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La revolución truncada

La revolución truncada

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La revolución truncada

 

Orlando Arias

 

 

 

Como dijimos en otros ensayos, asistimos a una revolución pacífica[1], que derivó en la renuncia del caudillo déspota y la huida de su entorno palaciego. Después vino la reacción de las muchedumbres y masas afines al MAS, en pleno desconcierto, sin oriente, ni occidente, sin norte, ni sur. Esta segunda etapa del conflicto político, institucional, constitucional y relativo al fraude electoral, derivó en el acuerdo por la pacificación y en la convocatoria a elecciones sin los susodichos candidatos cuestionados por el referéndum de 2016. Esta decisión fue tomada en el Congreso, de mayoría masista, por 2/3, y por el ejecutivo.  La revolución pacífica, que también fue un a revolución afectiva, de las sensaciones y los sentimientos, sobre todo de las composiciones intersubjetivas, nacidas del substrato intercultural y multicultural boliviano, iba, se orientaba, hacia otros desenlaces, más propios al contenido mismo de la revolución, empero, como ocurre en los desenlaces políticos, la resultante se limitó al los alcances de los límites institucionales mismos, también de los límites impuestos por el bagaje de prejuicios, así como de los límites delimitados por la ideología, la que legitima las dominaciones vigentes. En concreto, la salida a la crisis política y constitucional, además del fraude electoral, fue la sustitución constitucional, conformándose un gobierno de transición, encargado de convocar a elecciones y garantizar la realización de éstas. Entonces, se puede decir que la revolución se truncó, no desplegó todas sus posibilidades, toda su potencia social; al contrario, se estancó en la institucionalización de una salida constitucional, relativa a la sustitución presidencial, olvidando que había otras salidas, también constitucionales, contempladas en la misma Constitución, como, por ejemplo, el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

Ocurrió, simétricamente, lo que pasó el 2005. La movilización prolongada (2000-2005) se orientaba a una salida autogestionaria y de autodeterminación popular, buscando transformaciones estructurales e institucionales, descolonizadoras y liberadoras, sin embargo, la correlación de fuerzas, combinada con la herencia institucional, derivó en elecciones que llevaron a la presidencia a un caudillo neopopulista. El proceso constituyente, particularmente la Asamblea Constituyente, se movió en sus propias contradicciones, entre ser poder constituyente o poder constituido, ser Asamblea originaria o ser Asamblea derivada. Estas contradicciones, irresueltas, se cristalizaron en obstáculos políticos, que obstruyeron la realización de la Constitución, una vez promulgada. El gobierno en ejercicio optó por el camino del pragmatismo y el realismo político, disminuyendo, en su accionar, los alcances de la Constitución. En consecuencia, se conformó una forma de gubernamentalidad clientelar, que prefirió la compulsiva propaganda y publicidad, pretendiendo sustituir con esta compulsión mediática la realidad efectiva. En este caso, la revolución de aquel entonces, la movilización prolongada, se truncó, congelándose en la simulación y espejismo político.

Lo que ha ocurrido suena a ironía histórica-política[2]; dos revoluciones, por cierto, distintas, en sus contenidos, en sus formas, en el contexto y en sus coyunturas, terminan truncadas por la usurpación de parte de la casta política de los despliegues de la potencia social, creativa, inventiva y alterativa. La ironía radica en lo que le ocurrió a Gonzales Sánchez de Lozada, presidente de la coalición neoliberal, hasta el 2003, le ocurre también a Evo Morales Ayma; son derrocados por movilizaciones sociales. Sabemos que la historia no se repite, sino que, a pesar de las analogías, las diferencias se hacen notorias. El gobierno derrocado el 2003 era neoliberal, el gobierno derrocado el 2019 era “progresista”; ambas formas de gubernamentalidad entraron con anterioridad en decadencia. Algunos escenarios parecen repetirse, sin embargo, el contexto y la composición de los eventos los hace diferentes; por ejemplo, lo que ocurre en Senkata, en la planta de YPFB de la ciudad de El Alto.  El 2003 se produce una masacre con el ingreso violento del ejército y la policía a la planta de YPFB, que se llevó 81 vidas; algo parecido parece suceder el 2019, que se cobró la vida de  por lo menos 9 muertos, empero, lo que pasa es después de la caída de Evo Morales y después de la sustitución constitucional del gobierno de transición. El bloqueo de Senkata no se daba por la nacionalización de los hidrocarburos, como en el caso de 2003, sino en principio, en defensa de la Caudillo derrocado, después pidiendo la renuncia de la presidenta Janine Añez. El desenlace sangriento no derivó en la caída de la flamante presidenta, sino en un acuerdo de paz. ¿Qué nos dicen estas diferencias?

Primero, no hay que olvidar, en el análisis comparativo, que el gobierno clientelar había implosionado o sufría de una implosión, más o menos lenta, desde que se constata sus regresiones, retrocesos y, lo peor, sus restauraciones. Cuando estalla la crisis constitucional, institucional y del fraude electoral era ya un gobierno insalvable, haga lo que haga, incluyendo a su desesperado recurso del fraude electoral. En todo caso, el bloqueo de Senkata defendía algo que ya había muerto. Ya no se podía alterar el decurso del acontecimiento político. Y parece que tampoco se puede alterar lo que viene, la realización de las elecciones sin los candidatos cuestionados y en exilio.

Segundo, los 14 años de gestiones de gobierno, sobre todo lo que corresponde a la última década, desde el 2009, evidenciaron el carácter no solamente inconstitucional, al no plasmar la Constitución en transformaciones estructurales e institucionales, sino también el carácter re-colonizador, debido a sus enfrentamientos con las naciones y pueblos indígenas; así como debido a su opción por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente el gobierno neopopulistas se convirtió en un agente de las empresas trasnacionales extractivistas. Estas regresiones lo arrastraron a enfrentamientos con el pueblo. Bajo estas consideraciones, se puede decir que ya no era un gobierno defendible, menos un proyecto defendible, pues el proceso de cambio había muerto.

Tercero, la forma de gubernamentalidad clientelar se dejó atravesar y hasta controlar por las formas paralelas del lado oscuro del poder. Al convertirse en un operador del lado oscuro del poder sus políticas, por lo menos parte de ellas, eran tomadas en función de la reproducción del lado oscuro del poder.  Esta situación atrapó al gobierno en redes incontrolables, por lo menos desde el gobierno mismo, cuyas lógicas perversas lo arrastraron no solamente a reforzar la dependencia geopolítica del sistema-mundo capitalista, sino del lado oscuro de la encomia-mundo. En estas condiciones el “gobierno progresista” se encontraba no solo corroído por dentro, sino mermado demoledoramente en las propias fuerzas que lo habían fundado.

Cuarto, el goberno neopopulista al querer mantener su convocatoria por la vía clientelar, se inclinó por destruir el tejido social de las organizaciones sociales, buscando controlarlas desde arriba. Con el resultado dramático que, después de un tiempo, ya no contaba con organizaciones sociales sólidas, cohesionadas, consistentes en su tejido organizacional, sino con fantoches, que llamaba “movimientos sociales”, cuando éstos habían desaparecido. Por esta razón no pudo movilizar a “movimientos sociales”, que solo existían en la cabeza del caudillo y del ideólogo del desastre. Por esta razón optó por comprar a gente para que se movilice en defensa de un caudillo que huyó sin dar la cara, abandonando a su propia gente.

El gobierno de transición, en la coyuntura de convocatoria y realización de las elecciones, se mueve en una coyuntura frágil, no solamente por el corto tiempo, sino concretamente porque hay un plazo dado por la Constitución, que culmina antes del mismo calendario electoral; situación que complica la legitimidad misma del gobierno de transición más allá del plazo establecido. El gobierno de transición y el mismo Congreso han consultado oficial y formalmente al Tribunal Constitucional sobre la posibilidad de una ampliación de sus mandatos, después de la misma clausura constitucional. Entonces, la legalidad de la ampliación de dichos mandatos, del ejecutivo y del legislativo, dependen de la interpretación del Tribunal Constitucional. El argumento que se maneja es que no puede darse un vacío político, después de la culminación del plazo previsto constitucionalmente. El expresidente en exilio ha mencionado un exabrupto, que no corresponde ni a la Constitución, ni a la institucionalidad, tampoco a la realidad política, dice que “sigue siendo presidente” mientras el Congreso no trate su renuncia. La renuncia ha sido pública, además con la huida y el exilio ha dejado sus funciones, en consecuencia, por abandono ha dejado de ser presidente. Otra inconsistencia del expresidente corresponde a cuando pretende que la sustitución constitucional, después del 22 de enero, puede recaer en el Órgano Judicial. Esta figura ya no existe en la Constitución promulgada y vigente, aunque haya estado presente en la anterior Constitución. Por lo tanto, la coyuntura contiene una incertidumbre constitucional: ¿Qué se hace si se cayera en un vacío político, si es que el Tribunal Constitucional no da una respuesta positiva antes del plazo previsto?

La Constitución establece el Sistema de Gobierno de la Democracia Participativa, Directa, Comunitaria y Representativa, lo que equivale a que es el pueblo, en ejercicio pleno de la democracia participativa, el que puede o tiene la potestad para resolver el problema del vacío político. El pueblo puede autoconvocarse en Asamblea Popular de emergencia y dar solución al problema; la sociedad cuenta con un tejido social dinámico, además de contar con sus propias organizaciones cívicas y sindicales, añadiendo las organizaciones representativas de las naciones y pueblos indígenas. Entonces si se llegara a esa situación no hay porque desgarrarse las vestiduras; hay que aplicar la Constitución. En todo caso, puede adelantarse la decisión del Tribunal Constitucional, lo que ahorraría la auto-convocatoria del pueblo a una Asamblea Popular de Emergencia.

Las Federaciones del trópico de Cochabamba han amenazado con una movilización no-pacífica para después del 22 de enero, aprovechando el supuesto vacío político que vendría. Esta Federación solo representa a una parte pequeña de la población boliviana y a una circunscrita geografía política; no puede arrogarse la voz de todo el pueblo. En consecuencia, no tiene la potestad ni los atributos para resolver por si sola el problema supuesto del vacío político. Usando las palabras de la diatriba política, abusada como acusación al gobierno de transacción, es más, a la revolución pacífica boliviana, se puede decir que esta actitud corresponde a un “golpe de Estado” contra la democracia y la voluntad general del pueblo boliviano. Mucho más dramática e ilegitima si se recurre a la violencia, como recurso de terror.

Si hubiera pretensiones, insostenibles, de una sustitución constitucional en la presidenta del Senado, éstas caen por su propio peso; el mandato del Congreso también concluye; en consecuencia, no podría haber una sustitución constitucional. Más aún, si, en el caso que el Tribunal Constitucional diera su visto bueno para una ampliación de la vida política del ejecutivo y del legislativo; en este caso, tanto el ejecutivo como el legislativo tienen que cumplir con su labor de realizar las elecciones. No hay cabida institucional para conspiraciones políticas. Como se puede ver, la coyuntura es frágil, aunque también es una oportunidad para salir de la crisis política.

Por otra parte, la coyuntura electoral muestra otras debilidades, relativas a las opciones electorales, incluso si se formara un frente amplio para enfrentar al MAS, este frente, como tal parece, no será otra cosa que una coalición acumulada de debilidades políticas; de la misma manera, el mismo MAS, que viene de una descomposición y corrosión interna, no es pues el partido fuerte que se presentó en elecciones pasadas, sobre todo las primeras. Incluso, pasaría algo parecido si estuviese presente el caudillo derrocado – cosa que no puede darse en elecciones democráticas por prohibición constitucional y del referéndum -; en resumidas cuentas, las opciones electorales son débiles ante la magnitud y profundidad de la crisis política. Lo que se tiene en el contexto, marco y horizonte político es la Constitución, incumplida por el “gobierno progresista”, que debe cumplirse como mandato en los gobiernos que vengan.

Por otra parte, tampoco, durante sus gestiones de gobierno, el MAS estuvo a la altura de lo que se definió como finalidades de la movilización prolongada (2000-2005), mucho menos a la altura de lo que estableció la Constitución; en pocas palabras, el MAS en el gobierno no estuvo a la altura de sus responsabilidades. Menos se puede esperar que ahora esté en condiciones de cumplir políticamente, cuando la crisis política arrastró al MAS al abismo de su caída. En pocas palabras, el panorama político no es halagador en lo que respecta a las facultades y capacidades para resolver la crisis múltiple del Estado-nación.

En lo que respecta a la democracia, término tan usado en el debate político, si es que se puede darle ese nombre a lo que se parece más al despliegue enceguecido y ensordecedor de la diatriba, la casta política tiene una acepción desvalida de la democracia; esto ocurre tanto en las locuciones de “derecha” así como en las locuciones de “izquierda”. Para comenzar por un presupuesto general, la casta política de “derecha” cree que la democracia es un fin, en sí mismo. Como si, una vez alcanzada la democracia, que para esta expresión discursiva se reduce a los alcances de la democracia formal, que llaman Estado de Derecho, se resolvieran todos los problemas sociales, económicos y políticos. Olvidan que la democracia no es un fin; al contrario, en todo caso, se parecería más a un medio para alcanzar otros fines, por ejemplo, el de resolver los problemas que se afronta en una coyuntura, en un contexto, en un periodo, en una época, en un país, en una región, en el mundo. La democracia, como ejercicio del gobierno del pueblo, es una atmósfera sociopolítica-cultural que hace de condición de posibilidad histórica-social-sobre todo de lacultural-política-institucional de la resolución de problemas sociales, económicos, políticos, en función del bien común, mejor dicho, en la acepción actualizada, de los bienes comunes.

Aunque parte de la “izquierda”, la “izquierda”, por así decirlo reformista, también cree que la democracia es un fin, solo que le atribuye un matiz más social, de bienestar, la “izquierda radical”, que podríamos decir encarna los proyectos revolucionarios de la modernidad, sobre todo de los que se dan entre el siglo XIX y siglo XX, diferencia entre “democracia burguesa” y “democracia proletaria”, concibiendo que la profundización de la democracia equivale a la construcción del socialismo. Sin embargo, el socialismo, en pleno sentido de la palabra, es un ideal histórico-político, una construcción racional, si se quiere una finalidad política y social, también económica; por lo tanto, no hay que confundir esta finalidad o ideal con la realidad efectiva. La historia política moderna nos ha mostrado que este error, de confundir el ideal con la realidad efectiva, lleva a catástrofes políticas y dramas sociales y económicos descomunales. El socialismo no se logra por decreto, como lo pretendió Josef Stalin, tampoco es el resultado inmediato de la estatalización o socialización de los medios de producción, como postula el marxismo-leninismo, que correspondería a una tesis programática. El socialismo como construcción racional, como ideal de justicia social, es una orientación, una finalidad perseguida, a la que hay que llegar interviniendo en el mundo social efectivo, conformado por dinámicas complejas; estas intervenciones, por así decirlo, se embarran en los espesores de la complejidad social. Los resultados, entonces, corresponden a lo hecho con las materias y sujetos sociales del mundo efectivo. Lo conformado, en la historia política, a nombre del socialismo, como, por ejemplo, los estados del “socialismo real”, no pueden llamarse, con propiedad teórica, realizaciones del ideal socialista; mas bien, se parecen a conformaciones barrocas políticas, económicas y sociales mezcladas y contradictorias. Volviendo al tema, si bien, la “democracia proletaria”, que llaman paradójicamente “dictadura del proletariado”, aparece como medio para alcanzar el fin socialista, esta “izquierda radical” concibe a la democracia como un fin intermedio. Por lo tanto, también se equivoca al no comprender que la democracia es como el punto de partida, la base, la condición de posibilidad histórica-política-cultural para hacer política, en pleno sentido de la palabra.

En Bolivia la concepción de la democracia aparece en la historia política circunscrita al prejuicio liberal, por lo tanto, a un sentido de democracia reducido a la Ley y al Estado de Derecho, es más, en América Latina, reducido a los prejuicios de una burguesía intermediaria, sucesora de la oligarquía gamonal. Se excluye del ejercicio liberal de la “democracia” formal a las grandes mayorías indígenas y a las mujeres. Después, la concepción de democracia se amplía, adquiriendo tonalidades populares, con los “nacionalismos revolucionarios” de mediados del siglo XX. Durante la resistencia a las dictaduras militares, la democracia se convierte en una finalidad, como si fuese un régimen opuesto a la dictadura. La democracia no es exactamente un régimen, tampoco, más teóricamente, un sistema; esto sería reducirla a la estructura institucional del Estado de Derecho o a una estructura subyacente de la democracia representativa. La democracia, como hemos dicho, es la condición de posibilidad histórica-cultural-social-política de la realización de la condición humana en condiciones de igualdad. En otras palabras, sobre el substrato de la experiencia del conocimiento, el reconocimiento y el autoconocimiento la democracia constituye el ámbito o el mundo de realización de las relaciones sociales que suponen la igualdad.

Entonces, bajo estas consideraciones, estamos distantes de haber “conquistado la democracia” o haberla “logrado”. Lo que ha ocurrido es que un régimen clientelar se ha derrumbado en plena convulsión de sus propias contradicciones; se han desatado resistencias movilizadas contra este régimen, desde muy temprano, las mismas que han venido acumulándose, convirtiéndose de resistencias en ofensivas contra el régimen autoritario y despótico, hasta derivar en una revolución pacífica, que vino acompañada por una convulsión dramática y violenta. Lo que se observa en la coyuntura es la convocatoria a elecciones democráticas, con la transparencia y la idoneidad requerida. La realización de las elecciones no implica, de por sí y de una manera inmediata, el logro de la democracia. Estas condiciones de posibilidad históricas-culturales-sociales-políticas tienen que ser construidas por los conglomerados de las voluntades singulares implicadas. La mejor manera de hacerlo es consensuando, efectuando transiciones consensuadas.

