla recientemente de transición política al referirse al gobierno de transición, por medio de sustitución constitucional, después del derrocamiento del régimen clientelar de Evo Morales Ayma, por parte de la movilización social de resistencia democrática.  En todo caso habría que preguntarse: ¿Transición a dónde? ¿De la forma de gubernamentalidad clientelar a qué forma de gubernamentalidad? ¿Otra vez neoliberal? ¿Otra vez neopopulista? Empero, no hay que olvidar que esta transición se da en el marco de la Constitución vigente, Constitución del Estado Plurinacional Comunitaria, por lo tanto, en el marco de lo que debería ser dicho Estado; realización no cumplida por el régimen clientelar de Evo Morales Ayma, pues lo que ha hecho es restaurar el Estado-nación, cambiarle de nombre, asumiendo como máscaras los símbolos oficiales, en forma de barniz, del Estado Plurinacional. Entonces, mientras tengamos como marco y referencia jurídico-política a la Constitución, el gobierno que salga de las elecciones también está obligado a cumplir con la Constitución. Sabemos que puede ocurrir, como en el gobierno neopopulista, mantener una conducta de simulación mientras se desacata a la Constitución. Sin embargo, mientras la Constitución sea el referente, lo que se devela es la inconstitucionalidad de los gobiernos, si esto vuelve a acaecer.

Entonces, ¿de qué clase de transición estamos hablando? ¿Una transición incierta? Por lo tanto, más que transición parece ser todavía, mientras no haya un cambio de situación, de condición, del estar y del ser, un puente cuyo final no vemos pues está atravesado por una niebla densa. Una transición incierta o una repetición de lo mismo en el circuito interminable del círculo vicioso del poder. En La revolución truncada dijimos que se culminó el ciclo de la forma de gubernamentalidad clientelar, concretamente el ciclo de las gestiones de gobierno de Evo Morales, que este ciclo viene marcado por simetrías opuestas; una de ellas es que el gobierno de Evo Morlales, producto de la victoria electoral, asciende montado en la movilización prolongada (2000-2005), y que su caída también viene marcado por otra movilización, la revolución pacífica boliviana, acompañada por la reacción violenta y desesperada de las masas afines, que todavía creen en el proceso de cambio, truncado, en pleno contexto subjetivo de desconcierto.  El episodio trágico de Senkata, donde se encuentra la planta de de YPFB, aparece tanto cuando cae el gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Losada, así como cuando cae el gobierno de Evo Morales, pero inmediatamente después, no antes, como en el caso anterior; esta vez para defender al caudillo derrocado y, después, para pedir la renuncia de la presidenta de la sustitución constitucional, derivando esta movilización en el acuerdo de pacificación entre las organizaciones sociales y el gobierno de transición. Hay otras simetrías opuestas, en la coyuntura álgida del derrocamiento del caudillo; empero, también interesa mostrar así mismo analogías repetitivas en la coyuntura de transición, sobre todo después de la postulación a la presidencia de Janine Añez. Tanto Evo Morales como Janine Añez no cumplen con su palabra, a pesar de decir que no se postularan, lo hacen. Los partidarios de ambos los empujan a una continuidad insalubre, a pesar de las promesas, que no se cumplen. Lo que se repiten son ciertas prácticas de poder, aquellas que tienen que ver con el reproducir disposiciones de poder a la sombra del caudillo, en un caso, a la sombra del nuevo referente presidenciable.

En esta perspectiva podemos señalar otras continuidades en el gobierno de transición; por ejemplo, lo más importante, la continuidad en el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, modelo que también compartieron los gobiernos neoliberales, incluso los gobiernos anteriores, solo que con distintos discursos y estilos a los efectuados por el gobierno neopopulistas. Sumando a esta continuidad depredadora, podemos señalar la continuidad de las políticas ecocidas; el gobierno de Janine Añez no abroga el decreto ecocida del gobierno de Evo Morales, que avala la expansión demoledora de la frontera agrícola, incinerando bosques y arrasando ecosistemas. Así mismo, se ha notado, aunque en menor grado, nepotismos reiterados.

Volvemos a la pregunta de cómo funciona el poder, cómo funcionan las máquinas de poder.

¿Qué es el poder?

En ¿Qué es el poder y cómo funciona? escribimos:

Podemos partir de la siguiente premisa: el poder está íntimamente asociado a la ideología. Pues la ideología le permite auto-contemplarse; el poder es hedonista, está enamorado de sí mismo. La ideología es el espejo donde se ve; la ideología le dice que es la consagración de la historia. Empero, ahora, no nos ocupamos de esto, que fue tema de anteriores ensayos. Lo que nos interesa es el aprendizaje de lo que es el poder a través de la experiencia y las contrastaciones. Por ejemplo, el poder, que recurre a la ideología para legitimarse, se representa de una determinada manera, a través de las narrativas estatales; sin embargo, en la experiencia nos muestra su desencarnado desenvolvimiento y se pueden observar las diferencias entre el discurso y las prácticas, entre la auto-representación del poder y las huellas que deja, las mallas institucionales que construye y consolida, los efectos masivos y sociales que ocasiona. Vemos, en pocas palabras, el funcionamiento del poder.

 

El Estado de Derecho supone que la Justicia, es decir, la administración de justicia funciona según la ley, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, la experiencia destaca ampliamente los contrastes. La Constitución ni la ley son los referentes normativos de la práctica de justicia; esta práctica responde a los requerimientos de la dominación, que es la finalidad misma del funcionamiento del poder. Que se haya creído que la Justicia funciona como manda la ley y la Constitución o que, por lo menos, debería hacerlo, forma parte de la ideología. La ideología es como la retórica, busca convencer; la diferencia radica en que la retórica es el arte del convencimiento en el auditórium, donde hace gala de su elocuencia y su destreza; en cambio, la ideología pretende convencer por que se declara la narrativa de la verdad. No hay arte, sino una grosera pretensión de “ciencia”, sin contar con las condiciones de posibilidad para serlo.