¿Dónde radica la importancia de la coyuntura, su singularidad, el contenido de sus posibilidades? Anteriormente configuramos el concepto de espesores de la coyuntura[3], desde la perspectiva de la complejidad, teniendo en cuenta la simultaneidad dinámica, más acá y más allá de los a priori de espacio y tiempo, mas bien ligada a la concepción de tejido del espacio-tiempo de la física relativista y la física cuántica; ahora, poniendo en juego esta concepción de la complejidad, podemos evaluar e interpretar la coyuntura en cuestión comprendiendo la actualización y síntesis disyuntiva de la dinámica de los espesores. Al respecto, lo primero que hay que hay que anotar es la experiencia social y política en la historia reciente, sobre todo en la recientísima historia, concentrada en la coyuntura. Lo que se ha observado es el entramado social subyacente a las movilizaciones en torno al conflicto político; hablamos de un entramado de una formación social pluricultural, mestiza e indígena, que, siendo el substrato del ámbito de relaciones y estructuras sociales subyacentes, ha sido reconocida como tal en escasos momentos de emergencia histórica-política. Recientemente, durante la movilización prolongada (2000-2005), cuando los hilos de los tejidos nacional-populares y los hilos de los tejidos indígenas se encuentran, entrecruzan y experimentan metamorfosis y hasta simbiosis. Un poco después, podríamos decir después de catorce años, vuelve a suceder este reconocimiento y autoconocimiento colectivos. Vuelve a suceder en la revolución pacífica y su contraste como reacción partidaria, apegada al gobierno derrocado, en pleno desconcierto. Se trata de un pueblo que recurre a los estratos de su memoria cultural y política para asumirse en un presente en crisis. Las tradiciones de lucha mineras se asocian a las recientes movilizaciones ciudadanas, la resistencia persistente de los ayllus se conecta con la defensa de la Amazonia y el Chaco por colectivos de voluntarios que luchan contra el incendio extractivista y de ampliación de la frontera agrícola y ganadera. Los cultivadores de la hoja de coca tradicional se vinculan con las redes de jóvenes de la resistencia democrática. Sindicatos campesinos se reconcilian con algunas ciudades, como sucedió en Potosí. Demandas de defensa de los recursos naturales, como las relativas al litio, se articulan con demandas regionales, como las de Santa Cruz. Estas son algunas de las conexiones dadas en las movilizaciones recientes de defensa de la democracia, defensa del voto y contra el fraude electoral.

Por otro lado, como buscando contrarrestar lo que pasaba, la reacción política del bloque social que fue oficialista, altamente debilitado, puso en escena el núcleo duro del MAS, las Federaciones del Trópico de Cochabamba y sus entornos y territorios irradiados. Así también, a los siete distritos de la ciudad de El Alto que controlaba el MAS, exceptuando a los otros siete distritos que apoyan a la alcaldesa de la oposición, Soledad Chapetón. El resto de los movilizados, en la reacción desesperada por cambiar el curso de los acontecimientos, mas bien, es emplazado de manera improvisada, solicitados por la contratación y la circulación dineraria, exceptuando otros sectores afines al MAS de concentración puntual en algunas ciudades y algunas zonas rurales. El enfrentamiento se dio entre un entramado social emergente, que buscaba responder a la crisis política, leída como “destrucción de la democracia”, y un entramado emergido con anterioridad, casi dos décadas precedentes, que se aposentó como bloque político de apoyo del “gobierno progresista”.  Esto en lo que respecta a los bloques sociales enfrentados. Sin embargo, en el conjunto de los distintos planos de intensidad puestos en juego, no solo cuentan los bloques sociales, sino también los operadores políticos, para decirlo de esa forma, de manera particular, los partidos políticos, la casta política, también enfrentada. Hay que tener en cuenta que este enfrentamiento en el campo político se da bajo otros códigos, los relativos a la ideología y a la formación discursiva política del campo político especifico, el boliviano. Los señalamientos de la diatriba puesta en los medios se pueden resumir en ciertos epítetos en uso; la oposición acusaba al oficialismo de “corrupto”, “autoritario”, hasta “dictador”, incluso denunciado como comprometido con el “narcotráfico”; el oficialismo anterior acusaba a la oposición de “racista”, “fascista”, “oligárquica” y “proimperialista”, incluso de “golpista”. Estos conjuntos de códigos contrastados sitúan y ubican al enemigo, atribuyéndole las deleznables características que lo convierten en indeseable y susceptible de destrucción.

Cuando los partidos políticos operan, buscando conducir a los bloques sociales enfrentados, les atribuyen los códigos políticos e ideológicos en boga, usados por los aparatos políticos, sin tomar en cuenta los conglomerados de códigos usados por los mismos bloques sociales. Los partidos políticos no se ocupan ni preocupan por comprender qué pasa en los bloques sociales, sino que los tienen como referentes provisorios en sus narrativas usuales, vaciándolos de los contenidos propios de la experiencia y la memoria social. Entonces, la interpretación que se impone mediáticamente es la que corresponde a las narrativas usuales políticas e ideológicas, sin aportar un ápice al conocimiento de lo que ocurre. Por eso, respecto a lo que ha acaecido en Bolivia, las interpretaciones en boga hacen gala de su pobreza; una narrativa, la de la “izquierda”, reduce lo ocurrido a la interpretación de “golpe de Estado”; la otra narrativa, la de la “derecha”, reduce lo ocurrido al derrocamiento de un “narcoestado”. Por cierto, esta pobreza interpretativa no solamente no aporta nada a la comprensión, entendimiento y conocimiento de lo ocurrido, sino que arroja a las sombras a la experiencia y memoria sociales políticas. No se pueden tomar en serio estas narrativas reiterativas de la casta política, salvo como anécdotas, en el mejor caso, como datos que dan cuenta de la decadencia política y de la degradación intelectual de sus voceros.

Frente a este mutismo estridente y enceguecimiento luminoso, debido al espectáculo mediático, los bloques sociales tienen la imperiosa tarea de la pedagogía política, del aprendizaje, del autoconocimiento colectivo, de la dignificación y valorización de sus experiencias, en aras del ejercicio pleno de la democracia y de la política.  Lo que ha sucedido en la historia reciente es el truncamiento de la potencia social, mediante la usurpación de sus logros, desplazamientos, desenvolvimientos y rupturas, por parte de operadores y dispositivos de poder de la casta política. Respecto a la movilización prolongada, el MAS y su caudillo patriarcal usurparon la victoria del pueblo frente al proyecto político-económico neoliberal; respecto a la revolución pacífica de la resistencia democrática, la “derecha” usurpó la victoria del pueblo y el derrocamiento del gobierno clientelar y corrupto, reduciendo esta victoria y este derrocamiento a un mero trámite electoral. Cuando la potencia social alumbró el horizonte de la construcción del país sobre la base de la revolución de afectos y solidaridades, reconocimientos y autoconocimientos.

[1] Ver La revolución pacífica boliviana en el contexto de la crisis múltiple del Estado-nación.

https://www.bolpress.com/2019/11/15/la-revolucion-pacifica-boliviana-en-el-contexto-de-la-crisis-multiple-del-estado-nacion/.

 

[2] Ver Ironías de la historia política.

https://www.bolpress.com/2019/11/23/ironias-de-la-historia-politica/.

 

[3] Ver Poliedro de la coyuntura. También ver Espesores coyunturales. 

https://issuu.com/raulprada/docs/poliedro_de_la_coyuntura_2.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/espesores_coyunturales_3.

Apuntes para una Arqueología del concepto de golpe de Estado

Apuntes para una Arqueología del concepto de golpe de Estado

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

Los conceptos son síntesis de estructuras categoriales, composiciones teóricas que configuran e interpretan fenomenologías de la percepción, que son, en el fondo, fenomenologías corporales; capturan impresiones, sensaciones, también visibilidades, convirtiéndolas en síntesis intelectiva. En la formación discursiva de la ciencia política, antes en la filosofía política, se han desarrollado conceptos que buscan interpretar las problemáticas que manifiesta el devenir del poderdevenir de la voluntad, en relación contradictoria con la libertad y en relación barroca con la justicia. En este campo de la narrativa política hay dos conceptos que nos interesan, paradójicamente, tanto por su proximidad, así como por su alejamiento; estos son el concepto de golpe de Estado y el concepto de Estado de excepción, más antiguo. Vamos a intentar evaluar teóricamente sus circuitos colaterales, correlativos y complementarios, es decir, lo que hacen al enunciado o, mejor dicho, al acontecimiento del enunciado, el haz de relaciones, desde la perspectiva que le otorga Michel Foucault a la configuración del enunciado en la Arqueología del saber.  Comenzaremos con una breve descripción del concepto moderno de golpe de Estado, dejando para después el tratamiento del concepto de Estado de Excepción, de raigambre antigua, empero, actualizado en la modernidad.

Se dice que golpe de Estado corresponde a la toma del gobierno, es decir, de la forma de Estado singularizada en una forma de gubernamentalidad particular. Se toma el poder de un modo súbito, destacadamente por un grupo de conspiradores, quebrantando la Constitución, las leyes, las normas y las reglas institucionales. El concepto de golpe de Estado se diferencia de otros conceptos que aluden a las formas concretas de la crisis política, por ejemplo, como los conceptos de revueltamotínrebeliónputschrevolución, incluso guerra civil.

El subcontinente referente de ejemplos de golpes de Estado ha sido América Latina. Al subcontinente le ha tocado sufrir, desde los inicios mismos de las repúblicas, después de las guerras de independencia, motines militares, que pueden asimilarse a la genealogía de los golpes de Estado. Después de periodos de relativa estabilidad política, pretendidamente liberal, le tocó sufrir golpes de Estado militares, en pleno contexto de la guerra fría.

En lo que podemos denominar arqueología del concepto de golpe de Estado, se puede decir que el concepto de golpe de Estado surgió siendo utilizado en Francia durante el siglo XVII. Se lo usó para relatar sobre las contingencias de hechos y procedimientos violentos, medidas imprevistas tomadas por el rey, quien dejaba de respetar la legislación, así como las normas; lo hacía ordinariamente para deshacerse de sus enemigos; esto ocurría cuando el rey contemplaba que era necesario hacerlo por razón de Estado. En su sentido inicial, el concepto de golpe de Estado era muy análogo a lo que ahora se nombra autogolpe; en otras palabras, el deslizamiento del mismo gobierno, desplazando a una parte de este, es decir, un desplazamiento en el mismo Estado.

El concepto de golpe de Estado experimentó desplazamientos durante el siglo XIX; los desplazamientos corresponden a la significación de las operaciones violentas del Estado, de parte del Estado o respecto al Estado, particularmente referidas a las fuerzas armadas o acciones militares con el objeto de tomar el gobierno. El concepto de golpe de Estado se diferenció del concepto de revolución, que definía, más bien, a la acción colectiva de la sociedad civil para derrocar un régimen político.

Durante el siglo XX, siglo ultimatista, a decir de Alain Badiou, a diferencia del siglo romántico del siglo XIX, el concepto de golpe de Estado se desplazó hasta sus significaciones, por así decirlo, técnicas. En 1930, Curzio Malaparte publicó Técnica del colpo di Stato, Técnica del golpe de Estado; este libro imprimiría el uso más difundido hasta nuestros días de la acepción del concepto de golpe Estado que lo define como irrupción repentina, violenta y armada para la toma del poder.  Se podría decir que ésta es la acepción moderna más usual y generalizada, convertida, incluso, en sentido común. Teniendo cono referente a las acciones, procedimientos, convocatorias y movilizaciones del fascismo italiano y del nazismo alemán, Malaparte concibe el concepto del golpe de Estado no sólo como operación ejercida por partes componentes del Estado, como el ejército, sino que incluye también a formas de organización civil, de carácter conspirativo. Se trata de operaciones destinadas a la desestabilización del gobierno, mediante el despliegue de acciones encaminadas a generar caos social, buscando provocar la caída del gobierno, conquistando el poder. De acuerdo con la interpretación de Malaparte, lo que distingue al concepto de golpe de Estado respecto de los conceptos de guerra civil y revolución, se debe a su característica súbita y provisoria de irrupción violenta, así como de sorpresa, en un lapso corto, en el despliegue abrupto de operaciones, circunscribiendo y restringiendo la magnitud del tamaño, la extensión y la intensidad de la confrontación armada.

En el libro citado Malaparte escribe:

Si bien me propongo mostrar cómo se conquista un Estado moderno y cómo se defiende, no puede decirse que este libro quiera ser una imitación de El Príncipe de Maquiavelo, ni siquiera una imitación moderna, es decir, poco maquiavélica. El momento al que se refieren los temas, los ejemplos, los juicios y la moral de El Príncipe eran de una decadencia tal de la libertad pública y privada, de la dignidad del ciudadano y del respeto humano, que sería ofender al lector, un hombre libre, tomar como modelo la famosa obra de Maquiavelo para tratar algunos de los problemas más importantes que nos plantea la Europa moderna.

 

La historia política de estos diez últimos años no es la de la aplicación del Tratado de Versalles, ni la de las consecuencias económicas de la guerra, ni la del esfuerzo de los gobiernos para asegurar la paz europea, sino que es la historia de la lucha entablada entre los defensores del principio de la libertad y de la democracia, es decir, los defensores del Estado parlamentario, y sus adversarios. Las actitudes de los partidos no son otra cosa que los aspectos políticos de esa lucha y como tales deben ser considerados si se quiere comprender el significado de muchos acontecimientos de los últimos años y prever el desarrollo de la actual situación interna de algunos Estados europeos. En casi todos los países, al lado de los partidos que se declaran defensores del Estado parlamentario y partidarios de una política de equilibrio interior, es decir, liberal y democrática (los conservadores de todo tipo, desde los liberales de derechas hasta los socialistas de izquierda), hay partidos que plantean el problema del Estado en el terreno revolucionario: son los partidos de extrema derecha y de extrema izquierda, los «catilinarios», es decir, los fascistas y los comunistas. Los catilinarios[1] de derechas temen el peligro del desorden: acusan al gobierno de debilidad, de incapacidad y de irresponsabilidad; defienden la necesidad de una férrea organización estatal y de un control severo de toda la vida política, social, económica. Son los idólatras del Estado, los partidarios del absolutismo estatal. En un Estado centralizador, autoritario, antiliberal y antidemocrático es donde ven la única garantía de orden y de libertad, la única defensa contra el peligro comunista. “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, afirma Mussolini. Los catilinarios de izquierdas pretenden la conquista del Estado para instaurar la dictadura del proletariado. “Allí donde hay libertad, no hay Estado”, afirma Lenin[2].

 

En la cita del libro connotado se puede remarcar que Malaparte hace hincapié en el contexto político, sobre todo en la época política de referencia. No se trata, en ese ahora, el presente de Nicolas Maquiavelo, sino de lo que acaecía en el presente de Curzio Malaparte, no se trata de una decadencia tal de la libertad pública y privada, sino se trata de las soluciones “extremas” a la crisis política, por el lado de la “derecha” conservadora o, en contraste, por el lado de la “izquierda radical”.  Malaparte busca describir e interpretar los desplazamientos en las operaciones, procedimientos y técnicas de la toma del poder, teniendo en cuenta la experiencia política de su tiempo. Desde esta perspectiva hace una comparación de sucesos y eventos políticos que clasifica como golpes de Estado; compara el golpe de Estado Bolchevique y la táctica de Trotsky, en octubre de 1917, donde se aborda la toma del poder en Rusia por parte de los bolcheviques, comandados por León Trotski en la llamada revolución rusa, desenvuelta entre febrero y octubre de 1917; también tiene que ver con la historia de un golpe de Estado fallido, donde se trata sobre la defensa de Iósif Stalin frente al intento de Trotski de tomar el poder en 1927. Se analiza la experiencia polaca; la cuestión del orden versus el caos que tiene en vilo a Varsoviase trata sobre las luchas internas por el poder en la Polonia de Józef Pilsudski. Se evalúa el caso Kapp, que se figura como Marte contra Marx; donde se trabaja sobre el golpe de Estado de Kapp, golpe militar fracasado, que se tuvo lugar en la Alemania de 1920, dirigido por Wolfgang Kapp. También se analiza el referente político de Bonaparte, considerado el primer golpe de estado moderno; donde se analiza el golpe de Estado del 18 de Brumario, en comparación con el golpe de Estado dado por Napoleón el 9 de noviembre de 1799. Después se compara el golpe de Primo de Rivera con el dado por Pilsudski; un cortesano y un general socialista; aquí compara las actuaciones de Primo de Rivera y Pilsudski con las de Napoleón, golpes que se refugiaron en la legalidad del Estado vigente en lugar de rechazarla. En la contemporaneidad de Malaparte se tiene como otro referente al caso de Mussolini y el golpe de Estado fascista, donde se analiza la marcha sobre Roma y la toma del poder del Partido Nacional Fascista, de la que el propio Malaparte tomó parte. En este contexto, se ocupa del primer intento fallido de toma del poder por parte de Adolfo Hitler, el denominado Putsch de Múnich; al que lo nombra como un dictador fracasado; en este capítulo trata de las acciones fracasadas de Hitler con el objeto de la toma del poder. Al respecto no hay que olvidar que Técnicas del Golpe de Estado se publica en 1931, antes de que Adolf Hitler tome el poder en Alemania.

Continuando con las técnicas del golpe de Estado de Curzio Malaparte, el autor escribe:

El ejemplo de Mussolini y de Lenin influye considerablemente en el desarrollo de la lucha entre los catilinarios de derecha y de izquierda, y los defensores del Estado liberal y democrático. Existen, sin duda, una táctica fascista y una táctica comunista. Sin embargo, conviene hacer notar que, hasta ahora, ni los catilinarios ni los defensores del Estado parecen saber en qué consisten la una y la otra, si existen analogías entre ellas o cuáles son sus características propias. La táctica de Bela Kun no tiene nada en común con la táctica bolchevique. El intento revolucionario de Kapp no es más que una sedición militar. Los golpes de Primo de Rivera y de Pilsudski parecen haber sido concebidos y ejecutados de acuerdo con las reglas de una táctica tradicional que no se parece en nada a la táctica fascista. Bela Kun puede parecer un táctico más moderno, más técnico y, por eso, más peligroso que los otros tres; pero incluso él, al plantearse el problema de la conquista del Estado, demuestra desconocer la existencia, no sólo de una táctica insurreccional moderna, sino también de una técnica moderna del golpe de Estado. Bela Kun cree imitar a Trotsky y no se da cuenta de que se ha limitado a seguir las reglas establecidas por Marx según el ejemplo de la Comuna de París de 1871. Kapp cree poder repetir el golpe del 18 de Brumario contra la Asamblea de Weimar. Primo de Rivera y Pilsudski creen que para apoderarse de un Estado moderno basta con derrocar con las armas un gobierno constitucional.

Es evidente que ni los gobiernos ni los catilinarios se han planteado aún la cuestión de saber si hay una técnica moderna de golpe de Estado y cuáles pueden ser sus reglas fundamentales. A la táctica revolucionaria de los catilinarios, los gobiernos siguen oponiendo una táctica defensiva que revela una ignorancia absoluta de los principios elementales del arte de conquistar y de defender el Estado moderno. Sólo Bauer, canciller del Reich en marzo de 1920, ha dado muestras de haber entendido que para poder defender el Estado hace falta conocer el arte de apoderarse de él[3].

 

Malaparte busca describir y definir lo que llama las técnicas modernas del golpe de Estado. ¿En qué consisten éstas? No se trata tan solo de la toma del poder con el recurso de las armas, se trata de comprender el contexto moderno donde se disputan las fuerzas el control del Estado. En este sentido, Curzio Malaparte parece entender que las técnicas modernas del golpe de Estado se desarrollan de manera más operativa y, si se quiere, sofisticada, con la intervención combinada de fuerzas, procedimientos, operaciones y convocatorias, que despliegan los bolcheviques. Sin embargo, no se puede decir que Malaparte atribuya solo a los bolcheviques el desarrollo de las técnicas de golpe de Estado, además de las técnicas insurreccionales, por así llamarlas, continuando con las analogías, sino que otros perfiles políticos también lo hacen desde la intervención “bonapartista” del sobrino de Napoleón Bonaparte. Es loable la búsqueda descriptiva del golpe de Estado moderno por parte de Malaparte, empero, podemos sugerir la siguiente impresión de su lectura: no solamente no asiste, cuando publica su connotado libro sobre técnicas del golpe de Estado, a la asunción al gobierno y al poder del tercer Reich por parte de Adolf Hitler y del nacional socialismo, sino que tampoco va a tener la oportunidad, pues es otro tiempo, más actual, la experiencia política de los golpes de Estado militares durante la guerra fría.

Edwin Lieuwen, en Generals vs. Presidents: Neomilitarism in Latín America, hace una descripción sucinta de los golpes de Estado militares modernos, escribe:

En la madrugada, un destacamento de tropas, en ocasiones apoyadas por tanques, llega repentinamente a la residencia del poder ejecutivo y captura al presidente. Al mismo tiempo, otras tropas toman el control de los medios de comunicación (la central telefónica, las estaciones de radio y televisión, y la prensa favorable al gobierno). Mientras tanto, el poder de fuego se concentra en los puntos estratégicos para yugular cualquier posible resistencia civil. Al amanecer se produce el pronunciamiento, el anuncio de las fuerzas armadas al pueblo de que han asumido el control del gobierno, y que el presidente y el Congreso han sido destituidos[4].

 

Al respecto, Eduardo Gonzales Calleja, autor de En las tinieblas de Brumario: cuatro siglos de reflexión política sobre el golpe de Estado[5], dice:

Esta secuencia tópica del asalto al poder en un país latinoamericano puede servir de introducción a uno de los fenómenos más recurrentes y, quizás, peor conocidos de las crisis políticas: el golpe de Estado. Hasta la fecha, el golpismo ha tenido un tratamiento bastante confuso por parte de las ciencias sociales: se le ha achacado un carácter fundamentalmente conservador, se le ha definido como un modo paradigmático de intervención militar, se le ha confundido con un tipo particular de violencia política, o se ha restringido la explicación de sus condiciones de desarrollo, ejecución y consecuencias a determinadas áreas geográficas, afectadas por el colonialismo y por la dependencia económica. El recorrido que nos proponemos iniciar sobre la evolución de las teorías explicativas del golpe de Estado tiene como objeto desentrañar los logros y las limitaciones de los estudios que, a lo largo del tiempo, han tratado de analizar su origen, sus etapas, sus protagonistas y sus repercusiones en la comunidad política. Pero, antes de iniciar este periplo, parece pertinente abordar una caracterización previa de los rasgos fundamentales del golpe, que nos permita revisar alguno de los tópicos más arraigados en el examen de tan particular fenómeno[6].

De la misma manera que, en su tiempo, Curzio Malaparte intentó describir y definir el golpe de Estado moderno, Eduardo Gonzáles Calleja también busca describir el golpe de Estado de su contemporaneidad correspondiente del siglo XX, sobre todo teniendo como referente los golpes de Estado militares dados en el contexto de la llamada guerra fría. Para comenzar, podemos señalar que, de entrada, se trata de contextos histórico-políticos distintos, el vivido por Malaparte y el experimentado por Calleja. Sin embargo, vale la pena citar la descripción que hace este último autor mencionado. Calleja, en un intento preliminar de definición y caracterización del término “golpe de Estado”, escribe:

Acuñado en Francia durante el siglo XVII, ha quedado incorporado en la actualidad al vocabulario de casi todas las lenguas modernas. Las definiciones reseñadas en los diccionarios de uso corriente presentan muchos rasgos coincidentes, que nos pueden servir para ensayar una aproximación preliminar a la naturaleza de este fenómeno. En primer lugar, el secretismo en la preparación del complot y la necesaria rapidez de su ejecución dan al golpe una característica impronta de acto repentino, inesperado y, en ocasiones, impredecible. En su fase de preparación, los golpes son eventos conspirativos que precisan, al menos, de una cierta discreción entre sus promotores. La naturaleza secreta y azarosa del golpe se pone en evidencia cuando, por la mayor parte de los testimonios coetáneos, se constata que puede fracasar en muchas fases de su desarrollo, por la equivocada apreciación de las circunstancias objetivas, por las indiscreciones producidas durante su preparación o por los errores cometidos en el momento de su ejecución. Este amplio umbral de incertidumbre que se vincula a la decisión golpista implica una alta tasa de riesgo, que suele aumentar en proporción al tamaño del grupo conspirativo. Pero el peligro queda compensado con el bajo coste relativo que conlleva este tipo de acciones en comparación con los réditos políticos que los conjurados pretenden obtener. En todo caso, la experiencia histórica parece demostrar que el golpe es una operación arriesgada, cuyo éxito no está, ni mucho menos, garantizado: de 88 golpes de Estado censados en el mundo entre 1945 y 1967, 62 fueron calificados por Luttwak como “eficientes” (léase coronados por el éxito), y el resto como fracasados o frustrados.

 

Una segunda característica del golpe es su pretendido carácter violento, ya que, casi por definición, su ejecución implica una transferencia de poder donde está presente la fuerza o la amenaza de su uso. Podría ser considerado por ello como una forma de violencia política, caracterizada por el protagonismo de un actor colectivo minoritario y elitista, que dispone de amplios recursos coactivos para alcanzar una meta ambiciosa: la conquista total del Estado o la transformación profunda de las reglas del juego político e incluso de la organización social en su conjunto. Los estudios generales sobre la violencia han incluido al golpe de Estado como una forma de inestabilidad política que deriva en el uso de la fuerza, junto con los motines, las rebeliones, la guerra de guerrillas, el terrorismo o la guerra civil, con los que comparte su naturaleza de fenómenos políticos ilegales, que implican siempre un desorden extenso y un empleo intensivo de la coacción física. Pero resulta evidente que el golpe no cubre todo el campo semántico de las interrupciones brutales del poder político. A pesar de su más que habitual relación con otros tipos de violencia en contextos de crisis política aguda, las disparidades de partida resultan sustanciales. Los golpes de Estado se diferencian de otras clases de asalto al poder en que requieren un empleo de la violencia física muy reducido e incluso nulo, y no necesitan la implicación de las masas. El golpe es siempre un ataque fulminante y expeditivo a las instancias de gobierno que se ejecuta desde dentro del entramado del poder, y en eso se distingue fundamentalmente de las modalidades de violencia subversiva, como la guerra civil o la insurrección. La acción insurreccional es un hecho a menudo escasamente planificado, que es protagonizado por una coalición heterogénea de tipo popular y que tiene una duración prolongada, mientras que el golpe es el acto de usurpación política razonado y metódico por excelencia, impulsado por una institución bastante homogénea (partido, gobierno, parlamento, ejército) de forma rápida e imprevista.

 

El golpe de Estado es un modo más discriminado de violencia, y más selectivo en sus objetivos que otras formas violentas como el terrorismo. La esencia del golpe es el secreto, mientras que el terrorista busca el máximo de publicidad en sus acciones. A diferencia de la guerrilla y de la guerra revolucionaria, cuyo objetivo es debilitar y desarticular progresivamente los organismos de gobierno, el golpe de Estado lo suelen perpetrar los propios representantes del poder constituido, y casi siempre cobra la fisonomía de un asalto, repentino e inapelable, a las máximas instituciones del Estado, que incide en un terreno muy restringido (generalmente, determinados puntos neurálgicos de una capital) y que busca, pura y simplemente, la obtención del poder o la anulación de un adversario político. En consonancia con su equívoca relación con la violencia política, los golpes de Estado hacen más fluida o intrincada la circulación hacia otras modalidades violentas de gran alcance, del mismo modo que la tendencia hacia este y otros tipos de intervención militar aumenta con el incremento de la violencia colectiva. El golpe puede ser el prólogo o el epílogo de una crisis bélica interna o externa o de un proceso revolucionario, pero se diferencia de las revoluciones en que no suele implicar grandes costes en recursos movilizados, y arroja como resultado un relativamente pequeño desplazamiento de los miembros de la élite dirigente, o todo lo más un cambio en la titularidad del poder ejecutivo. Sin embargo, no todos los eventos que denominamos golpes de Estado dan lugar a cambios menores. Tal fue el caso del “golpe de Praga” de febrero de 1948. En esas condiciones, el golpismo aparece como una ruptura brutal, marcada por el derrocamiento del poder establecido, y, en ocasiones, por un cambio radical en la naturaleza del régimen político. Se podría convenir entonces en que el golpe de Estado describe un modo determinado de acción subversiva, y la revolución las consecuencias últimas de ese proceso.

 

Algunos estudiosos han advertido que la verdadera esencia política del golpe de Estado no está en su naturaleza intrínsecamente violenta. Brichet admitió que, en la mayor parte de los casos, los golpes acostumbran a ser actos de fuerza, pero que en otras circunstancias no han precisado del empleo de la coacción física, sino de dosis adecuadas de decisión política, tal como la entendía Carl Schmitt: como generación de nuevas normas jurídicas impuestas por la determinación soberana del gobernante, por encima del Derecho natural y positivo. En ese sentido, lo que caracterizaría al golpe de Estado no es su naturaleza violenta, sino su carácter ilegal, de transgresión del ordenamiento jurídico-político tanto en los medios utilizados como en los fines perseguidos, sean éstos el establecimiento de un régimen dictatorial o un cambio en el equilibrio constitucional de los poderes del Estado. Kelsen opinaba que un golpe de Estado era una acción radicalmente ilegal, ya que al romper la Constitución invalidaba todas las leyes existentes. Por la naturaleza de sus actores y por su desarrollo, el golpe se encuadra de forma más satisfactoria entre los procesos de transferencia anómala, ilegal y extrajurídica (por forzada y violenta) del poder de una élite a otra, ya sea un ‘clique’ militar o una minoría civil que inspira o apoya la subversión castrense. Pero es posible su inserción en la continuidad de la vida política, ya que, según algunos autores, los golpes no se diferencian necesariamente por su significación o por sus consecuencias, sino que son otra forma, no tan disfuncional como parece, de obtener el poder. Algunos especialistas llegan a aceptar el golpismo como una expresión peculiar del estado de la opinión pública, o incluso como un tipo particular de acto revolucionario. El argumento, harto polémico, de presentar el golpe como un modo más o menos “institucionalizado” de expresar una opinión o una aspiración colectivas se basa en el hecho innegable de que, en algunos países, como es el caso de varias repúblicas latinoamericanas, esta acción ilegal resulta un incidente habitual de la vida política, y como tal está ampliamente ritualizado y resulta incluso predecible.

 

Un golpe de Estado no implica siempre la conquista del poder establecido, sino que puede, simplemente, apuntar a una redistribución o reforzamiento de papeles en el seno de un gobierno dividido (caso de los conflictos entre la Jefatura del Estado, del Gabinete o del Ejército en muchos regímenes pretorianos del tercer mundo) o a reordenar las relaciones entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, como fue el caso de la “celada parlamentaria” de Bonaparte el 18 Brumario del año VIII (9-10 de noviembre de 1799). Como instrumento no pautado de resolución de una crisis política, el golpe acostumbra a surgir del interior de la misma estructura estatal, por ejemplo, como un medio de conservar un poder amenazado por los plazos electorales o por otras disposiciones institucionales, como fue el caso de Luis Napoleón en 1851. Pero el caso más espectacular (aunque, quizás, no el más frecuente) es el asalto al poder, en cuyo caso el golpe puede vincularse con fenómenos de más amplio alcance transformador como la revolución o la contrarrevolución.

 

La mayor parte de las definiciones otorgan el protagonismo de los golpes de Estado a una minoría que cuenta con un acceso privilegiado a los resortes de poder, especialmente los de naturaleza coactiva. La naturaleza conspirativa del golpe exige la implicación del menor número de personas posible. El golpismo es una estrategia propia de minorías caracterizadas por su acceso preferente a los resortes más sensibles del poder político. Según Huntington, el golpe sólo puede ser realizado “por un grupo que participa en el sistema político existente y que posee bases institucionales de poder dentro del sistema. En particular el grupo instigador necesita del apoyo de algunos elementos de las fuerzas armadas”. William Randall Thompson asigna al golpe de Estado una autoría exclusivamente militar, al definirlo como “la sustitución o intento de sustitución de jefe ejecutivo del Estado por las fuerzas armadas regulares a través del uso o la amenaza de la fuerza”. En este caso, el golpe de Estado como usurpación de funciones políticas por parte de los militares, y que no suele responder a una ideología de la subversión determinada, se ha convertido en la expresión fáctica más representativa de ese fenómeno social, político y cultural de carácter multidimensional que denominamos militarismo, o de la manifestación estratégica característica de la intromisión militar en la vida política que llamamos pretorianismo. Sin embargo, no hay que detenerse demasiado en la observación de los preparativos, ejecución y desenlace de los golpes de Estado para constatar que estas acciones no son el único modelo de intervención militar en la política, ni los uniformados son sus únicos protagonistas. Con harta frecuencia, cualquier rumor de complot, una dimisión política más o menos forzada, una revuelta, una revolución, un motín, una guerra civil o cualquier otra intromisión militar en la política han sido calificados de golpe de Estado. Este abigarramiento de intervenciones políticas ilegales demuestra que la acción pretoriana puede darse perfectamente sin recurrir al golpismo, y que es erróneo considerar el golpe como la forma por antonomasia de intervención militar. Existen mecanismos no menos eficaces de acción pretoriana que, a diferencia de los golpes, no implican el derrocamiento del poder establecido con el empleo directo de la violencia física, como las presiones militares encubiertas o los golpes “blandos”.

 

Esta revisión preliminar de las características básicas de los golpes nos permite avanzar una serie de definiciones acuñadas por los especialistas en la materia. Samuel P. Huntington aporta todos los elementos necesarios para el análisis del fenómeno, al describirlo como un esfuerzo de la coalición política disidente para desalojar ilegítimamente a los dirigentes gubernamentales por la violencia o la amenaza de su utilización, aunque la violencia empleada resulta escasa y está controlada, intervienen pocas personas y los participantes poseen ya bases de poder institucional en los marcos del sistema político vigente. En resumen, el golpe de Estado puede ser evaluado como un cambio de gobierno efectuado por algunos poseedores del poder gubernamental en desafío de la constitución legal del Estado. Es un acto inesperado, repentino, decisivo, potencialmente violento e ilegal, cuya impredecibilidad resulta tan peligrosa para los conjurados como para las eventuales víctimas, y que precisa de un gran cuidado en la ejecución. Su propósito deliberado es alterar la política estatal mediante una intervención por sorpresa y con el menor esfuerzo posible[7].  