 

Si hay administración de justicia en el Estado moderno es para cumplir con un requisito de legitimación de la república, que la res-publica garantiza el cumplimiento de los derechos constitucionales. Lo que le interesa al Estado, aunque no sea sujeto, hablemos metafóricamente, es la legitimación; por eso lo hace, por cumplir con la formalidad del caso. El problema es que el pueblo llega a creer que es así, que así debería funcionar la Justicia; por eso, demanda e interpela cuando no ocurre esto. Esta en su derecho, pues la Constitución expone esta composición ideal del Estado, por lo menos como ideal jurídico-político.

 

A pesar de la justeza de la demanda y de la interpelación popular, de su movilización contra las prácticas que vulneran los derechos constitucionalizados, el problema estriba en no comprender cómo funciona el poder. Para decirlo crudamente, a pesar de la exageración, pero lo diremos por motivos ilustrativos, el poder no funciona a través de los dispositivos jurídico-políticos, constituidos e instituidos por la Constitución, aunque la tengan como referente del discurso político; el poder funciona a través de los engranajes, desplazamientos, de fuerzas, que conforman máquinas de poder.

 

Para decirlo de una vez, esta incongruencia entre el funcionamiento del poder y el deber ser de la Constitución pasa en todas partes, en el mundo de la modernidad tardía. Es cierto, que acaece de distintas maneras, con distintos grados de diferencias y aproximaciones, de manera más sutil y solapada o, en contraste, de manera descarnada y desvergonzada. Sin embargo, cuando se quiere comprender el funcionamiento del poder es menester atender a sus prácticas, a sus maneras de ejercer las dominaciones, a las máquinas involucradas en su facticidad fatal. Ahora bien, si se quiere denunciar la incongruencia, ciertamente es importante no desentenderse del deber ser. Hay que dejar en claro lo que se quiere hacer. Como queremos entender los funcionamientos del poder, tendremos al deber ser como referente de lo que no se acata ni se cumple.

 

Ahora bien, el ejercicio de las dominaciones puede efectuarse de variadas maneras, desde el ejercerlo a través de procedimientos más próximos a la Constitución, administrando ilegalidades de manera sutil, hasta ejercerlo de manera descarnada y grotesca, evidenciando palmariamente la vulneración de los derechos consagrados en la Constitución, aunque se diga, por inercia o, mejor dicho, por cinismo, que lo que se está haciendo es precisamente cumplir con la Constitución. Lo que importa es entender que las tecnologías del poder de las máquinas del poder hacen funcionar a las máquinas por la preformación misma de estas tecnologías; no por los ideales expresados en la formación discursiva y enunciativa jurídico-política.

 

¿A dónde apuntamos, fuera de hacer puntualizaciones metodológicas y epistemológicas para abordar la comprensión y el entendimiento del funcionamiento del poder? Apuntamos también a que no es suficiente señalar las incongruencias del ejercicio político respecto a la Constitución y las leyes, para cambiar el estado de cosas, las situaciones problemáticas que aprisionan al pueblo, sino que es indispensable salir de la crítica jurídico-política, elaborada y pronunciada desde el deber ser, y apuntar al despliegue de las fuerzas sociales alterativas a deconstruir la ideología, a desmantelar y destruir las máquinas de poder, a diseminar la civilización de la muerte, que es la civilización moderna.

 

En la historia política inmediata de Bolivia asistimos a lo que podemos llamar el descalabro del ejercicio del poder, del ejercicio de la política, del ejercicio de la ideología. Para decirlo de una manera esquemática, aunque ilustrativa, el ejercicio de poder requiere de cierta congruencia entre los planos de intensidad donde se desplaza, entre los campos sociales donde se mueve – político, económico, cultural -, entre las estructuras componentes del Estado, entre las interacciones entre Estado y sociedad. Cuando esta congruencia se pierde, aunque sea la mínima requerida, teniendo en cuenta los puntos críticos de lo apropiado, tanto para jugar a disfuncionamientos tolerables, así como a exigir moldes demasiado apretados, entonces se ingresa a una suerte de desmembramiento del Estado, por lo menos, en su estructura y malla institucional. Cuando pasa esto en los contextos del funcionamiento del poder se afecta a los engranajes mismos de las máquinas de poder; se averían y pueden colapsar.

 

Ya no se trata de la crisis múltiple del Estado-nación, de la que hablamos teóricamente, sino de la crisis técnica del funcionamiento mismo de las máquinas de poder, de las tecnologías de poder. Ciertamente, depende desde qué perspectiva se observa esta crisis técnica del poder; si se trata de una perspectiva crítica del poder e interpeladora de las dominaciones, puede hasta llegarse a tomar como una corroboración, en la práctica, de la crisis múltiple del Estado; si se trata de una perspectiva de la ciencia política, entonces la crisis técnica del Estado se interpreta como crisis institucional, como colapso del Estado de Derecho, es más, como derrumbe de la democracia, por cierto formal. Sin embargo, sin desentenderse de ambas perspectivas, que incluso pueden debatir, lo que importa, en el caso que nos compete, es el aprendizaje del funcionamiento del poder en coyunturas de crisis, es más, en la situación de crisis técnica del Estado.

 

¿Por qué se llega a una situación de crisis técnica del Estado? Dejamos claro que estamos lejos de la búsqueda de culpabilidades, como si la crisis múltiple del Estado-nación se debiera solo o preponderantemente al manejo personal de la casta política en el gobierno.  No es el perfil personal de los gobernantes lo que explica el colapso estatal, aunque contribuya al deterioro de los funcionamientos de la maquinaria estatal. Estos perfiles personales son parte de la crisis, quizás, exagerando un poco, son la parte anecdótica de la crisis política; empero, no explican la crisis estructural del Estado. ¿Qué hace, en qué incide, la forma de gubernamentalidad clientelar, en el desenvolvimiento de la crisis del Estado? Para decirlo directamente, la forma de gubernamentalidad clientelar exacerba los usos patrimoniales del Estado, sobre todo exacerba el uso del Estado para cumplir fines ideológicos, todavía manteniéndonos en las características menos perversas del uso estatal. Ingresando a los usos no institucionales del Estado, la forma de gubernamentalidad clientelar hace uso del Estado como dador de prebendas. Entonces, ocurre como forzamiento extremo a la maquinaria estatal, ocasionando, para decirlo metafóricamente, calentamientos en el aparato maquínico

 

Cualquier máquina si es forzada a ir más allá de sus capacidades, será empujada a un recalentamiento, con lo que se pone en peligro la propia maquinaria, pues el calentamiento anuncia el colapso de la máquina. Aunque se diga lo que se dice de manera metafórica, las analogías son válidas y útiles en la comparación que empleamos entre máquina estrictamente técnica y máquina social, política y económica. Puede que la máquina social tenga más chance, tenga un margen de maniobra más amplio, por sus características sociales; sin embargo, tampoco escapa a los efectos del calentamiento maquínico.

 

La ideología populista, para hablar de una manera general, claro que inadecuada, pues se salta las diferenciales y variedades, cree, por eso se siente segura, que la convocatoria popular basta para lograr las condiciones adecuadas de la continuidad del poder. Esto es un error de apreciación, de entrada, pues el poder no funciona por la convocatoria; la convocatoria sirve en el proceso de legitimación, no en el ejercicio del poder. La maquinaria de poder requiere de energía, requiere de fuerzas, que dinamicen el funcionamiento maquínico del poder. No se trata, entonces, de convocatoria, en el caso del despliegue de las fuerzas, sino de disponibilidad de fuerzas. La disponibilidad de fuerzas se da no solo por captura de fuerzas, como acontece con toda máquina de poder, sobre todo con las máquinas de guerra, sino por la subsunción de la energía de las fuerzas a los fines de la máquina estatal. Esto ocurre cuando se captura energía y se la conduce al movimiento mismo de la maquinaria. Se puede hablar, provisionalmente, de una ingeniería de la disponibilidad de las fuerzas sociales y del manejo de la energía social. La convocatoria, en el caso populista, la convocatoria del mito no dispone de fuerzas ni captura la energía para dinamizar la maquinaria estatal, sino que se estanca en el círculo vicioso de la ideología, que solo puede legitimar, pero no hace funcionar la maquinaria estatal.

 

Los ideólogos populistas, neopopulistas, del llamado “socialismo del siglo XXI”, no entienden la diferencia de legitimación y funcionamiento de la máquina del poder; es más confunden legitimación con ejercicio del poder. Por un lado, creen que basta la retórica ideológica para mantener la convocatoria; por otro lado, creen que el uso forzado de los aparatos de Estado ayuda a la legitimación, cuando, mas bien, se ocasiona lo contrario. La manera de ejercer el poder por la forma de gubernamentalidad clientelar es ineficiente, pues no lo ejerce, sino empuja la maquinaria al calentamiento. Al abocarse a la compulsión ideológica, que deriva en una exacerbación de la propaganda y publicidad, se estanca en la interacción retórica con la sociedad, dejando pendientes el mantenimiento adecuado de la maquinaria estatal.

 

Por esta razón, apresuran la crisis del Estado-nación por la vía de la exacerbación ideológica. Apresuran la crisis técnica del Estado por el uso forzado que conduce al calentamiento maquínico. Las formas de la crisis del Estado-nación por las prácticas de la forma de gubernamentalidad neoliberal son otras; aunque no es tema del ensayo, y remitiéndonos a ensayos anteriores, podemos adelantar que se trata de una obsesión “técnica” por el modelo del equilibrio económico lo que los arrastra a la crisis del Estado. Esta vez es la ortodoxia de un economicismo simplón, reducido al equilibrio de la oferta y la demanda, del equilibrio entre ingresos y egresos, de equilibrio entre las balanzas comerciales, del ideal del déficit cero, lo que lleva al colapso del Estado[2].  

 

 

Transición incierta y el círculo vicioso del poder

La coyuntura de la transición electoral muestra una continuidad de la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral, de la coyuntura anterior. La continuidad consiste en la persistencia de la crisis política, signada, sobre todo, en la crisis estructural de los partidos políticos. Los operadores políticos están muy lejos de siquiera aproximarse a los desenvolvimientos de la potencia social, desplegada durante el conflicto de la revolución pacífica boliviana y la reacción social, que se sucedió en pleno desconcierto, de los sectores sociales afines al Movimiento al Socialismo (MAS).

El gobierno de Janine Añez ha dejado de ser “gobierno de transición” para convertirse en un gobierno de la continuidad inconstitucional. Cómo el anterior gobierno, pisotea la Constitución. El pueblo, el soberano, tiene la responsabilidad de defender la Constitución. La presidenta de “transición” se ha dejado manejar por una fraternidad de machos. La fraternidad masculina conservadora, beneficiada por el gobierno del Caudillo déspota. El círculo vicioso del poder continúa la reproducción de la casta política, domina al pueblo por la simulación. El delito constitucional múltiple es no cumplir con la Constitución del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, con el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Autonómica. Postularse en una coyuntura álgida de transición. Se repiten no solo continuidades perversas del poder, a pesar de las diferencias ideológicas; lo sorprendente, hasta las mismas frases y hasta los mismos horarios, ritmos de la demagogia. Podemos hablar de la eterna “traición” al pueblo por la casta política. El “gobierno de transición” ha destruido la legitimidad de la convocatoria a elecciones, ha vuelto a la perversa manía de la demagogia y la extorsión discursiva al pueblo. Queda anulada la legitimidad de la convocatoria. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la convocatoria. En consecuencia, todo el “gobierno de transición” debe renunciar por delito inconstitucional y por haber faltado la palabra al pueblo. Deja de ser de transición para convertirse en un dispositivo del círculo vicioso del poder. El pueblo tiene la responsabilidad de garantizar la realización electoral. ‪‪Así mismo, la constitución exige la nacionalización de los hidrocarburos, después de la desnacionalización efectuada por Evo Morales con los Contratos de Operaciones. Si no se hace esto el “gobierno de transición” también es inconstitucional. Teóricamente el pueblo tiene derecho a la subversión.

‪‪Abundan los ejemplos de las sintonías entre el “gobierno de transición” y el anterior gobierno clientelar; por ejemplo, la campaña contra la línea de aviación estatal, BOA, en beneficio de la línea de aviación privada, Amazonas. Se ha ido el gobierno clientelar y corrupto, pero ha vuelto una burguesía intermediaria, que medra a costa del Estado, con el mal gobierno llamado equivocadamente de “transición”, que es de continuidad inconstitucional. Otra continuidad entre el “gobierno de transición” y el gobierno clientelar anterior es el dominio de la burguesía agroindustrial, otro jinete del Apocalipsis, además del dominio de las trasnacionales extractivistas, conocidas como jinetes de la muerte planetaria.