 

Comparando lo escrito por Curzio Malaparte y lo escrito por Eduardo Gonzáles Calleja, entre el contexto político de la primera parte del siglo XX y el contexto político de la segunda parte del siglo XX, vemos el desarrollo de una mayor precisión en el concepto de golpe de Estado, a la luz de la propia complejización de la problemática política, también de la estructura del Estado; teniendo en cuenta, además, el avance tecnológico, no solamente militar sino de las comunicaciones, la informática y la cibernética. Por otra parte, no hay que olvidar que ya se cuenta con un bagaje de experiencia sobre golpes de Estado modernos, además de una historia en la discusión, el debate y los análisis descriptivos y teóricos sobre golpe de Estado. Sobresalen en la descripción de Calleja sobre el golpe de Estado lo siguiente: El golpe de Estado adquiere un carácter principalmente conspirativo, que llama “secretismo”; el golpe de Estado es un a irrupción violenta, solo que, en comparación con la revolución o la guerra civil, es violencia circunscrita y selectiva o, si se quiere, puntual; el golpe de Estado se puede caracterizar más que por su violencia por su carácter y condición de despliegue y desenvolvimiento ilegal. Por último, podemos recoger, tanto en lo que respecta a lo dicho por Malaparte y lo enunciado por Calleja, que el golpe de Estado es una técnica susceptible de ser empleada tanto por unos y por otros, por “derechas” y por “izquierdas”, por grupos particulares de poder o por grupos de control monopólico económico.

Samuel Finer, en 1962, intentó otra conceptualización del golpe de Estado; su libro conocido es The Man on Horseback: The Role of the Military in PoliticsLos militares en la política mundial[8]. El mentado autor, teniendo como referente a los militares, reconoce cuatro categorías de presión sobre el Estado, respecto de los cuales considera legítimo sólo al primero:

  1. Presión sobre el gobierno o los parlamentarios, para influir a favor de sus intereses;
  2. Reclamos al gobierno o el parlamento bajo advertencia de que, en caso de no ser aceptados, procederán a realizar acciones perjudiciales. Considera este nivel como extorsión ilegítima. Aun sin que el gobierno cambie, sostiene que esta situación podría dar lugar a un “golpe de Estado tácito”, en el que el gobernante toma las decisiones que le impone el grupo de presión.
  3. Uso de la violencia o amenaza de violencia para reemplazar al gobierno civil por otro gobierno civil.
  4. Uso de la violencia o amenaza de violencia para reemplazar al gobierno civil por un gobierno militar.

Durante la dramática historia política del siglo XX, el golpe de Estado adquirió la forma particular de un despliegue de las fuerzas armadas, desplazando, por intermedio de la violencia fáctica, al gobierno instituido. Empero, a pesar de este rasgo común, compartido por las asonadas violentas, considerando el periodo de las dictaduras latinoamericanas, en la décadas de 1970 y 1980, incluso antes, en la década anterior, los golpes de Estado han ido adoptando formas más complejas y menos evidentes, mediante técnicas de desestabilización económica, “golpes de mercado”, así como la incubación de climas de caos social, saqueos, huelgas, que pueden ser agravados por el uso proliferante de medios de comunicación de masas.

Como dijimos, el concepto de golpe de Estado está ligado con otros conceptos concernientes a perturbaciones del poder institucionalizado; por ejemplo, como los relativos a la revuelta, motín, revolución o guerra civil. Estas locuciones se esgrimen comúnmente de manera espontánea, generalmente con propósitos propagandísticos o, peor aún, de desinformación. La revolución, en la jerga de la ciencia política, denota el acontecimiento político relativo al cambio social, prioritariamente radical, que suele ser dramático; prácticamente involucra confrontaciones violentas, en términos marxistas, la lucha de clases. De todas maneras, los límites de los campos conceptuales se suelen cruzar en el decurso de las deliberaciones, debates y discusiones políticas e ideológicas; por ejemplo, una revolución puede mezclarse, antes o después, con el evento de golpe de Estado. Esto pasa cuando las autoridades instituidas, legalmente constituidas, son desplazadas por diligencias ilegales, sean estas fehacientes o, mas bien, preservando una apariencia de legalidad. La guerra civil corresponde al enfrentamiento armado de una sociedad civil desgarrada, contrapuesta y separada en dos bandos enemigos. Es clara la diferencia entre guerra civil y golpe de Estado, no solo por la extensión, la intensidad y la duración, además de abarcar y comprometer a toda la sociedad, sino por las propias dinámicas moleculares y molares que conforman distintos hechos políticos y bélicos. El motín es un fenómeno puntual, se podría decir una insubordinación dada en un cuerpo institucional bien definido, por ejemplo, como el ejército, las fuerzas armadas, la policía o si se quiere,  insubordinación dada en una nave o embarcación. Se trata del desacato y de la desobediencia grupal o colectiva de un cuerpo institucional bien definido. No tiene, exactamente, como fin derrocar al gobierno, tampoco trastrocar un régimen, ni mucho menos hacer transformaciones institucionales estructurales, aunque si puede, dependiendo los casos, buscar reformas menores. Las revueltas corresponden a rebeliones y levantamientos, generalmente espontáneos, donde las multitudes invaden, irrumpen y conquistan espacios públicos, afrontando a la autoridad y a la institucionalidad establecidas. Las revueltas generan situaciones alterativas, que pueden derivar en aperturas y la creación de alternativas a la institucionalidad establecida. Recientemente se ha venido usando términos disyuntivos, próximos o semejantes al de golpe de Estado; por ejemplo, golpe parlamentario. En las constituciones republicanas puede estar previsto que el Congreso haga juicio político al presidente o a las autoridades gobernantes, en consecuencia, destituya al presidente o a las autoridades, sobre todo en el caso de que se comprobara que se cometió delito durante la gestión de gobierno. El presidente o las autoridades equiparan dichos juicios con golpes de Estado; lo hacen a manera de defensa y de descalificación de los juicios que los interpelan.

Respecto a la defensa de la institucionalidad de la república, distintas constituciones tienen normas específicas para prevenir el golpe de Estado, de este modo señalar y penar a los responsables de la acción de golpe de Estado, así como se cuenta con un reglamento penal para sancionar los delitos contra la democracia. Estas normas están encaminadas fundamentalmente a operar en dos señaladas situaciones: Dejando sin efecto los actos efectuados por las autoridades que asumieron el poder en condición de un golpe de Estado, disponiendo que los mismos serán nulos de pleno derecho; estableciendo las penas para aplicar a los responsables de haber intentado o realizado un golpe de Estado[9].

El concepto de golpe de Estado en Samuel Finer adquiere mayor ductilidad y fluidez, dando lugar a distintos matices, donde la acción armada se relativiza y adquieren peso otras formas de intervención conspirativa. Métodos de presión, procedimientos de chantaje y coerción, diligencias legales o de judicialización, así como juicios e interpelaciones parlamentarias, adquieren la incidencia operativa como para influir en el cambio de gobierno o en los decursos políticos. Estamos entonces, ante desplazamientos conceptuales de la noción y el enunciado sobre golpe de Estado. Ahora bien, hay que tener en cuenta que estos desplazamientos teóricos no solo transcurren en el campo de la formación discursiva y enunciativa, sino que también se corresponden con modificaciones y transformaciones en la materialidad social del referente, en este caso, por así decirlo, en el plano de intensidad político, sobre todo de las dinámicas de las prácticas políticas. Esta correspondencia no es ciertamente conmutativa, sino que pueden darse, y esto es lo que ocurre, rezagos en la interpretación teórica, así como la interpretación teórica se desenvuelve más por su propia acumulación que por una correspondencia inmediata con los hechos, secuencias de hechos, procesos, dados en la realidad efectiva. Pero, de todas maneras, no hay que olvidar que la interpretación teórica no puede dejar de desenvolverse sin el referente empírico.

Breve genealogía del golpe de Estado en Bolivia

No se trata de encontrar, en este caso, el golpe de Estado inicial, pues el estado inicial, en sentido de situación o condición de posibilidad histórica política inicial, es la guerra de conquista, sino de dibujar una cronología en un mapa político en el tiempo o en la historia, que nos muestre periodos de aguda crisis o, de vacío político, que se expresaron sintomáticamente en el motín militar, como decía Carlos Montenegro; periodo señalados de los bárbaros ilustrados, después, intermitentemente, periodos de asonadas, así como también de irrupciones militares, distinguiendo estos lapsos dramáticos de la crisis política del periodo de las dictaduras militares, en el contexto de la guerra fría. En la perspectiva de la historia presente, nos interesa enfocarnos en estas últimas, en el perfil de lo que se vino a considerar como modelo de los golpes de Estado, llevado a cabo por militares, respondiendo a los embates mundiales de la guerra fría, así como en las contingencias nacionales de la concurrencia de fuerzas por el control del poder.

Podemos decir que el primer golpe de Estado de este periodo de dictaduras militares fue el perpetrado por el general René Barrientos Ortuño, en 1964, contra el último gobierno de la revolución nacional (1952-1964), cuyo presidente era Víctor Paz Estensoro. El 5 de noviembre de 1964 asumió el poder el general René Barrientos Ortuño como presidente de la Junta Militar, constituida luego del golpe de Estado, en tanto co-presidente, junto al General Alfredo Ovando Candia en el lapso de 1964-1965. Barrientos era el vicepresidente de Víctor Paz Estensoro, el golpe, entonces, fue perpetrado desde adentro. Era el tercer período de mandato presidencial de Paz Estenssoro; periodo que había comenzado el 6 de agosto de 1964, justo después de que hubieran tenido lugar numerosas huelgas de los trabajadores mineros, reprimidas duramente por las incursiones del ejército; sobresale el enfrentamiento en Sora Sora, contra las milicias mineras. Paz Estenssoro fue, por lo menos, tres veces, en ocasiones diferentes, presidente de la República de Bolivia, 1952-1956, 1960-1964 y, por último, desde 1985 hasta 1989.  El primer gobierno de Paz Estenssoro se inició en 1952, después de la revolución nacional; se implementaron las medidas de transformaciones estructurales como la nacionalización de las minas, el voto universal, la reforma agraria y la reforma educativa; se estableció el monopolio en la exportación del estaño. Después de la derrota militar sufrida por parte del ejército el 9 de abril, se reestructuró el ejército. A Paz Estenssoro le sucedió, después de las elecciones correspondientes, Hernán Siles Zuazo, que gobernó desde 1956 hasta 1960. Concluido su mandato en 1960, entregó el mando presidencial nuevamente a Víctor Paz Estensoro, quién volvió a ganar las elecciones. En vez de seguir con las sucesiones acordadas entre los líderes de la revolución nacional, Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Suazo, Juan Lechín Oquendo y Walter Guevara Arze, Paz Estenssoro se volvió a postular como candidato a la presidencia. En los comicios de 1964 salió triunfante de nuevo Paz Estenssoro, pero esta su reelección fue cuestionada por distintos sectores, tanto del mismo partido, el MNR, como por otros partidos, así como por parte de la opinión pública.

Después de los enfrentamientos de Sora Sora (1963), el MNR había cruzado la línea, en un largo y sinuoso recorrido de retrocesos, que Sergio Almaraz Paz llamó “el tiempo de las cosas pequeñas”; una vez cruzada la línea el partido de la revolución nacional, en el gobierno, enfrentaba al pueblo. No solamente el partido se dividió, quedando una ala con el presidente, otra con Juan Lechín Oquendo, líder de los trabajadores y cabeza de la COB, esta era el ala, por así decirlo de “izquierda”, el Partido Revolucionario de Izquierda (PRI), y otra ala, señalada como de “derecha”, era la que encabezaba Walter Guevara Arze, el Partido Revolucionario Auténtico (PRA), sino que el bloque nacional-popular se había roto, quedando los milicianos a merced de lo que pueda ocurrir. El mismo partido conspiró contra el gobierno de Paz Estenssoro, se involucraron en el golpe de Estado, que se venía gestando, hubo reuniones entre Juan Lechín Oqueno y Hernán Siles Suazo con el propio general René Barrientos Ortuño. Parte de la “izquierda” también lo hizo, sobre todo el PCB, salvo el POR que se posicionó al margen. El ideólogo del POR, Guillermo Lora, dijo que se trataba de un enfrentamiento entre fracciones burguesas, aunque uno de sus militantes minero, Filemón Escobar tuvo otra posición; exigió la participación en la defensa de la revolución contra el golpe militar, para retomar las banderas de abril, de la misma revolución nacional, para convertirlas en banderas rojas.

Ante el desbande de los milicianos, la ruptura del bloque nacional-popular, la conspiración golpista en el seno del mismo partido de la revolución nacional, los militares se impusieron, frente a una mermada, grupal, defensa desesperada de la revolución en el cerro Laykakota, “sepelio de una revolución arrodillada”. El golpe de Estado triunfó y se hizo cargo del gobierno, ingresando los militares al “Palacio quemado”. El perfil del golpe no fue distinto a los golpes militares que vinieron después; acuerdos, telefonazos, presiones, incorporaciones, entre generales al mando; movilización de tropas, toma de puntos estratégicos, control de las ciudades, toma o accede a las radioemisoras, desde donde se difundían los bandos golpistas y se comunicaba a la población sobre las convocatorias militares desplegadas; añadiendo la incursión de aviones y el ametrallamiento a las trincheras de los milicianos del cerro Laykakota.

Esta breve descripción del golpe de Estado militar de noviembre de 1964 nos muestra que un golpe de Estado no es solamente producto de una “conspiración”, sino que su brote y desarrollo dependen de las dinámicas políticas y la correlación de fuerzas en un contexto social y político determinado. Es decir, el golpe de Estado no se da en un vacío político y solo se mueve por las reglas y las “técnicas” del golpe de Estado, sino que depende primordialmente de lo que ocurre en la sociedad, de la crisis inherente social, además de la crisis política, también crisis económica. En otras palabras, las “técnicas” del golpe de Estado solo son útiles si están dadas las condiciones de posibilidad históricas y políticas para una intervención conspirativa; estas condiciones de posibilidad corresponden a las dinámicas mismas de la crisis política, también a la crisis institucional, concretamente de la república, específicamente, crisis del Estado-nación. Por lo tanto, hablar de golpe de Estado y de “técnicas de golpe de Estado” como si éstas fuesen independientes de lo que acaece en la sociedad, es caer en el craso supuesto de las teorías de la conspiración. Si no hay crisis política, el golpe de Estado, incluso con la mejor conspiración y conspiradores, con las mejores “técnicas de golpe de Estado”, no puede prosperar si no hay crisis política, mejor aún, yendo más lejos, si no hay crisis institucional, muchísimo mejor, si no hay crisis social y económica. Por lo tanto, si bien es ponderable el esfuerzo de descripción de lo que llama Curzio Malaparte “técnicas del golpe de Estado”, lo que ayuda a comprender parte del funcionamiento de la crisis política y de la política en plena crisis, sus tesis caen en el abismo abstracto y desconectado de las teorías de la conspiración.

En consecuencia, no puede haber una teoría del golpe de Estado, no solamente porque ésta se circunscribe a las “técnicas del golpe de Estado”, sino porque ningún golpe de Estado puede evadirse y levitar sobre las dinámicas de la realidad social efectiva, las dinámicas de la complejidad social. Para comprender, a cabalidad el golpe de Estado, algún golpe de Estado en particular es indispensable conocer y entender cómo funcionan las estructuras, los diagramas y las máquinas de poder en una situación concreta y en un país especifico, sobre todo en un periodo o coyuntura de crisis. Si no se tiene este conocimiento, se cae en lo que cae toda teoría de la conspiración, en una especulación abstracta, disociada, que se parece a una política-ficción.

El golpe de Estado de noviembre de 1964 fue como la matriz de los siguientes golpes militares que siguieron hasta 1982. Observando retrospectivamente la dramática historia reciente de los golpes de Estado, Alfredo Ovando Candia se erigió en pilar cardinal en la reorganización de las Fuerzas Armadas, después de la revolución nacional de 1952. Se puede decir que fue Ovando quien modernizó al ejército, tanto en la logística, así como en armamento. Durante su dirección, el ejército adoptó el uniforme al estilo que utilizaba el ejército alemán durante la segunda guerra mundial, de la década de los cuarenta. En 1964, Alfredo Ovando Candia fue nombrado comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Ese mismo año apadrinó el complot con el general René Barrientos Ortuño, en la conspiración golpista para derrocar al presidente de ese entonces Víctor Paz Estenssoro.  En 1969, el presidente Barrientos falleció, a causa de un supuesto accidente aéreo de helicóptero. Le sucedió su vicepresidente Luis Adolfo Siles Salinas.  Empero, Siles Salinas no estuvo mucho tiempo en el poder, siendo derrocado mediante un golpe de Estado perpetrado por el mismo Ovando Candia. Alfredo Ovando Candia subió a la presidencia el 26 de septiembre de 1969. En su vertiginoso gobierno nacionalizó del petróleo, el 17 de octubre de 1969, recurriendo a la expropiación de la Gulf Oil Company, el Estado se hizo propietario de sus recursos hidrocarburíferos;  también se efectuó la instalación de la primera fundidora de estaño en el país. Al mismo tiempo aplicó medidas sociales importantes como campañas de alfabetización.