Teniendo en cuenta este panorama reciente de la coyuntura de la transición electoral, podemos decir que el peso de las secuencias de hechos, de los decursos, contiene más de la repetición de las prácticas de poder que la incorporación de nuevas prácticas o, por lo menos, de otros estilos matizados. Desde esta perspectiva, la “transición” aparece más como continuidad soterrada de lo que acontecía bajo el régimen clientelar. Otro ejemplo de los parecidos o, si se quiere, entre el “gobierno de transición” y el “gobierno progresista” es la repetición de los escándalos. En el periódico Página Siete aparece la noticia del escándalo   de venta de cargos en el Ministerio de Minería, que enloda al ministro Carlos Huallpa, a pesar de que en la Dirección de Asesoría Jurídica negaron que la autoridad de esa cartera esté involucrada en los negociados de su exasesor. En el ministerio aseguraron que la autoridad es quien interpuso la querella en contra de su exasesor Juan de Dios F., quien en la actualidad tiene detención domiciliaria, después de ser aprehendido por los delitos de uso indebido de influencias. El director de Asesoría Jurídica de Minería, Wilson Beltrán dijo que: “Sobre las denuncias, entre comillas, de funcionarios del ministerio, no tenemos conocimiento de ninguna de manera oficial y a la unidad jurídica menos llegaron éstas de manera verbal o escrita. Sobre el tema de que el ministro (Huallpa) estaría involucrado, por el contrario, él es el denunciante, por lo que se descarta que sea así”. Destacó que el ministro, como jefe de cartera, dentro de la imputación figura como denunciante y en la práctica él es quien firmó el memorándum de destitución del exfuncionario Juan de Dios F.   y fue quien presentó la denuncia de los negociados. El exfuncionario trabajó desde diciembre en el Ministerio de Minería, pero en la página web de la Contraloría se verificó que el sospechoso presentó su declaración jurada el 20 de noviembre del año pasado[3].

Siguiendo con las analogías, el gobierno de Jeanine Añez Chávez también obedece a las trasnacionales extractivistas. La destitución de Zuleta fue impuesta a pedido de una empresa alemana que se beneficia de un contrato oneroso, del gobierno de Evo, que le regala el litio por cuarto de siglo. Se luchó y derrocó al Caudillo déspota por ser agente de las trasnacionales extractivistas y pirómano del Chaco y la Amazonia, ecocida y democracida. El gobierno de Jeanine Añez continúa por el mismo camino, el círculo vicioso del poder.

¿Qué es la política?

 

¿Qué es la política? Esta pregunta, ya no hecha desde la teoría, tampoco desde la filosofía política, sino desde la descripción empírica de los hechos, desde la descripción de lo que hacen los políticos. ¿Qué hace la casta política? Dejemos a un lado los escándalos, en los que cae, una y otra vez, la casta política, también dejemos, por un momento, sus incongruencias y sus inconsistencias. Partamos de la siguiente pregunta: ¿Por qué es tan incongruente la clase política? Lo incongruente es lo que no conjuga, lo que no es, por así decirlo, lógico. Hasta podemos decir, lo incompatible. Entonces, ¿por qué la casta política actúa de esa manera, de una manera incongruente?

En primer lugar, podemos sugerir, porque no lo interesa la congruencia; esta no entra en sus planes, no es su objetivo cumplirla, aunque, en todo caso, busque, algunas veces, guardar las apariencias. ¿Cuál es el objetivo de la clase política? También, antes, dijimos que se trata de la reproducción del poder, así como de la reproducción misma de la casta política; en pocas palabras, de satisfacer el oscuro objeto del deseo, el poder. Pero, fuera de estas finalidades inherentes de parte de la casta política, ¿por qué la incongruencia no obstaculiza su reproducción política y la reproducción del poder? ¿Acaso por qué el poder mismo no es congruente? Otra vez, ¿por qué el poder mismo no sería congruente?

Volviendo atrás, cuando comenzamos a lanzar las tesis genealógicas del poder. El poder es relación de fuerzas, si se quiere, se puede configurar campos de correlaciones de fuerzas, donde se supone la siguiente dinámica: fuerzas que afectan respecto a fuerzas afectadas, fuerzas activas respecto a fuerzas pasivas. Más allá de este enunciado nietzscheano y foucaultiano o, mas bien, retomando sus consecuencias, otro enunciado derivado: se trata del despliegue de fuerzas separadas de lo que pueden, fuerzas separadas de su potencia. Entonces, visto de esta manera, el poder es des-potenciamiento, por más paradójico que parezca decirlo. En otras palabras, la paradoja sería la siguiente: Cuando se consigue, supuestamente, el poder, es cuando, precisamente se pierde la potencia. La potencia social, creativa e inventiva, se pierde cuando el poder se realiza y manifiesta, en su espectacular esplendor. El poder vendría a ser el vaciamiento de la potencia social.  

 

 Notas

 

[1] Ver Definición de Transición: https://definicion.de/transicion/.

 

[2] Ver ¿Qué es el poder y cómo funciona?

https://pradaraul.wordpress.com/2018/09/19/que-es-el-poder-y-como-funciona/.

[3] Leer Escándalo de venta de cargos enloda al Ministerio de Minería. https://www.paginasiete.bo/economia/2020/1/29/escandalo-de-venta-de-cargos-enloda-al-ministerio-de-mineria-244884.html.

 

La revolución truncada

La revolución truncada

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La revolución truncada

 

Orlando Arias

 

 

 

Como dijimos en otros ensayos, asistimos a una revolución pacífica[1], que derivó en la renuncia del caudillo déspota y la huida de su entorno palaciego. Después vino la reacción de las muchedumbres y masas afines al MAS, en pleno desconcierto, sin oriente, ni occidente, sin norte, ni sur. Esta segunda etapa del conflicto político, institucional, constitucional y relativo al fraude electoral, derivó en el acuerdo por la pacificación y en la convocatoria a elecciones sin los susodichos candidatos cuestionados por el referéndum de 2016. Esta decisión fue tomada en el Congreso, de mayoría masista, por 2/3, y por el ejecutivo.  La revolución pacífica, que también fue un a revolución afectiva, de las sensaciones y los sentimientos, sobre todo de las composiciones intersubjetivas, nacidas del substrato intercultural y multicultural boliviano, iba, se orientaba, hacia otros desenlaces, más propios al contenido mismo de la revolución, empero, como ocurre en los desenlaces políticos, la resultante se limitó al los alcances de los límites institucionales mismos, también de los límites impuestos por el bagaje de prejuicios, así como de los límites delimitados por la ideología, la que legitima las dominaciones vigentes. En concreto, la salida a la crisis política y constitucional, además del fraude electoral, fue la sustitución constitucional, conformándose un gobierno de transición, encargado de convocar a elecciones y garantizar la realización de éstas. Entonces, se puede decir que la revolución se truncó, no desplegó todas sus posibilidades, toda su potencia social; al contrario, se estancó en la institucionalización de una salida constitucional, relativa a la sustitución presidencial, olvidando que había otras salidas, también constitucionales, contempladas en la misma Constitución, como, por ejemplo, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

Ocurrió, simétricamente, lo que pasó el 2005. La movilización prolongada (2000-2005) se orientaba a una salida autogestionaria y de autodeterminación popular, buscando transformaciones estructurales e institucionales, descolonizadoras y liberadoras, sin embargo, la correlación de fuerzas, combinada con la herencia institucional, derivó en elecciones que llevaron a la presidencia a un caudillo neopopulista. El proceso constituyente, particularmente la Asamblea Constituyente, se movió en sus propias contradicciones, entre ser poder constituyente o poder constituido, ser Asamblea originaria o ser Asamblea derivada. Estas contradicciones, irresueltas, se cristalizaron en obstáculos políticos, que obstruyeron la realización de la Constitución, una vez promulgada. El gobierno en ejercicio optó por el camino del pragmatismo y el realismo político, disminuyendo, en su accionar, los alcances de la Constitución. En consecuencia, se conformó una forma de gubernamentalidad clientelar, que prefirió la compulsiva propaganda y publicidad, pretendiendo sustituir con esta compulsión mediática la realidad efectiva. En este caso, la revolución de aquel entonces, la movilización prolongada, se truncó, congelándose en la simulación y espejismo político.

Lo que ha ocurrido suena a ironía histórica-política[2]; dos revoluciones, por cierto, distintas, en sus contenidos, en sus formas, en el contexto y en sus coyunturas, terminan truncadas por la usurpación de parte de la casta política de los despliegues de la potencia social, creativa, inventiva y alterativa. La ironía radica en lo que le ocurrió a Gonzales Sánchez de Lozada, presidente de la coalición neoliberal, hasta el 2003, le ocurre también a Evo Morales Ayma; son derrocados por movilizaciones sociales. Sabemos que la historia no se repite, sino que, a pesar de las analogías, las diferencias se hacen notorias. El gobierno derrocado el 2003 era neoliberal, el gobierno derrocado el 2019 era “progresista”; ambas formas de gubernamentalidad entraron con anterioridad en decadencia. Algunos escenarios parecen repetirse, sin embargo, el contexto y la composición de los eventos los hace diferentes; por ejemplo, lo que ocurre en Senkata, en la planta de YPFB de la ciudad de El Alto.  El 2003 se produce una masacre con el ingreso violento del ejército y la policía a la planta de YPFB, que se llevó 81 vidas; algo parecido parece suceder el 2019, que se cobró la vida de  por lo menos 9 muertos, empero, lo que pasa es después de la caída de Evo Morales y después de la sustitución constitucional del gobierno de transición. El bloqueo de Senkata no se daba por la nacionalización de los hidrocarburos, como en el caso de 2003, sino en principio, en defensa de la Caudillo derrocado, después pidiendo la renuncia de la presidenta Janine Añez. El desenlace sangriento no derivó en la caída de la flamante presidenta, sino en un acuerdo de paz. ¿Qué nos dicen estas diferencias?

Primero, no hay que olvidar, en el análisis comparativo, que el gobierno clientelar había implosionado o sufría de una implosión, más o menos lenta, desde que se constata sus regresiones, retrocesos y, lo peor, sus restauraciones. Cuando estalla la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral era ya un gobierno insalvable, haga lo que haga, incluyendo a su desesperado recurso del fraude electoral. En todo caso, el bloqueo de Senkata defendía algo que ya había muerto. Ya no se podía alterar el decurso del acontecimiento político. Y parece que tampoco se puede alterar lo que viene, la realización de las elecciones sin los candidatos cuestionados y en exilio.

Segundo, los 14 años de gestiones de gobierno, sobre todo lo que corresponde a la última década, desde el 2009, evidenciaron el carácter no solamente inconstitucional, al no plasmar la Constitución en transformaciones estructurales e institucionales, sino también el carácter re-colonizador, debido a sus enfrentamientos con las naciones y pueblos indígenas; así como debido a su opción por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente el gobierno neopopulistas se convirtió en un agente de las empresas trasnacionales extractivistas. Estas regresiones lo arrastraron a enfrentamientos con el pueblo. Bajo estas consideraciones, se puede decir que ya no era un gobierno defendible, menos un proyecto defendible, pues el proceso de cambio había muerto.

Tercero, la forma de gubernamentalidad clientelar se dejó atravesar y hasta controlar por las formas paralelas del lado oscuro del poder. Al convertirse en un operador del lado oscuro del poder sus políticas, por lo menos parte de ellas, eran tomadas en función de la reproducción del lado oscuro del poder.  Esta situación atrapó al gobierno en redes incontrolables, por lo menos desde el gobierno mismo, cuyas lógicas perversas lo arrastraron no solamente a reforzar la dependencia geopolítica del sistema-mundo capitalista, sino del lado oscuro de la encomia-mundo. En estas condiciones el “gobierno progresista” se encontraba no solo corroído por dentro, sino mermado demoledoramente en las propias fuerzas que lo habían fundado.