El gobierno del general Alfredo Ovando Candia tuvo que enfrentar un golpe militar de “derecha”, que intentó hacerse cargo del poder, imponiendo un triunvirato militar. Empero, un contra-golpe militar evitó que la Junta Militar se consolide. El general Juan José Torres asumió el poder apoyado en un levantamiento popular, con participación de trabajadores, organizaciones campesinas, el movimiento universitario y un sector de los militares leales al general Juan José Torres. El presidente Torres bautizó a esta alianza como si fuesen los 4 pilares de la revolución provisoria, el 7 de octubre de 1970, logrando, de este modo, evitar la consolidación del golpe de Estado de “derecha” contra el gobierno del general Alfredo Ovando Candia; estableciendo un gobierno militar de izquierda nacional. Durante su breve gobierno se efectuó la nacionalización de la Mina Matilde, así como las Colas y Desmontes; también se decretó la expulsión de los Cuerpos de Paz, organismos de intervención social de los Estados Unidos de Norte América. Entre sus medidas dispuso un aumento presupuestario significativo a las universidades. Su política exterior se caracterizó por ser pluralista, postulando el respeto por la autodeterminación de las naciones. Se dieron lugar acercamientos con el gobierno de Chile del presidente socialista de Salvador Allende, dando avances importantes en las negociaciones para una salida al mar. Conformó la Corporación de Desarrollo, plataforma o incubadoras de las empresas públicas; creo el Banco del Estado, concebido como Banco de Desarrollo, además de determinar la reposición salarial a los mineros. En contraposición, la geopolítica norteamericana reacciono rápidamente, el gobierno de Estados Unidos de Norte América impuso un bloqueo económico.

El General Jan José Torres fue la cobertura política del intento del establecimiento de un modelo de fortalecimiento y profundización de la democracia en Bolivia, conformando la participación popular directa mediante el plebiscito, la formación del Consejo de Estado, por medio de una Asamblea Nacional, incorporando diversas modalidades de representación. Para ello durante su gobierno se elaboró la “Constitución Política del Estado – Gobierno Revolucionario – República de Bolivia – 1971”. El nacimiento de la Asamblea Popular, que quiso hacer co-gobierno, que era una propuesta, por así decirlo consejista o soviética, provocó una nueva asonada militar, dando lugar a un nuevo golpe de Estado, que llevó a la presidencia al general Hugo Banzer Suarez el 21 de agosto de 1971. El régimen de Hugo Banzer viró rápidamente hacia una escalada represiva; ilegalizó a los partidos políticos, prohibió la acción sindical, suspendió todos los derechos civiles, además de enviar tropas a los centros mineros, ocupándolos. Este presidente de facto de “derecha” fue apoyado explicitamente por el dictador Augusto Pinochet, así como también por la Casa Blanca y del Pentágono de los Estados Unidos de Norte América. Fue el dictador que duró más largamente hasta entonces, unos siete años. Su gobierno incrementó desmesuradamente el endeudamiento del país, aprovechando la subida de los precios de las exportaciones bolivianas de estaño, el petróleo y prestamos de la comunidad internacional. Hugo Banzer fue derrocado en 1978; una junta militar liderada por Juan Pereda Asbún se hizo con el poder.

En el lapso entre 1978 y 1982 se sucedieron ocho presidentes, lapso dado entre la provisional recuperación de la democracia y la llamada narcodictadura. Entre la caída de la dictadura de Hugo Banzer Suarez y la asunción del gobierno democrático de Hernán Siles Suazo , en 1982, el país se vio sometido a un forcejeo de concurrencias de fuerzas conspirativas, sufriendo una puja de sectores, incluso dentro de las Fuerzas Armadas, entre aquellos que intentaban volver a la democracia y aquellos que buscaban profundizar la dictadura, de acuerdo al modelo del Estado burocrático autoritario, adoptado entonces por todos los países circundantes. Argentina con el denominado “Proceso de Reorganización Nacional”, en Brasil, con el gobierno militar de João Baptista de Oliveira Figueiredo, en Chile, con la dictadura militar de Augusto Pinochet, en Paraguay, con la larga dictadura de Alfredo Stroessner, en Perú, con el general Francisco Morales Bermúdez. En resumen, durante estos cuatro años dramáticos gobernaron ocho presidentes, Pereda, Padilla, Guevara Arce, Natusch Busch, Gueiler, García Meza, Torrelio y Vildoso. Se puede decir que la circunstancia coyuntural convergió con la clausura del ciclo del estaño, sobre todo marcada por una caída estrepitosa del precio de la materia prima en el mercado internacional; la coyuntura álgida derivó en el escenario económico de la hiperinflación, ocasionando falta de divisas; así como se ensancharon los espacios perversos de la economía política de la cocaína.  El general David Padilla tomó el poder el 24 de noviembre de 1978; derrocó al general Juan Pereda Asbún, planteándose como objetivo establecer un gobierno “democrático”; convocó a elecciones en julio de 1979. En estas elecciones salió victorioso Hernán Siles Suazo del MNR-I. De todas maneras, a pesar del triunfo, al no alcanzar Siles Suazo el 50% de los votos, la Constitución contemplaba, en ese entonces, que el Congreso era el que debía definir la elección del presidente. En este contexto, abrumado por presiones, no se pudo obtener la mayoría requerida en el Congreso. Cómo solución provisional el Congreso designó al presidente del Senado, Walter Gurvara Arce, para hacerse cargo interinamente de la Presidencia de la República por un año, hasta las elecciones de 1980. El 1 de noviembre de 1979 el general Alberto Natusch Busch derrocó al gobierno interino perpetrando un sangriento golpe de Estado. En contraposición al golpe de Estado militar se dio lugar un levantamiento popular, conducida por la Central Obrera Boliviana (COB), repercutiendo en enfrentamientos, así como en sañudas represiones; se puede mencionar como terrible ilustración a la masacre de Todos Santos, donde murieron más de 100 personas, así como se contaron más de 30 desaparecidos. Dieciséis días después, la resistencia popular obligó a Natusch Busch a devolver el poder al Congreso que eligió a la presidenta de la Cámara de Diputados, Lidia Gueiler Tejada, otra vez como presidente interina de la República, hasta las elecciones del 29 de junio del año siguiente. Hasta ese entonces, Lidia Gueiler fue la única presidenta de Bolivia. El 17 de julio de 1980 un grupo de militares, ligados al narcotráfico, liderados por Luis García Meza y su lugarteniente Luis Arce Gómez, contando con apoyo operativo de la dictadura militar argentina, así como la participación cruenta de un comando paramilitar, denominado los “Novios de la Muerte”,  organizado por el acusado de criminal de guerra nazi Klaus Barbie y el mafioso italiano Marco Mariano Diodato, encubiertos por la CIA; esta coalición perversa ocasionó un sangriento golpe de Estado, derrocando al gobierno interino de Lidia Gueiler e impidiendo la asunción de Hernán Siles Suazo.

Habiendo aprendido la lección del fallido golpe del año anterior encabezado por Alberto Natusch Busch, debido a la resistencia popular organizada por la COB, el objetivo principal del grupo terrorista los “Novios de la Muerte fue atacar la central sindical donde se reunía el Comité Nacional de Defensa de la Democracia (CONADE). En el ataque asesinaron al connotado intelectual socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, al diputado Carlos Flores Bedregal y al dirigente minero Gualberto Vega Yapura. La dictadura de García Meza fue de los períodos más cruento de la historia reciente de la política boliviana. El balance es trágico, el saldo es del asesinato y desparecidos de por lo menos 500 opositores. Como contrastando grotescamente, en un recuento anecdótico, las exportaciones de cocaína sumaron 850 millones de dólares, el doble de las exportaciones legales. Sin embargo, la sañuda represión, así como la galopante corrupción, no lograron apaliar ni ocultar las luchas intestinas entre diferentes facciones militares. Estas luchas derivaron en la renuncia del narcodictador, ocasionando que el 4 de agosto de 1981 García Meza renunciara, llevando al gobierno al general Celso Torrelio Villa, quien, sin embargo, no manifestó ninguna inclinación por retornar al ejercicio de la democracia. En julio de 1982 el sector militar que respondía a García Meza volvió a intentar un golpe de estado fallido, que provocó la caída de Torrelio Vila, derivando en su reemplazo por el General Guido Vildoso Calderón, quien tenía el mandato de comenzar a organizar la transición hacia un régimen “democrático”. Los eventos políticos se aceleraron cuando el 17 de septiembre de 1982, una huelga general convocada por la COB puso al país al borde de la guerra civil. La dictadura militar colapsó, el poder le fue entregado a un Congreso Nacional, conformado según la composición de 1980, Congreso que decidió considerar válidas las elecciones de 1980, designando, en efecto, a Hernán Siles Suazo como presidente[10].

Conclusiones preliminares

  1. Entre el lapso dramático de 1964 y 1982 se dieron lugar lo que podríamos llamar los golpes de Estado militares “modernos”, que se convierten, en la ciencia política como en el modelo o referente de lo que son los golpes de Estado en la contemporaneidad.

  1. En Bolivia, después de 1982, no se dan propiamente golpes de Estado, desde la perspectiva de la definición lograda por la ciencia política, hasta el momento.

  1. Sobre todo, los llamados “gobiernos progresistas”, aunque no solo ellos, usan la muletilla del “golpe de Estado” para defenderse de la crisis política e institucional que asola a estas formas de gubernamentalidad clientelar. Entonces el término de “golpe de Estado” se convierte en un recurso en la diatriba, mejor aún en el debate mediático que involucra a medios de comunicación y partidos políticos “oficialistas” y de la “oposición”. Es un término comodín en la discusión y debate mediático.  

  1. Por lo tanto, ya no se trata de saber si hubo o no hubo un golpe de Estado, sino de posesionar en el imaginario de la opinión publica, atrapada en las redes mediáticas, el imaginario del golpe de Estado o de su ausencia.

  1. Lo que hay que atender, para comprender la crisis política, es precisamente el funcionamiento de los aparatos del poder en plena crisis, no tanto si hubo o no hubo un “golpe de estado”. Lo que es evidente es que asistimos a una crisis múltiple del Estado-nación y de la casta política, crisis ideológica y de legitimación.

Conclusiones generales

  1. Después de 1982, propiamente hablando, no hay un referente empírico de golpe de Estado. Lo que se observa es la crisis política e institucional de la forma de gubernamentalidad clientelar, que es la forma histórico-política de los “gobiernos progresistas”.

  1. El uso, en el discurso político del término de “golpe de Estado, corresponde al debate, por así ideológico, que intenta posesionar la imagen de un “golpe de Estado”, que amenaza, constantemente a los gobiernos progresistas”, o, en caso contrario, de un autogolpe de parte del “gobierno progresista” amenazado por la crisis política. No se trata pues de un término analítico, sino de un término ideológico, mejor aún, de un término usual en la diatriba política.

  1. Lo que importa no es no es perderse en esta diatriba entre “derechas” e “izquierdas”, entre neopopulistas y neoliberales, sino en comprender el alcance y las dinámicas de la crisis política, institucional y múltiple del Estado-nación.

  1. Por lo tanto, también comprender el locus desde donde se emiten los discursos a favor o en contra de la interpretación insostenible de golpe de Estado. ¿Por qué se dice lo que se dice? ¿Cómo funciona lo que se dice en los juegos de poder?

  1. La arqueología del concepto de golpe de Estado, en la historia reciente del debate ideológico, nos muestra que el concepto mismo responde a una interpretación segada, basada en el supuesto de las teorías de la conspiración, que no tienen en cuenta las dinámicas de la complejidad de la realidad efectiva social.

  1. Se trata entonces de un “concepto”, en realidad, de un seudo-concepto, comodín, que ayuda a unos y a otros, de los bandos de la concurrencia de fuerzas, a sustituir el análisis empírico y teórico por la especulación mediática.

  1. Lo indispensable es explicarse el funcionamiento de la crisis política del orden mundial de las dominaciones, el imperio, y de los Estado-nación que lo constituyen, no así de especular sobre golpes de Estado desde la perspectiva débil del supuesto insostenible de golpe de Estado.  

 

 

 

 

[1] Las Catilinarias son cuatro discursos de Cicerón. Fueron pronunciados entre noviembre y diciembre del año 63 a. C., después de ser descubierta y reprimida una conjura encabezada por Cantilina para dar un golpe de estado. Catilina, quien se había postulado para el cargo de cónsul, después de haber perdido la primera vez, intentó asegurarse la victoria mediante sobornos. Cicerón entonces impulsó una ley prohibiendo maquinaciones de este tipo. Catilina, a su vez, conspiró con sus partidarios para matar a Cicerón y a miembros clave del Senado en el día de la elección. Cicerón descubrió el complot y pospuso la fecha de las elecciones para dar tiempo al Senado para discutir el intento de golpe de estado. Un día después de la fecha original de las elecciones, Cicerón habló al Senado sobre ese tema y la respuesta de Catilina fue inmediata y violenta. En respuesta al comportamiento de Catilina, el Senado emitió un senatus consultum ultimum (medida similar al Estado de sitio moderno) por el cual quedó suspendida la ley regular y Cicerón, como cónsul, fue investido con poder absoluto.
Cuando finalmente se realizaron las elecciones, Catilina volvió a perder. Anticipando la derrota, los conspiradores ya habían juntado un ejército. El plan era iniciar una insurrección en toda Italia, incendiar Roma y matar a tantos miembros del Senado como fuera posible.
Pero nuevamente Cicerón estaba al tanto. El 8 de noviembre, convocó al Senado en el Templo de Jupiter Estator. Catilina asistió también a la reunión. Fue entonces que Cicerón pronunció la Primera Catilinaria, que comienza con la célebre frase ¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? (Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?). Ver Catilinarias. Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Catilinarias.

[2] Leer de Curzio Malaparte Técnicas del golpe de EstadoEditorial ArielEstructuras políticas: totalitarismo y dictadura. Traductor: Guevara, Vítora.

https://www.todostuslibros.com/libros/tecnicas-de-golpe-de-estado_978-84-344-2565-1.

 

 

[3] Ibídem.

[4] Edwin Lieuwen, Generals vs. Presidents: Neomilitarism in Latín America, Nueva York, Frederick A. Praeger, 1964, pág. 108.

[5] Leer Golpes de Estado. Golpes de Estado PDF. CEPC. Www.cepc.gob.es. EG Calleja; artículos relacionados.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] La edición original de Finner fue ampliada en 1975, en la editorial Peregrine Books, y en 1976 en la editorial Penguin Books; en 1988 se plasmó también una edición publicada por Westview Press.

[9] Referencias: B., Elie (24 de junio de 2009). «Los militares en la política latinoamericana desde 1930»Publications Docs-en-stock.com. Consultado el 18 de mayo de 2016. Saltar a:a b Arrivillaga, Edgardo. «24 de marzo de 1976: un genuino golpe cívico militar que nadie quiere escribir.» Archivado el 15 de julio de 2008 en la Wayback MachineInteligencia Estratégica, marzo de 2005. Finer, Samuel E. The Man on Horseback: the Role of Military in Politics, Londres, Pall Mall, 1962; Edición en español: Los militares en la política mundial, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1969. Finer, ob.cit. Safire, William (1991). «On Language; When Putsch Comes to Coup.» 22 de septiembre de 1991. The New York Times.

Bibliografía: Malaparte, Curzio (1930). Técnica del colpo di Stato (Técnica del Golpe de Estado). Finer, Samuel E. The Man on Horseback: the Role of Military in Politics, Londres, Pall Mall, 1962; Edición en español: Los militares en la política mundial, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1969. González Calleja, Eduardo En las tinieblas de Brumario: cuatro siglos de reflexión política sobre el Golpe de Estado En Historia y política: Ideas, procesos y movimientos sociales,  ISSN 1575-0361, Nº 5, 2001. págs. 89-122. Martínez, Rafael. Subtipos de golpes de Estado: transformaciones recientes de un concepto del siglo XVII En revista CIBOD d’afers internacionals. Dugarte Rangel, Ramón A. El golpe de Estado en América Latina. Un ejercicio de Historia conceptual En revista Procesos Históricos. Revista de Historia y Ciencias Sociales, 35, enero-junio, 2019, 147-164. Universidad de Los Andes, Mérida (Venezuela) ISSN 1690-4818. Ver Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado.

 

[10] Leer Gobiernos militares en Bolivia (1964-1982). Referencias: Klaus BarbieEnseñanzas de la Asamblea Popular de 1971, por J.F., LOR-C.I.  A 30 años del asesinato del General Juan José Torres, un general olvidado, por Carlos Castillos y Laura Barros (dpa), Sitio de la Comunidad Boliviana en la Argentina.  [Impunidad y sus Efectos en los Procesos Democráticos, Seminario Internacional, Santiago de Chile, Chile, 14 de diciembre de 1996, Nunca Más]. “The New York Times”: Elección de Bachelet es un avance de las mujeres en el mundo, EMOL, Jueves 19 de enero de 2006. Las siete mujeres presidentas de América hasta 2007 son: la argentina María Estela Martínez de Perón, la boliviana Lidia Gueiler, la nicaragüense Violeta Chamorro, la guayanesa Janet Rosemberg, la ecuatoriana Rosalía Arteaga, la panameña Mireya Moscoso, la haitiana Ertha Pascal-Trouillot y la chilena Michelle Bachelet. El atentado del 21 de junio de 1980 fue realizado contra una avioneta en la que viajaban varios líderes de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en campaña electoral. Todos los ocupantes murieron, a excepción de Jaime Paz Zamora quien sufrió graves quemaduras. La avioneta pertenecía a una compañía de taxis aéreos de propiedad de Luis Arce Gómez, quien habría de asumir el Ministerio del Interior en el golpe de estado realizado un mes después y se encontraba directamente a cargo de las actividades clandestinas de represión e inteligencia. «Para no olvidar el golpe del 17 de julio de 1980, por Wilson García Mérida, Bolpres, 2006». Archivado desde el original el 15 de noviembre de 2011. Consultado el 23 de abril de 2007. En los Novios de la Muerte actuaban también los terroristas italianos Stefano della ChiaiePierluigi Pagliani, quienes habían dinamitado un tren en Bolonia y entrado a Bolivia con Marco Diodato y cobertura de la CIA. Para no olvidar el golpe del 17 de julio de 1980, por Wilson García Mérida, Bolpres, 2006Archivado el 15 de noviembre de 2011 en la Wayback MachineTransition to Democracy, Global Security. Leer Encicloperid Libre: Wikipedia: Gobiernos militares en Bolivia (1964-1982).