Cuarto, el goberno neopopulista al querer mantener su convocatoria por la vía clientelar, se inclinó por destruir el tejido social de las organizaciones sociales, buscando controlarlas desde arriba. Con el resultado dramático que, después de un tiempo, ya no contaba con organizaciones sociales sólidas, cohesionadas, consistentes en su tejido organizacional, sino con fantoches, que llamaba “movimientos sociales”, cuando éstos habían desaparecido. Por esta razón no pudo movilizar a “movimientos sociales”, que solo existían en la cabeza del caudillo y del ideólogo del desastre. Por esta razón optó por comprar a gente para que se movilice en defensa de un caudillo que huyó sin dar la cara, abandonando a su propia gente.

El gobierno de transición, en la coyuntura de convocatoria y realización de las elecciones, se mueve en una coyuntura frágil, no solamente por el corto tiempo, sino concretamente porque hay un plazo dado por la Constitución, que culmina antes del mismo calendario electoral; situación que complica la legitimidad misma del gobierno de transición más allá del plazo establecido. El gobierno de transición y el mismo Congreso han consultado oficial y formalmente al Tribunal Constitucional sobre la posibilidad de una ampliación de sus mandatos, después de la misma clausura constitucional. Entonces, la legalidad de la ampliación de dichos mandatos, del ejecutivo y del legislativo, dependen de la interpretación del Tribunal Constitucional. El argumento que se maneja es que no puede darse un vacío político, después de la culminación del plazo previsto constitucionalmente. El expresidente en exilio ha mencionado un exabrupto, que no corresponde ni a la Constitución, ni a la institucionalidad, tampoco a la realidad política, dice que “sigue siendo presidente” mientras el Congreso no trate su renuncia. La renuncia ha sido pública, además con la huida y el exilio ha dejado sus funciones, en consecuencia, por abandono ha dejado de ser presidente. Otra inconsistencia del expresidente corresponde a cuando pretende que la sustitución constitucional, después del 22 de enero, puede recaer en el Órgano Judicial. Esta figura ya no existe en la Constitución promulgada y vigente, aunque haya estado presente en la anterior Constitución. Por lo tanto, la coyuntura contiene una incertidumbre constitucional: ¿Qué se hace si se cayera en un vacío político, si es que el Tribunal Constitucional no da una respuesta positiva antes del plazo previsto?

La Constitución establece el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Representativa, lo que equivale a que es el pueblo, en ejercicio pleno de la democracia participativa, el que puede o tiene la potestad para resolver el problema del vacío político. El pueblo puede autoconvocarse en Asamblea Popular de emergencia y dar solución al problema; la sociedad cuenta con un tejido social dinámico, además de contar con sus propias organizaciones cívicas y sindicales, añadiendo las organizaciones representativas de las naciones y pueblos indígenas. Entonces si se llegara a esa situación no hay porque desgarrarse las vestiduras; hay que aplicar la Constitución. En todo caso, puede adelantarse la decisión del Tribunal Constitucional, lo que ahorraría la auto-convocatoria del pueblo a una Asamblea Popular de Emergencia.

Las Federaciones del trópico de Cochabamba han amenazado con una movilización no-pacífica para después del 22 de enero, aprovechando el supuesto vacío político que vendría. Esta Federación solo representa a una parte pequeña de la población boliviana y a una circunscrita geografía política; no puede arrogarse la voz de todo el pueblo. En consecuencia, no tiene la potestad ni los atributos para resolver por si sola el problema supuesto del vacío político. Usando las palabras de la diatriba política, abusada como acusación al gobierno de transacción, es más, a la revolución pacífica boliviana, se puede decir que esta actitud corresponde a un “golpe de Estado” contra la democracia y la voluntad general del pueblo boliviano. Mucho más dramática e ilegitima si se recurre a la violencia, como recurso de terror.

Si hubiera pretensiones, insostenibles, de una sustitución constitucional en la presidenta del Senado, éstas caen por su propio peso; el mandato del Congreso también concluye; en consecuencia, no podría haber una sustitución constitucional. Más aún, si, en el caso que el Tribunal Constitucional diera su visto bueno para una ampliación de la vida política del ejecutivo y del legislativo; en este caso, tanto el ejecutivo como el legislativo tienen que cumplir con su labor de realizar las elecciones. No hay cabida institucional para conspiraciones políticas. Como se puede ver, la coyuntura es frágil, aunque también es una oportunidad para salir de la crisis política.

Por otra parte, la coyuntura electoral muestra otras debilidades, relativas a las opciones electorales, incluso si se formara un frente amplio para enfrentar al MAS, este frente, como tal parece, no será otra cosa que una coalición acumulada de debilidades políticas; de la misma manera, el mismo MAS, que viene de una descomposición y corrosión interna, no es pues el partido fuerte que se presentó en elecciones pasadas, sobre todo las primeras. Incluso, pasaría algo parecido si estuviese presente el caudillo derrocado – cosa que no puede darse en elecciones democráticas por prohibición constitucional y del referéndum -; en resumidas cuentas, las opciones electorales son débiles ante la magnitud y profundidad de la crisis política. Lo que se tiene en el contexto, marco y horizonte político es la Constitución, incumplida por el “gobierno progresista”, que debe cumplirse como mandato en los gobiernos que vengan.

Por otra parte, tampoco, durante sus gestiones de gobierno, el MAS estuvo a la altura de lo que se definió como finalidades de la movilización prolongada (2000-2005), mucho menos a la altura de lo que estableció la Constitución; en pocas palabras, el MAS en el gobierno no estuvo a la altura de sus responsabilidades. Menos se puede esperar que ahora esté en condiciones de cumplir políticamente, cuando la crisis política arrastró al MAS al abismo de su caída. En pocas palabras, el panorama político no es halagador en lo que respecta a las facultades y capacidades para resolver la crisis múltiple del Estado-nación.

En lo que respecta a la democracia, término tan usado en el debate político, si es que se puede darle ese nombre a lo que se parece más al despliegue enceguecido y ensordecedor de la diatriba, la casta política tiene una acepción desvalida de la democracia; esto ocurre tanto en las locuciones de “derecha” así como en las locuciones de “izquierda”. Para comenzar por un presupuesto general, la casta política de “derecha” cree que la democracia es un fin, en sí mismo. Como si, una vez alcanzada la democracia, que para esta expresión discursiva se reduce a los alcances de la democracia formal, que llaman Estado de Derecho, se resolvieran todos los problemas sociales, económicos y políticos. Olvidan que la democracia no es un fin; al contrario, en todo caso, se parecería más a un medio para alcanzar otros fines, por ejemplo, el de resolver los problemas que se afronta en una coyuntura, en un contexto, en un periodo, en una época, en un país, en una región, en el mundo. La democracia, como ejercicio del gobierno del pueblo, es una atmósfera sociopolítica-cultural que hace de condición de posibilidad histórica-social-sobre todo de lacultural-política-institucional de la resolución de problemas sociales, económicos, políticos, en función del bien común, mejor dicho, en la acepción actualizada, de los bienes comunes.

Aunque parte de la “izquierda”, la “izquierda”, por así decirlo reformista, también cree que la democracia es un fin, solo que le atribuye un matiz más social, de bienestar, la “izquierda radical”, que podríamos decir encarna los proyectos revolucionarios de la modernidad, sobre todo de los que se dan entre el siglo XIX y siglo XX, diferencia entre “democracia burguesa” y “democracia proletaria”, concibiendo que la profundización de la democracia equivale a la construcción del socialismo. Sin embargo, el socialismo, en pleno sentido de la palabra, es un ideal histórico-político, una construcción racional, si se quiere una finalidad política y social, también económica; por lo tanto, no hay que confundir esta finalidad o ideal con la realidad efectiva. La historia política moderna nos ha mostrado que este error, de confundir el ideal con la realidad efectiva, lleva a catástrofes políticas y dramas sociales y económicos descomunales. El socialismo no se logra por decreto, como lo pretendió Josef Stalin, tampoco es el resultado inmediato de la estatalización o socialización de los medios de producción, como postula el marxismo-leninismo, que correspondería a una tesis programática. El socialismo como construcción racional, como ideal de justicia social, es una orientación, una finalidad perseguida, a la que hay que llegar interviniendo en el mundo social efectivo, conformado por dinámicas complejas; estas intervenciones, por así decirlo, se embarran en los espesores de la complejidad social. Los resultados, entonces, corresponden a lo hecho con las materias y sujetos sociales del mundo efectivo. Lo conformado, en la historia política, a nombre del socialismo, como, por ejemplo, los estados del “socialismo real”, no pueden llamarse, con propiedad teórica, realizaciones del ideal socialista; mas bien, se parecen a conformaciones barrocas políticas, económicas y sociales mezcladas y contradictorias. Volviendo al tema, si bien, la “democracia proletaria”, que llaman paradójicamente “dictadura del proletariado”, aparece como medio para alcanzar el fin socialista, esta “izquierda radical” concibe a la democracia como un fin intermedio. Por lo tanto, también se equivoca al no comprender que la democracia es como el punto de partida, la base, la condición de posibilidad histórica-política-cultural para hacer política, en pleno sentido de la palabra.

En Bolivia la concepción de la democracia aparece en la historia política circunscrita al prejuicio liberal, por lo tanto, a un sentido de democracia reducido a la Ley y al Estado de Derecho, es más, en América Latina, reducido a los prejuicios de una burguesía intermediaria, sucesora de la oligarquía gamonal. Se excluye del ejercicio liberal de la “democracia” formal a las grandes mayorías indígenas y a las mujeres. Después, la concepción de democracia se amplía, adquiriendo tonalidades populares, con los “nacionalismos revolucionarios” de mediados del siglo XX. Durante la resistencia a las dictaduras militares, la democracia se convierte en una finalidad, como si fuese un régimen opuesto a la dictadura. La democracia no es exactamente un régimen, tampoco, más teóricamente, un sistema; esto sería reducirla a la estructura institucional del Estado de Derecho o a una estructura subyacente de la democracia representativa. La democracia, como hemos dicho, es la condición de posibilidad histórica-cultural-social-política de la realización de la condición humana en condiciones de igualdad. En otras palabras, sobre el substrato de la experiencia del conocimiento, el reconocimiento y el autoconocimiento la democracia constituye el ámbito o el mundo de realización de las relaciones sociales que suponen la igualdad.

Entonces, bajo estas consideraciones, estamos distantes de haber “conquistado la democracia” o haberla “logrado”. Lo que ha ocurrido es que un régimen clientelar se ha derrumbado en plena convulsión de sus propias contradicciones; se han desatado resistencias movilizadas contra este régimen, desde muy temprano, las mismas que han venido acumulándose, convirtiéndose de resistencias en ofensivas contra el régimen autoritario y despótico, hasta derivar en una revolución pacífica, que vino acompañada por una convulsión dramática y violenta. Lo que se observa en la coyuntura es la convocatoria a elecciones democráticas, con la transparencia y la idoneidad requerida. La realización de las elecciones no implica, de por sí y de una manera inmediata, el logro de la democracia. Estas condiciones de posibilidad históricas-culturales-sociales-políticas tienen que ser construidas por los conglomerados de las voluntades singulares implicadas. La mejor manera de hacerlo es consensuando, efectuando transiciones consensuadas.

¿Dónde radica la importancia de la coyuntura, su singularidad, el contenido de sus posibilidades? Anteriormente configuramos el concepto de espesores de la coyuntura[3], desde la perspectiva de la complejidad, teniendo en cuenta la simultaneidad dinámica, más acá y más allá de los a priori de espacio y tiempo, mas bien ligada a la concepción de tejido del espacio-tiempo de la física relativista y la física cuántica; ahora, poniendo en juego esta concepción de la complejidad, podemos evaluar e interpretar la coyuntura en cuestión comprendiendo la actualización y síntesis disyuntiva de la dinámica de los espesores. Al respecto, lo primero que hay que hay que anotar es la experiencia social y política en la historia reciente, sobre todo en la recientísima historia, concentrada en la coyuntura. Lo que se ha observado es el entramado social subyacente a las movilizaciones en torno al conflicto político; hablamos de un entramado de una formación social pluricultural, mestiza e indígena, que, siendo el substrato del ámbito de relaciones y estructuras sociales subyacentes, ha sido reconocida como tal en escasos momentos de emergencia histórica-política. Recientemente, durante la movilización prolongada (2000-2005), cuando los hilos de los tejidos nacional-populares y los hilos de los tejidos indígenas se encuentran, entrecruzan y experimentan metamorfosis y hasta simbiosis. Un poco después, podríamos decir después de catorce años, vuelve a suceder este reconocimiento y autoconocimiento colectivos. Vuelve a suceder en la revolución pacífica y su contraste como reacción partidaria, apegada al gobierno derrocado, en pleno desconcierto. Se trata de un pueblo que recurre a los estratos de su memoria cultural y política para asumirse en un presente en crisis. Las tradiciones de lucha mineras se asocian a las recientes movilizaciones ciudadanas, la resistencia persistente de los ayllus se conecta con la defensa de la Amazonia y el Chaco por colectivos de voluntarios que luchan contra el incendio extractivista y de ampliación de la frontera agrícola y ganadera. Los cultivadores de la hoja de coca tradicional se vinculan con las redes de jóvenes de la resistencia democrática. Sindicatos campesinos se reconcilian con algunas ciudades, como sucedió en Potosí. Demandas de defensa de los recursos naturales, como las relativas al litio, se articulan con demandas regionales, como las de Santa Cruz. Estas son algunas de las conexiones dadas en las movilizaciones recientes de defensa de la democracia, defensa del voto y contra el fraude electoral.