El tinku

El tinku

Raúl Prada Alcoreza

El Tinku es un ritual, también una danza folclórica, que se manifiestan en el norte de Potosí. Acudiendo al significado del término, de raigambre quechwa, quiere decir encuentro; en cambio, en aymara se hace más hincapié al sentido violento, al de pelea. En todo caso, no debe confundirse la danza del Tinku, cuyo nacimiento y desarrollo corresponde al siglo XX, con el rito ceremonial del Tinku, que es de origen preincaico.

El rito del Tinku se mezcla con creencias derivadas de la religión cristiana. Se puede asistir a sus manifestaciones culturales, cada año en un lapso que tiene como centro al 3 de mayo, la Fiesta de la Cruz en Macha, provincia de Chayanta, donde acuden màs de sesenta comunidades, las que hacen demostraciones de fuerza en el Tinku. El Tinku parece situar su centro geográfico en la región donde habitan los Laymes, los Jukumaris y los Pampas. Es practicado como un rito ceremonial que se compone de una simbiosis religiosa y cultural. Las comunidades suelen entrar en marcha tocando los ritmos de Jula-Jula, acompañando con el zapateo al ritmo de las tonadas.

 

Si bien el Tinku puede significar pelea entre las comunidades, sugiriendo el rito de sacrificio, mediante el derramamiento de sangre. Connotando simbólicamente la convo0catoria a la fertilidad de la tierra, no se puede concluir que se orienta a la victoria de una parte enfrentada sobre la otra.

Los combatientes usaban en el enfrentamiento el Warakaku, honda. Por observaciones antropológicas se puede decir que el Tinku denota una pelea de cuerpo a cuerpo, muchas veces estimulada por el alcohol. Los combatientes son adiestrados desde niños en la lucha; llevan la cabeza cubierta de un casco de cuero llamada montera, similar al casco de metal de los conquistadores españoles, las manos enguantadas en garras y aristas de bronce. Con increíble destreza física se trenzan, aplicando y replicando duros golpes entre los contrincantes. Según las tradiciones, el batallador que ha sido vencido debe derramar su sangre con abundancia, sacrificio y ofrenda a la Madre Tierra, Pachamama. El rito ceremonial del Tinku está asociado a ritos de iniciación de jóvenes y a la conquista de la pareja; incluso, cuando las comunidades compiten se involucran también las mujeres en la pelea.

El tinku es el encuentro violento de las partes enfrentadas de la dualidad complementaria. El encuentro, que se realiza en el Taypi, el centro del ayllu o de los ayllus, da lugar a una catarsis, que es como la crisis donde se hallan las posibilidades de su resolución y de un nuevo recomienzo. Por eso mismo, el Tinku es el despliegue de las fuerzas para una nueva integración. De esta manera, el término Tinku ha experimentado también su propia metaforización, adquiriendo un carácter figurativo para expresar el sentido de un enfrentamiento fructífero, encaminado a la reunificación.

De esta manera podemos utilizar la metáfora del Tinku para interpretar lo acontecido en Bolivia durante la crisis constitucional y del fraude electoral, incluyendo su desenlace. La metáfora ayuda a interpretar figurativamente el acontecimiento político mediante el juego de analogías y diferencias de las formas de los sucesos y eventos, de acuerdo con su manera de manifestarse y, sobre todo, de imprimir su huella fenomenológica en la memoria social. En este sentido, se puede decir que lo acontecido en la recientísima historia política de Bolivia, lo que llamamos revolución pacífica boliviana y después la reacción movilizada de los sectores afines al MAS, sobre todo, seguidores del expresidente Evo Morales Ayma, que en conjunto, muestra una secuencia de enfrentamientos entre la resistencia democrática y las organizaciones sociales, convocadas por el anterior gobierno, después, entre las movilizaciones partidarias del caudillo derrocado y la policía, incluso el ejército, es, en un caso como un Tinku, en otro caso como guerra.

Sobre todo, los primeros enfrentamientos, entre la resistencia democrática y las organizaciones sociales afines al MAS, nos muestran la pelea abierta, violenta, entre ambos bandos, unos que se defendían, otros que atacaban. Ambos bandos se conocieron en la lucha, en la pelea; no solo pulsaron fuerzas, sino también, se abrieron dramáticamente al reconocimiento y al autorreconocimiento. Por ejemplo, los enfrentamientos entre el gremio de choferes y vecinos bloqueadores los colocaron, a ambos bandos, en una perspectiva no cotidiana; unos ya no eran los “maestros” del volante, los otros tampoco eran los usuarios del transporte. Eran, para decirlo sucintamente, enemigos o, si se quiere, opuestos enfrentados. Sus perspectivas, sus maneras de ver, eran otras, se decodificaban de manera distinta a cuando lo hacían en la cotidianidad, sobre todo lo que hacían con los despliegues de gestos, la elocuencia verbal y de las consignas, desde otros códigos no-cotidianos.  No dejaron de sorprenderse, ante lo que ocurría, viéndose de otra manera, en el enfrentamiento mismo. Después, del desenlace, con la renuncia de Evo Morales Ayma, incluso antes, se pudieron observar variaciones y desplazamientos en los comportamientos y conductas. Parte del gremio de choferes, además de movilizaciones de organizaciones barriales afines al MAS, comenzaron a blandir la bandera blanca de la paz y demandar su reclamo de volver a trabajar normalmente. Los ciudadanos de los bloqueos vecinales aprendieron a defenderse y conformar grupos de choque, articulándose con grupos de jóvenes que llegaban de otros departamentos y ciudades, incluso con los contingentes de cocaleros de los yungas, que acudieron a reforzar los bloqueos y las defensas. Esta metamorfosis de los enfrentamientos fue modificando la correlación de fuerzas, sobre todo la actitud de ambos bandos. Se llegó, en algunos casos, a dialogar y encontrar rutas alternativas a los bloqueos para los transportistas. Después del desenlace se dio lugar a algo parecido a lo que podríamos llamar el comienzo de la reconciliación.

Estos desplazamientos también se sucedieron, puntualmente, con otras organizaciones sociales, por ejemplo, campesinas. El dirigente de la CSUTCB, Nelson Condori, se abraza con del presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, una fotografía puntual de la imagen simbólica de la reconciliación; las organizaciones campesinas de Potosí ingresan en una marcha pacífica a la ciudad de Potosí, donde son bien recibidos por los vecinos y ciudadanos, que les aplauden y convidan leche caliente y sopa de fideos. Se generan marchas de pacificación en las ciudades, que llaman a la reconciliación. Todo este proceso, que parte del enfrentamiento y se orienta a una reconciliación, se parece, figurativamente, al desenvolvimiento mismo del Tinku.

¿Qué nos dice esta parte del despliegue de fuerzas sociales, en plena crisis política? Primero, que hay procesos inherentes a los enfrentamientos que no se reducen a la interpretación de la lucha de clases o, si se quiere, de la guerra de aniquilación. Para hacerlo más simple, el enemigo se puede convertir en un amigo, dispuesto al diálogo y a encontrar consensos. Cuando se dice “somos bolivianos y no tenemos porque matarnos”, no solo se alude a una referencia compartida, incluso a una “identidad” compartida, sino a una condición histórico-cultural pendiente. En este sentido el Tinku de estos enfrentamientos se orientan hacia un reencuentro nacional.

Ahora bien, ahí no terminaron los sucesos; después de la renuncia de Evo Morales se desató literalmente la guerra. Muchedumbres organizadas de antemano arrasaron a su paso, sembrando incendios y destrozos, quemando casas y unidades de la policía, incluso locales comerciales, amenazando a los vecinos, intimidando a la gente. Masivas marchas de cocaleros del Chapare y de Yapacaní intentaron ingresar a la ciudad de Cochabamba y a la ciudad de Santa Cruz; fueron interrumpidas por contingentes policiales y del ejército bien pertrechados. Marchas de vecinos afines al MAS y de campesinos de los alrededores de la ciudad de El Alto bajaron a la ciudad de La Paz, intentando ingresar a la Plaza Murillo, pidiendo la renuncia de la presidenta de sustitución constitucional, Jeanine Añez. Estas marchas, que tenían un tenor mas bien pacífico, a diferencia de las muchedumbres de jovencitos contratados para arrasar e incendiar, no pudieron lograr su cometido, ingresar a la plaza de armas; fueron reprimidas por la policía al intentar hacerlo. Los más graves hechos se dieron en Huayllani, Sacaba, Cochabamba, y en Senkata, en El Alto, donde la represión y los enfrentamientos con la policía y el ejército arrojó una cifra de lamentables muertes. Si bien, después se llegó a la pacificación, a la firma de acuerdos y a la convocatoria a elecciones, sin los candidatos renunciantes, no se puede comparar esta segunda parte de la crisis política y su desenvolvimiento con el Tinku. Se puede decir que esta segunda fase del desenvolvimiento de la crisis política más se parece a dos perfiles de los cuadros históricos-políticos; uno de ellos es el de la tregua; el otro es la derrota, es decir, la paz de la victoria de unos y la derrota de los otros.  Que se imponga un perfil o el otro, el de la tregua o el de la derrota, depende de la correlación de fuerzas.

¿Por qué en la segunda etapa del despliegue de la crisis política no acaece algo parecido a la figura del Tinku, un enfrentamiento orientado a la unificación complementaria? Podemos decir, partiendo de la descripción de los hechos, que se parte de la declaración de guerra, no de un enfrentamiento menor, por lo tanto, para decirlo rápidamente, se busca la aniquilación del enemigo. Volviendo a la metáfora del Tinku, no se trata de un ritual violento orientado a la reintegración, sino de acciones que buscan el arrasamiento, incluso la aniquilación. En conclusión, la guerra no pertenece a la configuración del Tinku, la guerra pertenece a la destrucción. Siguiendo con el juego de figuras y hurgando en la metaforización, podemos decir que el Tinku tiene que ver con las formas del devenir de la vida y sus reproducciones, incluso violentas, en tanto que la guerra tiene que ver con las formas de la muerte, sobre todo con la destrucción de la vida. 

Hemos dicho que el desenvolvimiento de la crisis política, en la historia recientísima política de Bolivia, tiene dos etapas, la de la revolución pacífica, con todas sus contradicciones y virulencias inherentes, y la de los despliegues de una incipiente guerra destructiva. Aparecen entonces, como dos etapas distintas, hasta contrapuestas. ¿Cómo se puede hablar de dos fases de un mismo desenvolvimiento de la crisis política? La crisis política, que tiene varios estratos, la superficial, que corresponde a la crisis constitucional y del fraude electoral; la de mediana profundidad, que corresponde a la crisis institucional, a la corrosión institucional, que también puede ser tomada como crisis de la forma de gubernamentalidad clientelar; la de mayor profundidad, que corresponde a la crisis múltiple del Estado-nación. Se puede decir que los espesores de la coyuntura no solamente abarcan estos planos de intensidad de la crisis política, sino que también contienen distintas herencias de prácticas sociales y culturales; una, la que se vincula al Tinku, corresponde a las tradiciones comunitarias indígenas, que irradiaron a las manifestaciones de comportamientos mestizos; la otra, la que se vincula a la guerra, corresponde a una tradición colonial, derivada de las oleadas de conquista y las oleadas de colonización.

Lo asombroso de lo ocurrido, es que los que se reclaman haber sido “gobierno indígena” empleen el recurso de la guerra, en tanto que los enfrentados durante la revolución pacífica, sin pretender serlo, quizás de una manera no consciente, al desplegar de una manera espontánea, preocupada y emergente, formas de resistencia, de defensa, autoconvocadas, por un lado, y formas gremiales de convocatoria para oponerse a los bloqueos ciudadanos, por otro lado, terminaron involucrados en desenvolvimientos del proceso político y social que más se parece a la figura del Tinku. Al final, ambos bandos fueron consensuando algunas demandas y logrando acuerdos. En estas circunstancias fueron absorbidos por un sentimiento de reconciliación. Aunque también, en la segunda etapa de la crisis política este sentimiento de reconciliación aparece con la búsqueda de la pacificación, no se da lugar, como en el caso de la primera etapa, a través de un reconocimiento, incluso de un autoconocimiento, sucediendo más esto en el bloque de la resistencia democrática.

En la coyuntura de la convocatoria electoral concurren los perfiles figurativos del Tinku, de la tregua y de la derrota. No sabemos cuál de los perfiles va a preponderar en la configuración del desenlace electoral de esta coyuntura, o si va a darse lugar una combinación barroca, que, en todo caso, expresa el carácter de irresolución. Al respecto, parece que es indispensable tomar consciencia de esta concurrencia de perfiles tramáticos y dramáticos, pues, para decirlo a la usanza de la filosofía dialéctica, se requiere actuar, en la coyuntura, con consciencia histórica.

Lo que se observa en la coyuntura electoral es que la configuración del Tinku se ha sumergido, los sentimientos de unidad, de solidaridad, de reconciliación, así como de renacimiento, se han inhibido; lo que campea es, mas bien, la inclinación por continuar la guerra por el camino de la política. Sobre todo, esto se hace patente con los procedimientos deshonestos de estigmatizar al enemigo. El objetivo de la aniquilación de la guerra se convierte en el objetivo de descalificar al enemigo. Otra vez las prácticas acostumbradas del círculo vicioso del poder. Si se hubiera abierto el horizonte histórico-político-social-cultural sobre el substrato del afecto, este horizonte se vuelve a clausurar con el desborde de las consciencias desdichadas, inclinadas al revanchismo, desprendiendo el espíritu de venganza, atormentadas por la consciencia culpable.

Los propagandistas

Los propagandistas

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

Hablan de lo que no conocen, también de lo que no saben; basta para ellos partir del bagaje de estereotipos y prejuicios heredados y conformados, del esquematismo simplón de epopeya trasnochada, que les sirve de modelo. No entiende que el mundo efectivo es complejo y está lejos de reducirse a dualismos esquemáticos, a cuadros en blanco y negro, a las representaciones soterradas del conservadurismo subjetivo, el que supone la constitución de un sujeto dependiente, de un sujeto desgarrado en sus contradicciones. Creen en su interpretación reiterada y repetitiva ideológicamente. Es más, califican a los otros, a los enemigos de malos, sin ruborizarse ni inmutarse de esta infantilidad, y se autoproclaman así mismos como buenos, los “héroes” de la película. Pueden hablar, como si nada de lo que ocurre en un país que desconocen; a ellos les basta contar con la “teoría” que “explica” de antemano lo que acaece, pues el “mundo” responde a las estructuras configuradas “teóricamente”; entonces, se puede deducir lo que acaece, sin necesidad de averiguar empíricamente en la proliferación y secuencias de hechos. Son los portadores de la “verdad”; ésta responde a lo anunciado por la narrativa ideológica, ni más ni menos.

Por ejemplo, pueden suponer que lo que defienden es una “revolución”, es más, una “revolución traicionada”, peor aún, una “revolución” derrotada por un “golpe de Estado” de la “derecha fascista y racista”. No se les ocurre preguntarse sobre las causas de una caída y derrumbe político de lo que consideran “gobierno revolucionario”, que es la primera pregunta que tiene que hacerse todo aquél que le importe y le interese comprender lo ocurrido.  Basta decir que un “gobierno revolucionario” ha caído ante la conspiración de la “derecha” y del “imperialismo”.  Lo que haya hecho el “gobierno revolucionario” derrotado poco importa al momento de lanzar la acusación. No les interesa las causas de la derrota, tampoco les entra en mente la posibilidad de una construcción de la derrota desde adentro. Supuestamente todo estaba bien hasta que se dio el “golpe de Estado”, que desalojó a los “revolucionarios” del gobierno y del Estado.

Para ellos el término “racismo” es una categoría no solo universal sino homogénea en todas las partes del mundo y en toda la historia moderna. Están lejos de vislumbrar que todo término, todo concepto, para decirlo fácilmente, tiene su propia historia, mejor dicho, sus propios recorridos de desplazamientos semánticos, dependiendo de los contextos y las coyunturas, además de las situaciones. Por ejemplo, no tienen en cuenta, para nada, las condiciones especificas de las formaciones sociales concretas. No les interesa saber que las estructuras sociales de las formaciones sociales son distintas, diferenciadas y variadas, sobre todo singulares. Se puede, de entrada, para distinguir, que, en Sur América, las formaciones sociales de países de densa presencia de poblaciones indígenas son distintas a las formaciones sociales donde la guerra contra los indígenas se ha llevado a cabo por exterminio. Están lejos de aproximarse, ni hipotéticamente, a los fenómenos sociales y culturales del mestizaje, mucho más del mestizaje abigarrado, y muchísimo más de la irradiación cultural indígena. Tienen en cuenta solo el referente de países donde la guerra contra los indígenas se llevó a cabo como exterminio; entonces, consideran la gama de los mestizajes como otredad que desconocen. Por eso, el “racismo” para ellos tiene la connotación del “racismo” alemán, que es lo único que tienen en cuenta, por que eso les enseñaron en las escuelas.  Están lejos de comprender que el devenir “racista” puede adquirir formas sofisticadas y hasta veladas. La acepción de “racismo” que usan es extremadamente estrecha, por eso no les sirve al momento de interpretar lo que ocurre en países como Ecuador, Perú y Bolivia, en esa perspectiva, tampoco México, Guatemala, donde se evidencia la presencia irradiante de las poblaciones indígenas en las formaciones sociales y en las estructuras sociales y culturales. Tampoco pueden comprender lo que acaece en formaciones sociales abigarradas al estilo de Brasil, Colombia, Venezuela, donde no solamente la irradiación afro es preponderante, además de la irradiación indígena, aunque, en este caso, en menos intensidad y extensión que en los casos anteriores, sino, que se encuentran ciegos y sordos ante las dinámicas culturales de esas formaciones sociales. Estas imposibilidades, los anulan cuando tienen la tarea de analizar el acontecimiento político.

La genealogía del “racismo” en Bolivia parte de una colonización de subordinación, no exactamente de exterminio, aunque en algunos casos se haya perpetrado, incorporando a la población indígena, primero, como encomendados, después como pongos y mitayos. Se trata de un “racismo” y una colonización en una formación social mestiza, para decirlo fácilmente, con preponderante presencia indígena. En este caso la figura más sintomática la viene a dar el “blanqueamiento” de las propias élites nativas, así como de gran parte de la población indígena. Se trataba más de parecer “blanco”, de dejar de parecer indígena, incluso de comenzar a parecer “blanco”. Este “racismo” es más complejo que el otro “racismo” el de la oposición taxativa entre los claramente distintos. Sobre este substrato de subsunción y subordinación de las poblaciones y de los pueblos indígena se construye el imaginario del Estado-nación, en principio, que excluye, después incorpora subordinadamente.

La revolución nacional de 1952 puede interpretarse como el acontecimiento político de la incorporación subordinada de las mayorías indígenas, “blanqueándolas” como campesinas. El “racismo” no desaparece, sino que adquiere la forma de “modernización”, narrada por un discurso populista de la “igualdad”. En el imaginario de estructuras sociales abigarradas culturalmente, las élites mestizas se consideran “blancas” y señalan a los otros estratos como cholos e indios, sin embargo, la cultura, sobre todo en su manifestación folclórica, invade a las costumbres y prácticas de las clases sociales de esta estructura abigarrada.  En los periodos posteriores a la revolución nacional de 1952 el debate “racista” se transforma en la discusión sobre “modernidad” y modernización, descalificando lo que se considera pre-moderno y no moderno. Este “racismo” mestizo, oculto en la ideología “desarrollista” y en el ámbito de pre-juicios de los mitos de la modernidad, es compartido tanto por los estratos conservadores, así como los estratos liberales, neoliberales, nacionalistas-revolucionarios y la izquierda, supuestamente radical. Las presencias indígenas en las formaciones sociales y los proyectos político-culturales indígenas van a ser descalificados como no-modernos, correspondientes al atraso.

Más tarde, cuando se abre el periodo gubernamental del llamado proceso de cambio, a pesar de las pretensiones “descolonizadoras” y las autodeclaraciones “plurinacionales”, la semántica de la acepción de “racismo” vuelve a mutar. Ante la narrativa de que las víctimas, los marginados, los indígenas, tomaron el poder, el término “racista” aludió a la herencia “racista” de la casta gobernante y dominante que los precedió, así como a los estratos sociales “clase-medieros” donde supuestamente anidaban los prejuicios “racistas”, olvidando que se trataba de composiciones mestizas urbanas, también de composiciones indígenas urbanas. El término “racismo” y su adjetivación de “racista” sirvió también para descalificar a los movimientos sociales, organizaciones sociales y pueblos indígenas, que se oponían a las políticas del “gobierno progresista”. Lo extraño en la narrativa gubernamental fue que los que estaban en el poder acusaban a los que no estaban como “racistas”. Esta victimización de los gobernantes fue muy útil al momento de defenderse de las críticas, de las interpelaciones y de las movilizaciones en su contra. Al descalificar a los que lo interpelaban como “racistas”, en el imaginario de la propaganda oficialista, no solo se los descalificaba, de entrada, sino que se los endemoniaba. En este sentido, derivando, no podían tener razón en nada. Otra consecuencia, esta vez, operativa, tenían que ser destruidos.

Los asesores, voceros, propagandistas, y sobre todo ideólogos, del “gobierno progresista” derrocado, construyeron una narrativa de legitimación de la forma de gubernamentalidad clientelar sobre el supuesto omnipresente del “racismo” heredado; entonces, el gobierno en dificultades, en crisis, interpelado y criticado por el decurso de sus políticas, fue convertido en víctima de la conspiración “racista”. Con esta simple argumentación creyeron que habían resuelto el problema del convencimiento, frente a la opinión pública. Sin embargo, una cosa es el mundo de las representaciones y otra cosa el mundo efectivo. Resulta, que a lo largo de las movilizaciones antigubernamentales se fueron manifestando, expresando y articulando, poblaciones mestizas nacional-populares, pueblos indígenas, estratos mestizos e indígenas urbanos. El gobierno de Evo Morales Ayma estaba compuesto, en la cúpula por lo que se llama comúnmente, en la jerga política aymara y quechwa, como q’aras, es decir, más o menos blancos, que manejaban a muchedumbres, masas y multitudes afines al gobierno y convencidos. Para resumir el cuadro, los enfrentamientos se dieron entre mestizos e indígenas, repartidos en ambos bandos.

No se dice, como aclaramos ya, que el “racismo” haya desaparecido, sino que hablamos de un racismo distinto al que se da, por ejemplo, en Argentina y en Chile; en estas formaciones sociales donde se efectuó la guerra de exterminio contra las naciones y pueblos indígenas. Las estructuras sociales son mayoritariamente “blancas”, criollas y mestizas, arrinconando hacia una minoridad a las poblaciones y pueblos indígenas. En el caso de Bolivia y Ecuador, los estratos sociales atravesados por una gama abigarrada de mestizajes e indianizaciones, por así decirlo, se conocendesconocen y reconocen, saben lo que son y lo que no son, en una gama de tejidos sociales entrelazados. En cambio, no parece ocurrir exactamente lo mismo en cuanto conocimiento y reconocimiento en las estructuras sociales de las formaciones sociales que construyeron sus Estado-nación en base a la guerra de exterminio. Entonces, al momento de interpretar lo ocurrido como acontecimiento político, en estos países, tanto de estructuras sociales de formaciones sociales abigarradas y entrelazadas, así como de estructuras sociales de formaciones sociales menos saturadas, definidas en base a la obsesión de homogeneización, mediante políticas migratorias, socialmente separadas y distanciadas por el predominio de la cultura modernista, se requiere decodificar las singulares formas de la colonialidad heredada.

En Bolivia las dinámicas moleculares y molares sociales y culturales de las resistencias al “gobierno progresista” tienen como substrato el entrelazamiento cultural, con sus nudos, sus “chipas”, sus disyunciones, en la estructura social de la formación abigarrada. La cultura, que es un concepto universal demasiado general y casi homogéneo para definir el acontecimiento “cultural” – otra vez el término discutible -, que contiene una composición complejaentrelazada y en constante devenir, lo que también supone estratificaciones de acumulación de la memoria colectiva, hace de atmósfera comunicante y comunicacional en las sociedades. En el continente de Abya Yala el acontecimiento cultural contiene, en sus devenires, substratos simbólicos, de alegorías simbólicas, armaduras culturales, que arrancan del subsuelo cultural de las sociedades nativas precolombinas. Las oleadas de conquista, así como las oleadas de colonización, han fragmentado esta herencia civilizatoria precolonial, articulando sus fragmentos a las nuevas combinaciones y composiciones abigarradas de las formaciones sociales abigarradas. Lo que se nombra, sobre todo, en la modernidad temprana de este continente “entre ambas aguas”, que es lo que quiere decir Abya Yala, en lengua Kuna, como indígena, sobre todo refiriéndose a la cultura indígena, es ya lo decodificado en estas combinaciones y composiciones culturales abigarradas. A lo largo de los distintos periodos coloniales, después, a lo largo de los distintos periodos de la modernidad republicana, las transformaciones culturales han continuado sus metamorfosis inherentes. Tanto lo nombrado indígena, lo asumido como mestizo, así, incluso, lo presumido como moderno, han venido experimentando sus propios desplazamientos y recombinaciones y composiciones. Las estructuras sociales de formaciones sociales con densa presencia indígena sintetizan, por así decirlo, narrativas simbólicas que no dejan de gravitar en la herencia cultural nativa. Pueden unas versiones reclamarse de autóctonas, otras de mestizas, incluso otras de modernas, pretendidamente disociadas y separatas de las tradiciones indígenas, sin embargo, ninguna narrativa puede haberse construido sin el núcleo referencial e inaugural indígena.

En sociedades donde se perpetró una guerra de exterminio contra las naciones y pueblos indígenas tampoco la herencia cultural nativa se deslinda de las construcciones culturales coloniales y modernas. Si bien, lo indígena aparentemente ha sido separado de las tradiciones republicanas modernizadoras, en la memoria de los pueblos mestizos y criollos, pretendidamente “blancos”, la referencia a lo nativo, a lo ancestral, a lo indígena, es indispensable al momento de ubicarse en los territorios ocupados, plagados de toponimias, donde se construyeron las sociedades coloniales.  Por otra parte, tampoco allí, donde se incursionó en la guerra de exterminio, se puede decir que el mestizaje con lo indígena haya desaparecido completamente; al contrario, se mimetiza en las composiciones criollas; una de estas composiciones socioculturales es la extendida distribución de la cultura gaucha, tanto en Argentina, Uruguay, Brasil, incluso Paraguay y Bolivia, aunque en estos dos últimos países sea menor; otra de estas composiciones aparece en los rasgos mapuches de parte la población chilena que se considera criolla.

Una consecuencia de lo que exponemos, como lo dijimos antes, es que lo que se viene en llamar la actitud “racista” tiene que ser descrita en la singularidad en la que se da en el tiempo, en el contexto, en la región, en las localidades. Para ilustrar, un “racismo” que señala a lo indígena como una alteridad extraña y desconocida es distinto a un “racismo” que concibe lo indígena a partir de la propia experiencia social y cultural de asociación, disociación y mezclas. En este caso, la taxonomía sociocultural, las clasificaciones socioculturales, en uso por parte de todos los involucrados, es amplia, contempla una gama cromática de distinciones minuciosas, incluso, hasta imperceptibles a ojos neófitos.

Notas para una arqueología del prejuicio racista

El primer artículo de la convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial, escrita y publicada en 1965, define al racismo como: Toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública.

Existen autores que proponen distinguir entre el racismo en sentido extenso del racismo en sentido circunscrito. En el primer caso, se trataría de una actitud etnocéntrica o socio-céntrica, que separa el conjunto propio del ajeno, que considera que ambos conjuntos están constituidos por “esencias” hereditarias e inmutables, que hacen de los otros, de los ajenos, entes inadmisibles y amenazadores. Esta concepción de los demás conduciría a su segregación, discriminación, expulsión, así como exterminio; podría apoyarse en ideas seudocientíficas, también religiosas, en meras leyendas, así como en prejuicios ateridos. Esta concepción racista afirma también la “superioridad intelectual y moral” de la raza de autorreferencia sobre otras, “superioridad” que se mantiene con la “pureza racial” y se deteriora con el “mestizaje”. Este tipo de racismo, cuyo modelo es el racismo nazi, así como el racismo europeo, conduce a defender el “derecho consuetudinario” de las razas “superiores” a imponerse sobre las razas “inferiores”. El racismo en sentido restringido es una doctrina con pretensiones “científicas”, que asevera la determinación biológica hereditaria de las “facultades intelectuales y morales” del individuo, así como supone la división “natural” de los conjuntos humanos en razas, diferenciadas por rasgos físicos, asociados a expresiones “intelectuales y morales”, hereditarios e inmutables.

El concepto de raza emerge en España de modo coetáneo a las oleadas de conquista y a las oleadas de colonización en el continente. La Corona ibérica en el continente conquistado, el quinto continente, escondido hasta entonces a la mirada europea, sustentó la existencia de razas puras, como la blanca, la negra y la raza indígena, además postuló la existencia de cruzamientos étnicos, es decir, mestizajes de toda índole, diferenciados por la especificidad del “cruzamiento”. La taxonomía racial española de las personas derivó de la doctrina de “limpieza de sangre”, surgida en España en el siglo XIV, con el objeto de segregar a la población conversa de judíos y moros en la península ibérica, creándose una diferenciación entre “cristianos viejos” y “cristianos nuevos”. ​En el continente conquistado, la taxonomía racial española se acomoda a un sistema jerárquico de estratos sociales, donde los hombres blancos se encuentran en la cúspide y las mujeres negras en el fondo, de acuerdo con la pureza o impureza de su sangre, que se fijaba según su raza o el mestizaje racial dado. Ramón Grosfoguel concibe que el racismo aparece con la conquista europea de Abya Yala a partir de 1492; acompañada con la colonización y la instauración posterior del fenómeno cultural de la colonialidad; el teórico e investigador decolonial escribe:

La colonialidad se refiere a un patrón de poder que se inaugura con la expansión colonial europea a partir de 1492 y donde la idea de raza y la jerarquía etno-racial global atraviesa todas las relaciones sociales existentes tales como la sexualidad, género, conocimiento, clase, división internacional del trabajo, epistemología, espiritualidad, etc. y que sigue vigente aun cuando las administraciones coloniales fueron casi erradicadas del planeta[1].

A partir de la herencia colonial ibérica, la taxonomía racial va a continuar en las flamantes repúblicas independizadas; esta vez ampliada desde la mirada criolla y también mestiza; por ejemplo, podemos hablar, en su singularidad histórica, de un racismo particular en Ecuador.

En la modernidad tardía el uso del término raza ha quedado obsoleto, por así decirlo, o por lo menos mal viso por el sentido común, aunque se lo siga usando en las prácticas discursivas cotidianas de ciertos grupos sociales. Se supone, como en todo el continente, que el racismo en Ecuador surge con las oleadas de conquista, entre los siglos XV y XVI; en estos siglos se conformaron las estructuras de poder colonial. La estructura de dominación colonial supone una economía política racial, que diferencia hombre blanco de hombre de color, valorizando al hombre blanco y desvalorizando al hombre de color. El hombre blanco resulta un ideal de civilización moderna, ideal construido en la formación discursiva de esta ideología colonial. La diferenciación entre hombre blanco y hombre de color se sustenta en la diferenciación antelada entre hombre y mujereconomía política de género, que valoriza al hombre y desvaloriza a la mujer.  A pesar de los procesos de interpelación y crítica contra la ideología colonial, heredada por la colonialidad, la condición poscolonial de las sociedades republicanas, el imaginario racista se ha mimetizado en las prácticas, así como en las instituciones, por lo tanto, en la política. En el Ecuador no hay un régimen racista; esto estaría en contraposición abierta con la Constitución, sin embargo, persiste la discriminación en las prácticas y en el manejo de las instituciones. Estas prácticas en la vida cotidiana son como avaladas por un imaginario difuso, empero eficaz, que tiene como referencia las pretensiones modernas de la “blanquitud”. Por ejemplo, a modo de ilustración de lo que ocurre en la contemporaneidad, por un lado, se promueve la noción de ciudadanía, participación e igualdad constitucional, sin embargo, por otro lado, en efecto, se mantiene la intolerancia étnico-cultural hacia los conjuntos indígenas y afro-ecuatorianos​. La variedad socio cultural de Ecuador ha generado una taxonomía, un sistema de clasificación, que define un campo sociocultural, a partir de un eje o un centro, supuestamente representativo de la identidad, campo y centralidad sociocultural presumida donde los afroecuatorianos y los indígenas no son el referente de la representación media nacional, en este imaginario criollo y mestizo. La constatación de la discriminación racial contra los afroecuatorianos se corrobora en los índices de la pobreza, que derivan taxativamente como exclusión. De acuerdo con el Proyecto de Desarrollo de los Pueblos Indígenas y Negros del Ecuador (PRODEPINE) el 92.7% de los afroecuatorianos no tienen acceso a los servicios básicos. El censo del 2001 revela que los afroecuatorianos registran un índice de las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) superior al 70%, frente al 45% de los “blancos” y del 61.3% nacional, su analfabetismo supera el 10.5%, frente al 5% de los blancos y 9% nacional. Mientras que la tasa de asistencia a la universidad apenas llega a 7 puntos respecto a 19 de los jóvenes “blancos” y de 14 del promedio nacional​. Como se sabe, de acuerdo con la Constitución se establece la condición pluricultural y la condición multi-étnica, sin embargo, se preservan, contradictoriamente, las estructuras socioculturales del Estado-nación y de una institucionalidad homogénea y unitaria. El discurso de pluriculturalidad termina sirviendo como mecanismo comunicacional de legitimación de la dominación de los estratos criollos y mestizos, sobre las naciones y pueblos indígenas y el proliferante pueblo afroecuatoriano​[2].

El caso boliviano no es muy distinto que el ecuatoriano, con la diferencia que la presencia afroboliviana es notoriamente menor; otra distinción demográfica es que la densidad indígena es también mayor en Bolivia que en Ecuador. En Bolivia también se ha promulgado una Constitución que establece el Estado Plurinacional, aunque en el caso boliviano es además Comunitario y Autonómico.  Otra anotación al respecto, empero significativa, es que la condición plurinacional atraviesa toda la composición de la Constitución boliviana, no, así como ocurre en la Constitución Ecuatoriana, que solo es enunciativa, como exposición de presentación. Empero, como en el caso ecuatoriano la Constitución es como un ideal no alcanzado, pues, en la práctica el “gobierno progresista” de Evo Morales Ayma ha restaurado el Estado-nación, solo cambiando los nombres se procede a la manipulación simbólica. Para una consideración mayor sobre la simulación política en Bolivia, nos remitimos a los ensayos al respecto[3].