Por otro lado, como buscando contrarrestar lo que pasaba, la reacción política del bloque social que fue oficialista, altamente debilitado, puso en escena el núcleo duro del MAS, las Federaciones del Trópico de Cochabamba y sus entornos y territorios irradiados. Así también, a los siete distritos de la ciudad de El Alto que controlaba el MAS, exceptuando a los otros siete distritos que apoyan a la alcaldesa de la oposición, Soledad Chapetón. El resto de los movilizados, en la reacción desesperada por cambiar el curso de los acontecimientos, mas bien, es emplazado de manera improvisada, solicitados por la contratación y la circulación dineraria, exceptuando otros sectores afines al MAS de concentración puntual en algunas ciudades y algunas zonas rurales. El enfrentamiento se dio entre un entramado social emergente, que buscaba responder a la crisis política, leída como “destrucción de la democracia”, y un entramado emergido con anterioridad, casi dos décadas precedentes, que se aposentó como bloque político de apoyo del “gobierno progresista”.  Esto en lo que respecta a los bloques sociales enfrentados. Sin embargo, en el conjunto de los distintos planos de intensidad puestos en juego, no solo cuentan los bloques sociales, sino también los operadores políticos, para decirlo de esa forma, de manera particular, los partidos políticos, la casta política, también enfrentada. Hay que tener en cuenta que este enfrentamiento en el campo político se da bajo otros códigos, los relativos a la ideología y a la formación discursiva política del campo político especifico, el boliviano. Los señalamientos de la diatriba puesta en los medios se pueden resumir en ciertos epítetos en uso; la oposición acusaba al oficialismo de “corrupto”, “autoritario”, hasta “dictador”, incluso denunciado como comprometido con el “narcotráfico”; el oficialismo anterior acusaba a la oposición de “racista”, “fascista”, “oligárquica” y “proimperialista”, incluso de “golpista”. Estos conjuntos de códigos contrastados sitúan y ubican al enemigo, atribuyéndole las deleznables características que lo convierten en indeseable y susceptible de destrucción.

Cuando los partidos políticos operan, buscando conducir a los bloques sociales enfrentados, les atribuyen los códigos políticos e ideológicos en boga, usados por los aparatos políticos, sin tomar en cuenta los conglomerados de códigos usados por los mismos bloques sociales. Los partidos políticos no se ocupan ni preocupan por comprender qué pasa en los bloques sociales, sino que los tienen como referentes provisorios en sus narrativas usuales, vaciándolos de los contenidos propios de la experiencia y la memoria social. Entonces, la interpretación que se impone mediáticamente es la que corresponde a las narrativas usuales políticas e ideológicas, sin aportar un ápice al conocimiento de lo que ocurre. Por eso, respecto a lo que ha acaecido en Bolivia, las interpretaciones en boga hacen gala de su pobreza; una narrativa, la de la “izquierda”, reduce lo ocurrido a la interpretación de “golpe de Estado”; la otra narrativa, la de la “derecha”, reduce lo ocurrido al derrocamiento de un “narcoestado”. Por cierto, esta pobreza interpretativa no solamente no aporta nada a la comprensión, entendimiento y conocimiento de lo ocurrido, sino que arroja a las sombras a la experiencia y memoria sociales políticas. No se pueden tomar en serio estas narrativas reiterativas de la casta política, salvo como anécdotas, en el mejor caso, como datos que dan cuenta de la decadencia política y de la degradación intelectual de sus voceros.

Frente a este mutismo estridente y enceguecimiento luminoso, debido al espectáculo mediático, los bloques sociales tienen la imperiosa tarea de la pedagogía política, del aprendizaje, del autoconocimiento colectivo, de la dignificación y valorización de sus experiencias, en aras del ejercicio pleno de la democracia y de la política.  Lo que ha sucedido en la historia reciente es el truncamiento de la potencia social, mediante la usurpación de sus logros, desplazamientos, desenvolvimientos y rupturas, por parte de operadores y dispositivos de poder de la casta política. Respecto a la movilización prolongada, el MAS y su caudillo patriarcal usurparon la victoria del pueblo frente al proyecto político-económico neoliberal; respecto a la revolución pacífica de la resistencia democrática, la “derecha” usurpó la victoria del pueblo y el derrocamiento del gobierno clientelar y corrupto, reduciendo esta victoria y este derrocamiento a un mero trámite electoral. Cuando la potencia social alumbró el horizonte de la construcción del país sobre la base de la revolución de afectos y solidaridades, reconocimientos y autoconocimientos.

[1] Ver La revolución pacífica boliviana en el contexto de la crisis múltiple del Estado-nación.

https://www.bolpress.com/2019/11/15/la-revolucion-pacifica-boliviana-en-el-contexto-de-la-crisis-multiple-del-estado-nacion/.

 

[2] Ver Ironías de la historia política.

https://www.bolpress.com/2019/11/23/ironias-de-la-historia-politica/.

 

[3] Ver Poliedro de la coyuntura. También ver Espesores coyunturales. 

https://issuu.com/raulprada/docs/poliedro_de_la_coyuntura_2.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/espesores_coyunturales_3.