En consecuencia, hablar de racismo en Bolivia, sobre todo teniendo solo en cuenta la caída del gobierno clientelar de Evo Morales, sin contar con el bagaje investigativo, histórico y crítico, escrito y publicado al respecto, no solo sobre Bolivia, sino sobre lo acaecido en el continente, es como caer como paracaidista en territorio desconocido, con un pretendido discurso interpelador “anti-racista”, que, sin darse cuenta, devela el racismo escondido de la izquierda colonial, que desconoce la problemática indígena, la problemática afro, la problemática colonial, en el continente. Esto de hablar de racismo sin tener en cuenta el campo ideológico colonial, de tener en mente la imagen inocente y romántica rousseauniana del “buen salvaje”, esto de no tener en cuenta el racismo implícito de los “gobiernos progresistas”, suponiendo que solo la “derecha” es “racista”, esto de no tener en cuenta la complejidad de las dominaciones coloniales, devela claramente el racismo de esta izquierda colonial, que se desgarra las vestiduras solo para hacer gala de su defensa anacrónica de gobiernos impostores, que se autonombraron como del “socialismo del siglo XXI”, incluso del “socialismo comunitario”.

Por otra parte, el no tener en cuenta ni preguntarse sobre las causas de la caída del “gobierno progresista” de Evo Morales, tan solo atinando a usar la hipótesis simplona de “golpe de Estado”, de la esquemática teoría de la conspiración, es cerrar los ojos ante lo ocurrido, como si lo acaecido no hubiese existido y todo el tiempo político se haya concentrado en el derrocamiento del caudillo[4]. Esta anulación de la visibilidad histórica-política es muestra del fundamentalismo inherente a este discurso anacrónico de una “izquierda” apoltronada en sus laureles, incapaz de elaboración crítica y mucho menos autocrítica. El gobierno de Evo Morales cayó por implosión, entonces su deterioro y decadencia antecedieron a la caída taxativa y empírica, que se pronunció en la renuncia del caudillo. Se trata, parafraseando a Sergio Almaraz paz, de un “tiempo de las cosas pequeñas”, cuando las gestiones de gobierno, en vez de realizar transformaciones estructurales e institucionales, que establece la Constitución, se encaminaron por la ruta de la regresión, de la renuncia, de la restauración, de la degradación ética y moral, de la decadencia política, implantando la expansión intensiva del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.  Después, el gobierno se convirtió no solo en dispositivo operativo de las empresas trasnacionales extractivistas, sino de la burguesía nacional, recompuesta y amplificada con los nuevos ricos, derivando, con esta conducta en el ecocidio del Chaco y la Amazonia.

La caída del gobierno clientelar y corrupto comenzó mucho antes que los mismos eventos de la resistencia democrática y defensa del voto, incluso antes del referéndum del 21 de febrero de 2016, cuando el gobierno de Evo morales pierde el referéndum y no puede modificar la Constitución para su reelección indefinida. La caída comenzó con los primeros retrocesos respecto a lo que establece la Constitución, la desnacionalización de los hidrocarburos con los Contratos de Operaciones; el “gasolinazo”, el retiro de la supuesta subvención a los carburantes; el conflicto del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS); conflictos dispersos con cooperativistas mineros, con pobladores de regiones y micro-regiones, conflictos son sectores sociales demandantes; el conflicto del Código Penal, cuando el gobierno pierde en la correlación de fuerzas y tiene que abrogar la ley; el conflicto con los cultivadores de la hoja de coca tradicional de los Yungas; en fin, una serie de conflictos que inscriben en el mapa político las contradicciones del gobierno neopopulista con el pueblo. La situación del gobierno, en términos cuantitativos, refleja que dejó de ser la de una mayoría, pues perdió la votación de la elección de magistrados, cuando ganó el voto nulo, lo que anulaban concluyentemente las elecciones.

En tercer lugar, precisamente por la corrosión institucional y la corrupción galopante, el “gobierno progresista” ya no gobernaba, sino que cuoteaba entre sus allegados y sus aliados, incluyendo a la burguesía nacional, políticas a ejecutar y que después se implementaban. Explicar esta caída, acaecida dilatadamente y después abruptamente, a un “golpe de Estado”, es muestra de la degradación intelectual de la izquierda colonial.  Lo menos indicado para retomar las luchas de las naciones y pueblos indígenas, las luchas de los pueblos del continente, la lucha de los pueblos del mundo contra la civilización de la muerte.

 

 

 

[1] Leer de Ramón Grosfoguel El giro decolonial.

http://www.unsa.edu.ar/histocat/hamoderna/grosfoguelcastrogomez.pdf.

[2] Referencias: Mosse, George L.M (1991). Die Geschichte des Rassismus in Europa. Frankfurt am Main.  Caballero Jurado, Carlos. «El racismo. Génesis y desarrollo de una ideología de la Modernidad.»ARBIL, Anotaciones de Pensamiento y Critica 1 (22). Marín Gonzáles, José. Las “razas” biogenéticamente, no existen, pero el racismo sí, como ideología. Revista Diálogo Educacional, Curitiba, v. 4, n.9, p.107-113, maio/ago. 2003. «ACNUDH | Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial»http://www.ohchr.org. Consultado el 17 de diciembre de 2018. Cisneros, Isidro (2004). Formas modernas de la intolerancia. océano. p. 52. Álvarez Chillida, Gonzalo (2002). El Antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002). Madrid: Marcial Pons. p. 216. Max Sebastián Hering Torres. «”Limpieza de sangre” ¿Racismo en la Edad Moderna?». Tiempos Modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 4, No. 9 (2003). 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[3] Ver Crítica de la razón decolonial. También Epistemología, pluralismo y descolonización.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_raz__n_decolonial_2 

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/epistemolog__a__pluralismo_y_descol.

 

[4] Ver Apuntes para una Arqueología del concepto de golpe de Estado.

https://www.bolpress.com/2019/12/22/apuntes-para-una-arqueologia-del-concepto-de-golpe-de-estado/.

 

Los creyentes ideológicos

Los creyentes ideológicos

Raúl Prada Alcoreza

Se dice que los creyentes son hombres de fe, que creen en la palabra de Dios, claramente en las escrituras sagradas. Se trata de un concepto religioso; se remite a una comunidad dedicada o que toma en cuenta la relación con Dios, el religar, como primordial. Los creyentes cobran importancia como movimiento religioso cristiano en plena decadencia del imperio romano. Después se convierte el cristianismo en la religión del imperio romano de los últimos días. El cristianismo adquiere la dimensión de la institucionalidad absoluta, pues gobierna cuerpos y almas, además de edificar toda una estructura vertical del monopolio de la mediación con Dios. Los sacerdotes son los mediadores, la iglesia la institución absoluta, dueña de la interpretación única y de la verdad divina. Se edifica toda una pirámide de jerarquías que establece y define el campo de dominio estratificado de la iglesia sobre los feligreses. Esta situación de dominio absoluto de la religión sobre su comunidad espiritual y también carnal parecía pertenecer a una época premoderna, del medioevo y la antigüedad, sin embargo, en la modernidad se vuelve a redituar con la ideología. La ideología, que hemos denominado la fabulosa máquina de la fetichización, también ha congregado a comunidades de creyentes, quienes creen en escrituras, que parecen sagradas, por la devoción con la que se dirigen a tales textos. Las ideologías también se transmiten por intelectuales, ungidos como depositarios de las escrituras verdaderas de los maestros, los fundadores; éstos se comportan como sacerdotes respecto a las escrituras de los maestros. Es más, son los dueños de la verdad revelada por la ciencia económica, la ciencia política y la ciencia social. De una manera análoga, en este caso, se edifican estructuras verticales, que definen la jerarquía del dominio ideológico.

 

Una primera apreciación de estas analogías entre ideología y religión parece mostrarnos que ciertas estructuras culturales reaparecen tanto en la modernidad como en el medioevo y en la antigüedad; estas estructuras tienen que ver con participación de los creyentes en el funcionamiento cultural de las sociedades. Para ilustrar esquemáticamente, podemos habar del dominio estructurante de los mitos en la antigüedad, del dominio estructurante de la religión en el medioevo y del dominio estructurante de la ideología en la modernidad. Al respecto se puede sugerir una hipótesis interpretativa de alcance general; se puede decir que las religiones actualizan los mitos en las narrativas religiosas; algo parecido pasa con la ideología, que actualiza los mitos, pasando por la herencia religiosa; construye una narrativa moderna donde los mitos y los esquematismos religiosos se actualizan en la versión narrativa de la utopía política.

Hasta aquí con las apreciaciones generales. Ahora hay que situarse en los perfiles específicos de los creyentes ideológicos. El cuadro no es homogéneo, en los estratos más altos están los intelectuales, sobre todo académicos; en los estratos más bajos está la masa a la que se dirige la ideología con pretensiones de convencimiento; es su auditorio, el público que escucha, que pueden ser estudiantes, también los creyentes populares, que creen el mito de la revolución, en el buen sentido de la palabra, es decir, como narrativa del cambio, de la transformación radical y de la promesa política. En el medio hay distintos estratos de creyentes, están los discípulos de los intelectuales académicos, que son como referentes de la difusión ideológica; están los que siguen a los discípulos, agrupaciones más numerosas que las anteriores, que pueden estar asociados a organizaciones sociales. Cuando se trata del partido de raigambre de izquierda, que hasta puede reclamarse de marxista, las comunidades de creyentes ideológicos conforman como una “iglesia laica”, que como toda iglesia está conformada por una estructura piramidal, que practica sus propios rituales y ceremonias, que, incluso, tiene como sus santos empotrados en las paredes, los mártires y héroes de la revolución, además de los maestros fundadores.

Los creyentes son eso, creyentes, creen en la narrativa ideológica; no se preocupan de contrastar con la realidad efectiva las interpretaciones derivadas de la ideología. Lo que vale es la verdad transmitida por la ideología, lo otro, los contrastes inocultables de la realidad forman parte de la “conspiración”, de la “desinformación” de la “derecha” y del “imperialismo”, por más que provenga de la experiencia empírica y de descripciones sucintas de los hechos. Lo que importa es lo que se encuentra en la trama de la narrativa ideológica, no lo que se presenta en la secuencia de hechos, tampoco en los procesos desencadenados en el acontecimiento político. Por eso, acuden al manual, es decir, al esquematismo dualista de la narrativa ideológica, cuando tienen que explicarse los eventos que contrastan con la narrativa en boga. Por ejemplo, para los creyentes intelectuales, lo ocurrido en Bolivia no deja de ser un “golpe de Estado”, aunque no pueda sostenerse esta hipótesis provisoria ante la elocuencia de los hechos, sucesos de hechos y eventos desencadenados. No les interesa averiguar lo que pasó en una sucesión de coyunturas de la crisis política que derivó en la renuncia de Evo Morales Ayma, solo les interesa usar sesgadamente la información que proviene de los días posteriores a la renuncia, concentrarse en dos sucesos lamentables que ocurrieron en Huayllani, Cochabamba, y en Senkata, en El Alto, sucesos que la narrativa de los creyentes califica de masacre premeditada. Sin relativizar lo ocurrido en ambos lugares de enfrentamientos, ni justificar la represión, hay que anotar que esta versión de los creyentes ignora taxativa, los otros muertos, por así decirlo, del otro bando, antes y después de la renuncia, también ignora los desmanes cometidos, como incendios de casas, por parte de la muchedumbre desbordada, supuestamente en defensa del expresidente que renunció; ciertamente, también se quemaron dos casas de oficialistas del anterior régimen en Potosí. Este olvido manifiesto, este sesgo indisimulado, esta invención de lo que aconteció, hablan de por sí del papel que cumple la narrativa de los creyentes; sustituir la realidad efectiva por la trama imaginaria de la narrativa ideológica; imponer una verdad, la de la narrativa provisoria de los intelectuales creyentes; legitimar al régimen clientelar derrocado, deslegitimar al gobierno de transición, que convoca a elecciones; descalificar a otros intelectuales, activistas e intérpretes, que  criticaron, desde hace un buen tiempo al ejercicio del poder del los “gobiernos progresistas”; ignorar las movilizaciones indígenas, ecologistas y sociales contra las políticas extractivistas de los gobiernos neopopulistas. Es decir, seguir construyendo fetiches con la máquina fabulosa de la fetichización, que es la ideología.

Otra apreciación sobre los creyentes es la que interpreta su papel, en plena crisis política y múltiple del Estado-nación, como conservadora, pues refuerza las estructuras de dominación y los engranajes de las máquinas del círculo vicioso del poder.  Sobre todo, los creyentes intelectuales juegan el papel de operadores de la legitimación de la decadencia política. Se entiende que lo hagan pues defienden sus privilegios académicos, además del prestigio ganado al presentarse como “izquierdistas” y defensores de las revoluciones pasadas y de las “revoluciones” que supuestamente se dan en el presente. Esto es parte de los juegos de poder en los mundos restringidos de la academia y de los Congresos, Foros y Seminarios, donde se exponen los diagnósticos, los posicionamientos, los análisis de los problemas que atingen al mundo contemporáneo. Los creyentes no son revolucionarios, en el sentido romántico del término, aunque lo pretendan; no son ni activistas, tampoco críticos, ni militantes de las transformaciones radicales, sino intelectuales orgánicos del círculo vicioso del poder. Cuando estas transformaciones radicales aparecen en las nuevas generaciones de luchas, las desconocen, no pueden decodificarlas, solo atinan a descalificarlas como “posmodernas” o como convenientes a la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo”.

Los creyentes no se dan cuenta que el sistema-mundo moderno se ha transformado, que sus estructuras del poder han cambiado, por lo tanto, que los referentes de las luchas son otros, actuales y emergentes. En plena crisis ecológica, amenazante para la sobrevivencia humana; en plena crisis del sistema-mundo capitalista, que clausura su último ciclo largo con la dominancia del capitalismo financiero, especulativo, extractivista traficante; en plena crisis del sistema-mundo político, que ha agotado su forma de Estado moderno, en la composición del orden mundial; en plena crisis del sistema-mundo cultural de la banalización; las luchas consecuentemente radicales, anticapitalistas, son, en primer lugar, ecológicas; en segundo lugar,  contra la geopolítica del sistema-mundo capitalista y extractivista; en tercer lugar, contra el imperio, el orden mundial de las dominaciones; en cuarto lugar, contra la trivialidad cultural de la globalización.

El esquematismo dualista, al que se apega la narrativa de los creyentes, repite pobremente el esquematismo dualista del amigo y enemigo, que preponderó en las ideologías del siglo XX. Cuando cayeron los Estados del socialismo real, en la Europa Oriental, la gendarmería del imperio no sabía como identificar al enemigo, puesto que, según su interpretación simplona, el “comunismo” había caído. Entonces, la gendarmería del imperio se inventó una guerra de baja intensidad contra un enemigo nebuloso, difícil de identificar, que tenía múltiples cabezas, ya sea como terrorismo, como narcoterrorismo, como fundamentalismo o como reminiscencias de antiguas guerrillas. De la misma manera, del otro lado, de forma simétrica, ante las transformaciones de las estructuras y diagramas de poder del imperio, la “izquierda” tradicional, que hemos identificado como “izquierda” colonial, no sabe como identificar al enemigo; en parte, lo sigue llamando “imperialismo”, como si fuese el mismo de antes de la guerra del Vietnam; por otra parte, también identifican al enemigo con la burguesía nacional y la oligarquía, sin considerar las metamorfosis de esta burguesía y esta oligarquía, sobre todo con el ingreso de los nuevos ricos, por ejemplo, la burguesía rentista y la burguesía del lado oscuro de la economía. Están muy lejos de entrever que los “gobiernos progresistas” conformaron y consolidaron una poderosa burguesía rentista, que además incursiona en la especulación financiera, en los beneficios del extractivismo, del capitalismo salvaje, fuera de sus incursiones clandestinas en la economía política de la cocaína. Recientemente, identifica al enemigo, en Bolivia, como fascista y racista, además de golpista. No se detiene a analizar sobre la correlación de fuerzas y los procesos inherentes que llevaron al desenlace de la caída de un régimen clientelar y corrupto, además de pirómano, extractivista y depredador. No se trata, ni mucho menos, de defender a la composición política del gobierno de transición, sino de comprender qué pasó con la llamada “izquierda” que no pudo dar una alternativa ante la decadencia política del gobierno clientelar, tampoco pudo hacerlo para imprimir un sello claro en el desenlace político, aunque intervino en los eventos y sucesos del acontecimiento político.

Estamos entonces, ante un discurso ideológico anacrónico, que no se correlaciona ni con la coyuntura, ni con el periodo, tampoco con el contexto de la crisis política, no se corresponde con la realidad efectiva, sino tan solo con la recurrencia reiterativa de la trama desgastada de una narrativa ideológica trasnochada. Esta “izquierda” colonial es parte de las dominaciones locales, nacionales, regionales y mundiales, es complementaria de la “derecha”. “Derechas” e “izquierdas” se alternan para prorrogar el orden mundial de las dominaciones, las estructuras de poder mundiales y nacionales, la geopolítica de un sistema-mundo y de una economía-mundo que se reproduce con la extensión destructiva del extractivismo polimorfo, salvaje y también con uso de tecnología avanzada. Para decirlo de otra manera, aunque esquemática y dualista, que no compartimos, pero, tan solo para ilustrar, usando los mismos códigos de esta “izquierda”, se podría decir que se trata de una “derecha” camuflada como “izquierda”.